Adrián Sanz
La crisis epistemológica en la filosofía y en la ciencia
Este ensayo se dedicará a argumentar el cómo las disciplinas del saber estarán
siempre condenadas a no saber realmente, y el cómo la única disciplina capaz de
revocar esto al comprender su misma humanidad, es la epistemología. Presentaré el
recorrido histórico de tales disciplinas, así como la relación histórica entre la ciencia
y la filosofía; todo ello a modo de introducción.
El ansia por conocer, estableciéndose como un capricho humano insaciable, ha dado
lugar al establecimiento de diferentes disciplinas y sistemas, cuya finalidad no es otra
que la de saciar nuestra hambre epistemofílica. El recorrido histórico de la filosofía se
ha caracterizado por la especialización en ciertas áreas; áreas descritas a través de una
pregunta. Tal pregunta representaba la mayor inquietud poseída en esa época, pues
los esfuerzos intelectuales de los pensadores siempre han estado ligados a aquella
cuestión de la que más urgentemente necesitaban saber, por supuesto, directamente
dependiente de las demandas históricas.
En la antigüedad esta pregunta no era otra que ¿De qué está hecho el mundo?, y es
que se centraron sobretodo en explicar cuál era la naturaleza del mundo, en encontrar
una explicación y conocer a fondo la realidad fenomenológica que se aparecía ante
sus ojos. Esto llevó a figuras como Platón o Aristoteles a plantear diferentes formas
de concebir la realidad a través de sistemas tales como el dualismo ontológico en el
caso de Platón, o el hilemorfismo en el caso de aristoteles.
En la Edad Media en cambio, y fruto de su contexto; los pensadores dedicaron gran
parte de su obra a cohesionar razón y fe, los dogmas cristianos con los postulados de
la filosofía clásica. La filosofía de esta época estuvo, como no podía ser de otra
manera, ligada a la teología, explorando tanto la metafísica como la ética
comprendida bajo la mira de Dios. La escolástica estuvo bien representada por
figuras como Tomás de Aquino, quien buscó de forma incansable armonizar los
postulados aristotélicos con la fe. La pregunta que podemos extraer de la filosofía
medieval no es otra que ¿Qué implica la existencia de Dios?.
En la ilustración el pensamiento crítico y la razón emergen nuevamente, donde las
guías principales estaban encabezadas por el pensamiento crítico; donde la libertad,
seguida de la igualdad y la autonomía serían temas de gran importancia. Resaltaron
de forma notoria los contractualistas, Voltaire, y hasta cierto punto Kant. En cambio,
la ilustración no es una etapa en sí misma, pues ella pertenece al modernismo.
Este abarca un sinfín de autores absolutamente diferentes entre sí; desde los idealistas
alemanes (de Kant hasta Hegel, el último filósofo moderno), hasta nihilistas
(Turgueniev), pasando por racionalistas (Leibniz), empiristas (Hume), pnateístas
(Spinoza), y por supuesto los contractualistas (Locke, Hobbes y Rousseau). En esta
época, en mi opinión la más notoria junto con la antigüa, la pregunta que destacó sin
duda fue ¿Qué es el conocimiento?; y es que la epistemología toma un papel crucial;
emergiendo propuestas nunca antes vistas; desde el giro copernicano de Kant y su
idealismo trascendental, hasta la barrida radical de todo lo que se creía como
autoevidente por parte de la renuncia hegeliana a la lógica formal, proponiendo en su
lugar la lógica dialéctica.
La filosofía contemporánea es muy variopinta. La pregunta ¿Qué sentido tiene la
vida? Es crucial para entender a los existencialistas (Kierkegaard), vitalistas
(Nietzsche), absurdistas (Camus), o pesimistas (Shopenhauer). En cambio, Marx se
aleja radicalmente de estos planteamientos y elabora el materialismo histórico,
obedeciendo más bien a la pregunta ¿Cuál es el motor de la historia?. Es fundamental
sin embargo destacar que tal cuestión es la piedra angular de la dialéctica hegeliana,
sistema del que Marx adquiere gran influencia e inspiración. En occidente, y más
concretamente en España, la pregunta de ¿Qué es España? Fue algo recurrente a
principios del SXX, resaltando una corriente eurocentrista de la que solo Unamuno
pareció no formar parte.
