1
INDICE
Introducción
1) Seguir a Cristo, Camino, Verdad y Vida
2) La Ley Moral
3) Libertad y Responsabilidad
4) La conciencia
5) ¿Qué hace bueno o malo un acto?
6) El pecado
7) Las virtudes. Virtudes cardinales
8) Virtudes teologales: fe, esperanza.
9) Virtudes teologales: caridad. Dones del Espíritu Santo
10) La dignidad de la persona.
11) Solidaridad, bien común y subsidiaridad.
12) La oración: diálogo de amor.
13) Contenido y formas de la oración.
14) El combate de la oración.
15) A quién oramos. La piedad popular.
2
Introducción
Si un extranjero que nunca hubiera oído hablar de Cristo nos preguntara, “¿en
qué consiste la vida cristiana?”, ¿qué responderíamos?
Quizá más de alguno diría que consiste en cumplir ciertas normas y prácticas
como ir a misa los domingos, tener una vida moral, conocer la doctrina sobre
Cristo, etc.
Esa respuesta, aunque tiene elementos correctos, no deja de estar incompleta.
Es como si, al intentar definir un automóvil, dijéramos que es “un volante, unas
llantas, unas puertas, unos asientos”; de ese modo nos perderíamos en los
detalles y olvidaríamos lo esencial.
Benedicto XVI nos explica que “no se comienza a ser cristiano por una decisión
ética o una gran idea, sino por el encuentro (…) con una Persona” 1 que da una
nueva orientación a nuestra vida.
Y unos años antes, Juan Pablo II había sintetizado con gran sencillez la misión
pastoral de la Iglesia entera: “Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que
hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar
con él la historia…” 2 .
Así pues, podríamos decir que la vida cristiana consiste en conocer, amar e
imitar a una Persona, Jesucristo. Si este es nuestro punto de partida, todo lo
demás adquiere sentido: la misa dominical deja de ser una simple “obligación”
para convertirse en un encuentro con Aquel a quien amamos; cumplir los
mandamientos ya no es “rigorismo moral” sino la consecuencia natural de
nuestro amor a Dios y a los demás; creer la doctrina de la Iglesia deja de
entenderse como “limitar la inteligencia sometiéndola a unos dogmas” y se
convierte en un acto de sentido común de quien se confía a un Dios
infinitamente más sabio que nosotros.
Ahora bien, este conocer, amar e imitar a Jesucristo debe tener consecuencias
inmediatas para nuestra vida cotidiana. Y para que esto suceda hemos de
trabajar intensamente, poniendo al servicio de Dios los dones y facultades que
Él mismo nos ha dado, como la inteligencia, la voluntad y la conciencia.
En este apartado se estudiarán los medios concretos que el mismo Cristo nos
ofrece a través de su Iglesia, para que seamos testigos suyos en el ambiente
cotidiano de nuestra existencia personal y social.
1
Carta Encíclica Deus caritas est (25 de diciembre de 2005), 1.
2
Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte (6 de enero de 2001), 29.
3
4
Sesión 1
Seguir a Cristo Camino, Verdad y Vida
Esquema de la lección
I. La dignidad del cristiano
II. Los ‘dos caminos’ y la importancia de las decisiones morales para nuestra
salvación.
III. Cristo nos enseñó el camino
IV. Contamos ya con lo que necesitamos para ello.
Profundiza tu fe:
La palabra humana es la manifestación de la interioridad de la persona, en el
hablar, el hombre saca de su intimidad lo que guarda como un tesoro en el
alma. Dios quiso hacerse Palabra en Jesucristo, para hacerse oír a los hombres
y comunicar su mensaje de salvación. Jesús es el Maestro que ha venido a
enseñarnos la Buena Nueva del Padre. Es un maestro que enseña con
autoridad, con sencillez y originalidad, no como los escribas y los fariseos, cuya
vida no coincidía con lo que enseñaban y cuya predicación se quedaba en las
exterioridades. El mensaje de Jesús no estaba separado de su Persona; Él era
el Mensaje. Y este Mensaje es salvador y redentor, pide de nuestra parte la
aceptación libre y amorosa, pues sólo así se producirá el efecto salvífico.
Catecismo
En Cristo, ‹‹imagen del Dios invisible››, el hombre ha sido creado ‹‹a imagen y
semejanza›› del Creador, Redentor y Salvador, la imagen divina alterada en el
hombre por el primer pecado ha sido restaurada en su belleza original y
ennoblecida con la gracia de Dios. CEC 1691-1715
Cuerpo Doctrinal
I. La dignidad del cristiano
El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua nos da varias
definiciones de la palabra “digno” (de la cual se desprende “dignidad”). Las que
más nos pueden servir para este caso son: “Merecedor de algo”; y,
5
“correspondiente, proporcionado al mérito y condición de alguien o algo” 3 .
Ahora bien, podemos preguntarnos, ¿qué condición es la que tenemos los
cristianos? ¿Esta condición, de qué nos hace merecedores?
El Santo Padre nos recuerda que en el Bautismo el ser humano “recibe una
nueva vida, la vida de la gracia, que lo capacita para entrar en relación
personal con el Creador, y esto para siempre, para la eternidad” 4
Más aún, el nuevo ser que emerge de las aguas del Bautismo es
verdaderamente hijo de Dios en Jesucristo. “En el bautismo somos adoptados e
incorporados a la familia de Dios (...) en la comunión con el Padre, con el Hijo y
con el Espíritu Santo (...). Estas palabras no sólo son una fórmula; son una
realidad (...). [Los bautizados], de hijos de padres humanos, se convierten
también en hijos de Dios” 5 .
Por tanto, el Bautismo nos da una nueva condición: hijos del Padre, hermanos
de Cristo, templos del Espíritu Santo. Participamos de la naturaleza divina y
nos hacemos coherederos con Cristo. Somos familia de Dios. Esa es la raíz de la
altísima dignidad del cristiano.
Pero esta condición no debe entenderse como un simple título honorífico, sino
implica también llevar una vida conforme a lo que somos: hijos de Dios. El
Catecismo nos explica:
“Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a sí mismo (1 Co
6,19), sino al que murió y resucitó por nosotros (cf 2 Co 5,15). Por tanto, está
llamado a someterse a los demás (Ef 5,21; 1 Co 16,15-16), a servirles (cf Jn
13,12-15) en la comunión de la Iglesia, y a ser "obediente y dócil" a los pastores
de la Iglesia (Hb 13,17) y a considerarlos con respeto y afecto (cf 1 Tes 5,12-13).
Del mismo modo que el Bautismo es la fuente de responsabilidades y deberes,
el bautizado goza también de derechos en el seno de la Iglesia: recibir los
sacramentos, ser alimentado con la palabra de Dios y ser sostenido por los otros
auxilios espirituales de la Iglesia (cf LG 37; CIC can. 208-223; CCEO, can.
675,2)”. 6
Es importante recordar que no hemos conseguido esta dignidad por mérito
propio, sino la hemos recibido como un don. “Dios ha querido salvarnos yendo
Él mismo hasta el fondo del abismo de la muerte, con el fin de que todo hombre,
incluso el que ha caído tan bajo que ya no ve el cielo, pueda encontrar la mano
3
Diccionario de la Real Academia Española de la lengua, consultado en [Link]
4
Benedicto XVI, Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor (13 de enero de 2008).
5
Benedicto XVI, Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor (7 de enero de 2007).
6
No. 1269
6
de Dios a la cual asirse a fin de subir desde las tinieblas y volver a ver la luz
para la que ha sido creado” 7 .
II. Los ‘dos caminos’ y la importancia de las decisiones morales para nuestra
salvación.
El Catecismo, citando la Didaché, nos recuerda que hay “dos caminos, el uno
para la vida, el otro de muerte; pero entre los dos hay una gran diferencia” 8 .
Uno que consiste en cumplir la voluntad de Dios y otro que significa su rechazo;
uno es camino de amor; otro, de pecado.
El mismo Dios que nos ha dado la libertad nos invita a seguirle, sabiendo que
Él es la plenitud nosotros anhelamos sin cesar: “Dios mío, yo te busco, mi ser
tiene sed de ti, por ti languidece mi cuerpo, como erial agotado, sin agua” (Sal
63, 2).
El hombre busca siempre el sentido de su vida y sólo en Dios encuentra la
respuesta última. La sed del hombre es de eternidad y de bien. El ser humano,
en su camino hacia la plenitud, busca lo que es bueno. El diálogo de Jesús con
el joven rico del Evangelio, comentado por Juan Pablo II, nos da luces
iluminadoras sobre ello: “El ‘Maestro bueno” indica a su interlocutor –y a todos
nosotros- que la respuesta a la pregunta “¿qué he de hacer para conseguir la
vida eterna?”. Sólo puede encontrarse dirigiendo la mente y el corazón a Aquel
que “solo es Bueno” (Mc 18,18; cf. Lc 18,19). Sólo Dios puede responder a la
pregunta sobre el bien, porque “Él es el Bien” 9
Por tanto, que alcancemos o no la eternidad dependerá de qué tan configurados
estemos con Aquel que es el Bien, pero también es el Amor. Sólo si somos
capaces de amar como Él nos ha amado alcanzaremos la plenitud, en esta vida
y en la otra. “Al final de nuestras vidas, no seremos juzgados por cuántos
diplomas hemos recibido, cuánto dinero hemos conseguido o cuántas cosas
grandes hemos hecho. Seremos juzgados por: ‘Yo tuve hambre y me diste de
comer. Estuve desnudo y me vestiste. No tenía casa y me diste posada” 10 .
Así pues, el triunfo en la vida no está determinado por el éxito social, ni por el
dinero, ni por la fama que acumulemos. Todo eso acaba diluyéndose en la nada
cuando llega la muerte.
Por el contrario, gracias al Bautismo que nos ha capacitado para entrar en
relación con nuestro Creador, somos capaces de llegar al cielo, siempre y
7
Benedicto XVI, Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor (13 de enero de 2008).
8
No. 1695
9
Juan Pablo II, Carta Encíclica Veritatis Splendor (1993), 9
10
Beata Teresa de Calcuta, citada en: [Link]
7
cuando seamos fieles a su voluntad. Cristo nos ha abierto sus puertas: “El fin
de la existencia de Cristo fue precisamente dar a la humanidad la vida de Dios,
su Espíritu de amor, para que todo hombre pueda acudir a ese manantial
inagotable de salvación” 11 .
III.- Cristo nos enseñó el camino
En nuestra búsqueda de la plenitud podemos hacer nuestra la pregunta del
joven rico, de quien hemos hablado más arriba, ¿qué hemos de hacer para
alcanzar la vida eterna? 12 La respuesta que Jesús le da es también para
nosotros: “...si quieres entrar en la vida, guarda los Mandamientos”.13
Ese vivir en el amor, del cual depende la plenitud de nuestra vida, no debe
entenderse como un simple "tener buenos sentimientos”. Dios nos ha dado un
“instructivo” muy concreto en el Decálogo. Pero los Mandamientos no deben
entenderse como una “lista de cosas prohibidas” o una imposición arbitraria,
sino como “el camino del verdadero humanismo”. 14 Él, que nos conoce bien
porque nos ha creado, nos pide precisamente aquello que nos hace más
humanos, más felices. El papa Benedicto XVI, en su primera encíclica nos
recordaba que “el hombre, viviendo en fidelidad al único Dios, se experimenta a
sí mismo como quien es amado por Dios y descubre la alegría en la verdad y en
la justicia; la alegría en Dios que se convierte en su felicidad esencial: ‘¿No te
tengo a ti en el cielo?; y contigo, ¿qué me importa la tierra?... Para mí lo bueno
es estar junto a Dios’ (Sal 73, 25.28)”. 15
De este modo es posible caminar en pos de la perfección de la que habla Cristo:
“Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” 16 . La
perfección que Cristo nos pide es una perfección en el amor.
Conocer estas razones nos sirve para querer con más intensidad la voluntad de
Dios. Si bien él nos ha rescatado con su muerte en la cruz, también nos pide
fidelidad. Nosotros, bautizados, estamos llamados a optar libremente por Él, a
orientar nuestras decisiones con la brújula que es Cristo mismo.
Un auténtico encuentro con Dios nos lleva a identificar nuestra voluntad con la
suya; no por imposición, sino por opción libre. Pero esto implica un esfuerzo
continuo. “El reconocimiento del Dios viviente es una vía hacia el amor, y el si
de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en
11
Benedicto XVI, [Link].
12
Cf. Mt 19,16
13
Mt 19,7
14
Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus caritas est, (2005), 9
15
Íbid.
16
Mt 5, 48
8
el acto único del amor. No obstante, éste es un proceso que siempre está en
camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado”. 17
Quizás muchas veces hemos intentado querer lo que Dios quiere, cumplir lo que
Él manda, pero sabemos que eso no es fácil. Podemos caer en el desánimo y
pensar que en realidad no es posible amar como Él pide. Por ello, el Santo
Padre sigue explicándonos: “La historia de amor entre Dios y el hombre
consiste precisamente en que esta comunión de voluntad crece en la comunión
del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad
de Dios coinciden cada vez más: la voluntad de Dios ya no es para mí algo
extraño que los Mandamientos me imponen desde fuera, sino que es mi propia
voluntad (...). Crece entonces el abandono en Dios y Dios es nuestra alegría”.18
Nuestro modelo es Cristo, verdadero Dios pero también verdadero hombre, que
tuvo por único programa las palabras que pone en sus labios el autor de la
Carta a los Hebreos: “He aquí que vengo (...) a hacer, oh Dios, tu voluntad”. 19
Seguirle es imitarlo en todo: en su pensar, hablar y obrar. Es llegar al final de
la vida con la paz y la alegría del “Todo está cumplido”. 20
Seguirle implica hacer propias las actitudes que el mismo Cristo enseña en las
Bienaventuranzas: pobreza de espíritu, mansedumbre, confianza en Dios,
hambre y sed de su voluntad, misericordia, pureza de corazón... 21 .
IV.- Contamos ya con lo que necesitamos para ello
Cristo no nos deja solos en nuestra lucha por vivir el mandamiento del amor y
poner en práctica las bienaventuranzas. Él ha venido en nuestra ayuda y nos
sigue acompañando.
La vida cristiana es como una carrera, pero tenemos lo necesario para correrla.
“...sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con constancia
la carrera que se nos propone, fijos los ojos en Jesús... el cual, por el gozo que se
le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la
derecha de Dios”. 22
17
Íbid, 17
18
Íbid.
19
Hb 10,7
20
Jn 19,30
21
Cf. Mt 5, 3-11
22
Hb 12, 1.2
9
Pero, ¿dónde encontrar a ese Cristo que nos anima a seguirlo? ¿Realmente está
con nosotros todavía? San León Magno nos da la respuesta: “Lo que era visible
en nuestro Salvador ha pasado a sus Sacramentos”. 23
Ahí podemos todavía encontrarnos con Él. De manera especial en la Eucaristía,
donde se ha cumplido especialmente su promesa de permanecer con nosotros
“todos los días, hasta el fin del mundo”. 24
Contamos también con el Espíritu Santo, el Amigo de nuestra alma. Es el
Consolador, El que nos guía hacia la verdad completa. Con Él es posible amar
con un amor divino, “Él nos da (...) la vida misma de la Santísima Trinidad que
es amar ‘como Él nos ha amado’. Este amor es el principio de la vida nueva en
Cristo...” 25
Él es quien nos enseña a rezar y “viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues
nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por
nosotros con gemidos inefables”. 26
Dios está con nosotros; nos pide seguir un camino pero también nos da lo
necesario para seguirlo. Nos da su gracia, es decir según el Catecismo, “el
favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada (…), es
una participación en la vida de Dios” 27 que nos “introduce en la intimidad de la
vida trinitaria” 28 .
Conclusión
¡Es posible cumplir la voluntad de Dios! ¡Es posible poner en práctica el
Mandamiento del amor! Y eso además, nos da la felicidad plena, en esta vida y
en la otra.
Lectura complementaria
Benedicto XVI: El Bautismo, plenitud de vida
Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 13 de enero de 2008
Queridos hermanos y hermanas:
La celebración de hoy es siempre para mí motivo de especial alegría. En
efecto, administrar el sacramento del bautismo en el día de la fiesta del
23
Citado en el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 225
24
Mt 28,20
25
Catecismo de la Iglesia Católica. 735.
26
Rm 8,26
27
CEC 1996
28
Ibíd. 1997
10
Bautismo del Señor es, en realidad, uno de los momentos más expresivos
de nuestra fe, en la que podemos ver de algún modo, a través de los
signos de la liturgia, el misterio de la vida. En primer lugar, la vida
humana, representada aquí en particular por estos trece niños que son el
fruto de vuestro amor, queridos padres, a los cuales dirijo mi saludo
cordial, extendiéndolo a los padrinos, a las madrinas y a los demás
parientes y amigos presentes. Está, luego, el misterio de la vida divina,
que hoy Dios dona a estos pequeños mediante el renacimiento por el
agua y el Espíritu Santo. Dios es vida, como está representado
estupendamente también en algunas pinturas que embellecen esta
Capilla Sixtina.
Sin embargo, no debe parecernos fuera de lugar comparar
inmediatamente la experiencia de la vida con la experiencia opuesta, es
decir, con la realidad de la muerte. Todo lo que comienza en la tierra,
antes o después termina, como la hierba del campo, que brota por la
mañana y se marchita al atardecer. Pero en el bautismo el pequeño ser
humano recibe una vida nueva, la vida de la gracia, que lo capacita para
entrar en relación personal con el Creador, y esto para siempre, para
toda la eternidad.
Por desgracia, el hombre es capaz de apagar esta nueva vida con su
pecado, reduciéndose a una situación que la sagrada Escritura llama
"segunda muerte". Mientras que en las demás criaturas, que no están
llamadas a la eternidad, la muerte significa solamente el fin de la
existencia en la tierra, en nosotros el pecado crea una vorágine que
amenaza con tragarnos para siempre, si el Padre que está en los cielos no
nos tiende su mano.
Este es, queridos hermanos, el misterio del bautismo: Dios ha querido
salvarnos yendo él mismo hasta el fondo del abismo de la muerte, con el
fin de que todo hombre, incluso el que ha caído tan bajo que ya no ve el
cielo, pueda encontrar la mano de Dios a la cual asirse a fin de subir
desde las tinieblas y volver a ver la luz para la que ha sido creado. Todos
sentimos, todos percibimos interiormente que nuestra existencia es un
deseo de vida que invoca una plenitud, una salvación. Esta plenitud de
vida se nos da en el bautismo.
Acabamos de oír el relato del bautismo de Jesús en el Jordán. Fue un
bautismo diverso del que estos niños van a recibir, pero tiene una
profunda relación con él. En el fondo, todo el misterio de Cristo en el
mundo se puede resumir con esta palabra: “bautismo", que en griego
significa "inmersión". El Hijo de Dios, que desde la eternidad comparte
con el Padre y con el Espíritu Santo la plenitud de la vida, se "sumergió"
en nuestra realidad de pecadores para hacernos participar en su misma
11
vida: se encarnó, nació como nosotros, creció como nosotros y, al llegar a
la edad adulta, manifestó su misión iniciándola precisamente con el
"bautismo de conversión", que recibió de Juan el Bautista. Su primer
acto público, como acabamos de escuchar, fue bajar al Jordán, entre los
pecadores penitentes, para recibir aquel bautismo. Naturalmente, Juan
no quería, pero Jesús insistió, porque esa era la voluntad del Padre (cf.
Mt 3, 13-15).
¿Por qué el Padre quiso eso? ¿Por qué mandó a su Hijo unigénito al
mundo como Cordero para que tomara sobre sí el pecado del mundo? (cf.
Jn 1, 29). El evangelista narra que, cuando Jesús salió del agua, se posó
sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma, mientras la voz del Padre
desde el cielo lo proclamaba "Hijo predilecto" (Mt 3, 17). Por tanto, desde
aquel momento Jesús fue revelado como aquel que venía para bautizar a
la humanidad en el Espíritu Santo: venía a traer a los hombres la vida
en abundancia (cf. Jn 10, 10), la vida eterna, que resucita al ser humano
y lo sana en su totalidad, cuerpo y espíritu, restituyéndolo al proyecto
originario para el cual fue creado.
El fin de la existencia de Cristo fue precisamente dar a la humanidad la
vida de Dios, su Espíritu de amor, para que todo hombre pueda acudir a
este manantial inagotable de salvación. Por eso san Pablo escribe a los
Romanos que hemos sido bautizados en la muerte de Cristo para tener
su misma vida de resucitado (cf. Rm 6, 3-4). Y por eso mismo los padres
cristianos, como hoy vosotros, tan pronto como les es posible, llevan a sus
hijos a la pila bautismal, sabiendo que la vida que les han transmitido
invoca una plenitud, una salvación que sólo Dios puede dar. De este
modo los padres se convierten en colaboradores de Dios no sólo en la
transmisión de la vida física sino también de la vida espiritual a sus
hijos.
Queridos padres, juntamente con vosotros doy gracias al Señor por el don
de estos niños e invoco su asistencia para que os ayude a educarlos y a
insertarlos en el Cuerpo espiritual de la Iglesia. A la vez que les ofrecéis
lo que es necesario para el crecimiento y para la salud, vosotros, con la
ayuda de los padrinos, os habéis comprometido a desarrollar en ellos la
fe, la esperanza y la caridad, las virtudes teologales que son propias de la
vida nueva que han recibido con el sacramento del bautismo.
Aseguraréis esto con vuestra presencia, con vuestro afecto; y lo
aseguraréis, ante todo y sobre todo, con la oración, presentándolos
diariamente a Dios, encomendándolos a él en cada etapa de su
existencia. Ciertamente, para crecer sanos y fuertes, estos niños y niñas
necesitarán cuidados materiales y muchas atenciones; pero lo que les
será más necesario, más aún indispensable, es conocer, amar y servir
12
fielmente a Dios, para tener la vida eterna. Queridos padres, sed para
ellos los primeros testigos de una fe auténtica en Dios.
En el rito del bautismo hay un signo elocuente, que expresa
precisamente la transmisión de la fe: es la entrega, a cada uno de los
bautizandos, de una vela encendida en la llama del cirio pascual: es la
luz de Cristo resucitado que os comprometéis a transmitir a vuestros
hijos. Así, de generación en generación, los cristianos nos transmitimos
la luz de Cristo, de modo que, cuando vuelva, nos encuentre con esta
llama ardiendo entre las manos.
Durante el rito, os diré: “A vosotros, padres y padrinos, se os confía este
signo pascual, una llama que debéis alimentar siempre". Alimentad
siempre, queridos hermanos y hermanas, la llama de la fe con la escucha
y la meditación de la palabra de Dios y con la Comunión asidua de Jesús
Eucaristía.
Que en esta misión estupenda, aunque difícil, os ayuden los santos
protectores cuyos nombres recibirán estos trece niños. Que estos santos
les ayuden sobre todo a ellos, los bautizandos, a corresponder a vuestra
solicitud de padres cristianos. En particular, que la Virgen María los
acompañe a ellos y a vosotros, queridos padres, ahora y siempre. Amén.
Fuente: [Link]
Autoevaluación
1. ¿En qué consiste la dignidad del cristiano?
2. ¿Qué dones trae para nuestra vida el Bautismo? Menciona al menos 3
3. Si Dios nos da Mandamientos, ¿podemos decir entonces que nos obliga a
ser buenos y amarle?
4. ¿De qué maneras el Espíritu Santo nos permite vivir la vida en Cristo?
5. ¿En qué consiste la perfección que Cristo pide a sus discípulos?
13
Sesión 2
La ley moral
Esquema de la lección
I. ¿Qué es la ley moral?
II. ¿Por qué hace falta, o para qué sirve, la ley moral?
III. ¿De dónde viene? De Dios
IV. ¿Qué clase de ‘ley’ es la ley moral?
1. Una ley interna
2. Una ley que no es arbitraria.
Profundiza tu fe
Estar alegres en el Señor. Cristo no nos quiere tristes, nos quiere alegres. Nos
toca responder a aquello que hemos recibido. Quien ama a Cristo cambia su
vida y no puede sino ser feliz. No tener miedo a ser cristianos auténticos, no
tener miedo a ser lo que somos. […] No se cansen de hacer el bien. ¿Cómo
queremos que sea nuestro último día de nuestra vida? Por eso, no cansarnos de
hacer el bien, para eso nos creó Dios. Es lo único que nos va a llenar el corazón,
no importa el sacrificio. Por eso el lema del encuentro es: “Ven. Celebra.
Comparte”. Significan las virtudes teologales: la fe, la esperanza, la caridad.
Ven. Es nuestra fe. Estamos aquí no por unas ideas, sino por una persona que
me dijo: “Ven y sígueme”. Esa es nuestra fe. Cristo, camino, verdad y vida. Con
Él vamos seguros aunque a veces haya desalientos, aunque tengamos dolores o
pruebas. Si vamos con Él, vamos seguros. Y Dios nos ha pedido ser buenos
hermanos del prójimo. No nos consagramos en nuestra vocación a unas normas,
sino a una persona, a la persona de Cristo. No queremos destruir las señales
que Dios nos da para llegar a Jesucristo. Todo lo que nos da la Iglesia para
llegar a Cristo. Nadie de nosotros quiere vivir en la incoherencia. Cristo nos
enseña que para ser felices hay que vivir en la verdad. Él es la vida. Estar aquí
es ver la vida, es ver el rostro de Dios. Estando aquí se puede vivir lo que nos
dijo Juan Pablo II: El amor es más fuerte. Uds. hacen que haya más luz en la
Iglesia, en el mundo, en la sociedad. Gracias por contagiarme de su alegría y de
su entusiasmo.
P. Álvaro Corcuera, LC.
14
Fragmento de la conferencia del director general a los participantes del
Encuentro de Juventud y Familia en Monterrey, el 19 de abril de 2008.
Catecismo
“La ley moral tiene en Cristo su plenitud y su unidad. Jesucristo es en persona
el camino de la perfección”. CEC 1950-1974.
Cuerpo Doctrinal
I. ¿Qué es la ley moral?
La experiencia nos dice que, aunque exista gran diversidad de credos y
costumbres en el mundo, existe también una voz interior en cada hombre que le
invita a hacer el bien y rechazar el mal. ¿Quién no se quebranta ante la
atrocidad que se vivió en los campos de concentración de la Segunda Guerra
Mundial? ¿Quién no se conmueve ante el servicio discreto pero heroico que
realizó la Madre Teresa?
Es cierto que no todo lo que es bueno o malo nos resulta tan evidente. Pero lo
cierto es que hay siempre un límite, un extremo en el que las personas llegamos
a admitir que hay ciertas cosas universalmente buenas o convenientes.
Una prueba de ello son las diversas Declaraciones de Derechos Humanos que
se han formulado a lo largo de la historia. Ellas expresan, de algún modo, lo
que es conveniente (incluso irrenunciable) para toda la familia humana.
Así pues, tomemos la definición que nos ofrece el P. Miguel Carmena de la ley
moral: “Norma que rige el actuar del hombre, encauzándolo hacia el bien
moral, hacia su propia realización como persona humana” 29 .
Tiene diversas expresiones, todas ellas coordinadas entre sí: “la ley eterna,
fuente en Dios de todas las leyes; la ley natural; la ley revelada, que comprende
la Ley antigua y la Ley nueva o evangélica; finalmente, las leyes civiles y
eclesiásticas”. 30
De éstas, es muy conveniente definir ley moral natural o ley natural. De ella
nos dice el Catecismo que es “la luz de la inteligencia puesta en nosotros por
Dios; por ella conocemos lo que es preciso hacer y lo que es preciso evitar” 31 .
29
Miguel Carmena Laredo. El amor es más fuerte. Diana. México. 1996, p. 38
30
CEC, 1952.
31
Íbid. 1955
15
Ya que está presente en todo ser humano y tiene su fundamento en la razón, la
ley natural “es universal en sus preceptos, y su autoridad se extiende a todos
los hombres. Expresa la dignidad de la persona y determina la base de sus
derechos y deberes fundamentales” 32
Por tanto, la ley moral natural no depende de las circunstancias ni de las
opiniones, si bien es cierto que se puede estar más o menos apegado a ella
según el contexto cultural.
II. ¿Por qué hace falta, o para qué sirve la ley moral?
“El hombre, llamado a la bienaventuranza, pero herido por el pecado, necesita
la salvación de Dios. La ayuda le viene en Cristo por la ley que lo dirige y en la
gracia que lo sostiene” 33 .
La ley moral es, por tanto, una guía para alcanzar nuestra auténtica y más
profunda plenitud, para llegar a la felicidad. Nos da luz para conocer cuáles
caminos nos llevan al amor y cuáles a su rechazo.
Ya que es “obra de la Sabiduría divina (…), prescribe al hombre los caminos,
las reglas de conducta que llevan a la bienaventuranza prometida; proscribe los
caminos del mal que apartan de Dios y de su amor” 34 .
Como resulta evidente, la finalidad de la ley moral es nuestro bien. Es
conveniente recordar esto en un mundo que constantemente nos invita a “no
tener reglas”, a vivir “la vida loca”, a pensar que cualquier tipo de convicción
moral limita nuestra libertad y por tanto es relativa, se pone en práctica
mientras “no estorbe”.
III. La ley moral viene de Dios
El mundo secularizado y postmoderno presenta muchas imágenes falsas de
Dios.
Una de ellas, talvez la más radical, lo concibe como el causante de los males de
la humanidad (o al menos cómplice de ellos, pues los permite), como Alguien
que lo único que hace es poner cargas imposibles de llevar, preceptos que no se
pueden cumplir (amor a los enemigos, virginidad prematrimonial, paternidad
responsable sin anticonceptivos, etc.).
32
Íbid. 1956
33
Ibid. 1949
34
Íbid. 1950
16
Pero la contemplación de Cristo nos revela el verdadero rostro de Dios. El Papa
Benedicto XVI comenta sobre Él: “En Cristo reconocieron al buen pastor que
guía a través de los valles oscuros de la vida; el pastor que ha atravesado
personalmente el tenebroso valle de la muerte; el pastor que conoce incluso el
camino que atraviesa la noche de la muerte, y que no me abandona ni siquiera
en esta última soledad, sacándome de ese valle hacia los verdes pastos de la
vida, al “lugar del consuelo, de la luz y de la paz”(Canon romano)”35 .
Dios, que nos ha dado sus preceptos, es un Dios de amor que ha muerto por
nosotros. A pesar de nuestra ingratitud ha dado la vida por nosotros. Quiere
entregarnos la felicidad sin límites que sólo Él nos puede dar y por eso nos
enseña el camino.
Nos dio la ley natural que “proporciona los fundamentos sólidos sobre los cuales
el hombre puede construir el edificio de las normas morales que guían sus
decisiones” 36 .
Sin embargo, por las consecuencias del pecado “los preceptos de la ley moral no
son percibidos de manera clara e inmediata”. 37 Se requiere de la iluminación
que nos proporciona la gracia y la revelación, “necesarias al hombre pecador
para que las verdades morales y religiosas puedan ser conocidas” 38 por todos
sin dificultad.
La perfección de la Ley, preparada desde el Antiguo Testamento, es la que nos
trae Jesucristo en el Evangelio, “llamada ley de amor porque nos hace obrar
por el amor que infunde el Espíritu Santo, más que por el temor; ley de gracia,
porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los
sacramentos”. 39
Nuestro Dios bondadoso, que nos ha creado, sabe que sólo el amor llena nuestro
deseo de felicidad. Por eso nos lo pide pero al mismo tiempo nos capacita para
vivirlo. Nos da al Espíritu Santo, que nos ayuda “desde dentro”.
IV.- ¿Qué clase de ‘ley’ es la ley moral?
1) Una ley interna
Como ya hemos visto, la ley moral está inscrita en la misma naturaleza
humana. No es algo que viene de fuera, sino forma parte de lo que el hombre
es.
35
Josef Ratzinger/Benedicto XVI. Jesús de Nazaret. Planeta. EEUU (2007). p. 334
36
CEC 1959.
37
Ibíd. 1960
38
Ibíd.
39
Ibíd. 1972
17
Si alguna vez tomáramos un auto de carreras y lo lleváramos por caminos de
piedra, por cañadas, por montañas, nos duraría muy poco. No estaríamos
usándolo de acuerdo a lo que es, sino arbitrariamente. Ahora bien, si para
todas esas rutas utilizáramos un todoterreno, el resultado sería distinto.
Algo parecido sucede con el hombre. Ya tiene el interior una ley que le dice qué
es y qué debe hacer o dejar de hacer de acuerdo a esa naturaleza; qué le da o no
la plenitud; qué lo hace más humano y qué lo animaliza.
Cristo, modelo del ser humano perfecto, nos ha demostrado que sí se puede
poner en práctica esa ley moral que viene de dentro. Como enseña el Vaticano
II, Él “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la
sublimidad de su vocación”. 40
El reconocimiento de la ley moral, particularmente en la ley natural, constituye
una excelente oportunidad de diálogo con el mundo secularizado y relativista
de nuestros días, pues pone las bases para identificar valores universales, que
puedan ser aceptados también por los no católicos.
2) Una ley que no es arbitraria
En muchos países, especialmente en aquellos dominados por dictaduras,
frecuentemente se promulgan leyes que no buscan el bien común, sino más bien
obtener beneficios para un determinado grupo en detrimento de muchos, o
simplemente darle más poder al gobierno. Son leyes arbitrarias que no
pretenden mejorar las condiciones de los ciudadanos.
La ley moral, por el contrario, nos ayuda a alcanzar la plenitud. Ya que procede
de un Padre bueno que conoce lo que nos conviene (incluso mejor que nosotros
mismos), no condiciona nuestra libertad sino todo lo contrario, nos libera
cuando la obedecemos.
Por eso nos recuerda el salmista:
“Dichoso será el hombre
que pone en Yahvé su confianza,
y no se va con los rebeldes
que andan tras los ídolos.
No has querido sacrificio ni oblación
pero me has abierto el oído;
no pedías holocaustos ni víctimas
40
Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes (1965), 22.
18
dije entonces: “Aquí he venido”.
Está escrito en el rollo del libro
que debo hacer tu voluntad.
Y eso deseo, Dios mío,
tengo tu ley en mi interior.”41
Esta ley, por tanto, no es como las que regulan el tráfico, que se pueden
cambiar o acomodar a nuestra conveniencia, sino como las que rigen la
naturaleza.
Si una persona decidiera tirarse de cabeza desde el tejado, diciendo que él no
cree en la ley de gravedad, ni está de acuerdo con ella, sería tomado por tonto y
probablemente perdería la vida.
La ley de la gravedad (como cualquier otra que rige la naturaleza) no se somete
a discusión legislativa, simplemente se reconoce. Lo mismo debe suceder con la
ley moral en la medida en que se va descubriendo, con ayuda de la razón, de la
gracia y de la revelación.
Conclusión
La ley moral es la guía que nos conduce a la plenitud. Dios, que nos conoce, nos
la ha dado, pero también nos ha capacitado para poderla cumplir.
Lecturas complementarias
Carta Encíclica Veritatis Splendor de Juan Pablo II, No. 42
“Dichoso el hombre que se complace en la ley del Señor (cf. Sal 1, 1-2)
42. La libertad del hombre, modelada según la de Dios, no sólo no es
negada por su obediencia a la ley divina, sino que solamente mediante
esta obediencia permanece en la verdad y es conforme a la dignidad del
hombre, como dice claramente el Concilio: «La dignidad del hombre
requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es
decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión
de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre
logra esta dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud de las
pasiones, persigue su fin en la libre elección del bien y se procura con
eficacia y habilidad los medios adecuados para ello» 75. El hombre, en su
tender hacia Dios —«el único Bueno»—, debe hacer libremente el bien y
evitar el mal. Pero para esto el hombre debe poder distinguir el bien del
41
Sal 40, 5.7-9
19
mal. Y esto sucede, ante todo, gracias a la luz de la razón natural, reflejo
en el hombre del esplendor del rostro de Dios. A este respecto,
comentando un versículo del Salmo 4, afirma santo Tomás: «El salmista,
después de haber dicho: "sacrificad un sacrificio de justicia" (Sal 4, 6),
añade, para los que preguntan cuáles son las obras de justicia: "Muchos
dicen: ¿Quién nos mostrará el bien? "; y, respondiendo a esta pregunta,
dice: "La luz de tu rostro, Señor, ha quedado impresa en nuestras
mentes", como si la luz de la razón natural, por la cual discernimos lo
bueno y lo malo —tal es el fin de la ley natural—, no fuese otra cosa que
la luz divina impresa en nosotros» 76. De esto se deduce el motivo por el
cual esta ley se llama ley natural: no por relación a la naturaleza de los
seres irracionales, sino porque la razón que la promulga es propia de la
naturaleza humana”.
Declaración Dignitatis humanae, Vaticano II, n. 3
La libertad religiosa y la vinculación del hombre con Dios
“ Todo esto se hace más claro aún a quien considera que la norma
suprema de la vida humana es la misma ley divina, eterna, objetiva y
universal, por la que Dios ordena, dirige y gobierna el mundo y los
caminos de la comunidad humana según el designio de su sabiduría y de
su amor. Dios hace partícipe al hombre de esta su ley, de manera que el
hombre, por suave disposición de la divina Providencia, puede conocer
más y más la verdad inmutable. Por lo tanto, cada cual tiene la
obligación y por consiguiente también el derecho de buscar la verdad en
materia religiosa, a fin de que, utilizando los medios adecuados, se
forme, con prudencia, rectos y verdaderos juicios de conciencia”.
Autoevaluación
1. ¿Qué es la ley natural?
2. ¿Es posible que el mundo en el que encontramos tantísima diversidad de
idiomas, religiones, costumbres, ideas, exista una ley que sea aplicable a
todos los seres humanos? Justifica tu respuesta.
3. ¿Qué es la ley moral?
4. Explica por qué el hombre necesita una ley moral.
5. ¿Por qué no puede decirse que la ley moral es arbitraria?
20
Sesión 3
Libertad y responsabilidad
Esquema de la lección
I. ¿Qué es la libertad?
II. Don grande de Dios al hombre
1. Don para poder amar.
2. Don para alcanzar el bien: Dios.
III. Qué es ser libre
Límites de la libertad
IV. Quien es libre tiene que responder de sus actos
V. Lo que disminuye o anula la libertad.
1. Factores internos
2. Factores externos
Profundiza tu fe:
Los hombres de nuestro tiempo se hacen cada vez más conscientes de la
dignidad de la persona humana, y aumenta el número de aquellos que exigen
que los hombres en su actuación gocen y usen del propio criterio y libertad
responsables, guiados por la conciencia del deber y no movidos por la coacción.
Piden igualmente la delimitación jurídica del poder público, para que la
amplitud de la justa libertad tanto de la persona como de las asociaciones no se
restrinja demasiado. Esta exigencia de libertad en la sociedad humana se
refiere sobre todo a los bienes del espíritu humano, principalmente a aquellos
que pertenecen al libre ejercicio de la religión en la sociedad. Secundando con
diligencia estos anhelos de los espíritus y proponiéndose declarar cuán
conformes son con la verdad y con la justicia, este Concilio Vaticano estudia la
sagrada tradición y la doctrina de la Iglesia, de las cuales saca a la luz cosas
nuevas, de acuerdo siempre con las antiguas.
