FUNDAMENTOS HISTÓRICOS DEL DERECHO
TEMA 8: LA CODIFICACIÓN.
Introducción.
La renovación ideológica del Iusnaturalismo racionalista fomentó la necesidad de
establecer un nuevo sistema jurídico basado en la razón que descansara en principios
universales. Las concepciones políticas desarrolladas, sobre todo, en Francia apoyaron
tal innovación jurídica desde estas nuevas perspectivas. Los intereses políticos y
económicos de la burguesía fortalecieron la necesidad de renovación jurídica y facilitaron
su consecución. El poder legislativo, dominado por la burguesía, acapararía el monopolio
en la creación del Derecho y, a través de la ley, se desterrarían los privilegios y el
pluralismo normativo propio del Antiguo Régimen para implantar un nuevo orden
jurídico basado en los principios de igualdad, libertad y defensa de la propiedad. Las
primeras experiencias codificadoras elaboradas en diferentes Reinos europeos, durante la
segunda mitad del s. XVIII, se movieron entre las recopilaciones y las nuevas
formulaciones normativas. Francia, con sus primeros intentos en la Codificación penal,
y, de modo singular, con el código civil de los franceses de 1804 – o simplemente Código
de Napoleón –, marcó los grandes hitos posteriores en este proceso, tanto en Europa
como en América.
Las nuevas leyes que propiciaron estos cambios eran los códigos. Sus preceptos
recogieron, como hicieron las recopilaciones, los textos normativos vigentes. Con ellos
se intentaba planificar jurídicamente el futuro de la sociedad. En su articulado se
encontraban los derecho y deberes de los ciudadanos, y los jueces debían limitarse a
aplicar sus preceptos. Aun con todo, la regulación sustantiva en materia de Derecho civil
y procesal mantuvo un importante sustrato procedente del Derecho común, a lo que no
fueron ajenos los postulados de la Escuela Histórica del Derecho. No sucedió así con los
Códigos penales, sujetos a los cambios en las concepciones políticas y sociales.
A pesar de algún intento anterior a la etapa constitucional gaditana, será el artículo 258
de la Ce de 1812 el que marque el inicio del proceso codificador en España. Proceso
desigual en cada una de las ramas jurídicas y que no concluirá hasta 1889 con la
promulgación de la segunda edición del Código civil. En este sentido, la situación político
– jurídica secular que existía en el territorio español al inicio del s. XIX y los avatares
políticos que marcaron el resto de esta centuria y la siguiente, determinaron la
promulgación de diferentes Códigos penales – trasladando a sus respectivos contenidos
los principios políticos dominantes –. Otro tanto cabe señalar de los obstáculos para la
redacción de un Código civil, que finalmente no sería único para todo el Estado, pues se
respetaron los Derechos forales existentes en algunas partes de su territorio – Álava,
Aragón, Baleares, Cataluña, Navarra, Vizcaya y, con reconocimiento desde 1880, Galicia
–, cuyo origen se remontaba mayoritariamente a la Edad Media. Sin obviar en este
proceso legislativo la influencia foránea, singularmente de Francia, a la hora de redactar
la regulación particular de determinadas instituciones.
Junto a la Codificación del Derecho penal, y con anterioridad a la civil, se desenvolvieron
las referidas al Derecho mercantil y al Derecho procesal, en las que también se aprecian
innovaciones y la perpetuación de criterios seculares. En estas cuatro ramas jurídicas se
produjo, asimismo, un proceso de descodificación. La idea decimonónica de que los
códigos debían constituir una ley completa o integral, que no dejara vacíos legales, no
tardaría en verse superada por la actividad cada vez más intensa del Estado sobre
cualquier ámbito jurídico, lo que unido al desarrollo económico y cultural de las
sociedades acarreó la promulgación de numerosas disposiciones, en cada una de las ramas
citadas, cuya finalidad fue regular las situaciones que iban surgiendo y superar, de esta
manera, el vacío normativo existente de aplicarse tan solo los códigos.
