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Dioses Que Fallan Cap.#1

Este documento describe cómo en las sociedades modernas existen ídolos como el dinero, el sexo, el poder y el éxito que prometen felicidad pero que en realidad dejan un vacío. Al igual que en las culturas antiguas, estas promesas falsas dominan la vida de las personas y las sociedades actuales.
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Dioses Que Fallan Cap.#1

Este documento describe cómo en las sociedades modernas existen ídolos como el dinero, el sexo, el poder y el éxito que prometen felicidad pero que en realidad dejan un vacío. Al igual que en las culturas antiguas, estas promesas falsas dominan la vida de las personas y las sociedades actuales.
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Sobre la muerte
DIOSES que FA L L A N
DIOSES
que

FA L L A N
Las promesas vacías del dinero, el sexo y el poder,
y la única esperanza que realmente importa

TIMOTHY KELLER
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#DiosesQueFallan

Dioses que fallan


Las promesas vacías del dinero, el sexo y el poder,
y la única esperanza que realmente importa
Timothy Keller

© Poiema Publicaciones, 2023

Traducido con el debido permiso del libro Counterfeit Gods: The Empty
Promises of Money, Sex, and Power, and the Only Hope that Matters
© 2009 copyright por Timothy Keller, publicado por Penguin Group
(USA) LLC en New York.

A menos que se indique lo contrario, todas las citas bíblicas han sido ex-
traídas de La Santa Biblia, Nueva Versión Internacional © 1999, 2011 por
Biblica, Inc. Las citas marcadas con la sigla NBLA han sido tomadas de La
Nueva Biblia de las Américas © 2005 por The Lockman Foundation; las mar-
cadas con la sigla NTV, de La Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente © 2010
por Tyndale House Foundation.

Prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio


visual o electrónico sin permiso escrito de la casa editorial. Escanear, subir o
distribuir este libro por Internet o por cualquier otro medio es ilegal y puede
ser castigado por la ley.

Poiema Publicaciones
e-mail: [email protected]
www.poiema.co

Impreso en Colombia
ISBN: 978-1-955182-14-0
SDG231
Para mis hijos,
David, Michael y Jonathan,
quienes saben discernir la falsedad
Contenido

Introducción: La fábrica de ídolos���������������������������������������������� xi

1. Todo lo que siempre has querido��������������������������������������3

2. El amor no es todo lo que necesitas �������������������������������23

3. El dinero lo cambia todo������������������������������������������������47

4. La seducción del éxito����������������������������������������������������69

5. El poder y la gloria���������������������������������������������������������91

6. Los ídolos ocultos en nuestra vida �������������������������������119

7. El fin de los dioses falsos����������������������������������������������145

Epílogo: Encuentra y reemplaza tus ídolos�������������������������������155

Bibliografía����������������������������������������������������������������������������167

Notas de texto�������������������������������������������������������������������������171

Agradecimientos ��������������������������������������������������������������������193

- ix -
i n t r o d u cc i ó n

La fábrica de ídolos

“Hay más ídolos que realidades en el mundo”.


Friedrich Nietzsche, El ocaso de los ídolos

Una melancolía extraña

D espués del inicio de la crisis económica global a mediados


del 2008, hubo una trágica sucesión de suicidios de per-
sonas que solían ser adineradas y tener buenos contactos. El jefe
de finanzas de Freddie Mac, la corporación de préstamos hipo-
tecarios llamada Federal Home Loan Mortgage Corporation, se
ahorcó en su sótano. El director ejecutivo de Sheldon Good, una
importante compañía de subastas de bienes raíces de los Estados
Unidos, se disparó en la cabeza detrás del volante de su auto
deportivo rojo. Un gerente de cartera francesa que invirtió la

- x i-
D I O S E S Q U E FA L L A N

riqueza de muchas familias importantes y de la realeza de Euro-


pa, y que había perdido 1400 millones de dólares de sus clientes
en el esquema ponzi de Bernard Madoff, se cortó las venas de
las muñecas y murió en su lujosa oficina en la Avenida Madi-
son de Nueva York. Un alto ejecutivo danés del banco HSBC
se ahorcó en el ropero de su suite de 500 libras esterlinas por
noche en Knightsbridge, Londres. Cuando un ejecutivo de Bear
Stearns supo que JPMorgan Chase no lo iba a contratar luego de
haber comprado la compañía que se había venido abajo, tomó
una sobredosis de droga y saltó desde el piso veintinueve de su
edificio de oficinas. Un amigo dijo, “Lo que sucedió con Bear
Stearns… quebrantó su alma”. Esta situación trajo a la memoria
los suicidios que hubo tras la crisis económica del mercado bur-
sátil en 1929.
En la década de 1830, cuando Alexis de Tocqueville plan-
teó sus famosas observaciones sobre América, notó una “extraña
melancolía que persigue a los habitantes… en medio de la abun-
dancia”. Los estadounidenses creían que la prosperidad podía
saciar su deseo de felicidad, pero esa esperanza era una ilusión
porque, De Tocqueville agregó, “las alegrías incompletas de este
mundo nunca satisfarán el corazón [humano]”. Esta extraña me-
lancolía se manifiesta de muchas formas, pero siempre conduce
al mismo desespero de no encontrar lo que se busca.
Existe una diferencia entre el dolor y la desesperanza. El do-
lor es un sufrimiento para el que se puede encontrar consue-
lo. Viene de perder algo entre otras cosas buenas, de tal forma
que, si experimentas un percance en tu carrera laboral, puedes

- x ii-
Introducción

encontrar consuelo en tu familia para superarlo. Sin embargo,


para el desconsuelo no hay alivio, ya que viene de perder algo de
suprema importancia. Cuando pierdes la fuente suprema de lo
que te da significado o esperanza, no hay otras fuentes a las que
puedas acudir. Eso destroza tu alma.
¿Qué es lo que causa esta “extraña melancolía” que permea
nuestra sociedad aún en tiempos prósperos de actividad frenéti-
ca y que luego se convierte en total desconsuelo cuando dismi-
nuye la prosperidad? De Tocqueville dice que viene de tomar
una “alegría incompleta de este mundo” y construir toda tu vida
sobre ella. Esa es la definición de idolatría.

Una cultura llena de ídolos


En las personas modernas, la palabra idolatría evoca imágenes de
gente antigua que se inclinaba frente a estatuas. El libro de He-
chos en el Nuevo Testamento contiene descripciones vívidas de
las culturas del mundo grecorromano antiguo. Cada ciudad ado-
raba a sus deidades favoritas y construía altares alrededor de sus
imágenes para adorarlas. Cuando Pablo fue a Atenas vio que es-
taba literalmente llena de imágenes de estos dioses (Hch 17:16).
El Partenón de Atenea eclipsaba todo lo demás, pero había re-
presentaciones de otros dioses en todos los espacios públicos.
Estaba Afrodita, la diosa de la belleza; Ares, el dios de la guerra;
Artemisa, la diosa de la fertilidad y la riqueza y Hefesto, el dios
de los trabajos manuales.
En esencia, nuestra sociedad contemporánea no es muy dife-
rente de estas culturas antiguas. Cada cultura está dominada por

