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Alfa Centauro: La Estrella Más Cercana

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Alfa Centauro: La Estrella Más Cercana

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Ahora que la raza humana no está

encerrada en la Tierra, y con


colonias espaciales proyectadas
para el futuro cercano, miramos
hacia las estrellas con una nueva
urgencia. En este libro informativo,
Isaac Asimov habla de las estrellas
de «nuestro vecindario» y en
particular sobre la tercera más
brillante y la más cercana: Alfa
Centauro..
La dramática historia sobre cómo
son determinadas las distancias a
las estrellas culmina con la
revelación de que Alfa Centauro es
en realidad una estrella triple —y
que la más brillante de las tres
estrellas Alfa Centauro es
virtualmente la melliza de nuestro
Sol.
Tocando preguntas tan portentosas
como cuáles estrellas tienen
planetas con vida a su alrededor, el
Dr. Asimov cuenta cómo buscarlas,
cómo encontrarlas, y dónde se
ubica Alfa Centauro.
En este libro como en Jupiter, the
Largest Planet, el Dr. Asimov pone
la ciencia astronómica al alcance
del lector interesado sin previo
conocimiento sobre la materia,
presentando todos los hechos
acerca de Alfa Centauro
enriquecidos con sus propias
especulaciones brillantes.
Isaac Asimov

Alpha Centauri,
la estrella más
próxima
ePub r1.0
Titivillus 18.05.15
Título original: Alpha Centauri – The
Nearest Star
Isaac Asimov, 1976
Traducción: Santiago García Conde

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2
A JOHN MINAHAN y al
personal de la revista
American Way, por dos años
de agradabilísima asociación.
1. Las constelaciones

El movimiento de la luna

Imaginaos una noche oscura y sin nubes


en alguna zona rural en la que no haya
alumbrado urbano ni luces de autopistas.
En una noche así, veríamos lucir las
estrellas con más brillo y en mayor
número de lo que es posible actualmente
en muchos lugares en condiciones
ordinarias.
Veríamos cientos y cientos de ellas,
algunas brillantes y otras débiles,
formando diversas agrupaciones o
figuras. Si las observásemos todas las
noches, podríamos empezar a reconocer
algunas de esas configuraciones: aquí
dos estrellas brillantes próximas entre
sí, allá un grupo de siete estrellas que
recuerda la forma de un cucharón, en
otro lugar tres estrellas de brillo medio
dispuestas en línea, con dos más
brillantes por encima y otras dos por
debajo.
Podríamos notar que tales figuras
permanecen siempre iguales, noche tras
noche, año tras año. Quizá
observaríamos también que estas
configuraciones van cambiando de
posición cada noche. Un determinado
grupo de estrellas puede que se hallara
cierto día cerca del horizonte oriental al
caer la noche; cada noche, a la misma
hora, ese grupo estaría cada vez más
alto en el firmamento, hasta a llegar a la
máxima altura que le es dado alcanzar y
luego ir descendiendo hasta el horizonte
occidental.
Llegaría un momento en que ya no
sería posible verlo al anochecer, porque
se hallaría por debajo del horizonte en
el oeste. Pero entonces, si esperáramos
el tiempo suficiente, aparecería de
nuevo en el horizonte oriental a la hora
del crepúsculo vespertino. El tiempo
que cualquier grupo de estrellas necesita
para su movimiento completo alrededor
del firmamento es de 365 días.
Ahora bien, ¿nos molestaríamos en
observar las estrellas noche tras noche,
hasta que empezásemos a reconocer sus
agrupaciones y ver la forma en que se
mueven? Es evidente que miraríamos al
cielo con gran atención si nos reportara
alguna utilidad. Hace muchos años,
antes de que existiesen los relojes, los
hombres solían estudiar el movimiento
de las estrellas mientras éstas desfilaban
a través del cielo, para hacerse una idea
de si era antes o después de media
noche y de cuánto tiempo podía faltar
hasta el amanecer.
En el firmamento había otro objeto
que, para la gente de la antigüedad, tenía
mucha más importancia que las simples
estrellas y que, por otro lado, era mucho
más fácil de observar: la Luna.
Las estrellas son meros puntos
luminosos, mientras que la Luna es una
superficie iluminada bastante grande.
Las estrellas presentan el mismo aspecto
noche tras noche: la Luna cambia de
forma. Unas veces es un círculo
luminoso completo, otras es sólo un
semicírculo o una delgada raja de luz.
Luna sólo hay una, de manera que es
mucho más fácil mirarla y estudiarla que
tratar de observar cientos y cientos de
estrellas. Es mucho más grande y más
brillante que cualquier estrella, y sus
cambios de forma resultan fascinantes.
Cabría asegurar que los hombres ya
observaban la Luna nocturna antes de
prestar una atención muy detenida a las
estrellas.
No hace falta observar la Luna
durante mucho tiempo para ver que
cambia de forma de un modo regular.
Podemos verla muy baja en la parte
occidental del firmamento cualquier
noche inmediatamente antes de la puesta
del sol; es un fino creciente, apenas
perceptible. Es más, se está poniendo y
desaparece tras el horizonte occidental
poco después que el Sol.
La noche siguiente, el creciente es
más grueso; aparece más alto en el
cielo, y se pone más tarde. Una noche
después, el creciente es más grueso
todavía. Al cabo de siete noches, es un
semicírculo de luz que se encuentra
encima de nuestras cabezas a la puesta
del Sol y que no se pone hasta media
noche. Entonces está en «cuarto
creciente».
La Luna continúa creciendo noche
tras nocbe, y cada vez se encuentra más
lejos del Sol al ocultarse éste.
Finalmente, catorce días después de su
primera aparición en forma de creciente
en el cielo occidental, se presenta como
un círculo luminoso completo, «una
Luna Llena» y se halla tan lejos del Sol,
que aquélla está saliendo por el este
cuando este se pone por el oeste.
Después, la Luna aparece en el
firmamento a la puesta del Sol. Está tan
alejada de éste que se halla más allá del
horizonte oriental. Sale, desde luego
(cada noche más tarde) y, a medida que
van pasando noches, se va haciendo más
y más delgada. Finalmente, sale de
nuevo en forma de media luna («cuarto
menguante») al filo de la media noche.
Continúa saliendo cada vez más
tarde y haciéndose cada vez más
delgada, hasta que otra vez aparece
como un fino creciente que sale justo al
amanecer, no mucho antes que el Sol. Un
par de días más tarde, la fina raja de
Luna se deja ver muy baja en el oeste
inmediatamente después de la puesta del
Sol, y todo el ciclo comienza de nuevo.
Se habla de una «Luna nueva» cuando
por primera vez aparece ese creciente
en el oeste.
La Luna parece realizar un circuito
completo en el firmamento, empezando
cerca del Sol y retornando de nuevo a
él. Mientras lo hace, pasa por todas sus
fases: de Luna nueva a cuarto creciente
(media Luna), a Luna llena, otra vez a
media Luna (cuarto menguante), y a Luna
nueva. El tiempo que emplea la Luna en
describir su círculo completo en el
cielo, de Luna nueva a Luna nueva, es
veintinueve días y medio, y a este
período de tiempo se lo llama un «mes».
¿Por qué es importante todo esto?
Porque la Luna fue el primer calendario
que tuvieron los seres humanos (y
todavía hoy sigue siendo la base de los
calendarios judío y musulmán).
También existen ciertos ciclos de
estaciones. Hay estaciones lluviosas y
estaciones secas, estaciones cálidas y
estaciones frías, épocas en que la caza
es muy abundante y otras en que no lo
es, unas en que se puede contar con
hallar frutos en los árboles y arbustos, y
otras en que no.
Estas estaciones se repiten de un
modo regular. En los tiempos primitivos,
aquellos que eran capaces de averiguar
la forma en que se producía esta
repetición y sabían cuando había cuándo
había que esperar cada cambio, podían
prepararse mejor para las nuevas
condiciones, y vivir bien y con mayor
comodidad.
Esto continuó siendo cierto después
de que el hombre aprendiera a explotar
la tierra: a sembrar, cultivar y recoger
las cosechas. Tenía que saber cuándo
era la mejor época para sembrar o
plantar y para cuándo podía esperar la
recolección. Para ser un buen agricultor
había que entender los cambios de las
estaciones y ser capaz de preverlos.
Resultaba que cada doce meses (más
un pequeño tiempo adicional) las
estaciones empezaban a repetirse. Esos
doce meses formaban un año. En los
tiempos antiguos, los hombres esperaban
impacientemente cada Luna nueva y
celebraban su aparición con una fiesta
religiosa. Contaban las Lunas nuevas
para saber exactamente cómo ordenar
sus cultivos y sus vidas con arreglo a las
estaciones.
A medida que la Luna pasaba por su
ciclo de cambios a lo largo del mes,
variaba su posición con respecto a las
estrellas. Una noche podía estar próxima
a un determinado grupo de estrellas,
pero la noche siguiente estaría más hacia
el este, cerca de otro grupo vecino del
primero, la tercera noche aún más
desplazada hacia el este, y así
sucesivamente.
Incluso aquellas personas que no
sintieran inclinación a estudiar las
estrellas por puro interés en ellas,
considerarían importante hacerlo si ello
les proporcionaba una mayor
comprensión de los movimientos de la
Luna. En esta forma, por el estudio de
los movimientos de la Luna, es como
puede haber tenido su principio la
astronomía. Los primeros astrónomos
importantes que dejaron testimonios o
registros escritos vivieron en Sumeria,
tierra situada en lo que hoy es el sur de
Irak, hace unos cuatro o cinco mil años.
A los astrónomos sumerios les
pareció útil fijarse en unos veintiocho
grupos de estrellas («estaciones de la
Luna») a lo largo del recorrido de ésta.
La Luna se desplazaba desde un grupo
en una noche determinada al grupo
inmediato la noche siguiente, etc. Así,
con un rápido vistazo a la Luna en el
firmamento nocturno, podían saber
cuántos días habían transcurrido desde
la última Luna nueva y cuántas faltaban
hasta la siguiente.

El Sol y el Zodíaco

Sin embargo, la Luna no es un


calendario perfecto. Si contamos doce
meses lunares (de Luna nueva a Luna
nueva), el resultado que obtenemos es
354 días. El ciclo de las estaciones es
más largo. La primavera empieza cada
365 días y 1/4 (por término medio). Si
uno sembrase sus semillas en una
determinada Luna nueva y cuando
hubiesen transcurrido doce meses, las
sembrara de nuevo, estaría haciéndolo
con once días de adelanto. Cuando esto
se hubiera repetido unas cuantas veces,
estaría haciendo la siembra en mitad del
invierno, y no obtendría cosecha alguna.
Un posible método para corregir
esto consiste en esperar hasta que el
calendario lunar se atrase un mes con
respecto a las estaciones, y añadir
entonces un mes adicional, de modo que
el calendario lunar concuerde
nuevamente con las estaciones. Ello
significa que algunos años tendrán doce
meses, y otros, trece. En realidad, se
llegó a elaborar un sistema en el que los
años se agrupaban por ciclos o
conjuntos de diecinueve, algunos de los
cuales tenían doce meses y otros trece,
según una pauta que se repetía cada
diecinueve años. Los babilonios y los
antiguos griegos tenían un calendario de
este tipo; y el calendario religioso judío
ha continuado siendo así hasta nuestros
días.
Una vez que los primeros
astrónomos empezaron a marcar las
estaciones de la Luna, se dieron cuenta
de que el Sol se movía también con
respecto a las estrellas. Noche tras
noche, cada estación de la Luna se
hallaba a una distancia del Sol
ligeramente diferente.
El Sol seguía alrededor del cielo
una trayectoria circular (medida por su
posición entre las estrellas), trayectoria
que difería ligeramente de la de la Luna.
Las dos sendas se cruzaban en dos
puntos, en lados opuestos del
firmamento. Llegó un tiempo en que se
dio al camino o trayectoria del Sol el
nombre de «eclíptica», porque cuando el
Sol y la Luna coincidían
simultáneamente en su llegada a uno de
los puntos de cruce, la Luna pasaba por
delante del Sol y se producía un eclipse.
La Luna, en su movimiento, una vez
cada 27 1/3 días, alrededor del cielo
con respecto a las estrellas, no
completaba un ciclo exacto de sol a sol.
Durante todo ese tiempo, mientras la
Luna se movía, el Sol se estaba
desplazando también, pero mucho más
lentamente. La Luna necesitaba sólo un
poco más de dos días adicionales para
alcanzar al Sol, de modo que el circuito
completo de la Luna por el cielo, de sol
a sol, era de 29 ½ días.
(Estas pequeñas complicaciones en
el movimiento de la Luna hicieron que
los astrónomos tuvieran que permanecer
siempre atentos, lo cual fue bueno. El
intento de resolver todos los detalles del
movimiento de la Luna les llevó a
pensar en el movimiento del Sol, y de
esto a otras cosas. Cuando algo resulta
demasiado fácil, la gente tiende a
satisfacerse con excesiva facilidad y no
se realiza ningún progreso).
La mayor lentitud del movimiento
del Sol significa que su giro completo
alrededor del firmamento, contra el
fondo de las estrellas, le lleva 365 1/4
días. Lo importante en cuanto a esto es
que el tiempo que emplea el Sol en
realizar un circuito completo en el
firmamento es exactamente el que las
estaciones tardan en repetirse.
Si uno se guía por la posición que
ocupa el Sol entre las estaciones de la
Luna, en vez de por la posición de ésta,
podrá sembrar y cosechar cada año en
las mismas épocas, sin fallo alguno.
Asimismo, podrá esperar que cada año
la época de lluvias o de la crecida de un
río se produzca por las mismas fechas.
Era mucho más práctico vincular el
calendario a los movimientos del Sol
que a los de la Luna. En lugar de hacer
que cada mes tuviera 29 ó 30 días para
coincidir con la llegada de cada Luna
nueva, se le podía dar 30 ó 31 días, de
modo que doce de ellos coincidieran
con la llegada de cada Luna nueva,
exactamente con la repetición de las
estaciones.
A pesar de ello, tal «calendario
solar» no fue aceptado rápidamente por
los antiguos. El calendario «lunar», o
basado en la Luna, había llegado a
adquirir un carácter tan tradicional que
la gente no quería abandonarlo. Los
antiguos egipcios fueron los primeros
que adoptaron un calendario solar. En el
año 46 a. C., Julio César impuso a los
romanos el calendario egipcio.
Mientras tanto, incluso las naciones
que se aferraban a un calendario lunar se
dieron cuenta de la importancia que
tenía el estudio del movimiento del Sol
y se elaboró un sistema de «estaciones
solares». La eclíptica se dividió en doce
secciones, cada una de las cuales era la
distancia en la que el Sol se desplazaba
en un mes.
Supongamos que en la época de la
siembra en primavera se encuentra en la
estación solar 1. Al mes siguiente pasará
a la estación solar 2, a la 3 un mes más
tarde, y así sucesivamente. Cuando
vuelva a la estación solar 1, será de
nuevo tiempo de sembrar.
(En realidad no es posible ver en
que estación se encuentra el Sol, porque
su reverbero enmascara completamente
las estrellas situadas en su proximidad.
Sin embargo, se pueden ver las
estaciones solares próximas a ella
inmediatamente después del ocaso y
antes del orto o amanecer, y en esta
forma se puede saber en qué estación se
encuentra el Sol una vez aprendidas
todas de memoria).
Cada estación contiene una
configuración o agrupamiento de
estrellas diferente, y si uno conoce cada
una de estas doce configuraciones,
dispone de un calendario de las
estaciones.
Cada estación solar va asociada a la
agrupación o configuración de estrellas
correspondiente, a la que se ha dado una
denominación llamativa, basada en un
objeto que pueda verse en ella. Así es
más fácil recordarla y reconocerla. En
cierto momento, se dio a estas
agrupaciones o configuraciones de
estrellas el nombre de «constelaciones»,
derivado de palabras latinas que
significan «estrellas tomadas en
conjunto».
Diríamos, pues, que el Sol, al
desplazarse a lo largo de la eclíptica y
trazar su círculo alrededor del
firmamento, cruza las doce
constelaciones, llevándole un mes el
paso por cada una de ellas.
Los nombres de las diversas
constelaciones se han derivado algunas
veces de animales conocidos. En un
lugar de la eclíptica, por ejemplo, hay
un grupo de estrellas curvado como una
S, bastante parecido al cuerpo de un
escorpión. En uno de sus extremos, las
estrellas parecen formar una curva
pronunciada como la cola de este
animal, y en el otro extremo, dos curvas
de estrellas semejan unas pinzas.
Naturalmente, esa constelación recibe el
nombre de «Escorpión».
Como es lógico, cada uno de los
países que han estudiado esta
constelación en forma de escorpión la
conocía por el nombre del animal en su
propia lengua. Hoy, sin embargo, los
astrónomos de todos los países usan la
palabra latina. La palabra latina que
designa al escorpión es scorpius, de
manera que así es como llamamos a la
constelación. Podemos decir, por
ejemplo, que «el Sol está en Scorpius»,
y todo el mundo sabrá lo que queremos
decir.
En otra parte de la eclíptica hay un
grupo de estrellas en forma de V, que
recordaba la cabeza de un toro con dos
largos cuernos. A esa constelación se la
llamó el «Toro». La palabra latina que
significa toro es taurus, y ése es el
nombre de esta constelación.
Puesto que muchas de las
constelaciones que hay a lo largo de la
eclíptica llevaban nombres de animales,
los griegos llamaron al conjunto de las
doce zodiakos, que en griego significa
«círculo de animales». Nosotros lo
llamamos «Zodíaco».
El Zodíaco fue concebido en su
forma actual alrededor del año 450 a. C.
por un astrónomo griego llamado
Enópides. En la tabla 1 tenemos la lista
de las doce constelaciones del Zodíaco.