Esta desmedida actividad normativa del Estado, capaz de intervenir en los ámbitos más
recónditos de la vida, y el aumento de su estructura, para cuyo sustento es necesaria la
recaudación de ingentes cantidades, han motivado que otras ramas jurídicas no hayan
podido ser codificadas. Esto sucede de manera singular en las nuevas ramas jurídicas
contemporáneas, por lo que ni en el Derecho administrativo, ni el tributario ni en el laboral
se ha redactado un código.
Por último, si los códigos españoles recibieron la influencia de otros códigos europeos e
iberoamericanos, también proyectaron su influjo en los códigos de aquellas nuevas
naciones americanas con las que existía una tradición jurídica común de siglos.
Los presupuestos de la Codificación.
El iusnaturalismo racionalista sentó las bases de un nuevo orden jurídico. La idea de poder
obtener un derecho universal, justo inmutable, emanado únicamente de la razón y
construir un sistema jurídico sobre las bases de un plan lógico axiomático – deductivo
fueron los fundamentos del proceso codificador. El nuevo derecho perseguía la
implantación de las ideas de libertad, igualdad y protección de la propiedad, es decir, los
derechos naturales. Los códigos debían ser los instrumentos adecuados para poner en
práctica los postulados del iusnaturalismo racionalista y al mismo tiempo unificar y
centralizar el ordenamiento jurídico.
Desde el punto de vista técnico, los nuevos códigos debían ajustarse a una serie de
características: el código es una ley, es decir, es una disposición emanada por un solo
legislador en un solo acto legislativo; es una ley integral, completa, exenta de lagunas. El
código tiene que obedecer una estructura lógica, en la que la materia acotada se distribuya
en divisiones temáticas (libros), y dentro de estos en secciones y capítulos. Los preceptos
aparecen numerados correlativamente en forma de artículos, evitando toda casuística. Los
códigos deben estar redactados en un lenguaje claro y preciso, accesible a todos los
ciudadanos.
En el proceso codificador operan también otros presupuestos de índole socio – económica
y política. La codificación tiene las misma bases ideológicas y socio – económicas que el
constitucionalismo, porque, en definitiva, una constitución no es otra cosa que un
“código” de leyes fundamentales.
El proceso de estatalización del derecho llegó a sus últimas consecuencias con el Estado
liberal. El poder legislativo monopoliza todo el proceso de formación, aprobación y
sanción de la leyes. Por eso, mediante los códigos se pretende poner fin a los distintos
derechos territoriales que tienes su origen eh la Edad Media y que llegan hasta el s. XX.
Los precedentes europeos.
Los códigos ilustrados. En Prusia, durante el s. XVIII, se iniciaron los primeros trabajos
codificadores. Samuel Cocceius, por encargo del rey, elaboró un Project des corporis
Fridericiani, inspirado básicamente en el derecho romano y, por ello, fracasó.
En Austria, la reina María Teresa fue la promotora del proceso codificador que se
concretó en la elaboración del Codex Theresianus, que no llegó a nunca promulgarse, y
de la Constitutio criminalis de 1768.
Los codificadores franceses. Los inicios de la codificación en Francia se remontaron al
período revolucionario. Un primer proyecto de CC (1793), obra de Cambacérès, fracasó
por no ser del agrado de los jacobinos.
En 1802, Napoleón creó una Comisión encargada de preparar un nuevo proyecto. En ella
desempeñó un papel protagonista Juan Esteban Portalis. Después de más de dos años de
discusiones y fuertes oposiciones, el Code Civil fue promulgado solemnemente el 21 de
marzo de 1804.
El proceso codificador en España.
