Tejido Adiposo: Salud y Enfermedad
Tejido Adiposo: Salud y Enfermedad
FACULTAD DE FARMACIA
Facultad de Farmacia
GRADO EN FARMACIA
Departamento de Fisiología
1. INTRODUCCIÓN……………………………………........................................ 1
2. OBJETIVOS…………………………………………………………………... 13
3. METODOLOGÍA ………..…………………………………………………… 13
4. RESULTADOS Y DISCUSIÓN………………………………………………. 14
5. CONCLUSIONES……………………………………………………………… 26
6. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS………………………………………...... 28
1. INTRODUCCIÓN
El tejido adiposo es un tejido conectivo especializado atípico ya que contiene muy poca
matriz extracelular. Sin embargo, tiene su origen en células mesenquimales derivadas del
mesodermo durante el desarrollo embrionario, las mismas células que dan lugar a los
otros tejidos conectivos (Megías et al., 2019).
Hasta los años ochenta, fue un tejido poco estudiado ya que se pensaba que era un almacén
inerte de energía. La alta prevalencia de la obesidad ha centrado la atención en la función
de los adipocitos y, se ha sugerido que la disfunción del tejido adiposo es el mecanismo
central para el desarrollo de la obesidad y de las enfermedades metabólicas asociadas
(Longo et al., 2019). Se ha demostrado que las células del tejido adiposo se ven
implicadas en multitud de procesos fisiológicos que intervienen en el control del
metabolismo, mediante procesos de señalización celular y secreción de factores
paracrinos y endocrinos, como por ejemplo la adipsina, una adipoquina que influye en el
mantenimiento de la función de las células beta del páncreas (Lo, 2014), la proteína
estimulante de la acilación implicada en el almacenamiento de lípidos (Richard et al.,
2020), el factor de necrosis tumoral alfa (TNF-alfa), las interleuquinas y la resistina
implicadas en procesos inflamatorios, la adiponectina que regula el metabolismo
energético y la leptina, que actúa como un “adipostato” informando al sistema nervioso
central de la cantidad de grasa y ayuda a controlar el peso corporal (Rolla, 2003).
Además, los adipocitos son muy sensibles a la insulina y están implicados en la regulación
de los niveles de glucosa en sangre. La insulina estimula la captación de glucosa por los
adipocitos y regula el metabolismo lipídico, aumentando la lipogénesis y disminuyendo
la lipolisis (Longo et al., 2019).
Entre los descubrimientos más significativos en las dos últimas décadas de investigación
sobre los adipocitos podemos destacar que además de liberar hormonas endocrinas, el
tejido adiposo segrega una variedad de moléculas de naturaleza diversa, incluyendo
exosomas probablemente implicados en la secreción de lípidos cuando sobrepasan los
niveles de almacenamiento del adipocito; miRNA, que regulan la adipogénesis; lípidos y
citocinas proinflamatorias, como las interleucinas IL-1 e IL-6 que actúan de forma
1
paracrina y endocrina para modular las respuestas inmunes locales y sistémicas (Richard
et al., 2020).
Debido a la heterogeneidad celular que presenta este tejido y a la amplia distribución del
mismo en nuestro organismo se descubrió que la función desempeñada variaba según la
localización y el tipo de célula presente (Richard et al., 2020). Por todo ello es importante
diferenciar los distintos tipos de tejido adiposo.
Tabla 1. Diferencias entre tejido adiposo o grasa blanca y tejido adiposo o grasa parda
(Megías et al.,2019).
El tejido adiposo blanco o unilocular es el más abundante de los tejidos grasos en los
mamíferos. Forma parte del tejido subcutáneo o hipodermis, donde forma una capa
denominada panículo adiposo cuya distribución por el organismo varía dependiendo de
diversos factores como el sexo o la edad (Junqueira y Carneiro, 2015). Es el depósito más
abundante de energía del cuerpo y, además, sirve de protección y de aislante mecánico.
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Se ha demostrado que es un tejido muy dinámico implicado en la regulación de procesos
fisiológicos y metabólicos. Así, los adipocitos maduros del TAB se ven implicados en
procesos como la síntesis de triglicéridos (TAG), la captación de glucosa, y la lipolisis
(Fig. 1); de tal forma que cuando existe un exceso de energía se produce la acumulación
de la misma en estas células en forma de triglicéridos, estimulando la lipogénesis (Esteve
Ràfols, 2014). En cambio, en una situación de escasez energética o de incremento del
gasto, el TAB tiene la capacidad de movilizar los depósitos de lípidos gracias a la acción
de la lipoproteína lipasa que hidroliza los triglicéridos liberando ácidos grasos los cuales
son llevados a los tejidos y oxidados para la obtención de energía (Esteve Ràfols, 2014).
