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Rasu Ñiti

Este fragmento describe al bailarín Rasu-Ñiti vistiéndose con su traje tradicional y preparándose para bailar, mientras reflexiona sobre el espíritu que lo guía llamado Wamani. También recuerda haber presenciado el baile del legendario dansak' Untu colgado de un árbol.
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Rasu Ñiti

Este fragmento describe al bailarín Rasu-Ñiti vistiéndose con su traje tradicional y preparándose para bailar, mientras reflexiona sobre el espíritu que lo guía llamado Wamani. También recuerda haber presenciado el baile del legendario dansak' Untu colgado de un árbol.
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LECTURA:

LA AGONÍA DEL RASU-ÑITI


(FRAMENTO 1)

Estaba tendido en el suelo, sobre una cama de pellejos. Un cuero de vaca


colgaba de uno de los maderos del techo. Por la única ventana que tenía la
habitación, cerca del mojinete, entraba la luz grande del sol; daba contra el
cuero y su sombra caía a un lado de la cama del bailarín. La otra sombra, la del
resto de la habitación, era uniforme. No podía afirmarse que fuera oscuridad;
era posible distinguir las ollas, los sacos de papas, los copos de lana; los
cuyes, cuando salían algo espantados de sus huecos y exploraban en el
silencio. La habitación era ancha para ser vivienda de un indio. Tenía una troje.
Un altillo que ocupaba no todo el espacio de la pieza, sino un ángulo. Una
escalera de palo de lambras servía para subir a la troje. La luz del sol
alumbraba fuerte. Podía verse cómo varias hormigas negras subían sobre la
corteza del lambras que aún exhalaba perfume.
—El corazón está listo. El mundo avisa.
Estoy oyendo la cascada de Saño. ¡Estoy listo! Dijo el dansak’ “RasuÑiti”
Se levantó y pudo llegar hasta la petaca de cuero en que guardaba su traje de
dansak’ y sus tijeras de acero. Se puso el guante en la mano derecha y
empezó a tocar las tijeras. Los pájaros que se espulgaban tranquilos sobre el
árbol de molle, en el pequeño corral de la casa, se sobresaltaron. La mujer del
bailarín y sus dos hijas que desgranaban maíz en el corredor, dudaron.
— Madre ¿has oído? ¿Es mi padre, o sale ese canto de dentro de la montaña?
—preguntó la mayor. —¡Es tu padre! —dijo la mujer. Porque las tijeras sonaron
más vivamente, en golpes menudos.
Corrieron las tres mujeres a la puerta de la habitación. “Rasu-Ñiti” se estaba
vistiendo. Sí. Se estaba poniendo la chaqueta ornada de espejos.
— ¡Esposo! ¿Te despides? — preguntó la mujer, respetuosamente, desde el
umbral. Las dos hijas lo contemplaron temblorosas.
—El corazón avisa, mujer. Llamen al “Lurucha” y a don Pascual. ¡Qué vayan
ellas! Corrieron las dos muchachas. La mujer se acercó al marido.
—Bueno. ¡Wamani está hablando! —dijo él
— Tú no puedes oír. Me habla directo al pecho. Agárrame el cuerpo. Voy a
ponerme el pantalón. ¿Adónde está el sol? Ya habrá pasado mucho el centro
del cielo.
—Ha pasado. Está entrando aquí. ¡Ahí está! Sobre el fuego del sol, en el piso
de la habitación, caminaban unas moscas negras.
—Tardará aún la chiririnka que viene un poco antes de la muerte. Cuando
llegue aquí no vamos a oírla aunque zumbe con toda su fuerza, porque voy a
estar bailando.
JOSÉ MARÍA ARGUEDAS ALTAMIRANO

LECTURA:
LA AGONÍA DEL RASU-ÑITI
(FRAMENTO 2)

