Magia de Llamas y Sombras
LAS BRUJAS DE MOONFELL, LIBRO UNO
KIM RICHARDSON
Este libro es una obra de ficción. Cualquier referencia a acontecimientos históricos, personas reales o
lugares reales se utiliza de forma ficticia. Los demás nombres, personajes, lugares e incidentes son
producto de la imaginación del autor, y cualquier parecido con acontecimientos, lugares o personas
reales, vivas o muertas, es mera coincidencia.
Magia de Llamas y Sombras, Las Brujas de Moonfell, Libro Uno
Copyright © 2023 por Kim Richardson
Todos los derechos reservados, incluido el derecho de reproducción
en su totalidad o en cualquier forma.
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Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Magia de Sangre y Ceniza
Libros De Kim Richardson
Sobre La Autora
Capítulo 1
L asímbolos
suave piel de su abdomen estaba desgarrada, marcada por runas,
y letras talladas en el pecho. Los cortes profundos y dentados
me decían que lo había hecho un aficionado o alguien apurado. O quizás
simplemente le dio igual. En mi opinión, era de mal gusto y poco original.
A la víctima le faltaban los ojos, y la sangre le corría por las muñecas,
donde había sido cortado. El olor a sangre y vísceras era espeso.
Nada me gustaba más que encontrar un cadáver antes de las nueve de la
mañana, antes de mi segunda taza de café. Era un macho de raza caucásica
por el color claro de la piel empapada en sangre. Era sólo un chico.
Quizás tenía diecisiete años. Posiblemente era más joven. Y eso no me
cayó bien.
La escena era sombría. El cuerpo colgaba de la pared como un cuadro,
atravesado y perforado por una barra de hierro que atravesaba cada
clavícula. El cadáver estaba extendido en forma de X, con unas cuerdas
estiradas para mantener separados los miembros. La sangre había goteado
del cuerpo y se había acumulado en el piso de madera que estaba debajo.
Las runas y las letras talladas en la víctima me parecía que estaban en
latín. Mi latín estaba un poco oxidado, pero conocía esta palabra. Las letras
decían ANIMAE. Alma.
¿Qué carajos significaba eso?
No era mi primera experiencia con un asesinato ritualístico. En mi
trabajo, eran tan comunes como las rebajas en el supermercado. Había visto
muchos cadáveres, incluso mutilados con runas, pero por muchos que
fueran, cuando se trataba de jovencitos, afloraba en mí una rabia profunda y
primitiva. No había nada que odiara más que el asesinato de niños. Nada.
Pero no era eso lo que hacía que se me subiera la tensión ni que se me
erizaran los vellos de la nuca. Tampoco era el motivo por el que había
solicitado este caso concreto.
Era el hecho de que ya había visto una vez esa forma particular de
asesinato ritualístico junto con esas extrañas runas y símbolos.
Hace exactamente veinte años.
Todavía podía verle la cara a esa chica de hace tantos años, como si
fuera ayer cuando me metí por debajo el puente de Fallburn cuando iba en
camino a ver a mi tía, buscando refugio de la lluvia. La habían ahorcado
igual que a este chico, con las mismas runas y símbolos tallados en el pecho
y sin ojos.
Y seguía viva.
Me sacudí esos pensamientos y me concentré en la escena.
Me decía dos cosas: una, que el culpable que lo había hecho quería que
lo viéramos, para presumir de su obra maestra, ya que eran individuos muy
retorcidos.
Y dos, que eran paranormales.
Pude sentir los ecos de la magia; aunque no mucho, sólo un suave
zumbido y lo suficiente para saber que aquí se practicó magia.
Saqué el teléfono y empecé a tomar fotos del cuerpo, de la casa, de
todo. Siempre era mejor tener demasiadas fotos que pudiera borrar más
tarde que no tener suficientes y perderme de algo importante.
Después de dar un rápido vistazo por la casa, incluyendo el sótano, no
pude ver ninguna señal de lucha. La casa estaba limpia, demasiado limpia,
como si nadie hubiera vivido en ella desde hace tiempo. Posiblemente
meses. La falta de heridas defensivas visibles me decía que al chico lo
trajeron hasta aquí, probablemente inconsciente o drogado, y quizás no
sintió nada hasta que empezaron a tallarle el pecho y le quitaron los ojos.
Sí, estaba segura de que lo dejaron despierto para eso.
Desgraciados. Se me subió la bilis al fondo de la garganta. Era
demasiado temprano para esta mierda.
Un fuerte estruendo detrás de mí hizo que volteara.
Una mujer delgada de unos sesenta años atravesó la entrada de la casa
de dos plantas. Su pelo lacio y gris le rozaba los hombros mientras
avanzaba, y unas gafas rojas se posaban en su fina nariz. Me recordaba a mi
maestra de quinto grado, la señora Spots, a la que le encantaba burlarse de
mí en clase porque no era como los demás niños. Yo la odiaba.
—Gracias al caldero que llegaste —dijo la desconocida, con los
hombros caídos mientras permanecía de pie junto a mí, como si había
estado cargando el peso del mundo sobre sus hombros hasta ese preciso
momento. La chaqueta le quedaba dos tallas más grande, como si alguna
vez fue de su esposo, y sus jeans de mamá estaban ajustados en su cintura
con una correa, también de una talla demasiado grande para su delgada
figura—. No sabía qué hacer y por eso llamé a Jack. Me dijo que enviarían
a un Merlín para ayudarnos.
Jack Spencer era el subdirector del Grupo Merlín en Nueva York. El
Grupo Merlín era un acrónimo de Red de Inteligencia de la Liga de las
Fuerzas de Respuesta Mágica. Eran como el FBI, una especie de policía
mágica.
Sentí cosquillas en la nariz ante las energías paranormales que
emanaban de ella. Salvaje y canina. Una mujer zorro, si tuviera que
adivinar.
—Llegué en cuanto recibí la llamada —dije—. ¿Y tú eres?
La desconocida esbozó una rápida sonrisa y se metió en mi espacio
personal, demasiado cerca. Me tendió la mano.
—Helen Robbins —dijo, y su cálido aliento olía a café al rozarme la
cara—. Soy la alcaldesa de Moonfell. Y tú debes de ser Katrina.
—Kat.
—No sabes cuánto nos alivia que estés aquí. No sabíamos qué hacer.
Estamos desesperados.
—¿Quién encontró el cadáver? —Di un paso atrás. Era demasiado
temprano para hablar tan de cerca.
—Angie, la agente inmobiliaria. Una mujer desagradable. Vino a
preparar la casa para mostrarla esta tarde. Lleva tiempo a la venta. En mi
opinión, el precio es demasiado alto. ¿Quién puede pagar algo así? Nadie la
comprará ahora después que se enteren de lo que pasó aquí. Es una lástima.
Era una casa tan bonita cuando los Aird vivían aquí.
—¿Sabes quién es?
Helen suspiró y asintió.
—Tim Mason. Un chico de aquí. Inteligente. Apuesto. Lo tenía todo.
—Paranormal. —En realidad no era una pregunta, puesto que ya sabía
la respuesta—
—Era un hombre lobo, como sus padres. —Helen miró al joven que
colgaba de la pared. Apartó rápidamente los ojos, como si mirarlo
demasiado tiempo pudiera dañar de algún modo su vista—. ¿Qué crees que
pasó aquí? ¿Por qué alguien haría esto?
Buenas preguntas.
—Aún no estoy segura. Pero por eso es que estoy aquí. Para averiguar
por qué le ocurrió esto a Tim. —Odiaba que se arrebataran vidas inocentes
de forma tan brutal. Y éste había sido un asesinato despiadado, de eso no
había duda. No importaba lo que Tim hizo o en qué se había metido, no
merecía morir así.
—Sus padres aún no lo saben. —Helen se quitó las gafas y se frotó los
ojos con la palma de las manos—. Esto va a matarlos. Era su único hijo. No
tengo hijos y no puedo imaginar el dolor que sufrirán. Es demasiado
horrible para imaginarlo. —Volvió a colocarse las gafas en la cara—.
¿Sabes lo que significa esa palabra?
La estudié durante un segundo. Podría mentirle y decirle que no lo
sabía, pero ella era la alcaldesa de esta comunidad paranormal. Tarde o
temprano, se enteraría.
—Alma.
—¿Alma? ¿Como nuestras almas? ¿De nosotros los paranormales?
¿Tenemos un asesino en serie en nuestro pueblo? —La cara de Helen se
sonrojó como si la tensión arterial se le subió hasta las nubes.
—No estoy segura. —Mi propia tensión aumentó ante el estrés de la
situación. El arrebato de Helen no ayudaba. Mi cuerpo tembló como
siempre lo hacía en aquellas condiciones. Un corrientazo frío de energía se
apoderó de mi interior, y rápidamente lo reprimí. No era el momento de
sacar a relucir mi magia.
En lugar de eso, me metí la mano en el bolsillo, saqué un paquete de
chicles y me metí uno en la boca.
—¿Eso es un chicle de nicotina? —Helen estaba de nuevo en mi
espacio personal, con el aroma del champú de lavanda rozándome la nariz
—. ¿Fumas?
—Intento dejarlo. —Le enseñé el paquete de chicles antes de volver a
meterlo en el bolsillo.
—¿Ayudan? ¿Con las ganas de fumar?
No tanto.
—Claro. —La verdad era que odiaba su sabor. Pero me impedía
comprar un paquete de cigarros. De verdad intentaba dejarlo.
—Fumar mata —me regañó Helen, mirándome como una madre
decepcionada.
Al parecer, también lo hacía el hecho de ser un adolescente.
—Lo tendré en cuenta. —Empezaba a molestarme, pero no me caía
mal. Todavía no. Era una de esas personas que irradiaban bondad y
fiabilidad, como si fuera la persona a quien llamarías si estuvieras en un
aprieto. Podría servirme de algo mientras yo esté aquí.
Helen se puso las manos en las caderas, mirándolo todo menos al
adolescente muerto.
—Entonces, ¿alerto al pueblo de que tenemos un asesino entre
nosotros? Esto nunca había pasado en Moonfell. Nunca habíamos tenido un
asesinato.
Sí lo habíamos tenido, pero decidí reservármelo. Al fin y al cabo, Helen
era una desconocida para mí, y no estaba de humor para compartir esa
información con ella.
—¿Debemos mantener a nuestros hijos en nuestras casas hasta que
atrapen al asesino? Esto fue como una especie de ofrenda para un ritual.
¿No? ¿No deberías estar buscando brujas y magos? El año pasado se mudó
un brujo. Me cae mal, ¿sabes? Me pone los pelos de punta cuando pasa a mi
lado. Huele a incienso. Quizás deberías empezar por él.
—Es demasiado pronto para empezar a señalar culpables —le dije—.
Necesito más información—. Y resulta que me gustaba el olor a incienso.
Me tranquilizaba.
—¿Pero este es un asesinato ritualístico? —preguntó Helen—. Magia
oscura. Vudú. Ese tipo de cosas. ¿Para invocar a un dios oscuro? —Sus ojos
se abrieron de par en par.
Encogí los hombros.
—Puede que sí. Puede que no. Hay muchos tipos distintos de asesinatos
ritualísticos. Esto también podría ser algo que se hace pasar por ritual, pero
no lo es. Para intentar alejarnos de los verdaderos asesinos.
—¿Entonces, no lo sabes?
—Todavía no. No.
En ese momento, Helen me miró fijamente, como si intentara
levantarme la piel de la frente para darle un vistazo al interior de mi
cerebro.
—¿Acaso los Merlín no son expertos en estas cosas? —preguntó,
agitando los brazos como si estuviera nadando de espaldas.
Parpadeé.
—No sabría decirte.
Helen se quedó con la boca abierta.
—¿No eres una Merlín? Ya sabes, ese grupo de brujos investigadores.
Aquí vamos.
—No. No soy una Merlín. —No sentí la necesidad de explicar cómo
había fracasado en las pruebas para ser una Merlín y había avergonzado a
mi familia, sobre todo a los desconocidos—. Pero trabajo para ellos de vez
en cuando. Depende del trabajo. Sobre todo por contrato.
—Le pedí a Jack que mandara a un Merlín —dijo Helen. Frunció el
ceño mientras me miraba como si era la primera vez que me veía.
—Y me tienes a mí.
—Eh. —La decepción apareció en su rostro. Supongo que esperaban
algo mejor, o tal vez incluso lo mejor.
Estaba acostumbrada a aquella mirada. Había sido mi compañera
constante durante los últimos treinta y siete años, pero aún me dolía.
Luego, hubo un silencio incómodo hasta que Helen lo rompió.
—Bueno —dijo con una sonrisa forzada hacia mí—. Jack debe saber lo
que hace si te mandó para acá. Significa que confía en que eres una Mer…
persona capaz. Eso significa que nosotros también.
Aprecié sus palabras, pero me parecieron forzadas y cayeron en saco
roto.
—Gracias. —¿Gracias? ¿Por qué carajos dije eso?
—Ojalá Blake se hubiera quedado —dijo Helen—. Se largó después de
ver el cadáver.
—¿Quién es Blake? —Aunque el nombre me sonaba.
—Nuestro jefe de policía. Se fue muy molesto.
—Es comprensible.
—Tiene que mejorar ese temperamento. Va a hacer que lo maten.
Recuerda lo que te digo.
—¿Vas a contactar a sus padres o quieres que lo haga yo? —Era la parte
del trabajo que más odiaba, pero alguien tenía que hacerlo. Lo había hecho
tantas veces a lo largo de los años que casi siempre me sentía insensible
cuando tenía que hacerlo. Sin embargo, sería mejor que viniera de alguien
conocido y no de un desconocido.
—Yo lo haré. —Helen miró el cuerpo por última vez—. ¿Cómo... lo
bajarás? —Parpadeó rápidamente y, cuando me miró, sus ojos se llenaron
de humedad.
—Tengo un equipo de limpieza en marcación rápida. Son muy buenos
en lo que hacen. Muy discretos. Estaré aquí y me aseguraré de que sean
amables con él. No te preocupes—. Tenía la sensación de que eso era lo que
quería oír.
El alivio apareció en el rostro de Helen.
—Pues bien. Debería dejar que te encargues de eso. Por favor, diles que
lleven el cadáver a la morgue en la calle Birch. —Caminó hacia la puerta.
La seguí.
—Sé dónde está.
Helen abrió la puerta principal, cruzó el umbral y se dio la vuelta.
—¿Ah, sí? ¿Has estado antes en Moonfell? —Había curiosidad en su
tono y en sus rasgos. Sus ojos verdes brillaban detrás del borde de sus gafas
rojas.
Desgraciadamente.
—Nací aquí.
Moonfell era un refugio en el norte del estado de Nueva York para
varios sobrenaturales que habían decidido retirarse del mundo.
Agarré la manilla y jalé la puerta hacia mí, dándole el mensaje de que
era hora de que se fuera y me dejara hacer mi trabajo. Todavía tenía mucho
trabajo que hacer aquí, y mientras más rápido se fuera, más rápido podría
retomarlo.
Pero Helen se quedó allí, bloqueando la puerta con su cuerpo.
—¿Ah, sí? —Una sonrisa se dibujó en su rostro—. ¿Por qué no dijiste
nada?
—Porque no pienso quedarme mucho tiempo. —No. En cuanto
encontrara al desgraciado que había hecho esto y acabara con él, me
largaría de aquí.
Me miró entrecerrando los ojos, y casi pude ver las preguntas que se
estaban gestando en sus ojos.
—¿Cuál es tu apellido? Seguro que conozco a tus padres. Conozco a
todo el mundo en este pueblo. Bueno, excepto a ti —añadió riéndose.
Aquí vamos.
—Lawless.
Al oír eso, Helen entornó los ojos y dio un paso atrás como si la hubiera
empujado físicamente.
—¿Lawless? ¿Eres pariente de Evangeline y Alistair Lawless? Noooo...
¿En serio?
Otro desafortunado producto de mi nacimiento.
Pude ver las conexiones que se estaban fermentando detrás de sus ojos.
Como no respondí, añadió:
—Tú eres esa hija. De la que nunca hablan.
Bingo.
—Tengo que seguir trabajando. Fue un gusto conocerte, Helen. Te
llamaré si necesito algo más. Jack me dio tu número. Si necesitas ubicarme,
aquí tienes el mío. Puedes llamarme cuando quieras. —Metí la mano en el
bolso y le entregué una tarjeta.
Le dio un vistazo.
—Investigaciones Lawless. Esa eres tú.
—Así es.
Helen parpadeó mirándome con sus grandes ojos y me di cuenta de que
no estaba dispuesta a dejar escapar aquella información, no cuando ya se
había salido con la suya.
—Nunca pensé que te conocería en persona. Ni siquiera había visto una
foto tuya. Pero ahora que te veo... te pareces a tu madre. Bueno, una versión
más joven de ella. No puedo creer que seas ella.
—Créelo.
—¿Te quedarás con tus padres?
Negué la cabeza.
—Me alojaré en casa de mi tía abuela. Me la dejó en su testamento
cuando murió hace dos años. Aún no he podido verla.... —No. Me fui de
este pueblo hace veinte años y nunca miré hacia atrás.
La mandíbula de Helen parecía desencajada, pues no paraba de abrirse.
—Pero ese lugar está destartalado. Sólo las ardillas y los mapaches
ocupan esa casa. Nadie ha vivido allí desde que ella murió. Ni después de
que muriera Luna.
—Estaré bien.
—Bueno, si necesitas ayuda con la remodelación, puedo darte algunos
nombres.
—No será necesario.
Y entonces cerré la puerta en la cara de asombro de Helen.
¿Fue grosero? Ya lo creo. Pero estaba empezando a molestarme de
verdad. Y yo no estaba aquí para hablar de mi vida personal. Estaba aquí
por trabajo.
Demonios. La noticia de mi regreso se regaría como la pólvora en este
pueblo. Y por la expresión de la cara de Helen, era como si acabara de
ganar la lotería de los chismes, le di una hora para que los mil doscientos
habitantes de Moonfell lo supieran.
Sí, estaba de vuelta en mi pueblo natal, un lugar al que había jurado no
volver nunca, pasara lo que pasara.
Dejé escapar un suspiro.
—Bienvenida a casa, Kat.
Capítulo 2
D ecir que la casa de mi tía estaba destartalada era poco. Parecía más bien
que estaba lista para las excavadoras y el equipo de demolición.
Apagué el motor de mi Jeep Wrangler, agarré mi equipaje de mano, abrí
la puerta y salí a lo que se suponía que era la entrada pavimentada. Sin
embargo, parecía más bien una prolongación del jardín delantero, con tanta
maleza creciendo por todas las grietas.
Cuando era una adolescente, visitaba a la tía Luna siempre que podía.
Era la única pariente que tenía que no me trataba de forma diferente. Me
trataba como a una persona y no como al fracaso del que mis padres
seguían avergonzándome.
—Avergonzaste a la familia. Al apellido Lawless. —Las palabras de mi
padre aún sonaban frescas en mis oídos. Aunque ahora no me dolían tanto.
Ahora sólo me molestaba que un adulto tratara así a un niño.
Hace veinte años, la casa victoriana de tres plantas al estilo Reina Ana
tenía un reluciente revestimiento azul claro y molduras blancas, con altos y
acogedores manzanos flanqueando a ambos lados.
Ahora parecía una casa en la que viviría la Familia Addams.
Unas pesadas enredaderas cubrían la casa como un revestimiento vivo.
Su pintura estaba desgastada y ennegrecida por el paso del tiempo,
desconchándose en muchas partes, aunque aún podía ver manchas de color
azul. Una línea ininterrumpida de altos árboles rodeaba la casa.
Emanaba una vibra infernal, y sólo podía imaginarme los anticuados
muebles de terciopelo, los pasillos llenos de telarañas, las habitaciones
sombrías, las velas goteantes y los pasadizos ocultos.
Miré a mi alrededor. Las demás casas estaban inmaculadas, sus
exteriores recién pintados brillaban a la luz del sol, rodeados de cercas
blancas y jardines impecables sin una sola planta fuera de lugar.
La espesa maleza que rodeaba la casa de mi tía hacía que el lugar
pareciera abandonado y olvidado. Supongo que lo estaba. Quizás debería
haberla vendido; así los nuevos dueños nunca habrían dejado que se
deteriorara tanto como yo lo hice. El remordimiento me retorció el
estómago. A mi tía se le rompería el corazón al ver el estado de su querida
casa. La única culpable era yo. Había renunciado a todos y todo y nunca
miré atrás. Eso incluía a esta gran casa.
Era enorme, más grande de lo que recordaba, y necesitaba unas cuantas
reparaciones urgentemente. Nunca tendría dinero para el mantenimiento de
un lugar tan grande. No, no tenía ingresos para arreglarla, no con mis
trabajos temporales. Me tardaría unos diez años en reunir esa cantidad de
dinero.
¿Qué demonios hacía yo aquí?
—Estaba aquí para resolver un caso —me dije—. Y para que me
paguen.
Decidida, me colgué el bolso al hombro y atravesé la hierba que me
llegaba al pecho hasta llegar al porche. Probablemente se me pegaron unas
cuantas garrapatas por el camino.
La madera estaba blanda por el paso del tiempo y se había despegado en
las esquinas. Pisé con cuidado, probando la madera. Parecía que estaba
sólida, y al ver que no atravesé el piso del porche, lo tomé como una buena
señal.
Rebuscando en mis bolsillos, saqué las llaves, encontré una grande de
peltre que era de esta casa y la introduje en la cerradura. Con un giro, la
puerta principal se abrió y chirrió cuando la empujé.
El aire apestaba a moho y a algo más que no lograba identificar. Con las
ventanas cubiertas por pesadas cortinas, me quedé a oscuras.
—Maravilloso.
No había pagado la factura de la luz ni ninguna otra. Pero no quería
arriesgarme a abrir la puerta para que entrara algo de luz y arriesgarme a
que los vecinos entrometidos me vieran, así que la cerré.
Si fuera una bruja blanca y extrajera mi magia de los elementos, podría
haber conjurado fácilmente alguna luz de bruja.
Yo no tenía tanta suerte.
Rebusqué en mi bolso bandolero. Con el teléfono en la mano, activé la
linterna y apunté con el teléfono. Pude distinguir los muebles de mi tía, las
mismas sillas, sofás y mesas auxiliares al estilo de la Reina Ana. Todo
estaba igual como ella lo había dejado. Sorprendentemente, no veía
telarañas ni grandes cantidades de polvo. Tampoco ardillas ni mapaches,
por lo que pude ver. No es que me hubiera molestado. No me habría
molestado.
Me acerqué hacia el ventanal del frente y corrí las cortinas. Sí, eso dejó
entrar mucha luz, y también polvo que asaltó mi nariz.
¿Era alérgica a los ácaros del polvo? Estaba a punto de averiguarlo.
En un ataque de tos, logré llegar hasta la parte trasera de la casa, donde
estaba la cocina, y dejé mi bolso encima de la larga isla de preparación.
Mi piel se erizó con los restos de la magia de mi tía. Aunque ya había
pasado dos años desde su muerte, su poder aún perduraba en la casa.
Después de todo, había sido una bruja muy poderosa.
Me acerqué a una de las ventanas traseras de la cocina, corrí las cortinas
y abrí una ventanilla. El aire fresco me pegó la cara.
—Mucho mejor.
Observé la cocina, con sus gabinetes blancos, sus baldosas de tipo metro
blancas y ollas de hierro colgando sobre la isla. Tenía exactamente el
mismo aspecto que recordaba, sólo que un poco más sucio.
—Bueno, tengo que ir a buscar materiales de limpieza.
Podría hacerlo, pero sólo después de hablar con los padres de Tim.
Probablemente conseguiría más información de un amigo íntimo o tal vez
de una amiga, pero sólo tenía los nombres de los padres de Tim. Por ahora
eso me serviría.
Habían pasado dos horas desde que Helen se fue, y apareció el equipo
de limpieza. Con las últimas pruebas que había recogido, llevaron el
cadáver a la morgue, donde les dijeron a los padres que esperaran y que
identificaran el cuerpo.
Helen no se equivocaba al investigar a los brujos y a todos los
practicantes de magia del pueblo. Había que hacerlo, aunque sólo fuera para
descartarlos de la lista de sospechosos. Sin embargo, mi instinto me decía
que no era así. Las marcas eran irregulares y las palabras apenas legibles.
Normalmente, cuando los brujos hacían un ritual, cuidaban lo que escribían,
y se aseguraban de que estuviera bien escrito. Una palabra mal escrita podía
tener efectos desastrosos en un hechizo o ritual, por eso no creía que un
brujo hiciera esto. Ni un mago, ni tampoco un hechicero.
Pero ese asesinato ritualístico, o lo que fuera, era inquietante.
Se me apretaron las entrañas cuando las imágenes del rostro sin ojos del
joven adolescente afloraron junto con las que me habían perseguido durante
veinte años.
Era el mismo ritual. Mi instinto me lo decía.
Y yo iba a encontrar a los responsables. Luego les haría pagar.
—Pero antes. Necesito que vuelva la electricidad.
Saqué mi laptop, me conecté al wi-fi de uno de los vecinos que no tenía
contraseña (lo siento, vecino), y empecé a buscar a la compañía de
electricidad local del pueblo.
Se escuchó un golpe en la puerta principal.
—¿En serio? —No tardé mucho.
Dejé escapar un suspiro frustrado y caminé por el largo pasillo hasta la
puerta principal. La abrí de un jalón.
—¿Puedo...? —El resto de las palabras se me atascaron en la garganta.
En el porche estaba un hombre bestial, apuesto, pero bestial al fin y al
cabo.
Con una impresionante estatura de un metro ochenta y cinco de estatura,
o posiblemente un metro ochenta y cuatro, estaba frente a mí con unos
noventa kilos de puro músculo. El pelo oscuro le caía por el cuello y
enmarcaba su atractivo rostro. Una barba corta cubría sus rasgos, pero no le
restaba atractivo a su fuerte mandíbula.
Tenía unos ojos marrones e inteligentes que brillaban al observarme, o
más bien, estudiarme. Su camisa sólo servía para llamar la atención sobre
sus tonificados abdominales, y lo apretado de sus jeans revelaba la fuerza
de sus piernas.
Por el brillo bronceado de su cuerpo, olía a pino, como si se hubiera
duchado en el bosque. Su almizcle era agradable y cálido, y empecé a
inclinarme hacia adelante hasta que me detuve.
Buen mozo. Bestial. Tenía el mismo aspecto que yo recordaba.
Sus ojos me recorrieron y sentí que el calor me subía desde el cuello
hasta la cara.
—Soy Blake Maddox. Soy el jefe de policía de aquí.
—Lo sé. —No había olvidado lo atractivo que era a sus veinte años. El
tipo de chico con el que todas las chicas soñaban despiertas y que podía
elegir a la que quisiera. Y, por supuesto, en ese entonces él no sabía que yo
existía, pero eso no me había impedido sentir un gran flechazo por él.
Ahora, a sus cuarenta y tantos años, estaba aún más bueno. ¿Cómo era
posible?
Energías paranormales emanaban de él, salvajes y feroces: una bestia,
un hombre lobo.
Estaba delante de mí con una actitud despreocupada y depredadora,
como la de una persona que sabe que tiene las de ganar en una batalla.
Era un alfa, un rey entre los lobos. Hasta donde yo sabía, él nunca había
perdido un combate.
La indiferencia de su rostro dejaba claro que no se acordaba de mí. De
hecho, no tenía ni idea de quién era yo.
Blake me miró fijamente, como si se esforzara por recordarme, pero no
lo lograba.
—Así que tú eres Katrina Lawless. La hija de Evangeline y Alistair.
—Soy Kat. Y sí. Lo soy. —Me sentía como una celebridad fracasada
que había tenido una película de éxito en los años ochenta, pero de la que
ya nadie recordaba ni la cara ni el nombre.
Blake ladeó la cabeza.
—Es extraño. Brad nunca habla de ti.
Más extraño para él que para mí.
—Para mi familia, no existo, ni para mi hermano. Y me parece bien. Me
gustaría que siguiera siendo así. Así que te agradecería que no se lo
mencionaras. —Dudaba que eso funcionara, debido a que Helen
probablemente ya había corrido la voz de mi llegada. Estaba segura de que
mi familia se enteraría pronto, pero era mejor ocultárselo mientras pudiera.
Brad y Blake habían sido amigos íntimos desde hace veinte años, y
parecía que seguían siéndolo.
—Si quieres.
—Sí, quiero. —Aquello sonó extrañamente como un voto matrimonial.
Una sonrisa torció sus labios y me di cuenta de que no podía apartar la
mirada de aquellos finos especímenes. Era demasiado atractivo para su
propio bien. Y él lo sabía.
—¿Cuánto tiempo tenías sin regresar?
—Veinte años. —¿Por qué le interesaba tanto?
Silbó.
—Demonios. ¿Ni siquiera para ver a tu familia?
Ahora me estaba molestando. Crucé los brazos sobre el pecho.
—No. —Esto empezaba a parecer un interrogatorio, el interrogatorio de
un dios del sexo andante. No tenía ganas de sexo. Es decir, de ser
interrogada por el dios del sexo. ¿Por qué estaba pensando en sexo?
—Seguramente ya te diste cuenta de que las cosas han cambiado desde
que te fuiste —dijo Blake.
No lo creía.
—Si tú lo dices.
Una sonrisa lenta y perezosa rozó sus labios.
—No hablas mucho.
—No tengo mucho que decir.
Seguía mirándome con aquella sonrisita arrogante.
—Creía que conocía a todas las chicas lindas del pueblo. Pero no me
acuerdo de ti. Discúlpame.
Sentía como si había metido la cara en un horno caliente.
—Yo era una adolescente olvidable. No había mucho que ver. —Él
había estado en mi casa varias veces. Yo estaba allí. Pero él nunca me vio
tampoco.
—¿Y trabajas para el Grupo Merlín?
—Sí.
—Pero tú no eres una Merlín.
Apreté la mandíbula.
—No. A veces trabajo para ellos. —Vete, por favor.
Apoyó el brazo en el marco de la puerta y vi unos tatuajes tribales que
se asomaban bajo la manga de su chaqueta de cuero. Parecía un hombre que
siempre conseguía a la mujer: un rompecorazones. No tenía tiempo para
juegos. Ni siquiera tenía que esforzarse para conseguir mujeres.
Probablemente ellas se le tiraban encima.
Me fijé en que tenía los dedos sin ningún anillo a la vista. Hace años
había escuchado que se había casado.
—¿No preferirías ser una Merlín? Todos en tu familia son Merlines.
¿No quieres ser como ellos?
—No. ¿Hay un final para estas preguntas? —Metí la mano en el bolsillo
de los jeans, saqué mi paquete de chicles de nicotina y me metí uno en la
boca.
—Fumar no es algo muy atractivo que digamos.
—Gracias por el consejo.
—Ah, estás molesta conmigo. —Se inclinó más hacia mí y su sonrisa se
ensanchó, como si estuviera disfrutándolo de verdad. Su aroma almizclado
era embriagador, y sentí que un pequeño escalofrío me recorría la espalda.
Malditas hormonas. Llevaba más de un año y medio sin tener relaciones
sexuales, y probablemente las cosas estaban cubiertas de capas de cemento
ahí abajo. Se necesitaría un martillo neumático para atravesarlas. ¿Por qué
él me hacía pensar en sexo?
Lo miré a los ojos, y su intensidad hizo que ese calor se acumulara en
mi vientre. Maldita sea. Maldita sea. Maldita sea. Y por qué sonreía como si
acababa de ganar una cita conmigo. Nunca saldría con él. Entonces, ¿por
qué pensaba en eso?
Sus ojos se arrugaron en las comisuras, como si pudiera leerme el
pensamiento.
—Lamento no haber estado allí para reunirme contigo y con Helen.
Yo... tenía que ocuparme de algunas cosas.
Como huir.
—Claro. —Esperé a que dijera algo más—. ¿Puedo ayudarte en algo?
¿Por qué estás aquí? —Aparte de intentar derretirme los calzones con esa
mirada ardiente.
Blake dejó de sonreír completamente.
—¿Tienes alguna pista sobre quién le hizo esto a Tim?
Ah.
—Todavía no. —Mastiqué un par de veces—. Mi colega Melvin está
analizando muestras de sangre de Tim para ver si estaba drogado o
cualquier otra cosa que pueda ayudar a explicar por qué no se defendió.
—Pero tiene algo que ver con la magia. ¿Verdad? ¿La forma en que lo
mataron?
Asentí con la cabeza.
—Podría ser. Percibí algunas propiedades mágicas, pero posiblemente
sólo estaban ahí para despistarnos. Aún me queda mucho trabajo por hacer.
Tengo que hablar con sus padres.
Apretó la mandíbula.
—Por eso vine. Quieren hablar contigo. Yo manejo.
Resoplé.
—Puedo manejar sola, gracias.
Me miró con el ceño fruncido.
—No sabes dónde viven.
—Puedo averiguarlo. Averiguo cosas. Es lo que hago. —Ajá. Ahora
parecía que él estaba molesto. Supongo que no estaba acostumbrado a que
las mujeres le dijeran que no. Bien. Dejaré que lo asimile un poco.
Blake dio un paso atrás y miró a su alrededor, al parecer sólo para darse
cuenta de que me rodeaba una casa.
—No puedes quedarte aquí.
¿Era una orden?
—Claro que puedo. Y por supuesto que no necesito tu permiso para
quedarme en mi propia casa. —Su atractivo sexual disminuyó un poco. Qué
desgraciado, con todos esos músculos. Seguro que su trasero también se
veía bien con esos jeans.
Su expresión se ensombreció.
—Soy el jefe de policía del pueblo. Si creo que esta casa es un riesgo
para la salud, tendrás que buscar otro lugar donde quedarte.
Ay, no, acaba de sacarme la carta del jefe de policía.
—Entonces supongo que tendrás que arrestarme porque no iré a
ninguna parte. —Le enseñé las muñecas.
Blake se quedó mirándome y yo no estaba segura de si había ido
demasiado lejos. Parecía como si de verdad estuviera contemplando la
posibilidad de arrestarme. Ups.
Y entonces, sin más, se dio la vuelta, salió del porche, se subió a su gran
todoterreno BMW negro que estaba estacionado en la acera y se fue.
—No pudo haber salido mejor.
Una sensación de cosquilleo me recorrió la nuca, la sensación que
siempre tenía cuando alguien me observaba.
Me volteé despacio y me encontré con las miradas curiosas de tres
mujeres al otro lado de la calle: una rubia, una morena clara y una pelirroja,
todas mirándome sin pestañear. Espeluznante.
Mis mejillas se sonrojaron un poco más. Habían visto mi actuación con
Blake, y probablemente les encantó cada segundo.
Sólo llevaba menos de medio día en el pueblo y ya me había ganado un
enemigo. Bien hecho, Kat.
Pero su culo sí se veía fenomenal con esos jeans.
Capítulo 3
L legué a la casa de los Mason diez minutos después de mi pequeño
altercado con Blake. Su casa era una pintoresca cabaña blanca de dos
plantas con una puerta roja. En la parte delantera del garaje había un poste
de baloncesto. Podía imaginarme a Tim lanzando tiros al aro con sus
amigos.
Sentí una puntada en mis entrañas. Iba a encontrar al asesino, cueste lo
que cueste.
Suspiré y apagué el motor. Cuando cerré la puerta del auto con la
cadera, me fijé en un todoterreno BMW negro estacionado en la calle, dos
autos más abajo.
Caramba, caramba. Parece que Blake está aquí.
Mierda. Saqué mi paquete de chicles y me metí uno en la boca. Luego
otro.
Mastiqué. Con fuerza. Lo hacía como un maldito jugador de béisbol
masticando tabaco. No dejaría que este tipo me sacara de mis casillas. Tenía
un trabajo que hacer. No tenía tiempo ni energía para esto.
Volví a sentir un disgusto y lo reprimí cuando llegué a la puerta
principal. Toqué dos veces a la puerta y esperé.
No por mucho tiempo. Unos instantes después, la puerta principal se
abrió de golpe. ¿Y adivina quién estaba allí?
—Tardaste bastante —dijo el jefe de policía. Dejó la puerta abierta y
volvió a entrar en la casa.
¿Sexy y con buenos modales? Sólo podía estar soñando.
Seguí al fornido hombre-bestia al interior de la casa. Me llevó a una
pequeña sala junto a la entrada. Un hombre y una mujer de mediana edad
estaban sentados en un sofá de dos puestos de color beige. El hombre
rodeaba a la mujer con el brazo. Tenía los ojos rojos, hinchados. Tenía
puesto un camisón blanco adornado con flores rosadas y sostenía un
pañuelo de papel en sus manos temblorosas.
El Sr. Mason me miró y me hizo un gesto con la cabeza. Tenía los ojos
húmedos y me di cuenta de que hacía todo lo posible por mantener el
control y no derrumbarse. Al ser licántropos, estaban hechos de materia
dura, fuertes como el acero. Pero cuando te arrebatan a tu único hijo de esa
forma tan horrible, sería totalmente normal y aceptable que un padre
perdiera el control.
Un moqueo desvió mi atención hacia la izquierda. Una bonita
adolescente estaba sentada en uno de los sillones frente al sofá. Una novia.
Qué bien, ya no tenía que buscarla.
Blake estaba de pie junto al sofá, con los musculosos brazos cruzados
sobre su ancho pecho. Lo ignoré y me dirigí directamente a los padres.
—Sr. y Sra. Mason. Soy Kat Lawless, y estoy aquí investigando la
muerte de su hijo.
La señora Mason soltó un gemido y enterró la cara en el pecho de su
esposo. Levantó la vista hacia mí, rebosante de lágrimas.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—¿Les parece bien que les haga algunas preguntas? —Lo último que
quería era causarle más dolor a aquella pobre gente, pero tenía un trabajo
que hacer. Y merecían saber por qué habían matado a su hijo y quién lo
había hecho.
Ante el asentimiento del Sr. Mason, me senté en el borde del único
sillón vacío.
—¿Se les ocurre alguien que quisiera hacerle daño a Tim?
La señora Mason apartó la cabeza del pecho de su esposo y se limitó a
mirarme. Pero su esposo contestó.
—No —dijo, con la voz áspera como si no la hubiera usado en una
semana—. Todo el mundo quería a Tim. Era un buen chico.
La novia seguía moqueando.
—Seguro que sí. ¿Han notado algún comportamiento extraño en él
últimamente? ¿Actuaba de forma diferente? ¿Estaba nervioso? ¿Retraído?
El Sr. Mason frunció el ceño mientras reflexionaba sobre mi pregunta.
—No. Era el mismo chico feliz de siempre.
Hmmm.
—¿Se estaba juntando con gente nueva? ¿Nuevos amigos?
—No lo creo —dijo el Sr. Mason. Sus ojos se dirigieron a la chica
sentada en la silla de al lado—. ¿Sarah?
La chica llamada Sarah se secó los ojos con los dedos.
—No. Sólo... Tyler y Phil. Los de siempre. Los tres eran inseparables.
Saqué el teléfono y escribí esos nombres en una aplicación de bloc de
notas.
—¿Ustedes se habían peleado?
Sarah se quedó boquiabierta y tardó un momento en registrar las
palabras.
—No. ¿Por qué preguntas eso?
—Sólo preguntas rutinarias. —Ya me habían engañado antes las
lágrimas de cocodrilo de otras novias y esposas. Nunca me creía el cuento
de la mirada afligida. Las esposas, esposos, novias y novios eran los
culpables el noventa por ciento de las veces en mis casos.
—¿Tienes más preguntas para el Sr. y la Sra. Mason?
Levanté la vista y me encontré a Blake mirándome fijamente, toda la
amabilidad y, me atrevería a decir, el comportamiento coqueto habían
desaparecido, sustituidos por un muro de piedra, al parecer.
Miré al señor Mason.
—¿Cuándo se dieron cuenta de que Tim había desaparecido?
El Sr. Mason se lo pensó.
—Cuando no vino a casa anoche. Normalmente llegaba después de las
once. Pero me fui a la cama y me desperté a eso las dos para buscar un vaso
de agua. Fue entonces cuando me di cuenta de que no había regresado.
Asentí y tecleé la información en mi teléfono.
—¿Intentó llamarlo? ¿Le envió un mensaje?
—Sí, anoche intentamos llamarlo y enviarle mensajes de texto, pero no
contestó —respondió el Sr. Mason.
Miré a Blake, que seguía observándome atentamente.
—¿Y Tyler y Phil?
Sarah moqueó, secándose más lágrimas.
—Ellos juran que no saben nada. Dicen que Tim se fue temprano
anoche. Estaban jugando a videojuegos.
Hice una nota mental para recordar que debía entrevistar a Tyler y Phil a
continuación.
—¿Sabes qué hora era?
—Me envió un mensaje a eso de las diez y media —dijo Sarah—. Iba
camino a casa. Después no me envió más mensajes.
Entonces, lo que le haya sucedido a Tim, le pasó después de las diez y
media de la noche. Tras ver su cadáver y comprobar que no llevaba tanto
tiempo muerto, supuse que probablemente lo habían matado entre las doce
y las dos de la madrugada.
—¿Notaron algo fuera de lo normal en su vecindario? Aunque no
pareciera importante o relevante, cualquier pequeño detalle puede ayudar.
—Una camioneta —dijo la Sra. Mason, hablando por primera vez, con
la voz temblorosa—. Yo... la recuerdo porque nunca la había visto antes.
—¿Cuándo fue eso? —Blake se acercó para ponerse a mi lado. Él se
veía como un maldito gigante y yo me veía como si estuviera sentada.
La señora Mason se secó los ojos con el pañuelo.
—Ayer por la tarde. Salí a decirle a Tim que el almuerzo estaba listo. Él
estaba jugando baloncesto. Y fue entonces cuando vi una camioneta
estacionada al frente.
Me incliné hacia adelante, con el pulso palpitante.
—¿Puedes describirla? ¿Era una camioneta de reparto o de pasajeros?
—De reparto. Negra con vidrios oscuros. Es todo lo que recuerdo.
—Esto está bien, Sra. Mason. Gracias. —Era bueno. Siempre creí que la
intuición de una mujer era algo poderoso. Si a eso se le suman los instintos
de un hombre lobo, estaba segura de que aquella camioneta negra tenía algo
que ver con lo que le había pasado a Tim.
Lo habían estado siguiendo.
Me encontré con la mirada de Blake y, por el ceño cada vez más
fruncido de su rostro estúpidamente apuesto, me di cuenta de que estaba
pensando lo mismo.
—¿Cree que esa camioneta tiene algo que ver con lo que le pasó a mi
hijo? —La cara del Sr. Mason se sonrojó y pude ver cómo se le tensaban los
músculos del cuello. Sus manos se apretaban y se relajaban. Estaba
alterado. Devastado. Y parecía estar a punto transformarse en hombre lobo.
No es que su transformación fuera un problema, pero tener a un hombre
lobo en este pueblo enloquecido por el dolor sí lo era. Podría hacerle daño a
la gente. Y por su aspecto, tenía la sensación de que sabía lo que iba a
hacer. Intentaría encontrar la camioneta negra por su cuenta.
Ya lo había visto antes. Cuando la gente —los paranormales— hacían
justicia por sus propias manos, nunca terminaba bien. Demonios, siempre
terminaba con la muerte de más inocentes.
—Puede que sí y puede que no sea nada —le dije, intentando restarle
importancia a la camioneta—. No queremos sacar conclusiones precipitadas
todavía.
Blake asintió, y pude ver cómo giraban los engranajes de su cabeza. Ya
estaba pensando en cómo nosotros podríamos localizar esa camioneta.
¿Nosotros? Ya estaba pensando en nosotros en términos de él y yo. Eso no
era bueno.
Cuando volví a mirar la cara del Sr. Mason, estaba concentrado en un
punto del piso, y pude ver los planes que se formulaban tras aquellos ojos.
Mierda. Iba a hacer algo.
Tendría que encontrar a los culpables antes de que el padre hiciera algo
estúpido, como matar a las personas equivocadas.
Me levanté.
—Gracias por su tiempo. Si se le ocurre algo más, no dude en llamarme.
—Saqué otra tarjeta y se la entregué al Sr. Mason—. De día o de noche.
—Eres la Merlín de quien nos habló Helena —dijo la señora Mason,
con voz débil y frágil.
No me molesté en corregirla.
—Así es.
—Te pareces a ella —dijo la señora Mason.
Sabía a quién se refería.
—Eso me han dicho.
Las lágrimas cayeron de los ojos de la señora Mason.
—Encuentra al que lo hizo. Encuentra al que mató a mi hijo.
Se me retorcieron las tripas al ver el dolor en el rostro de aquella mujer,
en sus palabras. Y antes de que pudiera contenerme, solté:
—Lo haré. Lo prometo.
Una de mis reglas cuando trataba con la familia de un fallecido, al
trabajar en un caso, era no utilizar nunca palabras como «lo prometo» y «lo
juro». Porque la verdad era que, a veces, simplemente no era posible. Era
darles falsas esperanzas. Sin embargo, nunca había fracasado en un caso...
todavía. Y no pensaba hacerlo.
Me compadecí de esta pareja. Su hijo había tenido una muerte horrible e
inútil. Lo único bueno era que no lo habían visto colgado en la pared.
Sentí los ojos de Blake clavados en mí. Probablemente pensó que había
sido una estupidez hacerles una promesa a los Mason, pero yo no pensaba
romper la promesa. Iba a cumplirla.
Salí sintiendo las piernas más pesadas que la primera vez que entré en
esa casa. Si alguien había estado vigilando a Tim, eso levantó todas mis
banderas de alarma. Me decía que el asesinato ritualista era real, que
alguien había estado acechando al adolescente por algún motivo.
¿Sería porque era un hombre lobo? Posiblemente. Significaba que tenía
que seguir investigando.
—Investigaré esa camioneta negra —dijo Blake mientras cerraba la
puerta principal detrás de mí y bajaba los escalones del porche.
Mi irritación aumentó de nuevo.
—Estoy trabajando en este caso. Me contrataron para eso.
—Y yo soy el jefe de policía.
Miré a Blake con los puños apretados.
—No necesito que sea mi niñera, jefe.
—No intento ser tu niñera. Intento ayudar —respondió con calma—.
Éste es mi pueblo y me preocupo por esta gente. Son mi gente. No hui hace
veinte años y los dejé para perseguir sueños mayores.
Apreté los dientes.
—No me conoces. No sabes nada de mi vida. —No, no tenía ni idea de
lo que había pasado de niña, de adolescente, incluso de mujer. De cómo mi
propia familia, mis propios padres, básicamente me repudiaron por mi falta
de habilidades mágicas. Y cómo tuve que valerme por mí misma desde los
diecisiete años. Este tipo ni siquiera sabía que yo existía.
—No. No lo sé. Pero no voy a quedarme de brazos cruzados mientras
un asesino anda suelto por mi pueblo. Me necesitas. —Blake me observó y
odié cómo, con una sola mirada, mi cara se sonrojó y mi cuerpo reaccionó
ante él. Como si ejerciera una atracción invisible. ¿Acaso sabía hacer
magia?
—No necesito a nadie. —Nunca lo he hecho. Nunca lo haré.
La expresión de Blake se endureció:
—Perdóname por intentar hacer mi trabajo y hacer cumplir la ley.
—Tu trabajo no es entrometerte en mi investigación —refuté—. Trabajo
sola. Siempre he trabajado sola. Así es como hago las cosas. Mi trabajo.
—Esta vez no. —Blake enarcó una ceja—. Tú eliges. O cooperas, o
llamaré a Jack y le diré que no te necesitamos aquí.
Apreté la mandíbula.
—No te atreverías. —Cretino. No iba a quitarme el caso. No cuando
había esperado veinte años para enmendar mi error, para atrapar por fin a
esos hijos de puta. Les prometí a sus padres que encontraría al asesino.
Además, necesitaba el dinero.
Los músculos de su cuello se tensaron.
—Sigue así, Kate, y puede que lo haga.
—Soy Kat. —Al ver su sonrisa burlona, supe que lo había hecho a
propósito para hacerme molestar. Y así fue.
Mi ira se disparó y, como siempre ocurría, también lo hizo mi magia.
La energía en mi interior empezó a hervir a fuego lento, al principio de
forma baja y errática, pero cada vez más fuerte. Sin embargo, a la luz del
día, no serviría de mucho. Tenía que tener cuidado y no revelar demasiado
de mí misma. Mi magia.
Exhalé por la nariz y dejé ir mi magia. Controlar mi respiración, como
me había enseñado a mí misma desde muy joven, era una forma de
controlar mis emociones, que a su vez controlaban mi magia... o la falta de
ella. No es que no tuviera nada de magia. Era que la mía era diferente, que
había descubierto y dominado a lo largo de los años. Y algo que tenía que
mantener en secreto.
Blake me observaba, con una expresión curiosa en el rostro.
—¿Qué?
—¿Qué fue eso? —preguntó Blake mientras cruzaba sus enormes
brazos sobre su enorme pecho—. Tu cara se puso... rara. Como si estuvieras
luchando internamente.
—Indigestión.
Blake se rio.
—Bueno. No tienes que decírmelo. —El jefe descruzó los brazos—.
Pero recuerda que estamos juntos en esto. Avísame si encuentras algo.
—¿Y tú harás lo mismo?
—Lo haré. Te cubriré las espaldas, te guste o no —dijo, y pude ver un
indicio de sonrisa en su rostro—. Mientras más gente tengamos en este
caso, podremos resolverlo cuanto antes. Conozco este pueblo por dentro y
por fuera, y tú eres una experta en investigaciones. En resolver problemas.
Nos necesitamos mutuamente.
—Lo que usted diga, jefe. —Lo necesitaba tanto como necesitaba a un
granito en mi cara.
Sabía que tenía razón, pero no me gustaba. Tenía la sensación de que
Blake se interpondría en mi investigación. Él era de los que seguían las
normas, y yo de los que las rompían si eso significaba descubrir la verdad.
Pero por ahora, tenía que centrarme en el caso de Tim Mason.
Blake se acercó más, con ojos intensos.
—Sabes, a veces está bien aceptar ayuda cuando te la ofrecen. No te
hace débil ni incompetente.
Me burlé.
—Claro.
—Los dos queremos lo mismo.
—Lo entiendo.
El rostro de Blake se puso serio.
—Deberías quedarte en otro sitio. Esa casa tuya no es segura. El tejado
podría caerte encima mientras duermes. Podría derrumbarse una pared.
Podría estar infestada de moho.
Aquí vamos otra vez.
—Estaré bien. La casa está bien.
—No hay electricidad. ¿Acaso tienes agua?
Mierda. Ni siquiera he revisado.
—Acabo de llegar. Y he estado ocupada con otras cosas más
importantes. Pero lo resolveré enseguida. Volverá a estar preciosa cuando
termine de arreglarla. —Espera... ¿Acabo de aceptar que me quedaré aquí
mientras lo arreglo?
—¿Así que te quedas? —preguntó el jefe.
Ahora, me había lanzado de cabeza al cagadero.
—Sólo hasta que la arregle. Probablemente la venda. No sé. Aún no he
pensado tanto. —Tenía sentido. No tenía a dónde ir. Más valía que me
quedara un tiempo. Y trabajar en un proyecto como una remodelación me
haría bien.
El jefe exhaló profundamente por la nariz.
—He hecho remodelaciones por mucho tiempo. Puedo ayudarte si
quieres.
—Paso. —¿Por qué le importaba? El tipo ni siquiera me conocía.
Blake negó con la cabeza.
—¿Te han dicho alguna vez lo terca que eres?
—Sí, mi ex esposo.
Los ojos de Blake se abrieron de par en par al oír aquello, y parecía...
parecía que estaba complacido.
No podía reconocer qué era, pero vi un brillo en sus ojos. Me inquietaba
un poco que pareciera que sentía satisfacción por mis fracasos pasados.
—Bueno, no soy tu ex esposo —dijo Blake riendo entre dientes— pero
estoy dispuesto a ayudarte si cambias de opinión.
—No lo haré —murmuré, sin ganas de pensar en pedirle ayuda.
Blake extendió la mano.
—Me llevaré una de tus tarjetas.
Parpadeé y lo miré. Sí, era así de alto.
—¿Por qué?
—Porque soy el jefe de policía, por eso.
Una parte de mí quería darle un puñetazo en la garganta. Saqué la
billetera y extraje una tarjeta.
—Es mi última tarjeta, ¡Ey!
Blake tenía mi tarjeta en la mano antes de que pudiera parpadear. Sólo
los paranormales se movían tan rápido. Bastardo escurridizo.
Levantó dos dedos, con mi tarjeta pegada entre ellos.
—Gracias.
—Da igual. —¿Por qué tuve la sensación de que sólo lo hizo para
conseguir mi número? No. Le estaba dando demasiadas vueltas al asunto.
¿Por qué carajos un hombre como Blake querría tener algo con alguien
como yo?
Ahora, tendría que pedir más tarjetas por Internet.
—Por cierto —dijo, caminando hacia su reluciente todoterreno—.
Masticas como una vaca.
Mientras se alejaba, tuve el tonto impulso de darle una patada en el
culo.
Pero tener su ayuda podría ser útil, así que me resistí.
Lo vi alejarse antes de darme la vuelta para volver a mi Jeep. El caso
Mason se estaba complicando más de lo que pensé en un principio. No se
trataba de un simple asesinato. Aquí estaba pasando algo más. Hombres
lobo, camionetas negras y asesinatos ritualistas: mi mente daba vueltas con
distintas posibilidades.
Mordí el chicle, intentando controlar mi temperamento. De todas las
personas de este pueblo, ¿por qué tenía que ser él el jefe de la policía? Tenía
la sensación de que iba a convertir mi vida en un infierno, pero no podía
dejar que él me arrebatara el caso. No cuando teníamos un asesino de
adolescentes. No. Iba a tener que comportarme cuando estuviera cerca de
él. Más fácil decirlo que hacerlo.
Mientras me subía a mi Jeep, no podía librarme de la sensación de
inquietud que me invadió el estómago.
Empezaba a cuestionarme mi decisión de volver aquí después de veinte
años.