- x iii-
D I O S E S Q U E FA L L A N

su propio grupo de ídolos. Cada una tiene sus “sacerdocios”, sus


tótems y rituales. Cada una tiene sus altares —ya sean torres de
oficinas, spas y gimnasios, estudios o estadios— donde se deben
hacer sacrificios para recibir la bendición de la buena vida y ale-
jar los desastres. ¿Y no son así los dioses de la belleza, el poder, el
dinero y el éxito, que han tomado proporciones míticas en nues-
tras vidas individuales y nuestra sociedad? Tal vez no nos arro-
dillamos físicamente ante la estatua de Afrodita, pero muchas
jóvenes hoy en día caen en depresión y desórdenes alimenticios
porque se preocupan de manera obsesiva por su imagen cor-
poral. Tal vez no quemamos incienso real para Artemisa, pero
cuando elevamos el dinero y la carrera a proporciones cósmicas,
hacemos algo parecido a un sacrificio de niños, descuidando a la
familia y la comunidad para obtener una posición más alta en los
negocios y ganar más riqueza y prestigio.
Después de que el gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer,
destruyera su carrera por involucrarse con una exclusiva red de
prostitución, David Brooks señaló que nuestra cultura ha pro-
ducido un tipo de personas exitosas con “desequilibrios relacio-
nados con sus habilidades sociales”. Tienen habilidades sociales
para relacionarse de forma vertical, para mejorar su posición con
mentores y jefes, pero ninguna para desarrollar genuinamente
relaciones horizontales con sus cónyuges, amigos y familiares.
“Muchos candidatos presidenciales dicen que se postulan en
nombre de sus familias, aunque han pasado toda su vida ha-
ciendo campaña lejos de ellas”. Con el paso de los años se dan
cuenta con gran dolor de que “su grandeza no es suficiente y se

- x iv -
Introducción

sienten solos”. Muchos de sus hijos y cónyuges se han alejado de


ellos y entonces buscan sanar la herida. Se enredan en aventuras
extramatrimoniales o toman medidas desesperadas para tratar
con el vacío interior. Luego viene la crisis familiar o el escándalo
o ambos.
Aunque sacrificaron todo al dios del éxito, no fue suficiente.
En tiempos antiguos, las deidades eran despiadadas y eran difí-
ciles de apaciguar. Y todavía lo son.

Los ídolos del corazón


Habría sido difícil defender este argumento de manera convin-
cente en la época de la burbuja del “puntocom” y de la burbu-
ja del mercado inmobiliario y de la bolsa de los últimos veinte
años. Sin embargo, la gran crisis económica de 2008-2009 ha
dejado al descubierto lo que ahora se conoce como “la cultura
de la avaricia”. Tiempo atrás, el apóstol Pablo escribió que la
avaricia no era simplemente un mal comportamiento. Dijo que
“la avaricia es idolatría” (Col 3:5). Señaló que el dinero puede
tomar atributos divinos y entonces, nuestra relación con él pue-
de parecerse a la adoración y la reverencia.
El dinero se puede convertir en una adicción espiritual y,
como todas las adicciones, no permite que sus víctimas vean
sus verdaderas proporciones. Tomamos más y mayores riesgos
para obtener una satisfacción cada vez menor de aquello que
anhelamos, hasta que se desata una crisis. Cuando comenzamos
a recuperarnos, nos preguntamos, “¿En qué estábamos pensan-
do? ¿Cómo pudimos ser tan ciegos?” Es como si despertáramos

-xv-
D I O S E S Q U E FA L L A N

de una resaca y apenas pudiéramos recordar la noche anterior.


Pero ¿por qué? ¿Por qué actuamos de una forma tan irracional?
¿Por qué perdemos de vista lo que es correcto?
La respuesta de la Biblia es que el corazón humano es una
“fábrica de ídolos”.
Cuando la mayoría de personas piensa en “ídolos”, tiene en
mente estatuas físicas o la siguiente estrella de pop según Simon
Cowell. Pero, aunque todavía existe la adoración tradicional de
ídolos en muchos lugares del mundo, la adoración interna de
ídolos, dentro del corazón, es universal. En Ezequiel 14:3, Dios
dice de los ancianos de Israel, “estas personas han hecho de su
corazón un altar de ídolos”. Seguramente, la respuesta de los an-
cianos a esta acusación sería igual que la nuestra, “¿Ídolos? ¿Cuá-
les ídolos? No veo ningún ídolo”. Dios estaba diciendo que el
corazón humano toma cosas buenas como una carrera exitosa, el
amor, las posesiones materiales, incluso la familia, y las convierte
en algo supremo. Nuestro corazón las convierte en dioses y las
pone en el centro de nuestra vida porque creemos que, si las
alcanzamos, pueden darnos significado, protección, seguridad
y plenitud.
El elemento narrativo central del Señor de los Anillos es el
Anillo de Poder del malvado caudillo Sauron. El Anillo corrom-
pe a cualquiera que trate de usarlo, sin importar sus buenas in-
tenciones. El Anillo es lo que el profesor Tom Shippey llama “un
amplificador psíquico”, el cual toma los deseos más profundos
y los amplía a proporciones idólatras. Algunos personajes del
libro son buenos y quieren liberar esclavos, preservar la tierra de

- x v i-
Introducción

su gente o darles a los malvados un castigo justo, y todos estos


son objetivos buenos, pero el Anillo los lleva a estar dispuestos a
hacer cualquier cosa por alcanzarlos, lo que sea. Lo que hace es
convertir algo bueno en un absoluto que anula la lealtad a cual-
quier otra cosa o su valor. El que se pone el Anillo queda cada
vez más esclavizado y adicto a él, porque básicamente no puede
vivir sin su ídolo. Eso que tanto anhelamos nos lleva a romper
reglas que una vez honramos, a herir a otros e incluso a nosotros
mismos para conseguirlo. Los ídolos son adicciones espirituales
que conducen a un mal terrible, tanto en la novela de Tolkien
como en la vida real.

Cualquier cosa puede ser un ídolo


El momento cultural en el que estamos nos presenta una opor-
tunidad. Muchas personas están más abiertas ahora a escuchar
la advertencia de la Biblia de que el dinero se puede convertir
en mucho más que dinero. Se puede convertir en un dios pode-
roso que altera nuestra vida y moldea la cultura, y en un ídolo
que rompe el corazón de sus adoradores. La mala noticia es que
estamos tan obsesionados con el problema de la avaricia, el cual
vemos generalmente en “esos ricos de allá”, que no nos damos
cuenta de la verdad más esencial. Cualquier cosa puede ser un
ídolo y todo ha sido un ídolo.
El código moral más famoso del mundo es el Decálogo, los
diez mandamientos. El primer mandamiento es “Yo soy el Se-
ñor tu Dios… No tengas otros dioses además de Mí” (Éx 20:2-3).
Eso nos lleva a una pregunta natural: “¿Qué quieres decir con

