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MATT WINTER
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previa y por escrito de los titulares del copyright.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares y situaciones
son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y
cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de
negocios (comerciales) hechos o situaciones son pura coincidencia.
ADVERTENCIA: este libro contiene situaciones y lenguaje adulto,
además de escenas sexualmente explícitas, que podrían ser consideradas
ofensivas para algunos lectores. La venta de este libro es solo para adultos.
Por favor, asegúrese de que este libro está archivado en un lugar al que no
puedan acceder lectores menores de edad.
Título: Entre amigos
Copyright © 2022 – Matt Winter
Primera edición, octubre 2022
Instagram: @mattwinter_author
Gracias por comprar esta novela.
ÍNDICE
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 1
Fue una madrugada de marzo, de finales de marzo.
Renna Dowell había dado una fiesta en su casa porque pronto
volveríamos a la universidad: una excusa más para emborracharse y fumar
porros a escondidas cuando tienes veintiún años.
A las cuatro, Renna dijo que aquello se había acabado porque un
energúmeno había hecho trizas la figurita de porcelana favorita de su
madre. Todos protestamos, pero yo me callé que, seguramente, ese
energúmeno había sido yo.
Durante la siguiente hora no tengo muy claro qué pasó. Creo que fue
cuando Linda, mi novia, me abofeteó porque, según ella, me había dado el
lote con Frida Jenkins, cosa que yo desmentí, aunque fuera cierta. También
debió ser entonces cuando a mis colegas les salió otro plan y decidieron
largarse. ¿Me avisaron? Sí, pero yo estaba metiéndole los dedos a Frida y
no les presté atención.
Así que a las cinco de la madrugada estaba tirado a las afueras del
pueblo, hasta arriba de porros y cervezas, y sin nadie que pudiera llevarme a
casa.
Sí, eran solo nueve millas, pero de noche y con un pedo tremendo,
lo último de lo que era capaz era de caminar.
Solicité a Renna que me dejara dormir allí, aunque fuera en el
garaje, pero sospechaba de mí por lo de la figurita, y me dio con la puerta
en las narices.
¿Solución? Autostop.
No suele pasar mucha gente por la carretera comarcal alrededor de
las cinco de la madrugada de un domingo de verano, así que cuando vi las
luces a lo lejos me planté en medio de la calzada y abrí los brazos en cruz,
pues posiblemente sería mi única oportunidad.
Estaba muy borracho, ya te lo he dicho, porque quien fuera que se
acercaba, con estar un poco despistado, me hubiera llevado por delante.
Pero se detuvo, a un par de metros de mí.
Me importaba bastante poco de quién se trataba. Lo único que
necesitaba era que me acercara lo más posible a casa, que ya me las
arreglaría yo una vez en el pueblo.
—Eres Adam, el hijo de Douglas, ¿no?
La voz provenía del interior del Dover que acababa de pararse.
Cuando me acerqué, más tambaleante de lo que pretendía, y miré al interior,
desde el asiento del conductor me analizaban unos ojos que había visto
muchas veces.
Era Tom Clancy, un colega de mi padre, de los que jugaban los
sábados a los bolos y hacían pandilla con sus mujeres para salir de cena de
vez en cuando. Era, además, el padre de… ¿se llamaba también Thomas?,
uno de mis compañeros de último curso en el instituto, con quien apenas
tuve relación a pesar de que mi madre insistía.
Aquello me agrió el carácter. Mis intenciones eran llegar a casa
antes de que nadie se despertara, meterme en la cama y levantarme cuando
esa mierda se me hubiera pasado, sin dejar rastro del calamitoso estado con
que había llegado. Pero el señor Clancy estaba claro que me iba a delatar a
papá.
La borrachera no me permitía perfilar un plan B, así que decidí
correr con las consecuencias, ¿no era un adulto universitario?, y, por lo
menos, no perderme entre los bosques.
—Sí, soy yo, señor Clancy.
Él parecía extrañado, y también satisfecho. Me miraba con
curiosidad, quizá asombro.
—¿Y qué haces a esta hora en medio de la nada?
Podía explicarle lo de la fiesta, lo de la figurita de porcelane y lo de
mis dedos dentro de la vagina de Frida, pero era demasiado largo.
—Mis colegas se han marchado y se han olvidado de mí.
Lo pensó un momento. Creo que meditaba entre la posibilidad de
echarme una mano y la de darme un escarmiento. Al final extendió sus
largos dedos y abrió la puerta para mí.
—Anda, sube. Te acercaré a casa.
Respiré aliviado.
No era consciente de lo cansado que estaba ni de lo que echaba de
menos mi cama. Me senté y cerré la puerta, y volví a darle las gracias varias
veces seguidas.
Lo conocía desde que nací, aunque en los pueblos, al menos en el
mío, había un reverencial respeto por las personas mayores y por los amigos
de nuestros padres que nos impedía tutearlo.
Al fin él arrancó y yo empecé a sumergirme en la agradable
sensación de que una noche tumultuosa estaba a punto de terminar.
Mi madre decía que Tom Clancy era el hombre más guapo del
pueblo, y podía tener razón si yo entendiera de eso. Debía tener la edad de
papá, acabados de cumplir los cuarenta. Cabello rubio y espeso, un bigote
muy poblado, y ojos azules y profundos, que más de una vez había pillado
clavados en mí, supongo que lamentando el desastre de hijo que había
tenido su amigo. Hacía mucho deporte, eso lo sabía, y lo había visto en
bañador. Hasta Linda, mi novia, dijo una vez que se lo tiraría sin dudarlo, lo
que provocó una de nuestras primeras broncas.
—Has debido pasártelo bien —dijo cuando llevábamos un rato en
silencio.
—Una fiesta de verano.
Asintió. Parecía estar evaluando hasta qué punto estaba en estado de
mantener una conversación.
—¿Has ido con tu novia?
—Sí, hemos venido juntos.
—¿Y dónde está?
¿Qué le explicaba? ¿Qué me había pillado comiéndole el coño a su
amiga?
—Un malentendido.
—Se ha enfadado contigo.
Enfadado no era la palabra, porque si me concentraba, aún me dolía
la bofetada que me había dado.
—Sí, creo que esta noche lo hemos dejado.
Soltó un silbido.
—Pues a ver cómo mojas ahora.
Me sonrojé. Con mi padre no se me hubiera ocurrido hablar de estas
cosas. Pero el señor Clancy parecía enrollado.
—Siempre hay posibilidades —contesté por decir algo.
Él me miró. Juraría que de una manera especial, como si me
observara los labios, y los ojos, y volviera a los labios.
—A un chico guapo y deportista como tú no deben faltarle las
posibilidades, ¿no?
Me sentí incómodo.
—No está mal.
—¿Esta noche ha habido… fiesta?
—¿Fiesta?
Vi cómo se humedecía los labios antes de mirarme de nuevo.
—Me preguntaba si habías follado.
Creo que mis ojos lo enfrentaron asombrados. Pero duró poco,
porque comprendí que aquel tipo no era tan recto como papá, y hablar de
todas las mierdas que me habían pasado aquella noche me vendría bien.
—He estado a punto —confesé—, pero cuando me estaba bajando
los calzoncillos ha entrado mi novia.
—Así que estabas con… ¿otra?
—Claro, con quién si no.
Me resultó extraña la pregunta final.
—No sé —se encogió de hombros—. Los chicos de hoy son más
modernos que nosotros.
—Supongo.
Se hizo el silencio. Reconozco que estaba desconcertado, y también
que hablar de aquello había reavivado las ganas de sexo que ya arrastraba
desde que salí de casa hacía muchas horas.
Miré por la ventana y no reconocí la comarcal. ¿Era posible que nos
hubiéramos metido por uno de los caminos de tierra? A veces se acortaba,
pero otras no se llegaba a ningún sitio.
—Así que te has quedado con ganas de echar un buen polvo —dijo
al cabo de un rato, y cuando lo miré tenía sus ojos azules clavados en los
míos.
—Sí, la verdad es que sí.
Vi cómo su lengua recorría la comisura de sus labios.
—Cuando llegues a casa te puedes hacer una paja.
—Eso había pensado —tragué saliva.
Suavemente el coche se detuvo. Miré alrededor pero solo veía
árboles muy próximos a nosotros. Cuando lo miré de nuevo tuve la
impresión de que estaba más cerca de mí.
—O podemos hacernos unas pajas tú y yo. Pensaba hacer eso
mismo al llegar a casa.
Me sentía paralizado, porque un ramalazo de deseo me estaba
azotando la columna vertebral, pero aquel no solo era un tío, sino que se
trataba del amigo de mi padre.
—Yo no… —articulé en voz baja.
Él alargó una mano, y me la puso en la rodilla. Sus dedos eran
largos y gruesos, surcados por venas rotundas. Sentí cómo se movían por
encima de mi pantalón.
—Vamos a poner las cosas claras —me dijo—: si le cuento a tu
padre que te he recogido borracho y drogado a estas horas, haciendo
autostop, ¿qué crees que dirá?
Tragué saliva. Su mano había ascendido y acariciaba mi muslo, muy
cerca del paquete.
—Me caerá el castigo del siglo —atiné a decir.
—Trae la mano —me la tomó sin esperar respuesta y la puso sobre
el bulto de su entrepierna—. ¿Qué te parece?
La apretó, para que tomara conciencia de lo que había allí. Algo
grande, cálido, que palpitaba, como si se hubiera guardado un animalillo en
el pantalón.
—A mí no me va esto —dije tras tragar saliva, siendo consciente de
que tenía gorda la polla sin quererlo.
—La otra opción es que —me cogió el paquete, igual que yo se lo
tenía asido a él—, lo mismo que ibas hacer al llegar a casa, lo hagamos
ahora, aquí.
Lo hicimos.
Sí, lo hicimos, y no solo con las manos, sino que mi boca paladeó el
sabor agrio y salado de su lefa al correrse entre mis labios.
Cuando terminamos, cuando me la mamó hasta que yo exhalé un
gemido y el caño se perdió en su garganta, me pasó un paquete de clínex
para que me limpiara, puso una emisora de música country y me llevó a
casa.
No cruzamos palabra, y cuando me dejó en la puerta, me saludó con
la mano como si entre nosotros dos no hubiera pasado nada.
Volví a ver al señor Clancy muchas veces, cada vez que volvía a
casa desde la universidad a pasar unos días con los míos, pero jamás
hablamos de aquello ni volvió a insinuárseme.
Esa noche me juré que nunca, jamás, volvería a hacer algo así.
CAPÍTULO 2
Doce años después.
—Creo que era la calle que hemos pasado —me dice Mary.
—¡Joder! Hay que dar otra vez toda la vuelta.
Estoy de mal humor y mi mujer lo sabe. Hay dos cosas que odio en
este mundo: los juegos de mesa y los cumpleaños de los amigos de mis
hijos.
Podrías llevarte una mala impresión de mí con esto último, pero
tranquilo, soy un buen tipo. No es por los niños, a los que adoro, sino por
los padres.
Hoy estaremos un puñado de desconocidos durante un par de horas
haciendo como que nos caemos bien y soportando las payasadas de uno de
ellos. Porque siempre hay uno que mete la pata, dice lo que no debe y se
hace el gracioso.
—¡Ahí! —Mary señala un hueco donde cabe nuestro coche. Se lo
agradezco con un beso en los labios.
—Disculpa si estoy insoportable.
—Me casé contigo. Esto también venía en el paquete.
Me guiña un ojo y ayuda a salir a Marc y Olivia, que ya se han
soltado los cinturones de seguridad, mientras yo me preparo para meter el
coche en un hueco más ajustado que un guante.
Conocí a Mary en la universidad, y desde entonces no nos hemos
separado. Nos gusta la comida italiana, las películas de terror, dormir la
siesta los domingos por la tarde y criticar a Mariah Carey cuando empiezan
las Navidades. Nuestros hijos han heredado, combinadas, dos de estas
cuatro cualidades, por eso hacemos largos maratones en familia de películas
de serie B.
Marc tiene ocho años y Olivia siete. Nos plantamos ahí porque
Mary quería retomar su trabajo en el bufete y yo estaba cada vez más
agobiado en el estudio.
—Es esa casa —me señala una vivienda familiar rodeada de un
jardín enorme, de la que procede un tumulto de risas y gritos.
—Estos tienen pelas —me burlo.
Parte del éxito de nuestra relación, que pronto cumplirá una década,
es que Mary y yo nos lo contamos todo, no tenemos secretos. Incluso
cuando estuve a punto de liarme con esa compañera de trabajo que usaba un
perfume que me volvía loco, se lo conté, y ella lo aceptó. ¿Hubo gresca? Sí,
por supuesto, pero aquí estamos.
—Adam, mírame —me reclama mi mujer antes de que llame a la
puerta del jardín.
Pongo una fingida cara de sufrimiento porque sé lo que me va a
decir.
—Sé amable —empieza—, sonríe, no polemices si dicen algo que
no te gusta, y socializa.
—Yo siempre socializo.
—Menos en las fiestas de tus hijos, que te quedas en un rincón
como si fueras una rata huraña.
Tengo que suspirar, porque tiene razón.
Me preparo mentalmente para un par de horas donde hablaré con
cretinos, me explicarán chorradas y tendré que charlar animadamente con
gente que no me cae bien. pero ante la mirada inquisidora de mi mujer,
esbozo una sonrisa de plástico y llamo al timbre.
Al momento viene abrirnos un tipo en bermudas y camiseta floreada
que lleva una pala de barbacoa en la mano.
—Los padres de Marc, ¿verdad? —no es que sea un lince, es que
Marc está a mi lado.
—Nos hemos retrasado. Ya sabes, el tráfico de la interestatal.
—No pasa nada —abre de par en par—. Pasad y mezclaros con la
gente. Presentaros vosotros mismos.
Es una buena casa y tiene un buen jardín con piscina.
Al fondo han puesto una mesa larga con comida, a donde se dirige
de inmediato Mary a dejar la que hemos traído. Me encanta la facilidad con
que habla con la gente, con que hace amigos. Mis hijos salen a ella. No sé
cómo, pero Olivia ya tiene una muñeca entre las manos que no es nuestra,
te lo juro.
Con las manos en los bolsillos me acerco a donde se cuece la
acción.
Si las mujeres se han reunido en un grupo cerca de la mesa, los
hombres charlan junto a un cubo de zinc con hielo y cervezas. Allí es donde
me dirijo, hacia una maraña de muchachotes con bermudas similares y
camisetas anchas parecidas.
—Tú eres el padre de Marc —me dice uno.
Este no sé cómo lo ha adivinado, porque mi hijo es moreno como su
madre y yo rubio como la mía.
Estrecho manos, suelto alguna broma que no hace gracia y acepto
una cerveza helada que, por ahora, es la única gratificación del día.
Cuento a seis padres, de edades parecidas a la mía y aspectos tan
similares entre ellos como un catálogo de tuercas. Me pregunto por qué me
habré puesto los chinos de lino y la camisa informal. Alguien dirá algo de
mis sandalias, estoy seguro.
—¿Y tú a qué te dedicas?
No me extraña la pregunta. En las reuniones de padres de alumnos
suele ser la tercera, tras «¿cómo se llama tu hijo?» y «¿estás en el grupo de
WhatsApp?».
—Soy arquitecto.
—¡Vaya! —dicen algunos a coro—. ¿Has hecho algo por aquí?
No sé si explicarles que trabajo en el Plan Parcial que regulará esta
parte de la ciudad, pero eso me metería en una conversación interesante que
no estoy capacitado para mantener.
—Qué va —salgo por la tangente—. Solo soy un currito.
Aquello parece apartar la atención sobre el nuevo, que recae en la
noticia de la incorporación de Schröder y su último lanzamiento en el
partido del sábado.
Con la cerveza en la mano y la sonrisa de plástico en los labios,
hago aquello de lo que me había advertido Mary, me encojo y me vuelvo
pequeñito, invisible, contando los minutos para que nos vayamos.
—¿Un chupito de tequila? Hay que alcanzar el nivel alcohólico de
esos.
Me vuelvo hacia donde procede la voz, y reconozco que por un
momento se me congela la respiración.
A mi lado ha aparecido de la nada el tipo más guapo que he visto en
mi vida, si yo entendiera de eso. Me saca una cabeza, y me ofrece un vaso
hasta el borde de un líquido trasparente.
Tiene mi misma altura, aunque su espalda es el doble de ancha que
la mía, y no se parece en nada a ninguno de mis acompañantes. Cabello
largo que mal recoge con una coleta, castaño, como su tupida barba. ¿Ojos
verdes? Quizá grises, me da corte mirarlos fijamente. Una camisa a
cuadros, vaqueros y botas. La imagen de un montañero más que la del padre
de un alumno de un colegio caro. Porque… ¿Es el padre de un alumno?
—Eso me va a hacer explotar la cabeza —logro articular y soy
consciente de que tengo que tener una sonrisa de bobo encajada en la boca.
—Eso —señala, disimuladamente con la barbilla a mis compañeros,
que parecen no haber reparado en él—, es lo que te la hará explotar.
