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Dondog

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Dos hombres conversan en el rincón de un astroso y oscuro departamento.

Una ciudad perdida, que bien pudiera ser Hong Kong o cualquiera de
arquitectura gigantesca de marcada influencia soviética, escondites
cochambrosos, cucarachas que se refugian en las gabardinas de dos
hombres que dialogan. Uno de ellos, Marconi, oculto tras las gafas oscuras
de ciego, escuchaba la historia de Dondog, de la etnia ybür, quien después
de pasar veinte años escribiendo novelas para sus compañeros de presidio
recobra su «libertad» con la palabra venganza en sus labios. Personajes
sobrepuestos y desdoblados chamánicamente, exterminaciones étnicas y
campos de concentración confirman la atmósfera narrativa de Dondog —
primera novela del autor francés publicada en México— de Antonie Volodine,
recientemente galardonada con el Premio Medicis 2014.
En Dondog pareciera resumirse la historia de los odios y las utopías de todo
el siglo XX.

ebookelo.com - Página 2
Antoine Volodine

Dondog
ePub r1.0
Titivillus 17.04.2018

ebookelo.com - Página 3
Título original: Dondog
Antoine Volodine, 2014
Traducción: Iván Salinas
Fotografía del autor tomada de: www.leschampslibres.fr
Fotografía de portada: Man walking on road marking de YoungJun Qin (Getty Images)

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2

ebookelo.com - Página 4
Primera parte

NIÑOS

ebookelo.com - Página 5
I. Black Corridor

La lata de conservas rodó por las baldosas sudas del pasillo. Dondog la había rozado
apenas, con el pie izquierdo, creo, aun así se había echado a rodar. La penumbra
bastante densa impedía saber si se trataba de una lata de cerveza o de coca. Vacío,
ligero, el cilindro de aluminio siguió su ruidoso camino hasta detenerse, quizá porque
se había adherido a restos más pesados que él, más pegajosos.
El suelo estaba inclinado. Como en toda la Ciudad, los albañiles añadieron
espacios habitacionales sobre los ya existentes, descuidando la horizontalidad,
persuadidos que el cemento haría lo suyo y que las paredes, de cualquier forma, se
hundirían, aniquilando cualquier intento de hacer bien las cosas. El pasillo, que
parecía una galería estrecha, tenía cara de estar bastante mal construido. Apestaba a
ajo frito, a visceras de pescado, a humedad cochambrosa, olía a los cuchitriles en
donde solían sobrevivir pordioseros y Untermenschen,[1] olía a meado de rata, a
descomposición, a la infame vejez de casi cualquier cosa. Al cabo de treinta pasos,
tras una reja entreabierta, una escalera subía un poco más: al quinto piso. Tal vez al
quinto. A fuerza de tomar pasajes estrechos que lo obligaban a descender algunos
metros o medios niveles oblicuos que conducían de un edificio a otro, Dondog había
perdido su ubicación. Ya no era capaz de decir en qué parte de la Ciudad se
encontraba, a qué distancia del exterior, a qué altura; por el momento avanzaba por
un corredor que se situaba cerca del cuarto piso. Más allá de los rombos de la reja
articulada, en los escalones rebotaba una débil luz verdosa. Tenía que haber ahí un
tubo fluorescente buscando iluminar el espacio.
Cuando el ruido del metal agotó todos sus ecos, Dondog dio un par de pasos
prudentes más y luego se detuvo.
Sin saber en un principio en qué concentrar su mente, imaginó la lata frenada por
una quilla de pollo o por unos restos de arroz, luego, a las cucarachas revisando ese
objeto extraño, a las vivas, con las antenas alborotadas, inmóviles también.
Todo estaba en una relativa tranquilidad.
Luego de las cucarachas, cuatro nombres se apersonaron en el espíritu de
Dondog.
Jessie Loo.
Tonny Bronx.
Gúlmuz Kórsakov.
Eliana Hotchkiss.
Los murmuró en voz baja pues su memoria necesitaba de su boca para funcionar.
Luego soltó un suspiro.
En las profundidades de la construcción se escuchaban los motores de las bombas
que impulsaban, hacia los tinacos del lecho, el agua de los pozos. Era una vibración
regular a la que se le incrustaba el chillerío de una telenovela, las voces y la música

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de varias radios. Los habitantes de la Ciudad no pertenecían a una sola etnia, era
obvio. Dondog paraba el oído, su oído acostumbrado desde hacía años a la jerigonza
intemacionalista de los campos,[2] y reconocía esa mezcla de idiomas que sólo puede
florecer detrás de las alambradas, mezcla que había tenido para aprender durante toda
una vida. No obstante, no conseguía identificar de manera clara ni una sola frase.
Todo estaba deformado, como suele suceder en pleno corazón de un sueño, o cuando
se intenta comprender, por ejemplo, algo de mongol balbuceado con lentitud por un
estadounidense, o algo de teochew por un alemán, o algo peor.
En el piso de arriba, alguien sumió dos clavos en una tabla y se quedó de nuevo
tranquilo.
Un sudor abundante escurría bajo la ropa de Dondog. No se había cambiado
desde su salida del campo y su bata de trabajo era demasiado caliente. Sentía las
gotas correr a lo largo de sus mejillas, a lo largo de sus muslos, alrededor de sus ojos,
bajo sus brazos. No movía ni una pestaña en la nauseabunda obscuridad. Estaba como
sin ganas de moverse hasta que la muerte.
Los nombres habían aflorado de nuevo en su lengua, pero no los pronunció.
Eliana Hotchkiss. En cuanto a ella, en cuanto a esa, habría que estar seguro, pensó.
Una cucaracha aplastada a la mitad se debatía bajo el talón de Dondog, el
derecho, creo. Se debatía por no dejar. Nadie la había visto, y en el fondo era como
nosotros, comenzaba a desinteresarse por su propio futuro.

Al cabo de un momento, una puerta se abrió detrás de Dondog, pero no la reja de


metal que protegía las moradas contra asesinos y ladrones. La morada se reducía a
una pieza sin ventana, iluminada al centro por un neón. A la luz inesperada, Dondog
tenía aire de un animal nocturno, poco agresivo, aunque bastante desagradable a la
vista. Su bata de trabajo dejaba pensar que su vida había sido un fracaso, o al menos
que no había progresado lo suficiente en la jerarquía de los campos como para salir
condecorado y con su propia impedimenta. Una mujer lo veía fijamente y lo inquirió
sobre sus intenciones, qué bacía ahí, paralizado en las tinieblas, y si estaba
preparando un golpe sucio. La reja estaba ahí, entre ellos, con sus rombos negros de
los que pendían unas barbas de polvo negro. Un candado la mantenía cerrada.
—Busco a alguien que vive en Lo Yan Street, explicó Dondog. Un pasillo en Lo
Yan Street. Me dijeron que estaba en el sexto piso.
La mujer observó a Dondog sin ningún disimulo, con un desprecio patente y una
mirada inquisitiva. Debía tener al menos cien años desde hacía tanto tiempo que era
tiempo perdido contar las decenas sucesivas. Seguía alerta, con una fisonomía
autoritaria, encogida por la avanzada edad que había sido incapaz de destruirla por
completo. Su vestimenta de algodón gris obscuro, desprovista de todo adorno, hacía
pensar en los adeptos al kung-fu. Socialmente, pertenecía a aquella capa de desgracia
ordinaria que no impide dormir a los felices del mundo pues la ponen en la categoría

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de la pobreza digna. Su pantalón estaba descosido en la pantorrilla derecha, dejando
al descubierto una carne color amarillo rayado.
—¿Alguien en el sexto piso, dice usted?, repitió la mujer tras la reja.
No hacía mucho había aplicado a su cabello un tinte indefinido, dejando aquí y
allá algunos mechones con reflejos de plata malva, de hollín malva. Más allá de estas
iridiscencias, Dondog husmeó un olor de verduras con aderezo de ostras estancado
desde hacía varios días. Un tazón de cerámica azul reposaba en la mesa, al lado de un
cuchillo de cocina chino que habría podido servir como un hacha defensiva en caso
de agresión. En caso de limpieza étnica y anexas. Los muros chorreaban. Habían
clavado periódicos en la pared para absorber la humedad. Las noticias eran locales,
consagradas a la nota roja, lo cual a Dondog no le decía nada. De cualquier modo,
desde hacía al menos un siglo las noticias no eran muy buenas. Un ventiladorcito
suspendido en un rincón las hacía temblar.
—Sí, confirmó Dondog. En el sexto piso, en un pasillo llamado Black Corridor.
—Ya nadie vive en ese lugar, dijo la vieja.
—¿Ah, sí?, dijo Dondog.
—Un incendio destruyó Black Corridor el año pasado, contó la vieja.
Llevó la mano hasta el candado, tanteó para comprobar que estaba cerrado
aunque se veía a todas luces que a su interlocutor no le producía miedo.
—En este lugar la instalación eléctrica no vale nada, se quejó. La gente se cuelga
de todos lados, jala corriente de donde sea.
—Sí, ya vi, dijo Dondog. Lo vi al entrar.
—Allá arriba, todo empezó allá arriba con un cortocircuito, y luego se propagó.
Casi todos murieron.
—¡Ah!, comentó Dondog.
Y luego de un instante, añadió:
—¿Sabe si una tal Jessie Loo se quemó con los demás? Es la persona que estaba
buscando.
—¿Jessie Loo?
—Sí, dijo Dondog.
La vieja dejó pasar varios segundos. Su rostro se había congelado con una sonrisa
de circunstancia, no muy amable, destinada sobre todo a ganar tiempo.
—¿La conocía?, acabó por soltar.
—No, dijo Dondog.
A pesar de la iluminación defectuosa, se dio cuenta de que su respuesta no había
dejado satisfecho a nadie. La mujer esperaba algo más que un monosílabo.
—Yo no la conocía, pero mi abuela sí, dijo. Hace mucho tiempo. En los treintas.
Fueron amigas, luchaban juntas por la erradicación de la desgracia. Interrogaban a los
enemigos del pueblo y chamanizaban juntas. Todas esas cosas. Formaban parte de la
misma unidad. La vida y los campos las separaron, pero un día mi abuela me dijo que
había visto a Jessie Loo en un sueño, y que me había visto a mí también, tal como

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sería al final de mi existencia cuando saliera de los campos. En su sueño, Jessie Loo
vivía en la Ciudad y seguía teniendo sus poderes de chamana. Ella me ayudaba a
recuperar mi memoria y a…
Dondog enjugó sus mejillas inundadas de sudor. Para qué seguir, pensó. El sueño
de su abuela, que había dado a luz a sus últimas esperanzas, nunca coincidiría con la
realidad. Jessie Loo había sido carbonizada en las guaridas de Black Corridor y ese
era el punto final de la historia, con sus cenizas. Jessie Loo no entraría en trance para
suplantar a su memoria desfalleciente, no lo ayudaría a perseguir a los responsables
de la desdicha, o más bien de su propia desdicha, de la de él, de Dondog: nunca
podría dejarse guiar por Jessie Loo para llegar por fin hasta ellos y ejecutarlos
después de tantos años inútiles pues no habría venganza de ningún tipo.
Durante medio minuto escuchó con hartazgo el cuchicheo de las aspas del
ventilador que refrescaban el cuchitril, las bombas que golpeteaban en la parte baja
del edificio y un lejano fragmento de diálogo de televisión en el edificio sobre Lo
Yan Street. Tan pronto como se enjugó la cara las gotas volvieron a anegar sus
párpados y sus sienes.
—Mi abuela decía también que Jessie Loo había prometido no morir nunca,
pasara lo que pasara, dijo Dondog.
La vieja eructó. Además del aderezo de ostras, su comida contenía mucho ajo.
—Es verdad que el día del incendio, empezó la vieja, aunque después eructó de
nuevo.
Dondog recobró un poco de esperanza.
—¿Está viva?, preguntó.
—Viva, no lo sé. En todo caso, escapó a la muerte, eso es seguro.
El sudor brotaba sin descanso de todo el cuerpo de Dondog. El sudor lo
enceguecía. Puso la cabeza en su brazo plegado para enjugarla.
—¿Y usted?, preguntó.
—¿Yo? ¿Qué?, gruñó la vieja.
—Oh, nada, dijo Dondog.

Se acercó un hombre en short. Llevaba al hombro un palo que lo obligaba a curvarse


pues en cada extremidad del trozo de madera colgaba un garrafón lleno hasta el ras de
agua chapotera. Dondog se hizo humo para dejarlo pasar. Se pegó contra un buzón en
la sombra, justo al lado de la reja. La cucaracha que había aprisionado bajo su talón
aprovechó para soltarse, y siguió moviéndose mientras sus gemelos la vigilaban,
acechando el instante en que se transformaría en alimento.
A los pies del cargador de agua, a la luz que se extendía desde el tugurio de la
vieja, una rata avanzó un poco antes de hacerse humo.
—Es Tonny Moon, dijo la vieja después de que el hombre hubiese echado a andar
por un pasillo que Dondog no había notado antes y que se encontraba en el ángulo

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justo al lado de las escaleras.
—Moon, repitió Dondog. Lástima. Estoy buscando a otro Tonny.
—Yo a ese no le compro agua, dijo la vieja. La vende demasiado cara. A un dólar
la cubeta, ¡por una porquería que apesta a petróleo!
—¿No tiene agua en casa?
La vieja alzó los hombros.
—Había un tubo de caucho que llegaba hasta mi casa, dijo con contrariedad en la
voz. Pero me lo cortó la mafia. Debía dinero. O les paga uno, o te quedas sin agua.
—Sí, dijo Dondog. A veces no queda de otra.

—Entonces, si entendí bien, además de Jessie Loo, ¿busca a un tipo llamado Tonny?
—La vieja pasó la mano por su cabello. Bajo sus dedos, el malva plateado
cobraba matices obscuros.
Dondog se decidió de golpe a tener con ella la conversación que hubiera podido
tener con Jessie Loo.
—Acabo de salir de los campos, dijo Dondog. Le puedo contar esto porque
usted… ¿Se lo puedo contar, no?
—Sí, asintió la vieja.
—Ya no me queda mucho tiempo, algunos días a lo mucho, pero antes de morir
del todo, quisiera saldar algunas cuentas con dos o tres personas. Matar a dos o tres
personas, y luego extinguirme.
—Es un problema mínimo como cualquier otro, aprobó la vieja.
—Antes de los campos pertenecí a una formación que quería acabar con los
dichosos del mundo, se explayó Dondog, pero nos hicimos fusilar la mayoría. Luego
viví en una zona especial. Y luego, por más que los matemos, los responsables de la
desdicha se reproducen a una velocidad que nos rebasa. Al venir aquí pensaba que al
menos podría asesinar a los dos o tres que aún tengo en la memoria.
—¿Alguien cercano?, preguntó la vieja.
—A decir verdad, no, dijo Dondog. De hecho, ya no me acuerdo. Sufro de
amnesia desde la infancia. En la infancia eso me ayudó a sobrevivir, pero ahora me
pone en desventaja.
—Siempre es difícil asesinar a alguien cercano, dijo la vieja con voz sentenciosa.
Durante un minuto, Dondog se abandonó a la teorización política de la
inaccesibilidad de los otros, de los no cercanos, de los mafiosos que gobernaban la
desgracia a plena luz del día o en las sombras, y a la idea de que castigarlos era algo
tan necesario como irrealizable. Así llegó a la conclusión de que debía ajustar su
venganza a la baja. Pero muy pronto se calló. Su discurso carecía de todo sentido
pronunciado así, en medio de la pestilencia y el sofoco, frente a unas cucarachas y
una vieja miserable, parado sobre una lata vacía de cerveza, o de coca. Su discurso
carecía de todo sentido, no lo inspiraba ninguna base ideológica ni ningún valor

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moral, sólo servía para justificar, con bastante torpeza, un deseo personal de
venganza, una necesidad de venganza rumiada durante cincuenta años a la que le dio
vueltas y vueltas a partir de improbables recuerdos, a lo largo de una vida en los
campos.
—Aquellos que busco, ¿de casualidad pararon también en la Ciudad…? ¿Como
Jessie Loo?, sugirió después de un silencio.
La vieja tendió hacia él su rostro ajado y le preguntó sus nombres. Era todo oídos.
—Tonny Bronx, dijo Dondog. Eliana Hotchkiss. Gúlmuz Kórsakov.
—Gúlmuz Kórsakov…, repitió la vieja con dificultad, como para memorizarlo,
como si para ella fuera algo importante cuando, a todas luces, no lo era.
—Este último para vengar sobre todo la memoria de mi abuela, dijo Dondog.
—Ah, dijo la vieja, prudente.
—Y en cuanto a Eliana Hotchkiss, no estoy seguro, añadió Dondog.
—Los tres vivieron en la Ciudad, se acordó la vieja. Tonny Bronx en Reservoir
Road. De los otros, ya no me acuerdo. Vivieron aquí un rato y luego se pusieron a
envejecer. Al final se murieron.
—Oh… se murieron, dijo Dondog, con una desolación que no podía enmascarar.
Si la información era exacta, sus planes de venganza se verían aniquilados de una
vez por todas.
—Sí, dijo la vieja. Son cosas que pasan.
A sus espaldas algo crepitó dentro del cuarto. El ventilador roncó de manera
extraña, la luz del neón se puso a parpadear y el otro tubo de luz al extremo del
pasillo disminuyó su intensidad y se apagó. Un olor a plástico quemado rezumaba
desde quién sabe qué bifurcación delirante de cables.
—Igual tendría que matarlos, se obstinó Dondog. Tienen una deuda pen diente.
No es posible que la libren así nada más.
—Ah, un apagón, dijo la vieja.
La noche acababa de invadir todo a su alrededor. Como ninguna abertura daba al
exterior, ahora había una noche profunda.
Dondog colocó su mano en la reja. No quería tocar el muro y electrocutarse en la
madeja de hilos y canalizaciones. Su mano rozó el candado de la vieja y se agarró a
él.
—¿Qué hace?, se inquietó la vieja.
—Nada, contestó Dondog. Intento mantenerme derecho en la obscuridad.
Intentaba mantenerse derecho en la obscuridad. Más irrespirable aún pues se le
podía imaginar hinchada por las emanaciones tóxicas. Las bombas ya no vibraban en
el sótano, la radio ya no gritaba en ningún sitio, fuese en mongol, estadounidense o
en blatnoi de los campos. Se dejaba escuchar al fin la noche bruta, los crujidos de las
tinieblas miserables, las bestias mordisqueando al fondo del corredor, y justo a un
lado las cucarachas que se encimaban o se liquidaban unas a otras. El agua goteaba
por doquier.

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Permanecieron un tiempo así, cada quien de su lado de la reja metálica, aspirando
y expeliendo el aire húmedo, el aire caliente, fétido y enmohecido hasta el tuétano.
Husmeaban con detenimiento el hornazo que les llegaba a vinil fundido para saber si
la amenaza del fuego estaba o no cerca —o no. A veces la angustia que compartían
era muy fuerte, otras menos.
—¿Entonces Jessie Loo era una de sus vecinas?, dijo Dondog, en un periodo de
tiempo en el que la perspectiva de terminar torrefactado se hacía menos patente.
—Ya no le hablaba, dijo la vieja.
—Quizá me podría dar su nueva dirección, sugirió Dondog.
—No cuente con ello, dijo la vieja. Al fin y al cabo, no sé quién es usted.
Dondog tenía la impresión de haber expuesto todo sobre sí mismo, e incluso de
haber revelado demasiado. Con todo, sabía que su memoria inmediata también
funcionaba mal, y que a menudo confundía lo que había pensado con lo que había
dicho. Por eso tomó de nuevo la palabra. Sin impaciencia le explicó a la vieja una vez
más quién era y de dónde venía.
—Soy el nieto de Gabriela Bruna, una cómplice de Jessie Loo durante los años
treinta, una hermana de sangre de Jessie Loo, dijo. Mi nombre es Dondog Balbaián.
Y voy a morir. Ese soy yo.

Después de diez o veinte minutos de silencio, ninguna humareda había invadido el


piso. La idea de un incendio se disipó. La vieja le prometió informar lo antes posible
a Jessie Loo, e incluso le dio cita a la que le aseguró que asistiría Jessie Loo. En
medio de los hedores del óxido, de los cables sobrecalentados, de gases, de cocina y
de roedores, la mujer era completamente invisible tras la reja. Dondog ya no se
movía, y, de hecho, ambos parecían estar muy a sus anchas en aquel trasfondo negro,
como si formasen parte de las tinieblas desde hacía muchos años atrás, desde
siempre.
—Para mí lo esencial es lograr pedirle que me ayude antes de mi muerte, dijo
Dondog.
—Cita en Parkview Lane, dijo la vieja. Edificio 2, en el 4A. Es un departamento
muy agradable. Tiene vista a la calle.
—Parkview Lane. De acuerdo. ¿A qué hora?
—Digamos a las cinco de la tarde, lanzó la mujer.
—¿Y si Jessie no viene?, inquirió Dondog.
La vieja alzó los hombros. Dondog la oyó alzar los hombros.
—Si no viene, pues ni modo. Tendrá que instalarse por ahí a pensar en lo que
vendrá después.

Dondog avanzaba paso a paso, dejando que la mano derecha explorara el camino. Los

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nidos de polvo húmedo se sucedían bajo la yema de los dedos, las escurridas y los
tubos viscosos, las asperezas quebradizas, las zonas puntiagudas. Entre avanzar sin
lámpara en una mina de carbón y su deambular actual, la diferencia era poca.
Tenía en mente el itinerario que la vieja le había aconsejado tomar. Dar vuelta al
ángulo derecho antes de las escaleras, ahí en donde había penetrado Tonny Moon, ¿se
acuerda?, sí, lo recuerdo, tomar Reservoir Back Street y seguir por la pendiente de
cemento, bajar cinco escalones en la galería que atravesaba el primer grupo de
edificios, rebasar la puerta de hierro de Parkview Lane. Al final del corredor llegaría
a Harbour Street. Entonces estaría bastante cerca del exterior, y si entretanto no
habían restablecido la corriente eléctrica, incluso empezaría a ver la luz del día. La
Ciudad no era un laberinto en el que se erraba sin esperanza, con espanto, hasta
agonizar o hasta la locura, insistía la vieja. Era un lugar como había muchos en otras
latitudes, con construcciones anárquicas que se habían amontonado o embonado entre
ellas, dando por resultado un conjunto denso, enredado e insalubre. Pero apenas daba
uno con Harbour Street ya no había dificultad alguna para salir, afirmaba la vieja, y
después de eso no costaba nada acceder a Parkview Lane.
De vez en cuando Dondog se equivocaba de camino e intentaba abrir la reja de
alguna casa pensando que se trataba de la puerta de hierro que marcaba la entrada de
Parkview Lane. A veces lo interpelaban voces coléricas desde las profundidades de la
noche. Con el temor de que lo hirieran a tajaderazos, Dondog quitaba las manos que
había afianzado al metal y se disculpaba. Intentaba informarse sobre su camino y
esperaba una respuesta que no llegaba, por lo que echaba de nuevo a andar.

Más tarde distinguió frente a sí un fulgor que parecía natural, y después de


encaramarse a un escalón de cemento se encontró bastante rápido a la luz del día.
Había dado a un pasillo común y corriente, una extensa galería, vetusta y cubierta con
azulejos de cuyo extremo provenía la luz. Dondog fue hacia aquel punto sin pensar en
nada concreto. Bien sabía que aquel lugar no se llamaba Harbour Street, y estaba
cansado de vagar y perderse.
En unas hojas de cartón yacía una canasta llena de cascajo. La rebasó. También se
veían trozos de un lavabo y un montón de fierros viejos. Caminó aún más. De hecho,
el pasillo no llevaba a ningún sitio. Se terminaba en un parapeto bajo, más allá había
un pozo formado por la unión de cuatro edificios. Como habían sido construidos con
varios años de intervalo, los pisos estaban desfasados entre una y otra construcción.
Dondog se acercó al cubo. El hueco era angosto, profundo y gris. En el suelo, el
cemento del patio desaparecía cubierto por las inmundicias. La protección contra los
clavados accidentales se limitaba a dos bloques de cemento. Completamente irrisoria.
Un gesto en zigzag bastaba para acabar en el vacío. Luego de un instante, Dondog se
sentó en el ridículo parapeto. Dejó que sus piernas se balancearan del lado de la
caída. Nunca había sufrido de vértigo.

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Estaba ahí, al borde de la nada.
Reflexionaba en lo que vendría más tarde.
Gúlmuz Kórsakov, pensó. Tonny Bronx. La prioridad es eliminar a estos dos.
Eliana Hotchkiss.
A esta chica, pensó, por el momento dejémosla un poco de lado.
La silueta de Eliana Hotchkiss flotó tres segundos detrás o frente a sus ojos, sin
carne ni substancia, sin apariencia precisa. El nombre estaba ahí, ligado a su deseo
imperioso de venganza antes de la muerte, pero salvo el nombre, la imagen de la
mujer era ilegible. Era como si hubiese mencionado una figura secundaria de un
sueño de su infancia, o como si hubiese evocado a una amante furtiva del tiempo de
los campos, cuando lo encerraban durante la noche en el pabellón de los heridos
graves y los locos, o incluso como si ella hubiese pertenecido a los breves años de
clandestinidad total, cuando día tras día se perdía la guerra por el igualitarismo y el
castigo a los progromistas, los mafiosos y los millonarios. Eliana Hotchkiss estaba
rodeada por lo indefinido. Como Tonny Bronx o Gúlmuz Kórsakov, se escondía al
fondo de los decepcionantes abismos de su memoria, de los que una gran parte seguía
sin florecer, sin haber sido explorados. Su figura, no obstante, era aún menos precisa
que la de los otros dos.
Acaso una amiga bastante lejana, pensó Dondog. O muy reciente. Quizás una
enemiga de siempre, o quizás no.
Debería encontrarla para saber.
Acaso debería ir hasta mi infancia para saber.
La idea de tener que darle vueltas a su infancia, de bajar hasta allá, solo, no le
agradaba nada pues, antes de alcanzar su objetivo, debería revivir la segunda
exterminación de los ybüres, sección del recuerdo que había evitado remover durante
toda su adolescencia, e incluso más tarde, para no ser electrocutado al instante por la
pena o el asco.
¿Y si en lugar de seguir, pensó, acabara ahora mismo con todo?
Estaba a punto de ceder a su propio peso, sólo tenía que torcer un poco los muslos
y el trasero para detener, al instante, todo su hartazgo, toda su incertidumbre respecto
al futuro y el ejercicio de la violencia, sobre lo que hubo en su infancia o después,
durante la segunda exterminación de ybüres y después.
Dudaba en saltar. Podía renunciar brutalmente a su venganza. No se decidía.
Es verdad que a veces a uno no le queda de otra, pensó. Ahora que me dieron una
cita con la chamana no puedo quedarle mal a esta mujer.
Voy a decirte algo, Dondog Balbaián, pensó. Si quieres sorprenderlos ahí en
donde se esconden y matarlos, si verdaderamente quieres eso, tendrás que
perseguirlos dentro de tu propia cabeza, chamana o no. De ahora en adelante ese es su
último refugio. Sólo ahí podrás arreglar la cuestión. Y en cuanto a Eliana Hotchkiss,
como no sabes bien qué es lo que merece, ya verás luego. Cuando el momento llegue,
ya verás.

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II. La maestra

Ahora la maestra de Dondog reposa sobre la piedra de una tumba, ahora yace, ahora
la maestra descansa y se descompone, uno podría imaginar su sepultura, por ejemplo
en un cementerio pequeño de la provincia, al borde de un bosque de abetos, cerca de
unos eriales y de una granja descascarada, los huesos de la maestra pronto perderán
cualquier viscosidad de vida, su cuerpo de maestra se transformará en humus y luego
descenderá aún más en la escala de la no vida y perderá viscosidad, elasticidad, el
derecho a la fermentación lenta o animada de la vida, ahora la maestra de Dondog
dejará de fermentarse, iniciará su descenso y comenzará a transformarse en un
conjunto filamentoso y frágil que nadie podrá nombrar ni escuchar ni ver. Pronto será
reducida a eso, dijo Dondog.
Todo su ser se habrá desencarnado hasta el polvo y quedará borrado. Todo habrá
reintegrado los magmas no vivientes de la tierra. Y cuando digo lodo, pienso antes
que nada en las manos que, en las orillas de los cuadernos de Dondog, inscribían tan
a menudo anotaciones malevolentes, y en los ojos que releyeron el texto de la
denuncia que acusaba injustamente a Dondog, o incluso en la lengua de la maestra
que mojó con los labios el sobre para cerrarlo; todo aquello se dispersará en medio de
la tierra no viviente. Los numerosos constituyentes nobles e innobles de la maestra
habrán dejado entonces de constituir cualquier cosa.
Desde hace mucho tiempo la maestra de Dondog ya no tiene la capacidad de
formular ni una sola acusación contra nadie, tampoco es capaz de hablar o de
callarse, ya no se le plantea la cuestión en los mismos términos, los muertos no andan
sopesando si deben callarse o no, si deben esperar o actuar, los muertos y las muertas
son un elemento trivial del silencio de este lado del silencio y no escogen, los
muertos y las muertas ya no pueden escoger entre pudrirse o haberse podrido.
La maestra de Dondog es un trozo de vacío repugnante sin realidad ni tiempo,
incluso sin repugnancia al fin y al cabo; ahora yace sin ser, fragmentada en el
estiércol. Suponiendo que ocupe un lugar, la maestra de Dondog ocupa un lugar por
debajo de todo, no es nada tras el envés sin pulir de la piedra sepulcral, es imposible
encontrarla bajo la tierra.
La maestra de Dondog ya no es sino un montón carente de sentido, insignificante
debajo de las cagarrutas que sueltan los merlos y las merlas, siempre tan sucios al
levantar el vuelo cuando abandonan los arbustos cercanos en donde anidan. Ahora la
maestra de Dondog se desmigaja lentamente, cubierta por las cagarrutas moradas y
ácidas, bajo las alocadas gramíneas y el musgo, bajo los gritos incesantes de los
insectos que ocupan y recorren las plantas y se reproducen y brincotean sin ton ni
son, comen y mudan, copulan y desovan y se matan entre sí. La maestra existe cada
vez menos bajo los cantos nupciales de los saltamontes, bajo los suspiros nocturnos
de los árboles, bajo los murmullos del viento y bajo el crepitar de la lluvia, ahora

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yace sin ver cómo pasan una tras otra las lunas llenas y las lunas crecientes y las
tormentas magnéticas, la maestra de Dondog ya no es nada bajo las auroras o las
nubes que pasan, y tampoco es nada bajo la vibración molesta de la luna cuando
llegan las noches mágicas del 24 de junio, del 27 de junio, del 10 de julio y del 9 de
diciembre, ahora la maestra yace bajo el moho que ayuda a la vida a solazarse y que
no hace ningún esfuerzo en migrar hacia ella, pues aunque de casualidad aún quede
algo de ella esta substancia improbable ya no entra en resonancia con la vida ni con el
moho de la vida. La maestra yace debajo de lo enmohecido de la tierra y de los
mohos, yace bajo los hongos que poseen nombres admirables, bajo las pholiotas, los
agáricus, debajo de las russulas fétidas, las russulas ennegrecedoras, las russulas de
hiel, las russulas carboneras; ahora ya no es nada debajo de los cortinarius olor a
ciruelas pasas y de los cortinarius resplandecientes, debajo de las lentinulas atigradas
y los panellus stipticus; la maestra de Dondog acabó por pudrirse y desaparecer, un
polvo desnudo y eliminado acabó por remplazaría, inexistente hasta el infinito, y
aquel polvo no es nada debajo de los hongos, estén rebosantes de salud o agonizando,
ajados o reblandecidos, el polvo de la maestra ya no es nada debajo de las limacellas
manchadas y podridas, debajo de las amanitas doradas y podridas, debajo de las
onfalinas podridas.
Y acaso ahora, en la escala de los deseos (si es que aún pretendía tener deseos y
una escala), ella colocaría en la cima de sus esperanzas el hecho de lograr pudrirse
todavía del lado vivo del universo en lugar de ya no pudrirse del lado muerto del
universo; quizá recibiría ahora, a manera de gracia, el derecho de deslizarse durante
algunos minutos, o tal vez fuesen tan sólo medio o un cuarto de minuto, en la
apariencia de una colmenilla gangrenada, apestosa y roída por los gusanos, tan sólo
porque así iba a ser enunciada en algo distinto a la nada. ¡Qué no daría ella hoy para
continuar sobreviviendo un instante más con la forma de un viejo hongo podrido,
privado incluso de identidad!, ¡sin color ni nombres pronunciables…! ¡Qué no daría
ella que ha perdido todo y que no tiene consciencia de su caída en la nada y en algo
peor que la nada! ¡Qué no daría ella para yacer toda podrida un rato en un lugar
diferente y de forma distinta, en el mundo de las luces herbáceas y las cagarrutas
violetas! ¡Qué no daría para que los cárabos y los escarabajos peloteros la reduzcan
con desdén a migajas para que los caracoles la mordisqueen junto con los caracoles
grises y las babosas…! ¡Cómo le gustaría existir así durante más tiempo, en vías de
desaparición bajo la luna mágica del 24 de junio o bajo cualquier luna de cualquier
otra noche, mágica o no…!
Ahora, sin embargo, yace sin esperanza de ser. La maestra de Dondog yace en la
ausencia, no puede acceder a la belleza marchitada de aquellos y aquellas que hablan
en el suelo de su fin a plena luz del día, no puede acceder al marchitarse, se le ha
denegado el honor de ser fétida, ya no es siquiera fétida e insignificante en un pedazo
de cementerio, en el barullo del viento y de los pulgones, al ras de las mayas y bajo la
amenaza del bombardeo fecal de los merlos y las merlas.

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Entre ese estado de insignificancia en el suelo y su propia situación actual, la
distancia es incalculable. Es como si ella se hubiese disuelto más allá del espacio y de
la muerte. Ya no la alcanzará ninguna palabra, ningún llamado vendrá a consolarla o
a conducirla chamánicamente fuera de nada; ningún ser vivo, aunque fuese inmaduro
como Dondog en su infancia, o aunque fuese maduro como Dondog antes de
extinguirse, hará retumbar sus órganos de fonación para murmullar que la maestra de
Dondog es un viejo hongo podrido, nadie dará un paso adelante para anunciarlo en
voz alta: Dondog menos que nadie.
Y habiendo alcanzado este punto, indiquemos que Dondog ama los hongos, pero
sin más. En ningún periodo de su vida, habiéndose ocupado o no de escribir y
murmurar novelas, los hongos de bosque no figuraron en sus áreas poéticas de
referencia. Dicho todo crudamente, los hongos no tienen cabida en el universo léxico
de Dondog. Nunca insinué en voz alta que la maestra fuese un viejo hongo podrido,
asegura. Eso no forma parte de las injurias que tengo costumbre de. Esas palabras
nunca salieron de mis labios.
Por eso no veremos a Dondog, tampoco hoy, ir hacia la maestra para articular
semejante formulación.
Sin embargo, se habían ido levantado una denuncia contra Dondog, una acusación
traicionera en la que se afirma que Dondog ultrajó a alguien; en ella se especifica que
en Tercero de primaria, hacia las once y media, Dondog abrió la boca para decir: «La
maestra es un viejo hongo podrido». ¡Un viejo hongo podrido…!
La queja había dado frutos, un grave proceso judicial se había activado, el
interrogatorio coronado de éxito, confesiones fueron extirpadas, las seudoconfesiones
consignadas, la mentira arde todavía dentro de Dondog. Medio siglo había
transcurrido desde entonces. Aunque el plazo legal para que los crímenes hubiesen
prescrito, la mentira arde todavía dentro de mí, arde como, dijo Dondog. Y dijo
aquello con gran violencia, con esfuerzo, mientras su mirada buscaba en vano un
lugar donde sosegarse.

Está al borde de la nada, en el extremo de un sórdido corredor, en los parajes de


Parkview Lane. Sus piernas cuelgan en el vacío, y en el suelo del patio quince metros
más abajo el suelo está tapizado por bolsas de plástico y desechos. Bastaría con una
mínima contorsión para que el cuerpo de Dondog se les uniera y que todo relato, toda
venganza y todo odio se terminaran. Eso ya lo dije, dijo Dondog. Pocas ventanas
daban a aquel cubo. Bastaría levantarse como si uno deseara ya no volverse a sentar.
La mentira arde dentro de mí sin que sus llamas se apacigüen, continúa Dondog.
Tenía siete años en aquella época, y Yoisha, mi hermano menor, seis. La denuncia
había sido deslizada en el casillero de la madre de Dondog, quien enseñaba música en
la Escuela Normal. Sin sospechar la existencia de aquella infame misiva, nos
habíamos juntado Yoisha y yo frente al portón de los pequeños. Eran las cuatro.

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Desde que habíamos entrado a primaria, habíamos podido regresar solos a la casa,
pero cada mañana, antes de partir debíamos prometer que no nos acercaríamos al
canal.
Aquel día habían anunciado una tormenta eléctrica.
—¿Sabes cuándo va a empezar?, me preguntó Yoisha.
—No, dije.
Levantamos la cara hacia el cielo. Aún no sucedía nada especial entre las nubes.
En las calles, la circulación no había sido afectada por la amenaza venida del
espacio. Los proletarios en overol pedaleaban con indolencia mientras llevaban un
cigarro en el pico, despreocupados por completo de los camiones, militares o no, que
les claxoneaban al rebasarlos. Tenían la mente en otra parte. Aunque las huelgas de
insurrección de la posguerra habían sido aplastadas, el sueño de fraternidades obreras
bullía aún y en las fábricas los hombres de la fracción Werschwell se hacían los
discretos. En todos lados, previendo la revolución mundial, subsistían islotes
clandestinos.
Como no habíamos olvidado nuestra promesa, mirábamos de lejos flotar las
barcazas repletas de carbón, de fierros viejos, de arena, y por un momento le
jugábamos sucio a la promesa hecha sin que nos sintiéramos orgullosos pues
estimábamos que dicha promesa sólo se aplicaba a un itinerario definido: alargamos
nuestro recorrido de regreso unos cincuenta metros hasta topar con la exclusa. Nos
fascinaba la diferencia de altura entre las aguas. A pesar de lo enorme de las puertas,
el aparato nos parecía frágil. Estábamos convencidos de que un día, ante nuestros
ojos, las formidables compuertas serían incapaces de resistir a la presión y
reventarían. Eso era lo que, una vez más, acechábamos en vano aquella tarde,
asomados hacia el rugir de la cascada, mudos y culpables.
Como no sucedía ninguna catástrofe, nos alejamos de la zona prohibida. Ahora
caminábamos bajo un paseo de plátanos de sombra. Cuando llegase el otoño, los
barrenderos juntarían la hojarasca en montañas elásticas y amarillas, obscuras,
fragantes y rumorosas. Echábamos carreras. Se trataba de avanzar arrastrando sobre
la banqueta nuestros pies invisibles, prisioneros en aquella masa que no estaba del
todo líquida ni tampoco muerta. Me acuerdo de la fría humedad que escurría entre
nuestras piernas. Yoisha gritaba como un niño testarudo. No sé cómo le hacía, pero
iba más rápido que yo.
Un empleado municipal se manifestó entonces al otro lado de la calle. Su furor
paró de golpe nuestra competencia. Como solía pasar, la idea de haber cometido una
gran tontería nos trasladaba instantáneamente de una dicha absoluta a un miedo
vergonzoso. El hombre gesticulaba. Tenía voz de líder sindical. Emitía un discurso
sobre la complejidad decepcionante del acto de barrer, sobre la mala progenie que
despreciaba los valores del trabajo, sobre los niños flojos, sobre la escuela y el
amaestramiento, sobre la clase laboriosa, sobre los campos.
Echamos a correr sin mirar atrás ni decir palabra, huyendo como animalitos

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histéricos pasando frente a la panadería, la cremería y la tienda de cigarros. Nos
costaba pensar que nos habían expulsado a la categoría de los enemigos de los
trabajadores pues, aunque no juntábamos catorce años entre los dos, ya teníamos un
inicio de consciencia de clase.
Vivíamos en el quinto piso, muelle Tafargo. Aquel día el elevador estaba
descompuesto. Era la época de las primeras grandes tormentas magnéticas de
entreguerras, y como lo había dicho antes, explica Dondog, los boletines
radiodifundidos habían anunciado que una tempestad de ese tipo se desplazaba a lo
largo de las costas y que había el riesgo de abatirse en cualquier momento sobre el
interior de las tierras. Como la única consecuencia previsible era que se estropeasen
de forma brutal los motores eléctricos, las autoridades habían aconsejado desconectar
la palanca o no utilizarlos. Echamos a correr por la escalera de cemento sin decir
palabra: en la penumbra, cuenta Dondog, pues también habían cortado el minutero de
la luz.
Apenas habían rebasado el umbral del departamento cuando Yoisha y Dondog
fueron separados. La madre de Dondog lo condujo al comedor, lugar atípico para
aquel momento del día.
—¿No tienes nada qué decir?, preguntó la madre de Dondog en tono hostil,
intransigente, desprovisto de toda vibración materna.
Dondog había tenido que sentarse en la mesa grande que daba a la puerta ventana
del balcón; lo único que pudo ver fue la chimenea de los arsenales donde se
fraguaban tanques para la siguiente guerra y las nubes desplazándose con formas
delirantes. El cielo daba la impresión de poder enceguecernos, como sucedía siempre
antes de una tormenta eléctrica, con colores que cambiaban sin avisar. El sol había
desaparecido. La pieza fue inundada de golpe por unos reflejos ocre amarillo,
haciendo que los volúmenes cambiaran en un santiamén. Las superficies se volvieron
raras, afelpadas, cobrando un aire extraño. Parecía que estuvieran cubiertas por una
capa de terciopelo transparente.
A lo lejos, la chimenea de los arsenales se asomaba terriblemente nítida y
brillante.
—¿No tienes nada qué reprocharte?, insistió la madre de Dondog.
La imagen de la hojarasca aplastó de inmediato a Dondog. El proletario víctima
de sabotaje había tenido tiempo para quejarse, o quizá un testigo del suceso, tal vez el
cremero había llamado al quinto piso para denunciar a los criminales.
Dondog enrojeció, las lágrimas asomaron por sus ojos.
—¿No tienes nada qué reprocharte?, repitió la madre de Dondog.
—No, dijo Dondog, abatido.
De pronto ya sólo pensaba en su vergüenza y tenía un miedo horrible a que ésta
trasluciera en su rostro.
Su madre tenía un sobre desgarrado. La carta había sido doblada de nuevo en su
interior. Las manos se veían molestas, aureoladas por el amarillo obscuro de las

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tormentas magnéticas. Sin temblar. Dondog se calló durante diez segundos,
apabullado sobre la silla cuyo entramado en cruz le taladraba el trasero. Sentía arder
sus mejillas, sus ojeras. Su madre también se sentó, aunque lo hizo al otro lado de la
mesa, haciéndole frente. Lo ocre del cielo se ensuciaba rápidamente por lo negro de
la obscuridad. Hubo unos diez o doce segundos más de calma pesada, de ansiedad,
antes de que iniciara el interrogatorio propiamente dicho.
—Nunca me he visto tan humillada en mi vida, empezó la madre de Dondog.
Este pensaba en sus oídos, en las lágrimas que le picoteaban la nariz o el rabillo
de los ojos que aún no escurrían; pasaba a revista todo lo que podía reprocharse a sí
mismo desde la mañana sin tomar en cuenta el famoso ataque, bastante menor, contra
los montones de hojarasca.
Nada podía justificar semejante dramatismo, semejante entrada en materia que
añadía la dimensión del dolor materno al crimen y que, por ende, desaparecía
cualquier circunstancia atenuante. Sus calificaciones de dictado o de cálculo eran
buenas, no había merecido ningún castigo; no había llevado a Yoisha hasta el borde
del canal, ambos se habían mantenido a distancia del agua, la visita a la exclusa no
había durado ni siquiera un minuto. La madre de Dondog dejó que se instalara el
silencio para poder romperlo después.
—Muy bien sabes, dijo, que la señora Axenwood nos odia porque somos ybüres y
que me tiene envidia porque enseño en la Escuela Normal. Sabes que está al acecho
del menor pretexto para ponerme en una situación incómoda. Pues bien, ya tiene su
pretexto. Exige disculpas, exige una carta de disculpas en donde debo expresar mi
arrepentimiento personal como madre, como pedagoga y como ybür.
A espaldas de su madre, las nubes habían cobrado un tinte negro sobre un fondo
amarillo paja mientras brillaban, según cuenta Dondog. Aquello era magnífico.
Refulgían como si estuvieran infladas con cristales animados. A veces, con una
desconcertante rapidez, y durante un tiempo bastante corto, se invertían los colores, el
cielo se volvía completamente negro, las nubes completamente amarillas, luego, sin
transición, todo se volvía a ordenar.
A Dondog le habría gustado más observar aquello desde el balcón que desde
aquel contraluz ocupado en el centro por su madre, transformada en una silueta
rodeada por las manchas caprichosas cuyos contornos se definían con mayor o menos
detalle, dependiendo de los estados de la luz. Le daba la espalda a un cielo extraño,
permaneciendo indiferente a sus vacilaciones cromáticas.
—Nunca me he visto tan humillada en mi vida, ¿me oyes, Dondog Balbaián?
Cada familia hereda a un hijo desnaturalizado, ¡hasta los ybüres no se escapan…!
Pues bien, ¡en nuestra familia se llama Dondog Balbaián!
La asociación de aquel nombre y aquel apellido sonaba como cuando en el patio
pasan lista por primera vez. Aquello aterrorizaba a Dondog. Desde que había
franqueado la puerta del departamento todo era inestable, nada era comprensible, la
iluminación, los colores, las formas que utilizaban para dirigirse a Dondog, las

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intenciones de los adultos hacia él.
—En verdad lamento haberte traído al mundo, Dondog, se quejó de nuevo su
madre meneando la cabeza.
Sus cabellos se sacudían en todas direcciones aunque no hubiese viento ni
corrientes de aire. A sus espaldas el espacio chirriaba. El cielo crepitó durante cinco o
seis segundos, se cubrió con un vaho gris plomo antes de recobrar sus tintes negro y
ocre. Voluminosa como un globo aerostático, traslúcida, grisácea, no enceguecedora,
una bola de relámpagos avanzaba hacia la chimenea de los arsenales.
—Y ahora, Dondog Balbaián, gritó su madre, explícame por qué tuviste la idiotez
de decir que la señora Axenwood era un viejo hongo podrido. Me lo vas a explicar,
¿eh? ¡Porque me lo vas a explicar…!
Dondog respiró. Una o dos lágrimas le enturbiaron la vista y se frotó los
párpados. ¡Qué alivio en el pecho, qué liberación! Había creído que lo iban a castigar
por lo de las hojas de los plátanos de sombra cuando se trataba de una historia de
hongos podridos, historia desconocida en la que no había jugado ningún rol. Abrió la
boca y balbuceó que no, que no había tratado nunca a la maestra de viejo hongo
podrido.
—Además, esa no es una de mis expresiones, indicó.
—Lo dijiste esta mañana en los vestidores, cuando se ponían los abrigos para ir al
comedor escolar, precisó la madre.
En aquel instante el cielo crepitó con gran estruendo, cuenta Dondog, como si
hubiese habido una avalancha de interferencias eléctricas o de grava sobre la ciudad.
La chimenea del arsenal había sido engullida por la bola de relámpagos. El balcón, la
puerta ventana y todo el espacio del comedor se pusieron lívidos, luego una
coloración amarillo arena combatió la lividez y la venció. El aire danzaba, flotaba en
amarillo, cuenta Dondog. El aire circulaba y saltaba de un muro al otro con
movimientos entrecortados que dejaban rastro sonoro que recordaba la caída
convulsiva de miles de alfileres. No había ni una brizna de viento, y aunque se rozara
uno la piel no se sentía nada.
Los cabellos de la madre de Dondog se juntaban en mechas rígidas dándole una
apariencia de virgen loca. Los de Dondog, cortados al ras, eran incapaces de tener
reacciones tan espectaculares.
—Que quede bien claro, continuó la madre, ignorando los tartamudeos de
Dondog. Que quede bien claro, Dondog Balbaián. No soportaré que me mientas.
Como había dicho la verdad, Dondog pensaba que el malentendido se había
disipado y que iba a poder volver a jugar con Yoisha. Irían hasta el minúsculo balcón
de la cocina para interpelar a las nubes, las bolas de relámpagos, los vientos negros,
los vientos amarillos como avispas, hacer barullo junto con las descargas magnéticas
y las sombras. Sin embargo, lo que acababa de decir su madre indicaba que el asunto
tomaba un mal camino que daba a un callejón sin salida. La zozobra y la vergüenza,
que acababan apenas de alejarse de los pulmones de Dondog, volvieron a asfixiarlo.

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Renovó sus denegaciones —pero se sentía ineficaz. La madre de Dondog tenía cara
de disponer de informaciones extremadamente confiables.

La imagen de los vestidores cobró forma frente a él con los percheros sosteniendo la
ropa, los gorros y gorras de los enanos, junto con el comadreo de las pequeñas que
anidaba y se prendía de pronto como un incendio de arbustos imposible de contener a
pesar de los reclamos de la maestra. Dondog intercambiaba algunas consideraciones
sobre la tormenta magnética con un chico de su edad, Mathyl Golovko, también un
ybür. A tres metros de ellos, en medio de los olores a ropa y cabellos sucios de niños,
en un momento que apenas memorizó, hubo tal vez algo extraño, una media frase
extraña que no se le había grabado a Dondog en un principio pero que, era exacto,
había tenido qué ver con la podredumbre, o los hongos, o la maestra. En los
empujones al momento de vestirse hubo aquella minúscula concreción subversiva, de
complot, seguida por un breve segundo de inmovilidad colectiva antes de que todo
retomara su curso como antes: abrocharse los botones, las bufandas, las soledades
que acababan por constituir un rumor sumadas unas a otras, los bisbiseos
irreprimibles de las niñas, los «¡Sh, cállense!» de la señora Axenwood. Luego se
habían puesto en fila frente a la maestra. Y después, en medio de un silencio
mediocre, en los efluvios a joven animalidad y a establo joven de los vestidores, algo
más se produjo frente a la maestra, alguien había hablado pero sin consecuencias
pues su única reacción había sido alzar los hombros. Algo tan insignificante que hasta
Dondog lo había olvidado. Fue necesaria la violencia del comedor para que se
acordara. Una niña había levantado el dedo, y cuando la señora Axenwood la había
autorizado a hablar, había dicho: «Dondog Balbaián dijo que la maestra era un viejo
hongo podrido». Dondog se acordaba. Ahora.
—¿Has entendido, Dondog Balbaián?, le preguntó su madre que sollozaba con
sonidos roncos. Los ybüres no mienten. No aceptaré que tú lo hagas.
Dondog juró que no estaba mintiendo.
Las lágrimas escurrían de sus mejillas, el entramado en cruz le martirizaba los
muslos.
—¡No jures!, aulló la madre de Dondog. ¡Si tienes un poquitito de afecto por tu
madre, y por lo menos una pizca de orgullo ybür, no jures y deja de mentir…!
Dondog se encogió con el grito, pero aun así farfulló que había sido denunciado
por error. Si alguien había emitido aquella fatídica frase, no había sido él. Ni siquiera
había oído pronunciar aquello en los vestidores. Una niña me denunció con la
maestra, lloró Dondog, ya no recuerdo quién, quizá Eliana Hotchkiss o Eliana Schust.
—¿Vas a reconocer lo que dijiste, sí o no?, la interrumpió su madre. No quiero
saber nada sobre Eliana Hotchkiss o Eliana Schust. Quiero oír a la verdad salir de
boca de mi hijo. No te moverás de esa silla hasta que hayas reconocido haber
proferido cochinadas contra la señora Axenwood.

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Dondog soltó un bufido y parpadeó. Más allá de su madre, el firmamento cobró
durante algunos segundos un aire lodoso de río asiático antes de tornarse en un gris
plateado teñido de azul. En el comedor los contornos de los muebles eran difusos y
azulados, un segundo después la retina recibía de ellos una imagen tan precisa que de
pronto se tenía la impresión de poseer una agudeza visual multiplicada por diez.
Partes enteras de los muros parecían zumbar durante un cuarto de segundo antes de
espesarse. En el techo la lámpara apagada se estremecía. Cerca de las puertas los
interruptores chasqueaban ruidosamente.
—¡Nunca he lamentado tanto haberte traído al mundo, nunca, nunca, nunca
Dondog Balbaián!, se quejó la madre de Dondog.

Así empezó el interrogatorio de Dondog. El cual se eternizó durante un tiempo


infinito. Duró, se dividió en olas sucesivas que se rompían con regularidad contra el
mismo obstáculo, contra la obstinación de Dondog en afirmar que no había
comparado Axenwood con ningún tipo de hongo vivo o muerto o a punto de serlo.
En aquel tiempo el vocabulario micológico de Dondog no contaba sino con tres o
cuatro unidades, rezongaba Dondog. El interrogatorio tenía entonces aspectos
fastidiosamente repetitivos pues las denegaciones no variaban. El acusado podría
consolarse hoy recorriendo senderos semánticos ricos y barrocos, Dondog podría
proceder a enumeraciones como las que le gustan, de esas que siempre le gustaron en
la adversidad y en sus relatos de inquisición y naufragio.
Mientras insistía en clamar su inocencia, podría hablar del rebozuelo podrido, o
del barba de cabra podrida, o del matacandil podrido, y más tarde podría haber citado
a la seta coliflor podrida, la clavaria rizada podrida, la anacate sinuosa podrida, la
chanterela amarillosa podrida, la calocera viscosa podrida, la anacate podrida, la
dacrimices en forma de gota podrida, la morilla común podrida, el matacandil
cabelludo podrido, el matacandil blanco de nieve podrido, el matacandil negro de
tinta podrido, precisando después de cada mención, una y otra vez, que nunca había
pensado relacionar a la señora Axenwood con aquellas humildes manifestaciones de
la naturaleza, como tampoco con la lepiota grácil podrida, la lepiota andrajosa
podrida o la lepiota con mamas podrida. Pero en aquel tiempo Dondog sólo conocía
el rebozuelo, el pedo de lobo y el hongo común, si se da fe a sus palabras. Entonces
hubo muy larga y agotadora sucesión de ataques idénticos y de idénticas defensas,
una cadena de acusaciones sosas seguidas de sosas denegaciones, acusaciones
circunstanciadas seguidas de circunstanciadas denegaciones. No asomaba ninguna
confesión.
No asomaba ninguna confesión, confirma Dondog.
El cielo a espaldas de su madre estaba blanco, a veces gris verde, a veces
negruzco. La balaustrada en el balcón se erizaba con polvos imantados, los muros de
todo el comedor se cubrían con breves emanaciones espinosas. El techo parecía una

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pantalla de alfileres. Se escuchaba a los camiones de bomberos ir y venir por la
ciudad. La madre de Dondog no prestaba ninguna importancia a los vientos
magnéticos que merodeaban con su aspecto vertiginoso por encima de la región y
descomponían los equipos eléctricos. En cambio, fingía no notar el frenesí de sus
cabellos, no interrumpía de ningún modo su cuestionamiento con la excusa de que las
paredes de ladrillo silbaban detrás del papel tapiz, o de que los cantos de las cigarras
poblaban los enchufes durante medio minuto y se callaban antes de reiniciar su canto.
No acordaba más atención a los sollozos de Dondog que a los cambios de humor del
éter, la luz o el espacio. Nada la distraía. Conducía sin chistar el interrogatorio de
Dondog, nada la distraía de su deber y tenía con qué resistir, no aflojaba en su
esfuerzo que estaba dirigido por completo en conseguir que su hijo se confesara.
Cada tanto lloraba copiosa, teatralmente para mostrarle hasta qué punto estaba
devastada por el deshonesta obcecación de Dondog.
Cuando su madre salió, luego de haberle dado la orden de petrificarse en la silla,
hubo un momento de calma. Yoisha se deslizó en el comedor y se acercó con dulzura
a Dondog que, pálido, sollozaba. Yoisha vino a rozar fraternalmente a Dondog y le
dijo que el refri estaba descompuesto, que el helado había formado un charco en la
cocina, que la electricidad se había ido en todos lados y que desde la ventana de la
cocina se veía la tormenta magnética ensañarse con la ciudad, entonces soltó, Harías
mejor en decir lo que quiere, pues eso es lo que quiere. Entonces desapareció a toda
prisa.
La madre de Dondog volvió a la pieza.
Una nueva fase del interrogatorio empezó. En el fondo, no difería en nada de la
anterior.
—Deja de negar como un imbécil, confiesa de una buena vez por todas, le
aconsejó su madre. Eso te aliviará, vas a ver. Te sentirás mejor de inmediato.
Y se sentó de nuevo a contraluz, interpelando a Dondog con voz neutra, probando
una nueva táctica. A sus espaldas ondeaban ahora nubes de consistencia lanosa,
bordadas con un nimbo índigo. Aquello habría podido continuar durante largo rato.
Sin embargo, y sin decir agua va, el universo fue liberado de las perturbaciones
magnéticas.
La tormenta se había acabado.
—Apenas hayas confesado, dijo la madre de Dondog, podrás irte a jugar de nuevo
con tu hermano. Escribiré la carta de disculpas a la señora Axenwood y no
hablaremos más del asunto. De cualquier forma terminarás confesando. Si Gabriela
Bruna estuviera aquí, también te diría: no sirve de nada obstinarse en las mentiras.
Con ella siempre confesaban… Vamos, Dondog, di la verdad.
En aquel medio de los años cincuenta, cuando Dondog tenía siete años, la idea de
verdad estaba inscrita impertérritamente en él. Le resultaba inadmisible que la verdad
fuera desfigurada, sobre todo en un contexto tan judicial.
—Lo único que me importa es la verdad, completó la madre de Dondog.

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Simplemente quiero oírlo salir de tu boca, luego me las arreglaré con la señora
Axenwood.

