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Los Destinos de La Logica de Aristoteles

Este documento analiza la evolución histórica de la lógica desde Aristóteles hasta la actualidad. Comienza examinando el origen de la lógica en los escritos de Aristóteles y cómo surgió a partir del cuestionamiento de la contradicción. Luego distingue entre lógica clásica y no clásica, analizando cómo esta distinción permite nuevas formas de entender la contradicción.

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Los Destinos de La Logica de Aristoteles

Este documento analiza la evolución histórica de la lógica desde Aristóteles hasta la actualidad. Comienza examinando el origen de la lógica en los escritos de Aristóteles y cómo surgió a partir del cuestionamiento de la contradicción. Luego distingue entre lógica clásica y no clásica, analizando cómo esta distinción permite nuevas formas de entender la contradicción.

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Los destinos de la lógica:

de Aristóteles a la paraconsistencia
Rafael Aritmendi López

Resumen

¿Qué es la “lógica”, y para qué sirve? Para intentar responder a estas preguntas,
hay que advertir que no hay una definición unívoca de la lógica, pues siempre la
propia noción acerca de qué es la lógica implica una referencia a un conjunto
determinado de sistemas lógicos ya constituidos. En este escrito trazaremos una
genealogía de la reflexión propiamente lógica, sin eludir sus inevitables conexiones
con otras disciplinas, aunque limitándolas a lo que ellas nos puedan aportar a la
dilucidación de la reflexión lógica como tal. Para ello, nos serviremos de una
distinción esencial, que ayuda a ordenar y reflexionar sobre la enorme
heterogeneidad de sistemas lógicos: la distinción entre lógica clásica y lógica no
clásica. Una vez ganada esta distinción, cuyo núcleo fundamental es el principio de
no contradicción, estaremos en condiciones de valorar los aportes de la disciplina
lógica con respecto a otras disciplinas contemporáneas, como la lingüística, el
psicoanálisis o la sociología.

Abstract

What is “logic”, and what is its utility? In order to answer this questions, we should
first be aware of the problematic issue of finding a definition of “logic” that
embraces the huge heterogeneity of logic sistems. To be able to draw a genealogy
of logic, it is necessary to analise its essential conections to other disciplines
throught the history of the logical thought, although in this essay we will only
analise such conections to the extent in which they help to iluminate the specificity
of logic itself. To gain this genealogy, we will use a fundamental distinction
between classical logic and non-classical logic. After this distinction, which
gravitates around the non-contradiction principle, we will be able to evaluate the
different uses of logic in different intelectual and practical domains, such as
linguistics, psychoanalysis and social sciences.
Índice

Primera parte:
1) El origen de la lógica: la imposibilidad de la contradicción_______________p. 3
2) Lingüística, formalismo y psicoanálisis_____________________________________p. 5
3) Significado y significante_____________________________________________________p. 7
4) Obviando la realidad: los significantes se estructuran a sí mismos_______p. 8
Segunda parte:
1) Lógica clásica y falsacionismo_______________________________________________p. 10
2) Lógica no clásica y paraconsistencia: hacia nuevas formas de entender la
contradicción_________________________________________________________________p. 14
3) El alcance de la lógica paraconsistente: conclusiones_____________________p. 18

2
Primera parte

1. El origen de la lógica: la imposibilidad de la contradicción

Para entender el papel de la lógica en la actualidad habría que retrotraerse, por lo


menos, hasta Aristóteles, aunque la lógica aristotélica es, en realidad, una
producción llevada a cabo de manera lenta y sopesada a lo largo de muchos siglos.
Hoy en día, sin embargo, se acepta que, en lo esencial, la lógica no cambió mucho
hasta su formalización a finales del siglo XIX. El propio I. Kant, a finales del XVIII,
afirmaba que, desde que fue formulada por Aristóteles, la lógica no había avanzado
ni retrocedido un solo paso. Y, en cierta manera, tenía razón. Sin embargo, algo
pasa en la lógica moderna que la hace radicalmente nueva con respecto a la lógica
previa: su formalización. Pero antes de ver qué significa esto, hay que retrotraerse
a eso que se suele llamar “lógica aristotélica”.

En primer lugar, para Aristóteles no había eso que llamamos “lógica”, puesto que,
por aquel entonces, ni siquiera había la noción de “enunciado”. En efecto, ni en la
Grecia clásica, ni en ninguna lengua conocida antes del helenismo, se había
tematizado aún la estructura oracional sujeto-predicado, eso que la lingüística
moderna denomina “estructura proposicional”. La estructura oracional pertenece
al conjunto de las “lenguas indoeuropeas”, o sea, aquellas lenguas de cuya
investigación gramatical surgió el análisis proposicional moderno. Sin embargo,
para Aristóteles, como para cualquier griego antiguo anterior o contemporáneo a
él, decir “A es B” no es enunciar una proposición sobre la realidad, no se trata de
una proposición que podrá ser verdadera o falsa. Decir “A es B” suponía, en la
Antigüedad, ni más ni menos, hacer acontecer el ser mismo de “A” como “B”, o sea
que “decir” algo hacía comparecer a la cosa misma. Aquí hay ya una diferencia
insalvable con respecto a lo que nosotros podamos llamar “lógica”, “enunciación”,
“discurso”, etc., porque, antes de forjar estas categorías, el “A es B” era la
manifestación de la cosa misma, esto es, la diferencia irreductible del “A” que se
manifiesta como (siendo) “B”. Ciertamente, Aristóteles, en su análisis del “decir”,
llega a tematizar esta articulación dual, poniendo en cuestión esta estructura: decir
“A es B” es hacer aparecer algo (A) como algo (B), o, lo que es lo mismo, decir algo
(B) acerca de algo (A). No hay nada así como una proposición falsa o una
proposición verdadera, porque en griego antiguo el “decir” era hacer comparecer
al ser de las cosas: el propio ser de cada cosa, el que esto sea esto y aquello sea
aquello, tenía lugar en el decir y a su vez el decir se entendía como la
comparecencia irreductible de la cosa misma.