Me cae bien al instante. Me gusta al instante. Tiene la cabeza gacha,
como un felino al acecho, y me mira directamente a los ojos, que yo aparto
para volver a enfrentarlos. Le hago caso y me lo tomo de un trago.
—Es fuego —gimo.
Él sonríe. Tiene unos dientes blancos que lo parecen aún más entre
una barba tan oscura. Hay algo muy viril en él, quizá la forma de moverse,
o la de plantarse ahí, como si nada, con cierta chulería.
—Si vas a mear ni se te ocurra entrar en la casa —me dice en voz
baja, acercándose un poco—. Me han reñido tres veces por no haberme
quitado los zapatos.
—¿Así estamos?
—Así.
El olor que desprende me turba por un momento. No hay rastro de
colonia, quizá de un champú cítrico, el resto es natural, algo salitre,
profundo y húmedo.
—¿Y dónde meo entonces? —logro preguntar.
Él señala la parte de atrás de la casa.
—En la tapia —me guiña un ojo—. Hay una plantación de menta
que necesita que la rieguen.
Sí, me gusta al instante. Es como si lo conociera de toda la vida,
como si me apeteciera estar con él.
—Adam —le tiendo la mano.
—Ben —me la estrecha—. No te había visto antes por aquí.
Tiene una mano enorme, tanto que la mía desaparece entre sus
dedos. Es cálida y fuerte. Tengo la impresión de que la mantiene más
tiempo del necesario, pero entonces me suelta y siento cierto desamparo.
—Nos mudamos en enero. —Siento seca la garganta—. Es la
primera…
—Vaya, lo siento.
Lo miro extrañado.
—¿Qué nos hayamos mudado?
Pero él vuelve a sonreír.
—Se te nota a leguas que no estás cómodo.
Me gusta la gente con sicología para los demás. Será porque la mía
es nula. Nunca me doy cuenta de lo que sucede alrededor, si no es porque
mi mujer me cuenta, sorprendida, en lo que he estado implicado.
—Mary dice que soy un sociópata. Aunque no sé si eso lo he dicho
yo o el tequila.
Suelta una carcajada. ¿Cómo se pueden tener esos labios tan
perfectos? Miro alrededor. Los otros siguen hablando de beisbol, ajenos a
nosotros dos.
—¿Tu mujer? —repite una pregunta que no he oído.
—Es aquella. La del vestido blanco.
—La que habla con Natasha —me guiña un ojo—. Es la mía.
Siento una mezcla de satisfacción e incomodidad.
—Parece que nos llevamos bien.
Ben me mira de arriba abajo. Puede ser una mirada casual, pero
siento que sus ojos me acarician, algo extraño, algo que nunca antes me ha
pasado, jamás.
—Quizá podríamos quedar alguna vez para cenar —me dice—. Te
prometo que no hablaremos del colegio ni de trabajo. Solo de drogas, sexo
y rock and roll.
Una niña preciosa y muy morena, de la edad de Olivia, se acerca
corriendo y se cuelga de su pierna.
—Papá, necesito que me infles el globo grande.
Él la toma entre sus brazos, como si no pesara. A mí no me pasa
desapercibido el volumen que han adquirido sus bíceps con el esfuerzo.
—Esta es Deisy —me la presenta—. ¿Me disculpas? Ya nos iremos
viendo.
Se aleja sin mirar atrás, y yo me descubro embobado, devorándole
los glúteos redondos y apretados mientras se aleja.
Trago saliva. ¿Qué mierda me está pasando? Quizá lo de sociópata
no es de coña, y cuando alguien me cae bien siento cierta atracción hacia él.
¿O es el tequila?
Sacudo la cabeza e intento olvidarme de Ben.
La conversación es de lo más aburrida, pero poco a poco me atrapa,
como esas películas donde sabes quién es el asesino desde el primer
fotograma, pero no puedes dejar de mirar.
Cuando me entran ganas de mear, tras la segunda cerveza, me
acuerdo de aquello de que hay que descalzarse, y decido ser malo.
Sin llamar la atención me voy a la parte trasera de la casa e
inmediatamente localizo el sembrado de menta, junto a la tapia.
Miro hacia atrás, me la saco, y comienzo una gran meada, que me
da ese placer de haberla tenido contenida.
—Vaya, me has quitado el sitio.
Ben acaba de aparecer y se coloca junto a mí, a escaso medio metro
de mi costado.
—Ni siquiera me he atrevido a probar dentro de la casa —logro
articular cuando lo veo trastearse la portañuela.
Cuando la baja, indaga en el interior, y al fin se saca la polla, que se
sujeta con dos gruesos dedos mientras el resto se pierden hacia donde deben
reposar sus testículos.
No soy muy consciente de que me he quedado mirándola. Voy todos
los días al gimnasio, por lo que veo rabos a diario a los que no presto
atención, pero el carajo de Ben…
Es tan grande, tan grueso como esos dedos. De piel tostada, donde
las recias venas se marcan y serpentean haciéndolo aún mayor. No está
circuncidado, por lo que ha apartado el trozo de piel para dejar abierto el
caño, grande y limpio, por el que sale un chorro generoso que impacta sobre
las plantas con doble volumen que el mío.
Siento la boca seca, y noto que, en mi mano, la sangre llega a mi
polla y empieza a engrosarla.
Lo miro a los ojos, sorprendido por las cosas que están pasando
dentro de mí. Descubro que los tiene clavados en los míos, por lo que es
muy probable que haya visto cómo le comía la polla con los ojos. Me
sonríe.
—Has hecho bien viniendo aquí a mear.
CAPÍTULO 3
Cuando volvemos a casa Marc y Olivia están derrotados, Mary está
escandalizada con las opiniones neonazis de una de las madres y a mí me
duele la cabeza.
Ella se encarga de acostar a los niños y yo preparo algo ligero de
cenar que no tenga carne ni cerveza ni tequila, poque venimos bien servidos
de los tres.
El resto de la velada ha trascurrido sin complicaciones: ellos han
hablado de beisbol, de cómo va la bolsa y de un bar de strippers que hay al
otro lado de la ciudad. Ellas de sus hijos, de sus trabajos y de lo que sienten.
Ben y yo no hemos vuelto a coincidir. Mis hijos y el de la barbacoa
me han tenido entretenido el resto del tiempo.
No consigo encontrar una explicación a por qué me he quedado
mirándole la polla mientras meaba. Quizá sea el jodido tequila, o una
reacción alérgica, no lo sé.
He pasado la tarde avergonzado, y de vez en cuando lo he buscado
con la mirada, como un perrito callejero debajo de un aguacero, pero en
ninguna de esas ocasiones él ha cruzado sus ojos con los míos.
Tengo la impresión de que Ben encaja mal aquí, y no solo me refiero
al colegio pijo de mis hijos, también al barrio. Esta es la típica zona
residencial de profesionales independientes donde todo el mundo está
indignado por algo insustancial.
—Prométeme que la próxima vez que te diga que debemos ir a una
fiesta del colegio te mantendrás firme en tu sociopatía —me dice Mary,
apareciendo por la escalera y tirándose más que sentándose en el sofá.
Sonrío y le pongo por delante una ensalada de rúcula y tomate. Es
su preferida y tengo la impresión de que aliviará este ardor de estómago.
—Yo no me lo he pasado tan mal.
Ella me mira alarmada. Creo que si le hubiera dicho que he estado
hablando con un extraterrestre en el jardín no se habría sorprendido tanto.
—¿En serio? ¡Sal del cuerpo de mi marido, seas quien seas!
Me río porque tiene razón. Me callo que he estado media velada
pendiente de lo que hacía Ben.
—Creo que ha sido el tequila —digo para justificarme, aunque sé
que ni ha resultado el causante ni el responsable de haberme quedado
embobado mirándole el enorme rabo a otro tío.
—¿Dos o tres chupitos? —me pregunta y me lo tengo que pensar.
—Dejé de contar en el cuarto, pero el único al que me sentí obligado
fue al que me trajo Ben.
Ella se sienta en el sofá con las piernas cruzadas. Ha adquirido esa
expresión de vecina a la que le vas a contar un cotilleo que no se sostiene,
pero es tremendamente jugoso.
—¿Has hecho amigos? —frunce las cejas cómicamente—. En serio,
¿quién hay dentro del cuerpo de mi marido?
—No te burles. —Ni la ensalada es capaz de aliviar el empacho—.
Tú estuviste hablando con su mujer. ¿Se podría llamar Natasha?
Abre mucho los ojos. Es la expresión que suele esbozar cuando algo
le gusta.
—Sí, tiene una niña y su marido es carpintero. El tal Ben. Me cayó
muy bien.
—¿Carpintero?
—O algo así. —No me fío mucho de ella, suele confundir las
profesiones
—Él parecía un tío simpático, y no tan encorsetado como los otros.
—Y guapo —me guiña un ojo.
Creo que me sonrojo, pero lo disimulo haciendo una mueca cómica.
—Eso no lo sé, pero sirve bien los tequilas. ¿Debo preocuparme? —
bromeo—. ¿Mi mujer tendrá una aventura con un vecino que parece el
protagonista de una telenovela turca?
Ahora es ella la que suelta una carcajada.
—No solo yo. Dos de ellas no dejaban de mirarle el culo y otra
suspiraba cada vez que pasaba. Si yo fuera Natasha no estaría tranquila.
Me hago el ofendido.
—¿Tú estás tranquila conmigo? Soy un tipo sexy y atractivo. Es
posible que esté rompiendo decenas de corazones ahí fuera sin apenas
darme cuenta.
Viene hacia mí, como una gatita, y me da un beso en los labios.
—¿Apenas?
—A veces ligo. Quiero decir —aclaro rápidamente—, a veces noto
cuando le gusto a una mujer, y no te creas que son pocas.
—Eso es porque eres muy mono.
—¿Mono? No me ofendas, mujer —le doy un muerdo—. Soy un
macho salvaje.
—Lo cierto es que sí.
—Y ahora —la aparto para que se siente como una señorita—,
cómete toda la ensalada como las niñas buenas.
Ella se muerde los labios, y me mira con la cabeza gacha.
—No tengo hambre de comida.
En el código secreto que hay entre Mary y yo eso significa que tiene
hambre de sexo.
Le pasa a menudo, cuando está cansada y achispada se le debe
disparar algún tipo de hormona, porque es cuando echamos los mejores
polvos.
Me aprovecho, por supuesto. Yo también estoy caliente. Supongo
que eso es lo que me ha llevado a mirarle el nabo a Ben, algo, te lo aseguro,
que no me ha interesado nunca. Los rabos. A mí me gustan las mujeres.
Le sonrío, un tanto pícaro, y me quito la camisa lentamente,
mientras subo la música lo justo como para que los niños no se despierten.
Una vez Marc entró en la habitación justo cuando Mary me estaba
comiendo la polla y le tuvimos que decir que me había hecho daño y mamá
me estaba haciendo el «sana, sana, culito de rana».
Sé lo que le gusta a mi mujer en la cama, y se parece mucho a lo que
me gusta hacer a mí.
Me abalanzo sobre ella mientras me saco a tirones los chinos y
arrastro con ellos los slips. Mary también se está desnudando, y gime. Me
gusta cuando lo hace cerca de mi oído, cuando puedo sentir los efectos del
placer sobre su piel, sobre su intimidad.
Nos gusta el sexo rápido y directo, nada de preámbulos.
Sobre ella, desnudos, mientras mis manos recorren su cuerpo,
pellizcan sus pezones, se meten entre sus nalgas, mi polla la penetra sin
contemplaciones, sin ambages, hasta que siento que estoy completamente
dentro, arropado y cálido.
Y entonces pasa algo extraño.
Mientras mi mujer se retuerce entre mis brazos, mientras jadeo en el
hueco de su cuello, mi cabeza se llena de Ben, de la imagen de Ben
mientras mea a mi lado, cuando se la sacude para arrojar sobre la menta las
últimas gotas de orina, cuando sube lentamente la piel del prepucio para que
todo el glande quede expuesto, una, dos, tres veces, y cuando sus gruesos
dedos tratan de meterla de nuevo dentro del calzoncillo, que de repente se
rellena de carne consistente.
Recuerdo cómo se recoloca el paquete con una mano, cargado a la
izquierda, cómo abrocha la portañuela y ajusta el cinturón.
Tengo la impresión de que el tejido tiene dificultades para soportar
tanto peso, porque se marca como una protuberancia firme, gorda, nudosa.
Solo entonces, cuando llego al orgasmo y me corro más rápido que
otras veces, mi cabeza comprende que Ben estaba excitado esta tarde, en el
jardín trasero, frente al sembrado de menta. Que su polla empezaba a
llenarse de sangre, a tomar consistencia a mi lado, mientras meaba a escaso
medio metro de mí, y yo era incapaz de apartar los ojos.
Tengo un orgasmo tremendo, de esos que hacía tiempo que no
recordaba, de los que te atraviesan el cuerpo durante tanto tiempo que crees
que has muerto y llegado al cielo. Pero cuando miro a mi mujer, esta me
observa con las cejas fruncidas, porque ella ni siquiera ha empezado.
CAPÍTULO 4
Durante las próximas dos semanas no sé nada de Ben.
No es más que el padre de un alumno, ni siquiera un amigo, y no
hay razón alguna para que nos encontremos.
He pensado en él, sí, mucho, porque no consigo sacar de mi cabeza
la razón por la que me sucedió aquello la tarde de la barbacoa.
Mi mente analítica ha elaborado varias teorías, como que yo iba
caliente desde casa y verlo mear a mi lado fue como ver un reflejo de mí
mismo. ¿Es muy absurda? A mí me lo parece, pero también bastante
convincente. O quizá que su cabello largo se parece al de Mary y eso…
pero en ese caso le estaría mirando el pelo y no el nabo, ¿no crees?
La rutina del estudio y el ajetreo de los niños logran que poco a
poco su silueta se vaya desdibujando en mi cabeza según avanzan los días,
porque seguramente no lo veré más y aquellas palabras amables de «a ver
cuándo comemos juntos» no son más que formalismos sociales.
Por eso, cuando recibo el mensaje de WhatsApp me quedo mirando
la notificación como si me acabaran de comunicar que he ganado una
apuesta.
Soy Ben. Te acuerdas? El padre de Daisy. Barbacoa de niños.
Parpadeo barias veces, me paso la mano por la boca y tomo asiento.
Yo mismo me sorprendo por mi reacción. Es solo el padre de una
compañera de colegio de Marc, que seguro tiene algo importante que
decirme sobre la educación de mi hijo. Posiblemente algo relacionado con
la costumbre de mi retoño de lanzarle la pelota hasta a quien no le gusta.
Miro alrededor, como si estuviera haciendo algo malo. Mis
compañeros de estudio van a lo suyo y yo me reprendo por alterarme por
algo así.
Empiezo a escribir una respuesta: «qué pasa tío, cómo vas». Pero la
borro antes de mandarla porque parezco salido de una mara. Carraspeo, me
paso la mano por la boca y decido concentrarme.
Hola. Claro que me acuerdo. Y del tequila.
Mucho mejor. Su respuesta no se hace esperar.
He sacado tu número del grupo de padres. Espero que no te
molestes porque te escriba.
El corazón me late con fuerza y me pregunto por qué. Siento las
manos sudorosas y una presión en el pecho. ¿Qué mierda me pasa? Seguro
que es el bocadillo de queso de este medio día. Mira que Mary me dijo que
era demasiado fuerte y no le hice caso.
Miro de nuevo a mi alrededor, y le contesto.
Sin problema ¿En qué puedo ayudarte?
Ha quedado muy formal, pero me gusta.
Me dijiste que eras arquitecto. ¿De los buenos o de los caros?
Así que mi amigo Ben necesita un arquitecto. Dudo que pueda pagar
las tarifas de mi estudio. Trabajamos para administraciones públicas y
grandes constructoras, pero a los amigos hay que echarles una mano.
¿Qué necesitas? A ver si puedo serte útil.
Esta vez tarda en contestar. Me aparece varias veces el mensaje de
que está escribiendo, y desaparece otras tantas. ¿Se está arrepintiendo y lo
borra, como he hecho yo al principio, o simplemente lo están
interrumpiendo?
Necesito hacer obras en el taller, y va a ser necesaria una opinión
experta.
Los amigos siempre me consultan, ya sea para cambiar una pared o
para poner otros muebles en la cocina, viene en el paquete de la profesión.
Sonrío. ¿Ben se siente mi amigo? Eso me hace sentirme bien, aunque
ignoro por qué.
Claro —escribo—, cuenta conmigo.
La respuesta vuelve a ser inmediata.
¿Puedes ahora? Y te invito a comer por las molestias del
desplazamiento.
No estaba dentro de mis planes volver a ver a Ben nunca más en mi
vida. ¿Y si vuelvo a sentir aquello? ¿Y si me quedo mirándolo como un
perrillo faldero? Pero esta vez no pienso mear a su lado, así que no debo
temer nada.
Le digo que sí, me da la dirección y en diez minutos voy en coche
camino de su taller. Es una de las ventajas que tenemos en el estudio: nada
de horarios, nada de estar en la oficina. Eso sí, hay que cumplir con el
trabajo lo que implica a veces jornadas de catorce horas.
