EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN
4.1 NOCIÓN
“La Confirmación perfecciona la gracia bautismal; es el sacramento que da el Espíritu
Santo para
-enraizarnos más profundamente en la filiación divina,
-incorporarnos más firmemente a Cristo,
-hacer más sólido nuestro vínculo con la Iglesia,
-asociarnos todavía más a su misión y
-ayudarnos a dar testimonio de la fe cristiana por la palabra acompañada de las obras”
(Catecismo, 1316).
Por implicar perfección y consumación de la gracia y el carácter del Bautismo, este
sacramento forma parte de la iniciación cristiana. Confirmar significa afirmar o consolidar,
y por ello la Confirmación lleva a su plenitud lo que en el Bautismo era sólo inicio.
Particularmente luego de la recepción de este sacramento, la misión del cristiano se
vuelve más activa que pasiva, en consideración de dicha plenitud: misión eminentemente
apostólica, donde se continúa -de algún modo- la gracia de Pentecostés. Por esta razón,
sólo los confirmados pueden ser padrinos de Bautismo, o recibir el sacramento del Orden
sacerdotal.
4.2 LA CONFIRMACIÓN, SACRAMENTO DE LA NUEVA LEY
Este sacramento, como todos los otros, fue instituido por Jesucristo, pues sólo Dios puede
vincular la gracia a un signo externo. Sin embargo, no consta en la Sagrada Escritura el
momento preciso de la institución, aunque repetidas predicciones de los profetas relativas
a una amplia difusión del Espíritu divino en los tiempos mesiánicos (cf. Isaías 58, 11;
Ezequiel 47, 1; Joel 2, 28, etc.), el reiterado anuncio por parte de Cristo de una nueva
venida del Espíritu Santo para completar su obra , y la misma acción de los Apóstoles,
hacen constar la institución de un sacramento distinto del Bautismo.
[En la Última Cena, por ejemplo, dijo a sus Apóstoles: “Les conviene que Yo me vaya,
porque si Yo no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes; si me voy, lo enviaré para
ustedes” (Juan 16, 7). Después de la Resurrección les anunció: “Recibirán la fuerza del
Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y me servirán de testigos en Jerusalén y en
toda Judea y en Samaria, y hasta el extremo del mundo” (Hechos 1, 8). santo Tomás
explica que ciertos sacramentos los instituyó Jesús con su uso, como el Bautismo y la
Eucaristía, otros confiriendo directamente una potestad, como la Penitencia y el Orden. La
Confirmación, en cambio, la instituyó con la promesa de sus efectos (cf. S. Th. III, q. 72, a.
1, ad. 1).]
Desde los primeros tiempos fue administrado este sacramento en la Iglesia. Así, por
ejemplo, los Hechos de los Apóstoles nos refieren que, habiendo sido enviados Pedro y
Juan a los samaritanos, “hicieron oración por ellos a fin de que recibiesen el Espíritu Santo
porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente estaban
bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el
Espíritu Santo” (Hechos 8, 14). Cuando san Pablo llega a Éfeso, pregunta a los discípulos:
“¿Recibieron el Espíritu Santo cuando abrazaron la fe? Mas ellos respondieron: ni siquiera
hemos oído si hay Espíritu Santo”. Entonces el Apóstol completó su instrucción y
“habiéndoles Pablo impuesto las manos, descendió sobre ellos el Espíritu Santo” (Hechos
19, 2-6. Ver también Hebreos 6, 2). Es claro que, desde el primer momento de la
predicación apostólica, se confería este sacramento, instituido por Jesucristo.
4.3 EL SIGNO EXTERNO DE LA CONFIRMACIÓN
Al administrar la Confirmación, la Iglesia repite esencialmente la sencilla ceremonia que
relatan los Hechos de los Apóstoles (19, 1-6), añadiendo algunos ritos que hacen más
comprensible la recepción del Espíritu Santo y los efectos sobrenaturales que produce en
el alma.
Así lo expresa, por ejemplo, la siguiente oración que antecede a las palabras de la forma:
“Oremos, hermanos, a Dios Padre Todopoderoso, y pidámosle que derrame el Espíritu
Santo sobre estos hijos de adopción, que renacieron ya a la vida eterna en el Bautismo,
para que los fortalezca con la abundancia de sus dones, los consagre con su unción
espiritual, y haga de ellos imagen perfecta de Jesucristo”.
