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Hola, Humano - Gastón Calderón Villegas

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GASTÓN CALDERÓN VILLEGAS

Título original: Hola, humano

Autor: Gastón Ricardo Calderón Villegas


Correo: [email protected]
Contacto del autor: +593 0984195114

Certificado No: GYE-012880


Trámite: No: 000319-2022

Reservados todos los derechos.


Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra
sin permiso escrito por el autor.

Correcciones: Denise Lopretto @laletruda


Ilustración de la portada: Ash Quintana @ash.quintana
Diseño de la portada: H. Kramer @h.kramer.arte
Diagramación de interior: Natalia Hatt @nataliahatt
Amo tu cabello en las mañanas, todo despeinado y raro.
Amo tu pereza y tus malos hábitos; es lo más tierno de ti.
Amo tu hiperactividad. Amo cómo me seduces y logras
convencerme. Amo tu pensar. Amo tu alma. Pero,
definitivamente, amo aún más aquello que no me has
mostrado, porque sé que es lo mejor de ti.
1
MEMORIAS

¿Cómo dejas ir a alguien? ¿Cómo puedes volver a darte la


oportunidad para ser feliz después de haber compartido
tanto con alguien? Lo cierto es que cada persona vive este
tipo de experiencias de manera única. Algunas tienen toda
clase de ayuda; otras, no. No hay consejo que sirva. Sin
embargo, escuchar o leer historias parecidas puede
ayudarte a despejar dudas, y no hay reto más grande en
esta vida que darse la oportunidad de volver a empezar y
de encontrar, otra vez, aquel sentimiento casi extinto
llamado «felicidad».

Siempre he comparado el amor con el ajedrez. Cada


pieza es una persona que conocemos en el transcurso de la
vida y cada jugada es una decisión que, para bien o para
mal, no tiene marcha atrás. Suena extraño, lo sé. Pero, si te
detienes a analizarlo, verás que es una analogía
emocionante.
Algunas cosas que te contaré en este libro te parecerán
raras o mágicas, pero el amor es raro y mágico, ¿no lo
crees? Es incomprensible, misterioso y, sobre todas las
cosas, inevitable.

Desde pequeño, fui una persona de gustos raros y


antiguos. Supongo que viene de familia. Mi papá es un
historiador de origen cristiano. Su vida gira alrededor de
los libros. Es el lector más voraz que conozco. Fue profesor
universitario por mucho tiempo. Un día, decidió jubilarse y,
desde entonces, se dedicó a escribir. Lleva años haciéndolo.
Jamás me ha dicho qué escribe. Me siento orgulloso de él.
Mi mamá es un ser muy distinto: nació en China, en un
pueblo místico de origen taoísta. Desde que tengo
memoria, me inculcó parte de su cultura. Yo siempre he
amado escucharla y hacerle toda clase de preguntas. Un
día tuve el valor de preguntarle cómo había conocido a
papá, cómo dos personas de mundos distintos habían
logrado encontrarse y formar una familia. Ella solo me
respondió:
—Nos amamos desde el primer día.
Siempre recuerdo esa respuesta. Mis padres eran
personas muy diferentes en cultura, en creencias y en
estilo de vida, pero se amaban, y su amor era tan poderoso
que todos aquellos que los conocían podían darse cuenta.
Crecí en una parroquia llamada El Valle, lejos de la
ciudad. Crecí respetando todo sobre este planeta, mirando
cada noche las estrellas, creyendo en toda clase de
criaturas del bosque, y, sobre todo, crecí creyendo en un
único gran arquitecto, un artista, un creador maravilloso
que pintó todo lo que conocemos.
Al cumplir once años, mis padres decidieron enviarme a
la ciudad a estudiar. Llegué a casa del señor Morgan, un
amigo cercano a papá. Era el hombre más sereno y solitario
que podías conocer. Era pianista. Pasaba la mitad del
tiempo componiendo. Digamos que no teníamos buen
acercamiento. Al principio, fue difícil adaptarme, pero, con
el tiempo, me tuve que acostumbrar.
A los catorce, yo ya era un joven metido en la onda y en lo
cotidiano de la secundaria; entonces, pasó lo que tenía que
pasar: me enamoré por primera vez. Su nombre era
Martha. Era una chica deportista, popular y muy linda. Nos
llevábamos de maravilla, pero no duró mucho; a los pocos
meses, todo acabó. Mis mejores amigos, Steve y Omar,
siempre estuvieron allí. Aunque a veces eran las personas
más desconcertantes y taradas del mundo, los quería con
mi vida.
A los dieciséis, me enamoré por segunda vez de una chica
dos años mayor que yo. Era la voz del colegio, cantaba
hermoso y tenía muchos admiradores. Su nombre era
Cirila. Comenzamos una relación extraña al principio;
después, todo se volvió mágico. El tiempo pasó muy rápido.
Un día, misteriosamente, después de su graduación, no la
volví a ver. Solo se fue. No se despidió. No la volví a ver
nunca más. Fue difícil aceptarlo. Llegué a pensar que el
amor no era lo mío o que, quizá, no tenía suerte.
A los dieciocho, entré a la universidad a estudiar
Psicología. Siempre me llamó la atención la mente humana.
Quise aprender sobre ella, y así fue. Sentía que me iba
mejor solo y que debía abocarme a estudiar, pero el
universo conspiró contra mí. Fue entonces cuando conocí a
Evelyn Cajil: pelirroja, blanca, de cejas pobladas y
hermosos ojos verdes. Traté de evitarla por un tiempo, pero
no tuve éxito. Me terminé enamorando perdidamente de
ella. Le entregué todo de mí. La amé como no imaginas. Le
dediqué por completo cuatro años de mi vida; incluso,
empezaba a nacer la ilusión de dar el siguiente paso.
Parecía amor eterno. Todo iba bien hasta que una tercera
persona apareció y ella se fue. Yo quedé varado, enojado
con la vida y con Dios, caminando en dirección opuesta al
sol.
Me lamenté por meses. No podía soltarla, mucho menos,
olvidarla. Se volvió mi fantasma. La escuchaba, la olía, la
imaginaba... Era horrible. Sentía que mi corazón estaba
roto y que, esta vez, no podría sanar. Perdí la confianza,
perdí la esperanza, perdí a mis amigos, casi pierdo la
universidad y, mientras más pasaba el tiempo, sentía que
perdía más. Sin embargo, Dios tenía planes para mí, planes
que nunca habría imaginado.

Gran parte de lo que leerás en este libro son memorias


muy personales. He alterado pequeñas cosas para cubrir la
identidad de mis personajes. Aun así, quiero regalarte esta
historia. Quizá tenga mucho de ti.
Una gran persona me preguntó hace poco:
—¿Quieres ser producto de tus miedos o de tus sueños?
—De mis sueños, por supuesto —le respondí.
Me miró profundamente y me dijo:
—Entonces, prepárate para ser feliz.
2
HOLA, HUMANO

Desde la partida de Evelyn, todo fue rutinario en mi vida:


casa, trabajo de medio tiempo en la cafetería y, al finalizar
el día, la universidad. Antes, mi mundo giraba alrededor de
ella. ¡Mal! ¿Por qué no me di cuenta? Parecía que nunca iba
a volver a pasarme algo especial; yo tampoco quería que
pasara. El amor había dejado de ser mi motor. La música
empezó a fastidiarme. Me había convertido en un joven con
mucho resentimiento guardado y sin ganas de nada. Vivía
en automático. A pesar de todo, tenía a mis amigos. Ese par
de locos siempre salían con algo, siempre intentaban
animarme, aunque rara vez lo lograban.
Así pasaron meses muy largos. Hasta que, una noche, mi
vida dio un giro inesperado.
Yo salía de la universidad, sin ánimos y muy cansado;
Steve y Omar me esperaban afuera. Los conocía lo
suficiente como para saber que tramaban algo.
Steve era un flacucho raro y blanco, de cara pálida,
estudiante de música. Omar era un chico alegre y salsero,
de piel canela, siempre vestido de colores, siempre
predispuesto a lo que sea.
—Te vamos a secuestrar —me dijo—. Prepárate para
conocer un nuevo bar.
—No te arrepentirás —agregó Steve.
—Estoy cansado —les dije—. Quizá en otra ocasión.
—¿No escuchaste? ¡Te vamos a secuestrar! No te estamos
preguntando si quieres ir o no.
Solo sonreí mientras les decía:
—Los odio.
En menos de lo que imaginé, estábamos en un bar recién
inaugurado en el centro de la ciudad. El ambiente era
alocado e intenso. Había alcohol por todos lados. Las luces
estroboscópicas me marearon al instante. La música
electrónica retumbaba. Jamás había estado en un lugar así.
En las paredes había dibujos psicodélicos y una gran frase
que llamaba la atención: «Olvídate de todo». Había diez
mesas y una pequeña pista de baile. Steve y Omar se
integraron a un grupo de amigos que reconocieron
enseguida. Me invitaron y tomé asiento. Me bebí un par de
cervezas a la fuerza, pero no soporté quedarme, así que salí
sin despedirme. Todos se dieron cuenta de que yo no quería
estar ahí.
Abrí la puerta de salida y sentí que me faltaba el aire.
—¿Estás bien? —me preguntó el guardia de seguridad.
Solo asentí con la cabeza y caminé de largo por aquellas
oscuras y desoladas calles del centro de la ciudad.
A lo lejos, pude escuchar a Steve gritándome:
—¡Avísanos cuando llegues a casa!
No le respondí, solo seguí caminando.
Hacía mucho frío; aceleraba el paso a cada momento para
mantener caliente el cuerpo. Eran las once de la noche; no
había taxis, así que me tocó caminar por casi media hora
hasta llegar a casa del señor Morgan.
Después de una larga caminata, me encontraba a pocas
cuadras. Juro que tenía la vista al frente y que solo quería
entrar a casa y descansar, pero, de pronto, algo llamó mi
atención: una chica sentada, solitaria, en el interior de un
parque. Pensé que era un ángel. Mi corazón se aceleró por
unos segundos y contuve la respiración. Llevaba puesto un
vestido blanco que resplandecía en la oscuridad de la
noche. Miraba hacia arriba mientras movía delicadamente
las piernas. Yo no sabía si acercarme o no. Pensé que,
quizá, esperaba a alguien, pero, de repente, me vio. Me
observó por largos segundos sin quitarme la mirada.
Entonces no pude detenerme. Caminé hacia ella con
lentitud y, cuando estuvimos frente a frente, no pude creer
lo hermosa que era: mestiza, delgada, llevaba una extraña
pulsera en su mano derecha. Tenía el cabello negro y tan
largo que le llegaba a la cintura. Yo no podía asimilar lo que
pasaba. Mientras ella me regalaba su primera sonrisa,
escuché:
—Hola, humano.
Yo estaba ido. Su voz era suave y relajante. Sentí paz por
primera vez en mucho tiempo. Al instante, me llegó su
aroma a vainilla.
«¿El amor huele así?», me pregunté mientras pensaba
qué decirle.
—Hola —por fin le dije—. Disculpa si fui imprudente al
acercarme. Te vi sola y…
—Descuida —me respondió—. Espero a alguien, pero creo
que no vendrá.
No pude evitar fijarme en sus curiosos aretes verdes.
Tenían la forma de pequeñas libélulas.
—No deberías estar sola a esta hora. ¿Vives por aquí? —le
pregunté, casi olvidando que debía respirar, avergonzado
por mi postura y mi forma de mirarla.
—Tienes razón —contestó ella mientras cerraba los ojos y
me regalaba una segunda sonrisa—. Y, por supuesto, vivo
en este maravilloso planeta, igual que tú.
Estaba paralizado; no sabía si seguir allí o despedirme.
Justo cuando iba a decirle algo más, ella se adelantó y me
dijo:
—Fue un gusto conocerte, humano. Cuídate mucho y ve
tú también a casa.
Entonces, se levantó y empezó a alejarse. Era bajita y
tenía un cuerpo hermoso. No podía dejar de mirarla.
—El gusto fue mío —le dije a la distancia—. Por cierto, me
gustan tus aretes. La libélula es un animal espiritual. Dicen
que trae buena suerte, amor y prosperidad.
Ella se detuvo por un momento. Pensé que iba a voltear y
a verme, pero no fue así. Siguió caminando sin decir nada.
Todo había pasado muy rápido. Mi corazón palpitaba
fuerte. Me di cuenta de que estaba sudando.
«¿Qué fue todo eso?», me pregunté a mí mismo.
Respiré profundo y caminé a casa. Una vez allí, me
encerré en mi cuarto, cogí mi celular y vi varias llamadas
pedidas de Steve y de Omar.
Les escribí:

¡Estoy bien! ¡Llegué a casa!