El GPS me saca de la ciudad, camino de los bosques del norte. Aún
no conozco esta zona, somos los nuevos del barrio, pero es frondosa, con
grandes árboles que se asoman a la carretera y puentes encantadores como
los de la película de Streep y Eastwood.
Tengo que salir de la comarcal y conducir quince minutos por un
sendero de arena para dar con el taller, que en verdad es una serrería muy
bien montada, con una docena de trabajadores a la vista que me miran con
curiosidad cuando detengo mi Mercedes y al salir meto un pie en un charco.
No disimulan demasiado las burlas, y solo vuelven a lo suyo cuando
aparece Ben, que viene hacia mí con la mano extendida.
—¿Te ha costado trabajo encontrarlo?
—No. El GPS.
—Ven, quiero enseñarte esto.
«No. El GPS» es sinónimo de nervios. Cuando lo he visto aparecer
el corazón ha vuelto a tamborilearme en el pecho.
Esta vez lleva el pelo suelto, que le cae sobre la cara cubriéndole
medio rostro. Le llega poco más abajo de la barba, pero le da un aire fiero y
viril. Ha sustituido la camisa a cuadros por una camiseta blanca, que se le
ajusta a los músculos (sí, músculos), como si no llevara nada. Ya sabía que
tenía la espalda ancha y buenos bíceps. Ahora sé que posee unos pectorales
de miedo y que ese estómago no ha visto la grasa en su vida.
Trago saliva antes de seguirlo, pero al fin entramos en el edificio.
Todo es de madera, del suelo al techo, y parece una construcción sólida y
moderna.
Su despacho, porque supongo que es aquí donde estamos, tiene un
aire étnico, nativo, que lo hace confortable. No es grande, por supuesto: una
mesa y un sofá tapizado en tonos marrones.
Cuando entro cierra tras de mí, y se queda junto a la puerta, con las
manos en las caderas.
Del uno al diez el corazón me late veintisiete, y estoy tan nervioso
como si fuera a pedirle al padre de mi novia permiso para llevarla al baile
del instituto.
Miro alrededor, muy profesional, como si supiera qué carajo debo
valorar. Y al fin me atrevo a enfrentarme a los ojos grises de Ben.
—Me gusta —asiento, para que parezca que soy solvente—. ¿Por
dónde empezamos?
—Por aquí.
Me lo dice mientras viene hacia mí. Parece decidido, o enfadado, no
estoy seguro. ¿Mi hijo le habrá hecho algo a la suya y quiere asesinarme y
que no se encuentre mi cadáver? Creo que retrocedo un paso, pero no es
suficiente.
Una de sus manos me abarca por la cintura. La otra por la nuca.
Cuando su boca impacta contra la mía, se me nubla la vista. Y
cuando su lengua me penetra, y sus labios comienzan a devorarme,
húmedos, jugosos, sedientos, al fin tomo conciencia de lo que está pasando.
Le pongo una mano en el pecho, el duro y firme pecho de Ben, e
intento apartarlo.
—Yo no… a mí esto…
Pero él no me presta atención. Sus gordos y largos dedos en la zona
baja de mi espalda me sujetan con fuerza, y unen nuestras pelvis, tanto que
siento su miembro grueso y consistente palpitando en mi ingle, bombeando
para hacerse más robusto, excitado con el contacto de nuestras bocas.
Ignoro qué sucede en mi cabeza. Quizá el saber que no puedo con
un tipo así. O que a veces el deseo no tiene una forma definida, pero cedo,
me rindo, me entrego.
Lo sé porque mis manos le sujetan la cabeza, jadeando, para
comerle la boca con mayor intensidad aún que él me la devora.
Nos miramos. Sus pupilas dilatadas y mis ojos febriles. Aprieto mis
caderas contra él, porque deseo sentirlo, rozarlo, quiero saber cómo es el
tacto de aquello que me ha quitado el sueño muchos días.
Él, deprisa, se separa lo justo para deshacerse de la camiseta, y yo
me quedo embobado con aquel pecho poblado de vello oscuro, tan bien
dispuesto que potencia la forma de sus pectorales y acentúa la división de
su vientre en dos mitades. ¿Cómo puede ser tan perfecto? ¿Cómo puede ser
su piel tan cálida?
Me arranco la camisa y saltan dos botones, pero me da igual.
Cuando nuestros torsos impactan, cuando mi rubio vello se eriza con el
suyo, una oleada de placer me recorre la espalda.
Vuelve a mi boca. Es incansable y besa de maravilla. Siento cómo
me maneja, cómo me conduce, para llevarme a donde quiere.
Por un momento me pasa por la cabeza la idea de que sus
trabajadores están ahí fuera, y alguno puede entrar y…
Pero cuando Ben me coje la mano y me la lleva a su entrepierna, se
me borra la mente y se llena solo de aquello.
Por supuesto no lo abarco. He visto lo que hay ahí dentro y haría
falta mucha mano para sostenerlo.
Mientras yo lo masajeo, intentando seguir el contorno de la vena
central a través de los vaqueros, él me está comiendo los pezones,
mordiéndolos y pellizcándolos, y el placer que me atraviesa es tal, que temo
correrme antes de empezar.
No puedo más, y empiezo a desatarle los botones. Cuando lo
consigo meto la mano y siento el calor abrasador. Acaricio el bulto por
encima de la tela, hasta llegar a un punto donde se vuelve húmeda y
pringosa. Gimo sin pretenderlo, porque mi amigo ha soltado una buena
cantidad de precum, y acabo de descubrir que eso me gusta.
Al fin me atrevo y, mientras Ben no abandona mi boca, bajo el slip y
mis dedos torpes acarician su polla.
Casi quema y es consistente. Enorme. Cuando la masajeo siento
cómo vibra contra mi palma, y las gruesas venas presionan contra ella.
Empiezo a masturbarlo y él me baja la cremallera, los pantalones y
mete la mano para cogerme el carajo.
Yo estoy pendiente, y observo su mirada de sorpresa, porque no
tanto como él, pero estoy muy bien dotado por la naturaleza.
Nos apartamos lo justo para vernos desnudos el uno al otro, con los
pantalones encasquetados en los tobillos, mientras nos las cascamos a la
par.
Mi mano apenas abarca tanto rabo. La suya es enorme, y mi glande
aparece y desaparece entre sus dedos
Yo no puedo parar de gemir, él tampoco. El placer que me recorre es
tal, que no recuerdo haberlo sentido antes. Es como si ya me estuviera
corriendo, pero nunca llegara el punto final, el agotamiento donde ya no se
puede más.
—Espera —me gime.
Alarga la mano y abre un cajón. Yo lo miro, expectante, hasta que
saca un bote de lubricante. Lo observo con deseo y curiosidad. Yo lo he
usado para masturbarme y es una pasada.
—Quiero hacerlo desde que te vi en la barbacoa.
Me muerde el lóbulo de la oreja mientras veo cómo se echa una
enorme cantidad en la mano y se lo unta por el nabo, despacio,
asegurándose de que le llega a todas partes.
Cuando me gira, para que me recueste sobre la mesa y le dé la
espalda, intento protestar.
—Yo nunca…
Pero me calla a besos, mientras sus dedos se cuelan entre mis
nalgas, untuosos y dulces, y empiezan a masajear.
Jamás lo he hecho. Nunca he acariciado es aparte de mi anatomía,
quizá temeroso de que sucediera lo que pasa ahora, que me gusta, que el
placer se acentúa tanto, que noto cómo me penetra, primero uno, con
delicadeza, después otro, con mucho cuidado, hasta que el tercero impacta
sobre algo, algo que hay dentro de mí, que desata tal torrente de placer que
me quedo congelado, transportado a otra dimensión.
Es entonces cuando él aprovecha y sustituye los dedos por su polla.
Lo hace despacio, lentamente, para que no sienta dolor en ningún
momento. Entre los vapores del placer llego a preguntarme cómo puede
entrarme semejante aparato, pero entra, y cuando siento sus huevos rozando
la parte alta de mis muslos, sé que me ha atravesado por completo y que no
queda nada fuera de mí.
Así, medio tumbado en su mesa de despacho, desmadejado de
placer, me folla tan a dentro, de manera tan experta, que mucho tiempo
después me corro sobre su escritorio sin ni siquiera tocarme.
El gemido que se me escapa debe haberse oído en la ciudad, pero
cuando siento su lefa cayendo por la zona interior de mis muslos,
comprendo que nos hemos corrido los dos a la vez, y me pregunto cómo
puede un cuerpo ser capaz de soportar tanto placer.
CAPÍTULO 5
¿Has engañado alguna vez a tu pareja? Mientras lo haces sabes que no
puedes evitarlo, pero en cuanto te corres te sientes fatal. Y si eres un tío
hetero, como yo, te acaban de romper el culo y te ha gustado, más aún.
Cuando terminamos permanecí inclinado sobre la mesa, desnudo y
expuesto, mientras sentía cómo la lefa de Ben me descendía por el interior
de los muslos. Estaba en shock y veía imposible levantarme, mirarlo a la
cara y decirle… ¿qué?
Detrás de mí lo escuchaba mientras se abotonaba la portañuela y se
ajustaba el cinturón.
Solo me incorporé al escuchar que llamaban a la puerta. Él me
indicó con una mirada que me tranquilizara. Fue hasta allí y abrió apenas
una ranura.
—La perfiladora se ha vuelto a joder —escuché una voz masculina.
Vi cómo Ben asentía y se volvía hacia mí.
—Tengo que resolverlo. ¿Te importa si nos vemos ahora? Puedes
esperarme aquí.
Creo que ni contesté. Me encontraba allí, de pie, con la polla aún
inflamada tras la corrida, y con la ropa esparcida por el suelo.
Él simplemente salió y cerró tras de sí.
Fue como si me hubieran echado por encima un cubo de agua
helada, porque nada más quedarme solo me vestí a toda prisa, limpiando las
manchas combinadas de su semen y el mío con la ropa interior que tiré
después a la papelera, abrí la puerta y fui hasta mi coche sin mirar atrás.
Únicamente cuando estaba conduciendo de vuelta por la comarcal
comencé a llorar, y fui plenamente consciente de lo que acababa de suceder:
había follado con un hombre, me había dejado follar por un tío.
Cuando llegué a casa fui directo a la ducha y agradecí que mi mujer
aún no estuviera allí. Permanecí mucho tiempo bajo el agua caliente,
enjuagándome las lágrimas, restregando mi piel con la esponja hasta
marcarla de rojo.
En aquella ducha me hice una promesa: no se repetiría jamás. El
cable extraño que se había cortocircuitado en mi cabeza desde que había
visto a Ben por primera vez debía de ser reparado, como fuera, y la
herramienta más sólida que tengo es mi fuerza de voluntad.
Bajo el agua, con el rostro surcado de lágrimas y mocos, me prometí
que nada de aquello había pasado ni se repetiría jamás, y me lo grabé a
fuego en la mente, para no desfallecer.
Aunque te he contado antes que Mary y yo nos lo contamos todo,
esta vez preferí callar. ¿Cómo le decía que me había liado con el padre de
uno de los compañeros de clase de mi hijo? ¿Cómo le explicaba que me
había follado, inclinado sobre una mesa? ¿Cómo justificaba el placer que
había sentido?
Ella no me notó nada. Esa noche alegué que tenía destemplanza y
me acosté temprano y así pude ir bandeando todos aquellos sentimientos
encontrados hasta que se fueron haciendo más pequeños, y mi cabeza me
repetía que no tenía por qué volver a verlo, que vivíamos en casas distantes,
no teníamos amigos en común y si evitaba ir al colegio mis contactos con
Ben debían ser inexistentes.
Aquello me tranquilizó y, quitando las veces que hacía el amor con
Mary, en las que la imagen de aquel tipo, su olor, o las sensaciones que
había arrancado en mi cuerpo parecían recorrerme, pude encajarlo todo con
bastante normalidad. Casi olvidarlo.
Hasta hoy, tres semanas después.
Suelo ir al gimnasio todos los días cuando salgo del estudio. Nadar
una hora aleja el estrés y hace que me sienta bien.
Esta mañana he venido a primera hora, antes de entrar a trabajar,
porque Mary y yo tenemos entradas para el teatro a las ocho y no me dará
tiempo.
Cuando estoy terminando de afeitarme en el vestuario, junto a la
zona de las duchas, alguien ocupa el lavabo que hay junto al mío.
—¡Vaya! ¿Dónde te habías metido?
Es Ben. Me mira con verdadera sorpresa, como cuando vuelves a
ver a un viejo amigo después de mucho tiempo. Va tan desnudo como yo,
con una toalla similar atada a la cintura.
Tengo que reconocer que está endiabladamente guapo, con el
cabello mojado, acabado de lavar, y suelto, que se empeña en caerle sobre
la cara. Me impacta su anatomía. Ahora puedo verlo sin la penumbra de su
despacho, completamente expuesto delante de mí.
Debe de haber estado haciendo pesas porque sus bíceps parecen aún
más grandes, y los pectorales se marcan claramente, salpicados de ese
delicioso vello oscuro.
A esta hora el vestuario está más vacío que por las tardes, pero hay
un continuo trasiego de socios que entran y salen, acceden a la zona de las
duchas o se meten en los aseos que hay frente a nosotros. Eso hace que me
sienta seguro.
Trago saliva, e intento no aparentar lo que estoy sintiendo.
—He estado liado —contesto lo más escueto posible, intentando
encontrar una forma de largarme sin parecer un gilipollas.
—No he querido escribirte por eso, pero tenemos pendiente lo de la
obra.
Tiene los brazos cruzados y se apoya en el lavabo de mármol con la
cadera, como si quisiera cortarme la retirada. Está increíblemente sexy, he
de reconocerlo.
—Con el jaleo del estudio no me viene bien ahora —sé que me he
sonrojado, y me paso una mano por el pelo, nervioso—. Te paso si quieres
el teléfono de…
—Me gustaría que me lo hicieras tú.
«Que me lo hicieras tú»… intento no ver una invitación lasciva en
sus palabras. Meto de cualquier manera la maquinilla de afeitar y la espuma
en el neceser.
—Ya te digo que no va a ser posible.
—Dime entonces si la idea que tengo es viable.
No me lo va a aponer fácil por lo que veo. Al menos no ha
insinuado nada de lo que pasó. Supongo que le avergüenza tanto como a mí.
Decido ceder para que me deje marcharme.
—¿Qué idea es esa?
—Ven y te lo enseño.
Ya me está llevando hacia la zona interior del vestuario, donde están
las duchas.
Hay cuatro calles, dos a la derecha y dos a la izquierda, un total de
veinte divididas en bloques de cinco. Se está yendo a las del fondo, que son
las que menos se utilizan porque están junto a la sauna de vapor y la sauna
seca y suele hacer mucho calor.
Me cruzo con un tipo que sale de una cabina atándose la toalla. A mi
derecha hay dos que veo que están ocupadas. Escucho a varios hablando,
tres o cuatro amigos que se acaban de encontrar donde hemos estado.
Ben ya me espera en una de las calles, en la de la izquierda, la más
al fondo, y me señala algo que hay sobre la última cabina de ducha.
—¿Ves esa viga?
Se refiere a un contrafuerte de hierro, de fundición decimonónica,
ya que el edificio era una antigua nave industrial. ¿Eso es lo que quiere en
su fábrica? Porque la madera y el hierro forjado no casan bien. Intento
explicárselo.
—Sí, pero…
No me deja siquiera hablar. Abre la puerta de cristal tras la que se
encuentra la ducha, tira de mí y me mete dentro, seguido por él.
Reconozco que me asusto.
Estamos en un lugar público, rodeados de gente, y si bien es cierto
que este cubículo de granito negro está separado del resto, lo que no separa
es una puerta de cristal con un tratamiento al ácido para que no se vea el
interior, pero sí las silueta de quien se encuentre dentro.
Cuando se quita la toalla, y la coloca sobre la puerta, para que tape
lo que pueda, cuando lo veo desnudo, sé que me va a ser muy difícil
negarme.
Viene hacia mí y me come la boca, mientras sus caderas se pegan a
las mías.
—No me he atrevido a escribirte.
Siento su polla sobre la ingle y cómo la mía está empezando a
crecer.
—No podemos hacer esto —protesto.
—No nos van a ver.
—No es por eso, es…
No me deja terminar, porque vuelve a mi boca y sus manos me
acarician las nalgas, más adentro, hasta que uno de sus gruesos dedos roza
apenas la húmeda apertura y una corriente de placer me recorre todo el
cuerpo.
Es entonces cuando descubro que Ben me tiene atrapado. Que me va
a ser muy difícil renunciar a aquello, y que si sigue haciéndome estas
emboscadas me lo hará tantas veces como quiera porque no podré negarme.
Me lanzo a besarlo, le muerdo el lóbulo de la oreja y abarco con mi
mano su enorme polla, que palpita entre mis dedos, se agita y crece.
¿Cómo puedo desearlo tanto? Porque creo que jamás he deseado a
nadie así, aunque me lo niegue, aunque me haga creer que es solo un desliz,
un pasatiempo, porque el sexo no tiene género.