4.3.1 La materia
La materia de la Confirmación es la unción con el crisma en la frente, a la que se añade la
imposición de las manos del Obispo.
Por crisma se entiende la mezcla de aceite de oliva y de bálsamo, consagrada por el obispo
el día de Jueves Santo. Se entiende por bálsamo el líquido aromático que fluye de ciertos
árboles y que, después de quedar espesado por la acción del aire, contiene aceite
esencial, resina y ácido benzoico o cinámico.
Así como la materia del Bautismo -el agua- significa su efecto propio -lavado-, la materia
de la Confirmación -aceite, usado desde la antigüedad para fortalecer los músculos de los
gladiadores-, es símbolo de fuerza y plenitud. El confirmado podrá con el sacramento
cumplir con valentía su misión apostólica. El bálsamo, que perfuma el aceite y lo libra de la
corrupción, denota el buen olor de la virtud y la preservación de los vicios.
El rito esencial es la crismación en la frente, no la imposición de las manos (cf. AAS 64
(1972), p. 526).
4.3.2 La forma
La forma de la Confirmación consiste en las palabras que acompañan a la imposición
individual de las manos, imposición que va unida a la unción en la frente.
El Ordo Confirmationis (22-VIII-71) indica que las palabras son: “Recibe el signo del Don
delEspíritu Santo”.
Lo mismo que al soldado se le dan las armas que debe llevar en la batalla, así al
confirmado se le signa con la señal de la cruz en la frente, para significar que el arma con
que ha de luchar es la cruz, llevada no sólo en su mano o sobre su pecho, sino sobre todo
en su propia vida y conducta.
4.4 EFECTOS DE LA CONFIRMACIÓN
“De la celebración se deduce que el efecto del sacramento es la efusión plena del Espíritu
Santo, como fue concedida en otro tiempo a los apóstoles el día de Pentecostés”
(Catecismo, 1302).
El Catecismo continúa así su explicación: “Por este hecho, la Confirmación confiere
crecimiento y profundidad a la gracia bautismal” (Id., n. 1303).
Además, la Confirmación tiene también otro efecto: “imprime en el alma una marca
espiritual indeleble, el ‘carácter’, que es el signo de que Jesucristo ha marcado al cristiano
con el sello de su Espíritu revistiéndolo de la fuerza de lo alto para que sea su testigo (cf.
Lucas 24, 48-49)” (Id., n. 1304).
“El ‘carácter’ perfecciona el sacerdocio común de los fieles, recibido en el Bautismo, y el
confirmado recibe el poder de confesar la fe de Cristo públicamente, y como en virtud de
un cargo (quasi ex officio)” (Id., n. 1305).
4.5 NECESIDAD DE RECIBIR EL SACRAMENTO
En el inciso 2.5 se explicó que el Bautismo es el único sacramento absolutamente
necesario para la salvación. La Confirmación, pues, será necesaria sólo de modo relativo;
es decir, que se requiere no absolutamente para salvarse, sino sólo para llegar a vivir con
plenitud la vida cristiana.
4.6 EL MINISTRO DE LA CONFIRMACIÓN
“El ministro ordinario de la Confirmación es el Obispo; también administra válidamente
este sacramento el presbítero dotado de facultad por el derecho común o concesión
peculiar de la autoridad competente” (CIC, c. 882; 1313; LG 26).
4.7 EL SUJETO DE LA CONFIRMACIÓN
El sujeto de la Confirmación es todo bautizado que no haya sido confirmado.
También los niños pueden recibir válidamente este sacramento y, si se hallan en peligro
de muerte, se les debe administrar la Confirmación.
Aunque el niño bautizado -que aún no llega al uso de razón- se salvaría sin confirmarse, la
conveniencia de recibir este sacramento resulta de la infusión de un estado más elevado
de gracia, al que corresponde un estado más elevado de gloria (cf. S. Th. III, q. 72, a. 8, ad.
4).
Ahora bien, considerando el fin de este sacramento -convertir al bautizado en esforzado
testigo de Cristo- es más conveniente administrarlo cuando el niño ha llegado al uso de
razón, es decir hacia los siete años de edad: “El sacramento de la Confirmación se ha de
administrar a los fieles en torno a la edad de la discreción” (CIC, c. 891).