Además, las células adiposas del TAB son muy sensibles a la insulina y están implicadas
en la regulación de los niveles de glucosa del organismo. La insulina estimula la captación
de glucosa en los adipocitos y, a su vez, favorece el aumento de las reservas de lípidos,
favoreciendo la síntesis de triglicéridos y disminuyendo su lipolisis (Richard et al., 2020).
Fig. 1. Funciones de los adipocitos del tejido adiposo blanco. (Adaptada de Richard et al.,
2020).
Otra función desempeñada por el TAB es actuar como un órgano endocrino ya que sus
células sintetizan y liberan sustancias implicadas en el control del metabolismo. Se ha
profundizado en el estudio de tres hormonas: la leptina, la adiponectina y la resistina,
producidas por los adipocitos y que regulan varios procesos del organismo como la
ingesta de alimentos, la sensibilidad a la insulina y la respuesta del sistema inmune. La
alteración de la expresión de estas hormonas en determinadas situaciones puede llevar a
una disfunción metabólica sistémica y dar lugar a patologías como la obesidad, la diabetes
3
y diversas complicaciones metabólicas asociadas (Richard et al., 2020). En la Tabla 2 se
resumen los receptores, tejidos diana, las principales acciones metabólicas y otros
procesos en los que están implicados estas hormonas, así como los cambios que
experimentan durante la obesidad.
Se ha descrito que la actividad de este tejido está inversamente relacionada con la edad y
con el índice de masa corporal. Por otro lado, también se ha observado que existe relación
de su actividad con la estación del año, siendo mayor cuando las temperaturas son más
bajas y menor cuando aumentan (Au-Yong ITH et al., 2009).
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1.3.- Heterogeneidad celular
El tejido adiposo se compone de diferentes tipos de células. Las células más abundantes
son los adipocitos, células grandes especializadas en la acumulación de lípidos. Estos
adipocitos se diferencian según su contenido (ver Fig. 2) en: adipocitos blancos,
adipocitos pardos, adipocitos beige y adipocitos rosa (Giordano et al., 2014).
Los adipocitos blancos son los más abundantes en el tejido adiposo blanco o
unilocular. Son células de gran tamaño con el núcleo desplazado por una gran vesícula
de grasa y con pocas mitocondrias en el citoplasma. Estos adipocitos se forman en el
embrión a partir de células procedentes del mesénquima, los lipoblastos. Se va
produciendo la unión de gotículas de grasa dentro de estas células hasta formar una única
gota característica de las células del tejido adiposo blanco (Junqueira y Carneiro, 2015).
Los adipocitos beige son aquellos que comparten características típicas de los blancos y
de los marrones y que se suelen observar en el tejido adiposo blanco subcutáneo. Estos
adipocitos se pueden formar a partir de la diferenciación de adipocitos blancos existentes
o provenir de un subconjunto distinto de preadipocitos. Aunque pueden tener su origen
en adipocitos blancos, suelen actuar como un tipo de célula termogénica. Se produce un
pardeamiento del tejido adiposo blanco formando este tejido con propiedades típicas del
tejido adiposo marrón (Richard et al., 2020).
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Los adipocitos rosas (Fig. 2) se describen por primera vez en 2014 cuando se observaron
en el TAB subcutáneo de ratones en gestación y durante el periodo de lactancia. Son
células que pueden derivar de adipocitos blancos que adquieren características de células
epiteliales con la formación de alvéolos secretores de leche que le aportan ese color
característico. Estas células se ven involucradas en la secreción de componentes de la
leche; y, además, secretan leptina, donde parece realizar una función importante en la
prevención de la obesidad de las crías (Giordano et al., 2014).
La plasticidad de los adipocitos puede abrir nuevas líneas de investigación sobre nuevas
dianas terapéuticas para el tratamiento de la obesidad y sus consecuencias, o para el
tratamiento de otras enfermedades como el cáncer (Richard et al., 2020).