Lo primero que se nos ocurre a nosotros, modernos, es que todo esto es una
tontería, porque es obvio que se puede mentir o errar y, de esa manera, es obvio
que, por un lado, está lo que se dice y, por otro lado, está la realidad. Pero, en la
Grecia Antigua, esto no era así: cuando se decía una mentira, lo que acontecía era el
engaño mismo, y éste consistía en el no-ser de lo dicho, con todas las
consecuencias que pudiese acarrear. Allí, una mentira era un decir que sustituía a
otro decir, es decir, un ser que sustituye a otro ser, una cosa que se contrapone a
otra. En el desarrollo de esta contraposición entre las cosas que son y las que no,
en esa confrontación en que cada cosa es lo que es y no es lo que no es, en esa
efervescencia de seres, en ese habérselas con las cosas, emerge el cuestionamiento

3
de la posibilidad de la diferenciación. No una u otra articulación entre cosas, sino la
articulación misma, pasa a ser la cuestión tematizada. Esa articulación, en
lingüística moderna, se llama “verbo cópula”, que en castellano es el “es” del “A es
B”, la mediación que hace posible el decir algo sobre algo, lo que más tarde se
llamará “predicación”. A través de la tematización de esa diferenciación que hace
posible que una cosa sea lo que es y no sea lo que no es, Aristóteles tematiza una
estructura dual, una diferencia, a través del cuestionamiento del ser que luego en
lingüística se llamará “cópula”, pero que para Aristóteles se manifiesta a través de
una diferencia irreductible de “modos de ser” que constituirán un sistema
categorial, una serie de reglas de inferencia, etcétera. A partir de Aristóteles, por lo
tanto, emerge la lógica como producto del cuestionamiento del ser de las cosas,
esto es, de la pregunta por el en qué consiste que A sea A y B sea B, es decir, el
cuestionamiento de si aquello por lo cual A es A puede ser lo mismo que aquello por
lo cual B es B. A raíz de esta problemática, de este cuestionamiento, de esta
tematización de aquello que, de alguna manera, ya operaba antes de que se
problematizase, surge la posibilidad de contradecirse y, con ella, la necesidad de
una lógica.

La lógica surgió, por lo tanto, junto con la posibilidad de contradicción. ¿Acaso no


había contradicción antes de su tematización explícita? Desde nuestra perspectiva
moderna, da lo mismo que la hubiese o no; nosotros no podríamos dejar de verla.
Lo que importa es que antes de la lógica aristotélica no había sido cuestionada, no
había recibido un tratamiento propio, no había sido planteada como tal. Cómo y en
qué medida había antes contradicciones, paradojas, aporías, etc, tanto en la
Antigua Grecia como en otras partes del mundo, es un tema polémico que daría
mucho de sí1. Para lo que aquí nos interesa, consideraremos, no sin razón, que fue
Aristóteles el primero en definir la contradicción en sí misma: decir “A es B” y “A es
no-B” al mismo tiempo y en el mismo sentido. Por lo tanto, el principio de no
contradicción consiste en que una cosa no puede ser ella misma y, a la vez y en el
mismo sentido, lo contrario de ella misma2. En notación formal sería:

(Negación de la conjunción de A y no-A).

Sin embargo, para Aristóteles no era una fórmula simbólica que delimita una forma
de construcción enunciativa, sino es un modo de delimitación del ser mismo de las
cosas: la demarcación entre el buen decir y el mal decir, lo que más tarde se pasaría
a llamar verdad y falsedad. Para el decir griego, el principio de no contradicción es
el reverso del hecho de que, allí, ser es límite, delimitación de lo que es y lo que no,
aquello por lo cual “esto es esto” de la misma manera que “aquello es aquello”. En
la estructura gramatical de la Grecia Antigua, “ser” siempre era “ser A”, “ser B”, ser
esto o aquello, mientras que para nosotros, en tanto que partícipes de la estructura

1 Para el papel que desempeñaron, en el establecimiento del principio de no


contradicción, los megáricos, los eléatas, y, sobre todo, los sofistas (entre otros
“maestros
2 Aristóteles
dellodecir”
definedeenlaelépoca),
libro IVvéase
de laelMetafísica
libro de [Link]
Aristóteles
Aristóteles
(ed. Gredos,
y el
problema2000,
Madrid, del ser,
página
así como
161) el
delibro
la siguiente
F. M. Marzoa
manera:El decir griego.
“(…) un principio tal es el más firme de todos.
Digamos a continuación cuál es este principio: es imposible que lo mismo se dé y no
se dé en lo mismo a la vez y en el mismo sentido (…)”.

4
lingüística moderna, ser es mera cópula, en sí misma indeterminada. Luego
veremos cómo la lógica simbólica opera sobre esta indeterminación.

2. Lingüística, formalismo y psicoanálisis

Desde entonces, la lógica mutó a lo largo de los siglos, extendiendo sus reglas y
principios, mezclándose con una amplia gama de saberes y prácticas a través de
una multiplicidad de interpretaciones, traducciones y sistematizaciones. Sin
embargo, el principio de no contradicción quedó intacto, sin sufrir ningún cambio
relevante en su formulación. En todo lo demás, la lógica fue cuidadosamente
analizada y articulada con los textos sagrados, volviéndose inseparable de la
teología, al igual que en Aristóteles era inseparable de la ontología. Hubo que
esperar al racionalismo del siglo XVII para que la lógica ganase un estatuto y
relevancia propios, constituyéndose, junto con la matemática, como el ámbito de lo
racional mismo. Finalmente, a través de diversas mutaciones, arribó a la lógica
formal del siglo XX, formalizándose en diversos lenguajes estrictamente
simbólicos, escritos con notaciones novedosas y múltiples. La notación lógica,
lenguaje formalizado, contribuyó al cuestionamiento del mismísimo principio de
no-contradicción. Pero no adelantemos acontecimientos.

El formalismo inherente a la lógica contemporánea no es exclusivo de la misma; la


misma tendencia a la formalización se observa en las matemáticas, la economía, la
filosofía, la antropología, y, en general, en gran parte de la urdimbre de saberes
específicamente modernos. Con el objetivo de esclarecer los desarrollos lógicos
que fueron tomando forma a lo largo del siglo pasado, es conveniente dedicarle
unas líneas a la lingüística, una de esas nuevas disciplinas formales que surgieron
en el siglo XX y han alcanzado hasta la fecha un alto nivel de formalismo y
rigurosidad. A partir de los desarrollos de F. Saussure y de las posteriores críticas y
reformulaciones de sus teorías, se llegará a un análisis de la lengua como tal, y que
tendrá lugar gracias a la distinción, en el lenguaje, entre lengua y habla, con la
correspondiente distinción, en el signo, entre significante y significado. Lo original
de la lingüística es que analiza la lengua como una estructura, ubicándose así en
esa tendencia hacia la abstracción formalista propia de la modernidad. De hecho, la
noción de estructura con la que opera la lingüística puede ser definida a través de
la teoría matemática de conjuntos, como veremos a continuación.

La lingüística analiza estructuras en tanto que correspondencias biunívocas entre


dos conjuntos de objetos3. Los dos conjuntos equivalen a definiciones bivalentes de
objetos, esto es, como reglas que permiten definir, para cada caso, qué objetos
pertenecen al conjunto y qué objetos no. Esta definición bien puede ser arbitraria,
ya que la lingüística no presupone una definición necesaria que no pueda ser
cambiada por otra; eso sí, la definición ha de cumplir con la condición mínima de
que, frente a un objeto dado, pueda determinar si se incluye o se excluye del
conjunto en cuestión.

3Esta definición de “estructura”, que después desarrollaremos, la hemos tomado


del trabajo sobre lingüística del doctor F. M. Marzoa, en concreto de sus libros
Lengua y tiempo y Lingüística fenomenológica.