El Sol y la Luna no eran los únicos


cuerpos celestes cuyas trayectorias
pasaban por las constelaciones del
Zodíaco. Había también cinco objetos
brillantes, semejantes a estrellas, que se
desplazaban de una a otra constelación
siguiendo trayectorias o sendas más
complicadas que las del Sol y la Luna.
Los astrónomos de cada país dieron a
estos brillantes cuerpos de aspecto
estelar los nombres de diversos dioses o
diosas a los que adoraban. Actualmente,
los nombres oficiales de estos cuerpos,
utilizados por los astrónomos de todo el
mundo, son los de dioses y diosas
romanos. Estos cinco cuerpos son:
Venus, Marte, Júpiter y Saturno.
Puesto que el Sol, la Luna,
Mercurio, Venus, Júpiter y Saturno se
desplazaban todos con respecto a las
estrellas y todos ellos seguían
trayectorias que daban la vuelta
alrededor del firmamento, los griegos
los denominaron planetas, de una
palabra de su idioma que significa
«errantes». Las demás estrellas, que no
se desplazaban, sino que permanecían
siempre en su sitio, fueron conocidas
como «estrellas fijas».
Los antiguos astrónomos estaban
interesados principalmente en el
movimiento de los planetas. Puesto que
la posición se podía utilizar para
predecir los cambios de las estaciones,
surgió la noción de que se podría
emplear la posición del conjunto de
todos los planetas para predecir toda
clase de cosas acerca del futuro de las
naciones, de los reyes e incluso de la
gente común. Esto dio origen al estudio
de la «astrología», que todavía hoy goza
de gran popularidad, aún cuando los
astrónomos modernos la consideran
carente de sentido.
Para los astrólogos, los planetas y el
Zodíaco eran suficientes.
Sin embargo, una vez que uno
empieza a estudiar las cosas, no se
detiene fácilmente. Fuera del Zodíaco
existen interesantes agrupaciones o
configuraciones, y alrededor del año
275 a. C. un astrónomo griego llamado
Aratus se dedicó a describir diversas
constelaciones no zodiacales y a dar
nombre a las mismas.
Su trabajo fue mejorado alrededor
del 135 d. C. por un astrónomo griego
que vivía en Egipto. Su nombre era
Claudius Ptolemaeus, pero en la
actualidad se le conoce usualmente por
Tolomeo. Relacionó no só1o las doce
constelaciones del Zodíaco, sino
también otras treinta y seis situadas
fuera de éste.
Tolomeo incluyó en cada
constelación sólo aquellas estrellas que
parecían formar el dibujo del animal,
persona objeto cuyo nombre le atribuía.
No incluyó en su lista las estrellas que
quedaban entre tales dibujos o figuras.
Los astrónomos modernos no podían
consentir este estado de cosas. Una vez
que se inventó el telescopio, se
descubrió un enorme número de
estrellas cuyo brillo era demasiado
pequeño para poder verlas a simple
vista. Entre las constelaciones, tal como
habían sido dibujadas en los tiempos
antiguos, había grandes cantidades de
estrellas.
En la a actualidad, los astrónomos
no hacen caso de los dibujos antiguos.
Tomando como base las antiguas
constelaciones, dividen el cielo en áreas
o secciones desiguales, limitadas por
líneas rectas. Cada una de estas
secciones contiene las estrellas de una
de las constelaciones de Tolomeo (a
excepción de algunos casos en que se ha
dividido una constelación grande, o en
que se han agregado aquí o allá otras
nuevas de pequeño tamaño). Las
constelaciones cubren ahora todo el
cielo, y no hay ninguna estrella que no se
halle incluida en una constelación u otra.
Los astrónomos dividen ahora el
cielo en ochenta y ocho constelaciones,
las cuales aparecen relacionadas en la
tabla 2. Las ochenta y ocho
constelaciones tienen formas desiguales
y diferentes tamaños. El resultado final
habría sido más pulcro si se hubiera
podido dividir el cielo en tramos o
secciones uniformes e iguales, pero ya
es imposible abandonar las
constelaciones que los astrónomos han
venido empleando a lo largo de siglos.
Por otra parte, no resultaría conveniente
fraccionar configuraciones estelares más
prominentes o cuyos tamaños son
diversos.
La mayoría de las denominaciones
empleadas no necesitan explicación
alguna (casi la mitad de ellas son
nombres de animales). Hay unas cuantas
que no son fáciles, y las explicaré
brevemente:

«Andrómeda» era el nombre


de una joven de la mitología
griega, a la que encadenaron a
las rocas costeras como
sacrificio a un monstruo marino.
«Casiopea» era el nombre de
la madre de Andrómeda.
«Cefeo» era el padre de
Andrómeda.
La Berenice de «La
Cabellera de Berenice» fue reina
de Egipto hacia el año 220 a. C.
«Hércules» era el nombre de
un héroe de la mitología griega
dotado de extraordinaria fuerza
corporal.
«Orión» era el nombre de un
gigantesco cazador de la
mitología griega.
«Pegaso» era el nombre del
caballo alado en los mitos
griegos.
«Perseo» fue el héroe de los
mismos mitos que, cabalgando a
Pegaso, rescató y liberó a
Andrómeda.
El más importante de todos,
desde el punto de vista de este
libro, es el «Centauro». Se
trataba de un monstruo de la
mitología griega al que se
representaba con cabeza, tronco
y brazos de hombre, y con
cuerpo y patas de caballo.

Subdivisión y delimitación
de la Tierra y del cielo

Las ochenta y ocho constelaciones


conocidas por los astrónomos actuales
son bastantes más que las cuarenta y
ocho relacionadas en la lista de
Tolomeo. Algunas de ellas llevan
nombres que Tolomeo jamás habría
podido darles. No podría haberlas
denominado «Microscopium» ni
«Telescopium», porque él nunca vio
microscopios ni telescopios, ni supo de
ellos. Del mismo modo, tampoco tuvo
conocimiento de la brújula marina, ni
del tucán, que es un ave de enorme pico,
originaria de la América tropical.
La verdad es que ni Tolomeo ni
ninguno de los astrónomos antiguos pudo
ver todo el firmamento, por lo que antes
de los tiempos modernos quedaba una
gran parte de él que no estaba dividida
en constelaciones. Cuando finalmente,
los astrónomos pudieron estudiar en
detalle la parte no subdividida del cielo,
la dividieron en constelaciones
adicionales, a veces con nombres
modernos.
Uno de los objetos celestes que los
antiguos astrónomos no tuvieron ocasión
de ver, es el que constituye el tema de
este libro. Por consiguiente, vale la pena
que comprendamos por qué causa
permaneció oculto durante tanto tiempo.
Ésta es la razón:
La Tierra gira alrededor de su eje de
oeste a este, mientras que el cielo
permanece inmóvil. El hombre que está
sobre la Tierra no puede percibir o
sentir el giro de ésta, puesto que el
movimiento es suavemente uniforme. A
nosotros, situados en la Tierra, nos
parece que nuestro mundo permanece
inmóvil, y que es el cielo el que gira
lentamente (en sentido inverso, como en
un espejo) alrededor de la Tierra.
El eje de la Tierra corta la
superficie de ésta en los polos norte y
sur. Si imaginamos que dicho eje se
prolonga hacia el exterior hasta alcanzar
el cielo, un extremo le alcanzará en el
polo norte celeste y el otro en el polo
sur celeste. Todo el firmamento parece
girar lentamente sobre los polos celestes
una vez cada veinticuatro horas.
Alineado exactamente con el
ecuador de la Tierra, que se halla a la
mitad justa de la distancia entre los
polos norte y sur, se encuentra el
ecuador celeste, también precisamente a
la mitad de la distancia entre los polos
norte y sur. Si uno se situara de pie
sobre el ecuador terrestre, el ecuador
celeste iría desde el este hasta el cenit
del firmamento, sobre la cabeza del
observador, y luego descendería hasta el
oeste. El polo norte celeste estaría en el
horizonte septentrional, y el polo sur
celeste se hallaría en el horizonte
austral.
El firmamento parecería girar de
este a oeste; el observador podría ver
prácticamente la totalidad del cielo, y
todas las estrellas saldrían por el este,
ascenderían hasta pasar por encima y
descenderían para ocultarse o ponerse
por el oeste. La única parte que nuestro
observador no podría ver sería la
situada detrás del Sol y en sus
inmediaciones; pero si siguiera
observando día tras día, el Sol se iría
desplazando lentamente y entonces
podría llegar a ver la pare del cielo que
había estado oculta por él.
Supongamos que el observador se
desplaza luego desde el ecuador hacia el
norte. El polo sur celeste quedaría ahora
bajo el horizonte austral, oculto por el
abombamiento de la esfera terrestre a
sus espaldas. Cuanto más progresara
hacia el norte, más caería el polo sur
celeste por debajo del horizonte. Por
otra parte, el polo norte se iría elevando
en el cielo a medida que el observador
avanzara. Cuanto más al norte se
desplazase, más alto estaría en el
firmamento el polo norte celeste.
Finalmente, si el observador llegase al
polo norte de la Tierra, el polo norte
celeste quedaría directamente sobre su
cabeza, y el polo sur celeste se hallaría
bajo sus pies en el extremo opuesto del
firmamento, al otro lado de la Tierra.
Exactamente lo contrario sucedería
si el observador se moviese desde el
ecuador hacia el sur. Entonces, el polo
norte se iría hundiendo bajo el horizonte
septentrional, y el polo sur celeste iría
ascendiendo en el firmamento.
Finalmente, si el observador llegara al
polo sur de la Tierra, el polo sur celeste
estaría directamente sobre su cabeza y el
polo norte celeste se hallaría bajo sus
pies, al otro lado del mundo.
(Precisamente, fue porque ocurría
esto cuando se desplazaban al norte o al
sur, que los griegos, en los tiempos
antiguos, empezaron a sospechar que la
Tierra era redonda, y no plana).
La posición que ocupan los polos
celestes en el firmamento es importante,
porque las estrellas parecen girar
alrededor de ellos. Los polos celestes
mismos no se mueven, sino que
permanecen fijos en un sitio, como el
cubo de una rueda que gira. Esto
significa que cuando uno de los polos
celestes está debajo del horizonte, nunca
se le ve en ningún momento de la noche.
Permanece siempre bajo el horizonte; o,
por lo menos, sigue allí mientras el
observador permanezca en el mismo
lugar de la Tierra.
Ello significa que desde ningún
punto al norte del ecuador se verá jamás
el polo sur celeste. Y desde ningún
punto al sur del ecuador jamás se podrá
ver el polo norte celeste.
Y no son sólo los polos celestes
propiamente dichos los que son
invisibles, sino también las regiones
situadas en su inmediata vecindad.
Supongamos, por ejemplo, que nos
encontramos bastante al norte del
ecuador, de modo que la posición del
polo norte celeste está bastante alta en el
firmamento, mientras que el polo sur
celeste se halle bastante por debajo del
horizonte austral.
Las estrellas de la parte
septentrional del firmamento se mueven
describiendo círculos alrededor del
polo norte celeste, y cuanto más
próximas se hallan a él, más reducido y
cerrado es el círculo que describen en el
transcurso de la noche. Cerca del polo
celeste el círculo es tan pequeño que las
estrellas nunca se hunden por debajo del
horizonte. Por esa razón, las estrellas
próximas al polo norte celeste son
siempre visibles en cualquier momento
de la noche para cualquiera que esté
bastante al norte del ecuador, y es
posible observarlas en cualquier noche
clara del año.
Cuanto más al norte vamos, más alto
asciende en el firmamento el polo norte
celeste, y más estrellas próximas a él
giran a su alrededor sin llegar a hundirse
bajo el horizonte. Al mismo tiempo,
cada vez son más las estrellas próximas
al polo sur celeste que giran alrededor
del mismo sin llegar nunca a salir por
encima del horizonte. Cuanto más al
norte se vaya, mayor será la porción del
cielo austral que nunca podrá verse.
Finalmente, si uno se sitúa en el polo
norte, el polo norte celeste se halla
directamente sobre su cabeza y todas las
estrellas se mueven a su alrededor en
círculos paralelos al horizonte. Todas
las estrellas que estén sobre el horizonte
permanecen siempre sobre él y no se
ponen nunca. Pero aquí se incluyen
solamente las situadas en la mitad
septentrional del firmamento. Todas las
de la mitad meridional permanecen
constantemente bajo el horizonte, y
nunca salen… y tampoco son vistas
desde aquel lugar.
Naturalmente, si el observador se
desplaza hacia el sur del ecuador, la
situación se invierte. Entonces es el polo
sur celeste el que asciende en el cielo, y
las estrellas próximas a él son las que
están siempre visibles, mientras que son
las situadas en la inmediación del polo
norte celeste las que permanecen bajo el
horizonte y nunca están visibles. Si uno
se encuentra en el polo sur, el polo sur
celeste se halla directamente sobre su
cabeza, y es la mitad meridional del
cielo la que se ve siempre, y la mitad
norte la que nunca se ve.
Tolomeo y los demás astrónomos
antiguos vivieron y realizaron su trabajo
bastante al norte del ecuador, de modo
que quedaba una buena parte del
firmamento más meridional que nunca
pudieron ver porque permanecía
constantemente oculta bajo la curvatura
de la Tierra.
¿Cuáles eran exactamente las partes
del cielo que Tolomeo no pudo ver?
Podemos contestar a esta pregunta si
ideamos un método para dividir y
delimitar la Tierra y el cielo en alguna
forma regular. Supongamos, por
ejemplo, que trazamos líneas
imaginarias alrededor de la Tierra y
paralelas al ecuador, en toda la
extensión desde el ecuador hasta el polo
norte en una dirección, y hasta el polo
sur en la otra. El ecuador mismo rodea
completamente la Tierra, dividiéndola
en dos hemisferios iguales. Las líneas
paralelas al ecuador forman círculos
progresivamente menores.
Cuanto más al norte vamos, menor es
el círculo que trazamos, y cuando
estamos cerca del polo norte, los
círculos son verdaderamente muy
pequeños. En el polo norte mismo, los
círculos se reducen a un punto. Lo
mismo ocurre al sur del ecuador, donde
los círculos disminuyen hasta
convertirse en un punto en el polo sur.
Estos círculos paralelos al ecuador
se llaman «paralelos de latitud». La
palabra «latitud» procede de una
palabra latina que significa «ancho»,
porque en un mapa plano ordinario los
paralelos, lo mismo que el ecuador,
aparecen trazados atravesando el mapa a
lo ancho. Fue alrededor del año 300 a.
C. cuando un geógrafo griego, Dicearco,
empezó a trazar líneas de este a oeste en
los mapas.
Es costumbre imaginar noventa de
estos paralelos, a intervalos iguales,
desde el ecuador hasta el polo norte, y
otros noventa desde el ecuador hasta el
polo sur. Los paralelos se numeran como
«grados». El ecuador mismo está a cero
grados, ó 0°. Al desplazarse hacia el
norte del ecuador, uno pasa por el
paralelo un grado, el paralelo dos
grados, y así sucesivamente. Cualquier
punto de la Tierra que esté sobre la línea
o marca de un grado al norte del
ecuador, se dice que está a «un grado de
latitud norte». Si estuviera en la línea o
marca de un grado al sur del ecuador, se
diría que se hallaba a «un grado de
latitud sur». Estas expresiones se pueden
escribir a forma abreviada como 1° N y
10° S.
Un punto de la Tierra podría estar a
10° N, ó 25° N, ó 77° N, o cualquier
número de grados hasta el polo norte,
que es 90°. También podría estar a 10°
S, ó 25° S, ó 77° S, hasta 90° S en el
polo sur.
Claro es que la mayor parte de los
puntos de la Tierra no están exactamente
sobre un paralelo de latitud, sino más
bien entre dos de ellos. Desde los
tiempos antiguos, se acostumbra a
dividir el espacio entre dos grados de
latitud a sesenta «minutos de latitud»
iguales. El espacio entre dos minutos de
latitud se divide en sesenta «segundos
de latitud» iguales.
Un método más sencillo es el
consistente en el empleo de decimales.
Un punto que se encuentre justamente a
medio camino entre 31° N y 32° N
estaría entonces en 31,5° N. Todo punto
de la Tierra tiene su latitud. Si diéramos
un solo paso hacia el norte desde 40° N
exactos, estaríamos aproximadamente a
la latitud 40,000045° N.
Los geógrafos trazan también líneas
desde el polo norte al polo sur, que en
los mapas ordinarios corren de norte a
sur. A estas líneas se les da el nombre
de «meridianos de longitud». Los
meridianos imaginarios cruzan el
ecuador con separaciones de un grado
entre ellos, con lo que hay 360
meridianos que rodean la Tierra, 180 de
ellos al este de Londres y otros 180 al
oeste de esta ciudad. Si especificamos
el número de grados de longitud y el
correspondiente a la latitud, podemos
fijar el emplazamiento preciso de
cualquier punto sobre la Tierra, porque
sólo existe un punto en el que se cruzan
un meridiano y un paralelo
determinados. (En este libro, sin
embargo, no trataremos de los
meridianos de longitud).
Es posible aplicar el sistema de
grados de latitud también al cielo. (En
realidad, se aplicó primero al cielo,
porque los hombres podían ver que el
firmamento era una gran esfera, mientras
que de la Tierra sólo podían ver una
pequeña parte y, al principio, no estaban
seguros de su forma). Hay paralelos de
latitud trazados desde el ecuador celeste
hasta cada uno de los polos celestes,
también con 90 grados a cada lado. De
toda estrella se puede decir que se halla
en alguna latitud celeste determinada.
Frecuentemente se conoce a la
latitud celeste como la «declinación».
En lugar de norte y sur, se usan los
signos más y menos. El equivalente de
40° N en la Tierra es una declinación
+40° en el cielo, mientras que 40° S en
la Tierra es una declinación de -40° en
el cielo.
Gracias al empleo de un mismo
sistema en la Tierra y en el cielo, los
cálculos se hacen más sencillos. Si uno
se halla en un punto de la Tierra que esté
en 40° N, entonces el polo celeste está
40 grados por encima del horizonte
septentrional, y el polo sur celeste está
40 grados por debajo del horizonte
meridional. Ello significa que cualquier
estrella situada a menos de 40 grados
del polo sur celeste nunca podrá
alcanzar el horizonte sur en su giro
circular alrededor del polo. Esas
estrellas nunca salen y, por consiguiente,
nunca se las ve en 40° N.
Cualquier estrella que esté a 40
grados o menos del polo sur celeste ha
de tener una declinación de -50° o más,
de modo que una persona situada en 40°
N no puede ver ninguna estrella con una
declinación de -50° o superior.
La cosa se desarrolla en la misma
forma sea cual fuere el punto en que
pueda estar situado el observador. Si
estamos al norte del ecuador y restamos
90 de nuestra latitud, obtendremos la
declinación que limita aquellas estrellas
que no nos es posible ver. Si estamos en
20° N, no podemos ver ninguna estrella
con una declinación de 70° o más; si
estamos en 65° N, no podemos ver
ninguna estrella con una declinación de
-25° o más. Si estamos en 90° N (el
polo norte), no podemos ver ninguna
parte del cielo que esté más allá de O°
(el ecuador). No podemos ver nada de
la mitad meridional del firmamento.
En el hemisferio austral ocurre
exactamente lo contrario. Si estamos en
20° S, no podemos ver ninguna estrella
con una declinación de +70° o mayor; si
estamos en 65° S, no podemos ver
ninguna estrella con una declinación de
+25°; y si estamos en 90° S (el polo
sur), no podemos ver ninguna parte del
cielo más allá de 0° (el ecuador). Desde
el polo sur, es la mitad septentrional del
firmamento la que no se puede ver.
Desde el ecuador (a 0°), no se puede
ver más allá de 90° en una dirección, o
de -90° en la opuesta. Sin embargo, los
+90° y -90° marcan los dos polos
celestes, que son los dos extremes del
cielo. Esto, desde luego, es una forma de
decir que desde el ecuador se pueden
ver todas las estrellas del cielo (aunque
algunas de las próximas a los polos
celestes estén siempre cerca del
horizonte, y no se puedan ver tan
claramente como es posible hacerlo
desde otros puntos de la superficie
terrestre).
El firmamento austral

