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Politeismos - Alvaro Naira

El documento describe a un hombre de 26 años llamado Álex que practica el politeísmo y lleva un colmillo de lobo. En un bar gótico conoce a una chica llamada Verónica de aparentemente 15 años, aunque él sospecha que es menor. Hablan y coquetean mientras beben.

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Politeismos - Alvaro Naira

El documento describe a un hombre de 26 años llamado Álex que practica el politeísmo y lleva un colmillo de lobo. En un bar gótico conoce a una chica llamada Verónica de aparentemente 15 años, aunque él sospecha que es menor. Hablan y coquetean mientras beben.

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Álex tiene veintiséis años, un mal carácter antológico, la boca muy grande y

una sinceridad a prueba de escrúpulos. Viste de negro de la cabeza a los


pies, fuma sin parar y cree que es un lobo. Y lo es, por dentro. Si te atreves a
discutírselo, puede que te tragues los dientes.
Si le pillas en un buen día, es posible que enarque una ceja, sonría
torcidamente, tire la ceniza, se gire en la banqueta del antro, te mire con
fijeza y te diga:

“Dentro tienes dos almas: una es la humana, la que gobierna a la


mayoría de la gente; es la que actúa cuando eres acomodaticio,
mezquino y cobarde, cuando esparces tu basura y pudres el mundo
en el que vives. Otra es el animal que la combate y la devora. Es la
que te hace libre.”

Más desencantado que cínico, y más sentimental de lo que le gustaría


admitir, es un personaje en transición al llamado mundo adulto, que, como
los viejos cowboys o los más queridos antihéroes, defiende sus ideales con
uñas y dientes, aun cuando los ve cada vez más lejanos (Revista Prótesis).

[Link] - Página 2
Álvaro Naira

Politeísmos
ePUB v1.1
feather 24.04.11

[Link] - Página 3
Queda prohibida cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y
transformación de esta obra con ánimo de lucro sin contar con autorización del titular de la propiedad
intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la
propiedad intelectual (arts. 270 y sgts. del Código Penal).

© 2008, Álvaro Naira


© de esta edición: 2011
© de la ilustración: Álvaro Naira
Maquetación: Estelle Talavera Baudet

I.S.B.N: 978-1-4092-1127-3

[Link]

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Al búho que, noche tras noche,
con infinita paciencia,
lo leyó mientras se escribía.

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El lobo omega

[Link] - Página 6
I
PIDIÓ UN TERCIO Y ENCENDIÓ UN CIGARRO. Le dio una calada larga y
expulsó el humo entre dientes. Arrastró una banqueta hasta situarse al lado de la
cabina del pincha. Tras intercambiar unas frases intrascendentes con el camarero, se
sumergió en su libro. Eran las siete de la tarde. El local estaba vacío y la música no
demasiado alta. Pese a los esfuerzos del dueño, la luz natural se filtraba por las
rendijas de la puerta y le daba a la decoración gótica un aspecto desangelado, falso y
ridículo, de tramoya de Halloween para niños. El polvo, los escombros y la porquería
se acumulaban en las esquinas, las pinturas de la pared no brillaban, los murciélagos
parecían de tienda de disfraces y la lápida se veía absurdamente pequeña sobre la
barra, como si fuera a producirse un enterramiento de gnomos con cucurucho.
Cerró las pastas de golpe y tecleó en la piedra algunos acordes de la canción que
sonaba. En el otro extremo de la barra, una pareja se rió tontamente. Sonrió con
suavidad y regresó al libro.
Tenía veintiséis años y vestía más o menos del mismo modo que todos los que
acudían asiduamente al garito. Como cortado por un patrón, era alto, flaco, con el
pelo oscuro y corto. Llevaba pantalones negros, camisa negra, largo abrigo matrixero
de cuero negro y botas descomunales, martilleadas con placas de metal y atestadas de
trabillas, que aumentaban su altura en cinco centímetros, su peso en cuatro kilos y le
impedían pasar por el arco de los aeropuertos. Del cuello, sin embargo, no colgaban
rosarios ni cruces de plata ni bisutería gitana; no llevaba más que un diente de lobo
con una cuerda negra de nailon. Si le preguntaban dónde lo había comprado, solía
responder que en el monte se encontró con uno muerto y le sacó el colmillo de la
mandíbula con unas tenazas. Nadie, de momento, había indagado en para qué diablos
llevaba unas tenazas en el monte, pero lo más seguro es que hubiera contestado:
“Para arrancar dientes de lobo de las quijadas”. Si sólo señalaban con un “curioso”,
les explicaba que se lo había pasado un colega suyo que estaba en la facultad de
veterinaria. Si insistían, gruñía que le había tocado en una tómbola o que lo encontró
dentro de una bolsa de patatas.
Si no preguntaban nada, tras unos cuantos whiskys, les decía que era una forma
de sentirse cerca de su dios.
Era politeísta. Practicaba su religión desde los once años. Lo confesaba, cuando
estaba como una cuba, con cierta sorna y distancia, como si no se creyera ni una
palabra de lo que decía. Provocaba interés y risas, y preguntas de chiste, como:
“¿Cuál crees que es mi dios? Nací tal día”. “No es un horóscopo”, replicó una vez
con una frialdad de nitrógeno líquido, y agarró los bártulos y se marchó del antro.
“Lo único que me gusta de este sitio”, solía comentar a los conocidos, “es que no hay

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suficiente espacio para que baile nadie y así me ahorro ver a la gente hacer más el
ridículo. Pero esto es un nido de soplapollas”. Muchos se habían ofendido cuando al
protestar: “Hombre, gracias”, él, en lugar de contradecirse con un cauto y educado:
“No hablaba por ti”, respondía: “De nada”. Por ése, entre otros muchos motivos, no
tenía amigos.
Se iba del garito sobre las nueve o las diez como muy tarde. Si se quedaba por la
noche era porque quería tirarse a alguien. Sucedía con relativa regularidad. Gustaba
bastante a la caterva de niñas anémicas con ojeras violetas y uñas pintadas de negro
que acudían enfundadas en manguitos de licra, faldas vaporosas de tul y apretados
corpiños con apliques de terciopelo. Ésta, concretamente, le había dicho que tenía
diecisiete años. No se lo creyó. Pensó que si hubiera tenido diecisiete de verdad
habría dicho que dieciocho, por no meterse en líos en un local para mayores de edad.
Tal vez ni llegara a los quince, porque una adolescente de dieciséis no se pondría sólo
un año de más. Era menuda como una muñequita y la ropa siniestra le sentaba como
un guante, al contrario que a la mayoría de las muchachas entradas en altura y en
carnes que colmaban el lugar. Su coro griego de risas tontas lo formaban dos amigas
que eran tan gatunas como ella, pero feas, a las que ignoró olímpicamente desde el
primer momento. En circunstancias normales se habría negado a cuidar de una
guardería, pero estaba muy borracho, y ella tenía los ojos brillantes y la cara en forma
de corazón y la sonrisa húmeda y la melena rizada de color fuego y un corsé de
charol y ligas de encaje bajo la falda de tul y botas altas como el gato del cuento.
Ya eran las once y el sitio estaba lleno, pero él seguía leyendo en el rincón. La
chica se había apretado entre varios cuerpos para pedirle un mini al camarero.
—Perdona.
Él levantó la vista del libro. Se apartó un poco. La contempló apreciativamente.
—Bonito pelo —le dijo—. ¿Es tu color natural?
Ella ni se giró. Con gesto de fastidio, contestó:
—Nadie tiene el pelo de este color.
Él, entonces, sonrió deliberadamente despacio.
—Neil Gaiman, Muerte, El Alto Coste de la Vida, “la adoradora de la alcana con
guantes” a Sexton Furnival en el local donde toca Foxglove por primera vez.
Ella pestañeó, reconociendo la cita. Se volvió con una mueca; entonces sí le miró
y pareció no desagradarle. Sonrió y se le afiló aún más la cara cremosa y pálida. Su
pelo era una cascada de rizos rojos. Se presentó y le dio dos besos.
—Buenos reflejos. Soy Verónica.
—Álex.
Se acercaron sus amigas, pero a éstas no las besó. Las dos tenían el pelo teñido de
negro regaliz y vestían con la misma variedad de tono. Una era anoréxica y relamida,
llevaba el cabello muy corto y se dedicaba a arañarse un deshilachado de los guantes;

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la otra, con un dado de rol al cuello, la nariz corva y la melena a lo Betty Page
electrizada por la plancha, parecía enteramente una graja con el pico aguzado. Reía
de forma contagiosa y no paraba de hablar. Verónica rebuscaba dinero en su bolso de
terciopelo, que estaba lleno de chapas y tenía las correas enganchadas entre sí con
unas esposas metálicas de atrezzo de sadomasoquismo como adorno. Le hizo bastante
gracia el detalle, pero no comentó una palabra: detuvo la mano que revolvía el
monedero. Pagó el mini y pidió otro más. Sacó el tabaco. Hablaron de grupos,
novelas gráficas, películas de género y otras trivialidades. El volumen de la música y
la afluencia de góticos los obligaban a estar cerca para oírse. Ella le pidió un cigarro y
él se lo encendió. Mientras lo prendía se fijó en sus dedos índice y corazón. Sonrió
crípticamente al ver que tenía las uñas pintadas de negro, pero muy cortas, sin
cutículas y con padrastros arrancados con los dientes.
A esas alturas, se le ocurrió preguntarle su edad, aunque la sospechaba. Ya no le
importaba su respuesta, porque estaba dispuesto a llevársela a su casa aunque tuviera
trece, pero ella pareció abrumada al saber que él superaba en nueve sus años ficticios.
Comenzó a llamarla nínfula. Le explicó la procedencia del epíteto. Las amigas
iban poniendo apostillas de risa como en una telecomedia americana. Verónica
hablaba poco. Sonreía de forma coqueta y desenvuelta, y le miraba. Tenía la mirada
inmensa en el rostro menudito. Se había ido acercando más y más hasta que le cogió
el colmillo. Era un adorno extraño en un siniestro —ni era cruz ni era de plata— y
siempre acababa por surgir el tema.
—Soy politeísta —explicó él curvando la boca—. Es un símbolo de mi dios.
Verónica encontró muy gracioso el chiste, pero su amiga, la chiquilla aguileña y
greñuda a la que la ropa negra hacía parecer un cuervo mojado, le miró
sesgadamente.
—¿En serio?
—Por supuesto —respondió él matando otro tercio.
—¿Pero de Júpiter, Venus y Marte y ésos? —preguntó la graja. Hablaba por los
codos y le molestaba especialmente, sobre todo desde que, con gran secretismo y
ruborizada hasta la raíz del pelo, le había preguntado en voz baja si no tendría un par
de amigos para sus amigas.
—Nada tan amanerado —contestó él. Pidió más bebida para soportar la insulsez
de la conversación del coro—. Ésos son dioses de hombres, creados a imagen y
semejanza del ser humano. Yo creo en dioses antiguos que detestan al hombre y lo
combaten desde dentro por que muera y desaparezca de la tierra.
Las risas se acrecentaron. Bebieron más y continuaron interrogándole. Le jodía
ser el divertimento de la noche, pero el alcohol le impulsaba a seguir hablando.
—Dentro tienes dos almas: una es la humana, la que gobierna a la mayoría de la
gente; es la que actúa cuando eres acomodaticio, mezquino y cobarde, cuando

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esparces tu basura y pudres el mundo en el que vives. Otra es el animal que la
combate y la devora. Es la que te hace libre. Dentro de cada persona están las dos, y
condicionan su forma de ser. Hay seres insulsos que aún no han sido atacados por un
dios, así que están vacíos.
—Joder. Es la hostia —declaró el corifeo riéndose—. ¿Cuál es tu dios, entonces?
¿Cuál crees que es el mío?
Le repateaba que le preguntaran aquello. “Dudo si darte un loro o un cuervo”,
respondió.
—El cuervo, por supuesto —escogió ella con anchísima satisfacción.
—Tu película favorita, por supuesto —repuso él elevando el labio, sin ni siquiera
mirarla ni atender su réplica contrariada—. ¿No quieres saber el tuyo? —le preguntó
a Verónica—. Estoy seguro de que llevas dentro un cazador como yo. Aunque uno
más astuto y más discreto.
La sonrisa se hizo más amplia y descarada, pero los ojos relucían fascinados. Él
estrechó los suyos nublando la vista y frunció el ceño. La contempló intensamente
hasta que vio que se ruborizaba. Pasaron más de treinta segundos. Se fijó en los
detalles: el rostro triangular, los párpados pintados con ribete de mapache, el pelo
rojo, espeso, en bucles amplios.
—El zorro —dijo finalmente.
Las amigas lo recibieron con bromas sobre el otro género del animal, pero
Verónica empezaba a derretirse en sus manos como los hielos del vaso de plástico.
—Siempre se burlaba del lobo en los cuentos —respondió.
—Porque él siempre se dejaba —murmuró Álex a su oído.
Ella se disculpó para ir al baño y él esperó un minuto exacto para dirigirse al
fondo del local con la misma excusa. No pasaron ni cinco hasta que, mientras se
enlazaban como serpientes, la empujaba furiosamente hacia los sillones del cuarto
oscuro. Con agradable sorpresa, comprobó enseguida que a Verónica no le faltaba
experiencia.
—Vamos a mi casa —le suspiró Álex en la oreja cuando ya la tuvo a punto de
caramelo—. Vivo aquí al lado.
Mansamente aceptó. Salieron y les susurró unas frases a sus amigas mientras él
esperaba, algo apartado. Supuso que estarían arreglando la manera de que no la
pillaran los padres. La graja le miraba confundida y molesta. Álex se despidió de ella
con una sonrisa cínica, enviándole un beso.
El paso del antro a la calle, del teatro a la realidad de adoquines mojados
iluminados por las farolas, era el momento más crítico. Sin música que coreografiara
sus movimientos, bajo la lluvia constante y fina, entornando los ojos para
acostumbrarse a lo que parecía un raudal de luz brillante, agarró a Verónica de la
cintura y dieron unos pasos fuera. Había algo irreal en su silueta, vestidos de negro,

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ella pulcramente arreglada con sus terciopelos y tules como una novia oscura
almidonada, él con su largo abrigo de cuero ondeándose como una capa, avanzando
entre chavales borrachos en vaqueros, relaciones públicas que les daban tarjetitas de
copas y chinos que vendían sobre cajas de cartón bocadillos y tallarines instantáneos.
Él notó cómo dudaba. La sintió temblar ligeramente y avanzar con reticencia. Se
estaba arrepintiendo, se estaba asustando de pensar que se iba a la casa de un perfecto
desconocido. Quería volver al garito con sus amigas. Antes de que lo formulara, la
puso contra una pared, le sujetó las muñecas contra el muro, presionó la pelvis contra
su cuerpo y le preguntó: “¿Es que a la luz ya no te pongo?”. La estuvo calentando
hasta que la sintió dispuesta, de nuevo, a acompañarle. Subieron tres escaleras.
Apenas le dejó ver el piso de alquiler, pequeño, mísero y con olor a moho. Desde la
entrada la fue desnudando. Follaron largamente y con violencia en el cuartucho,
sobre la cama revuelta.
No supo exactamente cómo había pasado, pero al cabo de un par de viernes de
encuentros casuales en el local, habían iniciado una relación. Él se dio cuenta cuando
un sábado quiso echar un polvo con un rollo ocasional, una mujer de bandera que le
detestaba pero que no tenía empacho en tirárselo de vez en cuando —solía decirle
que no era más que un capullo, pero que le prestaba atención porque lo era de veinte
centímetros—. Mientras se deslizaba rítmicamente arriba y abajo sobre él la encontró
de pronto grande, gorda, mórbida y pesada. Se dio cuenta de que aquel cuerpo ya no
le satisfacía, que estaba pensando en Verónica. Se esforzó en correrse cuanto antes y
decidió ir el lunes a buscarla al instituto en que había dicho la graja que estudiaban,
aunque estaba casi seguro de que aún irían al colegio. No fue así: la encontró en la
puerta. En realidad tenía diecisiete: no le había mentido.
—¿Qué haces aquí?
Los ojos y la boca de Verónica formaban tres círculos de asombro y contrariedad.
Él apuró la última calada casi al borde del filtro y lo tiró al suelo con una sonrisa
torcida.
No las había reconocido; ellas le reconocieron a él. Las chicas vestían de forma
incongruente respecto a los fines de semana: con deportivas, mochilas de colores,
vaqueros gastados y jerséis demasiado grandes, aunque, eso es cierto, negros.
Verónica llevaba el pelo recogido en una coleta alta: roja, espesa, larga y rizada, le
hizo pensar en la cola de un zorro, sacudiéndose al compás de sus movimientos. Sin
maquillaje seguía siendo igual de pálida. Le pareció aún más joven y menuda que
cuando iba arreglada; tenía los ojos grandes y amplios, redondos como canicas; se los
afilaba con las estrechas líneas pintadas a lo egipcio. Eran claros, casi verdes: nunca
se los había visto a la luz del sol. Sempiternos, el collar de perro al cuello, las uñas
mordisqueadas mal pintadas de negro y los guantes recortados.
—Veo que sois de las que os disfrazáis —saludó muy divertido, recorriendo de

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arriba abajo a la graja, cuyas mejillas se encendieron: dado al cuello, el pelo como
una masa negra y un flequillo estúpidamente corto, era la estampa de la normalidad
en vaqueros; su única concesión a la estética consistía en el ancho brazalete de cuero
con pinchos de su muñeca izquierda. Ella crispó el gesto y murmuró con disgusto:
—No te jode... Como tú no vives con una abuela que te tira la ropa si te la ve...
—Cállate, Mónica —le advirtió con frialdad su amiga.
Él no se molestó en contener la risa ni por un instante. Mientras se le sacudían el
pecho y los hombros por las carcajadas, respondió:
—Oh, no, no me malinterpretes. Si hacéis bien. Aunque haya quien se lo crea,
todo ese rollo es una maldita gilipollez.
—¿Me quieres contar qué haces aquí? —le repitió Verónica.
Él se tomó su tiempo. Estaba disfrutando de su incomodidad. Hizo un vuelo
rasante con los ojos por el paisaje pubescente del instituto. Estaban en medio de la
estampida de mochilas, cuadernos, chicles, pitillos, vaqueros, carpetas forradas con
fotos, caras flacuchas picadas de acné y cuerpos andróginos, cuyos dueños, entre los
quince y los dieciocho años, se apartaban con suspicacia para no chocarse con él,
mientras que otros se carcajeaban disimuladamente en la distancia, ya que llevaba
exactamente la misma pinta con la que salía por las noches, a las tres de la tarde y
bajo el sol débil, pero limpio, de mediados de febrero. Iban corriendo unos, otros
arrastrando los pies con dignidad fingida, golpeteando los peldaños de las escaleras y
empujando la puerta con todas sus ganas, como para reventar los cristales. Salían por
la verja en grupitos conchabados, encendiendo cigarros, comiendo chucherías y
chupando caramelos, criticando a profesores, insultando a compañeros, hablando del
fin de semana, las chicas cubriéndose el culo con jerséis atados a la cintura y el pecho
incipiente con los libros, cuadernos y carpetas. Oía sus conversaciones como desde
una pantalla de cristal. Eran tan elementales y tan frescas que le hacían sonreír sin
quererlo. En la adolescencia todo estaba a flor de piel: el físico nuevo y crujiente,
recién estrenado, sin corromper por la edad, y el carácter, apenas horneado, seguía
crudo por dentro. Todo lo que eran saltaba a la vista y no podían esconderlo. Según
los veía pasar los catalogaba de forma inconsciente. Iba sacando impresiones fugaces,
como restallidos de látigo, de sus dioses: aquel rubio estirado de mirada altiva que
bajaba los peldaños de cuatro en cuatro con un relajado bamboleo, un tigre; la chica
larga y afilada que descendía con lentitud a la vera del pasamanos, una serpiente; los
ojos descomunales en un rostro a mitad de camino entre lo enigmático y lo bobalicón
pertenecían a una lechuza; esos chavales bocazas que se iban empujando el uno al
otro desde el patio de columnas eran dos rebecos; las niñas chillonas regordetas una
nidada de gallinas. Acabó posando los ojos en Verónica.
—¿Que qué hago aquí? Satisfacer mi necesidad morbosa de información; quería
comprobar si me estoy follando de verdad a una menor, y en qué franja de edad.

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—Chicas, yo me voy... —interrumpió la tercera muchacha con una sonrisa
ambigua. Él se fijó en ella de forma somera: apenas hablaba y parecía esforzarse con
elegancia en pasar voluntariamente desapercibida. Era algo más alta que sus amigas,
huesuda y elástica, con el pelo lacio, corto, teñido de negro, muy chupado en una
caracola, como si lo lamiera con las manos y se lo pegara a la cara. Aunque más
discreta, seguía el mismo estilo que durante el fin de semana: llevaba botas,
pantalones negros y una camiseta apretada con la impresión del dibujo de Steinlen de
Le chat noir. No era guapa ni por equivocación —había algo repugnante en su pelo
engominado y en su delgadez extrema; le daba la sensación de que se escurriría si
intentara cogerla y se colaría sin dificultad por la rendija de la puerta— pero tenía
unos ojos interesantes, de color gris azulado. Era observador y reparó en una cosa que
le hizo fruncir el ceño: en el saquito de cuero del costo que llevaba al cuello había
pintado con rotulador de plata un ocho con orejas y rabo: la figura esquemática de un
gato. Hace dos semanas ese dibujo no estaba ahí.
—¡Rebeca! Espera que me voy contigo —la graja echó a correr tras su amiga no
sin antes regalarle una mirada larga, desconfiada, a la que Álex correspondió con una
subida de cejas.
—Así que vienes a vigilarme —concluyó Verónica—. A ver si te he mentido.
—Oh, sí, en parte. Creía sinceramente que aún ibas al colegio.
Verónica tomó aire y respondió:
—Estoy en tercero de BUP, y si no me crees por mí puedes irte a la mierda.
¿Tanto te importa?
Él encendió otro cigarro y la contempló entre el humo.
—Pues la verdad es que sí. Ha sido toda una decepción. Me ponía más pensar que
tenías trece o catorce.
Ella no pudo evitar sonreír.
—Eres un cerdo.
—Y eso te pone, princesa. ¿Vienes a mi casa?

Las ocho y veinticinco de la mañana. En un aula mate y neblinosa por la hora del sol
y la luz turbia del fluorescente, que zumbaba, los chavales entraban, se saludaban,
dejaban los trastos y volvían a salir. Verónica no hablaba con nadie. Ni los miraba.
Pequeña, frágil y de luto riguroso, se sentaba lánguidamente con las piernas muy
abiertas sobre un pupitre verde en la mitad de la clase, y se mecía con lentitud, como
si perteneciera a una dimensión distinta, una más blanda, más mórbida y solitaria.
Tenía las botas sobre el asiento, los codos en las rodillas y enterraba la cara en los
dedos enlazados. Llevaba unos ciclistas bajo la falda de tul para que no se le viera la
ropa interior. La postura era posada, de revista. Alzó la vista en oblicuo, sin moverse
un ápice, para saludar a la graja. El gesto estaba muy medido; sabía que había al

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menos dos chicos que la estaban observando desde el fondo de la clase.
Mónica venía tan despierta como si fueran las doce de la mañana. Con los ojos
dilatados y sonrisa de drogadicta, se lanzó contra su amiga y le apretó las rodillas.
—Vero. Hemos contactado con los espíritus.
Verónica resopló. Se quitó los cascos.
—Joder, Mon —gruñó y hundió más el rostro en las manos—. Desde primera
hora de la mañana ya estás fumada.
—Que no, pregúntale a Rebeca —Mónica tenía una expresión estúpida y ancha
—. Mientras tu novio y tú follabais como conejos, nosotras contactamos con los
espíritus.
—No es mi novio —replicó automáticamente—. Deja de repetirlo.
La chica arrugó la nariz.
—Vero; salís. Folláis. Lleváis tres semanas, tía. Es tu novio. Mira lo puesta que
vienes hoy por si se pasa a buscarte. Si me da igual —hizo un gesto resignado con la
mano como para quitarle importancia—. Pero creía que teníamos un pacto: nadie le
levanta el rollo a otra. Y para una vez que un tío se fija en mí...
—Mónica, cariño, no es por molestarte —levantó la cabeza y la inclinó
tenuemente— pero mostró tanto interés en ti como en el chicle que había bajo la
banqueta.
—Estaba hablando conmigo, no contigo —protestó—. Todo el rato. Todo.
—Porque tú no te callas ni debajo del agua.
—Yo lo vi primero —se quejó débilmente—, ahí clavado junto a la cabina del
pincha, leyendo, pasando de todo y de todos.
—De acuerdo —Verónica elevó las pupilas, harta de que se repitiera el mismo
reproche—. Era tuyo. Tú lo viste primero, aunque el sitio estaba a reventar de gente
—sonrió de forma desagradable—. Pues abriste el pico y te lo quité, como la zorra se
quedó con el queso del cuervo en la fábula.
Mónica pareció muy sorprendida. Se agitó con incomodidad, entre el enfado y
otra molestia indefinible. La voz le salió algo temblorosa.
—Mira, pensaba contarte lo que pasó ayer, pero ya no te lo cuento.
Sin embargo no se movió del sitio.
—Estás deseando contármelo —siseó Verónica.
Pasaron unos segundos. La gente del pasillo entraba en clase, con el profesor
detrás.
—No te lo vas a creer —explotó Mónica finalmente—. Que es cierto.
—¿Que es cierto qué?
Pero la graja ya corría hasta su sitio.
Tras cincuenta minutos en que sólo se dedicó a hacer cábalas, aunque se moría de
curiosidad, Verónica mantuvo su dignidad. Recogió con sosiego y esperó a que su

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amiga viniera, en lugar de ir a por ella.
—¡Hicimos una ouija! —gritaba Mon acercándose atropelladamente a su mesa—.
Y es cierto. Tía, la paja mental de tu novio el zumbado. Es cierta.
—¡Tú sí que estás zumbada! —intervino un compañero de la clase llevándose un
dedo a la sien.
—¿Y a ti quién te ha dado vela en este entierro? —replicó agresivamente.
—Sí que es un entierro, sí, lo vuestro —se burló el chaval mientras se echaba la
cartera al hombro y salía por la puerta—. Lunáticas.
Verónica le hizo caso omiso, como si estuviera por encima de esas cosas.
Pestañeó.
—No me gustan las ouijas.
—No, si a mí también me daban miedo... —comenzó Mónica con poco
convencimiento, apartando la vista.
—No es miedo —cortó Verónica—. Es que me parecen una tontería.
—Qué más dará eso —descartó la conversación excitada—. Que es cierto, Vero.
Que hablamos con nuestros dioses, Rebeca y yo. Estuvimos averiguando cosas hasta
que llegó su madre a casa. Es la hostia. En serio. Es un dios sólo tuyo, que sólo se
ocupa de ti, de que triunfes y seas libre. Te dice unas cosas que ni te puedes imaginar,
y son para ti. Tienes que probarlo.
—¿Que hicisteis una ouija en su casa? —interrumpió Verónica con cara de
póquer.
—Ya, ya sé que dicen que es malísimo —musitó Mon—. Que el cuarto se queda
maldito.
—Menuda gilipollez —la detuvo Vero subiendo el labio—. Rebeca me contó que
la hacía con su ex, el satánico, en el mismo sitio. Debe de tener ya toda la puta
Legión en su cuarto; unos cuantos más no le van a hacer daño. Mira; yo ni me lo creo
ni me lo dejo de creer. Es que no me interesa, ¿de acuerdo?
—Espérate a verlo —insistió Mon—. Luego la hacemos con ella y me cuentas. El
ritual es la leche.
—¿Pero no hace falta una tabla? No me digas que se la ha traído en la mochila —
sugirió con media sonrisa—. Si vimos una en una tienda esotérica y son de madera y
así de grandes.
—Puro mito. Con una hoja de cuaderno vas que chutas —se aseguró de que todos
los de clase se habían marchado o estaban suficientemente lejos—. Hoy pasando de
salir fuera. He quedado con Beca a la hora del recreo en la capilla, que nunca hay
nadie. Yo me he metido a fumar ahí a veces cuando el baño estaba petado. ¿Te
apuntas?
Verónica dudó.
—Venga, Vero —presionaba la graja—. No seas estrecha.

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—Joder —miró el reloj de forma evasiva y recogió la cartera—. Me voy
corriendo que no llego a ética.
—Ni yo a religión —se quedó en la puerta, impidiéndole el paso—. ¿Vienes o
qué?
Intentó pasar toreándola, sin éxito.
—Mon, tía...
—¿Vienes o no?
—¡Voy! ¡Voy! Y ahora déjame que no llego.
Se apartó con una amplia sonrisa. Verónica se marchó apresuradamente.

Convoco a algún espíritu que venga a esta tabla, cuando le digamos adiós que se
vaya.
¿Hay alguien en la tabla?
¿Hay alguien en la tabla?
¿Hay alguien en la tabla?
La voz suave y afilada de Rebeca reverberaba en la estancia. Remataba cada frase
el tintineo de la moneda —mejor de cinco duros, de las gordas, de las antiguas—
contra la “tabla”, una hoja de cuaderno cuadriculada con rebabas de la espiral —se
pinta todo el alfabeto en el borde, el alfa y omega dos veces en las esquinas, el sol y
la luna en el centro, el sí-no a los lados y el ADIÓS bien claro—. Repetía tres veces
la fórmula. Si la moneda caía de cruz, había que empezar de nuevo, y otras tres veces
la moneda al aire, hasta que cayera de cara.
Vero y Mon habían salido de sus respectivas clases y se habían encontrado junto a
la vidriera de colores. Bajaron las escaleras y atravesaron el pasillo entre los corchos
con notas, papeles de avisos y carteles de “No fumes, pues te consumes”, apretujadas
en la desbandada de estudiantes que se apelotonaban para salir antes que los demás.
Verónica jugaba con un pitillo entre los dedos. Habían atravesado el patio de
columnas y, mirando hacia todos los lados, con los ojos y el caminar culpable de los
que se reúnen para algo prohibido, entraron al edificio del salón de actos. Se habían
separado para vigilar si aparecía algún profesor o un alumno despistado y acabaron
empujando una puerta de madera pintada de blanco, exacta a la de cualquier aula del
instituto, salvo que el letrero azul indicaba la entrada a la capilla roñosa, en desuso
desde que el instituto pasó a ser público. Rebeca ya las estaba esperando. De pie
frente al altar, delante de las hileras de bancos —alta, esbelta, fúnebre y enigmática—
parecía una sacerdotisa pagana. Se sentaron en el suelo en un círculo, con las piernas
cruzadas, y extendieron la hoja de papel surcada de signos y letras.
—Convoco a algún espíritu que venga a esta tabla, cuando le digamos adiós que
se vaya. ¿Hay alguien en la tabla? —moneda al aire—. ¿Hay alguien en la tabla? —
moneda al aire—. ¿Hay alguien en la tabla?

[Link] - Página 16
—¡Cara! —gritó Mónica.
Rebeca impuso silencio.
—Ahora tenemos que poner las tres el dedo índice sobre la moneda y arrastrarla
hasta el centro suavemente, a la luna y el sol. A partir de ahí, irá sola, ya veréis.
—Irá sola porque la moverás tú —replicó Verónica con una mueca—. Lo más
terrorífico que puede pasar es que aparezca de golpe el cura. Eso sí que sería una
aparición, porque yo en mi vida he visto uno en el instituto.
A Mónica le entró la risa floja.
—Callaos —ordenó Rebeca sin parecer molesta—. Ya verás cómo se nota la
diferencia de cuando la muevo yo a cuando no la muevo. ¿Hay alguien en la tabla?

[Link] - Página 17
II

Álex parpadeó. Le daban en la cara las manchas de luz que dejaba pasar la persiana.
Soltó un taco y se revolvió. El sonido metálico del golpe del plástico duro contra el
suelo acabó por despertarle.
—¡Joder!
Se había quedado dormido vestido, delante del ordenador y con los cascos
puestos. Se frotó la cara y el pelo, grasiento por la falta de sueño. Al caerse el ratón,
la pantalla se había encendido. Leyó lo que estaba escrito desde hacía horas.
[11:34] <Ossian>: haller
[11:34] <Ossian>: haller tio
[11:34] <Ossian>: tierra llamando al lobo estepario
[11:35] <Ossian>: haller
[11:36] <Ossian>: haller
[11:36] <SaTaNiCo>: cuack
[11:38] <Ossian>: haller
[11:39] <Ossian>: ESPABILA HALLER
[11:39] <SaTaNiCo>: pasa de el, se a dormido fijo
[11:39] <SaTaNiCo>: si estubiera despierto ya me abria pateado
[11:39] <SaTaNiCo>: me abro antes de k vuelva
[11:39] *** Ossian is now known as Ossian^away
[11:39] *** Ossian^away está ausente [ En la PaRRa ] [5secs]
[11:40] <Lucien>: Minimizo, que entró un cliente.
[11:43] <Lucien>: Chau.
[11:43] <^Hugin^>: bye lucien
[11:43] <__Nevermore__>: hasta la vista, Lucien
[11:44] *** Ossian^away está ausente [ En la PaRRa ] [5mins]
[11:44] *** SaTaNiCo has left #Politeismos (La vida es una enfermedad terminal)
[11:49] *** Ossian^away está ausente [ En la PaRRa ] [10mins]
[11:54] *** Ossian^away está ausente [ En la PaRRa ] [15mins 1 sec]
[11:59] *** Ossian^away está ausente [ En la PaRRa ] [20mins 1 sec]
[12:04] *** Ossian^away está ausente [ En la PaRRa ] [25mins 2 secs]
[12:09] *** Ossian^away está ausente [ En la PaRRa ] [30mins 2 secs]
[12:10] <Ossian^away > anda y que te den, Haller
[12:10] <Ossian^away > adios a los demas
[12:10] *** Ossian^away has quit IRC (User Quit: El asno que se cree ciervo, al
saltar se despeña)
[13:44] <Lucien>: Hora de almorzar. Cuídense.

[Link] - Página 18
[13:44] <^Hugin^>: bye
[13:44] <__Nevermore__>: nos vemos el sábado
[13:44] <Lucien>: Sin falta. Chau.
[13:44] *** Lucien has quit IRC (User Quit: Que los árboles no te impidan ver el
bosque)
[14:04] *** Ossian has joined #Politeismos
[14:04] <Ossian> haller estas?
Álex se restregó los lagrimales con los nudillos. Le dolía la vista. Suspiró
pesadamente y tecleó:
[14:47] <Haller>: estoy.
Esperó un poco.
[14:48] <Haller>: ossian.
Pasaron unos minutos de sopor ausente. Escribió:
[14:56] <Haller>: me voy.
Empezó a cerrar aplicaciones. Muchas se habían quedado colgadas. Iba a salir del
IRC cuando leyó:
[14:59] <Ossian>: xDDDDDDD haller tio, son las tres
[14:59] <Haller>: hostia.
[14:59] <Haller>: ni habia leido la hora.
[14:59] <Haller>: me cago en la puta. las tres. me he dormido.
[15:00] <Ossian>: no te has dormido, joder, es que no te has acostado
[15:00] <Haller>: cierro aqui.
[15:00] *** Haller has quit IRC (User Quit: Der Steppenwolf: Más me gusta
sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que gozar de esta
confortable temperatura de estufa.)
End of #Politeismos buffer Thu Feb 17 [Link] 2000
Apagó el programa y el ordenador. Se puso en pie y se quitó las botas a patadas.
—Mierda.
Estaba doblado. Se dejó caer sobre la cama deshecha. Se hundió buscando el
hueco cálido, dio unas vueltas, se rebozó contra la manta, encontró la postura y
contempló, boca arriba, las goteras. Ya se le cerraban los ojos cuando le dio un
puñetazo al colchón. Se incorporó de golpe y se desnudó. Iba dejando la ropa en
rastro por el suelo según salía del cuarto. Le crujían las tripas. Abrió la nevera y
torció el gesto. No había nada más que cervezas, una caja de cartón con fideos chinos
a medio empezar y un paquete de bimbo pasado de fecha. Arrancó la tapadera de los
fideos y se los comió fríos, con los palillos, con cara de resignación.
Giró la llave de la ducha. El agua arrastraba regueros de suciedad de la bañera. Se
metió dentro y la puso hirviendo, pero sólo aguantó así unos minutos porque la
caldera estaba rota. Comenzó a salir tibia y luego helada. Se enjabonó lo más rápido

[Link] - Página 19
que pudo, empezando a sentir incomodidad en la boca del estómago. Mientras se
aclaraba, notó cómo los fideos se revolvían como gusanos vivos por su garganta.
Tragó repugnado, pero no pudo volver a contener la arcada. Salió a toda prisa de la
bañera y vomitó el desayuno en el váter. Se quedó unos minutos así, desnudo,
arrodillado sobre los baldosines, sintiéndose un desecho humano. Sonaba el ruido del
agua corriendo. Cuando se puso en pie, le temblaban las rodillas. La boca le sabía
mal. Abrió el grifo del lavabo, se enjuagó y escupió. El chorro salía caliente y le
regresaron las náuseas. Cogió el cepillo de dientes. Se miró en el espejo y se asustó
un poco ante la imagen que le devolvía. Estaba miserablemente delgado, con el pelo
húmedo pegado al cráneo y los ojos inyectados en sangre. Las luces intensificaban su
palidez. Tenía ojeras profundas. El espejo estaba picado por los años y le devolvía
una figura llena de manchas enfermizas, con una grieta que le partía.
—Estás pudriéndote por dentro —le dijo al reflejo.
El reflejo asintió cansinamente.

A los cascos se les había acabado la pila. A grandes zancadas, recorría el territorio
asignado, llamaba a todos los pisos de un manotazo, engañaba a alguna vieja, entraba
y llenaba los buzones de propaganda. Le jodía que le tocara aquella zona porque los
edificios no tenían más de cuatro o cinco pisos y tardaba casi el doble en librarse de
los papeles que cuando repartía en un barrio pijo, aunque en éstos no le abrían jamás
el portal. Eran casi las ocho y estaba hasta los cojones, pero aún le quedaban un par
de calles y volver para fichar. Silbaba distraídamente una canción. No se había
molestado en quitarse los auriculares; aunque estuvieran apagados le permitían un
leve aislamiento del mundo. Introdujo de tres en tres los folletos y abrió el portal. Se
dirigía al siguiente cuando oyó el grito.
—¿Álex?
Perdió el color de la cara al reconocer la voz. Elevó una especie de súplica mental
no muy definida. Pensó por un momento seguir andando, como si no le hubiera oído,
pero acabó volviéndose.
—Fran —casi resopló.
—Hostia. Sabía que eras tú —un tío delgado pero no flaco, con coleta, perilla,
vaqueros y camiseta de un grupo de black cruzaba la calle—. Hacía por lo menos
cinco años que no sabía nada de ti.
Álex suspiró.
—Yo creo que más —dijo, y se quedó callado estúpidamente, con una media
sonrisa muerta en los labios. El otro le lanzó la mano. La apretó sin ganas y recibió
un formidable estrangulamiento digital.
—Quítate los putos cascos, joder. No has cambiado nada desde el instituto,
cabrón.

[Link] - Página 20
—Están apagados —replicó mientras se los sacaba de un golpe—. Oye, me alegro
de verte, Fran, pero tengo mucho que hacer. Saluda a tu hermano de mi parte.
—¡Venga ya! ¿Qué tienes que hacer?
Él levantó la mano con el último fajo de propaganda al tiempo que le daba un
empujón al carrito rojo chillón de cartero comercial.
—¿Curras en eso? —preguntó Fran asombrado.
—Joder, no —respondió Álex arrastrando las palabras—. Estoy de localizador en
Square.
—¿Que trabajas en Square? ¡No jodas! —Fran meneó la cabeza como si no le
encajara—. ¿Me tomas el pelo? Tienes que cobrar un pastón... ¿Qué haces de
buzoneo como yo cuando tenía dieciséis años?
Le saltaba a la boca el “a ti qué coño te importa”, pero se armó de paciencia.
—Square me pasa tres juegos al año como mucho así que no tengo trabajo más
que a temporadas. Divide “el pastón” que me meten de golpe en la cuenta entre doce
meses y verás que con lo que yo hago se gana una mierda. Da para pagar el alquiler y
justito. El mes anterior me pasé; hasta me fui a Londres. Éste voy de culo, así que
estoy a la que salta. Cartero comercial, playtester, traductor de Vértigo,
mantenimiento de páginas, pinchando en garitos otra vez. Me la suda, estoy sin
blanca —levantó el labio—. Ya sabes lo que dicen: el lobo come tres meses de carne,
tres meses de tierra, tres meses de polvo y tres meses de aire.
—Ah... —dijo algo cortado—. ¿Y cómo es que no traduces libros, con tu inglés?
Se cobra bastante.
Álex negó con la cabeza.
—No valgo para traductor literario. Hice un par de cosas y no me volvieron a
llamar. El corrector se cagó en mí: si pongo un acento es porque me he equivocado de
tecla.
—Oye... —dijo Fran como si se le acabara de ocurrir—, ¿y si te acompaño a
acabar el reparto y luego cenamos por ahí? Hace un huevo que no nos vemos. Yo
invito.
—Llevo prisa. A las diez me chapan la empresa. Y —murmuró fríamente— no
necesito tu caridad.
El otro elevó los ojos al cielo.
—Joder, Álex, no me salgas con la pose de orgullo herido. Te invito a cenar y
punto. Supongo que sigues siendo carnívoro —su interlocutor asintió levemente, con
una sonrisa inclinada, de las que muestran dientes y colmillos—. Perfecto, porque yo
también. Tengo dinero —di que sí, tú restriégamelo, pensó él mientras Fran hablaba
—; nada de hamburguesas ni pizzas de mierda; vamos a comer carne. Conozco un
sitio de puta madre, y bastante barato.
—Si me vas a invitar, poco me importa que sea barato o no —rezongó Álex, no

[Link] - Página 21
muy decidido a hacerse oír.
—Te ponen un cacho de filete así de grande —iba diciendo Fran entretanto— y
crudo, y te traen un plato al rojo vivo del horno para que te lo hagas como te salga de
las pelotas, así que nadie te va a mirar mal si te lo comes sin pasarlo por el fuego.
—Qué asco —masculló—. ¿Comer carne cruda, fría, de los congeladores de la
carnicería? Venga ya. La carne tiene que estar caliente por fuera y sangrando por
dentro.
—Recién cazada —concluyó el otro, y ambos levantaron los ojos del suelo casi a
la vez e intercambiaron una sonrisa leve y una mirada indescifrable durante un
segundo muy largo—. Vamos a acabar con esta mierda —dijo Fran rompiendo la
atmósfera enrarecida e incómoda—. Dame un taco de papeles. Por los viejos
tiempos...
Álex le entregó la mitad de los folletos sin poder evitar una mueca, por los viejos
tiempos.
Hora y pico después estaban en una mesa del rincón de lo que parecía un bar de
tapas vasco o asturiano, no muy limpio, cuya clientela escasa la componían familias
con niños y ancianos. El camarero los había advertido sobre las cantidades para que
pidieran una ración para dos, pero Fran soltó una carcajada y replicó: “Traiga uno
para cada uno, hágame caso. No sabe lo que engulle aquí el palo de escoba cuando es
carne lo que hay en el plato”. Les llevaron la comida y los dos empezaron a tragar
ávidamente sin apenas hablar. Deglutían con voracidad de jefe de manada y se
miraban con cierto desafío. Mientras Álex pinchaba cada trozo, lo deslizaba
rápidamente por la cerámica horneada y devoraba sin masticar para que no diera
tiempo a que perdiese el calor, el otro iba echando pedazo tras pedazo en el plato de
barro, lo dejaba calentarse hasta que la carne roja se plateaba por completo y
aplastaba la tajada con el tenedor para que se hiciese por dentro antes de
embuchársela. Sólo dejaron el hueso rebañado.
—Así que localizador... ¿Y cómo va eso? —preguntó Fran.
—Pues... —él se sacó la cajetilla de tabaco y buscó fuego— te dan una aventura
gráfica, te lees todo el código, traduces el texto al español y vas cambiando las líneas
según toca, luego te pasas el juego entero, ves lo que no funciona, te vuelves a comer
todo el código y vas corrigiendo los errores, otra vez te lo juegas completo y, si hay
suerte, has acabado. Pero nunca hay suerte; siempre hay que programar cuatro o
cinco veces —se encendió el cigarro—. Lo hago desde casa. No tengo horario, lo que
tengo son plazos. Mientras entregue a tiempo puedo hacer lo que me salga de las
pelotas. Como si quiero mirar al techo una semana y luego estarme otra entera
currando sin dormir. Vamos, que me paso todo el puto día sin salir de mis cuatro
paredes, delante del ordenador, leyendo en C, traduciendo, jugando, bajando música
del Napster y haciéndome pajas. No necesariamente en ese orden.

[Link] - Página 22
—Pues perdóname, pero tiene que ser un coñazo.
—Algo. ¿Tú qué haces?
—Servicio técnico. Curro con Jaime.
Álex tiró la ceniza con tanta fuerza que lo descapulló. Le dio una tos bronca
incontrolable. Cuando se le pasó, preguntó con la voz estrangulada:
—¿Trabajas para ese puto chacal?
—Él no tiene la culpa de que sus padres tengan dinero, Álex. También el tuyo
estaba forrado, no me jodas.
—La diferencia es que yo no vivo de él, cojones —gruñó—. Desde que me abrí
no he vuelto a ver un puto duro que no me haya ganado yo.
—Jaime tiene sus cosas, pero es un buen tío. Te daría curro en cuanto se lo
pidieras... Pásame un cigarro, anda —se lo encendió y le miró de forma atravesada.
Álex aún tosía un poco—. No entiendo cómo coño te destrozas así el pedazo de voz
que tienes. ¿Ya no tocas, ni nada?
Álex soltó una risa fría.
—Venga ya. ¿Un tío solo con un teclado? Si te parece me pongo a cantar en el
coro de la iglesia, porque otra cosa, difícil. Hace años compuse un par de pistas en
midi para juegos, ya ves tú qué creativo. Y el curro —concluyó volviéndose a
encender el pitillo descabezado—, se lo mete Jaime por el culo.
—No me toques los cojones. Lo que no tiene sentido es que andes repartiendo
propaganda a estas alturas, joder. Si un mes estás mal me llamas, se lo digo a Jaime y
haces un par de atenciones al cliente. Te doy mi número de móvil —lo apuntó en una
servilleta—. Toma.
Él la dobló y se la guardó en el bolsillo del abrigo de cuero, con una sonrisa
escéptica. Fran pagó y se pusieron de pie.
—¿Qué haces ahora? —le preguntó.
Álex luchó contra la doble sensación. Por una parte, quería marcharse de ahí,
alejarse de Fran lo más rápido posible sin mirar atrás, y no volverle a ver nunca. Le
estaba rascando demasiado la costra del presente, levantándole ampollas en recuerdos
que no creía que tuviera tan tiernos porque hacía años que ni siquiera pensaba en
ellos. Por otra, sentía cierto placer masoquista y desagradable en hurgarse en las
heridas. Llevaban una hora esquivando voluntariamente determinada conversación y
le estaban comiendo por dentro las cosas que no se estaban diciendo. No quería irse,
en el fondo. Quería tocar los temas que más dolían.
—Voy a comprar tabaco —dijo— y luego para casa.
Fran miró la hora.
—Pues te acaban de cerrar los estancos.
—Ya encontraré unos chinos. No tengo prisa; paso de currar hoy. Pensaba irme
dando una vuelta por el Retiro.

[Link] - Página 23
—¿Dónde vives?
—Cerca de Tribunal.
Volvió a mirar la hora.
—Pues creo que te acompaño —declaró mientras empujaba la puerta del bar— y
así hago tiempo y voy a buscar a Paula, que hoy tiene el último turno y le toca hacer
caja.
Hubo un silencio.
—Paula. ¿Es la que yo conozco?
Fran se revolvió incómodo. Álex cortaba con la mirada.
—Sí —respondió finalmente y cambió de tema—. ¿Tú estás con alguien?
Él se detuvo a pensarlo con detenimiento.
—Supongo que sí.
—¿Supones? Joder. ¿Cómo es?
—Una auténtica zorra —sentenció—. Dentro de unos años será peligrosa de
verdad, pero ahora no es más que una cría. Una de las tías más guapas que he visto en
mi vida, aunque en parte es por la edad. Aún ni está hecha...
—Coño, Álex. ¿Qué tiene, doce años?
—No —sonrió—. Pero los aparenta.
Tiraron por la calle Atocha hasta la plaza de Carlos V. Fran le hablaba de música
sin que le prestara mucha atención. Iba haciendo chascar la piedra del mechero,
contemplando con una aplicación inusitada cómo se le apagaba la llama por el aire.
—... No entiendo cómo no te has movido nada en todo este tiempo; la maqueta
que yo tengo es cojonuda, Álex. Yo ya te creía haciendo pinitos en discográficas
pequeñas... Mira, ahora que estoy pensando, conozco a un guitarrista. Bastante
bueno. Te sampleas las baterías y a tomar por culo. Podrías hablar con él y volver a
intentar...
—Joder, Fran, ¿para qué? —hastiado, interrumpió el monólogo—. Ya sabes que
no aguanto más de tres meses en un grupo. O más bien —se giró para resguardarse
del aire y encendió el pitillo con una sonrisa dura—, como Paula no se cansaba de
repetir, no me aguantan más de tres meses en un grupo. ¿Cómo decía? “Es un
gilipollas y sólo le soportan los que son igual de gilipollas que él”, ¿no? Yo creo que
intentaba insultarte a ti también, ¿sabes?
—Venga ya. Paula nunca ha dicho eso.
—Me lo ha dicho a la cara —zanjó—. Y no una sola vez. Una tía con dos
cojones. Y ya follaba bien entonces, así que ahora será la hostia —se encogió de
hombros—. Me alegro por ti.
—Joder —Fran se había quedado clavado. Fingió mirar los libros expuestos en
los tenderetes que estaban recogiendo en la cuesta de Moyano. Tomó aire—. ¿Es que
no respetas nada?

[Link] - Página 24
—¡Coño! ¡Como si no supieras que me la tiraba! —exclamó Álex mientras
descolocaba un par de volúmenes del puesto, leyendo los títulos—. Tú eres el que se
ha conformado con los restos de mi plato.
—Vas a conseguir que te dé una hostia, Álex.
Él sólo sonrió.
—Qué sensible te has vuelto, joder.
Fran le miró tristemente.
—Álex, hostia, no puedes ir escupiendo a la cara a la gente que te rodea. Yo
porque te conozco, pero es que no me extraña que acabes siempre completamente
solo. Tú te haces tu concha para que nada te alcance, pero a los demás les das bien
por culo. Sé que por dentro eres una de las personas más... enteras que me he echado
a la cara, pero me cansé de esquivar tanto puñal. Por eso dejamos de hablarnos.
—No dejamos de hablarnos por eso —le contradijo furiosamente, masticando las
palabras—. Parece mentira la poca memoria que tienes.
—Álex. Teníamos dieciocho años y éramos unos niñatos. A mí me faltaba
personalidad y tú ibas vomitando la que te sobraba. Te tenía en un pedestal y lo sabes.
Hacía todo lo que se te ocurría. Te copiaba los gustos, la música, la forma de vestir,
las expresiones al hablar. Te hubiera seguido en cualquier cosa, a cualquier parte. Te
la habría chupado si me lo hubieses pedido.
—Siempre supe que eras maricón —comentó con una sonrisa hiriente.
—No me vengas con gilipolleces —gruñó Fran—. ¿Ves? A eso me refiero.
Intento hablar en serio y tú me metes pulla tras pulla. Eres incapaz de cerrar la puta
boca.
Álex bajó la mirada.
—Tienes razón —admitió—. Lo siento.
Dejaron atrás las casetas grises de los libreros. Pasaron junto al Ministerio de
Agricultura y entraron al parque. A su izquierda, entre los castaños de indias,
sobresalían gigantescos eucaliptos. El amplio paseo de asfalto estaba casi desierto.
Caminaban por la acera hacia la glorieta de la estatua del Ángel Caído cuando los
interrumpieron.
—Disculpad.
Levantaron la vista dispuestos a ofrecer hora, tabaco u orientación. Dos señoras
de mediana edad, correctamente vestidas, sonreían ante ellos de forma tirante.
—¿Sí?
—Veréis, estamos intentando acercar la Biblia para que sea accesible a todo el
mundo, y repartimos gratis...
Fran soltó una carcajada potentísima y avanzó más rápido, pero Álex le detuvo.
Puso la mejor de sus sonrisas.
—No seas maleducado. Oigamos lo que las señoras tienen que decir.

[Link] - Página 25
La mujer portavoz repitió su presentación de forma infatigable.
—Estamos intentando acercar la Biblia para que sea accesible a todo el mundo,
especialmente a los jóvenes, y repartimos gratuitamente unos folletos donde se
explican algunos pasajes de forma sencilla e ilustrada con imágenes, que resultan
muy atractivas para los niños, por si los tienen.
—Pues dios me libre, señora. Pero ustedes seguro que sí, y a pesar de que son
más de las nueve, siguen predicando, con sus hijos solos en casa. Cuánta abnegación,
¿no te parece, Fran? ¿Podría darme uno de sus folletos? ¡Vaya, pero si tiene varios
modelos! Veamos: “APOCALIPSIS, ¡por fin explicado!”. ¡Por fin! Éste otro me
interesa menos: “¿Cuál es el VERDADERO EVANGELIO?”. Tiene peor pinta, ¿no
crees? Aunque éste de aquí sí que es perturbador: “¿Existe DIOS?”.¡Y lo resuelven
en dos páginas con dibujos! “Por qué EXISTE USTED”. Hay que ver lo curradas que
están las ilustraciones. Fran, ¿no te recuerdan un poco a las del tipo este, el dibujante
de Casa de Muñecas? Las páginas que tienen el fondo rosa, ¿sabes cuáles te digo?
Claro, señora, para explicar las nociones básicas a la gente sin instrucción, diga usted
que sí, que eso es muy importante. “Cuándo vendrá la PAZ MUNDIAL”. Y además a
todo color. Les ha tenido que salir la impresión por un ojo de la cara, ¿verdad? Venga,
enséñeme más. “Cómo es EL DIABLO”. Muy útil para reconocerle, que no siempre
lleva el rabo y los cuernos. ¿Y éste? ¡Joder! ¿Seguro que no se ha confundido de
carpeta? Señora, ¿ha leído el título? ¿“Elimine todas sus PREOCUPACIONES
FINANCIERAS”? A mí esto me parece el folleto de un banco. ¿Para qué es? ¿Para
acertar el número de la lotería? Ah. Sí. Dígame. De acuerdo, lo leo. ¡Pero ríase
tranquilamente, mujer, no se contenga, que es muy sano! Leo. Sí. “Buscad [usted]”,
qué explicativo: viene entre corchetes. Sí, sigo, sigo. “Buscad PRIMERAMENTE el
Reino, y sus necesidades materiales serán AÑADIDAS”. Paréntesis, Mal...
Malaquías, tres, diez. “¡Convierta a Dios en su SOCIO!”. Prodigiosa redacción.
¿Malaquías dijo que convirtiéramos a Dios en nuestro socio?
Fran, un poco retirado, se sujetaba las tripas conteniendo la risa a duras penas.
—¿Queda alguno? ¿Uno más? A ver... “Usted puede vivir siempre en un
PARAÍSO”. Será el mejor de todos, ya que se lo guardan para el final, así que me
quedo con este último, definitivamente. Me encantan sus dibujos, señoras. Gracias
por haberme dedicado su tiempo. Aunque no las voy a engañar, que han sido muy
simpáticas. ¿No te parece, Fran, que no debo engañarlas?
El otro ni le podía responder. Asintió. Se plegó sobre sí mismo aguantando las
carcajadas. Álex inclinó un poco la cabeza hasta componer un estudiado gesto
diagonal, arqueó la sonrisa y dijo suavemente:
—Verán: es que yo sirvo a otro.
Entonces Fran estalló en estruendosas risotadas y, como un rugido, añadió:
—¡Oh, sí! ¡Y ahora mismo íbamos a rendirle culto ante la Estatua!

[Link] - Página 26
Las mujeres salieron despavoridas. Álex chascó la lengua, aún con la sonrisa
corva congelada en la boca. Saltó a un banco, haciendo un ruido espantoso con las
grandes botas de cuero y metal, caminó sobre la madera un par de pasos hasta el otro
extremo y se dejó caer en el respaldo. Apoyó los codos en las rodillas. Se encendió
otro cigarro y le ofreció.
—Te encanta hacerlo, ¿eh? —declaró Fran sentándose a su lado.
—Lo has disfrutado tú más que yo.
—Joder, es que ya había olvidado lo divertido que es tocarles las pelotas a los
cristianos, como cuando éramos críos. ¿Recuerdas?
—Claro que lo recuerdo. Pero habiendo cumplido el cuarto de siglo hay que
mantener cierta postura respetuosa si no se desea hacer el ridículo. Se acabó el mear
en la pila bautismal, masticar hostias a dos carrillos con la boca abierta, comprarles
disciplinas a los del Opus para practicar sadomaso con la chica, pelársela pensando
en monjas que se sujetan las medias en los muslos con cilicios en lugar de ligueros.
Ya está fuera de lugar.
Fran miraba en la dirección por la que habían huido las mujeres.
—Se iban cagadas de miedo.
—Qué le vamos a hacer —Álex se encogió de hombros—. Es lo que sucede
cuando alguien le dice a un creyente que adora a Satán: que se asusta. Si yo creyera
en la existencia del demonio, también me asustaría al conocer a gente que le rinde
culto.
—Que les den por culo a todos los católicos —sentenció dando una calada.
—Ésas no eran católicas. Eran testigos de Jehová, o evangelistas americanas.
Católicas, no.
—Joder. Qué control.
—Hay que conocer al enemigo.
—La verdad es que no sé cómo se nos han acercado, con la pinta que llevamos.
Sobre todo tú, Álex. Pareces un satánico de carné.
—El Retiro está lleno de sectarios. Es muy normal que lo hagan. He llegado a
contar cinco grupos de captación en una tarde. Ésas eran agradables. Además —hizo
una pausa deliberada y aspiró el humo profundamente. Habló con absoluta seriedad
— has sido tú quien ha hablado del demonio, Fran. Yo no he mentido ni por un
instante. Yo sirvo a otro.
Fran empalideció. El pitillo se le había quedado pegado a la piel reseca del labio
inferior. Álex había abierto el folleto y contemplaba un dibujo ingenuo del paraíso,
lleno de animales. Leyó la nota que lo explicaba al pie y su expresión se convirtió en
una mueca salvaje. Era Isaías 11: “Y el lobo morará con el cordero, y el leopardo se
echará con el cabrito, y el becerro y el leoncillo pacerán juntos; y un niño los
conducirá”.

[Link] - Página 27
Su sonrisa se hizo completamente feroz; estrujó el folleto entre las manos hasta
hacerlo una bola y lo lanzó lejos. Fran esquivaba su mirada; se separó el cigarro
arrancándose una pielecilla y golpeó el filtro con el pulgar para tirar la ceniza de
forma innecesaria, hasta casi romper el pitillo. Se echó hacia atrás los pelos sueltos
que se le habían salido de la coleta. Las farolas arrojaban una luz tenue; en el parque
infantil de delante una pareja jugaba con un perro.
—¿Sigues en esa mierda? —acabó por decir Fran, señalándole discretamente el
colmillo del cuello.
—¿Esa mierda? —le fulminó con la mirada. Luego sonrió con crueldad—. Ah,
ahora es “esa mierda”. Entonces tenía otros nombres más amables... y más
respetuosos. Déjame recordar... ¿No eras tú el que hacía “ladromancia”? ¿Cómo iba
la cosa? ¿Ibas preguntando tus dudas existenciales y tu dios te contestaba con un
ladrido para el sí, dos para el no? Refréscame la memoria que ya no me acuerdo.
¿Valía también con caniches?
—Joder, Álex —Fran se había sonrojado levemente—. Era un niñato. Y no, no
valía con caniches. Era con... —carraspeó— con pastores alemanes, nada más. Y que
me miraran a los ojos. ¡Hostia! ¿Qué más dará? Ya he crecido. Y tú deberías crecer
también.
—Crecer. ¿Qué coño me estás diciendo? ¿Que son cosas de niños? Oye, si te
metes en una iglesia la media ronda los ochenta años.
—Joder, pero eso es el cristianismo. Todo el mundo es cristiano. Lo nuestro era...
distinto. Otra cosa. Como un juego.
—Hostia puta —saltó del banco y le dio una patada a una lata—. ¿Un juego? ¿Así
que has crecido? Y dejas a tu dios como dejaste los juguetes. ¿Se te ha quedado
pequeño? Tal vez tengas que buscarte un dios más grande, más de tu tamaño. Si
quieres llamamos a las evangelistas; no pueden andar muy lejos. ¡EH! —empezó a
vociferar—. ¿Hay por aquí algún cristiano, un musulmán, un judío? ¡Mi amigo
necesita un dios todopoderoso, un dios que se pueda tomar en serio! ¡Un dios que
camine a dos patas y lo contemple todo desde su fenomenal altura! ¡Un dios
jodidamente humano!
—¡Álex! ¡Cálmate, coño!
—¡No me sale de las pelotas calmarme! ¿Ahora te doy vergüenza, eh? ¿Es eso lo
que pasa? ¿Y también te da vergüenza aquello?
—Álex. Joder. No. A ver. No es que... No es que me dé vergüenza. Es que ya... no
me lo creo.
—¡Cojonudo! ¡La hostia! No te lo crees —se mesó el pelo con furia—. Deja, no
me cuentes más. ¿Te sabes el chiste del ateo, que cuando se fue a morir pidió que
viniera un cura, por si acaso? —le contempló con desprecio—. Lo mismo te pasará a
ti. Éste no es un juego que se pueda dejar, Fran. No, hasta que te mueras. Hasta que

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se vea quién ganó. Aunque en tu caso —alzó el labio— está bastante claro.
—Ya vale. Joder. Sigues igual que cuando teníamos dieciocho años. No se puede
hablar contigo de esto. No, no me lo creo, Álex. Ya no me lo creo. Lo siento.
Se quedaron callados, uno observando los columpios desiertos y el otro cómo el
viento sacudía los árboles de la chopera. De pronto, Álex achicó los ojos. Volvió a
sentarse en el respaldo del banco al lado de Fran. Estiró las piernas y le miró con
suspicacia.
—¿Sabes qué? Que no me trago que no te lo creas.
—Pues así es. Lo siento.
—Fran. A mí no me puedes engañar. Sé lo que eres y sabes lo que soy. Y no te
creo.
—Bueno... —dudó—. Joder, ¿por qué hablamos de esto? —se enfrentó a su
interlocutor pero se encontró con una expresión tan lisa y firme como la de una puerta
cerrada—. Vale. Sí. Paula y yo estuvimos allí. Lo hemos vivido. No puedo decirte
que no me lo crea... Pero ya no creo igual. Ya no es lo mismo. Es como... como una
metáfora. Una metáfora poderosa. Nos sirve para seguir adelante. Cuando las cosas se
tuercen, yo pienso: “Ánimo, Fran. Tú eres el Perro. Compórtate como tal. Llevas
dentro un animal grande, noble, fiel, resistente, bueno, que da la vida por los que
quiere sin pensarlo”.
Álex resopló.
—Es curioso que ni una sola persona que conozca se ha sentido nunca a disgusto
con su dios, por mezquino que fuera —rezongó—. Nadie ha dicho: “¡Eh!, ¿por qué
yo?, ¿por qué tengo que ser yo una rata?”. Nadie se ha quejado. Nunca. Eso es por
algo —sacó el último cigarro y aplastó el paquete vacío. Brincó del banco—. Sí,
Fran. Tú eres un perro. Compórtate como tal. Yo no. Yo soy un lobo. Soy una criatura
del bosque y de la estepa. Prospero en los hielos. En la ciudad me vuelvo torpe y
cómodo y me acerco a los vertederos.
No somos tan distintos, pensaba, y el solo pensamiento le estaba dando náuseas.
El otro dejó de contemplar las colillas del suelo. Se levantó también.
—¿Te vas? —preguntó.
—Me voy.
Fran se despidió dándole un abrazo de los que rompen costillas. Le cogió
totalmente por sorpresa y fue como si todo el edificio cuidadosamente montado se le
viniera abajo. Sin poder evitarlo, de pronto, sintió unas inmensas ganas de llorar.
Fuimos hermanos. Nos separan quince mil años de domesticación.
Ya no te conozco.
Mantuvo el tipo y se apartó.
—Y piensa lo del curro, ¿eh? —le decía Fran—. Llámame. No quiero volverte a
ver echando propaganda.

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Asintió. Dio un paso atrás. Le miró de arriba abajo. Sonrió con cansancio.
—¿Sabes, Fran? Te veo de puta madre. En serio. Excepto por el cuello.
—¿El cuello? —respondió—. ¿De qué coño hablas?
—“Hermano Perro” —empezó a recitar, alejándose otro paso—, “¿cómo siendo
yo más fuerte, más rápido y más astuto, estoy en los huesos, mientras que a ti se te ve
tan lucio, rollizo y hermoso?”. “Hermano Lobo”, le respondió el perro, “el hombre
todos los días me llena el plato y como hasta que me harto”. “Preséntame al hombre
entonces”, le pidió el lobo al perro muy contento. “Pero antes, dime, ¿por qué tienes
el pescuezo tan pelado?”, y el perro respondió: “Es la señal del collar de hierro que
me pone el hombre para que no me escape” —detuvo el relato—. ¿No te suena? ¿No
has leído a Esopo? ¿A Samaniego al menos?
Fran subió los hombros con desgana.
—Me suena, pero no lo recuerdo. ¿A qué viene?
Álex no contestó. Le dio la espalda y echó a caminar. Al cabo de unos pasos
cambió de idea. Se volvió hacia él arremolinando el largo abrigo de cuero. Le hizo un
gesto de despedida y le dijo con la voz digna, formidable, aunque un poco quebrada:
—Quédate tú con tu pan que yo me quedo con mi libertad.
Giró a mano izquierda y se perdió entre el barro y el césped descuidado hasta que
llegó a las canchas de la zona deportiva. El agua caía en cascada de una montañita de
rocas grises bajo un saúco. Atravesó el Retiro tan rápido como pudo, por una
carretera de arena con un desfile de farolas. Tenía de nuevo ganas de vomitar. Ya
estaba en el jardín versallesco y cursilón que daba al Casón del Buen Retiro; las
flores y los setos hacían volutas y el paisaje artificial tenía todo el aspecto de una
maqueta de belén navideño. Se tuvo que parar antes de salir del parterre. Se sentó en
el reborde del estanque junto a los arbustos podados en forma de conos y de hongos
caprichosos.
Por favor no me abandones por favor no permitas que caiga por favor...
Hundió la cabeza entre las manos. Cuando la levantó, tenía humedad en las
palmas. Soltó una maldición y se frotó la cara furiosamente. Respiraba tan fuerte que
tardó en darse cuenta de que había otros jadeos demasiado cerca, ocultos por el ruido
del surtidor de la fuente. Prestó atención. Junto al centenario ciprés calvo se oían los
murmullos y suspiros broncos de una pareja. Resopló y estiró el cuerpo tenso sobre el
granito. Relajó los músculos. Sonrió mientras escuchaba las guarradas que se decían
a su espalda; encontró la situación sumamente ridícula y le entró una risa
incontrolable. Se levantó. Como un perro mojado, sacudió la cabeza para librarse de
los malos pensamientos.
Salió del parque y caminó hasta Cibeles. Cogió Gran Vía. Entró en una tienda
veinticuatro horas de un callejón y compró pilas y tabaco. Se puso los cascos. Con
industrial alemán a toda potencia en los oídos, pudo dejar la mente en blanco. Se

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metió por Fuencarral. Dobló la esquina del cajero. Subió tres pisos a tientas. Dio la
luz de la planta. Sacó las llaves.
—¡Joder! ¡Me habéis dado un susto de muerte!
Las dos amigas de Verónica estaban apretujadas en los escalones de subida a la
azotea, al lado de la puerta.
—¿Pero sois gilipollas o qué os pasa? ¿Me queréis explicar qué coño estáis
haciendo aquí?
—Verás...
—Es que —empezó Mon— ha venido su madre sin avisar y ya no nos podíamos
quedar, y yo había dicho que no iba a dormir a casa, y a casa de Vero no podemos ir
de ninguna manera porque están los padres, así que pensamos que podríamos venir a
la tuya; a Vero no le pareció mal y nos dio la dirección... ¿Te importa que nos
quedemos? Llevamos esperándote desde las once. Sólo será hasta las siete... Mañana
tenemos clase. No habíamos dado la luz porque estábamos hartas de levantarnos a
apretar el interruptor... No queríamos asustarte. No te incordiaremos nada. Ni sabrás
que estamos aquí.
Él la miraba como si fuera una retrasada mental. Meneó la cabeza con
incredulidad. Se pasó los dedos por el pelo. Levantó las manos en un gesto a mitad de
camino entre la impotencia y el deseo de estrangular a alguien.
—¡A mí no me metáis en vuestras historias! —gritó fuera de sus casillas. Les dio
la espalda, abrió la cerradura, entró y les cerró la puerta en las narices. Apoyado en la
madera, echó la cabeza hacia atrás y golpeó la nuca contra ella.

