Simmel y la Microsociología: Formas y Contenidos
Simmel y la Microsociología: Formas y Contenidos
SOCIOLOGÍA
1. Fue uno de los precursores de la microsociología. El objeto de estudio de la sociología son las interacciones
recíprocas entre los individuos o como él le dice “la acción recíproca”. El sociólogo lo que tiene que hacer
es tratar de entender esas interacciones, estudia también hechos sociales como plantea Durkheim, pero
de otro modo, lo que él tiene que hacer es entender las formas. Para estudiar las formas de interacción
debo centrarme en ver esa menudencia de las interacciones sociales.
Simmel plantea que la sociología no debe considerarse como una ciencia autónoma por sí misma, sino más
bien como un "nuevo método" que puede utilizarse como un auxiliar en la investigación. Este método se
emplea para explorar fenómenos sociales desde perspectivas frescas y diferentes a las que se usan en
otras disciplinas científicas ya existentes.
Para ilustrar su punto, Simmel compara el papel de la sociología con el de la "inducción" en el desarrollo
de la investigación científica. En el pasado, la inducción fue un nuevo principio de investigación que se
incorporó en diversas disciplinas científicas, permitiendo abordar problemas desde un ángulo novedoso y
encontrar soluciones innovadoras.
Sin embargo, Simmel enfatiza que, al igual que la inducción no se considera una ciencia particular en sí
misma y no abarca todas las áreas del conocimiento, la sociología tampoco lo es. La razón detrás de esto
es que la sociología se basa en la idea fundamental de que el ser humano es un ser social y que la sociedad
es la base de los acontecimientos históricos. En otras palabras, la sociología no introduce nuevos objetos
de estudio que no se aborden en otras disciplinas existentes, sino que ofrece un enfoque científico distinto
para abordar cuestiones sociales en diversas disciplinas.
Sostiene que los hechos sociales son complejos y variados, y no se pueden abordar adecuadamente desde
las disciplinas existentes, como la historia, la política o la economía, ya que estas tienden a enfocarse en
aspectos particulares de la sociedad. Por lo tanto, para que la sociología sea una ciencia particular, debe
tomar estos hechos sociales históricos y someterlos a una nueva abstracción y ordenamiento. Esto implica
mirar más allá de las agrupaciones superficiales y encontrar conexiones más profundas y necesarias entre
estos hechos sociales. Simmel argumenta que la sociología debe encontrar su identidad como una ciencia
única al examinar los hechos sociales desde una perspectiva que trascienda las disciplinas tradicionales y
que revele conexiones subyacentes entre ellos, permitiendo así la formación de una ciencia sociológica
coherente y distintiva.
“Para Simmel la sociología no es una ciencia como las demás ciencias sociales, sino más bien un método,
un particular modo de dirigir la mirada hacia objetos ya abordados por otras disciplinas. Comparte con
Durkheim la idea de que hay un dominio específico de lo social y, como aquel, piensa que la sociedad es la
realidad que emerge cuando los individuos se asocian. Pero Durkheim creía que la sociología –a la que
solía llamar también ciencia social a secas– debería abarcar a la ciencia económica, la ciencia política, las
ciencias de la educación, la historia y la antropología. Al contrario, Simmel cree que cada una de esas
disciplinas tiene su propio objeto, un objeto discreto que se define por la materia que trata, y que la
sociología solo puede constituirse como ciencia aparte si, por medio de una abstracción particular, aísla a
las formas puras de socialización y las convierte en objeto de estudio.”
2. El cambia el concepto de sociedad que parecía un concepto muy abstracto, homogéneo y totalizador, por
el concepto de sociabilidad. Él quiere ver como a partir de las pequeñas acciones recíprocas se puede
construir la sociedad porque según Simmel la “La sociedad solo existe allí donde varios individuos entran
en acción recíproca”. Esta acción recíproca se produce siempre por determinados instintos o para
determinados fines. Instintos eróticos, religiosos o simplemente sociales, findes de defensa o de ataque,
de juego o adquisición, de ayuda o enseñanza, e infinitos otros, hacen que el hombre ponga en
convivencia, en correlación de circunstancias con otros hombres, es decir que ejerza influencias sobre ellos
y a su vez las reciba de ellos. La existencia de estas acciones recíprocas significa que los portadores
individuales de aquellos instintos y fines, que los movieron a unirse, se han convertido en una unidad, en
una sociedad. Pues unidad en sentido empírico no es más que acción reciproca de elementos.
Esta unidad o sociabilidad puede tener diversos grados, según la clase e intimidad que tenga la acción
reciproca, desde la unión efímera hasta las relaciones “a plazo”. La interacción y la forma en la que
socializamos, mientras tenga una motivación y un sentido referido a otro, pueden ser múltiples.
El concepto de sociedad tiene 2 significaciones, que deben mantenerse estrictamente separadas ante la
consideración científica.
• Sociedad es también la suma de aquellas formas de relación por medio de las cuales surge de los
individuos la sociedad en su primer sentido. Es la suma de las formas que actúa en cada caso.
No hay sociedad absoluta en el sentido de que fuera necesario previamente su supuesto para que surtan
los diversos fenómenos de enlace, pues no hay acción recíproca absoluta, sino diversas clases de ella, cuya
aparición determinada la existencia de la sociedad, y que no son ni causa ni consecuencia de esta, sino la
propia sociedad. Solo la inabordable pluralidad y variedad en que estas formas de acción recíproca actúan
a cada momento ha prestado un aparente realidad histórica autónoma al concepto general de sociedad.
3. El concepto de sociedad se caracteriza por su distinción entre forma y contenido. Toda interacción tiene
una forma, que es la manera en la que se da esa interacción o acción reciproca, y un contenido que tiene
que ver con los fines y las intenciones que impulsan la acción. El método simmeliano permite abstraer la
forma y el contenido de la socialización. Y se reserva para la sociología el estudio de las formas. Esto resulta
posible, e interesante, porque la forma y el contenido no aparecen combinados siempre de la misma
manera. Y lo que busca Simmel, contribuyendo así a un conocimiento general de la realidad social e
histórica, es captar la especificidad de ciertas formas, con independencia de sus contenidos, aun cuando
los contenidos no pueden no estar, pues la forma no puede existir sin ellos.
La "forma", según Simmel, se refiere a la estructura subyacente o el patrón que rige cómo se llevan a cabo
las interacciones sociales. Es la organización de las relaciones sociales, que incluye aspectos como la
distancia interpersonal, la jerarquía, la simetría en las relaciones, los rituales sociales y otros elementos
que determinan la naturaleza de las relaciones sociales. La forma establece el marco en el que se desarrolla
una interacción y puede influir en su resultado. “Con la noción de forma, Simmel se refiere a la unidad en
que se realiza una acción recíproca, es decir, a la configuración objetiva que adquiere una conexión entre
seres humanos en la medida en que cristaliza de un modo más o menos definido, autonomizándose de sus
contenidos.” La socialización es la forma, de diversas maneras realizada, en que los individuos, sobre la
base de intereses sensuales o ideales, momentáneos o duraderos, conscientes o inconscientes, que
impulsan causalmente o inducen teleológicamente, constituyen una unidad dentro de la cual se realizan
aquellos intereses.
En cada fenómeno social, el contenido y la forma sociales constituyen una realidad unitaria. La forma
social no puede alcanzar una existencia si se la desliga de todo contenido.
Tales son justamente los elementos (inseparables de la realidad) de todo ser y acontecer sociales: un
interés, un fin, un motivo y una forma o manera de acción recíproca entre los individuos, por la cual o
en cuya figura alcanza aquel contenido realidad social.
Solo cuando la vida de estos contenidos adquiere la forma del influjo mutuo, solo cuando se produce
una acción de unos sobre otros es cuando la nueva coexistencia espacial, o también la sucesión en el
tiempo se ha convertido en una sociedad. Si ha de haber una ciencia cuyo objeto sea la sociedad y solo
ella, únicamente podrá proponerse como fin de su investigación estas acciones recíprocas, estas
maneras y formas de socialización. Todo lo demás no es sociedad, sino simplemente forma de
coexistencia.
4. .
5. Afirma Simmel que la sociología es como la geometría en relación con las ciencias naturales: se interesa
por las formas, con independencia de los objetos concretos y las materias determinadas que se ajustan a
ellas. De allí que se trata de una sociología formal o sociología geométrica. “La geometría considera la
forma merced a la cual la materia se hace cuerpo empírico, forma que en sí misma solo existe en la
abstracción. Lo mismo sucede en las formas de la socialización. Tanto la Geometría, como la sociología,
abandonan a otras ciencias la investigación de los contenidos que se manifiestan en sus formas o de las
manifestaciones totales cuya mera forma la sociología y la geometría exponen.
6. . Propone el método intuitivo, con este se refiere a una particular disposición de la mirada, gracias a la cual
se realiza la escisión entre la forma y contenido
Los fenómenos históricos en general, pueden ser contemplados desde tres puntos de vista fundamentales.
1. Considerando las existencias individuales, que son los sujetos reales de las circunstancias.
2. Considerando las formas de acción reciproca, que, si bien solo se realizan entre existencias
individuales, no se estudian, sin embargo, desde el punto de vista de estas, sino desde el de su
coexistencia, su colaboración y mutua ayuda.
3. Considerando los contenidos, que pueden formularse en conceptos, de las situaciones o los
acontecimientos, en los cuales se tienen en cuenta, ahora, no sus sujetos o las relaciones que estos
mantienen entre sim sino su sentido puramente objetivo expresado en la economía y la técnica, el
arte y la ciencia, las formas jurídicas y los productos de la vida sentimental.
Se mezclan continuamente.
La práctica científica, especialmente en los campos hasta ahora no cultivados, no puede prescindir de
cierta dosis de instinto, cuyos motivos y normas solo después llegan a clara consciencia y elaboración
sistemática. Es cierto que el trabajo científico no puede en ninguna esfera fiarse plenamente a aquellos
procedimientos poco claros aun, instintivos, que solo actúan inmediatamente en la investigación
particular; pero sería condenarlo a esterilidad, si ante problemas nuevos se pidiera ya al primer paso
un método plenamente acabado.
Las acciones reciprocas que se producen en la sociedad solo son asequibles al microscopio psicológico;
pero engendran toda la resistencia y elasticidad, el abigarramiento y unidad de esta vida social, tan
clara y tan enigmática. Los pasos infinitamente pequeños crean la conexión de la unidad historia; las
acciones reciprocas de persona a persona, igualmente poco apreciable, establecen la conexión de la
unidad social.
Estos procesos que forman la sociedad han de ser sometidos a estudio formal, junto a los procesos y
organización más elevados y complicados; hay que examinar las acciones reciprocas particulares, que
se ofrecen en asas, a las que no está habituada la mirada teórica, considerándolas como partes de la
sociabilización. Y precisamente porque la sociología suele pasarlas por alto, es por lo que será
conveniente consagrar un estudio detenido a estas clases de relación, en apariencia insignificantes.
7. Con esto se refiere a que el contenido de la socialización si bien aporta un dato importante para la
sociología, no es su eje de estudio, ya que su eje de estudio al fin y al cabo son las formas de socialización.
Lo que desde el punto de vista sociológico nos interesa es como se suceden en estos casos los diversos
estadios de superioridad y subordinación, hasta qué punto la superioridad en unos sentidos es compatible
con la igualdad en otros, en qué medida el predominio aniquila la igualdad y también si la unión y la
posibilidad de cooperación son mayores en los estadios anteriores o posteriores de esta evolución, etc.
“Los datos de la sociología son procesos psicológicos, cuya realidad inmediata se ofrece primeramente en
las categorías psicológicas, Pero estas, aunque indispensables para la descripción de los hechos, son ajenas
al fin de la consideración sociológica, la cual consiste tan solo en la objetividad de la socialización, que se
sustenta en procesos psíquicos, únicos medios, a veces, de describirla.”
