Copyright © 2021 A. R.
Cid Todos los derechos reservados
Los personajes y eventos descritos en este libro son ficticios. Cualquier
similitud con personas reales, vivas o muertas, es una coincidencia y no ha
sido intencionada.
Ningún fragmento de este libro puede ser reproducido, almacenado en
un sistema de recuperación o transmitido de cualquier forma o por cualquier
medio, electrónico, mecánico, fotocopiado, grabación o de otro modo, sin el
permiso expreso por escrito de la autora.
Si quieres leer mis libros están a buen precio y escribirlos ha llevado
trabajo, valóralo… NO a la piratería.
Diseño de portada por: A. R. Cid
Editor: A. R. Cid
Este libro va dedicado a todas mis wabi-sabis.
Ella son personas fuertes, inteligentes y con buen corazón.
Os atesoraré siempre.
Dejo el nombre de algunas, faltan muchas más:
Las Primas ( Ale y Vane), Manoli Romero Martinez, Lua Gcl(7Days
7Books), Maria Teresa De Jesus Piñon Esquivel, Mary Iglesias, M Cristina
B Perez, Maria Teresa Mata Gomez, Anna Fernandez, Ana Maria
Quintana, Susana Correa, Itziar Martinez Lopez, Lucia Paun, Chari
Martines, Patricia Muñoz Gimenez, Laura Enriquez, Rakel Gran, Marisol
Zaragoza, Julieta Martínez, Oihane Mas, María García, Maria Isabel
Sebastian Camarena, Ana M Rodriguez, Inmaculada Camino Romero(Blog
Crazy rearder lady), Mari Cruz Sanchez Esteban, Balbina Lopez, Tammy
Mendoza, Natalia Jara, Charo Berrocal Rodriguez, Sole Bernal Requena,
Missy Misgle, Veronica Saco Lopez, Lily Zarzosa, Enri Verdú, Victoria De
la Torre, M Constancia Hinojosa, Lili Brand, Maria Del Mar Cortina
Cortina, Mariangeles Caballero Medina, Rosina Molina Mañodes, Emirsha
A. Santillana, Gema Maria Párraga de las Morenas, Carmen Castillo,
Elisenda Fuentes Juan, Nelcy Yn Muñoz, Fani Maneus, Maleni Roman
Caro, Del Valle Odilka, Solanger Crocker Schaffner, Romina Cabrera,
Vanessa Trujillo Rodriguez, Paqui Sarria, Jackie André R Ch, Eslo Mary,
Maria Wade, Yohana Tellez, Chari Guerrero Plata, Alba Cabrera, Vanessa
Lopez Sarmiento, Sonia Rodriguez, Isabel Gomez, Chari Galan Miranda,
Ana Maria Ortiz, Karii CcárddnaZz, Mcarmen Romero, Zaida Fernández
Ferreiro, Lola Aranzueque López, Mari Carmen Olaya Millana, Ana
Moraño Dieguez, Ana De La Cruz Peña, Cuchumaria Gs, Montse Moyano,
Anna Laura Villalba Bonilla, Izaskun Maguregui, Iseth Garit Falcon, M Sol
Zazo, Pepi Morales Serrano, Mercedes Toledo López, Olga LB, Eva Olivera
Comitre, Encar Tessa, Toñi Jiménez Ruiz, Monica Montero Gudiño, Yazmin
Morales Vázquez, Manolita Gasalla Riera, Mary Rz Ga, Ana María Padilla
Rodríguez, Virginia Fernandez Gomez, Mar Serrano del Cid, Tontería Las
Justas, Manoli Romero Martínez, Carmen Lorente Muñoz, Sonia Sanchez
Garcia, Mariam Ruiz, Pepi Ramirez Martinez, María Del Carmen Carrión
Pizana, María Del Mar Gonzalez Obregon, Daniela Mariana Lungu
Moagher, Gael Obrayan, Ascension Sanchez Pelegrin, Rosa Gonzalez
Moncayo, Pilar Rivas Pulido, Ale Osuna, Rosa Cortes, Naiva Toxicc, Silvia
Sandoval, Becky Carstairs, Teresa Sarralde Edo, Sonia Rodríguez, Rocio
Sepulveda Muñoz, Arancha Chaparro, Laly Romlla, Loli Ramos Penedo,
María Teresa De Jesús Piñón Esquivel, Elizabeth Rodriguez, David Álvarez
Sánchez, Sandra González Cabanillas, Sandry Illán, Moira Weigle, Monica
Hernando, Pamela Zurita, Iris Lopez, Maritza Buitron, Carolina Pedrero,
Itziar Martínez López, Freya Asgard, Carmen Marin Varela, Ingrid Mason,
Mari Carmen, Victoria Alonso N, Mari Carmen Agüera Salazar, Almudena
Valera, Mai Del Valle, Mariola Serrano, Yesica Garzón, Noemi Casco,
Aradia Maria Curbelo Vega, Leydis Sabala, Eugenia Margarita, Yazmin
Morales Vazquez, Maria Li Chen, Carolina Pérez, Karyna Campero
Ramírez, Monica Hdez Bello, Dora Jimenez Gomez, Yuli Ramon Ayala,
Saioa Martinez Aybar, Eugenia Da Silva Carvalho, Mariel Moretti, Maria
Carmen Guisado, Luz Diaz, Luz Marina Miguel Martin, Paqui Galera,
Pepa Guerrero, Ne Us NeUs, Carmen L. Scott, Sonia Martinez Gimeno,
Cristina Campos, María Li Chen, Maria Giraldo, Lily Freitas, Laura
García García, María Giraldo, Evelyn Tabarez, Beatriz Mariscal, Cinthia
Hdz y Jenny Hugo Jenny Díez.
Índice
PRÓLOGO
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 21
CAPÍTULO 22
CAPÍTULO 23
CAPÍTULO 24
CAPÍTULO 25
CAPÍTULO 26
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
Prólogo
¡Lo había visto! ¿Era un espejismo?
Lo persiguió por dos calles mientras fingía estar comprándose un
sombrero, con el corazón a punto de salírsele por el pecho.
El dilema venía ahora, era él, ¿qué podía hacer para llamar su atención?
Era tan hermoso como recordaba, tan alto y fuerte, le dolía el pecho al
imaginarse qué palabras podía usar.
“Buenos días, hace una buena mañana”, probó su mente. ¿Era tonta? Si
soltaba eso ni la miraría.
“Perdone, se le ha caído esto”
Recordó que Noemille decía que robar era sencillo, tan sencillo como
tener la cara dura de que pareciera que lo que hacía era lo más normal.
Acercarse como si siempre hubiera estado a su vera, como si tuviera el
derecho a rozar su brazo y buscar bajo su ropa.
¡Bajo su ropa! ¿Desde cuándo hacía tanto calor en febrero? Tocarlo…
¿en qué estaba pensando? No podía comportarse como una desvergonzada,
ni siquiera en su mente. No, ella tenía que hacerle comprender que era la
mejor opción para ser su mujer y para ello… ¡debía robarle la bolsa del
dinero!
“No será robar de verdad, no me quedaré con nada” Se repetía. “Algún
día, cuando se enamore de mí, se lo confesaré y nos reiremos juntos.
Comprenderá que era necesario”
Porque ella lo amaba por haberla salvado, por haberla tratado con tanta
delicadeza. Lady Coral lo amaba lo suficiente para ambos, solo con que él
siguiera teniendo consideración con su persona, que no la golpease o
insultase…
Hacía mucho tiempo que lady Coral había bajado sus expectativas, su
amor propio había menguado hasta evaporarse. Era el reflejo de quien tanto
se había empeñado en ser, una dama fría y respetable.
Se aproximó escondiéndose bajo su sombrero. Esquivó a su doncella y
suspiró con suavidad, queriendo desaparecer completamente. Cuanto más
se acercaba a él más le costaba controlar sus manos, ¿eran suyas? No se
movían como ella ordenaba.
Era el momento.
La capa se le abrió, ese aroma la confundió, pero tanteó buscando. Rozó
su cadera, después ascendió queriendo llegar a su chaleco y ahí olvidó lo
que hacía.
— ¿Necesita ayuda? — Su voz, ¡la miraba!
Tartamudeó una respuesta incomprensible, buscó dónde escapar sin
encontrar una salida.
— Yo… lo lamento. No…
— ¿No quería acariciarme o no esperaba que me diera cuenta? Si era la
segunda opción permítame decirle que me entristece. — Su voz ronca, esa
forma en la que los ojos negros de su desconocido la atravesaban… Iba a
perder el conocimiento si él no la atrapaba, ¿y si la atrapaba?
— No me descubra. Fue una mala idea. — Se giró para irse, él aferró la
pluma de su sombrero y la retuvo juguetón.
— La recuerdo.
— ¿A mí? — preguntó ella inocentemente, tanto que ninguno de los dos
se tragó la mentira.
— ¿Qué estaba tramando?
— No puedo decírselo.
— ¿Por qué? — continuó él, que disfrutaba de la cercanía de tan
esquiva dama.
— Porque si se lo cuento tratará de evitarlo y usted va a casarse
conmigo.
Capítulo 1
En medio de la atestada calle de Londres, mientras Noemille la
arrastraba de una tienda a otra, lady Coral no podía dejar de pensar en su
desconocido de negros ojos. Había pasado un mes entero, tras tanto tiempo
la esperanza de que se cruzaran se había desvanecido y, sin embargo, no
dejaba de buscarlo.
Suspirando, sonrió a la tendera que les mostraba más de media docena
de sombreros de paseo. La mujer se empeñaba en lograr atraer su atención,
pero lady Coral no tenía intención de gastarse un dinero que no poseía y
dejó que su mente volase lejos de nuevo.
— ¿Cree que este es adecuado? Quiero sorprender a Maximillian… —
reconoció Noemille avergonzada. Tras tomar aire y cuadrarse, se decidió
por uno verde, al menos eso parecía hasta que chasqueó la lengua.
— Marquesa… — susurró lady Coral con suavidad — ha de controlar
sus modales. — Cuando la tendera quiso acercarse la joven dama se
interpuso entre ambas, mientras dejaba un sombrero azulado en los dedos
de Noemille —. No se preocupe por la elección, todos le quedarán
preciosos. El marqués de Carisbrooke caerá a sus pies cuando la vea.
— Desde el parto no es lo mismo. Teme tocarme y… apenas puedo
soportar su distancia. — La confidencia, que Noemille soltaba con
naturalidad, hizo que las mejillas de lady Coral se tiñeran con rapidez.
La nueva marquesa tenía la facultad de soltar cuanto pasaba por su
mente, hecho que desconcertaba a quien había calculado su vida al
milímetro, al menos hasta que esa misma marquesa lo había mandado todo
al traste.
“Quizás fue lo mejor” Pensó lady Coral con un suspiro y recordando
por millonésima vez al desconocido.
— Teme hacerle daño. Estoy segura de que esta noche logrará
engatusarlo.
— ¿Eso cree? Temo que haya decidido tener una amante. — La sola
idea… — No podría soportarlo…
Por mucho que la vendedora trataba de poner el oído no logró escuchar
nada. Lady Coral, con admirable maestría, la movía por la tienda
apartándola de los tentáculos de la mujer.
— No sucederá. Debe estar tranquila, además, si no se decide siempre
puede llevárselos todos.
— ¿De verdad? — La sorpresa de Noemille fue refrescante pues, a
pesar de los meses transcurridos desde que se había convertido en
marquesa, parecía que nunca llegaría a acostumbrarse a tanta opulencia.
Cuando lady Coral asintió, la nueva marquesa pegó un saltito y corrió a
coger tres. Los dejó sobre el mostrador con las prisas de quien se siente
haciendo una travesura.
— ¿Desea que se lo llevemos a casa? — ofreció la tendera.
— Hágalo antes de la noche — replicó lady Coral con fuerza, meciendo
el abanico ante su rostro para apartar el sudor que el bochorno estaba
dejando sobre ella. Ese calor húmedo le sentaba fatal y agriaba su carácter
todavía más.
Lady Coral salió con prisa y tomó aire, cuando Noemille la alcanzó ya
había comenzado a caminar hacia el carruaje. La marquesa la detuvo antes
de llegar, tomándola por la manga de su vestido color salmón.
» Lamento no ser la mejor de las compañías, pero no me encuentro bien
— se disculpó lady Coral, tratando de reanudar la marcha.
— ¿Qué le ocurre? He notado que los últimos días se ha ido apagando
— dijo Noemille con suavidad, al tiempo que extraía de su bolsito de mano
una pequeña bolsa de tela y se la tendía al cochero —. Vaya a por comida,
apúrese, la quiero llena.
El hombretón, que no acostumbraba a realizar ese tipo de tareas, miró la
bolsa con cara de susto. Acercó la mano como si lo que fuera a tomar fuera
venenoso, tardó varios segundos en alejarse a grandes zancadas,
avergonzado por haber sido relegado a tareas de mujer.
Noemille, que no comprendía qué había hecho mal para que el cochero
la hubiera atravesado de tal forma con los ojos, volvió la vista a lady Coral.
» Puede contármelo. Sé que no confía en mí, sé que le he arrebatado su
vida y lo lamento. — ¿Se disculpaba? La idea hizo que lady Coral se
avergonzase de todo lo que, en el pasado, había tratado de hacerle.
Una condesa no tenía por qué arrastrarse, no importaba lo que hiciera.
Cuando Noemille inclinó la cabeza y juntó las manos sobre el regazo lady
Coral la detuvo.
— No lo haga. No nos avergüence a ambas.
— ¿Qué he hecho? — inquirió Noemille sin comprender nada.
— Deje de comportarse como si fuéramos iguales. Usted es una
marquesa, no me insulte con una compasión que no he pedido ni merezco.
— No fue mi intención…
Lady Coral lo sabía, mas prefirió apretar los labios a proseguir una
conversación que todavía escocía. Puede que ella no amase a Maximillian,
pero él habría sido su libertad.
» Lady Coral, si puedo ayudarle en algo…
— Puede hacerlo. Solo finjamos que el pasado no existe. Seamos
amigas, nada más y nada menos. — Cuando las manos de Noemille
apretaron las suyas y la marquesa gritó de felicidad lady Coral se preguntó
cómo podía tener tan buen corazón. Nadie conseguía borrarle la sonrisa,
veía el mundo de una forma que ella envidiaba.
— ¿Entonces me acompañará? Hoy llevaremos comida y dinero a los
niños. — La marquesa le guiñó un ojo con complicidad. Puede que su
esposo no fuera a tardar más que dos semanas en regresar de Irlanda, no
obstante, eso era mucho tiempo para unos chiquillos que debían comer
todos los días. Sabiendo que si Maximillian la descubría la regañaría,
Noemille aferró la capucha de la capa y se la pasó por la cabeza, a pesar de
que el día no hacía mucho que había comenzado —. ¿Vendrá conmigo?
Dispuesta a hacer cuanto fuera necesario por evadirse, lady Coral
asintió con fuerza.
El cochero regresaba de la calle adyacente, Noemille tiró de su amiga y
ambas se plantaron ante el hombretón con gesto severo. Tras estirar la
mano, y recuperar la bolsita, Noemille volvió a tomar la muñeca de lady
Coral y aceleró el paso.
— ¿Está segura de que no necesitaremos ayuda? Quizás con un par de
guardias, que eviten que puedan robarnos o algo peor… — Los miedos de
lady Coral emergieron con la misma velocidad con la que los transeúntes
con los que se cruzaban cambiaban los vestidos de seda por paño viejo y
gastado.
A medida que ambas se internaban en la parte oscura de Londres, lady
Coral miraba a su alrededor con mucha más atención.
Fue entonces, cuando Noemille ya se había plantado ante el orfanato,
cuando lady Coral lo vio.
“Tiene que ser un espejismo. No puede ser real” Pensó lady Coral,
pestañeando varias veces para aclararse la vista.
Puede que, ahora, los ropajes que cubrían al desconocido fueran de mala
calidad. Puede que, ahora, en su cadera descansase una pistola y a su lado
llevase a un hombre que, desde luego, no parecía un noble. Puede que todo
eso fuera cierto y, aun así, seguía siendo él.
Con miedo a perderlo de vista, aferró las faldas y se alejó de Noemille,
que estaba demasiado concentrada en los niños para darse cuenta. Caminó
sin ver nada más que el rostro de quien le había robado la capacidad de
pensar, sin ver otra cosa que el cuerpo atlético que se intuía bajo la camisa
raída y entreabierta que llevaba puesta.
Ailaan hablaba a gritos con su compañero. Lo miraba con cara de malas
pulgas, cansado de que Chase no hiciera más que contradecirlo. Harto de
dar argumentos, que Chase volvía en su contra con una habilidad que lo
asqueaba, Ailaan apretó los puños, dispuesto a solventar el conflicto de
modo mucho menos civilizado.
— No puedes hacerlo. ¿Acaso has perdido la cabeza? — gritaba Chase,
su hermano mayor, interponiéndose en su camino — Es una locura. Si te
atrapan te colgarán.
— Es posible — La voz grave de Ailaan llegó hasta lady Coral, que en
ese instante se había pegado a la pared de un callejón contiguo para pasar
desapercibida, zarandeándola y secándole la boca.
— No permitiré que lo hagas.
— Acaso crees que podrás evitarlo. Solo tengo que descubrir dónde
guardan la escritura, cuando lo haga les haré pagar todo el daño que nos han
hecho — aseguró Ailaan, inclinándose levemente, con un brillo metálico en
las pupilas que lady Coral no percibió.
— Estás loco. Déjalo ahora, mientras todavía estás a tiempo. — Cuando
quiso apoyar su manaza en el hombro de su hermano éste lo esquivó —. Al
menos permíteme ayudarte…
— Debes regresar. Sabes que ella te necesita.
“¿Quién es ella?”, la pregunta resonó con fuerza en el interior de lady
Coral, estrangulando su corazón con miedo.
— Los nuestros la protegen. Nada le sucederá. No seas testarudo, si
sigues así solo lograrás que te maten. ¿Acaso es eso lo que pretendes? —
escupió Chase, comprendiendo que, en ocasiones, la muerte es mucho más
dulce de lo que parece. La mirada fría de Ailaan hizo que su hermano
retrocediera inconscientemente.
Nunca había dudado acercarse a él, ese día Chase cabeceó e introdujo la
mano en el bolsillo de su pantalón.
» Cuando comprenda quién eres tratará de acabar contigo.
— Es posible. No tengo intención de darle tiempo. — La voz de Ailaan
contenía una furia difícil de disfrazar. A medida que se tensaba los ojos de
lady Coral descendían, aprovechando la postura masculina para admirar,
abochornada y con descaro, el culo, las piernas y la ancha espalda de quien
debía convertirse en su esposo.
Antaño ni se lo habría planteado al ver sus ropajes, ahora… El calor que
anidaba en su vientre era suficiente para que dejase pasar los “leves”
inconvenientes que había descubierto.
» Le haré hablar en la fiesta de los barones de Churston.
— Dudo que puedas encontrarle, aunque es mejor así. Si lo haces… —
Chase dudó.
— Cuando lo haga — lo corrigió Ailaan con cabezonería.
— Cuando lo hagas — recalcó Chase —, no permitas que te engañe.
Además de recuperar lo que nos pertenece debemos lograr que hable. La
felicidad de Thanae depende de que lo consigamos.
Ailaan dio un paso amenazante, aferró las solapas de la camisa de Chase
y lo acercó a su rostro.
— Hermano, espero que interpretes tu papel a la perfección, si vuelves a
cagarla yo mismo acabaré contigo. Aléjate de las mesas.
Chase, a pesar de ser varios centímetros más alto, se encogió
avergonzado. Había logrado hundir lo que tantos años tardaron en levantar,
pronto el plazo expiraría, ¿qué harían si no lograban encontrar la escritura?
La mera idea lo atormentaba, sus hermanos pagaban su incapacidad de
resistir la tentación de jugar.
Sin despedirse Chase caminó hacia la taberna más cercana, cansado,
completamente abatido se disponía a beber hasta olvidar, si es que eso era
posible.
Ailaan bufó, pateó una piedra que había ante su bota y, al final, acabó
descargando un potente puñetazo contra el lateral de la casa más próxima.
Estaba más acojonado de lo que podía reconocer, sentía que llevaba una
soga al cuello que no hacía más que apretarse y, cuanto más desesperado se
sentía, más peligroso era.
No se trataba de dinero sino de respeto, si permitía que se la jugasen de
esa manera…
El rostro de la serpiente que los había jodido, once meses atrás, se
dibujó en su mente con total claridad. Nunca podría olvidarlo.
Beatrice… Esa zorra también pagaría, de eso estaba seguro.
“Te encontraré y desearás no haberte cruzado en mi camino”, prometió,
decidido a todo para lograrlo.
Un movimiento a su espalda le hizo volverse con rapidez, una sombra
trataba de escapar, cuando Ailaan atrapó una preciosa mano enguantada
lady Coral soltó un gritito sorprendido.
» Creo que he atrapado un hermoso ratoncito. ¿Me seguía? — la
interrogó, con mucho más que palabras, al posar su negra mirada sobre el
rostro de la dama.
Ella no sabía qué hacer, qué decir que no la delatara. Nerviosa, no se le
ocurrió otra cosa que empujarlo.
Dicen que las casualidades convierten la historia en algo único, Ailaan
acabó tropezando con la misma piedra que había pateado instantes antes y
cayó de culo.
— ¡Oh! ¡Dios! Lo lamento, lo lamento mucho — se disculpó lady Coral
queriendo acercarse a ayudarlo, aunque sin atreverse a estirar las manos,
por lo que terminó danzando a su alrededor —. ¿Se encuentra bien? Eso
debe doler… — Ladeó la cabeza como si tratase de volver a verle el trasero
—. ¿Le duele mucho?
Ailaan entrecerró los ojos, se levantó despacio y sacudió sus pantalones
sin apartar los ojos. Estudiando el hermoso vestido que portaba, se preguntó
qué hacía en esa zona de la ciudad, haciendo que despertase un instinto
protector que no deseaba.
— Lo he entendido. No le gusta que la toquen.
— No es eso…
— ¿Entonces le gusta que la toquen? — preguntó Ailaan con sequedad,
aunque mucho más divertido, pasando los ojos por el hermoso, aunque
pequeño, escote que dejaba intuir un cuerpo esbelto.
— No yo… ¿Qué? ¿Sí? No sé… — Incapaz de pensar, lady Coral se
llevó las manos al recogido, sintiendo un calor fruto de la vergüenza que
quiso disfrazar —. Lamento haberlo tirado.
— ¿Es solo eso lo que lamenta? ¿Qué hace aquí? — la interrogó,
haciendo especial énfasis en el “aquí”.
Ella miró a su espalda, acordándose de pronto de Noemille. No podía
dejarla sola, era el momento de regresar. Inclinándose a modo de despedida
lo retó con diversión. A su lado no sentía miedo, no temía la reacción que
en él pudieran ocasionar sus palabras.
— Me habría gustado poder estar más tiempo con usted. — Ese “usted”
salió como un graznido nada delicado. Se limpió la voz con un suave
carraspeo. Se giró con tanta brusquedad que su falda se alzó ligeramente —.
Debo volver al lado de quien, de seguro, apreciará mucho más mi
compañía.
Ailaan sonrió divertido. Apartó el mechón que caía ante sus ojos y la
siguió mientras la joven llegaba a la puerta del orfanato. Cuando ella se
disponía a entrar él aferró su capa, haciendo que ella casi se estrangulase a
sí misma al dar el siguiente paso.
— ¿Y si yo le dijese que disfruto mucho de las casualidades que nos
llevan a encontrarnos? — “Aléjate. Ella no es para ti” Ailaan no pudo ser
cuerdo.
— No lo parece. No ha venido en mi busca.
— ¿Es eso lo que esperaba de mí?
— Puede… — Tras tanto tiempo triste, apática, se sentía burbujeante,
llena de vida. Él la miraba y ella deseaba que la atrapara, quería jugar sin
saber a qué, mas saberse el centro de ese hombre convertía cada palabra,
cada gesto, en algo adictivo.
¿Ella huía? Podría parecerlo, más toda su atención se encontraba
centrada en averiguar si él la perseguía.
» Pero no lo ha hecho. Supongo que estaba demasiado ocupado. Al
menos no me reportó a las autoridades tras nuestro pequeño incidente. —
Lady Coral alzó sus espesas pestañas despacio, sonrió a modo de disculpa,
a pesar de que su cuerpo no contenía ni una pizca de remordimiento —. O
puede que se deba a eso, ¿lo disfrutó tanto como yo misma?
— Debe tener cuidado, cualquiera podría malinterpretar sus palabras. —
“No sigas, preciosa. No sabes lo mal que me estás poniendo, estoy tan
excitado que podría poseerte aquí mismo…” Sin embargo, no fue eso lo que
Ailaan soltó, consciente de que, por mucho que ella quisiera mostrarse
audaz, escondía una inocencia que el rubor de sus mejillas hacía brillar.
Lady Coral miró el interior de la vieja casa de madera, a la que todos
llamaban orfanato. No comprendía cómo alguien podía vivir en esas
condiciones y, aunque en un inicio nunca tuvo intención de ayudar, ahora la
pena la ahogaba cuando se enfrentaba a una realidad que había evitado
durante mucho tiempo.
Cogiendo la mano de su desconocido, apretó con fuerza cuando el llanto
de un bebé se alzó por el lugar. Era un sonido agudo, desgarrador, ella
tembló durante un segundo antes de lograr serenarse.
Fue algo instintivo, cuando lady Coral se percató de lo que había hecho
lo miró sintiéndose culpable, aunque sin querer retroceder. Ese toque era
íntimo, delataba los sentimientos que ella le profesaba ante el rápido latir de
su corazón.
Ailaan tampoco se apartó.
— Es triste, ¿no cree? — soltó ella, cambiando de tema para mantenerlo
ahí, para posponer una despedida que había intuido en la postura de él —
Ojalá tuviera el poder de cambiar algo.
Ailaan la miró completamente perdido en esas palabras. Los ojos azules
de lady Coral brillaban con fuerza, su boca se contrajo en un rictus
decidido.
— Y, ¿qué cambiaría?
Lady Coral estiró los labios en lo que pretendía ser una sonrisa, aunque
sin fuerza.
— No lo sé. ¿Todo? — Lo pensó mirando la misma mano que aferraba
la de Ailaan. Él era mucho más moreno en comparación, si lo pensaba no
podían ser más diferentes y, sin embargo, con nadie habría podido soltar
unos pensamientos semejantes. ¿Qué le habrían hecho siquiera de haberse
atrevido a insinuar tal cosa? — ¿Le extrañaría si le dijese que cuidaría de
ellos?
— Puede. ¿Por qué hacerlo?
— No lo sé. — Entonces dos lágrimas solitarias brillaron en el interior
de sus ojos, dos lágrimas que lady Coral se negó a soltar —. Todos
precisamos que nos cuiden, que nos protejan. Todos necesitamos amor,
aceptación, un lugar al que regresar cuando el mundo nos falla.
Lady Coral aspiró con fuerza, queriendo relegar al fondo de su ser el
resto de tristes pensamientos que la recorrieron.
— ¿No tiene usted ese lugar? — inquirió Ailaan, llevado por el
momento.
Lady Coral estiró la espalda y alzó el rostro para que, cuando quiso
mostrarse exageradamente feliz, él pudiera creerla.
— ¡Por supuesto! — Sin poder evitarlo, mentiras que antaño fueron
ciertas, escaparon de sus labios con la naturalidad que aportaba haberlas
repetido durante mucho tiempo —: Sin embargo, ¿acaso no es el deber de
una dama ayudar a quienes han nacido por debajo? Debemos ser
compasivos con aquellos pobres desgraciados que tienen menos.
— ¿Le desagradan? — Ailaan se tensó.
Habría sido sencillo responder “Pobres criaturas, no tienen culpa de ser
como son”, no fue capaz. En su lugar…
— Tanto como me desagrado yo misma. — Se mordió el labio al
comprender lo que había dicho, quiso arreglarlo, aunque no lo logró —:
Nunca fuimos tan diferentes, si… No importa.
— No… continúe…
— ¿Para qué? ¿Para que me juzgue? — Aspirando suavemente, fijó sus
pupilas en los labios de él, hecho que no pasó desapercibido —. Los
hombres no deben preocuparse por esas cosas. Es responsabilidad de sus
esposas, ¿no es cierto?
— Es usted muy atrevida.
La otra mano de Ailaan descansó en la cintura femenina cuando se
inclinó, una tos nerviosa los hizo despertar de la ensoñación y los separó.
Noemille, la nueva marquesa de Carisbrooke, los observaba con un niño
despeinado en brazos. Su semblante divertido fue el causante del mayor
bochorno por el que lady Coral había pasado.
Ailaan alejó las manos de la dama que lo atormentaba y las colocó tras
la espalda, con unos modales impecables inclinó la cabeza y saludó a la
recién llegada:
— Milady, no contábamos con su presencia. — De reojo no dejaba de
observar a lady Coral — Espero que tenga a bien no malinterpretar lo que
ha presenciado.
— Puede estar tranquilo… — La voz aguda de Noemille no podía
ocultar la risa —. ¿Se encuentra bien, querida?
— Por supuesto, solo estaba informando a… — Solo conocía su
nombre, ¿cómo podía referirse a él? Ningún otro dato acudió a la mente
femenina y, aunque podía dar a entender que existía mucha más intimidad
entre ambos de lo que era respetable, lady Coral no pudo evitarlo —.
Ailaan.
Su nombre en los labios de lady Coral envió una descarga a su
entrepierna. Ailaan cambió de postura en un intento de que las damas
presentes no se percatasen.
— Encantada — soltó la marquesa.
Noemille recolocó al pequeño, al ver que se le escurría entre los brazos,
y volvió los ojos a Ailaan.
» Espero que me disculpen, pero preciso la ayuda de lady Coral.
— Por supuesto. — Ailaan iba a girarse, antes apresó la delicada mano
de su preciosa descarada y besó su dorso. Despacio, dejó que los labios
calentasen la zona, sabiéndose escondido de miradas ajenas, aprovechó para
rozarla también con la punta de la lengua —. Encantado, lady Coral.
— Siempre ha sabido quien soy yo…
El intercambio entre ambos se producía en un tono que no permitía que
Noemille comprendiera nada.
— ¿Lo dudaba?
— Será mío, no lo olvide — lo retó.
— Estoy más que feliz por averiguar cómo podría lograrlo cuando en
mi intención está no volver a verla. — Ella se tensó molesta, herida en lo
más profundo —. No me lo tenga a mal, pero es usted demasiado peligrosa.
— Yo lo encontraré.
“Eso espero…” Lo traicionó la mente masculina.
Ailaan mordisqueó la suave piel de la muñeca de lady Coral antes de
soltarla.
— Encantado de volver a verla, nunca logra dejarme indiferente.
Ella asintió, ¿le estaba dando la razón? Se quedó mirando cómo se
alejaba con una sonrisa y un plan que se fraguaba en el interior de su mente.
Tantas preguntas y… una ilusión que renacía con intensidad en su interior.
Noemille se acercó y lady Coral saltó cuando comenzó a hablar:
— ¿Viene? Los niños preguntan por usted.
— Lo he encontrado… — La felicidad no le cabía en el cuerpo.
— ¿Era él el causante de su tristeza?
— Era él…
Capítulo 2
El agua caía sin cesar tras la ventana. Finas agujas que descendían desde
las nubes, empapando la hierba y creando un hermoso sonido a su
alrededor.
Lady Coral abrió la ventana y suspiró. Estaba muy lejos de allí, todavía
podía sentir los dedos de ese desconocido en su antebrazo, su mirada oscura
revolviendo sus entrañas de tal forma que le costaba tomar aire.
Sentándose sobre el alfeizar de la ventana dejó descansar el librito sobre
su falda y, las palabras que acaba de leer, se repitieron en su mente.
“Es ese roce prohibido el que anhelo, el que me consume. Son sonrisas
furtivas que nadie comprende y se establecen en mi vientre susurrando su
nombre.”
Nunca antes encontrara tantos significados en esas letras.
Inconscientemente acarició el lomo de piel de ese librito que no debería
tener, que no debería ni conocer. En los últimos meses no había hecho nada
más que romper las normas que antaño la habían definido, hasta el punto
que era incapaz de reconocerse en el reflejo del espejo.
— ¿Estará pensando en mí? — se preguntó tímidamente, con miedo a
no haberle gustado. Ella no era una beldad, mas habría jurado que el suelo
que había bajo sus botas se meció para ambos. Tenía que ser real.
Decidida se giró y se puso en pie. Dispuesta a todo por lograr que
Ailaan fuera solo suyo. Quería descubrir los placeres de los que Noemille le
había hablado.
Iba a escribir una corta misiva, pero ¿a quién podría enviársela? En su
lugar se dirigió al piano, levantó la tapa y estiró sus faldas mientras tomaba
aire. Pronto sus dedos volaban por las teclas, creando una melodía oscura,
rápida y llena de notas graves que retumbaban en su interior con fuerza.
— Es hermosa — dijo Noemille, sorprendiéndola y haciéndola saltar.
La nueva marquesa entró en la salita con pasos decididos, para dejarse caer
a continuación sobre el sofá color burdeos con aire cansado —. Continúe,
no quería interrumpirla.
— No se preocupe. ¿Se encuentra bien? — replicó lady Coral que, a
pesar del tiempo que habían pasado juntas, no lograba acercarse más a su
nueva amiga. Mantenía las distancias, incapaz de bajar las defensas que,
durante años, la habían mantenido en pie.
— Darian no ha dormido en toda la noche. La nanny me ha relevado,
pero no soporto dejarlo solo mucho tiempo. Es mi hijo, es natural que
quiera estar a su vera, ¿verdad? — preguntó tímidamente, sintiendo que
ocupaba un lugar que no le pertenecía. En el fondo, por mucho que
Maximillian le asegurase que la amaba tal y como era, siempre se sentiría
una impostora en su papel de marquesa.
Noemille bufó apartando tan negros pensamientos. No se dejaría vencer
por el miedo o el cansancio.
» Es perfecto. En ocasiones me quedo observándolo, sin comprender
cómo he logrado crear algo tan hermoso.
— En mi opinión es como usted — replicó lady Coral con suavidad,
envidiándola. Su mundo estaba cambiando con demasiada rapidez, miró a
su alrededor completamente perdida —. Déjese ayudar. No tiene por qué
hacerlo todo usted, deje que otros la mimen.
— ¿Por qué? Yo puedo hacerlo. — Noemille se cruzó de brazos y, sin
pudor alguno, se inclinó para compartir en un quedo susurro —: Incluso
pretenden enjabonarme ahí abajo. Una de las sirvientas ha dimitido esta
semana. — Entonces esbozó una sonrisa traviesa —. ¡Qué mujer más
testaruda! Incluso me disculpé con ella por el malentendido.
Lady Coral se detuvo. Con los dedos colgando en el aire sobre las teclas
del piano, se volvió interesada.
» ¿Qué esperaba que hiciera?
La marquesa frunció el ceño, dejando clara su postura referente a ese
asunto.
» Debería estar contenta con que solo la hubiera abofeteado.
— ¿Abofeteado? — Lady Coral se mordió el labio para retener la
carcajada, esperando más información.
— No sé quién se creía para tomarse tantas libertades. — De morros,
cual chiquilla pequeña, Noemille se enfrentó a los hermosos ojos azules de
su amiga e invitada —. Solo le pedí que preparase un baño. La muy
descarada, aprovechando que yo no podía verla, porque me estaba
enjabonado, trató de meterme mano.
Lady Coral alzó la ceja derecha.
— Seguro que solo ha sido un malentendido.
— ¡Le digo yo que no! — gritó la marquesa, para mirar a ambos lados a
continuación y proseguir mucho más comedida —: La descarada,
aprovechando que nos hallábamos solas, metió la mano bajo el agua y me
acarició de una forma…
Las mejillas de Noemille se tiñeron de un delator tono rojizo.
— Marquesa, debe comprender que las sirvientas están acostumbradas a
asear a…
— ¡Le digo yo que no! — Tomando aire despacio, tras varios intentos
en los que abrió la boca sin hallar las palabras adecuadas, lo soltó de golpe
—: Yo no podía verla y creí que era Maximillian. — Se mordió el labio
inferior sintiéndose culpable por el calor que se había asentado en su bajo
vientre —. Yo… creí que era él y la dejé hacer, tomándola del brazo para
que incrementase la presión.
Para una dama como lady Coral, que no había conocido varón, esas
palabras fueron pequeñas ascuas que encendieron su imaginación. La idea
de que su desconocido, de penetrantes ojos negros, la tocase de esa manera
era… Lady Coral apretó las piernas con fuerza, notando una humedad en el
centro de su ser que le hizo contener el aliento.
Con más calor que minutos antes, lady Coral tragó con fuerza.
» Cuando lo llamé y no obtuve respuesta abrí los ojos, a pesar de que
los ojos me ardieron a causa del jabón. ¿Qué pretendía esa descarada
cuando la encontré sobre mí? — La piel de las mejillas de Noemille había
alcanzado el tono de los tomates. Medio tartamudeando arrancó de su
interior las siguientes palabras —: Casi es mejor que se haya ido. La sola
idea de volver a mirarla a la cara…
Lady Coral comenzó a reír, apretándose el vientre hizo regresar sus ojos
a Noemille. Ante la cara de frustración de la marquesa fue incapaz de
detenerse.
» ¡No puede comprenderlo! Yo… me sentí… — Dio una palmada en el
aire para pedir su atención —. No fue del todo desagradable. Solo
Maximillian me había rozado de esa forma.
— No fue del todo desagradable… — repitió lady Coral, mirándola
como si acabase de descubrirla, como si le hubieran salido dos cabezas.
Inconscientemente, se llevó la mano a esa misma zona sobre la falda, la
idea de acariciarse ahí fue escandalosamente deliciosa.
— No, desde luego esa descarada tenía que irse. ¡Y yo me disculpé!
Estaba tan nerviosa que le dejé los dedos marcados.
Lady Coral estiró sus faldas y se giró en el banco, sobre el que estaba
sentada. Definitivamente había olvidado el piano.
— Marquesa, necesito su ayuda. — Estaba cansada de suplicar, de
encogerse ante los demás aceptando sus limosnas para poder sobrevivir. Sin
el apoyo de su padre estaba en la calle. Tragándose su orgullo por una vez,
alzó los ojos para que Noemille pudiera ver cuán importante era que
aceptase —. Necesito que me ayude a coincidir con un hombre. Con ese
hombre — recalcó.
Noemille golpeó el cojín que había a su vera, ofreciéndole asiento. Los
gestos suaves de Noemille contrastaron con el nerviosismo de lady Coral.
La joven dama negó con la cabeza, incapaz de moverse.
» Tras lo sucedido los barones de Churston no han tenido a bien
invitarme a su fiesta de temporada — reconoció avergonzada. ¡Ellos! Que
antaño besaban el suelo que la joven pisaba —. Ni ellos ni muchos otros…
— No debe preocuparse. El escándalo pasará, se lo prometo.
— No me importa — mintió lady Coral —. Pero necesito ir a esa
velada. Por eso pensé que podría acompañarla a usted. Es bien sabido que
su esposo ha tenido que salir por negocios y estará ausente en esas fechas,
yo podría ser su dama de compañía.
— No.
— Le prometo que la compensaré. No notará mi presencia — suplicó
lady Coral. Los argumentos volaban de sus labios con tal velocidad que
apenas se le entendía.
— No, no irá como mi dama de compañía. Me acompañará como mi
amiga, como la hermana que me habría gustado tener. — Noemille se puso
en pie y acudió a la joven, para envolverla con sus brazos.
Tiesa como un palo, lady Coral fue incapaz de devolver el contacto.
» No se preocupe. Nadie la insultará delante de mí.
— Lo harán, de eso no me cabe la menor duda. — Antes de que
Noemille tratase de rebatir sus palabras ella prosiguió —: Sin embargo, si
logro que ese hombre me mire, que me invite a bailar, no me importará lo
que suelten esas víboras.
— Entonces lo lograremos. Estará tan hermosa que no solo ese, sino
todos los varones de la sala desearán estar a su lado.
Lady Coral estiró los labios, no estaba convencida de que fuera tan
sencillo.
Capítulo 3
Tras una semana de preparativos el día había llegado. Lady Coral quería
correr lejos, los nervios habían conseguido que su estómago fuera incapaz
de retener nada en su interior, el miedo al rechazo estaba muy presente.
— Señorita, debe tranquilizarse. — Lisbeth, su amada dama de
compañía, terminó de trenzar su pelo con la habilidad que solo la
experiencia aporta —. Él sabrá ver cuánto vale.
— ¿Yo? — Le costaba creérselo, pero no dijo nada.
— Recuerde que el valor solo existe cuando se teme algo. —
Recogiendo un mechón travieso que había vuelto a escurrirse entre sus
dedos, Lisbeth lo apresó con una horquilla en su lugar, disfrutando del
hermoso peinado que había creado —. Lo que de verdad importa puede
destruirnos.
— Creí que mi única meta era escapar de padre, que si lograba huir de
sus golpes sería feliz. — Bajó el rostro, compungida. Lisbeth se tomó la
licencia de alzárselo de nuevo, esperando una regañina que no llegó.
— Encontrará la forma — aseguró Lisbeth, con todo el amor que le
prodigaba brillando en el fondo de sus pupilas.
Enmarcando con sus manos el rostro de su niña, la obligó a observar su
reflejo en el espejo. Solo entonces, cuando lady Coral se quedó absorta
analizando cada detalle, colocó entorno a su cuello el diamante que le había
regalado a su padre para que saldase sus deudas y Noemille le había
devuelto una semana antes.
— Déjese de “no puedo aceptarlo”. Su padre lo empeñó y Maximillian
lo recuperó, solo le devuelvo lo que siempre le ha pertenecido. Acéptelo
como un presente de parte de alguien que la aprecia y, sin pretenderlo, se
interpuso en el camino de su felicidad — había dicho Noemille, al tiempo
que la obligaba a cerrar la mano entorno a la joya.
— El destino existe. Solo ha de buscar la forma de encontrar el camino
correcto. — La voz de Lisbeth la hizo regresar al presente.
— ¿Y si me equivoco? ¿Y si no le gusto? ¿Y si…?
— ¿Y si la ama? — la cortó Lisbeth, alejándose un par de pasos,
completamente satisfecha con el resultado.
Cuando lady Coral se puso en pie el vestido azul que la envolvía acunó
unas formas tentadoras que terminaban en una abultada falda. Un par de
tirabuzones caían del recogido a su espalda dándole un aire travieso.
— Entonces no tenía tiempo de pensar. Padre era todo mi mundo.
Sobrevivir, evitar sus golpes, hacer todo aquello que se esperaba de mí
suplicando que hubiera sido un buen día para él. Reprimía mis deseos, mis
anhelos, esperando que me viera, que comprendiera cuánto lo amaba a
pesar de todo. — Acercándose a la ventana se preguntó dónde estaría en ese
instante. Aunque estaba segura de que en su mano hallaría una copa —.
Ahora siento que lo odio con la misma intensidad. No deseo seguir
sufriendo.
— Señorita, no lo piense más. — Tendiéndole un pequeño bolso de
mano, en cuyo interior había guardado dos guantes blancos, la guio hacia la
puerta —. Disfrute. Permítase ser usted misma.
Descendió las escaleras, perdida, cuando se topó con Noemille en la
entrada la fuerza de la nueva marquesa la arrastró al exterior.
El cielo estaba cubierto de estrellas, la luna brillaba en el medio
sabiéndose la protagonista.
“Soy fuerte. Puedo hacerlo”
Y, sin embargo, lady Coral se ahogaba a medida que el carruaje se
acercaba a su destino. El farolillo brillaba con fuerza y alumbraba lo justo
para que pudiera posar sus ojos en las calles que pasaban a su vera. Las
oteaba queriendo memorizar cada detalle, como si todo fuera nuevo,
distinto.
El carruaje se detuvo y la portezuela se abrió.
Lady Coral apretó el bolsito, queriendo destrozarlo entre sus dedos. De
reojo miraba la entrada de la casa preguntándose si él habría acudido.
“¿Me besará?”
Quería correr en su busca, el primer paso fue el más complicado.
Noemille permitió que el cochero la ayudase a apearse, pero fue ella la
que le ofreció la mano enguantada a su amiga.
— Debe cambiar la cara. Parece que nos dirigiéramos a una ejecución
— susurró Noemille, esquivando a aquellos que se cruzaban en su camino,
en un intento de entablar conversación.
— En cierta forma así es. Hoy seré descuartizada por todas las damas a
las que un día llamé amigas. Olvidarán los momentos compartidos y
desearán que caiga, aunque solo sea para poder reírse unas horas —
describió con mal sabor de boca.
— Estoy con usted. No la dejaré sola.
— No debe preocuparse. Yo he sido como ellas. — La mera idea la
avergonzaba —. Es una pena que lo hayan olvidado. Yo también conozco
sus secretos. Nunca podrán destruirme.
Habían avanzado despacio, mas el trayecto era corto y pronto el
mayordomo las presentó, haciendo que toda la sala se volviera hacia ellas.
Vestidas como princesas alzaron el rostro. Noemille incluso sonrió a un
par de conocidos, lady Coral solo buscaba un rostro entre la marea humana
que allí se hallaba.
La música las envolvió despacio, aunque no había dejado de sonar en
ningún momento.
Una canción precedía a la siguiente, sin descanso, permitiendo que los
bailarines ocuparan la pista de baile en todo momento. Las risas, esas frases
que los hombres escondían entre las notas de los instrumentos de cuerda
que convertían la velada en algo mágico, no existían para quien se sentía
tan expuesta.
No, lady Coral no disfrutaba. Lady Coral percibía todo sonido
demasiado lejano, las canciones y palabras que le lanzaban estaban ahí,
aunque ni siquiera la rozaban.
» No ha venido. — Se mordió la parte interna de la boca. Su mundo se
había acabado, descorazonada se dirigió a las sillas, que habían colocado
para las solteronas, y, dejando a todos boquiabiertos, dejó caer su culo con
muy poca gracia.
— ¿Se ha dado cuenta? — inquirió Noemille acercándose a su oreja —
Los hombres la desean. Puede que no sepa de su mundo, pero sé reconocer
ese anhelo oscuro en la mirada de un varón.
Los ojos azules de lady Coral volaron en todas direcciones, volviéndose
bizca durante un par de segundos.
» Hágales perder la cabeza. Puede que crean conocerla, pero yo sé quién
es realmente — la animó Noemille, que trató de ponerla de pie de un tirón
cuando la anfitriona apareció ante ellas.
