CARRERA: PROFESORADO DE EDUCACIÓN SECUNDARIA EN HISTORIA.
AÑO DE CURSADO: 2°
CÁTEDRA: HISTORIA DE EUROPA II.
DOCENTES: TONON, MARÍA CECILIA.
ALUMNA: BLUA, GIMENA.
AÑO: 2024.
Actividad áulica sobre el capítulo 3 de J. Baschet: La Iglesia, institución dominante del
feudalismo.
Sección I (p. 176 a 194)
1. Extraiga las definiciones del término “Iglesia”.
2. La Iglesia como garante de la unidad de la sociedad feudal, se fundamenta en dos
aspectos:
2.1. Los fundamentos del poder eclesial: ¿cuáles eran?
2.2- La unidad y la diversidad de la institución eclesial ¿en qué consistía cada uno
de éstos?
3. ¿Cómo se puede caracterizar la acumulación material y poder espiritual de la
Iglesia?
4. ¿Cuál es el papel de los clérigos?
Concepto de Iglesia:
El concepto de iglesia durante la Edad Media posee diferentes definiciones con respecto a
la época donde se circunscribe.
En un primer momento, en Bizancio y Occidente, a la iglesia se le atribuye un origen griego
(eklesia: asamblea) que designa a la comunidad de los creyentes. Posteriormente
designa también el edificio donde se reúnen los fieles y dónde se desenvuelve el culto.
En el siglo XII se establece la iglesia tanto como un lugar material como la agrupación de
los fieles y paralelamente asume una nueva significación que designa la parte
institucional de la comunidad, es decir, el clero. En conclusión, estas primeras tres
acepciones de la palabra iglesia constituyen una herramienta ideológica extraordinaria
cuando se identifica la iglesia material (edificio) y la iglesia espiritual (comunidad terrenal
y Jerusalén).
A partir de los siglos XI y XII el término iglesia se identifica cada vez más con sus
miembros eclesiásticos, mientras que para designar al conjunto de los fieles se recurre a
la noción de cristiandad. Por lo que en conclusión, al estar estos dos conceptos ligados
estrechamente, la iglesia no puede pensarse como un sector alejado de la sociedad, sino
que al ordenarla y dirigirla en el sentido comunitario, ella es la sociedad misma.
Iglesia como garante de la unidad de la sociedad feudal:
Las cuestiones relacionadas con la organización de la iglesia es decir, las relaciones entre
los clérigos y los laicos por una parte, y entre los hombres y el mundo celeste por el otro,
son centrales y se encuentran inseparablemente imbricadas, encastradas dentro del
conjunto de las realidades sociales. Como lo establece Alain Guerreau “(…) tenemos que
considerar a la iglesia como garante de la unidad de la sociedad feudal, como su columna
vertebral y como el fermento de su dinamismo” (p. 178).
Fundamentos del poder eclesial:
Rivalidad entre el clero y la aristocracia por el control de las tierras y los derechos
que estructuran la organización de los señoríos tanto de los laicos como de los
eclesiásticos.
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Dualidades institucionales entre los grandes dignatarios como abades, obispos,
papas, arzobispos con poderes casi que de un rey pertenecientes al Alto Clero y los
simples monjes o sacerdotes cuyo prestigio y poder quedan circunscriptos al marco
local, pertenecientes al Bajo Clero.
Diferencia entre clérigos regulares y clérigos seculares: los primeros eligen la
huida del mundo y el aislamiento penitencial rindiéndose al servicio de Dios
mediante la plegaria, más específicamente abierta a mujeres. Y en cuanto los
segundos, en contacto con los laicos, tienen como misión el cuidado de las almas a
través de la administración de los sacramentos y la enseñanza de la palabra divina,
estrictamente reservada a hombres.
Existencia de dos tipos de cristianos: clérigos y laicos. El estilo de vida de los
primeros se caracteriza por la renuncia al matrimonio, al cultivo de la tierra y a toda
posesión privada, estableciendo un grupo privilegiado.