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III

—Bueno —decía Mon con resignación—. Pues me parece a mí que la primera opción
de comprar bebida y tirarnos en un parque era mejor. ¿Nos vamos, Rebeca?
—Hace un frío del copón, Mónica. Además, no nos vamos a mover de aquí. Va a
abrir ahora mismo.
—¿Llamo?
—No seas estúpida.
La puerta se abrió.
—Pasad, cojones.
Las chicas recogieron sus mochilas. Mónica se paró en seco a la entrada de lo que
hacía las veces de cocina y salón, que consistía en cuatro hornillos, una nevera y
lavadora viejas, un fregadero con marcas de cal encajado contra la pared y una
auténtica escombrera de teclados en la esquina: uno estaba sobre la tabla de planchar,
dos sintetizadores se apilaban en vertical, había una mesa de mezclas, un micrófono,
un piano eléctrico con el estuche destrozado y una caja de ritmos hecha un asco. Por
el suelo se desperdigaban revistas de música e informática, ropa, libros y tebeos
tirados, juegos de ordenador, CDs y cajas de mudanza por todas partes. No tenía
sillón, tele ni más muebles que dos módulos del Ikea, y el teléfono estaba sobre la
tarima, enchufado a la red por una regleta entre un revoltijo de cables que no
conducían a ningún sitio.
—Joder. Menuda pocilga.
Él se acercó con toda su mala hostia y le puso las manos a los lados de la cabeza,
encerrándola contra la pared, pero sin llegar a tocarla.
—Si a la princesa no le satisface mi cubil, la princesa puede no honrarnos con su
presencia y quedarse en las escaleras.
Mon enrojeció y tartamudeó.
—No, no. Si está guay. ¡Ya me gustaría a mí! Oye, y... ¿haces música o algo?
Él resopló.
—Tengo que currar. Haced lo que os salga de los cojones. A las siete, puerta. Y
no quiero ni oíros.
Se encerró en el cuarto, dejándolas ahí. Encendió el ordenador y enganchó los
auriculares. Antes de darle a la reproducción, oyó forcejear.
—A ver —abrió la puerta—. ¿Ahora qué coño estáis haciendo? ¿Es que tengo que
llamar a un puto canguro?
Las dos chicas tiraban juntas para abrir la ventana. Era antigua, de las alargadas
que ocupan toda la pared del suelo al techo, y tenía los goznes tan oxidados que no se
podían girar.

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—Queríamos ventilar un poco —explicó Mónica muy nerviosa—. ¿Te importa?
—Joder. Sois más molestas que un grano en el culo. La ventana está rota. No hay
quien la abra. Si os da igual que os vean los vecinos, dejad la puerta de la calle
abierta.
—Si estoy a punto de conseguirlo ya... —decía Mon al tiempo que sacudía el
tirador.
Álex suspiró.
—Anda, quítate de ahí.
Las dos chicas se apartaron y él luchó un poco contra el postigo. Le dio un par de
empujones con el hombro. Como no logró moverlo ni un centímetro, se apartó, dio un
paso hacia atrás de carrerilla y le metió una patada con todas sus ganas al manillar,
con las botazas remachadas de metal. Se desencajó de golpe.
—¿Satisfechas? Y ahora dejadme currar.
—Oye...
—¿Sí?
—Verás —empezó Mon de forma dubitativa mientras su compañera le hacía
gestos para que se callara—. En casa de Rebeca dejamos algo a la mitad y nos
gustaría...
Él se apoyó contra la pared. Dobló una rodilla y puso el pie en el tabique. Cruzó
los brazos. Mostró los dientes.
—Adelante, por mí no os cortéis. Tengo una moral jodidamente laxa, y me pone a
cien ver a dos tías metiéndose mano.
—Te encantaría —susurró Rebeca.
Él se giró como una cobra ante la voz irónica, suave y fría.
—Vaya. Si no eres muda; empezaba a dudarlo. Claro que me encantaría, como te
llames; no seas mojigata. ¿Y a ti? —subió las cejas de forma significativa—. Tiene
pinta de gustarte mucho el pescado, gatita. ¿Voy a buscar un par de consoladores o
lleváis en la mochila?
—Joder, ya vale —murmuró Mónica, que estaba roja como un tomate—. No es
nada de eso, ¿de acuerdo? Es una ouija. Una ouija.
—¿Qué?
—Estábamos haciendo una ouija, ¿vale?
Le estaba entrando una risa estúpida imparable.
—¡Una ouija! Joder... Joder... La verdad es que prefería la opción de la orgía.
—Sí, una ouija —repitió Mon—. Nada más. Además tiene bastante que ver
contigo, la verdad. ¿Te importa que sigamos aquí?
Se le cortó la risa de golpe.
—Eh. Para el carro. ¿Cómo que tiene que ver conmigo?
—¿Te molesta que fumemos? —le interrumpió la otra de pronto, llevándose la

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mano de forma indicativa al saquito del cuello.
Él no pudo evitar fijarse de nuevo en el dibujo del cuero.
—Tú —la interpeló—, ¿tienes nombre?
—Rebeca —respondió sin bajar la cabeza, enfrentando sus ojos. No muchos lo
hacían; él tenía por costumbre fijar la vista con una intensidad violentísima
directamente en el centro de las pupilas cuando quería cohibir a alguien. Álex le
hundió la mirada como si quisiera atravesarle los globos oculares con clavos, pero la
chica soportó el escrutinio sin cambiar la expresión. Según pasaban los segundos,
Rebeca iba abriendo paulatinamente los párpados, como si se le rajaran y dilataran en
el cráneo, y bajaba lentamente la cabeza mientras agarrotaba los hombros huesudos.
Pero no apartó la vista.
—Rebeca —repitió él, disminuyendo un poco la penetración con que la analizaba
—. Eres mayor que esta otra mocosa, ¿verdad?
—Tengo diecinueve.
—Bien, Rebeca. No soy vuestro padre. No me molesta que fuméis. Por mí, como
si os hacéis unas rayas u os picáis. Mientras vomitéis dentro de la taza me la suda —
les abrió una de las alacenas—. Tengo cerveza, baileys, whisky, ginebra y ron, creo.
Si queréis coged. La Mata Hari ni tocarla o rodarán cabezas.
—¿Qué es eso? —inquirió Mon.
—Absenta. Ni tocarla. ¿Necesitáis algo más para vuestra fiesta de pijamas? Por
supuesto, ya que contamos con una mayor de edad que seguro que está más que
acostumbrada a hacer las compras de medio instituto para los botellones, lo que os
bebáis te bajas mañana a la tienda y lo repones, que a mí no me dan paga los papás.
¿Estamos?
—Estamos. Pero no hace falta ser tan agresivo —respondió Rebeca con molicie,
dejándose caer de piernas cruzadas en el suelo y estirando los brazos.
—Soy así, princesa. Si no te gusta te coges la puerta y te vas.
La chica comenzó a vaciar la bolsita en su mano. Vio cómo guardaba de nuevo
una tira inconfundible de diminutas tabletas de ácido y un par de pastillas de más
difícil identificación. Mientras Mónica daba vueltas, incómoda, y se miraba los
zapatos, Rebeca sacaba la china, la mordía y la quemaba para desmenuzarla,
inundando la habitación de la peste dulzona a hachís. Mezcló el tabaco, lo lió y
encendió. Sopló el churro retorcido de papel y volaron las cenizas.
—¿Quieres? —le ofreció.
—A mí me haces uno para mí y vosotras os baboseáis otro, que yo ya estoy viejo
para andarme pasando porritos. Y vigila las ascuas que saltan y no me prendas fuego
a la casa, joder.
—Quédate con éste.
Se agachó a su lado para cogerlo. Contempló el saquito del cuello, en el que

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destacaba el dibujo felino que hacía quince días no estaba pintado. Estrechó los ojos.
Lo sujetó en la mano.
Aspiró el humo. La chica estaba en el suelo, contra la pared, y él en cuclillas, casi
encerrándola en una esquina formada por su cuerpo y estrangulándola levemente al
tirar de la cuerda para observar bien el trazo de rotulador. Lo tenía muy cerca,
prácticamente encima, pero Rebeca parecía no inmutarse, aunque se notaba la tensión
por cómo arqueaba la espalda y apretaba las manos.
—¿Y esta chorrada, Rebeca? —murmuró él, al rato.
La chica se centró en lamer el papel de fumar. Le encajó bien el filtro del cigarro
y retorció la otra punta. Subió la vista y, con un gesto que le pilló desprevenido, le
cogió por el colmillo y lo atrajo hacia sí con brusquedad, como si fuera a enrollarse
con él.
—¿Y esta otra? —le respondió.
Álex se separó de ella de golpe y se incorporó. Salió de la habitación y se dejó
caer junto al ordenador de su cuarto. Se fumó el costo despacio, de forma casi
ausente, dándole vueltas lentas a la silla con ruedas. Tardó más de diez minutos en
acabárselo, y se le hicieron el triple de largos, como si el tiempo se fuera arrastrando.
—Álex —le llamaba Mónica, semejante a una aparición justo en el umbral de la
puerta. El pelo erizado que se escapaba de la melena planchada recogía la luz y
creaba algo parecido a un halo disperso y lechoso como si se le estuviera escapando
el alma a chorros; con la habitación a oscuras y el ordenador encendido, la farola de
la calle le iluminaba los contornos desde la ventana—. Vamos a hacer la ouija.
No recibió más que una risa desarticulada por respuesta.
—... ¿Hay alguien en la tabla?
—A la primera. Oye, Rebeca, yo quiero presidir la tabla alguna vez, ¿eh?
—Alguna vez, sí. Pon el dedo. ¿Hay alguien en la tabla?
—Hostia qué giro, casi lo pierdo. Pásame el canuto. Oye, que se ha ido derecho al
NO.
—Qué cachondo. ¿Apostamos a que es el tuyo, Mon? —adoptó una voz más
imperiosa—. ¿Eres un espíritu burlón? ¿Quién eres?
—Qué va a ser un burlón. Es el mío. ¿A que eres el mío?
—Se va al SÍ, pero podría ser un sí a que es un burlón. Que te diga algo que sólo
tú sepas.
—Hay que ver lo desconfiada que eres, Beca. De acuerdo, le hago una pregunta
mental.
—Ele. O. Be —leían a coro según la moneda iba trazando fáciles giros entre letra
y letra—. O. Ele. O. Be. O. Ele. O. Se está repitiendo, ¿no? ¿Lobo?
Hubo una vuelta.
—Se ha ido al SÍ. ¿Es ésa tu respuesta, Mon? —inquirió Rebeca con una curva

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liviana en la boca.
—Sí —respondió abochornada—. Beca, ponme más baileys, que lo tienes al lado.
—No voy a quitar el dedo de la moneda, Mónica.
—Joder, con la otra mano.
—¡Atención que se mueve otra vez!
—Cu. U. I. E. Ene. Te. E. Eme. E. A. Ele. Ele. O. Be. O. Efe. E. Erre. O. Zeta.
—¿Lo has seguido?
—Ya lo creo —dijo Rebeca con una sonrisita muy poco propia en ella—. ¿Estás
segura de que es el tuyo, Mon?
—¿Qué ha dicho?
—Ha dicho: “quién teme al lobo feroz”.
A las dos chicas les entró la risa. Mónica empezó a canturrear la melodía: quién
teme al lobo feroz...
—¡Al lobo, al lobo!
—Vaya —las interrumpió él con la voz grave y profunda—. Si son los tres
cerditos... Aunque falta el tercero, claro. Ése tiene una casita de ladrillos y no necesita
ir a tocar las pelotas a la de los demás.
Se callaron al momento y reinó un silencio embarazoso. Álex, con una sonrisa
algo turbia, comenzó a pasearse lentamente en torno a las chicas.
—Valiente gilipollez —comentó tras mirar la hoja de cuaderno con signos medio
cabalísticos.
—¿Por qué? —se quejó Mónica—. ¡Ninguna de las dos está moviendo la
moneda! ¿Verdad que no? Si la mueves tú te mato —amenazó a Rebeca con cierta
angustia.
—No soy tan imbécil —respondió su amiga simplemente—. Llevamos tres días
sin dejar de hacerla, tía. No seas tonta.
—Pues yo tampoco la muevo.
Álex soltó una risa breve, gélida.
—E pur si muove. Salta a la vista, niña.
—¡Pero no la movemos nosotras!
—Me da igual si la mueve una de vosotras, si la movéis las dos, si la movéis
aposta, si la movéis de forma subconsciente, si no la mueve ninguna, si se mueve
sola. Sigue siendo una estupidez.
—¡Pero es cierto!
Él empezó a estrechar el círculo, que ya era bastante ceñido debido a las exiguas
dimensiones del cuarto.
—Me da igual incluso que sea cierto o no, niña.
—Yo en tu lugar no haría eso —aconsejó Rebeca siguiéndole con la mirada,
mientras se cernía sobre ellas como un animal predador—. Todo el mundo sabe que

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es fuera de la ouija donde pasan las cosas.
Él seguía caminando alrededor, muy despacio.
—Vamos a ver si lo he entendido. Rebeca. Te llamabas así, ¿verdad? —se detuvo
a su espalda. La chica levantó la cabeza y le miró desde abajo—. Tú crees —no era
una pregunta sino una afirmación tajante—. ¿Puedo saber por qué?
Ninguna de las dos había soltado la moneda, que giraba de forma concéntrica en
la hoja.
—Se está impacientando —musitó Mónica.
—Respóndeme —exigió él.
—Lo he visto —dijo ella encogiéndose de hombros.
Álex emitió algo a mitad de camino entre una carcajada y un bufido.
—Pásame esa botella, tú —le dijo a la otra—. Ya veo que no habéis tenido
complejos en vaciarme el mueble, ¿eh? —giró el tapón metálico hasta desenroscarlo
y dio un trago. Siseó mientras le venía la quemazón de la garganta y el escalofrío
exterior. Sacudió la cabeza—. Así que lo has visto. Visto —exhaló una risa breve,
como un estertor—. Ésa es una de las tonterías más grandes que he oído en mi puta
vida —se echó contra la pared y se deslizó hasta sentarse en el suelo—. A ver, en
primer lugar: ¿por qué crees que es ése tu dios? Yo no te lo dije. Yo no te dije nada.
No recuerdo en absoluto qué coño dije esa noche, pero la verdad es que no creo ni
que hablara contigo.
Rebeca se volvió hacia él, sin quitar el dedo de la moneda, que no cesaba de
oscilar en círculos.
—¿Crees que no es el Gato?
—Joder... Hasta he oído la mayúscula —se rió sin ganas y se apretó las sienes. Le
dolía la cabeza—. Qué coño hago hablando de esto con dos crías...
—¿Lo crees o no?
Él levantó las pupilas y la golpeó con la mirada.
—Estoy absolutamente seguro de que lo es. Pero quiero saber por qué lo crees tú.
—Vi al Gato. Siempre fue especial para mí, pero es que además lo he visto.
—Se te cruzó por la calle, sí —volvió a inclinar la botella—. Qué acontecimiento.
Hostia.
La moneda cada vez giraba más rápido.
—Por favor —interrumpió Mónica—, se está impacientando...
Rebeca sonrió lentamente.
—Lo vi dentro.
—¡Maldita sea, no puedes verlo! —explotó Álex—. No puedes verlo igual que no
puedes verte el corazón o los intestinos. Es una gilipollez. Una puta gilipollez, y yo
no sé qué coño hago hablando de esto...
—Sí puedo verme el corazón y los intestinos —replicó tranquilamente la chica.

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Él la miró en principio como si estuviese esquizofrénica. Luego comprendió.
—Claro. Hasta las tetas de ácido lisérgico, ¿eh? Así se ven bien los dioses... —
suspiró de forma resignada, casi dolorosa. Luego movió la cabeza, se espabiló y
sonrió, como si hubiera tomado una decisión repentina—. Veamos —se inclinó sobre
la hoja de cuaderno con una mueca—, ¿con quién se supone que habláis?
—Con el Cuervo —respondió Rebeca.
Álex dejó que se le escapara una risa suave, como un gorgoteo. La moneda se
había quedado quieta, pero ninguna de las chicas apartó los dedos.
—El cuervo. Dicho también con mayúscula, supongo.
—Sí —dijo Mónica con mirada desafiante—. Es el mío. Tú mismo lo dijiste.
—El cuervo, sí —arrugó el ceño, esforzándose por recordar—. Olvídate de la
película, princesa. Los cuervos ni traen ni llevan ni guían muertos. Más bien se los
comen, y tienen especial predilección por los que están muy podridos. Es el príncipe
de las aves carroñeras. El rey es el buitre, claro... —echó la cabeza hacia atrás. Cogió
la chusta del porro del cenicero, acercó el fuego y le dio la última calada al papel
caliente, casi quemándose los dedos, antes de apagarlo—. No pongas esa cara. Es un
buen animal. No se puede domesticar, y eso es lo más importante que hay. Para que
se quede con el hombre hay que recortarle las alas...
—No pongo ninguna cara —interrumpió con voz tensa, como si la hubiera
insultado—. A mí me encanta. Me gusta desde Poe. “¡Nunca jamás!”. Me flipa. Y no
creo que sea nada vergonzoso que coma carroña; está en el terreno que separa los
vivos de los muertos. Se los lleva al otro mundo al devorarlos. Es la caña.
El lobo la miró con nuevos ojos. No tenía ganas de reírse de ella, por ridícula que
fuera la escena de la graja, una mata de pelo negro reluciente partida en dos crenchas
como alas, flequillo ondulado a lo años cincuenta, nariz algo aquilina y ojos
brillantes, con una camiseta con la silueta de Brandon Lee y el emblema de la
película, graznando el nevermore. La cabeza le estallaba y no tenía el estómago bien,
y le estaba poniendo francamente nervioso hablar de aquello con dos niñas de
instituto. Bebió más, concienzudamente, esforzándose en emborracharse. No le
apetecía pensar. Estaba harto de mantener el control.
—Muy bien. Veo que has hecho los deberes. Y dime, ¿ya llevas una pluma de
cuervo encima a lo Dumbo para poder volar con ella, o aún no has encontrado
ninguna?
—Pues —dudó Mon, no prestando atención a la ironía— busqué una pluma, algo,
sí, para identificarme. Ya sabes, como tú. Pero sólo hay urracas por...
Él le dio una patada colérica al suelo.
—¿Como yo? ¡Venga ya!
—Claro, joder. El colmillo que llevas. Los símbolos son importantes...
—¿Esto? —preguntó apretando el colgante en la mano con desprecio—. ¿Esto?

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Esto es una chorrada. Lo llevo por costumbre. Esto fue un maldito regalo. De una ex
que estaba tan colgada como vosotras, ¿estamos? Es una gilipollez. No necesitas
símbolos. No necesitas nada.
Pero la cabeza se le iba al día en que la conoció. Estaba en tercero de BUP.
Llevaban una semana de clase y ya le habían separado de Fran, su mejor amigo desde
primero, porque no se callaban ni con mordaza. Le habían puesto al lado a una chica
nueva con la que nunca había hablado, aunque sí se había fijado en ella porque tenía
un buen cuerpo y un extraordinario e incómodo pelo castaño, liso, hasta el culo, y los
ojos del color pardo claro de la miel, pero no dulces. Taladraban. No tenía ningún
otro particular, salvo el colmillo. Eso le llamó la atención.
—¿Puedo? —le había preguntado antes de tocarlo.
La chica asintió. Él cogió el colgante en la mano. Era un colmillo grande, entero,
de color blanco amarillento, suave al tacto, con la raíz agujereada.
—¿Es de mastín o es de lobo? —acabó por decir él.
—Lobo.
—¿De dónde lo has sacado? Es especie protegida.
Ella encogió ambiguamente los hombros. Tenía una sonrisa algo feroz.
—¿Y si te digo que se me cayó un diente de leche?
Cuando se lo regaló, tiempo después, él no quiso cogerlo. Ella insistía en que
quería que lo tuviera él, y él se negaba, y ella volvía a la carga, hasta que consiguió
que se lo metiera por la cabeza.
—¿Contenta?
—Sí. Quiero que te lo quedes.
Él se encogió de hombros y ajustó el cordón del lazo corredizo. Sonrió
dócilmente.
—Lo que la loba hace al lobo le place —sentenció echando mano del refranero.
Ella, riendo, le había acusado de calzonazos. Lo recordaba a la perfección, con
tristeza y cierta ternura. En ese momento, pensaba sinceramente que iban a vivir
felices y comer perdices o, más bien, a suicidarse juntos y dejar un bonito cadáver.
No concebía su vida con otra.
Al cabo de poco más de un año, se odiaban con el mismo ímpetu con el que se
habían querido. No había vuelto a hablar con ella desde el día fatídico en que la había
llamado, a la cara y sin tapujos, perra, en todos los sentidos. Pero sabía bien cuál era
el que le había dolido.
—... Apolo tiene su cuervo; Odín tiene dos —enumeraba Mónica entusiasmada
—. Es augurio de muerte. Se dice que es la más inteligente de las aves. Para los
indios americanos, un cuervo creó el mundo. Me encanta hasta su aspecto, ¿sabes? Es
tan negro que parece azul. Y cómo canta, me pone los pelos de punta...
—Claro. Era de esperar que te pusiera a mil la estética de cementerio —masculló

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él—. ¿Toda esa impresionante cultura la has sacado de leer tebeos? Para que luego
los padres critiquen... Pero verás, te quedas sólo con lo que te gusta, niña —volvió a
darle otro trago a la botella, éste especialmente largo, que hizo bajar el nivel dos
dedos—. El cuervo es un hipócrita ladrón muy habilidoso; si el lobo mata, tendrá que
espantar a los cuervos para que no le roben su caza —comenzó a recitar lo que
parecía un artículo de una enciclopedia de animales—. Es enteramente negro. Vuela
con total perfección. Lo hay más grande y más pequeño. Tiene extrañas habilidades.
Vive en el bosque, en la sierra y en los parques de la ciudad. Es monógamo y
alimenta a sus pollos, y no vuela al sur en invierno —inclinó el J&B—, lo que viene a
querer decir, si te lo aplicas, que se adapta a cualquier ambiente, necesita compañía
estable en su vida y no huye cuando se presenta un problema. Eso sí, a ruin no le
gana nadie. Aunque podría cazar, prefiere alimentarse de cadáveres y picotear las
partes blandas, como los ojos y la lengua, porque no es capaz de desgarrar con el pico
la piel gruesa de las carroñas recientes. Cuando alguien se hunde, ahí está el cuervo
para destrozarlo y hacerlo desaparecer, pero evita el enfrentamiento con los que aún
están vivos. Tiene el pico muy largo y eso le pierde. Puede imitar el sonido del
viento, de otros animales y de la voz humana. Habla demasiado y se pavonea
demasiado. Igual que tú.
La moneda había vuelto a moverse bajo los índices de las chicas, ahora en
círculos veloces que se salían de la hoja de papel y se deslizaban por la tarima del
suelo.
—Creo que se está enfadando... —musitó Mon.
Él sonrió cínicamente mirando la improvisada ouija de papel.
—¿Sabes cómo te hablaría de manera mucho más directa?
—¿Cómo?
—Si dejaras de pensar con palabras —aconsejó de forma enigmática, y
dirigiéndose a Rebeca añadió—. ¿Qué tal si lías otro?
—No puedo quitar el dedo de la moneda.
—Déjate de chorradas.
—¡Se está moviendo más! —chilló la graja.
—Cuervo —interpeló de forma teatral a la tabla Rebeca mientras Álex resoplaba
una carcajada imparable—. ¿Estás molesto por algo?
—SÍ —leyó Mónica—. Joder. ¿Y ahora qué hacemos?
—Cuervo. ¿Qué te molesta?
—Ele. O. Be. O. Ele. O. Lobo. Álex —pidió Rebeca con delicadeza—. Creo que
deberías salir de la habitación.
Él tomó aire entre las risas para levantar el dedo corazón y exclamar:
—¡Y una puta mierda! Estoy en mi casa. Si le incordio que se vaya él.
La botella estaba en las últimas. Se obligó a bebérsela hasta no dejar ni gota;

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empezaba a sentirse realmente borracho y no quería que le bajara.
—Ele. O. Be. O. Efe. U. E. Erre. A —seguían pronunciando a coro—. En serio,
Álex. Creo que deberías marcharte. Puede ser peligroso.
—¿El qué? ¿Dos crías armadas con una monedita?
—Ele. A. Erre. Ge. O. Pe. E. Erre. Erre. O —según las chicas iban leyendo la
última palabra se le fue borrando la sonrisa. Se desplazó para mirar la hoja con mejor
ángulo—. Hache. O. Y griega. Te. E. Hache. A. Ese. Uve. I. Ese. Te. O. E. Ene. E.
Ele. E. Ese. Pe. Jota. O. Efe. U. E. Erre. A. Ce. Hache. U. Ce. Hache. O —en ese
momento su expresión se arrugó del todo; malditas las ganas que tenía ya de reírse.
Apretó los puños y contuvo el deseo de barrer la tabla y la moneda de un golpe de
brazo—. Uve. E. Te. E. A. Pe. O. Erre. Ele. A. Pe. E. Ele. O. Te. I. Te. A. Jota. A.
Jota. A. Jota. A. Jota. A.
—Qué hijo de puta, se está riendo —dijo levantando el borde de la boca.
Encendió un pitillo y miró a Mónica directamente—. Así que te molesto, ¿eh? ¿Te
pongo nerviosa?
La chica movió la cabeza desconcertada.
—¡A mí no me mires!
—¿Ah, no? Creía que estaba hablando con el tuyo —precisó con una mueca, de
forma que Mon no pudo saber si se estaba burlando o no de ella.
—¡Yo no lo estoy moviendo!
—En tal caso no es el tuyo —concluyó rotundamente.
La moneda se iba desplazando con los dedos de las niñas hasta salirse de la tabla
en su dirección. Tuvieron que gatear para seguirla. Él empezó a reírse sin control.
—¿Eso es todo lo que tienes? ¿Me atacas con una moneda? TIEMBLO de miedo.
Entonces fue cuando el cristal de la ventana se reventó con estrépito.
—Venga ya... —pero el cigarro se le había quedado pegado al labio inferior y le
vibraba.
Mónica había acompañado la caída del vidrio con un grito agudo. Rebeca sólo
abrió los ojos de golpe y contuvo el aliento. Tan petrificadas estaban que no quitaron
el dedo de la moneda, que regresaba a la ouija.
Jota. A. Jota. A. Jota. A. Jota. A.
No continuaron leyendo las letras. Pero él sí lo hizo, sin decir ni pío.
Ene. O. Eme. E. Ese. U. Be. Ese. Te. I. Eme. E. Ese.
—Se ha ido al adiós —exhaló Rebeca cuando volvió a mirar la tabla y vio la
moneda quieta sobre esa palabra—. Podemos quitar el dedo.
—Joder... —Mon se abrazó las costillas y contuvo el escalofrío.
Él se incorporó, miró el manillar, el marco, y recogió los cristales. Eran pedazos
grandes.
—A la mierda la ventana... —suspiró mientras la examinaba. Se giró hacia las

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chicas, que estaban del color de la leche—. Tenía una grieta de tres palmos. Con el
patadón que le metí, se podía haber caído en cualquier momento.
Y ellas se apresuraron en convenir que era cierto.
—Hazte otro porro, Beca, para tranquilizarnos... —pidió Mon con un hilo de voz.
—Me parece una idea estupenda ésa —afirmó él, y abrió la otra botella de J&B.
Se la pasó a la graja, que negó con la cabeza—. Joder, calmaos. Se ha caído un
cristal, no la casa. No seáis crías —se la volvió a ofrecer—. Bebe, coño, que no te la
voy a hacer pagar.
Mónica dio un trago.
—¡Hossstia! —gritó—. ¡Pero si es whisky!
—Claro. ¿Qué creías que era? ¿Gaseosa?
—¡Joder, a palo seco! —mostró la lengua—. Hey, espera. ¿Te acabas de meter tú
solito la otra?
Se encogió de hombros. Las niñas empezaron a reírse alteradas. Se fumaron el
hachís con ansia y caladas profundas, para anestesiarse los nervios. Después de una
copa se les había pasado el susto, hasta el punto de que Mon empezó a considerar el
asunto de la ventana con cierto orgullo.
—Hey, ha sido el mío el que la ha roto —presumía.
—Pues entonces será a ti a quien te toque pagarla —le respondía Álex.
—¡Nunca jamás! —le contestó Mónica entre carcajadas. Estaba ya absolutamente
borracho, porque se dejó caer, doblado de risa, sintiéndose cojonudamente hablando
con las chicas, como si fueran sus amigas de toda la vida o incluso sus hermanas
pequeñas. Se dio cuenta, entre nieblas, de que estaban aprovechando su distracción
etílica para interrogarle. Le dio bastante igual. Tenía un buen rollo increíble. Le
apetecía hablar de aquello con alguien a quien le importara.
—Álex —le preguntaba Rebeca—. ¿Cómo sabes los animales de la gente?
¿Cómo los sacas?
Él negó con la cabeza. Dobló la anilla de una lata de cerveza y dio un sorbo.
—No los saco. Es como un latigazo. Se ven entre los dos parpadeos de un ojo, en
lo más hondo de las pupilas, detrás de tu propio reflejo. Por eso es más sencillo
encontrárselos a chavales. Los críos tienen los ojos transparentes. Cada año que te
echan encima se te apagan un poco. Es casi imposible verle nada a un viejo cuando
están opacos.
—¿Puede verlos cualquiera?
—Supongo. Yo conozco a un tío que es mucho mejor que yo en eso. No falla
nunca.
—Oye, ¿y si fallas? ¿Cómo se sabe?
—Nunca se sabe a ciencia cierta hasta el final...
—¿Nunca?

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—Nunca.
—Verás —se explicó Rebeca—, es que a mí ya me han preguntado dos colegas
míos cuáles podían ser los suyos, pero no he sabido decírselo.
Álex estiró la sonrisa.
—¿Haces proselitismo, princesa? ¿Vas por ahí diciendo que tenemos animales
dentro que luchan por devorarnos? Ten cuidado con qué dices y a quién se lo dices.
—¿Proselitismo? ¿Qué es eso? —preguntó Mon.
—Álex, en serio, querían saberlo. Supongo que no te apetecerá verlos para
sacárselos, ¿no?
—Pues no, no tengo el menor interés en conocer a tus rolletes, francamente.
—¿Puedes averiguarlo con sus nombres, o con su fecha de nacimiento? Me los he
traído. Tío, es que yo no sé cómo verlos.
Resopló.
—Hostia. Pocas cosas hay que me jodan más que eso. ¿Puedes saber tú el carácter
de una persona, sus sueños, sus esperanzas, sus manías, lo que convierte a ese ser en
único y diferenciado de los demás, por la fecha de nacimiento?
—Bueno...
—No. No puedes. Punto.
—Hombre, pero todos los que comparten signo del zodiaco, ya sabes, se parecen.
—Qué pollas importará en qué casa esté Marte o deje de estar. Ni siquiera son
iguales los que comparten un mismo dios. Yo conozco a un cuervo, un adulto, nada
de polluelo como tú —le dijo a Mónica—. Un tipo oscuro, elegante, de una forma
que sólo da la edad y la experiencia. Os parecéis únicamente en que estáis flipados,
sois simpáticos y bocazas.
—¿Te parezco simpática? —preguntó la chica con una sonrisa.
—¿Qué más te da a ti lo que me parezcas? —respondió Álex bebiendo.
—Y... La gente con el mismo dios... —empezó de forma dubitativa—. ¿Me lo
podrías presentar? Ya sabes, al cuervo. Supongo que...
—¿Que os llevaríais bien? ¿Que os haríais promesas de amor eterno? Podría ser
tu padre, princesa. Tiene casi cuarenta tacos.
—Oh. Vaya.
—Parecéis crías con zapatos nuevos —les decía—. Ni que os acabaran de atacar.
Los tenéis desde que nacisteis. Otra cosa es que en la adolescencia estén tan
expuestos bajo la piel que casi se los puede tocar —dio otro trago y adoptó una
expresión meditabunda. Dijo una de estas cosas que cuando uno está drogado le
parecen sumamente ingeniosas, aunque luego, al recordarlas, resulten elementales—.
Las religiones son para los ritos de paso: para el nacimiento, la adolescencia, el
matrimonio y la muerte. Es entonces cuando la divinidad retuerce los músculos del
cuerpo y los hace saltar como si fueran cuerdas de piano.

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Se sintió muy satisfecho con esa frase. Le entraron ganas de apuntarla y
componer a partir de ella, aunque hacía por lo menos tres años que no escribía una
nota.
—¿Matrimonio? —inquirió Mónica extrañada, como si considerara fuera de lugar
esa palabra en el vocabulario del lobo.
—Me refiero a cuando follas y convives. Tanto da. Hoy en día nos pelamos en la
adolescencia dos ritos de paso. Luego lo piensas y te da pena haberte fumado de
golpe lo mejor de tu vida, pero supongo que así es el doble de intenso...
Mon parecía pensativa.
—Oye, ¿por qué usas la palabra atacar, como si fuera algo malo? Están para
protegernos. Son dioses privados, sólo para ti.
—Ya te gustaría. Están para devorarnos.
Las chicas pusieron cara de no estar de acuerdo. Empezaron a protestar y a
aportar ejemplos.
—Lamento tiraros a la papelera vuestro videojuego de personajes con un halo en
forma de animal brillante que camina frente a ellos y se pega con sus adversarios,
pero es la pura verdad —se encendió otro cigarro con el mechero de Rebeca y estuvo
a punto de quemarse las cejas con la llama—. ¡Hostia! Ya podrías haber bajado el
fuego, coño.
Rompieron unos hielos. Él abrió el ron y la ginebra.
—Oye, Álex. ¿Por qué no nos hablas de cómo entraste tú? —le preguntó Rebeca.
—Eso. ¿A ti quién te inició? Ya sabes. Quién te dijo lo que eras.
Apretó los labios. Respondió evasivamente.
—No voy a contestarte a eso. Si lo prefieres, te diré que fue una revelación
divina, que soy un profeta en la tierra, que oigo voces como Mahoma, Jesús, el niño
del Sexto Sentido y los esquizofrénicos. Aquí lo único que quiero que sepáis es que
no son vuestros esclavos divinos. Que esto es una guerra, una guerra contra el ser
humano, y que lleváis dentro demonios cuyo único interés es acabar con la mayor
cantidad de hombres que puedan, y vosotras formáis parte del número. ¿Lo pilláis?
Dependiendo de en cuál de las dos almas, la del hombre o la bestia, esté vuestra
conciencia, sobreviviréis o no: mataréis u os matarán —aspiró el humo con un
desgarro, como si se le estuvieran rompiendo los pulmones del tabaco. Se metió un
trago para soltar más aún la lengua—. ¿No habéis estudiado historia? Pues voy a
haceros un poco de publicidad a lo Greenpeace: el hombre era un mierda hasta que
pudo domesticar animales y plantas, aumentó en número, desarrolló tecnología,
modificó el puto medio y se merendó el planeta. Las cosas tienen su maldito
equilibrio y, si se rompe, hay que restablecerlo. La idea es que para aniquilar a la raza
humana, en lugar de usar una bomba atómica, que es poco higiénico, los animales se
meten en los cuerpos, pelean contra las almas de los hombres, las desgarran, las

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rompen, las hacen trizas y acaban por exterminarlas, cuerpo tras cuerpo, vida tras
otra. Como no se le puede combatir desde fuera, se le combate desde dentro. Vuestros
“dioses” están dentro de vosotras para devoraros. Cuando hasta el último hombre
sobre la tierra sea vasija de otro, supongo que nos extinguiremos. Dejaremos de tener
hijos por propia voluntad. Entretanto, peleamos. Así que os quede claro que yo creo
en la reencarnación. A mi manera.
—Guao.
Mónica y Rebeca se miraron asombradas.
—¿De verdad crees en eso? Es...
—“Apocalíptico” es la palabra que buscas, princesa.
—Es la hostia... —definió Rebeca.
—Es la polla... —concluyó Mónica.
—Ésas también sirven, sí.
—Joder —casi jadeó Mon—. Y tú... ¿de qué lado estás?
Álex soltó una risa encarnizada, seca y contundente. “¿Tú qué crees?”, respondió
con tono áspero.
—Tú no estás con el hombre —contestó Rebeca en su lugar con sosiego—. Tú
eres un lobo que camina a dos piernas.
Él se la quedó mirando con fijeza. La chica se encogió de hombros.
—¿Me equivoco?
Álex apartó los ojos de la gata y paseó el índice por el morro húmedo de la
botella. No contestó.
Espero que no.
—Entonces... —comenzó la graja con cautela— si tú eres el lobo... ¿tu labor no
es matar el alma humana que comparte cuerpo contigo?
Él se chascó los nudillos.
—Ésa es la idea. Pero dicho de tu boca suena de lo más ridículo. Perdona que te
lo diga.
—Pero a ver... —dudó Mónica—, si crees que es así...
—No lo creo. Lo sé.
—Si sabes que es así... ¿por qué no has...? Ya sabes, acabado con todo.
—¡JA!
—Te lo estoy preguntando en serio. ¿Por qué no te has suicidado? Si sabes que es
así, si estás absolutamente seguro de que tienes una misión que cumplir y que cuantos
más humanos mates, mejor... ¿Por qué no has acabado con el cuerpo que tienes?
—Qué tontería. En primer lugar, con lo que hay que acabar es con el alma.
—Entonces, ¿nunca has intentado...?
—¿Matarme? Qué pesadita estás, ¿eh? ¿Te mola eso? ¿Es que tú eres de las que
se cortan un día sí y el otro también? ¿Te dedicas a jugar con cuchillas? Estás en la

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edad —comentó con una sonrisa venenosa, que acabó por caérsele. Dio una calada
inútil: el pitillo no tiraba. Volvió a encenderlo, manteniendo la vista fija en el
mechero—. Yo también he tenido diecisiete, aunque no lo admita en público.
Mónica, que ya estaba más que borracha, tuvo una explosión de afecto hacia sus
semejantes, de necesidad de desnudarse el alma y mostrarse vulnerable. Tragó saliva,
se quitó la muñequera de cuero con pinchos que llevaba en la mano izquierda y le
mostró una cicatriz rugosa y rojiza, reciente, no blanca. No tendría más de seis meses.
Álex no se sintió impresionado. Le cogió el brazo y recorrió con el dedo una línea
desde la muñeca hasta el codo.
—La próxima vez, princesa, corta a lo largo. Ya verás como no fallas.
Rebeca miró para otro lado. Los vapores alcohólicos llevaban un rato echando un
tufillo a confesionario, así que decidió abrirse también.
—Yo también me cortaba —admitió—. Pero no estoy segura de que fuera para
matarme.
Él bufó.
—Nunca es para matarte. Si te quieres matar, abres la ventana y saltas.
—Era para hacerme daño. No es que me gustara, pero quería sentirlo. No puedo
explicarlo. Todavía me pasa a veces. Pinchaba muy fino, sólo para sacar el hilito rojo.
Aún tengo alguna marca, pero casi no se ven.
—Claro. Cuantas más cicatrices tengas, más presumes ante tus amigos. Decid que
sí. Qué poco cambian las cosas... Algunos crecimos y nos dimos cuenta de que lo que
pasaba es que nos iba la marcha, así que nos dedicamos alegremente a practicar el
sadomasoquismo sin complejos y sin tanta gilipollez.
—¿Tú también te cortabas?
—Venga ya.
—Anda, admítelo. No saldrá de aquí.
La risa que le estaba entrando empezaba a sonar levemente histérica.
—¿Qué, ahora los tres nos quitamos la camiseta y nos contamos las marcas a ver
quién gana en torturado? Si luego van los pantalones y las bragas a lo mejor os digo
que sí.
—Vale —aceptó Mon, medio en broma medio en serio—, pero primero contesta.
Él apretó el cigarro entre los labios en una sonrisa mordiente.
—Yo cogía el cúter y jugaba al tres en raya en las palmas y los antebrazos y a unir
los puntos con los lunares, a ver qué figuritas me salían dibujadas con la sangre.
—¿Va en serio?
—¿Sabes una cosa? Nunca lo sabrás.
—Pues entonces no has cumplido —se rió Mónica—. Así que me parece que no
nos desnudamos.
—Disculpa si no me echo a llorar —levantó el ron y dio otro trago.

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—Estoy pensando una cosa, Álex... —empezó Rebeca, negándose a rendirse y a
pasar del tema religioso al personal—. Si de lo que se trata es de matar humanos,
¿por qué no coger una recortada y liarse a pegar tiros en medio de un centro
comercial?
Él la miró con una mueca burlesca. “No me des ideas...”, respondió, pero
enseguida adoptó una expresión severa.
—Con eso no se arregla nada, princesa; incluso puede que al contrario. Imagínate
que matas a un tipo en el que no vaya ganando el animal sino el hombre... Se acabó lo
que se daba y otra vez a empezar desde cero: el humano se escapa tranquilamente a
nacer en otro cuerpo sin que el dios pueda comérselo. Además, no venden recortadas
en las jugueterías —dio una calada—. Y nadie en su sano juicio me vendería a mí un
arma.
—Pues no sé si es porque estoy pedo, pero no lo pillo bien del todo. Entonces el
animal y el hombre luchan durante la vida, ¿no es eso?
Él se encogió de hombros.
—Te haría un diagrama, pero estoy borracho; como para ponerme a pensar.
Búscate otro gurú, ¿de acuerdo? Hay mogollón de gente en esto. ¿Qué? ¿No te lo
crees? Te juro que es cierto. Haz una búsqueda por internet. Hay muchos más en ello
de los que podáis imaginar, pero la mayoría no sabe por qué. Es una época fabulosa,
cuando aún no sabes por qué. Cuando todo tiene la estética de un videoclip. Tú eres
un animal, y tienes su fuerza por dentro. Puedes hacer cosas que otros no pueden.
Puedes manipular acontecimientos con una simple petición, que pone a tu dios a tu
servicio. Es como si lo vieras salir de tu cuerpo, atado por cuerdas que lo anudan a tu
alma, dispuesto a lanzarse como una flecha contra la de tu enemigo. Caza para ti.
Mata para ti. Se ocupa de ti. La gente que piensa así los llama tótems o naguales —se
estiró las ojeras hasta las sienes con las yemas de los dedos. Su cara mostraba el más
profundo agotamiento, por fuera y por dentro—. Ojalá. Qué simple, qué egoísta y qué
humano. Ésa es una religión para críos de cuatro años, que aún no han pasado del
pronombre “yo” al “tú”. Hay mucho subnormal en eso. Se los reconoce por su
ñoñería extrema, porque hablan de “animales de poder” y llevan camisetas cursis con
la imagen de los que creen que son sus dioses, que siempre resultan, misteriosamente,
poderosos superpredadores con alguna connotación mitológica o fabulosa. No te
encontrarás a un tipo de éstos que diga que es un conejito o un gorrión, no. Wiccanos
—se bebió de una vez todo el contenido que le quedaba en el vaso y lo llenó de
nuevo—. Puto paganismo descafeinado. Si al menos hicieran sacrificios y pintaran
las paredes con sangre y con esperma podría tenerles un respeto, pero su ritual más
temible es la receta de las galletas de jengibre —Rebeca cambió el gesto, dispuesta a
rebatirle—. Ah, sabes de qué hablo. Pues aléjate de ese hatajo de retrasados, princesa.
—Álex, no digas tonterías. Yo he visto cosas. Yo he hecho cosas. Ritos, y

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funcionan. ¿Y el lobo qué es? Dime un animal más místico que él. Vale, el gato. Pero
dime otro. Deja de tirar piedras contra tu propio tejado.
—Joder, olvídate del lobo hermanita de la caridad, pintado en tonos azul pastel
con purpurina y una india al lado. El lobo es un bicho salvaje, hirsuto, sucio, que
apesta a monte, a sangre y a tierra. Se cepilla en un solo ataque hasta sesenta ovejas.
Es un animal real, princesa. Real. No es sobrenaturalmente rápido, y los solitarios se
mueren de hambre hasta que se les ondulan las costillas. Cualquier presa corre más
que él. Al lobo le salva la resistencia y la cabezonería, el saber hostigar al trote
lobuno estremecedor, que parece jodidamente fácil, como si no les costara una mierda
caminar así, pero van bastante deprisa, ¿sabéis? Y durante horas, sin cansarse, días
enteros. Es un cazador de acoso, no de acecho. Gana por puro aguante y por número.
Lo ves venir; no sorprende a traición, sino que persigue hasta que agota a la presa. La
manada va detrás hasta que la hace caer reventada con los ojos desorbitados y la
lengua fuera llena de baba. Pasan a su lado y le pegan con el rabo en las patas. Hacen
turnos para correr, unos se echan en la hierba alta y esperan a que los demás la
empujen contra sus dientes. Cierran el círculo con la carne en medio siempre en
sentido contrario a las agujas del reloj, porque así están hechos. Entre todos la
despedazan, pero zampan bajo rigurosa y feroz etiqueta protocolaria —los ojos le
brillaban atrozmente mientras hablaba, como si estuviera reviviendo la matanza—.
Qué cosa más útil es el instinto, joder. Como lo de dar vueltas antes de echarte,
sacudir la cabeza para rematar algo y partirle el cuello, enterrar la carne que no te has
comido, rascar con las patas después de cagar, tirarte panza arriba si te viene un tipo
con malas pulgas, chupar la teta de tu madre y hacerte la rosca con el rabo para que,
al dormir, la nieve caiga sobre ti y te haga de manta. Ésa es la pura verdad. El lobo es
eso, que no es poco. No es ningún demonio, ni un ángel. Límpialo de hojarasca. Para
la gente de pueblo es un ser maléfico, una criatura nocturna, que huye con el tercer
canto del gallo como los vampiros. ¡Joder! Si el lobo ni siquiera ve de noche como
los gatos. Si no hay luna, se hostia como tú y como yo. Dicen que tiene un poder casi
mágico para acojonar, cuando lo cierto es que el que se asusta del hombre es él. Que
si licántropos, que si antropófagos: lo que somos es competidores, y el hombre
siempre les da otro nombre a las cosas que teme, como si así pudiera alejarlas. A
pocos animales les han echado más mierda mítica encima que al lobo... Están al puto
borde de la extinción por culpa de eso. Cuando desaparezcan por completo, muchos
pensarán que nunca existieron; que fueron una leyenda —aplastó en la lata de cerveza
el cigarro, que casi se le había consumido en un largo cilindro de ceniza—. Dicen que
se zampa a las novias antes de la boda y roba a los niños en la cuna. Me encanta la
idea, pero la verdad es que es una mentira como una casa. Y yo me parto cuando leo
que caminan en fila india y se pisan sus huellas para ocultar su número. Joder, camina
en fila india porque no es gilipollas, y es más sencillo correr por la nieve pisada que a

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campo traviesa, y el macho alfa, que es el que está mejor alimentado y tiene más
fuerza que los demás, va en cabeza destrozando la escarcha y el hielo con las patas
para permitir que le sigan los suyos más fácilmente. Y no le canta a la luna, no me
jodas, sino que ejecuta un acto social para acojonar al bosque entero y darle cohesión
a la manada. Aunque es cierto que entona, el cabrón. Es de lo más polifónico. Si los
ves aullando te dan una envidia de la hostia. Parecen las criaturas más felices y
anchas del planeta, como si no hiciera falta otra cosa más que cantar suficientemente
alto, suficientemente fuerte, rodeado de tu gente y frotándote el pelo áspero contra el
lomo de tu hembra, para sentirte el amo del mundo.
Las chicas intercambiaron espléndidas sonrisas. Le habían estado escuchando con
la atención y el apasionamiento del contagio. No habían abierto la boca en todo el
monólogo vibrante.
—Te flipa tu dios, ¿eh? —preguntó Mónica sonriente, tras esperar unos segundos
por si seguía.
—Me parece la polla, sí —Álex parecía haberse desinflado—. Pero no por lo que
dicen los wiccanos. ¡Rezar a tu animal! ¡Pedirle cosas! ¡Usarlo! Eso es una estupidez.
Una inmensa gilipollez. Todo mentira.
Rebeca se estiró felinamente.
—No es mentira y lo sabes —echó alcohol al vaso y se lamió los dedos viscosos
de ginebra—. A mí no me engañas, lobo. Funciona. Yo llevo dentro menos de tres
semanas, y he logrado lo que no había conseguido en más de un año que llevaba
probando con otras magias.
—Otras magias. ¿Velitas, inciensos, sal gorda y lacitos de colores?
—No te burles de lo que no entiendes.
A él se le desencajó una carcajada violentamente humillante, que consiguió que la
chica enrojeciera.
—Álex. Funciona —le amenazó con la voz inflexible, aunque tuviera las orejas
coloradas.
Él frunció el ceño.
—Cojones, si desatas a tu dios claro que funciona. Ya lo sé. Y mejor que tú, que
soy más viejo. Pero ahora en serio: no debes utilizar a tu animal. Nunca. Se supone
que... tú eres el animal, joder. No debes dejar que te utilicen. Es una cuestión
religiosa. Lo llevas ahí; escúchalo. Pero no lo uses. Hazme caso; si lo haces le das
poder al alma del hombre que llevas también dentro.
—Pero... —intervino Mónica.
—¿Pero qué?
—No sé si lo he pillado, pero... Verás, si no lo utilizas... ¿No se acabará
durmiendo? Ya sabes. Dejará de actuar y será el hombre el que tome el control.
La miró con expresión de asombro.

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—Joder. No lo había pensado así. Si tienes razón es como para golpearme la
cabeza contra una pared, porque llevo toda mi puta vida rompiéndome por dentro y
destrozándome en creer sin usarlo, porque si lo utilizo, lo domestico —le entró una
risa nerviosa que ahogó en la ginebra. Habló con la voz muy ronca—. Si lo uso, si le
pido cosas, si consigo que me traiga la pelota..., lo estoy haciendo perro, y maldita
sea si no es eso lo que me da más miedo.
—¿Por qué? —preguntó Mon—. ¿Qué pasa con el perro?
—El perro es un lobo dócil, joder. Desde el mastín hasta el chihuahua. El lobo fue
el primer animal que se domesticó en la prehistoria. ¿No lo sabíais? ¿Qué coño os
enseñan en el colegio?
—Venga, hombre. No me lo creo. ¿También el chihuahua viene del lobo? ¿Y el
caniche? ¿Y...?
—Y todas las razas que se te ocurran. También el caniche es un lobo, sí. Le han
pasado quince mil años de domesticación por encima como una apisonadora, pero es
un lobo. Uno neurótico, contrahecho, atrofiado, grotesco y repugnantemente humano.
—Entonces... —Mónica inclinó la cabeza—, si lo he entendido bien...
—¿Qué?
—Que la culpa de todo es del lobo; fue el primer domesticado, el primero que
cayó en la tentación y se acercó a la hoguera del hombre —a Mon se le encendieron
los ojos y la sonrisa. Sólo le faltó batir palmas de la emoción—. ¡Es el puto Lucifer
del panteón!
Álex silbó largamente.
—Niña, tú estás fatal. Deja de beber, anda.
—¡Tengo razón! Luego ya se domesticaron los demás, ¿no? Si dices que el
problema está en que el hombre se cargó el equilibrio y empezó a alterar el
ecosistema, está claro que el primero que lo sufrió fue él, el que lo provocó fue él. El
Primer Caído.
Rebeca levantó las cejas.
—Su Satánica Majestad —añadió muy divertida.
—Sí, Mick Jagger. No te jode —gruñó él.
Las chicas explotaron en carcajadas, aunque estaban pensando en un cantante más
reciente y más grotesco.
—Hostia, de verdad. “Primer caído” —repitió Álex, no sabiendo si reír o llorar—.
Es perfecto para megalómanos. Si vas a ser un pecador, sé el más grande, ¿no? Si
tienes que tener la culpa de algo, que sea La Culpa con mayúsculas.
—Te pega mazo, Álex —articuló Mon entre la hilaridad.
—Que te den por culo. Puta la gracia que tiene, en el fondo —hundió el pecho,
siendo perfectamente consciente, pese a las brumas espirituosas, de que la situación
era caricaturesca, y su mayor ridiculez consistía en que podía suscribirla al cien por

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cien, que era así como pensaba, que era eso en lo que consistía, y que no podía más,
que tenía unas ganas enormes de abandonarse y de llorar como una niña o de ponerse
en pie y empezar a romper botellas contra los pocos muebles que tenía. Apretó los
dientes—. Joder. ¿Crees de verdad que sin el perro el hombre podría haber controlado
al ganado? ¿Quién se lo recoge? ¿Quién lo mete en el redil? ¿Quién lo saca a pastar y
cuida de que no se disperse? Es por el perro. Si la humanidad no hubiera tenido carne
doméstica para sacrificar cuando le apeteciera, no habría podido crecer en número y
empezar a cultivar y a modificar el medio hasta cargárselo por completo. Oh, dios...
Si tuviera el poder de ejecutar mis deseos... Si pudiera aniquilar a la especie entera
con sólo apretar un botón y dejar limpio el planeta de mierda... Entonces sí que me
pegaría un tiro y así todo se quedaría con su jungla y con su tigre, con su bosque y
con su ciervo y sin el ser humano, tan jodidamente ridículo a sus dos putas patas y sin
pelo en el cuerpo. Les prendería fuego, de paso, a todos los primates para evitar la
posibilidad de que apareciera otro bicho con esa absurda capacidad de pensar hacia
atrás y hacia delante y de ponerse ropa encima. Os juro que lo haría si pudiera —
levantó el vaso como haciendo un brindis y se rió sin humor—. Por suerte para la
humanidad, no me ha tocado ser científico nuclear ni presidente de los Estados
Unidos de América.
—Álex. Yo también pienso así —asintió Mónica alzando la bebida para
entrechocarla—. De verdad.
Él reventó en risas. No acercó su copa.
—Lo pongo seriamente en duda, princesa.
—No, en serio. Te lo juro. No era capaz de ponerlo con palabras, como tú, pero
creo que el ser humano es un error de la naturaleza.
Rebeca estaba considerando la idea con intensidad.
—Pero la Naturaleza no se equivoca...
—La naturaleza no piensa —zanjó Álex—. No empieces a hablarme de Gaia que
me entran arcadas.
Y así era, no sólo por el tema de conversación. Intentó hacer recuento de lo que
llevaba encima: una botella de whisky —joder—; una cerveza —contó—; algo de
ginebra —poca—; copa y pico, largo, de ron...
—Oye, se me olvidaba... —intervino Mon.
—No, princesa. No vamos a quitarnos la ropa y contarnos las cicatrices, lo siento,
por mucho que te ponga.
—Imbécil —se rió mientras se ponía muy roja—. No es eso. ¿No puedes hablar
en serio un rato?
—¡Joder! Llevo haciéndolo toda la puta noche. Venga. Dime.
—Álex, yo lo que no entiendo es por qué no te suicidas.
—Verás —adoptó un tono paciente—, tienes que comprender que no a todo el

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mundo se le pone dura cuando piensa en meterse el cañón de una pistola en la boca.
No seas intolerante y respeta a los que no somos como tú.
—Vete a la mierda —respondió sin dejar de reírse— ¿Por qué no me contestas?
Lo entiendo todo, estoy de acuerdo y me parece la hostia —bajó la mirada y se llevó
la palma de la mano derecha al corazón, como si estuviera recitando el Yo confieso
cristiano—. Álex. Yo creo. Pero hay una sola cosa que no encaja: ¿por qué no te
matas y vas a por otro cuanto antes?
Él jugueteó con el tapón de una botella. Echó el aire de forma silbante. Esquivó la
mirada de las chicas, que tenían los ojos fijos en su figura, como si él fuera todo su
universo. La cabeza le daba vueltas, pero aún tenía vagamente el control. Podía
callarse si quería. No tenía por qué responder a eso.
—Porque tengo miedo —admitió al final. Mónica le contemplaba con una sonrisa
amistosa de comprensión que le tocó la moral profundamente—. No, no es por lo que
crees. Qué cosa más fácil que abrir una ventana y tirarse, no jodas. Se acabaron todos
los problemas. Pero si yo me matara ahora... No estoy seguro de quién ganaría. ¿Y si
gana el hombre? ¿Y si he domesticado al lobo que llevo dentro? ¿Y si yo no soy el
animal? ¿Y si el dios es el otro, el que me devora? ¿Por qué lo trato en tercera
persona, como si yo fuera el hombre? ¿Y si...? —las contempló y suspiró. Hundió los
hombros—. No lo entenderíais. Con la edad, toda la miserable humanidad va saliendo
a flote, y las ideas de libertad, independencia, moral, caza, comida, apareamiento, se
complican, y ya no se puede ser tan puro como entonces —sacó un pitillo y se frotó
los ojos—. No sabéis la suerte que tenéis. Estáis en vuestros años brillantes, de los
quince a los veinte, en que todo es claro como la luz, en que todo tiene sentido, todo
es blanco o negro y todo está colocado en su sitio. Luego se enturbian las cosas y se
mezclan. Cuando estaba en el instituto, yo era el lobo. Estaba clarísimo. Ahora... no
estoy seguro —encendió el cigarro, pero le supo a cartón mojado. Se obstinó en
fumárselo, pese a la saturación de nicotina de sus pulmones y garganta—. Me está
matando por dentro dar la talla. No domesticarme. No puedo hacer nada, sólo rezar...
No: rezar es usarlo, es utilizar algo elevado para propósitos mezquinos —se
contradijo en un murmullo rápido—; ni siquiera rezar puedo... Sólo me queda desear
que el lobo siga dentro de mí, grande, glorioso y lleno de rabia contra el ser humano.
Pero ya no lo siento. Tengo que obligarme. Además... cabe la posibilidad de que esté
luchando en el bando equivocado... Quiero decir; ¿dónde está mi conciencia? ¿Y si
yo no soy el lobo? ¿Y si no soy más que el hombre miserable? ¿Y si no soy yo el que
seguiré y me sobreviviré, el que atacaré a otro...? Ya no tiene tanta gracia, ¿verdad?
Algo que te da fuerza acaba por devorarte. Ya no es reconfortante; es perturbador —
aspiró el humo y dejó colgando los brazos sobre las rodillas—. No me importa.
Aunque sea por orgullo, creo. Creo aunque me destroce. Una cosa es cierta: yo
detesto a todos mis semejantes y lucharía hasta la muerte porque desaparecieran de la

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tierra. Si soy el hombre, rindo el cuello para que me lo rompa a mordiscos. Si soy el
lobo, bendito sea.
Levantó la cabeza y las observó con atención por vez primera. Ellas se lo estaban
bebiendo igual que el alcohol, con los ojos dilatados por los estupefacientes y la
sensibilidad tan tierna y abierta como las pupilas.
—Joder, Álex. Es la polla —declaró Mónica emocionada—. Es precioso, tío. ¿Y
tú dices que no sabes si eres el lobo? A mí me parece que está clarísimo.
Le cruzó la cara un rictus de desagrado, como una corriente eléctrica. Se revolvió.
Con el entendimiento tan pastoso como la voz, se preguntó de pronto qué estaba
haciendo ahí vomitando sus demonios. Las chicas reían entre ellas y compartían un
cigarro en lugar de encenderse uno cada una. Mónica admitió que iba fatal y que
debería ir al baño para bajarlo.
—Estoy haciendo el gilipollas... —dijo Álex de pronto, sin venir a cuento.
Se incorporó como una marioneta que levantan con cuerdas y se cayó contra la
pared. Con una mano palpando el muro, cogió el pomo y salió sin dar más
explicaciones. Después de echar una meada interminable, se lanzó sobre las sábanas.
—¿Álex?
Él cerró la puerta de una patada desde la cama.
Cuando despertó, la cabeza le palpitaba sordamente, la luz daba de pleno y las
niñas ya se habían marchado. Le habían dejado una hoja de cuaderno con unas
palabras de agradecimiento —gracias por todo en caligrafía redonda e irregular—
debajo de una botella nueva de J&B. Al ir a guardarla se cayó el papel al suelo, y vio
que habían escrito la nota en la parte de atrás de la ouija.

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IV

—Eh —saludó Rebeca, frotándose los párpados y tragándose el bostezo. Mónica y


ella se arrellanaban en el banco de delante del instituto, cerca de la boca del metro de
Serrano. Se sentían sucias, con la misma ropa del día anterior, sin peinarse, con un
regusto persistente a ron, a ginebra y a whisky en la lengua. Estaban cansadas pero
muy despiertas, con los sentidos intensificados, exageradamente alertas, puesto que,
aunque no captaban la mitad de lo que pasaba por la resaca y el insomnio, lo que
percibían lo apreciaban como si sucediera a cámara lenta y les diera tiempo a
meditarlo. A Mon le había venido el chute natural de serotonina y estaba espabilada
por completo. Tenía los ojos tan abiertos como un pez de acuario.
—Eh —respondió Verónica, limpia y pálida, maquillada ya como para salir por la
noche, vestida con un pantalón lleno de cremalleras y corsé rojo sobre un jersey
negro transparente, con los rizos untados de espuma y el bolsito de terciopelo con las
esposas haciendo de cierre, trabilla, cremallera y adorno—. ¿Cómo os fue por la
noche? ¿Os dejó entrar?
Rebeca prendió una cerilla rascándola contra la suela de las botas, encendió un
cigarro y se lo pasó a Mónica.
—Sí, tía. Majísimo —dijo Mon, dándole una calada al pitillo y entregándoselo a
Vero—. Sin problemas. Fue la hostia. Qué noche. Pasó de todo. Lástima que no te
pudieras venir.
—Qué raro. Yo estaba segura de que os iba a mandar a la mierda. ¿Es que has
logrado follártelo, Mon? —interrogó Verónica con una sonrisa cínica.
—Tía —la graja abrió mucho los ojos—, sabes que nunca te haría eso.
—Como si fueras a conseguirlo, mira tú —se rió ella—. No digas que es por mí; a
mí no me pongas de excusa. Ya te lo dije, Mónica. Si te ha mirado alguna vez es
porque me tenías a la espalda —se sacó el pintauñas negro del bolso y empezó a
darse una capa sobre la que tenía astillada y mordida. Se sopló los dedos de la mano
izquierda y le pasó el frasco a Rebeca, que le hizo la derecha y se pintó las dos suyas
con habilidad. Llevaba las uñas largas, ovales, muy cuidadas y perfectas—. Mon,
mira que te ha dado fuerte con Álex. Tampoco es tan especial.
—Qué cruel eres, Vero. Porque yo sé que en el fondo no piensas así, pero... —se
volvió hacia su otra amiga—. Hazme las uñas, Beca, que yo no tengo pulso.
Rebeca mojó el pincelillo y lo escurrió contra la boca de la botella. Se las pintó
con tres trazos por dedo. Verónica fumaba con mucho cuidado y sacudía las manos
para secárselas.
—No, a ver, Mon; si te entiendo. Es muy mono, folla de maravilla y es
superinteresante, pero yo busco otra cosa. Está un poco tocado del ala...

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—Si lo dices por su religión, Verónica, no estoy de acuerdo contigo —puntualizó
Rebeca cerrando el bote con precaución para no abollarse la pintura negra—. Tú no
estuviste ayer. Tú no le oíste. Estoy con Mon. Ese tío es la hostia. Y mira que yo he
conocido a gente rara, ¿eh?
—Si me hablas del satánico, Beca, de acuerdo. Por lo que cuentas, ese hombre sí
que está mal. Es de los peligrosos. Álex a su lado me parece inofensivo. Se le va la
fuerza por la boca.
—¿Inofensivo? —protestó Mon—. El satánico es un bocas y un imbécil, Vero. Yo
le conozco y es raro el día que no va de tripi. A mí más que miedo me da risa,
siempre con esa cara de gilipollas. Vero, Álex es un lobo. Es cualquier cosa menos
inofensivo. Te vas a acabar dando una hostia de las grandes si piensas así.
La chica pergeñó una sonrisa zorruna y complaciente acunada por los rizos.
Encogió los hombros con elasticidad.
—Lo dudo. Yo soy más lista que él. No me implico. Pero gracias por preocuparte
—le dio un abrazo un tanto falso a Mónica, y un beso en la mejilla—. Eres una
amiga, tía.
—Oíd —interrumpió Rebeca—, hablando del satánico. A la noche vamos a
quedar. Me ha llamado y me ha dicho que tiene unos secantes cojonudos. ¿Me cubres
la espalda, Vero? Que no me quiero volver a enrollar con él.
—Cuenta conmigo, Rebeca. Sin problemas.
—Yo también voy —dijo Mon—. ¿Dónde has quedado?
—No hace falta, cariño. Quedamos luego, cuando ya haya pillado. Ya sabes que
el satánico es un hijo de puta. Igual te suelta algo... Pero —añadió al verle la
expresión dolida— vente si quieres. En el templo de Debod a las ocho.
—¿Nos vemos antes?
—Yo me voy a pasar por casa de Álex en cuanto salgamos —dijo Verónica—.
Conmigo no contéis hasta tarde. Voy desde allí luego a la tuya, Mon. ¿Cómo
quedamos, Beca?
—Quedamos las tres donde Mónica a las siete y media, ¿os parece? ¿Mon, a ti a
qué hora te suelta tu abuela?
—Los viernes me tiene hasta más tarde... ya sabéis, sucedió un viernes. Veré qué
me invento. ¿Entonces no puedo ir a arreglarme a tu casa, Beca?
—No nos da tiempo, tía. Si quieres yo te pinto en un baño y te llevo un poco de
ropa chula que no abulte.
—Bueno... —aceptó remisa.
—¿Qué hora es? —interrumpió Verónica—. ¿Ya son las ocho y media?
—Y cuarto. ¿Vamos para clase ya? Es un poco pronto.
La chica se estiró un rizo rojo y se lo enroscó en el dedo de forma dubitativa.
—Bueno, ¿qué? ¿Tenéis papel? —dijo distraídamente.

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—Tía, ¿te vas a hacer un porro ahora? ¿Delante de la puerta? Joder, por lo menos
cruzamos la calle, que a mí aquí me da palo. ¿Nos vamos a Colón?
—No, no. Paso de hacer pellas; tengo ya muchas faltas. Decía papel de cuaderno.
Ya sabéis. ¿Es que no pensáis contarme lo que pasó anoche?
Rebeca soltó la carcajada.
—Ay, Vero. ¿Por qué coño no admites que estás tan enganchada a la ouija como
nosotras?
—Porque no lo estoy. Sólo me hace gracia. Mola lo que dicen. Y... sirve.
La gata se sacó un papel doblado en cuatro. Lo extendió sobre el banco de hierro
y lanzó al aire la moneda.
—¿Hay alguien en la tabla?