Pero yo ya estaba comprometida con el caso de Tim y con la búsqueda
de sus asesinos. Su asesinato estaba relacionado conmigo.
Y los encontraría.
Capítulo 4
C uando volví a la casa de mi tía, que ahora era mi casa, eran casi las
nueve de la noche.
Había pasado la mayor parte del día entrevistando y revisando los
antecedentes de los practicantes de magia registrados de la zona. Helen me
había entregado la lista y estaba más que encantada de ayudarme. Hasta el
momento, había entrevistado a veinte de la lista. Había cincuenta en total,
así que me quedaba mucho trabajo. Luego estaban los «no registrados». Los
que no querían saber nada del sistema ni de cómo se hacían las cosas aquí
en Moonfell.
—¿Tienes una camioneta negra? —le pregunté a la número veinte de mi
lista, una bruja mayor con un montón de pelo blanco amontonado en lo alto
de la cabeza como una corona de cúmulos de nubes esponjosas—. Cariño,
hace diez años que no manejo un auto ni ningún vehículo —contestó.
De todos los entrevistados, ninguno era dueño una camioneta negra ni
conocía a nadie que la tuviera.
Sí, sabía que Blake estaba «a cargo» de averiguar quién era el dueño de
esa camioneta negra, pero eso no significaba que no pudiera hacer mi
propia investigación. No podía confiar en nadie. Por lo visto, se molestaría
si se enteraba. Eso me hizo sentir un cosquilleo por dentro.
Me detuve en la ferretería local para comprar algunas provisiones. Me
sorprendió ver al dueño original, Mack Blackfoot, un gran hombre-oso
cuyo pelo oscuro estaba completamente canoso y cuyo jovial rostro estaba
lleno de arrugas.
Y, por supuesto, no me reconoció para nada, a pesar de que yo siempre
iba a su tienda a hacer mandados para mi tía Luna.
Después, me puse en contacto con la compañía eléctrica y pagué la
factura retrasadísima junto con los recargos por demora. Aun así, me
dijeron que sólo podían reactivar la electricidad al día siguiente.
Por eso limpié la cocina a la luz de las velas. Ya había limpiado el baño
del segundo piso, que estaba conectado con la habitación principal —la que
era de mi tía—, desempolvé la habitación y limpié el piso. Las habitaciones
estaban sorprendentemente limpias, cosa que me facilitó mucho el trabajo.
Quité el viejo y mugriento colchón, lo metí en otra de las habitaciones
del segundo piso y utilicé el colchón inflable que había traído y unas
sábanas limpias. No encajaba exactamente en la cama de tamaño King con
dosel, pero era mejor que dormir en el piso de madera.
La habitación tenía las mejores vistas y era por mucho la más grande de
las cinco habitaciones. Y bueno, como técnicamente era mi casa, supuse
que me quedaría con la mejor habitación.
Gracias al caldero, la casa estaba conectada al suministro de agua del
pueblo, así que tenía agua. Sólo que no era agua caliente.
Me maldije por no tener esos poderes con los que nacían las brujas
blancas. Podría haber calentado la bañera llena de agua con algún hechizo
elegante. No me apetecía nada la ducha fría que me esperaba antes de
acostarme.
Pero yo no era una bruja blanca. Ni mucho menos una oscura, porque
podría haber tomado prestado algún mojo demoníaco para calentar el agua e
incluso iluminar el espacio un poco más aquí adentro. No. Yo era una
anomalía, o un fracaso, según mi familia.
Fue hace una eternidad, cuando me di cuenta del alcance de mis propias
capacidades, y ellos no tenían ni idea de lo que yo podía hacer.
Me palpitaba el pulso al pensar en ellos y restregué la encimera con
demasiada fuerza. Sabía que volver aquí sería un desafío a escala
emocional. Pero era una mujer adulta. Había pasado por muchas cosas y
ellos ya no podían hacerme daño.
Un golpe en la puerta me llamó la atención.
—Blake —murmuré. Maldito. Arrojé el trapo sobre la encimera y fui
hacia la puerta principal, molesta y ligeramente excitada a la vez ante la
perspectiva de volver a ver al apuesto jefe. Quizás había descubierto quién
era el dueño de aquella camioneta negra.
Había recibido un mensaje de mi amigo Melvin sobre la sangre de Tim.
No se encontraron rastros de ninguna droga. Tim no se había defendido
porque lo habían hechizado. Aún no se lo había dicho a Blake.
Abrí la puerta de un tirón.
—Ajá... ¿sí? —No era Blake, sino tres mujeres: las mismas tres mujeres
que me habían estado observando antes desde el otro lado de la calle. Mis
acosadoras habían venido a hacerme una visita.
A medida que se acercaban, pude sentir cómo una oleada de energía
salía de ellas y se dirigía hacia mí. Sentí como un millón de pinchazos en la
piel. En el aire flotaba una combinación de pétalos de rosa y lavanda, pero
también podía percibir el inconfundible aroma de las brujas blancas: agujas
de pino, tierra húmeda y hierba recién cortada mezclada con flores
silvestres.
Aunque eran brujas blancas, variaban mucho en sus rasgos físicos.
La rubia tenía ese aire del viejo Hollywood con su ajustado top blanco
que abrazaba sus curvas, dejando poco a la imaginación y obligando a sus
pechos a luchar por un poco de oxígeno. La minifalda blanca que
combinaba con su top apenas le cubría su Lady V y se ceñía a sus
tonificadas piernas. El pelo rubio le caía en ondas sobre los hombros. Su
piel estaba bronceada, como si le gustara pasar todo su tiempo libre
bronceándose... o podría ser un hechizo de bronceado. Era la más alta de las
mujeres y parecía que tenía mi edad, posiblemente un poco mayor. Sus ojos
azules brillaban con picardía, y me di cuenta de que era un peligro.
La morena de pelo claro era la más bajita, pero su aura ardiente hacía
que pareciera que era mucho más alta. Tenía puestos unos pantalones de
yoga sueltos alrededor de las piernas y la parte de arriba tenía manchas
verdes y marrones. Tenía el pelo recogido en un moño desordenado, no del
tipo elegante, sino del tipo que indicaba que no había tenido tiempo de
hacer otra cosa que agarrarse el pelo y recogerlo en un nudo.
La pelirroja estaba en medio de sus compañeras. Tenía una expresión
impasible que parecía estar haciendo un esfuerzo consciente por ocultar sus
pensamientos. Sin embargo, sus ojos verdes —del mismo tono que la hiedra
que crecía a un lado de la casa— delataban su intensa contemplación. Tenía
el pelo liso y lacio, que le llegaba justo por encima de los hombros. Tenía
puesta una chaqueta de cuero rojo que le combinaba con el pelo y
desprendía una energía ardiente.
—¿Puedo ayudarles? —pregunté, sintiéndome extrañamente
decepcionada de que no fuera Blake. ¿Eh? Qué sorpresa.
—Hola, soy Annette. —La morena me dio la mano y terminé
estrechándola.
—Somos tus vecinas. Vivo en esa casa azul desordenada con la valla
blanca de allí —dijo, enganchando un pulgar detrás de ella—. Y ellas son
Tilly y Cristina.
—Hola —dijeron a coro la rubia y la pelirroja.
—Queríamos darte la bienvenida... de vuelta al vecindario —dijo
Annette mientras espiaba por encima de mi hombro para mirar dentro de la
casa. No es que hubiera mucho que ver a la luz de las velas.
—Gracias —respondí, sin saber qué más decir. Era evidente que sabían
quién era.
—Y tú eres la misteriosa Katrina Lawless —dijo la pelirroja llamada
Cristina, confirmando mis sospechas.
—Kat —corregí.
—Y tú eres la dueña de esta... casa. —Annette estaba de puntillas,
intentando ver el interior.
—Le pertenecía a mi difunta tía. Me la dio cuando murió. Yo... no había
vuelto desde entonces. ¿Quizás la conocieron? —Lo dudaba, ya que mi tía
era una auténtica ermitaña y era muy reservada. Pero me fui por tanto
tiempo que quizás se sintió sola.
Annette negó con la cabeza.
—Sólo la vi un par de veces cuando iba a buscar el periódico de la
mañana... antes de...
—Antes de que muriera —dijo Tilly.
—¿Así que vivías aquí? —Cristina me miró—. Todas nos mudamos a
Moonfell más o menos al mismo tiempo, hace diez años. La casa de tu tía
no tenía tan mal aspecto entonces. Ahora está...
—Hecha un desastre —dije. Pero volverá a ser hermosa. Era una
promesa.
—Es enorme. La casa más grande de la manzana. Siempre he querido
verla por dentro —dijo Annette—. ¿Vas a venderla? O sea, ¿cuál es tu plan?
—Sí, ¿vas a remodelarla y venderla? —preguntó Tilly—. Soy agente
inmobiliaria. Puedo ayudarte con eso. —Se levantó los pechos—. Mis
clientes son mayoritariamente hombres, pero haré una excepción contigo.
Me reí.
—Gracias, creo. Bueno, ése es el plan. Aunque puede que tarde un
poco. Tengo la sensación de que me va a costar una pequeña fortuna volver
a ponerla bonita.
—Y un poco más —dijo Tilly, asintiendo—. Seis dígitos fácilmente —
añadió—. Los precios han subido.
Mi corazón se encogió. Ni siquiera tenía cinco dígitos en el banco.
¿Cómo demonios iba a reunir el dinero suficiente para remodelar este
lugar? Parecía que me quedaría aquí otros diez años.
—Hemos ido todos los años a las veladas de Samhain de tus padres —
dijo Annette—. No recuerdo haberte visto nunca allí.
—Eso es porque no estaba ahí. —Estaba cansada y no tenía ganas de
hablar de mi familia con un grupo de desconocidas. El cansancio me ponía
de mal humor, y cuando estaba de mal humor, era maleducada.
—Es enorme para una sola persona. —Tilly me miró fijamente—.
¿Estás casada?
—Tilly. —Cristina dio una palmada a su amiga en el brazo.
—Divorciada —dije, aunque no era asunto suyo. ¿Por qué lo contaba?
Tilly me miró fijamente durante un tiempo que podría interpretarse
como demasiado largo, demasiado personal.
—¿Soltera?
—Posiblemente. —¿A dónde demonios quería llegar?
—Tilly —repitió Cristina.
Tilly se encogió de hombros.
—¿Qué? Tengo curiosidad. Es atractiva y está soltera. Eso significa que
es una rival.
Resoplé.
—Me das demasiado crédito.
—Te vimos con Blake más temprano —dijo Tilly, levantando una ceja
perfectamente cuidada. Apoyó las manos en las caderas—. Quítale las
manos de encima, es mío.
Forcé una carcajada.
—Es todo tuyo. —¿Blake y yo? Sí, eso nunca iba a ocurrir.
—No es suyo —corrigió Annette—. Lleva diez años intentando meterse
en sus pantalones.
Tilly sonrió con orgullo.
—Yo sí. Totalmente. Y este año, puedo sentirlo. Va a hacerse realidad.
Ya no está con Claire. Entonces lo reclamo.
Claire debía de ser la esposa de la que había escuchado hablar.
Cristina miró a Tilly.
—No eres su tipo. Ríndete y vete con otro macho de sangre caliente.
—Quieres decir... —Tilly se frotó las manos sensualmente por el cuerpo
—. ¿Del tipo ardiente y sexy?
—No. No le gustan las putas —dijo Cristina con una sonrisa.
Me mordí la lengua, esperando que las brujas empezaran a pelear, pero
Tilly se limitó a sonreír.
—No voy a rendirme. Ya verás cómo al final de esta semana lo tendré
de rodillas. Tú sólo espera.
Eran unas brujas extrañas.
Un movimiento me llamó la atención y me alegré por la distracción.
Una criatura salió de entre los arbustos y, gracias a la luz de la calle, pude
distinguir su forma: un gato.
El pelaje negro del gato estaba enmarañado con hojas pegadas y
terrones de tierra. Era delgado y se veía enfermo, cojeando mientras alzaba
la pata delantera izquierda. Sus ojos amarillos brillaban en la oscuridad
como dos soles diminutos.
Annette miró por encima del hombro para ver lo que yo estaba mirando.
—Ayy. Ahí está otra vez ese gato. Pobrecito. Creo que es callejero.
Nadie puede acercarse a él.
—No lo toques —dijo Tilly—. Parece que tiene rabia.
Quise decirle que ése no era el aspecto de un animal con rabia, pero me
contuve.
—Tiene muy mal aspecto. ¿No tiene dueño? ¿Es el familiar de alguna
bruja?
Annette negó con la cabeza.
—No. Todos los familiares están contabilizados. Empezamos a verlo
hace tres meses. En ese momento no cojeaba.
Sentí un dolor en el corazón al ver al pobre animal. El hecho de que
estuviera herido me molestó, pero cuando volví a mirar al gato, ya no
estaba.
—Vinimos a invitarte a tomar unas copas —dijo Annette, quitándome
de la cabeza al gato—. Mi casa es un desastre, pero Cristina dijo que
podíamos ir todas a su casa.
—Así es —convino Cristina—. Hago unos buenos martinis. Y mi
esposo no está, fue a la conferencia de brujos, La Escoba del Año.
—Claro. —Nunca la había escuchado.
El hecho de que quisieran invitar a un completo desconocido a su casa,
de que se tomaran la molestia de venir, me dijo que podían ser del tipo
entrometido, pero también de buen corazón.
Sonreí.
—Gracias, pero estoy cansada y tengo mucho que limpiar antes de que
termine la noche. —Además, tenía que repasar mi listado de nombres y
localizar a los que no estaban en ella. No me iba a acostar temprano.
Tilly se puso a mi lado y miró dentro.
—¿Seguro que quieres quedarte aquí? Hace años que nadie vive aquí.
¿No murió aquí tu tía? Seguro que está embrujada. Sabes, hay un nicho
especial de compradores de casas encantadas. Y pagan. Mucho.
—No está embrujada. —Sin embargo, me habría encantado volver a ver
a mi tía. Incluso como fantasma, habría sido increíble. Pero no había visto
ni sentido ningún fantasma desde mi llegada.
—Tengo una habitación para visitas en la que podrías quedarte esta
noche si quieres —ofreció Cristina con una sonrisa.
—Gracias, pero no hace falta, de verdad. —Me sorprendió la sinceridad
de su ofrecimiento.
Annette se cruzó de brazos y miró la casa como si le diera escalofríos.
Tal vez era así.
—No me parece bien dejarte aquí sola en esta casa tan grande.
Me reí.
—Créeme. Me gusta estar sola. —Diablos, me encantaba. Sin embargo,
me di cuenta de que había bajado algo la guardia. Me sentía extrañamente
cómoda con este grupo de brujas. Como cuando vuelves y te reencuentras
con tus viejos amigos.
—¿Quieres unirte a nuestro aquelarre? —rio Tilly—. Es broma. No
tenemos ninguno.
—Pero deberíamos tenerlo. —Cristina miró fijamente a su amiga—.
Llevo años diciéndolo. Es mejor así. Y por protección. Somos más fuertes
juntas, no separadas.
Busqué en sus rostros.
—¿Protección? ¿Protección de qué?
Annette miró a cada una de sus amigas antes de volver a centrar su
atención en mí.
—Helen nos dijo por qué estás aquí... —Se inclinó hacia adelante y
susurró—: Para investigar el asesinato de Tim. Dijo que trabajas para el
Grupo Merlín.
—Pero tú no eres una Merlín —dijo Tilly, más como una afirmación
que como una pregunta.
Cambié mi postura.
—Así es. Sólo trabajo para ellos. ¿Estás sugiriendo que lo que le pasó a
Tim podría pasarte a ti?
Annette se rodeó la cintura con los brazos.
—Hay muchas cosas que no sabes de este pueblo.
—Han pasado muchas tonterías —dijo Tilly.
Me incliné hacia adelante, interesada.
—¿Cómo qué? ¿Sabes algo que pueda ayudar a explicar lo que le pasó a
Tim?
—Hace una semana desapareció un adolescente —dijo Cristina—. Sus
padres creen que huyó, pero yo sé que no lo hizo. Él no haría eso.
—¿Y tú sabes eso? ¿Cómo?
—Lo conocía —continuó—. Era un metamorfo de marmota y también
mi jardinero. Me dijo que quería abrir su propio negocio de jardinería aquí
en el pueblo. No se iría así como así. Sin decírselo a nadie.
—¿Por qué no se denunció?
—Tiene dieciocho años. Puede hacer lo que quiera. Sus padres creen
que es un acto de rebelión. Es una marmota. Pasan por fases con las
estaciones.
No tenía ni idea de lo que eso significaba.
—¿Y crees que su desaparición y lo que le pasó a Tim están
relacionados?
—Sí, lo creemos. —Annette se frotó los brazos—. Pero no es sólo eso.
Últimamente, hay un olor extraño en el aire por la noche. Como a azufre,
pero más fuerte. Y una pesada sensación de... energía. Energía negativa. No
sé cómo llamarlo. Te… asusta.
—Y nuestros poderes se descontrolan —dijo Cristina—. Por ejemplo, si
quiero utilizar mis piedras para invocar una bola de luz —lo cual es fácil,
por cierto—, no puedo. Pero luego, al cabo de unas horas, puedo volver a
hacerlo. Es raro.
—Hicimos un hechizo localizador —dijo Tilly—. Annette lo hizo. Me
los hace todo el tiempo para ver dónde están mis ex, a quién se están
tirando. Y no funcionó. Era como si algo nos impidiera ver dónde estaba.
—Qué raro. —Nunca había oído hablar de algo que perturbara los
poderes de una bruja a una escala como ésta. Si lo que sospechaban era
cierto, y otro joven había desaparecido, presumiblemente asesinado, era
peor de lo que pensaba—. ¿Cómo se llamaba tu jardinero?
—Samuel Caddel —respondió Cristina—. Sus padres lo ignoran. Pero
sé que algo le pasó. Mis instintos de bruja me lo dicen.
Asentí con la cabeza.
—Lo investigaré. —Tendría que llamar a Jack y contarle la posible
conexión con el cadáver. La camioneta negra, el adolescente muerto y ahora
el desaparecido, posiblemente muerto, estaban conectados. Yo no creía en
las coincidencias, y también lo podía sentir en mis huesos de bruja.
¿Se lo digo a Blake? Probablemente estaba al tanto de la posible
desaparición de Samuel. Aun así, probablemente conseguiría más
información del jefe. Tenía que hablar con él. Parecía que tendría que ir a su
despacho por la mañana.
—Bueno, deberíamos irnos —dijo Annette, dando un paso atrás—. Pero
estás invitada a cenar mañana... y no aceptaré un no por respuesta. Además,
será una gran oportunidad para que te pongamos al día sobre nuestro
pueblito.
Quise objetar, pero ella tenía razón.
—Claro, está bien.
Annette me señaló con el dedo.
—A las seis.
Observé, medio aliviada y medio perturbada, cómo las tres brujas
volvían a sus casas. Sentí una corriente de aire frío procedente del interior y
me estremecí, cerré la puerta y me di la vuelta, feliz de estar sola de nuevo.
Excepto que no lo estaba.
En el vestíbulo había una forma. No era una figura. Una anciana,
encorvada por la edad y apoyándose pesadamente en un bastón de madera
con una sonrisa contagiosa. Yo conocía aquella sonrisa.
—¿Tía Luna?
Capítulo 5
—P orla fin, pensé que nunca se irían —dijo el fantasma. Me fulminó con
mirada—. Llevo dos años esperando que aparezcas. ¿Por qué
tardaste tanto?
Me froté los ojos.
—Me estoy volviendo loca. —Estaba cansada por haber limpiado la
casa durante las últimas horas sin haber comido nada y estaba
experimentando algún tipo de lapsus mental. Pero cuando miré, la
aparición, el fantasma, como quieras llamarlo, seguía mirándome fijamente.
A pesar de los años que habían pasado desde nuestro último encuentro,
tenía exactamente el mismo aspecto que yo recordaba.
Sus ojos eran del mismo color avellana que los de mi madre; tenía
puesto un sombrerito de copa rojo sobre su rizado pelo rosa; varios abrigos
de cuadros descansaban sobre sus hombros, y un par de botas hasta la
rodilla con estampado de cebra completaban el look. Su piel era
mortalmente pálida, pero sus dientes eran rectos y de un blanco brillante, y
sus labios tenían el mismo tono de carmín rojo que yo recordaba haber visto
todos los días hace dos décadas.
A pesar de ser un fantasma, mi tía abuela Luna tenía mucho estilo.
El aire estaba lleno de un olor a tierra y del lejano aroma de fósforos
quemados. Sentí un escalofrío que me recorría la espalda. Había visto
algunos fantasmas a lo largo de los años en mi trabajo. Pero nunca había
tenido que lidiar con ellos, no en el sentido de tener que hacer algún ritual
para alejarlos.
—Empecé a pensar que no vendrías nunca —dijo mi tía, y detecté un
poco de tristeza en su tono.
—Pero... ¿qué te pasó? —pregunté, acercándome a ella y dándome
cuenta de que no estaba soñando, y no parecía que se fuera a ir—. ¿Por qué
sigues aquí? —No era una experta en fantasmas, pero sabía que cuando una
persona fallecía, pasaba al «otro reino», o lo que sea. Rara vez se quedaban
en este plano.
Mi tía me lanzó una mirada, la misma que me lanzaba cuando se
enfadaba conmigo.
—Ésta es mi casa. ¿Por qué no debería estar aquí?
Me acerqué aún más, y me di cuenta de que cuanto más cerca estaba,
más sólida se veía. Qué raro.
—Lo sé. Pero ¿por qué no has cruzado al otro lado? Ya sabes. Lo de
pasar por esa luz brillante y todo eso.
Mi tía se apoyó en su bastón.
—Porque no estoy muerta.
—¿Qué?
—No estoy muerta.
Sacudí la cabeza.
—Escuché lo que dijiste. Pero... ¿cómo es posible? —Me puse delante
de ella y le toqué el hombro con un dedo—. Mierda. Estás maciza.
Ella apartó mi mano de un manotazo.
—No soy un fantasma, idiota.
Se me desencajó la mandíbula, no podía formular las palabras.
—¿Pero tuviste un funeral? Me llamó el forense para decirme que
habías fallecido.
Mi tía se encogió de hombros.
—Petra me debía un favor.
—¿Fingiste tu propia muerte? —Madre mía. Sólo mi tía Luna podría
hacer algo así.
—Así es —dijo ella con naturalidad, como si fuera lo más obvio del
mundo—. Sylvia, esa cualquiera, lloró. Fue fabuloso. —Se volteó hacia mí
—. No viniste al funeral.
—No quería ver a mis padres. No creí que te importara ya que... ya
sabes... estabas muerta.
Mi tía resopló.
—Cierto. Pero te perdiste de mucha diversión.
—¿Asististe a tu propio funeral?
—No me lo perdería por nada del mundo.
—¿Cómo?
—Disfrazada de mi prima Tammy. Desde hace más de diez años yo no
salía en público, así que nadie me reconoció. Soy una maestra del disfraz,
querida. Tu madre ni siquiera me reconoció.
—No me sorprende. —La miré fijamente. En ese momento me
invadieron tantas emociones que me resultaba difícil señalar una—. ¿Por
qué hiciste esto? —Mi tía siempre había sido un poco excéntrica. No, no,
era la epidemia de la excentricidad.
Mi tía golpeó con su bastón el piso de madera, haciéndome dar un
respingo.
—Porque te necesitaba aquí.
—Pudiste haber llamado. Nos llamábamos. Una vez a la semana.
—Pero nunca viniste. Veinte largos años, Katrina. Seguí pidiéndote que
vinieras, y tú seguías inventando excusas sobre tu trabajo.
—No son excusas. Mi trabajo exige mucho de mi tiempo.
—¿Demasiado para ver a tu propia tía?
Auch.
—Sabes por qué no quería volver. El modo en que mi familia... bueno...
ya lo sabes.
—Sí, lo sé.
Suspiré.
—Ya estoy aquí. —Un poco tarde, pero más vale tarde que nunca. Ante
el profundo ceño fruncido de mi tía, añadí—: Lo siento. Simplemente nunca
miré atrás. Me hice una nueva vida. Una nueva carrera.
—Investigaciones Lawless, ya recuerdo —dijo mi tía, y me sorprendió
la sonrisa orgullosa que se dibujó en su rostro. Guardó silencio un
momento, aunque sus labios rojos se apretaron. No es una razón lo bastante
buena. No desde hace veinte años.
La culpa me invadió con fuerza.
—Está bien. Soy una estúpida egoísta. ¿Así que fingiste tu funeral con
la esperanza de que yo apareciera?
Me señaló con el bastón.
—Ahora te das cuenta. —Mi tía miró hacia el pasillo—. Aunque me
decepciona que hayas esperado hasta dos años después de mi muerte para
aparecer. No pensaba dejar que mi casa se deteriorara así. No puedo pagar
las facturas si estoy muerta. Pero tenía que mantener las apariencias.
—De estar muerta.
—Un poco de limpieza y mantenimiento varias veces al año habría
bastado para mantenerla reluciente.
—Lo entiendo.
Mi tía se dio la vuelta y se dirigió hacia la parte trasera de la casa.
—Ven —ordenó—, tenemos mucho de qué hablar.
Me apresuré a alcanzarla. Era sorprendentemente rápida para su edad.
—¿Pero estuviste sola todo este tiempo? —pregunté, sintiendo una
pizca de compasión por mi vieja y querida tía. Dos años encerrada en esta
casa era mucho tiempo para estar sola. Tenía razón y motivos para estar
enfadada conmigo. Tenía que haber regresado hace años.
—No del todo —dijo, con un brillo travieso en los ojos—. Todavía
confío en algunas personas de este pueblo. He recibido algunas visitas a
medianoche.
—¿Qué has hecho para comer?
—El sótano está lleno de comida suficiente para que me dure otros diez
años. Me planifico con anticipación.
—Claramente.
Antes de que pudiera preguntarle más sobre su forma de vivir una
«muerte fingida», me dijo:
—¿Qué te pasó? Te ves horrible.
—Gracias.
—Estás muy delgada. Eres prácticamente una mantis religiosa.
—Gracias de nuevo. —No quería tener que sacar a relucir las muchas
razones por las que no había comido mucho durante el último año. El
divorcio me afectó mucho, no es que no me lo esperara. Lo hice, pero aun
así me hizo sentir como una fracasada, no deseada y algo peor. Llevaba
meses deprimida y, por suerte, logré superarlo.
—Come —ordenó mi tía—. Come antes de que te desmayes y te
mueras. No esperé dos años por ti, sólo para que te me mueras ahora.
—Tú te me moriste. Por así decirlo.
—Eso es diferente. Yo soy vieja. Los viejos mueren. Es parte de la
naturaleza. —Mi tía señaló la bolsa de compras que yo había traído más
temprano—. Vi que tienes pan, ensalada y atún, suficiente para hacer un
sándwich de atún. Tengo cien latas de chile vegetariano en el sótano. Si
quieres arroz, puedo hervirte agua con mi fuego elemental hasta que vuelva
la electricidad. Ya pagaste la factura. ¿Verdad?
—Sí. —Me acerqué a la encimera y agarré los ingredientes. Mi
estómago rugía, diciéndome que alimentara a la bestia—. Prepararé un
sándwich. ¿Me estuviste observando todo este tiempo? ¿No pudiste
aparecer antes?
En sus ojos brilló un destello travieso.
—Pude haberlo hecho. Pero quería ver qué ibas a hacer con la casa.
—Voy a arreglarla.
—Eso dijiste.
Agarré un plato y un bol del gabinete, los que había lavado con agua
fría, y empecé a prepararme la cena retrasada.
—Pero... ¿por qué no me llamaste? Si hubiera sabido que estabas aquí...
habría regresado.
Mi tía suspiró y volvió a verse triste.
—No creo que eso sea cierto. —Agarró una silla de madera del pequeño
comedor y se sentó—. Pensé que seguramente al morir vendrías, pero ni
siquiera eso funcionó.
Me invadió la vergüenza. Agarré la lata de atún y miré a mi tía con los
ojos muy abiertos. Dejé escapar un suspiro, sintiendo que una agitación de
emociones me atacaba de golpe.
—Discúlpame. Debí haber regresado. Soy una imbécil.
—Sí, lo eres.
Me reí.
—Me alegra ver que sigues siendo la misma Luna de siempre.
—Estar muerto no cambia a una persona. Simplemente está muerta.
—Pero tú no.
—Soy una muerta falsa y fabulosa.
Me reí.
—Estás loca. —Me quedé mirando el sándwich de atún que me había
hecho con pan integral orgánico. Tenía hambre, pero no podía comer.
—¿Por qué no comes? —preguntó mi tía.
—Demonios. Primero tengo que hacer algo. —Agarré la segunda lata
de atún y un plato, le quité la tapa y vertí el atún en agua sobre él.
—¿Qué tiene de malo el primero?
—Nada. Este no es para mí. —Llegué hasta la puerta trasera de la
cocina y la abrí de golpe. El aire se movió detrás de mí, y cuando volteé vi a
mi tía de pie en la puerta, mirándome.
Salí al patio de piedras. La luna iluminaba lo suficiente como para ver la
hierba alta y los arbustos circundantes. Y dos ojos brillantes.
No esperaba encontrar al gato enseguida, pero me alegré de haberlo
hecho.
—Aquí tienes, amiguito —le dije y puse el plato sobre la hierba sin
establecer contacto visual. No quería asustar al pobre. Necesitaba ganarme
su confianza. Luego lo llevaría a un curandero local.
Me levanté y caminé hacia la puerta trasera.
—Siempre te gustaron los animales callejeros —dijo mi tía con una
sonrisa.
—Eso es porque soy como ellos. —Cerré la puerta y miré por la
ventanita. Efectivamente, el desaliñado gato negro cojeaba lentamente hacia
el plato lleno de atún. Y sólo cuando empezó a comer me relajé.
Sonriendo, volví a mi sándwich y lo devoré, dándome cuenta de lo
hambrienta que estaba. Agarré una botella de agua y pasé el bocado.
—Mencionaste el trabajo. Sabes que restaurar esta casa me va a llevar
tiempo y dinero. Dinero que en este momento no tengo. No digo que no
vaya a hacerlo. Lo haré. Créeme. Sólo que llevará tiempo. —Y
posiblemente años de trabajo contratado por el Grupo Merlín.
Mi tía se acercó a la misma silla y se dejó caer en ella.
—No hablaba de la casa. Pero ahora que lo dices, me alegro de que por
fin vayas a hacer algo al respecto.
Me limpié la boca con una toalla limpia.
—Disculpa. Retrocede. ¿Qué trabajo?
Mi tía apretó las manos sobre su bastón. Una expresión preocupada
marcaba su rostro.
—El trabajo que tienes que hacer aquí. En este pueblo.
Apoyé el culo en la encimera, de modo que ahora estaba frente a ella.
—Lo que dices no tiene sentido. ¿Qué trabajo? ¿Qué quieres decir?
—Hay una maldad aquí, en Moonfell. Un gran mal —empezó mi tía—.
Empezó a extenderse de nuevo hace dos años. Y cada día se hace más y
más fuerte.
—¿Estás hablando del adolescente hombre lobo muerto? —No sabía
cómo se había enterado de eso. A menos que oyera a las brujas que estaban
aquí antes o que sus amigos nocturnos la mantuvieran al tanto.
Ella asintió.
—Sí. Pero es mucho peor que eso. Este mal ha estado aquí durante
siglos. Se manifestó hace veinte años, pero, por razones desconocidas,
desapareció. Y ahora ha vuelto.
Fruncí las cejas, intentando comprender lo que decía.
—¿De qué clase de mal estamos hablando? ¿Magos canallas?
¿Vampiros enloquecidos? ¿Una maldición?
—Peor que eso —dijo con gravedad en su tono—. No se trata sólo de
esos incidentes aislados. Forman parte de eso, sí. Esta fuerza se está
filtrando en el tejido mismo de este pueblo, infectando todo y a todos a su
paso.
—¿Lo que estás diciendo es que habrá más muertes? ¿Más adolescentes
muertos? —Miré fijamente a mi tía—. ¿Sabes quién lo está haciendo?
¿Quién mató a Tim?
Mi tía negó con la cabeza.
—No. Eso no lo sé. —Sus ojos recorrieron mi rostro—. Hay tantas
cosas que no sabes. Y ha pasado tanto tiempo. Hubiera sido mejor que
vinieras a verme hace años.
—Ya sabemos que fui una idiota. ¿Qué tiene que ver que yo no haya
llegado antes con la muerte de Tim?
—¿Fuiste a ver a tus padres?
No esperaba que preguntara eso.
—No. Y tampoco pienso hacerlo. El plan es hacer mi trabajo, arreglar la
casa y luego irme. —Me arrepentí de las palabras que salieron volando de
mi boca cuando vi la tristeza en el rostro de mi tía. Demonios. Tenía que
controlar mejor mi vómito de palabras.
—Perdón —intenté de nuevo—, obviamente no voy a irme.
Mi tía descartó mi comentario con un gesto de la mano.
—Eso no importa ahora. Lo que importa es que te prepares para lo que
está por venir.
—¿Podemos dejar la charla Obi-Wan Kenobi para otro momento e ir
directamente al grano?
Mi tía parpadeó.
—Debes librarte de la oscuridad de Moonfell.
Solté una carcajada.
—Perdona. ¿No sabes quién soy? Sabes que no puedo hacer magia
como los demás. Diablos, por eso mi familia me condenó al ostracismo. Por
eso pretenden no tener como hija a una bruja inútil. No soy un Merlín, tía
Luna. Ya lo sabes. Yo sólo...
—Trabaja para ellos —interrumpió ella—. Sí, ya lo sé. ¿Y eso qué tiene
que ver?
—Eh... ¿todo?
Mi tía se quedó callada un momento.
—Tienes magia dentro de ti. Pero no es la misma que la de otras brujas.
Me reí.
—Porque es inexistente.
—Eso no es cierto, y lo sabes.
—Bueno, sí —respondí, recordando algunos acontecimientos en los que
pude realizar algunas de mis diferentes magias delante de mi tía—. Sí
puedo hacer magia. Pero no el tipo de magia que se necesita aquí. Ni
siquiera puedo invocar a un demonio. Créeme. Lo he intentado.
Mi tía se quedó boquiabierta.
—¿Qué? ¿Has intentado invocar a un demonio?
Sacudí la cabeza, recordando aquella vez cuando tenía diecinueve años
y decidí que tenía que ser una bruja oscura si no era una bruja blanca. Lo
único que conseguí invocar fue una ráfaga de mi magia que destruyó el
ático superior que estaba alquilando. Lo había perdido todo en aquel
estúpido intento.
—La cuestión es que es... diferente. Por eso intento mantenerlo oculta.
—Porque todos sabemos que la gente le tiene miedo a lo desconocido.
Mi tía se reclinó en la silla.
—Katrina, escúchame —empezó mi tía—. Será mejor que empecemos
por el principio. Me di cuenta de algo cuando tenías doce años. Cuando
empezaron a manifestarse tus poderes.
—Te refieres a los no poderes.
—Entonces entendí que había algo diferente en ti. Diferente de tu
hermano. Diferente de tus padres.
—Amén a eso.
—Sé seria. Esto es serio.
—Perdón. —Cerré la boca, haciendo todo lo posible por parecer seria.
Pero la verdad era que había tardado una década en convertir mi magia en
algo que pudiera utilizar. Mi tía no lo sabía, así que pensé que debía dejarla
hablar.
Mi tía frunció el ceño mientras se frotaba la rodilla.
—Verás, nuestra familia, por parte de tu madre, procede de una larga
estirpe de Merlín. Protectores. Y si tuviera veinte años menos, yo misma
iría tras esa oscuridad.
—No soy una Merlín —dije—. ¿Te traigo algo para la rodilla?
Sacudió la cabeza.
—Pero incluso las brujas envejecen. Y nuestra magia también. —Me
miró—. Pero la tuya es fuerte, Katrina. Muy fuerte.
Me crucé de brazos.
—¿Qué estás diciendo exactamente?
Mi tía se ajustó el sombrero.
—Que tienes un gran poder dentro de ti.
Sintiendo que mis niveles de estrés aumentaban, metí la mano en el
bolso y agarré mi paquete de chicles. Me metí uno en la boca. Si mi tía
sabía que era un chicle de nicotina, no dijo ni una palabra.
—Esa oscuridad de la que hablas —pregunté, masticando—. ¿Tiene
nombre?
Mi tía asintió, con una expresión sombría en su rostro.
—Tiene muchos nombres. Pero puedes llamarlos Los Renegados.
—Suena bastante siniestro. Supongamos que puedo derrotar a este mal.
¿Cómo lo hago? —Como una Merlín falsa, quizás eso formara parte de mi
trabajo.
—Encuentra a los responsables de la muerte de ese joven hombre lobo y
hallarás tus respuestas.
—¿Eso es todo? ¿Es todo lo que tienes que decir?
Mi tía levantó los hombros con aire despreocupado.
—¿Qué más quieres? Llevo dos años encerrada en esta casa y mi
conocimiento del mundo exterior disminuye rápidamente. ¿No es eso lo que
haces ahora? ¿Investigar?
—Sí, lo es. —Me quedé allí sentada, mascando chicle y reflexionando
sobre mi próximo movimiento. Sonaba demasiado sencillo que solo
encontrara a los responsables, pero quizás mi tía tuviera razón. Tal vez ésa
fuera la clave para derrotar a esa fuerza maligna que nos estaba acechando,
según ella.
—Bien, lo haré —dije con un decidido movimiento de cabeza. De todos
modos, para eso estaba aquí, para encontrar a los responsables.
Mi tía se levantó de un empujón con el bastón.
—Bien. Creo que eso es todo por esta noche. Hablaré contigo por la
mañana. Me voy a dormir. —Levantó el bastón hacia mí—. En mi propia
cama, muchas gracias. Me gustaría que me volvieran a poner el colchón.
—Sí. También lo haré.
Tras aquella esclarecedora conversación con mi tía, le puse su
habitación como estaba, con su colchón viejo y mugriento incluido, y opté
por reclamar como mío la segunda habitación más grande de la casa. No era
tan grande, pero tenía su propio baño, una rareza en mi mundo.
El sueño tardó en llegar. Me quedé mirando una grieta del techo durante
horas hasta que sentí como si mis párpados eran de plomo y me dormí.
Soñé con hombres lobo calientes y sexys que venían hacia mí desde
todas direcciones, usando sólo taparrabos de cuero para taparse sus
paquetes. Fue un sueño muy bueno. Lástima que no recordara gran cosa de
él cuando me desperté.
Capítulo 6
M egemido
desperté cuando sonó el timbre de la puerta. Abrí los ojos con un
y me di cuenta de que el colchón de aire se había desinflado y
ahora estaba acostada sobre una tabla de madera. Me dolía todo el cuerpo,
sobre todo la espalda.
—Maravilloso.
Volvió a sonar el timbre.
—¡Luna! —grité, y entonces me di cuenta de que no abriría la puerta,
ya que estaba fingidamente muerta.
El sonido del timbre me llegó por tercera vez.
—No te quites los pantalones. ¡Yo voy! —grité, aunque viniendo del
segundo piso, dudaba que la persona que abusaba de mi timbre pudiera
oírme.
Con mi nueva espalda dolorida, llegué hasta el pasillo y me golpeé el
dedo del pie con el rodapié.
—¡Hijo de pu…!
Me asomé a la habitación de mi tía. La cama estaba tendida y no había
ni rastro de ella. Quizás lo había soñado todo.
Finalmente, bajé cojeando las escaleras y abrí de un tirón la puerta
principal.
—¿Qué demonios quieres?
Mierda. Era el hombre bestia, o sea, Blake.
Levanté la vista hacia él, contemplando su figura imponente y sus
rasgos cincelados. Estaba vestido para impresionar, con una chaqueta de
cuero negra y unos jeans ajustados. La camiseta gris con cuello de pico
mostraba muy bien sus músculos bajo la tela. A pesar de mi molestia por
haberme despertado de mi incómodo sueño, mi corazón se agitó
ligeramente al verlo. Pero aparté rápidamente esos pensamientos y lo miré
con el ceño fruncido.
El jefe de policía sexy como un pecado tenía una extraña sonrisa en la
cara mientras sus ojos recorrían mi frente para detenerse en mis pechos.
Por supuesto, no había tenido tiempo de ponerme sujetador.
Y, por supuesto, mis pezones estaban duros como rocas, dos torpedos
gemelos en posición firme. Mierda.
Me cubrí a las niñas con los brazos.
—¿Qué pasa? —Había dormido con unos pantalones de yoga. Gracias a
Dios por los pequeños milagros. Recibirlo en ropa interior habría sido
mortificante.
—¿Te desperté? —Blake seguía con aquella sonrisa en la cara. Parecía
que estaba muy complacido.
—No, estaba haciendo la declaración de la renta.
Enarcó una ceja.
—Estás muy irritable por las mañanas.
—Como mucha gente.
—Te ves cansada.
—Una noche larga. —Probablemente tenía un aspecto infernal, y como
no me había cepillado los dientes, definitivamente también tenía un aliento
infernal—. ¿Por qué estás aquí? —pregunté, apartando la cara de él para no
matarlo con mi aliento matutino.
—¿Pasó algo? —preguntó. ¿Acaso había preocupación en sus ojos?
—No. —Por el rabillo del ojo, vi una aparición. No, una aparición no,
era mi tía Luna.
—Madre mía —dijo mi tía, y avanzó cojeando, con su bastón sonoro,
mientras se abría paso a mi lado—. Creció y está relleno. De cerca es
mucho más atractivo. Mira qué músculos. ¿Ya los tocaste?
—No —le dije, sorprendida de que dijera tal cosa.
Mi tía me hizo un gesto con la mano.
—No puede oírme ni verme. Sólo a ti. Me empapé con un glamour. Es
como ser un fantasma.
—Sí, ya dijiste eso —dijo Blake, pensando que seguía hablando con él.
Mierda. Esto era muy incómodo. Que la gente hablara sola nunca era
buena señal, ni siquiera en nuestros círculos paranormales. Oír voces era
malo.
—Mhhmm —expresé.
—Pero, vaya, vaya —dijo mi tía—. Se parece mucho a su abuelo a su
edad. Él y yo... bueno... lo hicimos unas cuantas veces. Sabes, tenía mucha
habilidad con la lengua...
Me golpeé los oídos con las manos.
—No puedo oír esto.
La expresión del jefe se tornó sospechosa.
—Todavía no te lo he dicho. ¿Seguro que estás bien?
—De maravilla. —Diablos. Si no tenía cuidado, iba a parecer una loca
—. Disculpa. Tuve una noche larga.
—Sí, ya me dijiste.
—Es la verdad.
Mi tía me guiñó un ojo.
—¿Le gustan las mujeres mayores? A mi edad, el sexo es como darle
una patada a la muerte en la cara mientras cantas.
Que Dios me ayude.
—¿Qué es ese olor? ¿Como a lavanda o algo así? —El jefe olfateó.
Mierda. Puede que mi tía estuviera usando un glamour para evitar que la
vieran y la oyeran, pero se olvidó de ocultar su olor. Supuse que quería
mantener intacta su falsa muerte. Aún no habíamos hablado de esa parte.
—Mi jabón. —Volví a taparme los pechos con los brazos—. ¿Qué
puedo hacer por usted, jefe?
Los ojos de Blake se posaron en mis labios.
—Pensé que debías saberlo. Encontré al dueño de esa camioneta negra.
Me animé.
—¿Y? —Eran muy buenas noticias. Aunque la camioneta no estuviera
implicada en el caso, podíamos tacharla de la lista.
—Es de un tipo llamado Rus Grove.
—¿Lo conoces?
Blake negó con la cabeza.
—No. En un momento voy a interrogarlo.
—Voy contigo.
Los labios de Blake volvieron a dibujar aquella sonrisa.
—¿Así?
Fruncí el ceño.
—Dame tres minutos.
Blake enarcó una ceja y una sonrisa pícara se dibujó en su rostro.
—¿Tres minutos? Eso es muy específico.
Puse los ojos en blanco.
—Quizás cuatro. —No tenía tiempo para una ducha fría. Pero
necesitaba lavarme los dientes, ponerme un sujetador y cambiarme los
pantalones.
—Que sean cuatro. —Los ojos de Blake recorrieron mi cuerpo y
volvieron a subir, deteniéndose en mis pechos—. Pero si estás apurada,
puedo ayudarte.
Lo fulminé con la mirada.
—Bueno, ya vuelvo. —Cerré la puerta, intentando ignorar el martilleo
de mi corazón.
—¿Qué es eso de una camioneta negra? —preguntó mi tía.
—La vieron estacionada delante de la casa de Tim —dije, pasando
velozmente junto a ella y haciendo todo lo posible por subir las escaleras
con el dedo del pie aún palpitante—. Puede que no sea nada.
Cojeé hasta mi habitación y agarré una camisa limpia del gavetero. Me
puse unos jeans y un suéter, y me aseguré de agarrar un sujetador. No quería
que se repitiera lo de antes y que mis pezones se estuvieran asomando por
mi camisa. Algo muy distractor.
—Háblame de esa camioneta. —Mi tía apareció a mi lado.
—Aún no lo sé. Por eso voy a hablar con ese tal Rus Grove.
Se me aceleró el corazón cuando fui al baño y me eché agua fría en la
cara. Luego me cepillé los dientes, intentando eliminar ese aliento matutino.
Agarré el bolso y el teléfono antes de mirar a mi tía.
—Nos vemos luego.
Me miró.
—¿A dónde supones que voy?
Claro. Volví a bajar las escaleras y me di cuenta de que Blake se había
ido. Cuando salí al exterior, vi que me estaba esperando junto a su
todoterreno BMW negro.
—¿Ya estás lista para irnos? —preguntó.
—Sí.
—Vamos en mi auto —dijo el hombre musculoso.
Lo pensé un segundo. No creía que me sintiera cómoda en el mismo
auto con él, y si tenía que irme por cualquier motivo, no me gustaba tener
que depender de él.
—Te sigo —dije, sin esperar que refutara mientras abría de golpe la
puerta de mi Jeep.
Blake me miró un instante, pero no dijo nada antes de subir a su
vehículo. El motor rugió cuando se alejó de la acera.
Mientras seguía a Blake por las calles de Moonfell, no pude evitar
repetir la información que me había dado mi tía. No le había hablado a
Blake de ese grupo llamado Los Renegados. No es que no le creyera a mi
tía. Pero llevaba dos años encerrada en su casa. ¿Cuánta de esa información
era real y cuánto podría ser el fruto del aburrimiento de una anciana? No
sabría decirlo. Y antes de quedar en ridículo ante el jefe del pueblo,
esperaría hasta poder entender bien todo eso. Investigaría a ese grupo justo
después de hablar con el dueño de aquella camioneta negra.
Cuando Blake cruzó en la siguiente calle a la derecha hacia Lament
Lane, sentí que se me aceleraba el pulso. Al sur de Lament Lane estaba la
parte peligrosa del pueblo, por así decirlo. No le había pedido la dirección a
Blake y, por lo visto, me estaba llevando a un lugar al que nos habían dicho
que nunca fuéramos de niños.
Tombstone.
Así que, por supuesto, había estado allí un par de veces. Y estuve a
punto de no volver.
Verás, Tombstone estaba en el lado equivocado de las vías.
Literalmente, mi Jeep saltó sobre las vías del tren, llevándome oficialmente
al lado equivocado al rebotar en mi asiento mientras conducía hacia el sur
por el agrietado asfalto.
Para el resto de la comunidad paranormal de Moonfell, Tombstone era
algo como los barrios o un lugar muy pobre y poco acogedor para vivir.
Para ellos, el barrio era espeluznante y se rumoreaba que estaba lleno de
asesinos y exconvictos; sin duda, nadie quería cruzar para allá.
Tombstone era el nido de todos los paranormales malvados que no
encajaban con el resto de la comunidad. Eran los vampiros y hombres lobo
renegados, los perversos metamorfos que te cortaban la lengua sólo porque
les apetecía. También era el lugar de reunión de brujos oscuras y de magos,
donde te vendían una poción de amor, pero resultaba ser ácido, y se reían
mientras morías lentamente.
También vagaban por allí las hadas oscuras, tan bellas y místicas como
los vampiros e igual de perversamente mortíferas. Les encantaba cazar a los
inocentes, los ingenuos. Les encantaba jugar con su mente y ofrecerles algo
de su comida y bebida hasta que estuvieran completamente bajo su hechizo
y su merced.
También se decía que era un lugar habitual de reunión de los demonios
cruzadores, los demonios que tenían tratos con esta parte del pueblo. Sin
embargo, nunca había visto ninguno.
Había oído muchos rumores a lo largo de los años sobre algunos
miembros de nuestra comunidad que se adentraban en Tombstone y nunca
salían. O salían, pero nunca volvían a ser los mismos.
Me vino a la mente el recuerdo de cuando era joven e intentaba
demostrarles a las demás brujas adolescentes que era tan buena como ellas,
entonces me atreví a venir hasta aquí por una apuesta. Nunca olvidaría a
aquel hada tatuado que me había agarrado y había intentado arrastrarme a
un callejón.
—Te voy a hacer pasar un buen rato, mi preciosa —me había dicho.
Aún recordaba su aliento rancio en mi cara, el olor a licor y su
desagradable olor corporal, como el de alguien que no creía en bañarse.
Era la primera vez que me daba cuenta de que yo tenía magia. Magia de
verdad.
El miedo y el pánico abrumador habían sido la combinación necesaria
para construir una explosión en mí, una explosión oscura.
Era la única razón por la que las hadas, sobresaltadas, me dejaron ir.
Entonces... entonces salí corriendo como un demonio de allí y nunca
regresé.
Me sentí asustada y aliviada al mismo tiempo. Asustada de tener un
poder que no sabía cómo controlar y aliviada de tener por fin un maldito
poder. Yupi
Me sorprendió que Blake nos llevara hasta aquí, pero ya no era una
adolescente asustada de diecisiete años. Podía valerme por mí misma.
Blake estacionó su todoterreno en la acera y yo hice lo mismo. Metí la
mano en el bolso, saqué un chicle y me lo metí en la boca.
Cuando salí, noté lo oscuras y sombrías que estaban las calles, como si
el brillante cielo de la mañana se hubiera cubierto de repente con nubes
oscuras y amenazantes, que hacían que pareciera de noche. Esto no era
natural. Estaba segura de que era algo que hacían los magos oscuros para
mantener a raya la luz del sol.
El nocivo olor a azufre y magia diabólica impregnaba el aire. Parecía
estar en todas partes, flotando en la atmósfera, empapando el piso y los
árboles con su presencia y rodeándonos como un manto invisible. Las voces
cacofónicas de entidades poderosas resonaban a nuestro alrededor, y una
risa burlona se deslizaba en la brisa.
Cuando volví a enfocarme, encontré a Blake mirándome.
—¿Qué?
—Caminaremos desde aquí —dijo Blake al acercarse—. No está tan
lejos. Dos manzanas.
Asentí con la cabeza.
—Ve adelante.
—Quédate cerca de mí —dijo el jefe—. Y estarás bien.
Le lancé una mirada molesta.
—Puedo arreglármelas sola, gracias.
Blake abrió la boca para decir algo, pero la cerró cuando se apartó de mí
y empezó a subir por la calle. Hombre sabio.
Un vampiro masculino me dedicó una sonrisa seductora y me lanzó una
mirada sugerente. Luego me hizo un gesto grosero con la lengua.
Por supuesto, respondí con la misma grosería y le levanté el dedo,
provocando una risita de Blake.
El jefe caminaba con aquel andar seguro, balanceando sus grandes
hombros mientras miraba a los ojos a todos los transeúntes, como si los
desafiara a hacer algo.
Seguí su buen trasero calle arriba, intentando mantener la atención en el
asunto que nos ocupaba y no en su perfecto trasero.
Los paranormales salieron de sus tiendas, de sus casas y de los bares
locales. Era como si hubiéramos activado una alarma silenciosa o algo así.
Como si todos habían salido a ver a la sangre nueva. A nosotros.
Una espeluznante sensación de déjà vu me invadió al vislumbrar el
vibrante ambiente carnavalesco de Tombstone. Un grupo de hombres lobo
luchaba en medio de la calle mientras unas bailarinas ninfas etéreas
entretenían a la multitud que acudía a ver la pelea.
—¿Qué tal dormiste? —preguntó Blake, con la cabeza ligeramente
girada hacia mí mientras mantenía la vista fija en la calle, en los curiosos.
—Como una bebé.
Resopló.
—Tienes suerte de que ese tejado no te cayera en la cabeza.
—Soy una chica con suerte.
—¿Tienes un colchón decente, al menos?
—Por supuesto —mentí—. Pagué mucho dinero por él.
La breve carcajada me dijo que Blake no creía ni una palabra de lo que
decía. No importaba. No me importaba lo que pensara de mí. De verdad que
no.
El pavimento descendía, revelando un laberinto de edificios
destartalados y agrupados por falta de espacio. En la calle se podían
encontrar tiendas que vendían venenos, pociones y amuletos. Los que
buscaban magia prohibida, ya fuera un hechizo oscuro o un conjuro
demoníaco, sabían que la encontrarían aquí.
Capté algunas de las miradas de las brujas —frías y poco acogedoras—
mientras su magia oscura flotaba en el aire, reconocible por su aroma
terroso y avinagrado.
—Aquí es —anunció Blake de repente.
Un cartel sobre un edificio de piedra rojiza decía GROVE AUTOSHOP.
Blake abrió la puerta de un jalón y me arrastró hasta adentro con él. Oí
el suave chasquido de un cerrojo cuando cerró la puerta tras de sí.
El taller tenía un tamaño descomunal, como un almacén. Altos estantes
repletos de herramientas y piezas de automóvil se alzaban hasta el techo.
Las paredes eran de color amarillo pálido. Todo el interior estaba
tenuemente iluminado, y del techo colgaban linternas que proyectaban un
resplandor amarillento sobre las piezas y herramientas dispersas, como
sombras pálidas.