Pertenencia al clero de ordenes menores o tonsura son suficientes para conferir
el estatuto de clérigo, pero únicamente el acceso en las ordenes mayores
(subdiáconos, diácono, sacerdote) o el hábito monástico otorgan un verdadero poder
simbólico e imponen un modo de vida fuera de lo común marcado por la abstinencia
sexual.
Acumulación material y poder espiritual de la iglesia:
A partir del siglo IV el poder de la iglesia reposa en primer lugar en su extraordinaria
capacidad para acumular tierras y bienes a través de donaciones de los cristianos con
el fin de asegurar la salvación de sus almas al momento de su lecho de muerte. Además de
los cristianos, príncipes y señores también realizan donaciones piadosas y abundantes a los
monasterios. Al acumular muchas tierras (aproximadamente entre un cuarto y un tercio), las
autoridades monásticas o episcopales terminan siendo poderosos señores feudales.
Además de las tierras es necesario incluir entre los bienes de la iglesia los edificios de los
monasterios, catedrales, dependencias y palacios episcopales los cuales la mayoría poseen
objetos preciosos y de gran valor como tapicerías, vestidos litúrgicos, retablos y estatuas,
libros y cruces, altares, relicarios, joyas, todo de oro y plata considerados como “tesoros”.
Para finalizar, Carlomagno establece el diezmo obligatorio a través de la entrega
voluntaria, sin nada a cambio, de la décima parte de la cosecha o bienes productivos que
se destina al mantenimiento de los clérigos que tienen almas en sus manos dado que no
pueden cultivar la tierra ni producir nada con las manos, y de los pobres, aunque muchas
veces fueran desviados.
Papel de los clérigos:
La función de los clérigos se establece bajo un poder espiritual que consiste, además de las
plegarias por los muertos o llamada por ellos la “salvación del alma”, en transmitir la
enseñanza y la palabra de Dios y otorgar los sacramentos sin los cuales la sociedad
cristiana no se podría reproducir.
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Con respecto a los sacramentos, entendidos como los ritos para garantizar la cohesión en
la vida social, los dos más importantes son el bautismo y el matrimonio. El primero abre la
promesa de la salvación y da acceso a la comunidad cristiana y por consiguiente, a la vida
en sociedad. Y la segunda, está estrechamente relacionada con la confesión, la
confirmación, la extremaunción y la ordenación. Estos sacramentos marcan sus etapas
principales (nacimiento, matrimonio y muerte).
Sección II (p. 185 a 208)
1. Respecto de la circulación generalizada de los bienes y las gracias: ¿qué polos
intervienen en el intercambio de bienes y qué rol cumple la Iglesia en esto?
2. ¿Cómo se logró el monopolio de lo escrito y la transmisión de la palabra divina?
3. Con respecto a la refundación y sacralización creciente de la Iglesia (siglos XI y XII):
¿por qué la Iglesia se transforma en una institución que puede llamar al orden frente
a la diseminación de poder de los señores?
4. ¿Qué características trae aparejado el tiempo de los monjes y la debilidad de las
estructuras seculares?
5. ¿Qué procesos suponen la refundación secular y la sacralización del clero?
Explíquenlos.
6. ¿Qué particularidades supuso el poder absoluto del papa?
Circulación generalizada de los bienes y las gracias:
Desde principio del siglo XX es frecuente considerar que los fieles dan a la iglesia bienes
materiales a cambio de beneficios ya recibidos o esperados (protección, curación, salud)
haciendo referencia al don y contra don, en los cuales al menos cuatro polos intervienen
al momento del intercambio de bienes.
Aparte de los clérigos y los donadores, mencionados y explicados anteriormente, se
incorporan los pobres, encarnaciones del prójimo y dobles de Dios a quienes se les destina
una parte de las donaciones que la iglesia. Y también a los Dioses y santos únicos
dispensadores reales de la gracia espiritual y los verdaderos destinatarios de las
donaciones. Estas donaciones se realizan sin esperar nada a cambio, de manera gratuita
por “amor a Dios” (p. 189).