Lady Isabella, baronesa de Churston, no estaba sola. Al igual que las
leonas, atacaban en manada buscando hundir sus dientes en carne tierna.
— Queridas, espero que perdonen mi falta de modales. — Se disculpó
con falsa modestia —. Pero no las esperaba — soltó con una sonrisa
artificial, posando sus ojillos en lady Coral —. Deben comprender mi
sorpresa, aunque debo reconocer que la valentía le será necesaria en su
nueva posición.
Varias risitas agudas, escondidas tras abanicos llenos de encaje,
estallaron con fuerza.
Noemille miró a lady Coral para volver a continuación hacia la
baronesa. Apretó los labios al sentir la mano, más bien las uñas de lady
Coral, en su brazo.
— No se preocupe. — La aparente tranquilidad de lady Coral escondía
una rabia difícil de reprimir —. Ambas somos conscientes de que es
complicado atender a todo el mundo, aunque he de elogiar el empeño que
pone para que los varones que la conocen disfruten de sus atenciones.
— ¿Cómo se atreve? — La voz de pito de la baronesa se extendió
mucho más de lo que ella pretendía, algo incómoda trató de reponerse —.
Espero haber malinterpretado sus palabras. ¿Cómo se encuentra su padre?
Tengo entendido que la ha repudiado.
— Cierto — asintió lady Coral suavemente. Si hubiera sido una
serpiente, un cascabel habría comenzado a mecerse en su cola. Veneno, eso
era lo que recubría su lengua cuando paladeó las siguientes palabras —:
¿Cuándo se lo dijo? ¿Entre besos y caricias?
Los grititos asombrados de las damas que acompañaban a la baronesa
ascendieron de tono, lady Isabella palpó el recogido que, cual nido, habían
creado sobre su cabeza. El pelo rubio de la dama poseía un tono apagado
que lo hacía parecer sucio sin importar lo que ésta intentase.
— No me extraña que tuviera que deshacerse de usted. Ahora vive de
caridad, no lo olvide cuando decida atacar a quienes podrían destruirla con
una sola palabra — la amenazó la baronesa.
— ¿Eso puede hacer? — Nadie esperaba la intervención de Noemille.
“Soy la marquesa de Carisbrooke. Soy la marquesa de Carisbrooke” Se
repetía Noemille cuando estiró la espalda.
» ¿Irá contra la protección que mi marido le ha tendido a mi amada lady
Coral? — La forma en la que la nombró hizo que el pecho de la joven dama
temblase. Se sintió, ¿apreciada? Fue tan extraño que se volvió sorprendida,
con más ganas de llorar de las que podía reconocer.
— Yo no… ¡Jamás haría tal cosa! — terminó la baronesa furiosa.
— Pero no duda en insultar a mi invitada con sus ofensas. — “No le
arranques los pelos. No, una marquesa no le tira de los pelos a nadie” —
¿Qué podríamos hacer con usted?
— Señoras… — Un hombre bajito y rechoncho, aferró el brazo de la
baronesa mientras se inclinaba ligeramente ante ellas —. ¿Me permiten la
licencia de decirles lo hermosas que están?
El barón de Churston retuvo a su esposa con un agarre mucho más
doloroso de lo que ambos querían mostrar.
La sala, cada vez más atestada, contenía a los hombres y mujeres más
poderosos de Londres. Todos ellos estaban más que interesados en el
desenlace del enfrentamiento, muchos de ellos seguían de cerca a lady
Coral pues, aunque ya no pensaban en ella como esposa, sería una amante
deliciosa.
» Espero de todo corazón que puedan disfrutar de la velada. Me alegra
mucho que hayan podido venir.
— Pero querido… — protestó lady Isabella, frunciendo sus rechonchos
labios.
— Espero que puedan disculparnos. — El barón se inclinó de nuevo,
arrastrando a su mujer lejos de ellas. Para todos quedó claro las pocas ganas
que tenía ésta de cooperar, el corrillo se disolvió dejando a lady Coral con
ganas de pelea.
En ese instante los violines tomaron el control de la pieza. Con un ritmo
vertiginoso, como si quisieran acompañarla en su nerviosismo, aceleraron la
pieza que estaban tocando. Los hombres que portaban los instrumentos se
despeinaron en el proceso, lady Coral centró sus ojos en algo que podía
controlar.
Como siempre, la música fue capaz de amainar, aunque fuera en parte,
el vendaval que danzaba bajo su piel.
— Fue una mala idea. Lamento haberla arrastrado en esta empresa inútil
— se disculpó lady Coral, buscando la salida con los ojos.
— ¿Por qué? — Noemille entrelazó sus manos y sonrió. Para ella era
como un sueño y quería disfrutarlo, incluso si para hacerlo debían
convertirse en la comidilla de toda la alta sociedad. ¿Dónde habían estado
ellos cuando necesitó que alguien la ayudase?
Noemille hizo girar a lady Coral arrancándole una sonrisa.
— ¿Qué hace? No debemos.
— ¿Por qué? ¿Teme enamorarse de mí? Lamento decirle que ya estoy
casada — contestó Noemille, guiñándole un ojo con picardía —. Aunque
debe llevarme usted, yo nunca he bailado algo parecido — reconoció más
avergonzada.
Lady Coral quería negarse, incluso sabía qué palabras habría empleado.
La dama que fue antaño se rebelaba y trataba de imponerse, la reprimió con
fuerza para permitir que sus deseos vencieran por una vez.
Eran dos damas sin modales, sin prestigio y con muchas habladurías a
su espalda. No las querían allí, aunque ellas solas convertían una velada
insulsa en la mejor de la temporada. Eran dos seres que brillaron entre el
resto de bailarines por lo distintas, por lo valientes que se mostraron.
Dos mujeres que se tomaron de las manos, sin saber cómo colocar los
brazos, tropezado en el primer paso cuando trataron de iniciar la pieza.
Sin saber el por qué, las dos se rieron. Lo que comenzó como sonrisas
tímidas estalló en carcajadas incapaces de ser contenidas que lograban que
los bailarines, que las rodeaban, perdieran el paso.
Pronto muchos se detuvieron para observar a las locas que, sin esperar
ser invitadas por un caballero, se habían lanzado a la tarea.
Era como ver danzar al demonio. Se miraban como si el resto del
mundo no existiera, se observaban con respeto y admiración, con vergüenza
y orgullo, pues, ahora eran incapaces de detenerse.
Cada nota reverberaba en las jóvenes con fuerza, las zarandeaba y
guiaba. Lo que en un inicio fueron pasos inseguros pronto ganaron
confianza e intensidad, hasta transportarlas muy lejos de la sala atestada que
las juzgaba.
Mientras los hombres paladeaban el brandi y las recorrían, con más
deseo del que reconocerían nunca, las mujeres las odiaron.
Tras tres piezas seguidas a ambas les faltaba el aliento. Necesitando un
descanso, y algo de aire fresco sobre sus pieles, para tratar de disolver el
fuerte aroma que tantos nobles reunidos habían creado, se detuvieron y
buscaron la puerta del balcón.
Salieron casi corriendo. Cual niñas que acaban de realizar una travesura,
no se detuvieron hasta llegar a una pequeña fuente de piedra, sobre la que
descansaba una mujer desnuda que jugaba con un ciervo.
— ¿Qué hemos hecho? — preguntó lady Coral, rompiendo el silencio
que las acompañaba. La sonrisa que llevaba como máscara era imposible de
borrar.
— No lo sé. Si Maximilliam me hubiera visto…
— ¡Oh! ¡Dios! ¡¿Qué hemos hecho?! — preguntó la dama, mucho más
nerviosa. Percatándose de golpe de lo que sus actos provocarían —.
Mañana todo Londres lo sabrá. Mi vida social ha terminado.
— No se preocupe. No es para tanto. — Noemille se sentó sobre el
borde de la fuente y aspiró con fuerza. Tanta riqueza y, ¿cómo podían oler
tan mal? ¿De qué servían los abanicos si no hacían más que mover la
podredumbre? — Tan solo hemos…
— ¡No! No lo comprende. Usted cuenta con el marqués de Carisbrooke.
Él pudo tapar su procedencia, él puede protegerla. Pero yo… después de lo
que ha sucedido…
“No. ¿Cómo he podido perder la cabeza de esta manera? Es su culpa. A
su lado he enloquecido” La mente de lady Coral saltaba de un pensamiento
a otro, su corazón se aceleraba de forma peligrosa. “Debo irme. Debo
escapar. Quiero irme”
Aferrando el bajo de su vestido quiso correr. Cuando Noemille se
percató de sus intenciones la joven ya había iniciado la marcha, decidiendo
que era mejor rodear la casa a tener que enfrentarse a los que se hallaban
dentro.
Frenética, avergonzada y completamente fuera de sí, lady Coral no veía
nada. Las lágrimas descendieron antes de comprender lo que hacía y
empañaban su visión. El aliento le faltaba en un intento de contener los
suspiros que delatarían su presencia.
Cuando chocó con el duro pecho de alguien quiso esquivar el obstáculo
y continuar, mas ese “alguien” la aferró con delicadeza para impedírselo.
— Nunca dejará de sorprenderme.
Esa voz… Lady Coral pestañeó tantas veces como fue capaz en un
segundo para poder mirarlo. Hasta que no lo viera no lo creería. Él…
— Yo… — Lady Coral se quedó muda.
— No sabía que las damas londinenses fueran tan divertidas. Las
imaginaba como muñequitas carentes de vida, incapaces de sentir nada con
la misma intensidad que yo — gruñó Ailaan, pasando los dedos de su mano
derecha por la mejilla de ella —. ¿Es usted como el resto?
— Yo…
— Pareciera que le ha comido la lengua el gato.
Lady Coral asintió con fuerza. No sabía qué había dicho él, pero le
había visto mover los labios y era suficiente. ¡Oh, dios mío! ¡Esos labios!
La boca de la joven se secó.
» ¿Le ha comido la boca? — Su tono se hizo mucho más grave —.
Lamento oír eso.
Tras tantos días de problemas, tras tantos días de malas noticias, cuando
Ailaan vislumbró a la joven dama que le había robado el sueño, danzando
en medio de la pista, la deseó como nunca antes. La necesidad se
incrementó en cada giro, necesitando ser él el que posase las manos sobre
su cintura, el que la acunase en cada movimiento, el que la hiciera brillar.
Ahora la tenía.
» Usted me descoloca. Todo lo que sé de su persona no casa con la
mujer libre de prejuicios que he visto hace un momento. ¿Quién es usted?
“Una loca que ha perdido la cabeza. Una dama venida a menos por
culpa de un padre borracho. Soy alguien que no merece que la miren de esa
forma.”
Lady Coral no dijo lo que por su mente vagaba. Se limitó a pestañear y
recordar las palabras del librito prohibido que la hacía volar. Era él, él era
su anhelo.
“Si me besas tal cual yo lo soñé, habré perdido el alma antes de abrir
los ojos. Si me besas tal cual me observaste esa noche, desearé volver a ese
instante el resto de mi vida.”
Porque para la joven dama un beso era suficiente. Lo era porque un
beso era agradable y cálido.
Lo que no esperaba era que su piel hormiguease bajo los dedos de él,
incluso cuando varias capas de ropa los separaban. Esa sensación agradable,
que la llevaba a aproximarse. Con la curiosidad que solo nace de la
inocencia, se atrevió a preguntar:
— ¿Quién debo ser para que me bese?
Su voz se perdió en los labios de él. Desde el mismo momento en el que
Ailaan la había protegido de su padre el día de su presentación, desde el
mismo momento en el que Ailaan había impedido que la golpease, fue
dueño de toda ella. Lady Coral lo había convertido en su héroe personal, tan
perfecto que nadie podría hacerle sombra.
Tener a Ailaan tan cerca era demasiado perfecto, tanto, que precisó
aferrarse a sus hombros para mantenerse en pie.
Sus pechos se rozaban. Él descendió lentamente.
» ¿Qué hace? — inquirió ella nerviosa.
— Lo que usted me ha pedido.
— ¿Qué…?
— La beso — la cortó Ailaan, hablando sobre la suave piel de los labios
femeninos. Sus alientos se mezclaron mucho antes de que llegasen a
tocarse. Se convirtieron en algo único, cuyo aroma solo podría definirse
como el aroma del deseo más puro y carnal.
Ocultos en la oscuridad se apretaron contra el otro. Él se contenía a sí
mismo, centrándose en envolver la cintura femenina. Ella disfrutaba
moviendo los labios despacio, hasta que notó la legua masculina buscando
una entrada. Un muestra del placer que sentiría si se dejaba llevar, fue
suficiente para comprender que el infierno no era solo una palabra o idea,
era mucho más.
Quiso morderlo, marcarlo.
Lady Coral notó cómo su piel se calentaba con rapidez. La ropa le
sobraba, la distancia era demasiada. ¿Qué necesitaba? No lo sabía. Él, era la
única respuesta capaz de encontrar.
— ¿Por qué? — lloriqueó ella cuando Ailaan la giró y colocó contra la
pared de la casa — ¿Por qué ya no me besa?
Los pasos, que a ella le habían pasado desapercibidos, pasaron de largo.
Ailaan, que la había protegido con su cuerpo, sonrió con orgullo ante la
visión de lady Coral. Despeinada, con los labios enrojecidos e hinchados y
los ojos velados por el deseo, seguía con el rostro alzado en una súplica que
él no pudo hacer más que satisfacer.
Cuando volvió a besarla dejó que la pasión que lo recorría llegase a ella.
Ya no temió asustarla. Colocando las manos a ambos lados de la joven,
cercándola contra la fría pared, arrasó con la tierna boca de la mujer que,
sin proponérselo, se había convertido en su deseo más oscuro.
Era un hombre rudo, curtido por trabajos que pocos eran capaces de
realizar. Si lady Coral supiera quién la estaba rozando de forma tan
desvergonzada, sin ninguna intención de convertirla en una dama
respetable, se habría apartado furiosa. ¿O no?
En ese instante, el mundo podría arder sin que ella quisiera estar en otro
lugar.
Capítulo 4
“Temo morir. Mi corazón se romperá ante la intensidad de lo que siento
entre sus brazos”, pensó lady Coral.
La noche los escondía, tal cual dos desvergonzados amantes que han
olvidado lo que deben hacer y han sucumbido a sus deseos. La diferencia
era que no se conocían de nada, por mucho que, para ella, él lo fuera todo.
“Me ayudó cuando nadie lo hizo. Me tendió la mano cuando más miedo
pasé” Se recordó la joven a sí misma, para atreverse a pasar los dedos por el
pelo de Ailaan. Sentía que acariciaba a un animal que podría escapar lejos
al más mínimo error, quería retenerlo sin saber cómo hacerlo.
El recuerdo volvió a su mente. El día de su presentación, el momento en
el que más hermosa, deseada y aterrada se sintió.
No quería que la noche terminase. Sabía que después vendrían más
invitaciones, pero ninguna como aquella. En esa sala, con la música de
fondo y las voces de decenas de personas creando un único susurro, ella
era una de las protagonistas.
Tan perfecto que creyó que su padre podría cambiar. Pensó que cuando
su padre la miraba lo hacía con cariño, que sus ojos brillaban de orgullo al
ver lo hermosa que estaba y el éxito que había tenido, al intuir que podría
conseguir un enlace que los beneficiase a ambos.
¿Tanto necesitaba su aceptación? Sí, incluso creyendo que la venda
había caído de sus ojos, seguía ciega. Incapaz de creer que su padre nunca
cambiaría, necesitaba creer que algún día se arrepentiría de todo lo que
había hecho y la aceptaría.
Sin embargo, cuando se encontró con su padre en la biblioteca…
cuando esperó un abrazo recibió una bofetada que la lanzó al suelo. Un
desconocido entró para ayudarla, un hombre de ojos negros que le tendió la
mano para convertirse en el dueño de su corazón.
— Padre, no lo haga… — había suplicado lady Coral cuando él aferró
su brazo, pero Ailaan no la soltó, no le permitió que la arrastrase lejos.
El aroma a madera y jazmín fue lo más delicioso que nunca había
rozado su nariz. Ella jadeó cuando se sintió apretada contra un duro pecho,
los músculos de Ailaan causaron cálidos escalofríos en lady Coral.
— Pocas veces he golpeado a alguien, no me fuerce a demostrarle lo
que se siente — gruñó el hombre, su voz pasaba a través de ella y lady
Coral alzó el rostro para mirar su boca.
— No ha de molestarse. — Se vio obligada a soltar la joven dama que,
incluso entonces, amaba lo suficiente a su padre para no querer colocarlo
en una posición difícil. No, no podía hacerlo. Su labio seguía sangrando, él
pasó el pulgar por su mentón para recoger el fino hilillo de sangre y se lo
llevó a la boca. Era algo asqueroso, ¿no? Y, sin embargo, ella se vio
incapaz de respirar.
— Nunca he soportado a los que abusan de otros, tampoco permitiré
que destruyan su sonrisa.
— ¿Qué sabe de mi sonrisa? — preguntó ella ilusionada.
— La he visto toda la noche, fue en lo único que logré fijarme. Creo que
me arrebató la capacidad de disfrutar de otra cosa cuando pasó sus ojos
sobre mí sin verme, pero resplandeciendo de pura felicidad — le describió
él. Lady Coral sintió el calor ascender por su cuello y asentarse en sus
mejillas.
— Gracias — logró balbucear ella —. Gracias por ayudarme. —
Hablaban entre susurros contenidos que convertían el intercambio en algo
prohibido. La oscuridad, la proximidad, ese encuentro sería perfecto si le
hubiera robado un beso.
Él no tuvo la osadía de mancillarla con sus deseos y a ella le faltaba
valentía para rogarle.
— Se recompondrá y la dejaré ante las que puedan protegerla. — La
ayudó a rehacer el peinado cuando vio que a ella le costaba. Sus manos
eran enormes, pero no lo parecían por la delicadeza que mostró, por su
habilidad al recolocarle las horquillas —. Seguirá siendo la más bonita de
toda la sala, aunque habrá de buscar una excusa para su boca.
— No importa, sabré qué decir.
— Eso es lo que me molesta — aseguró él, con tanta firmeza, que ella
se sintió especial, única, tan hermosa que habría sido capaz de volar si
Ailaan se lo hubiera pedido.
“¿Cómo dejarlo ir cuando temo no volver a cruzarme en su camino?
¿Qué estoy dispuesta a darle para tenerlo a mi lado?” Preguntas demasiado
importantes para hacerse a la ligera.
Lady Coral jadeó al sentir que las manos masculinas ascendían por su
cintura, para posarse en sus pechos. Incapaz de detenerlo, sin recordar por
qué debía hacerlo, dejó que su deseo lo acompañase y se atrevió a
introducir la lengua en la boca masculina.
Ese sabor era adictivo y único.
La joven apartó la boca sin alejarse. Nariz con nariz, respirando
agitadamente. Las uñas femeninas estaban firmemente clavadas en los
fuertes antebrazos de su desconocido, necesitando que se quedase el tiempo
suficiente para lograr una promesa de mañana. Una visita, un paseo por el
parque, cualquier cosa era suficiente.
— Ailaan, esperaba encontrarlo aquí — susurró ella —. He estado
preguntando por usted, pero me faltaba su nombre completo. Al final decidí
arriesgarme y rezar porque apareciera.
No usó ningún título, porque él ninguno poseía. El hombre se tensó al
momento.
» ¿Quién es usted? Aunque, si no quisiera decírmelo, no me importa. De
verdad, no me importa — repitió nerviosa necesitando que él la creyera —.
¿A usted le importa quién sea yo?
— ¿Qué quiere de mí? — preguntó Ailaan, quedándose frío. No sería la
primera ni la última. Muchas, antes que ella, habían tratado de conseguir su
dinero.
— A usted. Solo a usted.
— ¿Quiere ser mi amante? — inquirió él, con mucha más suavidad.
— ¿Su amante? — La mano de ella voló a su pecho. La idea la mareó,
el dolor en su barriga la hizo mecerse y separarse unos centímetros —. No,
yo… no podría ser solo su amante. Quiero ser su mujer.
— Lamento declinar la oferta. — A pesar de las palabras su tono fue
dulce. Ailaan acarició por última vez la mejilla de la joven dama,
perdiéndose en el azul de sus ojos. Ese tono tan parecido al mar en calma, a
ese amado mar que él adoraba —. Aunque le agradezco su regalo —
aseguró, rozando con el pulgar los inflamados labios de ella.
— ¿Cuándo vendrá a recogerme mañana? Todavía no le he dicho dónde
encontrarme, pero me gustaría que viniera temprano — prosiguió lady
Coral —. Debe comprender que mi juventud me hace inquieta y esperar no
es una de mis virtudes.
— ¿Acaso no me ha oído?
— No sabe lo que dice.
— ¿Qué no se qué? — Él estaba más asombrado que enfadado. La
miraba sin comprender por qué se comportaba de esa forma, aunque
percibía ansiedad bajo las palabras de ella.
— No sabe lo que dice. Usted es mío. Usted apareció porque el destino
lo envió para hacerme feliz. Sí, yo lo sé — se dijo, ¿o se lo decía a él?
¿Importaba?
Desde el momento en el que él le tendió la mano, lady Coral no dejó de
pensar en Ailaan. Dueño de todos y cada uno de sus pensamientos,
mantuvieron muchas conversaciones en el interior de su cabeza, se
regalaron abrazos prohibidos cuando el sueño la vencía.
Era posible que pareciera que iban demasiado rápido, no obstante, para
la dama él no era un desconocido. Era parte de su corazón pues lo quiso, lo
amó profundamente por la delicadeza que le había regalado, por esa forma
de mirarla que, a pesar de todo lo que había vivido y la poca autoestima que
conservaba, la hacía sentir especial.
» ¿Vendrá? Sí, lo hará. No podría hacerme sufrir.
— ¿Le hace este tipo de proposiciones a todos los hombres que conoce?
— la picó él, queriendo chancearse sin comprender que estaba más que
pendiente de la respuesta de lady Coral.
— Solo a mi marido. La idea de que usted me pertenezca hace que mi
pecho se caliente. No comprendo el motivo, pero a su lado las fiebres me
asolan — reconoció azorada, mientras se pasaba los dedos por el arco del
cuello y los dejaba terminar en su escote.
Ailaan había conocido a todo tipo de mujeres, sus preferidas las casadas
que sabían que no podían aspirar a más a su lado. Al mirarla supo que lady
Coral jamás aceptaría un arreglo semejante.
» Podemos caminar por Hyde Park. Me gusta esta época del año, ¿a
usted no?
— No soy su pretendiente. Puedo asegurarle que no querría unir su
nombre al mío. Es hermosa y tentadora. — Cada halago revolvía las
entrañas de ella que, colgada de sus palabras, se mecía sobre un profundo
acantilado. La caída podía destrozarla, aunque estaba mucho más cerca de
las nubes que nunca —. Podría hechizar a cualquiera. Escoja mejor, ha
puesto los ojos en el menos recomendable.
— Pues yo lo quiero a usted.
— No sabe lo que dice.
— ¿Por qué? ¿No le gusto? — La timidez, el miedo, esa fragilidad que
no mostraba ante nadie salió a relucir con fuerza —. Puedo ayudarle, cuidar
de su hogar. Sería una buena madre.
— No lo dudo.
— Pero no le gusto. — Lady Coral le dio la espalda derrotada. ¿Cómo
luchar contra eso? Sintiéndolo tan cerca que temblaba ante el más mínimo
roce de la ropa, quiso encontrar las palabras adecuadas para una digna
despedida. El beso, con él, había sido mucho mejor de lo que habría podido
soñar. Al menos eso le quedaría siempre, un beso.
La joven se rozó la boca.
Ailaan no sabía cómo hacer entrar en razón a la muchacha. No debió
haber cedido a su impulso, a su favor diría que mientras la observó bailar
había vaciado tres copas sin darse cuenta. El alcohol había descendido por
su gaznate sin que fuera capaz de apartar los ojos.
La recordaba. Estaba allí porque no había sido capaz de olvidarla y,
durante varias veladas, había sido un observador entre las sombras. Era
diferente, estaba rota y él, mucho mejor que nadie, podía reconocer a ese
tipo de personas.
“Pero sigue en pie, luchando. No se ha rendido y es tan hermosa…
Muero por saber lo que se esconde bajo ese vestido” La mente de Ailaan
obligó a sus manos a posarse en la fina cintura femenina, en un impulso la
acercó hasta que la tuvo bien pegada.
Ella miraba al frente, él hacía lo mismo, ambos pensaban solo en la
inmensa cantidad de piel que se rozaba y, a todas luces, no era suficiente.
— Me encanta. — Ella quiso volverse ilusionada, él no se lo permitió
—. Puede que por eso no vaya a permitirle hacer una tontería.
— Quiero estar con usted. Quiero conocerlo, quiero ser suya.
“Quiero ser suya…” Esas palabras lograron excitarlo de tal manera que
Ailaan se meció contra su falda cual chiquillo.
Haciendo acopio de voluntad, diciéndose que no podía actuar como con
cualquier otra, que si la desfloraba nadie la querría nunca, apretó las manos
con fuerza y la soltó. No llegó a apartarse.
— No soy un noble ni tengo títulos. Soy un hombre trabajador que
pronto habrá de regresar a América. Soy un hombre que disfruta en el mar y
le haría daño, por mucho que tratase de evitarlo. — Nunca había sido su
intención volver a verla, no tras lo bien que se sintió al protegerla. Ella era
peligrosa y él no se arriesgaría —. Busque marido entre los suyos. Soy el
hombre más peligroso con el que se ha cruzado nunca.
— Los míos me han hecho daño.
— Más se lo haré yo.
— No puede estar seguro…
Posó los labios en su nuca, deslizó las manos por sus brazos
calentándolos en el proceso. Le decía que no pensase en él como una
posibilidad, mientras le descubría sensaciones intensas que ella sabía que no
lograría dejar atrás.
— No sabe nada de mí. Solo un nombre, el que he dado al mundo. No
conoce mi pasado, tampoco ha descubierto mis pecados. ¿No tiene miedo?
Lady Coral negó lentamente, el aliento de él impactó contra la piel que
rodeaba su oreja.
Ella se estremeció.
» Debería.
Y con los dientes atrapó el lóbulo, jugueteando a tirar de él. No pudo
evitar usar la lengua, ella se dejaba hacer sin fuerzas para retirarse. No
había orgullo herido ni mañana, se dejó atrapar por ese manto cálido que
llegaba acompañado con el olor a madera y jazmín. Un aroma fresco que a
ella le encantaba.
» Corra. Huya, pequeña muñequita. No me deje acercarme o temo
devorarla.
— Hágalo. Hágalo si me permite ir con usted.
— No sabe lo que pide. No sabe lo que le esperaría a mi lado. —
Entonces se detuvo. Lo pensó despacio, no pudo resistir la tentación —.
Ojalá pudiera soportarlo, sin embargo, ya le han hecho daño suficiente.
Con rudeza la abrazó, para hundir los dientes en la piel de su cuello.
Mordió a su muñequita con la necesidad de destrozarla para darle una
muestra, para que le temiera. Si proseguía sus pesquitas puede que se topara
con peligros de los que él no podría salvarla.
» Debe dejar de preguntar por mí.
— ¿Usted lo sabía?
— En parte por eso he venido a su encuentro. No debió hacerlo. — Ella
apretó los ojos para contener el impulso de alejarlo. El dolor comenzó como
un pinchazo agudo que hizo que encogiera hasta los dedos de los pies, sin
embargo, cuando Ailaan comenzó a usar la lengua para torturarla, fue
mutando sin que ella se percatase.
Estaba centrada en las palabras de él, en su aliento recorriendo la piel de
su cuello, impactando contra las zonas que el vestido no protegía. Cada
diminuto pedazo de su ser se alzaba queriendo mucho más. Él le hablaba de
peligro, ella quería lanzarse de cabeza.
» No sabe el peligro en el que se encuentra solo por estar entre mis
manos. ¿Y si la tomase contra un árbol? ¿Y si desgarrase su hermoso
vestido sin piedad? No debe ni pensar en hombres como yo.
— Hágalo.
— No sabe lo que dice.
— Es posible. Ya esperaba ser de otro, abrir las piernas para otro que no
me hace sentir tan libre. A su lado me siento a salvo, por mucho que trate
de hacerme creer lo contrario. Cuando me toca sé que no me dejará caer. —
La mano de Ailaan se detuvo antes de regresar a su cuello. Ella lo atrapó y,
usando sus finos dedos, lo acarició con dulzura —. Es posible que prefiera a
un monstruo, a uno que me cuide y proteja.
Ailaan no quería ser cruel, menos con ella.
Girándola, como si la música los envolviera, tomó su cintura. Perdidos
en los ojos del otro, la hizo girar, aprovechando que ambos se mareaban
para alzarla.
— No acudiré.
— Lo hará.
— Muñequita de porcelana… Usted no sabe cómo es el mundo y se ha
lanzado en brazos del bribón más temido de las Américas. ¿Qué espera
conseguir?
— No lo sé.
— Sufrirá, eso se lo puedo asegurar.
La joven enlazó sus delgados brazos entorno al cuello de aquel que no
era quien parecía. Envolvió su cuello y estiró el rostro para buscar sus
labios, ofreciéndose sumisamente a quien no dejaría marchar la oportunidad
de volver a probarla.
Su barco partiría seis días más tarde, era una cuenta atrás que ella no
conocía. Todavía no comprendía por qué lo había pospuesto tanto, aunque
con ella en brazos se hacía una ligera idea.
» Si fondea conmigo por la cara oculta de Londres es posible que no
pueda regresar a su apacible vida. Se arriesga a perder cuanto ha conocido,
mucho más de lo que le arrebatarán por la vergüenza que su padre le ha
causado.
— ¿Es usted un ladrón y asesino? ¿Es un pirata?
— ¿Se alejaría si le dijera que sí?
— No.
— Jajajaja. Así me gusta, muñequita. — La besó con brusquedad, con
ese fuego que tan bien escondía al resto del mundo chisporroteando en la
punta de la lengua. La forzó a una pelea húmeda en la que cada lametazo
intensificaba el siguiente. En el que las caricias no eran suaves y los dedos
se agarrotaban suplicando por más.
Cuando la posó en el suelo a ella le costó mantener el equilibrio.
— Llevo buscándolo desde entonces — confesó sin pensar —. ¿Por qué
me ayudó? Padre tenía derecho a castigarme… Usted lo sabe.
— Y usted a defenderse, solo que nadie le ha enseñado a hacerlo.
— ¿Lo hará usted? — preguntó lady Coral esperanzada.
Con una sonrisa traviesa Ailaan extrajo una pistola, en la cual ella no
había reparado, y le obligó a tomarla. Cuando el índice de lady Coral se
posó en el gatillo Ailaan colocó el propio encima.
— ¿Tiene miedo?
Lady Coral asintió.
» Hace bien. Defenderse puede ser agradable, también peligroso.
— No importa — jadeó ella —. Usted no permitiría que nada malo me
sucediera.
— No cesa en su empeño de repetir esa mentira. Soy yo el que desea
hacerle algo muy malo, muñequita — ronroneó, colocándose tras ella para
obligarla a alzar el brazo en el que tenía el arma. Apuntando al frente, al
espacio vacío que nadie ocupaba. Ella miraba esa nada sintiendo una
inmensidad ante el contacto de él —. Antes de que el mes termine mataré a
alguien. Apretaré este mismo gatillo y me desharé de uno de los suyos. ¿Me
delatará?
Ella no supo qué decir, en cierta forma Ailaan se sintió decepcionado.
¿De verdad esperaba que dijese que no?
» No me conoce. ¿No lo comprende?
— Lo hago — graznó ella, casi sin voz.
— Huya. Hágalo, puede que fuera lo único sensato que haría esta noche.
— Ella no se movió —. Aléjese antes de que olvide quién es usted y le
arranque el vestido, antes de que deje mis dientes marcados en zonas de su
cuerpo que nunca antes han sido acariciadas.
— No le temo. — ¿A quién se lo decía?
— Apriete…
Fue él el que incrementó la presión, cuando el gatillo terminó su
recorrido ella se encogió, nada sucedió.
» ¿Lo ha sentido? La expectación, esa sensación dolorosa en la boca del
estómago que hace que aguante el aliento. Así me sentí cuando la vi bailar,
así me siento cuando tomé su boca. Sé que es peligroso, que usted puede ser
mi perdición. ¿No lo comprende?
Ambos bajaron el brazo.
Cuando Ailaan volvió a guardar el arma ella no dijo nada. Se quedó
petrificada, congelada, con las palabras masculinas danzando en su mente.
¿Era posible? ¿Sería un asesino? Dicen de esos hombres que son personas
peligrosas, capaces de cualquier cosa, mas ella sí que había mirado a un
monstruo a los ojos y no se parecían en nada a los de Ailaan.
Quiso creer en él, por muy ingenuo que fuese, sin temer las posibles
consecuencias. Viendo que su boca no le respondía, apoyó la mano en el
brazo de Ailaan. Caminó despacio y posó los labios en su mejilla, cabeceó
un segundo, un instante de aceptación que él no supo cómo encajar.
La voz de Noemille la llamaba, Ailaan aprovechó para escapar. Antes
de irse pasó los dedos por su espalda con suavidad.
» Es usted tan hermosa como ingenua.
Capítulo 5
Mientras las mujeres se reunían, Ailaan regresó a la sala. Caminó
directo hacia la biblioteca, donde los varones jugaban a las cartas y bebían.
Sin que nadie se percatase de su presencia, se sentó en una de las butacas y
cogió una copa.
Con esa mirada de halcón, que no presagiaba nada bueno, se dispuso a
esperar. Antes o después acudiría a él, su presa se aproximaba sin
comprender que ese sería su final.
A medida que el minutero avanzaba en el reloj de cuco que había en la
pared, Ailaan aprovechó para revivir los momentos compartidos con la
joven dama. No se habían cruzado por casualidad, eso era algo que lo
aguijoneaba cuando ella no cesaba en ofrecerle mucho más que un beso.
Sumergiéndose en el pasado, Ailaan se sobresaltó al sentir una mano en
su espalda.
Chase, que iba vestido con uno de los uniformes de los sirvientes, se
inclinó junto a su oreja para susurrar:
— Ha llegado. Está hablando con la varonesa, por lo que he logrado
escuchar le nombran como el vizconde Hereford — susurró éste.
— Tenemos tiempo. Dejémosle disfrutar, pero avisa a nuestros
hombres. No podemos dejarlo escapar.
— Creo que no ha venido solo — escupió Chase, oteando la sala de
reojo y ofreciéndole otra copa a modo de excusa.
Ailaan alzó la mano, moviéndola como si estuviera apartando un
molesto moscardón. Chase se alejó a regañadientes, al tiempo que Ailaan se
incorporaba despacio y caminaba hasta la puerta de la biblioteca. Desde allí
podía observar casi todo el salón de baile y no le costó encontrar al
susodicho.
¿Aquella poquita cosa los había metido en tantos problemas? Por eso él
nunca juzgaba a la ligera, lo estudió despacio, queriendo conocerlo mejor
que su propia madre.
“Pagarás por todo lo que nos has hecho. No volverás a engañar a nadie
más” Le prometió Ailaan, recordando cuánto le había costado obtener la
información necesaria para localizar al vizconde de pacotilla.
Se miró las manos que, a pesar de estar impolutas, todavía conservaban
la sensación pegajosa de la sangre a medio secar. “Ella nunca lo sabrá” La
idea de que lady Coral lo descubriera, de que lo odiase, pesaba mucho más
de lo que debería. “Ella no debe sufrir por los pecados de su padre. Esa
basura haría lo que fuera necesario por una copa más”
Se escurrió con habilidad hasta colocarse a pocos metros de su presa.
Alzando la copa, escondió la sonrisa de burla, que escapó por su boca ante
el agudo todo del vizconde. Damien, pues ese era su nombre, no dejaba de
adular a la baronesa Churston que, a pesar de ser de todo menos hermosa,
sonreía orgullosa a su interlocutor.
El vizconde se acercó más de lo preciso a ella, sonriendo de lado con
unos labios demasiado gruesos y húmedos. Sus ojos, azules y saltones, la
recorrieron con descaro y oscuras promesas. Puede que los rumores fueran
ciertos, o puede que no, mas las malas lenguas decían que ambos se habían
encontrado las últimas semanas a espaldas del barón que, sin saberse
cornudo, recibía a su invitado con los brazos abiertos.
El vizconde Hereford se recolocó chaqueta que, ante la falta de carnes
que la sostuvieran, regresó a la posición inicial.
— No debe preocuparse — soltó, bastante más alto el vizconde, para
que cuantos se encontrasen cerca pudieran escucharlo con claridad —. Esa
dama ha demostrado que nunca estará a su nivel. ¿Cómo ha osado
presentarse sin ser debidamente invitada? — se chanceó sin apartar los ojos
de la baronesa — Ha hecho bien en colocarla en su lugar. Pronto no podrá
hacer otra cosa que calentar el lecho de algún noble aburrido — Y él quería
ser el primero de la lista.
Ailaan apretó los puños al comprender a quién se referían.
— Si no hubiera sido una dama no sé qué hubiera sucedido. — Sacando
el abanico comenzó a mecerlo con fuerza. Su pelo pajizo se removió,
pareciera que iba a quedarse calva en cualquier momento. Ailaan incluso se
imaginó la situación, ¿era posible que, lo que parecía un nido de pájaro, le
perteneciera realmente? — Ahora se acepta a cualquiera entre la gente de
bien y, tras ser repudiada, ha acabado en el hogar menos aconsejable.
El vizconde graznó, aunque todos los que lo vieran asegurarían que se
reía.
Chase, siempre al acecho, evitó aproximarse demasiado. Ailaan,
sabiendo que se quedaba sin paciencia, decidió acelerarlo todo.
— Perdonen que los moleste — dijo con fuerza, notando como la
“dama” se tensaba. Aun así, los ojos de ella lo devoraron poco después —,
pero me han hablado del vizconde y desearía conversar unos minutos con
él.
— Perdón, ¿usted es? — El vizconde que, hasta instantes antes parecía
bobo, dio un paso hacia atrás desconfiado. Sus ojos poseían ahora un brillo
metálico, la inteligencia que intuyó Ailaan no podía fingirse.
— Podría decírselo, mas me han comentado que usted comprendería mi
reticencia cuando me haya explicado — soltó Ailaan evasivo. “Si lo
supieras jamás aceptarías acompañarme”
— Por supuesto… — El vizconde Hereford apretó la empuñadura del
bastón, Ailaan hizo como que no se percataba. Él mismo también palpó que
su pistola se encontraba en su lugar, si la sangre debía correr no sería la
suya.
La tensión podía cortarse mientras Ailaan, con un brazo, señalaba el
jardín y ambos se encaminaban allá.
Cuando la noche los recogió y se internaron entre las sombras, Ailaan
supo que no tenía mucho tiempo, pero no pudo evitarlo…
— Dicen de usted que ha hecho negocios por todo el mundo —
comenzó despacio, tanteando un terreno lleno de arenas movedizas en las
que no quería hundirse —. ¿Es eso cierto?
— Soy un hombre de mundo, desde luego. — Sacando un puro del
bolsillo de su chaqueta, procedió a encenderlo.
— Espero que pueda perdonar mis prisas. — “Pagarás, eso te lo juro”
— No obstante, el tiempo me escasea. Tengo entre mis manos un
cargamento del que deseo deshacerme, tengo entendido que usted es aquel
al que debo preguntar.
— ¿Podría concretar un poco?
— Debe comprender mi reticencia. No me gustaría acabar colgado antes
de envejecer, siempre de la mano de una hermosa mujer. — Volvió a tocar
la culata de su pistola. Ailaan notaba que el aire se detenía, los sonidos se
alejaban, a medida que hablaban las ganas de estrangularlo, de obligarlo a
largar, ganaban peso —. Solamente diré que ese cargamento es perecedero
y muy peligroso.
— Comprendo.
“Por supuesto… ¿Qué menos del mayor esclavista de todo Londres?”
— Si tan solo pudiera recomendarme a alguien…
— No se preocupe. En dos días todo estará solventado, por un precio
acorde con el riesgo en el que me coloca.
— Por supuesto. — Puede que el vizconde no lo escuchase, pero los
dientes de Ailaan chirrearon —. Es una pena, ahora cuesta mucho encontrar
hombres inteligentes en los que poder confiar.
— La mayoría se han vuelto puritanos. No comprenden que unos
siempre mandarán sobre otros, alguien debe servir. — Se detuvo,
aprovechando para dar una gran calada.
— En América conocí a un joven prometedor, puede que usted sepa de
él. Le llamaban Emer, aunque nadie conoce su verdadero nombre. Dicen
que era un afamado carterista, mas cuando yo me crucé en su camino era el
mejor con los números. Su mente era prodigiosa.
El vizconde Hereford apartó el puro.
» Era prodigioso. Lo observé una vez en una partida de cartas, aunque
me enteré que, poco después, le prohibieron jugar.
— ¿Quién es usted? — inquirió nervioso el vizconde.
— Es una pena que hubiera desaparecido. Nadie conoce su paradero,
muchos temen que haya muerto, aunque yo sé que no es posible. No, ese
joven no moriría con facilidad, es como las ratas. ¿No cree?
— ¿Quién es usted? — repitió el vizconde, mirando la entrada del gran
salón.
— ¿Quién cree usted que soy? ¿Sabe? No debería engañar a los míos,
¿creyó que saldría impune?
— No sé a qué se refiere.
22— ¡Oh! No dudo que otros se tragarían sus mentiras, pero yo me he
informado muy bien acerca de usted mucho antes de presentarme. —
Ailaan se miró los dedos por segunda vez esa noche. La culpa por lo que
había hecho, incluso sabiendo que estaba más que justificado, llegó al
mismo tiempo que el hermoso rostro de lady Coral —. En mi caso ha de
comprender que ya le haya juzgado. ¿Qué cree que sucede con los que
entran en mi territorio y roban lo que me pertenece?
— Si lo que quiere es dinero…
— ¿Teme que ellos se enteren? ¡Sería horrible! ¡Un vizconde como un
vulgar trilero! Un escándalo, desde luego. — Enseñó los dientes cual chacal
—. Ahora bien, no es eso lo que debe temer. — Alzó la mano y un par de
hombres se acercaron despacio, pareciera que emergieron de las sombras.
— No es lo que parece. Son negocios, entremos y hablemos, estoy
seguro de que podremos llegar a un acuerdo… — ¿Le escucharía alguien si
gritaba? ¿Podrían ayudarle? ¿Llegarían a tiempo? Mil ideas desesperadas
navegaban por su cabeza, se deslizaban como serpientes venenosas pues,
cada vez que desechaba una, más le temblaban las piernas. No, no era
precisamente valiente.
— Cogedlo — ordenó Ailaan, mirando la esquina del lugar con anhelo.
Allí, tan solo unas horas antes, se había sentido libre, poderoso, incluso
capaz de redimirse de todo lo que había tenido que hacer por despedirse de
la pobreza que, de niño, lo había transformado en un vulgar ratero.
“Y por Rebeca…”
Asqueado incluso por quien había sido, Ailaan retiró esos pensamientos
y los encerró bajo llave, el hombre que traspasó al vizconde con la mirada
encendida era poderoso y, tan rico, que daba asco.
Ailaan sonrió satisfecho.
» ¿Sabe? Habría sido sencillo pagar lo que usted pedía, sin embargo,
¿qué diría eso de un hombre en mi posición? Si permitiera que usted nos
engañase muchos más se atreverían a intentarlo, espero que no me tenga en
cuenta lo que me dispongo a hacer. — ¿Se estaba excusando? Nada más
lejos de la realidad.
— Yo no… — No pudo decir más. Usando un trapo viejo, hediondo,
uno de los hombretones lo amordazó. El vizconde Hereford fue
transformado en un bulto que, sin esfuerzo, se echaron al hombro los
matones mientras Ailaan se recolocaba las mangas como si él mismo
hubiera realizado el trabajo físico.
— Deberías tener cuidado. Me estoy cansando de cargar con tus errores
— siseó Ailaan, mirando a Chase por el rabillo del ojo —. No me obligues
a mandarte lejos.
La imagen de los campos de trabajo detuvo el corazón de Chase. A
pesar de haber vivido siempre juntos Chase contuvo la lengua, iba a
retirarse cuando Ailaan prosiguió:
— Debes dejar de emborracharte en el pasado. Mientras tratas de
matarte bebiendo, jugando o jodiendo, lastimas a los pocos que seguimos
preocupándonos por ti — escupió, incapaz de dar otro tipo de afecto.
Hacían falta agallas para acercarse, incluso para palmear la espalda de
Chase, fue incapaz —. Thanae merece que olvides.
— ¿Cómo puedes pedirme eso?
— Deja que los muertos descansen — insistió Ailaan.
— ¡Era mi hija! — aulló Chase, volviéndose con los puños cerrados —
Era mi niña… ¿no significa eso nada para ti?
— Y habría luchado por ella, pero ha muerto y es hora de que lo
aceptes. De nada sirve que sigas dilapidando lo poco que te queda, no me
obligues a escoger.
Chase recordó la sonrisa llena de su pequeña, esa forma que tenía de
morderse el puño cuando estaba a punto de romper a llorar.
El pecho de Chase se encogió fruto de la desolación más absoluta, un
dolor que lo atravesó y congeló de la misma forma que el fatídico día en el
que recibió la noticia.
— Jamás podré dejar de llorarla, no me importa lo que hagas. — Dejó
que sus hombros cayeran sin fuerza —. Nada tiene valor sin ella.
Habría sido mejor que lo siguiera, que evitara que terminase en alguna
pelea callejera o, peor, a cuchillazos en un sucio callejón, sin embargo,
Ailaan no trató de hacerlo. No podía seguir cuidando sus espaldas a todas
horas, era el momento de aceptar que había perdido a su hermano.
No lo culpaba, lo seguía queriendo y comprendía sus motivos, sin
embargo, no podía permitir que los hundiera a todos en esa pena.
Volviéndose, sonrió cansado al recordar cómo lady Coral se había
entregado, esos besos tímidos e insuficientes que, sin embargo, atesoró
como un gran recuerdo. La joven tenía la capacidad de hacerle olvidar, de
transportarlo a un lugar en el que solo ellos dos existían.
“Habría sido sencillo hacerla mía”, pensó él, arrepintiéndose de no
haber metido las manos bajo sus faldas, de no haber intentado más. Puede
que, incluso, pudiera convencerla para que lo acompañase de vuelta a
América, sin embargo, para ella no sería suficiente y, un hombre como él,
un hombre con tantos enemigos, no podía arriesgarse con una familia.
