Arthur Schnitzler
Relato soñado
Traducido del alemán por
Miguel Ángel Vega
Título original: Traumnovelle
Diseño de colección: Estrada Design
Diseño de cubierta: Manuel Estrada
Imagen de cubierta: Retrato del autor, Viena, 1922. © Archiv Setzer-Tschiedel/
Imagno/Getty Images
Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece penas de prisión
y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren,
plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o
su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de
cualquier medio, sin la preceptiva autorización..
© de la traducción: Miguel Ángel Vega Cernuda, 2021
© Alianza Editorial, S.A. Madrid, 2021
Calle Juan Ignacio Luca de Tena, 15
28027 Madrid
[Link]
ISBN: 978-84-1362-574-4
Depósito legal: M. 25.713-2021
Printed in Spain
I
«Veinticuatro esclavos negros remaban en la espléndida
galera que llevaba al príncipe Amgiad al palacio del ca-
lifa. Pero el príncipe, envuelto en su manto de púrpura,
yacía solo en la cubierta bajo un cielo nocturno azul os-
curo, tachonado de estrellas, y su mirada…»
Hasta ese punto había leído la pequeña en voz alta,
pero casi de repente se le cerraron los ojos. Sus padres
se miraron sonriéndose y Fridolin se inclinó sobre ella,
besó sus rubios cabellos y cerró el libro que había que-
dado sobre la mesa todavía sin recoger. La niña levantó
la mirada como si hubiera sido descubierta.
—Son las nueve —dijo el padre—, es hora de irse a
la cama.
Y como Albertine también se había inclinado sobre
la niña, las manos de los padres coincidieron en aquella
entrañable frente; con una sonrisa llena de ternura, que
no solo iba dirigida a la niña, sus ojos se encontraron. La
7
muchacha de servicio entró y después de advertir a la
niña que diera las buenas noches a sus padres, esta, obe-
diente, se levantó, dio un beso a su papá y a su mamá y
dejó que la muchacha la sacara fuera de la habitación.
Fridolin y Albertine, ya solos bajo el resplandor rojizo
de la lámpara colgante, se apresuraron a reanudar la
conversación que habían iniciado antes de la cena sobre
las experiencias de ayer en el salón de baile.
Había sido el primer baile de ese año al que habían
decidido asistir, poco antes del final del carnaval. En lo
que a Fridolin se refiere, nada más entrar al salón fue re-
cibido, como si fuera un amigo al que se espera con im-
paciencia, por dos señoritas disfrazadas de dominó1 de
color rojo, cuya identidad no pudo determinar, aunque
ellas estaban perfectamente informadas acerca de todo
tipo de historias de sus épocas de estudiante y de médi-
co interno. Al poco tiempo habían abandonado el palco
al que lo habían invitado con auspiciosa amabilidad con
la promesa de volver muy pronto y sin máscaras; pero
como ya hacía tanto tiempo que se habían marchado, él,
impaciente, prefirió bajar al patio donde esperaba reen-
contrarse con las dos sospechosas apariciones. Por más
que se esforzara en intentar identificarlas en su alrede-
dor, no logró verlas por ningún lado. En lugar de ello,
sin embargo, fue otra mujer la que se colgó de repente
de su brazo: era su esposa, que acababa de alejarse de
1 Una túnica de la clerecía veneciana, sin mangas y con capucha, que,
cuando cayó en desuso, fue utilizada como disfraz en los carnavales de
la ciudad.