La iglesia, dentro de este sistema de donaciones o de intercambio de bienes, se encuentra
en el centro cumpliendo el rol de operadora decisiva de la trasmutación de lo material
en espiritual y de intermediaria obligada en los intercambios entre los hombres y
Dios. Mediante las misas celebradas por los clérigos, los bienes materiales ofrecidos por los
donadores se transforman en beneficios para las almas.
Monopolio de lo escrito y de transmisión de la palabra divina:
El monopolio de lo escrito y la transmisión de la palabra divina son ejercidas por los
clérigos. Durante la Edad Media el manejo de lo escrito era una actividad exclusiva de los
clérigos, dado que eran los únicos que podían acceder a la biblia, ya que entendían el
lenguaje (latín) y por lo tanto, los únicos en brindar o transmitir la palabra.
En los siglos XI y XII, las utilizaciones de lo escrito se transforman y diversifican
aumentando considerablemente la producción de manuscritos. Pero a pesar de la fuerza de
la escritura, la lengua oral y los ademanes rituales logran abrirse paso y dominar la vida
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social. Aunque se consiguen por escrito, las obras literarias se siguen haciendo para
narrarse, cantarse, repetirse en rituales, aldeas, etc. Era considerada una manera sencilla
dado que algunas personas “(…) han aprendido a leer aunque no puedan escribir” (p. 192).
Los laicos al no poder acceder, al tener prohibida la biblia, los clérigos la tradujeron en
lengua vernácula estableciéndose en un primer momento, una relación entre lo oral y lo
escrito. Esto toma mayor fuerza a través de los juramentos de fidelidad vasallática que se
presta sobre la biblia o el evangelio, basando su fuerza en la sacralidad del Libro y la
gravedad de las palabras pronunciadas. De esta manera, lo escrito solo tiene sentido si está
asociado con prácticas sociales en las que la palabra desempeña un papel determinante.
Refundación y sacralización creciente de la iglesia (siglos XI – XII) .
En el siglo X la diseminación del poder de mando hace de la iglesia la única institución
susceptible de llamar al orden y a la “paz de Dios”. Al mismo tiempo, el proceso de
encelulamiento y la instalación de los señoríos la obligan a reaccionar con fuerza, para
evitar verse presa en la red señorial y a fin de ser, por el contrario, su principal ordenadora.
La iglesia se transformó en una institución capaz de llamar al orden frente a la
diseminación de poder de los señores porque ofrecía una alternativa de autoridad
coherente y centralizada en un momento en que la autoridad secular estaba fragmentada y
debilitada. Además, la ideología del poder papal y los esfuerzos de reforma interna
fortalecieron la posición de la Iglesia como árbitro moral y político en la sociedad medieval
europea.
Tiempo de los monjes y debilidad de las estructuras seculares:
En los siglos X y XI la iglesia se encontraba en una posición difícil dado que la autoridad del
papa era considerada débil y los obispos estaban expuestos a las presiones de los
aristócratas locales. Los señores laicos se apropiaron del control de las iglesias
encargándose de los diezmos y ganancias. Por lo tanto, la iglesia estaba en peligro de
verse absorbida por las nuevas estructuras que eran el resultado de la formación de los
señoríos, en una situación de dependencia en relación con los laicos. Por lo que los clérigos
lanzan un movimiento llamado “paz de Dios” con el objetivo del mantenimiento del orden
señorial que la iglesia pretendía dominar.
Aunque el conjunto de la jerarquía secular está debilitado, durante este periodo se marca un
considerable desarrollo monástico del cual el éxito y la expansión de Cluny son el mejor
testimonio. Este imperio, fundado en el año 910, tenía como objetivo realizar una reforma de
las prácticas monásticas, estableciendo el poder absoluto de los monasterios,
despojando a la figura del obispo de toda jurisdicción y del poder que estos tenían sobre los
monjes, en el cual estos últimos podrían ejercer tareas pastorales. Los monasterios pasan
a ser el centro de la vida y de las prácticas litúrgicas, además de convertirse
institucionalmente en jefe de todos los establecimientos dependientes de él. Por lo tanto se
convierte en una red de establecimientos sometidas a la autoridad del abad de Cluny,
estableciendo un monaquismo exigente luchando contra los enemigos de la iglesia.