Fig. 4. Diferenciación de las células del tejido adiposo y otras células mesenquimales
(Adaptado de Soler-Vázquez et al., 2018).
Las células madre mesenquimales (“mesenquimal stem cells” MSC) son células
capaces de diferenciarse en adipocitos, osteocitos, condrocitos, miocitos y cualquier
célula de tejidos con origen mesodérmico (Esteve Ràfols, 2014). Según el esquema
representado en la Fig. 4 los preadipocitos que darán lugar a adipocitos blancos y
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marrones proceden de linajes distintos. Los preadipocitos marrones presentan una firma
miogénica compartiendo progenitor con las células musculares, su precursor contiene el
marcador MyF5+. En cambio, los preadipocitos blancos provienen de la diferenciación
de células pluripotentes que carecen de dicho marcador (MyF5-). De los preadipocitos
blancos pueden diferenciarse los adipocitos blancos y los beige (Megías et al.,2019). Si
bien los adipocitos beige pueden diferenciarse a partir de los blancos, como ya hemos
explicado anteriormente (Richard et al., 2020).
Además, el tejido adiposo se compone de otros tipos celulares entre los que se encuentran
células del estroma vascular como son células madre y preadipocitos, macrófagos, células
endoteliales de vasos sanguíneos y linfáticos, células sanguíneas como neutrófilos y
linfocitos, y fibroblastos (Esteve Ràfols, 2014).
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En los humanos también existe un depósito intraabdominal relacionado con la grasa
visceral; que rodea a los órganos, dando lugar a los depósitos: gonadal, omental,
mesentérico, retroperitoneal, abdominal y gluteal. En comparación con el de otros
mamíferos como los ratones en los que resulta complicado detectarlo, el depósito omental
en el ser humano está perfectamente definido (Esteve Ràfols, 2014).
Fig. 5. Distribución corporal del TAB y del TAM en humanos (Adaptado de Gesta, et al.,
2007).
La distribución del tejido adiposo marrón en el ser humano varía a lo largo de la vida
(Fig. 5). De esta forma en el feto y en niños recién nacidos podemos encontrar TAM a
nivel axilar, cervical, perirrenal y periadrenal. En los adultos el depósito de este tipo de
TA disminuye notablemente de forma general, localizándose en las regiones paracervical,
supraclavicular y paravertebral, aumentando el depósito de este tipo de tejido adiposo en
personas con feocromocitoma (tumor de las células de las glándulas suprarrenales) o que
se encuentren muy expuestos al frío (Esteve Ràfols, 2014).
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1.5.- El tejido adiposo en la enfermedad
El correcto funcionamiento del tejido adiposo permite que nuestro cuerpo sea capaz de
ejecutar los procesos necesarios para mantener la salud, por el contrario, un mal
funcionamiento de este tejido puede dar lugar al desarrollo o empeoramiento de diversas
patologías (Longo et al., 2019).
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Fig. 7. Factores implicados en la aparición del síndrome metabólico
(https://www.clinicasdoctorlife.com/portfolio-item/sindrome-metabolico/).
Desde hace unos años se sabe que los componentes del tejido adiposo pueden ser útiles
para su uso terapéutico, por lo que se ha comenzado a estudiar su aplicación en diversos
procesos terapéuticos que llevan a una mejora de la salud.
Uno de los temas más estudiado es el uso de células madre mesenquimales derivadas
del tejido adiposo (“adipose stem cells” ASC) con el fin de que se diferencien en otras
células y poder usarlas para el tratamiento de heridas crónicas, fístulas de Crohn, etc. Tras
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estos estudios se ha deducido que estas células tienen diversas aplicaciones potenciales
en el área de la cirugía (Locke y Guzik, 2009).
Las células madre derivadas del tejido adiposo (ASC) son células más proliferativas que
las derivadas de la médula ósea o del cordón umbilical y, tienen propiedades
inmunosupresoras capaces de inactivar células T (Mazini et al., 2020) e
inmunomoduladoras (Al-Ghadban y Bunnell, 2020). Originalmente se creía que las
células madre sólo podían diferenciarse en células que tuvieran un linaje celular igual al
del tejido de origen; sin embargo, se descubrió que eran capaces de diferenciarse a lo
largo de linajes mesodérmicos distintos a los del tejido de origen (Fig. 4). Las células
madre derivadas del tejido adiposo son células progenitoras multipotentes, que se pueden
diferenciar fácilmente en multitud de células distintas, haciendo que sean candidatas
perfectas para el tratamiento de enfermedades (Pachón-Peña et al., 2011).