Respiré una mezcla de aceite, metal, polvo y electricidad quemada que
olía a ozono. El espeso aroma del olor corporal y del almizcle enturbiaba la
habitación.
Un escalofrío me recorrió la columna al sentir un frío repentino que
nada tenía que ver con el aire de octubre.
Sentado tras un viejo escritorio de madera, al fondo del taller, había un
hombre tatuado con más piercings en la cara y las orejas que en cualquier
joyería.
El corazón se me detuvo por un momento. Lo reconocí. Puede que
tuviera algunas arrugas más y más canas en el pelo grasiento que le llegaba
hasta los hombros. Pero era él, el mismo hada que intentó apoderarse de mí
hace tantos años.
Capítulo 7
¿E rasu una coincidencia? No tenía ni idea. Pero el ceño fruncido del hada y
mirada de indiferencia cuando pasó junto a mí me dijeron que no
me había reconocido. Sin embargo, estaba claro que había reconocido a
Blake.
—Lárgate de mi taller —ladró el hada. Gruñó, mostrando sus afilados
caninos. Ah, sí. Las hadas tenían una dentadura similar a la de los vampiros.
Pero cuando te mordían, lo más probable era que quisieran ver a qué sabías,
no beber tu sangre.
Se levantó lentamente. Detrás de aquella sucia camiseta negra sin
mangas se dejaban ver unos músculos marcados, y sus pantalones estaban
rasgados por las rodillas. Cada dedo tenía un llamativo anillo enroscado, y
alrededor del cuello le caían cadenas de oro, demasiadas para contarlas. Su
pelo era una masa desgreñada de gruesas ondas negras con canas. Era difícil
saber la edad de un hada, ya que envejecían muy lentamente, como los
vampiros. Parecía tener unos cuarenta años, pero podría haber pasado los
cien.
La postura del hada era tal que estaba listo para abalanzarse, con los
músculos abultados como un jaguar a punto de saltar de un árbol. Sus ojos
oscuros miraban fijamente a Blake.
El hedor que desprendía el hada era una mezcla de mal olor y diversos
fluidos corporales. Se me erizaron los pelos de la nuca. Nunca olvidaría
aquel olor.
Blake pareció darse cuenta de mi tensión. Me miró con el ceño medio
fruncido. Negué con la cabeza y lo ignoré, con los ojos fijos en aquel sucio
bastardo.
—¿Eres Rus Grove?
El hada entrecerró los ojos ante el hombre lobo.
—Sí.
—¿Tienes una camioneta negra? ¿Placas KDE 3314? —preguntó Blake.
Los ojos oscuros del hada se desviaron hacia mí y, por un momento,
pensé que podría haberme reconocido. Pero entonces su rostro volvió a
tener la misma expresión de indiferencia.
—Sí, ¿qué pasa con eso?
Me sobresalté ante esta nueva información. ¿Acaso este bastardo
aceitoso estaba implicado en la muerte de Tim?
—Estoy investigando un asesinato, y tu vehículo fue visto en casa de la
víctima —dijo Blake. Noté cómo me excluía de esta investigación. Me
molestó—. ¿Dónde estabas hace dos noches, entre las diez y las dos de la
madrugada?
El hada siseó una risa húmeda, como alguien que lleva fumando desde
que era un niño de diez años. Menos mal que yo estaba intentando dejar de
fumar.
—¿Por qué debería decirte algo? —espetó Rus.
—Porque soy el jefe.
—Orik es el que manda aquí. No tú.
¿Orik? Nunca había oído hablar de él, así que memoricé ese nombre.
Blake dio un paso adelante, una demostración de fuerza.
—¿Dónde estabas? —preguntó—. No me hagas preguntártelo otra vez.
El hada murmuró algo en voz baja y sentí un frío pulso de energía.
—Cuidado. Está haciendo magia —le dije a Blake. Sí, las hadas
también tenían magia. Magia que podía arrebatarte la fuerza vital poco a
poco, convirtiéndote en su siervo durante el tiempo que desearan.
El corpulento hombre no se sintió afectado ante la amenaza del hada. En
lugar de eso, se acercó y una sonrisa malvada y aterradora se dibujó en su
rostro.
—Me lo dirás. Sólo es cuestión de sacártelo a golpes o que tú me lo
digas voluntariamente. Depende de ti.
El rostro del hada se arrugó de ira.
—Aquí no eres nadie. A nadie le importas tú ni tus reglas. Si me tocas,
morirás.
Blake encogió los hombros.
—Eso lo veremos.
—Jódete —escupió el hada—. Que te jodan a ti y a tu puta. No te diré
nada.
Bueno, ¿y ahora por qué demonios tenía que llamarme así?
—¿Quieres amarrarlo a la silla y torturarlo? —le pregunté a Blake. Yo
tenía mis propias formas de interrogar a los sospechosos. Pero no estaba
segura de que fuera la forma en que Blake lo hacía en Moonfell.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Blake.
—Tal vez.
En un abrir y cerrar de ojos, el hada sacó un cuchillo.
—Voy a cortarte.
—No si estás inconsciente —gruñó Blake.
—Espera —dije, masticando—. Lo necesitamos consciente.
¿Recuerdas? Tenemos algunas preguntas que necesitan respuesta.
El sonido de la puerta al abrirse hizo que volteara. Tres hombres, o
mejor dicho, tres hadas más, entraron en el taller.
—¿Qué decías? —incitó Rus, sonriendo victorioso a su apoyo—. Te vas
a arrepentir de haber venido, jefe.
Se me aceleró el pulso cuando vi que se acercaban tres hadas. Tenían
posturas encorvadas y se movían con rapidez animal, con los rostros pálidos
y los ojos negros hambrientos. Al igual que el dueño de este taller, sus ropas
estaban manchadas de suciedad y su pelo colgaba en mechones grasientos.
—¿Acaso no saben lo que es una ducha? —pregunté, totalmente
asqueada.
—¡Mátenlos! —ordenó Rus, apuntándonos con su cuchillo.
Me planté, sin estar segura de cuánto de mi poder mostrar. Éste era un
pueblo pequeño. Mientras más gente supiera de mi magia, peor sería para
mí. Sin embargo, en este lugar, no podía hacer mucho. Pero, de nuevo, no
iba a dejar que esos sucios hijos de perra me mataran.
Pero entonces no tuve que hacerlo.
En un abrir y cerrar de ojos, Blake me empujó detrás de él, con no
mucha suavidad, y salí disparada contra la pared. ¡Auch!
Mi cabeza chocó con fuerza contra algo sólido, y me tragué el chicle
por el impacto.
Qué bien.
Al levantarme, pude ver y sentir el poder que irradiaba Blake, una
neblina blanca que emanaba de él.
También vi sus grandes caninos del tamaño de cuchillos de cocina y sus
garras del tamaño de mis dedos. Era como si estuviera entre su forma de
bestia y su forma humana, sea cual sea esa forma.
Se enfrentó a las tres hadas al mismo tiempo, y parecía estar
emocionado por eso, como si hubiera estado esperando todo el día una
pelea. Con la mirada fija, gruñó y las atacó con sus garras. Las hadas se
movían como sombras en la oscuridad, con movimientos rápidos que me
recordaban a los de los vampiros.
Pero Blake era tan rápido como ellas. Quizás más rápido.
Y para ser un macho grande, eso era muy impresionante.
Blake se lanzó contra el hada más cercano en un borrón de miembros y
colmillos mientras chocaba contra su enemigo con una fuerza feroz. Con
una colisión que hizo temblar la tierra, el enorme macho y el hada se
encontraron en batalla, desatando su odio y sus afiladas garras.
Me quedé paralizada un segundo, atónita cuando Blake voló hacia un
lado, esquivando las garras de un poderoso hada con la cabeza rapada y
músculos como Arnold Schwarzenegger. Gruñó, haciendo que sus caninos
brillaran a la luz. Giró sobre sí mismo y le lanzó una sólida patada en el
pecho al hada calvo, derribándolo.
Pero las otras dos hadas se lanzaron hacia él. Una cacofonía de gritos
llenó el aire, una mezcla discordante de rugidos y alaridos. Los lamentos
retumbaron en mi cuerpo, provocándome escalofríos de miedo y furia.
Las hadas se mostraron implacables, sin darle a Blake la oportunidad de
tomar el control de la situación.
Estaba a punto de moverme para intervenir, pero antes de que pudiera,
otro hada dio una voltereta en el aire y se estrelló contra el pecho de Blake.
Éste se tambaleó hacia atrás, pero consiguió agarrar la pierna del hada. Con
un chasquido de brazos, hizo que el hada cayera hacia adelante y lo golpeó
con fuerza en un lado de la cabeza. El hada puso los ojos en blanco y se
desplomó.
Estaba tan cautivada por las habilidades de lucha de Blake que, antes de
darme cuenta de lo que ocurría, algo sólido me golpeó en la mandíbula. El
golpe me hizo retroceder, y estrellas negras invadieron mi visión durante un
segundo.
Ay.
—Zorra estúpida —escupió el dueño de la tienda—. Te enseñaré a venir
aquí sin avisar.
Me limpié la sangre de la nariz, parpadeando las lágrimas de mis ojos.
—Lo dudo.
Retrocedí y me debatí entre utilizar o no mi magia. Blake estaba
ocupado en ese momento. No lo vería. Pero ese maldito y sucio hada ya
estaba allí. Era sucio, apestoso, sí, pero rápido.
Sentí el calor de su aliento en mi cara mientras se acercaba a mí. Me
asaltaron los recuerdos de aquella noche de tantos años atrás. El miedo que
sentí, que nunca había sentido en toda mi joven vida. Estaba sola y muerta
de miedo. Nunca había querido volver a experimentar ese tipo de miedo.
Intenté esquivar su golpe, pero fue demasiado rápido. Su puñetazo
aterrizó en mi costado y salí volando por los aires, para terminar
estrellándome contra el piso. Una sensación de dolor recorrió mi cuerpo y
luché por respirar.
Chillé cuando el hada cayó justo encima de mí, dejándome atrapada
debajo de él. Apenas podía respirar mientras su masa me oprimía el pecho.
Podía parecer delgado, pero el muy desgraciado pesaba mucho.
Desesperadamente, me agité, intentando liberarme de su agarre. Tenía la
cara cerca de la mía y su aliento caliente me chamuscaba la piel mientras
sus ojos ardían con deseos de matarme.
Sí, eso no va a pasar.
La rabia era una emoción útil cuando se trataba de mi magia. Era la
chispa que encendía el fuego en mi interior, y la recibía con mucho gusto.
Recurrí a mi magia, sintiendo su sustancia dura pero flexible en mi
interior. Esforzándome, estiré la mano con todas mis fuerzas, superando los
límites físicos de mi cuerpo para agarrar a aquellas sombras que me
esperaban: mis camaradas. Y al hacerlo, sentí que una oleada de poder me
atravesaba como un río de calor que me corría por las venas. Ahora, las
sombras eran mías. Aunque limitada durante el día, este taller tenía
suficiente para lo que necesitaba hacer.
Recurrí a mis sombras y las expulsé.
Una ráfaga de energía de sombras golpeó al hada, y éste se alejó de mí.
Me levanté.
—Te dije que no iba a pasar. —Miré hacia el hada, que luchaba por
levantarse. La furia brilló en su rostro, pero algo más parpadeó en su
mirada. El reconocimiento.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—¡Tú! —dijo—. Eres tú. Eres tú.
Mierda. Me reconoció.
Me enseñó los dientes como una bestia.
—Te mataré, perra bruja.
—No lo creo.
Un grito estrangulado salió de su garganta —quizás era un grito de
guerra, no sabría decirlo— mientras salía corriendo hacia mí.
Podría volver a utilizar mi magia, pero esta vez sería más difícil
controlarla. Cada vez que liberaba un poco, era como si la magia quisiera
salir. Quería más. No podía arriesgarme. No cuando Blake estaba tan cerca.
Así que hice lo único que podía hacer.
Cuando el hada estuvo bien cerca, le di una patada en las pelotas con
toda la fuerza que pude.
Soltó un aullido y se estrelló contra el piso.
—¿Qué le pasó?
Me giré al oír la voz de Blake, viendo sus caninos y garras retraídos.
—Está sufriendo un poco de disfunción peneana.
Cuando miré por encima del hombro del jefe, las tres hadas estaban en
el piso, inconscientes.
Parpadeé.
—¿Qué les pasó? —Verdaderamente, este tipo sabía luchar y estaba
claro que lo disfrutaba. Me gustaba eso.
Encogió los hombros y me dedicó una sonrisa.
—Ese fue el ejercicio de la mañana.
Me reí y me acerqué al dueño del taller, que seguía encorvado en el piso
por el dolor.
—Vamos a intentarlo otra vez. ¿Sí? ¿Dónde estabas hace dos noches?
—Jódete —se burló el hada.
Blake se agachó, lo agarró por el cuello y lo empujó hacia una silla.
—Cuéntanos. O te romperé lentamente todos los huesos del cuerpo y
me aseguraré de que no te cures bien.
Silbé.
—Qué violento. —Era genial.
El hada gruñó, con la sangre corriéndole por la barbilla.
—Tenía que haberte rebanado esa hermosa garganta hace muchos años.
Blake puso su atención en mí, pero yo mantuve la mirada fija en el
hada.
—Aún no me he tomado el café de la mañana. ¿Y sabes lo que pasa
cuando no lo tomo? Me vuelvo un poquito loca. Más loca que mi amigo. —
Me incliné hacia adelante, vertiendo un poco de mi magia a través de mí, lo
suficiente para que el hada la percibiera—. Cuéntanos.
Sinceramente no esperaba que el hada hablara y me sorprendió cuando
empezó a cotorrear. Supongo que apreciaba los huesos que tenía.
—Estuve aquí, en mi taller, toda la noche —dijo el hada.
—Mentira —dijo Blake.
El hada señaló al grupo que estaba en el piso.
—Les pediría a mis amigos que te lo confirmaran, pero ahora no pueden
hablar.
—¿Por qué espiabas a los Mason? ¿Sabías que ibas a matar a Tim?
El hada frunció el ceño.
—Nunca he escuchado de ellos.
Ahora me estaba haciendo molestar.
—Vieron tu camioneta estacionada delante de su casa hace dos días.
—Alquilé la camioneta —dijo el hada—. Yo no la estaba manejando.
Por alguna extraña razón, le creí. Miré a Blake y vi la misma resolución
en su mirada.
—¿A quién se la alquilaste? —preguntó el jefe.
El hada se echó a reír.
—No te voy a decir una mierda.
Más rápido de lo que hubiera creído posible, Blake tenía el cuello del
hada entre sus manos.
—Dímelo. No volveré a preguntar.
Vi un miedo real brillando en los ojos del hada.
—No lo sé. Pagaron en efectivo. Es todo lo que sé.
—¿Puedes describirlos? —pregunté.
Blake le soltó el cuello y el hada respondió:
—Paranormales. La mujer, recuerdo que era una bruja zorra como tú. —
Sus ojos recorrieron mi cuerpo, y sentí un escalofrío recorrerme la espalda
—. Volveré a encontrarte, cariño. Y cuando lo haga...
Pum.
El resto de sus palabras se perdieron con el golpe del puño de Blake,
mientras la cabeza del hada se inclinó hacia adelante.
—Bueno. Eso fue divertido —dije, caminando de nuevo hacia la puerta.
Cuanto antes saliera de este lugar, mejor. Sentía que necesitaba ducharme.
Sí. Una buena ducha caliente cuando llegara a casa. Mierda. Sin
electricidad. No hay ducha caliente. Qué fastidio.
—Sabemos que esa camioneta negra estuvo implicada —dijo Blake
cuando la puerta del taller se cerró tras él y nos dirigimos hacia nuestros
vehículos.
—No tenemos nombres, pero sabemos que son brujos o magos —dije,
sintiendo que me miraban desde todas las sombras oscuras de esta calle—.
Puedo trabajar con eso. Trabajar con la lista que Helen me había dado, pero
me parecía que este grupo era de los no revelados. No estaban registrados
en ninguna lista—. Alquilaron esa camioneta para no dejar huellas. —Y
pagaron en efectivo. Eso significaba que estaban organizados. Lo habían
planeado.
—Haré que un equipo verifique si hay huellas. Dudo que hayan dejado
alguna, pero podría valer la pena intentarlo.
Asentí con la cabeza.
—Sí. —Miré a Blake, preguntándome si debía contarle lo que mi tía
había dicho sobre Los Renegados, pero luego lo pensé mejor. No hasta que
tuviera más pruebas que las divagaciones de una anciana.
Blake me miraba y yo sabía lo que iba a preguntar antes de que lo
hiciera.
—¿Conocías a ese hada? Parece que te conocía.
Negué con la cabeza.
—No. Nunca lo había visto. —No me sentía bien mintiéndole, pero
quería mantener en privado todo lo posible sobre mí.
Cuanto menos supiera, mejor.
—Tengo una de esas caras —dije, esperando que dejara el tema. Me
acerqué a la puerta de mi Jeep—. Bueno, gracias por el consejo. —Había
sido muy útil, pero no iba a decírselo.
—De nada —dijo Blake. A la distancia, se oyó el sonido de la cerradura
de la puerta del vehículo mientras abría las puertas de su todoterreno—. Y
espero lo mismo a cambio.
—¿Cómo es eso?
—Si descubres algo que me gustaría que me dijeras.
Claro.
—Me parece justo.
Me observó un momento más y luego se puso al volante de aquel gran
todoterreno.
Siguiendo su ejemplo, me metí en el asiento del piloto de mi Jeep, cerré
las puertas con seguro por si acaso —nunca se sabe en este barrio— y
encendí el motor.
Venir aquí había sido útil. La información de Blake había sido correcta.
Pero me dejó con más preguntas sin respuesta.
Capítulo 8
N oprovisiones
manejé directamente hasta la casa. Primero me detuve a comprar más
y comida para gatos para mi amiguito en supermercado
local, The Produce Stand. Agradecí que nadie me prestara atención. Luego
fui a la oficina del alcalde para hablar con Helen, pero había salido a hacer
un recado y no volvería hasta dentro de unas horas, según me dijo su
secretario, un hombre metamorfo con los ojos desalineados, que me miraba
con el ojo derecho mientras el izquierdo se desviaba para otro lado y miraba
algo a la izquierda. Súper espeluznante.
Cuando llegué a casa de mi tía, eran las tres y media de la tarde.
Dejé las bolsas de las compras en el porche y fui al patio trasero, donde
había visto al gato.
El plato que había dejado seguía allí. Parecía que lo había dejado limpio
a lametazos, y sentí una puntada en el corazón. Pobrecito. En cuanto se
acostumbrara a que le diera de comer, intentaría atraparlo y llevarlo al
curandero de nuestro pueblo. No teníamos veterinarios como los humanos,
pero sí diferentes curanderos especializados en distintas especies. Algunos
se especializaban en paranormales, brujos y vampiros. Y otros con
metamorfos y hombres lobos, aquellos que tenían una disposición más del
tipo «animal», que era lo que yo necesitaba. Y si mi memoria no me fallaba,
el doctor Carter era uno de esos curanderos metamorfos. Esperaba que
todavía estuviera por aquí y no se haya jubilado.
Utilizando el mismo plato, ya que estaba limpio, arranqué la tapa
metálica de la lata de comida húmeda para gatos que había comprado y
vacié todo el contenido.
—Vamos, amiguito —dije a los arbustos—. Hay mucho más. Y no tiene
cereales. Qué rico. —Esperé unos minutos más y, al ver que el gato no
aparecía por ninguna parte, me enderecé y volví a la parte delantera de la
casa.
Desbloqueé la puerta y la abrí de un empujón. Luego enganché las
bolsas de compras con los dedos y entré. Pateé la puerta detrás de mí, pero
calculé mal la distancia, por lo que di media patada y la puerta se quedó
medio abierta.
—Que se joda. —Me fui hacia la cocina—. ¿Tía Luna? Ya volví. Volví
con información sobre esa camioneta negra. Dejé caer las bolsas sobre la
encimera de la cocina.
—Volvió la electricidad —dijo una voz detrás de mí.
—¡Ah! —me di la vuelta—. No hagas eso.
Mi tía encogió los hombros.
—¿Por qué? ¿No se supone que los fantasmas asustan a la gente?
—Pero tú no eres un fantasma.
—Me siento como un fantasma.
—Entonces, ¿volvió la electricidad? —Sin esperar a que contestara, me
apresuré a acercarme a la pared y encendí el interruptor de la luz de la
cocina—. Y entonces... se hizo la luz.
Un zumbido salió de una de las cuatro lámparas del techo, y un cálido
resplandor amarillo se derramó de ella.
—Bueno, una de cuatro no está mal —dijo mi tía, mirando al techo.
—No. Significa que hay que cambiar las bombillas. ¿Sabes lo que
significa?
Mi tía parpadeó.
—¿Que por fin pagaste la factura?
—¡Agua caliente!
—Siempre he dicho que eras rara —dijo mi tía mientras corría hacia el
lavamanos y abría el grifo del agua caliente. Pasé los dedos bajo el agua
fría.
Tres... dos... uno...
—Maldita sea. Todavía está fría.
—¿Qué esperabas? El depósito de agua caliente tardará varias horas en
volver a llenarse.
Cerré el grifo.
—Esperaré.
—¿De quién es ese gato?
Me di la vuelta. El mismo gato negro, sucio y con aspecto de haber
vivido en la calle toda su vida, estaba sentado en la entrada de la cocina. Me
vio y empezó a cojear hacia adelante.
—¿Cómo entró? —preguntó mi tía.
—Dejé abierta la puerta principal.
—Caramba, tiene mal aspecto, Katrina. Tienes que llevárselo al doctor
Carter.
—¿Sigue trabajando como curandero?
—Claro que sí —dijo mi tía—. Pues yo creo que sí.
Me acerqué con cuidado al gato, despacio, para no asustarlo.
—Hola, amiguito —le dije con mi voz animal que utilizaba cuando
hablaba con perros o gatos, que era una especie de voz aguda de niña. No
me juzgues—. No te ves muy bien. —Me arrodillé en el piso junto a él—.
Tenemos que buscarte ayuda.
Alargué la mano y rasqué la cabeza del pobre animal.
Y entonces fue cuando las cosas se pusieron raras.
El gato dejó escapar un extraño maullido que sonaba extrañamente
como una mezcla entre una voz animal y una humana.
Y entonces el gato empezó a brillar.
—¿Qué demonios está pasando? —chilló mi tía.
—Carajo, ¿qué voy a saber? —respondí chillando.
El gato pareció iluminarse, irradiando una luz interna que llenó el
espacio hasta que su forma se volvió borrosa en los bordes. Me ardían los
ojos y aparté la mirada de la repentina luminosidad. En unos instantes, el
cuerpo del gato empezó a transformarse.
El pelaje del gato se movió de forma ondulante, haciendo que sus rasgos
parecieran estirados y distorsionados. Su cabeza se ensanchó, su cuerpo se
alargó y su cola se acortó mientras lanzaba un gruñido grave. En un abrir y
cerrar de ojos, se cubrió de pelaje oscuro. Gruñó amenazadoramente antes
de que un crujido rompiera el silencio, indicando la rotura de huesos.
Y entonces, no estaba mirando a un diminuto gato callejero. Estaba
contemplando a un hombre de un metro ochenta, de ojos marrones
profundos y penetrantes y pelo rubio oscuro alborotado, que enmarcaba un
rostro fuerte y una boca llena que parecía curvarse en un ceño fruncido. Su
atractivo rostro iba acompañado de un cuerpo cincelado, largo y esbelto,
con los músculos abultados y definidos, y un abdomen ondulado con un six-
pack. Pero delgado... demasiado delgado.
—Caldero ayúdanos. ¡Es un chico! —aplaudió mi tía, como si le
hubieran dicho que una de sus mejores amigas acababa de dar a luz.
—Es un hombre. —No era el cuerpo de un chico—. Un hombre muy
desnudo.
Dicho hombre desnudo abrió la boca para decir algo. Se tambaleó hacia
adelante, sus rodillas vacilaron como si sus piernas no pudieran soportar su
peso, y se estrelló contra el piso.
Mierda. Salí corriendo hacia adelante, agarré un puñado del mantel, lo
retiré de la mesa y lo utilicé para cubrirlo.
—¿Pero por qué está aquí? —Mi tía se asomó por encima de mi
hombro.
Buena pregunta. Miré al hombre, al hombre gato, y vi que estaba
temblando.
—Ya regreso. Me aparté y fui rápidamente hacia el estudio que estaba al
lado de la entrada principal. Agarré una manta de lana que estaba llena de
polvo, pero aún en buen estado, que mi tía había tejido junto con un cojín
de uno de los sillones, cerré la puerta principal de una patada y me apresuré
a volver. Lo cubrí con la manta y puse una almohada suavemente bajo su
cabeza.
—Bien pensado. —Mi tía me dio un golpecito en el hombro con su
bastón.
El desconocido parpadeó un par de veces, como si se despertara de un
sueño, con la mirada perdida.
—¿Cómo te llamas? —intenté, buscando en su rostro.
El hombre, el hombre gato, negó con la cabeza.
—Yo... no puedo... acordarme.
—Eso no está bien —expresó mi tía, con una preocupación marcada en
su tono de voz.
—Sí, eso pensé. —Mis ojos se dirigieron a su brazo izquierdo. Un feo
moretón rojo y morado le envolvía el antebrazo, y estaba doblado en una
forma incorrecta. Se veía roto—. ¿Qué te pasó? —Como no dijo nada,
probé diciéndole—: ¿Qué es lo último que recuerdas?
El rostro del hombre gato se retorció como si le doliera intentar
recordar.
—Dash —dijo—. Creo que ése es mi nombre .
—Dash. Bueno, ya es algo. Creo que tienes el brazo roto. —Parecía una
fractura grave. Estaba hinchado y magullado, y me preocupaba que los
nervios estuvieran dañados por la forma en que su mano izquierda estaba
floja.
Dash intentó levantar el brazo, pero hizo una mueca de dolor.
—Creo que... tienes... razón.
—¿Y no recuerdas lo que te pasó?
El hombre gato negó con la cabeza.
—No. Es como... todo es como una oscuridad. No puedo... recordar.
Al parecer, este hombre gato sufría de amnesia y vagaba de un lado a
otro hasta que alguien lo dejó entrar, o mejor dicho, hasta que alguien dejó
la puerta abierta.
—¿Por qué no te habías transformado antes? ¿Por qué esperaste?
El hombre gato me miró fijamente, y fue difícil no apartar la mirada de
aquellos ojos inquietantes.
—No recordaba que podía hacerlo. Creía que sólo era un gato.
Mierda. Mi tía y yo nos miramos. Un hombre gato que no sabía que
podía cambiar a su forma humana era señal de una maldición. Mi instinto
de bruja me decía que algo le había ocurrido a Dash y que estaba maldito o
embrujado. Estaba condenado a pasar el resto de su vida como gato y a
morir de hambre en invierno.
—Entonces, si no lo recordabas, ¿cómo es que te transformaste ahora?
¿Y por qué aquí? ¿En mi casa?
—Mi casa —corrigió mi tía.
—Tú me diste comida —dijo Dash—. Nadie más me dio comida.
Simplemente... me echaban. Después de comer, me sentí... diferente.
Empecé a recordar.
Me apoyé sobre mis talones.
—¿Conoces alguna maldición o maleficio que deje de funcionar cuando
un metamorfo come? —pregunté a mi tía, que para mí era tan experta en
hechizos como toda la Base de Datos Merlín.
Se quedó callada un momento, pero pude ver cómo su cerebrito de bruja
trabajaba detrás de aquellos ojos.
—No se trataba de comer la comida —dijo finalmente, y tanto Dash
como yo la miramos fijamente—. Se trataba de mostrar bondad. Una buena
acción. Ofrecerle comida a un gato callejero andrajoso rompió la maldición.
Bueno, al menos parece que eliminó una parte de ella.
—La parte en la que recordaba que podía volver a transformarse en
humano —dije, pero no toda la amnesia. Maldecir a otro paranormal de ese
modo era ilegal. Teníamos leyes y normas que cumplir. De lo contrario,
todo el mundo estaría maldiciendo a sus vecinos por no recoger las
necesidades de su perro en el césped de su casa. Pagarías una multa por el
maleficio o la maldición y, si era lo bastante grave, ibas preso. Ésta era una
maldición que se pagaba con cárcel.
Me pregunté si lo que le había ocurrido a Dash estaba relacionado con
la muerte de Tim y con lo que estaba pasando en el pueblo, según mi tía. Si
alguien estaba dispuesto a utilizar una maldición ilegal con él, quizás era
así.
—Tengo una poción que puede curar las fracturas —dijo mi tía—.
También podría ayudarte con tu memoria. Puedo preparar una contra-
maldición, pero llevará tiempo. Unos días para hacerlo bien.
—Te agradecería que me curaras el brazo —dijo Dash.
Mi tía emitió un gruñido como respuesta. Se giró hacia mí.
—Espero que no hayas vaciado mi armario de pociones. Mi tía estaba
de pie junto a un armario alto que llegaba hasta lo alto del techo de tres
metros y medio.
Me levanté.
—Todavía no lo he tocado. Eso era lo próximo en mi lista —bromeé.
—Si hubieses botado alguna de mis pociones, te hubiese estrangulado.
Le creí.
Observé cómo mi tía agarraba unas cuantas cosas de los gabinetes y se
dirigía a la isla de la cocina, donde echaba sus provisiones.
—¿Eres una bruja? —preguntó Dash, con curiosidad en su expresión,
mientras se levantaba con cierto esfuerzo.
—Por supuesto que lo soy —respondió mi tía con orgullo—. Lo he sido
durante estos últimos noventa y siete años. Dame esa gran olla de hierro —
ordenó, señalando el colgador para ollas que estaba sobre nuestras cabezas.
—Sí, señora. —Agarré la olla y se la entregué.
Dash entrecerró los ojos.
—No parece que tengas más de setenta años.
Mi tía se enderezó.
—Caramba, gracias, Dash. Supe que me caerías bien desde la primera
vez que te vi. —Mi tía echó algunos ingredientes en la olla.
—Acabas de conocerlo.
Mi tía me ignoró mientras espolvoreaba un polvo azul en la mezcla, y oí
un pequeño chasquido. Seguidamente, vertió un poco de líquido verde de
un recipiente, acercó la olla al fuego y encendió el botón.
—¿Y tú? —preguntó Dash—. ¿Tú también eres bruja?
—Algo así. Y en muchos sentidos, no lo soy.
—No la escuches, Dash. Es una bruja. Es mi sobrina nieta, así que lo sé.
—De una bolsita de cuero, mi tía sacó lo que parecían pequeños huesos.
—¿Eso son huesos? —pregunté, un poco desconcertada.
Mi tía me fulminó con la mirada.
—¿Cómo crees que hago que los huesos crezcan de nuevo? ¿Con paja?
Necesito huesos para remendar los que están rotos. Como un pegamento.
—Cierto. —No tenía ni idea de cómo se hacía. Y no quería saber a qué
criatura pertenecían esos huesos.
Mientras observaba cómo mi tía preparaba la poción que era necesaria
para curar los huesos, no pude evitar sentirme ansiosa y preocupada por lo
que estaba pasando. Necesitaba resolver pronto el asesinato de Tim y
atrapar a los responsables. Y ahora tenía que pensar en Dash. Tenía que
averiguar qué le había pasado.
Sintiendo que se me venía encima un ataque de estrés, busqué mi bolso
rápidamente y saqué mi paquete de chicles. Rompí el paquete, me metí uno
en la boca y empecé a masticar.
—Esas cosas te matarán —disparó mi tía—. ¿Acaso sabes lo que
contienen?
—Nicotina —respondí. Mucha, mucha nicotina—. Es mejor que fumar.
—No tenía ni idea de lo que estaba diciendo. Sólo necesitaba algo para mi
ansia. Odiaba haber desarrollado una adicción a los cigarros, pero así era.
No era perfecta. Ni mucho menos.
—No lo es.
—¿Intentas dejar de fumar? —preguntó Dash. Tenía la cara muy pálida
y pastosa.
—Sí. Creo que necesitas comer más. —Agarré unos enrollados de pollo
que había comprado temprano y una botella de agua y se los di—. Toma.
Cómete esto. Te dará más fuerza. —Y por lo que sabía de pociones, era
mejor tomarlas cuando tenías algo en el estómago.
Dash me miró con aquellos intensos ojos marrones.
—Gracias. ¿Por qué eres tan amable conmigo? No me conoces.
—Porque le encanta ayudar a los animales callejeros —dijo mi tía,
revolviendo la olla—. Tenías que haberla visto cuando era niña. Cada
semana venía a mi casa con un nuevo proyecto de mascota. Estaba el perro
de tres patas, el gato blanco sin cola y aquella rana ciega.
—Gracias, creo que lo entendió —dije, sintiendo un rubor en la cara.
No quería hablar de mí ahora. Teníamos cosas más importantes de las que
hablar.
Mi tía murmuró algunas palabras de un encantamiento mientras seguía
revolviendo, y me pregunté si todavía podría hacer pociones a su edad.
Una repentina ráfaga de luz azul salió de la olla.
Supongo que mi pregunta era estúpida.
—Ya está casi listo —gritó mi tía por encima del hombro—. Sólo tiene
que enfriarse un poco.
Mientras esperaba a que se enfriara la poción de mi tía, decidí
actualizarla sobre la camioneta negra y su dueño. Pude haberla llamado
aparte y habérselo contado en confianza, ya que Dash, un desconocido,
estaba en el piso, pero como era un gato desde hace unos cuantos meses, no
lo consideré una amenaza en mi investigación.
—Te lo dije —me dijo después de que se lo contara todo—. Son Los
Renegados. Los magos alquilaron esa camioneta y mataron a ese chico. Te
lo estoy diciendo.
Asentí con la cabeza.
—Quizás tengas razón.
—Claro que tengo razón. Toma. Bebe. —Mi tía se acercó a Dash, con
una mano en el bastón y la otra sujetaba un vasito. Inclinó el vaso con
líquido azul hacia el hombre gato.
—Tiene una pinta deliciosa —dijo Dash, con el ceño fruncido, y tuve la
sensación de que estábamos vislumbrando a su verdadero yo.
—Bébetelo todo. Hasta la última gota —le ordenó mi tía.
Haciendo lo que le decían, el hombre gato se llevó el vaso a los labios y
bebió todo el contenido de la poción. Hizo un gesto de dolor.
—Tan delicioso como sospechaba —añadió tosiendo.
—Buen chico. —Mi tía agarró el vaso y volvió a su cocina.
Observé cómo la cara de Dash empezaba a recuperar algo de color, y
entonces el movimiento de sus cejas se disparó mientras se miraba el brazo
izquierdo. Pude ver un suave resplandor azulado que emanaba de su piel
donde la fractura estaba peor. Entonces escuché un chasquido repentino,
como el sonido de un hueso que vuelve a su lugar.
Cielos. Me alegro de no haber sido yo.
—Puedo mover el brazo —dijo Dash, moviendo los dedos y doblando
el brazo para probarlo.
Sonreí.
—Me alegro de que hayamos podido ayudar. —Saqué el teléfono del
bolso—. Sonríe —le dije a Dash, y antes de que pudiera negarse, le hice
una foto de la cara. Cuando me miró con los ojos entrecerrados, le dije—:
Voy a preguntar por ahí si alguien te reconoce. Espero que seas de este
pueblo.
—¿Y si no lo soy? —preguntó el hombre gato.
—Entonces ya lo resolveremos —le dije, metiéndome el teléfono en el
bolsillo—. Quédate aquí. No vayas a ninguna parte. No hasta que tengamos
más respuestas sobre lo que te pasó.
Dash asintió.
—Bueno.
—Puede que tenga unos pantalones de yoga y una camiseta que te
sirvan por ahora —dije—. Te traeré otra ropa cuando vuelva.
—¿A dónde vas? —preguntó mi tía.
—A un lugar donde sé que conseguiré algunas respuestas.
Sólo había un lugar en el pueblo que yo conocía donde conseguiría esas
respuestas.
Y eso era en The Blue Demon.
Capítulo 9
T he Blue Demon era uno de los locales favoritos de la gente. Era un bar y
grill donde podías pedir una hamburguesa con queso y papas fritas con
una pinta de cerveza. Bueno, así era la última vez que estuve aquí.
Estacioné el Jeep en la acera y salí.
Un cartel pintado con letras descoloridas que rezaba THE BLUE
DEMON colgaba sobre una puerta de madera que quizás estuvo pintada de
azul en otro tiempo, pero ahora era gris con arañazos y marcas de botas
como si la hubiera atacado una manada de gatos salvajes. Abrí la puerta de
un jalón y entré.
El restaurante desprendía todos los olores habituales de un restaurante
humano. El olor a comida frita y café humeante salía de la cocina situada
detrás de la barra, pero también había un persistente olor a licor, sudor y
cerveza vieja derramada.
Al igual que en un restaurante humano normal, había mesas junto a las
ventanas y el resto del espacio estaba ocupado por mesas y sillas. Hombres
y mujeres, amigos y familiares, se inclinaban sobre las mesas y los espacios
reservados, metiéndose pasta, hamburguesas y papas fritas en sus bocas
hambrientas.
En el lado izquierdo de la sala, una larga barra de madera pulida se
extendía por la pared, con una serie de vasos, botellas de ron, jarras de
whisky y decantadores de vodka decorando la superficie. La barra y las
columnas estaban entretejidas con intrincadas tallas de diabólicas batallas
entre paranormales.
Como aún era temprano, el público nocturno aún no había aparecido.
Pero eso no importaba. La persona con la que necesitaba hablar estaba allí.
Kolton. Era el dueño del restaurante y un hombre lobo.
Lo vi secando un vaso detrás de la barra.
Caminé con cuidado alrededor de un grupo de hombres lobo, evitando
cualquier posibilidad de rozarlos accidentalmente y desatar sus rápidos
ánimos. Uno de ellos, de pelo castaño y chaqueta de cuero, se atrevió a
olisquearme.
Mantuve el paso firme y controlé mis emociones. Lo último que quería
era pelearme con esos tipos. Después de todo, tenía una reputación que
mantener.
Llegué a la barra, saqué uno de los taburetes vacíos y me senté.
—¿Qué te sirvo? —preguntó Kolton acercándose a mí. Tenía
exactamente el mismo aspecto que yo recordaba, sólo que con algunas
arrugas más alrededor de los ojos y canas en las sienes. Seguía siendo un
negro fornido y apuesto con músculos de sobra y un pecho tan ancho como
un refrigerador.
—Cerveza. La que tengan de barril —dije, agarrando el teléfono y la
billetera.
Recorrí el bar con la mirada mientras Kolton me servía una pinta de
cerveza light. Vi caras que me miraban. Demonios, todos me miraban a mí.
Supongo que sabían que no era una cliente habitual.
Kolton puso mi cerveza en una servilleta delante de mí.
—Son seis dólares.
Le pagué al hombre y bebí un sorbo de cerveza.
—Está buena. ¿Heineken?
—Así es. —Aquello provocó sonrisita del dueño—. ¿De dónde eres?
No eres de por aquí.
Chasqueé los labios, intentando no pensar en lo bien que iría un cigarro
con esa cerveza ahora mismo.
—En realidad, soy de aquí. Sólo que estuve por fuera mucho tiempo.
—¿Por qué volviste? —Kolton me miraba a la cara como si intentara
recordar quién era y si había estado alguna vez en su restaurante. O quizás
simplemente desconfiaba de los desconocidos.
—Trabajo. —Toqué mi teléfono y le enseñé la foto de Dash—. ¿Te
resulta familiar?
Kolton se quedó mirando la pantalla de mi teléfono.
—Claro, es Dash.
El alivio inundó mi cuerpo. Qué bien. Eso significaba que era de este
pueblo.
—¿Qué puedes contarme sobre él? —Cuanto más supiera de Dash,
mejor sería para él y más cerca estaría yo de averiguar qué había pasado
exactamente. De momento no formaba parte de mi trabajo en sí, pero sentía
mucha curiosidad por saber quién le había echado una maldición ilegal
como ésa y por qué. Quería averiguarlo.
Kolton me miró con desconfianza y cruzó sus gruesos brazos sobre
aquel amplio pecho.
—No le doy información a desconocidos.
—En realidad estoy trabajando en un caso. —Agarré mi billetera,
buscando una de mis tarjetas, y entonces recordé que Blake me había
quitado la última. Maldita sea. Ahora parecía una tonta, una tonta sin
preparación—. Me quedé sin tarjetas. —Volví a mirar a Kolton, y parecía
que estaba debatiéndose si me echaba a la calle o no—. Soy investigadora.
Investigaciones Lawless. El Grupo Merlín de Nueva York me contrató para
investigar el asesinato de Tim Mason.
Los labios de Kolton se entreabrieron al oír mi nombre.
—¿Eres una Lawless?
—Desgraciadamente. Había pensado en cambiarme el nombre, pero
sabía que mi tía se revolcaría en su tumba. —Sería lo mismo si estuviera
muerta y todo eso.
Kolton apoyó sus grandes manos del tamaño de platos en la barra y se
inclinó hacia adelante. Su olor a loción almizclada llenó mi nariz.
—Veo el parecido. Te pareces a tu madre.
—Eso me han dicho.
—No te pareces en nada a tu padre.
—Música para mis oídos.
Se inclinó unos centímetros más hacia adelante y olfateó. Si hubiera
sido humana, me habría sentido totalmente insultada. Pero como supuesta
bruja, sabía que sólo intentaba captar mi olor, mi olor paranormal.
—Tienes el sello Lawless —dijo, aparentemente satisfecho con mi
respuesta—. ¿Por qué no te había visto antes en mi restaurante?
—Bueno... —Me removí en el asiento—. Ya había estado aquí antes,
pero tenía diecisiete años. Hace mucho tiempo. —No me preocupaba que
mi hermano me viera. Nunca pondría un pie dentro del Blue Demon. No era
lo bastante sofisticado para él.
El sonido de la madera raspando desvió mi atención hacia un varón de
rostro y aspecto olvidables. No podía distinguirlo bien a través del humo del
cigarro que lo rodeaba. Me distraía. Retiró el taburete que había junto a mí
y se sentó. Lo único en lo que me fijé fue en su pelo, como si no se lo
hubiera lavado en unos meses.
—Sírveme otra —dijo el desconocido, señalando su vaso de cerveza
vacío.
Observé cómo Kolton llenaba de cerveza el vaso del paranormal
masculino. Volvió y colocó delante de mí un bol con unos maníes.
—Así que eres investigadora —dijo Kolton—. No una Merlín como tu
familia. Pero trabajas para ellos.
—Así es. —Resultaba extraño que me investigaran así, ya que
normalmente era yo quien hacía las preguntas, pero este era un pueblo
pequeño y comprendía la aprensión de Kolton. Al fin y al cabo, yo era una
extraña.
—Entonces, ¿qué tiene que ver el asesinato de ese chico con Dash?
Buena pregunta.
—No estoy segura. Quizás nada. Pero se presentó en mi casa de mala
manera, y me gustaría saber por qué.
La mandíbula de Kolton se apretó, los músculos de su cuello se
abultaron.
—¿Dash está metido en algún problema? —Puede ser que Kolton no
tuviera treinta años ni estuviera en la flor de la vida, pero yo no
subestimaría el poder de aquel cuerpo: el cuerpo de un depredador.
Demonios.
—Eso es lo que intento determinar. Cualquier información sería de
ayuda.
—¿Ayudarías a un desconocido?
Por el tono intrigante de su voz, me di cuenta de que era algo que no
estaba acostumbrado a oír.
—Me gustaría. —Sobre todo a los callejeros, como diría mi tía.
Kolton se quedó mirando la barra antes de contestar.
—Bueno, hace unos tres meses que no le veo. Es un poco solitario. Es
muy reservado. Un tipo decente.
Le di un sorbo a mi cerveza.
—¿Está casado? ¿Novia? ¿Novio? —Si tenía una relación con alguien,
lo más probable era que esa persona estuviera desesperada si Dash llevaba
desaparecido tres meses. Eso explicaría por qué parecía medio muerto de
hambre. Ahora sí quería encontrar a los que le habían maldecido.
Kolton se echó hacia atrás mientras pensaba en eso.
—No lo creo. Lo había visto con una bonita pelirroja hace meses, pero
luego empezó a venir solo, así que supuse que las cosas no funcionaron.
—Hhmm. —No estaba segura de hasta qué punto debía confiar en
Kolton. Sí, era el dueño de este bar y grill y lo había sido durante años, pero
seguía sin saber mucho sobre el hombre lobo aparte del hecho de que era el
dueño de este lugar. No quería arriesgarme a contarle demasiado hasta que
supiera que podía confiar en él.
—¿Sabes si se juntó quizás con... la gente equivocada? —Ya está. Eso
era lo máximo que podía decir. Demasiados paranormales tenían un oído
experto en este lugar. Lo último que quería era causarle más daño a Dash.
—¿Cómo quiénes?
Le di toquecitos a mi vaso de cerveza con los dedos.
—Como quizás algunos personajes turbios con los que normalmente no
se relacionaba.
Kolton negó con la cabeza.
—No. No que yo recuerde. Pero no sabría decirte.
Se me ocurrió algo.
—¿Sabes dónde vive?
—Claro. —Kolton agarró un trapo y empezó a limpiar la barra—. En
esa vieja granja de Stardale Road . La que tiene un viejo granero rojo al
lado. No tiene pérdida.
—Gracias. —Llevaría a Dash para su casa cuando estuviera mejor, con
la esperanza de refrescarle la memoria. Quizás si veía dónde vivía, eso le
ayudaría.
—¿Crees que encontrarás al asesino de Tim? —preguntó el gran
hombre lobo.
—Ese es el plan —le dije. La razón principal por la que volví a este
pueblo—. Voy a pasarme otra vez por esa casa. A ver si me perdí de algo.
Terminé mi cerveza y esperé a que Kolton volviera de preparar una
margarita para quien supuse que era un hada femenina de pelo azul y piel
amarillenta.
—Antes de irme —dije al gran hombre lobo—. Tengo otra pregunta.
—¿Ah, sí? A lo mejor debería empezar a cobrarte.
Ante la sonrisa de Kolton, pregunté:
—¿Has notado que ocurra algo extraño en el pueblo en los últimos
meses? —Eso es, mi tía estaría orgullosa.
—¿Aparte del chico al que mataron? —preguntó el hombre lobo. Se
quedó pensativo—. Sí, me di cuenta de algo.
Me incliné hacia adelante, mi pulso aumentaba.
—¿Cómo qué?
—Al principio no le di mucha importancia, pero ahora que lo
mencionas. —Kolton paseó la mirada por el bar antes de inclinarse hacia
adelante y bajar la voz—. La manada a la que pertenezco, bueno, todos nos
hemos sentido... un poco raros.
—¿En qué sentido? —pregunté, igualando su tono grave.
—A veces no podemos transformarnos en lobos —dijo—. Y a veces, no
podemos volver nuestra forma humana. Es como si nuestra naturaleza
estuviera desordenada. ¿Eso te dice algo?
Negué con la cabeza.
—No. —Pero mis nuevas vecinas brujas habían experimentado algo
parecido con su magia. Como si algo interfiriera en ella, y ahora parecía que
eso mismo se estaba metiendo con los hombres lobo.
—¿Quién es esta encantadora criatura?
Miré hacia mi derecha, hacia uno de los hombres más hermosos que
había visto en mi vida. Su cabello negro lucía un corte moderno, tenía unas
pestañas gruesas que serían la envidia de todas las mujeres y unos ojos
oscuros que combinaban con su cabello. Con una nariz perfilada, mandíbula
cincelada y cejas oscuras, desprendía un aire mediterráneo. Rondaba los
treinta y era demasiado, demasiado atractivo. Por la expresión segura de su
rostro, él también lo sabía. Sabía que podía conseguir a la mujer que
quisiera, en cualquier momento. No tuve que usar mis instintos de bruja
para saber que aquel tipo tan guapo era un vampiro.
No tenía tiempo para esto.
—Ya me iba.
—No te vayas por mi culpa —dijo el vampiro—. Señorita...
—Kat —dije, pero mirando a Kolton—. Sólo Kat.
El vampiro sonrió, mostrando sus dientes blancos como perlas.
—Kat. Me gusta. Miau.
—Seguro que sí —murmuré en voz baja. Este vampiro era un peligro—.
Pero tengo que irme de verdad. —Quería pasar por la casa donde habían
asesinado a Tim ahora que tenía toda esta nueva información.
Me levanté del asiento, dispuesta a escapar. Vi un paquete de fósforos
en la barra y lo agarré, metiéndomelo en el bolsillo de los jeans.
—Espera —dijo el vampiro, agarrándome ligeramente del brazo—.
Todavía no me he presentado.
Volteé hacia él y aparté el brazo.
—No me interesa. Lo siento.
—Anda, ¿sólo un trago? —me preguntó, mostrándome una sonrisa
encantadora.
—No, gracias —dije con firmeza—. Tengo trabajo que hacer.
—Déjala en paz, Remy —dijo Kolton, con una sonrisa burlona en los
labios—. No está interesada.
El vampiro llamado Remy me miraba con una mirada que prometía
muchos, muchos orgasmos.
—Tonterías. Todas las mujeres están interesadas.
Me reí. Eso fue gracioso.
—Bueno, ésta no. Tengo trabajo que hacer.
Remy se apoyó en la barra y su brazo rozó el mío.
—¿Qué tipo de trabajo haces, Kat?
—Es un fastidio pero es inofensivo —dijo Kolton—. A menos que se
pase de la raya, y entonces, él sabe lo que pasará. No te atrevas, Remy.
El vampiro le dedicó un saludo al hombre lobo.
—Sí, señor.
Resoplé. Era fastidioso pero gracioso a la vez.
—Soy una investigadora.
—Qué delicia encubierta. —Sonrió el vampiro—. Kat, la investigadora.
Me gusta. Suena... excitante.
Puse los ojos en blanco, no me hacía gracia su intento de seducirme.
—Sí, no es tan emocionante. —Mi vida era lo contrario de
emocionante. Más bien patética y habitual. Era una criatura de costumbres.
—Ah, seguro que tienes muchas historias emocionantes que contar —
dijo Remy, y sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo con un brillo
depredador.
Me sentí incómoda bajo su mirada y di un paso atrás, poniendo
distancia entre nosotros. Lo último que necesitaba era involucrarme con un
vampiro. Ya había pasado por eso. Ya lo había hecho. Unas cuantas veces.
Pero esta noche no.
Remy soltó una risita y se acercó hacia mí.
—Sabes, podría ayudarte con tu investigación. Tengo algunos...
contactos que podrían serte útiles.
Entrecerré los ojos con desconfianza.
—¿Qué tipo de contactos? —Tenía pinta de moverse por ahí, y no en el
sentido sexual, aunque eso era un hecho.
—Digamos que conozco a gente que sabe algunas cosas —respondió
con una sonrisa pícara.
Suspiré, considerando su oferta. Por un lado, me vendría bien toda la
ayuda posible en este caso. Por otro lado, involucrarme con un vampiro
como Remy solo me causaría problemas.
Antes de que pudiera decidirme, Remy se inclinó aún más, con su
aliento caliente en mi cuello.
—Vamos, Kat. Deja que te enseñe lo que puedo hacer.
Sabía exactamente lo que eso significaba.
—Nos vemos, Kolton —le dije al dueño mientras me daba la vuelta
para irme.
—Y nos vemos luego, Kat —gritó Remy con esa seguridad de que
nunca se iba solo a su casa.
—Claro.
Fui hacia la puerta, deseosa de poner distancia entre ese chupasangre y
yo. Me subí a mi Jeep y manejé hasta la casa vacía donde habían
encontrado el cadáver de Tim. La casa tenía el mismo aspecto, pero, de
algún modo, me parecía que era más horripilante y poco acogedora ahora
que sabía lo que había pasado ahí adentro.
Dejé el auto en el estacionamiento, apagué el motor y me dirigí a la
puerta principal. Sorpresa, sorpresa, no estaba cerrada.
Con cuidado, abrí la puerta que emitió un chirrido y entré. Dejé las
luces apagadas, consciente de que los vecinos podrían alertarse fácilmente
si alguien notaba una luz encendida. La luz de la cocina iluminó el pasillo
lo suficiente para que pudiera dirigirme a la sala, donde estuvo el cuerpo de
Tim.
Con la nueva información de un posible grupo que había planeado
matar a Tim, estaba segura de que había pasado algo por alto. Algo
importante. Algo que podría darme una mejor comprensión de lo que estaba
pasando en el pueblo.
Esperaba encontrar algo. Pero no alguien o, mejor dicho, a algunos.
Mis pensamientos me consumían hasta tal punto que, cuando escuché el
crujido detrás de mí, ya era demasiado tarde.
Capítulo 10
D esde la oscuridad, un inquietante siseo llenó el pasillo, seguido de una
energía ferviente, y entonces tres figuras salieron a la luz desde las
sombras cercanas a la cocina.
Sí, no una, sino tres siluetas tomaron forma.
Me recibió una espantosa visión de monstruos escamosos y con garras,
con un racimo de ojos negros acechando en medio de sus cráneos planos.
Eran como una mezcla de caimán y escorpión, y cada una de sus colas
terminaba en una garra mortal que se balanceaba amenazadoramente de un
lado a otro. Del extremo de sus cuatro dedos brotaban afiladas garras que
muy probablemente portaban un veneno tóxico.
—Hola, perritos. ¿Quién es un perrito bueno? —Intenté con mi voz de
animal ver si podía engatusarlos para que se marcharan o tal vez
comunicarme con ellos de algún modo.
Se agacharon, preparando sus cuerpos para saltar.
—Claro. —Se me puso la piel de gallina y metí la mano en el bolsillo.
Los demonios no eran mi fuerte, pero tomé nota mentalmente de que debía
leer sobre ellos en cuanto llegara a casa... si sobrevivía.
Pero, ¿por qué estaban aquí?
Mi mente me decía que corriera, pero mis piernas parecían estar
clavadas en el piso. No tenía sentido que hubiera demonios aquí. No había
indicios de invocación de demonios ni de ataques demoníacos. Había
registrado la casa a fondo. Si hubiera habido rastros de invocación
demoníaca, los habría encontrado. Los demonios no habían matado a Tim.