Refundación secular y sacralización del clero:
Se establece la Reforma Gregoriana, que instaura la lucha entre el papa y el emperador y la
reforma moral del clero procurando la restauración global de la sociedad cristiana bajo la
firme conducción de la institución eclesial. Sus ejes principales eran la refundación de la
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jerarquía secular bajo la autoridad centralizadora del papado y el fortalecimiento de la
separación entre laicos y clérigos, tratando de consolidar y reafirmar la posición dominante
de la iglesia. En pocas palabras, buscaba colocar a la iglesia como seno del mundo
feudal retornando a la iglesia primitiva, al papa como forma de poder luchando por la
defensa del orden sacerdotal, y la sacralización del clero prohibiendo la entrada de los
laicos, debilitando su dominio, influencia, intervenciones en los asuntos relacionados a la
iglesia.
Poder absoluto del papa:
La autoridad pontificia afirma y garantiza su autonomía gracias al decreto de 1059 donde se
le atribuye el poder absoluto al papa librándola de las intervenciones de los emperadores
y de la aristocracia. Con respecto a los poderes que se les confiere a los papas, estos
gobiernan la cristiandad como si fuera “una sola y única diócesis” dado que el papa tiene la
jurisdicción para intervenir en los litigios eclesiásticos, establece los conjuntos de normas
aplicables en el seno de la iglesia, se encargan de las numerosos decisiones, a la
prohibición de los cultos sin su autorización, etc. Además el papa es considerado el “vicario
de Pedro”, su representante en la tierra, y “vicario de Cristo” imagen terrenal del salvador y
jefe de la iglesia.
En pocas palabras el papa “dirige, dispone y juzga todas las cosas”; puede “suprimir todo
derecho y gobernar con derecho sobre todo derecho”, se encuentra encima de todo y en la
tierra goza de la plenitud del poder” (p. 207). El papa es considerado el verdadero
emperador, la guía de la cristiandad.
Sección III (p. 208 a 236)
1. ¿Qué cambios se introdujeron en la Iglesia a partir del siglo XIII?
2. ¿Cuáles fueron y qué características tuvieron las nuevas órdenes religiosas: los
mendicantes?
3. ¿Qué relaciones se pueden establecer entre la Iglesia, la ciudad y la universidad?
4. ¿Cuáles son las particularidades que caracterizan a la nueva tríada: predicación,
confesión, comunión?
5. ¿Se puede pensar entre ritualidad y devoción como un cambio de equilibrio? ¿Por
qué?
6. ¿Cuáles son los límites y contestaciones de la dominación de la Iglesia?
El siglo XIII: Un cristianismo con nuevos acentos:
Entre los siglos XI y XIII el occidente se transforma considerablemente y su edificio
principal, la iglesia, también cambia de forma. Se pasa de un monasterio benedictino a una
catedral gótica que constituía el corazón de las ciudades medievales, en la cual estas dos
mantienen una relación estrecha. Con respecto a las características de estas imponentes
catedrales y diferenciándolas con la iglesia romana, destacaba una técnica constructiva
dominante compuesta por un arco ojival, una bóveda de crucería, arbotantes, grandes
vitrales, siendo el eje principal de esa técnica, la iluminación. Se buscaba que este espacio
sea unificado en su interior y cada más más homogéneo. Estrechamente relacionado con lo
anteriormente dicho, en el siglo XIII se establece el pase del arte románico al gótico como
manera de concebir la función social e ideológica de la arquitectura.
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Además se pasa de un universo rural que estaba poco habitado, a un mundo más
densamente poblado en el cual la ciudad despeña un papel notable. Para finalizar, otro
cambio que se genera en esta época es el pase de la dominación de los monjes a la
reafirmación del clero secular.
Las nuevas órdenes religiosas: los mendicantes.
Entre los siglos XI y XIII se produce un cambio en la iglesia como institución, dando paso a
la creación de las órdenes mendicantes, que logran unirse por objetivos y prácticas muy
similares, y al mismo tiempo opuesto por una intensa rivalidad. Se trata de los franciscanos
y los dominicos.
