ARDE
Matt Winter
índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 1
OTRAS OBRAS DE MATT WINTER
Capítulo 1
El tipo se la acaba de sujetar por la base, y la dirige hacia la boca abierta y
húmeda de su compañera de reparto. Ella saca la lengua y roza apenas la
punta húmeda del inflamado glande, lo justo para que él se retuerza de
placer y lance un suspiro que se me cuela bajo la piel.
He visto varias veces este vídeo, y cada vez me pone más. Es por
ella, lo sé, por la actriz, pero he de reconocer que los gemidos que suelta
este tipo me ponen a cien.
Una notificación en la bandeja de entrada del correo aparece en la
pantalla de mi ordenador, lo que provoca que se me escape un bufido de
disgusto. ¡Qué inoportuno! La cierro sin leerla y vuelvo al vídeo que se
desarrolla en el escritorio.
El actor tiene una polla enorme, densa, porque supongo que eso es
uno de los requisitos para ser actor porno. Una polla de esas que no cabrían
en un vaso de tubo y cuya superficie está surcada por venas hinchadas,
azules, que la vuelven aún más gruesa.
Trago saliva porque noto que se me seca la boca y continúo
masturbándome con una mano mientras con la otra me masajeo los huevos,
medio tumbado en la silla, delante de mi mesa de estudio.
Sí, tiene un buen nabo, y cuando ella al fin lo abarca con los labios
se me escapa un gemido y tengo que pausar el masaje sobre mi verga
porque no quiero irme todavía: Los de la peli porno acaban de empezar y yo
quiero aguantar, al menos, hasta que él se corra.
Ella se la mete tan adentro en la garganta que supongo que debe de
haberla alojado en el interior del esófago, lo que le provoca una ligera
arcada que me excita aún más. No sé si podré aguantar sin correrme, así que
aparto las manos de mi verga, como si quemara, y observo cómo palpita en
el aire y una gota de precum se me escapa en ese momento, lechosa, y
desciende por el fuste hasta humedecerme los vellos de la base.
¡Joder, qué caliente estoy!
Miro otra vez la pantalla. La chica se la ha sacado de entre los labios
y se golpea con ella la mejilla. El sonido suena recio, contundente, pero es
que debe de ser casi una libra de carne la que impacta sobre sus mofletes.
Voy a continuar machacándomela cuando otra notificación del
jodido correo electrónico ocupa el centro de la pantalla, justo donde debería
aparecer la boca del glande en un primer plano, expulsando las primeras
gotas de denso semen. Uno de mis planos favoritos de esta peli porno.
Vuelvo a exasperarme, pero antes de cerrarla de malas maneras me
da tiempo a ver el encabezado, lo que provoca que mi mano se detenga y
los gemidos de placer de los actores dejen de tener interés para mí.
Me incorporo en la silla y presto atención.
Departamento de bomberos de la ciudad de Dustin, eso es lo que
dice.
Me tiro hacia arriba del slip, pero tengo la polla tan dura que no
consigo meterla dentro así que desisto, cierro la ventana donde se estaba
desarrollando el vídeo porno y accedo a la aplicación de correo.
Tarda unos segundos en abrirse porque a saber la de mierda que
tiene instalada este ordenador por haber visto tanta pornografía en él.
Al cabo de unos segundos la interfaz blanquecina ocupa la pantalla,
y busco rápidamente el correo que debe de haberme llegado hace unos
segundos, el de la notificación.
No he leído mal ni han sido imaginaciones mías, ahí está. Es un
correo de la jefatura de Bomberos y tiene como asunto Admisiones.
El corazón empieza a latirme deprisa y noto húmedas las palmas de
las manos, algo que siempre me sucede cuando me pongo nervioso.
De lo que diga ese correo dependen muchas cosas, demasiadas, así
que son tantas las ganas que tengo de leerlo como el miedo de que porte una
mala noticia.
He querido ser bombero desde que tengo uso de razón.
Mis padres, de niño, estaban seguros de que se me pasaría, de que
sería un capricho de neñez, como ser camionero o médico. Él trabaja en un
banco y mamá es contable de una empresa financiera, por lo que tendría
fácil acceder a ese mundo de trajes de chaqueta y buenos dividendos. Pero
no, pasaron los años y las ganas crecían en mí de tal manera que en cuanto
cumplí los dieciséis pedí de regalo de cumpleaños una inscripción al
gimnasio del barrio, para empezar mi preparación para las exigentes
pruebas físicas de admisión.
Me he presentado a dos convocatorias, y las dos las he suspendido.
La primera porque no cumplí los tiempos reglamentarios para hacer el
circuito físico y la segunda porque me quedé sin plaza, pues éramos muchos
y solo había dos disponibles.
Para lograr mi sueño no solo tengo que aprobar los exámenes, sino
que tengo que ser uno de los tres mejores, que son las vacantes disputadas
en esta convocatoria.
Miro de nuevo el correo, como si por hacerlo pudiera desvelarme su
contenido sin necesidad de pulsar sobre él.
Claire y yo hemos hecho muchos planes, entre otros casarnos, pero
para eso debo conseguir este trabajo. Ella dice haber visto la casa que
quiere que nos compremos y tiene planes muy firmes sobre el número de
hijos que debemos tener y cómo deben llamarse. También es exigente con
respecto a llegar virgen al matrimonio, lo que entre tanto no me deja más
opciones que machacármela yo solo.
Mi padre ha sido paciente, pero tras suspender la segunda
convocatoria se sentó conmigo y llegamos a un acuerdo: si no aprobaba esta
última abandonaría mis locos sueños de convertirme en bombero y dejaría
que me echara una mano en su empresa, donde buscan a chicos espabilados,
tiene buenos sueldos y es fácil ascender con el tiempo.
Es lo último que deseo, pasar una vida triste y gris en una oficina,
donde lo único excitante es la máquina de café. Pero me debo a Claire.
Llevamos tres años juntos y hemos hecho tantos planes que solo dependen
de que yo me convierta en un tipo de provecho.
Respiro hondo y me armo de valor. Pongo la mano sobre el ratón y
pulso la línea de letras en negrita, hasta que se desvanecen y otra pantalla se
abre en su lugar,
Es un texto largo y denso que apenas entiendo. Solo necesito saber
si he aprobado. Si estoy dentro.
Mi corazón parece una locomotora, y empieza a dolerme la cabeza.
Voy a desistir, cuando encuentro una línea en mayúsculas, clara y
transparente, donde pone las palabras: APTO Y CON PLAZA.
Doy un salto de alegría, y mi polla, aún excitada, me golpea los
muslos y el alto vientre, tan contenta como yo mismo.
Capítulo 2
Hoy es mi primer día de trabajo y estoy tan nervioso que me he puesto un
calcetín de cada color.
El jefe nos ha reunido a los tres de la nueva promoción en su
despacho esta mañana y nos ha dado la bienvenida. Me ha parecido un tipo
afable, un tanto disperso, rudo, pero con unas innegables ganas de que nos
sintamos bien. Es un trabajo duro y no muy bien pagado, y es consciente de
que los que estamos aquí lo hacemos por vocación.
Este mes no vamos a hacer ninguna salida, pero nos ha asignado a
cada uno un compañero con experiencia, con la orden de que nos peguemos
a su culo para aprender todo aquello que no viene en el manual, y que es la
clave para salvar vidas.
A mí me ha tocado un tipo llamado David Richardson, y mis otros
dos compañeros, cuyos padres y hermanos trabajan en esta unidad, me han
mirado de inmediato con los ojos muy abiertos.
Cuando hemos salido del despacho he apartado a uno de ellos antes
de bajar al patio.
—¿Conoces a ese tal Richardson?
—¿Y quién no? Debes tener cuidado con él.
—¿Por qué?
—No es un mal tipo, pero es duro y agresivo, y salta a la primera.
Intenta mantener las distancias y no hagas nada que pueda cabrearlo.
Reconozco que sus palabras me han impactado.
—¿Qué voy a hacer yo? —le pregunto—. Aún no nos dejan salir de
aquí.
—Hazme caso —me palmea el hombro—. Su último compañero
pidió traslado a otra unidad. Y dicen que el anterior dejó la profesión y
ahora trabaja en una hamburguesería.
No es que me lo haya puesto muy bien, y cuando desciendo por las
escaleras tengo la frente fruncida y he perdido parte del júbilo que debería
tener en un día como el de hoy.
Trabajamos por turnos, por lo que es casi imposible ver a la plantilla
al completo, pero en el patio exterior puede haber unos veinte bomberos de
los cuáles un buen grupo están preparados para entrar en acción en cuanto
surja una emergencia.
Es cierto lo que dicen sobre el aspecto físico de mis compañeros,
pero hay que tener en cuenta que es una profesión muy demandante de
fuerza, agilidad y dominio de cada músculo del cuerpo, por lo que estar en
buenas condiciones es lo mismo que salvar vidas.
Antes de bajar el último peldaño, paseo la mirada por la sala.
Quitando a un par que llevan el torso desnudo, el resto enseñan su apellido
impreso en la espalda de la camiseta, así que busco a mi compañero entre
todos aquellos tipos fuertes antes de adentrarme en la jungla.
Mi padre tiene un refrán: «si entras bien, sales bien», y eso es lo que
me he propuesto, caerle bien a ese tipo, aunque me tenga que tragar las
palabras, aunque tenga que comerle la polla (es un decir, claro) porque él es
quien tiene que enseñarme todo lo que necesito aprender.
Lo localizo al final de la sala, solo, ordenando algunas mangueras
que deben ser revisadas a menudo según el manual.
Tengo que reconocer que un escalofrío me recorre la espalda en
cuanto lo veo, porque es cierto que tiene cara de pocos amigos.
Lleva el cabello crecido y ondulado y la barba tupida que parece no
arreglarse a menudo, todo ello de un color rubio quemado que le da más el
aspecto de practicar surf que de ser un bombero.
Es fuerte, mucho. Tanto que las bocamangas parecen incapaces de
sostener el tamaño de sus brazos y la camiseta le tira en la espalda.
Me acerco con cautela, intentando encontrar las palabras justas para
que nuestro primer encuentro sea, al menos, correcto.
Estoy a un par de pasos cuando se vuelve hacia mí. Otro escalofrío
me recorre, como si hubiera una puerta abierta.
Tiene los ojos muy azules, y la frente fruncida, como si estuviera
molesto por algo. Me mira de arriba abajo un instante, y vuelve a su trabajo,
como si yo no existiera.
—Soy Dylan —digo en voz más baja de lo que he pretendido.
—Pues puedes volver por donde has venido —contesta sin mirarme.
Reconozco que no venía preparado para esto. Miro alrededor.
Algunos compañeros están pendientes de lo que sucede, como si se
estuvieran preparando para ayudarme en caso de necesidad, pero disimulan
para no humillarme. Una gota de sudor me cae por la frente. Me seco las
manos en los pantalones del uniforme y tomo aire para calmarme.
—Quizá no te lo hayan dicho, pero…
—Sé quién eres —bufa—, y no necesito a nadie a mi lado, y menos
a un niñato que no sabe ni donde tiene la polla.
Tampoco me ha mirado. Parece que la enorme manguera que tiene
entre las manos acapara toda su atención, pero es evidente que no me quiere
aquí.
Cambio de estrategia e intento empatizar con este animal.
—A mí esto me gusta tan poco como a ti, pero son órdenes del jefe.
—Se las puede meter donde le quepan.
Que me agredan con las palabras no me gusta, pero que eviten
mirarme me saca de quicio.
Lo rodeo hasta ponerme de frente. Solo tiene que levantar esa dura
cabeza para encontrarse con mis ojos, pero no parece tener esa intención.
Me pongo las manos en la cintura.
—¿Y qué se supone que debo hacer?
—Buscar a otro. —Entonces sí alza la mirada un instante. Veo que
sus pupilas destellan, o al menos eso me parece, y vuelve a la manguera—.
Seguro que a alguno de esos no les molestas tanto como a mí.
Doy un par de pasos peligrosos hasta ponerme tan cerca que me
llega su olor. Hay algo de sudor y quizá de una colonia a granel, de esas que
huelen a macho. De nuevo el jodido escalofrío.
—No voy a hacerlo —le digo con los brazos cruzados, firme—.
Eres mi compañero y me quedo aquí.
Suelta la manguera, que cae pesadamente al suelo como una enorme
serpiente. Me viene a la cabeza una imagen de los trabajos de Hércules,
cuando luchó con la Gorgona. Eso parece, pero evito sonreír.
Cuando se alza me doy cuenta de que me saca una cabeza, y de que
sus hombros son fuertes como columnas. Tiene algo salvaje, y he de
reconocer que atractivo. Claire diría que es un tipo guapo. No entiendo de
esas cosas, pero debe serlo. El caso es que aquella mirada taladrante hace
que mi corazón lata deprisa, lo que él no puede apreciar porque me habría
derrotado.
Clava sus ojos en los míos y se acerca un paso. Su olor me
envuelve. Sus feromonas me atrapan. Siento que me falta el aire, y cuando
adelanta un largo y grueso dedo y lo pone delante de mis narices, a modo de
advertencia, no me queda más remedio que tragar saliva.
—Me parece que no lo has entendido —me dice, y una gota
minúscula de su saliva impacta sobre mi labio inferior. Toda mi atención va
a ese punto, casi perdiendo la conciencia de donde estoy—. No necesito a
nadie en mi equipo, y menos a un niñato que no tiene ni idea de qué es esto.