- x v ii-
D I O S E S Q U E FA L L A N

‘otros dioses’?” Y nos da una respuesta inmediata. “No te ha-


gas ningún ídolo, ni nada que guarde semejanza con lo que hay
arriba en el cielo, ni con lo que hay abajo en la tierra, ni con lo
que hay en las aguas debajo de la tierra. No te inclines delante
de ellos ni los adores…” (Éx 20:4-5). ¡Eso incluye todo en el
mundo! La mayoría de las personas sabe que el dinero se puede
convertir en un dios. La mayoría sabe que el sexo se puede con-
vertir en un dios. Sin embargo, cualquier cosa en la vida puede
servir como un ídolo, es decir, una alternativa diferente a Dios,
un dios falso.
Recientemente escuché el relato de un oficial del ejército que
buscaba la disciplina física y militar de sus tropas de una forma
tan excesiva que destruyó su ánimo. Esto desató problemas de
comunicación durante un combate y resultó en varias muertes.
Por otra parte, conocí a una mujer que había vivido periodos
de pobreza en su niñez. De adulta deseaba tanto la seguridad
financiera que dejó pasar muchas oportunidades de buenas rela-
ciones y decidió casarse con un hombre rico a quien no amaba
realmente. Esto la llevó a divorciarse pronto y a tener todas las
dificultades económicas que tanto temía.
Asimismo, algunos jugadores de béisbol de las grandes ligas,
por su deseo de jugar no solo bien sino al nivel del salón de la
fama, tomaron esteroides y otras drogas. Como resultado, sus
cuerpos están más deteriorados y su reputación más manchada
que si hubieran estado dispuestos a ser buenos jugadores en vez
de grandiosos. Las mismas cosas sobre las que estas personas
estaban construyendo toda su felicidad se hicieron polvo en sus

- x v iii-
Introducción

manos justo porque habían construido toda su felicidad sobre


ellas. En todos los casos, algo bueno entre otras cosas buenas se
convirtió en algo supremo y las demandas del ídolo anularon el
valor de todo lo demás. Los dioses falsos siempre decepcionan y
frecuentemente lo hacen de forma destructiva.
¿Está mal querer tropas disciplinadas, seguridad financiera
o destreza atlética? Claro que no. Pero estas historias apuntan
a un error común que cometemos cuando escuchamos sobre el
concepto bíblico de idolatría. Pensamos que los ídolos son cosas
malas, pero casi nunca es así. Cuando algo es muy bueno, es
más probable que esperemos que satisfaga nuestras necesidades
y esperanzas más profundas. Cualquier cosa puede servir como
un dios falso, especialmente las mejores cosas de la vida.

Cómo hacer un dios


¿Qué es un ídolo? Es cualquier cosa que es más importante para
ti que Dios, cualquier cosa que absorba tu corazón y tu mente
más que Dios, cualquier cosa a la que acudes para que te dé lo
que solamente Dios puede dar.
Un dios falso es cualquier cosa que se vuelve tan central y
esencial en tu vida que, si la pierdes, sentirías que difícilmente
vale la pena vivir. Un ídolo tiene una posición de control tan
profunda en tu corazón que puedes invertir en él gran parte de
tu pasión y energía, o tus recursos emocionales y financieros sin
pensarlo dos veces. Puede ser la familia y los hijos, la carrera
profesional y ganar dinero, el éxito y la aclamación de los críti-
cos o guardar las apariencias y la posición social. Puede ser una

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D I O S E S Q U E FA L L A N

relación romántica, la aprobación de los colegas, ser competente


y habilidoso, las circunstancias seguras y cómodas, tu belleza
o inteligencia, una gran causa política o social, tu moralidad y
virtud, o incluso el éxito en el ministerio cristiano. Cuando el
sentido de tu vida es arreglar la vida de alguien más, lo podemos
llamar “codependencia”, pero en realidad es idolatría. Un ídolo
es cualquier cosa que miras y dices, en lo más profundo de tu
corazón, “Si tengo esto, sentiré que mi vida tiene significado,
sabré que valgo, me sentiré importante y seguro”. Hay muchas
formas de describir este tipo de relación con algo, pero la mejor
puede ser adoración.
Los paganos antiguos no se limitaban para representar, prác-
ticamente todo, como un dios. Tenían dioses del sexo, dioses
del trabajo, dioses de la guerra, dioses del dinero, y dioses de
la nación, por el simple hecho de que cualquier cosa puede ser
un dios que gobierna y sirve como deidad en el corazón de una
persona o en la vida de un pueblo. Por ejemplo, la belleza física
es algo agradable, pero si la conviertes en un dios, en lo más
importante de la vida de una persona o una cultura, entonces
tienes a Afrodita, no solo la belleza. Tienes a personas y a la cul-
tura completa que agonizan constantemente por la apariencia,
gastando cantidades excesivas de tiempo y dinero en ella y po-
niéndola como base al evaluar el carácter. Si algo se vuelve más
fundamental que Dios para tu felicidad, tu significado en la vida
y tu identidad, entonces es un ídolo.
El concepto bíblico de idolatría es una idea sumamente
compleja que comprende categorías intelectuales, psicológicas,

-xx-
Introducción

sociales, culturales y espirituales. Hay ídolos personales, tales


como el amor romántico y la familia; o el dinero, el poder y el
éxito; o el acceso a ciertos círculos sociales; o la dependencia
emocional de otros en ti; o la salud, aptitud física y belleza. Mu-
chos buscan estas cosas para encontrar la esperanza, el significa-
do y la satisfacción que solo Dios puede dar.
Hay ídolos culturales, tales como el poderío militar, el pro-
greso tecnológico y la prosperidad económica. Los ídolos de
las sociedades tradicionales incluyen la familia, el trabajo duro,
el deber y la virtud moral, mientras que los de las culturas oc-
cidentales son la libertad individual, el autodescubrimiento, la
riqueza personal y la satisfacción. Todas estas cosas buenas pue-
den alcanzar un tamaño y poder desproporcionados dentro de
una sociedad porque nos prometen seguridad, paz y felicidad si
fundamentamos nuestra vida en ellas.
También pueden existir ídolos intelectuales, que a menudo
se conocen como ideologías. Por ejemplo, los intelectuales euro-
peos de finales del siglo diecinueve y comienzos del siglo veinte
adoptaron ampliamente la perspectiva de Rousseau de que la
naturaleza humana tiene una bondad innata, que todos nuestros
problemas sociales eran el resultado de una mala educación y so-
cialización. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial destruyó
esta ilusión. Beatrice Webb, a quien muchos consideran la arqui-
tecta del estado moderno de bienestar de Gran Bretaña, escribió:

En alguna parte de mi diario —¿1890?— escribí, “He in-


vertido todo en la bondad fundamental de la naturaleza

- x x i-
D I O S E S Q U E FA L L A N

humana…” [Ahora, treinta y cinco años después veo] lo


permanentes que son los impulsos e instintos malvados
del hombre, lo poco que se puede contar con transformar
algunos de estos con cualquier cambio en la maquinaria
[social]… por ejemplo, el encanto de la riqueza y el po-
der… Ningún tipo de conocimiento o ciencia servirá de
algo a menos que podamos refrenar los malos impulsos.

En 1920, en su libro Outline of History [Esquema de la his-


toria universal], H. G. Wells alabó la creencia en el progreso hu-
mano. En 1933, en The Shape of Things to Come [Esquema de los
tiempos futuros], consternado por el egoísmo y la violencia de
las naciones europeas, creyó que la única esperanza era que los
intelectuales tomaran el control y realizaran un programa educa-
tivo obligatorio que enfatizara en la paz, la justicia y la equidad.
En 1945, en A Mind at the End of Its Tether [La mente a la orilla
del abismo], escribió, “El homo sapiens, como se ha llamado a sí
mismo, está… agotado”. ¿Qué les sucedió a Wells y Webb? To-
maron una verdad parcial y la convirtieron en una verdad univer-
sal con la que se podía explicar y mejorar todo. “Invertir todo” en
la bondad humana era ponerla en el lugar de Dios.
También hay ídolos, valores absolutos no negociables, en to-
dos los campos vocacionales. En el mundo de los negocios, se
reprime la expresión individual en pro del valor supremo, las ga-
nancias. Sin embargo, en el mundo del arte sucede lo contrario.
Todo se sacrifica por la expresión individual y se hace en nombre

- x x ii-
Introducción

de la redención. Se piensa que esto es lo que la raza humana ne-


cesita por encima de todo. Hay ídolos por todas partes.