Volvamos ahora a Tolomeo. Tolomeo


realizó sus trabajos en una ciudad
llamada Alejandría, sita en la costa de
Egipto. Alejandría está en 31,1° N, y
desde aquel punto Tolomeo no pudo ver
nunca ninguna estrella cuya declinación
fuese superior a -58,9°. Para Tolomeo,
por ejemplo, la constelación Centaurus
estaba justamente en el horizonte
meridional, donde era difícil verla.
Había, desde luego, pueblos que por
vivir más al sur de Alejandría, e incluso
al sur del ecuador, podían ver sin
dificultad alguna hasta el mismo polo
sur celeste. Sin embargo, todos los
astrónomos de la antigüedad vivieron al
norte del ecuador, y prácticamente todos
ellos en latitudes supriores a los 30° N.
Esta situación no cambió hasta que
los europeos empezaron a explorar el
mundo en el siglo XIII. A medida que
fueron avanzando hacia el sur a lo largo
de las costas de África y,
posteriormente, a lo largo de las de
América del Sur, se encontraron
explorando también el cielo austral.
En 1520, por ejemplo, el navegante
portugués Fernando de Magallanes,
navegando al servicio de España, se
abrió camino a través de lo que hoy se
conoce como el Estrecho de Magallanes,
en el extremo meridional de América
del Sur. El Estrecho de Magallanes está
en 52° S, y desde allí es visible todo el
firmamento austral, al hallarse el polo
sur celeste a más de la mitad de la altura
hasta el cenit.
Los marineros que navegaban con
Magallanes observaron dos débiles
manchitas luminosas bastante altas en el
cielo. Parecían como pedacitos
arrancados de la Vía Láctea. Desde
entonces se las llama «Nubes de
Magallanes», o «Nubes Magallánicas».
La Nube Magallánica Mayor (o Gran
Nube de Magallanes) tiene una
declinación de aproximadamente -70°, y
la Menor (o Pequeña Nube) de unos
-72°. Ninguna de ellas es visible nunca
desde Europa ni desde Estados Unidos,
ni desde ningún lugar de la Tierra con
una latitud norte mayor de 20° N (que
es, aproximadamente, la latitud de
Puerto Rico).
Algunos navegantes, al viajar hacia
el sur más allá del ecuador, empezaron a
observar cuidadosamente las estrellas
australes y a crear o elaborar nuevas
constelaciones que Tolomeo nunca había
visto. El primer intento se produjo en
1595, cuando un navegante holandés,
Pieter Dircksz Keyser, hizo una relación
de doce constelaciones. Otros señalaron
o elaboraron más, hasta que en 1752 la
lista quedó completa y los astrónomos
tuvieron las ochenta y ocho
constelaciones que se relacionan en la
tabla 2.
En 1930 se dio carácter oficial a los
limites de las ochenta y ocho; ahora no
hay en el cielo ningún punto que no
forme parte de una constelación u otra.
La Nube Magallánica Mayor se
encuentra, por ejemplo, en la Dorada,
mientras que la Nube Magallánica
Menor está en el Tucán.
Algunas de las nuevas
constelaciones ofrecían vistas
especialmente interesantes. A una
declinación de aproximadamente -60°
podían verse cuatro brillantes estrellas,
dispuestas en tal forma que parecían
hallarse en los extremos de una cruz
latina (un poquito deformada). Es
posible que el primero en verlas y en
dar noticia de ellas fuese un navegante
italiano, Alvise de Cadamosto, cuando
exploraba hacia el sur la costa de África
en 1455. La constelación que se formó
alrededor de estas cuatro estrellas es
Crux (la Cruz del Sur).
La constelación Crux está justamente
al sur de Centaurus, aquella que
Tolomeo podía apenas distinguir algunas
veces en el horizonte. Si se piensa a la
constelación de Centaurus dibujada
como la figura de un ser mitad hombre y
mitad caballo (como se la representa
frecuentemente), entonces la mitad
equina se muestra a menudo hacia el sur,
mientras que la parte humana está hacia
el norte. Las patas del caballo se
prolongan hacia la parte más meridional
de la constelación, y, entre las patas del
Centauro, y mucho más pequeña, está la
constelación de Crux.
Una vez que se haya llegado hacia el
sur lo suficiente para poder ver
claramente la Cruz, se podrán ver
también las estrellas de Centaurus con
mayor claridad de la que Tolomeo pudo
nunca conseguir (y algunas de ellas,
nunca las pudo ver). Cadamosto pudo
muy bien haber visto en la parte
meridional de Centaurus dos brillantes
estrellas, con una declinación algo
superior a -60°; estaban, pues,
solamente una pizca demasiado al sur
para que Tolomeo pudiera verlas nunca.
Estas estrellas son Alpha Centauri y
Beta Centauri. Y la primera de ellas es
la que constituye el tema principal de
este libro.
2. Las estrellas

Los nombres antiguos

Los nombres de estrellas concretas


mencionados al final del capítulo
precedente nos llevan a la cuestión de
los nombres de las estrellas en general.
¿Qué es lo que determina el nombre que
se aplicará a una estrella?
Algunas de las estrellas (no muchas)
recibieron en la antigüedad nombres que
se inspiraron en el aspecto de las
mismas en el firmamento. En la tabla 3
se relacionan algunas de las estrellas
que poseen nombres propios, junto con
la constelación en que se encuentra cada
una.
Y ¿en qué forma se decidían tales
nombres? He aquí cómo:
Hay en el firmamento dos estrellas
bastante brillantes, separadas entre sí
sólo unos 4 grados, y de aspecto muy
similar. A cualquiera le parecería a
primera vista que se trataba de dos
estrellas gemelas y, en efecto, la
constelación formada alrededor de ellas
es Gemini (los Gemelos). En los
antiguos mitos griegos había una pareja
de famosos gemelos, Cástor y Pollux.
Parece natural que los griegos llamasen
a una de las estrellas Cástor y a la otra
Pollux, y nosotros seguimos todavía hoy
conociéndolas por esos nombres.
La estrella más brillante del
firmamento se llama Sirius (Sirio),
nombre derivado de una palabra griega
que significa «resplandeciente» o
«ardiente», lo cual parece adecuado
para una estrella tan brillante.
Tenemos luego una estrella tan
próxima al polo norte celeste que
describe alrededor de éste un círculo
pequeñísimo, y apenas parece cambiar
su posición en el firmamento. Se la
conoce en el lenguaje actual como la
Estrella del Norte o Estrella Polar, pero
su nombre es Polaris, palabra latina que
significa «Polar».
Sin embargo, en los tiempos antiguos
las estrellas recibían nombres basados
principalmente, no en sus propiedades
individuales concretas, sino en la
posición que ocupaban en las imágenes
ideadas para las diversas
constelaciones. Por ejemplo, a pequeña
altura sobre el horizonte meridional se
halla la constelación de Argos, nombre
dado a la misma por los griegos en
memoria del barco que llevó a Jasón y a
sus argonautas en su búsqueda del
Vellocino de Oro. El nombre del timonel
del Argos era Kanopos en griego, y
Canopus en latín. A una brillante estrella
de la constelación se le dio el nombre
del timonel y, puesto que los astrónomos
usan siempre las denominaciones
latinas, se la llama Canopus. Desde los
tiempos antiguos, la constelación de
Argos se ha fraccionado en otras
agrupaciones de estrellas menores y más
manejables y la parte en que se halla
incluída Canopus se llama ahora Carina
(la «Quilla» del Argos).
La constelación de Auriga (el
Cochero) se suele representar como un
hombre que lleva en la mano las riendas
de un carro, mientras sostiene en su
regazo a una cabra y sus crías. Se sitúa a
la cabra en la posición de una brillante
estrella a la que se llamó Capella,
palabra latina que significa «cabrita».
La constelación de Virgo se suele
representar con una joven con una
gavilla de mies en sus brazos. (El Sol se
encuentra en Virgo a principios de
septiembre cuando los agricultores se
están preparando para la recolección).
La gavilla de mies se sitúa en la
posición de una brillante estrella a la
que se llama Spica, la palabra latina que
corresponde a «espiga».
La estrella resplandeciente, Sirius,
forma parte de la constelación Canis
Maior, el Can Mayor. Por esta razón,
algunas veces se llama a Sirius la
Estrella del Perro. En la vecina
constelación de Canis Minor hay otra
estrella brillante, que siempre va delante
de Sirius a medida que gira el
firmamento. Como esta estrella sale
siempre un poco antes que Sirius (la
Estrella del Perro), recibió el nombre de
Procyon, de una frase griega que
significa «delante del perro».
La constelación de Bootes, el
Boyero, está situada muy cerca de Ursa
Maior, la Osa Mayor. El Boyero parece
estar vigilando de cerca a la Osa Mayor
para impedir que ésta haga algún daño.
Una estrella brillante de Bootes se
llama, por tanto, Arcturus, nombre
derivado de palabras griegas que
significan «guardián de la osa».
Otra estrella de la constelación de
Leo, el León, es Regulus, palabra latina
que significa «reyezuelo» o «pequeño
rey»; es un nombre adecuado para una
estrella situada en una constelación en la
que se ve representado el rey de los
animales.
La constelación de Orión, que recibe
su nombre del de un gigantesco cazador
de la mitología griega, contiene varias
brillantes. Una de ellas es Bellatrix,
palabra latina que significa «mujer
guerrera». No está clara la razón de este
nombre.
Hay una estrella cuyo nombre se
deriva no de la constelación en que está,
sino de un planeta. El planeta Marte,
cuyo brillo rojizo recuerda la sangre,
lleva muy adecuadamente el nombre del
dios latino de la guerra. Los griegos le
habían dado el nombre de su propio dios
de la guerra, Ares. Una de las estrellas
de Scorpius tiene un aspecto rojizo muy
parecido al de Marte. Por consiguiente,
los griegos la llamaron Antares, que
significa «rival de Marte».
Todas las estrellas que hemos
mencionado hasta aquí se hallan entre
las más brillantes del firmamento.
Naturalmente, éstas son las que atraen la
atención y las que reciben nombres
propios. También hay algunas, más
débiles, que reciben nombre si llaman la
atención por alguna razón que no sea la
del puro brillo.
Por ejemplo, hay en la constelación
de Taurus un pequeño grupo de estrellas
no muy brillantes. Ninguna del grupo
sería muy notable si estuviera aislada;
pero, al formar un grupo, atraen la
atención. No hay en el firmamento
ningún otro grupo semejante visible a
simple vista (aunque, cuando se utiliza
el telescopio, se perciben muchos
grupos bastante más notables).
Los griegos dieron a este grupo de
estrellas el nombre de Pléyades, por las
siete hijas de la ninfa Pleione, de su
mitología. (La mayor parte de las
personas sólo consiguen distinguir seis
estrellas en este grupo, pero hay en él
una séptima y, desde luego, el telescopio
pone de manifiesto varios centenares
más, que forman parte del grupo, pero
que, individualmente, son demasiado
débiles para poderse ver). A cada una
de las siete estrellas de las Pléyades que
los antiguos lograban distinguir se le dio
el nombre de una de las hijas de
Pleione; Alcyone, o Alción es el nombre
de la más brillante de ellas.
Otro ejemplo de estrella bastante
débil que, sin embargo, ha recibido un
nombre propio, es Mira, palabra latina
que significa «maravillosa». La razón
por la que se la llamó así es porque, a
diferencia de otras estrellas, Mira
exhibía variaciones de brillo,
oscureciéndose de tiempo en tiempo y
recuperando luego su brillo otra vez.
El número de estrellas con nombres
cuyos orígenes se pueden remontar a los
antiguos griegos y romanos es
sorprendentemente pequeño. La mayor
parte de las estrellas distinguidas con
nombre propio lo tienen derivado de
otra lengua completamente distinta que,
a primera vista, resultaría sorprendente
para la mayor parte de los occidentales.
En efecto, la mayoría de las estrellas
tienen nombres árabes.
Durante la Edad Media, los
astrónomos importantes eran los árabes,
y ellos dieron nombre a muchas de las
estrellas. Los nombres que emplearon
eran naturalmente árabes y, aunque
muchos de ellos han llegado a nosotros
algo deformados, todavía es posible
reconocer en ellos su lengua de origen.
Por ejemplo, una brillante estrella
de la constelación de Aquila se llama
Altair, nombre procedente de palabras
árabes que significan simplemente «la
estrella».
Muchos de los nombres árabes
describen la posición ocupada por la
estrella en las figuras imaginarias que la
constelación sugiere. La estrella
brillante que marca la pierna izquierda
de Orión es Rigel, palabra árabe que
significa «pierna». La estrella que hay
en el hombro derecho de Orión es
Betelgeuse; de una expresión árabe que
significa «hombro del gigante».
En el extremo meridional de las
líneas curvadas de estrellas que forman
la constelación de Eridanus (Erídano, o
el Río), se encuentra Achernar, cuyo
significado en árabe es «extremo del
río». Y en un extremo de la constelación
Piscis Australis (Pez Austral) está
Fomalhaut, cuyo nombre se deriva de las
palabras árabes que significan «boca del
pez».
Una estrella situada en un extremo
de la constelación de Cygnus (Cisne) es
Deneb, de la palabra árabe que significa
«cola». En la constelación de Taurus
existe una brillante estrella que sigue
inmediatamente a las Pléyades en la
rotación del firmamento. Es Aldebaran,
de una palabra árabe cuyo significado es
«el seguidor». Los árabes veían la
constelación Lyra (la Lira) como un
buitre que caía, y una estrella brillante
de esa constelación es Vega, de una
palabra árabe que significa «caída».
Hay en Ursa Maior dos estrellas
próximas entre sí, una de las cuales es
mucho más débil que las demás. Ésta
más débil es Alcor, nombre derivado de
una palabra árabe que significa «la
débil». La otra, cuya luz, más intensa
enmascara a la estrella más débil, es
Mizar, palabra árabe que significa
«velo».
Finalmente, tenemos la estrella
Algol, en la constelación de Perseus.
Una de las grandes hazañas de Perseo,
según los mitos griegos, fue dar muerte a
la Medusa, ser monstruoso que tenía
serpientes en lugar de cabellos, y cuyo
aspecto era tan espantoso que cualquiera
que lo mirase quedaba petrificado. Esta
constelación se dibuja generalmente
representando a Perseo con la cabeza de
Medusa en la mano, y Algol está en
dicha cabeza, de modo que algunas
veces, y por esta razón, se la llama la
«estrella del demonio». El significado
de Algol no resulta oscuro en absoluto,
ya que se deriva del nombre de un
demonio especialmente desagradable de
la mitología árabe: el «ghoul».