—¡Está abierto!
Álex estaba sentado en el ordenador tecleando a toda velocidad.
—Hola, lobo —Verónica se introdujo bajo su brazo, se frotó contra él y le besó,
apretándole las tetas contra el pecho. Él giró el asiento, la cogió por el culo y se la
subió a la silla. Durante unos minutos, se dedicaron a enroscarse entre mordiscos y a
tragarse las lenguas.
—¿Cómo es que tienes abierto? —le preguntó ella cuando separaron las bocas y
se quedaron mirando—. ¿Esperabas a alguien?
—Podría decir que a ti, pero, además de una cursilada, sería mentira. Me van a
traer un paquete de juegos por la tarde. ¿Te esperas un rato, Verónica? Tengo que
acabar esto. Algunos trabajamos.
La chica puso un mohín. Él volvió a acercar la silla al teclado. Ella dio un par de
pasos, recorriendo el dormitorio, y de nuevo dos en la otra dirección, con las manos
metidas en los bolsillos traseros de los pantalones. Salió al otro cuarto y se acercó a la
ventana. Estaba pegada con tiras anchas de cinta aislante de embalar color marrón,
que unían cada trozo grande de cristal con los demás y con el marco. A pesar de la
reparación, el aire entraba tranquilamente por los huecos de los pedazos que se
habían caído a la calle.
—Ya me contaron la hazaña... —comentó Verónica sonriendo.
—¿El qué? —gritó él desde la habitación.
—Lo de la ventana. Qué bueno. Tuvo que ser la hostia.
Álex se volvió.
—Mira, gracias por recordármelo —dijo frunciendo el ceño—. Vente para acá.
—¿Qué? —preguntó con negligencia, arañando el pegamento de la cinta
adhesiva. Pasó de nuevo a la otra estancia—. ¿Qué pasa?
—Pasa que esto no es un puto hotel, ¿me oyes? —advirtió con cara de pocos
amigos—. Si tus amiguitas no tienen donde caerse muertas, las mandas a la casa de

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otro de tus rollos o te las metes en el garaje, ¿de acuerdo? Primera y última vez,
Verónica. Aquí no vuelven a entrar.
Ella se encogió de hombros.
—Me dijeron que os lo habíais pasado bastante bien.
—Me la sopla lo que te dijeran. Por esa puerta no pasan más tías que las que me
follo, y no tengo la menor intención de tirarme a tus amigas, por mucho que yo las
ponga. ¿Estamos?
—¿Es algún tipo de promesa? ¿Según se entra, se folla? —sonrió
provocativamente y se le abrazó al cuello—. Si es una promesa, ¿por qué no
cumples?
Él se sintió incapaz de seguir cabreado, pero aun así se la quitó de encima.
—Verónica, tengo que acabar esto.
—¿Y por qué no lo haces luego?
—Sí, ya. Una leche. Igual que el otro día, ¿no? “Echamos uno y luego sigues
currando”, y fue acabar, ponerme en el ordenador y en nada me estabas dando otra
vez la vara, y al final nos tiramos toda la puta tarde dale que te pego hasta que acabé
muerto y me sopé —clavó la vista en la pantalla y siguió tecleando—. No puedo
pasarme del plazo, Verónica. Necesito este curro de verdad —arrugó la expresión—.
¿Cómo es que has venido tan temprano? Contaba con no verte hasta las nueve como
pronto.
—Tenía ganas de verte, borde.
—Tenías ganas de echar un polvo. Lo demás es circunstancial.
Ella se rió. Volvió a pasearse. Revolvió en la pila de los libros, revistas y tebeos.
Cogió uno. Lo abrió, lo miró, lo dejó y cogió otro.
—¡Pero si está todo en inglés! —se quejó.
Álex respondió sin apartar los ojos del monitor.
—Mala suerte, princesa. Yo casi todo lo leo en inglés.
—¿Y eso?
Se encogió de hombros.
—Escribo casi mejor en inglés que en español, y no quiero que se me oxide de no
hablarlo, que me viene genial para currar. Mi madre es de allí. Siempre me hablaba
en inglés cuando era un crío.
—¿Tu madre es inglesa? Qué chulo...
—¿Por qué? Menuda chorrada. La tuya será de Valladolid. Qué más dará.
—Hombre, pero tú eres bilingüe, ¿no?
—No te creas. Se acaba perdiendo.
—¿Y qué es de tu madre?
Álex encendió un cigarro. Tiró el montón de colillas del cenicero a la papelera.
—Se separaron cuando yo tenía catorce. Ella se volvió a Londres. Cada vez que

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voy de visita me traigo una pila de discos de músicas rarísimas y de ropa. ¿De dónde
te crees que salieron estas botas?
—¿Cómo no te fuiste con ella? —preguntó sin interés, hojeando los cómics—.
¿No te caía bien?
—Qué va, qué dices. Mi padre es un capullo, pero a mi madre la quiero un huevo.
Creo que me quedé porque con mi padre tenía más libertad. Se tiraba todo el puto día
viajando por el curro, así que yo estaba solo y más feliz que unas castañuelas un
mínimo de tres o cuatro días a la semana. Con diecinueve me abrí porque estaba hasta
las pelotas de aguantarle viernes, sábado y domingo. Y desde entonces.
—Vaya —la chica se metió las manos en los bolsillos—. No sé qué decir. Debió
de ser duro.
—Por dios, Verónica. Que esto no es un consultorio sentimental. ¿Qué pasa, que
tú no tienes una familia disfuncional, como todo el mundo? Ponte a buscar, aunque
creo que en español sólo tengo los módulos de rol, y eso porque los he traducido yo y
me los regalan. No te los recomiendo como lectura, salvo que tengas insomnio. Ah,
espera —le señaló unas cajas de cartón—. Y los libros de cuando era crío. Por ahí
andarán.
—Sí, hombre. Me voy a poner a leer Walt Disney.
—Más bien a Iriarte y La Fontaine.
Verónica sonrió.
—De pequeña me gustaban mucho las fábulas.
—No te jode —maldijo en voz baja—. Como siempre quedas bien...
La chica se arrodilló en el suelo. Clavó una llave en la cinta de embalaje y la
rasgó. Empezó a abrir la caja y a sacar libros grandes y finitos, de colores vivos,
llenos de polvo.
—Yo tenía una colección completa de fábulas ilustradas.
—Igual es la misma. Echa un vistazo y déjame currar, te lo pido por favor. A este
paso no me levanto de la silla en toda la noche, y malditas las ganas lo que me
apetece quedarme delante del ordenador un viernes.
Ella se puso a hojear los tomos. Pasó un rato, más de media hora. Verónica leía y
de cuando en cuando se le asomaba una sonrisa perversa a los labios. Leyó la fábula
en que la zorra atrapa al lobo por el rabo: muerto de inanición en lo más crudo del
invierno, ve cómo la zorra pesca truchas con la cola por un agujero en el hielo y la
espanta para hacerse él con el bocado, pero los peces, suspicaces, ya no pican, y el
lobo espera que te espera hasta que se congela y se queda atrapado por glotón. La
zorra le ayuda tirando de él, dejándolo, eso sí, rabón y pelado. Leyó la historia del
lobo que cree que la luna es de queso, en que la zorra lanzaba al animal hambriento al
pozo donde se reflejaba el satélite. Leyó el cuento de la orza de miel y los tres
bautizos fingidos, en el que la comadre zorra se lamía el dulce de las patas mientras

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su compadre lobo cuidaba de sus zorritas, confiando en que le trajera algo del convite
de los apadrinados Empezose, Mediose y Acabose —el tarro de miel, que era del
lobo—. Estuvo leyendo hasta que se cansó, con la narración de la zorra y las uvas, en
que el animal, que no las alcanza, declara chasqueada que no las quiere, porque
“están verdes”. Dejó los fascículos. Se sentó en el suelo a su lado y se cogió las
rodillas, balanceándose. Pegó la mejilla a la pierna de Álex.
—Me aburro... —se quejó con tono ñoño.
—Verónica, no me queda nada.
Ella dibujó una sonrisa mimosa y se deslizó como un gato hasta que se metió bajo
la mesa. Se asomó entre sus piernas y empezó a desabrocharle el pantalón.
Él se rió. La apartó un poco, pero ella regresó a la carga. Sin dejar de teclear, Álex
se echó un poco hacia atrás en la silla.
—Verónica... —exhaló—. ¿Tú te crees que así yo puedo currar?
—Sigue, tú a lo tuyo.
—En serio, Verónica. Espérate un poco. Te juro que no tardo más de una... de
media hora.
—¿Media hora? Es perfecto.
Sacó del ojal el segundo botón.
—Verónica —le cogió las muñecas y la levantó, sonriendo—. ¿Es que voy a tener
que atarte?
—Hazlo —le dijo frunciendo los labios—. Átame las manos a la espalda y te lo
hago todo con la boca.
Él resopló un taco echando la cabeza hacia atrás.
—Joder... —dijo con la voz enronquecida—. Pero qué zorra eres.
La chica sólo sonreía. Soltó el tercer botón con una soltura sorprendente, teniendo
en cuenta que lo hizo con los dientes.
—¿Te crees que las llevo sólo para decorar? —preguntó retóricamente mientras
forcejeaba con la llavecita y sacaba de un chasquido las esposas que servían de cierre
a su bolso. Empujó hacia atrás la silla, contra la cama, y le obligó a levantarse sin
dejar de besarle. Se tiraron sobre el colchón. Verónica le montó a horcajadas. Se sacó
el corsé y el jersey y los lanzó al suelo. Empezó a restregarse melifluamente. Le
desabrochó de golpe todos los botones del pantalón y se lanzó a lamerle primero y a
abarcarlo después hasta que consiguió que Álex se retorciera jadeando sobre las
sábanas. Se quitó el sujetador y apretó contra él la piel fresca y desnuda de su cuerpo.
Fue subiendo con la lengua, haciéndole cosquillas con los pezones, levantándole la
ropa y mordisqueando desde el ombligo hasta el cuello. Él alzó los brazos para que le
sacara la camiseta por la cabeza. En ese momento sonó el clic metálico.

—Mari, hija. ¿Quieres tomar leche con galletas?

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Mónica suspiró. Su abuela sabía perfectamente que no le gustaba que la llamara
por su segundo nombre, así que ya no se molestaba en repetírselo.
—No, gracias, abuela. No tengo hambre.
—Pues entonces tráeme ya el rosario. El de plata, que es viernes, Mari.
Levantó la vista del cómic que leía sobre la alfombra con flecos. Lo dejó abierto
contra el suelo formando una tienda de campaña y se incorporó. El reloj de péndulo
caía pesadamente. La televisión estaba muy baja, para acompañar. Sonaba la voz de
la presentadora de un programa al que acude gente a contar sus problemas. Mónica
abrió un cajón que olía a naftalina, lleno de pañuelos y abanicos, y agarró un
paquetito. Apagó la tele y se lo tendió.
—Coge una silla, Mari.
—No, gracias, abuela. Me siento en el suelo.
—¡En el suelo! Juventud... —se puso las gafas y extrajo la ristra de cuentas de la
cajita. Cogió la cruz del extremo y la frotó entre los dedos. Se signó—. Por la señal
de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuestro. En el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, amén.
Mónica, de piernas cruzadas junto al sillón de su abuela, se santiguó
mecánicamente. La anciana guardó unos minutos de silencio como acto de contrición,
pidiendo perdón por sus faltas y pecados, mientras la chica, con los ojos vacuos,
recorría la hilera de figuras de porcelana que había en el anaquel de encima de la tele,
e intentaba recordar qué nombres les había dado cuando era pequeña en sus juegos —
el Elefante Gigante, los Pajaritos, la Señorita del Parasol, la Pareja de Ciervos, los
Angelotes Rechonchos, las Tacitas de la China—. Le zumbaba en los oídos un
murmullo molesto, como un moscardón. Cuando volvió a prestar atención, vio que su
abuela estaba terminando el Credo.
—... Creo en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la Comunión de
los Santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de la carne y en la vida
eterna.
—Amén.
Volvió a caer en el sopor. La anciana empezaba a desgranar el rosario y cogía la
primera cuenta. Mientras rezaba el padrenuestro la frotaba y refrotaba, como si
quisiera sacarle brillo y pulirla a base de oraciones, como si su lisura y desgaste
indicaran la devoción de su dueña. Mónica se despertaba de golpe cuando le tocaba
murmurar su parte. No sabía si iban por la segunda o la tercera avemaría de las que
tocaban por las virtudes teologales. La niña resopló y contestó pausadamente:
—Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora
de nuestra muerte. Amén.
—Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres
entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...

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Era la segunda. Pasó una cuenta más. Pudo oír cómo la deslizaba entre los dedos.
Mónica empezó a sentir la incomodidad, la sensación de revolverse, y aún ni habían
empezado los misterios.
—Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo...
Lo que le molestaba de verdad era tener que participar. Cada vez que lograba
abstraer la mente a sus cosas, le tocaba responder. Y además, despacio y meditado,
que si no su abuela la reñía y tocaba volver a empezar.
—Como era en un principio —respondió—, ahora y siempre, por los siglos de los
siglos, amén.
Lo tenía calculado: el rosario le llevaba más de hora y media, y eso con suerte,
cuando no rezaba también todos los padrenuestros, avemarías y glorias por las
necesidades de la iglesia y del estado, los destinados a la salud del papa y los que
iban dedicados a la persona e intenciones del señor obispo de la diócesis. A veces
ésos se los saltaba e iba derechita a por las ánimas del purgatorio.
—Misterios dolorosos —anunció su abuela pasando a refregar con complacencia
la medallita—. Primer misterio: La oración en el huerto. Padre nuestro que estás en
los cielos, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu reino...

—Joder... ¿Cómo coño...?


Verónica se incorporó y se lamió el carmín de la boca. Había aprovechado
mientras estiraba los brazos para esposarle a los barrotes de la cabecera de la cama.
Álex tenía una cara que mezclaba la sorpresa, el morbo, la incredulidad y la franca
diversión.
—Y... la zorra atrapa al lobo por el rabo —declaró ella—. ¿Te saltaste esa fábula
de pequeño? Intentabas pescarme y has sido tú el pescado —la chica se rió y guardó
las llaves en el bolsillo—. Si es que los tíos sois todos iguales: en cuanto se os llena
de sangre la polla se os seca el cerebro —frunció los labios en forma de corazón—.
¿Qué te parece si jugamos un rato?
Él enarcó las cejas. Sonrió cínicamente.
—¿Tengo opciones? Hazme lo que quieras.

—Dios te salve, María —principió su abuela—; llena eres de gracia; el Señor es


contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre,
Jesús...
Oía rascar, rasguear, frotar, pulsar y afinar cada cuenta. No había plata con menos
óxido en la casa que ese rosario erosionado por los dedos temblorosos, que mostraban
una precisión sorprendente, casi cicatera, mientras recorrían las bolas, una detrás de
otra, contando con deleite y deteniéndose placenteramente en cada una de ellas, como

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si fueran monedas que engrosaran un tesoro.
—Santa María, Madre de Dios —recitó de forma cansina la chica—, ruega por
nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Mónica se preguntó si le quedarían siete u ocho avemarías al primer misterio.
Siempre se lo preguntaba, en lugar de observar las cuentas. Le ponía histérica mirarle
las manos a su abuela. Le daban unas ganas locas de lanzarse sobre ellas y romper el
cordón con los dientes, y ver cómo saltaban, rebotaban y rodaban las pelotitas de
oración por el suelo.
—Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres
entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...

Verónica se quitó las bragas y se sentó sobre él. Le botaron los pechos con el
movimiento. Empezó a restregarse, a frotarse y a deslizarse contra el paquete de
Álex, sin metérsela, dedicándose a masturbarse tranquilamente, recorriendo la corona
del glande, el frenillo y el tronco y contándole las venas con el clítoris.
—Verónica —la interrumpió él controlando a duras penas la respiración—. Que
el líquido preseminal también lleva procesión de flagelantes. No hagas el tonto sin
condón, princesa. Están debajo de la cama...
La chica abrió los ojos de golpe.
—Última vez que me cortas el rollo, Álex.
Se puso de pie sobre el colchón. Cuando creyó que iba a saltar para coger los
preservativos, flexionó las rodillas y se dejó caer contra su cara. Le agarró del pelo y
le apretó contra su cuerpo.
—Curra un poco, cabrón.

—Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres
entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...
La voz de la anciana repetía la letanía monocorde una vez más. Mónica había
perdido definitivamente la noción del tiempo. Balanceaba la cabeza.
—Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Mónica despertó del letargo y sacudió el flequillo. ¿Ya llevaban diez avemarías?
Muy contenta, respondió:
—Como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
—María, Madre de gracia, Madre de misericordia, defiéndenos de nuestros
enemigos y ampáranos...
—Ahora y en la hora de nuestra muerte, amén —casi gritó con voz cantarina.
Su abuela sonrió y murmuró algo edificante para sí, confundiendo la alegría de
llegar al segundo misterio con inflamación religiosa por parte de su nieta.

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—Segundo misterio: la flagelación.

—Ah... sin morder, hijo de puta.


La chica se había retirado un poco. Él sonrió con ferocidad, enseñándole todos los
dientes.
—¿No te gusta?
Verónica le apretó de nuevo el pubis contra la cara.
—Calla.

—... El pan nuestro de cada día dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, así como
nosotros perdonamos a nuestros deudores. No nos dejes caer en la tentación, mas
líbranos del mal. Amén.
—Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres
entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...

Verónica se estaba acabando de correr entre convulsiones cuando sonó el timbre del
portal.
—¡Mierda! —chilló, echándose hacia atrás, sobre sus piernas, y pataleando contra
el colchón—. Ni a propósito.
Álex dobló un poco los brazos, lo que le permitía el amarre.
—Verónica, suéltame, que es el juego que me viene por mensajería. Enseguida
seguimos.
La chica levantó la cabeza y sonrió.
—¿Y si te dejara así y me fuera?
—No seas zorra y suéltame, Verónica, que va a subir ya.
—Oh, estate tranquilo. Voy a abrir al telefonillo. Ahora vuelvo.
—¡Verónica! Joder...

—Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres
entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...
A Mon le estaban empezando a entrar ganas de llorar de impotencia. Miró el
reloj. Su abuela cada vez rezaba más despacio. Ya le había hecho un gesto de
moderación con las manos para que redujera la velocidad en las respuestas. Llevaban
minutos y se le habían hecho horas. Era como si se le parara el mundo mientras la
voz cascada murmuraba. Cada cuenta era un instante que se le escapaba. En estas
ocasiones, le daba por pensar de forma maniaca y sumar todo el tiempo de su vida

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que había estado rezando el rosario.
—Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora
de nuestra muerte, amén.

Verónica regresó. Se vistió rápidamente y le miró desde el umbral.


—Ya sube. Entorno esto... —se mordisqueó la sonrisa—. Reza porque no haya
corrientes de aire.
—Verónica, suéltame de una puta vez, que no tiene gracia.
Ella soltó la carcajada.
—Para mí sí. Muchísima.
—¡Me cago en tu madre! —exclamó dando una sacudida—. ¡Verónica!
Ella torció la cabecita.
—Sssh... Silencio... Que ya sube...
El timbre estaba sonando. La chica, riendo, fue a abrir la puerta. Un tipo como de
unos veinte años, en uniforme del servicio de paquetería, leía el nombre en una hoja.
—Traigo un envío para Alejandro Martínez Grey.

—Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres
entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...
—Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora
de nuestra muerte, amén.
En su cabeza, Mónica empezó a escuchar otra voz. Decía claramente: Monja.
Jamón. Monja. Jamón. Monjamonjamonjamonjamon...
—Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres
entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...
Si la pensaba lo suficientemente deprisa y la repetía bastantes veces, cualquier
palabra dejaba de tener sentido.
Te odio. Te odio. Te odio —pensaba—. Te odio, te odio, te odio, te odio, te odio te
odio te odio te odioteodioteodioteodioteodioteodioteodioteodio...
—Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora
de nuestra muerte, amén.

—Se lo cojo yo —le dijo Verónica al cartero desenvueltamente—, que ahora mismo
no puede salir a por él.
—Firma aquí. Tienes que ponerme cuál es tu relación con el destinatario.
—Soy su hermanita.
El mensajero debió de notar el tono chocarrero de la voz, porque levantó la vista

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extrañado.
—También me tienes que escribir tu DNI.
La chica se cortó de pronto. No le pareció ya tan buena idea que figurara su
número de identificación por ahí, y no tuvo la rapidez suficiente como para
inventarse uno.
—Ah... Espérate que voy a ver si ya sale del baño, ¿eh?

—Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de
nuestra muerte, amén.
Otra vez...
—Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres
entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...
—Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora
de nuestra muerte, amén.
Y otra...
—Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres
entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...

Verónica entró en el cuarto. Cerró la puerta tras de sí, aunque no la encajó del todo.
Se le quedó mirando salvajemente divertida y excitada, con una sonrisa preciosa, roja
y brillante, como si se acabara de comer una piruleta.
—Toca dejar el juego en cruci —suspiró—. Es una lástima.
Cabalgó sobre él, sacó las llavecitas del bolsillo y abrió las esposas. Álex se
incorporó verdaderamente cabreado, tirándola hacia un lado. Se frotó las muñecas.
—Verónica —masticó las palabras entre dientes—. No te doy una hostia porque
estoy convencido de que te pondría.
La chica se limitó a reírse largamente. Él se subió la ropa interior y abrochó los
botones del pantalón. Salió del cuarto echando pestes.
—¿Alejandro Martínez Grey? —preguntó el cartero, ojeando rápidamente otra
vez el destinatario del paquete.
—Sí.
—Ponme tu DNI y échame una firmita. Aquí.

—Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de
nuestra muerte, amén.
Y otra...
—Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres

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entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...
—Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora
de nuestra muerte, amén.
Y otra...
—Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres
entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...
—Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora
de nuestra muerte, amén.
Y otra...

—Grey... —repitió Verónica sonriendo, indolentemente apoyada contra la jamba de la


puerta del cuarto, jugueteando con las esposas en la mano—. La verdad es que es un
apellido raro. Creía que ibas de farol, pero o es catalán o es inglés.
Él bufó.
—Piensa lo que quieras.
El repartidor le entregó la caja con una sonrisa idiota colocada entre los granos,
sin quitarle los ojos de encima a la chica.
—Ya me has dado el paquete. ¿Qué coño miras? —preguntó Álex, estirando el
brazo hacia el manillar para darle con la puerta en la cara—. Sí, está buena. Pero es
una zorra —y cerró con todas sus fuerzas, con la intención de estamparle las gafas
contra la nariz.

Y otra...
—Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres
entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...
—Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora
de nuestra muerte, amén.
Y otra...
—Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo...
Y o... Jadeó casi de placer. Resopló su parte de la jaculatoria.
—Como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
—María, Madre de gracia, Madre de misericordia, defiéndenos de nuestros
enemigos y ampáranos...
—Ahora y en la hora de nuestra muerte, amén.
¿Estaría ya en el cuarto?
—Tercer misterio: La Coronación de Espinas.
Dejó caer los hombros.

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—No ha tenido maldita la gracia —gruñó Álex, entrando en el dormitorio.
La chica se rió sin darle importancia.
—Bien que te hubiera molado al contrario.
—Más te hubiera puesto a ti, Verónica. ¿Y sabes una cosa? No te voy a dar el
gusto de vengarme. Juega tú sola con tus juguetitos.
—Qué soso eres, tío.
—¿Soso? Tu puta madre. A ver, niñata, ¿qué es lo que quieres? Tente cuidado con
lo que andas buscando, que igual vas y te lo encuentras.
—¿Ah, sí? No me digas.
Álex se cruzó de brazos.
—Verónica, ¿me estás retando?
Ella enarcó las cejas sonriendo y se mordisqueó la punta de la lengua.
—Muy bien —dijo él. Se dejó caer en la silla y la reclinó echándose hacia atrás.
Puso los pies sobre la cama—. Te voy a demostrar que yo no necesito usar esposas
para que no te muevas. Desnúdate.

—Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros
tu reino, hágase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo...
—El pan nuestro de cada día dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, así como
nosotros perdonamos a nuestros deudores. No nos dejes caer en la tentación, mas
líbranos del mal, amén.
—Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres
entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...
—Santa María Madre de Dios ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de
nuestra muerte amén.
—Hija, despacio —le dijo la anciana—. Que si no no aprovecha. Dios te salve,
María; llena eres de gracia...

Álex encendió un cigarro.


—Adelante. ¿A qué coño esperas? Desnúdate, zorra.
Verónica sonrió suavemente y empezó a sacarse pieza por pieza de ropa, con
deliberada tranquilidad y coquetería.
—Sin florituras —cortó él, dando una calada profunda y tirando la ceniza al
cenicero, sin prestarle atención a la chica—. No me interesa tu ropa y no me interesa
cómo te la quitas. Sólo despelótate y punto. No quiero que te dejes ni una sola mierda
encima. Sólo quiero carne y pelo.
—Tío... —murmuró un poco dolida.

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—Cierra la puta boca. Tampoco me interesa lo que puedas decirme. Carne y pelo.
¿Eres capaz de cumplirlo? Si te parece que no, ahí está la puerta.
La chica paró en seco el juego y obedeció algo cohibida. Se desnudó rápida y
eficazmente, como si se estuviera cambiando en su casa para ponerse el pijama. Álex
fumaba y recitaba un viejo cuento de hadas en voz baja: “Y por cada prenda, delantal,
falda, corpiño y media, la niña preguntaba dónde ponerlos, y el lobo respondía:
Arrójalo al fuego; ya no lo necesitarás”.

—Cuarto misterio: El camino del Calvario.


Le quedaban —no pudo evitar hacer la cuenta, aunque le latía la cabeza sólo de
detenerse a pensarlo— un padrenuestro, diez avemarías, un gloria, una jaculatoria, el
quinto misterio, un padrenuestro, diez avemarías, un gloria, una jaculatoria, lo cual
sumaba dos padrenuestros, veinte avemarías, dos glorias, dos jaculatorias... y luego
empezaban todas las letanías.
—Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres
entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...
—Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora
de nuestra muerte, amén.
—Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo...
Ya ni siquiera le consolaba pasar al siguiente misterio.
—Como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
—María, Madre de gracia, Madre de misericordia, defiéndenos de nuestros
enemigos y ampáranos...
—Ahora y en la hora de nuestra muerte amén.

—¿Así te parece bien, Álex? —le preguntó, enteramente desnuda, lechosa y


vulnerable. Todavía sonreía, pero ahora de forma vacilante.
Él mostró los dientes. Se acercó, se puso a su espalda y le apartó el cabello rizado
de la espalda, del cuello y la nuca en una suave caricia. Desabrochó el collar de perro
y se lo sacó casi de un latigazo.
—Se me había olvidado... —dijo ella.
Él se desnudó también; sólo se dejó el colmillo. La miró con los ojos estrechados.
—Ahora, ponte a cuatro patas.

—Quinto misterio: La crucifixión.


Mónica se mecía, agarrándose las piernas, como si fuera una autista en su mundo
privado. Respondía de forma febril a las oraciones, y contaba al tiempo los tic-tacs

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del reloj, las sacudidas de los visillos con el aire, el chirrido del sillón bajo las
posaderas de la anciana, los bultos del gotelé de la pared, las líneas de su mano, sus
propios balanceos. Cualquier cosa menos los rezos.
—Kyrie, eleison.
Pestañeó. ¿Ya estaban con los latines? ¿Habían pasado otras diez avemarías? ¿Se
habían acabado los misterios? No pudo evitar gritar la respuesta contentísima, aunque
no tenía ni la menor idea de lo que significaba y, es más, estaba segura de que su
abuela tampoco lo sabía.
—¡Christe, eleison!
—Kyrie, eleison.
Verónica se lamía la sonrisa.
—¿Que me ponga a cuatro patas? —repitió—. ¿Así, de pronto? ¿Y si te digo que
no, qué me haces?
—Hablas demasiado, zorra.
—Christe, audi nos.
—Christe, exaudi nos.
Álex le ciñó a la chica el pescuezo con la mano y apretó lo suficiente como para
hacerle daño. La inclinó hacia delante y la puso de rodillas. Le dijo al oído, pero alto,
no en un murmullo:
—No quiero oírte hablar. Sólo quiero oírte gemir, gruñir y gritar, ¿estamos?
—Pater de caelis, Deus.
—Miserere nobis.
—Fili, Redemptor mundi, Deus.
—Miserere nobis.
—Spiritus Sancte, Deus.
—Miserere nobis.
—Sancta Trinitas, unus Deus.
—Miserere nobis.
Sin dejar de estrangularla, la empujó en la cama hasta empotrarle el pecho y la
tripa contra el colchón. Rebuscó debajo y sacó la caja de preservativos. Cogió el
envoltorio del condón con los dientes y le dio el tirón al plástico para rasgarlo con la
izquierda. Se enfundó el látex con la misma mano, mientras que, con la otra, sujetaba
a Verónica y la mantenía pegada a las sábanas.
—Ave Maria, Filia Dei Patris.
—Ora pro nobis.
—Ave Maria, Mater Dei Filii.
—Ora pro nobis.
—Ave Maria, Sponsa Spiritus Sancti.
—Ora pro nobis.

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—Ave Maria, templum Trinitatis.
—Ora pro nobis.
Sin miramientos ni juegos previos se la clavó hasta el fondo. Ella sofocó un
chillido; no estaba lo bastante dilatada. La penetración de golpe le había dolido a él
también, pero sonrió salvajemente, se retiró casi por completo y repitió la jugada.
Verónica abrió mucho las piernas, patinando en el suelo con las rodillas. Álex volvió
a hundirse con todas sus ganas, apretándole el cuello, y empezó a bombear hacia
dentro y hacia fuera al ritmo de su respiración.
Sancta Maria.
Ora pro nobis.
Sancta Dei Genetrix.
Ora pro nobis.
Sancta Virgo virginum.
Ora pro nobis.
Mater Christi.
Ora pro nobis.
Mater Creatoris.
Ora pro nobis.
Mater Salvatoris.
Ora pro nobis.
Mater Ecclesiae.
Ora pro nobis.
Mater boni Consilii.
Ora pro nobis.
Mater castissima —ora pro nobis—. El paso era estrecho, como un túnel apretado
de carne que hubiera que ir abriendo. Mater divinae gratiae —ora pro nobis—. La
chica retorció las sábanas entre las manos y respiró ahogada, sujeta todavía por el
gaznate. Mater charitatis —ora pro nobis—. Intentó relajar los músculos para
facilitarle la entrada, porque le seguía haciendo daño. Mater amabilis —ora pro nobis
—. Álex volvía a hundirse profundamente con cierto esfuerzo. Mater admirabilis —
ora pro nobis—. La sensación era incómoda, dolorosa, como si la estuviera
desgarrando, aunque hubiera entrado y siguiera pasando. Mater inviolata —ora pro
nobis—. Él le soltó el cuello y sonrió; le había marcado en rojo todos los dedos.
Mater puríssima —ora pro nobis—. Verónica era tan blanca, tan pálida, tan limpia,
que no podía evitar desear hacerla trizas, como a una muñeca de porcelana china.
Mater inmaculata —ora pro nobis—. Dejarle cardenales le producía la misma alegría
infantil que la de mancillar algo virgen e intacto: como pisar nieve... Mater
intemerata —ora pro nobis—. Fue arrastrando las manos, clavando las uñas en su
espalda hasta que le ciñó las caderas por los huesos. Mater pulchritudinis —ora pro

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nobis—. La alejó para tomar impulso y penetró, ahora, con facilidad: ya estaba
suficientemente húmeda. Virgo prudentissima —ora pro nobis—. Resbaló por la
madriguera caliente, tibia, hecha a medida como un guante, y se calzó a la chica por
completo. Virgo potens —ora pro nobis—. Permaneció dentro unos instantes sin
moverse, suspirando en el nicho confortable, acuoso y plácido. Virgo sancta —ora
pro nobis—. Dobló las rodillas y se echó hacia atrás, sentándose sobre sus tobillos,
mientras Verónica, atravesada, le usaba de silla. Thronus Salomonis —ora pro nobis
—. Estrangulándole la cintura, la movió como si no le pesara nada y luego le dejó
libertad de movimientos. Causa nostrae laetitiae —ora pro nobis—. Ella se puso a
escurrirse gozosamente arriba y abajo, en cuclillas, apoyada sobre las plantas. Inter
omnes una —ora pro nobis—. Cuando él se aburrió de estarse quieto le sujetó los
brazos, cruzándoselos a la espalda y la empujó sin contemplaciones. Gloria
Hierusalem —ora pro nobis—. Se levantó de golpe poniéndola de nuevo de rodillas
de una embestida y tumbándose encima de su cuerpo, obligándola a que cayera sobre
la frente en la cama. Valde decora —ora pro nobis—. Con los dedos pellizcándole las
corvas, subió las dos manos por sus muslos. Pulcra ut luna —ora pro nobis—. Le
amasó las nalgas blancas, surcadas por algunas manchas de apretones y arañazos.
Fructifera planta —ora pro nobis—. Le cercó las tetas con las manos, oprimiéndolas,
y levantó el cuerpo en el aire. Vitis fructificans —ora pro nobis—. Mientras la
sostenía por el pecho usaba su peso de contrapunto para equilibrarse y entrar con
mayor potencia. Radix gratiarum —ora pro nobis—. Soltó de pronto y la dejó caer
contra el colchón. Se deslizó fuera hasta quedarse sólo con la punta, mojada y
tiritando, introducida entre sus pliegues. Flos virginitatis —ora pro nobis—. Pasó los
dedos por sus labios mayores y menores como si fuera a deshojarla. Lilium castitatis
—ora pro nobis—. Ella se esponjó, abriéndose, hinchándose y dilatándose. Levamen
molestiarum —ora pro nobis—. Se enroscó sobre sí misma, echó violentamente hacia
atrás su corona de rizos y contorsionó la espalda; gimió y se frotó contra su mano. Ut
sol electa —ora pro nobis—. Intentó apretar para ensartarse, pero él la mantenía
quieta, con los dedos haciendo de tope mientras inspeccionaba su sexo. Gemma
refulgens —ora pro nobis—. Pulsó largo rato el clítoris con las yemas; friccionó
aumentando la intensidad hasta que lo sintió nítido como el botón de una planta.
Pulchra velut rosa —ora pro nobis—. Verónica se retorcía blandamente, gimoteando
como un cachorro de perro y soltando gritos agudos de zorra en celo. Rosa sine spina
—ora pro nobis—. Todos los frunces y plisados de la piel lucían un intenso color
entre el rojo y el morado; tenía la vulva desplegada como una corola con pétalos.
Rosa puritatis —ora pro nobis—. Exhaló el aire, volvió a intentar empalarse y de
nuevo él se lo impidió. Rosa recens —ora pro nobis—. La flor de carne parecía a
punto de echar a sangrar con un solo pellizco. Rosa mystica —ora pro nobis—. Él
mantuvo la mano, torturándola, sin permitirle el alivio, cambiando los ritmos. Favus

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Samsonis —ora pro nobis—. Se derramaba una miel transparente de su vagina; apartó
con los dedos los chorros largos de líquido. Vellus Gedeonis —ora pro nobis—. Le
asió con la derecha el triángulo de vello púbico y tiró de la piel con el pelo en su
dirección para volver a calzársela. Civitas Dei —ora pro nobis—. Atravesó todo el
túnel mientras aferraba el seto de rizos con la mano. La chica empujó contra él y se lo
tragó entero. Speculum iustitiae —ora pro nobis—. Se separaron y juntaron al tiempo
que el choque contra sus testículos producía un ruido jugoso y elástico. Altare
thymiamatis —ora pro nobis—. Tendido sobre Verónica aspiró el olor de su melena
sin detener el movimiento. Olfateó intensamente y arrugó repentinamente el ceño:
olía demasiado bien; no olía a cuerpo, a piel y a cabello, sino a colonia. Cedrus
fragrans —ora pro nobis—. Le disgustó ese perfume tan falso, tan antinatural, tan
fabricado; dejó de bombear. Navis institoris —ora pro nobis—. Rebuscó el aire entre
los bucles del pelo; hundió la nariz junto a su oreja y respiró bajo el lóbulo. Myrrha
conservans —ora pro nobis—. Tenue, difuminado, oculto bajo el de los cosméticos,
distinguió la fragancia agreste de la carne y el vello. Balsamum distillans —ora pro
nobis—. Era un olor ácido, agridulce y almizclado, algo picante y delicioso; le lamió
todo el cuello para recogerlo. Aegris medicina —ora pro nobis—. Volvió a
abandonarse al compás de las sacudidas, cogiendo más velocidad y apretando con
más fuerza. Filia Patris luminum —ora pro nobis—. Quiso oírla aullar, humedecerla,
retorcerla y encharcarla hasta que la peste del sudor y del sexo eliminara el otro, el
artificial, el humano. Deo dilecta —ora pro nobis—. Al tiempo que la chica gritaba,
la penetraba con rabia furibunda, contemplando fijamente cómo salía y cómo entraba.
Turris Davidica —ora pro nobis—. Volvió a cogerle el cuello, ahora con las dos
manos, para que se callara. Turris eburnea —ora pro nobis—. Hincó la polla hasta el
fondo y retrocedió paladeando cómo las paredes le exprimían y estrujaban en una
estrechez empantanada. Dulcior favo mellis —ora pro nobis—. Le metió los dedos en
la boca a la vez que se incrustaba. Terebinthus gloriae —ora pro nobis—. Estaba duro
como un tronco de árbol e igual de rígido; sentía cómo le palpitaban las venas a lo
largo del recorrido. Virga florens —ora pro nobis—. La extrajo con un ruido chicloso,
inundado. Relucía, brillante de líquidos sobre el preservativo; bombeó con furia,
mientras la chica ululaba débilmente. Palma virens gratiae —ora pro nobis—.
Empezaban a dolerle los testículos. Oliva speciosa —ora pro nobis—. Resopló,
apretó los dientes y aceleró ya para correrse. Columba formosa —ora pro nobis—. Se
abandonó en el coño de Verónica. Entró una y otra vez y otra; era como regresar a
casa. Foederis arca. Era tan ceñido, tan húmedo, tan cálido... —ora pro nobis—. Le
apretaba, le contenía, le encerraba, se lo comía, le deglutía, le tragaba. Ianua caeli.
Era la puerta del cielo —ora pro nobis—. Era el huerto cerrado. Hortus conclusus.
Era el barco de riquezas. Navis abundans. Era la aurora resplandeciente. Rutilans
aurora. Era la zarza ardiente. Rubus incombustus. Era el recipiente del espíritu. Vas

[Link] - Página 72
spirituale. Era la casa dorada. Domus aurea. Era la estrella matutina. Stella matutina.
Era la luz del mediodía. Lux meridiana. Era la fuente del agua. Fons viventium
aquarum. Era la gloria de los siglos. Gloria saeculi...
—Ora pro nobis.
Entonces la mordió con todas sus fuerzas.
Mater orphanorum.
Ora pro nobis.
Salus infirmorum.
Ora pro nobis.
Refugium peccatorum.
Ora pro nobis.
Consolatrix afflictorum.
Ora pro nobis.
Auxilium Christianorum.
Ora pro nobis.
Regina Angelorum.
Ora pro nobis.
Regina Patriarcharum.
Ora pro nobis.
Regina Prophetarum.
Ora pro nobis.
Regina Apostolorum.
Ora pro nobis.
Regina Martyrum.
Ora pro nobis.
Regina Confessorum.
Ora pro nobis.
Regina Virginum.
Ora pro nobis.
Regina Sanctorum omnium.
Ora pro nobis.
Regina sine labe originali concepta.
Ora pro nobis.
Regina in caelum assumpta.
Ora pro nobis.
Regina sacratissimi Rosarii.
Ora pro nobis.
Regina familiae.
Ora pro nobis.

[Link] - Página 73
Regina pacis.
Álex había echado la cabeza hacia atrás siseando y apretando las muelas. Se había
quedado mirando la espalda nacarada por la transpiración, la hilera de vértebras, la
montaña de rizos que le tapaba los hombros y el cuello. Había dejado de estrujarle el
hueso de la cadera con la mano izquierda y le había ido pasando los dedos, arañando
la piel en canales junto a la columna con las uñas y yemas, hasta hundírselos en la
nuca. Había abierto la mandíbula y se había lamido el filo de los colmillos. Había
recogido los rizos rojos con un movimiento envolvente, enroscándoselos a la muñeca
e inclinándole ásperamente la cabeza para desnudarle la garganta. Con la última
embestida se había lanzado contra ella y había mordido, con un gruñido bronco, en el
cuello. Apretó con todas sus ganas, saboreando primero la colonia, luego el sudor
acerbo y por fin la sangre salada recorriendo sus dientes, sin dejar de estirar de la
carne como para desgarrarla. Se sacudió con los últimos espasmos de la eyaculación,
tenazmente aferrado en la dentellada a la piel de la muchacha, conteniendo el impulso
de retorcer la cabeza en un giro seco, como para partirle el pescuezo. Había soltado
con reticencia, relamiéndose. Se había agarrado el preservativo y se había retirado. Se
dejó caer, resoplando, boca arriba en el suelo. Sudaba copiosamente y jadeaba
extenuado.
—Ora pro nobis...
—Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo...
—Perdónanos, Señor.
—Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo...
—Dios. Joder —articuló Álex, resollando, subiendo y bajando el pecho. Se quedó
ahí, respirando, incapaz de mover un músculo. Tardó un rato en volver a acoplar su
cabeza con su cuerpo y poder ejecutar otro movimiento que resoplar. Extrajo el
condón, le hizo el nudo y lo echó a un lado—. ¿Qué tal, princesa? —le preguntó aún
respirando recio—. Lo siento pero no sé si te has corrido. Estaba en mi mundo.
—Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo...
—Ten misericordia de nosotros.
—Ruega por nosotros, santa Madre de Dios...
—... Para que seamos dignos de alcanzar y gozar las promesas de nuestro Señor
Jesucristo, amén.
Verónica jadeaba también. Se giró hasta quedarse tendida a su lado. Él se apoyó
sobre un codo y la observó. Ella hizo el gesto evasivo de mover los ojos en otra
dirección mientras levantaba las cejas.
—Eh —dijo él, chascándole el dedo corazón e índice contra el pulgar en la cara
—. Que si te has corrido o no.
—Joder, claro que me he corrido, Álex. Dos veces. Pero me has asustado. Te lo
juro. Por un momento...

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Él se rió.
—¿No era eso lo que querías, Verónica?
Ella hizo un gesto de molestia al girar la cabeza.
—Me duele un huevo aquí... —se tocó el cuello—. ¡Joder! Si estoy sangrando.
—Créeme que no me sorprende —respondió él con una risa cruel—. Yo en tu
lugar iría a mirármelo.
Álex se puso la ropa interior y los pantalones, se levantó y comenzó a hurgar en el
mueble mientras Verónica iba al baño.
—Madre de Dios, qué animalada —dijo la chica levantándose el pelo frente al
espejo. El círculo violáceo de los treinta y dos dientes marcados sobre la arteria
carótida tenía más de cuatro picos de sangre—. Espero que no tengas la rabia...
Él sacó un par de vasos altos y abrió la botella de absenta, pringándose los dedos
del azúcar verde que se caramelizaba en el tapón.
—Ah, ¿no te gusta? Pues a mí me parece una herida digna de irse luciendo. Si yo
fuera tú, llevaría coleta hasta que desapareciera.
—Serás cabrón... Y luego voy diciendo por ahí que me mordió un vampiro... No.
Un licántropo. Eso te encantaría, ¿eh? Marcando territorio —se giró con una mueca
—. Au. Esto duele un huevo. ¿Tienes yodo o agua oxigenada?
—No seas cínica, que te lo has pasado bomba.
—Y tú, no te jode.
—Pues sí, para qué mentirte. ¿Absenta?
—¿Para desinfectar? —preguntó irónicamente mientras seguía inspeccionándose
la herida. Se sujetó el pelo para que no se le pegara a los pequeños coágulos que se
estaban cuajando—. Me voy a dar una ducha, que me resbala la sangre hasta el culo.
—Sírvete. Y no me digas esas cosas si no quieres ponerme otra vez, princesa —la
chica torció el labio y murmuró un taco. Abrió la llave. Él le gritaba desde el salón—.
¡Si quieres agua caliente, sé rápida, que se corta sola!
—¡Mójame un terrón de azúcar, Álex! —le pidió Verónica haciéndose oír bajo la
cortina del agua—. ¡Como en Drácula de Coppola!
—Serás pija... —resopló, pero sacó la cuchara colador metálica destinada al
efecto y le preparó sobre la copa un azucarillo empapado en alcohol.
La chica salió mojada del baño sin vestirse ni ponerse toalla, dejando charcos.
Buscó en el bolso su estuche, sacó un lápiz largo y lo usó de alfiler del pelo para
recogerlo. Cogió de la cuchara el prisma de azúcar teñido del verde de la absenta y lo
succionó entre la lengua y el paladar, extrayendo el alcohol hasta que se le deshizo el
caramelo terroso en la boca. Él se bebía la Mata Hari a palo seco, sin azúcar y con el
hielo entero en cubos, que retiró en cuanto el vaso estuvo frío.
—Ahora te tomas la copita y te vas, que tengo curro y van a dar las siete.
—Hostia. ¿Ya? —empezó a vestirse, soltando maldiciones cada vez que se rozaba

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la herida. Se puso a buscar toda la pila de ropa del suelo. Se ajustó el corsé y lo giró
para colocarlo. Encontró las bragas, se metió los pantalones, se puso los calcetines y
se calzó las botas dando saltos contra el suelo para encajarlas. Subió las cremalleras
hasta la rodilla y bajó las perneras, planchándoles las arrugas a palmadas. Se colocó
toda la parafernalia. Volvió a engancharse las esposas al bolsito. Recorrió el cuarto
con la mirada. Se ató a la cintura el jersey que llevaba antes debajo del corsé y se
bebió los dos dedos del vaso de un trago, poniendo caras por lo fuerte que era. Le dio
un beso azucarado de alcohol—. Tengo que irme, Álex, que he quedado con las
chicas —sacó un espejito y se pintó con la barra de labios color cereza, jugosa y
brillante como un chupachups—. ¿A la noche te veo?
—Pues gracias a ti, puede que no. Hale, pírate. A ver si acabo esto...
—¡Adiós! —le gritó desde la puerta. Oyó cómo golpeaba peldaño a peldaño los
tres pisos de bajada. Se sentó en la silla del ordenador, sacó un cigarro y se bebió la
absenta a sorbos, girando las ruedecillas de un lado para otro, tomándose su tiempo y
pensando. Apretó el botón de la pantalla y el monitor se encendió temblando como un
flan, con el ruido de un látigo.

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V
—Por las necesidades de la iglesia y del estado, por la persona e intenciones del señor
obispo de la diócesis y por las benditas ánimas del purgatorio, Padre nuestro que
estás en los cielos, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu reino...
—... No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal, amén.
—Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres
entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús...
—Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora
de nuestra muerte, amén.
—... Como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Amén.
Mónica ya se estaba levantando para marcharse cuando la anciana volvió a iniciar
la letanía, pero ahora rompiendo el tono monocorde y flemático con una rápida,
agudísima voz de plañidera de pueblo. La chica volvió a dejarse caer con un suspiro.
—Ahora vamos a rezar una Salve por tu madre, para que la Santísima Virgen
interceda por ella, por que Dios le perdone los pecados que cometió y le permita
gozar de su presencia con los ángeles y los santos —encogió unos pucheros
exagerados rehilando la voz, mientras que Mónica, rabiosa, sentía a su pesar cómo se
le humedecían los ojos—. Salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura,
esperanza nuestra, Dios te salve. A ti llamamos los desterrados, los hijos de Eva. A ti
suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas...
A Mónica, sin poderlas contener, le rodaron dos por las mejillas. Respondió:
—Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos
misericordiosos y, después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu
vientre. Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce siempre Virgen María. Ruega por
nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar y gozar las
promesas de nuestro Señor Jesucristo, amén.
Su abuela volvió a poner voz de flauta.
—Descanse en paz, amén.
—Amén —repitió Mónica resoplando.
La anciana se santiguó otra vez y guardó el rosario en su fundita.
—Dame un beso, Mari. ¿Me has preparado las pastillas?
—Sí, abuela —respondió—. Están en la mesa.
—Gracias, hija. Guárdame el rosario. Hay pescadilla cocida para cenar. Te tienes
que echar tú la sal en tu plato.
—Ya, ya lo sé, abuela. Pero me voy a ir antes.
—¿No cenas? Está muy rica, tiene su ajito y su cebollita. ¿Vas a salir, Mari?

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—Sí, abuela. Es viernes.
—Viernes. Tu madre tuvo el accidente un viernes.
Mónica frunció el ceño molesta. Cada vez que la anciana repetía aquello con ese
tono de voz tan especial, le daba por pensar, sin poder evitarlo, que no se refería a
cuando se mató con el coche, sino tal vez al otro accidente, el que le incumbía a ella.
—A pasarlo bien y a disfrutar, hija. Con las niñas de tu edad, con tus amigas. Ten
mucho cuidado con quién conoces, Mari, que por la noche todos los gatos son pardos.
—Lo sé, abuela.
—Déjame echadas dos cucharadas de aceite crudo por encima de la pescadilla,
que a mí ya me tiembla el pulso.
—Sí, abuela.
Se fue a la cocina a aliñar el plato. La anciana le hablaba desde el cuarto de estar.
—¿Y adónde vas esta noche? ¿Te vas de paseo con Verónica?
—No salimos, abuela, tranquila —respondió a voces. Entró de nuevo a la sala—.
Nos veremos una película en casa de Vero. Ya me quedo a dormir ahí, que sé que te
da miedo que venga en metro después de las once. Ya sabes, si te preocupas, llama al
número que te di.
—Muy bien. Me gusta mucho tu amiga, Mari. Es tan guapa, y tan educada... Las
dos juntitas en su casa estaréis estupendamente. No me gusta cuando os vais a bailar:
aunque hayan cambiado los tiempos, hay cosas que nunca cambian —se le torció
toda la cara como si fuera una bayeta que estuvieran escurriendo—. Tienes que tener
mucho cuidado, Mari, ya sabes con qué. Piensa en tu madre.
Mónica se mordió el labio para no replicar. Dócilmente asintió.
—Sí, abuela. No te preocupes.
Depositó un beso fugaz en la mejilla seca, flácida y arrugada al tiempo, pintada
con el color de la tristura y la ancianidad; la piel grisácea tenía carreteras verdosas de
las venas. La anciana le apretó la mano y Mónica la dejó muerta como un pescado;
era como si se le enroscara un sarmiento entre los dedos.
—¿Qué es esto, Mari? —le preguntó al mirarle las uñas.
—Nada, abuela. Me voy, que no llego —la chica se desprendió de los garfios y
salió de la casa lo más rápido que pudo. Cuando cerró la puerta, tuvo la sensación
enfermiza de que seguía escuchando el reloj de péndulo, el murmullo de letanías y el
rasgueo de las cuentas del rosario, como si se le hubieran pegado a los oídos igual
que el rumor del mar a una caracola. Miró a ambos lados por si aparecían vecinos y,
en lugar de bajar las escaleras, subió de cuatro en cuatro hasta el último piso, y un
tramo más que llevaba a la terraza cerrada del ático. Se quitó la mochila y se cambió
de ropa a toda velocidad. Guardó el jersey rosa y los vaqueros en la bolsa. Debajo
llevaba una camiseta negra, con el escudo de Sisters of Mercy y el cuello y las
mangas recortadas. Era un regalo de Rebeca. Rebeca siempre les regalaba cosas, a

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ella y a Verónica. Rebeca era su mejor amiga, aunque ahora ya apenas quedaban sin
Vero. Vero también era su amiga, pero menos. La había separado muchísimo de
Rebeca. Estaba convencida de que a veces las dos le daban esquinazo y se iban solas
por ahí.
Mientras se vestía, recordó cuando había conocido a Rebeca. Le imponía un poco,
siempre entera de negro, con esa fácil elasticidad en el cuerpo. En los cambiadores de
la clase de educación física había visto que llevaba tanga y top del mismo color, y la
envidió irracionalmente porque ella sólo tenía bragas blancas de algodón y
sujetadores color carne con cazuelas. Le parecía fascinante, ambigua y misteriosa.
Había repetido dos veces, y todos sus amigos estaban ya fuera del instituto. La veía
muy sola, pero no sabía cómo hablar con ella. Mientras se calzaba unas botas
andróginas, se ponía una camiseta de Ghost in the Shell y unos guantes, Mónica no
dejaba de mirarla. Rebeca se mojaba el pelo corto en el grifo del baño. Casi no
quedaban chicas en el probador. Se sacó un cigarro.
—¿Fumas?
—Pues... aquí no se puede, ¿no?
—Vente para acá.
Se metieron en uno de los váteres y cerraron la puerta. Rebeca se encaramó en la
cisterna, bajó la tapa y puso las botas sobre el retrete.
—Me llamo Rebeca.
—Ya lo sé.
—¿Ah, sí? Tú eres Mónica, ¿no?
—Sí.
—Toma.
Procurando no toser, Mónica dio una calada suave.
—No te tragas el humo, ¿no?
—Bueno...
—Mira —cogió una bocanada y, manteniéndola, dijo—. El buen fumador echa el
humo después de hablar —le sonrió entre volutas—. Inténtalo.
Mónica cogió el cigarro. En el adjetivo estalló en toses.
Rebeca se reía, pero sin mala intención. Mónica se animó a sonreír. De pronto, se
sintió muy bien, fumando a escondidas con una chica mayor que ella en un baño de
los vestuarios del instituto.
—Oye... ¿Te puedo hacer una pregunta? —empezó con poca decisión, pero se
animó al ver que Rebeca estiraba los labios, asintiendo—. ¿Por qué vas siempre de
negro? ¿Se te ha muerto alguien?
Rebeca rió.
—No, qué va. Me gusta ir así. Soy siniestra. Ya sabes. Aunque entre semana
prefiero ir en plan tranquilo, pantalón y camiseta.

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Mónica sonrió con timidez.
—Te queda muy bien el negro.
—Gracias.
—Cuando murió mi madre, mi abuela me tuvo un año entero de luto —suspiró
Mon—. Nunca olvidaré la bañera con los polvos Iberia, sumergiendo mis falditas y
camisetas rosas en esa agua sucia como la tinta, y sacando las manos arrugadas
chorreando alquitrán. Era terrible verme, una niña, y toda de luto.
Enseguida se había arrepentido de decir eso. La gente, después de escucharlo,
solía contemplarla conmiserativamente. Le tenían lástima, no sabían qué decir y
dejaban de hablar con ella. Sin embargo, cuando miró a Rebeca, se quedó asombrada.
La chica sonreía brutalmente y le brillaban los ojos. Parecía envidiarla.
—No jodas. ¿Ibas de negro de pequeña? —preguntó interesadísima, dando una
calada.
—Con cinco años...
—Es la polla, Mónica. ¿Tienes fotos de negro con cinco años?
—Alguna habrá, supongo.
—Joder, tía. Es la leche.
—¿Lo crees así?
—Te lo juro.
Mónica sonrió con mucha mayor confianza.
—Buscaré una foto para enseñártela.
Desde ese día, había empezado su transformación. Empezó a irse con ella a la
salida del instituto, todas las tardes —la madre de Rebeca se acababa de divorciar y,
como comentaba su amiga con mala intención y gracia, tenía “las hormonas
disparadas”, así que prácticamente no se pasaba por casa y, cuando lo hacía, llamaba
antes a su hija para que se marchase, porque siempre aparecía acompañada—.
Cuando le presentó a Verónica la situación fue un tanto violenta, porque Mon y ella
llevaban en la misma clase tres años y Vero jamás se había molestado en dirigirle la
palabra. Sin embargo, pronto eran un grupo de amigas íntimas. Las tres se dedicaban
a hablar tardes enteras de absolutamente todo, a teñirse el pelo, a comprar,
intercambiar y modificar ropa, a oír música, a bailar, a salir por las noches y a ligar
con tíos, a ligar mucho. Se había enrollado ese último año casi con un chico por fin
de semana, para librarlas siempre del tercero de los amigos, normalmente el feo. No
le importaba, pero aún no se había acostado con nadie, lo que la convertía en el
blanco de burlas crueles por parte de Verónica. Mon suspiró algo enfadada. Se sacó
haciendo equilibrios las botas militares, se puso los pantalones de vinilo, pendientes,
pulseras, cinturón de placas, guantes de brazo. Volvió a calzarse, enrollando los
cordones en los tobillos en lugar de pasarlos por los ojales. Sacó el maquillaje y se
pinceló unos rabos en los ojos. Se untó la boca con la barra de labios y se pasó la

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lengua por los dientes por si se le habían manchado de negro. Lo guardó todo en la
mochila, excepto las llaves, y la escondió en el hueco de la escalera.
—Has tardado un huevo, Mon —gruñó Verónica cuando la vio bajar a saltos y
abrir el portal—. Y yo he salido escopetada de casa de Álex para llegar a tiempo.
—Lo siento —miró hacia los visillos del primer piso—. Vámonos deprisa que es
capaz de estar espiándome por la ventana.
Las tres chicas se cogieron de la mano y corrieron hasta doblar la esquina.
—Beca, ¿llevas el móvil de tu madre? —preguntó Mon tomando aliento contra la
pared—. Que me da a mí que mi abuela no se fía y me llama esta noche.
—Lo llevo. Tú tranquila que yo lo cojo y me encargo de decir que “las niñas ya
están dormidas”. O que estáis cenando y os lo paso a las dos, más convincente.
—No sé cómo pica tu abuela, ¿eh? —comentó Verónica—. Lo digo en serio.
—Está algo escamada, la verdad. Pero no por la voz; Rebeca la tiene superadulta.
Es que creo que la última vez se oyó un coche de fondo. Espero que no se le ocurra
llamar cualquier día y vaya y lo coja tu madre, Beca.
—No te preocupes por eso, que ella se acaba de comprar otro teléfono. Éste ya es
mío.
—Guay, tía. Un problema menos. ¿Nos vamos ya?
—Tranquila que no hay prisa, Mon. Me ha llamado el satánico; que no quedamos
hasta las diez. ¿Nos pasamos por mi casa un rato?
—¿Y para eso me visto en las escaleras? —se lamentó irritada—. ¡Me podía
haber pillado mi abuela...! Hala —exclamó cuando su amiga se dio la vuelta—. Qué
pedazo de chupetón llevas, Vero.
Verónica se levantó bien el pelo para que Mon lo inspeccionara.
—Qué coño chupetón, es una dentellada como la copa de un pino. Álex es un
animal. Vamos, ni en una peli de vampiros los he visto yo mejor hechos. Ésta no me
la repite —pero sonreía.
—Tápatelo un poco, ¿no? Da apuro...
—Sí, hombre, y que se me pegue el pelo a la costra —se deshizo el moño
improvisado con el lápiz y se cogió una coleta con la goma—. A quien no le guste
que no me mire.
Se metieron en el metro, entreteniéndose en escandalizar a los viajeros hablando
de juegos de rol, de clanes vampíricos y de la herida de Verónica. Salieron
empujándose y bromeando, a punto de pasarse de parada. Subieron las escaleras
mecánicas y anduvieron hasta el bloque de Rebeca.
—¿No estará tu madre?
—¿Estás loca? Es viernes —respondió buscando la llave entre el manojo—.
Tenemos el horario acoplado, no te preocupes.
—Tía, es que me dio un palo... —admitió Mon.

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Verónica empezó a reírse.
—Bah —Rebeca hizo un gesto de menosprecio—. A ella se la suda que la vean
follando mis amigas; pues a mí también. Y a ti también debería, Mon.
En cuanto abrieron la puerta, tres gatos se enredaron mayando entre sus piernas.
Su dueña cogió en brazos al siamés y le puso la barbilla para que el animal se rascara
el mentón contra ella. Se soltó como una araña y recorrió todo el pasillo poniendo las
zarpas blandas en hilera y haciendo interrogaciones con el rabo. Pasaron el salón y la
cocina. El cuarto de Rebeca era espectacular; tenía las paredes pintadas de morado y
un edredón rojo sangre con tacto de piel de melocotón sobre la cama. Estaba lleno
hasta el horror vacui con fotografías y recortes de revistas, pegatinas fosforitas de
estrellas en el techo y trocitos de espejo en los muebles que multiplicaban las
imágenes hasta el infinito. Del techo colgaba un móvil de CDs artísticamente
destrozados en el microondas y en la mesa había una colección de figuras de vinilo de
personajes de películas de Tim Burton, entre las que se paseaba con precisión ligera
uno de los gatos negros antes de que la chica lo cogiera, le diera un beso en la frente
aterciopelada y lo bajara al suelo. El ordenador, enfundado en una carcasa pintada,
funcionaba con un sistema de refrigeración de diseño con tubos. Verónica abrió el
armario y empezó a sacar ropa, mientras Rebeca ponía música y se metía en el baño a
arreglarse, dejando la puerta abierta. Mónica miraba los libros y tebeos de los
estantes.
—Nunca me había fijado. Tienes la enciclopedia de animales del National
Geographic.
—Sí, la regalaban con el periódico —respondió echándose una bola de espuma en
la mano y frotándose el pelo corto para ponerlo de punta—. Cosas de mi madre.
Están hasta con el plástico.
—¿Puedo abrirlos?
—Claro.
Empezó a sacar tomo por tomo y a mirar los índices.
—¿Qué estás buscando?
—El cuervo... pero acabo de encontrar al lobo. Qué pedazo de foto, joder.
Acojona cuando saca así los dientes.
Verónica se rió.
—Y que lo digas —comentó inclinando el cuello del lado del mordisco.
—¿Quieres saber cosas de Álex, Vero? —Mon se sentó de piernas cruzadas en el
suelo, con el libro encima—. Veamos. “Parece un perro pastor de gran corpulencia,
con las orejas triangulares, los pómulos y maseteros muy desarrollados, la frente
amplia, los ojos oblicuos, con el iris transparente y ambarino, grupa baja, cola muy
poblada, pelaje de coloración variable según el entorno, pardo, rojo, gris o negro
entremezclados, con el mentón y la garganta más claros. En el lobo ibérico destacan

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las líneas negras que lleva pintadas en las patas...”
—Sáltate la descripción, Mon. Todas sabemos que físicamente te pone mazo.
Mónica estuvo a punto de lanzarle el libro a la cabeza, pero siguió leyendo.
—“La manada de lobos es una estructura social muy compleja y desarrollada.
Machos y hembras guardan una jerarquía estricta con una distribución de funciones
perfecta. Las luchas de poder se resuelven sin heridas graves debido a la elaboración
de su lenguaje corporal, que hace que toda pelea se desenvuelva en un contexto ritual
de enfrentamiento y sumisión. El comportamiento ago... agonístico combativo y
competitivo se regula mediante la gestualidad: el animal indica su grado de amenaza
con la postura. Un lobo con la cabeza en alto y el rabo bajo no produce la fuga de sus
presas naturales, que le permiten el paso sin dejar de alimentarse; en cambio, si el
predador se aproxima con la cabeza gacha, la reacción es fulminante. Los conflictos
en el seno de la manada rara vez desembocan en peleas sangrientas que lesionen a sus
miembros, puesto que, al contrario de lo que sucede con los perros domésticos, se
tiene en cuenta la reacción mímica del oponente; cuando un ejemplar se rinde
mostrando su garganta, esto produce en el adversario la inmediata inhibición de la
agresividad, y se muestra incapaz de dar la dentellada fatal”.
—No, si en el fondo será un buen tío Álex —Rebeca se rió entre dientes—. Todo
caridad y sentimientos.
—“La manada está guiada por el macho más fuerte, denominado ‘alfa’, que
delega en algunas ocasiones la dirección de cacerías en su pareja, la hembra de mayor
rango. El individuo llamado por los etólogos ‘omega’ es el lobo último en el
escalafón, que ronda la manada sin pertenecer a ella y termina a veces siendo
expulsado del territorio...”.
—Ésos serán los realmente peligrosos —valoró Rebeca—. Si no tienen manada
no tienen nada que perder...
—“... El omega se aprovecha de sus restos” —continuaba leyendo Mónica— “y
es atacado frecuentemente por sus miembros, aunque puede llegar a sacrificarse por
la manada frente a un clan de lobos competidor. Cuando el macho alfa envejece se
vuelve el omega. Forman parte del conjunto familiar las crías de la pareja dominante
y los lobos jóvenes de camadas anteriores de menos de dos años de edad. Los lobos
son monógamos y mantienen la misma pareja de por vida”. Ja. Monógamo. Pues tu
novio no parece un lobo como debe ser.
—No es mi novio —respondió Vero, mientras forcejeaba para sacarse uno de los
corsés de Rebeca, haciendo muecas y ruidos de dolor cuando la ropa le pasaba sobre
la herida—. A ver, ¿qué dice ahí? Lee bien —se acercó en sujetador, sonriendo muy
divertida—. Los lobos serán fieles a la pareja con la que crían hasta la muerte, pero
no me digas que no has visto a los chuchos joderse cojines distintos. Además, de
momento, que yo sepa, no se tira a nadie más que a mí. No sé hasta qué punto puede

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él decir lo mismo...
—Qué zorra eres, Vero —sentenció Rebeca riéndose.
Verónica la acompañó, sacudiendo los hombros desnudos y frágiles.
—Tía, estás hecha un cromo —declaró Mon mirándole los rasguños, arañazos,
cardenales y bocados—. El del cuello es uno más. ¿Habéis follado u os habéis dado
de hostias?
—Ya te gustaría que nos hubiéramos peleado, Mon.
La chica se metió por la cabeza un vestido medievalizante en terciopelo rojo y
gasa que imitaba tela de araña, con las mangas brujeriles y el escote de barco. Se dejó
puestos los pantalones debajo.
—¿Me prestas éste, Rebeca? Y los guantes...
—Y hasta te lo regalo. Yo no me lo pongo jamás. No me va el aire de princesa; no
sé ni por qué me lo compré. ¿Tú quieres algo, Mon?
—No, gracias, tía —respondió sin dejar de leer la enciclopedia.
—¿Nos vamos ya?
—Sí. Total, aquí qué pintamos.
—Bueno... —cerró de golpe el volumen.