En otras palabras, aunque es esencial entender cómo funcionan las mentes individuales en la interacción
social, la sociología busca algo más allá de la psicología individual.
8. Los fundamentos a priori sociológicos tendrán la misma doble significación que aquellos que “hacen
posible la naturaleza”. Por una parte, determinaran, más o menos perfecta o deficientemente, los procesos
reales de socialización, como funciones o energías del acontecer espiritual. Mas por otra parte serán los
supuestos ideales lógicos de la sociedad perfecta, aunque quizá realizada con esta perfección
análogamente a como la ley de la causalidad. un lado vive y actúa en los procesos efectivos del
conocimiento, y por otro constituye la forma de la verdad, como sistema ideal de conocimientos perfectos,
independientemente de que esa forma sea realizada o no por el dinamismo, relativamente accidental, del
espíritu, e independientemente de la mayor o menor aproximación que revele la verdad realmente
conseguida, a la verdad idealmente pensada.
9. La forma de la socialización se refiere al modo en que se produce la unidad entre quienes interactúan
(cooperan, colaboran o bien se combaten los unos a los otros). Y no atiende a lo que sucede en cada una
de las personas que participan de la relación, sino la sinopsis que cristaliza como influencia recíproca, lo
que en la relación hay de propiamente relacional, lo que en la acción recíproca se deriva específicamente
de la relación misma, el efecto propio de la interacción. “La forma es el mutuo determinarse, el interactuar
de los elementos, que así forman una unidad”.
En todas las demás formas de acción recíproca que Simmel aborda en su Sociología, aparece esta escisión
entre forma y contenido que permite captar el sentido sociológico de la forma. Así, por ejemplo, la
subordinación es una relación en la que se somete al otro, aunque no de manera puramente coactiva y
autoritaria, sino con la aceptación por parte de quien está sometido, que mantiene así un margen de
libertad.
• Socialización a través de la Moda y el Estilo de Vida: Simmel también consideró cómo la moda y el
estilo de vida influían en la socialización. Argumentó que las personas adoptan ciertas modas y
estilos para pertenecer a grupos sociales específicos y expresar su identidad social.
• Socialización a través del Conflicto y la Competencia: Simmel también reconoció que el conflicto y
la competencia entre individuos y grupos pueden influir en la socialización. Estos procesos pueden
dar lugar a la conformación de alianzas sociales y la identificación con un grupo en oposición a otro.
10. El hecho de la socialización coloca al individuo en la doble situación de que hemos partido: la de estar en
ella comprendido y al propio tiempo encontrarse enfrente de ella; la de ser miembro de un organismo y al
propio tiempo un todo orgánico cerrado, un ser para la sociedad y un ser para sí mismo. Pero lo esencial y
lo que presta sentido al a priori sociológico, que en esto se fundamenta, es que la relación de interioridad
y de exterioridad entre el individuo y la sociedad no son dos determinaciones que suscitan una junto a la
otra, sino que ambas caracterizan la posición unitaria del hombre que vive en sociedad. La existencia del
hombre no es un parte social y en parte individual, con escisión de sus contenidos, sino que se halla bajo
la categoría fundamental, irreducible, de una unidad que solo podemos expresar mediante la síntesis o
simultaneidad de las dos determinaciones opuestas: el ser a la vez parte y todo, producto de la sociedad y
elemento de ella.
Simmel destaca que la relación entre el individuo y la sociedad es compleja y no se puede reducir a una
simple división entre lo social y lo individual. El individuo vive en una unidad en la que ambas dimensiones
coexisten y se entrelazan, lo que da forma a su experiencia en la sociedad.
Simmel enfatiza que esta dualidad no debe entenderse como una división o escisión de la existencia del
individuo. En lugar de eso, el individuo es una unidad fundamental e irreducible en la que ambas
dimensiones, la social y la individual, coexisten y se entrelazan. El individuo no se desintegra en la sociedad,
sino que retiene su integridad personal mientras interactúa con otros y participa en actividades sociales.
Simmel utiliza la metáfora de ser "parte y todo" para ilustrar esta idea, lo que significa que el individuo es
un producto de la sociedad y, al mismo tiempo, un elemento esencial de la sociedad.
11. El número es la cantidad de personas que participan en una acción. Una doble importancia debe
concederse, pues, a la cantidad.
• Primero la negativa: que ciertas formas, necesarias o posibles en virtud de las condiciones vitales,
sólo pueden realizarse más acá o más allá de cierto limite numérico de elementos.
• Y después la positiva: que ciertas formas resultan di- rectamente de las modificaciones cuantitativas
que sufren los grupos
Simmel, en su enfoque sociológico, se centra en cómo el número de miembros en un grupo social influye
en la naturaleza de las relaciones y la dinámica de ese grupo. Él reconoce que la cantidad de miembros
en un grupo no es simplemente una cuestión de cantidad, sino que tiene implicaciones más profundas
en la forma en que se desarrollan las interacciones y las relaciones sociales. Por ejemplo, en grupos
pequeños con pocos miembros, como una amistad cercana o una familia nuclear, las interacciones
tienden a ser más intensas y cercanas. Esto se debe a que, en grupos pequeños, las personas pueden
interactuar con frecuencia y llegar a conocerse en profundidad. Las relaciones en tales grupos pueden
estar marcadas por la confianza y la intimidad.
Simmel también destaca la importancia del número de miembros en relación con la dinámica de los
grupos. Por ejemplo, en grupos de tres o cuatro personas, se desarrolla una dinámica particular. Si una
persona se siente excluida o si dos personas forman una alianza, esto puede tener un impacto
significativo en la dinámica del grupo. Estas tensiones o alianzas son más evidentes en grupos más
pequeños. A la sociología le interesa particularmente la triada
Además, Simmel sugiere que el número de miembros actúa como un principio de división en los grupos.
En grupos más grandes, es más probable que surjan subgrupos o coaliciones, lo que puede influir en la
dinámica general. Por ejemplo, en una organización grande, pueden formarse departamentos o equipos
de trabajo más pequeños. La interacción y la toma de decisiones en estos subgrupos pueden ser
diferentes de las que ocurren en el grupo en su conjunto.
12. Simmel diferencia entre la distancia subjetiva, que comprende la distancia emocional entre ellos, y la
distancia física, que determina la distancia real, objetiva y corporal entre ellos.
Georg Simmel sostiene que el número de miembros en un grupo social y la distancia o proximidad entre
ellos son elementos cruciales que determinan la dinámica de ese grupo. En grupos pequeños con un
número limitado de participantes, como dúos o tríos, la distancia entre los miembros tiende a ser
pequeña. Esto significa que las interacciones pueden ser más intensas y cercanas, ya que las personas
tienen más oportunidades para relacionarse personalmente entre sí. La proximidad emocional y la
comprensión profunda pueden florecer en estos grupos pequeños debido a la estrecha relación entre sus
miembros.
Por otro lado, en grupos más grandes, la distancia social y emocional tiende a aumentar. Cuanto más
numeroso es un grupo, menos posibilidades existen para que todos los miembros interactúen de manera
cercana y personal. Esto puede dar lugar a relaciones más superficiales y una mayor distancia emocional
entre los individuos del grupo. Las dinámicas de interacción pueden volverse menos íntimas y más
formales debido a esta mayor distancia.
Hay un caso particular, que es el de las grandes urbes, donde por más que haya una gran cercanía física,
corporal, hay una gran distancia emocional entre las personas. Así como también en su próxima obra va
a detallar la diferencia entre las grandes urbes y las pequeñas comunidades, y como influyen la distancia
y el numero en las interacciones reciprocas de las personas que viven allí.
Cultura es el camino desde la unidad cerrada, a través de la multiplicidad cerrada hasta la unidad desarrollada. La
cultura surge en tanto se reúnen dos elementos, ninguno de los cuales la contiene por si, el alma subjetiva y el
producto espiritual objetivo.
Hay un espíritu subjetivo: se refiere a la manera en que las personas interpretan y responden individualmente a
las influencias culturales que experimentan en su vida cotidiana. Es la dimensión subjetiva de la cultura, donde
cada individuo atribuye su propio significado y valor a las experiencias culturales. La cultura subjetiva no solo se
trata de la interpretación, sino también de la respuesta personal de un individuo a la cultura, incluyendo sus
emociones, actitudes y acciones en relación con las influencias culturales.
Hay un espíritu objetivo: comprende las estructuras y elementos tangibles que conforman la sociedad y guían la
vida en comunidad.
Es importante destacar que esta cultura objetiva interactúa con la cultura subjetiva de las personas, que
representa su interpretación individual y respuesta a estas influencias culturales externas. En conjunto, la cultura
objetiva y subjetiva juegan un papel fundamental en la comprensión de cómo la cultura influye en la vida de las
personas y en la dinámica de la sociedad.
La cultura objetiva representa las estructuras sociales, normas y valores compartidos que dan forma a la vida en
sociedad, proporcionando un contexto y marco para las interacciones humanas. En contraste, la cultura subjetiva
se refiere a la interpretación y respuesta individual de cada persona a estas influencias culturales. Esta interacción
es bidireccional: la cultura objetiva influye en la cultura subjetiva al establecer pautas sociales y expectativas,
mientras que la cultura subjetiva puede reinterpretar y adaptar la cultura objetiva según las experiencias
individuales. Además, la cultura subjetiva contribuye a la construcción de la identidad personal y a la diversidad
de perspectivas culturales dentro de una sociedad. Esta relación recíproca entre la cultura objetiva y la cultura
subjetiva es fundamental para comprender cómo las personas experimentan la cultura y cómo esta evoluciona en
la sociedad.
En el hombre habitan ambos espíritus, nosotros con nuestros saberes tenemos la capacidad de crear objetos,
tenemos una energía transformadora, la cual podemos corporizar u objetivar, es decir con nuestras ideas
podemos luego corporizarlas y producir objetos. De esta manera se crea un ciclo en el que el hombre corporiza el
espíritu subjetivo, volviéndose parte de la cultura objetiva, para que luego el hombre absorba esa cultura objetiva
y vuelva a ser parte de la cultura subjetiva. Es una circularidad Sujeto-Objeto-Sujeto.
“De este modo, el espíritu subjetivo tiene que abandonar su subjetividad, mas no su espiritualidad para
experimentar la relación con el objeto a través de la cual se consuma su cultivo. Esta es la única manera por la que
la forma de existencia dualista, puesta inmediatamente con la existencia del sujeto, se organiza hacia una
referencialidad internamente unitaria. Aquí acontece un tornarse-objetivo del sujeto y un tornarse subjetivo de
algo objetivo, acontecimiento que constituye lo específico del proceso cultural y en el que, por encima de sus
contenidos particulares, se muestra su forma metafísica.”
Esto creado va más allá de nuestros cuerpos y de nuestra vida, permanece en el tiempo.
Habla de que hay una profunda oposición de forma: entre la vida subjetiva que es incesante, pero temporalmente
finita, y sus contenidos que, una vez creados, son inamovibles, pero válidos al margen del tiempo.
En medio de este dualismo habita la idea de cultura. En su raíz reside un hecho interno que en su totalidad sólo
puede expresarse por comparación y algo vaporosamente: como el camino del alma hacia sí misma; pues nadie
es nunca sólo aquello que es en este instante, sino que es un plus, es algo más elevado y más acabado de sí mismo,
algo preformado en él, irreal, pero, sin embargo, existente de algún modo. los productos de la vida objetiva
pertenecen al mismo tiempo a un orden de valores objetivo, que no fluye, a un orden lógico o moral, a uno
religioso o artístico, a uno técnico o jurídico.
Cuando Georg Simmel se refiere al "sentido cultural del objeto," está haciendo hincapié en cómo los objetos y
elementos culturales, ya sean arte, moda, símbolos, o cualquier cosa que tenga relevancia cultural, adquieren
significados más allá de su utilidad práctica. En otras palabras, estos objetos se cargan de significados culturales
que van más allá de su función básica. Esta noción implica que la cultura influye en la forma en que las personas
perciben y atribuyen significado a los objetos en su entorno.