Con disimulo saco la lengua y recojo aquella gota de saliva. No
tiene sabor, pero noto que mi piel se eriza. Consigo reponerme y aparentar
una firmeza que no siento.
—Enséñame.
Se cruza de brazos y me mira de una forma curiosa, con la cabeza
daleada, como si se extrañara de que no haya salido ya corriendo para
refugiarse entre los brazos del jefe.
—Esto solo se aprende saliendo ahí fuera.
—Llévame contigo —insisto. Él lo duda.
—Eres nuevo. Los nuevos se quedan en casita.
—Yo no.
Sus cejas se fruncen un poco más sobre su frente.
—Solo entorpecerías.
Una sirena atronadora llena el recinto y ambos miramos en aquella
dirección. De repente hay un alboroto intenso a nuestro alrededor. Los
chicos que tienen turno se están preparando, en un minuto estarán en el
coche, camino de algún lugar donde los necesitan.
—Prueba a ver —le digo, para captar de nuevo su atención.
Se le escapa un ligero suspiro. Me mira de una manera curiosa,
como si sus ojos fueran de los míos a mi boca para volver de regreso al
mismo lugar.
—¿Sabes lo que nos haría el jefe si sales el mismo día que entras en
servicio? Nos cortaría los huevos. A los dos.
Logro esbozar una sonrisa.
—Así que tienes miedo.
Al contrario de lo que he pretendido, no le hace ninguna gracia.
—Por menos de eso más de un tipo se ha arrepentido —me
amenaza.
De nuevo tengo que tragar saliva. Esto va peor de lo que podría
imaginar. Me deshago de todas mis estrategias y le hablo con el corazón.
—Déjame demostrarte que no voy a ser un peso para ti.
Uno de los bomberos se nos acerca deprisa, y le da una palmada a
David en la espalda.
—Richardson, vente. Lowen se ha torcido un tobillo.
No lo duda. Han de salir enseguida, y de inmediato toma su
chaqueta y el casco. Lo sigo. Es ahora o nunca.
—Voy contigo.
Cuando se gira hacia mí estoy seguro de que me va a partir la cara
de un puñetazo, pero en cambio me golpea el pecho con otro casco, que
deja entre mis manos.
—Si metes la pata…
—No lo voy a hacer…—contesto de inmediato, henchido de
felicidad.
—Si la metes —no me deja terminar—, te vas de aquí cagando
leches.
Capítulo 3
El corazón me late deprisa, como si dentro trotara un toro desbocado.
Ha sido alucinante. El incendio se había declarado en una
infraestructura eléctrica en el centro de la ciudad y extendido a todo un
edificio. Y quizá la manzana entera, dependía de nuestra rápida actuación.
Los chicos no lo han dudado y han trabajado como si fueran un solo
hombre con muchos brazos y piernas, coordinados a la perfección, de
manera que en muy poco tiempo el fuego ha sido apagado, la
infraestructura estabilizada, y todas aquellas personas que podrían haber
estado en peligro, puestas a salvo.
Durante todo el tiempo David se ha mantenido sereno y eficiente.
Sabía en cada momento qué hacer, cómo actuar y a quién ceder el puesto
dependiendo de la situación.
Yo no me he apartado de su lado, aunque tengo la sensación de que
hacía mucho tiempo que se había olvidado de mí.
Solo cuando todo ha acabado y se ha arrancado el casco, me ha
mirado fijamente, quizá un par de segundos, y yo he vuelto a sentir ese
cosquilleo en la espalda que supongo que se debe al respeto que le tengo y a
cierto nerviosismo por no saber tratarlo.
Tiznados y felices hemos vuelto a la base y, mientras otro equipo
tomaba el relevo, nos hemos ido a las duchas para quitar todo este hollín y,
en mi caso, relajarme después de una primera aventura que ha superado con
creces mis expectativas.
Los vestuarios los conocí esta mañana. Están compuestos por varias
hileras de taquillas con los nombres de cada bombero impresos en una
etiqueta plástica. A mí me ha tocado en un extremo, lejos del bullicio de los
veteranos, que son los que están más cerca de la zona húmeda.
Me desvisto despacio, intentando reprimir la sonrisa que no me
desaparece de la boca, como si fuera el mismo niño al que se le engatusaba
con una golosina.
Desnudo, armado con un bote de gel, me dirijo a las duchas, donde
ya están casi todos mis compañeros, charloteando sobre detalles del
incendio que a mí se me escapan y que parecen ser sumamente técnicos.
Cuando traspaso el umbral me detengo sin pretenderlo. Son
corridas, un único cuarto cuadrado de paredes y suelos de azulejos sobre el
que prenden las alcachofas a intervalos regulares.
Llevo muchos años en un gimnasio y no tengo pudor, pero es la
primera vez que voy a hacerlo en un espacio público, con los cuerpos de
unos tan cerca de los otros.
Veo a David nada más llegar. Está en el centro de la pared de
enfrente, de espaldas a mí, enjabonándose el cabello. Tiene unas nalgas
perfectas y redondas donde no se aprecia la sombra de un bañador, y unos
muslos fuertes y bien torneados.
Aparto la mirada de inmediato y busco una alcachofa lo más alejada
de él posible.
—Muchacho, ponte aquí —dice uno de los más veteranos, que creo
que es el padre de uno de mis nuevos amigos de promoción.
Me está señalando un sitio libre a su lado, con la particularidad de
que al otro flanco tendré a… David.
No tengo más remedio que hacerle caso, así que avanzo entre aquel
nutrido grupo de hombres fuertes y desnudos que vociferan, y me coloco
debajo de un chorro de agua tibia, intentando mirar a la pared.
—¿Ha sido tu primera vez?
—Sí.
—¿Y qué te ha parecido?
—Que estoy deseando que me dejen entrar en acción.
—Eso es. Bienvenido.
Las felicitaciones se cruzan al igual que las miradas amables de
complicidad. En poco tiempo pierdo el interés de todos, que charlan sobre
sus propios asuntos, y me siento más tranquilo, olvidado mientras voy
serenándome y el agua tibia hace milagros sobre mi piel.
Es entonces cuando lo siento. No sabría explicarlo, pero es una
sensación extraña, como un cosquilleo sobre mi piel que araña una parte de
mí que se siente incómoda.
Alzo la cabeza y miro a David a tiempo para pillarlo con los ojos
clavados en mí y una expresión tan hermética en su rostro que no sé
identificar.
Es tan rápido que me pregunto si será un espejismo, pero provoca en
mi piel una sensación desconocida, como un estremecimiento que no puedo
comprender.
Aturdido, cierro los ojos e intento concentrarme en el fluir del agua,
en el sonido de risas y en las bromas de mis compañeros, pero me es
imposible. Los ojos azules de David no salen de mi cabeza, y aquella
incomodidad dulce parece haberse instalado en mí.
Con cuidado, me atrevo a alzar los ojos y a clavarlos en mi
compañero. Me da la espalda y habla con el tipo que tiene al otro lado. Eso
me da la seguridad de analizarlo a fondo.
La espalda ancha que ocultaba la camiseta es una maravilla viéndola
desnuda… desde el punto de vista del atletismo, entiéndeme. Tiene los
músculos grandes y definidos, pero no exagerados, sino en la proporción
justa para ser admirables. La columna perfectamente delimitada por la
musculatura, que acaba en dos hoyuelos donde empiezan las nalgas.
Trago saliva y me fijo en ellas. Tienen la forma perfecta, y están
cubiertas por una ligerísima capa de vello rubio que se oscurece un poco
según se adentra en la hendidura.
David cambia en ese momento el peso de su cuerpo hacia la otra
pierna, y uno de los glúteos se tensa y se separa ligeramente, pronunciando
esa oscuridad misteriosa por la que se cuela un reguero de agua, que gotea
desde otra parte de su anatomía que no logro ver.
Aparto la mirada de inmediato. Esto no está bien. Si me pilla
mirándolo puede malinterpretarlo. Lo único que pretendo es comprender
quién es y de qué manera debo tratarlo para que este mes de mentoría no
sea un infierno.
Muchos de los chicos ya han abandonado las duchas y somos pocos
los rezagados, entre otros, David.
Con extremado disimulo vuelvo a encararlo. Por un momento me
sobresalto porque ahora está completamente girado hacia mí, pero pronto
me doy cuenta de que tiene el cabello y el rostro cubiertos por jabón
mientras hace lo mismo con las axilas, por lo que es imposible que me vea.
Asegurándome de que nadie me presta atención, vuelvo a recorrer
su cuerpo con mis ojos. Hombros anchos y redondeados; pectorales amplios
y fuertes, salpicados por una ligera capa de vellos del mismo color que la de
sus nalgas; vientre plano que no muestra el paquete de abdominales, pero sí
el pliegue de los oblicuos; y una profusa pilosidad en el pubis de un color
tan rubio como toda su vellosidad.
Ahí me detengo y vuelvo a apartar la vista. Nunca me han
interesado las pollas, créeme, y te lo dice alguien que lleva muchos años en
un gimnasio donde cada mañana veo unas pocas docenas.
Sin embargo, tratándose de David, tengo una curiosidad que estoy
seguro de que tiene que ver con su carácter huraño y la manera en que me
ha tratado esta mañana.
Vuelvo a mirarlo, esta vez directamente a la verga, que se alza a
escasos centímetros de mí.
Con un cuerpo tan grande es normal que tenga una polla de esas
dimensiones. Es grande, pero sobre todo gorda, carnosa. Se arquea desde su
pubis haciendo de puente a un caño de agua que resbala por su vientre y la
usa de trampolín para largarse al desagüe. No está circuncidado, aunque la
boca del glande le asoma lo justo como para ver una apertura dilatada,
oscura, por la que imagino que debe arrojar caños espesos de esperma.
Carraspeo sin darme cuenta y siento de nuevo ese escalofrío
recorrerme la espalda. Debe tratarse de la emoción contenida o de los
nervios de mi primer día, eso es.
La polla de David se parece en cierto modo a la verga del actor
porno que tanto me convence, porque está surcada de las mismas venas
rugosas, que le aportan un aire denso y jugoso.
Se me escapa un suspiro a la vez que levanto la vista y me encuentro
con los ojos de David clavados en los míos.
Boqueo sin darme cuenta, porque es evidente de que se ha dado
cuenta. Quiero darle una explicación, decirle que…
Pero él frunce sus malditas cejas, arruga la boca, y se marcha
camino del vestuario sin decir una sola palabra.
Capítulo 4
Durante los próximos tres días David no viene a trabajar. He llegado a
pensar que mi manera de mirarlo lo ha… pero la respuesta es mucho más
sencilla: le toca descansar después de dos largas guardias.
Me han asignado a otro instructor en ese tiempo y he de reconocer
que he aprendido mucho, y los informes que de mí le han dado al jefe son
excelentes.
Durante todos esos días no he dejado de pensar en David. Incluso
Claire me ha notado extraño, taciturno, pero le he dicho que estas primeras
jornadas son de enorme presión y estoy terminando de encajar en el equipo.
Eso parece haberla tranquilizado, y ha seguido proyectando nuestro futuro
juntos, donde hoy mismo me he enterado de que tendremos un perro, un
pastor alemán, al que llamaremos Robyn.
Hoy sábado es el cumpleaños de uno de los chicos de la unidad, y
hemos quedado para echar una partida en la bolera.
Cuando llego, una hora tarde porque me ha sido imposible encontrar
aparcamiento, a quien primero veo es a David.
Está tirando la bola en este momento mientras los demás
permanecen expectantes.
Reconozco que me quedo paralizado en el último peldaño de la
escalera, atrapado por el movimiento felino de su cuerpo: cómo se arquea,
contrae sus músculos y la lanza, para impactar de lleno en los bolos, que
caen desperdigados, dándole un punto a su equipo.
Consigo sobreponerme, accedo con una gran sonrisa falsa en el
rostro y dejo cuatro cervezas heladas sobre la mesa, para quien quiera
tomarlas.
Aunque los chicos me saludan, mi atención no abandona a David en
ningún momento que, o no me ha visto, o hace como si yo no existiera.
Es la primera vez que lo encuentro vestido de civil, con un vaquero
desgastado, y una camiseta negra que le sienta de maravilla. El cabello
rubio aleonado y la barba tan despeinada como otras veces. De nuevo el
jodido cosquilleo se me encaja entre los huevos, y tengo que
recolocármelos para que se me pase.
Estoy rebuscando en mi bolsa para sobreponerme a la ofuscación
cuando una voz que reconozco enseguida me asalta por detrás.
—¿Cómo te ha ido estos días?
Me giro de inmediato, como si un resorte mecánico lo provocara, y
ni puedo disimular la rojez de mis pómulos ni el nerviosismo de mi voz.
—Bien —contesto—. Aunque no he conseguido que me dejen ir a
ninguna salida.
David está a escasas pulgadas de mí, sosteniendo un botellín entre
sus largos y gruesos dedos, mientras sus ojos azules no se apartan de los
míos
Se queda callado un par de segundos que me parecen eternos, tanto
que solo quiero salir corriendo de allí. ¿Me recriminará que le estuviera
mirando la polla en las duchas? ¿Se lo dirá a todos, en voz alta? Es uno de
esos machotes que seguro disfruta insinuando lo que no es.
—No hay que tener prisas —me dice despacio, con una voz que me
parece más grave y cálida de lo que recordaba.
Por algún motivo que soy incapaz de adivinar me siento atrapado
por su mirada. Esos ojos marinos ni siquiera han pestañeado. Están
clavados en mis pupilas como garfios, y consiguen provocarme sensaciones
tan extrañas que me siento mareado.