Los nombres modernos


En total son sólo unos cuantos cientos
las estrellas que tienen nombres propios
(principalmente árabes) entre las
aproximadamente seis mil que se pueden
ver a simple vista en el firmamento,
pero aún así es casi imposible recordar
estos nombres, o saber dónde se
encuentran en el firmamento las estrellas
que los llevan. Además, las estrellas del
cielo austral, que los astrónomos
antiguos y medievales no podían ver,
nunca recibieron nombre alguno.
Cuando los navegantes europeos
vieron por primera vez en el cielo a
Alpha Centauri, era para ellos una
estrella sin nombre. Tampoco hubo
nadie que tratara de asignarle un
sencillo nombre griego, latino o árabe,
para equipararla a las estrellas
conocidas de más antiguo. Por entonces
ya se había empezado a reconocer la
necesidad de idear algún sistema de
nomenclatura que resultase más útil para
los astrónomos.
La primera persona que trató de
utilizar un sistema lógico fue un
astrónomo alemán llamado Johann
Bayer, que publicó en 1603 un atlas de
mapas estelares, en el que introdujo su
sistema.
Lo que hizo fue denominar a las
estrellas brillantes de cada constelación
por orden de brillo o, a veces, por orden
de posición en aquélla. Empleando
cualquiera de estos dos criterios, las
relacionó como «la primera estrella de
la constelación de Orión», «la segunda
estrella de la constelación de Orión»,
etc., con la salvedad de que lo hizo en
una forma bastante más concisa.
Para indicar el orden, empleó las
letras del alfabeto griego. Para la
primera estrella de la lista usaba la
primera letra; para la segunda estrella,
la segunda letra; para la tercera, la
tercera, y así sucesivamente. En la tabla
4 hallará el lector todas las letras del
alfabeto griego, algunas de las cuales
han llegado a ser familiares para las
personas interesadas en la observación
de los astros a través de los nombres de
las estrellas en que entran tales letras.
Según el sistema de Bayer, la
primera estrella de Orión habría sido (si
en él se hubiera usado el castellano)
«Alpha de Orión»; la segunda habría
sido «Beta de Orión», etc.
Bayer, sin embargo, utilizó el latín, y
en esta lengua, cuando se desea indicar
posesión o pertenencia, no se emplea
una preposición, como ocurre en
castellano, sino que se cambia la
determinación y se utiliza el genitivo.
El genitivo de Orión es Orionis, de
modo que en vez de decir «Alfa de
Orión» decimos «Alpha Orionis». Las
estrellas que siguen en orden a ésta son
«Beta Orionis», «Gamma Orionis», y así
sucesivamente. Algunas veces se usa el
símbolo griego de la letra, de modo que
entonces podemos escribir α-Orionis, ß-
Orionis, etc.
En esta tabla se da una lista de las
formas genitivas de algunos de los
nombres de constelaciones (no se
incluyen todas ellas, pero sí aquellas
que tendremos ocasión de usar en este
libro). Así pues, para dar ejemplos del
sistema de Bayer, en la tabla 6 se repiten
las estrellas ya mencionadas en la tabla
3, dando sus nombres en las dos formas.
La única estrella de la tabla 3 que no
aparece en la 6 es Alcor. Hay para ello
una razón de la que nos ocuparemos en
breve.
La mayoría de las estrellas de la
tabla 6 son Alfas, lo cual no es
realmente sorprendente. Eran las
estrellas más brillantes de cada
constelación las que tenían más
probabilidades de atraer la atención y
de recibir nombres, y como Bayer
frecuentemente relacionó las estrellas
por orden de brillo, fue generalmente la
más brillante de todas la que recibió el
nombre o designación de Alfa.
Tal vez al lector le parezca que el
sistema de Bayer es innecesariamente
complicado. ¿No es más fácil decir
Spica que Alpha Virginis, o Polaris que
Alpha Ursae Minoris?
Efectivamente lo es, pero el uso del
sistema de Bayer nos dice
automáticamente el lugar en que la
estrella está. Nos dice que Spica está en
Virgo, y Polaris en Ursa Minor. También
nos dice algo más acerca de ellas. Nos
informa de que cada una de ellas es la
más brillante de su constelación.

Es más, el sistema de Bayer se


puede emplear también para estrellas
más débiles, estrellas que jamás
recibieron nombre alguno de los
griegos, los romanos ni los árabes.
Podemos hablar de estas estrellas
débiles e innominadas, que sean
importantes o interesantes por una u otra
razón, mencionándolas concretamente
como Epsilon Eridani, Tau Ceti, Chi
Orionis, Zeta Doradus, o Psi Aurigae.
(En este libro, sin embargo, cuando
una estrella determinada tenga nombres
alternativos, empleamos siempre el que
sea más familiar. Así, aun cuando Beta
Orionis es un nombre más formal que
Rigel, la verdad es que casi todo el
mundo —incluidos los astrónomos—
habla siempre de ella dándole el nombre
de Rigel).
El mayor inconveniente del sistema
de Bayer es que en el alfabeto griego
sólo hay 24 letras, mientras que, por
término medio, hay unas 70 estrellas
visibles por constelación. Si
quisiéramos atender a todas por el
sistema de Bayer, tendríamos que
empezar a usar combinaciones de letras,
y la cosa llegaría a ser complicada.
Por otra parte, en 1609, sólo seis
años después de que Bayer estableciese
su sistema, Galileo Galilei (usualmente
conocido sólo por su nombre de pila)
ideó un telescopio que inmediatamente
apuntó al firmamento. Rápidamente se
hizo obvio que existía un número de
estrellas mucho mayor que el de las que
se podían ver a simple vista. ¿Cómo se
las iba a denominar?
El astrónomo inglés John Flamsteed
recurrió en 1712 a los números en lugar
de las letras. En cada una de las 54
constelaciones que podía ver desde su
laboratorio acechó el momento en que
cada estrella llegaba a su punto más alto
en el firmamento (al girar éste) y les
asignó números en el orden de su paso
por dicho punto.
Flamsteed aplicó su sistema de
numeración a Cygnus, por ejemplo, y
llamó «61 Cygni» a la estrella de dicha
constelación que pasaba en el puesto 61
por ese punto de máxima elevación.
Casualmente, ésta resultó ser una
estrella interesante, que volveremos a
mencionar más adelante en este libro.
También la estrella Alcor, tan oscura
que Bayer nunca pensó en atribuirle un
nombre de letra griega (razón por la que
no figura incluida en la tabla 6), recibió
de Flamsteed un nombre numérico. Esta
estrella es «80 Ursae Maioris».
Otros ejemplos de estrellas
denominadas según el sistema de
Flamsteed son «70 Ophiuchi», «107
Piscium», «61 Virginis», «55 Cancri» y
«14 Herculis». Tales nombres dicen al
astrónomo no sólo la constelación en
que está situada la estrella, sino incluso
algo acerca de su emplazamiento dentro
de la constelación.
Como es lógico, a medida que se
fueron perfeccionando los telescopios se
pudieron ir viendo en cada constelación
estrellas por millares. Las estrellas poco
brillantes vinieron a ser conocidas por
sistemas complicados, que indicaban
dónde se las podía encontrar en ciertos
catálogos estelares, o por símbolos que
indicaban su declinación exacta. Una
estrella podía llamarse, por ejemplo,
«Lacaille 9352» haciendo referencia a
Nicolas Louis de Lacaille, que preparó
un importante catálogo de estrellas en
1757, o «Ross 780», o «CD-46°
11,909».
Algunas veces puede darse a una
estrella el nombre de su descubridor,
como «la Estrella de Barnard», del
nombre del astrónomo norteamericano
Edward Emerson Barnard. Aunque éste
no descubrió realmente dicha estrella,
fue el primero en darse cuenta de que la
misma tenía una interesante propiedad
que más tarde estudió en un libro. De
ello dio noticia en 1916.
Actualmente, los astrónomos usan
todos estos sistemas. Para las estrellas
que tienen nombres corrientes, éstos son
los que se emplean. Cuando tales
nombres no existen, se denomina a las
estrellas por el sistema de Bayer cuando
son brillantes, a las débiles por el de
Flamsteed, y a las muy débiles por el
sistema de los catálogos.
Ahora podemos volver a las dos
estrellas brillantes de la constelación de
Centaurus, que los europeos observaron
por primera vez en el siglo XV.
Naturalmente, no había para ellas
nombre griego ni latino, puesto que
ningún europeo de la antigüedad había
dado nunca noticia de ellas.
No cabe duda de que en alguna
ocasión algún astrónomo árabe tuvo que
llegar suficientemente lejos hacia el sur
para verlas, porque la más brillante
tiene un nombre árabe. Dado que
aparece en la pata del Centauro, según
la representación habitual de la
constelación, la llamaron «Rigil
Kentaurus», de una frase árabe que
significa «Pata del Centauro».
Frecuentemente se hace referencia a ella
como «Rigil Kent», para abreviar. Sin
embargo, este nombre no era familiar
para los europeos y, prácticamente,
nunca se usa, excepto en algunos libros
de astronomía.
La tendencia natural era la de
nombrarla por el sistema de Bayer, una
vez que éste había sido inventado. La
más brillante de las dos estrellas claras
de Centaurus recibió, por consiguiente,
el nombre de «Alpha Centauri». Éste es
el nombre que se emplea casi
universalmente, y que da título a este
libro.
La segunda en brillo de las estrellas
de Centaurus figura en algunos libros
con el nombre de Agena o de Hadar,
pero casi siempre se la menciona con el
de Beta Centauri, como en este libro.

Las estrellas más brillantes

Ahora que ya sabemos la razón por la


que Alpha Centauri es conocida con este
nombre, veamos cómo es en
comparación con otras.
Una de las primeras diferencias que
se perciben entre las estrellas cuando se
mira al cielo es que algunas son más
brillantes que otras.
Alrededor del año 130 a. C., el
astrónomo griego Hiparco dividió a las
estrellas en seis clases o categorías de
brillo, al as que en la actualidad
denominamos «magnitudes». Las
estrellas más brillantes del cielo son de
«primera magnitud». Las que son un
poco más oscuras o débiles, son de
«segunda magnitud»; otras aún más
débiles, de «tercera magnitud»; a
continuación vienen las de cuarta y
quinta, hasta que, finalmente, las
estrellas más débiles que se pueden
percibir a simple vista son de «sexta
magnitud».
Los primeros astrónomos contaron
unas veinte estrellas entre las de primera
magnitud. Desde entonces, otros
astrónomos posteriores han añadido a la
lista algunas otras estrellas de primera
magnitud que los astrónomos antiguos
nunca vieron. Por ejemplo, Alpha
Centauri y Beta Centauri son ambas
estrellas de primera magnitud que no
figuran en ninguna de las listas antiguas.
(Están casi tan próximas entre sí como
Cástor y Póllux y, en conjunto, las dos
estrellas brillantes de Centaurus brillan
más que las dos principales de Gémini.
Si los antiguos hubieran podido ver
claramente a Centaurus, podrían haber
aprovechado esto para formar la
constelación de «los Gemelos»).
Luego están también las dos estrellas
más brillantes de Crux, que son de
primera magnitud y que no fueron
incluidas en las listas de los antiguos,
puesto que no las veían. Estas dos
estrellas son Alpha Crucis y Beta
Crucis. Algunas veces, por abreviar se
las llama Acrux y becrux, pero éstos no
son nombres familiares, y en este libro
utilizaremos para ellas los nombres de
Bayer.
En la tabla 7 podrá encontrar el
lector las veintidós estrellas que
actualmente se consideran las de
primera magnitud del cielo. Aparecen
relacionadas en orden de declinación,
de norte a sur.

Las estrellas de primera magnitud se


encuentran distribuidas por todo el
firmamento de un modo bastante
uniforme. Desde el polo norte sería
posible ver las once que tienen
declinaciones positivas, y desde el polo
sur las once que tienen declinaciones
negativas. Naturalmente, desde un punto
situado en el ecuador podrían verse
todas.
La estrella de primera magnitud
situada más al norte, Capella, tiene una
declinación de + 46,0°, de modo que se
la puede ver desde cualquier punto que
se halle al norte del paralelo 54° S. La
única tierra habitada que queda al sur de
este paralelo es el extremo más austral
de Suramérica. La estrella de primera
magnitud situada más al sur, Alpha
Crucis, tiene una declinación de – 62,8°,
lo cual significa que no puede ser vista
desde ningún punto situado más al norte
que la ciudad de Miami, Florida.
En consecuencia, desde las tierras
habitadas de la Zona Tropical y de la
Zona Templada Meridional podemos ver
en el cielo las veintidós estrellas de
primera magnitud. Hemos de llegar a la
zona templada septentrional para
empezar a perder alguna. Desde
cualquier punto situado más al norte que
la ciudad de Richmond, Virginia, es
imposible ver las cinco estrellas de
primera magnitud situadas más al sur…,
y entre ellas figura Alpha Centauri.
Obsérvese que las veintidós
estrellas de primera magnitud son de
dieciocho constelaciones diferentes:
otro indicio de lo bien distribuidas que
están en el firmamento. Hay cuatro
constelaciones (Gemini, Orión, Crux y
Centaurus) que tienen dos estrellas de
primera magnitud cada una; otras
catorce constelaciones tienen una cada
una; y quedan setenta constelaciones sin
ninguna estrella de primera magnitud.
Esto no quiere decir que las
constelaciones que no tienen estrellas de
primera magnitud no puedan ser tan
espectaculares como las otras. Ursa
Maior, sin una sola estrella de primera
magnitud y sin ninguna que sea conocida
por un nombre propio, tiene siete
estrellas dispuestas en la forma de un
«cucharón» o de un «carro» grande y
fácilmente observable. Seis de estas
estrellas son de segunda magnitud, y otra
de tercera, y probablemente sea la
combinación de estrellas que más
fácilmente se reconoce en el firmamento.
Del mismo modo, la constelación de
Cassiopeia, en la que no hay ninguna
estrella de primera magnitud, tiene tres
de segunda y dos de tercera que se
hallan dispuestas formando una W
perfectamente apreciable.
La estrella más famosa de todas es
probablemente Polaris, emplazada a una
declinación de + 89,0°, justamente a un
grado del polo norte celeste. Está tan
próxima a él y describe un círculo tan
reducido a su alrededor, que apenas
parece moverse en el firmamento. Serán
incontables los millones de ojos que la
han buscado como medio para
determinar la dirección del norte, y, sin
embargo, es sólo de segunda magnitud.
La Polar sirve también para marcar
(aproximadamente) el emplazamiento
del polo norte celeste, que es sólo un
punto imaginario en el cielo. (El polo
sur celeste no tiene en varios grados de
distancia a su alrededor ninguna estrella
de brillo superior al de la quinta
magnitud).
Por tanto, aunque este libro tienda a
concentrarse en las estrellas de primera
magnitud, porque Alpha Centauri es una
de ellas, rogamos al lector que recuerde
que tales estrellas no representan en
absoluto la totalidad del firmamento.

El décimo objeto celeste en


orden de brillo

Los primeros astrónomos tenían que


apreciar a ojo la brillantez de las
estrellas, cosa que no es fácil de hacer.
Probablemente esa sea la razón por la
que Bayer asignó al revés algunas de sus
alfas y betas, y también el motivo de que
al enfrentarse con un grupo de estrellas
de brillo aproximadamente igual, como
en el caso de las estrellas del Gran
Carro, o la Osa Mayor (que es su
nombre astronómico), no quisiese
decidir entre ellas y se limitara a
relacionarlas en orden desde un lado al
otro, empezando por Alfa y terminando
por Zeta.
En el siglo XIX, sin embargo, los
astrónomos, usando ya telescopios y
otros instrumentos adecuados a tal fin,
pudieron comparar en forma muy exacta
los brillos de las distintas estrellas.
Resultó que algunas de las estrellas de
primera magnitud tenían brillos
considerablemente superiores a los de
otras de la misma magnitud. Y también
se comprobó que la estrella media de
primera magnitud tenía un brillo unas
cien veces mayor que el de la estrella
media de sexta magnitud.
En 1850, un astrónomo inglés,
Norman Robert Pogson, propuso definir
con mayor exactitud la escala de
magnitudes. Si la estrella media de
primera magnitud es cien veces más
brillante que la estrella media de sexta
magnitud, y si descendemos en la lista
de las magnitudes en cinco pasos o
escalones iguales (1 a 2, 2 a 3, 3 a 4, 4 a
5 y 5 a 6), entonces podemos suponer
que una estrella de una magnitud
cualquiera es 2,512 veces más brillante
que la estrella de la magnitud
inmediatamente inferior. La razón de
ello es que multiplicando cinco veces
2,512 por sí mismo
(2,512*2,512*2,512*2,512*2,512)
obtenemos como resultado
aproximadamente cien.
Es posible calcular también qué
cambio de brillo equivale a una décima
de magnitud, e incluso a una centésima.
Entonces, si se iguala el valor medio de
la primera magnitud a 1,00, es posible
medir el brillo de cada estrella y hallar
que una estrella determinada tiene una
magnitud de 1,78, otra de 3,91, o de
5,09, y así sucesivamente.
Puesto que se ha tomado el valor de
1,00 como promedio de las estrellas de
primera magnitud, aquellas cuyo brillo
sea superior a la media han de tener
valores de magnitud inferiores a 1,00.
Una estrella de primera magnitud con
brillo superior a la media puede tener
una magnitud de 0,59, por ejemplo. Si
una estrella tiene un brillo
particularmente grande, la magnitud
correspondiente puede ser incluso
inferior a cero, obligando a los
astrónomos a pasar a los números
negativos.
Lo que no hay que olvidar es que
cuanto más bajo sea el valor numérico
de la magnitud, más brillante es la
estrella, y que una magnitud negativa
supone un brillo realmente grande. Sólo
cuatro estrellas son tan brillantes que
hayan de figurar con magnitudes
negativas. En la tabla 8 se relacionan las
veintidós estrellas de primera magnitud
en orden de mayor a menor brillo.