Entre la aparición de nuestro primer código moderno – el CP de 1822 – y el último – el
CC en 1889 – medió más de medio siglo. Si tomamos en consideración la primera de
estas fechas con relación al fenómeno codificador en otros países europeos, podemos
comprobar que España se incorporó al proceso codificador relativamente temprano. Pero
si atendemos a la última de esas fechas, no cabe duda de que nuestro CC es uno de los
más tardíos de Europa. La explicación de este desfase está en función no solo de
dificultades técnicas sino también de los peculiares problemas jurídico – políticos que
incidieron de un modo muy directo en la codificación de algunos sectores del
ordenamiento jurídico.
a. La codificación de derecho penal. Durante el Trienio Liberal se promulgó el
primer código moderno. Para su redacción se utilizaron el Fuero Juzgo, las
Partidas, la Nueva Recopilación y el Código penal francés de 1810. Promulgado
el 9 de julio de 1822, la vigencia del Código apenas alcanzó el año y medio, debido
al derrumbamiento del régimen liberal en 1823. Ello significó el restablecimiento
de la legislación criminal recogida en la Novísima Recopilación y en las Partidas.
Entre 1822 y 1848 se elaboraron varios proyectos: el Proyecto de Sainz de Andino
(1831), revisado en 1834. En 1836 se creó una Comisión para reformar el Código
penal de 1822. La Comisión hizo un nuevo proyecto que presentó al gobierno en
1839 y fue sometido a revisión en 1840 pero fue informado desfavorablemente
porque había “mutilado y trastornado casi enteramente” el Código de 1822.
La creación, en 1834, de la Comisión General de Codificación, supuso un notable
impulso para la empresa codificadora. El primer gran resultado de dicha Comisión
fue el Código penal de 1848, obra del gobierno moderado, y que obtuvo la
aprobación de las Cortes sin apenas modificaciones. Para su elaboración fueron
utilizados, además del Código napoleónico, el Código penal brasileño de 1830,
que tenía sus fuentes en el Código napolitano, que a su vez era copia del
napoleónico.
Los contemporáneos tuvieron un juicio muy favorable del Código de 1848 desde
el punto de vista técnico, pero conservaba todavía un extremado rigor para muchos
delitos. El gobierno a través de varias disposiciones realizó algunas
modificaciones. Por Decreto de 9 de junio de 1850 se dispuso que se llevara a
cabo una nueva edición del Código con todas las reformas incluidas.
La dureza de la Reforma de 1850 era incompatible con el régimen de libertades
de las Constitución de 1869. El 30 de mayo de 1870 el ministro de Gracia y
Justicia, Montero Ríos, sorprendía a las Cortes con la lectura de un proyecto de
CP. Este fue discutido rápidamente y aprobado convirtiéndose en el CP de 1870.
Aunque en su estructura seguía la del 1848, presentaba numerosas innovaciones.
El texto fue mejorado técnicamente y, sobre todo, políticamente, pero ello no le
libró de críticas. A medida que se adentraba el s. XX el Código de 1870 fue
recibiendo cada vez más críticas por parte de la doctrina.
En 1926 se ordenó a la Comisión GC que procediera a una nueva edición del CP
incluyendo las reformas introducidas desde 1870. Pero los miembros de la
Comisión, extralimitando el mandato recibido, redactaron un nuevo Código, que
aprobado por la Asamblea Nacional fue publicado el 13 de septiembre de 1928 y
entro en vigor el 1 de enero de 1929.
Las críticas al “pseudo Código” de la Dictadura no pudieron ser más duras:
orientación dudosa o anacrónica; extremadamente severo para su tiempo;
incorporaba la Ley de Jurisdicciones; extremaba la censura de la prensa; mantenía
el rigor de las penas de los delitos políticos y ampliaba los casos de pena capital
con respecto al Código de 1870. El “Código gubernativo” o “Estatuto penal
faccioso” presentaba, además, innumerables errores.