No pude dejar de pensar en la chica del parque el resto la


noche. No sabía quién era, no sabía de dónde era ni qué
hacía ahí, pero lo que había pasado había sido diferente.
Estaba conmovido. Después de tanto tiempo, mi corazón
se había sentido atraído…
Le di las gracias a mi creador por un día más de vida y
dormí profundamente, como no lo había hecho en meses.
3
EL DECANO

Al día siguiente, decidí ir a correr un poco, como tenía por


costumbre los domingos. Luego, viajé en autobús a El Valle
para visitar a mis padres.
Decidí contarles un poco sobre aquella misteriosa chica.
Papá solo sonrió, pero mamá me lanzó una de las frases
inesperadas de Lao-Tse:
—«Quien conquista a otros es fuerte, mas quien se
conquista a sí mismo es poderoso».
—Me siento mejor, mamá —le respondí—. No he sabido
nada de Evelyn por seis meses.
—Mereces conocer a alguien más, hijo mío, pero primero
debes sanar por completo y ver por ti. Entonces, estarás
listo para darle tu corazón a otra persona.
—Tercera ley de Newton —agregó papá—. Para poder
avanzar, tienes que dejar algo atrás.
—Ya estoy bien —les dije, con un ápice de duda—.
Además, es una chica que conocí misteriosamente. Las
probabilidades de que la vea otra vez son pocas.
Suspiré y, cuando iba a decir Dios sabe qué, fui silenciado
por un cálido abrazo de mamá.
—Eres un buen muchacho. Mereces ser muy feliz. Tienes
nuestra bendición. Solo ve con cuidado. Te amo.
Mis ojos se nublaron, pero lo disimulé.
Conversamos por largas horas hasta caer la tarde.
Cuando comenzaba a anochecer, viajé de regreso a la
ciudad.
Mis padres habían decidido vivir juntos sus últimos años
en la parroquia donde crecí: El Valle. Prometí visitarlos
cada mes. Prometí volver a aquel maravilloso lugar por el
resto de mi vida.
Ellos habían sacrificado mucho por mí, por lo que yo
siempre estaría agradecido. Lo mejor que hicieron fue
dejarme caminar, dejarme ser y elegir mi propio sendero.
No eran padres perfectos, pero siempre serían los mejores
para mí.

Como ya imaginas, se apoderó de mí la ilusión de volver a


ver a la chica. Así que, ese mismo domingo por la noche,
apenas llegué a la ciudad, fui al parque.
Al llegar, descubrí que estaba vacío. Esperé por horas.
Admito que eso me desanimó, pero no perdí las esperanzas.
Caminé alrededor y me di cuenta de que, en una gran
piedra, había tallada una frase: «Bienvenido al Parque
Triangular».

El lunes de esa semana fue tormentoso. En la universidad,


todo se complicaba: como había empezado el último
semestre, los profesores anunciaron el proyecto final; una
gran exposición que teníamos que hacer en grupos de
cuatro. La psicología, al principio de la carrera, resultaba
hermosa; con el tiempo, los profesores la hicieron parecer
muy pretenciosa y demasiado científica. Yo había
comenzado la carrera pensando que ayudar a alguien se
basaba en la confianza y en la unión, pero todo lo que nos
enseñaban era teoría. Entonces, comprendí que la
psicología sabe poco de los mecanismos de la emoción y
que una persona debe vivir mucho y todo tipo de
experiencias para ser un buen psicólogo. No hay nada
mejor que meterse en los zapatos de la persona que tratas
de ayudar.
Después de analizar a Wilhelm Wundt por décima vez,
uno de nuestros profesores nos comentó que se ausentaría
por un tiempo y que lo reemplazaría el mismísimo decano.
Era un señor de unos sesenta años. Transmitía serenidad.
Vestía semiformal y la barba le daba la apariencia de un
gran sabio. Su nombre era Jafet. Era psicólogo y sociólogo.
Algo me decía que aportaría saberes diferentes, y así fue.
Su primera clase fue sobre la empatía, la capacidad que
tienen ciertas personas para percibir los pensamientos y
las emociones de los demás.
Le debo mucho a aquel decano. En poco tiempo, me
aportó mucho más que todos los profesores que había
tenido hasta el momento, me abrió la mente y me enseñó
que lo más importante en un psicólogo siempre será saber
escuchar y ser empático.
4
HOLA, OTRA VEZ
Pasaban los días y aquella extraña chica no aparecía. Todas
las noches, después de la universidad, pasaba por el parque
y permanecía allí con la esperanza de volverla a encontrar.

Llegó el sábado, una semana después de aquella ocasión.


Me encontraba en la universidad. De pronto, sentí algo que
no había sentido antes, como una punzada en el corazón.
Recuerdo que había terminado una prueba y se la estaba
dejando al profesor en el escritorio. No pude resistir mucho
tiempo. Salí corriendo del salón de clases y, de inmediato,
me dirigí al parque. Eran las siete de la noche.
Llámalo corazonada, intuición o como quieras, porque,
hasta el día de hoy, no entiendo lo que pasó.
Ella estaba allí, sentada en el mismo lugar; esta vez, con
un vestido celeste y extrañas botas. No pude dejar de
sonreír cuando estuve a pocos metros de ella. Estaba tan
hermosa como la primera vez.
—Hola otra vez —le dije, un poco nervioso.
—Hola, humano —me respondió—. Algo me decía que te
volvería a ver.
—Vivo cerca, suelo pasar por aquí de vez en cuando.
Ella me miró enigmática. Volvió a mí ese delicioso aroma
a vainilla. Estaba ido de nuevo, pero trataba de darme
cuenta de todo. Esta vez, usaba un pequeño anillo púrpura
y una pulsera del mismo color. Llevaba un libro en las
manos, pero no distinguí el título.
—¿Te gusta leer? —me preguntó, enseguida.
—Por supuesto que sí. Mi papá es un comelibros. Heredé
ese gusto de él.
—¿Y cuál es tu libro favorito?
—El caballero de la armadura oxidada, de Robert Fisher.
De la nada, se levantó con un gesto de tristeza y me dijo
en voz baja:
—Me tengo que ir.
—¿Dije algo malo? —le pregunté, sin entender qué
pasaba.
—No me conoces. Ni siquiera sabemos nuestros nombres.
Fue estúpido hablarte. Lo siento. Me tengo que ir.
—¿El caballero de la armadura oxidada también es tu
libro favorito?
Entonces ella empezó a alejarse.
—Mi nombre es John —le dije de repente—. Tengo
veintidós. Estudio Psicología. Creo en la magia, así como
creo en el amor. Es lo que puedo compartirte de mí.
Ella volteó y me dijo:
—¿Te puedo pedir un favor? No vengas más a este
parque. No quiero conocerte, John. Y no quiero lastimarte.
No soy buena para ti.
Entonces se empezó a alejar otra vez, y no miró para
atrás. No pude decir nada más. No entendía nada. Primero
se mostró amable y dulce, ¿y luego, esto?
Algo despertó en mí; recordé algo de mi pasado con
Evelyn y me afectó. Me dolió el corazón. Abandoné el
parque y caminé a casa.
No pude pensar con claridad el resto de la noche. No
miré el celular para nada. No recuerdo a qué hora caí
dormido. No quería nada.
5
EL LABRADOR

Pasaron dos semanas muy rápido. No volví al parque. Traté


de olvidar aquello y seguir con la rutina.
Mi trabajo de medio tiempo en la cafetería se empezaba a
complicar también, pero trataba de mantenerlo. Lo
necesitaba.
Parecía que no volvería a pasar nada especial, pero el
destino volvió a atacar en una hermosa librería al norte de
la ciudad. Yo la frecuentaba al menos una o dos veces al
mes. Me quedaba un rato, disfrutando de las delicias de la
cafetería mientras leía alguna de las novedades. Saturno, el
gato que viví allí, me acompañaba con frecuencia. Era el
más raro de todos. Su mirada era tierna y sincera. Le tenía
mucho cariño.
De pronto, mientras me tomaba el último sorbo de café,
una figura familiar pasó frente a mí. Mi corazón se aceleró.
No pude creer lo que veía. Ella estaba allí. Con vestido, de
nuevo, con el cabello suelto, lacio, y hermoso. Llevaba
tacos rojos y una cartera. Me cubrí la cara con el libro que
tenía en las manos, pero ella también me reconoció. Sentí
su mirada por unos cuantos segundos; luego, solo volteó y
salió de la librería.
«¡Síguela!», me dije a mí mismo. «¿Qué esperas, idiota?
¡Síguela!».
Apenas me levanté, el gerente pasó junto a mí y me dio
una palmada en el hombro derecho, seguido de la frase:
—Es hermosa, ve a hablarle.
Salí a la calle principal y miré para todos lados, pero no la
encontré. Caminé desesperado varias cuadras. Era casi de
noche y amenazaba con llover. De pronto, escuché el
brusco frenazo de un auto que dobló en la esquina y pasó a
mi lado. Me asusté. Corrí hacia la intersección lo más
rápido que pude y, apenas llegué, pude ver a un perrito
tirado en el suelo. Aquel auto lo había atropellado. Me
rodaron lágrimas de furia. Era un labrador. Su hermoso
pelaje rubio había quedado sucio y maltratado. Todavía
respiraba, aunque con dificultad. De inmediato, cogí el
celular para marcar el número de la policía, pero unas
manos tibias tocaron mi espalda. Era aquella misteriosa
chica. Se había quitado los tacos. Se veía agitada, parecía
que había corrido varias cuadras.
—Ayúdame a cargarlo —me dijo de inmediato.
Yo lo hice sin dudarlo. Un taxi pasó cerca, ella le hizo de
la mano y nos embarcamos en el asiento de atrás.
Todo pasó muy rápido.
—Tranquilo, mi amor —le decía ella al perrito—. Te
pondrás mejor. Lo prometo. Tranquilo.
Yo sentía un nudo en la garganta. Teníamos al perrito en
nuestras piernas. Ambos lo sobábamos.
—¿Adónde se dirigen? —nos preguntó el taxista.
—Autopista tres, lote cincuenta y cuatro — respondió ella.
Me miró y me dijo:
—Iremos a mi casa. Le daré los primeros auxilios. Soy
veterinaria.
6
SEÑOR PERSKY

Recuerdo esa noche como si fuera ayer. Jamás olvidaré su


forma dulce y tierna de tratar al perrito. Apenas llegamos a
su casa, nos recibieron un salchicha y un dálmata. Al entrar
a la sala, siete gatos se lanzaron sobre nosotros. Jamás
había visto tantos en una casa.
—Ayúdame a ponerlo aquí —me dijo, señalando una mesa
de madera cerca de la cocina.
Sacó un estetoscopio y empezó a revisar los signos vitales
del labrador. Su respiración era cada vez más lenta, pero,
de alguna manera, pude sentir que se aferraba a la vida.
Estaba luchando.
—Su pulso es débil —ella dijo mientras se secaba un par
de lágrimas—. Tiene varias costillas rotas y tendremos que
enyesarle una pata, pero vivirá.
Lancé un profundo suspiro al escuchar eso.
—Gracias, Dios —susurré mientras lo abrazaba.
Ella me miró con atención. Segundos después, le
inyectaba algo en el muslo.
—Le pondré esto para el dolor y le daré un sedante.
Mañana temprano lo llevaré al consultorio donde trabajo.
Estará bien.
—Puedes contar conmigo —le dije—. Por favor, si
necesitas algo, solo dime.
—Gracias por ayudarme. Muchas personas son crueles
con los animales y no les importan, pero tú eres diferente.
Yo me haré cargo de aquí en adelante. No te preocupes.
No supe qué responderle. Solo me levanté con sigilo y me
dirigí hacia la salida, pero uno de sus gatos, grande y
gordo, me bloqueó el paso. Me miró fijo y, luego, se acercó
a una de mis piernas para rozarme. Pude sentir su
ronroneo. Me incliné para acariciarlo. Su curioso pelaje
amarillo rayado tenía ondas y espirales.
—Parece que le agradas al señor Persky —ella me dijo—.
Qué extraño. Él no quiere a nadie.
—Pues, le caí bien —respondí sonriendo mientras seguía
acariciándolo.
—¿Ves sus orejas y su forma de caminar dando vueltas?
Te conoce. Te está saludando. Confía en ti.
—Pues, no lo he visto nunca.
—Quizás, en alguna otra vida se conocieron, porque él te
recuerda muy bien.
Una vez más, no supe qué responder. Solo me levanté y
asentí con la cabeza dándole a entender que ya me iba.
—Mi nombre es Aitana —me dijo a la distancia.
Yo solo volví a sonreír y, cuando, estaba por cerrar la
puerta de su casa, le pregunté:
—¿Crees en el destino?
Ella no respondió, pero yo sabía que era un sí.
—Buenas noches, Aitana.
7
UN CORAZÓN ENORME

Al día siguiente, me levanté con más animo que nunca. Mi


mamá dice que, cuando los planetas se alinean para ti,
todo, absolutamente todo lo que te propongas te sale bien.
Al llegar a la cafetería esa mañana, el gerente me
esperaba en su oficina con una carta de ascenso. Se tenía
que dedicar a otros negocios y me había elegido como
mano derecha; en este caso, para ocupar su lugar. Le di
gracias infinitas y le dije que no lo decepcionaría.
No podía quejarme de mi primer trabajo. El ambiente
siempre resultaba interesante, pues era cafetería con
temática de los 80.
Es increíble lo mucho que puedes aprender si abres tu
mente a todas las posibilidades y si pones en práctica
aquella virtud llamada humildad. En la cafetería aprendí
muchas cosas; sobre todo, a ser caritativo y tolerante. Creo
que fue por eso que mi jefe me dio la oportunidad de
reemplazarlo. Siempre he pensado que una taza de café te
puede cambiar el día, pero, acompañada de un buen libro,
te puede cambiar la vida.
En la universidad todo marchaba bien. Aunque varios
profesores nos complicaban cada vez más las cosas, yo
daba todo de mí. Ese día, tuvimos la segunda clase con el
decano. Nos habló de todo un poco; al final, se enfocó sobre
las consecuencias del uso excesivo de la tecnología.
Nos dijo que gran parte de las enfermedades físicas y
mentales de hoy en día se debían al sedentarismo y al
abuso de dispositivos electrónicos. Nos compartió que el
deporte y las actividades artísticas deben ser
fundamentales en nuestras vidas. Amé esa clase. Suelo
recordarla muy seguido.
Fue un día maravilloso. No dejé pasar la oportunidad de
darle las gracias al Creador.
Al caer la noche, decidí ir al Parque Triangular con la
ilusión de encontrar a Aitana otra vez, con la esperanza de
que el destino realmente apostara por mí. ¿Y qué crees?
Allí estaba ella.
Mi vida estaba cambiando de una forma extraña, pero
hermosa; yo estaba feliz y animado a enfrentar lo que sea.
—Hola, humano —me saludó ella de inmediato.
—Hola, humana —le respondí con una sonrisa.
Era la primera vez que la veía vestida con su mandil de
veterinaria, con zapatos deportivos y el cabello recogido
con un rodete.
—Lo siento por venir de nuevo. Creí que…
—No importa —me interrumpió—. Sabía que ibas a venir.
—Tragué saliva y le pregunté:
—¿Cómo está el perrito?
—Akamaru está bien. Es fuerte.
—¿Le pusiste nombre?
—Al parecer, llevaba perdido varios días. Decidí
quedármelo y cuidar de él.
No sabes lo feliz que fui al escuchar eso. Aitana tenía un
corazón enorme.
—Quiero verlo —le dije.
—Pronto —me respondió, soltándose el cabello y
haciéndose una cola.
En ese momento entendí que quería seguir viéndome. No
se me ocurrió más que invitarla a caminar conmigo. Ella
aceptó.
8
PISCIS Y SAGITARIO