“La puesta de sol natural y la pintura están ambas ahí como realidades, pero aquella encuentra su valor sólo en la
supervivencia en sujetos psíquicos": En esta frase, Simmel está reflexionando sobre la naturaleza de la apreciación
estética y la experiencia de la belleza. Compara dos elementos: la puesta de sol natural, que es un fenómeno real
y natural, y una pintura que representa una puesta de sol, que es una creación artística. Ambos elementos existen
en el mundo, pero lo que Simmel quiere resaltar es que el valor de la puesta de sol, en términos de su belleza y
significado, depende de cómo es percibida y experimentada por individuos.
“Todos los posibles conocimientos, virtuosidades, y refinamientos de un hombre no pueden todavía determinarnos
a adscribirle el carácter de cultivados, si estos, obras, solo como añadiduras que llegan a su personalidad a partir
de un ámbito de valor externo a él. En tal caso el hombre tiene, ciertamente, aspectos cultivados, pero él no está
cultivado, esto último solo se presenta cuando los contenidos recogidos a partir de lo supra personal parecen
desarrollar en el alma. Como por una armonía predeterminada, aquello que existe en ella misma como su impulso
más propio y como diseño previo interno de su perfección subjetiva.
Lo cultivado no está dado allí donde el alma recorre exclusivamente con sus fuerzas subjetivas personales aquel
camino que conduce desde sí misma, desde la posibilidad de nuestro yo más verdadero hasta su realidad
Sólo se satisface allí donde el hombre engloba en aquel desarrollo algo que le es externo, allí donde el camino del
alma discurre sobre valores y progresiones que no son anímicamente subjetivas ellas mismas. Aquellas figuras
espirituales objetivas de las que hablaba al comienzo, arte y moral, ciencia y objetos conformados con vistas a un
fin, religión y derecho, técnicas y normas sociales, son esciones sobre las que debe marchar el sujeto para alcanzar
el específico valor propio que se denomina su cultura.”
Esta frase de Simmel resalta la distinción entre lo que él llama "cultivado" y lo que no lo es. Simmel argumenta
que no basta con que una persona adquiera conocimientos, habilidades y refinamiento para considerarla
cultivada. Si estos aspectos se agregan a su personalidad como simples adiciones externas, entonces el individuo
puede tener aspectos cultos, pero no puede ser considerado como alguien verdaderamente cultivado.
Según Simmel, alguien es verdaderamente cultivado cuando los contenidos culturales, adquiridos desde fuera de
la personalidad individual, parecen desarrollarse en el alma de la persona de manera armoniosa y coherente con
su identidad más profunda y auténtica. Esto significa que la cultura no se trata solo de acumular conocimientos o
habilidades, sino de integrarlos de manera significativa en la identidad personal.
“El valor específico del estar-cultivado resulta inaccesible para el sujeto si no lo alcanza por el camino que discurre
sobre realidades espirituales objetivas; éstas, por su parte, son valores culturales sólo en la medida en que
conducen a través de sí aquel camino del alma desde sí misma hasta sí misma, desde aquello que podría
denominarse su estado natural hasta su estado cultural.
Así pues, la estructura del concepto de cultura también puede expresarse de este modo: no hay ningún valor
cultural que sólo sea valor cultural; más bien, cada uno, para alcanzar esta significación, tiene que ser también
valor en una serie objetiva. Pero también allí donde un valor presenta este sentido y algún interés o una capacidad
de nuestro ser experimenta a través de él un estímulo, significa un valor cultural sólo, cuando este desarrollo
parcial eleva al mismo tiempo nuestro Yo-global a un escalón más próximo a su unidad y perfección.”
Simmel argumenta que el "estar-cultivado," o ser una persona culta, es inaccesible si no se alcanza a través de la
interacción con realidades espirituales objetivas. Estas realidades espirituales objetivas, como el arte, la moral, la
ciencia y otros aspectos culturales, son consideradas valores culturales, pero su valor solo se manifiesta cuando
influyen en el individuo de tal manera que lo elevan de su "estado natural" a su "estado cultural."
En otras palabras, Simmel sostiene que ningún valor cultural es valioso solo por sí mismo; en cambio, cada valor
cultural se convierte en significativo cuando tiene un impacto en el individuo y lo ayuda a avanzar desde su estado
más básico o natural hacia un estado más elevado y culturalmente enriquecido. Esto significa que la cultura no es
solo un conjunto de valores o normas externos, sino una fuerza que actúa en el individuo y lo transforma,
llevándolo hacia una mayor unidad y perfección en su desarrollo personal.
“El dualismo metafísico de sujeto y objeto, que esta estructura de la cultura tendría que superar, resucita de nuevo
como discordancia entre los contenidos particulares empíricos y los desarrollos objetivos.
Pero quizás el desgarramiento siga aún abierto cuando en sus partes no hay en modo alguno contenidos
orientados en dirección contraria, sino cuando lo objetivo se sustrae de su significación para el sujeto por medio
de sus determinaciones formales: la autonomía y la inmensidad. La fórmula de la cultura era, en efecto, la
siguiente: que las energías anímico·subjetivas alcanzan una forma objetiva, en lo sucesivo independiente del
proceso vital creador, y ésta, por su parte, es incluida de nuevo en el proceso vital subjetivo de una manera que
lleva a sus portadores a la perfección redondeada de su ser central. Pero esta corriente de sujetos a sujetos a través
de objetos, en la que una relación metafísica entre sujeto y objeto adquiere realidad histórica, puede perder su
continuidad; el objeto, en una forma más fundamental que la hasta el momento aludida, puede salirse de su
significación mediadora y, en esta medida, romper los puentes sobre los que discurre su camino cultivado. En
primer lugar, el objeto adopta tal aislamiento y enajenación frente a los sujetos creadores sobre la base de la
división del trabajo. Los objetos que han sido producidos mediante la cooperación de muchas personas forman
una escala según la medida en la que su unidad se apoye en la intención unitaria, reflexiva, de un individuo, o se
haya producido sin tal origen consciente de sí misma a partir de las aportaciones parciales de los cooperantes.”
Simmel señala que esta corriente de sujetos a sujetos a través de objetos, donde la relación entre sujeto y objeto
adquiere una realidad histórica, puede verse interrumpida. Esto puede ocurrir cuando los objetos, en lugar de
actuar como mediadores entre los sujetos, se aíslan y se vuelven ajenos a los sujetos. Este aislamiento puede
ocurrir debido a la división del trabajo, donde los objetos son producidos mediante la cooperación de muchas
personas, y su unidad ya no se basa en la intención unitaria y reflexiva de un individuo, sino que se crea a partir
de las contribuciones parciales de los colaboradores.
En otras palabras, cuando los objetos se producen de manera fragmentada y sin una intención consciente, pueden
perder su capacidad de actuar como mediadores significativos entre los sujetos. Esto puede romper los puentes
que conectan la cultura con el proceso vital subjetivo de los individuos y dar lugar a una desconexión entre los
contenidos culturales y su significado para los sujetos.
“El «carácter de fetiche» que Marx adscribe a los objetos económicos en la época de la producción de mercancías
es sólo un caso peculiarmente modificado de este destino general de nuestros contenidos culturales. Estos
contenidos están bajo la paradoja -y, con una «cultura» creciente, cada vez más- de que, ciertamente, han sido
creados por sujetos y están determinados para sujetos, pero en la forma intermedia de la objetividad que adoptan
más allá y más acá de estas instancias siguen una lógica evolutiva inmanente y, en esta medida, se alejan tanto
de su origen como de su fin.”
Simmel está haciendo una comparación entre el concepto de "fetichismo" que Karl Marx aplicó a los objetos
económicos en la época de la producción de mercancías y el destino general de los contenidos culturales en la
sociedad. Simmel argumenta que el "carácter de fetiche" que Marx atribuyó a los objetos económicos es solo un
ejemplo particularmente modificado de un fenómeno más amplio que afecta a los contenidos culturales en
general.
Simmel sostiene que tanto los objetos económicos como los contenidos culturales son creados por sujetos
individuales y están destinados a ser apreciados y utilizados por otros sujetos. Sin embargo, estos contenidos
culturales adoptan una forma intermedia de objetividad que los separa tanto de su origen (los sujetos que los
crearon) como de su fin (los sujetos que los consumen o interactúan con ellos).
En otras palabras, a medida que los contenidos culturales se desarrollan y evolucionan en la sociedad, adquieren
una autonomía relativa. Se vuelven objetos con una lógica interna y una evolución propia, y a menudo se alejan
de la intención original de sus creadores. Esta separación entre el origen subjetivo y la objetividad cultural es lo
que Simmel describe como una paradoja, y sugiere que se vuelve más evidente a medida que la cultura se vuelve
más compleja y desarrollada.
“La división del trabajo independiza el producto como tal de cada uno de los contribuyentes; el producto está ahí
en una objetividad autónoma que, sin duda, lo hace apropiado para acomodarse a un orden de las cosas o para
servir a un fin particular objetivamente determinado; pero con ello se le escapa aquel estado interno dotado de
alma que sólo el hombre en su totalidad puede dar a la obra en su totalidad y que porta su inclusión en la
centralidad anímica de otros sujetos.”
“El hombre que produce, no un todo, sino un trozo sin propio sentido, sin propio valor, no puede verter su persona
en la obra, no puede contemplarse en su trabajo. Entre la integridad del producto y la integridad del productor
existe un nexo constante, como cumplidamente se puede ver en la obra artística, cuya unidad sustantiva exige un
creador único y se rebela contra toda coordinación de labores especiales diferenciadas. En la producción
especializada, el sujeto permanece como ajeno al trabajo”
Cuando se rompe la circularidad sujeto-objeto-sujeto, emerge la tragedia, la cual no tiene resolución humana
posible. El objeto pierde su condición mediadora y se enajena completamente de los sujetos creadores,
enfrentándolos y coaccionándolos. Se pierde la posibilidad de entrelazamiento entre el espíritu subjetivo y el
mundo objetivo. El sujeto termina por perder su capacidad de absorción.
Atrofia al espíritu subjetivo e hipertrofia el espíritu objetivo. Esto se profundiza en las sociedades modernas por
la división del trabajo.
La cultura objetiva se impondrá sobre la cultura subjetiva, incapaz de asimilar sus contenidos objetivos y de
perfeccionarse por esa asimilación. Esta situación trágica, articulada en los momentos de la «hipertrofia objetiva»
y de la «atrofia subjetiva», es lo que Simmel entiende por «tragedia de la cultura»: «aquí acontece un tornarse-
objetivo del sujeto y un tornarse-subjetivo de algo objetivo, acontecimiento que constituye lo específico del
proceso cultural y en el que, por encima de sus contenidos particulares, se muestra su forma metafísica» (Simmel
1988, p. 209). La posibilidad de una tragedia cultural aumenta cuanta más perfección alcancen los productos de
la cultura objetiva y menos capacidades de asimilación tengan los miembros de la cultura subjetiva; cuanto más
incapaces sean los segundos de incorporar los primeros a su vida, más libres quedarán los primeros para un
desarrollo autónomo.
[el] desarrollo de la cultura moderna se caracteriza por la supremacía de aquello que podría llamarse el espíritu
objetivo, sobre el espíritu subjetivo, es decir, tanto en el lenguaje como en el derecho, en la técnica de producción
como en el arte, en la ciencia como en los objetos de la vida doméstica, está personificada la suma del espíritu,
cuyo crecimiento cotidiano es seguido a distancia y de manera sólo muy imperfecta, por el desarrollo espiritual
de los sujetos.
Toda la excesiva especialización que hoy en día es deplorada en todos los ámbitos de trabajo y cuya prosecución
apremia, sin embargo, bajo la ley como con implacabilidad demoníaca, es sólo una configuración particular de
aquel destino fatal de los elementos culturales: que los objetos poseen una lógica propia de su desarrollo -no una
lógica conceptual, no una lógica natural, sino sólo la de su desarrollo en tanto que obras culturales humanas- y en
cuya consecuencia se desvían de la dirección con la que podrían insertarse en el desarrollo personal de las almas
humanas.