8
un desconocido cuya melancolía, conducta indiferente
y acento extranjero, aparentemente polaco, habían ini-
cialmente despertado su curiosidad, pero que de repen-
te la había asustado con una palabra, soez y descarada,
que la había herido. Y así, marido y mujer se sentaron,
contentos en el fondo de haber escapado pronto a una
mascarada decepcionantemente banal, como dos aman-
tes, entre otras tantas parejas enamoradas, en el salón
bufé con ostras y champán, charlando alegremente,
como si acabaran de conocerse, en una comedia de ga-
lantería, resistencia, seducción e indulgencia. Tras un
veloz recorrido en coche de punto a través de la blanca
noche invernal, se estaban abrazando en su casa en una
embriaguez amorosa como hacía tiempo no habían sen-
tido de manera tan ardiente. Una mañana gris los había
despertado a primera hora. Sus ocupaciones habían lla-
mado a su marido a la cabecera de los pacientes a una
hora muy temprana. Sus deberes de ama de casa y de
madre apenas le habían permitido descansar. Dado que
la jornada había transcurrido en el ámbito prefijado
de las tareas y labores cotidianas, la pasada noche, de
principio al fin, ya se había desvanecido de su memoria;
y solo ahora, cuando ambos habían terminado su día de
trabajo, la niña se había ido a acostar y no se esperaba
ninguna molestia de ninguna parte, las figuras evanes-
centes del salón de baile, tanto la del melancólico desco-
nocido como la de las muchachas disfrazadas de dominós
rojos, irrumpieron en la realidad; y aquellas experien-
cias insignificantes se vieron repentinamente rodeadas,
9
de manera mágica y dolorosa, por la apariencia engaño-
sa de oportunidades perdidas. Preguntas inofensivas y,
sin embargo, capciosas; respuestas ambiguas y traviesas
se alternaban de una y otra parte; a ninguno de los dos se
le escapó el hecho de que el otro no hablaba con una
sinceridad total, por lo que ambos se sintieron inclina-
dos a una moderada venganza. Ambos exageraron el ni-
vel de atracción que les habrían irradiado sus descono-
cidos socios del salón de baile; ambos se burlaron de los
celos que mostraba el otro y negaron los propios. Pero
de la charla fácil sobre las inútiles aventuras de la noche
pasada derivaron en una conversación más seria sobre
esos deseos ocultos, apenas sospechados, que pueden
provocar turbias y peligrosas vorágines incluso en el
alma más clara y pura; y hablaron de los recovecos más
secretos por los que apenas sentían añoranza y adonde
el viento incomprensible del destino podría conducirlos
algún día, aunque solo fuera en una ensoñación. Porque
por más que ambos se pertenecieran de manera incon-
dicional en cuerpo y alma, ellos sabían perfectamente
que ayer no había sido la primera vez que en torno a
ellos había soplado un hálito de aventura, libertad y pe-
ligro. Temerosos, atormentándose a sí mismos y con una
curiosidad malsana, intentaron sonsacarse confesiones
recíprocas y rebuscaron dentro de sí mismos un hecho
cualquiera por indiferente que fuera, una vivencia, aun-
que fuera insignificante, que se pudiera tomar como ex-
presión de lo indecible, y cuya sincera confesión tal vez
pudiera aliviarlos de una tensión y una desconfianza
10
que poco a poco empezaban a hacerse insoportables.
Albertine, ya fuera la más impaciente, la más honesta o
la más amable de los dos, fue la que primero encontró el
valor para comunicarse abiertamente, y con voz un tan-
to vacilante preguntó a Fridolin si recordaba al joven
que, una noche del pasado verano en la costa danesa, es-
taba sentado con dos oficiales en la mesa vecina y que,
al recibir un telegrama durante la cena, se había despe-
dido apresuradamente de sus amigos.
Fridolin asintió.
—¿Qué pasó con él? —preguntó.
—Ya lo había visto por la mañana —respondió Al-
bertine—, mientras él subía apresuradamente las escale-
ras del hotel con un maletín amarillo. Me miró, pero
solo se detuvo unos pasos más arriba, se volvió hacia mí
y nuestras miradas se encontraron. No me sonrió; al
contrario, me pareció que su rostro adquiría un gesto de
adustez. Muy probablemente a mí me pasara lo mismo,
pues estaba emocionada como nunca lo había estado.
Todo el día permanecí perdida en ensoñaciones en la
playa. Si me hubiera llamado, de ello creí estar segura,
no me habría podido resistir. Me sentía dispuesta a cual-
quier cosa. Pensé que estaba decidida a renunciar a ti, a
la niña, a mi futuro; creí en efecto estar absolutamente
decidida y, al mismo tiempo, ¿lo entenderás?..., tú me
resultabas más querido que nunca. Precisamente esa
tarde, quizá te acuerdes todavía, sucedió que nosotros
estuvimos hablando sinceramente de mil cosas, también
de nuestro futuro y de la niña, como no lo habíamos he-
11
cho en mucho tiempo. Al atardecer estábamos sentados
en el balcón, cuando él pasó por la playa sin mirar hacia
arriba y me alegré de verlo. Sin embargo, acaricié tu
frente y besé tus cabellos, al tiempo que en mi amor por
ti había un sentimiento de enorme compasión dolorosa.