5
Por su parte, la estructura es una articulación necesaria que consiste en lo
siguiente: la constatación de que una relación entre dos elementos cualesquiera de
un conjunto (por ejemplo, la suma entre los elementos a1 y a2 del conjunto A)
comporta a su vez la misma relación en el otro conjunto (siguiendo el ejemplo, la
suma entre los elementos b1 y b2 del conjunto B). La investigación lingüística se
ocupa de las definiciones de los conjuntos hablas y lenguas y de sus
correspondientes significados y significantes, pero sólo en la medida en que hagan
posible las correspondencias biunívocas entre los significantes y los significados.
Las estructuras que estudia la lingüística están conformadas por estas
correspondencias biunívocas entre relaciones a su vez biunívocas.

La lingüística estructural no se dedica a estudiar una genealogía evolutiva de las


lenguas: ya el establecimiento de una “familia de lenguas” a lo largo de la historia
presupone la diferenciación estructural entre una lengua y otra, y esta
diferenciación es la que define la lingüística en términos de estructuras
significantes. Sólo después de esta diferenciación puede establecerse de qué
manera dos estructuras pueden subsumirse bajo un mismo sistema de
correspondencias biunívocas a lo largo de la historia. Así, no tiene por qué resultar
raro que la investigación lingüística llegue a conclusiones tales como que, por
ejemplo, el castellano que hablamos sea una lengua distinta del castellano que
hablaba Cervantes, porque puede que la lingüística establezca una diferenciación
estructural entre ambas lenguas, sin la cual un análisis evolutivo-genético quizá
estableciese una continuidad y unidad entre ambas.

El problema de la unidad y la multiplicidad es intrínseco a la lingüística misma:


para comparar las lenguas entre sí, hay que presuponer una estructura común a
ellas, una especie de cláusula de intertraducibilidad, lo cual a su vez implica
presuponer algo así como la posibilidad de una estructura común a todas, una
misma lengua, lo cual es una contradicción, pues ya hemos visto que una estructura
se define por correspondencias biunívocas entre, por lo menos, dos conjuntos
diferentes, con lo cual la exigencia de unidad se rompe con la condición dual de
partida. A su vez, la diferenciación entre los dos conjuntos presupone la posibilidad
de una correspondencia biunívoca entre sus relaciones correspondientes, o sea,
una suerte de unidad que los subsuma bajo una estructura. Este problema está
relacionado con la mencionada problematización de la relación de la estructura del
decir griego con la estructura proposicional moderna, la nuestra, donde
encontrábamos la forma común de toda enunciación, que es precisamente el
modelo oracional: “A es B”, sujeto-cópula-predicado. Esta estructura común no
elimina las diferencias textuales entre el decir griego y nuestra estructura
enunciativa, y sin embargo las subsume bajo un mismo modelo, el aludido modelo
oracional. El que dos estructuras sean distintas y, sin embargo, la misma, sólo se
resuelve diciendo que esa gramática ya operaba antes de que se tematizase. En
estas condiciones, el análisis puede verse forzado a asumir la noción de un
lenguaje inconsciente, cuyos efectos tienen lugar precisamente en la medida en que
su gramática permanece obviada, no tematizada como tal. Como dijo Lacan: “el
programa que se traza para nosotros es entonces saber cómo un lenguaje formal
determina al sujeto.”4 En esto coinciden la noción de sujeto del psicoanálisis y el de

4 Lacan, Escritos, Siglo XXI ed., Madrid, p. 52

6
la lingüística: en ambas, el sujeto no es más (ni menos) que el entrecruzamiento de
un conjunto de relaciones estructuradas y reestructurables.

3. Significado y significante

Retomando la teoría de conjuntos, una estructura lingüística se entiende como un


sistema de relaciones biunívocamente determinadas entre relaciones a su vez
biunívocamente determinadas. Eso quiere decir que lo que pasa en uno de los
conjuntos de objetos, ocurre también en el otro, pues una relación dual entre
determinados elementos de un conjunto implican la relación correspondiente en el
otro conjunto. En uno de los conjuntos, tenemos los significantes; en el otro, los
significados. La lingüística presupone, pues, que una relación biunívoca entre
significantes sólo es constatable en tanto que tiene efectos relacionables término a
término con otra relación dual biunívoca en el plano de los significados5. Por un
lado, el conjunto de los significados puede comprender cualquier definición de la
“realidad” en el sentido más laxo del término (cosas físicas, mentales, abstractas,
relacionales, materiales…), definición que el lingüista presupone como algo dado y
arbitrario. Por otra parte, tendríamos el conjunto de los significantes, cuya
definición se establece en función de los recortes necesarios para distinguir los
elementos del conjunto de significados. La “realidad” sería un conjunto entendido
como continuum (un uno-todo ilimitado que discurre indefinidamente, un puro
“uno y otro y otro…”), mientras que los significantes serían los cortes necesarios
para distinguir un significado de otro, sin ser ellos mismos significado alguno, más
allá de esta función de corte. El isomorfismo entre ambos conjuntos es esencial
para la labor del lingüista, ya que, por ejemplo, dos morfemas se consideren
significantes no depende de cómo estén definidos en el continuum de significados
posibles, sino porque la sustitución de un morfema por otro implica un cambio
correspondiente en el conjunto de la “realidad”. Repetimos: todo lo definido por
“realidad”, en su sentido más laxo (cosas, ya sean materiales, físicas, mentales,
imaginarias…) forma parte del significado; definición de la cual no se ocupa el
lingüista sino en la medida en que posibilite la correspondencia biunívoca entre
sus significados y determinados cortes significantes. Los significantes son, para el
lingüista, aquellos elementos cuya articulación produce una delimitación entre los
significados de la “realidad”. Por ello, un morfema determinado no se define por tal
o cual sonido o grafía, sino por su capacidad de articularse con otros morfemas de
manera tal que un cambio en dicha articulación implique un cambio covariante en
las relaciones correspondientes de determinados significados del conjunto
“realidad”. Así, los dos conjuntos de cuya relación se encarga el análisis lingüístico
son, por un lado, la “realidad” en el sentido laxo ya aludido, y, por otro, los
significantes, que son marcas vacías cuya única “realidad” consiste en articularse
de manera tal que generen un efecto isomorfo (una relación biunívoca) en el

5 El concepto de isomorfismo, es, para la lingüística, lo mismo que el concepto de


homeomorfismo para la topología: “un HOMEOMORFISMO entre dos figuras es una
correspondencia tal que a todo punto de una de las dos figuras corresponde un punto
y sólo uno de la otra (…) dos conjuntos de puntos homeomorfos cualesquiera
tienen las mismas propiedades topológicas, y a estas propiedades se las llama
invariantes.” (M. Tomei, Topología elemental, Buenos Aires, Gráficas y servicios,
1993, p. 18).

7
conjunto de la realidad. La estructura lingüística no es otra cosa que el propio
isomorfismo que hemos descrito, o sea, la correspondencia misma.