Las fuerzas negativas orientadas contra un ser surgen precisamente a partir de los estratos más profundos de este
mismo ser; que con su destrucción se consuma un destino que está ubicado en él mismo y que, por así decirlo, el
desarrollo lógico es justamente la estructura con la que el ser ha construido su propia positividad. Es el concepto
de toda cultura el que el espíritu cree un objeto objetivo autónomo, a través del cual el desarrollo del sujeto tome
su camino desde sí mismo hasta sí mismo; pero precisamente con ello, aquel elemento integrador, que condiciona
la cultura, queda predeterminado hacia un desarrollo propio que consume cada vez más fuerzas de los sujetos,
que arrastra cada vez más sujetos a su vía, sin llevar con ello a estos últimos a la cima de sí mismos: el desarrollo
de los sujetos ya no puede recorrer el camino que toma el de los objetos; siguiendo, sin embargo, este último se
extravía en un callejón sin salida o en el vaciamiento de la vida más íntima y más propia.
Cuando Georg Simmel habla de la objetivación del espíritu, se está refiriendo a un proceso fundamental en la
cultura y la sociedad. Este proceso implica que las creaciones humanas, como obras de arte, sistemas de
conocimiento, tecnología y otros productos culturales, adquieren una existencia independiente de las intenciones
y pensamientos individuales que los originaron. En otras palabras, estos objetos culturales toman una forma y una
vida propia, con significados y usos que pueden trascender a sus creadores originales.
Este fenómeno puede dar lugar a una serie de reacciones en los individuos que interactúan con estos objetos
objetivados. En primer lugar, puede surgir un sentido de asombro y admiración ante la capacidad humana de crear
objetos que adquieren vida por sí mismos en la cultura. Los individuos pueden maravillarse ante la diversidad y la
profundidad de estos objetos y cómo continúan influyendo en la sociedad a lo largo del tiempo.
Sin embargo, también puede provocar una sensación de desconexión. A medida que los objetos culturales se
desarrollan de manera independiente y adquieren sus propios caminos y significados, pueden parecer distantes
o inaccesibles para las personas. Esto puede generar una sensación de alienación o separación entre el individuo
y los objetos culturales.
“La provisión del espíritu objetivado, provisión que crece hasta lo indescriptible, plantea exigencias al sujeto,
despierta verdades. en él, lo golpea con sentimientos acerca de la propia insuficiencia y desamparo, lo enreda en
las relaciones globales de cuyo carácter total no puede sustraerse sin poder subyugar sus contenidos particulares.
De este modo surge la típica situación problemática del hombre moderno: el sentimiento de estar cercado por un
sinnúmero de elementos culturales que no carecen de significado para él, pero que en el fondo más profundo
tampoco son plenamente significativos; que en tanto que masa tienen algo sofocante puesto que no puede
asimilar internamente todo lo particular, pero que tampoco puede rechazar sencillamente dado que, por así
decirlo, pertenece en potencia a la esfera de su desarrollo cultural.”
Esta abundancia exige mucho del individuo, ya que se espera que interactúe con estos objetos, los comprenda y
les encuentre significado. Sin embargo, esta interacción puede generar un sentimiento de insuficiencia y
desamparo en el individuo, ya que se enfrenta a un sinnúmero de elementos culturales que, si bien no carecen de
significado, tampoco son completamente significativos para él en un nivel profundo.
“Puesto que la cultura no posee para sus contenidos ninguna unidad de forma concreta, sino que, más bien, cada
creador coloca su producto junto al del otro como en un espacio sin fronteras, por ello crece aquella masificación
de cosas, cada una de las cuales tiene con un cierto derecho la pretensión de ser considerada valor cultural y que
también hace resonar en nosotros un deseo de ser valorada de este modo. La ausencia de forma del espíritu
objetivado le permite un tempo de desarrollo a cuya zaga debe quedar el del espíritu subjetivo a una distancia
rápidamente creciente. Pero el espíritu subjetivo no sabe conservar por completo la cerrazón de su forma frente a
los contactos, tentaciones, deformaciones, por medio de todas aquellas «cosas»; la preponderancia del objeto
sobre el sujeto, realizada en general por el transcurso del mundo, superada en la cultura en feliz equilibrio, se torna
de nuevo apreciable en el marco de ésta en virtud de la ausencia de fronteras del espíritu objetivo. Aquello que se
deplora como el recubrimiento y sobrecarga de nuestra vida con miles de superficialidades de las que, sin embargo,
no nos podemos liberar, que se deplora como el continuo «estar-estimulado» del hombre de cultura, al que todo
esto no incita, sin embargo, a la creación propia, que se deplora como el mero conocer o disfrutar de miles de
cosas que nuestro desarrollo no puede englobar en sí y que permanecen en él como lastre, todos estos sufrimientos
culturales específicos a menudo formulados no son otra cosa que las manifestaciones de aquella emancipación del
espíritu objetivado.
Que exista esta emancipación significa, en efecto, que los contenidos culturales siguen por último una lógica
independiente de su fin cultural y que los conduce cada vez más lejos de ésta, sin que el camino del sujeto sea
eximido de todos estos contenidos que se han tornado inadecuados cualitativa y cuantitativamente.”
Simmel explora la relación entre el espíritu objetivado (objetos culturales) y el espíritu subjetivo (la subjetividad
individual). La "ausencia de forma" en el espíritu objetivado se refiere a la capacidad de los objetos culturales para
evolucionar y desarrollarse de manera independiente de las intenciones subjetivas de las personas que los
crearon.
Simmel argumenta que esta falta de forma en los objetos culturales les permite tener un ritmo de desarrollo que
supera rápidamente al del espíritu subjetivo. En otras palabras, los objetos culturales pueden cambiar y
evolucionar a un ritmo más rápido que la capacidad de las personas para asimilar y comprender esos cambios.
Sin embargo, el espíritu subjetivo no puede mantener completamente la cerrazón de su forma frente a la
influencia de los objetos culturales y las interacciones con el mundo. Los objetos culturales tienen el poder de
influir en el pensamiento y el comportamiento de las personas, lo que a veces puede llevar a la tentación y la
deformación de la subjetividad individual. Esto significa que los objetos culturales pueden ejercer una
preponderancia sobre el sujeto, lo que implica que pueden tener un impacto significativo en la forma en que las
personas piensan y actúan.
La emancipación del espíritu objetivado se refiere a la capacidad de los objetos culturales (como obras de arte,
tecnología, sistemas de conocimiento, etc.) de desarrollarse y evolucionar de manera independiente de las
intenciones originales de sus creadores. Esto significa que estos objetos culturales pueden tomar caminos propios
y adquirir significados y usos que no estaban destinados originalmente.
Simmel argumenta que esta emancipación del espíritu objetivado tiene consecuencias en la vida de las personas.
Por un lado, puede llevar a lo que él llama el "recubrimiento y sobrecarga de nuestra vida" con una multitud de
elementos culturales. Esto incluye una sobreexposición a diversas experiencias, conocimientos y estímulos
culturales que pueden ser abrumadores. A pesar de esta abundancia de estímulos, Simmel sugiere que no
necesariamente incitan a la creación propia o a un desarrollo personal profundo.
En lugar de estimular la creatividad y el desarrollo individual, esta emancipación del espíritu objetivado puede
llevar a lo que Simmel describe como el "mero conocer o disfrutar de miles de cosas" que pueden abrumar la
capacidad de desarrollo de una persona. Estos contenidos culturales pueden quedar como un lastre en la vida de
una persona, ya que no todos pueden ser completamente asimilados o incorporados en su desarrollo personal.
Los más profundos problemas de la vida moderna manan de la pretensión del individuo de conservar la autonomía
y peculiaridad de su existencia frente a la prepotencia de la sociedad de lo históricamente heredado de la cultura
externa y de la técnica de la vida.
En todo esto actúa un motivo fundamental, la resistencia del individuo a ser nivelado y consumido en un
mecanismo técnico social. Allí donde son cuestionados los productos de la vida específicamente moderna según
su interioridad, por así decirlos, el cuerpo de la cultura según su alma.
El fundamento psicológico sobre el que se alza el tipo de individualidades urbanitas es el acrecentamiento de la
vida nerviosa, que tiene origen en el rápido e ininterrumpido intercambio de impresiones internas y externas. El
hombre es un ser de diferencias, esto es, su consciencia es estimulada por la diferencia entre la impresión del
momento y la impresión precedente. Las grandes urbes crean precisamente estas condiciones psicológicas,
produce ya en los fundamentos sensoriales de la vida anímica, en el quantum de consciencia que esta nos exige a
causa de nuestra organización como seres de la diferencia, una profunda oposición frente a la pequeña ciudad y
vida de campo, con el ritmo de su imagen senso-espiritual de la vida que fluye más lenta, más habitual y más
regular.
Pequeña Comunidad: “…carácter intelectualista de la vida anímica urbana, frente a la pequeña ciudad que se
sitúa más bien en el sentimiento y en las relaciones conforma a la sensibilidad. Pues estas se enraízan en los
estratos más inconscientes del alma y crecen con la mayor rapidez en la tranquila uniformidad de las costumbres
ininterrumpidas. Los estratos de nuestra alma transparentes, conscientes, más superiores, son, por el contrario,
el lugar del entendimiento. (…) el sentimiento es más conservador sabe que tiene que acomodarse al ritmo de los
fenómenos.
El urbanita se crea un órgano de defensa frente al desarraigo con el que le amenazan las corrientes y discrepancias
de su medio ambiente externo, el lugar de con el sentimiento, reacciona frente a estas en lo esencial con el
entendimiento para el cual, el acrecentamiento de la consciencia, al igual que produjo la misma causa procura la
prerrogativa anímica.
Esta racionalidad, reconocida de este modo como un preservativo de la vida subjetiva frente a la violencia de la
gran ciudad. Las grandes ciudades han sido desde tiempos inmemoriales la sede de la economía monetaria, puesto
que la multiplicidad y aglomeración del intercambio económico proporciona al medio de cambio una importancia
a la que no hubiera llegado en la escasez del trueque campesino. Pero economía monetaria y dominio del
entendimiento están en la mas profunda conexión, Les es común la pura objetividad en el tarto con los hombres
y cosas, en el que se empareja a menudo una justicia formal con una dureza despiadada. El hombre puramente
racional es indiferente a todo lo auténticamente individual, pues a partir de esto resultan relaciones y reacciones
que no se agotan con el entendimiento lógico.
Pues el dinero solo pregunta por aquello que les es común a todos, por el valor de cambio que nivela toda cualidad
y toda peculiaridad sobre la base de la pregunta por el mero cuánto.
Todas las relaciones anímicas se fundamentan en su individualidad, mientras que las relaciones conforme al
entendimiento calculan con los hombres como con números, como con elementos en si indiferentes que solo
tienen interés por su prestación objetivamente sopesable, al igual que el urbanita calcula con sus proveedores y
sus clientes, sus sirvientes y bastante a menudo con las personas de su círculo social, en contraposición con el
carácter del circulo mas pequeño, en el que inevitable conocimiento de las individualidades produce del mismo
modo inevitablemente una coloración del comportamiento plena de sentimiento, un más allá de sopesar el
objetivo de prestación y contraprestación.
En relaciones mas primitivas se produce para el cliente que encarga la mercancía, de modo que productor y
consumidor se conocen mutuamente. Pero la moderna gran ciudad se nutre casi por completo de la producción
para el mercado, esto es para consumidores completamente desconocidos, que nunca entran en la esfera de
acción del auténtico productor. En virtud de esto, el interés de ambos partidos adquiere una objetividad
despiadada; su egoísmo conforme a entendimiento calculador económico no debe temer ninguna desviación por
los imponderables de las relaciones personales.
