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Exceso de Libros y Lectores en Crisis

El documento habla sobre el exceso de libros publicados y la dificultad de que los lectores puedan leer toda la producción literaria. También menciona que la tradición de la lectura sigue vigente a pesar de los cambios tecnológicos y la sobreproducción de títulos.
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Exceso de Libros y Lectores en Crisis

El documento habla sobre el exceso de libros publicados y la dificultad de que los lectores puedan leer toda la producción literaria. También menciona que la tradición de la lectura sigue vigente a pesar de los cambios tecnológicos y la sobreproducción de títulos.
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Los demasiados Libros de Gabriel Zaid.

Referencia bibliográfica
Zaid.G.(2010).Los demasiados libros. Primera edición revisada. Editorial de Bolsillo.

MALTHUSIANA
Los libros se multiplican en proporción geométrica. Los lectores, en proporción aritmética. De
no frenarse la pasión de publicar, vamos hacia un mundo con más autores que lectores.
La editorial Lulu, que publica cien libros diarios pagados por sus autores, estima que en 2052
habrá en los Estados Unidos 148 millones de autores y 129 millones de lectores[1].
Seis siglos antes, cuando empezó la imprenta a mediados del siglo XV, se publicaban, digamos,
cien libros al año con tirajes de cientos de ejemplares. Predominaban los textos antiguos
(bíblicos, griegos, romanos o patrísticos) en latín o traducidos, y las explicaciones y comentarios
de los mismos, aunque algunos contemporáneos se atrevían a alternar con los clásicos. Quizá por
eso, desde entonces, verse en letras de molde parece una consagración: inmortalizarse como un
clásico.
A principios del siglo XXI, la grafomanía universal publica un millón de libros al año con tirajes
de miles de ejemplares. Muy pocos se reeditan, menos aún se traducen. Predominan los autores
que no publican para el público, sino para el currículo. En el otro extremo están los que escriben
para el mercado: para educarlo, informarlo o divertirlo ganando dinero. Quedan aparte los libros
que nos acompañan: los libros dignos de ser releídos (los clásicos) y los contemporáneos
inspirados en esa tradición.
Es una tradición vigorosa que se ha fortalecido con las innovaciones que parecen amenazarla.
Cuando apareció el mercado de libros en Atenas, Sócrates lo consideró lamentable porque los
libros son inferiores a la conversación. Dos milenios después, cuando aparecieron los libros
impresos, hubo lectores elegantes que no querían tenerlos en sus bibliotecas y contrataban
calígrafos para que les hicieran copias manuscritas[2].
Cuando aparecieron las cadenas de televisión se temió el fin del libro. Sucedió lo mismo cuando
aparecieron los cederromes (que ahora van de salida) y luego la internet. Paralelamente, la
concentración del mercado en los bestsellers, las cadenas libreras y los grupos editores hizo
temer el fin de la diversidad.
Pero que algunos títulos vendan mucho no significa que los otros desaparezcan, sino que se
mueven fuera de los reflectores. Y las nuevas tecnologías digitales (la internet, la impresión
sobre pedido de unos cuantos ejemplares) han multiplicado los millones de títulos disponibles.
La tradición lectora sigue viva, aunque no salga en televisión una noticia como: Ayer, un
estudiante leyó la Apología de Sócrates y se sintió más libre.
Hay en la experiencia de leer una felicidad y libertad que resultan adictivas. Esto explica el vigor
de la tradición. La lectura libera. Se extiende a leer el mundo, la vida, quiénes somos y en dónde
estamos. Anima las conversaciones de lector a lector. Se contagia por los lectores en acción:
padres, maestros, amigos, escritores, traductores, críticos, editores, tipógrafos, libreros,
bibliotecarios y otros animadores del gusto de leer.
La personalidad única de cada lector florece en la diversidad y se refleja en su biblioteca
personal: su genoma intelectual. Y la conversación continúa, entre los excesos de la grafomanía
y los excesos del comercialismo, entre el caos de la diversidad y la concentración del mercado.

