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Inmediatamente se puso a construir un arco con sus correspondientes flechas.

Cerca del faro crecían fresnos, y para las varas de las flechas no faltaban avellanos
llenos de serpollos rectos y hermosos. Escogió un fresno joven, cortó un trozo de tronco
liso, sin ramas, de casi dos metros de longitud, lo despojó de la corteza y, capa por capa,
fue quitándole la madera blanca como le había enseñado a hacer el viejo Mitsima,
hasta que obtuvo una vara de su misma altura, rígida y gruesa en el centro, ágil y
flexible en los extremos. Aquel trabajo le produjo un placer muy intenso. Tras aquellas
semanas de ocio en Londres, durante las cuales, cuando deseaba algo le bastaba pulsar
un botón o girar una manija, fue para él una delicia hacer algo que exigía habilidad y
paciencia.
Casi había terminado de dar forma al arco cuando se dio cuenta, con un
sobresalto, de que estaba cantando. «iCantando!» Fue como si se hubiese descubierto
de pronto en flagrante delito. Se sonrojó, abochornado. Al fin y al cabo, no había ido
allá para cantar y divertirse sino para escapar de la vida civilizada, para purificarse y
mejorar, para enmendarse de una manera activa. Comprendió, decepcionado, que,
absorto en la confección de su arco había olvidado lo que se había jurado a sí mismo
recordar siempre: la pobre Linda, su propia asesina violencia para con ella, los odiosos
mellizos que pululaban como gusanos alrededor de su lecho de muerte, profanando
con su sola presencia, no sólo el dolor y el remordimiento del propio John sino a los
mismos dioses. Había jurado recordar, había jurado reparar incesantemente. Y allá
estaba, trabajando en su arco, y cantando así, tal como suena, cantando... Entró en el
faro, abrió el bote de mostaza y puso a hervir agua en el fuego.
Media hora después, tres campesinos Delta-Menos de uno de los grupos de
Bokanovsky de Puttenham se dirigían en camión hacia Elstead, y desde lo alto de la
colina, se sorprendieron al ver a un joven de pie en el exterior del faro abandonado,
desnudo hasta la cintura y azotán-
dose a sí mismo con un látigo de cuerdas de nudos. La espalda del joven aparecía
cruzada horizontalmente por rayas oscuras, y entre surco y surco discurrían hilillos de
sangre. El conductor del camión detuvo el vehículo a un lado de la carretera y, junto con
sus dos compañeros, se quedó mirando boquiabierto aquel espectáculo extraordinario.
Uno, dos, tres... Contaron los azotes. Después del octavo latigazo, el joven interrumpió
su castigo, corrió hacia el bosque y allá vomitó violentamente. Luego volvió a coger el
látigo y siguió azotándose: nueve, diez, once, doce...
一 ¡Ford! -murmuró el conductor.
Y los mellizos fueron de la misma opinión.
一 ¡Reford! -dijeron.
Tres días más tarde, como los búhos a la vista de una carroña, llegaron los
periodistas.
Secado y endurecido al fuego lento de la leña verde, el arco. ya estaba listo. El
salvaje trabajaba afanosamente en sus flechas. Había cortado y secado treinta varas de
avellano y las había guarnecido en la punta con agudos clavos firmemente sujetos. Una
noche había efectuado una incursión a la granja avícola de Puttenham y ahora tenía
plumas suficientes para equipar a todo un ejército. Estaba empeñado en la tarea de
acoplar las plumas a las flechas cuando el primer periodista fue a su encuentro.
Silenciosamente, calzado con sus zapatos neumáticos, el hombre se le acercó por
detrás.

2.44
-Buenos días, Mr. Salvaje -dijo-. Soy el enviado de El Radio Horario.
Como mordido por una serpiente, el salvaje saltó sobre sus pies, desparramando
en todas direcciones las plumas, el bote de cola y el pincel.
-Perdón -dijo el periodista, sinceramente compungido-. No tenía intención...-se
tocó el sombrero de copa de aluminio en el que llevaba el receptor y el transmisor
telegráfico-. Perdone que no me descubra -[Link] sombrero es un poco pesado.
Bien, como le decía, me envía El Radio...