Dignitatis humanae 1
Catecismo
21
“La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y maduración en la
verdad y en la bondad”. CEC 1731-1742
Cuerpo doctrinal
I. ¿Qué es la libertad?
Juan Pablo II reconocía en la Veritatis Splendor: “Los problemas humanos más
debatidos y resueltos de manera diversa en la reflexión moral contemporánea
se relacionan, aunque sea de modo distinto, con un problema crucial: la libertad
del hombre. No hay duda de que hoy existe una concientización
particularmente viva sobre la libertad” 42
Al mismo tiempo, constatamos que uno de los conceptos que quizás ha sido más
tergiversado (al igual que el del amor) es precisamente la libertad.
En nombre de la libertad, muchos toman actitudes violentas que acaban
generando más opresión. Para “vivir su libertad” otros cometen todo tipo de
desórdenes morales que les terminan esclavizando. Por tanto, es importante
que comprendamos bien su significado verdadero.
El Catecismo la define como “el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de
obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo
acciones deliberadas” 43 .
Si bien implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, “en la medida en
que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre” 44 . Así, “la
libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios” 45 .
II. Don grande de Dios al hombre
1) Don para poder amar.
La libertad, como todos los otros dones que hemos recibido, tiene una finalidad
específica.
De acuerdo al Catecismo, Dios ha dado al hombre la iniciativa y el dominio de
sus actos “de modo que busque a su Creador sin coacciones y, adhiriéndose a
Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección” 46 .
42
Juan Pablo II, Carta Encíclica Veritatis Splendor (1993), 30
43
CEC, 1731
44
Ibid. 1733
45
Ibíd. 1731
46
Ibid 1730
22
Si recordamos que el amor es donación, ansiar el bien del amado incluso hasta
el sacrificio 47 , resulta evidente que implica la libertad. El amor es siempre una
decisión. Es por eso que sólo siendo libres, somos capaces de amar.
2) Don para alcanzar el bien: Dios.
Cuando el Génesis enseña que el hombre fue creado a imagen y semejanza de
Dios 48 se refiere a su carácter personal. En la creación sólo el hombre es
persona dotada de inteligencia y voluntad. Sólo él puede entrar en
comunicación con su Creador, puede relacionarse con Él, puede obedecerle o
rechazarle.
Desde su origen, la libertad se nos ha dado para amar libremente a Dios, que es
nuestra felicidad plena. De esto dependerá, por tanto, si fracasamos o tenemos
éxito en el uso de esta magnífica facultad.
No se nos ha dado para que hagamos lo que nos dé la gana, sino para que
libremente optemos por el máximo Bien que es Dios.
Las demás criaturas no son capaces de rechazar a Dios, tampoco de optar por
él. Simplemente lo alaban con la misma existencia que Él les ha dado, pero no
son conscientes de ello. Un perro hace la voluntad de Dios ladrando y moviendo
la cola, pero no lo decide; una palmera alaba a Dios convirtiendo el agua
salobre en dulce agua de coco, pero no se da cuenta. Por lo mismo, son
incapaces de amar.
Por el contrario el hombre sí sabe lo que hace, es consciente, puede entrar en sí
mismo y decidir amar o rechazar a Dios que le habla de muchas maneras.
En la medida en que sus decisiones lo identifiquen más y más con la voluntad
de Dios, se va haciendo más libre y se va acercando a la plenitud.
Y no debe pensarse que esto coarta nuestra libertad, de modo que estemos como
obligados a optar por el bien. Nuestra libertad no es de juguete; el cómo la
utilicemos tiene consecuencias eternas.
Supongamos que dos personas que ha trabajado por años reciben una suma
notable de dinero por su jubilación. Ninguno tiene otra fuente de recursos. El
primero decide usarlo para hacer una gran fiesta y emborracharse; se lo gasta
en un día. El segundo decido invertirlo en un pequeño negocio para asegurar
sus ingresos en lo que le queda de vida. ¿Los dos han tomado decisiones libres?
Sí. Pero las consecuencias de esas decisiones, ¿son iguales para los dos?
47
Cf. Benedicto XVI, Carta encíclica Deus caritas est, 6.
48
Cf. Gn 1,27
23
Definitivamente no. El que se gastó todo, ahora estará condicionado a que
alguien le ayude de alguna manera a sobrevivir; su libertad, por decirlo así, ha
“disminuido” por la mala decisión que tomó. Lo contrario sucede con el que
supo invertir bien sus recursos.
Algo parecido sucede con el tesoro que llamamos libertad. Ponerla al servicio
del bien, de Dios, nos hace más libres. Utilizar nuestra libertad para el mal,
para pecar, poco a poco nos va esclavizando, e incluso nos puede acarrear el
fracaso eterno.
Por tanto, recordemos que no es indiferente el modo como hagamos uso de la
libertad, pues siempre hay consecuencias. Si la ejercemos sólo para “ser libres”,
sin responsabilidad, acabaremos cayendo en la esclavitud espiritual.
El abuso de la libertad conlleva siempre la amenaza contra uno mismo o contra
los demás. Ese es el caso, por ejemplo, de los activistas a favor del aborto, que
pretenden dar a las mujeres el “derecho a decidir” si abortar o no. Eso
equivaldría a que a un asesino se le dé el “derecho a decidir” si quiere o no
matar a sus víctimas.
Por otro lado, comprometerse con el bien es el uso más adecuado y profundo
que se puede dar a la libertad. Ejemplos de ello los encontramos en los santos
de la Iglesia, comenzando con la Virgen María, que al entregar a su vida la
recobraron. Eso es lo que sucede también con las miles de personas que,
dejando sus intereses personales, deciden entregarse completamente a Dios y
no buscar más que su voluntad.
El siguiente escrito del P. Marcial Maciel, refleja la plenitud en el ejercicio de la
libertad al entregársela a Dios:
Toma, Señor, mi libertad (fragmento)
Podrías no haberme hecho libre...
Pero así me has creado, y yo quiero ser libre.
Yo quiero saber ser libre. Yo quiero demostrar que soy libre,
con el acto más soberano de mi libertad.
¡Señor, pues que soy libre, renuncio a mi libertad!
A mi libertad que es voluntad.
Y yo no quiero voluntad.
Porque yo no quiero más voluntad que la tuya.
¡Toma, Señor, mi libertad!
Y que sea tu divina voluntad
24
la única dueña y señora de mi corazón...49
III. ¿Qué es ser libre?
“En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más
libre. No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia. La
elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a la
esclavitud del pecado” 50
El Catecismo, en la cita anterior, nos recalca que somos más libres en tanto
cuanto nuestra libertad busca el bien, aunque eso no quita la posibilidad real
de optar por el mal.
Muchas veces creemos que ser libre es “dejarse llevar” por los propios
sentimientos, gustos, caprichos del momento. Desde esta perspectiva no
importa tanto la bondad o maldad de los actos, sino simplemente que sean
“libres”.
Sobre esto nos decía Juan Pablo II: “En algunas corrientes del pensamiento
moderno se ha llegado a exaltar la libertad hasta el extremo de considerarla un
absoluto, que sería la fuente de los valores”51 .
Al mismo tiempo nos comentaba: “Paralelamente a la exaltación de la libertad
y paradójicamente en contraste con ella, la cultura moderna pone radicalmente
en duda esa misma libertad” 52 .
Se refiere aquí a ciertas corrientes del pensamiento según las cuales nuestra
libertad está tan condicionada por nuestra psicología, por las condiciones del
entorno o incluso nuestra biología, que el hombre acaba por ser un animal de
instintos, y no una persona responsable de sus actos.
¿Cómo es posible llegar a estas dos posturas diametralmente opuestas? En el
fondo se encuentra el desconocimiento (culpable o no) de la naturaleza humana.
Es decir, una negación de la verdad del hombre.
El Papa continuaba en la Veritatis splendor, arriba citada: “Si existe el derecho
de ser respetados en el propio camino de búsqueda de la verdad, existe aún
antes la obligación moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y de
seguirla una vez conocida” 53 .
49
Marcial Maciel, LC. Salterio de mis días...
50
Catecismo de la Iglesia Católica 1733.
51
Juan Pablo II. Carta encíclica Veritatis splendor. (1996). 32
52
Ibíd... 33
53
Ibíd... 34
25
Y en este camino es indispensable reconocer que “la libertad depende
fundamentalmente de la verdad. Dependencia que ha sido expresada de
manera límpida y autorizada por las palabras de Cristo: ‘Conoceréis la verdad y
la verdad os hará libres’ (Jn 8,32)” 54 .
1) Límites de la libertad
La libertad moral no es absoluta. Está limitada por:
Mi naturaleza de creatura
El respeto a la dignidad de los demás
Juan Pablo II aclaraba: “El hombre es ciertamente libre, desde el momento en
que puede comprender y acoger los mandamientos de Dios. Y posee una
libertad muy amplia (…), pero esa libertad no es ilimitada: el hombre debe
detenerse ante el ‘árbol del conocimiento del bien y del mal’ por estar llamado a
aceptar la ley moral que Dios le da” 55 .
Pero como ya vimos, la ley de Dios “no atenúa ni elimina la libertad del
hombre, al contrario, la garantiza y promueve”. De este modo evita que el
hombre sea “lobo para el hombre”, pues encuentra en Dios una referencia
superior que debe obedecer.
La más sublime libertad moral es poder elegir entre bien y mal sin que nada ni
nadie pueda impedirme elegir el bien. Tal es el caso de los mártires, que aún
ante la perspectiva de tormentos y muerte, se mantienen firmes en su decisión
de amar a Dios sobre todas las cosas.
En consecuencia, siempre es posible amar. Siempre es posible optar por el bien
y la verdad; aún en condiciones extremadamente duras el hombre puede ser
señor de sus actos, no contentarse con hacer el mal menor, incluso llegando al
heroísmo.
El siguiente testimonio del psiquiatra Víctor Frankl, que sufrió en carne propia
el horror de los campos de concentración nazis, ilustra con gran claridad que el
hombre, aún en las peores condiciones de cautiverio, puede tomar decisiones
libres:
“Las experiencias de la vida en un campo demuestran que el hombre tiene
capacidad de elección (...). El hombre puede conservar un vestigio de la libertad
espiritual, de independencia mental, incluso en las terribles circunstancias de
tensión física y psíquica.
54
Ibíd.
55
Ibíd. 35
26
Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que
iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo
de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían
pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa:
la última de las libertades humanas –la elección de la actitud personal ante un
conjunto de circunstancias- para decidir su propio camino.
Y allí siempre había ocasiones para elegir: A diario, a todas horas, se ofrecía la
oportunidad de tomar una decisión, decisión que determinaba si uno se
sometería o no a las fuerzas que amenazaban con arrebatarle su yo más íntimo,
la libertad interna; que determinaba si uno iba o no iba a ser el juguete de las
circunstancias, renunciando a la libertad y a la dignidad, para dejarse moldear
hasta convertirse en un recluso típico” 56
IV. Quien es libre tiene que responder de sus actos
“La libertad hace al hombre responsable de sus actos en la medida en que estos
son voluntarios” 57 . La auténtica libertad, pues, está íntimamente ligada a la
responsabilidad, al grado que no pueden separarse una de la otra.
Si un dueño por descuido, soltara a su inquieto perro en una carnicería y el
animal hiciera destrozo y medio, ¿a quién se le ocurriría culpar al perro, o
hacerle pagar lo que ha hecho? ¿No exigirían al dueño que se hiciera
responsable?
Sólo los seres racionales somos responsables porque tenemos inteligencia y
voluntad. Por ello, “todo acto directamente querido es imputable a su autor”58 .
Esto incluye también aquellas cosas que suceden por negligencia. Si un
cocinero no desinfecta los alimentos y mantiene un ambiente sucio en su cocina,
talvez no podrá ser acusado de envenenar a sus clientes, pero por su descuido
será responsable de que más de uno de ellos contraiga enfermedades
gastrointestinales.
En cuanto a los efectos malos, no son imputables cuando no fueron deseados ni
como fin ni como medio de cierta acción. Tal sería el caso de una persona que
conduce con prudencia, obedece las señales de tráfico, pero por desgracia
atropella a un ciclista que se le cruza de improviso.
56
Víctor Frankl. El hombre en busca de sentido. Herder. España (2001). 21ª edición. p.99
57
Catecismo de la Iglesia Católica, 1734
58
Íbid. 1736
27
Los efectos malos sí son imputables cuando son previsibles y se pueden evitar,
como en el caso de una persona que arriesgue inútilmente su vida sin
justificación alguna; o el de un individuo que, por estar en estado de
embriaguez, comete un homicidio que no había deseado ni planificado.
La responsabilidad también abarca los actos internos, es decir aquellas
decisiones de la voluntad que talvez luego ya no se pudieron realizar. Por
ejemplo, el ladrón que planifica el asalto de un banco pero por causas no
previstas no puede realizarlo.
La libertad también implica responsabilidad por los actos buenos que,
pudiéndose realizar, son omitidos: una limosna no dada, una petición de perdón
postergada, una acción apostólica suspendida voluntariamente sin causa grave,
etc.
V. Lo que disminuye o anula la libertad
El ejercicio de la libertad, aunque depende del sujeto, puede estar condicionado
al menos parcialmente por factores externos o internos.
1) Factores externos.
Son situaciones ajenas a la voluntad de los individuos como las que viven los
encarcelados, los que sufren amenazas comprobadas, los que tienen algún
impedimento físico, los que son extorsionados.
De acuerdo al catecismo, también se incluyen aquí “las condiciones de orden
económico y social, político y cultural requeridas para un justo ejercicio de la
libertad [que son] con demasiada frecuencia desconocidas y violadas” 59 .
De manera especial debe ser garantizado el derecho a la libertad religiosa, pues
todo hombre “tiene la obligación, y en consecuencia también el derecho de
buscar la verdad en materia religiosa a fin de que, utilizando los medios
adecuados, llegue a formarse prudentemente juicios rectos y verdaderos de
conciencia” 60 .
La ignorancia no culpable también es un factor que condiciona o limita el
ejercicio de la libertad de las personas.
Pudiera incluirse también la presión social, de manera especial la provocada
por influencia cada vez más importante que ejercen los medios masivos de
comunicación. Como ejemplo tenemos el caso de tantas elecciones
59
Íbid. 1740
60
Concilio Vaticano II. Declaración Dignitatis Humanae (1965).3
28
gubernamentales que han sido prácticamente determinadas por la imagen que
se presenta de los candidatos en dichos medios.
2) Factores internos
Son aquellos que sí dependen en mayor medida de cada individuo, como sus
pasiones, vicios, actitudes, psicología, apego al amor o al pecado, fortaleza de
voluntad, etc.
Conclusión
Vivir la libertad que los individuos y los pueblos buscan es un gran desafió para
el crecimiento espiritual del hombre, y para la vitalidad moral de las naciones.
La cuestión fundamental que hoy todos debemos afrontar es la del uso
responsable de la libertad, tanto en su dimensión personal como social. La
libertad no es simplemente la tiranía u opresión, ni es licencia o permiso para
hacer todo lo que se quiere. La libertad posee una lógica interna que la cualifica
y la ennoblece. Está ordenada a la verdad y se realiza en la búsqueda y
cumplimiento de ésta. Separada, la verdad, de la persona humana, la libertad
degenera en la vida individual, en el libertinaje, y en la vida política, la
arbitrariedad de los más fuertes en la arrogancia del poder. Es necesario que
en el panorama económico internacional se oponga una ética de la solidaridad,
y que la cooperación internacional no se conciba exclusivamente como ayuda o
asistencia. El papel de la ONU ante estos desafíos es relevante, pero es preciso
que se eleve cada vez más de la condición fría de institución de tipo
administrativo, a la de centro moral, en el que todas las naciones del mundo se
sientan como en su casa, desenvolviendo así la conciencia común de ser, por así
decir, una familia de naciones. Que todo esto no parezca una utopía,
irrealizable. Es la hora de una nueva esperanza, que nos exige quitar del futuro
de la política y de la vida de los hombres la hipoteca paralizante del cinismo.
Una de las mayores paradojas de nuestro tiempo es que el hombre, ha iniciado
el período que llamamos la modernidad con la afirmación segura de la propia
madurez y autonomía, se aproxima el final del Siglo XX con miedo de sí mismo,
asustado por lo que él mismo es capaz de hacer, asustado ante el futuro. En
realidad, la segunda mitad del Siglo XX ha visto el fenómeno sin precedentes
de una humanidad incierta respecto a la posibilidad misma de que haya un
futuro, debido a la amenaza de una guerra nuclear 61 .
La libertad es uno de los más grandes dones que el hombre ha recibido de Dios,
sobre todo porque le permite amar. Sin embargo, debe usarla de un modo
responsable se si quiere alcanzar el máximo Bien: Dios.
61 Cf. Visita del Santo Padre a EEUU, Conferencia ante la ONU.11- OCTUBRE-1995
29
Lecturas complementarias:
Declaración Dignitatis Humanae del Concilio Vaticano II, No. 8
“Los hombres de nuestro tiempo son presionados de distintas maneras y
se encuentran en el peligro de verse privados de su propia libertad de
elección. Por otra parte, son no pocos los que se muestran propensos a
rechazar toda sujeción bajo pretexto de libertad y a tener en poco la
debida obediencia.
Por lo cual, este Concilio Vaticano exhorta a todos, pero principalmente a
aquellos que cuidan de la educación de otros, a que se esmeren en formar
a los hombres de tal forma que, acatando el orden moral, obedezcan a la
autoridad legítima y sean amantes de la genuina libertad; hombres que
juzguen las cosas con criterio propio a la luz de la verdad, que ordenen
sus actividades con sentido de responsabilidad, y que se esfuercen en
secundar todo lo verdadero y lo justo, asociando gustosamente su acción
con los demás.
Por lo tanto, la libertad religiosa se debe también ordenar a contribuir a
que los hombres actúen con mayor responsabilidad en el cumplimiento
de sus propios deberes en la vida social.
Constitución Pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, n. 17
“Grandeza de la libertad
17. La orientación del hombre hacia el bien sólo se logra con el uso de la
libertad, la cual posee un valor que nuestros contemporáneos ensalzan
con entusiasmo. Y con toda razón. Con frecuencia, sin embargo, la
fomentan de forma depravada, como si fuera pura licencia para hacer
cualquier cosa, con tal que deleite, aunque sea mala. La verdadera
libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha
querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así
busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste,
alcance la plena y bienaventurada perfección. La dignidad humana
requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre
elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no
bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción
externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberado totalmente de la
cautividad de las pasiones, tiende a su fin con la libre elección del bien y
se procura medios adecuados para ello con eficacia y esfuerzo crecientes.
La libertad humana, herida por el pecado, para dar la máxima eficacia a
esta ordenación a Dios, ha de apoyarse necesariamente en la gracia de
30
Dios. Cada cual tendrá que dar cuanta de su vida ante el tribunal de
Dios según la conducta buena o mala que haya observado”.
Carta encíclica Veritatis Splendor de S.S. Juan Pablo II, n. 38,39
“Dios quiso dejar al hombre «en manos de su propio albedrío” (Si 15, 14)
Citando las palabras del Eclesiástico, el concilio Vaticano II explica así
la «verdadera libertad» que en el hombre es «signo eminente de la
imagen divina»: «Quiso Dios "dejar al hombre en manos de su propio
albedrío", de modo que busque sin coacciones a su Creador y,
adhiriéndose a él, llegue libremente a la plena y feliz perfección» 64.
Estas palabras indican la maravillosa profundidad de la participación en
la soberanía divina, a la que el hombre ha sido llamado; indican que la
soberanía del hombre se extiende, en cierto modo, sobre el hombre
mismo. Éste es un aspecto puesto de relieve constantemente en la
reflexión teológica sobre la libertad humana, interpretada en los
términos de una forma de realeza. Dice, por ejemplo, san Gregorio
Niseno: «El ánimo manifiesta su realeza y excelencia... en su estar sin
dueño y libre, gobernándose autocráticamente con su voluntad. ¿De
quién más es propio esto sino del rey?... Así la naturaleza humana,
creada para ser dueña de las demás criaturas, por la semejanza con el
soberano del universo fue constituida como una viva imagen, partícipe de
la dignidad y del nombre del Arquetipo» (...).
No sólo el mundo, sino también el hombre mismo ha sido confiado a su
propio cuidado y responsabilidad. Dios lo ha dejado «en manos de su
propio albedrío» (Si 15, 14), para que busque a su creador y alcance
libremente la perfección. Alcanzar significa edificar personalmente en sí
mismo esta perfección. En efecto, igual que gobernando el mundo el
hombre lo configura según su inteligencia y voluntad, así realizando
actos moralmente buenos, el hombre confirma, desarrolla y consolida en
sí mismo la semejanza con Dios.
El Concilio, no obstante, llama la atención ante un falso concepto de
autonomía de las realidades terrenas: el que considera que «las cosas
creadas no dependen de Dios y que el hombre puede utilizarlas sin hacer
referencia al Creador» 67. De cara al hombre, semejante concepto de
autonomía produce efectos particularmente perjudiciales, asumiendo en
última instancia un carácter ateo: «Pues sin el Creador la criatura se
diluye... Además, por el olvido de Dios la criatura misma queda
oscurecida»
Autoevaluación
31
1. ¿Qué es la libertad?
2. ¿Cuál es el mejor uso que le podemos dar a ese don?
3. ¿Qué relación existe entre amor y libertad?
4. ¿Qué relación debe existir entre libertad y responsabilidad?
5. ¿Cuáles son los factores que pueden disminuir o dificultar el ejercicio de
la libertad?
6. ¿Qué consecuencias tiene para nuestra libertad el hecho de elegir el
pecado?
32
Sesión 4
La conciencia
Esquema de la lección
I. La conciencia moral es un juicio de la razón que:
1. Nos impulsa a hacer el bien y evitar el mal.
2. Nos hace percibir si un acto realizado o por realizar, es bueno o malo.
3. Es la voz de Dios que nos habla.
4. No hace leyes, las aplica
II. ¿La conciencia siempre ‘funciona’? ¿Siempre ‘tiene razón’?
Factores que afectan su funcionamiento:
1. Desobedecerla de manera continua
2. Que la conciencia esté afectada por la ignorancia.
III. La formación de la conciencia
1. El estudio y conocimiento de la Palabra de Dios y las enseñanzas de
la Iglesia.
2. Pedir consejos a personas prudentes e imitar su ejemplo.
3. Oración continua y examen de conciencia.
4. Frecuentar la Reconciliación y la Eucaristía
5. Forjar el hábito de actuar siempre de acuerdo con nuestra conciencia.
IV. Normas generales sobre la conciencia
1. El hombre no debe ser forzado a obrar contra su conciencia ni se le
debe impedir actuar de acuerdo a ella.
2. No es imputable a una persona el mal cometido por ignorancia
involuntaria.
Profundiza tu fe
La actividad de la conciencia moral no se refiere sólo sobre lo que está bien o
está mal en general. Su discernimiento recae en particular sobre la
determinada y concreta acción libre que vamos a realizar o que hemos
realizado. De ésta precisamente nos habla la conciencia, de ésta hace una
valoración la conciencia: esta acción —nos dice la conciencia— que tú con tu
singularidad irrepetible estás realizando (o has llevado a cabo ya) es buena o es
33
mala. ¿De dónde saca la conciencia sus criterios de juicio? ¿Sobre qué base
juzga nuestra conciencia moral las acciones que vamos a llevar a cabo o hemos
realizado? Escuchemos con atención las enseñanzas del Concilio Vaticano II:
"La norma suprema de la vida humana es la propia ley divina, eterna, objetiva
y universal, por la que Dios ordena. Dirige y gobierna el mundo universo y los
caminos de la comunidad humana... El hombre percibe y reconoce por medio de
su conciencia los dictámenes de la ley divina, conciencia que tiene obligación de
seguir fielmente en toda su actividad para llegar a Dios, que es su fin''
(Dignitatis humanae, 3).
Catecismo
La conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona humana
reconoce la calidad moral de un acto concreto. CEC 1776-1802
Cuerpo doctrinal
I. La conciencia moral es un juicio de la razón que
1) Nos impulsa a hacer el bien y a evitar el mal
El Catecismo, citando la Gaudium et Spes, dice de la conciencia que es “el
núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya
voz resuena en lo más íntimo de ella” 62
Aunque esa voz está muy dentro de la persona, no proviene de ella, puesto que
le pide obediencia y le llama siempre “a amar y a hacer el bien y a evitar el
mal”. 63
Se manifiesta como esa “incomodidad” interior que surge cuando pensamos
hacer algo malo (o lo hacemos) o dejamos de hacer algo que deberíamos. Sin
embargo, también es gran alegría y paz que surge de haber tomado una
decisión correcta, incluso a pesar de grandes sacrificios.
2) Nos hace percibir si un acto a realizar, o ya realizado, es bueno o malo.
Este discernimiento surge espontáneamente cuando analizamos nuestras
propias decisiones, de lo más hondo del alma. Es necesario cultivar el hábito de
escucharla para que su voz nos oriente constantemente.
3) Es la voz de Dios que nos habla.
62
CEC 1776.
63
Ibíd.
34
Dios mismo ha sembrado en nuestro corazón la ley moral, sea como ley natural
o también como ley revelada. Por eso a la conciencia no se le puede “convencer”.
El CEC, citando al Card. Newman, nos dice: “La conciencia es una ley de
nuestro espíritu, pero va más allá de él, nos da órdenes, significa
responsabilidad y deber, temor y esperanza (…). Es la mensajera del que, tanto
en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, a través de un velo, nos
habla, nos instruye, nos gobierna. La conciencia es el primero de todos los
vicarios de Cristo” 64 .
Recordar constantemente que la conciencia viene de Dios, un Padre que nos
ama, nos ayudará a prestarle la máxima atención. Para que esto sea posible es
necesario cultivar en nosotros un hábito de interiorización; de ese modo, no
actuaremos de manera impulsiva e irreflexiva.
4) No hace leyes, las aplica.
En ese sentido, la conciencia es cómo el árbitro en el futbol, que debe conocer
las reglas y aplicarlas con imparcialidad pero no puede inventarlas.
II. ¿La conciencia siempre ‘funciona’? ¿Siempre ‘tiene razón’?
Aunque la conciencia está sembrada en lo más íntimo de nuestra alma y no se
puede “matar”, hay factores que pueden entorpecer o adormecer su
funcionamiento:
1) Desobedecerla de manera continua.
Supongamos que un niño se acostumbra a robar algunos centavos de la bolsa
de su mamá. La primera vez sentirá algún remordimiento; pero si persiste en
su actitud poco a poco robará mayores cantidades sin escuchar el reclamo de su
conciencia.
2) Que esté afectada por la ignorancia
Esto impide un correcto juicio. Puede ser involuntaria cuando la persona no ha
recibido una adecuada educación y formación. Pero puede también ser una
ignorancia culpable “cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el
bien y, poco a poco, por el hábito del pecado, la conciencia se queda casi
ciega” 65 .
Otros factores que la afectan son:
64
Catecismo de la Iglesia Católica, 1778
65
Ibíd. 1791
35
- El desconocimiento de Cristo y de su Evangelio.
- Los malos ejemplos.
- Vivir sólo para complacer las pasiones.
- Pretender tener una “conciencia autónoma”, que en realidad no obedece
a la ley moral sino a apetitos desordenados.
- La falta de conversión y de caridad.
- El rechazo de la autoridad de la Iglesia y su enseñanza.
Este último se da cuando no se conocen en profundidad las enseñanzas de la
Iglesia o cuando falta el sentido eclesial. En ese caso, las recomendaciones de
nuestra Madre y Maestra se ven con recelo o sospecha.
Tristemente, esa postura se ha difundido en algunos cristianos influenciados
por gérmenes de división. Toman juicios morales o decisiones equivocadas bajo
la premisa de: “la Iglesia está un poco anticuada” o “la Iglesia dice esto…pero
tal teólogo opina diferente”; o “conozco la opinión del Magisterio, pero no hay
que ser fanáticos”.
Ese es el caso, por ejemplo, de los que siendo católicos usan anticonceptivos, o
dicen confesarse “con Dios”, o faltan a Misa a la primera dificultad.
Cuando un católico, con el pretexto de “seguir sus convicciones”, toma actitudes
que contradicen las enseñanzas de la Iglesia, en realidad no tiene una
conciencia recta.
Una conciencia deformada dejaría de cumplir su función. Por tanto la persona,
al seguirla, no estaría buscando el bien, sino el mal. Esto le traería
consecuencias en esta vida (por ejemplo, convertirse en criminal), e incluso en
la otra (podría perderse eternamente).
Algunos casos extremos como el del famoso “Mocha-orejas” nos dan la idea de
hasta dónde puede llegar una conciencia deformada.
Por tanto es importante formarla en base a la ley moral, contando también
para ello con la ayuda del Magisterio de la Iglesia. De este modo, nos guiará
efectivamente hacia el supremo bien que es Dios.
III. La formación de la conciencia
Nos dice el CEC: “Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus
juicios según la razón, conforme al bien verdadero...”66 .
66
CEC, 1783
36
Sin embargo, nuestra naturaleza caída, tentada por el pecado, muchas veces
prefiere rechazar la ley de Dios y optar por su propio juicio.
Por eso la conciencia ha de ser educada durante toda la vida, para que sea
capaz de reconocer el bien con equilibrio, sin caer en los escrúpulos ni en la
laxitud. “La educación de la conciencia garantiza la libertad y engendra la paz
del corazón” 67 .
Algunos medios eficaces para formar la conciencia son:
1) El estudio y conocimiento de la Palabra de Dios y las enseñanzas de la
Iglesia.
Si la conciencia nos da luz para buscar el bien verdadero, nadie mejor que el
mismo Dios para enseñarnos lo que debemos hacer para agradarle. De manera
especial, la lectura frecuente del Evangelio nos sirve para conformar nuestras
actitudes según el hombre perfecto: Jesucristo.
2) Pedir consejos a personas prudentes e imitar su ejemplo.
Conocer a personas coherentes con sus propias convicciones nos ayuda a ver
que sí se puede vivir de acuerdo a la conciencia. Los padres, abuelos, algún
amigo bien formado, un consejero, pueden orientarnos para dilucidar lo que
debemos hacer en determinadas circunstancias de la vida ordinaria.
La dirección espiritual es un gran apoyo en esta tarea, sobre todo en la
adolescencia y la juventud, cuando se están formando las propias convicciones
de la persona.
Conviene no sólo escuchar consejos, sino imitar a quienes nos edifican con su
ejemplo. En este sentido, es muy conveniente conocer la vida de los mártires y
santos, y la manera como lucharon por ser siempre coherentes 68 .
67
Ibíd.1784
68Tomás Moro es uno de los grandes ejemplos de fidelidad a la conciencia. Tomás Moro nació el
año 1477, y completó sus estudios en Oxford; se casó y tuvo un hijo y tres hijas.
Ocupó el cargo de Canciller del reino. Intimo compañero y amigo personal del rey Enrique VIII,
abogado distinguido, notable humanista de gran cultura, amigo de Erasmo, cariñoso padre de
familia, caballero simpático por su buen humor y, además católico fervoroso.
Cuando vio que era incompatible con su religión el juramento de sumisión a Enrique como
cabeza de la Iglesia en Inglaterra, presentó su dimisión, intentando vivir una vida tranquila
con su familia, sin más complicaciones. Pero fue apresado y metido en la Torre de Londres.
A todos los esfuerzos de sus amigos para convencerle de que debía prestar su juramento
contestó sencillamente que no podía reconciliarlo con su conciencia.
37
3) Oración continua y examen de conciencia.
Una cosa es conocer lo que debemos hacer y otra tener las fuerzas para ello. La
oración arranca de Dios las gracias necesarias para perseverar.
Al mismo tiempo, estar en permanente diálogo de amor con Él hace que, cada
vez más, nuestra voluntad se unifique con la suya y busquemos agradarle en
todo.
El examen de conciencia nos ayuda también a vernos con los ojos de Dios y, por
tanto, a juzgar nuestros criterios con su luz. Por ello, es recomendable
realizarlo con frecuencia, incluso diariamente si es posible.
4) Frecuentar la Reconciliación y la Eucaristía
Si un examen de conciencia nos ayuda a tener una mayor delicadeza para
distinguir el bien y el mal, la Confesión supone un paso más. Decir los pecados
supone reconocerlos, pero también hacerse responsable de ellos. A cambio, Dios
concede su perdón y la gracia de su amistad, que nos fortalece para
mantenernos fieles a Él.
Por otro lado, sabemos que en la Eucaristía Cristo nos asimila, nos hace más
semejantes a Él y nos incrementa el amor. Cuando tenemos el hábito de
frecuentar este Sacramento, el hecho mismo de saber que pronto recibiremos el
Cuerpo y la Sangre del Señor nos dispone mejor para rechazar el pecado y
buscar el bien.
5) Forjar el hábito de actuar siempre de acuerdo con nuestra conciencia.
La persona que escucha siempre la voz de su conciencia (rectamente formada)
se hace cada vez más sensible a ella. Así, si alguna vez llega a contradecirla se
siente incómodo, o incluso mortificado.
Cuando su propia mujer le insiste a hacerlo por lo que ella juzgaba que era bien para su casa, le
contestó: « ¿Cuántos años crees que podría vivir en mi casa?» «Por lo menos veinte, porque no
eres viejo», le dijo ella. «Muy mala ganga, puesto que quieres que cambie por veinte años toda
la eternidad».
Escribió varias obras sobre el arte de gobernar y en defensa de la religión.
Junto con Juan Fisher se opuso al rey Enrique VIII en la cuestión de su pretendida anulación
de matrimonio, fue decapitado el año 1535: Juan Fisher el día 22 de Junio, Tomás Moro el día 6
de Julio, después de quince meses de cárcel donde escribió «Diálogo en tiempo de tribulación».
El obispo Juan Fisher, mientras estaba en la cárcel, fue designado cardenal por el Papa Pablo
III.
38
Por el contrario, quien se ha acostumbrado a oír su conciencia en las cosas de
poca importancia, estará más dispuesto a obedecerla en situaciones difíciles. Y
esta coherencia le dará paz interior.
IV. Normas generales sobre la conciencia:
El CEC nos regala tres reglas para decidir en conciencia69 :
No está permitido hacer el mal para obtener el bien.
Hay que hacer a los demás lo que queramos que hagan con nosotros
La caridad debe actuar siempre con respeto al prójimo y hacia su
conciencia.
Además es importante recordar que:
1) El hombre no debe ser forzado a obrar contra su conciencia ni se le debe
impedir actuar de acuerdo a ella.
Esto es válido incluso a nivel social. Sobre esto nos dice el Magisterio de la
Iglesia: “El ciudadano no está obligado en conciencia a seguir las prescripciones
de las autoridades civiles si éstas son contrarias a las exigencias del orden
moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del
Evangelio” 70 .
Rechazar una ley injusta es deber de ley moral pero “también un derecho
humano elemental que, precisamente por ser tal, la misma ley debe reconocer o
proteger”.
Toda persona debe obedecer al juicio cierto de la propia conciencia, pues es su
guía inmediata para vivir de acuerdo a la ley moral y alcanzar la plenitud
humana.
2) No es imputable a una persona el mal cometido por ignorancia involuntaria.
Sobre esto nos dice el CEC: “Si (...) la ignorancia es invencible o el juicio
erróneo sin responsabilidad del sujeto moral, el mal cometido por la persona no
puede serle imputado” 71 .
69
Cfr. 1798
70
Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 399.
71
CEC, 1793
39
Si una persona honestamente no sabe que algo que hace está mal, y esa
ignorancia no se debe a su negligencia, no se le puede culpar de aquello. Sin
embargo, no ser culpable no significa que la acción sea buena.
Por ejemplo, si un joven caníbal, que nunca ha conocido el mundo fuera de su
comunidad come carne humana no es culpable de ello. Sin embargo, no puede
decirse que lo que hace está correcto. Ese acto “no deja de ser un mal, una
privación, un desorden. Por tanto, es preciso trabajar por corregir la conciencia
moral de sus errores” 72 .
Conclusión
Ya que la conciencia es la voz interior que nos conduce al bien, es necesario
escucharla y formarla con buenos hábitos y actitudes. De ello dependerá si
cumple o no con su finalidad.
Lecturas complementarias:
Constitución Pastoral Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, n. 16
Dignidad de la conciencia moral
En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de
una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya
voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole
que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita
aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en
cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado
personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del
hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el
recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable
da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del
prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás
hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos
problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto
mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad
tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y
para someterse a las normas objetivas de la moralidad. No rara vez, sin
embargo, ocurre que yerra la conciencia por ignorancia invencible, sin que
ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse
cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la
conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del
pecado.
72
Ibíd.
40
Juan Pablo II. Carta Encíclica Veritatis Splendor. N. 62-64
“Buscar la verdad y el bien
62. La conciencia, como juicio de un acto, no está exenta de la posibilidad
de error. «Sin embargo, —dice el Concilio— muchas veces ocurre que la
conciencia yerra por ignorancia invencible, sin que por ello pierda su
dignidad. Pero no se puede decir esto cuando el hombre no se preocupa de
buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por el hábito del pecado, la
conciencia se queda casi ciega». Con estas breves palabras, el Concilio
ofrece una síntesis de la doctrina que la Iglesia ha elaborado a lo largo de
los siglos sobre la conciencia errónea.
Ciertamente, para tener una «conciencia recta» (1 Tm 1, 5), el hombre
debe buscar la verdad y debe juzgar según esta misma verdad. Como dice
el apóstol Pablo, la conciencia debe estar «iluminada por el Espíritu Santo»
(cf. Rm 9, 1), debe ser «pura» (2 Tm 1, 3), no debe «con astucia falsear la
palabra de Dios» sino «manifestar claramente la verdad» (cf. 2 Co 4, 2). Por
otra parte, el mismo Apóstol amonesta a los cristianos diciendo: «No os
acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la
renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la
voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12, 2).
La amonestación de Pablo nos invita a la vigilancia, advirtiéndonos que en
los juicios de nuestra conciencia anida siempre la posibilidad de error. Ella
no es un juez infalible: puede errar. No obstante, el error de la conciencia
puede ser el fruto de una ignorancia invencible, es decir, de una ignorancia
de la que el sujeto no es consciente y de la que no puede salir por sí mismo.
En el caso de que tal ignorancia invencible no sea culpable —nos recuerda
el Concilio— la conciencia no pierde su dignidad porque ella, aunque de
hecho nos orienta en modo no conforme al orden moral objetivo, no cesa de
hablar en nombre de la verdad sobre el bien, que el sujeto está llamado a
buscar sinceramente.