La lingüística asume, pues, tres registros de análisis: (1) la “realidad”, en el sentido


laxo mencionado; (2) las cadenas significantes, o sea, relaciones entre marcas
vacías cuya articulación se corresponde biunívocamente con el conjunto de
significados; y (3) la correspondencia misma, la estructura, el isomorfismo.
Subrayaremos algunas propiedades ya esbozadas:
• El conjunto “significados” o “realidad” es un presupuesto previo y arbitrario
que el lingüista toma como recurso externo a su labor, tomándolo en tanto
que campo de elementos en relación isomorfa con las cadenas significantes.
Por lo tanto, la definición del conjunto de significados ha de ser un
algoritmo capaz de discriminar entre lo que forma parte del conjunto y lo
que no.
• Los significantes, por su parte, son marcas vacías que no forman parte del
conjunto de significados, puesto que no tienen, en sí mismos, significado
alguno. Su única significación (y, por tanto, “realidad”) consiste, para el
lingüista, en su correspondencia isomorfa con determinadas articulaciones
de significados posibles.
• La estructura es el propio isomorfismo, la correspondencia misma, que
implica que los dos lados no sean sino dos caras de la misma red relacional.
Esta red de relaciones isomorfas se puede se puede escribir, como tal, a
través de la lógica simbólica, entendiendo ésta como un lenguaje formal que
opera con las imbricaciones de las marcas vacías (significantes) y sus
posibles interpretaciones semánticas (significados) generando un
determinado sistema de correspondencias. El lingüista opera, por tanto,
con relaciones significantes y su entrecruzamiento con el plano de la
realidad, construyendo así, en un lenguaje formal, el sistema lógico
correspondiente a la lengua en cuestión.

Damos por demostrado, pues, el papel esencial que desempeña la lógica formal en
el análisis de estructuras lingüísticas.

4. Obviando la realidad: los significantes se estructuran a sí mismos

El sistema triádico “significado-significante-estructura” no es omniabarcante, sino


que vale para el análisis lingüístico tal y como lo hemos esquematizado. Este
sistema de correspondencias nos pone en situación para entender el proceder
propiamente lógico como tal. Para empezar, cabe resaltar la tendencia a la
formalización en las matemáticas y lógicas de finales del siglo XIX y principios del
XX, tomando como intervalo de referencia (ciertamente, no el único posible) el
definido por las obras de G. Frege (1879, 1884…) y D. Hilbert (1889, 1900…). En
estas disciplinas, el análisis estructural se mueve primordialmente en el plano
significante: la estructura no se dará como correspondencias significantes-
significado, sino que se construirá como relaciones entre marcas vacías, “signos
vacíos de significación, inhaltsleer”6. Esta tendencia hacia la formalización de los
sistemas lógico-matemáticos hizo posible el surgimiento de la lingüística

6 J. Mosterín, Teorías y conceptos en la ciencia, Alianza, Madrid, 2003, p. 188

8
estructural, en la medida en que ésta llevó a cabo la aplicación de dichos modelos
formales al estudio de la lengua, a través de la abstracción del significado de tales
hablas (en el sentido descrito en el capítulo anterior). Si la lingüística pudo obviar
la definición de posibles significados del habla7 fue gracias a que la lógica y la
matemática ya se habían despojado de la necesidad de presuponer contenidos
previos a la hora de construir sus sistemas. Los posibles significados del
denominado “lenguaje natural” son abstraídos en el proceso de construcción de un
lenguaje formal. La escuela formalista, representada por D. Hilbert, entendió que el
lenguaje formal, por definición, no tiene por qué dar cuenta de una realidad
externa y arbitraria, sino que su especificidad se funda en la posibilidad de
construir su propio discurso, a través de la abstracción de todo contenido
semántico y la articulación de las cadenas significantes consigo mismas.

El salto a la modernidad supone, pues, un quiebre en el modelo de la adecuación


del saber al ser propio de las cosas. En el medievo aristotélico, subiectum (sujeto)
no era lo cogitans (lo pensante), sino la cosa misma: lo que subyacía y sostenía la
predicación lógica no era el predicador, sino el propio predicado, que Dios hacía
corresponder con las propias cosas. Advino la pérdida del significante central que
subyacía a todas las determinaciones, repartiendo las atribuciones en su justa y
divina medida, haciendo que cada cosa apareciese como lo que es. A la postre, esta
pérdida supuso la imposibilidad del lenguaje de dar cuenta de sí mismo. La
lingüística supuso el establecimiento de un análisis de la lengua que hace
abstracción de la “realidad”, preponderando la forma gramatical en la dilucidación
de las estructuras lingüísticas como tales. El subiectum ya no es la propia cosa, sino
la pensabilidad, el carácter de indudabilidad de lo racional mismo. La fórmula
“pienso, luego existo” es la expresión definitoria de la ruptura moderna con
respecto a cualquier vinculación previa a la propia reflexión. Lo verdadero ya no
será lo que las cosas nos revelen de sí mismas, sino lo que de ellas haya de
pensable e indubitable. El pensamiento viene antes que la existencia (pienso, luego
existo), y tiene sus propias exigencias para con la realidad: la cosa ha de poder
responder a la certeza de que aquello que es no puede ser de otra manera. Lo
primero en el “ser” será lo que de la cosa sea pensable como indudable, necesario,
universal y lógicamente consecuente. Sólo de esta manera se podrá hablar de ser
verdadero: algo es verdadero en la medida en que es impensable de otra manera. En
términos lógicos: si a veces “A es B” y otras veces “A no es B”, significa que A no es
B en absoluto, y sólo cuando sea impensable que “A” no sea “B”, lo será
verdaderamente. Aquí palpita, con sangre nueva, el principio de no contradicción,
cuya validez ya no reposa en el ser mismo de la cosa, sino en el carácter de
indudabilidad con el que se impone al pensamiento. Así, las matemáticas y la lógica
constituirán el paradigma de lo cierto por excelencia, desplazando la sabiduría
teológica a la periferia del conjunto del saber. La lógica será cribada de todo
contenido previo no indudable, y construirán sus proposiciones desde unos
principios propios, los cuales, como veremos, no permanecerán incuestionados. La
tradición deja de valer como justificación de la construcción de enunciados.

7Matizamos, aún a riesgo de ser cansinos: se obvia el conjunto de los significados


de la “realidad” en la medida en que ésta pueda ser definido por un algoritmo que,
por arbitrario que sea, permita, frente a un elemento dado, excluirlo o incluirlo en
el conjunto de significados posibles.

9
Uno de los momentos fundamentales del quiebre definitivo de la obviedad de los
presupuestos onto-teológicos previos fue el hundimiento del argumento
ontológico8, uno de los puentes facilitadores del tránsito desde la lógica pseudo-
aristotélica a la lógica moderna. Este hundimiento demuestra que la existencia de
Dios es una tautología que se funda en premisas de las que se puede afirmar tanto
una cosa como la contraria. La demostración de la invalidez del argumento
ontológico hizo que los significantes perdieran el sostén de un significado obvio y
organizado en torno a un significante creador (Dios). La red significante heredada
de la tradición se dio a la búsqueda de su propia legitimación, dispersándose en
una multiplicidad de articulaciones sin un único centro de justificación. Aquello
que, hasta entonces, se había mantenido, de manera general, incuestionado y
obvio, esto es, la propia existencia de Dios, dejó un hueco donde antes había sostén
discursivo: ¿dónde encontrar, ahora, aquello por lo cual “A es A” lo mismo que “B es
B”? Fue esta mismidad, cuya obviedad reposaba en el regazo de un Ser supremo, lo
que quedó irresolublemente perdido en su cuestionamiento moderno.