Tal es la utilidad de este tipo de células que hasta se han realizado investigaciones sobre
el uso de ASC en pacientes de la COVID-19 (Rogers et al., 2020).
La posible aplicabilidad terapéutica de este tipo de células presenta ventajas, pero también
algunos inconvenientes que se describirán en el presente trabajo (Mazini et al., 2020).
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2. OBJETIVOS
Dada la importancia de las células del tejido adiposo en la enfermedad y la salud, nos
hemos propuesto realizar una revisión bibliográfica actualizada sobre la implicación del
tejido adiposo en el desarrollo de determinadas enfermedades, así como de su posible
utilidad terapéutica, de acuerdo con los siguientes objetivos:
3. METODOLOGÍA
Para la realización de este trabajo bibliográfico se han consultado diversas fuentes: libros
de texto, artículos y páginas webs.
Para facilitar la búsqueda en estas fuentes se han usado palabras claves en Inglés como
“Stem cells”, “Adipocyte”, “Adipose tissue”, “Obesity”, “liposuction”, “adypocite stem
cells” y “Covid-19”, solas y combinadas.
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A través de las bases de datos se han encontrado numerosos artículos y revisiones de las
que se ha obtenido información relevante sobre el tema en estudio. Se han usado tanto
artículos originales de revistas de alto reconocimiento como revisiones bibliográficas más
actuales. Se eligieron aquellos artículos cuyos resúmenes se adecuaban a los objetivos de
la revisión y que hayan sido publicados en los últimos 10 años, exceptuando aquellos más
antiguos necesarios para entender el origen de diversas investigaciones del ámbito.
4. RESULTADOS Y DISCUSIÓN
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Fig. 8. Influencia de la obesidad en la aparición de diabetes.
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Fig. 9. Crecimiento del tejido adiposo por hipertrofia o por hiperplasia.
Los datos obtenidos in vivo con ratones obesos obtenidos mediante la dieta, conocidos
como “AdipoChaser”, confirman que tras cuatro semanas existe una hipertrofia del tejido
adiposo visceral, mientras que es necesario un periodo de dos meses para observar
hiperplasia del tejido. En cuanto al tejido adiposo subcutáneo, solo se observó hipertrofia
de las células tras dos meses de administración de una dieta alta en grasas (Wang et al.,
2013). Estas observaciones fueron confirmadas por Kim et al. (2014), mediante la
medición de la adipogénesis en tejido adiposo blanco de ratón. Demostraron que la
hipertrofia de los adipocitos es el mecanismo dominante en la expansión del tejido
adiposo en adultos. Además, encontraron una relación positiva entre el recambio de
adipocitos y la resistencia a la insulina. Según este estudio el recambio de adipocitos se
produce cuando las células que componen el tejido adiposo ven excedida su capacidad de
almacenamiento de grasas ante un aporte excesivo de energía de forma continuada,
mediante la fabricación de nuevas células a partir de células madre (Kim et al., 2014).
El conjunto de células progenitoras que dan lugar a los adipocitos es limitado, es decir,
cuanta más cantidad de adipocitos nuevos se hayan formado menos cantidad de células
madre progenitoras dejará disponible, produciéndose así el envejecimiento del tejido
adiposo seguido, a su vez, por una pérdida de funcionalidad que se asocia a la obesidad
(Kim et al., 2014).
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McLaughlin et al. (2014), demostraron que los sujetos que presentaban resistencia a la
insulina tenían adipocitos de un tamaño mayor en el tejido adiposo abdominal, en
comparación con el de las células de los individuos que presentaban sensibilidad a la
insulina.
Otro suceso que se suma a esta situación es el aumento de la lipólisis basal que presentan
estas células hipertróficas, produciendo un aumento en la liberación de ácidos grasos y
factores que desencadenan una cascada de señalización inflamatoria.
Por otro lado, se ha descrito que hay algunas personas obesas que siguen siendo sensibles
a la insulina y tienen un metabolismo “saludable”, por lo que se denominan “obesos
metabólicamente sanos”. Normalmente estas personas presentan un aumento del tejido
adiposo subcutáneo. Estos pacientes obesos sensibles a la insulina, tras una dieta rica en
grasas sufren un aumento en el número de adipocitos que se hipertrofian produciéndose
un deterioro de la captación de glucosa dependiente de la insulina (Longo et al., 2019).