63. De cualquier modo, la dignidad de la conciencia deriva siempre de la
verdad: en el caso de la conciencia recta, se trata de la verdad objetiva
acogida por el hombre; en el de la conciencia errónea, se trata de lo que el
hombre, equivocándose, considera subjetivamente verdadero. Nunca es
aceptable confundir un error subjetivo sobre el bien moral con la verdad
objetiva, propuesta racionalmente al hombre en virtud de su fin, ni
equiparar el valor moral del acto realizado con una conciencia verdadera y
recta, con el realizado siguiendo el juicio de una conciencia errónea. El mal
cometido a causa de una ignorancia invencible, o de un error de juicio no
41
culpable, puede no ser imputable a la persona que lo hace; pero tampoco
en este caso aquél deja de ser un mal, un desorden con relación a la verdad
sobre el bien. Además, el bien no reconocido no contribuye al crecimiento
moral de la persona que lo realiza; éste no la perfecciona y no sirve para
disponerla al bien supremo. Así, antes de sentirnos fácilmente justificados
en nombre de nuestra conciencia, debemos meditar en las palabras del
salmo: « ¿Quién se da cuenta de sus yerros? De las faltas ocultas
límpiame» (Sal 19, 13). Hay culpas que no logramos ver y que no obstante
son culpas, porque hemos rechazado caminar hacia la luz (cf. Jn 9, 39-41).
La conciencia, como juicio último concreto, compromete su dignidad
cuando es errónea culpablemente, o sea «cuando el hombre no trata de
buscar la verdad y el bien, y cuando, de esta manera, la conciencia se hace
casi ciega como consecuencia de su hábito de pecado» 109. Jesús alude a
los peligros de la deformación de la conciencia cuando advierte: «La
lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará
luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la
luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!» (Mt 6, 22-23).
64. En las palabras de Jesús antes mencionadas, encontramos también la
llamada a formar la conciencia, a hacerla objeto de continua conversión a
la verdad y al bien. Es análoga la exhortación del Apóstol a no
conformarse con la mentalidad de este mundo, sino a «transformarse
renovando nuestra mente» (cf. Rm 12, 2). En realidad, el corazón
convertido al Señor y al amor del bien es la fuente de los juicios
verdaderos de la conciencia. En efecto, para poder «distinguir cuál es la
voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rm 12, 2), sí es
necesario el conocimiento de la ley de Dios en general, pero ésta no es
suficiente: es indispensable una especie de «connaturalidad» entre el
hombre y el verdadero bien. Tal connaturalidad se fundamenta y se
desarrolla en las actitudes virtuosas del hombre mismo: la prudencia y las
otras virtudes cardinales, y en primer lugar las virtudes teologales de la
fe, la esperanza y la caridad. En este sentido, Jesús dijo: «El que obra la
verdad, va a la luz» (Jn 3, 21).
Los cristianos tienen —como afirma el Concilio— en la Iglesia y en su
Magisterio una gran ayuda para la formación de la conciencia: «Los
cristianos, al formar su conciencia, deben atender con diligencia a la
doctrina cierta y sagrada de la Iglesia. Pues, por voluntad de Cristo, la
Iglesia católica es maestra de la verdad y su misión es anunciar y enseñar
auténticamente la Verdad, que es Cristo, y, al mismo tiempo, declarar y
confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la
misma naturaleza humana». Por tanto, la autoridad de la Iglesia, que se
pronuncia sobre las cuestiones morales, no menoscaba de ningún modo la
libertad de conciencia de los cristianos; no sólo porque la libertad de la
42
conciencia no es nunca libertad con respecto a la verdad, sino siempre y
sólo en la verdad, sino también porque el Magisterio no presenta verdades
ajenas a la conciencia cristiana, sino que manifiesta las verdades que ya
debería poseer, desarrollándolas a partir del acto originario de la fe. La
Iglesia se pone sólo y siempre al servicio de la conciencia, ayudándola a no
ser zarandeada aquí y allá por cualquier viento de doctrina según el
engaño de los hombres (cf. Ef 4, 14), a no desviarse de la verdad sobre el
bien del hombre, sino a alcanzar con seguridad, especialmente en las
cuestiones más difíciles, la verdad y a mantenerse en ella.
Autoevaluación
1. ¿Qué es la conciencia?
2. ¿Por qué es necesario obedecer a la conciencia?
3. Menciona 4 causas que puedan deformar el juicio de la conciencia.
4. Menciona 4 medios para la formación de una recta conciencia.
5. ¿Cuáles son las normas generales que nos da el Catecismo para actuar
en conciencia?
6. Si una persona no sabe que comete un mal, ¿es culpable de ello? Explica.
7. Si una persona comete involuntariamente una mala acción, ¿eso hace a
la acción buena?
43
Sesión 5
¿Qué hace bueno o malo un acto?
Esquema de la lección
I. Los actos humanos y su moralidad
II. Factores que determinan la bondad o maldad de un acto
1.- Lo que se hace (objeto).
2.- La intención con que se hace (fin).
3.- Las circunstancias.
4.- Actos que siempre son malos.
III. Algunos ejemplos prácticos para analizar.
1.- Caso 1
2.- Caso 2
3.- Caso 3
Profundiza tu fe
Según el CEC, existen actos buenos y actos malos, donde un acto moralmente
bueno supone al mismo tiempo la bondad del objeto, del fin y de las
circunstancias. Una finalidad mala corrompe la acción, aunque su objeto sea de
suyo bueno (como orar y ayunar "para ser visto por otros"). En cambio un acto
malo puede ser malo ya sea porque el objeto de la elección sea malo (como
blasfemar) o porque la finalidad de ese acto sea ilícita. Independientemente de
las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por
razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el
adulterio. No está permitido hacer el mal para obtener un bien.
Catecismo
“La libertad hace al hombre un sujeto moral. Cuando actúa de manera
deliberada, el hombre es, por así decirlo, el padre de sus actos”. CEC 1749-1756
Cuerpo Doctrinal
I.- Los actos humanos y su moralidad
Los actos humanos son aquellos en los que interviene la inteligencia y la
voluntad del hombre y, por tanto, tiene responsabilidad sobre ellos.
44
Un hombre no es responsable de que su corazón lata o no, o de retirar
instintivamente la mano al sentir que se quema.
Por otro lado, si un enfermo del corazón decide no seguir las indicaciones del
médico, ni tomar los medicamentos que le evitarían complicaciones cardiacas,
podría ser responsable del detrimento de su salud.
El Catecismo enseña además que “los actos humanos, es decir, [aquellos]
realizados tras un juicio de conciencia, son calificables moralmente: son buenos
o malos”. 73
Veamos en seguida cuáles son los factores que determinan lo bondad o maldad
de una acción.
II.- Factores que determinan la bondad o maldad de un acto
1) Lo que se hace (el objeto).
El CEC nos enseña que el objeto “es la materia de un acto humano”. 74 Es decir,
la acción que se está realizando, calificada desde el punto de vista moral.
Por ejemplo, el hecho de hablar puede ser bueno cuando se comunican
verdades o cuando se busca ayuda para un necesitado. Pero es malo cuando
significa difamar o calumniar a una persona.
2) La intención (el fin).
Es lo que se quiere lograr de un acto determinado, “apunta al bien esperado de
la acción emprendida”. 75
Hay actos buenos, como dar limosna o rezar, que pueden convertirse en malos
cuando se les añade una intención mala, como buscar el aplauso de la gente.
Es importante además considerar que “una intención buena (como por ejemplo
ayudar al prójimo) no hace bueno ni justo un comportamiento que en sí mismo
es desordenado (ejemplo robar para ayudar al prójimo). El fin no justifica los
medios” 76 .
3) Las circunstancias
73
Íbid. 1749
74
Íbid N. 1751
75
Íbid N. 1752
76
Ibíd. N. 1753
45
Pueden atenuar o aumentar la bondad o malicia de los actos humanos, pero no
modificar la calidad moral de esos actos. 77
No es lo mismo robar cien pesos a un profesional que a un mendigo de la calle,
que tal vez es todo lo que tiene para vivir. La acción sigue siendo mala, pero la
malicia es mayor en el segundo caso, aunque se trate de la misma cantidad de
dinero.
Algunas de las circunstancias que pueden tomarse en cuenta son las
siguientes:
Quién realiza la acción (un profesor, sacerdote, niño de la calle,
pandillero).
A quién se dirige: (¿es igual desobedecer a la Iglesia que al gobierno
civil?).
Qué es lo que se realiza (dar una limosna cuando puedo dar mucho más).
Dónde (en público o privado, en un lugar sagrado, etc.).
Medios (robar a alguien amenazándolo o dándole una golpiza).
Modo (premeditación, alevosía, ventaja).
Cuándo (no ir a Misa el domingo) 78
4) Actos que siempre son malos
Para que un acto sea moralmente bueno es necesario que el objeto, el fin y las
circunstancias sean buenos.
Más aún, “hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las
circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón
de su objeto; por ejemplo la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el
adulterio” 79 .
Ahora bien, la razón testimonia que existen objetos del acto humano que se
configuran como no-ordenables a Dios, porque contradicen radicalmente el bien
de la persona, creada a su imagen. Son los actos que, en la tradición moral de la
Iglesia, han sido denominados intrínsecamente malos («intrinsece malum»): lo
son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las
ulteriores intenciones de quien actúa, y de las circunstancias. Por esto, sin
negar en absoluto el influjo que sobre la moralidad tienen las circunstancias y,
sobre todo, las intenciones, la Iglesia enseña que «existen actos que, por sí y en
sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente
ilícitos por razón de su objeto». El mismo concilio Vaticano II, en el marco del
77
Íbid. Cf. 1754
78
Cf. Miguel Carmena Laredo. El amor es más fuerte. Diana. México. 1996. p. 26
79
CEC, n. 1756.
46
respeto debido a la persona humana, ofrece una amplia ejemplificación de tales
actos: «Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género,
los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo
que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las
torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo
lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de
vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la
prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones
ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros
instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas
cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la
civilización humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes
padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador» 80
En esta categoría entra el aborto que, independientemente del fin (por
ejemplo, pretender ayudar a una madre en problemas) o las circunstancias
(una niña, víctima de un abuso, etc.) supone siempre el asesinato provocado de
un inocente indefenso 81 .
III. Algunos casos prácticos para analizar.
1) Caso 1
Doña Carmen es vendedora en el mercado. Le va bastante bien y tiene un
adecuado nivel de vida. Está preocupada por los precios que no dejan de subir,
pero encuentra el modo de conseguir mercancía más barata: un grupo de
comerciantes que consiguió un furgón robado, le ofrece plátanos a mitad de
precio. Ella piensa que la importancia no es la procedencia, sino ayudar a la
gente y de paso tener mayores utilidades.
Análisis:
Objeto: Compra de mercancía robada.
Fin: Ayudar a los demás (motivos nobles).
80 (Cf. Juan Pablo II, VERITATIS SPLENDOR 80)
81 Nadie tiene derecho de quitar la vida de nadie. Incluso en el caso de legítima defensa el que
se busca no es quitar la vida del otro. El malo es tolerado, no buscado.
Se puede entender mejor este punto que tiene relevancia capital para la reflexión ética, si se
piensa en aquello que dice S. Tomás sobre la legítima defensa, (Cf. Santo Tomás de Aquino,
Summa Theologiae, II-II, q. 64, a. 7) S. Tomás dice que no es lícito nunca matar para
defenderse, sino que puede ser lícito matar defendiéndose. No es un juego de palabras, sino un
caso que puede ayudarnos a entender cuál es el objeto de la elección: en el caso en que mato
defendiéndome, el objeto de mi elección no es el matar al otro, sino la protección de mi vida con
medios proporcionados. Por eso, desde el punto de vista ético, la legítima defensa no es una
excepción al mandamiento de no matar, sino un caso del todo distinto
47
Circunstancias: Crisis económica (provocada por el alza de precios), solvencia
financiera de doña Carmen, oportunidad de tener más ingresos.
Calificación: La acción es moralmente mala porque el fin (ayudar) no justifica
los medios (comprar mercancía robada).
2) Caso 2.
Roberto es policía en Tangamandapio (un hermoso pueblecito con crepúsculos
arrebolados). La paz reinaba en el lugar hasta que apareció una banda de
narcotraficantes.
En un enfrentamiento con ellos recibió una herida de bala y quedó tendido en el
suelo. Mientras intentaba recuperarse, se aproximó uno de los delincuentes que
ya había matado a varios policías, con ametralladora en mano, pensando que
estaba inconsciente. Roberto vio que el bandido alzaba su arma para liquidarlo,
pero él decidió dispararle primero a la pierna para herirlo y poderlo arrestar.
En el ambiente tenso del momento y con el dolor provocado por la herida falló
el tiro, acertando justamente en el corazón. El narcotraficante murió
instantáneamente.
Análisis:
Objeto: Disparo en defensa propia.
Fin: Evitar su propia muerte y capturar al traficante.
Circunstancias: Situación extrema, dolor de la herida, bandido de maldad
comprobada, no hay otra salida para intentar salvar su vida.
Calificación: Moralmente buena pues quiere defenderse (objeto bueno) no
pretendía asesinar a su oponente (fin bueno), y las circunstancias no le dejan
otra opción.
3) Caso 3
Don Paco dirige una agencia automotriz. Es visitado por una fundación que le
solicita fondos para hacer una benéfica labor entre sus compatriotas. A él no le
interesa en lo más mínimo ayudar a nadie, ni la labor de la fundación, sólo se
preocupa de sí mismo; pero ve aquí una oportunidad para darle más renombre
a su empresa, atraer a más clientes y tener así mayores utilidades. Además,
está seguro que esa acción le valdrá para aparecer en una famosa revista de
negocios. Por lo tanto, les entrega un generoso donativo.
Análisis:
Objeto: Entrega de donativo.
48
Fin: Dar renombre a su empresa, buscar fama personal.
Circunstancias: La ayuda es importante, mucha gente saldrá beneficiada, pero
hace todo esto por vanagloria personal.
Calificación: Aunque muchos se beneficiarán, y los medios son adecuados, a él
no le contará como una buena acción, pues su fin es solamente la vanagloria y
la ambición.
Conclusión
La bondad o maldad de un acto humano puede determinarse con criterios
claros que se aplican universalmente.
Lecturas complementarias
Catecismo de la Iglesia Católica
“LA MORALIDAD DE LAS PASIONES
1762 La persona humana se ordena a la bienaventuranza por medio de sus
actos deliberados: las pasiones o sentimientos que experimenta pueden
disponerla y contribuir a ello.
I Las pasiones
1763 El término ‘pasiones’ pertenece al patrimonio del pensamiento
cristiano. Los sentimientos o pasiones designan las emociones o impulsos
de la sensibilidad que inclinan a obrar o a no obrar en razón de lo que es
sentido o imaginado como bueno o como malo.
1764 Las pasiones son componentes naturales del psiquismo humano,
constituyen el lugar de paso y aseguran el vínculo entre la vida sensible y
la vida del espíritu. Nuestro Señor señala al corazón del hombre como la
fuente de donde brota el movimiento de las pasiones (cf Mc 7, 21).
1765 Las pasiones son numerosas. La más fundamental es el amor que la
atracción del bien despierta. El amor causa el deseo del bien ausente y la
esperanza de obtenerlo. Este movimiento culmina en el placer y el gozo del
bien poseído. La aprehensión del mal causa el odio, la aversión y el temor
ante el mal que puede sobrevenir. Este movimiento culmina en la tristeza
a causa del mal presente o en la ira que se opone a él.
1766 “Amar es desear el bien a alguien” (S. Tomás de A., s. th. 1-2, 26, 4).
Los demás afectos tienen su fuerza en este movimiento original del
corazón del hombre hacia el bien. Sólo el bien es amado (cf. S. Agustín,
49
Trin. 8, 3, 4). “Las pasiones son malas si el amor es malo, buenas si es
bueno” (S. Agustín, civ. 14, 7)”.
II. Pasiones y vida moral
1767 En sí mismas, las pasiones no son buenas ni malas. Sólo reciben
calificación moral en la medida en que dependen de la razón y de la
voluntad. Las pasiones se llaman voluntarias ‘o porque están ordenadas
por la voluntad, o porque la voluntad no se opone a ellas’ (S. Tomás de A.,
s. th. 1-2, 24, 1). Pertenece a la perfección del bien moral o humano el que
las pasiones estén reguladas por la razón.
1768. Los sentimientos más profundos no deciden ni la moralidad, ni la
santidad de las personas; son el depósito inagotable de las imágenes y de
las afecciones en que se expresa la vida moral. Las pasiones son
moralmente buenas cuando contribuyen a una acción buena, y malas en el
caso contrario. La voluntad recta ordena al bien y a la bienaventuranza los
movimientos sensibles que asume; la voluntad mala sucumbe a las
pasiones desordenadas y las exacerba. Las emociones y los sentimientos
pueden ser asumidos en las virtudes, o pervertidos en los vicios.
1769 En la vida cristiana, el Espíritu Santo realiza su obra movilizando
todo el ser incluidos sus dolores, temores y tristezas, como aparece en la
agonía y la pasión del Señor. Cuando se vive en Cristo, los sentimientos
humanos pueden alcanzar su consumación en la caridad y la
bienaventuranza divina.
1770 La perfección moral consiste en que el hombre no sea movido al bien
sólo por su voluntad, sino también por su apetito sensible según estas
palabras del salmo: ‘Mi corazón y mi carne gritan de alegría hacia el Dios
vivo’ (Sal 84,3).
Autoevaluación
1. Elabora tres ejemplos con los que ilustres los diversos factores que
determinan un la moralidad de un acto, de acuerdo a lo siguiente:
a) Un acto en el que el fin es bueno pero los medios son malos.
b) Un acto en el que objeto, fin y circunstancias sean buenos.
c) Un acto en el que el objeto sea bueno y los fines malos.
50
2. Elabora un ensayo sobre la pena de muerte, en el que apliques los
conocimientos ya vistos sobre la moralidad de los actos humanos
(extensión: una página).
51
Sesión 6
El pecado
Esquema de la lección
I. Qué es el pecado
1.- Abuso de la libertad.
2.- Toda palabra, obra, deseo (aceptado) u omisión contraria a la ley de Dios
3.- Ofensa a Dios, desobediencia, no confiar en Dios que es Padre
4.- Violar nuestra propia naturaleza (ser mucho menos de lo que debemos
ser)
II. “Efectos del pecado”
1.- Nos aleja de Dios; hace perder la vida de gracia
2.- Causa los sufrimientos de Cristo
3.- Nos impide ser felices (aquí y en la vida eterna)
4.- Forma mal hábito (vicio) que nos dificulta hacer el bien
III. Elementos del pecado
1.- Materia: grave o leve
2.- Conocimiento
3.- Libre elección
IV. Gravedad del pecado
1.- Mortal
a) Ejemplos
b) Efectos
2.- Venial
a) Ejemplos
b) Efectos
Profundiza tu fe
Pecado, del latín peccare; originalmente significaba dar un paso en falso,
cometer una falta. Teológicamente según la definición de San Agustín que ha
venido a ser clásica, ‹‹el pecado es una palabra, un acto o un deseo contra la ley
52
eterna››. Por ‹‹ley eterna›› hay que entender a Dios mismo, en cuanto es la regla
suprema de todo ser y consiguientemente de todo acto. La definición así
entendida muestra también que el pecado es una ofensa hecha a Dios, y que es
pecado todo lo que se opone a la razón, regla de nuestros actos dada por Dios, el
cual es la regla suprema.
Catecismo
El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los
pecadores. CEC 1846-1869
Cuerpo doctrinal
I. Qué es el pecado
Según una opinión muy generalizada, no debería importar tanto hablar de
pecado sino sólo del amor de Dios. Hablar de pecado –se dice- puede “espantar”
a los fieles, haciéndoles pensar que la Iglesia es como una maestra regañona
que busca amargarles la vida con sus prohibiciones morales. En el otro extremo
estaría la postura de quien, efectivamente, habla exclusivamente del pecado y
convierte la vida cristiana en una serie de preceptos casi imposibles de cumplir.
Lo cierto es que para experimentar la profundidad del amor de Dios y la
inmensidad de su misericordia, es necesario reconocer también la infinita
maldad del pecado. No como camino de escrúpulos y remordimientos insanos,
sino de entrega confiada en los brazos de un Dios que es Amor.
Por ello el CEC nos recuerda: “Dios, ‘que te ha creado sin ti, no te salvará sin
ti’. La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras
faltas”. 82
1) Abuso de la libertad
Como hemos visto ya, el hombre ha recibido la libertad para ser capaz de amar.
Sin libertad no hay amor, pues el auténtico amor pasa siempre por la donación
libre de la persona.
Utilizar nuestra libertad para buscar y amar a Dios es lo que nos hace más
libres, nos humaniza y nos lleva a la plenitud de la vida, a la felicidad.
En la fe, pues, la libertad no sólo está presente, sino que es necesaria. Más aún,
la fe es la que permite a cada uno expresar mejor la propia libertad. Dicho con
otras palabras, la libertad no se realiza en las opciones contra Dios. En efecto,
82
CEC, 1847
53
¿cómo podría considerarse un uso auténtico de la libertad la negación a abrirse
hacia lo que permite la realización de sí mismo? La persona al creer lleva a
cabo el acto más significativo de la propia existencia; en él, en efecto, la libertad
alcanza la certeza de la verdad y decide vivir en la misma 83 .
Pero también el hombre puede rechazar libremente a Dios, oponerse a su
voluntad, contradecir su plan. El pecado es, pues, un abuso de la libertad cuya
consecuencia última es la muerte eterna en la lejanía de Dios.84
2) Toda palabra, obra, deseo u omisión contraria a la ley de Dios
Como sucedió en el principio con nuestros primeros padres (cf. Gn 1,3-19) el
pecado implica hacer todo lo contrario de lo que Dios pide, cambiar al Creador
por la creatura. Es obrar, decir, o desear lo que a Dios le desagrada, o no dejar
de hacer lo que Él nos manda para nuestro bien.
Si, como hemos visto, Él ha sembrado su Ley en nuestros corazones para que
alcancemos la plenitud y la felicidad, el pecado significa rechazar su bondad y
optar por un camino lejos de Él.
El Catecismo nos dice que el pecado es “una falta contra la razón, la verdad, la
conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el
prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes”. 85
3) Ofensa a Dios, desobediencia, no confiar en Dios que es Padre
Una ofensa nunca podrá ser entendida mientras no se vea desde el punto de
vista de la parte ofendida. Siempre será más fácil ofender que soportar las
ofensas de otros.
Lo mismo sucede con el pecado. No basta considerarlo como algo simplemente
“malo”, o “impropio”. Menos aún en tiempos como el actual, en el que muchas
veces nos comportarnos de manera equivocada porque “todo el mundo lo hace”.
Para asimilar la grandísima ingratitud que significa el pecado hay que verlo
desde el punto de vista de quien es ofendido por él: Dios. Un Dios que es amor,
que teniéndolo todo, “se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo”
(Fl 2,6-8) por nosotros; que pudiendo habernos abandonado, prefirió morir en
nuestro lugar. Un Dios que es la Bondad infinita, el Amor infinito, el Poder
infinito, la Sabiduría infinita. Un Dios que simplemente es, que se basta a sí
83
JUAN PABLO II, Fides et Ratio 13
84
Cf., Ibid.398
85
N. 1849
54
mismo, que no necesita de nadie para existir y ser feliz; un Dios frente al cual
el hombre es poco más que polvo (cf. Sal 90, 1-5).
Para tener una idea de la maldad infinita del pecado basta contemplar a Cristo
en la cruz. Tal vez alguna vez nos hemos preguntado ¿por qué tuvo que sufrir
tanto?, ¿por qué una muerte tan violenta? ¿por qué tantos latigazos, tanto furor
contra quien pregonaba el amor y la paz? Y el misterio se hace más profundo
aún cuando constatamos que él escogió esa muerte. El pecado no es un juego,
tiene consecuencias que el mismo Dios tuvo que sufrir para salvarnos.
Si la justicia es dar a cada quien lo que le corresponde, el pecado es la peor de
las injusticias, pues implica ofender a Quien es más digno de adoración, respeto
y amor, Dios. 86
La caída de nuestros primeros padres nos muestra que el pecado también es un
acto de desconfianza: “Y dijo a la mujer: ‘¿Cómo es que Dios os ha dicho: no
comáis de ninguno de los árboles del jardín?’” (Gn 3,1). Con estas palabras que
nos trae el Génesis, el tentador busca sembrar en Eva la desconfianza en Dios
que les ha dado todo, y lo consigue. El error de ella será entrar en diálogo con
él, escuchar sus argumentos, sus seducciones: “’De ninguna manera moriréis.
Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los
ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal’” (Gn 3,4). Una vez
que Eva se cree las mentiras y desconfía de su Dios, la desobediencia se le
presentará como algo agradable, deseable: “Y como viese la mujer que el árbol
era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría,
tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió”(Gn
3,6). El diablo prometía todo, pero por él lo perdieron todo.
Esta historia ha venido repitiéndose desde entonces en toda la humanidad. El
tentador nos presenta el pecado como algo bueno, agradable; nos induce a
desconfiar de Dios (y su Iglesia) que sería el “aguafiestas”, el que quiere
ponernos cargas que no podemos soportar, el que nos da preceptos anticuados y
difíciles de cumplir. Al final, optando por el pecado lo perdemos todo.
Por el contrario, cuando confiamos en la Palabra divina, en la Iglesia que Él
fundó, somos capaces de vencer la tentación; a cambio lo ganamos a Él y así lo
obtenemos todo.
4) Violar nuestra propia naturaleza (ser mucho menos de lo que debemos ser)
Hemos sido creados para amar y vivir en comunión con Dios87 . Ahí está nuestra
plenitud y felicidad.
86
Cf. CEC, 1807
87
Cf. Ibíd. 355
55
El hombre “es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar
en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con
su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser
puede dar en su lugar” 88
Sin embargo, cada vez que pecamos nos hacemos menos dueños de nosotros
mismos, nos hacemos esclavos del pecado, nos alejamos de Dios. De este modo,
antes que alcanzar la plenitud y felicidad que se nos ofrece en la tentación,
vivimos contra nuestra naturaleza y nuestra finalidad última, que es la
comunión eterna con nuestro Creador.
Todo pecado puede ser perdonado, siempre y cuando exista arrepentimiento
sincero en el pecador. En relación a la enseñanza de Nuestro Señor sobre la
blasfemia contra el Espíritu Santo (cf. Mt 12,32) el Catecismo explica: “No hay
límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger
la misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus
pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo... Semejante
endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición
eterna” 89 .
II. “Efectos del pecado”
1) Nos aleja de Dios; nos hace perder la vida de gracia
Por el Bautismo no sólo se nos perdona el pecado original, sino que nos
convertimos en hijos de Dios, miembros de Cristo, templos del Espíritu Santo y
partícipes de la naturaleza divina. 90
Además, la Santísima Trinidad nos da a los bautizados la gracia santificante
que:
nos hace capaces de creer en Dios, de esperar en él y de amarlo mediante
las virtudes teologales;
nos concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo
mediante los dones del Espíritu Santo;
nos permite crecer en el bien mediante las virtudes morales. 91
88
Ibíd. 357
89
N. 1864
90
CEC, 1266
91
Cf. Ibid. 1267
56
La gracia, por tanto, es esa ayuda sobrenatural que Dios nos da para conservar
y acrecentar su amistad. Proveniente del bautismo, nos da una vida
completamente nueva 92 .
Sobre esto nos advierte el Papa Benedicto XVI: “Por desgracia, el hombre es
capaz de apagar esta nueva vida con su pecado, reduciéndose a una situación
que la Sagrada Escritura llama “segunda muerte”. Mientras que en las demás
creaturas, que no están llamadas a la eternidad, la muerte significa solamente
el fin de la existencia en la tierra, en nosotros el pecado crea una vorágine que
amenaza con tragarnos para siempre, si el Padre que está en los cielos no nos
tiende la mano”. 93
Perder la gracia de Dios (o enfriarla con alguna falta leve) es perder lo más
precioso que el hombre puede tener e implica un riesgo tremendo: la separación
eterna de nuestro Creador.
2) Causa los sufrimientos de Cristo.
Cuando contemplamos la Pasión de Cristo (ya sea en la oración, o con la ayuda
de alguna película o representación), las primeras reacciones que surgen en
nosotros son la compasión y la conmoción por ver lo que Él padeció. Incluso
podemos sentir indignación hacia los verdugos y hacia la gente que lo insulta y
agrede. Pero sería un peligro quedarnos solamente en eso.
La pasión de Cristo, así de violenta como fue, tiene únicamente dos causas: el
infinito amor de Dios y el pecado del hombre. Y no un pecado en sentido
genérico, sino cometido por personas concretas, por cada uno de nosotros que
podría decir, sin temor a equivocarse: “Mi pecado crucificó a Jesús”.
Si nos duele ver a Cristo flagelado, insultado, colgado de la cruz, más nos debe
doler nuestro pecado, que ha provocado tal situación.
3) Nos impide ser felices (aquí y en la vida eterna).
El pecado, por ser contrario a la voluntad de Dios, provoca en nosotros vacío
(infelicidad, insatisfacción, etc.) que se va acrecentando en la medida en que
seguimos pecando. Así, el egoísta nunca estará feliz pues nunca le parecerá
suficiente lo que posee; el envidioso vivirá amargado, pues otros tienen lo que él
no; el sensual nunca se sentirá satisfecho, pues quien se preocupa
exclusivamente por el cuerpo tiene el alma cada vez más vacía, etc.
92
Cf. CEC 2000
93
Benedicto XVI. Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor. Roma, 13 de enero de 2008.
57
El pecado genera esclavitud y el hombre ha nacido para ser libre; nos impide
donarnos, mientras que el hombre existe para amar y ser amado. El pecado, en
fin, nos impide ser felices. Y cuando persistimos en él, esa infelicidad se puede
prolongar eternamente.
4) Forma mal hábito (vicio) que nos dificulta hacer el bien
Cuando el pecado se repite constantemente se transforma en un mal hábito. No
es lo mismo pecar una vez, talvez por descuido, que persistir en esa actitud.
Por ejemplo, si un joven se roba una moneda una vez y no reflexiona en lo que
ha hecho, ni sus padres le llaman la atención, nada impedirá que lo haga una
segunda vez hasta que cree un hábito. Para él ya no será extraño tomar las
monedas que no le corresponden; y a fuerza de seguirlo haciendo su conciencia
misma quedaría deformada.
Cuando el pecado se ha hecho ya un hábito es más difícil combatirlo, pues
forma parte de la vida de la persona. Además, nos impide obrar bien, lo cual
sería justamente lo contrario de lo que se está acostumbrado a hacer.
A quien tenga una actitud continua de adulterio le costará mucho más trabajo
ser fiel a su esposa que a alguien que cayó alguna vez en la infidelidad.
La confesión frecuente es un excelente medio para romper el hábito de pecado,
nos devuelve la gracia y nos prepara para combatir con mayor decisión
nuestros vicios.
III. Elementos del pecado
Hemos visto ya que el pecado es siempre una transgresión a la voluntad de
Dios. Sin embargo, la mayor o menor responsabilidad del pecador, así como la
magnitud de la ofensa, depende de tres elementos.
1) Materia: grave o leve
La materia tiene que ver con el Mandamiento que se va a transgredir y con la
acción en sí que se va a realizar, así como las circunstancias que la rodean.
Por ejemplo: Un joven que miente actúa contra el 7º mandamiento.
Supongamos que este joven es hijo de un prestigioso cardiólogo y alguien llama
por teléfono. Él niega que su padre esté en la casa porque quiere que disfrute
de un rato de descanso. Más tarde llama otra persona diciendo que ha
presenciado un ataque cardiaco y necesita atención urgente. Si el chico volviera
a mentir, la mentira sería grave pues está en juego la vida de una persona. En
58
este caso la misma acción (mentir), dependiendo de las circunstancias, puede
ser leve o grave.
Además, nos enseña el Catecismo, “la gravedad de los pecados es mayor o
menor: el asesinato es más grave que un robo. La cualidad de las personas
lesionadas cuenta también: la violencia ejercida contra los padres es más grave
que la ejercida contra un extraño” 94
2) Conocimiento
El que comete la acción debe saber que lo que hace está mal; de otro modo no se
le puede imputar.
3) Libre elección
Para que exista pecado se requiere que el sujeto en cuestión opte
voluntariamente por él. Nadie puede ser obligado a pecar, aunque se le fuerce a
cometer una acción mala. No puede existir pecado cuando la persona no actuó
libremente para cometerlo.
IV. Gravedad del pecado
1) Pecado mortal:
Hay pecado mortal cuando se tienen los siguientes elementos:
Materia grave.
Pleno conocimiento (saber que aquello está mal).
Entero consentimiento (aún sabiendo que está mal, realizarlo
libremente).
Nos dice el CEC que “el pecado más grave es el que se comete por malicia, por
elección deliberada del mal”. 95
a) Ejemplos para analizar.
- Don Fernando conoce los mandamientos. Vive en un pueblo remoto
donde sólo hay dos misas dominicales. Él acostumbra ir a la de la tarde
porque en las mañanas tiene que trabajar en su milpa. Cierto domingo,
cuando se estaba preparando para ir a la Misa, cayó un gran aguacero
que bloqueó el camino a la parroquia durante más de tres horas. Intentó
94
CEC n. 1858
95
CEC n. 1860
59
llegar pero cuando finalmente llegó sólo alcanzó a escuchar la voz del
padre que decía “La misa ha terminado. Vayan en paz”.
Análisis:
Materia grave: Sí. La misa dominical es un precepto.
Conocimiento: Sí, él sabe los Mandamientos.
Consentimiento: No. Un contratiempo natural grave le impidió llegar.
Conclusión: No hay pecado mortal.
- La Maestra Teresa es profesora universitaria de medicina. Fue
bautizada de pequeña en la Iglesia Católica, pero prácticamente toda su
existencia la vivió en un país muy secularizado y nunca tuvo la
oportunidad de conocer ni profundizar su fe. Una pareja de colegas le
comenta que están pensando planificar su familia porque ya tienen un
hijo y no quieren más. Ella les recomienda ciertas pastillas
anticonceptivas que funcionan muy bien. Ellos no están seguros pero ella
insiste varias veces hasta que los convence.
Análisis:
Materia grave: Sí. El uso de anticonceptivos es un pecado mortal.
Conocimiento: No. Ella no ha vivido ni conocido su fe, no conoce la doctrina
sobre esos temas.
Consentimiento: Sí. Ella piensa que es algo bueno y por eso lo recomienda.
Conclusión: No hay pecado mortal.
- Don Benito es un ciudadano ejemplar, casado y con 4 hijos. Ha recibido
muchos cursos de doctrina católica y dirige un grupo de personas. Tiene
una secretaria a la que admira físicamente y es casada. Quisiera irse con
ella pero le teme a su esposa y además, ¿qué sería de su imagen pública?
Por eso se conforma con llamarla continuamente a su oficina y hace todo
lo posible por pasar largos ratos con ella conversando. Cuando puede, la
lleva a las reuniones de trabajo aunque hay otras secretarias que
podrían ayudarle. Después de la jornada laboral se despiden pero en su
casa sigue fomentando pensamientos sobre ella. Dice tener la conciencia
tranquila pues “nunca han hecho nada”.
Análisis:
Materia grave: Sí, contra el 9º mandamiento.
Conocimiento: Sí. Su formación le permite saber las enseñanzas sobre el 9º
mandamiento.
Consentimiento. Sí. Aunque no hay un adulterio físico, sí lo hay de corazón (cf.
Mt 5,28). Aunque la atracción física es impulsiva (no gobernada por la
60
voluntad), Benito sí tiene en sus manos controlar sus pensamientos y guardar
su distancia prudentemente.
Conclusión: Es pecado mortal.
b) Efectos del pecado mortal
De acuerdo al CEC, el pecado mortal acarrea “la pérdida de la caridad y la
privación de la gracia santificante, es decir, del estado de gracia”.96
Nos deja en una situación tan desastrosa y miserable que sólo el mismo Dios
puede rescatarnos de ella por el sacramento de la Reconciliación, siempre y
cuando estemos arrepentidos y busquemos su perdón. De lo contrario, el
pecado mortal “causa la exclusión del Reino de Dios y la muerte eterna del
infierno”. 97
Una aclaración importante es que, aunque la Iglesia define con precisión las
condiciones que se dan en todo pecado mortal (materia grave, plena conciencia
y entero consentimiento), “el juicio sobre las personas debemos confiarlo a la
justicia y a la misericordia de Dios”. 98
2) Pecado venial
Es el pecado que se da cuando falta alguno de los tres elementos de pecado
mortal. Es decir, cuando la trasgresión a la ley moral es en materia leve o
cuando aún existiendo materia grave, la acción no se realiza con pleno
conocimiento o consentimiento.
a) Ejemplos
Consentir las distracciones a la hora de la Misa.
Dejarse llevar por un arranque de enojo al tratar con algún compañero o
familiar, sin permitir que la cosa pase a mayores.
Decir una mentira para justificar el retraso para asistir a una reunión.
Perder un poco el tiempo en el trabajo.
Algunos pueden ser un poco más complejos, como los analizados en el tema 1
sobre el pecado mortal.
Es importante resaltar que el pecado venial también es un pecado y nos aleja
de Dios como veremos a continuación.
96
CEC n. 1860
97
CEC n. 1861
98
CEC n. 1861
61
b) Efectos
Este tipo de faltas no supone la pérdida de la caridad ni de la vida de gracia, ni
rompe la alianza con Dios, pero sí la debilita.
Mil pecados veniales no hacen un pecado mortal, pero cometerlos
deliberadamente y con frecuencia nos debilita y nos pone en peligro de caer
tarde o temprano en uno mortal.
El pecado venial deliberado adormece nuestro deseo de santidad y nos puede
hacer caer en la rutina. ¡Cuánto dejamos de hacer tan sólo por no poner un poco
más de esfuerzo en la imitación de Cristo! ¡Cuánto más podríamos ayudar a la
Iglesia y a nuestros hermanos si no nos dejáramos llevar por la mediocridad!
Por eso es importante prevenirlo y arrepentirnos pronto cada vez que lo
cometamos, sea por debilidad, cansancio o presión externa. El CEC nos regala
al respecto una sabia advertencia de San Agustín 99 :
“El hombre, mientras permanece en la carne, no puede evitar todo
pecado, al menos los pecados leves. Pero estos pecados, que llamamos
leves, no los consideres poca cosa: si los tienes por tales cuando los pesas,
tiembla cuando los cuentas. Muchos objetos pequeños hacen una gran
masa; muchas gotas de agua llenan un río. Muchos granos hacen un
montón. ¿Cuál es entonces nuestra esperanza? Ante todo, la confesión...
(S. Agustín, ep. Jo. 1, 6)”.
Nuevamente aquí se recomienda la Confesión frecuente, que renueva nuestro
amor a Dios y nos ayuda a ver cuáles son nuestros fallos para prevenirlos y
seguirlos combatiendo.
Conclusión
El pecado es el enemigo que nos aleja de Dios e impide que realicemos nuestra
vocación fundamental: vivir en comunión con Él.
Es necesario conocer sus causas y saberlo prevenir en nuestra vida, confiando
en la misericordia infinita de Dios, que siempre nos ayuda.