Como Dondog no acababa por confesar en medio de sus lloriqueos, su asombro y su


miedo, la madre de Dondog rápido volvió a adoptar las técnicas estridentes y líricas
que había puesto en práctica en la primera fase del interrogatorio. Lo llamaba de
nuevo Dondog Balbaián y se lamentaba de haberlo parido. El parto había sido
doloroso, él se había encontrado en estado crítico y ella ahora se lamentaba del
resultado. Dondog se imaginaba el parto con horror. Recibía el sufrimiento de su
madre sin filtro alguno y no sabía cómo reaccionar.
La tormenta magnética acababa de evadirse sin dejar huella. Las nubes flotaban
como si nada hubiese sucedido, la chimenea de los arsenales escupía una humareda
anodina. Es cierto, se seguían escuchando los camiones de los bomberos que
alimentaban la atmósfera de aventura y catástrofe, pero todo el onirismo consolador
del mundo se había esfumado, hay que decirlo, dijo Dondog.
Para ayudarlo a no claudicar, a Dondog ya sólo le quedaban algunos escondites
íntimos, refugios al interior de su piel y su cabeza. Entonces Dondog se aferró de
nuevo a la noción de verdad tal y como había sido grabada en él. La verdad era algo
que se cristalizaba en el recuerdo y la palabra cuyo fundamento era una convicción
personal, y la palabra era algo que uno podía escoger callar o decir mal, deformar
conscientemente al momento de la emisión vocal, pero, en sí, era algo a lo que uno se
afianzaba para saber si se tenía razón o no; era un salvavidas del que nadie te podía
despojar. ¡Qué importa si la maestra había dado fe a los chismes de Eliana Hotchkiss
o Eliana Schust! ¡Qué importa si la carta de la maestra contenía pruebas y
testimonios, qué importa si no era posible objetarle nada a semejantes argumentos
objetivos! ¡Y qué importa si aquel tribunal injusto estaba en sesión desde hacía
horas…! Dondog poseía su verdad interior, inmutable, indestructible, y a partir de
ella planeaba su sobrevivencia. Planeaba su sobrevivencia a pesar de estar temblando,
llorando, tartamudeando, bufando. Aguantaba como los buenos. Se negaba a
renunciar.
—En esta familia nadie se había obstinado tanto, jamás, en la maldad y la
mentira, comentaba la madre de Dondog. ¡Tener un hijo obstinado, hipócrita!, se
quejaba casi pensativamente con la mirada húmeda de desamparo. ¡Un hijo
deshonesto hasta lo absurdo, mentiroso y mentiroso! ¡Justo el tipo de individuo que
autoriza a la señora Axenwood a cubrir de baba a tu madre y a todos los ybüres…!
Luego enumeraba de nuevo los hechos que parecía conocer al dedillo, al
milímetro casi.
—¿En qué momento exacto dijiste que la maestra era un viejo hongo podrido?
¿Antes de ponerte el abrigo o cuando acababas de abotonártelo……?
—Eliana Hotchkiss no soñó, ¿o sí? O Eliana Schust, poco importa. Habría podido

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tener la grandeza de alma de no denunciarte, pero como lo hizo ya no podemos
cambiar nada ahora. Entonces, ¿fue cuando platicabas con Mathyl Golovko?
—¿O fue cuando te agachabas para amarrarte el zapato? ¿El derecho que siempre
está desatado…? ¿O el izquierdo…?
Dondog nadaba a contracorriente de todo con su salvavidas de verdad. Cada vez
estaba más y más cansado, cada vez más y más asqueado y abatido. Luego
comprendió que no tenía salvación, que estaba en las manos de fuerzas que se
burlaban de la verdad, que no se preocupaban un segundo por la verdad y que
deseaban extirparle una confesión —y eso era todo. No hay edad para hacer que la
verdad muera, no hay edad para salvar el propio pellejo con el deshonor y la mentira,
hay un momento en la vida en que hay que empezar a confundir en sí la quemadura
de la mentira y la quemadura de la verdad, y hay que mantener esta quemadura
durante los cincuenta o sesenta años de desastre que uno puede esperar tener frente a
sí.
Dondog hurgó de nuevo en su memoria y descubrió sin dificultad lo que, hasta
ese instante, había escapado a sus indagaciones. Se puso a creer en la versión
acusadora, y dijo:
—El derecho. Las agujetas estaban desatadas. Me agaché y le dije a Mathyl
Golovko que la maestra era un viejo hongo podrido.
—Vaya que lo sabía, dijo la madre de Dondog.
Con toda la serenidad recobrada, se fue a redactar una disculpa para la señora
Axenwood, su difícil confesión como madre, pedagoga e ybür.
Me quedé inmóvil un minuto más sentado en la silla de paja, dijo Dondog. El
comedor estaba tranquilo. El cielo tenía una belleza otoñal, un poco fría. La fábrica
de los tanques humeaba. Yoisha volvió a aparecer y le propuso a Dondog ir al cuarto
para que jugaran dominó. Fuimos para allá a jugar sin hacer ruido. Nunca jamás, ni
de día ni de noche, ni en la escuela ni en la casa, el asunto del hongo podrido fue
evocado, ni siquiera en forma de alusión.

Fue hace cincuenta años. Casi todo el mundo murió desde aquella época. La madre
de Dondog y Yoisha…
La madre de Dondog y Yoisha fueron capturados y asesinados durante la segunda
exterminación de los ybüres. En cuanto a la maestra de Dondog, ahora está acostada
en la inexistencia, descansa y se descompone en la tierra indiferente. Ya no tiene
estatuto orgánico. Ya no es nada.
La maestra de Dondog ya ni siquiera es una pholiota podrida del álamo, una
russula podrida sin leche, un lactarius podrido pelirrojo, un lactarius podrido de leche
amarilla, un boleto podrido salpimentado, un lloroso babosillo podrido, una trompeta
de los muertos podrida, un pedo de lobo erizado podrido, una bovista de plomo
podrida, ya ni siquiera es una lengua de buey podrida, no, ni siquiera eso, una lengua

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de buey podrida.

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III. Yoisha

Algunos días teníamos el presentimiento de que algo horrible iba a suceder. Otros
días, no. La abyección unía sus fuerzas hacia un futuro muy cercano, los asesinos se
abrochaban el cinto, las autoridades ya tenían en la bolsa discursos invitando al
asesinato y a una mayor contención en el asesinato, extensas listas habían sido hechas
y distribuidas en las barracas y los comités locales, los vecinos se mofaban y, sin
embargo, nada en particular anunciaba la pesadilla, de modo que, cuando esta hizo
acto de presencia, un efecto de sorpresa la acompañó.
También había mañanas en que no se daba la ruptura entre sueño y vigilia, o sólo
con una suavidad extrema. La angustia oprimía entonces a Dondog hasta la noche,
aunque era una angustia sin dimensión premonitoria. Unida a una combinación
demasiado nauseabunda de vida nocturna y vida real. Sacaban a Dondog de su cama
cuando aún estaba dentro de su sueño en cuerpo y alma. Obligado a abrir los ojos o a
fingir los movimientos de la existencia, intentaba detener en su mente las últimas
imágenes de sus aventuras oníricas. Se oponía a la realidad por todos los medios.
Hablaba lo menos posible, se movía de forma mecánica, reaccionaba de mal modo
cuando le llegaban a exigir alguna frase, un trozo de frase.
El tiempo escolar goteaba hora tras hora, fragmentado en lecciones de gramática,
dictados y recreos, mientras que la actividad mental de Dondog permanecía en su
letargo. En aquellos días lo único que hacía era juntar sus visiones íntimas.
Escribiendo en su cuaderno de notas o participando en los ejercicios de cálculo
mental, invocaba, rumiaba, veía de nuevo como espectador las secuencias de las que
había sido el actor o testigo, sin saber ya a qué mundo debía asociar las impresiones
que se sucedían en las profundidades de su cráneo. Noches, pasado, alucinaciones
secretas, experiencia vivida, elucubraciones infantiles, realidad y realidades paralelas
confundiéndose. Por ejemplo, ¿debía guardar en aquella esfera de la memoria las
granjas abandonadas, los altos valles y las estepas que lo obsesionaban…? ¿Y
aquellos templos sahumados, aquellas ciudades portuarias que ensangrentaba la
guerra civil…? ¿De dónde venían aquellos desconocidos que le hablaban como si
fueran sus parientes cercanos…? ¿Cuándo había errado en aquellos laberintos
urbanos de salidas siempre cerradas con alambres de púas? Y sobre aquellas casas de
fieltro, aquellas yurtas mongolas en donde su familia se comportaba de forma
incomprensible, ¿había dormido en ellas o no, cuándo…?
En verdad, tales preguntas no tenían razón de ser, dijo Dondog. Su mundo se
construía en ese lugar, en el mundo de Dondog, simple y sencillamente el dominio
compacto de mi vida, de mi memoria y muerte.

Y a esa otra pregunta, a ese problema urgente que debía resolver y del que debía

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escribir la solución lo más rápido posible en su pizarrón, ¿qué razón de ser habría
podido encontrársele? ¿Trescientos cuarenta y tres, menos cincuenta y cuatro coma
cinco?
—Repito una vez más. Trescientos cuarenta y tres, menos cincuenta y cuatro
coma cinco, repitió la maestra.
De golpe aquella sencilla sustracción parecía de una dificultad insuperable. Había
minutos, como ese, en que se atoraban los engranajes de la aritmética de Dondog
cuando en general se deleitaba con los cálculos, en particular cuando el número con
que trabajaba era tan simpático como el trescientos cuarenta y tres, siete veces siete
veces siete. El pequeño se había puesto a observar con un aire preocupado su lápiz,
una pinza de cobre apretada por un anillo. Los cincuenta y cuatro coma cinco
permanecían amorfos en su cabeza. En lugar de seccionarlos al cuarenta y tres y de
hacer pasar lo demás debajo de la barra de los trescientos, el pequeño prefería
acordarse, una vez más, de las emociones de la noche anterior.
Su abuela Bruna acababa de atravesar el umbral de un templo con él: una
construcción baja con las linternas apagadas. Para entrar habían tenido que rodear al
yack que, parado con toda su mole, estaba estacionado frente al portón. Era de noche,
el yack babeaba y murmullaba. Olía mal. Gabriela Bruna había prendido primero las
varitas de incienso en la penumbra antes de unirse a los hombres que, arrodillados
detrás de un biombo, estaban fumando. Todos tenían hábitos de mendigos o de
guerreros mendigos, y fusiles. Si se llegaba a distinguir algún detalle, alrededor del
cuello se veían también unos talismanes de hechiceros.
—Dale un beso a tu abuelo, dijo Gabriela Bruna.
—¿Cuál es?, preguntó Dondog.
—Aquel, señaló Gabriela Bruna. Ese que se llama Togtaga Özbeg.
Dondog había tendido los labios hacia unas mejillas mal rasuradas, luego se sentó
sobre sus talones. Los adultos presentes se consideraban todos como comisarios del
pueblo. Hablaban de la lucha contra el enemigo de clase y de los campos. Criticaban
las últimas instrucciones del Comité militar que los obligaba a exiliarse más allá de
las montañas y de la taiga. Como el yack, algunos de ellos olían mal y murmullaban.
Tenían miedo. Habían perdido la guerra y tenían miedo.
Dondog se había apropiado de todo aquello en forma de recuerdo auténtico. No
había tenido necesidad de interrogarse mucho sobre lo real y lo no real. Todo era
verdad, todo había sido vivido así. Le habían comunicado el miedo en aquel templo
de linternas apagadas, y ahora, aquí, en la escuela, el temor lo perturbaba.
¿Y la resta? Sin pensar realmente, acababa de aislar una pequeña masa numérica
que se elevaba a once coma cinco. Once coma cinco, sí, ¿y luego? Sopesaba aquello
con estupor. Había olvidado qué le habían pedido que hiciera.
La maestra golpeó el escritorio con la regla de metal. Al fin tenían derecho de
atrapar el lápiz.
Obedeciendo a la señal, los niños que rodeaban a Dondog al instante rompieron la

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inmovilidad que les había sido impuesta. Las manos se movían con febrilidad. Las
puntas blanquecinas chirriaban a diestra y siniestra en cada uno de los pizarrones. Al
segundo reglazo, todos debían enarbolar el resultado de su cálculo.
El hierro retumbó.
Dondog levantó los brazos al mismo tiempo que los demás.
No había escrito ni una sola cifra.
La maestra le pidió que dejara su pupitre y avanzara hacia adelante para mostrarle
a sus compañeros la prueba de que los ybüres tenían agujeros negros en la mollera.
Me acuerdo de esa expresión, dijo Dondog. Le daba vueltas al pizarrón en todas
direcciones. Agujeros negros en la mollera. Recuerdo con nitidez aquella formulación
sarcástica. La imagen contenía una amenaza. En la voz de la maestra temblaban
algunas vibraciones inquietantes. La clase chilló una risa humillante, luego se calló.
Dondog volvió a sentarse.

Era un día nefasto, dijo Dondog.


Mucho más tarde, hojeando periódicos en la biblioteca del campo, encontré la
fecha exacta. Lo descubrí por casualidad y me apuré en olvidarlo de nuevo. Dejemos
este tipo de precisiones a los científicos que estudian la fealdad. Digamos que era
marzo. Hacia mediados de marzo, creo. Ya no hacía tanto frío, aunque la humedad lo
impregnaba todo. Estaba en tercero o cuarto. Tenía siete años, ocho.
Aquella mañana la mamá de Dondog no había conseguido disimular los siniestros
fantasmas que la obsesionaban a ella también. Examinaba a sus hijos con el rabillo
del ojo, a escondidas, y todos sus gestos carecían de honestidad, como cuando un
adulto suele esconder algo trágico. Se había tardado un tiempo fuera de lo normal,
demasiado largo, en amarrar las agujetas de Dondog, en abotonar el abrigo de Yoisha.
Negro estaba el contorno de sus ojos por la falta de sueño. En su mirada alargada por
aquel borde negro titilaba una fiebre triste. El teléfono había sonado en varias
ocasiones durante la noche. Acaso había sido eso lo que le impidió dormir. Se notaba
que se obligaba a no expresar la sensación que bullía en ella. Luchaba contra su
tendencia a la teatralidad. Nos apretaba contra ella con efusividad y se retenía para no
hacernos apapachos. Como de costumbre, había enumerado todo aquello a lo que no
había que acercarse a ningún precio: el canal, los desconocidos que pretendían ser
nuestros tíos, los grupos que berreaban canciones o eslóganes, cuerpos en la banqueta
si había cuerpos en la banqueta. Se dominaba, su voz era dura. Apenas si nos había
besado en el umbral de la puerta.
Por su parte, El padre de Dondog no se había dejado ver. Acaso seguía
durmiendo, o tal vez no había vuelto a casa pues durante la noche, mientras todo
descansaba en la ciudad y la campiña, luchaba contra el enemigo de clase. Ni Dondog
ni Yoisha habrían sido capaces de evocar las formas que cobraba aquel combate
nocturno: simplemente sabían que afuera, después de medianoche, en la heroica

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clandestinidad y las tinieblas, su padre merodeaba.

La puerta se cerró a sus espaldas con aquella ansiedad no explícita, con aquel pesar
no comentado. Los pequeños no bajaron corriendo las escaleras como dos cachorros
inquietos. Al contrario, se fueron arrastrando los pies, y al llegar a la calle echaron a
andar sin ánimo.
Una neblina densa había invadido las calles. La campanilla de las bicis tintineaba
con notas roncas y débiles. Los camiones y los raros vehículos particulares emergían
de la nada algodonosa, rugían antes de volver a hundirse en ella, instantáneamente
reabsorbidos y silenciosos. Dondog y Yoisha caminaban por la banqueta del muelle
Tafargo pero no tenían ganas de atravesar la acera para ir a contemplar más abajo las
aguas inciertas del canal o los pontones. Ya no se cruzaban con casi nadie. Avanzaban
rozando los muros, de los cuales algunos no habían sido remozados desde la última
guerra insurreccional y mostraban todavía las huellas de las balas. En general,
Dondog y Yoisha solían hacer una pausa frente a los cráteres y charrascadas que se
habían estrellado a su altura. Los tocaban con orgullo, los palpaban, los contemplaban
con un aire conocedor, como si ellos mismos hubiesen participado en el tiroteo. Sin
embargo, aquel día ninguno de los dos tenía ánimos como para lugar a los antiguos
combatientes. Rebasaron sin inmutarse el lugar en donde el cementerio estaba
cribado de impactos. Dondog no quería dejarse distraer. Le daba vueltas y vueltas a la
masa de su sueño. Veía de nuevo a los mendigos armados que tenían miedo y pensaba
de nuevo en el torpe adiós de su madre en el rellano de la puerta. Los había mirado
como cuando uno se separa de alguien en el andén de una estación.
Yoisha tampoco escondía su humor pesimista.
Estaba preocupado. Las razones de su aprehensión eran más racionales que las
que perturbaban a Dondog: unos grandulones lo habían amenazado la víspera. En la
clase de Yoisha había un chico, Schielko, que durante mucho tiempo había sido un
buen compañero suyo, es más, hasta había sido su mejor amigo. Sin embargo, ahora
se peleaba frecuentemente con él por motivos de rivalidad escolar, o porque ambos
reivindicaban el amor exclusivo de Vasila Temirbekian y de Nora Majnó, dos niñas
de primero. En sus disputas infantiles Schielko se las arreglaba para que metiera las
narices su hermano mayor, un quién sabe por qué llamado Tonny Bronx. Yoisha
expuso los meandros de su conflicto con Schielko. Su narración carecía de orden.
Saltaba de los bellos ojos de Nora Majnó a una obscura historia de trampa durante
una prueba de geografía. Dondog lo escuchaba distraído.
—Y además, completó Yoisha, los papás de Schielko están contra la revolución
mundial.
—No digas tonterías, replicó Dondog.
—Conozco a Schielko mejor que tú, se indignó de pronto Yoisha. Sé mejor que tú
lo que sus padres piensan de la revolución mundial. No creen y están contra ella.

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—Cómo me diviertes, dijo Dondog. Es imposible estar en contra. Incluso los
pequeños comerciantes están a favor, nos lo explicó mamá. Incluso los pequeños
propietarios.
—Siempre es lo mismo, gruñó Yoisha. Cuando no estás de acuerdo, te escondes
detrás de una frase de mamá. Es imposible discutir contigo.

El diálogo se agrió dándose por terminado. Los niños ponían mala cara,
sobrellevando cada quien por su lado la hostil humedad ambiental. La neblina
transportaba olores a encerrado y a gasóleo, un tufo a pescado muerto. También se
respiraban unas gotitas de exfoliante que se originaban en los sectores de la ciudad en
donde la reconstrucción aún no había empezado.
Dentro de la escuela se acentuó aquella peste a tóxico dulzón. Las salas de clase
producían ecos, como si la presencia física de los alumnos no bastara para colmar el
vacío. Con una voz amplificada por la reverberación de sus vocales, una niña parada
frente a Dondog pretendía que el humo le picaba los ojos cuando por ningún lado se
percibía el humo. Cuando todo el mundo se desperdigó en el patio durante el recreo
de las diez, la viscosidad de la grisalla había aumentado. El espacio desprovisto de
cielo pesaba sobre la imaginación. El perfume obsesivo del exfoliante inspiraba
algunas bromas y juegos basados en la asfixia, las máscaras de gas, los pedos
nauseabundos y la guerra química. Alguien hizo correr la afirmación de que la
fracción Werschwell se había lanzado a exterminar ybüres y que lo que flotaba en el
aire eran gases contra ellos.
En su miedo de ser agredido por el hermano de Schielko, Yoisha se quedó pegado
a Dondog sin alejarse de él bajo ningún pretexto, aplicando de nuevo la misma táctica
durante el recreo de fin de clases de la mañana y durante la comida en el comedor
escolar. Pero luego, tranquilizado por la falta de agresividad de Schielko y la
indiferencia de Tonny Bronx, quien a todas luces no tenía prisa por ocuparse de su
pellejo, volvió a mezclarse con los alumnos de su grupo.
Las clases empezaron de nuevo, dijo Dondog. En una atmósfera tan obscura
como la de la mañana, tan envuelta en las tinieblas como en la mañana que la maestra
tuvo que prender la lámpara del pizarrón para que pudiéramos copiar, la tarde se
alargó. Era una clase sobre el azúcar. Dondog se había despertado, aunque por
momentos seguía chapaleando en la espuma tibia de sus sueños. Intentaba fijar en él
la imagen de su abuelo Togtaga Özbeg. Seguía distraído. La maestra lo regañó con un
tono tan incisivo, tan odioso que incitó a sus compañeros a guardar silencio en lugar
de hacer demostraciones de hilaridad.

A las cuatro se encontró con Yoisha cerca de las rejas. Cojeaba con la cara maltratada
y la pierna sucia. Hacia el final del último recreo, a eso de las tres, Tonny Bronx y

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otros grandes lo habían arrastrado hasta la parte trasera de los baños para meterle un
susto. Habían formado un círculo a su alrededor y le dijeron que le iban a bajar los
calzones. Al batallar, Yoisha hizo que se resbalara de los brazos que lo aprisionaban y
se cayó hacia adelante, abriéndose la rodilla. La sangre había impresionado a sus
martirizadores, quienes se calmaron de inmediato. El hermano de Schielko había
dado la señal para dispersarse, además, en ese momento sonó la alarma. Los alumnos
se pusieron en fila. Para todo el mundo, dejando de lado a Yoisha, el incidente podía
considerarse como terminado.
Ahora, frente a las rejas, Yoisha tenía una actitud bastante fuera de lo común.
Oscilaba entre la desesperanza de un perro golpeado y una febril necesidad de
comunicar. Cuando hubo terminado su relato me devoró una terrible sensación de
culpa, dijo Dondog, No había visto nada de la humillación de la que su hermano
había sido víctima, lo que en sí mismo era condenable, pero sobre todo había sido en
la tarde, mientras su maestra explicaba por qué el azúcar se derretía en el agua y
cómo se caramelizaba y no había compartido el desamparo de Yoisha. Aquel
alejamiento egoísta no tenía perdón. Durante una sombría y larga hora, mientras las
lámparas iluminaban lúgubremente la clase de primer año, Yoisha se había
encontrado solo con su dolor y con el recuerdo de su espanto, acaso con la vergüenza.
Había faltado a mi deber de hermano mayor que era proteger a mi hermanito. Y
también había faltado a la solidaridad más elemental que era conocer las mismas
desgracias que él, al mismo tiempo que él.
Yoisha me dirigió una sonrisa nerviosa y empezó a limpiar con saliva la mancha
de sangre que ennegrecía la pierna de su pantalón. No pensaba en guardarme rencor,
y por lo demás expresaba ahora su satisfacción de haber salido tan bien parado. Era
verdad, los grandulones no habían tenido tiempo de bajarle los calzones, maniobra
que los alumnos llamaban rabo al aire.
—No cuentes nada de esto en la casa, me suplicó Yoisha.
Su mirada era vacilante.
—¿Y tu rodilla?, objeté.
—Diremos que me caía en el recreo, dijo Yoisha. Pa qué hablar de los
grandulones, o de Schielko. Pa qué hablar del rabo al aire.
—Está bien, te lo prometo, dije. Pero espera, ¿te pusieron el rabo al aire?
—No tuvieron tiempo, enrojeció Yoisha.
—¿Es verdad?, pregunté.
—¡Si te estoy diciendo que no!, me dijo gritando.
Ahora estaba menos seguro de que Yoisha hubiese evitado la infamia. Que le
bajen los calzones es algo penoso, mucho más demoledor que una golpiza. Sin
medios y con bastante brutalidad, uno era proyectado a la infancia repugnante de la
especie; frente a los demás mostrábamos que no éramos nada sino animales solitarios
y ridículos, provistos de órganos sexuales ridículos. Aunque la amenaza fuese
constante, no recuerdo haber asistido a muchos rabos al aire; aquellos que practicaban

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esta forma de hostigamiento no ignoraban que su rareza la volvía aún más temible.
De hecho, recuerdo haber asistido a un solo rabo al aire, el de Schlumm.
Schlumm era un alto muy flaco, enjuto como un lobo, con el cabello castaño cortado
a la brosh muy corto. Estaba en el patio en el centro de un círculo. La bola de niños a
su alrededor se daban vuelo con las pullas. Se burlaban de el porque su familia vivía
en una barcaza fluvial, una peniche, porque había nacido de padre desconocido,
porque su hermana mayor había sido fusilada; también encontraban la forma de
estigmatizar a su madre, quien cometía el error de llevar ropa de estilo mongol con
bordados llamativos. Schlumm tenía la fisonomía de una bestia atrapada, aunque
bestia de pocos modales, por lo que nadie se atrevía a molestarlo de muy cerca. Se
alzaba de hombros espetando que el acoso se agotara por sí solo. Con perfidia, un
alumno se había acercado a Schlumm por detrás, y con un movimiento imparable le
había balado el pantalón y la trusa hasta los tobillos. Una jocosa manifestación de risa
colectiva había saludado el ataque aunque, para ser honestos, la desnudez de
Schlumm no era muy evidente cubierta por su camisa toda arrugada.
Schlumm, que hasta entonces había aguantado bastante bien aquellas ignominias,
de pronto se dobló, petrificándose como si una fuerza terrorífica le hubiese arrancado
toda energía. Su rostro amarillento había enrojecido. Sus ojos se enturbiaron. Sus
párpados temblaban. Permaneció así unos cinco o seis segundos antes de moverse de
nuevo. Se agachó. Era incapaz de volver a vestirse rápido. Abotonarse el pantalón
parecía exigirle un esfuerzo enorme. No sé cómo se produjo aquello pero entonces
me sentí tan herido como Schlumm. Tenía ganas de llorar, dijo Dondog. La ola de
soledad que anegaba a Schlumm también me anegaba a mí en aquel momento. He
asistido a innumerables abominaciones en el curso de mi existencia, a rachas de
salvajadas mucho peores, pero no he olvidado nunca aquella lentitud incoercible de
Schlumm, las manos entumecidas de Schlumm excluido de golpe del mundo,
fulminado.
Dondog se interrumpió antes de retomar la palabra.
Apreté la mano de Yoisha con la mía, dijo. No sabía qué hacer para consolarlo.
—La próxima vez llámame con todas tus fuerza. Grita, aúlla.
—Te llamé, pero no me escuchaste, contó Yoisha.
Echamos a andar por la orilla del canal. Durante el día el mundo de los adultos se
había sumido en una siniestra locura, cualquier medio de expresión llamaba a la
limpieza étnica aunque no teníamos ninguna idea de eso en aquel entonces.
Un camión militar nos rebasó, después un segundo. Veíamos a los soldados
sentados en los bancos laterales, con los brazaletes de la Fracción Werschwell.
Apenas los seguimos con los ojos. A esa hora, los vehículos del ejército y la cabeza
de los soldados de infantería no nos fascinaban en lo más mínimo.
En el muelle, al otro lado de la calzada, había un cuerpo tendido. El segundo
camión frenó a su altura. Bajaron tres hombres. Levantaron el cuerpo que acostaron
en el parapeto; al cabo de dos segundos de silencio lo hicieron rodar para que cayera

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en el agua.
Yoisha y yo intercambiamos una mirada furtiva.
—No lo cuentes, me suplicó Yoisha una vez más.
—¿Qué?, pregunté.
—El rabo al aire, exhaló Yoisha.
—No te preocupes, dije. Palabra de honor.

La neblina no se había diluido, sólo había aprovechado el ligero calentamiento de la


tarde para subir a la altura de los techos, por lo que ahora volvía al ras del suelo.
Cuando el camión retomó su marcha, nos aguantamos las ganas de atravesar la calle
para ver el cuerpo sumergido en el canal. Más tarde, cuando Yoisha pronunció el
deseo de detenerse un instante cerca de la exclusa, hicimos cuenta que habíamos
tenido el permiso de hacerlo desde siempre.
Mientras contemplábamos los chorros del agua que caían en la corriente, se
acercó a nosotros una mujer corpulenta vestida con un chaleco negro bordado y una
enorme falda negra, de lana, de la que se desprendía un fuerte olor a fuego de madera
y a combustóleo. Se agachó hacia nosotros, nos besó y tomó nuestras manos con las
suyas.
—Qué tranquilidad encontrarlos aquí, pequeños, dijo. Su abuela se mordía las
uñas por la preocupación. Por eso me envió a buscarlos.
Yoisha de inmediato se sintió en confianza y lo dejó ver. Dondog hubiera querido
ser más prudente pero su corazón palpitaba. Por un segundo había tenido la ilusión de
que el sueño de aquella noche retomaba su curso y de que su abuela y aquella mujer
eran una sola. Las dos tenían la misma manera de vestirse y, en resumidas cuentas, la
misma apariencia física. Al cabo de tres segundos de reticencia formal, decidió
olvidar las advertencias contra las criaturas malvadas y los desconocidos. Aquella
mujer, incluso si no la identificaban con claridad, acababa de mencionar a su abuela.
Era absurdo creer que se trataba de una triquiñuela de una vendedora de niños, una
hechicera o una pogromista.
—No vamos a volver a casa, dijo la mujer. No volveremos al departamento del
muelle Tafargo. Iremos a otro sitio.
—¿Adónde?, quiso informarse Yoisha.
—A las peniches, dijo la mujer.
—¿Vamos a una peniche?, preguntó Yoisha.
—Sí, dijo la mujer. Es una casa como cualquiera, salvo porque flota.
—Yo ya estuve a bordo de una peniche, dijo Dondog, no sin orgullo. El año
pasado.
—Lo sé muy bien, dijo la mujer. Tu abuela me lo contó. Vino a vernos. Por
desgracia no había nadie.
—No, no había nadie, dijo Dondog. Sólo los perros.

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—Y tú, ¿eres una amiga de la abuela?, preguntó Yoisha.
—Sí, dijo la mujer. Soy una amiga de tu abuela. Tenemos el mismo nombre.
Gabriela Bruna. Soy la mamá de un niño que está en la misma escuela que ustedes.
Soy la madre de Schlumm.
—Ah, sí, Schlumm, dijo Dondog, es un grande.
—Sí, es un grande, dijo la madre de Schlumm.
—No estamos en la misma clase, no nos hablamos, dijo Dondog.
—No importa, dijo Gabriela Bruna. De cualquier forma Schlumm nunca ha sido
muy locuaz… ¡Vamos chicos! Pasemos al otro lado de la exclusa.
Un escalofrío erizó el espinazo de los dos niños. Bajar una escalera del muelle y
aproximarse al límite extremo del canal era una prohibición que habían querido
transgredir muchas veces sin atreverse a hacerlo, pero lo que la mamá de Schlumm
les proponía hoy rebasaba en audacia todo lo que habían imaginado hasta entonces:
franquear el foso del agua caminando en la cima de las puertas de la exclusa sobre la
estrecha, la reluciente plataforma metálica negra.
—No tenemos derecho a pasar por ahí, notó Yoisha.
—No, dijo la madre de Schlumm. Pero si pasan conmigo, agarrándome la mano,
pueden.
—¿No nos van a regañar?, preguntó Dondog.
—No, dijo la madre de Schlumm.
Atravesar la exclusa era una aventura tan formidable que olvidamos las penas de
aquel día. A la derecha rugía un pozo sin fondo. A nuestra izquierda, el agua estaba
alta, lisa, de un verde sombrío irisado por algunas salpicaduras de gasóleo. Al fin
veíamos de cerca las ruedas dentadas que manipulaba el esclusero, las palancas, los
volantes de hierro. Sentíamos la vibración de la pasarela bajo los pies. El terror de
ahogarnos nos emocionaba. El mundo de los adultos ya no tenía secretos para
nosotros.
Al otro lado de la exclusa el empedrado estaba todo húmedo de neblina. Nos
paramos y nos dimos vuelta para contemplar con orgullo el trayecto recorrido. Más
allá del canal el paisaje ya no era el de costumbre, incluso el canal había perdido la
apariencia que le habíamos visto hasta ese día. Nos costaba creer que nos habíamos
encontrado siempre a doscientos metros de casa. El punto de vista había cambiado,
los inmuebles se habían desplazado, ahora parecían desnudos y sórdidos. La ciudad
se había vuelto una extranjera. La neblina absorbía la parte superior de nuestra casa.
Contando las plantas, podíamos ver el balcón del que a veces nos asomábamos para
escupir a los pasantes. Las ventanas estaban abiertas, una cortina colgaba de forma
extra na en el exterior. En la parte baja del inmueble, cerca de la entrada, había un
transporte con tropas estacionado, unos soldados y unos policías discutían. En la
banqueta se alcanzaban a ver sillas rotas, trozos de vidrios y la alacena del comedor.
Cuando nos divertíamos a tirarle algo a la gente que iba por calle desde el quinto
piso, era pura saliva. O bolitas de papel. Pero muebles, nunca.

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—¿Y nuestros papás?, quiso informarse Dondog. ¿Saben que vamos a una
peniche?
Yoisha balanceaba su portafolio en el extremo de su brazo. Tenía un aire
despreocupado, pero supuse que en el fondo no lo estaba.
—Cuando estemos en la peniche, ¿van a venir a buscarnos?, dijo.
La mujer nos acarició la cabeza, se inclinó hacia nosotros y besó a Yoisha. Se
acuclilló luego frente a mi hermanito para acomodarle la bufanda en el cuello y le
volvió a dar un beso. Olía en verdad muy fuerte a fuego del campo, a perro, a
gasolina. Al inicio me había espantado un poco, pero ahora que nos tomaba en sus
brazos como lo hacía me parecía alguien amable.
—A ver niños, a ver, dijo ella. Escúchenme bien. Su abuela estará allá al rato,
pero no sus padres. No vendrán a buscarlos esta noche. Ustedes van a dormir en la
peniche.
—Tampoco habrá escuela mañana, continuó la madre de Schlumm.
—¿Qué?, se asombró Yoisha, con una cómica exageración. ¿Mañana escuela
no…?
A todas luces, la noticia lo tenía encantado.
—Espera, ¿qué tienes en la pierna?, preguntó de pronto la madre de Schlumm.
¿Te caíste?
—Sí, dije yo, con autoridad. Se cayó en el patio. Lo empujó un grande.
—Es verdad, confirmó Yoisha. Me empujó un grande.
—¿Lo hizo a propósito?, quiso informarse la madre de Schlumm.
Yoisha se puso a sacudir su portafolio en todas direcciones. La agitación había
hecho que sus mejillas se pusieran rojas.
—No, no lo hizo a propósito, dijo. Pasó así, nada más.

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IV. Las peniches

Para bajar al río hay que atravesar las ruinas del antiguo puente, ese que había sido
destruido durante la segunda guerra. Plantadas en los raigones de cemento, las
gaviotas nos vigilaban. Sus ojos, carentes de expresividad, eran enormes. Nuestra
irrupción cerca de ellas no las perturbaba. Yoisha se acercó. La más rechoncha se
tensó en actitud amenazante, desplegó las alas y entreabrió el pico.
—Cuidado, dijo Gabriela Bruna. A esas las conozco. Son malas. A la que abrió el
pico la llamo Jessie Loo, en recuerdo de una amiga.
—Jessie Loo, gritó Yoisha. ¡Acostada!
El pájaro no retrocedía. Yoisha dio un zapatazo.
—¡Jessie Loo!, gritó Yoisha de nuevo. No queremos hacerte daño, ¡sé más
amable!
De mala gana, el ave fingió haber sido impresionada y emprendió una retirada
exigua. Zigzagueábamos entre los hierros torcidos y el cemento. La ciudad se
terminaba en aquel cascajo. A partir de ahí se extendía un campo común y corriente:
prados de alfalfa, álamos, la carretera libre, granjitas con los postigos cerrados.
—Son los restos del puente que voló durante la guerra, dijo Yoisha, todo
orgulloso de mostrar su saber frente a un adulto.
—Sí, confirmó Gabriela Bruna.
—¿Fue dinamitado?, pregunté.
Fingía ignorarlo todo. En realidad, me sabía de memoria las circunstancias de la
operación, el número de muertos, incluso el origen de los explosivos utilizados,
aunque esperaba escuchar la historia otra vez, en esta ocasión en la boca de una
narradora diferente, una Gabriela Bruna distinta y casi exótica, pues era la mamá de
Schlumm.
—Sí, dijo ella. Los partisanos la hicieron explotar.
Y no añadió nada más. Tras una barrera de juncos empezaba un camino de tierra
que no utilizaba nadie salvo los marinantes y sus familias. Luego continuaba el
muelle. La ribera había sido arreglada tiempos atrás, pero ahora sólo se trataba de
territorio abandonado y cubierto de hierbas y charcos. Las gotitas heladas nos
mojaban las mejillas y el pelo. Teníamos frío. La neblina ocultaba la otra orilla,
haciendo invisibles los extensos edificios y la chimenea de la fábrica donde armaban
tanques. Otras gaviotas, más amables que las primeras, volaban por encima del río,
del Chamián. Eran numerosas, poco gritonas, y volaban bajo.
—Me sé la canción de los partisanos, dije.
—Ah, eso está muy bien, Dondog, me felicitó la mamá de Schlumm. Muy bien.
Como no había añadido nada más, entoné la canción. No entonaba los himnos
esenciales de los adultos si los adultos no lo pedían de forma explícita, dijo Dondog.
Quinientos metros adelante, Gabriela Bruna se detuvo un momento y se dio

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vuelta hacia atrás para asegurarse que no hubiese surgido nada de lo que pudieran
preocuparse. Había entrecerrado los ojos, las aletas de su nariz palpitaban. Se leía con
tanta nitidez la ansiedad en su rostro surcado por las arrugas como el de una vieja,
duro, seco y sombrío, que por un instante me encontré en el sueño de la noche
anterior en el que mi abuela y sus compañeros admitían, entre dientes, que habían
perdido la guerra y que había que seguir huyendo. Su expresión me puso la carne de
gallina. Yoisha examinaba también aquellos rasgos a los que aún no habíamos tenido
tiempo de acostumbrarnos del todo. Ignoro lo que discernía. Vino a pegarse contra
mí. Tenía ganas de hablar pero no decía nada.
Apreté los dedos helados de Yoisha entre los míos y me acerqué a Gabriela
Bruna, a su cadera lanuda, a su falda y a su chamarra que olía al fuego, al carburante,
a los perros. Me acerqué a ella hasta tocarla. A nuestras espaldas la ciudad había
desaparecido. Ahora estábamos lejos de nuestro edificio. Al borde del río Chamián,
en aquel sitio nada familiar, Gabriela Bruna era nuestra única aliada posible.
Entonces vimos dos penichcs amarradas y las armazones de tres yurtas pequeñas,
montadas al estilo mongol, en un terreno baldío en donde la hierba aún no había
reverdecido. Algunas siluetas se animaban en la ribera. Más allá, todo se había
fundido con la grisalla. Diez años antes el sitio había servido como plataforma de
carga, por lo que se veía una báscula, una sección con rieles y la fundación de un
hangar. Las instalaciones habían ardido durante la guerra. Sin ser reconstruidas. Las
tiendas se erguían en aquella explanada al abandono. Habían pasado ahí algunas
temporadas, seguro varios inviernos. Los niños escolarizados de los marinantes
vivían ahí cuando la peniche partía para transportar el frete a lejanos destinos.
Algunos perros resguardaban el lugar de noche y de día. Espantaban a los
indeseables, a los raros andariegos.
Los perros llegaron al galope, sin ladrar. Gabriela Bruna los calmó con voz
imperiosa. Nos olisquearon, le lengüetearon las manos a Yoisha y se fueron hacia las
yurtas, emocionados por el regreso de su dueña y por las caricias de Yoisha. Casi no
me acordaba de la primera visita que había hecho el año anterior a mi abuela, pero el
nombre de los perros se me había quedado grabado: Smoky, una perra loba de un
negro reluciente, y Smierch, un cruzado pelirrojo.
El campamento se había instalado desde mucho tiempo atrás, y hoy los
marinantes se atareaban en desmontarlo. Cuando estuvimos muy cerca de las tiendas
reconocí a Schlumm. Se nos había adelantado en bici por la carretera mientras
nosotros vagábamos por la orilla del canal y del Chamián.
Sin dejar de trabajar y sin acordarnos la menor atención, Schlumm le hizo un
gesto a su madre.
—Apúrate, dijo Gabriela Bruna.
—¿Viste, al venir?, preguntó Schlumm. ¿A los soldados?
—Sí, dijo la madre de Schlumm. Apúrate. Se van poner furiosos con el
crepúsculo. Habrá que irse para entonces.

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—Ya se enojaron, dijo Schlumm. Vi a unos tipos de la Fracción Werschwell que
tiraban a alguien por la ventana.
Schlumm era el único niño que ayudaba a los adultos. Otro grande, Tanéyev,
llegó más tarde y participó también en la mudanza, pero por el momento Schlumm
era el único.
Una yurta es una construcción muy sencilla, y hace algunos años leí en un libro
que bastaba una media hora para separar los elementos y repartirlos en el lomo de
caballos, camellos o yacks. Sin embargo, el acto de desmontarlas se demoraba mucho
más que eso, quizá porque los marinantes pertenecían a una generación que había
perdido contacto con la realidad nómada y pastoral de las altas mesetas. Gabriela
Bruna ayudó a su hijo a enrollar un tapete de fieltro y a atarlo con una correa, luego
nos hizo subir en la primera peniche. Bajamos a la parte habitable. Hizo que nos
instaláramos ahí. No teníamos derecho a salir bajo ningún pretexto.

Gabriela Bruna nos había zambutido en las manos una taza de té.
Y había vuelto cerca de las yurtas.
En el espacio de madera y de cobre en donde ahora nos encontrábamos recluidos,
la luz se difuminaba con parsimonia. Había una estufa de combustóleo prendida que
emitía fuertes olores y mucho calor. Yoisha se sentó frente a la mesa recubierta de
hule. De su portafolio sacó un cuaderno de notas y un lápiz y se puso a dibujar en
silencio. Habría preferido ir afuera para chacotear con Smoky, pero si algo habíamos
entendido era que más valía no pensar mucho en ser desobedientes.
—Pórtense bien, chicos, había dicho Gabriela Bruna. Bártok está aquí. Bártok los
vigila.
Bártok, un hombre muy viejo y fosilizado, estaba sentado en un sillón de mimbre
con ojos carentes de vida. Su boca se abría en algunas ocasiones, aunque en otras sólo
hacía muescas que apenas provocaban algo de salivación.
Esa presencia no nos chocaba pues en más de una ocasión nos habíamos acercado
a los ybüres centenarios.
Me planté frente a Bártok y le dije:
—¿Te sabes el canto de los partisanos? Yo me lo sé.
El viejo no reaccionó.
—Nuestro papá fue partisano durante la guerra, se pavoneó Yoisha sin dejar de
dibujar. Descarrilaba trenes.
Esperé aún una pisca de segundos antes de añadir:
—Si quieres puedo entonarlo para ti, el canto de los partisanos.
Escruté la boca del viejo ybür. Los labios esbozaban un movimiento. Lo escruté
con mucha atención. Estaba a punto de comenzar la melodía e hilvanar todas las
estrofas cuando me pareció que Bártok expresaba de golpe una especie de
reprobación. Yo también me callé.

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En la noche soltaron las amarras. Muchas otras personas, incluyendo niños, se habían
unido a nosotros en el crepúsculo. Ni Gabriela Bruna, ni mi abuela y ni mis padres
había subido a bordo. En lugar de alejarnos del peligro, nos deslizamos hacia la
ciudad por razones que, aún hoy, me parecen inciertas pero que debían estar ligadas a
la navegación fluvial durante las horas nocturnas, o al sentido de la corriente, o a
problemas del motor, o incluso a una cita que había que cumplir con no sé qué
combatientes de la sombra. Nos deslizamos lentamente en dirección de la ciudad.
Poco tiempo después de haber rebasado el entronque del canal, la peniche atracó de
nuevo. Habías rodeado el inmueble del muelle Tafargo sin verlo. El puerto estaba
situado a poca distancia del hospital. Y en el puente tampoco brillaba nada.
La Ciudad estaba completamente negra.
A nuestro alrededor todos guardaban silencio. Escuchábamos cada tanto el rumiar
de Bártok, su ruido de labios antiguos y de saliva. En un momento dado, el viejo se
puso a cantar. Murmuraba algo que recordaba el canto de los partisanos, o al menos
los primeros compases. Aquello me angustió. Sabía que en parte era responsable de
aquel minuto insensato y me parecía que Gabriela Bruna me miraba con aire
descontento en la obscuridad.
Alguien debió rozar el brazo de Bártok o sacudirle el hombro porque, de golpe, el
canto enmudeció.

—¿Está ardiendo?, preguntó Gabriela Bruna.


Habían pasado las horas. Muchas.
Schlumm se arrastró hasta los escalones. Subió sin prisa los escalones de madera,
y como si corriera el riesgo de que le apuntara un francotirador empujó la puerta con
cuidado. El aire exterior se abalanzó dentro del habitáculo de la peniche, un aire
neblinoso que acarreaba olores a carpa y a fango, a hierbas flotantes y a anguilas, a
carrascos espinosos y a renacuajos, a matalotes y a pescados viscosos e incomibles.
La obscuridad era densa. La luz no había sido restablecida en el puerto fluvial.
Ningún edificio estaba iluminado. Nada, en ningún sitio, brillaba.
Schlumm tendió la cabeza hacia el cielo y continuó su avance hacia el exterior.
—Ten cuidado hijo, murmuró Gabriela Bruna.
Schlumm se congeló de inmediato.
Éramos una decena los que lo mirábamos desde abajo, niños y adultos, ansiosos
de saber lo que iba a decir. Su silueta se dibujaba contra el cielo sin estrellas. El
muchacho más que flaco se irguió en el extremo de la escalera. Se había apoyado en
los brazos y estiraba el busto y el cuello, dando la impresión de que deseaba mimar a
un animal, por ejemplo a una lagartija extirpándose de una grieta, o a un varano que
escucha al mundo.
Permanecía impasible. Y al acecho.

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—No se ve nada, comentó. Cortaron la electricidad en todas partes. En las casas
la gente no prende las velas. No hay una sola chispa de luz. La gente permanece en la
obscuridad.
De nuevo lo escuchamos avanzar un poco.
—No, no vayas más lejos, ordenó Gabriela Bruna.
Alguien debió rozar el brazo de Bártok o sacudirle el hombro porque, de golpe, el
canto enmudeció.

—¿Está ardiendo?, preguntó Gabriela Bruna.


Habían pasado las horas. Muchas.
Schlumm se arrastró hasta los escalones. Subió sin prisa los escalones de madera,
y como si corriera el riesgo de que le apuntara un francotirador empujó la puerta con
cuidado. El aire exterior se abalanzó dentro del habitáculo de la peniche, un aire
neblinoso que acarreaba olores a carpa y a fango, a hierbas flotantes y a anguilas, a
carrascos espinosos y a renacuajos, a matalotes y a pescados viscosos e incomibles.
La obscuridad era densa. La luz no había sido restablecida en el puerto fluvial.
Ningún edificio estaba iluminado. Nada, en ningún sitio, brillaba.
Schlumm tendió la cabeza hacia el cielo y continuó su avance hacia el exterior.
—Ten cuidado hijo, murmuró Gabriela Bruna.
Schlumm se congeló de inmediato.
Éramos una decena los que lo mirábamos desde abajo, niños y adultos, ansiosos
de saber lo que iba a decir. Su silueta se dibujaba contra el cielo sin estrellas. El
muchacho más que flaco se irguió en el extremo de la escalera. Se había apoyado en
los brazos y estiraba el busto y el cuello, dando la impresión de que deseaba mimar a
un animal, por ejemplo a una lagartija extirpándose de una grieta, o a un varano que
escucha al mundo.
Permanecía impasible. Y al acecho.
—No se ve nada, comentó. Cortaron la electricidad en todas partes. En las casas
la gente no prende las velas. No hay una sola chispa de luz. La gente permanece en la
obscuridad.
De nuevo lo escuchamos avanzar un poco.
—No, no vayas más lejos, ordenó Gabriela Bruna.
—Hay faros que brillan de vez en cuando, pero no duran mucho, dijo Schlumm.
—Los apagan, dijo alguien a mi lado.
Reconocí la voz despostillada, la voz miserable de Yániya Ochoian que, cuando
iba a comenzar una explicación, se puso a bostezar por el silencio. Se sentía incapaz
de añadir algo.
Me imaginaba los camiones que rodaban con lentitud por las avenidas o las
callejuelas, y me imaginaba aquellas lámparas que agujereaban a las tinieblas durante
un segundo y al instante enceguecían de nuevo. Algo muy sucio se estaba llevando a

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cabo, algo insoportablemente sucio, lo sabía, pero me costaba representarme los
muros, la gente, los soldados. En mi cabeza la escena no se animaba. El ritual de la
matanza aún me resultaba demasiado desconocido como para suscitar en mí imágenes
odiosas y precisas.
—¿Escuchas algo?, preguntó Gabriela Bruna. ¿Escuchas lo que pasa?
Schlumm avanzó otro medio metro y se volvió de nuevo una estatua, arqueado
siempre en sus patas delanteras. Ahora se encontraba mucho mejor situado que
nosotros para entender si el peligro aumentaba o no. Había una ventana abierta al
fondo del espacio habitable de la peniche, y a nuestro aire dedor onduló una corriente
de aire mucho menos limpio que el que habíamos olido hasta entonces, como si el
viento acabara de levantarse en el Chamián, cuando en realidad ningún soplo de
viento recorría el río o la Ciudad.
La estufa había sido apagada desde hacía un largo rato. A mi lado Eliana Schust
tuvo un escalofrío. Y se pegó a mí con más fuerza.
Salvo las respiraciones y los latidos del corazón de los adultos, perros y niños que
se amontonaban cerca, escuchaba sobre todo el estremecimiento de la corriente
contra el casco de la embarcación. Aunque, a menos de doscientos metros, iniciara el
territorio de los asesinatos étnicos y los linchamientos, el espacio neutro de las
instalaciones portuarias que ahogaban las manifestaciones sonoras. Reduciéndolas a
un rumor incierto.
—Escucho unos crujidos, dijo Schlumm. Y se oye que rompen cosas, que caen
vidrios. Imposible decir, a la distancia, qué sucede.
—¿Qué tipo de crujidos?, preguntó alguien.
—Explosiones secas, dijo Schlumm. Acaso disparos de revólver. Se oye lejos.
—A lo mejor no pasa gran cosa, después de todo, dijo Yániya Ochoian, cuya voz
se quebró después.
Un sollozo horrible la ahogaba.
Alguien se arrastró hasta ella y le cuchicheó en el oído palabras tranquilizadoras.
Acaso el pequeño Ochoian, o una mujer, o Tanéiev, quien había sido recogido por ella
el año anterior y a quien consideraba como su propia madre.
—De hecho todo está tranquilo, completó Schlumm luego de un minuto. Como si
la ciudad estuviera durmiendo.
—No, la ciudad no duerme, dijo Gabriela Bruna. Nadie duerme.

Aquella frase revivió el lado siniestro de las cosas. De pronto tuve consciencia de que
miles de personas, ybüres como nosotros o de las familias de los jucápiras o de los
yiz, se escondían allá en la obscuridad momificados por el terror y la soledad,
esperando a que llegaran sus asesinos, y me pareció que a su alrededor miles de
vecinos escuchaban, inmóviles también, asumiendo su estatus de testigos idiotas,
temblando tan sólo por ser confundidos por error con las víctimas, esperando

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asimismo que todo acabara.
El miedo iba y venía entre nosotros, y de nuevo, después del comentario de
Gabriela Bruna, se vertió en mi vientre dejándome helado. Cuando habíamos
atracado en plena ciudad, sin posar ninguna pasarela para bajar a tierra y
permaneciendo escondidos en la peniche, cuando los adultos nos habían exhortado a
no hacer ruido, pasara lo que pasara, las angustias que había reprimido desde la
mañana se me echaron encima; sin embargo, la morosidad regular de la noche se
había encargado por fin de adormecerme. Los adultos se callaban, sobre todo las
mujeres ybüres que habían embarcado con sus hijos ybüres. Su presencia era
tranquilizadora. Durante la primera media hora, una de ellas, Yániya Ochoian, nos
había dado unas galletas; luego circularon unos termos de té tibio, creando una
especie de normalidad relajada, como si más allá de los muelles ninguna infamia en
particular se estuviera llevando a cabo. No obstante, en el fondo de las sombras,
nuestro espanto común se había vuelto ahora tan agudo que sólo la petrificación nos
permitía adelgazarla. Nosotros también éramos como los hombres y las mujeres
bloqueadas de la Ciudad ennegrecida, bestias abatidas por la incertidumbre,
desprovistas ya de todo sentido de futuro, suspendidas a los ruidos del presente:
aletargados frente a lo innombrable.
Con dificultad transcurrió un minuto. Las respiraciones se volvían pesadas.
Escuchábamos al viejo Bártok rechinar entreabriendo los labios. Yoisha dejó su lugar
al lado de Smoky para venir a arrellanarse contra mí, entre Eliana Schust y yo. La
perra soltó un pequeño gruñido, se puso de pie y unos segundos más tarde vino a
recostarse a los pies de Yoisha.
Schlumm ahora estaba acuclillado en el puente. Había avanzado un poco más. En
el exterior de un negro profundo su silueta se recortaba con un tono más claro.
—Entonces, ¿no está ardiendo nada?, continuó Gabriela Bruna.
—Sí, dijo Schlumm. Allá, empieza. Empieza a ponerse rojo.
—¿En qué barrio?, preguntó alguien.
—No lo sé, dijo Schlumm. Es como si la ciudad hubiese desaparecido. No se ve
nada.

A veces, en la obscuridad, me planteaba algunas preguntas. ¿Qué pasaba, allá, en la


obscuridad inmunda, con el papá y la mamá de Dondog…? ¿Por qué tan pocos
hombres habían subido a la peniche…? ¿Qué aire tenían las calles en ese momento,
qué escenas extrañas se avizoraban cuando los faros de los camiones enceguecían a
los soldados y los civiles y se extinguían casi de inmediato…? ¿Por qué la primera
Gabriela Bruna, la abuela de Dondog, no había podido unírseles…? ¿Durante cuánto
tiempo nos había confiado, a Yoisha y a mí, a la segunda Gabriela Bruna? ¿Cuándo
volvería a estar junta nuestra familia…? ¿Y por qué los adultos no decían nada claro
frente a nosotros, ni entre ellos…?

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Y para rematar: ¿por qué la revolución mundial no venía en nuestra ayuda?
A veces, en la obscuridad, prosiguió Dondog, cerraba los ojos, escuchaba lo que
los otros a mi alrededor guardaban en secreto, los gritos que retenían, los monólogos
de horror que pasaban por sus cabezas y que no rebasaban sus labios. Escuchaba los
gemidos incesantes de los perros, escuchaba jadear a Yániya Ochoian, escuchaba el
rumiar amargo de Bártok sobre su parálisis y el sangrante absurdo que había
remplazado la lógica marxista de la historia, escuchaba cómo temblaban los huesos
de todos y cada uno, escuchaba quejarse a Gabriela Bruna por haber abandonado
como una tonta el universo de los campos cuando la vida ahí era, en resumidas
cuentas, menos repugnante y apacible que en este lugar. Escuchaba a Smoky, la perra
lobo, gruñir de miedo, escuchaba a Tanéiev enumerar los nombres de los
desaparecidos, entre quienes figuraban su padre y su madre, escuchaba al viejo
Bártok tomar la palabra para maldecir el retraso y los desvarios de la revolución
mundial, escuchaba al minusválido Golovko, el papa de Mathyl Golovko, llamar en
vano a su mujer y escuchaba a su hijo suplicar en vano al destino, o a los hombres de
la Fracción Werschwell, que perdonaran a su mujer y a su hijo. Luego, en la negrura
total, abría los ojos. Nadie hablaba, dijo Dondog. Todo el mundo escrutaba el
silencio. Bártok se tragaba el aire y lo escupía con silbidos de un centenario. Cerca de
la estufa apagada rumiaba sus anatemas izquierdistas —aunque no los decía en voz
alta. Los perros no hacían ruido, los adultos se abstenían de hacer el menor
comentario. La tranquilidad de las tinieblas bien habría podido parecerle anodina a un
observador exterior, suponiendo que semejante ser haya podido existir en este bajo
mundo. Por ejemplo, la mamá de Ochoian aspiraba, era cierto, como alguien que
estaba llorando, pero de ninguna manera se quejaba, y al final no era muy difícil
pensar que se había resfriado un poco, que aguantaba mal las corrientes de aire
húmedo, y que en su sueño se había resfriado.

No muy lejos, quizá en una sala de hospital o un pasillo, una ráfaga de metralleta
desgarró la somnolencia general. Hacía mucho tiempo que Schlumm había
desobedecido a su madre. Había brincado al muelle. Nada especial se había
producido desde entonces. Tiros de arma automática ya habían alterado la noche,
pero jamás con tal nitidez.
—¿Qué hora es?, preguntó alguien.
—Espere, dijo el papá de Mathyl Golovko.
El papá de Mathyl Golovko había desplegado su brazo inválido. Se puso a
escudriñar la carátula del reloj. Junto con el viejo Bártok, él era el único hombre que
se había refugiado en la peniche. Había llegado después del atardecer, persuadido de
que ahí encontraría a su mujer y a su hijo, y cuando no los vio entre nosotros se había
quedado a bordo sin saber bien cómo actuar. No había pronunciado palabra, había
esparcido en un rincón su cuerpo desvalido, intentando hacerse olvidar por todos los

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medios. Sin embargo, como ahora poseía un reloj de agujas fosforescentes, por fin
había tenido la ocasión de volverse útil. El reloj era viejo, la claridad mágica de sus
agujas había disminuido mucho de calidad con el trascurso de los años. El padre de
Mathyl Golovko movía el brazo para analizar las ínfimas huellas verdosas de la
carátula. Aquellos que no dormían se voltearon hacia él. Esperaron un minuto, y
frente a la ausencia de respuesta, se reinstalaron en su angustia.
Un buen rato después circuló un rumor entre nosotros que decía que era la una. El
origen del rumor no fue el papá de Mathyl Golovko. El hombre había avanzado hacia
las escaleras con la esperanza de aprovechar alguna reverberación de las llamas que
hubiesen podido acelerar su lectura, por lo que seguía examinando muy cerca su puño
sin decidirse a hablar. El rumor creció y varias personas, Gabriela Bruna entre ellas,
empezaron a debatir sobre una cuestión que me pareció aún más lúgubre que los ecos
de los tiroteos: la una, de acuerdo, ¿pero de la mañana o de la tarde? En la peniche,
era cierto, había gente que se habían puesto a creer que la luz diurna había
desaparecido para siempre de la faz de la tierra, y su convicción era contagiosa. Los
murmullos aumentaron, alcanzando casi el tamaño de una conversación, aunque
luego, frente a la duda, acabaron por morir.
Entonces el papá minusválido del pequeño Mathyl Golovko rompió el silencio
que, de nuevo, se instauró y declaró con voz deslucida:
—La una menos veintitrés.
Aquel anuncio nos cortó la respiración a Eliana Schust, a Yoisha, a Smoky y a mí.
Formábamos una única masa apretada que luchaba contra la humedad nocturna.
Había creído que mi hermanito y Eliana Schust estaban durmiendo, incluso creí que
se habían sumido en un sueño profundo, aunque en realidad no era así. Se habían
despertado. Escuchaban lo que decían los adultos, y cuando los adultos imaginaban
cosas espantosas se quedaban sin respiración.
Eliana Schust se pegaba a mí. Sentí sus dedos minúsculos buscar mi cadera, la
espalda. Se crispaba contra mí, se había pegado a mí para hablarme al oído. Su
aliento tibio me hacía cosquillas en el pelo, en el cuello. Su voz era un hilillo apenas
audible.
—La una pues, murmuró en mi nuca. La una menos algo, dijo el otro. ¿Menos
veintitrés minutos, o menos veintitrés horas?

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V. Aquella noche

Schlumm había desobedecido a Gabriela Bruna, cuenta Dondog.


Para hurgar más allá de lo que había olvidado, retomó la palabra. Después de una
larga pausa se pone a hablar de nuevo.
Dondog está sentado desde hace una hora en la cuarta planta de un edificio de
Parkview Lane, en el rellano. Espera a Jessie Loo. El calor húmedo es insoportable.
Hay luz. Es un lugar de la Ciudad en donde la luz de día entra a borbotones. Cada
tanto una gota de sudor rueda por el rostro de Dondog que, esculpido durante largo
tiempo en los campos, es rudo y se ve aniquilado. Las gotas de sudor escurren en
ángulo. El sudor tiembla en los surcos antes de caer.
El inmueble parece desierto, no sólo en el cuarto piso sino también en otras
partes. Un olor a abandono fermenta entre aquellas paredes. Tras las puertas de los
departamentos se suele escuchar a las cucarachas que crujen al rozarse entre ellas. La
presencia de cucarachas prueba que en ese lugar un día hubo humanos —o similares
—, con vida, detritus y alimentos.
Dondog tiene cita con Jessie Loo, pero aún no piensa en ella. Por el momento se
esfuerza sin la ayuda de Jessie Loo en encontrar a los culpables de la desgracia, o de
su desgracia, aquellos de quienes conserva el nombre en la memoria, los nombres y
un poco más, por el momento. Antes de morir quisiera eliminar algunos, ya lo había
enunciado aquí y allá, y lo vuelvo a repetir, dijo Dondog, dos o tres si es posible:
individuos quizá ya muertos o todavía vivos, pero forzosamente poco importantes
puesto que, por definición, convivieron con Dondog y éste nunca tuvo la oportunidad
de encontrar en su vida a nadie, salvo culpables de poca monta, prisioneros,
carceleros y delincuentillos empleándose en la parte baja de la escala social. Es sobre
este tipo de individuos poco importantes que hay que enfocarse, con realismo y
humildad, sobre aquellos que están al alcance de Dondog, los únicos a los que
Dondog puede todavía matar antes de morir, o a lo mucho, un poco después, durante
las jornadas obscuras que preceden a la extinción.
Tonny Bronx y Gúlmuz Kórsakov, por ejemplo, ya mencionados por Dondog
desde el inicio de su investigación sobre el pasado profundo. O tal vez otros. La lista
incluye errores menores y numerosos huecos pues la memoria de Dondog no es
confiable: empezó a declinar hace poco más de cuatro décadas, durante la segunda
exterminación de los ybüres. El nombre de Eliana Hotchkiss resurgió entonces en el
espíritu de Dondog. Cuidado, corrige. En lo que respecta a Eliana Hotchkiss, antes de
actuar hay que verificar primero.
Por primera vez, desde hace medio siglo, Dondog rememoró en este día
acontecimientos que hasta entonces había dejado cubiertos bajo sus cenizas, aunque
la excavación no dio ningún resultado. Y la investigación fue poco concluyente. Sólo
consiguió revivir de forma imperfecta a unas cuantas personas cercanas, y nada más.