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Un estudio in vitro ha demostrado que la inflamación crónica, además de afectar la acción
de la insulina, altera la diferenciación de los preadipocitos al exponerlos a citocinas
inflamatorias (Gustafson y Smith, 2006).
En general, la grasa visceral que se acumula en la parte superior del cuerpo se relaciona
con un mayor riesgo de mal funcionamiento metabólico y resistencia a la insulina,
mientras que la que se deposita a nivel subcutáneo en la región del glúteo y femoral se
relaciona más con una función protectora ante la posible aparición del síndrome
metabólico. Hay estudios en los que se ha demostrado que existe un menor riesgo
cardiovascular en personas con obesidad subcutánea, sin tener en cuenta la presencia
adicional de grasa visceral (Kahn et al., 2019).
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Los estudios en roedores muestran que la extracción de las almohadillas de grasa visceral
se traduce en una mejora de la acción de la insulina, tolerancia a la glucosa y longevidad.
Mientras que si se extrae la grasa subcutánea se puede producir síndrome metabólico. Sin
embargo, los estudios en humanos obesos a los que se eliminó pequeñas porciones de
tejido adiposo omental (grasa visceral) no dieron como resultado ningún tipo de beneficio
metabólico (Richard et al., 2020).
Según Escobar Vega et al. (2014) en el postoperatorio inmediato de una liposucción, tras
estudiar el comportamiento del organismo y de las fracciones lipídicas, se comprobó una
disminución significativa del colesterol total, que se producía como consecuencia de una
bajada de los valores de lipoproteínas de muy baja densidad (VLDL), lipoproteínas de
baja densidad (LDL), lipoproteínas de alta densidad (HDL) y triglicéridos. Tras siete días
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de la intervención estos valores aumentaron gradualmente pero no alcanzaron los valores
iniciales que existían antes de la operación, incluso después de 2 meses.
En cambio, existen estudios que contradicen estas observaciones. Según Mentz (2001),
los valores de colesterol, triglicéridos y las fracciones lipídicas estudiadas aumentaron
tras la realización de una liposucción como consecuencia de la necrosis grasa producida,
de los cambios dietéticos de los pacientes en cuestión o debido a un mecanismo
compensatorio para la restaurar la normalidad en el organismo.
4.4.- Uso de células madre derivadas del tejido adiposo en el tratamiento de enfermedades
En concreto, las células madre derivadas del tejido adiposo (ASC) se han convertido en
el grupo más prometedor debido a la facilidad con la que se pueden obtener con menor
riesgo para el paciente, siendo el tejido adiposo subcutáneo de abdomen, muslos y brazos
los lugares más comunes para su obtención (Si et al., 2019).
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Una de las opciones terapéuticas que se han estudiado ha sido el uso de estas células para
la regeneración de cartílago (Rodriguez-Fontan et al., 2016).
La artrosis es una enfermedad articular que suele afectar a la población envejecida, pero
que también afecta a atletas tras sufrir lesiones. Esta patología se caracteriza por la
presencia de inflamación crónica, lesiones subcondrales y degeneración articular
progresiva (Fig. 11). Esto hace que cuando la enfermedad se encuentra en un estado
avanzado se produzca una pérdida en el rango de movimiento de las articulaciones más
afectadas como la cadera y la rodilla (Rodriguez-Fontan et al., 2016).
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Uno de los tejidos usados para la recolección de células progenitoras es el tejido adiposo.
Las células de este tejido se obtienen por aspirado o liposucción, o extracción quirúrgica
de alguno de los depósitos del tejido. Sin embargo, hay que tener en cuenta que las
colonias de células madre del tejido adiposo que se forman en un cultivo presentan un
comportamiento y una diferenciación celular distinta a la de las células madre
provenientes de la médula ósea. Según varios estudios las células obtenidas del tejido
adiposo poseen una menor capacidad condrogénica y osteogénica que las obtenidas de la
médula, pero presentan una mayor diferenciación hacia células musculares y
cardiomiocitos. Eso se debe a que tienen una menor expresión del ARN mensajero de
algunos de los subtipos (2,4,6) de la proteína morfogénica ósea (BMP) necesarias para
la diferenciación condrogénica y la producción de cartílago, ya que carecen de expresión
del factor de crecimiento transformante (TGF-beta-1) (Rodriguez-Fontan et al., 2016).
