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Etkins-Capítulo 2

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CAPÍTULO 2

LA LÓGICA PROPOSICIONAL COMO LENGUAJE ARTIFICIAL

§ 9. La lógica matemática

La lógica proposicional contemporánea paradigmáticamente es una lógica


matemática, esto es, ha adoptado los métodos y los principios de la matemáticas, de
manera semejante a como la física o la química se matematizaron a partir de fines del s.
XVII, transformación que llevó a que estas ciencias alcanzaran el inusitado nivel de
sistematicidad, de exactitud y de poder de predicción que las constituyó en modelos de
ciencia para los otros saberes de allí en adelante.
Sin entrar en los detalles históricos de este proceso de matematización, diremos,
sí, qué características tiene la lógica en tanto que sistema matematizado. Ante todo, la
lógica contemporánea se entiende como una lógica simbólica, es decir que, al modo de
las matemáticas, opera con distintos tipos de símbolos, que se combinan y se
transforman de acuerdo con determinadas reglas para llegar a los resultados que derivan
de la aplicación de sus reglas de operación.
En particular, la lógica proposicional, tal como la desarrollaremos aquí,
constituye un sistema de signos y el conjunto de reglas según los cuales tales signos se
interrelacionan, por lo que este sistema se concibe como una lengua artificial, capaz (1)
en su aspecto semántico, de establecer correspondencias de significados, esto es, de ser
“traducible” o interpretable, tanto en relación con la lengua común que hablamos todos
los días, como en relación con otras lenguas artificiales y (2) en su aspecto sintáctico,
de ser objeto de un cálculo tan exacto y riguroso como el de las matemáticas.
Dentro de estos dos aspectos, la traducibilidad semántica de las fórmulas de la
lógica proposicional no ocupa contemporáneamente el primer plano en el interés de los
lógicos teóricos al imponerse un enfoque sintáctico de la disciplina: la lógica
proposicional tiene un interés propio como un sistema de signos más allá de las posibles
interpretaciones de significado que se les den a sus fórmulas, las cuales quedan
reservadas a un momento de aplicación que no atañe directamente a la teoría lógica
misma.

§ 10. La lógica proposicional como sistema formal o cálculo

Tomada como una lengua, concebimos a la lógica simbólica como un sistema de


signos que se define por sus elementos constitutivos, los signos que la componen,1 y por
una gramática, es decir, por (1) las reglas sintácticas de formación y (2) de
transformación de fórmulas, que controlan, respectivamente, (1) las combinaciones de
signos correctas dentro de tal sistema (reglas de formación de fórmulas) y (2) los
pasajes de unas fórmulas del sistema a otras también aceptables en él, esto es, la
regulación de las condiciones que garantizan que, dados ciertos enunciados de partida,
otros son consecuencia lógica de las primeros (reglas de transformación de fórmulas).
Estas reglas lógicas de transformación de fórmulas son, como veremos detalladamente
más abajo, deducciones lógicas elementales que se toman como reguladoras del sistema
por el hecho de ser capaces de generar, a partir de determinados supuestos, un número
ilimitado de otros enunciados.
Siguiendo la presentación de Falguera López y Martínez Vidal (1999: 61-62),
podemos ordenar cuáles son los componentes fundamentales de la lógica proposicional
en tanto que un sistema formal o un cálculo. Como tal se define por la presencia de dos
elementos básicos: A. un lenguaje formal y B. un mecanismo deductivo. El sistema será
formal en la medida en que su lenguaje también lo sea, y esto implica que su
construcción se despliegue independientemente de cualquier interpretación semántica de

1
Para simplificar, usamos como sinónimos las palabras signo y símbolo. La definición precisa de cada uno
de estos términos está lejos de alcanzar un consenso general y, por lo tanto, es dependiente de cada autor
y de cada teoría representativos. Algo semejante ocurre con los términos lengua y lenguaje.

222
sus componentes, esto es, con el concurso de signos a los que no se les asigna en
principio ninguna interpretación.2
A. Un lenguaje formal se define, pues, en virtud de estos dos componentes, un
conjunto de símbolos primitivos y un conjunto de reglas de formación de fórmulas.
Ahora bien: tal como en las lenguas naturales la morfología y el léxico determinan la
composición de los signos del sistema, y la sintaxis, las combinaciones aceptables de
diversos signos entre sí y esto constituye la gramática de una lengua natural, así
también la gramática de un lenguaje formal determinará estos dos componentes: su
vocabulario y su sintaxis.
En primer lugar, entonces, un lenguaje formal tiene fijado cuál es su vocabulario
primitivo, cuáles son sus signos primitivos –y su carácter primitivo es la condición para
que el sistema en cuestión sea un sistema formal, ya que el hecho de que sea primitivo
significa, insistimos, que estamos dispuestos a operar con él independientemente de
cualquier consideración semántica, esto es, sin preocuparnos por los significados que se
les pueda atribuir–. En segundo lugar, poseerá también una sintaxis, es decir, reglas que
especifiquen en qué condiciones se presentan estos signos tanto solos, como,
especialmente, conectados unos con otros: sus reglas de formación de fórmulas.
B. Un mecanismo deductivo, por su parte, puede construirse de dos maneras
distintas. (a) Puede tratarse de un sistema axiomático, y en tal caso estará estructurado
como un conjunto de axiomas o de esquemas de axiomas. Los axiomas son fórmulas del
sistema que se toman como postulados indiscutibles en un sistema formal. A los
axiomas se añaden un conjunto de reglas de transformación de fórmulas que autorizan a
pasar, a través de una deducción, de unas fórmulas del sistema (axiomas o no) a otras. O
bien, (b) podrá ser un cálculo de deducción natural, y, en tal caso, sólo se emplearán
reglas de transformación de fórmulas, sin axiomas de partida.
En el primer caso, un conjunto de fórmulas bien formadas del sistema
denominadas axiomas tienen el privilegio de ser las primeras leyes lógicas del sistema,
de las cuales se partirá para justificar el establecimiento por deducción de nuevas leyes
del sistema, que se denominarán teoremas, con el auxilio de un conjunto de reglas de
transformación de fórmulas, que permiten, como su nombre lo indica, pasar de unas
2
Para los autores, el sistema debe definirse “sin recurrir a ninguna indicación de índole semántica. […] un
lenguaje formal es un lenguaje artificial. Ahora bien, no todo lenguaje artificial es un lenguaje formal, ya
que un lenguaje puede ser artificial pero no estar exento de interpretación semántica en su definición […]
También el mecanismo deductivo de un sistema formal ha de poderse definir sin recurrir a ninguna
indicación de índole semántica”.