Entonces, ¿por qué estaban aquí ahora?
La única explicación lógica era que alguien los había invocado. Y los
mandó a perseguirme.
Parecía que no querían que investigara la muerte de Tim. Parecía que
me querían muerta. Sí, eso no va a pasar.
No le había dicho a nadie que venía aquí. No. Eso no está bien. Se lo
había dicho a Kolton.
Pero no pude ver cómo podría estar implicado en esto. No me dio esa
impresión. Pero en realidad no lo conocía, y con los años había aprendido
que la gente era capaz de cualquier cosa.
Más tarde pensaría en eso. Ahora tenía problemas mayores en la escala
de los demonios.
Por lo que sabía de ellos, su debilidad era la luz. Los demonios odiaban
la luz, ya que la oscuridad los alimentaba. Sin la protección de un cuerpo
humano o un suministro constante de almas humanas, la luz los mataría a
menos que regresaran al Inframundo. Eran sólo las seis y cinco de la tarde,
pero como estábamos en octubre, la luz del día duraba mucho menos.
Atardecía a eso de las seis.
Estaba jodida.
Pero el fuego podría matarlos.
—¿Tienen hambre? —Sí, eso no sonaba bien. No eran gatos callejeros.
Eran monstruos salidos de las entrañas del infierno—. ¿Qué quieren? —
grité esta vez, con la esperanza de que pudiéramos negociar las condiciones
o algo así. ¿Los mortales podían negociar con demonios? No tenía ni idea.
¿Entendían siquiera las palabras que salían de mi boca? Quién sabía.
Estas criaturas sólo buscaban sangre. Querían alimentarse de almas
mortales. La mía.
—¿Quién los ha enviado? ¿Quién es su amo?
Otro siseo.
Entonces, alguien, algún practicante de magia, posiblemente un brujo
oscuro o un mago, había invocado a esos demonios para deshacerse de mí.
Eso me decía una cosa. Sin duda los había descubierto, y aquella camioneta
negra había sido una buena pista.
Gritos profundos, salvajes y despiadados sonaron desde la cocina.
Y luego salieron corriendo hacia mí.
El sonido de los clavos desgarrando el piso de madera retumbó a mi
alrededor, casi como dedos fríos en la nuca. Aquellas malditas cosas iban a
devorarme.
Saqué mi antiguo encendedor plateado y presioné el interruptor de
encendido.
Se encendió una llama.
Verás, puede que no sea capaz de invocar el fuego elemental de la nada,
o de mi culo, como la mayoría de las brujas blancas. Pero descubrí hace
diez años —después de quemarme accidentalmente al intentar encender un
cigarro— que si estaba en presencia de un fuego real, podía controlarlo.
Agarrando el encendedor con la mano izquierda, recurrí a mi magia y
luego, con la derecha, disparé.
Una bola de fuego salió disparada del encendedor y alcanzó al primer
demonio.
La criatura salió volando hacia atrás y chocó contra la pared con un
crujido espantoso. No era tan idiota como para pensar que la había matado,
pero se desplomó en el piso, mientras la bola de fuego se extinguía. Sólo
estuvo fuera de combate unos instantes.
Y aún quedaban los otros dos.
Dejé que mi ira se derramara en mi interior, el combustible de mi tipo
de magia, fuera lo que fuera. Aún no lo sabía.
Por el rabillo del ojo pude ver cuando otro demonio saltó hacia mí y
luego vino el otro. Dos al mismo tiempo. Maravilloso.
Me estabilicé.
—¡Vengan, feos bastardos!
Con mi magia al frente, me esforcé, concentrándome en la llama de mi
encendedor, y otra bola de fuego salió disparada hacia adelante. Golpeó a
uno de los demonios, lanzándolo en espiral por el pasillo.
Pero no había alcanzado al otro.
Mierda.
El dolor me desgarró el brazo cuando los dientes de la criatura se
clavaron en él. Grité mientras un calor abrasador irradiaba de las heridas
punzantes. Cerré la mano izquierda en un puño y la golpeé contra la cabeza
del demonio una y otra vez, pero éste se negó a soltar su agarre.
Si no hacía algo pronto, me harían pedazos mortales.
Su agarre se aflojó y me sacudí hacia adelante. Pero mi pierna izquierda
se retorció y algo me tiró hacia atrás.
No algo. El demonio.
Volé por la habitación como una muñeca de trapo, gritando de terror.
Choqué contra la pared, quedándome sin aliento. ¡Auch!
Caí de rodillas, parpadeando para alejar las lindas estrellitas que
bailaban en mi visión, sólo para ser arruinadas por la visión de un monstruo
deforme que se dirigía hacia mí.
Me puse en pie con dificultad.
El miedo. La Ira. La desesperación. Todo eso eran cosas maravillosas
cuando tenías una magia como la mía.
Con el encendedor aún aferrado en mi mano izquierda. Accioné el
interruptor.
Nada.
—Mierda.
Ése era el problema de los encendedores. A veces se quedaban sin
combustible.
Sin dejarme llevar por el pánico, saqué los fósforos que me había
robado del bar de Kolton.
—Un respaldo —sonreí a los demonios—. Nunca hay que salir de casa
sin él. —Encendí una fosforo y una bonita llama amarilla bailó ante mis
ojos.
Y esta vez, me concentré.
El fuego brotó sobre mí, enrollándose y fusionándose como cintas
ardientes. Dejé que mi magia se alimentara en mi interior. Hace mucho
tiempo que no la utilizaba. Y me sentí... bien. Demasiado bien.
De mí brotaron hilos de fuego. Era hermoso mientras se elevaba por el
aire, iluminando la casa en tonos dorados, naranjas y rojos.
El primer demonio aulló cuando mi magia de fuego lo envolvió como
una cuerda floja, quemándolo, su carne, sus entrañas, todo.
Horribles gritos de dolor llenaron el aire, perforando mis oídos. El fuego
se alzaba sobre su víctima, ardiendo como un infierno gigante.
Retrocedí un paso, sintiendo el calor que irradiaba la criatura mientras
se enfurecía. El olor a carne quemada impregnó el aire y, de repente,
desapareció. En el piso yacía inmóvil un montón de ceniza gris.
Pero no tuve tiempo de disfrutar mi pequeña victoria, ya que el otro
demonio se lanzó sobre mí.
Una ira caliente me recorrió la piel. Los demonios empezaban a
molestarme. Tenía un caso que resolver. No tenía tiempo para esto.
La boca del demonio se ensanchaba con cada rugido. Se abalanzó sobre
mí. Sus ojos negros brillaban mientras chasqueaba sus enormes dientes.
Fingí que iba hacia la izquierda, me acerqué por detrás y le lancé una ráfaga
de fuego.
Pero mi magia de fuego nunca llegó.
Mi fósforo se había apagado.
Maldita sea. Antes de que pudiera encender otro fósforo, el demonio se
abalanzó sobre mí con una fuerza sobrenatural, y salí volando por encima
del sofá y me golpeé con fuerza contra la pared.
—No me pagan lo suficiente por esta mierda.
Me impulsé hacia arriba y me di la vuelta. Los brazos del demonio se
abrieron para darme un abrazo de muerte antes de devorarme. ¡Puaj!
Encendí otro fósforo justo cuando una ráfaga de fuego salió disparada
de mí y envolvió al demonio en un manto de llamas. Su agudo gemido me
produjo escalofríos mientras se agitaba por todo el lugar, intentando apagar
las llamas. Y entonces, al igual que el otro demonio, se estrelló contra el
piso entre montones de carne quemada y ceniza.
El sonido del piso de madera crujiendo atrajo de nuevo mi atención.
—Qué bien que hayas aparecido —le dije al otro demonio cuando salió
de su estado inconsciente y se reincorporó a la lucha.
El demonio aulló mientras sus ojos brillaban de hambre. Estaba tan
cerca que el hedor a carroña me quemaba la nariz. Si quisiera, podría
alcanzarlo y tocarlo. Pero, ¿por qué iba a hacerlo?
Utilizando la misma llama del fósforo, un torrente de poder desbordó mi
aura. Y luego lo solté.
El demonio retrocedió tambaleándose ante el impacto mientras las
llamas se elevaban. Se balanceó unos instantes, mirándome fijamente con
sus ojos oscuros, y luego estalló en pedazos.
No cenizas —que podían limpiarse fácilmente con el roce de una mano,
como el resto de los demonios—, sino un derrame de trozos de piel húmeda
y pútrida y líquido amarillo. Maravilloso.
Una oleada de náuseas me invadió cuando un líquido espeso me
abofeteó la cara, el cuello y el pecho. El rancio olor a carroña llenó mis
fosas nasales. Escupí la mugre que se me había colado en la boca,
esforzándome por no vomitar mientras intentaba desesperadamente
deshacerme de todo eso.
Mi ropa estaba completamente empapada de la sustancia viscosa del
demonio. Era totalmente repugnante. Casi vomito al ver la baba pegajosa
que se adhería a mis jeans y a mi camiseta.
—Esto es taaaan asqueroso. Le voy a pedir un aumento a Jack.
El movimiento me llamó la atención.
Una figura alta y esbelta, vestida con una túnica negra, una capa negra y
una capucha negra, apareció de detrás de un velo de niebla negra, de pie en
la entrada del pasillo que conducía a la puerta principal. Me resultaba
vagamente familiar.
El tipo del taberna de Kolton. El que se sentó a mi lado.
Me enfurecí.
—Tú. Tú invocaste a esos demonios. —Sí, había sido él. Iba a freír a
ese hijo de puta. De ese desgraciado me encargo yo.
Salí corriendo hacia adelante. ¿Fue una estupidez? Seguramente. Pero
estaba molesta porque estaba cubierta de sangre y vísceras de demonio. Y
sabía que este mago o brujo era muy hábil en la invocación de demonios,
pero yo era muy hábil en la estupidez.
La figura de la túnica giró y se fue rápidamente por el pasillo, saliendo
por la puerta.
Corrí tan rápido como pude. Pero cuando llegué a la puerta, la figura
vestida ya se había ido.
Hijo de puta.
Capítulo 11
M anejar de regreso a casa cubierta en vísceras y sangre de demonio fue
una experiencia nueva que no quería volver a vivir. Jamás.
No sólo olía a cloaca, sino que parecía que acababa de salir de una
cloaca.
Estacioné el Jeep en mi nueva entrada y apagué el motor. Suspiré.
—Nunca voy a poder quitar el olor. —Tendría que usar cloro. Mucho,
mucho cloro.
El único consuelo que tenía en ese momento era que las luces exteriores
estaban encendidas, dándole un poco de iluminación a la vieja casa. Era
agradable que por fin tuviéramos electricidad. Estaba segura de que mi tía
Luna estaba agradecida. No quería imaginármela maniobrando en la
oscuridad estos dos últimos años. A menos que haya conjurado alguna luz
de bruja por la noche, habría estado en completa oscuridad.
Miré por encima del hombro hacia las casas vecinas, viendo la luz
amarilla que se derramaba por las numerosas ventanas. Era apacible. Había
algo hermoso en la noche de este lugar.
Lo último que quería era que los vecinos me vieran en mi estado
pegajoso. Por suerte para mí, parecía que no había moros en la costa.
Empecé a despegarme del auto, mi culo estaba pegado al asiento, me sentía
magullada y con un poco de fiebre, pero por lo demás en mejor estado de lo
que pensaba, lo cual me preocupaba. Debería estar enfermísima desde que
las garras del demonio me rompieron la piel, pero no era así. De hecho, me
sentía mejor desde que abandoné la escena del crimen.
Intentando no pensar demasiado las cosas, lo cual era como un hábito
para mí, opté por usar la manguera del jardín. Sí. Tendría que lavarme con
la manguera. Al menos, así me quitaría la mayor parte de las vísceras y la
sangre del demonio. De ninguna manera quería contaminar la casa de mi tía
con porquería demoníaca. Me mataría. También tendría que botar la ropa.
Ningún detergente podría salvarla.
Me sentí como Carrie en el baile de graduación mientras deambulaba
por el lateral de la casa. Trozos de carne de demonio caían de mi cuerpo a
medida que avanzaba. Estaba dejando un maldito rastro de sustancias
demoníacas. Genial.
Vi la manguera del jardín y me estremecí al pensar en lo fría que estaría
el agua. Helada, esa es la palabra. No importaba. Lo que importaba era
quitarme la mayor cantidad posible de vísceras y sangre de demonio antes
de entrar en la casa. Y antes de que alguien me viera. Quizá debería
desnudarme primero.
—¿Kat? ¿Eres tú?
Me estremecí. Ah, carajo. ¿Por qué me pasaban siempre estas cosas?
Me volteé muy despacio y vi a Annette y, para mi horror, a Blake
mirándome con los ojos muy abiertos.
Ah, mieeeerda.
—¡Ay, caldero mío! ¿Qué demonios te pasó? —dijo la bruja—. ¡Estás
sangrando!
—No es mi sangre. —Miré a Blake. Su postura era rígida y parecía...
¿enojado?
Parpadeó, se acercó y me apuntó con la linterna de su teléfono. Al ver
su gesto de dolor, supe que me había olido.
—¿Qué es ese olor?
—Tripas de demonio. —Sí, ahora mismo quería morirme. ¿Por qué
estaban aquí? ¿Por qué estaba Blake aquí?
—¿Demonio? —repitió la bruja, pareciendo ligeramente impresionada.
Quizás hasta envidiosa—. ¿Peleaste con un demonio? ¿De verdad?
—Sí. Con tres, en realidad. —Más valía decir la verdad. Uno ya era
bastante malo, pero tres... tres habían sido una complicación, y había tenido
suerte de salir de allí con vida y con todos mis miembros.
Los labios de Annette se entreabrieron y una extraña sonrisa se dibujó
en su rostro.
—Pero, ¿por qué? ¿Dónde? ¿Aquí? ¿En esta casa? —Miró hacia la casa
como si esperara que un demonio se asomara por una de las ventanas y la
saludara con la mano.
Definitivamente, ella era rara.
—Aquí no. —No iba a decirle dónde. Annette seguía siendo una
extraña. Era simpática, pero no sabía mucho de ella, aparte de que era una
bruja blanca y vivía al frente de mi casa.
—¿Dónde? —Blake me miraba con tanta rabia e intensidad que no
estaba segura de si quería romperme la cabeza—. ¿Dónde? —insistió.
Sí, no me gustaba cuando la gente me ladraba órdenes. Una parte de mí
no quería decírselo, pero éste era un pueblo tan pequeño. Él se enteraría
muy pronto de lo que pasó con aquellos demonios. Tampoco es que yo haya
limpiado la escena.
Levanté la mano y me limpié la baba de demonio que me cubría el ojo
izquierdo.
—En la casa donde mataron a Tim. Volví para darle otro vistazo y ver si
me había perdido algo. Estaban dentro de la casa cuando llegué.
Debido a los demonios, no tuve la oportunidad de buscar más pistas.
Ahora que la escena del crimen estaba gravemente contaminada con sangre
y vísceras de demonio, ya no merecía la pena mirar.
Me lamí los labios y me estremecí. Maldita sea. También tenía baba de
demonio en los labios.
—Estaban esperando a alguien. A ti. —La expresión de Blake era
aterradora. Tenía que calmarse antes de que le diera un ataque.
Asentí, pues había llegado a la misma conclusión.
—Eso es lo que pienso. A mí o a cualquiera que investigue el caso.
Antes no había rastros de invocación de demonios. Esto fue hace poco. —
Me debatí entre divulgar o no la figura encapuchada que vi y decidí que
debía hacerlo—. Vi al invocador. Probablemente me estaba esperando
dentro de la casa. Tal vez en el sótano. Pero desapareció antes de que
pudiera alcanzarlo.
Anoté mentalmente que tenía que revisar el sótano más tarde. No había
contaminado esa zona. Tal vez valía la pena darle un vistazo.
—Entonces, estamos tratando con alguien que puede hacer magia
oscura. O quizás quien sea que mató a Tim lo contrató. —También era una
posibilidad. Muchos hombres lobos podrían pagar una buena cantidad de
dinero para encontrar brujos y magos que cumplieran sus órdenes. No lo
descartaría hasta que tuviera más pruebas.
Miré a Blake, pero me miraba los zapatos como si quisiera quemarlos
con su mirada.
Annette se puso las manos en las caderas.
—¿Qué clase de demonios eran? Resulta que sé mucho sobre demonios.
Puede que yo sea una bruja blanca y ama de casa, pero eso nunca me ha
impedido devorar todos los libros que he podido sobre demonios y
demonología. Si sabemos qué tipo de demonio, podría ayudar a determinar
quién era lo bastante poderoso para invocarlos.
Eso tenía sentido. Pensé en eso.
—Grandes. Con garras, colmillos, ojos negros. Parecían un cruce entre
un caimán y un escorpión.
—Me parece que son demonios tuktuk —dijo Annette, asintiendo—.
Son unos hijos de puta malvados, y muy difíciles de matar. Sus pieles son
como el metal. Tienes suerte de que no te hayan hecho trizas. Tienen una
especie de veneno en las garras y los dientes. ¿Te mordieron? —Annette se
acercó a mí, pero retrocedió ante mi hedor—. ¿Te rompieron la piel?
—No, estoy bien —mentí, esperando que las tripas de demonio
ocultaran cualquier rastro de mi propia sangre—. No me mordieron.
—¿Entonces usaste magia elemental para derrotarlos? —preguntó
Annette, con una sonrisa en la cara y los ojos muy abiertos de asombro, casi
como si estuviera a punto de convertirse en mi fanática.
—Algo así. —No era el momento de hablar de mi tipo de magia. Nunca
era el momento.
—Impresionante. No conozco a ninguna bruja que haya luchado sola
contra no uno, sino tres demonios tuktuk y haya sobrevivido. Guao. Tendrás
que contármelo todo.
—Primero tengo que limpiarme —dije, señalándome con los pulgares,
con la esperanza de que dejara el tema. Si le contaba cómo los había
derrotado, la verdad, sabría que yo no era una bruja blanca. No era como
cualquier bruja.
—¿Por qué no me llamaste? —espetó Blake, atrayendo mi atención
hacia sus intensos ojos.
Se me encendió la ira al ver cómo me miraba.
—Eh... porque estaba ocupada recibiendo una paliza. —Qué descaro.
Como si tuviera tiempo de poner a los demonios en pausa, agarrar el
teléfono, marcar su número —¿acaso tenía su número?— y luego… ¿qué?
¿Esperar a que apareciera? Tenía serios problemas.
Blake exhaló por la nariz.
—Nunca debiste entrar ahí sola.
Apreté los dientes.
—No sabía que iba a tener compañía. Como dije iba a entrar para
buscar más pistas. Es parte de mi trabajo.
Blake se pasó las manos por encima del pelo.
—Debiste pedir refuerzos antes. Fue muy estúpido de tu parte entrar ahí
sola. Podrían haberte matado.
¿Acaba de decirme estúpida?
Me acerqué un paso más al hombre grande y bestial, con la esperanza
de untar un poco de la sustancia viscosa demoníaca sobre su lindo cuerpo.
—No recuerdo haber necesitado tu permiso para hacer nada —gruñí,
igualando su tono. Él podría darles órdenes a los paranormales de esta
comunidad, pero a mí no—. No trabajo para ti. Hago lo que quiero cuando
quiero.
Se acercó a mí, sobresaliendo por encima de mi pequeño cuerpo.
—Como el jefe de este pueblo, es mi deber garantizar la seguridad de
mi gente. Y eso te incluye a ti.
—Yo no soy tu gente. —Mis ojos se clavaron en los suyos. Una
sensación vibrante me invadió el cuerpo, provocándome un cosquilleo en la
piel. Me esforcé por contener mi magia. Si seguía haciéndome molestar, no
sabía lo que haría—. No necesito que me protejas. Puedo arreglármelas
sola.
—Sí, puede —convino Annette—. Venció a tres demonios tuktuk. Tiene
habilidad. Eso es innegable.
Blake inclinó su cara a escasos centímetros de la mía. Maldita sea, era
alto.
—Quizás no quieras que te proteja, pero lo necesitas. Estás metida en
algo muy complicado. Sólo eres una investigadora.
Si sacaba la carta de que yo no era una Merlín, le daría un puñetazo en
la nariz.
—Soy buena en mi trabajo. —Cada segundo que pasaba lo veía más
feo, su atractivo sexual disminuía rápidamente—. Me da igual lo que
pienses de mí. No estoy aquí por ti. Estoy aquí para resolver un caso. No
necesito tu protección. —Apreté los puños, no quería mostrar debilidad
delante de él. Si se acercaba más, quizás tuviera que patearle el culo.
—¿Por eso estás cubierta de tripas de demonio? —se burló Blake—.
Tienes suerte de estar viva. Fue una estupidez, Katrina.
¿Cómo podía ser una estupidez si no sabía lo que me esperaba? Había
caído en una trampa. No fue un movimiento estúpido. Un movimiento
estúpido era lo que estaba haciendo él en este momento. Si seguía
insistiendo, castraría al bastardo.
Una parte tonta de mí, seguramente la que estaba cubierta de viscosidad
demoníaca, quería hacerle un gesto con el dedo. Sí, puede que confiara
demasiado en mis habilidades y pensara que podía enfrentarme a todo lo
que se me pusiera por delante. Pero estaba desprevenida. No es que me
buscara problemas. En cierto modo, siempre me perseguían.
Apreté la mandíbula.
—Sólo… apártate de mi camino, Blakie. No te metas conmigo ni con
mi caso.
El corpulento hombre resopló.
—¿Eso es una amenaza?
Por supuesto. Le sostuve la mirada, negándome a retroceder.
—Es lo que es.
Se enderezó, elevándose de nuevo sobre mí.
—Cometes un error, investigadora. No sabes a qué te enfrentas. No
conoces este pueblo... ya no.
Enarqué una ceja.
—Puede ser. Pero el único error que veo es involucrarme contigo.
Trabajo sola. Aléjate de mí.
—Bien —dijo, levantando las manos—. No puedo ayudarte si no sigues
las normas.
—Me parece bien. —Que se jodan tus normas.
—Pero si haces que te maten, no vengas llorando hacia mí.
—No lo haré. Estaré muerta. —Y no lloro. No lo he hecho desde hace
mucho tiempo.
Annette nos miró.
—Eh... bueno, todo esto es muy entretenido. Y hablando de
entretenimiento, vinimos para asegurarnos de que no te hayas olvidado de
mi invitación a tomar unas copas.
Mierda.
—No lo había olvidado. —Lo había olvidado por completo—. Me
estaba preparando.
—¿Kat? ¿Estás bien? —Dash estaba de pie en el porche delantero, sin
más ropa que unos ajustados pantalones de yoga azul claro. Míos. Se veía
más saludable que antes. Tenía buen aspecto, muy buen aspecto. Y estaba
mirando a Blake.
Ah, demonios.
—¿Quién es? —Annette se inclinó hacia adelante —recordó mi hedor—
y retrocedió de un salto.
—Un amigo. —Acababa de conocer a Dash, pero ¿qué otra cosa podía
decir?
Blake se aclaró la garganta, desviando mi atención de Dash.
—Ya terminamos aquí —dijo, frunciéndome el ceño una última vez
antes de dar media vuelta y alejarse con paso decidido.
—¿Quién era ese? —preguntó Dash, siguiendo con la mirada la forma
en la que Blake se retiraba.
—Nadie —dije vagamente, intentando que mi mirada no se detuviera
demasiado en él.
Miré fijamente la nuca de Blake mientras se alejaba hacia la casa de
Annette.
—¿Qué le pasa? —pregunté, un poco demasiado alto, y estaba segura
de que me había oído. Me daba igual.
—Se pone algo salvaje cuando está en juego la seguridad de la
comunidad —respondió Annette—. Así es como es él. Tiene buenas
intenciones. Te lo juro. No siempre es tan grosero.
—Es un imbécil. —Ya había tenido suficientes imbéciles para toda una
vida. No tenía espacio para otro. Si quería una guerra, la tendría. No le tenía
miedo. Yo no lo necesitaba. Y quizás por eso se comportaba como un
imbécil. No estaba acostumbrado a una mujer fuerte e independiente como
yo. Dura.
Annette suspiró y se llevó las manos a las caderas.
—Bueno, no le perdono su actitud hacia ti. Fue una tontería, pero no es
un mal tipo. Sólo se toma su trabajo muy en serio. Se preocupa por la gente.
No es una mala cualidad en un hombre.
—Tal vez, pero no tiene por qué darme órdenes. —Claro que no. Fue
una de las razones por las que fundé mi propia empresa de investigación.
No me gustaba que otros me dieran órdenes.
—Bueno... —Annette se aclaró la garganta, sus ojos miraron a Dash,
que seguía de pie en el porche, y luego volvieron a mí—. ¿Quieres venir?
Creo que unas copas es lo que necesitas ahora. Sobre todo después de lo
que te acaba de pasar. Será un buen cambio para ti. —Sus ojos volvieron a
mirar a Dash—. A menos que tengas otros planes.
La forma en que dijo «otros planes» fue como si pensara que Dash y yo
íbamos a pasar un rato sexy juntos, o que ya lo habíamos hecho y éste iba a
ser el segundo asalto.
—No. Estaré allí. —En verdad no quería ir—. Deja que me asee
primero.
—¡Sí! Nos vemos pronto. —Empezó a avanzar apresuradamente, se
detuvo y se dio la vuelta—. Es esa casa con la cerca blanca y la puerta roja.
—Señaló una bonita casita azul con una puerta roja y una corona multicolor
colgando. En el porche había calabazas y linternas. Era una casa preciosa.
—Entendido.
Me señaló con el dedo.
—Será mejor que no cambies de opinión, Kat. Mis chicas están muy
emocionadas por conocerte. No paran de hablar de la nueva bruja.
—Ya conocí a Tilly y a Cristina —le dije, recordándolas muy bien a
ambas.
Ella soltó una pequeña carcajada.
—No. Mis chicas. Mis hijas.
—Ah, ¿cuántas hijas tienes? —Intenté imaginarme versiones en
miniatura de Annette, y eso me hizo sonreír.
—Cinco. ¡Nos vemos! —se despidió con la mano y cruzó la calle
corriendo hacia su casa.
Diablos. ¿Cinco hijas? Y yo que pensaba que tenía problemas.
Capítulo 12
M edia hora después, estaba de pie en la acera frente a la casa de Annette,
con un cigarro entre los dedos mientras me debatía sobre la posibilidad
de entrar. Siempre guardaba un paquete escondido en la guantera de mi
Jeep. Nunca fui capaz de botarlo.
Sí, me derrumbé y sucumbí a la presión de fumar. Tuve un momento de
debilidad.
Los acontecimientos de hoy, de esta noche, habían pasado factura. La
pelea con Blake fue lo peor. Estaba destrozada emocionalmente. No había
estado tan alterada ni había sentido tal agitación interna desde que abandoné
mi hogar y mi familia veinte años atrás. Odiaba sentirme así. Era como si
estuviera perdiendo el control, y yo no era así. Ya no dejaba que la gente me
afectara de ese modo. Con los años, me había construido un muro y nunca
dejaba que se acercaran demasiado. Nunca. Porque así es como te hacían
daño cuando dejabas caer el muro.
Maldición. Creía que Blake era uno de los buenos. Pero ahora que veía
su verdadera naturaleza, lo despreciaba. Lo odiaba a muerte. Bueno sí, odio
era una palabra muy fuerte. Me caía mal. ¿Me caía mal? No importaba.
Di una calada al cigarro, con los dedos temblando ligeramente, dejando
que la nicotina llenara mis pulmones. Tenía más de un mes sin fumar y el
humo me quemaba la garganta. No me sentía tan bien como recordaba. Y
me odié por ser débil. Patética.
—Maldito seas —maldije, tiré el cigarro a medio fumar a la acera y lo
pisé. Sentí que me había traicionado a mí misma, sintiéndome vulnerable y
enfadada. Sintiéndome sola—. Debí quedarme en casa.
Cuando terminé de lavarme con la manguera y me desnudé hasta
quedarme en sujetador y ropa interior, volví a entrar en casa, mojada y
enfadada, para encontrarme con una tía sorprendida, pero Dash sólo parecía
preocupado.
—¿Qué demonios te pasó? —gritó mi tía cuando entré—. Estás
empapada. ¿Dónde está tu ropa?
—En el contenedor de la basura que está afuera.
—¿Por qué?
—Demonios tuktuk. El último explotó. Me cayó por todas partes. —
Recordé rápidamente los sucesos que me habían llevado a estar cubierta de
una sustancia viscosa demoníaca.
Mi tía me blandió el bastón como si fuera una espada.
—Son Los Renegados. Te lo aseguro. Para ellos, eso de invocar
demonios es como dar un paseo por el parque. Van de la mano.
—Tal vez. —Miré a Dash—. Esa bruja y el gran idiota. ¿Los
reconociste? —Parecía que Annette y Blake no reconocieron a Dash, pero
quizás él sí.
Dash negó con la cabeza.
—No. ¿Debería?
—No tengo ni idea. —Me había dado cuenta de que estaba en ropa
interior delante de un desconocido. Uno muy guapo. Demasiado tarde. Ya
me había visto. Si intentaba disimular ahora, quedaría como una idiota—.
Sé dónde vives. Eres de aquí. Kolton, el dueño del Blue Demon, reconoció
tu foto.
Dash apretó la cara.
—No recuerdo a nadie llamado Kolton. Ni una tienda llamada The Blue
Demon.
—Es un restaurante. —Suspiré. El hecho de que Dash siguiera sin
recordar gran cosa era preocupante—. Creo que deberías pasar la noche
aquí. Te prepararé una de las habitaciones libres y mañana por la mañana te
llevaré a casa.
—Claro. —Dash me miró, con aquellos profundos y penetrantes ojos
oscuros brillando a la luz de la cocina—. ¿Por qué te gritaba ese tipo?
—Lo escuchamos desde la cocina —dijo mi tía, con el ceño fruncido
hasta casi taparle los ojos.
—Olvídense de él. Es un imbécil. —Un gran y estúpido imbécil—.
Quizás si ves tu casa, eso te ayude a recordar. —Ahora no quería pensar en
Blake. En este momento, Dash era una prioridad.
—Sí —dijo Dash—. Creo que sí. Gracias, Kat.
Después de eso, me apresuré hacia mi nueva habitación principal, y
¡qué sorpresa! me di una ducha caliente y humeante de quince minutos.
Yupi. Estuve allí más tiempo del necesario, pero tuve que asegurarme de
que me había quitado toda la mugre demoníaca del cuerpo y del pelo. No
quería presentarme en casa de Annette con tripas de demonio saliéndome
del cuero cabelludo.
Agarré unos jeans limpios y un top negro. Me unté los labios con un
poco de bálsamo labial, difuminé un poco de delineador negro en mis
párpados superiores e inferiores con un y me apliqué un poco de máscara de
pestañas, y listo.
Mi pelo aún estaba húmedo, pero no me importaba. Ya se secaría.
Agarré la botella de vino que había comprado antes en Winnie's Wine &
Beer Shop, dejé a mi tía y a Dash y me fui a la casa de Annette.
Y ahora que estaba aquí, no podía mover las piernas para subir al
porche.
Escuché risas en el interior y luego una voz, la voz de una chica joven
que gritaba algo que no pude distinguir. Sonreí. Entraría aunque sólo fuera
para ver a sus hijas.
Una vez decidida, metí la mano en el bolsillo, agarré la menta que había
estado guardando, me la metí en la boca y entré al porche.
Toqué el timbre y esperé.
Un momento después, la puerta se abrió de golpe. Cinco chicas estaban
apretujadas en la entrada. Estaban alineadas como por estatura y edad,
empezando por la más pequeña, que quizás tenía cuatro años, hasta la
mayor, que parecía estar en la adolescencia, de unos catorce o quince años
tal vez.
Levanté una ceja. Era curioso, desprendían vibraciones de bruja, pero
también de hombre lobo. Parecía que algunas se parecían a su madre y otras
a su padre hombre lobo. ¿O eran una mezcla de ambos? Interesante. Nunca
había conocido a una pareja de bruja y hombre lobo. Era raro. La mayoría
de las veces, las brujas se casaban con brujos, y los hombres lobo se
quedaban con los de su especie. Así que la idea de una descendencia mixta
era poco común. Pero el corazón amaba lo que amaba.
—Está aquí —dijo la mayor, que era la viva imagen de su madre.
—Es linda —dijo la del medio, con el pelo rubio recogido en una coleta
alta.
La penúltima se quedó mirando, con la cara de un rojo fresa que
combinaba con su pelo largo y sedoso.
—¿Es cierto que derrotaste a tres demonios tuktuk? —preguntó la chica
que estaba junto a la mayor. Su pelo rojo le llegaba a la mandíbula en un
corte perfecto.
—Eh... —empecé, mirando fijamente a aquellas hermosas e intrigantes
criaturas.
—¿Quieres ver mi habitación? —preguntó la más pequeña de las niñas
con grandes rizos rubios.
Dios, era tan demasiado hermosa. Quería agarrarla y apretarla.
—Por fin —dijo una voz femenina—. Pensé que no ibas a aparecer. —
Tilly apareció tras el muro de chicas. Tenía puesto un vestido negro
ajustado con tirantes finos que dejaba sus pechos a la vista de todo el
mundo. Tenía el pelo recogido, mostrando sus fabulosos pómulos y ojos—.
Muévanse. Déjenla entrar. —Agarró a la mayor y a la del medio y las jaló
para que entraran—. Ésta es una fiesta de adultos. No se admiten niños.
Apártense.
—Ésta es nuestra casa —dijo la mayor, con las manos en las caderas,
pareciéndose mucho a su madre y sin tenerle ningún miedo a Tilly. Me caía
bien.
—Sí, bueno, esta noche es una fiesta de adultos. —Tilly enganchó su
brazo alrededor del mío—. Por aquí, cariño.
Saludé a las chicas con mi botella de vino. Todas parecían dolidas y
decepcionadas por haberme alejado de ellas, como si su madre les había
quitado su juguete favorito.
—Escuché que necesitas una copa —dijo Tilly, arrastrándome por el
pasillo hasta el final de la casa. Me arrastró hasta una cocina grande y
luminosa, con gabinetes superiores blancos y los inferiores de color azul
marino. La nevera estaba decorada con dibujos y pinturas de las niñas. La
casa era un lugar feliz. Podía sentirlo. Sentía la energía. Era una familia
amorosa.
La casa tenía un concepto abierto. La cocina y el comedor eran una
zona inmensa. Vi a Cristina y Annette de pie junto a la mesa del comedor,
llena de comida para picar y muchas más botellas de vino de las necesarias.
Blake estaba allí, y aparté rápidamente la mirada. Estaba hablando con un
hombre pelirrojo que supuse que era el esposo de Annette.
—Toma. —Tilly me ofreció una copa de vino tinto—. ¿Te gusta el
tinto?
—Claro. —Dejé la botella de vino sobre la encimera y agarré la copa.
—Entonces, ¿quién era ese tipo desnudo en tu porche?
Solté una carcajada nerviosa.
—En primer lugar, no estaba desnudo. Ni mucho menos.
—No es eso lo que escuché. —Tilly sonrió—. Quiero todos los detalles.
¿Quién es? ¿Y por qué estaba desnudo?
—Se llama Dash. Vive aquí. Es todo lo que sé.
—Guao. Y yo que pensaba que me movía rápido. ¿Cómo es en la cama?
—No es así —dije, mortificada de que pensara eso. ¿Todo el mundo
pensaba eso?— Acaba de presentarse en mi casa.
La emoción brilló en los ojos de Tilly.
—Mejor todavía. Tirarme a un completo desconocido. Es una de mis
fantasías.
Maldita sea. Esto no iba bien.
—¿Quién se está tirando a un desconocido? —Cristina se acercó a
nosotras, seguida de Annette, que me dedicó una enorme sonrisa.
—Me alegro mucho de que hayas venido —me dijo.
—Por supuesto.
—Shh. —Tilly agitó una mano—. Kat estaba a punto de hablarnos de
ese desconocido con el que se ha estado acostando.
En ese momento, sentí los ojos de Blake clavados en mí, pero lo ignoré.
Me golpeé mentalmente la frente con la palma abierta.
—No. Entendieron todo mal. ¿Recuerdan aquel gato callejero? Les
conté toda la historia. ¿Por qué no? Puede que incluso lo conocieran. Saqué
el teléfono y les mostré a las demás su foto, recapitulando lo que había
ocurrido.
—¿Y no se acuerda de nada? —preguntó Cristina, tomando un sorbo de
su vino blanco.
—Sólo su nombre —respondí.
—Por lo que dijo Annette, esa foto no le hace justicia —dijo Tilly—.
Dijo que tenía el cuerpo de un atleta. Abdominales marcados y ondulados.
Piel suave y sedosa.
Me reí.
—Bueno. Es atractivo, pero no pienso en él así. Me preocupa más por
qué está en ese estado. Mi tí... Yo creo que fue maldecido. Mierda, eso
estuvo cerca—. Lo maldijeron para que siguiera siendo un gato y no
pudiera recordar que también era un hombre. —No quería que nadie supiera
que mi tía estaba viva y que llevaba dos años viviendo en su casa de
incógnita. Al menos, todavía no. No hasta que las conociera mejor y
pensara que podía confiarles eso.
—Eso es muy perturbador —dijo Annette. Golpeó su copa de vino con
el dedo—. ¿Crees que está relacionado con la muerte de Tim?
—Tal vez. Todavía no estoy segura. Necesito indagar un poco más antes
de poder relacionar ambas cosas. —Pero me inclinaba en esa dirección.
—¿Eso es permanente? ¿Recuperará algún día la memoria? —preguntó
Cristina.
Fruncí los labios.
—No estoy segura. Pero le estoy haciendo una contramaldición. Lo
ayudará. —No tenía ninguna duda de que mi tía podía devolverle la
memoria. Si alguien podía, ella era la bruja indicada para hacerlo.
—¿Quieres que te ayudemos con la contramaldición? —preguntó
Annette, con cara de querer hacerlo.
Sacudí la cabeza.
—Creo que podré arreglármelas. Pero si necesito ayuda, se las pediré.
—No se me dan muy bien las maldiciones —dijo Cristina—. Intenté
una maldición una vez, cuando tenía dieciocho años. Daphne Bernard me
robó a mi novio por aquel entonces. Así que probé una maldición de
viruela.
—¿Y? —Tuve que preguntar. Era muy curiosa.
Los ojos de Cristina se abrieron de par en par.
—Yo fui la que terminó con varicela.
Resoplé.
—Lo lamento.
—Y yo soy especialista en hombres —dijo Tilly mientras me guiñaba
un ojo—. Hago que hagan lo que quiero.
Seguro que no necesitaba ayuda en ese aspecto.
—¡Mamá! —gritó una voz.
Volteé para ver a la segunda mayor con un pico. Un pico de pájaro de
verdad.
—Mierda. —Me acerqué para ver mejor el pico—. ¿Es una metamorfa
de pájaro?
—No. —Annette agarró la mano de su hija—. ¿Cuál de tus hermanas te
hizo esto?
—Emily —dijo la chica del pico.
Annette me sorprendió mirándola.
—Esta es mi hija Ella. Es una niña lobo como su padre. Y su hermana
Emily es bruja.
—Una zorra —dijo Ella.
—Cuida tu vocabulario —advirtió su madre—. Emily. ¡Ven aquí ya
mismo!
La chica del medio que había visto en la entrada entró en la cocina,
acompañada por el resto de la horda de hermanas.
Annette señaló a su hija con el dedo.
—Vuelve a cambiarla ahora mismo o estarás castigada una semana. Te
dije que teníamos una invitada importante. Nada de maleficios esta noche.
Emily bajó la mirada hacia sus pies, pero no pudo ocultar la sonrisa de
su rostro.
—Sí, mamá. —Levantó la mano, apuntó con ella a la cara de su
hermana mayor y murmuró—: ad corpus tuum.
Con un súbito estallido y un flujo de magia, el pico de la cara de Ella
desapareció.
—Te odio —espetó Ella.
—Te odio más —siseó Emily.
—Niñas, se los advierto —gruñó Annette—. No delante de nuestra
invitada.
—No te preocupes por mí —le dije, pensando que me hubiese
encantado tener hermanas que me prestaran atención cuando era pequeña
—. Entonces, ¿algunas son brujas y otras son niñas lobo? Eso está muy
bien.
Annette chasqueó los dedos.
—Niñas —ordenó, y las cinco chicas se pusieron en fila delante de
nosotras—. Emma, la mayor, es bruja. Ella, a la que ya conoces, es una niña
lobo. Emily es obviamente una bruja. Luego viene Elanor, una niña lobo. Y
por último, tenemos a mi pequeña, Elsie.
Fruncí el ceño.
—¿Elsie es bruja o niña lobo?
—Aún no lo sabemos —respondió Emma—. Tendremos que esperar y
ver. Papá dijo que se materializaría más adelante.
Fascinante. Las rubias eran brujas y las pelirrojas, niñas lobo.
Interesante.
—¿Y papá? —dijo una voz de hombre.
Levanté la vista para ver al hombre pelirrojo que había supuesto que era
el esposo de Annette.
—Kat, éste es mi esposo, Liam —presentó Annette.
Liam era alto, medía un metro ochenta y era robusto con músculos.
Tenía el pelo pelirrojo muy corto y prácticamente podía verle el cuero
cabelludo. Tenía todos los rasgos estereotipados de un hombre lobo, desde
los músculos abultados hasta las vibraciones de depredador que emanaba.
Pero sus ojos eran diferentes. Eran verdes brillantes y amables.
Extendió la mano.
—Encantado de conocerte, Kat. Bienvenida a Moonfell.
—Ella nació aquí —dijo Tilly.
—Bueno —dijo Liam, con el rostro sonrojado—. Bueno, bienvenida de
nuevo.
—Gracias. —Me reí y le estreché la mano. Ojalá pudiera decir que me
alegraba haber vuelto, pero no era así.
Liam le dio un sorbo a su cerveza, apoyó la cara en el cuello de su
mujer y empezó a olerla—. Mmmm. Hueles bien. —Con la mano libre, le
agarró el trasero.
Annette dio un respingo.
—Deja. —Le dio una manotazo en el brazo—. Delante de nuestra
invitada, no. Me estás avergonzando. ¿Qué pensará Kat de nosotros?
Liam sonrió.
—No puedo evitarlo. Estás muy buena. Blake, mi mujer está buena.
Blake asintió.
—Tu mujer está buena —repitió, como un robot.
Idiota. Pero pensaba que estar casados durante al menos quince años,
quizás más, y seguir sintiéndose atraídos el uno por el otro, era increíble. Y
raro. Me alegré por ellos. De verdad. Incluso sentí envidia.
Annette puso los ojos en blanco.
—Ignóralo, Kat. Liam se cree muy gracioso.
—Soy divertido —protestó Liam, sonriendo.
No pude evitar reírme de sus payasadas.
—Me doy cuenta.
—Entonces —dijo Liam, con el brazo alrededor de su mujer—.
Conociste a Blake —dijo, señalando al muro de hombre que estaba a su
lado.
—Desgraciadamente.
Se rio.
—¡Auch! —Liam debió de notar mi malestar porque se aclaró la
garganta y volteó hacia mí—. Entonces, Kat. ¿Qué te trae de vuelta a
Moonfell después de todos estos años?
—Estoy trabajando en un caso. La muerte de Tim Mason.
—Ah, claro. —Liam asintió—. A todos nos entristeció la noticia. Era un
buen chico. Un hombre lobo decente. ¿Algún avance en el caso? —Liam
miró entre Blake y yo. No estaba segura de qué decir, pero Blake se me
adelantó.
—Algunos —dijo el robusto hombre lobo—. Sabemos que una
camioneta negra se llevó a Tim. No sabemos quién, sólo que se la
alquilaron a algún estúpido hada de Tombstone.
—¿Una camioneta negra? —Annette miraba fijamente a Blake, con la
preocupación marcada en el ceño, haciéndola parecer años mayor—. ¿Crees
que mis bebés están en peligro?
Blake dejó escapar un suspiro.
—No puedo asegurarlo. Pero quizás deberías vigilar a todas tus hijas
hasta que averigüemos quién mató a Tim.
Miré por encima del hombro, contenta de que las chicas estuvieran en la
sala viendo la televisión. No quería que oyeran los detalles escabrosos de
cómo murió Tim.
—Tengo a un equipo que está revisando la camioneta en este instante —
dijo Blake—. De momento, está limpia. No hemos encontrado restos de
fibras, ni sangre, ni ADN, nada.
Me molestó un poco que no me hubiera mencionado esa parte. Supongo
que estaba realmente sola en este caso. Que así fuera.
—¿Han oído hablar de un grupo llamado Los Renegados? —Ya está. Yo
también podía jugar a ese juego. Los ojos de Blake se clavaron en mí, pero
yo estaba mirando a las brujas.
—Yo sí —respondió Tilly, y no pude evitar fijarme en cómo
prácticamente rozaba su cuerpo con el de Blake, como si intentara
restregarle su olor—. Es un cuento infantil que se utilizaba para asustarnos.
Mi madre decía: «Vengan a casa antes de que oscurezca o Los Renegados
los atraparán».
¿Eh? Nunca había oído eso. Tal vez fuera porque mi madre esperaba
que Los Renegados me atraparan.
—Bueno, he escuchado que sí existen —dijo Cristina—. ¿No son un
grupo de magos oscuros de los años setenta que se trasladaron aquí desde
Europa?
—Así es. —Los ojos de Annette se abrieron de par en par—. Yo
también he escuchado de ellos. Pero ya no están aquí. ¿Verdad? ¿Crees que
están implicados en esto?
—Alguien me los mencionó en el Blue Demon —dije. No iba a decirles
que era mi tía—. Pensé en comprobarlo. —Pero no parecía que ellos serían
de mucha ayuda. Tendría que preguntar por ahí. Quizás debería preguntarle
a Kolton.
—Conozco a un miembro.
Miré a Blake.
—¿En serio? ¿Quién? —¿Y me lo diría? No estaba segura. No había
sido precisamente cortés con él.
—Se llama Eli Souza —dijo Blake, sorprendiéndome—. Y vive aquí, en
Moonfell.
Eran muy buenas noticias.
—¿Y qué te hace creer que forma parte de Los Renegados?
Blake me dirigió una sonrisa como si sabía que tenía algo que yo quería.
—Porque escuché cuando lo dijo.
Si el tal Eli estaba en el grupo, tenía que hablar con él.
—Y no puedes hablar con él sin mí. —Blake me miró, con un desafío
en sus rasgos.
Sí, sabía cómo sacarme de quicio.
—Yo no...
—Vamos. Vamos a buscarte algo de comida —dijo Annette,
apartándome de Blake y justo a tiempo—. Parece que la necesitas.
Mientras caminábamos hacia la mesa del comedor, Annette me lanzó
una mirada cómplice.
—Blake y tú tienen cierta historia. ¿Verdad?
Hice una mueca.
—Ninguna historia. Simplemente no me gusta su tipo.
—¿El tipo atractivo, que le gusta mandar a todo el mundo?
—Exacto. —Dejé que Annette me preparara un plato con salchichas
envueltas, taquitos de pollo, copitas de espinacas y alcachofas, nudos de ajo
y unas bolitas de queso frito. Era mucha comida.
Le sonreí mientras ella seguía apilando más comida, sus palabras se
perdieron para mí mientras mi mente estaba sumergida en ese caso.
Al final, había sido una buena idea venir aquí esta noche.
Y parecía que iba a hacerle una visita al tal Eli.
Capítulo 13
—D isculpa —dije, bajando la ventana del auto—. Sé que huele a
muerto. No he tenido tiempo de limpiarlo del todo. —Mastiqué mi
asqueroso chicle de nicotina, pensando que probablemente parecía una
vaca, como había dicho Blake. No sabía por qué estaba pensando en él en
este instante.
Como había decidido llevar a Dash a su casa esta mañana, no había
tenido tiempo de limpiar a fondo mi Jeep. Logré restregarlo en cinco
minutos y le eché un lata completa de ambientador, pero eso sólo hizo que
el interior del vehículo oliera mucho peor que antes, con un aroma dulce y
floral que resaltaba sobre todo lo demás. Muy asqueroso.
—Es muy potente. —Dash acercó la cara a la ventana abierta—. Tal vez
deberías llevarle tu Jeep a los profesionales y dejar que lo limpien.
—Ja. Ja. Luego lo limpiaré mejor. —Si no lograba quitar el olor, tendría
que comprarme un auto nuevo. Eso no era una opción. No tenía dinero—.
Imagínate que huele a naranjas.
—¿Naranjas? —Dash se rio. Era un sonido tan hermoso. La melodía de
su voz me llevó en un torbellino de escalofríos y emociones, su música
recorriéndome las venas como la mejor clase de droga. Era imposible que
este tipo estuviera soltero. Seguramente estaba casado con una mujer gato
hermosa y tenía diez bebés gato, y estaban locamente enamorados y
atraídos el uno por el otro como Annette y Liam. Probablemente su mujer o
su novia estaba muy preocupada.
—¿Qué clase de demonio era?
—Según Annette, eran tuktuk. Creo que ella es algo así como una
experta en demonios. O una entusiasta de los demonios. —Si es que existía
tal cosa. No sé por qué alguien se interesaría por los demonios. Casi me
patean el culo, y Annette parecía... envidiosa.
Volteó su cabeza hacia mí, y no estaba segura de lo que veía en su cara.
Frené mi Jeep en la siguiente parada.
—¿Por qué? ¿Significa algo para ti? ¿Conoces a los demonios? —
Quizás estaba recordando algo. ¿Y si un demonio había maldecido a Dash?
Era una posibilidad. Había muchos tipos distintos de demonios, igual que
había muchos tipos distintos de paranormales. Lo que yo combatía
pertenecía más bien al ámbito animal, pero algunos demonios practicaban la
magia, igual que los brujos y los magos. Sin embargo, eso no explicaba la
conexión entre lo que les había ocurrido a Dash y Tim, y yo estaba segura
de que había una.
Las facciones de Dash volvieron a ensombrecerse y negó con la cabeza.
—No. No lo sé.
Tenía puestos los mismos pantalones de yoga de anoche y una de mis
camisetas de gran tamaño que le quedaba bien, ceñida alrededor del pecho y
mostrando todos sus bonitos músculos. No había tenido tiempo de
conseguirle otra ropa para que se cambiara.
Seguía sin recordar gran cosa, aparte de su nombre, y yo esperaba que
llevarlo a casa cambiara de algún modo todo eso. Al menos que recuperara
parte de su memoria.
—Todavía necesito un día más o menos para terminar la
contramaldición —dijo mi tía cuando Dash y yo nos preparábamos para
salir esta mañana. Estaba de pie junto al fogón, echando hierbas en la olla
que hervía a fuego lento, con gafas de sol rosas y una boa de plumas rosa
que le combinaba—. Asegúrate de traer aquí a Dash para que podamos
dárselo. Quiero estar con él cuando se produzca la transformación.
—¿Se va a transformar en una mesa? —Me reí.
—Su memoria, sabionda. Será como una alteración. Un cambio. Quiero
estar allí cuando eso pase.
—Bueno, está bien. Lo traeré de regreso. —Le di un sorbo a mi café
recién hecho. Ahora que habíamos recuperado la electricidad, podía
deleitarme con los placeres del café caliente matutino y las duchas calientes
por la mañana.
Era evidente que mi tía le había agarrado cariño al alto hombre gato.
Parecía que yo no era la única que sentía debilidad por los animales
callejeros.
Cuando volví de la fiesta cóctel de Annette, Dash y mi tía estaban en la
sala, sumidos en una conversación. Por la mirada relajada y despreocupada
del hombre gato, parecía que habían tenido una buena charla. ¿Sobre qué?
Ni idea. Pero me alegraba de que tuviera a alguien con quien hablar.
—¿Recordaste algo? —le pregunté a Dash apenas entró a la cocina esta
mañana, con la esperanza de que una buena noche de sueño y algo más de
comida le ayudaran a refrescar la memoria.
Unos ojos oscuros y tormentosos se encontraron con los míos.
—Nada. Igual que ayer.
Manejé por la avenida Maple Drive y giré a la derecha en Stardale
Road. El paisaje cambió rápidamente de rural a campestre, con árboles
maduros y campos de verdes y amarillos.
—Esta zona de Moonfell es muy hermosa —dije mientras miraba
fijamente hacia adelante—. Ni siquiera parece el mismo pueblo. Seguro que
te encanta estar aquí. Rodeado de la naturaleza. —Al ser un hombre gato,
no me sorprendía. La mayoría de los metamorfos preferían vivir junto a la
naturaleza, al menos en alguna parte.
—Supongo que sí.
Dirigí mi mirada a un lado de su cara, y vi que fruncía el ceño. Él no lo
recordaba, y me di cuenta de que eso le disgustaba. Yo también estaría
molesta.
Mastiqué con más fuerza y me concentré en la carretera. No sabía por
qué, pero estar tan cerca de Dash me ponía nerviosa. No lo conocía para
nada, pero su sonrisa despreocupada y su actitud tranquila bastaban para
que me cayera bien y confiara en él. No sabía quién le había hecho esto,
pero me enfurecía. Y averiguaría quién fue.
El Jeep se estremeció cuando la calle asfaltada se convirtió en un
camino de tierra. Las ramas golpeaban los laterales del Jeep a medida que
nos adentrábamos en el camino. Llegamos a la cima de una colina y allí, en
una pequeña elevación rodeada de pastos verdes y lo que parecían
manzanos, había una granja blanca. Junto a ella había un granero rojo.
Hasta donde podía ver, no había animales de granja.
En la entrada había un viejo Land Rover verde bosque, pero ningún otro
auto.
Frené el Jeep cuando llegamos junto a la casa y apagué el motor. Esperé
a que Dash hiciera algún comentario, pero se limitó a mirar la casa con una
expresión como si nunca la hubiera visto antes. Por un segundo pensé que
me había equivocado de casa, pero era la única casa de la carretera con un
granero rojo. Tenía que ser esta.