Franciscanos:
Su representante fue San Francisco de Asís (1181-1226).
Laico que renuncia a la herencia paterna y decide emprender una misión para
predicar la palabra.
Comienza a transmitir su devoción a través de la palabra y el ejemplo.
También predica la conjunción de la penitencia y el júbilo que “no conduzca a la
huida del mundo, sino al amor de éste” (p. 221).
A pesar de toda dificultad, logra colocarse a la cabeza de una pequeña comunidad y
con la aprobación del papa, logra el derecho a predicar.
Una característica distintiva es que decide desvestirse y colocarse un basto saval
crudo con una simple cuerda atada en su cintura.
Vivía como ermitaño en el monte de la Verna en completa pobreza.
Dominicos:
Su representante fue Domingo de Guzmán (1170-1221).
Opta por una carrera eclesiástica tradicional y deviene canónigo de una
catedral.
Descubre su impacto del catarismo y decide consagrarse a la lucha contra la
herejía.
Se le unen algunos discípulos para llevar una vida evangélica y luego funda un
primer convento en Tolosa.
Logra la aprobación del papa y ve en la predicación, basada en el estudio y la
penitencia, un arma indispensable contra los enemigos de la iglesia.
Orienta sus actividades hacia el estudio y el esfuerzo intelectual, que son
indispensables para argumentar al servicio de la iglesia.
Su vestimenta consistía en un traje blanco cubierto por un manto negro.
La iglesia, la ciudad y la universidad:
La relación entre la Iglesia, la ciudad y la universidad en la Edad Media era interdependiente
y compleja. La Iglesia desempeñaba un papel central en la vida urbana y educativa,
mientras que las ciudades proporcionaban un entorno vital para el desarrollo y la
prosperidad de las escuelas y universidades medievales.
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Con respecto a la iglesia y la ciudad la primera desempeñó un papel central en la vida de
las ciudades medievales, en el cual las catedrales y las iglesias parroquiales eran los puntos
focales de la vida espiritual y social de las comunidades urbanas. Además las órdenes
religiosas, como los franciscanos y los dominicos, establecieron monasterios y conventos en
las ciudades, brindando servicios religiosos, educativos y de caridad a la población.
En cuanto a la Iglesia y la universidad, estas últimas como la de Bolonia, París y Oxford,
tuvieron sus raíces en las escuelas catedralicias y monásticas establecidas por la Iglesia.
Muchas universidades fueron fundadas por líderes eclesiásticos o recibieron su aprobación.
Además, la Iglesia desempeñó un papel crucial en la financiación y promoción de la
educación superior. Las universidades medievales estaban estrechamente vinculadas a la
Iglesia en términos de currículo y valores. También la teología, además de derecho y
medicina, era una de las disciplinas principales en las universidades medievales, y la
formación de clérigos y líderes religiosos era una de las principales funciones de estas
instituciones.
Predicación, confesión, comunión: una tríada nueva.
La predicación era una incitación a la confesión, y esta triada predicación-confesión-
comunión formaba, desde el siglo XIII, un conjunto fuertemente articulado en el corazón de
las nuevas prácticas de la cristiandad.
Con respecto a las particularidades que representa esta nueva triada, en un primer
momento se puede establecer que para los laicos comunes, la participación sacramental se
veía atravesada por la obligación de recibir la comunión por lo menos una vez al año. Sin
embargo, no podía suceder la comunión sin haber purificado los pecados antes, por lo que
se establece la obligación anual del deber de la confesión. En un primer momento, se
realizaba a través de un ritual público que permitía purificar los pecados cometidos tras el
bautismo. Pero con los años y con la intervención de la teología, la confesión pasó a ser un
reconocimiento frente al sacerdote de los pecados cometidos mediantes los actos, las
intenciones o los pensamientos. Esto era considerado una penitencia dado que se lo
obligaba al devoto a desnudar su corazón culpable y a sufrir la humillación que eso le
provocaba. Quienes no hayan confesado antes de morir, experimentará las llamas del
purgatorio.