Decido hablar de cualquier cosa mientras bajo la mirada hacia mi
bolsa.
—Siempre he querido ser bombero.
Él asiente, despacio.
—Si no vas con cuidado esta profesión puede ser muy chunga.
—Lo tendré. ¿Cuándo te incorporas?
Sus cejas se fruncen en el entrecejo y creo que su cabeza se ladea
ligeramente. Tengo que tragar saliva para no mirarle los labios, que se
muestran jugosos y rellenos.
—¿Te importa?
No sé por qué se lo he preguntado, pero tengo que salir airoso.
—Eres mi tutor —me encojo de hombros— Tendré que pegarme a
tu pecho como una lapa.
Espero que sonría ante mi comentario, pero eso no sucede. En
cambio, vuelve a mis ojos de aquella manera taladrante, como un percutor
que entra dentro de mí sin pedir permiso.
—He hablado con el jefe. —Mira hacia atrás, hacia los chicos, —.
Seguirás con Roy. Estos días te ha ido bien con él.
Debería alegrarme. Roy no solo es un encanto, sino que está
dispuesto a ayudarme en lo que sea. ¿Por qué entonces me molesta tanto?
Doy un paso al frente hasta que nuestros cuerpos están a punto de
rozarse.
—¿Por qué te caigo mal?
—¿Qué te hace suponer eso? —Vuelve a arrugar la frente.
Se me escapa un bufido.
—¿Tengo que hacerte una lista?
Tampoco lo encaja bien. Parece que le he ofendido gravemente.
Vacía lo que le queda de cerveza de un solo trago y la deja con fuerza sobre
la mesa.
—Será mejor que me largue. Ten cuidado.
Sin darme cuenta lo detengo tomándolo del brazo. Al contactar con
su piel caliente todo en mí se eriza, como si se hubiera electrificado.
—Yo no… —estoy tan aturdido que soy incapaz de terminar la
frase.
Él mira mi mano, pero no hace por desprenderla. Después me señala
con aquel dedo enorme, directamente a la cara.
—Yo no te he pedido nada —me advierte en voz baja, como si fuera
un pecado—, así que no nos debemos nada. ¿De acuerdo?
—No sé de qué estás hablando.
Pero no me da la posibilidad de entenderlo. De malas maneras se da
la vuelta y baja deprisa las escaleras hasta perderse de vista.
Yo continúo donde estaba. No sé qué ha pasado ni por qué se ha
enfadado de esa forma. Solo le he pedido explicaciones, y creo que tengo
derecho a hacerlo.
Siento unos golpes amables sobre mi espalda.
—¿A qué equipo te vas a unir?
Es el padre de mi compañero de promoción. Es un buen tipo y está
pendiente de todos. Consigo sonreírle, aunque sospecho que mi rostro no es
precisamente el de una fiesta.
—Me da igual uno que otro.
Se acerca un poco y me pone una mano sobre el hombro.
—¿Estás bien?
—Sí… sí, claro.
—¿Es por David?
Al parecer nuestra discreta conversación no lo ha sido tanto.
Necesito hablar de ello, intentar comprenderlo, así que me desahogo.
—No sé lo que he hecho, pero creo que no me soporta.
—No se soporta ni a sí mismo.
—Ha pedido que me cambien de tutor.
Su gesto de paciencia me dice que no es la primera vez que pasa, y
es normal: no creo haberme encontrado nunca con un tipo con ese carácter.
—Es un buen muchacho —me dice, conciliador—, y el mejor
compañero, pero tiene muchas cosas que aclararse, y por eso puede parecer
brusco.
Aquella explicación me parece confusa.
—¿Aclararse?
—Hay rumores.
—¿Sobre él?
Se le ve incómodo. Mira a ambos lados, como si ya hubiera dicho
más de lo que debiera. Vuelve a palmearme la espalda.
—Aléjate —sonríe—. Creo que tienes una novia preciosa, ¿no?
Pues lo mejor que te ha pasado es que te hayan destinado a otro puesto.
David puede ser… complicado.
Todo me huele a chamusquina.
—¿No me vas a decir qué pasa?
—No me corresponde a mí —dos palmadas más—. Y ahora, coge la
bola y demuéstranos de qué eres capaz.
Y da la conversación por terminada, dirigiéndose hacia la pista.
Yo permanezco unos segundos donde estoy, con la jodida imagen de
David clavada en mi cabeza, pero al final accedo, y me uno a los
compañeros.
Capítulo 5
Cuando llego a casa es tarde, pero soy incapaz de dormirme.
Desde que David se ha marchado solo he podido pensar en qué
cojones le sucede y en por qué me trata de esa manera.
Sí, es cierto que los colegas me han confirmado que tiene un humor
de mil demonios, pero también lo es que no trata a ningún otro con tanto
desplante y malas maneras como me trata a mí. Eso no me lo puede negar
nadie. Eso lo he comprobado desde el primer día.
He sobrellevado la fiesta como he podido, sonriendo de manera
forzada ante las burlas o los éxitos de los jugadores, cuando de lo único que
tenía ganas era de enfrentarme a ese cabrón que es mi compañero y partirle
la cara con un par de buenas mascadas.
Si Claire estuviera ahora aquí y fuera de otra manera me quitaría
este mal humor con una buena sesión de sexo, pero es algo que tenemos
reservado para nuestra noche de bodas, y mientras tanto solo me queda
matarme a pajas.
Me desperezo, me tomo un yogurt y empiezo a desnudarme.
¿Qué habrá querido decir mi compañero con aquello de que David
tiene que aclararse? He sido incapaz de sacarle más información, aunque no
pienso darme por vencido.
Me quedo con estos ajustados slips blancos y me tumbo en la cama,
sobre las sábanas. El ordenador portátil está en la mesita de noche, así que
lo cojo y lo abro, dejándolo a mi lado, sobre una almohada que hace de
soporte. No hay nada para quedarse dormido como una buena paja, así que
pulso sobre el explorador, espero a que se abra, y escribo en la barra de
navegación la dirección de mi página porno preferida.
—¡Joder! —se me escapa cuando me doy cuenta de que no tengo
conexión a Internet.
No es la primera vez que pasa esta semana. Están haciendo ajustes
en la central de telecomunicaciones y ya nos han advertido de que cortarían
la conexión algunas noches, siempre tarde, para no fastidiar a nadie…
menos a mí, que hoy lo necesito más que nunca.
Arrojo el ordenador de nuevo sobre la mesilla, y me quedo mirando
el techo, con las manos tras la cabeza.
¿Por qué David no sale de mi mente?
La imagen de su cuerpo desnudo en la ducha me llena por completo
y, sin darme cuenta, me humedezco los labios. La espalda ancha, la cintura
estrecha y fuerte, los muslos torneados. Me entra cierta curiosidad por
recordar cómo eran sus huevos. Creo que gruesos, densos y que el calor de
la ducha los había dilatado.
Mi mano derecha se desliza por mi pelo y baja hasta el retazo de
piel hipersensible detrás de las orejas. Cierro los ojos y me estremezco.
¿Cómo acariciará David? Con aquella manaza debe ser algo brusco, pero
esos dedos fuertes y ágiles seguro que saben hacerlo.
Se me escapa un gemido de los labios y mi mano sigue
descendiendo. Cuando se topa con mi cuello se da la vuelta para acariciarlo
con el envés. Es sorprendente la fortaleza de David, aquellos pectorales
macizos, bien delineados y cubiertos por ese delicioso vello rubio. Debe ser
suave, cuando los dedos de sus amantes se enreden en aquella pelambrera
tupida y acaricien la piel que hay bajo ella.
Mi mano baja un poco más hasta toparse con mis pezones. Es
increíble lo duros que se han puesto, tanto que al rozarlos me hacen dar un
respingo de placer. Me imagino los gruesos dedos de David pellizcándolos,
incluso llevando hasta ellos su boca para succionar, morder con cierta
fuerza y después volver a mis labios.
¿Cómo besará? Sus labios son carnosos, y esa eterna mueca de
suficiencia los hacen muy atractivos.
¿Será delicado o salvaje? ¿Preferirá jugar con los labios o con la
lengua? ¿Escupirá en la boca de una manera muy guarra o será de largos
besos muy húmedos y sensuales?
Siento cómo me palpita la polla dentro de los estrechos slips, y
tengo que bajar la mano hacia ella. Está completamente dura, y cuando mis
yemas se humedecen al contacto con el algodón me doy cuenta de que un
poco de semen ya se me ha escapado, lubricando la boca y empapando el
tejido.
Mi espalda se arquea por el placer que me produce esa ligera caricia.
Pocas veces recuerdo estar más excitado que ahora. Si David estuviera a mi
lado…
Con cuidado, aparto el elástico del slip y mi nabo me golpea el
vientre, dejando otras gotas de precum enredadas entre los vellos.
¿Cómo será la polla de David en el mismo estado en que se
encuentra ahora la mía? Sin empalmarse es enorme. ¿Será de carne o de
sangre? ¿Duplicará su tamaño o se volverá dura y fuerte? Se me escapa otro
gemido al imaginármela. El primer plano de un carajo eyaculando de mi
vídeo porno favorito me llena la mente, con la salvedad de que no es el del
actor porno, sino el de David.
No aguanto más y me escupo en la mano. Inmediatamente me la
cojo por la base y empiezo a cascármela.
¿Cómo será estar en la cama con David? Seguro que tiene una larga
lista de chicas que mueren por sus besos. Seguro que es algo brusco con
ellas, que lleva el mando, y que cuando se las folla se vuelve salvaje.
Seguro que las hace gritar de placer, que deja que le supliquen que quieren
más, y que solo se corre cuando ellas han alcanzado un orgasmo largo y
prolongado.
¿Cómo serán sus corridas? ¿Llegará lejos? ¿Serán abundantes?
¿Gritará cuando le lleguen o emitirá un gruñido ronco?
Imaginármelo desnudo sobre otro cuerpo me electriza la piel. En mi
mente aparecen esas nalgas portentosas, atacando su objetivo, adelante y
atrás, mientras se inserta muy adentro y sale de nuevo para volver a entrar.
Mi mano acelera el masaje y el placer que me recorre es increíble.
La imagen que proyecta mi mente se distorsiona, como si se tratarse
de un televisor con interferencias, y ahora soy yo el que está desnudo sobre
una cama y está siendo amado por David.
En un principio siento cierta confusión, pero cuando él me besa, sus
gruesos labios me devoran, y todo su cuerpo se frota contra el mío,
cualquier atisbo de extrañeza se convierte en deseo, y las oleadas de gozo
me recorren como si me sumergiera en un lago profundo.
Con la imagen en mi cabeza de David follándome sin
contemplaciones, siento las primeras oleadas de placer, que se expanden
desde un punto cercano a mis testículos y recorren cada pulgada de mi
cuerpo.
El primer caño de leche sale disparado y me lechea la mejilla. Está
caliente y es denso. Viene acompañado por un placer tan intenso que creo
que no podré resistirlo, porque nunca he sentido algo así.
Con la segunda bocanada, que muere en mi vientre, saco la lengua y
recojo un poco del semen que hay en mi mejilla. Sabe salado y picante, lo
que provoca una tercera oleada de lefa espesa y olorosa que se derrama
sobre mi pecho, como gotas densas de una sabia que he destilado pensando
en mi compañero de trabajo.
Cuando todos se calma, consigo a duras penas controlar la
respiración, y solo entonces me pregunto qué diantres me ha pasado, porque
es la primera vez que me masturbo pensado en alguien de mi mismo sexo.
Capítulo 6
David y yo nos hemos cruzado un par de veces esta semana, pero él ni me
ha mirado y yo he vuelto la cara porque necesito olvidar lo que sea que me
tiene ofuscado.
Desde lo de la paja del otro día estoy cortocircuitado. No entiendo
qué me pasó, quizá el exceso de cerveza, o la tirria que le tengo a ese tío,
que provoca que no salga de mi cabeza. He llegado a pensar que ha sido
una forma subconsciente de vengarme de él, pero aún no le encuentro
sentido a que esa manera haya consistido en dejarlo que me folle en mi
imaginación.
Uno de los compañeros se me acerca.
—Dylan, el jefe quiere verte.
Miro hacia la oficina a acristalada, que está encaramada en lo alto,
desde donde hay una buena vista del patio. ¿Qué querrá?
En vez de preguntármelo de nuevo voy hacia allí y llamo
educadamente antes de entrar.
—Adelante —escucho su voz.
Paso, pero me quedo cerca de la puerta. El jefe es amable pero no
admite que haya demasiada familiaridad, sobre todo por parte de los
nuevos.
—¿Me llamaba, señor?
—Roy me ha hablado muy bien de ti —me dice, sin alzar la cabeza
de los papeles que está firmando—. Comenta que eres cuidadoso y te ciñes
a las normas. Eso es una buena cosa.
Una sensación agradable me embarga. Si no fuera por David sería
feliz: trabajo en lo que quiero, me apasiona y ahora soy bien valorado. ¿Qué
más puedo pedir?
—Gracias, señor.
—¿Y qué pasa entre David y tú?
Reconozco que se me nubla la expresión en cuanto escucho su
nombre. Está claro que sabe lo nuestro, lo de que nos llevamos mal, no lo
de que me haya masturbado pensando en él.
—Nada por mi parte —contesto con más rigidez de la que hubiera
deseado—. Por la suya, parece que no le guste mucho.
Me mira por primera vez mientras deja el bolígrafo a un lado.
entrecruza los dedos sobre la mesa y adquiere un aire paternal que no me
gusta.
