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La ilusión de los opuestos y la unidad

El documento discute cómo las personas tienden a crear demarcaciones ilusorias entre conceptos opuestos como placer y dolor, alto y bajo, que en realidad son inseparables. Esto genera conflictos que pueden resolverse al comprender que los opuestos forman parte de una misma realidad subyacente sin fronteras.
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La ilusión de los opuestos y la unidad

El documento discute cómo las personas tienden a crear demarcaciones ilusorias entre conceptos opuestos como placer y dolor, alto y bajo, que en realidad son inseparables. Esto genera conflictos que pueden resolverse al comprender que los opuestos forman parte de una misma realidad subyacente sin fronteras.
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separar lo que de hecho no es separable.

En este sentido, el mundo


real contiene líneas, pero no tiene fronteras.
Una línea real se convierte en demarcación ilusoria cuando
nos imaginamos que sus dos lados están separados y no tienen
relación entre sí; esto es, cuando reconocemos la diferencia externa
de los dos opuestos, pero ignoramos su unidad interna. Una línea se
convierte en frontera cuando nos olvidamos de que el interior
coexiste con el exterior; cuando imaginamos que no hace más que
separar, pero sin unir al mismo tiempo. Está bien trazar líneas,
siempre que no las tomemos por demarcaciones. Está bien distinguir
el placer del dolor, pero es imposible separar el uno del otro.
Actualmente generamos la ilusión de las demarcaciones de
manera muy semejante a como lo hizo Adán en primer lugar, porque
los pecados de los padres han recaído sobre sus hijos e hijas.
Empezamos ya sea por seguir las líneas de la naturaleza –la línea de
la costa, la del bosque, la del horizonte, las superficies rocosas, la
superficie de la piel y otras– o por trazar nuestras propias líneas
mentales (que son las ideas y conceptos). Mediante este proceso
seleccionamos y clasificamos aspectos de nuestro mundo.
Aprendemos a reconocer la diferencia entre el interior y el exterior
de nuestras clases: entre lo que son rocas y lo que no son rocas, lo
que es placer y lo que no es placer, lo que es alto y lo que no es alto,
lo que es bueno y lo que no es bueno…
Nuestras líneas corren ya peligro de convertirse en
demarcaciones, porque estamos reconociendo diferencias explícitas
y olvidando la unidad implícita. Y este error se facilita cuando
empezamos a nombrar, a asignar una palabra o un símbolo al
interior y el exterior de la clase, porque las palabras que usamos para
designar el interior –como «claro», «arriba», «placer»– se pueden
perfectamente desprender y separar de las palabras que usamos
para hablar del exterior de la clase, como «oscuro», «abajo» y
«dolor».
De esta manera podemos manipular los símbolos
independientemente de sus ineludibles opuestos. Por ejemplo, puedo
formular la oración «quiero placer», sin que en ella haya referencia
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alguna al dolor, opuesto necesario del placer. Puedo separar el placer
y el dolor en las palabras, en mis pensamientos, por más que en el
mundo real jamás se encuentre el uno aparte del otro. Llegados a
este punto, la línea entre placer y dolor se convierte en demarcación
y la ilusión de que ambos están separados parece convincente. Al no
ver que los opuestos no son más que dos nombres diferentes para un
único proceso, me imagino que hay dos procesos diferentes que se
oponen. L.L. Whyte comentó al respecto: «Así, la mente inmadura,
incapaz de escapar de sus propios prejuicios … está condenada a
debatirse en la camisa de fuerza de sus dualismos: sujeto/objeto,
tiempo/espacio, espíritu/materia, libertad/necesidad, libre
albedrío/derecho. La verdad, que debe ser única, está cargada de
contradicciones. El hombre no puede entender dónde está, porque
ha creado dos mundos a partir de uno».
Según parece, nuestro problema es que trazamos un mapa
convencional, completo y con fronteras, del territorio real de la
naturaleza, que no tiene fronteras, y después confundimos
totalmente ambas cosas. Como han señalado Korzybski y los
semánticos, nuestras palabras, símbolos, signos, pensamientos e
ideas son meros mapas de la realidad, no la realidad misma, porque
«el mapa no es el territorio». La palabra «agua» no calma la sed. Pero
vivimos en el mundo de los mapas y las palabras como si fuera el
mundo real. En pos de las huellas de Adán, nos hemos perdido
totalmente en un mundo de mapas y demarcaciones puramente
fantásticas. Y esas demarcaciones ilusorias, con los opuestos que
crean, se han convertido en nuestras apasionadas batallas.