Esto está en una interacción tan estrecha con la economía monetaria, la cual domina las grandes ciudades y ha
eliminado aquí los últimos restos de la producción propia y del intercambio inmediato de mercancías y reduce
cada vez mas de día en día el trabajo para clientes, que nadie sabría decir si primeramente aquella constitución
anímica intelectualista, exigió la economía monetaria o si esta fue el factor determinante de aquella. Solo es
seguro que la forma de la vida urbanita es el suelo mas abonado para esta interacción.
Las relaciones y asuntos del urbanita típico acostumbran a ser tan variados y complicados, esto es, por la
aglomeración de tantos hombres con intereses tan diferenciados, se encadenan entre si sus relaciones ya acciones
en un organismo tan polinómico que, sin la más exacta puntualidad en el cumplimiento de las obligaciones y
prestaciones, el todo se derrumbaría en un caos inextricable.
La técnica de la vida urbana no seria pensable sin que todas las actividades e interacciones fuesen dispuestas de
la forma mas puntual en un esquema temporal fijo, suprasubjetivo.
En su reflexión sobre la vida urbana, Georg Simmel señala que la técnica de la vida en la ciudad se caracteriza por
una organización precisa y rigurosa del tiempo. En el contexto de una metrópolis bulliciosa y llena de actividad,
las personas se ven inmersas en una rutina que requiere una sincronización eficiente de sus acciones diarias. Esto
implica no solo cumplir con las responsabilidades laborales y las tareas cotidianas, sino también participar en una
multitud de interacciones sociales y actividades culturales que la ciudad tiene para ofrecer.
La razón detrás de esta rigurosa organización del tiempo radica en la densidad y la velocidad de la vida urbana. En
una ciudad, muchas personas se desplazan, trabajan y se relacionan en un espacio relativamente pequeño. Para
evitar el caos y la confusión, es esencial que todos sigan un esquema temporal fijo y compartido. Además, la
puntualidad y la organización del tiempo son herramientas que permiten a las personas adaptarse al ritmo
acelerado de la vida en la ciudad y maximizar su eficiencia en un entorno donde el tiempo es un recurso escaso.
Quizá no haya ningún otro fenómeno anímico que este reservado tan incondicionalmente a la gran ciudad como
la indolencia. En primer lugar, es la consecuencia de aquellos estímulos nerviosos que se mudan rápidamente y
que se apiñan estrechamente en sus opuestos, a partir de los cuales también nos parece que procede el
crecimiento de la intelectualidad urbanita, por cuyo motivo hombres estúpidos y de antemano muertos
espiritualmente no acostumbran a ser precisamente indolentes. La incapacidad surgida de este modo para
reaccionar frente a nuevos estímulos con las energías adecuadas a ellos, es precisamente aquella indolencia, que
realmente muestra ya cada niño de la gran ciudad en comparación con niños de medios ambientes más tranquilos
y más libres de cambios.
La esencia de la indolencia es el embotamiento frente a las diferencias de las cosas, no en el sentido de que no
sean percibidas, como sucede en el caso del imbécil, sino de modo que la significación y el valor de las diferencias
de las cosas y con ello, las cosas mismas son sentidas como nulas. Aparecen al indolente en una coloración
uniformemente opaca y grisácea, sin presentar ningún valor para ser preferidas frente a otras. Este sentimiento
anímico es el fiel reflejo subjetivo de la economía monetaria completamente triunfante. En la medida en que el
dinero equilibra uniformemente todas las diversidades de las cosas y expresa todas las diferencias cualitativas
entre ellas por medo de diferencias acerca del cuanto, en la medida en que el dinero con su falta de color e
indiferencia, se erige en denominador común de todo valor, en esta medida, se convierte en el nivelador mas
pavoroso, socava irremediablemente el núcleo de las cosas, su peculiaridad, su valor especifico, su
incomparabilidad.
La indolencia se define como una actitud de apatía o desinterés hacia las diferencias entre las cosas. Sin embargo,
Simmel destaca que esta apatía no significa que las diferencias no sean percibidas, como sucede en el caso de
alguien que es completamente insensible o "imbécil". En cambio, la indolencia implica que las diferencias entre
las cosas carecen de significado y valor para la persona que la experimenta. Estas diferencias se perciben como
irrelevantes y, por lo tanto, las cosas mismas parecen tener una coloración uniformemente opaca y grisácea en la
mente del individuo indolente.
Simmel conecta esta actitud de indolencia con el triunfo de la economía monetaria. En una sociedad donde el
dinero desempeña un papel dominante, las diferencias cualitativas entre las cosas se traducen en diferencias
cuantitativas de valor. El dinero, al ser un denominador común que puede medir y comparar el valor de todas las
cosas, tiende a nivelar y homogeneizar esas diferencias. El dinero carece de color e indiferencia, lo que significa
que no tiene en cuenta las peculiaridades o el valor específico de las cosas, sino que las reduce a una medida
cuantitativa. En este proceso, el dinero socava la singularidad y la incomparabilidad de las cosas, ya que todas se
pueden evaluar en términos de su valor monetario.
La actitud de los urbanitas entre sí puede caracterizarse desde una perspectiva formal como de reserva. Si al
contacto constantemente externo con innumerables personas debieran responder tantas reacciones internas
como en la pequeña ciudad, en la que se conoce a todo el mundo con el que uno se tropieza y se tiene una relación
positiva de cada uno, entonces uno se atomizaría internamente por completo y caería en una constitución anímica
completamente inimaginable.
La actividad de nuestra alma responde casi a cada impresión por parte de otro hombre con una sensación
determinada de algún modo, cuya inconsciencia, carácter efímero y cambio parece tener que sumirla solo en una
indiferencia.
El estadio mas temprano de las formaciones sociales, que se encuentra tanto en las formaciones históricas, como
en las que se están configurando en el presente, es este: un circulo relativamente pequeño, con un fuerte cerrazón
frente a círculos colindantes extraños o de algún modo antagonistas, pero en esta medida con una unión tanto
mas estrecha en si mismo, que solo permite al miembro individual un mínimo espacio para el desenvolvimiento
de cualidades y movimientos libres, de los que es responsable por si mismo. Así comienzan los grupos políticos y
familiares, así las formaciones de partidos, así las comunidades de religión; el automantenimiento de
agrupaciones muy jóvenes exige un estricto establecimiento de fronteras y una unidad centrípeta y no puede por
ello conceder al individuo ninguna libertad y peculiaridad de desarrollo interno y externo.
La evolución social se encamina al mismo tiempo hacia dos direcciones distintas y, sin embargo, que se
corresponden. En la medida en que le grupo crece, en precisamente esta medida, se relaja su unidad interna
inmediata, la agudeza de su originaria delimitación frente a otros grupos se suaviza por medio de relaciones
reciprocas y conexiones; al mismo tiempo, el individuo gana una libertad de movimiento muy por encima de la
primera y celosa limitación, y una peculiaridad especifica para la que la división del trabajo ofrece ocasión e
invitación de los grupos que se han tornado grandes.
En este estadio, estas formaciones se caracterizan por ser círculos relativamente pequeños y cerrados, con una
fuerte delimitación frente a otros grupos que pueden ser considerados extraños o antagonistas. Este cierre y
unidad interna es necesario para la supervivencia y el mantenimiento de la cohesión en estos grupos, ya sean
políticos, familiares, partidos, o comunidades religiosas. Sin embargo, esta fuerte unidad impone restricciones
significativas a la libertad individual y al desarrollo personal de los miembros.
A medida que estos grupos crecen y evolucionan, Simmel argumenta que se producen dos direcciones distintas
pero complementarias. En primer lugar, la unidad interna de los grupos se relaja a medida que establecen
relaciones reciprocas y conexiones con otros grupos, lo que suaviza la delimitación original y estrecha entre ellos.
Esto permite una mayor flexibilidad y adaptabilidad en las interacciones sociales.
En segundo lugar, a medida que los grupos crecen y se vuelven más complejos, los individuos ganan una mayor
libertad de movimiento y una mayor capacidad para desarrollar sus peculiaridades específicas. La división del
trabajo en estos grupos proporciona oportunidades para que los individuos desempeñen roles especializados y
desarrollen sus talentos de manera más completa.
Desarrollo de la individualidad en el marco de la vida de la ciudad: Hasta hoy en día el urbanita que se traslada a
una pequeña ciudad siente su misma estrechez. Cuanto más pequeño es el circulo que conforma nuestro medio
ambiente, cuanto más limitadas las relaciones que disuelven las fronteras con otros círculos, tanto mas
recelosamente vigila sobre las realizaciones, la conducción de la vida, los sentimientos del individuo, tanto mas
temprano una peculiaridad cuantitativa o cualitativa haría saltar en pedazos el marco de todo.
El urbanita es libre en contraposición con las pequeñeces y prejuicios que comprimen al habitante de la pequeña
ciudad. Pues la reserva e indiferencias reciprocas, las condiciones vitales espirituales de los círculos mas grandes,
no son sentidas en su efecto sobre la independencia del individuo en ningún caso mas fuertemente que en la
densísima muchedumbre de la gran ciudad, puesto que la cercanía y la estrechez corporal hacen tanto mas visibles
la distancia espiritual; evidentemente, el no sentirse en determinadas circunstancias en ninguna otra parte tan
solo y abandonado como precisamente entre la muchedumbre urbanita es solo el reverso de aquella libertad.
Pues aquí, como en ningún otro lugar, no es en modo alguno necesario que la libertad del hombre se refleje en
su sentimiento vital como bienestar.
Las ciudades son en primer lugar las sedes de la más elevada división del trabajo económica.
La vida en la ciudad ha transformado la lucha con la naturaleza por la adquisición de alimento en una lucha por
los hombres, el hecho de que la ganancia no la procura aquí la naturaleza, sino el hombre. Pues aquí no solo fluye
la fuente precisamente aludida de la especialización, sino la mas profunda: el que ofrece debe buscar provocar en
el cortejado necesidades siempre nuevas y específicas. La necesidad de especializar la prestación para encontrar
una fuente de ganancia todavía no agotada, una función no fácilmente sustituible, exige la diferenciación del
público, que evidentemente deben conducir a crecientes diferencias personales en el interior de este público.
Georg Simmel se refiere a cómo la vida en la ciudad ha cambiado la forma en que las personas obtienen su
sustento y cómo esto ha llevado a una lucha por la atención y el favor de otros individuos en lugar de luchar
directamente contra la naturaleza para conseguir alimentos.
En las áreas rurales, donde la supervivencia suele depender de la agricultura o la caza, la lucha principal es contra
la naturaleza para obtener recursos básicos como alimentos. Sin embargo, en la ciudad, esta dinámica cambia. En
lugar de depender de la naturaleza para la provisión de alimentos, las personas dependen de otras personas para
ganar dinero y obtener lo que necesitan.
Simmel señala que esta dependencia de otros seres humanos para la ganancia económica crea una dinámica única
en la ciudad. Aquí, las personas no solo ofrecen productos o servicios, sino que también deben generar
constantemente nuevas necesidades y deseos en aquellos a quienes se dirigen. Esto significa que, en lugar de
simplemente satisfacer las necesidades existentes, se busca estimular y crear nuevas necesidades específicas en
el público.
El resultado de esta dinámica es una creciente especialización en la prestación de bienes y servicios, así como una
diferenciación en el público objetivo. Dado que cada proveedor debe encontrar un nicho de mercado no agotado
y una función única que ofrecer, esto conduce a diferencias cada vez mayores entre las personas dentro de la
sociedad urbana.