—Que haya coordinación en un equipo es fundamental, incluso si
fuera de él las partes no se llevan bien. ¿Me has entendido?
—Creo que sí.
—Esta semana vas a volver con David. Quiero que te pegues a él
como una lapa y que hagas lo posible para que ahí fuera funcionéis como
uno solo, ¿entendido?
Mi cabeza se llena de sentimientos encontrados. Por un lado, no
podría haber peores noticias, pero por otro siento cierto escozor entre los
huevos al pensar que podré estar de nuevo a su lado.
—Sí, señor —contesto taciturno.
—Me da igual lo que tengas que hacer —recalca—, pero quiero que
funciones con cualquier compañero, y si te va bien con él, no tendrás
problemas para trabajar con nadie.
Cuando vuelvo al patio tengo dolor de estómago. Tendré que
aguantar de nuevo sus malas caras, sus desplantes y sus ataques de macho
alfa que tan bien se le dan.
Lo descubro al final del patio, supervisando los niveles de uno de
los camiones. Que yo sepa no es una de sus funciones, pero todo me lleva a
pensar que aquí David hace lo que le viene en gana y que los demás
prefieren evitarlo.
Reconozco que estoy nervioso mientras me acerco. Está de espaldas
a mí, pero la camiseta marca su fuerte espalda y el cinturón se ajusta a su
cintura bien formada. Tengo que tragar saliva y detenerme un instante, pero
cuando me doy cuenta de que estoy haciendo el idiota, acelero el paso y me
planto delante de él.
—El jefe me ha ordenado que vuelva contigo.
Él, por supuesto, ni me mira, y no para de hacer lo que diantres
tenga entre manos.
—Vale.
—¿Sin más?
Se gira despacio. Esta vez solo veo cierta sorna en la forma de
mirarme, lo que provoca otro de esos malditos estremecimientos. Trago
saliva con disimulo, porque no quiero que piense que me tiene controlado.
—Mira —me dice, mientras se limpia las manos con un trapo sucio
—, si no me jodes yo no te joderé a ti. Pero si me jodes, yo te joderé a
fondo. Ahí fuera lo único que te pido es que no me des problemas. Por lo
demás, puedes hacer lo que quieras.
Esbozo una mueca que ha querido ser la caricatura de una sonrisa.
—Muy bien.
Mi respuesta le sorprende, aunque su gesto es tan exagerado que
empiezo a pensar que está jugando conmigo.
—¿Ya está? ¿No vas a protestar?
—Se me ha quedado claro que te gusto tan poco como tú a mí —le
aclaro—. conque no nos estorbemos será suficiente.
El sonido de la sirena nos anuncia que hay que lanzarse a la calle y
ahora le toca a mi equipo.
El rostro burlón de David se transforma en una mueca de eficacia,
mientras deja lo que está haciendo y se dirige al camión que ya está
preparado.
—Coge el casco y vámonos.
Antes de darme cuenta vamos de camino. En nuestra dotación hay
un sargento, un cabo y cinco bomberos, además del conductor. En primero
nos pone en situación mientras el vehículo, con la sirena a todo gas,
atraviesa las calles de la ciudad como un relámpago.
—En incendio ha prendido en los grandes almacenes de la calle
Mansfield. Hay que asegurarse de que no queda nadie dentro, estabilizarlo,
controlarlo y extinguirlo. ¿Alguna pregunta?
Ninguno contestamos. Sabemos lo que tenemos que hacer una vez el
camión se detenga.
En cuanto lo hace saltamos a tierra. David me mira un instante, pero
un escalofrío me recorre la espalda.
—Asegurémonos de que todos están fuera.
No lo dudo y lo sigo al interior mientras el otro equipo prepara la
bomba. Una de las mujeres que estaban en los almacenes nos ha dicho que
no está segura de sí una de las administrativas ha venido hoy a trabajar. Si
lo ha hecho tiene que estar dentro.
El incendio no parece peligroso porque aún no han estallado los
cristales y el flujo de oxígeno es controlable.
En cuanto entramos la bofetada de calor nos hace cambiar de
dirección hasta la parte izquierda. Es un almacén de una sola planta y si
alguien ha quedado encerrado debe ser en las oficinas porque le resto del
edificio es diáfano y de fácil salida.
Lo sigo a través de la nube de humo que es cada vez más densa. A
través del intercomunicador nos indican que se han puesto en contacto con
la familia de la chica y aseguran que hoy ha venido a trabajar, así que debe
estar ahí dentro. Hay que seguir y sacarla de este infierno a cualquier
precio.
—Dylan, vete —se sobrepone la voz de David—. Yo me encargo de
esto.
Somos un equipo y no pienso abandonarlo. Esta es la razón por la
que el jefe me ha mandado a trabajar con él y no voy a decepcionarlo.
Continúo avanzando a sus espaldas. Cada vez me es más difícil
distinguirlo. Hay una puerta que él abre de una patada y pasa al interior. Yo
voy a seguirlo cuando escucho un estruendo.
No me da tiempo a mirar hacia arriba, cuando el techo se precipita
sobre mi cabeza.
Capítulo 7
Recupero la conciencia teniendo la sensación de que me encuentro en el
fondo de un pozo muy profundo y de que alguien me está llamando a gritos
desde su boca, muchos metros por encima.
Intento abrir los ojos, pero soy incapaz, y mi mente se empeña en
adivinar qué ha sucedido, por qué me encuentro en este estado. Sé que el
techo de placas de escayola se ha venido abajo y ha caído sobre mi cabeza.
No ha sido un golpe duro, pero sí…
Una boca deliciosa presiona contra la mía.
Son unos labios carnosos y húmedos que insuflan aire en el interior
de mis pulmones, para alejarse después un poco y sentir a continuación una
presión sobre mi pecho.
Es David, la boca de David, que intenta reanimarme y que aún no se
ha dado cuenta de que estoy de regreso.
Pretendo decírselo, pero de nuevo esa boca grande y jugosa oculta la
mía mientras sus labios hacen hueco para el aire que pretende lanzarme
directo a los pulmones. Consigo al fin abrir los ojos y veo que todo a
nuestro alrededor es humo. David me ha quitado el casco igual que ha
hecho con el suyo, y parece desesperado por reanimarme.
Siento cierta ternura por él, y la necesidad de decirle que todo está
bien, que estoy de vuelta, que no ha pasado nada.
Por el intercomunicador del casco, tirado cerca de mi cabeza, me
llega la voz del sargento, diciendo que el incendio ha sido controlado y que
ya están viniendo a por nosotros.
David no presta atención. Creo que está tan preocupado por mí que
ni siquiera… decido hacer algo arriesgado para que comprenda que estoy
bien, y elevo la mano con dificultad hasta enredar los dedos en su rizado
cabello para apretar su boca contra la mía mientras le beso los labios y mi
lengua busca la suya.
Aquel beso en medio del caos me parece el más excitante que he
dado en mi vida, tanto que no me queda duda alguna de que es lo que
quiero.
Inmediatamente noto cómo David se envara, aunque por un
momento no hace nada y me deja disfrutar de un beso largo y húmedo, de
labios que se mueven y buscan, de lengua que empapa y encuentra.
Cuando se aparta bruscamente comprendo que quizá el golpe o el
humo inhalados me ha trastornado y estoy viendo como normales algunas
cosas que no lo son en absoluto, como comerle la boca al compañero que
intenta reanimarte.
David se aparta y se queda mirándome, con las cejas fruncidas. Con
el rostro tiznado de hollín me parece aún más atractivo, tanto que deseo
besarlo de nuevo, pero me detengo porque sé que es fruto del golpe que me
he dado y porque ya no tendría ninguna excusa.
—¿Estás… estás bien? —logra articular.
Consigo incorporarme a medias, colocando ambas manos sobre la
sucia superficie para sentarme en el suelo.
—¿Qué ha pasado?
Señala un montón de escombros caídos delante de una puerta.
—Se te cayó encima medio techo. Por suerte el casco te ha salvado
la vida.
Intento hacer memoria, pero solo recuerdo aquella nube blanca que
se me venía encima y los gritos de mi compañero diciéndome que me
apartara.
—¿He perdido el conocimiento?
Se rasca el rubio y alborotado cabello.
—Estaba intentando reanimarte y…
«Y me has comido la boca», se queda sin decir, pero eso es lo que
he hecho, y no me arrepiento.
—No sabía como comunicarte que ya estaba bien.
Sus ojos no se apartan de los míos. Creo que están tratando de
dilucidar qué parte de mi historia responde a un instinto de supervivencia y
qué parte no. No recordaba que sus ojos tuvieran esos colores ambarinos,
con destellos verdosos. Me parece la mirada más seductora que nuca he
visto.
—Van a venir a buscarnos de un momento a otro —me anuncia,
señalando de nuevo la puerta colapsada que necesita ser abierta desde fuera.
—¿Y la chica? —Su imagen llena mi cabeza de repente. Estábamos
allí por ella, para salvarla—. La que estaba aún dentro.
Él me tranquiliza, colocando una mano sobre mi hombro que aparta
de inmediato, como si quemara… y quizás queme.
—La han encontrado. Su autobús tuvo un problema y aún no había
llegado a trabajar. El incendio está extinguido, en cuanto desbloqueen esta
puerta saldremos de aquí.
De nuevo nos quedamos mirándonos. Hay algo magnético en sus
ojos que me impide apartar la vista de ellos.
Sin darme cuenta me humedezco los labios y veo cómo sus pupilas
van hacia allí, hacia la línea húmeda, brillante que ha marcado mi lengua, y
observo cómo traga, y cómo repite la misma operación.
Mi boca se abre y se me escapa un gemido quedo. Ha sido
involuntario, lo prometo, pero lo deseo tanto, tengo tantas ganas de
comerme de nuevo esa boca.
David me ahorra el humillante intento de besarlo de nuevo, porque
esta vez es él quien se tira hacia mí, me toma de la nuca con sus fuertes
dedos, y me come los labios con una pasión que me electriza como nunca
antes.
Capítulo 8
El beso solo es interrumpido por el crujido de la puerta al ser derribada y el
caño de luz que entra desde el exterior.
Nos apartamos con la misma eficacia con que hemos caído uno en
brazos del otro, y a David le da tiempo a levantar una mano para señalar el
punto en que nos encontramos antes de que veamos aparecer a los
muchachos, con rostro ilusionado bajo el casco, y que nos socorren de
inmediato.
En el exterior nos reciben con un aplauso y el sargento me obliga a
entrar en la ambulancia para que me hagan un chequeo a pesar de que yo
protesto, aduciendo que me encuentro en perfecto estado.
Mientras un par de médicos jóvenes me reconocen, yo contesto a
sus preguntas y a sus indicaciones y busco insistentemente a David con la
mirada. Está con el resto de los compañeros, explicando cómo ha ocurrido
todo mientras los demás lo admiran arrobados, como si se tratara de un
héroe griego. De vez en cuando busca mis ojos, y cuando estos se cruzan
noto, a pesar de la distancia, cómo se estremece, lo mismo que yo.
Quizá mi buen comportamiento o la ausencia de lesiones, logra que
veinte minutos más tarde pueda salir de la ambulancia con una tirita sobre
una de mis cejas como única condecoración de mi primer accidente de
trabajo. Al parecer todo está bien y solo me recetan que descanse durante
un par de días.
En cuanto abandono el vehículo David viene hacia mí con paso
decidido y cara de preocupación.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
—¿Seguro que estás bien? —Su mano se posa sobre la articulación
de mi codo y siento cómo toda mi atención escapa hacia ese punto.
—Me han mandado algunas pruebas —logro articular, nervioso y
excitado—, pero solo por precaución. Me las haré la semana que viene.
Él asiente y mira hacia el grupo de compañeros que ya se disponen a
marcharse en el mismo camión en el que hemos venido
—Los chicos regresan a la estación, pero nosotros tenemos permiso
para marcharnos a casa. Había pensado en coger un taxi, aunque no sé si
parará alguno vestidos de esta manera. Si quieres me desvío y te dejo donde
quieras.
No quiero despegarme de él. Aún me queman los labios y necesito
que me los apague de inmediato.
—Me viene bien cualquier sitio —comento—. Donde tú lo dejes
vendrán a recogerme.
Abre las manos, en señal de entrega.
—A mí no me importa…
—En serio, no te preocupes.
El segundo taxi que intentamos parar nos lleva a la dirección que le
da David y que memorizo de inmediato. Por supuesto tenemos que
explicarle al taxista por qué vamos vestido así. Lo que le causa tal
admiración que no nos cobra la carrera.
Tras muchas felicitaciones y muchos agradecimientos nos quedamos
solos, de pie, delante de una casa del barrio bajo, el que está compuesto por
edificios pequeños y preciosos con un encantador jardín delantero. David
señala la que tenemos justo delante.
—Si me das un par de minutos me cambio y te llevo a donde
quieras.
No lo dudo, lo miro a los ojos y la voz me sale tan gutural como si
emanara de mis jodidos testículos.
—Quiero quedarme en tu casa.
Veo cómo su nuez sube y baja, y cómo sus pupilas se dilatan por la
perspectiva de lo que le propongo. Aun así, lo duda.
—¿Estás seguro?
Contesto de inmediato.
—De pocas cosas lo he estado tanto.
Mira a ambos lados, como si quisiera cerciorarse de que nadie nos
ve, y sube de un salto los tres escalones que llegan hasta la puerta. Tarda en
encontrar las llaves, me mira nervioso y me sonríe. Yo me quedo prendado
de esos dientes blancos y esa sonrisa amable que le desconozco y que me
provoca cosquillas en el estómago. Al fin acierta y abre de par en par para
que yo pase con todo el equipo encima, él entra y cierra a sus espaldas.