Por la noche me puse muy guapa, tú mismo me lo dijis-
te, y llevaba una rosa blanca en la cintura. Quizá no fuera
casualidad que el extraño se sentara cerca de nosotros
con sus amigos. No me miró, pero yo estuve barajando
la idea de levantarme, acercarme a su mesa y decirle:
«Aquí estoy, amado mío, tú eres la persona a la que es-
taba esperando, tómame». En ese momento le entrega-
ron un telegrama, él lo leyó, se puso pálido, susurró
unas palabras al más joven de los dos oficiales y salió del
salón lanzándome una mirada enigmática.
—¿Y? —preguntó Fridolin secamente cuando ella
se quedó en silencio.
—Nada más. Solo sé que a la mañana siguiente me
desperté con cierta ansiedad. No sabía qué era lo que
más me preocupaba: si el que se marchara o el que se
quedase. Pero cuando al mediodía comprobé que había
desaparecido, respiré aliviada. No me preguntes más,
Fridolin, te he contado toda la verdad. También tú ex-
perimentaste algo en esa playa, lo sé.
Fridolin se levantó, anduvo de un lado a otro de la
habitación un par de veces y luego dijo:
—Tienes razón. —Se quedó junto a la ventana, con
el rostro en penumbra—. Por la mañana —comenzó
con una voz velada un poco hostil—, a veces muy tem-
12
prano, antes de que te levantaras, yo solía ir a pasear
sin rumbo por la orilla del mar, por las afueras del pue-
blo; y, por muy temprano que fuera, el sol caía siempre
luminoso y cálido sobre el mar. Como bien sabes, ha-
bía pequeñas casas de campo en la playa, cada una en-
cerrada en sí misma, como formando un pequeño
mundo propio, algunas con jardines rodeados de va-
llas de madera y otras rodeadas de bosque, y las casetas
de baño estaban separadas de las casas por la carretera
y un trozo de playa. Casi nunca encontraba gente a hora
tan temprana y nunca vi gente bañándose. Una maña-
na, sin embargo, percibí de improviso una figura feme-
nina que nunca hasta entonces había visto y que, en la
estrecha terraza de una de las casetas de baño planta-
das en la arena, avanzaba con cautela poniendo un pie
delante del otro con los brazos extendidos hacia atrás,
contra la pared de madera. Era una chica muy joven,
tal vez de unos quince años, con su rubio cabello suel-
to cayéndole sobre los hombros y un lado de su delica-
do pecho. La joven, que miraba hacia delante, hacia el
agua, y se deslizaba lentamente a lo largo de la pared,
con la mirada baja fija en la otra esquina, de repente
estaba frente a mí. Echando las manos hacia atrás
como si quisiera agarrarse con más fuerza, levantó la
mirada y de repente me vio. Un temblor recorrió su
cuerpo, como si ella estuviera a punto de caerse o de
huir. Pero como solo podía moverse muy lentamente
sobre la estrecha tabla, decidió pararse. Allí estaba in-
móvil, primero con el susto en el rostro, después el
13
enojo y, finalmente, la vergüenza. De repente, ella son-
rió, sonrió maravillosamente. Era un saludo, sí, una se-
ñal de sus ojos, y al mismo tiempo, como una leve bur-
la. Tocó con su pie el agua que me separaba de ella y
luego estiró su joven y delgado cuerpo, feliz de su be-
lleza y, como era fácil de notar, orgullosa y dulcemente
emocionada por el resplandor de mi mirada que sintió
sobre ella. Así que nos quedamos uno frente al otro,
quizá unos diez segundos, con los labios entreabiertos
y los ojos parpadeantes. Instintivamente, extendí mis
brazos hacia ella. La entrega y la alegría estaban en su
mirada. Pero de repente meneó violentamente la cabe-
za, soltó un brazo de la pared e hizo un gesto imperio-
so para que me fuera; y como no estaba dispuesto a
obedecer, un ruego, una súplica apareció en sus ojos
de niña, de tal manera que no tuve más remedio que
darle la espalda lo más rápidamente posible y reanudar
mi camino. No me volví para mirarla, y no por consi-
deración, por obediencia o por caballerosidad, sino
porque tras su última mirada sentí una conmoción que
iba más allá de cualquier otra cosa que hubiera experi-
mentado anteriormente, hasta el extremo de que estu-
ve a punto de desmayarme.