El crecimiento de la confesión estaba acompañado de la predicación. Esta permaneció por
mucho tiempo integrada a la misa y se concibió como un ejercicio sabio que los clérigos y
los frailes mendicantes hacían de la predicación un instrumento central para la instrucción
de los laicos. Por lo tanto los sermones se pronunciaban en plazas públicas, los domingos,
los días festivos, durante navidad, cuaresma, pascuas y Pentecostés. Esta nueva palabra
se aleja de los cultos modelos anteriores y pretendían transmitir el mensaje divino sin dejar
de “hablar de cosas concretas y palpables que los fieles conocen por experiencia” (p. 234).
Ritualismo y devoción: ¿un cambio de equilibrio?
No se trataba más que de un cambio de acento dado que el ritualismo no desapareció en
absoluto, sino que los sacramentos seguían siendo la base de la organización social.
Límites y contestaciones de la dominación de la iglesia:
La institución eclesial enfrentaba, en su obra de dominación, sordas hostilidades y francas
rebeliones, por lo que era posible observar que todo orden necesitaba impugnaciones y
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desordenes para imponer mejor la legitimidad. Por lo que no fue sorprendente que el
proceso de refundación de la institución eclesial y la acentuación de la cohesión de la
sociedad cristiana, se vea acompañado de un resurgimiento de las disidencia, sobre todo
las heréticas y de una intensificación de las formas de exclusión. El límite se trataba de
“ordenar y excluir” siendo las dos caras indisociables de la misma dinámica.
Sección IV (p. 236 a 261)
1. ¿Qué avances heréticos se pueden identificar en este período y cuál fue la reacción
de la Iglesia?
2. ¿Qué características reflejan a las “supersticiones” y a la cultura folclórica?
3. ¿Cuáles son las manifestaciones culturales que se pueden ubicar en los márgenes y
entre la subversión integrada de los valores cristianos occidentales?
4. ¿A quiénes señaló la Iglesia como “el enemigo necesario” y cuál fue su actitud ante
estos?
Los avances heréticos y la reacción de la iglesia:
En Occidente la resurgencia de la herejía surgió poco después del año mil en el cual se
establecieron los primeros síntomas de la impugnación de la institución eclesial que
siguió un tiempo de latencia en materia de herejía. Las disidencias calificadas como
heréticas podían entenderse como formas de resistencia laica, frente a la acentuación
del poder sacerdotal y la posición cada vez más dominante de la institución eclesial, dado
que la mayoría de personas que decidieron predicar la herejía, eran antiguos creyentes que
realizaron alguna acción para desprenderse de la cristiandad.
Con respecto a sus características, en la herejía se establecen cinco tesis heréticas: el
rechazo del bautismo de los niños, el rechazo de los lugares de cultos consagrados, el
desprecio por la cruz, la imposibilidad de reiterar el sacrificio eucarístico y la inutilidad de la
liturgia funeraria y de plegarias por los muertos.
La reacción de la iglesia y de los clérigos obviamente fue negativa. Establecieron
elementos de represión, elaboración de instrumentos jurídicos indispensables para una
política represiva vigorosa. Se asimiló a la herejía como un “crimen de lesa majestad
(divina) el cual implica el más extremado rigor en su persecución y castigo” (p. 240).
Además se ejercía la excomulgación tanto para ellos como para quienes lo protegieran o
tengan trato.
También se establece la llama Inquisición que estaba formada por un tribunal asumido por
el obispo y los frailes mendicantes, en el cuál se realizaban investigaciones por rumores
o suposición de herejía, llegando a la confesión a través de la tortura para obtenerla, y
una retractación que permitiera que el acusado sea reintegrado a la comunidad eclesial tras
el cumplimiento de una penitencia.
Las “supersticiones” y la cultura folclórica:
Los clérigos no solamente tuvieron que afrontar la abierta impugnación de los herejes, sino
que se dieron a conocer diversos grupos, como los paganos, que establecían creencias,
mitos, rituales relacionados a la fertilidad, la abundancia que difería de las creencias
establecidas por el evangelio.