Lo que sucede después me cuesta ordenarlo en una sucesión lógica
de acontecimientos. Nos tiramos a la boca de inmediato. Yo contra la pared
y él encima de mí, de pie, en el mismo recibidor donde apenas cabemos.
Nos comemos los labios con tantas ganas que duele. Él chupándome
y yo mordisqueándole una lengua muy hábil que me provoca hormigueo
sobre la piel.
Nos quitamos la ropa a manotazos el uno al otro. Cuando la
chaqueta de bombero cae al asuelo y consigo deshacerme de esa camiseta
que le aprisiona los músculos, tengo que detenerme un instante a
observarlo. Desde el tono de la piel hasta la perfecta exactitud de cada fibra
muscular bajo la ropa son una delicia, tanto que no puedo resistirme y me
lanzo de lleno sobre sus pezones, amparados por esa capa de vello rubio y
suave.
Él gime cuando se lo mordisqueo, pero me da igual. Tengo tanta
necesidad de él, de indagar en cada recodo de su cuerpo, que solo me guía
un instinto de placer que empiezo a darme cuenta de que lo tengo muy
desarrollado.
Mientras él me muerde la nuca, como un lobezno, le alzo un brazo y
dejo expuesta la pelambrera de las axilas. Tiene ese mismo color dorado,
ligeramente cobrizo, de todo su vello. Noto cómo me palpita la polla dentro
de los pantalones y me froto contra él antes de dirigir mi boca a aquella
parte de su anatomía.
El olor a sudor y humo me inunda, un aroma que no me desagrada
en absoluto, más bien me excita más aún, hasta el punto de levantar el otro
brazo y alternar mi boca de una a otra.
Paro un instante y tengo que mirarlo a los ojos. Veo la sorpresa en
ellos, lo que me llena de satisfacción. Seguro que pensaba que era un crío,
un mojigato que me tumbaría boca abajo para dejarme hacer.
Posiblemente lo haga, tumbarme, pero antes quiero disfrutar de ese
cuerpo masculino y viril que sabe a gloria y huele a macho.
Quizá alertado por una iniciativa tan activa por mi parte, David
toma partido, me coge en brazos como si no pesara, me coloca sobre uno de
sus hombros, y me lleva hacia el salón como si portara un fardo, mientras
yo le mordisqueo la espalda y me río a carcajadas.
Tras un par de cachetes en las nalgas me arroja sobre el sofá mullido
y amplio, donde caigo de espaldas para quedar expuesto a él, con las
piernas abiertas y la boca ansiosa de su carne.
David se toma su tiempo. Despacio se deshace de los pantalones y
me deja ver ese bóxer elástico que se ajusta a su cuerpo y marca el enorme
bulto de su paquete, cuya verga se dibuja perfectamente subiendo hacia la
cadera.
Ha crecido desde que no la veo, bromeo para mí mismo, y tiene un
tamaño y un grosor que me dan vértigo.
Con un movimiento ágil se deshace de la ropa interior que tira a un
rincón y se queda frente a mí, completamente desnudo, con aquella polla
enorme y nudosa señalándome.
Me muerdo el labio y hago lo mismo que él, aunque no me levanto
de donde estoy. Despacio me deshago también de los pantalones, y me doy
cuenta de que mi bóxer de tela no es nada seductor. Él sonríe al leerlo en
mis ojos, pero cuando me los quito se queda muy serio y se humedece los
labios.
Desde luego no puedo compararme con David, pero tengo un buen
carajo. Él mío circuncidado, el suyo no. Él mío con un par de pecas
grandes, una cerca de la cabeza y otra de los huevos que me cuelgan
pesados. Él suyo tiene un color delicioso y dorado, ligeramente enrojecido
cuando la piel se estira cerca de la boca.
No aguanto más y tiro de él, pero tiene la habilidad de no caer
encima de mí, sino a mi lado, con idea de que nos enfrentemos apoyados
cada uno sobre un flanco.
Cuando noto el calor abrasador de su polla sobre mi cadera,
subiendo hacia mi abdomen, sé que se la tengo que chupar.
Nunca antes lo he hecho y no sé si sabré hacerlo. Supongo que no
será difícil, aunque me dolerá la mandíbula unos cuantos días.
Pero él hace algo extraño, se tumba boca arriba y me manipula para
que yo me coloque sobre él en la misma posición.
Le interrogo con la mirada. Así no puedo frotar mi polla contra él ni
sentir la suya sobre mi vientre.
Pero cuando comienza a besarme la boca, cuando una de sus manos
abarca mi nabo para acariciarlo, y cuando la otra, humedecida en su saliva,
indaga entre mis nalgas, comprendo lo que pretende y reconozco que un
escalofrío me recorre el cuerpo.
Él me sisea al oído mientras se come el lóbulo. Me dice que no
tenga miedo, que no me dolerá, que sabe lo que hace,
Yo no quiero dudarlo, y lo deseo tanto que aguantaría cualquier
cosa. Y voy a pedirle tiempo cuando uno de sus gruesos dedos, que no ha
parado de acariciar mi delicada abertura, se introduce despacio, poco a
poco, sin resistencia que se le oponga, y yo siento tanto placer que me
parece imposible de aguantar.
Como un maestro, continúa masturbándome, acariciándome el
pecho y el vientre, recorriendo mi cuello con toda la lengua, mientras sus
dedos no dejan de entrar y salir de mí, y cuando la cabeza de aquel nabo
grueso insiste, yo trago saliva para soportar el dolor, pero él me gira la
cabeza, me besa de una manera tan salvaje que toda mi atención se centra
en sus labios, y así me penetra, limpiamente, como si ensartara un trozo de
carne fresca en una brocheta.
Reconozco que se me corta la respiración. Me siento tan lleno, tan
ocupado, que tengo la sensación de que le pertenezco.
Él cambia la pasión por la delicadeza, mientras su boca emite unos
gemidos de placer que me derriten y desarman.
Cuando empieza a moverse dentro de mí, muy lentamente al
principio y más deprisa según me voy acostumbrando, es cuando empieza
el verdadero placer. Uno insospechado al que nunca le he prestado atención.
Es algo desconocido, inimaginado, porque según su polla arremete
contra una parte dentro de mí que desconozco, es como si explosionara una
bomba de gozo que se derrama por cada fibra de mi cuerpo y me vuelve
líquido, manejable, entregado.
No sé cuánto tiempo dura aquello, mucho a tenor de las veces que
pierdo toda conciencia de mí mismo para convertirme en puro placer.
—No sé si aguantaré más —me gime al oído David en algún
momento.
Y acelera la manera en que masajea mi polla, mientras me folla más
deprisa, entrando tanto en mí que creo que toca partes sagradas de mi
anatomía.
Nos corremos los dos a la vez.
Él con un gemido tan ronco que me provoca la eyaculación. Una
portentosa, donde la leche traza un arco y cae al suelo varias veces,
mientras él se vacía dentro de mí.
El orgasmo es tan portentoso que hasta dudo si aquello es un sueño
o está pasando en realidad.
Cuando ambos terminamos, agotados, él me abraza, sin variar la
postura, con su polla gorda y exhausta aún dentro de mí, y así nos
quedamos dormidos, mientras yo solo pienso en que quiero recuperarme y
empezar de nuevo.
Capítulo 9
La noche se convierte en una sucesión de besos y polvos.
Cuando nos recuperamos tras cada contienda, uno de los dos, el que
sea, comienza una caricia sobre la piel del otro. A veces es algo leve sobre
el rizado pecho del torso. Otras un tanto más atrevido como cuando, llevado
por la curiosidad, me he deslizado de entre sus brazos para acercarme a su
entrepierna mientras David sigue adormilado.
A escasas pulgadas de distancia he observado su polla, relajada y
reposando sobre el muslo. Está como aquella primera vez que la vislumbré
en las duchas del gimnasio, jugosa y descansando tras las contiendas que ha
acometido dentro de mí. En tamaño y grosor puede parecerse a un bote de
espuma para el cabello, o a un vaso de tubo de buenas dimensiones.
Me relamo sin darme cuenta. La piel del glande solo deja ver la
boca ancha y rica, y protege aquella bola densa, como un ariete, a la que
nada parece resistírsele.
Me acerco un poco más, curioso, porque quiero olerla. Olfateo el
aire a su alrededor, bajando entre sus piernas musculosas para olerle los
testículos, que cuelgan pesados y se apoyan sobre las sábanas para
desmadejarse sobre ellas.
Es un olor salitre, de mar y sudor, picante y algo amargo, pero
irresistible para mí.
En las dos veces que ya hemos follado esta noche apenas he tocado
esta parte de su anatomía. Me he dejado hacer, porque David es un maestro
que moldea mi cuerpo de una manera que arranca placer con cada caricia.
Me acerco un poco más y saco la lengua. Nunca he estado tan cerca
de un carajo, y este es más grande que la mayoría. Paso la punta, muy
despacio, por el fuste, notando la hinchazón de las venas, la firmeza de la
costura central, y el borde duro donde se vuelve glande. Degusto lo que mi
lengua recoge. Sabe a lo que huele: a mar y a macho, a sudor y sexo, a
deseo y ganas.
David se revuelve en entrevelas, pero no se despierta.
Me muerdo los labios para después chupármelos y al fin me atrevo.
La tomo entre el índice y el pulgar para ponerla recta. Es densa y
pesada, y tan larga que se tuerce en la punta. Las ganas me producen
cosquillas en el estómago. Una bocanada de su olor me envuelve, no lo
pienso más y me la meto en la boca. Primero el tercio superior, pasando los
labios por el fuste hasta que me siento cómodo. Después más adentro. Y
más. Solo me detengo cuando la noto encajada en la garganta y me entran
ganas de vomitar.
Me la saco de golpe y la observo. Está más grande, más robusta.
Miro a David, pero parece que sigue dormido. Lo intento de nuevo y esta
vez bajo y subo la boca sobre su verga, empapándola bien de saliva, y
moviendo la lengua contra la piel deliciosa para generarle mayores
sensaciones.
En esta ocasión el sabor se acrecienta y noto claramente cómo crece
entre mis labios, tanto que ya soy incapaz de llegar hasta la base sin
atragantarme.
Me la saco otra vez y le escupo para que esté bien lubricada, y me la
vuelvo a tragar, mientras le masajeo los huevos. Su contacto entre mis
dedos me gusta. Tiene bolas tan gruesas como todo lo demás, que recoge un
escroto dilatado, como una bolsa de monedas que pesa.
Chupo a fondo, lamo tanto como puedo, y me trago su polla hasta
que choca con mi garganta. Continuo sin parar, curioso por las
transformaciones que experimenta dentro de mi boca, por cómo ha
empezado a palpitar y a volverse más resistente.
Un gemido me indica que David ya ha despertado, pero no lo miro,
quiero que sigamos con el juego en el que él se hace el dormido y yo el
inocente.
Cuando, sin esperarlo, el caño de leche caliente me llena la boca,
reconozco que me sorprendo. Es espeso, denso, y rellena mis mofletes con
la insistencia de millones de espermatozoides con los que no sé qué hacer.
La lefa sigue saliendo a la par que los gemidos de David se van
extinguiendo tras el lefazo en mi boca.
No sé si debo parar o esperar hasta que todo ese semen haya sido
expulsado. Tampoco si debo escupirlo en el suelo o…
Decido tragármelo, y degluto despacio, degustándolo cuando entra
por mi garganta, caliente y picante, como un cuarto de litro de leche para la
faringitis. Esta ocurrencia hace que sonría y temo hacerle daño con la punta
de los dientes.
Cuando estoy seguro de que ha terminado, escalo por su cuerpo y le
beso. En esa segunda ocasión él me ha aliviado con una buena paja, sin
dejar de mirarme a los ojos, porque me ha dicho que le gusta cómo brillan
cuando me corro.
Hemos follado una vez más antes de ducharnos e irnos a trabajar. Él
me ha dejado ropa que me queda un poco grande, y ambos hemos metido
los equipos de trabajo en bolsas, cada una de un color, para que en el trabajo
no sospechen.
Durante esta noche de sexo no hemos hablado. Cuando los
orgasmos han dado paso al silencio, lo hemos cubierto con besos dulces y
largos, muy húmedos, y cargados de pasión.
A la estación de bomberos hemos entrado por separado, como si no
nos hubiéramos aprendido el mapa de nuestros cuerpos. David se ha
dirigido a la zona de mantenimiento y yo a la de instrucciones.
De vez en cuando lo he pillado mirándome a hurtadillas, y otras
tantas ha sido él el que me ha descubierto comiéndomelo con los ojos.
Lo he deseado como nunca jamás a ninguna otra cosa cuando se ha
quitado la camiseta y se ha puesto a limpiar uno de los camiones, sujetando
la manguera muy cerca de su cuerpo, que expulsaba un chorro tan denso
como los que me han inundado hace unas horas.
A medio día ya no he aguantado más y he ido a su encuentro.
—¿Puedes venir un momento? —le he dicho muy serio y algo
distante, tanto que él ha arrugado la frente preguntándose qué me sucede.
—¿Qué pasa?
He carraspeado antes de hablar.
—Roy no encuentra los guantes de repuesto y dice que solo tú sabes
dónde se guardan.
Extrañado, me ha seguido por el patio hasta la pequeña puerta tras la
que se guarda el material. En cuanto la ha franqueado la he cerrado a sus
espaldas y me he tirado a sus labios.