“La tradición latina, desde hace siglos, indica ‘la edad del uso de razón’ como punto de
referencia para recibir la Confirmación. Sin embargo, en peligro de muerte, se debe
confirmar a los niños incluso si no han alcanzado todavía la edad del uso de razón”
(Catecismo, n. 1307). “En la Iglesia latina la administración de la Confirmación
generalmente se difiere hasta los siete años aproximadamente” (Ordo Confirmationis;
Praenotanda). Hasta esa edad no se requieren propiamente los efectos de este
sacramento, pero desde que se alcanza el uso de razón resultan necesarios, porque
empieza la vida moral y la consiguiente lucha contra los enemigos del alma. Es por ello
erróneo retrasar la Confirmación hasta una edad más avanzada, al final de la adolescencia
e incluso en la edad adulta.
Para que el confirmado con uso de razón reciba lícitamente el sacramento, ha de estar
convenientemente instruido, en estado de gracia, y ha de ser capaz de renovar las
promesas del Bautismo.
“La preparación para la Confirmación debe tener como meta conducir al cristiano a una
unión más íntima con Cristo, a una familiaridad más viva con el Espíritu Santo, su acción,
sus dones y sus llamadas, a fin de poder asumir mejor las responsabilidades apostólicas de
la vida cristiana. Por ello, la catequesis de la Confirmación se esforzará por suscitar el
sentido de la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo” (Catecismo, n. 1309).
[“Si un cristiano está en peligro de muerte, cualquier presbítero puede darle la
Confirmación. En efecto, la Iglesia quiere que ninguno de sus hijos, incluso en la más
tierna edad, salga de este mundo sin haber sido perfeccionado por el Espíritu Santo con el
don de la plenitud de Cristo” (Catecismo, n. 1314)]
1.1.1 Noción de los sacramentos
A. Definición nominal
La palabra latina sacramentum significa etimológicamente algo que santifica (res sacrans),
y equivale en griego a la voz misterio (mysterion: cosa sacra, oculta o secreta).
Del significado nominal se ve claro que el sentido de la palabra es muy amplio: significa
cualquier cosa sagrada o religiosa.
En este sentido amplio, toda la Creación es un sacramento, es decir, un signo en cierto
sentido sagrado, por ser un modo visible en que se manifiesta la realidad del Dios
invisible. Dios se ha hecho conocer en el mundo creado de modo analógico y finito, de
forma que puede ser entrevisto en su poder y divinidad, tal como explica san Pablo en
Romanos 1, 20: “Desde la creación del mundo, su eterno poder y su divinidad, son
conocidos mediante las creaturas”.
A la virtud simbólica del mundo total y de las cosas en particular hay que añadir otro
simbolismo sagrado: el que Dios quiso asociar a las realidades del Antiguo Testamento
que representaban anticipadamente las del Nuevo, por ejemplo, el Cordero Pascual, signo
de Cristo; el Arca de la Alianza, símbolo de la Iglesia; el maná, de la Eucaristía, etc.
Sin embargo, es importante tener en cuenta que estas realidades difieren esencialmente
de los sacramentos de la Nueva Ley, porque no producían la gracia, sino sólo figuraban la
que había de venir por la Pasión de Cristo.
Bajo esta concepción de misterio, ha de afirmarse que el sacramento esencial es Cristo.
Cristo es el misterio personificado: su ser, sus palabras y sus obras son la manifestación
visible de lo invisible, la aparición de Dios oculto en la realidad de un hombre. Los
sacramentos como tales no serán sino la ampliación del ser y del obrar del misterio de
Cristo a través de los tiempos y del espacio. Ellos manifiestan el Amor de Dios que está
oculto y, como oculto, presente en el mundo. El Amor divino se actualiza a través de ellos.
B. Definición real
Como ya dijimos, el misterio de Cristo se continúa en la Iglesia, que goza siempre de su
presencia y lo sirve, especialmente a través de aquellos signos instituidos por Él mismo,
que significan y producen el don de la gracia, y son designados con el nombre de
sacramentos. El Catecismo de la Iglesia Católica ofrece la siguiente definición:
“Los sacramentos son signos eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la
Iglesia por los cuales nos es dispensada la vida divina” (n. 1131).
O, en definición equivalente del Catecismo Romano (parte II, cap. I, n. 11), “una cosa
sensible que por institución divina tiene la virtud tanto de significar como de conferir la
gracia santificante” .