Ama, confía y obedece


La Biblia usa tres metáforas básicas para describir cómo se rela-
cionan las personas con los ídolos de sus corazones. Aman a los
ídolos, confían en los ídolos y obedecen a los ídolos.
A veces, la Biblia habla de los ídolos usando una metáfora
matrimonial. Dios debería ser nuestro verdadero Cónyuge, pero
cuando deseamos y nos deleitamos en otras cosas más que en Él,
cometemos adulterio espiritual. El romance o el éxito pueden
convertirse en “falsos amantes” que prometen hacernos sentir
amados y valorados. Los ídolos se toman nuestra imaginación y
los podemos encontrar al observar lo que pensamos cuando so-
ñamos despiertos. ¿Qué nos gusta imaginar? ¿Cuáles son nues-
tros sueños más profundos? Acudimos a nuestros ídolos para
que nos amen y nos den significado y una sensación de belleza,
importancia y valor.
Con frecuencia, la Biblia habla de los ídolos usando la me-
táfora religiosa. Dios debería ser nuestro verdadero Salvador,
pero buscamos la paz y la seguridad que necesitamos en el éxito
personal o la prosperidad financiera. Los ídolos nos dan la sensa-
ción de que tenemos el control y podemos encontrarlos cuando
observamos nuestras pesadillas. ¿Qué es lo que más tememos?
¿Qué cosa, si la perdemos, haría que la vida no tenga sentido?
Hacemos “sacrificios” para calmar y agradar a nuestros dioses y

- x x iii-
D I O S E S Q U E FA L L A N

creemos que nos protegerán. Buscamos a nuestros ídolos para


que nos den una sensación de confianza y seguridad.
La Biblia también habla de los ídolos usando una metáfora
política. Dios debería ser nuestro único Señor y Dueño, pero lo
que sea que amamos y en lo que confiamos también lo servimos.
Cualquier cosa que se vuelve más importante que Dios y no es
negociable para nosotros, se convierte en un ídolo esclavizante.
En este paradigma, podemos encontrar a los ídolos cuando ob-
servamos nuestras emociones más fuertes. ¿Qué nos hace enojar,
sentir ansiosos o desanimados de una forma incontrolable? ¿Qué
nos atormenta con una culpa que no nos podemos quitar? Los
ídolos nos controlan ya que sentimos que necesitamos tenerlos o
si no, la vida no tiene sentido.

Aquello que nos controla es nuestro señor. El que busca


poder es controlado por el poder. El que busca aceptación
es controlado por las personas a las que quiere complacer.
No nos controlamos a nosotros mismos. Somos controla-
dos por el que es señor de nuestra vida.

Lo que muchas personas llaman “problemas psicológicos”


son simples problemas de idolatría. El perfeccionismo, la adic-
ción al trabajo, la indecisión crónica, la necesidad de controlar
la vida de otros, todos estos surgen de convertir cosas buenas en
ídolos que luego nos tiran al piso mientras tratamos de apaci-
guarlos. Los ídolos dominan nuestra vida.

- x x iv -
Introducción

La oportunidad del desencanto


Como hemos visto, hay una gran diferencia entre el dolor y la
desesperanza, ya que la desesperanza es un dolor insoportable.
En la mayoría de casos, la diferencia entre los dos es idolatría.
Un hombre de negocios coreano se suicidó después de perder
gran parte de una inversión de 370 millones de dólares. Su espo-
sa le dijo a la policía, “Cuando el índice del mercado bursátil de
la nación cayó por debajo de 1,000, él dejó de comer, se dedicó
a beber alcohol varios días y finalmente decidió suicidarse”. En
medio de la gran crisis financiera de 2008-2009, escuché a un
hombre llamado Bill que dijo que hacía tres años se había vuelto
cristiano y que su seguridad suprema había pasado de estar en el
dinero a estar en su relación con Dios por medio de Cristo. “Si
esta crisis económica hubiera ocurrido hace más de tres años,
bueno, no sé cómo lo habría enfrentado, cómo habría podido
seguir adelante. Hoy puedo decir honestamente que nunca he
sido más feliz en toda mi vida”.
Aunque pensamos que vivimos en un mundo secular, los
ídolos, los dioses relucientes de nuestra era, son los dueños de la
confianza funcional de nuestro corazón. Con la economía glo-
bal en crisis, muchos de esos ídolos que hemos adorado du-
rante años se están viniendo abajo a nuestro alrededor. Esta es
una gran oportunidad. Estamos experimentado el “desencanto”
brevemente. En las historias antiguas, esto significaba que se
había roto el encanto del hechicero malvado y había oportuni-
dad de escapar. Esos momentos llegan a la vida de una perso-
na cuando una gran empresa, búsqueda o individuo sobre los

-xxv-
D I O S E S Q U E FA L L A N

que ha construido sus esperanzas no le da lo que (pensaba que)


había prometido. Rara vez estas oportunidades llegan a una
sociedad completa.
La forma de tratar con la desesperanza es discernir los ídolos
de nuestro corazón y nuestra cultura. Pero eso no es suficiente.
La única manera de liberarnos de la influencia destructiva de los
dioses falsos es regresar al Dios verdadero. El Dios viviente, que
se reveló a Sí mismo tanto en el Monte Sinaí como en la cruz, es
el único Señor que, si lo encuentras, puede llenarte y, si le fallas,
realmente puede perdonarte.

- x x v i-
DIOSES que FA L L A N
uno

Todo lo que siempre

has querido

Lo peor que puede pasar

L a mayoría de las personas se pasan la vida tratando de hacer


realidad los sueños más profundos de su corazón. ¿La vida
no se trata de “buscar la felicidad”? Buscamos sin descanso las
formas de obtener lo que deseamos y estamos dispuestos a hacer
grandes sacrificios por conseguirlo. Nunca nos imaginamos que
cumplir los deseos más profundos de nuestro corazón puede ser
lo peor que nos pase en la vida.
Una vez, mi esposa y yo conocimos a una mujer soltera lla-
mada Anna que deseaba desesperadamente tener hijos. Tiempo
después se casó y aunque los médicos esperaban algo diferente,
pudo tener dos hijos saludables a pesar de su edad. Sin embargo,
sus sueños no se hicieron realidad. Su fuerte deseo de darle a

-3-
D I O S E S Q U E FA L L A N

sus hijos una vida perfecta no le permitió disfrutarlos. Su so-


breprotección, temores y ansiedades y su necesidad de controlar
cada detalle de la vida de sus hijos hizo miserable a su familia. A
su hijo mayor no le iba bien en la escuela y mostró indicios de
problemas emocionales serios. El hijo menor estaba lleno de ira.
Es muy probable que el deseo de darle a sus hijos una vida mara-
villosa fue lo que en realidad los arruinó. Conseguir lo que más
deseaba su corazón terminó siendo lo peor que le había pasado.
A finales de la década de 1980, Cynthia Heimel escribió, “El
momento en que una persona se convierte en celebridad es el mis-
mo en que se convierte en un monstruo”, y luego dio los nombres
de tres estrellas reconocidas de Hollywood que había conocido
antes de que fueran famosos. Antes eran “seres humanos perfec-
tamente agradables… ahora se han convertido en seres supremos
y su ira es espantosa”. Luego dijo que, con la presión de la fama
y el reconocimiento, todos los defectos y problemas de carácter se
vuelven aún peores de lo que eran antes. Tal vez tengas curiosidad
sobre quiénes eran estas estrellas de la década, pero no es necesa-
rio saberlo. Ahora mismo hay cualquier cantidad de “nombres en
negrita” que viven con los mismos patrones en los titulares de los
periódicos. Los nombres cambian, pero el patrón permanece.