Esperaba ver a una hermosa mujer salir por la puerta principal, gritando
su nombre. Pero no vino nadie.
—¿Quieres darle un vistazo?
Dash asintió y salió del Jeep. Lo seguí, contenta de que entrara aire
fresco en mis pulmones en lugar del hedor de las tripas de demonio.
—Es precioso —le dije, escrutando su rostro—. ¿Lo recuerdas?
¿Recuerdas haber vivido aquí?
Dash negó con la cabeza.
—No. No me acuerdo. —Miró a su alrededor, al granero y a los
campos. Una expresión de dolor se reflejó en sus facciones y sentí que se
me oprimía el pecho—. No recuerdo nada de esto. No recuerdo este lugar.
—Vamos a entrar. Quizás eso te ayude. —Tenía que asegurarme de que
éste era el lugar. Necesitaba ver algo con su nombre, como facturas o algo
así.
Sin esperar a Dash, subí las escaleras y me sorprendió encontrar la
puerta principal entreabierta.
—¿Dejas la puerta abierta? —pregunté, y luego me contuve—.
Disculpa. Se me salió.
—No pasa nada. —Dash pasó junto a mí y empujó la puerta para
abrirla, como si quisiera entrar primero por si algo o alguien nos estuviera
esperando.
Podía defenderme, pero sus acciones no me molestaban. No era como
Blake, que pensaba que era su derecho como alfa o jefe ponerse siempre él
primero. Dash hizo lo que hizo preocupado por mi seguridad. No era lo
mismo.
El olor a humedad de la vieja granja me invadió en cuanto entré. Era
como una mezcla de polvo, madera vieja y algo más que no podía precisar.
El interior de la casa era tan encantador como el exterior. La sala era
acogedora, con una chimenea en la pared del fondo y sillones de aspecto
confortable dispuestos a su alrededor, acurrucados sobre una gran alfombra
persa. Las paredes estaban pintadas de un cálido color crema, y en una de
ellas había estantes llenos de libros y adornos.
Lo seguí, con la sensación de que estábamos invadiendo el santuario
privado de alguien. Una cosa que me llamó la atención fue que no pude
percibir el toque femenino en la decoración. Todos los muebles eran
grandes, de cuero y masculinos. Si tuviera que adivinar, diría que Dash era
soltero.
El piso crujió bajo mis pies mientras lo seguía hasta la sala. No parecía
prestar mucha atención a lo que le rodeaba, pero yo lo asimilaba todo,
buscando cualquier pista que pudiera ayudarme a averiguar qué le había
pasado.
Dash caminó hacia el estante más cercano. Sus dedos recorrieron los
lomos de los libros con delicadeza, como si temiera que se hicieran polvo
con demasiada presión.
—¿Recuerdas ya algo? —pregunté, con la voz apenas por encima de un
susurro. Me sentía como si fuéramos unos intrusos en una casa ajena. Y
había una pequeña posibilidad de que así fuera.
Dash negó con la cabeza, con los ojos aún fijos en los libros.
—No, pero me resulta familiar. Como si había estado aquí antes. Mi
olor. Mi olor está por todas partes.
Los metamorfos tenían superpoderes olfativos. Bueno, así los llamaba
yo.
—Así que ésta es tu casa. —Me relajé un poco y dejé de mascar chicle
antes de dislocarme la mandíbula.
—Creo que sí.
—¿Hueles algún otro olor? ¿Como a otro paranormal? ¿O quizás a un
demonio? —Me parecía muy improbable que un demonio le hiciera esto a
Dash, pero tenía que preguntar.
El hombre gato negó con la cabeza.
—No. Sólo el mío.
Pasamos a la cocina, que era luminosa y ventilada, con una gran
ventana sobre el fregadero. En el centro de la habitación había una pequeña
mesa de madera, rodeada de cuatro sillas.
Vi un montón de cartas sobre la encimera y me acerqué a verlas. La
mayor parte era correo basura, pero un sobre del Banco Moonfell tenía
escrito el nombre de DASH DREUX. Le enseñé el sobre.
—Ésta es tu casa, Dash.
Agarró el sobre.
—Pero no lo recuerdo. —Volvió a arrojar el sobre sobre la encimera,
con un destello de ira en el rostro y los dedos apretados en puños.
—¿Por qué? ¿Quién me haría esto? —Su mirada recorrió la habitación
como si esperara encontrar una respuesta a sus preguntas escondida entre
los gabinetes de la cocina.
Había tanta emoción en su voz, tanta confusión y dolor. Quería
acercarme a él y tratar de ofrecerle consuelo, pero de algún modo sabía que
nada de lo que yo dijera podría ayudarle de verdad. Recuperar su memoria
era lo único que sí podía ayudarlo.
—No lo sé. Pero vamos a averiguarlo. Te lo prometo. En cuanto esté
lista la poción contramaldición de mi tía, las cosas empezarán a tener
sentido. —Me sorprendió lo molesta que estaba por lo que estaba viviendo
Dash. Supongo que es lo que sientes cuando alguien le quita la memoria a
una persona.
Me acerqué al refrigerador y lo abrí.
—Bien. Tienes mucha comida. Quédate aquí hasta que yo regrese. O
sea... por tu propia seguridad. No te estoy dando una orden ni nada
parecido. —Sentí que la cara se me puso roja. Sonaba como una imbécil.
Dash sonrió.
—Ya lo sé.
Miré a mi alrededor.
—Aquí no hay señales de lucha, así que tengo que suponer que lo que te
pasó sucedió en otro lugar. Creo que aquí estarás a salvo. —Agarré el bloc
de notas que vi junto al montón de cartas y saqué el bolígrafo del bolso—.
Aquí tienes mi teléfono. Llámame cuando quieras.
—¿Y a dónde vas?
—A buscar a ese tal Eli. Si de verdad forma parte del grupo de Los
Renegados, necesito sacarle información. —Lo había puesto al tanto de
todo, así como a mi tía, cuando regresé de la casa de Annette. Quizás no fue
inteligente de mi parte hablar abiertamente de mi caso con un desconocido,
pero sentía que podía confiar en Dash.
Cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Crees que están implicados en la muerte de Tim?
Encogí los hombros.
—Bueno, alguien en este pueblo lo está. —Y mi instinto de bruja me
decía que también estaban implicados en lo que le había ocurrido a Dash.
Sólo que no sabía quién era, pero lo averiguaría.
Siguió un silencio incómodo mientras la mirada de Dash seguía clavada
en mí.
—Bueno, será mejor que me vaya. Seguramente querrás cambiarte —
dije, señalándolo con un dedo.
Dash encogió los hombros.
—La ropa es cómoda —dijo con una sonrisa—. Sólo un poco apretada.
Me reí.
—Es verdad. —Caminé hacia la puerta principal, oyendo los pasos
ligeros de Dash detrás de mí. En serio, el tipo era un auténtico hombre gato.
Salí al porche.
—¿Qué hay en el granero? —pregunté antes de poder contenerme.
—Vamos a ver. —Dash saltó del porche como si fuera algo que había
hecho mil veces. Quizás sí lo había hecho.
Corrí tras él, maldiciendo sus largas piernas. Dash abrió de un tirón una
de las grandes puertas dobles del granero y entró.
Lo primero que noté fue el olor a madera, tal vez de astillas, como si
alguien acabara de talar unos cuantos árboles. En medio del granero había
una gran sierra de mesa. Los bancos de trabajo y las mesas estaban llenos
de cuchillos y cepillos para madera, sillas y sofás, e incluso una cómoda y
un espejo. Pero lo que más me llamó la atención fueron los minuciosos
tallados de algunos muebles: intrincados diseños con una mezcla de
animales y plantas. El ropero tenía tallada la silueta de una mujer con una
planta que le brotaba de la cabeza, con las raíces entretejidas en el pelo
como horquillas. A los lados había dos mujeres talladas, cada una tocando
un arpa y cada una con un gato enroscado en el regazo. Era extraordinario.
Envidiaba a los artistas. Siempre me asombraba lo que una persona
podía crear con un lápiz, un pincel y, ahora, un cincel. Yo era más del tipo
de artista que dibujaba figuras de palo.
Dash caminaba de un lado a otro, pasando los dedos por las superficies
rugosas. Lo seguí, mis ojos recorrían todo.
—Esto es increíble —dijo, casi para sí mismo—. No recuerdo haber
construido nada de esto, pero me resulta familiar.
Asentí, sin saber qué decir. El granero era impresionante, y la mano de
obra de los muebles, sobresaliente. Dash era un maestro artesano.
—Parece que eres carpintero —dije—. Son increíbles, Dash. Eres todo
un artista.
Dash sonreía, y me di cuenta de que había sido una buena idea traerlo
aquí. Puede que su mente no lo recordara, pero sus dedos sí. ¿Sonaba sucio?
Dash se paseó por los muebles y se detuvo junto a un oso tallado en lo
que yo creía que había sido el tronco de un árbol. Mis ojos viajaron hasta su
perfecto trasero. No pude evitarlo. Se veía increíblemente definido en mis
pantalones de yoga. Prácticamente podía ver a través de ellos.
Dash pareció percibir mi mirada y se volteó para mirarme.
Le dediqué una rápida sonrisa para recuperarme de mi voyerismo. —
Dash, si recuerdas algo, lo que sea, ¿podrías llamarme y decírmelo?
—Sí. Claro que sí. No sé si tengo teléfono, pero vi un teléfono fijo en
casa.
—Perfecto. —Tener su número de teléfono habría sido práctico, pero
estaba segura de que podría encontrar su número en internet a través de una
de las herramientas de búsqueda online—. Te veo luego.
—Gracias, Kat. —Las palabras de Dash eran como sábanas de
terciopelo, y yo sólo quería revolcarme en ellas.
Contrólate.
—De nada. —Empecé a caminar de regreso a mi auto.
—¿Y, Kat?
—¿Sí? —Me di la vuelta.
Dash me observó durante un instante.
—Ten cuidado.
—Siempre.
Capítulo 14
E stacioné mi Jeep en la acera de Death Row Drive. No pensé que volvería
a Tombstone tan pronto, pero aquí estaba. Todo por culpa de un tal Eli,
miembro de Los Renegados.
Y no tuve que buscar mucho su dirección. Sólo tuve que preguntarle a
mi tía.
—Eli Souza —dijo anoche después de que yo volviera de casa de
Annette—. Ese disfraz sucio y asqueroso de hombre. Y con los dedos de los
pies más feos que jamás hayas visto.
Dash escupió el café.
—Disculpen. —Se limpió la boca.
Me reí, feliz de ver a Dash tan relajado con mi tía.
—Cuéntame más cosas sobre esos dedos de los pies. O sea... ¿cómo
sabías cómo eran sus dedos a menos que...?
Mi tía me hizo un gesto despectivo con la mano.
—Nunca me acosté con esa serpiente, si es eso lo que insinúas. Aunque
intentó meterse en mis pantalones más de una vez.
—¿Más de una vez? —Era una conversación extraña, y yo la había
iniciado.
Mi tía me clavó su mirada de bulldog.
—No empieces conmigo, jovencita. ¿Por qué quieres saber de él?
—Bueno, Blake cree que es uno de Los Renegados.
—¿Ahora sí lo cree? —Mi tía frunció los labios, bajando las cejas
mientras le daba vueltas a aquella nueva información dentro de su cabeza
—. No me sorprendería. Siempre ha estado practicando hechizos ilegales y,
de algún modo, nunca ha visto el interior de una cárcel. Siempre me he
preguntado por qué.
Eso era interesante.
—¿Crees que tiene amigos en las altas esferas?
—Un poder superior —coincidió mi tía—. Como el de Los Renegados.
En cuanto salí del jeep, me puse en guardia. Lo último que quería era
volver a ver a aquel hada repugnante y a su pandilla. Revisé mis bolsillos y
fui recompensada con el ruido sordo de mi encendedor metálico. Mi
amiguito. Me aseguré de rellenarlo antes de salir de la casa de mi tía.
Unos cuantos paranormales que estaban al frente miraron hacia mí, e
hice todo lo posible por no hacer contacto visual.
Tenía la sensación de que Blake aparecería, ya que anoche estuvo tan
dominante, pero no vi su todoterreno por ninguna parte. Qué bien. No tenía
ganas de lidiar con él ahora mismo. Estaba ocupada. Él y su ego
necesitaban hacer fila.
Mi teléfono vibró en mi bolsillo. Lo saqué.
—Hablando del diablo.
Era un mensaje de Blake.
Blake: Encontramos un cadáver en un viejo molino abandonado a las
afueras del pueblo. Se llama Samuel Caddel. Lo mataron de la misma
forma que a Tim.
Mierda. Éste era el Samuel del que me había hablado Cristina.
Me desplacé por las horripilantes fotos. Tomando en cuenta el grado de
descomposición del cadáver, Samuel había sido asesinado días antes que
Tim. ¿Era el primer sacrificio? ¿Había más? No lo sabía. Pero Blake tenía
razón. El cadáver había sido tallado con los mismos símbolos que había
visto en el cuerpo de Tim. Podía leer claramente las mismas letras latinas:
ANIMAE. ALMA.
Maldita sea. Otro chico muerto. Si mi tía tenía razón y esos Renegados
eran los responsables, tenía que detenerlos.
Mis ojos recorrieron los mugrientos edificios de apartamentos, todos
apiñados como si quien los haya construido quería poner tres unidades
donde el espacio sólo permitía una. Vi el número 1224 y fui hacia allá.
Llegué al edificio, abrí la puerta de la entrada y entré en un pequeño
vestíbulo cubierto de periódicos y folletos. Le di un vistazo al panel de
nombres. ELI SOUZA estaba escrito junto al apartamento nº 1.
Toqué el timbre. Un momento después, se oyó un zumbido y la puerta
del vestíbulo se abrió de golpe.
Eso fue raro. Como que muy confiado. ¿O acaso yo estaba cayendo en
una trampa?
Las palabras de Blake de la noche anterior sobre pedir refuerzos
resonaron en mi cabeza. No era mala idea. Pero me había dicho que era una
estúpida.
Que se joda el respaldo.
Sin bajar la guardia, atravesé la puerta, me acerqué a la que tenía el
número 1 y di tres golpes. Unos instantes después, la puerta se abrió,
dejando que una tenue luz brillara desde el interior. El olor a cigarro llenó
mis fosas nasales, haciéndome girar la cabeza. Me asomé al interior,
esperando ver a un viejo mago vestido con ropas oscuras, armado con un
bastón y un colgante mágico en su cuello. En lugar de eso, vi algo
totalmente distinto.
Ante mí había un anciano con un fino pelo blanco que enmarcaba su
rostro y unos ojos oscuros como la noche que parecían atravesarme con la
mirada. Parecía haber celebrado su nonagésimo noveno cumpleaños hace
mucho tiempo, con muchas ojeras y las mejillas hundidas, lo que le daba un
aspecto esquelético. Tenía la postura de alguien que debió de ser alto en
otro tiempo, pero los años habían sido crueles. Ahora estaba encorvado y
probablemente se había encogido varios centímetros de estatura. Tenía una
horrible cicatriz que le ocupaba casi toda la nariz y le arañaba el lado
izquierdo de la cara, como si le hubiera atacado alguna bestia desquiciada.
Un diminuto par de calzoncillos de Spiderman era la única prenda de su
cuerpo, aparte de una bata con motivos de Batman que cubría sus huesudos
hombros.
Raro. Unas vibraciones mágicas rozaron mi piel. Eran limitadas, pero
sin duda era un practicante de la magia.
Lo primero que hice fue mirarle los dedos de los pies, y casi di un paso
atrás. Comprendí los comentarios de mi tía. Eran asquerosos. La carne de
los dedos de los pies estaba arrugada como si acababa de pasar tres horas en
la bañera. Pero sus uñas... sus uñas estaban amarillas con manchas marrones
y tenían fácilmente medio metro de longitud.
—Mierda, con eso podrías sacarle los ojos a alguien —dije antes de
poder controlar mi boca.
Puso los ojos en blanco.
—Pedí una pelirroja, pero tú lo harás muy bien —dijo, con voz grave y
rasposa, como si estuviera a punto de perderla en cualquier momento.
Creo que acabo de vomitarme en la boca.
—En tus sueños, amigo. —Era un pensamiento extraño que un hombre
de su edad aún fuera capaz de hacer funcionar su maquinaria. Y era aún
más inquietante que estuviera pensando en ello.
Me miró con los ojos entrecerrados.
—¿No eres de Gals and Pals?
Resoplé.
—No. Soy una investigadora. Me contrató el Grupo Merlín. Estoy
trabajando en el caso de la muerte de Tim Mason. Necesito hacerte unas
preguntas. ¿Puedo pasar? —Una parte de mí quería quedarse aquí, en el
vestíbulo, pero no podía arriesgarme a que alguien oyera esta conversación.
Eli se apretó la bata, gracias a la diosa.
—¿Y por qué debería hacerlo?
—Porque si no lo haces, tendré que llamar al jefe. Créeme. No quieres
eso. Hoy tiene un ánimo de perros.
Parecía que lo estaba pensando bien.
—Bueno. —Dejó la puerta abierta y se alejó.
Aguanté la respiración y entré, siguiéndolo. La habitación estaba
escasamente amueblada, sólo con un par de sillas y una mesa. A pesar de su
sencillez, desprendía un aire de misterio que me hizo sentir que había
tropezado con algo mucho más grande que yo. Cuando mis ojos recorrieron
los estantes de las paredes llenos de libros y adornos, supe que detrás de
aquellas puertas cerradas se ocultaba más de lo que cualquiera podría
imaginar. Cajas y cajas contenían más libros de los que cabían en este
apartamento. El viejo brujo era un acaparador.
El apartamento estaba poco iluminado, con sombras largas y bonitas
esperando ser usadas por mí. Qué bien.
—No sé por qué quieres hacerme preguntas sobre la muerte de ese
chico. Yo no tuve nada que ver —dijo Eli, en su voz se notaba la molestia
de haber perdido su cita con su chica.
—Parece que sí lo sabes. —Dejé escapar un suspiro e inhalé,
arrepintiéndome inmediatamente. El aire olía a ceniceros viejos y a orina.
—Claro que lo sé. Como todo el mundo en este estúpido pueblo. —Se
dirigió a la sala de estar y se sentó en un viejo y cochambroso sillón
reclinable que habría estado de moda en los años sesenta—. ¿Qué tiene que
ver conmigo?
Me moví para mirarlo. Vi una silla, de madera, y decidí que era segura,
así que la agarré y me senté.
La mirada del anciano parecía detenerse en mí. Me miraba demasiado
tiempo para mi gusto. Si seguía así, tendría que hacer algo al respecto.
—¿Eres brujo? —Vayamos primero con lo obvio.
Eli resopló y se rascó el trasero.
—No me confundas con esos miserables. No pueden hacer magia de
verdad. Yo soy un mago. Hay una diferencia.
En realidad, no. La palabra mago era sólo otro término para decir
encantador. Igual que brujo o hechicero. La verdadera diferencia era que
cursaban estudios superiores en alguna universidad mágica. Eso no
significaba que los brujos fueran menos o más débiles, sólo que aprendían
la magia de su familia o por su cuenta. La mayoría eran autodidactas.
—¿Formas parte de Los Renegados?
Los labios del anciano se entreabrieron y me señaló con el dedo. Bueno,
lo que parecía un dedo. La uña era parecida a las de sus pies: amarilla,
manchada, de unos quince centímetros de largo y retorcida. Intenté que mi
cara no mostrara mi disgusto.
—Bastardos —escupió—. Creen que me ganaron. ¡Ja! No me han
vencido. Creen que han ganado esta batalla. —Se burló—. ¡Nadie puede
controlarme! No los necesito para nada. Ya estoy aprovechando las fuerzas
oscuras. He ido más allá de lo que ninguno de ellos podría imaginar. ¡Mi
poder es eterno! He sondeado las profundidades y he aprovechado una
energía insondable.
Me incliné hacia adelante, viendo las consecuencias de alguien que
recurría demasiado a ese tipo de magia. Cuanto más había canalizado la
oscuridad, más le había arrebatado. Su piel era pálida y superficial, su
cuerpo demacrado. Sus ojos parecían arder de intensidad y locura.
—Entonces, ¿ya no formas parte de ellos? —pregunté.
Siseó el mago.
—Me expulsaron.
—¿Por qué?
Se inclinó hacia adelante.
—Yo era demasiado poderoso. Podían verlo y sentían envidia de mí.
Sabían... veían que yo era mejor, que tenía más poder.
Lo dudaba seriamente. Sentí algunas energías mágicas procedentes de
él, pero nada parecido a un poderoso mago o brujo. Su energía era...
reducida.
Soltó una carcajada.
—No les gustaban los experimentos que hacía.
—¿Qué tipo de experimentos? —Supuse que cuanto más acariciara su
ego, más fácil le resultaría darme más información.
Miró por encima del hombro, como si se aseguraba de que no lo
escucharan en su propia casa, y susurró:
—La infusión de sangre de demonios en nuestra sangre. ¡Ja! No te lo
esperabas, ¿verdad?
Estaba loco como una cabra.
—¿Y lo intentaste? Quiero decir, ¿tuviste éxito? —La sangre de
demonio era veneno para nosotros, los paranormales. Si la bebías, te
enfermabas. No veía cómo podía haberlo hecho con éxito.
Movió la cabeza de un lado a otro.
—Murieron. Pero estuve a punto. Casi. —Extendió la mano y agarró el
aire como si se aferrara a algo tangible—. Unos pocos sujetos más y la
transformación habría sido completa.
Odiaba preguntar.
—¿Qué transformación?
Levantó el puño.
—Poder absoluto. Un mago con poder demoníaco. Un híbrido.
—¿Intentabas hacer un híbrido? —Sí, eso habría hecho que lo
expulsaran. Había escuchado rumores de brujos que tenían poderes
demoníacos. Se les llamaba Brujos de las Sombras. Eran extremadamente
raros, pero nacían así. No se hacían.
—Habría tenido éxito. Y ellos lo sabían. Lo sabían. Así que me
detuvieron. Tenían miedo. Miedo de lo que yo iba a llegar a ser.
Ah. Ja. El idiota estaba probando su teoría consigo mismo.
—¿Qué puedes contarme sobre Los Renegados? Supuse que, como lo
habían expulsado, estaría más dispuesto a soltar la lengua. Me tomé como
una buena señal que no tuve que obligarlo a decírmelo.
Eli se echó hacia atrás.
—¿Qué quieres saber?
Lo pensé.
—¿Son todos magos como tú? ¿Algunos son brujos? —Cuanto más
supiera sobre este grupo, más fácil sería identificarlos.
—La mayoría son magos, pero unos pocos son brujos. Albert Terbonne
era brujo. Pero murió hace diez años.
—¿Qué tipo de magia practican? —Tenía una idea, pero quería
escucharlo de su boca.
Eli soltó una risita siniestra.
—Oscura. ¿Cuál más?
Por supuesto.
—¿Sacrifican a los paranormales? —Aquí vamos.
Los ojos del anciano brillaron de alegría.
—Por supuesto. No hay poder sin sacrificio.
Maldita sea, eso fue perturbador, pero me sorprendió que respondiera a
la pregunta. Ahora, la parte difícil.
—¿A los niños? ¿Matarían a niños?
Los ojos de Eli brillaron, y una sonrisa se formó en sus finos labios.
—¿Qué mejor sacrificio que el de inocentes?
Se me revolvió el estómago y me sentí mal.
—Bueno. ¿Crees que fueron responsables de la muerte de ese chico,
Tim?
Eli estiró la boca en una sonrisa más grande, revelando sus últimos
cuatro dientes podridos y unas encías rojas, hinchadas e infectadas.
—Sí, ellos lo hicieron. Estoy seguro.
Madre mía. Aún no tenía pruebas, pero esto era casi igual de bueno.
—¿Por qué? —Las imágenes del cuerpo destrozado de Tim se
agolparon en mi mente, y una parte de mí quería arrancarle aquella sonrisa
de la cara de un puñetazo—. ¿Por qué sacrificaron a Tim?
Eli me observó, con dudas en el rostro.
—¿Por qué debería decírtelo? ¿Qué puedes darme a cambio? —Sus ojos
recorrieron mi cuerpo lentamente y reprimí un escalofrío. Tendría que
empaparme de cloro después de esta visita.
Me concentré en mi interior y conecté con mi magia. No demasiado,
pero lo suficiente para demostrarle al viejo bastardo que hablaba en serio.
Recurrí a las sombras más cercanas que me rodeaban, atrayéndolas
como los hilos de una telaraña, y agité la muñeca.
Un hilo de sombras salió disparado de mi mano, haciendo retroceder al
anciano y su silla en un revuelo de túnicas y uñas de los pies.
Me levanté y lo miré.
—No me obligues a hacerte daño.
Levantó las manos en señal de rendición, con los ojos muy abiertos.
—Bueno. Bueno. Hablaré.
—Bien. —Caminé detrás de él, agarré la silla y volví a levantarlo de un
tirón—. Dime —le dije mientras volvía a sentarme—. ¿Por qué Tim?
Eli me miró con el ceño fruncido.
—¿Qué clase de magia era ésa? Nunca la había visto.
—Concéntrate, Eli. ¿Por qué Tim?
El viejo seguía mirándome como si sólo quisiera desgarrarme y robarme
mi poder único.
—Porque sí. Forma parte del gran plan.
—¿Qué gran plan?
Los ojos del viejo mago se abrieron de par en par.
—Para resucitar al rey demonio.
Eso no es bueno.
—Cuéntame más.
El rostro de Eli se iluminó con una amplia sonrisa, complacido por tener
a otra persona ansiosa de escuchar lo que tenía que decir.
—Sólo se puede ofrecer el sacrificio de los puros de corazón cuando las
estrellas se unen en conjunción con los ciclos del sol y la luna una vez cada
veinte años —explicó—, para invocar al Amo Oscuro.
—El rey demonio.
—Precisamente.
Cada veinte años. Hacía exactamente veinte años que había visto el
cadáver de la víctima. Tenía el pecho tallado de la misma forma que Tim y
Samuel. Las imágenes me perseguían desde que tenía diecisiete años.
Esa noche estaba cayendo un aguacero y yo había salido de casa furiosa
después de una pelea con mi madre, que ahora no recordaba. Mi destino: la
casa de mi tía. Al pasar cerca del viejo puente Fallburn, decidí pasar por
debajo para esperar a que pasara la tormenta.
Fue entonces cuando tropecé con el cuerpo de Nancy. La conocía. Era
una bruja adolescente del pueblo y yo había tropezado literalmente con ella.
Mis jeans y mi camisa estaban empapados de su sangre. Recuerdo su pecho
expuesto y los profundos cortes, las letras que le habían tallado.
Y ahora todo volvía a mí.
—Parece que viste un fantasma. —Eli se rio.
Sí, iba a darle un puñetazo al viejo mago.
—¿Por qué? ¿Con qué propósito quieren invocar al rey demonio? —
Tenía una idea, pero quería escucharlo de él.
Eli extendió los brazos como si estuviera abrazando al mismísimo rey
demonio.
—Para que camine entre nosotros. Para que traiga la oscuridad eterna al
mundo. Para apagar la luz y dejar que los demonios salgan de sus
profundidades y se unan a nosotros.
Hijos de su madre.
—¿Cuándo va a ocurrir esto?
Eli se encogió de hombros.
—No estoy seguro. Si se hubieran hecho todos los sacrificios, pronto,
supongo.
Sacrificios.
—¿Cuántos sacrificios necesitan?
—Tres almas.
Almas. Animae.
Mierda. Eso significaba que tendríamos otra víctima más.
—¿Cómo eligen a sus víctimas? —Tenía que advertirle a Blake. Tenía
que hacerle saber que teníamos a un chico más en peligro.
—Las estrellas deben estar alineadas con sus cumpleaños —dijo Eli—.
Es necesario para que se produzca el ritual. Los Renegados están al acecho
de estos elegidos y se los llevan cuando los encuentran. Se cree que si el
último sacrificado muere durante la ceremonia, el Amo Oscuro se
manifestará en una forma física y tendrá control sobre todos nosotros.
Se me hundió el corazón en el pecho. Eso no ayudaba mucho. ¿Cuántos
chicos se habían perdido en esta horrible trama? Lo habían intentado hace
veinte años y habían fracasado. No sabía cómo, pero iba a detenerlos.
—Necesito nombres. —Me levanté, con la ira recorriéndome por
dentro. Sabía que no me quedaba mucho tiempo para encontrar a ese chico
y mantenerlo a salvo antes de que Los Renegados lo atraparan. Quizás
Blake pudiera detenerlos con el testimonio de Eli. Valía la pena intentarlo.
Eli cerró la boca.
Me incliné sobre él.
—Dame sus nombres, Eli. No te lo volveré a preguntar.
El anciano soltó una bocanada de aire.
—Bien. Qué más me da. —Frunció el ceño como si recordara alguna
discusión pasada. Abrió la boca—: J...
Y entonces ocurrió algo extraño.
Los ojos del anciano se abrieron de par en par, asustados, y su rostro
enrojeció mientras se arañaba la garganta con aquellas horribles uñas, como
si se estuviera ahogando.
—Déjate de bromas —le dije—. ¿Eli?
Eli soltó un grito desgarrador y se cayó de la silla, convulsionando.
Corrí a su lado, sin saber qué hacer. Su cuerpo se contorsionaba de forma
antinatural, como si algo intentara escapar de su interior. No se parecía a
nada que haya visto antes.
Y entonces, tan repentinamente como había empezado, se detuvo. Eli se
quedó inmóvil, con los ojos cerrados, y no pude saber si respiraba.
Mierda. ¿Estaba muerto?
Me acerqué rápidamente, le tomé el pulso y lo encontré débil pero
estable. No era mi persona favorita, pero no le deseaba la muerte.
Me apartó la mano de un manotazo.
—Aún no estoy muerto. —Con gran esfuerzo, el anciano volvió a
sentarse en su silla. No me ofrecí a ayudarlo.
Sabía de qué se trataba. Estaba hechizado para que no pudiera revelar
nunca sus nombres. Qué inteligente.
—Tengo una última pregunta y luego te dejaré en paz.
Eli murmuró algo que no logré entender.
—¿Conoces a alguien llamado Dash? Es un hombre gato.
Eli frunció los labios, pensativo.
—No. Ese nombre no significa nada para mí.
—¿Acaso Los Renegados necesitan un hombre gato para el ritual?
—No. ¿Cuál es el sentido de estas preguntas?
Bueno, mi teoría de que Dash estaba implicado de algún modo se
esfumó.
—Gracias por tu ayuda.
Salí del apartamento del viejo mago tan rápido como pude. Le había
sacado más de lo que esperaba. Puede que no supiera cuáles eran sus
nombres, pero sabía que Los Renegados habían matado a Tim y Samuel.
Estaba segura de eso.
Y ahora tenía que detenerlos antes de que llevaran a cabo otro sacrificio
y resucitaran a ese rey demonio.
Fácil.
Capítulo 15
D ejé mi Jeep en el estacionamiento del Departamento de Policía del
Condado de Moonfell. Había pasado por delante de la comisaría
muchas veces cuando era niña, pero nunca había entrado. Era un edificio
corriente, y por fuera tenía ladrillos marrones pintados y revestimiento
beige. Parecía que nunca lo habían renovado desde los años setenta.
Unos cuantos autos estaban estacionados junto al mío. Divisé un gran
todoterreno negro. Era el de Blake. Estaba aquí.
—No puedo creer que esté haciendo esto.
Es cierto que no quería estar aquí. Sin embargo, como Blake me había
dado el nombre de Eli, supuse que se lo debía. No me gustaba deberle
favores a nadie, así que cuanto antes le contara lo que había averiguado,
mejor me sentiría. O eso era lo que me decía a mí misma.
Además, como jefe del pueblo, necesitaba saber qué habían planeado
Los Renegados. Necesitaba saber de los demás sacrificios potenciales.
Enfrentarme a un grupo tan poderoso como creía que eran Los
Renegados puede que no sea la idea más inteligente. Necesitaba apoyo.
Blake lo era.
Le di unos golpecitos al volante y miré hacia la guantera. Un cigarro me
calmaría los nervios, sobre todo después de lo que me había contado Eli.
Tal vez podría fumar un poco.
—Aghh…. —Me golpeé la cabeza contra el volante.
—¿Katrina? —dijo una voz.
Despegué la frente del volante y vi a Helen en mi ventana.
—¿Helen? Hola.
Su rostro se dividió en una sonrisa.
—¿Viniste a ver a Blake? Sabía que ustedes dos iban a congeniar. Le
dije a Gerry que Blake por fin iba a sentar la cabeza.
Ay. Dios. Mío.
—Sólo somos amigos. —Y sí, no creía que Blake y yo fuéramos a ser
algo.
Su sonrisa se desvaneció.
—Ah. ¡Ah! ¿Estás aquí por el otro asunto? ¿Por Tim?
—Sí.
—¿Y? ¿Encontraste a los responsables? El pueblo es un desastre.
Estamos todos muy preocupados.
—Tengo una pista. Por eso estoy aquí.
Helen abrió los ojos de par en par y se subió las gafas por la nariz.
—Bien. Bueno, entonces te dejo. Nos vemos esta noche.
Antes de que pudiera preguntarle qué quería decir con eso, la mujer
lobo ya estaba a medio camino del estacionamiento.
—¿Cómo carajos lo hizo?
Con una última mirada a la guantera, salí de mi Jeep. Estaba demasiado
tensa. Así que agarré mi paquete de chicles y me metí no uno, sino dos
trozos en la boca.
—Dice que mastico chicle como una vaca. Será mejor que le demuestre
que tiene razón.
Sin dejar de masticar, me dirigí a la puerta principal de madera con
paneles de cristal. El letrero que había sobre la puerta decía
DEPARTAMENTO DE POLICÍA DEL CONDADO DE MOONFELL.
Subí las escaleras de ladrillo rojo y entré.
Di unos pasos por el pasillo y llegué al vestíbulo, sin fijarme en nada de
su decoración. Al pasar junto a las puertas cerradas, me llegó el sonido de
conversaciones apagadas y chasquidos de teclas, junto con el aroma del
café recién hecho.
Al cruzar la puerta pude ver más despachos. Dos hombres y una mujer
que nunca antes había visto estaban sentados ante escritorios abarrotados de
documentos, concentrados en sus pantallas.
Al final del vestíbulo había un escritorio y una anciana estaba sentada
detrás. Tenía el pelo corto y blanco, y la cara llena de arrugas, como si ya
hubiera pasado los cien años. Su blusa blanca estaba impecable y
planchada, y tenía una expresión en el rostro capaz de atravesar cualquier
cosa.
—¿Puedo ayudarle? —graznó la mujer mayor con una voz curtida por
la edad. Su tono era amistoso y amable. Me recordaba a la abuela de
alguien.
—Sí. Vengo a ver a Blake. No tengo cita.
Me hizo un gesto con la mano.
—No te preocupes, querida. Él sacará tiempo.
Me gustaba esta señora.
Agarró el teléfono y pulsó un número.
—Sí. Hay una mujer encantadora que quiere verte.
—Kat —le dije.
—Kat —repitió la mujer—. Claro. —Colgó—. Te recibirá. Al final del
pasillo, a la izquierda. No tiene pérdida.
—Gracias.
Siguiendo sus instrucciones, me dirigí al pasillo, consciente de las pocas
cabezas que se levantaban para mirarme al pasar junto a los despachos.
Blake debía de estar en el último.
—¿Kat? —Blake apareció por una puerta. Tenía puesta una camisa
negra y unos jeans que parecían hechos a la medida de su impecable físico.
Su apuesto rostro se iluminó de sorpresa—. Nunca pensé que te vería por
aquí.
Mastiqué más fuerte, intentando no pensar en sus palabras ni en su
actitud de anoche. No estaba aquí por mí. No estaba aquí por él. Estaba aquí
por los chicos. Sólo por los chicos.
—Tengo nueva información.
Blake se paró junto a una puerta y me indicó que entrara.
—Siéntate.
Entré en un despacho con un gran escritorio de madera y sillas de cuero.
De las paredes colgaban cuadros de lobos corriendo por el bosque y otro en
el que sólo aparecía un lobo blanco.
—Son preciosos —dije, y por alguna razón pensé en Dash.
—Gracias. —Blake pasó junto a mí y se sentó detrás del gran escritorio
—. Son de una artista local de aquí. Nadia. ¿Has oído hablar de ella?
—No. —Tomé el único asiento que había frente a su escritorio—. Es
muy buena.
Blake sonrió.
—Lo es. —Algo en la forma en que lo había dicho parecía como si
fuera buena en otras cosas, como si se hubiera acostado con ella.
Era lógico.
—Mira. Tengo que decirte algo.
Blake entrelazó los dedos sobre su escritorio.
—Fuiste a ver a Eli. ¿Verdad?
—Sí. —No tiene sentido mentir.
Blake maldijo, con una vena palpitándole en la frente.
—Lo sabía. Sabía que ibas a ir sin decírmelo.
Y ahí iba otra vez con lo de controlar lo que yo hacía.
—Entonces sabrás que tengo mucho que decir. Así que puedes calmarte
y dejar que lo diga, o me voy.
El gran hombre lobo tomó aire en lo que supuse que era un intento de
calmar su temperamento.
—Bien. ¿Qué has averiguado? ¿Está implicado?
—¿Eli? No. Lo expulsaron hace años. No es precisamente estable. El
tipo es espeluznante.
—Pude habértelo dicho si me hubieras dicho que ibas a verlo.
Bla, bla, bla.
—Pero me dio una información muy útil. En primer lugar, estoy casi
segura de que Los Renegados son los que mataron a Tim y Samuel.
Un músculo se tensó sobre la frente de Blake.
—¿Qué te hace decir eso?
—Intentan despertar a un rey demonio. —Hice una recapitulación de
todo lo que Eli me había contado, observando cómo la cara de Blake
adquiría matices diferentes cada segundo, cada vez que añadía algo a mi
historia.
El hombre lobo golpeó con el puño el escritorio, haciendo que su taza se
volcara y yo diera un respingo en la silla.
—¿Quiénes son? Dímelo.
Maldición. Le encantaba darle órdenes a la gente. Suspiré y me recosté
en la silla.
—No lo sé. Y antes de que preguntes, a Eli se le ordenó que no revelara
sus nombres. No pudo. Intentó decírmelo y casi se muere. —No es que me
importara que muriera. El mundo sería un lugar mejor sin aquel brujo
espeluznante. Pero no quería que muriera por mi culpa.
—Un sacrificio más —dijo Blake, con la voz cargada de veneno—. No
voy a permitirlo. Voy a encontrar a esos imbéciles y a arrancarles el puto
cuello.
Le creí.
—Y así debería ser —le dije—. Quieren provocar el fin del mundo, en
cierto sentido. Si ese rey demonio despierta y provoca la noche eterna... el
mundo tal y como lo conocemos habrá desaparecido. Para nosotros. Para
los humanos. Para los animales. Para todos nosotros.
El hombre lobo apretó la mandíbula.
—No dejaré que eso ocurra. Primero los encontraremos. Pero tengo que
proteger a mi gente. —Los ojos de Blake se encontraron con los míos, y
pude ver la rabia desesperada que ardía detrás ellos—. ¿Cómo puedo
protegerlos si no sé quién será la próxima víctima?
—Tengo una teoría al respecto. Verás, Eli dijo que eligen a sus víctimas
según sus fechas de nacimiento. Algo relacionado con la alineación de las
estrellas y el sol, y alguna mierda numérica por el estilo. ¿Tienes la fecha de
nacimiento de Tim? ¿Y la de Samuel?
—Sí. —Blake sacó una carpeta de su escritorio y la abrió de un jalón—.
La de Samuel es el 3 de octubre... y la de Tim, el 11 de octubre.
—Si estoy en lo cierto, tenemos que encontrar a los chicos
paranormales nacidos en octubre. Son los siguientes en su lista de
sacrificios.
—Maldita sea. —Blake cerró las manos en puños—. Sólo son niños.
¿Qué clase de grupo enfermo haría eso aquí, en Moonfell? Es un pueblo
tranquilo y paranormal. Los humanos ni siquiera nos molestan.
—Los locos no tienen fronteras. No importa si es un pueblo pequeño o
una gran ciudad. Están aquí. —¿Pero sacrificar a unos chicos? Eso era un
nuevo nivel de locura.
Blake emitió un gruñido mientras agarraba los bordes de su escritorio
como si no estuviera seguro de si lanzarlo al otro lado de la habitación o no.
Sí, tenía un temperamento a la altura de su corpulencia. Pero estaba claro
que a este hombre lobo le importaban mucho los paranormales del pueblo.
Quería protegerlos. Eran su manada, su familia, y él era el alfa.
El condado hizo bien al elegir a Blake como el jefe.
—Los Renegados. ¿Están aquí, en Moonfell? —preguntó Blake tras un
momento de silencio.
Asentí con la cabeza.
—Creo que sí. Tendría más sentido que fueran de aquí.
Blake enseñó los dientes, dándole un toque más primitivo.
—Si supiera quiénes son. Podría detener esto ahora mismo. Detener el
ritual y mantener al pueblo a salvo de estos maníacos.
Ojalá.
—Cierto. Pero no tenemos nombres. Y por ahora, quizás no los
necesitemos.
Blake frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Mi pulso palpitó ante aquel pensamiento.
—Si estoy en lo cierto, si podemos impedir que atrapen al último chico,
eso detendrá el ritual. Sin sacrificio, sin alma, no pueden despertar a ese rey
demonio. Centrémonos primero en eso.
Una nueva vena palpitó en un lado de la sien de Blake.
—No. Quiero que esos bastardos paguen. No puedo dejarlos en paz, con
la conciencia tranquila. ¿Y en mi pueblo? ¿Qué clase de jefe sería si
abandonara la amenaza. ¿Aquí mismo, en Moonfell? No. No puedo. ¿Qué
les impedirá volver a hacerlo dentro de un año? ¿En seis meses?
Cada veinte años, por lo visto.
—Lo entiendo. De verdad que lo entiendo. Pero es como dijiste, no
sabemos quiénes son. Pueden ser cualquiera aquí en Moonfell.
—Brujos. Los brujos hicieron esto.
La ira me oprimió el pecho. No se equivocaba, pero no me gustaba
cómo hablaba de los brujos, como si fuéramos la escoria de las razas
paranormales. Los inferiores.
—Tal vez. Y según Eli, la mayoría de son magos. Pero no saquemos
conclusiones precipitadas todavía. La cuestión es que perderíamos un
tiempo precioso intentando averiguar quiénes son mientras deberíamos
mantener a salvo a los chicos. Sin chicos. No hay ritual. Ni rey demonio.
¿Entiendes lo que quiero decir?
Blake enarcó una ceja.
—¿Sabes que a veces eres exasperante?
Sonreí.
—Es parte de mi encanto.
—¿En serio? —Una sonrisa de satisfacción cruzó su rostro—. Me
encantaría ver más de eso.
—Si me das la lista de los niños nacidos en octubre —solté, intentando
mantener la conversación profesional—, puedo empezar a cruzar
referencias y será más rápido. ¿Hay alguna casa de seguridad que podamos
utilizar? Sería mejor ponerlos juntos para que podamos vigilarlos.
—¿Nosotros?
Mi irritación aumentó.
—Sí, nosotros. Éste es mi caso. Para eso me pagan los Merlín.
—Pero es mi pueblo.
—Bien. Es tu pueblo. Pero sigue siendo mi caso.
—Bien. —Blake me observó durante demasiado tiempo—. Vamos a
hacerlo a mi manera.
Entrecerré los ojos.
—¿Qué significa eso exactamente?
La sonrisa del jefe se ensanchó.
—Significa que vas a hacer lo que yo diga.
Aquí vamos otra vez.
—Yo no trabajo así. Ya te lo dije antes. Soy más bien una pistolera
solitaria.
Blake cruzó las manos detrás de la cabeza.
—No es mi problema. En mi pueblo, lo harás a mi manera. No voy a
arriesgar otra vida. Ni siquiera la tuya —añadió, recuperando aquella
maldita sonrisa suya.
—Estoy conmovida —me burlé. Pero no respondí. Me pareció mejor
que creyera que obedecería sus órdenes. De ninguna manera lo haría, pero
él no lo sabía.
—¿Quién es ese chico que se queda contigo? ¿Es tu novio?
Me estremecí por dentro. Esa parte del interrogatorio me tomó
desprevenida. ¿Por qué demonios quería saber eso?
—No. Sólo un amigo. —Sentí que el rubor me subía desde la garganta
hasta la cara.
Blake me observó.
—¿Un amigo usando tu ropa?
Mierda. Lo había olvidado.
—Su ropa estaba sucia. Estaban en la lavadora. —Me di cuenta de que
ni siquiera había probado la vieja lavadora y secadora de mi tía. No tenía ni
idea de si aún funcionaban o no.
—¿Por qué estaba sucia su ropa?
—¿Por qué te interesa tanto? —No estaba segura de lo que vi en la
expresión del jefe, y no quería saberlo. Tampoco revelaría lo que le había
ocurrido a Dash. No hasta saber más. No es que fuera más leal a ninguno de
los dos, pero seguía mi instinto. Y mi instinto me decía que guardara
silencio al respecto por el momento.
Me levanté.
—Si pudieras conseguirme la lista de esos chicos. Cuanto antes, mejor.
—Para ayer. Era nuestra única pista hacia aquel grupo. Teníamos que
proteger a esos chicos.
—Te tendré la lista en una hora.
—¿Puedes enviarme por correo electrónico una copia de los nombres?
Mi correo electrónico está en la tarjeta que robaste.
—Claro. —Blake se levantó de la silla y se puso a mi lado, junto a la
puerta—…. Escucha, Kat. Siento lo que dije anoche. Tomé demasiadas
cervezas y se me fue la lengua.
—Olvídalo. No es importante. —Pero nunca lo olvidaría.
Una sonrisa socarrona se dibujó en su atractivo rostro.
—¿Crees que cuando esto termine puedo llevarte a cenar?
Bueno, eso fue inesperado.
—Eh... —Aquí viene más rubor instantáneo—. Lo pensaré.
Blake se fijó en mi cara y sabía que podía ver el enrojecimiento,
probablemente pensando que me estaba poniendo nerviosa.
—¿Eso es un sí?
—Lo pensaré —repetí, acercándome a mi salida.
¿Qué demonios quería? Yo no era material para citas. No había tenido
una cita desde que mi ex me llevó a cenar, y eso fue hace cinco años. Y si
buscaba sexo, estaba ladrándole al árbol equivocado. Desde hace más de
año y medio que no tenía sexo. Las telarañas de ahí abajo lo habían cosido
todo. Si él quería sexo, debería pedírselo a Tilly.
Sin embargo, era agradable saber que yo seguía siendo deseable de
alguna manera. No era una anciana, al menos no todavía.
¿Y Blake? Bueno, parecía sexo sobre dos piernas muy finas y
musculosas. Estaba segura de que compensaría cualquier indiscreción por
mi parte. Tenía la sensación de que también le gustaba tener el control en la
cama.
¿Por qué demonios estaba pensando en sexo? Porque hace mucho,
mucho tiempo que no lo tenía. Por eso.
Con una capa añadida de enrojecimiento, me escabullí por delante de
Blake y salí sigilosamente por la puerta.
—Envíame esa lista —grité, caminando más rápido de lo necesario por
el pasillo mientras mantenía la cabeza baja.
Sólo cuando llegué a mi Jeep empecé a sentir que el rubor abandonaba
mi rostro. No era el momento de pensar en sexo ni en nada que no fueran
esos chicos.
Mis pensamientos estaban por todas partes. Blake. Eli. Los Renegados.
El rey demonio. Tendría que investigar un poco sobre el rey demonio.
Había muchos reyes demonios. ¿Cuál intentaban despertar Los Renegados?
Estaba tan concentrada en ese pensamiento que no había visto al
hombre que estaba en mi porche hasta que estacioné el Jeep en la entrada y
estaba a medio camino de las escaleras del porche.
Mis piernas se bloquearon en el sitio. No era un extraño.
Sabía quién era. Tenía más de veinte años sin verlo, pero nunca
olvidaría esa cara.
El asistente de mi padre.
Sykes.
Capítulo 16
—¿Q ué haces aquí? —Me acerqué a la plataforma, no quería hablar
con él en los escalones. Ésta era mi casa y yo debería estar a su
nivel de altura.
Tenía la misma cara olvidable que yo recordaba, con una nariz larga y
puntiaguda y un fino bigote negro que combinaba con su contextura
delgada. Tenía el pelo negro y grasiento con una raya en el medio y peinado
hacia atrás a la antigua como en los años veinte. Unos ojos claros y
apagados me miraban a través de unas gafas redondas.
Cuando me acerqué, noté algo particular en él.
No había envejecido ni un día. Eso sí que era extraño.
—Veo que la falta de modales sigue existiendo en ti —dijo Sykes con
aquella misma voz llena de desprecio que yo recordaba. ¿Y su aliento? Su
aliento era fuerte y agrio, como si llevara días sin lavarse los dientes. Su
cuerpo olía a papel y a virutas de lápiz, como un viejo pupitre de colegio.
Qué asco.
Di un paso atrás.
—Veo que sigues usando esos ridículas corbatines. —Me quedé
mirando su cuerpo enfundado en un traje oscuro entallado y un corbatín de
cuadros escoceses. Nunca había entendido su estilo. Y seguía sin
entenderlo.
Sykes apretó los labios formando una fina línea, o debería decir su
bigote.
—Siempre fuiste la más vil de los hijos de Lawless.
Sé que no debería, pero su comentario me molestó.
—Tienes cinco segundos para decirme qué demonios quieres antes de
que te saque de mi porche. No creas que no lo haré. —Di un paso adelante
para demostrarle que iba en serio—. Ya no soy la misma niña. No me das
miedo. —Y tú ya no puedes hacerme daño.
Un recuerdo de Sykes agarrándome del brazo y la sensación punzante
que le siguió recorrieron mi mente. Esto pasaba cada vez que mis padres
descubrían que yo no podía conjurar el tipo de magia que esperaban de mí.
Bueno, su idea de lo que debía ser la magia. Mis padres pensaban que el
castigo físico era la respuesta para que yo tuviera más magia.
El olor de mi carne chamuscada se grabó a fuego en mi memoria.
Sykes, un poderoso brujo blanco, parecía sentir el mayor placer cuando
usaba el fuego conmigo. Su rostro se iluminaba de alegría mientras yo me
retorcía de agonía. Eso era casi tan malo como el dolor.
Sykes emitió un sonido de desaprobación en la garganta.
—Créeme. No quiero estar aquí.
—Entonces, ¿por qué lo haces? —Diez segundos más y estaba a punto
de enloquecer.
—Órdenes de tu padre.
Le dediqué una sonrisa fingida.
—Veo que sigues siendo su perrito faldero. ¿No estás cansado de eso?
¿No quieres ser un brujo libre? —No estaba segura de qué haría él sin mi
padre. A no ser que alguna otra familia necesitara un ayudante brujo,
bastardo y aceitoso.
Sykes me fulminó con la mirada, sus ojos ardían de ira.
—No soy el perrito faldero de nadie. —Se pasó una mano por el pelo
liso peinado hacia atrás y juraría que pronunció la palabra «perra»—. Elijo
servir a tu padre.
—Lo que tú digas. —Perro faldero. Perro faldero. Perro faldero.
Crucé los brazos sobre el pecho, sintiendo que mi mal genio aumentaba
con cada segundo que tenía que estar aquí con ese asqueroso. Qué curioso.
Se veía más bajo de lo que recordaba. O yo había crecido unos centímetros
después de que me fui, o él se había encogido. Sí, se había encogido.
Los pálidos ojos de Sykes me miraban sin pestañear.
—¿Por qué regresaste? Creía que habíamos visto lo último de ti. Bueno,
yo esperaba ver lo último de ti —añadió con una risa fingida.
Puse una sonrisa falsa en mi cara.
—Pensé en pasar y darle un vistazo al viejo barrio. —Quería arrancarle
ese estúpido corbatín y metérselo por la garganta.
Estaba de pie con los brazos estirados hacia abajo, pegados a los
costados, como un cohete a punto de despegar hacia el espacio, una postura
familiar que siempre me ha asustado. Era anormal.
—No. Ésa no es la razón. —Sykes entrecerró los ojos—. ¿Necesitas
dinero? Eso es. ¿No es así? ¿Pensabas volver e intentar estafar la fortuna de
tu familia? Tengo noticias para ti. Nunca accederán.
Me reí.
—Prefiero tragarme un valde lleno de cianuro antes que aceptar un
céntimo de ellos. —Lo decía en serio.
—Bien. —Sykes miró la casa de mi tía—. Costará una fortuna que esta
monstruosidad vuelva a tener su antiguo esplendor. Sus ojos volvieron a
posarse en mí y luego en mi Jeep—. Desde luego, no parece que te ha ido
muy bien. ¿Por qué no me sorprende? ¿Son de segunda mano? Meneó un
dedo hacia la ropa que tenía puesta, con expresión de asco, como si mis
jeans y mi camiseta estuvieran llenos de pulgas.
Apreté los dientes.
—Estoy perfectamente satisfecha. No necesito mucho.
Sykes me dedicó una falsa sonrisa.
—Aparentemente, no. Pero tú eres prácticamente humana, y los
humanos no necesitan mucho en términos de habilidad mágica. Eso es lo
que nos distingue: los hábiles y los inútiles. Los que tienen talento destacan,
y los que no, bueno, terminan pareciéndose a ti.
Encogí los hombros.
—Si quieres llamar habilidad a torturar niños para que hagan magia.
Entonces destacas en eso. Sobresaliente.
Sykes puso cara de haber mordido una cebolla cruda.
—Todo se hizo por tu propio bien. No puedes culpar al profesor si el
alumno es un imbécil.
—Vete a la mierda. —Levanté la voz mientras imaginaba que lo
estrangulaba. ¿Acaso Blake me mandaría a la cárcel si mataba a ese cabrón?
Posiblemente.
Sykes se rio.