La noción de sacramento incluye los siguientes elementos:
1) que es una ‘cosa sensible’, es decir, algo que el hombre es capaz de percibir por los
sentidos corporales (el agua en el Bautismo, el pan y el vino en la Eucaristía, etc.);
2) esa cosa sensible es, además, ‘signo’ de otra realidad (la ‘gracia’ o ‘vida divina’);
3) que haya sido instituido por Jesucristo durante su vida terrena;
4) que tenga eficacia sobrenatural para producir la gracia en quien lo recibe. No sólo
significa la gracia sino sobre todo la produce de hecho;
5) como los sacramentos han sido confiados a la Iglesia, se dice que ‘los sacramentos son
de la Iglesia’. Esto tiene un doble sentido: existen ‘por ella’ y ‘para ella’. Existen ‘por la
Iglesia’ porque ella es el sacramento de la acción de Cristo que actúa en ella gracias a la
misión del Espíritu Santo. Y existen ‘para la Iglesia’ porque ellos son ‘sacramentos que
constituyen la Iglesia’
Explicaremos detalladamente los elementos de la definición.
1.1.2 Los sacramentos son realidades sensibles
Jesucristo pudo haber comunicado los frutos de la Redención directamente, sin necesidad
de recurrir a ningún elemento sensible. A veces lo hace así, y envía su gracia invisible
como una ayuda real, sin mediar elemento externo alguno.
Sin embargo Dios, creador de la naturaleza humana, ha querido acomodarse a ella al
darnos su gracia. Jesús, p. ej., realizaba de ordinario los milagros sirviéndose de algunos
elementos materiales, o de algunos gestos y palabras:
“tocó con su mano al leproso y le dijo: quiero, queda limpio…” (Mateo 8, 3); “diciendo
esto, sopló y les dijo: reciban el Espíritu Santo…” (Juan 20, 22); “untó con barro los ojos del
ciego de nacimiento; éste se lavó después y comenzó a ver” (Juan 9, 6-7).
Del mismo modo, quiso Jesús en los sacramentos unir su gracia a signos externos en los
que se encarna, se materializa, la acción invisible del Espíritu Santo. La pedagogía divina
ha querido comunicar al hombre la gracia sobrenatural a través de las mismas realidades
materiales que usamos en nuestra vida ordinaria, dándoles una significación más alta y
una eficacia que de suyo no tiene ni pueden tener.
1.1.3 La realidad sensible de los sacramentos tiene el carácter de signo
Definición.- Por signo se entiende todo objeto, fenómeno o acción que representa otro
objeto, fenómeno o acción.
El valor de un signo no proviene de lo que él es de por sí, sino de su función indicadora y
demostrativa que trasciende su propio ser. Así, por ejemplo, el tender la mano es un signo
de unión interior y de ofrecimiento del yo al tú. En la palabra puede expresarse
formalmente esa intención; en el signo está representada. En ocasiones los gestos
escapan incluso al dominio del lenguaje hablado.
El signo ha de guardar de algún modo relación natural con lo significado. La virtud
simbólica concedida por Dios a las cosas no es algo caprichoso, sino que estriba en su ser
propio y lo trasciende.
Por ejemplo, al orar levantamos las manos hacia arriba para expresar que nos
trascendemos a nosotros mismos hacia Dios. También podemos expresar este deseo
quemando incienso que asciende a lo alto. Juntamos las manos para simbolizar que
estamos dispuestos a dejarnos atar por Dios. Pero podemos también representar nuestra
entrega por medio de la vela que arde y se consume. Nos santiguamos para simbolizar
nuestra fe en Cristo crucificado y nuestra participación en su sacrificio mismo. Pero
también hacemos imágenes de Cristo crucificado como símbolos de nuestro deseo de
unión con Él.
Así, pues, Cristo no eligió una realidad material cualquiera, sino aquella que ya en el plano
natural sirve para un fin similar al que Dios quiere producir sobrenaturalmente: el agua,
para lavar; el aceite, para fortificar el cuerpo; el pan, para alimentar, etc. Luego determinó
que, mediante unas palabras pronunciadas con su autoridad, estas realidades materiales
significaran y causaran un efecto santificador: el agua lava la mancha del pecado en el
alma.