333
fórmulas a otras sin perjuicio de la coherencia del sistema. Cuando un sistema formal
está construido de este modo se dice que es un sistema axiomático.
Por su parte, un conjunto de reglas de transformación de fórmulas es una serie
de esquemas de argumentos sumamente básicos que permiten derivar por deducción
nuevas fórmulas bien formadas del sistema.
Pero existe una segunda posibilidad: el mecanismo deductivo de un sistema
formal puede constar sólo de reglas de transformación de fórmulas, esto es, puede no
partir de axiomas. En este caso, diremos que tal sistema constituye un cálculo de
deducción natural.3
Sintetizamos toda la información anterior en el siguiente gráfico, tomado de
Falguera López y Martínez Vidal (1999):

SÍMBOLOS
PRIMITIVOS
LENGUAJE FORMAL

REGLAS DE
FORMACIÓN DE
FÓRMULAS

SISTEMA FORMAL o
CÁLCULO
AXIOMÁTICO:

Axiomas
+
Reglas de transformación de fórmulas

MECANISMO
DEDUCTIVO

CÁLCULO DE DEDUCCIÓN NATURAL:

sólo Reglas de transformación de fórmulas

3
Según Falguera López y Martínez Vidal (1999: 63), “el nombre de ‘deducción natural’ de estos sistemas
les viene por el hecho de que los procesos deductivos naturales de los humanos parecen consistir en meras
reglas de transformación para pasar de unas proposiciones a alguna otra proposición, sin que se encuentre
nada similar a unos primeros postulados o axiomas subyacentes en tales procesos deductivos naturales”.

444
No expondremos en este curso un sistema axiomático para la lógica
proposicional, sino que desarrollaremos solamente un sistema formal de deducción
natural. De todas maneras, esto no debiera preocupar al estudiante, ya que, asimilados
los principios de un sistema formal de estas características, es prácticamente inmediata
la comprensión de cómo funciona un sistema axiomático de lógica proposicional. 4
De este modo, para avanzar en nuestra lógica proposicional en dirección al
objetivo de presentar un sistema de deducción natural que nos sirva como un método
para evaluar cuáles argumentos deductivos son correctos y cuáles incorrectos, tenemos
que saber (1.a) cuál es el repertorio de símbolos que utilizaremos, (1.b) cómo se
combinan entre sí y (2) bajo qué condiciones pueden transformarse unas fórmulas en
otras preservando la verdad de los enunciados del sistema.

§ 11. La lógica proposicional como lenguaje formal: símbolos no lógicos y lógicos,


constantes y variables

En lógica simbólica proposicional se diferencian tres grandes tipos de signos: (1)


signos constantes, (2) signos variables y (3) signos auxiliares.

(1) Las constantes lógicas de la lógica proposicional son un conjunto de signos


que tienen un rol decisivo en la determinación de la validez de un esquema de
argumento. La gramática tradicional, desde las primeras gramáticas griegas, ha
distinguido dos grandes clases de signos para una lengua natural como el griego
antiguo: se llamaba signos categoremáticos a los que tienen un valor descriptivo pleno,
esto es, los que encierran un concepto completo y autónomo: tal es el caso de los
sustantivos (“mesa”, “libro”, “Juan”) y los verbos (“corrió”, “tocaba”, “mira”, etc.), ante
todo, pero también de los adjetivos (“bueno”, “alegre”, “delgado”) y los adverbios
(“lejos”, “después”, “tranquilamente”, etc.). Por otro lado, denominaban
4
Por lo demás, ambos sistemas se corresponden entre sí. Esto significa, según Falguera López y Martínez
Vidal (1999: 63) que “todas las leyes lógicas –axiomas y teoremas– de un sistema lógico-formal
axiomático han de ser obtenibles en el sistema de deducción natural correspondiente. Estas leyes lógicas
son, en el sistema de deducción natural, fórmulas bien formadas del sistema obtenibles –es decir,
deducibles– en aplicación de las reglas de transformación a partir de un conjunto vacío de fórmulas bien
formadas del sistema del lenguaje formal del sistema en cuestión; es decir, son fórmulas bien formadas
deducibles en el sistema por la mera aplicación de sus reglas de transformación”.