LOS DEMASIADOS LIBROS


La gente que quisiera ser culta va con temor a las librerías, se marea ante la inmensidad de todo
lo que no ha leído, compra algo que le han dicho que es bueno, hace el intento de leerlo, sin
éxito, y cuando llega a una docena de libros sin leer se siente tan mal que no se atreve a comprar
otros.
En cambio, la gente verdaderamente culta es capaz de tener en su casa miles de libros que no ha
leído, sin perder el aplomo ni dejar de seguir comprando más.
«Toda biblioteca personal es un proyecto de lectura»[3]. La observación es tan exacta que, para
ser también irónica, requiere la complicidad del lector bajo una especie de imperativo moral que
todos más o menos acatamos: un libro no leído es un proyecto no cumplido. Tener a la vista
libros no leídos es como girar cheques sin fondos: un fraude a las visitas.
Ernest Dichter[4], habla de esta mala conciencia en los clubes de libros. Hay gente que se inscribe
como si entrara a un festival. Pero, a medida que los libros llegan y se acumula el tiempo
necesario para leerlos, cada nueva remesa y el montón se vuelven un reproche muy poco festivo:
una acusación de incumplimiento. Hasta que rompe con el club, decepcionada y resentida de que
le siga enviando libros, a pesar de pagarlos.
Por eso prosperan los libros que no son para leer. Libros que se pueden tener a la vista
impunemente, sin sentimientos de culpa: diccionarios, enciclopedias, atlas, guías, libros de arte y

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de cocina, obras completas. Libros que la gente discreta prefiere para hacer regalos porque son
caros, lo cual demuestra aprecio, y porque no amenazan con la cuenta pendiente de responder a
la pregunta: «¿Ya lo leíste? ¿Qué te pareció?» —lo cual demuestra lo mismo—. El antieslogan
más anticomercial del mundo pudiera ser: «Regale un libro. Es como regalar una obligación».
Los autores de libros no son tan discretos. Dejando aparte los casos extremos (los que llaman
para ver en qué página va uno, cuándo terminará y, sobre todo, cuándo publicará una reseña
digna del acontecimiento), se sienten obligados a repartir obligaciones cada vez que publican. Ya
se sabe que la elegancia torera en estos casos consiste en responder de inmediato con una tarjeta
que diga: «Acabo de recibir su libro. ¡Qué estupenda sorpresa! Lo felicito y me felicito de
antemano por la alegría que me dará leerlo»[5]. Si no, la deuda se triplica y crece a interés
compuesto, conforme pasa el tiempo, hasta que llega un momento en que el deber pendiente de
leer el libro, de escribir una carta, que ya no puede ser tan breve, y de formular un elogio que no
sea falso ni mezquino, se vuelve una pesadilla. No se sabe qué es peor, si esto o la tarjeta a vuelta
de correo.
Pero hay más: ¿Qué hacer físicamente con el libro? El autor puede presentarse un día y
encontrarlo sin abrir. Otra buena rutina es desflorar las primeras páginas en el momento de
recibirlo, y dejar un separador que muestre la intención. O hacerlo desaparecer, explicando, si es
necesario, que un amigo se entusiasmó tanto que se lo llevó prestado, antes de que pudiésemos
leerlo.
En este caso, es prudente arrancar la dedicatoria. Los libros dedicados tienen la extraña vocación
de acabar en las librerías de viejo, y hay esas historias horribles de libros de Darío o de Rilke
dedicados melosamente a Valéry y encontrados después con los buquinistas del Sena, sin abrir.
O aquella historia del libro de Valle-Arizpe que encontró, intonso, en una librería de viejo, y que
compró y envió de nuevo a su amigo: «Con el renovado afecto de Artemio de Valle-Arizpe».
Una pésima solución consiste en conservarlos diciendo: En realidad, no tengo tiempo de leerlos,
lo hago para dejarles una biblioteca a mis hijos. Excusa cada vez más débil, hoy que las ciencias
adelantan que es una barbaridad. Casi todos los libros se vuelven obsoletos desde el momento en
que se publican, si no antes. Y la mercadotecnia está logrando imponer la planned obsolescence
hasta de los autores clásicos (con nuevas y mejores ediciones críticas) para acabar con la ruinosa
trasmisión de gustos de una generación a la siguiente, que tanta fuerza restaba al mercado.