Entender esto es crucial para comprender que el conocimiento humano ha tenido un
recorrido histórico muy definido, y es que las inquietudes epistemologicas han estado
muy ligadas a la época histórica en que se dieron.
Ahora bien, la cuestión epistemológica en sí misma ha parecido naturalizarse dentro
de los cabales de la lógica formal. Veamos el recorrido que ha tenido la relación
científico-filosófica a lo largo de la historia:
Es notable como en un inicio, ciencia y filosofía eran una misma cosa, pues la
finalidad primaria de los pensadores de antaño no era otra que tratar de conocer el
mundo en el amplio sentido de la palabra, de ahí que disciplinas formales como las
matemáticas o la lógica formal emergieran como una forma de dar explicación y
determinar la veracidad de algo de forma sistemática en base a razonamientos
autoevidentes o axiomáticos, y por tanto poseer un sistema sólido y fiable del cual
poder derivar conclusiones en cuanto a la veracidad de las cosas.
En cambio, la forma de conocer ahora se concibe como dependiente a la disciplina
sobre la que se quiere conocer, y es que asumimos que la naturaleza del conocimiento
es fundamentalmente diferente en, por ejemplo, la física, que en la metafísica. En
cambio, el saber científico y filosófico estuvo entrelazado durante siglos, y la relación
entre ambas disciplinas ha venido estando determinada por los cambios en la
percepción del conocimiento y los métodos de indagación. En la ya mencionada
antigüedad, Aristóteles por ejemplo trataba cuestiones tanto metafísicas como
empíricas (estas últimas mediante investigaciones de carácter empírico).
Si bien se le atribuye a la separación disciplinar su origen en el siglo XlX, es un
hecho que la misma viene de antes, concretamente de la revolución científica del
S.XVll, con pensadores como Galileo o Newton; tales poniendo un especial énfasis
en el método experimental para conocer, dando lugar al conocido y vigente método
científico. Esto introdujo un cambio fundamental en la concepción de la filosofía,
pues algo llamado filosofía natural logró separarse de lo que se consideraba filosofía
en un sentido más amplio; y marcar un precedente que luego serviría de precursor
para dar lugar a la ciencia moderna.
Dos siglos después emergieron definitivamente disciplinas como la física o la
biología, ampliándose y consolidándose la brecha disciplinar entre ciencia y filosofía.
Este momento histórico se caracterizó por la renuncia general de los científicos
contra los razonamientos abstractos, fundamentales en el entendimiento de cuestiones
epistemológicas y metafísicas, que dieron cuerpo e identidad a la filosofía antigüa,
medieval, y sobretodo moderna. La formulación de teorías rigurosas a través de la
recolección sistemática de datos se hizo la norma en los núcleos científicos, mientras
que en los núcleos filosóficos la relación con la investigación empírica directa se
empequeñeció para volcarse a fondo en las cuestiones que caracterizaron al
modernismo: las anteriormente mencionadas metafísica y epistemología. A raíz de
esto surgieron posiciones epistémicas que llegaban a ser hasta auto-contradictorias:
como el positivismo.
Razón en parte por la cual en el sigo XX surgió la filosofía de la ciencia, disciplina
cuyo fin era examinar tanto los fundamentos como la metodología de la investigación
científica. En cambio, la separación disciplinar en este punto era total, y los
científicos exploraron sus respectivas disciplinas apelando sobretodo al campo
experimental y empírico.
Esta gradual separación, consolidándose en una diferenciación clara sigue vigente
hoy, y parece que va a seguir así, en cambio, existen asucniones que se dan por
supuestas en cuanto a qué es el conocimiento, o las diferentes relaciones
interdisciplinares, cosa que a muchos les hace genuinamente considerar que la física
o la matemática es el primer conocimiento.
-Conocido el recorrido de las inquietudes filosóficas y la relación entre la ciencia
y la filosofía, nos adentraremos en la cuestión principal del ensayo: la epistemología.