Esto conduce a la individualización espiritual en sentido estricto de los atributos anímicos, a la que la ciudad da
ocasión en relación a su tamaño. Causas: En primer lugar, La dificultad para hacer valer la propia personalidad en
la dimensión de la vida urbana. Allí donde el crecimiento cuantitativo de significación y energía llega a su límite,
se acude a la singularidad cualitativa para así, por estimulación de la sensibilidad de la diferencia, ganar por si, de
algún modo, la consciencia del círculo social: lo que entonces conduce finalmente a las rarezas más tendenciosas,
a las extravagancias específicamente urbanitas del especial, del capricho, del preciosismo, cuyo sentido ya no
reside en modo alguno en los contenidos de tales conductas, sino sólo en su forma de ser diferente, de destacarse
y, de este modo, hacerse notar; para muchas naturalezas, al fin y al cabo, el único medio, por el rodeo sobre la
consciencia del otro, de salvar para sí alguna autoestimación y la consciencia de ocupar un sitio. En el mismo
sentido actúa un momento insignificante, pero cuyos efectos son bien perceptibles: la brevedad y rareza de los
contactos que son concedidos a cada individuo particular con el otro.
Sin embargo, la razón más profunda a partir de la que precisamente la gran ciudad supone el impulso hacia la
existencia personal más individual me parece ésta: el desarrollo de las culturas modernas se caracteriza por la
preponderancia de aquello que puede denominarse el espíritu objetivo sobre el subjetivo; esto es, tanto en el
lenguaje como en el derecho, tanto en las técnicas de producción como en el arte, tanto en la ciencia como en los
objetos del entorno cotidiano, está materializada una suma de espíritu cuyo acrecentamiento diario sigue el
desarrollo espiritual del sujeto sólo muy incompletamente y a una distancia cada vez mayor.
En esta frase, Georg Simmel aborda cómo la vida en las grandes ciudades influye en la individualización espiritual
de las personas. En un contexto urbano, donde la población es numerosa y la competencia por la atención y el
reconocimiento es intensa, los individuos a menudo se enfrentan a la dificultad de afirmar su propia personalidad
de manera significativa. Esto se debe a que la magnitud de la ciudad y la diversidad de personas hacen que
destacar y ser reconocido resulte un desafío considerable.
Para superar esta dificultad y encontrar su lugar en una sociedad urbana, muchas personas buscan desarrollar
una individualización espiritual. Esto implica la búsqueda de singularidad y autenticidad en sus características
personales y emocionales. En lugar de conformarse con ser uno más en la multitud, las personas se esfuerzan por
destacar y ser recordadas por atributos únicos y cualidades especiales. Este deseo de singularidad puede
manifestarse en comportamientos inusuales, extravagancias o caprichos que llaman la atención y establecen una
diferencia con respecto a los demás.
Otro aspecto que Simmel menciona es la naturaleza efímera y escasa de los contactos personales en las ciudades
grandes. Debido a la gran cantidad de personas y la velocidad de vida, las interacciones entre individuos tienden
a ser breves y superficiales. Esta falta de contacto profundo puede intensificar la necesidad de destacar y ser
reconocido cuando se tiene la oportunidad de interactuar con otros.
Simmel también sostiene que, en la vida moderna, especialmente en las grandes ciudades, prevalece lo que él
llama el "espíritu objetivo" sobre el "espíritu subjetivo". Esto significa que las manifestaciones culturales, como el
lenguaje, el derecho, la tecnología y la ciencia, tienden a alejarse de la experiencia personal y subjetiva para
enfocarse en aspectos más objetivos y distantes. Esto puede dar lugar a una mayor valoración de la individualidad
como una forma de contrarrestar la uniformidad y la impersonalidad de la vida urbana.
Esta discrepancia es en lo esencial, el resultado de la creciente división del trabajo; pues tal división del trabajo
requiere del individuo particular una realización cada vez más unilateral, cuyo máximo crecimiento hace atrofiarse
bastante a menudo su personalidad en su totalidad.
La atrofia de la cultura individual por la hipertrofia de la cultura objetiva es un motivo del furioso odio que los
predicadores del mas extremo individualismo, dispensan a las grandes ciudades; por lo que precisamente son
amados tan apasionadamente en las grandes ciudades, y justamente aparecen a los ojos de los urbanitas como
los heraldos y salvadores de su insatisfechísimo deseo.
En el contexto de las grandes ciudades, la "atrofia de la cultura subjetiva" y la "hipertrofia de la cultura objetiva"
son conceptos desarrollados por Georg Simmel para describir cómo la vida urbana afecta la relación entre la
experiencia personal y la influencia de la cultura en la sociedad. Aquí se explica qué significan estos conceptos:
• Atrofia de la cultura subjetiva: La atrofia se refiere a la disminución o debilitamiento de algo. En este caso,
la cultura subjetiva se refiere a la experiencia personal, las emociones y las cualidades individuales que
conforman la identidad única de una persona. En las grandes ciudades, la vida se caracteriza por la rapidez,
la diversidad y la intensidad de las interacciones sociales. Como resultado, las personas pueden
experimentar una disminución en su capacidad para desarrollar y expresar su cultura subjetiva. La atención
se centra más en la vida exterior, en las demandas de la sociedad y en la interacción con un entorno urbano
abrumador. Las experiencias personales y subjetivas pueden quedar relegadas o atrofiadas en
comparación con la cultura objetiva. Disminuye entonces la capacidad del individuo para poder absorber
esta cultura objetiva, porque de tan hipertrofiada que esta la cultura objetiva, le es imposible absorber
todos los conocimientos, las tecnología y otros elementos culturales.
CULTURA FEMENINA
Cabe considerar la cultura como el perfeccionamiento de los individuos que se alcanza gracias al espíritu
objetivado en el trabajo histórico de la especie. Por el hecho de que la unidad y la totalidad del ser subjetivo se
consumen mediante la apropiación de estos valores objetivos: la moral y el conocimiento, el arte y la religión, las
configuraciones sociales y las formas de expresión de lo interior, por esto aparece como cultivado. De este modo
la cultura es una síntesis única del espíritu subjetivo y del objetivo, cuyo sentido último, ciertamente, solo puede
residir en el perfeccionamiento de los individuos.
Pero puesto a que este proceso de perfeccionamiento ha de afrontar primero los contenidos del espíritu objetivo
como autónomos, separados tanto de quien los crea cuanto de quien los recibe, para entonces englobarse en este
ultimo como sus medios o estaciones, por esto cabe caracterizar a estos contenidos (todo lo expresado y
conformado, lo que existe realmente y lo que es efectivo realmente, cuyo complejo integra la posesión cultural
de una época) como su cultura objetiva. De su constatación distinguimos el siguiente problema como el problema
de la cultura subjetiva: en qué medida, según extensión e intensidad, participan los individuos en aquellos
contenidos.
Surgimiento del movimiento de mujeres: Su surgimiento parece desterrarlo por completo en la dirección de la
cultura subjetiva. En la medida en que las mujeres desearan hacerse pasar a las formas de vida y de realización de
los hombres, se trataría para ellas de una participación personal en bienes culturales ya existentes, que hasta la
fecha únicamente les han sido negados, (…) no se lucha aquí por algo que en si va más allá de todo lo particular y
personal. Esta en cuestión de valores, no la creación de valores objetivamente nuevos.
Simmel argumenta que el movimiento de mujeres, en su lucha por la igualdad de género, no está necesariamente
generando nuevos valores culturales o transformando fundamentalmente la cultura objetiva. En cambio, su
enfoque se centra en la eliminación de las restricciones y barreras que les impedían participar plenamente en los
valores y roles culturales que ya existían en la sociedad. No crean, recrean.
Georg Simmel plantea críticas que deben entenderse en el contexto de las condiciones sociales y culturales del
período en el que vivió, a fines del siglo XIX y principios del XX. En primer lugar, Simmel sugiere que el enfoque
principal del movimiento de mujeres estaba en la búsqueda de igualdad de género y la participación en roles
tradicionalmente desempeñados por hombres. Esto, en sí mismo, no era necesariamente un problema, pero
Simmel argumentaba que esta lucha se centraba más en la entrada al mundo de los hombres que en la creación
de nuevos valores culturales y roles específicamente femeninos. En otras palabras, veía una falta de un intento
por cambiar profundamente las normas de género subyacentes.
Una de las críticas más destacadas de Simmel es que las mujeres, en su búsqueda de igualdad, a menudo imitaban
los roles y comportamientos masculinos existentes en lugar de desafiar y transformar estas normas culturales.
Esto llevaba a lo que él describía como una especie de "imitación" en la que las mujeres adoptaban roles
masculinos preexistentes en lugar de cuestionar las estructuras culturales de género.
La cultura de la humanidad, también según sus contenidos objetivos puros, por así decir, no es ajena a los sexos
y en modo alguno está puesta por su objetividad en un más allá de hombre y mujer. Antes bien nuestra cultura,
con la excepción de muy pocos ámbitos, es por entera masculina. Hombres han creado el arte y la industria, la
ciencia y el comercio, el estado y la religión. Que se crea en una cultura puramente humana, que no pregunte ni
por el hombre ni por la mujer, se deriva del mismo motivo a partir del cual precisamente no existe esta: la
identificación ingenua de la persona y hombre.
Simmel también reconoce que, en la realidad histórica, la cultura, en su mayor parte, ha sido moldeada por
hombres. Hombres han desempeñado roles prominentes en la creación y desarrollo de áreas culturales como el
arte, la industria, la ciencia, el comercio, el gobierno y la religión. Esta predominancia masculina en la cultura se
debe, en parte, a la identificación simplista y equivocada entre la noción de "persona" y "hombre", es decir, a
menudo se ha considerado que el término "persona" se refiere automáticamente a los hombres, excluyendo a las
mujeres de muchas esferas de influencia cultural.
Un derecho que surgiera de este modo a partir del sentimiento jurídico específicamente femenino solo podría no
ser reconocido como derecho objetivamente valido porque lo objetivo se identifica a priori con lo masculino. Pero
que los contenidos de nuestra cultura en lugar de su aparente carácter neutral, porten en realidad un carácter
masculino se fundamenta en un entretejimiento polinómico d emotivos históricos y psicológicos. La cultura, en
ultimo extremo un estado de los sujetos, no solo recorre su camino a través de las objetivaciones del espíritu, sino
que, con los avances de cada uno de sus grandes periodos, este perímetro de lo objetivo se extiende cada vez
más; los individuos, con sus intereses, su desarrollo, su productividad, se demoran cada vez mas tiempo en este
ámbito de tránsito. La cultura objetiva aparece finalmente como cultura general y su desembocadura en los
sujetos ya no aparece como su meta y sentido sino como un asunto privado de estos, auténticamente irrelevante.
Cultura Femenina:
En la perspectiva de Simmel, la "cultura femenina" se relaciona con la esfera de la vida cotidiana, las relaciones
personales y la experiencia subjetiva. En esta cultura, las mujeres tienden a estar más conectadas con sus
relaciones personales, familias y comunidades locales. Las actividades y roles de las mujeres se entrelazan más
con su vida emocional y subjetiva. Esto se debe, en parte, a que las mujeres históricamente han desempeñado
roles clave en la crianza de los hijos y la gestión de la vida doméstica, lo que ha contribuido a una mayor cercanía
entre sus actividades y su mundo interno.
La "cultura femenina" se caracteriza por su énfasis en la solidaridad, la intimidad y la atención a los detalles en las
relaciones interpersonales. Las mujeres a menudo se dedican a mantener la cohesión social, fortaleciendo los
lazos personales y resolviendo conflictos. Si bien Simmel no ve esta cultura como inferior, reconoce que ha sido
históricamente menos visible en la esfera pública y menos valorada en comparación con la "cultura masculina".
Cultura Masculina:
La "cultura masculina", por otro lado, se asocia con las esferas de la vida pública y las actividades que requieren
especialización y objetividad. En esta cultura, los hombres a menudo se dedican a roles que implican toma de
decisiones, liderazgo político, actividad económica y otras funciones que requieren una mayor separación entre
las partes y el todo. Esta división es posible porque los hombres, según Simmel, tienen la capacidad de centrarse
en tareas altamente especializadas y objetivas sin que esto afecte significativamente su vida subjetiva.