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Dentro de ello se establecen dos conceptos que intentan explicar este fenómeno. El primero
de ellos es la cultura folclórica que se instauraba como un polo dominado en el campo de
las representaciones sociales, en cuyo seno la cultura clerical ocupaba una posición tan
hegemónica como para pretender ocuparlo o dominarlo eternamente. Además se trataba de
una expresión que englobaba prácticas diversas que concernían al mundo campesino, a la
aristocracia, a los ámbitos urbanos y al bajo clero.
Por otro lado surgen las supersticiones que se caracterizaba como la explicación de los
fenómenos que era conveniente expurgar y condenar dado que poseía una carga
despreciativa. Estas eran consideradas “cosas del diablo” provenientes del paganismo,
generando la destrucción de los templos y lugares de cultos paganos. El perfeccionamiento
de nuevos instrumentos como la confesión y la inquisición renovaron la cacería contra las
“supersticiones”.
Los márgenes y la subversión integrada de los valores:
La primera manifestación cultural que se puede ubicar en los márgenes y entre la
subversión integrada de los valores cristianos occidentales es el carnaval. Se trataba de
una cultura de fiesta, de placer, de risa que confería un papel central al cuerpo y en
particular a lo “bajo corporal” que invertía los valores clericales al proyectar lo espiritual en el
plano corporal y a la insistencia en la fuerza de la fecundidad y fertilidad de la tierra. Se
comenzaba a realizar una unión en la misma página de lo sagrado y lo profano, lo puro y lo
impuro, lo suave y lo grotesco, lo espiritual y lo carnal, que era gustado por la Edad Media,
pero que con el tiempo desaparece toda posibilidad de integrar al sistema eclesial una
dimensión paródica o una subversión controlada.
Enemigo necesario: judíos y brujos.
La iglesia señalo como enemigos necesarios a través de una hostilidad creciente, a dos
grupos de personas: los judíos y los brujos.
Comenzando a caracterizar a los judíos, estos eran “odiados y amados” por los cristianos.
En un primer momento formaron una minoría dominada aunque aceptada dentro del mundo
medieval, ocupando funciones en las cortes reales de médicos o administradores fiscales.
Además gozaban de protección real, imperial y pontifical. Sin embargo, la situación se
revierte luego de las cruzadas donde los judíos poseían cada vez menos lugar en la
cristiandad ya que se establecía que la cohabitación de ellos contaminaba a los cristianos
por lo que a los reyes les convenía retirarles su protección. Por lo que por un lado se le
confería la expulsión a través de la excusa o motivo del asesinato de niños cristianos y la
profanación de ostias, y por el otro los obligaban a utilizar vestimentas distintivas, participar
en discusiones públicas, sermones, etc. La expulsión definitiva de los judíos sucedió en
1492.
Con mayor violencia aún que contra los judíos, la cristiandad emprendió una lucha a muerte
contra la brujería. Para los clérigos los actos de magia como sortilegios, encantamientos,
amarres o hechizos eran bien conocidos, pero lo que se practicaba en la zona rural eran
curanderos, exorcistas o brujos ocupados en arrojar maleficios a sus víctimas. Todo lo que
se encontraba fuera de sus creencias era considerado magia oscura. Además establecen
como brujería las prácticas folclóricas, los ritos chamánicos transformando a todos los
herejes en sectas adoradoras del diablo.
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Para acabar con estos herejes, la iglesia comienza a utilizar elementos represivos como la
inquisición, el proceso inquisitorio y la tortura para exterminar a estos grupos. Comienzan a
culparlos de realizar pactos con el diablo, de venerarlo o adorarlo, de formar sectas
conspirativas con el objetivo de destruir la cristiandad, del sacrificio ritual de niños, de
canibalismo, entre otras cosas.
Para finalizar, podría establecerse que la actitud de la iglesia se hacía más excluyente y
represiva, en relación con los herejes, las “supersticiones”, con las formas integradas de
expresión de los contravalores, con los judíos, con los brujos y con otros grupos marginados
y discriminados como los leprosos y los homosexuales. Formaron una “sociedad de la
persecución”.
Bibliografía
Baschet, J. (2009). La civilización feudal: cap III. Fondo de Cultura Económica.
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