La mayor parte de nuestros «problemas vitales» se basan,
pues, en la ilusión de que es posible separar y aislar entre sí los
opuestos, y en la creencia de que así debe hacerse. Pero, como todos
los opuestos son aspectos de una sola realidad subyacente, hacer eso
es como intentar separar totalmente los dos extremos de una banda
de goma. Lo único que se puede hacer es tirar cada vez con más
fuerza… hasta que algo se rompe violentamente.
Podríamos así comprender que en las tradiciones místicas
del mundo entero, se llame «liberado» a aquél que ve a través de la
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ilusión de los opuestos. Porque se ha «liberado de los pares» de
opuestos, se ha librado en esta vida de los problemas y conflictos
fundamentalmente absurdos que ponen en juego la guerra de los
opuestos. En su búsqueda de paz, ya no manipula uno contra otro los
opuestos, sino que los trasciende a ambos. Ya no hay vida contra
muerte, sino un centro de aprehensión de ambas, que las trasciende.
La cuestión no es separar los opuestos para lograr un «progreso
hacia lo positivo», sino más bien unificar y armonizar los opuestos,
tanto positivos como negativos, descubriendo un fundamento que
trascienda y abarque a ambos. Y ese fundamento, como pronto
veremos, es la conciencia misma de unidad. Entretanto, observemos,
como se lee en el libro religioso hindú Bhagavad Gita, que la
liberación no consiste en librarse de lo negativo, sino en librarse
totalmente de los pares de opuestos:
Contento con tener lo que por sí solo llega
más allá de los pares, liberado de envidia,
sin apego al éxito ni al fracaso,
aun cuando actúe, no se encadena.
Hay que reconocer como eternamente libre
a quien no abomina ni anhela;
porque quien se ha liberado de los pares,
fácilmente se libera del conflicto.
Este «liberarse de los pares» es, en términos occidentales, el
descubrimiento del Reino de los Cielos sobre la tierra, por más que lo
hayan olvidado los evangelistas populares. Porque el Cielo no es,
como quisiera la religión popular, un estado en que se dan todos los
positivos sin ningún negativo, sino el estado de entendimiento de las
«no-oposiciones» o de la «no-dualidad», por lo menos según el
Evangelio de santo Tomás:
Y le dijeron: Siendo niños, ¿entraremos, pues,
en el Reino? Y díjoles Jesús:
Cuando hagáis de los dos uno, y
cuando hagáis lo de dentro como lo de fuera
y el fuera como el dentro y el arriba
como el abajo, y cuando
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hagáis del varón y la hembra uno solo,
entonces entraréis en el Reino.
Esta idea de los no-opuestos y de la no-dualidad es la esencia
del hinduismo advaita (advaita significa «no dual» o «no-dos») y del
budismo mahayana. La idea está bellamente expresada en uno de los
textos más importantes del budismo, el Lankavatara Sutra:
La falsa imaginación enseña que cosas tales como la luz y la
sombra, lo largo y lo corto, el blanco y el negro, son diferentes y
deben ser diferenciadas; pero no son independientes la una de la
otra; son sólo aspectos diferentes de la misma cosa, son términos de
relación, no de realidad. Sus condiciones de existencia no son de
carácter mutuamente excluyente; en esencia, las cosas no son dos,
sino una.
Podríamos multiplicar indefinidamente estas citas, pero
todas apuntarían a lo mismo: la realidad fundamental es una unión
de opuestos. Y como son precisamente las demarcaciones que
sobreimponemos a la realidad los que la separan en innumerables
pares de opuestos, la afirmación de todas estas tradiciones para las
cuales la realidad está libre de los pares de opuestos equivale a
afirmar que la realidad está libre de toda demarcación. Que la
realidad no es dual quiere decir que realidad es lo que no tiene
fronteras.