Segunda parte

1. Lógica clásica y falsacionismo

La lógica moderna arranca en una situación en la que es perfectamente consciente


de que su especificidad se trata de no tratar de nada determinado: aquello que la
determina es su no determinación. Esto es, que, de manera análoga a la
matemática, su propósito consiste en construir la validez misma sin contar con
ningún contenido presupuesto como válido. Ahora bien, hay un contenido válido
que, a lo largo de la historia de la lógica, sobrevivió al cuestionamiento racional de
la modernidad: el principio de no contradicción. Éste es, pues, el único contenido
que va a determinar, en condiciones propiamente modernas, qué es valido y qué
no lo es, ya que esta discriminación constituye la esencia misma de dicho principio.
Por lo tanto, el único conocimiento con el que la lógica moderna cuenta para
discernir entre lo válido y lo no válido es la propia posibilidad de dicho
discernimiento, tal y como queda recogido en el principio de no contradicción: A no
puede ser no-A. Este principio será el único presupuesto previo para el
conocimiento lógico moderno: la posibilidad de distinguir lo que puede ser de una
manera u otra (lo contingente), y aquello que no puede ser de otra manera (lo
necesario).

El principio de no-contradicción establece que dos proposiciones contradictorias


no pueden ser ni verdaderas ni falsas a la vez. Tomemos por caso las dos
proposiciones contradictorias por excelencia: “A es B” y “algún A no es B”. “A es B”

8 El hundimiento del argumento ontológico implica que éste deja de ser,


propiamente, “argumento”, por lo que deja de ser, asimismo, “ontológico”, en tanto
que se aleja del cuestionamiento del ser de las cosas, afirmándolo
tautológicamente. Por ese motivo, en otra parte lo llamamos “pseudo-argumento
tauto-ontológico” (véase nuestro escrito “Ontología lacaniana”, en especial, pp. 10-
13, disponible en [Link]

10
se denomina enunciado universal, porque establece que, para todo caso en el que
se dé A, también se da B. La proposición contradictoria, “algún A no es B”, se llama
enunciado particular de inexistencia, y su afirmación implica la negación de la
proposición universal (y viceversa). Con esta oposición, que excluye una tercera
posibilidad, K. Popper construyó una de las epistemologías más potentes del siglo
XX, cuyas consecuencias teóricas aún siguen generando fecundas discusiones.

La epistemología popperiana se llama falsacionismo, y parte del hecho de que toda


enunciación, por particular que sea, es universal. Tomemos por ejemplo la modesta
proposición “algún A es B”; para sostenerla, se presupone que “A” y “B” denotan
algo, y este “algo” sólo puede ser enunciado en términos universales: la
proposición “algún A es B” presupone las premisas “algo es A” y “algo es B”, y estas
premisas son enunciados universales. Por lo tanto, incluso la enunciación más
parcial, particular y restringida a un caso determinado, tiene la forma de la
universalidad.

La universalidad implica la posibilidad de aplicar un significante a n casos posibles:


todo concepto es universal porque es susceptible de aplicarse a una cantidad
indefinida de casos posibles. Es importante dejar claro que a la lógica no le interesa
quién aplica el concepto ni a qué se está aplicando, sino la forma de la aplicación;
los términos implicados son considerados, en lógica, meras marcas vaciadas de
contenido “significado”. La propiedad del significante, como presupuesto
epistemológico del falsacionismo, es su articulación con otro significante,
articulación que no se agota en un número concreto de casos, sino que es
susceptible de llevarse a cabo en una cantidad indefinida de casos posibles. Como
dijo Hilbert, “cada teoría puede ser aplicada a una infinidad de sistemas de
elementos básicos”9. Este supuesto epistemológico conlleva otro, a saber: el algo al
que se aplica el significante, que a su vez es otro significante, constituye un
continuum, en el cual el significante recorta un intervalo, determinando así un caso
de la infinidad ilimitada de casos posibles. Esta noción de continuum no es sino el
reverso del problema que ya vimos a propósito de la tendencia moderna hacia la
formalización: si cada significante ya no tiene un significado garantizado, debido a
la pérdida de la capacidad organizadora y unificadora de un significante central
(Dios), lo único que “hay” es un uno-ilimitado en el que es indiferente que se corte
aquí o allá. Al mismo tiempo, dicha tendencia moderna también traía consigo la
posibilidad de delimitar. Frente al hecho de que no hay, en principio, razones para
recortar un determinado intervalo por encima de otro, nos enfrentamos a la
exigencia de que, si ha de haber validez (conocimiento, ciencia, necesidad,
universalidad...) ha de poderse justificar algún corte en detrimento de otro. Esta
exigencia es esencial a la noción misma de continuum: la posibilidad de un corte
válido. En todo caso, el principio de no contradicción será, en el terreno formal,
nuestra único guía.

Según lo anterior, tenemos un enfrentamiento entre (1) la imposibilidad de


predicar lo mismo y lo contrario de un mismo significante y (2) la universalidad
inherente a todo significante, esto es, a la posibilidad una infinidad posible de
cortes a lo largo de un continuum ilimitado. Por ejemplo, el significante “A” puede

9 G. Frege, Wissenschaftlicher Briefiuechsd, Hamburgo, 1976, p. 67

11
aplicarse a una infinidad de casos posibles (articularse como “esto es A” durante n
veces). Esto, ciertamente, comporta una regresión al infinito, cuyas consecuencias
fueron seguidas por Popper en la formulación de su falsacionismo (1934)10. Esta
regresión ad infinitum es la siguiente: si toda forma de enunciación, incluso la más
particular, tiene la forma de universalidad, no puede haber ni principio ni fin en la
deducción de consecuencias lógicas, ya que toda enunciación, por mucho que
quiera dar cuenta de una “existencia singular” (dejando completamente al margen
lo que esto quiera decir, pues no es el tema de estudio de la lógica), puede ser
predicada de n de casos posibles. Esta circularidad es inherente a la propia noción
de continuum: si un continuum es, por definición, un uno ilimitado, una sucesión
ilimitada de uno y otro y otro y otro, la delimitación de algo en ese continuum no es
otra cosa que la aplicación de un significante, cuyo corte establece un intervalo en
el continuum. Ahora bien, si en lógica moderna no se presuponen contenidos
previos sino que se opera con puras articulaciones significantes, ¿cómo privilegiar,
entonces, un enunciado “A es B” frente a su contradictorio, “algún A no es B”?