Lo inevitable de la idolatría
¿Por qué obtener lo que más desea tu corazón suele ser un desas-
tre? En el libro de Romanos, el Apóstol Pablo escribió que una
de las peores cosas que Dios puede hacer es entregar a las perso-
nas “a los malos deseos de sus corazones” (Ro 1:24). ¿Por qué

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To d o l o q u e s i e m p r e h a s q u e r i d o

el castigo más grande que hay es permitirle a alguien cumplir su


sueño más profundo? Es porque nuestro corazón convierte estos
deseos en ídolos. En el mismo capítulo, Pablo resumió la historia
de la humanidad en una frase: “adorando y sirviendo a los se-
res creados antes que al Creador” (Ro 1:25). Todo ser humano
debe vivir por algo. Algo debe capturar nuestra imaginación,
la lealtad y esperanza más esencial de nuestro corazón. Pero la
Biblia dice que, sin la intervención del Espíritu Santo, ese objeto
nunca será Dios mismo.
Si buscamos en algo creado el significado, la esperanza y la fe-
licidad que solo Dios mismo puede dar, eventualmente nos fallará
y nos romperá el corazón. Anna, la mujer que estaba arruinando
la vida de sus hijos no “los amaba demasiado”, sino que amaba
muy poco a Dios en comparación con ellos. Como resultado, sus
dioses hijos fueron destruidos bajo el peso de sus expectativas.
Dos filósofos judíos que conocían las Escrituras profunda-
mente concluyeron: “El principio… central de la Biblia [es] el
rechazo a la idolatría”. Por eso, la Biblia está llena de historias
que describen las innumerables formas y los efectos devastado-
res de la adoración a los ídolos. Todo dios falso que escoja el co-
razón —ya sea amor, dinero, éxito o poder— tiene una narrativa
bíblica poderosa que explica cómo funciona esa clase particular
de idolatría en nuestra vida.
Uno de los personajes centrales de la Biblia es Abraham. Así
como la mayoría de hombres en tiempos antiguos, él anhelaba
un hijo y heredero que llevara su nombre. Sin embargo, en el
caso de Abraham, ese deseo se había convertido en el deseo más

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D I O S E S Q U E FA L L A N

profundo de su corazón. Finalmente, aunque parecía imposible,


tuvo un hijo. Ahora tenía lo que siempre había deseado. Enton-
ces, Dios le pidió que renunciara a todo.

El llamado de Abraham
De acuerdo con la Biblia, Dios se le apareció a Abraham y le
hizo una promesa asombrosa. Si lo obedecía fielmente, Dios
bendeciría a todas las naciones de la tierra por medio de él y sus
descendientes. Pero, para que esto sucediera, Abraham tenía que
irse. “Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, y vete a
la tierra que te mostraré” (Gn 12:1). Dios llamó a Abraham a
que dejara todo lo que conocía —sus amigos, gran parte de su
familia y todo lo que creía que le daba seguridad, prosperidad y
paz— y que saliera a lo desconocido, sin saber a dónde iba. Dios
le pidió que, por Él, dejara casi todas las esperanzas y cosas del
mundo que desea el corazón humano.
Y lo hizo. Fue llamado a “irse” y se fue, “obedeció y salió sin
saber a dónde iba” (Heb 11:8).
Sin embargo, aunque Dios lo había llamado a abandonar sus
otras esperanzas, también le había dado una nueva. La profecía
era que las naciones de la tierra serían bendecidas por medio de
su familia, “de tu descendencia” (Gn 12:7). Eso significaba que
iba a tener hijos, pero Sara, la esposa de Abraham, no había po-
dido concebir, y biológicamente hablando, parecía imposible que
tuvieran hijos. Pero Dios prometió que Abraham tendría un hijo.
Sin embargo, mientras los años se convirtieron en décadas,
la promesa divina se hizo cada vez más y más difícil de creer.

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To d o l o q u e s i e m p r e h a s q u e r i d o

Finalmente, después de que Abraham tenía más de cien años


y Sara más de noventa (Gn 17:17, 21:5), ella dio a luz a un
hijo, Isaac. Es claro que fue por intervención divina y por eso, el
nombre Isaac significaba “risa”, una referencia al gozo de ambos
padres y a la dificultad que tuvieron para creer que Dios les daría
lo que había prometido.
Los años de espera agonizante habían pasado factura, como
podría confirmar cualquier pareja que lucha con la infertilidad.
La demora casi interminable refinó la fe de Abraham, lo cual
fue realmente importante. Sin embargo, los años de infertilidad
también habían tenido otro efecto. Ningún hombre había de-
seado un hijo más que Abraham, quien dejó todo lo demás por
esperar un hijo. Cuando este hijo llegara, su comunidad podría
ver que no había sido un tonto por dejar todo para confiar en la
palabra de Dios. Entonces por fin tendría un heredero, un hijo
a su semejanza, aquello que todos los patriarcas antiguos del
Medio Oriente deseaban. Había esperado y se había sacrificado
y al fin, su esposa tuvo un bebé y ¡era un niño!
Pero la pregunta ahora era, ¿había estado esperando y sacri-
ficándose por Dios o por el niño? ¿Dios era simplemente un me-
dio para conseguir algo? ¿Abraham tenía la paz, la humildad, la
audacia y el aplomo inamovible que tienen aquellos que confían
en Dios y no en las circunstancias, en la opinión pública, o su
propia habilidad? ¿Había aprendido a confiar en Dios solamente,
a amar a Dios por Dios mismo y no solo por lo que podía obte-
ner de Él? No, todavía no.

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D I O S E S Q U E FA L L A N

El segundo llamado de Abraham


Cuando nuestra amiga Anna, la mujer que había deseado tener
hijos por mucho tiempo, quedó embarazada al fin, pensó que
viviría “feliz para siempre”. Tristemente, eso no sucedió y casi
nunca sucede. Muchas parejas que anhelan un hijo creen que
tenerlo resolverá todos sus problemas, pero eso nunca sucede.
De igual forma, los lectores de Génesis 12—21 pueden pensar
que el nacimiento de Isaac habría sido el punto culminante y el
último capítulo de la vida de Abraham. Su fe había triunfado.
Ahora podía morir feliz luego de haber cumplido el llamado
de Dios a dejar su casa y esperar el nacimiento de su hijo. Pero
entonces, para nuestro asombro, Abraham recibió otro llamado
de Dios. Y no habría podido ser más impactante.

Toma a tu hijo, el único que tienes y al que tanto amas, y


ve a la región de Moria. Una vez allí, ofrécelo como holo-
causto en el monte que Yo te indicaré (Génesis 22:2).