Al proclamarse la II República, el gobierno anulo el CP de 1929 y restableció el
CP de 1870. La Comisión Jurídica Asesora – que sustituyó a la CGC – fue
encargada de elaborar un anteproyecto de reforma del CP. La Comisión elaboró
una Ley de Bases que, aprobada por las Cortes, fue desarrollada y se convirtió en
el CP de 1932.
El CP de 1932, que desde el punto de vista sistemático mantuvo la estructura del
CP de 1848, introdujo toda una serie de reformas derivadas de la Constitución de
1931. También el Código corrigió muchos de los errores técnicos que habían sido
criticado en el CP de 1870.
Durante la guerra civil y después de ella, se dictaron numerosas disposiciones de
índole criminal. En 1939 se elaboró un Proyecto de CP por el ministerio de
Justicia, pero acabó fracasando. La reforma del CP de 1932 no se emprendió hasta
1944, en que las Cortes autorizaban al Gobierno a introducir las reformas
oportunas en el Código. El Decreto de 23 de diciembre de 1944 aprobaba y
promulgaba el CP, texto que fue refundido y revisado en 1963 y nuevamente
refundido en 1973.
Con la llegada de la democracia (1975) el código franquista fue objeto de
numerosas revisiones parciales a raíz de la promulgación de la Constitución de
1978 hasta que fue, finalmente, sustituido por el CP de 1995.
b. La codificación del derecho mercantil. En 1827, el jurista Pedro Sainz de
Andino se dirigió a Fernando VII ofreciéndose a hacer un “Código mercantil”.
Pedro recibió el encargo del rey y se creó una Junta, de la que se le nombró
secretario. Pero, además de redactar la parte que le correspondía como miembro
de la Junta, Pedro iba realizando un proyecto paralelo individualmente. Cuando
la Junta elevó al rey el proyecto de Código elaborado, se encontró con la sorpresa
de que Pedro había presentado otro proyecto que, a la postre, fue el que Fernando
VII eligió para convertirlo en el C. Co de 1829.
Tomó del C. Co francés de 1807 la noción de los actos objetivos de comercio,
frente a la tradicional concepción subjetiva del ordenamiento especial de los
comerciantes. Se tuvo también presente la doctrina mercantilista española, de
donde tomó la teoría de los contratos mercantiles. En otros preceptos siguió las
Ordenanzas del Consulado de Bilbao, así como el Libro de Consulado del Mar
para el derecho marítimo. No faltaron tampoco las aportaciones personales del
propio Sainz quien supo en todo momento lograr un equilibrio entre la influencia
extranjera y la tradición mercantilista hispánica, todo ello unido a una excelente
calidad técnica.
El último libro del Código estaba dedicado a la administración de justicia
mercantil, pero Sainz no entro a regular el proceso, por lo que le fue encargado
que realizara la correspondiente ley procesal que debía regir en los tribunales de
comercio. Un año después de la aparición del Código, Fernando VII promulgaba
la Ley de Enjuiciamiento sobre los negocios y causas de comercio de 1830, que
venía a completar el Código.
A los poco años de haber entrado en vigor, en 1834; se nombró una comisión
para reforzar el Código. Disuelta en 1836, los materiales de la comisión fueron
utilizados por el ministerio de Marina para elaborar un Proyecto de Código de
comercio en 1837. A finales de ese año se nombró una nueva comisión con la
finalidad de revisar dicho proyecto. Los resultados fueron un nuevo Proyecto de
C. Co de 1838. Ese mismo año, con independencia de los informes que se
estaban emitiendo acerca del Proyecto de C. Co de 1838, el ministro de Gracia y
Justicia nombró otra comisión para redactar un proyecto de ley provisional.
Ninguno de estos trabajos prosperó.
Después de la aparición del C. Co de 1829 se fueron promulgando diferentes
leyes para salir al paso a las necesidades del momento: en 1831 se creó la Bolsa
de Comercio y la Ley de Sociedades Anónimas de 1848 que derogó lo dispuesto
en el Código con relación a estas entidades, pero que fue derogado por el
Decreto de 25 de octubre de 1868 y sustituida por la Ley de 19 de octubre de
1869.