Esa noche nació una de las charlas más raras y


maravillosas que he tenido en mi vida.
—Háblame de ti, John. Aparte de estudiar psicología,
¿qué haces? ¿tienes algún hobby? ¿Qué signo eres? ¿Te
gusta bailar? ¿Cantar? ¿Escribir? ¿De verdad crees en
Dios?
—Vaya, son muchas preguntas. Pues, estudio Psicología
porque me gusta todo lo referente a la mente humana. Me
gustaría ayudar y entender a las personas, sobre todo a los
niños. Desde pequeños somos seres increíbles, con
actitudes y capacidades únicas y, aun así, somos
moldeables. Pienso que todo lo que sabemos de psicología
no es nada todavía. Respecto al trabajo, pues, hoy me
dieron el puesto de gerente en la cafetería donde trabajo.
Llevo tres años allí.
—Qué interesante —me interrumpió—. Amo el café
helado. Quizá te visite pronto.
—Te lo prepararé personalmente —le susurré mientras
intercambiábamos sonrisas— Mi hobby es leer,
definitivamente —continué—. Ya sabes cuál es mi libro
favorito. Conocí el maravilloso mundo de la lectura con El
principito, del que, seguramente, has escuchado. Luego
viajé a Narnia, a la Tierra Media, a Hyrule. Me volví un
potterhead; aún sigo esperando la carta de Hogwarts, no
he perdido la fe.
Volvimos a sonreír juntos.
—Respecto a mi signo, soy Sagitario. Sinceramente no sé
mucho sobre eso, pero me encantaría saber. No canto, pero
compuse una canción hace un tiempo atrás llamada «El
amor y el ajedrez». No bailo, pero estoy dispuesto a
aprender por una buena razón. No escribo, pero algo me
dice que algún día empezaré a hacerlo. Creo fielmente en
un creador. Creo en Dios.
»Respondí todas tus preguntas, ¿verdad?
Ella me miró con curiosidad y me respondió muy
despacio:
—Sí. Y te lo agradezco. Necesito saber con quién estoy
caminando. Hay mucha maldad en el mundo. Perdón por lo
de la noche pasada. No merecías ese trato.
—Descuida. Ya lo olvidé. Es mi turno de hacer preguntas,
¿verdad?
—Adelante. Seré sincera contigo.
—¿Por qué decidiste ser veterinaria?
—Los animales son seres puros. Son nobles y fieles. No
como el hombre. El hombre es cruel. Quiero dedicarle mi
vida a ayudarlos y a comprenderlos.
Esta primera respuesta había sido maravillosa. De
inmediato le lancé otra pregunta:
—¿Crees en Dios?
—Cuando me hablan de Dios, yo imagino a un
Tyrannosaurus rex.
Me quedé sin palabras. No dije nada. Ella continuó:
—Cuando me hablan de Dios, yo imagino un árbol, uno
grande, lleno de frutos, flores y muchos nidos de toda clase
de aves. Cuando me hablan de Dios, yo imagino a un bebé,
uno dulce, gordo y tierno, uno que está a punto de abrir sus
ojos por primera vez. Hay un poco de Dios en cada uno de
nosotros, ¿no lo crees?
Sus palabras penetraron mi alma. Jamás había escuchado
nada así. No pude seguir haciendo más preguntas.
—Soy agua —me dijo—. Soy Piscis. Amo serlo. ¿Sabías
que los signos opuestos se llevan bien?
No supe qué responder otra vez.
—Un pisciano ama la creatividad, la imaginación y la
sensibilidad, igual que un Sagitario.
—¿De verdad crees en los signos del Zodíaco? —le
pregunté.
—Sí, John. Somos parte del cosmos. Somos
microuniversos. Como es arriba, es abajo. Permíteme darte
una pequeña cátedra.
De verdad, Aitana era un mar de misterios. Juro que
estaba encantado de escucharla.
—Todo empezó, hace muchos años, con los antiguos
viajeros, aquellos que cruzaban mares y continentes tan
solo guiándose por las estrellas. ¿Puedes creerlo? Las
conocían, elaboraban toda clase de mapas, los llevaban a
casa. Al pasar el tiempo, estos valientes viajeros reunieron
esos mapas realizados en los hemisferios norte y sur, y así
crearon el Zodíaco. Al analizar la enorme relación que tiene
la vida humana con estos grandes astros que recorren el
cielo, buscaron conocimiento observando la maravillosa
bóveda celeste, o sea, el cielo, el universo. Fue entonces
cuando crearon la primera religión natural del ser humano:
la astrología. Los nombres de las constelaciones
coincidieron con los signos del Zodíaco y relacionaron cada
glifo con características humanas y partes del cuerpo. Poco
a poco, fueron apareciendo representaciones zodiacales
por todo el mundo. El universo contiene el mapa que nos
guía a todas las respuestas humanas y esotéricamente
posibles. Este mapa nos da la información completa para
entender el mundo en el que vivimos, no como una
curiosidad por un mito, sino como un medio de reflexión y
de autodescubrimiento que ha permitido al hombre
combinar su forma de ver el mundo, sus conocimientos
astronómicos y sus ideas filosóficas. La astrología ha sido la
ciencia que ha guiado al hombre desde el principio de los
tiempos. Por eso amo todo lo referente a las estrellas, a los
signos del Zodíaco.
Su forma de explicar su amor por la astrología me cautivó
de tal forma que imaginé todo lo que me había contado. Me
sentía cada vez más interesado en seguir conociéndola.
Todo era emocionante a su lado.
—Eres un ser maravilloso —le dije de repente— No solo
crees en un Creador, también eres profundamente
espiritual. Gracias por compartirme esto. No lo olvidaré.
Hizo un gesto tierno: cerró los ojos e inclinó la cabeza
hacia un costado.
Decidí darle mi abrigo, pues hacía un poco de frío.
—Quisiera seguir viéndote, si me lo permites —le pedí,
con esperanza de que me dijera que sí.
Ella, al principio dudó, pero luego asintió con la cabeza.
Eso me puso muy feliz.
Caminamos varios minutos hasta su casa. Una vez allí me
despedí dándole un beso en su mano derecha. Su mirada
era sincera, sus ojos brillaban.
No me devolvió el abrigo. Me fui pensando que, quizá, se
lo quedaría para siempre, pero no me importó.
9
UNA CITA SORPRESA

Dos meses pasaron muy rápido. Nos estábamos volviendo


buenos amigos. Akamaru se recuperó casi por completo y
se volvió nuestro fiel compañero. Era un perro muy
cariñoso. Paseábamos con él y con sus hermanos Doti y Eva
varias veces por semana. Pequeños gestos de amor iban
naciendo entre nosotros, pero ninguno de los dos cedía.
Aitana conoció la cafetería donde trabajaba; yo cumplí en
hacerle en persona el café helado que tanto le gustaba. Se
enamoró del lugar, del ambiente y de la cantidad de libros
que había a disposición para todos los clientes. Conocí a su
hermana mayor, Tatiana. Mi relación con ella fue buena
desde el primer momento. Creo que le caí bien.
Aitana era la reencarnación de una princesa antigua,
amante de los vestidos y de las flores. Desde los ocho años
tuvo que arreglárselas con su hermana para todo, ya que
sus padres se la pasaban viajando por cuestiones laborales.
Llevaban afuera casi tres años.
No hablábamos de nuestros pasados. En todo ese tiempo,
jamás le hablé sobre Evelyn y ella jamás me dijo a quién
esperaba aquella noche en el Parque Triangular.
No hablábamos de amor. Ella evitaba el tema a toda
costa. En parte, yo la entendía, pero estaba dispuesto a
enfrentar lo que sea por ella. La estaba empezando a
querer.
Sé que un mes es muy poco para querer a alguien, pero
era lo que sentía. Había pasado de ser un muchacho triste,
sin ganas de nada, a uno alegre y que sonreía todos los
días.
Steve y Omar se enteraron de su existencia casi al
instante. Querían conocerla, pero yo aún no lo permitía.
Ellos sabían todo de mí, éramos como hermanos,
literalmente. No teníamos secretos. Lo que jamás imaginé
es que esos dos idiotas me tenderían una trampa y que el
señor Morgan los ayudaría.
Una noche, volví a casa después de la universidad y
encontré allí a Aitana. Steve y Omar habían preparado una
cena. Todo estaba impecable. No supe qué decir, solo
quería golpearlos. Sentí mucha vergüenza.
—Hola, humano —me saludó ella con su voz dulce.
—Hola, y lo siento —le dije—. Créeme, mis amigos están
mal de la cabeza.
—Son lindos —respondió, riéndose—. Dicen que les
hablas mucho de mí. Ven, siéntate. Tengo hambre.
Di un salto a la cocina y empecé a darles leves golpes a
ambos.
—¡Me las pagarán! ¡Lo juro!
—Ya cállate y ve con ella —me dijo Omar.
—Suerte, galán —agregó Steve.
Fui directo a la mesa. Aitana había visto nuestra escena
infantil. No podía evitar sonreír.
Yo estaba muy apenado, en serio. No me acuerdo qué
cenamos, pero a decir verdad, estaba exquisito.
Me costaba aceptar lo que mis amigos habían hecho.
Sobre todo, que el señor Morgan los apoyara. De verdad
me sentía afortunado. No tardé en darle las gracias a los
tres.
Apenas terminamos de cenar, invité a Aitana a caminar a
un lugar cercano llamado El Bosque de Geranios. Ella
aceptó.
*
10
UNA NUEVA MISIÓN

De pronto ya nos encontrábamos en aquel iluminado y


maravilloso bosque. Varias personas caminaban alrededor
mientras disfrutaban de los colores de los geranios. Aitana
estaba encantada. Se notaba que lo disfrutaba. Estaba
preciosa: llevaba un vestido de color negro, por supuesto,
chaqueta roja y zapatos bajos.
—Debimos traer paraguas —le dije—. Quizá llueva.
Me miró con ternura y, a la vez, con un ápice de misterio.
Luego me respondió:
—Encárgate de no llevar mucho equipaje a donde vayas,
solo lo necesario para ser feliz.
Sus palabras eran cálidas e inesperadas, como siempre.
Yo solo sonreí mientras me percataba de que, en su cintillo,
yacía una pequeña y peculiar libélula. Entendí que,
definitivamente, se trataba de uno de sus animales
favoritos.
Mientras la observé durante los siguientes tres o cuatro
segundos, me pregunté: «¿Estoy haciendo lo correcto?». Mi
reloj empezaba a ponerme nervioso, así que decidí taparlo
con el abrigo.
—Sigamos caminando —me dijo—. Quizá podamos ver
elementales.
—He escuchado sobre ellos. Son seres mitológicos.
Representan a los cuatro elementos y las fuerzas de la
naturaleza.
—Son reales —susurró, agarrándome del brazo y
llevándome hacia un árbol mediado que se encontraba
cerca de ahí.
—Extiende tu brazo —me ordenó—. Toca este árbol y
cierra los ojos.
Yo hice caso. Un silencio prolongado se apoderó del
momento; empecé a sentir algo raro que corría por todo mi
ser. Sabía que algo iba a pasar. Entonces escuché su voz:
—Vivimos en un mundo lleno de criaturas mágicas, John.
Pocos pueden verlas o escucharlas. Cuando era niña, solía
escuchar cascabeles en el viento. No tenía miedo porque
sabía que eran ellos y que estaban cerca, cuidándome.
Créeme, los elementales son reales.
—Te creo —le susurré sin abrir los ojos—. La forma en la
que te expresas es sorprendente. Eres apasionada,
espiritual, hermosa por dentro y por fuera. No sabes lo
afortunado que me siento de haberte conocido.
No pude controlarme, había llegado al límite. Abrí los
ojos, me acerqué lentamente, la agarré de la cintura y la
besé. No me importó nada. Solo lo hice. Fueron varios
segundos cálidos y hermosos. Cuando nos miramos a los
ojos, ambos sonreíamos, y nos abrazamos. Me di cuenta de
que la luna nos observaba. Lucía grande y brillante. Dios y
el universo habían conspirado a mi favor. Pensé que, si
tenía que hacerle la pregunta, era en ese preciso momento.
Me arrodillé, como a la antigua, y le pregunté:
—¿Te gustaría ser mi novia?
Un par de lágrimas resbalaron de sus mejillas. No
respondió nada por varios segundos. Me levanté, la abracé
y le dije:
—¿Y si leemos juntos El caballero de la armadura
oxidada? Interpreto que es un libro que te afecta.
Permíteme ayudarte a sanar.
Ella seguía sin contestar. Por primera vez, no decía una
sola palabra.
—No sé cuál es tu pasado —continué—, pero estoy
dispuesto a enfrentarlo por ti. No tienes que responderme
ahora. Si amistad es lo que me puedes brindar, la acepto y
prometo cuidarla. No te quiero perder. Eres lo mejor que
me ha pasado. Mi vida cambió desde que llegaste.
—No quiero salir lastimada —me dijo de pronto, mientras
me abrazaba con más fuerza—. No soy buena para ti,
pero… lo pensaré. Eres un buen hombre.
Y así permanecimos por largos minutos. Fue el abrazo
más largo que alguien me haya dado. Me perdí en el
tiempo. Solo me importaba ella. Desde ese momento, tuve
una nueva misión. Tenía que ayudarla a sanar, tenía que
ganarme más su confianza y saber cuál era el origen de esa
gran herida que llevaba consigo a todas partes.
11
LA FIESTA

Nuestro amor florecía al pasar los días. De verdad nos


estábamos dando la oportunidad de conocernos, y era
maravilloso. Volver a caminar de la mano con alguien,
volver a imaginar toda clase de cosas con alguien, volver a
sentir es lo mejor que te puede pasar. Los días recuperan
sus colores. Despiertas y te preguntas: «¿Realmente está
sucediendo?» Empiezas a darte cuenta de cosas que antes
pasaban desapercibidas, cosas que solo tú entiendes. Son
un montón de sentimientos inexplicables, únicos y muy
reales.