Para poder usar las ASC, en este caso, es necesario un cultivo de sedimentos de
micromasa para aumentar la interacción entre células y producir una matriz extracelular
que se asemeje al cartílago. Este medio de cultivo debe ir suplementado con factor de
crecimiento de fibroblastos básico (bFGF), dexametasona, factor de crecimiento
transformante β1, insulina, ascorbato 2 fosfato y BMP-6. Estos factores condrogénicos
estimularán la producción de los factores necesarios para la diferenciación a condrocitos
(Si et al. 2019).
Hay que tener en cuenta que las ASC recolectadas in vitro, posteriormente deben ser
inyectadas o implantadas en el organismo, para que las células sigan siendo viables es
necesario crear un ambiente ideal de supervivencia, con biomateriales biodegradables que
sirvan de armazón y favorezcan la unión, proliferación y diferenciación en células
especializadas (Si et al., 2019).
Dada la capacidad de las células madre del tejido adiposo de secretar numerosos factores
de crecimiento y citocinas fundamentales para la cicatrización de heridas, su uso en este
campo es otra de las aplicaciones potenciales que poseen. Además, la mejora de la
granulación tisular, el aumento del reclutamiento de macrófagos y la vascularización que
se producen en el tejido las convierten en terapias eficaces. En modelos animales, las
cicatrices inyectadas con ASC mostraron una reducción en la superficie y mejoras en el
color y la flexibilidad en comparación con el grupo de control. Las ASC demostraron a
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su vez ser útiles para tratar heridas complicadas por isquemia en pacientes con diabetes
(Si et al., 2019).
La cirugía plástica es un campo en crecimiento con una posición única para la aplicación
de ASC. El injerto de grasa demuestra el potencial regenerativo clínico de estas células.
Hay varios protocolos estándar disponibles para injertos de grasa basados en
procedimientos simples como lipoaspiración, separación por gravedad y filtración o
centrifugación para eliminar impurezas y obtener muestras relativamente puras y de alta
calidad como fuente de ASC (Si et al., 2019).
En un estudio del año 2015 se desarrollaron ASC clínicamente aplicables, que expresaban
genes terapéuticos y se investigó su eficacia terapéutica para el glioma del tronco
encefálico en ratones, estableciendo después una terapia génica basada en células madre,
segura y eficaz y clínicamente aplicable para los gliomas del tronco encefálico (Choi et
al., 2015).
Debido a las características inmunomoduladoras de las células madre del tejido adiposo,
se han realizado estudios sobre su posible uso en el tratamiento de pacientes con la
COVID-19, ya que pueden evitar que se produzca una respuesta inflamatoria excesiva y
además, pueden ayudar a reparar el tejido dañado (Rogers et al., 2020).
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capacidad de las células madre para inhibir el daño pulmonar, reducir el proceso
inflamatorio, modular la respuesta inmune y depurar el líquido alveolar. (Rogers et al.,
2020). La abundancia de este tipo de células en el tejido adiposo y la facilidad para
obtenerlas las hace ser la opción más prometedora. Las ASC poseen cualidades adecuadas
para el tratamiento de enfermedades pulmonares inflamatorias que las diferencian de
otras células madre; tienen una mayor capacidad proliferativa y una estabilidad más
prolongada en cultivos. Según estudios in vitro, son más resistentes a la apoptosis (Ertas
et al., 2012) y muestran un potencial angiogénico mayor que el de las células obtenidas
de la médula ósea (Kim et al., 2007) siendo eficaces para el tratamiento de lesiones
vasculares isquémicas.
Fig. 12. Alteraciones alveolares producidas por SDRA. (Adaptado de García D.E. et al.,
2020).
La lesión pulmonar que se asocia a este síndrome se produce por una intensa inflamación
seguida de invasión de neutrófilos y macrófagos en el espacio alveolar (Fig. 12), una
respuesta excesiva del sistema inmune que gracias a la capacidad inmunomoduladora de
las ASC puede paliarse. Estas células suprimen la producción de IgG e inhiben la
diferenciación de monocitos en células dendríticas. En comparación con las células
mesenquimales de la médula ósea, se observó una menor producción de interleucinas
inflamatorias (IL-2) y TNF-alfa cuando se cultivaron con células mononucleares. Por otro
lado, al cultivarse con monocitos se observó una mayor producción de IL-10 dando lugar
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a niveles más bajos de IL-6, y produciéndose con ello una inhibición de la formación de
células dendríticas; siendo más eficaz la inmunosupresión por parte de estas células que
la que se produce con células derivadas de la médula ósea (Rogers et al., 2020).