En 1869 se nombró una comisión para que redactara un proyecto de C. Co y de
enjuiciamiento. El trabajo de la comisión finalizó em febrero de 1875 y fue
presentado al gobierno quien los reenvió a la CGC para su revisión, pero el
Proyecto permaneció en el archivo de la Comisión. Cinco años después se
designó una nueva comisión para que revisara el Proyecto. Hacho esto, se
remitió a las Cortes en 1882, siendo aprobada con algunas modificaciones y
enviado al Senado. La Cámara alta introdujo muchas enmiendas al Proyecto,
pero finalizado el trabajo se convirtió en el C. Co de 1885.
El C. Co de 1885 en la actualidad ha quedado obsoleto en muchos de sus
contenidos; por ello el Decreto mercantil se ha ido actualizando con una
legislación especial que ha derogado los contenidos del Código.
c. La codificación del derecho procesal. En España, a las disposiciones encargadas
de regular la parte orgánica como la parte procedimental del derecho procesal, no
se les denominó “códigos” sino simplemente “leyes”, pero tanto en su estructura
como en su contenido, estas “leyes” procesales constituyen auténticos “códigos”.
La organización judicial. Aparte de las normas de rango constitucional, las
Cortes de Cádiz hicieron una profunda reforma de la administración de justicia.
Pero hasta la muerte de Fernando VII y la consolidación del régimen liberal no se
inició la transformación definitiva del sistema judicial del Antiguo Régimen: en
1834 se reorganizaron las Audiencias, y meses después, las provincias fueron
subdivididas en partidos judiciales. Estas primeras medidas se vieron
complementadas al año siguiente con el importante Reglamento provisional para
la administración de justicia de 1835, el Reglamento del Tribunal Supremo (1835)
y las Ordenanzas de Audiencia (1835).
en 1862, la Comisión General de Codificación preparó unas bases para la
reconstrucción de la planta de los tribunales, así como para la creación de un
cuerpo de aspirantes a la judicatura al que se ingresaría por oposición. Pero las
bases de la Comisión no se llevarían a la práctica hasta las reformas introducidas
por la Revolución de 1868.
Por el Decreto de 6 de diciembre de 1868 se suprimieron los “fueros especiales”,
y se limitaron los casos de jurisdicción militar y eclesiástica. Sobre las bases de la
Comisión General de Codificación se presentó a las Cortes un proyecto de LO del
Poder Judicial, promulgada en 1870 con el nombre oficial de Ley provisional
sobre la organización del poder judicial. En ella se regulaban la planta y
organización de los tribunales, el modo de selección de los jueces, al tiempo que
se declaraban los principios de inamovilidad y responsabilidad de los mismos. Fue
posteriormente adicionada por una Ley adicional de 14 de octubre de 1882, en la
que se introducía el juicio oral público en primera instancia para los procesos
criminales. Fueron también modificados el procedimiento de acceso de los jueces
a la carrera judicial.
Leyes de Enjuiciamiento civil. El Reglamento de las Audiencias y Juzgados de primera
instancia de 1812 establecía varios tipos de juicios, entre ellos un novedoso juicio civil
intermedio entre el oral y el ordinario, con el que se obtenía una mayor agilidad en la
administración de justicia. Este mismo juicio fue restablecido por el Reglamento
provisional para la administración de Justicia de 1835, junto con algunas disposiciones
relativas al procedimiento civil.
Con la finalidad de mejorar el sistema de instrucción judicial, el ministerio de Gracia y
Justicia, José Castro y Orozco, Marqués de Gerona, publicó la Instrucción de 30 de
septiembre de 1853. Pero la Instrucción del Marqués de Gerona se encontró con dos
obstáculos insalvables: la oposición de aquellos profesionales del foro que se beneficiaron
de las corruptelas del sistema judicial y el partido progresista que no perdonó el error
político del Marqués de no presentar la Instrucción a la discusión de las Cortes; por esto,
cuando llegó al poder, en 1854, la Instrucción fue derogada cuando todavía no había
cumplido un año de vigencia.