“Escogí mi camino y ahora debo aceptarlo”
Regresó a la fiesta y fue a recoger su abrigo y chistera. Mientras se
colocaba el sombrero dejó que sus pasos lo llevasen hacia la puerta, sin
prisa por llegar a ningún lado, con mil tareas pendientes que no deseaba
llevar a cabo.
Cuando se vio ante el carruaje y, mientras entraba y dejaba que el
cochero cerrase la portezuela tras él, sacó el reloj de bolsillo y tomó asiento.
Se quedó mirando la aguja dorada de los minutos que corría por el lugar
siendo la dueña real del mundo.
“El tiempo no se detiene por nadie. No importa lo que suceda, ni que
creamos que el mundo ha terminado para nosotros”, esa reflexión se alejó
mientras le daba la vuelta y leía la frase que había grabada en el reverso.
No podrás escapar de ti mismo.
El pasado, ese que, durante unas horas había dejado en América, insistía
en pegarse a su pecho a la menor oportunidad.
— Debo hacerle comprender a esa preciosidad que lo nuestro no es
posible. No soy su pretendiente, no soy ningún jovencito que besará el
suelo por el que camine. — Golpeó el techo del carruaje con fuerza.
Sacando la cabeza por la ventanilla le gritó al cochero —. No regresaremos
a casa todavía. Debo hacerle comprender a una señorita que no aceptaré que
elija por mí.
“Solo es una excusa…” Sin hacerle caso a esos pensamientos
traicioneros, apoyó el mentón sobre la mano mientras miraba las calles
pasar, sintiendo la expectación crecer en su vientre ante la idea de volver a
verla.
Era el momento de sorprender a su muñequita.
Capítulo 6
En el hogar de los marqueses de Carisbrooke reinaba el silencio. Sus
habitantes dormían, al menos la mayoría.
Tras llegar y permitir que la desnudaran, lady Coral despidió al servicio
y se sentó ante el tocador. Solo había permitido que le pusieran el camisón
para alejar el frío, pero con los pies descalzos sobre la alfombra, se
dedicaba a pasar el cepillo por sus rubios cabellos al mismo tiempo que
recordaba su encuentro con Ailaan.
Era un hombre oscuro, lleno de misterios y secretos, no obstante, era esa
misma oscuridad la que la hacía sentir a salvo. Incapaz de comprender los
motivos, de dar argumentos, sencillamente aceptó que le gustaba un hombre
nada recomendable y, lejos de ser el fin del mundo, nuevas oportunidades
que nunca antes se había planteado, surgieron ante su persona.
— ¿Le habré gustado lo suficiente? — Noemille decía que los hombres
podían perder la cabeza por una mujer, sin embargo, ¿cómo saber si eso
había sucedido? ¿Existía algún tipo de señal, como un lunar en el culo o que
los ojos se le ponían bizcos?
Sonriendo y, con el rubor asentándose en sus mejillas, lady Coral se
cubrió el rostro avergonzada.
» Pero, ¿qué estoy pensando? ¿Cómo podría verle yo el culo para
averiguarlo? — La idea hizo que le entrase mucho calor.
Azorada se puso en pie y dio varios saltitos con el peine en la mano,
sonriendo, feliz como pocas veces. La ventana estaba entreabierta y, una
fina corriente, la zarandeó haciendo que se acercase a solventar el
problema.
Lo que la joven dama no esperaba eran los ojos negros que la espiaban
desde el otro lado. Un hombre la observaba con los labios apretados y,
aunque su primer instinto fue gritar pidiendo auxilio, reprimió las ganas al
reconocer el rostro del hombretón que había allí encaramado.
La vergüenza la hizo correr a por una bata de gasa rosa y, a
continuación, se aproximó a abrirle para que entrase, sabiendo que era de
todo inadecuado. ¿Qué hizo para solventar el problema? Por supuesto fue a
echar la llave para que no pudieran sorprenderlos.
Todavía de espaldas, con la columna recta y temiendo no ser capaz ni de
caminar en su presencia, se volvió despacio mientras Ailaan se estiraba tras
entrar por la ventana.
» ¿Qué hace usted aquí? — lo interrogó feliz, nerviosa, histérica y con
ganas de reírse hasta caer rendida. Acercarse o correr lejos, mil instintos en
su interior que estaban pendientes de él — ¿Acaso no comprende lo
inadecuado de su visita?
Ailaan la recorrió con los ojos, lady Coral incluso se miró el cuerpo en
busca de aquello que le parecía tan interesante a su invitado. Tras alzarlos
después y comprender que él todavía la inspeccionaba se sintió desnuda,
como si pudiera ver bajo la ropa que llevaba.
» ¿Se encuentra usted bien?
Ailaan alzó, ¡por fin!, sus pupilas hasta el rostro de la joven.
— Espero no haberla despertado — comenzó él.
— ¡Ya sabe usted que no! — Zarandeó el peine ante él, dispuesta a
lanzárselo de ser preciso —. ¿Acaso no me estaba espiando?
— Puede, — Se encogió de hombros, ella alzó una ceja —. no era mi
intención. Solo he venido a decirle que mañana no acudiré, que no tengo
tiempo para perder con una niña rica como usted.
— Pero lo pierde metiéndose en mi recámara…
— Cierto. — ¿Qué decir cuando ella lo desarmaba solo con esa forma
de morderse el labio al observarlo? ¿Cómo no reaccionar ante los
escalofríos que intuía, ante esa forma de observarlo? ¡Le estaba suplicando
que se acercase con su postura, con su mirada, con su sonrisa!
Incómodo, volvió a aclararse la voz.
» Fue impulsivo por mi parte, espero que me disculpe.
Iba a marcharse, ella corrió a tomarlo del brazo.
Cuando los dedos finos de la joven entraron en contacto con él no pudo
moverse. Se quedó respirando profundamente mientras ella caminaba a su
alrededor y se colocaba frente a él, se quedó congelado en un intento de no
ceder a sus más bajos instintos.
— Quédese un poco más…
— No sabe lo que pide — gruñó Ailaan.
Cierto, no lo sabía.
Lady Coral pasó los dedos por su chaqueta, estaban solos, solos,
alejados del mundo. Lo miró sintiendo auténtico pánico a su rechazo, no
buscaba nada, no quería ir a ningún lugar, tan solo cedía a la curiosidad, a
esa necesidad de tocarlo para que la electricidad recorriera sus entrañas.
» Debe aceptar que no estaré en su vida. La ayudé porque me dio pena y
no soporto que abusen de las mujeres, pero no debe buscar otros motivos en
mi caballerosidad.
Lady Coral asintió triste.
— Lo comprendo. ¿Sabe? He sufrido mucho en mi vida, mucho más de
lo que nadie pueda llegar a imaginar. — Sonrió sin hacerlo, con la pena
colgando de las pestañas, de las mismas palabras que la avergonzaban —.
Nunca he disfrutado nada como estar a su lado, aquí, ahora. ¿Puedo pedirle
que, aunque yo le repugne, se quede un poco más?
No le quedaba orgullo, necesitaba aquello, necesitaba fingir que él
sentía el mismo hormigueo, que esa necesidad de más también lo consumía.
Ailaan quiso abrazarla, decirle que ella era maravillosa, hermosa y
fuerte. Quería soltar hermosas palabras que, una vez dichas, se volverían
contra ambos y los lastimarían todavía más. Se mordió la lengua como
único remedio.
— Conseguirá marido y será feliz. No debe preocuparse por lo que su
padre le ha hecho.
Ella asintió, aunque de ningún modo le daba la razón. Lo hizo medio
ausente, cansada de hablar del hombre que, lejos de protegerla, había
descargado sobre ella todas sus frustraciones.
» No debe preocuparse.
La envolvió en un abrazo, ella se dejó hacer sin mirarlo realmente.
» Disfrute y…
— ¿Puede besarme?
— No sabe lo que me está pidiendo…
— No cesa en su empeño de recordarme que no sé lo que hago, mas
está equivocado. Sé que no es correcto, sé en qué me convierten mis
acciones, también sé que será lo único hermoso que tendré a lo que poder
aferrarme. Si me siento tan bien con usted, ¿por qué no quedarme así? —
Ella apretó los ojos furiosa —. ¿Por qué se empeña en hacerme despertar de
este sueño tan hermoso?
— Porque no es un sueño.
— ¿Y si lo fuera? — preguntó lady Coral ilusionada, alzando el rostro y
dejando que sus brillantes ojos azules lo hechizaran.
Se miraron con intensidad, incapaces de retirarse. Él, que ya la tenía
atrapada entre sus brazos, la pegó mucho más a su pecho, la sostuvo y
apretó hasta que ella jadeó al sentir los duros músculos del varón.
» Quizás algún día… ¿no cree?
¿Cómo quitarle la ilusión? Ailaan no fue capaz de hacerlo. Ella se sentía
pequeña, tan frágil que podía romperse con una mala palabra. No quería
destruirla, la sola idea de que eso sucediera hacía que le hirviera la sangre.
— Muñeca, ha pasado por mucho. ¿Por qué permitir que, quien nada es
para usted, tenga tanto poder sobre su persona? — susurraba a medida que
se inclinaba sobre su rostro.
Eran dos personas que trataban de alejarse, viendo en el otro un refugio
único que los llevaba a aproximarse sin ser conscientes.
Si Ailaan pretendía ser tierno no fue capaz. Los labios gruesos y suaves
de ella lo hicieron anhelar morderla, la entrepierna se le endureció con
rapidez y tanta intensidad que deseó atravesarla una y otra, y otra, vez…
Con ella nunca sería suficiente.
Aferró su nuca con la mano para impedir que retrocediera, la miró
dándole una última oportunidad de pedirle que se marchara.
Su silencio, su aliento contenido, sus labios rojos y entreabiertos…
Ailaan no podía imaginar nada más erótico, más deseable.
» Dígame que no soy digno de tocarla, dígame que no valgo nada y que
debo irme. Si lo que dicen de usted es cierto hará lo correcto.
— ¿De qué me ha servido hacer lo correcto? — inquirió ella sin voz,
con ese tono agudo que hizo que gruñera para terminar — Ahora quiero
hacer lo que deseo, lo que me dicta mi corazón.
— Muñeca, esto es un error…
“Y lo sabías desde que le pediste al cochero que viniera a su casa.
Desde que le diste otra dirección esperabas que esto sucediera” Era la voz
de su conciencia, evitando que se restase responsabilidad por lo que
necesitaba hacer.
La veía suplicarle que la tomase, como si el hacerlo no fuera en sí
mismo un regalo. La veía suplicando que la aceptase y, ¿cómo no hacerlo?
Acudió a la boca de lady Coral cual sediento, queriendo memorizar
cada suspiro. Aferró con los dientes su labio inferior y tiró, haciendo que
ella temblase y buscase su cuello para anclarse ahí. Era sencillo dejarse
llevar, disfrutar de esas manos fuertes y callosas recorriendo sus caderas, la
ropa era fina y permitía que lo sintiera con tal intensidad que pronto deseó
que la desnudara.
Jugó con la lengua antes de entrar, la tentó de tal forma que ella acudió
a su llamada, permitiendo que ambos se enzarzasen en una búsqueda
infinita. Querían llegar a un lugar inalcanzable mientras, en cada suspiro, en
cada caricia desesperada por arrancarle la ropa al otro, perdían un poco más
de quiénes eran antes de llegar allí.
ÉL quiso probarla e irse, demostrarse que era capaz de huir de su sabor.
Ella necesitaba aferrarlo, demostrarle que era ella la única capaz de sacarle
palabras de mañana, promesas inquebrantables que juntarían sus caminos.
Ailaan la alzó entre sus brazos, para poder llegar mejor a su boca. La
alzó y acercó, ella no se atrevía a moverse por hacer algo que rompiera el
hechizo.
Fue un beso agresivo, necesitado, tan ardiente como el hombre que
trataba de aferrar junto a ella.
» ¿No es suficiente? — Pero no la soltó.
Ella negó con la cabeza, pasándose los dientes por la misma zona que él
había mordisqueado. El sabor de ambos se mezclaba como el mejor de los
afrodisíacos. Un beso, un beso suyo era perfecto.
Cuando alzó las negras y espesas pestañas ella estaba pletórica.
— Es usted mío, ¿verdad? — sonrió con inocencia, con miedo — ¿Me
hará daño?
— No sabe lo que dice.
— Cierto. No sé lo que sucede, mas necesito saberlo. Tengo miedo,
tanto miedo… pero no quiero que se detenga. — Se miró las piernas, la
naturaleza fue la que dejó que una idea revoltosa la llevase a enlazarlas en
la cintura masculina.
Lady Coral no sabía que tenía tanta fuerza hasta que lo atrapó y apretó,
lo justo para saber que él no podría huir fácilmente.
Ailaan la miró sin reconocerla.
— Es fascinante — reconoció él.
— Me han hecho daño. Sabe usted que no soy nadie ya, ¿es suficiente?
— Ella frotó sin querer sus labios más íntimos contra él, repitió el gesto,
extasiada ante la sensación antes de pensar en lo que hacía —. Yo…
— Es una niña jugando con un animal peligroso — gruñó Ailaan,
sintiendo que podría explotar en cualquier instante. Habría mojado el
pantalón de no tener tanto autocontrol, acarició el pelo de ella con bastante
brusquedad, propia de quien no acostumbra a hacerlo. Caminó con ella
colgada hasta que la oprimió contra la pared. Tan diminuta, tan perfecta y
tentadora.
Nadie lo sabría nunca, ¿verdad?
“No puedo hacerle esto”, se repitió mientras se permitía aferrarla por el
culo para que no cayera. Mas sus dedos exploraron mucho más de lo
necesario, provocando que lady Coral echase la cabeza hacia atrás.
» Debe correr. No puede esperar acariciarme sin correr peligro, algún
día morderé la misma mano que ansío lamer. La recorrería entera si pudiera,
¿no comprende que trato de protegerla?
— Intenta arrebatarme lo único que me hace feliz.
— Calle.
— Sin usted no tengo motivos para continuar, es usted mi única alegría,
la única luz que me queda. No me deje sola.
Era una súplica imposible de ignorar.
Puede que fuese culpa del influjo de la luna que entraba por la ventana,
o de esa brisa fría que acariciaba sus sudorosas pieles. Puede que fuese ese
olor carnal que, proveniente de ellos mismos, los envolvía y alejaba de
pensamientos responsables.
Podrían echarles la culpa a múltiples motivos, no obstante, habían
cruzado una línea invisible y no había marcha atrás.
Volvió a besarla, ella cooperó lo mejor que supo. El corazón le fallaba,
se movía sin control contra un pecho que no se hinchaba con normalidad,
mientras él la convertía en una masa necesitada y sin control sobre sus
extremidades.
Cuando parecía que Ailaan se retiraría volvía al ataque, pero eso no
impedía que ella sintiera pavor cada vez que se alejaba. No, no la dejaría.
Las manos de él avanzaron bajo la ropa, alzándola, dejando su culo al
descubierto. Con habilidad él mismo se deshizo de sus pantalones.
“No es la forma de hacerlo. No con ella” Quiso entrar en razón, era
imposible hablar en ese momento, dar razones o motivos.
Se separó unos centímetros y la observó, buscando en el fondo de los
azules iris de ella.
— ¿Qué sucede? — preguntó lady Coral temerosa, incluso con ganas de
llorar ante la idea de que se fuera. Se rompería, si él se marchaba ahora no
podría soportarlo.
— ¿Está segura? Si la hago mi mujer, — Mordisqueó su mentón
necesitando tomar aire, hacer un descanso ante lo que esas palabras
significaban —. si la hago mía no habrá vuelta atrás. No podrá arrepentirse
más tarde, no existirá forma de arreglarlo.
— ¿Seré suya?
— Nunca de la forma que usted imagina. — Quiso hacerle ver que el
mundo que ella conocía no existía a su vera, no al acompañar al hombre que
la sostenía. Ella no parecía querer entrar en razón y, que Dios lo fulminase
en ese mismo instante, pero él tampoco quería que lo comprendiera.
— Siempre suya — suspiró ella, aferrándose a un impulso para apretar
los labios contra la boca de él.
Quiso poseerla enfebrecido. Tras esas dos palabras, “siempre suya”, no
podía dejarla atrás. Puede que fuera cierto, eso tenía que estar escrito.
“Una damita inútil me he agenciado” Sin embargo, por mucho que,
refiriéndose a otras personas eso podría ser un insulto, cuando era ella la
que tenía en mente, no existía mejor cumplido. “Una hermosa, dulce y
tierna damita.”
Se entregaron sin percatarse de que lo hacían. Se dejaron llevar, ella con
miedo, él queriendo hacerle el menor daño posible.
Se colocó a su entrada, enterrando la cabeza en el arco del cuello de
lady Coral y besando tan delicada piel. Mordisqueó y chupó, al tiempo que
se mecía contra sus labios más delicados.
Movía las caderas sin entrar, permitiendo que la humedad lo lubricase,
que ella temblase y llegase al orgasmo antes incluso de comenzar.
Lady Coral no comprendía qué le estaba sucediendo cuando su cuerpo
convulsionó, incapaz de soportar el calor, la intensidad. Se aferró a él,
pidiendo descanso, para abrir los ojos sorprendida al notar que, cada nuevo
roce, era ahora mucho más intenso.
» No podré soportarlo — comprendió ella, con miedo, dispuesta a
comprobar si era cierto.
— Disfrute, jamás la dejaría caer.
Ella lo creyó. Asintió y volvió a cerrar los ojos.
Ailaan apretó los labios, sus dientes chirriaron ante el autocontrol que
demostraba para no penetrarla de un empellón. Queriendo hundirse en sus
carnes, enterraba los dedos en las caderas femeninas mientras la mecía
también a ella.
“Piensa en ella, solo en ella. Aguanta… Joder, ¡no puedo más!” Ailaan
sentía el sudor descender por su piel, se habría rasgado los ropajes con los
dientes si, para hacerlo, no tuviera que dejar de tocarla.
» Ailaan, por favor. — Ella acudió a los labios de su dueño, condenada
a recibir la más dulce de las torturas —. Venga conmigo. Siento que está
lejos, no se aleje de mí. Por favor, no me deje sola.
¿Cómo soportarlo? ¿Era posible?
Aferró los rubios cabellos en su puño, la obligó a alejar el rostro
mientras la traspasaba con sus negros ojos.
Sin apartar la mirada comenzó a entrar. Notaba su entrada estrecha, lo
estrangulaba, ella se tensó. Podría dedicarle palabras hermosas, tratar de
relajarla, sin embargo, ya no le quedaban fuerzas suficientes. De ser
caballeroso, más incluso, se derramaría mucho antes de hacerla mujer.
Al ver que lady Coral fruncía el ceño no pudo evitarlo.
— Va a doler — soltó Ailaan de golpe —. Solo será un momento.
¿Acaso le temes a un poquito de daño? — ¡La había tuteado! Solo en eso
pensó ella cuando sonrió asintiendo — Confía en mí, debes relajarte.
Lady Coral asintió, clavó los dientes en su labio e inspiró, tomando todo
el aire por la nariz.
Fue entonces cuando él lanzó sus caderas hacia ella. La traspasó y las
piernas se le quedaron sin fuerzas. A trompicones la llevó hasta la cama
hasta que ambos cayeron, incapaces de soltarse.
» ¿Estás bien? — Podía decirlo, había perdido completamente el control
de la situación —. ¿Se encuentra bien? — Se recompuso como pudo.
— Estoy bien, — Apoyó la mano en su mejilla —. ¿y tú?
Ailaan comenzó a moverse, meció las caderas, pendiente de cada
reacción, al ver que ella no se quejaba fue haciendo cada movimiento más
contundente. Al final ambos se desbocaron.
El orgasmo los envolvió, creciendo como una ola que temían, cuya
llegada marcaría el final de ese acuerdo tácito en el que ambos se
pertenecían. El orgasmo era lo más maravilloso y aterrador que se les
ocurría pues, una vez la pasión hubiera amainado tendrían que volver a
pensar y, fue justo por eso, por lo que ambos lo retrasaron hasta que fue
imposible.
Sudorosos, con la ropa estorbándoles y humedecida, él tomó sus manos
y, entrelazando los dedos, las inmovilizó sobre la cabeza de lady Coral. La
miró, controlando esos últimos empellones en los que buscaba marcarla de
alguna forma.
» No puedo más…
— Coral… — Como el que se ocultaba bajo las aguas que a él le
encantaba surcar. Algo sencillamente hermoso en lo que era inevitable
perderse, la belleza más arrolladora estaba entre sus brazos —. hemos
cometido el error más grande de nuestras vidas.
Fue la frase con la que se dejó ir y la que ella no sería capaz de olvidar.
Duras palabras que la golpearon brutalmente, haciendo que, sin necesidad
de amoratar su piel, el dolor la quebrase.
Cuando él se quedó laxo no se atrevía a moverse, avergonzado por lo
dicho. Fue ella la que, aferrándose a la poca dignidad que le quedaba, lo
empujó con las piernas y se tapó como pudo, sintiendo que nunca lo
lograría.
Se alejó, casi desde la puerta, como si lady Coral se dispusiera a salir de
la alcoba, la dama señaló la ventana.
— Váyase, se lo suplico — siseó harta de poner buena cara, cansada de
fingir que lo que le hacían no la laceraba.
Primero su padre y ahora él. ¿Acaso había algo malo en ella que
impedía que pudieran amarla? ¿Era su culpa?
Negándose a caer todavía más bajo, temiendo acabar arrastrándose por
obtener de nuevo sus anestesiante caricias, ella apretó los labios.
» Váyase antes de que lo descubran.
— No es lo que traté de decir. Ahora está unida a mí y, puedo
asegurarle, que no es el destino que usted esperaba. — Avergonzado, se
volvió a subir los pantalones. Se abrochó con rapidez, notando la humedad
de ella todavía sobre la piel —. Vendré a por usted, no me perdonaría
dejarla tirada tras lo sucedido.
— ¿Por qué?
No pudo responder, no lo sabía. Sencillamente ahora era suya, así lo
sentía él.
Ante el silencio recibido ella asintió todavía más dolida.
» ¿Sabe? Usted es como padre, solo que hace mucho más daño. Al
menos sus golpes los cura el tiempo, temo que sus palabras se clavarán en
mi corazón hasta el día que muera. — ¿Quién estaba hablando por su boca?
Lady Coral fue incapaz de detenerse, notando que cada palabra impactaba
con fuerza en el mismo hombre que zarandeaba su mundo.
— No pretendía hacerle daño. Debe comprenderme, si he venido a usted
es para hacerla entrar en razón y, lejos de conseguirlo, ambos hemos caído
en el embrujo de la carne.
— Váyase, se lo suplico.
Quiso acercarse, al ver que se abrazaba a sí misma, retrocedió y caminó
hasta la ventana.
¡Lo que le hacía falta! ¡Más problemas! Sin embargo, cuando la miraba,
no era capaz de imaginarse largándose lejos sin saber más sobre ella.
Dejarla a la deriva en un mundo que no la había tratado con gentileza, la
mujer que había descubierto con sus caricias necesitaba un amor sin
condiciones, algo que él no sabía si era capaz de ofrecerle.
Se fue en silencio, queriendo disculparse, incapaz de hacerlo. ¿Acaso no
había disfrutado? Era ella la que no dejaba de buscarlo, ¿por qué ahora se
molestaba por lo que no era más que la verdad?
Capítulo 7
La mañana amaneció nublada, pareciera que el que movía los hilos
desde las nubes comprendía que ella la necesitaba así.
Lady Coral lanzó una mirada a la ventana y, apretando las sábanas
contra su pecho, dio otra vuelta más en la misma cama que conservaba su
olor. Incapaz de detenerse, enterró la nariz y apretó los ojos, la congoja
pesaba demasiado.
— Milady, debe levantarse. La marquesa la espera en la sala para
desayunar. Dice que quiere conversar con usted — repitió de nuevo Lisbeth,
sin lograr respuesta por parte de su señorita. La joven ni siquiera la miró, su
mente vagaba lejos.
Lisbeth se aproximó, tomó las sábanas y trató de destaparla, ella se
aferró con uñas y dientes para evitarlo. ¿Desde cuándo deseaba pelear? ¿De
dónde nacía esa furia?
— No podremos quedarnos eternamente en este lugar, aunque puede
que sea lo mejor. — ¿Lo creía de verdad? Irse con un hombre que la tenía
como un error era un destino incierto, aunque el único por el que era capaz
de mostrar algo de interés.
— Milady, la marquesa jamás la echaría de su casa. Ella prometió
encargarse de usted y cumplirá su palabra, la marquesa es una buena mujer
— intervino Lisbeth, tomando un vasito de agua y tendiéndoselo —. ¿Se
encuentra mal?
— Fatal, me encuentro… — ¿Cómo? Quiso desgarrar las sábanas entre
sus dedos —. No importa. ¿Sabe lo que quiere de mí?
— No me ha dicho nada. Parece que han llegado noticias del marqués,
aunque no he logrado averiguar más. — Tensa, apartó la ropa y se puso en
pie. Abriendo los brazos, dejó que su dama de compañía la adecentara sin
intervenir en la elección de vestido o peinado. No le importaba, por ella
como si le ponía un pájaro sobre la cabeza.
Lady Coral se detuvo ante el espejo y notó un ligero hematoma en su
cuello.
“Debería taparlo, si alguien se percatase…”
En su lugar pasó los dedos por el recordatorio de lo sucedido y caminó
hasta la puerta. Al oír el llanto de Darian se desvió de su camino. Con paso
seguro entró en la sala contigua al dormitorio de los marqueses y se detuvo
al observar cómo la niñera lo mecía sin lograr nada.
“Te entiendo mejor de lo que crees. Estás furioso con el mundo”
» Váyase a buscar a la nodriza, este pequeño tiene hambre — ordenó
con tono seco al tiempo que estiraba los brazos y tomaba al pequeño.
Mientras la señora corría, lady Coral caminó hasta la butaca y tomó
asiento mientras lo abrazaba con suavidad, besando su cabecita.
» Pronto crecerás y el mundo te obligará a ceder, una y otra vez, hasta
que no quede nada de ti. ¿Es por eso por lo que gritas? — susurró contra su
oreja, notando que Darian se relajaba y la miraba con sus enormes ojos
grises.
Sin saber por qué quiso cantar y, ¿qué mejor ocasión que con un público
que no podía recordarle la voz tan horrible que poseía? Tras la primera nota
la entonación mejoró considerablemente, mientras ganaba confianza al
notar que el niño sonreía y hacía gorgoritos en un intento de acompañarla.
Eran un dueto perfecto.
Escondida entre la multitud
de un pueblo sin piedad
al fin me atreví a alzar la voz
qué pena que ya no tuviera nada que decir…
Se detuvo, algo estrangulaba su garganta. Tanto tiempo evitando pensar,
sentir incluso, ahora las emociones la atravesaban de golpe.
Lo que todos veían era el reflejo
gastado y añejo
que de mi quedó.
Ahora nadie puede conocerme
porque ni yo misma lo hago
y mientras todos dicen poseerme
a mí misma me vendí…
Ahora queda el reflejo del pasado
en las marcas de mi piel.
Ahora queda el reflejo de mis miedos
en temblores que yo misma invoqué.
¿Cómo hacer para dejar de ser
aquella que una vez aprecié?
¿Cómo hacer para olvidar quien fui?
La niña tonta que creyó poder…
¿Poder qué? ¿Olvidar los golpes y seguir como si nada? ¿Creía que,
fingiendo que las palizas de padre no eran para tanto, eso convertiría los
golpes e insultos en algo soportable?
Cada bofetón, cada latigazo con el cinturón, la habían hecho más
pequeña, la habían convertido en alguien con tanto miedo a romper las
normas que ahora, al tener tiempo para pensar, no sabía qué quería
realmente. ¿O sí?
“Él no podría quererme. No lo culpo. ¿Cómo amar a quien ni su padre
soporta?”
Alzando la voz hasta que le importó un bledo quién pudiera escucharla,
se puso en pie. Con Darian entre sus brazos comenzó a girar y bailar,
notándolo como el mejor de los compañeros, sintiéndose comprendida al
verse reflejada en tan diminutos ojos grises.
No permitas que convenzan
a tu corazón.
No permitas que te obliguen
a olvidar cómo volar.
Se detuvo, besó la suave mejilla de Darian y supo que extrañaría tener
sus propios hijos. Era sencillo imaginar cómo sería.
“Ojalá fueras mío…”
— No se detenga ahora. Es una melodía hermosa, aunque triste. —
Noemille caminó despacio y, sin pedirle de vuelta a su hijo, tomó asiento en
una de las butacas. Observó a su amiga con calma, reconociendo su
inquietud —. Continúe.
Quiso negarse, mas cuando lady Coral le dio la espalda y aferró con
firmeza a Darian, pudo fingir que Noemille no la había interrumpido. Era su
forma de compartir sus secretos, sus vergüenzas pues, en parte, las
siguientes estrofas eran para la marquesa.
Grandes secretos se esconden
En una pobre muchacha
Que de fingir ser de hierro
Sin lágrimas se fue a quedar.
Ahora que tengo en mis dedos
Caricias sedientas de ti
Comprendo que…
— No puedo hacerlo — dijo lady Coral de pronto. No encontraba las
palabras, el tono, eran un puñado de ideas que buscaban salir, perdiendo el
sentido original —. Cójalo, por favor.
— ¿Qué le sucede?
— Estoy harta de ser un error. De ser un adorno hermoso que nadie
quiere a su vera, la opción más aconsejable, pero la que nadie escoge. —
Cuando Noemille tomó a su hijo y lo acunó para tranquilizarlo lady Coral la
enfrentó con una mirada herida —. Necesito enfrentar mis demonios,
incluso si para hacerlo…
Seguía teniendo miedo a padre. La aterraba. Podía matarla en un
impulso, aunque debía correr el riesgo.
» Espero poder regresar — soltó antes de salir corriendo.
— ¿Qué? ¿Qué está diciendo?
Por mucho que Noemille trató de perseguirla, cuando llegó al pasillo
lady Coral ya había llegado a la puerta. Solo se detuvo a tomar su capa, el
resto se quedó atrás.
Sola, desesperada por hacer una locura, por hacer algo, cualquier cosa.
“Necesito comprenderlo…”
No pensó en parar un coche, a punto estuvo de perecer bajo las patas de
un par de caballos cuando cruzó la calle a toda prisa. No sintió miedo, los
esquivó sin comprender el peligro que había pasado. Lo hizo con la
desesperación atizando sus pasos.
Llegó en poco más de una hora. Cuando estuvo ante la puerta se detuvo,
incapaz de dar el último golpe. ¿Cómo llamar a la puerta de su hogar? Podía
sonar ridículo, pero se sentía ante las puertas del infierno sabiendo que era
posible que éste la engullese.
Un demonio la atraparía y golpearía, le haría pagar las afrentas de las
últimas semanas al abandonarlo como madre había hecho. Nada importaría
lo que ella dijese, ¿verdad?
“No lo hagas…” Se dijo a sí misma mientras veía su mano cerrarse y
golpear con los nudillos tres veces, ni una más ni una menos.
El mayordomo debería abrir con rapidez, en lugar de eso se vio a sí
misma esperando más de diez minutos. Algo extraño estaba pasando.
Cuando la puerta se entreabrió un hombre, de aspecto lamentable, sacó
la cabeza sin permitirle atisbar lo que sucedía en el interior de la casa.
— ¿Puedo ayudarla? — preguntó él, pasando sus ojos por la joven de
forma apreciativa.
— Vengo a ver a mi padre. Soy lady Coral — puntualizó, al ver que la
confusión hacía que el “nuevo mayordomo” arrugase los morros —. ¿Me
permite pasar?
— No es un buen momento.
Iba a cerrarle la puerta en las narices. ¡Hubiérase visto! Con esa
elegancia y saber estar que había mamado, lady Coral lo detuvo al plantar
sus manos contra la madera maciza que hacía de portón.
— No es usted quién para decidir a quién atenderá o no el conde de
Saxonhurst, ¿no cree? No me obligue a recordarle cuál es su lugar — soltó
autoritaria sin lograr, como pretendía, que el hombre se apartase —. ¿Y
bien?
— Señorita, hágame caso y váyase. No quiere entrar, se lo aseguro.
— ¡¿Pero quién se cree usted para decirme lo que quiero o no quiero
hacer?! ¡¿Pero cómo se atreve a tratarme de esta manera?! — ¿Estaba
furiosa con él o con el mundo entero?
Antes de que pudiera continuar gritando ante la puerta, montando un
espectáculo que llevaba a los transeúntes a detenerse y observar la situación
con marcadas muestras de curiosidad, el hombre la aferró por el brazo y la
metió dentro de muy malas formas.
» ¿Qué se cree que está haciendo?
— ¡Cállese! Su voz me molesta — siseó Conrad, posando la hoja de
una navaja en el cuello femenino. Una hoja afilada que, en un mal
movimiento, la cortó e hizo saltar.
— ¿Qué… qué está sucediendo? — Quiso retroceder, no tenía a dónde
dirigirse. Acorralada, tragó saliva despacio —. Lo lamento. Déjeme ir, no
diré nada.
— Usted no irá a ningún lado. No sé qué querrá hacer mi jefe con una
preciosidad como usted, aunque lo averiguaremos pronto, ¿no cree? — Una
de las manos del desarrapado acabó sobre el hombro de ella, jugando con
los lazos de su vestido —. Es una pena que no tengamos mucho tiempo…
La oscura promesa hizo que la joven se estremeciera. Lady Coral se
negó a gritar o dar muestras de tener miedo, no era la primera vez que las
piernas le temblaban bajo el vestido. No, ella no sería una de las que se
echarían a sus pies a suplicar clemencia.
Lady Coral sonrió fríamente, sorprendiendo a su captor.
Aferrando a la joven por sus dorados cabellos la obligó a moverse,
llevándola hasta el salón que había junto a la biblioteca. Desde allí se
escuchaban voces quedas, de pronto los gritos agudos y desgarradores la
dejaron sin respiración.
— ¿Qué están haciendo? ¿Quién…? ¿Era ese mi padre?
— Deje de hacer preguntas.
— ¿Qué es lo que buscan? ¿Dinero? ¿Es eso? — continuó ella.
— Si no guardas silencio me obligarás a cortarte la lengua. — Cuando
Conrad se inclinó su apestoso aliento la golpeó e hizo boquear. La mano de
ella acabó ante su nariz —. ¿Lo ha comprendido?
Lady Coral asintió y se dejó caer sobre el sofá al verse libre.
¿Qué sucedería con ella? ¿La violarían? ¿La matarían? Tuvo tiempo de
hacerse muchas preguntas mientras esperaba. Daban las tres y cuarto
cuando la puerta de la biblioteca se abrió y, si bien creía estar preparada
para cualquier cosa, estaba equivocada.
Lo miró, parpadeó y volvió a fijar la vista en el hombre despeinado y
manchado de sangre que, ante los presentes, volvía a ponerse la camisa con
parsimonia.
— Mantenlo con vida hasta que averigüe si decía la verdad — ordenó
Ailaan a Conrad, antes de girarse y descubrirla. Ambos se otearon
incapaces de hablar, él estiró las manos como única forma de tranquilizarla,
ella trató de retroceder, para dar con el respaldo del sofá —. ¿Qué hace ella
aquí? — preguntó, a nadie en concreto — ¿Quién la ha dejado pasar?
— Estaba montando un espectáculo. No había forma de que se largase
— comentó Conrad, sin comprender que su error era mucho más grave de
lo que él pensaba.
— Muñequita, no esperaba verla tan pronto — susurró entonces,
queriendo llegar hasta ella. Lo que él no recordaba, y ella descubrió con
rapidez, fue que sus manos seguían carmesís —. Habría deseado poder
hablar con usted en otras circunstancias.
“No es posible… Es un monstruo…” La voz de la conciencia de lady
Coral aullaba, aunque apenas lograba quedarse con un par de frases.
— No se acerque a mí — soltó ella furiosa.
— Permítame explicarme. Ya le dije que odiaría mi mundo, que me
odiaría a mí. — Quiso excusarse, tomarla y llevarla a un lugar en el que
pudiera besarla, acariciarla y calmarla como él creía que debía hacerse. Ella
se puso en pie olvidando la prudencia, sin comprender que estaba retando a
uno de los hombres más peligrosos de América.
— ¿Sigue vivo mi padre?
— Por supuesto. Vivo, pero no intacto — se corrigió, analizando la
expresión de la dama que, sin miedo, alzó el rostro antes de caminar hasta
llegar frente a él y abofetearlo.
Despacio, Ailaan volvió a mirarla de frente.
— ¿Se encuentra mejor?
— ¿Por qué? ¿Por qué permitió lo de anoche? — E incluso jugándose la
vida, no era a él a quien temía. No, ¿podía equivocarse tanto? — Quiero ver
a mi padre.
— ¿Para qué? Ambos sabemos que estaría mejor sin él.
— ¿Quién es usted para decidir eso? — Se pegó a él en ese último paso,
sus bocas tan cerca y ese reto silencioso nadando entre ambos —. ¿Un
asesino? Una escoria que atacó a mi padre mientras buscaba meterse en mi
cama. No tiene vergüenza.
— Tanta como usted al regalarse.
Ella asintió dándole la razón, él posó las manos en sus hombros para
retenerla, no era eso lo que quería decir. Fue una respuesta automática, ella
era mucho más. ¿Acaso no lo comprendía? Nunca la trató como a una
cualquiera.
— Quiero ver a mi padre — repitió, tratando de no pensar en sus
manos, en el calor que recorría la zona que rozaba. Se traicionó al entreabrir
los labios, confusa pues, por primera vez en su vida, quería justificar lo
injustificable. El bien y el mal no existía, no cuando él estaba a su lado.
— Señor, lo están atendiendo arriba — le recordó Conrad, ganándose
una mirada tenebrosa por parte de Ailaan.
— Vigilen al prisionero — siseó Ailaan, tomando a lady Coral en
brazos y alejándose a grandes zancadas. Subió las escaleras con agilidad,
sin llegar a soltarla. Se detuvo en la cima y, necesitado de ella, se dejó llevar
por mucho que no era lo correcto.
Ojalá pudiera decir que era como se había imaginado su reconciliación
y, sin embargo, cuando Ailaan buscó su lengua ella se la dio. Se dejó arrasar
sin culpa, sin pensar que estaba en el nido de unos maleantes, sin mayor
preocupación por el hombre que le había dado la vida.
No, lady Coral era la protagonista de un cuento de dos, la mujer de un
hombre oscuro que la sostenía y recorría como si la necesidad más
primitiva no hiciera más que crecer cuando estaban juntos.
Cuando se separaron ella posó las manos en el pecho de Ailaan,
manteniéndolo a una distancia prudencial. Con la respiración agitada
comenzó a hablar:
— ¿Qué ha hecho? — Cerró los ojos y apoyó la frente en su pecho. Se
dejó abrazar por el demonio, por el ser oscuro que había llegado para
dejarla sin voz, sin más anhelos que él mismo —. ¿Por qué mi padre?
— Negocios, aunque mentiría si no le comentase que deseaba
destriparlo desde el mismo momento en el que le levantó la mano a usted.
Quería arrancarle la piel por haberla lastimando. — Pasó los dedos por la
blanca mejilla de su muñeca, pareciera hecha de fría porcelana, tan perfecta
que, en ocasiones, daba miedo que pudiera romperla en mil pedazos.
— ¿Debo saber lo que hacen aquí?
— No, aunque ahora es mi mujer y es parte de mí.
Lo empujó más, separándose físicamente para que fuese más sencillo lo
que se disponía a soltar:
— No sé si es eso lo que deseo. — Cuadrando los hombros, buscó un
pañuelo entre sus faldas y se limpió los labios, de forma que él pudiera
verlo —. Como bien dijo fue un error y lo acepto, sin embargo, no seré la
primera que caiga en escarnio ni la última.
— ¿Qué es lo que dice?
Lady Coral comenzó a caminar y abrir puertas, buscando la alcoba
donde su padre descansaba. Cuando la halló entró de golpe, sorprendida al
ver a su padre escondido entre las sábanas, lleno de heridas y cardenales de
distintos colores.
La mirada ausente de su progenitor la hizo sentir bien, de alguna forma
se vio reflejada en él mismo.
— Padre — lo llamó con fuerza, incapaz de aproximarse más —. Padre.
— Mi amada Coral, ¿eres tú? — parecía mucho más viejo.
— Sí, padre.
— Aproxímate, querida. Me gustaría verte.
Un paso. Solo eso. El resentimiento la sobrepasó, no confiaba en él.
“Se lo merece. ¿Por qué sentir pena por quien tanto te ha hecho llorar?
¿Dónde estaba la compasión cuando era él el que te dejaba postrada a ti?”
Sin embargo, nunca fueron iguales y, en ningún momento, le deseó pasar
por el mismo tormento.
— Padre, necesitaba verlo. Creía tener preguntas, ahora comprendo que
solo quiero decirle algo. — Apretó las manos con fuerza, sintiendo los
anillos clavarse en su piel —. Es un cobarde alcohólico, un cobarde que me
repitió en incontables ocasiones que no valgo nada. ¿Creía que nadie me
amaría nunca? — inquirió con rabia — Puede ser cierto, pero yo me quiero.
Me aprecio. Puedo ser poquita cosa, pero es suficiente para mí.
Más tranquila se atrevió a llegar a la vera del lecho del conde. ¿Cómo
había podido aterrarle tanto? Era solo un hombre. Un hombre cobarde, que
se había dejado envenenar por sus vicios y no supo detenerse a tiempo.
— Querida, has de ayudarme. Unos hombres me han golpeado y me
culpan de haberles robado. Hija mía, yo jamás haría eso. — La voz fangosa
del conde se alzó para suplicar —. Debes convencerlos de que me dejen ir.
Has de hacer cuánto sea preciso.
— ¿Qué pretende que haga yo?
Lady Coral notó la mirada fría de su padre en su pecho, retrocedió con
una sensación fangosa extendiéndose por su piel.
» ¿Qué pretende que haga yo? — repitió la joven.
— Cuanto sea preciso. Hija, son hombres y tú eres bonita. Seguro que el
que les manda estaría feliz con una joven como tú a su lado, ¿no crees? Has
de intentar convencerlo para que tenga compasión.
Lady Coral se negó a seguir escuchándolo. Salió de la habitación a toda
prisa y cerró la puerta a su espalda, tratando de no escuchar los gritos
desesperados del conde tras ella.
“Él no me haría eso. No a unos hombres que podrían acabar con mi vida
sin dudar. Él no me haría eso…” Se llevó las manos a los oídos y apretó las
uñas contra la piel que los rodeaba.
— ¿Se encuentra bien? — Ailaan quiso ser dulce, comprensivo. La
tomó del brazo y la guio a la recámara más alejada.
— ¿Lo matarán?
Lady Coral observó los cuadros que pendían de las paredes, los muebles
forrados con telas rosadas que pertenecieron a su madre. Llevaba muchos
años sin entrar en ese lugar.
» Eso es lo que teme él. Reconozco que se ha granjeado muchos
enemigos a lo largo de los años, aunque nunca pensé que ninguno se
atreviera a tanto por cobrar una deuda. — Suspiró y recordó el colgante que
llevaba al cuello. Se lo quitó con pena, era lo único valioso que le quedaba
—. Espero que sea suficiente.
— ¿Por qué hace esto? — Ailaan miró el diamante que le tendía,
incapaz de tomarlo.
— ¿El qué?
— ¿Por qué lo defiende cuando él no lo haría por usted? — Ailaan tomó
el colgante y, colocándose a su espalda, volvió a colocarlo en su lugar.
Cuando el diamante descansaba entre los pechos de lady Coral él se inclinó
y besó su cuello, dejando un toque húmedo al mordisquearla después —.
¿Por qué lo protege?
— Siempre será mi padre. — Los dedos de él descendieron por su
columna vertebral, ella no se movió —. ¿Es cierto? ¿Acabará con su vida?
— Debería hacerlo — susurró a la oreja de ella, dejando que su aliento
penetrase por cada diminuto recoveco. Cálido, húmedo.
— ¿Lo hará?
— Debería, aunque ahora usted me pertenece y yo cuido lo que es mío.
¿Desea que lo deje ir? — Jugó con el lóbulo de su oreja, rozándolo con la
punta de los dientes entre palabra y palabra. Ella notaba la humedad
descendiendo por sus piernas, haciendo que perdiera el hilo de la
conversación —. Podría hacerlo por usted, sería mi regalo.
— Gra—gracias — tosió la joven.
“Debería ser inmune a él. Jamás podría enamorarme de alguien capaz
de golpear a otra persona”
La mano derecha de Ailaan se posó en su cintura, manchando su vestido
de sangre. Ella trataba de mantenerse en su lugar mientras él se pegaba
hasta que era imposible que el aire corriera entre ambos, se restregaba
despacio, sin buscar adentrarse bajo la ropa, aunque necesitado de
intentarlo.
— Usted forzó el mayor error que ambos hemos cometido. ¿Cómo
pretendía que me negase a tomarla cuando sus labios clamaban por mis
besos, cuando su piel se erizaba ante el más mínimo toque? ¿Creía que sería
capaz de retirarme? ¿Eso creía?
— Lo lamento.
— Muñequita mía, no lo haga. Por mucho que sepamos que usted
sufrirá a mi lado también sabemos que ninguna otra mujer disfrutará tanto.
¿No lo nota? — Lo hacía. Lo deseaba, era un hombre que sabía tentarla y
provocarla. ¿Cuánto tiempo duraría ese efecto?
— Aceptaré mi responsabilidad. Yo me regalé y ahora acepto ser su
compañera. Deje que mi padre viva y no toque a los que amo. Prométame
que nunca alzará la mano contra los que me importan.
Ailaan se sintió ofendido, no lo reconoció ante ella. Muy digno él, la
hizo girar y le tendió la mano como haría al cerrar un trato con cualquier
caballero. La apretó con fuerza cuando ella se la tomó, sin dejarla ir pasados
unos segundos.
— Tiene miedo y hace bien. Mi mundo devora a las mujeres como
usted, las destroza y escupe los pedazos. Demasiado delicadas y perfectas,
les hace falta más arrestos.
— Comprendo.
— ¿Me da la razón? — Ailaan la acercó de un tirón —. Creí ver algo
diferente en usted.
— Preciso pensar. ¿Soy libre de marcharme?