Los resultados de estos estudios in vivo indican una mejora en el estado de salud de los
pacientes con síndrome de dificultad respiratoria aguda tras la infusión intravenosa de las
ASC (tras no observar mejoría con los diferentes tratamientos que existen en la
actualidad) y sin observarse hasta el momento ningún efecto secundario. Por todo ello se
considera un campo interesante para seguir estudiando (Rogers et al., 2020).
Debido a la capacidad de diferenciarse en cualquier tipo de célula que poseen las células
madre derivadas del tejido adiposo, existen varias opciones para el uso terapéutico de las
mismas.
Por otro lado, las ASC tienen un uso potencial en la medicina regenerativa que se debe a
la capacidad de diferenciarse en múltiples linajes celulares y al posible trasplante seguro
tanto en entornos autólogos como alogénicos. Otras investigaciones han usado este tipo
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de células en el tratamiento de la enfermedad de Crohn, la isquemia de extremidades,
úlceras en pacientes diabéticos y las quemaduras.
Otra potencial aplicación es el uso de las ASC para la reducción de arrugas. Sin embargo,
al administrarlas vía intradérmica en piel envejecida, aunque se encontró mejoría, no se
obtuvo el mismo efecto que en jóvenes. Esto se debe a que existe una mayor proliferación
en el caso de los donantes más jóvenes en comparación de las que provienen de personas
mayores (Mazini et al., 2020).
Varios estudios demuestran que las enzimas que producen melanina están moduladas por
la composición de las células de la piel, por lo que una modificación de esta composición,
al introducir en el tejido células madre derivadas del tejido adiposo, puede reflejarse en
un desequilibrio de los factores que intervienen en la secreción de la melanina, que a su
vez están implicados en el envejecimiento, dando lugar a un fallo general del proceso de
creación de nuevas células más jóvenes (Mazini et al., 2020).
A pesar de todas las posibles aplicaciones de estas células, hay que tener en cuenta que
existe una estrecha integración de las ASC con la matriz extracelular del tejido adiposo y
que, además, se caracterizan por estar interconectadas con otras células epiteliales, por lo
que la separación del entorno puede limitar sus posibles usos. Otro factor que puede
reducir la viabilidad de las células es el uso de anestésicos locales, haciendo que la
efectividad del método se vea comprometida. Por último, según varios estudios las ASC
pueden sufrir apoptosis a los pocos días del trasplante según los factores genéticos de
cada paciente (Mazini et al., 2020).
Por último, podemos decir que el mito que existe de la poca utilidad que posee el tejido
adiposo no es más que eso. Gracias a todas las investigaciones sobre este tejido y las
células y hormonas que lo componen se ha descubierto un tejido con múltiples
aplicaciones en la clínica, consiguiendo así una fuente prometedora de células para el
tratamiento y la curación de diferentes enfermedades mejorando las técnicas
tradicionales. A pesar de ello, siguen existiendo limitaciones en el conocimiento de este
tejido y las técnicas usadas, esto hace que los usos terapéuticos estudiados no se lleven a
cabo de forma firme. Por lo que, aunque sea un trabajo esperanzador es necesario la
realización de más estudios que concluyan todos los descubrimientos y que hagan posible
que se dé luz verde para este tipo de terapias.
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5. CONCLUSIONES
1. El exceso de grasas está implicado en el desarrollo de la obesidad y de la resistencia
a la insulina, contribuyendo al síndrome metabólico.
2. La acumulación de grasa visceral en la parte superior del cuerpo está relacionada con
una mayor incidencia de síndrome metabólico, mientras que la acumulación de grasa
subcutánea en la región inferior del mismo se relaciona con un papel protector del
tejido.
3. Tras la liposucción hay una variación transitoria de lípidos y de lipoproteínas en el
organismo que producen la modificación de rutas metabólicas en las que participan.
4. El uso de células madre del tejido adiposo puede ser de gran utilidad en el tratamiento
de diversas enfermedades.
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6. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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