—Ponte de rodillas —me dice, me ordena, porque su voz es firme
pero amable, y yo no puedo negarme.
Lo hago mientras el agua templada, que él ha abierto para disimular,
me cae en la cara.
Cuando abro los ojos la veo a escasas pulgadas de mi boca, de mis
ojos, de mi nariz. Siento un deseo que me ahoga, un hambre que no creía
tener, un deseo de su carne y de su piel que no recuerdo haber sentido antes.
La tomo con la mano y me la llevo a los labios. Está caliente y las
gruesas venas que la atraviesan le dan una textura jugosa.
Paso la lengua deteniéndome en el glande, que debo dejar al
descubierto con un movimiento de mi mano. El borde es amplio, como todo
en aquella polla. Me pregunto cómo me ha cabido, si ahora ni la abarca mi
boca.
Antes de comérmela, bajo hasta los testículos, que cuelgan,
perfectos, uno más bajo que otro. Los chupo, me los meto entre los labios y
tiro con ellos de los recios vellos que los pueblan. Quiero ir más abajo,
hasta la oquedad oscura que hay al otro lado, pero Ben me sujeta la cabeza
con ambas manos, la levanta, y dirige su nabo directamente a mis labios.
Cuando me la mete, me gusta su sabor salado. Me recuerda a la del
señor Clancy, el viejo amigo de mi padre, pero es más grande, más jugosa,
más apetecible.
Con la cabeza contra la pared de piedra, inmovilizada entre las
manos de Ben, empieza a follarme la boca, primero lentamente, para ir
adquiriendo velocidad según la excitación lo va devorando. A veces me
llega tan a dentro que me roza la garganta y me levanta las ganas de
vomitar.
Hago un par de arcadas que parece que a él le ponen aún más,
porque me la mete más a fondo, siempre más a fondo.
Allí, mientras me folla la boca, yo me masturbo con una mano,
arrasado por las oleadas de placer, un placer indescriptible, que atraviesa
todo mi cuerpo. La otra la llevo hasta mi intimidad, y mis dedos indagan
dentro de mí, explorando los lugares donde él ya ha estado.
Nunca he hecho nada como esto, practicar sexo en un lugar donde
me puedan coger con facilidad. Tampoco con un hombre, y menos con un
tipo como Ben, de quien nadie podría sospechar que…
Nos corremos los dos a la vez. Él un instante antes, cuando siento la
ola de semen en mi garganta, que baja hasta llenar mi estómago mientras
Ben se convulsiona y reprime un gemido mordiéndose el antebrazo.
Mi caño de lefa sale disparado contra la otra pared, dejando dos
salpicaduras en reguero, y a mí exhausto de tanto disfrutar.
Cuando me recupero, me pongo de pie, entre sus brazos, que siguen
extendidos, apoyados contra la pared.
—Tenemos que hablar de esto —consigo decirle cuando recupero el
aliento.
—Ahora será mejor que nos marchemos, primero uno y después
otro, antes de que alguien nos vea.
Me besa los labios, coge la toalla, y sale.
Yo me quedo allí, con la boca sabiéndome a su semen, y la duda de
qué mierda voy a hacer con aquello.
CAPÍTULO 6
Cuando salgo de la cabina de ducha tengo la impresión de que todo el
mundo lo sabe.
Un tipo sale a la vez, dos puestos más allá, y nuestras miradas se
cruzan un instante, lo justo para preguntarme si me habré dejado una
salpicadura de semen en la mejilla o se me marca todavía la polla dura bajo
la toalla, porque tarda en bajarme.
Me sucede lo mismo cuando accedo a la zona de lavabos. Hay un
par de tipos que se callan cuando yo aparezco para ocupar el único que
queda libre. Me pregunto si estarán hablando de nosotros, si nos habrán
visto u oído, si saben que aún tengo un regusto de lefa en la garganta.
Me miro en el espejo, buscando marcas que revelen que acabo de
comerle la polla a un tío en una de las duchas, pero no hay signos que me
delaten. Más tranquilo me afeito y paso al vestuario, donde espero
encontrarme a Ben, que ha salido un par de minutos antes que yo.
Intento ser discreto buscándolo, pero al menos en mi hilera de
taquillas no está.
Me queda un largo día por delante, así que me seco bien, me pongo
un buen chorreón de agua de colonia y me visto deprisa.
Cuando salgo del gimnasio lo primero que hago es llamarlo. Lo
coge a la tercera.
—Llegaba tarde —me dice a modo de disculpa nada más descolgar.
—Esto no puede volver a pasar.
Se suceden unos segundos de silencio. Lo que espero que diga es
que tengo razón, que es una locura y que debemos dejar de vernos. Pero no
es eso lo que sucede.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué? —¿Es que no ve que es de locos?
—Te gusta tanto como a mí. Te gusto tanto como tú a mí.
Su voz se ha vuelto gutural al decirlo. Tanto que me arranca un
cosquilleo entre las piernas que inmediatamente reprimo.
—¿De verdad quieres que te dé una lista de explicaciones?
—No estaría mal.
Miro alrededor. Estoy solo en medio de la calle. Intento no alzar la
voz, porque la conversación ya es lo suficientemente humillante, pero
apenas lo consigo.
—Los dos estamos casados —un argumento más que suficiente.
—En mi caso no es un problema.
¡Joder! Yo jamás he mentido a Mary.
—Y no me van estas cosas —añado, lo que es un argumento
irrefutable.
Él, de nuevo, tarda en contestar.
—No te va… ¿qué?
—¡Joder! —otra vez miro alrededor, porque lo he soltado en voz
alta—. ¿De verdad necesitas que te lo explique?
Escucho cómo chasquea la lengua, parece muy seguro de sí mismo.
—Si me vas a decir que no te van los tíos, pocas veces me he tirado
a uno que se lo pase tan bien. Si me dices que no te voy yo, tendría que
creerte, pero no se besa así a alguien que no te gusta. Si me dices que algo
de lo que hacemos se pasa de tus límites personales, muy pocas veces
alguien dilata tan rápido como lo hiciste tú en mi despacho.
Le cuelgo sin más y estoy tan furioso que casi arrojo el móvil sobre
el duro pavimento, ya que no tengo a Ben delante para darle un puñetazo.
Por mi lado pasan un grupo de tíos haciendo runnig, así que
disimulo y entro en el coche. Durante el trayecto a la oficina me llevan los
diablos. He vuelto a caer y de la manera más imbécil. ¿Cómo no me he
dado cuenta de que Ben solo quería desahogarse conmigo, sin importarle
que nos pillaran o los estragos que esto pudiera causar en mí?
Un escalofrío me recorre la espalda solo de pensarlo. ¿Y si alguien
hubiera abierto la puerta de la ducha y me hubiera encontrado haciéndole
una mamada? Mary se hubiera enterado, y el director del colegio de mis
hijos, y mi jefe. ¡Joder, joder, joder! Golpeo el volante con el puño y me
lanzo la férrea promesa de que no va a volver a pasar, de que ha sido un
desliz, quizá provocado por la curiosidad, y que no debe suceder nunca
más.
Soy feliz, amo a mi mujer, me encanta el sexo con ella y adoro a mis
pequeños. No voy a tirarlo todo por la borda porque un tipo sin escrúpulos
quiera darse el lote conmigo cuando se pone cachondo.
Cuando llego a la carretera general me siento mejor. Lo del señor
Clancy, hace más de una década, se borró de mi cabeza sin dejar rastro. Con
esto sucederá lo mismo, estoy seguro, y podré continuar con mi existencia
sin pensar más en ese Ben.
Parado en un semáforo, mientras espero, observo una mancha
blancuzca en mi pulsera de hilo trenzado. Fue un regalo de Mary que me
trajo de San Francisco cuando fue con sus amigas. La froto con un dedo,
pero no sale.
De repente comprendo de qué se trata: es una gota de semen, del
semen de Ben que no pude contener en mi boca en tanta cantidad y que me
limpié con el antebrazo. Algo me recorre la espalda, un cosquilleo que baja
por la columna vertebral y se aloja entre mis huevos.
Me humedezco los labios casi sin darme cuenta. A mi alrededor, los
coches parados a ambos lados, delante y detrás, son ajenos a este hecho, al
de que llevo en mi muñeca el resultado del sexo practicado con mi amante.
Miro el semáforo. Sigue en rojo. Este es de los que llegan a
exasperar. Entonces, con la uña del dedo índice, rasco la lefa seca de Ben,
me lo llevo a la boca, y lo chupo. Es como si aquel rabo palpitante, el
enorme carajo del carpintero, estuviera aquí y ahora, dispuesto a darme de
beber y a quitarme el hambre.
El sonido de un claxon y la mirada exasperada que veo en el
retrovisor me indican que el semáforo se ha abierto, y con un movimiento
de cabeza me sacudo la imagen de Ben de mi cabeza y sigo hacia mi
trabajo.
Es un día largo. El proyecto que dirijo está lleno de escollos, pero
hay jornadas donde parece que todos se suceden, unos detrás de otros.
Almuerzo delante del ordenador, y de la misma forma me tomo el té.
Ben va y viene de mi cabeza, a veces imagino esa actitud chulesca,
apoyado en la encimera del lavabo, otras el olor de su pelo mientras me
devora la boca, o el tacto de sus testículos entre mis dedos, mientras mis
labios aprisionan su polla. Pero siempre consigo apartar estas impresiones
que me desatan un hormigueo en el estómago y un palpitar inconveniente
entre las piernas.
A las siete y media mi secretaria me dice que debo irme o no llegaré
al teatro. Solo entonces lo recuerdo. Salgo volando y decido no ir en coche
o no estaré a tiempo para la función. Mañana le pediré a Mary que me
traiga.
Llego cuando quedan cinco minutos para que cierren las puertas.
—Ya iba a llamarte —me dice ella, que intenta no parecer enfadada.
—Discúlpame. Este proyecto me trae de cabeza.
Nos damos un beso rápido y accedemos a la sala cuando ya van a
cerrar las puertas. Nos sentamos en la fila de atrás porque nuestros asientos
han sido ocupados al ver que no llegábamos. Mary se engancha de mi brazo
y me da un beso en la mejilla, su forma de decir que si estaba molesta ya se
le ha pasado. Pero de pronto se me queda mirando.
—¿Qué te ha pasado en el cuello?
—¿En el cuello? —porque no sé a qué se refiere.
—Tienes una marca rojiza detrás de la oreja.
Me toco, no noto nada. Bueno, quizá la piel un poco irritada en esa
zona.
De pronto recuerdo que esta mañana Ben acopló allí su boca, sus
labios y sus dientes, y me besó a fondo mientras su cuerpo desnudo se
retorcía contra el mío. ¡Me ha dejado marcado!
Siento cómo me sonrojo. Mary sigue mirándome, a pesar de que una
voz ya anuncia que debemos apagar los móviles y permanecer en silencio, y
la luz de la platea comienza a menguar.
—El afeitado —logro articular—. Si no cambio la cuchilla me
destrozo la cara.
Ella entrecierra los ojos un instante, pero al final se vuelve hacia el
escenario.
—Pues tírala. Cualquier otra pensaría que te han dado un muerdo.
Sonrío, aunque algo frío me acaba de recorrer la espalda. Durante la
primera media hora soy incapaz de concentrarme en la función. Estoy tan
ido que ni sé de qué trata la obra y cuando aparece un caballo en escena me
pregunto si será sobre la guerra de Troya.
Durante todo ese tiempo solo me recrimino mi facilidad, la manera
en que Ben ha accedido a mí, sin complicaciones, apenas sin insinuaciones,
como si estuviera seguro de que con chasquear los dedos yo le comería la
polla o le pondría el culo para que se lo follara. Eso hace que la sangre me
arda en las venas y la indignación me encienda la cara.
En el intermedio le digo a mi mujer que debo ir al servicio.
—Te espero en el bar. ¿Te pido una cerveza?
—Un whiskey doble —le digo.
Ella se me queda mirando, extrañada, mientras me alejo.
En el aseo, consigo entrar en un inodoro y cierro la puerta.
Busco en el móvil el número de Ben y lo bloqueo, hago lo mismo en
WhatsApp, y solo cuando estoy seguro de que no tiene manera de ponerse
de nuevo en contacto conmigo, salgo del aseo y decido retomar mi vida
donde la dejé el puto día de la barbacoa.
CAPÍTULO 7
Me siento satisfecho porque desde hace un mes Ben ha desaparecido de
mi vida.
Si me ha llamado no lo sé, si ha intentado enviarme un mensaje,
tampoco. El caso es que no lo he visto y su sombra empieza a diluirse.
Es cierto que a veces pienso en él, en lo que hicimos juntos. Incluso
una mañana me levanté con los pantalones del pijama manchados tras soñar
que nos volvíamos a encontrar en su despacho. Pero son sueños, no
realidades, y sé por experiencia, por lo que pasó antaño con el señor Clancy,
que se irán diluyendo hasta desaparecer de mi cabeza, como si nunca
hubieran sucedido.
Cuando Mary me tiende un té helado mientras termino de cortar el
césped del jardín, sé que quiere decirme algo.
—Suéltalo —la premio.
Ella sonríe y se retuerce, porque es consciente de que no me gustará.
—Nos han invitado a otra barbacoa del colegio.
Mis cejas se arrugan sobre mi frente.
—Pero no vamos a ir, ¿verdad?
—Es el mejor amigo de Marc, ya me dirás qué le decimos a tu hijo
si no vamos.
—Después de la última me aseguraste que no repetiríamos.
Ella parece disgustada. Sabe bien cuáles son nuestras obligaciones.
—No dramatices, Adam. Prefiero escuchar a esa nazi que ver a mi
hijo llorando porque somos demasiado asociales como para ir al
cumpleaños de su amigo.
Tiene razón. Hasta ahora he intentado escabullirme de estos
encuentros porque me siento incómodo. No por ellos, no, por mí. Prefiero
quedarme en casa leyendo antes que alternando con desconocidos. Siempre
me ha pasado igual. Un bicho raro de biblioteca, decía Mary cuando nos
conocimos.
En esta ocasión es diferente. No quiero ver a Ben. No quiero caer en
sus redes o escuchar sus excusas. No quiero sentir nada extraño cuando me
tienda la mano. No quiero recordar el sabor de su piel cuando esté cerca de
mí.
Apenas me da tiempo a darme una ducha ya que Mary ha esperado
al último momento para anunciarme nuestro compromiso, temerosa de que
sea capaz de encontrar una excusa para evadirlo si tengo el tiempo
suficiente para esbozarla.
No sé por qué, pero dedico más atención de lo habitual a la hora de
elegir qué me voy a poner. Me decido por unos pantalones cortos de
algodón beige, chanclas de piel y una camisa blanca muy informal.
—¡Vaya! —me dice Mary cuando me ve aparecer—, ha vuelto el
hippie.
Es una broma que siempre me gasta porque cuando nos conocimos
llevaba el cabello largo y un aro en el lóbulo de la oreja. ¿Dónde estará ese
pendiente?
Llegamos tarde, como siempre, pero en esta ocasión, que es ella la
que conduce, aparca a la primera junto a la casa.
—¿Nuestros hijos solo tienen amigos pijos? —protesto al ver el
aspecto exterior de la vivienda, que refleja la buena posición económica de
sus dueños.
Casi siempre se repite la misma secuencia. No sé si tienes hijos y te
invitan a este tipo de actos, pero alguien abre la puerta, te dice que te
presentes tú mismo y te ofrece una cerveza.
Veo a Ben en cuanto entro en la finca.
Está al otro extremo del jardín, charlando con una pareja mientras
con uno de sus fuertes brazos abarca a su mujer y pierde el pulgar en una
trabilla de su pantalón.
Mary empieza a contarle a una de las invitadas, mientras se aleja,
por qué no puede comer gluten, y mis hijos desaparecen en cuanto
traspasamos la puerta.
Yo permanezco allí, parado con la consabida cerveza que alguien me
ha puesto en la mano, mirando al grupo de cuatro donde Ben lleva la voz
cantante.
Natasha es una belleza. Su impresionante melena rubia le cae por la
espalda, mientras observa a sus contertulios como si hacerlo fuera la cosa
más importante del universo. Tiene unos cálidos ojos azules y un cuerpo de
los que te obligan a volver la cabeza, que ella resalta con ropa ajustada y
sexy.
Me pregunto por qué Ben no tendrá suficiente con una mujer así.
Aunque de repente caigo en la cuenta de que yo tampoco lo he tenido con
alguien como Mary, que cumple con cada uno de los objetivos que siempre
he soñado.
Decido ser yo quien actúe en vez de dejar que lo haga él.
Con las manos en los bolsillos esquivo a un par de padres que
quieren preguntarme sobre el jodido Plan Parcial de urbanismo, y me
acerco hasta donde están ellos.
Ben me descubre cuando estoy a una docena de metros. Observo
cómo sus ojos brillan un instante, sus labios esbozan una sonrisa ligera y su
lengua aparece en la comisura de los labios.
—¡Adam! —exclama, tendiéndome la mano.
Lucho contra la jodida dilución de todo lo que hay alrededor, porque
parece que mis ojos solo lo ven a él y mi boca solo quiere corresponderle.