— Siempre que tenga pensado regresar.
Con los hombros caídos llegó a la puerta, notando que la imagen que
tenía de él se había distorsionado. Se había aferrado a un momento de su
vida en el que solo Ailaan le había tendido la mano, queriendo ver solo lo
bueno.
Lady Coral aferró el colgante y, con el diamante firmemente apretado,
se despidió sin saber si volverían a cruzarse. No, el destino era una gran
incógnita para ella:
— Estaba dispuesta a todo por conseguirlo, viendo en su persona mi
felicidad. — El mundo era peligroso, no había cabida en él para la
ingenuidad —. Fui feliz, por unas horas fui muy dichosa con usted.
Capítulo 8
La vuelta al hogar de los marqueses fue lenta. Caminaba sin saber si
quería llegar o, por el contrario, debía tomar otro camino al azar.
No se preocupaba por si, allá a donde fuera a parar, tendría comida o un
lugar en el que dormir, le servía cualquier lugar aislado en el que nadie
presenciase su miseria.
Llegó hasta Hyde Park y paseó por sus prados con ese andar cansado,
pero la espalda recta. Hay ciertas costumbres que nunca se dejan atrás. Se
dirigió al lago Serpentine y tomó asiento en una inmensa piedra que habían
colocado para tal uso.
Los recuerdos llegaron, haciendo que extrañase con intensidad un rostro
en concreto.
— Hermano, ¿qué te sucede? — preguntó lady Coral entonces,
deteniéndose en ese mismo lugar y obligando a Danniel a hacer lo mismo
— Algo extraño está ocurriendo, confía en mí como cuando éramos niños.
— No tienes motivos para preocuparte. Encontraré la forma de aclarar
las cosas — replicó él, aunque su palidez y ojeras gritaban que lo había
intentado en muchas ocasiones en los últimos días sin lograr nada.
—Hermano, ¿qué mal puede ser tan terrible? — Ella era demasiado
ingenua entonces, Danniel la había protegido mucho más de lo que
entonces pensaba. Él hacía que todo pareciera sencillo, blanco o negro, la
escudaba de los mayores peligros sin pedir nada a cambio.
— El amor. Existe una mujer capaz de destruirme o darme la vida. A su
lado lo tenía todo y no supe protegerla. No supe estar ahí por la persona
que más amo en el mundo — se sinceró Danniel, guardándose para él los
motivos que lo llevaron a retrasarse en la cita con lady Rosalie.
— Si ella te quiere sabrá perdonar.
— No siempre es posible. Porque me ama comprendo que el daño que le
he causado es irreparable, porque me ama sé que nada podrá borrar lo
sucedido.
Cuando él quiso continuar ella lo dejó hacer, siguiendo sus pasos
sumisamente y masticando unas palabras que pronto dejaría volar, al
menos por entonces.
Lady Coral posó la mano sobre la hierba que había a su lado y jugueteó
a arrancar un par de briznas. Se centró en eso hasta que no pudo seguir
haciéndose la tonta.
“Hermano, siempre has tenido razón. Solo quien más te importa tiene el
poder de hacerte daño. ¿Acaso soy tan estúpida para haberme enamorado de
él?” Antes de que pudiera pensar en ello la voz de su conciencia continuó:
“Lo eres.”
¿Dónde estaba? ¿Por qué Danniel había desaparecido cuando más falta
le hacía? Si tan solo supiera dónde debía buscar…
El rostro de Ailaan vino a ella como una posible respuesta. ¿Era posible
que ese maleante, de hermosos ojos negros, tuviera el poder de devolverle a
Danniel? ¿Era eso capaz de compensar el mal que, más que probablemente,
Ailaan había provocado?
“Por Danniel merece la pena”
Encontrando un motivo para continuar, se puso en pie. Notó las
manchas en su vestido, unas marcas delatoras que, como pudo, borró con
agua.
Tomando un canto rodado lo acarició y, sin comprender el motivo, lo
guardó en su bolsillo. Varias parejas se detenían a observarla por lo que,
temiendo que pudieran reconocerla, bajó el rostro y se puso en marcha.
Mucho más tranquila, regresó al hogar de los marqueses, con esa fría
determinación que no hacía más que esquivar las preguntas importantes.
Cuando Lisbeth se interpuso en su camino, lady Coral casi la arrolla al no
percatarse a tiempo.
— Milady, ¿se encuentra bien? He pasado mucho miedo por usted. ¿A
dónde ha ido? ¿Qué le ha sucedido? — Las manos arrugadas de su dama de
compañía fueron a parar a sus dorados cabellos, que ahora eran un enorme
nudo.
— Retírese. No la necesito.
— Milady, permítame ayudarla. No sé qué ha podido sucederle, pero yo
siempre estaré de su parte. — La súplica inmanente que guardan sus
palabras no tocó el pecho de la joven dama que, de nuevo, había alzado sus
barreras.
En torno a sus pupilas había ahora escarcha, ninguna calidez en su
interior. Solo así podía, lady Coral, mantenerse en pie. Llevaba soportando
situaciones límites durante tanto tiempo que ahora las justificaba, sin que
nada llegase a sorprenderla.
— Le he dicho que se retire. ¿Acaso no comprende cuál es su lugar? —
Su señora la empujó, no muy bruscamente, lo justo para que Lisbeth
comprendiera que habían vuelto a herirla y no aceptaría ninguna clase de
compasión por parte de nadie.
Lisbeth inclinó el rostro, apartándose de su camino.
» Prepare un baúl con mis cosas.
— ¿A dónde…?
Esta vez lady Coral no dijo nada, solo se volteó con ojos vacíos. Lisbeth
volvió a inclinarse.
— ¿Dónde se encuentra la marquesa?
— En el salón. Está practicando lectura junto a su hermano — la
informó Lisbeth.
Lady Coral estiró la espalda como pocas veces, sus andares eran
seguros y su expresión no delataba lo que sucedía bajo sus costillas. La
dama que interrumpió la lección de Noemille no se parecía en nada a la que
había salido corriendo de esa misma casa horas antes.
— ¡Lady Coral! ¡Menos mal! — gritó Noemille, poniéndose en pie con
tanta rapidez que Marcus saltó asustado antes de comprender lo que sucedía
— Debe contarme lo que ha sucedido. No podía con la angustia de que le
hubiera sucedido algo.
— Solo he venido a informarle acerca de mi partida — soltó lady Coral
fríamente.
— ¿Su partida? — inquirió Noemille conmocionada, ¿acaso tenía algún
lugar al que poder acudir?
— Sí. Debo buscar a mi hermano. Nunca se había ausentado tanto
tiempo.
— ¿Su hermano? — Noemille abrió la boca, incapaz de cerrarla —. ¿Va
a buscar a su hermano?
— Sí, eso he dicho y esa es mi intención. Danniel nunca me habría
dejado sola tanto tiempo — explicó lady Coral, permitiéndose estirar la
conversación mucho más de lo que había pretendido. ¿Por qué estaba
compartiendo sus motivos? — Antes de su partida me dijo que era
necesario para poder lograr el perdón de la mujer que amaba. Me aseguró
que a su vuelta me llevaría con él a su nuevo hogar.
— ¿Eso dijo?
— Algo ha sucedido. Nunca me dejaría sola tanto tiempo sin mandarme
una carta, una pequeña nota. Ahora debo encontrarlo y sé quién puede
ayudarme.
Noemille corrió a aferrar el brazo de ella, impidiéndole retirarse.
— ¿De verdad no lo sabe?
— ¿De qué me habla? — Lady Coral la miró de reojo de tal forma que
Noemille sintió miedo. Había algo oscuro tras esas negras pupilas, una
mujer dispuesta a todo que no sentía que tuviera nada que perder. Esa
desesperación capaz de destruir imperios —. ¿Sabe algo de mi hermano?
¿Le ha dicho algo su esposo?
— Yo no…
Noemille miraba a ambos lados, en un intento de encontrar a alguien
que pudiera auxiliarla. Maximillian llegaría al día siguiente, si tan solo
pudiera convencerla para que esperase…
— Si sabe algo debe decírmelo… — siseó lady Coral, volviéndose y
cercando a su anfitriona — ¿no cree?
— Su hermano y mi esposo tienen asuntos pendientes. No puedo decirle
más, sin embargo, si espera unas horas… El marqués regresará mañana
mismo, de eso quería hablarle esta mañana — prosiguió, queriendo rebajar
la tensión de la estancia —. Prometo que él le explicará lo que usted
necesita saber.
— Tengo la extraña sensación de que me oculta algo.
El rostro de Danniel, todas y cada una de las veces que la había
abrazado con fuerza cuando las pesadillas la asolaban, todas las veces que
él la consolaba, revolotearon ante los ojos de lady Coral.
» ¡¿No cree?!
— ¡Deja a mi hermana! — aulló Marcus, interponiéndose entre ambas.
—Tranquilo, cariño. Ve arriba, todo estará bien — susurró Noemille,
acariciando sus hombros y dándole un pequeño empujón para que
comenzara a caminar.
— No, mientes. Tú siempre dices que los gritos hacen daño, ella…
— Marcus, por favor — susurró Noemille, inclinándose para besar su
frente con el mayor de los respetos. Eran un hombrecillo del que podía
sentirse orgullosa, un hombrecillo que, a pesar de su corta edad, se sentía
responsable de ella —. Mi pequeño ratero, ve a devolver el libro a la
biblioteca y escoge otro, ¿te parece bien?
— Si me necesitas grita — asintió él.
— Siempre — aseguró la marquesa, pues nunca dejaría de ser la joven
que aprendió a sobrevivir en las calles, la misma que supo sacar oro de la
mierda y mantenerse en pie cuando el hambre agujereaba sus tripas —.
Ahora ve, no hagas que me moleste contigo.
Marcus se alejó con las manos en los bolsillos, caminaba como si en
cada paso golpease una piedra invisible que lanzaba lejos pues esa era su
forma de demostrar que no estaba conforme con la decisión de Noemille.
» ¿No prefiere tomar asiento? Podemos hablar mientras comemos algo
— propuso Noemille, sabiendo que nada de eso calmaría a la joven que la
observaba con rostro impasible.
— ¿Qué sentiría usted si alguien le arrebatase a Marcus? ¿Qué sentiría
si aquella que puede tener la respuesta no se la diera? ¿Pretende que me
siente a su lado mientras me impide acudir al lado de Danniel? — Una tras
otra, descargó cada incógnita sobre Noemille con la necesidad de que se
apiadara de ella —. ¿Qué sentiría? Dígame, por favor, dígame algo.
— No lo comprende. A él nada malo le sucede ahora. — Noemille
retrocedió y tomó asiento, tomando el cojín del sofá entre las manos para
tenerlas ocupadas.
— ¿Ahora? ¿Qué le han hecho?
— No puedo compartir con usted los motivos de mi esposo. No puedo
hacerlo porque nada tienen que ver conmigo — trató de excusarse la
marquesa.
— Comprendo. Me veían cada día y no decían nada, ¿qué más me han
escondido?
— Solo pretendía protegerla.
— ¡¿De qué?! ¿A mí? No lo hacía por mí, lo hacía por usted. Lo hacía
porque sabía que haría cualquier cosa por recuperarlo. Porque él es la única
familia que no me ha fallado nunca y no iba a dejarlo solo — concluyó la
joven, dándole la espalda —. No debe preocuparse, ya no es necesario que
me cuente nada. Haré que ambos paguen por lo sucedido. Recuperaré a mi
hermano sin su ayuda. Puede estar usted segura.
— ¿Qué es lo que quiere decir? ¿Qué va a hacer? — Algo en su interior
vibraba, avisándola del peligro. No podía permitir que lady Coral se
marchase en ese estado, debía impedirlo —. No haga algo de lo que ambas
pudiéramos arrepentirnos.
— Todo lo que suceda será culpa suya — aseguró lady Coral. Entonces
lo recordó —. Era eso de lo que hablaban hace dos semanas. Era eso y, en
cambio, cuando le pregunté me aseguró que eran cuestiones acerca de la
fábrica que su marido está tratando de comprar en América. ¿Me equivoco?
— Maximillian no quería que…
— ¿Qué? ¿Que me contase la verdad? — la cortó lady Coral.
La dama era la imagen perfecta de la locura. A medida que la furia la
recorría ella movía más la cabeza para dar énfasis a sus afirmaciones. El
peinado, ahora convertido en un amasijo sin forma, amenazaba con soltarse
del todo y caer entorno al rostro de lady Coral.
» Yo misma lo averiguaré. — Se giró, haciendo que la falda de su
vestido se alzase.
— No se vaya. Tan solo le pido paciencia, espere a mañana.
Hablaremos con el marqués, estoy segura de que él podrá comprender su
necesidad de recuperar a su hermano. Yo misma le haré comprender que la
venganza que él ha llevado a cabo ya no tiene sentido. — Había hablado de
más, lo comprendió tarde.
— ¿Venganza?
— No sabe toda la historia.
— ¿Qué le han hecho? — Se planteó tomar a Noemille por el pelo y
golpearla hasta que confesase, no lo hizo porque esa misma mujer la había
acogido cuando más perdida se sentía y eso tenía que valer algo. No, no lo
hizo porque, muy en el fondo, seguía viendo en ella a una amiga.
“¿Estás loca? Te lo ha arrebatado todo” Era mejor que saliera de allí.
Cuando la mano de Noemille volvió a posarse en su brazo, lady Coral
explotó. ¿Cuántas veces habían tratado de retenerla? ¿Cuántas veces se vio
forzada a rendirse y claudicar?
Millones de veces se imaginó devolviendo los golpes, imaginaba con
detalle todo lo que haría, cómo se movería, qué músculos usaría. Era su
primera vez y, sin embargo, se movió con una seguridad aplastante cuando
le retorció el brazo a la marquesa y lo mantuvo en una posición dolorosa,
que provocó que Noemille se inclinase y buscase ponerse de rodillas para
aliviar la presión.
— ¡Ah! ¡Por favor! — chilló Noemille.
— Usted me ha forzado a ello. No vuelva a tocarme, no vuelva a fingir
que en algún momento yo le he importado. — “Danniel, solo puedo contar
contigo, ¿verdad?” Asintió sin más. “Debo encontrarte, no importa cómo”
— No trate de detenerme, se lo suplico. No me obligue a defenderme.
— Comprendo. — Noemille asintió con las lágrimas brillando bajo sus
pestañas. Ella habría luchado hasta el final por Marcus, ¿cómo juzgar la
reacción de su invitada?
Lady Coral la soltó y empujó, haciéndola caer de culo en el suelo.
— Dígale a su esposo que su ex—prometida le manda recuerdos. Pronto
volveremos a vernos.
Al regresar al recibidor Lisbeth la esperaba con dos pequeños baúles, la
miró y lo comprendió.
» Debería quedarse. Es una buena mujer, la aceptarán en el servicio.
— He cuidado de usted desde que era una niña, no voy a dejarla sola
ahora.
— Nunca comprenderé por qué se empeña en estar a mi lado. No la
merezco y, sin embargo, aquí sigue. — Quiso sonreír, no era tan falsa para
hacerlo. En su lugar recogió la capa, los guantes y el sombrero. Se los
colocó queriendo aparentar normalidad, cuando no podía estar más nerviosa
—. Temo lo que nos depara el mañana, temo haber actuado por impulso y
estar a punto de pagar un alto precio por ello.
Capítulo 9
La tormenta no había amainado. Las olas se alzaban implacables
buscando hundir a cuantos se atrevían a surcar sus aguas, tratando de
llevarlos a lo más profundo, allí donde la luz se extinguía y el aire se
agotaba.
Danniel, ya sin título o dinero que lo apoyase, volvió a tirar de la cuerda
tratando, sin fuerzas, de recoger la vela antes de que el mástil se partiera y
cayera sobre él.
El viento creaba un susurro siniestro, le estaba llamando, le pedía que se
acercase un poco más, solo lo justo para que, en uno de esos vaivenes,
acabase cayendo por la borda. Ya estaría, todos sus problemas se
desvanecerían si eso sucedía, sin embargo, el joven no dejaba de luchar.
El hombre que había salido, meses antes, rumbo a América no se
parecía en nada al hombre curtido por el sol y las inclemencias que ahora
trataba de regresar. Ahora no gastaba palabas innecesarias, ahora no sonreía
sin motivo, ahora había dejado de soñar.
Danniel consiguió, con las manos llenas de ampollas por culpa de la
fricción con la cuerda, anudar la vela y se retiró a continuar con las labores.
Cada paso era una lucha contra la madre naturaleza, una batalla en sí misma
en la que, por el momento, era él el vencedor.
— ¡Apúrate! Si dejamos que nos arrastre estamos perdidos — gritó el
capitán en su oreja. A pesar de que el hombre se había dejado los pulmones
para hacerse entender, Danniel tuvo que poner empeño para descifrar sus
palabras.
Danniel descubrió a uno de sus compañeros tirado en una esquina, su
cuerpo inconsciente se mecía con cada zarandeo, su cabeza sangraba lo
suficiente para que Danniel se hubiera percatado, pero no tenía tiempo que
perder en auxiliarlo.
El joven miró a ambos lados. No podía dejarlo ahí tirado, hacerlo
significaba condenarlo a morir.
Con prisas, aferró el brazo del herido y tiró de él hasta las escaleras que
llevaban a la bodega. Pidiéndole perdón lo empujó e hizo rodar despacio,
conteniendo el aliento en cada peldaño que el cuerpo del herido dejaba
atrás.
“Logrará superarlo. No está aquí porque se deje vencer” Quiso
convencerse de ello, pero Danniel se fue con un sabor agridulce en la punta
de la lengua.
El barco era un juguete en las manos del dios del mar. Tan diminuto que
podría acabar con ellos de desearlo, aunque eso no impedía que los hombres
que se encontraban dentro de ese cascarón luchasen como valientes.
Fue entonces cuando uno de los ganchos se soltó. Se acercó a él a una
velocidad prodigiosa, que convertía en mortal el golpe. Lo partiría en dos,
convertiría el cuerpo de Danniel en dos mitades sin vida.
Saltó, al hacerlo su costado chocó contra un barril que corría por la proa
en ese instante. Perdió el aliento, por un instante no sabía si había logrado
evitar tan terrible desenlace y eso hizo que regresase a donde menos
deseaba estar.
Lady Rosalie le sonreía, sus ojos chocolate lo atravesaban mientras,
tímidamente, le tendía la mano. Era una caricia demasiado íntima para ella
que a él le pareció de lo más tierna. Ese contacto fue suficiente para
encender al joven que era entonces y se dijo que lograría mucho más que
eso.
“Ya no es tuya. Debes dejar de pensar en ella”
Aunque, por mucho que lo había intentado, no lo logró.
Tensando la mandíbula y notando que los músculos de la espalda no
podrían soportar mucho más, se aferró a la barandilla y prosiguió con su
tarea. El hambre no hacía más que hostigarlo, la sed, en medio de una masa
tan inmensa de agua, una auténtica tortura.
“Algún día me lo pagarán. Me lo pagarán todos” Se prometió a sí
mismo, mirando a ambos lados hasta ubicar al último nombre en su corta
lista. El marqués de Carisbrooke, que había dejado a un lado sus ricos
ropajes para vestir como un marinero más. Quien lo observase no vería en
él nada más que a un hombre curtido por el mar, lleno de secretos.
Si hubiera tenido a mano una pistola le habría atravesado el pecho sin
dudar, la idea de acercarse y acabar con él con sus propias manos era
demasiado tediosa para un cuerpo que se encontraba en las últimas.
— Puede que algún día vuelvas a ser libre, pero te haré pagar por todo
el daño que le has causado a lady Rosalie — le había dicho el marqués de
Carisbrooke tiempo atrás. No recordaba el día exacto, ni la semana. Se
había pasado demasiado tiempo lejos de la luz del sol, demasiado tiempo
amarrado sin más compañía que el cuenco de agua que se mecía a su lado.
Cuando dos hombres se aproximaron a él creyó que era para matarlo.
¿Qué otro motivo los llevaría a un lugar que olía a orines y muerte? Nadie
le había explicado el por qué, aunque con el paso del tiempo dejó de
importar.
— Lady Rosalie…— Sus labios resecos se abrieron al tratar de
mentarla, en el proceso Danniel se ganó una patada que lo lanzó hacia
atrás.
— No te atrevas a decir su nombre en mi presencia. Te haré pagar por
cada una de sus lágrimas, te despellejaré vivo si es necesario — aseguró
Maximillian y Danniel lo creyó.
Cuando el prisionero alzó los ojos no logró ver gran cosa, apenas unas
sombras sin rasgos que hacían que le ardieran las retinas. Tuvo que
esforzarse para centrar la mirada.
— ¿Có…cómo está ella? — Tosió y se inclinó, la soledad lo estaba
volvieron loco.
— Ella ya te ha olvidado. Pronto será una mujer casada, puede que
entonces me apiade de ti y te deje mendigando en algún país lejano para
que nunca puedas regresar.
Danniel asintió. Tras el “pronto será una mujer casada”, el resto dejó
de importarle.
¿Qué había impedido que luchase? ¿Por qué no había tratado de
escapar?
Culpa, la culpa pesaba demasiado y las ganas de continuar se
desvanecieron al perder a la mujer de sus sueños, a la que, todavía, le hacía
sonreír cuando acababa de despertarse y no recordaba lo sucedido.
“Ella ha sido tu perdición”, más tranquilo aferró un par de faroles y los
guardó a buen recaudo para que no se perdieran, como muchas otras cosas.
El barco pronto amarraría en Londres, hacía mucho que no veía su tierra
de cerca y se preguntó cómo estaría su familia. Sin embargo, solo lady
Coral le preocupaba. Le había prometido que volvería e, incluso sabiendo
que lady Samantha probablemente ni siquiera hubiera notado su ausencia,
también deseó volver a verla.
El dolor en su costado lo llevó a levantar la tela que lo cubría. Un feo
moratón se formaba con rapidez, si se detenía puede que no fuera capaz de
volver a ponerse en movimiento.
“Debo aprovechar y guardar fuerzas. Cuando el puerto se encuentre
cerca, esa será mi oportunidad” Se recordó por décima vez, poniéndose mil
excusas como regresar por el bien de lady Coral o para controlar a su padre.
Excusas vacías que escondían la ilusión de cruzarse con la mujer que seguía
dominando los latidos de su pecho.
Además, Danniel se disponía a acabar con cuatro vidas. Ni una más, ni
una menos.
Capítulo 10
Pidió que dieran varios rodeos, el cochero hizo cuanto la dama le decía
con cierta reticencia, pero cuando ésta le enseñó las monedas doradas
claudicó sin más. Ahora, lady Coral observaba la entrada de su hogar
preguntándose qué palabras usar.
“Toda mi vida he actuado como si tuviera el control, como si tuviera el
derecho” Se recordó la joven, aferrando sus faldas y golpeando el techo con
la mano para pedir que acudieran a abrirle.
— Espéreme aquí — espetó cuando el rostro ajado del cochero apareció
ante ella —. Cuide de mi dama de compañía y de mis cosas si aprecia su
gaznate.
— Por supuesto. — Se inclinó él, mostrando una sumisión que estaba
muy lejos de su verdadero carácter.
El hombre estudió a Lisbeth, para desecharla a continuación y volver a
pensar en la joven, hija del tabernero, que lo traía loquito últimamente.
Puede que, si juntaba las monedas suficientes, lograse convencerla esta vez.
La idea hizo que asintiera más que dichoso poco después.
Lady Coral aferró un abanico de nácar, con un intrincado diseño floral
al frente, y lo usó como ancla para no salir volando. Su pecho era incapaz
de retener los latidos de su corazón que, para ella resonaba por toda la calle,
cuando llamó al timbre del lugar.
De nuevo tocó esperar, solo que esta vez, cuando Conrad apareció tras
la puerta, ella no mostró ninguna emoción.
— Deseo ver a Ailaan — dijo, controlando su entonación. La puerta se
deslizó despacio, ella aprovechó para colarse y caminar con determinación
en busca del hombre que deseaba —. ¿Dónde se encuentra?
Probablemente Ailaan le había dado un aviso, bueno, mucho más que
probablemente por el ojo morado que Conrad lucía.
— En la biblioteca, ¿desea que vaya a buscarlo? — sugirió Conrad con
unos modales toscos, en los que se notaba el gran esfuerzo que estaba
haciendo.
— No es necesario.
Conociendo cada recoveco, comprendió que era ridículo que ella fuera
la invitada.
» Ailaan, preciso… — Abrió las puertas dobles de golpe, quedándose
muda al hallar a Ailaan sobre un sangriento vizconde Hereford. Tragó
saliva despacio —. Ailaan, preciso hablar con usted — terminó a duras
penas.
Él se giró sorprendido, se colocó ante ella, tratando de tapar su visión de
lo que allí sucedía.
— Hablemos mejor en el salón — sugirió él.
— ¿Por qué? ¿Teme que reconozca a Damien? — Se atrevió a tutear al
vizconde, haciendo que éste alzase el rostro y mostrase una sonrisa
enrojecida —. ¿Teme que trate de ayudar a quien conozco desde hace años?
— Lady Coral, hablemos fuera — insistió Ailaan, aferrando su rostro
entre las manos húmedas, ella no quiso pensar a qué se debía, antes de
depositar un suave beso sobre los labios de la joven. ¿Por qué no lograba
rechazarle? ¿Por qué había puesto morritos para recibir tan impúdico
contacto cuando comprendió lo que él se proponía?
Lady Coral abrió los ojos al comprender lo que, tan pequeño gesto,
encerraba.
La guio y ella aceptó, no sin antes mirar de reojo lo que dejaba atrás.
Papeles tirados por todos lados, otros rotos en mil pedazos, todo ello
aderezado con un vizconde atado a una silla y con la cabeza caída hacia un
lado.
Sí, si lo descubrían Ailaan acabaría en la horca.
“No puedo permitirlo…” “No seré yo la que lo entregue a las
autoridades”
Miró al hombre sin camisa y con manos sangrientas, lo hizo poniendo
espacio entre ambos, permitiéndose un minuto para ordenar el bullicio de su
mente. Lo de fuera dejó de existir pues, incluso sabiendo que debería correr,
solo pensaba en acercarse y tocarle.
Eran dos extraños sin motivos para estar cerca. Ella apretó la mano
derecha y, dejándola sobre su pecho, tomó aire por la nariz para sosegarse
antes de comenzar:
— Sé que no debería acudir a usted, sin embargo, fue su nombre el
único que vino a mi mente. — Se giró, incapaz de continuar si los ojos
negros de Ailaan la traspasaban con tanta intensidad, si seguía observándola
como si esperase mucho más de ella. La ropa le rozó la piel cual esparto
cuando se giró, dejó que el aire escapase de sus pulmones cuando, por un
segundo, olvidó el motivo que la había llevado a él. Puede que solo hubiera
usado una excusa.
“No. No es una excusa. Debo recuperar a Danniel” Se recordó ella.
» Comprendería que no accediera a auxiliarme, mas preciso que se
compadezca de mí.
Ailaan se aproximó y, tomándola por los brazos, aspiró su aroma. ¿Qué
había en esa mujer que le impedía actuar con cordura? Quería entregarle el
mundo y, de hacerlo, él mismo iría en ese paquete.
— Habla, mujer. Habla antes de que olvide quién es usted y la tome de
nuevo, como llevo haciendo desde que me he alejado de su piel.
— He perdido la batalla, supongo que desde siempre. — Ella cerró los
ojos, entregándose sin percatarse de que lo hacía. Se dejó ir y hundir en el
mar de emociones que, con él, se volvían tan intensas bajo su piel —. Mi
hermano ha sido apresado y necesito que lo encuentre. Devuélvamelo, se lo
suplico.
— Su hermano… — susurró Ailaan en el sensible oído de ella — Delo
por hecho. Si eso es lo que debo hacer para volver a ver su sonrisa eso haré.
— ¿Cómo puede decir eso y luego torturar a alguien? — Habría sido
muy sencillo fingir que esa parte oscura de él no existía, pero había vivido
demasiado tiempo aferrándose a la esperanza. En algún punto había
cambiado y no estaba dispuesta a volver a convertirse en una ingenua —.
¿Por qué lo hace?
— Él se lo merece.
— ¿Por qué? — Lo pronunció despacio, cada sílaba escapó con fuerza.
Quiso tragar y se atragantó con la poca saliva que le quedaba en la boca —.
¿Por qué? Cuénteme, se lo suplico.
— No podría comprenderlo. Una damita como usted, no podría
imaginarse el mundo del que provengo. Si lo que espera es que le prometa
que cambiaré eso no sucederá. — Enterró la nariz en los dorados cabellos
de ella. Era ese aroma único capaz de enloquecerlo, ese toque picante que
convertía a la joven en una fruta prohibida. Salivando quiso apartarse de la
tentación —. Debe regresar a un lugar seguro. Está en mi mundo y temo por
usted.
— No tengo a dónde ir.
— No me diga eso.
— ¿Por qué? — La voz de ella apenas era audible.
— Hágame caso. No vuelva a decirme eso.
Cual huracán la hizo girar y tomó su rostro. La besó llevado por mil
demonios, por esa bola que se había formado en su pecho y la dureza que, a
duras penas, contenía su pantalón. Se la imaginaba sobre esa misma
alfombra que pisaban, con los cabellos esparcidos a su alrededor mientras la
penetraba, una y otra vez.
Usó la lengua para azuzarla, para invitarla a una batalla suculenta. Lady
Coral se perdió hasta tal punto que olvidó que debía mantenerse en pie y
permitió que las piernas le fallasen.
Ailaan la atrapó entre sus brazos y la llevó hasta el sofá, donde la sentó
sobre su regazo.
— No debemos… — jadeó la joven, con una inocencia que la llevó a
ruborizarse. Se removió inquieta, provocando un gruñido en el hombre que
la sujetaba —. Es una postura impropia para una dama.
— Es una postura perfecta para amarla. Abriría su vestido y me
internaría en usted si no temiera romperla en el proceso. Quiero tratarla
como usted se merece, pero me está costando demasiado.
— No diga esas cosas.
— ¿Por qué? ¿Tiene miedo de la verdad? — Con la mano derecha en la
nuca femenina le pidió que volviera a sus labios y lady Coral aceptó,
dejándose llevar.
“Solo es un beso”, pensó ella cuando la culpa por lo que sucedía la
envolvía. “Nadie lo sabrá nunca” Mas al lado de ese hombre un beso no era
solo un beso, al lado de ese hombre un beso era una marca imborrable en
sus labios, un cosquilleo en su vientre y el temblor de sus piernas.
Un beso de Ailaan era todo su mundo.
Apartándola quiso entrar en razón. Podía protegerla, pero ¿a qué precio?
Nada quedaría de su reputación cuando él se marchase, la idea de dejarla
atrás fue algo a lo que no quiso enfrentarse en ese instante.
— Puede quedarse aquí, sabe que nunca ha tenido que preguntar.
— Padre no me aceptaría de vuelta.
— Es su casa, muñequita mía. Yo me aseguraré de que nada le falte
nunca, se lo prometo.
— ¿Por qué haría eso? — Ella se había perdido en él, en sus caricias
desesperadas mientras hablaban, con la respiración entrecortada. Un
contacto impúdico que ella no reconocería en público —. ¿Por qué haría eso
por mí?
— ¿Debo tener un motivo? — Atrapó el pecho de ella, los ojos de lady
Coral se volvieron vidriosos, aunque no se apartó —. ¿Debo tenerlo? —
Apretó y amasó, como el mejor de los panaderos —. Dígame qué espera de
mí. Está permitiendo que un pobre diablo la roce, que alguien que nunca ha
tenido el derecho de mirarla la desee con tanta intensidad que se ha tornado
doloroso. ¿No tiene compasión?
— Yo… — Ella había perdido la facultad de hablar. Solo quería cerrar
los ojos y permitirse disfrutar. Quería enterrarse en las cálidas sensaciones
que, tan íntima caricia, le producían.
— Desde luego no la tiene si me observa de esa forma. ¿Acaso me
considera inmune a sus atributos, a la súplica de su mirada? ¿Qué debo
hacer? Cuénteme usted, ¿qué sería aceptable por mi parte que no fuera
llevarla a la alcoba y tomarla como usted se merece? ¿En qué me
convertiría ceder a tan bajos instintos de nuevo?
— No diga esas cosas — logró articular ella.
— Comprendo su reticencia. Nadie la ha tratado nunca como a una
hembra, nadie le ha dicho que su belleza es capaz de lograr que los
marineros se lancen al agua sin saber nadar. Es tan delicada que temo
romperla con mis toscos modales y, sin embargo, por mucho que lo intento
no logro apartarme de su camino.
— Es usted quien se ha atrincherado en el hogar de mi infancia.
Ailaan sonrió de medio lado.
— Cierto. Muy cierto, puede que yo mismo desease que llegase este
momento — reconoció ese misterioso rufián que, aunque había aprendido a
codearse con la alta sociedad al ir haciéndose rico, jamás perdería esa
bravuconería.
Cuanto más despeinada, y más rojos se ponían los labios de ella, más
natural, salvaje y atrevida le parecía. Era como despertar a una leona que
podía devorarlo y, que dios le perdonase, deseaba que lo comiera enterito.
Quería estar en manos de esa mujer, siendo descubierto por una dama que,
sin saberlo, lo había convertido en el chiquillo que, muchos años atrás, se
atrevió a pedirle a una joven vendedora que lo amase en un callejón.
Puede que el recuerdo, si le hubiera pertenecido a lady Coral hubiera
sido repulsivo, más el joven Ailaan de entonces había disfrutado como
nunca antes. Esa electricidad de entonces, la ansiedad por notar el frescor
de la liberación contra su polla cuando la joven lo desnudó, lo justo y
necesario, lo asaltaba ahora.
¿Era posible que volvieran a temblarle las manos? Ailaan la observó
obnubilado pues, por mucho que ahora medio mundo le temiera, por mucho
que gobernase con puño de hierro en sus negocios, lo cierto era que, muy en
el fondo, siempre trataba de ser justo. Ningún inocente había sufrido desde
que él había logrado acabar con Gaspar.
» Encontraré a su hermano, se lo prometo — aseguró Ailaan,
reconduciendo la conversación.
— ¿Qué…? ¿De verdad? — A ella le costó regresar a la conversación
original —. Le suplico que no permita que vuelvan a hacerle daño. Temo
que, aquellos en los que he confiado en los últimos tiempos, son los
causantes de todos sus males. De ser así…
— ¿Qué haría? — Ella fijó sus pupilas en él —. ¿Qué haría por proteger
a los que ama? — “¿Qué haría por mí si fuese capaz de ganarme su
corazón?” La mera idea de que la joven lo quisiera, de que estuviera
dispuesta a pelear a su lado era tan perfecta como inalcanzable. Ella jamás
querría pisar sus sucios negocios, era incapaz de imaginarla hablando con
las putas y timadores que él controlaba. ¿Cómo colocar a tan dulce dama en
una de sus fábricas, entre el humo y la suciedad que en ellas se producía?
Lady Coral debía permanecer en su mundo de cristal, tan reluciente
como frío. En el fondo le apenaba que tuviera que ser así pues, de
permitírselo, él le mostraría que dentro de la oscuridad podía existir luz y
que, por mucho que él fuera un delincuente, puede que fuera el único que
mantuviera la paz y protegiera a los débiles.
“¿Acaso ahora piensas en ti como en el liberador de esa gente?”, se
reprendió él. “¿Qué te está haciendo esa mujer? Son negocios, tanta
sensiblería es cosa de mujeres y una debilidad” Se recordó, sabiendo que
muchos disfrutarían cortándole el pescuezo.
Y, sin embargo, precisaba una respuesta.
— ¿Mataría por protegerlo? ¿Mancharía sus finas manos con la sangre
de los que le hicieran daño?
— Yo no… no… no lo sé — reconoció lady Coral tras un ligero titubeo.
— Es lo que me pide — la atizó él. Al ver su duda él acarició su mejilla
con suavidad —. No se preocupe. Tendrá tiempo para pensar en ello cuando
recupere a su hermano. Espero que disfrute de tenerme tan cerca, pared con
pared. Si me concentro incluso podré escuchar su respiración cuando
duerma… — La idea lo inflamó.
Retirándose, dejando una frialdad en el cuerpo de la joven, Ailaan se
recolocó el pelo y miró de reojo al noble inconsciente que tenía maniatado
en la silla.
“Si ese cabrón sigue mintiéndome me obligará a buscar otra forma de
encontrar los papeles y ya no me será necesario” El pensamiento hizo que
se volviera hacia lady Coral.
» Espero que comprenda mi aviso, mas es por el bien de ambos. No
intervenga, no trate de ayudar a ese hombre pues, aunque no lo crea, ha
hecho algo para acabar ahí. — Y señaló la biblioteca. Ella notó el cambio
en la postura de él, en su voz. Era mucho más frío… — No se acerque, no
hable con él, ni lo piense.
— ¿Qué tiene pensado hacerle?
— ¿Ahora le importa?
— No, yo… solo… Es muy importante, seguro que ya lo están
buscando. Temo que si lo relacionan con usted pidan su cabeza. ¿No lo
comprende? Corre peligro.
Ailaan sonrió fríamente. ¿Peligro? Ella no conocía el verdadero peligro,
nadie lo hacía hasta que se enfrentaba a la muerte y lograba esquivarla por
los pelos.
— Nadie lo encontrará, de eso puede estar segura.
Capítulo 11
Todas las tormentas acaban amainando, al igual que aquella. La única
diferencia con el resto fue que, cuando las aguas se calmaron y los
marineros al fin pudieron descansar, nadie pudo encontrar a ese pobre
diablo.
“Ha muerto” dedujeron todos.
“Ha caído por la borda”, supusieron algunos.
Lo cierto es que nadie sabía qué había sucedido con Danniel solo que,
cuando al fin atracaron en Londres, ese hombre no estaba con ellos.
Ailaan mandó custodiar la puerta de lady Coral antes de retirarse,
queriendo poner distancia entre ambos para evitar la tentación.
Con el sombrero de copa entre los dedos, jugueteando con él mientras
sus pensamientos viajaban lejos, mandó a Conrad a averiguar sobre el
vizconde de Saxonhurst. No era prioritario, mas mandaba a los mejores
rastreadores que conocía.
Tomando rumbo hacia las caballerizas escogió al mejor semental,
notando la tensión en cada uno de sus músculos.
— ¿Has logrado que hable?
La voz de Chase hizo que Ailaan apretase las riendas con tanta fuerza
que el caballo relinchó a modo de protesta.
— ¿Qué haces aquí? No quiero que nadie sepa que nos conocemos —
escupió Ailaan, aunque habría preferido soltar que no quería volver a verlo
nunca. ¿Era cierto? Molesto, tomó impulso para montar.
Con la habilidad de quien ha tenido que huir sobre esos mismos
animales en múltiples ocasiones, dirigió su montura hacia la salida.
» Todavía no. Dice que un tal Reinold se encarga de sus documentos
importantes. Los mantiene a buen recaudo — explicó a regañadientes.
— ¿Lo crees?
— Ya nos ha mentido en varias ocasiones, aunque ahora está
desesperado. Creo que diría lo que fuera por su libertad. — Se encogió de
hombros —. Puede que sea tan estúpido para creer que lo dejaré marchar.
— Yo lo buscaré.
— ¡No! — Fue tan brusco que se removió inquieto. Ailaan no
acostumbraba a levantar el tono, no era necesario. Estaba inquieto, de
nuevo sus ojos viajaron hacia la segunda ventana del segundo piso. ¿Qué
estaría haciendo lady Coral? — Iré yo. Hay algo que no encaja. Ese hombre
es peligroso, sin duda… — No llegó a terminar, se había perdido en el
razonamiento, había ahondado en él sin darse cuenta.
— ¿Pero? — Lo alentó Chase.
— Dudo que fuese capaz de engañarte solo. — Chasqueó la lengua y
espoleó a su semental —. No debes preocuparte, pronto tendremos una
respuesta. Me ha dado su dirección, yo mismo iré a averiguar qué es lo que
sucede.
— Puede ser una trampa — lo avisó Chase, sabiendo que eso no lo haría
desistir.
— Eso espero — siseó el joven, con una mirada carente de emociones.
Era mucho más sencillo enfrentarse a enemigos desconocidos que a los
ojos suplicantes de la joven que lo esperaba allí. Ella creía en él de una
forma que lo molestaba, ella creía ver en él algo hermoso, algo bueno y eso
hacía arder su pecho.
» Encárgate de ayudar a Conrad. Lo he enviado al puerto, debería
regresar en unas pocas horas. — Apretó las riendas hasta que éstas
prácticamente se fundieron con su piel —. Quizás sea preciso que mandes a
Jayden.
— ¿Estás seguro? — Chase se pasó la mano por su sudada frente.
Estaba agotado, el alcohol todavía corría por sus venas y trababa su lengua.
Había pasado muchas horas ante el vaso, mas, con el paso de las horas, ni
siquiera éste pudo ayudarle con sus problemas. Estaba agotado mental y
físicamente, eso no impedía que cumpliera con su deber —. No suele ser
limpio y no queremos llamar la atención antes de que hayamos partido.
— Cierto, aunque pocos consiguen resultados tan bien. ¿Qué mejor
aliciente que no perder los dientes o la vida? — Chase dio un paso hacia
atrás, en ocasiones su hermano le daba miedo —. Seguro que encontrarás
qué decirle.
— Yo no soy el mejor para…
— ¿Temes verlo? — Chase tembló, su rostro se volvió ceniciento —.
Eres débil. Yo le habría hecho pagar hace mucho tiempo.
— Él no tuvo la culpa, solo la defendía.
— Eres débil, hermano. Eres débil y estoy harto de solventar tus
problemas — concluyó Ailaan, cansado de llevar, durante tantos años, el
peso de su familia a las espaldas —. Encárgate de que cumpla con la
misión.
Chase observó partir al jinete con ganas de golpearlo, con ganas de
destrozarlo. La rabia, el odio, la pérdida… emociones demasiado intensas.
De nuevo tenía sed, una sed agónica por un buen trago de wiski.
Apoyándose en la verja se permitió regresar a un pasado en el que creyó
que podría ser feliz. No reconocía al hombre de entonces, ese bastardo
había muerto cuando el barco naufragó.
— Mi niña… — Se encogió sin aire y, sin proponérselo, lágrimas
gruesas descendieron por sus mejillas. El aire le faltaba, el pasado no lo
dejaba olvidar lo sucedido. Acudía a todas horas para recordarle lo que
había perdido, su niña, su hija. ¿Cómo recuperarse de eso?
La puerta de la entrada se abrió de golpe, lady Coral corrió hacia él
pues, aun sin conocerlo, creyó que algo malo le sucedía. Desde la ventana
solo había logrado atisbar que alguien se doblaba sobre sí mismo mientras
se apretaba el pecho, ahora comprendía que había errado.
— Yo… discúlpeme… creí que precisaba ayuda — soltó ella,
retrocediendo cuando los ojos negros de Chase se posaron en ella.
“Esos ojos… Eran como los de Ailaan”
Lady Coral se detuvo y lo observó mejor, el parecido era tenue, pero
estaba ahí.
» ¿Quién es usted? — soltó la dama entonces, cuadrándose y estirando
la espalda. Su mentón se alzó altivamente, dejando claro que ella no era una
de esas mujerzuelas con las que, más que seguramente, un tipo como él se
juntaba.
“Un tipo como él…” Ese pensamiento la llevó al rostro de Ailaan. Negó
con fuerza.
— No soy nadie, señorita — susurró Chase cansado, dejando que sus
hombros cayesen y formasen una ligera chepa en su espalda.
— ¿Qué le sucede? — lo intentó de nuevo la joven, cambiando de
estrategia.
— No importa. Ya nada puede hacer por mí — soltó él, cortándola antes
de que continuase. Era hermosa, parpadeó con fuerza ante la idea. La culpa
lo llevó a golpearse la pierna con fuerza.
— Permítame ayudarlo. — Le tendió la mano, él fue incapaz de
tomársela.
Lady Coral no se reconocía, ese no era un gesto típico de ella. Jamás
debía mezclarse con la plebe, ella valía mucho más. Sin embargo, no vio
diferencia entre ambos más allá de los ropajes que llevaban y, con la caída
en desgracia que había sufrido, sus prioridades habían mutado.
» Sé escuchar. ¿Le invito a tomar un té? — Fue lo primero que se le
ocurrió.
La sonrisa de Chase mostraba su incredulidad, trató de escapar, ella se
atrevió a aferrar su andrajosa chaqueta.
» Yo… no sé cómo preguntarle esto. No tengo derecho a saberlo, ¿qué
le ha sucedido? ¿Qué es usted de Ailaan?
Chase se giró, mordiéndose la lengua. Quería callar, no fue capaz.
¿Podía echarle la culpa al alcohol o al rencor?
— He visto lo que sucede con las mujeres que se acercan a nosotros.
Ailaan es mi hermano, por eso tengo el derecho a suplicarle que no se
acerque a él. — Palpó la mano con la que ella lo aferraba y la obligó a
soltarlo —. ¿Sabe lo que le depara el futuro? Quizás es mejor que nunca lo
descubra.
— Yo no estoy… solo le he pedido ayuda.
— Y se la dará. Eso no ha de dudarlo — finalizó Chase, atravesándola
con una mirada profunda que contaba mucho más que sus labios.
Chase se alejó notándola inquieta, la observó de reojo recordando
cuando había llegado demasiado tarde al puerto para evitar la partida de
otra hembra muy diferente.
Chase saltó sobre la grupa de un caballo que había atado a pocos
metros. Sin miedo a la muerte le espoleó hasta que le costó mantenerse
sobre la montura. Se aferró desesperado sin querer, o poder, detenerse.
No la necesitaba a su lado. Ella jamás sería su mujer, solo un error que
no debería haber sucedido y, sin embargo, Beatrice llevaba un tesoro entre
sus manos.
Chase observó la diminuta cara de su hija con dudas y orgullo.
— Déjala conmigo si no la quieres — había soltado él. Estaba seguro
de que lograría convencerla, tan convencido que no contó con que la
avaricia pesaba demasiado en el pecho de ella.
— ¿Cómo puedes pedirme eso? Es mi hija, ¿acaso no comprendes que
la amo?
— ¿La amas? Si mis hombres no te hubieran encontrado a tiempo la
habrías dejado ante la iglesia. Solo te detuviste cuando los viste llegar — le
había recordado Chase, cansado de las mentiras de ella.
En el pasado se había dejado hechizar por su belleza, incapaz de
procesar que, bajo esa imagen, se escondía alguien frío y calculador. Fue
un ingenuo.