555
sincategoremáticos a aquellos signos no conceptuales sino de valor relativo, esto es, los
que operan en la lengua enlazando a los términos categoremáticos unos con otros y, por
lo tanto, no gozan de la misma autonomía que los primeros: 5 es el caso de las
conjunciones (“y”, “o”, “aunque”, etc.), las preposiciones (“a”, “ante”, “bajo”, “con”,
“contra”, “de”, etc.) y los determinantes (“el”, “la”, “un”, “algún”, “todos”, “ningún”,
“este”, etc.).
Trasladando esta oposición gramatical a la lógica proposicional, y siguiendo el
razonamiento de Gamut 2002, los términos descriptivos o categoremáticos no tienen el
mismo valor que los sincategoremáticos, puesto que no tienen pareja incidencia en
cuanto a “la validez estructural” de un esquema de argumento, que es lo que le interesa
primordialmente a la lógica formal. Dado que la lógica formal hace abstracción de
contenidos o de temáticas concretos y sólo considera la correcta formación de un
argumento, no se va a preocupar por los términos categoremáticos, cuya función se
reduce, justamente, a otorgar contenido a los enunciados, sino por aquellas expresiones
que pueden condicionar la corrección o la incorrección de un argumento, al margen de
toda consideración empírica u observable. Por ejemplo, a la lógica formal le es
indiferente si es verdadero o falso que Juan corrió, Boca le ganó a River o La suma de
los ángulos interiores de un triangulo suman 180°, pues cualquiera de esas
informaciones puede formar parte una argumentación mayor sin modificarla más que en
cuanto a la temática tratada, aspecto irrelevante desde el punto de vista lógico. Por lo
demás, su verdad depende de si se registran en la realidad los hechos referidos, o no: lo
que cambia en cada caso es si se trata de una argumentación acerca de un amigo
nuestro, o sobre fútbol o sobre geometría euclidiana, y que la información
proporcionada sea cierta o no habrá que constatarlo observando la realidad desde el
enfoque que le resulte más pertinente.

5
Por tomar un ejemplo de la sintaxis del español, entre otras pruebas, una palabra categoremática puede
proporcionar una respuesta completa a una pregunta; por caso:

–¿Quién vino?
–Juan.

–¿Qué hizo Juan?


–Caminó.

En cambio, una palabra sincategoremática no satisface esta condición:

–¿Juan vino?
–* Con” (el asterisco indica en lingüística que una expresión es agramatical, esto es, inaceptable para la
gramática de una determinada lengua natural).

666
Pero consideremos ahora cómo incide en un enunciado el agregado del signo no
de nuestro español corriente: es evidente que su presencia provoca una alteración en
cuanto a la verdad de un enunciado independientemente de cualquier observación que
hagamos de la realidad. Si yo sé que es verdad que Juan corrió, no necesito observar la
realidad para evaluar si el enunciado declarativo Juan no corrió es verdadero o falso:
debe ser falso, y lo es por razones lógicas. A la inversa, si supongo que es cierto que
Juan corrió, el enunciado Juan no corrió ha de ser falso, nuevamente por una restricción
que ya no es empírica, es decir, que no depende de cómo son las cosas en el mundo
observable, sino que tiene fundamento lógico: el que la negación de una verdad no
puede ser sino falsa, al modo como si es verdadero que el pizarrón es blanco, su
negación, “el pizarrón no es blanco” se vuelve inmediatamente falsa. En resumen, el
agregado o la ausencia de un negador sobre un enunciado determina que una verdad se
torne en falsedad y una falsedad en verdad, o, dicho de otro modo, tiene incidencia
decisiva en el valor de verdad del enunciado en el que interviene.
Tomando ahora una argumentación completa, es intuitivamente claro que

(13) El trabajo lo hace Juan o lo hago yo.


Yo no lo hago
Por lo tanto, lo hace Juan

es una deducción correcta, mientras que

(14) Si el trabajo lo hace Juan, lo hago yo.


Yo no lo hago.
Por lo tanto, lo hace Juan

suena por lo menos incoherente y es, de hecho, una argumentación incorrecta, a pesar
de su semejanza externa con la primera, pues sólo se reemplaza la “o” de la primera
oración, por la conjunción “si” movida al comienzo de la oración, permaneciendo
idéntico todo el resto de la argumentación.