Todo marchaba bien, pero las grandes pruebas de la vida


surgen de manera inesperada. Tatiana había organizado
una fiesta de despedida para una amiga. Me animó a ir y
compartir con ellas. Nunca me han gustado mucho las
fiestas; aun así, me pareció una oportunidad perfecta para
compartir con Aitana y su hermana, así que acepté ir.
La fiesta era en el complejo de una gran urbanización.
Había piscina, bar y pista de baile. La música electrónica
estaba muy subida. Llegué casi a las diez de la noche. No
encontré a Aitana por ninguna parte. Me empezaba a
desesperar. De pronto, la vi bailando junto a un grupo de
chicas y su hermana. La pista estaba llena, casi no pude
reconocerla. Saltaba y se divertía. Tenía una cerveza en
una mano. No me acerqué durante varios minutos. Solo la
observé a la distancia. En ese momento, estaba conociendo
otra parte de ella. Recordé una memoria de mi pasado, una
escena similar, cuando Evelyn y yo estábamos en la fiesta
de uno de sus mejores amigos, el cual siempre se había
derretido por ella. Recuerdo lo incómodo que la pasé, y que
casi hubo pelea. Por eso y más, no me gustan las fiestas. El
recuerdo me invadió y juro que casi me fui de allí, pero, de
repente, Aitana me vio, se lanzó hacia mí y me dio un gran
abrazo. Estaba mareada.
—¡Por fin llegaste! —me dijo en voz alta para que pudiera
escucharla—. Dijiste que no te gusta bailar, pero que
aprenderías por una buena razón. ¿Qué dices?
Entonces me llevó a la pista y yo me dejé llevar. Creo que,
al principio, hice el ridículo, sentía que todos me
observaban, pero después, simplemente, dejó de
importarme. El maquillaje chorreado de Aitana me
encantaba, su aroma a vainilla se sentía más fuerte que
nunca. En pocos minutos, estaba empapado en sudor y
había olvidado por completo el recuerdo de aquella otra
fiesta.
Cuando las luces se apagaron y la gente se alocó aún
más, Aitana tomó otra cerveza, y luego otra, y otra más.
Pronto estaba demasiado mareada. Yo estaba sobrio. Me
empecé a preocupar. Le pedí que se detuviera un par de
veces, pero no me hizo caso. Le insistí que dejara de tomar,
pero no funcionó. Me desesperé. Hasta que cometí el
gravísimo error de quitarle una cerveza de la mano.
—Ya basta, por favor —le dije, firme, mirándola a los ojos.
Me miró por largos segundos; sus ojos se hicieron agua,
me soltó y se fue de la pista. Algo me decía que estaba en
peligro; recordé otra vez esa maldita noche, pero no me
importó. Solo fui tras ella. No podía dejarla sola en ese
estado. Tatiana nos observaba desde lejos.
Aitana se había metido al gimnasio del complejo. Estaba
llorando sentada en una esquina. Me acerqué y le pedí
disculpas. Ella me vio, se levantó, se alejó y me gritó:
—¡Eres igual que todos! ¡Ya me di cuenta! ¡No te importa
el amor! ¡Solo quieres acostarte conmigo! ¿Verdad?
¡Machista sin corazón!
Sus palabras fueron dagas. Le pedí que se calmara; traté
de acercarme, pero no me lo permitió.
—¡Una vez que te acuestes conmigo, te irás! ¡Te lo
aseguro! ¡Eres como ellos! ¡Los hombres son monstruos sin
corazón! ¡Lárgate! ¡No te quiero ver!
Parecía una pesadilla. La veía sufrir y desahogarse por
primera vez. Estaba totalmente quebrada. No podía parar
de llorar. Yo no sabía qué decirle, solo quería quedarme con
ella y cuidarla. De pronto, hizo algo que nunca esperé:
comenzó a desvestirse.
—¿Esto es lo que quieres? —me reprochaba mientras se
quitaba la blusa y el pantalón—. ¡Dime! ¿Esto es lo que
quieres?
yo no podía creer lo que estaba pasando.
—¡Acércate y aprovéchate! ¡Sé que es lo que quieres!
Al final se quedó en ropa interior. Vi su delicado cuerpo
por varios segundos; luego cerré los ojos, di media vuelta,
respiré profundo y le dije:
—Te quiero. Sé que, en el fondo, comprendes lo que digo.
No voy a hacerte daño. Te quiero, Aitana. Vístete, por favor.
El ambiente estaba tenso. Pude sentir su tristeza, su ira y
su frustración. Jamás había visto sufrir tanto a alguien. Me
hacía el fuerte, pero tenía un nudo en la garganta. Me
sentía inútil. No sabía qué hacer. De repente, pude sentir
sus manos tocando mi espalda. Ahora lloraba más despacio.
—Estoy muy cansada —me dijo con la voz hecha pedazos
—. Por favor, llévame a mi casa.
Respiré profundo, giré de nuevo, la ayudé a ponerse la
ropa y la llevé a su casa como me había pedido.
Ahí estaba yo, mirándola mientras dormía
profundamente, después de apoderarse de todas las
almohadas. Todos sus mininos la acompañaban en la cama.
Yo me había sentado en un pequeño sillón a su lado.
Akamaru y los otros dos perros dormían cerca de la puerta
del cuarto. El señor Persky estaba en mis piernas. Ahora
que recuerdo, todos estaban dormidos, menos yo. Era una
escena muy tierna. De inmediato, me nació escribir un
mensaje al grupo de WhatsApp que tenía con mis padres:
¿Quieren conocerla?

Respondieron enseguida:
Por supuesto.
Sería un honor.

No pude evitar soltar una sonrisa. Estaba viviendo uno de


los mejores momentos de mi vida, aunque, en realidad,
estaba preocupado por ella.
—¿Cuál es tu pasado, Aitana? —me pregunté.
Era casi las dos de la madrugada. Me terminé quedando
dormido yo también.
12
HULI JING

Desperté a las ocho de la mañana. El sol daba directo en mi


cara. Miré para todos lados, pero ella no estaba. Bajé las
escaleras muy despacio y escuché que los platos de la
cocina sonaban. Entonces, la vi: llevaba una batita de
dormir y estaba descalza. Tenía el cabello suelto y
alborotado. Se veía bellísima. Preparaba el desayuno
mientras escuchaba «21 guns», de Green Day.
Me senté en uno de los escalones para verla, pero ella se
percató casi enseguida de mi presencia.
—Supongo que tienes hambre —me dijo—. ¿Quieres venir
a desayunar conmigo?
No respondí, solo caminé hacia ella.
Había de todo un poco sobre la mesa: pan, mermelada,
huevos revueltos, leche, jugo, varias frutas y más.
De pronto, volvió a hablar:
—John, te quiero pedir perdón por lo de anoche. En serio
estoy apenada.
—¿De qué hablas? —le respondí—. Yo no recuerdo nada.
Ni siquiera sé cómo acabé aquí. Espera. Me siento extraño.
¿Acaso me hiciste algo? ¿El señor Persky tiene algo que
ver? Gato psicópata, ¿qué me hiciste? —le pregunté,
mientras nos mirábamos a los ojos, muy de cerca, de forma
chistosa.
Hubo un silencio prolongado; luego, los dos empezamos a
reírnos a carcajadas y nos dimos un fuerte abrazo.
Comimos mucho esa mañana, vimos películas,
escuchamos música... Pasamos todo el día juntos y jamás
hablamos de lo que pasó en aquella fiesta.
Cuando menos lo esperaba, ya estábamos compartiendo
con mis padres en la parroquia El Valle. Habíamos decidido
pasar allá todo el fin de semana. Como te imaginas, mi
mamá y Aitana se llevaron bien enseguida. Eran dos
criaturas místicas talladas del mismo árbol. Empezaron a
compartirse sus creencias y aquellas cosas raras que solo
ellas entendían. Mi papá y yo dejamos que charlaran toda
la tarde y, al caer la noche, como era de costumbre, hicimos
una pequeña fogata. Una vez allí, era tiempo de una
historia. Mi mamá era la experta. Nos sentamos frente a
ella, y empezó:
—Había una vez, un solitario hombre que vivía en un
lejano pueblo al norte de china. Su nombre era Zen Zhu.
Con tan solo veinte años, era un guerrero tenaz y muy
hábil, pero jamás usó sus habilidades para el combate. Un
día, la guerra azotó al país y, como era de esperarse,
empezaron a reclutar hombres de todas partes. Un par de
soldados llegaron a la casa del ermitaño con una carta del
rey, pero este se negó a ir con ellos. Los soldados,
indignados, decidieron usar la fuerza, pero no pudieron
contra él. Fueron derrotados de inmediato. Furiosos y
avergonzados, juraron regresar para matarlo. Zen Zhu no
hizo nada. Se quedó allí como si nada hubiera pasado. Esa
noche, mientras cogía leña, se desató una gran tormenta.
Mientras regresaba a su hogar, pudo ver a un zorro de
nieve atrapado bajo un árbol que acababa de caer. Decidió
ayudarlo y, una vez que sacó el árbol y lo liberó, se dio
cuenta de que estaba frente a un huli jing, un espíritu
zorro. No tuvo miedo, solo se alejó con lentitud mientras le
hacía una reverencia de respeto.
»Al día siguiente, un batallón de soldados llegó a su casa.
No tuvieron compasión. Él no pudo defenderse mucho
tiempo. Eran demasiados. Lo golpearon, quemaron su casa
y se lo llevaron como prisionero. Parecía el fin, pero, a
mitad del camino, los soldados fueron sorprendidos por una
manada de espíritus zorros. Trataron de luchar contra
ellos, pero, apenas los veían a los ojos, corrían asustados.
Uno de los huli jing ayudó a Zen Zhu a levantarse y le pidió
con un gesto que lo siguiera. El ermitaño, agradecido y
feliz caminó por largas horas en compañía de aquellos
nobles espíritus hasta llegar a la cima de una montaña. Una
vez allí, se sentó en una piedra, se concentró y se hizo uno
con la naturaleza. Alcanzó la iluminación.
»La historia recorrió China y, años más tarde, muchos
exploradores fueron a la montaña a buscarlo, pero nunca lo
encontraron.
»Un día, un niño se perdió en aquel gran bosque. Toda la
familia estaba desesperada. Horas después, apareció de
milagro. Sus padres le exigieron una explicación y él solo
contestó que se había perdido, pero que luego había sido
guiado por un zorro de nieve y un ermitaño.
—¡Uau! —exclamó Aitana—. Jamás había escuchado algo
así. ¿Es real?
—Así es —afirmó mi mamá—. Mi abuela me contaba la
historia todas las noches cuando era pequeña. El emblema
de mi familia es de un huli jing. Creemos con firmeza en
ellos. Son espíritus nobles capaces de hacer toda clase de
milagros.
—¿Usted realmente cree en ellos?
—Vi uno cuando era pequeña. Son reales.
—Me encantaría ver uno algún día —dijo mi papá.
Mi mamá lo observó con ternura, le dio un beso en la
mano y le respondió:
—Sé que podrías, porque solo los puros de corazón
pueden tener contacto con ellos.
Yo estaba emocionado, ya había escuchado la historia de
los huli jing, pero, aun así, me seguía impactando.
Era evidente que mi vida estaba cambiando. Yo era feliz y
no había nada que me quitara esa felicidad. Me sentía
como decía mi mamá: inmortal.
13
APASIONADA

Al día siguiente, llevé a Aitana a conocer los alrededores de


El Valle. Fue hermoso recordar todos aquellos lugares
donde jugaba cuando era niño.
Le presenté los caballos de mis padres: Tares y
Relámpago. Se enamoró de ellos perdidamente. Me confesó
que jamás había montado uno, así que le enseñé a hacerlo.
Al principio, tuvo miedo de montar a Tares, pero, después,
se sintió tan feliz que no quería bajarse de él. Recordé
aquel capítulo del libro El señor de los anillos, donde la
doncella guerrera Éowyn decide subir a su caballo sin que
el rey se entere e ir a la batalla junto a todos los hombres
de su pueblo.
«Ahí está ella», pensé. «Una doncella guerrera, una
valiente. De verdad he conocido a Éowyn».