Esa fue la prueba suprema. Ahora Isaac era todo para Abra-
ham, como lo deja claro Dios mismo cuando no se refiere al
niño como “Isaac”, sino como “tu hijo, el único que tienes y
al que tanto amas”. El afecto de Abraham podría haberse con-
vertido en adoración. Anteriormente, el sentido de la vida de
Abraham dependía de la palabra de Dios. Ahora dependía del
amor y el bienestar de Isaac. El centro de la vida de Abraham
estaba cambiando. Dios no está diciendo que no puedes amar a
tu hijo, sino que no debes convertir a un ser querido en un dios

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To d o l o q u e s i e m p r e h a s q u e r i d o

falso. Si alguien pone a un hijo en el lugar del Dios verdadero,


crea un amor idólatra que sofocará al hijo y asfixiará la relación.

La espantosa orden
Durante años, muchos lectores han tenido problemas com-
prensibles con esta historia. La han interpretado diciendo que
su “moraleja” implica que hacer cosas crueles y violentas está
bien, siempre y cuando creas que es la voluntad de Dios. Nadie
ha hablado más claramente de esto que Søren Kierkegaard, que
basó su libro Fear and Trembling [Temor y temblor] en la historia
de Abraham y Isaac. Al final de su libro, Kierkegaard concluye
que la fe es irracional y absurda. Abraham pensó que la orden no
tenía sentido en absoluto y contradecía todo lo demás que Dios
había dicho, pero aun así la obedeció.
¿Este mandato en realidad habría sido totalmente irracional
para Abraham? La interpretación de Kierkegaard de la historia
no tiene en cuenta el significado que tenía el primogénito en el
pensamiento y el simbolismo judío. Jon Levenson, un erudito
judío que enseña en Harvard, y quien escribió The Death and
Resurrection of the Beloved Son [La muerte y resurrección del hijo
amado], nos recuerda que las culturas antiguas no eran tan in-
dividualistas como la nuestra. Las esperanzas y los sueños de
las personas no se enfocaban en su propio éxito, prosperidad o
prominencia personal. Como todos eran parte de una familia
y nadie vivía aparte de la familia, estas cosas solo se buscaban
para todo el clan. También debemos recordar la ley antigua de la

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D I O S E S Q U E FA L L A N

primogenitura. El hijo mayor recibía la mayor parte de la tierra y


la riqueza para que la familia no perdiera su lugar en la sociedad.
Con frecuencia, en una cultura individualista como la nues-
tra, la identidad y el sentido de valor de un adulto están ligados
a sus habilidades y logros, pero en tiempos antiguos, todas las
esperanzas y sueños de un hombre y su familia se encontraban
en el hijo primogénito. El llamado a entregar al hijo primogé-
nito sería como pedir que un cirujano renunciara al uso de sus
manos, o un artista visual al uso de sus ojos.
Levenson argumenta que solo podemos entender la orden
que Dios le dio a Abraham si la ponemos sobre este contexto
cultural. La Biblia afirma varias veces que, por la pecaminosidad
de los israelitas, la vida de sus primogénitos estaba perdida auto-
máticamente, aunque la podían redimir por medio del sacrificio
regular (Éx 22:29, 34:20), o sirviendo en el tabernáculo entre
los levitas (Nm 3:40-41), o mediante el pago de un rescate al
tabernáculo y los sacerdotes (Nm 3:46-48). Cuando Dios tra-
jo juicio sobre Egipto por esclavizar a los israelitas, Su castigo
máximo fue quitarles la vida a los primogénitos. La vida de los
primogénitos estaba condenada por causa de los pecados de las
familias y la nación. ¿Por qué? Porque el hijo primogénito era
la familia. Entonces, cuando Dios les dijo a los israelitas que la
vida del primogénito le pertenecía a Él a menos que se pagara
un rescate, estaba diciendo de la forma más clara posible a aque-
llas culturas, que cada familia en la tierra tenía una deuda con la
justicia eterna: la deuda del pecado.

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To d o l o q u e s i e m p r e h a s q u e r i d o

Todo esto es crucial para interpretar la orden que Dios le dio


a Abraham. Si Abraham hubiera escuchado una voz parecida a
la de Dios diciéndole, “Levántate y sacrifica a Sara”, es probable
que nunca lo hubiera hecho. Habría asumido correctamente que
estaba alucinando, porque Dios no le pediría que hiciera algo
totalmente contrario a todo lo que había dicho sobre la justicia
y la rectitud. Pero cuando Dios dijo que la vida de su único hijo
estaba condenada, esta no fue una afirmación irracional o con-
tradictoria para él. Fíjate que Dios no le está pidiendo que entre
a la tienda de Isaac y lo asesine. Le pidió que hiciera una ofrenda
quemada. Estaba demandando el pago de Abraham. Su hijo iba
a morir por los pecados de la familia.

El camino a la montaña
Aunque la orden fuera comprensible, no dejaba de ser terrible, y
por eso Abraham se enfrentó a la pregunta definitiva: “Dios es
santo. Nuestro pecado significa que la vida de Isaac está perdida.
Pero Dios también es un Dios de gracia. Ha dicho que quiere
bendecir al mundo por medio de Isaac. ¿Cómo puede Dios ser
santo y justo y al mismo tiempo cumplir Su promesa de salva-
ción con gracia?” Abraham no lo sabía. Pero decidió obedecer.
Actuó de forma similar a otro personaje del Antiguo Testamen-
to, Job, quien sufrió incontables aflicciones sin ninguna explica-
ción. Sin embargo, Job habla del Señor diciendo, “Él sabe lo que
está haciendo conmigo, y cuando me haya probado, terminaré
como oro puro” (Job 23:10).

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D I O S E S Q U E FA L L A N

¿Cómo logró Abraham subir esa montaña en obediencia al


llamado de Dios? La narrativa magistral hebrea nos da excelentes
pistas. Él les dijo a sus siervos, “volveremos a ustedes” (Gn 22:5
NBLA). Es poco probable que tuviera una idea específica de lo
que Dios iba a hacer. Pero no subió la montaña diciendo, “Yo
puedo hacerlo”, llenándose de fuerza de voluntad y motivación
propia. En cambio, subió diciendo, “Dios lo hará… pero no sé
cómo”. ¿Qué hará? De alguna manera, Dios iba a eliminar la
deuda del primogénito y mantendría Su promesa de gracia.
La fe de Abraham no era simplemente una “fe ciega”. No
estaba diciendo, “Esto es una locura, es asesinato, pero voy a
hacerlo de todas formas”. Más bien, estaba diciendo, “Sé que
Dios es santo y también es un Dios de gracia. No sé cómo va a
mostrar ambos atributos al mismo tiempo, pero sé que lo hará”.
Si no hubiera creído que estaba en deuda con un Dios santo, su
enojo le habría impedido ir. Pero si además no hubiera creído
que Dios era un Dios de gracia, el abatimiento y la desesperanza
se lo habrían impedido. Simplemente se habría dejado morir.
Solo porque sabía que Dios era santo y también amoroso, pudo
dar un paso tras otro para subir esa montaña.
Finalmente, Abraham y su hijo encontraron el lugar para
el sacrificio.

Cuando llegaron al lugar señalado por Dios, Abraham


construyó un altar y preparó la leña. Después ató a su hijo
Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces
tomó el cuchillo para sacrificar a su hijo (Génesis 22:9-10).