El templo de Debod estaba a oscuras y la piedra refulgía de forma plateada en la


noche. La luna, casi llena, colgaba en un cielo negro sin estrellas. Alguien llamaba a
su perro silbando a lo lejos y una pareja paseaba lentamente hacia el mirador. Mónica
hacía equilibrismos por el contorno del lago. El estanque tenía un codo de agua no
muy limpia, con un revestimiento de hojas caídas y de bolsas de plástico, y en su
borde hacía bastante fresco. Rebeca se sentaba de piernas cruzadas en el arcén de
piedra junto al agua y Vero reposaba la cabeza en su regazo. Compartían un cigarro y
se reían de bobadas:
—¿Cuál crees que será su animal?
—¿Su dios? Pero si yo ni le conozco. Por lo que cuentas está como una puta
cabra, ¿no? Pues un ornitorrinco.
—O un oso hormiguero.
—Una zarigüeya.
—Un suricato.
—Una cocaburra.
—¿Qué demonios es eso? A ver... Una musaraña.
—Un perro de las praderas.
—Un... No se me ocurren más bichos ridículos.
—¡Un diablo de Tasmania!
—Juasss...
Una brisa suave cimbreaba las ramas débiles de la copa de las palmeras. Al otro

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lado del recinto, el paseo de bancos con hayas, chopos y tilos eliminaba la ilusión del
desierto de Nubia. Mónica contempló el bosquecillo y luego clavó los ojos en los
pilonos de la mitad de la piscina y en las columnas de la fachada del templo. Se sentó
junto a sus amigas.
—Me encanta este sitio.
—Y a mí.
—Me pregunto cómo se lo traerían desde Egipto.
—Con una excavadora. La metieron por debajo y levantaron —se burló Verónica.
—¿En serio? —preguntó ella.
—Qué simple eres, Mon. Numeraron las piedras y lo montaron como un castillo
de lego.
La graja no hizo ningún comentario, por si volvía a ser una tomadura de pelo. Se
quedó mirando al infinito y distinguió la silueta.
—Ya viene por ahí.
—¡Kat! —saludó el satánico levantando la mano.
Verónica no se incorporó. Tumbada, con la cabeza en los muslos de su amiga,
levantó una mano para saludar. Tiago rondaría los veinte años. Llevaba el pelo rubio
oscuro por los hombros y muy enredado, como si no hubiera decidido si hacerse unas
rastas o no y hubiera optado por no peinárselo. Unas barbitas puntiagudas de chivo le
alargaban la cara bastante flaca de por sí. Vestía con un sobretodo de cuero, igual que
Álex, pero además iba llenito de piercings, de collares, tiras y muñequeras con clavos
y colgaduras de plata con baphomets de estrella de cinco puntas. Llamaba la atención,
lo sabía y le encantaba.
—Hola, Tiago —saludó Mónica con poco entusiasmo.
Él levantó una ceja, como si no le mereciera más atenciones que ésa.
—Te vienes con la tropa, ¿eh, gatita? —comentó con una sonrisa—. ¿A solas te
doy miedo? Eso me halaga.
Rebeca no movió un dedo para levantarse ni hizo ningún comentario. Le musitó
algo al oído a Vero, que se rió. El satánico se paró ante las dos chicas y se mesó la
barba cabruna.
—Nena, digo yo que dos besos por lo menos, ¿no?
—Claro, Tiago —abrió los brazos, sentada, con su amiga apoyada todavía en el
regazo. Él se inclinó y le dio dos besos en las mejillas mientras Vero los miraba
cínicamente desde abajo—. ¿Qué me traes?
—Con tanto amor, me parece que nada.
—No me gruñas... Quítate, Vero —pidió Rebeca.
Verónica sonrió ácidamente, se apartó de las piernas de Rebeca y se sentó al lado.
—Hola —le dijo.
—Hola —respondió él igual que si le hiciera un favor saludándola—. ¿Quieres un

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talego de costo, Kat?
—Vale... Oye, que aún no me acabé los últimos tripis que me pasaste, Tiago.
—Tíralos a la puta papelera, y pilla lo que te traigo y hazme caso. Vete echándole
un vistazo mientras te corto el chocolate.
Él miró hacia todas las direcciones antes de sacarse un bloque marrón que apretó
con un cortaplumas de calaveras para separar un pedacito. Le tendió una especie de
sello guardado en un plástico.
—¡Bicicletas! —exclamó contentísima. Mónica y Vero miraban el LSD por
encima de su hombro con atención. Rebeca sostenía en la palma de la mano el
cartoncito troquelado de más de veinte dosis. Mediría unos cinco centímetros
cuadrados, pero estaba primorosamente pintado en colores chillones como un dibujo
infantil, con una caricatura de un hombre haciendo cabriolas en una bicicleta sobre
una montaña verde. El pico nevado partía el cielo en noche y día con su luna y sol.
—Bicicletas, sí. ¿Cuántas te pongo? No veíamos una desde que empezamos a
salir, ¿eh, Kat? ¿No te trae buenos recuerdos?
—Tío, te quiero. Que caiga una tira.
—¿No lo quieres entero? Con lo bonito que es...
—Venga, y qué más. Te creerás que llevo encima veinticinco mil pelas.
—¿Y quién te dice a ti que te iba a cobrar tanto? Toma —Rebeca guardó el trozo
de hachís en el envoltorio de plástico de una cajetilla de tabaco, lo retorció y lo
introdujo en el saquito del gato—. ¿Cortamos sólo una, entonces? El costo va de
regalo.
—Cinco tripis, sí. Si tengo todavía dos de la otra.
—Nena, que el ácido no se conserva bien. No hagas colección, que luego cuando
quieras tomártelo te subirá tanto como el pegamento de un sello de correos. Métete
este prontito, que es bueno de verdad. ¿Del lado de la luna o del sol, Kat?
—Qué pregunta, Tiago. Luna.
Depositó los cortes en su bolsita junto con el chocolate. Rebeca le pagó, mientras
Mon abría mucho los ojos al ver el crujiente billete gris de diez mil pesetas con la
cara de Juan Carlos.
De pronto, el chico se giró de golpe con el dinero en la mano y miró fijamente un
punto, afilando los ojos. Le había parecido ver parpadear a lo lejos una luz azul.
—Muchas gracias, gatita —le devolvió uno de cinco mil arrugado y asqueroso del
bolsillo del pantalón—. Ya tengo para invitarte de copas por ahí. ¿Y ahora qué tal si
dejas a las compañeras del cole haciendo los deberes y nos vamos tú y yo?
Rebeca meneó la cabeza.
—Lo siento, Tiago. Hoy ya he quedado con ellas. Otro día.
Esta vez había visto claramente el relampaguear de los faros. Dio unos pasos
hacia atrás.

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—No voy a suplicártelo, Kat —bailó nerviosamente las pupilas a su alrededor,
pendiente de las luces que se acercaban.
—Perfecto, porque no voy a decirte que sí.
—Viene la poli; me abro —dijo Tiago echando a andar, alejándose en dirección a
la escalinata de bajada—. Y me debes un talego, Kat. Ya me lo cobraré.
—Creía que me habías dicho que me invitabas al costo.
Él levantó una mano de despedida sin volverse, dándoles la espalda.
—Sí, si te hubieras venido conmigo.
Enseguida pasó una moto de la policía nacional relativamente cerca. Las niñas se
levantaron del borde del estanque de Debod intentando aparentar normalidad y
consiguiendo justo lo contrario. Se apartaron del templo y se internaron en la zona sin
farolas, de hierba con arbolitos. Mónica resopló meneando la cabeza.
—Este Tiago es que es gilipollas. Mira que quedar en medio de todo... Joder.
Hemos tenido una suerte de la hostia.
—No seas angustias. Tampoco nos pueden arrestar: es para consumo personal, no
es tráfico. A él sí, por eso se ha ido tan rápido.
—Beca, ¿qué es lo que te ha pasado? —le preguntó Vero—. Sácalo a ver.
La chica les mostró los troqueles pintados.
—¿Qué? ¿Arriba, abajo, al centro y para dentro? Me pido el de la esquina con la
lunita.
—¿Qué es eso, tía? Parece un cacho de papel. ¿Son anfetas?
—Tú sólo te has metido MDMA, ¿no, Vero? —la chica negaba con la cabeza—.
Es LSD, y del que pega bien y no da bajón. ¿Nunca lo habéis probado? Es la polla de
interesante. No tiene nada que ver con un porro ni con alcohol ni con coca ni con
éxtasis. No tiene nada que ver con nada. Es como entrar en el mundo de Alicia en el
País de las Maravillas.
—Yo quiero probar, tía —dijo Verónica—. ¿Qué se nota?
—De todo. No puedo explicarlo. Ves cosas rarísimas, y las cosas normales se te
deshacen y todo se mezcla. Yo he tenido experiencias absolutamente místicas con
esto. ¿Y sabéis lo que más flipa? Que a veces pega sin volver a tomarlo.
—No jodas.
—Sí, tía, te da como un flash-back, ahí de pronto. A mí aún no me ha pasado,
pero pasa. Al satánico le dio en el curro. De pronto empezó a ver sus movidas de
llamas y fuego y le ardían las venas por dentro...
A Mon le dio por imaginarse a Tiago corriendo y haciendo aspavientos con los
brazos como si se quemara por la mitad de Gran Vía, mientras le perseguía un coche
de bomberos. Se rió para sí. Verónica encontraba el asunto de la recurrencia de lo más
práctico.
—Pues mira tú qué bien. Viaje gratis.

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—Hablando de gratis... —Mónica suspiró— Rebeca, yo no tengo dinero para
pagarte... —admitió desazonada.
—No te apures por eso, tonta —le revolvió el pelo del flequillo—. ¿Quieres el
otro cacho de la lunita o uno de la montaña? No sé si partirlo en cuartos o no...
—¿Tú cómo los tomas normalmente?
—Sin cortar. Pero es que Tiago me estaba pasando mierda pura. Había que
meterse tres para que te diera fuerte.
—Trae para acá —dijo Verónica, y se tragó un cuadradito entero. Se tumbó sobre
el césped, riendo. Estaba húmedo de regar y soltó una maldición, pero se quedó ahí
tirada.
—Di que sí, con un par —Rebeca cogió otro y se lo puso sobre la lengua—. No
os lo traguéis, que se sube más rápido si lo dejas en la boca.
—¡Joder! Podías haberlo dicho antes.
—Sube igual, Vero; sólo tarda un poco más.
Le pasó la tira a Mónica, que la contempló con desconfianza. Partió un papelito
del troquel. Se lo metió con precaución entre los labios.
Se quedaron calladas, esperando, concentrándose.
—Esto no hace nada, Rebeca —dijo Mónica—. Me parece que el satánico te ha
timado.
—Tía, Mon. ¡Tarda un rato!
Rompió un segundo cuadradito sin darse cuenta. Se quedó con los dos tripis
sueltos, finos y diminutos, en la mano.
—Rebeca... ¿Qué hago con esto? Como se me caigan con esta luz no los
encuentro.
—Pasa uno —pidió Verónica—. Que esto no se sube.
—¡Os he dicho que tarda en hacer efecto! ¡No es aspirina efervescente!
Vero y Mónica se tomaron el segundo de golpe y se echaron a reír.
—¡Mierda! —exclamó Verónica entre carcajadas—. Me lo he vuelto a tragar...
Rebeca se incorporó.
—¿Que os habéis comido la tira entera? ¿Pero estáis locas? ¡Animales! Os vais a
ver la trilogía entera de La Guerra de las Galaxias. ¡Joder!
Las dos chicas se rieron. La gata acabó encogiéndose de hombros. Abrió su
saquito y sacó las dos dosis antiguas.
—No os la vais a ver sin mí, tías.
Se las colocó en la lengua y las apretó contra el paladar.
Las tres se quedaron tumbadas en la hierba mojada, boca arriba, contemplando el
cielo del color de la tinta. Se cogieron las manos haciendo un círculo. Mon se puso a
buscar estrellas sin mucho éxito hasta que le empezaron a picar los ojos. Se los frotó.
Se soltó de Rebeca, se dio la vuelta en el césped y se acurrucó, mirando el templo.

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—Me está entrando un muermo... —Mon se tapó con la mano el bostezo y
contuvo un escalofrío—. ¿No se suponía que esto pegaba fuerte?
Verónica se puso derecha.
—Yo no noto absolutamente nada, Mon. Te lo juro. ¿Beca?
Rebeca estaba con las pupilas dilatadísimas y los brazos extendidos, rígidos.
Empezó a reírse sin parar, sin respirar, contorsionando la cara como si le doliera hacer
tanto esfuerzo. No respondió.
Vero soltó una carcajada.
—A ésta ya le ha dado. ¿Y a ti, Mon?
—No, ni pizca.
Mónica chascó la lengua y los labios. Se estremeció. La boca le sabía raro, como
reseca. Tenía sueño y frío. Le dolía un poco la cabeza. El templo estaba iluminado
con luces doradas de color caramelo y parecía estarse tostando como un bizcocho en
el horno. Destacaba contra la noche, impresionantemente encendido como si
estuviera relleno de brasas. Cerró los ojos. Un pájaro se había posado en el primer
pilono y abría el pico. Batió las alas y saltó al segundo pilono. Volvió a graznar. La
piedra arenisca de Debod refulgía como si el dios egipcio le hubiera permitido
conservar un trozo de sol dentro mientras en el resto del mundo era de noche.
Bailaban llamas en las paredes. El cuervo levantó el vuelo y se quedó entre las
columnas de la fachada. Los capiteles de flor de papiro parecían setas laminadas,
trozos de liquen fósil sobre los grandes fustes. Mon tardó un buen rato en darse
cuenta de que estaba viéndolo todo con los ojos cerrados. Empezaba a asustarse de
verdad —se tuvo que tocar los párpados, levantarlos con los dedos, hurgar en el
globo blando— cuando consiguió abrirlos y la imagen mental, vivísima, con el
templo amarillo, el cielo violeta, el césped esmeralda, se encajó con la realidad opaca
y apagada. El pájaro seguía mirándola. Las estrellas empezaron a aparecer en el
techo, a brotar como lo hacen las gotas en la alcachofa de la ducha cuando se acaba
de cortar el agua, y a relucir como lentejuelas. Levantó la mano para tocarlas y se
cayeron unas cuantas que estaban mal cosidas. Escuchó su tintineo de pedrería contra
el suelo. Se iba a poner a recogerlas cuando escuchó el CRAA, urgente, del cuervo. La
luna lanzó un rayo como el foco de una discoteca e iluminó el bosque de chopos que
había más allá de las palmeras. Revoloteaba sobre su cabeza una nube de
murciélagos. Los oyó aletear pesadamente, muy alto, igual que en un documental de
la tele. Rasgaban el cielo como si fuera papel de calco. Oía la caída de una hoja
arañando sobre un pico contra el camino pedregoso. Percibía el rumor del viento: era
la respiración profunda de un dios inmenso. Sentía las lombrices masticar tierra y
reptar por los túneles bajo sus pies. Le hormigueaba el mundo de vida y de insectos,
de gusanos, escarabajos, arañas, mosquitos y libélulas. La luz de la luna caía sobre
ella como una cortina de gasa. Podía apartarla. El cuervo le gritó de nuevo, de forma

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insistente. Mónica se lo señaló a sus amigas, pero éstas se estaban riendo. Se rió con
ellas. Les contó lo que veía y ellas se rieron más. Se rieron las tres, y la chica se sintió
parte de un grupo, de una comunidad, de un rito. Mon volvió a reírse y Rebeca y Vero
también lo hicieron. Mon, de pronto, dejó de reírse. Ellas no pararon. Les preguntó
qué era lo que tenía tanta gracia y sólo se rieron más. Les veía las bocas
grotescamente abiertas, los dientes como teclas de piano, la garganta negra y la
lengua roja, y escuchaba su ji-ji, ja-ja. Entonces se dio cuenta de qué era lo que les
estaba divirtiendo tanto: se estaban riendo de ella. Les pidió explicaciones indignada,
pero sus amigas la contemplaron con seriedad, como si se lo estuviera inventando,
para volver a torcer las bocas en burlones crecientes lunares en cuanto creían que ya
no las miraba. Se levantó y les gritó algo, pero ellas se carcajearon en su cara. Echó a
correr en dirección al templo perseguida por sus risas. El cuervo alzó el vuelo.
Rebeca pensaba a doscientos kilómetros por hora y no podía pararlo. Se le
entrecruzaban las ideas, las frases, los chillidos agudos de su subconsciente. Parecía
un concierto antes de que empezara la música. Todo el mundo hablaba y era incapaz
de entender una sola voz porque cuando se fijaba en ella desaparecía y se
superponían otras diez, cien, mil. Quiso apretarse las orejas para que no le entrara
tanto ruido cuando se dio cuenta de que no podía levantar los brazos. Estaba clavada,
como crucificada en el suelo. Se revolvió, luchó contra las ataduras, forcejeó, intentó
soltarse. Lo consiguió —de otra forma—, porque se vio el cuerpo desde fuera y
entendió lo que pasaba. Tenía la cabeza llena de gente. Era una pelota transparente,
como una bola de cristal, y aprisionaba a millones de personas diminutas. Trató de
focalizar una voz, de limitar un sonido, separarlo del resto, escuchar a alguien para
que los otros guardaran silencio, pero había demasiados gritos a la vez. Se le
escurrían las palabras; cuando creía que cogía una de ellas —y la cogía, en el puño,
con los dedos—, se le resbalaba y otra vez se sumergía en el sonido continuo, sin
interrupciones, sin pausa. Intentó gritar para oírse a sí misma entre el gentío, pero su
alarido quedó anulado por los de la masa. Se dio cuenta de pronto de que se había
perdido. No encontraba su voz en su cráneo. Empezó a caminar apartando a codazos
a los demás como si fuera en el metro y se buscó, pero no podía escucharse con tantas
conversaciones superpuestas produciendo el rumor de una radio mal sintonizada. Le
entró una enorme impotencia y rompió a llorar. Sabía que estaba allí, en alguna parte,
abrazándose las piernas y meciéndose y golpeándose el cráneo, las sienes, los oídos
con los nudillos para que pararan, que pararan de una vez, que por favor se
detuvieran, que se callaran, que guardaran silencio...
Me estoy volviendo loca. Me he vuelto loca.
Respiró profundamente. Intentó tranquilizarse sobre el suelo de voces. Pensó que
era normal. Que se acababa de comer un tripi. Que no estaba loca. Que enseguida se
pasaría. Que no estaba loca. Que era por la droga. Pero le costaba aferrar hasta las

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cuatro palabras “es-por-el-tripi”: en cuanto las formulaba se las tragaba la masa de
gente y se sumergía de nuevo en los millones de gritos de su cerebro. Le intrigó
cuánto tiempo llevaría escuchándolos: segundos, minutos, horas, días, meses, años.
Se preguntó si sería ya vieja y estaría en un manicomio desde el momento en que se
tomó tres ácidos en el parque del Oeste. Frenética, se repitió que no estaba loca. Que
era el tripi. Que no estaba loca. La multitud de su cráneo se calló de repente y, antes
de que pudiera suspirar de alivio, la muchedumbre entera se giró a la vez, la señaló
con un dedo y dijo como un solo hombre:
—Estás loca.
Y todos volvieron a hablar a un tiempo.
Rebeca lloraba histérica. El cielo se derretía, se licuaba, se deshacía en grumos y
le salpicaba de alquitrán la ropa blanca, dejando manchas que ya no saldrían nunca.
Pensó que iba de blanco porque llevaba una camisa de fuerza. Levantó la vista y vio
claramente el cuarto de aislamiento con cojinetes acolchados. Pensó que nadie iba a
visitarla. Se acordó de su madre. Pensó que ya estaba suficientemente acompañada
por las voces. Se clavó las uñas en las mejillas. Tironeó de sus párpados y de sus
labios. Se cogió las orejas y giró el cuello, intentando desenroscarlo para sacarse la
cabeza como si fuera una bombilla. Se pegó contra las paredes, contra el suelo, contra
la puerta, para abrir una ranura en la bola de cristal y sacar a todos los que sobraban
por la grieta, sacudiendo su cerebro como una hucha para que salieran las monedas,
pero no había manera de romperse el cráneo, ni con los puños ni contra las rodillas ni
contra el suelo. Por el techo abierto se derramaba el firmamento a goterones y teñía
las paredes almohadilladas de chorretones negros. Entonces recordó a su guía.
—Gato —suplicó—. Si eres mi dios, ayúdame.
Regresó como si su conciencia viniera de muy lejos, cayera desde el cielo y se
clavara en medio del parque del Oeste, en un cuerpecillo delgado y frágil,
mortalmente pálido. Pudo incorporarse de la postura del crucificado porque algo le
había sacado los clavos. Se levantó bebiéndose una bocanada de aire; fue el mismo
gesto que el de salir de una piscina en cuyas profundidades hubiera permanecido
demasiado. Se miró la camiseta. Estaba estirándose sola y le corrían por debajo bultos
semejantes a la brea o plastilina de la bóveda del cielo: todo tenía la textura del
alquitrán con tropezones. Su ropa estaba vomitando un animal que peleaba encerrado
en una gran bolsa negra de las de la basura. Cogió la masa y tiró, pringándose los
dedos, para separarla de su camiseta. Era como una purga, un devuelto, algo
absolutamente catártico que echaba fuera. Se dilataban como chicles los hilos de
goma que aún mantenían esa cosa adherida a ella. De pronto, se rompieron, y el dolor
fue espantoso pero liberador, y tuvo una íntima sensación de rabia frustrante cuando
vio que no todos se desgarraban y quedaba libre para correr desde su otra conciencia,
porque un cordón como el umbilical los unía, ombligo con ombligo, a ella y al gato

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negro de ojos verdes que la estaba contemplando con una fijeza plácida que apenas
podía soportar.
Se miraba y era mirada por dos pares de ojos muy distintos. Los azules de la chica
estaban despedazados por las lágrimas. Los del gato eran inexpresivos, carentes de
piedad y sentimientos, tranquilos, inhumanos. El animal formaba una tensa bola de
pelo acurrucada, preparada para saltar en cualquier momento. En el rostro triangular
relucían las almendras verdes. Ensanchó las líneas que las partían y recogió toda la
luz de su alrededor, engordando las pupilas negras hasta que los iris casi
desaparecieron.
—Guíame. Estoy perdida.
El gato le mostró la espalda y dio un paso aterciopelado. Se giró para asegurarse
de que lo seguía. El tirón de su ombligo la obligó a acompañarlo y a caminar algo
encogida, como si la evolución aún no hubiera conseguido darle la vuelta completa a
la cadera para propiciar el bipedismo perfecto. Se veía, al tiempo, desde fuera, al gato
y a ella caminando sobre el filo del murete del templo, dos simples siluetas a
contraluz de una fuerza plástica asombrosa. Era como si llevara su sombra delante y
se levantara del suelo. De pronto echó a correr arrastrando a la muchacha. Pisó
calzada, tierra batida, césped. Se detuvo con un espeluzno al borde del agua y se
lamió las patas. La llevó lejos de las luces y de las aceras resplandecientes en colores
granates, azules, verdes, violetas. Se metió por los callejones y por los portales y por
los solares y por los tejados, saltaron cubos de basura y edificios, maullaron en torno
a una anciana chiflada y la usaron para obtener su alimento sin permitirle jamás que
los tocara. Entraron en los lugares recónditos. Vieron todos los secretos de la ciudad.
Cazaron, mataron y comieron. Ella bailó la danza del celo retozando para el jefe de
un clan de callejeros tuerto, con la oreja mordida y un arañazo en los lomos atigrados,
que se encaramaba sobre un contenedor de reciclaje rodeado de su corte gatuna
blanquinegra, barcina y parda, y gritó con el mordisco que le propinó mientras la
penetraba con su puntiagudo y doloroso miembro. Se lamieron el sexo con
delectación para limpiarse y reiniciaron el coito, una, dos, tres, hasta diez veces, sin
descanso apenas entremedias. Rebeca sacudió la cabeza. Su sombra empezaba a
temblar de forma vacilante y a confundirse con las demás sombras del suelo. Empezó
a ajustar la realidad. Sabía que no había ningún gato gigante, aunque lo estuviera
sintiendo; tal vez ella fuera muy pequeña. Pestañeó y se vio a sí misma en un reflejo:
estaba sentada en los escalones de una tienda cerrada en una callejuela que le sonaba
bastante, aunque cuando estaba a punto de reconocerla se tiñó entera de rosa y de añil
y de púrpura y se le pixeló en la cabeza, se le hizo baldosines, ladrillos y teselas que
empezaron a caerse en dominó. Se quedó mirando la cascada de fichas de puzzle
alucinada. Tenía la extraña sensación de que si se derrumbaba todo el castillo
sucedería algo increíble e intenso y no sólo sabría el porqué sino también el porqué

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del porqué y el de éste, como un bucle —empezó a darle vueltas al bucle que se había
materializado frente a ella—, porque lo que se estaba cayendo era la realidad, y detrás
estaba la respuesta, el secreto. Tragó saliva para que se calmaran los colorines y las
figuras geométricas, porque ya no veía ni dónde ponía los pies. Apretó fuertemente
los ojos y los abrió con telarañas en la retina. Enfrente había una luna de cristal de un
escaparate. Cruzó. Se miró, se inspeccionó, se comprobó. No se reconocía. No es que
fuera más guapa o más fea, o más alta o más baja. Es que era otra persona, aunque se
hacía las mismas muecas.

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VI

Verónica, mortalmente aburrida, empezó a comerse la pintura de las uñas y a


mordisquearse los padrastros. Rebeca no había parado de reír desde hacía media hora.
Se estaba casi asfixiando de reír.
—Joder. Y no lo deja —le movió la mano delante de las narices a su amiga un par
de veces y no reaccionó. Siguió riendo—. A ésta le ha pegado fuerte y yo aquí
mirando al techo. ¿Mon, tú cómo estás? ¿Te has dormido?
Mónica estaba encogida contemplando el templo de Debod, dándoles la espalda.
—Hostia —exclamó de pronto sentándose—. El Cuervo. ¿Lo veis? ¿No lo estáis
viendo?
—Tía, ¿te ha subido ya? —preguntó interesada—. ¿Qué se ve?
—El Cuervo...
Mónica tenía tal cara de flipada que a Vero le entró la risa.
—¿Qué, ves al Brandon Lee? Estás zumbada. Tíratelo a ver; lo mismo con el
ácido echas un polvo imaginario y se te quita el miedo de follarte gente de carne y
hueso.
Rebeca reía. No paraba de reír. Tomaba aire como una asmática.
—Ésta está empezando a asustarme. ¡Rebeca! ¡Eh! ¡Espabila!
—El Cuervo está en el templo de Debod, ahí encima...
—Joder. A ver si se me sube y empiezo yo también a decir chorradas, que hacer
de canguro no me pone nada. Sí, sí, Mon —Vero se rió y Mónica se rió con ella,
tontamente, como haciéndole un coro—. Le veo mazo, ahí con la cara pintarrajeada.
Está buenísimo; un poco muerto, eso sí, pero tú tíratelo que no hay que discriminar a
la gente por eso. Oye, voy a levantar a ésta. A ver si la siento y se le pasa un poco,
que se va a acabar ahogando. ¿Me ayudas? —Verónica gruñó al ver a Mónica con la
boca abierta—. Sólo te falta babear para parecer mongola. Tú móntate tu película que
ya la levanto yo. ¡Arriba! —incorporó a Rebeca y la sujetó por la espalda para que no
se cayera—. Tía, que no lo deja. Joder. Me está hasta dando miedo tanta risa
histérica.
Rebeca seguía y seguía. Vero la zarandeó.
—¿Os estáis riendo de mí? —preguntó de pronto Mónica desenfocadamente.
—¿Qué? ¿Qué coño dices, Mon?
—No me mientas, tía. Os reís de mí. Siempre os reís de mí.
—Mira, ésta ahora mismo se ríe hasta de la farola.
—¡Siempre os reís de mí! ¡Estoy harta de vosotras! ¡Siempre vosotras! ¡Yo la
conocía de antes! ¡Yo empecé a quedar antes con ella! ¡Cuando yo te conocí en
primero no eras más que una pija rara que follaba con cuarenta y a la que nadie

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hablaba por puta y por perra! ¿Qué has hecho con tus tapacoños de volantes y tus
camisas rosa limón? ¿Los has tirado o los tienes aún en el armario para cuando se te
pase la moda gótica?
—¿Rosa limón? ¿Qué puto color es ése? Joder cómo vas de ácido, Mónica...
Mira, no te lo tomo en cuenta por eso. Y bien que te vino que me vistiera así para ir a
ver a tu abuela.
—¡Ya os vale! ¡Dejad de reíros de mí!
—Créeme que me encantaría que ésta dejara de reírse, Mon. Si se te ocurre
alguna idea dímela, porque ni tapándole la boca —le apretó la palma de la mano
contra los labios y Rebeca siguió hipando, con un ruido que ya ni risa parecía, pero
no dejó de sacudirse ni un instante—. Ya lo ves.
—¡Que os jodan! —le gritó levantándose y echando a correr—. ¡Reíos de vuestra
puta madre! ¡Que vosotras la tenéis!
—¡Mon! ¡Mónica! —Vero dejó a Rebeca en el césped y se incorporó para
seguirla—. ¡Mónica, vuelve aquí, joder! ¡No te vayas sola! Hostia... Se ha metido en
el estanque. ¡Joder! ¿Y yo ahora qué coño hago? ¡Rebeca, espabila, cojones! ¡Que
Mónica se ha caído al agua! ¡Levántate!
Tiró de ella y la incorporó. La chica hizo un ruido extraño con la garganta, como
un estertor. Dejó de reírse.
—¡Por fin! ¡Joder, Rebeca! ¿Qué coño te ha pasado el satánico? ¿LSD o
matarratas? ¿Ésta es tu idea de pasarlo bien? ¡Mónica se ha metido en el estanque,
hostia! ¡Ayúdame a ir a por ella!
Rebeca miraba a través de su cuerpo. Balbució unas palabras incoherentes que
sonaron como una sola.
—... guiameestoyperdida.
—Sí, tía, yo te llevo. Tranquila. ¡Vamos! —le dio un tirón y se la llevó corriendo
hasta el templo.
Mónica estaba de rodillas en el agua. Se incorporó y empezó a caminar metida en
el lago. Apenas le llegaba más allá de los tobillos. Ascendió hasta llegar a los dos
portales de piedra. Salió del agua y pasó por debajo del primero, andando muy
despacio, meditada, rítmicamente, poniendo un pie tras otro con un cuidado
exagerado. Vero se quedó en el borde, con la ausente Rebeca al lado. La chica se
estaba observando fijamente la camiseta y tironeaba de ella con el otro brazo.
—¡Mon! Al menos no cubre una mierda. ¡Mónica! ¿Qué puñetas estará viendo
para hacer así el gilipollas? Igual se cree que va de novia a casarse por la iglesia
arrastrando la cola del vestido —se rió hasta que notó la sacudida de su mano—.
¡Rebeca! ¿Adónde coño vas?
Rebeca se soltó de Verónica en cuanto vio que se ondulaba un gato callejero junto
a la escalinata de salida del parque. Empezó a correr, a correr rápido, tropezando,

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detrás del animal, que se escabullía aterrorizado.
—¡Joder! —Vero se quedó sin saber qué hacer. Miró primero a Mónica, que
pasaba muy despacio por debajo del segundo pilono, y luego las escaleras por las que
Rebeca trastabillaba, a punto de rodar por ellas. En el interior del templo se encendió
una linterna—. No, no me jodas que tiene segurata...
Se mordió el labio. Mónica iba derecha contra la puerta, hacia el guardia de
seguridad que la enchufaba con la luz. Después de un momento de duda, Vero se fue
detrás de Rebeca, que atravesaba la carretera locamente. Casi atropellaron a Verónica
y se tuvo que parar porque le pitaron y empezaron a gritarle. Cuando pudo cruzar, su
amiga ya estaba metiéndose en el parque del otro lado, en Plaza de España.
No lograba alcanzarla. Rebeca era la primera en atletismo de su curso, por delante
incluso de los chicos, y estaba corriendo de verdad. Sólo conseguía aproximarse
cuando se caía o se paraba. La vio saltar un seto como si fuera una valla de decatlón.
—Mierda, mierda, mierda. ¡Rebeca! No, por favor, que ésta no se meta también
en el agua...
Verónica apretó el paso, sintiendo una punzada de flato en el estómago, hasta
divisar el otro estanque, esperando encontrarse lo peor, pero Rebeca se había parado
en seco junto al lago, en el borde contrario a la estatua del Quijote. Se acuclillaba
junto al agua.
—¡No te lances! ¡Que éste sí cubre!
Rebeca sacudió el pelo corto. Bajó la cabeza y la taladró con los ojos, aunque
Vero estaba segura de que no la estaba viendo. Completamente flexionada, levantó la
mano derecha y se dio un lengüetazo largo por todo el antebrazo hasta las uñas.
—Tía —Vero tomó aliento. Sonrió—. La verdad es que mola mazo. Pareces un
gato de verdad, ahí toda flaquita, de negro, lamiéndote la pata. Estás de foto, Rebeca.
Aunque ya sé que no me oyes.
La chica saltó dúctilmente y salió del parque. Empezó a andar con precisión
felina y rítmica, en silencio, con la cabeza baja, haciendo quiebros entre la gente que
subía la Gran Vía, sin tropezarse con nadie. Iba como si estuviera escuchando
electrónica con cascos: caminaba rápida, acompasadamente, y pisaba muy fuerte.
Verónica se acopló a su paso como pudo, aunque empezaba a estar realmente
cansada. Le dolía la cabeza y le hicieron daño en los ojos las luces chillonas de los
juegos recreativos cuando pasaron el Picadilly, y los letreros brillantes del sexshop al
cruzar en Callao. Rebeca se metió por los callejones, con Vero detrás.
—No puedo dar un maldito paso más. Rebeca. ¡Rebeca! ¡Rebeca, joder!
La chica se detuvo en seco junto a un montón de contenedores de los grandes y se
volvió. Verónica jadeaba contra una farola.
—¿Ya te paras? Joder...
Rebeca se la quedó mirando en oblicuo, con la cabeza inclinada, el pelo corto de

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punta y los brazos escuálidos enguantados colgando. Sonrió con un borde de los finos
labios.
—No te irás a subir ahí, ¿no? —pero la chica ya estaba doblando las rodillas
preparándose para el salto—. ¡Rebeca, es un cubo de basura! ¡Que está guarrísimo!
¡No me jodas!
La gata ascendió sin dificultad, poniendo las manos en la tapadera y alzando las
piernas con un simple balanceo. Estuvo encima un rato, se pasó la lengua por las
muñecas y éstas por la cara.
—¡Encima no te chupes ahora las manos, coño, qué asco!
Saltó al suelo desde el cubo y cayó en una genuflexión, sobre una rodilla, con la
otra pierna doblada.
—No deberías ver tanto Matrix —le entró una risa larga, fuera de lugar, que tardó
en poder sofocar. Se restregó los ojos. Le dolían un poco los músculos y los huesos.
Espabiló al levantar la vista y ver que su amiga ya no estaba con ella—. ¿Y ahora
qué?
Rebeca se había levantado de la postura de hinojos con una decisión repentina. En
la esquina había una señora mayor en bata y zapatillas, con un carrito de la compra
lleno de porquería, que daba de comer a una colección de gatos. La chica se
aproximaba sonriente, mostrando todos los dientes blancos, con el cuerpo flaco
agarrotado y los puños cerrados. Verónica la cazó justo cuando estaba a dos pasos. La
anciana había dado un chillido, dejando caer las latas de paté al suelo.
—¡Perdone! —gritó Vero, arrastrándola de allí.
—¡Gamberros! —respondió la vieja.
Estaban al lado de Fuencarral: se habían hecho corriendo toda la cuesta de la
Gran Vía desde el parque en un tiempo récord. Estaba cansadísima. Quería sentarse.
Pensó en Álex; tal vez siguiera en casa. Seguramente la mandaría a la mierda, pero
puede que supiera qué hacer con Rebeca hasta que se le pasara. Subió para coger la
bocacalle de su piso, con una sensación incómoda de haber vivido esa situación más
veces. A cada paso, la calzada se iba haciendo gradualmente más larga. Las esquinas
se afilaban violentamente cuando las doblaba. El paso de cebra se estremeció y
empezó a hacer culebras al pisar las líneas blancas. El coche que pasó llevaba más
luces que una nave espacial. Los edificios se bambolearon con el aire y se inclinaron
sobre su cabeza como barras de gelatina. Las pintadas, las luces, los carteles, las
tiendas con verjas de color chillón se sucedían. El asfalto subía y subía hasta perderse
en el cielo. Verónica avanzó tirando de Rebeca, pero la acera continuaba como la
cinta infinita de un gimnasio. Tenía que llegar hasta el portal de Álex, aunque ya no
recordaba muy bien para qué. Sabía que estaba en una calle perpendicular a ésa, y
que había que meterse por un cajero de La Caixa. “Esto ya lo he vivido”, se dijo, pero
no le dio importancia: había pasado muchas veces por ahí. La oscuridad crecía detrás

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de ellas, iba lamiendo el suelo, chupándose la luz y tragándoselo todo a su paso.
Sentía el aliento escarchado de las sombras en el cogote. Le respiraban en la espalda,
cada vez más cerca. Notó un aliento en la oreja y chilló. Empezó a correr hasta que se
quedó sin resuello y se tuvo que apoyar en la farola. “Esto ya lo he vivido”. Se
distrajo un instante y Rebeca se soltó de su mano y volvió a subirse a un contenedor.
“Esto ya lo he vivido”. Siguieron caminando. Se cansó de nuevo y se dejó caer contra
una farola. “Esto ya lo he vivido”. Rebeca se había encaramado en otro cubo de
basura. “Esto ya lo he vivido”.
Cuando se dio cuenta de que se había parado a descansar cinco veces en la misma
farola con el mismo cartel de una fiesta de ambiente con un tipo cachas enteramente
depilado, de que Rebeca se había subido de nuevo al mismo contenedor que tenía la
tapadera con la misma esquina rota, de que le había dicho otra vez que había visto
demasiadas veces Matrix y con las mismas palabras, se le congeló la espina dorsal.
“Esto ya lo he vivido”. Asustadísima, se detuvo para evitar que se volviera a repetir la
situación. Se concentró en la acera bajo sus pies. Generó figuras imaginarias —un
cuadrado, una cruz, un triángulo— juntando y separando baldosines grises según
enfocaba los ojos, hasta que los dibujos empezaron a levantarse y a andar por la calle.
Intentó aferrar la realidad, aunque se le estaba derritiendo en la mano. Según la
movía, arrastraba realidad como pintura fresca. Le caían goterones de realidad.
Llovía realidad sobre su cabeza. Había surcos y regueros de realidad mezclada
arremolinándose por el suelo. Intentó volver a caminar, dejando su silueta abierta
como una herida en el paisaje, que se rompía del mismo modo que si atravesara un
cuadro mural. Se distrajo, apenas un momento, y se percató de que se había vuelto a
apoyar de nuevo en la misma farola y Rebeca estaba en la cúspide del mismo
contenedor. Le entró la risa tonta; era igual de mecánico y reiterativo que el cine
mudo en blanco y negro. Rebobinó mentalmente y procuró centrarse en sus botas y
en el pavimento, pero volvían a levantarse los muñecos que construía con la mirada.
Tenía que romper la espiral de acontecimientos de algún modo, porque si no lo
conseguía, estaría condenada a repetirse hasta que se muriera. Tal vez ya estuviera
muerta y aquello era lo que pasaba: que su espíritu volvía a ejecutar, una y otra vez,
hasta el fin de los tiempos, como un espectro, el último suceso de su vida. De nuevo
estaba recostada contra la farola de siempre, sin poder librarse del lazo del tiempo. Se
pegó con muchísima fuerza contra el mástil de acero en la nuca. Alzó la cabeza
rugiendo rabiosa y hundió la vista en el cielo.
Fue como si la luna la atravesara con una lanza de luz. Se quedó clavada, con los
ojos muy abiertos y brillantes, inundándose del plenilunio hasta que sintió cómo
refulgía también su piel transparente, llena de luna por dentro. La impresión era
profunda, arcaica e intensamente sexual: el satélite la penetraba e iba regándola de
chorros de resplandor de plata como requesón espeso. Rió extasiada y empezó a girar

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con los brazos extendidos, dejando estelas blancas. Paró de bailar porque se golpeó
contra un cristal. Le pasó las yemas al espejo de vidrio y se separó de él con un
impulso. Torció la cabeza. La corona de rizos rojos se confundía con su vestido
escarlata. Se sonrió y se vio la boca carmesí violentamente aguzada. Se rió de su
reflejo. Se apartó de él y volvió a pasar delante, como para sorprenderle haciendo
algo incorrecto, pero en el cristal aparecieron primero una zarpa oscura, luego la otra,
un hocico nevado, un rostro triangular rojo intenso y unos ojos dorados relucientes
ribeteados en carboncillo. Verónica se giró de golpe y se miró. Esperaba encontrarse,
tal vez, a su sombra haciéndose burla, pero no aquello. En el escaparate se reflejaba
un zorro, un zorro rojo, blanco y negro, precioso y perfecto. Su pelaje lustroso relucía
como si lo hubieran barnizado. Abrió las fauces. Chascó la lengua, curvó la
expresión, bajó la cerviz, pestañeó; tenía unos hermosos ojazos que brillaban como
dos linternas. Sacudió las orejitas picudas, estiró el largo cuerpo de fuego y extendió
cada músculo con un estremecimiento. Se pasó la mano por la cara y la zorra se atusó
la zarpita de color de humo con una mueca ligera de satisfacción en el hocico
puntiagudo. Su risa fue un ronroneo furtivo. Se enroscó la gruesa cola roja de pincel,
la abrazó como a un peluche y se escabulló de la presa de sus brazos. La tocó, la
apretó, la acarició, la movió para huir de sus propias manipulaciones por el placer de
manejar un miembro más de su cuerpo. Balanceó el apéndice peludo con picardía
flexible, lo puso rígido, se hizo una culebra con él, lo meció y contoneó y se
preguntó, por un instante, cómo es que no lo había echado antes de menos. Las
manos enguantadas que jugaban con el rabo de zorra empezaban a aterciopelarse. Se
iban cubriendo de una pelusilla castaña que se hacía tupida y se mezclaba con rizos
de vello dorado y negro, hasta finalizar en unas patitas con sus cinco garras afiladas,
que rompieron la tela de los guantes. Ululó un chillido encelado. Le brotó una
carcajada hedonista de lo más recóndito del cráneo. Empezó a trotar súbitamente, dio
tres vueltas sobre sí misma sin dejar de correr y en el siguiente paso cayó a cuatro
patas y avanzó como una flecha, jubilosamente, a grandes saltos. Olisqueó el aire
polucionado y gris de la ciudad, buscando un olor abrupto y feroz que casi podía
aferrar como una cuerda, familiar y delicioso, que le llegaba matizado desde lejos.
Olía como a maíz tostado: el aroma caliente y dulzón del pelo de perro, pero éste
agreste, empapado en el perfume profundo y atroz de la sangre salada y la carne
descompuesta, fragante a bosque, a pino y romero. El tufo a lobo era fortísimo; le
nubló las narices y le aturdió el hocico. Se lo frotó con las zarpas y siguió el rastro.
Danzó sobre sus patas sombrías hasta llegar a la calle del cajero y al portal antes de la
farmacia, sorteando pantorrillas, pivotes, arbolillos y farolas. Pasó entre las piernas de
un hombre que sacaba la basura, escabulléndose con una risa dilatada, azotándole los
tobillos con el rabo rojiblanco. Brincó todos los tramos de escaleras como una
mancha escarlata vertiginosa, apenas posando las almohadillas en la baranda y en

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algún peldaño. Husmeó. Rascó la madera de la puerta.
Al cabo, Álex abría el manillar con cara de cansancio, estirando los brazos hacia
la espalda cogiéndose las manos.
—Verónica, ¿qué pasa? ¿No te bastó con lo de la tarde y vienes a por más? ¿Has
mirado la hora que es, joder?

Mónica se acercaba al templo rojo como el sol de verano. Tropezó y se dio de bruces
en el estanque. Había entrado en el agua, pero no sentía que el agua la mojara.
Chapoteó tontamente a cuatro patas. Estaba empapada hasta los codos y las ingles,
pero por más que tocaba el agua no la notaba. Era como si la rodeara mercurio: el
líquido lo sentía, pero estaba impermeabilizada. Se incorporó: el cuervo la estaba
mirando. Se acicalaba las plumas remeras, negriazules, con el pico. Lo siguió. El
agua se le acababa y empezaba el templo. Mónica encogió la columna vertebral; la
camiseta recortada le estaba grande y se le marcaban los omóplatos huesudos y
salientes como si fueran a brotarle dos alas de la espalda. Se mordió el labio. Le daba
miedo pisar esa piedra incandescente. Subió el peldaño y gritó. Estaba caliente:
quemaba. El pájaro hinchó el buche y graznó para incentivarla. Voló de pilono a
pilono. Le estaba pidiendo que lo siguiera. Mónica dio un paso doloroso y pisó las
brasas con muchísimo cuidado. Podía oler la carne quemada de sus plantas. Avanzó
cautelosamente, sollozando de sufrimiento, hasta que se golpeó con un muro invisible
y una luz la deslumbró. La puerta del templo rugió como un dragón que fuera a echar
fuego. Aterrorizada, salió corriendo. Su sombra arrastraba unas alas inmensas,
plegadas tras de sí, que azotaban el suelo como una capa de grandiosas y larguísimas
plumas. El cuervo, ahora, la llamaba desde un árbol.
Parpadeó. Se le acababan de desenfocar las dos realidades y tuvo que ajustarse los
ojos. Veía el parquecillo con bancos de madera, césped, algunos árboles y una
escultura en medio, pero veía también un bosque de troncos colosales, tan semejantes
que no le permitían orientarse. Mónica levantó el brazo derecho y sintió las uñas
curvas clavándose en la carne rosada. El cuervo se debatió a aletazos, le graznó junto
a la oreja y lo entendió perfectamente. La estaba advirtiendo de algo. En su sombra
no se reflejaba el pájaro.
Extiende las alas, decía.
Se le habían abierto los oídos de golpe. Oyó cómo hablaban los árboles entre ellos
sobre la sal, la luz, el aire, los frutos carnosos, el calor, el agua fresca, la profundidad
de la tierra y las hojas verdes, tiernas y brillantes, que agonizaban en azafrán crujiente
y cobrizo; comprendió el lenguaje de las aves, de las bestias, del cielo, de la lluvia y
las estrellas, supo lo que arrulla la luna por la noche y lo que dice el sol por la
mañana cuando se despereza. A lo lejos ladró un perro, y adivinó su pensamiento. Le
entraron ganas de bailar de alegría y empezó a caminar por el bosque a rítmicos y

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alegres saltos: ahora sobre una alfombra de agujas de pino secas, ahora una
piedrecilla recubierta de musgo, después un helecho arborescente, por último un
tronco caído como un gigante vencido. Se inclinó para contemplar una agrupación de
champiñones y níscalos. Rompió con el pie un pedazo del más tierno y se abrieron las
crudas hojuelas fungosas en el suelo como un cadáver descuartizado.
El bosque se cerraba sobre su cabeza. Había calma absoluta y mucho silencio. El
cuervo canturreaba entrecortadamente, como la voz de su conciencia. Le decía que
volara, que volara, que volara... Mónica dejó de bailotear. Caminaba al acecho, con
cautela cobarde, apartando las ramas que rodeaban su cabeza. Los hongos y hepáticas
tapizaban toda la madera en lóbregas hilachas. Un liquen colgante le rozó las mejillas
como una garra leprosa. Los mullidos helechos no crujían, ahogaban el sonido de sus
propios pasos. El bosque fantasmagórico era una galería de ramas altas, apretadas y
entretejidas en el cielo. La luna se filtraba brumosa, sus rayos llegaban como a través
de vidrieras opacas. Hacía frío. Mucho frío. La niebla baja se pegaba a su cuerpo,
humedeciéndolo. Los troncos mostraban escaleras interminables de setas leñosas,
castañas, de yesca. El viento murmuraba al introducirse en las hendiduras intrincadas.
Los árboles oscilaban acompasadamente con el cántico del cuervo. Vuela..., le pedía.
Vuela. No se oían animales. No había zarpa alguna sobre la tierra laberíntica: hongos
en círculo, rebaños de raíces gruesas, espinos, zarzas, hojas muertas, semillas
calientes, frutos podridos y musgo plateado se enredaban en madejas y ovillos
solitarios, sin dar cobijo a roedores ni insectos. Había muchas y gigantescas telas de
araña refulgentes, nebulosas, pero estaban deshabitadas. Se adherían a su cuerpo
cuando las desgarraba.
Mónica avanzaba echando miradas recelosas en torno. El bosque era gélido y
aguanoso y enmohecido, demasiado frío y húmedo y espectral, demasiada jungla
helada musgosa para ser el parque del Oeste. Apretó los ojos y las chispas de
luciérnaga de su retina bailotearon a su alrededor como mariposas feéricas. La selva
umbría era hostil, silenciosa. Quieta. Parecía dormida, pero los bosques no duermen.
No se escuchaban grillos ni zumbidos de insectos ni trinos de ruiseñor ni silbidos de
autillo ni incisivos de ardilla ni patas de zorro ágil ni aullidos de lobo adulto ni uñas
trepadoras de gato de monte ni sacudidas de rabo de rata entre los huecos. No se oía
nada. Sólo el silbo del aire y los pasos de la chica. Mónica bajó la vista y comprobó,
con un escalofrío, que ahora pisaba escarcha.
Sus pupilas se movían miedosas y rápidas, vigilantes. Escuchaba su propio hálito
convulso y el sonido de sus suelas. Miraba dónde ponía los pies, por si las bobinas de
arbustos retorcidos decidían envolverle las piernas y derribarla. El cuervo se había
callado, y no era ningún alivio no escuchar otra cosa que viento, pasos y jadeos.
Tenía las palmas bañadas en sudor. Las botas se introducían en fango y en cristales de
hielo. El ruido era blando y crujiente al mismo tiempo. Su aliento era vapor y

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pegajosa neblina. La luz de la luna no llegaba al suelo. Mónica alzó la vista a los
árboles y sintió vértigo; eran columnas que se perdían en el firmamento. No se
vislumbraba un solo trozo de cielo; apenas se distinguían los contornos de la luna
redonda: el satélite era una mancha blanquecina a través del encaje apretado de hojas.
La bruma densísima se espesaba hasta parecer agua. El cuervo iluminaba el sendero
con los reflejos azules de sus alas e iba abriendo el pasillo cerrado y estrecho. Vuela,
le pedía. Vuela.
Los árboles se brizaban, todos juntos, rítmicamente. Según avanzaba, le dio la
sensación de que algo se movía a su espalda. Se volvió y no vio nada más que los
troncos añejos, llenos de anillos de corteza partida. Volvió a caminar y vio la sombra
que se desplazaba detrás entre la niebla. Se giró, pero sólo la acompañaban los
árboles. Dio un paso, y los chopos, tilos, abedules, olmos, también lo dieron.
Los árboles acababan de moverse. Desgarraban la tierra arrastrando las cepas, de
forma tan imperceptible que no notaba más que los rumores de las hojas, las ramas y
la brisa. Mónica avanzó más rápido y los árboles se levantaron y saltaron grácilmente
sobre sus raíces. Echó a correr. Cuando se detuvo y se dio la vuelta, jadeando,
cayeron como moles y se hundieron en la tierra como si jamás hubieran hecho otra
cosa que comer barro y detritus, beber agua y enfriarse las hojas caldeadas por el sol
con la luz de la luna. Caminó hacia atrás, mirando los árboles, y los árboles se
desplazaron casi de forma burlesca, arañando el cielo con las ramas. Entonces supo
que nunca podría salir del bosque, porque el bosque se movía con ella. Comprendió
que no estaba en un bosque cualquiera. Había llegado, sin saber cómo, desde alguna
bifurcación en el camino, a otro bosque. Mónica había entrado al bosque primigenio.
¡Extiende las alas!, avisó el cuervo agitándose locamente. ¡Vuela!
Los árboles se cernían sobre su cuerpo. El pájaro se elevó. Las ramas se abrieron
para permitirle el paso y la chica pudo contemplar la luna sedante, tranquilizadora
con su sola presencia.
¡Vuela!
Mónica se plisaba con la mano un ala nigérrima de la espalda e intentaba
desplegarla. Se sintió imposibilitada; separaba el armazón de hueso, pero no podía
mantenerlo extendido sin ayuda de sus dedos. Tenía plumas entretejidas en el pelo. Se
acuclilló; apoyó las yemas en la tierra y curvó la espalda con todas sus fuerzas, como
si quisiera rompérsela, apretando los dientes y gimiendo de dolor.
Entonces, abrió las alas con el ruido seco y crujiente de un abanico. Las plumas se
irguieron. Eran inmensas, brillantes, como lunas de espejos. Sonrió con un éxtasis
brutal. Era increíble saberse alada. Se quedó muy quieta y se carcajeó de los árboles.
Se sentía hermosa, como un ángel oscuro. Sacudió la membrana y gozó del remolino
de hojas que se levantaba a su alrededor. Peinó el suelo con el raquis y las barbas de
cada pluma, dejando que se arrastraran. El cuervo bajaba en picado. Se posó enfrente,

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abrió el pico y le gritó de nuevo su advertencia:
¡Vuela!
Mónica se esforzó en agitar las alas, balanceando todo su cuerpo al compás, pero
le pesaban demasiado. El cuervo daba cortos saltitos y graznaba sin parar. La chica
bramó y se concentró en doblar hacia dentro y hacia fuera las extremidades.
Empezaban a dolerle. Se puso en pie e intentó volar de otra forma, pero en esa
postura le chocaban. Se estaba cansando y resoplaba fatigada. Los árboles ancianos
reptaban velozmente. Los tocones y los tallos jóvenes caminaban sobre la punta de
sus raíces livianas. La estaban rodeando; cada vez los tenía más cerca. Le enredaban
las hojas entre el pelo y en las alas. Mónica lloraba de impotencia; por primera vez
tenía algo asombrosamente bello y magnífico y era incapaz de usarlo. Una rama
esquelética se entrelazó en su inútil plumaje. La estaba pinchando un palo afilado.
Otro rebrote tierno jugueteaba a la altura del plumón del álula. Un roble descargó
todo el peso de la cepa en su pie. El vástago de un haya se enroscó alrededor del
hueso, en la paletilla saliente de su espalda. Los árboles la estaban cubriendo con sus
raíces, con sus troncos, con sus anillos, con sus ramas y sus hojas. Se enrollaban las
lianas, la estrechaban los retoños, serpenteaban palos, nervios, renuevos. Le trepaban
los bulbos y muñones.
Cuando escuchó el chasquido casi ni le dolió.
Tenía las alas rotas. No era más que un pájaro muerto y los árboles la estaban
triturando, desmenuzándola en nutrientes. Se apiñaban sobre su cuerpo quebrado los
nudos, bultos, protuberancias y tocones de madera, chupando como vampiros el agua
y las sales minerales de su organismo. Los árboles hacían ruidos desagradables de
festín de carroñeros, mordían, succionaban, tragaban, deglutían, lamían y salivaban.
Partían huesos con las muelas leñosas para extraer el tuétano.
Mon cerró los ojos y suspiró. Se rindió y dejó que la transformaran en abono.

Verónica estaba en la puerta de Álex, algo encogida como una pelota, con una risa de
aristas en la cara. Desplegó los músculos y se lanzó contra él. Le derribó contra el
suelo; no se lo esperaba. Dio con la espalda en la tarima, con la chica enmarañada
entre sus brazos. Se sentó y la sujetó por los hombros.
—¡Hostia, Verónica, que estoy matado!
—Lobo... —canturreó con una voz extrañísima. Le lamió la boca, con la lengua
puesta de punta. Se rascó el lomo contra su pecho. Le envolvió con la cola.
—¿Qué coño te pasa? ¡Estate quieta un rato, joder!
—Álex... —le gañó estranguladamente—. Ven conmigo. Quítate esa piel y
acompáñame.
—¿Qué?
Verónica le estaba viendo al lobo dentro. Una maleza de pelaje gris, áspero y

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frondoso, palpitaba bajo la carne humana. Se le doraban los ojos castaños con la luz
eléctrica. Detrás de sus dientes chascaban intermitentemente otros aún más afilados.
Escuchaba en su estómago el gruñido enérgico del animal que avisa antes de soltar la
dentellada.
—Es precioso, Álex —siseó Verónica—. Ahora lo veo y lo entiendo. Lo llevas en
las entrañas. Está hecho una rosca como un gato junto al fuego. Tiene los ojos
cerrados, las orejas aplastadas y hunde el hocico gris bajo el rabo. Es tan grande y tan
dulce..., tan blando y tan cálido... Se le eriza el collarín de piel cada vez que toma aire
y lo suelta. Dan ganas de acariciarte por dentro, Álex. De abrirte con un cuchillo para
abrigarse en tu pelo...
—Verónica. ¿Estás drogada?
La chica se rió.
—Álex —gimió—, quítate la piel. Desabróchatela; saca el ombligo del ojal y abre
esa camisa humana que llevas puesta —burbujeó un ronroneo complaciente—. Dobla
el pellejo y déjalo plegado al pie de la cama; ya te pondrás el pijama de hombre para
dormir por la mañana. Cacemos juntos, lobo. Matemos. En eso nos parecemos. Tú en
el aprisco y yo en el gallinero —la chica gruñó con fiereza sexual y se relamió
corriéndose todo el lápiz de labios por la cara. Soltó una risa roja, como si en lugar de
pintura tuviera sangre a borbollones en la boca—. Cuando la presa es fácil, está
encerrada y no opone resistencia, cuando el botín es abundante, estúpido y manso, no
podemos evitar acabar con el rebaño entero. Pero tú enloqueces de rabia; yo sólo me
divierto.
—Estás drogada.
La zorra levantó la cola, hizo una mueca y aspiró el olor maravilloso de unas
gallinas ficticias, suaves y gordas, acostaditas en sus cálidas camas de heno. Las
imaginó empollando huevos frágiles, de los que se rompen fácilmente entre los
colmillos afiladísimos y derraman la yema dorada, cruda y tibia, por toda la lengua,
mientras los trozos de la cáscara caen por los bordes entre los churretes traslúcidos de
la clara. La boca se le hizo agua al pensar en la carne rosa de las rechonchas aves, y
casi sentía cosquillas en el hocico de las plumas imaginarias.
Él la cogió para que dejara de sacudirse y de hacer gestos con la cara.
—Joder, Verónica. ¿Qué coño te has metido?
—Álex —Verónica se quedó rígida—. Se está moviendo.
Él se agitó incómodo. La chica tenía los ojos vidriosos clavados en su pecho: veía
con claridad cómo el gran lobo gris se desperezaba, soltaba una lengua larga y plana
y recogía la grupa preparándose para saltar desde el estómago hasta la garganta.
Brincó, rascando con las zarpas en el esternón para conseguir salir del cuerpo. Hubo
un remolino de garras, colmillos, hilos de saliva, ojos y pelo retorciéndose en la
guarida de carne humana. En el forcejeo, el hocico se abrió camino por la faringe y se

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asomó entre los dientes de Álex, olfateando y chascando la lengua rosa contra la nariz
negra y dilatada. Verónica le lamió la boca con timidez sumisa. Se restregó en su
regazo.
—Estás de ácido hasta arriba, Verónica. ¿Qué cojones haces aquí? ¿Qué se
supone que tengo que hacer yo? ¿Hacerte mimitos hasta que se te pase el viaje? No,
si será culpa mía. Quien con niños se acuesta, meado se levanta. Joder...
—Álex... No lo duermas —le suplicó. Él se quedó congelado al ver que la chica
estaba llorando. El lobo que tenía en las vísceras dio una tarascada y, al abrir las
quijadas, le estiró los labios hasta casi desgarrárselos. Presionó para salir y estuvo a
punto de lograrlo, como si el hombre fuera a vomitar al lobo desde las entrañas, pero
él cerró la boca y su mandíbula apretada contuvo el cráneo del animal y evitó que se
escapara. Gañendo de impotencia, el lobo se retiró hacia abajo. Volvió a colarse por
su garganta. Se estaba cayendo hasta el estómago, aferrándose a la carne con las
garras y dejando heridas internas según se deslizaba—. ¡Álex! ¡Por favor! —chilló
Verónica angustiada, tirándole de la manga con desesperación—. ¡No duermas al
lobo! No, no. No lo duermas. Por favor... ¡Álex!
Pero el animal ya respiraba pausadamente, enroscado en su tripa, con los ojos
cerrados y las fauces poderosas enterradas bajo el rabo. La chica hizo un puchero
infantil encolerizado, apretó los puños y salió corriendo de la casa, dejándole
apoyado contra la jamba de la entrada sumido en sus pensamientos, mirando las
escaleras con una expresión indescifrable.
—Interesante... —susurró.

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VII

El sol estaba bastante alto cuando Rebeca empezó a reconocerse en el escaparate. Se


preguntó, asustada, dónde estarían sus amigas. Miró el reloj de su muñeca, apretando
los ojos para que los palotes de la pantalla digital no se pusieran a bailar claqué. Eran
las diez de la mañana y aún la realidad no estaba, ni con mucho, acoplada. Bastaba
con parpadear para que la calle dejara de tener el tono gris ocre de la polución y la
basura y se tiñera en granate, fucsia, verde y violeta.
La calle era Fuencarral. Sabía perfectamente cómo había llegado allí: a cuatro
patas ligeras y almohadilladas. No tenía ni la menor idea de dónde se encontrarían
Vero y Mónica. Se preocupó por ellas y lamentó haberse metido los tres tiros de
ácido; hubiera sido mucho mejor que se tomara sólo uno y mantuviera el control
mientras sus amigas viajaban, ya que era su primera vez. Entre flashes, empezó a
caminar hacia el parque del Oeste. Mientras pasaba por las zonas de sol y de sombra,
sentía su cuerpo metamorfosearse: bajo la sombra era un gato. Cuando le daba el sol,
regresaba a la forma humana.
Mónica estaba tumbada entre la alfombra de hojas, de césped revuelto y de tierra.
Podía moverse; poco a poco la luz iba clareando el bosque y, con ella, los colosos, los
árboles de fábula, comenzaban a solidificarse, a permanecer estáticos en su mente, a
dejar de amenazarla. Como si fueran gárgolas, se congelaban en costras calcáreas
según los rozaban los rayos dorados. Aún miraban con nudos escondidos, con
recovecos de la madera. Reían cuando chocaban las hojas, y sus risas eran sibilantes
y despectivas, pero bajo el sol, opacos y al descubierto, dejaron de darle miedo.
Flexionó los dedos. Quiso mover las alas hasta que su cerebro le indicó que nunca
había dispuesto de ellas. Entonces, se incorporó. Oía una voz familiar que la llamaba.
—¡Vero! ¡Mon! ¡Vero!
Quería responder, pero de pronto se le montó la alucinación entre escalofríos de
colores. Un olmo le daba toquecitos con la rama en la espalda y ella volvía a ser
estiércol para macetas. Gritó angustiada, se recostó en el césped y se retorció de dolor
mientras los árboles afilaban la corteza y enarbolaban las raíces como tenedores y
cuchillos.
—¡Mon!
Rebeca la sentó y la abrazó.
—Oh dios mío... dios... dios...
—Mon, tranquila. Estoy contigo. No pasa nada. ¿Dónde está Vero?
—Dios... los árboles...
—Mon. Es por el tripi. Yo tampoco estoy del todo normal. A los árboles no les
pasa nada —cerró los ojos y volvió a abrirlos— salvo que están jugando al corro de

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la patata, claro.
Estallaron en carcajadas entre tiritones ocasionales. Mónica estaba empapada y
tenía la ropa y el pelo llenos de tierra. Rebeca la mecía en su regazo y le contaba
tonterías para que se tranquilizara. De repente, a Mon le cambió la cara.
—Rebeca. ¿Es de día o es por el tripi?
La chica fijó la vista en el reloj. Pestañeó.
—Son casi las once. Y me temo que no son de la noche porque no ha podido
pasar sólo una hora... El LSD dura un huevo.
—¡Dios! ¡No! —se puso de pie—. Mi abuela me mata. Me mata. Rebeca, mira tu
móvil. Míralo, por dios.
—Tres llamadas perdidas —suspiró la chica—. Son de tu casa las tres. Lo siento,
cariño —le dijo dándole un beso en la frente—. Aunque ha sido mejor así. Imagina
que lo cojo. A saber qué le hubiera dicho, la verdad...
—Joder... —Mónica se apretó la cara con las manos—. Rebeca, piensa. ¿Qué
hago? ¿Qué le digo?
La gata consideró la situación mientras el entorno se le iba ajustando en oleadas.
Le costaba todavía recapacitar con normalidad.
—Mira. Yo en cuanto me note que no voy a decir ninguna chorrada, que creo que
va a ser ya mismo, la llamo y le digo que soy la madre de Vero, que os he llevado a
hacer unos recados para que me ayudarais y que me había dejado el móvil en casa.
—Pues me voy corriendo —declaró sacudiéndose, pero Rebeca la paró.
—Mónica. Piensa. Aparte de que yo ahora no te dejo sola bajo ningún concepto,
¿tú te has visto la pinta? Tienes que vestirte normal y ducharte. Yo tengo algo de ropa
convencional en el armario. Al menos un chándal. Aunque te esté justo te lo pones y
le dices que es que se te cayó una cocacola entera encima, que se ha quedado tu
jersey la madre para lavarlo, y además le cuento que ya te quedas a comer ahí porque
luego te pueden llevar en coche. ¿Te parece bien, Mon? —Mónica sollozó
ahogadamente—. Escucha. Si vas con el pelo lleno de hierba tu abuela ya sabes lo
que va a pensar que has estado haciendo, y entonces sí que se nos acabó quedar
porque te encierra bajo siete llaves.
—Va a pensar que he estado follando. Como mi madre —se acurrucó contra su
amiga y explotó en llanto—. La odio... No hace más que hablar del infierno y del
matrimonio y de la impureza y la suciedad y la mancha y el pecado. No la aguanto. A
veces me entran ganas de gritar. Te lo juro. Nunca te lo he dicho... Me voy a acabar
abriendo las venas, pero a lo largo, como dijo Álex. A lo largo...
—Ssssh... cariño. Ya, ya lo sé. Ya lo sé —la acunó y le limpió la cara de tierra—.
No podemos escoger a la familia, Mon. A los amigos sí. ¿Tú te crees que a mí me
gusta mi madre? Y de mi padre mejor no hablar...
—Vero no valora lo que tiene...

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—Verónica, perdóname porque la quiero un huevo igual que a ti, es una niña. No
ha pasado por nada. Todo le ha venido dado. Y a veces hace mucho el imbécil. Tengo
que darle un toque a ver si deja de meterse contigo, que ya se está sobrando con lo de
que seas virgen, ¿eh? Tú te acostarás con quien te parezca y cuando te parezca y no
tienes que darnos cuentas ni a Vero ni a mí —Rebeca suspiró—. Es una pena que
estén enrollados, porque a ti Álex te gusta de verdad, ¿me equivoco? —Mónica
empezó a hipar sin ser capaz de controlarse—. Ay, Mon... No, no me digas nada.
¿Vale? No hace falta. Ya lo sé. Llora si lo necesitas. Llora todo lo que quieras...

Cuando Verónica puso recta la espalda y empezó a caminar completamente derecha,


era casi mediodía. Se había recorrido todo el Retiro. Intentaron atracarla por la noche,
lo recordaba ahora con un escalofrío, y se había reído en su cara antes de salir
corriendo. No la persiguieron de milagro; había tenido auténtica suerte. Se rió un
poco al recordar que había trepado por la estatua del Ángel Caído. Se sentía fresca
como una rosa, como si hubiera dormido muchísimo. Se acercó a una cabina y habló
primero con su hermana, contándole una historia de terror sobre estar todo el día de
cumpleaños con sus amigas, y luego tecleó el móvil de Rebeca.
—Vente para casa —le dijo ella—. Estamos todas bien. Esta noche no salimos;
necesitamos sobar, que Mon y yo hemos empalmado dos veces un día con el
siguiente. Quédate en casa conmigo, Vero. Mon no puede, pero tú sí.
Verónica se metió en el metro. La gente la miraba porque tenía todo el lápiz de
labios marcado por la cara, los guantes llenos de porquería y los ojos dilatados. Entró
en la urbanización. Se abrazó a Mónica: ya se marchaba. Pasaron al cuarto de Rebeca
y pusieron una película de animación japonesa en la que un chico montaba sobre un
ciervo. Sin prestarle atención más que en ciertos momentos, estuvieron compartiendo
y rememorando el viaje entusiasmadas, mientras comían panchitos y bebían cocacola.
Empezaron a hacer búsquedas por internet y se partieron de risa con las páginas que
encontraron sobre animales de poder.
—La medicina del zorro. Verónica, mira lo que pone: Cambio de forma.
Destreza. Astucia. Disimulo. Camuflaje. Femineidad. Invisibilidad. Observación.
Persistencia. Rapidez.
—¡Tía! ¡Parece una ficha de rol! ¡No me jodas! ¿Y de ti qué dice?
—Una chorrada, lee: Independencia. Magia. Visión de lo inadvertido. Protección.
Amor. Misticismo. Asistencia en meditación. Habilidad de luchar cuando está
acorralado... Lo de Mon es una tontería: Renacimiento. Renovación. Habilidad de
encontrar luz en la oscuridad. Autorreflexión. Introspección. Adivinación.
Elocuencia. Y atención a la gilipollez que dice del lobo. Lo lee Álex y le tienes con
un ataque de risa dos semanas: Guía en sueños y meditaciones. Toma ya. Orgullo.
Mira, eso sí. Violencia. También. Muerte y renacimiento. Qué majadería.