Así la solución de la guerra de los opuestos exige que se
renuncie a todas las fronteras, que no se siga con el malabarismo de
jugar con los opuestos. La guerra de los opuestos es un síntoma de
que se está tomando por real una demarcación, y para curar los
síntomas debemos ir a la raíz misma de la cuestión: nuestras
demarcaciones ilusorias.
Pero nos preguntamos: ¿qué sucederá con nuestro impulso
para progresar si llegamos a ver que todos los opuestos son uno?
Pues, con un poco de suerte, se agotará, y con él ese peculiar
descontento que se alimenta de la ilusión de que la hierba es más
verde del otro lado de la cerca. Pero a este respecto debemos ser
claros. No me refiero a que deban detenerse los progresos en
medicina, agricultura y otros campos. Solamente dejaremos de
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acariciar la ilusión de que de ellos depende la felicidad. Porque
cuando veamos a través de las ilusiones de nuestras fronteras,
veremos –aquí y ahora– el universo tal como Adán lo vio antes de la
Caída: como una unidad orgánica, una armonía de opuestos, una
melodía de lo positivo y lo negativo, un deleitarse con el juego de
nuestra existencia vibratoria. Cuando se comprende que los opuestos
son uno, la discordia se disuelve en concordia, las batallas se
convierten en danzas y los antiguos enemigos se revelan amantes.
Estamos entonces en condiciones de entablar amistad con la
totalidad de nuestro universo, en vez de seguir manteniéndolo
dividido por la mitad.

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III. TERRITORIO SIN FRONTERAS

El secreto metafísico fundamental, si nos atrevemos a


enunciarlo de manera tan simple, es que no hay fronteras en el
universo. Las fronteras son ilusiones, demarcaciones; no son
productos de la realidad, sino de la forma en que la cartografiamos y
la acotamos. Y aunque esté muy bien cartografiar el territorio,
confundir el territorio y el mapa es fatal.
No se trata precisamente de que no haya fronteras entre los
opuestos. En un sentido mucho más amplio, no hay demarcaciones
entre cosas ni sucesos en ninguna parte del cosmos. Y en ninguna
parte se ve la realidad de la falta de fronteras más claramente que en
la física moderna, cosa tanto más notable cuando se considera que la
física clásica –asociada con nombres tales como Kepler, Galileo y
Newton– fue una de las auténticas herederas de Adán, el cartógrafo y
delimitador.
Cuando Adán murió, dejó a la humanidad su legado, la
tendencia a dibujar mapas y establecer limitaciones. Y puesto que
toda frontera lleva consigo poder político y tecnológico, la actitud de
poner límites y de imponer a la naturaleza clasificaciones y nombres
señaló los primeros comienzos del poder tecnológico y del control de
la naturaleza. De hecho, la tradición hebrea sostiene que el fruto del
árbol de la ciencia del bien y del mal no contenía realmente el
conocimiento del bien y del mal, sino de lo útil y de lo inútil; es decir,
el conocimiento tecnológico. Pero si toda frontera lleva consigo
poder político y tecnológico, implica también alienación,
fragmentación y conflicto, porque cuando se establece un límite para
obtener control sobre algo, al mismo tiempo uno se separa y se
aliena de aquello que intenta controlar. De ahí la caída de Adán en la
fragmentación, que se conoce como pecado original.
Sin embargo, las demarcaciones que estableció Adán eran de
índole muy simple. Se reducían a clasificar, y sólo servían para
describir, definir, nombrar y cosas semejantes. Y Adán ni siquiera
hizo pleno uso de esas fronteras clasificatorias. Apenas si había
llegado a nombrar las verduras y las frutas cuando dejó caer la pelota
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y lo declararon fuera de juego.
Generaciones más tarde, sus descendientes terminaron por
reunir el valor suficiente para empezar de nuevo a perder
tontamente el tiempo con las fronteras, pero esta vez eran fronteras
más sutiles y abstractas. En Grecia aparecieron hombres con
brillantes poderes intelectuales; es decir, grandes cartógrafos y
delimitadores. Aristóteles, por ejemplo, clasificó casi todos los
procesos y las cosas de la naturaleza con tal precisión y de manera
tan convincente que los europeos necesitaron siglos para atreverse a
poner en entredicho la validez de sus demarcaciones.