1.1.4 El signo sensible del sacramento está constituido por la materia y por la forma
Al elemento material del sacramento se le llama materia, y a las palabras que completan y
dan su eficacia a la materia se le denomina forma. Cuando la forma es pronunciada por el
ministro con la intención de hacer lo que hace la Iglesia, Dios confiere su gracia a través
del sacramento, que es el instrumento del que se sirve para santificarnos. Tenemos ahí el
signo externo de la gracia (materia y forma) y la gracia conferida.
El signo sensible lo componen conjuntamente la materia y la forma, y es a lo que la Iglesia
da el nombre de sacramento.
La materia y la forma constituyen la esencia del sacramento y no pueden variarse o
modificarse, pues fueron determinadas por institución divina. La Iglesia, al establecer
modificaciones en los ritos, jamás varía esta parte esencial, sino que sólo regula las
ceremonias litúrgicas alrededor de los dos elementos constitutivos de cada sacramento.
1.1.5 Institución de los sacramentos por Cristo
Cristo instituyó directa y personalmente todos los sacramentos: Él determinó tanto el
signo externo correspondiente como la gracia que de él se derivaría.
La Sagrada Escritura muestra con toda claridad la institución del Bautismo (cf. Mateo 28,
19; Marcos 16; 16: Juan 3, 5), la Eucaristía y el Orden sacerdotal (cf. Mateo 26, 26-29;
Marcos 14, 22-25; Lucas 22, 19-20; I Cor. 11, 23-25), y la Penitencia (cf. Juan 20, 23).
Aunque la institución de los demás no aparece destacada, fue Cristo quien lo hizo con su
potestad.
Así lo atestigua la Tradición. Desde los primeros momentos, los Apóstoles bautizan a los
que aceptan el Evangelio (cf. Hechos 2, 41), siguiendo el mandato del Señor, y confirman
después a los bautizados (cf. Hechos 8, 17). El Apóstol Santiago habla de la Unción de los
enfermos como de algo perfectamente sabido por todos (cf. Sant. 5, 14-15),
recomendando y promulgando lo establecido por Jesucristo. El Matrimonio queda
santificado por la presencia del Señor en las bodas de Caná (cf. Juan 2, 1-11), reafirmando
Cristo mismo la unidad e indisolubilidad de la primera institución (cf. Mateo 19, 1-9).
Ningún sacramento, pues, ha sido instituido por la Iglesia, ya que la autoridad eclesiástica
no tiene poder sobre la esencia de los sacramentos; sólo puede cambiar “aquello que
según la variedad de las circunstancias, tiempos y lugares, juzgara que conviene más a la
utilidad de los que lo reciben o a la veneración de los mismos sacramentos” (Conc. de
Trento, sesión XXI).
1.1.6 Los sacramentos no sólo significan la gracia, sino que también la producen
El sacramento es un símbolo, un signo, puesto que representa sensiblemente una realidad
misteriosa; pero es un símbolo de orden muy particular. Instituido por Cristo, tiene la
tremenda fuerza de contener realmente lo que significa. El Bautismo, por ejemplo, no sólo
simboliza la purificación y la limpieza interiores, sino que efectivamente la produce. Por
eso se dice que el sacramento es un signo que produce lo que significa.
Los sacramentos de la Nueva Ley, pues, no sólo significan la gracia, sino sobre todo la
producen de hecho en las almas. No son signos convencionales o ineficaces, sino que
verdaderamente obran siempre aquello que significan de un modo infalible, en aquel que
los recibe con las debidas disposiciones. Esta idea se expresa diciendo que obran ex opere
operato (por la obra realizada), con independencia de las personas y en dependencia
absoluta de la voluntad divina que los ha instituido.
1.2 LA EFICACIA SACRAMENTAL
Ya mencionamos que los sacramentos son -por voluntad de Cristo- la continuación, hasta
el fin de los tiempos, de las mismas acciones salvadoras realizadas por el Señor durante su
vida terrena. De ahí que sean medios de santificación con la misma eficacia infalible que
poseía la Santísima Humanidad de Cristo: actúan comunicando siempre la gracia, cuando
el rito se realiza correctamente y el sujeto no pone un obstáculo.
Los sacramentos “son eficaces porque en ellos actúa Cristo mismo; Él es quien bautiza, Él
quien actúa en sus sacramentos con el fin de comunicar la gracia que el sacramento
significa” (Catecismo, n. 1127).
