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Características de la Edad Moderna

El documento trata sobre los rasgos generales de la Edad Moderna en Europa, incluyendo el tardofeudalismo y el capitalismo mercantil, la sociedad estamental y de clases, el Estado moderno y el absolutismo, y la transición del Renacimiento a la Ilustración.

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El documento trata sobre los rasgos generales de la Edad Moderna en Europa, incluyendo el tardofeudalismo y el capitalismo mercantil, la sociedad estamental y de clases, el Estado moderno y el absolutismo, y la transición del Renacimiento a la Ilustración.

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Historia Moderna:

Europa, África, Asia


y América

MARINA ALFONSO MOLA


CARLOS MARTÍNEZ SHAW

UNIVERSIDAD NACIONAL DE EDUCACIÓN A DISTANCIA


Tema 1
Los caracteres generales
de la Edad Moderna
1. Tardofeudalismo y capitalismo mercantil
2. Sociedad estamental y sociedad de clases
3. Estado Moderno y Absolutismo
4. Del Renacimiento a la Ilustración
L
os humanistas europeos del siglo XVI tuvieron la conciencia de que el
mundo estaba conociendo bajo sus propios ojos una profunda mutación
que alteraba profundamente la herencia recibida de los siglos anteriores y
daba paso a un nuevo período dentro de la historia universal. Los humanistas
trataron de identificar esos signos de radical transformación, faltos todavía de
perspectiva para definir los rasgos más sobresalientes y distinguir los fenóme-
nos sustanciales y perdurables de aquellos que eran meramente accidentales y
efímeros dentro de un proceso de particular aceleración histórica. Confusamente
supieron que el universo conocido estaba creciendo a velocidad vertiginosa, que
el mundo estaba ensanchando sus límites geográficos, que los hombres y las ri-
quezas parecían multiplicarse de modo asombroso, que el patrimonio heredado
de la antigüedad clásica no cesaba de aumentar con el descubrimiento de nue-
vas obras de arte enterradas y de nuevos manuscritos olvidados, que las verda-
des inconmovibles de los tiempos medievales eran susceptibles de crítica y rein-
terpretación, que las potencialidades del hombre habían entrado en una fase de
expansión tal vez ilimitada.
Hoy día, el progreso de la investigación y el transcurso del tiempo permiten
al estudioso esa identificación de los rasgos definitorios de una época y esa se-
lección entre los elementos circunstanciales y los fenómenos que abrieron las
puertas al futuro. Hoy día, podemos definir la Edad Moderna como un período
de la historia de la Humanidad caracterizado por una íntima unidad y configu-
rado por una serie de procesos que hundiendo sus raíces en los tiempos anterio-
res marcaron en muchos campos una ruptura con el pasado y se proyectaron
con fuerza hacia el porvenir.
Si, frente a la posibilidad de una enumeración minuciosa de los rasgos nove-
dosos que aparecen en los tiempos modernos, optamos por realizar un esfuerzo
de síntesis que nos lleve directamente a la proclamación de los caracteres esen-
ciales de la época (aun a riesgo de incurrir en una simplificación excesiva), po-
demos decir que el primer fenómeno original de la Edad Moderna es la propia
aparición de una Historia Universal. En efecto, la suma de los descubrimientos
geográficos y la expansión europea consiguiente puso en contacto a diversos
mundos que hasta entonces habían vivido sus historias particulares en perfecto
Bloque I Siglo XVI: Europa