No podía dejar pasar la oportunidad de que conociera mi


lugar favorito, así que la llevé allí.
—Te presento a Zed —le dije, señalando un árbol de más
de cincuenta metros de alto que se encontraba al lado de
un brillante y hermoso estero.
Ella estaba muy sorprendida. No dudó en acercarse y
abrazarlo. Entonces empezó a hablar:
—¿Cuántos años crees que tenga? ¿Cientos? ¿Miles? ¿Te
has puesto a imaginar todas las historias que guardará?
¿Todos los secretos? Está dormido, John. Todos los árboles
lo están. Decidieron hacerlo por el bien de la humanidad
hace mucho tiempo. No merecemos sus dones ni su
sabiduría. Aún no estamos listos.
Escucharla siempre me relajaba. Aitana era, en efecto, un
ser de la naturaleza.
—Creo que eres una elfa —le dije—, una silvestre.
—¡Amo la idea de serlo! —exclamó.
Quería acercarme y seguir hablándole, pero la vi tan
inspirada por los alrededores, que dejé que lo disfrutara.
Nos quedamos en ese lugar largas horas, hasta el caer de
la tarde.

Nos despedimos de mis padres después de asegurarles


que volveríamos. Y al final emprendimos el viaje de regreso
a la ciudad. Estábamos muy cansados. Dormimos todo el
camino.

Las siguientes tres semanas fueron extraordinarias.


Pronto me sentí listo para hacerle la pregunta otra vez.
Recuerdo que, en esas semanas, Aitana se enfermó de
gripe y tosía mucho. Yo la molestaba hasta hacerla enojar y
luego la abrazaba muy fuerte. Nos habíamos vuelto buenos
amigos. Nos teníamos mucha confianza, hablábamos de
todo tipo de cosas. Por esas fechas, tuve una semana de
vacaciones en la universidad, así que, después del trabajo,
solía ir al consultorio donde ella trabajaba para ayudarla.
Hacía lo que podía. Me gustaba bañar a los perros y a los
gatos que lo necesitaban. Con los perros no había mayor
problema, pero bañar a un gato era todo un reto.
Recuerdo que, un día, llegó una tortuguita llamada Kimi
al consultorio. No quería comer. Aitana, de inmediato, supo
cómo ayudarla. Le dijo al dueño que comprara otra tortuga
de la misma especie y que eso bastaría. Y así fue. Kimi
pronto tuvo un compañero y volvió a comer, a jugar y a
socializar. Aitana solía decir que la influencia entre
humanos y animales era igual de importante y fundamental
para el bien de todos. Siempre aconsejaba a sus pacientes
que no tuvieran mucho tiempo a sus mascotas solas, que
ellas necesitaban compañía de los humanos, pero, sobre
todo, de otros de su misma especie.
Yo la admiraba. Pensé que, si todas las personas
utilizaran sus dones como ella, el mundo, definitivamente,
sería un lugar mejor. Ella amaba a los animales, los
entendía y los ayudaba.
En ese momento, empecé a ver un futuro real con ella.
Éramos solo amigos, pero no me importaba. Me estaba
enamorando.

Siempre recuerdo aquellas extrañas conversaciones que


teníamos, y esa noche tuvimos una mientras comíamos
tacos en un restaurante.
—Aparte de ser psicólogo, ¿qué más te gustaría ser? ¿A
qué más te gustaría dedicarte?
Nunca me hubiera esperado una pregunta así. No le
había compartido eso de mí a nadie, pero ella valía, por
mucho, ser la excepción. Así que le respondí:
—Me gusta todo lo que tenga que ver con la música. Me
gustaría aprender a leer partituras, tocar instrumentos
musicales y componer. Digamos que mi sueño frustrado es
ser músico y compositor.
—Pero ya compusiste una canción. Ya eres un compositor.
—Eso fue hace años, y es solo una.
—Pero es muy valiosa para ti, ¿o no? ¿Puedo escucharla?
—Me la guardaré, por ahora, si no te molesta.
Me miró de forma extraña y luego continuó:
—A mí me gustaría viajar por el mundo. Me gustaría
explorarlo todo. No he tenido la oportunidad de salir
mucho. Existe un lugar al que siempre he soñado con ir: las
Islas Encantadas, Galápagos. Me han contado que es un
lugar mágico, rico en flora y fauna, con animales únicos y
asombrosos.
—Me gustan las tortugas —le dije—. Sería genial verlas
en su hábitat.
—Las tortugas son sabias. Viven muchos años. Son raras,
pareciera que lloran siempre, pero no es así. Ellas expulsan
el exceso de sal marina por medio de una glándula en la
órbita de los ojos, y eso hace que parezcan lágrimas.
En serio me encantaba escucharla hablar y explicar con
tanto entusiasmo sobre aquello que amaba. Aitana era una
mujer apasionada. Amaba la vida, y eso me cautivaba.
14
AMOR

Siempre he amado el cine. En ese tiempo, se estrenaba una


de las películas más esperadas por mí. Invité a Aitana y ella
aceptó.
Yo estaba ansioso por ver aquella película en compañía
de la chica que quería. Caminamos desesperados hacia la
sala, llevábamos palomitas y varios dulces. En la escalera,
vimos a Omar con su enamorada. Ambos estaban felices,
mejor dicho, ¡extremadamente felices! De inmediato supe
lo que significaba. Mis ojos se nublaron tan solo de
imaginarlo y olvidé el apuro que llevaba.
—¡Me dijo que sí! —exclamó mi amigo mientras se
lanzaba a abrazarme—. ¡Lucy me dijo que sí! ¿Puedes
creerlo? ¡Nos vamos a casar!
No pude evitar un par de lágrimas. Aitana, tampoco. Lo
abracé muy fuerte, como nunca lo había hecho. Estaba muy
orgulloso de él.
—¡Felicidades! —les dijo Aitana con los ojitos llorosos.
Nos abrazamos entre los cuatro. Nunca olvidaré ese
momento. Cuando quieres a alguien, su felicidad se vuelve
también la tuya. Cuando en realidad conoces a alguien y
sabes qué tipo de ser humano es, no hay necesidad de
hacer preguntas. Sabía que Omar estaba completamente
enamorado de Lucy y que había hecho lo correcto.
Disfruté la película junto a Aitana, pero, al mismo tiempo,
no dejaba de pensar en ellos. Le pedí a Dios que les diera
amor eterno, salud, prosperidad. Aitana me abrazó en todo
momento.
Al finalizar la película, nació algo en mí, algo como
aquella vez en el Bosque de Geranios. Comencé a sentir
calor, mi corazón se aceleró y no pude controlarme. La cogí
del cabello con delicadeza, me acerqué a ella y la besé. Ella
también lo hizo. Se sintió tibio, muy tibio… Fue un beso
tierno, pero apasionado. Nos miramos a los ojos unos
momentos y sentimos que nuestros pensamientos se habían
desnudado. No nos quedamos mucho tiempo viendo los
créditos. Decidimos ir a un lugar donde pudiésemos estar
solos.
Pude sentir latir su corazón tan rápido como el mío.
Estábamos coordinados. De verdad sentíamos lo mismo.
Cogimos un taxi y nos dirigimos a su casa. En todo el
trayecto no nos soltamos de las manos ni nos hablamos.
Al llegar, subimos directamente a su habitación y, como
dos jóvenes amantes, nos amamos. Me perdí en sus pechos,
en su espalda, en sus piernas, en sus brazos... Hicimos
magia. No tuvimos pena alguna de expresarnos. Parecía
que nos conocíamos muy bien. Fue una hermosa primera
vez. Entre el vaivén de nuestros cuerpos, sonreíamos y nos
abrazábamos.
No tengo palabras para seguir detallándolo. Hacer el
amor con alguien que amas es mágico.
A los pocos días, perdí la cuenta de cuántas veces nos
habíamos amado como aquella primera vez. Éramos dos
jóvenes ebrios de amor. Yo ya casi no pasaba tiempo en
casa del señor Morgan, sino en la de ella. Por suerte para
mí, su hermana me aceptaba y le agradaba. Estábamos en
uno de los momentos más maravillosos de nuestra extraña
y curiosa relación.

Una mañana, decidí prepararle el desayuno, así que me


levanté temprano para sorprenderla. Sin embargo, apenas
iba bajándome de la cama, me abrazó y me detuvo. Pensé
que iba a decirme algo raro que solo ella entendía, pero lo
que me dijo fue:
—Acepto, John. Acepto ser tu novia.
15
PASADO

Le agradecí eternamente. De pronto, no pude soportarlo


más. No sé qué me pasó. Exploté, desfogué, me quebré por
completo. Saqué todo lo que tenía guardado. Lloré como un
niño incapaz de detenerme. Aitana me abrazó como solo
ella sabía hacerlo y luego trató de consolarme.
—Ya, bebé —me decía mientras me arrullaba—. Aquí
estoy contigo. Estamos juntos. Somos uno. De aquí en
adelante, nadie podrá hacernos daño.
—Gracias —le susurraba mientras trataba de calmarme—.
Gracias por llegar a mi vida. En serio, gracias. Eres magia,
Aitana. Eres magia.
Nada me preparó para sus siguientes palabras:
—Quiero hacer las cosas bien contigo, John. Así que voy a
contarte mi historia.
De inmediato, mis lágrimas cesaron y la miré directo a los
ojos.
—¿Estás segura? —le pregunté.
—Es lo correcto.
Me preparé mentalmente para escucharla.
—Su nombre era Eduardo. Nos conocimos en la
secundaria. Era el chico más gentil que había conocido.
Todos lo querían y lo admiraban. Era ejemplar en todo
sentido. No tardé mucho en caer enamorada. Trató de
acercarse por mucho tiempo, pero yo no lo permitía. Hasta
que un día me llevó flores al curso y se me declaró frente a
todos. Le dije que sí. Él fue mi primer amor, mi primera
vez, mi primer todo. Lo amaba demasiado y estaba
dispuesta a hacer lo que fuera por él. Así pasaron cinco
años. Él decidió estudiar para ser doctor y yo, veterinaria.
Crecimos juntos, estudiamos juntos, aprendimos juntos.
Parecía amor eterno. Yo era feliz, pero la felicidad me había
cegado. Estaba tan ilusionada, que solo veía lo que había
frente a mí y no me daba cuenta de lo que pasaba. Un día,
vino a verme con un obsequio. Un libro: El caballero de la
armadura oxidada. Me dijo que se tenía que ir de viaje a un
congreso por un par de semanas. Yo le creí, pero me había
mentido. Se había ido de viaje con la que había sido su otra
pareja por varios años. Me traicionó todo el tiempo y yo no
me había dado cuenta. Jamás leí el libro, pero lo guardé en
un lugar muy especial para devolvérselo si en algún
momento volvía. Pero no lo hizo. Me convertí en una chica
sin corazón. Tomé malas decisiones. Salí con personas
mayores; todos querían lo mismo y, una vez que lo
conseguían, se iban. Comencé a odiar a los hombres como
no te imaginas. Creo que, si no fuera por mi hermana
Tatiana, yo no estaría aquí. Ella fue la única que siempre
permaneció a mi lado. Me di cuenta de que los únicos seres
que aman de verdad son los animales. Me enfoqué en
ayudarlos. Encontré paz y amor verdadero con ellos. Me
quedé sola por un largo tiempo. Pensé que estaba mejor
así. Pero, en el fondo, conservé un ápice de esperanza. Una
vez a la semana, me ponía un vestido y me arreglaba. Salía
al Parque Triangular y esperaba.
»Así es, John. Cuando te vi, tuve miedo, pero, en mucho
tiempo, no me había sentido en paz. ¿Recuerdas mis aretes
de libélula? Dijiste que era un animal espiritual, que traía
buena suerte, amor y prosperidad. Era la primera vez que
los usaba. Todo era real.
»No quise ponértelo fácil, así que traté de evitarte. Le
pedí a Dios que me diera señales. Le pedí que, si realmente
eras un buen hombre, me diera la oportunidad de
conocerte. Entonces, te vi en aquella librería y pensé: «¿De
verdad está pasándome?». Escapé, pero sabía que me
perseguirías. Y pasó lo de Akamaru. Pude conocer algo de
ti que no había encontrado en nadie: tu amor puro y
sincero por los animales. Entonces supe que Dios te había
enviado para mí. Y bueno, ya sabes qué pasó después. ¡Ah!
Y otra cosa: sí quiero leer el libro contigo. Pienso que, si es
tu libro favorito, a pesar de todo, también puede volverse
uno de los míos.
Estaba paralizado. No podía hablar. No podía con tanto.
Solo la abracé muy fuerte y luego empecé a agradecerle.
Nunca olvidaría esa mañana. Nunca olvidaría sus palabras.
No solo me hizo sentir especial, sino que me había dado a
entender que de verdad me quería, que de verdad quería
estar a mi lado.
Esa mañana, Aitana y yo hicimos varias promesas juntos,
promesas que solo quedarán en nuestras memorias. Me
sentía el hombre más afortunado del mundo. En mucho
tiempo, no me había sentido tan seguro.
16
LA BODA

El tiempo juntos pasaba volando y, como lo habrás


imaginado, pronto le hablé sobre Evelyn. Obviamente le
afectó, pero me agradeció por habérselo contado. Le
aseguré que ella era parte de un pasado ya enterrado y que
no aparecería para hacernos daño.

Siempre he creído que la base fundamental de una


relación es la confianza. Por lo general, se construye con el
tiempo, pero pienso que también implica muchas cosas
desde el principio. No hay nada más reconfortante para tu
pareja que saber que cuenta con tu apoyo y que tiene toda
tu confianza.

Esos días, conocí a Aitana más que nunca. Conocí sus


miedos, sus sueños, sus anhelos... Conocí parte de su alma.
Supe que, un tiempo atrás, había tenido problemas con el
alcohol, pero que había luchado para dejarlo sin necesidad
de terapia, lo que me dio a entender que era una mujer
muy fuerte. En definitiva, supe muchas cosas de ella. Y,
mientras más la conocía, más me impactaba. Era una mujer
ejemplar. Era ruda, y, al mismo tiempo, una dama. Desde
ya, me había enamorado.

