0% encontró este documento útil (0 votos)
33 vistas2 páginas

Capitán

El documento cuenta la historia de un hombre que ha vivido solo en una isla durante 60 años. Un día, llega un marinero con el cadáver del marinero que lo había llevado a la isla años atrás. El hombre entierra el cuerpo y luego decide embarcarse en el barco del marinero para partir hacia otra isla.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
33 vistas2 páginas

Capitán

El documento cuenta la historia de un hombre que ha vivido solo en una isla durante 60 años. Un día, llega un marinero con el cadáver del marinero que lo había llevado a la isla años atrás. El hombre entierra el cuerpo y luego decide embarcarse en el barco del marinero para partir hacia otra isla.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Hace 60 años que vivo aquí.

Mi jardín es el mar, y la isla, un gran bosque de sauces que se


abren cuando deseo pasar. La casa es sencilla, es desordenada. Tengo muchos libros
desparramados por todos los lugares, debajo de mi cama, dentro del refrigerador, a un
costado del inodoro, enterrados junto al columpio. En la biblioteca guardo mi ropa, y dentro
del closet habita la enciclopedia británica en su onceava edición.
Los paseos pueden durar horas, porque la isla no termina si es que no desea terminar. Los
paseos pueden durar minutos también, cuando la isla se aburre, me muestra acantilados
próximos, y al asomarme, entre el bravío oleaje, observo tiburones de miles de dientes,
acechando, y siento miedo. Sin embargo, nunca he tocado el agua. Cuando llegué, se me
dijo: “la isla es tuya, el mar es mío”. Nunca he tocado el mar que me rodea. Siento su viento
y su humedad, veo las fieras que lo viven, veo las aves que vuelan a centímetros de su
capa azulada. El marinero que me transportó hace ya más de 60 años no era buena
persona. Todo el viaje escupió hacia el mar y maldijo y bebió ron, y nunca me ofreció, y
cuando me asomé a la borda me abofeteó, el marino que me transportó no era buena
persona.

Al llegar a la isla, me dio las llaves de la casa, y dijo: “no necesitarás comer, quizás tampoco
dormir, pero si de vez en cuando salir, no conozco a nadie que haya vivido siempre
encerrado”.
En mi casa tengo todos los libros del mundo, y leo y escribo novelas que nadie leerá jamás.
Soy el novelista de la isla, el único, y también el aventurero. En las noches trato de hablarle
a la isla para que alguna vez me deje pasear por más días, que no me obstaculice con un
acantilado, pero no responde, y el viento entre los sauces suena como una canción
encantada, como un amigo que está, y no está.

En el viaje que tuve con ese marino, hace ya tanto tiempo, fue la última vez que vi a una
persona. Ni siquiera en sueños, porque en sueños sueño conmigo mismo, con una
caminata larga observando detenidamente los sauces que se abren para darme paso, y la
caída repentina por el acantilado hasta la boca de un tiburón, que me tritura en dos, tal vez
tres segundos.

Un día tal, de mucho sol y poco viento, un velero atracó en el muelle de madera. De el
desembarcó un marino pequeño, minúsculo, con un sombrero de capitán y una pipa
colgando de los labios. A su siga llevaba un bulto negro, amarrado a la mano por un cordel,
el marino lo arrastraba tirandolo por el muelle, luego por la arena de la playa, y luego por el
sendero de sauces abiertos que llevaba a mi casa. Mientras yo observaba, acostado en la
hamaca, girado mi cuello hacia la izquierda, feliz e intrigado por un humano luego de 60
años.
Una vez el marinero frente a mi, sin saludo de por medio, dejando el bulto al lado de la
hamaca, me dijo “tienes que darle sepultura, en algún lugar de la isla, en cualquiera, trata el
hecho como lo tratarias si el entierro fuera de un amigo, un hijo, o tu padre, te esperaré en
el muelle, una vez hecho, partiremos de regreso.