Puesto que cuatro de las


constelaciones tienen dos estrellas de
primera magnitud, cuatro de las estrellas
de la tabla 8 son Betas: Beta Orionis
(Rigel), Beta Geminorum (Pollux), Beta
Centauri y Beta Crucis. Estas dos
últimas son menos brillantes que Alpha
Centauri y que Alpha Crucis,
respectivamente; pero —cosa curiosa—
las denominaciones de las dos primeras
están equivocadas. Beta Orionis (Rigel)
es más brillante que Alpha Orionis
(Betelgeuse), y Beta Geminorum
(Pollux) es más brillante que Alpha
Geminourm (Cástor). Bayer, trabajando
a ojo, probablemente no intentó
distinguir la más brillante de la que lo
era menos en los casos de Orión y
Gemini, y erró en sus denominaciones.
Deben mencionarse algunas estrellas
que, por poco, no han llegado a entrar en
la lista de las de primera magnitud. La
tercera en brillo de las estrellas de
Crux, «Gamma Crucis», tiene una
magnitud de 1,61, que está sólo un poco
por debajo del nivel de la primera
magnitud. De las cuatro estrellas de la
Cruz del Sur, dos son de primera
magnitud, y otra no lo es por muy poco.
Combinándolas con la pareja, muy
igualada, de Alpha Centauri y Beta
Centauri, que no se encuentran lejos de
la Cruz, tenemos una colección de cinco
estrellas cuyo brillo no tiene igual en
ningún otro lugar del firmamento… y los
habitantes del norte no las pueden ver.
Otra estrella que tiene un brillo
(1,70) muy próximo al de la primera
magnitud es Bellatrix, la tercera estrella
de Orión. Si hubiera sido un poco más
brillante, Orión habría tenido tres
estrellas de primera magnitud (aunque
no tan próximas entre sí como las tres de
Crux).
La estrella más brillante de la Osa
Mayor, Alioth (nombre derivado de una
palabra árabe que significa «rabo de
oveja», porque se encuentra en el rabo
de la Osa Mayor, tal como se la suele
representar), tiene una magnitud de 1,68,
que tampoco está lejos del nivel de la
primera magnitud.
La magnitud de la Polar es 2,12, y la
de Mizar, 2,16. Alcyone, la estrella más
brillante de las Pléyades, tiene una
magnitud de 3,0, mientras que la de las
estrellas más débiles del grupo es de
alrededor de 5,4. Alcor tiene una
magnitud de 4,0.
Volvamos, sin embargo, a Alpha
Centauri. Como vemos en la tabla 8, es
la tercera de brillo entre todas las
estrellas del firmamento. Sólo Canopus
y Sirius la aventajan. Canopus tiene un
número de magnitud inferior en 0,45, lo
que significa que es una vez y media más
brillante que Alpha Centauri. Sirius, que
es con mucho la estrella más brillante
del cielo, tiene un número de magnitud
1,15 veces menor que Alpha Centauri, lo
que quiere decir que es
aproximadamente tres veces más
brillante que ésta, y unas dos veces
superior en brillo a la segunda estrella.
Sin embargo, hay en el cielo objetos
que brillan aún más que las estrellas
más brillantes. Los planetas, a
diferencia de la mayoría de las estrellas,
tienden a cambiar su grado de brillo a
medida que describen sus órbitas en el
cielo. No obstante, en su máximo brillo,
cada uno de los planetas conocidos por
los antiguos brilla más que Alpha
Centauri. Y, por supuesto, lo mismo
ocurre con la Luna y el Sol.
También algunos cometas tienen un
brillo total mayor que el de Alpha
Centauri, pero los cometas son tan
distintos de los demás objetos celestes
visibles a simple vista, y van y vienen
en forma tan irregular, que es mejor no
tenerlos en cuenta cuando se trata de
hacer comparaciones. Tenemos también
el caso, muy raro, de una oscura estrella
que estalla y llega a alcanzar un brillo
extraordinario, mucho mayor que el de
Alpha Centauri, durante un breve
período de tiempo. Se trata también de
casos excepcionales, que se pueden
omitir en las comparaciones.
Si nos limitamos a los objetos
normales que se hallan siempre
presentes en el cielo, podemos preparar
la tabla 9, en la que se relacionan todos
aquellos cuyo brillo es superior al de
Alpha Centauri. Como puede verse,
entre los moradores normales del
firmamento terrestre, Alpha Centauri
resulta ser el décimo por orden de
brillo.
3. El problema de la
distancia

El movimiento propio

Pero ¿cuál es la razón de las diferencias


de magnitud entre las estrellas? La
opinión general, en los primeros
tiempos, era que todas las estrellas se
encontraban a la misma distancia de la
Tierra; que todas formaban parte del
firmamento (la «esfera celeste»), que
era una esfera sólida que encerraba a la
Tierra, el Sol, la Luna y los planetas.
Nadie sabía a qué distancia de la Tierra
estaba el firmamento, pero ello no
afectaba para nada al argumento. Lo que
se pensaba también era que las estrellas
tenían tamaños diferentes, y que las más
grandes eran más brillantes que las más
pequeñas. (En efecto, «magnitud» viene
a ser sinónimo de «tamaño»).
La causa de que los planetas fuesen
más brillantes que las estrellas —según
creía la gente desde los tiempos más
remotos— era que aquellos se hallaban
más próximos a la Tierra que el
firmamento estrellado. Además, los
planetas diferían entre sí en cuanto a
brillo, y podría creerse que cuanto más
próximo se hallaba un planeta, más
brillante era éste.
Los antiguos juzgaban la distancia de
los planetas por la velocidad con que
éstos se movían entre las estrellas.
Cuanto más rápido se movían, más
próximos a nosotros tenían que estar.
(Así nos lo dicta la experiencia: un
avión que se desplace sobre nuestras
cabezas y bastante próximo a nosotros
parece pasar zumbando a gran
velocidad, mientras que otro, a gran
altura, parece cruzar el cielo muy lento,
aun cuando en realidad pueda estar
moviéndose más rápidamente que el
primero. Esta reducción de la velocidad
aparente con la distancia la observamos
tanto en los automóviles como en las
personas y en todas las cosas existentes
sobre la Tierra, así que ¿por qué no en
los planetas del cielo?
Tomando como criterio la velocidad
del movimiento, los antiguos pensaban
que el sistema planetario estaba
dispuesto en la siguiente forma, en orden
de distancias crecientes desde la Tierra:
Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte,
Júpiter y Saturno.
El Sol es, sin comparación, el más
brillante de estos objetos, aun cuando
tres de ellos están más próximos, y es
también, sin duda alguna, más grande
que cualquiera de los restantes. Sólo la
Luna rivaliza con él en cuanto a tamaño
aparente, pero hay que tener en cuenta
que está mucho más próxima que el Sol.
Del mismo modo, Venus es más brillante
que Mercurio, aunque se encuentra más
lejos, y Júpiter es más brillante que
Marte, aunque está a mayor distancia.
Por consiguiente, Venus ha de ser más
grande que Mercurio, y Júpiter más que
Marte, y la conclusión es que, en los
planetas, las diferencias de magnitud se
deben tanto al tamaño como a la
distancia.
Sin duda, tan pronto como se
comprendió que el centro del sistema
planetario estaba en el Sol, y no en la
Tierra, se puso de manifiesto que la
rapidez del movimiento no constituía
una guía segura en lo referente a la
distancia, porque le movimiento era
alrededor del Sol, y no de la Tierra.
Según las ideas modernas, el orden de
las distancias a la Tierra es: Luna,
Venus, Marte, Mercurio, Sol, Júpiter y
Saturno. No obstante, esto no modifica
la conclusión, puesto que Júpiter sigue
siendo más brillante que Marte.
En el siglo XVII, después de la
invención del telescopio, se apreció muy
pronto que los planetas brillaban
únicamente a causa de la luz solar que
recibían y reflejaban; y cuanto más
grandes eran, más luz recibían y
reflejaban. Al final del siglo XVII ya se
habían determinado los tamaños y las
distancias de los planetas, y se había
confirmado la noción original de que sus
magnitudes dependían de estas dos
características, distancia y tamaño.
Bueno, y entonces, ¿qué pasa con las
estrellas?
Los planetas aumentan de tamaño
cuando se los observa con el telescopio,
y presentan el aspecto de pequeños
círculos, elipses, crecientes, etc. esto no
ocurre, sin embargo, con las estrellas.
Las estrellas se hacen más brillantes al
observarlas con el telescopio, pero
continúan apareciendo tan pequeñas que
parecen sólo puntos luminosos. De esto
podría inferirse que las estrellas están
mucho más lejanas de nosotros que los
planetas y que son, por consiguiente,
objetos tan pequeños que ni siquiera la
ampliación proporcionada por el
telescopio las hace aparecer
suficientemente grandes para que su
aspecto sea otro que el de simples
puntos.
Si ello es así, no parece probable
que las estrellas brillen, como los
planetas, gracias a la luz del Sol que se
refleje en ellas. Ya que se encuentran a
una distancia mucho mayor, las estrellas
no captarían suficiente luz solar para
llegar a ser visibles. Por consiguiente,
han de brillar con luz propia. El único
cuerpo celeste del cual sabemos con
seguridad que brilla con luz propia es el
Sol. ¿Puede ocurrir, entonces, que las
estrellas sean otros soles que parecen
diminutos puntos de luz a causa de su
gran distancia?
En realidad, ya en fecha tan remota
como 1440, un erudito alemán, Nicolás
de Cusa, había sugerido la idea de que
las estrellas eran soles distantes; pero en
sus tiempos esto era sólo una conjetura,
y él carecía de cualquier prueba.
Claro está que aun cuando las
estrellas fuesen otros soles y se hallasen
muy lejanas, podría ser que se
encontraran todas a la misma distancia y
que las diferencias de brillo fuesen
resultado únicamente de las diferencias
de tamaño.
El primer astrónomo que realizó un
descubrimiento que indicaba que la
verdad era otra fue el inglés Edmund
Halley. Halley estaba anotando
cuidadosamente la posición de las
estrellas y, en 1718, anunció que había
descubierto que las estrellas Sirius,
Procyon y Arcturus habían cambiado de
posición con respecto a sus vecinas
desde que los antiguos griegos
registraran dichas posiciones. E incluso
que habían cambiado ligeramente de
posición con respecto a las registradas
150 años antes.
Era evidente que las estrellas no
estaban fijas en el espacio, como habían
creído los astrónomos antiguos. Tenían
«movimientos propios». (El movimiento
es «propio» porque pertenece a la
estrella propiamente dicha, y no al
firmamento, que en épocas anteriores
había parecido girar y arrastrar consigo
a todas las estrellas).
Pero no todas las estrellas poseen
movimiento propio o, por lo menos, un
movimiento suficientemente grande para
poder medirlo. Los primeros
movimientos propios que se observaron
fueron los de estrellas muy brillantes.
Sirius es la estrella más brillante del
cielo, Arcturus la cuarta en orden de
brillo, y Procyon la octava.
Supongamos que todas las estrellas
se moviesen, pero que la rapidez con
que lo hicieran dependiese (como ocurre
con los planetas) de su proximidad a
nosotros. Puesto que las estrellas
estaban tan lejanas, todas se moverían
lenta, muy lentamente, y sus cambios de
posición sólo llegarían a ser apreciables
al cabo de años y años. Sin embargo, el
cambio llegaría a ser apreciable más
pronto en el caso de las estrellas más
próximas a nosotros; y en las más
próximas de todas, el cambio sería más
apreciable que en las demás.
Seguramente, no podía ser pura
coincidencia que las primeras estrellas
cuyo movimiento propio se había
observado fuesen de las más brillantes.
De hecho, todas las estrellas brillantes
tenían movimiento propio (aunque
algunas se movían más rápidamente que
otras). Por otra parte, las estrellas
débiles u oscuras, que constituían la
mayoría de las del cielo, tenían
movimientos propios muy pequeños, y
en casi todas ellas eran tan ligeros que
no era posible medirlos. (Lo cual
significaba que se podían usar las
estrellas débiles como puntos fijos de
referencia para medir el movimiento
propio de las estrellas brillantes).
Puesto que las estrellas brillantes
tenían movimientos propios apreciables
y, por consiguiente, se podía pensar que
estaban más próximas que las débiles u
oscuras, también podría ser que fuesen
brillantes porque estaban cercanas.
Podría ocurrir que, en lugar de estar
todas las estrellas a la misma distancia y
de diferir en magnitud sólo a causa de
sus diferencias de tamaño, fuesen todas
del mismo tamaño, pero difiriesen en
magnitud a causa de las diferencias de
distancia.
Advirtamos que ni siquiera los
movimientos propios suficientemente
grandes para poder ser medidos son muy
amplios. (Ni sería de esperar que lo
fueran si las estrellas estuviesen a una
distancia muchísimo mayor que la de los
planetas, como parecía seguro). Los
movimientos propios son tan pequeños,
que incluso los cambios más grandes de
posición de una estrella en el curso de
un año son del orden de segundos de
arco. Y recordemos que un segundo de
arco es 1/60 de un minuto de arco que, a
su vez, es 1/60 de un grado.
Para dar una idea de la magnitud que
representa un segundo de arco, diremos
que el diámetro de la Luna llena es
1.865 segundos de arco, o 1.865”, por
término medio. (El diámetro aparente de
la luna varía ligeramente, porque ésta no
describe un círculo perfecto en su
traslación alrededor de la Tierra, y en
algunas posiciones está un poco más
próxima a nosotros que en otras). Por
tanto, un segundo de arco es 1/1.865 del
diámetro medio de la Luna llena.
El movimiento propio de Sirius es
1.324” por año, lo que significa que a
Sirius le llevará 1.400 años cambiar su
posición en el cielo en una magnitud
igual al diámetro de la Luna llena. Es un
movimiento verdaderamente lento; pero,
entre la fecha en que los griegos habían
registrado la posición de Sirius y
aquella en que Halley la verificó, habían
transcurrido 1.700 años, y el cambio era
de unos 2.250” o, aproximadamente,
unos 5/8 de grado. Es un cambio que se
notaría incluso a simple vista, cuanto
más con un telescopio.
En la tabla 10 se dan los
movimientos propios de las veinte
estrellas más brillantes del cielo,
expuestos por orden de mayor a menor.

Las estrellas más rápidas

Como se puede ver en la tabla 10, de las


estrellas brillantes, la segunda, la
tercera y la cuarta por orden de rapidez
de movimiento son Arcturus, Sirius y
Procyon, respectivamente; y éstas son
aquellas cuyos movimientos propios
observó en primer lugar Halley. ¿Por
qué no observó el de la figura en primer
lugar, Alpha Centauri? Porque Alpha
Centauri ocupa una posición tan
meridional en la esfera celeste que los
griegos no habían hecho ninguna
observación de su posición, lo que
habría permitido a Halley comparar las
observaciones modernas.
No obstante, las observaciones
posteriores no tardaron en revelar el
movimiento de Alpha Centauri, ya que
cambiaba de posición tan rápidamente
que fue posible descubrir su movimiento
en un tiempo muy corto. El movimiento
propio de Alpha Centauri es el más
grande, con mucho, entre las estrellas
brillantes; es 1,7 veces mayor que el de
Sirius, que ocupa el segundo lugar. Si el
grado de movimiento propio es una
indicación de la proximidad de una
estrella, parecería que Alpha Centauri
puede ser la estrella brillante más
próxima a la Tierra. Entonces, si el
brillo constituye en sí mismo una
indicación de proximidad, y sin ninguna
estrella débil u oscura puede estar tan
próxima a nosotros como una estrella
brillante, pudiera ocurrir que Alpha
Centauri sea la más próxima a nosotros
de todas las estrellas.
Pero ¡alto ahí! No está probado que
cualquier estrella débil u oscura haya de
estar más lejana que cualquier estrella
brillante.
Una vez que los astrónomos se
percataron de la existencia de los
movimientos propios, empezaron a
comparar las posiciones de todas las
estrellas con las registradas por los
griegos, y también a comparar las
posiciones ocupadas de un año a otro
por estrellas débiles (que los griegos no
habían podido ver o que, si las vieron,
no se molestaron en señalarlas
exactamente). Hallaron que,
efectivamente, casi todas las estrellas
oscuras carecían de movimiento propio
apreciable pero que algunas estrellas
oscuras, incluso algunas muy débiles,
tenían un movimiento propio
considerable.
El primer astrónomo que hizo un
intento general de medir los
movimientos propios fue un italiano,
Giuseppe Piazzi. No sólo puso de
manifiesto que las estrellas brillantes
tenían generalmente movimientos
propios detectables, sino que en 1814
comunicó que la estrella débil 61 Cygni,
que era sólo de quinta magnitud, tenía un
rápido movimiento propio, que era casi
una vez y media superior al de Alpha
Centauri.
Y en 1916 Edward Emerson Barnard
observó el movimiento propio, aún más
rápido, de una estrella más débil que 61
Cygni, una estrella que, efectivamente,
era de novena magnitud, y demasiado
oscura para poder ser vista sin la ayuda
del telescopio. Sin embargo, a pesar de
su pequeña magnitud, su movimiento
propio era casi doble del de 61 Cygni y
casi triple que el de Alpha Centauri.
Aunque muchos habían observado
anteriormente esta estrella, fue Barnard
el primero que indicó su movimiento
propio y, por consiguiente, se la conoce,
en su honor, por la «estrella de
Barnard».
Tan rápido es el movimiento de la
estrella de Barnard que algunas veces se
la llama la «estrella fugitiva de
Barnard» o la «flecha de Barnard». Su
movimiento propio es tal que tardará
181 años en cambiar de posición el
equivalente de un diámetro de la Luna;
un movimiento muy lento si lo juzgamos
con los criterios terrestres, pero
realmente muy rápido si se aplican los
estelares.
Entre las estrellas brillantes, sólo
Alpha Centauri tiene un movimiento
propio superior a 3” por año. Sin
embargo, si incluimos también las
estrellas débiles u oscuras, hallamos un
buen número que superan esta marca. En
la tabla 11 se da una lista de las
estrellas cuyo movimiento propio es
superior a 3” por año.