Podemos situar su origen en el modernismo, concretamente en el Ensayo sobre el
entendimiento humano de Locke. La importancia de reconocer la esencia, certeza y
veracidad del conocimiento humano se convierte en la inquietud principal de los
filósofos modernos; y es que sitúan en la epistemología el colchón cognitivo
primario, donde las bases del resto reposarán. Una mala concepción epistemológica
lleva de forma inequívoca a problemas relacionados con la metodología, y por tanto a
confundir y borrar la línea que separa lo cierto de lo falso (existen infinidad de
ejemplos, desde los presupuestos cartesianos sobre la realidad sensible hasta el
solipsismo de Berkeley). La tradición filosófica trazó de muchas formas esa línea;
todas sin embargo asumiendo el principio de identidad y demás presupuestos
derivados de la lógica formal, así como demás principios que podían hasta ser vistos
como arbitrarios: desde la fe cristiana hasta lo meramente perceptible por la mente.
Para plantear un ejemplo actual de lo que supone un error flagrante en el ámbito
epistemológico, veamos qué sucede con el Positivismo. Este considera que todas las
teorías que construyamos acerca de la realidad deben ser validadas lógica y
empíricamente. Asumiendo que toda proposición no validada de esta forma debe ser
automáticamente rechazada. Así pues, y no entrando a valorar casos concretos en los
que esta asunción sufre para salir del paso, evaluemos qué sucede con la afirmación
misma. No existe forma de demostrar lógica o empíricamente que el conocimiento
científico es el único válido, pues asume la validez como un presupuesto básico, sin
dejar hueco a razones que puedan determinar la validez de un enunciado ajenas al
apartado del análisis formal o empírico; descartando la posibilidad del conocimiento
a priori. Por tanto, si asumimos que la afirmación de que “ las teorías que
construyamos acerca de la realidad deben ser validadas lógica y empíricamente” y
que “ toda proposición no validada de esta forma debe ser automáticamente
rechazada”, y consideramos que tal enunciado es parte de la realidad; para ser
consistente, debe ser lógica o empíricamente demostrado (cosa imposible).
En la mayoría de casos los problemas con la epistemología no son tan simples, y es
que en su inmensa mayoría el problema reside precisamente en no darle la atención
adecuada y necesaria a esto. Dicho de otra manera; el problema por el cual una teoría
o propuesta metodológica puede ser falsa, no suele deberse a un problema per se con
la epistemología, sino precisamente en no profundizar o determinar correctamente los
presupuestos empistemológicos.
Coloquialmente, las diferentes disciplinas científicas se han relacionado entre sí
derivando unas de otras, de forma que la biología quedaría definida como una
generalización de la química, así como la química se reduciría a esencialmente a la
física, y esta a modelos matemáticos. Por supuesto, se ignora algo tan importante
como el hecho de que el todo que representa la disciplina es mucho más que la
disciplina previa; igual que la mente de alguien, aquello que esa persona es; no puede
reducirse a conexiones neuronales, pues asumimos que el todo posee una naturaleza
diferente que la suma de sus partes. De ahí que todas las anteriormente nombradas
disciplinas se configuren bajo métodos de estudio diferentes y traten de ilustrar de
forma diferente.
En cambio, también es cierto que saber del funcionamiento de disciplinas anteriores
es fundamental para comprender de buena forma lo que tratamos de estudiar. Uno no
puede pretender conocer el ciclo de Krebs sin saber qué es una Bomba de sodio-
potasio, igual que necesita comprender la naturaleza de los diferentes elementos
químicos para entender de buena forma ciertos comportamientos materiales dentro de
la biología. En cuanto a la física, es imprescindible conocer el funcionamiento
matricial, el funcionamiento de las funciones, y prácticamente toda deriva lógica
matemática. Tal es también parte fundamental en la química, más concretamente en la
estequiometría, y por tanto podríamos establecer el saber matemático como la piedra
angular de la ciencia.