777
Los ejemplos (13) y (14) muestran que hay ciertos términos de la lengua que no
se pueden alterar ni sustituir unos por otros arbitrariamente, si se quiere preservar la
corrección de una argumentación, y estos son, precisamente, los signos
sincategoremáticos, que se tomarán, en consecuencia, como las constantes lógicas del
sistema. En cambio, los términos categoremáticos de esta argumentación sí pueden
sustituirse a voluntad unos por otros. Así, sería una argumentación tan correcta como la
del ejemplo (13), que contiene sus mismos términos sincategoremáticos pero distintos
términos categoremáticos, esta otra:

(15) Ganó Boca o ganó River


River no ganó
Por lo tanto, ganó Boca

En efecto, sabemos que (13) y (15) comparten una misma forma lógica, muy
conocida desde época antigua y que se denomina silogismo disyuntivo; a saber:

(16) Ao B
No B
Por lo tanto, A

Tendrán, pues, un papel central en nuestro sistema un conjunto de signos


constantes que representan dos cosas: o (a) la negación de un enunciado simple o
compuesto, o (b) diferentes relaciones o conexiones que pueden unir a dos o más
enunciados entre sí. La diferencia entre estos dos grandes tipos de signos es que (a) el
del primer grupo se aplica a un único enunciado, por lo que se lo califica como juntor
unario o monádico, mientras que (b) los de la segunda clase requieren para su
aplicación al menos dos enunciados, por lo que se los caracteriza como binarios o
diádicos.
Estas constantes, que serán los signos estrictamente lógicos de nuestro sistema,
forman un conjunto cerrado de cinco elementos: por un lado, (a) el negador; por otro

888
lado, (b) el conjuntor, el disyuntor inclusivo, el implicador y el coimplicador. Los
teóricos de la lógica proposicional diseñan distintos sistemas dentro de los cuales se
toman como constantes lógicas un conjunto ligeramente diferente de elementos, en
virtud de cuáles se propongan como más básicos o primitivos respecto de los otros, que
se presentan, pues, como definibles a partir de los primeros.

(2) La segunda categoría, la de los signos variables, funciona al modo de


“comodines” siempre abiertos a representar un conjunto determinado de enunciados: se
trata de las llamadas letras enunciativas, o letra o variables proposicionales, según se
trate de enunciados lingüísticos o de sus correspondientes proposiciones mentales, que
pueden interpretarse semánticamente –si bien esta interpretación no excluye otras
posibles– como las representaciones simbólicas de las oraciones simples de nuestra
lengua.
Es muy importante enfatizar, en consecuencia, que la lógica proposicional tiene
como unidad mínima de análisis el enunciado o la proposición, lo que significa que no
reconoce componentes menores que el enunciado o la proposición (por ejemplo, no
simboliza la oposición entre un sujeto y un predicado; entre un sustantivo y su
modificador; o entre un verbo y sus complementos). A estos enunciados, como unidades
mínimas, los representa simbólicamente a través de signos variables, a saber, las letras
enunciativas o variables proposicionales (convencionalmente, p, q, r; p′, q′, r′; p′′, etc.).
Estas unidades atómicas del sistema se califican así, entonces, porque no pueden
reducirse más.

(3) Por último, los signos auxiliares son los paréntesis, que, como veremos, se
emplean en lógica simbólica -igual que en matemáticas los paréntesis, los corchetes y
las llaves– para eliminar posibles ambigüedades en la agrupación de unas fórmulas con
otras.
En síntesis, partimos del siguiente

999
Vocabulario primitivo de la lógica proposicional

1. Constantes lógicas:

Ù , llamado conjuntor
Ú , llamado disyuntor inclusivo
Ø , llamado negador
® , llamado implicador
« , llamado coimplicador

2. Variables proposicionales:

p, q, r ; p′, q′, r′ ; p′′ …

3. Signos auxiliares:

(,)

§ 12. Carácter veritativo-funcional de las constantes lógicas

Ahora, planteando las cosas desde otro punto de vista, avanzaríamos poco en
nuestra lógica proposicional si nos atuviéramos sólo a enunciados simples, los
correspondientes, en lengua natural, a expresiones como “El libro está sobre la mesa” o
“Juan corre”.
Esto es así porque, en cualquier uso mínimamente complejo del lenguaje, los
enunciados no se presentarán aislados sino integrados en oraciones que los ponen en
distintos tipos de relaciones: por ejemplo,

101010
(17) El libro está sobre la mesa y Juan corre
(18) El libro está sobre la mesa mientras Juan corre.

Las expresiones en cursiva contribuyen decisivamente a la cohesión de cualquier


texto al componer distintas frases entre sí y explicitar cómo se vinculan entre ellas: en
los ejemplos, aditivamente en (17); temporalmente, en (18).
Otra vez, a la lógica proposicional sólo le conciernen los elementos conectivos
que modifican el valor de verdad del enunciado compuesto por medio de ellos. Este
criterio es el que nos permite establecer que (17), traducido al lenguaje lógico, contiene
un juntor lógico, y que (18), en cambio, exhibe conexiones que no resultan de
trascendencia para este tipo de lógica. ¿En qué lo vemos? En la incidencia del juntor
sobre la verdad o la falsedad del enunciado que aquél contribuye a componer. En efecto,
la presencia de la conjunción y en (17) tiene una consecuencia inmediata en cuanto a la
verdad o a la falsedad del enunciado compuesto por su intermedio, dado que si uno
conoce la verdad o la falsedad de cada una de los dos enunciados por separado, surge
o puede decidirse inmediatamente el valor de verdad del enunciado compuesto a través
de la conjunción “y”.
Más concretamente, si es verdad que el libro está sobre la mesa y es verdad que
Juan corre, entonces será cierto, sin más constataciones, que el libro está en la mesa y
Juan corre. Al mismo tiempo, bastará que uno de los dos enunciados unidos por el y sea
falso para que el enunciado compuesto lo sea también. Así, si no fuera verdad que el
libro está sobre la mesa y sí que Juan corre, la conjunción de ambos enunciados sería
falsa.
No ocurre lo mismo con la conjunción mientras, presente en (18): de la
información sobre la verdad o la falsedad de cada uno de los enunciados integrados por
el mientras, no surge la verdad del enunciado compuesto: sabiendo que efectivamente el
libro está sobre la mesa y que Juan corre, no podemos saber si una cosa tiene lugar
mientras tiene lugar la otra, o no. Técnicamente, diremos que la conjunción y se
corresponde con un juntor veritativo-funcional y que la conjunción mientras no lo hace.
La lógica proposicional define este tipo de signos, cuántos y cuáles son, y cómo
inciden en las condiciones de verdad de las proposiciones. 6 Estos términos son
6
En términos de Gamut (2002: 7), “las expresiones como y, o, si (… entonces), si y sólo si, la negación
no y las expresiones cuantificadoras todo y alguno son claros ejemplos de construcciones que pueden
otorgar validez estructural a formas de argumento. Ciertamente ésta es su única función en el lenguaje.

