Instituto de Estudios Superiores – Recreo
Profesorado en Geografía
“La Educacion y Diversidad Sexual”
Profesora: Nieva, Evangelina.
Alumna: Romero, Milagros del Valle
Fecha de entrega: 14/11/2022
Índice
Portada 1
Introducción 2
Desarrollo 3
Conclusión 13
Bibliografía 15
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Introducción
En el siguiente trabajo monográfico se analiza la problemática de
Discriminación frente a la Diversidad Sexual, basándonos en cómo se ha
abordado la perspectiva de género en la educación secundaria, en Argentina, a
lo largo de los años. Esta temática forma parte del seminario de Problemáticas
Actuales de la Educación Secundaria, del cuarto año del Profesorado en
Geografía, cuyo objetivo es la preparación docente ante futuras posibles
situaciones problemáticas.
La discriminación existe en la sociedad, y las escuelas no están exentas,
hay conductas que, sobre todo hoy, son visualizadas como discriminatorias, y
antes estaban naturalizadas, vemos alumnos que se cambian de escuela, que la
abandonan, incluso que siguieron soportando las agresiones y terminaron la
escolarización. Cuando una persona se aleja de lo considerado “normal”, se
convierte en objeto de violencia. Alumnos que sienten que en la escuela no hay
lugar para hablar de esto, no “existe” el lugar para aclarar dudas, hablar de
sexualidad, diversidades y respeto. Así como existe una diversidad étnica,
también existe una diversidad sexual. Los jóvenes LGBTI creen que no están
seguros en las escuelas, se sienten rechazados, lo que afecta su autoestima,
integración social, su salud, y por ende su rendimiento escolar.
Centrándonos en la educación secundaria, vemos la discriminación que
vivencian, cómo se presenta y aborda la diversidad sexual dentro de ella, su
construcción y análisis, la naturalización y normalización de ciertos prejuicios
establecidos, los altos niveles de acoso y hostigamiento escolar que sufren tanto
alumno como docentes solo por el hecho de ser considerados “gays” o
“lesbianas”.
La diversidad es aquello que nos permite indicar, marcar y diferenciar una
variedad de cosas entre sí, también para señalar la abundancia de cosas
distintas que conviven juntas. Existen muchos tipos de diversidad, la diversidad
sexual es la posibilidad que tienen las personas de asumir, expresar y vivir la
sexualidad, así como de asumir expresiones, preferencias u orientaciones,
identidades sexuales y de género distintas.
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Desarrollo
¿De qué hablamos cuando decimos “diversidad sexual”?
La Diversidad sexual es una conceptualización que aparece en el
horizonte de las luchas a comienzos del milenio por parte de organizaciones
sociales y activistas que participan activamente por la visibilización y
legitimación de las identidades LGBT (lésbicas, gays, bisexuales, trans).
Habitualmente este concepto funciona como “paraguas” para
referenciar bajo su nombre a identidades, sexualidades y géneros que,
históricamente, han sido estigmatizados.
Sin embargo, en lo relacionado con los derechos sexuales y los
derechos reproductivos, se entiende que la Diversidad Sexual, es un término,
que tradicionalmente, hace referencia a la amplia gama de formas de
sexualidad, y que a su vez está determinada por un conjunto de atributos,
entre los cuales se incluyen el sexo biológico, la identidad sexual, la
orientación sexual, y las prácticas sexuales. Ahora bien, la diversidad sexual
se inscribe en una dimensión más abarcativa: la sexualidad.
¿De qué hablamos cuando decimos “sexualidad”?
El enfoque biologicista asocia la sexualidad ligada a la reproducción y
su relación con la salud ligado a las infecciones de transmisión sexual. Bajo
esta mirada el “dato duro” es el sexo de las personas, cuyo correlato social
(modales, roles, comportamientos, expresiones) se entiende como género.
Bajo éste tanto el sexo como el género que se les asigna a las personas, al
momento de nacer, está determinado por sus genitales.
• pene/testículos/hombre/masculino
• vagina/útero/ovarios/mujer/femenino
Al definirse la sexualidad por los genitales, éstos “anuncian” que la
finalidad lógica de la práctica sexual es la reproducción y por lo tanto es entre
hombre y mujer. Este enfoque tiene firmeza en el paradigma tradicional que
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organiza la sexualidad en términos binarios, cuyo pilar fundamental es la
reproducción y que se reconoce bajo el heterosexismo (en donde la
heterosexualidad se jerarquiza como identidad central, normal, natural,
completa y polariza como otredad/desvío toda sexualidad que no se ciñe a la
norma).