Pero, por más precisas y complejas que sean las
clasificaciones, con ese tipo de demarcación no se puede hacer
mucho más –científicamente, por lo menos– que describir y definir.
Así no se tiene más que una ciencia cualitativa y clasificatoria. Sin
embargo, una vez que se han puesto los límites iniciales, de manera
que el mundo aparece como un complejo de cosas y acontecimientos
separados, ya se puede pasar a establecer demarcaciones mucho más
sutiles y abstractas. Y eso fue, precisamente, lo que hicieron los
griegos, como Pitágoras, pues lo que éste descubrió, al recorrer las
diversas clases de cosas y de acontecimientos –naranjas, caballos o
estrellas– fue que podía aplicar una brillante estratagema a todos
esos objetos diferentes: podía contarlos.
Si poner nombres había parecido magia, contar pareció
divino, porque así como los nombres podían representar
mágicamente cosas, los números podían trascenderlas. Por ejemplo,
una naranja más una naranja son dos naranjas, pero también una
manzana más una manzana son dos manzanas. El número dos se
refiere imparcialmente a cada grupo de dos cosas y a todos los
grupos de dos cosas, así que, de alguna manera, debe trascenderlos.
Por la vía del número abstracto, el hombre consiguió liberar
su mente de las cosas concretas. Hasta cierto punto, esto era posible
por mediación del primer tipo de demarcaciones, es decir, mediante
la denominación, la clasificación y la observación de las diferencias.
Pero los números incrementaron este poder en forma espectacular
porque, en cierto sentido, contar era, de hecho, un tipo de
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demarcación totalmente nuevo. Era una demarcación de una
demarcación, una metademarcación, que funcionaba de la siguiente
manera:
Con el primer tipo de demarcación que establece, el hombre
traza una línea divisoria entre diferentes cosas y después las
reconoce como constituyentes de un grupo o clase, que entonces
llama ranas, quesos, montañas o lo que fuere. Éste es el primer tipo
de límite o demarcación, el básico. Una vez que se han trazado las
primeras demarcaciones, se puede trazar, sobre ellas, un segundo
tipo de demarcación, y después contar las cosas que hay en las clases.
Si el primer límite nos da una clase de cosas, el segundo nos da una
clase de clases de cosas. Así, por ejemplo, el número siete se refiere
igualmente a todos los grupos o clases de cosas que tienen siete
miembros. Siete puede referirse a siete uvas, siete días, siete enanos
o lo que se quiera. En otras palabras, el número siete es un grupo de
todos los grupos que tienen siete miembros. Por consiguiente, es una
clase de clases, una demarcación superpuesta a una demarcación. De
esta manera, con los números el hombre construyó un nuevo tipo de
demarcación, más abstracta y más generalizada: una
metademarcación. Y como las demarcaciones llevan consigo poder
político y tecnológico, con esto el hombre había aumentado su
capacidad de controlar el mundo natural.
Sin embargo, estos límites nuevos y más poderosos traían
consigo no solamente el potencial de una tecnología más
evolucionada, sino también una alineación y una fragmentación del
hombre y de su mundo más insidiosamente penetrantes. Mediante
esta nueva metademarcación que es el número, los griegos
consiguieron introducir un sutil conflicto, un dualismo que se ha
adueñado del hombre europeo como un vampiro se ceba en su presa,
pues la nueva metademarcación, los números abstractos, trascendía
de tal manera el mundo concreto que el hombre descubrió que a
partir de entonces estaba viviendo en dos mundos: el concreto frente
al abstracto, el ideal frente al real, el universal frente al particular. A
lo largo de los dos mil años siguientes, este dualismo cambió de
forma una docena de veces, pero en raras ocasiones pudo ser
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desarraigado o armonizado. Se mostró como batalla entre lo racional
y lo romántico, las ideas y la experiencia, el intelecto y el instinto, la
ley y el caos, la mente y la materia. Todas estas distinciones se
basaban en líneas reales y adecuadas; pero estas líneas degeneraron,
generalmente, en fronteras y batallas.