De las veintiuna estrellas


relacionadas en la tabla 11, sólo una,
Alpha Centauri, es de primera magnitud.
Otras cinco son estrellas débiles, de
cuarta y de quinta magnitud, que poseen
nombres según los sistemas de Bayer o
de Flamsteed. Son, por orden
decreciente de brillo: Phi Eridani,
Omicron Eridani, Epsilon Indi, 61 Cygni
y Mu Cassiopeiae. Las quince restantes
son estrellas tan oscuras que sólo el
telescopio las revela, y reciben sus
nombres del primer astrónomo que
registró su movimiento propio (o de
algún otro hecho interesante relacionado
con ellas), o de su número de inclusión
en algún catálogo, o de alguna otra
circunstancia.
Seis décadas después del
descubrimiento de su movimiento
propio, la estrella de Barnard sigue
siendo la de movimiento más rápido que
se conoce. No parece probable que
ningún objeto de movimiento más rápido
haya conseguido escapar a la atención
de los astrónomos en todo este tiempo,
pero cosas más raras han ocurrido y, si
queda por hallar algo más rápido,
todavía, podría ser algo realmente muy
excitante, como veremos más adelante.
Si juzgamos únicamente por el
movimiento propio, debemos convenir
que la estrella de Barnard está más
cerca de nosotros que Alpha Centauri;
pero, en ese caso, ¿por qué habría de ser
tan débil la estrella de Barnard, y tan
brillante Alpha Centauri, es decir, la
más lejana? Alpha Centauri, aunque más
alejada si juzgamos por el movimiento
propio, es 10.000 veces más brillante
que la estrella de Barnard. La
conclusión más fácil es que la estrella
de Barnard, aunque muy próxima, es una
estrella muy pequeña y oscura, cuyo
débil centelleo apenas se puede captar
con el telescopio, a pesar de estar tan
cercana.
De ahí podemos ver que el mero
brillo no constituye un criterio de
distancia. Por término medio, las
estrellas más brillantes están más
próximas a nosotros que las oscuras,
pero una determinada estrella oscura
puede ser débil a causa principalmente
de su pequeño tamaño, aunque podría
estar más cerca que cualquier estrella
brillante.
Además, tampoco podemos juzgar
únicamente por el movimiento propio.
Después de todo, no nos consta
realmente que todas las estrellas se
estén moviendo a la misma velocidad
real. Sea cual fuere su verdadera
velocidad, las estrellas muy distantes
parecerán moverse más lentamente que
aquellas que estén muy próximas. Por
otra parte, si dos estrellas están
aproximadamente a la misma distancia,
la diferencia del movimiento propio
puede ser resultado de diferencias en el
movimiento real y no de diferencias de
distancia.
Por ejemplo, puede ocurrir que la
estrella de Barnard se mueva diez veces
más rápidamente que Alpha Centauri. En
tal caso, la estrella de Barnard tendrá un
movimiento propio mayor que Alpha
Centauri, aun cuando la primera pueda
ser en cierto grado la más lejana de las
dos.
Otra consideración es que mucho
depende de la dirección del movimiento
de la estrella. Después de todo, el
movimiento propio que nosotros vemos
representa sólo aquella parte del
movimiento real que se produce en
ángulo recto a nosotros. Supongamos
que dos estrellas se están moviendo a la
misma velocidad, pero que una de ellas
lo hace directamente hacia nosotros, o
alejándose de nosotros, mientras que la
otra se mueve completamente
perpendicular a nuestra línea visual. La
estrella que se acerca o se aleja
directamente no cambiará su posición
con respecto a la de otras estrellas, sea
cual fuere la velocidad a que se esté
desplazando. Parecerá no tener
movimiento propio alguno. La estrella
que se mueve en ángulo recto con
nuestra línea de visión exhibirá un
movimiento propio, tal vez grande
incluso, aun cuando no se esté
desplazando a mayor velocidad que la
estrella que no exhibe movimiento
propio alguno. Si una estrella se
estuviera moviendo en dirección
oblicua, sólo aquella componente de su
trayectoria que fuera perpendicular a
nuestra línea de visión daría origen a un
movimiento propio.
Podría ocurrir entonces que la
estrella de Barnard se estuviera
moviendo en forma bastante lenta, pero
en una dirección completamente
perpendicular a nuestra línea de visión,
mientras que Alpha Centauri se moviera
rápidamente, pero en una dirección
general de acercamiento o de
alejamiento de nosotros. En ese caso,
Alpha Centauri podría aparecer con un
movimiento propio menor, aun cuando
estuviese más próxima a nosotros que la
estrella de Barnard.
En realidad, ni el brillo, ni el
movimiento propio, ni ambos en
combinación, nos pueden decir a qué
distancia se encuentra una estrella…, ni
siquiera si una estrella dada está más
cerca o más lejos que la otra. Todo lo
que podemos decir es que, en promedio,
las estrellas brillantes están más
próximas a nosotros que las oscuras, y
que, en promedio, las estrellas de
movimiento propio rápido están más
cercanas que las de movimiento propio
lento.
Necesitamos algo mejor que esto.

Paralaje

Para determinar la distancia de algo a lo


que no podemos llegar podemos hacer
uso de lo que se conoce como
«paralaje», palabra derivada de
vocablos griegos que significan «cambio
de posición». Este sistema no es nada
moderno, puesto que ya los antiguos
griegos lo conocían.
Podemos ver en qué consiste si
levantamos un dedo frente a nuestros
ojos con el brazo estirado. Si cerramos
un ojo, veremos el dedo superpuesto a
algún objeto del fondo. Si mantenemos
el dedo inmóvil y cerramos el otro ojo,
veremos que la posición aparente del
dedo con respecto al fondo cambia.
Si ahora acercamos el dedo a la
cara, veremos que el cambio de
posición aparente del dedo que se
produce al cerrar alternativamente un
ojo y el otro se hace mayor. Midiendo el
valor de este cambio de posición, es
posible determinar la distancia que
separa al dedo del ojo.
Usando los dos ojos
alternativamente, no se pueden medir
distancias muy grandes; como máximo,
unos cuantos pies. Para los objetos
demasiado alejados, el cambio de
posición es tan pequeño que no es
posible medirlo exactamente. Pero el
cambio depende, no sólo de la distancia,
sino también de la separación de los dos
puntos desde los que se mira el objeto.
Los ojos están separados sólo unos
centímetros, y eso no constituye una
línea de base muy buena.
Supongamos que plantamos dos
estacas o jalones a dos metros de
distancia entre sí. Si mirásemos un
objeto, primero desde un jalón y luego
desde el otro, aumentaríamos el valor de
la paralaje para una distancia dada, y un
objeto podría estar mucho más alejado
antes de que la paralaje llegase a ser
demasiado pequeña para medirla.
Nuestra línea de base podría ser
mayor que la de dos metros…,
muchísimo mayor.
Supongamos que se observa la Luna
a una hora determinada a través de un
telescopio situado en cierta posición
sobre la superficie de la Tierra.
Entonces se ve la Luna en cierta
posición concreta sobre el fondo del
firmamento estrellado. Si a la misma
hora se la observa con un telescopio
instalado en otro observatorio, parecerá
encontrarse en una posición un tanto
diferente. Conociendo el valor exacto
del cambio de posición, en fracciones
de grado, y la distancia exacta entre los
dos telescopios, es posible calcular la
distancia de la Luna por medio de la
rama de las matemáticas conocida como
trigonometría.
En el caso de la Luna, la paralaje,
aunque no sea muy grande, es todavía
suficiente para medir, no sólo con un
telescopio, sino incluso a simple vista.
Quiere decirse que incluso los
astrónomos antiguos pudieron medirla y
hacerse una idea bastante buena de la
distancia a la que está la Luna. Como es
lógico, los astrónomos modernos han
conseguido utilizar esta técnica con
mayor precisión, y el resultado es que la
distancia media de la Tierra a la Luna es
de 384.000 kilómetros.
Juzgando por criterios terrestres, es
una gran distancia (veinticinco veces la
distancia de vuelo de Nueva York a
Melbourne, Australia), pero es muy
pequeña si la comparamos con las
distancias de otros cuerpos celestes.
Ningún otro cuerpo celeste que no sea la
Luna tiene una paralaje suficientemente
grande para poder medirla sin
telescopio. (El telescopio amplifica o
agranda los cambios muy pequeños de
posición, y hace posible la medición de
los mismos).
Hasta finales del siglo XVII, tras la
invención del telescopio, no fue posible
medir la paralaje de Marte, que está
mucho más distante que la Luna y tiene,
por tanto, una paralaje mucho más
pequeña. Una vez que se consiguió esto,
se pudo determinar su distancia, así
como las distancias entre otros cuerpos
celestes.
Por ejemplo, hoy se sabe que la
distancia desde la Tierra al Sol es
150.000.000 de kilómetros, lo que
representa 390 veces la distancia de la
Tierra a la Luna.
El planeta más lejano que se conocía
antes de 1781 era Saturno, y su distancia
media al Sol es 1.425.000.000 de
kilómetros. El planeta más lejano que se
conoce actualmente es Plutón, y su
distancia media al Sol es 5.900.000.000
de kilómetros.
Supongamos que tomamos como
anchura del sistema solar el diámetro o
eje de la órbita de Plutón. Ello supone
11.800.000.000 de kilómetros.
No es fácil visualizar o concebir
estas distancias de miles de millones de
kilómetros, pero es que el kilómetro es
una unidad de medida hecha a la
conveniencia de las distancias
terráqueas. Para medir distancias en el
sistema solar sería más fácil adoptar
como unidad de medida la distancia de
la Tierra al Sol. De hecho, la distancia
de la Tierra al Sol se llama «unidad
astronómica» (U.A.).
Puesto que la distancia de Saturno al
Sol es, por término medio, 9,83 veces
mayor que la de la Tierra al Sol,
decimos que Saturno está a 9,83 U.A.
del Sol. En la misma forma, la órbita de
Plutón tiene un diámetro de 79 U.A.
Podría parecer, sin embargo, que la
utilidad de la paralaje está limitada al
sistema solar. Si los observatorios se
sitúan a la mayor distancia posible entre
sí sobre la superficie de la Tierra, la
paralaje de la Luna es de unos 2°. La
paralaje de Marte, sin embargo, es de
sólo unos 30” como máximo, es decir,
1/40 de la lunar. La paralaje de Marte,
aunque demasiado pequeña para poder
ser medida a simple vista, se puede
medir fácilmente con ayuda del
telescopio, y a partir de ella se pueden
calcular todas las demás distancias
dentro del sistema solar.
Pero ¿qué ocurre con las estrellas?
Incluso las más próximas han de hallarse
a una distancia tan superior a la de
Marte que, aun desde los observatorios
más separados en la superficie terrestre,
su paralaje ha de ser tan diminuta que
ningún telescopio de los que hemos
construido o que tengamos
probabilidades de construir en un futuro
previsible podría medirla.
¿Estamos seguros de ello? ¿Podemos
verdaderamente ser tan pesimistas si,
para empezar no sabemos a qué
distancia están las estrellas? ¿Existe
algún método que nos permita, al menos,
hacernos alguna idea de esa distancia
sin usar la paralaje?
La primera persona que intentó
hacerlo en una forma lógica fue Halley,
el astrónomo que había sido el primero
en descubrir el movimiento propio de
las estrellas. Habiendo comprendido
que éstas se movían independientemente,
y que podrían ser soles distantes, se
preguntó: Supongamos que Sirius fuese
realmente tan brillante como el Sol, ¿a
qué distancia ha de estar para aparecer
como una chispa de luz no más intensa
que la que vemos?
El brillo de un objeto como el Sol
decrece con la distancia según una
fórmula que era bien conocida incluso
en los tiempos de Halley, de modo que
el problema se pudo resolver
fácilmente. Halley decidió que Sirius
tendría que estar a unos
19.000.000.000.000 de kilómetros de
distancia. Esta distancia es enorme,
miles de veces mayor que las distancias
internas del sistema solar. Según los
cálculos de Halley, la distancia de
Sirius sería más de 21.000 veces mayor
que la de Saturno, el planeta más lejano
que se conocía en su tiempo. Y sería
1.600 veces mayor que el ancho de la
órbita de Plutón. La distancia de Sirius,
según el cálculo de Halley, es tan grande
que no sirve de mucho emplear unidades
astronómicas para expresarla. De
acuerdo con su cálculo, Sirius se halla a
unas 204.000 U.A.
¿Hay alguna unidad más razonable
que pudiéramos aplicar? Actualmente,
los astrónomos usan para estos fines la
velocidad de la luz. La primera
determinación razonable de la velocidad
de la luz se obtuvo en 1676, gracias a
los trabajos de un astrónomo danés,
Olaus Roemer. Su medición original no
fue muy exacta, pero se ha mejorado
grandemente en los tres siglos
transcurridos desde entonces; hoy
sabemos que un rayo de luz en el vacío,
recorre 299.792,4562 kilómetros en un
segundo. Nos aproximaremos
suficientemente si decimos que la
velocidad de la luz es de unos 300.000
kilómetros por segundo. La velocidad de
la luz es mucho mayor que cualquiera de
las velocidades que conocemos.
Pensamos que un avión se está
moviendo rápidamente si va a 3.000
kilómetros por hora, o un cohete, si va a
60.000 kilómetros por hora, o la Tierra,
porque en su viaje alrededor del Sol se
desplaza a razón de 107.000 kilómetros
por hora… pero incluso la Tierra se
mueve a sólo 1/100.000 de la velocidad
de la luz.
Lo cierto es que ningún objeto
material puede viajar a una velocidad
superior a la de la luz. La luz viaja a la
velocidad límite de nuestro universo.
Por lo tanto, si usamos la velocidad de
la luz como unidad para medir grandes
distancias, estaremos haciendo
prácticamente lo más que podemos.
Tan rápida es la luz, que va de aquí a
la Luna en aproximadamente 1,25
segundos, al Sol en 8,3 minutos, y
atraviesa toda la anchura del sistema
solar en once horas.
Pero imaginemos a la luz viajando a
su enorme velocidad durante todo un
año. ¿Qué distancia recorrerá? La
respuesta es 9.460.600.000.000
kilómetros. A esta distancia se la llama,
por consiguiente, un «año-luz». Sirius,
según los cálculos de Halley, estaría por
tanto a dos años-luz.
Esa cifra dependería, como es
natural, de si realmente Sirius es tan
brillante como el Sol, conforme supuso
Halley. Si fuera menos brillante que el
Sol, tendría que estar a menos de dos
años-luz para presentar el brillo con que
se nos aparece; y si fuera más brillante
que el Sol, tendría que estar más lejos.
Aun contando con el hecho de que
Sirius puede no ser tan brillante como el
Sol, y que Halley no tuviera, de entrada,
una noción muy exacta de la distancia
del Sol a la Tierra, de modo que sus
cálculos pudieran estar bastante errados,
parece lícito suponer que aun las
estrellas más cercanas se hallan a
distancias de años-luz. En tal caso, la
paralaje de las estrellas, vistas desde
diferentes observatorios en la superficie
de la Tierra, podría tal vez no exceder
de 1/10.000 de segundo de arco, un
valor tan pequeño que su medición es
absolutamente imposible.
Por otra parte, la Tierra se desplaza
alrededor del Sol siguiendo una órbita
cuya anchura total es de 300.000.000 de
kilómetros, es decir, más de 23.000
veces el diámetro de la Tierra. Con una
línea de base tan enormemente
ampliada, la paralaje de un objeto
situado a una distancia determinada se
alargaría también en la misma
proporción.
Ni siquiera esto hizo que el
problema fuese sencillo. La paralaje
ampliada no sería superior a un segundo
de arco, o un valor similar, en el mejor
de los casos, para objetos situados a
distancias de años-luz. Este cambio
podría verse enmascarado por el mayor
desplazamiento de posición debido al
movimiento propio, o por algunos otros
minúsculos cambios de posición de las
estrellas, debidos a razones que no
tengan nada que ver con la paralaje.
Más de un siglo había transcurrido
desde la estimación realizada por
Halley e, incluso al comienzo de la
década de 1830, los astrónomos seguían
siendo incapaces de medir la paralaje
de ninguna estrella (o «paralaje estelar»,
como también se la llamaba).