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Los verdugos y los responsables, por su lado, no aparecieron. Permanecieron en su
cubil, suponiendo que siguiesen escondiéndose en alguna parte. Nunca habían estado
al alcance de Dondog. Si hubiese existido todavía un servicio de lucha encarnizada
contra los enemigos del pueblo, como en tiempos de Jessie Loo o de Gabriela Bruna,
habrían acabado por ser encontrados, capturados y castigados. Dondog los habría
encontrado en el personal del campo, entre los detenidos o los relegados, o los habría
encontrado vivos y no justo antes de su muerte ni justo después, y los habría matado.
Pero ahora, piensa Dondog, ya es demasiado tarde.
Durante un momento Dondog fija su concentración en la vieja amiga de su
abuela, en Jessie Loo. Si su abuela había dicho la verdad, Jessie Loo iba a
proporcionarle una asistencia decisiva. Viva, o incluso semiviva o no, va a ayudarte,
prometió la abuela de Dondog. Mis sueños son premonitorios, no lo dudes, Dondog,
dijo ella con pretensión. En mi sueño le hablé de ti y de lo que representabas para mí.
Irás a verla al final de tu vida, cuando hayas alcanzado un grado físico y mental
inverosímil de degradación; así es la vida, es normal, Dondog, así es la vida. Todo
sucederá en un lugar extranjero, una ciudad poblada únicamente por gente, muertos,
cucarachas y Untermenschen. Ahí estará ella. En secreto, en un rincón llamado Black
Corridor, habrá mantenido intacta nuestra tradición policiaca, chamánica y
clandestina de lucha contra los enemigos del pueblo y la desgracia. Al menos en
recuerdo de los tiempos pasados va a ayudarte. No lo dudes, Dondog. Inclusive a
pesar suyo, pues hubo diferendos entre nosotros, te ayudará.
Luego Dondog ve una vez más la figura amada de su abuela. Como todas las
mujeres ybüres muy mayores, se parece un poco a un ídolo de las estepas, a una vieja
diosa escita. Esté donde esté, debe ser extremadamente vieja y todavía muy hermosa,
dijo Dondog.
Luego vuelve a Schlumm.
De nuevo piensa en Schlumm y en aquella noche.

Schlumm había desobedecido a Gabriela Bruna, dijo Dondog. No que fuera


desobediente, comenta. Pero una fuerza se había apoderado de él. Una corriente fatal
lo arrastraba hacia afuera, hacia lugares peligrosos de la noche, por ejemplo las calles
que recorrían los soldados de la Fracción Werschwell.
Por ejemplo, la calle del Undécimo Ligeti, a quinientos metros del puerto, en
donde los soldados habían estacionado varios camiones.
Un soplo de origen hechicero habitaba la respiración de Schlumm, al menos
evitándole así la preocupación de contaminarse los bronquios con el aire que nacía de
aquella noche. Las terribles tinieblas anegaban los muelles vacíos, el hospital, y más
lejos ahogaban el barrio portuario, la Ciudad, y acaso aún más lejos el país o todo el
continente, puede que hasta el planeta entero. Una voz había poseído a Schlumm sin
que éste lo supiera, guiándolo hacia los misterios de la historia tal y como los

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resolvían en aquella época los pensadores de la Fracción Werschwell. Bajo esa
influencia Schlumm había desobedecido a todos y cada uno de los adultos.
Para empezar, Gabriela Bruna, su madre, le había ordenado que no se aventurara
más allá del puente de la peniche. Sin embargo, al poco tiempo merodeaba encima de
nuestras cabezas. Lo escuchábamos desplazar obstáculos y arrastrarse sobre las
distintas partes metálicas de la peniche. Solía quedarse inerte como un cadáver, quizá
porque tenía la impresión de que una mirada podía posarse en él desde la embocadura
de una calle o desde una ventana del hospital, o quizá porque interrogaba con
intensidad a la noche, o incluso porque se entrenaba para más tarde. Se quedaba así
un minuto, igual de bullicioso que una pelota de fieltro, y después se volvía a mover.
A veces se adivinaba también que conversaba en voz baja con la mamá de Eliana
Schust, la única persona que no bajó a la cabina cuando todo el mundo se había
embarcado. La mamá de Eliana Schust era una mujer grande y delgada, asimétrica
debido a una gran herida en los hombros: de chiquita, durante la primera
exterminación de los Ybüres, los humanos la habían crucificado. Tenía una fisonomía
de loca que aterrorizaba a todos los niños, excepto a Eliana Schust o a Schlumm.
Había rechazado encerrarse con los demás dentro de la peniche. Acurrucada en medio
de las telas y los cofres provenientes del desmontaje de las tiendas, se había envuelto
en el abrigo pesado y abigarrado que le había prestado Gabriela Bruna, y después de
haber ayudado a amarrar la peniche ya no se había movido de un pelo.
Schlumm había desobedecido del mismo modo a la mamá de Eliana Schust. Lo
había exhortado a no bajar a tierra. Se había negado a manipular con él la tabla que
iba a servir como pasarela. Incluso había intentado pelearse con él. La tabla había
resonado de forma siniestra al apoyarse en el cemento del muelle. En el silencio
consternado que siguió a aquel barullo, Smierch y Smoky habían ladrado en varias
ocasiones. Los hicieron callar. La madre de Eliana Schust le prohibía a Schlumm
subir a la tabla. Se le oía cuchichear jirones de frases furiosas y cachetear los brazos
de Schlumm. Pero algo poderoso jalaba a Schlumm hacia su destino nocturno como
un imán, y ni los instantes de oraciones de Gabriela Bruna ni la amarga e iracunda
locura de aquella mujer averiada habían podido retener a Schlumm a bordo de la
peniche.
Ninguna fórmula no mágica era capaz de retener a Schlumm. Desde el instante en
que había abandonado la cabina y su atmósfera de angustia hermética, Schlumm
había sufrido una metamorfosis. Se había apropiado de una personalidad distinta a la
que había sido la suya durante los primeros catorce primeros años de su existencia.
Su personalidad, e incluso su persona, habían cambiado. Hasta su organismo cambió.
Debido a la energía sobrenatural que lo animaba, Schlumm ya no era un niño de la
escuela, un grande de tercero. Va no se le podía comparar a Tanéiev, por ejemplo, que
tenía más o menos la misma edad y que tiritaba al lado de Yániya Ochoian, su madre
adoptiva. Schlumm había echado a andar ahora por la pasarela, diferente de Tanéiev.
Había alcanzado un estatus animal distinto que lo volvía sordo a la obediencia y a la

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desobediencia, desapegándolo de todo. Había accedido, sin transición, al estado de
Untermenschen adulto, libre e independiente, poco afectado por la perspectiva de su
propio sufrimiento y simplemente curioso de enterarse hasta dónde podría ennegrecer
su vida y la vida de los demás.
Cuando estuvo claro que Schlumm se preparaba para dejarnos, Gabriela Bruna se
acercó a una de las ventanas y la abrió para hablarle a su hijo, para suplicarle que no
se metiera en la boca del lobo. También le pidió a la madre de Eliana Schust que
inmovilizara a su hijo a bordo por todos los medios y no sólo a cachetadas, que lo
asustara, e incluso que lo dejara noqueado si era indispensable. Oíamos a la madre de
Eliana Schust golpear en vano los brazos que levantaba Schlumm para detener los
golpes. Los hombros de la mamá de Eliana Schust crujían horriblemente antes de
cada golpe. Gabriela Bruna cuchicheaba algunos gritos. Ni la madre de Eliana Schust
ni Schlumm contestaban. Entonces Gabriela Bruna corrió hacia la escalera, trepó los
escalones y salió. Se arrastró hacia la proa del barco. Nosotros seguíamos la acción
segundo a segundo.
Los perros gemían en la obscuridad. Los calmábamos con caricias, con zapes. El
rumor en la ciudad no había aumentado. Los incendios de las primeras horas se
habían apagado. Cada tanto algunos vidrios explotaban en un hospital o a la distancia.
Se volvían raras las detonaciones. Los aullidos parecían tener origen en una
representación teatral lejana.

Al cabo de cinco minutos, Gabriela Bruna volvió a sentarse a nuestro lado sin decir
nada. Con ella se había introducido un nuevo tufo a noche obscura, a río y su caudal,
a frío.
—Ya volverá, murmulló Yániya Ochoian.
Pasó un minuto sin que hubiese reacción de nadie, sin comentario ni ruido. Luego
Gabriela Bruna se agitó. Meneaba la cabeza.
Se levantó.
—No, no es posible, dijo. No puedo dejarlo solo allá afuera. Tengo que irlo a
buscar. Esto no es posible.
Los perros se pusieron a gemir de nuevo. Los hicieron callar.
Cuando Gabriela Bruna estuvo afuera, cuando franqueó la pasarela chirriante y
cuando la mamá de Eliana Schust, siguiendo las instrucciones de Gabriela Bruna,
metió en el barco la tabla, hubo que callarlos de nuevo.
La noche empezó de nuevo —pero en peor.
Ya no me acuerdo de casi nada de aquella noche, dijo Dondog. He olvidado,
voluntariamente o no, casi todo de aquella noche, continuó. Ya no es sino un recuerdo
vago del que ningún detalle es creíble, del que ninguna imagen puede ser examinada
con la certeza de que se puede descubrir algo no inverosímil. Intenté olvidar con éxito
aquella noche, procedí de la misma forma que con el resto de mi vida, dijo Dondog.

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Por eso puedo trasplantar cualquier historia en la obscuridad que subsistió al grado de
invadirlo todo. Para ser francos, no tengo la más mínima intención de hablar de
aquella noche, prosigue Dondog, incluso trasplantando en su obscuro tejido una
ficción azarosa, post-exótica o no. Cuando pienso en aquella noche, dijo Dondog,
suelo tener la impresión de que un fenómeno cósmico inédito nos había sumido en el
interior más recóndito de lo obscuro y como para siempre.
La obscuridad duró semanas, creo, dijo Dondog. Tengo la impresión de que nos
habían tragado para siempre en aquella negrura, con el olor del río, con los perros que
lloraban de vez en cuando y a los que hacíamos callar, con Yoisha que se agitaba en
su sueño, que se separaba de mí para apretar a Smoky entre sus brazos antes de
regresar un poco más tarde cerca de mí, y con Eliana Schust que no se separaba de
mí, que temblaba sin remedio y me mantenía tibio como sólo una niña puede hacerlo
con un niño con todas sus fuerzas, y con los bisbíseos del viejo Bártok al lado de la
estufa apagada, y con el padre de Mathyl Golovko, que movía con dificultad su
cuerpo minusválido agitando sus brazos lentamente, y que, en el atroz vacío del
silencio, cuchicheaba lo que indicaba su reloj de agujas casi fosforescentes, la una
menos veintitrés, las dos menos veintisiete, o de nuevo a la hora en punto.
No cito a todo el mundo en esta descripción, está claro, dijo Dondog. Había otros
adultos y niños dentro de la peniche. Encima de nuestras cabezas, la mamá de Eliana
Schust aguantaba el frío húmedo dentro de su abrigo bordado con amapolas rojas y
flores de las estepas, no se movía, escrutaba la noche, acechaba el regreso de aquellos
que se habían ido sin volver. Aunque había asumido el rol de vigía, no gritaba hacia
abajo ninguna información para no atraer hacia nosotros la atención de los asesinos,
eso sí, cada tanto rodaba en silencio hasta nosotros y murmuraba en nuestra dirección
las últimas noticias de la masacre.
Hablaba con una voz que no había escuchado nunca en ninguna otra mujer, una
voz que astillaba las sílabas al grado de volverlas filosas. Aquello se está acercando,
decía, los Werschwell empezaron a hacer barullo en el barrio norte. Se los suplico,
callen a los perros y manténganse en la sombra más silenciosos que una manada de
muertos. Ahora, decía, los camiones se han alejado. Van a peinar el hospital una vez
más, dijo ella, pero la cosa se aleja. Organizaron un cordón en torno al puerto, decía.
Sobre todo no rompan el silencio, tienen que creer que el barco está vacío. No veo a
Gabriela Bruna desde que saltó a tierra, decía, debería tener lentes especiales como
los que usan ellos, esos que utilizan los comandos para ver en pleno día en medio de
la noche y a través de la sangre. La mamá de Eliana Schust se arrastraba hasta la
parte de arriba de la escalera para lanzarnos aquellos datos muy quedo,
infringiéndonos ínfimas, íntimas heridas con aquella voz antes de volver a paralizarse
en la proa del barco.
En realidad, dijo Dondog, sí me quedan algunos recuerdos, pero no siempre tengo
fuerza suficiente para evocar aquella noche. No tengo ganas de hurgar en los restos
de las imágenes que fueron enterradas en ese lugar ni de inventar imágenes para

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pegarlas con lo que queda. En el fondo, no tengo ganas de exhibirme con mis
palabras como si en realidad hubiese sobrevivido.
Un día, dijo de pronto, pero no continuó.
Se calla. Después de aquella noche, suele haber algo que se bloquea en el
discurso o en la memoria de Dondog.
A veces se entiende por qué se interrumpe, y a veces no.

Un día, veinte o veinticinco años más tarde, dijo de pronto Dondog, o quizá treinta,
treinta y dos años, qué importa, me encontraba una vez más en compañía de
Schlumm en el único lugar en el que podíamos encontrarnos, en el corazón del
espacio negro, en simbiosis con el espacio negro y con el mismo Schlumm. Sólo
entonces le pregunté a Schlumm lo que no me había atrevido aún a preguntarle,
porque hasta ese momento había actuado para no reanimar inútilmente su dolor. Le
pedí que trajera a su memoria, y por ende a la nuestra, algunas imágenes
significativas de aquella noche.
—¿Cuando avanzaba en las calles obscuras?, resopló Schlumm. ¿Cuando
caminaba en la obscuridad después de haber bajado de la peniche, eso es lo que
quieres ver de nuevo…? ¿O lo que siguió, en la calle del Undécimo Ligeti…? ¿O
cuando Gabriela Bruna me encontró en la parte baja del muro y fue sorprendida a la
luz de los faros…?
—Como quieras, dije.
—Prefiero no hablar al respecto, dijo Schlumm. Aún no. Todavía no se ha muerto
en mi memoria.
—Bueno, como quieras, dije.
—Hablaré al respecto cuando lo haya olvidado por completo, no antes, dijo.
—Sí, afirmé.
Entendía muy bien las reticencias de Schlumm. Todo lo que sentía Schlumm lo
sentía yo también. Estábamos en la misma sintonía desde aquella noche. Todo lo que
él tenía en mente lo entendía yo a la perfección. Nuestra charla tenía lugar más de
treinta años después de la exterminación, en una época en que la vida de los campos
me parecía menos incómoda e injusta que durante mis años de juventud, al grado de
que la perspectiva de tener que ser liberado un día me ponía mal. Había arrastrado
mis huesos detrás de los alambrados, avanzando con toda normalidad en mi carrera
de insignificante detenido ybür. Durante mis horas de ocio participaba en las
actividades teatrales del campo cuando había teatro, o escribía libros para este
público cautivo, obras pequeñas que circulaban a veces en cantidades no ridículas,
aunque nunca superaban los cinco o seis ejemplares. Se trataba sobre todo de novelas
que tenían como protagonistas a Schlumm y a los muertos que conocí antaño, o a los
que había amado en mi infancia o en sueños. Y si entendía tan bien las reticencias de
Schlumm frente a aquellos recuerdos reales era porque, por mi parte, siempre me

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había sido imposible contar historias sacadas de mi experiencia vivida y real.
Inventaba todo extrayendo todo de mi memoria, sin embargo nada de mis
invenciones tocaba verdaderamente el corazón del dolor vivido o de lo real. Me
habría parecido monstruoso emprender un relato a partir de todo eso.
Más acá de mis historias mi memoria yacía difunta, imposible de explorar desde
su superficie externa hasta su lía alquitranada. Había olvidado todo, olvidaba todo,
reconstruía recuerdos artificiales con el hollín ilegible y con las regurgitaciones
mutiladas de los sueños. Por eso no me sorprendía la frase pronunciada por Schlumm.
No le objeté nada, acepté sin pena su rechazo a hablar. Nos encontrábamos en
harmonía, en la misma línea defensiva, dijo Dondog. Por lo demás, en el espacio
negro que nos acogía a los dos, no se distinguía la voz de Schlumm de la mía.
Vibraban del mismo modo, dijo Dondog. Desde aquella noche habían vibrado así en
muchas ocasiones: del mismo modo.
Permanecimos un cierto rato en el espacio negro, sentados frente a frente, sin
siquiera intentar hablarnos.
—¿Imágenes, dices?, gruñó Schlumm.
—Sí, dije. Imágenes significativas.
—Algunas te pertenecen más a ti que a mí, dijo Schlumm.
—¿Ah, sí?, dije.
—Sí, insistió Schlumm. Cuando ella te explicó que podría sobrevivir en ti si
tenías suficiente fuerza para existir hasta tu muerte.
—No tengo lo que se dice muchas ganas de hablar sobre eso, dije.
—Entonces aún no se ha muerto en ti, dijo Schlumm.
—No, dije.
—Ya ves, dijo Schlumm.
Permanecimos así algunos minutos en el espacio negro, sentados no muy lejos el
uno del otro, frente a frente, sin decir nada.
—O entonces, continuó Schlumm concluyendo en voz alta una reflexión que
había iniciado en silencio, habría que contarlo como una comedia fantástica. Cuenta
todo eso al estilo de una comedia fantástica.
—¡Oh, una comedia fantástica!, dije.
—Como si fuese en otro lado, dijo Schlumm. Como si se hubiese producido en
otro mundo.
—Oh, eso lo hago seguido, dije.
Es una técnica que me es familiar, dijo Dondog. Como si le hubiese ocurrido a
otra civilización, en un planeta comparable pero diferente. Lo único que ven los
auditores son chispas y juzgan que sólo se trata de ciencia ficción o de puras
tomaduras de pelo.
Sea como sea me siento incapaz de explorar aquella noche, dijo Dondog. Incluso
desplazando todo a un planeta distinto, es algo que me asquea. De cualquier forma,
para percibir las imágenes y las tinieblas de aquella noche se deben usar lentes

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especiales. Se necesitaba mucho más que la inconsciente temeridad de Schlumm y
mucho, mucho más que el amor materno que conducía a la mamá de Schlumm por
calles no iluminadas, en pleno corazón de los escurrimientos y olores al matadero. Se
necesitaban máscaras especiales con su propia óptica, todos esos artefactos que los
hombres de la Fracción Werschwell se habían fijado en el rostro antes de que el
crepúsculo empezara a volverse más espeso. Con aquellos cristales, maravillosamente
perfeccionados por los científicos, los asesinos se volvían impermeables a la noche y
a la sangre de los ybüres a los que extirpaban de sus casas para transformarlos en
desechos y en cadáveres. Veían todo como si estuvieran a plena luz del sol, lo que
facilitaba en gran medida los asesinatos. Además, habían insertado un filtro entre los
lentes y los espejos, filtro que hacía desviar la mirada cuando la abominación de la
limpieza étnica se volvía más trivial que teórica, y cuando la crudeza de los detalles
de la carnicería corrían el riesgo de saltarles a los ojos y perturbar la frágil retina de
los matones. El filtro impedía a la mirada cansarse, permitiendo entonces a los gestos
de matanza ser reproducidos sin fin y sin que interviniese ningún sentimiento de
saturación.
Ya habíamos alcanzado un periodo de la historia humana bastante sofisticado en
el área de las proezas tecnológicas, dijo Dondog. La inteligencia humana y militar
estaba en su zénit, dijo Dondog.
En cuanto a Schlumm, prosigue Dondog, este llevaba la cara descubierta. Iba
avanzando a tientas, sin aparatos de visión. Cuando los Werschwell harían barullo en
su inmediata cercanía, fingía la tosca languidez de los cuerpos recién apuñalados o
golpeados a muerte. Encontraba de forma instintiva la actitud más convincente. De
cualquier forma, levantara los párpados o no, sus tetinas permanecían abúlicas.

Permaneció acostado durante un buen momento en la calle del Undécimo Ligeti.


Frente a él se escuchaban algunas salpicaduras. El muro se desmoronaba. Los
soldados ya habían visitado la calle pero se habían prometido volver. Los ruidos
sospechosos obligaban a Schlumm a adoptar una velocidad de reptación inferior a los
tres metros por hora, lo cual es poco, incluso para un Untermensch o para un cadáver.
La Undécimo Ligeti era una callecilla sin carácter, empedrada y llena de charcos en
los que uno se hundía hasta la cadera al desplazarse sobre el vientre. Schlumm
adelantó la mano, sus dedos encontraron algo de cemento y rascaron una superficie
dura, luego se extraviaron sin avisar en algo que tal vez era la parte baja del muro, o
quizá una caja toráxica, o tal vez un simple y sencillo pliegue innoble de la noche, de
aquella noche. Los dedos se extraviaron ahí dentro como si hubiesen sido aspirados
en una trampa de arena.
En aquel momento Schlumm entendió con disgusto que sus cinco sentidos lo
traicionaban y enviaban a su cerebro informaciones completamente erróneas. Para
permitirle a Schlumm ir más allá en la dirección de la sobrevivencia, su oído, olfato y

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piel le mentían. La noche de Schlumm había sido embellecida instintivamente por sus
cinco sentidos. Era horrible, aunque mucho menos que la noche humana real. En
realidad, las cosas habían sucedido de manera mucho más expedita. Apenas
abandonó la peniche Schlumm fue capturado por la Fracción Werschwell, la cual
despellejó su cuerpo en un abrir y cerrar de ojos.
Hubo un golpe más sobre Schlumm, una bala o la hoja de un hacha o de un
machete, y algo verrugoso se desprendió de nuevo, se deslizó hasta la tierra y se
desperdigó en numerosos cuchicheos. Nada era analizable en los mensajes que
recibía la inteligencia de Schlumm. Todo se había sumido en una densa negrura. Los
pulmones, dentro del cráneo, la atmósfera de la calle y alrededor de Schlumm. Y a
pesar de que el silencio había sido perturbado por inquietantes ruidos, se tenía la
impresión de que la inmovilidad, en suma, reinaba. Una movilidad atolondrada, un
poco perezosa. Era una impresión falsa. Fuera de las caídas y las salpicaduras de
materias secas o húmedas, el oído de Schlumm captaba ahora los ronroneos de
motores y algunos roces. Gente se movía en medio de la obscuridad. A algunos ya los
habían matado, otros iban a serlo pronto, otros, al fin, se activaban usando lentes
especiales. Los lentes, al cubrirles por completo los ojos y la cabeza privando a sus
caras de toda expresividad, acababan por parecer un batiscafo.
Schlumm tanteaba hacia adelante con la punta de los dedos.
Schlumm estaba sumergido hasta las caderas en un charco negro.
Avanzaba cuando. Avanzaba en la soledad y el silencio, de forma un tanto
insegura, tanteando con la yema de los dedos. La duración ya no significaba nada
para nosotros. Seguía avanzando.
En lo que respecta a Dondog, hubo una larga pausa sin palabras.
No, en verdad que no puedo contar aquello, dijo Dondog. No quiero y no puedo.
De qué sirve añadir algo si uno es incapaz. Eso es todo por esta comedia fantástica,
dijo Dondog. Lo intentaré más tarde.

Nadie gritaba, Dondog retoma la narración después de un momento. Nadie era


enceguecido brutalmente por los haces de los faros, nadie había sido desmembrado
por las armas de los soldados o con las subarmas de los auxiliares de los soldados, se
esforzó en decir. Schlumm estaba allá como todo el mundo, tanteando.
No. Más tarde intentaré fabricar la comedia fantástica con todo esto. Más larde.
Ahora mismo no puedo.
Deja de hablar. Enseguida continúa.
La madre de Schlumm reptó hasta su hijo, dijo Dondog. Acunó las últimas
palabras de Schlumm en la parte baja del muro, luego la golpearon y la agujerearon
para rematarla. Cierto tiempo después, como alcanzaba el final de su vida y había
escogido ir hasta la peniche para morir, Gabriela Bruna me transmitió el último
suspiro de Schlumm y lo que quedaba de la vida y la memoria de Schlumm,

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rogándome que lo alojara. Había pensado hacerlo pervivir en mí mediante la magia,
me dijo, pero mis fuerzas se agotan. Tú vas a encargarte de hacerlo pervivir en mi
lugar, me dijo aún, lo alojarás en ti, no eres capaz de gran cosa Dondog, pero de eso
sí. Su boca escupía sangre, experimentaba todo tipo de sufrimientos para hacer que
sus jadeos fueran inteligibles. Me había agachado hacia ella, nos encontrábamos los
dos solos cerca de la peniche, en el muelle. Estaba solo. Me hablaba de una especie
de gólem pero no alcanzaba a comprender quién, si Schlumm o yo, iba a servir de
gólem a él o a mí. El término volvía con insistencia. Sé que la noción de gólem no se
aplicaba aquí, pero esas eran sus palabras. Otros podrían testificar, éramos varios los
que la apoyábamos en sus espasmos postreros. En el muelle, cerca de la peniche, no
era yo el único en agacharme hacia la madre de Schiumm para escucharla.
A partir de entonces Schiumm encontró cobijo en mí como un hermano
devastado, dijo Dondog, como un hermano o un doble. Así fue. Yo me contento con
hacer el resumen, dijo Dondog. Ya no me meto en los detalles técnicos. Ya no me
aventuro más en esta comedia fantástica, dijo Dondog. Igual y otro día me aviento,
dijo.

Schlumm creció, aunque también es verdad que hubo una cierta cantidad de nuevos
Schiumm, dijo Dondog. Algunos vieron transcurrir su existencia en los campos,
como yo, otros vagan perpetuamente en el mundo de las sombras, como yo, otros más
consiguieron insertarse en la vida real e incendiar el mundo y cubrirlo de sangre, o se
convirtieron en lamas, asesinos o policías, como Willayán Schiumm o Pargen
Schiumm o Andreas Schiumm, o como yo. Y cuando digo yo, pienso, claro está, en
Dondog Balbaián, pero diciendo esto pienso menos en Dondog que en el mismo
Schiumm. Schiumm y yo nos volvimos muy cercanos, bastante indisociables desde
aquella noche, desde la noche de las peniches que aún no se acaba ni se acabará
nunca, desde aquella noche que, es verdad, incluso algunos ybüres conseguirán
iluminar gracias al olvido pero a la que nadie sabrá ponerle un punto final pues, pase
lo que pase, numerosos Schiumm, de todas las edades y de todas las calañas, hicieron
su morada de ella como yo, sabiendo que había que permanecer en ella para que
nadie pudiera ponerle el punto final.
No existe riesgo alguno de que le pongan punto final con todos estos Schiumm
inscritos en aquella noche.
Eso es todo por la comedia fantástica, añade Dondog.
Eso es todo por la infancia.

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Segunda parte

GABRIELA BRUNA

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VI. Parkview Lane

No sé si Jessie Loo va a decidirse, había dicho la vieja de Lo Yan Street con un eructo
a verduras y ajo. Pero si lo hace, será en Parkview Lane alrededor de las cinco. No
suba al piso desde la calle, había añadido. Pase por los techos. Es peligroso, hay que
saltear el vacío dos o tres veces, pero así no tendrá que abrirse camino entre los
desechos. Las escaleras de Parkview Lane se cuentan entre las más sucias de la
Ciudad, observó por último la vieja.
Y ahora, como solía suceder cuando esperaba algo o a alguien, Dondog estaba
acuclillado. Un aire maloliente hacía piruetas a su alrededor y él lo aspiraba con
inhalaciones modestas, intentando necesitarlo lo menos posible. A sus pies había
colocado su chamarra de detenido. Pesada y sucia, ocupaba mucho espacio. Gotas de
sudor rodaba por las sienes de Dondog que sentía cómo se le iban acumulando en el
cabello, en las cejas. Se hinchaban, rodaban en ángulo sobre su cara masacrada,
caían.
En el transcurso de la última media hora, nada interesante había suco dido en el
rellano del cuarto piso. En una esquina del techo había un reptil emboscado cuya
garganta era atravesada, de vez en cuando, por algunas palpitaciones. Las cucarachas
circulaban de un departamento al otro, con un promedio de una cucaracha cada ocho
minutos. Fuera de eso, la animación era más bien magra.
La luz llegaba desde los hogares atravesando las paredes, hechas en parte por
cubos de vidrio. En el lugar donde estaba Dondog había algunas puertas: la de los
departamentos 4A, 4B, 4C y 4D, y una última, que comunicaba a las escaleras.
Eran las cinco menos trece.

Al cabo de un rato, una presencia se manifestó en el edificio. Alguien había entrado


en la recepción de la planta baja y subía haciendo pausas cada medio piso para
agarrar aire. Se escuchaba cómo sus pantorrillas se sumergían en los detritus, cómo
jadeaba. Era alguien pesado, en mala forma física, y no era una mujer.
Dondog se puso de pie. La zozobra se había apoderado de él.
Había previsto un encuentro con Jessie Loo, dijo Dondog, pero no con un hombre
desconocido y turulato. ¿Y si era un schwitt?, pensó. Hasta ese momento se había
despreocupado de los schwitts, esos jubilados de la policía que, por un poco de dinero
y placer se encargaban de eliminar a los evadidos, y a veces también a los detenidos
que habían completado su condena pero a los que la administración quería seguir
reeducándolos al transferirlos a un mundo mejor con unas cuantas cuchilladas. No me
sentía listo para darme de frente con un schwitt, repite Dondog.
Se alzó de golpe, sin levantar la chamarra que ocupaba casi toda la superficie del
rellano. Mientras el corazón le palpitaba pensó en una muerte violenta, en el fin. La

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intranquilidad le anegaba el cuerpo. El hombre seguía avanzando en la escalera.
Pisaba los detritus refunfuñando. No tomaba precaución alguna para hacerse el
discreto. Se trataba de un cazador de primas, debía tratarse de un bruto
experimentado lleno de confianza en sí mismo que lo despreciaba todo.
El hombre llegó por fin al cuarto piso y se detuvo detrás de la puerta que daba
acceso al lugar donde estaba Dondog. Expectoraba sudor, suspiros. Se quedó un
momento así antes de jalar hacia él el panel chirriante y de penetrar en la especie de
minúscula escena de teatro donde Dondog interpretaba su papel desde una hora antes.

Había dos actores estáticos a poca distancia uno del otro. Por descuido o alevosía, el
recién llegado había puesto su pie sobre la chamarra de Dondog. Movía la cabeza con
prudencia y mirada vaga, como un malvidente que buscara compensar su
discapacidad apelando a los otros sentidos, olfateaba los tufos a basura que lo habían
seguido desde el cubo de la escalera. Era un ser fornido, de unos cincuenta años, que
vestía una camiseta blanca bañada en sudor y un pantalón de motivo militar, con no
pocas bolsas y otras tantas manchas. Su vientre se desparramaba en varias lonjas a la
altura del cinturón. Era imposible determinar si se trataba o no de un schwitt.
Pasaron seis segundos. Luego un séptimo.
Entonces el hombre preguntó:
—Balbaián, ¿está ahí?
Dondog escrutó el rostro agotado que, escurriendo sudor, tenía la piel amarillenta
obscurecida por el flujo sanguíneo y el pelo grisáceo. Luego sondeó la mirada
inexpresiva de aquel individuo que quizá iba a sacar de su espalda un cuchillo de
paracaidista para matarlo, o quizá no. Los ojos del hombre tenían un dominante café
turbio. No veían.
—Sí, dijo Dondog.
El otro orientó su oreja izquierda en la dirección de donde había surgido la voz de
Dondog, sus pupilas se abrieron de forma irracional, como si tomaran por blanco la
puerta del departamento 4B.
—Aquí estoy, insistió Dondog con voz reticente.
—Jessie Loo me envió en su lugar, dijo el otro.
—Ah, replicó Dondog.
—Me llamo Marconi, se presentó aquel hombre, quien había rectificado el ángulo
de mira de sus ojos. Se podía pensar que ahora concentraba su atención en el hombro
derecho de Dondog.
—John Marconi, completó.
—Y Jessie Loo, ¿no va a venir?, preguntó Dondog.
—Debería, creo. Pero más tarde.
—Ah, comentó Dondog.
—Ella o yo, para usted eso no cambia nada, dijo Marconi, quien hurgó en una de

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sus bolsas traseras. Dondog se pegó a la pared. Se había preparado para ver surgir una
hoja de acero bien afilada y recibirla para comenzar en el hígado, pero Marconi había
extraído una llave de un cerrojo asociada a una etiqueta de plástico en la que figuraba
la cifra 4 y la letra A. Sin dudar ni tantear un segundo, introdujo la llave en la
cerradura del 4A. Aquella seguridad despertó en Dondog la sospecha de que el recién
llegado quizá fingiese estar ciego. La hipótesis, no obstante, implicaba tantas
divagaciones incongruentes y desagradables que más valía apartarlas de inmediato.
Aquello no tenía sentido, pensó Dondog. No conduce a nada.
Como Marconi había acabado por limpiarse las suelas sobre la manga de su
chamarra, Dondog la recogió y la sacudió. Como no sabía qué hacer con ella, se la
puso. Para entonces Marconi ya se había metido en el departamento. Dondog lo
siguió.

El 4A tenía un cierto orden, pero demasiados años se habian desgranado sin que nadie
entrara en él para airear o limpiarlo. Por eso, debido al calor húmedo de la temporada
fría, habían proliferado los hongos y una capa aterciopelada se había apoderado de
todas las superficies. Los muebles habían sido devorados por la lepra, el sofá parecía
transformado en una trampa pegajosa, el linóleo del suelo parecía haber sido rociado
con un pegamento negruzco. Sobre el techo y los muros se extendían inmensas
manchas peludas, con un dominante tono a carbón pero con matices: ala de cuervo,
ala de murciélago, o color de humo, antracita, polvo de antracita.
Había desaparecido el oxígeno. Lo había remplazado una peste intensa a
enmohecido.
—¡Ucha! Esto está irrespirable, dijo Marconi con aire absorto, como si un veneno
lo hubiese privado en un instante de toda capacidad de iniciativa. Cuando daba un
paso atrás expectorando aquellas palabras, chocó con la puerta. El batiente se cerró
tras ellos. Dondog se sobresaltó al escuchar el chasquido, aunque le daba igual que el
departamento estuviera cerrado o no. Pensaba incluso en volver al rellano. Pero como
se encontraba en el 4A, en cierto modo gracias a la invitación de Jessie Loo, no
convenía hacerse el remilgoso y salirse. Su única preocupación era cómo meter
urgentemente gases frescos en aquella habitación. Nadó en medio de la
semipenumbra sofocante con la intención de abrir o de reventar la puerta ventana del
balcón. Una cortina colgaba frente al vidrio. Fue y la agarró. La tela se desgarró de
inmediato, liberando unas setecientas sesenta y dos mariposas en miniatura de un gris
deslavado que no incitaba a ser indulgente con aquellos lepidópteros.
Los bichos se pusieron a revolotear de forma masiva en todas direcciones. Daban
vueltas y vueltas en un silencio total.
—Polillas, comentó Marconi.
Dondog se dio la vuelta, buscando en los ojos de Marconi el fulgor de vivacidad
que hubiese explicado cómo un ciego hubiese podido identificar a aquellos parásitos

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con tanta certeza. Nada decisivo se disimulaba en el iris de Marconi, café claro con
un poco de verde acuoso. Las pupilas no estaban ni muertas ni vivas. No era posible
deducir nada.
Marconi inclinó la cabeza sobre la espalda de forma inusual.
—¿Está bloqueada?, preguntó.
—¿Qué pues?, dijo Dondog.
—La puerta del balcón, resopló Marconi.
—No sé, dijo Dondog. Voy a abrirla.
—Sí, rápido, aprobó Marconi.
Este se perdió después en la contemplación del suelo, en un punto preciso del
suelo. Inmóvil.
Dondog agarró de nuevo la cortina. Restos de tela y alas muertas le llovían sobre
la cabeza. Simplemente se retenía para no respirar. Ahora intentaba maniobrar la
puerta sobre la corredera. El pestillo, el vidrio, el marco de aluminio resistían y
temblaban frente a tanto esfuerzo, aunque al fin se abrió una brecha. Dondog la
agrandó y se coló hacia el exterior, impaciente de poder tragar por fin aire no echado
a perder. Sacudía los brazos frente a la cara para alejar a las polillas omnipresentes.
Marconi se le unió moviendo también los brazos como las aspas de un molino
contra los adversarios organizados en enjambres, exhalando váguidos de asco y
escupiendo porque, ¿qué más se puede hacer cuando uno tiene sobre la lengua un
bicho de ocho milímetros de envergadura sin sabor alguno?
Afuera, el cielo tenía un tono gris sosegado, dijo Dondog. Debajo de aquella
tapadera celeste el sol no perdonaba nada. El calor húmedo era infernal. Marconi
había extendido el brazo y, ayudándose con la extremidad de los dedos para definir su
itinerario, se había acercado al parapeto del balcón. Gruesas gotas de sudor le
perlaban la frente, dijo Dondog. Me quité de encima la chamarra y la colgué de la
cuerda para la ropa que sostenía, desde la noche de los tiempos, un resto de jerga dura
como un tronco, luego me fui a acodar junto a Marconi. Ambos estábamos noqueados
por la alta temperatura. Transpirábamos arroyos.
Eran las cinco, una de las horas más pesadas del día. La atmósfera no se habría
aligerado aunque un chubasco tropical hubiese caído en aquel instante.

Marconi no podía recuperar el aliento. Paseó su mirada ambigua sobre las nubes y
con el puño izquierdo se tapó las mejillas. Su rechoncha humanidad tenía un aspecto
un tanto cómico, pero debido a las preguntas que uno seguía haciéndose sobre la
relación que podía tener aquel hombre con los schwitts o los ciegos, se desprendía un
aire lúgubre de aquella situación.
—Ya sabe, Balbaián, dijo después de un silencio. Todos los días, a esta hora, me
imagino que voy a reventar. No soy de aquí sino del norte, nunca pude
acostumbrarme a este clima. No soporto este calor. Le impide a uno dormir en la

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noche. Y en el día, mata.
—Sí, es duro, dijo Dondog. Es verdaderamente duro.
Permanecieron aún un instante sin añadir nada. Una cigarra entonó muy cerca una
larga estridencia, ácida y aguda. Marconi giró la oreja hacia la cigarra antes de mover
su cabeza como si estuviera haciendo un esbozo de aquel paisaje. Escuchaba el
paisaje. Sus ojos permanecían fijos.
Desde las alturas del balcón se observaba un rompecabezas desolado, desprovisto
de toda gracia, con construcciones dejadas al abandono, construcciones inconclusas y
terrenos mal delimitados en donde se amontonaban escombros metálicos todos rojos
y maderas de encofrado. Había unos cuantos árboles. En algunas terrazas había ropa
puesta a secar, aunque no se veía a nadie en ninguna parte. Plantas trepadoras y
algunas lianas le daban a las cosas un toque de verdor bastante sutil. Grandes pájaros
negros se alzaban a veces algunos metros para planear hasta un sitio de desechos o de
alimento escondido por la vegetación. En el fondo, estas imágenes no diferían un
ápice de lo que Dondog había conocido durante la última parte de su vida, después de
ser transferido a los campos del sur.
En el rostro de Marconi, aunque también en el de Dondog, el polvo y las polillas
aplastadas habían dejado unos manchones espantosos.
—¿Alcanza a ver de aquel lado aquellas casas muy bajas, todas grises, con los
techos alquitranados?, dijo de pronto Marconi.
—No, contesté.
Intenté seguir su mirada, dijo Dondog, quien tenía la cabeza volteada hacia el
cielo. Sus ojos funcionaban pero él no observaba nada en particular.
—Allá, en medio de los árboles, dijo Marconi.
Ahora apuntaba la mano izquierda hacia un tercio aproximativo del panorama.
Recorriéndolo con cierto desgano.
—Ah, sí, ya veo, dijo Dondog. Unos pabellones en cemento, de un piso.
—Es Cockroach Street, dijo Marconi.
Pabellones de cemento, de un piso, en medio de los árboles, con techos de
alquitrán. Dondog los examinó. No percibió nada particular.
—Cockroach Street, dijo. Muy bien. ¿Y ahora?
—Ahí es donde usted va a morir, dijo Marconi.
Dondog recibió la información sin reaccionar. Uno siempre se queda algo mudo
después de haber escuchado frases de ese tipo. Siempre se suele tender a ver en ellas
una amenaza. Schwitt o no schwitt, Marconi había hablado con una objetividad
odiosa, como cuando un verdugo le describe su trabajo a un condenado que no les
corresponde. Dondog meneó la cabeza. Seguía examinando en la lejanía las
horrendas construcciones y los depósitos. Deseaba no traicionar sus sentimientos. Por
el momento no percibía ninguna hostilidad en Marconi, aunque tenía la impresión de
que la situación podía cambiar.
—Jessie Loo me dijo que no era tan importante, dijo Marconi.

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—¿Qué?, se irritó Dondog. ¿Qué no era tan importante?
—No sé, contestó Marconi. Lo que sucederá en Cockroach Street, supongo.
—Pues para mí lo es, dijo Dondog.

Permanecieron un cuarto de hora sin pronunciar palabra, acodados al balcón,


aspirando el aire hirviente como asmáticos. El cielo se obscurecía con lentitud pero el
chubasco no se decidía a caer. Un rayo arañaba la bóveda celeste cada diez o doce
minutos. Un rayo sin trueno, sin secuelas. Las nubes se habían fusionado en una sola
campa uniforme, como una capa de estaño.
La cigarra proseguía con su estridencia aguda y ácida en el piso superior.
Producía un chirrido intenso durante un minuto, luego se calmaba. No le contestaba a
nadie. En el silencio que sucedía al grito se oía a veces que una gota aislada, enorme,
se aplastaba sobre los escombros de un aire acondicionado. El aguacero se reducía a
esos paquetes erráticos de agua. Uno se preguntaba si llovería o no. En el sentido
contrario de Parkview Lane, al otro lado de la Ciudad, había gente y algo de
circulación, coches, calles comerciantes, pero aquí los ruidos de vida eran raros.
Como si nos encontráramos en el fin del mundo.
Como si nos encontráramos en el fin del mundo, teníamos frente a nosotros
Cockroach Street, y cuando uno se llamaba Dondog Balbaián, se sabía que se estaba
también como al final de su vida.
Luego Marconi hizo un esfuerzo para reanimar la conversación.
—Sé que está buscando a varias personas para matarlas, dijo.
—¡Matarlas!, replicó Dondog. Se dice muy fácil. Parece que ya están muertas.
La cigarra se calló. Los pájaros negros ya ni siquiera se molestaban en volar al
fondo del paisaje. Agitaban las alas con pereza para dejarse caer de un techo al otro.
No había ningún ruido animal. Una gota de agua gigantesca se deslizó hacia el suelo,
explotando en una lona de plástico. Todo estaba tranquilo.
—Jessie Loo me dio a entender que se trataba de una venganza, dijo Marconi.
—Una venganza, no lo sé, contestó Dondog. Cuando uno sale del campo y va a
morir pronto, se tiene ganas de matar a dos o tres personas. Gente conocida en otra
época. No sé si se trate de una venganza.
—Oh, rezongó Marconi.
—En todo caso, se tiene ganas de matar, dijo Dondog.

Pasó un minuto. Una gota golpeó muy cerca un rectángulo de cemento que sobresalía
en la fachada.
—Me resulta difícil encontrarlos, dijo Dondog. Mi consciencia fue herida. Mi
memoria remueve fangos informes y sin color. Sólo recuerdo algunos nombres.
—A ver, lo animó Marconi.

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—Gúlmuz Kórsakov, Tonny Bronx, dijo Dondog. Y quizá Eliana Hotchkiss. Pero
de ella no estoy seguro.
—Gúlmuz Kórsakov…, exhaló Marconi.
Dondog se volvió hacia él. Los brazos de Marconi relucían de sudor, los insectos
se adherían a aquella superficie y se anegaban reduciéndose a un coágulo gris.
Marconi jadeaba. Su piel revelaba una angustia orgánica general.
—Parece que eso le recuerda algo, dijo Dondog.
—¿Qué?, preguntó Marconi.
—Kórsakov, precisó Dondog.
—Ah, sí, Gúlmuz Kórsakov.
—¿Lo conoció?, preguntó Dondog.
—Sí, dijo Marconi. Sudó sangre antes morir.
Hubo una pausa. Marconi se había quedado callado. Dejaba errar sus ojos hacia
donde estaba Dondog pero sin verlo directamente, y ahora tragaba saliva.
—Una tal Gabriela Bruna andaba tras sus huesos.
—Ah, exclamó Dondog.
—¿Y a usted Gabriela Bruna le dijo algo?
Dondog pensó antes de contestar.
—¿Sabe?, dijo con prudencia, es un nombre bastante socorrido. Tan sólo en mi
infancia conocí a dos mujeres llamadas así. Y se parecían mucho. Creo que las
confundo, ¿sabe? Las confundo la mayor parte del tiempo. Fueron asesinadas en la
misma noche. Mi abuela y la mamá de un amigo.
—Lo hizo sudar sangre, suspiró Marconi.
—¿Gabriela Bruna?
—Sí.
—¿A Gúlmuz Kórsakov?
—Sí, a Gúlmuz Kórsakov.
—Seguro se lo merecía, ¿no?
—Mh, renegó Marconi, antes de replegarse en sí mismo, en sus recuerdos sin
añadir nada más.
El crepúsculo avanzaba. La noche caía. No se habían movido en horas, ninguno
de los dos. El cielo carecía de estrellas, ninguna claridad difusa permitía adivinar las
masas ni los contornos de las cosas. Del lado de Cockroach Street brillaba una
lucecita, quizá la llama de una lámpara de petróleo.
—Al final no va a llover, dijo Dondog.
—Al final no, asintió Marconi.

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VII. Gritos y refunfuños

Como se hartaron de sofocarse de pie en el balcón al que la noche le restituía el calor


conservado durante el día, después regresaron al salón del 4A para sentarse y aspirar
el aire un poco menos fétido que al final de la tarde, aunque seguía cargado con
mariposas, esporas y miasmas. Para aspirarlo y escupirlo. Se acomodaron en la
obscuridad, despatarrándose al azar y disputándose el territorio, aunque tomaron la
precaución de no encontrarse muy cerca el uno del otro. La temperatura era tan
odiosa dentro del departamento como afuera.
Durante la primera hora se movieron poco. Esperaban que sus arroyos de sudor se
calmaran primero. Al volver al salón, Dondog se había puesto de nuevo su chamarra.
Cuando observaba una rigurosa inmovilidad unos arroyitos de salmuera le surcaban
el espinazo, las caderas y los costados. Marconi ya no se movía, aunque él también
transpiraba dando grandes bufidos.
El inmueble estaba vacío, dijo Dondog. Nada sonoro podía servir de testimonio a
ninguna presencia en los departamentos del vecindario. Habían terminado lejos del
corazón de la Ciudad, en un sector en el que los habitantes habían desaparecido. Sin
embargo, por la red de callejuelas suspendidas y corredores, se propagaban algunos
ruidos de la Ciudad hasta Parkview Lane. No se puede decir que alteraban la noche,
pero si uno lo deseaba era posible escucharlos. Bastaba parar la oreja. Por ejemplo,
estaba la palpitación regular de las bombas de la mafia que acarreaban las aguas
subterráneas hasta los tinacos en los techos. Desde hacía un rato también estaba el no
menos obsesivo martillear de un tambor, un tambor ritual: en un lugar como la
Ciudad siempre se estaba llevando a cabo una ceremonia o una danza chamánica,
detrás de quién sabe qué laberinto no iluminado e imposible de localizar. El tambor
debía ser de gran tamaño. Y lo golpeaban sin reposo. Emitiendo vibraciones
cavernosas transformadas por la distancia en ondas fantasmagóricas.

Aquellos ruidos no me distrajeron en lo absoluto, dijo Dondog. Estaba pensando en


Gabriela Bruna, en Marconi, en Gúlmuz Kórsakov.
No me alegraba por la muerte de Gúlmuz Kórsakov ya que no se la había
infligido personalmente, dijo. No sabía de qué Gabriela Bruna había hablado
Marconi, y tampoco tenía ganas de iniciar con él una conversación al respecto pues el
tipo aún no me inspiraba ninguna confianza. No me agredía, no se comportaba como
un schwitt aunque algo en él seguía inquietándome. Uno no tiene ganas de iniciar una
conversación importante con alguien de quien se sospecha que no está realmente
ciego. Sin embargo me habría gustado estar seguro de que Gúlmuz Kórsakov había
sido castigado y asesinado por la persona indicada en el momento indicado, dijo
Dondog. Marconi había sugerido que una tal Gabriela Bruna se había hecho cargo de

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él, que una tal Gabriela Bruna lo había hecho sufrir antes de su muerte. Me hubiera
gustado saber más de aquella mujer pero habría tenido que interrogarlo, dijo Dondog.
Exigirle a Marconi detalles con los que hubiera podido reconstituir toda la historia. Y
no me decidía a entablar un diálogo con aquel hombre. Cuesta tener ganas de
dirigirse a alguien que jadea en la obscuridad y que no es ni hostil y amistoso.

Bajo las ventanas de Parkview Lane, la noche no era del todo silenciosa, retoma
Dondog. La paz reinaba, aunque a veces llegaban de Cockroach Street ecos de voces,
incluso risas. Una puerta se abría el tiempo suficiente para recibir o expulsar a un
fiestero, y cuando se cerraba todo volvía a calmarse. Entonces se podía escuchar a la
obscuridad. Un perro ladraba. Murciélagos cazaban en los alrededores del cuarto
piso.
A pesar del calor, Dondog se había vuelto a poner su chamarra de preso, eso ya lo
había indicado, dijo Dondog. No había querido dejarla sin vigilancia en la cuerda de
la ropa. Sin embargo, lo que lo obsesionaba era sobre todo la nostalgia de los campos.
Dondog tenía la impresión de estar menos desnudo frente al destino cuando vestía su
uniforme de prisionero. La chamarra tenía el inconveniente de añadir algunos grados
a la temperatura ambiente, aunque al mismo tiempo le permitía evitar el contacto con
el skay enmohecido y los rectángulos de linóleo. Permanecía sentado en el suelo
apoyado contra el sofá, la tela le protegía la espalda y el trasero. La colonia
penitenciaria lo había acostumbrado a no hacerse el delicado fuera cual fuera el
entorno, pero ahí las superficies eran demasiado pegajosas.
Ahora intentaba concentrarse únicamente en Gabriela Bruna.
Únicamente en su abuela Gabriela Bruna, únicamente en Gabriela Bruna, la
mamá de Schlumm, y únicamente en la mujer que, según Marconi, había hecho sudar
sangre a Gúlmuz Kórsakov. Intentaba acordarse de algo a partir al respecto.
Nada surgía.
Escuchaba el tambor chamán y las bombas que palpitaban en las profundidades
de la Ciudad. Los mafiosos estaban amontonados cerca de los motores y contaban los
dólares que les habían extorsionado a los miserables, fus tubos goteaban,
difuminaban un olor a encerrado repleto de obscuridad, los charcos relucían en el
suelo cubierto de lodo. Varios mafiosos dormían detrás del cuarto de máquinas, en
una pieza horrible, con un azulejo como el de una alberca en ruinas. Habría sido fácil
deslizarse hasta donde estaban y ametrallarlos en nombre de los pobres, pero nadie en
la Ciudad pensaba organizar una operación semejante que hubiese sido la norma en
otros sitios, quiero decir en la realidad o en los sueños. Dondog sabía, en lo que a él
respectaba, que debía juntar sus últimas fuerzas para vengarse antes de extinguirse y
no para recomenzar el combate igualitarista. Por eso no se demoraba en la imagen de
los mafiosos dormidos o ejecutados. Mejor escuchaba las bombas.
También les prestaba atención a las percusiones chamanas. Un, o una chamana,

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bailaba en algún sitio, lejos de los mafiosos, lejos de todo. Si tan sólo pudiese dejarse
guiar por aquellos sonidos mágicos, si tan sólo pudiese dejarse hechizar por su trueno
y hacer su camino con aquel ritmo hasta entrar en trance. Entonces acaso podría
recordar algo relativo a Gabriela Bruna con claridad.
Se obligó a nadar en aquella música, la de la mafia y el de los chamanes. Así
permaneció, una o dos horas, esperando que brotaran los recuerdos o las anécdotas.
Nada surgía.

Un poco más tarde aún, un murciélago se puso a dar vueltas alrededor del balcón, y
mientras emitía con insistencia desgarrados ultrasonidos Marconi farfulló unas
palabras.
—A esa bestia la conozco, rezongó.
—¿Cuál? ¿El murciélago?, suspiró Dondog.
A tres pasos de él Marconi había mantenido la boca cerrada —hasta entonces. Sin
hacer ninguna pausa había dejado escapar unas quejas asmáticas, como un agonizante
que resiste a pesar de todo, pero sus jadeos no habían desembocado en lenguaje, y en
aquel instante iniciaba una nueva fase fonética, una fase de murmullos.
—Uno la conoce, a esa. También se las hizo ver negras a Kórsavok, dijo Marconi.
—¿Quién?, intentaba saber Dondog.
Pero el murmullo de Marconi se degradaba.
—¿Jessie Loo?, sugirió a tientas Dondog.
El rumiar de Marconi ya no era sino un amasijo confuso. Ahí estaba, en la
sombra, despertando siempre una sorda desconfianza en Dondog, enviado por Jessie
Loo pero remplazándola bastante mal, sin ayudarle a Dondog a encontrar la huella de
Tonny Bronx, de Gúlmuz Kórsakov o de Eliana Hotchkiss.
Dondog alzó los hombros. En el fondo no le interesaba lo que la boca de Marconi
pudiese emitir.

Las horas desfilan, calientes, tenebrosas.


Se reproducen los mismos ruidos, enmarcados por largos minutos de silencio: los
ladridos en los lotes baldíos, los mismos gritos del murciélago del que Marconi no
pronuncia el nombre, el latido de las bombas y el tambor ritual, los mismos rumores
provenientes de Cockroach Street.
Gabriela Bruna, piensa Dondog.
Lo piensa —o lo musita.
Dejo de lado los detalles, murmura. He olvidado todo —o casi. Fue hace mucho
tiempo, antes de mi muerte. En todo caso, antes de mi nacimiento. Incluso antes. E
incluso antes todavía.
Se calla. Tiene la decepcionante impresión de discurrir sin conseguir fijar las

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imágenes en frases. Las palabras le llegan a los labios desprovistas de sentido.
Antaño, en los libritos que componía en el campo, sus personajes solían lomar la
palabra en la obscuridad, aunque tampoco sabían muy bien lo que decían. Hacían
fluir monólogos que a veces tenían algo que ver con la anécdota en curso, otras no.
Se la podían pasar murmurando así, durante horas.
En la noche la voz tenía la función de alejar los recuerdos más difíciles o de
desdibujarlos; la voz actuaba en la realidad modificando los aspectos más dolorosos
del presente, explica Dondog. La voz en la noche se apropiaba del presente para
desencarnarlo hasta que se convirtiera tan sólo en algo dicho al que se le podía, por
ende, silenciar de golpe. Al que se le podía silenciar o contradecir de golpe en
cualquier instante, dijo Dondog, quien observa a su al rededor.
Marconi es visible en medio de las sombras. Ahora está de pie y camina.

Marconi no se ve afectado por la noche.


Marconi se levantó para ir a fisgonear en la cocina y el baño. Manipula los grifos
refunfuñando. Lanza pestes contra las manijas de los grifos, contra el óxido, contra la
ausencia de agua potable, contra las cucarachas que aplasta con sus pies cerca del
lavadero, cerca del excusado del WC o frente al lavabo. Hay un receptáculo a cielo
abierto en el techo de Parkview Lane, por lo que a veces caen algunas gotas. Se oye
cómo Marconi las amasa en sus palmas y las aspira. Bebe aquello, maldice el sabor
horrible del agua y gruñe. Como no hay nada que comer le recrimina a las cucarachas
que estén ahí y no en las escaleras y los pisos inferiores donde prospera la
inmundicia. Las cucarachas no contestan. Marconi no intenta aplastarías a propósito,
pero de vez en cuando aquello sucede.
Cuando no va a mendigar un poco de líquido en lo que queda de las
canalizaciones, Marconi pasea su silueta borrosa de un cuarto al otro.
Dondog lo sigue con la mirada.
Algo se activó en él, quién sabe cómo y sin decir agua va, por lo que ahí está
juntando elementos de la época anterior a su nacimiento, sobre Gabriela Bruna, sobre
Gúlmuz Kórsakov, sobre los tiempos anteriores a su nacimiento y antes aún.
Quizá las palpitaciones regulares del tambor ayudaron a iniciar aquello. Quizá los
gritos del murciélago en la fachada de Parkview Lane o los movimientos
refunfuñantes de Marconi, quien no baila como un chamán en el 4A, no, pero que va
y viene con una pesadez que acaso provoca la hipnosis: de forma algo poco
hechicera, cuando lo piensa uno bien.
En el 4A, además de la cocina y el baño, hay dos cuartos en donde la avanzada
podredumbre de las camas no incita al paseante a vagar por ahí, y un cuartito que da a
la sala de estar que conserva todo su misterio. Una ducha tal vez, o una buhardilla. De
forma sistemática Marconi termina su deambulación en el departamento intentando
desbloquear la puerta. Jala el pomo, lo sacude y luego renuncia antes de volver a

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sentarse. En general se vuelve a sentar a dos metros de Dondog sobre el linóleo
repugnante, en el umbral de aquel cuarto imposible de visitar, y retoma su farfullar en
el punto en que lo había interrumpido —o en algún otro.
Por su lado, Dondog había hecho lo mismo.
Son dos seres que tienen la costumbre de hablar en soledad, dijo Dondog, en
plena noche y sin preocuparse si tienen o no escuchas, como los personajes de los
libros de Dondog. Marconi maldice el calor y a esas que le hicieron sudar sangre a
Gúlmuz Kórsakov. Dondog gimió. En su suspiro se reconoce vagamente el nombre
de su abuela o el de la mamá de Schlumm.
—Para sudar sangre, vaya que lo hizo, masculló Marconi, quien a veces suelta un
sonido extraño que Dondog es incapaz de identificar, muy parecido a un frufrú no
muy extenso, a un estrujar peluchoso, al chasquido de un abanico que se abre y se
cierra. Enseguida Marconi expresa su malestar. Mueve las piernas, balbucea una
excusa inconclusa, luego se queda mudo durante un rato, como si al fin se hubiese
dormido —o muerto.

—Fue como al principio de una guerra, dijo de golpe Dondog como si empezara a
acordarse de algo. Fue al principio de la primera exterminación de los ybüres. No
estoy seguro de las fechas ni de los detalles.
—Vamos, prosiga, murmura Marconi para sí mismo.
A una distancia incalculable, las bombas de la mafia y un tambor chamán
confunden sus ritmos obsesivos.
—Gabriela Bruna era entonces una mujer muy joven, masculla o se acuerda
Dondog. Bordeaba el muro de una fábrica. La guerra acababa de comenzar. Era
verano. Hacía un tiempo magnífico.
Un animal aúlla en los alrededores de Cockroach Street. En el 4A se oyen los
chirridos de las cucarachas que deambulan o se afrontan en el comienzo de las
cenefas. La noche se volvía más espesa, propicia para hacer florecer el relato, parece,
pero propicia también para los encontronazos obscuros de los bichos y la maduración
obscura de sus huevecillos: propicia para la prolongación vana y obscura de sus
vidas.