En 1854, se ordenó a la Comisión General de Codificación la elaboración de un código
“de instrucción civil” con prioridad sobre cualquier otro trabajo. En poco tiempo se hizo
un Ley de Bases, que se presentó a las Cortes en enero de 1855, fue aprobada en mayo de
1855. La Ley de Enjuiciamiento civil de 1855 entró en vigor el 1 de enero de 1856. Los
defectos de la Ley de Enjuiciamiento civil pronto se pusieron de manifiesto por lo que
hubo que acudir a distintas reformas parciales en materia de juicios ejecutivos, desahucios
y recursos de casación.
La Ley de 1881 ha sido objeto en los últimos años de numerosas modificaciones.
Leyes de Enjuiciamiento criminal. Tanto el Reglamento de Audiencias y juzgados de
primera instancia de 1812 como el Reglamento provisional de 1835 introdujeron algunas
modificaciones en materia de procedimiento criminal, los mismo que la Ley Orgánica del
Poder Judicial de 1870.
Partiendo de los trabajos de la Comisión General de Codificación y en aplicación de los
dispuesto en la Ley Orgánica del Poder Judicial, se procedió a la elaboración de la Ley
de Enjuiciamiento criminal de 1872, que aportaba como novedades más importantes el
juicio oral y el jurado.
Con la Restauración y la Constitución de 1876 fue necesaria la revisión de las leyes
procesales y la Comisión General de Codificación procedió a realizar un nuevo Código
en 1879 (Compilación General sobre el procedimiento criminal), que recibió críticas muy
duras de sus contemporáneos. Por ello, en 1881, se autorizó al gobierno para que llevara
a cabo una nueva Ley de Enjuiciamiento criminal sobre la base de la Compilación de
1879. Aprobado el texto se convirtió en la Ley de Enjuiciamiento criminal de 1882. Al
igual que la Ley de Enjuiciamiento civil de 1881, con la promulgación de la Constitución
de 1978, la Ley de Enjuiciamiento criminal de 1882 ha sido objeto de numerosas reformas
de mayor o menor calado en 1980, 1988, 1992, 1995 y 2003.
d. La codificación del derecho civil. La elaboración del CC fue la más
problemática, no solo por las dificultades de orden técnico, sino también por la
existencia de las diferentes tradiciones jurídicas civiles que habían llegado más o
menos intactas al siglo de la codificación.
La codificación del derecho civil se puede estudiar en dos grandes etapas,
tomando como referencia un importante Proyecto de Código civil de 1851, que
marcó los designios del actual Código.
Durante el Trienio Liberal se elaboró un Proyecto de Código civil de 1821, pero
la amplitud con la que fue concebido el Proyecto – del que solo se llegaron a
redactar 476 artículos – fue uno de los obstáculos que no pudieron salvar los
miembros de la comisión haciéndolo inviable.
En los treinta años que transcurren entre 1821 y 1852 se sucedieron distintos
proyectos, de carácter oficial o privado, entre los que se pueden destacar: el
Proyecto de CC de Pablo Gorosábel; el Proyecto de CC de Manuel María
Cambronero; el Proyecto de Ayuso, Tapia y Vizmanos de 1836, y el Código civil
redactado conforme a la legislación vigente de José María Fernández de la Hoz,
proyecto de iniciativa privada publicado en 1843.
El Proyecto de CC de 1851. En 1851, la Comisión General de Codificación
presentó al gobierno Proyecto de CC, cuyo principal artículo fue Florencio García
Goyena, quien se inspiró básicamente en el CC francés de 1804.