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To d o l o q u e s i e m p r e h a s q u e r i d o

Pero en ese preciso momento, escuchó la voz de Dios desde


el cielo que decía, “¡Abraham! ¡Abraham!”
“Aquí estoy”, respondió desde el precipicio.
“No pongas tu mano sobre el muchacho… Ahora sé que
temes a Dios, porque ni siquiera te has negado a darme a tu
único hijo” (v 11-12). Y en ese momento, Abraham vio un car-
nero atrapado por los cuernos en un matorral. Entonces desató
a Isaac y sacrificó al carnero en vez de a su hijo.

El peligro de las mejores cosas del mundo


¿De qué se trataba todo este suceso? Se trataba de dos cosas: una
que probablemente Abraham vio bastante bien y otra que no
pudo haber entendido claramente.
Lo que Abraham pudo ver fue que esta prueba se trataba de
amar a Dios de forma suprema. Al final, el Señor le dijo, “Ahora
sé que temes a Dios”. En la Biblia, esto no se refiere a tenerle
“miedo” a Dios, sino a estar comprometido de corazón con Él.
En el Salmo 130:4, por ejemplo, vemos que “el temor de Dios”
aumenta cuando experimentamos Su gracia y perdón. Lo que se
describe es un asombro lleno de amor y gozo, es estar maravilla-
dos ante la grandeza de Dios. El Señor está diciendo, “Ahora sé
que me amas más que a cualquier cosa en el mundo”. Eso es lo
que significa “el temor de Dios”.
Esto no quiere decir que Dios estaba intentando descubrir si
Abraham lo amaba. El Dios que lo ve todo conoce el estado de
todos los corazones. Más bien, Dios estaba pasando a Abraham
por el fuego, para que al final su amor por Él pudiera “salir puro

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D I O S E S Q U E FA L L A N

como el oro”. No es difícil ver por qué Dios estaba usando a


Isaac como el medio para lograr ese objetivo. Si Dios no hubiera
intervenido, Abraham habría llegado a amar a su hijo más que
a cualquier cosa en el mundo, si es que no lo amaba ya de esa
manera. Eso habría sido idolatría y toda idolatría es destructiva.
Desde esta perspectiva vemos que el trato extremadamen-
te duro de Dios hacia Abraham en realidad fue misericordioso.
Isaac fue un regalo maravilloso para Abraham, pero para que
pudiera disfrutar de un lugar seguro, era necesario que Abraham
estuviera dispuesto a poner a Dios primero. Mientras Abraham
no tuviera que escoger entre su hijo y la obediencia a Dios, no
podría ver que su amor se estaba volviendo idólatra. De forma
similar, tal vez no veamos que nuestra carrera se ha convertido
en un ídolo para nosotros hasta que enfrentemos una situación
en la que decir la verdad o actuar con integridad sería un gran
golpe para nuestro avance profesional. Si no estamos dispuestos
a perjudicar nuestra carrera por hacer la voluntad de Dios, nues-
tro trabajo se convertirá en un dios falso.
Y Anna, la mujer de la que hablamos anteriormente en este
capítulo, ¿cómo podría haberle dado a Dios lo que Él le pidió a
Abraham? Los consejeros le dirían que tenía que dejar de presio-
nar a sus hijos con actividades y proyectos para los que no tienen
habilidades. Que tenía que dejar de presionarlos emocionalmen-
te por las malas calificaciones y que tendría que darles la libertad
de fallar. Todo eso es cierto, pero hay un problema oculto que
hay que enfrentar. Ella debe ser capaz de decir en su corazón,
“Mi deseo de tener hijos totalmente exitosos y felices es egoísta.

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To d o l o q u e s i e m p r e h a s q u e r i d o

Se trata de mi necesidad de sentirme valiosa. Si realmente cono-


ciera el amor de Dios, podría aceptar hijos menos que perfectos
y no estaría aplastándolos. Si el amor de Dios significara más
para mí que mis hijos, podría amarlos con menos egoísmo y
de una mejor forma”. Anna tiene que poner a sus “Isaacs” en el
altar y darle a Dios el lugar central de su vida.
El control excesivo sobre sus hijos no demostraba solamen-
te su resistencia a que Dios fuera Dios en su propia vida, sino
también en la vida de sus hijos. Anna no creía que Dios podía
tener un plan más sabio para la vida de sus hijos que el de ella
misma. Había trazado una vida perfecta, sin fracasos ni decep-
ciones. Pero ese plan de vida es más imperfecto que la aventura
con baches que Dios traza inevitablemente para nosotros. Las
personas que nunca han sufrido en la vida tienen menos empatía
por otros, reconocen menos sus propios defectos y limitaciones,
no tienen resistencia al enfrentar las dificultades y desarrollan ex-
pectativas poco realistas para la vida. Como nos dice el libro de
Hebreos en el Nuevo Testamento, todos los que reciben el amor
de Dios experimentan dificultades (Heb 12:1-8).
El éxito y el amor de los hijos de Anna han sido más impor-
tantes para su propia imagen que la gloria y el amor de Dios.
Aunque cree en Dios con su mente, la satisfacción más profun-
da de su corazón viene de que sus hijos le digan, “Oh, Madre,
¡te lo debo todo a ti!” Pero, tristemente, es posible que nunca
escuche las palabras que más desea, porque la necesidad exce-
siva de su aprobación está alejando a los que más ama. Anna
debe estar dispuesta a poner a Dios primero, confiarle sus hijos

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D I O S E S Q U E FA L L A N

permitiéndoles fallar y encontrar su paz en el amor y la voluntad


de Dios. Anna necesita seguir a Abraham a la montaña.
Fue luego de hacer este viaje que Abraham pudo amar a
Isaac correcta y sabiamente. Si Isaac se hubiera convertido en la
esperanza y el gozo principal de la vida de Abraham, su padre
lo habría disciplinado demasiado (porque necesitaba que su hijo
fuera “perfecto”) o muy poco (porque no podría soportar el
descontento de su hijo) o ambos. Lo habría mimado en exceso,
pero también se habría vuelto demasiado duro y cruel, tal vez
incluso violento, cuando su hijo lo decepcionara. ¿Por qué? Por-
que los ídolos esclavizan. El amor y el éxito de Isaac se habrían
convertido en la única identidad y gozo de Abraham. Si en al-
gún momento lo desobedeciera o no le mostrara amor, su enojo,
ansiedad y depresión se habrían vuelto descomunales. Y sabe-
mos que Isaac habría fallado, porque ningún hijo puede cargar
el peso completo de la divinidad. Las expectativas de Abraham
lo habrían alejado o habrían retorcido y desfigurado su espíritu.
Por lo tanto, el paseo agonizante de Abraham hacia la mon-
taña fue la fase final de un largo camino en el que Dios lo estaba
llevando de ser un hombre común a uno de los personajes más
grandes de la historia. Las tres religiones monoteístas más gran-
des del mundo hoy, que son el judaísmo, el islamismo y el cris-
tianismo, tienen a Abraham como su fundador. Más de la mitad
de personas en el mundo lo consideran su padre espiritual. Eso
nunca habría sucedido si Dios no hubiera tratado con el ídolo
de su corazón.