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VIII. Gabriela Bruna

Era un día magnífico, dijo Dondog. La guerra acababa de comenzar. La


exterminación de los ybüres estaba en sus balbuceos, insignificante aún frente a lo
demás que estaba en sus primeros días. En el cielo navegaban dirigibles espías sin
identidad en el fuselaje, algunos monoplazas que los soldados abatían fácilmente con
sus carabinas. En los caminos trotaban pequeños destacamentos de hombres a
caballo, pasmados por una semana de campamentos precarios, maniobras incesantes
y escaramuzas. El frente no se había estabilizado en ningún sitio. En algunos
poblados y en algunas carreteras los adversarios pasaban con pocas horas de
intervalo. A veces sólo cuarenta y cinco minutos separaban el paso de las tropas
enemigas del de los tátaros, los escitas, los wangres y sus aliados en aquellas épocas.
No cito todos los pueblos que entonces participaron, dijo Dondog. De cualquier
modo, estaban destinados a fusionarse durante la masacre, a unirse pronto en un solo
fango aullante, inundado de sangre.
En las aeronaves brillaba el sol que, un poco más abajo, volvía rojos los bosques,
colinas y campos de trigo que rodeaban la ciudad de Ostrowiec. En la salida sur de la
ciudad el astro noqueaba y asaba el barrio industrial y su hilera de terrenos al
abandono, sus vías del tren y sus largas murallas ciegas.
La más que joven Gabriela Bruna se encontraba justamente ahí, en aquel insípido
laberinto de fábricas. Iba vestida de maestra, con sobriedad. La inundaba la luz. No
estaba vagabundeando, avanzaba con paso rápido, molesta por haberse perdido en
medio de las construcciones y los muros de ladrillo gris. Hacía más de un cuarto de
hora que buscaba sin éxito la entrada de las fábricas Vasíliev y tenía la impresión de
haberse alejado de nuevo. No sentía que tuviese retraso porque no había una hora
prevista para su llegada, sin embargo no quería perderse nada del espectáculo de la
tarde, de la excepcional fiesta del fuego organizada en las herrerías de Vasíliev. Éste
la había invitado a venir a ver cómo quemaban vagones de azúcar y alcohol que el
Comandante había ordenado destruir antes de que el enemigo se apoderara de ellos.
A pesar de que desde hacía un año Gabriela Bruna ejercía la función de
preceptora en casa de los Vasíliev, nunca había tenido la ocasión de aventurarse en
esta parte de Ostrowiec. Sus paseos con los pequeños tenían lugar en espacios
distintos, en la extremidad opuesta de la ciudad. De hecho, ignoraba qué pinta tenían
las fábricas de su empleador. Rodeó una nueva bodega, recorrió unos ciento
cincuenta metros de rieles, evitó una fuente de agua estancada, luego tomó por un
camino sin salida que conducía a un portón negro el cual daba, a su vez, hacia un
pedrerío. Más allá se extendía un enésimo complejo de construcciones, de montículos
y de campos no cultivados.
Había hierba por todas partes, desperdigada y amarilla.
Una pancarta en ruso, plantada al borde del foso, indicaba en rojo que el paso

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estaba prohibido. La mujer se detuvo. Una corriente de aire barrió la pared que afeaba
la parte izquierda del camino. La pancarta vibró sobre su soporte. Las palabras
temblaron, PROPIEDAD PRIVADA, PROHIBIDO, el polvo cayó de nuevo, y
durante un momento no se escuchó nada más. Luego, proveniente del suroeste,
retumbó el barullo de unos cañonazos, se interrumpió y empezó de nuevo. Tras las
colinas, hacia Sandormierz y quizá más cerca aún, tal vez en el cruce del Levanidovo,
los batallones chuvasios y austriacos se masacraban entre ellos con armas pesadas.
Habíamos comenzado la segunda semana del mes de agosto. Las noticias eran
alarmantes. Los aliados retrocedían, perdían una ciudad tras otra. Cuando le llegase el
turno a Ostrowiec, seguro la defenderían unas horas, por honor, pero a fin de cuentas
la abandonarían al enemigo.
La hermosa Bruna, Gabriela Bruna, dudaba bajo el límpido azur. A pesar de los
rugidos de la artillería, una gran tranquilidad estival suavizaba todo lo que era posible
ver, tanto los pinos a lo lejos como las vías del tren, los montones de carbón o las
zarzas que proliferaban cerca de los topes. El calor picaba. Faltaba la sombra. Los
insectos zumbaban. Nadie se asomaba en ninguna parte.
Gabriela Bruna se puso a avanzar flanqueando el muro, sobre el talud para no
tener que pisar la escoria de hierro que corría el riesgo de estropear sus botines.
Prefería pisotear la hierba. Los saltamontes brotaban frente a sus piernas, develando
el crepitante esplendor de sus élitros, rojo vivo o azul eléctrico —o índigo.
La fábrica de Vasíliev producía aceros especiales y era protegida contra los
saboteadores por patrullas. Gabriela Bruna contaba con la ayuda de obreros, o la de
los soldados, para que le indicaran el camino hacia los hornos en donde el azúcar iba
a abrasarse por decenas de toneladas aquella tarde, sin embargo, desde hacía un buen
rato no había encontrado alma viviente. Debió haber rebasado el sector sensible. De
seguro erraba ahora en una parte del barrio industrial en donde la actividad se había
paralizado desde la declaración de la guerra. Cerca no había ningún sonido ligado al
trabajo. Se había alejado de la ciudad y las fundidoras y apenas se daba cuenta de que
las chimeneas que expelían sus volutas se levantaban en otro lado aparte, a una buena
distancia.
Una avispa vino a zumbar cerca de su oído. La espantó.
Luego fue hasta el portón. Las vías del tren salían, atravesaban el camino y se
unían a las vías en medio de las hierbas, cerca de la fuente de agua negra. En el
portón, sin privarse de reventar las ámpulas de óxido, un militante había grabado en
polaco con un cuchillo: ABAJO LA GUERRA, VIVA LA INTERNACIONAL.
El eslogan estaba cortado en dos. El portón no estaba cerrado. En la separación se
distinguía una estrecha fracción de suelo, y sobre el suelo, una tuerca, una mata de
plantago cargada de semillas. Para ampliar la apertura, Gabriela Bruna apoyó ambas
manos en LA INTERNACIONAL. La pintura se caía en escamas. Las bisagras
resistieron un poco antes de obedecer con un grito de gran violencia.

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En aquel instante resonaron los golpeteos de unos cascos provenientes de un pasaje
en cuello de botella entre dos muros. Durante una decena de minutos no se vio nada,
luego desembocó un guardia a caballo tras el lugar en donde el camino se convertía
en callejón sin salida. Vestía un uniforme del ejército imperial, una gorra plana de
amplia visera, un sable. Su montura era una yegua alazana que llevaba al paso. Escaló
un talud, lo bajó. Dio una vuelta para evitar el pedrerío y se encontró de nuevo en el
camino.
Se dirigió hacia Gabriela Bruna.
Ésta, plantada frente a la semiapertura, se frotaba las palmas para quitarse de
encima el aserrín rojo, las escamas rojizas y cafés y pensaba que todo se ponía de
acuerdo para que aquel representante del orden sospechase que era una espía: sus
manos sucias, el portón entreabierto, el lugar vacío, la soledad de la hora. En lugar de
alegrarse por tener al fin una persona susceptible de ayudarla, tuvo la intuición de que
aquel jinete no escucharía sus explicaciones, se obstinaría en ver en ella a una criatura
sospechosa que acabaría por perjudicarlos.
Gabriela preparó su discurso.
Busco la entrada de la fundidora Vasíliev… Vengo a ver cómo queman los
vagones de azúcar… vengo a ver arder los vagones de azúcar. Vivo con el director de
la fábrica, con los Vasíliev… Soy la preceptora de los niños…
La yegua se acercaba. Tenía en el testuz una mancha en forma de medialuna. Sus
ojos llorosos se toparon con los de Gabriela Bruna. En ellos se podía descubrir una
locura animal, una humedad demente y hostil. Ninguna simpatía brillaba en ellos. El
equino se movía con rabia desde que había llegado al portón. Pasaba por encima de
los rieles sobre los que Gabriela Bruna se mantenía inmóvil.
El jinete jaló las riendas.
La yegua se detuvo. Sus morros palpitaban. Bufó. Su mirada era mala y demente.
Un silencio estrujó de nuevo el paisaje: el camino, las vías, el hoyo de agua, las
bodegas de mercancías, las cajas de cartón o de gravilla, y más lejos el campo color
gris verde, los pinos, y a un paso las construcciones en ladrillo color ceniza vieja.
Todo estaba aplastado por el sol y en silencio, y por encima venían a incrustarse
zigzags sonoros de avispas, palpitaciones de corazón, suspiros. El bombardeo del
cruce de Levadinovo, a treinta kilómetros, empezaba a callarse.

De Gabriela Bruna me gustaría evocar aquí su notable apariencia, dijo Dondog. Su


silueta era elegante y se había recogido el cabello, negro y ondulado, en un chino
perfecto. Tenía toda la gracia de una maestra de escuela de principios de siglo, pero lo
que me atrae de esta imagen, lo que me atrae irresistiblemente, dijo Dondog, es la
inteligencia que emanaba de su cara de piel fina y su tez bronce claro, como suele
darse entre las mujeres ybüres justo después de la adolescencia, una inteligencia dura,
a todas luces combinada con una energía indomable. Su boca no sonreía, su mirada

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no se esquivaba. Iba todo derecha, concentrando en su objetivo dos piedras
tenebrosas de fulgor ámbar. No habría podido pasar por una belleza sefaradí o
chechena, dijo Dondog. Tenía ese tipo de carisma.
Así se mantuvo frente al jinete, respetuosa y bella, esforzándose en conservar una
máscara de tranquilidad a pesar del aliento y las pestilencias salvajes de la yegua.
El guardia no dejaba de apretar los dientes. Obligaba a su montura a pegar el
flanco contra el portón. Aquella posición le impedía a Gabriela cualquier
desplazamiento a no ser hacia el interior de la fábrica, en el intersticio donde no tenía
la menor intención de adentrarse. El jinete no bajaba la mirada hacia ella, la ignoraba,
fingía estar solo y haberse detenido ahí por casualidad. Gabriela Bruna percibió su
inquina, su animosidad. El animal se movía. Sus cascos, que se irritaban contra el
suelo, chocaron contra un riel. Poca era la distancia que separaba a la joven mujer de
aquel pectoral agitado, de aquella grupa sudorosa y de aquella bota reluciente en la
que se metía un pantalón de tela azul, decorado con un ribete que olía a cera para
zapatos y a cuartel.
El hombre, a todas luces, rumiaba tortuosas y peligrosas ideas. Más valía
interrumpir su curso lo antes posible.
Gabriela levantó la cabeza.
—Me esperan en la fábrica de Vasíliev, dijo en ruso. Conozco al dueño. Vivo en
su casa. Soy la institutriz de sus hijos.
El hombre hizo un gesto con el mentón. Tal vez expresaba una opinión, tal vez
algo lo había molestado al nivel del cuello —como un insecto, una hebra de tela
rugosa, la punta de un furúnculo. Cargaba con una cara brutal que, a contraluz, se
distinguía mal. Su piel era bronceada y unos ojos rasgados traicionaban su origen
siberiano o mongol. Nada particular, de hecho, surgía en esta figura común, nada que
pudiera memorizarse salvo la mandíbula, los pocos y repulsivos centímetros color
rosa de una cicatriz.
Mientras hablaba Gabriela Bruna escrutaba a aquel hombre. Tras los párpados
casi cerrados ardía la mala voluntad.
—Vasíliev, insistió ella. El industrial.
El jinete no contestaba. Acaso entendía mal el ruso. Parecía parar oreja hacia los
cañonazos distantes. Gabriela Bruna pensó en formular una nueva frase cuando el
hombre por fin se animó. Le daba indicaciones a la alazana, dictándole con las manos
y las rodillas la conducta a seguir. El animal de pronto se convirtió en una
amenazante montaña de carne caliente para Gabriela Bruna. Sacudía su larga cabeza
de animal afectado psíquicamente, temblaba, se desplazaba de lado. Empujaba a
Gabriela Bruna hacia el portón. La joven mujer primero se pegó contra el VIVA LA
INTERNACIONAL. Debido a la presión se agrandó la abertura. Las bisagras se
quejaron de nuevo, una rueda chilló sobre la tierra endurecida.
Gabriela Bruna había penetrado ahora en el territorio de la fábrica.
La masa alazana progresaba tras ella. Bien maniobrada, temblorosa e

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impresionante, la envolvió para obligarla a ponerse del otro lado del portón. El jinete
cerró enseguida el batiente con la pierna y el brazo izquierdos, como si se tratara de
una operación absolutamente normal. Gabriela Bruna había tenido que retroceder, y
para evitar el contacto con la humedad salvaje del animal se pegó de nuevo contra la
superficie metálica. Sabía que se ensuciaba con el óxido y el polvo.
Los tres se encontraban ahora en un patio limitado al sur por una caballeriza, al
oeste por unos altos edificios bastante abiertos que debían ser unos talleres. No se
veía ningún obrero. Los rieles se dirigían hacia un pórtico de elevamiento y se
perdían en un segundo patio, en donde sólo se adivinaban un par de cisternas que
descansaban sobre pilares de cemento. El sol golpeaba sin piedad aquel lugar desierto
con una ferocidad polvosa. Hacía temblar los techos de pizarra de los edificios, los
muros de ladrillo obscuro. Por todos lados había montones de plantas cargada de
semillas, hierbas solitarias y desagradables.
La yegua resopló. Durante el último minuto, Gabriela Bruna no había dejado de
cruzar con aprensión sus ojos, sus grandes ojos globulosos donde merodeaba la
locura.
—Tengo que llegar a la fundición, dijo frenando la indignación que se apoderaba
de ella. Vasíliev me está esperando.
Lamentaba ahora haber cedido a la yegua y al jinete. El espacio se había reducido
a su alrededor y tenía que quedarse de pie en un pasillo incómodo, entre el hierro
oxidado y un animal cuyos olores y calor daban asco.
El hombre, por su parte, permanecía taciturno. Sin decir nada hizo avanzar a
Gabriela Bruno por todo el portón, luego a todo lo largo del muro. Ella se dejó
conducir pues no quería que la empujaran aquellos músculos enormes ni el cuero
ardiente de sudor. Caminó sobre el plantago, las bardanas, algunas ortigas. Llevaba
una falda azul de india con motivos de flores negras, y debajo de un chaleco de
terciopelo una camisa blanca, bordada, de mangas largas. Su codo derecho rozaba el
ladrillo, a veces el hombro. Estaba echando a perder su ropa.
Aunque maniobrara para obstruirle el paso hacia el patio, el jinete fingía no
interesarse en ella. Parecía tener otras prioridades. Por ejemplo, seguía con mucha
atención lo que hacían tres cuervos que querían posarse en el techo de la caballeriza y
se disputaban con el pico lleno de clamores.

—Quiero hablar con un oficial, dijo Gabriela Bruna, negándose a ir más lejos.
El jinete no admitió aquel alto intempestivo, la empujó primero una media docena
de pasos, otro par de metros, y luego un metro más. Gabriela Bruna tropezó aunque
pudo agarrarse del muro raspándose la mano. Intentó conservar su sangre fría.
Esquivó la cabeza que se balanceaba hacia ella, la baba y la espuma de la alazana, su
aliento infame, así como el estribo de hierro que le rozaba el brazo, como por
descuido, cuando se ponía tiesa.

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La pierna, la bandera azul, la costura roja, la bota se le acercaron una vez más. La
espuela color plata mate. Buscó en la funda del sable alguna indicación sobre el
cuerpo del ejército al que pertenecía aquel hombre para quejarse más tarde con las
autoridades militares, pero no había ninguna. En la silla, no obstante, tuvo tiempo de
leer un nombre grabado en caracteres cirílicos. Gúlmuz Kórsakov.
¿Pero qué se trae conmigo éste?, pensó.
Una ínfima pausa se produjo, luego sus entrañas dieron un salto.
¿No querrá violarme, o sí?, pensó.
Al mismo tiempo, una película de terror le heló el estómago. Imágenes del
salvajismo masculino le vinieron a la mente, nítidas, bastante crudas, rojo violáceo,
con una serie de visiones anatómicas no edulcoradas, horribles. La película muda era
completada con sensaciones previsibles, con jadeos y gruñidos masculinos idiotas,
con espasmos gruñentes, con dolor y envilecimiento, con salpicaduras gruñentes.
Hermanita, murmulla Dondog. Siente que ella no pueda escucharlo. Hasta este
punto la ha acompañado como en un simple relato de sueño pero ahora comparte su
angustia.
Gabriela Bruna no era una ingenua palomita, dijo. No ignoraba nada de la
violencia humana. Había nacido en un clan ybür en donde las cosas tenían un
nombre. Le habían enseñado a vivir entre los hombres, a sobrevivir en el peligro, en
el corazón del crimen frente a los humanos ordinarios.
—Ya le dije que quiero hablar con un oficial, dijo con voz clara, incluso
imperiosa.
Ambos habían llegado frente la caballeriza. Quién sabe cuándo, pero de cualquier
forma antes de las confiscaciones recientes del ejército, ahí debieron estacionar a los
caballos que jalaban las plataformas cargadas con fierros viejos. Habían abierto una
puerta más pequeña en uno de los grandes batientes de madera que ahora permanecía
entornada. Se podía discernir más lejos una tibia obscuridad jaspeada por mojones
viejos y algo de paja. La yegua orientó hacia Gabriela Bruna su hocico ardiente, la
mancha en forma de medialuna que le marcaba el testuz y su ojo exorbitado,
perverso, antes de chicotear sus cascos.
—Condúzcame con sus superiores, ordenó Gabriela Bruna. Discutiré la situación
con ellos.
El viento roncó en una gotera.
Lejos de la vista, los cuervos soltabas algunos graznidos resbalándose sobre las
pizarras.
El hombre se inclinó. Tenía unos pómulos aplanados, orejas poco crecidas,
cabello al ras. No miraba de frente a Gabriela Bruna, quien retrocedió fuera del
alcance de la mano que se tendía hacia ella. El hombre suspiro, y dijo:
—Vamos, institutriz. Entra.
Para evitarlo, se deslizó a lo largo de la puerta de la caballeriza. La yegua se
movió en diagonal y Gabriela Bruna se encontró justo frente a su cabeza. Durante un

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amplio segundo contempló el ojo masivo e histérico, tan huidizo como el de su amo.
Entonces, con un gesto amplio, cacheteó lo que estaba al alcance de recibir una
cachetada: la boca húmeda junto al bocado, la base de los ollares brillando por los
mocos. El animal resopló espantosamente y se encabritó retorciéndose con dolor y
miedo, intentando deshacerse de su jinete, vertiendo su exceso de sufrimiento en
acrobacias mortales.

Gabriela Bruna saltó. Escapó a los cascos que mazaban el aire frente a su cara y se
precipitó hacia donde imaginó que podía escaparse sana y salva. La yegua andaba a
diestra y siniestra por el patio, indomable, bloqueando el camino del portón o el que
llevaba a las cisternas. El animal hacía cabriolas y saltaba, rebasaba a la fugitiva al
galope y luego salía disparado multiplicando los movimientos irracionales y los giros
intempestivos. Gabriela Bruna corrió hacia los talleres. Esperaba escuchar en
cualquier momento la caída del jinete desconcertado. Por desgracia, el jinete era
excelente y aguantaba.
Gabriela Bruna alcanzó el umbral del taller que se abría de par en par al polvo y
el viento, de frente al patio. El chasquido de los herrajes y los clamores equinos
rebotaban contra las paredes. Cascadas agudas, ataques de demencia animal. Se dio la
vuelta en una fracción de segundo. Gúlmuz Kórsakov ni siquiera había perdido su
gorro. Se había acostado en el cuello de la yegua, se afianzaba a su crin, en la oreja
derecha le susurraba frases. Era indisociable de su montura. A la que le murmuraba
quién sabe qué de cómplice y lisonjero.
La joven mujer hizo algunos zigzags entre las máquinas muertas. Debía salir
absolutamente al segundo patio, desaparecer en el segundo patio o al menos encontrar
ahí un arma para defenderse. Cadenas colgaban de unos cabrestantes, pesadas e
inservibles. Cerca de un horno se desperdigaban restos de carbón. La luz del verano
refulgía entre los vidrios cochambrosos.
Afuera el ritmo de las carreras había disminuido.
Las puertas que daban al segundo patio estaban cerradas. Gabriela Bruna se les
echó encima y las sacudió. Las cerraduras eran sólidas. Gabriela Bruna no insistió y
dio media vuelta. Se puso a explorar al margen de las máquinas, cerca del horno a la
búsqueda de una herramienta que pudiera empuñar, un martillo, una pala. Nada
encontró.
En el patio la yegua se calmaba. Se le podía ver cerca del portón, resoplando y
temblando, con su jinete bien sentado de nuevo en la silla.
¡Ay, hermanita!, se afligió Dondog.
Gabriela Bruna se congeló como si hubiese escuchado aquella voz. Su intento de
huida había fallado. Ahora le quedaba afrontar lo real despreciando el horror, apelar a
lo sobrenatural o matarse para que el presente no sucediera. Empezó a agitarse y a ir
de un lado a otro, incapaz de determinar cuál sería para ella la mejor de las tres

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soluciones, luego se quedó cerca de una máquina, inmóvil de nuevo, y esperó. Se
había decidido. Sabía que no quería morir en ese momento y que lo sobrenatural no
existía. La única vía de salvación era entonces hacer el vacío en ella misma y
refugiarse en él lo antes posible.
En el patio, el jinete forzaba a la yegua a trotar en círculos. Dio dos vueltas con
paso más tranquilo y luego se acercó a los talleres. El animal olía la presencia de la
mujer que lo había molestado antes y el furor le torcía el hocico. Sus ojos inyectados
de sangre se ensancharon aún. Gúlmuz Kórsakov franqueó el umbral del edificio,
formando con la yegua un conjunto gigantesco en medio de las cadenas que
colgaban, del cielo brillante, de los fulgores, y después de haber adulado el garrote
con una insistente ternura brincó al piso. La yegua retrocedió unos tres metros. Tuvo
un escalofrío convulsivo y se quejó.
Con la misma flema que tendría un luchador antes de un combate de
demostración, el hombre fue hacia Gabriela Bruna. Era fornido y de mediana altura.
El sable tintineaba contra su pierna. La institutriz lo venía venir. Con los ojos medio
cerrados e inmóvil, como con agotamiento o resignación, como si escuchara voces
interiores que la consolaban. Él suponía que estaba rezando. Después de haber
verificado que no tenía agarrado ningún trozo de hierro o que hubiese ocultado algo
en su ropa, la tomó por el codo.
—Vamos, dijo. Esto se acabó.
Y la arrastró hacia la caballeriza. Ella no opuso resistencia. La yegua, tan pronto
como salieron ambos al patio, se puso a trotar un poco más lejos.
Cuando iban a penetrar en la obscuridad Gabriela Bruna levantó los ojos hacia el
cielo. Un dirigible flotaba encima del barrio industrial, no muy alto. A su alrededor
unas cornejas intrigadas, unas gaviotas y unas grajillas formaban una escolta. El
soldado también había levantado la cabeza. Ahí estaban los dos, uno al lado del otro,
examinando los objetos voladores y los pájaros como una vieja pareja que no necesita
formular frases para entenderse. Hicieron una pausa. Era una época en la que a las
mentes les costaba concebir el viaje aéreo, el magnífico deslizarse de un dispositivo a
todas luces más pesado que el aire. Luego el soldado murmuró:
—Ven, ahora.
Gabriela Bruna ya no se oponía. Era inevitable lo que iba a suceder a
continuación —y sería execrable. No le quedaba sino atravesar aquello como el
paréntesis de un mal sueño.

El hombre trabó la puerta y condujo a Gabriela Bruna hasta un rincón en don de


amarilleaban algunas brazadas de paja bajo los pesebres, y como parecía ya no
quejarse de su destino, le soltó el codo y la invitó a acostarse frente a él. Ella lo hizo.
La sombra no era muy densa. Desabrochó su pantalón, fue a poner su sable a varios
pasos de ahí, en la parte baja del muro, y después de quitarse su gorra quiso colgarla

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en un trozo de madera que sobresalía pero, acaso porque la febrilidad lo apuraba, no
lo consiguió. La gorra cayó y decidió dejarla en el piso. Luego se arrodilló en la paja
frente a su víctima. Con una mano levantó su falda y con la otra jaló hacia sus
tobillos la pantaleta de algodón que, bajo la falda, le protegía la entrepierna. Ella ya
no reaccionaba. Era posible pensar que un maleficio la había privado del uso de sus
tendones y nervios. Él seguía desconfiando, y durante un cierto rato se preguntó qué
triquiñuela urdía detrás de una docilidad tan impresionante. Luego se persuadió que,
en el fondo, aquella postración tenía que ver con un sentido milenario de la derrota,
con la sumisión de la hembra, con la sumisión ancestral de consentimiento.
Semejante meditación sobre las mujeres lo tranquilizó, por lo que acabó de
desabotonarse. Entonces se ocupó de su miembro, y después de disponer la cadera de
Gabriela Bruna para que le quedara a modo, comenzó algo que iba a ser, si se
considera esto desde un ángulo abstracto, una relación entre los sexos.
¿Y luego, cuando haya acabado?, se preguntó Gabriela Bruna.
Le dolía, sentía la quemadura sangrienta y vergonzosa de la violación en ella, y
debajo de su cuerpo la punzante dureza del suelo. Intentaba respirar como se lo
habían enseñado los viejos ybüres pero la asfixiaban el tufo de la cama de forraje y
las partículas suspendidas de paja. El hombre caminaba con pesadez. Había
renunciado a la postura inicial que lo obligaba a hacer un esfuerzo impidiéndole tener
las manos libres: se acostó sobre ella, le aplastó los senos y le plantó los dedos en los
hombros. A veces le jalaba los mechones de cabello que se habían escapado de su
chino. Respiraba con fuerza. Empezó a observarla. Había abierto sus ojos siberianos
y agrandado sus pupilas buscando apropiarse de lo que ella escondía, lo que yacía
íntimamente en el fondo de su alma.
¿… y cuando haya acabado?, comprendió. Pero si es muy simple: va a levantarse,
y para que no vayas a quejarte con sus jefes, te va a matar.
Los meneos del hombre se hicieron más convulsivos. Bufó algo gutural y cerró
los ojos. Los volvió a abrir.
Debajo del armazón de madera y en los intersticios de las paredes el viento
canturreaba. Los cuervos rasguñaban las pizarras. Del lado del cruce del Levadinovo
los obuses rugían.
Después de tres segundos de cadavérica rigidez, Gúlmuz Kórsakov se volvió a
animar. En la sombra se distinguía su rostro impávido. Había vuelto a retomar su
costumbre de no mirar de frente. Se levantó y examinó las briznas de heno haciendo
equilibrismos en el borde del pesebre. Ella sintió cómo se iba saliendo. Se salió. Y
ahora él escrutaba una telaraña. Primero se arrodilló, como al principio. Limpió su
miembro con la mano.
Todo estaba insoportablemente tranquilo.
¿Y ahora?, preguntó Gabriela Bruna.
Ahora, agárralo distraído, dijo Dondog. Mátalo.

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Ella estaba como apática. Él empezaba a vestirse. Se dio la vuelta. Sin decir palabra,
sin mirarla una sola vez, caminó con lentitud hacia donde había rodado su gorra.
Gabriela Bruna se movió. Se subió el pantalón, trituró su falda, retorciéndose para
poner orden a su ropa. Luego, sin transición, se avivó y estiró el cuerpo para recoger
el cinto que yacía abandonado en la parte baja del muro. Ya, ahora tenía entre sus
manos la funda. Con la diestra empuñó el sable. Lo sacó a toda velocidad. Ya, ahora
le había quitado la funda.
La joven se puso de pie, sosteniendo el sable desnudo en la parte izquierda de su
espalda, amenazando con cortarle la cabeza al soldado desaliñado que había dado un
salto hacia adelante para recuperar el arma y que acabó dando marcha atrás cuando
vio la hoja reluciente silbando como una víbora.
La funda rebotaba aún en el piso, el soldado silbaba como una serpiente; acaso
quería perturbar de ese modo a su adversaria, o acaso era aquella su formar de rezar
luego de darse cuenta de que no podría desarmarla. Había colocado a Gabriela Bruna
en una posición marcial idónea, temible, y ella, que nunca había manipulado un arma
blanca, estaba plantada frente a Gúlmuz Kórsakov como una esgrimidora que hubiese
asimilado secretos seculares. Tenía los brazos cruzados en la parte alta de su pecho,
escondiendo por completo el sable que sentía vibrar a la horizontal en su espalda,
afilado, voraz, como animado por una fuerza autónoma. Esa defensa me la enseñaron
unos prisioneros japoneses, precisó Dondog.
Cuando es hora de actuar, no dejes pasar una décima de segundo, hermanita, dijo
Dondog.
Gabriela Bruna extendió el brazo derecho e hizo que la hoja dibujara una amplia
curva fulgurante. Primero cercenó los dedos de la mano que el soldado había
proyectado hacia adelante por reflejo, quizás con la ilusión de poder atrapar el arma
al vuelo o de detener sus consecuencias. Luego lo degolló.
No creas que eso basta para que quede vengada, Gúlmuz Kórsakov, pensó
Gabriela Bruna antes de sentir las arcadas y escupir el aire sucio que olía a
decapitado, a mojón de caballo, a sangre, a paja ensuciada con médula espinal, a
purín y a esperma, que olía a botas boleadas para el ejercicio militar matinal, a himen
ajado, a las arterias rebanadas a gran velocidad, que olía a crimen y a su castigo.
El cuerpo se había derrumbado bajo los pesebres. La sangre ya no le salía a
borbotones. Gabriela Bruna no había soltado el sable. Orientaba su punta hacia abajo,
como para ensartar un obstáculo que estuviera frente a sus ojos, a la altura de su
rodilla. Evitó algo escarlata que yacía a sus pies, jaló con dificultad la tranca que
bloqueaba la puerta y salió.
¿Y ahora, hermanito?, pensó Gabriela Bruna.
No lo sé, dijo Dondog. Ahora, hermanita, vacilas en el patio, bajo el sol. Tus
cabellos están desechos, tu falda está estropeada, desgarrada, constelada por nefandas
salpicaduras. Sientes líquidos helados que escurren de lo alto de tus muslos. Muy
cerca, no lejos del muro de ladrillo, la yegua golpea el suelo con sus cascos. Maltrata

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su crin, se impacienta, solidaria desde el principio con su amo, dirige sus ojos
saltones hacia la caballeriza, sus ojos descontentos y dementes, y te dirige una mirada
de odio, desde el inicio ha sido el doble animal de su amo, tan criminal como el
mismo Gúlmuz Kórsakov.
Sable en mano, caminas hacia ella.

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IX. A orillas del Murdra

Gabriela Bruna estaba acostada, dijo Dondog. No estaba durmiendo. Sino


asfixiándose, prosiguió Dondog. Su tórax imitaba los movimientos de la respiración,
aunque lo que penetraba en ella no le era de ningún auxilio. Quiso gritar, su boca se
abrió a su máximo. En el mismo instante, contra sus labios, sus encías y dientes
vinieron a pegarse kilos y kilos de hocico y de morros, una carne más bien peluda
aunque muy blanda, odiosamente fría y húmeda. Eso era lo que aspiraba en lugar de
oxígeno. Sobre su vientre y sus piernas se había abatido un quintal de carne,
aplastándola. Sus manos se pusieron a nadar de forma autónoma, sin fuerza,
imposibilitadas en obedecer la orden que les daban para apartar aquellos restos
espantosos, antes de desmayarse en el piso. Ninguno de sus músculos respondía.
Seguía intentando gritar. Ni un solo sonido brotaba de su rostro debajo de la montaña
de carne que le comprimía el pecho. El aire hacía gargarismos al fondo de su
garganta. Un pegamento tibio le anegaba los párpados. Una masa extranjera se le
había encastrado, borrosa y rojiza, sin derecho ni revés, una cabeza de caballo. La
sangre se puso a chorrear, pero no sólo en la superficie de su cuerpo. También le
escurría dentro. Dentro de su cuello y sus hombros. El organismo animal se fundía
con el suyo.
Por fin pudo soltar un gemido.
Aquella cabeza había remplazado la suya. Pesaba una tonelada. La cabeza ya no
necesitaba respirar, estaba ensangrentada —y muerta.
Escuchó su propio gemido. Luego se despertó.

Gabriela Bruna se despertó, dijo Dondog. Abrió los ojos. Había emergido a una
realidad más segura. Un espacio familiar la rodeaba, una pieza bastante chica, repleta
de archivos administrativos y con la única y modesta decoración de una planta verde
sobre un estante y un retrato de Dzerjinski colgado en la pared. Nos encontrábamos
en una de las Unidades de la Legalidad Revolucionaria, la Sección 44B. Quién sabe
cuándo fue asignada Gabriela Bruna para trabajar ahí, dijo Dondog. Tres o cuatro
años antes, o quizá un poco más. Digamos siete, ocho años. Ahí pasaba la noche
durante los periodos de intenso trabajo. Desde la muerte de su hija había dejado de
respetar los tiempos de descanso a los que tenía derecho. Con febril energía dedicaba
veinticuatro horas de las veinticuatro del día a la lucha contra los enemigos del
pueblo, volviendo a su casa lo más tarde o lo menos seguido posible. Su
departamento era exiguo, rodeado por vecinos ruidosos e infestado de chinches. La
Sección era para ella un hogar mucho más agradable. Un banco en cuero falso le
servía de catre. Por la mañana se lavaba y se cambiaba en las regaderas del sótano.
La tarde de la víspera, después de que hubiese terminado el último interrogatorio,

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se había enrollado en una manta. La cobija se había deslizado hasta el suelo. Gabriela
Bruna la recogió y la dobló. Se frotó la cara, desarrugó su falda. Ahora estaba sentada
y exhausta, incapaz de evacuar en el olvido las visiones de su pesadilla. Aún tenía la
sensación de que la sangre del animal chorreaba sobre su pecho.
Así pasó un minuto.
La lámpara había ardido toda la noche y seguía ardiendo sobre su escritorio
aunque ya era de día. Además del olor a laca sobrecalentada que desprendía el
reflector, en la pieza flotaban los perfumes policiacos de la máquina de escribir y los
de los archivos en cartón en donde guardaban las actas de la instrucción criminal, las
confesiones y las autobiografías, todos los legajos cubiertos con las apestosas
verdades a medias, arrancadas una a una. A todo eso se implantaban los vapores que
su cuerpo había exhalado, el aliento de su mal sueño.
Para ventilar la pieza, Gabriela Bruna fue hacia la ventana de cristal doble a la
que le habían quitado hacía poco el mastique colocado al inicio del invierno. Hacía
más de un mes que había dejado de nevar como si las piedras fueran a reventar.
Afuera los retoños crecían, la hierba aparecía de nuevo. Unos refugiados chinos
hacían ejercicios de tai chi detrás de los serbales con la lentitud de un buzo. El grupo
contaba con ocho o diez personas de diversas edades. Su técnica era regular. Era
temprano, la animación aún no se había apoderado de la avenida. Pasó un tranvía
plateado bordeando las aguas negras del Murdra. El verde renovado de los tilos era de
una delicadeza enternecedora, en todo caso daba ganas de enternecerse. En la otra
ribera del Murdra se erguía una segunda Unidad de Legalidad Revolucionaria, la
sección 44C. Los vidrios del edificio reflejaban el cielo gris azul. Era hermoso.
Un agradable aire primaveral penetraba ahora en la pieza. Gabriela Bruna apagó
la lámpara.
Detrás de la pared escuchó que circulaba la gente. Las puertas se abrían, se
intercambiaban saludos. El relevo de la mañana estaba llegando, su primera ola, pero
en realidad la actividad rutinaria no había cesado y proseguía su marcha. El ritmo
habitual de trabajo no disminuía aquí durante las horas obscuras. Gabriela Bruna no
era la única del servicio en no volver a casa para dormir pues, incluso si la
criminalidad no dejaba de disminuir en las estadísticas, el número de casos que
implicaban a los enemigos del pueblo iba en aumento.
En las secciones de la Legalidad revolucionaria, se había abolido desde hacía
mucho tiempo la distinción entre tareas diurnas y nocturnas.
Debían ser las seis. En la oficina contigua, la de Jessie Loo, la radio difundía una
emisión de gimnasia para los madrugadores. Gabriela Bruna giró el botón de la
bocina que estaba pegado a la derecha de Dzerjinski. Un ambiente musical de sala de
deportes invadió la pieza. Escuchó dócilmente las órdenes del instructor e hizo una
cadencia de flexiones, de estiramientos. Sólo hasta entonces sintió que se disipaba la
angustia provocada por su sueño. Agitó los brazos y saltó un minuto más hasta que
llegó Jessie Loo.

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Jessie Loo entró sin llamar a la puerta. Había sido hermosa en tiempos pasados, había
sido una mujer madura y magnífica en el legendario tiempo de la revolución mundial.
Pero ahora, después de tantos años, empezaba a parecerse a lo que era y a lo que
siembre había sido, una vieja chamana en uniforme de chequista, una vieja chamana
sin edad disfrazada de chequista fuera del tiempo, estricta, cuidada, con una belleza
menos evidente a primer vistazo pero que luego saltaba a los ojos: una vieja chamana
asiática, inmortal, inquietante y hermosa.
—Hace rato te oí gritar mientras dormías, dijo.
—Sí, dijo Gabriela Bruna. Soñaba que moría asfixiada bajo los despojos de una
yegua.
—Ah, por eso resoplabas, dijo Jessie Loo.
—Mh, gruñó Gabriela Bruna.
—Agarré varias cosas en el comedor, dijo Jessie Loo. Ven a beber un té en la
pieza de al lado. Para que te despierte.
Gabriela Bruna se volvió a peinar. Miraba por la ventana mientras paseaba la
mano en su cabello. En alguna parte a la derecha de aquella imagen, un sol de
primavera estaba a punto de nacer. La Murdra relucía como un río de asfalto. En
comparación, la avenida sólo parecía de un color gris algo sucio. Los chinos habían
terminado su sesión de tai chi. Se divertían.
—¿También dormiste aquí?, preguntó Gabriela Bruna.
—Sí, pero regresé a casa para bañarme, dijo Jessie Loo. No me gusta ducharme
aquí. Los hombres nos observan.
—Mh, los hombres, dijo Gabriela Bruna.
Ambas salieron al pasillo y entraron en la oficina de Jessie Loo. La radio había
terminado con las elongaciones y las tijeras. Ahora difundía cantos komsomoles.
Habíamos vencido en todo el planeta, en aquellos tiempos de victoria de los que es
difícil hacerse una idea hoy día, dice Dondog. El universo radiante del trabajo y los
colectivos fraternos se había propagado en toda la superficie del globo, sin excepción
—o casi. El sol brillaba. En la tierra pacificada los pueblos se ayudaban los unos a los
otros. Estos eran los términos en que se desgañitaban nuestros komsomoles. Además
de tener la simpleza de las marchas para soldados, la música no sólo se inspiraba en
las harmonías propias a la música udmurta y chuvasia, llenas de la nostalgia de las
estepas, sino que también acarreaba un gran entusiasmo e imágenes de praderas
infinitas, de hierbas altas ondulando al viento, suntuosas. Se trataba, por ende, de una
música peligrosa, estima Dondog.
Perniciosa incluso, dice. Uno se dejaba ganar por sentimientos de plenitud o por
la inmensidad épica, uno no se daba cuenta entonces que los enemigos del pueblo
seguían poniendo en práctica una lucha enferma contra nosotros y que, a pesar de los
campos que habíamos instalado por doquier, los contrarrevolucionarios de cualquier
ideología, incluidos aquellos que ahora daban órdenes, habían reunido de nuevo sus

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fuerzas y tenían influencia suficiente como para hacer que lo que habíamos empezado
a construir se viniera abajo. Todo aquello se escondía en las terceras y quintas de las
cadencias udmurtas. Si no se tenía un oído sensible era imposible escuchar hasta qué
punto los que nos dirigían se habían desviado de nuestros sueños originales, hasta qué
punto nos engañaban y nos dirigían mal. Y eso que ya nos dirigían terriblemente mal,
dice Dondog. Habían renunciado a cualquier intención igualitarista y se aferraban al
poder, teniendo como única justificación la idea miserable de seguir reinando costase
lo que costase, dice Dondog. El coro matinal de los komsomoles y su romanticismo
comunicativo nos impedían percibir con claridad la catastrófica estupidez de nuestros
jefes. Como los dizque guías, timoneles y responsables de la revolución nos
arrastraban hacia la barbarie y lo peor…, dice Dondog. Habían tomado esta dirección,
cínicamente persuadidos que sería necesario, en un momento u otro, restaurar las
antiguas porquerías y restablecer las antiguas marranadas, dice Dondog.
Luego el tono aumenta. Discúlpenme, me calenté, dice.
Jessie Loo cerró la puerta, añade.
La mujer bajó el volumen de la radio. Dos vasos de té humeaban sobre el
radiador, y en medio de las copias de interrogatorios y de listas de prisioneros
presidía un plato de galletas. En la charola del comedor también había una pirámide
de manzanas verdes, apenas más grandes que nueces. La oficina de Jessie Loo no
rompía con la monotonía espartana que observaban en la Sección 44B
independientemente del piso y del grado del funcionario: una repartición policiaca del
espacio, estantes derrumbándose bajo el peso de los archivos chequistas, y material
robusto, incluido, acaso, una pistola en el primer cajón a la mano destinado a
operaciones agitadas —o al suicidio, en caso de haber sido acorralado por una
investigación interna. Sin embargo, debido a una sutil modificación de los detalles, se
tenía la impresión de que la oficina no se relacionaba mucho con el resto del edificio.
Era como si se hubiese alcanzado un lugar de realidad intermedia. No sé explicarlo
muy bien, dice Dondog. Uno tenía la impresión de haber penetrado en un filtro de
entrada que comunicaba, por un lado, con la realidad banal que se podía fechar y
situar en el mapa, y por el otro con una realidad mágica, en la que las nociones de
espacio, pasado y futuro, vida y muerte perdían buena parte de su significado.
No me explico bien, dice Dondog. Nada, en la pieza en donde trabajaba Jessie
Loo, la diferenciaba de un local administrativo común. Ni siquiera estaba decorada de
forma especial, no habían colocado ningún material chamánico, tambor plano, cintura
de sonajas o corona en piel de comadreja. Y sin embargo, aquella mañana, en cuanto
Gabriela Bruna penetró en la oficina de Jessie Loo, supo que había abandonado una
primera esfera concreta del mundo y que acababa de acceder a una segunda, paralela.
Gabriela Bruna echó un vistazo por la ventana.
El paisaje ya no era el mismo que había contemplado desde la oficina adyacente.
Se le parecía, claro, pero sólo en parte. Los rieles del tranvía habían desaparecido a lo
largo del Murdra. Los pilares se erguían aquí y allá en las aguas negras pues un

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teleférico unía en la actualidad ambas Secciones de la Legalidad Revolucionaria. Las
cabinas se mecían sobre el río Murdra, aproximándose, alejándose. Eran poco
numerosas, y la mayor parte estaban oxidadas, destartaladas y vacías. Las poleas
rechinaban en la cima de las construcciones de fierro. El cielo estaba cubierto, el sol
había dejado de relucir a la derecha de la imagen. Ninguna fila de heladeros decoraba
el paseo o las banquetas. La hierba estaba amarilla. Entre los raros individuos que
bordeaban el río se podía ver a un pastor que conducía tres yacks.
—Bruna, dijo Jessie Loo. Tengo una sorpresa para ti.
—¿Ah sí?, dijo Gabriela Bruna. ¿Buena o mala?
—Ya verás. Primero vamos a alimentarnos. ¿Tienes hambre?
—Sí, contestó Gabriela Bruna.
—Primero vamos a desayunar, dijo Jessie Loo.

Cada una bebió su té. Probaron las galletas duras y rancias, las manzanas ácidas.
Compartieron un frasco de leche cuajada que Jessie Loo había comprado a una
marchanta frente a la estación de autobuses, compararon la calidad de los yogurts del
comedor y la de los productos lácteos de la calle. Platicaron. Afuera, las cabinas del
teleférico se inmovilizaban a veces un momento sobre el Murdra porque tenía
problemas el motor, porque se enrollaban los cables.
Cuando terminaron las melodías komsomoles, una cantante lírica acaparó el
micrófono. Interrogaba, muy por encima de su cabeza, el vuelo triangular de las ocas
salvajes y se quejaba de ya no tener noticias de su bien amado. Al final, después de
un boletín meteorológico (había helado durante la noche en las riberas del lago
Högsvöl), una coral femenina afirmó con acentos de una sinceridad no fingida
nuestra fe en el porvenir.
—Ya sabes, dijo Jessie Loo. La revolución falló en este lugar. Esto se va a poner
cada vez más degradante y terrible.
—¿Esto, cuál?, preguntó Gabriela Bruna.
Jessie Loo contestó con un ademán que incluía tanto a la Sección de la Legalidad
revolucionaria y el exterior, como a toda la ciudad y al planeta entero.
—Todo esto junto, dijo.
Gabriela Bruna asintió en silencio. Examinó un grupo que acaba de instalarse en
la orilla del Murdra, alejado del teleférico. Una vez más eran siluetas chinas, de
nuevo reproducían en cámara lenta un combate contra asesinos dotados de una
resistencia excepcional, aunque su técnica era diez veces mejor que la de los
practicantes de hace rato. De hecho, se trataba de puras siluetas chinas, de viejas
correosas, autoritarias, vestidas con andrajos negros. Su estilo era sobrio, sus gestos
impecables. Su preocupación iba menos hacia la elegancia que hacia la eficiencia. Se
preocupaban sobre todo en no dejar ninguna oportunidad a sus contrincantes
imaginarios, y cuando golpeaban a uno, se agachaban hacia la banqueta para

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rematarlo.
—A partir de ahora hay que arreglárselas solo, continuó Jessie Loo. Habrá que
instalarse de forma permanente en un estado de trance chamánico. Con otras
palabras, si no pasamos de una existencia a otra, confundiendo por voluntad propia la
vida de antes de la muerte y de después, no apostaré mucho por nuestro pellejo.
—¿Quieres decir que existe la amenaza de una investigación interna?
—No en lo inmediato, dijo Jessie Loo. No que yo sepa. Pero ya llegará.
—Sí, dijo Gabriela Bruna. Ya llegará. No tenemos ninguna oportunidad para
escaparnos.
—No lo digo tanto por mí, precisó Jessie Loo. Yo voy a sobrevivir. Siempre
sobreviviré. Aquí o en un campo, como guardia o como detenida, ¿entiendes…?
Siempre me las arreglaré para sobrevivir a todo durante uno o dos siglos más. Eso
forma parte de mi naturaleza profunda. Pero lo digo por ti, Bruna. Para ti esto se
pondrá cada vez más difícil. Tienes que cambiar de aires.
—He vivido cosas peores antes, dijo Gabriela Bruna. Las guerras, la hambruna, la
exterminación de los ybüres. Yo también tengo la impresión de que sobreviviré
siempre.
—Mh, quizá tengas razón. Pero quizá no, dijo Jessie Loo. No posees todas las
técnicas necesarias.
—Enséñamelas, pidió Gabriela Bruna.
Jessie Loo sacudió la cabeza con indulgencia. Fue a enderezar el retrato de
Dzerjinski que estaba un poco chueco. Justo a un lado estaban clavadas las
fotografías de los extremistas que su corazón apreciaba más: Vasilisa Lukaszczyk,
Tarik Yaheen, Ogon Platonov, Mahalia Kahn y otros tantos que no tuve tiempo de
reconocer, dijo Dondog. Su mano rozó a Ogon Platonov, lo rozó casi con amor.
—Eso no se enseña, dijo.
—Sí, ya lo sé, suspiró Gabriela Bruna, quien dejó de observar las cabinas
maltrechas del teleférico y las viejas chinas que detenían a mano limpia las espadas y
respondían usando llaves a la cara y quebrando algunas vértebras. Luego fue a
sentarse en el sofá de Jessie Loo. Se sacudió las migajas de las galletas. Se puso a
hojear listas de nombres.
—¿Y esta lista?, preguntó.
—¿Cuál?, preguntó Jessie Loo a su vez.
—Irena Soledad, Nora Majnó, leyó Gabriela Bruna. Eliana Hochtkiss, Eliana
Schust, Maggy Kwong…
Se interrumpió. Aún había una decena de nombres.
—¿Puse a Eliana Hochtkiss?, inquirió Jessie Loo.
—Sí, verificó Gabriela Bruna.
—No estoy del todo segura por ella.
—¿Pero quiénes son estas mujeres?, insistió Gabriela Bruna.
Jessie Loo adoptó un aire de sabionda, como si se preparara a soltar un chisme,

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aunque a final de cuentas no soltó nada. Yo creo que era incapaz de responder, dijo
Dondog. Debió sacar aquellos nombres de un sueño y ya no sabía nada más.
—Todo eso es para más tarde, y no te incumbe, dijo Jessie Loo. Mejor revisa el
expediente, ese debajo de la leche cuajada.
—Ah, sí, claro, la sorpresa.

Gabriela Bruna quitó el frasco, dio vuelta a la carpeta de cartón y leyó el nombre
escrito en el expediente, el nombre del sospechoso, caligrafiado con tinta violeta
como hacían entonces en la policía, una combinación de caracteres que no había
perdido nunca la esperanza de leerlos desde que empezó a trabajar con la Legalidad
revolucionaria, desde que manipulaba día y noche los documentos de los casos y
desde que desfilaban bajo sus ojos las listas de detenidos, acusados, testigos,
matones, ladrones y brutos, criminales políticos, proxenetas, propagandistas de la
economía capitalista, enemigos del pueblo, traficantes, sádicos, envenenadores. Leyó
el nombre que execraba desde una época que remontaba a antes de la revolución
mundial. Un nombre de viola dor. Gúlmuz Kórsakov.
—Gúlmuz Kórsakov, bufó.
Los ojos de Jessie Loo chispearon.
—Kórsakov es un apellido bastante común, dijo.
—No asociado a ese nombre, replicó Gabriela Bruna.
El expediente de Gúlmuz Kórsakov empezaba con una ficha de señas par
ticulares que no precisaba nada, salvo una cicatriz debajo de la mandíbula, Luego
venía una nota biográfica. Kórsakov había atravesado la guerra sin heridas, primero
en la caballería y luego en un destacamento disciplinario. Había participado en la
guerra civil sin equivocarse de campo, pero sus acciones militares frente a los de la
revolución mundial eran más bien raquíticos, y en la rúbrica exterminación de los
ybüres, el investigador había inscrito: «actividades dudosas». En el trascurso de los
últimos quince años había desempeñado empleos no calificados. En la actualidad
trabajaba como guardia. Como la mercancía de la tienda en donde realizaba sus
rondines se esfumaba por la noche, iba a tener que vérselas con los magistrados.
—Está enfrente, dijo Jessie Loo.
—¿En la 44C?, preguntó Gabriela Bruna.
—Sí. Lo van a transferir con nosotros a pedido mío. Les da igual pasarnos el caso
y al joven.
—Gúlmuz Kórsakov… dijo Gabriela Bruna. Después de tanto tiempo. Saber que
el tipo está entre mis manos. Aparece tan de sopetón, es casi irreal.
—Espero que lo hagas sudar sangre, dijo Jessie Loo.
—No te preocupes, remató Gabriela Bruna.
Al otro lado de las ventanas, las cabinas del teleférico habían dejado de avanzar
aunque seguían balanceándose por encima del Murdra, entre los pilares de una

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fealdad metálica repugnante. Eran poco numerosas, ya lo dije, y sobre todo fuera de
uso, algunas reducidas al estado de esqueleto, otras destrozadas a balazos, acaso
durante una o varias evasiones. No habían evacuado aquellos despojos, dándole al
conjunto un aspecto lamentable. Ningún vidrio permanecía intacto, y en la mayoría
de las ventanas sólo subsistían algunas islillas temblorosas. En realidad quedaban
únicamente dos cabinas útiles. Desde las oficinas de Jessie Loo no se veía con
exactitud en qué sitio estaba la Sección 44C en donde las cabinas empezaban su viaje
circular, ni la estación que las recibía y las mandaba de regreso desde la Sección 44B.
En teoría, el teleférico era un medio ideal para intercambiar carpetas o prisioneros
entre las dos construcciones. Pero en la práctica, aquello tenía sus inconvenientes.
Cuando se daba un traslado, dos milicianos flanqueaban al prisionero que era
encadenado a un soporte de la ventana o al techo. Los tres hombres estaban de pie en
la minúscula cabina con el miedo en las tripas pues todo chirriaba, crujía y se
bamboleaba a su alrededor de forma siniestra.
En general, y sobre todo cuando los motores debían acarrear una carga humana
superior a un individuo, la rotación se interrumpía por un desperfecto. Tenían que
quedarse suspendidos a la vertical de las aguas alquitranadas del Murdra, o un poco
más lejos, justo encima de la tierra inhóspita, dura, a veces execrable cuando debían
esperar durante las borrascas de nieve o mientras los rayos golpeaban los pilares más
cercanos; había que permanecer suspendidos en tiempo de calma pero en una
situación ridicula, expuestos a la mirada despiadada de los paseantes, pastores,
refugiados chinos y yacks. Al cabo de un cuarto de hora de penosa espera
escuchábamos apenas el inicio de las operaciones de socorro. Obreros o chequistas
golpeaban las paredes y los engranajes de hierro. Conseguían despertar los motores
con un estremecimiento terrible y una sacudida chirriante de los cables durante un
segundo, un medio segundo, rara vez más, antes de que el sistema se bloqueara de
nueva cuenta. Se necesitaba un largo rato para llegar a buen puerto.
Otro incidente frecuente durante los traslados: los guardias que habían alcanzado
su destino no tenían tiempo de desencadenar al prisionero antes de que la cabina,
inmovilizada un instante, se pusiese de nuevo en marcha en sentido contrario, hacia
su punto de partida. Entonces los milicianos se encontraban separados de su
prisionero que se iba solo, daba una vuelta completa y luego volvía, seis minutos más
tarde, sin saber muy bien lo que la aventura le había dado: un momento de libertad o
un momento de frío, de vacío o de miedo, de soledad o abandono.
—Le voy a dar el trato que se merece, dijo Gabriela Bruna. Va a lamentar haber
vivido.
—No le hagas el más mínimo obsequio, dijo Jessie Loo. Que resienta la nostalgia
de una muerte inaccesible. Y luego, luego veremos lo de tu porvenir. He previsto
todo. Te voy a enviar a los Tres Hocicos. Firmaré una orden de misión para que tu
desaparición sea natural. Y te quedarás ahí.
—¿Cuánto tiempo?

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—No sé. El tiempo necesario para que la revolución se parezca a algo más que a
un fiasco. Lo cual puede durar un largo rato.
—Los Tres Hocicos, repitió con ensoñación Gabriela Bruna.
Era la primera vez que escuchaba mencionar aquel sitio.
—Es lejos, dijo Jessie Loo. Diecinueve días de teleférico, treinta días en peniche
y tren, quince semanas a pie.
—Bueno, dijo Gabriela Bruna.
—En los Tres Hocicos serás recibida por un hombre incomparable, dijo Jessie
Loo. Un amigo mío, muy querido, Togtaga Özbeg. Nos encontramos en sueños desde
siempre. Soñé con él hace dos noches. Sus compañeros de campo lo apodaron
Togtaga Özbeg el Grande. Cuando lo veas, dile que pienso en él noche y día. Intenta
no enamoriscarte de él así nomás. Si te enamoriscas de él, no olvides que pienso en él
noche y día.
—Entendido, dijo Gabriela Bruna.
Aunque Jessie Loo estuviera confiándole informaciones esenciales, Gabriela
Bruna no conseguía interesarse al mismo tiempo en aquel incomparable chamán que
vivía más allá de los campos, en los sueños de Jessie Loo, y en Gúlmuz Kórsakov,
ese hombre odiado que sólo había vivido en sus sueños para sufrir una venganza y al
que ahora iba a poder aterrorizar y destrozar sin que no llegase nunca a morir, al
grado de no poder morir y lamentarlo.

Gúlmuz Kórsakov fue transferido antes de mediodía a la sección 44B. Después de


que su escolta regresó en el teleférico, lo condujeron directamente al local de los
interrogatorios en donde lo esperaba Gabriela Bruna. La pieza estaba situada en el
sótano, detrás de la calefacción y las regaderas. Había un banco previsto para el
sospechoso atornillado al suelo frente a una mesa en donde el investigador podía
apoyarse, tomar notas o beber con toda tranquilidad su té para amueblar el silencio o
los gritos. Gabriela Bruna hizo esposar a Gúlmuz Kórsakov al banco y no le pidió al
centinela que se quedara pues no tenía la intención de golpearlo de inmediato. De
seguro lo habían aporreado en la Sección 44C y no era imperioso maltratarlo por el
momento.
La investigadora hizo repetir a Gúlmuz Kórsakov los datos que aparecían en su
ficha biográfica. El hombre no era muy conversador pero contestaba a las preguntas
que se le hacían. Gabriela Bruna podía decidir en cualquier instante que lo noquearan,
que lo golpearan, podía cerrar el expediente inscribiendo en el acta alegatos que lo
llevasen frente a un pelotón de fusilamiento o a un campo de intenso régimen.
—¿Sabe?, Gúlmuz Kórsakov, no está aquí, dijo ella, por culpa del robo de
mercancías.
El hombre no reaccionó. Varias noches de cárcel habían bastado para volverlo
fatalista. Como no disponía de ningún poder sobre su destino esperaba que la

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institución le dictara la conducta que debía observar, que escogiera por él las
condiciones de su salvación o su muerte. Sabía que en todo momento lo podían matar
ahí mismo, en un sótano cualquiera, y ahora, en el fondo su única gran esperanza era
aguantar hasta el fin de la investigación y alcanzar un breve minuto de comparecencia
frente al tribunal en donde le dictarían su condena.
En el presente, Gúlmuz Kórsakov era un cuarentón acabado, su físico era banal,
su rostro tenía unos rasgos algo mofletudos, y detrás de sus párpados rasgados,
ennegrecidos por el insomnio de la cárcel, asomaba una mirada huidiza y embustera.
Cuando hablaba no posaba los ojos en los de su interlocutora. Levantaba la vista
hacia ella aunque fijaba un punto situado más arriba de su cabeza. Sin aquel rechazo
característico de cruzar la mirada con la suya y sin la cicatriz bajo el mentón que
indicaba su ficha antropométrica, a Gabriela Bruna le habría costado reconocer al
jinete que, un cuarto de siglo antes, la había perseguido y violentado.