¿Qué es el sexo?
El sexo es una etiqueta que suele poner primero un médico basado en
los genes, hormonas y partes del cuerpo (como los genitales) con los que
naces. Está etiqueta se incluye en tu certificado de nacimiento y describe tu
cuerpo como femenino o masculino. El sexo de algunas personas no encaja
en las etiquetas femenino o masculino. Cuando esto sucede, se le llama
intersexual, antiguamente conocido como hermafroditismo.
¿Qué es el género?
El género se refiere a los roles, las características y oportunidades
definidas por la sociedad que se consideran correctos para hombres,
mujeres, niños, niñas y personas con identidades no binarias. El género es
también producto de las relaciones entre las personas y puede reflejar la
distribución de poder entre ellas. No es un concepto estático, sino que cambia
con el tiempo y el lugar.
Cuando las personas o los grupos no se ajustan a las normas
(incluidos los conceptos de masculinidad o feminidad), los roles, las
responsabilidades o las relaciones conectadas con el género, suelen ser
objeto de estigmatización, exclusión social y discriminación.
Las formas de transitar los géneros –tensionadas entre los polos de lo
masculino y lo femenino– son entendidas como expresiones de género desde
las que se referencian y oponen tradicionalmente los roles sociales: varones
activos y dominantes, mujeres pasivas y dóciles. En este sentido, los signos,
las prácticas y los gestos que definen la “masculinidad” y la “feminidad”, van
variando históricamente.
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Desde esta perspectiva que incluye las dimensiones históricas
psicosociales, culturales y corporales que nos atraviesan desde el nacimiento
hasta la muerte y de distintas formas según las trayectorias de vida, cuando
hablamos de sexualidad también estamos contemplando las identidades, la
afectividad y el erotismo, y las expresiones que conforman nuestra
subjetividad en las prácticas y vivencias cotidianas.
A pesar de la complejidad que contempla, usualmente cuando se hace
referencia a la sexualidad de las personas, se hace foco en:
La orientación sexual, que se trata de la atracción sexual que
experimentan las personas hacia otras. Las categorías más utilizadas son:
• homosexual para explicar la atracción sexual por personas del
mismo género.
• bisexual: que se refiere a la atracción sexual por personas de
ambos géneros.
• heterosexual: que se trata de la atracción sexual por personas del
género opuesto.
Y lo que entendemos por identidad de género: la vivencia interna e
individual del género tal como cada persona la siente, la cual puede
corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento,
incluyendo la vivencia personal del cuerpo. También incluye otras
expresiones de género, como la vestimenta, el modo de hablar y los modales.
Históricamente…
Desde los años sesenta del siglo pasado se han producido
transformaciones socioculturales que afectaron profundamente las relaciones
de género y las maneras de vivir la sexualidad. La crítica feminista y de los
movimientos LGTB, junto con la producción académica, discutieron las ideas
universalizantes y naturalizadas sobre lo masculino y lo femenino. Asimismo,
cuestionaron la patologización y criminalización de cuerpos, experiencias e
identidades que no pueden ser leídas en clave de coherencia entre sexo
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(hombre/mujer), género (masculino/femenino) y deseo (heterosexual).
Aunque tales críticas impactan de manera desigual en distintos grupos
sociales, produciendo coexistencia de prácticas y significaciones sobre
género y sexualidad.
Los estudiantes adolescentes transitan su escolaridad de manera
activa y en el transcurrir de la vida cotidiana de la escuela construyen formas
propias de vivir su sexualidad, llevan y traen sentidos sobre masculinidades
y feminidades, disputan tiempos y espacios escolares, exploran proxémicas
corporales con otros cercanos, ensayan afectos y experimentan erotismos
variados. Suelen presentarse allí fuertes disputas interpersonales, entre
grupos y con los adultos respecto a lo que está o no permitido, lo aceptado y
las transgresiones, los intereses particulares y las regulaciones
institucionales.
Weeks (2000) sostiene que la crisis de significado sobre la sexualidad
ha acentuado el problema de su control y regulación, generando variadas
posiciones. Los movimientos LGTB, con sus “políticas de identidad” (Hall,
1997), luchan para que la expresión pública y abierta de sus estéticas y
modos de vida no sea señalada como “la otredad”, promoviendo el
reconocimiento cultural y el acceso a derechos. Otros grupos, si bien no
asumen tales estilos y prácticas como propios, condenan el desprecio y la
discriminación motivados en cuestiones de género y de sexualidad.