Él se quedó callado.
—¿Y cuántas veces más —preguntó Albertine, mi-
rando al frente y sin ningún énfasis— hiciste después
ese mismo camino?
—Lo que te he contado —respondió Fridolin— su-
cedió casualmente el último día de nuestra estancia en
14
Dinamarca. Tampoco sé qué habría pasado en otras cir-
cunstancias. Y no me hagas más preguntas, Albertine.
Él seguía de pie junto a la ventana, inmóvil. Alberti-
ne se levantó y se acercó a él, con los ojos húmedos y os-
curos y el ceño ligeramente fruncido.
—En el futuro debemos contarnos estas cosas inme-
diatamente —dijo ella.
Él asintió en silencio.
—Prométemelo.
Él la atrajo hacia sí.
—¿Acaso no lo sabes? —preguntó, aunque su voz
seguía siendo dura.
Ella tomó sus manos, las acarició y lo miró con ter-
nura. En el fondo de aquellos ojos, él podía leer su
pensamiento. Ahora pensaba en otras vivencias más
reales, en las vivencias de juventud de Fridolin, de al-
gunas de las cuales estaba al tanto, ya que él, complaci-
do por su celosa curiosidad, en los primeros años de su
matrimonio la había puesto al corriente; incluso, como
a menudo le parecía, le había revelado cosas que ha-
bría sido preferible haberse guardado para sí mismo.
En aquel momento, lo sabía, muchos recuerdos la asal-
taban y no se sorprendió cuando pronunció, como en
un sueño, el nombre medio olvidado de una de sus jó-
venes amantes. Pero sonó como un reproche, como
una leve amenaza.
Él se llevó las manos de su mujer a los labios.
—En cada ser, créeme, aunque suene demasiado fá-
cil decirlo, en cada ser que pensé que amaba, siempre te
15
estaba buscando a ti. Lo sé mejor de lo que tú puedas
creer, Albertine.
Ella sonrió con tristeza:
—¿Y si también a mí se me hubiera ocurrido buscar
antes otros hombres? —dijo. La mirada de Fridolin
cambió y se volvió fría e impenetrable.
Como si la hubiera pillado en una falsedad, en una
traición, él dejó que las manos de ella se deslizaran fuera
de las suyas; pero ella dijo:
—Ay, si supierais… —De nuevo guardó silencio.
—¿Si supiéramos qué? ¿Qué quieres decir con eso?
Ella respondió con extraña dureza:
—Poco más o menos lo que te imaginas, cariño.
—Albertine, ¿hay algo que me hayas ocultado?
Ella asintió y miró al frente con una extraña sonrisa.
A él le surgían dudas increíbles y sin sentido.
—No acabo de entenderlo del todo —dijo—. Tenías
apenas diecisiete años cuando nos comprometimos.
—Dieciséis, sí, Fridolin. Y, sin embargo —dijo, mi-
rándole fijamente a los ojos—, no dependió de mí el que
fuera virgen al matrimonio.
—¡Albertine!
Ella se puso a contar:
—Fue en el Wörthersee, Fridolin, poco antes de
nuestro compromiso. Una hermosa tarde de verano, un
joven muy guapo estaba parado junto a mi ventana, mi-
rando hacia la grande y amplia pradera. Estábamos
charlando y en el curso de esa conversación pensé…, sí,
escucha lo que estaba pensando: ¡Qué joven tan amable
16
y encantador! Ahora solo tendría que decir una palabra
—por supuesto, tendría que ser la correcta— y saldría a
verlo al prado y me iría con él adonde quisiera, tal vez al
bosque. O incluso mejor, habríamos tomado un bote
para bogar juntos por el lago. Y esa noche él podría ha-
ber tenido todo lo que quisiera de mí. Sí, eso es lo que
pensé. Pero aquel joven encantador no dijo la palabra;
me besó la mano con suavidad, y a la mañana siguien-
te me preguntó si quería ser su esposa. Y dije que sí.
Fridolin, molesto, soltó su mano.
—Y si esa noche —dijo— alguien más hubiera esta-
do junto a tu ventana y a él se le hubiera ocurrido la pa-
labra correcta, por ejemplo… —Se quedó pensando
qué nombre debería pronunciar, pero ella extendió a la
defensiva los brazos.