Lo ha cogido por sorpresa, pero solo un instante, porque a
continuación me ha tomado en peso sujetando mis nalgas con sus grandes
manos y sin ninguna dificultad me ha subido a su regazo. Yo lo he
atenazado con las piernas, porque no quiero que se vaya, y le he comido la
boca, la lengua, los labios, mientras mis dedos han buscado el cálido tacto
de su pecho.
Davis ha avanzado conmigo en brazos hasta detrás de una estantería,
donde hay una mesa de trabajo. Ha retirado los trastos a manotazos, sin
importarle que caigan al suelo, y me ha dejado sentado en ella.
Cuando me suelta y me mira a los ojos sé que está tan caliente como
yo.
Ambos trasteamos con los cinturones y los botones del pantalón.
Quiero que me folle y él sabe cuánto lo deseo.
Pero un sonido inconfundible nos avisa. Es la bisagra mal engrasada
de la puerta, que nos acaba de decir que alguien acaba de entrar en el
almacén.
Con una prisa endiablado hacemos lo que hemos deshecho,
abotonando pantalones y apretando correas. Apenas hemos terminado,
separándonos de un salto, cuando la cabeza de un compañero aparece tras la
estantería.
—¡Ah! —se sorprende al encontrarnos allí, medio a oscuras, pero le
dura poco—. ¿Sabéis dónde están las correas de distribución?
David carraspea. Tiene entre las manos una carpeta llena de
albaranes que le tapan la delantera, que lo hubiera delatado al instante.
—Están al fondo —contesta—. Una caja verde.
Nuestro compañero asiente y se marcha en aquella dirección, aún
curioso por nuestro comportamiento, y por los objetos desparramados por el
suelo que han dejado la mesa libre para nuestra pasión. No dice nada al
respecto, y espero que crea que hemos estado discutiendo, ya que es
conocido que no nos llevamos bien. Ruego porque, una vez se pregunte qué
diablos hacíamos aquí, no sospeche que ha estado a punto de pillarnos
follando.
Cuando desaparece entre dos estanterías, David se acerca a mí,
despacio y con extremo cuidado.
—Hay que ser discreto—me susurra—, no quiero que nos pillen.
Y se marcha, dejándome con tantas ganas que cuento las horas para
que termine mi jornada y pueda hacerle otra visita a mi compañero.
Capítulo 10
Desde aquella primera vez en su casa nos hemos encontrado cada tarde,
buscando, aunque sean unos minutos libres entre turnos, porque no siempre
coincidimos.
Reconozco que todo ha perdido interés para mí, que no sea el cuerpo
de David, la polla de David, los besos que me da David.
Claire ha empezado a preguntarme por qué pasamos tan poco
tiempo juntos, y yo he aducido que debo ponerme al día y por eso estoy
echando más turnos de los que me pertenecen. Creo que se lo ha creído, y
eso me deja más tranquilo.
He decidido que no voy a preguntarme qué es todo esto, aunque en
el fondo sospecho que con mi edad llevo demasiado tiempo sin sexo,
respetando los principios que ha marcado mi novia, y todas esas ganas se
han desatado con David.
Sé que esto es algo temporal. Que se me pasará en unas semanas,
cuando el equilibrio entre mi libido y mi naturaleza estén en orden y vuelva
a conformarme con un par de pajas a la semana hasta que Claire y yo nos
casemos.
Sí, es eso, nada más.
Cuando estoy a punto de salir de casa camino de la de David, él me
ha llamado y me ha dicho que dobla turno. Uno de los compañeros se ha
dado de baja y le toca a él sustituirlo, por lo que no podremos vernos.
Reconozco que se me retuercen las tripas, pero no se lo doy a entender, solo
le digo que no pasa nada, que tenga cuidado y que nos vemos mañana.
Lo cierto es que hoy le iba a proponer algo nuevo: que me dejara
follármelo. He intentado hacérselo alguna vez, pero siempre ha conseguido
manejarme de tal forma, que ha sido él el que ha terminado ensartándome
en su polla y yo el que le he pedido a gritos que no se detenga.
Duchado, vestido y sin plan, he decidido que es un buen momento
para normalizar mi relación con Claire, porque será la madre de mis hijos y
la mujer con la que formaré una familia.
Le propongo ir al cine y ella acepta. En el Pathé ponen una de esas
películas que a ella le gustan, sobre una madre delfín que salva a su camada
de unas orcas malvadas sacrificándose ella.
Cuando la recojo le digo que está preciosa, y es cierto. Lleva su
rubio cabello recogido en una coleta, una blusa blanca y una falda del
mismo color. Parece un ángel.
Un paquete de palomitas y un par de refrescos de cola son todo
nuestro arsenal para dos horas de llantos y un sinfín de inmersiones de una
doctora que, al parecer, sabe hablar con los delfines.
En una parte de la película donde sucede bien poco, consigo besarla.
Claire se deja y sus labios trastean con los míos, también su lengua, aunque
con extrema timidez. A la cabeza me viene los besos salvajes de David, que
me devoran la boca, se desbordan sobre mi barbilla y me arrancan
sensaciones que me estremecen. Este es breve y no demasiado hábil,
aunque de repente me doy cuenta de que esto es lo que me espera de ahora
en adelante.
El final es como esperábamos, un montón de espectadores llorando
y de niños que berrean aferrados a sus madres que, menos mal, siguen
vivas.
—¿Quieres un helado? —le pregunto cuando estamos en la calle,
pues es temprano y no quiero meterme solo en la cama.
A ella le parece una buena idea y vamos a una heladería italiana que
han abierto cerca. Me lo pido de dos bolas, y cuando les paso la lengua me
sonrojo sin razón aparente. Claire opta por una tarrina mediana de leche
merengada, y yo no tengo más remedio que tragar un poco del suyo, que
también logra sonrojarme.
Con la cabeza llena de David, pues todo me recuerda a él, nos
sentamos al lado de una gran ventana que da a la avenida principal, para
comernos nuestros deliciosos helados.
—¿Cuándo me lo vas a presentar? —me pregunta, y yo no tengo ni
idea de a qué se refiere.
—¿A quién?
—A ese tal David, solo sabes hablar de él.
Un escalofrío me recorre la espalda. Hasta este momento David y
Claire son dos galaxias independientes separadas miles de millones de años
luz, donde no existe un solo punto en el que se rocen. Sin embargo, oyendo
su nombre en la boca de ella, todo toma de repente el aspecto de una
realidad que ni siquiera ha pasado por mi cabeza.
Intento sonreír y me sale algo raro.
—Es que es mi compañero de salidas.
—Por eso quiero conocerlo.
Intento imaginármelos a los dos juntos, paseando por el parque uno
a un lado y otro al otro de mí mismo, que camino en el centro. Trago saliva
e intento enviar el balón todo lo lejos que puedo.
—Si tiene libre alguna tarde lo invito a cenar a casa. ¿Qué te
parece?
Ella sonríe y toma una cucharada de esa leche merengada que me
recuerda a mi compañero de trabajo.
Parece que la tormenta ha pasado, y me concentro en mis dos
bolas… de helado, intentando que ella no note que mis pensamientos están
muy lejos de allí.
—Últimamente estás raro —la escucho.
Sonrío de manera amigable y paciente.
—¿Te refieres a lo de que no tengo tiempo para que nos veamos? Ya
te dije que echo muchas horas, pero te prometo que serán solo unos meses.
Ella asiente.
—El martes estuve en la estación. Quería darte una sorpresa.
Las cejas se me retuercen en mitad de la frente. No sé muy bien en
qué día vivo. Últimamente apenas duermo porque estoy pasando por la
etapa de mi vida con más sexo activo que he tenido nunca, después de la
escasez de los últimos años.
—¿El martes? —repito.
Ella asiente, muy despacio.
—El día que me dijiste que no terminarías antes de las diez de la
noche.
—El martes —insisto.
Deja el helado sobre la mesa, teniendo cuidado de que la cucharilla
de plástico descanse sobre una servilleta, lejos de cualquier germen.
—Me dijeron que te habías marchado temprano porque tenías turno
al otro día a primera hora.
¿Que Claire estuvo en mi trabajo mientras yo follaba con David?
Intento que la turbación no se me note en el rostro. Trago saliva y sonrío
con dificultad.
—Seguro que fue una confusión —logro articular—. ¿A quién le
preguntaste? No todos nos sabemos los horarios de los demás.
—David, ¿me estás engañando con otra mujer?
Intento ser absolutamente sincero.
—Te juro que no.
—Has jurado, y si mientes ya sabes lo que pasará con tu alma.
—Te lo juro sobre lo más sagrado.
Nos mantenemos la mirada. Le he dicho la verdad, al menos a la
pregunta exacta que me ha hecho. Noto que la escasa dureza de su mirada
se conmueve hasta adquirir una expresión encantadora.
—Quizá es que no estoy acostumbrada a que no nos veamos todos
los días.
Yo, al fin, sonrío, y se me escapa un suspiro descarado.
—Es eso.
—¿Me perdonas?
Alargo la mano sobre el tablero y tomo la suya.
—Nunca podría enfadarme contigo.
Ella se acerca y me besa la punta de la nariz.
—Y ahora, llévame a casa, es tarde.
—Son las ocho.
—Pero necesito descansar.
Y lo hago, aun sabiendo que, si me meto en casa a esta hora, buscaré
a mis actores favoritos en ese vídeo porno, e imaginaré que David es el rudo
tío de la polla enorme, y yo soy esa preciosa actriz de nalgas redondas.
Capítulo 11
Después de dos días sin verlo, esta mañana llego a la estación de bomberos
con la necesidad de buscar un rincón donde comerle la boca a David. Le
tengo tantas ganas que se me pone dura solo de pensarlo.
Lo veo nada más llegar, en su rincón apartado trasteando con el
material. Hoy está especialmente guapo, con esa camiseta blanca que se
ajusta a sus brazos y unos pantalones cortos, ya que empieza a arreciar el
calor.
Un par de compañeros me saludan y otro me consulta algunos datos
sobre la última salida de ayer. Los atiendo a los tres como siempre, pero de
vez en cuando no puedo evitar dirigirle la mirada y comérmelo con los ojos.
La única razón por la que aún no nos han pillado es porque todos
estos tíos son más heteros que un paquete de Marlboro, y no saben ver lo
que creo que es evidente.
Cuando a fin me siento libre, recorro la distancia que nos separa y
me planto delante de David, fingidamente inocente, con las manos en los
bolsillos traseros y las mejillas encendidas porque, aunque no te lo creas,
aún me ruborizo cuando lo veo, y no sé si es por pudor ante lo que hacemos
o porque me viene a la memoria lo que me va a meter esta noche, cuando
me quede a dormir en su casa.
—Hola —lo saludo—. Te he echado de menos.
Él alza la cabeza. Tiene las cejas fruncidas, como tan a menudo, y la
boca apretada. Me mantiene la mirada unos segundos, para después
cogerme por el cuello del polo reglamentario y tirar de mí.
Por un instante creo que es una broma, o que me va a besar allí,
delante de todos. Pero cuando me arrastra a trompicones por todo el patio,
mientras los demás nos miran con ojos sorprendidos, comprendo que algo
está pasando y no me he dado cuenta.
—David, ¿qué carajo pasa? —le increpo, pero él no me hace caso y
sigue arrastrándome, a paso ligero, como se arroja a un borracho de un bar.
Cuando llegamos al almacén me empuja adentro. Yo trastabillo,
pero consigo no caer al sujetarme a una estantería. Tengo el rostro
encendido y unas ganas de darle una paliza que apenas puedo contener, pero
primero quiero enterarme de qué ha sucedido, de si he hecho algo que le
haya molestado, porque no entiendo qué está pasando.
Él entra tras de mí y cierra la puerta con doble vuelta de llave. Mi
mente ilusa imagina por un instante que todo ha sido un teatro para poder
encerrarnos y follar como bestias, pero cuando se planta allí delante, con los
brazos cruzados y la mirada afilada, sé que es algo serio, y que debo
encararlo.
—¿Qué mierda sucede? —le pregunto, tan furioso que tengo que
apretar los puños para no estampárselos en la cara.
—El otro día —casi me escupe—. Te vi.
No tengo ni idea de a qué se refiere.
—¿Y qué?
—Te estabas besando con una chica.
Mis ojos se abren como platos ante lo evidente.
—¿Claire?
—¿Lo reconoces?
No doy crédito.
—Es mi prometida.
Nada más decirlo veo cómo impactan mis palabras en David. Veo el
dolor en su mirada, la sorpresa y la incredulidad. Pero es tan breve, este tío
está tan acostumbrado a enmascarar sus emociones, que de inmediato
vuelve su rostro a adquirir la mirada pétrea del desprecio.
—Así que te casas. Que te casas con una mujer.
Me paso la mano por el cabello. No sé de qué me está hablando.
Tengo novia como seguramente la tendrá él. Unca le he preguntado qué
hace cuando no estamos juntos, porque he imaginado que sale de fiesta y se
folla ha tantas tías como es capaz de conquistar. Y con esa cara y ese cuerpo
deben ser muchas.
—No entiendo nada —consigo musitar.
Él abre la boca para hablar, pero cambia de opinión.
Nos quedamos callados, mirándonos. Creo que ha comprendido que
es cierto lo que le he dicho, lo de que no le veo importancia. Al fin se
decide, un tanto titubeante, algo que nunca he visto en él.