La ciencia natural tardó siglos –hasta la época de Galileo y de
Kepler, alrededor de 1600– en iniciar el uso efectivo de la nueva
metademarcación, la constituida por actividades como contar,
numerar, medir, etcétera, pues el período intermedio entre los
griegos y los primeros físicos clásicos estuvo ocupado por una fuerza
recién aparecida en el escenario europeo: la Iglesia. Y la Iglesia no
quería saber nada de medir o numerar científicamente la naturaleza.
La Iglesia, con la colaboración de Tomás de Aquino, había establecido
una estrecha alianza con la lógica aristotélica, la cual, con todo su
brillo, era predominantemente clasificatoria. Aristóteles era biólogo
y llevó adelante la forma de clasificación iniciada por Adán. En
realidad, nunca llegó a comprender del todo el gran éxito que
suponía la numeración y la medición pitagóricas. Tampoco la Iglesia.
Pero hacia el siglo XVII, la Iglesia empezaba a declinar, y el
hombre a escudriñar muy cuidadosamente las formas y los procesos
del mundo natural que lo rodeaba. Y fue en esa época cuando el genio
de Galileo y el de Kepler se incorporaron al drama. El hecho
revolucionario que llevaron a cabo estos físicos fue, simplemente,
medir, y la medición no es más que una forma complejísima de
contar. Así que, allí donde Adán y Aristóteles trazaron
demarcaciones, Kepler y Galileo trazaron metademarcaciones.
Pero los científicos del siglo XVII no se limitaron a resucitar
las metademarcaciones del número y de la medición y darles mayor
complejidad. Dieron un paso más e introdujeron (o mejor dicho,
perfeccionaron) un límite propio de ellos y enteramente nuevo. Por
más increíble que parezca, se les ocurrió imponer una demarcación a
la metademarcación. Inventaron la meta-metade-marcación,
comúnmente conocida como álgebra.
Expresado con sencillez, la primera demarcación produce
una clase. La metademarcación produce una clase de clases, a la que
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se llama número. La tercera demarcación, o meta-metademarcación,
produce una clase de clases, a la que se llama variable. La variable es
conocida de todos como aquello que, en las fórmulas, se representa
como «x», «y» o «z». Y la variable funciona de la siguiente manera: así
como un número puede representar cualquier cosa, una variable
puede representar cualquier número. Así como cinco puede referirse
a cinco cosas cualesquiera, «x» puede referirse a cualquier número
de un conjunto dado.
Mediante el uso del álgebra, los primeros científicos no sólo
pudieron enumerar y medir los elementos, sino también ir en busca
de las relaciones abstractas entre esas mediciones, que se podían
expresar en teorías, leyes y principios. Y parecía que, en cierto
sentido, esas leyes «gobernaran» o «controlaran» todas las cosas que
se habían delimitado con el primer tipo de demarcaciones. Los
primeros científicos enunciaron leyes por docenas: «Para cada acción
hay una reacción igual y opuesta». «La fuerza es igual a la masa por la
aceleración del cuerpo al cual se aplica». «La cantidad de trabajo
efectuado sobre un cuerpo es igual a la fuerza por la distancia».
Este nuevo tipo de demarcación, la meta-metademarcación,
trajo consigo nuevos conocimientos y, naturalmente, un aumento
explosivo del poder tecnológico y político. Europa fue sacudida por
una revolución intelectual de una magnitud como la humanidad
jamás había visto. Pensemos que Adán podía dar nombre a los
planetas y Pitágoras podía contarlos. Pero Newton podía decir
cuánto pesaban.
Obsérvese, pues, que todo el proceso de formulación de leyes
científicas se basó en tres tipos generales de demarcaciones, cada
uno de ellos edificado sobre su predecesor, y cada uno más abstracto
y generalizado. Primero se traza una frontera clasificatoria, para
poder reconocer las diferentes cosas y acontecimientos. Segundo,
entre los elemento clasificados se busca los que se pueden medir.
Esta metademarcación permite pasar de la cualidad a la cantidad, de
las clases a las clases de clases, de los elementos a las mediciones.
Tercero, se emprende la búsqueda de relaciones entre los números y
las mediciones del segundo paso, hasta que se pueda inventar una
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