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La formación de bibliotecas obsoletas para los hijos se justifica como la preservación de ruinas:
por razones puramente arqueológicas. Y hay excusas mejores para acumular libros sin leerlos. Si
se forma una biblioteca sobre Tlaxcala o, mejor aún, de ediciones del Quijote, nadie tiene
derecho a exigir que el bibliófilo haya leído mil veces el Quijote, una por edición. Aunque no
falten visitas inocentes que se escandalicen de ver tantas veces el mismo título. ¿No es como
retratarse y exhibirse bajo mil ángulos con el único pez gordo que se ha pescado en la vida?
Bajo el Imperativo Categórico de Leer y Ser Culto, una biblioteca es una sala de trofeos. La
montaña mágica es como una pata de elefante que da prestigio, sirve de taburete y permite
conversar de peligrosas excursiones al África. ¿Y qué decir del león que le guiñó un ojo al
cazador antes de rodar a sus pies? Así, quien tiene las memorias de Churchill dedicadas y sin
abrir dice: ¡Pobre Winston! Por respeto, las guardo como las recibí. ¡Qué formidable león
británico! Le supliqué al taxidermista que conservara cuidadosamente el guiño…
Los cazadores tienen fama de exagerados. Por eso el lector que aspira a ser culto tiene como
principio ético no exhibir jamás piezas cazadas indebidamente. Menos aún piezas que, en
realidad, leyó un amigo, o el guía, en el safari cultural. De ahí también que un libro sólo pueda
ser visto como un cadáver disecado, no un animal de presa vivo. ¿Tigres en el tanque de la
gasolina? Pase. Pero ¿rugiendo por toda la casa, echados en el cuarto de baño o en la cama,
estirándose y bostezando en las ventanas, encaramados en los anaqueles? ¡Jamás! Por respeto a
las visitas.
El culto de ser culto viene de los libros sagrados. Karl Popper[6] supone que la cultura
democrática nace con la aparición del mercado del libro en Atenas, en el siglo V antes de Cristo.
El libro comercial acaba con el libro sagrado. Pero ¿acaba? El mercado es ambivalente. Tener en
casa y a la mano lo que antes sólo se veía en el templo es atractivo para la demanda, porque los
libros tienen todavía el prestigio del templo. La desacralización democrática prospera como
simonía: permite vender lo que no tiene precio. No acaba con los libros sagrados: los multiplica.
Sócrates criticó el fetichismo del libro[7]. Dos siglos después, dijo el Eclesiastés[8]: «Componer
muchos libros es nunca acabar, y estudiar demasiado daña la salud. Basta de palabras. Todo está
escrito». En el siglo I, escribe Séneca: «La multitud de libros disipa el espíritu» [9]. En China, en
el siglo IX, el poeta Po Chu Yi se burla de Lao-Tsé: «De sabios es callar, los que hablan nada
saben»[10]. En Argelia, en el siglo XIV, Ibn Jaldún: «Los demasiados libros sobre un tema hacen
más difícil estudiarlo»[11]. En Alemania, en el siglo XVI, Lutero: «La multitud de libros es una

4
calamidad»[12]. Don Quijote, al enterarse de que se había escrito el Quijote: «Hay algunos que así
componen y arrojan libros de sí como si fueran buñuelos»[13]. Montaigne: «Se busca más
interpretar interpretaciones que interpretar las cosas. Hay más libros sobre libros que sobre
cualquier otro tema. No hacemos más que glosarnos los unos a los otros»[14]. Samuel Johnson:
«Es extraño que se escriba tanto y se lea tan poco»[15]. «Para convencerse de la vanidad de las
esperanzas humanas no hay lugar más deprimente que una biblioteca pública: verla tapizada de
imponentes volúmenes, cuidadosamente meditados y documentados, que no pasaron del
catálogo»[16].
Alguna vez propuse un guante de castidad para los autores que no se puedan contener. Pero
también es útil un baño de agua fría: sumergirse en una gran biblioteca, para desanimarse, como
Johnson, ante la multitud de autores desconocidos.
El progreso ha logrado que todas las personas, no sólo los profetas elegidos, puedan darse el lujo
de hablar en el desierto. Y nada puede detener la multiplicación de libros. Por un momento
parecía que iba a ser la televisión. Marshall McLuhan escribió (¡escribió!) libros proféticos sobre
el fin de los tiempos librescos. Pero la explosión del libro lo dejó hablando en el desierto.
El despegue comercial de la televisión en los Estados Unidos fue de 1947 a 1960. Pasó de siete a
517 estaciones trasmisoras y de 16 mil a 45 millones de aparatos receptores; prácticamente de
cero al 88% de los hogares[17]. Todo estaba, pues, listo para acabar con el libro. Sin embargo, el
número de títulos anuales publicados en el mismo período (1947 a 1960) subió al doble: de 7 mil
a 15 mil. Como si fuera poco, de 1960 a 1968 volvió a doblar, y en un período menor, mientras
que el porcentaje de hogares con receptores, naturalmente, ya no podía subir más que a la
saturación: 98%[18].
Según la Wikipedia[19], los cinco países que más libros publican son el Reino Unido (206,000 en
2005), los Estados Unidos (172,000 en 2005), China (136,000 más 42,000 de Taiwán en 2007),
Alemania (96,000 en 2007) y España (86,000 en 2008). Estos números suman 738,000.
A mediados del siglo XV apareció la imprenta de caracteres móviles. No sustituyó de inmediato
a los copistas, ni la impresión con placas de madera, pero multiplicó los títulos disponibles.
Lucien Febvre y Henri-Jean Martin[20] estiman que los incunables (los libros impresos entre 1450
y 1500) fueron unos 10 mil o 15 mil títulos en unas 30 mil o 35 mil ediciones (dos o tres
ediciones por título) de unos 500 ejemplares por edición. O sea que se publicaron unos 250
títulos por año en promedio, lo cual pudo empezar en unos 100. Robert Escarpit[21] estima que se