o casi perfecto desconocimiento: el resultado fue el derrumbe de unas barreras


milenarias y el nacimiento de un solo mundo.
En cualquier caso, esta toma de contacto planetaria no eliminó obviamente
las insalvables diferencias entre las distintas sociedades extendidas por los cinco
continentes. Por ello, la historia extraeuropea es el resultado, por una parte, de
la evolución sustantiva de cada una de las grandes áreas individualizadas por
economías, organizaciones políticas y creaciones culturales particulares y, por
otra, de la acción de los europeos sobre dichas sociedades con efectos más o
menos profundos según su capacidad de resistencia ante la presión militar, eco-
nómica y cultural ejercida por los adelantados del Viejo Mundo.
Ciñéndonos ahora a Europa, el siglo XVI introdujo una serie de elementos
cuyo desarrollo habría de prolongarse en el XVII y cuyas tensiones internas en-
contrarían resolución a lo largo del siglo XVIII y aun durante la primera mitad
del XIX. Las novedades introducidas en el siglo XVI fueron duraderas, hasta tal
punto que imprimieron un sello de indudable unidad al conjunto de la Edad
Moderna. Así, el equilibrio entre el feudalismo tardío y el capitalismo mercan-
til, la convivencia entre una sociedad estamental y una sociedad de clases, la
implantación del absolutismo (pese a la pervivencia de viejas instancias supraes-
tatales, como el Imperio Romano-Germánico, y a las resistencias de los privile-
giados, del conjunto de los gobernados y de las comunidades regionales) y la fi-
delidad al valor normativo de la cultura clásica dentro de un mundo impregnado
de la religiosidad propagada por las diversas confesiones cristianas: todos ellos
son caracteres que individualizan a los tiempos modernos.
Sin embargo, junto a las permanencias se puede observar de forma igual-
mente nítida una evolución interna que se manifiesta tanto en los altibajos de
una coyuntura cambiante por definición, como en la aparición de fenómenos
desconocidos, en el estallido de conflictos imprevisibles o en el descubrimiento
de realidades insospechadas. En este sentido, cabe la posibilidad de una aproxi-
mación diacrónica a la Edad Moderna, que trate de señalar los hechos que se
van sucediendo a través del tiempo, siempre tratando de separar aquellos que
son significativos y de largo alcance de aquellos otros que no son más que polvo
de estrellas en la galaxia del discurrir histórico.
Para cerrar la definición de la Edad Moderna, hay que decir una palabra
sobre su desarrollo en los siglos XVII y XVIII, que se explicitarán luego con ma-
yor detalle en las unidades correspondientes (respectivamente, III y V). Así, las
fuerzas alumbradas en el siglo XVI llegaron a un punto crítico en el siglo XVII.
La recesión económica de origen malthusiano propició una transferencia de las
hegemonías entre los distintos Estados que provocó nuevos desequilibrios, pero
que permitió a su vez el mantenimiento de la superioridad adquirida por Europa
en el mundo. Las bases de la Modernidad puestas en el siglo XVI parecieron
Tema 1 Los caracteres generales de la Edad Moderna

prestas a derrumbarse en el siglo XVII, pero sólo momentáneamente, pues en la


siguiente centuria se asistió a un nuevo proceso de expansión que se asentó so-
bre los mismos fundamentos, debido a la conciencia generalizada de que el sis-
tema podía sustentar un progreso indefinido y aportar a todos la felicidad, solo
al precio de algunas reformas que eliminasen ciertas disfunciones.
En esa vía, el crecimiento económico del siglo XVIII se asentó una vez más
en la acción concatenada del impulso demográfico, la ampliación de las tierras
cultivadas, la multiplicación de las manufacturas y la extensión de los intercam-
bios, pero al mismo tiempo se introdujeron para evitar un estrangulamiento de
la expansión las innovaciones que darían origen a la Revolución Industrial. Del
mismo modo, las clases privilegiadas mantuvieron su preeminencia, pero la
burguesía mercantil, industrial y financiera robusteció sus bases materiales y
afinó sus instrumentos ideológicos para franquear su camino hacia el vértice de
la pirámide social. Las monarquías absolutas adoptaron la modalidad del
Despotismo Ilustrado como mecanismo de adaptación a los cambios que se
estaban produciendo en la sociedad, pero una crítica subterránea comenzó a
minar los cimientos del absolutismo de derecho divino y a propugnar la fórmula
constitucional y parlamentaria como único modelo válido para regular las rela-
ciones entre el rey y el reino, entre el rey y la nación. Finalmente, mientras la
empresa de cristianización encontraba su techo, la Ilustración con todas sus
variables regionales completaba el ciclo abierto en el siglo XVI (extrayendo las
últimas consecuencias del humanismo, el racionalismo y la laicización de la cul-
tura) y el mundo del arte mantenía aún la vigencia de las formas clásicas en la
versión final del neoclasicismo, aunque, en cualquier caso, por debajo de las re-
ferencias al pasado manaban ya incontenibles las fuentes intelectuales de la re-
volución. De este modo, el siglo XVIII, con su reformismo, se convirtió en la
prolongación, la culminación y la conclusión de la Modernidad.