» Sabías que te buscaba y trataste de deshacerte de ella.
— No sé de qué hablas. ¡Si la quieres habrás de quedarte conmigo! —
aulló ella, moviendo con brusquedad el bulto que, en ese momento,
comenzó a aullar con fiereza — ¿Ves lo que has logrado?
— Déjala conmigo y no te castigaré por lo que has hecho. Impediré que
mi hermano busque venganza.
— ¿Me protegerás de tu hermano? ¡Ja! ¿Cuándo te has opuesto tú a
algo que él haya hecho? — escupió ella, asqueada por lo que Beatrice
reconocía como debilidad. La sola idea de que Chase la tocase la
repugnaba, pero a su lado tendría una protección y un dinero que ansiaba
—. Si lo hubieras hecho yo no habría tenido que intervenir. ¡Solo te
protegía!
— Puedes llamarle como quieras, pero lo cierto es que has acabado
con la vida de varias de sus mujeres y él no te dejará marchar. No permitiré
que metas a mi hija en medio, no permitiré que ella pague por tus pecados.
— Respiró con calma tratando de sosegarse —. En el fondo tienes razón,
fue mi culpa. — Sin embargo, lo dijo mirándola de tal forma que ella aulló
enloquecida —. No me obligues a quitártela a la fuerza.
— No lo harás. Mi hermano te mataría. — Chase detuvo las manos en
el aire, ella sonrió victoriosa —. ¿Ves? Siempre serás un cobarde.
Solo habría tenido que dar la orden y los hombres que estaban con él se
habrían lanzado sobre ella. Era sencillo, tan sencillo… ¿Por qué no lo
había hecho?
Por la amistad que lo unía con el hermano de la joven, porque estaba
convencido de que él le ayudaría a convencerla sin que nadie saliera
herido. La decisión le pareció la mejor cuando observó ensimismado el
rostro de la pequeña, ¿cómo había podido equivocarse tanto?
Justo antes de lograr que la montura se detuviera Chase saltó, perdiendo
el equilibrio un segundo, lo justo para torcerse un tobillo y cagarse en todos
los que lo observaron y se rieron de él.
— ¡Que os jodan! — aulló enloquecido, caminando como si el dolor no
lo atravesase con fuerza. Apretando los dientes entró en la andrajosa
taberna de paredes de madera que, sin duda, contenía a la peor calaña de
Londres. Varios de esos hombres estaban desmallados sobre la mesa o a
punto de caer, el aire en el interior era irrespirable —. He venido a ver a
Jayden — le soltó al hombrecillo que estaba tras la barra —. Me dijo que se
alojaría en este tugurio.
— Muchacho, ve a buscar al extranjero — soltó el tabernero con un
gruñido, clavándole los ojos al recién llegado con desconfianza —. ¿Quiere
beber algo mientras espera?
Chase miró la jarra que le tendía con la garganta seca, quiso negarse,
mas estiró la mano. Le temblaban los dedos por la necesidad de llevarla a la
boca, esa ansiedad que hizo que la lanzase lejos varios minutos después,
cuando un hombre de castaños cabellos entró en la sala.
— Deberías dejarlo — dijo Jayden, tomando asiento a su lado.
— Cállate. — Los dedos de Chase apretaron la jarra que el tabernero
volvió a dejar ante él queriendo desmenuzarla —. ¡Cállate! — Y la alzó,
llevándola hasta sus labios, solo por llevarle la contraria. El sabor no era el
mejor, no se dejó llevar para tomar un gran trago. La volvió a bajar algo
más tranquilo —. Mi hermano quiere que hagas algo para él.
— ¿De qué se trata?
— ¿Por qué no te largas? Preferiría no tener que volver a verte —
escupió Chase —. Quizás así podría olvidar lo que perdí.
— Sabes que si pudiera cambiarlo lo haría.
— Palabras y más palabras. ¿Para qué me sirven? ¿Para qué? —
Cuando los ojos de Chase se volvieron enloquecidos al que, hasta hace un
año, había sido su mejor amigo, estaban rodeados de múltiples venitas
rojas.
— Pagaré mi deuda.
— Eso no es posible… — suspiró Chase, sintiéndose acompañado en el
duelo. En cierta forma solo Jayden lo comprendía, solo él seguía llorando la
pérdida de su niña. Quizás por eso, por más que le pedía que se largase,
seguía manteniendo el contacto. Cada pocos días terminaba en el mismo
lugar, hombro con hombro, intercambiando palabras parecidas.
Se había convertido en una tradición macabra que, en las noches más
oscuras, acababa en una pelea en la que Jayden siempre permitía que lo
golpeasen sin ofrecer mucha resistencia.
» Debí acabar con ella. Debí cortarle el cuello y proteger a mi hija. —
Jayden se tensó ante las palabras de Chase, pero no dijo nada. En parte
sabía que tenía razón, pero eso no impedía que siguiera queriendo a la que
había sido su hermana. Le habría gustado decir que ella no siempre había
sido así, ¿para qué mentir?
Ahora sí que bebió hasta vaciar la jarra para, a continuación, golpear la
barra con ella. Chase no tenía suficiente.
» Ve a buscar a Conrad, mi hermano le ha pedido no sé qué tontería y
quiere resultados. Te pediría que no matases a nadie, pero ambos sabemos
que la muerte te acompaña.
Jayden se puso en pie sin decir nada, muchos se preguntarían qué
esperaba.
El aire del lugar era tupido, oscurecido por el humo y diversos olores
que nadie quería descifrar. Cuando la puerta se abrió y un golpe de aire los
sobresaltó, Chase aprovechó para volverse.
» Me has mentido y lo sabes, ¿no es cierto? He escuchado los
rumores… — confesó de pronto lo que, durante semanas, lo había
martirizado. ¡Era imposible! Entonces, ¿por qué no lograba olvidar lo que,
sin querer, había escuchado?
— No sé de qué me hablas.
— Puede que no usase el mismo nombre, pero sé que era ella — insistió
Chase, observando la reacción de Jayden para entrever si había algún tipo
de engaño en sus palabras.
— ¿Qué estás insinuando?
— No importa… — soltó entonces, decidido a investigar por su cuenta
— Vete. Seguramente fue una confusión.
Cuando Chase ya se había vuelto hacia la barra Jayden tuvo la mala
suerte de volver a hablar. Fue culpa de esas palabras, muy mal escogidas, lo
que sucedió a continuación:
— Mi hermana ha muerto y tu hija tan bien. ¿Acaso necesitas ver su
cuerpo putrefacto para dejarlas marchar?
Chase golpeó el mentón de Jayden con fuerza, lanzándolo hacia atrás.
Cuando Jayden volvió a ponerse en pie no trató de limpiarse la sangre de la
comisura de la boca. Se retaron sin moverse, Jayden cabeceó y se encaminó
hacia la puerta.
— ¡Sé que era ella! ¡Fue a ella a quien reconocieron y te prometo que
cuando la encuentre le haré pagar en sangre lo que hizo! — aulló antes de
que Jayden se largase.
Jayden se encogió pues lo creía y porque sabía que Chase no estaba
equivocado. Él mismo se la había encontrado poco después de llegar a
Londres, sin embargo, fue incapaz de hacer nada contra ella. Quiso creerla
cuando aseguró que la niña vivía, que le había encontrado un buen hogar.
¿Qué haría Chase por buscar a su hija? La idea lo asustaba demasiado.
» Sé que era ella… — siseó golpeando con la jarra la barra hasta que el
tabernero chistó y él la alzó para que se la llenase — Sé que era ella —
repitió, aferrándose a la esperanza que, sin poder evitarlo, se desvanecía
cada día.
Capítulo 12
El marqués de Carisbrooke entró en la casa esperando ser recibido con
los brazos abiertos. Había hecho cuando estaba en su mano por poder
regresar antes, la idea de poder besar los suaves labios de su Noemille lo
alentaba cuando creyó desfallecer en el mar.
El marqués se creía un hombre fuerte hasta que tuvo que usar sus
propias manos para sobrevivir. Todavía le dolían los músculos, solo de
recordarlo. Debería haber esperado por otro barco, sin embargo, el ego de
ser el dueño le hizo lanzarse al mar creyendo que sería fácil de controlar.
Noemille se sobresaltó cuando entró en el salón, sus ojos estaban
hinchados de llorar y se mordía el labio. Miró a su marido sin saber qué
decir.
— Gatita mía, ¿no vendrás a besarme tras tanto tiempo separados? —
gruñó Maximillian, tomándola de la mano y tirando suavemente hasta que
ella se dejó caer en sus brazos con una sonrisa dubitativa.
La marquesa apoyó la frente en el pecho masculino, lo hizo aspirando
su aroma y tranquilizándose levemente.
— He metido la pata… Ella ahora nos odia, ella nos odia… — Alzó los
ojos a su marido con las pestañas húmedas, con esa súplica silenciosa que
esperaba que él comprendiera. Precisaba su ayuda, lo abrazó cansada,
dejando el peso que había cargado sobre los hombros del marqués.
— Tranquilízate, cuéntame qué ha sucedido — le pidió Maximillian,
pasando la mano derecha por su espalda suavemente. La deseaba desde
hacía días. La había imaginado en las interminables noches en las que el
tiempo no parecía avanzar, no obstante, cuando ella suspiró y se aferró a su
camisa, el marqués olvidó todo pensamiento para pasar con ternura las
manos por sus mejillas, limpiando los rastros húmedos que allí había —.
Habla conmigo.
— Lady Coral preguntó por su hermano, ¿lo recuerdas? El vizconde de
Saxonhurst — le aclaró ella, por mucho que Maximillian no precisaba esa
acotación —. Ella estaba preocupada y yo… no supe qué decirle… Temo
haber soltado mucho más de lo que pretendía. — Y suplicaba por su
perdón. La confianza que el marqués había depositado en ella era
demasiado importante para la joven.
— No importa. Mañana hablaré con ella. — Noemille asintió nerviosa,
para otearlo después como si se hubiera percatado, de pronto, que su amado
había vuelto a casa.
Se lanzó a su boca, lo hizo con desesperación, nerviosa, tomando la
iniciativa al inicio para ir suavizando su toque a continuación.
Cuando se separaron ella continuaba con la respiración irregular,
aunque por otros motivos.
La alzó y la sentó sobre el piano, le abrió las piernas y se colocó entre
ellas. La marquesa sabía que no debía dejarse llevar, no donde cualquier
criada podría verlos, sin embargo, fue incapaz de negarse. El deseo la cegó
hasta el punto en el que, cuando Maximillian se retiró a cerrar la puerta,
trató de impedir que se alejara aferrando su camisa y volviendo a tomar su
boca.
El marqués sonrió complacido, dispuesto a todo por darle el máximo
placer.
— Lady Coral nos necesita. Has de encontrar la forma de que
comprenda tus motivos y devolverle a su hermano. Ese hombre ya ha
pagado por su pecado y te suplico que lo perdones. — Lo soltó con rapidez,
aunque las palabras las había digerido horas antes. Aprovechó el ligero
descanso que sintió mientras Maximillian echaba el cerrojo, aprovechó
haber recuperado la capacidad para pensar.
— No puedo hacer eso — soltó él, sin dar el último paso para pegarse a
ella.
Noemille enfocó la mirada despacio, sin creerse la negativa por su parte.
Desde que se habían casado él se lo había dado todo, por mucho que en
ningún momento había pedido nada. ¿Por qué ahora se negaba?
La marquesa se cruzó de brazos, haciendo que su pecho se alzase.
— No comprendo tus palabras… ¿Por qué no? — lo interrogó con
miedo a la posible respuesta. Lo miró sin reconocerlo, no mientras se
pasaba las manos por el pelo nervioso. Había algo que le estaba ocultando.
El silencio se extendió demasiado, ella saltó del piano y se pasó el dorso
de la mano por los labios, tal cual haría como si lo que buscase fuera borrar
su sabor.
» ¿Por qué no puedes hacerlo? — insistió ella.
— Ese bastardo murió en la travesía, aunque casi mejor así. Eso hará
que lady Rosalie lo olvide, que continúe con su vida.
— No es posible… — La mano de Noemille terminó en su frente. Lady
Coral jamás los perdonaría y ella no podía culparla —. Dime que no has
tenido nada que ver.
— ¿Cómo puedes pensar eso?
— Todo ha cambiado mucho en los últimos tiempos. — Lo estudió
como haría con cualquier transeúnte antes de sisarle la cartera —. La falta
de dinero te ha llevado a negocios que nunca creíste dignos, tú mismo lo
dijiste — le recordó ella.
— Mas tú me hiciste entrar en razón.
— La necesidad lo hizo, yo solo te conté cómo sería ver a nuestra
familia sin nada que llevarse a la boca. — Noemille se giró incapaz de
seguir mirándolo —. ¿Qué ha sucedido?
— Una tormenta, creí que nos hundiríamos.
La preocupación pasó a gran velocidad, por un instante la marquesa
sintió que perdía el corazón ante la posibilidad de que Maximillian hubiera
perecido allí, no obstante, el marqués no era el que no había regresado.
» Después no fuimos capaces de encontrarlo.
— Jamás debiste llevarlo. Jamás debiste ensañarte con él.
— ¿Acaso no sabes lo que hizo? Estoy seguro de que tuvo algo que ver
con el ataque a mi prima.
— Lady Rosalie dice que él jamás le… — trató de hacerle entrar en
razón, lo que nunca esperó fue que su Maximillian le alzase la voz.
— ¡Está ciega! Le ama y no es capaz de ver quién es realmente ese
hombre — escupió Maximillian molesto, la marquesa no se dejó amilanar.
Cuando Noemille lo miró lo hizo revisándolo desde la punta de los pies
hasta la punta de sus cabellos. Despectivamente alzó la ceja, sonrió
despacio.
— Querido, tenga cuidado. No tolero que nadie me alce la voz, mis
tiempos de servir a otros y soportar desprecios han pasado — soltó ella,
conteniéndose para no ir a él y cruzarle la cara.
— Noemille, lo lamento. No soporto que trates de defender a quien
tanto le hizo a lady Rosalie — trató de excusarse él.
— Ni yo que seas incapaz de escuchar, de razonar. Le odias sin más, sin
comprender que puede que lo que parece cierto no lo sea. Lo que sí que sé
es que lady Coral no nos perdonará. — Noemille quiso pasar a su lado,
necesitaba espacio. Cuando estaba a punto de pasar por su vera su esposo
estiró las manos —. No me toques, no ahora.
— No me apartes de tu lado, te lo suplico…
— Creí conocerte, pero esa venganza te ha convertido en otra persona.
Ese hombre fue juzgado sin que le permitieras defenderse. Si de verdad
hubieras amado a lady Rosalie les habrías permitido verse, si la amases
como dices la habrías escuchado de verdad.
— ¿Cómo puedes defenderlo? Tú no la viste ese día, ahí tirada, a punto
de ser… ¡Cómo puedes defenderlo!
— Porque he escuchado a lady Rosalie, porque el hombre que ella
describe no es el capaz de un acto tan atroz. Porque ahora habré de
enfrentarme a alguien que aprecio, mucho más de lo que creía, e informarle
que no volverá a ver a su hermano. ¿Lo comprendes? — El marqués dejó
caer el rostro, sin saber qué pensar. No podía sentir pena, era incapaz de
hacerlo, eso no evitaba que el dolor de su esposa lo hiciera dudar.
La observó despacio, jamás podría imaginarse al lado de otra mujer. Su
belleza le arrebataba el aliento, la necesidad por consolarla primaba en su
interior.
Primero rozó su brazo, paso los dedos por su suave piel sin que ella se
opusiera. La marquesa se dejaba querer, consolar, lista para alejarse a la
más mínima. Después acarició la cara interna de su muñeca, para entrelazar
sus dedos.
— Lo lamento. Haré cuanto esté en mi mano por ella, te lo prometo. No
puedo cambiar lo sucedido, pero trataré de que lady Coral comprenda que
nada has tenido que ver con lo sucedido.
— No le importará. — Pero permitió que tirase de ella y la abrazase —.
Esto terminará de destrozarla.
Capítulo 13
Le costaba caminar, los pulmones le ardían. Danniel se arrastró como
pudo, todavía no podía creerse que hubiera llegado a tierra firme, la
habría besado hasta caer inconsciente si sus labios no estuvieran
completamente secos y se partieran ante el más mínimo movimiento.
Una herida le rasgaba el costado, no sangraba mucho, pero llevaba
demasiado tiempo abierta y se había debilitado.
— ¿Se encuentra usted bien? — preguntó una mujer que pasaba por allí
con una cesta en la mano —. ¿Hola? ¿Puede escucharme?
A Danniel le costaba pensar. Vio un rostro sobre él, unos ojos enormes
observarlo. Movió la lengua rasposa sin lograr articular palabra.
» Debe ponerse en pie. Si logramos llegar a mi casa podré curar su
herida — le aseguró ella, abriéndole la mugrienta camisa y pasando los
dedos por su piel. El hombre, que nadaba entre la vida y la muerte, quiso
agradecerle su preocupación, mas no merecía la pena, ¿verdad?
¿Por qué seguir luchando? Había nadado hasta que no pudo más,
cuando había aceptado que el mar había vencido éste mismo lo escupió en
Londres, casi pareciera que se reía de él.
— Lady Rosalie… — logró susurrar Danniel.
Conrad estaba frustrado. Por más que preguntaba nadie parecía tener
información, y eso que el dinero siempre lograba abrir todas las puertas.
Echó un vistazo a los barcos que había amarrados y se acercó a unos
marineros que se reían mientras buscaban alguna cantina en la que beber y,
si tenían suerte, encontrarían a una buena mujer que se dejaría levantar las
faldas.
Decidido a mezclarse entre ellos decidió que lo mejor para soltarles la
lengua era emborracharlos, fue por eso por lo que colocó una bolsa en la
mano del tabernero y se sentó en una esquina a esperar.
— Pocas veces he estado tan convencido de que moriría — soltó un
hombretón mientras tiraba de las faldas de una prostituta que había entrado
en busca de clientes. El hombre no reparó en su rostro o vestido, solo le
interesaba lo que guardaba entre las piernas —. Preciosa, la muerte me ha
puesto muy duro, ¿podrías ayudarme?
Ella sonrió y señaló con la cabeza las escaleras que llevaban a la
segunda planta. Su nuevo cliente todavía no había logrado ponerse en pie y
ya trataba de desabrocharse los pantalones.
La mujerzuela le ayudó con una sonrisa enorme, que dejó al descubierto
la ausencia de dos dientes centrales.
— Adam, ¡Dudo que logres meterle la polla! No malgastes el dinero y
déjamela a mí, seguro que podré hacerla gritar de placer — aulló Saulo,
riéndose a carcajadas mientras la prostituta se recolocaba el escote y
pavoneaba.
— ¡Cállate! — escupió Adam, tratando de que la lengua se moviese
como le estaba pidiendo — Ese barco está maldito y precisaré mucho
alcohol y mujeres para regresar en él.
— ¿Maldito? — ironizó Tomie, un joven muchacho de no más de veinte
años. Lo cierto era que ni él mismo conocía su edad pues, su auténtica
madre, murió cuando era solo un niño de teta y sobrevivió entre ratas y
limosnas — ¡Eres un cobarde!
— ¿Cobarde yo? Jamás debimos embarcarnos con un ricachón de estos.
Ese hombre casi nos mata — escupió Adam que, ni de lejos, quería
enzarzarse en una pelea. Metió las manos bajo las faldas de la mujerzuela
en un intento de tocar carne caliente —. Al menos paga bien.
Los tres gritaron eufóricos, olvidando el miedo pasado, riéndose de ese
terror que los recorrió cuando creyeron que el barco no podría resistir las
embestidas. ¿Quién era el estúpido que navegaba hacia una tormenta
cuando habían tenido tiempo para evitarla?
— Dejen que les invite a unos buenos wiskis — intervino entonces
Conrad, haciéndole una ligera seña al tabernero —. Parecen necesitar una
buena cogorza. — Alzó su jarra y la acercó a los morros.
— ¡No tiene ni idea! — soltó Tomie con ojos brillantes.
— Puede, aunque ando en busca de jornal que me lleve lejos — soltó
Conrad con indiferencia.
— Trabajo hay, han muerto varios pobres diablos. — Tomie bajó la
cabeza con respeto, un minuto de silencio que no dejó en él ninguna huella
de tristeza —. Mas habrá de emborracharnos más para que le digamos el
nombre del hombre con el que ha de hablar.
Conrad no perdió el tiempo, se puso en pie y salió del antro precisando
aire limpio. El sonido de las gaviotas, el mar rompiendo contra la costa, los
gritos de los hombres que continuaban llenando o descargando las bodegas
de los barcos que allí había atracados, todo ello envolvió a Conrad mientras
se dirigía hacia el embarcadero con pasos cansados.
“Ailaan me ha enviado a una misión sin sentido”, meditó él, recordando
a la damita que, sin más, se creía la dueña de todos ellos. “Esa mujer es
peligrosa”
Encogiéndose de hombros comprendió que nada tenía él que opinar, por
lo que se dispuso a regresar cuando notó un cuchillo en el omóplato
derecho. Iba a girarse cuando apretaron un poco más y la punta comenzó a
atravesar la camisa que lo protegía. El pinchazo en la piel lo hizo saltar.
— Pocas veces has perdido el color de esta forma. — La risa de Jayden
hizo que se girara con rapidez —. Tranquilo… he venido a ayudar.
— No preciso de tus habilidades.
— ¿Seguro? Puedo asegurarte que cuando un hombre pierde un dedo
recuerda detalles importantes que, de otra forma, jamás lograrías. — Jayden
jugó con el cuchillo antes de guardarlo, dejando que la tensión entre ambos
se extendiera. Su sonrisa ladina no casaba con la fría mirada de sus ojos, esa
barrera que colocaba para impedir que nada lo tocase —. ¿Y bien? ¿Has
logrado algo?
— Ha llegado un barco extranjero. — Se encogió de hombros —.
Cuando contacté con la antigua cocinera de los Saxonhust ésta no parecía
saber nada, lo único que recordó fue la extraña visita del marqués de
Carisbrooke a su señor. Ha sido complicado seguir los pasos de ese hombre,
¿te sorprenderías si te dijese que las pistas me han llevado hasta ese barco
de ahí? — Señaló con el índice uno que había sido tan golpeado por el mar
que apenas se mantenía a flote —. Dicen que ha comprado una empresa en
América.
— Interesante. ¿Lo buscamos? — pareciera un niño pequeño a punto de
comerse una gran tarta. Conrad se detuvo y volvió a otear la embarcación.
— ¿Qué puede llevar a uno de esos bagos a embarcarse en eso? —
Meditó en voz alta —. Ese tal Danniel parece haberse desvanecido en el
aire y el único nombre que se repite es el del marqués. Hay algo más, puedo
sentirlo.
— ¿Por qué habría de importarnos? Solo necesitamos encontrarlo.
Jayden le palmeó la espalda con fuerza, provocando que casi cayese de
bruces.
Conrad lo empujó y alejó rumiando algo de cortarle el pescuezo cuando
durmiera, palabras que lograron una sonrisa en su compañero de viaje.
— Es un marqués, Ailaan no aprobaría que llamásemos tanto la
atención — le recordó Conrad antes de tomar las riendas del caballo y tirar
de él —. Aunque lo cierto es que me intriga. Lady Coral — Su nombre se le
atragantó en la garganta —. parecía repugnada por el señor y pocas horas
después regresaba para quedarse. Ella sabe algo…
— ¿Esa mujer te interesa?
— ¡¿A mí?! — Conrad se estremeció ante la idea, no porque la joven
fuese horrenda, sino porque no le quedaría polla para usar si Ailaan se
enteraba. El interés de su jefe era imposible de disimular, aunque demasiado
peligroso.
Capítulo 14
Se detuvieron en la calle y ataron las monturas.
El sol había decidido salir de detrás de unas nubes y se mecía sobre sus
cabezas, calentando demasiado a los pobres incautos que estaban al
descubierto.
Jayden recogió un palo y comenzó a tallarlo mientras su compañero se
alejaba a hacer averiguaciones. Le parecía tan aburrido…
Un niño corría por la calle, su expresión pícara mientras usaba todas sus
fuerzas por alejarse del lugar fue suficiente para que Jayden supiera lo que
vendría después.
— ¡Al ladrón! ¡Al ladrón! — Un hombre, de larga barba, trataba de
atraparlo sin lograr que sus piernas se movieran a la velocidad adecuada.
Habría intervenido de no ser que él esperaba que el pequeño ganase.
— ¿Por qué sonríes? — preguntó Conrad, apareciendo a su lado.
— ¿No lo recuerdas? Parece que hubiera sido ayer.
Los ojos de Conrad barrieron la zona, hasta que captó una sombra que
cruzaba en ese momento la esquina.
— Entonces éramos una familia — reconoció Conrad —, aunque tú lo
olvidaste al permitir que tu hermana nos separase. Siempre supiste que esa
mujer era peligrosa, pero eras incapaz de ponerle límites.
— Ella sufrió mucho… — trató de defenderla Jayden.
— ¿Sufrió? — Conrad apretó los puños, la amistad que una vez existió
entre ambos se había desvanecido, por mucho que Jayden insistiera en
actuar como si siguieran siendo los mismos —. ¿Ella? Era capaz de
cualquier cosa por lograr unas cuantas monedas, y lo demostró cuando
permitió aquella atrocidad.
Jayden se puso en pie, incapaz de seguir escuchando pues, por mucho
que le jodiera, era la verdad. Una sola mujer lo había destruido todo, sin
embargo, él jamás podría odiarla. Él la conocía mucho mejor que nadie y
quería creer que la niña que creció a su lado no se había desaparecido del
todo.
— ¿Has descubierto algo? — preguntó con voz seca. Quería desquitarse
con alguien, usar sus manos para golpear a otra persona y dejar que sus
músculos soltasen ese exceso de energía.
— Está en casa. Lo cogeremos cuando salga.
Jayden se encogió de hombros y sacó un cigarro. Lo encendió y disfrutó
de cada movimiento, mirando de reojo a Conrad, que prefería ir hasta la
esquina por la que se había desvanecido el ladrón y sentarse sobre un par de
cajas que allí había.
Entre el vapor de humo se permitió regresar al pasado, casi podía verlos
entre las nubes blancas que escapaban de sus labios. Rostros que, por
mucho que no conservaban todos sus rasgos y cada día le costaba más
recordarlos, seguía reconociendo.
Esa tarde Chase lo había buscado durante horas hasta encontrarlo
frente al riachuelo. Parecía nervioso, histérico incluso, aunque eso no
borraba la inmensa sonrisa que lucía en el rostro.
— Ailaan dice que ha encontrado la forma. Pronto podremos hacernos
con el control de la ciudad. Ese viejo morirá esta misma semana — soltó
entre jadeos, tratando de recuperarse de la carrera que había llevado a
cabo.
Chase se inclinó sobre sí mismo e intentó respirar con más normalidad.
— Quizás deberíamos esperar. Dicen por las calles que Gaspar ha
mandado colgar a varios de sus hombres porque sospechaba que alguien le
robaba. Ahora está más prevenido que nunca. — Sin embargo, era
imposible tratar de razonar con Chase. El joven llevaba demasiado tiempo
posponiendo la venganza por lo que había sucedido con Rebeca y ahora
contaba cada minuto que pasaba.
Dejando una figurita de madera tallada sobre la piedra en la que
estaba sentado, el muchacho que entonces era Jayden, se puso en pie y
sujetó sus largos cabellos en una coleta.
» Debemos ser rápidos — añadió a continuación.
— Aideen está seguro de que tendremos una oportunidad en la fiesta
que celebrarán en dos días. Gaspar quiere demostrar a todos los que tiene
a sus órdenes que sigue teniendo el control, dejar que vean con sus ojos lo
que sucede cuando alguien se atreve a desafiarlo. — Y eso era justamente
lo que un grupo de desgarbados jóvenes pretendían hacer —. Actuaremos
entonces.
Jayden asintió y se giró, puede que su vida estuviera a punto de
terminar. Tampoco se había imaginado envejeciendo, aunque era
demasiado pronto.
Fue entonces cuando Beatrice los encontró. Ella conocía ese lugar
porque ambos lo habían usado para esconderse en el pasado, aunque a
diferencia de él ella lo odiaba ahora.
La joven, de hermosos cabellos negros y piel dorada, cambió su forma
de caminar al comprobar que su hermano no estaba solo. Sus ojos verdes
brillaron como los de un felino al descubrir a su incauta presa.
— Al fin os encuentro. — Se aproximó a Jayden y se colgó de su brazo,
sin apartar los ojos de Chase —. Gaspar te ha estado buscando. Decía algo
de un brazalete, no he sido capaz de comprender mucho más. — Mentía,
sabía mucho más de lo que contaba, muchísimo más. Mostrando su cara
inocente pestañeó un par de veces, fingiendo que el sol le molestaba en los
ojos —. Hermano, has de tener cuidado.
— No debes preocuparte. Nosotros nos encargaremos de él — aseguró
Jayden.
— Eso espero… Ese hombre me da mucho miedo… — gimió ella,
recorriendo a Chase y notando que éste se había percatado. El muchacho
no hacía más que escurrirse entre sus dedos, por mucho que ella notaba su
interés. La lealtad que Chase decía sentir por Jayden no sería tan fuerte,
ella estaba segura de ello — ¿Y si buscase venganza en mi persona?
Jayden notó que fingía, no por eso se apartó cuando se abrazó a él en
busca de “consuelo”.
Tras un par de minutos la joven se alejó y acercó a Chase, jugando a
rozarlo “inocentemente”.
“Es el hermano de Ailaan, si lo logran seré yo la que esté a su lado” Y
es que, por mucho que lo había intentado, Ailaan leía en ella mucho mejor
que nadie y nunca le permitió acercarse lo suficiente. Tendría que
conformarse con el segundo premio.
» ¿Me protegerás tú también? — inquirió, mirando directamente al
joven, que no tardó en ponerse colorado.
— Por supuesto.
—Chase… — susurró su nombre con intensidad, con una candencia
que, a un muchacho con las hormonas revolucionadas, le pareció indecente
incluso — no dejes que nada malo le suceda a mi hermano. Te lo suplico.
Chase no debía tocarla, mirarla o pensar en ella. No debía…
El joven se acercó y negó con la cabeza, sin ser capaz de despegar los
ojos de la joven. Cuando la abrazó se dijo que era por consolarla, por
mucho que el calor de Beatrice provocaba en él una lujuria imposible de
ocultar.
Jayden los observaba pensativo, notando algo extraño en la mirada de
su hermana. Hacía meses que sospechaba de sus salidas, prefirió guardar
silencio por el momento.
» Hermano — lo llamó ella —, cuida tú también de él.
Jayden asintió muy lejos de allí.
Beatrice pasó los dedos por la mejilla del joven, dejando en él un
hormigueo delicioso.
» Debo irme.
— ¿A dónde vas? — preguntó entonces Jayden, notando que ella se
tensaba.
— Debo hacer unos recados.
— En malas compañías, desde luego. — ¿Era posible que de verdad
estuviera vendiendo su cuerpo? — Temo que algo malo pueda sucederte. Es
mejor que hoy regreses a casa.
— Hermano, tengo mis necesidades y dado que tú no tienes el dinero de
cubrirla habré de hacerlo yo.
— Beatrice… — comenzó Jayden a modo de aviso.
— ¿Qué? — Ella dejó escurrir su máscara en parte —. ¿Quieres que
acepte mi situación y tenga paciencia? Estoy cansada de vivir entre ratas.
— Al percatarse de lo que había soltado miró a Chase y se sonrió con
ternura, dejándole ver que de él jamás pensaría tal cosa —. Haré lo que
sea necesario para lograr lo que quiero.
Beatrice lo dijo de tal forma que Jayden sintió frío, mucho frío. Esos
ojos verdes brillaron amenazadores, recordándole demasiado al hombre
que, sin poder llamarse padre, lo había goleado cuando era solo un niño.
“Beatrice jamás será como él” Pero no podía estar seguro, solo
aferrarse a la esperanza, asegurarse de estar a su lado en todo momento y
reconducir sus pasos.
No obstante, ahora comprendía que era imposible tal tarea. Ella había
encontrado la forma de evitar su supervisión, ella había usado su cuerpo sin
ningún tipo de reparo, aprovechándose de hombres que, sin escrúpulos,
también la habían engañado.
“Solo Chase ha pagado las consecuencias. No debí permitir que siguiera
enredándolo”
Jayden tiró el cigarro con furia. Éste rodó y se alejó hasta colarse debajo
de las ruedas de un carruaje que pasaba en ese momento por allí.
“Si Chase la encuentra la matará” Y, si bien en el pasado se había jurado
que lo apoyaría en todas sus decisiones, ahora no se veía capaz de
permitirlo. Seguía siendo su hermana…
Capítulo 15
Ailaan estaba buscando en la biblioteca de un tal barón Dacre. En otras
circunstancias habría actuado con más cautela, ese día se sentía inquieto y
eso lo llevó a encañonar al servicio que allí encontró y los amontonó
maniatados en la cocina.
Frustrado lanzó varios libros al suelo, para dirigirse al escritorio de
roble macizo. Lanzó los cajones lejos antes de encontrar unos papeles que
le llamaron la atención.
Los recogió con cuidado, reconociendo cada una de las palabras que allí
había.
“Al fin los tengo” susurró más tranquilo, cuando el timbre de la puerta
lo hizo sonreír.
Se guardó los pliegos bajo la camisa, agarrados en la cintura del
pantalón y, tras esconderlos con eficacia, se recompuso y decidió actuar
como el mayordomo del lugar. Al tiempo que posaba la mano en el cerrojo
de la puerta y se disponía a abrir, estiró la mano.
Como sucedía con todos los nobles, el hombrecillo que le tendió el
abrigo ni siquiera lo miró, pasó a su lado al tiempo que le lanzaba el
sombrero y Ailaan cerraba con una sonrisa peligrosa.
— Cameron, tráigame una copa. Ha sido un día complicado — soltó el
barón Dacre, dirigiéndose a la salita y tomando asiendo en una butaca. Se
desabrochó el cuello de la camisa e inspiró con fuerza.
— ¿Ha tenido un mal día? — preguntó Ailaan sin seguirlo, desde una
distancia prudencial, tratando de modular el tono de su voz.
Habría sido mucho pedir que hubiera funcionado.
El barón Dacre alzó sus ojos chocolate y se puso en pie de golpe. Para
ser tan rechoncho era muy ágil.
» ¿Quién es usted?
— Pensé que nunca se daría cuenta — soltó Ailaan inclinándose
ligeramente —. Ailaan, a su servicio. Aunque he de decir que ya nos
conocemos, en cierta forma lo hacemos. Usted trató de engañarme.
— Se confunde de persona.
— Le creería si no lo hubiese encontrado culpable ya. — Ailaan
observó al barón enfundado en su caro traje y recordó las lágrimas de su
hermana. Thanae había sacrificado el amor que sentía por Emer para
ayudarlo y él haría lo que fuera necesario para recuperarlo.
Emer se había desvanecido en el aire y, sin embargo, ella juraba poder
sentirlo a su vera cuando cerraba los ojos. Ese lazo que los unía no había
hecho más que fortalecerse en los meses que habían pasado separados.
Ailaan apretó la mano derecha sobre la empuñadura de la pistola que
llevaba a su espalda.
— Váyase, antes de que mande llamar a las autoridades — lo amenazó
el barón Dacre.
Ailaan sonrió de medio lado, bajando ligeramente el rostro observó a su
presa sabiendo que haría cuanto fuera preciso por su familia.
— No podría hacerlo sin lengua, ¿no cree? — susurró, tan, pero tan
bajo, que el barón primero se concentró en escucharlo, después se arrepintió
de no haber salido corriendo.
Con cada una de las palabras, Ailaan se aproximó al hombrecillo que,
con parte de la cabeza desierta de todo cabello, dejaba ver el sudor que la
perlaba. En un intento de secarse sacó un pañuelo y se lo pasó por la calva,
el nerviosismo que portaba era evidente.
— No sé qué es lo que cree que sabe, pero…
— Ya he pasado por esto muchas veces. La negociación, usará palabras
que cree que pueden hacerme cambiar de idea cuando lo único que logra es
aburrirme. — Ailaan tomó una silla cercana y se sentó, colocándola entre
sus piernas. Apoyado en el respaldo observó al noble —. Le pediría que me
diera la información antes de que tuviera que mancharme las manos, sin
embargo, ambos sabemos que sin que su sangre manche mis manos no
lograría la verdad.
Eso se repitió cuando se puso en pie y apretó la mandíbula. Era su
elección, siempre lo había sido, pero justamente él era el que había
escogido esa vida.
“Por el bien de los míos. Yo los protegeré”
Una idea con la que había convivido desde muy pequeño, un
pensamiento que había arraigado con fuerza en su interior.
No comprendía por qué había tomado la silla, quizás porque iba
decidiendo en el momento lo que sucedería a continuación.
Pateó la silla cuando ésta se interpuso en su camino. El hombrecillo
trató de correr, se encontró con el puño de Ailaan que, impactando en su
nariz, lo hizo caer.
El grito agudo del barón acompañó su gesto desesperado mientras
trataba de retener la sangre que manaba de su nariz rota. Era un dolor
insoportable para quien no sabía lo que era sufrir.
Ailaan chasqueó la lengua al ver cómo, con un solo golpe, el
hombrecillo se negó a volver a ponerse en pie.
“Todavía no”, se dijo, deseando reventarle la cabeza.
» ¿Sabe todo lo que he encontrado mientras trataba de localizarle?
Habría deseado no saber muchas cosas… — Detalles que nunca compartiría
con quiénes amaba, justamente porque los quería lo suficiente para no
hacerlos sufrir —. Ahora sé que la muerte de nuestra adorada Ágatha no fue
un accidente.
— No sé de quién habla.
— En eso le creo. Dudo que recuerde su nombre, ¿por qué recordar a
una anciana mugrienta que sobrevivía gracias al fruto de sus andrajosas
manos? — ironizó Ailaan, cansado de que hombres como aquel se creyeran
con el derecho de aplastar a los pobres sin compasión. ¿Quién lloraría a los
desechos de una sociedad corrupta?
Ailaan pertenecía a ambos mundos sin sentirse parte de ninguno de
ellos. Puede que sus hermanos lo apreciaran y, sin embargo, lo temían y eso
hacía que, en cualquier momento, pudieran volverse en su contra. Aun
sabiendo eso no se arrepentía de protegerlos.
El temor es una moneda de doble cara, peligrosa.
» Ágatha era dulce, piadosa. Ella dejaba en las manos de los niños
hambrientos de las calles trozos de pan duro que nos salvaron la vida en los
más crudos inviernos. Ella compartía lo que no le sobraba con quien lo
necesitaba — le explicó, sabiéndose parte de las ratas que, una vez,
disfrutaron de su sonrisa sin dientes mientras estiraba las manos —. Pero no
era eso lo que le interesaba averiguar de ella.
— No sé de qué me habla. Yo nunca he salido de Londres.
— Interesante, jamás lo acusé de hacerlo.
— Por su acento…
— ¿Por mi acento? — Ailaan quiso reír, el sonido que logró fue un
graznido molesto que lo hizo apretar, todavía más, los puños. Quiso golpear
a aquel saco de carne hasta que dejase de moverse, lo que había visto… Su
cuerpo… La mirada perdida de una anciana que había luchado hasta el
último día de su vida.
Ailaan comprendía que existían los daños colaterales, sin embargo, él
siempre evitó tocar a inocentes. Ahora tocaba vengar a quien no pudo
defenderse, podría incluso llamarse justicia, aunque nunca había aspirado a
tanto.
Ni siquiera la había reconocido. Cuando los rumores le llegaron no
podía aceptarlo. ¿Quién sería tan desalmado de hacerle eso? Todo el mundo
la conocía, nadie podía soltar una mala palabra de ella.
Lo que encontró hizo que vomitase como hacía tiempo que no hacía. Se
plegó al lado de su cuerpo y vació su estómago hasta que solo quedaron los
temblores de un cuerpo sin fuerzas. Las lágrimas caían por sus ojos sin que
pudiera evitarlo, sorprendiéndose incluso de ser capaz de llorar.
» La habían apaleado. Murió tratando de aferrar el colgante de su hija,
de tener con ella algo que le recordase a la niña que perdió en el pasado.
Ella luchó hasta el último segundo — soltó orgulloso —. ¿Quiere saber lo
que se siente?
— No…
El barón Dacre trató de gatear lejos, Ailaan aferró su bota izquierda y lo
arrastró hacia él. Lo miró desde las alturas sin comprender cómo, tan
poquita cosa, había logrado hacerle daño.
— Nunca ha sabido a quién se enfrentaba. Creía que nadie sospecharía
de su persona, aunque debo reconocer que me ha costado dar con usted. —
Una patada directa al estómago hizo que el barón perdiese el aire,
boqueando como un pez mientras aferraba su abdomen con fuerza —. Ni
siquiera camina con escolta, ¿por qué hacerlo cuando no es nadie?
— Le daré lo que quiera.
Ailaan no lo escuchaba.
Puede que lady Coral quisiera ver luz en su interior, la realidad era
mucho más cruel.
— Le cortaré la misma oreja. Le clavaré las manos al suelo para que no
pueda moverse mientras lo golpeo — describió, tratando de recordar cada
detalle y sintiendo las mismas arcadas que entonces.
Puede que su búsqueda de los que habían engañado a Chase hubiera
comenzado por orgullo, ahora era algo personal.
» Aunque antes me dirá dónde está Emer.
El hombrecillo abrió la boca, Ailaan todavía no estaba preparado para
una confesión. Aferró la camisa almidonada y tiró de él para acercarlo.
Retándolo con unos ojos oscuros que daban miedo, lo zarandeó y golpeó.
En cada golpe las palabras de Ágatha regresaban y lo envolvían,
cegándolo.
— Pero chico tonto, ¿qué haces en un barrio tan peligroso? — Su voz,
rasposa y gastada, lo sorprendió mientras fumaba sentado en una vieja
caja.
— Vieja, ¿habla así a su dueño? — la había interrogado Ailaan con una
sonrisa orgullosa, sintiendo que se le hinchaba el pecho. Ella había visto su
crecimiento desde la nada, ella era la mejor testigo.
— Solo veo a un niño tonto que logrará que lo maten. No deberías venir
solo. — Ágatha le palmeó el hombro con fuerza, una fuerza inusitada para
su edad y escaso tamaño.
— Nadie se atrevería a tocarme. Todos me temen, todos deben hacerlo.
— ¿Todos? — La pregunta encerraba mucho más de lo que aparentaba.
Cuando Ailaan volvió los ojos a ella y la observó, sintió que la anciana
era una bruja que podía leer en él mucho mejor que cualquiera. Puede que
fuera culpa de la edad que Ágatha cargaba a su espalda, sin embargo,
Ailaan se descubrió confesando sus penas a una mujer que ya había dejado
el dolor atrás.
— Mis hermanos dicen no reconocerme. Me temen, todos lo hacen
desde que acabé con Gaspar. — Como queriendo excusarse agregó —: Era
preciso que lo hiciera yo mismo. Mi mano debía ser la que acabase con él.
Rebeca lo habría querido así.
— Debes darles tiempo.
— No se trata de tiempo. Ellos ya no me ven, ya no quieren verme.
Están a mi lado por la protección, por esa lealtad enfermiza que nos ha
unido siempre, pero algún día se enfrentarán a mí. — Y llegado el momento
tendría que aplastarlos, ¿lo haría? — Puede que no sea hoy, pasarán años
antes de que lo intenten, pero en mí ya solo ven a un monstruo.
— ¿Lo eres?
Se quedó callado unos minutos. Cuando habló acompañó las palabras
encogiéndose de hombros:
— No lo sé.
Ágatha, que ya no sabía lo que era un abrazo, trató de hacerlo lo mejor
posible cuando lo envolvió. Puede que nadie más supiera el peso que
llevaba Ailaan en sus hombros, sin embargo, podía contar con ella.
— El mundo nos moldea, el sufrimiento. No debes dejarte caer,
encontrarás tu camino.
— No temo por mí, sino por ellos. Temo por el momento en el que me
obliguen a escoger. — Ailaan no disfrutaba haciendo lo que hacía, eso no
cambiaba nada.
— Algún día comprenderán que, para que ellos sean los buenos,
alguien debe ser el malo. Para que ellos tengan vidas felices alguien, en
este mundo cobarde y egoísta, ha de protegerlos.
— ¿Eso hago?
— He visto a tus chicas sonriendo porque al fin tenían para comer y
nadie las golpeaba. Has impedido extorsiones y eliminado a hombres que
ni la policía se atrevía a tocar — resumió ella, sabiendo que eso no
significaba nada para el joven que seguía conservando la mirada soñadora
de entonces.
Ágatha habría querido un futuro diferente para él, sin embargo, la
impotencia de no tener el poder de cambiar su futuro la llevó a apretar sus
finos labios.
» Tu gente te respeta. Puedo verlo, ellos viven mejor contigo al mando.
Ailaan se detuvo. Miró el cuerpo inconsciente que había sobre la
alfombra y se dejó caer en la butaca mientras se pasaba las manos por el
rostro.
Lady Coral era su debilidad, por mucho que se había esforzado en no
tener ninguna. Mientras esperaba a que volviera en sí recordó los labios de
la joven dama, su suave piel hormigueando en la punta de los dedos.
Cuando estuvo entre sus brazos se sintió aceptado, reconfortado, una
calidez adictiva prendió en el interior de su pecho haciéndole creer que
podría ser digno de ella, de su amor. Era un pensamiento ridículo que debía
suprimir.
Acercándose a la puerta localizó al hombre que lo había llevado en el
carruaje, fingiendo ser cochero, y le llamó con la mano. Cuando el maleante
se acercó Ailaan le pidió ayuda para envolver el cuerpo de un gran barón,
un hombre poderoso e intocable, en la misma alfombra sobre la que estaba.
— Señor, ¿desea que lo lance al mar?
— Todavía está vivo — soltó Ailaan, sin pensar mucho en ello.
— ¿Entonces? — Y es que el maleante no veía ningún inconveniente en
que siguiera respirando. De acabar con su vida ya se encargaría el mar,
mucho mejor así.
— Nos lo llevamos. Avisa a Jayden, tiene mucho trabajo por delante.
Y, por mucho que le gustaría ser él el que siguiera “interrogándolo”, de
hacerlo no obtendría palabra, pues acabaría antes con su vida.