Si queremos de verdad poner a Dios como el eje central de nuestra vida y
amarlo con la hondura y pasión que Él se merece, tenemos que combatir a
muerte el pecado.
Lecturas complementarias
99
CEC n. 1863
62
Catecismo de la Iglesia Católica
“I La misericordia y el pecado
1846 El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de
Dios con los pecadores (cf Lc 15). El ángel anuncia a José: ‘Tú le pondrás
por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados’ (Mt 1, 21).
Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la redención, Jesús
dice: ‘Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser derramada por muchos
para remisión de los pecados’ (Mt 26, 28).
1847 “Dios nos ha creado sin nosotros, pero no ha querido salvarnos sin
nosotros” (S. Agustín, serm. 169, 11, 13). La acogida de su misericordia
exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. ‘Si decimos: «no tenemos
pecado», nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos
nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y
purificarnos de toda injusticia’ (1 Jn 1,8-9).
1848 Como afirma san Pablo, ‘donde abundó el pecado, sobreabundó la
gracia’ (Rm 5, 20). Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el
pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos ‘la justicia para la
vida eterna por Jesucristo nuestro Señor’ (Rm 5, 20-21). Como un médico
que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su
espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado:
La conversión exige el reconocimiento del pecado, y éste, siendo una
verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del
hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la
gracia y del amor: ‘Recibid el Espíritu Santo’. Así, pues, en este ‘convencer
en lo referente al pecado’ descubrimos una «doble dádiva»: el don de la
verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu
de la verdad es el Paráclito. (DeV 31)”.
V La proliferación del pecado
1865 El pecado crea una facilidad para el pecado, engendra el vicio por la
repetición de actos. De ahí resultan inclinaciones desviadas que oscurecen
la conciencia y corrompen la valoración concreta del bien y del mal. Así el
pecado tiende a reproducirse y a reforzarse, pero no puede destruir el
sentido moral hasta su raíz.
1866 Los vicios pueden ser catalogados según las virtudes a que se oponen,
o también pueden ser referidos a los pecados capitales que la experiencia
cristiana ha distinguido siguiendo a san Juan Casiano y a san Gregorio
Magno (mor. 31, 45). Son llamados capitales porque generan otros
63
pecados, otros vicios. Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la
lujuria, la gula, la pereza.
1867 La tradición catequética recuerda también que existen ‘pecados que
claman al cielo’. Claman al cielo: la sangre de Abel (cf Gn 4, 10); el pecado
de los sodomitas (cf Gn 18, 20; 19, 13); el clamor del pueblo oprimido en
Egipto (cf Ex 3, 7-10); el lamento del extranjero, de la viuda y el huérfano
(cf Ex 22, 20-22); la injusticia para con el asalariado (cf Dt 24, 14-15; Jc 5,
4).
1868 El pecado es un acto personal. Pero nosotros tenemos una
responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando cooperamos a
ellos:
— participando directa y voluntariamente;
— ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos o aprobándolos;
— no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene obligación de
hacerlo;
— protegiendo a los que hacen el mal.
1869 Así el pecado convierte a los hombres en cómplices unos de otros,
hace reinar entre ellos la concupiscencia, la violencia y la injusticia. Los
pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la
bondad divina. Las ‘estructuras de pecado’ son expresión y efecto de los
pecados personales. Inducen a sus víctimas a cometer a su vez el mal. En
un sentido analógico constituyen un ‘pecado social’ (cf RP 16).
Autoevaluación
1. ¿Qué es el pecado?
2. ¿Qué relación existe entre pecado y libertad?
3. ¿Cuáles son los tres elementos de un pecado?
4. ¿Cuáles son los efectos del pecado mortal?
5. ¿Qué es un pecado venial?
6. ¿A qué se refería Cristo cuando dijo que la blasfemia contra el Espíritu
Santo no será perdonada? (cf. Mt 12,31).
7. ¿Cuál es la importancia de rechazar el pecado venial aceptado y cometido
frecuentemente?
64
Sesión 7
Las Virtudes. Virtudes cardinales
Esquema de la lección:
Introducción
I. Qué es la virtud.
II. Virtudes humanas
1. ¿Qué son?
2. Su relación con la gracia
3. Las virtudes cardinales
III. Prudencia
1.- Definición
2.- Medios para formarla
3.- Aplicaciones importantes
IV. La justicia
1. Definición
2. Medios para formarla
3. Aplicaciones importantes
V. La fortaleza
1. Definición
2. Medios para formarla
3. Aplicaciones importantes
VI. La templanza
1. Definición
2. Medios para formarla
3. Aplicaciones importantes
Profundiza tu fe
Virtud, del latín virtus: fuerza, valor, cualidad propia del varón. Disposición
estable a obrar bien, según lo que constituye al hombre.
65
Catecismo
“La persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de
acciones concretas” CEC 1803-1811
Cuerpo doctrinal
Introducción
Cuando analizamos el pecado y sus consecuencias, así como tantas situaciones
en el mundo en las que parece que el pecado da felicidad, triunfos, ventajas,
podemos caer en una actitud pesimista y hacer eco de lo que los apóstoles
alguna vez preguntaron a Jesús en otro contexto (el del apego a las riquezas):
“Entonces, ¿quién se podrá salvar?”(Mt 19,25).
A nuestra naturaleza humana, ciertamente le cuesta combatir el mal, luchar
por el bien, abandonar los malos hábitos. Si el pecado no fuera atractivo, ¿acaso
alguien lo cometería? Sin embargo, a un diabético puede gustarle el dulce,
aunque sepa que lo puede matar; a un alcohólico regenerado le gusta el licor,
pero basta que tome un pequeño vaso para recaer en su enfermedad. El hecho
que el pecado sea atractivo, no quiere decir que sea bueno; al mismo tiempo, la
firme intención de buscar el bien no anula la atracción por el pecado.
La respuesta que Cristo da a los apóstoles en la escena que hemos mencionado
arriba, puede servirnos también a nosotros: “Jesús, mirándolos fijamente, dijo:
“Para los hombres eso es imposible, más para Dios todo es posible” (Mt 19,26).
Para alcanzar la santidad dependemos completamente de Dios. Sin Él no
tenemos fuerzas; solo con Él podemos vencer nuestros propios pecados y los
del mundo. Él mismo nos lo advierte: “porque separados de mí no podéis hacer
nada” (Jn 15,5).
Pero Jesús no quiere con esto eliminar nuestra responsabilidad. Tenemos que
rezar con insistencia para pedir a Dios el don de la perseverancia en el bien;
pero también quiere que hagamos nuestra parte; que orientemos correctamente
las facultades humanas que nos ha dado. Por eso nos invita a poner nuestro
esfuerzo; nos dice “el que persevere hasta al final, ese se salvará” (Mt 10,22), y
“sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). Más
adelante, San Pablo insistirá: “¿No sabéis que en las carreras del estadio todos
corren, mas solo uno recibe el premio? ¡Corred de manera que lo consigáis!” (1
Co 9,24).
66
Si queremos llegar a ser santos, tenemos que trabajar primero en actitudes
humanas concretas que nos hagan mejores personas, capaces de colaborar con
la gracia de Dios.
En esta sesión analizaremos con detalle las virtudes, actitudes que no sólo nos
ayudan a buscar el bien sino a gustarlo y tender hacia él.
I. Qué es la virtud.
El catecismo la define como “una disposición habitual y firme de hacer el
bien” 100 . Es algo que nos ayuda a buscar el bien con determinación y
perseverancia. “Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona
virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones
concretas” 101 .
La virtud no es solamente un hábito, como podría ser por ejemplo rascarse la
cabeza, tomar siempre el mismo camino hacia la universidad, o saludar
siempre de idéntica manera a quienes encontramos por la calle.
De acuerdo con el P. Miguel Carmena 102 , se encuentran dos elementos en la
acción virtuosa:
- El acto externo (lo que se hace).
- La orientación interna de la voluntad (con qué motivación y finalidad).
Aunque el acto externo sea bueno, (por ejemplo dar ropa al necesitado), no
siempre es virtuoso si no hay una opción personal por un valor moral superior
(dar ropa porque “ya no me gusta y me quiero deshacer de ella”, o porque
alguien me obliga).
La virtud requiere, por tanto, que en la acción exista un bien objetivo (como en
el caso comentado, compartir) y que mi voluntad persiga exclusivamente el bien
por medio de ella (compartir para ayudar al otro).
También es conveniente aclarar que las virtudes pueden ser:
Adquiridas (humanas): Se alcanzan por el esfuerzo de repetir actos
buenos con motivaciones y finalidad también buenos.
Teologales: Son un don de Dios; abren la entrada a su gracia.
100
N. 1803
101
Íbid.
102
Miguel Carmena Laredo. El amor es más fuerte. Diana. México. 1996, p. 74
67
En los siguientes apartados se tratará más ampliamente el tema de los
diferentes tipos de virtudes.
II. Virtudes humanas
1) ¿Qué son?
Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones
habituales del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos,
ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe.
Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena.
El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien.
Las virtudes morales son adquiridas mediante las fuerzas humanas. Son los
frutos y los gérmenes de los actos moralmente buenos. Disponen todas las
potencias del ser humano para comulgar en el amor divino 103 .
La familia es (o debería ser) la principal escuela de virtudes, en la que se
enseñen tanto de manera “espontánea” (mediante el ejemplo de padres y
hermanos) como procurada mediante educación adecuada 104 . Otros lugares
donde se pueden adquirir son las escuelas, equipos deportivos, grupos juveniles
católicos y todos aquellos ambientes que busquen el bien objetivo de la persona.
Es importante resaltar que hasta aquí estamos hablando sólo de actitudes
humanas para las que estamos perfectamente cualificados, que nos llevan a
gustar, buscar y vivir el bien.
De las virtudes, el Catecismo nos dice también que “proporcionan facilidad,
dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena (...). Disponen todas las
potencias del ser humano para armonizarse con el amor divino” 105 .
De aquí podemos ver que el que vive las virtudes busca libremente el bien y se
siente atraído por él. Por lo tanto, en ellas encontramos las herramientas que
necesitamos para orientar completamente nuestra vida de cara a Dios.
Cuántas veces nos hemos propuesto superar algún defecto o mejorar ciertas
actitudes sin conseguir éxito, incluso después de haber pedido humilde a Dios
por ello. ¡La clave está en practicar las virtudes! Ellas nos marcan el camino
para conseguir avances concretos, medibles, y para saber en qué tenemos que
seguir mejorando.
103
Cf. CEC 1804
104
Cf. CEC 1666
105
Íbid. 1804
68
3) Su relación con la gracia
Como hemos visto, las virtudes humanas se adquieren mediante la repetición
de actos buenos y deben aprenderse en la familia.
Pero no estamos solos en la lucha por perseverar en las virtudes: Dios las
purifica y eleva con su gracia. Además, nos da su ayuda para vivirlas mejor y
formar con ellas nuestro carácter, al grado que “el hombre virtuoso es feliz al
practicarlas” 106 .
La acción de la gracia, unida al esfuerzo por la virtud, logra frutos
sorprendentes. Por ejemplo, se sabe que San Francisco de Sales tenía por
naturaleza un fuerte carácter; sin embargo, a fuerza de empeño y combate
espiritual con la ayuda de Dios, ha pasado a la historia como “el santo de la
amabilidad”.
Lo mismo puede decirse de San Ignacio de Loyola, quien fue capaz de convertir
su soberbia y su afán de vanagloria en pasión incansable por la causa de Cristo
y en hacerlo todo “para la mayor gloria de Dios”, como reza el lema de la
Compañía.
3) Las virtudes cardinales
De entre todas las virtudes humanas, hay cuatro principales o “cardinales”, en
torno a las cuales giran las demás, “por ser necesarias para el buen desarrollo
de la virtud cardinal, por ser diferentes especies subordinadas a la virtud
cardinal o por ser una virtud aneja” 107 .
Cabe mencionar que el papa Juan Pablo II dedicó a ellas las primeras cuatro
catequesis de su pontificado.
Veamos ahora la descripción de cada una de ellas.
III. Prudencia
1) Definición
La prudencia es la virtud que dispone a la inteligencia a “discernir en toda
circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para
realizarlo”. 108
106
Íbid. 1810
107
David Isaacs. La educación de las virtudes humanas. MiNos. México. 2001. p. 38
108
Catecismo de la Iglesia Católica, 1806
69
Juan Pablo II escribió a propósito: “El hombre prudente, que se afana por todo
lo que es verdaderamente bueno, se esfuerza por medirlo todo, cualquier
situación y todo su obrar, según el metro del bien moral. Prudente no es, por lo
tanto -como frecuentemente se cree-, el que sabe arreglárselas en la vida y
sacar de ella el mayor provecho; sino quien acierta a edificar la vida toda según
la voz de la conciencia recta y según las exigencias de la moral justa”109
Por tanto, la prudencia es una guía para que el hombre decida y ordene su
conducta de acuerdo a su conciencia. Además le permite aplicar “sin error los
principios morales a los casos particulares” 110
Algunas veces se tiene una idea equivocada de la prudencia. No debe
confundirse con la cobardía, el espíritu calculador o la hipocresía. Tampoco con
la negligencia, que de hecho es contraria a esta virtud tanto como la
imprudencia 111 .
La prudencia marca el camino a las otras virtudes cardinales, dándoles una
regla y medida.
2) Medios para formarla
Aunque los medios varían dependiendo de la edad de la persona, se ofrecen acá
algunos generales:
Pedir al Espíritu Santo el don de consejo.
Preguntarme constantemente si lo que hago sirve para el bien
auténtico...
Examinar mi conciencia frecuentemente (p.e. cada día en la noche, para
analizar el día; o cada cierto tiempo para preparar la confesión).
Conocer criterios morales sanos para tener una conciencia bien formada.
Aprender a discernir cuándo actuar por cuenta propia y cuándo acudir a
un consejo.
Formar un espíritu crítico, basado en un adecuado conocimiento de las
situaciones y en una recta capacidad de juicio sobre ellos.
Actuar en base a un juicio correcto que me lleve a buscar el bien moral.
3) Aplicaciones importantes
Como arriba se ha mencionado, la prudencia ayuda a la inteligencia a
reconocer el bien y actuar en conformidad con el. Esto puede aplicarse en cada
momento de la vida, pues constantemente estamos tomando decisiones.
109
Juan Pablo II. Catequesis del 25 de octubre de 1978.
110
Íbid.
111
David Isaacs. [Link].
70
Juan Pablo II, en la catequesis arriba mencionada, nos ofrecía otras
aplicaciones concretas para vivir la prudencia, recomendándole a:
Un estudiante, que contemple a la luz de la prudencia sus deberes de
estudio, el ambiente de sus amigos, las lecturas, los intereses, las
diversiones.
Un padre de familia, que piense en sus deberes conyugales.
Un ministro o un estadista, que se pregunte si está buscando el
verdadero bien de la sociedad, de la nación, de la humanidad, o intereses
particulares.
Una persona que ejerce influencia en la opinión pública (periodista,
publicista), que reflexione sobre el valor y la finalidad de esa influencia.
IV. La justicia
1) Definición
El CEC la define como “la virtud moral que consiste en la constante y firme
voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido”.112
La justicia es, sin lugar a dudas, una de las virtudes más anheladas, por el
mundo de hoy. Sobre ello nos comenta Juan Pablo II:
“Todo hombre vive y muere con cierta sensación de insaciabilidad de justicia,
porque el mundo no es capaz de satisfacer hasta el fondo a un ser creado a
imagen de Dios, ni en lo profundo de la persona ni en los distintos aspectos de
la vida humana. Y así, a través de esta hambre de justicia, el hombre se abre a
Dios, que "es la justicia misma". Jesús, en el sermón de la montaña, lo ha dicho
de modo claro y conciso con estas palabras: "Bienaventurados los que tienen
hambre y sed de justicia porque ellos serán hartos" (Mt 5,6)”113 .
Es una virtud que está siempre en relación a los demás y, según David
Isaacs 114 , encuentra su cumplimiento en tres estructuras:
a. La relación de individuos entre sí (justicia conmutativa).
b. El todo social para con los individuos (justicia distributiva).
c. Los individuos con el todo social (justicia legal).
Por lo tanto, está destinada a “establecer en las relaciones humanas la armonía
que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común”. 115
112
N. 1807
113
Juan Pablo II. Catequesis del 8 de noviembre de 1978.
114
Op. cit. p 299
71
La justicia reside en la voluntad y no en la inteligencia, por lo que se dirige al
comportamiento, que ha de ser justo en todo momento.
Está íntimamente ligada a la caridad, que la supera. “No puede existir amor
sin justicia. El amor “rebasa” la justicia, pero al mismo tiempo encuentra su
verificación en la justicia”. 116
2) Medios para formarla
Lo ideal, como en el caso de otras virtudes, es que su formación empiece desde
la niñez. Es relativamente fácil de enseñar a niños de 7 años o menos. Algunos
medios son:
Cumplir lo que se promete (sea premio o castigo).
Enseñar a distinguir sus cosas de las de los demás y a respetarlas.
Enseñar a usar ciertas cosas (juegos, la TV) por turnos.
Hacerles ver que dar a cada quien lo que le corresponde no significa
darle exactamente lo mismo a todos, sino de acuerdo a sus necesidades y
méritos.
Enseñarles a hacer juicios adecuados de las acciones de las personas.
3) Aplicaciones importantes
Juan Pablo II nos menciona varias aplicaciones concretas de esta virtud:
“Ser justo significa dar a cada uno cuanto le es debido. Esto se refiere a
los bienes temporales de naturaleza material. El ejemplo mejor puede ser
aquí la retribución del trabajo o el llamado derecho al fruto del propio
trabajo y de la tierra propia. Pero al hombre se le debe también la
reputación, el respeto, la consideración, la fama que se ha merecido.
Cuanto más conocemos al hombre, tanto más se nos revela su
personalidad, su carácter, su inteligencia y su corazón. Y tanto más
caemos en la cuenta -¡y debemos caer en la cuenta!-del criterio con que
debemos "medirlo" y qué significa ser justos con él”. 117
V. La fortaleza
1) Definición
115
Catecismo de la Iglesia Católica 1807
116
Juan Pablo II. Catequesis del 8 de noviembre de 1978.
117
Ibid.
72
De acuerdo al Catecismo, “es la virtud moral que asegura en las dificultades la
firmeza y la constancia en la búsqueda del bien” 118 , incluso en medio de
persecuciones o muerte.
Se trata, pues, de una virtud fundamental para la perseverancia en el bien. Ser
cristiano implica tomar la cruz (cf. Mt 16,24) siguiendo el ejemplo de nuestro
Señor, para lo cual es indispensable la fortaleza.
Grandes sueños apostólicos, muchos buenos propósitos de santidad, acaban
perdiéndose en la nada por la falta de esta virtud. Por el contrario, muchas
personas ordinarias han tenido una vida de elevada santidad por ponerla en
práctica, sobre todo en los momentos difíciles (como es el caso de los mártires).
Juan Pablo II, siguiendo a Santo Tomás, nos dice que “la virtud de la fortaleza
se encuentra en el hombre:
que está dispuesto a afrontar los peligros;
que está dispuesto a soportar las adversidades por una causa justa, por
la verdad, por la justicia, etcétera” 119 .
La práctica de la fortaleza no está limitada a los grandes héroes de la patria, ni
a quienes entregan la vida por causas nobles, o a grandes deportistas. También
practica esta virtud quien se esfuerza por ser honesto, cumple cada día con su
deber, persevera en su vida de oración o es fiel a su cónyuge.
2) Medios para formarla
Son prácticamente los mismos que ayudan a formar la voluntad:
No quejarse.
Hacer pequeños sacrificios todos los días.
Soportar con paciencia los problemas y situaciones desagradables que se
presentan en la vida cotidiana.
Ser fiel a la palabra dada y al compromiso establecido, aunque sea
pequeño.
Mantenerse en una postura correcta.
Comer y hacer de buena gana lo que a uno le disgusta.
Levantarse a la hora propuesta.
Pedir al Espíritu Santo el don de la fortaleza.
3) Aplicaciones importantes
118
N. 1808
119
Juan Pablo II. Catequesis del 15 de noviembre de 1978
73
La fortaleza es indispensable para todo aquel que quiera tomarse la vida en
serio. Es necesaria para sostener todas las decisiones importantes, como la
entrega en un matrimonio, la fidelidad a las propias convicciones, la lucha por
un ideal.
Podría decirse que los santos son los “campeones” de la fortaleza, pues no se
han conformado con ser “buenos”, sino que se han decidido, con la ayuda de
Dios, a vivir la virtud en grado heroico.
Por eso nos exhorta el autor del Eclesiástico:
“Hijo mío, si te propones servir al Señor,
prepárate para la prueba;
mantén firme el corazón y sé valiente;
no te asustes en el momento de la adversidad.
Pégate al Señor y nunca te desprendas de él,
para que seas recomendado al fin de tus días.
Acepta todo lo que te sobrevenga,
y en los infortunios ten paciencia,
pues el oro se purifica con el fuego
y el hombre a quien Dios ama,
en el crisol del sufrimiento” (Eclo 2,1-5).
VI. La templanza
1) Definición
El CEC la define como “la virtud moral que modera la atracción de los placeres
y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la
voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la
honestidad”. 120
Es llamada también moderación o sobriedad. En palabras de Juan Pablo II “el
hombre moderado es el que es dueño de sí. Aquel en el que las pasiones no
predominan sobre la razón, la voluntad e incluso el "corazón". ¡El hombre que
sabe dominarse a sí mismo!”. 121
Si la prudencia es la guía entre las virtudes cardinales, la templanza no es
menos importante, ya que “no se puede ser hombre verdaderamente prudente,
ni auténticamente justo, ni realmente fuerte, si no se posee asimismo la virtud
120
N. 1809
121
Catequesis del 22 de noviembre de 1978.
74
de la templanza. Se puede decir que esta virtud condiciona indirectamente a
todas las otras virtudes”. 122
2) Medios para formarla
Además de los medios que se proponen para la formación de la fortaleza,
podrían mencionarse los siguientes:
Saber decir que no a los hijos en aquello que no les beneficie ni les forme
la voluntad, pero hacerlo de manera razonable y motivada.
Moderación en el comer y en el beber.
Aprender a cuidar la vista para evitar imágenes pornográficas o que
inciten la sensualidad.
Comprender (y hacer comprender) que la templanza no supone
considerar como malas cosas que son buenas (como la comida, el disfrute
de la vida, la sexualidad), sino a aprovecharlas en el tiempo y de la
manera adecuada, sin dejarse esclavizar por ellas.
Hacer ayuno y oración.
Abstenerse de vez en cuando de alimentos que más agradan, o consumir
menos de lo que uno quisiera.
3) Aplicaciones importantes
La templanza es una virtud esencial en una cultura que exalta la comodidad, el
sexo, el placer, el tener, por encima de valores mucho más importantes. El
mundo insiste en que la felicidad está en esas cosas pasajeras, pero la
experiencia nos dice que quien se deja conducir únicamente por su sensualidad
no es más feliz, no vive más plenamente, sino experimenta siempre un vacío y,
acaba siendo esclavo de sí mismo.
Por el contrario, el hombre moderado sabe disfrutar de las cosas buenas de la
vida, como el amor, un paisaje espectacular, una buena comida, pero no se
convierte en esclavo de sus pasiones.
Al hablar del autodominio enseñaba Juan Pablo II: “no quiere decir que el
hombre virtuoso, sobrio, no pueda ser "espontáneo", ni pueda gozar, ni pueda
llorar, ni pueda expresar los propios sentimientos; es decir, no significa que
deba hacerse insensible, "indiferente", como si fuera de hielo o de piedra. ¡No!
¡De ninguna manera! Es suficiente mirar a Jesús para convencerse de ello.
Jamás se ha identificado la moral cristiana con la estoica. (Los estoicos fueron
los primeros en hablar de valores, señalándolos como realidades a las que no se
podía dar una cualificación moral ni de bien ni de mal) 123 . Al contrario,
122
Ibid.
123
Cf. DICCIONARIO TEOLÓGICO, HERDER, valor
75
considerando toda la riqueza de afectos y emotividad de que todos los hombres
están dotados -si bien de modo distinto: de un modo el hombre y de otro la
mujer, a causa de la propia sensibilidad-, hay que reconocer que el hombre no
puede alcanzar esta espontaneidad madura si no es a través de un dominio
sobre sí mismo y una "vigilancia" particular sobre todo su comportamiento. En
esto consiste, por tanto, la virtud de la "templanza", de la "sobriedad". 124
Lecturas complementarias
Catequesis de Juan Pablo II sobre la virtud de la fortaleza, 15/Nov./78
(fragmento).
“La virtud de la fortaleza requiere siempre una cierta superación de la
debilidad humana y, sobre todo, del miedo. Porque el hombre, por
naturaleza, teme espontáneamente el peligro, los disgustos y sufrimientos.
Por eso hay que buscar hombres valientes no sólo en los campos de batalla,
sino también en las salas de los hospitales o en el lecho del dolor. Hombres
tales podían encontrarse a menudo en los campos de concentración y en los
lugares de deportación. Eran auténticos héroes.
El miedo quita a veces el coraje cívico a los hombres que viven en un clima
de amenaza, opresión o persecución. Así, pues, tienen valentía especial los
hombres que son capaces de traspasar la llamada barrera del miedo, a fin
de dar testimonio de la verdad y la justicia Para llegar a tal fortaleza, el
hombre debe "superar" en cierta manera los propios límites y "superarse"
a sí mismo, corriendo el "riesgo" de encontrarse en situación ignota, el
riesgo de ser mal visto, el riesgo de exponerse a consecuencias
desagradables, injurias, degradaciones, pérdidas materiales y tal vez
hasta la prisión o las persecuciones. Para alcanzar tal fortaleza, el hombre
debe estar sostenido por un gran amor a la verdad y al bien a que se
entrega. La virtud de la fortaleza camina al mismo paso que la capacidad
de sacrificarse. Esta virtud tenía ya perfil bien definido entre los antiguos.
Con Cristo ha adquirido un perfil evangélico, cristiano. El Evangelio va
dirigido a los hombres débiles, pobres, mansos y humildes, operadores de
paz, misericordiosos: y al mismo tiempo contiene en sí un llamamiento
constante a la fortaleza. Con frecuencia repite: "No tengáis miedo" (Mt
14,27). Enseña al hombre que es necesario saber "dar la vida" (Jn 15,13)
por una causa justa, por la verdad, por la justicia”.
Catequesis de Juan Pablo II sobre la Templanza, 22/Nov./78 (fragmento)
“El dominio de sí mismo
124
Íbid.
76
3. El mismo término «templanza» parece referirse en cierto modo a lo que
está "fuera del hombre". En efecto, decimos que es moderado el que no
abusa de la comida, de la bebida o de los placeres; el que no toma bebidas
alcohólicas inmoderadamente, no enajena la propia conciencia por el uso
de estupefacientes, etc. Pero esta referencia a elementos externos al
hombre tiene la base dentro del hombre. Es como si en cada uno de
nosotros existiera un "yo superior" y un "yo inferior". En nuestro "yo
inferior" viene expresado nuestro "cuerpo" y todo lo que le pertenece:
necesidades, deseos y pasiones, sobre todo las de naturaleza sensual. La
virtud de la templanza garantiza a cada hombre el dominio del "yo
superior" sobre el "yo inferior". ¿Supone acaso dicha virtud humillación de
nuestro cuerpo? ¿O quizá va en menoscabo del mismo? Al contrario, este
dominio da mayor valor al cuerpo. La virtud de la templanza hace que el
cuerpo y nuestros sentidos encuentren el puesto exacto que les
corresponde en nuestro ser humano.
El hombre moderado es el que es dueño de sí. Aquel en el que las pasiones
no predominan sobre la razón, la voluntad e incluso el "corazón". ¡El
hombre que sabe dominarse a sí mismo! Si esto es así, nos damos cuenta
fácilmente del valor tan fundamental y radical que tiene la virtud de la
templanza. Esta resulta nada menos que indispensable para que el
hombre "sea" plenamente hombre. Basta ver a alguien que ha llegado a
ser "víctima" de las pasiones que lo arrastran, renunciando por sí mismo al
uso de la razón (como, por ejemplo, un alcoholizado, un drogado), y
comprobamos claramente que "ser hombre" quiere decir respetar la propia
dignidad y, por ello y además de otras cosas, dejarse guiar por la virtud de
la templanza.”
Catecismo de la Iglesia Católica 1809
“Vivir bien no es otra cosa que amar a Dios con todo el corazón, con toda el
alma y con todo el obrar. Quien no obedece más que a El (lo cual pertenece
a la justicia), quien vela para discernir todas las cosas por miedo a dejarse
sorprender por la astucia y la mentira (lo cual pertenece a la prudencia), le
entrega un amor entero (por la templanza), que ninguna desgracia puede
derribar (lo cual pertenece a la fortaleza). (S. Agustín, mor. eccl. 1, 25, 46).
Autoevaluación
1. ¿Qué es la virtud?
2. ¿Qué diferencia existe entre las virtudes Cardinales y Humanas?
3. ¿Cuál es la importancia de las virtudes cardinales?
77
4. ¿Qué es la prudencia?
5. ¿Qué es la justicia?
6. Mencione 3 ejemplos de personas que viven la virtud de la fortaleza.
7. ¿Qué relación existe entre la templanza y las otras virtudes cardinales?
78
Sesión 8
Virtudes teologales: fe, esperanza
Esquema de la lección
I. Las virtudes teologales
1.- Dios es su origen y objeto
2.- Son dones que recibimos en el bautismo
3.- Aplicaciones importantes
II. La fe
1.- Definición e importancia.
2.- La respuesta del hombre a la fe.
III. La esperanza
1.- Definición e importancia.
2.- ¿Es posible vivir la esperanza?
Profundiza tu fe
La fe es un instrumento de Dios, y vale más que la vida misma, pues sólo con
ella puede el hombre caminar en su existencia hacia el destino eterno, aunque
a veces no vea, aunque lo rodean espesas tinieblas; aunque le azote la duda,
aunque lo domine el miedo, aunque lo invada el desaliento, ya que el justo vive
la fe (Rom 1,17). La fe fue la fuerza en su peregrinar por este mundo de todos
aquellos hombres de Dios de los que nos habla el capítulo 11 de la carta a los
Hebreos, entre los cuales sobresale Abraham; y la fe es y será la fuerza de
quienes hoy también quieren y desean ir tras las huellas de Cristo.
Marcial Maciel L.C.
Madrid 10 de marzo de 1981
Catecismo
Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del
cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. CEC 1812-1821
Cuerpo doctrinal
I. Las virtudes teologales
79
1) Dios es su origen y objeto 125
En la sesión anterior hemos visto que hay virtudes adquiridas y otras -
llamadas infusas- dadas al alma directamente por Dios.
Aunque su origen es diverso, todas las virtudes se relacionan y nos disponen
para ser más auténticamente humanos. Por eso el Papa Bueno 126 llamaba a las
tres virtudes teologales y las cuatro cardinales “las siete lámparas de la
santificación”.
Las virtudes teologales se llaman así porque “se refieren directamente a Dios.
Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen
como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino”. 127
No hay nada que el hombre pueda hacer para adquirir esas virtudes; sólo Dios
las puede dar. Y Él puede infundirlas aún y cuando no haya habido esfuerzo
alguno de parte del hombre. Por medio de ellas, Dios confiere a un alma “el
poder y la inclinación de realizar ciertas acciones que son buenas
sobrenaturalmente”. 128
2) Son dones que recibimos en el Bautismo
¿Cuál es el momento específico en el cual Dios nos regala esas virtudes? El
mismo, tan especial, en que nos hace participar de su naturaleza: el Bautismo.
En ese sacramento, Dios nos da no solamente una nueva vida, sino que nos
capacita para vivirla. Así, las virtudes teologales “adaptan las facultades del
hombre a la participación de la naturaleza divina (…). Son infundidas por Dios
en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y
merecer la vida eterna” 129 . Sin ellas no podríamos amar y confiar en el Padre,
ni seguir e imitar al Hijo, ni dejarnos guiar por el Espíritu Santo.
Las virtudes teologales son tres: la fe, la esperanza y la caridad. Una vez
recibidas no es fácil perderlas, pero es posible que eso suceda 130 :
125 Las virtudes teologales, tienen a Dios por objeto, en cuanto que por ellas nos ordenamos
rectamente a Dios; segundo, porque sólo
Dios nos las infunde; y tercero, porque solamente son conocidas mediante la divina revelación,
contenida en la Sagrada Escritura (Cf. 1. Santo Tomás, Suma Teológica I, II, c. 62) Cf. 2. CEC
1812
126 Juan XXIII
127 Catecismo de la Iglesia Católica, 1812
128 Leo Trese. La fe explicada. Patmos. España. 1997. p. 140
129 Catecismo de la Iglesia Católica, 1812, 1813
130 Leo Trese, [Link].
80
La caridad: Se pierde por el pecado mortal.
La esperanza: Se pierde sólo por un pecado directo contra ella, la
desesperación de la misericordia divina.
La fe: Se pierde cuando nos negamos a creer lo que Dios nos ha revelado.
Juan Pablo I, en su breve pontificado, dedicó sus tres únicas audiencias
públicas a explicar estas virtudes. Seguiremos el hilo de sus catequesis para
ampliar sobre ellas en los temas subsecuentes.
3) Aplicaciones importantes
Nosotros no podemos adquirir ni aumentar las virtudes teologales por nuestro
esfuerzo; son don divino. Pero lo que sí podemos es pedirlas insistentemente en
la oración, confiados en la promesa de Cristo: “Pedid y se os dará” (Lc 11,9).
Además, lo que sí está a nuestro alcance es practicarlas. Cada una de estas
virtudes exige de nosotros una respuesta que nos lleve a hacerlas vida. Por
ejemplo, Dios ya nos ha concedido en el bautismo la caridad; ahora está en
nuestras manos mover nuestra voluntad por amor a los demás y al servicio de
ellos.
II. La fe
1) Definición e importancia
El Catecismo la define como “la virtud teologal por la que creemos en Dios y en
todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone,
porque Él es la Verdad misma”131
Juan Pablo I enseñaba que “cuando se trata de fe, el gran director de escena es
Dios; pues Jesús ha dicho: ninguno viene a mí si mi Padre no lo atrae”. 132
Puede decirse que la fe abre la puerta a la esperanza y la caridad, pues por ella
conocemos a Dios, mientras que nadie ama ni confía en lo que no conoce.
2) La respuesta del hombre a la fe
Ante el don gratuito de la fe, al hombre le toca la actitud de creer. “No se trata
sólo de creer las cosas que Dios ha revelado, sino creerle a él, que merece
nuestra fe, que nos ha amado tanto y ha hecho tanto por amor nuestro”.133
131
N. 1814
132
Juan Pablo I. Catequesis del 13 de septiembre de 1978.
133
Íbid.
81
De ninguna manera creer significa renunciar a la razón y a la libertad, sino
más bien confiar en Quien es más sabio que nosotros y quiere nuestro bien. Por
eso nos enseña el Catecismo, citando a Santo Tomás: “Creer es un acto del
entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad
movida por Dios mediante la gracia”. 134
La fe no puede ser un simple asentimiento racional, sino que debe impulsarnos
a un cambio de vida: “Esto es la fe: rendirse a Dios, pero transformando la
propia vida” 135
Y más aún, nos debe impulsar a compartirla a los demás. El P. Marcial Maciel,
L.C. decía sobre eso: “Quien está convencido de su fe, no puede no transmitirla
y, al hacerlo, la misma fe se ve fortalecida (…). Cuando hay verdadera fe, el
mensaje de Cristo no se puede retener. Se tiene que anunciar. Entonces hay
dinamismo” 136
En muchos países de tradición cristiana la fe corre el riesgo de transformarse
en algo rutinario, en una mera expresión cultural, como serían los hermosos
templos –aunque vacíos- o las tradiciones populares que han quedado ya vacías
de contenido y se quedan en eso.
La fe transforma la vida, se hace dinámica, cuando la vivimos y transmitimos.
Por eso enseña el Catecismo: “El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y
vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y
difundirla”. 137
Esto se hace más urgente en un mundo como el actual, donde la secularización
avanza rápidamente y los católicos, al ignorar nuestra fe, estamos en gran
peligro de perderla.
La fe se convierte en sostén cuando nos lleva a poner completamente la vida en
manos de Dios. Sobre ello enseña el P. Marcial Maciel: “La fe, que es la más
radical y profunda pobreza del corazón respecto a las cosas materiales porque
implica la más absoluta y total confianza en Dios, es la que podrá mantenerles
en la fidelidad cuando el sentimiento se apague, cuando la ilusión primera
comience a desvanecerse o cuando el cansancio y los desengaños de la vida
pretendan arrastrarlos a la indiferencia y al escepticismo” 138 .
III. La esperanza
134
N. 155
135
Juan Pablo I. Catequesis del 13 de septiembre de 1978.
136
Jesús Colina. Mi vida es Cristo. Libro entrevista a Marcial Maciel. Logos Press. México. 2003
137
N. 1816
138
Marcial Maciel. Carta del 21 de septiembre de 1985.
82
1) Definición e importancia
Esta virtud tiene tanta importancia y actualidad que el Papa Benedicto XVI le
ha dedicado su segunda encíclica, Spe salvi. Su brillo resalta más en un mundo
que nos ofrece tantas razones para no tener esperanza: guerras, violencias,
desprecio por la vida, injusticias, materialismo, falta de fe…
Sin embargo, profundizar en la esperanza nos recuerda que el mal no tiene la
última palabra, que la guerra entre bien y mal está decidida a favor de Cristo,
si bien hay que pelear cada batalla.
El CEC la define como “la virtud teologal por la que aspiramos el Reino de los
cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en
las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los
auxilios de la gracia del Espíritu Santo”. 139
La esperanza cristiana no promete, por tanto, librarnos de todos los
padecimientos de esta tierra, sino darnos fuerza para enfrentarlos, confiados en
que vale la pena seguir adelante. Por eso enseña el Santo Padre en su encíclica:
“el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva
hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan
grande que justifique el esfuerzo del camino”.140
2) ¿Es posible vivir la esperanza?
El Papa de la sonrisa, comentando la confianza del salmista (cf. Sal 18, 2-4; 27,
1-5) decía con su acostumbrado sentido del humor: “¿No es exageradamente
entusiasta este salmista? ¿Es posible que a él le hayan salido siempre bien
todas las cosas? No, no le salieron bien siempre. Sabe también, y lo dice, que los
malos son muchas veces afortunados y los buenos oprimidos. Incluso se
lamentó de ello alguna vez al Señor. Hasta llegó a decir: « ¿Por qué duermes,
Señor? ¿Por qué callas? Despiértate, escúchame, Señor». Pero conservó la
esperanza, firme e inquebrantable. A él y a todos los que esperan, se puede
aplicar lo que de Abrahán dijo San Pablo: «Creyó esperando contra toda
esperanza» (Rom 4, 18)”. 141
La esperanza cristiana está enmarcada en la predicación de las
bienaventuranzas, la proclamación de ese “mundo al revés” en el que son felices
los pobres, los afligidos, los perseguidos por la causa de Cristo, etc. (cf. Mt 5,3-
11).