1. TARDOFEUDALISMO Y CAPITALISMO MERCANTIL

Desde el punto de vista de la economía, la Europa moderna heredó las es-


tructuras medievales de un sistema que, llevado ahora a su última fase, pode-
mos definir como el feudalismo tardío o tardofeudalismo, justamente porque
hubo de convivir con las formas nuevas del capitalismo mercantil que transfor-
maron progresivamente su más íntima esencia. Así, la economía se caracterizó
por el predominio de una agricultura extensiva sobre una industria artesanal y
corporativa y un comercio de modesto volumen dentro de una dinámica que
tendía en sentido inverso hacia una evolución más rápida del mundo urbano y
de los sectores de la industria y el comercio. Pues, en efecto, desde el siglo XVI,
Bloque I Siglo XVI: Europa

la economía feudal heredada de los tiempos medievales se vio minada por la


tendencia a la aparición de una economía protonacional, por la expansión de la
economía urbana y por las primeras manifestaciones de una economía mundial
vinculada a la expansión europea por otros mundos.
Aunque en el capítulo siguiente cada uno de los sectores recibirá un trata-
miento pormenorizado, señalemos aquí las líneas generales. La demografía de
los tiempos modernos (llamada, pese a la apariencia paradójica de la denomina-
ción, «demografía antigua» o «demografía de tipo antiguo»), se caracteriza
esencialmente por una alta tasa de natalidad (como elemento positivo de creci-
miento), por una alta tasa de mortalidad (como elemento negativo de recesión),
por una gran incidencia de la mortalidad catastrófica (sobre todo a causa de las
epidemias, esas «grandes ofensivas de la muerte» ante las que no existía defen-
sa), por el fenómeno de la extremada mortalidad infantil («el mayor derroche
demográfico del Antiguo Régimen») y, en consecuencia, por una brusca oscila-
ción de las variables a corto plazo (manifiesta en las curvas en «diente de sie-
rra») y la tendencia al estancamiento de la población (ejemplificada por los villa-
ges immobiles que parecen al margen de toda alteración demográfica en la larga
duración). En el siglo XVI, sin embargo, se observarán algunos elementos de
progreso, relacionados con la retirada de las grandes epidemias de peste (como
la peste negra de 1348), la aparición de nuevos cultivos más productivos que
permiten la alimentación de una población en auge y el consiguiente espacia-
miento de las crisis frumentarias.
La agricultura se distingue por su carácter extensivo y su bajo nivel de pro-
ductividad consiguiente, por la dedicación de la mayor parte de la tierra a una
limitada variedad de cultivos de subsistencia (los cereales, a los que se añade la
vid y el olivo en la cuenca mediterránea), a la silvicultura (madera y carbón) y a
la ganadería (ovina para la lana y vacuna para la carne, la leche y el cuero) y, en
consecuencia, por su limitada capacidad para alimentar a poblaciones numero-
sas. Además, la explotación de la tierra se halla lastrada por los nocivos efectos
del régimen señorial (al que más adelante nos referiremos) y por la desigual
distribución de la propiedad y de la tenencia de la tierra, que priva de incentivos
a sus cultivadores directos. En el siglo XVI se perciben algunos síntomas prome-
tedores, como son la expansión de las roturaciones (al compás del crecimiento
demográfico) y una diversificación de los cultivos y una especialización de la
ganadería perceptibles sobre todo en algunas áreas privilegiadas y, singular-
mente, en la Europa atlántica.
La industria se halla en su mayor parte en el estadio de la producción arte-
sanal dominada por el sistema gremial, que impone una regulación estricta de
la producción y la comercialización (ejercicio de la profesión, condiciones de
fabricación, regulación del mercado que contempla la imposición de restriccio-
Tema 1 Los caracteres generales de la Edad Moderna