De pronto tuvo ganas de decirle: Gúlmuz Kórsakov, pinche escoria, pinche perro
lúbrico, usted fue el padre de la pequeña que tuve, una pequeña que vivió conmigo
durante dieciocho años y ahora está muerta. Pero no dijo nada. Volvía a ver, en
desorden, la última semana de agosto en Ostrowiec, la yegua que se encabritó en el
patio de la fábrica, la violación en la caballeriza, el día siguiente, los bombardeos de
artillería a finales de agosto, los convoyes militares, las batallas perdidas, el éxodo. A
eso se añadieron enseguida los caminos que llevaban hacia el este, el largo periplo,
aquel vagabundeo inverosímil cuyo objetivo mítico eran los llanos del Urchán, las
pequeñas capitales provinciales de la Bielaya, los pueblecillos tranquilos que se
reflejan en las aguas del Siuño, del Yilima. Gabriela Bruna había caminado en zigzag
de un camino al otro, primero con los Vasíliev, luego sin ellos, a partir del momento
en que se enteraron de que estaba encinta.
Miles de imágenes brillaban al mismo tiempo en el temblor desordenado de su
memoria. Se acordaba con una nitidez demencial de los campamentos sucios, el
invierno pasado en Berezniachki con un grupo de refugiados gitanos, veía de nuevo
los atroces episodios de exterminación y su parto tiempo después, cerca del horrible
río Urguillo. Y más imágenes surgían en cascada, la limpieza étnica, las carnicerías
durante las cuales las cabezas de los ybüres eran colgadas de ganchos, las horcas para
ybüres, las fosas pegajosas de sangre y luego la tempestad consoladora de la
revolución mundial, las guerras civiles prendiéndose al mismo tiempo en todos los
continentes. En aquel fresco apocalíptico brillaba ya la amistad de Jessie Loo, aquella
mujer que se había unido a ella en el corazón mismo de la exterminación y con la que
había compartido la felicidad del triunfo de la revolución mundial, la misma que sin
descanso la había acompañado y apoyado siempre, recurriendo cada vez más a la
magia conforme su hija desdichada crecía y se hundía en la esquizofrenia, y
conforme la revolución se consolidada, se extendía y adoptaba formas imprevistas,

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dementes y horripilantes, absurdas y horripilantes, concentracionarias y horripilantes.
Hubiese querido echársele encima a Gúlmuz Kórsakov y aullarle a la cara,
aterrorizarlo, gritar o cuchichearle: Después del crimen de Ostrowiec que cometió
contra mi persona, una pequeña vino al mundo para sufrir, para tener miedo y morir.
De la vida, su hija sólo conoció la pesadilla de estar encerrada en sí misma y en sus
sueños. Murió a los dieciocho, al cabo de dieciocho años de aislamiento murió sin
haberle hablado a nadie —salvo a ella misma. Y ahora ignoro en donde está recluida
desde su muerte esa criatura miserable a la que durante tanto tiempo me negué a
querer pero a la que luego amé con todas mis fuerzas. No hace ninguna señal, está
perdida. Lo peor que puede pasar. No la encuentro en el espacio negro cuando la
busco chamánicamente, con o sin el socorro de Jessie Loo. Es posible que haya
dejado de existir, tanto en el espacio negro como en otros sitios, al contrario de usted,
Gúlmuz Kórsakov, y es tan injusto que esto también se lo voy a cobrar, Gúlmuz
Kórsakov. Voy a actuar de tal modo que su muerte acabará por espantarlo y asquearlo
de usted mismo, Gúlmuz Kórsakov, y me las arreglaré para que su muerte dure una
eternidad, aunque no esté yo aquí en persona para infligírsela. Esta muerte será para
usted el inicio de una larga existencia sin salida. Sin perspectiva y sin salida. Se lo
advierto, Kórsakov, esto no va a ser un paseo agradable. Eso era lo que le hubiese
gustado gritar.
Pero durante el lapso de un instante, Gabriela Bruna no dijo nada.
Examinaba al prisionero que seguía viendo fijamente el mismo rincón de la pared,
con obstinación, como si estuviese ciego o ejecutado ya. Era un hombre sin
importancia, encadenado a un banco, vil y taciturno, ¿pero a quién más podemos
aplastar?, ¿contra quién más, al fin y al cabo, podemos ejercer nuestra venganza si no
es contra este tipo de seres o contra las cucarachas?, dijo Dondog para retomar el
término que utilizan los detenidos y los guardias cuando intentan situarse ellos
mismos en la escala animal o humano, ¿contra quién más…?
Gabriela Bruna se preparaba para anunciarle que iba a hacer que se las viera
azules, blancas, rojas y negras durante los interrogatorios, y que luego, cuando
hubiese recibido una pena bastante grave, cuidaría que lo mataran varias veces a lo
largo de su estancia en el campo hasta que estuviera tan metamorfoseado en
cucaracha que en un descuido alguien acabaría por reducirlo en pomada debajo de su
suela. Gabriela Bruna deseaba explicarle también que muy pronto iba a emprender un
viaje mágico lejos de los desastres de la revolución. No me voy, se aprestaba a
cuchichear con voz malsana en la cara de Gúlmuz Kórsakov, voy a viajar diecinueve
días en teleférico, treinta días en peniches, en tren, y después de eso voy a andar y
andar por los caminos duran te quince semanas. Alcanzaré un remanso mágico en
donde la revolución y los campos serán más puros, más limpios. Y cuando esté allá,
me las arreglaré para obtener que lo transfieran, Gúlmuz Kórsakov. Me las arreglaré
para que lo transfieran al lugar llamado los Tres Hocicos donde estará de nuevo a mi
merced. No sabía aún cómo ejecutaría su amenaza, aunque sabía que en el instante

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que se encontrara en los Tres Hocicos lo haría sudar sangre, estuviese muerto o no,
vivo o no. Gabriela Bruna tenía todo eso en la punta de los labios.
Al principio podías dejarlo fuera de combate a cachazos, hermanita, su giere
Dondog. Bastaría que llamaras al soldado que se encontraba detrás de la puerta.
Pero no conseguía hablar.
Podía hacer, cuenta Dondog, que lo dejaran fuera de combate a cachazos, podía
acusarlo de sabotaje contrarrevolucionario y de tentativa de evasión, podía confiarle
con tono sarcástico, o al contrario, sin ninguna afectación, con voz neutra, todo lo que
tenía en la punta de los labios. Sabía que iba a hacer eso. Pero en un principio no
conseguía hablar, por eso no dejaba de verlo sin decir nada.

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X. Los Tres Hocicos

El chofer era pequeño, con una mirada rencorosa y cachetes picados por la viruela. Se
acercó a la puerta delantera del autocar y apretó el botón rojo que controlaba la
apertura neumática. La puerta suspiró con violencia y se replegó también con
violencia para dejarlo pasar.
Subió y se instaló detrás del volante con cara de desagrado, con ganas de mostrar
que el plazo previsto para la visita le parecía demasiado generoso y que tenía prisa de
seguir conduciendo. Tras de sí, los turistas volvieron a sentarse en su lugar por
pequeños grupos o por parejas. Intentaban zambutir en las relies de sus maletas los
objetos que acababan de comprar en la plaza del pueblo, charolas tejidas o cestos que
resultaban incómodos o inútiles. Aquellos que no habían comprado nada les contaron
lo que habían visto a las dos matronas en domingadas que se habían quedado en el
autobús durante la parada. Estas se habían negado a abandonar su lugar con el
pretexto de que sus piernas se habían hinchado durante el viaje, cuando en realidad
sus piernas se habían hinchado al inicio del viaje, y si habían renunciado a la visita
era, simple y sencillamente, porque habían tenido miedo del pueblo, miedo por culpa
de los dislates que había regurgitado la guía, y miedo de los autóctonos cuya lengua
desconocían.
Ahora, en el centro del poblado, la animación ya sólo era un recuerdo. La
vendedora de artesanías daba la impresión de seguir esperando a un lado del
mostrador de tarjetas postales, aunque ya no había ningún parroquiano que moviera
las bolas de vidrio pintado, las teteras de cobre y las camisetas. La tienda de
artesanías había conocido su mayor afluencia gracias a las pastas secas. Aunque
tenían media hora de paseo libre, los turistas no se habían distraído en los callejones.
Habían preferido demorarse en los comercios siempre y cuando el autobús estuviera a
la vista, sobre todo sin alejarse demasiado de la guía que, después de haber narrado
dos anécdotas dizque históricas, se había adueñado de la única mesa de la terraza de
la repostería, gastando una media hora en tomarse una granadina. Si resumimos, la
mayor parte de los turistas había vagado exclusivamente en la plaza. Habían
fotografiado la antigua Casa del Pueblo, ansiosos de encontrar en el objetivo la
misma luz y composición de las tarjetas postales que vendían en el lugar. También
habían inmortalizado los canastos de mimbre encimadas frente a la cestería, y se
habían tomado fotos unos a otros frente al autobús y al lado de la guía.
Joven y bonita, vestida como inspectora de campos para un día de investigación
internacional, la guía alimentaba hacia nosotros una viva aversión —transmitida a los
pasajeros del autobús con alusiones humorísticas bien puntuadas. Sus sarcasmos
habían encendido en un santiamén su carburante racista, listo siempre a abrasarse en
el motor humano sin que importaran las circunstancias. Todas las cosas desagradables
del viaje nos habían sido imputadas, y en el autobús la atmósfera había tomado

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formas cada vez más agresivas. Antes de bajar, por ejemplo, nos habían colgado en la
espalda cartones que indicaban, sin ambigüedad, nuestra condición de ybüres.
La parada en el pueblo nos había permitido respirar un poco. Sabíamos que una
fuga era impensable y que pronto debíamos volver al autobús. Con todo, habíamos
sentido un gran alivio al posar los pies en la tierra seca del estacionamiento frente a la
Casa del Pueblo. Habíamos fingido escuchar la breve e imbécil conferencia de la
guía, y sin tomar en cuenta las advertencias nos pusimos enseguida a explorar el
pueblo por nosotros mismos.
Al inicio de la visita éramos seis, pero pronto dos de los nuestros habían sido
arrinconados por algunos campesinos que los cubrieron de llagas con machetes,
haciéndoles pedazos las manos y la cara, y que para rematar su gesto habían
arrastrado sus cadáveres por el suelo repugnante entre las hebras de paja cubierta con
mojones, por el aceite de motor y el polvo. En la pan carta que seguían colgando de
sus cuellos, los campesinos habían escrito con sangre: ERROR YA NO HAY. Una
tercera víctima, una adolescente llamada Sabija Baalbekián, había desaparecido en
los baños municipales. Necesitaba aislarse, y para tranquilizarla le habíamos
prometido que no nos alejaríamos y que esperaríamos a que saliera. No podíamos
acompañarla puesto que iba a entrar en el edificio de mujeres. Al cabo de diez
minutos, como no había dado signo de vida nos armamos de valor y entramos en
aquella sección reservada a las mujeres sobre la punta de los pies. La llamamos con
cuchicheos. Todas las puertas estaban abiertas. No había nadie en las letrinas, y entre
las manchas de excrementos y sangre no se podía identificar nada con claridad.
Ya sólo quedábamos tres: Schlumm, Yoisha y yo.
—¿Se acuerdan, cuando atravesamos la gran calle inclinada, de aquella como
construcción extraña?, dijo Schlumm. ¿Eso que parecía un templo tibetano?
—No, dije.
—Una gran edificación con pilares, dijo Schlumm. En la cima de la pendiente.
Vayan hasta allá corriendo y sin hacer ruido. Corran en zigzag para evitar a los
campesinos. Los alcanzo luego, yo voy por las callejuelas.
—Podríamos quedarnos juntos, sugirió Yoisha.
—Sí, dije. Sería mejor si nos quedamos juntos.
Schlumm no contestó. Su carácter independiente lo había orillado siempre a
encaminarse al desastre por sus propios medios, sin depender de nadie, en la más
grande soledad.
De hecho ya había empezado a adelantarse, con la pancarta en la espalda
frotándose contra la pared de los baños, como en las películas cuando hay un tiroteo.
Vi que se acercaba a una calleja minúscula, un pasaje estrecho entre dos paredes de
adobe. Quería pasar por ahí.
—Te esperamos entonces allá, dije.
Schlumm agitó la mano de forma amistosa antes de perderse de vista. Arrastré a
Yoisha hasta la calle no muy ancha que subía de la que nos había hablado Schlumm.

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Yoisha y yo intentábamos avanzar lo más discreto y rápido que fuera posible. A cada
paso los cartones nos golpeaban la espalda. No hablábamos. Estábamos solos. La
ciudad parecía abandonada. En la cima de la pendiente había varios edificios que
correspondían vagamente a la descripción de Schlumm. Uno de ellos tenía una alta
fachada, con un techo que sobresalía sostenido por castillos de madera. Llegamos
cerca, sin aliento por haber corrido, por la angustia. Yoisha se aferraba a mí. El
edificio, una granja cuyo umbral se extendía hacia afuera unos cuatro o cinco metros,
tenía una estrada cubierta de polvo. Éramos chicos, y para ver lo que había en la
granja habríamos tenido que treparnos a la estrada.
Primero no supimos qué hacer. Más abajo, en el pueblo, los campesinos iban y
venían. Intentaba no captarlos en mi campo de visión. Schlumm no aparecía.
Caminamos entonces por las tablas. La madera crujía, chirriaba. Persuadidos de que
los crujidos podrían hacer que los pobladores se encolerizaran de nuevo, subimos lo
más pronto al umbral al que accedimos por una rampa burda, hecha también de tablas
ruidosas.
De inmediato Yoisha soltó una exclamación ahogada, aunque nada dijo. El
espectáculo que se ofrecía a nosotros no era ni lúgubre ni inquietante. Contradecía
incluso lo que habíamos percibido hasta entonces en nuestra excursión. Esperábamos
descubrir un amplio local repleto con hatos de paja, o un garaje para guardar
máquinas agrícolas erizadas con hojas aterradoras y picos, pero resultó que nos
encontrábamos en el lindero de un mundo tranquilo, como si estuviéramos a punto de
entrar en una imagen magnífica. La parte trasera de lo que hay que seguir llamando la
granja, que hay que seguir llamando la granja para darse a entender, no estaba cerrada
y daba directamente a un paisaje de montañas del que emanaba una sensación de
libertad casi palpable. El suelo de la granja bajaba un poco, siguiendo una suave
inclinación a lo largo de unos veinte metros hasta el sitio del muro que parecía hacer
sido retirado completamente; protegido por el techo, ese suelo se extendía en una
amplia plataforma exterior tapizada por musgos de un verde radiante, tierno y
caluroso. Luego todo se interrumpía. Se adivinaba un vacío del que era imposible
evaluar la profundidad. Un desnivel de un metro de alto o un precipicio. A caballo en
el límite entre la granja y la plataforma se levantaba una caja de lona, un objeto que
quizá había sido antaño el habitáculo de un dirigible y que había sido modificado
para hacer una cabina de teleférico. A decir verdad, no había ningún mecanismo ni
ningún cable cerca de ahí, ninguna polea gigantesca, absolutamente nada de ese tipo,
pero la idea del teleférico se imponía: un día aquel objeto no volador se echaría a
volar con lentitud con una carga humana o infrahumana, por ejemplo nosotros, para
atravesar los abismos y llevarnos lejos, hacia las montañas.
Algún día, pero hoy no.
No sabíamos si teníamos derecho de entrar en la granja ni qué ibas a sucedemos si
lo hacíamos. Todo permanecía callado frente a nosotros. En la calle, sin embargo, se
oían las suelas, los choques y los murmullos eran ya perceptibles. Los humanos se

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acercaban.
Schlumm seguía sin manifestarse.
Yoisha me apretaba la mano con mucha fuerza. Permanecíamos inmóviles.
Ignorábamos si debíamos ir o no hasta la cabina del teleférico. No osábamos
introducirnos en la granja. En cuanto a la idea de irnos a sentar en el autobús,
habíamos decidido apartarla el mayor tiempo posible.
En aquel momento retumbó el claxon del transporte, un bramido coriáceo dirigido
a los rezagados a manera de insulto. Imaginaba sin mucha dificultad el rostro picado
del chofer y el de la guía, bonito y cruel. Me retenía para no llorar y espantar a Yoisha
que temblaba en el extremo de mi brazo. Presentía que no la libraríamos en aquella
ocasión, y esperando el final no sabía cómo asumir mi responsabilidad, qué decisión
tomar para nosotros, cómo proteger a Yoisha.
—¿Qué hacemos?, pregunté.
Yo era el mayor. No era esa una pregunta para un hermano menor.
—No sé, respondió Yoisha.
En donde estaba parado casi no veía la pancarta que la guía le había colgado en la
espalda al bajar del autobús. Idéntica, la mía me incomodaba, y momentos antes,
cuando visitábamos las callejuelas o las letrinas, no había dejado de molestarme y de
hacerme sentir vergüenza. De pronto, Yoisha se dio vuelta. Sollozaba pero no quería
que se vieran sus lágrimas.
Eso me permitió leer de nuevo el texto de la pancarta, por la quinceava o la
centésima vez, el texto que conocía de memoria: AQUÍ YACE UN YBÜR. SI AÚN
NO YACE, ES PORQUE EN ALGUNA PARTE HAY UN ERROR.

En aquel momento, dijo Dondog, Gabriela Bruna abrió los ojos con esa imagen en la
mente. Una angustia espantosa la estrujaba, y durante varios segundos tuvo la
impresión de que no merecía haber sobrevivido, que debía ovillarse de frío y tristeza
entre las sábanas, que debía quedarse sin respirar, sacudida por escalofríos, aplastada
por la desdicha de los suyos, por la desgracia de los ybüres. Toda temblorosa tanteó
para sentir bajo su mano el cuerpo tranquilizador de Togtaga Özbeg. El cuerpo no
estaba ahí. La cama estaba tibia. Togtaga Özbeg acababa de levantarse.
—Özbeg, murmuró.
La recámara estaba sumida en las tinieblas. Gabriela Bruna alzó un codo. En el
fondo de la garganta las mucosidades tenían un sabor de arcilla. Sorbió los mocos, las
lágrimas corrieron por su cara. No quería limpiarlas o combatirlas.
—Mis pequeños… ¡Es horrible…! ¡Mis pobres pequeños!, gimió, sin buscar
entender si hablaba de sus hijos o de sus nietos. Una ternura inmensa la unía a los que
acababa de ver en sueños aunque aún no habían nacido y de los que conocía ya el
nombre: Dondog, Yoisha, Schlumm.
—Mis pobres pequeños, repitió.

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Fuera de la cama, la obscuridad había sido cortada por líneas de un gris sombrío.
Se enderezó y se sentó. La piel se congelaba en ese lugar apenas uno se quitaba la
cobija de encima. Del otro lado de las paredes, en el patio de la granja, todo
permanecía inmóvil; un frío de lobo paralizaba la noche. En cambio, los ínfimos
ruidos que venían de la cocina parecían mucho más violentos, Togtaga Özbeg estaba
vistiéndose para salir y ordenar al día que surgiera. Se había lavado la jeta sin prender
la lámpara, chocando a veces con alguna silla o la bacinica colocada en el lavadero.
Gabriela Bruna se puso de pie y encontró cerca de la cama un chaleco de lana que
se puso encima de su camisa de noche, un chaleco pesado que la cubría como una
hopalanda. Estaba temblando. Se apresuró a deslizar las piernas en las botas de piel
de perro. Deseaba contarle a Özbeg su sueño y preguntarle cómo interpretarlo. Si
debía atribuirle, como lo temía, un carácter premonitorio.
—Una segunda exterminación, suspiró. Va a liaber una segunda exterminación de
ybüres.
Empujó la sarga que cerraba el cuarto y echó a andar por la escalera, pero al
mismo tiempo Özbeg salía de la casa.

La puerta se cerró de golpe.


Estamos afuera, dijo Dondog, ahora.
La puerta se cerró de golpe. Estaba afuera. Tres gallinas habían sobrevivido a las
temperaturas siberianas del invierno y a la temperatura glacial de la noche. Esperaban
el alba pegándose unas con otras, alejándose frente a Özbeg, frente a ese al que
durante cierto tiempo los nómadas del lago Hógsvól llamaron presidente Özbeg y al
que desde siempre, antes y después de morir, sus compañeros de campo apodaron
Togtaga Özbeg el Grande.
El cielo tenía esa textura ruda, no aterciopelada de las noches a principios de
marzo. Las estrellas titilaban, dibujando constelaciones bastante comunes, y otras
más extrañas a las que Özbeg no tuvo tiempo de descifrar aquella mañana pues
estimaba que estaba retrasado. Reinaban las sombras. Las gallinas congeladas no
soltaban ni un solo cacareo. En el patio, la obscuridad sólo era perturbada por el
crujido de las botas contra el suelo cuando percutían la tierra y aplastaban algunas
inmundicias, los mojones de los animales y las hierbas que una capa de hielo había
vuelto sonoras.
Contiguo a la pared norte de la caballeriza había un cobertizo fabricado con
tablones y retazos de fieltro. Özbeg abrió la puerta y dio un paso hacia el interior. El
reducto estaba vacío, y a pesar del frío que atenuaba los olores, seguía exhalaba un
tufo hediondo. Habían cavado un foso en el suelo. En él habían puesto una reja
sellada. Debajo de la reja había un tipo, adormilado con ese tipo de somnolencia
fatalista de los muertos a los que la hechicería había privado de descanso para
siempre.

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—¿Estás ahí, Gúlmuz Kórsakov?, lanzó Özbeg.
—Sí, dijo el otro.
—No te meo encima ahora mismo, dijo Özbeg, porque tengo prisa. Voy un
minuto tarde.
Gúlmuz Kórsakov emitió un asentimiento. Desde el lugar en donde se encontraba
no veía a Özbeg. Le daba igual. No veía nada.
—No me mires así, dijo Özbeg. Un minuto es algo fácil de recuperar. Nadie se va
a morir. Quédate en donde estás. Ya vuelvo.
Más allá de los edificios sólidos que formaban un vasto paisaje de aire sovjós,
habían instalados algunas yurtas. Ahí amontaban a los refugiados y los comisarios del
pueblo. Özbeg dejó atrás todo eso que apenas se distinguía de la negrura. Fuera del
límite del campamento, todo lo demás era estepa. Özbeg se puso a caminar con buen
ritmo en medio del forraje y los cardos negros hasta un pequeño cerro que tuvo que
rodear, volviendo a encontrar del lado este el sendero que seguían los animales
cuando iban a quitarse la sed. El camino de tierra llevaba a un estanque en donde las
aguas tenían la facultad de congelarse sólo en la superficie, sin que importara qué tan
penetrantes fuesen los ataques del invierno. Con un golpe de morro, o con un
puñetazo, se rompía el hielo con facilidad.
Özbeg se detuvo. No pensaba alcanzar la orilla del agua para romper el hielo y
purificarse las manos ya que hoy le faltaba tiempo. Cerró el cuello de su abrigo y se
llenó de aire fresco los pulmones.
El viento silbaba sobre el cerro. Aquella música sibilante, agriesona, se alargó
durante siete segundos hasta interrumpirse, y lo único que sopló des pués fue el frío.
Debido al relieve que ahora escondía las tiendas y las construcciones
gubernamentales, uno habría creído encontrarse en las altas planicies desiertas, justo
en el centro del mundo, en plena estepa, exactamente a veintitrés metros del ombligo
de la tierra, tal y como lo describen los historiadores del Högsvöl: un montón de
guijarros más bien redondos, pelón en invierno, barbudo en temporada, no muy alto.
Y para nada memorable, cuando se piensa bien.
Özbeg consultó su cronómetro. Era una cebolla con una cadena de piala que había
requisicionado a un banquero de Irkutsk a inicios de siglo, en un tiempo en el que el
Ejército supuestamente rojo no le disparaba cada que, por ser algo extraordinario, se
aparecía al pie de las montañas.
—Digamos, masculló. Digamos que vamos a decir que es la hora.
Con aire despreocupado miró fijamente la mitad oriental del horizonte. Ninguna
palidez en ningún sitio despostillaba aún a la noche. Entonces se decidió a abrir los
brazos, extendiéndolos más allá de sus clavículas. Estaba muy tieso, bastante macizo,
sin la menor soltura. Como si fuera a ejecutar una variante de la polka levantó la
rodilla derecha. Golpeó cuatro veces el suelo con el pie derecho. El oriente no
reaccionó.
—Ya sé, dijo. Un minuto tarde.

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El cierzo había vuelto a soplar. Durante varios minutos, Özbeg refunfuñó una
súplica a la Gran Nidada para que no le tuviese tirria por el desfase con que iniciaba
la ceremonia. Escanciaba sus diptongos en la melodía del viento en medio de las
hierbas muertas.
Ahora interiorizaba un canto nasal. Se dirigía a Doña Luz. Le pedía que por favor
se despertara y tuviera la amabilidad de traer el día al mundo.
Una vez más golpeó el suelo con el talón.
Özbeg chamanizaba con gestos pesados, con gestos indispensables. Vigilaba el
cielo por entre sus pestañas, y como ahora el cielo se modificaba poco a poco
comenzó un himno algo diferente, más eficaz. Se había puesto a soltar triptongos
entre vagidos que combinaba con líquidas retroflejas. Luego se calló.
Las estrellas se disolvían en un cielo que tenía ya un bello color gris azul abismal.
En torno al estanque empañado por una delgada película, los pájaros empezaron a
piar. Creo que se trataba de moscaretas de las estepas, pero vistos a esa altitud no
metería mi mano al fuego, dijo Dondog. De los establos salieron disparados unos
balidos, un relinchido retumbó. Una cubeta de hierro se cayó al perder el equilibrio al
interior de una yurta, al instante después se oyó que la Abue Udval, cuyo cuarto siglo
de existencia estaba más que comenzado, soltaba una grosería indescriptible.
El día vibraba, al fin.
—No es demasiado temprano como para que nazca, dijo Özbeg meneando la
cabeza.

Luego de que había sido realizado lo esencial, ahora estaba relajado. Lo escucharon
suspirar y expulsar aire por distintos orificios.
Özbeg echó a andar con los brazos colgando a los costados, hurgando en una de
sus bolsas con el deseo de extraer un objeto que no encontraba, de seguro un paquete
de cigarros o la lista de tareas que debería distribuir entre los comisarios del pueblo
durante la próxima reunión, o incluso un pedazo de queso de yack, compacto y gris,
que un tirón en el estómago le ordenaba morder de inmediato, o acaso también la
oración a los Diecisiete Grandes Cielos negros que había compuesto durante la noche
sin tener tiempo para aprendérsela de memoria.
Revelado al fin por el alba, el paisaje no tenía nada de espectacular: colinas rasas,
ondulaciones amarillentas de un café lodoso, praderas decoloradas, como sembradas
con charcos de mercurio. Al oeste, una franja ensombrecía la tierra, obscurecida
todavía más por los restos de una nube nocturna. Era la taiga, las primeras hileras de
alerces. El inmenso bosque empezaba ahí y se extendía sobre miles de kilómetros
hasta las cercas de los campos y hasta la obscena parodia de revolución que había
remplazado a la revolución mundial.
Un camino borrado iba en esa dirección, un camino desierto los doce meses del
año. A pesar de ello, al pasear la mirada, Özbeg distinguió de pronto una especie de

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bastón minúsculo, un hombre que la distancia había reducido a eso, a una pajilla
negra y vertical en una imagen: en resumen, a nada.
—¿Qué es cómo, eso?, se interrogó el presidente Özbeg.
Sus párpados angulosos se acercaron. Para ver lo mejor posible, imaginó que era
un ave rapaz de mirada penetrante, suspendido por encima de la taiga, allá, pero la
distancia era enorme. Sus retinas no captaban nada interpretable. Y se habrían
necesitados varias horas aún para que el viajero pudiese tener cara de algo.
—Cuando llegue a Los Tres Hocicos, ya veremos qué hacemos con ese, dijo
Özbeg.

El olor del estiércol que ardía en las estufas había empezado a propagarse. Los
animales encerrados se agitaban en torno a las yurtas en sus potreros o en los establos
del sovjós. Varios camellos vagaban fuera del círculo de las tiendas. Vestidos con
piltrafas recosidas veinte veces, iban y venían tres comisarios del pueblo
transportando cubetas o hablando con los animales, multiplicando sobre sus lomos
los golpes fraternos. La Abue Udval ya estaba sentada en su banquito a la entrada de
su yurta. Toda canosa y como ausente en un abrigo demasiado amplio para ella,
fumaba su primer pipa del día mientras cuidaba el despertar de los Tres Hocicos.
Özbeg vino a saludarla, escuchó uno de los relatos que había soñado, así como la
nueva argumentación ideológica que la vieja había concebido durante la noche para
luchar contra la social-democracia: luego se dirigió a la cabaña que colindaba con la
caballeriza en donde orinó sobre Gúlmuz Kórsakov por entre la reja. Este hacía su
limpieza matinal pues, como todas las mañanas, Gabriela Bruna acababa de echarle
encima una cubeta con aguas blandas y duras.
—Ya ves, dijo Togtaga Özbeg. Te había dicho que iba a volver.
Cerró su bragueta, y como si Gúlmuz Kórsakov hubiese emitido algunas
objeciones morales sobre el trato que le infligían, como si Gúlmuz Kórsakov se
hubiese quejado una vez más por no tener una muerte tranquila, Özbeg abrió la boca
para hablar.
—Ya lo sé, Kórsakov, dijo. La venganza individual no tiene sentido cuando se le
compara con la venganza colectiva, y tú no eres ni siquiera un responsable importante
de la desgracia. Pero es así. Para ti, así ha sido escrito.
Gabriela Bruna se acercó por el lado del patio. Tenía sobre los hombros una vieja
pelliza que le había atribuido muchos años antes el Comisariado del pueblo de
Suministros, cuando llegó a los Tres Hocicos.
—Tuve un sueño abominable, dijo.
—No te quedes con eso en la mente, le aconsejó de inmediato Özbeg. Cuéntalo.
—Se trataba de mis nietos, o de mis hijos, no lo sé. Unos pequeños. Mis pobres
pequeños. Intentaban escapar a la segunda exterminación de los ybüres. ¿Te das
cuenta? Era como durante una segunda exterminación.

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Y le contó su sueño. Ambos estaban en medio del viento y el frío, envueltos en
abrigos sucios en los que ella había pasado semanas y semanas bordándolos o
poniéndoles el forro de fieltro y piel de perro. Özbeg la observaba con cariño y se
preguntaba cómo iba a anunciarle que su sueño era cien por ciento premonitorio.
—No puedo seguir pasando mi existencia aquí, haciendo la revolución sin
ocuparme de nada y lejos de todo cuando en el mundo real se prepara una segunda
exterminación de los ybüres, se quejó Gabriela Bruna. Tengo que volver allá, cerca
de los míos.
Togtaga Özbeg la jaló hacia él, contra su pecho, y la apretó.
—Si dejas los Tres Hocicos, dijo, deberás pasar al menos unos quince años en
uno de los campos antes de que puedas volver a la realidad entre los humanos.
—La realidad son los campos, dijo Gabriela Bruna. Eso es lo único que hay por
todos lados. La realidad son los prisioneros, las cucarachas, de norte a sur. No veo la
relación con los humanos. ¿Acaso ves humanos en la realidad, allá?
—Así se les llama, contestó Özbeg, quien siguió consolándola. Había amado a
varias mujeres en el transcurso de su vida y después, y en sueños había conocido a
Jessie Loo, aunque sabía que no se consolaría nunca por perder a Gabriela Bruna, y
que hasta el final la nostalgia que tendría de su ausencia sería destructora, obsesiva y
devastadora.
Volvieron a la casa. Togtaga Özbeg acarició la cabeza de Gabriela Bruna, la besó
con ternura y luego se puso a mazar el té con mantequilla y sal.
—Igual no consigo creer que la revolución, por más que haya degenerado, sea
incapaz de conjurar una segunda masacre de ybüres, dijo.
—¿La revolución?, explotó Gabriela Bruna. ¿En dónde has visto tú una
revolución?
Özbeg hizo una mueca sin contestar. Ahora bebían el líquido hirviente en
pequeños sorbos. Se quemaban los labios, la lengua.
—Hoy va a llegar un tipo a los Tres Hocicos, anunció Özbeg. Se desprendió de la
taiga un poco antes del alba.
—Es una dicha que al menos existan los campos, dijo Gabriela Bruna, quien no
había escuchado lo que había dicho Özbeg pues sólo prestaba atención a sus propias
cavilaciones.
—Cuando se ha aprendido a sobrevivir en ellos, prosiguió Bruna, uno puede
instalarse ahí a largo plazo. Es menos arriesgado que el exterior.
—No los idealices, replicó Özbeg. Los campos son para las cucarachas y los
muertos.
—Para nosotros, querrás decir.

Más tarde, en la entrada del patio, el viajero hizo acto de presencia. La Abue Udval le
había lanzado dos o tres insultos luego de que pasó frente a ella sin saludarla, pero el

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hombre no le hizo caso. Era un soldado rojo en pésimas condiciones que, a todas
luces, había atravesado numerosas peripecias. Antes de penetrar en el territorio de los
Tres Hocicos había intentado sacudirse las inmundicias de encima. No sólo intentó
coser las mangas rasgadas de su capote militar, también había deslizado en el cuero
maltratado de su cinturón una pistola con el fin de proclamar su pertenencia a un
poder invencible, aunque de manera general no evocaba las instituciones y órganos
que lo habían enviado hasta allá en sus días más prestigiosos.
Togtaga Özbeg lo acogió en nombre del gobierno. La pequeña muchedumbre de
los habitantes de los Tres Hocicos, los comisarios del pueblo, los desmovilizados, los
refugiados y los chamanes, así como los pastores y ganaderos que se habían unido al
sovjós, se habían colocado detrás de su presidente. Todos examinaban al soldado que
tenía una cara de duro, quien les devolvía sus miradas sin pestañear a pesar de que
estaba agotado por semanas de viaje, de frío polar y lunar, y por el hambre.
—El resto del destacamento fue devorado por los lobos, explicaba el soldado.
Habíamos venido para arrestar a alguien. Los otros murieron. Ahora, quien representa
aquí la revolución mundial, soy yo.
—Bueno, dijo Özbeg.
—No se resistan, dijo el soldado. Entréguenme a la persona que estamos
buscando.
Los comisarios del pueblo explotaron en carcajadas.
—¿A quién buscas?, preguntó Togtaga Özbeg con sonrisa amable pues la
insolencia y el coraje del soldado forzaban a la admiración.
—Tengo una orden, dijo el otro.
—A ver, contestó Özbeg.
Al soldado le llevó cierto tiempo extraer la hoja de papel que conservaba debajo
de sus harapos interiores. Sus gestos carecían de fuerza. Había sido mordido por las
bestias, las heridas se abrían a la menos ocasión, se veía que luchaba contra el vértigo
y el cansancio. Tendió el documento a Özbeg.
—Entrégame a la prisionera, dijo.
Togtaga Özbeg desdobló el papel. Era una orden de arresto realizada en la sección
44B de la Legalidad Revolucionaria. Llevaba varios sellos, así como la firma más que
visible de Jessie Loo.
—Es una orden en blanco, informó Özbeg.
—Nuestro comandante era el único habilitado para llenarla, dijo el soldado. Pero
lo despedazaron en el camino. Y me di cuenta esta mañana de que no tenía nada para
escribir. Además, me mordieron la mano y ya no sirve para redactar documentos
oficiales. ¿Sabes escribir?
—Sí, dijo Özbeg.
—Entonces escribe, ordenó el soldado. Pon un nombre en la línea que falta
completar.
—¿Qué nombre?, preguntó Özbeg.

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—No sé, dijo el soldado.
Los comisarios del pueblo volvieron a carcajearse. Todo el mundo reía, salvo
Togtaga Özbeg y el soldado.
—El comandante no nos transmitió la confidencia. Cuando me entregó el papel,
los lobos nos rodeaban. Ya le habían mordido la mitad de la garganta. Articular le
resultaba imposible. Me hizo una seña y se murió.
El documento circulaba de mano en mano, auscultado por los comisarios del
pueblo antes de volver a las manos de los chamanes. Gabriela Bruna lo examinó a su
vez, y cuando descubrió hasta abajo la firma de Jessie Loo entendió de qué se trataba:
su amiga le daba una oportunidad de volver al mundo, al corazón de las horribles
realidades del mundo para estar junto con sus pequeños cuando llegasen de nuevo las
masacres y los campos. Y tenía que atrapar aquella oportunidad de inmediato, sin
tergiversaciones.
—¿De casualidad la criminal que debía detener no es Marfa la Negra?, preguntó.
—Igual y sí, dijo el soldado.
—Está acusada de haber abandonado su puesto durante la lucha contra los
enemigos del pueblo, leyó Gabriela Bruna.
—Ah, bueno, se puso eso porque algo había que poner, indicó el soldado.
—Lo cual quiere decir quince años de reclusión, con al menos siete en régimen
severo, dijo Togtaga Özbeg.
—En efecto, esa es la tarifa, dijo el soldado, quien vacilaba mientras gotas de
sangre le escurrían por el brazo izquierdo hasta salpicar el suelo a un lado de su
pierna, toda desgarrada por los colmillos y las caídas. Aun así apretaba las
mandíbulas, obstinándose en creer que su uniforme y el papel con el logotipo
impresionaban a los bandidos contrarrevolucionarios que tenía frente a sí.
Gabriela Bruna intercambió una larga mirada con Özbeg. Discutían sin palabras.
El nombre de Jessie Loo los había perturbado bastante. Discutían dentro de una
esfera privada, fuera del espacio y del tiempo, cada uno por su lado aprovechando la
ocasión de evocar en detalle y con ternura su vida común, los lazos que los habían
unido en los Tres Hocicos y que seguirían encadenándolos el uno a la otra,
cualesquiera que fuesen la duración y la natu raleza de la separación que se
anunciaba. Gabriela Bruna observaba a Özbeg con amor. Özbeg intentaba que entrara
en razón y se quedara. Ella no cedía a su ruego. Se besaron con pasión pero aun así
ella le comunicó, de una vez por todas, que su decisión era irrevocable. Él le volvió a
suplicar sin decir palabra, durante varios días y otras tantas noches que parecieron
limitarse, a los ojos de los testigos de la escena, a un extenso cuarto de segundo.
Gabriela Bruna no dejaba de recordarle la pesadilla de aquella noche y la cobardía
que sería quedarse en un lugar seguro cuando se preparaba, aquende los campos, una
segunda masacre de ybüres.
—Soy yo, le dijo de golpe al soldado. Yo soy Marfa la Negra.
—Bien, contestó. Quedas detenida.

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La Abue Udval gruñó. Los habitantes de los Tres Hocicos, y en todo caso los
chamanes machos y hembras, comprendían qué estaba sucediendo. Sabían lo que
significaba para Gabriela Bruyna el regreso a la revolución mundial sin pasar por el
espacio negro. No les costaba imaginar los sufrimientos y las dificultades que le
esperaban. La veían ya, anónima entre las cucarachas, reducida a nada, a la desdicha.
Eso sí, era libre y tenía sus razones. Todos que rían mucho a Gabriela Bruna, pero la
respetaban demasiado como para no lamentarse en público sobre la decisión que
acababa de tomar.
Özbeg revestía su máscara para los días aciagos. Él tampoco podía oponerse a la
decisión trágica de Gabriela Bruna. Había agotado todos sus argumentos, y ahora que
había golpeado el suelo con el talón y que la luz brillaba sobre los Tres Hocicos,
carecía por completo de la más mínima energía hechicera.
—Soldado, dijo, antes de que te la lleves vamos a llevarte a la enfermería. Y en lo
que respecta a Marfa la Negra, ella no se va a ir así nada más. Le vamos a hacer una
fiesta de adiós. Era una mujer que teníamos en alta estima.
—¿A dónde voy?, bisbiseó el soldado que vacilaba cada vez más.
—El comisario del pueblo para la salud va a ocuparse de ti, dijo Özbeg, Las
heridas de lobo se curan en menos de una hora.

La fiesta de adiós tuvo lugar más tarde.


Togtaga Özbeg no dejaba ver el desconsuelo que lo invadía, el soldado no dejaba
ver que la idea de partir antes de la noche le desagradaba, Gabriela Bruna no dejaba
ver que todo en ella estaba hecho trizas por el pesar y el miedo.
Togtaga Özbeg había sacado al patio el fonógrafo de cilindros, por eso sonaban
una tras otra las canciones revolucionarias de nuestra infancia en los Tres Hocicos.
Cada tanto la Abue Udval inmiscuía algunos acordes con su pequeño acordeón. Todo
el mundo disimulaba su pena y la fiesta tenía una atmósfera en apariencia de gozo,
aunque en verdad nadie quería alejarse de Gabriela Bruna. Los pastores se las habían
arreglado para que los animales hicieran acto de presencia muy cerca de la granja y
de las yurtas para que participaran también en el regocijo sin perder una sola migaja
de todo aquello.
En un momento dado, Gabriela Bruna quiso izar en el asta que ocupaba el centro
del patio una bandera roja bastante ancha. Una ráfaga de viento infló el andrinoplo
como una vela enfadada y Gabriela Bruna se encontró envuelta por el paño,
literalmente, en lo bermejo de aquellas ondulaciones admirables. El soldado se tensó
de inmediato temiendo que se le escapara la prisionera gracias a un truco de magia, y
es que, era verdad, la bandera había hecho desaparecer a Gabriela Bruna. El soldado
era valeroso y había sobrevivido a los lobos, pero educado por una propaganda algo
rústica confundía aún el ilusionismo y el chamanismo.
—¡Ey! ¡Marfa la Negra!, la llamó con voz ronca.

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El viento soplaba, un canto komsomol desgarraba el aire a nuestro alrededor, el
soldado estaba de pie, inquieto, con la mano afianzando su pistola desprovista de
cartuchos. Gabriela Bruna había sido tragada por aquel oleaje de un rojo profundo.
Pero no, al final luchaba apartando aquel paño que se le pegaba al cuerpo y que tal
vez también había secado las lágrimas que le anegaban los ojos. Gabriela consiguió
liberarse. Su rostro era visible de nuevo.
Bueno. Eso es todo sobre Gabriela Bruna, dijo Dondog.
Eso es todo sobre Gabriela Bruna.

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Tercera parte

CAMPUS

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XI. Marconi

Eso es todo sobre Gabriela Bruna, pensó alguien muy cerca. Bueno. Ya no
volveremos a tocar el punto. ¿Y qué entonces con Gúlmuz Kórsakov…? A la página
Gúlmuz Kórsakov también podríamos darle vuelta, ¿no…? ¿Eso será lodo sobre él?
¿Qué diablos…?, dijo Dondog con un sobresalto.
El sudor venía de él. Tenía la cabeza vacía y lechosa como al final de un trance.
La pregunta sobre Kórsakov se había formado directamente en su cerebro, sin haber
atravesado el camino del oído.
—¿Marconi, es usted?, preguntó.
Su voz despostilló el silencio del cuarto piso. Espantadas, nueve polillas echaron
a volar del sofá contra el que estaba apoyado.
En Parkview Lane, en el 4A, había cierta claridad. Había surgido un nuevo día,
todo gris, con una humedad y un calor no menos penosos que los de la víspera. Se
sentía la misma asfixia que la víspera en la espesa atmósfera del departamento, en
medio del moho suspendido. Las mariposas paseaban sus leves temblores de una
mancha obscura a otra. Algo de aire entraba por la puerta ventana del balcón, aunque
la mañana no aportaba frescor alguno. A fuera, detrás del plomo del cielo, ardía un
sol invisible.
Dondog apartó los ojos. Durante la evocación de Gabriela Bruna había llorado y
transpirado más sin darse cuenta. Bajo las pestañas, los cristales de salmuera lo
incomodaban.
—¿Fue usted quien habló?, insistió Dondog.
Le costaba articular. Lo debilitaba el calor y su chamarra formaba a su alrededor
una esponjosa cortapisa. Para quitárselo de encima empezó a moverse pero luego
desistió. La maniobra iba más allá de sus fuerzas.
Apenas unos momentos antes el alba aún no se había apersonado pero ahora la
luz estaba ahí. Seguro se había dormido entre dos parpadeos. No estaba muy
orgulloso de ese momento de somnolencia. ¡Perder consciencia cuando uno debe
consagrar todas sus fuerzas a la venganza…! ¡Dormir cuando uno se acerca a su
fin…! ¡Cuando cada segundo de sobrevivencia es un milagro…! Porque sentía con
seguridad que ya casi no le quedaba tiempo antes de extinguirse: un puñado de horas,
a lo mucho uno o dos días. Soltó un gemido. ¿De qué servía disponer de un plazo de
gracia cuando uno no encuentra la energía moral ni los medios físicos indispensables
para saber quién es el enemigo y eliminarlo? ¿De qué servía durar un poco más?
Es una desgracia, dice Dondog, pero si abordamos la historia por el principio o
por el fin, Dondog tenía derecho a un destino de cucaracha y a nada más. La cuestión
de la sobrevivencia carecía de sentido para él, y si se la planteaba era sobre todo
porque aprovechaba mecánicamente su tiempo de palabra. Por ejemplo, tomemos la
anécdota sobre su fin, dice Dondog. El capítulo que empieza con su salida del campo,

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con la entrada en la Ciudad. Se ve con nitidez: apenas un Untermensch como Dondog
franqueaba las puertas de los campos después de haber pasado ahí toda una vida en
detención, el asco hacia la existencia se apodera de él y al cabo muere. Luego, el
cansancio se le echa encima de golpe —y se extingue. Hablo con conocimiento de
causa, dice Dondog.
—¿Marconi?, se oye que lo llama su interlocutor.
Pero Marconi no contesta. Estaba fuera de alcance.
Dondog consideró el lugar en donde Marconi se había quedado sentado durante
las horas obscuras, las piernas estiradas, el espinazo apoyado contra aquella puerta
indesbloqueable, como si alguien hubiese construido un para peto desde el interior.
Entre la huella del trasero de Marconi y la puerta agonizaba una cucaracha sobre el
lomo, sus patas tejían con parsimonia una última demostración inútil de box chino.
Debido a la humedad que rezumaban las superficies del 4A, las huellas en el piso
eran un poco brillantes. Se tenía la impresión de que un senderista había resbalado
aquí y allá con sus gruesas suelas impregnadas de hollín.
Marconi no estaba en ninguna parte.

Solté un nuevo gemido, dice Dondog.


No conseguía admitir, continúa, que mi sueño hubiese sido tan profundo como
para permitir que Marconi se esfumara. Es cierto, había pasado toda la noche
hurgando en mis recuerdos sobre Gabriela Bruna y me los apropiaba removiendo
imágenes anteriores a mi nacimiento, o al de Schlumm, pero mientras lo hacía tenía
puesto un ojo en Marconi, estuviera inmóvil o desplazándose en la obscuridad. Lo
había vigilado minuto a minuto, tenía la impresión.
Dondog siguió las huellas de los pasos, dijo Dondog. Abrió la puerta y salió al
pasillo, convencido de que Marconi no había podido ir más lejos. El rellano no hervía
de cucarachas pero sí una docena que dijeron patas para qué las queremos. Se
introdujeron a toda velocidad en el 4B y en 4C, generando una fricción que tenía
aires de murmullo. Las marcas dejadas por Marconi conducían a la escalera.
Medio piso más abajo Marconi estaba sentado en el suelo, desfalleciente y con las
piernas abiertas. Respiraba con fuerza, como alguien gordo que hubiese corrido o
atenazado por el miedo. Abierta de par en par sobre su cabeza, la entrada del
vertedero de basuras exhalaba tufos espeluznantes.
—¡Marconi, ahí está!, dice Dondog. Me preguntaba en dónde…
—Necesitaba tomar aire, dice Marconi. Ya se había puesto algo tórrido en el
balcón. Preferí la escalera.
—Igual habría podido avisarme, dijo Dondog.
—No quería interrumpirlo, sopló Marconi. Estaba hablando en sueños. A veces
contaba cosas insoportables. Preferí salirme.
—No estaba durmiendo, dijo Dondog.

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—Parecía como si, respondió Marconi.
Una cigarra ecuatorial dejó escuchar una larga estridencia aguda y ácida antes de
que pudieran retomar el diálogo. A lo lejos, como durante la noche, se seguían
escuchando el golpeteo de las bombas, los tamborazos chamanes. Una brisa inmunda
roncaba en el conducto desde el vertedero de basura.

—En un momento habló de Gúlmuz Kórsakov, dice Marconi.


—¿Y luego?, respondió Dondog.
—Fue decapitado con un sable, golpeado y fusilado por sabotaje, y des pués lo
mearon durante años, se calentó Marconi.
—¿Y luego?, respondió Dondog.
Marconi alzó los hombros. Enormes gotas de sudor rodaban sobre su frente. Su
camiseta y su pantalón de pendenciero eran repugnantes.
—Ni siquiera participó en la exterminación de los ybüres, argumentó Marconi. Y
era menos que un achichincle de jefe. Tan sólo un pobre tipo sin vergüenza y cruel,
como hay miles de millones sobre la tierra.
—Ya sé, dice Dondog. Paga por los demás.
—Pero y usted, Balbaián, que tenía ideas igualitaristas, ¿cómo puede admitir
que…?
—Ya sé. Ensañarse así con él es indefendible.
—¡Ah, ya ve?, dice Marconi.
—Lo hago, sobre todo, en memoria de Gabriela Bruna, dice Dondog.
Marconi se levantó. Se estaba ahogando, su repleta y banal fisionomía mostraba
un cansancio extremo. En los lugares en donde no estaba manchada de moho, su piel
tenía un color de papel maché. Sus manos temblaban. Tenía aire de ser un ciego al
que habían castigado bastante. Se aferró a la boca apestosa del vertedero de basura
para levantarse. Gateaba hacia arriba, y cuando estuvo de pie, siguió tanteando y
tranquilizándose al tocar las bisagras destrozadas, el marco de metal oxidado, el
interior del conducto. Durante su primera maniobra, su mirada flotante encontró al
azar la de Dondog y se escapó luego de inmediato. Sus ojos desprovistos de
vivacidad no enfocaban nada preciso.
A nuestro lado, dijo Dondog, la cigarra retomó su canto interrumpido, taladrante.
Incapaz de recuperar el aliento, Marconi gesticulaba.
Hubo un minuto penoso.
El silencio se restableció, ritmado, a la distancia gracias a los golpes constantes
del tambor.
—Y luego, dijo Dondog, ¿cómo quiere que me vengue en verdad de lo que le
hicieron a los ybüres? ¿De la primera exterminación, de la segunda…? ¿Y cómo
vengarse del capitalismo, eh…? ¿Cómo vengarse de los campos? ¿De una vida en los
campos…?

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Marconi aprobaba sin mucha convicción. Bajo el mentón tenía una hinchazón que
Dondog no había notado sino hasta ese momento. Una papada más pálida que la piel
circundante, cinco centímetros de lívida hinchazón. De pronto aquella vieja cicatriz
establecía una fuerte correlación entre Marconi y Gúlmuz Kórsakov.

—De ser usted, dejaría de perseguir a Kórsakov, dice Marconi.


—Ya veremos, dice Dondog, quien hacía bizcos hacia el mentón de Marconi.
La semejanza entre la cicatriz de Gúlmuz Kórsakov y la de Marconi lo
consternaba. Primero se apuró a negarla pero luego, ante la evidencia, consideró que
se trataba de algo fortuito. Asimilar Marconi a Gúlmuz Kórsakov implicaba
emprender de inmediato una acción concreta, implicaba darse de trompadas con
Marconi, con aquel minusválido, con aquel moribundo ciego e insignificante.
Implicaba matar a alguien con quien uno había pasado, en toda tranquilidad, algunas
horas de relato y de memoria rodeados de pestilencias y parásitos en la noche
asfixiante, en medio de cucarachas —como cucarachas.
En el fondo, más que una cercanía entre Kórsakov y Marconi, Dondog adivinaba
una cercanía entre Marconi y él mismo. Ya no estaba listo para atacar en aquel mismo
instante a Marconi, e incluso si Marconi y Gúlmuz Kórsakov no formaban sino uno
solo, prefería esperar el mayor tiempo posible antes de tomarlo en cuenta y agarrase a
golpes.
—Veamos qué dice Jessie Loo, completó.

Volvieron a subir el medio piso para penetrar en el 4A sin apurarse, provocando por
aquí una carrera pánica, por allá un revuelo arremolinante. Ya no describiré a los
bicharracos, dijo Dondog. Ya bastante dije sobre ellos.
Dondog fue a la cocina a quitarse la sed, Marconi aspiró algunas gotas después
que él. Entre ambos acabaron por secar el grifo.
—¿Cómo estar seguro de que Jessie Loo va a venir?, dijo Dondog.
—Hay que esperarla, dijo Marconi. Si se aburre, póngase a rezongar sus historias
de los campos.
—¿Sabe, Marconi?, se quejó Dondog, ya no me acuerdo de nada. Después de la
exterminación y antes de los campos, como que se vació mi memoria, y más tarde ya
no pudo enganchársele nada de forma durable o controlable. Así es. Creo saber que
antes de ser encerrado trabajaba en una organización que quería transformar la
revolución mundial en un vasto castigo radical y hasta aquí aguantamos. Queríamos
hacer que intervinieran las masas para que nuestra venganza cobrara un matiz de
lucha de clases. Todo se fue al carajo, incluso ya no recuerdo cómo ni por qué. Olvidé
todo. Entonces empecé mi existencia de cárcel en cárcel y de campo en campo. No
sabría decirle en qué fecha me transfirieron a la región caliente. Confundo todo.

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—Rezongue igual, sugirió Marconi.
Durante horas se quedaron sin decir palabra.
Afuera la mañana se estiraba entre el calor y los gritos de los insectos. Las nubes
tostaban el paisaje con su tapa incandescente. Nadie se hacía presente en los
basureros invadidos por las lianas. Cockroach Street, el lugar en donde Dondog iba a
morir según Marconi, estaba sumido en la inercia. A veces se veía que algunas aves
negras abandonaban un árbol o que aterrizaban en cámara lenta en uno de los techos
alquitranados, sin embargo, la vida humana parecía extranjera a la calle, como si
durante la noche los asesinos hubiesen limpiado la zona sin olvidar alma que viva.
Dondog también escuchaba cada tanto los ruidos de la Ciudad, todo lo que
llegaba por entre las paredes y que tenía por origen el laberinto de las habitaciones
apiñadas unas a otras. También se interesaba de vez en cuando en aquellos golpeteos
indiferenciables, en aquellas vibraciones que recordaban que existía gente en el
corazón de la penumbra, en sótanos miserables sin ventanas ni líquido potable, en
inmuebles desprovisto de fachada detrás de escudos de betón armado y de rejas, en el
secreto de las galerías y los pasillos no iluminados, y que había no muy lejos pozos,
pasajes carbonizados y estrechos con cubos de elevador privados de elevador, con
bombas hidráulicas regenteadas por la mafia, y con salas enormes en donde chamanes
seguían golpeando las pieles una, otra y otra vez, y canturreaban.
Eso era lo que escuchábamos, dijo Dondog.
A veces prestábamos oído, otras no, dijo Dondog.

Cuando no nos quedábamos en silencio, hablábamos entre nosotros, dijo Dondog.


Había decidido dejar en claro mi relación con Marconi, dice Dondog, aunque
acabara por sentirse un poco. Durante las pausas, dice Dondog, interrogaba a Marconi
sobre Gúlmuz Kórsakov. Me decía que Gúlmuz Kórsakov había abandonado los Tres
Hocicos durante un trance chamánico, que había aterrizado en la Ciudad, y que
entonces Jessie Loo lo había escogido como pareja. De creerle, Jessie Loo estimaba
que la venganza de Gabriela Bruna ya no tenía razón de prolongarse, que Gabriela
Bruna había hecho sufrir lo suficiente a Kórsakov, que lo había perseguido lo
suficiente de muerte en muerte, que había que extinguir aquello, desencarnizar la
venganza y extinguirla. ¿Entiende?, me preguntaba. Pero no estaba seguro de
entender. Exigía una narración completa. En los Tres Hocicos Gúlmuz Kórsakov
había perdido la vista a fuerza de que le mearan la cara, me contó Marconi. Al
acogerlo cerca de ella, en Black Corridor, Jessie Loo le había perdonado a Gúlmuz
Kórsakov el mal que le había causado a Gabriela Bruna. Jessie Loo había tomado a
Gúlmuz Kórsakov bajo su tutela, decía Marconi. Ahora, en el mundo sin vida ni
muerte de la Ciudad, ambos cohabitaban en buenos términos: salvo por algunas
cosas, como una pareja de años.
A veces sucedía que intensificaba el interrogatorio. Adaptaba a la situación las

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técnicas que Gabriela Bruna había utilizado antaño, en la época en que luchaba contra
los enemigos del pueblo. Marconi me confesó entonces que Jessie Loo
experimentaba una cierta amargura hacia Gabriela Bruna pues desde su llegada a los
Tres Hocicos había seducido a Togtaga Özbeg, de quien había estado enamorada
desde siempre. Jessie Loo había tenido relaciones oníricas apasionadas con Togtaga
Özbeg y le tenía cierta inquina a Gabriela Bruna por haberse convertido en la
compañera de Togtaga Özbeg. A manera de represalia, Marconi se explicaba la
magnanimidad de la que había hecho prueba Jessie Loo hacia Kórsakov cuando éste
había sido transferido a la Ciudad, cuando había aterrizado, ciego y cubierto de
orines, en un rincón de Black Corridor.
Le había explicado a Marconi, dice Dondog, que no intentaba establecer un lazo
entre él y Kórsakov, y que si resultaba que Kórsakov y él no fuesen sino una misma
persona, matarlo me costaría bastante. Pero al mismo tiempo, le había desaconsejado
de forma imperiosa que intentara cualquier argucia para escapar a mi vigilancia.
Gúlmuz Kórsakov formaba parte de la gente que deseaba yo asesinar antes de morir,
y si intentaba evadirse del 4A, ya no podría responder yo por nada, decía Dondog. No
dejaba de avisarle al respecto. Si se movía lo seguiría y lo mataría por instinto. Por
instinto más que por convicción, decía yo.
Marconi se defendía diciendo que no quería escaparse. Negaba toda relación con
Gúlmuz Kórsakov. Lo negaba con torpeza. Intentaba desviar la conversación
invitándome a contar mi vida en los campos, y como le reviraba que mis recuerdos ya
estaban difuntos, me invitaba a hurgar en ellos como si se tratara de una pura ficción.
Me recordaba que había escrito algunas novelas y obras post-exóticas durante mi
encarcelamiento y que bien podría intentar acordarme de mis libros —si era incapaz
de hacerlo con mi vida. En ciertos momentos me dejaba convencer y con voz cansina
le regalaba algunas imágenes.
A veces aprovechaba las horas en que estaba ocupado hablando para intentar
evadirse. Me interrumpía, lo perseguía en el rellano, en las escaleras, la columna del
vertedero de basura. Lo agarraba y lo dominaba, poniéndole fin a su fuga. Volvíamos
luego al 4A, sucios y sin aliento. El sudor goteaba sobre nosotros sin discontinuar.
A veces también me adormecía a mitad de mi relato y soñaba.
Había largos ratos de vacío sonoro entre nosotros.
Luego esperamos a Jessie Loo mientras mirábamos cómo declinaba el día
mientras el crepúsculo se anunciaba, un segundo crepúsculo de la tarde. Cuando
Marconi me planteó más preguntas lo hizo con insistencia, más como un acólito
platicador que como un policía. No sé si le contestaba. Cuando le confesaba algunas
imágenes, no sé si las pronunciaba mentalmente o en voz alta —o no.

Muchas veces pretendía haber sufrido para resucitar la historia de los campos. Había
pasado ahí varias décadas esenciales, aunque era incapaz de organizar a partir de ese

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momento mis ideas sobre los recuerdos y mi venganza.
—Concéntrese a partir de los puntos anexos, Balbaián me aconsejaba Marconi.
Dele prioridad a los elementos secundarios. Lo demás vendrá por sí mismo.
—¿Qué elementos?, pregunté.
—No lo sé, decía Marconi. Elementos menores. Su relación con las mujeres, por
ejemplo. O las novelas que publicó encerrado.
—Mh, le decía.
—Bien tuvo amores y escribió allá, ¿cierto?
—No me acuerdo, le mentía.
—Hable de eso, insistía Marconi. Lo demás vendrá por sí mismo.
Estábamos frente a frente, sentados en el suelo, rodeados por el moho y el sudor.
Al final me había quitado la chamarra. Ya no me molestaban las superficies que se
pegaban a mi espalda, dijo Dondog.
A veces, cuando dialogábamos o nos quedábamos callados o exponía yo algunos
elementos menores, también Marconi era presa de sobresaltos. Se tenía la impresión
de que iba a eructar, que el eructo iba a surgir no de su estómago sino de todas las
profundidades de sus músculos y de sus pesadillas, de todo su cuerpo o de sus
miembros, hasta de sus sueños malos. La carne de Marconi, en su conjunto, eructaba
así, de pies a cabeza. La eructación duraba varios segundos. La repugnante camiseta
de Marconi se hinchaba, sus brazos desnudos se cubrían, por un instante, con una
capa de plumas gris verde, antes de que el pelaje volviera con el murmullo de un
abanico al cerrarse a la nada de donde había salido, es decir, bajo la piel de Marconi,
quien pedía disculpas.
—Disculpe, rezongaba. No pude controlarme.
—¿Eso qué fue?, se asombraba Dondog.
—Mi plumaje, decía Marconi con reticencia. Aparece durante tres segundos y
luego desaparece.
—¿Es una enfermedad?
—No. Sólo un hechizo insignificante. Cuando Jessie Loo me curó se equivocó en
la dosis, contestó Marconi. Se le había olvidado la fórmula correcta.
—Ah, replicaba Dondog. A ella también se le olvidaban cosas. Entonces no sólo
me sucede a mí.
La noche se había vuelto más obscura hasta volverse compacta. Ambos se
asfixiaban. Golpes secos retumbaban en los muros, originados en pocilgas imposibles
de localizar, en la cabeza de Dondog, bastante lejos.
—Vamos, Balbaián, rezongue sus recuerdos del campo, ordenó Marconi en algún
instante. Vamos. Haga como si estuviese dormido y solo. No se preocupe por mí.
Debía ser cerca de medianoche.
—Rezongue todo, dijo Marconi. Rezongue los blancos de su memoria. Lo demás
vendrá por sí mismo.