139
N. 1817
140
Benedicto XVI. Carta encíclica Spe salvi. 1
141
Juan Pablo I. Catequesis del 20 de septiembre de 1978.
83
La esperanza cristiana está por encima del optimismo, de las esperanzas
meramente humanas. Juan Pablo I nos recordaba sus raíces: “Nos aferramos a
tres verdades: Dios es omnipotente, Dios me ama inmensamente, Dios es fiel a
las promesas. Y es Él, el Dios de la misericordia, quien enciende en mí la
confianza; gracias a Él no me siento solo, ni inútil, ni abandonado, sino
comprometido en un destino de salvación, que desembocará un día en el
Paraíso”. 142
No se basa, pues, cosas materiales, pasajeras (si bien estas son necesarias para
la vida) sino en Dios mismo. “Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es
lo que significa recibir esperanza”, afirma Benedicto XVI. 143 Por eso nos da
alegría incluso durante la prueba.
La esperanza en Dios y en las realidades futuras no puede interpretarse como
“una ‘alienación’ que mantendría a los cristianos al margen de la lucha por la
promoción humana”, advertía Juan Pablo I citando la Gaudium et Spes: “el
mensaje cristiano, lejos de apartar a los hombres de la tarea de edificar el
mundo…, les compromete más bien a ello con una obligación más exigente” (n.
34).
Así pues, practicar la esperanza significa vivir la vida cotidiana, con sus
pruebas y alegrías, de cara a Dios con la confianza depositada en Él. Poner
nuestro mejor esfuerzo en la construcción de un mundo mejor basados no en
seguridades humanas, sino en Dios mismo, que nos invita a levantar la vista
hacia la eternidad.
Conclusión
Dios nos ha dado una vida nueva en el Bautismo, haciéndonos hijos suyos,
cuerpo de Cristo, templos del Espíritu Santo. Pero para hacernos capaces de
participar de esa vida divina, nos ha regalado las virtudes teologales que nos
ayudan a cumplir lo que Él espera de nosotros.
Lecturas complementarias
Juan Pablo I. Catequesis sobre la fe, 13 de septiembre de 1978
“El Papa Juan, en unas notas que han sido incluso impresas, decía: «Esta vez
he hecho el retiro sobre las siete lámparas de la santificación». Siete virtudes
quería decir, que son fe, esperanza, caridad, prudencia, justicia, fortaleza y
templanza. A ver si hoy el Espíritu Santo ayuda al pobre Papa a explicar al
menos una de estas lámparas, la primera: la fe.
142
Íbid.
143
Op, cit., 2
84
Aquí en Roma ha habido un poeta, Trilussa, que también quiso hablar de
la fe. En una de sus poesías ha dicho: «Aquella ancianita ciega que
encontré / la noche que me perdí en medio del bosque, / me dijo: Si no
conoces el camino, / te acompaño yo que lo conozco. / Si tienes el valor de
seguirme, / te iré dando voces de vez en cuando hasta el fondo, allí donde
hay un ciprés, / hasta la cima donde hay una cruz. Yo contesté: Puede
ser... pero encuentro extraño / que me pueda guiar quien no ve... /
Entonces la ciega me cogió de la mano / y suspirando me dijo: ¡Anda!... Era
la fe».
Nuestra respuesta generosa al Señor
Como poesía, tiene su gracia. En cuanto teología, es defectuosa.
Defectuosa porque cuando se trata de fe, el gran director de escena es
Dios; pues Jesús ha dicho: ninguno viene a mí si el Padre mío no lo atrae.
San Pablo no tenía la fe; es más, perseguía a los fieles. Dios le espera en el
camino de Damasco: «Pablo --le dice-- no pienses en encabritarte y dar
coces como un caballo desbocado. Yo soy Jesús a quien tú persigues. Tengo
mis planes sobre ti. Es necesario que cambies». Se rindió Pablo; cambió de
arriba a abajo la propia vida. Después de algunos años escribirá a los
filipenses: «Aquella vez, en el camino de Damasco Dios me aferró; desde
entonces no hago sino correr tras El para ver si soy capaz de aferrarle yo
también, imitándole y amándole cada vez más».
Esto es la fe: rendirse a Dios, pero transformando la propia vida. Cosa no
siempre fácil”.
Benedicto XVI. Carta encíclica Spe salvi, 4
“El cristianismo no traía un mensaje socio-revolucionario como el de
Espartaco que, con luchas cruentas, fracasó. Jesús no era Espartaco, no
era un combatiente por una liberación política como Barrabás o Bar-
Kokebá. Lo que Jesús había traído, habiendo muerto Él mismo en la cruz,
era algo totalmente diverso: el encuentro con el Señor de todos los señores,
el encuentro con el Dios vivo y, así, el encuentro con una esperanza más
fuerte que los sufrimientos de la esclavitud, y que por ello transforma
desde dentro la vida y el mundo. La novedad de lo ocurrido aparece con
máxima claridad en la Carta de san Pablo a Filemón. Se trata de una
carta muy personal, que Pablo escribe en la cárcel, enviándola con el
esclavo fugitivo, Onésimo, precisamente a su dueño, Filemón. Sí, Pablo
devuelve el esclavo a su dueño, del que había huido, y no lo hace
mandando, sino suplicando: « Te recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien
he engendrado en la prisión [...]. Te lo envío como algo de mis entrañas
[...]. Quizás se apartó de ti para que le recobres ahora para siempre; y no
85
como esclavo, sino mucho mejor: como hermano querido » (Flm 10-16). Los
hombres que, según su estado civil se relacionan entre sí como dueños y
esclavos, en cuanto miembros de la única Iglesia se han convertido en
hermanos y hermanas unos de otros: así se llamaban mutuamente los
cristianos. Habían sido regenerados por el Bautismo, colmados del mismo
Espíritu y recibían juntos, unos al lado de otros, el Cuerpo del Señor.
Aunque las estructuras externas permanecieran igual, esto cambiaba la
sociedad desde dentro. Cuando la Carta a los Hebreos dice que los
cristianos son huéspedes y peregrinos en la tierra, añorando la patria
futura (cf. Hb 11,13-16; Flp 3,20), no remite simplemente a una
perspectiva futura, sino que se refiere a algo muy distinto: los cristianos
reconocen que la sociedad actual no es su ideal; ellos pertenecen a una
sociedad nueva, hacia la cual están en camino y que es anticipada en su
peregrinación.”
Autoevaluación
1. ¿Cuál es el origen y el objeto de las virtudes teologales?
2. ¿Qué relación existe entre las virtudes teologales y las humanas?
3. ¿Qué es la fe?
4. Cuando el hombre obedece la fe, ¿su libertad y su razón son alienadas?
5. ¿Qué es la esperanza?
6. ¿Cuál es el fundamento de la esperanza?
7. ¿Qué podría responderse a quienes dicen que la vida cristiana-esperanza
incluida- sólo sirven para distraer al hombre de la lucha por la justicia?
86
Sesión 9
Virtudes teologales: caridad.
Dones del Espíritu Santo
Esquema de la lección
I. La verdadera caridad
1.- Definición
2.- Inseparabilidad del amor a Dios y el amor al prójimo
II. Importancia
1.- Es el mandamiento de Cristo, la plenitud de la Ley
2.- Es el fundamento de las demás virtudes
3.- Es lo que nos asemeja a Dios: Dios es amor
4.- Es la vocación fundamental del hombre (nacido para amar)
5.- Si no tengo caridad, ‘no soy nada’
III. Práctica y cultivo del amor al prójimo
1.- Interna y externa
2.- Positiva, no sólo negativa
3.- Buscar el bien verdadero y más alto del prójimo
IV. Los siete dones del Espíritu Santo
1.- ¿Qué son?
2.- ¿Cuáles son?
Profundiza tu fe
CEC 1812 Las virtudes humanas se arraigan en las virtudes teologales que
adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina (cf
2 P 1, 4). Las virtudes teologales se refieren directamente a Dios.
Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen
como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino.
CEC 1813 Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar
moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son
infundidas por Dios en el alma de los fieles para hacerlos capaces de obrar
como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la garantía de la presencia y la
87
acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano. Tres son las
virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad (cf 1 Co 13, 13).
Catecismo
La virtud es una disposición habitual y firme para hacer el bien. CEC 1822-
1832.
Cuerpo Doctrinal
I. La verdadera caridad
Cuando nuestra vida cristiana se limita a una serie de prácticas buenas, como
asistir a misa cada domingo, dar alguna limosna cada vez que podemos, tratar
de “no hacer daño a nadie”, corremos el riesgo de querer sólo “pasarla bien” y
olvidar nuestra vocación fundamental como cristianos: la perfección en el amor.
El Vaticano II nos recordaba que “todos los fieles (...) están llamados a la
plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” 144 , haciendo eco de
lo que el mismo Cristo nos pide: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es
perfecto” (Mt 5,48).
Si los seguidores de Cristo no hemos logrado contagiar de más amor al mundo
(incluso en países de mayoría cristiana) habría qué preguntarnos si estamos o
no viviendo el mandamiento del amor.
Ciertamente, no es fácil amar a los enemigos, bendecir al que nos maldice,
poner la otra mejilla (cf. Mt 5,38-48). Un amor de esta clase nos puede parecer
incluso inalcanzable a nuestra naturaleza, tan inclinada al egoísmo.
Pero Dios no nos pide imposibles. Nos capacita, nos comunica su mismo amor
para que podamos amar como Él. Por eso nos recuerda el Santo Padre: “es
posible el amor al prójimo en el sentido enunciado por la Biblia, por Jesús.
Consiste justamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que
no me agrada o que ni siquiera conozco” 145
Conozcamos, pues, con más detalle, la manera como ese amor divino (la
caridad) llega a nosotros y nos mueve.
1) Definición
144
Concilio Vaticano II. Lumen Gentium. 40
145
Benedicto XVI. Carta Encíclica Deus Caritas est. 2005. n. 18
88
De acuerdo al Catecismo, caridad “es la virtud teologal por la cual amamos a
Dios sobre todas las cosas por Él mismo, y a nuestro prójimo como a nosotros
mismos por amor de Dios”. 146
Como las otras virtudes teologales, La caridad se recibe en el Bautismo como
don de Dios que actúa en nuestro interior. Su centro, como leemos arriba, es el
amor de Dios del cual se desprende el amor al prójimo. Si bien es una virtud
infusa, no obra por encima de nuestra libertad, más bien requiere su
cooperación decidida y entusiasta.
El Papa de la sonrisa Juan Pablo I enseñaba que amar a Dios es “un viajar del
corazón hacia Dios” 147 . Un viaje que no está exento de sacrificios y que hacemos
por invitación suya: “uno no lo emprende si Dios no toma la iniciativa”, que no
daña la libertad pues “Dios te atrae no sólo de modo que tú mismo llegues a
quererlo, sino hasta de manera que tú gustes ser atraído”.
Conviene aclarar aquí que, contrariamente a la opinión muy difundida hoy en
la sociedad, el amor no es un sentimiento. Si bien tiene una parte emotiva, el
amor va más allá e incluso se prueba en el sacrificio. El P. Maciel, la definía
como “la donación plena de sí mismo a ejemplo de Cristo” 148 .
2) Inseparabilidad del amor a Dios y el amor al prójimo
Benedicto XVI enseña que “amor a Dios y amor al prójimo son inseparables,
son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que
nos ha amado primero”. 149
Así pues, el auténtico amor a Dios no sólo no nos aleja del prójimo, sino más
bien nos empuja a amar a nuestros hermanos, sin importar el aprecio o la
antipatía que sintamos hacia ellos. Sobre esto enseñaba Juan Pablo I: “A
algunas personas es fácil amarlas; a otras, difícil; no nos resultan simpáticas,
nos han ofendido y hecho daño; sólo si amo a Dios en serio llego a amarlas, en
cuanto que son hijos de Dios y porque Dios me lo pide”150 .
Para vivir esto, Cristo nos regaló la llamada “Regla de oro” de la caridad:
“...todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a
ellos...” (Mt 7,12).
En esa misma línea, Juan Pablo II el “Grande” intentaba mover nuestra
conciencia cristiana: “¿Cómo es posible que, en nuestro tiempo, haya todavía
146
N. 1822
147
Juan Pablo I. Catequesis del 27 de septiembre de 1978.
148
Carta del 1º de marzo de 2003.
149
Benedicto XVI. Deus caritas est. 18
150
Catequesis del 27 de septiembre de 1978.
89
quien se muere de hambre; quién está condenado al analfabetismo; quién
carece de la asistencia médica más elemental; quién no tiene techo donde
cobijarse?” 151
II. Importancia
1) Es el mandamiento de Cristo, la plenitud de la Ley
Entre las muchas cosas que Jesús enseñó con su palabra y con sus obras, quiso
dejarnos un mandamiento único en el que está contenida toda la vida cristiana:
“Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he
amado” (Jn 15,12).
Este mandamiento, que supone el amor de Dios (cf. Mt 22, 36-40) y lo toma
como modelo, es también el distintivo de los auténticos cristianos (cf. Jn 13,35).
Cristo nos lo pide, aún conociendo nuestra naturaleza caída, pero nos recuerda
que la condición indispensable para vivirlo es permanecer unidos a Él (cf. Jn
15,5).
2) Es el fundamento de las demás virtudes
“El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad”, nos
enseña el Catecismo, y continúa “...es la forma de las virtudes; las articula y
ordena entre sí”. 152
Efectivamente, si tenemos el amor a Dios y el amor al prójimo como motor de
nuestra vida, se facilita la vivencia de todas las virtudes. A una persona que
ama de todo corazón no le costará discernir lo bueno y lo malo (prudencia), pues
busca siempre la voluntad de Dios; será capaz de soportar grandes pruebas
(fortaleza); tratará de dar al hermano lo que le corresponde (justicia) y será
capaz de encauzar sus pasiones (templanza) hacia el auténtico amor.
3) Es lo que nos asemeja a Dios: Dios es amor.
Teniendo la caridad a la vista, se nos presenta muy claramente el significado
último de las palabras del Génesis: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen
suya, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó” (1,27).
Lo qué más asemeja al hombre a Dios no es sólo su carácter personal, dotado de
inteligencia y voluntad, sino la manera como utiliza esas facultades superiores.
La persona que ama, que se dona, que busca el bien de los demás aún a costa
151
Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, 50
152
N. 1827
90
de su vida, se parece más a Dios, quien “habiendo amado a los suyos que
estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).
4) Es la vocación fundamental del hombre (nacido para amar)
El amor no es sólo la vocación del cristiano sino de todo hombre. Si la correcta
elección de una vocación se refleja en la plenitud y en la felicidad, ¿qué hay
sobre la tierra que pueda llenar más al hombre que el amor?
Quien encuentra en su vida el amor, que es Dios, puede repetir con San
Agustín: “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto
mientras no descansa en ti”153
5) Si no tengo caridad, ‘no soy nada’ (cf. 1Co 13,2)
Si de lo anterior se ha visto que la caridad es todo en la vida, puede entenderse
también que quien pierde el amor lo pierde todo. Esto resulta particularmente
importante para nosotros católicos, que podemos entretenernos en muchas
ocupaciones -incluso apostólicas- olvidando lo esencial: vivir y transmitir el
amor.
En vista de su importancia, para la vida cristiana, es necesario pedir
continuamente esta virtud a Dios en la oración.
III. Práctica y cultivo del amor al prójimo
1) Interna y externa
“El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno, y el malo, del
malo saca lo malo” (Lc 6, 45). Estas palabras de Cristo nos dan el punto de
partida para la práctica de la caridad.
La vivencia del amor al prójimo debe nacer del interior del corazón; un corazón
que, como ya vimos, ha de estar en plena sintonía con el amor de Dios.
Así, todo aquello que pensemos o digamos del prójimo, o hagamos por él, estará
enraizado en una convicción sincera de buscar su bien, como Cristo.
Para hablar bien de una persona, primero tengo que pensar bien de ella. Si
quiero darle ayuda material, debo de estar conducido por un verdadero amor y
dar desinteresadamente.
153
Citado en Catecismo de la Iglesia Católica, 30
91
La medida de nuestro amor al otro ha de ser dignidad y su necesidad. De otro
modo, corremos el riesgo de caer en el “legalismo” de “haber dado ya bastante”
y conformarnos con una entrega mediocre.
Un corazón que ama de veras es capaz de practicar lo que Juan Pablo II
llamaba una “nueva “imaginación de la caridad”, que promueva no tanto y no
solo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y
solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como
limosna humillante, sino como compartir fraterno...” 154
2) Positiva, no sólo negativa
La caridad, entendida como donación, no puede limitarse a “no dañar al otro” o
a “no odiar”, a “no guardar rencor”, a “soportar al que me cae mal”. La caridad
ha de buscar genuinamente darse, en todo momento y buscar el bien del otro.
Me lleva no solo a no pensar mal del otro, sino a pensar bien de él, a encontrar
sus muchas cualidades (por más que a mi vista puedan parecer escondidas). No
sólo a evitar la crítica y la murmuración, sino a cultivar un hábito interior de
hablar sinceramente de las cualidades de los demás.
La caridad incluso me lleva a desear y rezar por aquel bien que no está en mis
manos realizar (por ejemplo, acabar con la pobreza de toda la humanidad); a
dar una sonrisa aunque no pueda dar una moneda; a comprarle un chicle a la
señora que vende dulces en la calle, aunque no pueda regalarle una casa nueva;
a sentarme un momento a platicar con el anciano que pide una limosna, o que
ha quedado solo en un asilo.
3) Buscar el bien verdadero y más alto del prójimo
La caridad me debe impulsar no sólo a hacer el bien, sino el mayor bien posible
a las personas.
Dios, que es el sumo Bien, es el mayor “regalo” que puede recibir el hombre. Por
eso, la obra evangelizadora constituye en sí misma un acto supremo de caridad
de quien da “la mejor parte” (cf. Lc 10,42). La salvación eterna, por tanto,
ocupará siempre el lugar más alto entre los actos de amor al prójimo.
Sin menoscabo de lo anterior, es urgente recordar las tremendas necesidades
materiales que sufren todavía millones de seres humanos. Esto resulta
especialmente dramático en países cristianos, en muchos de los cuales
persisten todavía grandísimas desigualdades sociales, incomprensibles en
culturas que han bebido desde hace siglos de las fuentes del Evangelio.
154
Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte. 50
92
Juan Pablo II, destacaba esto cuando describía una “multitud ingente de
hombres y mujeres, niños, adultos y ancianos, en una palabra, de personas
humanas concretas e irrepetibles, que sufren el peso intolerable de la miseria.
Son muchos millones los que carecen de esperanza debido al hecho de que, en
muchos lugares de la tierra, su situación se ha agravado sensiblemente. Ante
estos dramas de total indigencia y necesidad, en que viven muchos de nuestros
hermanos y hermanas, es el mismo Señor Jesús quien viene a interpelarnos (cf.
Mt 25, 31-46)” 155 .
Ante esta descripción, podríamos decir con Juan Pablo I: “...cuán lejos estamos
todavía -individuos y pueblos- de amar a los demás ‘como a nosotros mismos’
según el mandato de Jesús” 156
TEXTOS VIA CRUCIS COLISEO 2006 (Arzobispo Angelo Comastri)
¡Cuántas personas sin rostro hay hoy!
Cuántas personas se ven desplazadas
al margen de la vida,
en el exilio del abandono,
en la indiferencia que mata a los indiferentes.
En efecto, sólo está vivo quien arde de amor
y se inclina sobre Cristo que sufre
y que espera en quien sufre, también hoy.
¡Sí, hoy! Porque mañana será demasiado tarde [Mt 25, 11-13].
Bastaría un paso
y podría volver la paz en la familia;
bastaría un paso
y el mendigo ya no estaría solo;
bastaría un paso
y el enfermo sentiría una mano
que le estrecha su mano,
... para que ambos se sanen.
Bastaría un paso
y los pobres podrían sentarse a la mesa
alejando la tristeza de la mesa de los egoístas
que, solos, no pueden hacer fiesta.
155
Juan Pablo II. Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis ,13
156
Juan Pablo I lo menciona (en la catequesis ya citada) a propósito de la Populorum Progressio 3, 22, 53.
93
Señor Jesús,
¡bastaría un paso!
Ayúdanos a darlo,
porque en el mundo se están agotando
todas las reservas de la alegría.
Señor, ¡ayúdanos!
Señor Jesús,
el bienestar nos está deshumanizando,
la diversión se ha convertido en una alienación, una droga:
y la publicidad monótona de esta sociedad
es una invitación a morir en el egoísmo.
¡Todavía es inmensa la tarea que nos espera a los cristianos si queremos hacer
que la caridad de Cristo reine en toda la tierra!
IV. Los siete dones del Espíritu Santo
En la riquísima dote que acompaña la Gracia Santificante recibida en el
Bautismo, están incluidos los siete Dones del Espíritu Santo. Estos Dones:
Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Fortaleza, Ciencia, Piedad y Temor de Dios
son cualidades que se imparten al alma y que la hacen sensible a los
movimientos de la gracia y le facilitan la práctica de la virtud. Nos alertan para
oír la silenciosa voz de Dios en nuestro interior, nos hacen dóciles a los
delicados toques de su mano. Podríamos decir que los dones del Espíritu Santo
son el "lubricante" del alma, mientras la gracia es la "energía".
Viéndolos uno por uno, el primero es el don de la sabiduría, que nos da el
adecuado sentido de proporción para que sepamos estimar las cosas de Dios;
damos al bien y a la virtud su verdadero valor, y vemos los bienes del mundo
como peldaños para la santidad, no como fines en sí. El hombre que, por
ejemplo, pierde su partida semanal por asistir a un retiro espiritual, lo sepa o
no, ha sido conducido por el don de la sabiduría.
Después viene el don del entendimiento. Nos da la percepción espiritual que
nos capacita para entender las verdades de la fe en consonancia con nuestras
necesidades. En igualdad de condiciones, un sacerdote prefiere mucho más
explicar un punto doctrinal al que está en gracia santificante que a uno que no
lo esté. Aquél posee el don del entendimiento, y por ello comprenderá con
mucha rapidez el punto en cuestión.
El tercer don, el don del consejo, agudiza nuestro juicio. Con su ayuda
percibimos — y escogemos — la decisión que será para mayor gloria de Dios y
bien espiritual nuestro. Tomar una decisión de importancia en pecado mortal,
94
sea ésta sobre vocación, profesión, problemas familiares o cualquier otra de las
que debemos afrontar continuamente, es un paso peligroso. Sin el don del
consejo, el juicio humano es demasiado falible.
El don de la fortaleza apenas requiere comentario. Una vida cristiana exige ser
en algún grado una vida heroica. Y siempre está el heroísmo oculto de la
conquista de uno mismo. A veces se nos pide un heroísmo mayor, cuando hacer
la voluntad de Dios trae consigo el riesgo de perder amigos, bienes o salud.
También está el heroísmo más alto de los mártires, que sacrifican la misma
vida por amor a Dios. No en vano Dios engrandece nuestra humana debilidad
con su don de fortaleza.
El don de ciencia nos da "el saber hacer", la destreza espiritual. Nos dispone
para reconocer lo que nos es útil espiritualmente o dañino. Está íntimamente
unido al don del consejo. Este nos mueve a escoger lo útil y rechazar lo nocivo,
pero, para elegir, debemos antes conocer. Por ejemplo, si me doy cuenta que
demasiadas lecturas frívolas estragan mi gusto por las cosas espirituales, el
don del consejo me induce a suspender la compra de tantas publicaciones de
este tipo, y me inspira comenzar una lectura espiritual regular.
El don de la piedad es mal entendido frecuentemente por los que lo representan
con manos juntas, ojos bajos y oraciones interminables. La palabra "piedad" en
su sentido original describe la actitud de un niño hacia sus padres: esa
combinación de amor, confianza y reverencia. Si esa es nuestra disposición
habitual hacia nuestro Padre Dios, estamos viviendo el don de la piedad. El don
de piedad nos impulsa a practicar la virtud, a mantener la actitud de infantil
intimidad con Dios.
Finalmente el don de temor de Dios, que equilibra el don de la piedad. Es muy
bueno que miremos a Dios con ojos de amor, confianza y tierna reverencia, pero
es también muy bueno no olvidar nunca que es el Juez de justicia infinita, ante
el que un día tendremos que responder de las gracias que nos ha dado.
Recordarlo nos dará un santo temor de ofenderle por el pecado.
Al analizarnos someramente, podemos constatar cuánto necesitamos de cada
uno de estos dones para perseverar. Es necesario pedírselos con insistencia al
Espíritu Santo, Quien sí sabe qué nos conviene y nos lo da (cf. Rm 8,26).
Conclusión
La caridad es la virtud que más nos asemeja a Dios, que se define como Amor.
Él nos da lo necesario para amar con su propio amor.
Sí es posible amar a mi enemigo o a quien me desagrada, si lo amo con el amor
de Dios que vive en mí desde el bautismo.
95
Lecturas complementarias
Benedicto XVI. Carta encíclica Deus caritas est. N. 18
18. De este modo se ve que es posible el amor al prójimo en el sentido
enunciado por la Biblia, por Jesús. Consiste justamente en que, en Dios y
con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera
conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con
Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad,
llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra
persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva
de Jesucristo. Su amigo es mi amigo. Más allá de la apariencia exterior del
otro descubro su anhelo interior de un gesto de amor, de atención, que no
le hago llegar solamente a través de las organizaciones encargadas de ello,
y aceptándolo tal vez por exigencias políticas. Al verlo con los ojos de
Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias: puedo
ofrecerle la mirada de amor que él necesita. En esto se manifiesta la
imprescindible interacción entre amor a Dios y amor al prójimo, de la que
habla con tanta insistencia la Primera carta de Juan. Si en mi vida falta
completamente el contacto con Dios, podré ver siempre en el prójimo
solamente al otro, sin conseguir reconocer en él la imagen divina. Por el
contrario, si en mi vida omito del todo la atención al otro, queriendo ser
sólo « piadoso » y cumplir con mis « deberes religiosos », se marchita
también la relación con Dios. Será únicamente una relación « correcta »,
pero sin amor. Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para
manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Sólo el servicio al
prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama.
Los Santos —pensemos por ejemplo en la beata Teresa de Calcuta— han
adquirido su capacidad de amar al prójimo de manera siempre renovada
gracias a su encuentro con el Señor eucarístico y, viceversa, este encuentro
ha adquirido realismo y profundidad precisamente en su servicio a los
demás. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único
mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha
amado primero. Así, pues, no se trata ya de un « mandamiento » externo
que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida
desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser
ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor. El
amor es « divino » porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante
este proceso unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera
nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final
Dios sea « todo para todos » (cf. 1 Co 15, 28).
Marcial Maciel. Carta con motivo de la Cuaresma (1º de marzo de 2003).
Fragmento.
96
“Con frecuencia muchos de ustedes, en mis encuentros ocasionales o a
través de sus numerosas cartas, me preguntan qué hacer para amar de
verdad a Jesucristo y cómo crecer en ese amor. Yo suelo contestar que, así
como se aprende a caminar, caminando, del mismo modo se aprende a
amar, amando. No existen, por tanto, recetas especiales ni es cuestión de
sensibilidad personal. No, el amor consiste en algo mucho más sencillo y
duro al mismo tiempo: entregarse con totalidad a Dios en cada momento.
Ahora bien, con el fin de ayudarles mejor a medir la autenticidad y el
grado de su amor, les ofrezco, a continuación, tres caminos seguros,
trazados por el mismo Cristo, para demostrarle su amor con hechos
concretos: el cumplimiento de la voluntad de Dios, la caridad fraterna y la
entrega apostólica.
a) “Si me amáis guardaréis mis mandamientos” (Jn 14,15)
No podía ser de otra manera, ¿acaso se puede amar de verdad a una
persona y no buscar darle gusto en todo, o peor aún, hacer aquello que
sabemos que le desagrada? No existe mayor amor que el dar la vida por el
Amigo, y hay muchos modos de entregar la vida por Él. Posiblemente Dios
no nos pida el martirio de la sangre, pero sí ese otro martirio incruento del
cumplimiento de su santa voluntad; esa cruz que Él nos invita a cargar,
todos los días, como condición para ser discípulos suyos. “Guardar sus
mandamientos”, por tanto, no significa únicamente cumplir las
prescripciones del decálogo o de la Iglesia, sino hacer todo aquello que a Él
le agrade, aunque no esté mandado, y también aceptar con amor el
entramado de circunstancias que Dios permite en nuestra vida y que va
entrecruzando con paternal solicitud.
En este sentido, existe un estrecho parangón entre la primera Eucaristía,
celebrada por Cristo en la Última Cena y perpetuada a lo largo de los
siglos en sus sacerdotes, y nuestra propia vida. Las palabras pronunciadas
por el sacerdote en la consagración hacen que el pan y el vino, por la
acción del Espíritu Santo, se transformen en el Cuerpo y la Sangre de
Cristo, actualizando así su Muerte y Resurrección. Del mismo modo, en
virtud del sacerdocio común del que participamos por nuestro bautismo
(cf. Catecismo, n. 1273), podemos hacer que ese “pan” y ese “vino” de
nuestras pequeñas alegrías y sinsabores de la vida diaria, unidos al
sacrificio de Cristo por nuestro ofrecimiento, adquieran un valor de
redención y de vida eterna. Ésta es la “eucaristía” que Dios nos pide:
hacernos hostia con Cristo, por amor, sobre el altar de la voluntad de Dios.
En expresión de san Pablo: “Todo cuanto hagáis, de palabra y de boca,
hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a
Dios Padre” (Col 3,17).
97
Debemos ser contemplativos en la acción y conquistadores en la
contemplación. Tal es el sentido de la exhortación del Apóstol: “Orad
constantemente” (1Tes 5,17), es decir, amad siempre, porque el amor
consiste en el diálogo incesante de donación, en el intercambio permanente
de voluntades: Tú me das, yo te doy.
Ojala que, como fruto de la contemplación del ejemplo de Cristo en la
Cruz, hagamos el propósito firme de amar siempre la voluntad Dios, con
corazón magnánimo y agradecido, sin que nunca asome a nuestros labios y
a nuestro corazón una queja o una rebeldía. Por el contrario, que en los
momentos difíciles como en los agradables, repitamos siempre la alabanza
del santo Job: “Dios me lo dio, Dios me lo quitó, bendito sea el nombre del
Señor” (Jb 2,10)”.
Autoevaluación
1. ¿Qué es la caridad?
2. ¿Cuál es la importancia de esta virtud?
3. ¿Cuáles son los dones del Espíritu Santo?
4. Escribe un ensayo de una página sobre el llamado Himno de la Caridad
(1 Cor 13, 1-13).
98
Sesión 10
La dignidad de la persona humana
Esquema de la lección
I.- El hombre por naturaleza está hecho para vivir en sociedad
1.- El hombre necesita la vida social.
2.- El hombre y la sociedad.
II.- Cada persona humana es sagrada:
1.- Dios la ha querido por sí misma
2.- Creada a su imagen y semejanza
3.- Redimida por Cristo.
III.- Principios morales que se derivan de esta dignidad
1.- El hombre es un fin, no un medio.
2.- Los derechos humanos
3.- La persona humana: centro de la sociedad.
Profundiza tu fe
Dignidad de la inteligencia, verdad y sabiduría
15. Tiene razón el hombre, participante de la luz de la inteligencia divina,
cuando afirma que por virtud de su inteligencia es superior al universo
material. Con el ejercicio infatigable de su ingenio a lo largo de los siglos, la
humanidad ha realizado grandes avances en las ciencias positivas, en el campo
de la técnica y en la esfera de las artes liberales. Pero en nuestra época ha
obtenido éxitos extraordinarios en la investigación y en el dominio del mundo
material. Siempre, sin embargo, ha buscado y ha encontrado una verdad más
profunda. La inteligencia no se ciñe solamente a los fenómenos. Tiene
capacidad para alcanzar la realidad inteligible con verdadera certeza, aunque a
consecuencia del pecado esté parcialmente oscurecida y debilitada.
Finalmente, la naturaleza intelectual de la persona humana se perfecciona y
debe perfeccionarse por medio de la sabiduría, la cual atrae con suavidad la
mente del hombre a la búsqueda y al amor de la verdad y del bien. Imbuido por
ella, el hombre se alza por medio de lo visible hacia lo invisible.
Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para
humanizar todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El destino
99
futuro del mundo corre peligro si no forman hombres más instruidos en esta
sabiduría. Debe advertirse a este respecto que muchas naciones
económicamente pobres, pero ricas en esta sabiduría, pueden ofrecer a las
demás una extraordinaria aportación.
Con el don del Espíritu Santo, el hombre llega por la fe a contemplar y saborear
el misterio del plan divino.
Constitución Pastoral Gaudium et Spes: 15
Catecismo
La dignidad de la persona humana está enraizada en su creación a imagen y
semejanza de Dios. CEC 1700-1709; 1877-1885 y 1928-1938
Cuerpo doctrinal
I.- El hombre por naturaleza está hecho para vivir en sociedad
El hombre es un ser comunitario, como Dios (de quien es imagen y semejanza)
es comunidad trinitaria de amor.
1) El hombre necesita la vida social.
Aunque cada persona tiene una vocación individual, también es cierto que
necesita de los demás para su pleno desarrollo. La cultura, el lenguaje, los
criterios, incluso la religión le llegan “de fuera”, por medio de otro que se lo
transmite de una u otra manera.
Como aclara el CEC, la vocación última de la humanidad “reviste una forma
personal (...); pero concierne también al conjunto de la comunidad humana”. 157
Y continúa más adelante diciendo que “por el intercambio con otros, la
reciprocidad de servicios y el diálogo con sus hermanos, el hombre desarrolla
sus capacidades; así responde a su vocación”. 158
2) El hombre y la sociedad.
El Catecismo define la sociedad como “un conjunto de personas ligadas de
manera orgánica por un principio de unidad que supera a cada una de ellas” 159 .
157
CEC, 1877
158
CEC, 1879
159
CEC, 1880
100
Cada hombre, como miembro de ella, entra en relación con otros; aporta sus
cualidades y defectos. Así, la vida social puede presentar síntomas de
individualismo, cerrazón, predominio del más fuerte, cuando los hombres se
dejan arrastrar por su soberbia y egoísmo.
Por el contrario, “toda sociedad digna de este nombre, puede considerarse en la
verdad cuando cada uno de sus miembros, gracias a la propia capacidad de
conocer el bien, lo busca para sí y para los demás”. 160
Este carácter social del hombre entra también en juego a la hora de luchar por
la salvación eterna de su alma. Si, como ya hemos visto, el amor a Dios es
inseparable del amor al prójimo, resulta claro que para alcanzar el cielo es
necesario hacer, de la sociabilidad humana, una oportunidad para difundir el
amor de Dios.
Más aún, como enseña el Vaticano II, “el hombre (...), no puede encontrar su
propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” 161
II. Cada persona humana es sagrada: tiene dignidad.
En la sesión 1 estudiamos que el término “digno” puede definirse como
“merecedor de algo”; o “correspondiente, proporcionado al mérito y condición de
alguien o algo” 162 .
La dignidad humana, por tanto, tiene su raíz en la misma naturaleza del
hombre, en el simple hecho de ser lo que es. Hay algo en él que le da un valor
especial, que lo distingue de los demás seres de la creación. Ese algo es la
relación única que tiene con su Creador.
1) Dios la ha querido por sí misma
El Génesis establece una diferencia entre la creación del primer hombre, y la
del resto del universo. La Escritura nos revela un diálogo interior entre las
Personas Divinas; un “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (cf.
Gn 1,26) que no ha pronunciado con ninguna otra creatura.
El Catecismo, haciendo eco del Vaticano II enseña que “la persona humana es
‘la única creatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma’ ”. 163
2) Creada a su imagen y semejanza
160
Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 150.
161
Concilio Vaticano II. Constitución Pastoral Gaudium et Spes.
162
Diccionario de la Real Academia Española de la lengua, consultado en [Link]
163
N. 1703
101
¿En qué nos parecemos a Dios? ¿En qué sentido somos imagen suya? ¿Qué
consecuencias tiene esto para nuestra vida?
La Iglesia enseña que “de todas las creaturas visibles sólo el hombre es ‘capaz
de conocer y amar a su Creador’ ”. 164
Somos “imagen” suya, porque tenemos un carácter personal, una inteligencia y
una voluntad. Eso nos hace también capaces de amar, de entrar en comunión
con Dios y con los demás.
El perrito que ve a su dueño puede emocionarse cuando este se acerca, incluso
serle cariñoso, pero no se da cuenta de ello; tampoco decide, en el sentido propio
del término, amarlo, pues no tiene la capacidad. Su comportamiento obedece
más bien al “estímulo-respuesta”. Sólo el hombre es capaz de amar porque tiene
inteligencia y voluntad.
Pero somos también “semejanza de Dios”, es decir, aunque personas, somos
distintos de Dios; sólo Él es todopoderoso, origen de todo, el que existe desde
siempre. No somos dueños del bien y del mal, de la vida y de la muerte.
Nuestra libertad y razón no son ilimitadas.
3) Redimida por Cristo.
Si ya por naturaleza el hombre tiene una altísima dignidad, enraizada en su
capacidad de relacionarse con Dios y con los demás, Cristo la ha elevado aún
más pues derramó por nosotros toda su sangre: por todos los hombres, por cada
hombre.
El P. Marcial Maciel ilustra emotivamente esta realidad:
“¡Oh, vosotros, todos los que pasáis por el camino -nos dice Cristo desde la
Cruz-, mirad y ved si puede haber un dolor tan grande como el mío!”. ¿Podía
Dios haber hecho algo más para demostrarme su amor? Si fuese yo el único en
esta tierra, la única persona necesitada de su Redención, Él se habría
encarnado y habría muerto igualmente en la Cruz por amor a mí, para
salvarme de mi pecado” 165 .
Jesús murió por cada hombre. Él nos redimió a todos con su obediencia; por
eso, el valor de cada alma es: ¡toda la sangre de Cristo!
III. Principios morales que se derivan de esta dignidad
164
Catecismo de la Iglesia Católica, 356
165
Carta del 1º de marzo de 2003
102
La Iglesia ha desarrollado un extenso Magisterio (conocido como Doctrina
Social) en torno al reconocimiento, la promoción y la defensa de la dignidad
humana, tomando como base la Escritura, la Tradición y la Ley Natural.
Las aplicaciones concretas que la Doctrina Social de la Iglesia proporciona para
el mundo social, político, económico, ecológico, giran siempre alrededor del gran
valor de la persona humana.
Veamos ahora algunas de estas aplicaciones.
2) El hombre es un fin, no un medio
En virtud de su dignidad, el hombre no puede ser utilizado como medio, ni
siquiera aún cuando se persiga un fin noble (como el progreso de la ciencia
médica, etc.).