Se puso el pantalón de terciopelo, apoyándose en la escalera y en los hombros


de su mujer. Se calzó las zapatillas. Se puso el tapabala y la montera. El tapabala
estaba adornado con hilos de oro. Sobre las inmensas faldas de la montera, entre
cintas labradas, brillaban espejos en forma de estrella. Hacia atrás, sobre la espalda
del bailarín, caía desde el sombrero una rama de cintas de varios colores. La mujer se
inclinó ante el dansak’. Le abrazó los pies. ¡Estaba ya vestido con todas sus insignias!
Un pañuelo blanco le cubría parte de la frente. La seda azul de su chaqueta, los
espejos, la tela roja del pantalón, ardían bajo el angosto rayo de sol que fulguraba en
la sombra del tugurio que era la casa del indio Pedro Huancayre, el gran dansak’
“Rasu-Ñiti”, cuya presencia se esperaba, casi se temía, y era luz de las fiestas de
centenares de pueblos. —¿Estás viendo al Wamani sobre mi cabeza? —preguntó el
bailarín a su mujer. Ella levantó la cabeza.
—Está —dijo—. Está tranquilo.
—¿De qué color es? —Gris. La mancha blanca de su espalda está ardiendo.
—Así es. Voy a despedirme. ¡Anda tú a bajar los tipis de maíz del corredor! ¡Anda! La
mujer obedeció. En el corredor de los maderos del techo, colgaban racimos de maíz
de colores. Ni la nieve, ni la tierra blanca de los caminos, ni la arena del río, ni el vuelo
feliz de las parvadas de palomas en las cosechas, ni el corazón de un becerro que
juega, tenían la apariencia, la lozanía, la gloria de esos racimos.
La mujer los fue bajando, rápida pero ceremonialmente. Se oía ya, no tan lejos, el
tumulto de la gente que venía a la casa del bailarín. Llegaron las dos muchachas. Una
de ellas había tropezado en el campo y le salía sangre de un dedo del pie. Despejaron
el corredor. Fueron a ver después al padre. Ya tenía el pañuelo rojo en la mano
izquierda. Su rostro enmarcado por el pañuelo blanco, casi salido del cuerpo,
resaltaba, porque todo el traje de color y luces y la gran montera lo rodeaban, se
diluían para alumbrarlo; su rostro cetrino, no pálido, cetrino duro, casi no tenía
expresión. Sólo sus ojos aparecían hundidos como en un mundo, entre los colores del
traje y la rigidez de los músculos.
—¿Ves al Wamani en la cabeza de tu padre? —preguntó la mujer a la mayor de sus
hijas. Las tres lo contemplaron, quietas.
—No —dijo la mayor.
—No tienes fuerza aún para verlo. Está tranquilo, oyendo todos los cielos; sentado
sobre la cabeza de tu padre. La muerte le hace oír todo. Lo que tú has padecido; lo
que has bailado; lo que más vas a sufrir.
—¿Oye el galope del caballo del patrón?
—Sí oye —contestó el bailarín, a pesar de que la muchacha había pronunciado las
palabras en voz bajísima
—. ¡Sí oye! También lo que las patas de ese caballo han matado. La porquería que ha
salpicado sobre ti. Oye también el crecimiento de nuestro dios que va a tragar los ojos
de ese caballo. Del patrón no. ¡Sin el caballo él es sólo excremento de borrego!

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS ALTAMIRANO


LECTURA:
LA AGONÍA DEL RASU-ÑITI
(FRAMENTO 2)

Empezó a tocar las tijeras de acero. Bajo la sombra de la habitación la


fina voz del acero era profunda.
—El Wamani me avisa. ¡Ya vienen! —dijo.
—¿Oyes, hija? Las tijeras no son manejadas por los dedos de tu padre. El
Wamani las hace chocar. Tu padre sólo está obedeciendo. Son hojas de acero
sueltas. Las engarza el dansak’ por los ojos, en sus dedos y las hace chocar.
Cada bailarín puede producir en sus manos con ese instrumento una música
leve, como de agua pequeña, hasta fuego: depende del ritmo, de la orquesta y
del “espíritu” que protege al dansak’. Bailan solos o en competencia. Las
proezas que realizan y el hervor de su sangre durante las figuras de la danza
dependen de quién está asentado en su cabeza y su corazón, mientras él baila
o levanta y lanza barretas con los dientes, se atraviesa las carnes con leznas o
camina en el aire por una cuerda tendida desde la cima de un árbol a la torre
del pueblo.
Yo vi al gran padre “Untu”, trajeado de negro y rojo, cubierto de espejos,
danzar sobre una soga movediza en el cielo, tocando sus tijeras. El canto del
acero se oía más fuerte que la voz del violín y del arpa que tocaban a mi lado,
junto a mí. Fue en la madrugada. El padre “Untu” aparecía negro bajo la luz
incierta y tierna; su figura se mecía contra la sombra de la gran montaña.
La voz de sus tijeras nos rendía, iba del cielo al mundo, a los ojos y al
latido de los millares de indios y mestizos que lo veíamos avanzar desde el
inmenso eucalipto de la torre. Su viaje duró acaso un siglo. Llegó a la ventana
de la torre cuando el sol encendía la cal y el sillar blanco con que estaban
hechos los arcos. Danzó un instante junto a las campanas. Bajó luego. Desde
dentro de la torre se oía el canto de sus tijeras; el bailarín iría buscando a
tientas las gradas en el lóbrego túnel.
Ya no volverá a cantar el mundo en esa forma, todo constreñido,
fulgurando en dos hojas de acero. Las palomas y otros pájaros que dormían en
el gran eucalipto, recuerdo que cantaron mientras el padre “Untu” se
balanceaba en el aire. Cantaron pequeñitos, jubilosamente, pero junto a la voz
del acero y a la figura del dansak’ sus gorjeos eran como una filigrana apenas
perceptible, como cuando el hombre reina y el bello universo solamente,
parece, lo orna, le da el jugo vivo a su señor. El genio de un dansak’ depende
de quién vive en él: ¿el “espíritu” de una montaña (Wamani); de un precipicio
cuyo silencio es transparente; de una cueva de la que salen toros de oro y
“condenados” en andas de fuego? O la cascada de un río que se precipita de
todo lo alto de una cordillera; o quizás sólo un pájaro, o un insecto volador que
conoce el sentido de abismos, árboles, hormigas y el secreto de lo nocturno;
alguno de esos pájaros “malditos” o “extraños”, el hakakllo, el chusek, o el San
Jorge, negro insecto de alas rojas que devora tarántulas.

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS ALTAMIRANO

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