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Enfrentamiento del fin de nuestro propio ciclo con dignidad. Espíritu de enseñanza.
Instinto unido a inteligencia. Valores ¿sociales y familiares? ¡Venga ya! Mazo de
social que es Álex, sí. Y de hogareño casi lo mismo. Burla de los enemigos.
Habilidad de pasar inadvertido. Constancia. Valentía.
Verónica tenía una rara sensación en el estómago, como mariposas. Acabó
explotando:
—Rebeca. Vamos a hacer una ouija. Quiero comprobar una cosa...
—¿Sin coñas? Que ya estoy un poco cansada de que te rías. Ahora estamos
mirando tonterías, pero con la ouija es distinto.
—Sin coñas. Necesito saber algo.
La gata sonrió.
—¿Y desde cuándo sigues la religión de tu chico, Vero? A mí me parecía que
pensabas que era mear fuera del tiesto. ¿No eras tú la que pasaba de religiones? ¿La
que decía: “Si quiero consolarme, uso un dildo”?
Verónica miró para otro lado.
—Tú no has vivido lo que yo, Rebeca. No tienes ni la menor idea de cómo fue.
Lo vi. Lo vi claramente. Lo sentí todo. Mira; es precioso. Si no es verdad, merecería
serlo. Así que yo creo.

Álex introdujo la tarjeta en el cajero cruzando los dedos. Tecleó el código y


tamborileó contra la repisa de plástico, mordiéndose el labio. Cuando vio el saldo no
pudo evitar hacer un gesto de victoria apretando el puño. Sacó quince mil pesetas y se
subió al piso a zancadas. Encendió el monitor y los altavoces, cambió de canción en
el reproductor del ordenador y se tiró al suelo, empujando trastos debajo de la cama y
sacando las cajas y los envoltorios vacíos de preservativos para tirarlos. Echó a la
bolsa las colillas de sus tres ceniceros, las latas vacías y el paquete de bimbo de la
nevera, que llevaba meses fermentando. Apuntó en una hoja “condones” debajo de
“cerveza”, “comida”, “pasta de dientes” y “detergente”. Hizo cinco pilas con los CDs
sueltos y los coló en las tarrinas. Empotró contra la pared la mesa de mezclas y la
tabla de planchar con el sintetizador, no sin antes hundirle los dedos en algunos
acordes mudos, imaginarios, por encima de la funda acolchada. Arrastró todas las
cajas hacia las esquinas; muchas estaban cerradas con cinta de embalar y no las había
abierto desde que se mudó, hacía ya cuatro años. Enrolló la multitud de cables que
tenía desperdigados y los metió en la alacena de las botellas. Sacó las que estaban
vacías, se acabó una a la que sólo le quedaba un culo, las tiró y apuntó lo que le
faltaba en la hoja. Apretó la columna de revistas, libros y tebeos, echando encima
todos los que tenía esparcidos y controlando que no se derrumbara la pila entera.
Sacó el tendedero de detrás de la puerta. Cuando sonó el golpe del palo de una escoba
contra el suelo, subió los amplificadores al máximo, se calzó las botas y se puso a

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saltar y a dar botes al ritmo, procurando hacer todo el ruido posible para joder a los
vecinos, al tiempo que abría la lavadora, estrujaba la ropa en el fregadero y la estiraba
sobre las cuerdas. Llamaban a la puerta.
—Hola... —saludó Verónica cuando le abrió, algo azorada.
Él le cogió la muñeca, la metió en la casa de golpe, cerró y la besó con ferocidad.
Echó lo que tenía en las manos sobre el tendedero, la levantó por el culo y la obligó a
que le enroscara las piernas. Se la llevó enganchada hasta la cama, la sentó en el
colchón, le sacó los ciclistas y el tanga sin quitarle las botas, le levantó la falda de
tablas acariciándola de arriba abajo y se acuclilló en el suelo. Le separó las piernas y
se centró en hacerle pasar un buen rato con los labios y la lengua. Cuando la chica se
hubo corrido, él empezó a desabrocharse los pantalones hasta que cayó en la cuenta.
—Hostia. No me queda ni un condón. ¿Tú tienes, Verónica?
La chica negó con la cabeza.
—Joder. Y hasta las cinco... Hay una máquina, pero está a tomar por culo y son el
doble de caros... —se sentó en la cama y apoyó la cabeza en las manos enlazadas. Se
giró hacia ella—. Mira, esto es lo que vamos a hacer: hacemos tiempo, acabo de
recoger y bajamos a comprar. ¿Has comido ya?
—No, qué va. La verdad es que tengo hambre. Me he venido desde clase...
Él sonrió con la comisura de la boca. Le puso la mano en la nuca y la empujó
hacia el regazo.
—Pues chupa, Verónica.
La chica soltó una carcajada. Intentó escaparse pero él no se lo permitió.
—Pedazo de cabrón... —exhaló antes de meterse en faena.
—Vamos, princesa —jadeó apretándole la cabeza y ensartándose cada vez que la
chica se ahogaba y se retiraba—. Vamos. Si te lo tragas al final prometo no volverte a
llamar mocosa nunca más.
—Ni de coña me lo...
Álex no la dejó terminar. Se encajó de nuevo.
Los golpes de los vecinos de abajo se hicieron más fuertes cuando empezó la
siguiente canción, cuya guitarra sonaba como una batería y cuya batería como una
guitarra, con ruido de tuberías distorsionado sobre una orquesta de sintetizadores. Él
se tumbó sobre la cama y se deslizó a un lado. Le aferró la cintura y tiró de Verónica
hasta colocársela encima, levantándole una pierna. Ciñéndole los muslos, le bajó el
pubis y la lamió desde el clítoris al perineo.
—Joder —dijo al cabo de un rato, dejando caer la cabeza en el colchón—. No te
estás esforzando nada, Verónica. ¿Tengo que dejarlo para que te concentres? Yo paro.
La apartó de encima de él de un azote, se echó para atrás hasta apoyar la espalda
en el tabique y cruzó los brazos tras la nuca. Se puso a silbar la música mientras la
chica se lo tragaba. Los vecinos seguían dando escobazos.

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Álex se puso de pie. Verónica se incorporó y le besó hasta que él le apretó los
hombros y la obligó a arrodillarse con un “acaba lo que empiezas”. Empezó a decirle
guarradas a toda potencia, cogiéndola del pelo y llevándole el ritmo. Cuando se
corrió, no le permitió que se quitara hasta que le pareció, pese a que estaba tosiendo.
—¡Joder! ¡Qué asco! —exclamó Verónica cuando pudo respirar. Él tenía una
mueca de guasa en la cara.
—Tienes que mejorar la técnica, princesa.
—Que te jodan. Eres un cerdo. Voy a enjuagarme.
—Tampoco ha estado tan mal... —valoró él meditabundo, abrochándose—.
Venga, Verónica. Te invito a comer para quitarte el sabor, que te lo has ganado. Pero
no me pidas exquisiteces. Te doy a escoger entre un bocata en el bar de enfrente o
una hamburguesa en el McDonalds de Montera.
—Pues al McDonalds...
—Mala elección —respondió—. Culpa mía por darte opciones.
La música retumbaba contra las paredes. Álex salió del cuarto y acabó de tender
moviendo la cabeza al compás de la batería.
—Joder. ¿Cómo es que estás tan contento?
—Porque he cobrado, coño. Me han ingresado pelas de uno de mis curros de
mierda. Llevaba una semana sobreviviendo al límite, y tampoco te creas que lo que
me han metido me soluciona la vida, que casi me lo voy a pulir en tabaco: prefiero
ayunar a dejar de fumar. Al menos ya me ha llegado un juego para traducir, aunque
hasta que me lo paguen me toca seguir tirando del mantenimiento de páginas web
para sobrevivir. De momento tengo cubierto alquiler y gastos, pero más me vale
comprarme móvil con urgencia para poder dar clases de inglés otra vez, que planté
carteles con el número y el mail y como con internet comunica todo el puto día no
contestó ni un alma... —la observó con una sonrisa leve—. Pero, claro, lo de los
problemas económicos tú no puedes entenderlo. La nena recibe paga semanal, ¿me
equivoco?
—Eres imbécil. Claro que recibo paga semanal. Tú tienes veintiséis. Seguro que a
ti también te la daban cuando tenías mi edad.
—Yo nunca he tenido diecisiete años, Verónica —se burló él.
La chica se puso la ropa interior. Salió del dormitorio.
—¿Qué andas haciendo? —le preguntó.
—La colada. ¿Nunca has visto una? Verás; se coge la ropa sucia del cesto o, en
mi caso, del suelo, se mete en la lavadora, se pone detergente...
—Gilipollas —respondió. Contempló el tendedero, los pantalones, camisetas,
camisas, calzoncillos y calcetines y le entró la risa—. Es genial. La hostia.
—¿Qué pasa?
—Tu colada. ¿Sólo tienes ropa negra?

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—Sólo tengo lo que ves, princesa. Y no es cierto que todo sea negro. Mira las
sábanas: son de color crema con florecitas. Un chollo en los chinos, ¿qué pasa? ¡Eh!
Y la toalla también es blanca. Aunque si continúo lavándolo todo junto, como pienso
seguir haciendo, pronto acabará igual de negro que lo demás.
Ella se estuvo riendo sin parar hasta que volvieron a sonar golpes del piso de
abajo. Álex pateó el suelo el mismo número de veces que clavaban la escoba.
—Joder, baja un poco la música. Me atruena a mí...
—Que se jodan. Aquí las paredes son de papel y yo me escucho todos los días sus
putos programas del corazón, la COPE a las doce de la noche y sus discusiones y sus
platos rotos por la mañana a primera hora, así que lo mínimo es que ellos me oigan
follar y se traguen mi música a la hora de la siesta.
—Van a acabar subiendo... —dijo Verónica al notar cómo se incrementaban los
escobazos.
—Pierde cuidado, princesa. No suben nunca. Me tienen pánico. Además, es que
son gilipollas. Si ya saben que en cuanto dejan de dar palos la bajo. Lo hago sólo por
joder. Cualquier día voy a pasarme yo a preguntarles si tienen algún problema para
aprender a usar la escoba en el suelo en lugar de en el techo, que yo les muestro el
sistema gustosamente —chascó los nudillos y extendió una camisa al tiempo que
hablaba, esforzándose en estirarla bien para que se le quitaran las arrugas al colgar y
no tener que plancharla entera—. Yo pago religiosamente mi alquiler, no como ellos,
y a la casera me la follo de cuando en cuando, así que no les va a hacer ni caso si se
quejan.
Verónica sonrió escéptica.
—Estás de coña.
—Para nada. Está bastante buena. Aunque tendrá treinta y cinco; pero mira, mejor
que aguantar niñatas...
Ella le lanzó un tebeo de la pila a la cabeza.
—¡Eh! ¡Que acabo de recoger!
Álex salió de la cocina-salón y cambió a la mitad la canción que sonaba en el
ordenador. La chica se sentó en el suelo y tarareó la letra con los ojos cerrados,
dejándose llevar por la música, hasta que él empezó a cantarla. Entonces se le quedó
mirando anonadada.
—Joder...
Álex se calló en cuanto notó cómo le observaba. Se giró con una sonrisa cáustica.
—Princesa, no me mires así que me pongo y no hay condones.
—Joder, Álex —declaró ella—. Cantas de la hostia.
—Lo sé. Gracias. Y cambiemos de tema. ¿Qué tal tu viaje de ácido del viernes?
Supongo que de puta madre porque no te he visto desde entonces. Y no me quejo,
¿eh?, que tenía curro y contigo deambulando es imposible.

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Verónica enrojeció.
—En realidad venía a pedirte perdón. Siento la que te monté.
—Qué va, si fue la leche. Ahí retorciéndote como una zorra y diciéndome que
dejara salir al lobo de su traje de carne humana. Joder. Qué pena que te diera un
viento y te fueras, porque haber echado un polvo así habría sido la polla. Hasta me
han entrado ganas a mí de comerme un tripi. A mi edad...
La chica torció la expresión algo confundida.
—Rebeca te puede pasar si quieres...
—Verónica —cortó él—. Estoy de coña. Era LSD, ¿verdad? —preguntó de
repente—. ¿De dónde lo saca ésa? Porque no lo venden en el supermercado.
—Se lo pasa su ex...
—Qué bien. Así todo queda en familia. ¿Bajamos a comer ya? Tengo también que
hacer la compra. Si te aburres te vas, pero yo advierto que te pierdes el polvo de por
la tarde.
Cogió una mochila de la misma variedad de tono que la colada, cerró con llave y
descendieron hasta el portal. Miró las cartas del buzón y les metió toda la propaganda
a los de abajo, mientras Verónica se reía. Se recorrieron todo Fuencarral. La chica
cruzó para mirar el escaparate del Alchemy.
—Por dios, Verónica —se quejó él, estirando las manos en los bolsillos del abrigo
de cuero—. Deja de seguir el manual para ser gótico, princesa.
—Me gustan estas cosas. No veo qué tiene de malo.
—Salvo el precio, nada.
—Oye, Álex...
—No te voy a comprar esa macarrada de calaveras, Verónica. Ni aunque me lo
pidas de rodillas y con mi polla en la boca.
—No quiero nada —replicó dándole un empujón con la cadera—. Eres un
imbécil. No es eso. ¿Por qué no me hablas de tu... tu religión? Ya sabes.
Él se carcajeó ampliamente.
—Vaya. Así que al final te he evangelizado. Y sin quererlo. ¿Pues sabes lo que te
digo? Que me niego a hacer proselitismo con el estómago vacío.
Empujaron la puerta del chaflán de la hamburguesería. Álex leyó los letreros con
una ceja enarcada y acabó por decir: “un whopper, como se llame aquí”. Verónica
pidió pijaditas de pollo y patatas fritas. Él bufó pero pagó y cogió la bolsa para llevar.
—¿Por qué no comemos aquí? —preguntó mientras salían.
—Paso, Verónica. Para comer esta mierda yo no les hago bulto y clientela.
Además, mira lo que tardo en meterme esto —abrió el envoltorio y se tragó la
hamburguesa en tres bocados—. Listo —dijo arrugando el papel, limpiándose con
una servilleta y tendiéndole la bolsa—. Vamos tirando al supermercado, chinos,
estanco y farmacia.

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La chica se encogió de hombros y fue picoteando su comida mientras avanzaban.
—Ya tienes el estómago lleno, Álex —comentó con una sonrisa—.
Evangelízame.
Él se rió.
—Verónica, no hay nada que evangelizar. Ya sabes lo que dicen, además: “No
abras una puerta que no puedas cerrar”.
La chica meneó la cabeza.
—¿Eso no es de un juego de rol?
—Probablemente. Ya ves la altura y calidad de mis fuentes, sí.
—Así que no piensas hablar del tema. De puta madre. Pues bien que les contaste
cosas a Mon y a Rebeca. Están flipadísimas y lo sabes.
—Culpa mía, claro —gruñó él—. Mira, no voy a volver a repetirlo porque no soy
vuestro padre y porque además en el fondo me la sopla lo que hagáis, pero os
aconsejo que dejéis de meteros LSD y tener viajes místicos —se encendió un cigarro
—. Haced lo que os salga de las pelotas. No es asunto mío. Yo me destrozo con otras
cosas; no soy quién para criticar. Aunque ya de paso, y va en serio, os sugiero que
dejéis de hacer el gilipollas con las ouijas.
—¿Por qué? ¿Qué pasa con las ouijas? —respondió con embarazo, porque sentía
de alguna manera que era cierto, que se estaban pasando.
—Porque es una chorrada, pero si os lo creéis puede dejar de serlo —Álex
compró un cartón de tabaco y se lo guardó en la mochila—. A ver, Verónica. Sé
sincera. ¿Cuántas ouijas habéis hecho? ¿Dos, tres? —al ver la expresión de la chica
aumentó el número—. ¿Diez? —ella osciló las pupilas—. ¿Una al día? —Verónica
seguía con el mismo gesto—. ¿Una cada vez que podéis? —Álex resopló—. ¿En el
recreo, al salir de clase, al levantaros, por la noche? ¿Hasta en el baño?
—No eres quién para decir nada, Álex —murmuró ella violentada.
—Pues entonces no me preguntes mi opinión, Verónica —se pasó la mano por el
pelo—. Lo que me intriga es qué os tiene tan enganchadas.
Verónica lo miró como si fuera de otro planeta.
—¿Tú qué crees, gilipollas? —barbotó—. Nos tiene enganchadas tu maldita
religión, Álex, y como tú no abres el pico más que para soltar hachas, tenemos que
buscarnos la vida por otro lado para que nos expliquen qué coño es toda la historia.
Maldita sea, tú no has visto lo que yo. Tú no sabes qué tienes dentro y cómo está
sufriendo. Hablas mucho y no tienes ni puta idea de nada, Álex.
—Verónica, estabas drogada. No me jodas. No dudo que tu viaje fuera la polla,
pero...
—Me da igual. No te lo creas si no quieres. Aquí mucho de boca, pero en el
fondo yo ni sé si te tomas en serio todo lo que dices.
Él se detuvo de golpe. Apretó los puños y los dientes.

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—Verónica —dijo sin mirarla—. Última vez que te atreves a soltar eso. Eres tú la
que no tienes ni puta idea de lo que hablas. Que porque te hayan escrito cuatro ja-jas
en una hoja de cuaderno te crees que sabes de qué va esto.
—Lo sabría si me lo contaras, Álex.
—Cierro tema que me estoy cabreando de verdad, Verónica. Yo aviso una vez.
Dos no.
Ella abrió la boca pero se lo pensó mejor al verle la expresión. Aguardó un rato.
Compraron detergente, alcohol, pasta de dientes, gel de ducha y cuatro kilos de filetes
de vaca. Después de pagar, se metió las dos bolsas apretadas en la mochila.
—En internet sólo hay chorradas —comentó Verónica como si tal cosa—. Le
dijiste a Rebeca que buscara por internet, pero no hay nada.
—Eso es porque no sabéis buscar —respondió—. Vamos a la farmacia y para el
piso.
Compró dos paquetes de doce preservativos y se planteó por un momento la
posibilidad de decirle a Verónica que pusiera dinero. Acabó descartándolo y cambió
el último billete de cinco mil. Subieron a su casa, metió la carne en el congelador y el
resto lo dejó por el suelo. Follaron en silencio, algo enfadados, sin mucho
entusiasmo. Verónica se acurrucó entre las sábanas cuando acabaron y se quedó frita,
después de pedirle que la despertara a las siete y media, cuando se suponía que
acababan sus clases particulares de inglés. Él no tuvo ganas ni de hacer el chiste de
que no tenía ningún problema en follar en ese idioma para que no mintiera a sus
padres, aunque se le pasó por la cabeza.
Álex se la quedó mirando un rato mientras dormía. Le apartó el rizo rojo que se
mecía con el aliento. Luego se incorporó con cuidado para no despertarla. Se puso la
ropa interior y los pantalones y sacó la cartera. Le habían quedado dos billetes de mil
y unas setecientas pesetas en monedas. Suspiró echando la cabeza hacia atrás y
rotando la silla. Guardó un billete en el cajón de los discos de la mesa del ordenador,
como quien entierra un hueso para comérselo luego. Encendió el monitor. Abrió el
IRC.
Start of #Politeismos buffer: Mon Feb 21 [Link] 2000
[19:26] *** Now talking in #Politeismos
[19:26] *** CHaN sets mode: +o Haller
[19:26] <Ossian>: eh haller
[19:26] <^Atenea>: haller, q tal?
[19:26] <^Atenea>: cuánto tiempo sin leerte
[19:26] <Haller>: saludos.
[19:26] <Ossian>: como te va
[19:26] <Haller>: tirando.
[19:26] <Haller>: el resto estan away, no?

[Link] - Página 115


Álex miró en la ventana secundaria quiénes estaban conectados. Levantó el labio.
[19:27] <Haller>: eh.
[19:27] <Haller>: un momento.
[19:27] <Haller>: quien ha dejado entrar a ese gilipollas?
[19:27] <Ossian>: al satanico? lucien xDDD le ha quitado tu ban, dice que no va
a impedir que nadie se exprese
[19:27] <Ossian>: dejale estar que no ha dicho nada
[19:27] <Haller>: aun.
En pantalla apareció “Haller sets mode: +b”, seguido de la IP. Escribió el
comando “/kick #Politeismos SaTaNiCo” y puso en motivo: “Por respirar”.
[19:27] *** SaTaNiCo was kicked by Haller (Por respirar)
El satánico salió inmediatamente expulsado del canal.
[19:27] <Haller>: a tomar por culo.
[19:27] <^Atenea>: jejajajajaja
[19:27] <Ossian>: xDDDDDDDDDDD
[19:27] <Haller>: a tocar las pelotas a otra parte.
Álex se puso a navegar al tiempo. En el canal seguían escribiendo.
[19:28] <^Atenea>: fue mejor la primera vez que entró
[19:28] <^Atenea>: se metió siguiendo a lilith desde el de siniestros, os acordáis?
[19:28] <Ossian>: como olvidarlo
[19:28] <Ossian>: duro dos segundos en el canal
[19:28] <^Atenea>: fue entrar y haller le kickeó. patada y fuera del canal.
[19:28] <^Atenea>: ni le dio tiempo a decir hola
[19:28] <Ossian>: a mi es que ni me dio tiempo a ver que entraba
[19:28] <^Atenea>: lo mejor el motivo
[19:28] <^Atenea>: cómo era, ossian?
[19:28] <Ossian>: joder lo tengo en el log
[19:29] <Ossian>: lo pego
[19:30] <Ossian>: espera que lo encuentre
[19:31] <Ossian>: ya
[19:31] <Ossian>: pego
[19:31] <Ossian>: [21:48] ***SaTaNiCo has joined #Politeismos [21:48] ***
SaTaNiCo was kicked by Haller (Cambiate esa soplapollez de nick y limpiate los pies
antes de entrar)
[19:31] <^Atenea>: jejajajajajaja
[19:31] <Ossian>: xDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD
Álex soltó la carcajada leyendo. Minimizó el navegador y se puso a escribir en la
caja de conversación del IRC.
[19:31] <Ossian>: haller, el pistolero mas rapido del oeste

[Link] - Página 116


[19:31] <Haller>: pues claro. y que lucien deje de quitarle mis baneos, joder.
sigue away, no? lucien!
Al momento se le abrió una ventana privada de conversación ajena al canal.
[19:32] <Lucien>: Salud, lobo estepario.
Él estiró los brazos antes de responder.
[19:32] <Haller>: salud, cuervo.
[19:32] <Lucien>: No se sabe nada de vos. Te hacés rogar demasiado, Haller.
[19:32] <Haller>: pq? pq no aparezco en tus reuniones? no pienso ir a hacer el
subnormal con los tuyos al palacio real, lucien. lo siento. y tu tienda me da grima.
[19:32] <Lucien>: No importa eso, Haller. Cómo andás?
[19:32] <Haller>: cansado.
[19:32] <Lucien>: Pero a cuatro patas.
Álex sonrió. Tecleó:
[19:32] <Haller>: a cuatro patas, siempre.
Movió la silla con indecisión.
[19:33] <Haller>: lucien.
[19:33] <Lucien>: Decime, Haller.
Se encendió un cigarro.
[19:34] <Haller>: creo que he conocido a un polluelo de tu especie.
[19:34] <Lucien>: Estás seguro?
[19:34] <Haller>: como estarlo?
[19:34] <Lucien>: Traé al pollito para que lo vea, Haller. Este sábado. O a la
tienda.
Álex lanzó una risa fugaz. Tecleó:
[19:34] <Haller>: ni de coña!!!!!
Pasaron unos segundos en que ninguno escribió nada. Finalmente, apareció en
pantalla:
[19:35] <Lucien>: No entiendo qué tenés en contra de las reuniones.
[19:35] <Lucien>: Qué fue lo que no te gustó la vez que viniste?
Dio una calada y dejó el pitillo en el cenicero. Entrecerró los párpados.
[19:35] <Haller>: no me gustaste tu
[19:35] <Haller>: no me gustaron los tuyos
[19:35] <Haller>: y no me gusto lo que haciais.
[19:35] <Lucien>: Como quieras. No voy a discutir con vos.
Álex golpeteó con los dedos el teclado, sin decidirse a seguir escribiendo.
[19:35] <Haller>: lo que pasa es que esta me dijo algo
[19:35] <Haller>: que me dio que pensar.
Lucien tardaba en contestar.
[19:36] <Haller>: llevo un par de dias sin quitarmelo de la cabeza.

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[19:36] <Lucien>: El cuervo es clarividente, Haller, aunque sea un pajarito en
plumón. A estas alturas deberías saberlo.
[19:36] <Lucien>: Qué te dijo?
Álex se mordió el labio. Acercó las manos al teclado y las separó. Se estiró las
falanges hacia fuera entrelazando los dedos. Miró la hora de la pantalla y vio el cielo
abierto.
[19:36] *** Haller has quit IRC (User Quit: Der Steppenwolf: Más me gusta
sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que gozar de esta
confortable temperatura de estufa.)
End of #Politeismos buffer Mon Feb 21 [Link] 2000
Se incorporó y se acercó a la cama.
—Verónica —la zarandeó suavemente—. Ya han pasado las siete y media.

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VIII

—¿Qué pasa, Haller? —le saludó el puerta del local—. Llegas tarde, esto ya está
lleno.
Álex le hizo un gesto con la cabeza.
—Espero que me hayáis guardado mi banqueta del fondo.
—Lo llevas crudo. Pero si les ladras un poco a los críos seguro que te la dejan por
no oírte. ¿Dónde te metiste la semana pasada?
—No puede uno faltar ni un día, ¿eh? —sonrió arrugando la frente—. Estuve por
ahí. ¿Hoy quién pincha?
—No sé quién es, está sustituyendo. Lo podías haber hecho tú, la verdad, pero
como tu teléfono comunica todo el día y no te pasaste ni el viernes ni el sábado no te
pudieron avisar...
—Joder, cuando queráis. Estoy fatal de dinero. Internet siempre está conectado;
haberme mandado un mail.
—Sí, y qué más. A ver cuándo te compras móvil, porque para contactar contigo...
—Pues lo veo difícil. No puedo cubrir más gastos. Pero ya sabes que no salgo de
aquí, así que... —empujó la puerta—. Nos vemos.
Resopló en cuanto entró. Avanzó apartando góticos, conteniendo los deseos de
quemarles la ropa carísima con el cigarro. A mitad de camino se rindió; estaba
demasiado lleno. Se acodó en un hueco de la barra, pidió un tercio y se giró para
contemplar el paisaje, que consistía, como siempre, en una competición por llevar el
atuendo más llamativo, adoptar la pose más interesante y llevarse a la cama al que
quedara segundo en el escalafón, perteneciera o no al sexo opuesto. Antes le hacía
mucha gracia, pero cada vez le divertía menos ver el desfile de cuero, látex,
terciopelo, polipiel, maquillaje, tul y metal cada fin de semana. A una buena parte los
conocía —ya llevaba muchos años moviéndose por ese ambiente— y los consideraba
un montón de imbéciles. Puesto que sabía perfectamente que la opinión era recíproca
y virulenta, no se molestaba en saludar a nadie; en todo caso, intercambiaba subidas
de cejas o movimientos de cabeza con unos pocos educados. Aunque comprendía las
ventajas de las luces discotequeras —le evitaban ver claramente al personal—
prefería con mucho la hora anterior, cuando no las daban, ya que los dientes, los
cigarros y las escasas partes blancas de la anatomía de los siniestros refulgían en la
oscuridad con una fluorescencia que le dañaba la vista. Se bebió la cerveza como si
fuera agua y le lanzó mil maldiciones al pincha, por dos motivos: porque le estaba
poniendo mierda, y porque iba a cobrar su dinero. Le estaba cabreando de verdad la
música cuando vio algo que destellaba demasiado en la otra punta del local, y que se
le acercaba.

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—No puede ser —murmuró como si no se creyera lo que estaba viendo.
Un chaval bastante más bajo que él, compacto, con una sonrisa profundamente
irónica, el pelo castaño claro alborotado y una camiseta de las de turista —de un
blanco fosforito por las luces—, con un dibujo y la leyenda impresa de “I love Paris”,
le dio una palmada en la espalda.
—Álex, tío.
—Coño... Javi.
—Qué pasa, lobo. Cómo te trata la vida.
—Joder, me alegro de verte —le dijo con un tono sincero que le salió del alma—.
¿Qué tal te va? Tío —se le escapaba la risa mirándole la pinta—. Tienes suerte de que
aquí no haya dress code.
—¿Qué es eso? A mí háblame en cristiano que no todos somos bilingües —
ensanchó la sonrisa cínica—. Ah, ya. ¿Que mi camiseta no te parece gótica? Sois un
puñado de incultos. Es la más gótica que tengo. No me dirás que no, Álex. Sale Notre
Dame, joder.
Álex estalló en carcajadas.
—Me alegro de verte de verdad. Estabas en el SIMO el año pasado, ¿no? ¿O fue
el anterior? Pero ni hablamos casi, creo recordar. Hace un huevo que no dabas señales
de vida, Javi.
—¡Coño! ¿Que no doy señales de vida? ¿Yo? ¡Vete a la mierda! Y en el SIMO no
pudimos hablar porque nos cruzamos en la puerta del baño, capullo, y saliste
escopetado en cuanto te dije que estaban Jaime, Paula y Fran esperándome.
—No sabía que estuvieran juntos —comentó con un tono de voz ligero—. Podías
habérmelo dicho.
—Sí, podría haberlo hecho. También te podría haber dicho que acabé el instituto,
me metí en la universidad, hice pleno de suspensos, conseguí un curro, lo dejé, cogí
otro, lo dejé, cogí otro, así hasta cinco veces, y tuve tres o cuatro relaciones de lo más
turbulentas desde que nos vimos por última vez. ¿Pero sabes qué pasó? Que la
conversación fue más o menos la siguiente: “¡Álex! ¡Tío! Están todos ahí fuera donde
el punto de encuentro, se van a alegrar un huevo de verte... ¿Álex? ¡Álex! ¿Dónde
coño te has metido?”.
—Pero qué exagerado eres, Javi. Bueno, cuenta, ¿cómo te va?
—Seguimos intentando coger al correcaminos. ¿Y tú, sigues con tu afición a la
tragedia? ¿Sigues creyendo que hasta el agujero en la capa de ozono es culpa tuya?
No me pongas esa cara; ya veo que sí —le metió una colleja—. Pero cómo te gusta el
melodrama, joder.
—El otro día estuve con tu hermano —le contó ofreciéndole tabaco.
—Te crees que no lo sé —negó con la cabeza y sacó su propia cajetilla—. Me
dijo Fran que te había visto hecho una puta mierda, así que decidí darme una vuelta a

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ver si te animaba un poco. Me he pateado los cinco garitos de niñatos góticos
buscándote, y tres son de pago, así que me debes tres copas para amortizar. Además,
como vais todos de uniforme no había manera de encontrarte. Creía que estarías en el
de siempre, ¡pero el puerta me quería cobrar! ¡A mí! ¿Te lo puedes creer? Yo venga a
decir que era colega de la banda de pintas gilipollas que se creen licántropos, pero
nada de nada. Que a pagar. Me decía que ahí todos se creen vampiros. Y yo venga a
decirle: coño, por eso, éstos se creen licántropos, al menos son originales: un anormal
empanado con perilla, una con el pelo hasta el culo y cara de mala hostia y el más
flipado de todos, un friqui en gabardina que se sube a los tejados a aullar cuando hay
luna llena. Ni caso, oye. Que no me reconocía.
Álex llevaba conteniendo la risa desde hacía un rato, mientras apretaba el cigarro
en los labios e intentaba encenderlo con un mechero con la piedra demasiado gastada,
del que sólo salían chispas. Acabó por soltar la carcajada y se lo sacó de la boca.
—Javi, tú no entras a un local en el que te cobren por pasar ni aunque te maten,
así que no me mientas que es aquí a donde has venido directamente. Y te pago un
mini, pero no más, que estoy en las últimas. ¿Qué quieres?
—Guarda eso, capullo, que sé que no tienes ni un duro. Pago yo. ¿Whisky de
garrafón o pillo cerveza?
—Coge minis. Mira a ver qué hora es, si aún hay dos por uno.
Javi le dio fuego con un zippo de cromo bastante hortera, con un escudo de
Harley-Davidson. Álex sonrió torcidamente y dio una calada tan profunda que le
entró tos. Bebió un trago largo del primer mini.
—Sí que me he pasado por el de siempre, ¿eh, Álex? —le decía Javi—. Pero mi
religión no me permite pagar por entrar en más sitios que los cines, así que cuando vi
que habían cambiado al puerta me di media vuelta y me marché.
—Bien hecho. Si de verdad te has pasado para verme y no para pillar, ahí no ibas
a encontrarme. Yo no piso ese sitio ni muerto desde hace la tira de tiempo. Me conoce
demasiada gente. Estuve pinchando más de un año.
Javi puso los ojos como platos. Se le escapó una risilla baja, reprimida.
—¿Que te hiciste pincha del H***? ¿Tú? ¡No me jodas! —empezó a carcajearse
apretándose la boca con la mano—. ¡Pincha del H***! —soltó una risotada hasta
dañina—. ¡Alejandro Martínez, la envidia de toda la movida siniestra de Madrid! ¡El
terror de las nenas! Joder, lobo, qué bajo has caído, ¿eh? ¡Eres el más gótico,
campeón!
Álex se le quedó mirando sarcásticamente mientras Javi se partía. Dio una calada.
—Eso de gótico no me lo repites en la calle, Javi —respondió con una sonrisa
mordaz. El otro se sujetaba la tripa: no conseguía parar de reírse. Le hizo un gesto de
“espera” con las manos, porque no podía hablar—. Tú descojónate pero pagan. Y por
escuchar música, es decir, por hacer lo mismo que hago en mi casa. Me limito a

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ponerles nanas a los niños góticos para que se vayan a dormir contentos a casa. Para
lo que es, se cobra bien.
Javi cogió aliento.
—¡Te lo repito en la calle, aquí y en donde quieras! ¿Qué pasa, que no te mola?
¿Prefieres “siniestro”? ¿Tiene más caché? Lo siento pero me meo. ¡Pincha! ¿Y cuelas
tus maqueteos entre la música de los demás? ¡Pincha! ¡Tú!
—Eres un imbécil, Javi —dijo Álex sonriendo.
—Tío, en serio. O sea que eres mundialmente conocido por estos lares, ¿no? Pues
yo si fuera tú metía las historias de tus grupitos, que igual sonaba la flauta y hasta
colocabas tus cosas en alguna discográfica. A ver, a mí tu música me parecía una
mierda, pero como a mí toda esta música me parece una mierda, lo tuyo lo mismo es
bueno y todo... —Álex no respondió. Se metió en su pecera y contempló el infinito
hasta que a Javi se le pasó la irrisión para empezar a mover la cabeza como un fraguel
al ritmo de lo que sonaba—. ¿Ves lo que te digo? Cosa más macarrónica, joder. Esto
tiene que levantar dolor de cabeza.
—El pincha es un mierda, pero justo este tema no me molesta, sabes, a no ser por
sobado. Si pinchara yo, no te rías, capullo, te juro que te ponía algo que te gustara,
sólo para tocar los cojones. Aunque aquí el repertorio no permite mucho juego si no
te traes tus propios discos...
Javi estiró la amplia sonrisa hasta asemejarse al gato de Chesire.
—Te encanta tocar los cojones. Son todo ganas de llevar la contraria, pero en el
fondo este rollo te va, ¿eh? La estética. La gilipollez. Esos dos que bailan haciendo el
capullo contra la pared. Te pone, ¿eh?
Álex giró las pupilas primero y luego el cuello, con expresión escéptica.
Contempló a la pareja que le señalaba Javi, hinchó los carrillos y resopló una
carcajada que no se molestó en ocultar.
—Sí, sí, mucho te ríes, mamón, pero bien que sigues en la escena, ¿eh? Para mí,
lobito, que estoy fuera, eres tan ridículo como lo son ellos para ti. Y tú para ellos, de
paso. Que sois peores que víboras: toda vuestra diversión consiste en burlaros de
vuestros congéneres y llamaros anormales mutuamente.
—Mira tú qué descubrimiento. Pregunta a cualquier siniestro, que te dirá que
todos son poseros menos él; haz la ecuación y ya verás qué te sale —siguió
observando la aparatosa danza—. Por dios, qué vergüenza. ¿Quién les habrá
engañado para que hagan así el ridículo? Yo sólo bailo cuando limpio la casa, que me
pongo música a toda potencia y quito la mierda a patadas.
—Ya. Y como nunca limpias, nunca bailas.
—Exacto —respondió con el cigarro entre los dientes de la sonrisa.
—¿Cuándo te vuelves para Londres? —preguntó Javi de pronto.
—Lo preguntas como el que se va al estanco —replicó después de darle un trago

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al mini—. Estuve hace nada. Ni que me saliera gratis. Que iré a casa de mi madre,
pero el viaje me lo pago yo. ¿Qué pasa, quieres que te traiga algo?
—Claro, tío.
—Pues mira, espero que dentro de un mes o dos me pague el curro un viaje de
presentación del juego que estoy traduciendo. Si no, no creo que me pase hasta el año
que viene, y más bien a finales. Quería irme en Semana Santa, pero estoy más pobre
que las ratas. Y a Inglaterra hay que ir con pasta, que siempre hay cosas que comprar,
si sabes a dónde ir. Oye —interrumpió la conversación—, ¿así que Fran te ha dicho
que yo estoy mal?
—Empleó, exactamente, los términos “hecho una mierda” y “como una puta
cabra”.
—Sí, hombre. Es Fran el que necesita que le claven las espuelas. En mi puta vida
había visto a alguien más feliz en la esclavitud. Sólo le faltaba mover la cola para
parecer un golden retriever.
—Oh, pierde cuidado, que si él no la mueve es porque ya se la mueve Paula —le
alzó las cejas sonriendo con mala intención, pero Álex mantuvo su apariencia vacua
inalterada—. ¿Así que crees que es Fran el que está mal? Pues yo le veo más feliz
que una lombriz, lobito. Fue salir tú de su vida y empezar a cepillarse a tu chica
tranquilamente, y hasta el día de hoy —suspiró—. Bueno, hasta la semana pasada,
más bien. Mi hermano, como es gilipollas, lo primero que hizo fue decirle que te
había visto a mi cuñada. En fin.
—¿Cómo está Paula? —preguntó con un tono de voz que intentaba ser casual.
—Pues está de puta madre contigo a más de quinientos metros, Álex.
Francamente.
Consiguieron robar dos banquetas y tomaron asiento. Se callaron un rato, que
ocuparon en beber y aspirar el humo de los pitillos.
—¿Y tú cómo estás, Javi?
—Yo todo me lo tomo con calma, como siempre. Todo con moderación. Estudiar
con moderación. Trabajar con moderación. Salir con moderación. Beber con
moderación. Follar con moderación. Más de la que me gustaría.
—Ya... —curvó la sonrisa sardónica—. Pero ¿cómo estás?
Su expresión no ofrecía dudas sobre qué era lo que le preguntaba.
—Álex, tío —respondió mirando para otro lado—. Sabes que no me van tus
misticismos.
—Ya. No te van, pero estás en ello igual que yo.
Javi entrecerró los ojos.
—Eh, lobo. Yo no tengo prisa por saber quién gana. Ya me enteraré. Se está muy
a gusto así. Tú sí eres de los que se tiran un día por la ventana y salen en las noticias.
Yo no.

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Álex alzó mini y mirada y Javi le imitó. Se observaron con una sonrisa esquinada
y chocaron los vasos de plástico.
—Porque el coyote se meriende de una puta vez al correcaminos. ¿Te gusta el
brindis, Álex?
—Me encanta.
Bebieron hasta acabar con el alcohol que quedaba.
—Hostia —exclamó Javi dejando el mini vacío sobre la barra—. Nunca volveré a
hablar mal de los góticos, lo juro. ¿Has visto a esa preciosidad?
—¿Cuál?
Álex se volvió hacia la puerta.
—Ah, sí. De cerca.
Verónica se aproximaba con los grandes ojos brutalmente destacados en pintura
oscura y una sonrisa luminosa color rojo sangre como una cuchillada triangular. El
rostro cándido estaba enmarcado por el torrente de brillantes rizos escarlatas. Llevaba
los brazos enguantados caídos con languidez a los lados del cuerpo. Se apretó contra
él y se enrollaron prolongadamente. Con la mano metida en el bolsillo trasero del
pantalón de la chica, se la presentó a un Javi sorprendido en una sonrisa venenosa.
—Verónica, Javi. Javi, Verónica.
Ella le contempló con interés e ironía por la ropa que llevaba. Javi le repitió el
chiste de la catedral de Notre Dame y Verónica se rió de forma cantarina. Dio una
vuelta y se pegó a Álex por la espalda, ciñéndole la cintura con los brazos de licra e
introduciendo los dedos, de uñas mordisqueadas, bajo la camisa. Le recorrió el pecho,
la tripa, el vientre con las yemas y, antes de seguir bajando, le habló al oído.
—¿Está dentro?
—¿Qué?
—Ya sabes...
—Sí —cercenó la conversación con incomodidad.
—¿Y qué es?
Decidió hacer un experimento.
—¿Tú qué crees?
—Si lo supiera no te lo preguntaría.
—¿No tienes ni idea? —insistió.
—No sé... —pero la mirada le relampagueaba—. ¿Compartimos? ¿Es un zorro?
Suspiró.
—Casi. Coyote.
Verónica se mordisqueó la boca y se dejó marcados los dientes en el pintalabios
rubí.
—Mola...
Mantuvo un rato las uñas rotas jugueteando con la cinturilla, el botón y la

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cremallera del pantalón de Álex, sin entrar en materia, y luego se desprendió de él
con una caricia lenta y cremosa. Mon y Rebeca se habían presentado por su cuenta y
estaban rebuscando dinero para pedir en la barra. Verónica se acercó a aportar su
contribución. Después de hacer un tiempo con ellos, se pusieron a bailar las tres,
primero despacio, con tranquilidad discreta, y poco a poco fueron encendiéndose,
hasta acabar moviéndose de forma llamativamente sensual, muy juntas.
—Eres un pedazo de cabrón —le confesó Javi—. ¿Me dejas al menos a la amiga?
Tampoco está mal...
—Toda tuya. Es un poco coñazo y muy cría. A mí me cansa, pero es buena gente
y tiene pinta de facilona. Con dos chorradas que le digas la tienes encima. Ándate con
ojo, eso sí, que creo que es virgen.
—¿Sí? No lo parece.
El lobo miró en su dirección. Javi estaba observando a Rebeca, la estirada
Rebeca, un metro setenta de estatura y menos de ochenta centímetros de pecho.
Vestía —claro— entera de negro, con unos pantalones anchos de militar llenos de
bolsillos, botazas, un top de cinta de un tejido incómodo que parecía látex y guantes
de brazo del mismo material. El pelo repeinado, como si lo hubiera mojado, le hacía
unos mininos en la nuca y en la frente un rizo art-decó. Se estaba restregando contra
Verónica, frente contra frente, sonrisas húmedas, piernas flexionadas y brazos en alto,
moviendo las caderas al ritmo de la música, mientras Mónica, a su lado, se
balanceaba con la cabeza gacha.
—Hostia, que hablas de la gata. Joder, ¿te gusta? A mí me da un asco que no
puedo ni mirarla.
—Venga ya, está buena. Aunque sea gótica, es una pena. Si vistiera como una
persona normal luciría más.
—¡Pero si parece un tío! Ni tetas tiene. Te lo juro, me produce un desagrado que
no te puedes imaginar.
—¿De quién habláis? —preguntó Mon, acercándose con las chicas para seguir
bebiendo.
—De tu amiguita la camello que os pasa el ácido, Mónica.
—Te he oído, Álex —apostilló Rebeca con cara de pocos amigos.
—Mucho mejor; así no me toca repetirlo.
Verónica se le abrazó, sudorosa y jadeante, riendo. Se besaron y él le mordisqueó
el lóbulo y le susurró al oído:
—Ya habéis calentado a medio local, princesa, yo incluido. ¿Pensáis seguir
bailando en plan bolleras toda la noche?
—Puede que sí, puede que no, Álex —respondió en un murmullo muy divertida
—. Como tú siempre pasas de moverte y te estás apalancado en una banqueta desde
que abren hasta que cierran, tengo que buscarme la vida.

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—Sois unas calientapollas, Verónica.
—¿Y te molesta?
—No. Me pone un huevo.
En ese momento, una pareja que pasaba de los treinta años, altos y de cierta
corpulencia atlética, entraron y se quitaron los abrigos. Se disponían a introducirse
hasta el fondo del local cuando le divisaron, abrazado a Verónica y con Javi y las
niñas. Parecieron un poco confundidos, pero acabaron acercándose. Tanto él como
ella tenían el pelo castaño, largo y rizado, y vestían de negro, pero con elegante
discreción. Se parecían tanto como si fueran perro y dueño, o hermanos.
Álex abandonó los cuchicheos y risitas con Verónica.
—Haller —le saludaba el hombre acercándose—. ¿Qué pasó el lunes que
desconectaste de golpe?
—Pues ya ni me acuerdo, Lucien. Francamente.
Éste guardó silencio. Intercambió una mirada rápida con su acompañante y
terminó sonriendo.
—Ya veo. Me alegra verte, pero creo que nos vamos. Esto está lleno de pibes —
se apartó la melena tras los hombros. Tenía un ligero acento musical y rehilaba de
forma curiosa el sonido de la y griega y la elle—. Me parece que no vamos a volver,
porque lo hace sentirse a uno viejo —le guiñó un ojo cómplice a una de las chicas,
que le miraba.
—Tienes toda la puta razón —convino Álex—. Antes los niñatos se quedaban en
el S***, pero son tantos que no entran y se nos vienen. Dentro de nada habrá que
montar un jardín de infancia con los que acaban de dejar el chupete para abrazar la
oscuridad, y hoy encima no hay quien aguante la música. ¿Me haces un favor,
Lucien? —dijo después de dar un trago al mini—. Acércate a la cabina a pedirle al
pincha que se dedique a la papiroflexia y deje de tocar los cojones; yo paso de
abrirme camino entre góticos, que si los tocas se contagia.
El tipo se rió con ganas.
—Pero qué rompepelotas que sos, Haller.
Se despidió con un gesto, mientras la mujer le sonreía.
—¿Haller? —preguntó Verónica.
—Hostia —dijo de pronto Rebeca, mirándole como si cayera en la cuenta—.
¿Haller? No me digas que eres tú el hijo de puta que... —se calló en seco. Él sonreía
con los dientes apretados.
—Sigue, sigue. ¿El hijo de puta que qué?
—Hará como año y medio, ¿tú no pinchabas en el H***? En el piso de arriba.
—Puede.
—Sí. A ver. ¿Y no estás todo el puto día conectado al canal de música siniestra?
Y también al de clásica, y a uno así como de nueva era, algo raro. ¿Paganismo? No

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recuerdo cómo se llamaba.
Él encendió un cigarro y se cruzó de brazos.
—¿Y tú quién coño eres y por qué me haces whois para ver en dónde hablo?
—K4twoman. Con ka y un cuatro en lugar de la primera a. Hemos hablado varias
veces en el de siniestros.
—No me suenas —dijo Álex—. Y creo que me acordaría de esa gilipollez de
nick.
—¿Y qué significa el tuyo, listo?
—No significa nada. Es de un libro de Hermann Hesse. Yo no te he visto en la
vida, Catwoman con ka y un cuatro. Pero lo que está claro es que el mundo es un
pañuelo —dio una calada larga—. Qué asco.
—No me entero de nada... —suspiró Mónica.
—Álex, pues yo sí que he hablado contigo —insistía Rebeca—. Vamos, no en
persona. Te habré visto en la cabina del H*** pinchando, eso sí. Vaya fama que
tenías...
—¿De qué?
Rebeca se rió. Levantó el dedo corazón de la derecha.
—De hacer esto cada vez que te pedían que pusieras Marilyn Manson. Todavía se
habla de la noche que tuviste los huevos de pinchar clásica y quedarte tan a gusto.
Ésa fue mítica.
Javi, con la carcajada a flor de piel, pidió que le contaran la anécdota completa,
pero el lobo retorció la comisura del labio, liquidando el asunto.
—“Clásica”. Pones el Sacre du Printemps y la gente se cabrea, pero si pinchaba el
O Fortuna todo el mundo dando saltos. Me cago en la puta. Estoy rodeado de
analfabetos.
—Álex, ¿de verdad no recuerdas haber hablado conmigo? —insistió Rebeca—.
K4twoman. Kat.
—Kat... Espera. ¿Tú no estabas con...?
—Con el satánico, sí.
—¡Joder! Satánico. ¿Con las consonantes en mayúscula? Ya lo creo que le
conozco, y en persona. Hostia. ¿Qué hacías con ése, princesa? Ese tío es un gilipollas
integral y un puto drogadicto. Vale, ya sé de dónde sacáis el LSD. Le habré visto una
vez que no estuviera hasta arriba de anfetas, joder.
—Qué coincidencia. Casi la misma proporción que te he visto yo sobrio, Álex —
comentó Rebeca con mala intención, mientras Javi contenía la hilaridad—. Él
también te considera un gilipollas integral, por cierto.
—Pues ya tenemos algo en común. Podría ser el principio de una hermosa
amistad —miró para otro lado mientras tiraba la ceniza—. Ese tío es un cabrón, y se
trae un rollo religioso que no me gusta ni pizca.

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Javi, ante esa afirmación, hizo con mímica exagerada, sin expeler un sonido, el
gesto de señalar a Álex con un dedo y partirse de risa. Él le apartó la mano de un
golpe con una mueca sardónica.
—¿Queréis hablar para todo el mundo? —interrumpió Verónica perdiendo la
paciencia, mientras Mon asentía con cara de aburrimiento.
—Que resulta que conocía ya a Álex del IRC —explicó Rebeca—. Y éste conoce
a Tiago. Creía que sabías que lo de satánico era su nick, Vero.
—En el DNI pondrá Santiago —puntualizó Álex con una sonrisa despectiva—.
Es de los que se quitan el san para parecer más satánicos. Gilipollas.
—Creí que era satánico de verdad y por eso le llamabas así. ¿Qué es eso de nick?
—preguntó Vero.
—Es satánico de verdad —replicó Rebeca.
—¿No tienes internet? —le preguntó Javi a Verónica sonriendo—. Un nick es un
pseudónimo. Se conocen del chat; es un programa para hablar por el ordenador. Álex,
mi nick es AcMe con a y eme en mayúscula. Méteme en tu lista y yo te meto en la
mía.
—Es un alias, Verónica, nada más —explicó Álex—. Yo también lo uso para
pinchar, y para cualquier cosa en que no me guste que circulen mi nombre y
apellidos. Es una chorrada, pero mucha gente me conoce por el nick, como has
podido comprobar —apagó el cigarro—. Me aburre hablar del IRC. ¿Qué tal si nos
vamos a follar, Verónica? Me parece que ya me has calentado bastante por hoy.
Ella se apretó contra él y le murmuró algo al oído.
—¡No jodas! Vaya mierda. Pues nada...
—Podemos hacer otra cosa, Álex —susurró de forma provocativa.
—Sí, claro. Tienes razón —adoptó una expresión meditabunda como si realmente
se lo estuviera pensando—. Pero verás, es que no tengo Monopoly en casa.
—¿Tú eres imbécil? Me refería...
—Que no, Verónica —la interrumpió—. Pasando. Para una mamadita paso de que
subas. Qué puta pereza.
—¿O sea que yo tengo la regla y ya no me dejas entrar? ¿Qué pasa, que o
follamos o no puedo pasar?
—Normas de la casa —se burló él—. ¡Joder! —añadió al verle la cara—. Me
llevas calentando sin parar desde que has entrado y ahora me sales con éstas. ¿Qué
querías que te dijera? ¿Que me sacara unas puñetas de encaje a lo Lestat el Vampiro y
te susurrara: “Sangre menstrual... Eso me pone, querida”? Sé seria. Yo ahora me
parece que voy a comprar tabaco. La puta máquina sigue rota, ¿no?
—Ésta me la pagas, Álex —murmuró con resentimiento la chica.
—No te pongas trágica —le dio un beso, pero fue como enrollarse con una
estatua—. El próximo viernes ya hablamos, ¿eh?

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—Tú sabrás.
—Javi, ¿te vienes a por tabaco?
—Claro —se acercó a él—. ¿Tú sabes lo que haces, lobo? —le dijo en voz baja
según se alejaban—. Has dejado colgada a una tía porque tiene la regla, ¿estás
imbécil? Ésa no te la va a perdonar.
—Me tienen un poco hasta los huevos, ella y sus amiguitas psicóticas. Si no voy a
follar hoy, paso de dar biberones y cambiar pañales. No sé si me sigues...
—Te sigo perfectamente, pero te apuesto el cuello a que si vuelves en una hora te
la encuentras enrollándose con cualquier capullo. Con cualquiera que no seas tú, me
refiero.
—Claro. Porque yo también soy un capullo.
—Tú lo has dicho, no yo.
—Pues mira, si se tira a otro es su problema, no el mío. Yo no le pido fidelidad, le
pido sexo regular. Igual a la que se acaba follando es a su amiguita la anoréxica, que
ya me las he encontrado en un par de ocasiones pasándose el humo de los porros boca
a boca con mucho interés...
—Vamos, que lo que quieres es quitártela de encima.
—Tampoco es eso. La verdad es que me gusta bastante. Sólo necesita unas horas
más en el horno, que está muy cruda todavía y no hay quien la soporte mucho rato
seguido.
—Coño, pues si te gusta, entra ahí ahora mismo, pídele perdón y llévatela a casa.
Y de paso trabájame a la gata y nos vamos los cuatro. ¿Tienes dos habitaciones? Que
a mí todos juntos me da la risa, chico.
—Paso. Si se cabrea ya tiene dos trabajos. Pues no hay tías en el mundo...
—Ya. ¿Y que se muevan por tu ambiente y todavía no te conozcan lo suficiente
como para querer saber algo de ti?
—Touché. Cabrón. En eso tienes toda la razón.
—¿Nos volvemos, Álex?
Se quedó pensativo.
—No, no.
—Pues —meditaba Javi caminando— no ha estado tan mal el antro de mierda
siniestro ese... Divertido. Demasiados góticos dentro, eso sí. Mira, igual te jodes y me
aguantas también el viernes que viene.
—Ya. Te vienes a verme sólo a mí.
—Claro. Ya sabes cuánto te quiero.
—¿Y la gata no tiene nada que ver, cabrón? Ya sabes: morena, ojos azules,
cuarenta y cinco kilos de peso tirando para lo alto...
—Nada. Mis intenciones son puramente amistosas, lobito. Ya me conoces.
¿Quedamos entonces el próximo viernes?

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—Yo no quedo, Javi. No hago planes. Yo aparezco. Igual lo hago o no.
—Vale. Pues aparece mágicamente el próximo viernes sobre las ocho.
Echaron a andar. En la primera tienda de comestibles no les quedaba tabaco de la
marca que fumaba, así que siguieron caminando. Javi hablaba del pasado.
—Tío, cuando te fuiste en las navidades de segundo a Inglaterra —iba
comentando mientras gesticulaba emocionado—. Hostia, eso fue espectacular,
¿sabes?
Álex suspiró de forma avejentada y matrera. Sonrió con resignación.
—No dejarás que lo olvide nunca, ¿eh? Era un crío. Me molaba ese rollo y decidí
hacerme un personaje. Punto.
—Y bien que te mola todavía, mamón. A mí no me engañas. A ver, yo estaba en
EGB, creo que en séptimo... —se esforzaba en recordar—, sí, tenías que estar en
segundo de BUP. Vaya cambio radical, ¿eh? ¿Qué coño te pasó en Londres para que
volvieras armado hasta los dientes de parafernalia siniestra? De la noche a la mañana
pasaste de ir por la vida con el rollo de víctima con la nariz metida entre los libros a
ser el puto amo, vestido de negro de la cabeza a los pies y hostiándote con el primero
que te tosiera. Te lo curraste bien. Tenías a medio instituto acojonado. Y al otro
medio, partiéndose la polla de ti.
—Hice mucho el gilipollas, sí —admitió con la vista en el suelo, entretenido en
darle pataditas a una chapa—. Pero no cambiaría ni una coma de nada de lo que pasó
—señaló una tienda de frutos secos—. Mira, ahí hay unos chinos. Tira para dentro.
—A ver, mi pregunta es por qué no compras en el estanco, joder. Hola, hola —
saludó a la mujer coreana que estaba tras el mostrador—. Así te dejas una pasta a lo
tonto...
—Dame un West —pagó contando moneditas y salieron—. Compro en estanco, y
por cartones. Pero siempre se me acaba cuando ya están cerrados...
—Hemos acabado fumando todos como cabrones por tu culpa... Yo empecé ¡en
octavo! Tío, debería denunciarte. Cuando tenga cáncer lo haré... —puso una mueca
—. ¿Sabes que mi madre te tenía pánico, Álex? Qué gracioso era eso. Intentaba por
todos los medios alejarnos de ti. Claro, conseguía justo lo contrario... —se detuvo en
la mitad de la calle y le señaló con la cabeza la que habían dejado atrás—. ¿Qué, nos
volvemos con tu Verónica?
—Paso.
—Sólo son las doce. ¿Quieres venirte a casa? Ponemos la play o una peli.
—Te emancipaste. Increíble. ¿Vives muy lejos?
—No mucho.
—Lo digo porque yo vivo aquí al lado.
—Coño, pues vámonos a tu casa, tío.
—Si quieres ponerte una película, no. No tengo ni tele ni vídeo. Habría que verla

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en el ordenador, y tampoco tengo muchas pirateadas.
—Qué pereza. Vamos a la mía. ¿Tienes billete de metro? Sólo son cuatro paradas,
dando una vuelta absurda.
—Andando mejor —respondió—. Qué viernes más tonto, joder. No estoy ni
borracho.
—Todavía tienes tiempo, lobo. Si quieres nos la agarramos enorme en casa —le
dio al cigarro una calada fuerte y echó el humo resoplando—. ¿Sabes, Álex? Vosotros
siempre os habéis traído un rollito muy raro. Digo Fran y tú. Mi hermano tiene un
problema importante contigo. Yo siempre se lo decía: “Fran, ¿no te cansas de ser su
perro?”, pero él nada, como quien oye llover... Le vino de puta madre que
desaparecieras. Cuando erais uña y carne él estaba como loco, loco peligroso y
alcohólico terminal. Peor que tú, y mira que es difícil. Era como si te emulara en
todo, como si tuviera que hacerlo todo más y mejor que tú para recibir tu aprobación.
Fíjate cómo será que creo que se tira a Paula sólo porque tú lo hiciste antes...
—Es lo que tienen los perros asilvestrados; no han sido salvajes siempre, así que
tienen que demostrarlo. Tu hermano consideraba que la libertad era volcar
contenedores y acertar en las farolas con las litronas —subió la pierna al capó de un
coche y se ciñó las trabillas sueltas de las botas—. Le echan la culpa al lobo de los
destrozos del ganado, pero el cimarrón es mucho más dañino. El perro conoce al
hombre excesivamente bien; le ha amado y temido demasiado como para seguirlo
haciendo una vez que se ha librado de la cadena. Comparados con una buena manada
de lobos, jerárquica, alimentada y contenta, los dingos están como putas cabras.
Javi aguardaba pacientemente mientras se miraba las uñas. Dio una calada y
bostezó de forma exagerada.
—¿Has acabado de evangelizarme? ¿Sí? Menos mal —se estiró hasta que le
crujieron los nudillos y los codos—. Lobo, que a mí no me pone el rollito espiritual,
no te canses... Me refería a que a ver cuándo crecéis, os montáis un puto trío y nos
dejáis en paz a los demás de una vez.
Álex escupió una risa entrecortada y le mostró los colmillos.
—Qué cabrón eres, Javi.
Pasaron las calles de las putas y, antes de llegar a Silva, tuvieron que sortear los
campamentos de mendigos de la plaza.
—Teníamos que haber ido por Gran Vía. ¿No te pone enfermo esto?
—La verdad es que no —respondió Álex con sinceridad—. Es probable que sean
más felices que tú y que yo. Llevan vidas más libres y más simples.
—La mierda y el frío vienen incluidos en el pack, ¿eh? Cualquiera es más feliz
que tú seguro, lobito, pero es que tú eres maniaco depresivo. Y de los clínicos.
Un viejo se levantó de golpe de sus mantas y bolsas y empezó a bramar según
pasaban:

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—¡El fin está próximo!
—Otro puto chiflado —gruñó Javi—. ¿Qué pasa contigo, lobo, que los atraes?
El vagabundo se acercó a ellos.
—Mierda. Disimula. No le mires a los ojos.
El mendigo se lanzó contra Javi y le preguntó con desesperación:
—¿Estáis dentro?
—¿Qué, hay una conspiración alienígena?
—¿Alienígena? —repitió muy sorprendido el viejo.
—Ande, amigo, váyase a dormir la mona.
—Dormir... No puedo. Ya va quedando menos gente que no lleve dentro a otro.
Javi se rió grotescamente.
—Hooostia... este hombre está fatal.
El indigente se le acercó más, hasta ponerle su molesta presencia frente a la cara.
—¿Eres de los nuestros?
—Joder, déjeme, que yo no me he metido con usted —dijo apartándole de malos
modos. El viejo se separó, trastabilló y se dirigió al otro.
—¿Estás en ello?
Álex no se quitó. Le aguantó el aliento rancio a sarro, sudor y vino barato.
Respondió simplemente:
—Sí.
El hombre sacudió la cabeza y entornó los ojos.
—¿Qué llevas dentro? —le preguntó—. ¿Eres caballo de otro?
Mostró los colmillos.
—¿Y tú?
El viejo retrocedió.
—¿Yo? ¡Yo sólo soy una rata miserable, caballero! ¡Una rata! ¡Nada más que una
rata!
Él dio un paso al frente con la sonrisa llena de dientes inmensos y el mendigo se
asustó. Tropezó y casi se cayó al suelo. Álex le levantó cogiéndole por el brazo.
—Tranquilo. El lobo no caza ratones.
El anciano temblaba. Parecía a punto de echar a correr. Álex le hizo un gesto
apaciguador, se buscó la cartera y contó el dinero que tenía. Las monedas eran todas
de menos de veinticinco, así que, con una mueca dolorosa, le dio un billete de mil
muy sobado.
—¿Tú estás imbécil? —le susurraba Javi.
Álex no le prestó atención alguna. Miró al viejo a los ojos.
—Échale huevos —le dijo—. Que nada dura eternamente.
—Gracias, caballero, gracias...
En cuanto el vagabundo se alejó, Javi comenzó a gritar.

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—¡Álex! ¡Pero si no tienes ni un puto duro! No me jodas. Es que eres la hostia.
Yo no te entiendo, tío. Estás para encerrarte. ¿Por qué coño tienes que pararte a hablar
con mendigos? ¿Sabes lo que te pasa? Que vas a acabar como ellos. Dentro de unos
años, te encontraré revolviendo en la basura y hablando solo. ¡Joder! ¡Joder!
Álex siguió andando, con su compañero vociferándole mientras bajaban por toda
la calle de la Luna. No le respondió. Se detuvo a mirar los escaparates de las tiendas
de tebeos: las cartas de Magic, los libros de rol, las figuras de resina, los muñecos de
Star Wars, las portadas de cómics.
—Javi, tío. Tranquilízate —acabó por decir perdiendo la paciencia—. Sólo son
gente. Una vez le ayudé a una a llevar unas bolsas. No se me olvidará nunca lo que
me dijo. Me contó que había estudiado Historia del Arte. Que trabajó en el Museo del
Prado. De entrada, me creí que estaba loca; y lo estaba, claro, pero no mentía.
Cuando le dejé las cosas donde quería, me dijo: “No tengo dinero para pagarte, pero
te voy a dar algo a cambio. ¿Sabes cómo se llaman los leones de la estatua de la
Cibeles?”. Yo le contesté que no, que no lo sabía. Y ella me dijo: “Atalanta e
Hipomenes”. No lo olvidaré jamás. Es uno de los mejores pagos que he recibido
nunca por un trabajo.
—La leche. Álex, de verdad. Tú no estás bien.
—Deja de repetirlo, Javi. ¿Vamos a irnos a tu casa o piensas seguir echando
espuma por la boca porque le haya dado mil pelas a un mendigo?
Javi refunfuñó un rato más pero acabó rindiéndose.
—Vámonos. Es aquí mismo. A Paula le viene cojonudo porque curra ahí al lado,
pero yo tengo una tirada hasta la facultad de siete pares...
Se detuvo en seco.
—Eh. Espera. ¿Vives con ellos?
—A ver, ¿tú crees que yo tengo cara de poderme pagar un alquiler solito?
—No. Ni en broma. Ya me parecía a mí...
—Lo que pasó es que se me hincharon las pelotas de no tener independencia, así
que decidí quitársela a ellos. Colaboro con los gastos, aunque trabajo poco y estudio
menos; es decir, que no hago ninguna de las dos cosas. Me tocará acabar pidiéndole
curro a Jaime.
—Su puta madre. ¿Qué pasa, que tenéis al chacal de empresa de trabajo
temporal? Seguro que tiene al anormal de tu hermano explotado y le paga una
mierda.
—Venga, hombre. Sólo hay que saber tratarle. A mí Jaime me hace gracia,
francamente. Y él a ti te adoraba.
—Eso era lo que me tocaba los cojones, su actitud relamida de sumisión.
—No te molan los carroñeros, ¿eh? —soltó Javi doblando la sonrisa.
Álex le miró con desagrado.