Pronto llegó el día de la boda de Omar y Lucy, en un local


de eventos a pocos metros de la playa. Jamás había estado
en una. Entendí por qué significan tanto y por qué es el día
más importante para la mujer. Lucy brillaba de felicidad
esa noche. Parecía la novia más feliz del mundo. Entendí
que debía ser la principal misión de un caballero llevar a la
mujer que ama ante los ojos de Dios. Vi a Aitana de reojo:
le rodaban lágrimas, así que me acerqué a su oído y le
susurré:
—¿Y si escapamos y vamos la playa?
—¡Síííí! —gritó de la alegría.
La cogí en peso y salí corriendo de allí. No miré para
atrás. Fue un impulso bien loco, lo admito. No teníamos
ropa para nadar, pero no me importó y a ella, tampoco. La
lancé al mar y luego me lancé yo también. Jugábamos como
niños. Lo que nunca me imaginé fue encontrar a Steve y a
su enamorada y, luego, a toda una avalancha de tarados
que corrían hacia el mar y hacían exactamente lo mismo
que nosotros. ¡Fue genial! Omar y Lucy también estaban
allí. Todos gritábamos, cantábamos, jugábamos y
disfrutábamos en el mar. Fue una noche inolvidable.
17
FANTASMA

Mi graduación de la universidad estaba cerca. Tenía que


prepararme para presentar mi proyecto final. Le dije a
Aitana que me dedicaría de cabeza a estudiar todo el fin de
semana y ella entendió.
Estaba nervioso; después de tanto tiempo, por fin iba a
tener mi título de psicólogo. Sin embargo, la vida te pone
grandes pruebas cuando menos las esperas. Era sábado en
la mañana. Yo estaba en mi habitación. El señor Morgan no
se encontraba en casa. Yo meditaba un poco para despejar
la mente antes de clavarme en el proyecto. De pronto, pude
escuchar la voz de una chica, susurrándome:
—Aún estoy aquí.
Se me erizó la piel. No quise aceptar que era la voz de
Evelyn.
—¡Esto no puede estar pasando! —me dije a mí mismo.
Fui al instante a lavarme la cara y traté de olvidarlo, pero
no pude seguir en aquella casa mucho tiempo. Los
recuerdos me invadieron y fui incapaz de contener los
nervios. El fantasma de Evelyn había vuelto y me acechaba
de nuevo. Habría jurado que me había deshecho de todo de
ella. No entendía por qué me pasaba eso. No tenía sentido.
Me sentí muy mal. Tuve que salir de inmediato. Cogí mis
impresiones y mi laptop, y me fui a un restaurante cercano.
Pedí un café y traté de tranquilizarme.
Perdí el sentido del tiempo. Es difícil de explicarlo, pero
fue una mezcla de ansiedad y de miedo. No sabía qué hacer
para estar tranquilo.
Fue entonces cuando entró una llamada de un número
desconocido a mi celular.
—¡Mierda! —dije para mis adentros.
Contesté, y era ella.
—Johnny, sé que ha pasado tiempo, pero necesito verte y
explicarte todo. Por favor, respóndeme.
No podía contestarle. No podía creerlo. ¿Por qué ahora?
¿Por qué después de tanto tiempo? ¿Por qué me hacía esto?
¿Por qué me seguía afectando?
En ese momento, me di cuenta de que Evelyn seguía
siendo mi debilidad; me di cuenta de que, a pesar de todo
lo que había pasado con Aitana, no había terminado de
soltarla. Me sentí el peor imbécil del mundo.
—Calle treinta y tres y séptima. Una de la tarde —le dije,
y luego cerré la llamada.

Lo sé, no esperabas esto. De hecho, nadie lo espera en


sus vidas, pero pasa, y entonces te enfrentas a ti mismo, te
enfrentas al pasado, te enfrentas a tu fantasma.
18
PRUEBAS

En menos tiempo de lo que imaginé, estaba frente a ella.


Su cabello rojo se veía reluciente; como siempre, sus ojos
verdes no dejaban de mirarme, su ropa hippie me dio a
entender que no había cambiado, que seguía siendo la
misma mujer que había conocido hacía tiempo. Dejaba caer
las lágrimas mientras me contaba todo…
El hombre por el que me había abandonado resultó ser
un machista y un enfermo. Me enseñó un par de moretones
en sus brazos y me mostró una orden de alejamiento. Yo
sentí mucha ira. Quería buscarlo y golpearlo, pero Evelyn
me dijo que la justicia se haría cargo y que él nunca más se
le volvería a acercar. Me pidió toda clase de disculpas.
Intentaba coger mis manos, pero yo no se lo permitía.
Fue una charla de casi dos horas. Antes de irse, me pidió
un abrazo y me dijo que no dudara en buscarla, que me iba
a estar esperando. No le respondí. No le conté nada de mí;
mucho menos, de Aitana. Solo me dediqué a escucharla. No
pude negarle el abrazo. Nos despedimos y me fui a casa.
Ese sábado no estudié nada. Me dolía el corazón como no
te imaginas. Estaba desesperado, enojado, nervioso,
frustrado. No podía cargar con eso yo solo, no podía con
ese karma. Omar estaba de luna de miel, no podía llamarlo
para contarle esto, pero Steve sí se encontraba en la
ciudad, así que le pedí para vernos.
Él siempre fue un ser humano libre y expresivo. Me
enseñaba algo de música desde que estábamos en el
colegio. Fue gracias a él que compuse «El amor y el
ajedrez». Era lo que muchos llaman un caso perdido,
aunque yo nunca lo he visto así. Era un gran ser humano y,
cuando algo malo le pasaba a uno de sus amigos, era el
primero en estar para sus amigos.
Le conté todo. No me guardé nada. Le confesé que estaba
confundido y que tenía miedo de perder a Aitana. Entonces,
me compartió una frase que recuerdo hasta el día de hoy:
—El peor dolor del hombre es la conciencia y el mayor
miedo, la esperanza.
Me dijo que tenía que sacarlo y ser sincero con la
persona más maravillosa que había llegado a mi vida.
Obviamente, se refería a Aitana.
Le agradecí con un fuerte abrazo y, al caer la noche, volví
a casa. Sus palabras me habían tranquilizado un poco. Esa
noche intenté dormir y despejar la mente.

La presentación del proyecto era el lunes. Solo tenía un


día para estudiar. Estaba comportándome como un
adolescente hormonal e inmaduro, así que me amarré el
corazón y, el domingo a primera hora, empecé a
prepararme.
Fue uno de los días más largos de mi vida. Estudié hasta
altas horas de la madrugada del lunes y, cuando no pude
más, descansé escuchando un par de canciones de Hans
Zimmer.

La mañana siguiente fue atareada. Había tensión en


todos lados. El proyector se dañó. Un compañero se trabó.
¿Por qué siempre pasa? Pero, a la final, mi grupo y yo lo
logramos. Pasamos la sustentación. Jamás olvidaré lo
reconfortante que fue, a pesar de todo lo que había pasado.
No me quedé con mi grupo para celebrar, sino que corrí a
la cafetería para dejar todo en orden y pedirle a alguien
que me cubriera, y luego me apresuré al trabajo de Aitana.
Lo que nunca esperé fue encontrarla con sus padres. ¡Así
es! ¡Justo acababan de llegar de viaje!
Las pruebas apenas estaban empezando.
Ella estaba demasiado feliz. Todos se abrazaban. Una vez
que me vieron, me uní a la celebración y tuve que
guardármelo todo.
Los papás de Aitana nos invitaron a cenar y a pasar la
noche con ellos. Eran dos personas muy serenas y amables.
Aparentaban tener entre sesenta y sesenta y cinco años.
Estaban felices de que su hija fuera feliz y me dieron las
gracias. Yo no hablaba mucho, pues Aitana estaba tan
nerviosa que hablaba por mí.
—Es un gran hombre —decía—. Me ha ayudado mucho.
Desde que llegó a mi vida, todo es maravilloso. Lo amo. Y
quiero que un día lo amen también.
Cada palabra era una cortada más profunda que la otra;
me sentía amado por ella, pero, también, me sentía un
idiota. El remordimiento recorría mi cuerpo. No sé cómo
soporté pasar esa noche con ellos. Supongo que lo disimulé
muy bien.
Tener el corazón dividido es lo peor que te puede pasar.
En menos de cuatro meses, Aitana había entrado a mi vida
de una manera inesperada. Yo ya no sabía qué era lo
correcto. Tenía que tomar una decisión rápido antes de
lastimarme más o, peor aún, lastimarla a ella.
19
DESPEDIDA
Los padres de Aitana se quedaron una semana en el país.
Eran ejecutivos importantes de una gran empresa europea
que se dedicaba a la moda. Entendí por qué Aitana era tan
femenina y amaba tanto los vestidos. Su mamá, además,
era una diseñadora excelente. Nos mostró varios de sus
nuevos bocetos y quedé impactado. ¡Eran bellísimos!
Por varias conversaciones entre padres e hijas que
nacieron en esos días, interpreté que ellos quisieron
llevarlas varias veces a Europa para que empezaran una
nueva vida, pero Aitana y Tatiana se habían negado antes y
se seguían negando ahora. Amaban este lugar y no lo
dejarían con facilidad. Escuché decir al papá: «Las puertas
siempre estarán abiertas; las estaremos esperando en todo
momento».
A pesar de la distancia que los había separado casi toda
la vida, se respiraba un ambiente familiar entre ellos, lo
que me recordó a mis padres. Todo había sido duro para
ellos, sobre todo para Aitana, que era la menor. Sus padres
habían tenido que tomar decisiones difíciles para pagarles
los estudios y sacarlas adelante. Supongo que algún día lo
entenderé.
Fueron días diferentes. Pasé gratos momentos con ellos.
De a ratos olvidaba lo que había pasado con Evelyn; aun
así, en el fondo, me sentía mal. Traté de mantenerme
estable y alejado de aquella otra realidad.
El siguiente lunes por la noche, los padres de Aitana se
marcharon con la esperanza de jubilarse pronto y volver
para vivir sus últimos años en compañía de sus hijas. Fue
una despedida dolorosa. No pude evitar unas cuantas
lágrimas en el aeropuerto. Todos se abrazaban y lloraban
Lo que nunca esperé es que el papá de Aitana se me
acercara y me dijera:
—Cuídala, John. Te estoy confiando mi tesoro,
¿entendiste? Mi tesoro. Mi bebé.
Luego me dio un gran abrazo, uno de esos que solo un
padre puede dar. Yo tenía un nudo en la garganta.
Apretaba. Le prometí que la cuidaría y que haría las cosas
bien.
Finalmente, después de unos cortísimos minutos,
abordaron el avión.
Aitana, Tatiana y yo nos quedamos un par de horas en
una de las cafeterías del aeropuerto conversando, tratando
de suavizar aquel dolor único de la despedida.
20
MÁS FANTASMAS
No sé cómo pude resistir toda una semana sin contarle a
Aitana lo que había pasado con Evelyn. Para ser sincero,
me había calmado un poco, pero era cuestión de tiempo
para que Evelyn volviera a contactarme. La conocía muy
bien. Era una mujer intensa y obstinada. Me sentía
preocupado.

A los pocos días, todo volvió a la normalidad. La rutina se


apoderó de nosotros una vez más, y digamos que todo
marchaba bien hasta que llegó aquella maldita tarde. Ese
día, todo dio un giro inesperado. Nunca lo olvidaré.
Estaba en el trabajo, preparando un capuccino especial
que me habían solicitado, cuando vi entrar a una pareja
joven. Aparentaban unos veinticinco años cada uno. La
chica estaba embarazada. Me causaron ternura. Parecía
amor sincero. Quise acercarme y atenderlos en persona,
pero uno de los meseros ya se había adelantado. En unos
pocos segundos, mi mente empezó a lanzarme todo tipo de
recuerdos de lo que había vivido con Aitana. No sé qué me
pasó, pero no resistí mucho tiempo. Al cerrar la cafetería,
fui directamente al consultorio.
Estaba ansioso. Moría por verla. Había tomado la
decisión de contarle lo que había pasado y enfrentarlo. Era
lo correcto para todos; sobre todo, para ella. Había sido
muy linda conmigo, no merecía esto de mi parte.
Estaba cerca de su trabajo. De repente, un auto se
estacionó frente al consultorio y se bajó de él un joven de
unos veintiocho años, vestido formal. Llevaba flores y algo
que parecía una carta. Me detuve por intuición. Algo en mí
despertó al instante al verlo entrar al consultorio. Mis
manos se pusieron heladas; contuve la respiración y mi
vista se nubló. Casi un minuto después, lo vi salir con las
manos vacías. Me observó a la distancia. No me apartó la
mirada por varios segundos. Luego subió a su auto y se
marchó.
«Esto no puede estar pasando», me dije a mí mismo.
Casi enseguida vi salir a Aitana a toda prisa. Lloraba
mientras observaba aquel carro a la distancia. Tenía la
carta en sus manos. Me vio a lo lejos y se hizo la
disimulada. Luego volvió a entrar.
«¿Por qué no se me acercó?», me pregunté con el corazón
en la mano.
Sentí que me desmoronaba. No sabía si quedarme ahí o
entrar a hablar con ella. Poco a poco, caminé en automático
hacia el consultorio.
La vi sentada junto a unas plantas, cerca de la entrada.
Tenía la cara tapada.
—Amor, ¿todo bien? —le pregunté.
—Regresó —me dijo, angustiada—. El imbécil regresó.
No quise aceptar lo que me estaba respondiendo.
—¿Quién?
—Sabes muy bien quién.
Tragué saliva, respiré profundo y le susurré:
—¿Quieres que me quede?
—Quiero estar sola. Necesito calmarme y aclarar las
cosas. Lo siento, John.
Yo estaba bajoneado; más que eso, ¡estaba furioso!
¿Cómo se había dignado en volver después de lo que le
había hecho? ¿Qué tipo de monstruo era? De verdad veía
todo rojo, pero me tranquilicé por ella. Entendí que, a
pesar de todo, Eduardo también seguía siendo su debilidad.
Me acerqué a Aitana y, entonces, le confesé:
—Evelyn también volvió. La vi hace una semana. Sé que
estuvo mal, pero no pasó nada. Lo siento por no decírtelo
antes. No quería que la pasaras mal estando con tus
padres.
Me miró a los ojos, muy enojada, y me respondió:
—¡No debiste ocultármelo! ¡Fuiste un cobarde! ¿Qué
diablos tienen que ver mis padres?
Se tranquilizó y me dijo con otro tono de voz:
—Te afectó, ¿verdad?
No pude responderle, pero ella entendió mi silencio.
Luego se levantó con lentitud. Se dio cuenta, igual que yo,
de que estábamos en la misma posición, de que ambos
estábamos afectados y confundidos. Entonces se alejó. No
dijo nada; yo, tampoco. Debí ir tras ella, pero no pude.
Jamás olvidaré ese dolor. Me levanté, alcé la mirada y fue
entonces cuando le dije las palabras mágicas:
—Te amo, Aitana.
Ella giró y me respondió a la distancia:
—Yo también te amo, John. Pero será mejor no volvernos
a ver, por el bien de los dos.
21
EL CONSULTORIO