Cuando estrecho su mano algo me atraviesa, una sensación cálida,
excitante, quizá el recuerdo de las cosas que nos hemos hecho el uno al otro
los días pasados.
Consigo desprenderme y mirar alrededor.
—Tú eres Natasha —confirmo más que pregunto—. Tu marido me
ha hablado de ti.
—Espero que mal —se burla.
—Muy mal, sí.
Hay risas, me presenta al otro matrimonio, cuyos nombres se me
borran de inmediato, e intento no mirar a Ben, lo que me resulta casi
imposible porque mis ojos se empeñan en devorarlo.
Unos minutos más tarde me siento satisfecho: todo vuelve a ser
normal, así que la prueba está superada. Me despido alegando que es seguro
que mi hijo esté haciendo una trastada, y me aparto del grupo con una
sonrisa orgullosa en los labios.
El mediodía trascurre como se esperaba. Olivia se ha hecho daño en
una rodilla al caerse y he tenido que curarla. Mary me ha presentado a la
nazi, como la llama, y me ha parecido encantadora: sigo sin saber por qué le
ha puesto ese apodo. Algunos padres me han caído bien, incluso he
aceptado salir alguna vez a tomar una copa.
Sí, también he buscado a Ben, lo he mirado mientras él hablaba por
aquí, sonreía por allá, pero nunca se han cruzado mis ojos con los suyos.
Convencido de que lo nuestro, ese par de intensos asaltos sexuales,
ha terminado definitivamente, me quedo más tranquilo, incluso me relajo
tanto que bordeo la casa en busca del aseo que me han dicho que está junto
al garaje. Al parecer estas urbanizaciones esconden la vergüenza debajo de
la moqueta.
Cuando giro la esquina del edificio me encuentro a Ben.
Está cómodamente apoyado al fondo, contra la pared de madera,
con una cerveza en la mano, como si disfrutara de la soledad y los
agradables rayos de sol.
Dudo si darme la vuelta o continuar, porque el garaje se ve al final y
debo pasar por su lado para llegar al aseo.
Decido que no puedo condicionar mi vida a que él esté o no aquí o
allí, y continúo como si nada.
Antes de pasar por su lado, él abre los ojos expuestos a los rayos de
sol y me mira. Yo siento una oleada de calor que empieza en mi coronilla y
termina entre mis testículos, trago saliva y avanzo.
—Te he estado llamando.
No tengo más remedio que detenerme a su lado.
Está endiabladamente guapo, con una camiseta negra, como sus
pantalones y sus botas, y el cabello ondulado y suelto. Parece un cantante
de rock, un sexy cantante de rock.
—Te he bloqueado —le contesto sin dobleces—, pero de eso te
habrás dado cuenta.
No aparta sus ojos de mí. Yo tampoco puedo dejar de mirarlo.
—Conque me lo hubieras explicado, no te habría vuelto a molestar.
—Se agradece saberlo.
Se hace el silencio. Creo que tantea el terreno. Yo necesito a partes
iguales irme de allí y no apartarme jamás de él. El corazón dividido.
—¿Podemos hablar unos minutos?
—¿Aquí?
—El lugar más seguro e inocente para ti, ¿no te parece? Están todos
a veinte pasos.
Miro alrededor. Estamos solos, aunque de lejos se escucha el jaleo
de la fiesta. Sí, quizá lo mejor sea aclarar las cosas de una vez por todas.
—¿De qué? —pregunto, algo desabrido.
Se humedece los labios. Mis ojos se van irremisiblemente hacia allí
y mi polla palpita dentro de mis pantalones.
—Me gustaría explicarte lo que siento.
—¿Lo que sientes?
—Lo que siento por ti.
Tengo que parpadear varias veces. No le he puesto nombre a lo que
ha habido entre nosotros, pero no puede ser otra cosa que… ¿deseo? ¿Me
está insinuando que hay algo más?
—Solo hemos echado un par de polvos —le explico.
—Para mí han sido especiales, quizá porque te tenía ganas desde
hace tiempo.
No podemos seguir hablando. No podemos traspasar ciertas
barreras.
—No sé si te has dado cuenta —intento no parecer alterado—, pero
justo ahí está mi familia, y mi intención es que siga siéndolo. Debemos
olvidar ese error. Debemos convencernos de que no ha sucedido nunca.
Se pone de pie y se acerca peligrosamente hacia mí, apenas nos
separan algunas pulgadas. Me llega su olor, y con él un estremecimiento.
Parece enfadado, muy enfadado.
—¿Me estás intentando convencer de que no lo has disfrutado como
yo?
—Eso no importa —intento que lo comprenda.
Se acerca un poco más y baja la voz.
—Adam, he visto cómo disfrutabas mientras te follaba. ¿Cómo
puedes decir que no importa?
Me cruzo de brazos y me enfrento a esos ojos grises que me
encienden cuando me miran. Logran, como cada vez, su objetivo.
—¿Y qué propones? —le reto, desafiante.
Él abre los brazos, como si quisiera explicar algo evidente.
—Que exploremos esto que sentimos, esto que deseamos, y una vez
tengamos una respuesta, actuemos en consecuencia.
—Que sigamos follando a escondidas, es lo que quieres —le acuso.
Su boca esboza un gesto de amargura.
—Escóndete si así lo deseas, pero si prefieres que lo hagamos
público, estoy dispuesto.
¿Cómo puede estar diciéndome estas cosas? ¿Cómo puede haber
llegado a esta conclusión?
—¿Por un par de polvos? —le pregunto, incrédulo.
—Hay algo más, porque sé cuándo alguien me pone la vida patas
arriba, y no dejo que pase como si nada.
Su mirada es limpia, transparente. Me quedo colgado de ella, sin
poder apartar los ojos de allí.
—Estás loco.
—Por ti.
Y lo beso.
Le tomo el mentón entre las manos y lo beso, le devoro los labios,
busco su lengua mientras mis caderas, ansiosas, se encuentran con las
suyas.
Por el rabillo del ojo veo el movimiento, y cuando giro la cabeza,
Mary está allí, mirándonos fijamente.
CAPÍTULO 8
A Ben, decía, no le importaba poner su vida del revés, pero la que se ha
dado la vuelta como un calcetín ha sido la mía.
Tras pillarnos en la barbacoa comiéndonos los labios con unas ganas
que tenían de todo menos de inocencia, Mary se dio la vuelta y volvió por
donde había llegado.
Yo me quedé paralizado. Como si un rayo de hielo me hubiera
congelado en ese mismo instante. No era muy consciente de lo que había
visto u oído, ni durante cuánto tiempo.
Yo estaba tan atrapado en la mirada de Ben que podría haber pasado
por nuestro lado el desfile del Cuatro de julio y ni haberme percatado.
Cuando lo miré, al hombre al que acababa de devorarle la boca, él
estaba muy serio, quizá algo pálido y se limpiaba los labios con el envés de
la mano.
No le dejé que dijera nada. No quería ni sus consejos ni sus
advertencias. Solo necesitaba que desapareciera de mi vista de una vez por
todas, mientras intentaba arreglar aquello que Mary creía haber visto.
Fue entonces cuando salí disparado a por ella.
Mientras atravesaba el jardín, buscándola, me di cuenta de cómo
había cambiado el ambiente. Las conversaciones alegres y chispeantes eran
ahora ahogadas y comprimidas, como si quisieran que nadie se enterase de
lo que charlaban. Muchos pares de ojos se volvieron hacia mí. Quizá
porque tenía el rostro tan pálido como si fuera a desmayarme de un
momento a otro. Quizá porque querían enterarse qué propiedades eran más
ventajosas de compra bajo el nuevo Plan Parcial. Quizá porque sabían que
Mary, la madre de Marc y Olivia, había pillado a su marido dándose el lote
con el padre de otro alumno de su caro colegio.
Fue la nazi la que se acercó, con una sonrisa crispada en los labios.
—Se ha marchado con los niños.
No sé si había apuntado mi nombre en una lista para un futuro
exterminio, pero se lo agradecí.
El coche no estaba, aunque me pareció ver el capó gris de su Nissan
girar al final de la calle.
Podía pedir un taxi, porque pararlo era imposible en una
urbanización como aquella donde jamás encontrabas uno libre, pero decidí
ir corriendo. En coche son diez minutos, pero corriendo no debería llevarme
más de veinte.
Me quité las chanclas y, descalzo, me lancé sobre el asfalto de la
carretera, con ellas en la mano y el pecho adelantado, con la velocidad
encajada en los riñones.
Cuando llegué estaba anocheciendo y el coche de Mary estaba
aparcado en el garaje, junto al mío.
Logré controlar la respiración, inclinándome con las manos sobre
las rodillas, di una última bocanada de aire y abrí la puerta.
En cualquier otra ocasión mi entrada hubiera sido recibida por un
grito de Olivia, demandándome que jugara con ella a Dios sabe qué, una
discusión con Marc, que pretendía hacer algo que sabía le estaba prohibido,
y una pregunta retórica de Mary sobre el coste de la energía eléctrica y las
clausulas de nuestro contrato de luz.
Pero nada de esto pasó. La casa estaba silenciosa y en penumbra, y
solo estaba encendida la lámpara de mesa junto al sofá.
Mary estaba sentada en el ángulo preciso, con los brazos cruzados y
los ojos puestos en el mismo lugar por el que entré yo. Un escalofrío me
recorrió la espalda.
—¿Dónde están los niños? —le pegunté.
—Los he llevado con la vecina. Se van a quedar allí esta noche.
Tan previsora como siempre. Jamás se me hubiera ocurrido a mí. Le
agradecí que pudiéramos hablar sin ser interrumpidos.
—No sé lo que has creído ver, pero… —intenté explicarle.
—Te estabas besando con Ben.
Me acerqué y me puse de rodillas a sus pies. Quería cogerle las
manos, pero ella no me dejó.
—Era un malentendido, una apuesta de…
—Esto no va a acabar bien, Adam. —Estaba serena, enfadada pero
serena. Ella jamás montaría un espectáculo—. Pero sí me gustaría saber que
nos hemos dicho la verdad hasta el final.
Testeaba si nuestro juramento seguía intacto. Para mí ha sido
fundamental, pero sé que más aún para ella. La confianza es lo que nos ha
mantenido unidos.
Me puse de pie, me aparté un par de pasos y mis brazos se cruzaron
sobre mi pecho.
—¿Qué quieres saber?
—¿Desde cuándo os veis?
—No nos vemos —y es cierto, porque eso sonaba a que pudiera
haber algo entre nosotros.
Ella suspiró. No le estaba siendo fácil, y necesitaba que le dijera la
verdad sin dobleces.
—Adam, por favor.
Mis manos se fueron a los bolsillos. Di una vuelta por el salón hasta
volver a donde estaba.
—Hemos… estado juntos un par de veces.
—¿Dónde?
—¿Por qué quieres saber algo así? —no lo creía necesario.
Alzó el rostro. Su esbelto cuello se llenó de dignidad.
—Porque no sé si debo quemar mi colchón esta noche con un bidón
de gasolina.
Supe que no era una broma ni una de esas frases que intentan aliviar
la tensión con un poco de humor. Fue una constatación de lo que haría si la
premisa era correcta. La tranquilicé.
—En su oficina y en el gimnasio. Pero fue algo que pasó de repente,
algo animal, visceral, que no ha tenido la menor importancia…
—Aquella marca en tu cuello… ¿te la hizo él? —no me dejó
terminar.
—¡Sí, joder, sí! —al fin perdí los estribos. Había tardado demasiado
—. Mary, no necesitamos tantos detalles, solo que sepas que no ha
significado nada y que no volverá a pasar. Te lo prometo, te lo juro, me lo
grabaré en la espalda si con eso me perdonas.
Ella asintió. Apenas había movido un músculo más allá de su cuello.
La lámpara le arrojaba sombras bajo los párpados que le daban un engañoso
aire frágil.
—Tengo una pregunta más que hacerte, y necesito que seas sincero.
Alcé una ceja. Me estaba desnudando delante de ella.
—Lo estoy siendo, ¿o es que no te das cuenta?
Se calló unos instantes. Me pareció que esta vez le costaba trabajo
decir lo que tuviera que decir.
—¿Ha sido el único?
Reconozco que no lo esperaba. Quizá que me preguntara si he dado
yo o me he dejado dar, o si tiene que hacerse una prueba de ETS, pero
aquello…
También tardé en contestar. Cuando lo hice mi voz me sonó extraña.
—Hace muchos años, cuando aún estaba en la universidad, estuve
una noche con un amigo de mi padre. Fueron unas pajas, una felación del
uno al otro. Empezó y terminó en el coche.
Ella asintió. Tardó unos segundos en procesarlo. Después se levantó
muy despacio.
—Será mejor que cojas tus cosas y te vayas.
—No lo dirás en serio.
Hasta entonces, sus ojos han ido y venido de los míos, pero en ese
instante se clavaron como lanzas, sin dejarme espacio para escapar.
—Adam, esta tarde te he observado el tiempo suficiente como para
ver cómo lo mirabas, cómo lo deseabas. Jamás me has mirado así, y mucho
menos deseado así. Es mejor que te pongas las cosas claras fuera de aquí,
lejos de los niños.
Esa misma noche llené dos macutos con ropa, zapatos y no recuerdo
qué más y me fui a un hotel. Dos días más tarde encontré este apartamento.
No he vuelto a hablar con Mary, pero sí he visto a los niños. Soy yo quien
se encarga de recogerlos a diario y llevarlos a casa. A veces almorzamos
juntos.
Me preguntan qué pasa, y la forma de mirarme, una mezcla de
miedo y curiosidad, me parte el corazón. Les he dicho que mamá y yo
tenemos que aclarar algunas cosas, acuerdos de mayores, y que pronto
volveremos a estar los cuatro juntos.
No he vuelto a saber nada de Ben. Mi número de teléfono sigue
bloqueado para él, y mi WhatsApp, y mis Redes Sociales. ¿Que si lo he
buscado? Sí, pero solo para bloquearlo. Casi puedo jurártelo.
En estas tres semanas de infierno solo lo he visto una vez. Te
preguntas si es en el gimnasio, pero no. Para evitarlo he cambiado la
natación por running, y salgo al campo, lejos de la ciudad.
Fue hace tres días, cuando intentaba encontrar un aparcamiento en el
parking del hipermercado donde pretendía comprar todas las palomitas
XXL que estuvieran a la venta.
Pasé por una calle y ahí estaba él, metiendo cosas en el interior del
maletero abierto de su furgoneta.
Otra vez, otra jodida vez el corazón empezó a latirme con fuerza y,
sí, lo reconozco, lo deseé con tantas ganas que me tuve que humedecer los
labios para calmarme.
Era consciente de que todos sabían lo que había pasado. Quizá la
nazi se había encargado de difundirlo, aunque no creo. Me suena más esa
chica beatífica que era madre de un niño muy desagradable.
He sacado mis propias conclusiones: si Mary, que es una mujer
moderna y progresista, me ha puesto de patitas en la calle, Natasha, que
representa a lo más profundo del profundo Sur…
Pero no, me equivoco.
Mientras él mete la última caja de leche en el maletero, Natasha
aparece por el lateral, se encarama sobre las punteras y le da un beso. Él la
toma por la cintura, y lo convierte en un suculento muerdo.
Como el que me dio a mí.
Como el que vio mi mujer.
Como el que me ha apartado de mis hijos.
CAPÍTULO 9
Hoy ha sido un día especialmente duro en el trabajo. La mitad de las
aportaciones que ha hecho mi equipo al Plan Parcial han sido rechazadas
por el ayuntamiento y hay que empezar de nuevo desde otra perspectiva.
Eso ha supuesto que mi jefe haya soltado una de esas frases
condescendientes que parecen intentar dar ánimos pero que encubren la
amenaza de que la próxima vez no se puede fallar.
Todo esto ha provocado que llegue veinte minutos tarde a por mis
hijos y que me encuentre con la sorpresa de que han avisado a mi mujer y
ella ha pedido permiso en el trabajo para venir a por ellos. Hoy era el día en
que íbamos a comer en el Texas Bull, el favorito de Marc, el día en que todo
iba a ser perfecto.
Le he escrito a Mary pidiéndole disculpas y explicándole la mierda
del estudio y ella me ha respondido con un sucinto «no pasa nada», que en
su lenguaje particular quiere decir que mi prioridad deben ser mis hijos y
que es la última vez que puede pasar esto.
Comprenderás que mi humor no es el mejor, y cuando he llegado a
casa y me he encontrado con una carta de mi madre diciendo que viene a
verme la próxima semana para que le explique qué le he hecho a Mary, ha
terminado de arruinarlo.
¿Una carta en vez de un mensaje o una llamada? Sí. Ella considera
que los asuntos importantes deben remitirse a los procesos tradicionales
como el correo postal, el pastel de carne de bienvenida y las figuritas
heredadas en el árbol de Navidad.
Está claro que Mary se lo ha contado todo, hasta que me he mudado,
e incluso le ha dado mi dirección.
En este momento me planteo que tengo dos opciones: o me amargo
el resto de la tarde dándole vueltas a lo desgraciado que soy, o hago una
locura.