En Argentina, la Ley de “Identidad de Género” (año 2012) y la Ley de
“Matrimonio Igualitario” (modificación Ley Matrimonio Civil, año 2010) fueron
hitos relevantes en la lucha de los colectivos LGTB. Al mismo tiempo, con la
Sanción de la Ley de Educación Sexual Integral (año 2006) se han generado
discusiones públicas sobre la formación en sexualidad en las escuelas, donde
se expresan posiciones en conflicto entre distintos sectores, entre los cuales
destacan grupos religiosos y organizaciones feministas y de activismo LGTB.
Siguiendo a Cornejo (2010), llega un punto donde cuestionamos si ante
un contexto de multiplicidad de voces que pugnan por ser legitimadas y de
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trasformación en los marcos jurídicos, las escuelas están preparadas para
alojar, promover y reconocer las diferencias o si siguen anquilosando ciertas
identidades o formas de deseo sexual bajo la sombra de la heterosexualidad
como norma inobjetable. La escuela, como institución social, tiene una
tradición normalizadora de los cuerpos y las identidades desde la norma
heterosexual (Robinson, 2005; Alonso & Morgade, 2008). No obstante, junto
con esta dimensión de regulación institucional se requiere pensar el contexto
de época donde diferentes debates atraviesan las comunidades escolares
desde discursos sociales, culturales y legales más amplios (Molina, 2012) que
pugnan por visibilizar y legitimar la igualdad de género, la diversidad sexual,
el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, entre otros.
Es sabido que las instituciones construyen poderosos guiones y
pedagogías normalizadoras del género y la sexualidad.
Foucault (2003) sostiene que la sexualidad ha estado presente con un
particular énfasis desde el siglo XVIII también en la escuela, produciendo
multiplicidad de discursos y precisos dispositivos institucionales que
distribuyen espacios para alumnas y alumnos, establecen reglamentos,
seleccionan y ordenan contenidos, califican y autorizan a ciertos adultos a
hablar sobre ello (médicos, educadores y padres). La vida cotidiana de la
escuela está impregnada de marcas de género. Diversas prácticas cotidianas
dan cuenta de las tensiones / disputas que se producen entre distintos grupos
de estudiantes y/o con adultos en la escuela en torno a género y sexualidad.
Luchas por los límites entre aquello que está o no permitido, aquello que es
admitido o no, reconocido o plenamente aceptado.
En nuestro país algunos estudios (Morgade, 2001; Morgade et al.,
2008; Villa et al., 2009; Jones, 2010; Fainsod, 2006, Tomasini, 2011)
muestran esa presencia constante, activa y precoz de la sexualidad en la
escuela formando niñas y niñas, adolescentes y jóvenes, en tanto la escuela
es un espacio de relevancia para la construcción de subjetividades sexuadas
y el ejercicio de la autonomía y los derechos.
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El Estado redefinió en la última década sus modos de participación en
problemáticas que atañen a sexualidad y generó un mayor nivel de injerencia
en la cuestión. Si bien desde el regreso a la democracia en la década del ´80
se retomaron públicamente debates en torno a lo que ahora llamamos salud
sexual y reproductiva (Pecheny, 2006), y con ello se comenzaron a gestar
propuestas de educación sexual, recién en la última década encontramos
marcos legales que contemplan derechos y obligaciones al respecto (Ley de
Salud Sexual y Reproductiva en 2002 y Ley de Educación Sexual en 2006).
En relación a este punto cabe remarcar que la relación entre escuelas,
educación sexual y Estado excede la sanción de la mencionada Ley; pero el
Programa de Educación Sexual Integral marca un punto de inflexión en este
proceso, en tanto, al requerir la incorporación de propuestas de educación
sexual en todos los niveles y modalidades del Sistema Educativo Argentino,
legitima un campo de acción y expresa la toma de posición estatal frente a
una cuestión socialmente problematizada.
En Argentina, un conjunto de estudios centrados en las llamadas
“minorías sexuales” indicaron que estos estudiantes reportan los niveles más
altos de acoso y hostigamiento escolar. Los resultados de la encuesta
aplicada en la Marcha de la Diversidad en Buenos Aires de 2005 (Jones,
Libson & Hiller, 2006) indican que en los espacios públicos las agresiones
son habituales. El ámbito en que declaran ser agredidos/as con mayor
frecuencia las y los más jóvenes es la escuela o la facultad, siendo los
agresores sus compañeras/os y profesoras/es. Le sigue su familia y sus
vecinos. Los citados autores proponen que la agresión, el insulto, la
denostación verbal, la burla y la amenaza se presentan como mecanismos
usuales y espontáneos de diferenciación, en términos antagónicos, que
suponen una delimitación de fronteras entre el campo de lo normal y de lo
abyecto.