Ahora bien, la naturaleza de las matemáticas es eminentemente abstracta, y las
relaciones numéricas no están directamente representadas en la realidad. Una regla de
tres, por ejemplo, no puede verse en la naturaleza, como mucho puede conocerse a
través de la identificación de su consecuencia. Esto sucede con toda regla que trate de
parametrizar lo externo, y es que el sistema lógico en el que se basan las matemáticas
no es más que una creación humana. Observamos relaciones, resultados, causas y
consecuencias y en torno a ello elaboramos un modelo en un lenguaje universal (en
este caso las matemáticas) que formalice y explique de forma inequívoca aquello que
observamos. Los modelos matemáticos están concebidos de tal forma, que ya no es
solo explicativa su función, sino también predictiva. Al asumir las condiciones para
que algo suceda como objetivas e inalterables, se nos presenta la posibilidad de, dada
la intención de que algo suceda; utilizar el mismo modelo para, en vez de llegar a una
conclusión observada, inducirla. Por ejemplo, podemos observar el comportamiento
de un objeto en caída libre; tendremos en cuenta la gravedad, las corrientes de viento,
etc. Conoceremos pues, aquello que influye en la posición del objeto una vez cae, y
formalizaremos tal comportamiento en forma de fórmula y ley universal. Ahora esa
ley puede ser utilizada para calcular el punto desde el que quiero saltar en paracaídas,
para caer en un sitio concreto. Ahora bien, esa ley universal no es inherente a la
realidad; es un modelo humano. Es una herramienta epistémica que el humano usa
para conocer. Como Hegel aclaró:
“Pertenece sólo al formalismo de aquella universalidad [...] si en lugar de tomar (a +
b)" para el desarrollo de las potencias, se dice (a + b + e + d...)", tal como se hace
también en muchos otros casos. Tal forma tiene que considerarse (por decirlo asi)
sólo como una coqueteria de la apariencia de la universalidad. En el binomio se agota
la cosa esencial; mediante el desarrollo de él, se halla la ley, y la ley es la verdadera
universalidad, y no [es tal] la repetición extrinseca y sólo vacia de la ley, que es
solamente lo producido por medio de aquel a + b + c + d...”
Así pues, conocemos ahora que la ciencia no es más que un acercamiento humano a
la realidad. Ahora bien, la matemática al no ser algo natural, pero a su vez asumirse
como una verdad infalseable que sirve como pilar fundamental para toda disciplina
científica, nos hace preguntarnos de dónde podemos asumir su veracidad. ¿Qué es
aquello que hace a la matemática ser veraz y por tanto utilizada para validar y
elaborar modelos?.
Antes de responder a esta pregunta, tenemos que saber que si se aplica un modelo
matemático para explicar algo que desde un principio está mal extraído de la realidad,
el resultado, pese a ser matemáticamente consistente, nos dará una lectura errada de
la realidad. Así pues, la realidad cuantificada depende de ser correctamente percibida.
Este problema con la percepción, nos lleva a preguntarnos cómo podemos conocer,
qué podemos conocer, cómo validamos aquello que creemos conocer, y si es siquiera
posible conocer algo en primer lugar. Cualquiera que quiera evitar estas cuestiones
caerá en el error previamente mencionado; de extraer resultados matemáticos gracias
a un modelo elaborado sobre la parcialidad de la realidad, ofreciendo una conclusión
errónea.
Volviendo pues a la cuestión de la validez de las matemáticas. De donde derivamos la
veracidad de las matemáticas, no es de otro lugar que de la lógica formal. La lógica
formal es básicamente el estudio exclusivo de la interconexión entre las partes de un
contenido, y para lograr este fin se disocia el contenido concreto de las ideas para
lograr abstraerlas. El cómo valida la lógica estas interconexiones es la clave para
comprender la cuestión con respecto a la epistemología que pretendo expresar en este
ensayo. La relación entre los diferentes parámetros depende de asociaciones
autoevidentes, o sea, axiomáticas, de tales principios. Para hacer tal, lo primario es
conocer qué supone cada parámetro, y para ello indagaremos en qué es en primer
lugar. Aquello que hace a algo ser, y no ser; o sea, aquello que concreta a algo como
es mismo algo, es la condición de ser igual a sí mismo. Esto se conoce como el
principio de identidad, y es la base sobre la cual descansa la lógica formal, y por ende
las matemáticas y por extensión todas las disciplinas científicas. Este principio suele
ser expresado como X = X, haciendo referencia al hecho de que algo es igual a sí
mismo.