Por supuesto, me inclino por la segunda opción, que es más
arriesgada pero más satisfactoria.
Sé dónde vive Ben. En una ciudad pequeña no es difícil descubrir
cualquier cosa, incluso qué impuestos pagan tus vecinos.
Me subo en el coche y en veinte minutos me detengo delante de su
puerta.
Es evidente que le va bien en los negocios. Tiene una casa que
definiría como grande y salvaje, porque está rodeada por un jardín que
parece un manglar que la envuelve.
No me lo pienso. Salgo del coche y voy hasta la puerta. Corro el
riesgo de que no esté. O lo que es peor, que esté su mujer, que supongo que
no solo es guapa, sino también lista y se habrá enterado de que su marido y
yo hemos hecho algunas guarradas juntos.
Llamo y solo entonces me doy cuenta de lo nervioso que estoy.
Espero con las manos en los bolsillos traseros y las cejas tan fruncidas que
hasta me duelen. Tardan en abrir, pero cuando lo hacen, quien aparece es
Ben.
¡Joder, cómo puede ser tan guapo! Me recrimino porque sea este el
primer pensamiento que acude a mi cabeza. Lleva ropa de deporte, un
pantalón de chándal gris y una camiseta de tirantas blanca y muy ancha. El
cabello recogido en una coleta, y va descalzo.
Me mira sorprendido, no es para menos. Supongo que soy la última
persona con la que esperaría encontrarse.
—¿Podemos hablar? —le digo a bocajarro.
Asiente y se aparta.
—Pasa.
Esperaba que saliera, que avanzáramos hasta mitad del jardín para
que nadie del interior se enterara, pero al parecer no es el caso.
No puedo parecer débil, así que accedo, y entro en su vivienda.
La casa se parece a él, una mezcla de cosas bonitas e informales.
Ben avanza hasta el salón y me señala el sofá.
—¿Quieres tomar algo?
Mi papel de ofendido se ha vuelto más una interpretación que una
realidad, porque solo con verlo mi estado de ánimo se ha templado como un
suflé. Sin embargo, actúo como se espera que debe hacer alguien
mosqueado.
—¿Qué mierda pasa entre nosotros?
Él sigue plantado delante de mí. Demasiado cerca como para que
mis ojos no se vayan a su paquete, a la altura de mi boca, que se muestra
pleno y sin ropa interior dentro del chándal. Se cruza de brazos.
—Pensaba que me habías dejado claro que entre tú y yo no había
nada que te interesara. Al menos eso estabas diciendo antes de besarme.
Sí, recuerdo en ese instante que fui yo quien lo besó y no al revés.
—Mi vida es una mierda desde que te conozco —le recrimino.
—Así que crees que yo soy el responsable.
—Fuiste tú quien me llevó con argucias a tu despacho y me
engañaste para que me metiera contigo en la ducha.
Arruga las cejas y echa la cabeza hacia atrás.
—Y podías haberte negado en ambos casos.
Me pongo de pie, lo que provoca que esté peligrosamente cerca de
él, de su cuerpo, de su rostro, de su boca.
—Mi mujer lo sabe —lo acuso—. Nos hemos separado.
Su mirada se opaca. Veo que es algo que le afecta.
—Me he enterado.
—¿Y cómo es que tú y Natasha..? —esto es lo que he venido a
descubrir—. Los rumores han debido de llegarle, como a todo el mundo.
—No, no ha sido así.
—Eso es imposible —no puede convencerme de que su esposa no se
ha enterado—. A menos que prefiera no decírtelo.
Baja las manos y se las pasa por los pantalones, como si se limpiara
el sudor.
—No ha sido así porque se lo he dicho yo —espera un instante para
ver cuál es mii reacción y debe ser de sorpresa—. Le dije que me gustabas
el primer día que nos vimos en la barbacoa, le conté que hicimos el amor en
mi despacho y se dio cuenta de que habíamos follado en las duchas porque
tengo un arañazo tuyo justo aquí —se levanta la camiseta y veo una línea
roja en su perfecto y plano vientre.
Lo deseo. ¡Joder, cómo lo deseo! A pesar de que vengo aquí a
cantarle las cuarenta.
—¿Y cómo es que no...? —intento sobreponerme y volver al asunto
de su matrimonio.
Él abre los brazos, como si fuera algo obvio.
—Somos una pareja abierta desde que nos conocimos. Ella se
considera bisexual. En mi caso, mi adicción a los hombres empieza y
termina contigo.
—Joder —se me escapa.
Ben sonríe por primera vez. Me quedo colgado de sus labios.
—Parece que no te ha sentado bien —dice con cierta sorna.
Yo caigo en el sofá, desmadejado.
Esperaba una respuesta más elaborada, quizá una mentira mantenida
a base de pruebas falsas, o una negación a lo que los rumores cuentan de él
y de mí.
Al final lo miro. Ya no me quedan rastros del enfado. Tampoco
resentimiento alguno por el hombre que tengo delante.
—Te felicito por saber gestionar tus emociones —le digo con
absoluta sinceridad.
Se sienta junto a mí, tan cerca que nuestros cuerpos se rozan.
—Estás muy guapo cuando te enfadas.
Me inclino hacia detrás, un tanto gatito zalamero. Pero eso es lo que
Ben provoca en mí.
—¿De verdad estás intentando ligar conmigo en un momento como
este?
Él también lo hace, recostarse en el respaldo del sofá. Su boca y la
mía están separadas por muy pocas pulgadas de aire.
—Me gustas demasiado como para no aprovechar las oportunidades.
Guiño un ojo, adoptando un aire misterioso.
—Contigo tengo la sensación de que hay gato encerrado.
Él se humedece los labios.
—¿Puedo besarte?
—No me jodas —exclamo.
—Es lo siguiente que te iba a preguntar, porque te tengo unas ganas
tremendas.
Y me besa, claro que me besa. Y yo no solo me dejo, sino que
participo desde el primer momento.
Cuando su lengua me penetra, me siento tan bien, tan lleno, que me
coloco a horcajadas sobre él y le como la boca con tantas ganas que tengo la
sensación de que son los únicos labios que siempre he querido besar.
Nos tumbamos en el sofá, o nos arrastramos más bien. Mis manos
quieren abarcarlo todo, hasta cogerle la polla por encima del pantalón. Está
empezando a ponerse dura, en ese estado justo en que me gusta. Me separo
para bajarle la cinturilla y comérsela. Huele a sudor y a suavizante de la
ropa, también a semen y a algo ácido que deben ser las feromonas. Cuando
me la meto hasta la garganta y él lanza un gemido inesperado, siento que
podría estar mamándosela toda la vida.
—Ven aquí —me dice.
Empieza a desnudarme. Hoy es fácil, los chinos azules salen
disparados y el jersey blanco vuela por los aires.
Desnudos en el sofá nos retorcemos el uno sobre el otro,
quemándonos con nuestros cuerpos incandescentes, sin ser capaces de dejar
de besarnos, solo los breves espacios en que nuestras bocas exploran otros
ángulos más sabrosos.
Cuando me voltea, cuando me pone boca abajo sobre la acolchada
tapicería del sofá, lanzo un gemido sordo porque sé lo que pretende. Pero
me coge desprevenido cuando sus labios descienden por mi espalda,
mordisquean mis glúteos, y sus dedos separan mis nalgas para llevar su
boca hasta mi intimidad.
Cuando me come por dentro, a grandes lametazos primero,
sorbiendo después, indagando con la punta de la lengua en todo momento,
el placer es tal que me sorprende por inesperado. Miro hacia atrás pasmado
por lo que siento, él me clava los ojos y hay fuego allí dentro, igual que
dentro de mí. Se separa lo justo para sonreírme, pero yo le aprieto la cara
contra mis glúteos abiertos, para que siga devorándome.
Cuando al fin me folla, cuando se separa, se coge el grueso rabo con
la mano, y me lo encaja con facilidad, estoy tan abierto y lubricado que
entra hasta el fondo de un solo movimiento.
De rodillas en el sofá, apoyado en el respaldo, no deja de besarme
mientras entra y sale de mí con la cadencia perfecta, el balanceo justo de
caderas.
No sé cuánto tiempo estamos así. Las oleadas de placer suben y
bajan según el acelera o adquiere un ritmo más pausado.
Lo que sí sé es cuando se corre, porque yo hace tiempo que le
manchado la tapicería marrón de su sofá, y cuando su caño de lefa me llena,
sé que me va a ser muy difícil prescindir de aquello, de la polla de Ben
dentro de mí.
CAPÍTULO 10
Después del sexo, Ben ha insistido en que debemos hablar, pero yo me
he negado.
¿Hablar de qué? En teoría he ido a su casa para cantarle las
cuarenta, y sin embargo me he abierto de piernas en su salón y casi le he
rogado que me folle.
Me he ido vistiendo mientras salía del salón, seguido de cerca por
Ben, que insistía en que esto no puede quedar así, que debemos entender
qué está pasando. En el porche me he puesto las deportivas, aprovechando
que él sigue en bolas y ha decidido no seguirme al exterior. Casi he corrido
los pocos pasos que me han llevado al coche porque necesito poner tierra de
por medio entre los dos.
Está claro que tengo un problema, y mi problema se llama Ben.
Nunca antes me ha pasado esto con otro tío: he sido deportista y no
me ha llamado a atención ningún compañero de mi equipo, voy al gimnasio
y me resultan indiferentes las pollas y los culos prietos de mis colegas, hago
nudismo en la playa y me pasan desapercibidos los rabos de los otros
bañistas que se acomodan a nuestro lado.
Si hasta ahora mi deseo sexual ha estado centrado en las mujeres…
¿Por qué Ben?
¿Por qué con Ben?
Puedes pensar que quizá Ben ha sido el primero que me ha entrado,
el primer hombre que ha intentado ligar conmigo, pero tampoco es cierto.
No soy mal parecido. De hecho, según mis compañeros de
universidad, era el mejor partido de la clase, así que, a lo largo de mi vida,
me han entrado muchos hombres, te lo aseguro. Algunas veces en las
duchas del gimnasio, otras en los aseos del metro, incluso en el
supermercado ha habido un par de veces que me ha tirado los tejos un
mismo tío cuando intentaba coger una botella de leche.
Y siempre he dicho que no. Me he sentido halagado y he dicho que
no.
Sí, menos con el señor Clancy, al que le comí la polla y dejé que me
la mamara en el asiento delantero de su coche, pero aquello fue el resultado
de una borrachera de caballo, un calentón de muerte y más pastillas de las
que es conveniente tomar.
¿Por qué entonces con Ben no puedo resistirme?
Porque solo con verlo se me eriza la piel, con mirarlo a los ojos ya
sé que me plegaré a lo que me pida, y con estar cerca suya me convenzo de
que le meteré mano en cuanto tenga ocasión.
Mientras vuelvo a casa, confundido, enfadado y oliendo a sexo por
cada trozo de piel donde su semen y el mío se han dispersado, el teléfono
no deja de sonar.
Es él, porque los números que aparecen en la pantalla me los sé de
memoria. Lo desbloqueé el mismo día que me marché de casa. ¿Por qué?
Lo ignoro, como tantas cosas que me están sucediendo últimamente.
En cuanto llego a mi apartamento lo apago para que no insista y me
urge la necesidad de marcharme de allí.
Apenas me tomo el tiempo de darme una ducha y vuelvo a la
carretera, esta vez me dirijo a la que hasta hace poco fue mi casa.
El coche de Mary está en el garaje, como ya esperaba. Llamo al
timbre, aunque conservo mi llave. Me abre Marc.
—¡Papá! —me dice, entre sorprendido y feliz.
—Solo he venido a ver a tu madre.
Olivia se me tira a los brazos y me aprieta tan fuerte que apenas
puedo apartarla cuando Mary se planta delante de mí, tan sorprendida como
los demás.
—Hoy no te tocaba verlos —me dice, intentando que su voz no
suene tensa.
—¿Podemos hablar? —logro articular, emocionado por el
recibimiento de mis hijos.
Ella parpadea varias veces. Suele hacerlo cuando las cosas no
suceden como debieran.
Le pide a Marc que vuelva con sus deberes y a Olivia que termine
su dibujo. Los dos me miran antes de obedecer, como si necesitaran mi
aprobación.
—Haced caso a mamá —los apremio—. Es cosa de mayores.
Cuando nos dejan solos salimos al jardín trasero, donde tenemos
más intimidad. Mataría por una cerveza helada, pero no es momento de
pedirla.
En cuanto estamos a suficiente distancia de la casa como para que
no puedan escucharnos, Mary se vuelve hacia mí.
—Quedamos en que no vendrías si no avisabas antes.
—Tenía que hablar contigo.
Sus ojos se llenan de preocupación.
—¿Ha pasado algo?
Le mantengo la mirada. Quizá lo nuestro no haya sido el fruto de la
pasión. Empezamos a tratarnos como amigos allá en la universidad, que
después intimamos para dar un paso más, hasta convertirnos en amantes. De
ahí pasamos a novios, y terminamos siendo padres.
Es posiblemente la persona con la que mejor me he llevado jamás, y
dudo que mis hijos pudieran tener una madre mejor. ¿Cómo es posible que
yo lo esté tirando todo por tierra solo por deseo?
No aparto los ojos cuando se lo digo.
—He vuelto a estar con Ben hace apenas media hora.
Veo el dolor, un movimiento involuntario de sus párpados y una
instantánea pérdida de luz, pero el tono de su voz no cambia.
—No creo que eso juegue mucho a favor de que lo nuestro se
solucione.
—Querías que te dijera siempre la verdad. Eso hago.
Me lo agradece con un gesto de su cabeza. Si debemos reconstruir lo
que teníamos antes de Ben solo se puede conseguir con absoluta sinceridad.
—¿Y qué se supone que debo de hacer yo? —me pregunta.
No estoy muy seguro de por qué he venido esta noche. Una razón es
que Ben podría presentarse para mantener esa conversación a la que me he
negado en su casa. Otra, para intentar comprenderme a mí mismo.
—Nunca, jamás, me han atraído otros hombres —le aseguro—.
Debes creerme, es cierto.
—Me hablaste de un amigo de tu padre…
—Era un adolescente salido, estaba drogado y me hubiera dado lo
mismo si me follaba un burro. Esto es diferente.
Su mirada se afila. Esa es la cuestión, que con Ben es diferente.
Diferente a todo, incluso a ella.
—¿Qué quieres decir?
Muchas cosas, pero ninguna que nos haga bien a ambos. He tenido
una idea, una idea brillante. Si la tentación no existe, desaparece el pecado.
Si dejo de ver a Ben terminaré olvidando cuánto lo deseo. Si no pienso en
él, desaparecerá de mi cabeza.
—Estoy convencido —le digo— de que, si dejo de ver a Ben, se
acabará.
—Pues hazlo —casi me suplica.
—¿En un pueblo de veinte mil almas? Lo raro es que no me lo cruce
en cada esquina.
Mary es, ante todo, una mujer inteligente que sabe leer entre líneas.
Sabe perfectamente lo que le estoy insinuando, pero algo dentro de sí
misma se niega a darle forma hasta que yo no lo verbalice.
—¿Qué intentas decirme?
La tomo de los hombros, muy suave, para que toda su atención se
deposite en mis ojos.
—Vayámonos a otro sitio y empecemos de nuevo —le ruego—. Mi
empresa tiene sede en Seattle, igual que tu bufete. Decías que te atraía vivir
en el norte. ¿No amabas el frío? Hay buenos colegios para los niños,
mejores teatros, podemos buscar una casa con un jardín más grande que
este.
Los ojos de Mary pierden su luz al instante.
—Poner nuestras vidas patas arriba.
Mis manos la sueltan para caer a ambos lados, muertas, como yo
mismo.
—Ya lo están, ¿o es que no te has dado cuenta?
Me vuelvo hacia la oscuridad. El cielo parece hoy no querer
acompañarnos con estrellas. Solo las frías farolas de la calle titilan con un
zumbido eléctrico. Mary se coloca a mi lado, observando la misma
oscuridad que yo.
—Porque estás seguro de que esa pasión solo te sucede con el padre
de uno de los amigos de tu hijo.
—Eres cruel —le digo sin rencor.
—Creo que lo estoy llevando demasiado bien.
—¿Y yo? —me defiendo—. Me he marchado de casa, me he
plegado a tus disposiciones y apenas veo a mis hijos.
Ahora es ella la que pone, con enorme delicadeza, una mano sobre
mi hombro. Es una sensación tan familiar que se me llena el corazón de
calor. Su voz vuelve a ser cálida, como antes, como siempre, pero sus
palabras tienen todo el cuidado del mundo.
—No voy a huir, Adam —me sonríe ligeramente—. No voy a vivir
con la sensación de que te puedes enamorar de otra persona en cualquier
otro lugar. Soluciona esto y hazlo como quieras. Yo actuaré en
consecuencia.
Un suspiro de cansancio se me escapa de los labios.
—¿Crees que no lo habría arreglado ya si no supiera cómo hacerlo?