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—No te confundas —le cortó—. Mira, Jaime es un gilipollas y uno de los tíos
más despreciables que me he echado a la cara en la vida. Pero no lo es por el animal
—precisó—: lo es por la persona. Un chacal no tiene nada que envidiar a un coyote,
Javi. No hay bichos nobles e innobles. Eso son parámetros humanos. Los animales no
son ni buenos ni malos. Sólo son.
—Qué plasta te pones. Qué más dará, si no le ves desde hace la tira. Anda, vamos
para casa y subes a saludar.
Lanzó la colilla a la acera y bajó los ojos.
—No me parece buena idea, Javi.
—Venga, coño. Que habrán pasado ya más de cinco años. Erais unos mocosos.
Súbete y saqueamos la nevera, ponemos una peli y hacemos palomitas. Además,
seguro que están sobando. Son todo diversión, sabes.
Álex levantó la vista del suelo.
—Qué coño. Venga.
Se dieron el paseo hasta el portal a buen ritmo, hablando poco. Álex estaba por
dentro más nervioso que si tuviera quince años, pero lo recubría de un barniz de
indiferencia. Estuvo a punto de darse la vuelta en tres ocasiones. Cuando Javi se sacó
el manojo de llaves, él hundió los hombros y entró en el portal arrastrando los pies.
Subió los escalones y se introdujo en el ascensor antiguo de hierros. Javi apretó el
tercero y los acompañó en la subida el chirrido de la máquina. Salieron y llamó a la
puerta, primero con los nudillos, y luego al timbre. Se abrió el ojo de la mirilla. Javi
se puso enfrente y sacó la lengua, estirándose los labios con los dedos.
—¡Paula! Estoy aquí con un amigo.
La voz de la chica se escuchó pegajosamente adormilada.
—Javi, joder, ¿otra vez te has dejado las llaves? —abrió un resquicio con aspecto
soñoliento, rascándose el pelo revuelto. Cuando subió la vista puso la misma
expresión que si le hubieran pisado el estómago—. ¿Álex?
—El que viste y calza.
—¿Qué coño...? —le miró horrorizada, como si en lugar de a un viejo conocido
se hubiese encontrado una cucaracha gigante en el descansillo—. Espera que voy a
ponerme algo.
Les dio la espalda y salió andando deprisa hacia el cuarto. Estaba en tanga negro
de encaje, camiseta interior rosa de gatitos y descalza. La vio por la rendija que había
dejado abierta y la imagen le golpeó brutalmente y le hizo tragar saliva. Recordaba
hasta su olor. El tacto de su cabello castaño y liso exageradamente largo, los nudos y
enredos que se le hacían solos después de echar un polvo y cómo se sentaba desnuda
de piernas cruzadas y, maldiciendo, se peinaba con los dedos las marañas.
—Oh, por mí no te preocupes —dijo él empujando la puerta hasta abrirla de par
en par—. Salvo un par de kilos más y esa camiseta de gatitos en particular, no tienes

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nada que no haya visto.
Paula se detuvo en seco. Levantó los talones rosados y se volvió como un aspa.
Sin pudor alguno y sin cubrirse, cruzó los brazos. Ladeó la cabeza enseñando el
mentón y estrechó los ojos al subir los pómulos llenos de odio.
—Una más, Álex. Una sola, y te vas de mi casa. Conmigo ese juego no vale.
Se introdujo en el cuarto, se embutió unos vaqueros y volvió a salir,
abrochándoselos.
—¿Álex? —Fran apareció detrás de ella, completamente dormido, en pantalón de
pijama y sin camiseta—. ¿Qué haces aquí?
—Ya ves. Tu hermano, que me encontró en la calle durmiendo entre los cartones
y le di lástima —con una mueca, le tendió la mano—. Fíjate que no creía yo que te
iba a volver a ver tan pronto. ¿Qué coño hacíais sobando? Es viernes. No es ni la una.
—¡Eso! —exclamó Javi—. Vamos a poner una película. ¿Qué os apetece? ¿Un
clásico? ¿Garganta profunda o La noche de los zombies calientes?
—Javi —le llamó Paula con la voz tan gélida que se escuchaba el crujido de pisar
escarcha con botas a cada palabra—. Ven a la cocina conmigo.
—Podrías al menos fingir que vas a hacer café y que quieres que te ayude —
comentó Álex con una media sonrisa, quitándose el abrigo y dejándose caer en el
sillón—; porque así es de lo más descarado, princesa.
—Tú y yo no necesitamos convencionalismos, Álex. Y no me llames así.
Fran se sentó a su lado. El lobo hizo el gesto de la araña con los dedos,
enfrentando las yemas de las manos.
—Bien —dijo.
—Bien —repitió Fran.
Se quedaron callados. Álex escuchó, mitigado, un gemido llorón y como el ruido
de rascar madera. Enarcó las cejas y se concentró en el sonido. En la cocina, Javi y
Paula perdían los papeles y empezaban a hablar demasiado alto.
—Lo has hecho sólo por joderme, ¿verdad? —casi gritaba Paula.
—Pues sí. Estoy hasta los huevos de que trates a mi hermano a patadas, Paula.
Llevas una semana inaguantable. Como si no te diera la talla. Como si necesitaras
otra cosa. Como si te arrepintieras. ¿Quieres al lobo feroz para que te devore como a
Caperucita y te haga sentirte desgraciada? Lo tienes en el salón. ¡Si es que las tías
sois la polla, joder! No hay quien os entienda. Tenéis a un buen tío y os vais
babeando tras el mayor hijo de puta que os podéis echar a la cara. ¡Que lleváis juntos
siete años, hostia!
Fran se apretaba el entrecejo con los dedos. Miraba hacia el ventanal de la terraza
cubierta. El gimoteo suave se había convertido en un silbido ahogado. Álex seguía
oyendo rascar, pero ahora más fuerte y más rápido.
La puerta de la cocina se abrió de sopetón y salió un mil razas de tamaño

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mediano, color chocolate y gris, con algo de pastor alemán y de husky —tenía un ojo
de cada color—, cola retorcida y patas flacuchas. Las orejas eran demasiado largas y
se le caían las puntas como a un cachorro.
Álex abrió mucho los ojos.
—Hostia, chucho. No esperaba encontrarme uno... —enseguida se le mezcló la
sorpresa con la burla socarrona—. Bueno, sí. Pero no a cuatro patas.
—¡Bowie! —exclamó Paula yendo hacia allá—. Para dentro. ¡A dormir!
Álex se había echado cómodamente hacia atrás en el sillón, había encendido un
cigarro y contemplaba a su ex con una curva de superioridad en los labios. El perro
estaba sentado frente a él, lloriqueaba y le daba con la pata, exigiendo atención del
desconocido. La chica se acercó a cogerlo. Álex y ella se miraron, por primera vez
desde que entró, directamente a los ojos. A él le vino un ramalazo de excitación, pero
estaba demasiado cínico como para prestarle al deseo sexual toda la atención que
merecía. Paula clavó la vista un segundo en el colmillo de su cuello. Apretó los labios
y pareció justificarse.
—Me gustan los perros —acabó por decir con altivez, como desafiándole a que se
lo criticara.
Él sonrió, frunciendo la boca hasta mostrar las fauces.
—No tienes que jurarlo —replicó con desprecio, y le dio unas palmadas en la
cabeza al animal con brusquedad, más golpeándole el cráneo con la mano que
acariciándolo—. Chucho. Eh, perro. Bicho asqueroso. Así, agacha las orejas. Ven
aquí, ven a lamer la mano que te da de comer. Eh, perro. Así, bicho. Al suelo, perro.
Sienta. Pata. Pata, puto perro.
—¡Álex! —le gritó Paula—. Ya vale, ¿no? Bowie, ven aquí.
—Como si me entendiera. Pareces boba. Se lo digo con voz cariñosa y me mueve
el rabo. ¿Verdad que sí, estúpido bicho? Ya sabes que detesto a los perros, Paula.
—Pues no lo toques, imbécil. Aquí, Bowie. A mí siempre me han gustado —
declaró mientras se sentaba en el suelo sobre los tobillos y apretaba contra su pecho
en un abrazo la cabezota del perro.
—Lo sé. Nunca lo he entendido. Debe de ser cosa de hembra.
—¿Qué?
—Sí, ya sabes. Instinto maternal. Cuidar a un chucho o a un ser humano. Por eso
hay historias de lobas capitolinas y licántropos a lo Mowgli. El lobo ve al débil y le
parte el pescuezo. La loba puede darle la teta. Incluso al hombre... y al perro.
—Álex, vale ya —intervino Fran como una suave advertencia.
Javi entró trayendo unas bolsas de patatas y cervezas. Las dejó sobre la mesa.
—¿Otra vez? Joder. Si la manada se pone mística me enchufo la play. Paso de
vosotros. Salid a aullarle a la luna en la ventana —encendió la televisión y empezó a
cambiar de canal a toda velocidad, como si estuviera jugando a la videoconsola con el

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mando. Estaban ya los comerciales del teletienda, películas en blanco y negro de La 2
y un documental repetido en la autonómica. Puso la porno del Plus—. Dejo esto, a
ver si os animáis.
—Mientras no te la saques y te la menees... —rezongó Álex.
—Eso te encantaría, ¿eh, mariquita?
—Evidentemente. Por eso precisamente no me des el gusto.
Se quedaron los cuatro mirando idiotizados las imágenes de rubias teñidas,
tetudas, con las uñas pintadas de rojo. Álex fue el primero que apartó la vista. Se giró
y contempló a Paula un buen rato sin que se diera cuenta.
—Te lo has vuelto a dejar largo —dijo al cabo.
Llevaba la melena igual que cuando iba al instituto, incluso le pareció que le
medía unos dedos más. La chica se lo recogió con fastidio y lo trenzó un poco,
formando una pesada coleta castaña.
—Es un coñazo. Lo odio. Pero a Fran le gusta así.
El otro sonrió, la cogió por la muñeca y se la sentó encima de las piernas.
—Ven aquí...
Se dieron un beso lento, mientras el lobo mantenía su expresión hermética y Javi
vigilaba sus movimientos con la sonrisa de coyote estampada en la cara. Cuando los
tocamientos se extendieron durante demasiados segundos, Álex decidió intervenir.
—Fran, no hace falta que marques más tu territorio. Créeme, Paula ya apesta a ti.
Sólo te falta mearla.
—Álex, eres repugnante —replicó Paula, pero se separó de su pareja.
Él sonrió de forma apretada.
—Si he de ser sincero, a mí también me gustaba tu pelo, princesa —comentó
recogiendo el pitillo del cenicero—. Me temo que más que a Fran. Siempre pensé que
te lo cortaste sólo por hacerme daño.
—¡Típico! —exclamó ella elevando los ojos—. El mundo entero gira alrededor
de Alejandro Martínez y existe tan sólo para chupársela. Entérate: me lo corté para
hacerme daño a mí misma. No eres tan importante, ¿sabes?
—Claro que lo sé.
Pero sus ojos se encontraron con una violencia erótica intensísima. La chica
titubeó. Miró hacia otro lado.
—Yo quería pareja, cubil y cachorros —murmuró—. Y tú no me ofrecías eso.
—No tienes que darme ninguna explicación.
—No voy a hacerlo. Sólo quería que supieras exactamente qué fue lo que te
perdiste.
—Paula —dudó él. Se pasó la mano por el pelo—. No deberías pensar en tener
hijos. Va contra...
—¿Contra la causa? ¡Joder! Fran tiene razón. No has cambiado nada. Nada. ¿No

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te das cuenta de que es hasta anacrónico que sigas pensando así con veintiséis años?
¡Crece de una puta vez, Álex!
Él suspiró.
—Sí que te ha domesticado la vida, Paula.
Ella entrecerró los ojos. Le señaló la puerta.
—Fuera de mi casa, Álex.
Javi se había levantado y hacía bulto junto a ella. Fran trató de intervenir.
—Paula, no seas así, mujer. Tampoco te ha dicho nada. Como si no le
conocieras...
La chica abrió el pestillo. Se situó al lado. Él se levantó. Se puso el abrigo de
cuero. Le sonrió detrás del cigarro.
—Siempre tenemos que acabar así, ¿eh, princesa? Tú te organizas tu vida, te
pones tu collar y te dejas atar a la caseta, y llego yo para morder el acero a
dentelladas y pelearme con el mastín de la carlanca. Y en lugar de agradecérmelo, te
cabreas.
—Te he dicho que te marches, Álex.
—La verdad duele, ¿eh?
—Quiero que te vayas. Ahora.
—Has metido tú solita la pata en el cepo —Álex se quitó el pitillo de la boca y se
acercó a ella. Paula se puso rígida, pero no se apartó. Él le dio un largo beso en la
mejilla—. Espero que seas feliz.
Se sintió vagamente satisfecho al separarse de la chica y comprobar que tenía los
ojos brillantes, acristalados, y la voz se le rompía al hablar.
—Vete.
Él inclinó la cabeza.
—Cuídate. Ya sabes dónde encontrarme.
Cerró la puerta tras de sí.

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IX

—Mónica. ¿Todo arreglado con tu abuela?


La chica bajó el peldaño del umbral de un saltito y les regaló una gran sonrisa.
—Todo bajo control. Ella sabe que los exámenes empiezan la semana que viene,
así que le parece de lo más aplicado que me vaya a casa de Verónica hoy también,
como ella tiene enciclopedia y ordenador —enseñó los dientes—. Estúpida.
—Perfecto. Mi madre está de fin de semana con su rollete. Mónica va a estudiar a
casa de Vero. ¿Verónica?
—Mis padres saben que en casa no estudio nada —respondió con una expresión
angelical—. Y como no tengo ordenador más que en la fantasía de la abuela de Mon,
¿qué cosa más normal que el que me vaya a empollar con mi amiga Rebeca?
—Por supuesto. Y las tres sabemos qué toca esta noche, ¿no es cierto?
—¡AQUELARRE! —gritaron entre carcajadas. Se cogieron de las manos y
dieron una vuelta, para acabar dobladas de risa.
—Vamos a catear todas, ¿eh? —declaró Vero desternillada.
—Verónica, que te jodan —Rebeca le dio un codazo—. A ti en la vida te ha
quedado ninguna.
—Alguna vez tiene que ser la primera.
—¿Seguro que no quieres salir, Vero? —preguntó Mon—. Lo digo por Álex...
La chica levantó el labio.
—Que le den por culo. Imbécil. ¿Después de la de ayer? Ése no vuelve a follar
conmigo ni en sueños. No, quiero que estemos las tres juntas. Noche sólo de chicas:
pizza, película, palomitas, espiritismo... Lo normal.
Las tres reventaron en carcajadas.
—Primero nos vamos de compras —informó Rebeca—. Esta noche va a ser muy
especial... Hace meses que le tengo echado el ojo a una cosa.
Mónica se quitó el jersey verde pistacho y lo guardó en la mochila. Fueron
caminando muy animadas. Rebeca se metió en un supermercado y salió con dos
bolsas con cocacola y brics de vino tinto.
—Primera compra, hecha. ¿Tabaco tenéis?
—Medio paquete. De sobra.
—Pues vamos antes de que nos cierren la tienda.
—¿Qué tienda, Rebeca?
—Ahora lo verás.
Salieron en el metro de Callao y bajaron una paralela a Gran Vía. Al pasar por
delante de un local de strip-tease, un viejo las piropeó con un “Quién se ha muerto en
el cielo para que los ángeles vayan de luto” y le pidió precio a Verónica.

[Link] - Página 139


—No podrías permitírtelo —respondió ella con una risa profunda, afilando los
ojos verdosos.
Cruzaron la calle y se detuvieron en el chaflán, frente a un escaparate bastante
grande, de dos piezas, partido por la puerta.
—Ésta es la tienda —declaró Rebeca apoyando las bolsas en el suelo.
—Hostia... —dijo Mon.
—Ah, sí. Ya estuvimos aquí hace un mes. Eh, todavía la tienen...
Estuvieron unos minutos contemplando lo que se exhibía: figuras de cerámica de
duendes, de hadas y dragones; velas de todas las formas y colores; libros de
autoayuda, de magia, de budismo, de sexo tántrico, de dieta vegetariana, piedras,
barajas de tarot, incensarios, pendientes con talismanes y pulseras de plata, bolas de
cristal y discos de música con portadas coloridas del Taj Mahal.
—Mira esa tabla de ahí —le indicó Rebeca a Mon—. La que está colgada encima
del Necronomicón.
Era una ouija bastante grande, de madera, con el color de un pergamino viejo.
Tenía las letras negras de tipo inglés antiguo y enrevesado. En las esquinas se
enlazaban mujeres con alas de murciélago.
—Es una pasada, Beca. Tiene que costar una pasta.
—No lo sé, pero voy a averiguarlo —empujó la puerta y tintineó el móvil de
barras metálicas que estaba colgado del dintel—. Vamos.
Una mujer joven les sonrió ampliamente detrás del mostrador.
—Hola, buenas tardes. Dejen por favor las bolsas acá...
Descargaron los trastos y empezaron a pasear y a revolver.
—Ni que nos fuéramos a llevar nada —musitó Verónica—. Joder. Qué borde la
tía.
—No toquen las velas, por favor... —se escuchó la voz cantarina desde el otro
lado.
Mónica soltó en el acto la pirámide violeta de cera que había cogido.
Dos cuarentonas se cruzaron en el lado de los libros y se las quedaron mirando.
Recorrieron especialmente a Verónica de arriba abajo, fijándose en la ropa de encajes,
el maquillaje negro y rojo y la joyería barroca. Cuando se giraron, la chica les sacó la
lengua.
—¿Se llevan el tarot del unicornio? —les preguntó la dependienta a las mujeres
cuando pusieron la compra sobre la mesa de vidrio, a través de la cual se
transparentaba todo un surtido de gemas—. ¿Quieren un manual para la lectura? Sí,
viene con instrucciones. Pero comprendan que son muy limitadas. Es un folleto
donde dice cuatro tiradas nomás. Miren: el tarot funciona siempre. Es como una
computadora, pero cuanta más información tenga el vidente, más podrá ver. Acá igual
damos cursos de lectura de cartas y de crecimiento personal, si quieren quedarse la

[Link] - Página 140


tarjeta. Sí, los martes, jueves y viernes después del cierre. No, yo personalmente
prefiero el tarot de Marsella. Es el tradicional... las visiones siempre resultan más
claras con las cartas egipcias. Aunque el del unicornio es tan lindo que... Se nos agotó
el tarot de las hadas, pero si quieren volver la semana que viene... Sí, cómo no.
¿Buscamos entonces un libro para empezar?
—¿No os suena de algo? —dijo Mónica, contemplando a la vendedora por el
rabillo del ojo e intentando localizar el rostro plácido, sin maquillaje, rodeado por una
melena castaña y rizada hasta la mitad de la espalda. La mujer salió de detrás del
mostrador y se acercó a la repisa de los libros. Llevaba puesto un sencillo vestido
negro, largo, con espejuelos y bordados en las orillas, y un brazalete céltico de plata
en el brazo izquierdo—. Yo la he visto en otra parte.
—... Este es muy sencillo pero completo: Tarot para principiantes. Y el fascículo
trae una baraja. Sólo lleva los Arcanos Mayores. Sí, sin los palos. Claro, la lectura va
a ser simple. No, no recomiendo aquél. Ése, sí. Ése a mí me gusta mucho. ¿El de
principiantes? Pasen por acá...
—Oye —la interpeló Rebeca.
—Decime, linda —respondió volviéndose.
—¿Cuánto cuesta la tabla de ouija del escaparate? —preguntó a bocajarro.
Las dos señoras menearon la cabeza. Cuchichearon entre ellas: “Pero si es una
niña”, “Deberían prohibirles jugar con estas cosas”, “Luego saldrán en las noticias”,
pero la dependienta sonrió serenamente.
—Son siete mil novecientas noventa pesetas.
La chica sopesó el precio y acabó asintiendo.
—Me la coges cuando puedas.
A la vendedora le pasó una sonrisa fugaz por la boca.
—Te la traigo cuando pueda. Sí... Gracias por su compra, señoras. Tomen el
vuelto y el recibo. Si tienen dudas vengan a las clases... Chau.
—Déjamela ahí que voy a comprar velas también —dijo Rebeca.
—Sí, cómo no —respondió mientras hacía equilibrios para bajarle la tabla—.
Pero apúrense, que ya cerramos.
Entonces se abrió la puerta blanca del fondo y salió de la trastienda un hombre
pulcro, en traje negro con camisa del mismo color. Se echó tras los hombros una larga
y sedosa melena castaña de rizos.
—Ángeles —llamó—, vení a ayudarme un momento, por favor.
Él enarcó las cejas cuando vio a las chicas, reconociéndolas. Mónica se quedó de
piedra.
—Hostia. El de ayer —soltó asombrada—. Ya decía yo que me sonaba la otra.
—Qué casualidad —dijo Vero metiéndose las manos en los bolsillos de la faldita.
Lucien sonrió suavemente.

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—Llámenlo serendipia. Las casualidades no existen —se acercó a darles dos
besos—. Soy Lázaro. Haller no consideró oportuno presentarme a sus amigas.
—Me llamo Verónica.
—Sos la novia de Alejandro, ¿no? Un gusto.
—¿Su novia? ¿De Álex? Ya le gustaría —respondió con agresividad.
Él se rió con ganas.
—Ah, Haller ya volvió a hacer de las suyas... ¿Y vos sos...? —le preguntó a Mon,
taladrándola con la mirada como si pudiera verla al trasluz.
—Mónica.
—Mónica —él la contempló intensamente y se inclinó para besarla. La miró a los
ojos antes de estamparle el segundo en la mejilla izquierda. Olía penetrantemente a
incienso, a mirra, a cera de velas, igual que toda la tienda. Mónica se sintió cohibida;
le imponía aquel hombre con su voz grave, seseante y musical, al tiempo que le
gustaba. Se sentía atraída por sus ojos. Le parecían magnéticos, aunque no tuviesen
ningún particular, pues eran de un castaño oscuro de lo más corriente—. Soy Lázaro.
Un placer.
—Lo mismo digo —respondió, sintiéndose una estúpida al momento—. ¿Lázaro?
¿Álex no te llamó de otra forma...?
—Lucien —el hombre asintió—. Es nom de guerre. Como Alejandrito con lo de
Haller. Pero yo sé que le encanta que lo llame por el nick.
—Che, ¿son las del boliche que estaban con Alejandro? —Ángeles dejó la tabla
sobre el mostrador y le rozó la mejilla derecha a Rebeca de forma fugaz y mecánica
—. Me sonaban de algo. Soy Ángeles.
—Rebeca, hola.
—No saben cuánto me alegra conocerlas. Alejandrito me preocupa; siempre está
muy solo...
Verónica estaba empezando a cabrearse con tanta miel y dulzura argentina
dedicada a Álex. Respondió entre dientes.
—Está solo porque es un imbécil y se las busca. Que le den mucho por el culo.
A Lucien se le había borrado la sonrisa. Asintió.
—No sabés hasta qué punto estoy de acuerdo con vos. Alejandro es un
rompepelotas de primera categoría, sí —suspiró—; y una de las mejores personas que
conocí en mi vida.
Verónica prensó los labios y miró para otro lado. Rebeca, con las manos llenas de
velas, no pudo evitar reírse finamente. Las dejó sobre la repisa de cristal y fue a por
otra remesa. Lucien volvió a sonreír.
—Si no me creen es porque no lo conocen ni la mitad que yo —se dobló junto a
Verónica y le habló en un susurro—. Yo que vos no lo dejaría escapar, querida.
—Haré lo que me dé la real gana —contestó ella de malos modos—. Y ya vale de

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darme la murga con el Álex. ¿Ya has pillado todo, Rebeca?
—¿Qué compraron, Ángeles? Regalales una caja de incienso.
—O.K. Se llevan la tabla victoriana, Lázaro.
—Y velas —concretó Rebeca—. Trece. Cóbrame...
Él se quedó tieso. Entrecerró los ojos. Luego subió las comisuras de la boca.
—¿Van a jugar al espiritismo? Tengan mucho cuidado con lo que hacen.
Verónica empezó a reírse.
—Me temo que ya es un poco tarde para eso —sonrió con la boca húmeda y
brillante del pintalabios—. Somos expertas.
—Querida —cortó Lucien con voz gélida—, nunca se es experto. Sos demasiado
chica todavía hasta para entender lo que significa esa palabra.
Ella subió la cabeza abriendo los ojos en un gesto de sorpresa ofendida.
—Rebeca —masculló—. Paga y vámonos.
Estaban ya recogiendo las bolsas y mochilas cuando él volvió a hablar.
—Mónica.
La chica levantó las cocacolas y se volvió hacia Lucien.
—Tené mucho cuidado. Y no creas todo lo que te digan esta noche —tomó aire
—. Para volar basta con dar un salto. Pero a veces es mucho mejor tener los pies en el
suelo.
Verónica y Rebeca soltaron una carcajada en cuanto salieron de la tienda.
—Joder, éste iba de tripi de fijo, ¿eh, chicas? “Para volar basta con dar un salto”
—la gata coreó la repetición con una risa larga—. ¡Hasta el culo de ácido!
—Colgado. Amigo de Álex tenía que ser. Como una puta cabra. ¿Qué pasa, Mon?
Te has quedado pensativa... No me jodas que te afecta lo que te ha dicho ese
subnormal.
—No, nada. No pasa nada...

Verónica dejó el reborde de pan de la pizza en el cartón. En la tele estaba puesta una
mala película de terror en la que a una chica los dedos se le transformaban en
serpientes.
—No puedo comer ni un bocado más.
—Tranquila que yo como por ti —rió Rebeca cogiendo otro trozo.
—No sabes lo que te envidio, Beca —suspiró Mon—. Comes como una lima y no
coges ni un gramo.
—Tonta. Yo te envidio a ti. Tú usas una noventa de sujetador, no me jodas.
—Ya, eso sí.
—Pues claro.
—¿Qué hora es, Rebeca?
—Las doce menos cuarto. ¿Y si cortamos la peli y empezamos a prepararlo todo?

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—Guay.
—¿Retiramos la mesa?
—Sí, vamos a quitarla. Dejamos el centro vacío. ¿Voy a por música? ¿Qué
pongo?
—Pon a la tía de los berridos y los jadeos. Ésa acojona un huevo.
—Vero, joder. Que tampoco quiero que nos venga Satán. ¿Quieres que llame a
Tiago? Le digo que vamos a hacer una ouija y en quince minutos le tienes aquí —
Mónica se echó a reír pensándolo—. Sólo vamos a hablar con los nuestros. Pero en
plan especial.
—Sí. Va a ser de lo más especial que Vero no se parta el culo —apostilló
irónicamente Mon, mientras recogía la pizza y los vasos.
Verónica fijó la vista en el suelo.
—Lo siento de verdad. Joder. Os he reventado un huevo de sesiones. No, pero
ahora en serio. Ahora es distinto.
—¿Qué coño viste para que te convenciera de pronto? —interrogó Mónica con
intriga.
La chica se mordió el labio inferior.
—No me apetece hablar de ello. Que te lo cuente Beca otro día. Anda, vamos a
despejar.
Quitaron la mesa del salón y echaron la alfombra contra la pared. Empujaron los
sillones hasta abrir un claro grande en el centro. Rebeca sacó las velas y las dispuso
en forma de círculo amplio. Encendió con el mechero una y, con ésa, las demás.
—Nada de tabaco ni de vasos ni de nada. Sólo la tabla y las tres en medio.
Acábate el porro, Mon.
—Vale. Vete poniendo la tabla.
Rebeca le arrancó el papel de estraza en que se la había envuelto Ángeles. Sacó el
taco de madera que hacía de moneda, en forma de triángulo con una abertura circular
en medio.
—Así es otra cosa, ¿no os parece? Coge la ficha. Tiene textura. Peso.
—Importancia —añadió Mónica sonriendo.
—Es mazo de bonita la tabla... —declaró Vero pasándole los dedos por encima—.
Están hasta grabados los dibujos.
—Lo único que con tanto churro gótico de las letras igual no leemos bien.
—Qué tontería —dijo Mon—. Es una tabla profesional. Si hemos podido leer la
mierda hecha a boli con todo apelotonado, las primeras letras enormes y las últimas
apretaditas porque no te entraban en la hoja, aquí vamos a leer de puta madre.
—¿La coloco ya?
—Venga.
—Van a ser las doce enseguida. ¿Voy apagando la luz?

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—Sí. Lanzo la ficha justo cuando den, ¿os parece?
—¡Sí!
—De puta madre.
Se sentaron de piernas cruzadas alrededor. Se cogieron de las manos e inspiraron
profundamente. En el reloj de pared empezaron a repicar unas campanadas de
grabación digital. Las llamas de las trece velas ascendían amarillas, rectas y muy
largas.
—¡Ahora!
—Callaos —Rebeca se concentró en modificar su tono de voz para ponerlo
convincente—. Convoco a algún espíritu que venga a esta tabla, cuando le digamos
adiós que se vaya. ¿Hay alguien en la tabla?
Tiró la ficha. Cayó con los dibujos hacia abajo.
—¿Hay alguien en la tabla?
De nuevo resonó la madera contra la madera, pero la cara de la pieza que se veía
estaba lisa.
—¿Hay alguien en la tabla?
Las velas crepitaron. Las llamitas se contorsionaron y soltaron unas chispas. De
forma contundente, el taco golpeó contra el centro de la tabla, con las pinturas
visibles hacia arriba. Las tres chicas pusieron el índice sobre él.
—¡Jooooder!
Las llamas se sacudieron. La ficha se les escapaba de las manos. Trazaba un baile
vertiginoso, con giros violentísimos, sobre la tabla de ouija. Decía:
—P. E. R. O. S. I. S. O. N. L. O. S. T. R. E. S. C. E. R. D. I. T. O. S.
Rebeca soltó un chillido agudo.
—¡Me cago en la puta, que es el Lobo!
—¿Qué? —gritó Verónica—. ¿Qué me estás contando? ¿Que lo mueve Álex?
—A. C. U. A. L. M. E. M. E. R. I. E. N. D. O. P. R. I. M. E. R. O.
—¡No! ¡Él no se entera! Mierda, mierda, mierda. ¡El Lobo es temible! ¡Tenía que
venir el puto Lobo! ¡No había otro!
Mónica seguía las letras en silencio, con los ojos desorbitados clavados en la tabla
y una sensación fuerte de mareo.
—E. M. P. E. C. E. M. O. S. P. O. R. E. L. G. A. T. I. T. O. M. I. A. U. M. A. R.
R. A. M. I. A. U.
—¿Ya os ha salido antes el lobo?
—Calla —Rebeca cogió aire—. Lobo. Te suplico que nos permitas hablar con
nuestros dioses.
—Y. P. O. R. Q. U. E. H. A. B. R. I. A. D. E. H. A. C. E. R. L. O.
—Lobo. Te lo ruego. Te lo pido de rodillas. Deja la tabla. Deja que entren los
nuestros.

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—N. U. N. C. A. L. L. A. M. E. S. A. A. L. G. O. A. L. O. Q. U. E. N. O. P. U. E.
D. A. S. D. E. S. P. E. D. I. R. Y. N. U. N. C. A. A. B. R. A. S. U. N. A. P. U. E. R. T.
A. Q. U. E. N. O. P. U. E. D. A. S. C. E. R. R. A. R.
Vero empalideció de pronto.
—Joder. Eso me lo dijo Álex. ¿Cómo coño...?
—¡Cállate, Verónica, por dios! Lobo. ¿Qué quieres que hagamos para que dejes
entrar a nuestros animales?
—C. O. R. T. A. D. A. L. O. L. A. R. G. O. Y. N. O. A. L. O. A. N. C. H. O.
—¿De qué demonios está hablando?
—¡CALLA!
Jota. A. Jota. A. Jota. A.
—Se está riendo de nosotras...
—¡Claro que se está riendo!
—S. E. R. V. I. D. M. E. V. U. E. S. T. R. O. S. T. I. E. R. N. O. S. C. U. E. R. P.
O. S. H. U. M. A. N. O. S. C. O. N. U. N. A. M. A. N. Z. A. N. A. E. N. L. A. B. O.
C. A.
—Oh dios —musitó Mónica.
—C. O. M. E. R. T. R. A. G. A. R. M. A. S. T. I. C. A. R. D. E. V. O. R. A. R. R.
O. M. P. E. R. D. E. S. G. A. R. R. A. R. D. E. S. T. R. O. Z. A. R.
—Por favor. Lobo. Deja entrar a nuestros dioses. Permíteles el paso. Sólo... sólo
queremos hablar con ellos.
—S. I. N. E. C. E. S. I. T. A. I. S. D. E. M. E. D. I. O. A. L. G. O. T. A. N. H. U.
M. A. N. O. C. O. M. O. L. A. O. U. I. J. A. P. A. R. A. C. O. N. T. A. C. T. A. R. C.
O. N. E. L. L. O. S. E. S. Q. U. E. N. O. S. O. I. S. M. E. R. E. C. E. D. O. R. A. S. D.
E. L. L. E. V. A. R. B. E. S. T. I. A. S. D. E. N. T. R. O.
Mon desmesuró los párpados.
—Joder...
—¡No le hagáis caso! —pidió Rebeca—. ¡Suplicad conmigo! ¡Vamos! ¡Verónica,
Mon!
—S. I. I. I. I. I. I. I. I.
Las llamas de las velas crecieron increíblemente y empezaron a cabrillear y dar
corcovos. Chascaron y comenzaron a llorar lágrimas de cera sin pausa.
—Por favor te lo pedimos. ¡Repetidlo! ¡Todas a la vez!
Las chicas se pusieron a murmurar la frase suavemente, como un ensalmo. Las
trece luces se balanceaban entre fogonazos.
—Por favor te lo pedimos —susurraron a coro—. Por favor te lo pedimos. Por
favor te lo pedimos.
—O. H. S. I. S. U. P. L. I. C. A. D. L. L. O. R. A. D. G. E. M. I. D. S. I. M. E. E.
N. C. A. N. T. A.

[Link] - Página 146


—Por favor te lo pedimos. Por favor te lo pedimos. Por favor te lo pedimos. Por
favor te lo pedimos.
—M. E. G. U. S. T. A. O. I. R. R. O. G. A. R. A. M. I. S. P. R. E. S. A. S. E. N. C.
O. G. I. D. A. S. D. E. P. A. V. O. R. E. N. S. U. S. M. A. D. R. I. G. U. E. R. A. S. E.
L. I. N. S. T. A. N. T. E. A. N. T. E. S. D. E. C. O. R. T. A. R. L. E. S. L. A. Y. U. G.
U. L. A. R. D. E. U. N. M. O. R. D. I. S. C. O.
—¡Por favor! —rogó Mon al borde del llanto—. ¡Déjanos hablar con los
nuestros! ¿Qué te importa?
—L. O. S. V. U. E. S. T. R. O. S.
—Por favor te lo pedimos —seguían rezando Rebeca y Verónica—. Por favor te
lo pedimos. Por favor te lo pedimos.
—E. L. G. A. T. O.
—Por favor te lo pedimos. Por favor te lo pedimos. Por favor te lo pedimos. Por
favor te lo pedimos.
—E. L. Z. O. R. R. O.
—Por favor te lo pedimos. Por favor te lo pedimos. Por favor te lo pedimos. Por
favor te lo pedimos.
—E. L. C. U. E. R. V. O.
—Por favor te lo pedimos. Por favor te lo pedimos. Por favor te lo pedimos. Por
favor te lo pedimos.
—Chicas... —susurró Mónica—. Mirad las sombras.
Las otras dos levantaron la vista, pestañearon y se quedaron sin habla. Contra la
pared distinguieron tres siluetas que se sacudían con las luces de las velas y que
parecían cualquier cosa menos humanas. La sombra de Rebeca se estiraba hasta rozar
el techo; al llegar al ángulo se dividía en las aristas de la cabeza de un gato con sus
orejas picudas. El rabo se perdía en la esquina opuesta. Tras Verónica se retorcía un
zorro dando coletazos. En la de Mónica se abrían unas inmensas alas.
—A. H. O. R. A. O. S. L. O. S. D. O. Y —la ficha se fue hasta el centro—. A. H.
O. R. A. O. S. L. O. S. Q. U. I. T. O.
Sopló un viento helado desde la nada y las velas se apagaron de golpe. Las tres
chillaron de pánico con todas sus fuerzas, como si quisieran romperse los tímpanos.
Se habían quedado completamente a oscuras. No dejaron de gritar en un buen rato,
excepto para coger aire y seguir aullando.
La luz de la calle entraba por la ventana abierta. Salía un humillo leve de las
mechas. Según pasaron los segundos, se les acostumbraron las pupilas y volvieron a
distinguir la tabla.
—D. E. C. I. D. L. E. S —giraba el taco de madera—. A. D. I. O. S.
—¡No! ¡No! ¡NO! —clamó Rebeca angustiada—. ¡NO!
—No es posible... —exhaló Mónica—. No puede ser. ¿Nos los ha quitado? ¿Se

[Link] - Página 147


los ha llevado?
—¡No! —exclamó Vero—. ¡Me niego a creérmelo! ¿Quién coño es él para
quitarnos a nuestros dioses?
—E. L. Q. U. E. E. S. T. A. P. O. R. E. N. C. I. M. A. E. N. L. A. C. A. D. E. N.
A. A. L. I. M. E. N. T. A. R. I. A.
—Dios... dios... dios...
—E. L. S. U. P. E. R. P. R. E. D. A. D. O. R.
—No puede ser...
—E. L. P. R. I. M. E. R. C. A. I. D. O.
—Por favor... —imploró Rebeca—. ¿Qué te hemos hecho nosotras?
—E. L. L. U. C. I. F. E. R. D. E. L. P. A. N. T. E. O. N.
—Oh dios mío... —gimió Mónica—. Por favor...
—¡No quiero estar sola! —rugió Verónica—. ¡No quiero!
—¿Nos los vas a devolver?
—G. A. N. A. O. S. L. O. S.
Rebeca se mordió la boca con histeria.
—Entonces no hay más de que hablar, ¿no?
Mon estaba llorando a lágrima viva. Verónica, colérica, apretaba el puño
izquierdo, sin atreverse a retirar la mano de la ouija, pero la pieza móvil del tablero se
había quedado quieta.
—¿Se ha ido ya? —preguntó Mónica con un hilo de voz.
—N. U. N. C. A. M. E. M. A. R. C. H. O. S. I. E. M. P. R. E. E. S. T. O. Y. A. H. I
—se dirigió al centro de un giro seco—. V. I. G. I. L. A. N. D. O.
—¿Podemos quitar el dedo?
—H. A. C. E. D. L. O.
La ficha se movió entre la jota y la a rápidamente antes de detenerse de golpe. Las
chicas se abrazaron entre ellas, temblando. Verónica, de rabia. Las otras dos, de
terror.
—Dios mío... dios mío...
—¿No os sentís... raras? —preguntó Rebeca—. Como vacías...
—¡Vacías, joder! —explotó Vero—. ¡Vacías! ¡Hijo de la grandísima puta!
—¡Verónica, cierra la boca, que está todavía aquí!
—Ha dicho que no se marcha nunca...
—¡Es un jodido farol! ¡A ver! ¿Qué más puede hacerme? ¡Venga!
—¡Cállate! ¡Maldita sea! ¡Cállate! —Rebeca la aferró y le puso la mano en la
boca—. ¡Cállate si no quieres que te dé una hostia, Verónica! ¡Sabes perfectamente
que lo hago!
Dejó de gritar. Tomó aire jadeando.
—Vale. Ya estoy tranquila. Ya está —apretó los dientes—. ¿Y ahora qué?

[Link] - Página 148


¿Hacemos otra ouija?
—¿Tú te has vuelto loca? ¡Ni de coña vuelvo yo a poner las patitas en esa tabla!
—A mí me da miedo hasta tocarla... —susurró Mónica—. Encended la luz, por
favor. Encended...
—Yo... —Rebeca se clavó los dientes en el labio—. No me atrevo a ir hasta la
pared.
—Pues yo tampoco. Rebeca. Abrázame, por favor... Estoy muy asustada...
—¡Ya voy yo, coño! ¡Y coge a ésta para que no se haga pis encima! ¡Suéltame,
Rebeca! ¡Joder!
Verónica se soltó de la presa, se incorporó y le dio al interruptor.
—Hale. Ya. Luz.
Se dejó caer de piernas y brazos cruzados con una mueca enfurruñada. Le dio un
empellón a la tabla de ouija, echándola contra las velas y derramando cera tibia sobre
la madera del suelo.
—¿Tú eres tonta o qué te pasa? —interpeló Rebeca a Vero mientras mecía a Mon,
que lloraba como un bebé.
—Sí. Soy tonta. Eso es lo que pasa. Que encuentro una cosa que me importa y la
pierdo a la semana. Eso es lo que pasa. Que soy imbécil.
—Rebeca... —tremuló Mónica entre sollozos—. Vamos a ver a Álex. Álex puede
ayudarnos. Él sabrá qué hay que hacer para que vuelvan con nosotras.
—¡Es cierto! —asintió Rebeca cayendo en la cuenta—. Es su dios. Él puede
pedirle que nos quite la maldición. Vamos a buscarle ya mismo.
—¡Ni en broma! ¿Estáis gilipollas?
—Verónica, trágate tu puto orgullo. Estamos bien jodidas y Álex puede ayudar y
lo sabes. ¿O es que tú te sientes completa?
Vero derrumbó los hombros. Se echó hacia delante hasta combar toda la espalda y
dejar que resbalaran los bucles rojos contra el parqué. Golpeó con los puños el suelo
y rompió a llorar.
—Estoy vacía...

—No está aquí —dijo Verónica saliendo del local—. Su puta banqueta junto al
pincha está ocupada por un gilipollas, así que tampoco he notado mucho el cambio.
Si queréis le preguntamos a él...
—¿Vamos entonces al H***? —sugirió Rebeca—. En el S*** yo no lo le he visto
jamás, pero a lo mejor va por el D***. Eso sí, me he quedado sin un duro; no puedo
pagar la entrada... ¿Pasas tú sola, Vero?
La chica bufó.
—Éste está delante del ordenador en su casa o poco le conozco. ¿No ves que es
antisocial?

[Link] - Página 149


Mientras caminaban hablaban de sus respectivos agujeros en las entrañas. Se
notaban vacías. Ligeras. Como si el viento pudiera levantarlas y llevárselas sin
esfuerzo; el peso tranquilizador de las almas se había desvanecido. Mónica iba
callada. Al lado del portal, suspiró como quien está acostumbrado a perderlo todo.
—Yo no siento ninguna diferencia —dijo.
—¿No? —le interrogó Verónica inclinando la cabeza—. Venga ya, Mon. Yo... yo
me siento tan sola..., tan hueca... que tengo ganas de gritar. De gritar... ¡De gritar!
A Vero le entró un espasmo de llanto. Presionando muy fuerte los puños, los ojos
y la mandíbula, consiguió que se pasara. Rebeca le rozó el hombro.
—Tía...
—Yo no siento nada —repitió Mónica de forma terminante—. De verdad... No
hay ninguna diferencia. Yo siempre he estado así. Siempre me he sentido así. Hueca,
como decís vosotras. Yo lo estoy. Así que... —apartó la vista—. Llevo un rato
dándole vueltas... He estado pensando... que Álex se equivocó. Yo debo de ser..., no
olvidaré su frase: “uno de esos seres insulsos que aún no han sido atacados por un
dios y que están vacíos”.
—Qué dices, Mon.
—No digas tonterías.
—No es ninguna tontería. Es la pura verdad —se recostó contra la pared e inclinó
el torso, ocultando la cara con la mata de pelo y apoyando las manos en las rodillas
—. Así que valorad lo que habéis perdido. Vosotras al menos los tuvisteis un tiempo.
Es mejor tener algo y perderlo que no haberlo tenido nunca; y sé de lo que hablo.
—Mónica, cariño...
—Siempre pensé que yo no era lo bastante fuerte... lo bastante buena... como para
tener un dios sólo para mí. Y además un cuervo. ¡Un cuervo! —se rió por no llorar—.
¿Por qué se iba a fijar en mí? Yo no soy tan especial. Yo no soy nadie.
—Mon. No te consiento que pienses así.
—No puedes hacer nada por evitarlo, Rebeca. Fue bonito creer en todo esto, ya
sabes. Pero se ha acabado.
Verónica le dio una patada al suelo.
—Aquí no se ha acabado nada, ¿me oyes? —la cogió por los hombros y la
sacudió—. ¡Espabila! Tú eres tonta. ¿Te crees que me rebajo por el primero que pase
a subir a hablar con ese subnormal? ¿Te lo crees de verdad? ¡Lo hago por ti, imbécil!
¡Por las dos! ¿Tú te crees que yo soy amiga de cualquiera? ¡Mónica! Estúpida, idiota
—le dio un abrazo potente, rápido, feroz. Se separó—. Mon. Yo te quiero un huevo,
¿de acuerdo? Y no hay nada que más me joda que el que seas así. Por eso te meto
caña, joder.
—Yo... —dijo conmovida por el contacto— no puedo evitar ser como soy...
Perdona.

[Link] - Página 150


—¡No me pidas perdón!
—Lo siento —se rió—. Otra vez. No lo hago a propósito.
Verónica se quedó pensativa.
—Mira —acabó diciendo—. Tíratelo.
—¿Qué?
—Que te lo tires. Creo que es lo que te hace falta, Mónica. Echar un maldito
polvo. Y Álex será un cerdo y un gilipollas, pero eso sí sabe hacerlo.
—¿Hablas en serio?
—Completamente. Vas y le pones el coño en la cara. Le encantará.
—Estás de broma... —se rió agudamente—. Además, no sé por qué se iba a fijar
él en mí.
—Otra. Joder, igual que con lo del Cuervo. Pues mira, no tengo ni puta idea de
por qué te escogió tu dios, pero sí sé que Álex se folla todo lo que tiene tetas y coño,
así que deja de decir chorradas. Él es puro sexo. Y violencia. Tú le pones la pierna y
se te abraza y se sacude como un chucho, ¿de acuerdo? Ahora vamos a subir, vamos a
aguantar su maldita ironía, su sonrisa de lobo hambriento y sus “princesa”. Y según
lo que nos diga, veremos si te lo follas. Si tú no te atreves se lo digo yo —guardó
silencio, maquinando—. Fíjate lo que estoy dispuesta a hacer por ti, Mon —
recapacitó antes de soltarlo—. Me lo follo por última vez contigo. A un trío te juro
que no dice que no ni aunque le maten. Aunque yo esté con la regla, estoy segura de
que se la sopla. Le tienes bailando si se lo pedimos. Y eso sí que sería un
acontecimiento.
Mónica tenía los ojos salidos de las cuencas.
—No estarás hablando en serio...
—Pruébame —los ojos verdosos le relampagueaban—. ¡Rebeca! Llama al portal.
—Llevo ya un buen rato dándole. A lo mejor ha salido.
—Hay luz. Éste está con los cascos. Insiste. Más tarde o más temprano se los
quitará para ir a mear.
Sonó el zumbido y empujaron. Subieron los tres pisos. Álex se apoyaba en la
jamba de la puerta con una larga sonrisa repleta de dientes. Estaba en pantalones,
descalzo y sin camiseta. Les cerraba el paso con los brazos cogidos a los marcos de
madera, el izquierdo con el cigarro.
—Pero si son los tres cerditos... —saludó soltando el humo de la calada—. ¿Otra
vez os habéis quedado sin casita?
Fue como si las hubiera apuntado con una pistola.
—¿Qué? ¿Qué he dicho? —preguntó al verles las caras congeladas de pánico. Se
hizo a un lado—. Anda, que tenéis unas horas de venir de visita... Pasad, que estoy
aburrido de código. ¿Ya has acabado con la regla, Verónica?
—Que te jodan —respondió.

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—Estamos agresivos, ¿eh? —se rió él—. Me parece perfecto. La sangre que a mí
me gusta no es la menstrual, princesa. ¿Alcohol?
Vero lo miró con un espeluzno de desagrado por el vocativo. Mónica y Rebeca
ahogaron unas risas nerviosas, que se les pasaron enseguida al recordar por qué
estaban ahí. Él se puso a revolver en la alacena.
—Veamos. Tengo aquí vuestra botella de J&B casi sin tocar. Tú, coge unos vasos.
Ya sabes dónde están.
—Sí —respondió Rebeca—. En el fregadero, sucios.
—Pues mira, te lo lavas. Y ya de paso los friegas todos si no tienes nada mejor
que hacer.
—Imbécil —resopló Vero.
Él levantó una ceja.
—Te noto tenuemente más violenta que de costumbre, Verónica. Verás, a mí que
me insulten sólo me gusta mientras follo. Así que mi pregunta es: si estás cabreada
conmigo por haberte dejado ayer en la estacada, ¿qué coño has venido a hacer aquí?
Vero no respondió.
—Tenemos un problema —declaró Rebeca—. Un problema serio.
Él iba a hacer un comentario hiriente, pero no le gustaron ni un ápice sus caras.
Estaban asustadas de verdad. Incluso Verónica; se lo notó por debajo de toda la mala
hostia que llevaba. Mordió el filtro del cigarro y, sin quitárselo de la boca, sacó hielos
del congelador y los echó en cuatro vasos sucios tras enjuagarlos un poco. Los llenó
de whisky hasta la mitad. Se los tendió y se sentó en el suelo. Acercó un cenicero.
Lanzó el paquete de tabaco y el mechero delante de él.
—Listo. Se abre el consultorio del teléfono de la esperanza. Contadme.
Las chicas tomaron asiento a lo indio. Bebieron un trago y se quedaron calladas.
—Adelante. No os voy a morder. Habéis venido aquí para decirme algo, ¿no?
Pues soltadlo.
—Hicimos una ouija... —empezó Mónica.
—Aaah... —tiró la cabeza hacia atrás—. No digáis que no os lo advertí. ¿Cuál es
el problema? —levantó los bordes de los labios sin poder evitar que se le escapara la
ironía a chorros—. ¿Muertos bajo circunstancias extrañas que os piden que les hagáis
cositas? ¿Voces en la cabeza? ¿Posesión? Para un exorcismo yo os recomiendo un
sacerdote. Pero os habéis equivocado de edificio. San Ildefonso está al final de la
calle...
—Álex —interrumpió Rebeca—. Me temo que tú eres el único sacerdote que hay
de esto.
Él ciñó la mirada entre los párpados sonriendo.
—Pues lo de la castidad no lo llevo nada bien, princesa.
—Por favor —suplicó Mónica de repente—. Por favor, no te rías de nosotras, que

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ya tenemos bastante.
—No me río —respondió poniéndose serio—. ¿Qué coño pasa? No soy adivino.
—Los hemos... los hemos perdido.
—¿Que habéis perdido qué?
—Nuestros dioses, maldito lobo hijo de puta —reventó Verónica—. Hemos
perdido a nuestros dioses. Por tu culpa.
—A ver —la paró él—, esquizofrenias no. Si empezamos a culpabilizar no juego.
Por partes. ¿De qué me estáis hablando? ¿Qué se supone que he hecho yo?
—Vero. Él no ha sido —informó Rebeca—. Él no tiene ni idea de lo que pasa.
Álex —empezó a relatar—. Hicimos una ouija y vino el Lobo.
Él hizo auténticos esfuerzos para mantener el gesto inalterable.
—Con mayúscula.
—Con mayúscula. Y nos amenazó. Nos dijo... nos dijo que si necesitábamos algo
tan humano como una ouija para comunicarnos con nuestros dioses no merecíamos
llevarlos dentro.
Álex arrugó el ceño bastante sorprendido. No comentó nada, aunque se le notó
que no le disgustaba ni disentía del postulado.
—¿Y qué más os dijo? —preguntó sin poder disimular el interés.
—Nos los quitó.
—¿Cómo que os los quitó? ¿Que os quitó qué?
—Nos dijo: “ahora os los doy; ahora os los quito”. Aparecieron nuestras sombras
en la pared como animales y luego se apagaron las velas de golpe. Y se fueron...
Él parpadeó.
—¿Sombras? ¿Qué me estás contando?
—Aparecieron y desaparecieron. Nos los quitó.
—¿Os quitó el qué?
—A... a los animales.
—¿A los animales?
Entonces Álex empezó a reírse. Sin pausa. De forma absolutamente liberada, se
carcajeó a pleno pulmón, desencajando la mandíbula.
Las tres chicas cruzaron las miradas. Él no paraba de reír.
—Te estás partiendo la polla de nosotras... —susurró Mon—. No puedo creerlo...
Él seguía y seguía cogiéndose la risotada del estómago y balanceándose. Tuvo
hasta que dejar el cigarro en el cenicero porque se le caía.
—¿Pero tú de qué coño vas? —le soltó Rebeca—. ¿Te parece normal que te rías
de esto?
Álex se mordió el labio tratando de contenerse, pero se le volvieron a escapar las
carcajadas. Verónica jadeaba de furia, subiendo y bajando el pecho con la respiración.
—Ya lo entiendo. Tú no crees, ¿verdad? ¡Nos has vuelto locas a todas y tú ni

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siquiera crees en ello!
Él estranguló las risas un instante. Mientras le temblaban los hombros por las
convulsiones, respondió:
—¡Premio! Princesa, ¿cómo coño me voy a creer esa gilipollez? —se le seguía
yendo la hilaridad hiriente por la boca, pero de pronto se quedó blanco. Hizo una
pausa, como si sopesara algo, y acabó dibujando una sonrisa brutal—. Vale. Ya está
bien de juegos; se acabó. Piensa un poquito, anda; y crece, ya de paso. Cuando te
conocí pensé que eras una niña gótica de las que se masturban con la carta del diablo
del tarot de Royo. Que no te seduciría con satanismos porque estabas más que
acostumbrada a ellos —la perforó con una mueca burlona—. Preferí sorprenderte con
un toque apocalíptico a lo nueva era para meterme en tus bragas.
—¿Qué tonterías estás diciendo, Álex? —preguntó Rebeca.
—No, tonterías las que os llevo metiendo por el culo todo el mes —replicó
alegremente.
—Estás mintiendo —dijo ella alzando un pómulo.
—Claro que está mintiendo —repitió Mon con un gesto partido, indeciso.
—No —se rió—. No te miento, Verónica. Es la pura verdad. ¿Pero cómo cojones
te piensas tú que yo voy a creerme semejante chorrada? “Dioses animales que luchan
por acabar con el hombre” —volvió a desternillarse, golpeando la espalda contra el
mueble, que crujió—. ¡Por dios! Si es que sois tontas del coño, niñatas, y os lo creéis
todo. Si yo soy algo, es ATEO.
Y continuó riendo.
Mon se había levantado. Rebeca tenía una expresión entre incrédula y horrorizada
en el rostro, como si se le hubiera caído el mito más grande de todo su sistema de
creencias. Mónica dio un paso hacia atrás y luego otro. Apretó la espalda contra la
puerta.
—Estás mintiendo —dijo.
Álex seguía riendo.
—Os juro —se detuvo para tomar aire— que ahora no.
Vero decidió que no pensaba aguantar aquello ni un minuto más. Dejó el vaso con
furia en el suelo. Se incorporó.
—No quiero volverte a ver en mi puta vida, Álex.
Él entreabrió la boca.
—Pues no te muevas por mi territorio, princesa —pudo ver con claridad cómo se
pasaba la lengua por el borde de los colmillos—. Porque yo no voy a cambiar de
hábitos.
Verónica mascó sus siguientes palabras, las paladeó y apretó y trituró entre los
dientes.
—Sólo quiero saber una cosa. ¿Por qué me diste un zorro?

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Álex escupió otra carcajada y la miró con una lascivia absolutamente
desagradable.
—Te di la zorra porque tenías el pelo teñido de rojo y la cara afilada de ratón. Te
di la zorra porque llevabas un corsé de charol apretado y unas botas hasta las rodillas.
Te di la zorra porque esperaba que lo fueras.
A Vero se le cortó la respiración. Mónica negaba con la cabeza, como si no diera
crédito a lo que estaba oyendo.
—Cerdo —empezó Verónica perdiendo los nervios—, ¡hijo de puta!, ¡cabrón!,
¡hijo de puta!, ¡cerdo!, ¡hijo de puta!, ¡HIJO DE PUTA!
—Vámonos de aquí ya mismo —Rebeca tiró de su amiga hacia fuera—. No
merece la pena ni que le insultes, Vero.
—¡Hijo de puta! ¡Hijo de la grandísima puta! —chillaba la chica desquiciada
mientras la arrastraban, incapaz ya de encontrar otro taco.
Cerraron de un portazo. Él, en cuanto se marcharon, dejó de reírse. Se acabó su
whisky de un trago y luego uno de los vasos de ellas. Cogió el cigarro del cenicero y
se apretó las sienes.
—Fuera del tablero —suspiró.

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X
—Eh —Rebeca le puso a Mon la mano en la espalda. Estaba dormitando. La chica
bostezó y levantó la cabeza del libro—. Vamos fuera a echar un cigarro.
Verónica dejó de marear el boli entre los dedos. Salieron de la sala de estudio por
la puerta de salida de emergencia. Se tiraron en la escalera de incendios y sacaron un
pitillo para las tres.
—Van a ser las siete y media. En una hora nos abrimos de aquí.
—Sí... Total, no me ha cundido nada. Malditas las ganas que tengo de estudiar,
sabéis.
—Ya, ya lo sé.
—Qué coño importará todo. Mierda.
Unos chavales en polo y vaqueros que iban con las carpetas de apuntes subieron
la vista con el cachondeo pintado en la boca, intentando verle las bragas a Vero desde
el rellano.
—Eh, si son las brujas del instituto.
—¡Mucho cuidado con ellas!
—¡Subnormales! —les chilló Mónica—. ¡Meteos en vuestros asuntos!
—Uuuuh...
Verónica sonrió dulcemente. Aspiró el humo y lo echó en aritos.
—Ahora entiendo por qué estáis tan amargados, chicos. No habéis mojado en
vuestra vida. Si lo que pasa es que os molamos y queréis echar un polvo, ésa no es la
manera de acercarse a una mujer.
Les lanzó un beso bien delineado por la barra de labios. Ellos se rieron aún más,
aunque le hicieron algunos gestos obscenos que Vero recibió subiendo las pupilas,
poniendo los ojos en blanco y fingiendo unos jadeos y gemidos exageradamente
realistas, que lograron incomodarles.
—Oooh, sí... —cercenó el teatro y se burló de forma dañina—. ¿Contentos? Eso
es lo más cerca que vais a estar de ver el orgasmo de una chica.
Se quedaron cortados, pero volvieron a la carga enseguida. Entonces Rebeca
sonrió.
—Voy a haceros una advertencia —susurró con voz profunda y la mirada en
diagonal—. Tened cuidado al cruzar la calle.
Los chavales se carcajearon, pero más se rieron ellas cuando observaron cómo
miraban a ambos lados antes de atravesar Goya.
—Mira, me han alegrado el día —declaró Verónica—. No hay nada mejor que un
fantasma para pasar el rato. Y el del polo azul no era feo del todo...
—Tía, Vero, estás enferma. ¿Con esa pinta de pijos?

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—No se folla con ropa, mira tú.
—¿Qué vamos a hacer esta noche? —preguntó Mónica cogiendo el cigarro—.
¿Vamos a estudiar a tu casa, Beca?
—Joder. Estoy harta de estudiar. No se me queda nada. Voy a suspender todas
menos matemáticas y educación física. Y me da igual, ¿me oís? —se apretó el
esternón escuálido—. Todo me da igual...
—Yo también voy a suspender, Rebeca. Dos por lo menos. Y también me da
igual. Han pasado demasiadas cosas como para que me importe una chorrada
semejante...
Cruzaron una ojeada fugaz y suspiraron.
—¿Y si salimos? —preguntó Mon, y al verles las caras se contradijo—. Vale,
vale, no he dicho nada.
Verónica abrió los ojos afilados por el maquillaje.
—Pues sí. Salimos. Qué coño. ¿No os parece?
—Vero, a mí no me apetece nada. Ya sabes a quién nos vamos a encontrar...
—Que le den por culo. ¿Por qué tenemos que dejar de salir por él?
Mónica dejó las pupilas colgando de la nada.
—Mentía —dijo.
—¿Qué?
—Digo que mentía. Álex nos mintió. Vosotras lo sabéis. Lo sé yo. Nos mintió.
Por qué, no lo sé. Pero nos mintió. Rebeca, tú le viste borracho como una cuba
delirando sobre los dioses igual que yo. Nos ha mentido. Él cree. Más que las tres
juntas.
—Llevas toda la semana repitiéndolo, Mon. ¿Qué pasa, que aún te mola?
Deberías mirarte eso —Verónica arrugó la nariz—. ¿Sabes? En el fondo me da igual
si mintió o no. Te lo juro. Me resbala absolutamente todo lo que tenga que ver con él.
Se ha portado como un auténtico hijo de puta. Como lo que era desde un principio,
maldita sea. Sólo que yo no era capaz de verlo porque me tenía enganchada por el
sexo... Me da igual él, me dan igual sus historias y me da igual si tengo que vivir el
resto de mis días con... con el vacío.
—Ahora eres tú la que miente, Vero —concluyó Mónica.
—¿Tú sigues sin sentir nada, Mon?
—Nada —la chica se revolvió—. Nada de nada. No ha cambiado nada. Ya os dije
que yo nunca he tenido dentro al Cuervo...
—Ya. Ni una palabra más. No pienso seguir oyendo cómo te autocompadeces,
Mónica.
—Lo siento...
Rebeca echó la nuca contra la barra de acero del pasamanos.
—A mí no me da igual, Vero —admitió finalmente—. Lo que pasó es cierto. Crea

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o no Álex en ello, es así. Y aunque no nos guste, sigue siendo nuestro único contacto
con la religión...
—Hay más gente dentro —apuntó Mónica—. Él lo dijo.
—Dijo tantas gilipolleces que como para prestarle atención. ¿Qué es verdad y qué
es mentira? Mirad, ni me molesto en averiguarlo.
Mon, de pronto, había puesto una expresión rarísima.
—Chicas —interrumpió—. Había olvidado que tenía hoy que ponerle las
inyecciones a mi abuela. No... no me puedo quedar a estudiar. ¿Nos vemos a la
noche?
Rebeca se la quedó mirando de forma misteriosa.
—¿Te vas ya?
—Sí, tengo que irme.
—Bueno... —dijo Rebeca—. Entonces, ¿qué hacemos al final?
—Pues quedamos a las diez en la puerta del P***, y ya está —sentenció
Verónica.
—Lo mismo si llegamos a esa hora Álex ya se ha ido.
—No, qué va. El hijo de puta ha cambiado de hábitos con la estación. Hace dos
semanas fue por la noche en lugar de por la tarde... Creo que es porque tiene otro
curro. Qué coño importará —se interrumpió Vero—. Que le jodan. No voy ni a mirar
en su dirección.
—Voy a por la mochila dentro.
—Adiós, Mon.
—Adiós, cariño.

Mónica estaba clavada frente a la puerta con carteles de cursos de quiromancia y


filosofía zen, sin atreverse a entrar. Aspiró una bocanada de polución madrileña y
empujó. El tintineo de las varillas de metal la acompañó mientras pasaba.
—Si no venís a las clases, estamos cerrando... —canturreó Ángeles haciendo los
paquetes de monedas en el mostrador—. El horario es de diez a dos y de cinco a ocho
—levantó la vista de la caja registradora—. ¡Si sos la amiguita de Alejandro! Un
beso, Mónica.
Ella se sorprendió enormemente de que se acordara de su nombre. Recibió el
saludo en la mejilla derecha y esperó, con el cuello estirado como una garza, el
segundo beso que no llegó.
—Yo... eh... venía...
—Lázaro está con los alumnos; recién empezaron. Pasá a hablar con él si querés.
Es la puerta del fondo. No, la otra.
Mon giró el manillar y no supo qué decir.
—Eh... Hola...

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En un cuarto blanco de dimensiones reducidas, una docena de mujeres entre los
treinta y los cincuenta años y un muchacho jovencito con una camiseta apretada
estaban en el suelo en la postura del loto, sobre colchonetas. Lázaro, de distinguido e
inflexible luto, los acompañaba. Se levantó con una sonrisa encantadora.
—¡Mónica! Vení que te presento. Éstos son mis pupilos: Maricarmen, Dolores,
Anamari, Menchu, Isabel, Alfonso, Rosa, Teresita, Maite, María, Eva, Tere y Emilia.
Ésta es mi amiga Mónica.
—Encantada, Mónica.
—Dos besos, Mónica.
—Hola, Mónica.
Mon se vio envuelta en un torbellino de atenciones que la mareó. Confusa, sin
saber ni a dónde dirigirse, murmuró saludos y luego se puso a mirarse los pies.
—¿Querés quedarte a la clase de crecimiento personal, Mónica?
La chica pestañeó.
—No, no. Yo sólo pasaba por aquí... Lamento haber venido a molestar.
—No es molestia, querida. Disculpen un momento. Sigan ensayando la
respiración.
Lucien la condujo a la otra estancia, un cuartucho con una silla, mesa y
ordenador, fregadero, repisa con hornillos, microondas, nevera y un catre. Había otra
portezuela que supuso que llevaría al baño. Mónica se sintió muy incómoda, como si
estuviera hurgando en los entresijos de la vida de otra persona. Lázaro le retiró la silla
del ordenador para que tomara asiento.
—¿Querés un té? —preguntó mientras sacaba una taza y revolvía entre paquetitos
—. ¿Tilo, manzanilla, boldo? Es una lástima que no tengamos mucho tiempo. Vení
siempre que quieras, pero mejor los lunes, que no damos clases.
—Yo... no quiero molestar. Ya me voy.
—Sentate, Mónica. Que esperen. No pasa nada. Contame.
A Mon le derribó aquella voz tan dulce y atenta y los ojos pardos e inteligentes.
Estalló. Le narró todo, desde el principio hasta el final, mientras el hombre la atendía
con fijeza, sin interrumpir, salvo con un chasquido de lengua cuando le relató la
amenaza del Lobo en la ouija, y un meneo de cabeza al llegar a la parte en que Álex
las había sacado sin contemplaciones de la religión.
—Mónica. Prefiero no hablar de “dioses”, como hace Alejandro con toda su
visión lobuna, jerárquica, de la vida, sino de “almas”. Pero a mí me parece que está
claro. Tal y como me lo contás, ¿no se te ocurre?
—¿El qué?
—Que si no notás ninguna diferencia respecto a tu alma antes y después de la
sesión de espiritismo puede que no se deba a que no la tuvieras nunca, como
sospechás, sino a que no la perdiste.

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Mon abrió la boca de sorpresa. Se le iluminó la mirada, como si se hubiera hecho
la luz en su cabeza. Sin embargo, inmediatamente torció la boca. Se resistió a creerle.
—Pero Vero y Rebeca...
—Tus amiguitas se hacen mucho la cabeza, ¿no es cierto? Son muy
influenciables.
Sonó un toc-toc.
—Lázaro... —interrumpió Ángeles llamando a la puerta—. Tus alumnos llevan
quince minutos en la postura del loto, mi amor. Van a echar raíces.
Lucien se levantó del catre.
—Mónica, disculpame. Vení el domingo, el lunes, cuando quieras. Mañana nos
reunimos en los jardines Sabatini del Palacio Real. Pasate, a las doce de la noche.
Esperá en la puerta de abajo, junto al Senado.
—Yo... perdona que te haya incordiado.
—Vos nunca molestás, querida. Y... —el hombre se apartó la melena y dudó antes
de seguir hablando— se te ve el cuervo perfectamente.
—¿Sí? —exclamó ilusionada.
—Demasiado bien, Mónica. Aletea. No debería hacerlo sin la inspiración y el
estímulo adecuados. Me preocupás.
—¿Por qué? —preguntó muy contenta con el dato, sin hacerle mucho caso al
pero.
—No vueles, Mónica —advirtió—. Nada de viajes.
—¿A qué te refieres?
—Sabés muy bien a qué me refiero.
—Mi amor... —volvía a tocar Ángeles—. Andá a dar la clase, por favor.
Abrió la puerta y le cedió el paso.
—Hasta la vista, Mónica.

—Hola, chicas —saludó Mon, de pie junto a la puerta del garito.


—Has venido pronto. ¿Qué tal tu abuela?
—Como siempre, Rebeca. ¿Entramos ya?
El puerta las dejó pasar sin pedirles el carné. No se lo había pedido nunca. Ya las
llevaba viendo desde hacía tiempo, y a veces acompañadas por Álex. Sin embargo,
Mon no pudo evitar un resoplido de alivio. El local estaba relativamente lleno. Sin
quererlo, se les fue la mirada a la banqueta en la que siempre se acodaba Álex,
bebiendo y fumando sin parar, tecleando en la barra de cuando en cuando y leyendo
un libro en inglés. El sitio, sin embargo, lo ocupaba un chico de poco más de veinte
años, con el pelo castaño claro disparado en todas las direcciones, como si se acabara
de levantar de la cama. Tenía al lado un mini de cerveza prácticamente vacío.
—Espera. ¿Ése no es su amigo? El del viernes pasado. El coyote.