Ahora hemos de juntar ambas ideas: la del principio de identidad como principio
necesario y crucial de la lógica formal, y la de que si al momento de elaborar un
modelo lo hacemos desde una realidad errónea, pese a la veracidad de la conclusión
matemática, la conclusión en sí será por tanto errónea.
A principios del SXX, la física se revolucionó gracias a las aportaciones de diversos
científicos, y si bien postulados como el principio de incertidumbre ya introducen un
amago de lo que quiero tratar, vamos a adelantarnos a 1961.
Será necesario brindar contexto previo: Planck a inicios de 1900 dio pie a lo que
parecía ser una versión alternativa de la mecánica clásica newtoniana, pues había
ciertos fenómenos físicos, concretamente relacionados con la naturaleza de ciertos
elementos a escalas minúsculas; que parecían ser inexplicables con el modelo de la
física clásica. No se entrará en tecnicismos científicos, pues no es el tema del ensayo.
Una inquietud que traía por el camino de la amargura a muchos científicos de la
época era la naturaleza de la luz (junto a otras cuestiones, como por ejemplo el
concepto mismo de gravedad, mas no atañe al tema). Había quienes defendían que la
luz no era más que una onda, y quienes argumentaban que no, que la luz, aunque en
una escala minúscula, estaba compuesta por partículas, y por tanto poseía una
estructura física (Una partícula tiene una posición definida en el espacio y tiene masa,
mientras que una onda se extiende en el espacio caracterizándose por tener una
velocidad definida y masa nula).
Ahora bien, el científico Thomas Young propuso a principios del SXlX el
experimento de la doble rendija, ejecutándolo Claus Jönsson en 1961 con mejores
medios y por tanto brindando mejores conclusiones. El experimento consistía en lo
siguiente: se aceleró un haz de electrones a través de 50.000 voltios e hizo pasar este
haz por una doble rendija con una separación y anchura muy pequeñas. Una vez los
electrones pasaran por tales rendijas, formarían un patrón en una pantalla. Una vez
terminada la primera fase del experimento, se observó en la pantalla un patrón de
interferencia; comportamiento que tomaría la luz en caso de ser una onda. Ahora
bien, cuando decidió observarse qué rendija atravesaban las partículas, todo cuanto
creíamos creer sobre la ciencia y lógica pareció derribarse. En la pantalla el patrón
que aparecía no era como el anterior, las partículas decidieron comportarse como
individuales; dejando dos agrupaciones de electrones, desapareciendo por completo
cualquier rastro del patrón de interferencia. La única diferencia entre el primer
experimento y el segundo, era una medición en un momento concreto del
experimento; a través de un instrumento que no interfería en absoluto en el curso del
msimo. La luz se comportaba arbitrariamente de forma diferente. Su naturaleza
parecía ser contingente, no era material, pero tampoco era una onda, era ambas a la
vez.
Ahora que conocemos este experimento, podemos arrojar las siguientes conclusiones:
el principio de identidad que hemos estado utilizando como principio básico es
sustituido por una contingencia (Utilizando este ejemplo: la luz es una onda, pero
también es material; siendo ambas cualidades mutuamente excluyentes). Es como
afirmar que un material es áspero, pero a su misma vez es sedoso y suave, o que
cierta materia a X grados es gaseosa, pero a la vez es sólida. X ya no es X; puesto que
ahora X puede ser X, pero también puede ser Y, y la identidad de X por tanto ya no es
una: la misma está formada por principios mutuamente excluyentes y contradictorios,
que parecen determinarse de forma arbitraria.
Debido a esto, la física tuvo que dividirse, pues no era posible aplicar los mismos
principios para estudiar los fenómenos tradicionales y cuánticos.
Por tanto, por muy ciertas que sean las conclusiones matemáticas extraídas de la
física, el modelo solo puede responder a la realidad bajo la cual fue concebido, luego
la física como disciplina no describe una realidad per se, sino lo que hemos percibido
de tal realidad, realidad que ye se ha mostrado como erróneamente percibida.