Por eso, el Catecismo enseña que “el respecto a la persona humana supone
respetar este principio: “Que cada uno, sin ninguna excepción, debe
considerarse al prójimo como ‘otro yo’, cuidando, en primer lugar, de su vida y
de los medios necesarios para vivirla dignamente”. 166
Más aún, lejos de despreciar la dignidad del otro, pretendiendo utilizarlo como
medio, debemos escuchar a Juan Pablo II, que nos exhorta así: “el
mandamiento de Dios para salvaguardar la vida del hombre tiene su aspecto
más profundo en la exigencia de veneración y amor hacia cada persona y su
vida”. 167
Vale recordar este principio en una época como la actual, en la que la dignidad
de las personas es pisoteada en tantas ocasiones, desde su concepción hasta su
muerte natural. En este contexto, tiene gran importancia el desarrollo, la
investigación y la aplicación de principios bioéticos coherentes con la dignidad
de la persona.
Un ejemplo es el de la experimentación con embriones humanos en aras del
“bien de la humanidad”. No es posible matar a unos para que otros estén bien;
experimentar con unos, afectando su vida y su salud, para pretender ayudar a
otros. Eso sucedió ya en los campos de concentración alemanes, y sucede
también en los laboratorios que promueven ese tipo de experimentos.
166
CEC, 1931
167
Carta Encíclica Evangelium vitae. 41
103
Por eso afirma el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: “Es preciso que
todos los programas sociales, científicos y culturales, estén presididos por la
conciencia del primado de cada ser humano”. 168
Y más adelante: “En ningún caso la persona humana puede ser
instrumentalizada para fines ajenos a su mismo desarrollo, que puede realizar
plena y definitivamente sólo en Dios y en su proyecto salvífico (...) Por esta
razón, ni su vida, ni el desarrollo de su pensamiento, ni sus bienes, ni cuantos
comparten sus vicisitudes personales y familiares pueden ser sometidos a
injustas restricciones en el ejercicio de sus derechos y de su libertad”. 169
2.- Los derechos humanos
Consecuencia directa de la dignidad de la persona es la existencia de un
conjunto de derechos que le corresponden al hombre por naturaleza. Estos,
conocidos como “derechos humanos”, no dependen, pues de si las legislaciones
de los países los reconocen o no; son inherentes a cada ser humano.
Antes, bien, las legislaciones deben asegurarse de reconocerlos, protegerlos y
garantizarlos; de este modo, estarán verdaderamente al servicio del bien
común, y no de intereses parciales.
Juan Pablo II, en la Centesimus Annus, enumera algunos de los más
importantes:
El derecho a la vida, desde la concepción.
El derecho a vivir en una familia unida y en un ambiente moral
favorable.
El derecho a madurar la propia inteligencia y la propia libertad a través
de la búsqueda y el conocimiento de la verdad.
El derecho a participar del trabajo para recabar el sustento propio y
familiar.
El derecho a fundar libremente una familia, a acoger y educar a los
hijos. 170
Como “fuente y síntesis” de esos derechos, el Papa menciona la libertad
religiosa, como derecho a vivir en la verdad de la propia fe y de acuerdo con la
dignidad trascendente de la propia persona.
168
N. 132
169
N. 133
170
cf. N. 47
104
Hay otros documentos del Magisterio que hablan sobre los derechos humanos,
pero cabe resaltar especialmente la descripción que el Papa Bueno hace en su
Pacem in terris. 171
El reconocimiento de cada uno estos derechos debe traer consecuencias
prácticas para la sociedad.
Así, por ejemplo, reconocer el derecho a la vida no se limita a estar en contra
del aborto y la eutanasia, sino además se amplía a procurar el bien integral de
la persona en todas las etapas de su vida: niñez, adolescencia, juventud,
madurez...
Es importante mencionar también aquí que la Iglesia, siempre que habla de
derechos, habla también de deberes. 172 Por ejemplo Juan XXIII, en la encíclica
citada más arriba, proporciona también una lista de “deberes del hombre”,
destacando la conexión que existe entre derechos y deberes. Y explica: “Los
derechos naturales (...) están unidos en el hombre que los posee con otros
deberes, y unos y otros tienen en la ley natural (...) su origen, mantenimiento y
vigor indestructible”. 173
3.- La persona humana: centro de la sociedad.
Reconocer la dignidad humana significa, en la práctica, ponerla al centro de las
decisiones económicas, sociales, políticas.
El Compendio de la Doctrina Social advierte que “una sociedad justa puede ser
realizada solamente en el respeto de la dignidad trascendente de la persona
humana. Ésta representa el fin último de la sociedad, que está a ella
ordenada”. 174
Por tanto “la persona no puede estar finalizada a proyectos de carácter
económico, social o político, impuestos por autoridad alguna, ni siquiera en
nombre del presunto progreso de la comunidad civil en su conjunto o de otras
personas, en el presente o en el futuro”.
De aquí se desprende la urgencia de empeñarnos por que todos los seres
humanos cuenten con lo que merecen de acuerdo a su dignidad. Así, por
ejemplo, el salario no puede estar determinado por criterios exclusivamente
económicos (que en no pocas ocasiones significan explotación del trabajador).
171
cf. Capítulo I, Orden de las Relaciones Civiles. La numeración de los apartados puede variar según las
diferentes ediciones.
172
cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 156
173
N. 28
174
N. 132
105
El Magisterio de la Iglesia enseña sobre ello que « La remuneración del trabajo
debe ser tal que permita al hombre y a su familia una vida digna en el plano
material, social, cultural y espiritual, teniendo presentes el puesto de trabajo y
la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien
común » 175
Por tanto, en el mundo del trabajo, como en los diversos ambientes de la
sociedad, “el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y
debe ser la persona humana”. 176
Conclusión
El hombre tiene dignidad por naturaleza, ya que fue creado a imagen y
semejanza de Dios. Además, la Sangre derramada de Cristo por él, le da aún
un valor mayor.
Por lo mismo, no puede ser considerado un medio sino, al contrario, debe ser el
centro y fin de todas las instituciones sociales.
Lecturas complementarias
Juan XXIII. Carta encíclica Pacem in terris. NN. 8-34
I. ORDENACIÓN DE LAS RELACIONES CIVILES
8. Hemos de hablar primeramente del orden que debe regir entre los
hombres.
La persona humana, sujeto de derechos y deberes
9. En toda convivencia humana bien ordenada y provechosa hay que
establecer como fundamento el principio de que todo hombre es persona,
esto es, naturaleza dotada de inteligencia y de libre albedrío, y que, por
tanto, el hombre tiene por sí mismo derechos y deberes, que dimanan
inmediatamente y al mismo tiempo de su propia naturaleza. Estos
derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables y no pueden
renunciarse por ningún concepto[7].
10. Si, por otra parte, consideramos la dignidad de la persona humana a la
luz de las verdades reveladas por Dios, hemos de valorar necesariamente
175
Concilio Vaticano II. Constitución Pastoral Gaudium et Spes. 67
176
Íbid. 25
106
en mayor grado aún esta dignidad, ya que los hombres han sido redimidos
con la sangre de Jesucristo, hechos hijos y amigos de Dios por la gracia
sobrenatural y herederos de la gloria eterna.
Los derechos del hombre
Derecho a la existencia y a un decoroso nivel de vida
11. Puestos a desarrollar, en primer término, el tema de los derechos del
hombre, observamos que éste tiene un derecho a la existencia, a la
integridad corporal, a los medios necesarios para un decoroso nivel de
vida, cuales son, principalmente, el alimento, el vestido, la vivienda, el
descanso, la asistencia médica y, finalmente, los servicios indispensables
que a cada uno debe prestar el Estado. De lo cual se sigue que el hombre
posee también el derecho a la seguridad personal en caso de enfermedad,
invalidez, viudedad, vejez, paro y, por último, cualquier otra eventualidad
que le prive, sin culpa suya, de los medios necesarios para su sustento[8].
Derecho a la buena fama, a la verdad y a la cultura
12. El hombre exige, además,, por derecho natural el debido respeto a su
persona, la buena reputación social, la posibilidad de buscar la verdad
libremente y, dentro de los límites del orden moral y del bien común,
manifestar y difundir sus opiniones y ejercer una profesión cualquiera, y,
finalmente, disponer de una información objetiva de los sucesos públicos.
13. También es un derecho natural del hombre el acceso a los bienes de la
cultura. Por ello, es igualmente necesario que reciba una instrucción
fundamental común y una formación técnica o profesional de acuerdo con
el progreso de la cultura en su propio país. Con este fin hay que esforzarse
para que los ciudadanos puedan subir, sí su capacidad intelectual lo
permite, a los más altos grados de los estudios, de tal forma que, dentro de
lo posible, alcancen en la sociedad los cargos y responsabilidades
adecuados a su talento y a la experiencia que hayan adquirido[9].
Derecho al culto divino
14. Entre los derechos del hombre dé bese enumerar también el de poder
venerar a Dios, según la recta norma de su conciencia, y profesar la
religión en privado y en público. Porque, como bien enseña Lactancio, para
esto nacemos, para ofrecer a Dios, que nos crea, el justo y debido
homenaje; para buscarle a El solo, para seguirle. Este es el vínculo de
piedad que a El nos somete y nos liga, y del cual deriva el nombre mismo
de religión[10]. A propósito de este punto, nuestro predecesor, de inmortal
memoria, León XIII afirma: Esta libertad, la libertad verdadera, digna de
107
los hijos de Dios, que protege tan gloriosamente la dignidad de la persona
humana, está por encima de toda violencia y de toda opresión y ha sido
siempre el objeto de los deseos y del amor de la Iglesia. Esta es la libertad
que reivindicaron constantemente para sí los apóstoles, la que
confirmaron con sus escritos los apologistas, la que consagraron con su
sangre los innumerables mártires cristianos [11].
Derechos familiares
15. Además tienen los hombres pleno derecho a elegir el estado de vida
que prefieran, y, por consiguiente, a fundar una familia, en cuya creación
el varón y la mujer tengan iguales derechos y deberes, o seguir la vocación
del sacerdocio o de la vida religiosa[12].
16. Por lo que toca a la familia, la cual se funda en el matrimonio
libremente contraído, uno e indisoluble, es necesario considerarla como la
semilla primera y natural de la sociedad humana. De lo cual nace el deber
de atenderla con suma diligencia tanto en el aspecto económico y social
como en la esfera cultural y ética; todas estas medidas tienen como fin
consolidar la familia y ayudarla a cumplir su misión.
17. A los padres, sin embargo, corresponde antes que a nadie el derecho de
mantener y educar a los hijos[13].
Derechos económicos
18. En lo relativo al campo de la economía, es evidente que el hombre tiene
derecho natural a que se le facilite la posibilidad de trabajar y a la libre
iniciativa en el desempeño del trabajo[14].
19. Pero con estos derechos económicos está ciertamente unido el de exigir
tales condiciones de trabajo que no debiliten las energías del cuerpo, ni
comprometan la integridad moral, ni dañen el normal desarrollo de la
juventud. Por lo que se refiere a la mujer, hay quedarle la posibilidad de
trabajar en condiciones adecuadas a las exigencias y los deberes de esposa
y de madre[15].
20. De la dignidad de la persona humana nace también el derecho a
ejercer las actividades económicas, salvando el sentido de la
responsabilidad[16]. Por tanto, no debe silenciarse que ha de retribuirse al
trabajador con un salario establecido conforme a las normas de la justicia,
y que, por lo mismo, según las posibilidades de la empresa, le permita,
tanto a él como a su familia, mantener un género de vida adecuado a la
dignidad del hombre. Sobre este punto, nuestro predecesor, de feliz
memoria, Pío XII afirma: Al deber de trabajar, impuesto al hombre por la
108
naturaleza, corresponde asimismo un derecho natural en virtud del cual
puede pedir, a cambio de su trabajo, lo necesario para la vida propia y de
sus hijos. Tan profundamente está mandada por la naturaleza la
conservación del hombre[17].
Derecho a la propiedad privada
21. También surge de la naturaleza humana el derecho a la propiedad
privada de los bienes, incluidos los de producción, derecho que, como en
otra ocasión hemos enseñado, constituye un medio eficiente para
garantizar la dignidad de la persona humana y el ejercicio libre de la
propia misión en todos los campos de la actividad económica, y es,
finalmente, un elemento de tranquilidad y de consolidación para la vida
familiar, con el consiguiente aumento de paz y prosperidad en el
Estado[18].
22. Por último, y es ésta una advertencia necesaria, el derecho de
propiedad privada entraña una función social[19].
Derecho de reunión y asociación
23. De la sociabilidad natural de los hombres se deriva el derecho de
reunión y de asociación; el de dar a las asociaciones que creen la forma
más idónea para obtener los fines propuestos; el de actuar dentro de ellas
libremente y con propia responsabilidad, y el de conducirlas a los
resultados previstos [20].
24. Como ya advertimos con gran insistencia en la encíclica Mater et
magistra, es absolutamente preciso que se funden muchas asociaciones u
organismos intermedios, capaces de alcanzar los fines que os particulares
por sí solos no pueden obtener eficazmente. Tales asociaciones y
organismos deben considerarse como instrumentos indispensables en
grado sumo para defender la dignidad y libertad de la persona humana,
dejando a salvo el sentido de la responsabilidad[21].
Derecho de residencia y emigración
25. Ha de respetarse íntegramente también el derecho de cada hombre a
conservar o cambiar su residencia dentro de los límites geográficos del
país; más aún, es necesario que le sea lícito, cuando lo aconsejen justos
motivos, emigrar a otros países y fijar allí su domicilio[22]. El hecho de
pertenecer como ciudadano a una determinada comunidad política no
impide en modo alguno ser miembro de la familia humana y ciudadano de
la sociedad y convivencia universal, común a todos los hombres.
109
Derecho a intervenir en la vida pública
26. Añádase a lo dicho que con la dignidad de la persona humana
concuerda el derecho a tomar parte activa en la vida pública y contribuir
al bien común. Pues, como dice nuestro predecesor, de feliz memoria, Pío
XII, el hombre como tal, lejos de ser objeto y elemento puramente pasivo
de la vida social, es, por el contrario, y debe ser y permanecer su sujeto,
fundamento y fin[23].
Derecho a la seguridad jurídica
27. A la persona humana corresponde también la defensa legítima de sus
propios derechos; defensa eficaz, igual para todos y regida por las normas
objetivas de la justicia, como advierte nuestro predecesor, de feliz
memoria, Pío XII con estas palabras: Del ordenamiento jurídico querido
por Dios deriva el inalienable derecho del hombre a la seguridad jurídica
y, con ello, a una esfera concreta de derecho, protegida contra todo ataque
arbitrario([24].
Los deberes del hombre
Conexión necesaria entre derechos y deberes
28. Los derechos naturales que hasta aquí hemos recordado están unidos
en el hombre que los posee con otros tantos deberes, y unos y otros tienen
en la ley natural, que los confiere o los impone, su origen, mantenimiento
y vigor indestructible.
29. Por ello, para poner algún ejemplo, al derecho del hombre a la
existencia corresponde el deber de conservarla; al derecho a un decoroso
nivel de vida, el deber de vivir con decoro; al derecho de buscar libremente
la verdad, el deber de buscarla cada día con mayor profundidad y
amplitud.
El deber de respetar los derechos ajenos
30. Es asimismo consecuencia de lo dicho que, en la sociedad humana, a
un determinado derecho natural de cada hombre corresponda en los
demás el deber de reconocerlo y respetarlo. Porque cualquier derecho
fundamental del hombre deriva su fuerza moral obligatoria de la ley
natural, que lo confiere e impone el correlativo deber. Por tanto, quienes,
al reivindicar sus derechos, olvidan por completo sus deberes o no les dan
la importancia debida, se asemejan a los que derriban con una mano lo
que con la otra construyen.
110
El deber de colaborar con los demás
31. Al ser los hombres por naturaleza sociables, deben convivir unos con
otros y procurar cada uno el bien de los demás. Por esto, una convivencia
humana rectamente ordenada exige que se reconozcan y se respeten
mutuamente los derechos y los deberes. De aquí se sigue también el que
cada uno deba aportar su colaboración generosa para procurar una
convivencia civil en la que se respeten los derechos y los deberes con
diligencia y eficacia crecientes.
32. No basta, por ejemplo, reconocer al hombre el derecho a las cosas
necesarias para la vida si no se procura, en la medida posible, que el
hombre posea con suficiente abundancia cuanto toca a su sustento.
33. A esto se añade que la sociedad, además de tener un orden jurídico, ha
de proporcionar al hombre muchas utilidades. Lo cual exige que todos
reconozcan y cumplan mutuamente sus derechos y deberes e intervengan
unidos en las múltiples empresas que la civilización actual permita,
aconseje o reclame.
El deber de actuar con sentido de responsabilidad
34. La dignidad de la persona humana requiere, además, que el hombre,
en sus actividades, proceda por propia iniciativa y libremente. Por lo cual,
tratándose de la convivencia civil, debe respetar los derechos, cumplir las
obligaciones y prestar su colaboración a los demás en una multitud de
obras, principalmente en virtud de determinaciones personales. De esta
manera, cada cual ha de actuar por su propia decisión, convencimiento y
responsabilidad, y no movido por la coacción o por presiones que la
mayoría de las veces provienen de fuera. Porque una sociedad que se
apoye sólo en la razón de la fuerza ha de calificarse de inhumana. En ella,
efectivamente, los hombres se ven privados de su libertad, en vez de
sentirse estimulados, por el contrario, al progreso de la vida y al propio
perfeccionamiento.
Autoevaluación
1. ¿En qué sentido el hombre necesita de los demás?
2. ¿Qué es la dignidad humana?
3. ¿Qué relación existe entre redención y dignidad humana?
4. Existiendo tantos países, culturas, razas; ¿puede hablarse realmente de
derechos que sean válidos para todos los seres humanos? Explica.
111
5. ¿Qué relación debe existir entre los derechos humanos y las legislaciones
de los países?
6. Explica en qué consiste uno de los derechos humanos descritos en esta
sesión.
7. Explica con tus palabras la siguiente frase: “el principio, el sujeto y el fin
de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana”
(CEC, 1881).
112
Sesión 11
Solidaridad, bien común, subsidiaridad
Esquema de la lección
Introducción
I. Bien común: ¿qué es y cómo se promueve?
1. Definición
2. La sociedad y su responsabilidad sobre el bien común
II. La solidaridad, exigencia de la fraternidad humana y cristiana.
1. Fundamentos y definición
2. Campos de aplicación
III. Subsidiariedad y bien común Por su importancia, sugiero tocarlo
1. Definición
2. Algunos campos de aplicación.
IV. “Participación: un principio clave para alcanzar el bien común”.
1. Definición
2. Medios para llevarlo a la práctica
Profundiza tu fe
La responsabilidad de todos por el bien común
166 Las exigencias del bien común derivan de las condiciones sociales de cada
época y están estrechamente vinculadas al respeto y a la promoción integral de
la persona y de sus derechos fundamentales.349 Tales exigencias atañen, ante
todo, al compromiso por la paz, a la correcta organización de los poderes del
Estado, a un sólido ordenamiento jurídico, a la salvaguardia del ambiente, a la
prestación de los servicios esenciales para las personas, algunos de los cuales
son, al mismo tiempo, derechos del hombre: alimentación, habitación, trabajo,
educación y acceso a la cultura, transporte, salud, libre circulación de las
informaciones y tutela de la libertad religiosa.350 Sin olvidar la contribución
que cada Nación tiene el deber de dar para establecer una verdadera
cooperación internacional, en vistas del bien común de la humanidad entera,
teniendo en mente también las futuras generaciones.351
113
IV. EL PRINCIPIO DE SUBSIDIARIDAD
a) Origen y significado
185 La subsidiaridad está entre las directrices más constantes y características
de la doctrina social de la Iglesia, presente desde la primera gran encíclica
social.395 Es imposible promover la dignidad de la persona si no se cuidan la
familia, los grupos, las asociaciones, las realidades territoriales locales, en
definitiva, aquellas expresiones agregativas de tipo económico, social, cultural,
deportivo, recreativo, profesional, político, a las que las personas dan vida
espontáneamente y que hacen posible su efectivo crecimiento social.396 Es éste
el ámbito de la sociedad civil, entendida como el conjunto de las relaciones
entre individuos y entre sociedades intermedias, que se realizan en forma
originaria y gracias a la « subjetividad creativa del ciudadano ».397 La red de
estas relaciones forma el tejido social y constituye la base de una verdadera
comunidad de personas, haciendo posible el reconocimiento de formas más
elevadas de sociabilidad.398
VI. EL PRINCIPIO DE SOLIDARIDAD
a) Significado y valor
192 La solidaridad confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad de la
persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino
común de los hombres y de los pueblos hacia una unidad cada vez más
convencida. Nunca como hoy ha existido una conciencia tan difundida del
vínculo de interdependencia entre los hombres y entre los pueblos, que se
manifiesta a todos los niveles.413 La vertiginosa multiplicación de las vías y de
los medios de comunicación «en tiempo real», como las telecomunicaciones, los
extraordinarios progresos de la informática, el aumento de los intercambios
comerciales y de las informaciones son testimonio de que por primera vez desde
el inicio de la historia de la humanidad ahora es posible, al menos
técnicamente, establecer relaciones aun entre personas lejanas o desconocidas.
Junto al fenómeno de la interdependencia y de su constante dilatación,
persisten, por otra parte, en todo el mundo, fortísimas desigualdades entre
países desarrollados y países en vías de desarrollo, alimentadas también por
diversas formas de explotación, de opresión y de corrupción, que influyen
negativamente en la vida interna e internacional de muchos Estados. El
proceso de aceleración de la interdependencia entre las personas y los pueblos
debe estar acompañado por un crecimiento en el plano ético- social igualmente
intenso, para así evitar las nefastas consecuencias de una situación de
injusticia de dimensiones planetarias, con repercusiones negativas incluso en
los mismos países actualmente más favorecidos.414
114
Compendio de Doctrina Social de la Iglesia
Catecismo
Todos los hombres son llamados al mismo fin: dios. Existe cierta semejanza
entre la unidad de las persona divinas y la fraternidad que los hombres deben
instaurar entre ellos, en la verdad y el amor. El amor al prójimo es inseparable
del amor de Dios CEC 1878-1885; 1905-1917; 1939-1942
Cuerpo doctrinal
Introducción
En la sesión pasada comentamos los fundamentos y consecuencias de la
dignidad humana. Mencionábamos también que la Doctrina Social de la Iglesia
giraba en torno a ella y nos da aplicaciones para la vida concreta.
En esta sesión revisaremos algunos de los principios fundamentales que
propone la Doctrina Social, definida por Juan Pablo II como “la enseñanza
doctrinal mediante la cual el Magisterio de la Iglesia (...) procura iluminar a la
luz del Evangelio las actividades diarias de los hombres y mujeres en las
diversas comunidades a la que pertenecen, desde la institución familiar a la
sociedad internacional” 177
I. Bien común: ¿qué es y cómo se promueve?
1) Definición
El término “bien común” es ampliamente difundido, aunque no siempre se
conoce bien su significado preciso.
El Catecismo, citando la Gaudium et Spes, lo define como “el conjunto de
aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada uno de
sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección” 178
Como vemos, esta definición parte de una visión integral de la persona, que
tiene necesidades tanto materiales como espirituales. Otro aspecto importante
es que contempla el bien tanto del grupo, como el de cada individuo. Ambos son
importantes.
177
Discurso del 1º de enero de 1991
178
CEC, 1906
115
El Catecismo explica también que el bien común comporta tres elementos
esenciales 179 :
Supone respeto a la persona
Exige el bienestar social y el desarrollo. Cabe destacar aquí que la
autoridad debe facilitar a cada uno lo que necesita para llevar una vida
auténticamente humana (vestido, salud, trabajo, alimento, etc.).
Implica la paz, que proviene de un orden justo.
2) La sociedad y su responsabilidad sobre el bien común
Corresponde a la sociedad como conjunto, y a cada uno de sus miembros,
trabajar con empeño por el bien común.
Si bien es cierto que la humanidad ha tenido un desarrollo importante en los
últimos siglos; también lo es que aún existen millones de personas que no
cuentan con lo indispensable para tener una vida digna. Podría decirse desde
esa perspectiva, que el “bien” todavía no es “común”.
Sin entrar aquí en detalles sobre las causas del progreso o del subdesarrollo (lo
cual competería más a los expertos en economía), conviene mencionar que aún
es mucho lo que se debe hacer en este campo. La responsabilidad es de la
sociedad completa, y a la vez de cada individuo.
Si Dios ha permitido las desigualdades, incluso escandalosas, es porque “quiere
que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de
“talentos” particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten”,
explica el Catecismo. 180
La Doctrina Social de la Iglesia proclama otros principios que pueden ayudar a
la sociedad a alcanzar el bien común: la solidaridad, la subsidiariedad y la
participación.
II. La solidaridad, exigencia de la fraternidad humana y cristiana.
1) Fundamentos y definición.
Como vimos anteriormente, la vida cristiana se resume en el mandamiento del
amor. Ese es el distintivo, el “uniforme” que debería identificar a todos los
179
cf. CEC, 1907-1909
180
N. 1937
116
cristianos. El Papa Benedicto XVI, ha afirmado incluso que “el amor es el
servicio que presta la Iglesia para atender constantemente los sufrimientos y
las necesidades, incluso materiales, de los hombres”. 181
Por eso, la Iglesia intenta vivir y propone al mundo el principio de la
solidaridad.
Juan Pablo II, con gran claridad, lo definía como “la determinación firme y
perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y
cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” 182 .
Con ello, el Papa Grande aclaraba que la solidaridad no se trata de “un
sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas”,
sino, como hemos leído, de una determinación firme y perseverante.
Por eso menciona el Catecismo que “los problemas socio-económicos sólo
pueden ser resueltos con la ayuda de todas las formas de solidaridad:
solidaridad de los pobres entre sí, de los ricos y los pobres, de los trabajadores
entre sí, de los empresarios y los empleados, solidaridad entre las naciones y
entre los pueblos”. 183
Poner en práctica esta forma de caridad es un gran reto para nosotros, y
también una muestra de elemental coherencia, sobre todo en países de
tradición cristiana (como los latinoamericanos) donde todavía abundan
situaciones de miseria, ignorancia e injusticia.
Estas carencias tienen su origen en causas diversas y complejas de orden
político y económico, pero en no pocas ocasiones se han visto fomentadas o al
menos toleradas por cristianos que se han acomodado en un “las cosas siempre
han sido así y es muy difícil cambiarlas”; esto se hace más grave cuando se
considera que lo a unos les falta, les sobra a otros. Al final de nuestra vida
rendiremos cuentas sobre la manera como hayamos tratado al prójimo,
especialmente al más necesitado (cf. Lc 16, 19-31).
En el otro extremo de la balanza se encuentran quienes hacen de las
reivindicaciones socioeconómicas un absoluto, incluso más importante que la
evangelización. Estos, partiendo de supuestos equivocados, como la teología de
la liberación, convierten la preocupación por el pobre (evangélica en sí misma)
en una opción de clase que genera un clima de enfrentamiento que, más que
contribuir a encontrar soluciones, las aleja.
181
Carta encíclica Deus caritas est.19
182
Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis, 38
183
N. 1941
117
La solidaridad, pues, no ha de entenderse como “unirse contra” una
determinada clase social, sino como un “unirse a favor” de nuestros hermanos
más débiles, partiendo del amor evangélico y no de análisis ideológicos.
2) Campos de aplicación
Siguiendo el Catecismo, la solidaridad se tiene que manifestar en áreas
concretas:
La distribución de bienes.
La remuneración del trabajo.
El en favor de un orden social más justo.
En la resolución negociada de los conflictos.
Conviene recalcar que la solidaridad no se puede vivir en abstracto (“todos
deberían tener lo necesario para vivir dignamente”) sino con personas concretas
(la que trabaja para mí, mi patrón, una comunidad cercana que necesita ayuda,
etc.).
Otra aplicación de mucha actualidad es lo que Juan Pablo II llamó la
“globalización de la solidaridad”, expresión que el recordado Papa nos regalaba
en Ecclesia in America ante la “problemática que presenta la actual economía
globalizada” 184 .
Ahí mismo, al analizar los “pecados sociales que claman al cielo” 185 ,
nuevamente nos enseña que “la mejor respuesta, desde el Evangelio, a esta
dramática situación es la promoción de la solidaridad y de la paz, que hagan
efectivamente realidad la justicia” 186
En ese contexto, también como expresión de solidaridad, nos invitaba a vivir el
amor preferencial por los pobres:
“La atención a los más necesitados surge de la opción de amar de manera
preferencial a los pobres. Se trata de un amor que no es exclusivo y no puede
ser interpretado como signo de particularismo o sectarismo; amando a los
pobres el cristiano imita las actitudes del Señor…”. 187
Conviene resaltar que la solidaridad no se refiere exclusivamente a los bienes
materiales, sino va más allá: “Difundiendo los bienes espirituales, la Iglesia ha
favorecido a la vez el desarrollo de los bienes temporales, al cual con frecuencia
ha abierto vías nuevas”. 188
184
Exhortación Apostólica Post Sinodal Ecclesia in America, 55
185
CEC, 56
186
Íbid.
187
Íbid. 58
188
CEC, 1942
118
III. Subsidiaridad y bien común
1) Definición
Otro concepto fundamental que la Doctrina Social de la Iglesia propone para
alcanzar el bien común es la subsidiaridad.
Este principio intenta regular las relaciones entre los diversos actores de la
vida social, es decir “aquellas expresiones agregativas de tipo económico, social,
cultural (…) a las que las personas dan vida espontáneamente y que hacen
posible su efectivo crecimiento social”. 189
La subsidiaridad contiene dos aspectos:
Las sociedades superiores deben ayudar a las inferiores cuando éstas no
puedan lograr sus fines por sí mismas.
Las sociedades deben respetar la autonomía de los grupos inferiores,
para no suplantarlas en aquello que sí está a su alcance.
Supone que cada institución haga lo que le toca de acuerdo a su nivel de
responsabilidad. Así, por ejemplo, la alcaldía tiene la obligación de
implementar un eficaz sistema de limpia en el municipio que gobierna, pero las
familias deben mantener aseada su propia casa y no arrojar basura en calles o
sitios públicos.
2) Algunos campos de aplicación:
Este principio evita caer en la centralización gubernamental excesiva, pero
aconseja al Estado que intervenga en situaciones que sobrepasan la capacidad
de individuos o familias, como las emergencias surgidas por desastres
naturales, la promoción de la economía, la seguridad social y la paz.
También se puede aplicar a las relaciones internacionales. Así, los países ricos
deben ayudar a los pobres en su desarrollo, pero nunca sustituirlos en aquello
que sí esté a su alcance resolver. De otro modo se caería en el paternalismo,
actitud que ha demostrado ser una auténtica piedra de tropiezo para los países
en desarrollo.
A manera de conclusión veamos lo que señala el Compendio de la Doctrina
Social de la Iglesia:
189
Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 185
119
“El principio de subsidiaridad protege a las personas de los abusos de las
instancias sociales superiores e insta a estas últimas a ayudar a los
particulares y a los cuerpos intermedios a desarrollar sus tareas. Este principio
se impone porque toda persona, familia y cuerpo intermedio tiene algo de
original que ofrecer a la comunidad” 190
IV. Participación: un principio clave para alcanzar el bien común.
Es común que en las llamadas “pláticas de café” se analice apasionadamente la
situación del mundo o del propio país; se muestre gran preocupación por sus
problemas e incluso se planteen soluciones “la clave estaría en…”, pero a la
hora de llegar a las decisiones prácticas se caiga en el “alguien debería hacer
algo…”.
Ningún país o institución funciona cuando sus miembros están más
preocupados de lo que otros deberían hacer, que de sus propias obligaciones.
Por el contrario, la historia ha demostrado que cuando existe un fuerte espíritu
de participación en los ciudadanos, se logran avances que talvez antes se veían
como imposibles. Tal fue el caso de la caída del comunismo en Polonia, o la
lucha que ganaron en El Salvador quienes estaban a favor de la vida y,
mediante una intensa campaña, lograron que se reformara la Constitución y se
expresara ahí que la vida humana comienza desde la concepción.
Por ello, la Doctrina Social de la Iglesia propone otro importante principio para
la consecución del bien común: la participación.
1) Definición
La participación es consecuencia de la subsidiaridad. El Catecismo la define
como “el compromiso voluntario y generoso de la persona en los intercambios
sociales” 191 .
Se expresa “en una serie de actividades mediante las cuales el ciudadano (…)
contribuye a la vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil
a la que pertenece”. 192
La participación no se limita a sólo un aspecto de la vida social, sino debe
practicarse en todos los campos y a todos los niveles, incluso los más altos,
“como aquellos de los que depende la colaboración de todos los pueblos en la
edificación de una comunidad internacional solidaria” 193
190
CEC 187
191
CEC 1912
192
Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 189
193
Íbid.
120
Este principio es también una de las condiciones indispensables para el buen
funcionamiento de la democracia, que debe ser siempre participativa por
definición.
2) Medios para llevarlo a la práctica
Algunas aplicaciones concretas son:
Respetar la autoridad legítima y las leyes justas.
Responsabilizarse del cuidado de la propia familia y obligaciones.
Tener un excelente desempeño en el propio trabajo
Participar en la vida de la comunidad, sea de manera individual o a
través de asociaciones, grupos de voluntariado, organizaciones no
gubernamentales, directivas, que promuevan la vida familiar, el deporte,
mejoras sociales, etc.
Tomar parte en la vida política desde la propia condición, cuando menos
mediante el voto razonado.
Difundir en mi ambiente la Doctrina Social de la Iglesia.
Participación en manifestaciones pacíficas que no estén siendo
manipuladas por intereses ideológicos, sino pretendan defender valores
universales.
Una de las formas de participación que adquiere cada vez más importancia,
sobre todo en el campo de la defensa de la vida, es la del cabildeo. Esta práctica
busca convencer principalmente a los legisladores de los países, mediante
fuertes argumentos racionales, para que promuevan leyes que defiendan la
dignidad de la persona y la familia.
Como ejemplo valga la experiencia de México y España, donde a pesar de las
multitudinarias manifestaciones que se volcaron a las calles para impedir los
“matrimonios” entre homosexuales, los legisladores decidieron justamente lo
contrario.
Sobra decir que este espíritu de participación no ha de limitarse a los campos
anteriores. Para un católico convencido, un campo indispensable de
participación es la misión apostólica de su Iglesia.
Conclusión
La Doctrina Social de la Iglesia intenta dar respuestas, desde el Evangelio y la
Tradición, a las cuestiones concretas de nuestro tiempo. Partiendo del
reconocimiento de la dignidad humana, sus principios aportan luces a quien
quiere defenderla y promoverla. Entre los más importantes están el bien
común, la solidaridad y la subsidiaridad.
121
Lecturas complementarias
Juan Pablo II. Carta encíclica Sollicitudo rei socialis 10, 30
“10. Como tercer punto la Encíclica [ Populorum Progressio] da un
considerable aporte de novedad a la doctrina social de la Iglesia en su
conjunto y a la misma concepción de desarrollo. Esta novedad se halla en
una frase que se lee en el párrafo final del documento, y que puede ser
considerada como su fórmula recapituladora, además de su importancia
histórica: « el desarrollo es el nombre nuevo de la paz ».27
De hecho, si la cuestión social ha adquirido dimensión mundial, es porque
la exigencia de justicia puede ser satisfecha únicamente en este mismo
plano. No atender a dicha exigencia podría favorecer el surgir de una
tentación de respuesta violenta por parte de las víctimas de la injusticia,
como acontece al origen de muchas guerras. Las poblaciones excluidas de
la distribución equitativa de los bienes, destinados en origen a todos,
podrían preguntarse: ¿por qué no responder con la violencia a los que, en
primer lugar, nos tratan con violencia? Si la situación se considera a la luz
de la división del mundo en bloques ideológicos —ya existentes en 1967—
y de las consecuentes repercusiones y dependencias económicas y políticas,
el peligro resulta harto significativo.
A esta primera consideración sobre el dramático contenido de la fórmula
de la Encíclica se añade otra, al que el mismo documento alude: 28 ¿cómo
justificar el hecho de que grandes cantidades de dinero, que podrían y
deberían destinarse a incrementar el desarrollo de los pueblos, son, por el
contrario utilizados para el enriquecimiento de individuos o grupos, o bien
asignadas al aumento de arsenales, tanto en los Países desarrollados como
en aquellos en vías de desarrollo, trastocando de este modo las verdaderas
prioridades? Esto es aún más grave vistas las dificultades que a menudo
obstaculizan el paso directo de los capitales destinados a ayudar a los
Países necesitados. Si « el desarrollo es el nuevo nombre de la paz », la
guerra y los preparativos militares son el mayor enemigo del desarrollo
integral de los pueblos.
De este modo, a la luz de la expresión del Papa Pablo VI, somos invitados
a revisar el concepto de desarrollo, que no coincide ciertamente con el que
se limita a satisfacer los deseos materiales mediante el crecimiento de los
bienes, sin prestar atención al sufrimiento de tantos y haciendo del
egoísmo de las personas y de las naciones la principal razón. Como
acertadamente nos recuerda la carta de Santiago: el egoísmo es la fuente
de donde tantas guerras y contiendas ... de vuestras voluptuosidades que
luchan en vuestros miembros. Codiciáis y no tenéis » (Sant 4, 1 s).
122
Por el contrario, en un mundo distinto, dominado por la solicitud por el
bien común de toda la humanidad, o sea por la preocupación por el «
desarrollo espiritual y humano de todos », en lugar de la búsqueda del
provecho particular, la paz sería posible como fruto de una « justicia más
perfecta entre los hombres »”.
“30. Según la Sagrada Escritura, pues, la noción de desarrollo no es
solamente « laica » o « profana », sino que aparece también, aunque con
una fuerte acentuación socioeconómica, como la expresión moderna de una
dimensión esencial de la vocación del hombre. En efecto, el hombre no ha
sido creado, por así decir, inmóvil y estático. La primera presentación que
de él ofrece la Biblia, lo describe ciertamente como creatura y como
imagen, determinada en su realidad profunda por el origen y el parentesco
que lo constituye. Pero esto mismo pone en el ser humano, hombre y
mujer, el germen y la exigencia de una tarea originaria a realizar, cada
uno por separado y también como pareja. La tarea es « dominar » las
demás creaturas, « cultivar el jardín »; pero hay que hacerlo en el marco de
obediencia a la ley divina y, por consiguiente, en el respeto de la imagen
recibida, fundamento claro del poder de dominio, concedido en orden a su
perfeccionamiento (cf. Gen 1, 26-30; 2, 15 s.; Sab 9, 2 s.).
Cuando el hombre desobedece a Dios y se niega a someterse a su potestad,
entonces la naturaleza se le rebela y ya no le reconoce como señor, porque
ha empañado en sí mismo la imagen divina. La llamada a poseer y usar lo
creado permanece siempre válida, pero después del pecado su ejercicio
será arduo y lleno de sufrimientos (cf. Gen 3, 17-19).