Capítulo 16
Lady Coral lo vio llegar y, tratando de no hacer ruido, lo siguió hasta el
saloncito. Lo vio avanzar hasta la licorera y llenar una copa con
desesperación, para volver a vaciarla después.
La joven quiso acercarse, lo notaba inquieto, acorralado. Preocupada,
apretó las uñas contra la pared, queriendo avanzar y abrazarlo, creyendo,
puede que ingenuamente, que ella tenía el poder de hacerlo sentir mejor.
Ailaan alzó la copa, la miró, y la estrelló contra la pared perdiendo la
compostura que solía acompañarlo.
Lady Coral gritó sorprendida, Ailaan se giró, clavando los ojos negros
en su rostro. La miró con odio, un sentimiento que nunca había dirigido
hacia su persona.
— ¿Qué hace ahí? Debería dejar de espiarme — soltó Ailaan, dándole
de nuevo la espalda.
Si bien su gesto dejaba claro que no la deseaba allí, ella no se dio por
enterada. La curiosidad pudo más cuando avanzó, o puede que solo se
tratase de su necesidad de estar con él. No lograba sacárselo de la cabeza,
necesitando incluso discutir de ser necesario.
— Discúlpeme — susurró lady Coral, acortando la distancia entre
ambos y mirándose las manos, incapaz de dar el último paso y tocarlo.
Quería posar los dedos en su brazo, conformándose con un toque inocente
que se le antojaba abismal —. ¿Se encuentra bien?
— ¿Le preocupa? — escupió Ailaan, furioso con ella, consigo mismo.
Furioso con la necesidad de mantenerla a su lado, con esa idea perenne de
tenerla cerca que no era capaz de dejar atrás.
— Hable conmigo, se lo suplico. — Se encogió levemente, viéndose de
nuevo diminuta al lado de alguien.
Ante esas palabras él se giró y la tomó por los hombros, para
zarandearla con suavidad. Ella no hizo nada por defenderse, por alejarlo, se
limitó a alzar sus iris azules y brillantes.
— Jamás suplique. No permita que nadie le lleve a arrastrarse, nunca
merece la pena.
— Lo lamento.
— Deje de pedir perdón — soltó con brusquedad Ailaan, haciendo que
ella asintiera, incapaz de despegar sus iris de los ojos negros de él —.
Menos a mí. No se disculpe cuando toda la culpa fue mía, cuando jamás
debí acercarme, aunque a mi favor diré que fue inevitable.
— ¿Por qué? — ronroneó ella, deseando palabras hermosas que la
hicieran volar.
La mano de Ailaan aferró su nuca, él pegó la frente con la de la joven
dama. Cerró los ojos buscando algo que soltar que no dejase ver el infierno
en el que, desde hacía mucho tiempo, habitaba. No quería alejarla, por
mucho que sería lo más correcto.
Sin embargo, a ella no podía mentirle.
— Ya lo sabe. Puede sentirlo al igual que yo — aseguró Ailaan,
aferrando el fino cuello femenino con su mano izquierda. Con suavidad la
hizo retroceder, hasta que la espalda de la joven tocó la pared del fondo —.
Dígame que está asustada, que me odia y jamás permitiría que un ser como
yo estuviera con usted. Dígame que soy indigno de soñar con usted.
— Puedo sentirlo.
Se lanzó a por la boca de ella, quiso devorarla, consumirla despacio.
Ella se entregó queriendo sentirlo por todas partes, odiando el espacio
vacío que él conservaba entre ambos al mantener la mano en su cuello. Sin
embargo, esa misma postura era la que hacía que su vientre vibrase. Se
sentía delicada, sometida incluso, pero protegida, custodiada, guarecida.
En el fondo de su ser sabía que él no la lastimaría.
Ailaan mordió su labio, tiró de él, acompañando el gesto con un ronco
gruñido.
— Regrese a su alcoba — pidió Ailaan.
— ¿Por qué? — casi lloriqueó lady Coral.
— No quiero que vea lo que he de hacer.
La soltó y se alejó, regresando junto a la licorera y llenando otra copa,
que meció entre los dedos. Ella casi se cayó, al sentir la ausencia de sus
brazos sosteniéndola.
La joven movió sus piernas de gelatina, pasándose las manos por las
mejillas en un intento de calmar el calor que la había embargado.
— No me aparte de su lado.
— ¿Cree que su presencia podrá cambiar algo? ¿Cree que podrá evitar
que acabe con las vidas de esos pobres diablos? Mi mundo no es igual que
el suyo, yo no soy como usted — remató él, necesitando la cordura
necesaria para no soñar —. No desea verme haciendo eso. Quiere conservar
la visión romántica que tiene de mí.
— ¿Eso cree? ¿Piensa que me engaño a mí misma sobre su persona?
— ¿No lo hace? — Él no dejó de mirarla mientras ella se removía
inquieta.
— No lo sé. Quiero conocerlo, aceptar quien es y descubrir si podría
soportarlo. — Se colocó tras el sofá que había a su derecha, usándolo a
modo de protección, como si tras el mueble ganase algo de seguridad —.
Lo que sí que sé es que, hombres que yo creía decentes, me hicieron daño.
Lo que sí que sé es que me tendió la mano y me ayudó cuando más sola y
avergonzada me sentí en toda mi vida. Tenía miedo, tanto miedo que no me
veía capaz de enfrentarme a la mirada de los invitados tras lo sucedido. Me
daba la impresión de que cualquiera que me mirase descubriría la verdad.
— Mis razones fueron egoístas.
— No me importa. Quiero conocer sus motivos, quiero estar aquí y ver
quién es realmente.
— Pero yo no, no podría soportarlo.
Lady Coral aferró el bordado que cubría su falda. Lo estrujó con fuerza.
— Mi padre decía que… — Se detuvo. Miró sobre su hombro el piso
superior, seguía sintiendo miedo de él, por mucho que ahora estaba postrado
en la cama recuperándose de las heridas. Durante años fue su monstruo
personal —. Mi padre decía que el miedo nos transforma en animales, que
el dolor nos fortalece y que lograría que me convirtiera en una buena mujer.
— Nunca mereció sus golpes — aseguró Ailaan, queriendo subir las
escaleras y acabar con la vida del infeliz. Sin embargo, sabía que, por
mucho que ese tipejo le hubiera hecho, ella lo amaba por quien era. Una
relación enfermiza en la que debía poner distancia, sin embargo, el corazón
no siempre hace lo que más le conviene.
— No es eso lo que trato de decirle. Lo que trato de decirle es que yo
también, yo también soy un monstruo, como usted. — Antes de que Ailaan
pudiera soltar, con palabras mucho menos elegantes, que eso era una
soberana tontería, ella prosiguió —: Una noche recogí un abrecartas de
plata que tenía en el cajón. Padre había llegado borracho y derrotado,
incluso había perdido el reloj de bolsillo que tanto apreciaba, y dormir no
era lo que él creía necesitar.
— No tiene por qué continuar — casi suplicó él, queriendo aproximarse
para consolarla, notando el temblor en los labios femeninos y sintiéndose
impotente al notar que lo que menos deseaba en ese instante era que nadie
la tocase.
Lady Coral mantuvo la distancia con todo menos con los ojos. Esos ojos
azules que suplicaban amor, un amor incondicional y sin reservas, un lugar
al que regresar siempre, cuando más lo necesitase. Podía parecer poca cosa
para quien había vivido entre lujos, no obstante, ella nunca se sintió
poseedora de cuanto la rodeaba. La joven había notado toda la vida la
puerta de la calle entreabierta, esperándola al mínimo paso en falso. Puede
que por eso había tratado de ser la mujer perfecta.
Callada, sumisa, una esposa que cualquier hombre desearía. Al menos
cualquier hombre que no fuese el marqués de Carisbrooke.
— Yo estaba dormida. Siempre he creído que fue mi culpa, debí haber
atrancado la puerta, haber colocado la silla y cuanto tuviera a mano para
impedir que pudiera entrar. — La culpa la perseguía, aun siendo ella la que
había recibido los golpes —. A pesar de que de niña no me había tocado y,
desde lo sucedido el día de mi presentación en sociedad, casi siempre
lograba esquivarlo, esa noche me confié.
Mas las palabras que soltaba no hacían justicia a lo que sintió. El miedo
más profundo la atravesó al ver los ojos idos de su padre sobre ella, al sentir
su aliento ebrio caer sobre su nariz.
Lady Coral tomó aire, notando un dolor agudo escurriéndose por su
garganta e impidiéndole hablar con normalidad. Todo en su cuerpo le pedía
que se detuviera, era una historia que, para ella, la dejaba en muy mal lugar.
» Me sacó por los pelos de la cama. — Se llevó la mano a la cabeza y
rozó los hilos dorados como si, con cada frase, se fuese alejando más del
presente y sumergiendo más en lo sucedido entonces.
Ailaan no pudo soportarlo más y casi corrió a ella. La abrazó y la joven
se dejó hacer, apoyando la mejilla sobre el duro pecho masculino, dejando
que el rítmico sonido del corazón de él la tranquilizase.
No podía mirarlo, no en esa posición, casi mejor así.
Lady Coral tomó aire, el aroma de Ailaan era diferente, una cálida
emoción la recorrió.
» Di… — carraspeó — dijo que todo lo malo que le sucedía era culpa
mía. Que debería estar casada y lejos, que no era más que una boca que le
costaba dinero.
Ella se encogió, Ailaan la abrazó con más fuerza, dejando caer un beso
sobre su cabeza.
— Era un borracho. He visto como el alcohol convierte a los mejores
hombres en ratas humanas. No debe pensar más en lo sucedido.
La había pateado hasta que ella se quedó sin aire y dejó de suplicar.
Cuando ya había creído que él se había cansado, un puñetazo en la cabeza
hizo que su oído comenzase a pitar. Era un sonido que la llevó a gritar, un
sonido doloroso que acompañaba la agonía por el resto de golpes.
Lady Coral apretó los dientes ante las ganas que tenía de alzarse y
devolver cada puñetazo y patada. Se sentía avergonzada por no haber
ofrecido resistencia, por haberse limitado a encogerse sobre el suelo y
llorar, como si las lágrimas pudieran cambiar algo.
— No recuerdo cuándo se fue. Perdí el conocimiento.
Desesperado, Ailaan la giró y beso sus labios con dulzura. Era la única
forma que él encontraba para consolarla.
Lady Coral recibió esas caricias con una sonrisa triste y las pestañas
húmedas. Aceptada, esa era la palabra que explicaba lo que ella sentía.
» No tenga pena por mí — suplicó ella, hablando contra los labios
masculinos.
— Le mataré también a él. No me importa lo que diga para defenderlo.
Es imposible que pueda convencerme de lo contrario.
Ella no dijo nada sobre eso, continuó con aquello que ella consideraba
importante. Había hecho lo más complicado, comenzar la historia, ahora no
quería detenerse.
— Cuando abrí los ojos y tragué esa saliva ensangrentada en lo único
que podía pensar era en que era mejor estar muerta, en que no había ningún
lugar para mí — resumió a grandes rasgos —. Danniel estaba lejos
estudiando y Samantha era casi una extraña a la que no conocía. Me sentí
sola, tan sola que ya nada me importaba —. Danniel regresó a su mente,
tenía que encontrarlo.
“Necesito un momento, hermano. Dame unos minutos para mí, prometo
no abandonarte” Pensó lady Coral, aceptando otro suave beso por parte de
Ailaan.
» Recogí el abrecartas. Estaba cegada por el odio más… más terrorífico
— completó, sin saber si era la palabra que de verdad quería usar. No
importaba —. Con él entre los dedos abría la puerta y caminé por el pasillo.
Llevaba el camisón roto y sucio, iba descalza y con el pelo revuelto, pero
nada de eso me importaba. No entonces.
— No tiene que continuar — susurró Ailaan, aferrando su rostro entre
sus manos y obligándola a alzar los ojos.
Se miraron durante una eternidad, ella se mordía el labio y él la aceptó,
fuera cual fuese su pecado.
— Me coloqué al lado de su cama completamente ida. Quería hundir la
hoja en su corazón tantas veces como fuera posible. Quería desgarrar,
cortar, trocearlo — sonrió de pronto ante la idea. Percatándose de lo que
podría parecer se asustó, gestos que lograron que Ailaan soltase una
carcajada. La abrazó y meció haciendo que ella misma se riese nerviosa de
lo que acababa de reconocer —. Estaba dormido — continuó después —.
Puede que fuese eso lo que lo salvó. Se parecía al padre que recordaba.
— ¿Ni siquiera una puñalada en la pierna? — preguntó Ailaan,
queriendo usar el humor para rebajar tensiones.
— No.
— ¿Y es eso lo que la convierte en un monstruo?
— Quise acabar con su vida — se defendió lady Coral.
— Yo he matado a pocos con mis manos, pero he ordenado quitar de en
medio a muchos. ¿La asusta eso?
Lady Coral negó con la cabeza, aunque sin estar muy convencida.
» He golpeado a hombres indeseables y mandado a azotar a mujeres sin
sentimientos.
— ¿Mujeres? — Ella se tensó. Jamás volvería a pasar por lo mismo, no
podía permitirlo, nadie volvería a tocarla para hacerla sufrir.
— Se lo merecían, puede estar segura. Una de ellas, por darle un
ejemplo, había asesinado a dos esposos antes de que una vecina, que
sospechaba de la mala suerte de la mujer, la delatase. Puede estar segura de
que siempre me cercioré de que eran culpables.
— ¿Cómo?
La sonrisa inquieta de Ailaan fue suficiente respuesta.
» ¿Y si no eran culpables?
Ailaan iba a soltarla cuando ella aferró sus brazos, suplicándole que no
la dejase sola. Quería el calor masculino, esa sensación anestesiante que
impedía que los malos recuerdos ahondasen demasiado en su interior.
— Solo me sucedió una vez.
— ¿Y qué hizo? — lo interrogó ella curiosa.
Cuando Ailaan hablaba pareciera que le estuviera narrando rumores
sobre la vida de los vecinos, algo en su interior era incapaz de verlo capaz
de quedarse mirando mientras desgarraban la espalda de otra persona.
— La compensé como pude — soltó Ailaan a la defensiva. Le había
dado cuanto ella pidió y, por muy extraño que pareciera, la mujer deseó
quedarse a su servicio después. Con el tiempo incluso se habían hecho
amigos, al menos todo lo amigos que podían ser tras haber castigado
injustamente a Annette —. Jamás le faltará nada.
Lady Coral asintió satisfecha y, puede que, orgullosa de sus palabras.
“¿Cómo puede seguir mirándome de esa forma? ¿Acaso no comprende
lo que trato de decirle?”, Ailaan pasó los dedos por la suave mejilla
femenina, deteniéndose al rozar el borde de sus labios. Los dibujó a
continuación, logrando que ella entreabriera la boca sin respiración.
» Dígame que no merezco sus atenciones.
— Ambos vivimos ahora al borde de lo que es correcto. — Ella también
alzó la mano hacia la mejilla masculina y pasó las uñas por la barba que,
incipiente, comenzaba a ensombrecer el rostro de su hombre —. Por muy
extraño que suene no me importa. No me importa que no vuelvan a
aceptarme, que critiquen mi elección, que me rechacen. No me importa.
— Ha perdido la cabeza, puede que ambos lo hayamos hecho — gruñó
indeciso.
Pero estaba a salvo y eso era suficiente. Él la cuidaría y protegería, él le
daría las fuerzas que necesitaba para avanzar. ¿Era un asesino? Puede que la
oscuridad también anidase en su interior, ¿cómo juzgarlo cuando, muy en el
fondo reconocía que, lo único que había impedido que ella cometiera un
pecado capital, fue el pavor a que la descubrieran?
Lady Coral no sabía mucho, pero quería descubrirlo todo. Necesitaba
que compartiera con ella sus pecados, que se expusiese como ella lo había
hecho al narrar su vergüenza. Necesitaba conocerlo como nadie antes,
formando dos mitades de un solo ser.
— Le dije hace mucho que usted sería mi esposo, que lograría
convencerlo y, aunque puede que no fuese de la forma que tenía en mente,
siento que ya me pertenece.
El orgullo que mostró la joven e ingenua dama le pareció adorable a
quien la sostenía. La acarició mientras la observaba, la besó cuando sentía
que las emociones desbordarían su pecho.
Los recuerdos oscuros se desvanecieron, solo quedaba luz entre ambos.
— ¿Eso cree?
— Puedo sentirlo en mi piel, — Se detuvo y se rozó los labios —. en
mis labios — continuó con intención.
— ¿Dónde más puede sentirlo?
Ella recorrió el rostro masculino, ¿tendría la valentía suficiente para
hacer lo que deseaba?
Lady Coral rememoró cómo la había poseído, cómo la había llevado
hasta las nubes para hacerla caer después, completamente desfallecida.
Los dedos finos de la joven se posaron en su escote, para descender
despacio por su abdomen y llegar al punto de la falda del vestido que
escondía su entrepierna.
Ella estaba nerviosa, histérica incluso. Tragó la escasa saliva que
conservaba en la boca, se pasó la lengua reseca por los labios sin percatarse
de lo que hacía, hecho que no pasó desapercibido para Ailaan.
» ¿Ahí puede sentirlo? — preguntó con voz ronca y una dureza dolorosa
entre sus piernas. ¿Qué tenía que no lograba sacarle las manos de encima?
No quería pensar más en los motivos, en lo estúpido que se estaba
volviendo al caer una y otra vez en el mismo error. ¿Era eso?
Ailaan la hizo girar y desanudó los lazos. Los soltó despacio, dejando
caer la pieza y fijando ahora su atención en la fina camisa semitransparente
que seguía cubriéndola. El corsé no le molestaba, no por el momento, pero
necesitaba liberar los redondos y hermosos pechos de lady Coral.
Se le secó la garganta mientras rozaba tan hermosos pezones a través de
la fina pieza y los veía endurecerse. Un graznido escapó de sus labios, ella
cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás.
— ¿Qué me está haciendo? — Lady Coral quiso cubrirse, avergonzada
por ser expuesta de esa forma, él sujetó las manos de la joven y se lo
impidió mientras se inclinaba y tomaba el pezón derecho entre los dientes.
Puede que una fina tela se interpusiera entre ambos, eso no evitó que la
joven sintiera el ardiente aliento contra tan sensible piel, tampoco evitó que
se arquease cuando los dientes apretaron ligeramente y la lengua le dio uno,
dos, tres y hasta cuatro toquecitos.
Ailaan sonrió al ver que ella no lograba mantener los ojos abiertos.
— ¿Le gusta? Ahora voy a premiarla por ser tan obstinada y decidida.
Voy a premiarla por no rendirse conmigo y aceptarme. — Ella lo espió a
través de sus espesas pestañas. Ailaan cambió de pezón con rapidez.
— Me tortura.
— ¿Eso hago? Ya le dije que era un hombre muy malo…
Ahora fue ella la que sonrió, dejándose caer contra él y riendo feliz
cuando Ailaan la alzó y la llevó hasta el sofá.
El vestido ya no estaba, Ailaan aprovechó para colocarse entre sus
piernas y se rozó contra su centro, sin tratar de apartar los pantaloncitos
blancos que tan eróticos le parecían.
» La haré suplicar y susurrar mi nombre. La llevaré hasta la locura para
que, cuando entre en su interior, explote en mil pedazos.
— Por favor, no diga eso. — La joven escondió el rostro bajo su brazo.
Ailaan se levantó y la giró, haciendo que el culito de la dama se quedase
en el aire y solo su espalda sobre el sofá. Le abrió las piernas y, cuando
menos se lo esperaba, desgarró la tela de los pantaloncitos.
» ¡¿Qué hace?!
— Poseerla, devorarla como se merece. Si de verdad quiere estar a mi
lado me tendrá por entero a su merced, ahora es mi turno de hacer que
nunca desee a otro hombre. Quiero marchar mi hombre en su lengua, en su
piel.
— Ya lo ha hecho.
— Muñequita, eso no es cierto, no todavía — aseguró Ailaan,
arrodillándose y haciendo que ella tratase de evitarlo por todos los medios
posibles.
El joven tuvo que empujarla levemente para introducir la cabeza entre
sus piernas, cuando lo logró y la probó, ella perdió las fuerzas y,
escondiendo de nuevo el rostro, se dejó hacer.
Jugó con sus labios un ratito, trazando líneas invisibles con la lengua
que nada decían, pero lograban que la espalda femenina se alzase y ella no
consiguiera pensar con claridad.
— No puedo soportarlo más… — gimió la joven.
— Déjese ir — suplicó él.
Cuando ella se estremeció y trató de apartarlo él retuvo la huida. Lo
justo y necesario para ver que ella se relajaba, lo justo y necesario para
quitarse los pantalones y colocarse en el lugar adecuado.
La miró a los ojos, fascinado con su belleza, con ese aspecto salvaje y
seductor que lo invitaba a continuar.
La rozó, notando la humedad y gruñendo. Resbaló por su piel,
posponiendo entrar en ella hasta que sintió las afiladas uñas de lady Coral
clavándose en sus hombros.
» ¿Qué sucede?
— Por favor…
— Acepto sus súplicas solo cuando suplique por mis atenciones, cuando
suplique porque la penetre una y otra vez, sin control alguno. Solo entonces
tendrá permiso para suplicar, es lo único que le pido, muñequita mía.
Lady Coral se tensó al notar cómo la llenaba, esos movimientos
ondulantes que la hacían olvidar lo que quería soltar. No había promesas,
venganzas o mañana cuando él golpeaba contra ella y se enterraba en su
interior.
Era el olvido más placentero torturándola, dejándola ansiosa y haciendo
que la inocente dama aferrase la camisa blanca de Ailaan y tirase de él.
Lo besó sabiéndose con derecho, necesitando la lengua masculina en su
boca mientras él la penetraba, aunque era incapaz de pensar en cómo debía
besarlo y dejaba sobre él toda la responsabilidad.
— ¡Oh! ¡Dios! — Lady Coral estaba cerca de la cumbre.
Esos gritos pasaban a través de la boca masculina, haciendo que los
dientes chocasen.
Ailaan sonrió orgulloso.
— Siempre saltaré contigo. — Y ese contigo fue el culpable de su
liberación. Ese contigo era mañana, era no volver a estar sola nunca.
Capítulo 17
Era una casa modesta formada por una sola habitación que, aunque
limpia, no contenía más que un camastro. Solo uno y en él reposaba
Danniel, gimiendo y sudando a causa de la fiebre. Sus labios, secos y
quebradizos, trataban de llamarla sin cesar.
Danniel estaba perdido en un mundo que no podía controlar. Eran
lanzado de un recuerdo a otro, incapaz de rozar a lady Rosalie, incapaz de
tomarla dulcemente de la mano y sentir su piel.
La mujer que lo cuidaba decía llamarse Agnes, aunque ella misma se
había cambiado el nombre diez años atrás.
Con un pasado demasiado doloroso a sus espaldas había decidido dejar
de ser una víctima y para eso Rose debía morir.
Mientras Agnes cambiaba los paños húmedos que había colocado sobre
su cuerpo y limpiaba las heridas, recordaba cuando ella misma se sintió
morir, cuando prefirió alejarse de la gran ciudad y esconderse, incapaz de
tratar con los mismos hombres y mujeres que, sin piedad, la habían
convertido en una sombra de sí misma.
Agnes se inclinó y, al notar su inquietud, dejó un beso sobre la frente de
Danniel. Lo hizo con delicadeza y sin ninguna intención, un gesto de
respeto y aprecio que logró que el hombre que se debatía entre la vida y la
muerte soltase el aire algo más tranquilo.
— Posiblemente no logre sobrevivir — susurró ella, apenada ante la
idea —, pero lucharé hasta el final. Lograré reunir el dinero para que un
galeno venga a revisarle.
Ella dudó, se miró las manos y las sintió ásperas.
“Antaño habría sido fácil” Le recordó una vocecita traicionera en su
cabeza, un escalofrío la meció. “Encontraré otra forma”
El marqués de Carisbrooke volvió a besar los labios de Noemielle. A
continuación, se inclinó sobre su hijo y rozó su frente con la nariz,
demorándose unos segundos.
— Es imposible ser más bonito — comentó él, mirándola con
intensidad.
— Es un hombrecillo muy fuerte, ya lanza los pies, pronto lo tendremos
correteando por todas partes — continuó Noemille, intuyendo en cada logro
de su vástago una gran hazaña.
— Estoy impaciente. — La tomó por la cintura y, al dirigirse hacia la
puerta, permitió que ésta se escurriera entre sus dedos.
Era una imagen perfecta. Noemille lo observaba mientras se colocaba el
abrigo y cogía la chistera. Su esposa lucía la mejor de las sonrisas y su hijo
dormía completamente relajado entre sus brazos. Maximillian no quería
dejarlos, mas no encontró motivos para posponer la reunión que ya había
concertado tres meses antes.
El mayordomo abrió la puerta y Maximillian se estiró, recuperando una
postura recta y una mirada intensa, pero insondable.
Dos sombras lo vigilaban y siguieron. Cuando el carruaje del marqués
se alejaba otro se ponía también en movimiento.
Salieron de la ciudad y se encaminaron hacia el norte. Maximillian
recogió la carta de su maletín de piel y la desdobló con cuidado. La cuidada
letra de lady Rosalie siempre le había parecido hermosa, pensamientos
nimios que, sin embargo, siempre lo asaltaban cuando llegaba alguna carta
de su parte.
Mi estimado Maximillian,
Tras tanto tiempo lejos, aislada del mundo, ha llegado el momento de
regresar. Es el momento de continuar con mi vida, aceptando que él, ese
hombre cuyo nombre no volveré a mencionar, no vendrá a buscarme.
Durante meses lo he esperado, creía, en el fondo de mi pecho, que no
podría olvidarme. Que algo le sucedía e impedía que me encontrase, sin
embargo, por algún motivo esta mañana al despertarme no encontré más
excusas que poder utilizar.
Él no me amaba, nunca lo hizo.
Podía notarse la tinta corrida allí donde las lágrimas habían tocado el
papel y desdibujado las palabras que contenía. Incluso diciendo que debía
continuar, que ya no le importaba, el recuerdo de Danniel la perseguía.
Ahora he de pedir su ayuda. Quiero ir de su brazo y regresar por todo
lo alto, con el apoyo de uno de los hombres más importantes de Londres.
Querido primo, no soy ingenua. Existen muchos rumores que tratan de
explicar mi ausencia de toda vida social y, aunque no me importan
excesivamente, temo que descubran la verdad.
Por todo ello le suplico que se compadezca de una mujer que siempre lo
ha apreciado y querido como a un hermano. Por mucho que en los últimos
tiempos nos hayamos distanciado espero que guarde aprecio por mi
persona y me tienda su ayuda.
Siempre su prima favorita.
Lady Rosalie
Si ella supiera la verdad no lo perdonaría, lo sabía porque si alguien
tratase de quitarle a Noemille él haría cuanto estuviera en su mano por
destruirlo. No obstante, ahora era inevitable que la verdad saliera a la luz.
“Siempre podría enviar a lady Coral lejos. Sería bueno para ambos y
nadie buscaría a Danniel jamás” Una buena idea, solo existía un
inconveniente. Noemille.
Frustrado, lanzó la carta en el maletín y se pasó las manos por el pelo de
forma automática.
El carruaje se detuvo.
El marqués de Carisbrooke miró a través de la ventanilla esperando ver
una inmensa y alta edificación de piedra, en su lugar se encontraban en el
centro de un camino rodeado por la nada.
— ¡¿Nos asaltan?! — inquirió a voz de grito Maximillian, estirando el
cuello y tratando de ubicar al cochero.
Nadie respondió. La portezuela se abrió de golpe y dos hombres alzaron
las pistolas que llevaban en la mano.
Maximillian sabía que no tenía sentido resistirse, robos así sucedían a
diario y la bolsa que llevaba con él, llena de monedas, no era una gran
pérdida. Bajando con hastío, como si lo que estaba haciendo no fuera más
que perder el tiempo, salto sobre el camino y se arrancó la bolsa de la
cintura.
» Espero que se den prisa. El tiempo apremia — soltó orgulloso, con ese
tono que hacía sentir estúpidos al resto, observándoles con desprecio.
— Tiene prisa, ¿se lo puede creer? — ironizó Jayden, mirando de reojo
a Conrad.
Los ojos grises del asesino contenían un brillo metálico peligroso.
» No se preocupe. Nosotros nos encargaremos de todo.
Maximillian comenzó a preocuparse. No tenían la apariencia de
cualquier otro bandido, ellos ni siquiera habían tratado de cubrirse los
rostros para no ser identificados.
— Terminemos con esto — escupió Conrad, caminando hasta el
marqués y soltándole un puñetazo en la boca del estómago que hizo que
Maximillian se plegase al momento. Antes de que el marqués de
Carisbrooke pudiera recuperarse Jayden golpeó su nariz con la rodilla,
saltando a continuación divertido.
— ¡Dios! — aulló eufórico, dejando escapar ese exceso de adrenalina
que recorría sus músculos — No sé lo que hizo, pero no debió cabrear a
nuestro jefe. Es un hombre bastante vengativo y, si ha decidido ir contra
uno de los suyos, no lo dejará marchar nunca.
— No sé quiénes son, pero les haré pagar con sus vidas lo que están
haciendo — escupió Maximillian, logrando ponerse en pie, con el aliento
entrecortado y la sangre manando por la nariz —. Deseo ver a ese hombre
que les ha mandado.
— Lo verá, de eso puede estar seguro. — Jayden se acercó y empujó a
Maximillian, a punto de hacerlo caer. Lo retaba con la postura, pidiendo
pelea, aunque ambos sabían que si el marqués se atreviera a intentarlo lo
destrozarían.
Conrad se colocó entre ambos, cuando volvió el rostro hacia Jayden éste
se alejó alzando las manos.
— ¿Qué es lo que buscan? — trató de negociar Maximillian, queriendo
hacer tiempo, buscando desesperadamente una salida. La idea de morir
jamás lo había asustado tanto como ahora que tenía una familia que lo
lloraría, que se quedarían sin su protección — No es necesario llegar a la
sangre.
— No le quite la emoción a nuestro trabajo — dijo Jayden, haciendo
que la piel del marqués se erizase.
— Dígame qué es lo que buscan, cooperaré en lo que sea necesario. —
En esta ocasión solo miraba a Conrad, notando el interés por parte del
hombretón. Puede que todavía tuviera una oportunidad.
— Nos han mandado a localizar al vizconde de Saxonhurst. — Le costó
pronunciarlo, hecho que lo avergonzó lo suficiente para hacer que se girase
hacia su compañero un segundo —. El hermano de lady Coral, ¿de verdad
nos dirá lo que necesitamos saber?
¡No podía!, Maximillian estaba muy jodido.
Si el marqués de Carisbrooke hablaba estaría muerto, si no lo hacía
moriría, solo que probablemente de una forma mucho más dolorosa.
— Le conozco, pero no sé nada de él desde hace meses. Dicen que viajó
a América para escapar de algún marido agraviado — mintió cual bellaco,
suplicándole al cielo para que no percibieran el ligero temblor en su voz.
Puede que Conrad dudase y se cuestionase sus siguientes pasos, Jayden
en cambio, inclinó la cabeza hacia la derecha y lo atravesó con su gris
mirada.
— Interesante — comentó Jayden para sí mismo. Parpadeó y, en esta
ocasión, se dirigió a Maximillian —. Miente bastante bien, ¿cuánto tiempo
cree que podrá mantener esas palabras cuando yo sea el que le sonsaque?
— Digo la verdad — aseguró el marqués.
— No, no lo hace. Dice lo que todos sospechan, lo que se rumorea por
Londres — adivinó Jayden, que comprendía mucho mejor que cualquiera
las emociones humanas, por mucho que, en ciertas ocasiones, se sintiera
ajeno a ellas —. Oculta información y yo le haré cantar.
— Nos lo llevamos — soltó Conrad, sintiéndose estúpido y ofendido.
— ¿Por qué se arriesgaría a sufrir innecesariamente antes que decir
dónde esconde a ese hombre? — meditó Jayden en voz alta. Su mente
trabajaba a gran velocidad, incluso podían intuirse los engranajes
moviéndose en el interior de su cabeza.
Puede que pareciera un bufón despiadado, alguien que tendía a llamar la
atención por sus arrebatos y no temblaba si tenía que trocear un cuerpo, lo
que pocos sabían era que su inteligencia era prodigiosa.
Jayden demostró su habilidad segundos después, haciendo que
Maximillian temiera que, él solo, pudiera llegar a la verdad.
Jayden comenzó a hablar estudiando la reacción de su prisionero a cada
una de sus palabras. Lo miraba, más centrado en los labios, ojos y manos de
Maximillian que en lo que salía por su boca, corrigiéndose a medida que
avanzaba.
— Lo protege. — Habría sido lo obvio entre nobles, Maximillian tensó
la mandíbula —. No, usted quiso hacerle daño… — Asintió despacio.
Conrad se apartó y los observó. No era la primera vez que presenciaba
las habilidades de Jayden y no por ello dejaba de sorprenderse. Ese hombre
de piel clara y pelo negro conseguía incomodar a cuantos se acercaban a él,
solo Chase había sido inmune, al menos hasta que Beatrice lo jodió todo.
» Usted lo secuestró, de alguna forma lo encontró y se lo llevó. ¿Lo ha
matado? — Maximillian esquivó su mirada, girando los ojos hacia la
derecha. Fue su necesidad de encerrar sus pensamientos, para impedir que
Jayden lo leyese, lo que lo convirtió en algo mucho más sencillo —. No lo
hizo, no usted. Sin embargo… ¿está él muerto?
Esas eran las preguntas más importantes. Maximillian regresó al barco,
a esa tormenta que, durante una larga noche, había tratado de engullirlos.
Puede que el mar no lograse su cometido entonces y, sin embargo, puede
que hubiera estado muerto desde entonces. Danniel, ese cobarde y traidor,
acabaría con su vida de una forma u otra.
— No saben lo que dicen. No sé nada del vizconde más allá de lo que se
cuenta. — En esta ocasión ni siquiera Conrad le creyó, había algo en su
tono que lo delataba.
El marqués no se rindió, no lo haría hasta que dejase de respirar.
» ¿Por qué les interesa tanto ese hombre?
— ¿A nosotros? — Jayden entrecerró los ojos —. Es nuestro jefe el que
da las órdenes y conoce los motivos. No nos pagan por pensar. Para que lo
comprenda.
Jayden hizo una pausa dramática, disfrutando de ser el centro de la
conversación, de notar los ojos de los presentes sobre su persona. Incluso
siendo observado por todos nadie lo conocía realmente.
» Nosotros solo nos deshacemos de la basura. Además, pronto nos
iremos de estas tierras de hombrecillos débiles que se creen a salvo. Nunca
han sido dignos rivales.
Maximillian no soportaba que lo humillasen, no dijo nada. Estiró las
manos y apretó los dientes al sentir la áspera cuerda en sus muñecas, la idea
de que pudieran verlo en esas condiciones era inaceptable.
El marqués de Carisbrooke cayó de cabeza dentro del carruaje,
golpeándose en el proceso la ceja derecha, cuando éstos lo lanzaron al
interior. Quiso memorizar cada detalle, cada palabra, trató de adivinar a
quién podía haber cabreado en su incursión en el mundo de los negocios.
Maximillian no estaba hecho para bregar con hombres de esa calaña, no
sabía moverse en ese mundo. En los últimos meses había tratado de
aparentar, creyendo que, si los demás lo veían capaz de hacerlo, con el paso
del tiempo se acostumbraría a su nuevo papel.
¿Qué había llevado a un marqués a trabajar?
El dinero pues, por mucho que las rentas que obtenía eran abundantes,
los gastos también y, un hombre que no sabía lo que era trabajar, decidió
arriesgarse y apostar por los negocios que, más allá del mar, estaban
transformando en ricos a muchos rateros.
— Espero que lleguemos antes de que caiga la noche. Tengo asuntos
propios que atender — compartió Jayden, que ya había trazado una lista
mental de todos los lugares que recorrería en busca del paradero actual de
su hermana.
“Tengo que encontrarla antes que Chase y hacerla desaparecer, pero a
mi manera” Mas eso no lo dijo en voz alta, el nombre de Beatrice era una
palabra prohibida entre todos los hombres de Ailaan.
— El jefe está inquieto. — Por decir algo, estaba mucho más que
inquieto. Conrad cerró la portezuela y saltó sobre el asiento del conductor.
Apretó la fusta entre los dedos y miró el pelaje brillante de los caballos que
seguían esperando una orden. Odiaba tocar a los animales, con suavidad
golpeó sus lomos mientras hacía que girasen, suplicando que el carruaje
fuese capaz de tamaña hazaña en un camino no demasiado ancho —. Dudo
que nos libere de nuestras responsabilidades antes del amanecer.
— Ese hombre necesita meditar sobre sus posibilidades. Cuanto más
tiempo espere el jefe más sencillo será.
— Creí que estabas deseando despellejarlo. — Conrad miró a Jayden
sabiendo que le ocultaba algo —. Estos días tendrás suerte, el jefe querrá
irse haciendo que nadie olvide su nombre.
— ¿De verdad?
Esas palabras eran importantes pues, cuando acabaron con Gaspar,
fueron las mismas que Ailaan había usado para justificar que mandase
asesinar a los hombres de confianza de éste. Decía que, de esa forma,
evitarían muchas más muertes, aunque en el fondo Jayden había podido oler
el miedo, ese terror a ser traicionado.
Jayden no esperaba llegar a viejo y no comprendía por qué debía sentir
algo por quienes aceptaban descender al infierno.
» Puede que tema las represalias de esos hombrecillos pomposos, puede
que tema que la reina Victoria envíe a sus soldados. — Se encogió de
hombros —. Sin embargo, dicen de esa mujer que es inteligente y jamás
haría una jugada como esa. ¿Por qué atacar a unos pobres diablos que ya se
han retirado? De hacerlo demostraría que nos teme mucho más de lo que
ella quiere demostrar.
— Ni siquiera sabe que existimos — le recordó Conrad, sin comprender
cómo se había metido en una conversación tan larga.
— Por el momento. Puede que, cuando el jefe deje las cabezas de esos
hombrecillos sin bolas sobre sus camas, comprendan que no pueden llegar a
nuestro país y tratar de robarnos — explicó Jayden que, por mucho que se
mostraba molesto, no podía importarle menos —. Se lo pensarán dos veces.
Conrad notaba que el mundo cambiaba demasiado rápido. Las fábricas
eran cada vez más grandes y el humo negro que salía de ellas había
comenzado a rodear barrios enteros. Era tan sucio y, sin embargo, él
añoraba la vida y el olor del hogar.
— Supongo que te encargarás de dejar los regalos — soltó Conrad por
decir algo, sin interés en la respuesta.
Jayden percibió un movimiento tras él, de reojo ubicó la cabeza del
marqués que, aunque no sobresalía mucho por la ventana del carruaje, no
pasaba inadvertida. Si él quería saber haría que las palabras que
pronunciase lo calasen hondo.
El miedo era un arma poderosa. No el miedo a lo físico, sino ese terror
psicológico que crece por culpa de lo que nosotros mismos imaginamos,
por culpa de la imaginación.
— Haré que la mujercita del marqués y las de todos ellos lo recuerden
siempre. Me quedaré a ver sus rostros cuando lo descubran, disfrutaré de
sus gritos y, si la emoción no es suficiente… — Chasqueó la lengua, no era
preciso continuar.
El marqués de Carisbrooke no podía creérselo, no podía ser cierto. No
había nadie tan despiadado en el mundo, ¿o sí?
Con los puños golpeó la pared de madera del carruaje, sin lograr nada
más allá de un leve alboroto. Si tocaban a su Noemille, si la rozaban
siquiera…
“¿Qué? ¿Qué puedo hacer si ya estaré muerto?” Se preguntó dejándose
caer sobre el asiento y queriendo acabar ya con todo. “Si a ella, a ellos” se
corrigió al recordar que era padre, habría deseado no serlo ante la idea de
que algo malo pudiera sucederle a su pequeño. “Si algo malo les sucede
nunca podré perdonármelo. Espero que acaben conmigo, si no lo hacen los
encontraré y les haré pagar”
Ideas ingenuas y desesperadas de quien deseaba no llegar a su destino.
Ojalá el carruaje volcase y todos murieran, su vida no valía nada comparada
con la de aquellos que más amaba en el mundo.
Capítulo 18
Danniel trataba de sobrevivir sin saber que, en su nombre, los hombres
tratarían de matarse.
El hombre que tan solo y abandonado se había sentido ahora era el
más buscado.
— Aguante — suplicó Ágatha, que poco a poco había logrado
acostumbrarse a su presencia —. Es usted fuerte, solo debe aguantar un
poco más…
Tras hacer el amor, Ailaan entró en la biblioteca y tomó asiento tras el
escritorio. Como si el lugar le perteneciera y un hombre atado no estuviera
a pocos metros, sacó los pliegos que había guardado en el cajón y se
dispuso a revisar que estaba todo correcto.
Lo hizo meticulosamente, fijándose en cada coma, notando los ojos de
lady Coral en su persona en todo momento.
— ¿No va a decir nada? — inquirió Ailaan, notando que la joven
miraba de reojo a Damien, más conocido como vizconde Hereford.
— Esperaba algo… distinto — confesó ella, notando que el vizconde
seguía tratando de soltarse sin que ese hecho molestase a Ailaan.
— Muñequita, ¿qué deseaba usted exactamente?
Ailaan se detuvo y la recorrió con intensidad, haciendo que ella se
sonrojase.
— No lo sé. — Bajó la cabeza avergonzada —. Temo estar perdida en
esto de ser de los malos. — Sonrió levemente.
Ailaan se puso en pie, no la obligaría a hacer nada que no desease.
Caminó y, al llegar a su lado, la rozó mientras se colocaba a su espalda.
— Ya casi hemos terminado. — Ese hemos la incluía y sonaba a música
para ella. La voz grave de Ailaan lograba encenderla, humedecer el centro
de su ser en una súplica infinita —. Si convencemos al vizconde de que nos
diga dónde está Emer y de que lo libere yo mismo aceptaría dejarlo libre
cuando nos vayamos.
— ¿A dónde iremos? — Solo en esa parte se había fijado lady Coral.
— A un mundo nuevo para usted, salvaje, sin estrictas normas que le
dicten cómo ha de ser. A mi lado todo será posible, yo la haré volar si usted
me lo permite.
¡Qué palabras tan hermosas! Tan bonitas que parecían guardar en su
interior alguna trampa.
— Ojalá fuera cierto. — Ella se removió, Ailaan no la dejó marchar.
— Puede resultar aterrador, eso se lo concedo — susurró él. El cálido
aliento masculino rozó su oreja, ella gimió suavemente —. Algo frío rozó el
brazo derecho de ella, Ailaan deslizó la hoja por su piel despacio,
obligándola a aferrarlo por el mango.
Ambos sujetaron el arma, él le instó a moverse, rasgando el aire.
» ¿De verdad no quiere retirarse? No pensaré mal de usted por querer
conservar esa luz en su interior, no es necesario que ensucie su alma, yo
puedo cuidarla.
— ¿Y quién lo cuida a usted? ¿Quién lo acompañará?
— Hace mucho que no preciso de nadie a mi lado.
— Todos necesitamos a alguien — susurró lady Coral, pretendiendo ser
de hielo cuando, a su lado, se derretía inevitablemente.
Ella sabía que había algo oscuro en él, también intuía que poseía sus
motivos. Debía correr lejos, no podía. Esa oscuridad que lo envolvía la
invitaba a acercarse mucho más, todo lo que pudiera.
— Yo no soy como aquellos que usted conoce. Se lo aseguro. —
Mordisqueó su oreja y volvió sus negros ojos al vizconde —. Si cree que
podrá lograr que cambie, que podrá hacer de mí un hombre de bien. Lo
único que puedo ofrecerle es descender al infierno a mi lado.
— Yo… — Lo deseaba. Ardía por ser suya de cualquier forma. A su
lado todo era excitante, ese toque sutil en su espalda, el roce casi
imperceptible mientras el aliento masculino cosquilleaba contra su cuello
—. Debe existir otra forma.
— No. No para mí.
— ¿Qué va a hacer? — inquirió ella, sabiendo que nunca lo delataría.
Lo sintió alejarse, ella fue incapaz de moverse.
Ailaan había recuperado el arma y la apoyó en el cuello del vizconde,
obligándole a alzar la cabeza.
— Devorar a uno de los monstruos que la rodean y de los que nadie la
ha protegido. Cuidar a los ingenuos que, viendo sus ropajes y joyas, olvidan
que sigue siendo humano — soltó Ailaan, viendo en el vizconde reflejos
lejanos de Gaspar. Puede que el rostro fuera diferente, los gestos incluso,
pero había algo que reconocería en cualquier parte —. ¿No lo comprende?
Me gusta lo que hago, no podría hacer otra cosa. Ni siquiera por usted.
Una espinita se clavó en su pecho, ella asintió como si fuera lo más
normal. Quería salvarlo, notaba que precisaba de su cariño mucho más de lo
que era capaz de confesar. Lo miraba sintiéndolo tan destrozado como ella
misma, solo que él había logrado alzarse de nuevo.
» Le haré comprender que regresaré si me engaña, que volveré y no
habrá lugar en el mundo en el que pueda ocultarse. No se puede escapar de
la oscuridad, ¿no es cierto? — Ella negó despacio, incapaz de apartar la
mirada de los ojos negros que, con intensidad, la atravesaron.
Ailaan alzó la mano. Fue un movimiento tan brusco que ella tardó unos
segundos en comprender lo que se proponía, cuando lo hizo Ailaan ya había
apuñalado la pierna del vizconde.
El chillido dolorido apenas fue audible por culpa de la mordaza. El
hombrecillo luchaba, el sudor en su piel se mezclaba con otras substancias y
no quedaba nada del vizconde que lady Coral había conocido antaño.
» Emer es familia. ¿Lo comprende?
Ailaan le arrancó el pañuelo para que Damien pudiera contestarle.
— Yo no…
— No lo intente. Si estuviera en Londres ya habría dado con él. ¿Qué le
han hecho? ¿Sigue vivo? — Por su tono no parecía importarle cuál fuera la
respuesta, pero la mano que aferraba el cuchillo se puso blanca.
Emer era un pobre diablo. Un hombre que sobresalía sin buscarlo,
alguien que odiaba las cadenas y desde niño se había visto obligado a
aceptarlas de una u otra forma.
» ¿Y bien? ¿A qué le tiene tanto miedo?