111111
constantes lógicas: forman un conjunto cerrado, con un número fijo de elementos, que
se definen de una vez y para siempre en forma estricta y unívoca, esto es, no cambian de
sentido ni tienen múltiples acepciones o interpretaciones posibles. No varían, pues, ni
porque se agreguen signos, ni porque cambien de significado. Son, además, signos
lógicos, los operadores propios del sistema de la lógica proposicional, porque inciden en
la forma de las proposiciones y de los argumentos que ellos integran o componen:
determinan su verdad o falsedad, y su corrección o no, independientemente de que las
condiciones del mundo empírico hagan verdaderos o falsos los enunciados individuales
que se conectan por su intermedio.

§ 13. Sintaxis de la lógica proposicional: variables proposicionales y juntores.


Las reglas de formación de fórmulas

La sintaxis de la lógica proposicional como lenguaje formal consiste en las


restricciones que pesan sobre la combinación de los signos del sistema. En otros
términos, son reglas de formación de fórmulas que determinan rigurosamente cuáles
fórmulas están bien formadas y cuáles no lo están, de acuerdo con la gramática de esta
lengua artificial. Ciertamente, no es suficiente que sepamos que nuestro sistema de
lógica proposicional contiene unos signos que llamamos variables proposicionales y
otros que denominamos conectivas lógicas o juntores: necesitamos saber también en
qué orden pueden colocarse juntos para formar secuencias de signos, al modo como en
nuestra lengua natural, la sintaxis regula que “las mesas de madera” es una frase bien
formada del sistema, mientras que “mesas las madera de” no lo es, por más que ambas
frases estén integradas por los mismos signos.
Las reglas de esta sintaxis básica tienen un carácter recursivo, dado que son
capaces de generar, por su aplicación sucesiva, la totalidad de las fórmulas del sistema
por extensas o complejas que resulten, y pueden formularse del siguiente modo:

Dado que no tienen contenido descriptivo, su significado está enteramente determinando por el papel que
cumplen en los argumentos. Así, las conjunciones y, o, si (… entonces), si y sólo si, y la negación no se
consideran como las constantes lógicas de la lógica proposicional; y éstas conjuntamente con las
expresiones cuantificadoras todo y alguno constituyen las constantes de la lógica de predicados”.

121212
Reglas de formación de fórmulas para un sistema de lógica proposicional

REGLA 1: una letra o variable proposicional (p, q, r…) es una


fórmula bien formada del sistema; se la denomina
proposición o atómica o simple.
REGLA 2: si A es una fórmula del sistema, entonces Ø A también es
una fórmula del sistema.
REGLA 3: si A y B son fórmulas bien formadas del sistema, entonces
A Ù B, A Ú B , A ® B, y A « B son también fórmulas
bien formadas del sistema: toda fórmula obtenida a través
de la aplicación de las reglas 2 o 3 se considera una
proposición molecular o compuesta.
REGLA 4: ninguna combinación de signos es una fórmula bien
formada del sistema si no ha sido construida según las
reglas 1, 2 o 3 en un número finito de pasos (regla de
clausura).

§ 14. Aplicación de las reglas de las reglas de formación de fórmulas

Analicemos las siguientes combinaciones de signos, algunas formadas


correctamente a través del uso de las cuatro fórmulas recién presentadas, y otras mal
formadas:

(19) p
(20) p q
(21) Ø p
(22) Ø Ø p
(23) p Ø

131313
La fórmula (19) está bien formada, pues se ajusta a la condición planteada por la
regla 1 de formación de fórmulas: una letra proposicional aislada es una fórmula bien
formada del sistema.
En cambio, (20) está mal formada, pues ninguna de las cuatro reglas nos autoriza
a adosar sin más dos letras proposicionales una con otra. Si p es una fórmula correcta
(llamémosla arbitrariamente A) y q es otra fórmula correcta (la llamamos B), ninguna
regla asegura la corrección del enlace A B , que es el que nos exhibe (20).
La fórmula (21) es aceptable en el sistema, ya que surge, como último paso, de
la aplicación de la regla 2: ya sabemos que p es una fórmula bien formada del sistema
(por regla 1), de modo que podemos incorporar el signo negador a su izquierda, cosa
que permite la regla 2 para toda fórmula bien formada.
La fórmula (22) también está bien formada: primero estuvo bien formada p
(identifiquémosla como una fórmula A); después, construimos una segunda fórmula
bien formada añadiendo negador a la izquierda de p –esto es, armamos una secuencia
Ø p–; en tercer lugar, estaríamos tomando la fórmula Ø p como fórmula bien formada
del sistema (es decir, es una fórmula molecular o compuesta, la podemos llamar de
nuevo A, pues estas letras mayúsculas simplemente designan cualquier fórmula bien
formada, tenga la extensión que tenga) y procederíamos a una segunda aplicación de la
regla 2, pues a la fórmula bien formada Ø p le hemos adjuntado un segundo negador a la
izquierda, algo que podemos hacer por regla 2, resultando Ø Ø p. Gráficamente:

Ø Ø pX

Finalmente, (23) está mal formada, ya que ninguna regla nos permite colocar un
negador a la derecha de una fórmula correcta del sistema, como lo es p.

141414
EJERCICIO IV

Determinar la buena o mala formación de las siguientes fórmulas de acuerdo con


las reglas de formación de fórmulas que rigen en lógica proposicional. Justificar en
cada caso.

1. p Ø q
2. p Ù q
3. ® p Ú q
4. p Ù Ø q
5. p Ù ® q
6. Ø Ø Ø q
7. Ø p ↔ Ø q

§ 15. Acerca del uso de los paréntesis en lógica proposicional

El uso de paréntesis en lógica proposicional es análogo al que se hace de ellos en


álgebra. En efecto, en las dos disciplinas sirven para desambiguar combinaciones de
signos que podrían responder a diferentes agrupaciones. En aritmética, la fórmula

(24) 5 ´ 4 - 2

es, sin más delimitaciones, ambigua, porque puede interpretarse ya sea como

(25) (5 ´ 4) - 2,

151515
que arroja 18 como resultado, o bien como

(26) 5 ´ (4 - 2),

que es igual a 10. En otras palabras, los mismos signos, en el mismo orden, pueden
representar fórmulas distintas en función de cómo se los agrupe internamente.
Análogamente, en lógica proposicional, una fórmula como

(27) p ® q Ù r

puede recibir dos interpretaciones diferentes: puede agruparse como

(28) (p ® q) Ù r

–que es una conjunción, por ser un conjuntor la conectiva lógica que queda fuera del
paréntesis– o bien como

(29) p ® (q Ù r)

–que es una implicación, dado que es el implicador el juntor que se presenta libre del
paréntesis–. Como tendremos oportunidad de estudiar más abajo, estas dos
interpretaciones no son equivalentes lógicamente.
El mismo tipo de ambigüedades reaparece también en nuestra lengua materna:
efectivamente, también en español nos expresamos ambiguamente a cada paso, y
muchas veces, estas ambigüedades están motivadas porque, con nuestra formulación,

161616
abrimos diversas alternativas de agrupación de los signos conectados. El grupo
humorístico Les Luthiers, muy hábil en la explotación cómica de este tipo de
situaciones lingüísticas, jugaba, por ejemplo, en uno de sus sketchs con las diferentes
interpretaciones que puede darse a la frase “Mastropiero fue recibido de cualquier
manera”, según se agrupe como (a) “Mastropiero fue recibido, de cualquier manera” (=
fue recibido igualmente, a pesar de algún impedimento), o como (b) “Mastropiero fue
recibido de cualquier manera” (= fue recibido muy mal).
En la expresión escrita de estas oraciones del español, como se puede apreciar,
los signos de puntuación pueden cumplir la misma función desambiguadora que los
paréntesis en lógica y en matemáticas. Nos interesa subrayar que no se trata en estos
casos de una mera cuestión de normativa acerca del uso correcto de los signos de
puntuación sino de mucho más que eso: de la incidencia que tiene en la interpretación
semántica de una frase este tipo de encorchetamiento que hagamos de sus
constituyentes. En buena medida, estudiaremos en distintos puntos de nuestro curso esta
clase de problemas, especialmente cuando tratemos acerca de la operación de
formalización, es decir, la traducción al lenguaje lógico de oraciones del español y
viceversa, con la expectativa de que, como declarábamos entre nuestros objetivos
iniciales, esta reflexión nos ayude a comprender mejor, a partir del conocimiento de la
sintaxis lógica, algunos aspectos de la estructura de las frases formuladas en español.