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To d o l o q u e s i e m p r e h a s q u e r i d o

El sustituto
Este famoso suceso también se trataba de algo que Abraham
no pudo ver, o al menos no vio muy bien en su época. ¿Por qué
Isaac no fue sacrificado? Los pecados de Abraham y su familia
seguían allí. ¿Cómo podía pasarlos por alto un Dios santo y jus-
to? Bueno, se ofreció un sustituto, un carnero. Pero, ¿la sangre
del carnero fue la que borró la deuda por el primogénito? No.
Muchos años después, en esas mismas montañas, otro pri-
mogénito fue puesto sobre la madera para morir. Pero allí en el
Monte Calvario, cuando el Hijo amado de Dios gritó, “Dios
mío, Dios Mío, ¿por qué me has desamparado?” no hubo una
voz desde el cielo que anunciara Su liberación. En cambio, Dios
el Padre pagó el precio en silencio. ¿Por qué? El verdadero susti-
tuto del hijo de Abraham era el único Hijo de Dios, Jesús, quien
murió para llevar nuestro castigo. “Porque Cristo murió por los
pecados una vez por todas, el justo por los injustos, a fin de lle-
varlos a ustedes a Dios” (1P 3:18). Pablo entendió el verdadero
significado de la historia de Isaac cuando aplicó intencionalmen-
te ese lenguaje a Jesús: “El que no escatimó ni a Su propio Hijo,
sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de dar-
nos generosamente, junto con Él, todas las cosas?” (Ro 8:32).
Entonces, aquí está la respuesta práctica a nuestras propias
idolatrías, a los “Isaacs” de nuestra vida, que no son lugares es-
piritualmente seguros para permanecer. Necesitamos ofrecerlos.
Necesitamos encontrar la forma de no aferrarnos a ellos con de-
masiada fuerza, de no ser sus esclavos. Sin embargo, nunca lo
lograremos solo hablando de lo grande que es Dios. Tenemos

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D I O S E S Q U E FA L L A N

que saber, estar seguros, de que Dios nos ama, nos aprecia y se
deleita tanto en nosotros que podemos reposar nuestro corazón
en Él para encontrar nuestro significado y seguridad y para ma-
nejar cualquier cosa que pase en la vida.
Pero, ¿cómo?
Dios vio el sacrificio de Abraham y dijo, “Ahora sé que te-
mes a Dios, porque ni siquiera te has negado a darme a tu único
hijo”. ¿Cuánto más nosotros podemos ahora ver Su sacrificio en
la cruz y decirle a Dios, “Ahora sabemos que nos amas, porque ni
siquiera te has negado a darnos a Tu Hijo, al único que tienes y al
que tanto amas”? Cuando comprendemos la magnitud de lo que
hizo, podemos dejar que nuestro corazón descanse finalmente
en Él y no en otra cosa.
Solo Jesús le da sentido a esta historia. La única forma en que
Dios podía ser “justo” (demandando el pago de nuestra deuda
por el pecado) y también “justificador” (proveyendo salvación y
gracia) es porque años después otro Padre subió a otro “monte”
llamado Calvario con Su primogénito y lo ofreció por todos
nosotros. Nunca lograrás ser tan grande, tan valiente y estar tan
seguro en Dios como Abraham si simplemente lo intentas con
todas tus fuerzas; solo lo lograrás cuando creas en el Salvador al
que apunta este evento. Es gracias a que Jesús vivió y murió por
nosotros que puedes tener un Dios de amor infinito y santidad
al mismo tiempo. Entonces puedes estar completamente seguro
de que te ama.

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To d o l o q u e s i e m p r e h a s q u e r i d o

Tu camino a la montaña
Piensa en las muchas decepciones y problemas que enfrenta-
mos. Obsérvalos más de cerca y te darás cuenta de que los más
angustiantes tienen que ver con nuestros propios “Isaacs”. En
nuestra vida siempre invertiremos en algunas cosas para alcanzar
un nivel de gozo y satisfacción que solo Dios nos puede dar.
Los momentos más dolorosos de la vida son momentos en los
que nuestros Isaacs, nuestros ídolos, están siendo amenazados
o eliminados. Cuando eso sucede, podemos responder de dos
formas. Podemos elegir la amargura y el desespero. Sentiremos
que tenemos derecho a obsesionarnos con nuestros sentimientos
y diremos, “He trabajado toda mi vida para llegar a este lugar
en mi carrera y ¡ahora todo ha terminado!” o “He trabajado
como esclavo toda mi vida para darle a esa niña una buena vida
¡y así es como me paga!” Tal vez nos sintamos con la libertad de
mentir, engañar, vengarnos o dejar de lado nuestros principios
para obtener algo de alivio. O simplemente podemos vivir en un
desánimo permanente.
O, por el contrario, igual que Abraham, podrías subir la
montaña. Podrías decir, “Veo que tal vez me estás llamando a
vivir sin algo que pensé que necesitaba en la vida. Pero te tengo
a Ti; tengo la única riqueza, salud, amor, honor y seguridad que
realmente necesito y no puedo perder”. Muchos han aprendido
y enseñado esto: que no verás que Jesús es lo único que necesitas
hasta que Él sea lo único que tienes.
Muchos de estos dioses falsos, si no la mayoría, pueden per-
manecer en nuestra vida cuando los “rebajamos” por debajo de

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Dios. Entonces no nos van a controlar y atormentar con ansie-


dad, orgullo, ira y ambición. Sin embargo, no debemos equi-
vocarnos pensando que lo único que debemos hacer según esta
historia es estar dispuestos a deshacernos de nuestros ídolos, en
vez de realmente dejarlos atrás. Si Abraham hubiera subido la
montaña pensando, “Lo único que tengo que hacer es poner a
Isaac en el altar, no debo entregarlo realmente”, ¡habría fracasa-
do en la prueba! Solo es seguro mantener algo en nuestra vida
si realmente ha dejado de ser un ídolo. Esto puede suceder so-
lamente cuando estamos dispuestos a vivir sin ello, cuando ver-
daderamente podemos decir de corazón: “Puedo vivir sin esto
porque tengo a Dios”.
A veces parece que Dios nos está destruyendo cuando en
realidad nos está salvando. Aquí estaba convirtiendo a Abraham
en un gran hombre, pero por fuera parecía que estaba siendo
cruel. Para algunos, seguir a Dios en esas circunstancias parece
ser una “fe ciega”, pero realmente es una fe fuerte y agradecida.
La Biblia está llena de historias de personajes como José, Moisés
y David en las que Dios parecía haberlos abandonado, pero más
adelante se revela como Aquel que estaba tratando con los ídolos
destructivos de sus vidas y que solo se podía lograr cuando ellos
experimentaran las dificultades.
Así como Abraham, Jesús luchó fuertemente con el llamado
de Dios. En el jardín de Getsemaní, le preguntó al Padre si había
otra forma, pero al final, subió obedientemente el Monte Cal-
vario hacia la cruz. No es posible conocer todas las razones por
las que nuestro Padre permite que nos pasen cosas malas, pero

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To d o l o q u e s i e m p r e h a s q u e r i d o

como hizo Jesús, podemos confiar en Él en los tiempos difíciles.


Cuando lo miramos a Él y nos regocijamos en lo que hizo por
nosotros, tendremos el gozo y la esperanza necesaria —y la li-
bertad de los dioses falsos— para seguir Su llamado cuando los
tiempos parecen tan oscuros y difíciles.

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Esperamos que hayas disfrutado de
esta pequeña muestra del libro Dioses que fallan.

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