Ahí quedé yo, con cincuenta preguntas y un montón de


sentimientos cruzados. En mucho tiempo no me había
sentido tan infeliz.
Me puse los audífonos y caminé a casa mientras
escuchaba «Chasing Cars» de Snow Patrol.
Me alejé de su vida como ella me lo había pedido. Supuse
que era lo mejor para ambos.
Les conté a Steve y a Omar lo que había pasado.
La extrañaba demasiado. Los días perdieron su encanto.
La rutina se volvió a apoderar de mí. Y así, sin que me diera
cuenta, pasó una semana.

Tal y como lo supuse, Evelyn volvió a llamar. No sabía si


contestarle o no, pero me dejé llevar como un tonto.
Terminamos encontrándonos pocos minutos después en un
centro comercial.
Recuerdo que fue vestida muy provocativa. Jamás había
conocido ese lado de ella. Me pidió que la acompañara a
hacer unas compras y yo acepté.
Un gran interrogatorio fluía en mi cabeza mientras
paseábamos por la tienda de ropa. No sabía si huir o seguir
fingiendo que quería estar allí. Me sentía un imbécil.
Entonces, pasó algo que me sacó de órbita. Evelyn se me
acercó con dos lencerías, una roja y otra negra.
—Elige una —me dijo.
No supe qué responderle. Jamás hubiera esperado algo
así. No pude contener mis pensamientos y estos empezaron
a salir. Imaginé a Aitana con ambas lencerías y lo hermosas
que le quedarían. Recordé aquellas noches únicas cuando
caíamos dormidos, abrazados y sin energía. Recordé
nuestras charlas maravillosas, su forma de ver la vida, sus
pensamientos élficos, sus pies descalzos... Recordé muchas
cosas, pero, sobre todo, recordé cuánto la quería. ¡Qué
estúpido era! ¿Qué rayos hacía allí?
—¿Hola? —me preguntó Evelyn al verme todo aturdido.
Reaccioné, respiré y le dije:
—Lo siento, Evelyn. Me tengo que ir.
—¿Qué? Pero esto lo iba a usar contigo. ¿En serio te vas a
ir? ¿Me vas a dejar así?
No respondí. Me subí la capucha, me puse los audífonos y
me embarqué en el primer taxi que vi.
No sabía nada de ella, pero no podía hacerle eso.
Realmente la amaba y me había dado cuenta en ese preciso
momento.

Mi graduación se acercaba. Empecé a perder la


esperanza de pasar ese día con ella.

La tarde siguiente, después del trabajo, tuve que ir a


dejar unos documentos a la universidad. Caminaba por los
pasillos y me encontré con el decano, frente a frente.
—Buenas tardes —lo saludé con respeto.
—Buenas tardes, John. ¿Cómo estás?
—Ansioso por graduarme, supongo —le respondí sin
ánimos, mirando hacia abajo.
Me observó como lo hace un sabio y me dijo:
—Tengo unos minutos libres. Creo que te haría bien
conversar. Me gustaría escucharte, ¿qué dices? Tus clases
acabaron; yo ya no soy tu profesor, pero creo poder
ayudarte y darte un consejo antes de que te gradúes.
Era la primera vez que el decano me hablaba de esa
forma. Nadie en la facultad me había aportado tanto como
él, así que acepté ir.
Imaginaba una oficina llena de libros y de cuadros
abstractos, como por lo general son las oficinas de los
psicólogos, pero esta era diferente. Había libros, por
supuesto, pero, también, toda clase de plantas. No había
aire acondicionado; en vez de eso, la ventana estaba
abierta y entraba aire natural. Había una pecera muy
grande con muchos ejemplares de todos los tamaños y
colores. Había una guitarra, un piano y un extraño aparato
pequeño parecido a un molino de viento. Se respiraba un
ambiente fresco. Al final, había un escritorio y un par de
muebles grandes.
—Siéntate —me dijo al verme distraído.
Lo hice. Él cogió la guitarra, se sentó en una silla de al
lado y empezó a entonar una melodía que recuerdo hasta el
día de hoy.
—Cierra los ojos y enfócate en la música —me dijo con
voz baja y pacífica—. Háblame de ella, John. Quiero
conocerla.
Me di cuenta de que estaba frente a la persona más
serena que había conocido. Su vestimenta se asemejaba a
la de un druida. Me hizo recordar aquel capítulo donde el
caballero de la armadura oxidada se encuentra por primera
vez con el mago Merlín. Me sentí en total confianza. Cerré
los ojos, respiré profundo, traté de relajarme y, sin que yo
me resistiera, mis emociones empezaron a salir. Me dejé
llevar por el ritmo de la melodía, y entonces empecé a
hablar…
—Ella es extraña. Es una especie en peligro de extinción
o, quizá, vino de otro planeta en busca de algo que,
definitivamente, no encontró. Lo cierto es que tuve la
oportunidad de conocer su alma mística y hermosa. Tiene
grandes y hermosos ojos negros, y un largo y lacio cabello.
Siempre viste a la moda en la calle y en casa le gusta andar
descalza. Me encanta. Sus piernas cortas no se cansan
nunca. Jamás conocí a nadie con tanta energía, a nadie con
un amor tan natural. A sus cortos veintitrés años, es un
ejemplar de mujer dulce y ruda a la vez, pero con una
herida muy profunda, de esas que solo el tiempo puede
curar, o quizá no.
Un par de lágrimas resbalaron por mis mejillas.
—Ahora que he madurado un poco, entiendo qué significa
el amor en realidad. Amor es amar la felicidad de quien
amas. Amor es confianza. Amor es, sin duda, un
sentimiento que nos cambia y que nos repara.
Abrí los ojos y miré directamente al decano. Estaba
cautivado. Su mirada reflejaba mi alma.
—Musicoterapia —me dijo, de pronto—. Utiliza las
maravillosas capacidades de la música, estimula las
emociones, penetra en lo más profundo de nuestros
pensamientos. Realmente ayuda, ¿no lo crees?
—Sí —le respondí con sinceridad, impresionado por lo
que acababa de pasar.
—Se nota que realmente la amas. ¿Puedo saber su
nombre?
—Su nombre es Aitana.
Hizo un gesto de asombro, se me acercó y me dijo:
—Déjame decirte, John, que no había escuchado una
descripción como esa desde mi juventud. Hoy en día, la
mayor parte de los jóvenes son frívolos; ya casi no creen en
el amor. Me alegra saber que aún existen almas como la
tuya, almas que están dispuestas a hacer cualquier cosa
por la persona que aman. John, pase lo que pase,
encuentres lo que encuentres, por favor, no te desvíes del
camino. Mantén firme esos sentimientos nobles y buenos
que tienes. Y, cuando llegue el momento, transmíteselos a
tus pacientes. Sé que serás un buen psicólogo. Desde ya
que lo eres.
Tenía un nudo en la garganta. Jamás alguien me había
dicho algo así. No pude responderle.
—Me tengo que ir —agregó, dejando la guitarra en su
lugar—. Nos vemos la semana que viene en tu graduación.
Fue un honor, John.
—Espere —le dije—. Gracias, decano. Gracias por esta
lección.
Sonrió, abrió la puerta y, antes de salir, me dijo:
—A veces, los peores momentos definen quiénes somos.
¿Quién eres, John?
No tuve respuesta. Salió de la oficina y me dejó allí.
22
EL ACERTIJO

El decano tenía razón. Debía tomar una decisión y llenarme


de valor. Tenía que pensar en qué era lo mejor para los dos.
Salí de la universidad y fui directo a casa. Apenas entré,
vi al señor Morgan en el piano, muy concentrado. Jamás lo
había visto así.
—¿Compone algo nuevo? —le pregunté.
—Así es, muchacho.
—¿De qué se trata?
—Habla de un reencuentro. Y de cómo dos personas
reconocen que realmente se aman.
No parecía él. Jamás me había respondido así. Pude notar
enseguida que se había vestido diferente, muy elegante. Se
levantó, se miró al espejo y me dijo:
—No sé qué esté pasándote, pero, si realmente la amas,
¿qué carajos haces aquí?
Me helé. No esperaba esas palabras de él.
—¡No pierdas el tiempo y ve a buscarla! ¡No busques
respuestas inválidas, porque no existen! ¡Anda y date la
oportunidad de ser feliz! ¡Si un viejo como yo puede, tú
también! Ahora, si me disculpas, tengo una cita.
No reconocía al señor Morgan. Sus palabras fueron una
descarga emocional. Todos los recuerdos con Aitana me
bombardearon otra vez. Eran las diez de la noche; no sé
qué me pasó, pero no me importó nada. Salí a la calle, cogí
un taxi y me dirigí a su casa.
Quería llegar rápido. No sabía a lo que me iba a
enfrentar, pero no me importaba. Esto no podía acabar así.
No podía dejarla ir.
Fueron largos y tormentosos minutos, hasta que por fin
llegué. Tatiana me abrió la puerta. No olvidaré su cara de
felicidad al verme y el abrazo fuerte que me dio.
—Sabía que ibas a venir —me dijo, entusiasmada.
—Tatiana, ¿en dónde está ella?
—No lo sé. Se fue ayer, pero te dejó algo. Me dijo que
eras el único que podría descifrarlo.
—Muéstrame.
—Antes de que te lo muestre, prométeme algo.
Prométeme que la traerás a casa.
—Tienes mi palabra. La amo. Fui un imbécil, pero ya no
más. La buscaré en todos lados.
Tatiana entró a la casa con rapidez y salió con una carta
sellada en las manos. No dudó en dármela. Mi mundo se
detuvo cuando la tuve en mis manos. Respiré profundo y la
contemplé, tratando de imaginar lo que tenía escrito
adentro. Estaba nervioso, sudaba un poco, pero no me
importó mucho tiempo. Abrí el sobre y empecé a leer:

Donde el fuego y el agua se encuentran y bailan,


porque el terreno es virgen y sus habitantes cantan.
Un paisaje turquesa de cosas raras,
alberga criaturas de ojos tristes, sabias y solitarias.

—Sé dónde está —le dije a Tatiana, dándole un beso en la


frente—. ¡Gracias! ¡En serio, gracias!
—Cumple con tu promesa, John.
—Así será —le afirmé, y salí corriendo a pedir un taxi.
Me dirigí a casa a empacar en seguida. Metí de todo un
poco en dos mochilas, incluyendo mis ahorros. Me sentía
emocionado y lleno de adrenalina. Llamé a uno mis
compañeros del trabajo y le pedí que me cubriera en la
gerencia de la cafetería. Sabía que podía contar con él.
Apenas cerré la llamada, un número desconocido me
empezó a llamar. Era Evelyn. Le colgué sin dudar. No me
importó. Insistía y llamaba una y otra vez, pero yo le seguía
colgando mientras terminaba de empacar.
—Ya voy, Aitana. No tardo. Ya voy.
Cogí otro taxi y me dirigí al aeropuerto.
Nunca esperé encontrar a Steve y a Omar allí.
—¿Qué rayos está pasando? —les reclamé—. ¿Tienen algo
que ver con esto?
Se miraron y sonrieron como tarados. Entonces, Omar me
entregó un boleto y me dijo:
—Adelante, ella te está esperando.
—No te preocupes por los gatos y los perros —agregó
Steve—. Los cuidaremos por un tiempo junto a Tatiana.
Aunque, quizá, el señor Persky atente contra nosotros, pero
no importa. Sobreviviremos.
—Esperen, esperen. ¿Cómo...?
—Cállate y ve pronto —me interrumpió Omar.
Quería abrazarlos, pero no lo hice. Solo les di las gracias.
Una vez más, este par de imbéciles lo habían planeado
todo.
Subí al avión y sonreí. Estaba ansioso por verla.
Mi destino era Galápagos, las Islas Encantadas.
23
UN LUGAR SAGRADO

Tres horas de espera y tres de vuelo resultaron una


eternidad, pero, definitivamente, fue el viaje de mi vida.
Jamás vi paisajes tan hermosos. Jamás creí que existiera el
paraíso en la tierra. Galápagos me sorprendió de todas las
formas desde el principio. Vivir con la naturaleza sin que
los animales te tengan miedo fue la experiencia más
increíble de todas. Los puertos eran limpios, las calles,
ordenadas, y, adonde sea que mirabas, cantaban un montón
de pinzones.
Llegué al aeropuerto de Baltra, una isla pequeña frente a
Santa Cruz. Repasaba el acertijo una y otra vez para estar
seguro de dónde se encontraba Aitana. Decidí leérselo a un
guía turístico que estaba cerca y que, con amabilidad,
decidió ayudarme.