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XII. Oración en el campo de las cucarachas

Cuando supe que quizás Jojot Malchugán iba a violar a Irena Soledad antes que yo,
concebí un profundo desagrado, refunfuña Dondog.
Pero cuando tuve a la vista una carta que me informaba que la proeza ya había
sucedido, mi desagrado se transmutó en desesperanza. Ya no pude contenerme y
mugí como un herido de gravedad, dice Dondog. Estaba en la oficina del director,
detrás del director, casi apoyado en el sofá del director, y descubrí la denuncia casi al
mismo tiempo que él. El mugido continuaba. El director se volteó y me corrió.
—¡A ver Balbaián!, gritó, ¿quién lo autorizó a leer por sobre mi hombro…?
¡Vamos, largo!
Según datos del informante, Jojot Malchugán e Irena Soledad se encontraban
cada tarde, antes del toque de queda, en los linderos de las alambradas, cerca de la
barraca para mujeres, y bajo los pinos, en un silencio que rompían los fragmentos de
voces venidos del club cultural, o se acostaban en las agujas muertas o se quedaban
de pie pegados a la corteza, aprovechando el crepúsculo y el relajamiento de la
disciplina en aquella hora de ocio, aprovechando cada segundo de descanso para
intercambiar besos lascivos y arrumacos. Firmado Krili Untz, con sus más atentos
saludos.
Fui a la ventana. Me quedé inmóvil unos segundos con los ojos vidriosos frente al
paisaje otoñal. Una única torre de vigilancia emergía en el paisaje, coja y como
enclenque a la sombra de los alerces majestuosos. Contemplaba todo eso apretando
los dientes. Los sollozos zarandeaban mis hombros. Irena. Sollozo. Soledad. Sollozo.
—¡Que se vaya, Balbaián!, se enojó el director. No tengo tiempo para ocuparme
de usted. ¡Vuelva al bloque sanitario! ¿Me oyó, Balbaián?
—Sí, dije.
Abandoné las habitaciones del director sin ver nada más y con los brazos
separados para conservar cierto equilibrio. Me golpeaba contra las puertas, con los
ángulos. Atontado por la desilusión y echando baba, fui a dar al hangar en donde los
prisioneros habían amontonado leños para calentar la casa del director. Estaba
cubierto con saliva y tierra, sin fuerza en las piernas y con la mente vacía. Irena
Soledad se deslizaba de vez en cuando bajo mis párpados, malhumorada y apetitosa,
pero al instante se aparecía Jojot Malchugán pisándole los pasos, quien la apretaba
contra su pecho y se la fajaba con frenesí.
Me puse de cuclillas para gemir entre dos pilas de madera, en medio de olores de
aserrín húmedo y de hongos.
En aquella época me tenían por loco, dijo Dondog, y a falta de alguien para
eutanasiarme me habían relegado a la enfermería esperando que se mejorara mi
estado. Tenía crisis de chamanismo, perturbaciones de la personalidad y la memoria
completamente destruida. Mi energía física era tan poca que desde hacía meses mi

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suspensión de trabajo era renovada semana a semana. A decir verdad, no sabían qué
hacer conmigo. Los estantes de la farmacia del bloque sanitario tenían que hacer
frente a los accidentes de tala, a las amputaciones con hacha y otros aplastamientos,
pero cuando había que apaciguar mis angustias esquizofrénicas más ruidosas el
enfermero de guardia hurgaba en vano entre los frascos. Se ponía rojo por mis
groserías obscenas y me enviaba al dormitorio sin inyección. A falta de tratamiento
químico me habían prescrito paseos y tranquilidad. También me permitían deambular
a mis anchas en el campo. Gozaba de una gran libertad de movimiento, dice Dondog.
Como no era muy sucio ni del todo desobediente, aceptaban mi presencia en todas
partes. También me toleraban porque tenía aún suficiente inteligencia como para
responder a las preguntas, y a veces hasta para mantener una pequeña charla, dice
Dondog.
Me quedé cerca de los leños durante una hora, prosigue Dondog, luego decidí
actuar. Dondog, pensaba, nada prueba que sólo seas un chamán de pacotilla. Anda,
¡intenta movilizar a tu alrededor las fuerzas obscuras…! ¡Transpórtate al espacio
negro! En lugar de verter lágrimas, ¡lo único que te queda torcer y destorcer y curvar
el presente hasta que Jojot Malchugán se separe de Irena Soledad…! ¡Vamos,
Dondog, chamaniza, sueña, transforma todo…!
Me levantaba. En silencio estaba el hangar. Nadie había asistido a mis
lamentaciones frente a los leños. Me sequé el rostro, me quité el polvo de pies a
cabeza y le di un cierto orden a mi aspecto. Irena Soledad se materializaba frente a mí
en cada latido del corazón, carnuda y bella, y detrás de mis párpados Jojot Malchugán
ya no copulaba con ella a cada instante. Había conseguido separarlos. Malchugán
fumaba, adosado a un poste eléctrico, no muy lejos de la barrera que separaba el
sector de los hombres del de las mujeres. En la humedad crepuscular nada especial
sucedía. Se escuchaba cantar a los detenidos coreanos en el club cultural. Jojot
Malchugán examinaba la cima de las cercas alambradas, y un poco más allá
observaba los pinos, los alerces. Estaba solo. Ninguna mujer venía hacia él. Soledad
erraba en otra parte. Al menos había conseguido eso.
Me desvié a la lavandería, quería hacerme invitar un vaso de té por la vieja que
todo el mundo aquí llamaba Marfa la Negra. La vieja en cuestión tenía un aire de
hechicera siberiana y era la emperadora de todos los servicios de intendencia. Me
invitó a sentarme en mi local preferido, la pieza en donde estibaba las reservas de
ropa, sábanas, calzados de fieltro, abrigos de repuesto y guantes extra para el
invierno. Por la ventana, abierta directamente a hachazos en un muro de alerces,
penetraba una luz gris. Me adosé a las sábanas de los prisioneros, dice Dondog. El
detergente no había bastado para quitarles los hedores a sudor, el tufo a bosque de
osos, a obra negra y resina.
Marfa traía el té. En el fondo de mi vaso giraba una cucharada de mermelada de
arándanos. Contra mis dientes el recipiente tintineó. De inmediato el té me hizo
hervir las encías. Ablandado por el efecto de los mimos de Marfa, me volvieron las

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ganas de gemir. La vieja impaciente dialogaba conmigo. Ya no me jalaba las orejas.
Desde hacía tiempo estaba al tanto de mis problemas.
—¿Pero por qué te andas preocupando por esa perra?, me dijo Marfa que empezó
a formular maldiciones para darme por mi lado. A Malchugán le vaticinaba ser
traasferido a un campo de régimen severo, para Irena Soledad imaginaba pústulas,
mamas horribles de la noche a la mañana, estrías infames, la calvicie. Sería perfecto
que de buenas a primeras el hipopótamo ese perdiera lo deseable, murmullaba aún.
Me animaba a escoger una mujer distinta, y como le había confiado mi intención de
retorcer el presente en mi favor me desaconsejó practicar el chamanismo. No tienes
ninguna aptitud para la cuestión, me repetía. Quizás para el post-exotismo, tal vez
para la invención de narraturas destinadas a los prisioneros, pero para el chamanismo:
nada de nada.
Los arándonos azucarados reventaban uno tras otro en mi lengua.
Con un gesto de la mano hice que desaparecieran los mocos que me humedecían
los labios. Contaba, una y otra vez, las camisas numeradas, dobla das en pilas
horripilantes frente a mí, contaba las sábanas, los uniformes de los guardianes, los
calzones, los pares de guantes cerrados, las cobijas. Apretaba alternadamente la punta
y los talones de mis zapatos contra el suelo sombrío, Luego interrogaba la mirada sin
color de la vieja que me daba consuelo, de Marfa, reina de las cocinas, de la
lavandería y los baños que se había puesto a enumerar a las prisioneras del campo
que, según ella, ameritaban más simpatía que Soledad. Alababa los méritos de Eliana
Schust, la pequeña bibliotecaria. Luego volvía a hablar de mi destino. Se había
obligado a admitir que nú estrella no tenía buena pinta. Y ninguna inmersión
chamánica podría haca nada por mí, mi pequeño, subrayaba, y sobre todo no intentes
invocar fuerzas que te rebasan, ¡no te metas con eso!
—Mi pobre pequeño, decía. ¿Cómo podrías modificar el presente, tú? Incluso la
revolución mundial no pudo cambiar la marranada del mundo. Incluso ella no podría
intervenir en tu favor.
—Lo cual queda demostrado, suspiraba Dondog.

La noche transcurrió en medio de estos acontecimientos.


Ahora el director acababa de despertarse. A su alrededor el aire de la re cámara
olía a la ropa interior, la respiración y los pedos de un oficial. Aún no salía de su
cama y escuchaba los comunicados en la radio. En el frente agrícola los avances eran
triunfales. Gracias a la nueva política de nuestros dirigentes la producción de cereales
y de papas se contaba en millones de toneladas, incluso en las regiones del mundo en
donde las insufribles condiciones atmosféricas impedían que crecieran los cereales y
las papas. El aprovisionamiento de los campos, amenazado en alguna época, no sería
interrumpido este invierno.
Afuera, la hierba y los alambrados brillaban bajo las lámparas. El puesto de

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vigilancia relucía. El alba se tomaba su tiempo.
El directo abrió la ventana de su cuarto.
Sentado en un tocón de alerce, un centinela hastiado por doce horas de guardia
estaba dormitando, inclinando su carabina hacia el pie derecho como si reflexionara
en el mejor ángulo de tiro para mutilarse. El soldado se enderezó, dirigió hacia el
director una mirada de acero y esbozó un saludo reglamentario. Como yo recién salía
del bloque sanitario y deambulaba muy cerca, dijo Dondog, hice lo mismo. El
director nos contestó con un gesto relajado. A espaldas del director habían puesto el
sonido de la radio al máximo. Esperando el programa de gimnástica matinal
ondulaban mares inmensos de maíz y arroz, gigantescas montañas de betabeles se
hinchaban en el horizonte sin que nada contrariara nuestra planetaria prosperidad, ni
granizo o rayos o diluvios, ni las devastaciones causadas por los tornados magnéticos
y los cambios de clima, ni los saboteadores o los enemigos del pueblo, ni las
invasiones de parásitos mutantes, ni las enfermedades del rebaño —o mentales.
La ventana del director se volvió a cerrar.
Aún era muy temprano.
—Largo, Balbaián, renegó el soldado.
Me agaché frente a la cerca y volví al tocón cuando el centinela se alejó.
A mi mente habían vuelto los suntuosos balanceos de cadera de Irena Soledad.
Ignoraba si la jornada a venir iba a parecerse o no a la anterior. ¿Irena Soledad iba a
darse en cuerpo y alma Jojot Malchugán…? Al pensar en aquel probable coito mi
garganta se hizo un nudo. Deseaba tanto un hoy distinto, ¡en el que Irena Soledad no
fuese un juguete entre las manos de Malchugán! Lo real me hacía sufrir
espantosamente. Vamos, Dondog, es ahora o nunca, me decía. ¡Desobedece a Marfa
la Negra, penetra en los universos obscuros! ¡Canta para que se metamorfosee el
presente, Marfa la Negra no te guarda rencor…!
Azoté mis puños contra lo que quedaba del alerce muerto. La madera no
resonaba. Aun así, me puse a tamborilear y a murmullar nasales mágicas. Hacía
mucho frío. Había una capa de hielo a mi alrededor. La lámpara que iluminaba el
pasto y los alambrones emitía reflejos invernales. Me puse a golpear bien y bonito. Si
alguien me hubiese preguntado qué me sucedía, le habría contestado que buscaba
calentarme aunque en realidad estaba rezando. Nunca recibí la menor educación
religiosa y no creo en nada. Había olvidado también el nombre de los dioses que
invocan las cucarachas y los chamanes en caso de zozobra. Con todo, creía que lo que
serpenteaba fuera de mi boca era una oración.
Como no era un lamento, al fin y al cabo, debía tratarse de una oración.

Abuelo alerce, entonaba casi con la boca cerrada, abuelo, por este tocón que golpeo
entonando en la noche negra todavía, por este tronco mutilado que sigue existiendo
en la tierra como si las hachas y la muerte no tuviesen sobre ti ninguna acción

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nefasta, abuelo, por tu carne de madera que se niega a rendirse, por esta albura y estas
raíces que se niegan a rendirse y a echarse a perder, y también por el primer círculo
de vallas y por el segundo cerco alambrado, y por esos montones de hierba que
quema la placa de hielo esta mañana, por las nubes que el viento en las alturas
zarandea, por las primeras nieves que anuncian, ruégote, abuelo alerce, a ti y a tus
compañeros, los ciento veintisiete cuervos, ruégoles por aquellas extensiones cada
vez menos verdes que agonizan entre las barracas, por esta tierra que resuena bajo
nuestros pasos pues cada noche el gel la vuelve a petrificar, por esta tierra que nos
alimenta a ti y a mí y nos da pie, tú muerto más que muerto y yo demente más que
demente y ya muerto, por la corteza de tus congéneres que perfuman el aire al alba
cuando el pelotón rebasa la empalizada, por el hilo hirsuto de las barras contra las que
se hacen trizas manos impacientes, ruégote abuelo alerce, ruégote por las praderas
ignoradas y los agujeros que el bosque autoriza entre sus murallas, por los campos de
betabel y los campos de papas que la gente parásita, gracias a nuestros dirigentes,
desdeña, por los infinitos que, todopoderoso, administras de un punto cardinal a otro
abuelo alerce, que administras con tus once veces once savias, y con las fuerzas del
viento y la revolución mundial, por el olor a hongos que crecen bajo el piso elevado
de las barracas, por este olor a otoño puro que se desliza entre las colinas y los
bosques, por la línea de los primeros helechos más allá de las alambradas, por la
primera cortina delgada de abedules y el primer foso, abuelo, abuelo alerce, ruégote,
en nombre de la revolución mundial y del bosque profundo le ruego, abuelo, por las
órdenes voceadas al nacer el día, por el ritual de pasar revista, las comidas, el trabajo,
la reeducación, ruégote, por los guardias y los soldados que nos vigilan noche y día,
ruégote, por los murmullos del bosque al que le toma mucho tiempo desperezarse en
las brumas de la madrugada y que prolonga durante otro largo rato la fría rudeza del
alba, por los mil nueve ruidos de los hombres y los animales, por los ecos que
produce el desapego cuando anda por los caminos cubiertos de hojas negras y rojas y
de agujas de pino obscuras y rojas, abuelo alerce, abuelo, por la música de los golpes
y las sierras que hieren y atormentan a los troncos, por las voces de los detenidos que
se llaman unos a otros de valle a valle, por los lobos silenciosos que, agazapados
cerca de lo talado, esperan el crepúsculo para moverse, por la amargura de las cizañas
al orilla de los claros de bosque, le lo ruego, te lo ruego, por el círculo que no figura
en ninguna carta pero que, según la leyenda, cierra la zona penitenciaria, como si una
superficie esférica pudiese tener la menor extremidad, ruégote abuelo alerce, por las
siete barracas del campo de los hombres y las tres del de las mujeres, por los cantos
que los detenidos entonan ciertas noches en el club cultural por estos cantos
harmoniosos y muchas veces tristes, muchas veces gozosos, muchas veces bárbaros,
ruégote, abuelo, abuelo alerce, por el bloque sanitario en donde las medicinas
escasean tanto, por los baños que hacia el fin del verano escurren a alquitrán y al
desinfectante, por los dormitorios atiborrados de guiñapos y ropa de trabajo
blanqueados por el sudor, por la nota aguda de la hoja de Krili Unt que hiende una

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rama, por la nota menos aguda que mantiene el viento durante horas en la cima de las
colinas, por el martilleo de mis puños en tu cuerpo de abuelo, por la vibración de este
tambor mudo, te lo ruego, por las extensiones de maíz y los cereales gigantes e
indestructibles que sobreviven a los incendios de los saboteadores y a las ratas, por
las milagrosas encantatorias de los agrónomos de la revolución mundial, por el
invierno que empieza de nueva cuenta, te ruego abuelo, te lo ruego abuelo, por las
once veces once perfumes del invierno, por los grandes fríos y la nieve que van a
venir, por esta temporada que muerte, por este clima que se vuelve tenebroso, te lo
suplico, por las melodías que una tarde tras otra la pequeña bibliotecaria Eliana
Schust hace que se deslicen en el gramófono del club cultural, por la nostalgia que
nos apretujaba a todos entonces, detenidos y guardias, pues estas canciones cuentan
el pasado de la revolución mundial y el pasado de los pueblos nómadas o sedentarios
que construían fraternal y libremente los campos de la revolución mundial, te lo
suplico, abuelo, abuelo alerce, te lo suplico y te lo vuelvo a suplicar…

Como un guardia se dirigía a la barraca N.º 3, interrumpí mi letanía y fui de trás de él.
El guardia no me prestó atención alguna. Para él yo era un perro en la noche, nada
más. Lo acompañé hasta el umbral del dormitorio. Se metió, dio un golpe con su
macana en el banco en donde descansaba el jefe de la cuadrilla e iluminó el
dormitorio. El jefe se sobresaltó, un tipo llamado Yogan Sternhagen, condenado
como yo por asesinato de matones y sabotaje.
Sternhagen abrió sus ojos de fiera endurecida y abandonó el mundo del sueño sin
lamentarse pues, como todas las noches, había soñado que estaba rodeado de ybüres
masacrados, ignorando si formaba parte de los ybüres o de los masacradores. Tiró a
sus pies la pelliza agujereada que le servía de cobija y que formó con delicadeza
algunas piruetas antes de aterrizar frente al soldado.
—¡A sus órdenes jefe!, pregonó.
De pie en el suelo helado parecía un oso en calzoncillos, desnudo y pelado y
entrecano, acaso ridículo pero capaz de quebrar el espinazo de cualquiera con un
manotazo. El frío empezó de inmediato a morderle el vientre. El soldado había dejado
la puerta abierta de par en par. Sternhagen hizo una agria sonrisa, servil sólo en
apariencia, desvelando todas las caries de sus incisivos. Tenía la carne de gallina. Era
el decano de los detenidos del dormitorio.
El soldado jugaba con su macana. El malhumor bufaba en cada uno de sus gestos.
—No vale la pena que te hagas el chistoso, Sternhagen. Tu barraca está retrasada.
Dile a tus cucarachas que dejen de roncar, el responsable aquí eres tú, ¿no?
Sternhagen ladró algunas órdenes feroces a la asamblea. Después de medio
minuto de barullo, los dieciséis detenidos del N.º 3 estuvieron alineados en el
corredor, al lado de la masa deslucida de las camas de tablones que servían para
colgar a la altura de los ojos los harapos de trabajo, demasiado ligeros para la

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temporada. Los hombres se mantenían en posición dudosa de firmes. Estaban en
paños menores y esperaban la orden para vestirse. La corriente de aire había
expulsado en un segundo todo el calor de la noche. Un temblor general recorría las
filas.
El soldado se tomaba su tiempo. Veía que la humedad glacial exterior indisponía
a los detenidos inmóviles. En su mirada de inteligencia bastante promedio brotaba la
tentación del sadismo ordinario, casi inevitable en esta situación, en la que un hombre
en uniforme hace frente a unos menesterosos medio desnudos y helados. El silencio
se hacía largo.
—¿Se puede cubrir uno el trasero, jefe…? Porque lo que es tiritar, ¡vaya que tirita
uno esta mañana!, se quejó una voz osada, la de Jojot Malchugán, un tipo de costillas
salientes, no muy bien alimentado pero recio, condenado como todos nosotros por
incitación al asesinato político y al crimen organizado. Tenía aún los caninos blancos,
el marfil poco maltratado aún por la mala comida y los pleitos.
Me encontraba pegado al guardia en aquel momento, dice Dondog, y lo
incomodaba. De pronto se deshizo de mí con brutalidad. Di dos pasos hacia afuera,
pero con todo pude seguir los acontecimientos segundo a segundo.
—¡Mira nomás, Jojot Malchugán tiembla de frío!, comentó el guardia.
Este hizo primero un rictus y luego se ensimismó para darle vueltas al asunto.
Con las pupilas reducidas escuchaba de nuevo lo que Jojot Malchugán había dicho.
¿Se trataba de una simple marca de irrespeto? ¿De un acto de rebeldía? Sopesaba la
carga de la indolencia. Los melindres pasaban todavía, pero toda actitud de sedición
debía ser señalada al director, quien la sancionaría de inmediato y sin piedad. La
cuadrilla cerraba el pico. Todo el mundo esperaba. Pasó un minuto, quizá mucho
menos, o tal vez un poco más. Incluso el soldado había dejado de golpear su mano
izquierda con la macana, Un tic le hostigaba la mejilla. Meditar mientras imponía,
como si nada, un regañón colectivo, debía aportarle un cierto gozo. En el dormitorio
los dientes se entrechocaban. Temblaban los hombres. Quienes no se habían podido
acostumbrar de nuevo a las bajas temperaturas.
—¿Jojot tirita? ¡Seguro que su querencia le palpita!, dijo Sternhagen, quien tenía
demasiado frío. Para su propio beneficio, más que para el de la cuadrilla y de Jojot,
por fin se había decidido a intervenir. Entonces, y como lo había previsto Sternhagen
cuando se suele utilizar palabras en que la imagen sexual de la palpitación está
presente, se formó entre los machos una complicidad cenagosa, sicalíptica,
constituida de cabo a rabo con imágenes sucias y en recuerdo de solitarias
sensaciones.
El soldado tragó saliva. Una expresión de lúbrico disimulo apareció en su cara
lerda.
—Vamos, dijo, ¡muevan sus traseros! ¡Todo el mundo en el refectorio en diez
minutos!
Jojot Malchugán buscaba la mirada de Yogan Sternhagen, quería agradecerle con

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un guiño. Pero el jefe de cuadrilla ponía orden a algunos harapos que constituían sus
vestimentas para los primeros fríos. Las examinaba con detenimiento y se las ponía o
las colgaba en un clavo de su litera. No veía a Jojot, no le prestaba ningún interés.
Así, mediante aquel detenimiento teatral de arreglar primero las cosas íntimas de su
vida, manifestaba su intención de ser remunerado por el servicio que acababa de
hacer.
Y ser remunerado de una forma distinta —y no sólo con un guiño.
A Jojot Malchugán esto no se le escapaba pues, como todas las cucarachas,
conocía los usos y tarificaciones en vigor.
¿Yogan Sternhagen había salvado verdaderamente a Malchugán de un castigo
grave? ¿Su intervención había sido verdaderamente decisiva? Durante todo el día se
debatió la cuestión entre los detenidos, en el bloque sanitario o en otras partes.
Escuchaba yo a los estropeados, a los enfermos, iba y venía en el campo que los
prisioneros habían abandonado para ir hasta las obras de tala. La opinión general era
que la diversión de Sternhagen había impedido que Malchugán terminara sumido en
la desgracia. Le había evitado algo como ser transferido a una zona minera y que le
aumentaran la pena unos cinco años. Los inválidos citaban el Código de las
cucarachas para determinar el precio del servicio hecho. Según ellos, Sternhagen
podía exigir bastante de Malchugán, Sternhagen ahora tenía el derecho de pedirle a
Malchugán que le cediera su novia por algunas noches, o incluso para siempre.

Andaba de vago en la lavandería, pero Marfa la Negra se negaba a contestar mis


preguntas sobre los amores y la danza nupcial en una atmósfera concentracionaria. Ya
ni siquiera me incitaba a olvidar a Irena Soledad, ya no me ensalzaba tampoco los
méritos de Eliana Schust comparándolos con los de Irena Soledad. Me servía vasos
de té en medio de refunfuños antes de volver a las tiendas y a la lavandería para
preparar la gran distribución de los enseres de invierno. Apenas me hablaba. Me tenía
ojeriza por haberla desobedecido, por haber golpeado al alerce como un chamán
cuando no poseía el arte de los chamanes. Alguien le había chismoseado mis
actividades de la madrugada, o quizá hasta me había escuchado. Por razones que no
me confió, acaso porque tenía que ver con mis recuerdos reprimidos, no aguantaba
mis crisis de chamanismo.
A media mañana, Irena Soledad fue convocada por la autoridad. La vi entrar en el
cerco del sector de las mujeres flanqueada por un guardián con carabina. Me les uní y
los acompañé hasta la oficina del director. Me bamboleaba a corta distancia,
siguiendo su ritmo, sin molestarlos. Era su sombra. No prestaron ninguna importancia
a mis gesticulaciones.
Me metí al mismo tiempo que la prisionera.
Me deslicé detrás del director y me quedé tranquilo.
Irena Soledad estaba frente a nosotros, sumergida en sus sueños mientras

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manoseaba las franjas de su chal que se había resbalado, una gran pieza de lana
colocada en cruz sobre sus hombros. El soldado se aburría en un rincón con la
carabina apuntando descuidadamente hacia el techo.
—Irena Soledad, ¿me está escuchando?, preguntó el director.
La mujer tenía un aire atolondrado. Además de la hostilidad natural que
mostraban los prisioneros cuando los interrogaban, se distinguía sobre todo su actitud
indolente. La claridad de sus iris, de un café pálido rarísimo, iluminaba el espacio que
nos separaba, aunque, y hay que reconocerlo, ninguna inteligencia alcanzaba a brillar
en las fronteras de aquella mirada perezosa y distraída.
El director utilizaba el argot de los campos para que el contacto intelectual fuera
mejor. Ponía en guardia a la joven mujer sobre la ley de los detenidos, el Código de
las cucarachas, y sobre el uso que Jojot Malchugán y Yogan Sternhagen podrían
hacer de él. Le recordaba que el reglamento interno la protegía contra los abusos y
que su cuerpo no era una mercancía intercambiable entre los prisioneros machos. Está
usted aquí para reeducarse, no para degradarse, la moralizaba el director que hacía
bizcos al verla. La animaba a venir a quejarse de inmediato con él si alguien quería
imponerle relaciones afectivas o sexuales usando cualquier tipo de violencia.
Irena Soledad no respondía a la perorata del director. Hacía bolita su chal, se
mecía, se llevaba las manos al nacimiento de sus senos generosos, las paseaba hasta
su cuello, sus mejillas, delegaba un dedo en el rincón de sus labios pulposos,
paseándolos hasta el cuello, sin mejillas, delegando un dedo hasta el rincón de sus
labios pulposos para limpiarse una gota de saliva. No sonreía. Aunque suspiró. Sus
caderas bailotearon. Hacía como si el director no existiera. Tenía cara de campesina
en excelente estado de salud, sorda y muda.
Ofendido, el director guardó silencio y luego le dijo que podía irse. Entre sus
manos temblaba el archivo de Irena Soledad, condenada como nosotros por
prostitución reincidente y complicidad con un grupo terrorista.
La prisionera giró y se dirigió a la salida sin soltar palabra, precediendo al
soldado de escolta que tampoco abría la boca. Salí tras ellos. Los tres atravesamos en
silencio el pasto, el camino de tierra, luego rebasamos un arbusto de grosellas, cuatro
abedules, rodeamos el patio de arena en donde las escuadras habían trazado una red
de surcos paralelos mientras pasaban revista. Las nubes aplastaban al campo. Un
frente continuo rodaba a baja altura sobre los alerces, chocando a su paso contra las
grajillas y las cornejas le hacían la guerra al viento por grupitos. El aire olía a nieve.
En lugar de conducirla hasta el sector para mujeres, el soldado abandonó a Irena
Soledad frente al club cultural. Me puse a pisarle los talones al soldado pero este me
mandó a volar con vocablos y gestos vulgares ordenándome desaparecer o si no. Al
final también seguí el camino hacia el club.
En la biblioteca acababan de prender los radiadores. Que difundían un perfume
irrespirable, de acero colado aceitoso y polvo torrificado. Meneando el trasero, Irena
fue a sentarse en el radiador más cercano. Sus mejillas se habían puesto rojas. Tosió.

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—Sería hora que distribuyeran los abrigos, comentó.
La responsable del trabajo cultural, Eliana Schust, condenada como yo por la
muerte de asesinos y tráfico de identificaciones falsas, frunció su trompa metiche y se
asombró:
—¿Cómo que no te fuiste con el destacamento, Soledad? ¿Pasaste a la enfermería
por un justificante?
—Claro que no. Lo que pasa es que me convocó el director.
Eliana Schust silbó por entre los dientes.
—¿Debido a que andas frecuentando a los hombres?, dijo, expresándose como un
cofrade con un acento ybür que exageraba hasta la caricatura. Era una linda chica,
una morenita que habían asignado a la biblioteca porque era delgada, frágil, incapaz
de aguantar la dureza del trabajo en el bosque. Apenas salía a trabajar sus huesos se
rompían. Acumulaba las fracturas, y como residía con frecuencia en el bloque
sanitario a causa de sus miembros enyesados, en más de una ocasión tuve la
oportunidad de hacer plática con ella.
Incluso dormí una vez debajo de su cama, dijo Dondog.
A veces me dirigía la palabra, dijo Dondog. Fingía no notar su presencia y
evocaba en voz alta su infancia. En respuesta, yo no lograba contarle la mía. Sobre
los años anteriores a los campos nada salía de mis labios. Nunca. Había olvidado, o
no podía decir nada. A pesar de todo, para calmar su curiosidad inventé cortas
autobiografías que copiaba en las hojas de un diario dobladas ocho o dieciséis veces.
Escribía en líneas impresas. Luego deslizaba aquello subrepticiamente en los estantes
de la biblioteca, entre los volúmenes oficiales. Ignoro si Eliana Schust había notado
mi ardid. Ignoro si leía mi prosa. Nunca abordaba la cuestión frente a mí. Poco se
interesaba en la escritura concentracionaria. Prefería la vida real, supongo. Y no
perdía la ocasión para chismosear sobre las historias de amor y las tragedias más
insignificantes que nos sucedían.
—No, así nomás, por nada en específico, dijo Irena Soledad.
Con aire de desprecio, Irena Soledad inspeccionó el local cultural: la mesa del
centro, los muros de troncos con los estúpidos carteles que llamaban a preservar el
bosque y la fauna, y en los estantes las revistas científicas y clásicas de la literatura
cuyas páginas servían en primerísimo lugar para liar cigarros de liquen o de hierbas
secas. Iba a hurgar de ese lado para ver si alguien había pedido prestado el texto que
había yo deslizado la semana anterior entre los encuadernados cochambrosos, un
delgado trapo post-exótico llamado Schlumm. Pero el libro se había deslizado fuera
del alcance de los lectores, detrás de Las mil y una noches. Quiero decir, nadie había
tocado aquel Schlumm. Tal vez el título había tenido un efecto disuasivo. O el papel,
aún menos atractivo que el título.
—Se jinetea bastante el reglamento, prosiguió Irena Soledad.
Eliana Schust frunció de nuevo la punta de su nariz.
—¿Estás segura de que no tiene ganas de jinetearte a ti más bien?, le contestó.

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Soledad soltó una carcajada.
Dondog colocó el ejemplar de Schlumm en el anaquel a la vista de todos.
Creo que daba la impresión de estar reordenando los libros por orden alfabético,
dijo Dondog. Pero de cerca, mis manos eran presa de espasmos. Mis dedos
temblaban. La cercanía de Eliana Schust me había alterado todo, dijo Dondog. Se me
cayeron las páginas de Schlumm, desgarrándose y arrugándose. Me puse a dar
aspavientos con los brazos, dijo Dondog. Debía estar al borde de una crisis, una crisis
impetuosa. De pronto tenía calor y veía todo negro. Eliana, murmuré. Intentaba
avanzar con cuidado hacia Eliana Schust. Mis piernas no me obedecían. Era
imposible trasponer aquella distancia. Eliana Schust también se reía como Soledad
pero sin su vulgaridad. Soledad dirigía hacia mí su fisonomía luminosa de animal
pequeño, aunque luego me di cuenta de que su mirada no se detenía en mí. No me
veía. No existía tampoco. En todo caso, no contaba a sus ojos.
Los radiadores crujían a nuestro alrededor. Abuelo alerce, te lo suplico,
balbuceaba yo. Recordaba algunos retazos de la infancia de Eliana Schust, recordaba
haberme deslizado un día debajo de su cama en el bloque sanitario donde me quedé
dormido, recordaba los juicios elogiosos que Marfa la Negra había formulado sobre
Eliana Schust. La obscuridad a nuestro alrededor olía a los sotobosques, zorras y
topos. Frente a mí, a un paso, inaccesible, Eliana Schust se reía. Tenía la impresión de
que aquella joven y yo habíamos sido muy cercanos, en los campos de seguro,
aunque luego nos habíamos perdido de vista sin olvidarnos del todo y que ahora, por
fin, el destino se aprestaba a reunirnos de nuevo. No obstante, por más que me
agitaba, el espacio que nos seguía separando no se reducía. Tuve la idea de mugir un
llamado para que me escuchara. No habría podido atreverme a confesarle que la
encontraba maravillosa, pero mugirle algo, eso sí que podía hacerlo, dice Dondog.
Las mujeres cesaron sus risas apenas hube acabado de gritar. Parecían asqueadas
por mis manifestaciones sonoras, o por mi aspecto físico. Ambas fueron por una
escoba para empujarme hacia la salida. Me barrieron dando gritos. El cepillo de la
escoba me golpeaba el lomo, la cabeza. La puerta del club cultural se cerró de golpe a
mis espaldas.

Dondog rodó sobre los escalones y se quedó tirado en el piso unos minutos. Se
apoyaba en un codo, miraba el patio, las barracas, las alambradas, la sepa ración entre
el sector de los hombres y el de las mujeres. Luego aparecieron las escuadras del
cerco. Los detenidos salieron por las puertas, depositaron el material entre las vallas.
Manteniendo siempre el orden, atravesaron el patio arenoso y se animaron cuando
resonó el llamado para pasar revista.
Dondog se puso de nuevo en cuatro patas, luego en dos. El espacio circundante
estaba cubierto por los ruidos de las actividades vespertinas. En la biblioteca entraban
y salían aquellos que necesitaban clásicos de la literatura para sus cigarros. Los

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hombres de la barraca N.º 2 hacían la cola frente al edificio de las regaderas. En el
gramófono del club ya daba vueltas el rollo preferido de los coreanos, un pansori
interpretado por una cantante de entreguerras. Se veía a Marfa la Negra y a un
soldado reclutar voluntarios cerca de la barraca N.º 6 para transportar pilas de ropa
limpia, unos paquetes enormes. Los centinelas acababan de ser relevados en las torres
de vigilancia. La mayoría de los detenidos estaban despatarrados en sus camastros de
paja. Pensaban en el comedor, en su cansancio y en la tarde que se iba acercando.
El cielo estaba cada vez más gris. Un dirigible azul sombrío lo atravesaba de este
a oeste, luchando contra el viento que soplaba en lo alto, gigantesco, cargado con
troncos bastante obscuros.
Así como cuando suele suceder en medio del barullo, hubo algunos segundos de
silencio. Un lobo aulló en un valle de los alrededores, a menos de un kilómetro.
Entonces, como si fuera esa la señal que esperaban para continuar, los rumores
retomaron su marcha.

Yogan Sternhagen salió de la barraca N.º 3 y se dirigió hacia la parte trasera del club
cultural. Fue hasta el bosquecillo de pinos. Ahí había un lugar sosegado, entre las
alambradas y los árboles. Apoyó la espalda contra un pino, sacó un cigarro de la
bolsa y la amasó para que recuperara una forma más o menos cilindrica.
Le di la vuelta a la biblioteca y fui hasta él, dijo Dondog. Bajo mis pasos el suelo
chirriaba, las manzanas gemían. Como Yogan Sternhagen no me daba la orden de
irme a que me colgaran en otro lado, dejé de brincotear, dice Dondog. Yo también
apoyé la espalda en un tronco vecino y me quedé inmóvil. Respiraba los olores acres
del sotobosque, los perfumes varios. Un zorro había orinado aquí, sobre la alfombra
de agujas muertas, la víspera o el día anterior.
Luego Yogan Sternhagen había encendido su cigarro de hierbas secas. Lo fumaba
observando las nubes por entre las ramas pues el dirigible se había perdido de vista.
Juntos teníamos el oído parado, dice Dondog, para escuchar los ruidos del campo que
precedían al crepúsculo, y escuchábamos el pansori que los coreanos habían vuelto a
poner en el gramófono.
Pasado más o menos un minuto, Jojot Malchugán rebasó la parte trasera del
edificio cultural y se dirigió hacia Yogan Sternhagen. Cuando estuvo cerca de
nosotros, dice Dondog, bajó los ojos y espero sin decir nada, como lo exige el Código
de las cucarachas cuando llega el momento de saber a cuánto se eleva el precio del
servicio rendido.
Sternhagen levantó los hombros, luego propuso un cigarro a Malchugán. El otro
aceptó con un gesto. Se pusieron a fumar frente a frente. La sombra era azulada bajo
los pinos. Veía yo muy bien el rostro joven y duro de Malchugán, y de perfil la
cabeza del viejo oso pendenciero que era Sternhagen. Tenía la impresión de que no se
entablaba ninguna conversación, aunque luego constaté que se habían puesto a

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discutir en voz baja. Cuchicheaban en el argot de los campos. Sus labios casi no se
movían.
—¿Tu novia es la bibliotecaria, no?, repitió Sternhagen.
Apenas captaba la mitad de sus palabras, y cuando me concentraba cap taba aún
menos.
—Sí, decía Malchugán. Eso cambió. Ahora es la bibliotecaria.
—Bueno, Sternhagen. Me la pasas para el invierno.
—Sí, dijo Malchugán.
—Es el precio, añadió Sternhagen.
Ambos fumaban mirando las nubes entre las ramas, evitaban que sus ojos se
cruzaran, y sin embargo, tenían aire de estar a gusto entre sí.
—De acuerdo, dijo Malchugán. Pero la quiero de vuelta para la primavera.
—Si estimas que aún vale la pena, dijo Sternhagen.
La sombra se había vuelto más azul.
Me puse a golpear la corteza del pino. Eliana. Sollozo. Schust. Sollozo. Asestaba
los golpes en las arrugas y los surcos endurecidos de la corteza. Estaba nervioso. No
pescaba muy bien lo que decían, quizá no me llegaba ni a la décima parte. Simple y
llanamente entendía que Yogan Sternhagen iba a violar a Eliana Schust antes que yo,
lo cual me producía un profundo desagrado, y a fuerza de golpear al árbol, el
desagrado se transformó en desesperanza.

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XIII. El Monólogo de Dondog

Cuando se universalizó el sistema de campos, aspirar a escaparnos dejó de ser una


obsesión. El exterior se había vuelto un espacio improbable, incluso las cucarachas
más inestables habían dejado de soñar en él: las tentativas de evasión se efectuaban
contra la propia voluntad, en minutos de desvarío, sin llevar jamás a ninguna parte.
Luego los años se desgranaron, acaso indiferentes los unos a los otros, pero ya no
recuerdo con precisión en qué. Las alambradas se oxidaban, las barreras ahora
permanecían abiertas, las torres de vigilancia se venían abajo. Las transferencias
tenían lugar sin escolta. Para los amantes de la novedad sólo la muerte podía
proponer perspectivas verdaderas. Empezamos a sentirnos mejor en nuestro pellejo, y
también en otras partes.
Era como si cada uno de nosotros hubiese encontrado al fin una justificación a la
existencia. Todo andaba de maravilla, sólo había que colgar los tenis para que las
cosas cambiaran. En mi caso, la verdad, la sensación de haber per dido la memoria
echaba a perder un poco aquella esperanza. Tendía a pensar que, al final del camino,
la amnesia sería un obstáculo para mí pues no sabría qué hacer cuando al fin estuviera
muerto. Me empecinaba en concebir planes de venganza para conservar las ganas de
seguir sobreviviendo aunque tenía miedo de ignorar, cuando llegara el momento,
cómo vengarme —y de quién. A diferencia de mis compañeros detenidos, no estaba
del todo seguro de que la muerte transformara mi destino de forma satisfactoria.
Avanzaba en esta dirección sin conocer con certeza el nombre, el rostro y la historia
de aquellos que habían sido victimados —cuyos asesinos me había prometido abatir
pese a todo. Sobre estos últimos, los criminales que había que abatir, no recordaba ni
una pizca.
Era angustioso, dijo Dondog.
Por suerte, había algunos monjes tántricos que rodeaban las barracas, condenados
como yo por propaganda mentirosa, y pude tener acceso a su buena palabra en la
medida que respetaban a los animales tanto como a los humanos. Había leído los
folletos sagrados que repartían. Me había aprendido de memoria cómo servirme de
ellos. Después de tu deceso, explicaba la doctrina, te quedará un momento de Bardo
antes de la extinción: un tiempo de paso que precederá a tu muerte terminal
propiamente dicha. Tu lucidez será más grande, aseguraban los folletos, tu memoria
será de nuevo como un libro no borrado. Me había puesto a especular a partir de ese
punto, dijo Dondog. Contaba con ese plazo para perseguir a los criminales y
ejecutarlos, dijo Dondog. Gúlmuz Kórsakov y Tonny Bronx, por ejemplo. Para tomar
sólo a ellos de la lista. Los lamas aseguraban que los volvería a encontrar en el Bardo
si me esforzaba en ello y en verdad tenía ganas de que sucediera.
Esto me daba algo de ánimos, dijo Dondog.
Esto me daba algo de confianza para lo que seguía, dijo. Para las ejecuciones que

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tendrían lugar.
Suspiró. Sobre Eliana Hotchkiss, continuó, su nombre me trotaba en la cabeza,
pero no sabía qué pensar, en qué rúbrica inscribirlo.
—Mh, cuántas veces no he dicho ya todo eso, gruñó Dondog.

A un costado, Marconi escuchaba —o fingía escuchar—, experimentando breves


episodios en los que se cubría con plumas. Ya mencioné dicho fenómeno, precisa
Dondog. Estaba ese plumaje que brotaba y se desvanecía con un ruido de alfileres, un
murmullo de alfileres sacudidos en una lata. Marconi se disculpaba de inmediato.
Cada vez se le veía menos: al final del crepúsculo una tormenta había estallado,
absorbiendo los últimos reflejos. Había que aprovechar los latigazos de los
relámpagos para comprobar que Marconi seguía ahí.
Alocados por el aguacero, se replegaron todo tipo de bichos en el 4A. Las
lagartijas habían aprovechado la ocasión para cazar por lo que ahora, reposadas
cocodrilamente en la parte superior de las paredes, hacían la digestión. Las
cucarachas, por su parte, se movían por todas partes. La llegada de la noche las había
excitado. Hacían ruido. Su número había aumentado. Ni Dondog ni Marconi se
habían movido en horas por lo que los bichos aprovechaban para pasearse sobre sus
piernas, importándoles poco que Marconi se cubriera con aquel plumaje y pidiera
disculpas en la obscuridad.
En varias ocasiones Marconi había intentado escaparse de nuevo, aunque siempre
conseguí alcanzarlo. Iba tras él sin particular animadversión. Lo per seguía en la
escalera hasta la boca del vertedero de basura, lo golpeaba en las arterias tal y como
me lo habían enseñado los coreanos durante mi encierro, en los lugares que atontaban
y lo apañaba bajo las axilas para llevarlo de vuelta al departamento obligándolo a
sentarse. Ni una gota de sangre había habido hasta entonces.
Que Marconi fuese o no Kórsakov, no tenía ganas de degollar a Marconi, dijo
Dondog. Degollar a Marconi tenía un aire escabroso luego de pasar la noche juntos,
de haber compartido el silencio y el lenguaje. Ya debo haber mencionado esto en
alguna parte, dijo Dondog. Incluso degollar a Marconi me parecía menos necesario
que antes, después de todo lo que había contado sobre él.
Sin saberlo, al evocar frente a Marconi las figuras de Gabriela Bruna y Gúlmuz
Kórsakov, Dondog había corrido el riesgo de tener que poner en pau sa su venganza,
dijo Dondog.
Pero por razones más naturales aún, su voluntad de actuar se debilitaba, razones
ligadas a su estado de cansancio extremo, nota Dondog. Como se suele observar en
los difuntos, ya no experimentaba la necesidad de seguir adelante, incluso si
postergaba el final para después. Cuchicheaba por pura inercia, sin saber qué ni por
qué, al grado de que carecía incluso de energía para callarse.
—Cuando el sistema de campos se hubo extendido a todos los continentes…, dijo

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Dondog. Luego, para mostrarse a sí mismo que aún no estaba del todo muerto, se
obligó a no terminar su frase.
Ambos permanecieron mudos durante densos minutos, sin decir nada más para
ornar su existencia salvo el sudor y la respiración oprimida. De vez en cuando los
maquillaban relámpagos sin trueno con una lividez furtiva.
—Cuando uno lo oye hablar sobre los campos, dijo Marconi para romper el vacío,
se tiene la impresión de que en un momento estaba usted asquerosamente chiflado.
—Sí, dijo Dondog. Pero luego conocí tiempos mejores.
—Debió haber estado muy afectado, insistió Marconi. Incluso para una
cucaracha. Es más que claro que se hundió por debajo de las normas humanas. ¿O me
equivoco?
—Ah, las normas humanas, a mí…, suspiró Dondog.
Hubo un último rayo. La lluvia paró. La obscuridad tórrida los envolvía. Lejos,
detrás de los muros, el tambor chamán no había cesado. Y en Cockroach Street los
fragmentos de voces nocturnas renacían. Alguien aulló de risa antes de cerrar una
puerta.
Dondog se callaba.
—Vamos, Balbaián, imagine que todavía tiene algo que decir, sugirió Marconi.

—Mi encierro había tenido efectos benéficos para mi salud, jadeó Dondog. No había
recuperado la memoria —pero iba mejor. El presente me parecía menos extraño.
Luego de los años difíciles me habían mandado de nuevo a trabajar en donde tenía
más capacidades, recuperando el plomo de las baterías de los camiones, o cavando
túneles. Había recuperado un ritmo de existencia más o menos normal. Por fin tenía
ganas de escribir en mis ratos de ocio. Ocupaba mi tiempo con libros y teatro,
frecuentaba clubes de deporte en donde chinos, japoneses y coreanos me enseñaban a
matar cualquier tipo de adversario con o sin arma blanca. Varias décadas
transcurrieron así, sin aventuras.
El clima cambiaba. Ya no era necesario viajar demasiado al sur para vivir bañado
de sudor todo el tiempo. Las condiciones políticas también se transformaban. La
fracción Werschwell, la que había organizado las masacres, había sido aniquilada
desde hacía casi una generación. En ningún sitio se hacía ya la menor alusión a la
fracción Werschwell, a la segunda exterminación de los ybüres. Lo cual, en cierto
sentido, era tranquilizante. Tampoco se hablaba más de los ybüres. Habían sido
asesinados casi en su totalidad, excepto un puñado que había ido a parar en el
santuario alambrado de los campos, y ya no se hablaba más al respecto.
Ya no me acordaba de nada, dice Dondog. Todo lo que estaba situado antes del
presente desaparecía poco a poco. Incluso no se me quedaba grabado largo tiempo el
contenido de mis libros. Tenía que escribir sin descanso más libros para recordar las
historias que ya había contado. Mis personajes solían llamarse siempre de la misma

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manera, a veces Schlumm, en otras Schrull, luego Schlupf o Schlumms, también
Schlump, e incluso Stumpf o Schwuch. Hasta Schmunck. Esto no me afectada puesto
que cada composición era, para mí, como si nunca hubiese tomado antes la pluma, sin
que se generase ninguna consecuencia en mi relación con el lectorado. Los lectores o
las lectoras nunca me exigían darles cuentas de nada. Raras veces mis libros se
difundían en más de tres ejemplares: cantidad suficiente para responder a la demanda,
e incluso para saturar el mercado, dice Dondog. Los lectores no me reclamaban nunca
que les explicara nada sobre ningún tema, y para escabullírmeles no tenía que
disimularme detrás de un pseudónimo resistente a toda criptografía. Firmaba
Schlumm y nadie me reprochaba nada al respecto, ni siquiera la policía. Nadie venía
a jorobarme de viva voz sobre la cuestión de los ortónimos y los heterónimos.
En cambio, cuando montaba una pieza en uno de los teatros amateurs del campo
me encontraba expuesto crudamente ante el público y los actores, lo que me orillaba a
hacer trampa con mi identidad. Tenía la impresión de que el teatro era más peligroso
para mí que la prosa normal, dijo Dondog. Tenía que protegerme, tomar precauciones
especiales.
A veces algunos desconocidos se acercaban a mí para discutir sobre las obras de
teatro que habían visto, dijo Dondog. Por ejemplo, me cuestionaban sobre El
Monólogo de Dondog o sobre farsas e improvisaciones aún menos famosas. Siempre
negaba haber escrito tales piezas protegiéndome detrás del nombre de pluma que
había escogido para firmar, es decir, para disimularme y poder decir no. En general la
mentira era descubierta al cabo del primer minuto. En general me regañaban, me
acusaban no sólo de haberme puesto una máscara, sino también de no saberla utilizar.
En general mis interlocutores hacían como si yo no negara ser quien decían, como si
las explicaciones que les daba en persona carecieran de toda importancia. Pero
incluso en esos casos seguía negando cualquier relación personal entre el dramaturgo
que había concebido El Monólogo de Dondog y yo. Me obstinaba lúgubremente. Mi
pseudónimo para el teatro era Puffky. A este apellido, que había querido darle un aire
irrisorio para que no me reconocieran, se engarzaba un nombre que he olvidado.
Acaso John. Digamos John. John Puffky. Ahí era donde me refugiaba, dijo Dondog.

—Hábleme del Monólogo de Dondog, dijo Marconi.


—Oh, dijo Dondog, es un tema que le interesa a poca gente.
—Pues ya que estamos aquí, insistió Marconi.
En Cockroach Street unas mujeres gritaron, relinchos de risa o de horror brotaron
en ramilletes; luego, el golpe de una puerta dio fin a todo ello. Dondog se acordó de
que pronto estaría allá, mezclado con todos los demás, para concluir su vida.
—Sí, dijo, es ahora o nunca. Y más vale contarlo aquí. El monólogo de Dondog
fue montado en septiembre por el Big Grill Theatre, en los suburbios oeste del
Campo 49-111, y estuvo en cartelera durante cuatro semanas.

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—En septiembre de qué año, preguntó Marconi.
—Ya no sé, dijo Dondog. En todo caso, fue antes o después del año en que las
tempestades redujeron América del Norte a la edad de piedra.
—Sus cronologías son de una precisión, comentó Marconi.
—No me interrumpa a cada rato, se rebeló Dondog. No soy historiador de teatro.
Hago lo que puedo con lo poquísimo que destila mi memoria.
A lo lejos restallaron de nuevo algunas risas antes de atenuarse. La gente debía
entrar en una de las tabernas de Cockroach Street. Marconi no pudo más, su cuerpo
hizo un ruido de abanico que se abre y se cierra. Sin dirigirse a nadie en particular,
pidió perdón. No se veía nada de él o de sus plumas, ni de su mirada ciega. Jadeaba.
Incluso si su nombre servía de máscara absurda a Gúlmuz Kórsakov, daban más
ganas de compadecerlo que de destriparlo.
—¿En dónde me quedé?, dijo Dondog. Ah, sí… Decía que El monólogo de
Dondog había estado en cartelera por un mes.
El espectáculo no fue dado todas las noches pues la compañía estaba com puesta
por amateurs que solían ser enrolados a la fuerza en otras partes o que dimitían sin
avisar. En varias ocasiones, la ausencia de actores orilló a anular la representación.
Entonces se reembolsaba a los espectadores con lo que quedaba en la taquilla, a saber
algunas latas de cerveza o de refresco, o algunos ejemplares de novelas post-exóticas.
Hubo, en todo y por todo, ocho representaciones.

Las publicaciones especializadas no dieron cuenta del suceso. Continentales o


locales, no dijeron ni jota. Incluso el Boletín cultural del Campo 49-111 olvidó
mencionarlo. Hay que confiar en el testimonio del autor, el único, para tener una idea
de las reacciones de la crítica y los espectadores. El autor, John Puffky, pretende que
El Monólogo de Dondog fue bastante bien recibido por el público. Lo escuchamos
decirlo. Se lució, con atolondrado ímpetu, frente al magnetófono portátil de una
estudiante que realizaba una encuesta sobre Palabra y pantomima en los
sobrevivientes ybüres. El ímpetu era atolondrado porque la joven era sincera. La
estudiante se llamaba Nora Majnó y había sido condenada, como yo, por prostitución
y asesinato de industriales.
Nora Majnó tenía una prima que participaba en la pieza y que actuaba el papel de
Eliana Hotchkiss. En el cassette grabado se escuchaba a Puffky exponerle de qué
forma su Monólogo se apartaba de las convenciones teatrales admitidas hasta
entonces como indispensables para que un espectáculo tuviera éxito. También
defendía la idea de que, a pesar de todo, todos los ingredientes mágicos del teatro
estaban ahí. «Toda la magia del teatro está ahí», declaraba con grandilocuencia.
Durante la entrevista Puffky es incapaz de dominar su emoción o su discurso,
intimidado por el magnetófono que representa para él un contacto, indirecto incluso,
con el universo de los medios. Lo afecta el carácter irreversible de la opinión que

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entrega a la cinta magnética. También lo impresiona la estudiante. Por eso tiemblan
sus frases, dejándolas inconclusas. Salta de un tema al otro, se extravía en confusas
consideraciones. Esta es la única entrevista que ha dado jamás, y de seguro es la peor
de todas.
Aun así, de aquella masa sin orden sobresalen algunos puntos fuertes.
Cuando quiere describir El Monólogo de Dondog, Puffky se refiere a otra obra,
puesta en escena en la temporada anterior en el mismo Big Grill Theatre. Dicha
obrilla, intitulada Diálogo para el enemigo, inauguraba según Puffky, una tradición
teatral nueva que El Monólogo de Dondog se limitó a seguir. La estudiante no había
escuchado jamás hablar de esta primera obra. Puffky se lo reprochó con algunos
sarcasmos que bien pudo ahorrarse. Le pregunta desde hace cuánto vive encerrada y
por qué, si no conoce nada sobre la actualidad del post-exotismo, lo atormenta con
aquel sofisticado material magnético. Le pregunta si tiene arreglos con la policía del
campo. Le pregunta si sigue viviendo con sus padres. La chica, Nora Majnó, no
contesta.
Puffky se explaya hablando del desdén del que fue objeto desde Diálogo para el
enemigo. Se queja del aplastante silencio que siempre ha acogido a sus obras. Su
amargura es agresiva —y comunicativa cuando se enfada contra los valores
consagrados del Campo 49-111. En un momento dado alaba los méritos del sistema
dramático innovador que creó, dejando en claro que está ligado a él visceralmente. Su
violencia verbal empeora. Su arenga fue dominada entonces por aquel alegato, por
aquella salvajada en el desdichado elogio de sí mismo.
Incluso en esta grabación de mala calidad el dolor de Puffky es evidente. Los
sollozos amenazan cada frase. Nora Majnó se siente incómoda y hace pocas
preguntas. Puffky intenta parecer relajado y espiritual, declara varias veces que es un
viejo colmilludo de las entrevistas aunque sus esfuerzos son vanos. Porque el tema
que trata le es de gran relevancia. Avanza sin descanso por caminos íntimos, y ante el
temor de tropezar y echarse a llorar los hace a un lado con violencia. Por ejemplo,
empieza a hablar de la exterminación de los ybüres, prosigue disertando sobre el
destino del artista en un entorno asfixiante y hostil, luego deriva hacia el color de los
cabellos de Nora Majnó o se queja de golpe de la mala iluminación del Campo 49-
111 durante la noche. Incluso empieza a hablar de la muerte del hermano de Dondog
y pronto se hace bolas. Ya no se sabe si habla del hermano de Puffky o del de
Dondog, o incluso del hermano de Schlumm. Esa es la última parte de la grabación.
Intenta retomar su evocación desde un ángulo menos personal, pero no lo consigue.
Con una ausencia total de coherencia se queda callado.
El silencio se alarga. Uno puede imaginarse que se termina con un gesto sin
réplica pues la estudiante no retoma el diálogo y aprieta el botón OFF.

Ted Schmerk golpearme ha. Cabuco el Enano matarme ha. O casi. Cabuco el Enano

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casi matarme ha. Los hermanos Bronx también golpearme han. Schliffko, el pequeño,
y Tony Bronx, su hermano mayor. Ellos también golpearme han. La institutriz
Blodshiak salirse ha para golpear a otros en la calle. Creo Eliana Hotchkiss también
golpearme ha. Poco golpearme. O casi. Eliana Hotchkiss matarme poco ha.
Así inicia El Monólogo de Dondog.
Dondog está sentado en un banco minúsculo como lo estaban antaño los
vendedores de fideos fríos en los mercados de Pekín, en los tiempos en que Pekín aún
existía. En lugar de un tazón ahora tenía frente a sí un libro. Sin inclinarse del todo
hacia el libro seguía hablando con tono monocorde.
Eliana Hotchkiss poco golpearme ha, continúa Dondog, pero decir ha que
golpearme habrá. Decir ha que mi cuerpo acabar habrá en una escuela vacía, en un
salón, el salón de la maestra Blodshiak, y decir ser mala persona conmigo por la caja
de los gises, los mapas geográficos en cartón duro. Gritar he, lloriquear de miedo he.
Ted Schmerk jalarme del cuello ha por detrás con una bufanda, Cabuco el Enano
golpearme ha en la frente, abrir me ha la frente de un sillazo. Callarme he por la
bufanda apretada, por los golpes de Cabuco el Enano, por la sangre, por los gises.
Eliana Hotchkiss restregarme ha la cara con el borrador de tela, torcerme ha la nariz
llena de mocos y sangre. Eliana Hotchkiss decir ha: «Dondog, hueles a hongo ybür
rancio, como tu hermanito, como él, vas a morir». Seguir bramando he. Decir he:
«¡N’toques a Yoisha! ¡A miermanito no!». Tonny Bronx golpearme ha en el pecho,
Schliffko Bronx torcerme ha los dedos. Eliana Hotchkiss mirar ha por la ventana.
Eliana Hotchkiss decir ha: «¡Afuera se ve a los ybüres tendidos sobre su sangre,
afuera revienta los ybüres, afuera, en la calle, todo el mundo está reventando
ybüres!». Schliffko Bronx decir ha: «Me haré pipi en ti cuando ya no seas sino carne
tendida en el piso». Ted Schmerk apretar ha un poco más la bufanda. Querer he rugir
auxilio. Escuchar he mi hilillo ridículo de voz. Entonces Tonny Bronx decir:
«Dondog, es hora de reventar».
Sin pausas, desde que cae hasta que se levanta el telón, tiene lugar este resumen
del linchamiento. A veces vemos que Dondog le da vuelta a la página, pero no es algo
común. El libro está ahí más bien como un instrumento ritual, como un artificio
chamánico para transportarse hasta el mundo del pasado y los malos sueños. El texto
dicho por Dondog no está escrito, es farfullado en la estropeada y pobre lengua del
recuerdo.
Así, comenta Puffky, una voz va a dibujar un fondo sonoro sin interrupciones.
Una voz murmurada y monótona construye el espacio dramático de referencia. Esta
voz va a contrariar el silencio de forma permanente. Con totalitarismo se inmiscuye
en cualquier silencio.
En este primer armazón textual, comparable a un bajo continuo, viene a
implantarse un motivo aún más abiertamente rítmico y musical: un solo de flauta,
melancólico y persistente.
La flauta está ligada a la evocación de Yoisha, el hermano de Dondog, dijo

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Dondog. Yoisha fue martirizado durante la segunda exterminación de los ybúres, dijo
Dondog. Antes de la masacre había mostrado tener aptitudes excepcionales para la
música. Prometía ser un instrumentista virtuoso, dijo Dondog. Insertando en ese
momento un solo de flauta, Puffky le da la palabra a Yoisha, dijo Dondog Él tampoco
acepta la muerte de Yoisha, dijo Dondog. Entonces le da la palabra con la música.
Está tan apesadumbrado por la muerte de Yoisha y su desaparición más allá del
espacio negro que no consigue resucitar la presencia de Yoisha con la palabra, explica
Puffky a la estudiante.
Entonces le confía a la música que se ocupe de ello, repite Dondog.
El Monólogo de Dondog se enriquece muy pronto con voces que se enciman sin
tomarse en cuenta las unas a las otras, prosigue Puffky después de un sollozo. Se
enciman y son independientes, pero se armonizan para formar una sola masa trágica,
dice Puffky.
Como dentro de una única memoria, pretende.
En primer lugar está el relato de Eliana Hotchkiss.
Aunque Eliana Hotchkiss se vio envuelta en las masacres étnicas y participó en
ellas del lado de los masacradores, presenta ante todo elementos de su amor
apasionado por Yoisha y elementos de su amor apasionado por Dondog a manera de
sucedáneo tardío. Eliana descri be la luz que Yoisha mantenía en ella, una luz de
sensual belleza que no se volvió a prender al contacto de nadie, y ni por asomo
cuando buscó una ambigua consolación en los brazos de Dondog. Ella hizo sobresalir
el genio musical de Yoisha, mi hermanito, dijo Dondog. Amó a Yoisha, lo amó con
una ternura sin fronteras, con fogosa sinceridad, y después de hacer que lo asesinaran
perdió el gusto de vivir. Sumiéndose en la locura. Luego intentó buscar en Dondog lo
que subsistía de Yoisha, aunque después de haber errado en los campos provista de
un salvoconducto y de la última dirección conocida de Dondog, no sólo no encontró a
Yoisha ni a Dondog, sino que tampoco recobró el entendimiento.
El relato de Eliana Hotchkiss se retuerce en espiral durante toda la obra, barbulla
Puffky en la grabadora. Se ramifica en distintos niveles de locura y dolor.
En este monólogo femenino se entremezclan escenas en donde lo que cuenta
Eliana Hotchkiss aparece en el escenario, explica Puffky. Distintos espacios están
reservados a este efecto en la sala, en principio sobre la escena, pero también en
medio del público cuando falta espacio. Personajes encarnan episodios de la vida de
Eliana Hotchkiss durante y después de la exterminación y los campos. También
aprovechan para mimar el linchamiento de Dondog como lo evoca el bajo continuo.
Estas escenas retoman técnicas teatrales tradicionales. Son bastante cortas. Cuando
han concluido, se les puede actuar de nuevo si se tiene el tiempo y las fuerzas
suficientes.
Por otra parte, completa Puffky, otra fracción de actores se ocupa de bosquejar el
contexto histórico en el que los dramas individuales tuvieron lugar. Los actores
reconstituyen un proceso como los que se instruyeron contra los masacradores

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cuando, demasiado tarde, la revolución mundial se había decidido poner a la fracción
Werschwell fuera de combate. Es un proceso local que sucede en un tribunal de
barrio. Frente a los jueces y las banderas rojas pasan sucesivamente verdugos
ordinarios, culpables de poca monta como Chabuco el Enano o Tonny Bronx. Cada
uno inicia el relato insufrible de los años de masacre étnica. Bastante rápido se
amontonan los interrogatorios, los alegatos y las escenas de ejecución.

