Sar a R attaro
Brilla todo lo que puedas
Traducción de Elena del Amo
–Se lo suplico, déjeme subir. No tengo dinero pero necesito
ayuda.
El hombre sentado al volante abrió unos ojos como platos y
miró a la que debía de parecerle una pordiosera. Me hizo una
seña con la cabeza y subí al autobús. Estaba amaneciendo y
aquella era la primera carrera, la de las seis. Había empezado
a nevar y hacía muchísimo frío.
Me senté donde él me pudiera ver.
–Señora, ¿está bien?
–No lo sé…
Cuando llegamos a la plaza del pueblo, me bajé. Le di las
gracias y me puse a andar en busca de un lugar donde pudie-
ra esconderme. Era demasiado pronto para estar paseando
sola. Habría llamado la atención y necesitaba un lugar en el
cual refugiarme. Encontré un edificio en construcción y me
introduje en él. Encontré un asiento. Me pregunté por qué
no tenía ganas de llorar y la única explicación era que no me
sentía desesperada, tal como había imaginado. Por fin tenía
las ideas claras.
Esperé hasta que las campanas de la iglesia dieron las ocho
y me acerqué a la salida.
Llamé a una señora que pasaba por la calle.
–Por favor, ayúdeme –dije acercándome con las manos le-
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vantadas para que no pensara que quería hacerle daño–. Ne-
cesito llamar por teléfono. ¿Puede darme unas monedas?
Me miró sorprendida.
–Tengo un problema enorme y necesito ayuda –añadí,
como si mi estado no fuera ya bastante evidente.
Llevaba un jersey oscuro, los pantalones de un viejo chán-
dal y un par de zapatillas. Era la víspera de Navidad y en la mon-
taña hacía muchísimo frío.
Entré en el bar de la plaza y metí las monedas en el teléfo-
no, sin preocuparme de las miradas de la camarera.
–Soy yo…, sí, estoy bien… Ahora escúchame o voy directa-
mente a ver a los carabinieri y os denuncio también a voso-
tros… Te espero dentro de una hora en la iglesia. Si no haces
lo que te digo, esta vez te meterás en un buen lío.
La chica que estaba en la barra me miraba como si hubiera
visto un fantasma.
–¿Te preparo un café? –murmuró.
Asentí y me acerqué.
–No te puedo pagar.
–No hace falta. Invita la casa…
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–¡Emma!
La voz de mi cuñado retumbó en toda la nave central mien-
tras yo permanecía absorta observando el crucifijo que estaba
sobre el altar, en la iglesia del pueblo en el que vivía desde hacía
cinco años. Me di cuenta de que en todo aquel tiempo había
entrado en ella raras veces, tan poco que ni siquiera sabría des-
cribirla. Quién sabe, quizá si hubiera acudido más frecuente-
mente, es posible que las cosas hubiesen sido de otra manera.
–¿Estás bien?
–Sí, estoy bien.
–Pero ¿qué ha pasado?
Su hipocresía tenía todos los rasgos de quien la lleva des-
de hace demasiado tiempo como para darse cuenta de que la
tiene dentro.
–Me he escapado.
–¿Te ha pegado?
–Esta vez no –respondí mirándole fijamente a los ojos. Él
abrió la boca como si quisiera decir algo, para luego cerrarla
sin ofender posteriormente mi inteligencia.
–Ahora vamos –ordené.
–¿Adónde?
–A tu casa.
–¿Y Marco?
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–No te preocupes. Aún estará durmiendo. Le he dado un
somnífero… –aseguré mientras me acercaba a la puerta.
–¿Y la niña?
–Está tranquila. Marco solo tiene que calentarle la leche. Si
tú haces exactamente lo que te digo, todo irá bien.
Vittorio se puso en marcha y me sacó de aquel lugar al que
había aprendido a odiar, y al que jamás volvería.
Contemplaba la mañana iluminarse mientras atravesába-
mos un campo que, si no lo hubiera visto con mis ojos, me
habría parecido maravilloso.
Después de poco más de una hora estábamos en su salón.
Anna, su mujer, me miraba con gesto falsamente disgustado,
más por el temor de que la situación se le fuera de las manos
que por mi aspecto de sufrimiento.
–Vittorio, tienes que llamar por teléfono a tu hermano.
Debe saber que me has encontrado y que ahora soy tu rehén.
Dile que estoy atada y que tiene que venir a recogerme porque
tú no me quieres en tu casa. Recuerda llamarme sinvergüenza
o puta o lo que quieras…
–¿Qué?
–Tienes que hacer lo que te he dicho u os llevo a todos a los
tribunales por haberos negado a prestarme auxilio.
Ellos tenían conocimiento de todo, y no habían hecho nada
por ayudarme. No sabía si eso tenía realmente un peso legal,
pero sin la menor duda deterioraría la perfecta imagen públi-
ca que la familia de mi marido valoraba tanto. Di en el blanco.
–Emma, ¿no podemos razonar? –intentó intervenir Anna.
–¿Razonar? ¡He vivido un auténtico infierno! Vamos a ver:
¿sobre qué quieres razonar? ¿Sobre vuestra ausencia? ¿Sobre
el hecho de que nunca os habéis preocupado de saber dónde
estábamos? ¿O sobre el hecho de que era un alivio para voso-
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tros que fuera yo la que me llevara las palizas en vuestro lugar?