Simmel argumenta que esta división entre la cultura masculina y la cultura femenina es una construcción social
basada en las diferencias de género percibidas y en las divisiones históricas del trabajo. No atribuye estas
diferencias a una superioridad o inferioridad intrínseca de un género sobre el otro. Además, señala que esta
división cultural ha sido restrictiva tanto para hombres como para mujeres, ya que ha limitado la gama de
experiencias y expresiones humanas.
Cuanto mas el hombre en lugar de un todo produce solo un trozo dependiente de un todo semejante, tanto menos
puede transferir el todo unitario de su personalidad a su obra o divisarlo en esta; entre la cerrazón de la realización
y la del realizador existe una conexión universal, tal y como se muestra de la forma mas significativa en la obra de
arte, cuya unidad propia, autosuficiente, exige un creador unitario y se opone incondicionalmente a cualquier
composición a partir de realizaciones especializadas diferenciales
Pero la división del trabajo muestra como toda la historia del trabajo, es incomparablemente mas adecuada para
el ser masculino que para el ser femenino. Donde la división del trabajo ha sustraído del gobierno del hogar un
gran número de tareas diferentes que antes eran satisfechas en su unidad, la actividad del ama de casa es una
actividad mas variada, menos fijada especializadamente, de lo que es cualquier profesión masculina. Parece como
si el hombre pudiera dejar fluir su fuerza en una dirección unilateralmente fijada sin por ello poner en peligro su
personalidad, e incluso precisamente porque siente esta actividad diferenciada bajo un aspecto puramente
objetivo, como algo separado de su vida subjetiva que se diferencia nítidamente, por así decirlo, de su existencia
privada, y, sin duda, de una forma peculiar y conceptualmente mal expresable, también cuando esta entregado
con toda intensidad a esta tarea objetiva y especializada.
Esta capacidad masculina de no desgarrar por una realización conforme a la división del trabajo, una realización
que no porta en si ninguna unidad anímica, precisamente porque se ubica la realización en la dimensión de la
objetividad, justamente esta capacidad parece faltar en la naturaleza femenina; no en el sentido de una laguna,
sino de modo que lo expresado aquí como déficit dimana por entero de lo positivo de la naturaleza.
Para expresarlo en otras palabras: su periferia esta ligada mas estrechamente con su centro, las partes son mas
solidarias con el todo, de lo que sucede en la naturaleza masculina. Aquí se pone de relieve la gran y diferenciada
significación del concepto de desarrollo para toda la cuestión cultural masculino-femenina. El intranquilamente
activo ser del hombre, que apremia a un acrisolamiento en torno y al hilo de un fuera-de-sí, da al principio de
desarrollo un poder decisivo de antemano.
El movimiento de las mujeres se apoya en el hecho de que en realidad existe una mera falta de evolución, una
latencia de fuerzas y posibilidades que, en caso de que les fuera dado tan solo libertad de movimientos y
estímulos, podrían y también deberían, transformar en plena actividad.
El perímetro de nuestra existencia esta ocupado en su parte principal extensiva por posibilidades; aquello que
somos como realidad en tanto que conciencia plenamente desarrollada es siempre solo el núcleo de aquel circulo,
y una vida limitada a este núcleo, a esta realidad, estaría modificada y empobrecida de una forma completamente
inimaginable.
UNICIDAD DEL SER FEMENINO: Allí el ámbito del ser permanecerá ligado mas estrechamente a su centro, al punto
fontanal de la vida personal. Cuantas mas potencialidades ocupen este ámbito, cuanto mas unitario, tanto menos
lo sentiremos fraccionado en singularidades que comienzan de muy lejos.
Aduciremos solo dos rasgos especiales y muy distantes entre si de esta unicidad del ser femenino, que quizá solo
podemos expresar con conceptos negativos como falta de diferenciación, déficit de objetividad, etc. Porque el
lenguaje y la formación de conceptos esta en lo esencial ajustada al ser masculino.
Se dice de las mujeres que serían más fácilmente vulnerables de lo que serían hombres que estuvieran bajo las
mismas circunstancias; pero esto significa precisamente que, a menudo, sienten una ofensa singular, una ofensa
dirigida a algún punto particular, como una ofensa que concierne a toda su persona-puesto que son las naturalezas
más unitarias, en las que la parte no se ha separado del Todo hacia una vida autónoma.
LAS MUJERES TIENEN UNA MAYOR TENDENCIA A LA FIDELIDAD: la fidelidad significa, en efecto, que el todo y la
unicidad del alma se enlazan indisolublemente con uno solo de sus contenidos. Sobre el dato obtenido a partir de
la observación de que las mujeres, comparadas con los hombres, son seres más fieles, existe, ciertamente,
unanimidad. La unidad no fraccionada de su naturaleza mantiene junto aquello que se ha encontrado en ella; hace
quedar afectos a cualquier cosa, de una manera difícilmente separable, los valores y sentimientos antiguamente
ligados con ella y englobados en el mismo centro. El hombre es más despiadado porque, a causa del carácter
diferenciado, considera a las cosas más en su objetividad separada. La facultad de fraccionarse en una
multiplicidad de direcciones de ser separadas entre sí, de hacer independiente la periferia respecto del centro, de
autonomizar intereses y funciones respecto de su ligazón unitaria, esto dispone a la infidelidad.
Ciertamente los hombres son mas objetivos que las mujeres. Pero considerar esta evidencia total como lo más
perfecto y considerar la vida que no divorcia lo particular respecto del todo como lo más débil y lo «más falto de
desarrollo», esta sólo es posible en virtud de un circulus vitiosus, en tanto que, de antemano, sobre el valor de lo
masculino y de lo femenino no decide una idea de valor neutral, sino la masculina.
Esta confusión de los valores generales con los valores masculinos viene dada relaciones históricas de poder, que
se por expresan lógicamente en el funesto doble sentido del concepto de lo «objetivo»: lo objetivo aparece como
la idea puramente neutral, equidistante de las unilateralidades masculino-femeninas; pero, sin embargo, lo
<<objetivo» es también la forma particular de la realización que corresponde a la forma de ser
específicamente masculina.
En el marco de esta cultura la realización femenina será tanto más refrenada cuanto más inmediata- mente lo
más general y formal se le sitúe enfrente como exigencia: éste es el caso de la forma más decisiva a propósito de
la creación original. Allí donde se toman contenidos ya conformados y se los sigue utilizando combinatoriamente,
cabe con mayor facilidad una adaptación al carácter global del ámbito cultural, pero allí donde estalla una creación
espontánea a partir de lo más propio del sujeto, requerirá una con- formación absolutamente activa, total, desde
lo más elemental.
En esta medida, se infiere la gradación en la que las acciones femeninas tienen éxito en el marco de la cultura
objetiva, determinada masculinamente. Entre las artes, las reproductivas son sus auténticos dominios: desde el
arte escénico y la ejecución musical hasta el tipo sumamente característico de la bordadora, cuya
incomparable destreza y celo repite precisamente una muestra dada; en las ciencias llama la atención su
capacidad de recopilación y de acumulación, y este trabajo con lo recibido y lo ya recogido se acrecienta hasta sus
mayores realizaciones como maestras, que, a pesar de toda autonomía funcional, transmiten algo dado, etc., se
acreditan más en la medida en que el objeto de su trabajo ha incluido ya en sí el espíritu de esta cultura, esto es,
el masculino, y fracasan en la medida en que se requiere protoproducción, es decir, en la medida en que han de
verter sus energías originales, dispuestas de antemano de otra manera, en las formas que exige la cultura objetiva,
así pues, la masculina.
Simmel sugiere que las mujeres enfrentaban más desafíos cuando se trataba de campos que requerían una mayor
originalidad y creatividad, o lo que él llama "protoproducción". Aquí, las mujeres, según él, tenían dificultades
para aplicar sus energías originales de manera efectiva, ya que la cultura objetiva, predominantemente masculina
en su concepción, no les brindaba el espacio ni el reconocimiento necesario para llevar a cabo la producción
creativa de la misma manera que lo hacían los hombres. Y lo que terminaban haciendo las mujeres no eran
creaciones originales sino reproducción de valores y conocimientos ya existentes y predominantemente
masculinos
Pero esta cultura es, por así decirlo, masculina de doble modo. No sólo porque transcurre en una forma objetiva
y conforme a la división del trabajo, sino también porque diseña las satisfacciones de esta forma, porque diseña
las realizaciones particulares de un modo tal y como es adecuado a la capacidad masculina, a su peculiar ritmo e
intención, y porque los elementos de la realización se encuentran aunados en profesiones peculiares de un modo
igualmente adecuado a los hombres.
Solo cabe esperar de las mujeres nuevos matices culturales y ampliaciones de fronteras cuando realizan algo que
los hombres no pueden. Este es el núcleo de toda la cuestión, el centro de la relación entre el movimiento de las
mujeres y la cultura objetiva. En ciertos ámbitos, un fraccionamiento de la actividad que ahora se considera como
una unidad objetiva creará esferas de actividad específicamente femeninas.
Aquí ya es valido el hecho de que las mujeres hacen algo que los hombres no pueden. Pues a pesar de que estos
lo han hecho hasta ahora, las tareas que convienen a las fuerzas femeninas serán desempeñadas con toda
seguridad mejor por el trabajo específico de estas.
Para el conocimiento solo podría manifestarse en el marco de la praxis, y me vuelvo hacia la otra: que surgiera
una realización original y específicamente femenina, por así decirlo, en los huecos que deja la realización
masculina.
• En el campo del arte la objetivación del ser femenino en producciones culturales aparecerá de la forma
mas admisible allí donde ya existen ciertos sedimentos para ello. Simmel destacaba que las mujeres, en su
mayoría, estaban involucradas en la producción de artículos de decoración y artesanía, como bordados,
tejidos, cerámica, y otros objetos ornamentales. Estas actividades eran consideradas como parte del arte
privado y doméstico, y, en gran medida, estaban relacionadas con la esfera de lo cotidiano y lo funcional.
Simmel sostenía que las mujeres, a través de estas prácticas artísticas, contribuían a embellecer su entorno
doméstico y a crear un ambiente estético en el hogar.
El artista no traslada mecánicamente su ademán a su cuadro, pero a través de múltiples transformaciones
y mediaciones determina, en efecto, el modo como se mueve en el espacio y su interpretación expresiva
de los fenómenos espaciales.
Pero la limitación de los movimientos femeninos por las cuatro paredes no me parece que anuda sus
consecuencias sólo a su angostura, sino más bien a la permanente igualdad y al carácter acostumbrado de
este medio ambiente. Por el hecho de que el hombre, en tanto que aquel que actúa «<en el exterior», se
mueve en espacios cambiantes, más intrincados, menos dominados por él, por esto mismo le falta a
menudo lo cerrado, lo que se desliza sin fricción, lo tranquilamente equilibrado, lo cual constituye el
atractivo específicamente femenino; éste, por el contrario, puede surgir por medio de constantes
movimientos en espacios en los cuales, por así decir, ya no hay nada que conquistar, cine que se han
convertido sólo en la prolongación corporal de la personalidad.
• En la literatura hay una serie de mujeres que no posen la esclavizante ambición de escribir como un
hombre y que no dan a entender mediante seudónimos masculinos que no tienen idea de las cosas
auténticamente originales y específicamente significativas que podrían realizar en tanto que mujeres. La
creación femenina de novelas parece ofrecer menos dificultades que las restantes formas literarias; y
precisamente porque, según su problema y su estructura artística, tiene la forma menos estricta y fijada.
La línea de su contorno no está cerrada con seguridad, no puede volver a anudar todos dos hilos uncidos
a ella en su unidad, sino que muchos transcurren, digámoslo así, fuera de sus fronteras hacia lo
indeterminado; su irremediable realismo no permite que se exima del caos de la realidad con un ritme tan
irremisible, con una construcción tan intuitivamente nomológica, como lo hacen la lírica y el drama.