Donde el fuego y el agua se encuentran y bailan,


porque el terreno es virgen y sus habitantes cantan.
Un paisaje turquesa de cosas raras,
alberga criaturas de ojos tristes, sabias y solitarias.

—¡Vaya! —exclamó con una sonrisa—. No había


escuchado algo así en mi vida. Pero me alegra que las
personas que vienen amen este lugar. Sé exactamente a
dónde debes ir. Se llama La Laguna de las Ninfas. Queda en
Puerto Ayora, la cabecera cantonal de San Cruz. Un ferri
está por salir. Te puedo dar un mapa con unas cuantas
indicaciones. Acompáñame para explicarte, por favor.
Le agradecí de todo corazón. Era un joven llamado Tobar.
Tenía mi edad. Le di una buena propina, me embarqué en
el ferri y este zarpó.
Me di cuenta de que el agua era de un tono celeste que
no había visto nunca. Estaba encantado. Olvidé por
completo mi vida pasada. Mientras más me acercaba a
Santa Cruz, más ansioso estaba por verla.
Luego de hacer varias preguntas a los habitantes de la
isla y de coger varios autobuses, por fin llegué a La Laguna
de las Ninfas.
Tal y como decía el acertijo de Aitana, el agua de la
laguna era de un extraño color turquesa. Sentí que los
elementos se mezclaban. En ella, había distintas especies
de tortugas, peces y rayas. La vegetación era asombrosa,
jamás vi tantos colores en distintas plantas. Se sentía como
un lugar sagrado. Mientras caminaba por un puente de
madera, observaba para todos lados con la esperanza de
verla. Solo podía esperarla dos horas. A las cinco y media
de la tarde, la reserva se cerraría.
Media hora después, no había aparecido, pero yo
mantenía la calma. Además, el paisaje, los sonidos, los
colores y todo lo que me rodeaba me hacía sentir en paz.
En efecto, era un lugar especial. Respiraba profundamente
mientras imaginaba todo aquello que habría pasado en ese
lugar. Cuántas historias, cuántas canciones, cuánto amor…
Mi mente se encontraba en calma, aunque no podía evitar
tanta inspiración, hasta que escuché una voz dulce y
familiar que me decía:
—Hola, humano.
Ahí estaba ella, con un vestido hawaiano y un curioso
sombrero amarillo. Me sonreía como la primera vez. Estaba
preciosa. Más que nunca.
—Hola, humana —le respondí, mientras me lanzaba hacia
ella para abrazarla muy fuerte. Ella también me abrazó.
Jamás estuve tan feliz de volver a ver a alguien. Jamás
sentí tanto amor en mi vida. Varias lágrimas empezaron a
rodar por nuestras mejillas.
—Sabía que vendrías a buscarme —susurró—. Le pedí a
mi hermana que, cuando tocaras la puerta de nuestra casa,
contactara a Steve y Omar.
—¿Lo planeaste todo?
—Sí, John.
—¿Cómo sabías que vendría?
—Tuve fe en un hombre que es único.
La abracé más fuerte cuando escuché eso. Todo era
emocionante e increíble. No paraban de resbalar lágrimas.
—Eres la única persona que sabía dónde encontrarme.
Gracias por venir. Significa todo para mí.
—Perdóname, Aitana. Fui un tonto, pero, al final, me di
cuenta. Me di cuenta de que eres el amor de mi vida.
Quiero que seas tú, no Evelyn. Te amo y quiero estar
contigo, si me lo permites.
Me miró con ternura y me respondió:
—Lo pensaré, lo prometo. Por ahora, vivamos esta
aventura. Será terapia. Nos hará olvidar. Volvamos a
empezar. ¿Quieres?
Suspiré y le dije de todo corazón:
—Por supuesto que sí. Mil veces, sí. Contigo, lo que sea.
Por ti, lo que sea.
Nos abrazamos muy fuerte y, después, caminamos por la
mágica Laguna de las Ninfas con libertad, sin el peso de
nuestros pasados.
24
JUNTOS

Fueron tres días llenos de aventuras inolvidables. Es poco


decir que fue la experiencia más gratificante de mi vida, y
junto a la persona más especial de todas. Ver por primera
vez, y de cerca, lobos marinos, piqueros de todo tipo,
tortugas, pingüinos y más, es algo que no olvidaré nunca.
Me fui con la esperanza de volver pronto y explorar más,
me fui con las memorias más hermosas que te puedas
imaginar, pero, sobre todo, me fui con la esperanza de
encontrar una nueva vida y paz.

Mi graduación fue fenomenal. Estaban las personas que


más amo en este planeta: Aitana, mis padres, el señor
Morgan, Steve, Omar y Tatiana.
Jamás olvidaré las palabras de despedida del decano. Nos
dijo que teníamos una gran responsabilidad como
psicólogos y que nuestras carreras apenas estaban
empezando. Nos pidió que nos siguiéramos preparando y
que no olvidáramos nuestra humanidad.
Cuando la ceremonia acabó, no dudé en acercarme y
volver a darle las gracias por todo.
Él sonrió y me respondió:
—Te esperamos dentro de una semana para conversar.
Nos gustaría contratarte para un colegio que tiene
convenios con la universidad. ¿Qué dices? ¿Crees estar
listo?
¡No podía creerlo!
Me paralicé por la sorpresa y la ilusión. En ese momento,
supe que era realmente afortunado.
Solo le respondí, con un nudo en la garganta:
—Allí estaré, decano. Por supuesto que estoy listo.
Muchísimas gracias.
EPÍLOGO

Mi nueva vida como psicólogo no tardó en empezar y fue


fantástica desde el primer momento. Compartir con niños y
adolescentes es, sin duda, una grata experiencia. Me volví
miembro del departamento de Orientación de planta de un
colegio que involucraba a los estudiantes con varias ramas
del arte, sobre todo con la música.
Tuve que dejar la gerencia de la cafetería, por supuesto,
pero los recuerdos que me llevo de ese lugar y las personas
maravillosas que conocí allí me acompañarán por el resto
de mi vida. Lo sé muy bien. Jamás los olvidaré.
Mi relación con Aitana se fortalece y mejora día a día.
Somos más amigos que pareja. Nos complementamos muy
bien. Somos muy felices. Somos un buen equipo.
Akamaru sigue con nosotros. Es el perro más cariñoso del
mundo. Se lleva de lo mejor con sus hermanos Doti y Eva.
Tenemos a dieta al señor Persky. Había engordado.
Quizás comía a escondidas, pero no más. Lo estamos
vigilando. Gato loco. Siempre nos saca sonrisas. He logrado
creer que realmente nos conocimos en alguna vida pasada.
Mi sueño frustrado tocó fondo en una amanecida. Es
curioso: Aitana me incitó a comenzar una carrera en la
música. Así es. Ella no deja de darle giros inesperados a mi
vida. Ahora estudio en el mismo conservatorio que Steve.
Perseguiré mi sueño de ser un gran compositor algún día.
Aitana trabajó en aquel consultorio unos cuantos meses y
luego decidió abrir el suyo. Sus pacientes la aman. Suelo
ser su discípulo en mis tiempos libres; es una maestra
sensacional. La admiro y estoy orgulloso de ella.
Leímos El caballero de la armadura oxidada juntos.
Aitana lloró al final. Le gustó y le afectó. Me confesó que se
había vuelto uno de sus libros favoritos. Tú también
deberías leerlo.
Pronto decidimos planear nuestro futuro y, con toda la fe
del mundo, empezamos a ahorrar. Mes a mes, metemos uno
o dos sobres cerrados en una cajita de madera que tiene
como nombre: «Para conocernos más».
Hoy me siento el hombre más afortunado del planeta.
Aitana y yo no somos una pareja perfecta; a diario
atravesamos toda clase de pruebas, pero ganamos algo de
experiencia en cada una. Aprendimos a soltar por completo
nuestros pasados. Comprendimos que no nos llevaban a
ninguna parte. Frecuentamos el Parque Triangular y el
Bosque de Geranios. Son nuestros lugares sagrados. Nos
amamos. Estamos comprometidos, pero, aun así, sabemos
muy bien que las verdaderas pruebas apenas empiezan.
PALABRAS DEL AUTOR

¿Cómo dejas ir a alguien? ¿Cómo puedes volver a darte la


oportunidad para ser feliz después de haber compartido
tanto con alguien?
Es todo un reto aceptar que aquella persona que tanto
amamos ya no está. Es normal que pasemos un tiempo
malo y triste después de esa fractura emocional, pero no
podemos permitir que nos dure tanto. Recuerda que las
cosas pasan por algo y que Dios está observando. Tú solo
encárgate de hacer lo correcto y, automáticamente, serás
recompensado.
Querida lectora, el mundo es un lugar hostil compuesto
por toda clase de monstruos, pero siempre existirá un
humano dispuesto a amarte y a hacerte feliz. ¿Cómo
reconocerlo? Pues, un hombre que de verdad esté
interesado por ti hará lo imposible por acercarse, será
atento, será todo un caballero, sabrá esperarte y, lo más
importante: sabrá dónde encontrarte.
Querido lector, solo tengo una cosa que compartirte.
Léelo varias veces: ama sus silencios, ama sus defectos,
ámala en todo momento, y verás que ella te amará mucho
más.
AGRADECIMIENTOS

Agradezco principalmente a Dios por darme el valor, la


fortaleza y la oportunidad de mostrar este libro.
A mis padres, por estar dispuestos a ayudarme en todo
momento. Los amo con mi vida.
A mi esposa, Aitana, por ser la persona más transparente,
maravillosa y linda. Te amo, mejor amiga.
A mi hermana, mi extraño e increíble ser de luz, que
jamás ha dejado de protegerme.
A mis mejores amigos, los tarados más grandes del
mundo. Gracias por estar siempre a mi lado.
A ustedes, queridos lectores, por darme la oportunidad
de entrar en sus vidas a través de mis letras. Que Dios, sus
ángeles guardianes y sus elementales los protejan siempre.
Son muy importantes en este planeta. Son valiosísimos.
Pase lo que pase, enfrenten lo que enfrenten, nunca lo
olviden.
EL AMOR Y EL AJEDREZ
I
El tablero siempre juega suspirando hasta el final,
claramente, nos enseña que la reina puede más.
Siempre existe un milagro que la puede regresar.
Sacrifica tus peones, tus defensas, tu final.
No importa cuántas piezas te destruyan, juega en paz.
Disimula tu estrategia, el enemigo se va a cansar.
Galopa puerta a puerta, no pretendas perdonar,
que la magia del caballo siempre será genial.

Coro
El amor y el ajedrez,
dos sonidos para el tren,
un motivo para el niño,
el que no sabe cuándo se fue.
El amor y el ajedrez,
dos caminos para el rey,
unidos por un destino
en el que no sabes
en cuál de los dos
vas a perder.
II
No importa cuántas veces te enamores de tu rival,
usa tu experiencia, protégete hasta el final.
Recuerda que no existen condiciones para negar
el dolor del jaque mate, que nunca podrás olvidar.
Te aconsejo: siempre deja los alfiles para improvisar,
que el orgullo de las torres siempre va a volar.
Cuando estés acorralado o cuando sientas tu triunfar,
recuerda que el juego siempre tiende a durar más.
Coro (x2)

Coro
El amor y el ajedrez,
dos sonidos para el tren,
un motivo para el niño,
el que no sabe cuándo se fue.
El amor y el ajedrez,
dos caminos para el rey,
unidos por un destino
en el que no sabes
en cuál de los dos
vas a perder.

III
El tablero siempre juega suspirando hasta el final,
claramente nos enseña que la reina puede más.
Siempre existe un milagro que la puede regresar,
sacrifica tus peones, tus defensas, tu final.

¿Perdiste?
¡Adelante! ¡Vuelve a jugar!
SOBRE EL AUTOR

Escritor internacional publicado bajo el sello Destino de


Grupo Planeta.

Nació en Guayaquil, en noviembre de 1993


Ha autopublicado once libros a nivel nacional y uno a nivel
internacional, titulado Primero es ella.
Fue autor BestSeller en los años 2019, 2021 y 2022 en las
principales librerías del Ecuador.

Ganador de la medalla de oro otorgada por la Comisión


Superior de Distinciones del Renacimiento Francés.
Medalla de oro por aporte cultural.
CONTENIDO
1
MEMORIAS
2
HOLA, HUMANO
3
EL DECANO
4
HOLA, OTRA VEZ
5
EL LABRADOR
6
SEÑOR PERSKY
7
UN CORAZÓN ENORME
8
PISCIS Y SAGITARIO
9
UNA CITA SORPRESA
10
UNA NUEVA MISIÓN
11
LA FIESTA
12
HULI JING
13
APASIONADA
14
AMOR
15
PASADO
16
17
FANTASMA
18
PRUEBAS
19
DESPEDIDA
20
MÁS FANTASMAS
21
EL CONSULTORIO
22
EL ACERTIJO
23
UN LUGAR SAGRADO
24
JUNTOS
EPÍLOGO
PALABRAS DEL AUTOR
AGRADECIMIENTOS
EL AMOR Y EL AJEDREZ
SOBRE EL AUTOR

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