CATACUMBAS DE ROMA.
Mar Marcos
National Geographic Historia, nº 146
Los primeros cristianos fueron enterrados en los mismos lugares que los paganos,
ya fuese en tumbas individuales o en sepulcros familiares. Así, san Pedro (martirizado
posiblemente bajo Nerón en el año 64) quedó enterrado en la necrópolis pagana del
Vaticano; y san Pablo recibió sepultura en el área funeraria de la vía Ostiense. ( Hay que
recordar que en el mundo grecorromano se prohibía sepultar a los difuntos en las urbes,
por motivos sanitarios y rituales, por ello los sepulcros se situaban fuera de las murallas, a
lo largo de las vías que conducían a la ciudad).
Sólo desde finales del siglo II y a lo largo del siglo III se difundió entre los
cristianos la práctica de enterrarse en áreas funerarias colectivas usadas únicamente por
ellos, las catacumbas. El fin no era tanto separarse de los paganos como asegurar que
los más pobres tendrían una sepultura. Y es que en Roma el suelo era muy caro, incluso
en las áreas suburbanas, así que enterrase de manera colectiva, aprovechando al máximo
el espacio para excavar el mayor número posible de tumbas en el subsuelo, permitía
garantizar una sepultura a quien de otra manera no podía pagársela. Además, a partir del
siglo II se impuso el rito de la inhumación frente al tradicional de la cremación, lo que
requería más espacio para uso funerario.
De este modo, el crecimiento de la comunidad cristiana a partir del siglo III, el
desarrollo de una estructura eclesiástica organizada y la solidaridad entre creyentes
contribuyeron al nacimiento y desarrollo de las catacumbas. Y en Roma el subsuelo de
toba favoreció la construcción de catacumbas, porque es una piedra fácil de excavar y lo
bastante resistente como para soportar los entramados de pisos subterráneos.
Los cementerios se financiaban mediante una caja común, a la que se contribuía
voluntariamente, o gracias a donaciones de benefactores privados. Aunque no se conoce
bien cómo se administraban las catacumbas, es seguro que eran de propiedad
eclesiástica, encargándose desde muy pronto el obispo de Roma de su supervisión.
La construcción de las catacumbas con
su red de galerías encadenadas, capaces de
albergar cientos e incluso miles de tumbas,
se planificaba cuidadosamente, dejando
abierta la posibilidad de futuras ampliaciones.
En la construcción y mantenimiento de las
catacumbas trabajaba personal
especializado: los “fossores” o enterradores,
que constituían un orden eclesiástico en la
Iglesia romana y se representan en las
catacumbas trabajando con un pico y una
lámpara, o junto a un cadáver a punto de ser
colocado en la sepultura. Ellos abrían
galerías, loculi o cubículos, decoraban las
tumbas con frescos y daban sepultura a los
difuntos. Sus herramientas eran el dolabra
fossoria (pico con un extremo cortante y
otro en punta), el mazo y el cincel.
Las catacumbas alojan
sepulturas que evidencian la
desigualdad de los difuntos: Los
loculi son los simples nichos
excavados en las paredes unos
encima de otros hasta llegar al
techo, mayoritariamente
anónimos o en todo caso con una
escueta inscripción con el nombre
del difunto. Están sellados con
argamasa y sólo a veces exhiben
algún objeto del muerto (una
muñeca, algunas monedas o
fragmentos de vidrio). Junto a
ellos es frecuente encontrar
también espacios exclusivos,
llamados cubículos, que contienen tumbas abiertas dentro de un nicho protegido por un
arco (arcosolio) o hipogeos familiares, que albergan epitafios de excelente factura
grabados en lápidas o pintados, sarcófagos, pinturas al fresco y, a veces, mosaicos.
Por ejemplo, las
catacumbas de Priscila albergan
el exclusivo hipogeo de la familia
aristocrática de los Acilios,
además de la denominada
capilla Griega, donde se
encuentran sepulcros de una
misma familia con inscripciones
en griego y decorada con
algunas de las representaciones
cristianas más antiguas.
Adoración de los Magos. Esta escena
contiene la más antigua representación de la Virgen con
el Niño (derecha), hacia la que se dirigen los tres Magos
portando sus regalos, para adorar a Jesús.
Desde el emperador Constantino, las catacumbas se convirtieron en lugares de
recuerdo de la época de las persecuciones y de veneración, iniciando él mismo su
monumentalización y la construcción de basílicas dedicadas a los mártires.
Los obispos de Roma, por su parte, contribuyeron a la promoción de estos lugares
sagrados, que atraían a miles de peregrinos y daban prestigio a la sede romana, la cual
reclamaba la primacía de su obispo sobre los de las otras iglesias. El obispo Dámaso (366-
384) llevó a cabo una intensa política de promoción de los sepulcros de los mártires,
adecentando las catacumbas abandonadas, puliendo las inscripciones que identificaban a
obispos y mártires y componiendo poemas en su honor, que hizo grabar y aún se
conservan hoy en día. También señalizó las rutas de visita para orientar a los visitantes de
peregrinación, iluminándolas con juegos de luces y sombras. En suma, todo un programa
publicitario que hizo de Roma el centro indiscutible de la Cristiandad occidental.
A partir del siglo VI las catacumbas se abandonan cuando las reliquias de los santos
que custodiaban se trasladan a iglesias dentro de las murallas de Roma, de tal manera
que en el siglo XVI únicamente se conocían cinco: san Pancracio, santa Inés, san
Sebastián, san Lorenzo y san Valentín. Ello se debía a que todas ellas disponían de una
basílica consagrada al mártir del que tomaban su nombre, cuyo culto nunca se
interrumpió. La mayoría de las sesenta catacumbas que hoy conocemos fueron
descubiertas durante los siglos XVI y XVII, cuando se despertó el interés por el estudio
científico, avivado por el espíritu de la Contrarreforma: la Iglesia, beligerante contra el
protestantismo, buscaba en los primeros cristianos el testimonio de fe sincera y piedad;
desde entonces, el interés por la Roma subterránea no ha dejado de crecer.
En 1854, el arqueólogo Giovanni Battista de Rossi descubrió las catacumbas de san
Calixto. Allí, la llamada cripa de los Papas albergaba las sepulturas de los nueve
pontífices que se habían sucedido entre los años 230 y 283. El sensacional hallazgo
llevó al Papa Pío IX a visitar enseguida las catacumbas.