—Vaya, vaya. Qué carácter. Siempre tuviste mal genio desde niña. No
me extraña que tu madre no soportara verte. Eso no es muy propio de una
dama.
—No soy una dama.
—Está claro. —Se burló—. Nunca tuve problemas con tu hermano.
Siempre fue el mejor brujo. El brujo modelo.
—Bien por él.
—Tus padres están muy orgullosos de él, de lo que ha llegado a ser. Es
un brujo muy poderoso en la comunidad. Tiene mucho éxito. Todo el
mundo lo adora.
—Impresionante.
—Ahora está casado. Con Andrea Weber. Una familia de brujos muy
poderosa. Muy rica. Es bueno vincular todo ese dinero y poder a la familia
Lawless.
—Me da igual.
Sykes me miró con el ceño fruncido.
—Deberías mostrarle más respeto a tu hermano.
—¿Qué te parece esto? —Le hice un gesto con el dedo del medio.
El rostro del ayudante de mi padre se ensombreció y sus labios se
movieron como si estuviera preparando una maldición.
—Siempre fuiste una niña vil. Inútil y estúpida. Siempre lo he dicho.
—Y tú siempre fuiste un imbécil. —Me incliné hacia adelante, con los
ojos clavados en los suyos—. Pero la cosa es así. Ya no soy una niña. Así
que si crees que puedes venir aquí y tratarme como tal, estás muy
equivocado.
Sykes apretó la mandíbula y sentí un pinchazo de magia, de energías
calientes en el aire. El desgraciado estaba aprovechando su magia. Quería
freírme.
—Adelante —desafié, sonriendo—. Inténtalo y verás lo que pasa. Te lo
ruego. Hazlo. —Sí, puede que matar al ayudante de mi padre no fuera lo
más inteligente, pero si me tocaba una brizna de su fuego, iba a mandarlo
directo a la tumba. Y me alegraría por ello. Se lo estaba buscando.
La magia se disipó con un estallido y se pasó la mano por el pelo.
—¿Por qué no vuelves a tu mundo humano y dejas en paz a tus padres?
Por qué vienes aquí y remueves todos esos... recuerdos desfavorables. No
debiste haber venido para acá. Debiste haberte quedado en tu querido
mundo humano.
Encogí los hombros.
—Pensé que sería divertido. Podríamos celebrar Samhain y bailar todos
desnudos alrededor de una hoguera.
Sykes retrocedió ante mi comentario.
—Nunca formaste parte de la familia. Nunca encajaste. Eres una
extraña.
—Amén.
Los ojos de Sykes se entrecerraron ante mi comentario. Miró el lateral
de la casa victoriana con desagrado, como si estuviera a punto de morderle.
—Es extraño lo que consideras habitable. Pero bueno, siempre tuviste
estándares muy bajos. Nunca esperamos mucho de ti.
—Pues bien. Nunca te decepcioné.
Sykes me miró fijamente, con una especie de expresión triunfante en el
rostro.
—No. No nunca nos decepcionaste.
El calor subió a mis mejillas. Ahora sí, iba a matarlo. Levanté la voz:
—O me dices por qué estás aquí o te largas de mi porche. No volveré a
preguntártelo. —Un parpadeo de movimiento captó mi atención. Annette
estaba cruzando la calle hacia mí, con un paño de cocina sobre el hombro y
un destello de preocupación en el rostro. Supongo que nos había escuchado.
Sykes siguió mi mirada y vi que un destello de molestia cruzaba por su
rostro. Supongo que Annette no le caía bien. Eso hizo que ella me agradara
mucho más.
—Tu padre solicita tu presencia esta noche en la cena. —Sykes se
volteó hacia mí—. A las siete en punto. Habrá invitados importantes,
figuras de alto rango de nuestra comunidad, así que asegúrate de elegir ropa
adecuada de tu guardarropa humano. No llegues tarde.
—No iré. No voy a ir. —El comentario de Helen sobre verme más tarde
esta noche tenía sentido ahora. Al parecer, mi familia les había dicho a sus
invitados que yo estaría allí. Sí claro.
Se me puso tensa la columna al escuchar que tenía que volver a casa.
Me había ido de mi casa a los diecisiete años y nunca miré atrás. Mis padres
eran brujos blancos poderosos y ricos, pero también abusivos. Creían que la
magia era superior a todo lo demás, especialmente a sus propios hijos. Así
que hice las maletas y me mudé a la ciudad, donde podía ser yo misma sin
temer su ira.
No pensaba volver pronto.
—Dijo que dirías eso. —Sykes soltó una carcajada que me erizó el vello
de la nuca. Había utilizado la misma risa justo antes de rostizarme con su
magia de fuego cuando yo era una niña.
—Nunca volveré allí —escupí las palabras como veneno—. Puedes
decirle a tu amo que no estaré allí.
—Sí irás. —Tomó aire, con los puños clavados en los costados—. Tiene
información para ti... sobre el caso en el que estás trabajando.
Me quedé con la boca abierta.
—Disculpa, ¿qué?
—A las siete en punto. No llegues tarde. —Sykes me fulminó con la
mirada antes de darse la vuelta e irse sin decir una palabra más. Vi cómo se
retiraba, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.
Annette se cruzó con él, pero él la ignoró por completo, como si no
estuviera allí. Lo odiaba aún más.
Subió las escaleras y se unió a mí.
—¿No es ése el ayudante de tu padre? ¿Spikes?
—Sykes. Sí. Desgraciadamente.
—Siempre me da escalofríos. —Annette sacudió los brazos y las manos
como si intentara sacudirse un espíritu maligno del cuerpo.
No la culpaba. Yo sentía que necesitaba una ducha.
—Eso es porque es un asqueroso.
Annette se echó a reír.
—Por la expresión de tu cara, supongo que no te dio buenas noticias. —
Esperó, y me di cuenta de que esperaba, o más bien deseaba, que le revelara
mi intercambio con Sykes.
Suspiré.
—Vino a decirme que estoy invitada a una cena.
—Ah. —La mirada de Annette se desvió hacia donde Sykes desaparecía
en un sedán negro con los vidrios oscuros—. Bueno, eso no suena tan mal.
Claro que no, no para ella.
—La verdad es que no estoy de humor para una cena —dije, viendo
cómo el auto se alejaba y se iba—. Sin contar que es un momento de muy
mal gusto, con la muerte de Tim y todo eso. —Justo como mis padres
estaban organizando una fiesta en medio de la investigación de un
asesinato. Probablemente el tema de la noche fuera hablar y compartir
informes espeluznantes sobre aquel pobre chico. Los odiaba.
Annette asintió, parecía preocupada mientras cruzaba los brazos sobre
el pecho.
—Tienes razón. Esas cenas son una mala idea ahora mismo.
Me di cuenta de que estaba pensando en la fiesta que dio anoche.
—Tu fiesta de cóctel no fue lo mismo —dije rápidamente—. Querías
hacer algo bonito por mí. Presentarme a tu familia. Para conocerte mejor.
Esto... esto es diferente. Créeme. Esta cena no tiene nada de agradable.
—¿Vas a ir?
El hecho de que mis padres supieran que estaba trabajando en el caso de
Tim me decía que habían preguntado por mí, probablemente en cuanto se
enteraron de que había regresado al pueblo. Conociéndolos, probablemente
me habían estado siguiendo. Así que ahora sabían lo que hacía. ¿Y ahora mi
padre tenía «información» sobre el asesinato de Tim? Una parte de mí
sentía que eso no era más que una artimaña para hacerme aparecer en su
estúpida cena. Pero no podía ignorar una pista, viniera de quien viniera.
—¿Kat? ¿Vas a ir? —repitió Annette, con la curiosidad entrecortada en
la voz.
La miré y le dije:
—Sí, voy a ir.
Capítulo 17
—¿Y dijo que tu padre tenía información sobre la muerte de Tim? —
Mi tía Luna estaba de pie junto a la estufa, removiendo una
sustancia anaranjada que olía fuertemente a estiércol. Gracias al caldero, yo
no iba a bebérmela.
Pensar en Dash me hizo sentir un pinchazo en el corazón. El hombre, el
hombre gato, debía de estar pasando por un infierno. No tenía ni idea de lo
que debía de ser estar rodeado de tus cosas y no recordar nada de eso. No
recordar dónde vivía ni que era un carpintero y artista increíble.
Y esos pantalones de yoga le quedaban de maravilla. Tenía que decirlo.
—Así es. —Saqué un chicle del paquete y me lo metí en la boca.
Mastiqué, pensando en la conversación que había tenido con el ayudante de
mi padre. El corazón aún me martilleaba dentro del pecho. Odiaba que,
incluso tantos años después, él siguiera teniendo ese efecto en mí. Que ellos
siguieran teniendo ese efecto en mí.
—¿Usaste tus poderes con él?
Casi.
—No lo hice. Estaba tranquila. —Bueno, en cierto modo. Había sido un
esfuerzo no alargar la mano y estrangular al pálido bastardo.
—Bien. Lo último que necesitamos es que esa serpiente haga preguntas
sobre ti. —Ella se revolvió con más fuerza—. Nunca me cayó bien ese
brujo. Hay algo asqueroso en él, en su aura.
—Sin duda.
—Se le ve en los ojos —continuó mi tía—. Y en sus labios.
Saqué el taburete de la isla de la cocina y me senté.
—¿Sus labios?
Mi tía me apuntó con la cuchara de madera.
—Siempre he dicho que nunca hay que confiar en alguien que tenga el
labio superior fino.
—Entendido. —Nunca la había oído decir eso—. Me dijo que me
pusiera algo presentable. —Me reí, mascando el chicle como una vaca. Me
encantaban las vacas.
Mi tía soltó una risita sombría.
—Realmente no tiene ni idea de quién eres.
—Claramente. —Y mis propios padres tampoco. Me reí más.
Mi tía sumergió un tarro de cristal sobre el contenido de la mezcla, y
vislumbré lo que parecían pequeños huesos que podrían haber sido de ratas
o pájaros. No quería saberlo.
—Obviamente, vas a ponerte unos jeans. —Mi tía soltó una risita—. Y
unas chanclas.
—Obviamente. —Sonreí. Pensar en el ceño fruncido de mi madre al ver
mi ropa me hizo sentir un cosquilleo por dentro. Mi tía me conocía mejor
que mi propia madre.
—Ojalá pudiera estar allí contigo —dijo mi tía—. Me encantaría hacer
entrar en razón a tu madre. Una buena bofetada podría sacudirla un poco.
La diosa sabe que lo he intentado muchas veces. Pero lo único que ella ve
es a ese brujo al que llamas padre. Nada más le importa.
Se me ocurrió una idea.
—Podrías venir conmigo. —Tener a un aliado conmigo en aquella fiesta
haría las cosas menos... incómodas. Y sabía que mi tía me cubría las
espaldas.
Mi tía Luna suspiró y se apoyó una mano en la cadera.
—¿Cómo podría? Se supone que estoy muerta. ¿Te acuerdas?
Sonreí con el chicle entre los dientes delanteros.
—Tal vez acabas de resucitar.
—¿Un zombi?
Me encogí de hombros.
—Los zombis no tienen nada de malo. Aparte de la carne podrida y su
apetito de carne fresca. —A lo largo de los años me había encontrado con
unos cuantos zombis en mi trabajo. Era un trabajo sucio. Pero era bien
pagado.
Mi tía apretó los labios y volvió a su poción.
—Estás sola, querida. Aún no estoy preparada para salir. No sé si
alguna vez lo estaré. Me gusta estar muerta.
—Muerta de mentira. —Supuse que se negaría, pero valía la pena
intentarlo. Llevaba dos años escondida y encerrada en esta casa. Dudaba
que algo tan trivial como la cena de mis padres la hiciera abandonar la
comodidad de su escondite.
—¿Sabes? —empezó mi tía mientras dejaba caer lo que parecían
mechones de pelo en la mezcla—. Pensé que tu hermano podría llegar a ser
un brujo decente, pero me equivoqué. Es igual que su padre. Cortado con la
misma tijera.
—Podría habértelo dicho. —Y el hecho de que le encantara pegarme y
alentara las tácticas de tortura de Sykes había sido un primer indicador del
monstruo que llevaba por dentro.
—Pero te das cuenta de que esto no es más que una trampa para que
vayas a la casa –dijo mi tía—. Tu padre sabe que nunca irías a esta cena a
menos que tuviera algo que ver con el caso en el que estás trabajando. Te
apuesto el dedo meñique a que no tiene ninguna información.
—Puedes quedarte con el dedo meñique. Lo sé. —Golpeé la encimera
con la punta de los dedos—. Y probablemente tengas razón. Pero no puedo
correr ese riesgo. ¿Quizás escuchó algo? ¿Quizás uno de sus amigos lo
hizo? Iré, veré si tiene algo que darme o no, y luego me iré.
—Es a Los Renegados a quienes deberías buscar, no perder el tiempo
con esas socialités y pobres disfraces de brujos. Todos ellos nos dan mala
fama a los brujos. Me causan indigestión.
—Si tuviera nombres, lo haría. Sin nombres, no tengo mucho por dónde
empezar —le dije—. Ya te lo dije. Eli no podía darme nombres. Iba a
matarlo. —Recordé el encuentro con el ex miembro de Los Renegados
apenas entré por la puerta, justo antes de contarle con quién me había
encontrado en el porche.
—Hmmm. —Mi tía colocó la cuchara en el reposacucharas de la
encimera y se dio la vuelta—. Esa es una magia muy poderosa. E ilegal.
Sólo la magia más oscura y poderosa puede maldecir a una persona para
que no revele su nombre. Necesitarías todo un aquelarre de brujos
poderosos para hacerlo... o...
—¿O?
—O canalizando otros medios de poder.
Eso sí que era interesante.
—¿Cómo qué?
—Un demonio muy poderoso, o un dios.
Me detuve a medio masticar.
—¿Hablas en serio?
—Como un ataque al corazón.
Suspiré. Los Renegados eran más poderosos e ingeniosos de lo que
pensaba. Si podían canalizar sus poderes desde un demonio mayor, o peor
aún, un dios, esto iba a ser mucho más difícil de lo que imaginaba. Peor
aún, iba a necesitar refuerzos, y el único que tenía era Blake.
—¿Cuánto falta para que esté lista la poción contra la maldición? —
pregunté, tratando de no desesperarme ni agobiarme con el caso, aunque
podía sentir que me subía la tensión.
Mi tía sacó el taburete que había junto al mío y se sentó, con sus
pulseras de oro tintineando como campanitas.
—Debería estar listo esta noche. Después de tu cena.
—No es mi cena. Créeme, es el último sitio donde quiero estar esta
noche.
—Y créeme, la están organizando porque estás aquí. Ya lo sabes. Todo
se trata de ti esta noche.
—Se trata de lo inútil que quieren hacerme sentir, quieres decir.
—Lo sé. —La tristeza se extendió por el rostro de mi tía—. Ojalá no
hubieras tenido tantos problemas al crecer. Te ha hecho...
—¿Más fuerte?
—Más dura. —Una sonrisa perversa se dibujó en su rostro—. Y más
perra.
Me reí, dándome cuenta en ese momento de lo mucho que extrañaba su
sarcasmo y su honestidad.
—Prefiero ser una perra a dejar que la gente me pisotee. —Ya lo había
soportado bastante cuando era joven y en mi vida adulta.
—Quizás, pero a veces cuando eres una perra fuerte, olvidas que está
bien ser blanda de vez en cuando.
Resoplé.
—Lo blando hará que me maten. —Y lo blando no me ayudaría a
resolver las muertes de Tim y ahora de Samuel.
Mi tía gruñó.
—Deberías llamar a Dash y decirle que la poción estará lista esta noche.
—Está bien. —Agarré el teléfono y me di cuenta de que no tenía su
número.
Mi teléfono vibró en mi mano.
—¿A lo mejor es él ahora? —mi tía me miraba el teléfono como si
tuviera un escarabajo gigante en la mano y no un teléfono.
Toqué la pantalla.
—Es de Blake. Es la lista de nombres de los niños nacidos en octubre.
—No me molestó que hubiera revisado los nombres sin mi ayuda. Me
ahorraría algo de tiempo.
—¿Y? —Mi tía se inclinó hacia adelante y su aroma a jabón de lavanda
me llenó la nariz—. ¿Qué dice? ¿Cuántos?
—Dos —le dije, leyendo el mensaje de texto—. Dos nombres... ay,
mierda.
—¿Ay, mierda? Por favor, dime que esos no son los nombres. Los
padres de hoy en día se creen con derecho a poner a sus hijos los nombres
más raros.
Negué con la cabeza.
—No. Uno es Félix Boudreault y la otra... la otra es la hija de Annette.
Emma.
Mi tía se echó hacia atrás.
—Ay, mierda.
Se me retorcieron las entrañas cuando mi teléfono volvió a vibrar con
otro mensaje.
—Dice que alertó a los padres y les dijo que mantengan a sus hijos
dentro de sus casas. Que no salgan. —Suspiré—. Pobre Annette. Debe de
estar paranoica. —En cierto modo, me alegraba de que Blake se haya hecho
cargo y haya alertado a los padres. No quería tener esa conversación, sobre
todo después de ver lo que les había pasado a Tim y ahora a Samuel.
—Esto es malo, Kat —dijo mi tía—. No puedes dejar que Los
Renegados se lleven a ninguno de esos niños.
Me mordí el labio, sintiendo que se me disparaba el pulso.
—No me lo puedo creer. Emma. Emma está en el radar de Los
Renegados. Acababa de conocerla, pero aquello despertó algo primitivo en
mí: un intenso sentimiento de protección. Mataría a cualquiera o a cualquier
cosa que intentara hacerle daño. Lo haría.
Mi tía soltó un fuerte suspiro y me puso una mano reconfortante en el
hombro.
—Resolveremos esto. Llevaremos al asesino de Tim y Samuel ante la
justicia y pondremos fin a todo este caos.
Asentí, consolándome con sus palabras. Pero al pensar en los dos
nombres de la lista, se me hizo un nudo en el estómago. No tenía ni idea de
quién era el tal Félix, pero sólo era un niño. ¿Y Emma? Sólo era una bruja
dulce e inocente. La idea de que se la llevaran me revolvía el estómago.
—No iré a la cena de mis padres. A la mierda. Ahora no. Voy a
quedarme con Annette y sus hijos. Necesitan protección.
Mi tía abrió la boca justo cuando recibí otro mensaje.
—Voy en camino a casa de Annette y Liam —leí en voz alta—. Puse un
equipo afuera para vigilar la casa de Félix las 24 horas del día. No estarán
solos.
Mi tía me señaló con un dedo.
—Parece que vas a ir a esa cena.
—Parece que prefieres ir tú antes que yo.
Mi tía se encogió de hombros.
—No me importaría tener una conversación con esa madre tuya. Pero
no puedo. Se supone que estoy muerta.
—No puedes seguir fingiendo. Un día, alguien se dará cuenta o te verá.
—Tonterías. Llevo dos años haciéndolo. Cuanto más tiempo lo hago,
mejor lo hago.
Dejé el tema. Tenía cosas más importantes en las que pensar, pero ella
tenía razón. Si Blake iba a casa de Annette y Liam, yo estaría ahí
estorbando. Liam era el mejor amigo de Blake. Protegería a sus hijos como
si fueran suyos. De eso no tenía ninguna duda.
Además, eso era sólo por esta noche. No sabía cuándo intentarían Los
Renegados secuestrar a uno de aquellos niños. Sólo sabía que sería pronto.
Podría ser esta noche. Podría ser dentro de tres días.
—Ya sabes lo que debes hacer —dijo mi tía.
La miré, el teléfono me mordía la suave carne de la palma de mi mano
mientras lo sujetaba con fuerza.
—¿Qué quieres decir? —Tenía la sensación de saber lo que iba a decir,
pero quería que lo dijera.
Mi tía me miró y dijo:
—Destruir a Los Renegados.
Mi corazón se aceleró al oír el tono de miedo y urgencia en su voz.
—Eso suena increíble, pero ya te lo dije. No sabemos quiénes son. Por
ahora, lo mejor que podemos hacer es mantener a esos niños a salvo y
alejados de este grupo. No pueden hacer su ritual sin ellos. Es lo mejor que
tenemos.
Mi tía soltó una carcajada.
—¿Eso es lo que crees?
—¿Por qué tengo la sensación de que es una pregunta trampa?
—¿Crees que Los Renegados sólo tienen una agenda? —dijo mi tía
mientras se levantaba y volvía a la mezcla de pociones que tenía en el
fuego.
Entrecerré los ojos.
—Era una pregunta trampa.
—Aunque logres detener este ritual, eso no les detendrá. Llevan en esto
mucho, mucho tiempo. Más tiempo del que yo llevo viva. Y te diré una
cosa. No pararán. Nunca pararán. No hasta que sean destruidos. Oscuridad.
Poder ilimitado. Lo han probado. Es adictivo. Y eso cambia a cualquiera.
Pensé en Eli y en lo retorcido que me había parecido.
—Lo sé.
—Están torcidos como la pata trasera de un perro.
Me señalé con un pulgar.
—¿Y se supone que soy yo quien debe destruirlos?
Se inclinó hacia adelante y probó la cuchara de madera como si
estuviera probando la salsa de sus espaguetis.
—Tú u otra persona. No importa. Siempre que los maten para siempre.
La señalé con el dedo.
—Eh... ¿deberías hacer eso? —No tenía ni idea de lo que le haría probar
aquella poción a una bruja sin problemas de memoria.
—Lástima que Blake vaya a casa de Annette esta noche —dijo mi tía,
ignorando mi pregunta—. Podrías haberle pedido que te acompañara a la
fiesta.
Resoplé.
—¿Por qué iba a hacerlo? —Por el momento, Blake no era mi persona
favorita en este pueblo. Sí, me había ayudado en mi caso, pero seguía
siendo un desgraciado arrogante que creía que su atractivo me haría
lanzarme desnuda sobre él.
Mi tía me miró un momento.
—¿Cuándo fue la última vez que tuviste relaciones sexuales?
Quería morirme.
—Sí. No voy a tocar ese tema contigo.
—A mí me parece que han pasado años.
¿Cómo demonios lo sabía?
—Bueno, no es que sea asunto tuyo.
—¿Así que no ha habido nadie desde tu ex, Stanley?
—Es Jayce. Y no. —No quería hablar de mi vida sexual con mi tía. No
es que tuviera mucho que discutir en ese aspecto.
Apoyó las manos en las caderas.
—¿Qué tiene de malo Blake? Es guapo. Es el jefe del pueblo. Está
soltero.
—Es un cretino arrogante.
—Sí, sabe que está bueno. ¿Y qué? No digo que te cases con el hombre
lobo —continuó—. Sólo digo que te vendría bien permitirte divertirte un
poco. Y ese parece que es sexo en dos piernas. Seguro que es muy bueno en
la cama.
El calor me enrojeció mis mejillas.
—¿Podemos dejar de hablar de esto, por favor?
—Es el soltero más codiciado de Moonfell, ¿sabes?
—Entonces no me necesita.
A mi tía se le escapó una risita.
—Si yo tuviera tu edad, estaría encima de él.
—No escucho. —Me tapé los oídos con las manos—. Ni una palabra
más.
—Bueno —oí decir a mi tía y me retiró las manos—. Mis labios están
sellados. —Volvió a reírse, y yo no quería caer en eso con ella.
Salté del taburete.
—Voy a ver a Annette antes de que llegue Blake. Merece saber qué está
pasando. Como trabajadora contratada en este caso, creo que tiene sentido
que hable con ella. Y vea cómo está Emma.
Probablemente estaba muerta de miedo. Quería decirles que todo iría
bien, que atraparíamos a los malos. Pero no podía. No sabíamos quiénes
eran. Aun así, Annette merecía saber la verdad hasta el momento.
—No te quedes mucho tiempo —dijo mi tía—. No querrás llegar tarde a
la cena especial de tus padres.
—Por supuesto. —Agarré mi bolso y salí por la puerta.
Iba a ser una cena muy especial.
Capítulo 18
D espués de mi breve reunión con Annette, Liam y todas las chicas, me
fui a la casa para darme un buen baño caliente y prepararme para
encontrarme con mi querida familia.
Cuando llegué, Annette tenía la cara roja y los ojos hinchados de
lágrimas. Liam temblaba y su cuerpo se retorcía como si estuviera a punto
de adoptar su forma de hombre lobo y causar estragos en los armarios de la
cocina.
Emma estaba arriba, en su habitación, hablando por teléfono con una de
sus amigas, riendo y pasándoselo bien, sin comprender del todo la gravedad
de la situación. Quizá era mejor así.
—Prométeme que encontrarás a esos desgraciados —me había dicho
Annette cuando me había acorralado en la cocina justo cuando Blake
entraba.
—Te lo prometo —había respondido, sabiendo que acababa de romper
de nuevo mi regla número uno: Nunca prometas nada al cliente porque no
puedes determinar el destino.
En lugar de un agradable y tranquilo baño en la bañera con patas de
garra, había tenido una ducha corta y agitada. No podía relajarme. Mi mente
zumbaba como si tuviera un enjambre de abejas dentro del cráneo. No sólo
iba a visitar a unos familiares que no veía desde hacía más de veinte años,
sino que ahora tenía que preocuparme por Emma.
Lo último que quería hacer era ir a esa cena. Era una pérdida de tiempo.
Debería estar intentando averiguar quiénes eran los miembros de Los
Renegados, no mezclándome con la alta sociedad de nuestra comunidad.
No era mi público. ¿Tenía siquiera un público?
La única razón por la que iba era porque Sykes había dicho que mi
padre tenía información sobre el asesinato de Tim.
Me puse unos jeans oscuros limpios y un top negro de satén con mangas
cortas, y completé el look con unos zapatos planos negros. Agarré mi
bandolero y salí corriendo.
—No debería tardar mucho —le grité a mi tía, que estaba sentada en la
isla de la cocina, resolviendo su rompecabezas sudoku.
—Dale una bofetada a tu madre de mi parte, ¿quieres? —gritó mi tía,
con una sonrisa en la voz.
Me reí.
—Lo haré. Y le daré una más por mí también.
Cerré la puerta principal y, justo cuando salía del porche, un Land
Rover verde se detuvo en la entrada.
Me olvidé de respirar cuando un glorioso y alto espécimen masculino
salió del todoterreno.
Mi corazón se aceleró al ver los ojos oscuros de Dash mirándome desde
el otro lado del camino de entrada. Estaba guapísimo con una camisa gris
entallada que parecía resaltar sus anchos hombros y sus fuertes bíceps. Sus
jeans oscuros dejaban entrever sus muslos tonificados. Una sonrisa
adornaba su rostro recién afeitado mientras caminaba hacia mí.
Diablos, se veía muy bien.
—Todavía no está lista —solté, preguntándome por qué estaba tan
nerviosa.
Dash sonrió, transformando su atractivo rostro en una cara de «quítate
las bragas y hazme tuyo».
—Lo sé. Pensé en venir antes. —Sus ojos se detuvieron en mis labios y
sentí cómo se me aceleraba el corazón.
Por fin había encontrado el número de Dash y lo había llamado para
decirle que la poción contra la maldición de mi tía estaría lista esta noche.
Después se había quedado callado al teléfono y me pregunté por qué.
¿Quizás no quería recobrar su memoria? No, eso no tenía sentido.
—Bueno, mi tía está dentro, así que puedes entrar —le dije, intentando
librar a mi mente de aquellas imágenes de él con el pecho desnudo y
vistiendo sólo mis pantalones de yoga.
Dash se puso junto a mí, y un olor almizclado a colonia o jabón me
envolvió.
—¿Vas a alguna parte? Debí haberte llamado antes.
Suspiré.
—A ningún sitio en especial. Sólo a una cena de mis padres.
—Parece que no tienes ánimos de ir.
—Yo, sí. Ah, bueno. Supongo que no soy tan buena actriz como
pensaba. La verdad es que no quiero ir.
—¿Y por qué vas?
Miré a Dash a los ojos y me sentí cómoda. Algo en la forma en que me
miraba me hizo sentir a gusto, y me di cuenta de que sentí que podía confiar
en él.
—Al parecer, mi padre tiene información sobre el caso de Tim. No
puedo ignorarlo. —Miré hacia la casa de Annette y se me hizo un nudo en
el estómago al recordar el miedo en sus ojos y la desesperación por que
atrapara a esos desgraciados—. Pero no me quedaré mucho tiempo. En
cuanto escuche lo que tiene que decir, me largo de allí.
—¿Te gustaría que te acompañe? —Una sonrisa ladeó las comisuras de
sus labios mientras se acercaba a mí.
Volví a mirar a Dash. No podía leer su expresión, pero algo en sus ojos
me hizo sentir un calor en el vientre.
—Sí. Sí, me gustaría. —De repente me sentí menos ansiosa por que
Dash viniera conmigo. Tenía que meterme en la boca del lobo, así que
necesitaba a un aliado.
—Yo manejo —dijo el hombre gato.
Subí al Land Rover, observando su lujo robusto. Era un modelo antiguo,
pero seguía siendo un clásico que yo nunca podría permitirme. Me pregunté
cómo pudo Dash con el sueldo de un carpintero.
El hombre gato salió de la entrada y, con una última mirada a la casa de
Annette, nos fuimos.
Nos sentamos en silencio durante un rato. No era incómodo, pero
parecía que ambos estábamos inmersos en nuestros pensamientos,
intentando comprender las cosas. Él seguía lidiando con su pérdida de
memoria, y yo intentaba averiguar a cuál de los dos niños perseguían Los
Renegados. Lo que debería haber estado haciendo era vigilar la casa de
Annette o incluso la del otro chico. No asistir a una estúpida fiesta.
—Gira a la izquierda aquí —le indiqué tras unos minutos de
conducción. Sentía los ojos de Dash clavados en mí mientras yo miraba
fijamente hacia adelante.
—Supongo que no eres muy unida a tu familia. —La voz de Dash fluía
como una seda suave, y no pude evitar sentirme atraída por ella.
Solté una carcajada.
—Somos lo contrario de íntimos. —Los despreciaba—. Justo en la
siguiente esquina.
—¿Por eso no habías vuelto aquí en veinte años?
El hombre gato era perspicaz. Pero le había hablado un poco de mí
aquella primera noche que se había quedado con nosotras.
—Ésa es en parte la razón. —La otra razón era que me había
traumatizado aquella joven bruja que había dejado atrás bajo el puente.
Cuando sus ojos se encontraron con los míos, me asusté. Seguía viva, y
yo... me había largado, en cierto modo, muerto de miedo. La había
abandonado. Y desde entonces me había sentido culpable.
No quería entrar en los detalles de aquella noche de hace tantos años. Y
me salvé de divulgar algo más cuando apareció a la vista la casa de mi
familia.
—Ya llegamos, —le dije a Dash—. Es esa enorme casa de ladrillo
marrón con todos los autos —señalé.
Mis ojos se desviaron hacia la casa de ladrillo con tejados a dos aguas
muy inclinados, elegante mampostería y cantería, y majestuosas vigas de
madera colocadas en una fachada de estuco o piedra.
Silbó Dash.
—¿Te criaste aquí?
—No dejes que lo de afuera te engañe —dije, con el corazón latiéndome
con fuerza en el pecho, y odiaba que sólo con ver aquella casa me sintiera
—. Se ve bonita, pero por dentro está podrida.
Mis ojos se desviaron hacia la finca situada frente a nosotros, un
extenso complejo enclavado entre exuberantes praderas. La señorial casa
Tudor de tres pisos rodeaba un patio central, y la propiedad estaba bordeada
por espesos bosques que llegaban hasta un gran estanque.
Dash estacionó su Land Rover en la acera. La casa tenía un largo
camino de entrada, pero estaba repleto de autos de lujo y todoterrenos.
Abrí el bolso bruscamente, agarré dos chicles y me los metí en la boca.
Sí, la forma en que masticaba no era bonita ni sexy, y si Dash lo pensaba,
no dijo nada.
Me senté en mi asiento, sin moverme, como si mi trasero estuviera
súper pegado al cuero.
—No tienes por qué ir —dijo Dash. Extendió la mano como si estuviera
a punto de tocarme el hombro, pero se apartó en el último momento.
Intenté ignorar el hecho de que tal vez le repugnaba o algo así, ya que
no quería tocarme.
—Pero yo sí. —Tomé aire y salí del todoterreno.
Mascando el chicle, cruzamos la calle y nos dirigimos hacia la elegante
casa Tudor. Mis botas crujieron en el camino de grava que separaba un
jardín de rosales y bojes antes de desembocar en las puertas principales de
la casa.
Cuando Dash y yo nos acercamos a la gran entrada con sus imponentes
puertas dobles, se escuchaba música y unas voces desde el interior, y
necesité toda mi voluntad y fuerza para no retroceder.
Toqué con el dedo el timbre de la puerta y me eché hacia atrás.
—En cuanto quieras irte, hazme una señal y nos iremos —dijo Dash en
el rellano, detrás de mí—. No tienes que quedarte ni un minuto más.
—Gracias —dije mientras masticaba. Estaba agradecida de que hubiera
venido conmigo. Me sentía más fuerte por tener a alguien. Además, era
agradable a la vista.
La puerta principal se abrió de golpe y retrocedí, perdiendo
momentáneamente el equilibrio.
Sentí un pecho duro contra mi espalda al chocar con Dash. Sus fuertes
manos me agarraron de los brazos y me sostuvieron. Sentí que me inclinaba
para atrás hacia él, un poco más de lo necesario.
Entonces supe que ése sería el momento culminante de mi noche. Y me
lo tomé como una campeona.
Me enderecé cuando un hombre salió del umbral. Esperaba ver a mi
madre o incluso a Sykes, y había preparado mentalmente una frase
ingeniosa por si intentaba cerrarme la puerta en las narices.
El hombre se alzaba sobre mí, y tuve que estirar el cuello para
asimilarlo todo. Tenía el pelo negro con canas grises en las sienes, lo tenía
corto no tan cuidado, mientras su expresión era fija, con el ceño ligeramente
fruncido. Su larga nariz daba a su rostro un aspecto aguileño. Tenía puesta
una camisa negra y unos pantalones grises que le quedaban perfectamente.
Los débiles rastros de energía fría y el olor a vinagre y azufre me
golpearon. Era un brujo oscuro.
—¿Qué puedo hacer por ustedes? —preguntó el hombre, con un ligero
tono de burla en la voz, mientras nos miraba de arriba abajo. Arrugó la
nariz al ver la ropa que había elegido: jeans y una blusa sencilla. Su postura
era de desaprobación.
—Mi padre me invitó a esta fiesta —dije, sintiendo la pérdida del calor
de Dash mientras se ponía a mi lado.
—Ah, sí, la hija. —El portero se hizo a un lado y nos hizo señas para
que entráramos—. Por favor, pasen. Los están esperando.
Fantástico.
Sin decir una palabra, pasé por delante del portero y entré en el
vestíbulo.
Capítulo 19
G eneralmente, los que pasan
nostalgia al volver. Yo no.
mucho tiempo fuera de casa sienten
Al instante me invadió un sentimiento de repulsión. Y una parte
profunda de mí, esa niña interior que a veces seguía ahí, me suplicaba que
huyera.
Pero ya no era una niña. Y esa gente, esos brujos, no podían hacerme
daño.
Nos recibieron unos paneles de madera que se extendían más allá de lo
que podía ver. Una magnífica escalera de dos tramos dividía la casa en dos
mitades. De las paredes colgaban cuadros y cálidos revestimientos, que
contribuían a la acogedora sensación del espacio. Los muebles eran
sorprendentemente bellos en su diseño decimonónico, con intrincados
tallados en madera.
La casa estaba bellamente construida y amueblada, y noté que Dash
también se había dado cuenta. Como maestro carpintero y artista,
probablemente estaba admirando todos los detalles. Me sorprendió que no
hiciera ningún comentario al respecto.
—¿Estás bien? —preguntó, con voz baja y tranquilizadora.
Forcé una sonrisa.
—Estoy bien. —Mentira total, y por la preocupación de su cara me di
cuenta de que no se lo creía.
Seguimos al brujo por un pasillo hasta una habitación a la izquierda.
Tenía un fuerte aire masculino, con muebles de madera oscura y paredes de
un profundo azul marino. Una magnífica alfombra persa en ricos tonos
vino, azul y dorado cubría el piso, mientras que una imponente chimenea de
piedra caliza completaba el conjunto al final de la sala.
Miré a mi alrededor, sintiéndome incómoda ahora que estaba de nuevo
en esta casa, que me parecía ajena y llena de extraños. Algunos eran de mi
edad, mientras que otros eran mayores que mis padres e incluso que mi tía.
Conversaban y reían mientras sorbían sus bebidas, acompañados por la
melodía de la música clásica.
Las voces retumbaban mientras los invitados se movían por la sala. Oí
una risa familiar y mis ojos se desviaron hacia ella, volviendo mi atención a
la multitud.
Frente a mí estaba una mujer vestida con un vestido de noche de color
canela y corte en A, adornado con encaje, lentejuelas y una larga cola. Su
melena oscura caía en cascada hasta la mitad de la espalda. Su sonrisa me
recordaba a la de mi tía, pero no se parecía en nada a ella. Observó la
habitación con ojos atentos y, cuando por fin se dio cuenta de que yo estaba
allí, no pareció sorprendida.
Evangeline Lawless. Mi madre.
Su mirada se desvió hacia la mía momentáneamente, y luego sonrió e
inició una conversación con otra de sus invitadas, una mujer de largo
cabello plateado y ojos azul eléctrico que brillaban a la luz como cristales.
Sí. No había cambiado. Su interés por mí era igual a su interés por la
mierda de perro.
—Esto fue un error —le dije a Dash, cuya preocupación por mí se
reflejaba en su rostro y me hacía revolotear el estómago—. Deberíamos
irnos. —Si nos escabullíamos ahora, nadie nos echaría de menos.
—Viniste —dijo una voz masculina.
Me volví hacia el sonido del tono. Sabía quién era: la misma cara
limpia, el mismo pelo castaño con un corte moderno, los mismos ojos
avellana y la misma sonrisa burlona que nunca llegaba a sus ojos. Nunca
pude fiarme de esa sonrisa, pues sabía que me acechaba un motivo oculto, o
que siempre intentaba obtener una ventaja sobre mí.
—Como puedes ver —dije.
Sus cejas se anudaron, pero seguía sonriendo con aquella sonrisa fría y
engañosa.
—Envejeciste.
—Tú también.
—Demonios. Parece que la vida ha sido dura contigo —dijo, aun
sonriendo.
Cretino.
Dash siguió el intercambio con interés, probablemente preguntándose si
debía intervenir o no. La idea de que le diera un puñetazo en aquella cara
sonriente era una gran visión.
Le tendió la mano a Dash.
—Soy Brad, el hermano de Kat.
Dash estrechó la mano de mi hermano y asintió en señal de
reconocimiento.
—Dash.
Mi hermano miró a Dash con leve interés.
—¿Nos conocemos? Me resultas familiar.
Dash mantuvo la mirada fija en mi hermano.
—Si nos conocimos... no me acuerdo.
Y ésa era la verdad. Aunque dudaba que mi hermano se relacionara con
un simple carpintero.
Brad me devolvió la mirada.
—Bueno, se ve que es mucho para ti. Dime... ¿le pagaste para que te
acompañara esta noche?
Me hirvió la sangre.
—Es mi amigo.
—Umm. Cuando mi padre me dijo que venías, no le creí —dijo mi
hermano—. O sea... no te hemos visto en ¿cuánto? ¿Dieciocho años?
—Veinte.
Mi hermano frunció el ceño.
—Ya ves mi sorpresa. Creía que estabas muerta. —Echó la cabeza hacia
atrás riendo.
—Sigo respirando.
Me observó un momento, y pude ver planes o insultos formándose tras
sus ojos.
—¿Por qué ahora? ¿Por qué, después de todo este tiempo? No te estás
muriendo. ¿O sí? —Su sonrisa era escalofriante.
—Desgraciadamente, no. —Aunque estaba segura, la idea le producía
una gran satisfacción—. Estoy trabajando en un caso.
Los ojos de mi hermano se abrieron de par en par con fingida sorpresa.
—Sí, sí. El famoso asesinato del que todo el mundo habla.
Lo sabía.
—Me dijeron que eres la policía sobrenatural. —Volvió la risa falsa—.
Entonces será mejor que tenga cuidado contigo.
—Algo así.
—Desde que te fuiste —continuó mi hermano—. Me ha ido bien. Soy
rico. Tengo un puesto en el consejo de brujos blancos junto a padre. Una
esposa preciosa con las mejores tetas que jamás hayas visto... y poder. Más
del que puedas imaginar.
—Ah, me lo imagino.
Dash resopló, y la sonrisa de mi hermano desapareció.
—No es que sepas algo sobre poder o magia —dijo mi hermano,
volviendo a sonreír fríamente—. Nunca tuviste ni lo uno ni lo otro. Y
parece que sigues sin tenerlo. Naciste perdedora y sigues siendo una
perdedora.
A Dash se le escapó un gruñido, que no hizo sino centuplicar el
entusiasmo de mi hermano por insultarme. Sí, le encantaba. Él esperaba que
Dash hiciera algo.
—¿Dónde está tu padre? —pregunté, intentando romper la tensión. Sólo
vine a verlo a él. —Y mientras más rápido lo hiciera, más rápido podría
irme de este lugar.
—Probablemente está tirándose a esa hada buenísima con la que lo vi
hace un momento —dijo mi hermano, sonriéndole a Dash como si estuviera
de acuerdo en que engañar a tu mujer era algo bueno. Había escuchado los
rumores cuando era más joven, los rumores de que mi padre había tenido
muchas, muchas amantes. Parecía que las cosas no habían cambiado, o
quizás sólo estaban más al descubierto.
—Ahí está.
Seguí la mirada de mi hermano.
A través de la multitud de gente, vi a un hombre que caminaba hacia
nosotros. Era un hombre alto e imponente, de hombros anchos y pelo
espeso y oscuro. Tenía puesto un traje elegante que resaltaba su poder y su
riqueza. Cuando se acercó a nosotros, no pude evitar una sensación de
inquietud.
Alistair Lawless. O debería decir, Alistair Vargas.
Mi padre y yo nunca habíamos sido unidos, y los rumores sobre su
ascenso al poder tan rápido sólo aumentaban mi desconfianza hacia él.
Cómo se había casado con mi madre por su nombre, su posición. Allí no
había amor.
Y si tenía algo, era poder. Muchísimo. Podía sentirlo vibrar por toda la
sala, verlo en su rostro y en la forma en que todos se separaban, dejándole
un amplio espacio para moverse. ¿Era miedo lo que veía en algunas caras?
Me sorprendió mirándolo. Al principio, vi reconocimiento en sus ojos, y
luego la ira se reflejó en su expresión cuando sus ojos se desviaron de Dash
hacia mí. Rápidamente fue sustituido por un rostro inexpresivo y serio.
Sykes trotaba a su lado, su leal sirviente brujo, su sombra.
—Katrina —dijo mi padre al presentarse ante mí—. Qué bien que hayas
venido.
Abrí la boca para darle las gracias por invitarme y luego recordé que
odiaba al brujo. En lugar de eso, le dije:
—¿Podemos hablar en privado? Sykes dijo que tenías información para
mí.
—Has cambiado —continuó, ignorando mi pregunta— Te ves...
diferente.
—Eso es lo que veinte años le hacen a una persona. Éste es mi amigo,
Dash —dije, y me hirvió la sangre cuando mi padre lo ignoró por completo.
—Ahora es de la policía sobrenatural —dijo Brad con una risita. Dio un
trago a su bebida—. Ten cuidado, padre. O podría encarcelarte.
Los ojos de mi padre volvieron a mirarme.
—Sí. Sí, ya me enteré todo.
Lo dudaba seriamente.
—¿Podemos enfocarnos? Estoy muy ocupada.— Ocupada ayudando a
Dash con su memoria y averiguando quiénes eran Los Renegados. No tenía
tiempo para entrar en los juegos narcisistas de mi padre.
Cuando fue claramente evidente que no iba a hablar conmigo en
privado, le pregunté:
—¿Tienes información para mí o no?
—¿Tienes una placa? —Brad me miró como si esperara ver una funda
de pistola o algo así.
—No.
Brad me lanzó una mirada escéptica.
—Entonces, ¿cómo haces que la gente crea que eres la policía
paranormal sin placa? ¿Simplemente se fían de tu palabra?
—Algo así.
Brad se atragantó con su bebida, riendo, y mi cara se encendió. Quería
darle un puñetazo en la garganta. Me sentí como si tuviera catorce años otra
vez y fuera el blanco de las bromas de Brad y sus amigos. Que solían girar
en torno a mi falta de habilidades mágicas.
Dash se acercó más a mí, interponiéndose entre Brad y yo, y sentí un
aleteo en el pecho.
Mi hermano se limpió la boca.
—¿Es tu guardaespaldas o algo así? Amigo, puedo partirte el cuello con
un pensamiento.
Una sonrisa malvada se dibujó en el rostro de Dash, algo que no había
visto antes, más bien.
—Tú no tienes ese tipo de magia.
La boca de mi hermano se entreabrió y, por un segundo, vi un destello
de aquel chaval de dieciséis años con una rabieta cuando no se salía con la
suya. Parecía que Dash había tocado un nervio. Me pregunté cómo lo sabía.
Tal vez sólo fuera una buena suposición, o quizás los hombres gato podían
sentir la magia de una forma que las brujas no podíamos.
Me volví hacia mi padre, que observaba a Dash con profunda
repugnancia.
—No tienes ninguna información. ¿Verdad?
Mi padre volvió a enfocar su atención en mí y, por la mueca de
desprecio de su rostro, supe que era mentira. No tenía nada para mí. Miré a
Sykes, pero su rostro estaba inexpresivo.
—Primero, juguemos a un juego, ¿sí? —dijo Alistair, con un brillo
maligno en los ojos. Era la mirada que tenía justo antes de hacer que Sykes
me quemara con su magia o de encontrar una forma de degradarme.
—Es hora de irnos —le dije a Dash en voz baja. Fue sólo un susurro,
pero supe que me había oído cuando se acercó y me puso la mano en la
espalda.
—Muéstranos tu magia —gritó mi padre, con voz fuerte e imperiosa,
tanto que toda la sala se quedó inmóvil. Todos los ojos puestos en mí—.
Muéstranos lo fuerte que corre el linaje de los Lawless por tus venas de
bruja, hija.
Un chorro de sangre me subió a la cara cuando escuché los susurros.
Todos esperaban que mostrara mi magia, al estilo Lawless.
Y entonces, con un chasquido de dedos, brotó fuego púrpura de su
palma. Se enroscó alrededor de su muñeca como serpientes, y el aire se
espesó de poder mientras los espirales mágicos ardían en rojo.
Mi odio hacia él se intensificó. Sabía que no podía hacer lo que me
pedía y aun así quería hacerme quedar mal delante de sus amigos. Parecía
como si su objetivo fuera menospreciarme públicamente.
Con un movimiento de muñeca, mi padre me arrojó la magia roja.
Antes de que pudiera reaccionar, me rodeó el cuello como una pesada
cadena de hierro, asfixiándome. El miedo se apoderó de mí cuando la magia
me apretó, cortándome el suministro de aire. Me agarré a la cuerda mágica,
intentando quitármela. Pero fue inútil.
El pánico se disparó y miré a mi alrededor, buscando una sombra, algo a
lo que pudiera recurrir en busca de ayuda. Pero la habitación estaba
iluminada como si fuera media tarde de un día soleado y despejado. Me
quedé sin opciones.
Alistair caminó a mi alrededor como si admirara una escultura que
acababa de comprar.
—Si de verdad eres una bruja Lawless, deberías ser capaz de quitar una
trampa de pesadilla con un simple impulso de tu propia magia. Tu hermano
podía hacerlo a los cinco años.
A través de mis lágrimas, podía ver el rostro victorioso de mi padre y la
sonrisa de mi hermano. Por encima del ruido blanco de mis oídos, podía oír
la risa de mi padre por encima de todos los invitados.
Dash se puso a mi lado en un segundo.
—¿Cómo te quito esto?
Sacudí la cabeza, sintiéndome mareada y sabiendo que, en cualquier
momento, estaba a punto de desmayarme o morir.
Parpadeé, y entonces Dash se puso frente a mi padre. O se movía a la
velocidad de un vampiro, o yo me estaba volviendo loca.
—Para. Esto.
Nunca había oído la voz de Dash así. Era letal, venenosa y prometía
dolor. Mucho, mucho dolor. Tenía las manos cerradas en puños y parecía
que estaba a punto volverse loco. Me encantaría verlo. Lástima que me iba
a morir.
Me balanceé hacia un lado y caí de rodillas. Sí. Iba a morir. Y delante
de un público. Estupendo.
Justo cuando la oscuridad plagaba mi visión, la tensión alrededor de mi
garganta se liberó. Caí hacia adelante sobre mis manos, jadeando.
Unas manos fuertes me agarraron de los brazos y me pusieron en pie.
—¿Kat?
Miré a Dash a los ojos.
—Estoy bien. Mentiras. Mi propio padre casi me había matado sólo
para demostrarme que no podía manifestar su tipo de magia. Me dolía. No
iba a mentir. Pero me dolió más emocionalmente. Hizo aflorar muchos
sentimientos antiguos. Sentimientos de no entender por qué era diferente.
De no pertenecer a mi propia familia. De no pertenecer a ningún sitio.
—Señoras y señores —dijo mi padre mientras levantaba su copa—. Mi
hija. La humana.
Las risas y los aplausos estallaron a mi alrededor, haciéndome sentir
enferma. Parecía como si sus risas me estuvieran ahogando de nuevo, como
si volviera a tener una trampa de pesadilla enrollada alrededor del cuello.
Mi padre sólo me había invitado para humillarme delante de toda esa
gente.
Se me escapó una lágrima y me la quité rápidamente, justo cuando
vislumbré a mi madre. Miraba a su esposo con una mezcla de confusión y
horror.
No podía permitirme el lujo de reflexionar sobre qué fue eso. Sólo
quería largarme de allí.
—Nos vamos. —Dash me agarró del codo y me dirigió hacia la salida.
Me tambaleé junto a él, con el corazón latiéndome frenéticamente en el
pecho. La humillación y el dolor eran demasiado para soportarlos. Siempre
había sabido que mi padre me despreciaba por ser diferente y débil, pero
nunca pensé que llegaría tan lejos para demostrarlo.
Mientras salíamos de la sala, intenté mantener la cabeza gacha y evitar
las miradas risueñas de los invitados. Mis emociones estaban a flor de piel y
deseaba desaparecer. Dash me agarró firmemente por el codo y me condujo
por el pasillo hasta la puerta principal.
Cuando salimos de la casa, respiré hondo, intentando calmar los
nervios. El brazo de Dash seguía rodeando el mío y me apoyé en él,
agradecida por su apoyo.
—¿Estás bien? —Su voz era suave y amable, lo que me hizo sentir un
poco mejor.
—Como un millón de dólares —dije, con la voz ronca como si me
hubiera tragado un valde lleno de cuchillas de afeitar.
—Lo siento —dijo apretándome el brazo—. Tu padre es un total
imbécil.
Me reí amargamente.
—Yo no podría haberlo dicho mejor. —Pero también había sido
diferente, más malvado de lo que recordaba. Aquella mirada en sus ojos
decía que de verdad quería hacerme daño... o matarme.
—Eres su hija. ¿Por qué te haría eso?
—Porque soy diferente. —Respiré entrecortadamente—. Porque le doy
vergüenza.
Dash se detuvo y me agarró la mano. Sus dedos ásperos y callosos
agarraron los míos y me miró a los ojos. Su mirada era intensa, pero
también inesperadamente amable y gentil. Sentí que no podía apartar la
mirada cuando me soltó la mano. No había sido mucho contacto, sólo unos
segundos. Pero transmitió tantas emociones en ese breve contacto. Fue
como la madre de las caricias.
Me abrió la puerta delantera del Land Rover y me arrastré hacia
adentro.
—¿Necesitas un curandero? —preguntó Dash mientras se deslizaba en
su asiento y encendía el motor—. Tendrás que decirme a dónde ir. Yo... aún
no recuerdo mucho.
Sacudí la cabeza.
—Vamos a llevarte con mi tía. —Tragué saliva, con la garganta irritada
—. La contramaldición ya debería estar lista. Es hora de que recuperes tu
vida.
Dash se apartó de la acera y dio media vuelta, volviendo por donde
habíamos venido. Por un momento, me olvidé del dolor y la humillación.
Primero, recuperaríamos la memoria de Dash.
Luego, Los Renegados serían míos.
Capítulo 20
—¿Q ué te pasó en el cuello? —preguntó mi tía en cuanto Dash y yo
entramos en casa.
Dejé caer el bolso sobre la isla de la cocina y me fijé por primera vez en
seis velas encendidas colocadas alrededor del piso de la cocina, rodeando
unas runas dibujadas a mano y un círculo.
—Un regalo de mi queridísimo papá.
Mi tía se puso rígida. Parecía que se había cambiado para el hechizo de
la contramaldición de Dash. Tenía un sombrero de copa morado con una
gran pluma púrpura, gafas retro moradas, botines puntiagudos, un
minivestido azul y una capa roja para rematar el look. Y un bastón verde
enjoyado.
Miró a Dash como si esperara que se lo confirmara.
—¿Te hizo eso? ¿En la fiesta? —preguntó, con el bastón golpeando y
los ojos abiertos al acercarse para verlo mejor—. Es un hechizo de trampa
de pesadilla. Es ilegal utilizarlo con otro brujo.
Encogí mis hombros.
—Semántica. —Me acerqué a la estufa, pero mi tía sacó el bastón y me
dio en el estómago.
Me señaló con un dedo enjoyado.
—No te lo tomes a broma. Esto es serio, Kat. ¿Tu propio padre hizo
esto? ¿Y qué hacía tu madre?
—Nada. —Aunque parecía sorprendida. Eso había que reconocérselo.
Pero no intentó detenerlo.
Mi tía parecía incrédula.
—¿No intentó detenerlo?