Sin embargo, los sacramentos no son la causa principal de la comunicación de la gracia,
sino que son causas instrumentales. Así, se dice que una es la acción del que obra (causa
principal, [Link]., el artista que pinta un cuadro), y otra la del instrumento con que obra
(causa instrumental, [Link]., el pincel del pintor). En los sacramentos, la causa principal es
Dios, a través de la Humanidad Santísima de Jesucristo; el sacramento es sólo instrumento
a través del cual Dios produce la gracia.
Aunque no sean la causa principal, es sin embargo correcto afirmar que los sacramentos
son signos eficaces de la gracia, pues de un modo infalible la producen en el alma. La
teología, para designar esa eficacia objetiva, creó la fórmula “sacramenta operantur ex
opere operato”; es decir, los sacramentos actúan por el mismo hecho de que la acción es
realizada, dan la gracia en virtud del rito sacramental que se lleva a cabo. “Ex opere
operato” quiere decir, textualmente, “por la obra realizada”. El Concilio de Trento
sancionó esta fórmula, definiéndola como dogma de fe: “Si alguno dijere que los
sacramentos de la Nueva Ley no confieren la gracia en virtud del rito sacramental que se
realiza (ex opere operato) (. . .) sea anatema” (DS 1608).
El Concilio hubo de definir esta doctrina para contrarrestar la afirmación de los
protestantes en el sentido de que los sacramentos son eficaces por la fe que el sujeto o el
ministro ponen en su confección o recepción.
La terminología sobre la fuerza eficaz de los sacramentos expresa la grandeza de los
mismos: son, en efecto, una presencia misteriosa de Cristo invisible, que actúa de modo
visible a través de esos signos eficaces. “En consecuencia, siempre que un sacramento es
celebrado conforme a la intención de la Iglesia, el poder de Cristo y de su Espíritu actúa en
él y por él, independientemente de la santidad personal del ministro” (Catecismo, n.
1128).
La formulación explícita de esta doctrina se remonta ya a los tiempos en que san Agustín
refutaba a los donatistas, que condicionaban la eficacia de los sacramentos a la
disposición del ministro; el ministro sólo presta los medios para que Jesucristo,
misteriosamente presente en la Iglesia, actúe con toda su eficacia salvadora. Una vez más
se vislumbra la profunda relación entre Cristo-Iglesia-Sacramentos.
El efecto del sacramento tampoco es casuado por la actitud del que lo recibe: la gracia se
confiere a quien no pone óbice por el mismo hecho de realizarse el rito sacramental (ex
opere operato). Ahora bien, es importante también recalcar que la mayor o menor
cantidad de gracia sí depende de las disposiciones del sujeto que lo recibe. Esta
disposición subjetiva se designa con la fórmula “ex opere operantis”, que textualmente
significa “por la acción del que actúa”.
Sin embargo, y en esto radica la comprensión de la eficacia sacramental, no son las
disposiciones del sujeto la causa de que el sacramento produzca la gracia, sino que sólo la
medida del grado de gracia que recibe.
Filosóficamente se explica diciendo que la actitud del sujeto es causa dispositiva de la
gracia (dispone el grado de gracia que se recibe), pero no causa eficaz (no produce la
gracia).
1.3 EFECTOS DE LOS SACRAMENTOS
Señala el Concilio Vaticano II que los sacramentos tienen la virtud de identificarnos con
Jesucristo por medio de la gracia que confieren: por ellos “somos incorporados a los
misterios de su vida, configurados con Él, muertos y resucitados, hasta que con Él
reinemos” (Const. Lumen gentium, n. 7). Sistematizando las consecuencias de esa
identificación con Cristo, podemos afirmar que tres son los efectos que producen los
sacramentos:
– la gracia santificante, que se infunde o se aumenta;
– la gracia sacramental, específica de cada sacramento;
– el carácter, que es producido por tres sacramentos (Bautismo, Confirmación y Orden
sacerdotal).
EFECTOS
a) De todos los sacramentos:
– gracia santificante: infunden (sacram. de muertos) y aumentan (sacram. de vivos)
– gracia sacramental
b) De tres sacramentos: (Bautismo, Confirmación y Orden sacerdotal): imprimen carácter
1.3.1 La gracia santificante
El Concilio de Trento definió como verdad de fe que todos los sacramentos del Nuevo
Testamento confieren la gracia santificante a quienes los reciben sin poner óbice (cf. DS
1605 y 1606).