Warner (1993) introduce el concepto de heteronormatividad con la
pretensión de ir más allá del discurso humanista psicológico del miedo
personal a la homosexualidad, contenido en el término homofobia. La
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propuesta del autor permite pensar cómo se produce la normalidad (Preciado,
2003; Flores, 2008; Alonso, Herczeg & Zurbriggen, 2009) y cómo es inherente
a ese proceso la construcción de su opuesto: lo extraño, lo raro, lo diferente.
Dicho, en otros términos, las identidades que se constituyen en norma, patrón
o criterio, gozan de una posición no marcada: son representadas como no
problemáticas; es la identidad supuesta y eso la torna prácticamente invisible.
Es lo que se diferencia de ella, lo que se representa como identidad marcada,
en tanto inscripción en los sujetos y grupos de dinámicas de desigualdad y
jerarquización social.
En cuanto a las perspectivas docentes sobre los contactos homo
erótico afectivos o lo que denominan como ‘homosexualidad’ o ‘lesbianismo’,
sobresalen dos aspectos: el primero, se inscribe en una lógica temporal y se
enuncia como una actitud de aceptación ante un cambio de época; el otro se
inscribe en una lógica espacial y demarca entre el interior y el exterior escolar,
ubicando a la “homosexualidad” en el afuera de la escuela; o bien cuando se
la considera como una de las orientaciones sexuales posibles de estudiantes
o profesores se la percibe como silenciada al interior del colegio.
La aceptación, tal como lo reconstruimos, alude a una actitud social
que se produce en un contexto de transformación: “hoy hablas de
homosexualidad, lesbianismo, hay una aceptación que antes no existía”, “hay
un cambio de época donde hay mucha más libertad para expresarse y hablar
y mucha más información, hay más naturalización de situaciones como el
travestismo”. Estas experiencias sexo-genéricas que “hoy tienen más
aceptación” son percibidas, por algunos/as docentes, como ajenas a la
realidad de la escuela, donde “no hay casos”. Otros/as, en cambio, refieren
que la posibilidad de enunciación y manifestación abierta en el colegio sería
dificultosa, por lo cual éste sería un ámbito donde el clima de “aceptación”
social aún es difícil de lograr.
La ubicación de la “homosexualidad” o “lesbianismo” como algo ajeno
a la cotidianeidad escolar se establece a partir del clivaje entre el adentro y el
afuera de la escuela. Se reiteran en el discurso docente frases como “no hay
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casos” o “no hemos detectado casos”; una profesora, en una entrevista a un
colegio cordobés, sostiene que:
“es un tema que no les toca a ellos, no hemos detectado casos; si les
toca de cerca es por alguien’ [se refiere a alguien de la familia o de su
entorno].
Nos preguntamos cuánto de este no-saber de “casos” de estudiantes
y docentes es producto de un dispositivo de conocimiento que no permite ver
o que invisibiliza. Como propone Sedgwick (en Britzman, 2016), la ignorancia
no es un estado neutral u originario sino un residuo de lo conocido.
Para otras docentes entrevistadas, en cambio, no se trata de la
inexistencia de “casos” sino del silenciamiento de ciertos modos de vivir la
sexualidad – no heteronormativos - tanto de profesores como estudiantes:
“no se cuenta abiertamente, con los más íntimos, no es algo vociferado;
yo no me arriesgo a contarlo, yo no me atrevo a hacer chusmerío de la
sexualidad de un compañero” [se refiere a docentes]. Más bien hay
silencio, en cuarto año pueden empezar algunas manifestaciones,
nunca ha habido alguien que se asuma, por ahí un chico con conductas
femeninas se relaciona más con las chicas pero nunca he visto en el
espacio del aula que lo molestaran”. (Entrevista con profesora).
Entre las ideas previas según las cuales “no hay casos” o “no se
manifiestan” en la escuela, se cuela una percepción de prácticas de
hostigamiento: “en caso de inclinaciones homosexuales aparecieron bromas
de mal gusto”, “ante definiciones de chicos que se declararon abiertamente,
se generó rechazo, bromas insistentes, acoso, descalificación por este tema”.