—Me pregunto, dijo Marconi.


—¿Qué?, replicó Dondog con un sobresalto.
—Me pregunto si el espectador podía distinguir las múltiples capas de voces
superpuestas, dijo Marconi.
—Para que la escena no se llene con un clamor disperso e inaudible, explicaba
Pufíky, dijo Dondog, cada voz profería su texto en un nivel sonoro que lo situaba
justo un poco por encima del bisbiseo, entre bisbiseo y murmuración, si es que
entiende lo que quiero decir. Puffky exigía aquello de los actores. Por supuesto, le
pedía a cada uno de los actores actuar de forma específica su parte en medio de la
masa sonora colectiva. Antes de cada sesión, les suplicaba que no transformaran su
obra en cacofonía. Por desgracia, los actores permanecían sordos a sus súplicas.
Venían a actuar por amor al teatro de vanguardia, era cierto, pero sobre todo porque
los guardias distribuían sándwiches antes de la función. Puffky les pedía también que
no comieran durante el espectáculo para que no actuaran con la boca llena. También
en este punto echaban por tierra la autoridad de Puffky, dijo Dondog.
—Estoy seguro de que era extenuante para los actores, dijo Marconi.
—Sí, dijo Dondog. Era extenuante para todo el mundo. Y aunque Puffky dirigiera
a la compañía con una precisión de director de orquesta, aquello era inaudible. Algo
ruidoso e inaudible de principio a fin.
—Ah, ¿ya ve?, dijo Marconi. Ya me lo temía.
—La compañía nunca estaba completa, se entristeció Dondog. Hubo funciones en
que se ausentaron todos, Puffky debía interpretar al mismo tiempo todos los roles,
pero aquello no sucedió en más de cuatro o cinco veces, y de pendiendo de los días
había siete, nueve o incluso veinte voces que hablaban al mismo tiempo a lo largo de
todo el espectáculo. El solo de flauta se incrustaba en aquellas voces. En ciertas
noches la orquesta local venía a darle una mano al flautista, pero aquella colaboración
desfiguraba el proyecto inicial de Puffky.
—¿Qué instrumentos?, se informó Marconi.
—Acordeonistas, suspiró Dondog. Puffky no podía echarlos. Ensayaban en una
sala adyacente. Antes de su ensayo venían a asomarse al teatro. Había que tratarlos
bien. Eran nuestro único público.
—Ah, dijo Marconi.
—Sí, dijo Dondog. Ellos eran nuestro único público —si dejamos de lado a

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Dondog, quien esperaba hasta el final del espectáculo para irse.
—No sé cuántos eran los acordeonistas, dijo Marconi. Pero de todas formas debía
ser una nada despreciable cantidad de personas.
—Sí, dijo Dondog.
—Es la ventaja del teatro, dijo Marconi. Se llega de inmediato a una gran
muchedumbre.
—La misma historia contada en prosa libresca no habría tenido el mismo eco, eso
es seguro, confirmó Dondog.
En el 4A se instauró el silencio, agujereado por crujidos y chirridos engendrados
por las cucarachas así como por las personas que se cubren de plumas durante unos
segundos antes de volver a la normalidad. Cada tanto, después de aquellos arrebatos,
Marconi tartamudeaba una disculpa.
—Sin embargo, en lugar de sus obras, tendría que haber hablado de sus libros.
Cuando uno lo piensa, escribió más novelitas que obrillas de teatro.
—Mh, dijo Dondog. Escribir. Para lo que.
—Novelas de amor, post-exóticas, jadeó Marconi.
—Mh, dijo Dondog.
Quien se quedó mudo durante toda una larga hora. Luchaba contra el sueño y el
olvido, e intentaba pensar en la estudiante que había reaparecido en su memoria, en
Nora Majnó más que en el teatro o en los libros. Tenía ganas de hablar de amor más
que de novelas de amor. Tenía ganas de hablar, pero ya no sabía si estar muerto
quería decir seguir hablando o seguir callándose.
—Mire, Marconi, dijo al fin. Me molesta hurgar en mis libros en este preciso
instante. Nadie lo ha hecho antes, y ahora yo ya no tengo tiempo para hacerlo. Se
acabó.
—Todo eso pertenecía a su vida, intervino Marconi. De seguro contiene
elementos útiles para su venganza.
—No, dijo Dondog. Todo eso no perteneció nunca a nada. Todo eso no contuvo
nunca nada. Aquí lo dejamos.
Eso es todo por la literatura.

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XIV. Eliana Hotchkiss

Un día, empezó Dondog antes de quedarse pasmado, sin ideas, boquiabierto.


—O más bien una noche, prosiguió. Hace mucho tiempo. Una mujer vino a mí.
—Sí, lo animó Marconi.
—No lo había visto nunca, dijo Dondog que dudó un poco. Sus palabras ya no
tenían fuerza, apenas alcanzaban la silueta despatarrada de Marconi.
—Vamos, Balbaián, dijo Marconi.
—Es que ya no me acuerdo de nada de esta historia, se disculpó Dondog a
manera de prórroga. Dije «hace mucho tiempo» porque igual hay que situar la época.
Pero por lo demás, no me acuerdo de nada.
—Ya se acordará hablando, dijo Marconi.
—Pero quién sabe, dijo Dondog, si eso sucedió hace sólo unos días.
Se sentía inerte en la obscuridad y el moho del 4A. La historia estaba ahí, igual de
inerte y obscura, y no veía por qué la retendría en él ni por qué haría que naciera. No
tenía ninguna razón de hablar o de callarse. La cuestión no se planteaba en esos
términos. Sobre todo, tenía sueño.
—No se duerma, lo espabiló Marconi. No hay que dormirse nunca la noche que
precede la extinción.
—¿Eh?, preguntó Dondog.
—Trae mala suerte, completó Marconi.
—Mh, dijo Dondog. En el punto en que.
—Junte sus fuerzas, Balbaián, se irritó Marconi. Pronto se va a morir, no es el
momento de darse por vencido. Haga como si Jessie Loo estuviese aquí. Como si
tuviese que poner buena cara frente a ella.
—Jessie Loo, dijo Dondog. ¿Cómo creer que vendrá esa…?
—Tal vez ya está aquí, dijo Marconi.
Dondog expresó algunas reservas.
—Detrás de la puerta, sugirió Marconi. Chamanizando detrás de la puerta.
—No oigo nada, dijo Dondog.
—Haga como si estuviese escuchando su tambor. Facilítele el trabajo, Balbaián.
Ella está aquí para ayudarle. Eche para afuera las imágenes que le quedan. Tal vez
ella acabará por obtener algo útil.
Hubo un silencio. Duró dos buenas horas. No se me ocurría ninguna idea.
Intentaba percibir el tambor o los suspiros hechiceros de Jessie Loo detrás de la
puerta. No escuchaba nada.
—Vamos, insistió Marconi. Una última página de lucidez antes de extinguirse.
—Antes de la venganza, rectificó Dondog.
—Ah, sigue dándole vueltas al asunto, se lamentó Marconi.
—Oh, dijo Dondog. Era sólo para decir algo.

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Aspiró una vez. El aire transportaba más desechos que gases. La humedad era
grumosa.
—Valor, Balbaián, lo alentó Marconi.
—Se lo advierto, dijo Dondog. Es una historia de amor. Me temo que será
lastimera.
—Importa poco, dijo Marconi. Jessie Loo lo está escuchando.
—Bueno, dijo Dondog, poniéndose a contar.

Una noche, en el bochorno de un jardín mal iluminado, una mujer desconocida vino
hacia mí y me dijo en ybür, una lengua que no había practicado desde mi infancia,
que me había extrañado, que me había extrañado infinitamente y que me seguía
amando.
Nos encontrábamos en el Campo 21, a dos kilómetros del portón sur. Nos
acercábamos a la medianoche, el jardín público estaba desierto. El agua corría en las
canalizaciones subterráneas debajo de los arbustos. Al caer el crepúsculo se había
soltado un chubasco aunque ya había dejado de llover. Apachurradas por la
obscuridad y el calor, las hojas de las higueras perfumaban el ambiente, y por aquí y
por allá, cuando recaía en ellas la luz de algunas de las lámparas, se ponían a brillar.
La desconocida soltó su discurso de un tirón, como si estuviese recitando un
mensaje aprendido de memoria. Sin embargo, la emoción alteraba su voz y a partir de
la tercera frase sus cuerdas vocales la traicionaron. Las palabras se hundieron en las
profundidades, se volvieron inaudibles. La sombra espesa me impedía leer sus labios.
Luego se quedó callada.
En un principio, no supe cómo contestar. Es tan inusual que una mujer que nunca
había visto antes se dirija a uno en ybür, en el corazón de una noche ardiente,
diciéndote que te ama.
Más allá de los árboles se extendía la zona Crowk, un conjunto urbano de
viviendas en donde chicas destartaladas le proponían a veces a Dondog servicios
sexuales sórdidos. Me cosquilleó la idea de que me estaba abordando como cliente.
Por supuesto que no. Esa mujer no me hablaba de amor a un dólar.
En la avenida cercana un jeep provisto de una bocina pasó con la velocidad de un
caracol ladrando una frase policiaca, luego la calma volvió, profusa, húmeda y sin
misterio.
—Me ha confundido con alguien más, dije.
El calor tenebroso se estancaba. Sentía los arroyuelos brotar por todas parte de mi
cuerpo. No había hablado desde había mucho tiempo y mi entonación era pegajosa.
Me dio vergüenza. Vergüenza de mi voz, de mi sudor, de la ruina en que me había
transformado tan rápido, en apenas cuarenta años de detención.
—Le hablo a Dondog Balbaián, murmuró la mujer, como si alguien le pidiese que
describiera sus actos y sus gestos.

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—Es eso lo que… dije. Hay un error.
Los insectos chirriaban encima de nosotros. No escuché su réplica, unas cuantas
palabras pronunciadas en voz baja.
Una rama se movió. Un rayo de luz golpeó la parte superior de su nariz, y por
primera vez desde que se había parado frente a mí crucé sus ojos. Que me
interrogaban con angustia. Refulgían. Se dice que cuando la luz es débil, la mirada de
las mujeres ybüres emite un brillo rojo. Las pupilas de la desconocida carecían del
tornasolado rubí que barre cualquier duda sobre la pertenencia étnica ybür. Las suyas
eran, simple y sencillamente, muy negras.
Pasaron varios segundos. Muy cerca, los insectos limaban canalizaciones de
hierro en las ramas. No había ni un soplo de viento pero los árboles tienen sus
movimientos propios, la rama se movía y la fisonomía de la mujer se borró de golpe
antes de volver a iluminarse. Su silueta no evocaba nada salvo las bellezas de Asia
que suelen visitar mis prosas, mujeres magníficas y sin edad cuyas facciones no se
modifican nada entre el inicio de la vida adulta y la vejez —y ni siquiera más tarde.
La escruté durante un breve instante. Arrugas minúsculas se ramificaban en las
comisuras de sus párpados. Aquella mujer había estado en contacto con las
crueldades de la vida. Las había visto de frente.
Los insectos pusieron fin a sus estridencias.
—Fuimos separados, Dondog Balbaián y yo, murmuró la mujer. En los campos
en donde lo buscaba solían decirme que había sido eutanasiado. Nunca les creí a mis
informantes.
—Está muerto, dije. Purgó sus treinta años sin libertad condicional y sus diez
años de relegación; luego, el día en que debía salir por las puertas del campo, un
schwitt se le pegó y lo mató.
—Ah, dijo ella.
—Lo siento, dije.
Mi corazón latía. Y ella, magnífica y sin edad, apasionante, estaba conmovida.
Sin creerme. Hay días en que consigo mentir con elegancia, sin que nadie se dé
cuenta, pero en este caso mi incomodidad se notaba. Transpiraba, me tropezaba con
todas las sílabas. Ya no controlaba mi inmovilidad. No controlaba mi inmovilidad ni
mi mentira. No sé por qué habíamos adoptado, desde un principio, un tono de
conversación bastante bajo. Murmurábamos como un hombre y una mujer que suelen
dormitar el uno al lado de la otra. Platicábamos como dos amantes que no desean
despertarse del todo. Aquella complicidad me parecía incongruente, infundada y, para
resumir, me ponía ansioso. Nunca he sido experto en relaciones humanas o anexas.
No sabía interpretar lo que pasaba entre nosotros.
Vi de nuevo los surcos que resplandecían desde sus ojos de almendra. Con
desagrado pensé en las crueldades de la vida que acaso esta mujer no ybür, en los
tiempos de la segunda exterminación, había visto cara a cara. Había asistido a
cacerías de ybüres. ¿Pero en qué lado se había situado cuando empezó la cacería?

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¿Con los maltratadores o los maltratados?
—Es impensable que el hombre que quiero no me reconozca, dijo.
—¿Qué, cómo…?
—Soy Eliana Hotchkiss.
—Eliana Hotchkiss…, repetí con tono neutro y prudente.
No me decía nada su nombre. Eliana Hotchkiss se mordía los labios. Mi
comportamiento la deprimía.
—Mire, propuse, vamos un poco más lejos. Volvamos a la calle.
Le rocé el brazo para indicarle la dirección. Se dio la vuelta y echó a andar por la
arboleda a mi lado. Tenía un aire triste. Miraba hacia enfrente, sus pies, pero no
evitaba los charcos y metía sus sandalias en el agua, mojando sus pies desnudos,
huesudos y para nada pequeños sin hacer ni un gesto. Estaba vestida como todos
nosotros, como todas las cucarachas, con jirones pepenados, pero su manera de
arreglarse le daba una clase indiscutible, y a fin de cuentas su vestimenta parecía una
creación de vanguardia como podían verse en la televisión durante los desfiles de
moda del entreguerras.
La mujer me gustaba, acababa de decirme que me quería infinitamente, sin
embargo, estaba tan asqueado por la realidad concentracionaria desde hacía lustros
que no me pasaba por la cabeza aprovecharme de las circunstancias, tomarla entre
mis brazos y llevarla a quién sabe dónde, a mi dormitorio, por ejemplo, o a una
barraca vacía para hacer quién sabe qué, el amor, digamos, o faenas sexuales con o
sin quitarse la ropa, con o sin penetración, o para hablar con ella hasta el alba —si
nada de lo anterior le convenía.
Bien iluminados por las lámparas, apenas pusimos un pie en la avenida el jeep de
la patrulla nos vio y dio media vuelta. El vehículo no se había alejado nada desde su
ronda frente al jardín. La bocina se dirigió a nosotros, nos ordenó no movernos.
Había perdido la costumbre de desobedecer desde hacía años. Nos quedamos en la
banqueta sin movernos. El auto rodaba a paso lento en nuestra dirección. Tenía ganas
de tomar de la mano a Eliana Hotchkiss para tranquilizarla y mostrarle un poco de
ternura confundida. No había pensado arrastrarla hasta un espacio cerrado, pero
tomarla de la mano, eso sí lo pensaba. No obstante, me acordé a tiempo de mi
apariencia física y mental, y ni siquiera intenté esbozar el gesto.
Cuando los ladridos de la bocina hubieron acabado de rebotar en los edificios, la
tranquilidad se restableció en todo el barrio. No hay nunca un silencio total en el
campo, y durante las noches de verano en que nadie concilia verdaderamente el sueño
la tranquilidad es alterada sin cesar por las conversaciones, pero aquí y ahora, cerca
del jardín, reinaba una relativa calma. El motor del jeep roncaba sin aspavientos. En
las barracas de los alrededores se oía que los insomnes platicaban. Los grillos
entonaban su estridencia aguda y ácida un poco por todas partes. Luego, en la zona
Crowk, surgió otro ruido, sórdido y familiar: un loco se había topado con una de las
numerosas vallas que transformaban el campo en laberinto y la sacudía, vociferando

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contra el destino y los alambres llenos de púas.
El jeep se estacionó cerca de nosotros. El loco gritó. El jeep apestaba a metal
sobrecalentado, a gasolina, a llanta. Un soldado se asomó por la puerta, habló del
toque de queda y luego nos exigió aquella identificación plastificada que las
cucarachas tienen la ingenuidad de llamar pasaporte. Eliana Hotchkiss extendió el
suyo. Devuelto sin comentarios después de un rápido examen. El mío desapareció en
las entrañas del vehículo.
La radio de la patrulla emitía un chisporroteo continuo, entrecortado por un falso
contacto y estrepitosos jirones de cifras. Nadie, en el jeep, tomaba el micrófono para
discutir con la comandancia. Sin arrogancia levanté la cabeza hacia los soldados que
auscultaban mi pasaporte. Estaba en regla: los enfermos mentales y los detenidos
liberables tienen el derecho de errar como gusten, sin respetar el toque de queda.
Eliana Hotchkiss se había alejado un par de pasos. Esperaba el fin de las
formalidades que me concernían.
—¿Te van a liberar?, me lanzó el conductor.
—Sí, contesté.
—¿En cuánto tiempo?
—Está indicado en mi…, dije. Once o doce días.
—Prepárate a lo peor, dijo el soldado. Hay schwitts cerca de las puertas. No
esperarán siquiera a que hayas salido.
—Ya sé, dije.
—Incluso ahora, doce días antes, pueden empezar a interesarse en ti.
—Ya sé.
—Mejor te convendría irte a acostar, concluyó el soldado.
Me devolvieron mis papeles. El jeep arrancó y retomó su cuidadosa navegación
en la superficie de la avenida. Podía desviarse bastante para no meterse en los charcos
grandes, y cuando sus ruedas penetraban lentamente en baches del cemento
agujereado, cubierto con residuos, parecía un módulo de exploración espacial. Al
cabo de un minuto se dio la vuelta entre dos barracas y desapareció.

Eliana Hotchkiss y yo nos habíamos acercado aunque evitábamos tocarnos, y más


que permanecer estáticos y torpes bajo las lámparas, iniciamos una especie de
vagabundeo. Caminábamos hacia el portón sur. A lo lejos, los proyectores salpicaban
el cielo con manchas de un azul sucio. Andábamos sin prisa. Nada nos apresuraba.
Los edificios concentracionarios se sucedían a diestra y siniestra, por lo general
habitados, soltando ruidos de cuchicheos y quejas debido al insomnio —o a los
sueños. Algunos estaban vacíos.
Ignoraba qué tipo de conversación debía mantener con Eliana Hotchkiss. Desde
que había negado ser Dondog Balbaián no veía por qué se obstinaba en quedarse en
mi compañía. Me preguntaba qué esperaba de mí. No recordaba nada sobre ella,

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ninguna imagen, ninguna sensación. Incluso a su nombre le costaba permanecer en
mi memoria inmediata. Evitaba pronunciarlo cuando la volteaba a ver. Solía
escapárseme de la mente. También había momentos en que confundía a Eliana
Hotchkiss con Eliana Schust. Me habría gustado establecer una diferencia clara entre
ambas mujeres, pero ningún recuerdo hacía acto de presencia cuando enunciaba la
identidad de una u otra. Las invocaba en vano. Las invertía sin ton ni son. Ni un solo
eco del pasado venía en mi ayuda. Si una de ellas había jugado un rol en mi
existencia, no sabía de qué ni de quién se trataba. En dos ocasiones le rogué a Eliana
Hotchkiss que me volviera a decir cómo se llamaba, aunque me abstuve de hacerlo
una tercera vez temiendo ofenderla.
Dejando de lado estas dificultades, nuestro diálogo tenía aspectos que le daban un
aire normal.
Me contó que había conocido a Dondog Balbaián en la infancia, en el tiempo de
la escuela para pequeños. Había vivido con él al final de la guerra en una comuna
anarquista hasta que Dondog fue arrestado por primera vez al proseguir la guerra de
forma clandestina. Luego, durante varios años, cuando Dondog Balbaián había dado
inicio a su larga carrera de cucaracha, bogando de una construcción a otra, sin
abandonar las zonas especiales de aislamiento salvo para integrar las zonas de
régimen severo, ella lo había seguido lo más que se podía manteniendo cierta
distancia, buscando incansablemente dar con él en el universo de las alambradas,
conocer su posición en el mapa desmesurado de los campos.
—Y luego la vida nos separó, dijo. Incluso en el exterior las transferencias eran
constantes.
—Cuando aún existía el exterior, precisé.
Ahora estábamos a cien metros de un cruce que las cucarachas, con servando de
ese modo una tradición post-exótica cuyo origen era para mí desconocido, llamaban
el Búfalo. Un gran auto de la policía estaba esta cionado debajo de la lámpara con los
faros apagados: a la luz ácida tenía sobre todo el aspecto de una ruina metálica
imponente. A lo lejos vi cuatro pasajeros instalados en ella. Inmóviles en sus asientos
vigilaban la noche. El conductor sacó la mano para acomodar su retrovisor. Debió
anunciarles a los demás que nos acercábamos. Los ocupantes voltearon a vernos unos
momentos.
Se lo dije a Eliana Hotchkiss. Nos habíamos acercado demasiado al Búfalo como
para dar media vuelta sin volvernos unos simples sospechosos. Íbamos a pasar al lado
al auto y empezar a atravesar el cruce, aunque igual existía la posibilidad de que la
policía nos quisiera buscar pleito. Más allá del Búfalo se extendían los terrenos
baldíos que anunciaban el primer cerco, un no man’s land, luego el segundo cerco, y
por último el portón sur.
—Pero si eres liberable, dijo Eliana Hotchkiss. Tú, en tu caso, ya no estás
sometido al toque de queda, podemos ir a donde queramos.
—No tengo ganas de que me enjareten una tentativa de evasión, dije. Son siete

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años.
—Siete años más es mejor que hacerse desangrar por un schwitt el día de la
salida, dijo Eliana Hotchkiss.
—Ajá, dije. Da igual.
Rodeamos el vehículo sin echar el menor vistazo a sus ocupantes. Queríamos dar
la impresión de que no teníamos nada que recriminarnos y que estar cerca de la
policía nos importaba poco. Bordeamos el flanco metálico en silencio. La pintura
estaba rayada. Los inspectores nos observaban sin hablar. Cuando nos alejamos cinco
o seis metros, dos puertas se abrieron antes de volver a cerrarse.
Una fina capa de arena cubría la banqueta, la calzada. La lluvia no la había
arrastrado hasta las alcantarillas, y ahora, debajo de los zapatos, chirriaba.
Un par de hombres nos seguían. Se pusieron a caminar tras nosotros sin intentar
alcanzarnos, como noctámbulos que sólo el azar había colocado en nuestro camino;
disminuían el paso cuando disminuíamos la velocidad, y cuando íbamos más rápido,
lo aumentaban.
Eliana Hotchkiss y yo nos dirigimos hacia una avenida angosta a nuestra derecha.
Aún no habíamos atravesado el Búfalo. Ya no íbamos hacia la salida del campo,
volvíamos a las espesuras urbanas, hacia la zona Crowk, conforme nos volvían a
rodear líneas de dormitorios de un solo piso con techos de asfalto o a veces
camellones de palmeras, higueras, sóforas, tilos. Los caminos solían estar
interrumpidos por separaciones de alambres de púas que databan de las décadas
anteriores, por barreras y pasajes en zigzag que habían abierto sin demolerlos. Ya no
había nadie en ningún sitio. Cada tanto empezaban de nuevo las vociferaciones
dementes y los quejidos de las rejas. El loco hacía notar su presencia en el vecindario.
Los sollozos remataban sus crisis de rabia antes de callarse. Todo estaba iluminado
por poderosas luminarias que hacía que las sombras fueran bastante nítidas y
cortantes. De ese modo recorrimos cien metros.

Los policías no nos soltaban. Había logrado contener mi angustia en los primeros
doscientos metros, pero ahora había empezado a aumentar y a ahogarme.
Eliana Hotchkiss miró por encima de su hombro.
—No les hagas caso, dijo. Si sólo dejas ver tu indiferencia, no te harán daño.
—Ya sé, dijo Dondog.
Eliana colocó su mano en el codo de Dondog. Era la primera vez que me rozaba
así, a propósito, y como dejaba los dedos donde los había puesto, transformando un
simple roce en presión amistosa, aquello aumentó mi malestar pues su mano era seca
mientras que la piel de mi brazo estaba asquerosa por el sudor. Dondog la volteó a
ver. Habría querido decirle algo amable, delicado, pero como había olvidado su
nombre, tartamudeó una frase confusa y cerró la boca.
—No tengas miedo, dijo la mujer. Están detrás de nosotros pero no nos oyen.

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Sólo evita hablar en ybür. Está prohibido.
—Ya sé, dije.
—Está prohibido para no abrir viejas heridas, me explicó la mujer, como si se
sintiera obligada a retomar la didáctica oficial.
—Oh, dije, ya sólo me expreso en el argot de las cucarachas o como un
Untermensch. Ya olvidé las otras lenguas que conocía. Todo se esfumó con lo demás.
Ya no hay nada en mi cabeza. Mi memoria no puede… Mi memoria no…
—Cálmate, dijo la mujer pegándose a mí. Sentí contra mi cuerpo su calor, su
brazo desnudo, el calor de su cadera. Avanzábamos por una callecita silenciosa. Unos
pájaros se pusieron a gorgotear en un árbol como gallinas. Ignoro de qué tipo de
pájaros se trataba.
A nuestras espaldas rechinaban los pasos de los policías.
—Me golpearon la cabeza, mi memoria se extinguió. Me dejaron por muerto.
—No tengas miedo, dijo la mujer comprimiendo con afección los alrededores de
mi codo y sin mostrar ningún asco por mi piel húmeda. Aquí estoy yo.
—Golpearme han, dije. Mi memoria apagarse ha. De una vez por todas apagarse
ha.
—Recupera la calma, dijo la mujer. Pronto se va a acabar todo.
—Mi piel volverse mojada ha, dije. Mis recuerdos todos y cada uno disolverse
han. Como loco dejarme han.
—Olvida todo eso, dijo la mujer. No va a durar mucho más. Estoy aquí para eso,
para que todo eso se termine. Por fin te encontré. Te amo.
La angustia no dejaba de hincharse en mí.
Seguía sin recordar nada de aquella mujer, seguía sin saber en lo absoluto si había
pertenecido en verdad a mi pasado, no sabía si la había deseado o no en otras épocas,
no lograba armar ninguna respuesta a su discurso amoroso, las frases se bloqueaban
en mi garganta.
Consciente de que debía dominar pronto mis dudas y extraer de mí algunas
fórmulas de simpatía, dirigí la mano hacia el hombro de la mujer y la toqué con la
menor pesadez posible. Mis dedos temblaban de forma grotesca. Habíamos
disminuido el paso, estábamos parados casi bajo la sombra densa de un tilo. Me era
más fácil mirarla de frente cuando no distinguía sus ojos.
A unas cuadras de ahí los irritantes sollozos del demente aquel empezaron a oírse
de nuevo con no poco vigor.
—Discúlpeme, Eliana, acabé por decir. Todo se enmaraña en mi cráneo. No me
acuerdo para nada de su nombre. ¿Eliana cómo, me dijo?

Antes de que tuviese tiempo de contestarme, los policías se acercaron a nosotros. Con
pantalón gris, playerita blanca, macana y esposas en la cintura se colocaron delante
de nosotros, y después de invitarnos a pasar a un lugar iluminado nos interrogaron

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sobre nuestra identidad. Dócilmente les dimos nuestros pasaportes.
—Eliana Hotchkiss, leyó con voz pensativa el primer inspector, y le devolvió a
Eliana Hotchkiss su documento plastificado.
El segundo se sumergió en la lectura de mi pasaporte como si tuviese bajo las
narices una apasionante ficción post-exótica. La lectura se hacía larga. No sabía si era
malintencionada o no. El policía le daba vuelta a las páginas con lentitud. Las gotas
escurrían de mi frente entre las pestañas, la salmuera me picaba los ojos.
—Aún tienes una semana pendiente, dijo el policía.
—Sí, dije. Once días.
—Si yo fuese tú, no haría ninguna tontería.
—No pienso evadirme, dije. Al contrario, antes de irme quiero gozar del campo.
—¿Quieres hacerlo en compañía de un schwitt?, se asombró el policía.
—¿Cuál Schwitt?
Eliana Hotchkiss se interpuso de inmediato.
—¿Y entonces?, dijo. ¿A usted qué?
Estaba molesta.
Y bastante hermosa también, bastante atractiva en la banqueta bajo aquella cruda
luz ambiental. Me recordaba alguien a quien había amado, cuándo no sé, por ejemplo
en otra época, en un libro o en la realidad, o en algún otro sitio. Tenía ganas de
decírselo pero la presencia de aquel par de hombres me lo impedía.
El policía asintió con la cabeza. Sin añadir nada. Recuperé mi pasaporte. Sin
agradecer a nadie ni decir adiós rodeé las playeritas blancas y los pantalones color
ceniza. Echamos a andar de nuevo.
Los policías nos empezaron a seguir otra vez.
—No te preocupes, dijo Eliana Hotchkiss. Habla de manera normal si puedes.
Olvídalos. Olvídalos a ellos también.
—Es usted atractiva, Eliana, dije.
—¿Te acuerdas de mí?, dijo.
Sentí su mano que, de nuevo, buscaba la mía. Estaba temblando.
—Sí, mentí.
Ella se había dado cuenta de mi falta de honestidad. Su mano se estremeció un
poco y luego la apartó. Habíamos echado a andar por un callejón sin salida y
habíamos dado con una empalizada bastante alta, rematada por alambradas. Habían
quitado algunos tablones. Nos asomamos a la apertura. La madera olía a polvo. Del
otro lado había vegetación y una barraca vacía y destartalada a medias.
—Podríamos ir ahí dentro para la noche, dijo.
—¿Adónde?
—Al dormitorio.
Mis labios se agitaron con una palabra muda. Era incapaz de encontrar las
razones para aceptar o rechazar aquello. Mientras que la policía nos pisaba los
talones, una mujer que pretendía haberme amado y buscado toda su vida me proponía

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pasar la noche con ella en un dormitorio vacío. Aquello me hacía pensar en las
pequeñas comedias fantásticas que circulaban en el lugar, algunas con mi firma, y en
donde todo era angustiante y falso y acababa mal, pero fuera de esta literatura
concentracionaria de a peso, nada estable me atravesaba la mente. En ese instante
sólo me preocupaba cerrar la boca para no ser sorprendido con un hilo de baba entre
los dientes.
—Ven conmigo, dijo.
La acompañé al otro lado de la empalizada. Había desgarrado una telaraña al
avanzar y se sacudía el hombro izquierdo con violencia. No estábamos en la sombra.
El terreno que rodeaba la construcción estaba iluminado por las lámparas de la calle
vecina. Las plantas exhalaban perfumes a tierra, a bosque podrido, a lluvia tibia.
Estaban carnudas, como mis piernas.
—Ven, Dondog, dijo Eliana Hotchkiss. Estoy contenta de que te acuerdes de mí,
incluso si no estás muy seguro. Es bueno que termines tu vida de encierro conmigo.
—Mh, dije.
—Podría haber sido con alguien más, dijo Eliana Hotchkiss. Es mejor así,
conmigo.
Detrás de nosotros los policías se habían acercado a la empalizada. Examinaron el
lugar y se deslizaron también por la brecha. La discreción no los mataba. Aplastaron
las duras hierbas que acabábamos de pisar, las plantas en desorden. Había tres
escalones para acceder a la barraca. Cuando estuvimos protegidos por el cobertizo
frente al umbral, listos a abrir la puerta, los policías nos hicieron señas y subieron
también aquellos escalones.
—Control de identidad, anunció uno de ellos.
A Eliana Hotchkiss y a mí nos separaron. El control de identidad propiamente
dicho no duró mucho tiempo, aunque pronto empezó a parecerse a un breve
interrogatorio. Cada uno de nosotros se encontraba cara a cara con un referente que
nos hacía preguntas en voz baja. Tuve que dar el número de mi dormitorio, el número
de personas que vivían ahí, acordarme del médico que había firmado el comprobante
de mi no simulación, describir el itinerario que había seguido para llegar hasta mi
dormitorio en la zona Crowk. Pienso que intentaba probar mi sinceridad. Luego me
preguntó por qué erraba por la calle después de medianoche.
—No lograba dormir, dije. Pensaba que encontraría un poco de frescor bajo los
árboles. Fue un error.
Respetando la reglamentación concentracionaria, había un proyector encendido
sobre la puerta de entrada. Ningún edificio, estuviese habitado o no, podía estar
dispensado de iluminación exterior nocturna. La lámpara era poderosa. Los insectos
se arremolinaban alrededor nuestro, dibujando embriagadas trayectorias después de
haber golpeado el vidrio reluciente. De ese modo platicábamos los cuatro, en dos
grupos distintos, en medio de los zumbidos y los choques de las falenas. Del otro
lado de la barraca, ahora extremadamente cerca, aullaba el loco. Sacudía el obstáculo

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chirriante aullando y gimiendo.
—¿Y ella?, preguntó el policía espantándose una enorme mariposa que le atacaba
las mejillas.
—¿Ella qué?
Con un gesto de la cabeza, el policía me señaló Eliana Hotchkiss.
—¿Sabes quién es?
—Sí, dije. Lo había olvidado, pero ahora ya lo sé.
—Ah, replicó.
—Nos conocimos hace tiempo, le expliqué. Es una amiga de juventud.
Muy muy cerca, el loco gritaba.
Las preguntas que el policía me planteaba me hacían respirar de forma
convulsiva. Ya no podía esconder que me sentía orgulloso de tener una amiga de
infancia a mi lado, una mujer afectuosamente cómplice, bella como una heroína post-
exótica, más que apasionante y atractiva cuando la noche de pasada la medianoche
inundaba el Campo 21 y a poco tiempo de conocer el fin de mi existencia como
detenido —y de seguro el de mi existencia a secas.
—Lástima, dijo el policía devolviéndome mis papeles.
—¿Qué?, pregunté.
—Nada, contestó.
El otro también concluyo su interrogatorio. Eliana Hotchkiss y él habían
intercambiado frases de las cuales ni una había llegado hasta mis oídos.
Los policías nos dejaron abrir la puerta. No estaba cerrada. Tampoco rechinó.
Bajo nuestros pasos, el suelo crujía. Entré con Eliana Hotchkiss y una nube de falenas
en el edificio vacío. La luz de la calle entraba a borbotones por las ventanas enrejadas
del dormitorio. Ya sólo quedaba el enrejado metálico para contener los rayos blancos
de las lámparas. Las camas, repartidas como en una sala de hospital, eran
rudimentarias aunque un poco más anchas que catres, y sin literas. Algunas poseían
jergones de paja. En el aire fermentaba un fuerte olor a orina y a cerrado. Eliana
Hotchkiss fue a abrir varias ventanas, luego volvió hacia mí.
Nos sentamos juntos sobre una cama.
—Pégate a mí, dijo.
—Discúlpame, dije. He vuelto a olvidar tu nombre.
—No importa, contestó.
El loco gimió a muy corta distancia de nosotros.
Ahora era posible verlo. Y bien. Estaba en medio de la calle, justo frente a nuestra
barraca. Se azotaba contra un revoltijo de alambradas y trabes. Un poco más lejos,
una lámpara suspendida a un cable proyectaba su sombra contra las paredes del
dormitorio. Los chirridos de los alambres daban la impresión de que se mecía con
regularidad. El loco había dejado de aullar y gesticular sin descanso. Lo podíamos oír
maldecir largamente y bufar, a veces se podía escuchar que tarareaba en voz muy
baja.

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Olores a hierba mojada y a óxido se colaron en el dormitorio. A su vez, los
inspectores hicieron acto de aparición en la pieza. Abrir la puerta había provocado
una corriente de aire.
Ahora estaban inmóviles, inactivos.
El que había interrogado a Eliana Hotchkiss había tomado asiento en una cama de
paja a diez metros de nosotros, estaba sentado con las manos cruza das sobre el
vientre, como un iletrado que espera un autobús. El otro nos daba la espalda. Su
sombra nos rozaba. Se había acodado en plena luz y miraba el espectáculo de la calle,
el loco que entonaba para sí mismo una canción de los campos antes de perder la
paciencia y ponerse a ulular.
Me apreté contra Eliana Hotchkiss. Conservaba los ojos cerrados el mayor tiempo
posible. Ella murmuraba en mi oído para que solo yo pudiese escuchar sus palabras,
pero estaba tan alterado que no podía traducir sus cuchicheos en lenguaje. No
entendía nada de lo que me estaba contando. Por sobre todas las cosas deseaba
apretarme contra ella. Creo que, en un momento, incluso la abracé. Incluso creo que
intercambiamos algunas caricias. Ella permanecía tranquila frente a mis torpezas.
Todo sucedía como en un sueño.
Cada tanto los policías se nos acercaban. Nos obligaban a levantarnos, verificaban
nuestra identidad, revisaban nuestras identificaciones, nos interrogaban. Querían
saber por qué nos habíamos dado cita en un dormitorio vacío. Me preguntaban si en
mis respuestas confundía a propósito la fecha de mi salida con la de mi defunción.
Me rogaban que les dijera si conocía en verdad el tiempo que me quedaba antes de mi
liberación o antes de mi muerte. A veces hurgaban en nuestras bolsas, a veces
confiscaban el cuchillo de combate que cargaba Eliana Hotchkiss, a veces se lo
devolvían y la dejaban tranquila. Cuando acababan de molestarnos se iban al fondo
del dormitorio. Todos estábamos bañados por la luz viva y macilenta de la calle,
exactamente como la gente normal puede serlo por los vivos y macilentos rayos de la
luna.

Cuando el loco no gritaba me acercaba a Eliana Hotchkiss, y cuando gritaba, me


acercaba a ella todavía más. Me repegaba a esa mujer de la que había renunciado a
retener su nombre.
A veces tartamudeaba una frase. Hablaba de mis proyectos de venganza.
Me aseguraba de que ella iba a hacerse cargo. No te preocupes, decía. Yo me
hago cargo. Voy a ayudarte a pasar al otro lado. Voy a ayudarte a salir en un pestañeo.
Irás directamente a la Ciudad. Se va a acabar todo.
Hacia el final me parece que nos acostamos, ella encima de mí. No sé si era para
copular, ignoro si hicimos una sola persona, como en las fábulas minúsculas que me
gustaba escribir o leer en otras épocas —o como en mis sueños. En todo caso,
después de colocarse sobre mí, se puso a jugar con su navaja de paracaidista. Y

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también conmigo. Pronto todo iba a acabarse. Eliana me aplastaba un poco,
aceptando mis movimientos idiotas contra su cuerpo, soportando mis manos cubiertas
de sudor en su espalda. La postura, en todo caso, evocaba una postura amorosa. Nos
cuchicheábamos al oído promesas idiotas, como la de encontrarnos luego en el
mundo exterior, en la Ciudad que estaba muy cerca, en nuestros sueños. Eliana me
decía que me calmara, asegurándome que todo iba a terminarse muy pronto, que la
espera horrible no sería larga, que ya sólo era una cuestión de minutos y no de días.
El loco maldecía las alambradas. Ya no lo veía pero podía ver su sombra en el
muro. A veces parecía una gran falena atrapada en una telaraña, ciertamente incapaz
de despegarse pero decidida a hacer bulla hasta su muerte —o hasta el alba.
Ya no me acuerdo de nada más y tampoco tengo ganas de añadir nada, dijo
Dondog.
Lo último que se me grabó fue una frase. Tenía una voz que laceraban la ternura o
el esfuerzo. Me decía que todo estaba bien ahora, que por fin se estaba acabando
todo. No sabía si debía creerle, aunque me gustaba su voz.
Bueno, eso es todo sobre Eliana Hotchkiss. Y los campos.
Eso es todo sobre los campos.

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Cuarta parte

CUCARACHAS

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XV. Smoky

Las plumas de águila y las cabecitas momificadas de las comadrejas se balanceaban


con frenesí prácticamente a la horizontal en torno a Jessie Loo. Estaban fijadas con
tiras a la corona de hierro de la chamana. Jessie Loo las escuchaba frotarse y rebotar
contra las paredes cuando soltó un grito ronco: el último de su trance.
Nunca se había inspirado tanto durante la danza, o acaso había que viajar bastante
lejos en sus existencias anteriores, hasta los bailes de los komsomoles en su juventud
o hasta los interrogatorios de los enemigos del pueblo en la época de entreguerras. Se
sacudió con violencia una vez más. Las gotas de sudor salieron disparadas hacia
todos lados como un puñado de semillas y se pegaron a quién sabe qué en las
tinieblas. Ya no golpeaba su tamboril mágico. El instrumento era tan hermoso como
una luna llena, y aunque tenía las mismas dimensiones no difuminaba ninguna luz.
Las sonajas que la rodeaban repiquetearon aún durante tres segundos.
Todo estaba tan atrozmente negro como en el fondo de una mina. Nos
encontrábamos en un espacio cerrado. En realidad se trataba de un baño en donde
nadie había penetrado para limpiarse desde al menos cuarenta y nueve años y
migajas.
Cuando el trueno hubo repetido su última estridencia en el cemento y las tuberías,
cuando el pomo de la ducha hubo cesado de trepidar, cuando el brutal silencio fue
menos brutal, cuando los minúsculos cráneos puntiagudos de las bestias carnívoras
hubieron renunciado a chasquear los dientes y las mandíbulas, cuando el sudor ya no
salpicó ni escurrió sobre el azulejo, cuando hubo recuperado su consciencia, cuando
tuvo debajo de las piernas la impresión de que la tierra que la sostendría era sólida y
real, Jessie Loo se separó de su tambor hechicero, lo apoyó contra la bañera y
escuchó el último tintinear de los cascabeles de hierro. Luego echó a andar hacia la
puerta y la abrió.
Esa puerta, precisamente, ni Marconi ni yo habíamos conseguido desbloquearla
desde que nos habíamos instalado en el 4A. Jessie Loo la abrió desde el interior sin
dificultad. Debía poseer una llave o el conocimiento de los pasajes estrechos que a
nosotros nos faltaba. Hubo un ruido neumático como cuando penetran en un filtro de
paso los gases del exterior. En el momento en que el panel de la puerta se hizo a un
lado, una cabellera de cochambre se despegó de la chambrana del techo cayéndose al
piso.
Marconi estaba adormilado ahí, justo debajo, en el umbral. Recibió entre piel y
camisa aquel bulto de polvo y reaccionó con un estertor, La aparición de Jessie Loo
había perturbado a las cucarachas, y dejando de lado a Marconi y a mí dijeron patas
para que las queremos sin orden ni concierto, corriendo el riesgo de pisotearse o de
chocar entre ellas dolorosamente. Las escuchaba hablarse las unas a las otras sin bajar
la velocidad de su carrera. No apreciaban a Jessie Loo, y lo decían.

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La vieja se inclinó hacia Marconi. Lo apañó de casualidad. Su mano atrapó un
trozo de oreja, la camisa sucia, el gordo del hombro. Marconi se zangoloteó para
liberarse antes de volver enseguida a su obscura inercia. Jessie Loo lo soltó. Ella
difuminaba un olor a cuchitril de Black Corridor. Apestaba a los hedores de viaje, de
incendio, de viaje en teleférico o de lomo de yack, de claros de luna y de los fétidos
abismos chamanes.

—¿Y luego…? ¿No crees que hemos hecho un buen trabajo, mi Gúlmuz?, preguntó.
Marconi agitó la mano.
—Sólo ha baboseado naderías, gimió hablando de mí. Las tinieblas demasiado
calientes habían agravado su ahogo. Cada dos sílabas se interrumpía para respirar.
—¿Ah sí, te parece?, dice Jessie Loo.
—¿Nos enteramos de algo sobre Schlumm? ¿Sobre Yoisha Balbaián? No. Cuando
hablaba de Gabriela Bruna no se sabía nunca de quién se trataba. De su madre, de su
abuela o de la madre de alguien más. ¿Nos enteramos de algo más sobre su abuela?
—Todo eso es bastante secundario, dice Jessie Loo.
En el cuarto de baño una gota tintineó sobre quién sabe qué superficie de esmalte:
una lágrima de pesada humedad o una gota de sudor.
—Estaba simulando, continuó Marconi. Su amnesia era fingida. Tendríamos que
haberlo apaleado. Cuando apaleas a alguien obtienes las respuestas que quieres.
Simulaba de cabo a rabo.
—Mh, dice Jessie Loo. Eso nos hizo ganar tiempo. Si estaba contando sus
historias, no podía correr tras de ti con un cuchillo. Lo cual es ganancia. Agotaba sus
fuerzas con toda la calma del mundo. Esperando llegar a Cockroach Street.
—Nos la aplicó bien y bonito, se obstinó Marconi.
—Claro que no, mi Gúlmuz. Su memoria sigue estando enferma, y ahora estaba
vacía. Pero desconfiaba. Sabía que lo estábamos escuchando. Entonces se puso a
hablar de otra cosa.
—Algo de buena lid, fíjate, aprobó Marconi. Todos hemos hecho eso, en el
pasado. Durante los interrogatorios.
—Sí. Todos hemos hecho lo mismo, confirmó Jessie Loo.
Ambos soltaron al unísono un largo suspiro. Acaso los dos tenían nostalgia de las
noches de detención preventiva en los locales en donde se llevaba a cabo la lucha
contra los enemigos del pueblo, en la época en el que los inquisidores y los
interrogados se esforzaban en hablar de otra cosa durante el mayor tiempo posible.
—¿Y ahora?, preguntó Marconi.
—Terminado, aseveró ella. Ya no dirá nada más.
Jessie Loo apenas me había mirado de reojo. Se aseguró sencillamente que no
hubiese cambiado de lugar. Su desdeño de vieja me desagradó. Había dejado de
fabular, era exacto, y mis órganos se movían ahora de forma extraña, sobre todo los

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pulmonares. ¿Y ahora? Ya no había terminado aún con mi propia existencia. Yacía en
un rincón, aunque algún pensamiento me atravesaba aún la cabeza. Habría podido
seguir mugiendo. Eso es algo que ella habría debido diagnosticar y mencionar.
—Ya no dirá nada más, añadió Jessie Loo, pero un último esfuerzo aún es
posible. Tiene reservas. Aún puede quemar su energía postrera para vengarse.
—Ah, la venganza, aquella famosa venganza, rezongó Marconi. Y dale con esta
venganza idiota.
—Sí, dice Jessie Loo. Por desgracia, todavía no se le sale del cráneo…
Marconi soltó una queja.
—Pase lo que pase, prosiguió Jessie Loo, lo voy a guiar hasta Cockroach Street.
Para terminar con todo. Tengo la obligación de hacerlo. En consideración a Gabriela
Bruna.
—Pase lo que pase, jadeó Marconi. ¿Qué quieres decir con…? A pesar incluso de
que haya encontrado la fuerza de matarme, ¿eh…? ¿Eso es lo que quieres decir?
—Sí, dice Jessie Loo. Me duele en el corazón, mi Gúlmuz. Pero hay cosas a las
que yo no me puedo oponer.
—Pero claro, por supuesto, jadeó Marconi con amargura. Cosas. Pero claro.
Marconi y yo nos habíamos encogido bastante durante la noche. Nos dimos
cuenta cuando nos comparamos con Jessie Loo. De pie, la chamana tenía a nuestro
lado el tamaño de un adulto inclinado hacia unos niños o unos perros. Se parecía a la
centenaria que me había dado informes dos días antes sobre el tema de Black
Corridor y de sus habitantes carbonizados o a salvo. Pensándolo bien, creo que debía
tratarse de la misma persona a pesar de que ahora tenía un aspecto mucho más viejo y
pesado, menos vulnerable. Vestía un antiguo abrigo mongol al que la usura le había
arrancado una manga. Jessie Loo se había quitado su corona de hierro y la había
atado a su cintura. Las sonajas y los huesecitos de los carnívoros engendraban un
tintineo constante. Cuando volteábamos la cabeza hacia ella, todo eso vibraba a la
altura de nuestros oídos.

Luego Jessie Loo y Marconi se pelearon: una vieja pareja a la que le daban igual los
posibles testigos.
Marconi estaba, como yo, embebido de sudor como pasa antes del instante
supremo. Tenía miedo. Sabía que no iba a sobrevivir a una muerte más. Jessie Loo le
explicaba que ella ya no podía intervenir en su destino. Invocaba razones técnicas. Él
le cortaba la palabra. La técnica no le importaba. Ya no le interesaba nada, salvo si sí
o no, iba yo a asesinarlo. Jessie Loo pretendía carecer al respecto de toda presciencia.
Todo dependía, precisaba, de lo que pervivía aún de mis instintos de muerte.
Ambos me observaban con una creciente aprehensión, como si me hubiese
transformado en una criatura imprevisible. Sin embargo, la situación más clara no
podía ser. Le había advertido a Marconi, le había dicho que si intentaba dejarme solo

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juntaría mis fuerzas para correr tras él y quitarle la vida, pero que si se mantenía
tranquilo, a mi alcance, mis veleidades de venganza no se concretizarían en nadie. Y
por ende, no en él.
Para ser franco, no sabía nada sobre lo que corría el riesgo de producirse en lo
inmediato. Ya no me interrogaba al respecto. Había entendido que, pasara lo que
pasara, acabaría en Cockroach Street, aunque ignoraba después de qué episodio o de
qué ausencia de episodio. No sabía en qué estado iba a abandonar a Marconi a mis
espaldas: intacto o bañando en su propia sangre —o peor aún. Era eso, aquella
certeza en lo que se basaba Jessie Loo para mantener algunos brillos de esperanza en
Marconi. No obstante, el pesimismo de su compañero sólo se hacía más fuerte.
Marconi no se hartaba de contar. Le tenía encono a Jessie por haberse declarado
impotente para salvarlo. Estaba sentado en el suelo, roído por la animosidad y el
espanto, alterado por estertores caóticos. Luego empezó a vapulearla con reproches.
De pronto Marconi tomó la palabra de forma novelesca, a la manera de un
personaje post-exótico que se explaya y monologa. Le reprochaba a Jessie Loo
haberlo buscado en sueños y haberlo acogido cuando purgaba su segunda muerte en
el lugar llamado los Tres Hocicos. No valía la pena intervenir tan tarde, se quejó. Casi
había terminado de desfallecer en una fosa enrejada, sin esperanza de ser salvado por
nadie, a cien metros del lugar en donde antaño un comandante le daba la orden al día
para que se levantara por las mañanas, o para que se acostara por las noches,
golpeando varias veces en la tierra con sus botas. Ahí había encontrado la serenidad.
El lugar llamado los Tres Hocicos había sido atacado por el Ejército Rojo poco
tiempo después de la partida de Gabriela Bruna, y él mismo, Gúlmuz Kórsakov, decía
Marconi, había sido olvidado durante las operaciones de destrucción total del sitio.
Los Tres Hocicos habían sido dejados al abandono. Gúlmuz Kórsakov vivía en el
desenlace y el hastío, entre las ruinas de las yurtas y los trozos de muros y los
esqueletos ennegrecidos de las comisarías del pueblo y de los chamanes, contaba
Marconi. Más que ver todo eso, lo olfateaba. Sus ojos habían sido devorados por el
ácido úrico. Durante largo tiempo me habían vaciado encima una bacinica, le
recordaba Marconi a su auditorio. Aquel gesto era algo rudo y me reeducaba bastante
poco pero por lo menos seguía siendo un contacto con el exterior. Ya no tenía aquella
distracción, decía Marconi. Me moría de languidez, prácticamente había perdido la
vista, veía la luz desde un ángulo cada vez más desfavorable, iba a morir. Marconi le
reprochaba a Jessie Loo haber perturbado su agonía solitaria cuando todo estaba a
punto de acabarse para él con toda tranquilidad. La acusaba de haber hecho arreglos
para encontrarle un complejo transporte en teleférico hasta la Ciudad en lugar de
dejarlo extinguirse sin que se diera cuenta. Se quejaba del clima caliente de la
Ciudad, de aquella humedad asfixiante a la que nunca había podido acostumbrarse.
Se había vuelto injusto hasta el espanto. Le recriminaba su compasión hacia él, los
cuidados que le había dado, sus errores hechiceros que le habían pegado una
enfermedad de plumas incurable, y ese estatuto de Gólem sin aliento que le había

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conseguido para que su existencia se prolongara indefinidamente en la Ciudad.
—Y todo eso, gimoteaba, para dejar que esta cucaracha se cebe conmigo.
—Ese es tu destino, mi Gúlmuz, dijo Jessie Loo. Son fuerzas que nos re basan.
Además, le prometí a Gabriela Bruna que le ayudaría a Dondog en su venganza. Le di
mi palabra de chamana en el sueño. Es un pacto de honor entre nosotras, eso es algo
que no se puede romper.
—Mh, el honor, dijo Marconi con voz ronca.
—No puedes entender, mi Gúlmuz, dijo Jessie Loo. No sabes lo que es el honor.
A mí, lo que me une a Gabriela Bruna no es el recuerdo de una violación. Me una a
ella el recuerdo de la revolución mundial.
—¡Uta!, escupió Marconi. ¡Pero si ya no existe todo eso! ¡Acabó siendo barrido!
—Tienes razón, dijo Jessie Loo, ya nada existe, todo el mundo está muerto. Pero
mi promesa pervive. Es lo mismo para él, para el tal Dondog. Su venganza pervive.
Ya no sabe por qué debe vengarse. Ni de quién. Pero eso pervive.
—¡Carajo!, dijo Marconi con voz desolada. Como si no fuera posible parar a este
tipo. O llevarlo desde ahora a Cockroach Street.
—Para Cockroach Street todavía hay que esperar un poco. No puedo acelerar
nada.
—Pero y tu magia, dijo Marconi apretando los dientes. Tus poderes ilimitados…
—El viento ha cambiado de dirección, mi Gúlmuz. En la Ciudad ya no soy nadie.
Todavía tengo algunas argucias para escapar a la extinción o a la mafia, pero eso no
durará siempre.
—¡Fregados!, sollozó Marconi. ¡Va a echárseme encima y a desangrarme!
—Mejor piensa que es tu schwitt, dijo Jessie Loo. Nadie escapa a su schwitt.
Los seres amados desaparecen, la revolución mundial se dispersa en polvo como
un mojón seco, en el espacio negro ya no encontramos a las personas amadas, los
gólem se derrumban uno tras otro, de la historia se invierte el sentido, las pasiones se
extinguen en la nada, se desvanece el significado de las palabras, los enemigos del
pueblo y las mafias triunfan para siempre, los sueños traicionan la realidad, y a pesar
de todo la venganza subsiste, un chicote irreductible de venganza que carece de toda
justificación, que se limita a un gesto de violencia contra un blanco bastante incierto.
Y para colmo, lo más molesto: nadie escapa a su schwitt.

Exhalé un estertor entre gimoteos.


—Dígale a Kórsakov que si no se mueve, si no intenta huir, no lo perseguiré, dije.
No escuchaban mi voz.
—Es horrible, dijo Marconi. Aún no acaba de extinguirse. A la menor ocasión
puede reanimarse y despacharme.
—Sí, dijo Jessie Loo. Hay que ser pacientes, mi Gúlmuz. Aunque, a final de
cuentas, puede que todo acabe bien para ti. Acaso se extinguirá sin haberte atacado.

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—¿Qué está haciendo ahora?, jadeó Marconi. ¿Duerme?
—No. El estado que precede a la extinción no se compara con el sueño ni con la
vigilia. Es confuso y se alarga, a veces hay una sensación de espera, parece. Ya ves,
mi Gúlmuz. Él también debe morirse de aburrimiento.
—¡Carajo!, cuchicheó Marconi.
Su cuerpo se sacudió, cambió ligeramente de dimensiones, se erizó con el
plumaje. Al cabo de dos segundos las plumas desaparecieron. Se disculpó.
—De nada, dije.
En realidad no sentía los síntomas descritos por Jessie Loo. No me estaba
muriendo de aburrimiento. El cansancio me impedía tener sensaciones tan sutiles. De
la transpiración al vértigo, sí. Eso sí. Y la impresión de que algo se iba acercando. O
de que había terminado o hecho algo mal. Eso sí. Pero nada tan claro que pudiésemos
haber definido con palabras.
Me parecía más bien que estaba soñando.
Una cucaracha corrió durante cuatro segundos en la parte baja de la pared y se
detuvo sin transición. Cuando se quedó inmóvil se fundió con el ángulo negro que el
cemento formaba con la noche. Durante un cuarto de hora ella y yo permanecimos en
estado amorfo, sin esbozar ningún gesto el uno hacia la otra. Luego, como me parecía
de mala educación no intentar comunicar con ella, me saqué de mi torpeza, la bauticé
y le hablé.
—¿Estás ahí, Smoky?
Pero ella no contestaba. A mi gallarda seguridad se le movió el piso. Le pregunté
si no me guardaba rencor por haberle dado el nombre de una perra de mi infancia,
una perra negra. Mencioné que se trataba de una perra lobo con el pelo lustroso,
extremadamente inteligente para su edad y siempre amable y gentil con los
Untermenschen y los niños. Ya no me acordé de más detalles y me callé. La
cucaracha seguía sin revirarme nada. Concluí que formaba parte de su carácter
escuchar con placidez mientras esperaba que los acontecimientos llegaran hasta su
fin.
Después de una pausa que duró más o menos una hora, me decidí a hablar de
nuevo. Tenía ganas de que Smoky me prestara algo de atención. Más que lanzarme a
evocar las masacres étnicas de mi infancia o a describir la vida cotidiana tras las
torres de vigilancia, organicé mi charla en torno a las opciones de sociedad:
igualitarismo suntuoso o capitalismo, con o sin campos. Me estaba poniendo de
malas como solía hacer cuando hablaba sobre las grandes fortunas cuando, de golpe,
más lejos, más allá de Smoky, percibí que Marconi se movía en la sombra.
—¡No te muevas!, aullé.
Smoky había dado un sobresalto. La tranquilicé. Me acerqué a ella y la
tranquilicé.
—No grité contra ti, dije. No te tengo rencor a ti. Haz como si no hubieses
escuchado nada.

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Aprovechando mi distracción, Marconi había empezado a arrastrarse fuera de mi
alcance. No había podido resistir a su imbécil impaciencia de estar sano y salvo. Se
dirigía a toda costa hacia el balcón. Su prisa era torpe. Sus manos resbalaban,
rechinaban sus pies. Percibí, en el corazón de la negrura, aquella masa miedosamente
activa.
Abrí los ojos.
Había la misma obscuridad que en lo que acababa de ver.