Lady Coral miró a Ailaan y parpadeó. ¿De verdad? ¿A qué le podía
tener pavor?
— El barón Dacre dijo que era mejor mandarlo lejos. No sé el lugar
exacto, creo que uno de los socios del barón tiene una plantación allí. No
puedo decirle más — soltó con rapidez el vizconde.
— Es usted un pelele en sus manos, ¿no es cierto? — escupió Ailaan,
girando la hoja un poco antes de arrancarla. El gemido de su prisionero le
hizo disfrutar, pues ese dolor aliviaba en parte la preocupación y los
desvelos que había sufrido.
Lady Coral dio un paso hacia atrás al ver la siniestra mueca de Ailaan.
Ailaan se estiró y, sacando un pañuelo, se limpió las manos. Regresando
al escritorio tomó las escrituras y, antes de llegar a la puerta le tendió el
brazo a la joven. Era imposible, incluso para ella, saber si lo había tomado
por miedo o deseo.
— ¿Sobrevivirá? — tartamudeó lady Coral.
— Lo hará. ¿Quiere ir usted a curarlo?
— No es eso. La muerte es un cruel castigo, ¿acaso no cree lo mismo?
— No.
Él parecía haberse alejado, ella no estaba dispuesta a quedarse sola con
un cuerpo vacío mientras la mente de Ailaan volaba lejos. Por mucho que él
habría preferido comenzar a trazar planes y soltar órdenes ella apretó las
uñas en su brazo y, al instante, ya se había girado.
¿Por qué le importaba tanto esa cara compungida?
» Mandaré llamar a alguien para que lo atiendan.
— ¿Qué será de mí? — preguntó ella de pronto, al detenerse ante el
espejo y verse a sí misma en el hogar de su infancia de su brazo — No
necesita una esposa, ¿qué hará conmigo?
Lady Coral no soportaría ser su amante, una mujer más en una lista
inmensa de la que acabaría aburriéndose y, con el paso de los años, solo
podría sobrevivir de las sobras. Lady Coral no soportaría su ausencia, el frío
de la soledad si apostaba por el amor que nacía en su pecho y él la
defraudaba.
» Dígame algo, por favor sea sincero conmigo — suplicó ella.
Acarició su mejilla pues necesitaba que la dama sonriera. La acunó
incapaz de prometer un futuro, la acunó con la necesidad de un futuro si ella
estaba esperándolo. Regresar siempre a su lado haría que pelease hasta el
último segundo por volver. ¿Entonces? ¿Por qué cada vez que creía tenerlo
claro era incapaz de soltarlo?
— Tendrá un apellido y dinero. Nunca le faltará nada.
— Pero no a usted.
¿Cómo podía abrazarla sin responderle? ¿Cómo podía ella guarecerse
en los brazos de quien la dejaba tan vacía con dos palabras? ¿Qué esperaba
haber conseguido?
Ella comenzó a empujarlo, buscando distancia. No sabía qué pretendía
lograr, sin embargo, al notar que Ailaan no la dejaba escapar comenzó a
golpearlo. Cada vez con más fuerza hasta que la rabia estalló.
Tanto tiempo conteniendo, tantos años soportando con una sonrisa los
golpes, tantos años decorando su rostro con una máscara de perfección…
Lady Coral se rompió, odiándolo y deseándolo. Él era hermoso,
distante, pero cuando, en ocasiones, la rozaba había una inmensidad bajo
cada toque. Lo necesitaba, esos segundos eran suficientes.
— Si así lo desea será la reina de mi mundo, mi esposa. Tendrá cuanto
guste.
— Temo que eso no sea cierto. Puedo notarlo distante, se aleja cuando
creo que he logrado alcanzarlo. — Lady Coral se giró despacio. Quedaron
uno frente al otro, ella lo retaba —. No me permite más porque teme que
descubra ese Ailaan que ha ocultado al resto del mundo.
— Es usted una mujer. Solo ve lo que más desea.
— ¿Eso cree? He mirado a los ojos de los verdaderos monstruos y no
son como los suyos. Incluso en la tortura hay fuego, vida. No podría
explicárselo mejor.
— Lady Coral, permítame que le diga que ha perdido la cabeza.
La mano derecha de Ailaan aferró el fino cuello femenino, haciendo que
ella alzase un poco más el rostro. A solo un palmo, la respiración de la
joven se hizo más pesada.
» Deje de intentarlo. Se lo suplico.
— ¿Qué es lo que tanto teme?
— Hacerle daño. Hacerle tanto daño que huya de mi lado — soltó
Ailaan, comprendiendo de pronto lo que había confesado. Ella sonrió
despacio, conteniendo el aliento al ver que él descendía, sin llegar a posar
los labios —. No le permitiré destruir lo que he creado. No permitiré que el
amor que siento por usted acabe con aquello por lo que he sacrificado quien
soy.
— Me ama, pero no lo suficiente — comprendió ella —. Apriete
entonces. Hágalo — le ordenó con los dientes apretados, dispuesta a
soportar lo que él quisiera hacerle sin mover el gesto —. Hágalo porque no
me romperé. Hágalo si así cree tener el control.
— Jamás haría eso.
— Lo está haciendo. No viviré a medias, no volveré a conformarme. —
Ahora fue ella la que alzó la mano y aferró el cuello masculino. Tenso,
musculoso, lo notó excitarse contra su vientre y lady Coral tuvo que poner
toda su concentración en las importantes palabras que quería soltar.
“No dejaré que mi cuerpo me traicione. No dejaré que mi cuerpo me
traicione”
Las pupilas de ambos se dilataron.
» O todo o nada. Tendrá que elegir y, si es cierto lo que dicen sus
hombres, no tendrá mucho tiempo.
— ¿A qué se refiere?
Ella despegó los labios, tenía la boca seca.
Estaban tan, pero tan cerca, que cada una de las palabras que disparaban
acababa sobre la lengua del otro. El aire tenía un sabor adictivo, un olor
capaz de hacer que la piel se calentase sin que lograsen evitarlo.
— Dicen de usted que es el mejor consiguiendo información. Pronto
tendré a Danniel a mi lado y podré irme lejos. Él me protegerá, no me
gustaría dejarlo atrás llegado el momento.
Ailaan la soltó y empujó mientras se alejaba.
— Puede que sea lo mejor. Lady Coral, ha vivido una aventura que
recordará toda su vida, mas temo que no está preparada para enfrentarse a
mi mundo.
— Es un cobarde — siseó la joven.
— Es posible. — Ailaan se encogió de hombros, sentía que estaba
huyendo. La idea de que su hermano se la llevase lo protegía con la misma
intensidad con la que quería no encontrar a Danniel nunca —. Quizás debió
haberlo pensado antes.
Capítulo 19
Ailaan no podía volver a entrar.
Alzó el rostro a las nubes, golpeó la pared de la cuadra con fuerza antes
de entrar y cerrar la puerta. Miró al hombre que habían atado a un poste y
bufó fuera de sí.
— Señor, ¿qué quiere que haga? — El mozo de cuadra que lo
custodiaba era un muchacho joven. No conocía su nombre ni procedencia y,
justo por eso, no confiaba en él. Abrió y cerró las manos queriendo rugir.
— ¡Lárgate y no le cuentes a nadie lo que has visto!
La mirada furibunda de Ailaan fue suficiente para convencerlo para
obedecer.
Cuando estuvieron solos Ailaan supo que se estaba escondiendo de los
ojos azules de lady Coral, de esa mirada que le juzgaría de presenciar lo que
se proponía. Puede que fuese capaz de claudicar con el vizconde, pero con
el barón Dacre no pensaba tener compasión.
El rechoncho hombrecillo se removía sobre la paja sin lograr sentarse.
Habría sido gracioso para cualquiera, no para quien lo observaba. Tenía mil
demonios en su interior y sospechas que todavía no había lanzado.
» Esa bruja me impide pensar — susurró Ailaan, girando el rostro hacia
la casa aun cuando la puerta estaba cerrada y no podría ver nada. Estaba tan
cerca que lo ponía nervioso, ¿y si se le daba por perseguirlo? ¿Quería que
sucediera?
Se quitó la camisa. La dobló con cuidado, buscando en esos actos
cotidianos algo de paz mental. Quiso concentrarse en la preparación antes
de la tortura, gestos que repetía sin pensar.
— Mmm… — El barón Dacre no cesaba en su empeño de decirle algo.
Ailaan lo miró hastiado.
“Ojalá grite. Disfrutaría cortándole la lengua” Deseó Ailaan, antes de
inclinarse y cortarle el pañuelo que le impedía hablar.
— No sé lo que se propone, pero podemos llegar a un trato. — Parecía
un cerdito asustado, chillaba igual, solo que Ailaan sentía mucho más
respeto por los primeros.
— De eso estoy seguro.
Se giró y dejó el cuchillo sobre una mesa, que había en la esquina. En
ningún momento dejó de vigilar a esa alimaña, aunque aparentaba lo
contrario.
» Guarde silencio, nada logrará más que hacer que me duela la cabeza.
— Tengo dinero y poder. Puedo hacerlo un hombre importante en
Londres, puede hacer que su apellido…
— ¿Apellido? Yo nunca he tenido nada de eso. Tampoco lo he
precisado. ¿No lo comprende? Ha venido a jugar a los hombres a mi mundo
sin preguntar las reglas. Ha entrado en mi territorio y ha engañado a mi
hermano. — Pero Lady Coral seguía danzando en su mente. Las caricias
compartidas, esa necesidad por estar a su lado, preguntándose qué haría a
tan solo unos metros de él —. Usted ha hecho daño a mi familia.
— No lo pretendía. Solo eran negocios.
— Al fin comenzamos a entendernos. Son solo negocios, no me tenga
en cuenta nada de lo que suceda en las próximas horas — ironizó Ailaan.
¿Cuándo había sido la primera vez? ¿Por qué, justamente entonces,
tenía que pensar en eso?
La culpa era de esa damita testaruda, que insistía en devolverle al
cuerpo del muchacho temeroso que no tenía nada. Ella veía algo bueno en
lo que él solo consideraba debilidad, sin comprender que prefería estar
muerto a volver a estar a merced de hombres como el barón Dacre.
“Al menos yo no toco a inocentes. Yo los protejo” Se recordó, como si
lo precisase para excusarse por lo que se proponía hacer.
— ¿Cómo cree que logrará salirse con la suya? Nadie me toca sin que la
misma reina pida justicia.
— ¿Cree que será eso lo que haga cuando lo encuentren sin polla al lado
de algún prostíbulo y sin pantalones? No, mentirán y le enterrarán entre
susurros. Su muerte no será recordada.
El barón Dacre palideció todavía más.
» ¿Comenzamos?
No necesitaba una respuesta, aunque ver cómo el barón se percataba de
lo que quería decir mereció la pena.
— No. Por favor. ¡No!
Ailaan chistó molesto por el grito. No quería tener que cortarle la
lengua, no todavía. Recapacitó unos segundos y buscó paciencia.
— Tranquilo… ¡Qué susceptible! Solo quiero hablar. — Sonrió y tomó
asiento, recuperando el cuchillo y jugando con él mientras recorría el
cuerpo de su prisionero —. ¿De qué tiene tanto miedo?
Ailaan se permitió reírse con fuerza, queriendo ser el mismo que había
llegado a Londres meses antes. Necesitaba ser el mismo o ella habría
vencido.
» ¿Qué le parece si hablamos de nuevo de Ágatha? No, ¿verdad? ¿Qué
le parece si hablamos de la puta que engañó a mi hermano? Antes de que
diga que usted no tuvo nada que ver, que es inocente, le informaré que otros
ya han intentado probar suerte con esas mismas palabras. ¿De verdad confía
tanto en su mano? — Usó una frase que cualquier buen jugador
comprendería, sabiendo que el barón no podía tener peores cartas —. Esa
zorra de Beatrice creyó poder engañarme.
— Yo no…
El rostro de Ailaan se endureció. El barón Dacre fue incapaz de
terminar la frase.
» Ella buscaba escapar de un hombre que…
— No lo intente. La pena no funcionará. Ambos sabemos que esa mujer
era una zorra sin escrúpulos. ¿También usted ha caído en sus encantos?
¡Había dado en el clavo! Si antes Ailaan no la soportaba, ahora el asco
le hizo soltar el aire despacio.
—Me topé con ella por casualidad. Era exquisita, desde luego sabía
cómo tratar a un caballero. — Sonrió al recordar sus caricias, esa forma tan
sensual que tenía de moverse —. No me dijo vuestros nombres hasta que ya
deseaba tanto la fábrica que no pude echarme atrás.
— ¿Acaso no conocía mi reputación?
— Partiría en pocos días y nadie sabría que había tenido algo que ver —
intentó argumentar el barón.
— Visto lo visto no le ha ido muy bien — lo cortó Ailaan, disfrutando
al ver cómo el rostro del gordo se volvía carmesí. Por mucho que el noble
hombrecillo no soportaba que se burlasen de él contuvo su impulso de
insultar a Ailaan, tragándose múltiples improperios.
— Me dijo que estaba embarazada y el padre no quería hacerse cargo.
— ¿Quién querría? Aun así, el barón se había mostrado comprensivo
mientras ella se subía a sus rodillas —. Ella decía que podría lograr
destruirlo, me convenció de que era su punto débil.
¿Punto débil? ¡Ailaan no tenía ninguno!
Antes de pensarlo Ailaan descargó un puñetazo sobre el barón que lo
tumbó, impidiendo que pudiera parar la caída con los brazos. Volvió a
sentarlo de malas formas y dio varios pasos, sintiéndose acorralado,
mientras los caballos relinchaban molestos por la intromisión a su
alrededor.
— Puedo recordar lo que hizo.
Ailaan buscaba acelerar la historia, pero el barón no quería llegar al
final por razones obvias y decidió aportar más detalles:
— Ella dijo que la pérdida de la niña sería suficiente, pero Chase
siempre lo evitaba. Sus hombres la perseguían, la amenazaban. Ella estaba
desesperada y, cuando la descubrieron tratando de abandonarla decidió
escapar de allí. — El rostro iracundo de Beatrice no era tan hermoso,
aquella tarde ni siquiera quiso tocarla. Había envejecido con rapidez, como
si esa misma rabia que le daba fuerzas para continuar también la estuviera
envenenando a gran velocidad.
El tiempo transcurría con celeridad para la hermana de Jayden.
» No tuve culpa de que la tormenta los atrapase — se excusó, Ailaan
volvió a arrearle un pedazo de puñetazo que hizo que la sangre volviera a
manar por su rostro.
— Hágame un favor e inténtelo de nuevo. ¿Sabe? Ha evitado con gran
habilidad detalles importantes, ¿no cree? Por ejemplo, podría decirme cómo
pretendía evitar que me fijase en sus planes. ¿Cómo podría mantener mi
atención lejos de usted y sus hombres?
— Ya le dije que zarpé incluso antes de esa noche. Solo debíamos dejar
el país a tiempo, otros se encargarían de gestionar la fábrica en nuestro
nombre.
— ¿Cree que soy imbécil? — Se inclinó y acercó al barón para recalcar
sus palabras. Incluso llegó a escupirle sin darse cuenta.
— No sé qué es lo que espera qué le di…
Otro más. Convertiría su cara en una masa sanguinolenta de ser preciso.
» Por favor. Tenga compasión.
— ¿Sabe? Es culpa de ese hombre que creyeron tan imbécil para caer en
una trampa tan burda que yo descubriera la verdad. Mi hermano sospechaba
de Beatrice y trataba de ocultarme lo que ella hacía, creyendo que mis
hombres tendrían, hacia él, la lealtad suficiente para mantener la boca
cerrada.
Aunque en ocasiones no se trataba de lealtad, sino de codicia o miedo.
Poco importaban los motivos que los guiaban, Ailaan conocía sus
movimientos en todo momento.
» Él mandó que la siguieran, que protegieran a su hija incluso antes de
que ella naciera y eso hizo que se topase con algo que no supo descifrar.
Chase era demasiado corto de miras. Él no creía en la maldad humana,
incluso tras lo sucedido. Chase excusaba actitudes y decisiones que para
Ailaan eran imperdonables.
— Yo no… Esos detalles quedaron en manos del vizconde Hereford. Le
aseguro que no tuve nada que ver.
— ¿Con qué? ¿Con qué no ha tenido nada que ver?
Estaba jugando con el barón, necesitaba destrozarlo de tal manera… Si
creía que podría engañarlo, que quedaba en su interior algo a lo que pudiera
aferrarse era que no lo conocía en absoluto.
— Me lo contó después. Jamás habría aceptado que…
— ¿Después? Ese tipejo no habría movido un dedo sin que lo hubiese
autorizado. Lo que tiene es mucho más grande de lo que aparenta y, como
intereses por lo que me ha hecho pasar, pienso quedarme con todo.
El barón, incluso en una situación de la que no sabía si lograría
sobrevivir, se negaba a darle nada.
» Veo que le ha comido la lengua el gato. No se preocupe, puedo
arreglarlo. Quizás, si empiezo a cortarle en trocitos, usted halle los detalles
que yo busco. — Movió el cuchillo, en concreto la punta de éste, ante los
ojos del barón. Ojos que se volvieron bizcos al tratar de seguirlo en todo
momento.
— No lo conseguirá. — ¿Desde cuándo tenía tantos arrestos? Aunque,
por otra parte, también podía haber sido esa su verdadera cara desde el
principio —. ¿Cree que estoy solo? ¿Cree que un tipejo como usted podrá
acabar con nobles ingleses? Incluso si me mata nunca vencerá, cuando trate
de llegar a ellos le aplastarán. Puedo asegurárselo.
— Es posible. No obstante, usted ya no estará para verlo. — Cogió su
mano y comenzó a cortarle un dedo. Hacía que pareciera fácil, tomándose
paciencia.
— ¡Por favor! ¡Le diré lo que quiere saber!
— Shh… no tenga prisa. En ocasiones no nos tomamos el tiempo
necesario para disfrutar las cosas.
— Las mujeres. Las mujeres, las prostitutas.
— ¿Mis chicas? ¿Esas hermosas jóvenes que confiaron en que yo podía
protegerlas? — Palabras diferentes que describían a las mismas personas.
— Beatrice. ¡Beatrice dijo que, por la cantidad adecuada, conseguiría
que acudieran a donde les dijésemos! — aulló fuera de sí, dejándose la piel
de la garganta. Quería gritar hasta caer inconsciente, tirando del brazo para
que no siguiera con el movimiento del cuchillo que lo estaba
enloqueciendo.
Ailaan lo dejó ir.
— Las engañasteis. Eran buenas muchachas, muchachas de buen
corazón que tenían familias que dependían de ellas. — Ni siquiera las
conocía, pero no le importaban. Eran basura, igual que Ailaan e igual que
cualquiera que no hubiera nacido en cuna dorada. Justo por eso la muerte de
seis hermosas jóvenes no valían nada.
Justo por eso tenía pensado que sufriera antes de morir. Quería que las
recordase, que pensase en ella y en Ágatha ante de expirar su último
suspiro.
» No importa, ¿no es cierto? ¿Por qué un hombre que tiene en sus
manos tanto poder y dinero se preocupa por unas desarrapadas? Que busque
otras, he llegado a escuchar de tipejos como usted…
El barón Dacre apretaba la mano en un intento de detener la hemorragia.
No escuchaba, no podía pensar, solo mirar el profundo corte que atravesaba
su, hasta entonces, impoluta piel. Era como si no llegase a creerse lo que
había sucedido, siendo él el protagonista por primera vez.
No era lo mismo estar al otro lado del cuchillo.
— Ellas trabajaron también para mis hombres un tiempo. Nos ganamos
su confianza y sus lenguas se soltaron. — Vengativo añadió —: Pronto
olvidaron esa lealtad que deberían sentir por usted y se relajaron.
— ¿Ahora pretende echarles la culpa? ¿Cree que lo que hacen lo hacen
por gusto? ¿Cree que disfrutan permitiendo que seres inmundos las toquen,
que les aporta algo de placer? — Ailaan las respetaba porque había
aprendido a ver en ellas una fortaleza inmensa. Algunas incluso sonreían a
la luz del día, sin permitir que la podredumbre de mundo las debilitase.
— Solo tuvimos que envenenarlas varios días antes. Ellas enfermaron y
atrajeron su atención, ¿no es cierto? — Estaba tan cerca de la muerte, tan
cegado por el dolor, que olvidó la autoprotección. Dejó de pensar.
— Sufrieron una lenta agonía. No podían respirar, comenzaron a
sangrar por cada orificio de sus cuerpos. Ningún médico logró ayudarlas
hasta que…
Ailaan se detuvo. Se miró los dedos pues había muertes que pesaban
mucho más que otras.
Entonces no había podido creérselo.
Se había mantenido durante toda la noche en la puerta de su taberna
para impedir que ningún aldeano, presa del miedo de que esa extraña
enfermedad pudiera extenderse, las atacase. Había tenido que proteger la
puerta sin descanso, incluso ante la desconfianza que sintió hacia sus
hombres.
Si no fuera porque el galeno le temía, y había triplicado su precio, ni
siquiera se hubiera presentado.
— ¿Qué es lo que me está diciendo? — Ailaan lo había preguntado dos
veces y ésta era la tercera, pero la respuesta ni le gustaba ni le convencía.
¡Tenía que poder hacer algo más!
— Han sido envenenadas, pero temo que ya sea demasiado tarde para
poder ayudarlas.
— Tiene que existir algún remedio. Si le preocupa el dinero yo costearé
cualquier gasto.
— Lo lamento. Es demasiado tarde para ellas. — El doctor miró a
ambos lados antes de añadir —. La muerte es lo mejor que podría
sucederles.
Ailaan se quedó durante una hora entera pensando en lo que el
hombrecillo, cuyo rostro se desdibujó en su memoria dos minutos después
de observar cómo se alejaba, había soltado. A nadie le preocuparían unas
mujeres de mala vida, pronto no serían más que un rumor que se llevaba el
viento, sin embargo, él las conocía a todas y, a su manera, las apreciaba.
Era noche cerrada cuando se atrevió a entrar. Empujó la puerta del
local, que chirrió con fuerza. No se oía nada, el lugar estaba desierto.
Esquivando las mesas se dirigió hacia el segundo piso. En cada paso
recordaba a esas mismas mujeres dándole vida al local, sus risas y voces
llenando de alegría el ambiente.
Se detuvo antes de comenzar a subir las escaleras. Miró la oscuridad
que lo esperaba, cual boca del león, sin querer llegar a su destino. Era una
decisión que había tomado desde el principio, eso no lo convertía en algo
fácil.
Resoplando llegó hasta la habitación en la que las habían colocado.
Era un dormitorio amplio y, sin embargo, apenas quedaba espacio para
caminar por culpa de los catres que habían añadido.
Los rostros cenicientos que lo recibieron estaban llenos de sudor, los
labios rasgados y una mirada ausente en los pocos ojos que se mantenían
abiertos.
— Señoritas, espero que perdonen mi descaro al entrar en los dominios
de tan hermosas mujeres — soltó con suavidad mientras se quitaba el
sombrero y jugaba con el ala entre los dedos.
— Jefe… — gruñó Tabita, tratando de incorporarse y dar su mejor
versión de sí misma —. lamento el trabajo que le… — Tosió y se dejó caer
sin fuerzas. Lo intentó de nuevo, sus músculos temblaron ante el esfuerzo y
se rindió dos segundos después —. De verdad que lamentamos mucho lo
sucedido.
— ¿Vosotras? — Ailaan se acercó y, al ver que ella movía las piernas
para darle algo de espacio, se sentó a su vera —. ¿Por qué habríais de
sentirlo vosotras?
— No debimos confiar en ellos. No debimos… — Tosió y se miró la
mano, en la que quedaron un par de gotitas carmesí.
— ¿Sabéis quiénes eran? — Pero nunca habían dado un nombre,
aunque en lo que todas coincidieron era en que se trataba de extranjeros.
Ailaan bufó, queriendo gritar, aunque no contra ellas.
— Jefe, no debe preocuparse. Somos mucho más fuertes de lo que todos
creen. — Los carnosos labios de Tabita se curvaron en una sonrisa que
contenía un dolor agudo. Los gemidos eran un rumor de fondo que salía de
su garganta.
— Dice que no sobreviviréis y los dolores se intensificarán — las
informó Ailaan, precisando que se enfrentasen a la realidad. No podían
ocultarse de lo que estaba por venir, de poco importaban las buenas
intenciones —. Aunque creo poder ayudaros, si me lo permitís.
Todas estaban pendientes de sus palabras, todas notaron lo mucho que
le costó soltarlas. Él sufría por unas prostitutas que no creían valer mucho,
hecho que las hizo sentir un agradecimiento infinito hacia Ailaan.
— Jefe, Beatrice fue la que nos convenció — confesó de pronto Tabita,
odiando desde lo más profundo de sus entrañas a la zorra que las había
vendido como carne —. Ella nos dijo que sería algo sencillo, que usted lo
sabía y eran de fiar.
— ¿Beatrice? — Ailaan hizo chirriar los dientes. No podía seguir
pasando por alto los pecados de esa mujer, por mucho que fuera la madre
de su sobrina.
— Jefe… — Tabita comenzó a llorar, incapaz de mostrarse fuerte
durante más tiempo —. ¿qué nos sucederá?
— Yo no quiero morir… — añadió Emily, apartando los rubios
mechones de su rostro. Era tan joven que Ailaan sintió que alguien
estrangulaba su corazón. Debería tener toda una vida por delante, no solo
unos escasos minutos. Quiso prometerle que había un más allá, un lugar en
el que sería compensada por tanto sufrimiento, pero se sintió incapaz de
engañarla y prometerle algo en lo que no creía —. Se lo suplico…
— Haré que los culpables sufran por lo que os han hecho, pero yo poco
más puedo ofreceros que un final digno. — Se inclinó sobre Tabita y besó
su mejilla con suavidad. Pocos lo habían visto tan derrotado, tan cansado
de ser él mismo —. No haré nada que no queráis.
— Jefe… — Tabita asintió y una lágrima enorme descendió por su
mejilla, para acabar en su oreja izquierda. No parpadeó, no dejó de
mirarlo en ningún momento mientras las manos de Ailaan se fijaban a su
cuello y comenzaba a apretar.
Esa noche Ailaan lloró, no solo mientras lo hacía. Lo que no creyó era
que todas fuesen a aceptar, lo que no creyó posible era que prefiriera
quedarse durante horas con unos cuerpos vacíos antes que con cualquier
otro.
El barón Dacre era uno de esos culpables.
“Recuerda a los que siguen con vida. Debes pensar en Emer” Ailaan
tragó la bilis que ascendía por su garganta.
— Debe perdonarme, pero hay algo que no he logrado comprender.
¿Por qué arriesgarse a esperar un año para cobrar por quedarse con Emer?
¿Por qué él es tan importante para ustedes? — Por muy bueno que fuera
con los números era solo un hombre y su empresa valía mucho dinero —.
¿Por qué darme tiempo para acabar con ustedes?
— Ese hombre es mucho más de lo que parece.
— Explíquese mejor — siseó Ailaan.
El barón Dacre había dejado de sentir la mano y, lejos de preocuparse,
disfrutó de ese descanso temporal.
— No puedo darle nombres, solo decirle que se había metido con quien
no debía y le buscaban.
— Me engañó. No lo quería para que le llevase las finanzas —
comprendió Ailaan —. ¿Dónde está?
— En Jamaica, si es que sobrevivieron a la travesía. Muchos de
nuestros barcos fueron atacados por los asquerosos cimarrones. — El odio
quedó en el aire, envolviendo al hombrecillo —. Creen que pueden tomar
todo lo que deseen por la fuerza, — Sonrió de pronto —. pero nosotros les
enseñaremos cuál es el lugar que les corresponde.
— ¿No le parece irónico? Yo me dispongo a hacer exactamente lo
mismo con usted. — Ailaan clavó el cuchillo en su hombro, moviéndolo
con suavidad, cual violinista que se ha perdido en la más hermosa de la
melodía.
¿Pretendía matarle?
No lo sabía.
Los gritos los envolvieron, sufrimiento en estado puro, una agonía que
se extendía y hacía que el barón Dacre perdiera la compostura. Se mostró
cual animal, dispuesto a todo por escapar.
La puerta del establo se abrió. El aire fresco entró con fuerza, cual brisa
refrescante.
Ailaan se giró y topó con lady Coral. La joven lo recorrió desde la punta
de los zapatos hasta sus revueltos cabellos. Cuando ya hubo terminado
regresó a los negros ojos de Ailaan, sin saber qué podía decir, qué preguntar
ante la estampa.
— Váyase — ordenó de malas formas Ailaan, sintiéndose descubierto y
juzgado.
— Sabía que algo le sucedía — susurró ella, incapaz de moverse.
— Váyase ahora. No la quiero aquí, no quiero que vea lo que me
dispongo a hacerle. — Ailaan se giró, arrancando la hoja y moviéndola ante
su rostro como si tratase de decidir dónde volvería a hacer diana.
— Si no hace algo le escucharán desde la calle — razonó lady Coral,
aproximándose y tocando su hombro, sintiéndolo húmedo. No se apartaría,
por mucho que ante la visión las entrañas se le revolvieran —. Debe hacer
que se calle.
— ¿De verdad es eso lo que me está pidiendo? ¿Quiere que lo mate?
— ¿Qué? No, no es eso lo que quería decir — casi gritó ella.
— ¿Entonces? — Ailaan golpeó con el mango el rostro del barón, una,
dos y hasta tres veces hasta que ella apretó los dedos sobre su piel, clavando
las uñas —. Lo mataré, no me importa que se quede. No podrá hacer nada
por evitarlo.
— ¿Por qué?
— No preciso motivos — escupió con asco Ailaan. Un hombre como él,
el líder de una de las organizaciones más peligrosas de América era
despiadado sin más.
— Yo sí. Le seguiré sin saber todavía el porqué, pero preciso
comprenderle. Necesito que se abra a mí, que me haga sentir que apoyarle
tiene sentido.
— No lo tiene — gruñó Ailaan, queriendo mandarla lejos. Sin apartar
los ojos del bulto amorfo que se revolvía a sus pies bufó —. Él mató a
personas que me importaban. Él dio las órdenes y él pagará por sus muertes.
— ¿Venganza?
— No pretendo que me comprenda o justifique. No busco su perdón, no
lo necesito — lo dijo con contundencia y, sin embargo, seguía esperando
una respuesta. Cualquier palabra que le hiciera saber si el asco por su
persona había arraigado en el interior de la joven dama.
“Debes apartarla de ti. Si se queda a tu lado sufrirá, por mucho que
quiera mostrarse fuerte porque cree amarte” Se recordó Ailaan.
— No sé lo que siento al respeto, pero no me opondré a usted. — Lady
Coral dio varios pasos hacia atrás —. Haga lo que sea necesario, pero
hágalo ya.
Ailaan necesitaba que ella corriera lo más rápido que pudiera lejos de él.
Si se iba se aseguraría de que nada le faltase jamás, le haría llegar dinero
para dos vidas.
— ¿Sabe? — Ailaan obligó al barón Dacre a ponerse de pie y se colocó
a su espalda. Colocó el filo en su cuello y miró en todo momento los
brillantes ojos azules de la joven que le había robado una parte de su
corazón —. Ágatha me dijo una vez que todo lo que hacemos regresa, antes
o después, a nosotros. Espero que ella pueda vernos ahora.
Ailaan movió el cuchillo rasgando la garganta del gran noble. Lo hizo
creando una macabra sonrisa que, con cada latido de un moribundo
corazón, escupía sangre a los pies de Lady Coral.
La joven se llevó las manos a la boca para impedir cualquier sonido, sus
ojos parecían querer rodar lejos tras la impresión.
— Por… Yo… — No había palabras para una joven que apenas había
visto el mundo.
— ¿Puede escucharlo? La vida se escapa de su cuerpo — describió
Ailaan, estudiando a tan hermosa diosa.
— Calle, por favor. — Lady Coral apretó más las manos contra la boca,
en esta ocasión para controlar las náuseas.
— Pensaba destriparlo primero. Quería despedazarlo muy despacio
antes de…
— ¿Por qué? ¿Por qué no se calla? — preguntó ella, sintiendo que la
estaba castigando por algo que no llegaba a comprender.
— Porque ha hecho que la ame y me preocupe por usted sin comprender
que ambos estaremos en peligro el resto de nuestras vidas. Si no huye de mí
seré su condena, si lo que espera es que sea yo el que me aparte le aseguro
que no tengo la fortaleza suficiente — reconoció Ailaan, dejando caer el
cuerpo e ignorando el sonido de la cabeza del barón al rebotar contra el
suelo.
Ella no pudo soportarlo más y vomitó contra la esquina más cercana,
pasándose las manos por la frente y tratando de evitar que sus rubios
cabellos acabasen manchándose de tan repugnante substancia.
» Shh… tranquila… — Se acercó y acarició con suavidad la espalda de
la joven —. Tranquila. Acompáñeme, tomaremos el aire.
— ¿También yo estoy en peligro a su lado? — ¿Cómo saber si algún día
no acabaría volviéndose en su contra?
Necesitaba decírselo, aunque solo fuera a ella. ¿Podía confiar?
Era un acto de fe. Ailaan la hizo girar y limpió la comisura de la boca de
lady Coral.
— Nunca he tocado a un inocente. Soy el monstruo de los monstruos.
He creado un lugar oscuro, pero seguro. Puede que sea complejo para usted,
sin embargo, le aseguro que jamás la lastimaría. — Apartó los dorados
mechones y acercó el rostro de ella —. No soy un buen hombre, nunca
sabré lo que soy, solo sé que soy necesario para que las buenas personas
puedan dormir tranquilas.
— ¿Por qué usted?
Por su pasado, por lo vivido. Ailaan la miró y sonrió tranquilo.
— Cuando era niño vivía bajo el yugo de un hombre, Gaspar. Él
dominaba las mismas calles que ahora son mías, pero lo hacía con puño de
hierro. ¿Quiere saber cuál era la diferencia?
Lady Coral asintió sin voz, sintiendo que nunca había estado tan cerca
de ese hombre que la consumía.
» Que Gaspar tomaba todo lo que le gustaba. No importaba si era una
mujer o un joven. Mataba a hombres buenos por diversión, golpeaba a las
mujeres que trabajaban para él porque podía, hasta que sus cuerpos
terminaban sin vida en cualquier callejón.
Fueron años muy duros, en los que cualquier familia tenía alguna
pérdida innecesaria que llorar. La muerte los acompañaba, era una presencia
invisible que impedía que la risa arraigase, que el mañana importase.
— ¿Qué sucedió? — lo alentó ella.
— Teníamos una amiga. Era una niña dos años más pequeña que yo,
bastante molesta pues insistía en perseguirme. — Parlanchina, rebelde y
pesada como pocas —. No obstante, no merecía lo que Gaspar mandó que
le hicieran.
— ¿Qué…?
— No desea saberlo. Lo único…
— ¿Qué le hizo? — insistió la joven, queriendo soportar cada palabra
por él. Quería compartir la carga que a él lo ahogaba.
— Dicen que Gaspar había tratado de convencer a su madre para que
compartiera su lecho. La deseaba, pero ella lo rechazaba por amar a su
esposo. Durante semanas la chantajeó y compró, hizo cuanto se le ocurrió
hasta que quiso hacerle pagar su desprecio. — Ailaan precisaba que lo
comprendiera —. Mandó que la colgasen ante la puerta de su hogar.
Ailaan decía no soportarla y, sin embargo, todas las mañanas se sentaba
ante la lechería y esperaba su llegada. Miraba al infinito sabiendo que, antes
o después, Rebeca dejaría caer su inquieto culo a su lado y le relataría, con
pelos y señales, las travesuras que había preparado para esa jornada.
No obstante, la pequeña molesta no llegó nunca.
¿Cómo explicar lo que sintió cuando, con pasos lentos, diciéndose que
no iba a buscarla porque estuviera preocupado, se encaminó hacia el hogar
de Rebeca?
No podía creérselo, no podía creer que su amiga estuviera colgando a
tanta altura. Tampoco que ese rictus fuera posible. Esa no era ella, no podía
serlo y, sin embargo, los angustiosos gritos de su madre fueron suficientes
para sacarlo del trance.
Quiso ayudar en cuanto pudiera, al menos eso pensó hasta que rozó el
frío brazo de ella. Jamás había corrido tan rápido, tardó horas en detenerse y
casi un día entero en regresar.
» Rebeca no merecía lo que le hicieron. Ella merecía justicia.
— Y debía ser usted — comprendió lady Coral, enternecida ante la
mirada de tristeza de Ailaan —. Debía ser usted porque la amaba.
Ailaan trató de alejarse, ella envolvió el cuerpo masculino y se pegó a
él.
» No importa. Jamás se lo diré a nadie.
— Sigo siendo el mismo monstruo que ha matado al barón Dacre — le
recordó Ailaan.
Lady Coral asintió, aunque no le creía.
El momento se rompió en mil pedazos cuando oyeron voces fuera. Ella
se tensó, Ailaan la movió y colocó a su espalda, preparado para pelear de
ser preciso.
Capítulo 20
Jayden miró la luna con fastidio, no estaba en sus planes haber tardado
tanto, pero no contaron con que el mundo se pusiera en su contra y una de
las ruedas se partiera. Tampoco contaron con tener que cambiarla con un
hombre amordazado en el interior.
Sudado y cabreado empujó con fuerza a Maximillian e hizo que cayese
de rodillas antes de abrir el establo.
— Iré a avisar al jefe — dijo Conrad a su espalda.
Jayden cabeceó sin girarse, empujando la puerta de madera y haciendo
que amenazase con salirse de sus goznes.
Jayden se volvió y tomó al marqués de Carisbrooke por la pechera.
Aferró la tela entre sus dedos y le obligó a ponerse en pie.
— ¿Me acompaña? — siseó entre dientes el asesino, viendo frustrados
sus planes de buscar a su hermana.
Ailaan, que instantes antes había flexionado las piernas para lanzarse
sobre los recién llegados, posó la mano sobre la espalda de su mujer y besó
su frente.
— Tranquilícese. Trabajan para mí — susurró, solo para ella. La sonrisa
se desvaneció de su rostro cuando dio un paso para que la luz de la luna
delatase su presencia —. Creo que no tendréis que buscarme mucho —
comentó, en voz mucho más alta.
Jayden se estremeció, volviéndose y permitiendo que el rostro de
Maximillian quedase a la vista.
» Habéis tardado demasiado.
El frufrú de una falda delató la presencia de la dama. Ella no ocultó su
rostro, tampoco la impresión que sintió al ver al marqués convertido en un
bulto lleno de barro.
Lady Coral no podía hablar. Aferró el brazo de Ailaan y negó con la
cabeza, una y otra vez.
— Jefe, hemos tenido complicaciones. — Jayden quería largarse —.
Aquí le dejamos la respuesta que buscaba. Todavía no lo ha contado, pero
creo que, o mucho me equivoco, o el vizconde de Saxonhurst está muerto
desde hace mucho.
Lady Coral se volvió hacia Maximillian. No podía hablar, pestañear o
moverse. Lo observó buscando en los ojos del marqués, necesitando una
respuesta que temía. ¿Era posible? ¿Había estado viviendo con unos
asesinos?
“No es posible. Ellos no, lo habría sentido…” Posó la mano derecha
sobre su corazón, ¿se había detenido? El dolor ante la posibilidad de no
volver a ver a Danniel la atravesó.
— Dígame que no es cierto — suplicó ella, parpadeando con fuerza
para evitar que las lágrimas descendieran por su rostro. Quería mantenerse
en pie, era necesario, tenía que pelear por su hermano —. Dígame que ese
tipo miente.
Maximillian quería consolarla, no podía hacerlo. Se removió inquieto.
» ¡Dígamelo! — exigió la joven, perdiendo la compostura — ¡Dígame
que Danniel sigue vivo! — aulló fuera de sí.
— Tranquilícese… — susurró Ailaan a su espalda, queriendo aferrar
sus hombros y dejándola ir al ver que ella no soportaba toque alguno.
— Ailaan, por favor. Haga que hable — Lo miró cual cachorrillo, en sus
ojos la necesidad de saber, de una respuesta —. Haga que confiese. Se lo
suplico.
— Muñequita, — Ailaan pasó las manos por sus mejillas, quiso
consolarla, pero algo le dijo que cualquier otra muestra de cariño haría que
se desmoronase —. yo me encargo. Vaya adentro. — La oteó con una
intensidad que la hizo temblar —. Vaya adentro, yo iré a buscarla cuando
sepa algo.
Lady Coral negó con la cabeza, después se mordió el labio inferior con
fuerza, necesitando ese toque de dolor.
— Quiero quedarme.
— Debe confiar en mí. Le prometo que descubriré la verdad. — Ailaan
se aproximó tanto que sus narices se rozaron —. Confié en mí.
— Permítame estar a su lado. Necesito hacerlo, necesito hacerlo por
Danniel. — Su voz apenas era audible, pero fue suficiente para que Ailaan
la comprendiera y claudicara. Si de verdad era lo que necesitaba él se lo
daría.
Ailaan tomó la mano de ella con suavidad, pasando el pulgar por su piel
despacio.
Sin soltarla se volvió hacia los hombres y se hizo a un lado, llevándose
a lady Coral con él para que pudieran pasar.
— Átelo ahí, después deshágase de ese cuerpo — ordenó con voz firme
Ailaan, tratando cual basura los restos de lo que, hasta unos instantes antes,
pertenecían a un gran barón.
— Jefe, ¿me necesita aquí? — se atrevió a preguntar Jayden, Ailaan
sonrió amenazadoramente.
— ¿Tiene que acudir a alguna cita? — Ailaan controlaba el tono de su
voz, la candencia.
— Ya sabe, mujeres. — Jayden quiso mostrarse alegre, dejando salir
una euforia que rozaba la locura.
— ¿Mujeres? — Ailaan se lo planteó despacio —. ¿O mujer? Tengo
entendido que hay una joven sumamente hábil en las artes amatorias. —
Lady Coral se tensó, ¿cómo podía saberlo? Ailaan la ignoró, al menos eso
parecía.
— Jefe, todos tenemos necesidades. — Se midieron, Jayden
comprendió que estaba siendo acorralado.
— ¿De verdad la tocaría? A mí me resultaría repulsivo si fuera usted. —
Lady Coral los observó sintiendo que, el verdadero significado de esas
palabras, se le escapaba.
— Jefe, hay muchas mujeres entre las que escoger y yo llevo más de
tres días sin catar a ninguna. Ha sido un largo día y comprendo que quiera
usted encargarse personalmente de esto. — Miró un segundo a lady Coral
antes de volver sus ojos a Ailaan —. ¿Me equivoco?
— Puede que tenga razón, aunque… si es a ella a la que tiene pensado ir
a visitar lamento informarle que llega tarde. — Ailaan tiró suavemente de
Lady Coral al tiempo que escondía la mano en la tela de su camisa.
— ¿Qué ha…? — Jayden se detuvo.
“¿Cómo ha podido averiguarlo?”
Ailaan disfrutó de su sorpresa.
— Hay hombres que no comprenden que han de dar las gracias por ser
perdonados. Ha puesto a prueba mi paciencia, en el pasado les advertí que
nunca jugasen en mi contra. — Apretó la empuñadura del cuchillo sin
variar su postura —. ¿Qué esperaba que sucediera?
— Sigue siendo mi hermana.
— Es posible, — Ailaan se encogió de hombros —. Y lo seguirá siendo
mientras la golpeo y mientras la envío a América para que sea juzgada por
las familias de aquellas a las que mató.
— No puede hacer eso. — Jayden miró la puerta, preguntándose si sería
capaz de llegar a ella antes que Ailaan —. Yo puedo llevármela lejos.
— ¿Por qué habría de querer eso? Ella es mía, le aseguro que toparme
con la joven fue una sorpresa de lo más agradable. — Alzó la mano que
sujetaba el cuchillo y lo señaló con la punta —. Ni lo intente. No se mueva
y, quizás, siga con vida. Quédese a mí lado, pelear por ella nunca ha
merecido la pena.
Jayden descargó su furia sobre Maximillian, golpeando su rostro hasta
que el marqués perdió el equilibrio y cayó cuan largo era. Quería más,
necesitaba mucho más, Conrad llegó entonces y lo inmovilizó, recibiendo la
ayuda de Ailaan.
— Jefe, ¿qué ha sucedido? — inquirió Conrad, al notar que Ailaan
aprovechaba para golpear el vientre de Jayden.
— Llévate a este traidor. Enciérralo hasta que averigüe qué hacer con él.
— Antes de que lo hiciera añadió —: Da gracias de que, todo este tiempo,
he sospechado que Beatrice vivía y tú me llevarías directamente a ella.
Cuando mi hermano se entere será él mismo el que te destripe.
Jayden tenía posibilidades de luchar, incluso de vencer, pues era un
hombre duro y hábil, no hizo nada. De pronto comprendió que ya no le
quedaban motivos, se rindió dejando caer los hombros.
Rebeca lo miraba con esos ojos verdes que tanto le gustaban, lo
descubrió encaramado a un árbol mientras se mecía en la rama más alta de
éste.
Jayden sonrió de medio lado, retándola a acompañarlo.
— ¿Me buscabas? — preguntó él, descolgándose de la rama cual mono,
disfrutando del riesgo y sintiéndose completamente libre.
— Ailaan dice que no quiere que le acompañe mañana. — Rebeca se
cruzó de brazos y sus cabellos pelirrojos se mecieron, haciendo que su
blanca piel resaltase todavía más —. ¿No podrías convencerle? No me
gusta que me dejen atrás.
Jayden fue saltando de una rama a otra, hasta aterrizar con elegancia a
su lado.
— Puede que le parezcas demasiado molesta — soltó el joven a
bocajarro, notando que a la pequeña le dolía mucho más de lo que quería
reconocer —. Y, ¿qué ganaría yo?
Rebeca alzó sus ojos esmeraldas sin comprender que el joven Jayden no
podía imaginarse nada más bonito. Mientras ella buscaba algo que pudiera
interesarle él se entretenía contando las hermosas pecas que rodeaban tan
diminuta nariz.
— No lo sé — dijo Rebeca al fin.
Jayden se aproximó y, sintiéndose fuera de su elemento, sucio y
desgarbado, notó que se le subían los colores antes de soltar:
— Un beso.
Ella se apartó abrumada, con el corazón acelerado y queriendo
golpearlo hasta quedarse sin manos.
— ¡Qué dices! ¡¿Estás loco?! — aulló Rebeca, oteándolo
apreciativamente — No me interesan los chicos. ¡Nunca me gustarán!