(…) La historia del género humano, descrita en la Sagrada Escritura,
incluso después de la caída en el pecado, es una historia de continuas
realizaciones que, aunque puestas siempre en crisis y en peligro por el
pecado, se repiten, enriquecen y se difunden como respuesta a la vocación
divina señalada desde el principio al hombre y a la mujer (cf. Gen 1, 26-28)
y grabada en la imagen recibida por ellos. Es lógico concluir, al menos
para quienes creen en la Palabra de Dios, que el « desarrollo » actual debe
ser considerado como un momento de la historia iniciada en la creación y
constantemente puesta en peligro por la infidelidad a la voluntad del
Creador, sobre todo por la tentación de la idolatría, pero que corresponde
fundamentalmente a las premisas iniciales.
Quien quisiera renunciar a la tarea, difícil pero exaltante, de elevar la
suerte de todo el hombre y de todos los hombre, bajo el pretexto del peso de
la lucha y del esfuerzo incesante de superación, o incluso por la
experiencia de la derrota y del retorno al punto de partida, faltaría a la
voluntad de Dios Creador. Bajo este aspecto en la Encíclica Laborem
123
exercens me he referido a la vocación del hombre al trabajo, para subrayar
el concepto de que siempre es él el protagonista del desarrollo.54
Más aún, el mismo Señor Jesús, en la parábola de los talentos pone de
relieve el trato severo reservado al que osó esconder el talento recibido: «
Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo
donde no esparcí... Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene
los diez talentos » (Mt 25, 26-28). A nosotros, que recibimos los dones de
Dios para hacerlos fructificar, nos toca « sembrar » y « recoger ». Si no lo
hacemos, se nos quitará incluso lo que tenemos.
Meditar sobre estas severas palabras nos ayudará a comprometernos más
resueltamente en el deber, hoy urgente para todos, de cooperar en el
desarrollo pleno de los demás: « desarrollo de todo el hombre y de todos los
hombres »”.
Autoevaluación
1. ¿Qué se entiende por bien común?
2. Define el concepto de solidaridad.
3. ¿Qué fundamentos bíblicos tiene la necesidad de vivir el principio de la
solidaridad?
4. ¿Qué es subsidiaridad?
5. Haz un comentario (media página) sobre el número 80 de la Pacem in
terris, en el que destaques la manera como Juan XXIII emplea el
principio de subsidiaridad en las relaciones internacionales.
6. ¿Cuál es la importancia de la participación?
7. ¿Qué relación existe entre participación y democracia?
124
Sesión 12
La oración, diálogo de amor.
Esquema de la lección
Introducción
I. ¿Qué es la oración?
1.- Algunas definiciones
2.- Iniciativa de Dios y respuesta del hombre
3.- Acción de Dios y del hombre
4.- Vivir en oración
II. ¿Por qué es esencial la oración?
1.- Para conocer a Dios
2.- Para aceptar y cumplir su voluntad
3.- Cuestión de vida o muerte.
4.- “Se vive como se ora, porque se ora como se vive”
III. Ejemplo y enseñanza de Cristo y de María
1.- La oración de Cristo
a. Contemplar a Cristo en la oración.
b. Escucharle cuando nos enseñe a orar.
c. Conocer cómo acoge nuestra oración.
2.- La oración de María
Profundiza tu fe
Lee y comenta en equipo el siguiente escrito del cardenal J. Ratzinger:
“No se puede dar a conocer a Dios únicamente con palabras. No se conoce a una
persona cuando sólo se tienen de ella referencias de segunda mano. Anunciar a
Dios es introducir en la relación con Dios: enseñar a orar. La oración es fe en
acto (…). Por eso son tan importantes las escuelas de oración, las comunidades
de oración. Son complementarias la oración personal ("en tu propio aposento",
solo en la presencia de Dios), la oración común "paralitúrgica" ("religiosidad
popular") y la oración litúrgica. Sí, la liturgia es ante todo oración: su elemento
específico consiste en que su sujeto primario no somos nosotros (como en la
125
oración privada y en la religiosidad popular), sino Dios mismo. La liturgia es
acción divina, Dios actúa y nosotros respondemos a la acción divina.
Hablar de Dios y hablar con Dios deben ir siempre juntos. El anuncio de Dios
lleva a la comunión con Dios en la comunión fraterna, fundada y vivificada por
Cristo. Por eso la liturgia (los sacramentos) no es un tema adjunto al de la
predicación del Dios vivo, sino la concretización de nuestra relación con Dios”.
(Joseph Ratzinger. Conferencia sobre la Nueva Evangelización. Roma, 10 de
diciembre de 2000).
Catecismo
Lee los números 2559-2567; 2598-2619
La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes
convenientes CEC 255.
Introducción
A lo largo de las diferentes sesiones de este módulo, hemos visto lo que
significa la vida en Cristo: qué implica, a qué nos compromete, qué significa
nuestra vocación de hijos de Dios.
Hemos dedicado una buena parte de los temas a conocer y comprender lo que
debemos hacer como cristianos. Ahora es tiempo de profundizar más en cómo
podemos alcanzar lo que estamos llamados a ser por vocación: testigos del amor
de Cristo.
Una pareja sólo puede enamorarse si tiene antes la oportunidad de conocerse.
Del mismo modo, las amistades más profundas nacen de la intensa convivencia
entre dos personas (especialmente cuando han compartido momentos difíciles o
singulares); de seguir los mismos ideales, de la confianza que estas dos cosas
generan.
¿Cómo podremos pues, enamorarnos de Cristo y permanecer en su amor, si no
es mediante la oración? ¿Cómo cumpliremos nuestro objetivo de conocerlo,
amarlo e imitarlo, si no lo contemplamos desde el interior de nuestro corazón?
¿Cómo podremos decir a los demás:”Dios es amor”, si nosotros no hemos
experimentado ese amor en carne propia?
Los amigos íntimos se comprenden con tan sólo una mirada, una sonrisa, una
broma, una expresión. Pero a esa intimidad no se llega sino mediante la
convivencia.
126
Lo mismo sucede con Cristo. Si queremos identificarnos con Él, nunca
traicionarlo, amar lo que el ama, ver su mano providente detrás de los
acontecimientos, es necesario que tengamos continuas charlas con él, largos
ratos de convivencia, momentos íntimos de diálogo. Eso es lo que sucede en la
oración.
En las sesiones que quedan veremos, de la mano del Catecismo, algunos puntos
que la Iglesia nos enseña sobre esta parte tan importante de la vida cristiana.
I. ¿Qué es la oración?
1) Algunas definiciones
Una de las definiciones más comunes de la oración, que podría darnos una
persona más o menos comprometida con Cristo, es hablar con Dios. Los santos
y grandes maestros espirituales, desde su propia experiencia, pueden darnos
algunos detalles más. Veamos lo que nos dicen algunos de ellos 194 :
Santa Teresita del Niño Jesús: “Un impulso del corazón, una sencilla
mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor
tanto en medio de la prueba como en la alegría” 195
San Juan Damasceno: “Es la elevación del alma a Dios o la petición a
Dios de bienes convenientes”.196
Santa Teresa de Jesús: “Tratar de amistad, estando muchas veces
tratando a solas con quien sabemos nos ama”.
San Agustín: Encuentro de la sed de Dios y la sed del hombre 197 .
El P. Marcial Maciel, hombre sencillo y a la vez gran maestro espiritual del
siglo XX habla de ella (en la forma de meditación) como “un diálogo atento y
amoroso con Dios. Por ello, es necesario aprender a escuchar a Dios en el
silencio del alma y explayarse con Él en un coloquio lleno de fe y de amor, para
entrar en un contacto personal y santificador con Él”. 198
La oración, por tanto, no es otra cosa que un encuentro afectuoso del hijo con el
propio Padre obrado en la intimidad del espíritu, allí donde la santísima
Trinidad habita como en su morada. En aquel encuentro el hijo se encuentra
solo con el Padre y se sabe y siente, en la fe, amado. Ve al Padre, contempla su
rostro resplandeciente de luz, siente la necesidad de volverlo a amar; le abre el
194
Cf. CEC 2558, 2559, 2709
195
Cf. CEC 2558
196
Cf. CEC 2559
197
Cf. CEC 2560
198
Marcial Maciel, L.C. Oraciones de corazón a corazón. Contenidos de Formación Integral. México. 2001.
p. 9
127
corazón y le dice todo cuanto le quiere expresar con confianza, porque sabe
"que, si el alma busca a Dios, mucho más la busca su Amado a ella" 199 .
De lo anterior vemos algunos elementos comunes como diálogo, intimidad,
amor, escucha, silencio, sencillez…
El CEC destaca además que “la humildad es la base de la oración”. 200
2) Iniciativa de Dios y respuesta del hombre
Contrariamente a lo que podría pensarse, Dios es quien nos busca: “Cristo va
al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide
de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que
nos desea”. 201
No podemos menos que conmovernos profundamente al conocer esta realidad.
¡Somos nosotros los que necesitamos de Él, pero es Él quien toma la iniciativa!
¡Él que es todo y se basta a Sí mismo, nos busca a nosotros que somos
absolutamente dependientes de Él!
Por ello San Agustín, como ya hemos visto, nos dice: “La oración, sepámoslo o
no, es el encuentro de la sed de Dios y la sed del hombre” 202 . Y más aún, “Dios
tiene sed de que el hombre tenga sed de Él” 203
Saber esto, ¡cuánto puede servirnos para trasformar una oración monótona,
aburrida y rutinaria en un auténtico encuentro con Dios que es Amor!
Al mismo tiempo, saber esto nos debe de animar a rezar constantemente, aún y
cuando no sea fácil.
3) Acción de Dios y del hombre
Profundizando sobre el aspecto anterior, el Catecismo nos enseña: “La oración
cristiana es una relación de Alianza entre Dios y el hombre en Cristo. Es acción
de Dios y del hombre; brota del Espíritu Santo y de nosotros, dirigida por
completo al Padre, en unión con la voluntad humana del Hijo de Dios hecho
hombre”
Es el Espíritu Santo que ora en nosotros y con nosotros; Él lleva nuestra
oración al Padre en un diálogo de amor elevándonos al nivel de hijos y obrando
199
Cfr. San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, estrofa III, n. 28.
200
N. 2559
201
Catecismo de la Iglesia Católica, 2560
202
Íbid.
203
Íbid.
128
en nuestro espíritu una comunión de amor con la Santísima Trinidad. En la
oración del Espíritu Santo nuestra oración ya no es de una criatura humana,
sino de hijo en el Hijo.
4) Vivir en oración
Uno de los obstáculos que encontramos en el mundo agitado de nuestra época,
es la falta real de tiempo para la oración. Es cierto que podemos (y debemos)
dedicarle momentos concretos del día (por ejemplo: unos minutos en la
mañana, un rato de meditación en el transcurso del día, alguna visita al
Santísimo antes o después de la universidad o el trabajo, etc.), sin embargo,
pareciera que de ese modo sólo tenemos encuentros intermitentes, muchas
veces superficiales, con Nuestro Señor.
Así, corremos el riesgo de nunca estar plenamente concentrados o, incluso,
disociar nuestra vida de oración del resto de nuestra existencia, como si fuera
“un pendiente más” que hay que cumplir.
La solución está en el amor. Dos personas que se aman, siempre están
pensando una en la otra. Habrá momentos en los cuales puedan tener un
encuentro más íntimo (por ejemplo, una cena en pareja, una caminata
nocturna, un rato de charla cuando ya los hijos se han dormido y ha pasado el
ajetreo del día…); incluso tienen que procurar esos momentos si no quieren que
su amor se apague. Pero habrá otras ocasiones en los cuales, incluso estando
juntos, no se puedan poner toda la atención que quisieran. Pensemos por
ejemplo, en un viaje familiar en el que lo más importante es escuchar a los
hijos, evitar que se peleen, cargar al que se ha dormido, etc.
Volviendo al caso de la oración, el amor nos debe impulsar a mantenernos en
presencia de Dios todo el día, descubriéndolo detrás de los acontecimientos;
contemplándolo en la belleza de la naturaleza; haciéndole testigo y cómplice de
nuestra lucha diaria. Así, cuando lleguemos a los momentos de intimidad (la
meditación, una visita al Santísimo, algún misterio del Rosario), los
aprovecharemos mejor y tendremos un encuentro más profundo con Él.
Sobre esto nos comenta el P. Maciel, miembro de una numerosa familia,
hablando del testimonio de su madre: “Éste era el ambiente que le rodeaba:
Dios, Dios y sólo Dios; todas las criaturas la llevaban a Dios. A sus hijos y a las
personas que la trataban siempre les hablaba de Dios, de sus atributos, de su
amor. Una pequeña flor campestre le servía para hacernos una meditación del
poder, de la bondad de Dios, de su belleza y de su amor a nosotros. Yo creo que
tuvo el don de un profundo y gran conocimiento experimental de Dios que la
129
hizo vivir pensando en el cielo, en su posesión eterna (…). Conocía a Dios
experimentalmente, lo transmitía, lo daba a los demás sin darse cuenta” 204
II. ¿Por qué es esencial la oración?
1) Para conocer a Dios
Como hemos visto, la vida cristiana se centra en conocer, amar e imitar a
Jesucristo; su compendio es el amor a Dios y el amor a los demás.
Sólo se puede amar a quien se conoce. La oración, junto a los sacramentos y la
Palabra, es el lugar privilegiado para encontrarse con Dios vivo, como con un
amigo.
2) Para aceptar y cumplir su voluntad
Los corredores olímpicos pasan años en preparación. Se someten a un riguroso
estilo de vida, comen sólo ciertas cosas, dedican horas y horas al
entrenamiento. Cuando llega el momento de competir en las olimpiadas, todo
eso habrá valido la pena si logran ocupar alguno de los tres puestos en el
podium.
La vida cristiana, para ser auténtica, comporta siempre sacrificio, abnegación,
navegar contra corriente incluso a veces dentro de la propia familia. ¿De dónde
obtener las fuerzas para cargar esa cruz, para seguir el ejemplo de Cristo que
dijo “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22,42)?
Así como el atleta sueña con la medalla mientras se somete a duros
entrenamientos, así el cristiano debe contemplar constantemente el ideal: Dios
mismo. Esto sucede en la oración, donde percibe al Espíritu Santo como el
Gran Amigo de su alma; se configura con Cristo y siente las manos amorosas
del Padre celestial. Además recibe gracias sobrenaturales para seguir
adelante, alegre y confiado, aún en medio de la prueba.
3) Cuestión de vida o muerte.
Juan Pablo II, en la Novo Millennio Ineunte nos advertía: “Se equivoca quien
piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración
superficial, incapaz de llenar su vida (…), no solo serían cristianos mediocres
sino “cristianos con riesgo”.
204
Cita del libro “Oraciones de corazón a Corazón” de Marcial Maciel, L.C. Su madre, Maura Degollado de
Maciel, se encuentra en proceso de canonización.
130
«Pensamos que la oración es algo intimista. Ya no creemos tanto, según me
parece, en el efecto real, histórico de la oración».
«En cambio debemos convencernos y aprender que este compromiso espiritual,
que une el cielo y la tierra, tiene una fuerza interior. Y un medio para llegar a
la afirmación de la justicia es comprometerse a orar, porque de esta manera se
transforma en una educación mía y del otro para la justicia. Debemos, en
resumen, reaprender el sentido social de la oración» 205 .
En un matrimonio donde los cónyuges no se dedican tiempo, el amor tarde o
temprano se enfría e incluso puede morir. Lo mismo sucede en el alma que no
dedica a su Señor ratos frecuentes de diálogo, personal o comunitario.
No debemos perder de vista que el cristianismo, más allá de un código moral,
más que un conjunto de costumbres buenas, es ante todo una relación personal
con Dios vivo que, además de la felicidad en este mundo, nos ofrece la vida
eterna.
En ese contexto enseñaba Benedicto XVI: “La oración no es algo accesorio u
opcional, sino una cuestión de vida o muerte. Sólo quien reza, es decir, quien se
encomienda a Dios con amor filial, puede entrar en la vida eterna, que es Dios
mismo”. 206
4) “Se vive como se ora, porque se ora como se vive” 207
Con esta frase, el Catecismo nos recuerda que la oración y vida no se pueden
separar. Nadie puede pretender ser una persona “devota” si esa devoción no la
lleva a dar testimonio cristiano en el ambiente donde se encuentra: familia,
trabajo, diversiones, etc. Por otro lado, quien en su vida se deja llevar por el
pecado, ofendiendo a Dios, tampoco podrá comunicarse fácilmente con Él en la
oración.
III. Ejemplo y enseñanza de Cristo y de María
1) La oración de Cristo
La oración de Cristo es ya la oración de la plenitud de los tiempos.
Como en todos los demás campos de la vida cristiana, el testimonio de Cristo,
Dios verdadero y hombre perfecto, nos sirve para comprender y practicar mejor
205
Cf. Cardenal Ratzinger, el poder de la oración, 21 octubre 2004
206
Mensaje del 4 de marzo de 2007
207
Catecismo de la Iglesia Católica, 2725
131
la oración. En esta tarea, el Catecismo nos sirve de guía 208 y nos invita a
considerar tres aspectos:
Contemplar a Cristo en oración.
Escucharle cuando nos enseña a orar.
Conocer cómo acoge nuestra oración.
a. Contemplar a Cristo en oración.
Cristo reza de una forma completamente nueva: es oración filial. Ora siempre,
pero de manera especial en momentos decisivos de su misión y en momentos
que comprometerán la misión de sus apóstoles. Su oración es entrega humilde
y confiada a la voluntad amorosa del Padre.
Aunque participa en las plegarias comunitarias de su pueblo, Jesús se retira
frecuentemente a la soledad para orar. Sin embargo, antes que aislarse de esta
manera, olvidándose de su misión, lleva a los hombres en su oración. “Sus
palabras y sus obras aparecen entonces como la manifestación visible de su
oración ‘en lo secreto’ ”.
El Catecismo, en consonancia con los evangelistas, destaca dos rasgos
importantes 209 de la oración de Cristo:
su total sintonía con el plan de salvación del Padre.
su constancia y su confianza absoluta en la respuesta del Padre.
b. Escucharle cuando nos enseña a orar.
Cristo nos pide disposiciones y actitudes para tener una oración fecunda:
Conversión del corazón: Con el hermano, con el Padre.
Orar en la fe, entendida como adhesión filial a Dios.
Audacia filial: pedir, seguros de que recibiremos.
Disponer el corazón para hacer la voluntad del Padre.
Siguiendo las parábolas de Lucas, podemos decir también que la oración ha de
ser insistente, paciente y humilde 210 .
Además, de manera novedosa, Cristo enseña a pedir en su Nombre. Así, “la
certeza de ser escuchados en nuestra peticiones se funda en la oración de
Jesús”.
208
cf. 2599 en adelante.
209
Cf. 2603, 2604
210
Cf. Íbid. 2613
132
Rezar de esta forma tiene frutos, pues el Padre nos manda al Espíritu Santo.
En Él, “la oración cristiana es comunión de amor con el Padre, no solamente
por medio de Cristo, sino también del Espíritu Santo..
c. Conocer cómo acoge nuestra oración
El Catecismo nos recuerda sobre este punto: “Sanando enfermedades o
perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria del que le suplica
con fe: ‘Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!’ ”. 211
2) La oración de María
La oración de María “coopera de manera única con el designio amoroso del
Padre: en la anunciación, para la concepción de Cristo; en Pentecostés, para la
formación de la Iglesia, Cuerpo de Cristo”. 212
El Fiat es la oración por excelencia de María y también “la oración cristiana:
ser todo de Él, ya que Él es todo nuestro”. 213 Ella intercede en la fe, confiando
plenamente en su Hijo, como en Caná. En la nueva Alianza, “es escuchada
como la Mujer, la nueva Eva, la verdadera ‘madre de todos los que viven”. 214
Conclusión
La oración es una parte fundamental de la vida cristiana. De ninguna manera
se le puede considerar un aspecto marginal, pues nos capacita para conocer a
Dios y así amarlo e imitarlo. Cristo mismo, la Segunda Persona de la Santísima
Trinidad, nos dio ejemplo de cuánta importancia debemos darle a la oración.
Lecturas complementarias
Benedicto SVI. Carta encíclia Spe Salvi. 32-34
I. La oración como escuela de la esperanza
32. Un lugar primero y esencial de aprendizaje de la esperanza es la
oración. Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando
ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar
con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se trata
de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de
211
Ibid. 2616
212
Ibid. 2617
213
Ibid
214
Ïbid. 2618
133
esperar–, Él puede ayudarme.25 Si me veo relegado a la extrema
soledad...; el que reza nunca está totalmente solo. De sus trece años de
prisión, nueve de los cuales en aislamiento, el inolvidable Cardenal
Nguyen Van Thuan nos ha dejado un precioso opúsculo: Oraciones de
esperanza. Durante trece años en la cárcel, en una situación de
desesperación aparentemente total, la escucha de Dios, el poder hablarle,
fue para él una fuerza creciente de esperanza, que después de su
liberación le permitió ser para los hombres de todo el mundo un testigo de
la esperanza, esa gran esperanza que no se apaga ni siquiera en las noches
de la soledad.
33. Agustín ilustró de forma muy bella la relación íntima entre oración y
esperanza en una homilía sobre la Primera Carta de San Juan. Él define
la oración como un ejercicio del deseo. El hombre ha sido creado para una
gran realidad, para Dios mismo, para ser colmado por Él. Pero su corazón
es demasiado pequeño para la gran realidad que se le entrega. Tiene que
ser ensanchado. « Dios, retardando [su don], ensancha el deseo; con el
deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz [de su don] ».
Agustín se refiere a san Pablo, el cual dice de sí mismo que vive lanzado
hacia lo que está por delante (cf. Flp 3,13). Después usa una imagen muy
bella para describir este proceso de ensanchamiento y preparación del
corazón humano. « Imagínate que Dios quiere llenarte de miel [símbolo de
la ternura y la bondad de Dios]; si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás
la miel? » El vaso, es decir el corazón, tiene que ser antes ensanchado y
luego purificado: liberado del vinagre y de su sabor. Eso requiere esfuerzo,
es doloroso, pero sólo así se logra la capacitación para lo que estamos
destinados.26 Aunque Agustín habla directamente sólo de la receptividad
para con Dios, se ve claramente que con este esfuerzo por liberarse del
vinagre y de su sabor, el hombre no sólo se hace libre para Dios, sino que
se abre también a los demás. En efecto, sólo convirtiéndonos en hijos de
Dios podemos estar con nuestro Padre común. Rezar no significa salir de
la historia y retirarse en el rincón privado de la propia felicidad. El modo
apropiado de orar es un proceso de purificación interior que nos hace
capaces para Dios y, precisamente por eso, capaces también para los
demás. En la oración, el hombre ha de aprender qué es lo que
verdaderamente puede pedirle a Dios, lo que es digno de Dios. Ha de
aprender que no puede rezar contra el otro. Ha de aprender que no puede
pedir cosas superficiales y banales que desea en ese momento, la pequeña
esperanza equivocada que lo aleja de Dios. Ha de purificar sus deseos y
sus esperanzas. Debe liberarse de las mentiras ocultas con que se engaña
a sí mismo: Dios las escruta, y la confrontación con Dios obliga al hombre
a reconocerlas también. « ¿Quién conoce sus faltas? Absuélveme de lo que
se me oculta », ruega el salmista (19[18],13). No reconocer la culpa, la
ilusión de inocencia, no me justifica ni me salva, porque la ofuscación de la
conciencia, la incapacidad de reconocer en mí el mal en cuanto tal, es
134
culpa mía. Si Dios no existe, entonces quizás tengo que refugiarme en
estas mentiras, porque no hay nadie que pueda perdonarme, nadie que sea
el verdadero criterio. En cambio, el encuentro con Dios despierta mi
conciencia para que ésta ya no me ofrezca más una auto justificación ni
sea un simple reflejo de mí mismo y de los contemporáneos que me
condicionan, sino que se transforme en capacidad para escuchar el Bien
mismo.
34. Para que la oración produzca esta fuerza purificadora debe ser, por
una parte, muy personal, una confrontación de mi yo con Dios, con el Dios
vivo. Pero, por otra, ha de estar guiada e iluminada una y otra vez por las
grandes oraciones de la Iglesia y de los santos, por la oración litúrgica, en
la cual el Señor nos enseña constantemente a rezar correctamente. El
Cardenal Nguyen Van Thuan cuenta en su libro de Ejercicios espirituales
cómo en su vida hubo largos períodos de incapacidad de rezar y cómo él se
aferró a las palabras de la oración de la Iglesia: el Padrenuestro, el Ave
María y las oraciones de la Liturgia.27 En la oración tiene que haber
siempre esta interrelación entre oración pública y oración personal. Así
podemos hablar a Dios, y así Dios nos habla a nosotros. De este modo se
realizan en nosotros las purificaciones, a través de las cuales llegamos a
ser capaces de Dios e idóneos para servir a los hombres. Así nos hacemos
capaces de la gran esperanza y nos convertimos en ministros de la
esperanza para los demás: la esperanza en sentido cristiano es siempre
esperanza para los demás. Y es esperanza activa, con la cual luchamos
para que las cosas no acaben en un « final perverso ». Es también
esperanza activa en el sentido de que mantenemos el mundo abierto a
Dios. Sólo así permanece también como esperanza verdaderamente
humana.”
Autoevaluación
1. Menciona y explica 2 definiciones que los santos nos dan sobre la
oración.
2. ¿Qué papel juega Dios en la oración?
3. ¿Qué papel juega el hombre en la oración?
4. El Papa Benedicto XVI enseña que la oración es “cuestión de vida o
muerte”; ¿por qué?
5. ¿Qué características tiene la oración de Jesucristo? Menciona 5.
6. ¿Qué consejos nos da Cristo para la oración? Menciona 5.
135
7. ¿Cómo es la oración que María, con su ejemplo, nos invita a practicar?
136
Sesión 13
La oración: contenido y formas.
Esquema de la lección
I. Bendecimos, adoramos y alabamos a Dios
II. Pedimos a Dios...
el perdón de nuestros pecados
las gracias que necesitamos
por los demás (intercesión)
que venga su Reino
III. Acción de gracias a Dios
IV. Lugares y tiempos favorables para la oración
Profundiza tu fe:
Las primeras comunidades cristianas, siguiendo el ejemplo de Jesucristo y de
los Apóstoles, continuaron con la práctica judía de la oración, aunque tenían
también sus formas específicas de culto, como la “fracción del pan”. Los Santos
Padres van reconociendo en la oración ese “hablar con Dios”. San Juan
Damaceno dirá: ‹‹La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios
de bienes convenientes››; San agustín irá más allá y nos dirá: ‹‹La humildad es
una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: “el
hombre es el mendigo de Dios”››
Catecismo
La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde
vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro con todo ser
humano… CEC 2626-2639
Cuerpo doctrinal
I. Bendecimos, adoramos y alabamos a Dios
137
El Catecismo enseña que “la oración de bendición es la respuesta del hombre a
los dones de Dios: porque Dios bendice, el corazón del hombre puede bendecir a
su vez a Aquél que es la fuente de toda bendición”. 215
Esta bendición puede ser ascendente, cuando desde nosotros se dirige al Padre;
o descendente, cuando viene de Él que nos da a su Espíritu Santo.
Relacionada a ésta se encuentra la adoración, que implica al hombre
reconocerse creatura. Debe exaltar a su Creador, su grandeza y omnipotencia.
No sólo implica una actitud humilde sino además nos llena de humildad. 216
El Catecismo menciona además la alabanza, una “forma de orar que reconoce
de la manera más directa que Dios es Dios (...). Le da gloria no por lo que hace
sino por lo que ÉL ES”. 217
Conviene recordar que en el fondo de estas formas de oración está la humildad,
un virtud que tal vez no recordamos con la frecuencia que deberíamos a la hora
de dirigirnos a Dios. Ella nos lleva a actuar de acuerdo al principio y
fundamento: Dios es la realidad fundante de nuestras vidas, lo más importante,
lo único que permanece.
II. Pedimos a Dios...
La petición es quizá una de las formas más comunes de oración. En ella
reconocemos que necesitamos de Dios y que Él lo tiene todo. El Catecismo nos
ofrece algunos matices, como veremos en seguida.
1)...el perdón de nuestros pecados
Ese “es el comienzo de una oración justa y pura” 218 . Todos hemos ofendido y
ofendemos a Dios, de una forma u otra. Reconocerlo nos dispone mejor a entrar
en contacto con Él. No se trata de aquí de vivir angustiados por escrúpulos
infundados, sino de reconocer nuestra naturaleza pecadora para darnos cuenta
de lo mucho que necesitamos de Dios, de cuánto se merece Él nuestro amor y
respeto, de cuánto le interesa que nos alejemos del pecado.
2)...las gracias que necesitamos
215
N. 2626
216
Cf. N. 2628
217
N. 2639
218
N. 2631
138
Dios quiere que le pidamos y nos invita constantemente a ello (cf. Lc 11, 11-13).
Más aún, tiene dispuesto que algunas de las gracias que nos da, solo se
obtengan por medio de la oración insistente.
El CEC, por ello, menciona que cuando se participa “en el amor salvador de
Dios, se comprende que toda necesidad pueda convertirse en objeto de petición”.
219
Nuestro Señor, que sabe mejor que nosotros lo que nos conviene, sabrá darnos
lo que más nos ayuda, comenzando por el máximo bien: Él mismo en su
Espíritu.
3)...por los demás (intercesión)
La intercesión es agradable a Dios pues busca no el bien del que ora, sino el de
los demás. Por eso, “es una oración de petición que nos conforma muy de cerca
con la oración de Jesús” 220 .
Esta intercesión, que participa de la de Cristo -único mediador entre Dios y los
hombres (cf. 1Tm 2,5) –, va más allá del mundo terrenal, ya que “es la
expresión de la Comunión de los Santos”.
En efecto, si soy capaz de pedirle a un amigo que “rece por mí”, ¿cómo no pedir
eso mismo a los santos y a nuestra Madre del Cielo, quienes ya están
compartiendo la gloria de Cristo?
Los hermanos separados parecen olvidar esto, pues aún y cuando rezan unos
por otros, no aceptan la devoción a los santos como otra forma (más eficaz aún)
de intercesión.
4)...que venga su Reino
El CEC nos enseña además que hay “una jerarquía en las peticiones: primero el
Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su
venida” 221
Esta oración no debe tomarse, como algunos podrían considerar (influenciados
por ciertas teologías horizontalistas), una “fuga de la realidad”, un
“espiritualismo desencarnado” que nos lleva a vivir de sueños. Implorar por la
219
N. 2633
220
N. 2634
221
N. 2632
139
venida del Reino (que es Dios mismo) debe servir como núcleo a toda acción
apostólica. De hecho “al orar, todo bautizado trabaja en la Venida del Reino” 222
III. Acción de gracias a Dios
“La acción de gracias caracteriza la oración de la Iglesia que, al celebrar la
Eucaristía, manifiesta y se convierte cada vez más en lo que ella es”. 223
Dios, quien nos ha dado absolutamente todo, es el gran Merecedor de nuestra
gratitud. Esta virtud, que tiene su raíz en la humildad, es un antídoto contra el
orgullo y la soberbia, y nos hace ver con claridad la bondad divina.
¡Cuánto debemos practicar los cristianos este tipo de oración! ¡Hay tanto que
agradecerle! Por el contrario, muchas veces lo primero que decimos al
dirigirnos a Dios es “te pido por...”.
IV. Lugares y tiempos favorables para la oración
Antes los frecuentes comentarios como “rezar es aburrido” o, “no me puedo
concentrar en la oración” habría que preguntarnos si estamos rezando en un
lugar y en un momento adecuado.
Por eso el Catecismo apunta que la “elección de un lugar favorable no es
indiferente para la verdad de la oración” 224 . Si es normal que una pareja de
enamorados busque alejarse un poco de los demás, o que dos amigos cercanos
busquen apartarse del bullicio para platicar con más intimidad sobre cosas
profundas, puede comprenderse por qué es necesario ir “a lo secreto” para
encontrarse con el Amor de los Amores; con el Amigo.
Si además de apartarnos, tenemos la facilidad de rezar frente a una imagen o,
mejor aún, de acudir a una iglesia u oratorio, en el que se encuentre el
Santísimo Sacramento, el provecho puede ser aún mayor, pues es el mismo
Cristo quien ahí nos recibe, escucha y habla.
De hecho, podría afirmarse con toda seguridad, que un alma que comienza a
visitar frecuentemente a Jesús Sacramentado y a dedicarle un momento de
oración, pronto descubre en sí mismo una mayor devoción y familiaridad hacia
su Dios.
De igual manera, es importante buscar un momento del día en el que la mente
se encuentre serena y despejada (normalmente ese tiempo suele ser al
222
Ïbid.
223
N. 2637
224
N. 2691
140
comienzo de la mañana, o al final de la tarde, cuando ya ha pasado el ajetreo
diario). Muchas deficiencias en la oración (como el hecho de quedarse dormido)
no se deben más que a una mala elección de hora.
Un “lugar” importante de oración son las peregrinaciones, que “evocan nuestro
caminar por la tierra hacia el cielo [y son] tiempos fuertes de renovación de la
oración”. 225
Conclusión
Aunque la oración supone siempre un diálogo con Dios, abarca muchos matices
que es bueno conocer para obtener de ella el mayor provecho. Su contenido
puede variar, pero en todo momento implica una actitud de humildad y
gratitud.
Lecturas complementarias
Benedicto XVI. Discurso inaugural de la V Conferencia del CELAM en
Aparecida. Oración final.
Quédate con nosotros, Señor, acompáñanos aunque no siempre hayamos
sabido reconocerte. Quédate con nosotros, porque en torno a nosotros se
van haciendo más densas las sombras, y tú eres la Luz; en nuestros
corazones se insinúa la desesperanza, y tú los haces arder con la certeza
de la Pascua. Estamos cansados del camino, pero tú nos confortas en la
fracción del pan para anunciar a nuestros hermanos que en verdad tú has
resucitado y que nos has dado la misión de ser testigos de tu resurrección.
Quédate con nosotros, Señor, cuando en torno a nuestra fe católica surgen
las nieblas de la duda, del cansancio o de la dificultad: tú, que eres la
Verdad misma como revelador del Padre, ilumina nuestras mentes con tu
Palabra; ayúdanos a sentir la belleza de creer en ti.
Quédate en nuestras familias, ilumínalas en sus dudas, sostenlas en sus
dificultades, consuélalas en sus sufrimientos y en la fatiga de cada día,
cuando en torno a ellas se acumulan sombras que amenazan su unidad y
su naturaleza. Tú que eres la Vida, quédate en nuestros hogares, para que
sigan siendo nidos donde nazca la vida humana abundante y
generosamente, donde se acoja, se ame, se respete la vida desde su
concepción hasta su término natural.
225
Ïbid.
141
Quédate, Señor, con aquéllos que en nuestras sociedades son más
vulnerables; quédate con los pobres y humildes, con los indígenas y
afroamericanos, que no siempre han encontrado espacios y apoyo para
expresar la riqueza de su cultura y la sabiduría de su identidad. Quédate,
Señor, con nuestros niños y con nuestros jóvenes, que son la esperanza y la
riqueza de nuestro Continente, protégelos de tantas insidias que atentan
contra su inocencia y contra sus legítimas esperanzas. ¡Oh buen Pastor,
quédate con nuestros ancianos y con nuestros enfermos! ¡Fortalece a todos
en su fe para que sean tus discípulos y misioneros!
Documento Conclusivo de Aparecida, 259, 260
259. (...) Destacamos las peregrinaciones, donde se puede reconocer al
Pueblo de Dios en camino. Allí el creyente celebra el gozo de sentirse
inmerso en medio de tantos hermanos, caminando juntos hacia Dios que
los espera. Cristo mismo se hace peregrino, y camina resucitado entre los
pobres. La decisión de partir hacia el santuario ya es una confesión de fe,
el caminar es un verdadero canto de esperanza, y la llegada es un
encuentro de amor. La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen
que simboliza la ternura y la cercanía de Dios. El amor se detiene,
contempla el misterio, lo disfruta en silencio. También se conmueve,
derramando toda la carga de su dolor y de sus sueños. La súplica sincera,
que fluye confiadamente, es la mejor expresión de un corazón que ha
renunciado a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada puede. Un
breve instante condensa una viva experiencia espiritual151.
260. Allí, el peregrino vive la experiencia de un misterio que lo supera, no
sólo de la trascendencia de Dios, sino también de la Iglesia, que trasciende
su familia y su barrio. En los santuarios muchos peregrinos toman
decisiones que marcan sus vidas. Esas paredes contienen muchas historias
de conversión, de perdón y de dones recibidos que millones podrían contar.
Autoevaluación
1. ¿Cuál es la importancia de la oración de bendición y alabanza?
2. ¿En qué consiste y cuál es el contenido de la acción de gracias?
3. Rezar por la venida del Reino de Cristo, ¿me aleja de la lucha por su
instauración en el mundo? Justifica tu respuesta.
4. Pedir la intercesión a los santos, ¿significa que no reconocemos que Cristo es
el único mediador entre Dios y los hombres? Explica.
5. ¿Qué importancia tiene el lugar donde se lleva a cabo la oración?
142
143
Sesión 14
El combate de la oración
Esquema de la lección
I. El combate de la oración
1. Los enemigos: uno mismo, el ambiente, el Tentador.
2. La oración: el camino del progreso espiritual
II. Las tentaciones frente a la oración
1. Pensar que ‘la oración no sirve’, o que ‘yo no sirvo para la oración’.
2. Abandono de la oración.
3. No darle prioridad.
4. Buscar sentimientos.
5. Intención egoísta y falso entendimiento de la oración.
III. Dificultades y medios para superarlas
1. Algunas dificultades comunes
a. Distracción
b. Aridez
c. Pereza espiritual
d. Aparente falta de respuesta
2. Medios para superarse en la oración
a. Humildad
b. Fe,
c. Confianza
d. Perseverancia
Profundiza tu fe
CEC 2729. "La dificultad habitual de la oración es la distracción. En la oración
vocal, la distracción puede referirse a las palabras y al sentido de éstas. La
distracción, de un modo más profundo, puede referirse a Aquél al que oramos,
tanto en la oración vocal [litúrgica o personal], como en la meditación y en la
oración contemplativa. Salir a la caza de la distracción es caer en sus redes;
basta volver a concentrarse en la oración: la distracción descubre al que ora
aquello a lo que su corazón está apegado. Esta humilde toma de conciencia debe
144
empujar al orante a ofrecerse al Señor para ser purificado. El combate se decide
cuando se elige a quién se desea servir."
Catecismo
La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte.
Supone siempre un esfuerzo. CEC 2725-2745
Cuerpo doctrinal
I. El combate de la oración
Aunque, como ya hemos visto, la oración es un don de Dios, exige siempre una
respuesta del hombre y esto supone esfuerzo. Por eso, nos enseña el Catecismo,
los grandes orantes, tanto de la Antigua Alianza como de la Nueva, “nos
enseñan que la oración es un combate” 226
No basta, para estar tranquilos en nuestra oración, tener entre las manos un
manual de oraciones, la corona del Rosario, y ni siquiera el breviario; para orar
hace falta que la mente y el corazón actúen. - Seremos unos pobres ilusos si en
nuestra oración nos acomodamos "a un estado de pasividad, de placidez, de
somnolienta y beata tranquilidad" 227 . Pretender orar sin un serio esfuerzo
personal, como si la oración fuese un pasatiempo fácil, es una vana ilusión.