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—Pasa de él, Vero.
A Verónica le cruzó la cara una sonrisa de malevolencia.
—No veo por qué. A mí me cayó de puta madre.
—Haz lo que te dé la gana, Verónica, como haces siempre. Yo voy al baño.
¿Vienes, Mon?
—Esperad que yo también.
Se metieron en el aseo, que estaba hecho un asco, lleno de pintadas, con el espejo
roto y el inodoro destrozado, de manera que el agua de la cisterna se escapaba por el
suelo a un sumidero. Verónica empezó a hacer contorsiones, se sacó los pantalones de
ciclista que llevaba bajo la minifalda y los guardó en el bolso. Mientras sus amigas se
pintaban, salió y se acercó balanceando las caderas a donde estaba Javi.
—Hoy vas de negro —le saludó.
Javi sonrió cínicamente. Era cierto; vestía con pantalones y jersey de cuello
vuelto de la misma tonalidad que todos los que le rodeaban.
—Todo el mundo sabe que hay que camuflarse con el ambiente cuando se sale de
caza. Es mejor pasar desapercibido que destacar. ¿Te llamabas Verónica, no?
—Sí.
Le dio dos besos.
—Qué tal. Por si tienes tantos pájaros en la cabeza como yo, soy Javi. ¿Tus
amigas están...?
—Han ido al baño. Te invito a un mini, Javi.
—Por favor. No sé a qué te tiene acostumbrada el Álex, pero yo no consiento que
me invite una chica. Llámame machista.
—Pues sí, te lo llamo —respondió riéndose.
—¿No es mejor “caballeroso”? Más amable. Digo yo que encima que te invito lo
mínimo es echarme un piropo en lugar de insultarme...
—También te lo llamo si quieres.
—¡Dos minis de cali marchando! ¿O prefieres cerveza?
—Calimocho.
—Lo suponía. ¿Y con licor de mora?
Verónica soltó el aliento curvando los labios.
—Estás en todo.
Él mató el culo de la cerveza que le quedaba en el vaso de plástico y le regaló a
Verónica una sonrisa de las que arañan.
—¿Dónde te has dejado a Maese Lobo?
Verónica hizo un gesto despreocupado con los hombros, aunque le prestó
muchísima atención a la nomenclatura.
—Álex estará trabajando. No sé. No salimos juntos. Ya sabes. No tenemos esa
clase de relación.

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Javi enarcó las cejas inclinando el mini. Puso una mueca.
—Cosa más dulce, joder.
—A mí me gusta.
—Pues nada, para dentro —dio un trago larguísimo—. A ver si le encuentro yo
también el puntillo. Bueno, qué coño. El puntillo ya lo tengo. Que llevo aquí desde
las ocho dándole. Y el lobo sin aparecer, será cabrón —de pronto sacudió la cabeza y
la miró ensanchando la sonrisa—. Perdona, que a saber qué te tienes que estar
pensando. Me refiero a tu chico. Siempre le llamo “lobo”. Es un mote que viene de
lejos...
—Y él a ti “coyote”, ¿me equivoco? —se arriesgó Verónica.
Él levantó la comisura de la boca. Parecía increíble que pudiera sonreír más
todavía, pero lo hizo. Su sonrisa era tan violenta que incomodaba. No respondió.
—Por cierto —corrigió ella—, no es “mi chico”, Javi. Sólo nos vemos de cuando
en cuando.
—Bueno, lo que sea —suprimió él la cuestión de forma tajante—, no le tomes en
cuenta sus borderías. Es que le pierde la boca. Yo le conozco desde hace un cojón y
siempre ha sido así de gilipollas. Bueno, no. Antes era mucho más gilipollas. Ahora
está más domesticadito —miró a los lados y añadió un “que no me oiga que me parte
una silla en la cabeza”—. Se ha convertido en un tipo casi socialmente aceptable. No
muerde, por lo menos. Tenías que haberle visto en sus tiempos destroyer, con
dieciocho años. Te hubieras asustado.
—A mí pocas cosas me asustan, Javi —replicó Verónica haciendo un fruncido
coqueto con los labios.
—Eso está muy bien —se volvió en la banqueta—. Tus amigas ya tardan, ¿no?
—¿Me das un cigarro?
Verónica bebía, fumaba y dejaba la marca del pintalabios en el filtro. Cuando
Rebeca y Mon regresaron, él concentró toda su simpatía y atenciones en la gata, que
le ignoró tranquila y flexiblemente, con los ojos fijos en las pinturas fluorescentes del
muro de delante, mientras Verónica le reía cada payasada. Después del cuarto mini, y
tras unos cuantos vocativos animalescos que Vero se encargó de diseminar de manera
casual en la conversación —que si sonreía como un “coyote”, que si Rebeca se le
escapaba como el “correcaminos”—, consiguió que él le preguntara si estaba dentro.
—Si me lo estaba viendo venir —se rió él con la lengua ya trabucada del alcohol
—. El lobito no puede evitar andar por ahí evangelizando cuando mueve la cola,
joder. Es compulsivo. Como lo de levantar la pata junto a los árboles.
Verónica soltó una carcajada violenta, casi gutural. Cuando Javi entró en materia
religiosa Rebeca comenzó a prestarle un interés inequívoco a la conversación, pero
guardando las distancias físicas. No le gustaba un pelo Javi y no se cuidó de
disimularlo.

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—Veréis —decía él con su sonrisa rasguñada, abierta e irónica en la cara—. Yo
no creo en las chorraditas de Álex. No, ni de lejos. Vamos, me parecen simpáticas;
pero para mí la vida entera es un enigma, Vero. ¿Puedo llamarte Vero? No necesito
buscarle una mística. Pero no os niego que tiene su aquél la religión del lobo feroz.
—Entonces, ¿no crees? —interrogó Mónica.
—Yo creo. Así, en general. ¿Por qué no? Yo me lo creo todo, chica. Eso es lo
mismo que no creer en nada.
Mon consideró que bastaba con eso para ser practicante, así que, de forma
entusiasta, empezó a preguntarle cosas. Ya que sus amigas no la detuvieron, como
acostumbraban a hacer cuando se iba de la lengua, se soltó y le contó de principio a
final la historia, sin comerse una letra. Rebeca entrecerraba los ojos sin apartar la
vista de los labios del coyote y Verónica sonreía melosa y ferozmente al tiempo,
como si estuviera jugando con un ratón entre las garras.
—Perdonad la ironía, que yo respeto mucho la religión de los demás —repetía
Javi cada vez que le entraba la risa floja—. La mía también es muy estricta: por
ejemplo, no me permite esforzarme en algo cuando puedo obtenerlo por la vía fácil.
Y también me impide trabajar más de cuatro horas diarias.
Cuando Mónica le relató la situación que se produjo en casa de Álex, Javi casi se
cayó de la banqueta.
—¿Álex ateo? ¿Ateo? ¿ATEO? ¿Os dijo eso? ¿Y os lo tragasteis? ¡No me jodas!
¡Ateo! ¡Pero si ya en el instituto le llamaban “el gurú”! Y también “el brujo”. Cómo
le jodía eso... —Javi se partía el pecho de las carcajadas—. Bueno, y también le
llamaban “el gilipollas”, “el hijo de puta”, “el gótico de mierda”, “el puto siniestro” y
“el cabrón con pintas”, pero ésas ya no vienen al caso. Además le llamaban “el lobo”,
claro. Bien se encargó él de que lo hicieran. Las tres últimas eran las únicas que
aguantaba, por cierto. Joder qué hostias repartía el cabrón. Iba a piñón a por todos.
Hasta me parece que los contaba, y decía: “me quedan de 3ºB cuatro gilipollas a los
que aún no he partido la cara”. Casi puedo oírle. Qué bueno. No sé cómo cojones no
le echaron del instituto... aunque sí que le expulsaron unos días, ¿eh? Y más de una
vez. Pero se peleaba casi siempre fuera, en un parquecillo que hay en la manzana de
al lado, ahí donde los columpios. Y si había niños mirando, mejor. ¿Cómo lo llamaba
él? Le daba un nombre. Así, una cosa estúpida, de éstas que dan vergüenza ajena.
Tipo “la lobera”. O “la guarida”. Sí, sí. Era único el hijo de puta —puso la voz grave,
intentando imitarle—. “Tú, gilipollas. Te veo al salir de clase en la madriguera”, o lo
que fuera que no me acuerdo, “y tráete escoba y recogedor para barrerte los dientes”.
Joder, qué tiempos —se apartó el pelo de la frente—. Me mataría si supiera que os
estoy contando esto; no me salvaba ni estar borracho, estoy seguro; ni aunque fuera
vomitando por las esquinas. Pero os juro que es todo cierto —aunque Rebeca y Mon
estaban más interesadas en la cuestión mitológica e intentaban por todos los medios

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reconducir la conversación, no podían evitar reírse desde hacía ya rato. Verónica lo
hizo de forma ronroneante; lo estaba disfrutando de verdad. Era como ponerle en
ridículo; la única pega es que no estuviera presente para escucharlo. Javi seguía
bebiendo. Ya iba más que calentito, muy suelto y muy a gusto, sin dejar de hablar ni
un minuto—. Qué grande el Álex. Y lo mejor es que él se las llevaba dobladas la
mayoría de las veces, que nunca ha tenido ni medio empujón, siempre ha sido así de
poca cosa. Vale, es muy alto, y más todavía con la macarrada de botas que lleva, pero
tía, es un alfeñique: no tiene una bofetada. Siempre he pensado que le doy un
puñetazo y le tiro al suelo —Vero desmesuró la mirada, encontrando la posibilidad
fascinante—. Joder, lo que pasa es que se lanzaba como un loco. Daba miedo, lo juro.
Yo creo que le debieron de quedar dos tíos de todo el instituto con los que no se
hostiara en los cuatro años: Fran y yo. Bueno, no, qué coño. Espérate. Que a mi
hermano le metió una que le dejó sangrando. Ya ni recuerdo por qué fue... Además yo
no cuento porque era un moco de primero cuando él estaba en COU. Hay que hacer
honor a la verdad —Javi descendió la profundidad de la sonrisa—: no solía meterles
palizas a los más pequeños. No, lo hizo pocas veces. Cuando le tocaban mucho los
cojones. Él se iba a por los que eran mayores que él, a que le curtieran bien, que le
gustaba. Dime una cosa, Verónica, que tú lo sabrás: ¿sigue siendo masoquista?
Vero formó un beso con la boca apretada antes de distenderla en una sonrisa.
Mientras Mónica le contaba el asunto de los espiritismos, Javi se reía como un loco.
Le parecía sumamente chistosa toda la cuestión de las ouijas.
—No, hombre, no. ¿Cómo va a quitaros a vuestros “dioses”? Perdonad la ironía,
pero vaya una chorrada. ¿Quién es él para hacerlo? Todo esto dentro del juego, ya me
entendéis.
—El puto Lucifer del panteón —dijo Mon.
Javi reprimió una risilla.
—Cómo le gustaría a don Importante oírte decir eso, chica.
—Ya se lo dije.
—Y le encantó, ¿a que sí? Pero mira, por lo que yo conozco de las pajas mentales
que se monta el lobito cuando no se está pajeando con la mano, eso no encaja para
nada. Os han tomado el pelo pero bien.
—¿Tú crees? —le interpeló Rebeca, al tiempo que se sentía extrañamente menos
vacía, aunque tal vez fuera fruto de todo el calimocho y la cerveza que llevaba en la
reducida distancia que tenía entre pecho y espalda. Verónica hacía rato que llevaba
sintiendo a la zorra culebrear en su interior y ni se lo planteaba.
—Creo, creo, creo. Todo aquí es cuestión de creencias, ¿eh? Pues no, no creo:
estoy absolutamente seguro de lo que digo. De que se han burlado de vosotras, vaya.
Y habéis picado cándidamente, niñas. Se supone que los bichitos se te meten cuando
naces y se te enredan con cuerdas místicas y soplapolleces varias. No lo recuerdo

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bien, preguntadle al Álex que le flipa contarlo. Es que hasta le brillan los ojos. Visto
así, ¿quién demonios va a poder quitártelos? Si no te los puedes quitar ni tú. Mira,
según yo lo entiendo, como es el perro es el dueño; como es el dios es el siervo. Y ya
que hablamos de Álex, el animal con el que entrasteis en contacto, el lobo feroz, es lo
siguiente: un tocapelotas de siete pares. Y lo peor es que creo que iría con buena
intención, ¿sabes? Puto lobo de los cojones. Espíritu de protección. Viene dado por el
instinto; por eso hay perros guardianes —miró a los dos lados murmurando otra vez
un “que no me oiga el Álex que me mata”—. A mí me parece que todo ese acojone
máximo sería para que os dejarais de espiritismos. Ya sabéis: “es por tu bien”, y van y
te meten un bofetón que hay que ver lo bien que te viene, ¿eh? Quería sacaros de algo
peligroso y me temo que lo consiguió. Aunque a mí lo de las ouijas os admito que me
parte la polla, en teoría os podría haber entrado cualquier cosa. No sólo vuestros
“animales”.
—¿Entonces qué? ¿Demonios? —la gata estiró los brazos hacia delante—. Venga
ya. ¿También hay demonios?
—Bueno, es un politeísmo, Rebeca. O muchos, más bien. Hay todo lo que quieras
meter. Es amplio. Entra todo. Que cada cual se corte el traje a su medida. Si tú crees
en algo, ese algo es real para ti. ¿Álex nunca os ha hablado de sus profundas
creencias cristianas? Veréis, lo dice más o menos así (a mí no me sale su tono, pero os
lo imagináis, susurrando todo cabrón y entrecerrando los ojos y abriendo la sonrisa,
ya le conocéis); pues dice: “La idea de que exista una divinidad monoteísta para todas
las almas humanas, que sea todopoderosa y que haga y deshaga a su antojo, es tan
sencilla, tan simplista, tan ególatra, tan propia de hombres, que tiene, necesariamente,
que ser cierta”. Y luego añade, claro, no podía faltar: “Pero yo lucho en otro bando”.
Javi estaba tan encendido en la conversación que no se había dado ni cuenta de
que Verónica se le iba acercando. La tenía tan pegada que casi podía olerle el hálito
almibarado mezclado con el licor de mora.
—Oye, soy lo peor —dijo de pronto al notarla delante—. Yo aquí apalancado y
vosotras de pie. Espera. ¿Quieres sentarte? Insisto.
Verónica asintió, mientras Rebeca la miraba con una sonrisa débil. Acabó
apartándose un poco a hablar con Mon, adivinando lo que seguía luego. Él trastabilló
cuando se bajó de la silla. La chica se subió a la banqueta y cruzó las piernas, largas y
delgadas, ceñidas por las botas con cintas hasta las rodillas. Llevaba una minifalda
negra de tablas de colegiala cortísima y se había quitado los pantaloncitos de debajo,
así que en esa postura se le veía buena parte de la ancha cenefa adhesiva de encaje de
las medias y el principio de las tiras de las ligas. Él tragó saliva. Tenía la mirada caída
en sus muslos mientras Verónica sonreía. Le tendió el mini y Javi se lo acabó.
—Verás... —empezó él, subiendo la vista muy despacio y recorriéndole pie,
pantorrillas, muslos, cintura, pecho y cara para quedarse, mediante un esfuerzo

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supremo, en sus ojos—, me muero de curiosidad por saber algo.
—Pregunta, Javi —le exhortó ella con una sonrisa lánguida—. Si puedo, te
responderé.
—No es que yo me crea ni media palabra de todo esto, ya sabes. Siempre pensé
que Álex debería haber ido al psiquiatra desde los quince años, es decir, desde que le
conocí, pero... ¿cuál se supone que es tu animal?
Verónica abrió la sonrisa triangular y dejó ver la lengua rosada y los dientes
blancos. Tenía los labios relucientes de saliva; ya se encargaba ella de
humedecérselos de tanto en tanto.
—Es un secreto —respondió—. Acércate y te lo digo al oído.
Él se inclinó sobre ella con cierto decoro, pero la chica le agarró del jersey y le
puso más cerca, hasta rozarle con la carne descubierta del escote. Le respiró en la
oreja.
—Yo soy una zorra —musitó, tocándole el lóbulo con los labios.
Javi resopló prolongadamente.
—Buuffff... Verónica...
—¿No te gusta? ¿No crees que me encaja?
—Joder. Joder. Joder, Verónica —dejó el cigarro en el cenicero de la barra—. No
sabes cómo me estás poniendo...
—Oh, sí que lo sé.
La chica sacudía el pie de la pierna que tenía cruzada sobre la otra.
—¿Sabes de lo que yo tengo ganas, Mon? —le decía Rebeca un poco retirada de
la pareja—. De ver a Álex.
—Y yo... —se esponjó ella como un peluche sólo de pensarlo—. Muchísimas.
—De ver a Álex y de partirle la cara, Mónica. No es normal la que nos ha colado.
Él y su maldito dios.
—Ya te dije que estaba mintiendo...
—Sí, yo también lo pensaba. Pero aun así. ¿Quién se cree que es? ¿Nuestro
padre? ¿Quién coño le mandaba meterse en nuestros asuntos?
—Pues a mí me parece muy bonito lo que ha hecho, Rebeca. Te lo digo en serio.
—¿Bonito? ¿Bonito? Mónica. Ha sido cualquier cosa menos “bonito”. Álex es un
imbécil y ha hecho una imbecilidad, y yo no sé si voy a ser capaz de volver a dirigirle
la palabra en la vida... Hale. Ya están —declaró elevando los ojos al ver a Javi y
Verónica devorándose con fiereza, con la chica abierta completamente de piernas en
la banqueta pese a llevar minifalda y Javi encajado entre sus muslos, frotándose como
si estuvieran follando pero con ropa, sin importarles lo más mínimo que los miraran
—. Al menos podían irse al cuarto oscuro, coño.
—Hala, venga ya —comentó Mon al mirar cómo Javi se la tragaba, cómo le
tocaba el culo, cómo se restregaba contra su pubis, cómo le mordía el cuello—.

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Increíble. Vaya amigo que tiene Álex, ¿eh? —valoró levantando las manos con
incomprensión asombrada—. Como todos sean así no necesita enemigos. Y anda que
Vero... Qué pronto se le ha olvidado, ¿no?
—No se le ha olvidado ni esto, Mon —dijo haciendo una señal de apreciación de
dos centímetros con el índice y el pulgar—. A ver, piensa un poquito. Si el coyote
está aquí es porque ha quedado con Álex. Ya verás el pastel cuando venga. Porque
éste viene. Te apuesto lo que quieras.
Mónica apretó los ojos en un gesto de conmiseración.
—Joder, ya le vale a Vero. Pobre Álex. ¿No había otro? Le va a joder un huevo...
—O igual no. Igual se queda tan a gusto. Hostia, me vibra —se metió la mano en
el bolsillo—. Mon —le dijo muy seria—. Es tu abuela.
—¿Qué? ¿Qué? ¿Y ahora qué hacemos? ¡No lo cojas!
—¿Cómo que no lo coja?
—¡No! No lo cojas, por favor.
—Mon, no seas imbécil. Más se va a preocupar si no lo cojo.
—Pues —la chica dejó escapar el aire y la miró compungida— se supone que
llevo toda la tarde en casa de Verónica. No he ido a ponerle las inyecciones, Beca. Os
he mentido.
La gata sonrió en la penumbra.
—Tranquila. Vámonos fuera y tú déjame hablar a mí —apretó la tecla en cuanto
salieron y dejó de escucharse la música. Llovía con ganas y no había donde cobijarse;
debía de llevar un buen rato haciéndolo mientras estaban dentro, porque corrían los
canales de agua hacia las alcantarillas—. Buenas noches, doña Soledad. ¿Cómo está
usted? Muy bien, gracias. Pues han estado estudiando... Sí. No, han cenado bien.
Pronto, sí. Sí, ya me comentó que Mónica tiene el estómago delicado. No. Sí... Están
acostadas porque ya no rendían. Mañana se levantan a las siete para seguir... Sí. Lo
mismo le digo yo a Verónica, pero no hay manera... ya sabe cómo son... Sí. La
pubertad. Sí... Hay que pasarla...
Rebeca fue la primera que vio la silueta de Álex recortarse contra la calle de San
Marcos, porque Mónica sólo tenía ojos para el teléfono. Él se acercaba con cara de
cabreo, completamente calado, a zancadas largas sobre los charcos. Parecía tener
malditas las ganas de meterse en el local e ir a hacerlo sólo porque había dicho que no
pensaba cambiar de hábitos y por sus cojones lo cumplía. No tenía aspecto de llevar
ni la intención de saludarlas. Rebeca, sin embargo, levantó la mano y le hizo un gesto
de reconocimiento. Cortó la voz remilgada con la que hablaba y le advirtió de forma
gélida.
—Yo en tu lugar no entraría ahí —le dijo separando el móvil y tapando el
auricular, mientras Mónica le daba un tirón del brazo. Rebeca la apartó y siguió
hablando.

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—... Sí, doña Soledad, es que estoy sacando la basura. Sí. ¿Quiere hablar con su
nieta? Yo la despierto en cuanto suba. ¿No es necesario? Sí, yo le doy el número de
casa, por supuesto. Pero verá, es una tontería, porque Verónica está todo el día con
internet. Sí, con los ordenadores. Sí. Lo deja hasta por la noche. Y ¿sabe? Cuando
utilizan el ordenador el teléfono comunica. Sí. Sí. ¿No lo sabía? Es por el módem,
¿sabe? Es un aparato que... No, claro... ¿Su nieta quiere uno? Diga usted que sí, que
son muy útiles... Para hacer los deberes. Sí, son caros... Ya, comprendo... Con la
pensión es difícil. Pero bueno, Mónica tiene la de orfandad, ¿no? Ya. ¿Y la suya? Ya.
Sí. Es menos. Sí, tiene usted razón, que hay que ver lo que gastan a estas edades...
Álex empujó la puerta, enarcando las cejas con extrañeza. Se metió en el garito.
—El que avisa no es traidor —dijo ella, encogiéndose de hombros—. No, no,
perdone. No hablaba con usted. Que estaba saludando a un vecino... —apretó el
teléfono con la mano—. Joder cómo se enrolla tu abuela... ¿Qué, Mon? ¿Apostamos
si le parte la cara? ¿O mejor contamos cuánto tarda en salir?
—¡Rebeca, joder! ¡No hagas eso que se va a dar cuenta!
Él pasó al interior y avanzó unos pasos. Se quedó helado en cuanto los vio, pero
no tardó mucho en reaccionar y aproximarse con una sonrisa lupina. Les tocó el
hombro.
—¿Lo pasáis bien?
—De maravilla —respondió Verónica con naturalidad—. Hasta que llegaste a
jodernos.
La chica estalló en carcajadas. Se acurrucó en un arrumaco contra Javi.
—Tío, perdona —decía él riéndose—. Es que no sabes el chuzo que llevo
encima...
—No hablo contigo, Javi. Verónica —Álex se cruzó de brazos—, no sé qué
intentas demostrar con esto. Yo capté a la perfección tu frase de “No quiero volver a
verte en la vida”, y entendí mejor todavía los quince “hijo de puta” que me soltaste;
así que me pregunto a qué viene el jueguecito de tirarte al amigo para sembrar cizaña.
¿Qué pasa, que quieres que sigamos follando tú y yo? ¿Es tu manera de intentar
recuperarme? Yo no tengo ningún problema con que follemos. Ya sabes dónde está
mi casa. Te traes condones y llamas a la puerta cuando te apetezca. Y en cuanto a
éste... ¿Qué me dices si te digo que me la sopla que te folles a otro y que hasta me
puede llegar a dar morbo?
—Que mientes —replicó ella taladrándole por el filo del ojo.
—A ver, que me da igual a quién te tires. No estamos casados, coño, pero es que
es infantil que te enrolles con un amigo mío para ponerme celoso. No pico. Punto.
¿Qué quieres, que te pida perdón por todo lo del sábado? ¿O lo que te jodió fue lo del
viernes? Yo es que ya he perdido la cuenta...
Empezaron a besarse frente a él sin tapujos. Al cabo de unos minutos, la chica se

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volvió y comprobó que aún estaba allí. Levantó la boca en una sonrisa oblicua.
—Álex, eres un pringado. A ver si creces. Pírate y déjanos en paz.
—Vero, ya —decía Javi completamente borracho—. No te metas con él. Es amigo
mío de hace la tira. Que será un gilipollas, pero es mi gilipollas, tía —y reventó en
carcajadas.
Álex apretó los puños. Le contuvo la sonrisa de Verónica.
—Me cago en tu madre, Javi.
Se dio la vuelta y se alejó para salir del local. El coyote le pilló antes de que
llegara a la puerta. Le lanzó la mano al hombro.
—¡Eh! ¡Álex! Tío, perdona. Pero te lo advertí. Los dos sabíamos que ella estaría
cabreada. Y yo llegué antes. Créeme que lo siento.
Él se giró con los hombros agarrotados. Le miró un instante.
—Eres un puto carroñero, Javi.
—No —estiró los labios—. Un carroñero es Jaime. Yo sólo soy oportunista.
Álex tomó aire muy despacio y se aguantó los deseos de darle una hostia. Pensó,
para controlarse, en que a Verónica le encantaría verle hacer eso y en que, en el
fondo, a la que quería partir la cara era a Verónica, no a Javi. La chica sonreía
taimadamente.
—La zorra gana al final de la historia, Álex. Siempre se marcha riendo, con una
sacudida de cola. Deberías saberlo —le envió un beso—. Que te vaya bien en la vida.
Él rechinó los dientes, empujó la puerta y se marchó.
Rebeca acababa de colgar. La lluvia amainaba, pero se habían calado por
completo. Mónica le comentaba algo en un susurro y ella negaba con la cabeza.
—Ya sale el lobo con el rabo entre las piernas —exclamó la gata—. Has tardado
poco. ¡Eh! No te lo tomes a mal. Tu querida Verónica siempre ha sido un poco...
—Zorra. Lo sé.
—Deberías saber que se ha follado a medio instituto.
—Oh, qué bien. ¿Y tú al otro medio? ¿Cómo os lo partís? ¿Ella se tira a los
guapos y tú a los feos?
—Sólo intentaba consolarte... y no tengo por qué, Álex, que te has portado con
nosotras como un hijo de puta.
—Que te follen —le espetó alejándose.
—¡Que te follen a ti, Álex! —le gritó Rebeca—. ¡Que te follen y que te duela!
Gilipollas. Mónica, ¿estás segura de que quieres ir a...?
—Ahora o nunca —dijo la chica. Le alcanzó corriendo—. Álex.
—¿Qué coño quieres?
—Álex. Me gustas muchísimo.
Él se quedó de piedra. Luego bufó.
—Ya. A ver. Tú a mí no, y estoy ahora de especial mala hostia como para

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decírtelo con tacto. Tienes que aprender a captar las señales y a no soltar según qué
cosas si la respuesta no va a ser positiva. Si quieres perder la virginidad conmigo, lo
siento, pero esto no es una ONG —se metió las manos en los bolsillos del abrigo de
cuero—. Y agradece que no me haya reído, joder.
Siguió andando mirando al suelo, chapoteando en los charcos. Creía que Mónica
ya no le seguía cuando la oyó de nuevo.
—Eso ha dolido de verdad —le dijo con la voz trémula.
Se volvió. Le enterneció un poco. El pelo mojado se le rizaba como si hubiera
metido los dedos en un enchufe, tenía la camiseta pegada a los hombros, las perneras
de los pantalones chorreando hasta las rodillas como si se hubiera zambullido en una
piscina y los ojos húmedos. Se retorcía las manos.
—No puedes evitar hacer daño a los que te rodean, ¿verdad? —Mónica sorbió por
la nariz y se frotó las mejillas—. Creo que ya entiendo por qué no tienes ni un amigo.
—Qué tontería —respondió, pero se sintió incómodo—. Yo conozco a muchísima
gente.
—Uno aquí, uno allá, y a la gente que les rodea. Pero tú no tienes un grupo tuyo.
Él le mostró los dientes.
—Yo soy un omega. Rondo diversas manadas sin pertenecer a ninguna. Y así soy
feliz.
—Tú no eres feliz. Estás completamente solo —sentenció Mónica—. Me das
lástima.
La chica se volvió correteando hasta la puerta del garito, donde estaba Rebeca, sin
esperar su respuesta.

Llamaban al telefonillo. Álex gruñó. Metió la cabeza bajo la almohada y apretó, pero
seguía sonando el timbre de forma insistente, en pitidos largos. Acabó por levantarse
y ponerse unos pantalones. Estirando los brazos, se acercó hasta el auricular.
Descolgó y apretó el botón sin preguntar quién era. Dejó abierta la puerta y se volvió
a tirar sobre la cama. Escuchó con atención. Se oían los chirridos de las suelas de
unos zapatos de hombre contra los peldaños, ascendiendo con tranquilo ritmo. Álex
torció la cabeza. Se incorporó.
—Lucien —reconoció saliendo del dormitorio—. ¿Qué coño haces aquí y a las
cinco de la tarde? ¿No sabes que el domingo duermo todo el día, cojones?
—Haller. Disculpame. Ya sé que no te gusta que vengan a tu lobera, y sé que sos
de hábitos crepusculares. Pero hace una semana que no te conectás al chat, y el
viernes pasado fui al boliche a verte pero no pudimos hablar...
—Joder, he estado ocupado —replicó con agresividad—. ¿Qué pasa, que otra vez
me vas a andar vigilando a ver si no me tiro a los raíles del metro antes de que vengan
los vagones o me ahorco con las sábanas? Lo que yo haga no es asunto tuyo.

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Lázaro hizo un gesto de contención con la mano derecha.
—Estás caliente. Muy bien —Lucien se dio media vuelta—. Si no querés
escuchar lo que tengo que decirte, mejor vuelvo en otro momento.
—No, joder. Espera. Pasa, coño —retiró un revoltijo de ropa de la silla del
ordenador y lo echó sobre la cama—. A tomar por culo. Venga, siéntate. Que no
puedas decir que no soy hospitalario. ¿Quieres un whisky? Lleva en el vaso al aire
siete días y se le han derretido todos los hielos, pero digo yo que pegará igual...
—Sabés que no bebo.
—Lo sé. Era por joder un rato. Pues aquí no tengo leche de soja con galletitas
integrales. Ni la mierda esa de tu patria. ¿Cómo se llamaba?
—Mate.
—En la vida me volvéis a engañar. Tu chica venga a decir que me iba a encantar,
que chupara por la pajita sin respirar. Qué puto asco. ¿Lo mastican y lo escupen a la
botella o qué?
—Alejandro, es una yerba, no una cerveza. Como una infusión. Y ni siquiera. Es
un acto social, entendés.
—Sí, calentito estaba. ¿Entonces lo mean?
Lucien contuvo una carcajada.
—A mí tampoco me entusiasma. ¿A vos te gustan los toros? ¿O la caza del zorro?
A Álex le entró la risa.
—Tienes toda la puta razón. Aunque lo de la caza del zorro tiene su encanto —
masculló con la cabeza en otra parte, flexionando todos los dedos y disfrutando de los
chasquidos de las falanges—. Y de fumar, tampoco, ¿eh? Un chico sano. Así llegarás
a los noventa y podrás disfrutar de una de las pocas compensaciones que tiene la
decrepitud: joderle la vida a una persona joven y atlética para que te limpie la baba y
te cambie los pañales para adultos —se encendió el cigarro—. Personalmente,
prefiero acabar antes. Pues a ver qué te ofrezco yo... ¿Un filete de vaca? ¿Un vaso de
agua del grifo?
—Con tu atención me sobra, Haller.
Álex se sentó en el colchón.
—Soy todo oídos.
—Orejas derechas y peludas mejor, Haller. Necesito que hagas algo por mí.
—Oh dios. ¿Es algo místico? Sí. Claro que es algo místico, no me jodas. Sabes
que te voy a decir que no. ¿Por qué no te lo guisas y te lo comes tú solito?
—Es algo “místico”, como decís, pero ¿qué no lo es? Nunca entendí esa
diferencia.
—Lucien. Joder. Cuántas veces te lo he dicho. Pues una más: NO. No me voy a
poner hasta el culo de ayahuasca y a acompañarte en un pedazo de viaje psicodélico a
recuperar almas perdidas, encontrar mi yo oculto y soplapolleces semejantes. Yo

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tengo los pies en el suelo.
—Lo sé. Tu visión es limitada. Sé que vos no tenés alas.
—No sé si tomármelo como un insulto o un cumplido, tío. Sabes que la wicca me
da tirria, así que...
—Tomátelo como lo que es: la verdad. Pero esto es terrenal, Haller. Se trata de la
chica que estaba con vos en el boliche.
—¿La zorra de Verónica? ¿Qué le pasa? Dime que Ángeles ha visto en las cartas
que la atropella una moto del telepizza y le desfigura toda la cara y me das un alegrón
que no te puedes imaginar.
Lázaro se rió.
—Intuyo que rompieron su relación. No, no ésa. La del flequillo a lo Audrey
Hepburn.
—¿La graja? —Álex resopló echando la cabeza hacia atrás—. Pues sí que
estamos buenos. Ayer mismo le solté una de mis mejores perlas. Dudo que quiera
volver a oír la pronunciación de mi nombre.
—Esa nena está muerta de amor por vos, Haller.
—Joder. Si al final va a ser verdad que tienes poderes —comentó con
socarronería—. Aunque para ver eso basta con tener ojos. ¿Qué pasa con ella?
—Quiero que la vigiles nomás.
—¿Qué? Venga, hombre. Ahora que por fin me he librado de ellas, no tengo otra
cosa mejor que hacer que andar detrás de esa mocosa.
—Alejandro —pronunció Lucien lentamente. No había amenaza en su voz, pero
se puso tenso—. Sabés que yo respeto tu espacio, pero que estoy siempre cuando me
necesitás. Ahora yo te necesito a vos. ¿Me lo vas a negar?
Álex expulsó el humo. Levantó la cabeza.
—No, claro que no —se rindió—. Pero me gustaría saber qué coño pasa.
—Te reirías si te lo contara, Haller.
—Palabra que no me río.
—Te tomo la palabra. Si te cagás de risa no respondo de mis actos. Mirá, hizo
algo que mantiene su alma... su dios, si lo preferís... demasiado despierto.
—Pues de puta madre —declaró Álex estirándose—. Me alegro por ella. ¿Qué
tiene eso de malo? Que se relaje y lo disfrute, como en una violación.
—Tiene de malo que es muy chica para manejarlo, Haller, sólo eso. Además su
experiencia fue un fracaso; no pudo levantar el vuelo, así que el ave pugna por ello y
la está torturando por dentro. Acá no hay nada que la retenga; todo lo que puede
querer está al otro lado. Su cuervo aletea y se despega del suelo, y no está preparada.
Sólo te pido que la sujetes a la tierra. Eso podés hacerlo, ¿no, Alejandro?
Álex sacudió la cabeza.
—A ver. No te sigo. ¿Qué me estás pidiendo? ¿Que me la folle para que le mole

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mazo estar viva y coleando?
Lázaro soltó una carcajada fuerte y melodiosa.
—Siempre tenés que pensar con la pija, Haller. Pero por ahí va la cosa... Pegala a
la tierra, lobo. Agarrala y partile las alas. Como te parezca más oportuno. Y evitá que
viaje.
—¿Cómo que que viaje? ¿Qué pasa, que va a tener un accidente? Sé un poco más
críptico, Lucien, que he estado casi a punto de entenderte y pierde toda la gracia.
—Que se le salga el alma, Haller. Evitá que tenga contacto con lo sobrenatural en
cualquiera de sus manifestaciones.
Álex levantó las cejas.
—Mira, yo ya hice lo que me pareció para echarlas del juego a patadas.
—Haller. Vos todo lo resolvés a mordiscos.
—Pues eso. ¿Que no ha funcionado? Que las follen. No son nada mío.
—Mío sí, Alejandro.
—Por eso precisamente hay algo que no me cuadra. La chica es de los tuyos, ¿no?
No sé si será un cuervo, pero es un pajarito con su pico, su buche y sus alerones. De
eso no cabe duda. Pues ¿por qué no te ocupas tú de ella?
—Eso estoy haciendo ahora mismo, Haller. ¿Me vas a ayudar?
Álex suspiró.
—Ya sabes que sí, joder. Mañana me tienes como un clavo en la puerta de su
instituto haciendo el gilipollas. A Verónica le encantará... —se masticó la sonrisa
apretada—. Pero una cosa: ¿por qué yo? ¿Por qué no mandas a tus viejas locas de las
clases del tarot? Vale, eso era un chiste. Ahora en serio: ¿por qué no mandas a uno de
los muchos colgados de tu puta secta del Palacio Real? Los tienes a docenas, como
las cajas de huevos.
—Porque ellos vuelan, Haller. Todos son pájaros. Vos sos el único que tiene las
cuatro patas firmemente ancladas a la tierra, siempre en movimiento, con el hocico
apuntando a la luna. Sos el único que puede sujetarla.

—¿Qué te pongo? —preguntó el camarero cuando se acercó a la caja.


—Café solo —respondió mientras buscaba la cartera. Sacó una moneda de veinte
duros y cogió el platillo con la taza—. Gracias.
Se lo llevó al extremo de la barra, cogiéndolo con las dos manos para evitar que la
cerámica tintineara por el pulso y sin separarse el cigarro de la boca. Mientras mordía
el filtro, el humo espeso le nublaba la cara. Contuvo una tos seca. Sonaba el
entrechocar de las cucharas y platos, el ruleteo, la voz de ¡premio! y las teclas de la
máquina tragaperras. El bar tenía unos setos a la entrada, toda una pared llena de
jamones y otra de botellas de vino: era como una taberna de pueblo, pero reluciente y
pija, a dos metros de la calle Goya. No había más cafeterías a la redonda donde elegir.

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Álex dejó el café en la curva que hacía el mostrador de mármol, lo más cerca posible
de la cristalera. Regresó a por la vuelta. Fumó con parsimonia, mientras degustaba a
sorbos el café amargo y pensaba.
Miró la hora y contempló sin interés el edificio teja y blanco del instituto. Eran
las doce y cuarto. No recordaba bien hasta cuándo tenían clase en BUP, pero era
probable que quedara un buen rato para que terminaran. Llevaba rondando a paso de
lobo los alrededores desde las siete de la mañana y estaba hasta los huevos. Además,
puede que las tres crías le hubieran visto cuando se liaban un canuto encogidas detrás
del cartelón de propaganda que había junto a la boca del metro, mientras él vigilaba
como un perro en la otra acera. Al menos comprobó que sólo se dedicaban a pintarse
las uñas y hablar, seguro que de gilipolleces, sin hojas de cuaderno con signos
jeroglíficos. Se le pasaron un par de horas muertas haciendo la ronda. Cuando
escuchó el barullo del recreo se coló en un edificio cercano para poder contemplar el
patio desde arriba —tras gruñirle al portero que iba a la consulta de un médico que
acaba de leer en los letreros del timbre— y le dio mil patadas descubrir que el
instituto o bien tenía el patio cubierto o ni tenía patio, porque desde arriba no se veía
una mierda más que las azoteas. Ahora tocaba descanso hasta que sonara el timbre.
Había olvidado traerse un libro, así que suspiró y se entretuvo contemplando las
cristaleras, piso por piso. El bar estaba en la acera de enfrente al instituto, y se
distinguían sin dificultad las cabecitas de los estudiantes y la figura del profesor.
Había chicos que miraban por la ventana, en su dirección, con ojos ausentes. Le
entraron ganas de saludarles.
Entonces la vio. Se le abrieron los ojos como platos.
—¡Mierda! —fue lo único que acertó a decir. Se levantó precipitadamente tirando
del manillar de la puerta de vidrio. No le dio tiempo a más que a salir de la cafetería.

Mónica separó el boli de su hoja de examen. Había sentido, de pronto, una sensación
extrañísima. Acababan de cruzársele todas las letras frente a sus ojos, como si fueran
bichitos. Pestañeó: al instante siguiente todo estaba igual. Continuó escribiendo
arañando el papel. Levantó la cabeza y se quedó obnubilada.
—Muñoz, la vista en su mesa.
Pero Mónica tenía un rictus de terror en la boca. Se tambaleó en el asiento y miró
al profesor estúpidamente.
—¿Qué le pasa, Muñoz? ¡Continúe haciendo el examen!
Mon se fue inclinando despacio, absurdamente, como si lo hiciera a propósito,
hasta que se cayó de la silla.
—¡Muñoz! —el profesor se acercó al pupitre y subió a la niña—. ¿Estás
mareada? ¿Qué te pasa? ¿Puedes estar de pie?
Mónica asintió. Parpadeó varias veces. Tragó saliva. Vero se había levantado de

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su sitio y venía corriendo. La clase entera había roto a hablar, se reía y aprovechaba
para sacarse las chuletas.
—¡Silencio! Ferrán —le dijo a Verónica—, acompañe a Muñoz a jefatura.
Verónica asintió. Cogió a su amiga de la mano y la sacó de allí. Salieron de la
clase.
—Tía. Podrías haber avisado y dejaba los apuntes en el baño. La estrategia
cojonuda, pero ¿cómo quieres ahora que nos metamos sabiendo más que cuando
hemos salido?
Mon empezó a hablar con la voz viscosa, como delirando.
—Vero. Vero, estoy fatal. Es como si me hubiera metido otro tripi. Estoy muy
mal, muy mal, como si algo me comiera por dentro. Como si algo me picoteara por
dentro. Tengo miedo, Vero. Tengo miedo. Cógeme. Tengo frío.
—Venga ya, Mon. No te pasa nada, mujer. Tú no te has comido más tripis que el
del otro viernes y nos sentó a las tres de puta madre.
Mónica tenía el color del papel.
—¡Vero!
—¡Joder! ¿Qué pasa? Me estás asustando.
—Ayúdame —Mónica se agarró a ella con tanta fuerza que le hizo daño. Tenía tal
cara de angustia que su amiga se impresionó. De pronto, se le desplomó en los
brazos.
—¡Mónica! ¿Qué coño te pasa?
—No puedo sujetarme la conciencia... —gorgoteó—. Se me está rompiendo, se
me va volando, ahora está aquí, ahora allí, ahora soy yo, ahora soy todo, ahora no soy
nada...
—¿Pero qué coño dices, Mon? —decía Verónica, sosteniendo a su amiga—. No
me digas que te has fumado el porro en ayunas. ¿Quieres comer algo? ¿Te traigo un
café? Mon. ¿Quieres desayunar? ¡Mon! ¿Qué te pasa? Mon, me estás asustando.
Joder. ¡Háblame! ¿Qué te duele? ¿Es la tripa? Tía, ¡dime algo! —Mónica arrastraba
las piernas y ponía los pies como de muerto. Se golpeaba los empeines contra las
baldosas. Vero la llevó unos pasos a cuestas, pero le pesaba. Abrió la puerta de una
clase para pedir ayuda—. ¡Joder! Vacía. Vale. Vale. Quédate aquí, siéntate un rato.
Tranquila. Espera que voy a jefatura a pedir una pastilla, aunque no sé si me la darán
sin ir tú... ¡No pongas esa cara! Joder joder joder. Vale. Tranquila. No te muevas de
aquí. Respira. ¡No me asustes! Estoy aquí en un vuelo.
Verónica la zarandeaba y abría y cerraba la boca. Estaba hablándole, pero no la
entendía. Mónica le miraba los labios con muchísima atención, pero sólo captaba una
retahíla de palabras sin sentido (coño viernes madre fumado café tripa pastilla vuelo).
Tenía escalofríos. Entonces le vino la náusea, un vértigo inmenso, como si el edificio
entero se hubiera inclinado.

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De golpe la realidad se dio la vuelta como un calcetín. Verónica ya no estaba en
su campo de visión. Se veía por dentro, hueca, como un paisaje de carne, de sangre y
de huesos. Se sintió extrañamente tranquila, reconfortada. Le apetecía caminar por
allí. Rebuscó, tanteó con las yemas suavísimas —quizá demasiado suaves, no
exactamente algodonosas, pero livianas, cambiantes al tacto, como pasar la mano por
un cepillo de dientes, demasiado dispersas, demasiado extrañas para ser yemas
humanas—. Entró por su propia boca y recorrió la garganta. Sentía el forcejeo desde
las dos perspectivas, entrando por el túnel y siendo el túnel, las dos incomodidades, el
atravesar el esófago y el estómago, empaparse en una sopa primigenia como el caldo
de cultivo del océano antes de la evolución y chapotear y sentir temor de nuevo,
porque si se le mojaban las alas en ácido ya no podría volar, y el graznido comenzó a
ser de pánico, sacudió las plumas y las zarandeó furiosamente para salir del agua
espesa, estaba en una jaula con sus hierros de carne, de músculo y tendones, luchó
con el pico y las garras, pió, se golpeó contra los barrotes húmedos y le dolió en el
estómago y en el buche —cárcel y prisionero—, pero de pronto la puerta se abrió y
pasó el píloro, ahora estaba en un laberinto, y no había salida posible, y tenía que
abrirse camino de la manera que fuese, así que se lanzó con todas sus fuerzas contra
la masa gelatinosa de carne y de pelos. Pasó. Sintió una sensación de caída, de vuelo
en picado, era espectacular, maravilloso, las corrientes de aire fresco bailaban en sus
plumas remeras, le daba el viento en el rostro. Vuelo..., pensaba. Estoy volando. A lo
lejos brillaba, suave al tacto, tibio y liso, el huevo, en la matriz, y era inmenso, y
ahora estaba dentro del huevo, era el huevo y era la matriz y era el pico que lo
golpeaba y era el polluelo y era la cáscara, y sintió el crujido, y aulló cuando se hizo
añicos. La realidad, entonces, se le fragmentó del todo. Como un espejo infinito, su
cuerpo, su alma, el huevo, el mundo entero se rajó en mil pedazos, y cada trozo era
una parte de lo que antes estaba intacto, pero ahora en dos dimensiones, con el reflejo
de su miembro roto —aquí un ojo, allá una mano, un pie, un pedazo del cráneo, una
oreja—. El dolor era espantoso, se le habían quebrado el cuerpo y la conciencia y el
sufrimiento hacía que se retorciera de agonía en cada una de sus partes
desperdigadas. Los fragmentos se giraron con la luz y despidieron, al tiempo, un
brillo cegador, pero de pronto abrieron las alas —ella era, sentía, abría las alas desde
cada parte de su organismo despedazado en cristales: aquí las manos se unen por los
pulgares y revolotean como en una sombra chinesca, ahí los ojos parpadean y las
pestañas plumosas se sacuden y aletean, y todas las esquirlas se desplegaron y
sacudieron y alzó el vuelo en bandada mientras gritaba de placer, porque sentía el
viento de nuevo bajo sus cien alas—. Cuando hubo abandonado el intento de
ensamblar la realidad, que se había desintegrado en mil pájaros negros, comprendió.
Se le había disuelto la conciencia. Era todos los cuervos del mundo, de todos
participaba: todos rompían el cascarón, comían, volaban, se apareaban, graznaban, se

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abatían sobre los difuntos y se reunían en las copas de los árboles. Todos hablaban
con sus picos abiertos y todos morían y volvían a nacer, porque eran uno. Ella era la
que picoteaba el globo ocular blando y gelatinoso en ese momento, pero era también
sus padres y sus crías, y no dejaría de ser cuando aquel cuerpecillo no volviera a
levantarse. Sentía con todos los cuerpos. Veía desde todos los ojos. Volaba con todas
las alas. Estaba en todas partes. La sensación de tener el ego disperso en tantos
lugares desde los que podía pensar al tiempo —no con palabras ni con conceptos, con
realidades instintivas, no con mentiras sino con objetos— no era aterradora, era
magnífica y espléndida, era como no morir nunca jamás, estar viva para siempre, ser
eterna...
—¡Mierda! —Álex salió corriendo de la cafetería al ver a la chica saltar por la
ventana entreabierta con tal violencia que rompió los cristales. No le dio tiempo a
más que a atravesar la salida del bar. Se detuvo en seco, como si se le hubiera cortado
la respiración. Entonces, se fue el sonido de la calle. El tiempo se detuvo. La puerta
del bar se quedó balanceándose hacia delante y hacia atrás.
La vio descender con total perfección desde el penúltimo piso del instituto, como
a cámara lenta. Vio cómo caía con los brazos extendidos. Se deslizaba de cabeza,
como si el aire fuera agua y, en el último instante, pudiera dar unas brazadas y volver
a elevarse. La ropa se sacudía en sus brazos y en sus piernas. Pensó, en esos dos
segundos, que tenía los ojos abiertos mientras caía.
Vuelo...
Álex contuvo el aliento, pero no apartó la vista cuando se produjo el sonido
carnoso y el cuerpo se reventó contra el suelo a menos de veinte metros de él. El
ruido se le repitió en un eco en los oídos. Dos palomas sucias, del color de la acera,
echaron a volar de golpe. Soltó el aire que había contenido y contempló el bulto,
como una muñeca rota. Bajo la masa oscura de tela y de vísceras, la sangre fluía lenta
y suavemente hasta formar un charco pringoso que se extendía. Un coche se paró en
seco al principio de la calle. La gente empezó a salir de los comercios. En el instituto
comenzaron a aparecer cabecitas en todas las ventanas. Todavía no se oía un ruido. El
lobo, con su segunda vista, contempló cómo se desprendía levísimamente la figura
alada del cuerpo aplastado. El ave de la chica muerta salió volando en espíritu: era
enteramente negra hasta el pico. Como una voluta de humo, se elevó en el aire.
“Qué te parece”, pensó. “Así que acerté cuando le di un cuervo. Quién lo iba a
decir...”.
—Mala suerte, Lucien. Lo siento.
La gente comenzaba a hacer un corro en torno a la suicida, sin atreverse a tocarla.
Empezaban a oírse gritos y conversaciones alteradas, como si alguien fuese subiendo
poco a poco el volumen de una radio imaginaria. Él no hizo amago de acercarse al
cuerpo. Se dio cuenta de que no había soltado el cigarro que se estaba fumando. Le

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dio una calada larga, lo aplastó contra el suelo y se alejó de allí sin mirar atrás, con un
trote cadencioso, a pasos largos y elásticos. El sol le daba en la cara y le arrancaba a
los pies una sombra que caminaba tras sus huellas y que, sin duda alguna, tenía cuatro
patas.

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El primer caído
TRAE SUERTE. Eso dice el chamán. Por eso la conserva. Atrae al búfalo, al ciervo,
al caballo, al corzo y al jabalí, y espanta al lobo, al león, la hiena, el zorro, el dientes
de sable y el glotón. Lo hace con su sola presencia, gañendo furiosa atada a la estaca,
hinchando el collar pardo del pelo, bajando la testa y mostrando la lengua entre las
filas de dientes blancos. Es magia. Eso dice el chamán. Ella no lo comprende; sólo
defiende su territorio y la extraña manada que la crió, formada por criaturas bípedas
de olores almizcleños y estrafalarios: cuero curtido, sudor, estiércol, hueso, palo
quemado. Le gustan los cachorros rosados de bracitos y piernas tiernísimas, que
podría partir de un solo mordisco. En cambio, cuelga la lengua y les lame las
pantorrillas cuando le tiran de las orejas y el rabo. Ayuda en la caza. Se oculta en el
cañaveral, meneando la cola con excitación y, al grito, se lanza contra la presa y la
levanta. A veces muerde en los jarretes o en la yugular, pero su manada remata
siempre; ella sola no podría hacerlo. Al despiezar el cadáver para conservar la carne
en sus pozos bajo el hielo, ronda al muerto y siempre roba un bocado crudo, tibio y
sangriento. El chamán la obliga a echarse a su lado en la gruta cuando hace sus
invocaciones y sus pinturas de animales y sus crípticos puntos, rayas, cuadrículas y
flechas, mientras ella abre la boca en un bostezo descomunal, serrado de cuchillas.
Cuando su manada humana se reúne con otras, la exhiben orgullosos. Su dueño la
lleva siempre junto a sus rodillas, y ella corretea entre las hogueras sagradas con su
rápido y esbelto cuerpo pinto, danza como las hojas en el bosque y, al son de la flauta
de su amo, canta con su voz tristísima. Atrae la caza y la luz del sol. Trae suerte. El
verano siempre es claro, frío, verde y propicio.
A cambio, sabe que cada día tendrá al alcance de sus mandíbulas un trozo de
carne asada, cuyo sabor es tan distinto, tan suave, blando, intoxicante, que no admite
comparación con las tajadas durísimas de las carroñas recién abatidas, y que el rincón
cálido junto al fuego, a los pies del chamán, está reservado sólo para ella.
Ya no recuerda a los suyos. La manada de hombres hizo una batida en el monte y
le clavaron la lanza a su madre cuando la trasladaba de lobera, llevándola entre los
dientes por el pellejo del cuello. Su amo, un animal anciano, huesudo y alto, envuelto
en pieles de lobo y con la cara pintada con la sangre de la bestia, la recogió y ella le
hundió los colmillos de leche, finos y afilados como agujas de pino, en el dedo. El
chamán la apretó contra su pecho y la envolvió en el cuero. Olía a sangre, a
transpiración, a humo y a fuego, pero también a lobo, aunque fuera a lobo muerto. La
peste familiar la tranquilizó y se quedó dormida en sus brazos, gimiendo.
Su grupo humano es nómada. Conocen cada palmo, cada pulgada de su territorio.
Tienen varias cuevas ya escogidas, situadas estratégicamente cerca de los itinerarios
de animales migratorios, y allí se trasladan en cada época del año. Los lobos van tras

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ellos. Compiten por las mismas presas. Buscan los mismos rebaños, y no desprecian a
los cachorros de hombre como entretenimiento de sus lobatos para enseñarles a cazar.
Sin embargo, desde que ella vive con su grupo, los lobos se acercan menos. Eso
agrada al chamán, que considera incómodo que los dioses del monte y de la caza se
paseen por la tierra y se entrometan en los asuntos humanos.
Su chamán, el de su manada, es el más respetado de todas las tribus de la región
porque es el único que posee un dios, una pequeña divinidad a su servicio. Otros han
intentado imitarle y atrapar a los lobos adultos, pero perdieron dedos y manos enteras
al acercarse a los animales heridos. Sólo ella permanece junto a los hombres.
No sabe por qué.
Algunas noches, aúlla. Sin motivo alguno, eleva sus quejas al cielo. Hinca las
uñas en la tierra, levanta el hocico y grita. El esparto tejido se clava en su garganta y
el firmamento inmenso se le queda pequeño. Sobre la colina se recortan siluetas con
las grupas bajas y los ojos incandescentes. A veces, responden a su voz. Otras no.
Un descomunal lobo gris, viejo, resabiado y cano, solitario, con el costillar
ondulado de un hambre perpetua y el collarín de pelo áspero siempre erizado, ronda
últimamente el campamento. Se lleva el hueso baboseado por la boca de un crío, la
tajada que cuelga secándose del armazón de ramas, la liebre despellejada que deja la
mujer un instante sobre la piedra, el resto de un guiso, el bebé recién nacido de la
cuna, la bota de cuero blando, el pedazo de venado recién cazado, el muerto enterrado
en la capa de nieve. Los cazadores, nerviosos, le ponen trampas día tras día, pero el
lobo se come los cebos y se libra de las cuerdas sin que acierten a saber de qué
manera lo consigue. Le llueven las flechas cada vez que se asoma entre los peñascos,
pero, como si estuviera hecho de sombras, se escurre hábilmente para luego mostrar
su sonrisa oscura de belfos quemados y sus dientes enormes, amarillos del sarro y
partidos. Con la risa negra estrangulada en el cráneo, regresa y depreda. Esta noche,
le ha arrancado el brazo a un niño.
El chamán realiza sus hechizos e interroga a su dios. Ella mueve la cola y le lame
la cara pringosa de pinturas elaboradas con sangre batida y huevo. Se siente inquieta,
febril. Nota los cambios que se arrastran bajo su pelo, que le crecen desde el sexo y la
estremecen hasta la punta de las orejas derechas y el morro. Olisquea los aromas
excitantes que le trae el viento. Se chupetea ávidamente la sangre del menstruo y se
muerde la cola con tristura. El chamán contempla desde que cae el sol hasta que sale
la luna la silueta altiva del lobo en su pico y decide dejarle ofrendas de carne, de
grasa y de huesos al gran dios solitario y vengativo. El animal baja cada noche y se
da un festín con la comida humana, pero sigue robando chiquillos y rascando con las
patas el cementerio para arrastrar los cadáveres hasta su cubil. Los cazadores lo
persiguieron hasta que se subió a las peñas más altas, a las más inaccesibles, pero a la
tarde escucharon su aullido escalofriante y por la noche estaba de nuevo dando

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vueltas en torno al asentamiento, con los ojos relucientes y la sonrisa violenta
estirando el hocico.
Cuando se rozaron las narices negras, aspirando sus olores deliciosos y ariscos,
ella casi se ahorcó con la cuerda. La ventisca rugía sobre los lobos y el chamán
soplaba su flauta mientras ella alzaba la pata para permitir el lametazo largo, sensible
y detenido, del animal en su entrepierna. Gañendo un ansia que no comprendía, torció
la cola y se dejó montar por el macho. El lobo se hinchó en el interior y el lazo del
coito hizo que fuera imposible que se separaran. El chamán alejó los labios de su
instrumento y pensó, al verlos, que ahora podría matar a la bestia; pero se quedó muy
quieto, sin emitir un sonido. Era hermoso, salvaje y magnífico; jamás un hombre
había contemplado el amor de dos lobos. La pareja se retorcía gimoteando, hacía una
cabriola incomprensible hasta quedarse de espaldas, grupa contra grupa, y así
permanecieron aullando en éxtasis, con los hocicos elevados al cielo. Jugaron como
cachorrillos inconscientes tras la cópula. Él, después, se alejó, no sin volver
repetidamente la cabeza, sorprendido de que la hembra no lo siguiera.
Al alba, el macho regresó. Mostrando la hilera de dientes, regurgitó un bocado de
carne medio digerida en el suelo. Ella comió, le lamió el hocico, tiró del atado hasta
dejarse marcas de sangre en el gaznate.
El rebaño de caribúes partía hacia el sur, y los hombres levantaron el
campamento. Los humanos se pusieron en marcha. El lobo gris iba con ellos. Los
seguía a cierta distancia, pero sin perderlos. El chamán llevaba a la loba cogida por la
cuerda. La hembra se rizaba, giraba la cerviz, lloraba. Dos lunas después, la loba
paría una camada de cachorros ciegos, negruzcas y redondas bolas de pelo, y se
tragaba la placenta. Su pareja le traía liebres y jerbos, de los que ella no dejaba ni los
huesos. Chupaba sin cesar los cuerpecillos gordos de sus retoños mientras se
enganchaban a su pecho, ante la mirada vigilante y complacida del macho, que
dormitaba a ratos, siempre con un ojo abierto, para alejarse de un salto al distinguir el
paso ligero del cazador detrás de su cuerpo. El chamán cada vez la alimentaba menos.
Le daba respeto acercarse. Las crías correteaban dando tumbos entre las piernas de
los niños humanos cuando la loba, una noche en que la luna enorme tenía el color
dorado de la hoguera, de un tirón formidable, rompió el esparto de su garganta.
El chamán los contemplaba desde la cueva. El gran lobo gris bajó la cabeza, le
midió con la mirada, gruñó fieramente, volvió grupa y se marchó trotando junto a su
hembra, dejando un legado y un eterno vínculo. Fue un pacto, una alianza silenciosa,
cruel e injusta: sus hijos se quedaron junto a los hombres, para siempre.

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El lobo matrero

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I
Si no utilizas a tu animal se acabará durmiendo. Dejará de actuar y será el hombre
el que tome el control.

ÁLEX GUARDÓ LA PARTIDA. Tras apretar la tecla de la equis con el pulgar, dejó
el mando de la playstation azul sobre el teclado. Apagó el monitor y se pasó los dedos
por los ojos. Buscó la hora entre todos los papeles y discos del cajón de la mesa del
ordenador. Se topó con un billete de mil y lo metió en la cartera con mimo, como si
dispusiera de un tesoro. Las sienes le latían sordamente; llevaba jugando más de diez
horas sin parar, anotando los fallos en el código que tenía minimizado en pantalla.
Guardó otra vez el reloj de muñeca en el cajón y lo cerró. Salió del dormitorio y tiró
del pomo de la ventana. Se cayeron un par de cachos de cristal mal pegados con la
cinta adhesiva.
—Mierda.
Los apartó con la bota y salió al balconcillo, que estaba lleno de guarrería de la
lluvia, con barro y hojas secas. Se apoyó en la baranda de hierro buscando la luna en
el cielo. No la encontró y suspiró prolongadamente. Hacía bastante frío; la brisa
suave le daba en la cara y le espabiló un poco. Le estallaba la cabeza. Encendió un
cigarro y se guardó el paquete casi vacío con el mechero en el bolsillo de atrás. Se
metió para dentro, dejando abierto. Cogió una botella del suelo, la enjuagó en el
fregadero y la llenó de agua. Volvió a salir y bebió un trago; tenía un regusto
desagradable a whisky. Le entraron de pronto unas ganas irracionales de lanzar la
botella a la calle, sólo para escuchar el ruido. Se contuvo porque le pareció una
gilipollez, y porque además quería guardarla en la nevera para disponer de agua
fresca. Volvió a entrar en la casa. Dejó el pitillo en un cenicero. Abrió una alacena y
empezó a sacar trastos hasta que encontró una caja de aspirinas con los dos envases
empezados dentro. Estrujó una burbuja, retiró el papel de aluminio, cogió la pastilla y
se la tragó. Se quedó pensativo, arañando el aluminio con el nombre comercial. Sacó
otra, se la echó a la boca y bebió agua. Se entretuvo en quitar los trocitos de rebabas
plateadas y verdes hasta dejar transparente la lámina. Extrajo una tercera y se la
tomó. Se sentó en el suelo junto al mueble, paseando los dedos entre las cavidades del
plástico y devolviendo a su forma original las que estaban deformadas. Cogió el otro
blíster y prensó dos montículos. Jugueteó con las grageas y se las metió de golpe sin
necesidad de agua. Entonces apretó los dientes, abrió mucho los ojos brillantes y dejó
escapar un hálito. Empezó a sacar pastillas, estallando todos los botones y dejando el
plástico hecho un retorcido. Se las masticó y engulló, llenándose la boca, conteniendo

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la tos y esforzándose en beber para deglutir. Se acabó la caja. A cuatro patas, se lanzó
contra la alacena y tiró todo lo que había encima.
—¡Joder! —exclamó haciendo fuerza contra el estante de en medio hasta volcarlo
sobre él. Removió con las rodillas y las manos y encontró otro blíster a la mitad. Se
llenó la mano izquierda y se metió otras cinco aspirinas en la boca. Abrió las dos
portezuelas del mueble, se puso de pie y sacudió el aparador, inclinándolo para que
cayera el contenido: papeles, bolsas, botellas de alcohol cuyos cristales
entrechocaron. Hizo lo mismo con el otro módulo blanco del Ikea y luego se lanzó a
revolver entre las cosas del suelo. Por todas partes aparecía el dinero que había
escondido para utilizar luego pero siempre olvidaba dónde lo había puesto. Con un
gesto de honda satisfacción, abrió una caja de clamoxil aplastada. No tenía ni una
gragea; la lanzó contra la pared y siguió buscando. Los ojos le relucían salvajemente
cuando se topó con una bolsa pequeña de las de farmacia. Metió la mano y encontró
un envase de preservativos, que estuvo a punto de tirar por la ventana de la rabia que
le dio, y otra caja entera, sin tocar, de ácido acetilsalicílico. Vació los dos plásticos y
se comió los comprimidos a puñados. Tragó agua y tiró la botella, que se rompió en
una esquina. Empezó a darles patadas a los trastos, quitándolos de su camino y
agachándose a mirar si encontraba más medicinas. Halló un envase con una sola
pastilla y se la tragó enfurecido, triturándola con los dientes para saborear su
desagradable gusto amargo, que le provocó náuseas. Abrió a puntapiés un claro en la
mierda en el centro de la habitación. Se mordió el labio inferior. Tiritaba, aunque no
hacía tanto frío. Intentó respirar e inspirar despacio, pero los dientes le castañeteaban.
Cuando fue a mirar otra bolsa de farmacia que tenía sobre la pila de revistas, se le
cayó un montón de libros. Con las manos temblorosas como las de un viejo intentó
evitar el bamboleo, pero la columna se seguía deshaciendo y los tebeos se escurrían.
Tomó aire y apoyó las dos manos contra la pared, la derecha en el interruptor. La
lámpara se apagó. Se le escapó un gemido largo de los labios. Estaba, por primera
vez desde hacía mucho tiempo, realmente aterrado.
Se tumbó en el suelo boca arriba. Cerró los ojos. Empezó a concentrarse, a estirar
y contraer los músculos, a buscarse el alma destrozada en el cuerpo, pero no era
capaz de controlar la respiración, que le salía violentamente rápida y ahogada, en
consonancia con la frecuencia cardiaca. Pasaron minutos rítmicos, largos, estirados
como el agua que gotea de un grifo. Le dolía la mandíbula de tanto constreñirla, y las
cejas y los pómulos por la presión de mantener los ojos cerrados. Rugía del esfuerzo,
retorcía la espina dorsal y echaba la cabeza hacia atrás, levantando las costillas como
si se le estuviera partiendo en dos el pecho. Sudaba como un cerdo. Sentía el charco
pegado a la camiseta, chorreándole, como si pudiera chapotear y resbalarse en su
propia transpiración. Se le caían dos hilos de lágrimas por las sienes. Furioso, se
rindió. Golpeó los puños contra el suelo.

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Entonces salió el lobo limpiamente, como quien deshace un lazo. Lo vomitaba
con un dolor agudísimo. Lo echó con el grito, mientras, por dentro, todo se le rompía.
Podía oír los chasquidos.
Tira, pensó. Sigue tirando hasta que arrastres contigo el alma del hombre
enganchada por el ombligo. Cómetela. Rompe, desgarra, traga, mastica.
Separó los párpados y pudo verlo, entre las brumas y las chispas de las pupilas
que han permanecido mucho rato prietas. Era como un jirón de niebla. Proyectaba
contra el muro una silueta alargada, nítida, con las patas larguísimas. Tenía la forma
confusa de un lobo, pero era una nube de polvo que estaba justo encima. Cada
partícula resplandecía como si la iluminara un rayo de luz plateado. En la pared, la
sombra se sacudió y estiró las patas delanteras. Giró la cabeza y reflejó el morro,
levantó el collarín y bajó el cráneo, alzando una zarpa en tinieblas y poniendo la cola
erecta. Álex sintió un mareo increíble. Todo se le puso patas arriba y se miró desde el
cielo, el cuerpo pálido, débil, enfermizo y ondulado en una postura difícil, como una
marioneta caída. Se le salía una polvareda luminosa de la boca, que tomaba cuerpo en
la figura lupina.
—Estás aquí —sollozó su doble conciencia profundamente—. Aquí estoy.
El pensamiento fue duplicado y confuso, con eco, sin palabras verdaderas. Quiso
incorporarse, pero se levantó desde los dos al tiempo y, mientras el hombre estiraba
los brazos, el lobo, como un espejo, dejó caer las zarpas contra su cuerpo. Se derribó
brutalmente, empujando los hombros huesudos. En la pared, la sombra lupina se
abatió contra la sombra humana. El bulto refulgente era sorprendentemente macizo
—le recordó a la resistencia chiclosa del agua cuando se la golpea en plancha— y
tangible, muy tangible. Como terciopelo viejo. Enfocó. El lobo cobró consistencia,
realidad, pelaje áspero, uñas, hocico y dientes. Sintió las cuchillas alrededor de su
cuello. Sabía que si se cerraban los colmillos, le atravesarían el cuerpo sin dañarlo,
como si no fuera sólido, pero el lobo le arrancaría y se llevaría consigo,
desgarrándola, el alma humana. Escuchó el gruñido bronco.
—Acabemos con esto —imaginó un aliento dulce, almizclado y nauseabundo, de
carne que se está pudriendo—. Acabemos.
Ahogado, aspiró una bocanada de aire, y fue como si se lo tragara. Se desvaneció
como el humo; se lo había respirado hacia dentro. Cuando abrió los ojos —los de
piel, carne, grasa, gelatina y músculo— no había sombras bailando en la pared. No
sintió nada fuera de lo normal en la casa, salvo frío. Mucho frío. Y una cierta
desubicación, como si todo se hubiese movido un par de centímetros y nada estuviera
realmente en su sitio. Se encogió y se abrazó las rodillas, con la rara impresión
titubeante de que no manejaba bien los brazos y las piernas. Rompió a llorar. Arrastró
las botas, bajó la cabeza y devolvió en el suelo, entre sus rodillas separadas, una
papilla blancuzca con píldoras enteras.