Ofendido, al menos en parte, Jayden se negó a desdecirse.
— No hoy, pero has de prometerme que, tu primer beso, será mío —
especificó Jayden, perdiéndose en los reflejos rojizos que creaba el sol al
pasar sobre sus mechones.
Ella había sonreído, dejando al descubierto la carencia de varias piezas
dentales.
— Mi primer beso…
Ella no tuvo tiempo, él odiaría al mundo entero desde entonces. El
joven alegre y feliz había desaparecido.
— He hecho cuanto me has pedido, me he manchado las manos en tu
nombre muchas veces — comentó Jayden, sin alzar el rostro hacia Ailaan
—. ¿No puedes comprender que quiera proteger a la única familia que me
queda?
— Lo comprendo y por eso no pienso matarte, volverás a casa y no
regresarás nunca. — Ailaan suspiró, estirando la mano hacia lady Coral y
sintiendo que podía respirar mucho mejor cuando ella entrelazó sus dedos.
Capítulo 21
Beatrice había hecho muchas cosas a lo largo de su vida, casi ninguna
loable.
Ahora, dolorida y llena de cardenales, se disponía a seducir a uno de
los hombres de Ailaan para que la dejase marchar. Necesitaba hacerlo
rápido si quería tener una posibilidad, pero era más que complicado
mientras la cuerda se clavaba en su piel.
Cada roce era doloroso.
— ¿Sabes lo que van a hacerme? Tu jefe es un monstruo sin corazón,
¿acaso no lo comprendes? — intentó de nuevo, con voz de cordero y
mirando la puerta de esa choza con deseo.
— ¡Cállate!
— Mi hermano es Jayden, ¿lo conoces? Es un hombre poderoso que
podría protegernos a ambos. Es un asesino, Ailaan no se atrevería a…
— ¿De verdad necesitas que te corten la lengua para que guardes
silencio?
Beatrice había aprendido a saber cuándo alguien iba de farol y apretó
los labios, comiéndose los insultos que deseaba descargar sobre el que la
vigilaba.
Maximillian tenía mucho que perder.
El aire rancio del lugar, esos olores que se impregnaban a la piel y al
alma, gritando que corriera lo más lejos posible si tenía una posibilidad.
— ¿Sabe lo que hago con los hombres que me mienten? — preguntó
Ailaan, mirando al marqués de Carisbrooke con hastío — Debo reconocer
que con usted disfrutaré, nadie hace daño a mi mujer sin pagar las
consecuencias.
Maximillian alzó los ojos y oteó a lady Coral sin comprender nada.
— Debe decirnos qué ha sido de Danniel — intervino ella —. Debe
decirme si mi hermano corre peligro.
— Su hermano merecía su destino — soltó Maximillian al fin,
recordando la preocupación de su esposa por la joven que ahora
acompañaba a un matón de poca monta —. Su hermano fue el culpable del
asalto que sufrió lady Rosalie.
— ¡Miente! Él ama a lady Rosalie — lo acusó lady Coral, señalándolo
con el índice.
— ¿Miento? — Maximillian los miraba como a mosquitos molestos
que, aun teniendo el control de la situación, jamás le llegarían ni a la suela
de los zapatos. No eran nada comparado con él mismo —. No sabe nada de
ese hombre. Yo fui el que protegió a lady Rosalie esa noche, yo estaba allí y
pude ver la cara de su hermano.
— Él jamás le haría daño a la mujer que ama — insistió ella, notando
una determinación en las palabras de Maximillian que la hicieron dudar.
Lady Coral se detuvo.
“¿Cómo puedo estar dudando de Danniel? ¿Cómo permito que solo dos
palabras suyas me hagan desconfiar de él?”
Furiosa consigo misma, se cuadró decidida a llegar hasta el final.
Protegería a su hermano a cualquier precio.
» Danniel es un hombre íntegro y cariñoso — susurró la joven,
aproximándose al marqués y limpiándole el rostro con un blanco pañuelo.
Con cuidado, dejó al descubierto las heridas y hematomas que lo decoraban.
— ¿Qué hace con tipejos como esos? Huya mientras esté a tiempo.
Noemille siempre la ayudará, ella la aprecia de verdad. — Aprovechó la
cercanía de ambos para que solo lady Coral lo escuchase.
— ¿Prefiere que confíe en la que me sonreía y acompañaba mientras
sabía que mi hermano sufría? ¿Prefiere que confíe en aquella que juró
protegerme y ser mi amiga mientras permitía que usted…? ¿Qué le hizo?
¿Qué fue lo que le hizo a mi hermano?
— Hice que pagase por sus pecados.
— ¡Dígame qué ha sido de él! — exigió, cansada de rodeos y medias
palabras. Miró a su espalda, después sus ojos descendieron a sus manos.
¿Sería capaz de hacerlo?
— ¡Auch! ¡Ah! ¡Cómo duele! — gritó, moviendo la mano con la que
acababa de golpear a un marqués ante su cara. El pulgar le dolía, ¿se lo
había roto?
“Roto no, por favor. Roto no…” Se lo miró asustada, aterrada ante la
idea.
— Muñequita, tranquila. Quieta. — Aferró sus hombros y trató de hacer
que dejase de dar saltitos. Ailaan la miraba sin comprender cómo lograba
convertir cada momento, incluso aquel, en algo hermoso y lleno de luz.
Una sonrisa tranquila se asentó en el rostro de Ailaan.
» Permíteme que lo vea.
— ¡Dios mío! Creo que ha crujido. Ha crujido, ¿verdad? — Ella no
podía escucharlo.
— Shh… tranquila… — Se colocó frente a ella y la miró a los ojos —.
No ha sido nada. ¿Qué ha sucedido?
Pareciera que la había pillado en medio de una travesura, lady Coral
sintió que le entraba calor.
— Quería ser yo la que hiciera que hablase. — Hizo un puchero, los
nervios estaban acabando con ella —. Necesitaba hacerlo.
— Incluso para golpear hace falta saber cómo, ¿lo sabía? — Ella negó
al tiempo que fruncía los labios —. No se preocupe, yo le enseñaré.
Cogió su mano herida y la cerró de forma que el pulgar se quedase por
fuera. La apretó con suavidad.
» ¿Lo ve? ¿Quiere volver a intentarlo?
¿De verdad le estaba preguntando, con total naturalidad, si quería
pegarle un puñetazo al marqués de Carisbrooke?
“Quiero hacer que hable” Se recordó. Miró al marido de Noemille
donde, lo importante, era que se trataba del hombre que Noemille amaba.
“Tampoco le haré tanto daño…” Se detuvo. Su mente la traicionaba.
“Entonces, ¿cómo conseguiré que hable? ¡Tengo que hacer que llore!”
Estudió al marqués. “¿Los hombres lloran?”
Se estremeció.
— ¡Lo haré! ¡Lo haré si no me dice qué le sucedió al vizconde de
Saxonhurst! — aseguró, mucho menos decidida que la primera vez.
Era diferente hacerlo cuando el que recibiría el golpe la miraba de
frente, cuando los presentes se lo esperaban y se sentía juzgada.
» Le juro que lo haré.
— Noemille me pidió que le dijese lo que ha sucedido. Ella la aprecia lo
suficiente para pedirme que la ayudase. — Maximillian escupió en el suelo
su saliva ensangrentada —. Es una pena que ella no haya llegado a
conocerla. Que mi esposa no conozca el tipo de amistades que se ha hecho.
— Ella me conoce. Sigo siendo la misma.
— ¿Lo hace? — Maximillian alzó la ceja izquierda.
— ¡No tengo que excusar mi comportamiento! Solo trato de defender a
mi familia y no hará que me sienta culpable de ello. Seguiré hasta sus
últimas consecuencias, sin avergonzarme de nada.
— Entonces, querida lady Coral, tendrá que mancharse las manos.
Espero que tenga los arrestos suficientes para enfrentarse a mi esposa y
decirle que nuestro hijo no volverá a ver a su padre.
— No diga eso… — Ella sintió que su corazón se detenía.
La muerte era mucho más que un momento de rabia en el que se
olvidaban las consecuencias. Ella no podía privar a un niño de su padre, no
podía privar a Noemille del hombre que amaba desde lo más profundo de su
corazón.
¿Y Danniel? ¿Hasta dónde llegar por venganza?
» Dígame lo que ha sucedido. Se lo suplico — añadió entonces,
demasiado confusa, con la mano todavía apretada, formando un puño.
— ¿Es eso lo que quiere? — ironizó Maximillian — Su hermano cayó
por la borda durante una tormenta. No puedo asegurar que haya muerto,
pero nadie habría sobrevivido al oleaje.
— No.
— Sí. Yo no acabé con su vida, solo le hice trabajar y pasar algo de
hambre. Debí intuir que era débil, un hombre de verdad nunca habría
mandado que atacasen a lady Rosalie. — Sus palabras destilaban odio —.
Aunque yo mismo deseaba enterrar su cabeza bajo el agua, dejar que lo
devorasen los tiburones.
— ¿Cómo puede decir eso?
— Decía querer la verdad. Está muerto, el hombre al que busca no
existe ya. Tampoco tendrá una tumba a la que ir a llorarle.
— ¿Por qué es tan cruel? — preguntó lady Coral, mirando a
Maximillian y retrocediendo mientras sentía que sus piernas no la
sostendrían durante mucho más tiempo — ¿Por qué?
La joven chocó contra el duro pecho de Ailaan, sin embargo, no le veía.
— Si por mí hubiese sido él habría sufrido mucho más. Es por la
consideración y el cariño que mi esposa le tiene que su hermano seguía con
vida, que seguía disfrutando de la luz del sol. Ha sido mala suerte, si lo
piensa es irónico. Su hermano murió hace tan solo un par de días. —
Maximillian sintió remordimientos, eso no hizo que quisiera parar. Estaba
cansado y hambriento, dolorido y furioso. ¿Quiénes se creían que eran para
tratar de semejante forma a un marqués? ¡A él!
Al marqués de Carisbrooke no le importaban los motivos. Muy
benevolente se había mostrado al no comunicárselo a las autoridades y
pedir un pago en sangre por el delito que Danniel había cometido. Lo habría
retado a un duelo sin dudar si, por primera vez en toda su vida, no tuviera
mucho que perder.
— Danniel… — Su sonrisa, los recuerdos de los instantes compartidos.
Imágenes que atravesaron su cabeza a tal velocidad que ella se mareó —.
No es posible. Yo lo sabría.
Pero había ido a fiestas y reído, había hecho el amor y soñado con un
futuro mientras su hermano perdía la vida. No había estado con él, no le
había buscado hasta que fue demasiado tarde…
» ¡Miente! ¡Miente porque no quiere dejarle libre! — lo acusó ella.
— ¿Mentir? ¿Por qué habría de hacer tal cosa?
— Para que no sigamos buscando — argumentó lady Coral.
— ¿Y que mande a su sarnoso chucho a acabar con mi valiosa vida? —
ironizó el marqués, burlándose de la joven que se rompía ante sus ojos —
Una observación muy inteligente.
Ailaan no fue capaz de controlarse durante más tiempo. Descargó un
puñetazo que hizo que Maximillian cayese hacia atrás inconsciente.
— Si ella no va a golpearle lo haré yo — soltó Ailaan, incluso sabiendo
que el marqués no podía escucharle —. ¿Se encuentra bien? — Ella lo
miraba sin verlo — ¿Está usted bien?
— Le he fallado.
— Míreme. Respire. Debe…
— No lo comprende. Le he fallado a la única persona que me quedaba.
Danniel confiaba en mí para buscarle, para protegerle. — Tembló sin sentir
frío —. No lo comprende — repitió al salir del establo y dirigirse hacia la
casa.
— Deténgase. ¿Qué hace?
Ella no lo miraba.
» Míreme — Se interpuso en su camino, ella seguía muy lejos. Se
acercó y rozó sus labios, ella no hizo nada por cooperar o por oponerse. Se
quedó de pie, permitiendo que, a continuación, la abrazase con fuerza en un
intento de absorber el dolor que la recorría —. Llore si es lo que necesita.
— No puedo. Ya no puedo llorar más. No me quedan más lágrimas que
derramar.
— Debe comprender que no tiene por qué habernos dicho la verdad —
trató de animarla él, incluso si para ello debía aferrarse a una falacia.
— Ambos sabemos que Danniel ha muerto. Lo vi en sus ojos, jamás
volveré a verlo. — Sonrió sin ganas, demostrando que una sonrisa podía
mostrar la desolación más absoluta —. No importa, ¿verdad? No pasa nada,
soy una mujer fuerte y me repondré. Le prometo que, si me concede un par
de horas, volveré a ser la misma.
— No es necesario.
— Sé cuál es mi lugar. — Ella apoyó las palmas de las manos en las
mejillas masculinas, notando la dura barba raspándola —. Sé qué se espera
de mí, mucho más ahora que soy su prometida.
— Eso es ahora. Mi mujer — la corrigió él, incluso dándole la razón —.
Por eso no está sola y no tiene que ser fuerte. Puede derrumbarse si es entre
mis brazos para que pueda recogerla.
Lady Coral asintió sin creerle. ¿Quién querría a una dama que no diera
más que problemas? No, debía hallar la forma de comerse aquella
quemazón que la obligaba a parpadear mucho más de la cuenta.
“Noemille lo sabía… siempre supo dónde estaba Danniel y guardó
silencio” Comprendió lady Coral.
La joven miró las caballerizas y se atrevió a dar un suave beso en los
labios de su hombre.
— ¿Puede hacer algo por mí?
— Lo que necesite.
— Reténgalo, pero no le haga nada. Reténgalo hasta que regrese.
— ¿Qué pretende hacer? No dejaré que se vaya sola — afirmó Ailaan,
notándola enfermizamente tranquila. Quería que gritase, lo golpease y
arañase. Más que quererlo lo necesitaba.
— Solo regresaré a por un par de vestidos. Supongo que no querrá tener
que sufragar los gastos de un guardarropa entero. — Queriendo distraerle
dejó que su corazón se calentase un poquito al colgarse de su cuello, al
espirar su aliento masculino y unir sus labios con pereza.
La lengua de Ailaan tenía algo mágico, ella dejó que le hiciera perder
un par de minutos más.
» No se preocupe. Regresaré pronto. Dígale a mi dama de compañía que
se prepare para partir, no quiero quedarme en Londres más de lo necesario.
— ¿Es una orden? — Ailaan sonrió de medio lado.
— No era mi intención…
— Muñequita, haré lo que desees con tal de ver de nuevo una sonrisa en
una boca tan hermosa. — Ella parpadeó sin saber qué contestar —. Ve a
donde necesites ir, estaré esperándote.
— Gracias.
Aferró sus faldas y, sin preocuparse por la hora o los peligros que se
escondían en las sombras, comenzó a correr.
— Conrad — lo llamó Ailaan a sabiendas de que los había estado
espiando en todo momento.
— Jefe.
— Cuide de ella. No permita que descubra su presencia.
— Por supuesto, jefe.
Capítulo 22
Tenía el corazón en la boca cuando finalmente llegó. Se quedó
observando la silenciosa casa sin prisa, sintiendo que tenía todo el tiempo
de lo mundo en la punta de los dedos.
Quería entrar, no podía hacerlo. Miró la ventana del dormitorio de
Noemille preguntándose qué estaría haciendo. A pesar de que, desde niña,
siempre le dijeron que la noche de Londres albergaba horrores no tenía
miedo. Se sentía mucho más arropada por la oscuridad que por la luz, esa
oscuridad describía mucho mejor cómo se sentía.
Invencible.
Lady Coral se sorprendió de lo diferente que era todo cuando las
personas se retiraban, dando paso al silencio, que permitía que disfrutase de
los pequeños detalles.
Las estrellas brillaban sobre su cabeza. Millones de puntitos luminosos
en los que, hasta entonces, no había reparado. Una belleza que hizo que una
lágrima perezosa se deslizase por su mejilla.
“Hermano, lo siento tanto…”
Mas no existía disculpa que pudiera lograr un perdón. Ella le había
olvidado cuando aún había estado a tiempo de salvarlo. ¿Qué pretendía
lograr ahora?
Nada o puede que todo, sin embargo, era preciso que entrase y se
enfrentase a la mujer en la que había confiado.
Confiar… ¿Alguna vez había podido dejar caer el peso que llevaba
sobre otra persona sin que ésta le fallase?
“Danniel fue el único, solo que fui yo la que no estuvo a la altura”
Tomando aire rodeó la construcción y accedió por las cocinas. Esa
puerta se atrancaba, pero también era mucho más fácil de forzar.
Se sentía viva, estaba cometiendo un allanamiento y era algo excitante.
Fue como despertar tras toda una vida dormida, descubrir que era posible
hacer algo más que danzar y parir, que era posible esperar algo más del
mundo que una joya o un trocito de pastel.
Cada uno de los pasos que dio en el interior resonaba en sus oídos,
como si el más mínimo sonido tuviera eco. Esperaba ver aparecer a alguien
en todas y cada una de las esquinas que traspasó, sin embargo, nunca halló a
nadie.
Controlando su agitada respiración llegó a su destino y se detuvo.
Comenzó a girar el pomo de la puerta, tan tensa que podría romperse.
— Maximillian, ¿eres tú?
Lady Coral se cuadró, queriendo mostrarse fría, inalcanzable.
Abrió la puerta de golpe y entró como si fuera la dueña de todo lo que le
rodeaba. Quería dejar claro que Noemille nunca estuvo a su altura.
— Lamento informarle que su esposo no regresará, al menos no esta
noche — susurró lady Coral, localizando a la marquesa sentada en una
esquina de la inmensa cama. Sus ojos mostraban rastros de haber llorado y
tenía los labios inflamados —. Quizás nunca lo haga.
— ¿Qué está insinuando? ¡¿Qué dices?! — agregó Noemille, perdiendo
la compostura y dejando entrever a la joven de la calle que fue hasta hace
no mucho — ¿Qué le ha sucedido?
— Debería tranquilizarse — prosiguió lady Coral, caminando hasta el
tocador y sentándose de forma que, aunque le daba la espalda, tenía
localizada a la marquesa en todo momento —. Debería pensar como la
marquesa que es, aunque debe ser difícil al haberme robado el lugar. ¿Cómo
se siente en una vida que nunca le ha pertenecido?
— Lady Coral, ¿qué está diciendo? — Noemille perdió el poco color
que le quedaba.
— Por favor, deje de fingir conmigo. Deje de fingir que en algún
momento le he importado. ¿Se rieron mucho de mi persona mientras mi
hermano moría? ¿Se rieron mucho mientras yo dormía a tan solo un par de
cuartos del suyo? — Sus manos temblaban, aferró un peine de dorado
mango para lograr mantenerlas firmes.
— Si me permite explicarme…
— Ya es tarde para eso. El momento de las explicaciones ha pasado. Ese
momento era cuando yo le confesaba mis preocupaciones. Ese era el
momento — recalcó, apretando los dientes y con la espalda recta.
¡Lady Coral siempre sería una dama! En sus venas corría sangre noble y
ella misma había sido educada para mandar. Sin embargo, había tenido que
ver como una perra callejera decía llamarse marquesa mientras ella se
quedaba sin protección alguna.
¿Por qué ella no tenía derecho a nada? ¿Por qué incluso tenía que perder
a Danniel?
Limpió, como pudo y sin que Noemille lo viera, una lágrima traidora
que delataba su verdadero estado.
— Maximillian solo buscaba proteger a su prima. Él estaba cegado por
lo sucedido, todavía le martiriza lo que tuvo que hacer aquella noche. —
Pero lady Coral no la escuchaba.
— ¿Lo ama? — preguntó entonces — Eso puedo comprenderlo. Ahora
puedo comprenderlo.
Los ojos negros de Ailaan, esa forma de recorrerla como si quisiera
devorarla sin la necesidad de ponerle ni un solo dedo encima. Era una
intensidad dolorosa, aunque adictiva que convertía cada segundo lejos en
una espera interminable.
Sí, lady Coral podía entender eso.
» Lo ama y no puede ver el daño que su esposo causó. Lo peor es que
puedo comprenderlo y por eso me odio y la odio a usted.
— No diga eso. Fue un terrible accidente.
— ¿Eso cree? — Lady Coral se puso en pie triste, desolada —. No se
preocupe — dijo entonces —. Su esposo regresará, herido, pero volverá con
vida a sus brazos. Dígale a su hermano que lo extrañaré y bese a Darian por
mí.
— ¿Qué está diciendo? ¿A dónde irá? — Noemille se puso en pie, no
quería dejarla marchar. A pesar de lo sucedido debía hacer que se quedara y
cuidar de ella.
— Veré el mundo que me han negado durante tanto tiempo. Viajaré y
olvidaré, si es que puedo, todo lo malo que me ha sucedido en estas tierras
malditas. Londres me ha arrebatado la poca alegría que me quedaba.
— Lo lamento. Lo lamento tanto. — Noemille se tiró a los pies de su
amiga suplicando por un perdón que ella no sabía si algún día podría darle
—. No se vaya.
A pesar de todo, la joven se inclinó y ayudó, con cuidado, a la marquesa
a ponerse en pie.
— Es posible que me odie todavía más por ello, pero guardo de los
momentos compartidos un buen recuerdo y no quiero causar más dolor —
confesó acariciando su mejilla —. No puedo perdonarla, no puedo dejar ir
esta pena o mirarla sin temblar de la impotencia. No puedo olvidar su
silencio.
— Perdóneme…
— Podría intentarlo toda una vida y no lograrlo. — Ella dio el último
paso y la abrazó, aunque tensa como un palo. Cuando se separó puso
distancia, no queriendo volver a rozarla nunca —: Por eso sé que debo irme
lo más lejos posible. He de admitir que tengo miedo, pero nada me queda
que puedan arrebatarme.
Lady Coral se detuvo.
“Samantha se sentirá abandonada…”
Aunque su propia hermana la había dejado sola mucho tiempo antes,
quizás era el momento de ser algo egoísta.
» Si de verdad quiere hacer algo por mí cuide de la caprichosa de lady
Samantha. Ella ha decidido esconderse en el campo para no tener que
soportar los chismes y el escarnio, pero algún día habrá de regresar y deseo
que sea feliz.
— ¿No se despedirá de ella?
Lady Coral se lo pensó.
— No puedo hacerlo. No me quedan fuerzas para la conversación que
ambas deberíamos tener. — ¡Qué diferente había resultado todo a como ella
había planeado! El mundo se había reído de ella una vez más e, incluso
teniendo lo que soñó desde el mismo instante en el que el desconocido de
ojos negros se cruzó en el camino, sentía que el destino se había burlado
cruelmente de su persona —. Le pido que no le digan lo que ha sucedido
con Danniel, ella siempre ha sido… delicada.
Aunque no era esa la palabra adecuada, lady Coral la prefería a la que
danzaba por su cabeza.
» Su marido, — Apretó los dientes, centrándose en el rostro de Darian
para no caer en la tentación de llevar a cabo una sangrienta venganza —. ha
tenido a bien acoger a lady Samantha en su residencia de campo y le pido
que amplíe su protección hasta el día en el que ella se case.
Noemille asintió con fuerza.
— Nunca debió suceder de esta manera.
— Cierto. No tenía claro lo que haría cuando entrase, cuando la viera.
— Y de nuevo le fallaba a Danniel, pues nadie pagaría por su muerte.
“Perdóname. ¿Cómo castigar a seres inocentes en el proceso? Darian
tiene el amor de sus padres, es mucho más de lo que a nosotros se nos
concedió.”
» No sabía lo que haría hasta que pasé frente al dormitorio de su hijo.
Hasta que recordé cómo lo tomaba entre sus brazos y le prometía que
lucharía hasta la muerte por protegerlo. — Echó la cabeza hacia atrás
queriendo reírse, estaba demasiado rota para juzgar. Cerró los ojos y bufó,
dejando que sus pestañas aleteasen de nuevo —. Cuide de él. Es hora de
que escoja lo incierto y lo que mi corazón desea.
— Siempre tendrá un lugar al que regresar — prometió Noemille sin
atreverse a tocarla —. Somos mucho más que amigas, por mucho que me
odie.
Lady Coral se alejaba con tristeza, era una despedida y no tenía pensado
regresar.
En Londres dejaba las lágrimas y pesadillas, a todas esas personas que
no eran más que un recuerdo de lo que ya no tenía a su lado.
Ella asintió… ¿ilusionada por un nuevo comienzo?
“Nunca dejaré de llorarte, hermano. Pero cuando salga de esta casa lady
Coral dejará de existir, he llegado a odiar a esa mujer”
Capítulo 23
En el camino de regreso Coral comenzó a dar saltitos y cantar. Lo hizo
aferrándose a esa necesidad de ser feliz, necesitando esa risa histérica.
Dejó que el aire revolviese sus cabellos, que los lanzase lejos de donde
debían estar, olvidando las horquillas que tan poco le gustaban.
Cuando llegó a la puerta del jardín que rodeaba la que había sido su
casa se detuvo. Apoyó la mano en la verja recordando las veces que se
había detenido en ese mismo lugar con pavor a lo que hallaría en el interior,
se detenía ahí con unas ganas inmensas de orinar.
Terror en estado puro.
Coral amplió, todavía más, la sonrisa y entró con determinación.
Ailaan la esperaba en la puerta, cuando ella se aproximó él abrió los
brazos. ¿Qué otra cosa podía hacer que correr directamente hacia ellos?
Él no hizo preguntas innecesarias. ¿De qué servía un “estás bien”? En
lugar de eso la sostuvo mientras la risa histérica daba paso a las lágrimas y
éstas al silencio.
Pasaron los minutos abrazados, mientras la luna los cubría con un
manto plateado que pronto daría paso a la luz del día.
Ella se despegó avergonzada, ¿qué palabras usar cuando ya había
mostrado quién era? No quedaban secretos, él podía verla sin su disfraz.
— He tardado más de lo que pretendía — se disculpó suavemente, con
vergüenza incluso. Era como si fuera la primera vez que hablaban.
— La esperaría toda una vida de ser preciso. — Recogió un mechón
travieso y lo colocó tras la oreja de la joven.
— ¿De verdad?
Ailaan asintió y acarició su mejilla.
— ¿Quiere comer algo? ¿Dormir?…
Ella fue negando y él se fue quedando sin opciones.
» ¿Entonces? ¿Qué necesita?
— Partir, necesito que me lleve lejos.
— Todavía tendría que arreglar unos cuantos asuntos.
Coral asintió con tristeza, de nuevo claudicaba. Él la retuvo.
» Pero, ¡qué demonios! Es hora de que mi hermano se gane el pan y el
vino que toma — exclamó feliz, necesitando con ansiedad alejar esa
oscuridad de la mirada femenina.
— Gracias.
— No me las de. Tan pronto tenga oportunidad la haré mi mujer, para
poder estar entre sus hermosas piernas todo el tiempo del que disponga.
Ella se sonrojó, aunque estaba más que dispuesta en compartir su
cuerpo con un hombre como ese.
— Debo pedirle un último favor. Deje ir a Maximillian y al vizconde
Hereford. — Miró hacia el segundo piso —. Deje marchar a mi padre.
— ¿De verdad es lo que desea? No sería necesario que manchase su
conciencia con sus muertes…
— No más muerte, no más, quiero irme.
Ailaan asintió, al fin y al cabo, tenía todo lo que necesitaba entre sus
brazos y había recuperado su empresa. Acunándola comenzó a girar cual
chiquillo, viendo un inmenso horizonte ante ambos.
— Conquistaremos el mundo, muñequita mía.
— Eso espero — susurró la joven, acurrucándose en el pecho
masculino, notándose a salvo tras tanto tiempo.
Capítulo 24
El barco estaba a punto de zarpar y Coral lo esperaba en el camarote,
siempre protegida por Conrad, que no dejaba de bufar por sus nuevas
tareas.
Ailaan sonrió mientras pedía otro wiski y esperaba la llegada de su
hermano.
La puerta se abrió y, junto con los rayos solares, un borracho Chase
entró en el lugar. No lograba caminar recto, sus pies insistían en
entorpecerse mutuamente, aprovechando la cercanía del taburete para
dejarse caer.
— Jamás cambiarás — suspiró Ailaan, negándose a permitir que
arruinase su día —. Hermano, he de partir y dejo en tus manos mi último
regalo. Espero que lo aproveches y dejes de ser el desecho humano en el
que te has convertido.
— ¿Un regalo? ¿Una mujer? — Miró a las presentes para ver si alguna
conseguía encenderle, como siempre la respuesta fue negativa.
Chase desconfiaba de las hembras, la sola idea de que otra de ellas lo
rozase siquiera lo enfadaba tanto que…
Chase alzó la mano para llamar la atención del tabernero.
» Lléname un vaso. Ailaan paga.
Ailaan esperó pacientemente, recordándose que no debía romperle la
nariz. Recordándose el duelo que Chase seguía llevando encima.
— He encontrado a Beatrice.
— ¿Beatrice? ¿Qué Bea…?
Chase se giró a tal velocidad que se desestabilizó y cayó al suelo. El
golpe resonó por el lugar, aunque eso no impidió que se pusiera en pie y
olvidase sus doloridos músculos.
» ¿Sigue con vida?
— Así es y ella te espera amordazada a pocos metros de aquí — le
informó Ailaan, negándole la información crucial.
La mente de Chase se había despejado, ahora creaba crueles formas de
acabar con ella. Necesitaba respuestas y que sufriera, quería destrozarla tal
y como ella había hecho con él al arrebatarle a su hija.
— Dilo de una vez.
— Solo cuando prometas…
Chase lo cogió por la pechera y lo alzó. Ailaan no movió el gesto, si
creía que lograría amedrentarlo era que todavía no lo conocía. La sangre de
Ailaan contenía escarcha.
El jefe de la organización alzó la ceja y Chase le dejó ir.
Ailaan estiró su camisa con cuidado, tomándose tiempo antes de repetir:
» Solo cuando prometas dejar atrás esta autocompasión y vuelvas a ser
el hombre en el que podía confiar.
Chase asintió decidido. Algo en sus ojos había cambiado.
— Al final del puerto hay una puerta roja. Entra en ella y di mi nombre,
solo necesitas hacer eso.
— ¡Gracias!
Chase comenzó a correr, al menos todo lo que podía con su
alcoholizado cuerpo, más vivo que nunca antes.
— Espero que encuentres la paz, hermano. — Ailaan cogió la copa de
Chase, que no había llegado a tomarse, y se la bebió de un trago. Ese ardor
descendiendo por su garganta hizo que respirase mejor, listo para comenzar
una nueva vida.
Salió del lugar haciendo girar la levita en la mano y tarareando una
canción que desde niño había mantenido en sus recuerdos.
Siete seres sin rostro,
Siete seres que no ven
Se alzan esta noche
En nombre de una mujer.
Que lejano parecía ese momento en el que, todos juntos, la habían
compuesto.
Fue dos días después de encontrar el cuerpo sin vida de Rebeca. Se
sentaron alrededor de una muñeca que le pertenecía y pensaron en ella,
gritaron por ella.
Rebeca fue alguien que se quedó en el camino, pero les había dado algo
que siempre le agradecería. Ella les había dado fuerzas para pelear, para
sobrevivir.
Nadie podrá separarnos
Ni el mañana ni el ayer
Juntos hasta la muerte
Juntos hasta que la volvamos a ver.
Rebeca era solo una mocosa entonces, una bonita mocosa que pronto
sería una hermosa joven. Ella, con esa sonrisa perenne en los labios, lograba
meterlos en más líos de los que se podrían resolver en toda una vida.
Ailaan miró el barco en el que lo esperaban con un sentimiento extraño
en las tripas. ¿Era posible que estuviera nervioso ante la posibilidad de
encontrarse con lady Coral?
“Siempre permanecerá a mi lado. Ella me ha escogido a mí”
La dama sobresalía entre el resto de la tripulación sin proponérselo y,
como había comprobado, nunca hacía lo que se le pedía.
En lugar de descansar la joven estaba apoyada sobre la barandilla
observando el mar. Sus ojos azules trataban de vislumbrar en el horizonte su
destino, Ailaan sonrió enternecido.
Caminó directo a ella pensando solo en el instante en el que posase las
manos en su cintura y la apretase contra su corazón. Necesitaba sentirla
caliente contra su piel para sentirse vivo, para sentir que la luz teñía lo que
lo rodeaba.
— ¿Qué es eso tan interesante que intenta encontrar? — susurró tras
ella, haciéndola saltar y riendo al recibirla en sus brazos.
Coral dejó descansar el peso de su cuerpo, con muy poca decencia,
contra un hombre nada recomendable. Si alguna dama la reconocía habría
muchos rumores acerca de lo que hacía, a Coral no le preocupaba ninguno
de ellos.
— Trataba de imaginar cómo será mi nuevo hogar. — Se detuvo,
girándose y aceptando gustosa un casto beso en los labios. Él habría hecho
mucho más, aunque se conformó con el rubor que tiñó las mejillas de su
mujer —. Me gustaría poner una tumba para Danniel allá a donde vayamos.
Quiero un lugar en el que poder recordarlo.
— Todo lo que necesite.
Satisfecha volvió a girarse hacia el futuro, feliz de sentir ese cálido
abrazo protegiéndola y dándole fuerzas.
— ¿Lo recuerda? Supe en mi corazón, desde el mismo instante en el
que me tendió la mano, que usted era mío. Fue algo inexplicable, una
certeza tan intensa que necesitaba hacerlo realidad — confesó ella,
disfrutando de una confianza que surgía con cada pequeño gesto. La
valentía acompañaba a las caricias que ambos se dedicaban —. Aunque ni
siquiera logré robarle la bolsa.
— Ahora todo lo mío le pertenece.
Ella asintió, no era eso a lo que se refería.
— Espero estar a la altura de sus expectativas — se sinceró de pronto.
— Yo espero que no, solo le pido que sea usted misma. Es a esa joven
testaruda y cariñosa a la que necesito. Quizás desde hace demasiado tiempo.
Usted será el rayo de sol que calmará la tempestad de mi pecho, ¿no le
parece perfecto?
— Nunca me ha necesitado.
Capítulo 25
Mientras el barco avanzaba y Ailaan daba órdenes fuera, Coral tuvo
tiempo de pensar y recordar.
“Padre, pensé que nunca podría recordarle sin sentir odio, aunque ahora
solo queda pena en mí hacia usted”
Pocas horas antes de partir se personó ante el hombre que le había
dado la vida. Iba despeinada y con un vestido gastado, ni siquiera se había
pintado o echado algo de perfume. Se había plantado ante él con sus peores
galas, pero con la cabeza bien alta.
August estaba sentado en una silla al lado de la cama y sus manos
temblaban. En su rostro quedaban las marcas de lo sucedido y sus ojos la
rehuyeron durante unos minutos, hasta que ella misma le pidió que la
mirase.
No sabía qué le había dicho Ailaan, pero August la temía.
— Padre, ¿acaso no soporta ver en lo que me he convertido? —
preguntó con suavidad, sintiendo el veneno en la punta de la lengua.
Quería herirle con sus palabras con la misma intensidad que necesitaba
hacerle saber que ella había vencido. Era feliz y, con el paso del tiempo, lo
sería todavía más.
Coral precisaba hablar con sinceridad ante el Conde Saxonhurst por
primera vez en su vida.
» ¿Esperaba algo diferente?
Giró sobre sí misma.
— Está hermosa — concedió él, haciendo que su hija mostrase los
dientes.
— ¿Hermosa? Creí que buscaría castigar mi insolencia, que me
insultaría por mi osadía. — Apretó el mentón.
“Golpearle no es la solución. No soy como él y nunca lo seré. No
permitiré que me convierta en un ser amargado y resentido con la vida
misma” Se recordó la joven.
» Hermosa. — Asintió aceptando su cumplido a regañadientes. No tenía
tiempo que perder en acusaciones pasadas.
No obstante, era muy difícil no hacerlas cuando seguía notando las
cicatrices, cuando los peores momentos vividos pasaban ante sus ojos solo
con verlo.
“Por eso he venido. Para cerrar un ciclo, para dejar de tener miedo”
Quería aferrarse a su plan inicial, lo necesitaba.
» Hoy me despido de usted y quiero que sepa algo. Ha sido lo peor que
me ha sucedido nunca. — Se detuvo, le dolía la garganta ante la
inmensidad de lo que eso significaba para ella —. Puede que la muerte de
Danniel siempre esté sobre mi conciencia, pero todo el mal de nuestras
vidas ha sido culpa suya. ¡Suya!
Lo señaló y habría jurado que el hombre envejecido que tenía ante ella
se encogió sobre sí mismo.
Se detuvo y miró en el espejo de la esquina. Se oteó sin creerse lo que
veía, esa cara de odio absoluto, esos ojos dispuestos a destruir todo lo que
tenía a su alrededor.
Coral dejó caer el brazo.
“Nada de lo que le diga importará”
Se giró dispuesta a irse.
— Hija — la llamó su padre, incapaz de mantenerle la mirada. Ella
esperaba algo profundo, unas palabras redentoras que le explicasen por
qué nunca pudo amarla de verdad, por qué la había torturado de esa
forma. Lo que obtuvo fue el último golpe —, no dejes que me mate.
Coral asintió, volviéndose hacia la puerta añadió sin saber por qué.
— Puede estar tranquilo. Usted seguirá revolcándose en su ponzoña
hasta que la vejez se lo lleve. No dejaré que Ailaan manche sus manos con
alguien que no vale nada.
Familia, era una palabra inmensa por la que muchos morían y ella se
estaba alejando de la poca que le quedaba. No era que no quisiera ver nunca
más a su hermana, pero no hacerlo tampoco le quitaría el sueño.
¿Era egoísta?
Coral se encogió de hombros.
Era el momento de serlo.
Capítulo 26
Pocas horas después de que Coral y Ailaan hubieran zarpado dos
carruajes dejaron caer un par de bultos ante las casas del marqués de
Carisbrooke y el vizconde Hereford.
Noemille caminaba por el jardín y el jaleo hizo que se acercase
corriendo. No sabía qué esperaba, aunque su corazón le gritaba que se
trataba de Maximillian.
Cuando lo descubrió completamente ensangrentado creyó lo peor, su
corazón era incapaz de latir mientras corría a su encuentro y las lágrimas
corrían por sus mejillas.
“Dijo que no le mataría…” Era en lo único que podía pensar.
Lo alcanzó sintiéndose incapaz de tocarlo, con miedo a esa frialdad que
destrozaría cualquier posible esperanza. No obstante, Maximillian tosió
cansado y ella se lanzó sobre él.
— Gracias, gracias, gracias… — repitió la marquesa de Carisbrooke
hasta el cansancio, pero no era a su esposo a quien se las daba.
El rostro de Coral estaba en la mente de ella mientras limpiaba la boca
de su esposo y mandaba llamar al doctor.
— Duele — gimió Maximillian.
— No importa. Pronto estarás mejor — aseguró Noemille.
— ¿No importa? Gatita, ¿acaso no puedes ver lo que me han hecho?
Ella esquivó los hermosos ojos del padre de su hijo.
» Gatita, ¿cómo es que no estás exigiendo justicia y explicaciones? —
logró preguntar el herido.
— Ya conozco las respuestas — soltó la joven, bajando el tono de forma
que solo él lograse entenderla.
Un par de lacayos llegaron corriendo con algo de agua, pues ella había
pedido que no le movieran todavía. La marquesa los miró y mandó que le
dejasen espacio con las manos.
— Señora, debemos llamar a las autoridades — sugirió uno de ellos,
Noemille no supo a ciencia cierta cuál.
— Hagan lo que consideren oportuno — concedió sin mucho ímpetu
—. Dudo que los encuentren — añadió en un susurro.
— Esposa, casi parece que no estés preocupada. ¿Acaso apruebas lo que
me ha sucedido? — la interrogó Maximillian molesto.
Noemille se volvió y acarició su rostro, esquivando con cuidado los
finos cortes. Lo pensó varios minutos antes de responder.
— Creí que no volvería a verte. La sola idea me aterraba, la sola idea de
perderte era insoportable para mí. — Bajó el rostro y el pelo cubrió sus
rasgos mientras añadía —: Cuando lady Coral acudió a mí pensé que no
solo tú pagarías por lo sucedido, pero ella solo quería despedirse y
asegurarme que regresarías con vida.
— ¿Eso hizo? — El marqués no podía creérselo, no tras todo lo que él
había soltado por su boquita.
— Dijo que éramos buenos padres y Darian merecía ser feliz. — Con
lágrimas en los ojos atravesó a su esposo y aseguró con firmeza —: No me
importa lo que pienses, no quiero que ella salga lastimada. No quiero que la
persigas o digas nada.
— ¿Me pides que mienta?
Noemille asintió solo una vez.
— Si es necesario… — Volvió a echarse sobre su marido y besó sus
labios, para sonreír después contra su boca.
— Sigues con nosotros, en cambio ella nunca recuperará a su hermano.
¿No te parece suficiente?
Maximillian logró alzar los brazos y la rodeó mientras alguien se
acercaba y los separaba, disque que para ocuparse de las heridas de él. La
miró y supo que había escogido a la mejor mujer del mundo. Fuerte, sensata
y llena de amor que dar. ¿Cómo había logrado engañarla para que lo amase
tanto?
Antes de que lo metieran dentro de casa estiró la mano y, cuando ella se
inclinó soltó:
— Los golpes son malos para la cabeza. No logro recordar nada de lo
que ha sucedido.
Cuando Noemille lo miró asombrada el marqués le guiñó un ojo.
Epílogo
Dos meses después
América era un país ruidoso y sucio. Coral estaba agotada y despeinada,
cansada de tener que bregar con mujeres testarudas que no dejaban de
gritar.
Tras dar varias palmadas en el aire se cruzó de brazos.
— Sigo sin comprender por qué habría de ponerme un vestido tan… —
¿Cómo explicarlo sin insultar a las mismas que se lo habían regalado? —
vistoso — remató, feliz con ella misma.
Coral no solo detestaba ese color rojo, sino que el escote era demasiado
exagerado. No, desde luego jamás vestiría algo parecido.
Ricolette, una de las presentes, mesó sus hermosos bucles dorados antes
de alejarse del espejo y señalar algo obvio.
— Le quedaría perfecto. Nosotras tenemos mucho ojo para eso — le
guiñó uno de sus ojos azules con el mismo desparpajo que mostraba con los
clientes.
Al principio Coral no comprendía por qué Ailaan insistía en que debía
conocerlas, ¿por qué mezclar a su esposa con unas mujerzuelas? ¿Cómo
respetar a quien se valoraba tan poco para ejercer ese oficio? No obstante,
con el paso de los días había aprendido mucho de los motivos que las
habían llevado hasta allí y las respetaba.
No obstante, ¿cómo podían pedirle algo semejante?
Volviendo a esquivar el toque de aquella suave tela rojiza con la que la
perseguían, siguió con su discurso en un intento de hacerlas entrar en razón.
— ¿Acaso no lo comprenden? ¿Se imaginan lo que dirían de mí? Soy
una mujer respetable y debo dar una imagen — aseguró Coral, sintiendo un
escalofrío ante el deja vu.
— ¿A quién le importa lo que piensen los demás? Su esposo la ha
citado esta tarde para dar un paseo y queremos que sea incapaz de quitar los
ojos de su cuerpo. — Rosalinne se plantó ante Coral, impidiéndole que
pudiera huir hacia la puerta —. Si de seducir se trata nosotras sabemos
cómo hacerlo.
— Pero yo… no… — Coral se sentía acorralada.
La atraparon y, una vez condenada, ¿qué otra cosa podía hacer que dejar
que la preparasen? Aun habiendo claudicado se negó en redondo a que la
pintasen tanto.
Al final lograron algo medianamente aceptable…
Varias horas después caminaba, acompañada siempre por Conrad, al
encuentro de Ailaan. Ella apenas conocía todavía ciertas zonas de la ciudad
y su esposo había insistido en que quería mostrarle un hermoso lugar del río
que le traía recuerdos.
Cuando lo vio a lo lejos corrió recogiéndose las faldas, olvidando la
prudencia y queriendo rodear su cuello con desesperación. Cuando Ailaan
la observó, rodeada en tan indecente tela, notó que la entrepierna se le
endurecía al instante.
— ¿Qué hace mi muñequita convertida en mi fantasía? — preguntó con
voz ronca Ailaan, tras besar su boca. Quería desnudarla y tomarla dentro
del agua, quería poseerla de tantas formas que casi tuvo que llorar cuando
su mente le dijo que no era el lugar adecuado — No debería tentarme de
esta manera u olvidaré la prudencia y que, quien tengo a mi lado, es una
dama respetable.
— Olvídelo amor de mi vida.
Ailaan sonrió, completamente perdido en sus ojos azules.
— ¡Conrad lárgate! — gritó Ailaan, sin volverse siquiera.
— Como quiera, jefe — replicó Conrad, con una sonrisa ladina en la
boca.
Solo cuando se supieron solos Ailaan se perdió en su sabor, en caricias
tentadoras que no encontraban tanta carne como querrían.
— Muñequita, dime que no debo hacerlo. Dime que no es el momento y
el lugar.
— Yo también lo deseo.
— Muñequita, no ha sido eso lo que te he pedido… — la regañó Ailaan,
pasando los dedos de su mano derecha por el hombro y tirando del fino
tirante hacia abajo — ¿Quieres volver a intentarlo?
— ¿Es bonito el vestido? Las muchachas dicen que tienen más prendas
preparadas para mí — soltó con indecencia —, aunque aseguran que no
podré ponerlas fuera de nuestro lecho.
— Y dime, ¿qué tipo de prendas son esas?
Ella se encogió de hombros, acercando los labios y suspirando un
instante antes de lograr lo que buscaba.
Ese olor pertenecía a su hogar, un lugar extraño y lleno de personas
chillonas, pero un lugar en el que se sentía segura y querida, la apreciaban.
Coral se giró, dándole una silenciosa señal que él aceptó.
» Eres demasiado peligrosa, querida mía. ¿Sabes lo que me está
haciendo?
— ¿El amor?
— Estás a punto de hacer que caiga de rodillas y te entregue mi
corazón.
— Ya me pertenece — replicó Coral con firmeza, temiendo una
negativa por su parte.
Pero Ailaan no podía tapar el sol con un dedo y siempre sería suyo.
Agradecimientos
Muchas gracias por leer mi libro y por dedicarme vuestro
tiempo, muchas gracias por ayudarme a cumplir mi sueño, muchas
gracias simplemente por seguir ahí.
Pediros que lo puntuéis para ayudarme a mejorar, pues es una
recompensa invaluable que agradezco de corazón.
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Os espero…