Estrellas dobles

Un importante intento de determinar la


distancia de las estrellas más próximas
terminó en fracaso, pero produjo
importantes resultados en conexión con
la noción de las «estrellas dobles».
Cualquiera que mire a las estrellas a
simple vista las ve como chispas
individuales de luz, que no están
distribuidas uniformemente por todo el
cielo. Algunas estrellas resultan estar
bastante cercanas entre sí, y cuando ello
ocurre, generalmente atraen la atención.
Las Pléyades son un caso de seis o siete
estrellas bastante débiles, situadas
bastante cercanas entre sí. Otro caso es
el de Mizar y Alcor.
Mizar y Alcor eran el ejemplo más
patente de estrella doble conocido por
los antiguos, que sólo podían utilizar su
vista, sin ayuda alguna. Un punto
interesante residía en la diferencia de
luminosidad de las dos estrellas. La
magnitud de Mizar (2,2) hace que ésta
sea cinco veces más brillante que Alcor,
cuya magnitud es 4,0.
El brillo de Mizar tiende a oscurecer
o enmascarar a Alcor, y hace que sea
difícil de ver a esta última. Es más,
algunos pueblos antiguos usaban las dos
estrellas como prueba de agudeza
visual, porque hacía falta una vista muy
buena para distinguir a la estrella más
débil dentro del resplandor de la más
brillante.
Desde el momento en que los
astrónomos empezaron a usar el
telescopio, era prácticamente imposible
que Mizar y Alcor siguieran siendo el
ejemplo más notable de estrellas dobles.
Puesto que el telescopio revela muchas
más estrellas de las que se pueden ver a
simple vista, esas estrellas han de estar,
en promedio, más próximas entre sí, y ha
de haber muchos más casos de estrellas
dobles. Efectivamente, parecía
inevitable que el telescopio revelara
pares de estrellas débiles tan cercanas
entre sí que hubieran parecido una sola
de contemplarlas a simple vista.
Al mismo tiempo se vio también que
estrellas brillantes y bien conocidas, que
se veían como chispas de luz
individuales, resultaban ser dos o más
estrellas muy poco espaciadas al
observarlas con el telescopio.
El primero de estos casos fue
descubierto en 1650 por el astrónomo
italiano Giovanni Battista Riccioli.
Observando a Mizar en su telescopio,
descubrió que estaba formada por dos
estrellas separadas solamente unos
cuantos segundos de arco. (En este
momento, están separadas 14,3”).
Ningún ojo humano, sin la ayuda del
telescopio, habría podido distinguir dos
estrellas tan juntas. Mizar no es
solamente una «estrella doble visual»
gracias a su proximidad a Alcor; es
también una «estrella doble
telescópica», la primera que se
descubrió.
Se hallaron otros ejemplos de este
tipo, y para 1784 se habían preparado
catálogos conteniendo ochenta y nueve
ejemplos de estas estrellas dobles
telescópicas. En esta lista estaba
incluida Alpha Centauri, descubierta
como doble estrella por Lacaille en la
década de 1750, con las dos estrellas
distanciadas menos de 22”.
Se ha hecho costumbre denominar a
las dos estrellas de una doble
telescópica con las letras «A» y «B»,
reservando la A para la más brillante de
las dos. Así, la estrella que conocemos
como Alpha Centauri es, en realidad,
Alpha Centauri A y Alpha Centauri B.
Por entonces, sin embargo, el
descubrimiento de los movimientos
propios puso de manifiesto que las
estrellas se hallaban a diferentes
distancias. Por esa razón, estaba claro
que la proximidad contra el fondo del
firmamento no significaba
necesariamente proximidad real. Los
astrónomos decidieron que lo que
parecían ser estrellas dobles eran en
realidad estrellas sencillas que estaban
muy separadas pero que, casualmente, se
hallaban en la misma dirección al
mirarlas desde la Tierra. Y se suponía
que la más débil u oscura de las dos era
la más lejana.
De ser así, una estrella doble ofrecía
un medio bastante conveniente para la
medición de la paralaje estelar. La más
oscura de la pareja tenía que hallarse tan
lejos que su paralaje tendría que ser
demasiado pequeña para ser
descubierta, incluso empleando el gran
desplazamiento de la Tierra alrededor
del Sol. Por consiguiente, se podría
considerar que su posición era fija, y se
la podría tomar como referencia inmóvil
para la otra estrella, que era más
brillante y, por lo tanto, más próxima, y
que, por consiguiente, podría exhibir una
pequeña paralaje.
En tal caso, ¿por qué no observar
una estrella doble mes tras mes,
midiendo la pequeña distancia entre las
dos estrellas y anotando la forma en que
pudieran cambiar muy ligeramente? Si la
estrella más brillante exhibía paralaje,
la distancia cambiaría en forma muy
definida en el transcurso de un año. No
habría miedo de pasarlo por alto.
En la década de 1780, el astrónomo
germano-inglés William Herschel
emprendió esta tarea. Exploró el cielo
en busca de estrellas dobles útiles a este
fin, y consiguió un éxito realmente
inesperado. Empezó a parecerle que
había demasiadas.
Si se distribuyese en forma aleatoria
sobre todo el firmamento el número de
estrellas existentes hasta una
determinada magnitud de brillo, habría
cierta probabilidad de que una pareja
particular de estrellas estuviesen muy
próximas entre sí; una probabilidad
menor de que estuviesen todavía más
próximas, y así sucesivamente. La forma
de calcular estas cosas era bien
conocida, y resultó que el número de
estrellas dobles era mucho mayor de lo
que se podía atribuir al puro azar.
Podría ser, pues, que las estrellas no
estuviesen distribuidas en forma
aleatoria, después de todo; que algunas
veces estuvieran juntas por alguna razón
concreta. Herschel estudió un número
considerable de estrellas dobles, y halló
que la distancia entre ellas solía ser
cambiante, pero no en la forma que uno
pudiera esperar al observar la paralaje.
En lugar de ello, parecía que la estrella
más oscura se movía en una forma tal
que parecía estarse desplazando en una
órbita alrededor de la más brillante…de
un modo muy parecido al de un planeta
que se desplaza alrededor de su sol.
Para 1802, Herschel estaba
convencido de que había muchas
estrellas dobles reales, y no sólo
estrellas que parecían próximas por
encontrarse en la misma dirección desde
la Tierra. Estas estrellas dobles reales
se llaman usualmente «estrellas
binarias», nombre derivado de una
palabra latina que significa «en pares».
Tales binarias no son raras en modo
alguno. Hoy se conocen por millares. De
cada centenar de estrellas
razonablemente brillantes tomadas al
azar, es probable que cinco o seis
resulten ser binarias al observarlas
telescópicamente. En algunos casos, las
estrellas pueden parecer sencillas aun
vistas con el telescopio, pero hay otras
formas en que se puede demostrar que
son dobles.
Entre las estrellas de primera
magnitud, Sirius, Capella, Procyon,
Alpha Crucis, Castor, Spica y Antares
son binarias. Lo que es más importante
para nosotros en este libro es que Alpha
Centauri no es simplemente una estrella
doble: es también una binaria.
Aunque el descubrimiento de las
estrellas binarias realizado por Herschel
tuvo una importancia astronómica de
primer orden, no resolvió el problema
de la distancia de las estrellas. No
obstante, ofreció un método más para
juzgar qué estrellas podrían estar más
próximas que otras.
Supóngase, por ejemplo, que todas
las binarias estuvieran formadas por
parejas separadas por la misma
distancia en kilómetros. En tal caso,
cuanto más lejana de nosotros se
encuentre una binaria, menos separada
aparece la pareja. (Se trata del mismo
truco de perspectiva que hace que los
raíles del tren parezcan acercarse entre
sí cuando los seguimos con la vista hasta
cierta distancia).
Esto, desde luego, no es una medida
cierta de la distancia, porque no tenemos
ninguna garantía de que las binarias
estén siempre formadas por parejas de
estrellas separadas por una distancia
fija. Algunas binarias pueden parecer
separadas por un espacio bastante
grande porque en realidad la pareja esté
más separada de lo normal; o podrían
aparecer bastante juntas porque la
distancia entre las estrellas sea
realmente inferior a la media.
Aun así, el grado de separación
puede decirnos algo. En la tabla 12 se
muestra la distancia entre las estrellas
emparejadas de ciertas binarias. (Las
cifras dadas en la tabla pueden ser un
poquito engañosas. Como las estrellas
emparejadas se mueven una alrededor
de la otra, algunas veces pueden estar
más próximas que en otros momentos.
La cifra exacta depende del tiempo en
que se haga la medición; sin embargo,
las cifras de la tabla 12 nos dan la idea
general).

Existe todavía otro método para


juzgar la proximidad de algunas
estrellas binarias en comparación con
otras. Es necesario cierto tiempo para
que una estrella describa su giro
alrededor de la compañera. Si las
estrellas binarias fuesen todas del
mismo tamaño, podríamos decir que
cuanto más separadas estuvieran las
componentes de una pareja, más tiempo
tardaría en describir su órbita una
alrededor de otra. Por una parte,
tendrían que describir un círculo más
grande, y por otra, girarían más
lentamente, porque la atracción
gravitatoria entre las estrellas se
debilitan con la distancia, y es la fuerza
de esta atracción la que impone la
velocidad con que un objeto se desplaza
en su órbita.
Supongamos que una pareja binaria
que parece bastante separada emplea un
tiempo largo en completar el círculo
orbital. En tal caso, se hallan realmente
muy separadas.
Si una pareja binaria que parece muy
separada emplea un tiempo corto en
completar el círculo orbital, entonces no
se hallan realmente muy separadas, sino
que simplemente parecen estarlo porque
están próximas a nosotros. En la tabla
13 damos el período orbital (el tiempo
que tardan las estrellas en completar su
órbita, cada una alrededor de la otra),
correspondiente a algunas de las
estrellas de la tabla 12.
Eta Cassiopeiae tiene una
separación aparente muy similar a la de
Alpha Centauri, como se puede ver en la
tabla 12. Sin embargo, la pareja de Eta
Cassiopeiae tiene un período orbital
cinco veces más grande que el de Alpha
Centauri, como se puede ver en la tabla
13. Basándonos en esto, podemos
argumentar que las dos estrellas de Eta
Cassiopeiae están, en realidad, mucho
más separadas que las de Alpha
Centauri. Luego podríamos pasar a
deducir que la separación de las dos
estrellas de Alpha Centauri parece ser
tan grande como la de las de Eta
Cassiopeiae sólo porque Alpha Centauri
está mucho más cerca de nosotros.
Otro ejemplo: Gamma Virginis y 70
Ophiuchi tienen separaciones menores
que las de Alpha Centauri y Sirius y, sin
embargo, sus períodos son mayores. Por
consiguiente, Gamma Virginis y 70
Ophiuchi podrían estar más alejadas de
nosotros que Alpha Centauri y Sirius.
Tampoco esta cuestión del período
orbital es completamente convincente.
Dos estrellas pueden estar muy
separadas y, sin embargo, tener un
período corto porque sean estrellas
grandes y de mucha masa. Las estrellas
de gran masa poseen campos
gravitatorios muy fuertes, que pueden
impulsar a los objetos celestes en sus
órbitas a velocidades inusitadamente
altas.
Sin embargo, aunque cada indicio
nos ofrece alguna información con cierta
incertidumbre, cuantos más de estos
indicios se acumulan, más se reducirá
dicha incertidumbre. Alpha Centauri y
Sirius son ambas estrellas brillantes, las
dos tienen movimientos propios grandes,
las dos tienen separaciones bastante
amplias entre sus parejas de estrellas
componentes y, sin embargo, ambas
tienen períodos orbitales bastante
cortos.
Agregando todos estos indicios,
podemos tener una seguridad razonable
de que Alpha Centauri y Sirius tienen
que estar entre las estrellas más
próximas a nosotros… a pesar de lo
cual, nada que no sea la obtención
efectiva de su paralaje podrá
demostrarlo. Sin embargo, antes de
pasar a esa cuestión, vamos a echar otro
vistazo a las binarias.
En algunos casos, el hecho de que
una estrella sea binaria no afecta mucho
a nuestra idea de la intensidad de la más
brillante de sus componentes. Si una de
las estrellas de la pareja es mucho más
oscura que la otra, la más brillante de
las dos estará aportando prácticamente
todo el brillo, y su magnitud individual
es aproximadamente igual a la magnitud
combinada de las dos.
Consideremos el caso de Sirius, por
ejemplo. La estrella más oscura de la
pareja, Sirius B, tiene una magnitud de
8,4 y es demasiado débil para que sea
posible verla a simple vista. Su
existencia apenas altera el brillo de la
estrella que vemos. Es la compañera
más luminosa, Sirius A, la que cuenta a
este respecto. Sin ninguna aportación de
su compañera oscura, ella es por sí sola
la estrella más brillante del firmamento.
Procyon es otra estrella en la que la más
brillante de la pareja, Procyon A, aporta
prácticamente todo el brillo de las dos,
ya que su compañera, Procyon B, tiene
una magnitud de 10,8.
También es posible, sin embargo,
que las dos estrellas de una binaria
tengan brillos aproximadamente iguales.
En ese caso, la estrella, tal como la
vemos, es considerablemente más
brillante de lo que sería cada miembro
de la pareja por separado.
Alpha Crucis, por ejemplo, tiene una
magnitud de 0,90, lo que la hace ser una
destacada estrella de primera magnitud.
De sus dos componentes, sin embargo,
la más brillante, Alpha Crucis A, con
una magnitud de 1,4, es una estrella de
primera magnitud próxima al límite,
mientras que Alpha Crucis B, con una
magnitud de 1,9, es una estrella de
segunda magnitud.
Alpha Centauri queda incluida
dentro de la segunda clase. Sus
componentes tienen brillos comparables.
Aunque Alpha Centauri, tomando las dos
estrellas conjuntamente, tiene una
magnitud de – 0,27, la más brillante de
la pareja, Alpha Centauri A tiene una
magnitud de 0,4, mientras que Alpha
Centauri B tiene una magnitud de 1,6.
4. Distancia y
luminosidad

La estrella más próxima

Aunque Herschel había fracasado en su


intento de determinar la paralaje estelar
por el método de las estrellas dobles,
prosiguieron los esfuerzos en la misma
dirección por otros métodos. Los
telescopios y otros instrumentos se
perfeccionaban constantemente, de modo
que se podían detectar con precisión
cambios cada vez menores en la
posición de las estrellas. En la década
de 1830, tres astrónomos atacaron el
problema en un enérgico esfuerzo por
conseguir la solución, y cada uno de
ellos escogió una estrella diferente.
El astrónomo germano-ruso
Friedrich Georg Wilhelm von Struve
decidió usar el brillo como criterio de
la proximidad o cercanía. Su
observatorio se hallaba en las costas del
mar Báltico, a 59,2°N., por lo que las
únicas estrellas brillantes que aparecían
bien altas en el cielo eran las que tenían
una declinación positiva grande. Por
consiguiente, eligió la más septentrional
de las cinco estrellas más brillantes,
Vega, y se concentró en tratar de
descubrir su diminuto cambio de
posición en el firmamento (con respecto
a estrellas débiles e inmediatas a ella),
al desplazarse la Tierra en su órbita
alrededor del Sol.
El astrónomo alemán Friedrich
Wilhelm Bessel adoptó como criterio
indicativo de la cercanía la rapidez del
movimiento propio. Por lo tanto, se
concentró en 61 Cygni, la estrella de
movimiento más rápido que se conocía
en su tiempo, y comparó, de un día a
otro y de un mes al siguiente, la posición
de aquélla con respecto a las de dos
débiles estrellas próximas a ella que no
tenían movimiento propio apreciable.
Supuso que estas dos estrellas vecinas
estaban muy lejanas, y que no exhibirían
paralaje alguna.
El astrónomo escocés Thomas
Henderson se decidió por una
combinación de prometedoras
propiedades. Estaba trabajando en un
observatorio en el Cabo de Buena
Esperanza, cerca del extremo austral de
África, y desde allí gozaba de excelente
visión de una estrella muy meridional,
Alpha Centauri. Teniendo presentes el
brillo de esta gran estrella, su gran
movimiento propio y el corto período de
las dos estrellas que la componen,
decidió concentrarse en ella.
Pues bien, los tres astrónomos
consiguieron por fin detectar la paralaje
estelar. De los tres, Henderson fue el
primero en completar el trabajo, pero no
se paró a analizar sus observaciones y
calcular la paralaje (tarea larga y
tediosa en aquellos tiempos en que no
existían las calculadoras) hasta después
de haber terminado su misión en El
Cabo y haber regresado a Escocia.
Evidentemente, no podía tener noticia de
que otros dos astrónomos le iban
pisando los talones.
Gracias a este retraso de Henderson,
Bessel tuvo tiempo para analizar sus
propias observaciones y anunciar los
resultados de las mismas en 1838. Fue
el primero de los tres que proclamó su
logro, y en la ciencia el que primero
comunica un descubrimiento es el que
recibe el crédito del mismo. Por
consiguiente, se considera a Bessel
como la primera persona que determinó
la distancia de una estrella.
La paralaje estelar se mide como la
máxima separación de una estrella con
respecto a su posición media a lo largo
del año, y se da en segundos de arco.
Por ejemplo, Bessel halló que 61 Cygni
describía en el firmamento una
minúscula elipse a medida que la Tierra
cambiaba de posición en su órbita
alrededor del Sol, y que la distancia
máxima de dicha elipse desde su centro
era 0,3". Ésta es la paralaje estelar de
61 Cygni. (Realmente, la medición más
perfecta de su paralaje, tal como la
conocemos hoy, es 0,293".
Conociendo la paralaje de 61 Cygni
y la anchura de la órbita de la Tierra, es
posible calcular la distancia de 61
Cygni, que resulta ser 11,1 años-luz.
Esto equivale a unos 106 billones de
kilómetros o, aproximadamente, 700.000
U.A.
Otra unidad que se emplea algunas
veces para medir la distancia de una
estrella es el «parsec». Es la distancia a
la cual una estrella tendría una paralaje
de exactamente 1" segundo de arco, y la
palabra es una contracción de «parallax-
second» (segundo de paralaje). Para
tener un paralaje de 1", una estrella
tendrá que estar a una distancia de 3,258
años-luz, lo que equivale a unos 31
billones de kilómetros, o 204.000 U.A.
Podemos decir que 61 Cygni, que
está a 11,1 años luz de nosotros, se
encuentra a una distancia de 3,42
parsecs.
Henderson halló que la paralaje de
Alpha Centauri era mayor que la de 61
Cygni. El valor más exacto que tenemos
hoy es 0,756", lo que significa que
Alpha Centauri está a 4,40 años luz, o
1,35 parsecs, de nosotros.
De las tres estrellas cuyas paralajes
se determinaron primero, Vega, que fue
la tercera, es la más brillante.
Actualmente se cree que está a 27 años-
luz de distancia, unos 8,3 parsecs.
Desde 1838 se han medido ya las
distancias de veintenas de estrellas por
el método de la paralaje, pero (con una
excepción parcial, a la que en breve
llegaremos) ninguna ha resultado estar
más próxima a nuestro Sol y a sus
planetas que Alpha Centauri. Ésta es,
entre las estrellas, nuestra vecina más
próxima en el espacio. Lo cual significa
que (por lo que sabemos) no hay ninguna
estrella cuya paralaje sea mayor que 1",
ni ninguna que se halle a menos de 1
parsec de distancia de nosotros.
Cuando decimos que Alpha Centauri
es la estrella más próxima, no hemos de
olvidar que empleamos ese nombre para
designar un sistema binario. En realidad,
se trata de dos estrellas individuales,
Alpha Centauri A y Alpha Centauri B.
Ambas, a medida que giran una
alrededor de la otra, se sitúan
alternativamente un poco más próximas
a nosotros. Sin embargo, esta diferencia
en su distancia es tan reducida, y sus
cambios de posición son tan frecuentes
al girar, que se hace caso omiso de ello,
y nunca se distingue entre Alpha
Centauri A y Alpha Centauri B al hablar
o pensar en la estrella más próxima. Se
repartirían este honor entre las dos, si no
fuera por una cosa.
Resulta que Alpha Centauri tiene una
tercera componente. Es una estrella
«ternaria», palabra que procede de la
latina correspondiente a «tres». En
1913, Robert Innes, astrónomo inglés
que trabajaba en Sudáfrica, descubrió
una estrella muy débil, de onceava
magnitud, que tenía también una paralaje
alta, muy parecida a la de Alpha
Centauri. Puesto que se encontraba a
sólo 2° de ésta, había cierta
probabilidad de que pudiera formar
parte de este sistema solar múltiple. Un
estudio de sus movimientos a lo largo de
los años induce a creer que
efectivamente es así.
A la distancia a que está Alpha
Centauri, una diferencia de posición en
el firmamento de 2° representa una
distancia de 0,15 años-luz. La estrella
oscura de Innes, a la que podemos
llamar Alpha Centauri C, ha de estar
entonces aproximadamente a 1,6
billones de kilómetros de las dos
estrellas principales del sistema. Esto es
aproximadamente 270 veces la distancia
que separa a Plutón de nuestro Sol, o
10.000 veces la distancia a éste desde la
Tierra. Alpha Centauri C tardaría
bastante más de un millón de años en
describir una órbita completa alrededor
de las estrellas principales.
La órbita de Alpha Centauri C está
dispuesta en el espacio en tal forma que,
en su movimiento alrededor de las dos
estrellas principales, se encuentra
algunas veces apreciablemente más
cerca de nosotros que ellas, y otras
veces, apreciablemente más lejos. En su
caso, esta diferencia es apreciable, y los
cambios de mayor proximidad a mayor
distancia y otra vez a mayor proximidad
se producen sólo a intervalos muy
largos.
En este momento, casualmente,
Alpha Centauri C se halla en una parte
de su órbita en que está
considerablemente más próxima a
nosotros que las dos estrellas
principales. Ha estado en esa parte de su
órbita durante toda la historia de la
civilización, y seguirá estando en ella
durante muchas decenas de miles de
años. Su paralaje en 0,762", en
comparación con los 0,756" de las
estrellas principales, y su distancia con
respecto a nosotros es 4,27 años-luz
(1,31 parsecs) en lugar de los 4,40 años
luz (1,35 parsecs) a que se encuentran
las estrellas principales.
Por este motivo, a veces se llama a
Alpha Centauri C «Próxima Centauri».