El instinto de las mujeres literatas les ha que conducido de antemano a la novela como a su auténtico
dominio. Su forma, precisamente porque no se <<forma>> en sentido muy riguroso, es lo bastante flexible
como para permitir que algunas novelas modernas se conviertan en creaciones
específicamente femeninas.
Él sostenía que las mujeres tenían una capacidad especial para explorar los aspectos interiores de la
experiencia humana, incluyendo las emociones, las relaciones personales y la vida cotidiana. Sus obras
literarias a menudo se centraban en temas como el amor, la familia, las amistades y las experiencias
personales.
Simmel también sostenía que las mujeres aportaban un elemento de intimidad y cercanía a la literatura,
lo que hacía que sus escritos fueran accesibles y conmovedores para un público más amplio. Consideraba
que las mujeres tenían un talento para capturar las sutilezas de la vida cotidiana y las complejidades de las
relaciones humanas en sus obras literarias.
• Pero lo especifico de la realización femenina se manifiesta de una forma absolutamente inequívoca en el
arte teatral, y ciertamente en modo alguno solo porque el papel, ya según su contenido, sea aquí una tarea
femenina, sino a partir de la esencia mas profunda del arte teatral en general. No existe ningún otro arte
en el que la realización y la totalidad de la personalidad estén ligadas en una unidad tan estrecha. su lado
subjetivo y su lado objetivo coinciden aquí de manera incondicional en un momento vital, y ofrecen en
esta medida el correlato o la forma preliminar para aquel fusionarse de la personalidad global con el
fenómeno artístico. Pero si hay en general algo así como una fórmula del ser femenino, entonces ésta se
solapa con esta esencia del arte teatral.
Constituye en el arte teatral la estructura más interna de la realización; aquí, donde ésta sólo dispone de
un único momento, no cabe separar en el lo interno y lo externo, el estallido del impulso central y la
manifestación que se ofrece de él, el resultado del hacer no es objetivable frente al hacer.
A la estrecha conexión de todas las partes del ser, que no convierte a la mujer, como se escucha con tanta
frecuencia, en un ser subjetivo, sino en un ser tal para el que no existe realmente el divorcio de lo subjetivo
y lo objetivo, precisamente a esta estrecha conexión, la dibuja la «idea» estética, por entero
suprasubjetiva, del arte teatral, en el cual la vida interna, no separada por ningún hiato temporal, espacial
u objetivo, porta en sí misma su exteriorización visual y auditiva.
En la medida en que el actor los sensorializa y en la medida en que la visualización ofrecida por él, es ella
misma una obra de arte, guiada por las propias normas de valor, en esta medida descompone el acontecer
del drama se desliza sin interrupción, el acontecer, por así decirlo, interno, en una serie de cuadros visuales
más o menos persistentes a los que se impone una ley de la belleza.
Si hay una polaridad de formas de ser, de tal suerte que una representa la relación potenciadora y dadora de
forma con algo externo real o ideal, la otra la perfección de la existencia encerrada en sí, que sintoniza todos los
elementos de su ser según su propia armonía interna, en tal caso se podría caracterizar al primer valor como
significatividad, al último como belleza.
Lo significativo, significa algo, la significatividad es, ciertamente, un ser, pero un ser transitivo que, en tanto que
realización, ganancia, conocimiento, efectividad, rompe con el propio contorno, y que, por muy sobreaño que sea
por lo demás alcanza su medida de valor a partir de esta relación. El hombre debe ser significativo, donde la
palabra debe naturalmente desprenderse de todas las ramificaciones accidentales del uso lingüístico.
La mujer debe ser bella, entonces esto también es valido en el amplio y abstracto sentido que rechaza cualquier
restricción de la belleza, por ejemplo, a un rostro hermoso. En su pleno sentido significa la cerrazón del ser global
en sí mismo, cerrazón que ha proporcionado a la obra de arte, a la obra humana máximamente cerrada, su relación
a menudo mal entendida con la “belleza”, a saber; la unidad de lo interno y de lo externo con su simbolismo a
menudo muy rico en rodeos, la capacidad de descansar, a pesar de toda existencia para los otros, siempre
autosuficiente en sí.
Pues la mujer, en el simbolismo de los conceptos metafísicos, es la-que-es, y el hombre es el-que-deviene; por
ello, este ultimo tiene que alcanzar su significación en una cosa o en una idea, en un mundo histórico o
cognoscitivo, mientras que la mujer debe ser bella en sentido en el cual este es dichoso de el mismo.
Esta relación entre le principio femenino y el principio de la belleza, también se manifiesta, sin lugar a dudas, en
el fenómeno corporal mismo. También aquí puede considerar a lo masculino mas como significativo. La acuñación
más fuerte de los músculos dispuestos para el trabajo, la pertinencia decididamente visible de la construcción
anatómica, la expresión de la fuerza junto con, por así decir, la agresiva angulosidad de las formas, todo esto es
menos expresión de la belleza que de la significación, es decir, es expresión de la posibilidad de salirse-de-sí, del
contacto pleno de efectos con algo exterior.
Pero la pertinencia del cuerpo femenino no se dirige a un contacto semejante, sino más a una fusión pasiva o que
discurre más allá de actividad y pasividad. Pues la ausencia de barba, la carencia de órganos sexuales meticulosos
y que interrumpen el fluir de las líneas (…), remiten el cuerpo femenino mucho más al ideal estilístico de la belleza
que al ideal activista de la significación.
En modo alguno las mujeres son almas bellas, pero, sin embargo, en su estructura psíquica portan la intención en
pro de esta forma existencial al margen de los conflictos, que supera las oposiciones de la vida masculina como
desde si misma en su unidad, que incluye la idea en su realidad; de modo que, desde un punto de vista empírico,
esta se encuentra realizada casi solo en mujeres.
Para el acrecentamiento de la cultura objetiva mediante mujeres, me remito ahora a los dos ámbitos de
realización femeninas que son, o pasan por ello, creativo-culturales en gran escala: el hogar y la influencia de las
mujeres sobre los hombres. Cada uno de estos ámbitos conforma todo un mundo, es decir, se trata de una forma
en la que son recogidos los contenidos vitales en general y en la que son vividos, tratados, ordenados, según una
ley peculiar.
El hogar es una parte de la vida y, al mismo tiempo, una forma peculiar de recoger, reflejar, conformar, toda la
vida.
Aquellas dos significaciones del hogar: como una parte y como un todo, valen sin duda para ambos sexos, pero
distribuyen, en efecto, su medida de modo que para el hombre el hogar significa mas una parte de la vida general
y para la mujer mas su totalidad. Por ello el sentido del hogar no se agota, ni objetivamente ni para las mujeres,
con alguna de sus áreas particulares, tampoco con aquella concerniente a los niños, sino que es un valor y un fin
autosuficiente, y, en esta medida, análogo a la obra de arte, la cual, ciertamente, encuentra toda su significación
cultural subjetiva en sus resultados para los receptores, a la cual, empero, más allá de esta significación subjetiva,
corresponde una significación objetiva solo según su perfección y conforme a leyes propias.
El ser del hombre dualista, inquieto, entregado ala indeterminación del devenir, exige su redención en un hacer
objetivado. Como tiene que expresarse simbólicamente, se ha separado del suelo del ser natural, producen, por
así decirlo, un contrapeso en las obras permanentes, objetivas, supraindividuales, hacia las que tiende el trabajo
cultural del hombre como tal, del rey o del carretero.
En la medida en que el hogar posee esta singular estructura: reunir en si de algún modo en su tranquila cerrazón
(tal y como por lo menos reside en su idea) todas las líneas del cosmos cultural y, sin embargo, hacer transcurrir
el hacer y el crear en el en una unidad interna, permanente visiblemente, en esta medida, es propio de él aquella
relación real y simbólica con el ser de la mujer, a través de la cual puede convertirse en su mayor hecho cultural.
La realización cultural original y objetiva de las mujeres consistiría en el hecho de que el alma masculina es en
gran parte configurada por ellas. Así como, por ej., el hecho de la pedagogía o la influencia reciproca de los
hombres entre sí, o también la manipulación de un material por un artista, pertenecen a la cultura objetiva, así
también actuarían las influencias, formaciones y conformaciones por parte de las mujeres gracias a las cuales el
alma masculina es precisamente como es.
En la conformación de esta ultima las mujeres se expresarían a sí mismas, crearían aquí una figura objetiva y solo
posible por medio de ellas en el sentido en el que, en general, se pueda hablar de crear humano, el cual siempre
significa solo una resultante de la influencia creadora y las propias fuerzas y las determinaciones de su objeto. La
obra de la mujer, es el hombre, pues de hecho los hombres serian distintos a como son si no tuvieran lugar en
ellos las influencias de las mujeres; y esto prosigue evidentemente, en el hecho de que la conducta y la actividad
de los hombres, brevemente: toda cultura masculina se halla fundamentada en alguna medida sobre la influencia
o, tal y como lo expresa, sobre el estimulo de las mujeres. Aquella influencia puede ser todo lo fuerte que se
quiera; sin embargo, solo alcanza una significación para la cultura objetiva en la medida en que se convierte en
los hombres en aquellos resultados que corresponden a la forma de ser masculina y que solo pueden ser
suscitados en esta.
La vida, mas aun, la espiritualidad de innumerables hombres, seria otra y seria ms pobre si no recibieran algo de
las mujeres. Pero aquello que reciben no es un contenido que ya existiera de este modo en las mujeres, mientras
que aquello que los hombres dan a la vida espiritual de las mujeres acostumbra a ser algo que ya ha surgido con
fijeza de forma.
Lo que las mujeres dan, dicho paradójicamente, es algo inmediato, un ser que permanece en ellas que, en tanto
que afecta al hombre, desencadena en este algo que desde el punto de vista fenomenológico no tiene
absolutamente ninguna similitud con él; solo en el hombre se convierte en cultura. Solo en esta significación
puede entenderse que las mujeres sean las estimuladoras de las realización culturales masculinas.
El hogar es, absolutamente, la gran realización cultural de las mujeres, puesto que la estructura aludida, única, del
hogar como una categoría vital posibilita que seres que en general se hallan muy lejos de la objetivación de su
vida puedan, sin embargo, consumarla en el en una medida máximamente amplia. La conducción del hogar
pertenece en una medida eminente a aquella categoría cultural de la “originalidad secundaria” puesta de relieve
al comienzo de estas páginas. Aquí están prefiguradas metas típicas y formas de realización generales, ambas,
empero, obligadas en cada caso a una variabilidad individual, a resoluciones espontaneas, a una responsabilidad
en situaciones que no se repiten.
La profesión de ama de casa, guiada en toda su variedad por un sentido enteramente unitario, se convierte de
este modo en una figura intermedia entre la producción a partir del Yo proto-creador y la mera repetición de
formas prefiguradas de actividad; y esto fundamenta su posición en las series valorativas sociales. Existe una serie
de profesiones masculinas para las que no se requiere ninguna aptitud especifica y que, sin embargo, no son
inferiores, no son necesariamente creadoras e individuales y, no obstante, no excluyen al individuo de ninguna
categoría social; así las profesiones jurídicas y muchas comerciales. La profesión de ama de casa también posee
esta conformación social; puede ser satisfecha por cualquier aptitud meramente media y no es, sin embargo,
subalterna o, por lo menos, no tiene por qué serlo.
Si la libertad de movimiento de la mujer, ambicionada condujera a una objetivación del ser femenino, al igual que
la cultura habida hasta la fecha es una objetivación del ser masculino, y no a repeticiones idénticas por lo que
hace al contenido de esta ultima por medio de las mujeres, en tal caso, con ello se habría descubierto una nueva
porción del mundo de la cultura.
Nadie negara que algunas mujeres consiguen o pueden conseguir creaciones culturales objetivas; pero con esto
todavía no queda decidido si en esta creación esta objetivado lo femenino como tal, aquello que no puede ningún
hombre.