1) Los enemigos: uno mismo, el ambiente, el Tentador
El primer enemigo que encontramos somos nosotros mismos, pues nuestra
naturaleza caída nos inclina a huir de las cosas de Dios. La oración supone
esfuerzo, crear el hábito y sus frutos no son inmediatos. A eso se suma que a
Dios no se le escucha con los oídos del cuerpo, sino con los del alma; Él habla en
un idioma que primero tenemos que aprender: el del silencio. Por ello, no es
raro que abandonemos la oración.
Un segundo enemigo es el ambiente en el que nos toca vivir en la actualidad.
En primer lugar, se caracteriza por el ruido y el bullicio, presente ya no sólo en
las grandes ciudades, sino muchas veces también en los pueblos y caseríos
apartados, dada la facilidad con la que se adquieren los electrodomésticos.
Vivimos también en una cultura de lo inmediato en el que no hay lugar para la
reflexión, la abstracción, la interiorización. Vemos, por ejemplo, en las películas
animales que hablan, que adoptan comportamientos humanos y aparentan ser
reales. Por otro lado, el hábito de la lectura se pierde frente a la actitud cómoda
226
N. 2725
227
Cfr. Olgiati, o.c., p. 66, n. 2.
145
de sentarse frente al televisor, sin tener que imaginar nada, pues todo se hace
accesible a la vista.
¿Qué lugar puede haber, en un mundo así, para un Dios que es Espíritu?
¿Cómo no va ser difícil para nosotros captar las realidades espirituales, si
vivimos inmersos en un mundo material (incluso agobiados por él)
sobrecargado de imágenes y ruido? Algunas veces es casi imposible rezar
incluso en algunos templos y oratorios, pues se encuentran rodeados de
comerciantes que pregonan sus productos con música estridente.
Un tercer enemigo en nuestro combate, que hay que saber reconocer, es el
Diablo, “quien hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la
unión con Dios” 228 . Aprovecha las dos circunstancias anteriores para hacernos
menos deseable o “innecesaria” la oración.
2) La oración: el camino del progreso espiritual
Si la meta de la vida espiritual es hacerse cada vez más semejante a Cristo, la
oración es el medio principal para ir progresando en esa dirección. En ella
tratamos con el Amigo, buscamos conocer su voluntad e identificarnos con ella;
vemos el mundo con Sus ojos; contemplamos en su Corazón el infinito amor que
nos sostiene e impulsa a testimoniarlo al mundo.
Una oración auténtica debe transformar nuestra vida. Por ello recomienda el
padre Maciel: “Para que este rato de oración no sea estéril y el fruto no se
quede sólo en buenas intenciones, es muy conveniente terminar con una
resolución concreta, un propósito práctico a realizar en este día”. 229
II. Las tentaciones frente a la oración
1) Pensar que ‘la oración no sirve’, o que ‘yo no sirvo para la oración’.
La primera de estas tentaciones tienen su raíz en la falta de fe y en no recordar
que la oración es iniciativa de Dios. También en una mentalidad pragmática
según la cual sólo es “valioso aquello que produce y da rendimiento”. 230
La segunda de ellas puede tener su origen en las comparaciones. Quisiéramos
talvez tener el fervor, o las palabras, o la elocuencia de tal santo, o de tal
conocido. Y nos refugiamos en ello para decir que la oración no es para
nosotros. Quien así piensa, se olvida de que el Espíritu Santo habita en
228
Íbid.
229
Marcial Maciel, L.C., Carta del 1º de Noviembre de 1991
230
Catecismo de la Iglesia Católica, 2727
146
nuestra alma y que Él mismo “intercede por nosotros con gemidos
inenarrables” (Rm 8,26).
Vale también recordar que “la verdadera oración no es la que sabe de sutilezas
y elucubraciones, sino la que transforma la voluntad y el corazón” 231
San José María enseña además: “¿Que no sabes orar? – Ponte en la presencia
de Dios, y en cuanto comiences a decir: ‘Señor, ¡que no sé hacer oración!…’, está
seguro que has empezado a hacerla”. 232
2) Abandono de la oración.
Esta tentación puede provenir en primer lugar de la dificultad real que implica
la oración. Sin embargo, cabe aquí lo que dice la frase popular: “empezar es de
buenos, perseverar es de santos”.
El abandono puede ser total cuando dedicamos a otra cosa el tiempo que
habíamos pensado destinar a la oración. Pero puede también ser sutil (y a veces
más frecuente en personas comprometidas con la Iglesia) cuando cae en la
rutina, cuando ya no supone un combate, cuando por falta de un interés real de
encontrarse con Dios se acaba convirtiendo más en una “tarea por cumplir” que
en una experiencia del amor divino.
3) No darle prioridad.
“Prioridades que no entran en la agenda, no son prioridades”, comentaba en
cierta ocasión un experimentado formador.
Muchas veces nos quejamos de que “no hay tiempo para la oración”, cuando en
realidad lo que sucede es que no reflejamos la importancia que tiene en las
prioridades de nuestra vida cotidiana.
Todos “tenemos tiempo”: la misma cantidad cada día (24 horas). Todo depende
de cuánto le dediquemos a cada actividad, según nuestros intereses y
prioridades. Generalmente, ubicamos primero en la agenda lo que
consideramos más importante, dejando lo demás en un segundo plano. Si
dedicamos el mejor tiempo a la oración, de seguro encontraremos espacio para
todo lo demás. No así al revés.
Pudiera suceder además que, paradójicamente, no de le demos prioridad a la
oración en el momento en que estamos orando. El Catecismo llama a esta
tentación falta de fe y la considera la más frecuente y oculta. La describe así:
231
Marcial Maciel, L.C., carta ya citada.
232
José María Escrivá de Balaguer. Camino. MiNos. No. 90
147
“Cuando se empieza a orar, se presentan como prioritarios mil trabajos y
cuidados que se consideran más urgentes; una vez más, es el momento de la
verdad del corazón y de su más profundo deseo” 233
4) Buscar sentimientos
Esta tentación puede darse quizá más frecuentemente (aunque no en forma
exclusiva) en la cultura latinoamericana, de sí más inclinada a la emotividad
que a la racionalidad. También tiene sus raíces en el ambiente hedonista que
nos rodea, donde lo importante es la “sensación”.
Así, muchas veces se evalúa la oración en base al “me sentí bien” o “no sentí
nada”. Incluso, en ciertos ambientes, se llega a afirmar que si no hay llanto,
expresiones emotivas en voz alta, etc. no hay oración. Cuando en realidad, la
oración es fructífera tanto cuanto me ayude a identificarme con la voluntad de
Dios, independientemente de los sentimientos.
No se pretende aquí negar la gran importancia de la emotividad. Dios muchas
veces la concede, frecuentemente a quienes acaban de experimentar la
conversión o han tenido una experiencia espiritual fuerte (por ejemplo algún
retiro), para atraerlos hacia sí. El error consiste en pensar que “si no se siente
bien, no es oración auténtica y profunda”.
5) Intención egoísta y falso entendimiento de la oración.
Relacionada con el caso anterior, la intención egoísta desvirtúa la oración, pues
no la guía ya el deseo sincero de encontrarse con Dios que es amor, sino el mero
deseo de alejarse del mundo o de complacer la propia soberbia.
III. Dificultades y medios para superarlas
1) Algunas dificultades comunes
a. Distracción
La distracción es uno de las más habituales. Pero analizarla nos puede servir
para prevenir errores. El Catecismo nos aconseja sabiamente: “Dedicarse a
perseguir la distracción es caer en sus redes; basta con volver al corazón: la
distracción descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado”. 234
Esto último es importante, pues nos permite descubrir cuáles son los apegos
que nos alejan o distraen de Dios.
233
N. 2732
234
N. 2729
148
El mismo Catecismo nos da la solución: “Esta humilde toma de conciencia debe
empujar al orante a ofrecerse al Señor para ser purificado. El combate se decide
cuando se elige a quién se desea servir”. 235
b. Aridez
Conocida también como sequedad, es la situación en la cual la oración nos da
poco o ningún consuelo, alegría ni nos resulta atractiva. Muchos santos la han
vivido y es “el momento en que la fe es más pura, la fe que se mantiene firme
junto a Jesús en su agonía y en el sepulcro”.236
Es preocupante cuando su origen no está en la predilección de Dios, sino en la
falta de raíz. En ese caso, el combate sólo tendrá éxito si está acompañado de
un firme propósito de conversión.
c. Pereza espiritual
En este caso, la aspereza o el desabrimiento se deben más bien a “la pereza, el
relajamiento de la ascesis, el descuido de la vigilancia, a la negligencia del
corazón” 237 . Entre sus consecuencias está el desaliento, que “es el reverso de la
presunción”. 238
d. Aparente falta de respuesta
Talvez en más de una ocasión hemos escuchado o incluso pensado: “¿Para qué
rezarle a Dios si no me concede lo que le pido?”. Ya se trate de alguna
verdadera necesidad o de un capricho el que no se nos haya concedido, puede
convertirse en ocasión para pensar que la oración no es eficaz o al menos no
tanto como nos ofrece el Evangelio
2) Medios para superarse en la oración
a. Humildad
El Catecismo, haciendo eco de los grandes maestros de oración de la Iglesia,
insiste una y otra vez en la necesidad de la humildad para poder entrar en
contacto con Dios. Especialmente en la oración –nos dice- , “quien es humilde
no se extraña de su miseria; esta le lleva a una mayor confianza, a mantenerse
firme en la constancia”. 239
235
Íbid.
236
Íbid. 2731
237
Íbid. 2733
238
Íbid.
239
2733
149
b. Fe
La oración hecha con fe nos permite alcanzar la disposición propia de un
corazón humilde, consciente de que sin Cristo, nada puede (cf. Jn 15,5).
Alimenta nuestra esperanza y nos ayuda a confiar en Aquel a quien no vemos,
pero a quien le creemos porque es veraz (cf. Hb 11,1).
c. Confianza
Algunos dejan de orar porque piensan que su oración no es escuchada. En el
fondo se encuentra, como ya mencionamos, una actitud de desconfianza.
¿Cómo confiar en que nuestra oración está siendo escuchada? Al respecto, el
Catecismo plantea dos cuestiones que nos pueden ayudar a confiar
absolutamente en Cristo:
Debemos orar convencidos de que no sabemos pedir como conviene (cf.
Rm 8,26), seguros de que “Nuestro Padre sabe bien lo que nos hace falta
(…), pero espera nuestra petición porque la dignidad de sus hijos está en
su libertad” 240 . Hay que considerar además que Dios no puede darnos
algo que dañe nuestra vida, porque nos ama.
La raíz de nuestra confianza se encuentra en que Dios ha probado ser
dignísimo de ella porque siempre cumple sus promesas y ha actuado a lo
largo de la historia. Por ello “la oración cristiana es cooperación con su
Providencia y su designio de amor a los hombres”.241
Si nuestra oración está resueltamente unida a la de Jesús, en la confianza y en
la audacia filial, obtenemos todo lo que pidamos en su Nombre y aún más de lo
que pedimos: recibimos al Espíritu Santo que contiene todos los dones.
d. Perseverancia
Quien haya contemplado alguna vez las estalactitas que cuelgan del techo de
una gruta, puede tener una idea muy clara del significado de la perseverancia
en la oración. Estas formaciones, que pueden ser monumentales, son producto
de una pequeña gota de agua (o varias) que cae sin cesar minuto a minuto, año
tras año, depositando las sales calcáreas disueltas en ella. El resultado:
auténticas obras de arte que impresionan a cualquiera.
Algo parecido sucede en nuestra alma con la oración. A raíz de un contacto
frecuente e íntimo con Jesucristo, poco a poco nos vamos conformando con Él.
240
CEC, 2736
241
CEC. 2738
150
La clave para ser perseverantes en la oración es el amor. Por eso recomienda el
Catecismo: “Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración
es el del amor humilde, confiado y perseverante. Este amor abre nuestro
corazón a tres evidencias de fe” 242 :
Orar es siempre posible
Orar es una necesidad vital.
Oración y vida cristiana son inseparables.
Conclusión
Aunque la oración es un don de Dios, el hombre debe poner su esfuerzo para
rezar. A pesar de los enemigos que podemos encontrar, de las dificultades y
tentaciones que se nos presenten, la humildad, la confianza y la fe en Dios,
unidas a una determinación de perseverar siempre, nos ayudan a ser
verdaderos hombres de oración.
Lecturas complementarias
P. Marcial Maciel, L.C. Carta “El hombre del Reino” (1º de noviembre de 1991).
“Ciertamente no es fácil el ejercicio diario de la meditación, sobre todo
cuando la mente se halla solicitada por un sinfín de asuntos, ideas,
distracciones, proyectos, problemas que tiene que resolver. Además, el
estilo y ritmo de vida que la trama social impone al hombre de hoy, unido
al reclamo dispersivo de los medios de comunicación social, no favorece el
clima de concentración y recogimiento necesarios para entrar en oración.
Sin embargo, el anhelo sincero y profundo de buscar a Dios, y el esfuerzo
repetido día con día, irán proporcionando una facilidad creciente y un
gusto cada vez mayor hacia esta actividad tan necesaria para la vida
espiritual del hombre del Reino (…).
Así como dos personas que se aman entrañablemente, pasan la mayor
parte del tiempo pensando en la persona amada y se desviven por
complacerse una a la otra, así el alma que ama a Jesucristo, no sólo piensa
en Él, sino dialoga continuamente con Él, buscando agradarle en medio y
precisamente a través de las actividades cotidianas”.
San José María Escrivá de Balaguer. Camino. 94
“–Y en mi meditación se enciende el fuego. – A eso vas a la oración: a
hacerte una hoguera, lumbre viva, que dé calor y luz.
242
Cf. 2742-2745
151
Por eso cuando no sepas ir adelante, cuando sientas que te apagas, si no
puedes echar en el fuego troncos olorosos, echa las ramas y la hojarasca de
pequeñas oraciones vocales, de jaculatorias, que sigan alimentando la
hoguera. – Y habrás aprovechado el tiempo”.
Autoevaluación
1. ¿Cuáles son los enemigos en el combate de la oración?
2. ¿Por qué se considera a la oración como el camino del progreso
espiritual?
3. Explica en qué consisten tres de las tentaciones frente a la oración aquí
vistas.
4. ¿Qué relación existe entre la falta de fe y las dificultades en la oración?
5. ¿Cuál es la raíz de la confianza en la oración?
6. ¿Cuál es importancia de la perseverancia en la oración y cuál es la clave
para alcanzarla?
152
Sesión 15
La oración: a quién oramos. La piedad popular.
Esquema de la lección
I. Oramos a Dios
1. Oración dirigida al Padre
2. Oramos a Jesucristo y por mediación de Jesucristo
3. Oramos por obra del Espíritu Santo
II. Alabamos y pedimos a María y a los santos
1. ¿Oración eficaz o idolatría?
2. Necesidad de la oración mariana
3. Cristo: centro de toda oración.
III. Oración litúrgica y piedad popular
1. Prioridad de la oración litúrgica
2. Importancia de la piedad popular
3. Prácticas principales
a. Rosario
b. Vía crucis
c. Peregrinaciones
d. Otras
4.- La oración más grande: El Padrenuestro.
Catecismo
Lee los números 2663-2679.
Profundiza tu fe
Benedicto XVI habla de oración a los jóvenes
En la fiesta de acogida de los jóvenes en el embarcadero del Poller
Rheinwiesen, en Colonia, Alemania. 20 de agosto de 2005
Es una dicha encontrarme con vosotros aquí, en Colonia, a orillas del Rhin.
Habéis venido desde varias partes de Alemania, de Europa, del mundo,
153
haciéndoos peregrinos tras los Magos de Oriente. Siguiendo sus huellas,
queréis descubrir a Jesús. Habéis aceptado emprender el camino para llegar
también vosotros a contemplar, personal y comunitariamente, el rostro de Dios
manifestado en el niño acostado en el pesebre. Como vosotros, también yo me
he puesto en camino para, con vosotros, arrodillarme ante la blanca Hostia
consagrada, en la los ojos de la fe reconocen la presencia real del Salvador del
mundo. Todos juntos seguiremos sobre el tema de esta Jornada Mundial de la
Juventud: ‹‹Venimos a adorarlo›› Mt 2,2.
(…) Alguno de vosotros podría tal vez identificarse con la descripción que Edith
Stein hizo de su propia adolescencia, ella, que vivió después en el Carmelo en
Colonia: ‹‹Había perdido conscientemente y deliberadamente la costumbre de
rezar››. Durante estos días podréis recobrar la experiencia vibrante de la
Oración como diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez,
queremos amar. Quisiera decir a todos insistentemente: abrid vuestro corazón
a Dios, dejad sorprenderos por Cristo. Dadle el ‹‹derecho a hablaros›› durante
estos días. Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso.
Presentad vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que Él ilumine
con su luz vuestra mente y acaricie con su gracia vuestro corazón. En estos días
benditos de alegría y deseo de compartir, haced la experiencia liberadora de la
Iglesia como un lugar de la misericordia y de la ternura de Dios para con los
hombres. En la Iglesia y mediante la Iglesia llegaréis a Cristo que os espera.
Catecismo
‹‹En la Tradición viva de la oración, cada Iglesia propone a sus fieles, según el
contexto histórico, social y cultural, el lenguaje de su oración››. CEC 2663-2679.
Cuerpo doctrinal
I. Oramos a Dios
1) Oración dirigida al Padre
En gran medida, a Él se dirige la oración litúrgica. Sólo gracias a Cristo
podemos dirigir al Padre nuestra oración pues, como enseña el Catecismo, su
santa humanidad es “el camino por el que el Espíritu Santo nos enseña a orar a
Dios nuestro Padre”. 243
2) Oramos a Jesucristo y por mediación de Jesucristo
243
CEC 2664
154
Cristo nos conduce al Padre; “la fe en Él introduce a los discípulos en el
conocimiento del Padre porque Jesús es ‘el Camino, la Verdad y la Vida’ (Jn
14,6)”.
Jesucristo, verdadero Dios, es también el destinatario de nuestra oración. En
todas las tradiciones litúrgicas hay fórmulas dirigidas a Él.
Aunque existen muchas invocaciones que a Él se dirigen, el Catecismo nos
recuerda que “el nombre divino es inefable para los labios humanos, pero el
Verbo de Dios, al asumir nuestra humanidad, nos lo entrega y nosotros
podemos invocarlo: ‘Jesús’, ‘YHWH salva’. El Nombre de Jesús contiene todo:
Dios y el hombre y toda la economía de la creación y de la salvación”.244
3) Oramos por obra del Espíritu Santo
El Gran Amigo de nuestra alma es quien nos hace capaces de orar. “Cada vez
que en la oración nos dirigimos a Jesús, es el Espíritu Santo quien, con su
gracia preveniente, nos atrae al camino de la oración”.
Además nos recuerda: “En el Espíritu Santo, la oración cristiana es comunión
de amor con el Padre, no solamente por medio de Cristo, sino también en Él”. 245
Y continúa: “El Espíritu Santo (…) es el maestro interior de la oración
cristiana”. 246
Pero el Espíritu Santo no es sólo Alguien que hace posible nuestra oración y
nos ayuda a dirigirnos al Padre y al Hijo. Él también es Dios, a él también
debemos rezar. Por eso, “la Iglesia nos invita a implorar todos los días al
Espíritu Santo, especialmente al comenzar y al terminar cualquier acción
importante” 247
II. Alabamos y pedimos a María y a los santos
1) ¿Oración eficaz o idolatría?
En cierta ciudad era frecuente ver, pegadas en los automóviles, calcomanías
con la famosa frase de San Marcelino Champagnat: “Todo a Jesús por María”.
Sorprendentemente, pronto empezaron a verse también calcomanías con la
leyenda: “A Jesús por nadie”.
244
CEC 2666
245
CEC 2615
246
CEC 2671
247
CEC 2670.
155
Este es, sin duda, uno de los puntos en los que nuestra Iglesia es más atacada
por los hermanos separados. Ellos tienen el mérito de presentar con insistencia
la persona de Cristo como nuestro Salvador, como amigo personal. Sin
embargo, en muchas de sus predicaciones pareciera que contraponen el amor y
la confianza en Cristo, a la oración a María y los santos.
Como ya se ha explicado 248 , la mediación de María y los demás santos no se
opone a la de Cristo, sino participa de ella. “Jesús es el único Mediador 249 , es el
Camino de nuestra oración; María, su Madre y nuestra Madre, es pura
transparencia de Él: María ‘muestra el Camino’, es su Signo”. 250
Amar a María como Madre no sólo no obstaculiza nuestra relación con Cristo;
más bien, implica cumplir con un deseo expreso de Él mismo. Al respecto,
leamos lo que nos propone el P. Larrañaga al comentar Jn 19,25-28:
“…después de establecer la relación María-Juan, el evangelista agrega
significativamente: “después de esto”, “sabiendo Jesús que ya estaba todo
cumplido…” (Jn 19,28). Estas palabras indican que, en la opinión del
evangelista, Jesús tuvo la conciencia de haber dado cima a su tarea
mesiánica, justamente e inmediatamente después del episodio María-
Juan. De ahí se concluye que la disposición (Jn 19,25-28) de Jesús tiene
alcance mesiánico”. 251
De aquí resulta claro que, al darnos a su Madre, Cristo estaba cumpliendo, más
allá de una simple medida práctica (alguien debía cuidar de su madre), una
parte importante de su plan de salvación. Continúa el padre Larrañaga:
“…Jesús quería fundar un relacionamiento basado en el amor recíproco:
tal como eran, entre sí, Juan y María, debían y habrían de ser los
creyentes. El relacionamiento entre los individuos y la Madre debía
llevarse a cabo en la línea materno-filial (…). Era su última voluntad; su
regalo más querido; lo mejor, al final. En su actuación postrera Jesús
entregó su Madre a la Iglesia, para que la Iglesia la cuidara con fe y
amor. Y a su vez entregó la Iglesia a la Madre, para que la atendiera con
cuidado maternal y la condujera por el camino de la salvación”. 252
Así, pues, orar por María a Jesús es una respuesta a su voluntad. Es oración
muy eficaz pues, si Dios nos escucha a nosotros, que somos pecadores y lo
ofendemos constantemente, ¿cómo no escuchará los ruegos de la criatura que
más le ha agradado entre todas las que creó? ¿Cómo no conceder lo que le pida
248
Cf. Sesión 13, II, 3
249
Cf. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración Dominus Iesus, 6 agosto 2000.
250
N. 2674
251
Ignacio Larrañaga. El silencio de María. Lumen. Argentina. 1993
252
Íbid.
156
Aquella que nos sigue invitando a alejarnos del pecado y a hacer lo que Él nos
diga? (cf. Jn 2,5). ¿Cómo decirle que no a su Madre?
Algo parecido, aunque en menor grado, ocurre con la petición dirigida a Dios
por medio de los santos. Lejos de significar un acto de desconfianza en Cristo,
constituye un medio para presentar nuestras peticiones de una manera más
agradable. Cristo, en su vida pública, respondió muchas veces a los ruegos que
la gente le hacía por otras personas (cf. Por ejemplo, Jn 12,21; Mt 8, 5.6); ¿cómo
no escuchar ahora, en su gloria, las súplicas que le dirigen los que fueron
heroicos seguidores suyos?
2) Necesidad de la oración mariana
De lo que hemos visto hasta acá es fácil comprender que la oración mariana,
más aún que agradable a Dios, es necesaria. Por ello comentaba Juan Pablo II:
“En las bodas de Caná, el Evangelio muestra precisamente la eficacia de la
intercesión de María, que se hace portavoz ante Jesús de las necesidades
humanas: «No tienen vino» (Jn 2, 3).253
Para comprender con más claridad la importancia de María en nuestra relación
con Dios, sigamos algunas de las luces que nos regala San Luis María Grignon
de Monfort 254 :
“…sólo Dios es quien es, y por consiguiente, confieso que este gran Señor,
Ser soberano y absoluto, ni ha tenido ni ahora tiene necesidad alguna de
la Santísima Virgen para hacer su voluntad santísima (…). Basta que
Dios quiera, para que todo se haga”.
Dios, que es Todopoderoso, no necesita de nadie para dispensar sus dones y
realizar su obra salvadora. Pero ha querido necesitar de las criaturas, de
manera especial de la Santísima Virgen, con quien ha tenido y tiene una muy
singular colaboración:
“Dios hecho hombre ha encontrado su libertad en verse aprisionado en su
seno; ha hecho aparecer su poder en dejarse mandar por esta Virgen
bendita; (…) ha glorificado su independencia y su majestad en depender
de esta humilde Virgen en su Concepción, en su nacimiento (…) hasta su
muerte, en la que debía acompañarle (…) ¡Oh admirable e
incomprensible dependencia de un Dios!”.
Por si fuera poco, nuestro santo describe además la manera como nuestra
Madre del cielo sigue colaborando con el Espíritu divino:
253
Juan Pablo II. Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae. 16
254
Tomadas de su “Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen”. Nn. 14,17,18
157
“Dios Espíritu Santo ha comunicado a María, su fiel Esposa, sus dones
inefables, y la ha escogido como dispensadora de todo lo que posee; de
manera que Ella distribuye a quien quiere, cuanto quiere, como quiere y
cuando quiere, todos sus dones y sus gracias, y ningún don se hace a los
hombres sin que pase por sus manos virginales…”.
3) Cristo: centro de toda oración.
Hemos visto que la oración a los santos y a la Santísima Virgen, en nada nos
distancia de Cristo, siempre y cuando tengamos a Dios como centro y
destinatario final. Por eso, enseña el Catecismo, la Iglesia ha “desarrollado la
oración a la santa Madre de Dios, centrándola sobre la persona de Cristo
manifestada en sus misterios”. 255
III. Oración litúrgica y piedad popular
1) Prioridad de la oración litúrgica
Esta forma de oración es de gran importancia, ya que, según explica el
Catecismo, “es participación de la oración de Cristo, dirigida al Padre en el
Espíritu Santo. En ella, toda oración cristiana encuentra su fuente y su
término”. 256
2) Importancia de la piedad popular
La piedad popular es signo de la identidad cristiana de nuestros países. El
papa Benedicto la llamó el tesoro de América Latina 257 . A pesar de que en
algunos casos se ha alejado de su sentido original, no deja de ser un importante
recurso evangelizador que contribuye además a mantener el alma cristiana del
pueblo de Dios.
Entre sus diversas expresiones se encuentran “la veneración de las reliquias,
las visitas a santuarios, las peregrinaciones, las procesiones, el vía crucis, las
danzas religiosas, el rosario, las medallas, etc.” 258
Para que los fieles obtengan de ella el máximo provecho, Juan Pablo II nos
invitaba a “descubrir, en las manifestaciones de la religiosidad popular, los
verdaderos valores espirituales, para enriquecerlos con los elementos de la
genuina doctrina católica, a fin de que esta religiosidad lleve a un compromiso
255
CEC 2675
256
CEC 1073
257
Cf. Discurso Inaugural de Aparecida.
258
CEC 1674
158
sincero de conversión y a una experiencia concreta de caridad. La piedad
popular, si está orientada convenientemente, contribuye también a acrecentar
en los fieles la conciencia de pertenecer a la Iglesia, alimentando su fervor y
ofreciendo así una respuesta válida a los actuales desafíos de la
secularización.”. 259
3) Prácticas principales
a. Rosario
Ha sido nombrada por Juan Pablo II su “oración predilecta”. 260 Es
profundamente cristocéntrico, pues invita a los fieles a contemplar los
principales misterios de su vida de la mano de María. “En efecto –nos
compartía el papa polaco- con el trasfondo de las Avemarías pasan ante los ojos
del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo 261
b. Vía crucis
Aunque es una oración privilegiada para el tiempo cuaresmal y para la Semana
Santa, puede ser útil todo el año, pues nos permite contemplar a Cristo camino
del Calvario y ayudarnos así a abrazar con más entusiasmo nuestra propia
cruz.
A este respecto conviene recordar aquí las palabras del padre Maciel:
“Cristo crucificado es la fuente de toda gracia, la fuerza de nuestra
debilidad, la alegría de nuestra vida. Él es el artífice de nuestra santidad, el
impulsor de nuestro apostolado. Que Cristo esté siempre presente en
nuestra vida y sea el sostén para nuestra fragilidad. En él somos fuertes, en
él somos poderosos”. 262
c. Peregrinaciones
Lejos de ser simples viajes o manifestaciones públicas de fe, conviene recordar
su sentido más profundo: “Las peregrinaciones evocan nuestro caminar por la
tierra hacia el cielo. Son tradicionalmente tiempos fuertes de renovación en la
oración (…). Los santuarios son, para los peregrinos, lugares excepcionales
para vivir “con la Iglesia” las formas de la oración cristiana”. 263
a. Otras
259
Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Postsinodal Ecclesia in America. 16
260
Juan Pablo II. Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae. 4
261
Íbid.
262
Carta del 16 de abril de 1976
263
CEC 2691
159
Además de las ya mencionada, muchos recomiendan recitar algunas oraciones
a lo largo del día que nos ayuden a mantenernos en la presencia de Dios. Así
como en una ciudad no se aglomeran en un mismo lugar las lámparas del
alumbrado público, sino que se distribuyen a lo largo de las diversas calles; así
al alma le sirve tener, en diferentes tiempos del día, momentos de luz divina,
de encuentro con Dios.
Algunos ejemplos son: un ofrecimiento del día en la mañana, el ángelus, un
examen de conciencia y una oración de gracias por la noche, una visita al
Santísimo sacramento, etc.
4) La oración más grande: El Padre Nuestro.
Esta oración es tan importante para la vida cristiana que el Catecismo dedica
106 apartados a explicarla y profundizarla
Es la “oración cristiana fundamental” 264 . El Catecismo llama “Oración del
Señor”, pues viene del mismo Jesús, y explica: “por las palabras de esta
oración, el Hijo único nos da las palabras que el Padre le ha dado: Él es el
Maestro de nuestra oración. Por otra parte, como Verbo encarnado, conoce en
su corazón de hombre las necesidades de sus hermanos y hermanas los
hombres, y nos las revela: es el Modelo de nuestra oración”. 265
Como toda oración vocal, no debe recitarse de forma mecánica, sino desde el
corazón. Comienza con una expresión de confianza (“Padre”) y contiene además
siete peticiones.
Santo Tomás de Aquino, citado por el Catecismo, enseña sobre ella que es “la
más perfecta de las oraciones (…). En ella, no sólo pedimos todo lo que podemos
desear con rectitud, sino además según el orden en que conviene desearlo. De
modo que esta oración no sólo nos enseña a pedir, sino que también llena toda
nuestra afectividad”. 266
Conclusión
La oración, iniciativa de Dios, nos permite relacionarnos con las Tres Divinas
Personas. Además, contamos con la poderosa intercesión de María, quien por
voluntad de Dios nos consigue de Él las gracias que necesitamos.
264
Cf. CEC 2759
265
CEC 2765
266
CEC 2763
160
No estamos solos en el seguimiento de nuestro camino espiritual. Si bien es
cierto que no es fácil la oración, también lo es que contamos con muchos medios
para vivirla fervorosamente, con la ayuda de Dios.
Lecturas complementarias
Catecismo de la Iglesia Católica, 2779-2785
2779 Antes de hacer nuestra esta primera exclamación de la Oración del
Señor, conviene purificar humildemente nuestro corazón de ciertas
imágenes falsas de "este mundo". La humildad nos hace reconocer que
"nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera
revelar", es decir "a los pequeños" (Mt 11, 25-27). La purificación del
corazón concierne a imágenes paternales o maternales, correspondientes a
nuestra historia personal y cultural, y que impregnan nuestra relación con
Dios. Dios nuestro Padre transciende las categorías del mundo creado.
Transferir a él, o contra él, nuestras ideas en este campo sería fabricar
ídolos para adorar o demoler. Orar al Padre es entrar en su misterio, tal
como El es, y tal como el Hijo nos lo ha revelado:
La expresión Dios Padre no había sido revelada jamás a nadie. Cuando
Moisés preguntó a Dios quién era El, oyó otro nombre. A nosotros este
nombre nos ha sido revelado en el Hijo, porque este nombre implica el
nuevo nombre del Padre (Tertuliano, or. 3).
2780 Podemos invocar a Dios como "Padre" porque él nos ha sido revelado
por su Hijo hecho hombre y su Espíritu nos lo hace conocer. Lo que el
hombre no puede concebir ni los poderes angélicos entrever, es decir, la
relación personal del Hijo hacia el Padre (cf Jn 1, 1), he aquí que el
Espíritu del Hijo nos hace participar de esta relación a quienes creemos
que Jesús es el Cristo y que hemos nacido de Dios (cf 1 Jn 5, 1).
2781 Cuando oramos al Padre estamos en comunión con El y con su Hijo,
Jesucristo (cf 1 Jn 1, 3). Entonces le conocemos y lo reconocemos con
admiración siempre nueva. La primera palabra de la Oración del Señor es
una bendición de adoración, antes de ser una imploración. Porque la
Gloria de Dios es que nosotros le reconozcamos como "Padre", Dios
verdadero. Le damos gracias por habernos revelado su Nombre, por
habernos concedido creer en él y por haber sido habitados por su
presencia.
2782 Podemos adorar al Padre porque nos ha hecho renacer a su vida al
adoptarnos como hijos suyos en su Hijo único: por el Bautismo nos
161
incorpora al Cuerpo de su Cristo, y, por la Unción de su Espíritu que se
derrama desde la Cabeza a los miembros, hace de nosotros "cristos":
Dios, en efecto, que nos ha destinado a la adopción de hijos, nos ha
conformado con el Cuerpo glorioso de Cristo. Por tanto, de ahora en
adelante, como participantes de Cristo, sois llamados "cristos" con justa
causa. (San Cirilo de Jerusalén, catech. myst. 3, 1).
El hombre nuevo, que ha renacido y vuelto a su Dios por la gracia, dice
primero: "¡Padre!", porque ha sido hecho hijo (San Cipriano, Dom. orat. 9).
2783 Así pues, por la Oración del Señor, hemos sido revelados a nosotros
mismos al mismo tiempo que nos ha sido revelado el Padre (cf GS 22, 1):
Tú, hombre, no te atrevías a levantar tu cara hacia el cielo, tú bajabas los
ojos hacia la tierra, y de repente has recibido la gracia de Cristo: todos tus
pecados te han sido perdonados. De siervo malo, te has convertido en buen
hijo... Eleva, pues, los ojos hacia el Padre que te ha rescatado por medio de
su Hijo y di: Padre nuestro... Pero no reclames ningún privilegio. No es
Padre, de manera especial, más que de Cristo, mientras que a nosotros nos
ha creado. Di entonces también por medio de la gracia: Padre nuestro,
para merecer ser hijo suyo (San Ambrosio, sacr. 5, 19).
2784 Este don gratuito de la adopción exige por nuestra parte una
conversión continua y una vida nueva. Orar a nuestro Padre debe
desarrollar en nosotros dos disposiciones fundamentales:
El deseo y la voluntad de asemejarnos a él. Creados a su imagen, la
semejanza se nos ha dado por gracia y tenemos que responder a ella.
Es necesario acordarnos, cuando llamemos a Dios 'Padre nuestro', de que
debemos comportarnos como hijos de Dios (San Cipriano, Dom. orat. 11).
No podéis llamar Padre vuestro al Dios de toda bondad si mantenéis un
corazón cruel e inhumano; porque en este caso ya no tenéis en vosotros la
señal de la bondad del Padre celestial (San Juan Crisóstomo, hom. in Mt
7, 14).
Es necesario contemplar continuamente la belleza del Padre e impregnar
de ella nuestra alma (San Gregorio de Nisa, or. dom. 2).
2785 Un corazón humilde y confiado que nos hace volver a ser como niños
(cf Mt 18, 3); porque es a "los pequeños" a los que el Padre se revela (cf Mt
11, 25):
162
Es una mirada a Dios nada más, un gran fuego de amor. El alma se hunde
y se abisma allí en la santa dilección y habla con Dios como con su propio
Padre, muy familiarmente, en una ternura de piedad en verdad
entrañable (San Juan Casiano, coll. 9, 18).
Padre nuestro: este nombre suscita en nosotros todo a la vez, el amor, el
gusto en la oración,... y también la esperanza de obtener lo que vamos a
pedir... ¿Qué puede El, en efecto, negar a la oración de sus hijos, cuando ya
previamente les ha permitido ser sus hijos? (San Agustín, serm. Dom. 2, 4,
16).”
Juan Pablo II. Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae. 10,12.
“María modelo de contemplación
10. La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El
rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre
donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana
que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún. Nadie se
ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de
Cristo. Los ojos de su corazón se concentran de algún modo en Él ya en la
Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo; en los meses
sucesivos empieza a sentir su presencia y a imaginar sus rasgos. Cuando
por fin lo da a luz en Belén, sus ojos se vuelven también tiernamente sobre
el rostro del Hijo, cuando lo «envolvió en pañales y le acostó en un
pesebre» (Lc 2, 7).
Desde entonces su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se
apartará jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el
episodio de su extravío en el templo: « Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? »
(Lc 2, 48); será en todo caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo
íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir
sus decisiones, como en Caná (cf. Jn 2, 5); otras veces será una mirada
dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde todavía será, en cierto sentido, la
mirada de la 'parturienta', ya que María no se limitará a compartir la
pasión y la muerte del Unigénito, sino que acogerá al nuevo hijo en el
discípulo predilecto confiado a Ella (cf. Jn 19, 26-27); en la mañana de
Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección y, por
fin, una mirada ardorosa por la efusión del Espíritu en el día de
Pentecostés (cf. Hch 1, 14).
(…) El Rosario, oración contemplativa
12. El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una
oración marcadamente contemplativa. Sin esta dimensión, se
163
desnaturalizaría, como subrayó Pablo VI: «Sin contemplación, el Rosario
es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica
repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: "Cuando
oréis, no seáis charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en
virtud de su locuacidad" (Mt 6, 7). Por su naturaleza el rezo del Rosario
exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien
ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del
corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su
insondable riqueza».
Es necesario detenernos en este profundo pensamiento de Pablo VI para
poner de relieve algunas dimensiones del Rosario que definen mejor su
carácter de contemplación cristológica”.
Autoevaluación
1. Haz un cuadro en el que señales cómo nos relacionamos, mediante la
oración, con cada una de las Tres Personas Divinas.
2. Si Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres, ¿para qué
rezarle a los santos?
3. ¿Por qué debemos orar con María y por ella a Jesús?
4. Menciona 5 expresiones de la piedad popular.
5. Don Carlos dice que el rosario es muy aburrido, por que lo único que se
hace es repetir avemarías sin parar. Además, no le gusta porque prefiere
rezarle a Cristo. De acuerdo a lo estudiado, ¿qué le responderías?