—Creía que lo que había entre tú y yo…
Me impactan sus palabras. creo que lo cierto es que me asustan, me
aterrorizan, porque lo que hacemos es solo un pasatiempo golfo, un juego
de tíos, nada más.
—Sexo, David —le digo despacio, sin atreverme a acercarme—.
Entre tú y yo solo hay sexo.
Él asiente despacio.
—Solo sexo. Eso es lo que piensas.
—Déjame que me aclare —alzo las manos e intento ordenar mis
ideas—. Somos dos tíos, ¿vale? Dos tíos que se sienten bien juntos y que se
desahogan el uno al otro, nada más.
—Usar y tirar.
Esas tres palabras me apuñalan.
—Me parece que el que me has usado has sido tú a mí.
Mi reacción lo envalentona. Da un amenazador paso hacia mí y alza
el dedo, colocándolo a escasas pulgadas de mi cara.
—Tú fuiste quien empezó, con esa mirada llena de ganas en la
ducha y besándome mientras intentaba reanimarte.
Se me escapa un gemido de exasperación. ¿Es que no lo entiendes?
—Y te deseo —intento calmarlo—. Pero eso es una cosa y
compartir una vida…
—No te estoy diciendo que te cases conmigo, tío —su mano,
desafiante, me empuja en el hombro y a mí me entran ganas de darle una
hostia, pero me contengo—. Pero pensaba que estábamos intentando
construir algo.
Evidentemente estamos en dos puntos dispares donde no hay posible
reconciliación. Bajo la cabeza, enfadado y humillado. También me siento
culpable por haberle dado una impresión que no existe en mi mente.
—Siento el malentendido.
Él no contesta, unos segundos después me atrevo a levantar la
mirada para cruzarme con sus ojos. Me está evaluando, despacio, decidido.
—Así que solo sexo, ¿eh? —me dice.
—Solo sexo.
Y se tira hacia mi boca. Me besa con desesperación, con rabia, pero
es tan delicioso que no me queda más remedio que participar en el juego y
meter mis manos bajo la camiseta mientras respondo con la misma
contundencia.
Tiene más fuerza que yo, así que me manipula con facilidad hasta
colocarme de bruces sobre la mesa de trabajo. Gimo, porque el deseo me
mata, y él trastea con mis pantalones hasta dejármelos en los tobillos, con
las nalgas expuestas.
Sé que me va a follar y sé que no va a ser delicado.
Apretando los puños, oigo cómo se desabrocha el cinturón y cómo
manipula hasta que siento la presión entre los glúteos y una de sus manos
tapando mi boca.
Me penetra de repente, sin avisar. Se encaja dentro de mí con tanta
fuerza que siento el golpeteo de sus huevos sobre mis muslos cuando
quedan tan pegados que casi se cuelan detrás.
Me folla como un salvaje, sin miramientos, sin preocuparse por lo
que yo sienta o no. Como siempre que él me toma, el placer llega en
oleadas tan potentes que me abruma. El enfado se volatiliza y las ganas de
él lo ocupan todo.
El cabalgamiento es brutal. Ese hombre enorme me está poseyendo
para quemar su rabia y su decepción, y yo lo estoy dejando, apartando
cualquier rastro de dignidad, porque me está dando placer.
Me corro sin tocarme mientras él continúa dándome caña.
Cuando al fin lo hace, cuando me inunda de leche caliente que
resbala por el interior de mis muslos, escucho su gemido, más ronco y árido
que otras veces.
Sale de mí, y cuando voy a volverme para rogarle que hablemos, él
ya se ha subido los pantalones y se dirige hacia la puerta.
Se ha acabado. Lo que hubiera entre nosotros ya no existe.
Capítulo 12
Un mes después
Aparco el coche en el estacionamiento, aunque me quedo dentro.
El corazón me late acelerado, pero tengo tan claro lo que voy a
hacer que no albergo dudas.
Este último mes ha sido el más intenso de mi vida. Hasta que conocí
a David mi existencia había transcurrido en una calma chicha, sin
sobresaltos, pero también ausente de pasión. Creo que he sido un buen hijo
y que no he defraudado a mis padres. Un buen estudiante que solo
desentonó por esta idea tan clara de ser bombero en vez de oficinista, y
también creo que he sido un buen novio.
Antes de Claire hubo otras, por supuesto, y a ninguna la engañé.
Después llegó ella, con sus normas y sus limitaciones, y yo las respeté
porque creía que era bueno para ambos y porque la amaba de corazón.
Sí, así fue todo hasta que llegó David, y si en tu vida ha aparecido
alguien como él, sabrás a qué me refiero.
Con David empecé a sentirme mal, a engañar a Claire y a mentir a
mis padres sobre lo que hice o no hice la noche anterior. Pero con él
también llegó la pasión. Una desconocida, desbocada, sin límites. Y el
placer, tan intenso que hasta me dolía el cuerpo de sentirlo.
Durante todo este mes él y yo apenas nos hemos cruzado en el
trabajo. Algo me hace sospechar que ha mirado mi tabla de turnos y se las
ha aviado para que los suyos sean los opuestos. Las escasas veces en que
nos hemos cruzado ha evitado mirarme, y la vez que lo saludé no me
contestó. Los compañeros lo saben, lo que hubo entre nosotros, pero
ninguno ha dicho nada ni he notado un comportamiento diferente conmigo.
El padre de mi amigo me ha contado aquello que ocultó una vez:
que David es bisexual y que tuvo una relación atormentada con otro
compañero que salió fatal. Lo cierto es que él no lo ha ocultado, lo que
hicimos, y sé que cuando intentaba ser discreto era más para protegerme
que por lo que pudieran decir de él.
La semana pasada Claire y yo lo dejamos. No podía soportar un
minuto más haberle ocultado lo que David y yo hicimos y la manera en que
lo disfruté. No sería justo. Tampoco honrado.
En el fondo creo que es una cuestión de miedo a las expectativas.
Cuando ella y yo nos casemos y por fin tengamos nuestra primera noche de
sexo… ¿Será como con David? ¿El placer me llegará de la misma manera?
Decido al fin salir del coche y atravieso la explanada del
aparcamiento.
El edificio de apartamentos se alza al otro lado, y la pequeña
llovizna me obliga a dar una carrera.
Cuando me pongo a salvo estoy empapado y con el cabello
cayéndome por la cara. Me lo aparto de un manotazo y no me lo pienso,
porque de lo contrario entraría de nuevo en el coche y me largaría a mi casa.
Subo hasta el segundo y toco el timbre. A pesar de la mojada siento
el rostro ardiendo y cosquillas recorriéndome la espalda.
Escucho su voz.
—Un momento.
Me entra la ansiedad y me pregunto si estoy haciendo lo correcto,
para contestarme a continuación que es lo más acertado que voy a hacer en
mi vida.
Cuando David abre la puerta y me ve, observo el desconcierto en
sus ojos. Dura un instante, para después pasar a su habitual estado de cejas
fruncidas.
—Solo quiero hablar —le calmo, alzando ambas manos.
Él endurece la mirada.
—No tenemos nada que decirnos.
—Es importante.
Me deja pasar a regañadientes, apartándose de malas ganas.
Mi vista recorre el apartamento. Es nuevo. Se mudó hace una
semana. No sé por qué, aunque sospecho que tiene que ver conmigo y con
olvidarme, aunque suene a presuntuoso. El padre de mi compañero me ha
dicho dónde vive.
—Es bonito. —Miro alrededor, tiene mucha luz y un sofá que
parece confortable.
—¿Para eso has venido? —me contesta, sin apartarse un centímetro
de la puerta, como si temiera darme confianza.
Está guapo el condenado, con el cabello más corto y la barba más
larga. La camisa de cuadros le sienta de maravilla, y esos vaqueros
desgastados le marcan un paquete que carga a la izquierda. Aparto la vista
para evitar hacer una tontería, o decirla.
—Quiero pedirte disculpas.
Permanecemos un instante mirándonos, sin decir nada. Es él quien
rompe el silencio.
—Ya no es necesario.
Sus maneras me exasperan y se me escapa un bufido.
—¿Por qué eres tan cabezotas?
—Bien —abre las manos con cierto cinismo—, disculpas aceptadas.
—¿Y ya está?
—¿Quieres que te regale una docena de rosas?
Su comentario me hace sonreír y me parece ver cierto relax en esas
cejas siempre tensas. Vuelvo a mirar alrededor. Ese sofá es cómodo, un
buen lugar para hacer el amor. Pero aparto esa idea de inmediato.
—Me porté mal —le reconozco—. Me entró miedo. Era la primera
vez que estaba con un tío.
Él asiente, aunque no parece haber aceptado mis disculpas.
—Puedo entenderlo.
—Tenía novia —le explico—, estaba prometido, y lo que había
entre tú y yo se me había ido de las manos
Una de sus cejas se alza.
—¿Tenías?
Me miro las manos. Me tiemblan ligeramente desde que lo he visto
y me he dado cuenta de cuánto lo deseo, y de que esa pasión no se ha
desinflado en todo este mes. Suspiro y dejo escapar una bocanada de aire
triste.
—Lo hemos dejado. No me ha parecido honesto seguir después de
que tú y yo…
—Ya —no me deja terminar.
De todas formas, hay poco más que decir. Mi intención era esta.
Cerrar el último cabo suelto antes de largarme con un poco de paz.
—Solo quería decirte eso —insisto, y voy hacia la puerta.
Él alza una de sus manazas.
—¿Decirme que estás libre?
Un escalofrío de deseo me recorre la espalda.
—Que me disculpes —lo corrijo.
—Pero estás libre.
Tardo en contestar, y cuando lo hago le miro profunda y cálidamente
a los ojos.
—Sí.
Él me mantiene la mirada. Parece un lobo antes de saltar sobre una
presa, lo que provoca que me estremezca.
Cuando escucho su voz, esta es más grave que de costumbre, como
si le saliera de los testículos.
—Lo siento.
—Por qué.
Da un paso hacia mí.
—Porque ahora, en este mismo momento, voy a intentar seducirte,
meterte en mi cama, y hacerte el amor.
Me tengo que humedecer los labios de ganas.
—No suena mal.
—Pero antes he de advertirte algo.
—Claro —titubeo, porque ya solo quiero comerme la polla de
David, que me penetre el rabo de David.
—Me gustas demasiado como para que seas solo un polvo.
Me tiro a sus labios. Saben a café y a hombre.
—Y tú a mí como para esperar a llegar al cuarto.
Y allí mismo, en la entrada, echamos el primer polvo, y cuando lo
siento dentro de mí, sé que es la mejor decisión de mi vida.
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el primer capítulo de ARRÉSTAME
ARRÉSTAME
Matt Winter
Capítulo 1
—La camiseta, quítatela.
El policía me mira a través de las gafas de sol que, a pesar de la
escasa luz de la sala, no se ha quitado en ningún momento.
Permanece de pie, hierático junto a la puerta, con los dos dedos
pulgares enganchados en el cinturón de cuero, cerca de la hebilla, y la
cabeza ligeramente ladeada, como si me estuviera analizando.
Es la primera vez que me detienen y va a ser la última, me lo juro.
Karen quería un jodido Smartphone de última gama y yo he tenido la mala
ocurrencia de robarlo. Son mil doscientos dólares, dinero suficiente como
para que me hayan fichado y vaya a pasar a disposición judicial, yo, un tipo
que está a punto de terminar la universidad y a quien le esperaba un futuro
brillante.
Después de pesarme, medirme y estampar cada uno de mis dedos
empapados en tinta sobre cartulinas, me han pasado a esta habitación donde
el policía de las gafas no deja de mirarme.
Debe tener mi misma estatura, algo más de edad, aunque es de
complexión más fornida. Hombros anchos, pecho trabajado que se le marca
bajo la reglamentaria camisa negra. Creo que es rubio, aunque la gorra
policial no me deja ver el cabello, pero el bigote espeso así lo delata.
Al ver que tardo en obedecerlo me amenaza advirtiéndome con un
movimiento de barbilla. Siento mil hormigas recorriendo mi piel y algo
pesado encajado en mi garganta.
Al fin le obedezco y me saco la camiseta, dejándola sobre la triste
silla que conforma todo el mobiliario de la estancia.
Él me observa a través de los cristales, y juraría que aparece la punta
de su lengua entre los labios un instante. Pasan los segundos y no sucede
nada. Sospecho que debe ser una de esas técnicas para poner nerviosos a los
reos, así que no me cosco.
—Quítate ahora los zapatos.
Esta vez no me entretengo y lanzo las zapatillas a un lado, dejando
ver mis calcetines blancos un tanto sucios.
El policía da un paso en mi dirección, sin desmontar su actitud
chulesca, dominante, sabiendo que me tiene entre sus manos y puede hacer
conmigo lo que le venga en ganas.
—Desabróchate el cinturón.
Deben ser cosas mías, pero de la manera en que me da las órdenes
hay casi algo íntimo, como si se lo dijera a un amante. Trago saliva porque
la mala experiencia debe estar pasándome factura. ¿Cómo le digo a mi
padre que me han fichado? ¿Cómo hago el máster fuera del país si no me
darán un visado?
Reprimo las ganas de llorar y lo obedezco, desatando la hebilla con
dedos nerviosos. El cuero del cinturón cae al lado mientras tintinea el metal
que lo sujeta.
Esta vez estoy seguro de que se ha relamido los labios. Intento
atisbar más allá de los cristales de las gafas, pero es imposible ver nada tras
el espejo.
Alienta la babilla, señalándome.
—Desabróchate el pantalón.
Noto cierta excitación en su voz y por primera vez siento un
cosquilleo en la espalda.
