Taller de Apreciación Literaria
Clase 1. ¿Qué es la Literatura?
En la primera parte del taller, reflexionaremos sobre la complejidad del término Literatura. Intentaremos
responder a los siguientes interrogantes: ¿Qué entienden por Literatura? ¿Qué sentido tiene leer Literatura?
¿Para qué “sirve”?
Para comenzar a echar luz sobre la cuestión, leeremos algunas definiciones de diferentes escritores sobre la
Literatura:
“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído” Jorge Luis Borges.
“Todo escritor narra la realidad que conoce y, a partir de allí, las pasiones humanas y los conflictos de la condición
humana. No por contar problemas argentinos dejo de contar problemas universales”. Tomas Eloy Martínez
“El papel de la literatura es más importante de lo que comúnmente se piensa. Es en la obra de los literatos y no en los
diarios, revistas o informativos de televisión, donde se comprende y se entiende en profundidad lo que sucedió y lo que
sucede” Mempo Giardinelli
“Entre tantos conflictos y contradicciones, existe un territorio llamado libro en donde el placer, los sueños, la memoria y
las ideas conviven y confrontan a través de la palabra. En sus páginas se mezclan la sensualidad, las pasiones, la intriga,
las imágenes y las ideas a través del lenguaje, vehículo integrador que nos permite hacer clic cuando queremos sin que
la pantalla oscurezca nuestra imaginación”. Manuela Fingueret.
“Las mismas sociedades que exiliaron y rechazaron al escritor pueden pensar ahora que conviene asimilarlo, integrarlo,
conferirle una especie de estatuto oficial. Es preciso, por eso, recordar a nuestras sociedades lo que les espera.
Advertirles que la literatura es fuego, que ella significa inconformismo y rebelión, que la razón de ser del escritor es la
protesta, la contradicción y la crítica. Explicarles que no hay término medio: que la sociedad suprime para siempre esa
facultad humana que es la creación artística y elimina de una vez por todas a ese perturbador social que es el escritor, o
admite la literatura en su seno y en ese caso no tiene más remedio que aceptar un perpetuo torrente de agresiones, de
ironías, de sátiras, que irán de lo adjetivo a lo esencial, de lo pasajero a lo permanente, del vértice a la base de la
pirámide social. Las cosas son así y no hay escapatoria: el escritor ha sido, es y seguirá siendo, un descontento. Nadie
que esté satisfecho es capaz de escribir, nadie que esté de acuerdo, reconciliado con la realidad, cometerá el ambicioso
desatino de inventar realidades verbales. La vocación literaria nace del desacuerdo de un hombre con el mundo, de la
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intuición de deficiencias, vacíos y escorias a su alrededor. La literatura es una forma de insurrección permanente y ella
no admite las camisas de fuerza. Todas las tentativas a doblegar su naturaleza airada, díscola, fracasan. La literatura
puede morir, pero no será nunca conformista.” Mario Vargas Llosa.
Para dialogar: ¿Qué tienen en común estas definiciones? ¿En qué se diferencian?
Hacia un concepto de la Literatura
Por mucho tiempo se consideró a la literatura como un discurso social separado de otros (histórico, político,
periodístico, científico, etc.). Por otra parte, se consideraba que la literatura también se diferenciaba de los otros
discursos sociales por la preeminencia de la función estética del lenguaje, que hace hincapié en la construcción del
mensaje, mediante una cuidada selección y una especial combinación de las palabras. Ya en el siglo XX, las vanguardias
dieron visibilidad al poder de provocación que el arte podía ejercer sobre el público y de subversión de las leyes del
mundo conocido, hoy cada obra nos propone el desafío de repensar las categorías, las definiciones y sus fronteras.
En nuestros días, es difícil establecer definiciones claras sobre qué es un autor, cuál es la función del público, y hasta
el objeto “libro” como soporte de la obra literaria. Teniendo en cuenta la lectura que ofrece el mundo virtual, todas estas
nociones tienden a redefinirse. En síntesis, no podemos definir literatura de una vez y para siempre. El estudio de cada
época nos ofrecerá ideas acerca de lo que sus escritores y lectores producen y reciben como literatura.
Tal como lo analiza el crítico inglés Raymond Williams, el concepto original de “literatura” surge durante el
Renacimiento. La palabra tiene su raíz en el término latino “litera”, que significa “letra del alfabeto”. Literatura fue, en
un principio, la facultad de leer y de haber leído. De algún modo, esta calificación derivó luego hacia lo que hoy llamamos
“letrado”. Durante el siglo XVIII, literatura fue originariamente un concepto social generalizado que expresaba cierto
nivel (minoritario) de realización educacional. Esta situación llevaba consigo una definición alternativa potencial y
eventualmente realizada de la literatura considerada refiriéndose a los “libros impresos”, los objetos en los cuales, y a
través de los cuales, se demostraba esta realización. [...] Recién a mediados del siglo XIX adquirió el significado que
tiene en la actualidad. La literatura perdió su sentido originario como capacidad de lectura y experiencia de lectura y
se convirtió en una categoría aparentemente objetiva de libros impresos de cierta calidad. Los intereses de un “editor
literario” o de un “suplemento literario” todavía serían definidos de este modo.