nes, como la tasa, el justiprecio y la enemiga contra la competencia entre los


productores), todo lo cual conlleva como consecuencia una baja productividad.
Sin embargo, también en este sector, el siglo XVI introduce algunas innovacio-
nes, como la aparición del Verlagssystem, donde la iniciativa de un empresario
permite controlar la producción doméstica especialmente en el campo y la co-
mercialización de los géneros, con el consiguiente aumento de las manufacturas
en circulación y el abaratamiento de los precios, al tiempo que se producen
avances en algunos sectores, como los del textil, la minería y la metalurgia (pla-
ta, hulla, hierro, cobre, mercurio, alumbre), la imprenta o la construcción naval.
Finalmente, el crecimiento de la población y su mayor poder adquisitivo au-
mentan el número y la capacidad de gasto de los consumidores.
El comercio de la época tardofeudal contó con importantes condicionantes
para su desarrollo, tanto de tipo material (las insuficiencias del transporte, por
ejemplo), como de tipo institucional (barreras aduaneras, estancos y monopo-
lios, requisas y embargos forzosos), que condujeron a una dimensión reducida
de los mercados, con áreas limitadas al autoconsumo o al trueque, con unos
intercambios constreñidos al ámbito local (donde cobra relieve la figura del bu-
honero) y con un predominio de las ferias o mercados periódicos sobre una
distribución regularizada a través de un sistema articulado de tiendas o estable-
cimientos fijos. Desde el siglo XVI, sin embargo, el auge del capitalismo comer-
cial permitió los progresos de los instrumentos de pago y de crédito y de los
instrumentos específicamente mercantiles (creación de compañías, perfeccio-
namiento de la contabilidad, desarrollo de los seguros), al tiempo que se abrían
nuevas rutas, se ampliaban los mercados y crecían los intercambios.

2. SOCIEDAD ESTAMENTAL Y SOCIEDAD DE CLASES

La organización social partió de una división estamental, que sancionaba jurí-


dicamente las desigualdades mediante un sistema de privilegios (leyes privadas,
es decir distintas para cada uno de los grupos así definidos). Los estamentos per-
petuaban la vieja divisoria tripartita procedente de la Edad Media: los bellatores
(encargados de la guerra, esto es, de la defensa militar de la sociedad) constituye-
ron el estamento de la nobleza o aristocracia, mientras los oratores (encargados de
la oración, esto es, de la asistencia espiritual) formaban el clero o estamento ecle-
siástico y los laboratores (encargados del trabajo, esto es, del sustento material) se
identificaban con el resto de la sociedad o tercer estado (ya que a veces las pala-
bras orden o estado venían a considerarse también como sinónimos de estamen-
to). De hecho, los dos primeros estamentos gozaban de parecidos privilegios (in-
munidad fiscal, derecho a vincular los bienes, tratamiento favorable ante la
Bloque I Siglo XVI: Europa

justicia, reserva de cargos, oficios y beneficios), mientras el tercer estamento (es-


tado llano o plebeyo) se definía en sentido negativo, por la ausencia de privilegios.
Sin embargo, la Edad Moderna potenció otro tipo de diferenciación social,
el de clase, o grupo que ocupa un mismo lugar en el sistema de producción y
apropiación de bienes. Ambos sistemas (el de estamentos y el de clases) coexis-
tieron durante el Antiguo Régimen, aunque sin confundirse. En el seno de la
aristocracia pudo distinguirse a la nobleza titulada de los simples caballeros e
incluso de algunas situaciones particulares seminobiliarias. Entre el estamento
eclesiástico, podía diferenciarse al menos entre un alto y bajo clero, mientras
variaban asimismo sus posiciones: clero rural y clero urbano, clero secular y cle-
ro regular, junto con situaciones liminares que elevaban a sus miembros sólo un
poco por encima de la condición de laicos. El tercer estado, por último, incluía
a un amplio conjunto de clases sociales: el campesinado acomodado y el campe-
sinado sin tierra, la burguesía (mercantil, financiera, industrial, intelectual), el
artesanado (con sus divisiones internas entre maestros y oficiales), los emplea-
dos y los obreros no agremiados, los criados o sirvientes, los subempleados y los
desempleados, sin contar con los grupos marginados o excluidos por raza o re-
ligión y los esclavos sin derechos.
Durante los tres siglos del Antiguo Régimen, la evolución económica fue
originando un creciente desajuste entre los grupos definidos estamentalmente y
los grupos o clases sociales. La difícil convivencia de ambos sistemas de estrati-
ficación y la progresiva diferenciación social, finalmente al amparo de un creci-
miento económico que se reveló imparable a fines de los tiempos modernos,
fueron poniendo las bases para la gestación de un conflicto en el que habrían de
intervenir esencialmente los viejos grupos privilegiados, los campesinos despo-
seídos y la burguesía ascendente. De este modo, si bien la contradicción funda-
mental siguió siendo la que separaba a los terratenientes (nobleza y alto clero)
del campesinado sin tierra, el enfrentamiento político en el siglo XVIII entre una
burguesía con recursos pero sin privilegios, y una aristocracia y un alto clero que
no querían perder su posición dominante, acabó por producir un conflicto de
ingente magnitud que se expresó primero en Francia para extenderse después a
otros países de modo más acelerado o más lento según la distinta conformación
de su sociedad. De esa forma, la Revolución Francesa de 1789 y las que siguie-
ron pusieron punto final al sistema estamental y al propio Antiguo Régimen.