Miro alrededor. Estamos completamente solos, la puerta es sólida y
en esta sala no hay ventanas. Siento algo íntimo que no tiene explicación,
pero le obedezco de nuevo, y mis dedos desatan el botón.
Él ha bajado la cabeza y tiene la vista clavada en la línea recta que
separa mis slips, que han aparecido al desabrocharme, de mi piel. La tela
blanca y elástica da paso al cordón de vello que asciende hasta mi ombligo,
espeso y enredado, parte en dos mi pecho y se convierte en una pelambrera
en mis pectorales.
Los segundos pasan, y cada vez estoy más seguro de que este agente
está disfrutando con todo esto.
—Quítate el pantalón —me ordena.
Siento pudor, pero también algo profundo en mi garganta que no he
sido capaz de reconocer antes de hoy. Es como si mi estómago ardiera, o
como si desde allí arrancara el deseo.
Le hago caso y, despacio, consigo desembarazarme de ellos que
bajan por mis caderas, por mis músculos fuertes y trabajados, y consigo
sacármelos levantando primero un pie y después otro. Los dejo con la
camiseta, sobre la silla, para incorporarme tapándome como puedo el
paquete.
—Esas manos —me advierte—, a un lado.
Titubeo, pero no tengo más remedio que hacer lo que me dice, así
que las aparto y dejo el paquete al aire, envuelto en el apretado slip de
algodón blanco.
Tengo que bajar la cabeza, avergonzado, pero él parece no
inmutarse. El bulto se me encaja hacia la derecha, llegando cerca de la
cadera. Es grande, lo sé, y quizá por eso me siento más avergonzado.
Cuando al fin me atrevo a levantar la vista lo pillo analizándome, como si
estuviera pasando la lengua por mi piel, sobre todo por mi entrepierna.
—Quítate toda la ropa —la voz se le quiebra ligeramente cuando me
lo ordena.
Todo me parece extraño. Pensaba que esto sería más aséptico: un
funcionario con guantes que apenas me miraría mientras anotaría datos
aburridos en un formulario.
Sin embargo, ante mí tengo a un tipo que parece estar disfrutando de
lo lindo, y ante el que mis sentimientos se vuelven confusos.
Sé que no puedo negarme, y menos aún crear más problemas.
Se me escapa un ligero gemido, pero encajo los pulgares bajo la tela
y tiro hacia abajo.
Cuando mi polla se siente liberada se cimbrea en el aire y vibra
hasta quedar perpendicular al suelo. Tengo la sensación de que estoy
excitado, de que está más gorda de lo normal. ¿Cómo puede ser? Esto es lo
más humillante que me ha pasado en mi vida, sin contar con que también es
lo más jodido.
Me saco los slips y los tiro a un lado.
Esta vez no hago por taparme porque sé que me lo va a prohibir.
Lo miro a los ojos. Más bien dicho, al espejo de sus gafas donde veo
mi cuerpo desnudo reflejado.
Él se pasa una mano por la boca y se acaricia el bigote.
—Date la vuelta.
Me resisto, pero se lleva la mano a la porra y termino por obedecer.
Si mirarlo me confunde, tenerlo a mi espalda provoca que un sinfín
de calambres me recorran. Es una sensación extraña, nueva, que ha
conseguido hacer que olvide lo que me ha pasado esta noche.
—Y ahora, ponte en cuclillas. Tengo que reconocerte.
Esta vez sí que miro hacia detrás, asustado.
—¿Reconocerme? —pregunto.
—Obedece.
No tengo más remedio que obedecerle. Es un agente y ahí fuera, en
la comisaría, hay un sin fin de ellos. Asustado hago lo que me dice,
acuclillado y dándole la espalda.
Lo siento unos segundos después, su mano abarcándome los huevos.
Doy un respingo.
—Es el protocolo —escucho su voz.
No me tranquiliza. ¿Es que piensa que voy a esconder droga entre
los testículos? Me los masajea despacio. Me atrevo a mirar hacia abajo y
veo que no tiene guantes. Eso también me excita. ¿Qué mierda me está
pasando?
Es entonces cuando noto cómo su dedo pulgar avanza por la base de
mis huevos, hacia el perineo, despacio, buscando.
Su aliento caliente me quema la nuca y comprendo que está
acuclillado justo am mi espalda. Miro con disimulo a un lado y al otro para
ver sus rodillas enfundadas en los negros pantalones reglamentarios.
Si sus manos me están manoseando los huevos, debe tener la polla a
escasos centímetros de mi culo.
Cuando la otra mano aparece por la derecha y me coge la polla es
cuando comprendo que la tengo dura como una maroma.
No me he dado cuenta hasta ahora. He estado tan pendiente de lo
que me estaba haciendo que…
La aparta, lo que me da cierta tranquilidad. Oigo cómo escupe en
ella, y vuelve a mi carajo para empezar a masturbándome mientas con la
otra continúa toqueteándome las bolas.
Voy a protestar cuando me doy cuenta del placer que empiezo a
sentir. Presiento su cuerpo a escasos centímetros de mí, pero no hace por
acercarse. Solo sus manos me profanan, y me dan placer, lo que me vuelve
loco.
El masaje se acelera y yo intento contactar con su pecho, rozarme
con él, pero no lo logro, porque se aparta despacio, sin tregua.
Aquel jodido pulgar avanza y acaricia entre mis nalgas. Una
corriente eléctrica me atraviesa. Nunca he dejado que nadie me toque esa
parte tan íntima de mi anatomía, ni siquiera Karen, pero aquel tipo...
Cuando entra en mí se me escapa un gemido de placer tan intenso que tengo
que apretar los párpados.
Y es entonces cuando me corro, cuando un chorro espeso y blanco
de leche sale disparado de mi nabo e impacta contra la pared mientras los
gemidos se me escapan y comprendo que me acaban de hacer la mejor paja
de mi vida.
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octubre, su fecha de lanzamiento.
¡Una novela homoerótica de policías y ladrones! Dale u merecido.
Tony ha sido pillado por la policía con las manos en la masa mientras
robaba ese Smartphone que tanto deseaba su novia y que él nunca podría
comprarle.
Lo que no entraba en sus planes era que aquella noche, en el solitario
calabozo, a manos del agente Ferguson, se fuera a convertir en una de las
más calientes de su vida, tanto que en lo único en que piensa es en cómo
lograr que aquel policía guapo y machote le vuelva a hacer todo aquello con
lo que tanto ha gozado.
Arréstamees una nueva entrega de la serie Heterocuiosos, de Matt Winter,
donde hombres fuertes y decididos se atreven a probar con otros hombres, y
a pasarlo bien.
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OTRAS OBRAS DE MATT WINTER
Apetecible vecino
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¿Y si tu joven vecino es tan apetecible que te planteas probar, aunque
sea una sola vez?
«Me ha gustado que se cueza a fuego lento porque cuando llega a las
escenas hot ya estoy a cien». Pepeto.
«Fan total de la serie “Heterocuriosos”. Yo quiero un Stephen en mi
vida». Pomodoro.
James es un ingeniero de 34 años, casado con Mary y con dos hijos. Un
machote peludo y heterosexual que tiene todo lo que necesita en la vida,
incluido a su mejor amigo de la infancia, Edward.
Cuando los nuevos vecinos le presentan a su hijo, Stephen, un chico
delicioso que está terminando la universidad, James experimenta algo que
no había sentido jamás: un deseo irrefrenable capaz de prenderlo por dentro
y quemarlo hasta las entrañas.
Sobre todo, cuando el joven Stephen parece especialmente interesado en él.
Así, bajo la vigilancia de Edward, su amigo de siempre, intentará acercarse
a su apetecible vecinito, tanto como le sea posible.
Nuevo en el gimnasio
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«¿Por qué no puedo dejar de mirar al tipo nuevo? Tengo que
descubrirlo cueste lo que cueste»
«Excitante, adictiva y muy heterocuriosa». Jordilab
«Me pregunto si esto podría suceder en las duchas de mi propio
gimnasio». Lola_Gomez
Scott trabaja como fisioterapeuta en un prestigioso gimnasio, mientras
ahorra para comprar un apartamento junto a su novia, Sarah.
Justin, quien está a punto de completar su máster profesional, hace todo lo
posible para ganarse la vida, sin dejar de lado su pasión por el deporte y su
constante entrenamiento.
Cuando una lesión en la ingle durante su entrenamiento lleva a Justin a
ponerse en manos de Scott, una relación que comienza siendo puramente
profesional entre dos hombres heterosexuales se convierte en algo mucho
más íntimo.
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El marido de mi hermana
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«El marido de mi hermana era el único hombre al que no podía tener, y
al único que deseaba dentro de mi cama»
«Conocí una historia parecida en la vida real. Muy fuerte». Rebecca
«Otra novela absolutamente sensual. Gracias, Matt». RafaCano
Alfred regresa a casa tras dos años de ausencia para encontrarse otra vez
con su cuñado, un perfecto ejemplar de macho alfa que está casado con su
hermana, y por quien ha bebido los vientos desde adolescente.
Sam siento un especial afecto por el hermano de su esposa, ese chico rubio
y guapo con el que se siente muy unido.
Cuando ambos intiman más de lo que esperaban, las cosas empiezan a
complicarse, sobre todo porque una vez se ha probado es muy difícil parar.
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CompañeroS de piso
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«Todo marchaba con Pamela, hasta que encontré a ese nuevo
compañero de piso y empecé a sentir cosas por él que no comprendía»
«Creo que es la obra más sensual de Matt Winter». Javilon
«¡Un final sorprendente que me ha dejado KO!». RoRodilla
Frank tiene que pasar por el calvario de encontrar un nuevo compañero de
piso para poder pagar el alquiler de su apartamento en el centro, desoyendo
los consejos de su novia, Pamela, de irse a vivir al extrarradio.
Ray busca piso, y cuando ve al guapo y machote casero que ofrece una
habitación, no tiene dudas de que aquello era lo que estaba buscando.
Lo que empieza siendo una compañía perfecta, se transforma en algo cálido
y sensual, cuando Frank empieza a pensar en su compañero de piso a cada
instante y en la de cosas que podrían hacer juntos.
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Chapero
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Al principio era una forma como otra de ganar unos pavos si tienes
un gran material que ofrecer. Después, empezó a complicarse.
«Nunca he pagado, pero si me aparece un tío como Daniel, quizá me lo
piense.» CarlOrt
Daniel, un marcho alfa de manual, está en la ruina y necesita dinero
urgentemente. Cuando aquel tipo del auto le ofrece unos billetes por pasarlo
bien un rato juntos, descubre que tiene un enorme don para sacar pasta
Vin lleva toda la vida enamorado del capitán del equipo de rugby de cuando
estaba en el instituto, así que cuando lo ve en aquel bar de ambiente, quince
años después, no da crédito, porque siempre fue el machito dispuesto a
burlarse de los diferentes
Las circunstancias hacen que ambos tengan que encontrarse, ayudarse, y
quizá dar un paso en una dirección que nunca hubieran imaginado, y que
tiene que ver con su… enorme don.
Chapero es otra de las ardientes novelas de Matt Winter, solo para adultos
fogosos.
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¿Hacemos una porno gay?
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Cinco amigos de toda la vida que necesitan hacer un viaje y ganar
dinero. ¿La mejor manera? Hacer una porno… gay.
«La mezcla entre humor y escenas muy, muy hot es lo que más me
gusta.» Richard Gomez
Ir a Europa a ver la final de la Champions ayudaría a unir más al grupo y a
escapar de la rutina de familia, pero ¿cómo financiarlo?
Cuando Brad propone lo de hacer una peli porno les parece una locura, y
cuando alguien bromea con que para no engañar a sus esposas con otras
mujeres lo ideal sería hacer una porno gay, todos sienten curiosidad
Buscar un argumento, organizar parejas y ver los grandes clásicos del cine
porno gay es el principio de una aventura muy explicita.
Y para más inri, entre dos de ellos hay cierta curiosidad desde la
adolescencia que es posible que haga saltar todo por los aires.
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CÓDIGO QR
ENTRE AMIGOS
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Adam tiene algo muy Claro: no es GAY, aunque aquel desliz de su
adolescencia pueda hacer pensar lo contrario.
Cuando, junto con su mujer y sus hijos, se muda a una nueva ciudad para
desempeñar el cargo de jefe de proyectos en un gran estudio de
arquitectura, pese a su juventud, todo indica que su futuro va a ser un jardín
de rosas.
Hasta que conoce a Ben, el rudo y guapo padre de uno de los compañeros
de colegio de su hijo, por el que siente de inmediato una atracción
desconocida y que parece ser recíproca.
Así que todo se vuelve desconcierto cuando empieza a perderse entre sus
sábanas, entre sus brazos, y a darse cuenta de que lo que Ben le hace sentir
en la cama, no lo ha experimentado antes.
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HETEROCURIOSO
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Cuando Jorel conoce a Dom, el masculino compañero de su mejor amiga,
piensa que es guapo y que está tremendo, pero también sabe que es
heterosexual hasta la médula y que está fuera de sus posibilidades.
Pero Dom parece tener cierta curiosidad hacia él. ¿Será que le fascina la
naturalidad con la que vive su sensualidad, o hay algo más?
Cuando los encuentros con Dom parecen no ser casuales y este da un paso
en una dirección inesperada, Jorel decide aprovecharlo. ¿Cuándo se
llevará otra vez a la boca a un macho así?
Con lo que no contaba era conque, a veces, pasarlo tan bien en la cama,
puede hacer que nos enganchemos de la persona menos indicada.
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