La respuesta de Popper es que no hay manera de determinar, por adelantado, qué


es A y qué es B; esto se delimita siempre en conexión con un corpus teórico previo,
la denominada comunidad científica, cuya red categorial hay que tener en cuenta a
la hora de predicar esto como esto y aquello como aquello. Toda proposición, por
lo tanto, parte de un contenido teórico previo: todo significante remite a un
significante previo, sin lo cual no hay posibilidad de establecer corte alguno en el
continuum mencionado. Por lo tanto, la propia reflexión epistemológica sobre la
lógica clásica implica una incompletud constitutiva 11 , derivada de aquella
indeterminación constitutiva de la modernidad que distingue la lógica formal de la
lógica aristotélico-escolástica. Sobre esta indeterminación, ya vimos que la
posibilidad de establecer la distinción entre lo válido y lo no-válido es su vez la
posibilidad de delimitar aquello que no puede ser de otra manera. La necesidad de
esta condición es exigida por el principio de no contradicción: “A es B” sólo si su
contradictoria “algún A no es B” es falsa. A su vez, la falsedad de “algún A no es B”,
sólo es constatable porque, dado un corpus de conocimiento previo, esto es, dado
un sistema de proposiciones que no entran en contradicción entre sí, es posible
establecer las condiciones bajo las cuales se pueda comprobar si, efectivamente,
hay algún A que no sea B. Si el corpus de conocimientos previos permite
comprobar la falsedad del enunciado particular de inexistencia (negación de
“algún A no es B”), la proposición “A es B” habrá sido verificada y podrá ser
enunciada en calidad de enunciado universal. Pero esta “universalidad” sólo quiere
decir “aplicable a una cantidad n de casos posibles, hasta que se demuestre lo

10 Para un desarrollo más exhaustivo y preciso del falsacionismo de Popper, tal y


como él lo formuló en su libro de 1934, La lógica de la investigación científica,
véase el artículo La actualidad del falsacionismo de Popper, disponible en
[Link]
11 Recuérdese que K. Gödel, unos pocos años antes, ya había demostrado que en

todo sistema lógico axiomático, como el que estamos tratando ahora, tiene
proposiciones indecidibles, esto es, proposiciones frente a las cuales no es posible
afirmar si son verdaderas o falsas.

12
contrario”12 Según esta reflexión epistemológica sobre la lógica clásica, podemos
concluir lo siguiente:

a) La universalidad del conocimiento no significa que el conocimiento no


cambie; la universalidad de las proposiciones que constituyen el corpus del
conocimiento científico quiere decir es que, mientras no se demuestre lo
contrario, las proposiciones son universales, esto es, tienen la forma “A es
B” y se aplican a todos los casos posibles en los que se enuncie “A”, sin
agotarse en caso particular alguno. Por ende, siempre que enunciemos “esto
es A”, necesaria e inevitablemente, habrá de enunciarse “esto es B”, a menos
que se encuentre uno con un caso en el que sea posible enunciar “esto es A
y, sin embargo, no es B”.
b) La circularidad del razonamiento anterior es inherente al conocimiento
científico mismo: para verificar “A es B”, debo entender que lo que la
universalidad de esta proposición enuncia que “no hay ningún A que no sea
B” y, por lo tanto, lo que he de buscar son las condiciones enunciativas que
permitan enunciar que “algún A no es B”. En otras palabras: para
comprobar la validez de una teoría, hay que establecer las condiciones en
las cuales sea posible falsar la teoría, a través de la verificación de algún
enunciado particular de inexistencia. Dichas condiciones enunciativas son el
experimento, que presupone la siguiente legalidad silogística: “esto es A y
también es B, por lo que, según la premisa teórica de partida, se concluye
que A es B”.
c) El experimento no asegura que siempre se vaya a obtener el mismo
resultado: asegura que, bajo las mismas condiciones enunciativas, se
obtendrá siempre el mismo resultado. Dichas condiciones enunciativas,
especificadas para el experimento de cada teoría susceptible de corroborar,
son del tipo “cuando un aparato registrador determinado registra un
variable x en relación a y en la proporción z, se acepta A ha acontecido”. Si
“A” acontece y, sin embargo, “B” no acontece, la teoría “A es B” es falsada, así
como las proposiciones que se sostenían en ella.

Tenemos, pues, dos movimientos contrarios cuya articulación epistemológica dan


lugar al falsacionismo de Popper: por una parte, la regresión al infinito, inherente
al carácter universal de toda proposición, y que implica que no hay particularidad
que no implique universalidad; por otra parte, debido a la exigencia de validez
epistemológica, se entiende que todo conocimiento es conocimiento de algo, siendo
este “algo” lo que acontece en un experimento según unas condiciones
predeterminadas. Aquí la intuición es una posición teórica que hace aparecer como
obvias las proposiciones que se aceptan como base de la contrastación empírica de
una teoría determinada. Así, las condiciones experimentales, o las proposiciones
aceptadas como suelo experimental de falsabilidad de una teoría, reposan sobre
una garantía relativa, en la medida en que siempre hay la posibilidad de que dichas
condiciones puedan ser reproducidas por cualquiera, en cualquier momento. La
intuición descansa en la aceptabilidad de las proposiciones básicas que se ponen a

12La universalidad típica de todo enunciado es, en lógica clásica, equiparable al


infinito potencial de la serie de números naturales en matemáticas.

13
prueba en la experimentación, y su evidencia depende, por lo tanto, del consenso
científico.

2. Lógica no clásica y paraconsistencia: hacia nuevas formas de entender la


contradicción

La lógica paraconsistente aparecerá casi a la vez que el falsacionismo de Popper, el


cual puede considerarse la culminación epistemológica de la lógica clásica. Para
Popper, la lógica que subyacía a la investigación epistemológica era clásica: frente
a la hipótesis “A es B”, se infieren una serie de enunciados falsables que puedan
funcionar como condiciones experimentales, es decir, como aquellas condiciones
necesarias para que se den “A”, “B” y su articulación mutua. Si los enunciados
falsables de una teoría no son falsados, la teoría en cuestión habrá sido verificada y
su verdad habrá superado la prueba de su supervivencia. La lógica no clásica
discrepará con este procedimiento.

La lógica paraconsistente se fundará en un tipo de negación que invalidará el


principio de no contradicción, así como su derivado más característico, el principio
del tercio excluso. Tanto el principio de no contradicción como el del tercio excluso
se fundan en el siguiente supuesto: entre A y no-A, no cabe una tercera opción: uno
ha de ser verdadero y el otro falso, excluyéndose una tercera alternativa. A su vez,
de esta manera de entender la contradicción se deriva otro principio, el de la doble
negación, según la cual la negación de la negación (la doble negación) de A es igual
a A: si la negación de A es falsa, entonces la negación de la negación de A será
verdadera, ergo, A será verdadera. Tanto el principio del tercio excluso como el de
la doble negación se derivan del principio de no contradicción, y hacen posible la
demostración ad absurdum, consistente en el siguiente procedimiento: si quiero
demostrar “A es B”, trataré de comprobar si es cierto que “algún A no es B”. Si se
consigue demostrar la falsedad de ésta última, entonces “A es B” es verdadera. Este
procedimiento es el núcleo lógico del propio falsacionismo y será justamente lo
que la lógica paraconsistente se encargará de problematizar.