Jessie Loo había regresado al cuartito recién abierto, había desplazado su tamboril y
estaba a punto de sentarse en el borde de la bañera. En la densa obscuridad costaba
distinguir los cráneos de comadrejas que colgaban de su cinturón, las mandíbulas de
ratas, las sonajas, su abrigo desgarrado, sus cabellos grises ahora despeinados.
La asqueaba lo que iba a ocurrir a continuación. No había sido capaz de retener a
Marconi, sabía que me había levantado, que la persecución iba a empezar, que el
sucio e irracional filo de la venganza se había puesto en acción. El destino se estaba
cumpliendo, el destino obedecía a las fuerzas inmundas sobre las que no tenía
ninguna influencia. Jessie Loo se había hundido en la negrura más espesa del baño
para ver lo menos posible de aquel destino. No se sentía obligada a asistir a una
posible masacre. Ahora tenía la cabeza inclinada hacia un hombro, como una joven
melancólica, y miraba su inmenso tamboril mágico con indiferencia. Esperaba.
Esperaba que hubiese terminado con Marconi para conducirme hacia Cockroach
Street.
Marconi, por su parte, se acercaba a la puerta de salida. En su agitación
coordinaba mal sus gestos. Progresaba pequeñitamente. Una nueva exhala ción de
plumas silbó a su alrededor ayudándolo a cruzar más rápido los últimos cincuenta
centímetros. Tuve la impresión de que había volado a ras del suelo. Marconi se irguió
y tanteó en dirección del seguro. Jaló hacia adentro la puerta antes de precipitarse al
exterior. Cada tanto escuchaba por encima de su hombro para saber si me había
lanzado o no tras sus pasos.
Lo dejé salir y luego me eché a correr tras de sus huellas.
Primero me costó orientarme en la escalera. Los ruidos de la fuga de Marconi
rebotaban a lo largo de las paredes. Me quedé congelado para decidir si debía subir o
bajar. Los olores a desechos se arremolinaban, removidos por el paso de un cuerpo en
pánico. La obscuridad era, como en todas partes, bastante pesada y húmeda, bastante
caliente. Sentí una corriente de aire en ambas mejillas. Una puerta se puso a batir en
el séptimo piso. Incluso forzando el paso, Marconi no hubiese podido alcanzar tan
pronto aquella altura. Si no, tendría que haber escuchado sus ronquidos desesperados,
su lucha contra la asfixia. Los ecos ilocalizables de pasos se detuvieron. Marconi se
había inmovilizado, él también, parando el oído. Quería saber si había encontrado su
pista. Su silencio intranquilo se originaba en uno de los pisos inferiores, el segundo o

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el tercero. Me puse a correr en esta dirección. Recorrí a velocidad reducida tres
hileras de escalones.
Cuando mis suelas empezaron a chasquear en el cubo de la escalera, Marconi
comprendió que había sido descubierto. De inmediato se apuró con una rabiosa
desesperanza. Sus manos rasguñaban el cemento y el metal del vertedero de basura.
Se peleaba con un trozo de lámina. Como lo había intentado en varias ocasiones
durante el día y la noche precedentes, deseaba escapar de mí siguiendo aquel
conducto vertical. Lo alcancé en un santiamén. Ya había arrancado la tapa metálica y
aprovechó para tirarla sobre los escalones a la altura de mis pies. Esperaba que me
tropezara con ella y me rompiera las piernas. Y sí, tropecé con la tapa, por lo que
necesité varios segundos para ponerme de pie. Palpé mis articulaciones esperando lo
peor pero por suerte no me había estropeado ningún segmento esencial. Durante esos
momentos Marconi se retorcía para penetrar en la boca del vertedero de basura.
Estaba a punto de desaparecer cuando lo apañé de un tobillo, de la rodilla y jalé hacia
atrás con todas mis fuerzas. Marconi no sólo me dejó extirparlo de aquella abertura
sino que también participó en la maniobra para no hacerse pedazos el rostro, o el
vientre, contra los afilados pernios de la tapa. Nos encontramos cara a cara distantes
de medio paso. Ambos habíamos acabado debilitados por aquella serie de
movimientos que habíamos realizado con una sinceridad física extrema ya que se
trataba de una cuestión de vida o muerte; bramábamos balanceándonos frente a
frente, como dos recién electrocutados más que como dos adversarios. No decíamos
nada. El intercambio mental entre nosotros era mediocre. Nuestra determinación
marcial aún más. Tardamos un buen rato en acordar nuestras respiraciones
incoherentes. La boca del vertedero de basura silbaba a un costado. Marconi no me
miraba. Tenía varios mechones de plumas sucias y rotas que ya no se retraían. Ya no
se disculpaba cuando se hinchaban y desaparecían en sus brazos aquellas placas de
plumaje. Yo no estaba como para preguntar si estaba o no ciego ni si era un áptero o
no. Aquello ya no tenía ninguna importancia.
Luego Marconi se arrodilló. Hice lo mismo por hartazgo, aunque también con la
idea de quedar a su altura. Se puso a hurgar en sus bolsas. Como transpiraba a mares
creía que estaba buscando un pañuelo, un pedazo de tela para secarse. Pero no —de
hecho. De quién sabe dónde había sacado un cuchillo de schwitt que empuñaba para
encajármelo en una pierna. Sentí que la hoja cor taba con dificultad la tela de mi
pantalón hundiéndose un centímetro en mi muslo. El cuchillo temblaba sin fuerza en
mi carne. Estábamos muy lejos de lo que Eliana Hotchkiss habría sido capaz de hacer
en una situación semejante. Marconi soltó el arma. No había acabado conmigo.
Fascinado por haberlo visto lanzarse al combate y por todo lo que implicaba su fallo,
ya no hacía ningún gesto. De pronto tenía un aire hipnotizado o meditabundo. Lo
empujé, y en la lógica del movimiento acabé a cuatro patas. Tenía que recuperar el
cuchillo antes que él. Mis manos exploraban el suelo cubierto con desperdicios. Nada
parecido a un puñal se presentaba a mis dedos. Escoria y montones de lodo

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pestilentes sí, utensilios y hongos podridos sí, pero un arma, no. Mientras sondeaba
aquellos restos Marconi jadeaba a un lado. Ya no profería nada. De golpe se aventó
hacia la boca del vertedero de basura y empezó a meterse dentro. Yo estaba en otra
parte del rellano, hurgaba en medio de fragmentos filamentosos, removía cartones.
Había un hervidero de cucarachas. La iniciativa de Marconi no me preocupaba
demasiado. Estaba convencido de que sus caderas iban a atorarse en la abertura y que
de ese modo estaría a mi merced. Por eso seguí espulgando y separando inmundicias.
Sin embargo, en esta ocasión Marconi consiguió deslizarse por completo dentro del
fétido conducto. Esa era la prueba de que, tanto él como yo, habíamos cambiado de
talla. Redoblé mi enjundia en aquella excavación. Apenas puse la mano en el cuchillo
me levanté y me asomé a mi vez por el tubo. La boca había tragado por completo a
Marconi. Ya no silbaba. Contrariada por el cuerpo de Marconi un poco más abajo
había cesado la corriente de aire, aunque persistía la pestilencia que atontaba con un
olor a miasmas y a muerte agazapada. Dejando eso de lado, me hallaba al borde de un
camino como cualquier otro, ni más ni menos obscuro que el resto de los caminos de
Parkview Lane. Un poco más obscuro, tal vez. Un poco más repugnante. No lo sé. Un
poco más hacia el lado de lo repugnante, tal vez. Escuchaba la reptación nada discreta
de Marconi. Se deslizaba hacia la planta baja. De arriba abajo del inmueble, la
canalización era sacudida por sus sobresaltos y sus codazos. Aunque se había
encogido, aquello estaba demasiado lleno como para poder caer directamente por
aquel ducto. Su cuerpo rozaba cosas, obligado a nadar hacia abajo para avanzar en
aquel gran tubo obstruido por viscosidades florecientes, por horrores blandos. En
lugar de caer tenía que abrirse una brecha en medio de todo eso. Aquellas
operaciones para liberar el espacio lo retrasaban. Según yo, no me llevaba más de un
piso de delantera.

Para respetar el folklor del clavado, más que por necesidad, inflé mis pulmones y
bloqueé mi respiración, luego me deslicé por la boca del vertedero para alcanzar a
Marconi. Primero había unos centímetros de cemento oblicuo. No tenía la agilidad
del azogue, sin embargo, rebasé sin daños la unión entre aquella pendiente bastante
pronunciada y la columna vertical, iniciando inicié mi descenso con la cabeza por
delante. Todas las cosas podridas de la Ciudad se me pegaban al cuerpo. Se
acumulaban contra mis hombros. Me arrastré sin pensar en nada. Marconi iba
adelante. Ya no tenía ningún medio para escaparse de mí. Tampoco podía darse vuelta
para hacerme frente. Era una persecución fácil. No sabía cuánto tiempo iba a durar.
Quizás la duración obedecía a sistemas de medición confiable pero ni Marconi ni yo
teníamos acceso a ellos. Cuando se piensa bien, sólo había que recorrer dos pisos.
En un momento dado tuve consciencia de que Marconi había llegado a la planta
baja. El tubo me transmitía tan sólo mi propia agitación, mis esfuerzos, mis rasguños.
La corriente de aire se sintió de nuevo, cacheteándome los párpados. Estaba solo.

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Marconi acababa de aterrizar en el local de servicio en donde los habitantes de
Parkview Lane depositaban en otras épocas sus basuras y contenedores. Al abandonar
el tubo Marconi había caído sobre los desechos, provocando el derrumbe de una
montaña ruidosa y, con toda verosimilitud, abominable. Latas de conserva rodaron en
el cemento y rebotaron. Yo emergí casi al instante siguiente. Marconi estaba
desincrustándose de un montón infecto que lo había absorbido hasta la cintura.
Gesticulaba como un ebrio o como alguien recién pisoteado. No había encontrado
nada metálico para defenderse y no pensaba lanzarme proyectiles. Saqué el busto del
tubo dándole cuchilladas con mi arma a la obscuridad, a los desechos suspendidos,
luego caí sin mayor procedimiento. Marconi se echó a correr hacia la pared más
cercana. Se obstinaba en encontrar una abertura en el ladrillo cuando no había nada
de ese tipo.
Entonces estuvimos de nuevo cara a cara. El suelo tenía una viscosidad
indescriptible. La única salida era una puerta de hierro. Yo estaba colocado enfrente.
Dedicamos uno o dos minutos a desemplastarnos de los restos más grandes y a
destaparnos las narices y la boca. Habíamos pospuesto para más tarde la danza del
asesino y del asesinable. Ninguno de los dos mostraba hostilidad alguna hacia el otro,
antes al contrario. Lo ayudaba yo a limpiarse los desperdicios más llenos de asfalto.
Me liberó una pierna que tenía apresada en un cartón infame. Nos sacudíamos el
polvo sin decir palabra. Sabía que tenía que vengarme de él pero ya no me acordaba,
exactamente, de qué. Si me lo hubiesen preguntado habría sido bastante incapaz de
establecer un lazo afectivo entre un suceso cualquiera de mi vida y la necesidad de
degollar aquí mismo a Marconi obligado a dejar de hacer cualquier otra cosa. En el
fondo, si me alistaba a matarlo ahora, era sobre todo porque se había ido del 4A
intentando escapar de mí y sobre todo porque hizo rechinar el moho del suelo.
—Sólo dime una cosa, dije.
Al principio, creo que quería hacerle una pregunta precisa. Sin embargo, se me
había ido de la mente apenas había abierto la boca. Era quizá una pregunta sobre su
verdadero nombre, o sobre mi abuela. Esperé un momento a que me viniera una idea
la mente, pero como nada emergía me contenté con agitar mi navaja dando gruñidos.
De cualquier forma, Marconi tenía tan poco aliento que era incapaz de
contestarme. Marconi o Gúlmuz Kórsakov, no sabía qué identidad otorgarle ahora.
Nos balanceamos todavía un momento cara a cara. Estábamos a menos de un paso el
uno del otro. Marconi estaba subido a un montículo. Me rebasaba por una cabeza. Él
tenía esta posición a primera vista ventajosa pero yo era el que bloqueaba el camino
de salida —y también el único que poseía un arma.

Se podía adivinar que había bichos un poco por todas partes en los alrededores. Se
habían alejado del centro de la riña y permanecían al acecho, formando un vasto
círculo. Estábamos en la obscuridad total. Las sombras se asemejaban y en algunas

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partes había unos cuantos matices. Reconocí una silueta familiar en la primera fila.
—¿Ahí estás, Smoky?, dije.
Enarbolaba el cuchillo sin aventarme, sin saber si tenía que hablar ni qué tenía
que decir; para colmo, me pareció que Smoky no debía verse inmiscuida en todo esto,
en todo este episodio aterrador.
—No mires, Smoky, dije. Esto se va a poner color de hormiga. Haz como si no
existiéramos. Haz como si el único mundo que existiese fueses tú.

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XVI. Dondog

Por todas partes había sangre en el local. Nadie abría los ojos para comprobarlo, pero
cuando uno cambiaba de posición era posible sentir los charcos debajo de los pies.
Cuando uno no caminaba cerca de los residuos de Marconi, por supuesto. Y lejos
también.
Estuve prostrado un largo rato. El sueño me envolvía con un abrigo de plomo. Me
envolvía en vano en su interior. No conseguía dormirme. La sensación de fatiga era
aplastante pero no perdía la consciencia. Permanecía hecho bolas en mí mismo.
Habría podido verme sacudido por escalofríos, pero no. Parece que en ciertas
circunstancias, después de ejecutar su crimen, los asesinos vomitan y los vengadores
tiemblan. Espasmos de horror los mandan al suelo. Pero esta vez, a mí, nada. Mi
cuerpo siempre ha reaccionado al crimen con el abatimiento.
Eché a andar en la obscuridad con una lentitud de lémur. Escogía los pasajes en
donde la espesura de las inmundicias era menor. Habría podido mantenerme inmóvil
pero estaba preocupado por la idea de que Jessie Loo iba a cerrar la puerta e irse sin
mí. Quería que me ayudara a llegar hasta Cockroach Street. Tenía miedo de perderme
yo solo en el camino.
Los minutos se sucedían unos a otros. Jessie Loo tardaba. Seguía con lentitud la
base de los muros. Mis extremidades se bamboleaban. Estaba en condiciones de
reflexionar pero no se me ocurría nada. No sabía qué decir, a quién decirle adiós ni
cómo. Tampoco sabía qué hacer. Me dilaté aún algunos metros, luego me detuve.
Había que actuar una última vez —o hablar.
Escogí un muro al azar y me paré enfrente.
Cerca de mí había bastante sangre y materia frágil como para imprimir algunas
letras. Podía escribir algo en el ladrillo. Dejar mensajes o algo de prosa. Me parecía
que eso era algo que se hacía en semejante situación. Tenía en mente algunos
residuos de imágenes que me guiaban. No me molestaba nadie. Tenía todo el tiempo
para encontrar la fórmula indicada.
Primero tracé:

BALBAIÁN VENGARME HA

Aquello me tomó una media hora. Los caracteres eran torpes, pero si la policía metía
sus narices acabaría por descifrarlo. En caso de que investigaran no retendrían la
hipótesis del crimen gratuito.
Me costaba mantenerme de pie. Me apoyé en el muro con la espalda. Volviéndolo
a pensar, aquella inscripción no aclaraba nada. Había que comple tarla. Di dos pasos,

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junté un puñado de aquella tinta rastrera, me levanté para plantar las manos a la altura
de los ojos. Luego escribí:

DONDOG MATARME HA

No quería que por error acusaran a alguien de mi asesinato o del de alguien más.
Dudé largo rato frente a aquellas palabras. Para hacerlas aparecer el esfuerzo
había sido sobrehumano. Me sentía fuera de equilibrio y en estado de placidez.
Entendía, confusamente, que acababa de llevar a cabo una proeza absurda. Mi cuerpo
recordaba frases que había pegado, en otras épocas, de cabo a rabo y hasta llegar al
final. Ahora dudaba, sin poder acordarse de pronto sino de eso. Mi cuerpo recordaba
aquella prosa inútil. Había vivido mi vida hasta su término pero no conseguía saber si
había que estar satisfecho.
Me adormecí, me desperté.
Satisfecho o no, había llevado mi vida hasta su término. Todo lo vivido había
entrado ya en la nada aunque algo de prosa iba a sobrevivir. Acaso de ese modo había
que apreciar las cosas. Algo de la novela subsistía en este muro y quizá también en
otras partes, en otros sitios no menos estratégicos para la cultura humana y asimilada.
Me habría gustado saber más sobre mis libros. Había olvidado sus temas, el nombre
de los chamanes y lectoras que los habían tenido entre sus manos, los lugares del
campo en donde los había escondido.
Suspiré, me adormecí, me desperté.
El muro estaba bastante negro. No se veía absolutamente nada, aunque un poco
más lejos había un eslogan publicitario:

QUIEN NO HA LEÍDO A DONDOG NO ES DIGNO DE SER UN PERRO

Reconocí mi escritura. Debí componer aquello en un momento de ausencia. Debí


haber escrito eso para divertir a Smoky. Aun así, esa frase me parecía ahora amasada
sobre todo con fatuidad y, por ende, repugnante. Las gotas de vergüenza chorreaban
hasta mis ojos. Apenas pierde uno la consciencia, el crimen y el orgullo adoptan sus
formas más repulsivas.
Intenté volver ilegible aquella publicidad aplastando por encima puñados de lodo
putrefacto. Tenía ganas de gritar: Dondog no escribió eso. Yo no soy Dondog, ya ni
siquiera me acuerdo del nombre de los demás, ¿cómo podría acordarme del mío?
Había abierto la boca para aullar, pero como todo estaba en silencio a mi
alrededor me limité a cuchichear un esbozo de excusas. Por ser una cucaracha,

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cuchicheé. Indigno por ser una cucaracha.
Luego me derrumbé sobre el lomo.
Jessie Loo abrió la puerta y dio un paso hacia el interior. Uno no se daba cuenta
de inmediato que no deseaba comentar lo que descubría en el local. Cuando se
volteaba hacia mí lo hacía sin mirarme. O entonces me barría con la vista sin ninguna
consideración. Me hizo señas para que me levantara y me aventó encima la chamarra
de prisionero que había dejado en el sofá del 4A. Me la enjareté de inmediato sin
decir nada y me volví a poner de pie.
—Apúrate, me urgió con brusquedad. La policía está tras tus huellas.
—¿La policía o los schwitts?, pregunté.
Pero ella ya me había dado la espalda. No me contestaba. Es verdad que, para mí,
aquel era un detalle menor.
Recogí el cuchillo y lo deslicé en mi chamarra. Luego caminé tras ella. Ahora,
pasara lo que pasara, iríamos hasta Cockroach Street.

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XVII. Cockroach Street

En el bar inundado de voces y de humo había tres lámparas de petróleo y cuatro


mujeres. Aunque la sala estaba terriblemente a obscuras enseguida conté a las
mujeres, en el instante mismo que rebasaba el umbral. Durante mi cautiverio había
desaprendido varios principios de base y muchos derechos del hombre, mi
sensibilidad también se había embotado en todas las áreas. Mi deceso y mi errar por
la Ciudad no habían arreglado las cosas, sí, pero si se piensa bien mi patrimonio
genético había cambiado poco. En todo caso había conservado aquello: el instinto
sexual. Fuera cual fuera el espesor de las tinieblas, o la densidad del público,
distinguía en un santiamén una presencia femenina por muy breve que fuera. La
distinguía con una avidez interior en la que la emoción y la precisión se mezclaban.
Es verdad que luego me comportaba de un modo que hubiera desilusionado a mis
ancestros, mis predecesores fuertes y bárbaros, pues no me precipitaba sobre nadie,
no violaba a nadie y me mantenía en una inofensiva ensoñación sin emprender ni
esperar nada. En general, lo que cimienta a un grupo de hombres o de Untermenschen
se reduce a la violencia y la muerte. Cuando formaba parte de semejante
confraternidad, saber que existía no muy lejos una mujer me daba siempre un poco de
valor para seguir fingiendo algo de placidez, o incluso la vida, hasta cuando
sospechaba que aquella mujer no jugaría ningún papel en mi destino. En verdad,
observar esa noche que había cuatro chicas en el bar no era una gran hazaña. A la luz
de la mezquina claridad que difuminaban las lámparas las chicas no hacían nada para
disimularse, como hacían al contrario los clientes que parecían formar un solo cuerpo
con la sombra compacta, como arañas y la tela que las cobija. Cerré la puerta. A mis
espaldas soplaban la noche, la pesada humedad de Cockroach Street y los jadeos de
los policías que me pisaban los talones. Tanteando me dirigí a una mesa vacía,
consciente de tener un aire de detenido merodeando o en fuga. Ahora tocaba el turno
de sumergirme en las tinieblas. No había recibido ninguna reacción colectiva después
de entrar, ni bromas agresivas ni silencio. Aquí les daba igual la relación que los
visitantes mantenían con el universo concentracionario. Lo cual me convenía. Me
senté. Tenía tanto sueño que ya no sentía las piernas. La luz más cercana burbujeaba
con esfuerzo a doce pasos de mi cabeza. Lo que me rodeaba estaba hecho de pino
cochambroso: los bancos, el techo bastante bajo, el suelo, y todo apestaba. Había
conocido hacía poco cualquier tipo de pestilencias aunque no habían tenido tiempo de
grabarse en mí. No remitían a ninguna experiencia normal, animal o memorizable. Ya
no entraban en mis sistemas de comparación —porque ya no me acordaba. Sabía que
había atravesado la Ciudad, el 4a y la planta baja de Parkview Lane pero no podía
acceder a ninguno de los acontecimientos. Lo que acababa de producirse me parecía
extremadamente borroso o distante. Lo que había tenido lugar en aquellas últimas
fechas era del orden del sueño. En Cockroach Street reanudaba ahora con lo real, con

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la realidad orgánica de las poblaciones nocturnas. A primera vista, los bebedores que
se amontonaban ahí pertenecían al crimen o al fango. Las vestimentas que frotaban
contra los asientos, los dedos enormes que apoyaban en las mesas habían estado en
contacto con la inmundicia y la sangre, con los ganados, con los animales que habían
sido abatidos o escoltados, y con sus boñigas. Dicho de otro modo, la nube de aire a
su alrededor era irrespirable. Pensé de inmediato en los dormitorios del campo. Según
yo, uno debía tragarse ahí un vaho menos grumoso. Incluso de madrugada, cuando
cada presidiario había alimentado el espacio con sus flatulencias, el hedor no
alcanzaba semejante grado de horror. No obstante, me habían soltado desde hacía tan
poco que husmeaba a todo pulmón, y sin nauseas, aquella fetidez. Muy al contrario.
Me había instalado en una mesa y respiraba el aire de la libertad con una disposición
del espíritu que se asemejaba al bienestar. Una nostalgia de los grandes espacios
concentracionarios y de las obras me había atormentado toda la vida, e incluso
después, pero en aquel minuto no experimentaba ningún pesar al rememorar los mil
perfumes infames de los campos. Bloqueaba mis bolsas pulmonares por la costumbre
de la apnea más que por el reflejo del asco.

Se acercó una chica a mi mesa. Tropezó con un cuerpo que yacía en el suelo y soltó
una exclamación que pasó desapercibida en medio del barullo, una exclamación de
hartazgo. Luego paso por encima de la masa inerte, avanzó hacia mí y tomó lugar en
mi banco. Me apresuré a exhalar. Era una joven mujer encantadora. Sus mejillas
generosas relucían: de cansancio, de lujuria. Llevaba un vestido uniforme, rojo
obscuro, confeccionado tanto con aberturas y jirones como con tela. Salvo los reflejos
de la lámpara sobre su piel sudorosa, apenas la veía. Hola, cucarachita linda, me dijo.
¿Recién sales del campo? ¿Escapaste a los schwitts? Sin modal alguno se contoneó
hacia mí hasta tocarme. Adivinaba contra mí su muslo y su cadera ardientes como si
ninguna tela me hubiese separado de ella. Y de los chamanes, ¿también te escapaste
de los chamanes?, dijo con tono alegre. Luego introdujo una mano en la manga de mi
chamarra mientras la otra se arrastraba hacia mi entrepierna. Con el brazo izquierdo
esbozó una caricia a medias y me preguntó lo que deseaba. Tenía el aliento caliente,
el aliento ferozmente gástrico de alguien que acaba de ingurgitar carne de hombre o
de perro. No quiero nada, dije. Se acabó. Quiero dormir, eso es todo. ¿Dormir?,
repitió ella. ¡Pues mira tú nada más! ¡Tú sí que eres de naturaleza distinta…! Abrí
grandes los ojos viendo su cara banal y redonda, casi lunar, en donde la sonrisa se
había congelado, y crucé sus pupilas negras. Indescifrables. Cuando cruzaba la
mirada de alguien tenía la costumbre de leer una compasión despreciativa o abismos
de miedo rencoroso cuando tenía que ejecutar mi venganza, pasara lo que pasara.
También era frecuente una marcada indiferencia. Con todo, la mujer de rojo no
develada nada de sus sentimientos hacia mí. No conseguía ver si le producía horror o
no, o piedad. Me informó que se llamaba Nora Majnó y que, por el momento, estaba

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libre de cualquier atadura. Lo que me pidas, lo tendrás, mi linda cucaracha. Quiero
una cerveza, dije. Y dormir. Ya no aguanto estar de pie. Hace días que vagabundeo en
la Ciudad sin cerrar el ojo. Tenía que encontrar a aquellos tres traidores… Los tenía
que… Y ahora, por fin todo se acabó. Tengo sueño… Nora Majnó me quitó las
manos de encima, me dio unas palmadas en el hombro, y después de levantarse, se
alejó. La luz era demasiado débil para distinguirla con nitidez. Más que a la vista,
debía apelar a la intuición y al olfato para podía percibir no sólo su presencia, sino
también las de sus compañeras. A pesar de ser bastante grande, la sala perdía una
parte importante de sus dimensiones y de su realidad apenas se salía uno de los
círculos dibujados por tres llamas dentro de tres lámparas. Se podía tener la certeza
de que la policía no se aventuraría en semejante tugurio. De cualquier forma nunca
antes de la mañana en caso de que aquí, fuera del mundo, en las entrañas de
Cockroach Street, la noche pudiese, en un momento dado, dejar su lugar al día.
Después de apartar a la policía de mis pensamientos me puse a luchar para mantener
abiertos los párpados. Me pesaban quintales —e incluso más. Me limité a examinar a
Nora Majnó que, a lo lejos, se agitaba detrás de la barra para llenarme un cuenco con
cerveza. La vi responder a una pregunta que una mesa de cinco o seis hombres
ruidosos le había hecho. Las carcajadas abultaron la obscuridad antes de decrecer.
Entonces escuché con toda claridad a Nora Majnó decir que yo había asesinado a tres
personas, que me había vengado de ellas al salir liberado, y que a pesar de que tenía
un aire de nulidad ambulante era uno de esos tipos a los que era mejor dejar en paz.
Pronunció más frases pero de nuevo el barullo de los que se reían volvía inteligible lo
que se decía en el tugurio. Nora Majnó volvió a mi mesa. Esta vez había puesto
atención en no chocar contra el cadáver o el borracho que estaba tirado a mitad de su
camino. Depositó la cerveza entre mis manos, un recipiente de grandes dimensiones,
antes de sentarse junto a mí. Se me arrejuntó con pocos modales y empezó a
mordisquearme soplándome en la boca el repugnante recuerdo de todo lo que había
ingerido desde el crepúsculo para anunciarme su precio. Nora Majnó no sólo me
invitaba a comprarle un poco de manoseo, también un espasmo fulgurante. Sin saber
cómo, su vestido se le había levantado hasta las nalgas y ella hacía todo lo posible
para que le tuviese ganas antes de derrumbarme en el banco para dormir. Poseía dos
dólares que Jessie Loo me había zambutido en la chamarra antes de abandonarme en
Cockroach Street. Le di una moneda para pagar la cerveza. Escucha, Nora Majnó,
dije. Déjame beber este trago. No esperes nada de mí. Eres la chica más hermosa que
se ha acercado a mí en más de veinte años, sí, pero sólo voy a beber esta cerveza y
acostarme un rato aquí. Ve con las demás. El nombre que llevas es magnífico. Me
llevaré tu nombre en la memoria para dormir contigo apenas se cierren mis ojos. Eso
es todo: de mí no esperes nada más. Nora levantó los hombros, me lanzó al estómago
un codazo no demasiado brutal y me enjaretó en los labios una imprecación de
despecho. Según ella yo era una cucaracha harapienta y castrada, una pobre
cucaracha impotente, mis órganos estaban malditos, secos y malditos. Mis huevos no

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valían ni un comino. Luego me dejó ahí.

En el mismo instante se desbordó en mí el agotamiento. Ya no me di la molestia de


acompañar a Nora Majnó con la mirada. Un segundo tardó mi cabeza en doblarse
hasta a la pecho. Di un sobresalto. Tenía que beber urgentemente un trago si no me
iba a hacer pedazos la cara contra la mesa. Mientras tanteaba buscando la cerveza un
puño surgido de quién sabe qué vacío color del asfalto aprisionó mi brazo e
interrumpió mi gesto. Tenía los párpados deliciosamente cerrados y me vi obligado a
abrirlos con resquemor. Alguien a mi derecha me observaba a muy poca distancia
mientras me echaba su respiración encima, pero a diferencia de Nora Majnó ese
alguien no era una mujer. Entendí de inmediato que había peligro en el ambiente. La
pinza que me paralizaba la muñeca no era de esas de las que uno se libera con una
simple llave de combate cuerpo a cuerpo. A centímetros de mí había ahora un coloso
cuyos rasgos se perdían en la negrura. Reconocí un sombrero de nómada, una masa
de cabellos asombrosamente cochina. Olfateé su ropa que delataba una gran
promiscuidad con yacks, perros y otros animales peludos —e incluso muertos. Un
rayo que brotó de la lámpara de petróleo rasuró la superficie de aquel rostro, entonces
descubrí dos ojos penetrantes y fijos que me examinaban desde el fondo de una
cabeza sucia, devastada por el sol de las estepas y de seguro por miles de noches
pasadas bajo las estrellas. Mira nomás andrajoso, bufó la voz que aquella cabeza
emitía. ¿Así que rechazas a una señorita…? ¿Eh…? ¿Te atreves a menospreciar los
servicios de Nora Majnó…? El hombre tenía un cierto acento alemán y me estaba
buscando pleito. Calculé lo más rápido que pude qué contorsiones debía efectuar para
defenderme. Mi mano libre podría agarrar el cuchillo de mi chamarra, sí, pero estaría
en mala posición para golpear en la fracción del momento siguiente. Sin vuelo y con
la mano izquierda, obligado a picar ahí en donde incluso a un aguerrido asesino le
repugna dirigir su lanzar: en plena boca, entre los dientes. Obligado a ensartar ahí mi
cuchilla sin tener opción. Debía reventarle los dientes sin romper la hoja, no
detenerme en la lengua y avanzar hasta el fárrago de la trasboca para culminar el
ataque. Todo tenía que suceder en una doceava de segundo —a lo mucho. Ese era mi
análisis del duelo futuro. ¿Sabes, andrajoso?, en aquel instante el hombre prosiguió su
discurso. Cuando estoy a un lado, no hay modo de que alguien fornique con Nora
Majnó. Esta noche, quien la toque por amor, es hombre muerto. Me echaba en toda la
cara su aliento de coloso. Por amor, ¿entiendes?, dijo. Entendido, dije cerrando los
ojos. Incluso en aquella situación riesgosa no conseguía impedir que mis párpados se
cerraran. Dejarme caer sobre el banco y dejar que me tragara el sueño, pasara lo que
pasara: ese era mi último, mi único deseo. No te duermas, me dijo. Me apretó con
fuerza el brazo y consiguió que un tendón y un nervio se cruzaran detrás de mi codo.
El dolor me despertó. Mira primero. Mira en el suelo al tipo que tocó a Nora Majnó
por amor. ¿En dónde?, pregunté. ¿Qué tipo…? Ahí. Agachándome la cabeza y

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torciéndome la mano me guiaba debajo de la mesa. Ve a ver, dijo. Entre sus manos
me había convertido en un animal sin fuerza. Explico mi docilidad por el estado de
somnolencia agotada en el que me encontraba. Ya ni siquiera volteaba a ver mi
cuchillo. Había aceptado su superioridad física. Resignado, lo obedecía. Se dio cuenta
y me soltó. Siguiendo sus indicaciones salí en misión de reconocimiento. El objetivo
a observar estaba a unos tres metros del lugar en donde había estado sentado hasta
entonces. Me puse a avanzar a cuatro patas. Acaso la espesa obscuridad del suelo me
habría permitido escapar a mi interlocutor pero no intenté nada por el estilo. Había
entendido que no me quería lastimar. En aquel nivel inferior del espacio todo era
completamente negro y fétido. La luz de las lámparas no llegaba tan lejos. El piso de
madera estaba pegajoso. Oxidados canalones de vino y salpicaduras de sangre me
ensuciaron enseguida las manos. Me las limpié en la chamarra y en el pantalón del
hombre que yacía en el suelo a quien me habían enviado a verlo yacer. Lo palpé
apenas. Estaba muerto. Le faltaba la cabeza. Me levanté y vine a sentarme. Está
muerto, dije, como si esperasen de mí una información clínica. El otro no reaccionó.
Me instalé frente a mi cerveza. Le falta la cabeza, dije. Debió rodar en alguna parte,
dije. Mi compañero se había acercado y me dirigía ahora sus ojos —que no alcanzaba
a distinguir. Me echaba a la cara gases poco soportables y ya no me agarraba como si
me fuera a soltar un guamazo. Si me ponía la mano encima ya no era para
seccionarme el brazo o estrangularme. Nuestras relaciones se estabilizaban en una
especie de coexistencia pacífica. Sí, asintió, debió rodar en alguna parte. Me puse a
respirar con calma, a inspirar con calma los humos grasosos y el hollín que
remplazaban al aire. Mis pulmones se hinchaban haciendo ruido y se vaciaban como
extranjeros a mi organismo, como si ya me hubiesen inhumado y estuviese inmóvil al
fondo de mis sueños. Con los ojos cerrados y los dedos adoloridos cerré las manos en
el vaso enorme que aguardaba frente a mí. Lo acerqué a mi boca, me bebí dos tragos
de espuma. No te duermas, andrajoso, no sirve de nada dormirse, dijo. Me sacudía el
tórax con el hombro, y como comprobó que seguía desguanzado comprimió con
fuerza sus pulgares sobre las arterias de mi cuello, aflojó la presión y luego empezó
de nuevo. Sabía, desde hacía lustros, que los monjes hacen eso para mantener en vida
la consciencia de un agonizante, para mantenerla viva el mayor tiempo posible. ¿Eres
un lama?, pregunté. ¿Eres Schlumm, el lama?, pregunté. Él seguía masajeándome el
torso con rudeza. No, dijo. El día que un lama entre aquí será el fin del mundo. Dejó
de apretarme las carótidas. Te escucho, dije. Primero me confesó su nombre, Bronx,
Tonny Bronx. Luego me aseguró que había faltado poco para que me hiciera pedazos
sobre el fornicador sin cabeza. Había estado a dos dedos de la dispersión última. Sólo
porque rechacé las caricias de Nora Majnó me había salvado. Si hubiese alentado
aquellas caricias entonces estaría muerto. Lo bueno, para ti, es que eres una
cucaracha castrada, andrajoso, se alegró. No lo soy, protesté. Luego, se quedó
callado.

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El alcohol había atravesado las paredes de mi estómago para ir a rugir a otra parte. La
marejada del sueño regresó. Ya no hacía la diferencia entre silencio y ruido, entre
sombra y tinieblas, entre dentro y fuera. Estaba acodado sobre mi vaso, con el cráneo
entre los puños intentando formular una protesta para dirigirla a Tonny Bronx.
Permanecí así quién sabe cuántos segundos —u horas. ¿Y si?, objeté por fin, ¿y si, en
lugar de Nora Majnó…? Como había cuatro chicas… ¿Qué?, gruñó Bronx cerca de
mi oído. ¿Si qué, en lugar de Nora Majnó…?, decía, retomando los trozos de mis
frases dándoles una entonación teutona. Hay cuatro chicas en el bar, comenté. ¿Si, en
lugar de Nora Majnó, hubiese tocado a alguna otra…? ¿Si, por amor, hubiese tocado
a alguna otra…? Bronx resopló, de nuevo tumbó sobre mi costado derecho su masa
inquietante, su sebo, sus hediondeces a ganado y a carnicería subterránea. Me
inmovilizó el brazo de nuevo. ¡Ni se te ocurra, andrajoso!, dijo con voz ronca. Todas
se llaman Nora Majnó. Las cuatro. ¡Ah!, dije. Lo ignoraba. ¡Pero sobre todo ni se te
ocurra, andrajoso…!, gruñó antes de darme una nueva sacudida. Suspiré cuando
Tonny Bronx liberó mi brazo. Me estiré, volví a hundir los labios en la cerveza. La
naturaleza del líquido era, en una palabra, nauseabunda, y el mal gusto se había
agravado por la saliva de los clientes, por las espumas que formaban la costra del
borde del recipiente que no habían lavado nunca. Conseguí levantar los párpados.
Más allá de mis manos era difícil penetrar en las sombras. Las lámparas me servían
de salvavidas a pesar de que las llamas sobrevivían apenas en su celda de vidrio y no
iluminaban nada. A veces conseguía situar algunas siluetas sentadas en la obscuridad,
a veces no. Dientes u ojos brillaban, o el extremo de un cigarro, o gotas de sudor a
diestra y siniestra, botones metálicos. En la gran sala se amontonaban decenas de
consumidores. La mayor parte permanecía oculta a la mirada. Sólo Nora Majnó y sus
semejantes se desplazaban de forma que las localizáramos, yendo de un grupo al otro,
a todas luces invisibles, agitadas, desaliñadas, cacareando bromas a la concurrencia.
Debido a las desgarraduras de los vestidos sus cuerpos se ofrecían sin obstáculos a
los manolargas, a las patas, a las antenas, a las garras. Las cuatro chicas iban y venían
detrás de la barra, de donde salían cargando jarras y tarros para perderse en la densa
bola de machos que se reía con ellas. Algunos cuantos las tocaban por amor. Con un
dólar de por medio se hacían acariciar por un corto rato, en la tiniebla, hasta el
orgasmo. Me volteé hacia Tonny Bronx. Le pregunté por qué admitía aquel manoseo
mercenario, aquellas palpaciones y succiones que, era verdad, no sucedían en sentido
estricto justo a un lado sino una corta distancia, a menos de quince, a menos de diez,
de siete metros. No tolero nada, dijo. Vigilo. No tienen ninguna oportunidad, dijo con
voz ronca. Para que aprendas en cabeza ajena, andrajoso. Ni se te ocurra. Los que
tocaron a Nora Majnó por amor no tienen la menor oportunidad de escaparse. Y de
hecho, Tonny Bronx ponía manos a la obra. Apenas se alejaba yo aprovechaba para
dormirme, aun así, entre dos avalanchas de sueño me di cuenta de que Bronx ponía
en práctica sus lamentos. Y sí, aprendía yo en cabeza ajena. Bronx recorría el pasillo
central del bar, se dirigía a fulano o a mengano, cliente de su novia vestida de

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bermellón, de carmín, de verde o de azul, y sin perder un segundo lo agarraba del
cuello y le mordía el tórax hasta llegar al corazón. Luego aventaba los restos que se
sacudían algunos instantes, lejos de las miradas, entre las piernas de los convidados.
Debían sacudirse todavía un poco, pienso, estremecerse. La concurrencia ni se
inmutaba. El destino de un individuo que no había sabido defenderse no generaba en
ella ningún comentario. Los hombres que habían asistido a la escena seguían
bebiendo y riendo y divirtiéndose con las chicas. Tonny Bronx venía a sentarse de
nuevo conmigo. Como tenía dólares que hacía resonar en la mesa, Nora Majnó venía
con regularidad a renovar los brebajes preferidos de Bronx, mezclas de vinos
bastantes obscuros cuyo olor recordaba el ácido pícrico. Después de haber colocado
las ánforas y los cuencos frente a él, Nora Majnó solía venir a sentarse en el banco
que estaba entre él y yo. No sólo la novia de vestido verde, sino también las del
vestido rojo o azul, me ignoraban. Nora Majnó se acurrucaba contra él, y en aquella
atmósfera a alquitrán sus acres perfumes se acentuaban. El tufo, brotando con más
fuerza en olas cada vez más tupidas y espesas, aumentaba. Mi nariz percibía todo eso
de frente, al grado de afectarme y hacer que pulsaran en mi interior centelleos de luz
negra que se transformaban en imágenes de embriaguez y coito. Nora Majnó y Tonny
Bronx se tocaban por amor. A veces, durante sus estertores, un muslo o un brazo de
Nora Majnó se apoyaba en mí. Es más, algo de la tela húmeda se me enredaba en el
cuello, trozos sudorosos o esponjosos de cuerpo o de ropa se me pegaban alrededor
de la boca. Aquello me impedía dormir. Cuando abandonaba a Bronx, y mientras
hacía el gesto de desarrugar sus harapos informes: rojo vivo o rojo sombrío, azules
como la noche o esmeralda, Nora Majnó me miraba con una fisonomía que cambiaba
dependiendo de la ocasión. Redondo y banal era el rostro que acompañaba la llegada
del rojo claro. Oval y algo picado el rostro del vestido verde. Pesadamente simiesco
el que paseaba el vestido carmín. El cuarto, afilado y móvil como el de una
comadreja, el de la chica en azul. La novia de Bronx me seguía considerando con
indolencia, como cuando se divaga frente a un Untermensch ya rígido o frente a una
cubeta de desperdicios. Ya no mostraba ninguna agresividad hacia mí. ¡Ey!, le dije
una vez a una de las chicas. ¡Ey, Nora Majnó…! Me voy a tumbar para dormir en el
banco. Si la policía, o un schwitt, pregunta por mí, dile que aquí ya no estoy. Es más,
dile que me mató Tonny Bronx. Nora Majnó meneó la cabeza sin manifestar su
acuerdo o lo contrario, pero Bronx me interpeló desde su tiniebla. Yo me encargo,
andrajoso, me prometió. Ahora puedes dormir a pierna suelta. Si los tiras llegan, te
mato. Eso no es lo que yo, mascullé. Eso no es verdaderamente lo que yo. Luego me
hundí en la noche.

A mi alrededor, y durante un buen rato, el tiempo fluyó. Casi había penetrado en el


sueño, apelotonado en aquel camastro apestoso, con el lomo adolorido por los
tablones de la pared y los miembros plegados en una postura de autodefensa. Las

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gotas de sudor me inundaban los omóplatos atravesando mi chamarra. Las
flatulencias y los malos alientos ondulaban hasta mi nariz. Tiempo y agua fluían en
mí incesantemente. Sobre todo tiempo. Cualesquiera que fueran mi nivel de lucidez o
mi posición respecto a Bronx, tenía la sensación de ese fluir. Cuando me despertaba,
la sensación perdía nitidez. Cuando abría los ojos seguían rodeándome la pestilencia
y la obscuridad, los humos, las conversaciones golpeadas e incomprensibles. El lugar
no se vaciaba. Sin embargo, quizá porque Bronx cuidaba amistosamente de mi siesta,
nadie pensaba en quitarme mi lugar. Cuando nuevos amantes del alcohol o de chicas
penetraban en el bar plantaban su trasero de forma aterradora no muy lejos de mí,
pero nunca sobre mí en sentido estricto. A veces también me levantaba y apoyaba el
codo en la madera para ofrecerle a mi cabeza un apoyo. Se habían llevado mi cuenco,
y como alguien me había despojado de mi chamarra mientras dormía ya no tenía más
dólares para pedir una segunda cerveza. Para abrevar mi sed, de ahora en adelante
tenía que lamer los fondos de la botija o las sobras de las ánforas que Tonny Bronx
dejaba a mi merced. Era innegable que Bronx jugaba ya para mí el papel de buen
camarada. Cuando nuestros ojos se cruzaban me dirigía una mirada de complicidad,
incluso destrababa a veces los labios para hablarme. Me recordaba de buena gana que
no me entregaría vivo a los tiras. Eso no es lo que yo, murmuré. No del todo lo que
yo. Luego me derrumbé de nuevo en la noche, tranquilizado. No podía soñar, estaba
demasiado agotado para tener sueños. Me hundía en una letargia sin fantasía, en
fangos negros en cuyas profundidades cualquier actividad mental acababa exhausta.
Aquello duraba un tiempo incalculable, luego me despabilaba, sensible de pronto a
un impulso proveniente del mundo exterior. Había reaccionado, por ejemplo, a los
almizcles, a los ruidos, a los rozones. Me despabilaba y adivinaba no muy lejos a
Nora Majnó que se aplicaba con el cuerpo de un consumidor. Escuchaba los
borborigmos de las mucosas, gorgoteos y el brusco gemido de clímax masculino.
Paso seguido, Nora Majnó se paraba y ponía orden a su vestido rojo, o verde, o azul.
Enseguida Bronx me pasaba por encima para buscarle pleito al cliente aquel, todavía
un poco atolondrado y húmedo. Bronx lo mataba mordiéndole el cuello o
arrancándole los huesos del cráneo de un tirón. Tiraba al cuerpo debajo de la mesa,
antes de brincarme de nuevo para instalarse frente a su vino caliente. Nora Majnó
murmuraba de vez en cuando. Tenía la impresión de haber escuchado ese nombre en
algún lugar. Nora Majnó, un nombre magnífico. Luego me volvía a dormir. En el
campo, durante mis doce o quince mil noches de cautiverio, había soñado mucho con
mujeres. Rememoraba a las que había cruzado en mi vida. Manipulaba mis recuerdos
para hacer que aparecieran en sueños nuevas personalidades femeninas imaginarias.
Todas tenían nombres de guerra grandiosos. ¿Nora Majnó formaba parte de ellos? Mi
memoria no contestaba. Me puse a pesar con ternura en Nora Majnó. Como el pasado
estaba lejos y olvidado, más bien tenía ganas de imaginar algo que me uniera a ella en
el futuro. Digamos en un futuro muy cercano. Me puse a pensar en Nora Majnó con
ternura lasciva, sin dejar de colorear nuestras relaciones con una obscenidad

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afectuosa. Habiendo dicho eso, no olvidaba la irascibilidad de Tonny Bronx, sus celos
enfermizos que corrían el riesgo de ser un obstáculo. Por eso tenía la precaución de
no unir el gesto con la idea. Ya que Tonny Bronx seguía sin bromear con aquellos que
habían gozado de los favores de su novia. A mi parecer, bromeaba cada vez menos.
Los dejaba tranquilos durante la prestación sexual, sí, pero aparecía en un santiamén
frente a ellos, y con una técnica más que efectiva los obligaba a estirar la pata en un
abrir y cerrar de ojos. Algunos adversarios, tan monumentales como él, saltaban en el
momento indicado, se preparaban para el combate o lanzaban un ataque defensivo.
Sin embargo, su intento de defenderse siempre fallaba. Era tipos que, desde la
infancia, tenían la muerte y la riña en la piel. Con todo, se ablandaban al primer
encontronazo. Veía cómo eran vencidos, uno tras otro. El puñal que blandían para
liquidar a Tonny Bronx terminaba volteado hacia sus axilas o sus entrepiernas,
mientras este continuaba inexorablemente su primer gesto ofensivo. Un segundo
cortísimo más tarde Bronx les trasvasaba los sesos, o les habría un surco funesto de
cadera a cadera, o les extirpaba el tórax. Ninguno conseguía esquivar o parar a
tiempo aquellos ataques. Me sorprendí a mí mismo especulando sobre la posibilidad
de que Bronx se topara con un combatiente más roñoso y macizo que él. Si aquello
sucedía, Bronx estaría perdido. Entonces Nora Majnó sería accesible a mis caricias.
Me puse a darle vueltas a las escenas en que Nora Majnó se me repegaba con toda
libertad, en que la tocaba por amor. Me puse a desear la muerte de Bronx, quien a
veces me despertaba al venirse a sentar de nuevo después de haberse ido a vengar.
Dejé de roncar y me reacomodé en una posición más cómoda pegando el lomo a los
tablones que rezumaban resina, humedad y cochambre —humanas o no. En esos
instantes Tonny Bronx y yo iniciábamos una conversación, de esas que suelen tener
un par de antiguos cómplices de un regimiento, o incluso los compañeros de barracas
o de pandilla: un diálogo con amplios silencios pacíficos y con temas recurrentes, de
preferencia dándole vueltas a lo que sucedía en el bar. Es decir: poca cosa. La reserva
de las lámparas llegaba a su fin. La luz seguía disminuyendo. Como no nos
mirábamos cara a cara pues estábamos uno al lado del otro, escrutábamos los
espacios tenebrosos o inadivinables frente a nosotros e intercambiábamos nuestros
puntos de vista sobre aquella noche. Bronx conocía ahora mi nombre, se lo había
dicho pero lo utilizaba poco. Prefería tildarme de andrajoso o de cucaracha castrada.
Me dejaba aspirar la lía de sus vasos. Como no he tenido una gran cantidad de amigos
en mi existencia, me siento en la obligación de loar en voz alta la conducta fraterna
que Tonny Bronx tuvo hacia mí. Nos callábamos dándole sorbos a nuestras bebidas.
También hablábamos de nosotros mismos, sin grandes desbordes autobiográficos, con
pudor.

En un momento dado hice el balance de mi estancia en el bar. Durante mi primer


sueño alguien me había aligerado del peso de mi chamarra y de mi otro dólar.

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Durante el segundo sueño me habían quitado la navaja. Pues sí, dijo Bronx. Es un
mundo de ladrones, le das demasiada confianza a la gente, dejas todo regado,
andrajoso. Por eso no sorprende que. Además, te la pasas durmiendo, me regañó. Ya
era hora para que te hubieras recuperado. La chica de vestido azul se acercó y vino a
instalarse entre nosotros. En un segundo se ocupó de Bronx. Nora Majnó se
contorsionaba con febrilidad frotándoseme de paso. Aquella chica de vestido azul me
gustaba más que las otras con sus rasgos de animal carnívoro, sus ojos jalados hacia
las sienes, su olor corporal diferente al de las otras, un olor a sangre pimentada, a
aceite usado y a savia tropical al que se mezclaban con dificultad sus compañeros
sexuales. Nora Majnó, pregunté, ¿cuántas horas faltan para que sea de mañana? Tenía
la carne cubierta de sudor bajo la tela, y si la lámpara más cercana no estuviese
agonizando habría podido percibir entre las incisiones voluptuosas porciones crudas,
íntimas y relucientes de su cuerpo. En realidad no veía nada de ella. Sólo me llegaban
las exhalaciones que compartía con Bronx. ¿Qué mañana?, contestó con voz
deformada sin voltearme a ver —pues estaba ocupada su lengua. Ya ves, andrajoso,
dijo Tonny Bronx. Pierdes tu tiempo en el fango de tus sueños, no me acaba de cansar
decírtelo. Ya ni siquiera sabes en qué dirección vamos, si hacia la noche o hacia la
mañana. Ya párale a tus sermoneos injustos Bronx, pensé. Me trajeron aquí para
morir, no desperdicio nada esencial. Apenas había acabado de construir mi frase para
alistarme a mascullarla en voz alta cuando avisté una forma masculina que
zigzagueaba en la sombra, entre las mesas. Una de las lámparas acababa de apagarse
encima de la barra. La forma se acercaba a gran velocidad. Cuidado, silbé en
dirección de Bronx. Un rival, y no tiene porte de ser fácil. Tonny Bronx alcanzó a
oírme. No te espantes andrajoso, me contestó. Hubo un instante de fétida tensión. El
barullo proseguía en el local pero un silencio particular se abrió en nuestro espacio
aledaño. Abrí bien grandes los ojos para pescar los retazos de luz que erraban a
diestra y siniestra. Una lámpara seguía funcionando cerca de la barra. En donde una
chica de vestido verde llenaba un pote de cerveza o de vino. Se podía discernir un
poco por todas partes los sombreros de los vaqueros, máscaras congeladas en risas o
en conversaciones. Lejos, en la obscuridad, las chicas de rojo, el vestido carmín y el
vestido bermellón se animaban. El rival de Bronx se acercó un par de pasos más. A
ver, gruñó con una voz espantosamente grave. Qué, dijo Tonny Bronx. A ver qué. Te
atreves a tocar a Nora Majnó, dijo el otro. A la contraluz de la última lámpara, con su
sombrero y los miembros cubiertos por un largo abrigo, aquel hombre parecía un
grillo gigantesco. Es mi novia, dijo, te atreves a tocar a mi novia por amor. Sentí a
Nora Majnó soltarse a toda prisa del cuerpo de Tonny Bronx, arremolinarse contra
mí, empujarme, pisarme una pierna, cabalgarme durante una fracción de segundo,
apartarse. Rehuía el círculo de la reyerta —del que se extraía con extraordinaria
precipitación. Ahora estaba solo al lado de Tonny Bronx. Con febrilidad me puse a
buscar el cuchillo que me habían robado. Ni se te ocurra meterte andrajoso, escuché.
Vuélvete a dormir. Dejé de hurgar en el banco y me quedé inmóvil. Luego los

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acontecimientos se aceleraron. Todo fue más rápido de ver que de contar. Bronx
saltó. Estaba armado con una punta y alargaba su brazo con no muy buenas
intenciones. Reconocí mi chuchillo y aprobé la manera en que lo blandía. El grillo
gigante dejó que se le echara encima Bronx y, sin dudar un instante, penetró la su
defensa y le demolió el brazo. Luego, al cabo de una pausa de tres o cuatro décimas
de segundo, introdujo su cabeza en el pecho de su oponente. Todo lo que había de
sólido en Tonny Bronx se desmoronó, todo lo que había de blando en él se dispersó
sin orden ni concierto en la obscuridad. Escuché los fragmentos al caer. Ahora Bronx
existía únicamente en forma de pedazos habitados por convulsiones. Mi cuchillo se
había extraviado quién sabe dónde entre los restos de Tonny Bronx. El rival soltó un
bufido. Aquel gigante estaba furioso. No decía palabra. Como si deseara contemplar
su obra el mayor tiempo posible, se alejaba caminando hacia atrás por el pasillo
central. Por eso se golpeó la nuca con la lámpara de petróleo que seguía ardiendo
aunque no iluminaba del todo la escena. No sé por qué aquel choque lo sorprendió
haciéndolo enfurecer. Arrancó la lámpara y la aventó contra lo que quedaba de Tonny
Bronx.

En un principio, tuve la impresión de que la llama se había apagado. Sin embargo, un


charquito de fuego burbujeó cerca del hombro de Bronx antes de que se abrasara el
piso. El fuego hizo que las cosas se transformaran. Debajo de las mesas se
observaban ahora las masas nítidas de los restos de carne vestida que habían
pertenecido a Bronx y a las otras víctimas. El espectáculo era lúgubre, sí, y la
atmósfera se volvía irrespirable. El suelo ardía, los taburetes y las mesas también.
Más allá de las llamas vi correr a Nora Majnó, seguida de cerca por la muchedumbre
de clientes que iban y venían soltando exclamaciones —y lo que incluso me pareció
eran risas. Todo se calcinaba a distintos niveles. La salida hacia Cockroach Street
estaba bloqueada por un muro amarillo que rugía. Nora Majnó tropezaba al dirigirse a
la puerta, Nora Majnó chocaba con un cadáver, Nora Majnó intentaba demoler la
pared del fondo con una silla, Nora Majnó apretaba contra su vientre la caja con
dólares de la barra. A la luz del incendio había descubierto mi chamarra que, simple y
sencillamente, se había caído. Aquello me tranquilizó. Al final, el mundo no sólo
estaba poblado por ladrones. Me acosté de nuevo en el banco, me envolví en la
chamarra para ya no ver ni escuchar nada más. Me habría gustado esbozar proyectos
para el futuro antes de perder la consciencia —pero mis ideas tenían una consistencia
viscosa. Durante un largo rato mi imaginación se detuvo en las peripecias de una
posible unión con Nora Majnó. Sabía que el compromiso sería breve. Sabía que la
unión no duraría mucho. Aun así intentaba diferenciar algunos detalles. No veía nada,
el incendio me iba rodeando. Los únicos colores que percibía ahora eran los del
fuego. Me imaginé unos cuantos placeres más, nada prolijos. Me habría gustado estar
seguro de que mi Nora Majnó era la de azul, la que más me gustaba, pero los colores

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se iban apagando, incluso los del fuego. Era incapaz de conseguir que la imagen más
sencilla entrara en sintonía con mi espíritu. Ya no sabía qué más decir o ver.
Eso es todo por mi vida.

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Nota final del traductor

Una de las indiscutibles ventajas con que se cuenta al traducir escritores vivos es la
poder discutir con el autor las dudas de interpretación que surgen conforme se va
trasvasando la obra de una a otra lengua. Antoine Volodine, igualmente traductor, es
un interlocutor idóneo pues no sólo sus explicaciones son concisas y generosas, sino
que también permanece abierto a la mirada del otro. El lector curioso que compare la
versión francesa con el libro que tiene entre las manos, se dará cuenta que los
nombres de los personajes y los lugares difieren: con el asentimiento de Antoine
Volodine adapté a la grafía española dichos nombres para mantener la sonoridad
buscada en el texto original. Pero esto no es todo, gracias a un diálogo que surgió
desde la traducción de El post-exotismo en diez lecciones, lección once y de Ángeles
menores, en Dondog también se nota el resultado de esta complicidad traductor-autor
para buscar hasta el cansancio que el resultado se acerque a su intención inicial con la
mayor fidelidad posible. Al concluir este vasto proyecto, la gratitud que podría
expresarle es tan grande que, a pesar de que habla por sí sola, carece de palabras.
La expresión de mi gratitud, igual de muda y extensa, va para León Plascencia
Ñol y Jorge Curioca, editores de este libro central de Volodine al que le apostaron a
pesar de haber leído sólo una parte de la novela al inicio del proyecto. Bajo su cobijo,
Dondog ha cruzado al fin el umbral de la lengua, reparando así una ausencia
importante de la narrativa francesa actual en el medio hispanohablante.
In fine, quisiera dedicar este trabajo a Tanja y a Lila: por la pureza de lo
imprevisible.

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ANTONIE VOLODINE (Chalon-sur-Saône, Francia, 1950). Es el seudónimo del
escritor francés de ascendencia eslava y fundador de la literatura de vanguardia
conocida como el post-exotismo. Poseedor de una ficción que exhibe espacios y
personajes marginales como prisiones, campos de concentración, en donde las voces
narrativas se sobreponen de un personaje a otro. Su libro Rituel du mepris: variante
Moldscher ganó el Grand Prix de l’Imaginaire en 1987 y desde entonces su literatura
no ha dejado de explorar escenarios en donde confluyen la ciencia la ficción, la
novela política y un onirismo bien orquestado. En palabras del propio Volodine sus
libros «buscan romper de forma guerrera contra el capitalismo y se proponen
establecer una sociedad igualitaria, inteligente y fraterna». Es autor de más de veinte
libros, entre ellos Ángeles Menores, Post-exotismo en diez lecciones y Solo de viola,
traducidos al español.
Dondog es la primera novela de Antoine Volodine publicada en México.

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Notas

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[1]El plural del término Untermensch, conocido sobre todo por haber sido usado por
la ideología nazi para referirse a pueblos y razas «inferiores», puede ser traducido
como infrahumanos o subhumanos. Para Antoine Volodine, quien evita remitir a
cualquier referente histórico concreto, los Untermenschen son todos y cada uno de los
seres humanos inferiores que pueblan sus narraciones, es decir, son los de abajo,
personajes con quienes se solidariza frente a la violencia psicológica y física de la
que son objeto por parte de los «opresores». <<

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[2] El mundo donde suceden las ficciones post-exóticas conoce un fenómeno de
reclusión forzada llamada campo (camp), distinto en francés al espacio extenso que
rodea a las ciudades (champ) que en español se traduce inevitablemente con la misma
palabra. Estos centros de aislamiento que pueblan el universo de las ficciones post-
exóticas recuerdan todos y cada uno de los sitios de reclusión que ha conocido el
hombre oprimido por el hombre, en particular los del siglo XX, pero no por ello
remiten a ninguno de ellos en particular de ahí que Antoine Volodine no lo
especifique en sus narraciones. Por tal razón opté en dejar tal cual el término para
respetar su intención, subrayándolo únicamente con el fin de recordarle al lector que
no se trata de un espacio abierto sino todo lo contrario. (N. del t.) <<

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