5
publicaron unos 250 mil en 1952. Esto implica mil veces más que los incunables y un ritmo

anual de crecimiento (1.6% anual) cinco veces mayor que la población (0.3%) a lo largo de cinco
siglos.
Se decía que la televisión también iba a acabar con la explosión demográfica. Pero ambas
explosiones continuaron (sobre todo la del libro), como puede verse en las cifras para el año
2000[22]. En medio siglo (de 1950 a 2000), la población mundial creció al 1.8% anual y la
publicación mundial de libros al 2.8% anual.

A partir de estas cifras gruesas, pueden hacerse interpolaciones también gruesas. Se publicaron
unos 500 títulos en 1550, unos 2,300 en 1650, unos 11,000 en 1750 y unos 50,000 en 1850. La
bibliografía acumulada desde 1450 hasta 1550 fue de unos 35,000 títulos, hasta 1650 de 150,000,
hasta 1750 de 700,000, hasta 1850 de 3.3 millones, hasta 1950 de 16 millones, hasta el año 2000
de 52 millones. En el primer siglo de la imprenta (1450-1550) se publicaron unos 35 mil títulos;
en el último medio siglo (1950-2000) unos 36 millones: mil veces más.
La humanidad publica un libro cada medio minuto. Suponiendo un precio medio de 30 dólares y
un grueso medio de 2 centímetros, harían falta 30 millones de dólares y 20 kilómetros de
anaqueles para la ampliación anual de la biblioteca de Mallarmé, si hoy quisiera escribir:
¡Helás! La carne es triste y he leído todos los libros.
Los libros se publican a tal velocidad que nos vuelven cada día más incultos. Si alguien lee un
libro diario (cinco por semana), deja de leer 4,000 publicados el mismo día. Sus libros no leídos
aumentan 4,000 veces más que sus libros leídos. Su incultura, 4,000 veces más que su cultura.
«Hay mucho que saber, y es poco el vivir» —dijo Gracián[23]. El aforismo tiene ese dejo
melancólico, más allá de su verdad cuantitativa, porque remueve los sentimientos de culpa que
nos da nuestra finitud frente a las tareas infinitas que exige el imperativo de haber leído todo. Sí,

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hay algo profundamente melancólico en ir a una biblioteca o librería llena de libros que no
leeremos jamás. Algo que trae a la memoria aquellos versos de Borges:
Hay un espejo que me ha visto por última vez.
Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
hay algunos que ya nunca abriré.
¿Y para qué leer? ¿Y para qué escribir? Después de leer cien, mil, diez mil libros en la vida, ¿qué
se ha leído? Nada. Decir: Yo sólo sé que no he leído nada, después de leer miles de libros, no es
un acto de fingida modestia: es rigurosamente exacto, hasta la primera decimal de cero por
ciento. Pero ¿no es quizás eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían
enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente
ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes.
Quizá la experiencia de la finitud es el único acceso que tenemos a la totalidad que nos llama, y
nos pierde, con desmedidas ambiciones totalitarias. Quizá toda experiencia de infinitud es
ilusoria, si no es, precisamente, experiencia de finitud. Quizá, por eso, la medida de la lectura no
debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan.
¿Qué importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se
anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los
otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales.

Notas

[1]
Véase Authorgeddon en Google. <<
[2]
James J. O’Donnell, Avatars of the word <<
[3]
Dice un aforismo de José Gaos (Confesiones profesionales). <<
[4]
En su Handbook of consumer motivations <<
[5]
Alfonso Reyes las usaba impresas, con espacios en blanco para la fecha, nombre y título. <<
[6]
En busca de un mundo mejor <<
[7]
Fedro <<
[8]
XII 12 <<
[9]
Segunda de las Cartas a Lucilio <<

7
[10]
—Dicen que dijo Lao-Tsé, en un librito de ochocientas páginas—. <<
[11]
Almuqaddimah, VI, 27 <<
[12]
Charlas de sobremesa, 4691 <<
[13]
(II, 3). <<
[14]
Ensayos III, 13 <<
[15]
Boswell, Life of Johnson, May 1, 1783 <<
[16]
Rambler 106, March 23, 1751 <<
[17]
Warde B. Orden, The television business <<
[18]
Statistical Abstract of the United States <<
[19]
Books published per country per year. <<
[20]
La aparición del libro <<
[21]
La revolución del libro <<
[22]
Estimadas a partir del Anuario Estadístico de la Unesco 1999 (que ese año fue
descontinuado). <<
[23]
Oráculo manual y arte de prudencia <<

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