Arrodillandome, extrañamente no asustado, más bien exaltado por lo expectante del


resultado, rasgando el saco negro a fuerza de mis manos, me percaté que el muerto era el
marinero que tiempo atras me habia transportado, pero ahora mucho mas viejo y delgado,
con los ojos abiertos pero ausentes, propios del cuerpo sin alma de un hombre que murió
abandonado.
la tumba fue excavada con mis propias manos, mis uñas rotas, mis dedos ensangrentados,
la palma morada y húmeda. Arrojé el cadáver dentro, que aún permanecía en el saco, pero
dejé fuera la cabeza completa, en cierta , e incierta a la vez, señal de respeto. Traje
conmigo una biblia y asumí el papel de sacerdote. Leí: “Pero Jehová hizo levantar un gran
viento en el mar, y hubo en el mar una tempestad tan grande que se pensó que se partiría
la nave. Y los marineros tuvieron miedo, y cada uno clamaba a su dios; y echaron al mar los
enseres que había en la nave, para descargarla de ellos. Pero Jonas había bajado al
interior de la nave, y se había echado a dormir. Y el patrón de la nave se le acercó y le dijo:
¿qué tienes dormilón?, levántate y clama a tu Dios, quizás él tendrá compasión de
nosotros, y no pereceremos”. Luego dejé la biblia sobre la tumba, sacudí mis manos, y tomé
rumbo hacia el puerto.

Pasé junto a mi casa y me despedí sin despedirme, recordando algunas historias leídas,
haciendo memoria de ciertas noches de invierno, de las pesadillas con los tiburones, del
viento y de los sauces.

El marinero ya no estaba en la proa, no lo veía en ninguna de las superficies del velero, sin
embargo, decidí embarcarme. Solté amarras e icé velas. Bajé la escalerilla que me llevaba
al interior de la nave. Encontré al pequeño marinero recién despertando, sin su pipa, y sin
su sombrero, acostado sobre un montón de mantas viejas. Decidí ponerme el sombrero,
encontré ron en una despensa. Me convertí en el nuevo capitán. Salí a popa para observar
lo que dejábamos atrás, poco a poco la isla iba desapareciendo. Pasaban las horas y el
pequeño marinero observaba el mar a babor, sin pronunciar palabra, concentrado en la
repetición del oleaje, en la repetición de la brisa que tocaba nuestras espaldas una y otra
vez, mientras tanto yo bebía y bebía de la botella.

El mar calmó sus aguas, y ya no era océano , sino más bien, lago en calma. Caminé como
un capitán camina hacia proa esperando ver algo más que agua. Otra isla se asomaba
entre una ligera espesura de niebla, a la vez que los rayos del sol atravesaban la pantalla,
como si de un fantasma que se asoma al día de verano se tratara. Tierra firme, una isla
circular, árboles a lo lejos, árboles como sauces parecían, majestuosas estructuras verdes
con brazos que vivos bailaban como al ritmo de un tono de flauta.

A alguna parte llegamos, le dije al pasajero a mis espaldas, sin mirarlo siquiera. Una isla
parecida a la que fue mi hogar. Pero ahora sí tocaré el mar, porque nadie me lo prohíbe,
grité, porque yo soy el capitán. Al darme vuelta, a nadie encontré, al bajar al interior del
velero nuevamente, a nadie encontré, al subir por última vez, a nadie encontré. Y el velero,
que suavemente había chocado con el viejo muelle de madera, ya detenido, atracado,
tranquilo, meciéndose con el oleaje manso, me invitaba a desembarcar, a pisar la arena de
esa isla en la que lejos, o no tan lejos, observaba una pequeña casa y un sendero abierto,
en el que antes me pareció ver un bosque frondoso, pero que ahora constituía un camino
pleno, conocido, de nueva vida, o de vida repetida, que era lo que esperaba, o lo que
acostumbraba, por lo que había vivido, o por lo que viviría.

También podría gustarte