2.44
- ¿Qué quiere? -preguntó el salvaje, ceñudo.
-Bueno, como es natural, a nuestros lectores les interesaría muchísimo...-Ladeó la
cabeza y su sonrisa adquirió un matiz de coquetería-. Sólo unas pocas palabras, Mr.
Salvaje.
Rápidamente, con una serie de ademanes rituales, desenrolló dos cables
conectados a la batería que llevaba en torno de la cintura; los enchufó
simultáneamente a ambos lados de su sombrero de aluminio; tocó un resorte y una
antena se disparó en el aire; tocó otro resorte del borde del ala, y, como un muñeco de
muelles, saltó un pequeño micrófono que se quedó colgando estremeciéndose, a unos
quince centímetros de su nariz; se bajó hasta las orejas un par de auriculares, pulsó un
botón situado en el lado izquierdo del sombrero, que produjo un débil zumbido, hizo
girar otro botón de la derecha, y el zumbido fue interrumpido por una serie de silbidos
y chasquidos estetoscopios.
-Al habla-dijo, por el micrófono-, al habla, al habla...
Súbitamente sonó un timbre en el interior de su sombrero.
-¿Eres tú, Edzel? Primo Mellon al habla. Sí, lo he pescado. Ahora Mr. Salvaje
cogerá el micrófono y pronunciará unas palabras. Por favor, Mr. Salvaje. -Miró a John y
le dirigió otra de sus melifluas sonrisas-. Diga solamente a nuestros lectores por qué ha
venido aquí. Qué le indujo a marcharse de Londres (¡jal habla, Edzel!) tan
precipitadamente. Y dígales también algo, naturalmente, del látigo. -El salvaje tuvo un
sobresalto. ¿Cómo se habían enterado de lo del látigo? -. Todos estamos deseosos de
saber algo de ese látigo. Díganos también algo acerca de la civilización. Ya sabe. «Lo que
yo opino de la muchacha civilizada.» Sólo unas palabras...
El salvaje obedeció con desconcertante exactitud. Sólo pronunció cinco palabras,
ni una sola más; cinco palabras, las mismas que había dicho a Bernard a propósito del
archichantre comunal de Canterbury.

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-Háni! sons éso tse-ná!
Y agarrando al periodista por los hombros, le hizo dar media vuelta (el joven se
reveló apetitosamente provisto de materia carnosa en el trasero) y, con toda la fuerza y
la precisión de un campeón de fútbol, soltó un puntapié prodigioso.
Ocho minutos más tarde, una nueva edición de El Radio Horario aparecía en las
calles de Londres. «Un periodista de El Radio Horario, recibe de Mr. Salvaje un puntapié
en el coxis», decía el titular de la primera página.《Sensación en Surrey.»
«Y sensación en Londres, también», pensó el periodista a su vuelta, cuando leyó
estas palabras. Y, lo que era peor, una sensación muy dolorosa. Tuvo que tomar asiento
con mucha cautela, a la hora de almorzar.
Sin dejarse amedrentar por la contusión preventiva en el coxis de su colega, otros
cuatro periodistas, enviados por el Times de Nueva York, El Continuo de Cuatro
Dimensiones de Frankfort, El Monitor Científico Fordiano y El Espejo Delta visitaron
aquella tarde el faro y fueron recibidos con progresiva violencia.
Desde una distancia prudencial, y frotándose todavía las dolidas nalgas, el
periodista de El Monitor Cientifico Fordiano gritó:
- ¡Pedazo de tonto! ¿Por qué no toma un poco de soma?
- ¡Fuera de aquí! -contestó el salvaje.
El otro se alejó unos pasos, y se volvió.
-El mal se convierte en algo irreal con un par de gramos.
-Kobakwa iyatbtokyai!
-El dolor es una ilusión.
- ¿Ah, sí? -dijo el salvaje.
Y agarrando una gruesa vara avanzó un paso.
El enviado de El Monitor Cientifico Fordiano echó a correr hacia su helicóptero.
A partir de aquel momento el salvaje gozó de paz por un tiempo. Llegaron unos
cuantos helicópteros que sobrovolaron

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el faro inquisitivamente. John disparó una flecha contra el que más se había
acercado. La flecha traspasó el suelo de aluminio de la cabina; se oyó un agudo
gemido, y el aparato ascendió como un cohete con toda la rapidez que el motor
logró imprimirle. Los demás, desde aquel momento, mantuvieron respetuosamente
las distancias. Sin hacer caso de su molesto zumbido, el salvaje, que se veía a sí
mismo como uno de los pretendientes de la doncella de Mátsaki, tenaz y resistente
entre los alados insectos, trabajaba en su futuro huerto. Al cabo de un tiempo los
insectos se cansaron y se alejaron volando; durante unas horas, el cielo sobre su
cabeza, permaneció desierto y, excepto por las alondras, silencioso.
Aquel día hacía un calor asfixiante y había aires de tormenta. John se había
pasado la mañana cavando y ahora descansaba tendido en el suelo. De pronto, el
recuerdo de Lenina se transformó en una presencia real, desnuda y tangible, que le
decía «iCariño!» y «¡Abrázame!», con sólo las medias y los zapatos puestos,
perfumada... ¡Impúdica zorra! Pero... ¡oh, oh...! Sus brazos en torno de su cuello,
los senos erguidos, sus labios... «La eternidad estaba en nuestros labios y en
nuestros ojos. »Lenina... ;No, no, no, no! El salvaje saltó sobre sus pies, y, desnudo
como iba, salió corriendo de la casa. Junto al límite donde empezaban los brezales
crecían unas matas de enebro espinoso. John se arrojó a las matas, y estrechó, en
lugar del sedoso cuerpo de sus deseos, una brazada de espinas verdes. Agudas, con
un millar de puntas, lo pincharon cruelmente. John se esforzó por pensar en la
pobre Linda, sin palabra ni aliento, estrujándose las manos, y en el terror indecible
que aparecía en sus ojos. La pobre Linda, que había jurado no olvidar. Pero la
presencia de Lenina seguía acosándole, aun en medio de las heridas y los pinchazos
de las agujas de los enebros. «Cariño, cariño..., si también tú me deseabas, ¿por
qué no me lo decías?»
El látigo estaba colgado de un clavo, detrás de la