§ 16. Juntor principal, subfórmulas y alcance

En relación con los enunciados moleculares o compuestos y con el uso de


paréntesis en lógica proposicional, estamos ya en condiciones de introducir la siguiente
terminología: se denomina juntor principal de un enunciado o de una fórmula molecular
a aquel juntor que ha sido el último en ser aplicado en la generación de una fórmula
bien formada del sistema.
Por ejemplo, en el caso de la fórmula

(30) (p Ú r) ® (q « p)

171717
el juntor principal es el implicador, pues su aplicación presupone haber formado antes, a
través de las reglas de formación de fórmulas apropiadas, las expresiones p Ú r, por un
lado, y q « p, por el otro, que el implicador, en un último paso, se encarga de conectar
entre sí.
De una manera general, si se presentan paréntesis en un enunciado compuesto su
juntor principal será siempre aquel que quede fuera de los paréntesis, como se aprecia
evidentemente en el caso de (30).
A las fórmulas que integran una fórmula de mayor extensión se las llama
subfórmulas: así, (p Ú r) y (q « p) son subfórmulas en (30), como también lo son p, q y
r.
El concepto de alcance es más restrictivo: el alcance de un símbolo lógico está
constituido por la(s) subfórmula(s) que lo tiene(n) como juntor principal. En (30), el
alcance del implicador, como juntor principal, está representado por las subfórmulas
unidas por él, es decir, por (p Ú r) y (q « p). Pero si tomáramos aisladamente la
fórmula q « p, podríamos igualmente decir que su juntor principal, el coimplicador,
tiene por alcance las subfórmulas q y p.

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EJERCICIO V

Determine cuál es el juntor principal, las subfórmulas integrantes y el alcance del


juntor principal en las siguientes fórmulas:

1. Ø ( p ® r )
2. ( p Ù q ) ® r
3. Ø ( p ® ( r Ú q ) )

§ 17. Árbol constructivo

Las primeras aplicaciones que hemos hecho de las reglas de formación de


fórmulas nos conducen a la idea de que detrás de toda fórmula molecular o compuesta
subyacen una serie de pasos que van formando, uno por uno y de acuerdo con las reglas
recién presentadas, los distintos componentes que la integran. La exposición gráfica de
la derivación de una fórmula compuesta así conformada se denomina árbol
constructivo.
Con una comparación, el armado de una fórmula lógica se asemeja a la
realización de un plato de comida: de la misma manera que en el campo culinario la
confección de un plato completo requiere obtener preparaciones provisorias que luego
serán combinadas –por ejemplo, un plato de ravioles exigirá partir de elementos muy
básicos: harina, huevo, carne picada, cebollas, tomates, etc., y preparar la masa por un
lado, el relleno por el otro; unir ambas cosas; por otro lado, cocinar una salsa; luego unir
todo para culminar en el plato completo–, así también las fórmulas lógicas se van
obteniendo ensamblando otras más sencillas, que, por su parte, también pueden estar
armadas sobre la base de otras más simples, hasta arribar a las unidades mínimas del
sistema: las letras de enunciados.

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El procedimiento para el desarrollo de un árbol constructivo puede reducirse a
los siguientes pasos:
1) se procede en forma descendente, de la fórmula completa a derivar hacia
abajo;
2) al bajar un nivel se elimina el juntor principal de la fórmula superior y
aquellos paréntesis innecesarios ya para desambiguar fórmulas;
3) más concretamente, si hemos desarmado una fórmula con juntor principal
unario (el negador) bajamos una rama desde la fórmula superior y reescribimos esa
misma fórmula sin el negador; si la desarmada es una fórmula con juntor principal
binario (conjuntor, disyuntor, implicador o coimplicador), bajan dos ramas y a cada
lado ubicaremos cada uno de los segmentos unidos por el juntor binario;
4) recomenzamos el procedimiento desde el primer paso;
5) cada rama del árbol termina en una letra de enunciado.

Armemos el árbol constructivo correspondiente a la fórmula compuesta

(31) ( Ø p Ù q ) Ú ( q ® r )

¿De dónde partiremos? Los paréntesis nos muestran que (31) está compuesto de
dos grandes subfórmulas: por un lado, Ø p Ù q y, por el otro, q ® r , unidas por el
disyuntor inclusivo Ú, que resulta el juntor principal de la fórmula completa.
Consideraremos, entonces, que para formar (31) debemos disponer primero de estas dos
partes que la componen. Construyámoslas: el primer segmento conectado, Ø p Ù q, es
la unión de Ø p con q –ambas son fórmulas bien formadas en el sistema– a través del
conjuntor Ù , algo que queda perfectamente autorizado por la regla sintáctica número 3.
En consecuencia, para obtener está fórmula compuesta, precisamos una Ø p y una q.
Finalmente, q es una fórmula bien formada del sistema, por regla 1, y, para tener Ø p se
requiere una p, fórmula correctamente formada por regla 1, a la que, en un segundo
momento, negar, a través de la aplicación de la regla sintáctica 2. El segundo segmento
de (31) se obtendrá, a su turno aplicando la regla sintáctica número 3 para unir, por

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medio del implicador ®, una letra q y una r, que son ambas fórmulas bien formadas en
el sistema, por regla 1.
Incluimos todos estos pasos, con una justificación junto a cada fórmula que
consigna qué regla sintáctica se utilizó para su formación, en el esquema de árbol que
presentamos a continuación:

(Øp Ù q)Ú(q®r) regla 3

(Øp Ù q) regla 3 (q®r) regla 3

Øp regla 2 q regla 1 q regla 1 r regla 1

p regla 1

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EJERCICIO VI

Graficar el árbol constructivo correspondiente a la formación de las siguientes


fórmulas:

1. Ø ( p ® q )
2. ( p Ù q ) ® r
3. Ø ( p ® ( r Ú q ) )