—Probablemente no quería montar una escena. O romperse una uña. —
Miré a Dash por encima del hombro—. Dash lo detuvo. —Nuestras miradas
se conectaron y una corriente eléctrica me recorrió ante la intensidad de su
mirada.
—No fue nada —dijo. Esa confianza en su voz casi me hizo ronronear.
Mi tía corrió sobre él y le dio un abrazo de oso.
—Gracias. Gracias por tener unas pelotas de acero y no preocuparte por
esos brujos engreídos y buenos para nada.
—¡Luna! —dije riéndome—. Deja en paz las pelotas de Dash. —Sí, eso
sonó raro en cuanto las palabras salieron de mi boca.
Mi tía le soltó.
—No le he hecho nada en las pelotas —dijo, alejándose con una
sonrisita.
Sí, esa fue una conversación extraña.
Me aclaré la garganta, sintiendo que un poco de rubor me invadía las
mejillas ante la sonrisa del apuesto rostro de Dash.
—Bueno. ¿Está lista la contramaldición?
—Así es. —Mi tía se acercó a la estufa—. Ha tenido tiempo de
enfriarse, así que está en su punto. —Metió el dedo en la mezcla, lo sacó y
se lo metió en la boca—. Está listo.
Fruncí el ceño, preguntándome si todas las brujas probaban sus propias
pociones.
—Voy a ir a casa de Annette justo después. —Aunque Blake estaba allí,
cuidando de ellos, me había sentido culpable por dejarlos para asistir a la
fiesta de mi familia. Más aún al darme cuenta de que me habían engañado.
—Iré contigo —dijo Dash, dedicándome una cálida sonrisa.
—Gracias. Seguro que Annette lo apreciará. —Y puede que le dé algo
en qué pensar aparte de Los Renegados.
Observé cómo mi tía agarraba una taza de uno de los gabinetes
superiores y la sumergía en el caldero de la poción—. Entonces, ¿deduzco
que tu padre no tenía información sobre el asesinato del pobre Tim? ¿O del
de ese otro joven?
Me froté la nuca.
—No. Sólo quería hacerme daño y humillarme delante de todos sus
amigos. —Aún podía oír sus risas como si estuviera de nuevo en la
habitación con ellos. Respirando hondo, me sacudí el recuerdo.
Debí hacerles caso a mis instintos de bruja y haberme quedado aquí. No
volvería a cometer el mismo error.
—No te preocupes por ellos —dijo mi tía—. No vale la pena malgastar
una sola emoción con gente así. —Suspiró—. Aunque me decepciona tu
madre. Siempre fue un poco mujerzuela y aprendió muy joven que con su
belleza podía conseguir lo que quisiera. Miraba hacia otro lado cuando tu
padre intentaba obligarte a hacer magia. ¿Pero hacerte daño? ¿Y así, en
público? ¿Después de no haberte visto en veinte años, y no hizo nada?
Estoy muy sorprendida. Nunca fue una buena madre para ti, pero sigue
siendo tu madre.
Había sido un shock que mi propio padre se comportara como lo hacía.
Me esperaba unas cuantas risas a mi costa: burlas por mi ropa, mis trabajos,
mi falta de vida amorosa. Para todas esas cosas, me había preparado
mentalmente.
Pero no esperaba ser atacada físicamente por nada más y nada menos
que mi propio padre. Y aquella mirada gélida, aquella mirada en sus ojos,
era como si Dash no lo hubiera detenido, me habría matado y luego habría
pasado por encima de mi cadáver para tomar una copa.
Si había tenido alguna duda sobre no volver en esos veinte años, ya no
la tenía.
—Bueno, mi hermano sigue siendo un idiota, así que eso no ha
cambiado.
—Brad es estúpido —declaró mi tía, haciendo reír a Dash—. Era un
niño estúpido y ha crecido hasta convertirse en un hombre estúpido. —
Sostuvo la taza con la poción contramaldición en la mano. La sustancia, de
un color púrpura ahora oscuro, casi negro, se agitó—. Me alegro de que
Dash estuviera allí para poner fin a esta locura.
—Fue un placer —dijo el alto hombre gato. ¿Son cosas mías o acaba de
ronronear?
—Pues bien. Aquí tienes. —Mi tía le dio la taza a Dash—. Bébetelo
todo, hasta la última gota. Será mejor que lo hagas de un trago, si me
entiendes.
Dash se quedó mirando la mezcla con vacilación.
—No. ¿Qué quieres decir?
—Quiere decir que va a saber a mierda —le dije.
—Qué bien. —Dash olió la mezcla y se estremeció—. Bueno, si sabe
tan bien como huele... me va a encantar.
—Ah, silencio.—Mi tía le hizo un gesto con la mano—. Todos sabemos
que las cosas que saben bien son malas para uno.
Levanté una ceja.
—¿Ah, sí?
Mi tía palmeó el brazo de Dash.
—Si sabe mal, sabes que es bueno para ti.
—El pie de manzana sabe bien. Todavía no me ha matado.
—Primero tendré que pronunciar el conjuro —instruyó mi tía,
ignorándome—. Una vez hecho esto, bebe la poción. Entra en el círculo de
allí.
Dash hizo lo que le dijeron. Una vez dentro del círculo, preguntó:
—¿Y recuperaré mis recuerdos? —Miraba la mezcla de la taza como si
esperara ver reflejos de su pasado.
—Así es —respondió mi tía—. Te acordarás de todo.
—Y la persona que te maldijo en primer lugar —dije, esperando tener
razón.
Mi tía asintió.
—Eso también. Bueno, ahora necesito espacio. —Se enganchó el bastón
en el brazo izquierdo, extendió los brazos y se agachó como si estuviera
haciendo una sentadilla.
Me froté los brazos, sintiéndome nerviosa, aunque no estaba segura de
por qué. No dejaba de pensar que tal vez, cuando Dash recuperara sus
recuerdos, yo no volvería a verlo. Recuperaría su vida, sus recuerdos, y
quizás yo ya no encajaría en su vida.
Era egoísta por mi parte. Y aparté esos pensamientos. Lo importante era
que Dash recuperaría por fin sus recuerdos y conocería a la persona que lo
maldijo y, con suerte, la razón que tuvo para hacerlo.
Mi tía dio una palmada fuerte y luego se frotó las manos como si
intentara encender un fuego. Quizás lo lograra.
La voz de mi tía se elevó en un canto solemne:
—Invoquemos a la diosa en esta hora tan oscura. Que ella deshaga lo
que se ha hecho con su sagrado poder. Ayúdale en su agonía y bendice su
memoria.
La energía mágica era palpable mientras se arremolinaba en la sala.
Podía sentirla en el aire, intensificándose a cada momento. Las vacilantes
llamas de las velas se iluminaron y luego se atenuaron con una repentina
ráfaga de viento. Con un destello de luz, las runas se iluminaron con un
resplandor dorado que se extendió por toda la mesa. Era como si hubieran
cobrado vida.
Aspiré, sintiendo envidia de no poder hacer nunca ese tipo de magia.
Mis poderes sencillamente no iban en esa dirección.
Mi tía le dio un codazo a Dash.
—Te toca a ti. Bebe.
—Esperemos que sea la misma persona —dijo Dash, y me pareció un
comentario extraño. Dash levantó la taza—. Por la mierda.
Me reí. La mirada de Dash se encontró con la mía, y no pude describir
qué veía allí.
Echó la cabeza hacia atrás y bebió el contenido de la poción. Cuando
bajó la jarra, su rostro era una máscara de asco absoluto, y me mordí la
lengua para no volver a reírme a carcajadas y estropear de algún modo el
hechizo.
—¿Y? —pregunté, con el cuerpo agitado por los nervios mientras
observaba atentamente el rostro de Dash. En realidad no lo conocía, así que
no estaba segura de qué esperar.
—Dale un momento para que haga efecto —dijo mi tía. Tenía los ojos
cerrados y las manos juntas en lo que parecía una plegaria—. Es un hechizo
poderoso. —Abrió los ojos de golpe—. Te sentirás un poco aturdido, como
si te despertaras de una resaca. Pero sólo durará unos instantes.
Los ojos de Dash parpadeaban por todas partes, sin centrarse realmente
en nada, como hace la gente cuando le rondan los pensamientos por la
cabeza. Su expresión pasó de tranquila y serena a preocupada y luego
sombría, como si uno de los recuerdos que acababa de evocar le causara
una gran angustia.
—¿Dash? —Avancé con cuidado, sin apartar los ojos de su rostro. Algo
no parecía estar bien. Parecía... preocupado.
—¿Dash? —pregunté, preocupada—. ¿Qué ocurre? ¿Recuerdas algo?
¿Es la maldición? ¿Recuerdas quién te maldijo? —Miré a mi tía, que
observaba a Dash con una preocupación similar a la mía.
—Pensé que esto podría ocurrir —dijo.
Una cinta de miedo me envolvió por la cintura ante la preocupación de
su tono.
—¿De qué estás hablando?
Frunció los labios, pensativa.
—Puede que haya agregado demasiada agrimonia.
—¿Y qué pasa cuando lo haces?
Me miró con timidez.
—¿Una lobotomía?
Iba a matar a mi tía, pero antes necesitaba ayudar a Dash. Avancé y me
puse frente a él.
—¿Dash? ¿Dash? ¿Estás bien? —Maldita sea. Si su mente estaba hecha
papilla, yo tenía la culpa de eso. Buscó nuestra ayuda y le dije que mi tía
podía ayudarle. Tuve que recordarme a mí misma que mi tía Luna ya no era
joven. Era posible que su memoria no fuera tan aguda como antes, lo que
incluía su capacidad para hacer pociones.
Los ojos del alto hombre gato se clavaron en los míos.
—Me acuerdo. Lo recuerdo todo.
Mi tía levantó las manos en el aire como si se ofreciera a la diosa.
—Dale las gracias al caldero. Todavía tengo lo mío.
Solté un suspiro tembloroso y me enfoqué en el hombre gato.
—Eso está bien. ¿Verdad? Recuerdas quién eres. Tu vida. —Pero lo que
había en la cara de Dash no era emoción ni felicidad por recordar. Parecía
que aborrecía sus recuerdos o incluso a sí mismo.
Apartó la mirada de mí.
—Tengo que decirte algo.
Mi pulso palpitó ante el tono oscuro de su voz. ¿Era arrepentimiento?
Sea lo que sea que quisiera decirme, no iba a ser bueno.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
Sonó un fuerte golpe en la fachada de la casa, que me hizo dar un salto.
—¡Se la llevaron! ¡Se han llevado a mi bebé!
Salí corriendo de la cocina y me encontré a Annette corriendo por el
pasillo hacia mí, con los ojos enrojecidos y abiertos de par en par por el
pánico más absoluto.
Ay, por los dioses, no.
Corrí hacia ella, sólo para que Annette chocara contra mí. Intenté
sujetarla, pero cayó de rodillas con un llanto desgarrador.
No se me daba bien consolar a la gente. Siempre me incomodaba. Pero
al ver su angustia, su angustia por haber perdido a su hija, sentí que bajaba
y la abrazaba. Su cabeza se hundió en mi hombro y sentí la humedad de sus
lágrimas empapando mi blusa.
La abracé un momento, esperando a que disminuyeran los sollozos
frenéticos, y entonces le pregunté:
—Cuéntame qué pasó. Cuéntamelo todo.
Annette se apartó y me miró, con los ojos llenos de lágrimas. Respiró
hondo y dijo:
—Se la llevaron de su habitación.
—Mierda. ¿Cuándo?
—Hace cinco minutos. —Se secó las lágrimas con las manos—. Subí a
darle un poco de esas palomitas dulces y saladas que tanto le gustan, y ya
no estaba. La ventana estaba abierta.
—¿Dónde estaba Blake? —Como jefe de policía, me sorprendió que no
se le ocurriera poner barricadas en las ventanas y asegurara todos los puntos
de entrada. Eso es lo primero que yo habría hecho: asegurar su habitación.
Pero supongo que él no estaba acostumbrado a este tipo de situaciones
como yo. Y eso había hecho que Annette perdiera a su hija.
—Abajo con nosotros —continuó—. Estábamos hablando de poner más
seguridad alrededor de la casa para mañana. Nunca pensé que se la llevarían
esta noche. Pensé que...
Extendí mi mano y le agarré la suya.
—Quien se la haya llevado es fuerte. No puedes bajar una casa de dos
plantas con una niña de catorce años inconsciente cargada sin tener mucha
fuerza. —Sin dejar a un lado que tenían sigilo, pero supuse que era mágico.
Se habían camuflado con un hechizo de invisibilidad y se habían acercado
sigilosamente a la ventana del segundo piso.
El rostro de Annette palideció.
—¿Crees que está inconsciente? ¿Que la golpearon?
—Quizás no la golpearon físicamente, pero le dieron algo para que no
luchara. Para que se callara. —De lo contrario, Blake habría estado allí en
un segundo para partirles la cara a esos bastardos con su oído de hombre
lobo.
Annette se echó hacia atrás olfateando. Sólo entonces miró más allá de
mí.
—¿Es ésa? ¿Es tu tía?
Carajo.
—¿Está viva? Pero yo creía que estaba muerta. —Annette miraba a mi
tía Luna como si hubiera visto un fantasma. Era una emoción perfectamente
aceptable. Para todo el mundo en este pueblo, mi tía estaba muerta. Había
habido un funeral y todo.
—No puedo estar muerta si estoy aquí de pie. ¿Verdad? —dijo mi tía
con una mano en la cadera.
La miré con ojos de «ya me ocuparé de ti más tarde». Miré a Dash, que
tenía la mirada perdida, como si no estuviera en el presente, sino en otra
parte.
—Es una larga historia —le dije a Annette, y esta noche no era el
momento—. ¿Qué más puedes contarme?
Annette negó con la cabeza.
—¿Cómo qué?
—¿Dejaron algo? ¿Había un olor extraño?
Annette parpadeó.
—No estoy segura. No me acuerdo. Sólo vi que mi bebé había
desaparecido. —La última palabra salió en un sollozo.
Maldita sea. Esta situación empeoraba cada segundo. —Necesito ver su
habitación, si te parece bien.
Annette asintió, pero guardó silencio.
Blake seguiría allí. Era bueno. Necesitaba conocer su versión de los
hechos. Además, iba a necesitar ayuda. Mucha.
Miré a Dash.
—Dash. Voy a necesitar tu ayuda. —Como hombre gato, tenía sensores
e instintos que los brujos no teníamos. Podría decirme si un mago o incluso
un metamorfo se había llevado a Emma.
Una sombra oscura cubrió el rostro de Dash.
—Tengo que irme.
—¿Qué? —Me quedé con la boca abierta al ver cómo el hombre gato
pasó junto a nosotras y se dirigía hacia la puerta principal.
—¡Dash! —grité, aumentando mi enfado, sin apreciar su actitud en este
momento. ¿Cómo podía marcharse en un momento así, cuando una niña
estaba desaparecida? ¿Cómo pudo abandonarnos cuando lo necesitábamos?
Cuando yo lo necesitaba.
—Deja que se vaya —dijo mi tía, observando a Dash, con el ceño
fruncido por la preocupación—. Volverá cuando esté preparado.
Apreté los dientes. Nunca consideré a Dash una persona egoísta. Todo
lo contrario. Pero, de nuevo, no lo conocía. Sólo conocía la versión del
hombre que había perdido sus recuerdos.
Annette me agarró la mano, obligándome a mirarla a los ojos.
—¿Sigue viva mi bebé?
Se me humedecieron los ojos ante la desesperación de su voz, la súplica
frenética.
Tragué saliva, parpadeando con fuerza.
—Sí. Voy a encontrarla. —Apreté la mano de Annette, las emociones
hacían que mi voz sonara áspera—. Te lo prometo.
Capítulo 21
L aniña
habitación de Emma era exactamente lo que se podía esperar de una
bruja de catorce años.
El piso de madera estaba iluminado con varias velas. En la ventana
colgaban cortinas de encaje que dejaban pasar la luz de la luna. La cama de
Emma tenía un dosel con cortinas transparentes, y el edredón era de color
rojo intenso aterciopelado.
Las paredes estaban pintadas con un mural del cielo nocturno, con una
luna llena colgando en el firmamento. Los muebles eran una mezcla de
modernos y antiguos. Un tocador era directamente de los años setenta, pero
seguía siendo precioso. Estantes negros, un espejo negro, una cobija morada
y una mesita morada. En un rincón estaba un tocador de mármol negro,
pero no tenía suficientes cajones para guardarlo todo. A un lado de la
habitación había una cama para gatos, que sostenía un juguete para gatos
con una calavera blanca enrollada en el cuello.
Uno esperaría que una niña de la edad de Emma tuviera una cama
blanca con dosel y ropa de cama rosa y gris claro, con las paredes cubiertas
de los famosos que le gustaban y el piso lleno de peluches, ropa y zapatos.
Pero ella no.
Ella tenía un aire a Merlina Addams. Me encantaba.
—¿Se ha tocado algo desde que Emma...? —No me atrevía a decir «fue
secuestrada», no cuando Annette me miraba como si estuviera a punto de
romper en llanto o de sufrir un ataque.
Sacudió la cabeza, incapaz de pronunciar una palabra.
El aire olía a hoguera con un toque de roble, pero no pude encontrar
rastros del olor de un cambiaformas o de un hombre lobo, ni siquiera el olor
de la magia que se utilizaba. Como se trataba de una residencia donde
vivían varios licántropos, sería imposible determinar la raza paranormal.
Me acerqué a la ventana, que seguía abierta. Las cortinas ondeaban con
el viento, y la luz de la luna se reflejaba en el cristal.
Llamé a las sombras que me rodeaban y sentí que su magia se fundía
con la mía, uniéndose como hebras de energía entrelazadas.
Giré ligeramente la muñeca hacia adelante y atraje la pequeña sombra
que había en el alféizar de la ventana, aprovechando las energías. La
sombra se deslizó por el alféizar, muy ligeramente, como una niebla negra,
y luego desapareció en la luz de la habitación.
Por mi piel rodaron pinchazos de poder que no formaban parte de mi
magia.
Era la magia de otra persona.
Estaba fría y caliente a la vez, como si me despistara a propósito.
Un glamour.
Quienquiera que fuera, eran lo bastante poderosos como para ocultar sus
huellas.
—¿Qué fue eso?
Me encogí y volteé para ver a Annette de pie sobre mi hombro. El
aroma del agua de rosas me llenó la nariz.
—Mi magia.
Y ahora mi secreto había salido a la luz.
No es que quisiera mantenerlo en secreto. Sólo quería evitar las
miradas, la confusión, las interminables formas en que intentaba explicar
que mi magia era diferente de la magia que conocíamos los brujos. No era
magia blanca. No era oscura. Era... diferente.
Annette miraba fijamente el lugar donde había estado un rastro de mi
magia umbra, que era como yo la había llamado.
—¿Tu magia? Pero... ¿qué clase de magia es ésa? Nunca la había visto.
¿Es magia oscura?
En cierto modo lo era. Y en muchos sentidos, no lo era.
—Te lo explicaré más tarde. No tenemos mucho tiempo. —Sin siquiera
una lectura definida de la magia utilizada o de la persona o personas que se
llevaron a Emma, no sabía dónde mirar.
El cuerpo de Tim fue encontrado en una casa vacía, y el de Samuel en
un viejo molino.
Emma podría estar en cualquier parte.
—¿Lograste identificar quiénes eran? —preguntó Annette—. Lo
intenté, pero no pude hacerme una idea. Tilly y Cristina tampoco pudieron.
La miré a los ojos esperanzada, odiando cómo me hacía sentir
desesperada.
—Percibí algo. No mucho. Pero sin duda utilizaron algún tipo de
glamour. Se escondieron y se llevaron a Emma. Puede que viera a su
secuestrador en su habitación, pero ya era demasiado tarde.
—Dios mío. —Annette se tapó la boca con la mano, las lágrimas
empezaban a derramarse de nuevo por sus ojos.
Mierda. Quizá no debí decir eso.
Annette bajó las manos.
—¿Le hicieron daño? —Me observaba como si de algún modo yo
tuviera todas las respuestas, como si pensara que era vidente o que mi
magia lo era.
—No. —Técnicamente, no era mentira, pero tampoco estaba segura—.
No sintió nada.
El cuerpo de Annette se estremeció con lágrimas no derramadas.
—No puedo creer que esté pasando esto. ¿Por qué mi Emma? Es una
niña tan buena. Nunca le haría daño a nadie. Sólo tiene catorce años.
Quería decirle que no tenía nada que ver con ser bueno o malo. Tenía
todo que ver con su fecha de nacimiento. O mejor dicho, con el mes de
nacimiento.
—Volvamos abajo —le dije a Annette.
La seguí y bajamos a la cocina. Tilly y Cristina estaban sentadas a la
mesa de la cocina, ambas con el ceño fruncido y con cara de querer
encontrar a esos Renegados y encargarse de ellos.
Yo también.
Blake evitaba mi mirada. ¿A qué venía eso?
Ella y Emily tenían las manos enredadas en los brazos de su padre,
mientras Elanor se aferraba a su muslo derecho como si fuera un salvavidas.
Elsie, la menor de sus hijas, estaba en su regazo, enrollada como una bola.
Las niñas estaban aterrorizadas, y parecía que su padre era el único que
podía consolarlas para que se sintieran seguras.
—¿Encontraron algo? —preguntó Liam, con la misma mirada
esperanzada que su mujer.
—Usaron magia —repetí—. Pero no pude precisar el tipo. —Lo cual no
era de mucha ayuda en aquel momento, y por la expresión de angustia que
Liam tenía en la cara, él también lo pensaba.
—¿A dónde se la habrán llevado? —preguntó Cristina.
Negué con la cabeza.
—No lo sé. Pero debe estar en algún lugar del pueblo o de los
alrededores. Algún lugar cercano. —No sé por qué, pero sabía que era
cierto.
Tilly se levantó.
—Hay seis casas en venta que están vacías. Estará en una de ellas.
Puedo llevarte.
—No. —Miré la confusión en la cara de Tilly—. No volverán a usar
eso. Son demasiado astutos. —Y si tenía razón, sabían que los estaríamos
buscando. A Emma. Se la llevarían a otra parte.
—¿Y dónde? —preguntó Blake. Tenía la espalda apoyada en la
encimera de la cocina y las manos agarradas al borde, parecía que luchaba
contra su bestia interior para mantener la calma.
—Quizás a algún lugar rural —supuse—. Algún lugar oculto y alejado
de la población general. Si éste es el último sacrificio, será más sustancial.
Necesitarán más espacio. No querrán que les molesten.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Liam, con sus hijas todavía aferradas a
él como un grupo de monos bebés agarrados al pecho y a la espalda de su
madre. Si no fuera una situación horrible, quizás me habría reído o le habría
tomado una foto.
Le miré a los ojos, reconociendo la cautela que había en ellos.
—Por mi experiencia. Ya me he enfrentado antes a asesinatos rituales.
—Mierda. En cuanto las palabras salieron de mi boca, quise darme una
patada en el culo.
Ella, Emily y Elanor empezaron a llorar. Elsie, sin entender las palabras
pero al ver a sus hermanas llorando y al alimentarse de sus emociones,
empezó a gemir.
Maldita sea. Bien hecho.
Liam estrechó a su hija menor contra su pecho, susurrándole al oído
hasta que finalmente dejó de llorar.
Tendría que vigilar mi boca cerca de los niños.
—¿Cuándo van a hacer este ritual? —preguntó Cristina, y justo
entonces me di cuenta de que estaba haciendo rodar piedritas con la mano
derecha, como quien tira un dado.
—No estoy segura.
—Adivina —ordenó Blake.
—A la medianoche —les dije, odiando lo desesperados que les hacía
parecer aquella noticia y lo desgraciada que me hacía sentir a mí—. La hora
de los brujos. El momento de la noche en que se cree que los poderes de los
brujos y otros seres sobrenaturales son más fuertes.
—¡Pero eso es como dentro de una hora! —gritó Tilly, con los ojos
desorbitados.
—Todavía estamos a tiempo —les dije, aunque mi voz carecía de
convicción. La verdad era que toda esta situación empeoraba cada segundo.
Si no encontrábamos a Emma en la próxima hora, la perderíamos. Su
familia la perdería.
˜—Espera un momento. —Cristina extendió las piedras—. Annette.
Puedes hacer un hechizo localizador, ¿verdad? Podríamos encontrarla así.
Me animé. Era cierto. No se me había ocurrido. Sobre todo porque yo
no podía hacer ese tipo de magia. Pero muchos investigadores paranormales
trabajaban con brujos que podían realizar hechizos de localización. Yo
nunca pude confiar en eso, así que había encontrado otras formas.
Pero Annette sí podía. Era una bruja blanca.
Annette se limpió la nariz con un pañuelo.
—Llevará horas completar un hechizo localizador. Tardamos casi todo
el día en encontrar la muñeca de Elanor.
Al mencionar su nombre, Elanor miró a su madre, y las dos
compartieron una mirada especial, un vínculo que yo nunca había
experimentado.
Y Emma no volvería a tenerla si yo no la encontraba.
—¿Y si utilizas su sangre? —ofreció Tilly—. He oído que eso puede
acelerar el proceso.
—Pero no tenemos su sangre. —Annette se pasó los dedos por el pelo
revuelto—. No tengo su sangre —repitió—. Tendremos que probar otra
forma de encontrar a mi Emma. —Pude ver la desesperación en los ojos de
Annette al pronunciar aquellas palabras. Era como si una nube oscura había
descendido sobre nosotros, sofocando cualquier esperanza que nos quedara.
Sentí que el peso de la derrota nos estaba aplastando. Era como si la
oscuridad de la hora se filtró en nuestras almas y nos despojó de toda
esperanza. Los sentimientos de pavor y rabia me oprimían las entrañas.
Pero entonces, un rayo de luz brilló en mi mente.
—¿Y su teléfono? —pregunté, sabiendo que una niña de su edad
llevaría el teléfono encima—. Podríamos intentar rastrearlo.
Blake metió la mano por detrás, agarró algo y lo arrojó sobre la mesa.
—Aquí está su teléfono. Ya habíamos pensado en eso. —Me fulminó
con la mirada como si yo fuera una simplona y eso debía haber sido lo
primero que buscara.
Bueno, no era la investigadora paranormal perfecta. Cometía errores.
Muchos. Pero me miraba como si de algún modo todo esto fuera culpa mía,
o como si yo tenía que haber sido capaz de evitarlo.
—¿Entonces, eso es todo? —Annette miró a nuestro alrededor—. ¿Van
a dejar que muera mi bebé? —Se le quebró la voz, movió los labios, pero
no pronunció ninguna palabra. Se acercó tambaleándose hacia su esposo y a
sus hijas, rodeándolas con los brazos.
Miré a Annette y vi la salvaje desesperación en sus ojos mientras se
aferraba a sus hijas y a su esposo. No podía dejar que sufriera así. Tenía que
hacer algo, lo que fuera, para recuperar a Emma antes de que fuera
demasiado tarde.
Aparté la mirada. No porque temiera lo que la bruja pudiera ver escrito
en mi rostro —el dolor que sentía por ellos, por ejemplo—, sino por miedo
a que se diera cuenta del sentimiento de absoluto pavor y desesperación que
emanaba de mí.
Un desliz de desesperanza me golpeó con fuerza. Estaba aquí para
resolver el caso, y normalmente lo hacía. Pero esta vez, las cosas no tenía
buena pinta.
Esta vez... fracasé.
Se me heló la sangre. Respiré hondo y cerré los ojos, intentando
calmarme y tratando de no imaginarme el cuerpo de aquella chica cortado y
destrozado como los de Tim y Samuel. El fracaso no era una opción para
mí. Tenía que pensar con originalidad e idear un plan.
Me invadió una oleada de ira. Me negaba a dejar que Emma muriera en
mi guardia.
—Registraremos el pueblo —dije, sabiendo lo insensato que sonaba
aquello. Se me aceleró el pulso mientras una nauseabunda sensación de
pavor me retorcía las entrañas—. Registraremos todos los edificios
abandonados, solares, casas, todo.
Cristina intervino:
—Podemos separarnos. Iremos más rápido.
—Sí —convino Tilly, con la voz temblorosa por la emoción—. Así
cubriremos más terreno.
Miré a Blake.
—Si logras que toda tu gente ayude, aún tendremos una oportunidad de
encontrarla.
Blake se quedó mirando al piso.
—Tardaremos una hora sólo en organizar una búsqueda. Si no, la gente
estará buscando en los mismos sitios.
Miré el reloj digital de mi teléfono. Ya habíamos perdido diez minutos
de un tiempo precioso. Significaba que teníamos menos de cincuenta
minutos para encontrar a Emma y detener el ritual.
Las probabilidades no estaban a nuestro favor.
Me quedé allí de pie, agarrando el teléfono y temblando, con
sentimientos de rabia y desesperación, mientras me ardían los ojos.
Y justo cuando sentí que se había perdido toda esperanza, ocurrió lo
inesperado.
Mi teléfono vibró. Me quedé mirando la pantalla. Era un mensaje de
texto. Pero eso no fue lo que me hizo acercarme el teléfono a la cara para
inspeccionarlo como si estuviera perdiendo la vista.
Era un mensaje de texto de Dash.
Dash: 11 Seelie Creek.
—¿Qué pasa? —Blake me observaba intensamente, al parecer había
reconocido la alarma en mi rostro.
—Un mensaje de texto.
—¿Y? —preguntó impaciente el gran hombre lobo—. ¿Nos ayuda o no?
Miré a Blake y luego a Annette.
—Creo que sé dónde está.
Capítulo 22
—¿D e quién era ese mensaje? —preguntó Blake por tercera vez.
—Una fuente. —Miré por la ventana del todoterreno BMW
de Blake. La oscuridad nos rodeaba mientras los árboles pasaban a nuestro
lado. Estábamos en la parte más rural de Moonfell, en las afueras del
pueblo. Aquí, en el campo, terminaba Moonfell y empezaba el pueblo
humano de Woodbury.
El todoterreno se balanceaba sobre el terreno lleno de baches mientras
avanzábamos a toda velocidad. Me encorvé contra la puerta en el asiento
del copiloto. Sentarse en el vehículo de Blake era como sentarse en un sofá
hecho de nubes; era un lujoso cuatro por cuatro, mucho más cómodo de lo
que nunca fue mi viejo Jeep.
Miré por el retrovisor y vi el todoterreno Buick blanco de Tilly. Annette
y Cristina habían optado por ir con ella mientras Liam se quedaba con las
otras niñas. Estaban frenéticas, llorando por su hermana mayor y muy
asustadas. Tenía sentido que su papá se quedara con ellas. Liam era un gran
padre. Tenían suerte de contar con un hombre lobo fuerte y feroz que las
protegía.
Y por razones desconocidas, Blake me ordenó que fuera con él en su
auto.
Pero ahora tenía la impresión de que me había pedido que le
acompañara para poder interrogarme sobre el mensaje de texto que había
recibido de Dash.
Estaba en lo cierto.
—¿Quién es tu fuente? —exigió, mirándome fijamente como si esperara
que le contestara. Supongo que estaba acostumbrado a que la gente le
respondiera. Yo no era una de esas personas. Su loción para después del
afeitado llenaba el vehículo de un olor muy agradable... pero ahora
apestaba.
—Eso no tiene importancia. —No quería tener que pensar en lo que esto
implicaba para Dash. Si sabía dónde estaba Emma, eso lo convertía en mi
enemigo. También me decía que estaba involucrado con Los Renegados.
¿Acaso Dash era miembro de Los Renegados?
Me estaba dando vueltas en la cabeza. ¿Estaba Dash realmente
implicado? ¿Estaba implicado en la muerte de Tim? ¿O en la de Samuel?
Quizás algo había salido mal en el ritual o la magia que estaban realizando
y habían maldecido accidentalmente a Dash. No, eso no tenía sentido. Las
maldiciones eran precisas, complejas, y una tan complicada como la que le
habían lanzado a Dash no pudo haber sido accidental. No. Alguien lo había
hechizado.
Pero no explicaba cómo sabía dónde estaría Emma.
Maldita sea. Se me retorció el estómago y sentí que iba a vomitar. Mi
instinto me había dicho que podía confiar en Dash. Algo en su
comportamiento, en sus ojos, decía que era uno de los buenos.
Pero me había equivocado. Estaba tan, pero tan equivocada.
Sus palabras antes de beber el tónico contra la maldición volvieron a mí.
«Esperemos que sea la misma persona». Ahora todo tenía sentido. ¿Dash
había vislumbrado su pasado? Quizás él podía sentir que en el fondo no era
quien creíamos que era. Que era malo.
No podía tener más razón.
Blake me lanzó una mirada fulminante. Prácticamente podía sentir la
animosidad que emanaba de él como el sudor.
—¿En serio? Entonces, ¿por qué perdemos el tiempo yendo allí si tu
fuente no es importante?
No podía revelarle nada sobre Dash a Blake. Todavía no.
—Confía en mí. Está ahí. —Esperaba tener razón y no perder tiempo
valioso. Pero hasta ahora era la única pista que teníamos. No teníamos
nombres, ninguna forma real de descubrir quiénes eran esos desgraciados o
a dónde llevarían a Emma. Y se nos acababa el tiempo.
Si lo que Eli me había contado era cierto, y yo lo creía, esta noche era la
noche en que Los Renegados iban a intentar resucitar a algún rey demonio
del infierno y, al hacerlo, eso significaría la noche eterna para nuestro
mundo.
No podía permitirlo.
Encontrar a Emma y detener el ritual era nuestra única oportunidad. Mi
única oportunidad. Yo lo sabía. Mi instinto lo sabía. Encontraríamos a
Emma. Dash nos había indicado el camino. Sólo que no sabía por qué.
—Dime quién es tu fuente o haré que te encarcelen.
Me tocó a mí fulminar con la mirada al hombre lobo.
—¿De verdad? ¿Es una amenaza?
—Lo es.
Desgraciado.
—¿Vas a ir allí?
—Sí, así es.
Hijo de su madre. Crucé los brazos sobre el pecho.
—No te lo voy a decir.
Mi rabia era como una olla de agua hirviendo que amenazaba con
desbordarse en cualquier momento.
El hombre lobo soltó una bocanada de aire por la nariz.
—No creas que no lo haré sólo porque quería cenar contigo. Eso no
cambia nada. Te encerraré en la cárcel si no me lo dices.
Qué tipo tan estupendo. Debería haberme llevado mi Jeep.
—Necesito proteger mis fuentes. Haz lo que tengas que hacer. —No se
me escapó que había utilizado el tiempo pasado «quería» y no «quiero».
Supongo que ya no era material para citas. ¿Me molestó? No.
—¿Y qué pasa con Emma? —gruñó Blake, y su voz adoptó un tono
peligroso—. ¿No te importa una mierda lo que le ocurra? ¿O eres una bruja
sin corazón?
Estoy muy segura de que ésa no es la palabra que quería utilizar.
—Claro que sí. —Se me retorció el estómago al pensar en lo
aterrorizada que debía de estar Emma al descubrir a uno o varios
desconocidos en su habitación. No sabía si estaba consciente o no, y rezaba
que lo estuviera. Lo que sea que Los Renegados estaban planeando hacerle,
era mejor que no lo supiera. Porque si estaba despierta, la traumatizaría de
por vida.
Si ya no estaba muerta.
No. No voy a ir allí.
—Me preocupo por Emma —dije, con voz grave y amenazadora—. No
te atrevas a intentar insinuar que no lo hago. Estoy aquí, intentando
encontrarla. —La encontraré.
Blake apretó con fuerza sus grandes dedos sobre el volante.
—Si llegamos y ella está allí... —Volvió a agarrar el volante como si
intentara moldearlo en una escultura—. Significa que tu fuente está
implicada. ¿De qué otra forma sabrían dónde la llevaron? ¿Has pensado en
eso?
Tenía razón. Pero aun así no se lo diría. No traicionaría a Dash. Todavía
no. No hasta que supiera por qué se fue como lo hizo, como si no quisiera
ayudar o quisiera alejarse de nosotros todo lo posible. ¿Y luego este
mensaje? No tenía sentido.
—Entonces tendrás que arrestarme porque no te lo diré.
El hombre lobo golpeó el volante, haciéndome saltar en el asiento.
—No puedo creerte, carajo. ¿Protegerías a esa escoria? ¿Por encima de
una niña inocente? Si ella muere... que Dios me ayude, Kat. Voy por ti.
Le creía, y no esperaba menos. Pero eso no significaba que no me
cabreara.
—Como dije, haz lo que tengas que hacer.
—Haré que me lo digas. De una forma u otra, me lo vas a decir. Si le
pasa algo a esa niña, te haré responsable.
—Lo sé.
—¿Ocultando información así, protegiendo a esos bastardos? No va a
terminar bien para ti.
Ya estaba harta de sus tonterías.
—Entiendo que estés molesto. Yo también lo estaría si Emma
desapareciera en mi guardia. Pero tenemos que enfocarnos, ¿está bien?
Blake gruñó, e hizo que se me erizara el vello de la nuca.
—Cuidado. Esta noche no estoy de humor para tu boca.
—Lo siento. —Aquello fue un golpe bajo. Y parecía que el hombre
lobo iba a perder la cordura y desquitarse conmigo. Supuse que era íntimo
de Emma. Probablemente la conoció de bebé y la vio crecer. Esto era muy
personal para él.
No quería pelearme con el jefe, pero maldita sea, me estaba sacando de
quicio.
Y Dash me sacaba de quicio.
Los Renegados me estaban sacando de quicio.
¡Todo el mundo me estaba sacando de quicio!
Miré detrás de mí y vi el todoterreno de Tilly justo detrás de nosotras.
Era bueno que Annette tuviera a sus amigas íntimas con ella. Las
necesitaba. Y yo no podía hacer nada para aliviar su dolor, aparte de
guiarlas al lugar correcto.
Annette había visto a mi tía, había visto que, de hecho, estaba muy viva.
Conociéndola, conociendo a las mujeres, ya se lo había dicho a las otras
brujas.
Sabía que tarde o temprano se descubriría el secreto de mi tía. Supongo
que llegó antes de lo que ella esperaba. Tendría que atenerse a las
consecuencias. Fue idea suya hacerse la muerta. No la mía. No tenía
paciencia ni tiempo para pensar en la tormenta de mierda que eso
supondría.
Y ahora mismo, tenía asuntos mucho más importantes de los que
ocuparme.
—¿Qué tipo de refuerzos has pedido? —pregunté, con la esperanza de
romper un poco la tensión mortal que había entre nosotros. Era densa y muy
fea.
—Todos —gruñó el gran hombre lobo—. Todos mis chicos. Mi equipo.
Se reunirán con nosotros allí.
—Bien. —Cuantos más, mejor.
—¿A qué tipo de amenaza nos vamos a enfrentar? ¿Cómo de poderosos
son estos tipos?
Lo había pensado.
—Mucho. Estos no son brujos o magos corrientes que juegan con
maldiciones y maleficios. Este grupo es inteligente. Planean con antelación.
Están organizados. Probablemente disponen de fondos ilimitados. Y existen
desde hace mucho tiempo. —Exhalé—. Llevan más de veinte años
planeando esto para hacerlo bien. Están dispuestos a matar a cualquiera que
intervenga. Si intentamos detenerlos, contraatacarán. No tendrán piedad.
Matarán sin pensárselo dos veces.
Me tambaleé hacia la izquierda en mi asiento mientras Blake tomaba la
siguiente a la derecha a gran velocidad.
—¿Qué posibilidades tenemos de recuperar a Emma con vida?
Suspiré.
—No voy a mentir. Muy pocas. —Sería un maldito milagro que la
rescatáramos ilesa. El cuerpo destrozado de Tim pasó por mi mente y me
obligué a sacarme las imágenes de la cabeza. No permitiría que eso le
ocurriera a Emma. No importa si moría en el intento.
Blake guardó silencio después de mis palabras.
El todoterreno giró bruscamente en una curva de la carretera, sus
neumáticos patinaron en la grava hasta que por fin encontraron apoyo en el
viejo asfalto. El motor aulló cuando el auto cobró impulso, impulsándolo
hacia adelante con una fuerza que parecía desafiar su tamaño.
Cuando el vehículo se acercó al final de la carretera, apareció un buzón
rojo con la pintura descolorida y desconchada. La dirección 11 Seelie Creek
había sido pintada en blanco en el lateral del buzón rojo, pero seguía siendo
apenas legible.
La carretera terminaba bruscamente delante del buzón, como si supiera
que nunca iría más allá. Delante de nosotros sólo había un abismo de
árboles, cuyas ramas se extendían como dedos sin llegar a tocarse. El
todoterreno patinó hasta detenerse, y el repentino silencio fue ensordecedor.
No había ningún sitio a dónde ir.
—Aquí es —dije mientras volvía a revisar el mensaje de Dash. Abrí la
puerta de golpe y salí.
La oscuridad me rodeaba, y la luz de la luna llena proyectaba altas
sombras desde los árboles y los arbustos circundantes. Una noche así,
especialmente con la luna llena, era cuando mi magia era más fuerte.
Cuando las sombras dominaban.
El aire estaba cargado de olor a musgo y hojas húmedas. Sabía que
Dash me había enviado a este lugar por una razón, y aunque eso me
provocaba todo tipo de emociones, tenía que enfocarme en encontrar a
Emma. Busqué el sonido de los grillos y otros bichos nocturnos, pero no
escuché ninguno. Era bueno. Estábamos en el lugar correcto.
—No puede ser aquí —dijo Tilly, acercándose a mí, con una botas de
tacón alto que se clavaban en la tierra blanda y le dificultaban el paso.
Cristina y Annette caminaron detrás de ella—. Aquí no hay nada. Es sólo
un campo.
La luz de la luna iluminaba lo suficiente la cara de Annette como para
ver el pánico reflejado en ella. Y Cristina miraba a su alrededor, con una
expresión similar a la de Tilly. Creyeron que las había traído al lugar
equivocado.
Utilizando la linterna de mi teléfono, escudriñé la zona en busca de
señales de marcas de neumáticos o cualquier cosa que pudiera sugerir el
paso de varios vehículos por aquí.
Y conseguí algunas. Unas huellas anchas y profundas se apartaban de la
carretera y continuaban hacia el campo.
Abrí la boca para decírselo, pero Blake se me adelantó.
—Huelo gente —dijo el gran hombre lobo—. Quizás una docena o más.
Definitivamente paranormales. Brujos o magos. Las huellas de los
neumáticos conducen hacia aquí. —El jefe señaló a lo lejos.
Annette se giró en el acto, buscando en el campo que estaba al frente
como si esperara ver a su hija emerger de entre la hierba alta.
—Crees que está aquí.
—Sí, lo creo —respondí antes que Blake. Miré entre las brujas—.
¿Cómo sienten su magia? ¿Se siente extraña? ¿Cómo me dijeron?
—Me siento bien —respondió Annette, mientras Tilly y Cristina
asentían con la cabeza.
Miré a Blake.
—¿Y tú, lobo? ¿Puedes transformarte?
—Estoy bien —respondió el jefe—. ¿Por qué?
…Parece que lo que sea que estaba perturbando los elementos mágicos
aquí en Moonfell ha cesado. Así que estamos bien. —No sabía si eso era
bueno o no; significaba que lo que había causado la perturbación ya había
terminado su trabajo.
—¿Cómo lo hacemos? —preguntó Cristina, con las manos en las
caderas y una expresión seria—. Tengo mis piedras preparadas para patear
unos culos.
Buena pregunta. Siempre había trabajado sola, así que la idea de
trabajar con un equipo me resultaba extraña. No estaba segura de cómo
proceder. Cuando miré a Blake en busca de ayuda, se arrodilló cerca del
piso, olfateando.
Hombres lobo.
—Tenemos el elemento sorpresa —les dije, que es lo que yo utilizaría si
estuviera solo—. Necesitaremos que un grupo cree una distracción mientras
el otro grupo encuentra a Emma.
—Iré a buscar a Emma —dijo Annette, moviendo los dedos como si
estuviera preparando un hechizo o un maleficio.
—Yo ayudaré —añadió Cristina, que levantó una de sus piedras.
—Soy muy buena provocando distracciones. —Tilly sonrió
perversamente—. Espera un poco.
Sonreí.
—Perfecto.
¡—¿Y tú? —Annette me observó.
Miré hacia el campo lejano.
—Voy a buscar a Los Renegados.
—No estás sola —dijo Blake.
—Gracias, pero deberías proteger a Annette y a Cristina mientras
encuentran a Emma.
Incluso en la penumbra, pude ver la furia de Blake.
—Voy a acabar con esos desgraciados. Nada de lo que digas me
detendrá.
Miré al gran hombre lobo.
—Son magos y brujos poderosos. No tienes ni idea de lo que son
capaces. Pueden matarte.
—Y yo puedo matarlos. —Blake se quitó la chaqueta de un jalón y la
lanzó encima del capó del todoterreno. Sus grandes y varoniles músculos se
estremecían bajo la ajustada camisa. Tilly miraba al hombre lobo como si
quisiera lamer cada centímetro de su cuerpo.
—Bueno. —Aparté la mirada, sabiendo que era una pérdida de tiempo
discutir con él—. No digas que no te lo advertí. —No tenía tiempo para
alimentar su ego. Tenía que ser inteligente. Teníamos que entrar y agarrar a
Emma sin que nos mataran a ninguno.
Muy fácil.
—Vámonos.
Con Blake a la cabeza, todas caminamos detrás de él, con los pasos
amortiguados por la espesa hierba bajo nuestros pies. La luna proyectaba un
brillo espeluznante sobre el campo, haciendo que las sombras de los árboles
parecieran más alargadas y siniestras.
Nos encontramos con un grupo de autos y todoterrenos negros
estacionados junto a una línea de árboles, donde terminaba el campo y
empezaba el bosque. Las profundas huellas en el piso me indicaron que la
tierra era demasiado blanda. No podían avanzar más sin quedarse atascados.
Ahora estaba segura de que éste era el sitio.
—Hicieron el resto del viaje a pie —les dije, manteniendo la voz baja
—. Están cerca.
Continuamos en silencio.
Podía oír el lejano zumbido de la magia en el aire, que me causó
escalofríos. Esos magos eran poderosos. Eso lo sabía. Pero teníamos que
recuperar a Emma, como fuera posible.
De repente, Blake se detuvo en seco. Todas nos quedamos inmóviles
detrás de él, atentas a cualquier señal de peligro. Olfateó el aire y sus fosas
nasales se encendieron al percibir un olor.
—Están cerca —gruñó.
—¿Puedes decir cuántos? —susurré.
Cerró los ojos, concentrándose.
—Una docena. Quizás más.
Maldije en voz baja. Nos superaban en número y no sabíamos de qué
clase de magia eran capaces. Pero no podíamos retroceder ahora. No
cuando la vida de Emma estaba en juego.
—¿Esperamos a los refuerzos de Blake? —preguntó Tilly.
—No hay tiempo —dije antes de que el hombre lobo pudiera responder.
Y cuando no lo hizo, me di cuenta de que esta vez estaba de acuerdo
conmigo.
Blake volvió a guiarnos hacia adelante, moviéndose con una gracia
espeluznante entre las sombras. Pude ver cómo se tensaban los músculos de
sus brazos y espalda mientras se preparaba para un enfrentamiento.
Miraba constantemente a mi alrededor en busca de cualquier señal de
peligro, preparada para entrar en acción si era necesario. Al final nos
encontramos en una zona mucho más oscura que antes; los árboles crecían a
nuestro alrededor mientras una ligera niebla barría sus hojas como cintas
blancas arrastradas por manos invisibles.
El aire parecía más frío aquí, casi helado por algo oscuro que persistía
entre estos árboles. A pesar de esta atmósfera que infundía miedo, nadie
parecía dispuesto a dar marcha atrás. En ese momento, todos querían que
Emma volviera sana y salva, más que cualquier otra cosa.
Me llegó el olor a leña quemada. Probablemente Blake lo había olido en
el camino. Entramos en un claro, un resplandor amarillo atrajo mi atención.
Y entonces los vi. A los magos.
Ataviados con túnicas pesadas, oscuras y encapuchados, estaban
reunidos en círculo, cantando y balanceándose al compás de su propia
magia. Un anillo de fuego rodeaba una enorme roca del tamaño del
todoterreno de Blake.
Y allí, en medio del círculo de fuego, atada a aquella enorme roca,
estaba Emma.
Capítulo 23
C on los ojos cerrados y su cuerpo flácido, Emma parecía estar bajo algún
tipo de hechizo. No quería pensar en la otra opción: que estuviera
muerta.
El corazón se me retorció en el pecho al verla. Parecía tan pequeña y
frágil, amarrada a aquella roca en medio de esos desgraciados
encapuchados. Era sólo una niña inocente.
Odiaba a esos malditos encapuchados. Me las iban a pagar.
—¡Emma! —gritó Annette mientras corría hacia su hija.
—¡Annette! No! —Me lancé para agarrarla, pero la bruja fue demasiado
rápida y aterricé de cara en la tierra.
Levanté el cuello y la vi correr hacia su hija. No la culpaba. Si yo
hubiera sido la madre de esa niña, habría hecho lo mismo al verla así.
Annette sólo hacía lo que su instinto le pedía. Proteger a sus hijas.
Al grito de Annette, las figuras encapuchadas, conté veinte, voltearon.
Maravilloso.
De sus manos extendidas goteaban unos tallos de magia verde. Mejor
todavía.
—Adiós al factor sorpresa —dijo Blake.
Me puse de rodillas, contenta de contar con la atención de algunos de
los magos encapuchados, y los saludé con la mano.
—¡Sorpresa!
No me devolvieron el saludo.
El sonido de un cinturón sacudiéndose atrajo mi atención.
Santos pedos de hada.
Blake estaba desnudo, con su paquetote de hombre salió a tomar aire
fresco.
Cuando Blake se plantó ante mí, no pude evitar admirar su cuerpo
esculpido y los músculos de su pecho que se flexionaban con cada
movimiento. Incluso bajo su piel, podía ver movimientos ondulantes que
cambiaban sus rasgos, ensanchando su cabeza, alargando su mandíbula y
revelando unos dientes carnívoros del tamaño de mis dedos. De repente, un
destello de pelaje gris y un gruñido llenaron el aire, seguidos de un horrible
sonido de desgarro. En lugar del hombre había un enorme lobo gris de
doscientos kilos.
Estaba en cuatro patas, mucho más grande que su homólogo natural.
Nadie quería molestar a un hombre lobo en su forma lobuna. Y menos a
éste.
Blake, o mejor dicho, el lobo, nos miró con ojos amarillos e
inteligentes. Gruñó, sacudiendo la cabeza, y enseguida retrocedí un paso.
Pero su repentina agresividad no iba dirigida a mí. Fue un gruñido del tipo
preparen sus culos.
Y entonces, con un poderoso empuje de sus patas traseras, el lobo se
precipitó al encuentro de la reunión de magos y brujos.
Un mago de rostro poco interesante se bajó la capucha y volteó hacia el
lobo. Agitó la mano, y una espiral de energía esmeralda salió volando de la
punta de sus dedos, golpeando al lobo en el pecho.
El lobo tropezó, casi perdiendo el equilibrio, y yo aspiré entre dientes.
Pero entonces el lobo sacudió la cabeza como si intentara librarse de un
picor. Un instante después, la bestia abrió las fauces y soltó un rugido antes
de lanzarse de nuevo contra el mago.
El mago lanzó otro chorro de energía verde, pero el lobo saltó a un lado
en el último momento, y la magia golpeó un árbol con un chasquido
ensordecedor.
El mago retrocedió tambaleándose y levantó las manos para lanzar otro
ataque.
Pero el lobo Blake llegó primero.
Las fauces del gran lobo rodearon el cuello del mago. Escuché un
horrible chasquido, luego un crujido y después un desgarro. La cabeza del
mago cayó con un ruido sordo a los pies del lobo.
El lobo gruñó, con los labios cubiertos de sangre. Sus ojos se fijaron en
otro mago y estalló en movimiento.
Me habría encantado sentarme y ver cómo se desarrollaba todo. Estaba
claro que Blake era un asesino experimentado, pero yo tenía que detener un
ritual.
Tilly me dedicó una sonrisa burlona y señaló a Blake.
—¿Acaso no es glorioso?
Violento era más bien.
—Ayuden a Annette a buscar a Emma —les dije a Tilly y Cristina.
Corrí hacia los magos, buscando a su líder. Elimina al líder y los demás
se rendirán, o algo así. Había aprendido por experiencia que golpear
primero al líder dejaba a la compañía sin dirección. Los hacía más débiles.
Más vulnerables. Recorrí con la mirada a los practicantes de magia. Todos
vestían túnicas oscuras.
Todos menos uno.
Uno estaba apartado, y sobre su cuerpo había una gruesa túnica roja, del
color de la sangre. Qué bien. Los hombros eran demasiado anchos para ser
una mujer, así que asumí que era un hombre.
Lo llamaré Rojo.
Un grito atrajo mi atención.
Annette estaba a seis metros de la roca que sostenía a su hija, con los
brazos extendidos, en posición de águila abierta. Unos hilos de magia verde
se extendieron por su cuerpo. Se estremeció como si tuviera un ataque.
Y entonces se derrumbó.
El miedo me ahogó y tropecé, enderezándome de caerme de cara contra
el piso. Annette no se movía. No tenía ni idea de si la habían matado, y en
ese instante no podía hacer nada al respecto.
Me dolía dejarla allí. Pero tenía que detener el ritual.
Los hombros de su agresor temblaron, la risa escapó de sus labios, y mi
furia se disparó.
—¡Maldito! —gritó Cristina. Metió la mano en el bolso, dijo unas
palabras que no pude captar y le lanzó un puñado de sus piedras.
Su puntería era perfecta, y sospeché que contaba con una pequeña
ayuda mágica. La observé, curiosa por saber cómo funcionarían sus piedras
mágicas.
Las piedras dieron en el blanco, cayendo sobre el pecho del mago.
Un fuego blanco estalló alrededor del mago.
Pero se quedó allí, con los dientes reflejándose a la luz de la luna bajo la
capucha, mientras un muro de llamas blancas se elevaba sobre su cabeza,
iluminando la zona como un potente foco.