Sin embargo, pueden distinguirse tres tendencias conflictivas: primero, un desplazamiento desde el concepto de
“saber” hacia los de “gusto” o “sensibilidad”, como criterio que define la calidad literaria; segundo, una creciente
especialización de la literatura en el sentido de los trabajos “creativos” o “imaginativos”; tercero, un desarrollo del
concepto de “tradición” dentro de los términos nacionales que culminó en una definición más efectiva de una
“literatura nacional ".
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La obra artística
La obra artística, desde sus orígenes hasta nuestros días, ha sido objeto de búsquedas y encuentros entre el ser
humano que la produce, ya sea para captar los misterios de la divinidad, para indagar en las relaciones entre el
hombre y el mundo, y en la actualidad para preguntarse por las relaciones entre los hombres. El arte ha representado
una vasta extensión que le ha permitido al ser humano rebasar las barreras del tiempo y del espacio. Ciertamente el
hombre parte de una relación con el mundo, ante el cual surgen una serie de interrogantes que se plasman en una
“forma”.
Los griegos afirmaban que para que el arte apareciera tenía que darse necesariamente el tiempo de ocio, suponían
que toda vez que el hombre hubo satisfecho sus necesidades primarias, básicas, tales como la alimentación, el vestido
y la vivienda, buscó la forma de hacer más placentera la vida.
Por otra parte, la obra artística, nace como una emisión y requiere una recepción, esto significa que el mensaje circule.
Diríamos, finalmente, que el arte es inherente al hombre, más allá de los juicios o definiciones convencionales que
asocian al arte con la belleza, diremos que se debe relacionar con la condición humana.
Antes de continuar debemos convenir en que no podemos seguir al pie de la letra estas afirmaciones, pues caeríamos
en el absurdo de afirmar que todo aquel mensaje formulado a través de la palabra, sea oral o escrita, se inscribe en
la literatura. Así, tendríamos que las noticias, los mensajes, las notas aclaratorias y hasta los anuncios comerciales
serían literatura, lo cual resulta, en principio, inválido. Lo que sucede es que la palabra alcanza dimensiones
diferentes en las expresiones sociales y artísticas, de un sentido directo y utilitario que le impone la lengua, salta a
un sentido figurado y estético que le asigna la literatura y las instituciones que la definen. En nuestra época debemos
tener en cuenta el valor de los concursos literarios, los estudios en el marco de la universidad y la influencia de la
industria editorial.
¿Qué ideas, qué modo de pensar, instala en el lector una pieza literaria? ¿Quién las determina como válidas o no?
Pensemos en un lector infantil, por ejemplo, frente al clásico cuento de La Cenicienta: Las ideas rondan por la bondad
y la maldad, el amor y el odio, valores connotados desde pautas sociales y culturales que constituyen un cúmulo de
“ideas”, “de ideología”.
Podría deducirse entonces, que una obra literaria alberga por lo menos tres afluentes ideológicos: las del autor que
quiso contar su historia en ciertas condiciones de producción; la del lector que le dio su interpretación y versión en
ciertas condiciones de recepción; y las condiciones de circulación que cargan de sentido todo lo que ingresa en
determinado espacio cultural.
Literatura y ficción
Hay quienes consideran que lo que diferencia a los textos literarios de otro tipo de productos realizados con palabras
(los manuales de instrucciones, los reglamentos, las noticias periodísticas) es la pertenencia de la literatura al campo
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de la ficción. El problema, en este caso, sería aclarar qué es la ficción. Habitualmente se la equipara con la "fantasía",
lo "no real", la "cosa simulada", el "producto de la imaginación" lo "fingido" o la "acción de mentir". Pero estos conceptos
poco tienen que ver con la ficción.
La ficción no es lo contrario de lo real, sino que presenta la imagen que de lo real puede construirse. Se construye
como la imagen de la realidad que en un tiempo histórico determinado se propone para definir los ideales o para
destacar los problemas o la decadencia moral y plantear los principios que deben modificarse. Entonces, si se
considera que la ficción es uno de los medios para conocer la realidad, la noción de literatura se amplía y pueden
incluirse en ella textos que no son totalmente “producto de la imaginación”.
¿Por qué leemos literatura?
Desde que aparecieron las primeras obras, la literatura fue de alguna manera una forma muy particular de diálogo
entre dos personas: el autor y el lector. ¿Qué buscan cada uno de ellos? ¿Para qué le sirve a uno y a otro la literatura?