El Proyecto de García Goyena presenta como características: su concepción
marcadamente liberal, reflejada en el tratamiento de la propiedad, la regulación
del divorcio, y su carácter unitario, que le hacía prescindir de los derechos civiles
forales. El Proyecto desencadenó fuertes críticas procedentes de los sectores más
conservadores de la sociedad, principalmente de la Iglesia. Además de la
regulación del divorcio, la Iglesia quedaba incapacitada para adquirir bienes
inmuebles bajo ningún título. Por todo ello, con suma habilidad el gobierno supo
paralizar – o aplazar para una mejora ocasión – el Proyecto de García Goyena.
La reacción foralista. Hasta la aparición del Proyecto de 1851 no se había
suscitado el problema de los derechos civiles particulares – ahora llamados forales
– conservados en las distintas regiones. A la cuestión civil foral se ofrecieron
varias soluciones: una primera orientación propugnaba la inclusión en el futuro
código de lo más aceptable de cada una de las tradiciones de los juristas de la
Escuela Jurídica catalana, defendía el “espíritu nacional” informador de las
instituciones jurídicas y que la uniformidad de la legislación no siempre es justa
ni conveniente; en consecuencia, la codificación no era necesaria ni oportuna.
Entre estas dos posturas, el jurista vasco Allende Salazar propugnaba una solución
ecléctica: que se codificaron las cinco tradiciones jurídicas civiles (castellana,
catalana, navarra, aragonesa y vizcaína).
Mientras tanto, ante las necesidades crecientes de resolver las nuevas situaciones
que se iban presentando, el gobierno tuvo que acudir a la formación de leyes
civiles especiales, como fue el caso de la Ley Hipotecaria de 8 de febrero de 1861
y la Ley de matrimonio civil de 1870, que venía, en parte, a desarrollar los
principios contenidos acerca de esta institución en el Proyecto de Código civil de
1851.
El Código civil de 1889. El problema de los derechos forales trascendió al ámbito
constitucional. En efecto, ya la Constitución de 1869 a la hora de consagrar con
rango constitucional el principio de unidad de Códigos, añadía “sin perjuicio de
las variaciones que por particulares circunstancias determinan las leyes”. De esta
manera se pretendía conciliar, llegado al caso, la solución de problema foral con
los principios constitucionales.
El Decreto de 2 de febrero de 1880 marca el inicio de una solución transaccional
para dar salida a un CC. El ministro Álvarez Bugalla, artí3fice del decreto, dispuso
que se incorporaran a la CGC un jurista representante de cada una de las regiones
forales con la finalidad de redactar unas “Memorias”, en las que se recogieran las
instituciones forales que se consideraran indispensables para ser contempladas en
el futro código y que, a modo de excepción, continuarán rigiendo en cada uno de
los respectivos territorios. Pero un cambio en el ministerio, ahora a cargo de
Manuel Alonso Martínez, propició el rechazo de la solución de las Memorias y,
en su lugar, elaborar una Ley de Bases en las que se recogieran los principios
informadores del futuro Código. Así, se presentó a consideración de las Cortes en
1881 un Proyecto de Ley de Bases.
Alonso Martínez proponía que se introdujeran en el articulado del futuro Código
las instituciones civiles forales que fueran susceptibles de generalizarse a todos
los territorios. No obstante, las provincias forales seguirían conservando aquellas
instituciones más arraigadas, que serían consideradas como excepciones al
Código general. Por último, este actuaría como derecho supletorio en todas las
regiones forales el lugar del derecho romano y canónico. Pero el Proyecto de Ley
de Bases de Alonso Martínez fue rechazado, con lo que el ministro encargó a la
CGC que procedieran a la redacción de un proyecto de CC.