Ella siempre ha sido mucho más inquisitiva que yo, y con más
intuición. Ha tenido una capacidad para llegar al fondo de los problemas
que a mí me resulta del todo inexistente.
—Adam… ¿y si no puedes dejar de ver a Ben porque hay algo más
que..?
—Eso es ridículo —no la dejo terminar.
En verdad, ni siquiera permito que esa idea se acerque a mi cabeza.
Ella asiente. Se aparta de mí lo justo para que entienda que debo
marcharme.
—No me es fácil decírtelo, pero quiero lo mejor para ti y para mis
hijos.
Yo, como siempre, me mantengo en mis treces.
—Que estemos juntos de nuevo es lo mejor para todos.
Su sonrisa es triste, pero mantiene la luminosidad que me sedujo
hace más de una década.
—No, Adam —me dice—. Que seas sincero contigo mismo es lo
único que puede salvarnos del desastre.
CAPÍTULO 11
Cuando regreso al apartamento mi decisión es firme: Ben debe
desaparecer de mi cabeza como sea, a pesar de que Mary se niega a que nos
mudemos de ciudad.
Actúo sin pensarlo, así que llamo al gimnasio para cancelar mi
matrícula. Contrato una nueva línea de teléfono y envío el número a mis
contactos más estrechos y a la gente del trabajo, e inmediatamente doy de
baja la anterior. Elimino todas mis Redes Sociales. Incluso arranco de la
revista del colegio la página donde aparecemos todos los padres de los
alumnos, que fue justo antes de conocer a Ben, pero donde él aparece
separado de mí por tres o cuatro tipos.
Más seguro de que se avecina un futuro que puede llegar a
funcionar, me doy una ducha con agua helada, me coloco unas calzonas,
una camiseta de deporte, y me dispongo a correr una docena de kilómetros
para que mi cabeza y mi cuerpo se agoten y dejen de pensar en él.
Justo cuando abro la puerta me encuentro con Ben.
Está al otro lado, con la mano alzada, como si hubiera aguardado a
que terminara con mi conjuro para llamar.
Parece muy serio, también ojeroso, pero sonríe cuando me ve
aparecer.
—Iba a golpearla en este momento.
Tengo que tragar saliva para reprimir el impulso de besarlo. Hemos
hecho el amor hace apenas un par de horas y mientras me duchaba y
arrancaba de mi piel su olor, me excitaba al recordarlo.
Lleva unos pantalones de deporte y una sudadera. El cabello
recogido, como si hubiera salido de casa sin pensarlo demasiado. No puedo
bajar la guardia. Con él no.
—¿Qué haces aquí?
—No podía dejar que te fueras sin más —me dice.
Tengo que apartar los ojos de los suyos. Consiguen doblegar mi
voluntad. No me muevo un ápice de donde estoy, seguro de que si me
mantengo firme lograré mi objetivo.
—Tienes que marcharte —le reto.
—No sin hablar contigo.
Él tampoco se mueve. Con las manos en los bolsillos delanteros de
la sudadera y la capucha medio encajada, tiene un aire tan peligroso como
seductor.
—¿Qué parte de esto no has entendido? —aprieto las mandíbulas
sin querer, lo que me da una expresión desafiante.
Él inclina la cabeza. Creo que es muy consciente del embrujo que
ejerce sobre mí, y sabe que si presiona, que si presiona un poco más, es
muy posible que me deshaga de las calzonas y salte a su regazo, como hice
esta tarde.
Mira alrededor. El largo pasillo exterior está lleno de apartamentos,
de solteros y divorciados que a estas horas esperan ver su programa favorito
en televisión o asistir a la pelea de los dos amantes más famosos de la
ciudad.
—¿Te lo digo aquí o me dejas pasar?
No me queda más remedio que apartarme. Cuando pasa por mi lado
me envuelve su aroma y un cosquilleo me masajea los testículos. Me gusta
tanto que me duele no besarlo. Me excita tanto que me cuesta no pedirle
que me posea.
Cuando cierra la puerta tras de sí, levanto las manos, a la defensiva.
—No vamos a hacer nada.
—No he venido a follar —me contesta, muy serio.
Me sonrojo, aunque no sé por qué. Miro el reloj. Estoy nervioso,
entre otras muchas cosas.
—Tengo un poco de prisa, así que te agradecería que…
—No ha sido casual el que tú y yo nos hayamos enrollado —suelta
de sopetón—. Me gustas desde hace mucho, mucho tiempo.
No sé a qué se refiere. Apenas llevábamos en la ciudad cinco o seis
meses antes de conocernos. Quizá reparara en mí durante aquella foto, a
principio de curso, en el colegio. O me viera en el súper, o quizá echando
gasolina.
Elimino todas aquellas ideas. Supongo que se está refiriendo a la
relación abierta que tiene con su esposa, y que les da permiso a ambos para
estar con hombres o mujeres a su gusto.
—Ya me has contado lo de tu mujer y tú.
—Creo que no me has entendido —me contesta—. No solo me
gustas para echarte un polvo, que me vuelve loco, por cierto. Me gustas de
verdad.
Ha bajado la voz en la última frase, y ha sido como si retumbara
sobre mi piel.
Mary ha insinuado algo parecido, la posibilidad de que lo que existe
entre Ben y yo sea algo más que…
—Esto no puede estar pasando.
Paso por su lado y me apoyo en la mesa del salón, porque creo que
me flaquean las piernas.
—¿Que el tío que te gusta te diga que tú también a él?
¿Cómo se lo explico?
—Amo a mi mujer y me encanta mi vida —mi voz suena demasiado
alta, acusadora—, la que llevaba antes de que tú y yo…
—Tuviéramos el mejor sexo que has tenido nunca —termina por mí
—. Dilo. Es la verdad.
Sí, es cierto. Antes de que me dejara follar por él en su despacho no
había sentido nada parecido. Lo había soñado, sí, las pocas veces en que
recordaba aquella madrugada dentro de un coche con el señor Clancy
inclinado sobre mí, pero solo eso.
Decido atacarlo para que se calle.
—Vas un poco sobrado, ¿no?
Él desespera. Viene hacia mí, pero consigo apartarme. Alza las
manos, para que vea que no me va a tocar.
—Adam —me dice, despacio, como si yo no consiguiera entenderlo
—, hay maneras de que puedas mantener parte de lo que ahora tienes e
incorporar otras que hasta este instante no te satisfacen.
Se refiere a Mary, lo sé, y eso me duele.
—No sé de qué mierda estás hablando.
—Empecemos algo juntos.
Está tan cerca que solo con levantar la cabeza podría besarlo. Tan
cerca que solo con respirar más fuerte introduciría en mis pulmones el
mismo aire que lo atraviesa. Me siento a punto de ceder, de entregarme. De
decirle que sí a lo que me pida.
—¿Bromeas? —es lo que contesto.
Él se aparta. Se pasa una mano por la boca, como si necesitara
centrarse. ¿Es posible que yo cause en él el mismo efecto? Desde el otro
extremo del salón vuelve a mirarme.
—He hablado con Natasha. Ambos sabíamos que antes o después
aparecería alguien, a alguno de los dos, que hiciera que reconsideráramos
nuestra relación hasta este momento.
Me tengo que sujetar a la mesa. ¿Qué está diciendo? ¿Ha dejado a
su mujer? Mi cabeza no consigue hilvanar las ideas. No es posible. Solo
somos un par de tíos que nos lo hemos pasado bien un par de veces, nada
más.
—¡Espera, espera! —le apremio—. ¿De qué hablas?
Él suspira.
—Sabes de qué hablo.
Es como si el suelo se abriera ante mí para enseñarme las entrañas
del infierno. No puedo ceder. No puedo permitirme darle voz. Dejarle entrar
ha sido un error. Un error que jamás volverá a ocurrir.
Voy hacia la puerta, intentando no parecer tambaleante, y la abro.
—Será mejor que te largues.
Al principio, no se mueve de donde está. Creo que estaba demasiado
seguro de conseguir aquello a lo que haya venido. Cuando comprueba mi
firmeza, avanza hacia mí, pero se detiene antes de salir.
—De acuerdo. Entiendo que me he equivocado.
—Totalmente.
Esta vez soy capaz de mantenerle la mirada, a pesar de que solo
pienso en amarle sobre el suelo, en el sofá, arañándonos la piel con la
alfombra del comedor.
—Lamento todo el daño que te he causado —se disculpa—. Había
llegado a creer que te gustaba tanto como me gustas tú a mí.
—Pues no es así —contesto de inmediato.
—¿Puedo besarte por última vez?
No contesto, pero él lo hace.
Me toma la barbilla con una mano y acerca sus labios. Es un beso
tierno, donde nuestras bocas se reconocen, se funden, y su lengua acaricia el
envés de mis labios. Es un beso tan tierno que me brillan los ojos y tengo
que cerrarlos para que no lo vea.
Soy yo quien se aparta, con la mirada clavada en el suelo.
—Será mejor que te vayas.
Él obedece. Lo oigo bajar las escaleras sin moverme de donde estoy.
La puerta de su coche, el motor, las ruedas que arañan las piedras del
aparcamiento comunal.
Solo cuando dejo de escucharlo alzo la cabeza. Puedo entrar en casa,
y enfrentarme a cada una de las palabras que acaba de decir, pero no lo
hago.
Cierro tras de mí y empiezo a correr.
Dejo atrás las calles iluminadas de la ciudad, las carreteras
asfaltadas, las vallas publicitarias que anuncian vidas felices de familias
felices.
Solo cuando me quedo a solas y a oscuras, rodeado de foresta, me
atrevo a llorar.
Toda la rabia, el miedo y el deseo se desata en lágrimas mientras mis
botas no dejan de horadar el suelo, hasta perderse en lo más profundo del
bosque.
Es de madrugada cuando vuelvo, más tranquilo, pero también más
triste.
Cuando paso por la calle principal, me cruzo con un grupo de chicos
que seguramente vienen de tomar unas copas.
Dos de ellos van de la mano, felices y relajados, y cuando paso junto
a ellos, a los que les soy completamente ajenos, se besan.
CAPÍTULO 12
Los siguientes días pasan como si viviera rodeado de una espesa
neblina.
En el trabajo todos los saben, que el bueno de Adam, el jefe de
proyectos más prometedor de la empresa ha engañado a su esposa con un
tipo. Corren rumores de que nos han visto haciéndolo en el parking,
enfrente del instituto, a plena luz del día y sin preservativo.
Ayer, mientras intentaba serenarme en el cubículo del inodoro
escuché la conversación de dos gilipollas de Contabilidad que aseguraban
que lo sabían desde siempre, que yo le había tirado los tejos a uno de ellos y
que un primo suyo me había visto en un local de ambiente enrollado con
dos tíos a la vez.
Podía haber salido y haberle partido la cara, es de lo que tenía ganas,
pero he preferido quedarme allí dentro, lamiéndome las heridas.
Los niños parecen no saber nada, incluso los veo más serenos una
vez que han comprobado que no he desaparecido de sus vidas y que cumplo
a rajatablas mis encuentros con ellos.
Incluso Mary, tan sobria y concienzuda como es, está más tierna
conmigo, y me llama al menos una vez al día para saber si Olivia ha comido
pescado y si Marc se ha tomado las vitaminas. La conozco tan bien que sé
que esas llamadas telefónicas son su manera de saber cómo me encuentro y
de apoyar mis decisiones.
No he vuelto a saber de Ben. Creo que le ha quedado claro que no
quiero saber nada de él. Miento, no sale de mi cabeza un solo instante, pero
sé que se pasará, que con el tiempo se irá convirtiendo en un recuerdo, en
algo dulce que sucedió una vez y causó muchos problemas, y nada más.
Mi madre se ha negado a que vaya a recogerla al aeropuerto. Detesta
sentir que depende de nadie. Creo que es algo que he heredado de ella y me
encontraré con las mismas manías que ella cuando tenga una edad similar.
Llega al apartamento cuando estoy terminando de hacer la cena para
dos, porque de nuevo ha considerado intolerable que airemos nuestros
problemas en un restaurante, donde cualquiera puede estar escuchando.
—¿Estás comiendo carne roja? —me suelta en cuanto abro la
puerta.
—Yo también me alegro de verte.
Me da dos besos sin rozarme las mejillas y pasa directamente al
salón, lanzando una de sus miradas fugaces donde es capaz de detectar las
incongruencias a una velocidad portentosa.
—Esto no es digno de un arquitecto jefe.
—Estamos ahorrando para la universidad de los niños, mamá. No es
plan gastar una fortuna por una separación temporal.
Alza una de sus cejas. Cuando era pequeño me sabía el código
completo de las cejas de mamá. Ya estoy desentrenado, pero creo recordar
que esta significaba «¿Dé qué mierda estás hablando?».
—Yo lo apartaría del fuego, o las verduras quedarán demasiado
blandas.
Hay cosas en las que sé que debo obedecerla, o esta será toda la
conversación de esta noche.
Las coloco sobre ambos platos, sirvo dos copas del único vino
rosado que toma, y me siento, porque si no, ella seguirá dando vueltas,
buscando todos los puntos débiles del minúsculo apartamento de soltero.
Recoloca sus cubiertos sobre la servilleta, hace lo mismo con una de
las esquinas del mantel, y al final se sienta frente a mí.
—¿Cómo ha ido el viaje? —le pregunto cuando al fin prueba las
verduras y no parecen disgustarle.
—Así que crees que tu separación es temporal.
Mi madre es así. Ha nacido con una incapacidad para adornar la
realidad o decir algo por cortesía. Parece mentira que una mujer tan curtida
socialmente, en la sociedad rural donde me he criado, entiéndase, haya
sobrevivido con un lenguaje tan directo.
Encajo el primer golpe con una sonrisa forzada.
—No es que lo crea. En cuanto resolvamos nuestros asuntos volveré
a casa y esto será solo una anécdota.
Su tenedor juega con un espárrago sobre el plato. Soy incapaz de
apartar la vista de él.
—Adam —me mira fijamente—, hay asuntos que no se resuelven.
—¿A qué te refieres?
Toma un sorbo de vino que deja media copa vacía, se limpia
cuidadosamente con la servilleta y se retoca los labios con la barra que lleva
en el bolso. Mi cabeza divaga en por qué necesita pintárselos, si beberá otra
vez en unos segundos, hasta que ella habla, con la misma seriedad que
antes.
—Sé que piensas que soy una vieja retrógrada que no entiende nada
que se salga de los confines de nuestro pueblo.
Evito sonreír.
—No lo hubiera expresado así, pero debes reconocer que no tienes
el perfil de una votante Demócrata.
—¿Te acuerdas de Rosemary Clarence? Su hija fue compañera tuya
de clase.
Ignoro por qué acaba de introducir la sección «Cotilleos del pueblo»
en medio de una conversación trascendental.
—Sí, me acuerdo —contesto, un tanto molesto por el giro.
—Su hijo William tiene un novio, y cenan juntos el Día de Acción
de Gracias. Y el hermano de la señora Thomson, el boticario, al final viste
de mujer y nos llama a todas querida. A mí me resulta encantadora, desde
luego.
Creo que detengo el tenedor antes de que me llegue a la boca. ¿De
verdad mi madre me está contando esto? Es evidente que lo sabe todo, que
Mary le ha contado todos los detalles y, si la conozco como creo, ella se
habrá encargado de recopilar los que se hayan quedado por el camino.
Cuando hablo, mi voz me suena glacial.
—No soy gay.
Ella sonríe.
—Has engañado a tu mujer con un hombre.
—Es la primera vez que lo hago —arrojo la servilleta sobre la mesa
mientras siento cómo se me han encendido las mejillas—. La sexualidad
masculina funciona de otra manera. No lo entenderías.
—Me estás diciendo que un hombre, si tiene necesidades…
fisiológicas, le da igual el pollo que el marisco.
Vuelvo la vista al plato, aunque me ha desaparecido el hambre.
—Puede ser.
Ella alarga la mano sobre la mesa y toma la mía. La miro con la
cabeza baja. En sus ojos hay curiosidad. ¿También comprensión? Me parece
una mujer distinta de la que siempre he conocido, de esa con la que solo he
hablado de camisas planchadas y deberes que hay que terminar.
—Adam, soy tu madre —me dice con ternura—. Te conozco mejor
que nadie.
—Ha sido una vez —esta vez mi voz es más débil, más vencida—.
Un par de ellas. Eso no significa nada.
Me suelta la mano para buscar un cigarrillo en el bolso. Al parecer
ha recaído. Saca uno de esos muy finos y con sabor mentolado. De pequeño
me encantaban. Ella jamás fumaría en la mesa. Al parecer hoy vamos a
romper todas las normas.
—¿Recuerdas a Ronny? —Una voluta de humo le da el aspecto de
una pitonisa—. Eráis compañeros en primaria.
Otro giro en la conversación que no comprendo.
—Apenas. ¿Pero qué tiene que ver?
—Estabas locamente enamorado de él. Incluso lloraste cuando se
mudaron.
¿De qué está hablando? Es cierto que adoraba a Ronny, que lo eché
enormemente de menos, pero…
—Porque era mi amigo —respondo—, mi único amigo.
Ella no desiste.