Esta visión pone en cuestión la supuesta clausura que mencionamos al inicio
del apartado entre un adentro “sin casos” o “que no se manifiestan” y un
afuera donde esto sería posible.
Cuando la diversidad sexual es reconocida en la escuela aparece
vinculada con prácticas de hostigamiento entre pares o bien con situaciones
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que culminan en medidas disciplinarias y en expulsión del establecimiento.
Algunos “casos” habrían generado una fuerte movilización familiar y escolar
y dieron lugar a distintas formas de sanción, las que indican la desaprobación
de determinados modos de vivir las relaciones afectivas, más concretamente,
entre estudiantes del mismo sexo. Se evoca una situación entre dos chicas
que “andaban muy juntas y los padres pidieron que las separaran”. Ante tal
solicitud, que intentaría controlar los decursos de la afectividad mediante una
práctica de distanciamiento físico, las autoridades accedieron y cambiaron a
las alumnas de curso. Otra situación, más lejana en el tiempo, parece haber
dejado una fuerte impronta en el imaginario institucional. Se trata de dos
alumnos que, alrededor de diez años atrás, se “besaron en los corredores,
haciendo notar su modo de vivir la sexualidad”. Esto fue leído por las
autoridades escolares de entonces como “una provocación” y se expulsó a
los estudiantes.
Como analizó Báez (2014), mostrarse como gay o lesbiana en la
escuela, o lo que esta investigadora reconstruyó como “hacerse notar”, puede
ser interpretado por el otro/a como una “provocación” y tal visibilización
resulta disruptiva.
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Conclusión
Socialmente vivimos en un mundo con tendencia “binaria” (dos sexos,
dos géneros) y la heterogeneidad como sexualidad natural y “normal”, junto
a la constante disputa entre silenciar, ridiculizar o “tolerar” experiencias y
prácticas no heterosexuales. A su vez también existen jóvenes que hablan y
viven abiertamente su sexualidad.
Y las escuelas se convirtieron en el espacio en el cual las expresiones
de prejuicios sociales y discriminación se pueden minimizar, armonizar o
amplificar.
Estableciendo que no nacemos con una identidad, sino que es un
proceso que construimos a lo largo de nuestra la vida, cuando nacemos se
nos proporciona un nombre, ya sea femenino o masculino, según sean
nuestros genitales, de igual forma se nos viste y se nos inscribe en el colegio,
así comienza la influencia y la diferenciación de la identidad y género dentro
del ámbito social y educativo.
A la edad en que los jóvenes atraviesan la vida secundaria, no solo
tiene una importancia en la adquisición de conocimientos, o habilidades, sino
también en su desarrollo social, su forma de comunicarse, de crecer. La
adolescencia en sí ya es una etapa de cambios violentos e importantes,
hormonales y psicológicos, en su incorporación al mundo adulto. Y el fin de
la secundaria es también apoyar a los adolescentes es esta etapa donde los
jóvenes todo lo ven complicado, desde la aceptación de sus propios cuerpos,
su orientación sexual e identidad de género. Es en este periodo donde
atravesaran crisis, problemas para definirse a si mismos, sobre lo que se
espera de ellos y que papel “deben” cumplir.
La escuela debe ser el lugar donde se promuevan sus identidades,
donde se sientan libres de expresarse y se respeten las personalidades de
cada joven adolescente. Porque a pesar de la existencia de la existencia de
leyes como la de ESI, aun en estos tiempos de “aceptación”, existen
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docentes, y alumnos, muy estructurados, que se resisten a los cambios y
tienen tabúes sobre la misma.
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Bibliografía
Organización Mundial de la Salud [Link]
Ley 26743 de Identidad de Género
[Link]
[Link]
EDUCACIÓN Y DIVERSIDAD SEXUAL: Perspectivas de Estudiantes
y docentes de una escuela confesional de la ciudad de Córdoba – Argentina,
sobre relaciones homo erótico afectivas. Marina Tomasini-Paula Bertarelli-
Maria Esteve
Normalizar, ante todo. Ideologías prácticas sobre la identidad sexual y
de género de los/as jóvenes en la dinámica de las instituciones orientadas a
la juventud. Silvia Elizalde, Investigadora del CONICET.
ESCUELA, JÓVENES Y GÉNERO: ARENA DE DISCUSIONES Y
CONTROVERSIAS POLÍTICAS. Dra. Guadalupe Molina
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