En esta situación accedió a la cartera de Justicia Francisco Silvela, partidario del
sistema de la Ley de Bases. A pesar del fracaso de Alonso Martínez, Francisco
presentó su Proyecto de Ley de Bases en 1885 en el que proponía como punto de
partida el futuro código el Proyecto de Código de 1851, circunstancia muy
criticada por la Escuela Jurídica catalana. En segundo lugar, y como solución al
problema foral, se proponía que los derechos civiles forales subsistirían “de
momento”; en defecto de estos, el Código regiría como derecho supletorio en estas
regiones. Cada región, una vez aprobado el Código, procedería a la redacción de
un Apéndice en donde se contemplarían aquellas instituciones más características
de cada región que merecieran ser conservadas. Tras enconados debates
parlamentarios, el proyecto de Ley de Bases fue finalmente aprobado
convirtiéndose en la Ley de Bases de 11 de mayo de 1888.
El proyecto de Código sería presentado a las Cortes para que estas comprobaran
si la CGC se había ajustado o no a la Ley de Bases, pudiendo introducir aquellas
modificaciones que consideraran oportunas. El Código se elaboraría tomando
como modelo el Proyecto de CC de 1851, pero se reconocía la vigencia de los
derechos civiles forales: “Las provincias y territorios en que subsiste – reza el art.
5 – el derecho foral, lo conservarán por ahora en toda su integridad, sin que sufra
alteración su actual régimen jurídico por la publicación del Código, que regirá
solo como supletorio en defecto del que lo sea en cada una de aquellas por sus
leyes especiales”. Cada una de las regiones forales procedería a la elaboración de
unos Apéndices en los que se recogerían “las instituciones que conviene conservar
en cada una de las provincias o territorios en donde hoy existen”.
El articulado del CC se hizo rápidamente y fue publicado por Real Decreto de 6
de octubre de 1888 con la intención de que entrara en vigor el 1 de enero de 1889.
Pero las discusiones en las Cortes se alargaron más de los previsto con lo que se
tuvo que prorrogar su entrada en vigor hasta el 1 de mayo de 1889. Por Ley de 26
de mayo de ese mismo año, se introdujeron, en una segunda edición, algunas
correcciones.
Los Apéndices. En aplicación de la Ley de Bases de 1888 se nombraron las comisiones
especiales (Álava y Vizcaya, Navarra, Baleares, Galicia, Cataluña y Aragón) encargadas
de redactar los distintos Apéndices, a las que se les dio un plazo de 6 meses para concluir
los respectivos proyectos. Sin embargo, los trabajos de las distintas comisiones se
prolongaron durante años, sin que llegaran a materializarse. Solo en 1925 vio la luz el
Apéndice al Código civil correspondiente al Derecho foral de Aragón. Pero su contenido,
entendido como compendio de instituciones forales aragonesas, no fue satisfactorio.
Algunas instituciones se sacrificaron a favor de las castellanas que, en algunos casos, la
praxis del Tribunal Supremo había ido introduciendo. De la misma manera; otras
instituciones no se ajustaron al contenido tradicional de las misma en el derecho aragonés.
Las Compilaciones. En el Congreso de Derecho civil celebrado en Zaragoza en 1946, se
adoptaron una serie de conclusiones que partían de un rechazo hacia la solución de los
Apéndices que había establecido la Ley de Bases del Código civil. Frente a esta solución
se proponía la elaboración de unas Compilaciones que contemplaran la totalidad de las
distintas instituciones forales de cada región.
El gobierno aceptó la propuesta y se crearon las comisiones para los territorios forales de
Aragón, Cataluña, Navarra, Baleares, Galicia, Álava y Vizcaya. Los trabajos de las
distintas comisiones fueron cristalizados en los años siguientes en los que se fueron
promulgando las correspondientes compilaciones forales: en 1959, la Compilación de
Derecho civil foral de Vizcaya y Álava; en 1960, la Compilación del Derecho civil
especial de Cataluña; en 1961, Compilación de Derecho civil especial de las Islas
Baleares; en 1963, la Compilación de Derecho civil especial de Galicia; en 1967, la
Compilación de Derecho civil especial de Aragón, y, por último, en 1973, la Compilación
del Derecho civil foral de Navarra.