—¿Y Harry? No había tarde que no entrara en el dormitorio que no
os pillara en la cama.
De Harry me acuerdo bien. Éramos adolescentes y entre los dos
había una extraña tensión, ciertas miradas de soslayo, quizá una caricia
casual, pero nada más.
—¡Jugábamos a la Play, mamá! —me defiendo.
—No hace falta estar tan cerca ni rozarse tanto para hacerlo.
Ahora lo recuerdo. Deseaba a Harry y las primeras veces que me
masturbé fueron pensando en él. Incluso recuerdo que robé de su casa unos
suspensorios sucios del biombo de la ropa para lavar con el que me hice las
mejores pajas de esa época mientras me lo llevaba a la boca y a la nariz,
Todo esto había desaparecido de mi cabeza. Lo juro.
—Éramos amigos —digo apenas sin voz, impactado por lo que
estoy descubriendo. ¿Por qué lo había ocultado mi mente?
—Por no hablar de Benjamin —añade mamá—, el hijo de Tom
Clancy, el amigo de papá.
De Tom Clancy me acuerdo de maravilla. Fue la primera polla que
me metí en la boca y me hizo la primera felación masculina de mi vida. En
cierto modo creo que incluso estuve enamoriscado de él desde niño. Por eso
accedí aquella noche a que me llevara. Por eso le toqué la pierna, le cogí el
paquete, le dije que se metiera por uno de los senderos ocultos entre los
árboles. Porque fui yo, no él, quien empezó.
De su hijo… ni recuerdo su nombre.
—Creo que no crucé nunca una palabra con él —contesto sobre el
muchacho, porque sobre el padre no me atrevo a desvelárselo a mi madre
—. Ni recordaba cómo se llamaba.
Ella apaga el cigarrillo en el plato y vuelve a tomarme de la mano.
—Pero él sí. El pequeño Benjamin bebía los vientos por ti. ¿No te
acuerdas? Incluso tu profesora nos llamó a papá y a mí para contárnoslo. El
muchacho lo pasaba realmente mal con tu indiferencia. Por eso sé que esta
vez es definitivo.
La miro sin entender. Hasta ahora parecía que había llevado un
razonamiento lógico, pero en este momento…
—¿Porque se enamoró de mí el hijo de tu amigo mi separación es
definitiva? —le digo, lleno de sarcasmo.
—Porque es con él con quien tienes una aventura.
Y entonces lo comprendo.
La imagen de Benjamin Clancy aparece, nítida en mi mente, un
joven guapo y delgado, de negro cabello rapado, hermosos ojos grises, y
con el que me topaba en las situaciones más inesperadas, como por
casualidad.
—¿Ben? —murmuran mis labios.
—Ha cambiado mucho. Era tan delgado, siempre con sus libros. Me
han dicho que ahora no lo reconocería, y por lo que veo eso mismo te ha
sucedido a ti.
—¿Ben Clancy? —musito, y comprendo sus palabras cuando me
dijo que lo nuestro venía de lejos.
Mi madre suspira y busca de nuevo su barra de labios.
—Mary es una mujer razonable. Entendería cualquier cosa, y por
supuesto entendería que te enamoraras de otra persona. Hombre o mujer —
recalca—. Solo quiere que eso no afecte a sus hijos, a los vuestros, y en eso
es en lo que tienes que pensar, en cómo vas a gestionar esto para que tus
hijos sean felices, Mary sea feliz, y tú seas feliz.
Entonces recuerdo mi adolescencia y a Benjamin Clancy en la mesa
de al lado de la biblioteca, al fondo en el pub los fines de semana, leyendo
en las gradas durante los partidos de futbol, paseando bajo mi ventana…
—Ben Clancy —vuelvo a murmurar.
—Deja de buscar excusas y permite que tus sentimientos se
manifiesten —me dice mi madre—. Una vez sepas lo que sientes, actúa en
consecuencia, Adam. Porque haciendo oídos sordos a tu corazón nunca se
llega a nada bueno, créeme.
La miro, asombrado. ¿Dónde ha estado esta mujer todos estos años?
—¿Cómo puedes saber tanto de la vida? —le pregunto—. Pensaba
que solo te interesaba el color de esmaltes de uña que se llevaba cada
temporada.
Ella sonríe. Es evidente que no le ha gustado mi comida y que va a
saltar la nevera en cuanto considere que este asunto, el que ha venido a
resolver, está zanjado.
—Las mujeres de mi generación —me dice—, hemos aprendido a
camuflarnos, pero eso no significa que no estemos en el mundo.
Me levanto, rodeo la mesa, y la abrazo.
Ella no se mueve. Sé que está sorprendida. En mi familia las
muestras de afecto resultan extrañas, como si estuviéramos enfermos. Le
beso la coronilla. Me encanta este olor a la laca de mamá.
—Me alegro que estés aquí —le confieso.
Ella consigue escabullirse hasta ponerse de pie. Sé que está
satisfecha. Tanto como que no me va a permitir mucho más acercamiento.
Toca con sus uñas perfiladas el mullido de los almohadones.
—Puedo dormir en el sofá.
Pero yo tengo otro plan.
—No, hoy dormirás en la cama.
CAPÍTULO 13
Cuando abre la puerta me mira sorprendido.
—No te esperaba —me dice Ben.
—¿Podemos hablar? Dar un paseo. No quiero molestar a Natasha ni
a tu hija a estas horas.
Tarda en responder. Creo que últimamente ha hecho un esfuerzo
para olvidarme y que mi intrusión no le resulta cómoda.
—Por supuesto. Déjame que se lo diga.
Desaparece en el interior y yo me doy cuenta de cómo estoy de
nervioso por la manera en que me sudan las manos.
Vuelve unos segundos más tarde, colocándose una sudadera blanca.
Al alzar las manos se le sube la camiseta y muestra el vientre plano,
salpicado de vello oscuro, y un ramalazo de deseo me recorre el cuerpo.
Nunca antes me ha pasado nada así. Con nadie. No es que tenga un
largo historial con chicas. Y con chicos se resume a un padre y su hijo,
como ya sabes. Pero este deseo, esta manera de pensar en Ben
constantemente, de querer estar a su lado, de necesitar su cuerpo… es
completamente desconocido por mí.
Avanzamos por la calle en dirección al Parque Central, dos
manzanas más allá. Ambos con las manos en los bolsillos, las cabezas
bajas, perdidos en nuestros pensamientos. Creo que soy yo quien debe
hablar.
—Hasta esta noche no he recordado quién eras.
Me mira un instante y sonríe.
—Me juré que no te lo diría si no te acordabas.
Sus ojos son los mismos de antes, todo lo demás se ha hecho más
fuerte, más viril, más contundente. Quizá si me hubiera fijado entonces lo
habría visto y mi presente sería muy diferente a como es ahora.
—¿Tan mal me porté en aquella época? —me atrevo a preguntar, de
verdad avergonzado.
Él se encoge de hombros.
—Simplemente, te era indiferente.
—No era exactamente así —protesto.
—Tú eras el capitán del equipo de futbol y el chico guapo al que
todos adoraban. Yo solo el muchacho raro que leía demasiado.
Y tiene razón, pero muchas veces pensaba en él, en el misterioso
hijo del señor Clancy y en sus increíbles ojos grises que me miraban
fijamente.
He ocultado tantas cosas en mi vida, me las he ocultado a mí mismo,
que incluso un amor tan evidente he dejado de verlo.
—¿Por eso no me dijiste nunca nada? —le pregunto.
Él sonríe. Me entran ganas de besarlo, pero me contengo. Aún no sé
si me ha perdonado por haberlo mandado tantas veces a la mierda.
—Ni siquiera sabía si me partirías la boca al insinuarme —me
confiesa—. No sé si recuerdas, pero eras un auténtico macarra.
—El gilipollas que era entonces quizá lo hubiera hecho —le doy la
razón.
Hemos llegado al parque. A esta hora no hay nadie. Continuamos
avanzando entre los árboles. Quiero cogerle la mano, pero no me atrevo.
—De todas formas —me dice—, siempre buscaba algún momento
para verte. Estaba total y locamente enamorado de ti, lo reconozco.
Me detengo para mirarlo de frente. No se va a ir de aquí sin un beso.
Es posible que ya no quiera nada de mí, pero ese beso se lo voy a robar. Al
menos me quedaré con eso para recordar lo gilipollas que puedo llegar a
ser.
—Debías de habérmelo dicho —recrimino débilmente.
—Ni muerto —y se ríe—. Cuando te vi después de tantos años en la
barbacoa, rodeado de todos esos padres. ¡Joder! El corazón me latió a mil
por horas. Creía que ya te había olvidado, y sin embargo… decidí probar si
me recordabas e invitarte a un tequila.
—Y ni por esas.
Se humedece los labios y mis ojos se van inmediatamente hacia allí.
—Tenía claro una cosa —prosigue—. Si ibas a ser mi vecino, no
pensaba pasarme otros tantos años colgado por ti en las sombras. Así que
decidí actuar. Quizá si follábamos una vez y la cosa no funcionaba, ahí
acabaría todo.
Doy un paso hacia él. Quiero provocarlo ahora que sé cómo hacerlo.
—Ahí me enganché yo de ti —le digo, muy cerca mis labios de los
suyos.
Él traga saliva. Sabe que hoy vamos a terminar en la cama. Sabe que
hoy no me voy a resignar con que me folle, sino que también querré
meterme dentro de él.
—Eso es lo malo —me dice, en voz baja—, que funcionó. Cuando
se lo conté a Natasha, que ya había oído hablar largo y tendido de ti desde
que nos conocimos, me aconsejó que lo intentara contigo, que un amor así
no pasa muchas veces en la vida. Y eso es todo.
Me acerco hasta rozarlo. Hasta que nuestros vientres están juntos y
nuestro pecho contacta. Siento su virilidad palpitando sobre la mía y las
ganas de abrazar su cuerpo sin ropa se acrecientan.
—Ha sido mi madre quien me ha dicho quién eras —le confieso—.
Ahora está durmiendo en mi cama.
—¿Y dónde dormirás tú esta noche?
Me muerdo el labio inferior.
—Esperaba que tú me dieras una idea sobre eso.
Me besa, como yo esperaba.
Su boca sabe de maravilla y me encanta lo que sus labios hacen con
los míos. Cuando nuestras lenguas se encuentran sin urgencia, quizá por
primera vez, se paladean, se degustan, hasta que se me escapa un gemido
involuntario.
Se separa, y su frente se frunce cuando me señala con un dedo
levantado.
—Te advierto una cosa, no quiero ni un rollo oculto para los demás
ni una aventura de un par de noches. Voy a por todas.
Deslizo mi mano dentro de sus pantalones. Sí, está decidido, y
excitado. Tanto como yo. Se la cojo entre los dedos, aunque soy incapaz de
abarcarla. Me encanta cómo palpita contra mi palma, ligeramente húmeda y
muy caliente.
—Me he dado cuenta de que tengo muchas cosas que recordar —le
digo en un susurro junto al oído—, y muchas barreras que echar abajo, pero
ahora solo quiero una cosa.
—¿Y qué es?
Le muerdo el lóbulo de la oreja.
—Necesito que me folles.
—¡Vaya! —me chupa el cuello—. Al fin coincidimos en algo.
—Toda la noche —le advierto—. Hay mucho tiempo que recuperar.
—Si me das breves descansos, te lo prometo.
—No estoy seguro de poder dártelos.
—Ni yo de poder aguantar un minuto más sin meterte mano.
Y lo hace. Claro que lo hace.
Nos besamos en el parque y jugueteamos como dos adolescentes.
Cuando ya no podemos más, tomamos el camino del centro. El hotel
Arsenal estará bien para esta noche. Mañana, ya veremos.
Gracias, si te ha gustado, me ayudarás a difundirla dejando una
valoración.
OTRAS OBRAS DE MATT WINTER
HETEROCURIOSO
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Una relación tan apasionada como tormentosa entre un chico gay y el
compañero hetero de su mejor amiga, que siente… curiosidad.
«Me sucedió algo parecido, pero pude pararlo a tiempo. Los heteros
dan demasiado morbo, pero se vuelven complicados cuando son…
curiosos.» CarlosJim
Cuando Jorel conoce a Dom, el masculino compañero de su mejor amiga,
piensa que es guapo y que está tremendo, pero también sabe que es
heterosexual hasta la médula y que está fuera de sus posibilidades.
Pero Dom parece tener cierta curiosidad hacia él. ¿Será que le fascina la
naturalidad con la que vive su sensualidad, o hay algo más?
Cuando los encuentros con Dom parecen no ser casuales y este da un paso
en una dirección inesperada, Jorel decide aprovecharlo. ¿Cuándo se
llevará otra vez a la boca a un macho así?
Con lo que no contaba era conque, a veces, pasarlo tan bien en la cama,
puede hacer que nos enganchemos de la persona menos indicada.
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UN AMIGO DE LA FAMILIA
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Un castigo: trabajar un mes en el campo entre rudos vaqueros, que al
final se convierte en toda una revelación.
«—¿Me la puedo comer? —pregunté antes de hacerlo».
El verano que Daniel suspende otro curso universitario su padre le da un
ultimátum: «O me ayudas en la Iglesia o pasas las vacaciones trabajando en
la granja de mi amigo Sam».
Pero… ¿Quién es el viejo amigo Sam? Se trata de un rudo vaquero al
que Daniel solo vio una vez, de pequeño, y le causó una grata impresión.
De esta forma, Daniel se prepara para pasar el verano más excitante de su
vida, porque Sam y sus trabajadores tienen mucho que enseñarle, y bajo las
sábanas de todos ellos aprenderá a ser un hombre.
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MI VECINO DE ABAJO
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El vecino que todos deseamos existe, y esta puede ser su historia.
«Si me lo haces tú, lo que te apetezca, aunque me duela».
Cuando Anibal se encuentra a su nuevo vecino tiene claro que es el tipo
más sexy que ha visto en su vida. Pero hay tres problemas: es hetero, está
casado y él mismo vive con su novio.
Cuando Thomas ve en la escalera de su nuevo edificio a aquel vecino, siente
algo extraño que no le ha pasado antes, ni siquiera con la mujer que ama.
Cuando surge aquello de hacer un viaje, la casualidad quiere que le
acompañe Anibal, que coincidan en la misma habitación, y que el asunto se
les escape de las manos
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DESEANDO A MI CAPITÁN
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Una historia de deseo, fuego y amor entre un soldado y su capitán.
«Deseaba a mi capitán…, y quería decirle: ven esta noche a mi
cama.»
Cuando Gideon descubre quién será su capitán en la Unidad de Tierra,
Mar y Aire, decide vengarse, porque aquel tipo fue quien desencadenó la
desgracia que acabó con la vida de su hermana.
David es un veterano, y el capitán más temido por los reclutas. Vive en
la Base con su mujer y su hija, y cuando ve por primera vez a aquel soldado
de cálidos ojos azules que no deja de observarlo, siente una atracción
desconocida hasta ese momento.
Poco a poco, Gideon intentará seducirlo para fraguar su venganza, y
David se dejará hacer, hasta que los dos se encuentren inmersos en una
historia que se les ha ido de las manos, donde el deseo, y quizá el amor,
tengan muchas cuentas que ajustar.
Deseando a mi capitán, es otra novela de Matt Winter, tras los éxitos
Uno nuevo en el equipo y Mi profesor de Tantra.
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MI PROFESOR DE TANTRA
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Ficción gay para adultos – Lo que comenzó como una búsqueda,
terminó con los juegos calientes del Tantra rojo, solo para hombres.
«Si necesitas que te abran el chacra…, este es tu libro.»
Su novia lo va a matar cuando se entere de que la profe estrella de yoga,
Eve, se ha ido a la India. Así que a Sam no le queda más remedio que
encontrar una alternativa. «¿Por qué no pruebas con el Tantra?», le propone
la recepcionista del centro.
Varun es joven, sexy y guapo, y será su profesor en esta nueva disciplina.
Poco a poco, Sam irá descubriendo las delicias del Tantra, del contacto físico
con otros hombres, y de la necesidad de piel masculina que tenía su cuerpo.
Lentamente irá conociendo a Varun, para aprender que el camino del ser
pasa antes por sentir que por pensar.
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UNO NUEVO EN EL EQUIPO
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«Si te gusta, ve a por ello, aunque ponga tu mundo boca arriba y
tengas que aceptar quién eres.»
Cuando Jacob regresa a su pequeño pueblo tras un mes fuera por
trabajo, hay un miembro nuevo en su equipo de triatlón, lo que no le hace
mucha gracia.
Siete tipos fuertes, rudos, que se reúnen a diario para entrenar con
todas sus fuerzas.
Ben, el nuevo, es amable, correcto y servicial, todo lo contrario que
Jacob. También es endiabladamente guapo, y eso que a él no le gustan los
hombres. ¡Ah! Y parece que tiene esposa.
Sin embargo, lo que empieza siendo una relación tensa, incluso
agresiva, entre dos tipos duros, termina convirtiéndose en un romance
tórrido, lleno de pasión adulta y explícita, entre dos hombres que se han
decidido dar rienda suelta a lo que les dicta su piel.
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