3. ESTADO MODERNO Y ABSOLUTISMO

La creciente complejidad de la vida económica y la creciente diversificación


de la estructura social fueron poniendo de manifiesto la insuficiencia de las
Tema 1 Los caracteres generales de la Edad Moderna

instituciones políticas que habían estado vigentes durante la época medieval.


En este terreno, la creación más relevante del siglo XVI fue la Monarquía
Absoluta, un instrumento político que, frente al auge de la protesta campesina
y frente al dinamismo de la economía urbana, trató de garantizar la hegemonía
de las viejas clases privilegiadas, que cimentaban su poder en el control de la
tierra y que hubieron de pagar como precio la transferencia de la soberanía po-
lítica a manos de un Estado armado de los resortes fundamentales de unas
instituciones centrales, una administración servida por un cuerpo de funciona-
rios, una hacienda pública, un ejército profesional y una diplomacia reconocida
que le garantizaban una amplia autonomía respecto a sus bases sociales. Ahora
bien, como ocurriera en los niveles anteriores, el pasado limitó la capacidad de
decisión del Estado Moderno con una serie de condicionantes, como fueron el
sistema señorial, las instituciones representativas de los gobernados y las insti-
tuciones de los distintos bloques regionales que se fueron integrando en la supe-
rior unidad política encarnada por la Monarquía Absoluta.
Así, la construcción estatal presenta notables diferencias de nivel a lo largo
de toda Europa. En efecto, el absolutismo se consolida rápidamente en algunos
países de la Europa occidental (Francia, España, Portugal), mientras encuentra
resistencias de distinto tipo en otros (todavía no en Inglaterra, pero sí en los
Países Bajos), así como en la Europa oriental (en Rusia o en la «república nobi-
liaria» que es como puede definirse a la monarquía de Polonia). Del mismo
modo, la evolución hacia el Estado protonacional apenas avanza en otros, como
en el caso de Alemania (dividida en centenares de grandes o minúsculas forma-
ciones independientes), o como en el caso de Italia (donde coexisten territorios
integrados en unidades políticas superiores con pequeños principados absolutis-
tas y repúblicas mercantiles de constitución oligárquica). Europa se presenta así
como un mosaico de situaciones diferentes desde todos los puntos de vista (eco-
nómico, social, político, cultural) que exige, junto a la identificación de los rasgos
comunes, también claramente observables, una aproximación individualizada a
cada una de las realidades particulares. En cualquier caso, cabe definir aquella
serie de herencias que limitaron al absolutismo en toda la geografía europea.
El sistema señorial es una de las instituciones básicas del Antiguo Régimen
y uno de los límites al ejercicio directo del absolutismo, hasta el punto de que
algunos autores han llegado a hablar de sistema monárquico-señorial para
identificar la formación política de la Edad Moderna. Se trata de una delega-
ción por parte de los monarcas de una serie de competencias que pasaban a ser
detentadas por los titulares de un dominio territorial: competencias jurisdiccio-
nales (ejercicio de la justicia), administrativas (nombramiento de determinados
cargos, incluyendo los municipales), fiscales (percepción de determinados im-
puestos) y de orden público (promulgación de ordenanzas, organización de la

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