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puerta, siempre a mano ante la posible llegada de periodistas. En un acceso de furor, el
salvaje volvió corriendo a la casa, lo cogió y lo levantó en el aire. Las cuerdas de nudos
mordieron su carne.
-¡Zorra! ¡Zorra! -gritaba, a cada latigazo, como si fuese a Lenina (¡y con qué
frecuencia, aun sin saberlo, deseaba que lo fuera!), blanca, cálida, perfumada, infame, a
quien así azotaba-.¡Zorra! -Y después-:¡Oh, Linda, perdóname! ¡Perdóname, Dios mío!
Soy malo. Soy pérfido. Soy... jNo, no, zorra, zorra!
Desde su escondrijo cuidadosamente construido en el bosque, a trescientos
metros de distancia, Darwin Bona-parte, el fotógrafo de caza mayor más experto de la
Sociedad. Productora de Filmes para los sensoramas, había observado todos los
movimientos del salvaje. La paciencia y la habilidad habían obtenido su recompensa;
Darwin Bonaparte se había pasado tres días sentado en el interior del tronco de un
roble artificial, tres noches reptando sobre el vientre a través de los brezos, ocultando
micrófonos en las matas de allaga, enterrando cables en la blanda arena gris. Setenta y
dos horas de suprema incomodidad. Pero ahora había llegado el gran momento, el más
grande desde que había tomado las espeluznantes imágenes estereoscópicas de la
boda de unos gorilas. «Espléndido -se dijo, cuando el salvaje empezó su nú-mero-.
[Espléndido!»
Mantuvo sus cámaras telescópicas cuidadosamente enfocadas, como pegadas
con cola a su móvil objetivo; le aplicó un telescopio más potente para captar un primer
plano del rostro frenético y contorsionado (¡admirable!);filmó unos instantes a cámara
lenta (un efecto cómico exquisito, se prometió a sí mismo); y, entretanto, escuchó con
deleite los golpes, los gruñidos y las palabras furiosas que iban grabándose en la cinta
sonora del filme; probó el efecto de una ligera amplificación (así, decididamente,
resultaba mejor); le encantó oír, en un breve momento de pausa, el agudo canto de una
alondra; deseó que el salvaje se volviera para poder tomar un buen primer plano de la

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sangre en su espalda... y casi inmediatamente (ivaya suerte!) el complaciente
muchacho se volvió, y el fotógrafo pudo tomar a la perfección la vista que deseaba.
«;Bueno, ha sido estupendo! -se dijo, cuando todo hubo acabado-.¡De
primera calidad!» Se secó el rostro empapado en sudor. Cuando en los estudios le
hubiesen añadido los efectos táctiles, resultaría una película perfecta. Casi tan
buena, pensó Darwin Bonaparte, como La vida amorosa del cachalote. «¡Lo que,
por Ford, no es poco decir!»
Doce días más tarde, El Salvaje de Surrey se había es-trenado ya y podía
verse, oírse y palparse en todos los palacios de sensorama de primera categoría de
la Europa occidental.
El efecto de la película fue inmediato y sorprendente. La tarde que siguió a la
noche del estreno, la rústica sole-dad de John fue interrumpida bruscamente por la
llegada de un vasto enjambre de helicópteros.
John estaba cavando en su huerto; y cavando también en su propia mente,
revolviendo la sustancia de sus pensamientos. La muerte... E hincaba su azada una
y otra vez...«Y todos nuestros días pasados han iluminado a los necios el camino
hacia la polvorienta muerte.» Un trueno convincente rugía a través de estas
palabras. John levantó una palada de tierra. ¿Por qué había muerto Linda? ¿Por qué
le había dejado perder progresivamente su condición humana, y al fin...? El salvaje
sintió un escalofrío...Y al fin se había convertido en... «una buena carroña para
besar...». Apoyó el pie en el borde de la pala y la hincó profundamente en el suelo.
«Somos para los dioses como moscas en manos de chiquillos caprichosos, nos
matan como en un juego.» Otro trueno; palabras que por sí mismas se
proclamaban verdaderas; más verdaderas, en cierto modo, que la misma verdad. Y
sin embargo el mismo Gloucester los había llamado «dioses eternamente
amables». Además, «el mejor de los descansos es el sueño; y tú a menudo lo
buscas; sin embargo, temes torpemente la muerte, que es la misma cosa».

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