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Se le caían los lagrimones y se le sacudía el cuerpo, abandonado a los sollozos e
hipos. Lloraba sin poder detenerse, apretándose el esternón con las uñas, como si así
pudiera sentirse el alma más cerca. Volvió a vomitar otra vez, y otra, y así hasta
cuatro veces. Se dejó caer hacia atrás y se arrastró hasta pegarse en la cabeza con el
marco de la puerta del dormitorio. Levantó las manos, retorciendo los tendones de los
brazos, y se cogió a las jambas con los dedos convulsionados como garras, intentando
ponerse de pie. Se derrumbó sobre la frente, apretándose el estómago y echando con
la arcada puré de aspirinas entre espumarajos. Con un bramido, se incorporó. Dio tres
pasos y se desmoronó. Gateó hasta la puerta de salida. Recogió las llaves y se las
enterró en el bolsillo. Patinando con las manos sudorosas sobre la lisura de la madera,
consiguió levantarse colgado del tirador. Salió de su casa, tropezando casi en todos
los escalones de bajada.
Como un borracho, caminaba a balanceos, golpeándose contra los árboles y los
pivotes del aparcamiento indebido. Devolvió una vez más unos hilos de baba todavía
blancos, y se introdujo hasta la campanilla los dedos entre arcadas y saliva, hasta que
consiguió provocarse otro vómito abrazado a una farola. Ya no le quedaba nada en el
cuerpo; sólo expulsó un burbujeo bastante transparente, con trazas de sangre. Se
sentó en el escalón de un portal y se aferró las piernas entre espasmos. Ni siquiera
había cogido el abrigo.

Le había costado más de una hora llegar hasta Plaza de España. Según iba pasando el
tiempo, se encontraba mejor: aunque le seguían silbando los oídos y andaba como un
zombi a traspiés, pensaba con claridad y mantenía cierto control de sus miembros.
Reposó el cuerpo en el enrejado de protección de la tienda esotérica, coló una mano y
la estiró con desesperación para llegar al timbre. No alcanzaba por más que se
estrujaba contra los hierros. Desquiciado, miró a su alrededor. Pensó en coger un
cascote o un ladrillo, en empezar a golpear el escaparate, en ponerse a chillar, cuando
una figura pacífica, ataviada en un camisón color beige, descorrió el cerrojo desde
dentro, salió al rellano, se acuclilló, pasó la mano delicada entre los rombos de acero
y hundió la llave en su nicho. Levantó a pulso lo suficiente como para que Álex
pudiera pasar por debajo.
—Alejandro —Ángeles le contempló con los ojos transparentes como bolas de
cristal—. ¿Qué te metiste? —preguntó abriendo la boca de maravilla—. Se te sale el
alma del cuerpo.
Él tiritaba. Daba diente con diente.
—Te juro que no ha sido ni ayahuasca ni setas ni peyote ni nada de eso que tanto
os mola.
—Pero parece. Abren canales...
—O se los construyen sobre la marcha. Ya sabes lo que opino de esas cosas:

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mientras nadie me certifique que son de verdad experiencias paranormales y no
alucinaciones producidas por este complejo cerebrito jodidamente humano, las
drogas las quiero, sólo, de las que matan.
—Pasá y sentate donde está el mostrador —lo sostuvo porque se caía—. Ay,
Alejandrito... ¿Qué te metiste?
—Tres cajas de pastillas, me parece. Aspirinas. Sí, ya sé que suicidarse con
aspirinas suena a chiste, pero no tenía otra cosa en casa. Créeme que no vuelvo a
intentarlo. Joder, qué estafa. Voy y las vomito, y encima luego me tocará limpiarlo.
Donde esté la vía del tren que se quiten las mariconadas. Que friegue la puta Renfe.
—Alejandro, estás todo transpirado. Volás de fiebre. ¡Lázaro! ¡Lázaro, vení!
¡Traé unas frazadas!
—Haller —reconoció Lucien con gesto severo, saliendo del cuartucho que les
servía de vivienda mientras se abotonaba la camisa.
—Intentó... —comenzó Ángeles.
—Ya lo veo.
—Lucien —saludó Álex entre el traqueteo de las muelas.
—¿Haciendo trampas para llegar antes a la meta, lobo? —se acabó de vestir y
cogió el abrigo—. Vamos al hospital, Haller.
—Que te follen, Lucien. No voy a ir a un jodido hospital a que me cosan a carbón
activado y a laxantes, me pongan una sonda, me miren con cara de pena e intenten
convencerme de que soy una persona valiosa para los demás y no debo quitarme la
vida. Su puta madre. Prefiero que me tengan miedo a que me tengan lástima. Además
estoy bien; lo he echado todo. Dame una manta, que me hielo. ¿Tenéis café, té, sopa,
algo, cualquier cosa caliente?
Lo envolvieron en mantas. Ángeles metió una taza con agua en el microondas y le
echó un sobrecito de mezcla de infusiones con un nombre recargado.
—¿Podemos hablar vos y yo? —dijo Lucien, trayendo la silla del ordenador y
sentándose a su lado.
—No te canses —se rió entre castañeteos de dientes—. No tengo ni la más
mínima intención de matarme de momento. Ahora mismo estoy en la puta cima,
Lucien —se calentó las manos y dio un sorbo—. ¿Qué coño es esta mierda? —
exclamó casi escupiéndolo—. ¿A quién se le ocurre mezclar canela con menta?
—En la cima. ¿Y cuando bajes al valle, qué va a pasar, Haller?
Ángeles le puso de nuevo la taza en la mano.
—Alejandro, no me pucherees. Es un energizante. Tomalo y callate —él investigó
el bolsillo trasero de su pantalón y dibujó una expresión de insana alegría cuando
encontró el paquete aplastado con el mechero dentro—. ¡No fumes, che! —le regañó
Ángeles al verle encenderse el tabaco—. ¡No quiero humos en mi tienda!
—Dejá, Ángeles. Haller. ¿Estás bien?

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—Mejor que nunca. No te puedes ni imaginar lo intenso que ha sido. Joder. Joder.
Lo tenía encima, pero también estaba encima. Hostia. Pude chascar sus putos dientes.
Mis putos dientes. Los míos. Abrí la boca y fui a atravesarme la yugular, la de él, la
mía, la del hombre, cuando... me lo tragué. Cuando me esnifó. Me respiré. Otra vez
felices en compañía, como buenos vecinos que se detestan. Lo siento, lo siento aquí.
Pero sobre todo... me siento yo dentro. Me dan ganas de caminar en círculos,
pesadamente, con la vista fija, como si estuviera enjaulado. Porque lo estoy. Lo estoy.
Joder. Joder. Se acabó la duda maldita. ¿Dónde está mi conciencia? ¡En los dos!
¿Quién gana y quién pierde? ¡Los dos! ¡Los dos! —empezó a reírse sin control—.
¡Gracias! ¡Dios mío, gracias!
—Sos increíble —suspiró Lucien, levantándose del asiento para acercarle un
cenicero con dragones de la tienda—. Te mando a que evités que se suicide una chica
y agarrás y te suicidás también vos. ¿Te dio envidia?
—¿Ya lo sabes? —respondió con la mirada esquinada, dando una calada, como si
estuviera avergonzado.
—Vino a mí en cuanto se liberó del cuerpo —Lázaro no pudo evitar un gesto de
impotencia—. Intenté guiarla...
—¿Guiarla? ¿Adónde? Joder, ¿es que no sabía ir a la maternidad del Gregorio
Marañón? Coño, bate las alitas, se coge a los barrotes de la camilla y se espera
tranquilamente a que salga el crío, a que le saquen el moco de la boca y le den la
hostia en el culo: con el primer aliento, para dentro. Y a apretarse bien, que ya está
ahí el alma humana y dos juntitos en un cuerpo tan pequeño es mazo de incómodo.
—Alejandro —suspiró Lucien—. Si te morís antes de tu hora, no es tan sencillo
como decís...
—Joder —interrumpió Álex, sin prestar atención a sus palabras—. La cagué pero
bien y a la primera. Para una vez que me pides algo... Lo siento, Lucien. Hice lo que
pude.
—Hiciste lo que pudiste. No lo que podrías haber hecho. Pero ya no importa... Se
perdió; vamos a intentar encontrarla. Ahora lo que importa sos vos: y se te ve el lobo
inmensamente nítido. Hasta se le oye chocar los dientes al ritmo de tus latidos.
Respiran al mismo tiempo de nuevo.
—Es porque se te salió del cuerpo... —intervino Ángeles.
—Por lo que sea, Haller, pero asegurate de que siga despierto. No lo estrangules
más. Dejate llevar por lo que dice.
Álex sonrió con una mueca.
—¿No conoces el chiste en que Caperucita se sorprende de que el lobo la salude?
Los lobos no hablan.
—¡Qué no van a hablar! —exclamó Ángeles mientras recogía un poco de agua
del mostrador—. ¿Nunca tuviste perro, che? Hablan más claro que las personas.

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Álex se encogió entre las mantas y levantó el labio. Casi pudieron oír un gruñido.
Pronunció una sola frase deteniéndose en cada sílaba.
—No-compares-un-lobo-con-un-perro.
—Mientras odies de esa forma al perro, estás odiándote a vos mismo —concluyó
Lucien—. No sé ni por qué te lo repito, pero la bandada se reúne el sábado en los
jardines del Palacio Real. Te haría bien hablar con otros, Haller. Como siempre, estás
invitado.
—Como siempre, declino la invitación —respondió sarcásticamente, pero de
inmediato se le borró la curva de las comisuras—. Siento lo de Mónica. Lo siento de
verdad. Por ti, vaya. A mí me parece cojonudo. Uno menos.
—Mónica... Le guiñé un ojo en el boliche y me sonrió de forma vacilante. Vino
dos veces a la tienda; tenía una sonrisa muy dulce y los ojos negros —Lázaro se besó
los dedos cruzados—. Qué lástima, Haller. Qué lástima. No tenía ni veinte años.
—¿Lástima? Joder, ya estará dentro de otro. Más valen diez vidas que una sola
diez veces más larga, Lucien.
—Así pensás vos, Alejandro. Yo no. Mónica se perdió porque no esperó lo
suficiente. Estamos acá para perfeccionarnos y para aprender. No sólo para matar,
lobo.
Álex dio otra calada.
—Nunca entenderé la mística del carroñero. Yo sólo cazo.
—Eso es lo que sos, Haller. Un predador nomás. Perfecto. Seguí tu camino de la
sangre, que otros seguiremos el de los huesos. Nosotros miramos desde las copas de
los árboles, volamos en círculos y esperamos a que la presa muera. No matamos.
Observamos. Acumulamos experiencia para próximas veces. ¿Acaso vos recordás
dónde estuviste antes?
—Ni falta que me hace. Dentro de un hombre, y gané porque estoy dentro de
otro. Qué más me da a mí si era sacerdote, fontanero o hacía macramé.
—Haller. Apenas te dio tiempo a descansar el alma. Tu espíritu está agotado de
saltar de cuerpo en cuerpo y se te va a partir en mil pedazos.
—Venor mane, meridie, vespere et nocte. Hasta que reviente.
Lucien suspiró. Movió la cabeza apartándose los largos rizos castaños de pelo.
—Sos un chico todavía, Haller. Y estás muy solo.
—Joder, últimamente me lo dice todo el mundo. Y luego van y se mueren: ándate
con cuidado. A ver, entérate: me gusta estar solo. Yo soy un lobo solitario.
—No existe esa clase de lobos, Haller. Existen los lobos que viven y los lobos
que mueren. Un lobo no mata sin su manada y un lobo no come si no mata.
Hablamos del lobo como si fuera el Llanero Solitario, en su cima, aullándole a la
luna, trágico y magnífico, pero la verdad es que es uno de los animales menos
independientes que existen. Es una pose nomás, todo el aire misántropo, altanero y

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engreído. Al lobo lo pierde la boca, la postura, el gruñido, la intimidación. Pocas
veces llega al enfrentamiento directo, y nunca mata a alguien de su manada. No es un
animal grande, pero lo parece a lo lejos —le miró como si le valorara y midiera—.
Cuando te acercás ves que era más pequeño, que es como cualquier perro pastor, y te
dan ganas de rascarlo detrás de las orejas. Pero cuando te mira... con esos ojos
amarillos, oblicuos, inteligentes, es como si te desnudara, como si supiese
exactamente lo que pensás. No mira siempre a los ojos. No podríamos soportarlo. Por
eso, cuando lo hace, es muy consciente —le sonrió con suavidad—. Sos jodidamente
elegante sobre esas patas tan largas, tan negras, con tu mirada de príncipe.
Álex bajó la vista, algo cohibido, mordiendo el filtro del cigarro. Soltó una risa
como un relámpago.
—Tío, Lucien. Que no me van las pollas. No me digas esas cosas tan bonitas que
me ruborizo.
Lázaro estalló en una carcajada breve, dándose una palmada en el muslo. Ángeles
levantó el labio.
—Sos un rompepelotas, Alejandro —declaró ella—. Y un ciclotímico de mierda.
Crecé, que ya no tenés edad para ir de boludito, de “yo no necesito a nadie”. Pavadas.
Vos necesitás a alguien como lo necesitamos todos.
—No estoy de acuerdo, princesa. Y sé de lo que hablo. Joder, yo me canso.
Siempre me canso, si es que no se cansan antes de mí, que también me pasa, y hasta
tendría que admitirte que con mucha mayor frecuencia, pero como me toca más el
ego me lo callo.
Lázaro se apartó el cabello.
—Necesitás compañía y soledad al mismo tiempo, porque el lobo nunca está
satisfecho, ni solo ni acompañado; sólo entre lobos estira las vértebras, porque
mantienen su posición y su espacio. Haller —dijo Lucien—, vos lo que querés tener a
tu lado es a alguien junto al que puedas estar solo.
Álex estrechó los ojos.
—Tío, a veces me parece que puedes verme a través de la piel.
—Es que puedo, Haller. Y veo a un lobo escuálido y aullando angustiado. Buscate
una loba parda, Alejandro, con los ojos amarillos y los dientes como navajas. Y
casate y tené cachorros, pelotudo. Que es lo que ya te pide el cuerpo.
Álex casi hizo la fuente con la infusión. Se le quedó mirando con los ojos como
platos y con cara de espanto.
—¿Tú te has vuelto loco?
—Serías feliz, Haller. No sé por qué te pensás que la finalidad de esta vida es ser
desgraciado.
—¡No me jodas! Aquí todo se arregla aumentando la natalidad. En primer lugar,
yo educaría potenciales psicópatas con trastornos de personalidad múltiple, y además

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seguro que abusaría sexualmente de ellos en cuanto alcanzaran la madura edad de
cinco años. Joder. Mi religión me lo prohíbe. Demasiada gente hay en el planeta. ¿Y
vosotros, qué? ¿Cómo no tenéis críos suficientes para montar un equipo de fútbol?
—Y en ésas andamos, Alejandro —respondió Ángeles—. Que primero hay que
hacer el nido antes de poner los huevos. Y vos serías un papá estupendo. Papá Lobo
caza para Mamá Loba y sus chicos, y los educa y les enseña a matar con mucha
paciencia.
—¿Ves? Criaría psicokillers. Tú lo has dicho.
Ángeles se reía sin parar, pero Lucien suspiró.
—No me vas a hacer ningún caso, lobo. No es la primera vez que vos y yo nos
encontramos, y nunca me hacés ningún caso, pero te recomiendo que no vayas a
buscar otro cuando se te muera este cuerpo. Descansá. Asentá el alma en un gran lobo
gris de la taiga, al norte, donde hay menos humanos. Viví tranquilo y despreocupado
diez años. ¿Qué son diez años? Cazá caribúes, hacé el amor con tu loba, tené crías
hermosas y morí de viejo por el diente de tu segundo al mando. Sé feliz. Permitítelo
por una vez. Pero volveremos a encontrarnos, y no me habrás hecho caso.
Álex se limitó a sonreír brevemente con cierta socarronería.
—Haller. ¿No me creés? ¿Vos te pensás que siempre que conozco a alguien lo
saludo con el apelativo de “lobo estepario”?
—Te creo —asintió él con seriedad—. Creo que te lo crees, al menos. Y me la
sopla si es cierto o no, Lucien. La importancia de la verdad es relativa. Si a ti te mola
pensar que llevamos cien vidas dándonos de bruces, yo no soy quién para
contradecirte. Tú crees en eso: yo no. Para ti será cierto. Para mí no —Álex tosió con
fuerza a pesar de haber dado una calada suavísima—. De todas formas, no tiene nada
de particular que me llamaras así: tú eres mucho mejor que yo en verle los dioses a la
gente. Mira, admito que lo floté cuando te conocí. Creía que yo era el único colgado
del planeta... —sonrió evocando el momento—. Ya van cuatro años de aguantar
dentelladas, ¿verdad? Tienes una paciencia acojonante. Aunque así debe ser, porque
aquí tragáis mucha mierda, ¿eh? Mucha loca reprimida que le pone hablar de platillos
volantes y sexo experimental con marcianos, que graba psicofonías y tiene
apariciones marianas de pies descalzos de la Virgen santísima por los pasillos de casa,
¿me equivo...?
Nada más apretar la colilla en las escamas de cerámica le vino la arcada. Salió
corriendo precipitadamente hacia el baño. Le dio el tiempo justo a levantar la
tapadera de la taza para arrojar, entre expectoraciones, la infusión en un espumarajo
sanguinolento. Lucien se acercó al aseo y le ayudó a levantarse con un rictus doloroso
en la cara.
—¿Y ahora, qué, Alejandro? —preguntó sujetándole. Lázaro tenía la voz algo
frágil, como si estuviera a punto de echarse a llorar de verle en ese estado—. No sé si

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cagarte a trompadas o abrazarte, tarado. Ya hiciste la boludez del mes. ¿Te sentís
satisfecho?
—Oh, sí —exhaló entre un carraspeo de la garganta y escupió de nuevo en el
retrete—. Ya lo creo que sí. ¿No lo entiendes, Lucien? Ya no hay dudas. Soy un puto
lobo. Un lobo gilipollas, de acuerdo. La llevo cagando estrepitosamente desde los
veinte años, pero se acabó. Creo que ahora lo entiendo. Creo que por fin lo entiendo.
—¿Qué cosa?
—Si no utilizas a tu animal se acabará durmiendo. Dejará de actuar y será el
hombre el que tome el control. Eso me dijo tu polluelo. Y creo que tenía razón,
maldita sea. Se acabó hacer el subnormal, Lucien. Me voy a dejar de hostias con la
domesticación, y con el “no usar al animal para no domarlo”. Yo no soy un perro. Yo
soy un lobo. No tengo que tenerle miedo al jodido hombre. Cuando era un mocoso
me rugía el animal por dentro. No, qué coño. Yo era un animal con un traje de
mocoso puesto. No tienes ni puta idea de las gilipolleces que yo he hecho con quince,
Lucien. Te partirías de risa, joder. Yo he rezado. Rezado. Yo le he cantado a la luna,
cada mes, durante años, desde el ático de la casa de mi padre. Yo he saltado la valla
para pasearme entre los lobos del zoológico; no lo conseguí porque vino un
encargado y estuvieron a punto de llamar a la poli, pero la salté y me quedé frente a
un alfa pardo y blanco, con las piernas pintadas y los ojos como estrellas. Yo he
hecho que los perros se mearan encima con una sola mirada. Yo he bajado la cabeza
delante de los ciervos del Pardo sólo para ver que se acojonaban y echaban a correr.
Yo he perseguido señales por toda la ciudad como un loco, y siempre me conducían a
algo. Yo follaba gruñendo, gañendo, olisqueando, lamiendo, mordiendo, aullando. Yo
iba ganando entonces, joder. Con dieciocho me besaba el colmillo antes de hostiarme
con alguien. Cuando hacía tanto el imbécil, vencía. Porque no pensaba: actuaba.
—Pensás demasiado, lobito. Siempre te lo digo.
—El puto hombre, que le sobra cerebro y le falta bulbo raquídeo. Pues se acabó.
Voy a volver a ganar, Lucien. Ya estoy ganando ahora mismo. Ya he ganado. Ahora
qué, me preguntas. Pues ahora —apretó la mandíbula sólo de pensarlo— me voy a
merendar al hombre despacio. Voy a roer el esqueleto del alma y a limpiarme con sus
rótulas el sarro de los colmillos. Le voy a sacar el tuétano de cada hueso y voy a
relamerme la grasa del hocico. Ahora qué, dices. Ahora voy a disfrutarlo, Lucien.
Porque la pregunta de quién puede más es tan estúpida que no sé ni cómo me la he
podido plantear y tomármela tan en serio.
—Haller...
—Harry Haller aprendió a bailar el fox-trot y mandó a paseo a su lobo estepario.
Y yo estaba haciendo exactamente lo mismo. Que le follen.
—Te marcó ese libro, ¿no es cierto? —comentó Ángeles—. Sentate otra vez,
Alejandrito, que te caés.

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—Como para no marcarme —declaró soltando los músculos sobre la silla—. Me
lo jamé con once años. No entendí una mierda pero me flipé. Hasta que acaba el
Tractac del lobo estepario. A partir de ahí iba rompiendo las páginas según las leía.
—¿Querés acostarte en la cama, Alejandro? —preguntó Lázaro.
—Sí, hecho un donut a vuestros pies, no te jode. Anda, idos a sopar que vosotros
tenéis que abrir la tienda mañana, que si no vuestras fanáticas os rompen las lunas
para entrar. Yo me voy a extender las mantitas en este suelo tan acogedor y ya veréis
lo bien que me duermo.
—Mirá vos, en nuestra pieza al menos hay alfombra. Pero me da pena como
estás. Quedate con la cama, Alejandro. En serio.
—Si vais a follar sí que me meto con vosotros, siempre que me dejéis que me la
pele mirando. Pero si el Lucien ya echó su polvete diario, paso. Que con treinta y
pico ya la cosa no debe de ser para tirar cohetes, ¿eh?
—Haller. Rompepelotas. No te pego porque si te soplo te caés. Andá a dormir y
callate.
—En el catre vamos a estar demasiado apretaditos los tres, Lucien. ¿Y si hago
algo inconveniente qué? —se echó las mantas en el suelo sobre la moqueta junto al
ordenador y se acurrucó en ellas—. Aparte, aunque hacer un trío con un colega y la
novia sea una de las fantasías sexuales más extendidas, respeto profundamente
vuestra monogamia. Así que —bostezó y se hizo un ocho, casi en postura fetal para
mantener el calor— buenos días. Que ese color del cielo me dice que son más de las
cuatro.
Se quedó dormido de forma instantánea, respirando fuerte y pausadamente, con
las piernas cogidas bajo los brazos y la cara enterrada contra las rodillas.
La mujer sonrió. Se metió bajo las sábanas.
—Miralo. Es tan lindo, enroscadito —susurró muy bajo, para no despertarle—.
Cuando duerme dan ganas de acariciarle la cabeza, mi amor.
—O de estrangularlo, Ángeles.
A las ocho de la mañana Lázaro se levantó, se duchó y se puso a recoger la tienda.
Álex abrió un ojo, gruñó algo, estiró los brazos y las piernas y siguió dormitando
hasta que Ángeles empezó a limpiar, sobre las nueve. El lobo se incorporó rascándose
el pelo.
—He dormido de puta madre. ¿Ya vais a abrir?
—A las diez. ¿Querés ducharte? Tenés tiempo.
—No voy a salir en bolas al escaparate, princesa, ni aunque forme parte del
presupuesto publicitario. Gracias por la infusión, el vomitorium, la alfombra y la
compañía. Me voy al cubil, pareja.
Lucien le miraba fijamente mientras salía por la puerta y se alejaba hacia la Gran
Vía. Lo contempló, sin decir una palabra, hasta que lo perdió de vista. El lobo se

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subía la calle trotando rápida y tranquilamente al tiempo, mientras respiraba el aire
frío de la mañana de marzo.
—Ángeles. Tirale las cartas —pidió Lázaro—. Por favor.
—Te preocupaste de verdad, che —la mujer barajó e hizo un puente mezclado de
naipes sobre el mostrador antes de cortar. Empezó a distribuirlas en círculo con la
última en el centro—. El Loco —dijo al darle la vuelta a la primera cartulina y ver la
figura del bufón al que un perro muerde en las nalgas.
—Seguí, Ángeles —incitó Lucien.
Continuó levantando naipes: el rey de copas y después el diablo. Lázaro soltó una
maldición al ver la silueta alada, con pechos y cuernos de ciervo y dos demonios al
pie.
—El Mago —la tarjeta mostraba un grabado con un joven de colores al lado de
una mesa de tres patas, con vara, monedas, cuchillo, dados y cubiletes—. ¿Ya te
quedaste tranquilo, Lázaro?
—Alejandro siempre va a ser el Mago o el Loco en el tarot, Ángeles. Seguí.
Iban apareciendo las imágenes: dos de bastos, nueve de espadas, nueve de bastos,
cinco de copas, tres de copas. Cuando le dio la vuelta a la siguiente y vio al Colgado,
apretó los labios. Levantó la que seguía, la última de la rueda: el Ermitaño —escrito
con hache en el dibujo—. Ángeles repiqueteó con las uñas pintadas sobre el naipe
central antes de voltearlo. Se mordió el labio.
—No quiero verlo.
—Ángeles...
—No quiero verlo, Lázaro.
Recogió el tarot sin levantar la última y se metió en la trastienda. Lucien le dio la
vuelta a la baraja para mirar la carta. Cerró los ojos con desaliento, pero no comentó
nada.

—Joder... —soltó Álex en cuanto entró en el piso.


Parecía que hubiera pasado un ciclón por el cuarto. Se quedó unos instantes en la
entrada, tamborileando con los dedos y conteniendo el deseo de volver a marcharse.
Finalmente, cerró a su espalda. Esquivando los trastos, los muebles caídos y los
devueltos resecos del suelo, entró al dormitorio y se lanzó sobre la cama. Durmió
todo el día, hasta las siete de la tarde, cuando bajó a por lejía, amoniaco, rollos de
papel de cocina, bolsas de basura, trapos y estropajos, que pagó con uno de los
muchos billetes que habían aparecido en el terremoto de la noche anterior. Dejó la
compra en el suelo y resopló. No tenía ni puta idea de por dónde empezar, así que,
tras unos minutos de indecisión, desplegó un montón de servilletas del rollo, rascó los
vómitos y echó toda la porquería al inodoro. Volcó chorretones de amoniaco encima
y dejó que actuara un rato antes de frotar con la bayeta. Se sentó de piernas cruzadas,

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abrió un par de bolsas y empezó a llenarlas de folios sucios, billetes de metro
caducados, entradas de cine, facturas de tiendas, paquetes de tabaco vacíos, cajas de
condones, mecheros rotos, CDs de grabaciones fallidas, bolígrafos gastados,
fotocopias, impresiones de páginas web y sobres abiertos de cartas; los papeles tenían
bosquejos de pentagramas y letras en inglés, que leía con expresión seria antes de
tirar sin contemplaciones. Amontonó la ropa, sacó las sábanas y las toallas, se quitó
lo que llevaba puesto, lo introdujo todo en el tambor y puso una lavadora. Desnudo,
acabó de recoger toda la mierda del suelo y de hacer columnas con las cosas que
servían: libros, cómics, libretos de discos de música, cajas vacías. Había llenado tres
bolsas para tirar, dos de papeles y otra de inclasificables. Levantó los muebles; uno
tenía un estante fuera y se le habían caído dos bisagras; al otro le faltaba el tirador de
la puerta de abajo. Metódicamente, desató las asas de una pesada bolsa de plástico,
extrajo martillo y clavos y los reparó. Echó por tierra lo que quedaba en pie de la pila
de tebeos y, colocándolos por números, empezó a ponerlos apretadamente en los
estantes de arriba. Encestó los frascos vacíos de espuma de afeitar, de gel de ducha y
de champú en la papelera. Tiró a otra parte, repugnado, una caja de cuchillas Gillette
gastadas, romas y llenas de pelos. Recogió los cristales de las botellas rotas y secó
con cuidado los forros de los teclados antes de desenfundarlos. Los agitó con
suavidad, uno por uno, y vio cómo caía una nieve de ceniza de entre las teclas.
Friccionó con mimo cada controlador, enchufe, ruedecilla y conector. Estuvo a punto
de encenderlos para comprobar si aún funcionaban, pero se obligó a no hacerlo.
Cuando sacó toda la basura del dormitorio y del baño, las bolsas eran cinco, y la hora,
las seis de la mañana. Puso el tendedero junto a la ventana, saludó con la mano y
lanzó un beso a una chica que se fumaba un cigarro en la casa de enfrente y que le
miraba flipada de encontrarse a un tío tendiendo en pelotas de madrugada. Estuvo
barriendo, fregando con amoniaco los baldosines, restregando los saneamientos con
lejía, pasando el estropajo febrilmente por las marcas negras que habían dejado los
botes en los bordes de la bañera, hasta las nueve. Limpió los cacharros, los ceniceros,
el vaso del cepillo de dientes, la papelera y el cubo. Apartó el sintetizador de la tabla,
cogió la plancha y secó con el vapor caliente, alisándolos, un pantalón y una camisa.
Les quitó las pinzas a un par de calcetines y unos calzoncillos. Estaban empapados,
así que se los planchó también para quitarles la humedad. Se vistió la ropa crujiente y
caldeada. Abrió el cajón en el que había ido metiendo todo el dinero que aparecía, se
guardó un par de billetes en la cartera, cogió las llaves y se echó a la calle. Compró
más limpiasuelos, bayetas, un frasco grande de pintura blanca y una brocha; estaba
asqueado del olor a moho del techo del dormitorio. Pilló un paquete de tres
sándwiches en los chinos y se subió dándole un bocado al primero. Le produjo
arcadas, así que masticó despacio. Tuvo que dejarlo a la mitad dentro de la nevera.
Retiró la ropa aunque estuviera mojada, la planchó y la dobló en los cajones de los

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módulos. Levantó la tapadera del bote con un cuchillo y mojó la punta de la brocha
en la pintura plástica. Subido a la cama, se puso a darle una capa al techo, y maldijo a
todos los demonios cuando cayó el primer churrete y le pringó la camisa. Eliminó la
mancha rápidamente en el fregadero, se desnudó por completo y pintó, en principio
sólo la gotera, luego la pared, después la esquina del baño, más tarde un rincón de la
cocina-salón, para acabar repintando la casa entera. Fregó de nuevo el suelo de las
motitas blancas. Hizo la cama y le puso encima una colcha gris que ya ni recordaba
que tenía. Le quitó todo el celofán al ventanal roto. Tiró los trozos sueltos y dejó el
cristal reventado en forma de estrella. Limpió los azulejos de la terracilla, llenando la
fregona y el trapo de barro. Fregó bajo la cama, detrás de la mesilla del ordenador,
friccionó el monitor y la CPU hasta hacer desaparecer la nube amarillenta del tabaco
y la radiación del plástico. Se duchó bajo un agua primero hirviente, luego fría. Le
dio otro mordisco, pequeño y cauteloso, al sándwich, y aguardó a ver cómo le
sentaba. Se vistió y bajó las siete bolsas de basura: la de vidrio pesaba como un
muerto y los contenedores de colores estaban a tomar por culo. Cuando regresó al
piso, colgó el abrigo en lugar de tirarlo al suelo. Fregó otra vez, innecesariamente,
hasta que relució la casa entera. Llevaba más de veinte horas de limpieza. No se había
puesto ni música: con un gesto de profunda concentración, recogía su piso y le ponía
orden sistemáticamente, como si lo que estuviera organizando fuera su vida y, ante la
imposibilidad de ello, lo pagara con la casa.
Cuando dio por terminada su labor, aspiró un rato el perfume intoxicante del
amoniaco, la lejía, el jabón y la pintura fresca, antes de encenderse un cigarro que le
supo mejor que ningún otro que se hubiera fumado desde hacía mucho tiempo. Se
dejó caer junto al ordenador, recuperó el juego y desplegó el código. Estuvo
trabajando sin pausa hasta que se lo acabó, sobre las tres de la mañana. Corrigió y
puso los acentos, meditándoselos y comprobándolos en internet. Grabó cuatro CDs
iguales, los etiquetó, los metió en cajas y se guardó uno. Puso en el lector el otro
disco que le habían mandado y le echó una primera ojeada al texto en lenguaje de
programación, poniéndose ya a traducir. Tragó con apetito los dos sándwiches que
quedaban en la nevera; esta vez no le dieron náuseas. Se durmió en la cama puesta de
limpio, estirada y crepitante. Al día siguiente, a primera hora, llamó a la mensajería
para que recogieran el juego y se sentó frente al monitor. Siguió trabajando sin parar,
sin permitirse pensar. Le dieron las dos de la tarde sin levantarse de la silla.

Javi llevaba como media hora enganchado a la pantalla mientras Paula barría toda la
casa, gruñendo. Maximizó el IRC y vio la ventana de notificaciones. En la lista estaba
Haller; era la primera vez que le veía desde que lo añadió hacía dos semanas. El
coyote tomó aire y le abrió un mensaje privado. Escribió:
<AcMe>: hola

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No respondía. Minimizó y siguió navegando. Volvió a abrir y contempló la
ventana del chat. Álex no había escrito nada.
<AcMe>: tio
<AcMe>: estas?
No contestaba. Javi derrumbó los hombros y tecleó:
<AcMe>: joder, estas enfadado
<AcMe>: normal
<AcMe>: perdoname
Álex miraba línea tras línea de código. Desplegó el IRC y leyó de golpe los tres
canales en los que estaba conectado. Casi nadie había escrito una mierda; debían de
estar todos hablando entre ellos, de dos en dos, por privados. En el canal de
#Politeismos había un nuevo topic, que decía: “Quedada el viernes 24 de marzo a las
18:00 en el auditorio del parque del planetario. El que no venga que se dé por
corneado”. Álex meneó la cabeza y maldijo a Ossian.
—Pues ya puedes afilarte la cornamenta —murmuró—. Vas listo si te crees que
voy a ir yo...
De pronto se fijó en la pestañita que parpadeaba. Presionó con el ratón y leyó:
<AcMe>: lo siento de verdad
<AcMe>: no se que me paso
Sonrió torcidamente e intervino deteniendo la limpieza de conciencia:
<Haller>: javi.
<Haller>: gilipollas.
<Haller>: que yo no me pico por una tia.
<Haller>: te pusieron el plato delante.
<Haller>: pues comiste.
<Haller>: cualquiera lo hubiera hecho.
Javi se puso derecho en la silla y tecleó:
<AcMe>: no es verdad
<AcMe>: tu no lo hubieras hecho
<AcMe>: no estas cabreado?
<Haller>: si.
<Haller>: muy cabreado.
El coyote se mordió el labio inferior. Reposó las manos en las teclas.
<Haller>: PERO CON VERONICA.
<Haller>: “la zorra gana al final de la historia”.
<Haller>: ya veremos.
<Haller>: segun felix rodriguez de la fuente
<Haller>: el zorro compone el 2% de la dieta de un lobo adulto.
—¡Javi! —gritaba Paula—. ¡Joder! ¿Quieres echarme una mano? ¿O es que tengo

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que pedirte que levantes los pies para que barra debajo, y además disculparme por
molestarte? ¡Que me tengo que ir al curro en nada!
El coyote reprimió una risa. Escribió:
<AcMe>: tengo a paula aqui
Álex no respondió. Pasaron un par de minutos en que la chica deslizó la escoba
por el pasillo y entró en el salón donde estaba el ordenador.
Álex escribió, finalmente:
<Haller>: saludala de mi parte.
<AcMe>: de tus partes? debuti
<Haller>: javi, gilipollas.
—Eh, Paula. Que tengo al Álex en el chat.
Ella crispó el gesto.
—Que le follen.
Javi se rió. Se volvió en la silla y escribió:
<AcMe>: paula te manda un beso
<Haller>: si claro, no me jodas.
<Haller>: pongo la mano en el fuego
<Haller>: a que ha dicho:
<Haller>: que le follen!!!
Javi pestañeó.
—Paula, deberías leer esto...
—¿Te crees que me interesa lo que pueda decir ese gilipollas?
Álex estaba escribiendo:
<Haller>: y que se la suda cualquier cosa que yo pueda decirle.
Paula separó los labios mirando la pantalla. Turbada, se alejó y siguió barriendo.
Javi se partía el culo.
<Haller>: me equivoco?
<AcMe>: pues no. yo lo flipo
<Haller>: yo si que lo flipo, pero contigo.
<Haller>: mira que vivir con ellos
<Haller>: como cojones aguantas dormir con una pareja, javi?
<AcMe>: q? tengo mi habitacion, sabes
<AcMe>: no duermo con ellos, pervertido
<Haller>: ya.
<Haller>: pero tio.
<Haller>: por las noches q haces?
<Haller>: te la pelas mientras les oyes?
<AcMe>: jiaaa
<AcMe>: q dices

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<AcMe>: son mazo de discretos, cosa q agradezco
<AcMe>: ni les oigo follar, lo hacen en silencio
<Haller>: QUEEE
Álex tenía los ojos desorbitados. Tecleó:
<Haller>: JUAS!!!!
<Haller>: en silencio? javi, eso no es follar.
<Haller>: vente un dia a mi casa
<Haller>: y habla con mis vecinos
<Haller>: y con su escoba, ya de paso.
<Haller>: me van a acabar abriendo un boquete en el suelo con el palo.
Javi casi se cayó de la silla, riendo.
<AcMe>: JIAAAAJAJA pero que fantasma eres, lobo
<AcMe>: voy a cotillearte a ver en que ralladas andas
Escribió el comando whois del chat y le aparecieron en la ventana los canales en
que Álex estaba conectado. Se metió en todos, desternillado. Le hizo especial gracia
#Politeismos: aunque no entendió una mierda de lo que hablaban, se dio cuenta
enseguida de que estaban dentro. Le partió la polla, pero le sorprendió la cantidad de
gente que había. Álex seguía escribiendo.
<Haller>: y respecto a la zorra
<Haller>: al menos espero que te la follaras bien.
El coyote meneó la cabeza con incredulidad.
<AcMe>: echamos un casquete en un soportal
<AcMe>: no te molesta hablar de ello?
<Haller>: no.
<Haller>: para nada.
<AcMe>: pero no me ha vuelto a llamar
<Haller>: JA.
<Haller>: javi.
<Haller>: ella ha follado con un gran lobo gris, chaval.
<Haller>: no creo que se conforme con coyotes.
<Haller>: no son mas q lobitos pequeños.
Javi dejó caer las dos manos contra la mesilla estirando la sonrisa. Escribió:
<AcMe>: cacho cabron
<AcMe>: eh. es un problema de tamaño?
<AcMe>: hijo de puta, q pasa?
<AcMe>: me mirabas cuando ibamos de botellon y meabamos en los arboles?
tanto te molo?
<Haller>: JUASSSSS
<Haller>: javi, eres la polla.

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El coyote hizo una pausa.
<Acme>: eh alex
<AcMe>: me alegro mucho de q no estes enfadado
<AcMe>: en serio
<AcMe>: han sido muchos años de ausencia, lobo
<AcMe>: se te ha echado de menos
<Haller>: q bonito.
<Haller>: sigue, sigue.
Javi rompió en carcajadas. Tecleó:
<AcMe>: te estas haciendo una paja, mamon?
<Haller>: pues no.
<Haller>: pq no dices ninguna guarrada y me cortas el rollo.
<AcMe>: vale. y si te digo q tengo x aqui a la paula fregando la casa en bolas?
<Haller>: JAJAJAJAJAJA
—Cuento hasta cinco y saco el cable del ordenador, Javi. Yo advierto. Uno.
<AcMe>: cierro capullo q paula me machaca
—Dos.
<AcMe>: ciao
—Tres.
<Haller>: hasta la vista, javi.
—Cuatro.
<AcMe>: te veo en el garito de mierda esta noche? a ver si arrastro a estos
muermos
—Cinco.
<Haller>: si te traes a jaime no te sorprendas si no te saludo.
El ordenador se apagó.
—¡Joder, Paula! —se quejó Javi—. ¡Que estaba quedando con el Álex!
—Pues vas y le llamas por teléfono.
—¡No tengo su número!
—Mejor. Así no quedas con él. Me parece increíble que sigas viéndolo, Javi. Te
lo juro.
El coyote la miraba sardónica, dañinamente. Paula no se amedrentó. Bajó la
cabeza y levantó las pupilas y la comisura de la boca.
—Borra esa sonrisa de tu cara, Javier —le puso la escoba en la mano—. Y acaba
de limpiar.
Se trenzó el pelo pardo claro con soltura, sin ponerle goma, cogió un bolso violeta
de mercadillo, grande y caído, se ciñó la larga rebeca de punto color tierra, se calzó
unas botas y salió por la puerta.

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Rebeca y Verónica se bajaron en la parada del autobús junto a la fuente y atravesaron
la avenida de árboles y césped. Se detuvieron frente a las grandes puertas de arcada
con pináculos modernistas, ocres y blancas, del cementerio de la Almudena.
—¿Te acuerdas de dónde estaba? —preguntó Vero, con el rostro hundido en el
ramo.
—Más o menos... Espera que saque el papel.
—No sé si a Mon le gustaban las rosas, Rebeca —musitó la chica con la voz
quebrada mientras su compañera buscaba en el bolsillo del pantalón—. A mí me
gustan las rosas. He cogido rosas porque me gustan a mí, pero no sé si a ella le
gustarían. Tal vez debimos haber comprado lirios. Lirios blancos. Creo que Mónica
hubiera preferido lirios, joder.
Rebeca suspiró. Sacó la nota con la dirección y el número del nicho.
—No importa mucho eso, Verónica. No importa nada si le gustaban los lirios o
las rosas o las margaritas. No importa una mierda.
—¡Importa, joder! —estalló su amiga bajando el ramo. Con la sacudida, saltaron
pétalos rojos y se cayeron al suelo—. ¡Importa y mucho! ¿Sabes por qué? ¿Lo sabes?
La gata asintió con los ojos vidriados.
—Claro que lo sé, Vero.
—Porque no voy a poder preguntárselo —barbotó Verónica—. Por eso importa
—cerró los párpados y empezó a musitar con la voz convulsa—. Fue culpa mía. Fue
por mi culpa. Tú hubieras sabido qué hacer. Yo la dejé tirada como una maldita
colilla.
—Verónica. Ya. Por favor —le pidió Rebeca cruzándose de brazos—. Vamos a
entrar. Vamos a buscar la lápida, vamos a dejarle el ramo y el regalo, vamos a
despedirnos y vamos a hacer lo que tenemos que hacer. Escucha; son las cuatro. Tú
no conoces la Almudena, pero yo sí. Cierran a las siete, y créeme que no tenemos
tanto tiempo como parece. Esto no es un laberinto; esto es una ciudad. Así que
permíteme que te pida que te guardes la autocompasión para después.
Vero apretó los dientes con furia.
—Eres de hielo, Rebeca —soltó entrando por la puerta—. Cualquiera diría que se
te ha muerto el gato en vez de tu mejor amiga. Mierda.
—No sabes de qué hablas —replicó ella cogiéndole el hombro y obligándola a
girarse—. No tienes ni puta idea de lo que estás hablando, Verónica.
Se observaron rabiosa, inclinadamente. Luego echaron el aire. Las dos tenían los
ojos húmedos. Se abrazaron, aplastando el ramo entre sus cuerpos y clavándose las
espinas en el pecho. Vero se rió con una finura nerviosa.
—Perdona —susurró.
—No pasa nada. Lo entiendo.
Se cogieron de la mano y avanzaron por la carretera de asfalto y sobre los

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adoquines. Dejaron la capilla monumental a la izquierda y doblaron la esquina del
puesto de flores. Iban enteras de negro, como siempre lo hacían, pero sin maquillaje,
sin joyas barrocas, sin impresiones ciberpunk en las camisetas, sin tules ni bordados.
Su luto era amargo y sobrio. Las hileras de cruces se sucedían hasta donde alcanzaba
la vista. Era como un océano orillado por murallas de nichos. A Verónica le entraban
náuseas sólo de mirar las tumbas y de pensar que, bajo cada una, había al menos un
muerto. Andaba con la vista fija en sus pies y en la calzada. Se cruzaron con una
familia de negro, con una corona de crisantemos en la mano de uno de los hijos. Las
saludaron breve, amistosamente, y Verónica sintió cómo le inundaba una marea de
cólera. Los envidió y no supo por qué. Le costó fijar el motivo pero acabó
encontrándolo: ellos mostraban su dolor. Supo de pronto que el luto tenía sentido, y
comprendió que se lo había quitado al llevarlo de continuo. Deseó vestir un traje
blanco como la leche, por simple contraste, y que todos los que la miraran pudieran
poner expresión cariacontecida y darle el pésame. Estrujó las rosas y saboreó los
pinchazos leves. Soltó los enganchones de la camiseta. Rebeca caminaba callada, con
cierto automatismo. Se detuvo junto a un pequeño mausoleo al lado de un árbol. Era
como un templete griego, con la sepultura debajo y una virgen al fondo. Producía la
impresión de ser una cama con dosel de piedra.
—Aquí nos tomamos las fotos que viste, Vero, tumbados encima —comentó—.
En ésta y en otra que es la leche, con un ángel enorme con una lira y una rosa en la
mano. El sarcófago tiene flores de mármol esculpidas, como si estuvieran tiradas
encima. Cuando pasemos te la enseño.
Verónica pestañeó. Bajó el ramo.
—¿Pero tú de qué vas? ¿Te crees que me importa una mierda lo que hicieras con
tus amigos los colgados?
—Joder. Era por hablar de algo. Pues te parecieron cojonudas las fotos cuando las
viste.
—¡Pues ahora no me parece cojonudo! ¿De acuerdo?
—Te reíste un huevo cuando te conté que vino la familia y nos echaron a patadas
—apostilló Rebeca con una media sonrisa.
—Mira —replicó estrechando las rosas hasta incrustarse en la palma el haz de
tallos rodeado por el plástico—. No quiero hablar. Y ya está. Vamos a buscar la
tumba de Mon de una puta vez.
—En eso estamos. Tira por aquí...
Pasaron junto a un panteón con cipreses y una estatua inmensa. Rebeca iba a
señalarle el enterramiento del que le había hablado antes, pero se lo pensó mejor.
Giraron en silencio por una calle de baldosas de pizarra. Se metieron por la tierrilla,
entre las hiladas de cruces, cristos, vírgenes y flores frescas de todos los colores. El
aire del cementerio era neutro, frío y plácido. A pesar de los miles de ramos, no olía a

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flores. No olía a nada: a piedra aséptica fregada sólo por la lluvia. Al fondo, tras el
mar crucificado, se erguía la apretada tapia de nichos encajados como una
mampostería de muertos.
Cuando se detuvieron frente a la lápida triste, de piedra pulida con los nombres en
bronce, estallaron en llanto. Era como si volvieran a ver la caja bajada por tipos que
parecían obreros de la construcción y que trataban a los muertos como paquetes de
ladrillos. Por más que lo intentaba, Verónica no podía evitar pensar en el cuerpo de su
amiga, en que estaba debajo, cosido como un oso de trapo y metido en una caja de
madera. Se le pasaban por la cabeza situaciones dignas de una mala película de terror:
que se levantara, que estuviera retorcida intentando salir, que se la estuvieran
comiendo los gusanos, que se le hubieran salido los ojos..., y cuanto más intentaba
contener las imágenes, más se le repetían, con mayor insistencia, hasta que le
entraron ganas de gritar. No podía recordar a Mónica viva. Sólo la veía muerta, rota,
mal reconstruida, en el tanatorio, con un absurdo sudario de encaje y un babero
parecido a las golas alechugadas de los escritores del libro de texto de literatura,
maquillada, hilvanada y compuesta por la funeraria, colocada en su ataúd como si
fuera una muñeca —únicamente le faltaba el lazo rojo a la cajita— y puesta en el
escaparate de cristal para que la familia, compañeros de clase, profesores y amigos la
contemplaran y se burlaran de ella.
Rebeca se sentó sobre el granito.
—Hola, cariño —musitó. De pronto torció el labio, cogió el rosario que
descansaba sobre la corona y lo lanzó lejos. Se secó las lágrimas—. Ella lo odiaba,
joder.
Verónica asintió.
—Quita también esa puta corona de muerto. Sólo le faltan dos campanitas y una
rama de muérdago para ser igualita que las que ponen en Navidad en las puertas. A
Mon no le hubiera gustado.
—A ti no te gusta, Vero. No sabemos si a Mon le hubiera gustado...
—Quítala. A la mierda. Pónsela al de al lado, que no tiene nada.
La gata cogió el redondel de flores y lo depositó sobre el enterramiento de la
derecha.
—Doña Josefina Rodríguez —leyó, inclinándose—. Bien, doña Josefina
Rodríguez, muerta el tres de agosto de mil novecientos noventa y nueve a la edad de
sesenta y cinco años, tus hijos rezan por ti de e pe, disfrute de la corona de doña
Soledad y que le aproveche, que nuestra amiga tiene diecisiete rosas rojas. Ponle el
ramo, Verónica.
Antes de colocarlo, miró los incrustes de bronce: María Dolores Muñoz Velasco,
estrella 5-3-1961, cruz 17-9-1988; Feliciano Velasco Jimeno, estrella 22-11-1937,
cruz 13-12-1996; Mónica María Muñoz, estrella 19-3-1983, cruz 6-3-2000.

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—Su cumpleaños es el próximo domingo, joder... —sollozó Verónica,
apoyándose en la lápida y conteniendo los deseos de darle un puñetazo.
—Vendremos el día de su cumpleaños —concluyó Rebeca—. Pero su regalo se lo
damos ahora.
—Joder, no. Yo por su cumpleaños no vengo. Estará su abuela.
—Me da exactamente igual que esté su abuela, Vero. Vendremos. Trae el paquete.
Verónica abrió la cremallera de la mochila y sacó una bolsa de papel. Extrajo una
cajita alargada y desató el lazo negro.
—No tienes ni idea de lo que nos costó conseguirla, Mon —dijo sonriendo entre
las lágrimas—. Una semana buscando. Nos pateamos internet entero mirando
coleccionistas de pájaros, mayoristas de relleno de almohadones y friquis de la peli
de El Cuervo. Fuimos al museo de Ciencias Naturales y a tiendas de caza y pesca. Y
todo dándote esquinazo, joder. Pero al final la conseguimos.
—Es de cuervo de verdad, cariño —musitó Rebeca pasando la palma de la mano
por el pulimento del granito—. No es de urraca, ni de grajo. Espero que te guste...
La pluma era remera, larga, bastante grande y brillante. El cálamo empezaba en
color blanco y se iba oscureciendo hasta el negro azulado de la punta. El plumón de
la base era grisáceo. Vero rozó los bordes, peinándolos. La dejó bajo el ramo para que
no se la llevara el viento.
Las dos chicas se quedaron en silencio, espalda contra espalda, sentadas sobre la
sepultura —sobre los pies negros, amoratados, con las uñas rotas, descalzos,
podridos, de Mon, no podía evitar pensar Verónica—, encajadas cada una a un lado,
con las piernas metidas en los huecos pequeños que había entre las tumbas vecinas.
—Y ahora, ¿qué? —acabó por decir Rebeca.
—No lo sé... —respondió la otra acariciando las letras: la eme, la o, la ene, la i, la
ce, la a.
—Mierda —bufó Rebeca—. Mon tiene una jodida cruz de granito ahí encima
ahogándola. Se ha tragado un velatorio cristiano, un entierro cristiano y un puto
funeral cristiano. Y seguro que un rosario al día desde el lunes. Y Mónica no es
cristiana. Mónica es politeísta. Como tú y como yo.
—Pues hagámosle algo... algo —se rió Vero débilmente, entre las lágrimas—
politeísta, joder. ¿Pero el qué? ¿Sacamos el cuerpo y lo llevamos al monte para que se
lo coman los cuervos y se suba al cielo con ellos? ¿Qué coño quieres que hagamos?
¿Una ouija para contactar con ella? ¿Aquí, sobre su tumba? ¡Hostia!
La gata había desmesurado los ojos.
—Verónica. No vuelvas a repetir eso ni en broma.
—¿El qué? ¿Lo de saquear tumbas o lo de la puta ouija?
—Eso. Mierda. No lo vuelvas a decir. La tentación... es demasiado grande, Vero.
Poder hablar con ella. Despedirnos. Por última vez. Pero me niego. No estaría bien.

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No... no creo que le gustara.
—No lo sabremos nunca, Rebeca. No sabremos nunca lo que le gustaría. ¡Joder!
—gritó poniéndose de pie y dándole un golpe al granito—. Saca una maldita moneda.
—Vero. No tenemos tabla. No tenemos papel, ni boli. Y además, que no. No. No
vamos a hacer una ouija aquí, mierda.
—Por supuesto que vamos a hacerla, Rebeca. ¿Que no hay tabla? Ni falta que
hace. Sobre la tumba. ¿Es que no ves las putas letras?
—¿Qué? Venga ya. ¿Con las incripciones de los nombres?
—Por supuesto. Mon no es gilipollas. Si le faltan letras del alfabeto ya nos
ceceará o algo parecido. No tengo monedas de veinticinco gordas, pero pongo el
cuello a que tú llevas la de siempre en el abono. Pues sácala.
Atardecía y el cielo se tostaba en color butano. La gata presionó los labios. Hurgó
en el bolsillo trasero y volcó los descuentos de copas, entradas de cine, condones y
carnés que tenía metidos en la tarjeta naranja para viajar en transporte público.
—Dámela —exigió Verónica cuando apareció la moneda—. Nada de “¿hay
alguien en la tabla?”. No hay tabla y no queremos que venga “alguien”. Mónica —
llamó con tono apremiante mientras la lanzaba sobre el granito. Cayó de cruz. Volvió
a tirarla al aire—. Mónica —otra vez salió el escudo coronado—. Mónica —tintineó
y mostró por tercera vez la cruz—. Mónica —se repitió el resultado—. Mónica... —
de nuevo—. Mónica... —contra todo pronóstico, continuó saliendo el mismo lado—.
Mónica...
—No sale, joder —Rebeca meneó la cabeza—. No es lógico. Por pura
estadística...
—Mon, que se hace la interesante —gruñó Verónica, volteando otra vez la
moneda hacia el cielo—. Mónica... —cruz—. Mónica... —cruz—. ¡Mónica! —cruz
—. ¡Mónica, joder! ¡Arrastra tu culo aquí si no quieres que baje a buscarte!
Entonces, cayó de cara. Echaron hacia abajo las rosas y la pluma. Se acodaron
sobre la sepultura. Pusieron el dedo y esperaron. La moneda no se movía un ápice.
—Igual sin tabla no vale... —sugirió Rebeca.
Vero se mordisqueó los labios limpios de pintura.
—Mon. Si no nos hablas no te lo perdonaré jamás. Te lo juro.
La moneda comenzó a arrastrarse pesada, lentamente, como si le costara
muchísimo esfuerzo, por el granito. Se acercó al nombre de la chica y tocó la ene y
luego la o de Mónica. Esquivó toda la hilera y pasó al primer apellido del abuelo,
cogiendo carrerilla despacio. Se balanceó en el Velasco —uve, o, ele, uve, a— y
enseguida pasó al Jimeno y rozó la segunda letra para regresar de inmediato a la ese
del primer apellido. Le dio a la a que la precedía, rebotó dos veces contra la ele,
volvió a la a, bajó a la eme que encabezaba su nombre de pila y repicó contra la a que
lo finalizaba; corrió hasta el María y se detuvo en la erre del medio. Retornó al

[Link] - Página 205


Mónica y golpeó la mayúscula. Bordeó su segundo nombre y ascendió hasta la e del
apellido de su abuelo. De ahí subió a la rúbrica de la madre y se pegó contra el bronce
de la primera letra y la penúltima de Dolores, luego con la primera de Jimeno, con la
segunda de María y remontó a buscar la de. Rebeca y Vero leían a coro: No volváis a
llamarme.
—Dejadme... —empezó la gata— volar... —finalizó Verónica.
El graznido las pilló totalmente por sorpresa. Subieron la cabeza y clavaron la
vista en la cruz lanceolada de piedra, en cuya cima un cuervo se aferraba con las
garras curvas. Las plumas del buche y el cráneo estaban erizadas. El largo pico
arqueado se abrió y realizó un chasqueo repetido. Las contempló de arriba abajo,
primero sobre una pata, luego sobre la otra. El plumaje negro tenía reflejos violetas y
azules en el dorso y verdes bajo las alas. Las extendió, dio un salto y alzó el vuelo
con facilidad y soltura. Se perdió entre los árboles y, después, en el firmamento.

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II

Álex hablaba de música con el pincha habitual del garito. Miraba los nuevos discos y
pedía que le pusiera determinadas canciones. Las escuchaba y criticaba entre
carcajadas y comentarios hirientes. En el local sólo estaban él, el pincha, el camarero
y un grupo de cinco amigas con cuatro minis, que se quedaron a cuadros, riéndose, al
verle teclear apasionadamente sobre la barra.
—No os asustéis, que es inofensivo —oyó que les comentaba el camarero al
darles las vueltas—. Siempre que no le habléis de religión, claro. Es de la casa.
Forma parte del mobiliario.
—¿Y cuál es la otra atracción local? —preguntó Álex a voz en grito—. ¿El
sumidero del baño de las tías que evita que se acumulen las meadas en el suelo
cuando se escapan por debajo del retrete?
—Joder, Haller —dijo el pinchadiscos descojonado—. Eres único para hacer
publicidad, ¿eh? ¿Y tú de qué conoces el baño de chicas? No me digas que has
echado un polvo ahí...
—¿Por quién me tomas? ¿En ese baño? Eh —llamó al de la barra—. ¿Y lo de
“inofensivo” a qué venía? Que eso es carne fresca —señaló con la cabeza a las chicas
— y yo tengo una imagen que cuidar...
El camarero se carcajeó.
—No son tu tipo.
Las miró sin disimulo.
—Tienes razón. Son feas.
—Puede que tengan una personalidad fascinante... —apostilló el pincha.
—Es posible, pero a mí me pasa lo que a los niños pequeños: si la caja no me
gusta, igual ni me molesto en abrir el regalo. Además, son góticas. ¿Qué coño van a
tener una personalidad fascinante?
—Eres un pedazo de hijo de puta, Haller...
Él abrió otro CD y desplegó el cuadernillo.
—¿Te pongo un tercio? —le preguntó el camarero sacándolo de la nevera.
—La verdad, tengo el estómago hecho un asco —respondió levantando la vista
del libreto con letras en alemán—. Creo que me sentaría mejor un zumito.
—¿Estás de coña?
—Nunca, ya lo sabes —replicó—. Pero como no tendréis naranjas recién
exprimidas de las que a mí me gustan, beberé aire un rato. Paso de ponerme hasta
arriba de cerveza por el día de hoy, así que empezaré a darle hacia la noche. Ya pido
luego, cuando sea necesario el alcohol para soportar el ambiente.
—Como quieras.

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—Ponme la cuarta —le dijo al pincha, metiendo el folleto en la caja del disco y
devolviéndosela—. ¡Hostia! —exclamó cuando comenzó la música, al menos seis
teclados enlazados lentamente—. ¿Qué es esta puta mariconada?
—¿La quito, Haller?
—¡Qué dices! Me encanta —prestó atención a los acordes, localizando las notas
mentalmente y tamborileando en la barra—. Luego me lo pasas y lo grabo.
—¿Apostamos a que la voz se lo carga?
—La voz siempre se lo carga —aguardó a que empezara—. Bueh. No está mal
del todo. Al menos no canta en inglés. Es un detalle.
—Pero tú algo de alemán sabes, ¿no?
—Vamos, lo suficiente como para pronunciar bien las marcas de helados. Me tocó
darlo en el instituto, y mira que intenté por todos los putos medios apuntarme a inglés
para rascarme los huevos en una asignatura, pero a los profesores les jodía que los
dejara en ridículo. Hace ya la tira de años; no me acuerdo de nada más que de “guten
tag”. Eso sí, me sirve para valorar la calidad literaria de las letras: si entiendo algo, es
para tontos.
El pincha se rió.
—¿Sabes lo que me gusta de esta canción? —declaró dejando la caja entre otras
—. Que dura catorce minutos.
La dejó sonando y fue al baño, seguido por la sonora carcajada de Álex, que se
sacó un libro pequeño, en cubierta rústica cutre, del bolsillo interior del sobretodo de
cuero. Se puso a leer a partir de la esquina doblada. Se había tragado como unas
quince páginas cuando le interrumpieron.
—Álex...
Levantó la cabeza de la hoja y enarcó las cejas. Verónica estaba frente a él.
Parecía una niña flaca y desvalida, con el pelo en cola de caballo, la cara lavada,
vestida en pantalón y camiseta, sin adorno alguno en el cuerpo.
—Verónica —la reconoció con una mueca despectiva—. ¿Dónde te has dejado tu
camarilla?
—Rebeca está fuera. Ha quedado. Luego entrará. Y Mon... Mónica... Mónica... —
se le humedecieron los ojos verdes—. Álex, por favor —suplicó derrumbada—. Por
favor, abrázame. Mon...
La chica se lanzó contra él y le apretó la camisa con los puños. Hundió el rostro
en su pecho y gimió. Él se dejó abrazar, sin cogerla. Le dio una calada al cigarro. Su
expresión, de haberla visto Verónica, la hubiera asustado.
—El cuervo voló, ¿eh? —comentó él con desenfado—. Desde el piso de arriba
del cole. Lo sé.
Vero se separó.
—¿Cómo coño lo sabes?

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—Tengo poderes, princesa. Creía que ya te habías dado cuenta. Así que se
acabaron los tres cerditos, ¿eh? Bueno, siempre podéis reponerla por otra para
montaros vuestros aquelarres de brujas de Eastwick.
—Álex... Lo que menos necesito oír es tu puta ironía en este momento.
—Muy bien, Verónica. Pues ¿qué es lo que necesitas? Pide por esa boquita.
Aunque sin maquillaje pierde parte de su persuasión, por si no lo sabías.
—¡Necesito que me abraces, joder! —estalló ella con churretes de lágrimas—.
¡Que me consueles, coño! ¿Tengo que suplicártelo?
—Siiií... —siseó Álex entre las mandíbulas prietas—. ¿Ves como no era tan
difícil? Sólo tenías que pedirlo —la cogió de la mano y se dirigió al camarero—. Te
dejo aquí el libro.
Se metió con ella en el cuarto oscuro y se sentó en el banco con cojinetes rojos
que bordeaba la pared. Se la puso encima y empezó a besarla gradualmente. La
conocía a la perfección. Sabía cómo tocarla. Sabía lo que le gustaba, lo que la
encendía. Verónica lloraba sin parar. La giró hasta colocarla de piernas abiertas sobre
su cuerpo. Le acarició el pelo, las mejillas húmedas, el escote, la espalda, las nalgas,
los muslos que le rodeaban. La estrujó y le marcó discretamente un ritmo lento,
moviéndola por el culo, para que se restregara contra el bulto creciente del pantalón.
Poco a poco, la chica se iba calentando, aunque no dejaban de caérsele las lágrimas.
Álex le mordisqueó el lóbulo de la oreja. Introdujo la mano bajo el vaquero elástico y
las bragas y se abrió camino estirando la tela hasta que toqueteó y friccionó la zona
que buscaba, al tiempo que hundía los dientes, con la fuerza justa y sin pasarse, en su
cuello.
En menos de diez minutos, Verónica se frotaba desesperadamente, le mordía los
labios, le bailaba la lengua en la boca, le arañaba la espalda.
—Vamos a tu casa... —susurró.
Álex, entonces, degustó su respuesta antes de escupirla. Esperó más de cinco
segundos para soltar:
—No.
La chica se echó hacia atrás. Dejó de moverse.
—¿Qué?
—No —repitió Álex—. ¿Necesitas que lo deletree?
Ella le miró como si no le encajaran sus palabras. Él dibujó con tranquilidad
asfixiante su sonrisa más larga y corrosiva. Los ojos le brillaban de placer.
—Perdona, princesa, pero una vez que un colega mío ha comido de mi plato, yo
no vuelvo para acabármelo —sin dejar de sonreír, empujó los ijares contra el pubis de
ella y se quedó apretado—. Yo soy un lobo. Cazo. Me gusta la carne fresca. No como
carroña; sólo la uso para restregarme contra ella y ocultar mi olor a las presas.
Verónica dejó salir el aliento. Con los ojos fuera de las cuencas, saltó hacia atrás y

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se marchó llorando al baño. Álex cruzó los brazos detrás de la nuca.
—Dos por ciento de la dieta de un lobo adulto —se encendió otro cigarro y le dio
un tiro—. Me parece que me he quedado con hambre... —concluyó con una mueca,
levantándose y saliendo hacia la barra—. Guárdame el libro, que voy a comprar
tabaco.
—La máquina ya está arreglada.
—Sí, hombre. Os voy a regalar yo veinte pesetas. Que los estancos aún están
abiertos. Hala, ahora vuelvo.

A la vuelta de la esquina, Tiago se apoyaba contra el edificio pintado de gris y


amarillo, exhibiendo toda la parafernalia anticristiana del cuello, cinto, muñecas y
falanges. Hundió los dedos en el pelo rubio enmarañado y se le quedaron
enganchados. Los despegó rompiendo mechones. Se sacó un porro cilíndrico
perfectamente liado a máquina de detrás de la oreja. Lo prendió y se tironeó de la
barbita.
—Mira, es tu real problema que de pronto te quieras apuntar a los boy-scouts. No
voy a devolverte el dinero del ácido, Kat.
Rebeca movió la cabeza negativamente con un rictus de incredulidad. Sintió
deseos de abofetear al satánico.
—¿Te crees que me importa el dinero, imbécil? Mi mejor amiga ha muerto por
culpa de un flash-back. ¿Qué parte es la que no entiendes?
—Entiendo el pastel entero, pero me la suda. A ver, no quieres que me quede con
el LSD porque os lo jamasteis todo. No quieres que te dé pelas por daños y
perjuicios, suicidios y asesinatos, y además no te las daría. No quieres venirte a la
misa negra con los colegas. No quieres echar un polvo. ¿Pues qué demonios quieres?
¿Para qué hemos quedado?
—¡Quiero que me expliques cómo es posible que a Mon le diera ese pedazo de
viaje al cabo de dos semanas por unas putas bicicletas!
—Pues mira, es simple: tu amiguita la retrasada se metió como ocho veces más de
lo que se debería haber metido. Que para drogarse también hay que saber, Kat. Deja
de gimotear y la próxima vez que perviertas menores, asegúrate de que se metan un
cuarto y no dos dosis completas —fumó tranquilamente mientras Rebeca apretaba los
puños—. Coño —exclamó Tiago de pronto, contemplando la acera de enfrente—. El
gilipollas —Álex caminaba envuelto en el abrigo de cuero y en el humo del cigarro, a
zancadas flexibles sobre las botazas metálicas, con la mirada perdida y una sonrisa
inevitable en la boca, fruto de los pensamientos. No les había visto—. ¿Qué, Haller?
—le gritó—. Ahora no me kickeas, ¿eh?
El lobo se volvió como el aspa de un molino. Si ya iba sonriendo, ahora se le
escapó casi un jadeo de éxtasis cuan