En la Sagrada Escritura, los textos en los que aparece -directa o indirectamente- este
efecto, son muy abundantes (cf. Juan 3, 5; Hechos, 8, 17; Efesios 5, 26; II Tim. 1, 6; Tit. 3,
5; Sant. 5, 15; etc.). Algunos pasajes designan este efecto con palabras equivalentes (v. gr.,
purificación, regeneración, remisión de los pecados, comunicación del Espíritu Santo,
etc.).
La gracia santificante puede venir a un alma que ya la poseía, produciéndose un aumento
de esa gracia. Puede también ser comunicada a un alma en pecado mortal u original,
infundiéndola donde no existía.
Esta diferencia se pone de manifiesto en la terminología teológica que califica al Bautismo
y a la Penitencia como sacramentos de muertos, o destinados a perdonar el pecado
mortal u original, que priva (mata) la vida sobrenatural en el alma; y a los otros cinco
como sacramentos de vivos, porque han de recibirse en estado de gracia y suponen un
enriquecimiento y desarrollo de la vida sobrenatural que ya se posee.
Por excepción, el sacramento de la confesión es también sacramento de vivos, cuando
quien lo recibe no tiene pecado mortal.
1.3.2 La gracia sacramental
Además de esta gracia común a todos los sacramentos, hay una gracia llamada
sacramental, propia de cada uno de ellos. Cada sacramento, en efecto, confiere una gracia
sacramental específica, distinta en cada uno de ellos, que añade a la gracia santificante un
cierto auxilio divino cuyo fin es ayudar a conseguir el fin particular del sacramento (cf. S.
Th. III, q. 62, a. 2).
La gracia sacramental proporciona al cristiano, en las diversas situaciones de su vida
espiritual y en el tiempo oportuno, las gracias actuales necesarias para cumplir sus
deberes. Los padres, p. ej., en virtud del sacramento del Matrimonio tendrán gracia para
recibir y educar cristianamente a los hijos; los sacerdotes contarán con los auxilios
necesarios para el desempeño de su ministerio; etc.
1.3.3 El carácter
Es verdad de fe (cf. DS 1609; ver Catecismo, n. 1121) que el Bautismo, la Confirmación y el
Orden sacerdotal imprimen en el alma el carácter, es decir, una marca espiritual indeleble
que hace que esos tres sacramentos no se puedan volver a recibir.
Fundamento bíblico:
En la Sagrada Escritura se designa el carácter como ‘sello divino’ o ‘sello del Espíritu
Santo’, tal como aparece en los siguientes textos: “Es Dios quien a nosotros y a ustedes
nos confirma en Cristo, nos ha ungido, nos ha sellado y ha depositado las arras del Espíritu
en nuestros corazones”(II Cor. 1, 21). “En Él (Cristo) también ustedes… fueron sellados con
el sello del Espíritu Santo prometido” (Efesios 1, 13-14). “No entristezcan al Espíritu Santo
de Dios, en el cual han sido sellados para el día de la redención” (Efesios 4, 30). Todos los
testimonios citados antes para probar la semejanza con Cristo son válidos aquí también.
Según la Sagrada Escritura es el Espíritu Santo quien forma en los hombres, en cuanto
bautizados, la imagen de Cristo.
Quien recibe estos sacramentos está para siempre sellado por Cristo, es decir, Cristo ha
impreso en él una marca, una huella que le hace ser de su pertenencia. Cristiano significa
ser de Cristo, pertenecerle. Quien ha sido señalado por el carácter lleva los rasgos de
Cristo, como el hijo lleva los rasgos de su padre, de modo indestructible .
Los pecados pueden desfigurar esos rasgos, pero no aniquilarlos; incluso el bautizado que
se condena permanece con ellos.
Según la teología de los Padres de la Iglesia, el carácter permite ser reconocidos en el
cielo: Dios y los ángeles distinguen con el carácter sacramental la pertenencia a Cristo de
los bautizados, de los confirmados y de los ordenados.
Este enorme poder del carácter proviene de la fuerza del sello de la Cruz. Como la Cruz es
la última entrega posible de Dios al hombre, estar sellado con ella implica algo definitivo,
radical. Por eso, el recibir este sello es garantía y prenda de vida eterna