Son las propias obras literarias las que, a veces, dan las respuestas: Madame Bovary, la protagonista de la novela
homónima del escritor francés Gustave Flaubert (1821-1880), leía novelas como una forma de escapar de su realidad, a
la que consideraba mediocre y falta de interés. Scherezade, en Las mil y una noches, le narraba cuentos al sultán para
evitar que le cortara la cabeza. El protagonista de "La tortuga de agua dulce", de la escritora estadounidense Patricia
Highsmith (1921-1995), lee para no escuchar los reclamos de su madre. Bastián Baltasar Bux, de “La historia
interminable”, del alemán Michael Ende (1929-1995), se refugia de las burlas de sus compañeros a través de la lectura,
para finalmente convertir el acto de leer en la única posibilidad de salvar el mundo de Fantasía, en inminente peligro
de extinción. Martín Fierro, el protagonista del poema del argentino José Hernández (1834-1886), se pone a cantar para
"consolarse de una pena extraordinaria". El español Fernando de Rojas (1465-1541), explica en el prólogo de “La
Celestina”, que ha escrito esa obra como advertencia a los jóvenes de los peligros que pueden acarrear ciertas formas
del amor. Otros, leen por obligación. Es decir, cada lector y cada escritor usa la literatura con fines diferentes, pero
todos, o la mayoría, parecen tener en común el hecho de encontrar en la literatura una forma muy especial de placer.
La función estética
Casi todas las obras que se consideran literarias producen una suerte de placer vinculado con lo bello. El que lee una
novela o un poema encuentra un goce particular, diferente de otras formas del deleite. Ese goce que la literatura,
como las obras artísticas en general, es capaz de generar, se denomina "placer estético". Aunque todos podemos sentir
placer estético ante formas que no provienen del arte –quizás una jugada maestra que termina en un gol inolvidable,
referirse a él ha sido, por largo tiempo, un modo de unificar criterios para definir tan complicada cuestión. Por ejemplo,
una muy tradicional propuesta para distinguir los textos según su finalidad es la que resulta del “esquema de la
comunicación” de Roman Jakobson (presentado en un congreso en 1960 y publicado por primera vez en 1963).
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- La finalidad de informar "a través de las palabras" se logra principalmente mediante la función informativa que, para
tal fin, emplea una serie de estrategias particulares.
- La finalidad de llamar la atención de alguien "a través de las palabras", se logra principalmente por medio de la
función apelativa.
- La finalidad estética propia de las obras literarias se vale especialmente de la función poética o estética. Esta función
se caracteriza por interesarse en el mensaje mismo, no sólo por lo que se dice sino por cómo se lo dice; esto significa
que el lenguaje pasa a ser el protagonista del texto a través de una cuidada selección y combinación de las palabras.
La función poética es visible especialmente en la poesía. Un ejemplo lo representa el siguiente texto de Antonio
Machado que está dedicado a su difunta esposa, a quien el poeta asocia con el paisaje español de Soria y sus años
más felices:
Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.
Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva
como una campana virgen
de un alba de primavera.
Machado, Antonio. Campos de Castilla. Madrid, Cátedra, 1900. (Fragmento.)
El lenguaje literario
Dado que el lenguaje cobra una particular importancia en los textos literarios, es interesante analizar cuáles son los
rasgos que lo caracterizan:
• crea sentidos que a veces remiten a la realidad que comparten autor y lector, o bien crear sentidos que
funcionan de modo particular hacia dentro del texto;
• tiene la capacidad de crear su propia realidad, por tal motivo, durante mucho tiempo se apeló a la noción de
ficción para distinguir el texto literario de otros; esto significa que cuando leemos no nos proponemos
contrastar, comparar la realidad elaborada por el autor y la vida cotidiana. A esta disposición frente al texto
se la llama “pacto de lectura”, y es posible que sea un elemento de mucha ayuda para una definición de lo
literario.
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Decidir qué es literatura
De manera que, para llegar a una definición de literatura, se pueden reunir los siguientes aspectos:
• Es un producto humano que se realiza por medio de las palabras;
• El concepto de belleza es variable, ya que está determinado por la época y por cada grupo social y cultural.
Por lo tanto, lo que se considera literatura también cambia;
• Los lectores y los autores tienen diferentes intenciones al abordar una obra literaria.
• Ambos coinciden en buscar en la literatura un tipo particular de placer que puede denominarse "placer
estético".
Una posible conclusión a partir de lo anterior es que todo lo que se lee como literatura es literatura. Esta nueva definición
le otorga un lugar privilegiado al receptor, quien tendría en sus manos los elementos que permiten caracterizar a una
obra como literaria o no literaria. Claro que esta idea está atravesada por diferentes evaluaciones sociales que
configuran el marco interpretativo del lector en cuestión. Pero, además, según las épocas, los grupos sociales y las
regiones, los textos literarios integran o no "la literatura". Es decir, una obra puede no ser considerada literaria por sus
contemporáneos pero tiempo después puede incluirse en esa categoría. Un ejemplo representativo es el del escritor
francés, conocido como el Marqués de Sade (1740 - 1814), quien escribió en su época obras que escandalizaron a sus
contemporáneos. Las mismas fueron consideradas obscenas y consecuentemente carentes de interés artístico. En la
actualidad, son consideradas literarias y se estudian en las universidades, y en cierta medida, sus estrategias de
transgresión ya no son tan escandalosas.
Actividad: Los invito a repensar sus ideas sobre la Literatura participando en un debate en el que expliquen cuál creen
que es su vínculo con la Literatura hoy.
Lectura ampliatoria:
Eagleton, Terry: ¿Qué es la Literatura? Una introducción a la teoría literaria. FCE, Argentina, 1998
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