Ahora las reglas las pongo yo.
Miré a Vittorio a los ojos mientras, al teléfono, intentaba
repetir, en pocos minutos, lo que yo le había dicho. En dema-
siado pocos, pues no tenía mucho talento.
–Ha dicho que viene inmediatamente.
–Bien. Tenemos más o menos una hora.
Ordené a Anna que fuera a llamar a todos los demás pa-
rientes que vivían en la misma escalera y que los reuniera en
el salón. Debían estar todos presentes. Debían darse cuenta de
lo que era Marco y asumir sus responsabilidades. Ninguno, y
por ningún motivo sin importancia, tenía que hacer fracasar
un plan tan perfectamente fraguado.
Ahí estaban todos, un puñado de personas que me miraban
fijamente con curiosidad.
–Cuando él llegue, todos estaréis escondidos.
–Pero ¿por qué escondidos?
–Porque tiene que creer que en casa solo están Vittorio y
Anna. Os he hecho bajar porque es mejor tenerlo todo bajo
control. Después deberá encontrarme atada a una silla.
–¿Atada? –preguntó Maria Elena, la otra hermana.
–¡Sí, atada! Tu hermano está loco, y para detenerlo debemos
jugar con sus reglas… Nunca se irá de casa si no está seguro de
que estáis todos de su parte. ¿Sabes?, además él piensa que sois
unos cabrones. ¡Así creerá que no le estáis engañando! –respon-
dí mirándola fijamente a los ojos, para que tuviera la certeza de
que no estaba bromeando–. Anna, en cuanto entre en casa, co-
ges a mi hija de la mano, pero sin asustarla –le recomendé–, y la
alejas de aquí con la excusa de ir a ver a sus primitos. Llévala al
piso de arriba, a casa de tu hermana. No quiero que vea nada.
Ella asintió.
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–Vittorio, tú tienes que prepararle un café y echarle esto
–dije, y entregué a mi cuñado un frasco de Rohypnol y otro de
Serenase.
–¿Qué son?
–Ansiolíticos.
–¿Y si le hacen daño?
–No te preocupes… En ese caso toda la culpa será mía.
Le indiqué la dosis exacta que había que diluir en el café
y le ordené que pusiera en marcha el friegaplatos y la lavado-
ra: el ruido ocultaría los movimientos de los demás presentes
en la casa.
–Pero ¿por qué toda esta puesta en escena? ¡Es totalmente
ridícula y absurda!
–Os estoy ofreciendo la posibilidad de alejarlo de mí para
curarlo. Si voy a la policía puedo destrozaros, porque vosotros
sabíais lo que estaba ocurriendo. Os lo hice saber. Ahora os lo de-
vuelvo. ¡Desde este momento el problema también es vuestro!
Poco después llamé por teléfono a Tommaso, mi exnovio,
y le pedí que se reuniera conmigo acompañado del doctor
Scavi, el psiquiatra con el que me había puesto en contacto
hacía tiempo.
Cuando mi marido entró en casa todo estaba preparado.
Anna cogió suavemente a Martina de la mano y se la llevó,
sus hermanos estaban encerrados en el dormitorio y yo estaba
sentada con las manos atadas detrás de la silla.
–¿Adónde pensabas ir?
–Perdóname –respondí con gesto doliente.
–¡Ahora te llevo a casa y arreglamos las cuentas!
–Te juro que no volveré a hacerlo.
Lancé una rápida mirada a mi cuñado, que comprendió que
debía intervenir con su parte.
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–Siéntate, Marco. Cálmate. Te preparo un café y después
podréis marcharos.
Mi marido no respondió. Me miraba fijamente y continua-
ba repitiendo las mismas frases.
Poco después de haber bebido, su expresión seguía estando
extrañamente igual.
Cuando llamaron a la puerta se puso de pie de un salto,
nervioso.
–¿Quién es? ¿Esperas a alguien? –preguntó a su hermano.
–No, será el cartero o la vecina, tranquilízate –respondió
mi cuñado, entonces ya consumado actor de aquella absurda
representación.
En cuanto Tommaso y el doctor Scavi entraron en la habi-
tación en la que yo estaba atada, mi marido se dio cuenta del
engaño. Iban acompañados de un médico y dos enfermeros.
Marco, cegado por la rabia, cogió una silla con la idea de lan-
zarla contra ellos, pero los enfermeros, que eran muy fuertes,
lo inmovilizaron torciéndole los brazos.
–Acaba de tomar Serenase y Rohypnol –grité yo con miedo
de que le dieran otra dosis de somnífero, que habría podido
resultarle letal. Sus fuerzas estaban disminuyendo, y también
todos los insultos que nos estaba dirigiendo.
–Esta vez he ganado yo –dije dejando caer la cuerda al suelo
y levantándome de la silla.
–Llamad a los vigilantes. Tenemos que llevarlo al hospital
para un tratamiento sanitario obligatorio.
Acababa de salvarme.
Tomé ciertas decisiones para salvar a mi familia con la misma
convicción con la que Marco deseaba destruirla.
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