La lógica paraconsistente pertenece al ámbito de las lógicas no clásicas. Cuando


nos referimos a lógicas no clásicas, simplemente nos referimos a un tipo de sistema
lógico que no se rige por el principio de no contradicción. Esta clasificación es
manifiestamente negativa: no nos dice nada sobre las lógicas no clásicas en sí
mismas, más allá de su diferencia esencial con respecto a la lógica clásica. Esta
negatividad de la definición es, sin embargo, la mejor que hay, ya que por el
momento no hay un acuerdo unánime sobre las formas de clasificar las diferentes
lógicas. La propia palabra “lógica” se refiere a un conjunto heterogéneo de
sistemas, cuya unidad es más que problemática.

La lógica paraconsistente se caracteriza por una forma de negación más débil que
la negación clásica. Esta negación débil se llama negación determinada, y establece
que tanto una proposición como su negación determinada pueden ser verdaderas
y falsas a la vez. La negación determinada, pues, no implica tomar partido por una
de las dos proposiciones contradictorias, abriéndose una cantidad n de alternativas
posibles. En las lógicas multivalentes, que constituyen uno de los precedentes de la
lógica paraconsistente, pueden operar más de 2 valores de verdad, tal que los

14
valores “verdad” y “falsedad” ya no tengan sentido más allá de las valuaciones
determinadas por el sistema. A continuación se muestra un ejemplo de una tabla
de verdad de lógica multivalente, donde las posibilidades de los valores de la
conjunción de A y B se expresan en forma de matriz:

Esto implica también la invalidación del tercero excluso: si A es falso, su negación


de A no tiene por qué ser verdadera: hay un número n de alternativas posibles. Así,
tampoco la doble negación es válida: si la proposición “algún A no es B” es falsa, la
negación de la misma, que sería “A es B”, no tiene por qué ser verdadera, pudiendo
ambas ser falsas a la vez. Esto, por supuesto, implica que la lógica clásica y, por
extensión, el propio falsacionismo, resultan insuficientes para dar cuenta de las
todas las formas de valuación posibles. El principio de no contradicción, tenido
como el pilar básico de toda verdad hasta hace menos de un siglo, se muestra
insuficiente a la hora de valuar ciertos conjuntos de proposiciones.

Por supuesto, el falsacionismo no se da por aludido, ya que nunca pretendió dar


cuenta de la verdad de toda proposición. Su pretensión era menos ambiciosa y, por
ello, más exigente: poder distinguir entre las teorías científicas y las teorías no
científicas, estableciendo las condiciones que debe cumplir el conocimiento
científico. Aquí el calificativo “científico”, aplicado a una teoría, es la no
contradicción (en sentido clásico) de las proposiciones de las que consta la teoría
en cuestión, así como la posibilidad de falsar sus proposiciones básicas a través de
unas instrucciones experimentales. Tanto la no-contradicción como su correlato, la
falsabilidad, constituyen la esencia de la ciencia como tal. Para el falsacionismo,
una teoría no es científica si (a) no es falsable o (b) ha sido falsada. Por lo tanto, es
importante entender que la lógica paraconsistente y, en general, la lógica no clásica
no cuestiona la validez de la lógica clásica, ya que la propia noción de validez es
sinónima del cumplimiento del propio principio de no contradicción. Lo que ocurre
es que este principio no basta para decidir el valor de verdad de muchos
fenómenos. Intentaremos dar una serie de ejemplos de esta índole, dando por
supuesto que la legitimidad de la lógica paraconsistente no se reduce a la valuación
de tales o cuales fenómenos dados, sino que cuenta con un lenguaje formal propio
cuyas consecuencias siguen siendo tema de polémica en la actualidad.

Un ejemplo lo podemos encontrar en una de las obras fundacionales del


psicoanálisis. S. Freud analizó, en su Interpretación de los sueños (1900), lo que

15
algunos llaman “el sueño inaugural del psicoanálisis”13: el sueño de la inyección de
Irma, en cuyo análisis se demuestra que en los sueños se pueden reunir ideas
mutuamente excluyentes en un solo elemento. Una sola imagen puede reunir dos
proposiciones contradictorias entre sí, sin que el sueño se resquebraje o
desvanezca en la vida despierta, e incluso produciendo efectos en la vigilia, en
función de las cadenas significantes asociadas a dicha imagen contradictoria.

Ya medio siglo antes, H. Helmholtz, uno de los padres de la psicología


experimental, había teorizado la noción de “sensaciones imperceptibles”, la cual, a
pesar de ser una contradicción en los términos, fue postulada para explicar la
función de ciertas “inferencias inconscientes”14 que actúan en la percepción sin
que el sujeto se dé cuenta. La actuación de estos mecanismos inconscientes, que
actúan como teorías previas en la mismísima percepción sensorial, es un fenómeno
ampliamente aceptado en la actualidad.

Pero la mayor fuente de inspiración para la formulación de la lógica


paraconsistente fue la lógica hegeliana, tal y como fue establecida en la Ciencia de
la lógica de G. Hegel (1812-1816). La lógica paraconsistente comparte con ésta el
principio de la Unidad de los Opuestos: tanto la negación de una tesis como la
negación de dicha negación pueden ser verdaderas. Esto es difícil de pensar, así
que pondremos un ejemplo: el análisis del libro I de El capital de K. Marx (1867). El
análisis del concepto “mercancía” que realiza Marx en ese texto implica, en efecto,
el uso de la negación determinada que formalizaron, un siglo más tarde, las lógicas
paraconsistentes15. Según Marx, una mercancía es aquello que puede ser cambiado
por, en principio, cualquier otra cosa, lo cual se expresa en la ecuación “Ax = By”,
donde A y B son las mercancías susceptibles de ser cambiadas y x e y son las
cantidades que conforman la proporción. Tal y como demuestra Marx, el
intercambio sólo es posible porque se niegan las propiedades intrínsecas las cosas
intercambiadas. Las propiedades cualitativas de cada mercancía no juegan ningún
papel en el intercambio, ya que lo único que importa es la proporción cuantitativa
por la que se cambia una por otra. A su vez, esta igualación cuantitativa presupone
una substancia común (lo que Marx llama el valor), puesto que, si las cantidades de
mercancías no fuesen cantidades de algo común, no podrían ser igualadas. Las
diferencias cualitativas, pues, sólo son inteligibles a través de su subsunción bajo
una unidad substancial, cuya segmentación da lugar a las cantidades de mercancías
susceptibles de ser intercambiadas. Esta unidad substancial es la que representa el
dinero. Se ve así cómo Marx primero se ve forzado a negar la cualidad intrínseca de
la cosa en tanto que mercancía disponible para el intercambio; asimismo, la
diferencia cuantitativa entre una mercancía u otra sólo es posible gracias a su
igualación con un tercero, la substancia valor representada por el dinero. Sin

13 S. Plut, Estudio sistemático del sueño de la inyección de Irma (Freud, 1900),


Subjetividad y Procesos Cognitivos, Vol. 16, Nº 2, 2012, p. 124
14 Referencia tomada del capítulo La inferencia inconsciente, tomada del libro de D.