Tenemos entonces que el principio de identidad deja de ser una verdad autoevidente,
y que la realidad como la creíamos conocer a través de las matemáticas no era más
que una percepción parcial y alterada por nuestra presencia. Aquello que creemos
conocer científicamente no es más que conocimiento accidental, fruto de
conclusiones extraídas de nuestra percepción directa de la realidad.
Esta cuestión es fundamental para entender el por qué la ciencia fue entendida por
Hegel como una forma de conocimiento parcial, y no absoluto y objetivo como la
mayoría asume.
El conocimiento fue siempre definido como una creencia verdadera y justificada; o
sea, una creencia que tiene razón de ser y que es además cierta. No fue hasta 1963
que Gettier planteó ciertos escenarios que planteaban una duda razonable con
respecto a ello.
Pongamos que estoy aspirando a un puesto de trabajo. Mi potencial jefe me dice que
no me va a contratar, porque mi compañero John es mejor opción. Yo sé que John
tiene 10 monedas en el bolsillo, y por tanto llego a la conclusión de que quien va a
obtener el puesto va a ser un hombre con 10 monedas en el bolsillo. En cambio,
resulta que tal potencial jefe es un bromista, y decidió mentirme para gastarme una
broma; y resulta también que, curiosamente, yo también poseo 10 monedas en el
bolsillo. Finalmente yo accedo al puesto de trabajo, pero sucede lo siguiente: la
creencia justificada que en un primer momento me planteé es de hecho cierta, pues el
nuevo empleado es un hombre con 10 monedas en el bolsillo, en cambio, yo no
sospechaba siquiera que ese puesto iba a pertenecerme.
¿Podemos llamar por tanto conocimiento a mi creencia inicial? - La respuesta es que
si, pero no se trataría de un conocimiento puro u objetivo, sino más bien de un
conocimiento accidental; puesto que con la información que contaba, la conclusión
fue cierta, mas no por las razones por las que la creía cierta.
Esto mismo sucede con la ciencia; la física, la biología, la química etc. son parte del
saber. Nos plantean un conocimiento que se sabe tanto justificado como verdadero,
mas no por lo que creemos. Hemos adaptado nuestra capacidad de conocer al mundo
que nos rodea, y hemos asumido que nuestra capacidad para conocer es suficiente. En
cambio, todo cuanto hemos hecho es ejecutar de forma magistral peticiones de
principio, hemos creado narrativas predictivas, formalizado disciplinas enteras
entorno a tales narrativas, pero jamás hemos logrado conocer realmente lo que
creemos conocer. Por eso, la ciencia destaca como un conocimiento parcial, casi
accidentado, fruto de la mera condición humana que la concibió.
Por tanto, si las disciplinas que creíamos impepinablemente ciertas y objetivas no lo
son, imagina lo que sucede con todas aquellas que ni tan siquiera han logrado
objetivarse de forma alguna, como la metafísica, la ética, la estética, la política etc.
Pongamos el ejemplo de la filosofía medieval. Tomemos a Santo Tomás de Aquino
mismo, quien por asumir de forma irracional la biblia como cierta, trató de
racionalizar sus conclusiones ya establecidas y proponer una compatibilidad con
sistemas racionales como el aristotélico. Es cierto que dotó de un racionalismo a su
pensamiento que lo aleja del dogma religioso, pero la creencia primera que dio pie a
su pensamiento era eso; una creencia. No es conocimiento el que podemos extraer de
la metafísica, no al menos objetivo y absoluto; se trata como mucho de una
aproximación al mismo, mediante herramientas defectuosas, eminentemente
humanas, desembocando en conocimiento accidental.
Toda disciplina cae rendida ante la misma cosa: La imposibilidad de conocer
realmente lo que conocemos. La epistemología por tanto es la única disciplina que, a
pesar de parecer redundante en su función (conocer lo que se conoce), es la única que
puede siquiera llegar a aproximarse a derribar el muro gnoseológico con el que
absolutamente toda disciplina del saber choca.
Hasta que la epistemología no se desprenda de su propia humanidad, estaremos
condenados a conocer accidentalmente.