Me quedé impresionada. Eran unas piedras muy buenas.
Las llamas blancas de Cristina surgieron brevemente y luego se
retiraron. Allí estaba de nuevo el mago, todavía con su sonrisa de confianza.
A pesar de haberlo atacado fuertemente con su fuego mágico, parecía como
si un muro invisible de protección lo protegiera. Estaba claro que estos
magos eran mucho más poderosos de lo que había previsto en un principio.
Tenían un gran mojo mágico.
La cantidad de energía en el aire no se parecía a nada que hubiera
experimentado antes, espesa y ondulante, como si todo el cielo estuviera
iluminado con magia. Como si ésta fuera la zona cero de toda la magia.
—Eso debería haberlo derribado y vencido —gritó Cristina, mirando al
mago como si fuera la caca de perro que había pisado a principios de
semana.
—Es el rey demonio —le dije cuando todo me vino a la mente. Mis ojos
recorrieron el círculo de fuego, los símbolos grabados en la piedra—. El
ritual. —Cuando Cristina y Tilly se encontraron con mi mirada, añadí—:
Está recurriendo a la magia del demonio o algo así. Eso lo está haciendo
más poderoso. —Era lo único que tenía sentido. Un rey demonio del
infierno le había suministrado al mago unos recursos mágicos importantes.
Lo suficiente como para abrir un portal para que se alce el rey demonio.
—Su magia no vale nada —se burló el mago, mientras sus dedos hacían
otro hechizo. El aire se sentía pesado y frío a medida que el poder de su
magia llenaba nuestro espacio.
—Intenta hacerle tu vudú mental —gritó Cristina a Tilly.
Tilly se puso a su lado.
—Está demasiado lejos. Necesito acercarme.
Ambas tuvieron una comunicación silenciosa, del tipo que sólo dos
amigas muy íntimas podrían entender. Y entonces, las dos brujas se
movieron como una sola hacia el mago.
Un movimiento me llamó la atención en el extremo derecho.
Rojo estaba de pie junto a la piedra. Y en su mano tenía un athame, una
daga para rituales.
Mierda.
Salí corriendo hacia adelante, con los ojos clavados en el mago rojo
mientras se acercaba a la muñeca izquierda de Emma. Tenía que detenerlo
antes de que la cortara, antes de que derramara sangre.
Con los brazos extendidos, recurrí a las sombras que me rodeaban,
acercándolas. Iba a destrozar a ese hijo de puta.
Una forma se interpuso en mi camino.
Patiné hasta detenerme justo cuando una descarga de magia verde se
abalanzaba sobre mí.
Me aferré de las sombras que me rodeaban, atrapándolas en mis manos,
retorciéndolas como hebras de seda de una telaraña y moldeándolas como
arcilla hasta que formaron un escudo, similar a los que usaban los
caballeros medievales. Atado a mi antebrazo derecho, levanté mi escudo de
sombras... y ni un segundo demasiado tarde.
La energía verde golpeó mi escudo.
La magia chisporroteó y estalló, y el calor me golpeó la cara, pero mi
escudo de sombras resistió.
Bajé el escudo y me enderecé.
—No te lo esperabas. ¿Verdad?
La maga se quitó la capucha.
—¿Qué tenemos aquí? —preguntó la maga de pelo castaño espeso y
dientes de conejo. Tenía la cara arrugada por la ira y la sorpresa—. ¿Qué
clase de magia es ésa? —Me apuntó con una varita negra. Hace mucho
tiempo que no veía algo así.
—¿No te gustaría saberlo?
Se quedó mirando mi escudo con una especie de inquietante anhelo.
Como si lo deseara. Como si deseara mi magia. Era inquietante.
Dio un paso adelante.
—Así es. ¿Es magia oscura?
No tenía tiempo ni ganas de explicarle mi magia.
—Fuera de mi camino, Hermione. Tengo cosas que hacer. —Una niña y
un mundo que salvar—. No me obligues a matarte si no es necesario. Pero
lo haré si no me dejas pasar.
La maga mostró los dientes en una inquietante sonrisa que combinaba
con la mirada de sus ojos.
—Dámelo. Lo quiero.
—Eh... no.
La rabia centelleó en su rostro.
—Es mío. Lo quiero. Dámelo.
Miré por encima de su hombro. Rojo seguía de pie junto a Emma, pero
aún no la había cortado. Qué bien.
—Así no funciona la magia —le dije—. Deberías saberlo.
Chasqueó con la lengua.
—Conozco algunos hechizos que drenan el poder de un mago. Ya lo he
hecho antes. Y es sublime. Todo ese poder. —Gimió como si estuviera
teniendo un orgasmo.
Qué asco.
—Escúchame, Hermione. Me encantaría hablar contigo, pero ahora
estoy ocupada.
—¡Dámelo! —rugió, con los dedos de la mano izquierda extendidos
como garras.
Sí. Tenía unos cuantos tornillos sueltos en esa cabeza.
Sin previo aviso, la doble de Hermione me atacó por sorpresa. Fingió
hacia la izquierda y me dio una patada en el costado, haciéndome caer. Lo
próximo que recuerdo es que me estaba golpeando la cara con una patada
giratoria. Mientras volaba hacia atrás, un millón de estrellas parecían
estallar en mi cabeza. Sentía que todo el cuerpo me ardía a causa de la
paliza, pero me obligué a ignorarlo y a levantarme, escudriñando
frenéticamente la zona.
Pues sí, la doble de Hermione sabía hacer algunos movimientos.
Mi cabeza se giró hacia la maga.
—Quítate de mi camino.
Se rio, se lamió los labios y dijo:
—Lo quiero. Ese poder. —Cerró los ojos y olfateó el aire como si
pudiera oler mi magia umbra—. ¡Sí! Es delicioso.
—Estás loca como una cabra. —Sabía que tenía que pelear con ella para
llegar hasta Rojo. Quizás tendría que matarla. Que así fuera.
La maga se burló.
—Dámelo. Lo quiero. Lo necesito.
—Lo que necesitas es una cita con un psiquiatra.
En un silencio asesino, la aspirante a Hermione sacó la varita.
Ráfagas de magia verde estallaron demasiado rápido para que mis ojos
pudieran detectarlas. Me giré y me agaché, levantando mi escudo.
Me puse de rodillas bajo el peso de su ataque, pero ya me cansé.
Apretando los dientes, recurrí a las sombras que me rodeaban y, con la
mano libre, forjé una lanza de sombra.
—Me lo darás —aulló, acercándose, su magia verde salió de su varita y
golpeó mi escudo.
Salí disparada, giré y, aprovechando mi impulso, lancé la lanza de
sombra.
Golpeó a la aspirante a Hermione en el pecho. Se tambaleó hacia atrás,
sorprendida. Pero entonces dejó caer la varita y se tocó con cariño la parte
de la lanza que sobresalía del pecho, con una sonrisa en la cara.
—Mío —jadeó, con la sangre corriéndole por los labios.
Y entonces se derrumbó.
Sacudí la cabeza.
—Esa sí que estaba loca.
Sin perder más tiempo, corrí hacia Rojo. Estaba tan cerca que podía oír
los oscuros conjuros en sus labios mientras alzaba las manos, todavía seguía
empuñando la daga.
Giró bruscamente la cabeza. Pero no me miraba a mí. Estaba mirando
más allá de mí.
Fue entonces cuando me di cuenta de que todo estaba en silencio. Un
silencio antinatural.
La quietud me golpeó como un zumbido. Se oyó un chillido y al voltear
vi a Blake, el lobo, despedazando a un mago con la velocidad de un
lunático, su físico se veía como si le hubieran inyectado drogas para
aumentar la musculatura.
El mago lanzó un grito desesperado cuando el hombre lobo lo atacó,
mordiéndole y arañándole la espalda.
Volví a girar la cabeza. Los conjuros de Rojo reverberaron en el aire
nocturno. Una oleada de energía oscura brotó de su mano extendida y lanzó
al lobo en espiral por el aire, dando vueltas antes de ser arrojado contra un
árbol.
El lobo se desplomó en el piso, pero luego volvió a levantarse.
Otros dos magos salieron corriendo hacia adelante, con algo plateado
colgando en sus manos.
Cadenas.
El lobo se abalanzó sobre ellos, loco de sed de sangre y sin ver la
amenaza.
Los magos lanzaron las cadenas y éstas cayeron sobre el lobo,
provocando un aullido de dolor. El lobo se desplomó en el piso,
inmovilizado por los eslabones de plata.
Me quedé helada, pero mis ojos se clavaron en el lobo hasta que vi que
su pecho subía y bajaba. Lentamente, levantó la cabeza y sus ojos se
encontraron con los míos. Estaba herido. Pero aquella furia insaciable
seguía ardiendo en sus ojos.
Mierda. Una parte de mí quería ayudar, pero no podía. Tenía que llegar
hasta Rojo.
Excepto que, cuando sentí la amenaza, ya era demasiado tarde.
Capítulo 24
U na sacudida de agonía me atravesó el brazo derecho y caí al piso. Perdí
la conexión con mi magia cuando mi escudo de sombras estalló en
niebla.
Sentí que la tensión se acumulaba en mi cuerpo como una bomba a
punto de explotar, empezando por los dedos de los pies y avanzando hacia
arriba antes de asentarse en la base de mi cuello. Un sabor metálico llenó
mis fosas nasales, acompañado del inconfundible olor a pelo quemado.
¿Me estaba quemando?
Maldita sea. Eso no era bueno.
Rodé por el piso y me puse en pie. Me examiné. No me estaba
quemando. Pero algo me había atacado.
Rojo estaba de pie frente a mí, con la capucha caída sobre la mayor
parte de su rostro. No había salido del círculo, y podía apostar que allí era
donde canalizaba la mayor parte de su magia con la ayuda de aquel rey
demonio.
Si se salía del círculo, sería mío.
Sería mío de cualquier manera.
—Debiste mantener tu distancia, Katrina —dijo Red.
Me aferré a las sombras que me rodeaban.
—¿Me conoces? —¿Quién demonios era ese tipo? La voz me resultaba
familiar. ¿Dónde la había oído antes? Intenté localizar la voz, pero me
costaba concentrarme por el incesante zumbido de mis oídos.
—Entonces sí tienes algunos poderes mágicos —dijo Rojo en tono de
asombro.
—Pero no salvarán a Emma.
Fruncí el ceño, frustrada por no poder identificar la voz.
—Me arriesgaré.
—Blake tiene problemas. Necesita nuestra ayuda —gritó Tilly al
aparecer a mi lado, con Cristina a su lado. Ambas vivas, y ambas con
chorros de sudor cubriéndoles la cara.
Con una rápida mirada detrás de mí, vi a un grupo de magos alrededor
de Blake, y algunos otros que se dirigían hacia nosotras. El lobo seguía
atrapado bajo aquella red plateada.
—Tenemos que detener el ritual ya —dije, dándome la vuelta y
enfocándome en Rojo—. Eso es lo único que importa. —Lo siento, Blake,
pero el fin de nuestro mundo es más importante que tu arrogante culo.
—¿Qué estamos esperando? —Cristina movió la cabeza en dirección a
Rojo.
Con una oleada de energía, las brujas entraron en acción.
—¡Esto es por Annette! —gritó Cristina mientras le lanzaba a Rojo lo
que parecía una pequeña piedra azul.
Con un movimiento de la mano, apartó la piedra y ésta cayó al piso. Al
caer, se elevaron llamas azules.
Parpadeé a través de mi visión borrosa y vi a Cristina y a Tilly de pie,
hombro con hombro, con una gran bolsa a sus pies. Seguían hurgando en
ella, sacando pequeñas piedras y cristales, y lanzándoselos a Rojo.
Las piedras y los cristales volaron por el aire, partiéndose al impactar y
creando muros de fuego azul que se fundían con las llamas elementales
anaranjadas y amarillas. Un olor ahumado llenó el aire mientras el hedor a
quemado me llegaba a la nariz y me picaba en los ojos.
Mi corazón dio un salto. ¡Atraparon al desgraciado!
Pero cuando las llamas y el humo desaparecieron, Rojo se quedó allí de
pie. Indemne. Como si el fuego mágico de las brujas no pudiera hacerle
daño.
La risa estruendosa del mago rebotó por el bosque, perforándome los
oídos como un dolor agudo.
—Sus débiles hechizos no las ayudarán —se burló—. Nada lo hará. Ni
siquiera sus mejores esfuerzos serán suficientes. ¿Cómo se atreven a pensar
que pueden enfrentarse a mí? No son rivales para el poder del maestro.
Todos van a morir.
Conocía esa voz. Maldita sea. ¿Por qué no podía recordarla?
Tilly avanzó hasta situarse en el borde del círculo de fuego, con la cara
roja y sudorosa.
—Tú eres el que va a morir. —Bajó la cabeza y se concentró en Rojo.
Sentí un cosquilleo en la piel y supe que estaba utilizando sus habilidades
de control mental.
Rojo se puso rígido. Su cuerpo tembló como si luchara contra algo,
contra Tilly.
¡Sí! Estaba funcionando. No sabía mucho de manipulación mental, pero
así se hace Tilly.
La voz de Rojo retumbó con palabras que no entendí, y un escalofrío se
extendió por el aire. Sentí el poder de la magia oscura envolviéndonos
como una cuerda anudada. Las llamas que rodeaban el círculo de fuego se
elevaron, reclamando más energía. Estaba atrayendo magia demoníaca a su
círculo.
Gruñó, y de su mano izquierda se derramaron tentáculos de energía
negra.
Magia demoníaca.
La sangre corría por la nariz de Tilly mientras seguía introduciendo su
magia en la mente de Rojo. Empezó a temblar y tuve la sensación de que
estaba haciendo demasiado esfuerzo. Iba a hacer que la mataran.
Rojo chocó sus manos.
Un trueno resonó a nuestro alrededor. Tilly gritó y cayó de rodillas,
sujetándose la cabeza con las manos como si sufriera una migraña infernal.
Le salía más sangre por la nariz y pude ver que le chorreaba por las orejas.
La estaba matando.
—¡Para!
Abracé las sombras que me rodeaban, llenando mi ser con ellas y
aferrándome a los tentáculos de oscuridad como una araña tejiendo su tela.
Junté las manos y saqué una espada forjada en las sombras.
Poniendo toda mi fuerza en mi lanzamiento, apunté... y la dejé volar.
Rojo la apartó fácilmente con un manotazo.
—¿Eso es todo lo que tienes? —Se rio al ver la furia en mi cara. Puede
que no lo matara, pero al menos soltó el agarre que tenía sobre Tilly.
Dejó de gritar, pero seguía de rodillas, acunándose la cabeza.
—Risible. ¿Y ustedes se hacen llamar brujas? Ni siquiera vale la pena el
esfuerzo. —El mago volvió a reír—. Un demonio de dos años podría
hacerlo mejor. No son más que un puñado de brujas amas de casa.
—¿Por qué no te sales de tu círculo y te enseño de lo que esta bruja ama
de casa es capaz de hacerte? —amenazó Cristina, levantando los puños
como si pretendiera tener un combate de boxeo con el mago, asomando
unas piedras mágicas entre sus dedos apretados.
Rojo se rio.
—No sabes nada. —Meneó la cabeza hacia algo que había detrás de
nosotros. Los magos, como buenos soldaditos, se detuvieron todos ante el
gesto.
Observé cómo Rojo extendía los brazos, erguido con seguridad, como si
no nos considerara una amenaza a las mujeres. Estaba claro que no lo hacía.
Su voz se elevó mientras palabras desconocidas de un encantamiento
brotaban de él, conteniendo el poder del hechizo listo para ser desatado.
El cántico del mago cambió a un tono cruel y rencoroso. Noté que de
sus manos brotaban finas hebras de oscuridad, que giraban en espiral y le
envolvían el brazo.
Y luego lo soltó.
Un rayo de poder negro voló hacia Cristina.
Moviéndose con rapidez, levantó las manos y lanzó un cristal. Un
resplandeciente muro rosa de protección se elevó desde sus pies y por
encima de su cabeza.
Necesitaba unos de esos cristales.
La energía oscura la golpeó, destrozando su campo de fuerza protector.
Cristina gritó al salir despedida hacia atrás y chocar contra el tronco de un
árbol cercano. El sonido de su cabeza al chocar contra la madera fue fuerte
y repugnante, y cayó al piso inmóvil.
Tilly aulló unas palabras que no pude captar. Parpadeé, y estaba
avanzando a trompicones hacia Rojo.
Si volvía a intentar hacer su magia mental con él, esta vez la mataría.
—Como ya dije antes, patético. —El mago soltó una carcajada, a la que
se unieron los magos que estaban detrás de nosotros. Bajo su capucha, y
con la luz del anillo de fuego, pude ver unos dientes blancos mientras
sonreía.
Se enderezó, contraatacando con un disparo de llamas negras.
Salté junto a Tilly y moldeé un escudo con mi magia umbra, mis
sombras eran lo bastante grandes como para cubrirnos a los dos.
Las llamas negras golpearon mi escudo con fuerza suficiente para
hacerme caer de rodillas.
Pero no lo solté. Si lo soltaba, moríamos los dos.
—Tu magia no puede salvarte —dijo Rojo mientras me incorporaba
lentamente mientras las llamas negras se dispersaban—. Pronto, el amo se
alzará, y todos ustedes... miserables no serán más que alimento para sus
hijos.
—Está loco —murmuró Tilly.
—Dime algo que no sepa. —Y lo que no sabía era cómo iba a llegar
hasta él y detener el ritual. No mientras recurriera a los poderes de un rey
demonio. Eso era un problema.
Pero me gustaban los problemas. Yo resolvía problemas.
A través de mi escudo, observé como en cámara lenta cómo Red hacía
girar su magia demoníaca, disparándonos ráfagas de energía negra. Con
cada impacto, sentía que mi magia se debilitaba. No podía seguir así
eternamente.
El sudor me corría por la cara y la espalda, escociéndome los ojos. La
cosa no tenía buena pinta para mí. Nada de lo que habíamos intentado
parecía funcionar contra el mago.
Se rio y luego se burló.
—Estás malgastando toda esa energía —se burló—. Estás demasiado
agotada para seguir. Puedo hacer esto todo el día... puedo durar toda la
noche.
—Yo también. —Puras mentiras. Miré a Tilly. Su rostro pálido se
retorcía como si estuviera a punto de desmayarse o de vomitar.
Vislumbré a Cristina apoyada en el árbol donde había caído, con el
rostro pálido, pero viva. Gracias a la diosa.
—No te queda mucha magia —continuó el mago—. Sea lo que sea,
como toda magia, tarde o temprano se te acabará. En cambio, yo dispongo
de una fuente de tremendo poder. Sin límites.
Tenía razón. Me agotaba tratar de aguantar el escudo. Tarde o temprano,
mi magia se agotaría. Como toda magia, no era un pozo sin fin. ¿Y entonces
qué?
¿Pero la de Rojo? Parecía que la magia de este rey demonio tenía su
propio pozo de reposición.
—Admítelo —continuó Rojo—. Nunca has tenido magia de verdad. No
sé cómo llamar a lo que haces. ¿Brujería prestada? Sea lo que sea, es débil.
Eres débil —se burló el mago—. Igual que tu magia.
—No sabes nada de mí —siseé, parpadeando para quitarme el sudor de
los ojos.
—Ah, pero claro que sí. —Red soltó una falsa carcajada—. Más de lo
que crees. Y sé que no te salvará.
Una ráfaga de viento empezó a soplar alrededor del mago, y su túnica
de color rubí ondeó con sus ráfagas. Levantó lentamente ambos brazos, y
sentí un escalofrío helado recorrer mi cuerpo mientras el aire se llenaba de
una extraña energía.
Quería ver más de cerca. Prepararme para lo que iba a ocurrir, pero no
bajé mi escudo.
—¿Qué está pasando? —gritó Tilly, con mucho miedo en la voz.
—Algo malo —supuse, ajustándome el escudo e intentando ver mejor.
El mago iba a completar el ritual.
La energía fría seguía fluyendo, brotando a través de su conexión con el
Inframundo y la magia de este rey demonio. Sus ojos se cerraron y se
tambaleó como un borracho, aunque ebrio de un poder inconmensurable.
Tonto. Pero ésta era mi oportunidad.
—Voy a bajar mi escudo —le dije rápidamente a Tilly—. Tengo que
detenerlo. —Iba a matarlo—. ¡Cuando diga corre, corre!
Tilly asintió.
Tomé aire.
—Corre. —Justo cuando la bruja corría en dirección contraria, salí
disparada hacia adelante.
Sí, probablemente fue una estupidez, pero tenía una oportunidad de
detenerlo.
E iba a aprovecharla.
Tiré de todas las sombras que pude a mi alrededor, sujetándolas con
fuerza y moldeándolas en forma de lanza.
Rojo fijó su atención en mí.
No dejé de correr.
—¡Xtug Znagh! —gritó.
Unos grilletes mágicos y oscuros surgieron de la nada y, antes de que
pudiera reaccionar, me rodearon los tobillos y me hicieron retroceder de un
tirón.
Golpeé el piso con fuerza, dejándome sin aliento, y mi lanza se
desvaneció. Las cadenas subieron por mis brazos y se apoderaron de mis
muñecas, abrasándome la piel. Los grilletes me quemaban y sentí que mi
energía disminuía, como si me estuvieran drenando la fuerza vital y mi
magia.
Me retorcí de dolor mientras mis músculos y tendones gritaban. El
miedo me inundó como un torrente helado.
Levanté la vista y vi a Tilly en el piso, con los mismos grilletes mágicos
alrededor de las muñecas y los tobillos. Incluso pude ver a Cristina, que no
se había movido del árbol, con las muñecas y los tobillos atados.
Estábamos atrapadas.
—Esto es lo que pasa cuando las mujeres creen que pueden hacer
magia. —Rojo se inclinó sobre mí y se bajó la capucha.
Se me heló la sangre.
—Ahora eres toda mía —dijo Sykes.
Capítulo 25
—¿T ú? —dije, completamente desconcertada. No me lo esperaba.
Ahora que podía ponerle un rostro a su voz, de repente tenía
sentido.
Sykes —el asistente de mi padre, su ayudante, el hombre de aspecto
mediocre y con ese rostro poco notable y completamente olvidable — era el
cabecilla de Los Renegados.
Maldita sea. No se me hubiese ocurrido esta mierda ni aunque lo
intentara.
Sin embargo, se veía diferente.
La luz de la luna iluminaba su cuero cabelludo, visible a través de los
mechones de pelo negro. Incluso con aquella tenue luz, pude distinguir las
ojeras y lo demacrado que tenía el rostro.
Había absorbido demasiada de esa magia demoníaca en sí mismo. Lo
estaba matando.
El rostro de Sykes se descompuso en una sonrisa, sus ojos se abrieron
de par en par con el brillo de un loco. Ahora que se había quitado la
capucha, podía distinguir la sangre que goteaba de su nariz, y una capa de
sangre cubrió sus dientes cuando habló después.
—Sí. ¿Quién iba a sospechar que el pobre, pequeño, ordinario e
invisible Sykes iba a tener un poder inconmensurable?
—Bien dicho —gruñí—. Tienes que parar esto. —Esperaba poder llegar
a él de algún modo y hacer que entrara en razón—. Este señor demonio.
—Rey —corrigió.
—No compartirá el poder contigo. Te das cuenta de que lo más probable
es que te mate en cuanto salga. ¿Verdad?
Me observó y su sonrisa se hizo más amplia, más macabra.
—Mi amo me necesita. A diferencia de tu padre, el amo prometió
darme vida eterna y más poder del que puedas imaginar.
Otro idiota que pensaba que los demonios compartían su poder.
—Estás equivocado. Y vas a matarnos a todos.
—No lo estoy.
—Pero, ¿y si lo estuvieras? Piénsalo. ¿Es un riesgo que estás dispuesto
a correr? ¿Sacrificar a miles de millones de personas?
Soltó una risita sombría.
—Así es. Y cuando el maestro sea liberado, reinará sobre nosotros. Los
que le sigan vivirán. Los que no... bueno... puedes adivinar el resto.
Mi rabia se retorcía en mis entrañas al pensar en todo este problema por
culpa de este imbécil.
—No dejaré que lo hagas. Antes te mataré.
—¿Y cómo? —rio Sykes—. ¿Con esos trucos de mago de circo que
llamas magia? Ni siquiera podrían salvarte.
Levanté los grilletes.
—Si me quitas esto, te enseñaré lo que pueden hacer mis trucos de
magia.
Sykes sonrió maliciosamente mientras su magia oscura llenaba el
espacio que había entre nosotros.
—Es una lucha justa. Simplemente no tienes la fuerza que yo tengo. Las
mujeres nunca la tienen. Por eso son consideradas como el sexo débil.
—Nosotras parimos. Yo lo llamo el sexo fuerte. —Idiota—. A menos
que puedas parir un niño por tu pequeño pene.
El aire crujió de poder. Ahora sentía más la magia de Sykes, la magia de
su maestro, fría y desconocida. Puede que no lo pareciera, pero era un brujo
poderoso. Me había engañado, pero no volvería a cometer ese error y a
subestimarlo.
—¿Qué diría mi padre si te viera?
Sykes resopló.
—¿Tu padre? No es más que un hombre con un título que le dio su
mujer. No es nada.
Ahí tuvo razón.
—Pero estuviste a su servicio durante años. Debe de significar algo para
ti. ¿Estás dispuesto a verlo morir?
Sykes se lo pensó.
—Sí, así es.
—No hagas esto —intenté—. No tienes que hacerlo. —Odiaba lo
desesperada que sonaba mi voz, pero lo cierto era que estaba muy
desesperada.
Sus ojos se abrieron de par en par con maníaco regocijo.
—Ay, pero sí voy a hacerlo.
—¿Por qué? ¿Por qué hacer esto?
—¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? —Sykes soltó una carcajada, el
sonido de un loco que se deleita en su propio ingenio oscuro. Estaba
extasiado por haber puesto en marcha su complot apocalíptico, contento de
haberle puesto fin al mundo que conocíamos.
Todo un psicópata.
El mago demente soltó una carcajada sibilante.
—Toda mi vida he sido ignorado y pasado por alto. Tu padre fue el peor
de ellos. Pensaba que yo estaba por debajo de él. Tratándome como una
cucaracha.
—Más o menos es lo que pareces —murmuré.
—Se cree más inteligente que yo, que tiene más poder. Pero no es así.
No lo tiene. Ahora yo tengo el poder. Lo tengo todo.
—Bien por ti —dije—. Aún puedes elegir no hacerlo. Puedes impedirlo.
No lo hagas.
Se me erizó la piel ante el repentino tirón de la magia de Sykes, y sentí
su furia ondulando bajo la superficie.
Sykes me miró con los ojos entrecerrados.
—Claro que voy a hacerlo, perra estúpida —espetó—. Llevo veinte
años esperando, pero entonces tú lo echaste a perder. No lo volverás a
hacer.
Parpadeé.
—¿Qué? Está claro que te estás volviendo loco. No tengo nada que ver
con esto. Pero algo en el fondo de mi mente me heló la sangre. Un recuerdo
que había relegado hace tanto tiempo estaba volviendo a la superficie.
Sykes me fulminó con la mirada.
—¿No lo entiendes? ¿No lo entiendes todavía?
Me retorcí en mis ataduras.
—Claramente, no.
—Arruinaste el ritual hace veinte años.
—¿Cómo es eso?
El rostro del brujo se crispó en una fría sonrisa.
—Tú eras el siguiente sacrificio.
No podía respirar. Era como si uno de aquellos grilletes me atenazara la
garganta, asfixiándome.
—Estás mintiendo.
Por su mirada de satisfacción, que conocía bien, sabía que no era así.
—Iban a matarte, a drenarte la sangre, como a esta pequeña Emma. Pero
ocurrió algo y... desapareciste. —Me miró con dureza—. ¿Cómo lo hiciste?
Sacudía la cabeza, recordando cómo hice ese salto de sombra —como
había decidido llamar a aquel fenómeno—, recordando cómo las sombras
que me rodeaban respondían a mi miedo, envolviéndome como un escudo
de protección justo antes de que me arrastraran hacia aquel portal de
sombras.
Y terminé en otra ciudad.
—No —dije—. Me tropecé por casualidad con el ritual para
resguardarme de la lluvia. No participé en él.
—Sí lo hiciste. Y te hicieron venir.
Fruncí el ceño.
—¿Como hipnotizada?
—Si quieres llamarlo así. Pero era más bien una persuasión. Una magia
compleja que sólo unos pocos poseen.
Esta información me golpeó en el estómago como un tren de carga.
Seguía sin poder respirar. Todos estos años, pensaba que había abandonado
a esa chica, que había arrastrado esa culpa conmigo durante veinte años,
sólo para darme cuenta de que cuando salté a ese bolsillo de sombras, a ese
portal o como quieras llamarlo, no sólo me había salvado la vida.
Sino la de todo el mundo.
Yo había participado en aquel ritual hace veinte años.
—Hijo de perra —siseé, recordando lo asustada que estaba, lo joven que
era. Él había intentado matarme.
Sykes se rio.
—Pues no volverás a hacer ese truco. Esta vez, Emma va a morir. Ya no
te necesito.
El mago se metió la mano en la túnica y sacó otra daga. Vi cómo la
atravesaba en la muñeca de Emma.
—¡Maldito! ¡Hijo de puta! ¡Te voy a matar! —aullé, luchando contra
mis ataduras y sacudiéndome como un animal salvaje. Intenté invocar mis
poderes, las sombras, pero no respondieron.
Me sentí impotente para detenerlo, así que aspiré y observé cómo el
líquido rojo se filtraba lentamente del brazo de Emma, manchando la roca a
la que estaba atada.
Sykes levantó los brazos y de sus labios brotaron sílabas oscuras.
Levantándose, el mago entonó un cántico en su lengua demoníaca e hizo un
gesto con la muñeca.
Sentí un repentino zumbido de energía, un tirón de magia mientras un
estallido desplazaba el aire. Sentí arcadas ante el asfixiante olor a
podredumbre y azufre. Las llamas se elevaron alrededor del círculo.
Y entonces la piedra brilló con una luz cegadora, tan brillante que tuve
que apartar la mirada.
—¿Qué está pasando? —gritó Tilly.
Sykes estaba abriendo el portal para liberar a su amo. Estaba
completando el ritual.
Hubo un crujido repentino, como si el propio mundo se partiera en dos.
Parpadeé cuando la luz se disipó y pude volver a ver.
El cielo nocturno ondulaba y brillaba como si un mar negro viviente
flotara justo encima del círculo. Se había abierto el portal al Inframundo.
Una ráfaga helada de energía me bañó, espesa de muerte, sangre y maldad.
Un zumbido constante flotaba en el aire, como el de las líneas eléctricas, y
el hedor a azufre quemado y podredumbre hizo que se me humedecieran los
ojos. Un viento antinatural, tóxico para los humanos, me revolvía el pelo en
la cara. Era el aire del Inframundo abriéndose paso a través del portal. A
través de la oscuridad arremolinada, pude distinguir miles de formas que se
precipitaban hacia nuestro mundo.
Mierda. Mierda. Mierda.
Presa del pánico, forcejeé con mis ataduras, sintiendo que la magia me
cortaba la piel y me drenaba al mismo tiempo.
Se me salieron unas lágrimas de rabia. Nunca me había sentido tan
inútil, excepto aquella vez que había dejado morir a aquella pobre chica
para salvar mi propio culo.
Así fue. Habíamos perdido. Yo había perdido.
Un movimiento borroso me hizo levantar la cabeza.
A través de mis lágrimas, vi a Dash de pie junto a Sykes, temblando de
rabia mientras me miraba con sus rasgos retorcidos.
Sykes le entrecerró los ojos.
—¿Qué haces aquí? Pensé que te habíamos dicho que te mantuvieras
alejado. —Agitó una mano desdeñosa hacia Dash, como si fuera un
sirviente—. Vete. No te necesitamos aquí.
Vi cómo cambiaba la cara de Dash. Vi cómo su mente maquinaba a
través de sus ojos mientras tomaba la decisión atacar a Sykes.
Dash dejó ver sus dientes. Poco después, hubo un destello de colmillos,
garras y pelaje cuando Dash se transformó, no en un dulce gatito, sino en
una enorme bestia que medía unos nueve pies de altura. Era completamente
negra, con cabeza de león, cuernos de bóvido, garras tan largas como los
cuchillos de un cocinero y ojos rojos brillantes.
La criatura, Dash, blandió una enorme mano con garras contra Sykes.
El mago cayó, luchando por ponerse en pie mientras el monstruo
enfurecido avanzaba hacia él. Volaron maldiciones y maleficios mientras
los demás magos corrían en su ayuda.
Sentí una liberación alrededor de mis muñecas y pies. Mis ataduras se
rompieron.
Miré a Tilly. Estaba de pie y sus ataduras también habían desaparecido.
Parecía que Sykes no podía mantener su control mágico sobre nosotros
mientras le pateaban el culo.
—¡El portal! —gritó Tilly—. ¡Se está abriendo!
Se me erizó la piel del cuello y me quedé horrorizada mientras el portal
brillaba a unos diez metros de nosotros. Una forma enorme y gigantesca
flotaba al otro lado.
El rey demonio.
Detrás de él se esparcían masas retorcidas y corrompidas de demonios
más pequeños: su ejército, sin duda. Un rey no se presentaría sin sus
soldados.
La criatura Dash rugió cuando desvié la mirada hacia atrás a tiempo
para ver a cinco de los magos atacándolo con su magia. Lo atacaban una y
otra vez, pero sea lo que sea que fuera Dash, parecía que era un poco
resistente a su magia. Lo suficiente como para poder defenderse.
—¡Estoy aquí, amo! —gritó Sykes, corriendo hacia Emma—. ¡El
sacrificio se completará! ¡Acércate ahora! ¡Adelante! ¡Levántate!
Mierda.
Salí corriendo detrás de él. Ya casi llegaba.
Pero Sykes estaba junto a la piedra del sacrificio. Levantó la daga sobre
el pecho de Emma.
El tiempo pareció detenerse mientras el terror se apoderaba de mí. Me
concentré en las sombras que me rodeaban y utilicé mi miedo y mi ira para
alimentar mis poderes.
Mi magia umbra me atravesó como una oleada de energía, mucho más
intensa que la adrenalina.
Las sombras respondieron a mi llamado, envolviéndome como un
manto de protección. Podía sentir su fuerza y energía filtrándose por mis
poros, dotándome de una sensación de calma y confianza que no había
sentido en mucho tiempo.
Ahora las sombras eran mías y, en su abrazo, sabía que todo era posible.
Al igual que hace veinte años, por una combinación de miedo absoluto e
instintos, una puerta ensombrecida del tamaño de una puerta normal se
materializó a mi lado.
Concentrándome en Sykes para no terminar en Florida, entré en el
portal. Y salté a la sombra.
En un segundo, estaba a diez metros por detrás de Sykes. Al siguiente,
estaba justo a su lado.
Le di un puñetazo en la cara.
Se tambaleó, soltó el cuchillo y se cayó, dándome el valiosísimo tiempo
que necesitaba.
Utilizando la espada de Sykes, corté las ataduras de Emma, me la eché
al hombro y, al ver que el portal de sombras seguía flotando, di un salto de
sombra.
Lo último que escuché fue el lamento de Sykes mientras me llevaba a
Emma conmigo. No me la llevé a otra ciudad, sólo lo suficientemente lejos
del ritual.
Volvimos junto a la fila de autos estacionados, y acomodé a la chica
inconsciente sobre la hierba.
Abrió los ojos.
—¿Kat? ¿Dónde... dónde estoy?
—Shhh —dije—. Ahora estás a salvo. —Me rasgué la parte inferior de
la camisa y envolví su muñeca sangrante—. Haz presión aquí. Te traeremos
a un curandero. —Estaba pálida, pero en mejor forma de lo que yo habría
pensado. No había perdido tanta sangre.
—¿Te vas? —Emma parpadeó lentamente.
—Aún tengo trabajo que hacer. —Le besé la parte superior de la cabeza
—. Ahora vuelvo. No te muevas.
Me introduje de nuevo en las sombras y, utilizando la misma puerta, la
sombra saltó hacia atrás.
Ya le había agarrado el ritmo.
Me concentré en la piedra de sacrificio, pero cuando salí disparada,
aterricé junto a Cristina.
—Ah —gritó cuando aparecí a su lado—. ¿Cómo llegaste hasta aquí?
—Es una larga historia. —Sí, necesitaba más práctica. Corrí hacia
adelante, donde podía ver la túnica roja de Sykes. Tenía que cerrar el portal
de alguna manera, y no tenía ni puta idea de cómo hacerlo.
Salté hacia adelante, con los ojos en la grieta, y vi a Tilly arrodillada
junto a Annette. Tenía los ojos abiertos. ¡Estaba viva!
Con una nueva oleada de adrenalina fluyendo a través de mí, apunté a
Sykes. Era la única conexión que quedaba con el portal.
No sabía si se cerraría sola ahora que había impedido que se completara
el ritual por segunda vez. Pero no quería correr riesgos.
—¡No! ¡Esto no puede ser! —gritó Sykes, mirando con los ojos
desorbitados el portal, que empezaba a desplazarse y a encogerse—.
¡Maestro! ¡Maestro! ¡No me dejes! —Se plantó frente al portal, agitando
los brazos en un intento desesperado de aferrarse al rey demonio.
Pero el portal, la puerta del infierno, brilló y empezó a plegarse.
Se estaba cerrando.
Escuché un lejano grito de rabia procedente de las profundidades del
portal, pero ya era demasiado tarde. Los bramidos de rabia llenaron el aire
mientras sus gritos resonaban. De repente, con una descarga de presión, el
portal se evaporó.
El feo rostro de Sykes se volvió hacia Dash, todavía en la forma de su
monstruo.
—¡Tú! ¡Tú hiciste esto! —gritó, con la boca llena de saliva—. Vas a
pagarlo .
El mago lanzó tentáculos de su magia demoníaca negra contra un
desprevenido Dash. Golpeó al hombre gato —bueno, bestia o lo que fuera
— y la criatura gimió de dolor mientras caía de rodillas.
—¡Ja! Sí. Sí. Debiste escucharme. Debiste alejarte. Ahora voy a
matarte. —Una y otra vez, Sykes atacó a Dash.
Estaba tan concentrado en la criatura que no me vio llegar.
Abracé las sombras, sintiendo cómo su energía recorría mi cuerpo.
Entretejí las sombras y conjuré una única lanza de sombra.
Y se la clavé en la espalda.
El mago gritó y luego gorgoteó algunas palabras mientras se ahogaba
con su sangre. Miró la lanza de sombra que le perforaba el pecho.
—No. Imposible. —Y entonces se desplomó y no volvió a moverse.
—Ay, sí, es muy posible —dije, mirándole fijamente mientras la vida
abandonaba sus ojos.
Una forma se movió en mi línea de visión, y mis ojos vieron a Tilly
arrodillada junto al lobo mientras le quitaba las pesadas cadenas de plata.
El lobo gruñó y se puso en pie tambaleándose. Desvió su mirada de mí a
la forma inmóvil de Sykes, que yacía en el piso. Sus ojos amarillos se
fijaron en Dash, la criatura.
Y entonces el lobo salió corriendo.
Miré a Dash. Nuestras miradas se cruzaron por un momento y, en ese
instante, casi pude ver los ojos de Dash a través de los de la bestia.
La enorme forma de la criatura empezó a ondularse y contraerse hasta
que se transformó en un cuervo solitario de pie ante mí.
—¿Qué eres? —pregunté al cuervo, sin estar segura de que pudiera
responderme. Nunca había conocido a un metamorfo —porque dudaba
mucho que Dash fuera ahora un hombre gato— que pudiera adoptar
múltiples formas, bestias.
Dash era un misterio.
Y entonces, con un batir de alas, el cuervo se fue volando.
Capítulo 26
E lpodía
Blue Demon estaba abarrotado y era tan vibrante y ruidoso como se
esperar de un café en una tarde soleada.
La noticia de la derrota de Los Renegados y de la implicación de Sykes
se extendió rápidamente, y parecía que una cuarta parte del pueblo estaba
en el restaurante.
Apoyé los codos en la barra de madera pulida, el trasero cómodamente
apoyado en un taburete, dejando que los acontecimientos de la noche
anterior se alejaran lentamente de mí.
Me llegaron ecos de voces roncas y me volteé para ver muchas caras
desconocidas. Brujos, hombres lobo y metamorfos se agolpaban en el café.
Entre ellos, vi algunos que me resultaban familiares. Cristina, con el brazo
enganchado en el de un hombre alto de sonrisa fácil y ojos amables.
Probablemente su esposo, a quien aún no había tenido el placer de conocer.
Conversaban con una mujer bajita de piel oscura y ondas de pelo negro
rizado. La curandera del pueblo, Sonia Winter.
Escuché unas risas por encima del zumbido de las voces. Helen, la
alcaldesa del pueblo, con una copa de vino blanco en la mano, se reía de
algo que le había dicho Annette. No podía ver a Liam, y tenía la sensación
de que se había quedado atrás con las niñas.
Mi corazón se hinchó de emoción al pensar en Emma. Después de matar
a Sykes y cerrar el portal, corrí hacia Annette, que aún se estaba
recuperando de cualquier hechizo o maleficio que le hubiera lanzado el
mago.
—Desapareciste con Emma —me había dicho, habiendo visto
claramente mi salto de sombras.
—Te llevaré con ella. Necesita un curandero.
Con la ayuda de Blake, que había recuperado su forma humana,
habíamos llevado a Emma hasta donde estaba Sonia, la curandera del
pueblo. Nos dio un vistazo en el umbral de su puerta en mitad de la noche,
mientras tenía puesta una diadema amarilla y un camisón que le combinaba,
y nos hizo pasar.
—Rápido. Ponla en la mesa de la cocina.
Sonia había cosido meticulosamente la muñeca de Emma y le dio de
tomar el contenido de un frasco que parecía un batido de verduras.
—La ayudará a recuperar fuerzas —le dijo a Annette—. Ha perdido
mucha sangre, pero se pondrá bien. Te ves horrible —le dijo a Annette—.
Toma. Bébete esto.
Sonia le dio a Annette uno de sus frascos verdes y otros dos para Tilly y
Cristina.
Cuando se consideró que Emma estaba lo bastante sana para irse a su
casa, tres horas más tarde, todos nos amontonamos en el todoterreno de
Tilly y nos fuimos hacia la casa.
Blake regresó al lugar del ritual, donde le esperaba un equipo de sus
ayudantes.
Por lo visto, sus «refuerzos» se habían equivocado de dirección, así que
terminaron al otro lado del pueblo en vez del campo donde Sykes intentó
matar a Emma. Menos mal que al final no los necesitamos.
Podría haberme unido a Blake, pero mi parte del trabajo había
terminado. Había encontrado a los responsables de las muertes de Tim y
Samuel. Sí, algunos se nos escaparon cuando Sykes fue liquidado, pero mi
trabajo había terminado. Caso cerrado.
Por el momento.
Vi a Tilly apoyada en Blake mientras frotaba una mano sobre su
musculoso brazo. Recordé aquella expresión de pánico en su rostro cuando
se había abalanzado sobre él para quitarle aquellas cadenas de plata.
Sospechaba que Tilly estaba enamorada de Blake. No sólo quería tirárselo.
Quería una relación.
Blake debió percibir mi mirada, porque sus ojos se encontraron con los
míos. Me estremecí ante la sospecha y la ira que vi allí. Sí. Todavía tenía un
asunto pendiente conmigo.
—¿Te traigo otra?
Levanté la vista al oír la voz, que me sacó de mis pensamientos.
—No, estoy bien. —Levanté mi botella de cerveza medio vacía.
Kolton, el dueño, se inclinó hacia adelante, con sus fornidos antebrazos
apoyados en la barra.
—Deberías estar celebrándolo. Salvaste a esa niña.
—No estoy de humor para celebraciones.
Kolton me miró durante un instante.
—Lo hiciste bien, Kat. Muy bien.
No estaba segura de qué tenía esa afirmación ni de cómo la había dicho,
pero mis ojos se llenaron de humedad.
—Sí, supongo.
—Deberías estar muy orgullosa de ti misma. De lo que has hecho. Sé
que Annette lo está.
Sonreí y miré a la mamá de Emma. Al verla sonreír, aparté rápidamente
la mirada para no ponerme a llorar. No sabía de dónde venían tantas
emociones.
—¿Cuánto te debo por la cerveza? —pregunté, queriendo cambiar de
tema mientras parpadeaba rápidamente. Abrí el bolso y mis dedos rozaron
el paquete de chicles de nicotina. Me había olvidado por completo de ellos.
Kolton se echó hacia atrás, sonriéndome. Su atractivo rostro llamaba la
atención cuando sonreía.
—La casa invita.
Levanté una ceja.
—Gracias.
Kolton guiñó un ojo.
—De nada.
Observé cómo el fornido negro se alejaba para servirle a un hombre
apuesto en el otro extremo de la barra. Remy.
El vampiro me sorprendió con la mirada y me dedicó una sonrisa sexy.
Aparté la mirada antes de meterme en problemas.
—¿Estás bien?
Me giré y vi a Annette a mi lado.
—Te ves... triste.
Sacudí la cabeza.
—No estoy triste. Sólo agradezco que Emma esté a salvo. —Y ésa era
la verdad.
Annette dejó escapar un suspiro y puso su copa de vino vacía sobre la
barra—. ¿Vas a irte ahora que resolviste el asesinato de Tim? Nos
encantaría que te quedaras. Sé que a Emma le encantaría. No paró de hablar
de ti con su papá en toda la noche.
Sonreí. Yo también había pensado en eso toda la noche. Y no había
tomado una decisión hasta ahora.
—Creo que me voy a quedar por aquí. Al menos durante un tiempo.
Puede que nos hayamos librado de algunos miembros de Los Renegados,
pero algunos siguen por ahí . —Y mi misión sería eliminar a todos y cada
uno de los miembros.
Un destello de miedo se apoderó del bonito rostro de Annette.
—¿Crees que vuelvan?
Al decir «vuelvan», supe que preguntaba si vendrían a llevarse a Emma
otra vez o a otra de sus hijas.
—Tus hijas van a estar bien. No te preocupes. No pueden volver a
realizar ese ritual hasta dentro de veinte años. Pero eso no significa que no
hagan otras cosas viles.
Annette me apretó la mano.
—Bueno. Me alegra que te quedes. Le das emoción a Moonfell.
—Yo no lo llamaría así.
En sus ojos persistía una pregunta.
—¿Tu... tía? ¿Te importaría compartir esa noticia?
Sonreí.
—Me preguntaba cuándo me lo preguntarías.
—Así que no está muerta —dijo Annette.
—Parece que no. Fingió su propia muerte. —Le conté la historia y sentí
que mi tensión se relajaba cuando se le escapó una carcajada. Tenía una risa
contagiosa.
—Guao. —Annette sacudió la cabeza—. ¿Todo este tiempo? Sola en
esa casa. Tu tía está un poco chiflada.
Aparté la cerveza.
—Lo sé. Pero es mi tía. Y es mi única pariente, la que siempre me ha
cuidado las espaldas. ¿Que es un poco excéntrica? Qué importa. Así la
quiero.
Annette se quedó mirando mi cerveza medio vacía. Frunció el ceño.
—¿Entonces no te vas? Acabas de llegar aquí.
Le dediqué una sonrisa tensa.
—Hay algo que tengo que hacer.
Annette se quedó mirándome.
—Te llamaré más tarde. Esta noche voy a hacer lasaña. A las niñas les
encantaría que vinieras.
Sonreí.
—Allí estaré.
Me volteé y me encaminé hacia la salida, con el corazón latiéndome con
fuerza al pensar en lo que estaba a punto de hacer.
—¿Te vas tan rápido? —dijo una voz grave detrás de mí.
Mierda. Casi lo lograba.
Apreté los dientes y me di la vuelta. Blake, el jefe, se alzaba sobre mí.
—Sí, como puedes ver.
Se puso las manos en las caderas, mirándome fijamente.
—No he terminado contigo.
—¿Otra vez esto?
—Otra vez esto —gruñó Blake, y unas cuantas cabezas se volvieron
hacia nosotros—. Todavía hay algunos magos sueltos. Si tuviéramos el
nombre de tu fuente, podríamos encontrarlos y meterlos en la cárcel.
Mataron a dos adolescentes, Kat.
—Lo sé.
—Y sigues sin decírmelo.
Tragué con fuerza.
—No puedo.
Blake dejó escapar un suspiro por la nariz. Juraría que pude ver algo de
vapor.
—Tengo que notificar al Consejo Gris. No me das elección.
El Consejo Gris era el máximo órgano de gobierno de nuestra
comunidad. Nadie quería meterte con ellos.
—Como te dije, haz lo que tengas que hacer. Pero no te lo diré.
—Maldita sea, Kat. No hagas eso. Dímelo.
Negué con la cabeza.
—No.
La mandíbula de Blake se tensó.
—Es ese tipo. El que vi en tu casa. Tu amigo, ¿no? Él es tu fuente.
Ay, mierda.
El pánico era una llamarada al rojo vivo y mi corazón martilleaba. Evité
que mi rostro mostrara emoción alguna.
—No es cierto. No voy a decírtelo.
—Voy a arrestarte.
La ira se encendió en mi pecho.
—¿En este momento? ¿Delante de todos? ¿Después de lo que hice?
¿Crees que el pueblo va a estar de acuerdo? ¿Annette? ¿Liam? —Sí, él se lo
buscó. Mi voz era fuerte, y vi que Tilly nos observaba con recelo.
Era extraño cómo este hombre lobo había flirteado conmigo al
principio, me había invitado a cenar. Ahora me miraba como si quisiera
meterme en la cárcel. Como si yo fuera responsable de lo que le pasó a
Emma.
La furia apareció en su rostro.
—No abandones el pueblo.
—No lo haré.
Con el corazón martilleándome, di la media vuelta y fui hacia la salida.
Mi mirada se posó en la papelera metálica de la puerta. Rebusqué en mi
bolso el último paquete de chicles de nicotina y lo tiré adentro.
Respirando hondo, empujé la puerta y salí del Blue Demon.
Capítulo 27
M etrajo
senté en mi Jeep. La cálida brisa de la tarde me alborotó el pelo y me
el dulce olor de las margaritas, los algodoncillos y otras flores
silvestres mezcladas con hierbas altas. El cielo era de un azul perfecto, tan
azul que parecía que estaba brillando.
Los pájaros piaban alegremente, volando de árbol en árbol, mientras las
ardillas gritaban su disgusto ante otro intruso en su territorio.
Un hombre trabajaba en un trozo de madera colocado sobre una mesa
ante un gran granero rojo. El sudor brillaba sobre su pecho desnudo
mientras tallaba las alas de un pájaro gigante. Un águila, por lo que podía
ver.
Había estacionado discretamente mi Jeep justo al borde de la larga
entrada, oculto por los árboles y arbustos pero lo bastante cerca como para
tener una buena vista.
Y era una vista muy buena.
No pude evitar admirar lo atractivo que era. Su pecho y sus brazos
tonificados eran testimonio de su fuerza y su destreza. Los músculos de su
espalda se flexionaban mientras cortaba y astillaba fragmentos de madera.
Sykes conocía a Dash. Eso estaba claro. Sabía quién era cuando estaba
en la cena de mis padres y había fingido no conocerlo. ¿Había maldecido a
Dash? ¿Se habían peleado? Algo había pasado para que Dash perdiera la
memoria.
En cualquier caso, Dash era miembro de Los Renegados. O al menos
trabajaba para ellos.
Dash era el enemigo.
Era una píldora difícil de tragar, como tragarse un pepinillo entero.
¿Cómo podía alguien que había sido tan amable estar implicado en algo tan
malvado?
¿Y qué demonios era él? No era el tipo de metamorfo que yo conocía.
Un metamorfo que podía transformarse en distintas criaturas. Tendría que
investigarlo.
Mis ojos observaban cada uno de sus movimientos mientras seguía
cortando y astillando la pila de madera que tenía delante de él, con
movimientos lentos y metódicos, como si estuviera ensimismado. Había
algo en Dash que me atraía, algo que no podía descifrar. ¿Era la forma en
que sus músculos se abultaban con cada movimiento o la intensidad de sus
ojos mientras trabajaba? ¿O era algo más profundo, algo que no podía
comprender?
En cualquier caso, no podía entregarlo a la justicia. No cuando nos
había ayudado a derrotar a Sykes. Sin su ayuda, Sykes habría despertado
con éxito a su amo, el rey demonio.
Por ahora, eso me bastaba.
Dash movió la cabeza en mi dirección, al parecer sólo se fijó en mí
ahora. Si hubiera querido esconderme de él, me hubiese estacionado al final
de la carretera y lo hubiese espiado por los árboles. No. Quería que me
viera.
Nuestros ojos se encontraron, y mi corazón empezó a latir locamente en
mi pecho. Por un momento, nos quedamos mirándonos fijamente, con
nuestras miradas intensamente clavadas la una en la otra. Quise decir algo
tranquilizador, pero no se formaron palabras en mis labios.
Me observaba con expresión estoica, aunque en sus ojos oscuros
nadaban emociones que sólo podía adivinar.
Era difícil comprender lo que veía en su rostro. ¿Arrepentimiento?
¿Tristeza? Lo que sea que fuera, se dio la vuelta antes de que pudiera
descifrarlo bien.
—Dash —susurré, con las palabras ahogadas en la garganta—. ¿Qué
has hecho?
No sabía si Dash era malo. O si era bueno y a veces malo.
En cualquier caso, lo que sí sabía era que me dolía el corazón al verlo.
Maldita sea. Estaba metida en serios problemas.
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Sobre La Autora
Kim Richardson es una autora best-seller del USA Today, galardonada por sus libros de fantasía
urbana, fantasía y por sus libros para adultos jóvenes. Vive en el este de Canadá con su marido, dos
perros y un gato muy viejo. Los libros de Kim están disponibles en ediciones impresas, y con
traducciones en más de siete idiomas.
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