§ 18. Noción de fórmula. Lenguaje y metalenguje

Es importante aclarar en este punto que la noción de fórmula, a la que ya hemos


apelado varias veces, sobre todo al establecer las reglas sintácticas del sistema, es una
categoría metalingüística. Esto significa que, en nuestro sistema formal de lógica
proposicional, no operaremos exactamente con fórmulas, sino con letras de enunciado o
con letras proposicionales conectadas o no con otras letras de enunciado o variables
proposicionales a través de las constantes lógicas.
Siguiendo la oposición lógica entre uso y mención de los signos, cuando usemos
las expresiones propias de la lógica proposicional emplearemos el vocabulario primitivo
de este sistema formal definido arriba (letras de enunciado o variables proposicionales,
conectivas lógicas); en cambio, cuando mencionemos tales expresiones para decir algo
más sobre ellas (por ejemplo, cómo se conectan entre sí, si las consideramos verdaderas
o falsas, etc.) las estaremos considerando como fórmulas. Utilizaremos letras
mayúsculas a partir de la A (A, B, C…) para simbolizar fórmulas. Como se dijo antes,
se denominan metafórmulas.
El concepto de fórmula nos permite, entonces, “hablar” sobre los signos con los
que “hablamos” cuando usamos la lógica proposicional: en esto radica su naturaleza
metalingüística. En efecto, del mismo modo como una gramática de una lengua natural
es un texto metalingüístico que ofrece una sistematización acerca de una lengua y
menciona, para ello, algunos de los signos, frases u oraciones que pueden construirse al

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usarla, podemos querer referirnos metalingüísticamente a la lógica proposicional de
acuerdo con diferentes propósitos: para describirla, para explicarla, para explicitar sus
reglas, etc.
Veámoslo a través de un ejemplo: aplicando la regla 1 de formación de fórmulas,
sabemos ya que p es una fórmula bien formada del sistema y que q también lo es. Tal
vez queramos ahora conectarlas usando, por caso, el implicador: aplicamos la regla 3 y
el resultado obtenido será el enunciado molecular p® q. La cuestión es que p ® q, a
pesar de ser una especie de combinación de las que podrían ser dos fórmulas atómicas
autónomas, pueden constituir para nosotros, para algún propósito determinado, una sola
fórmula. Para apreciarlo con más claridad, también

(32) ( (p ® q) Ù (p Ú r) ) ® (q « p)

puede tomarse como una única fórmula molecular –por cierto, bastante más extensa que
la anterior–, y podríamos simbolizarla arbitrariamente como A.
Nótese bien, entonces, que las fórmulas no tienen una extensión preestablecida:
todo signo o combinación de signos construidos por aplicación única o sucesiva de
alguna(s) de las cuatro reglas de formación de fórmulas es una fórmula bien formada del
sistema. Incluso un extenso enunciado molecular como el de (32) puede tomarse como
una única fórmula

(33) A

Sin embargo, si lo precisamos para determinada descripción, también podríamos


considerar que (33) representa dos fórmulas, a saber, (p ® q) Ù (p Ú r), por un lado, y
(q « p), por el otro, unidas por medio de un implicador. Esto es, podemos interpretar
(32) como un

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(34) A ® B.

Y aún más: nuestra fórmula (32) también podría ser vista como una conjunción
que implica una coimplicación, es decir, como una representación de la fórmula
compuesta

(35) (A Ù B) ® C.

Las tres posibilidades anteriores de interpretación de (32) no agotan sus posibles


representaciones en términos de fórmulas. En todo caso, el requisito que debe cumplirse
para plantear fórmulas es que se utilice siempre un mismo signo para fórmulas
idénticas. Por ejemplo, mientras que (A Ù B) ® C es una representación adecuada de
(32), (A Ù A) ® B no lo es, pues sugiere que los dos segmentos unidos por el conjuntor
son idénticos cuando, en (32), son claramente distintos: el primero es (p ® q) y el
segundo, (p Ú r).
Cuando formulemos expresiones como las siguientes:

(36) a. p ® q
b. (p Ú r) ® (q « p)

estaremos escribiendo fórmulas en esta nueva lengua que estamos aprendiendo, la


lógica proposicional: estamos usando sus términos. En cambio, si enunciamos que

(37) p ® q es una fórmula bien formada del sistema que puede


representarse por la letra A

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este enunciado ya no pertenece estrictamente a la lógica proposicional propiamente en
cuanto lenguaje, en cuanto sistema formal, sino que es un enunciado metalógico, esto
es, una afirmación de un metalenguaje o lenguaje que sirve para hablar de otro lenguaje,
en este caso, para referirnos al lenguaje de la lógica proposicional. Los términos de la
lógica proposicional que se presentan en (37) no están siendo usados, sino, según las
definiciones anteriores, mencionados. De aquí que hablemos de metafórmulas y de que
marquemos las letras correspondientes con itálicas.
El lenguaje acerca del cual se habla se denomina lenguaje objeto; el lenguaje
que se utiliza para hablar acerca de otro o del mismo lenguaje se llama metalenguaje.
Los dos lenguajes pueden ser claramente diferentes (por ejemplo, si hablamos sobre el
inglés –lenguaje objeto– en español –metalenguaje–); o idénticos (por ejemplo, si
exponemos la gramática del español –lenguaje objeto– en español –metalenguaje–).
Agreguemos brevemente que se desarrollan desde hace algunas décadas también
sistemas formales de metalógica.

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