—Cualquier otra persona, quienquiera que hubiera
sido, podría haber dicho lo que quisiera, pero eso poco
le habría ayudado. Y si no hubieras sido tú el que estaba
frente a la ventana —ella le sonrió levantando la mira-
da—, entonces la noche de verano probablemente tam-
poco hubiera sido tan agradable.
Él torció la boca burlonamente:
—Eso es lo que dices ahora, y tal vez es lo que pien-
sas. Pero…
Alguien llamó a la puerta. La criada entró e informó
de que la sirvienta de la Schreyvogelgasse había venido
para pedir que el médico fuera a casa del consejero, que
de nuevo se había puesto muy grave. Fridolin salió a la
antesala. Supo por la criada que el consejero había sufri-
17
do un ataque y estaba muy mal. Él prometió ir de inme-
diato.
—¿Vas a irte? —preguntó Albertine mientras él se
disponía rápidamente a marcharse, en un tono tan eno-
jado como si deliberadamente la estuviera ofendiendo.
Fridolin respondió, casi asombrado:
—Tengo que hacerlo.
Ella suspiró levemente.
—Espero que no sea tan grave —dijo Fridolin—.
Hasta ahora, tres centígramos de morfina han sido sufi-
cientes para que supere el ataque.
La criada le había traído el abrigo de piel. Fridolin
besó a Albertine bastante distraído en la frente y en la
boca, como si la conversación de la última hora se hu-
biera borrado ya de su memoria, y se apresuró a alejarse.
18
II
En la calle tuvo que desabrocharse el abrigo de piel,
pues de repente el tiempo se había puesto más cálido y
la nieve de la acera casi se había derretido. En el aire se
sentía como un soplo anticipado de la ya vecina prima-
vera. Apenas tardó un cuarto de hora desde su vivienda
de la Josefstadt, cercana al Hospital General, hasta la
Schreyvogelgasse. Fridolin subió rápidamente la escale-
ra de caracol, mal iluminada, de la vieja casa hasta el se-
gundo piso y tiró de la campanilla; pero antes de que se
oyera el tradicional sonido de llamada, notó que la puer-
ta estaba entreabierta. Atravesó la antesala sin ilumina-
ción y, en la sala de estar, comprobó de inmediato que
había llegado demasiado tarde. La lámpara de querose-
no, cubierta con una pantalla de color verde que colga-
ba del bajo techo, proyectaba una luz tenue sobre la col-
cha, bajo la cual yacía un cuerpo delgado e inmóvil. El
rostro del fallecido quedaba en penumbra, pero Frido-
19
lin lo conocía tan bien que le pareció como si lo estuvie-
ra viendo con claridad: demacrado, arrugado, de frente
ancha y barba blanca, corta y abundante, y las horribles
y llamativas orejas cubiertas de pelo blanco. Marianne,
la hija del consejero, estaba sentada a los pies de la cama
y los brazos le colgaban flácidos, como si estuviera pro-
fundamente cansada. Olía a muebles viejos, a medici-
nas, a petróleo, a cocina; un poco también a colonia y a
jabón de rosas. De alguna manera, Fridolin también sin-
tió el olor dulzón y apagado de aquella chica pálida que
aún era joven y se había marchitado lentamente durante
meses, años, en el duro trabajo doméstico, en el exte-
nuante cuidado del enfermo y en la vigilia nocturna.
Cuando el doctor entró, ella volvió la mirada hacia
él, pero, dada la escasa iluminación, él apenas pudo
comprobar si se había sonrojado como solía hacer cuan-
do él aparecía. Quiso levantarse, pero un movimiento
de la mano de Fridolin se lo impidió; ella lo saludó con
un gesto de la cabeza y con tristes ojos de asombro. Él
se acercó a la cabecera de la cama, tocó de manera me-
cánica la frente del muerto, cuyos brazos, en mangas de
camisa abiertas, yacían sobre la colcha, luego se encogió
de hombros con un gesto de leve pesar, metió las manos
en los bolsillos de su abrigo de piel, dejó que sus ojos va-
garan por el cuarto y, finalmente los posó sobre Marian-
ne. Su cabello era abundante y rubio, pero seco; su cue-
llo bien formado y esbelto, aunque no libre de arrugas y
de una tonalidad amarillenta, y sus labios estrechos,
como por las muchas palabras no dichas.
20