Luna y P. Tudela, Percepción visual (Ed. Trotta, Madrid, 2016), p. 26.


15 En realidad, la noción de negación determinada ya había sido formulada

sistemáticamente por el propio Hegel en la Introducción de su Fenomenología del


espíritu. La originalidad de la lógica paraconsistente fue, en todo caso, la
formalización de dicha noción a través de su anotación en un lenguaje formal.

16
embargo, el dinero no tiene, en sí mismo, cualidad alguna, sino que se expresa
siempre como tal o cual cantidad determinada; así, pues, se necesita contar con
una forma de diferenciar entre una cosa y otra para que funcionen como
mercancías intercambiables, lo cual, a su vez, implica aceptar que haya ciertas
propiedades cualitativas de las cosas, puesto que, si no hubiera diferencia
cualitativa entre una cosa y otra, el intercambio mismo carecería de sentido. Con
todo esto queremos señalar que las negaciones de cada paso lógico en el análisis de
Marx son negaciones determinadas, esto es, negaciones que hacen posible el
avance de la argumentación y a la vez conservan cierto valor de verdad de cada
concepto negado previamente. Así como el intercambio, otras muchas formas de
relaciones sociales no son explicables a través de una lógica bivalente, sino de una
lógica dialéctica como la que la lógica paraconsistente se encarga de formalizar16.

Por lo tanto, ya había lógicas no bivalentes antes de la aparición de las lógicas no


clásicas del siglo XX. Ahora bien, igual que la lógica simbólica formalizó la lógica
clásica, respetando en todo caso su núcleo esencial (el principio de no
contradicción), la lógica no clásica (al menos, la paraconsistente) hizo lo mismo
con respecto a las teorías dialécticas tales como la teoría del valor de Marx: las
formalizó. A continuación adjuntamos un ejemplo de una tabla de verdad de lógica
paraconsistente, donde se muestra la invalidez de el principio clásico de la doble
negación (~ es el símbolo de la negación paraconsistente, 1 es verdad y 0 es
falsedad):

17

El primero de los casos subrayados es cuando A y ~A son verdaderas (valor de


verdad = 1) y, en cambio, la doble negación de A (~~A) es falsa. En el segundo caso
subrayado, A es falsa, ~A es verdadera y ~~A es verdadera. Por último, hemos
subrayado el caso en el que A es falsa, ~A también y, sin embargo, ~~A es
verdadera. Salta a la vista que todos estos casos rompen con el principio de no

16 Por supuesto, cabe matizar: “el sistema proposicional paraconsistente no intenta


representar todos los aspectos de la lógica dialéctica de Hegel y Marx, sino más
bien algunos rasgos esenciales.” (G. Palau, Introducción filosófica a las lógicas no
clásicas (ed. Gedisa, Madrid, 2002, p. 163)).
17Íbid, p. 173

17
contradicción y, por extensión, con el principio la doble negación y con el del
tercero excluso.

La siguiente pregunta es, ¿qué nos aporta la formalización de una lógica que no se
rige por el principio de no contradicción?

3. El alcance de la lógica paraconsistente: discusión y conclusiones

La respuesta de la pregunta anterior no es unívoca: todavía no es posible dilucidar


todo el alcance de las lógicas no clásicas; además, nos hemos ceñido a la exposición
del núcleo esencial de la lógica paraconsistente, pero hay muchas otras lógicas que
pueden ser consideradas no clásicas, como las lógicas intuicionistas, las lógicas
multivalentes, las lógicas difusas… Ni siquiera la gran variedad de lógicas
paraconsistentes constituye un conjunto homogéneo. Sin embargo, trataremos de
establecer unas líneas comunes en torno a qué nos referimos, en general, por
“lógica”, y a qué podemos atenernos cuando optamos por una o por otra a la hora
de analizar un problema determinado.

La única definición satisfactoria de lógica capaz de salvar las inconmensurables


diferencias entre unos sistemas y otros es la siguiente: transiciones de oraciones a
otras oraciones18. Esta definición tiene la ventaja de dar cuenta del carácter formal
de los sistemas lógicos: no se ocupan de los contenidos de las proposiciones sino
en la medida en que permiten pasar de una proposición a otra. De ahí la necesidad
de la notación simbólica, ya que permite el vaciamiento de todo significado que
vaya más allá del tránsito mismo. Por su parte, la lógica paraconsistente introduce
una nueva posibilidad de combinatoria que conlleva, entre otras cosas, que la
negación de una proposición no nos devuelva al valor de verdad de su proposición
contradictoria. De esta forma, se abre todo un horizonte de alternativas lógicas,
que nos permiten escribir nuevas trayectorias de cálculo. Esto se ve claramente en
la informática: las posibilidades de escribir negaciones más débiles posibilita el
establecimiento de algoritmos más sofisticados y con mayor capacidad de rastreo
de huellas. Por su parte, las ciencias sociales podrán beneficiarse de estas nuevas
sistematizaciones que permiten escribir dobles negaciones y valuaciones
alternativas a la restricción binaria de la contradicción clásica.

No hay que confundir esta explosión de posibilidades con la caída en el principio


de explosión; según éste, si un sistema determinado cae en una contradicción,
podrá obtenerse cualquier proposición de este sistema. Popper siguió este
principio hasta sus últimas consecuencias epistemológicas. Por ello, el
falsacionismo de Popper nunca reconoció al psicoanálisis y al marxismo como
ciencias, ya que estas disciplinas, a pesar de aspirar a ser ciencias, aceptaban
ciertas contradicciones internas. Estas contradicciones siempre fueron
considerados por Popper como síntomas de la pseudo-cientificidad. Sin embargo,
la obtención de proposiciones mutuamente excluyentes ha sido siempre el motor
del pensamiento lógico, tanto que la lógica aristotélica surgió de esa imposibilidad,
así como la lógica no clásica surgió de su superación.

18G. Palau, El significado de la negación paraconsistente, p. 2. Artículo disponible en


[Link]

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Bibliografía

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-Marx, K., El capital. Libro primero. El proceso de producción del capital., Siglo XXI de
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-Marzoa, F. M., Lengua y tiempo, Visor Dis., Madrid, 1999
-Marzoa, F. M., Lingüística fenomenológica, A. Machado Libros, Madrid, 2001
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-Mosterín, J., Conceptos y teorías en la ciencia, Alianza, Madrid, 2003
-Lacan, J., Escritos 1, Siglo XXI de España, Madrid, 2009
-Luna D. y Tudela, P., Percepción visual, Trotta, Madrid, 2016
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-Popper, K., La lógica de la investigación científica, Tecnos, Madrid, 1980

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