No tengo hambre, es ansiedad, solo eso.
Eso me digo mientras lamo con los ojos el
techo
de color blanco azúcar, tumbada en la cama. No puedo parar quieta. Estoy
intentándolo con
respiración diafragmática, pero me dura tres segundos, no más. Me molesta cada
pliegue de la
sábana, me molesta la textura de la colcha, me molesta su color y hasta su mera
presencia en el
universo. He estado revisándolo todo, registrándolo más bien, antes de caer en este
estado. Sé
perfectamente que los benzodiacepinas que hay en el último cajón del mueble
metálico junto a
la cama están caducados desde 2015. Tengo que hacer algo, necesito algo. Me acerco
ala puerta
cerrada con llave y comienzo a golpearla fuertemente con la mano abierta mientras
grito con
ese mismo tono grave de antes. Doy manotazos con todas mis fuerzas hasta que el
dolor me
impide seguir.
Me miro la mano, completamente enrojecida, caliente. Me siento al borde de la cama
sin
dejar de mirarme los dedos, la palma, las venas hinchadas como raíces en el dorso.
De pronto la
veo como una fruta palpitante, atrayente. Embelesada con mi propia mano derecha, la
acerco
hasta mi boca y comienzo a lamerla despacio. También mordisqueo las elevaciones que
producen los tendones al mover los dedos. Cuando giro la mano me topo con las zonas
más
carnosas de la palma y no puedo evitar rememorar aquellas palabras, lejanas pero
nítidas, que
me hablaban de lo dulce que yo era. Y muerdo, succiono, pero siento que la textura
ya no me
resulta suficiente. Entonces me acuerdo. En el primer cajón de la cómoda he visto
un
glucómetro, con lo que probablemente haya también algunas lancetas. Me acerco a
comprobarlo y encuentro lo que busco. Abro la caja, quito el protector plástico de
una de ellas
y me clavo esa pequeña aguja en la zona elevada de la palma que está más próxima al
pulgar. Al
sacarla veo que se ha generado un pequeño punto de sangre. Me lo llevo a la boca y
succiono
fuertemente, pero apenas llego a percibir un ligero sabor, tan tenue como para no
poder
siguiera definirlo. Hago unos pequeños movimientos circulares para asegurar el
éxito. Tiro la
aguja al suelo y esta vez sí: la sangre fluye con solvencia y, sin perder un
segundo (ni una gota),
absorbo mi propio yo con fruición, con ansiedad. Con hambre. El líquido va
impregnándome la
boca y trago despacio, recreándome, regodeándome mucho.
El dolor acentúa el mareo, así que decido sentarme despacio en el suelo, apoyada en
el
pie de la cama. Debo mantener la cabeza bien erguida. Y comer, comer, comer. Retomo
la fuente
abierta junto a la muñeca, pero me doy cuenta de que la sangre ha comenzado a
coagularse y
se ha detenido el flujo, así que me veo en la necesidad de usar los dientes para
reabrirla y
retomar mi vía de alimentación. El mareo persiste. El dolor ya no me importa,
empiezo a
percibirlo como si le ocurriera a otro, así que insisto con los dientes hasta
arrancar el tejido
suficiente como para que mi lengua surque y extraiga sin obstáculos. Me sabe la
boca a hierro,
a vida o muerte. Me cuesta respirar, tiemblo. Succiono, lamo, como, bebo, hasta que
algo
flaquea finalmente en mi interior y caigo de costado sobre ese bello mar de
cristales,
transparentes y tentadores como deliciosos caramelos de menta y anís.