Nuestras vecinas

En la tabla 14 se relacionan todas


aquellas estrellas de las que sabemos
que están a distancias no superiores a 13
años luz (4 parsecs) de nuestro sistema
solar. Vemos en la tabla 14 que las
diversas indicaciones mencionadas
hacia el final del capítulo precedente
eran correctas. Efectivamente, Alpha
Centauri y Sirius son nuestras vecinas
más próximas entre las estrellas
brillantes… y, si nos parecen tan
brillantes es, al menos en parte, a causa
de su proximidad.
Sin embargo, la proximidad no
basta. De las treinta estrellas próximas
(contando individualmente las dos
estrellas componentes de los sistemas
binarios), sólo cuatro (Alpha Centauri
A, Alpha Centauri B, Sirius A y Procyon
A) figuran entre las estrellas más
brillantes. Otras cinco (Epsilon Eridani,
61 CygniA, Cygni B, Epsilon Indi y Tau
Ceti) no son brillantes, pero todavía son
perceptibles a simple vista. Las 21
estrellas próximas restantes, el 70 por
100 del total, son tan débiles que, a
pesar de su proximidad, no es posible
verlas sin la ayuda del telescopio.
Parece muy poco probable que
nuestro sistema solar se halle rodeado
de estrellas débiles u oscuras a título
excepcional y por pura casualidad. Se
diría que es mucho más probable que la
existencia de estrellas débiles sea muy
común en todas partes; que la mayoría
de las estrellas sean demasiado débiles
para que se las pueda distinguir, ni
siquiera con el telescopio, a menos que
estén relativamente próximas al
observador; y que las excepcionales
sean las estrellas brillantes.
Las únicas estrellas débiles que
vemos, aun con el telescopio, están
bastante próximas. Cuanto más lejos
penetramos con nuestros instrumentos,
más limitados vamos estando a ver
solamente los objetos brillantes… de
modo que, si confiamos únicamente en
nuestros sentidos, nos hacemos una idea
falsa acerca del brillo del universo
estrellado.
En la tabla 15 se dan las distancias
de las diversas estrellas de primera
magnitud. La más lejana de ellas se
encuentra a 540 años-luz (165 parsecs).
Dentro de esa distancia (y juzgando por
el número de estrellas existentes en
nuestra inmediata proximidad) ha de
haber alrededor de 240 millones de
estrellas como mínimo; y todas ellas,
menos unos cuantos millares de las más
brillantes, son imperceptibles a simple
vista. La mayoría, en realidad, son
invisibles incluso para nuestros
telescopios.
Cuanto mayor es la distancia de una
estrella, menor es su paralaje, y más
difícil es medir exactamente dicha
distancia. Por consiguiente, aunque
podamos estar bastante seguros acerca
de la distancia de las estrellas más
próximas, la de las más alejadas se hace
más bien borrosa. Las cifras de
distancia correspondientes a la media
docena de estrellas más lejanas
incluidas en la tabla 15 son bastante
aproximativas; y, sin embargo, esas
estrellas están muy próximas a nosotros
en comparación con la mayoría de las
existentes en el universo.
La mayoría de las estrellas y
agrupaciones de estrellas del universo
se hallan a distancias de miles, o
millones, o incluso miles de millones de
años-luz, y sus distancias se han de
determinar por métodos distintos del de
la paralaje. Sin embargo, tales estrellas
distantes no son los temas que hemos de
estudiar en este libro. Aquí nos
ocupamos sólo de las estrellas más
brillantes.

El factor de la distancia

Una cosa que destaca en la tabla 15 es la


notable brillantez de algunas de las
estrellas más distantes. Consideremos el
caso de Rigel. Está unas 50 veces más
lejos de nosotros que Procyon y, sin
embargo, Rigel aparece en el
firmamento con un brillo mayor que el
de Procyon. Rigel está aproximadamente
120 veces más lejos que Alpha Centauri,
pese a lo cual las dos estrellas no
difieren mucho en su brillo aparente.
La intensidad de la luz disminuye en
función del cuadrado de la distancia.
Quiere decirse que si dos estrellas
emiten luz en cantidades iguales, pero
una se encuentra cincuenta veces más
lejos de nosotros que la otra (como
Rigel está 50 veces más remota que
Procyon), entonces la más distante
aparece con un brillo reducido en
proporción al cuadrado de 50; es decir,
50 x 50, o 2.500 veces menor. Sin
embargo, Rigel no aparece en absoluto
como una estrella débil; es más brillante
que Procyon. Por consiguiente, la
emisión de luz de Rigel ha de ser más de
2.500 veces superior a la de Procyon, de
modo que ni siquiera su distancia 50
veces mayor logra debilitarla hasta el
nivel de ésta.
O mirémoslo desde el otro ángulo.
Alpha Centauri C es mucho más débil
que Alpha Centauri A o B, aunque la
primera está un poco más próxima a
nosotros que las otras dos componentes
del sistema. Lo único que podemos
suponer es que Alpha Centauri C emite
mucha menos luz que Alpha Centauri A
o que la B.
Resumiendo: una vez que se
determinaron las distancias de diversas
estrellas, se descubrió rápidamente que
las diferencias de brillo de las mismas
en el firmamento no se debían por entero
a sus diferencias de distancia. También
había diferencias en la cantidad de luz
que emitían.
La diferencia en la cantidad de luz
emitida por diversas estrellas se puede
hacer más clara si suponemos que todas
las estrellas se encuentran a una
distancia determinada de nosotros y
calculamos cuáles serían entonces sus
magnitudes.
Por ejemplo, Alpha Centauri tiene
una magnitud de – 0,27 y una distancia
de 1,35 parsecs. Supóngase que la
imaginamos a una distancia de 10
parsecs, que es 7,4 veces su distancia
real. Puesto que la estamos suponiendo
más lejana, a esta nueva distancia nos
aparecería más débil, reduciéndose su
brillo en 7,4 x 7,4 o 55 veces. Partiendo
de esta reducción de su brillo, podemos
calcular cuál sería su magnitud a 10
parsecs.
Por otra parte, imaginemos que
Rigel, que tiene una magnitud de 0,14 a
una distancia a 165 parsecs, se hallase
también a una distancia de 10 parsecs.
Puesto que la estamos imaginando más
próxima de lo que realmente está, nos
aparecería más brillante. Su aumento de
brillo sería de 16,5 x 16,5, o 272 veces,
y partiendo de esto se puede calcular
cuál sería su magnitud a 10 parsecs.
La magnitud que cualquier estrella
tendría si estuviera a una distancia de 10
parsecs de nosotros se llama su
«magnitud absoluta». Lo que hasta ahora
hemos venido llamando simplemente en
este libro la «magnitud» —el brillo de
una estrella, sea cual fuere la distancia a
que se encuentre en realidad— recibe a
veces el nombre de magnitud aparente.
En la tabla 16 damos las magnitudes
absolutas de las estrellas más brillantes.
Al hablar de una estrella con una
magnitud aparente baja se dice que es
«brillante»; al hablar de una con una
magnitud absoluta baja se dice que es
«luminosa». Así, de todas las estrellas
que podemos ver a simple vista, Sirius
A es la más brillante, pero Rigel es la
más luminosa.
No hay ninguna estrella más brillante
que Sirius A, porque el brillo es algo
perceptible por los ojos, y podemos ver
que no hay ninguna estrella que brille
más que ella. Por otra parte, una estrella
puede ser muy luminosa y, sin embargo,
estar tan lejana que ni siquiera sea
posible verla a simple vista. No hay,
pues, ninguna razón para pensar que,
entre todos los miles de millones de
estrellas no perceptibles a simple vista,
no pueda haber muchas más luminosas
que Rigel. Lo malo es que sin conocer la
distancia real de una estrella no
podemos calcular su luminosidad, y
conocemos la distancia de sólo un
número reducido de estrellas.
Sí que sabemos, sin embargo, de una
estrella que es claramente más luminosa
que Rigel, aun cuando es invisible a
simple vista.
En la constelación Dorado, en la
mitad austral del firmamento (y, por lo
tanto, invisible para los residentes en
Estados Unidos o Europa), se encuentra
la Nube Magallánica Mayor. Se trata de
un conjunto de millones de estrellas, tan
lejanas que a simple vista todas ellas
aparecen sólo como una pequeña
mancha de débil y nebulosa
luminosidad. La distancia de la Nube
Magallánica Mayor ha sido determinada
por métodos distintos del de la paralaje,
y ha resultado ser de 150.000 años-luz
(45.000 parsecs), es decir, 34.000 veces
más distante que Alpha Centauri.
Con el telescopio es posible
distinguir algunas de las estrellas de la
Nube Magallánica Mayor, y la más
brillante de ellas es una llamada «S
Doradus». A esta enorme distancia, S
Doradus aparece desde luego reducida a
un diminuto punto de luz, pero el hecho
de que pueda todavía mostrar este brillo
a la enorme distancia de 150.000 años-
luz es verdaderamente notable. Si
viésemos a S Doradus desde una
distancia de sólo 10 parsecs, resultaría
tener una magnitud absoluta de
aproximadamente —9,5. (Existen
también ocasiones en que una estrella
estalla y en que, durante breve tiempo,
puede alcanzar un máximo de brillo
equivalente a una magnitud absoluta de
-14).
Sin embargo, y limitándonos a
estrellas visibles a simple vista y que no
hayan sufrido ninguna explosión, resulta
que hay no menos de dieciséis estrellas
familiares que son más luminosas que
Sirius A. De hecho, Alpha Crucis A y
Alpha Crucis B, las dos componentes de
la binaria Alpha Crucis, son cada una
de ellas más luminosa que Sirius A.
(Rigel, sin embargo, es mucho más
luminosa que las dos componentes de
Alpha Crucis juntas).
Por otra parte, el brillo con que
aparece en el firmamento Alpha
Centauri es en buena parte un tributo a
su poco usual proximidad. De todas las
estrellas de primera magnitud, Alpha
Centauri es la menos luminosa. A una
distancia de 10 parsecs, Alpha Centauri
A sería una estrella débil muy corriente,
y Alpha Centauri B, que es aún más
débil, sería apenas visible a simple
vista en una noche sin luna, despejada y
oscura. (Por otra parte, si Rigel
estuviera a la distancia de Alpha
Centauri sería un punto de luz
enormemente brillante, con un brillo
casi igual al de la Luna llena.
Probablemente perjudicaría a la vista
mirar a Rigel si ésta estuviera tan
próxima como Alpha Centauri).
Antes de que nos sintamos
demasiado desencantados con Alpha
Centauri, sin embargo, consideremos a
nuestro propio Sol. Es mucho más
brillante que todas las estrellas visibles
a simple vista juntas, pero ¿cuál es su
luminosidad? Después de todo, el Sol
está tan próximo a nosotros en
comparación con las estrellas que tal
vez su brillo se deba enteramente a su
proximidad, y no se trate en absoluto de
un astro muy luminoso.
El Sol se encuentra sólo a
0,0000158 años-luz (0,0000048
parsecs) de la Tierra. Si lo
imagináramos a una distancia de 10
parsecs, tendría una magnitud absoluta
de 4,69. En otras palabras, aunque
Alpha Centauri no haga un papel muy
importante en comparación con las
demás estrellas de primera magnitud, es
tan luminosa como nuestro Sol… o, si
preferimos mirarlo en esta forma,
nuestro Sol es una estrella tan poco
destacada como Alpha Centauri A.
No obstante, antes de despreciar
demasiado a la ligera a Alpha Centauri
A o al Sol, consideremos que hay
estrellas mucho menos luminosas que
cualquiera de estas dos, como ponen de
manifiesto los ejemplos dados en la
tabla 17. Además, recordemos que las
estrellas débiles son mucho más
numerosas que las brillantes, y que las
estrellas distantes abundan mucho más
que las próximas. La frecuencia con que
se dan simultáneamente el brillo escaso
y la distancia grande, significa que la
mayoría de las estrellas son invisibles
para nosotros, y que las estrellas de
brillo prominente son muy raras. No
hemos de dar excesiva importancia, por
lo tanto, a la existencia de esas
poquísimas estrellas doradas de la gran
luminosidad de una Rigel o de una S
Doradus. Alrededor del 90 por 100 de
las estrellas existentes son menos
luminosas que el Sol o que Alpha
Centauri A.

Extremos de luminosidad
Sin duda, es bastante difícil hacerse una
idea de la luminosidad basándose
únicamente en las magnitudes, puesto
que cada magnitud representa un
múltiplo de la precedente.
Supongamos, por ejemplo, que una
estrella concreta supera en una magnitud
el brillo de otra. Esa estrella concreta es
2,512 veces más brillante. Una estrella
que supera el brillo de otra en dos
magnitudes, es 2,512 x 2,512 o 6,31
veces más brillante. Una que supere a
otra en tres magnitudes, será 2,512 x
2,512 x 2,512, o 15,85 veces más
brillante que ella.
Supongamos, por consiguiente, que
consideramos directamente la
luminosidad. No nos importe en cuántas
magnitudes absolutas puede ser una
estrella determinada más brillante o más
oscura que el Sol; en lugar de ello,
calculemos cuánta más —o cuánta
menos— luz emite: cuánto más —o
menos— luminosa es.
Por ejemplo, Procyon A tiene una
magnitud absoluta justamente 1,9 veces
superior a la de Alpha Centauri A. Eso
significa que Procyon A es 5,8 veces
más luminosa que Alpha Centauri A.
Harían falta 5,8 estrellas como Alpha
Centauri A para producir tanta luz como
Procyon A.
Por otra parte, la magnitud absoluta
de Alpha Centauri A es 2,3 veces mayor
que la de Epsilon Indi. Esto significa
que Alpha Centauri A es 8,1 veces más
luminosa que Epsilon Indi, o que ésta
tiene 0,12 veces la luminosidad de
Alpha Centauri A.
En la tabla 18 se relacionan las
luminosidades de algunas estrellas que
son más luminosas que Alpha Centauri A
o que el Sol, en la tabla 19 se dan las
luminosidades de algunas que son menos
luminosas que Alpha Centauri o que el
Sol.
Podemos ver en la tabla 18 que
Sirius A es 23 veces más brillante que
Alpha Centauri A o que el Sol. Lo cual
no es sorprendente en realidad. Halley
había calculado que debería estar a dos
años-luz de nosotros si era tan brillante
como nuestro Sol. El hecho de que esté a
más de ocho años-luz significa
inmediatamente que ha de ser bastante
más brillante que el Sol para aparecer
con el brillo que muestra.
Si se sustituyera nuestro Sol por
Alpha Centauri A, es probable que el
hombre de la calle no pudiera apreciar
la diferencia. Sin embargo, si se
sustituyese el Sol por Sirius A, el
enorme torrente adicional de luz y de
calor haría que nuestros océanos
hirvieran y se evaporasen, y sería
imposible la vida en la Tierra. Para que
Sirius nos apareciese sólo con el brillo
actual del Sol, la Tierra tendría que
girar a su alrededor a una distancia de
720.000.000 de kilómetros, en
comparación con su distancia del Sol,
que es, recordémoslo, de 150.000.000
de kilómetros. Hablando en términos
aproximativos, si se sustituyese al Sol
por Sirius A, éste aparecería desde la
órbita de Júpiter tal como el Sol aparece
a la distancia de la Tierra.
Imaginemos a Rigel en el lugar del
Sol. La Tierra tendría que orbitar a una
distancia de 23.000.000.000 de
kilómetros para que la luz del astro se
redujese al nivel de la del Sol tal como
lo vemos desde la Tierra. Esto
equivaldría aproximadamente a cuatro
veces la distancia de Plutón. En otras
palabras, si se situase a Rigel en el lugar
de nuestro Sol, incluso Plutón resultaría
insoportablemente caluroso desde el
punto de vista humano.
La colocación de S Doradus en el
lugar del Sol nos obligaría a retirarnos a
la distancia de 105.000.000.000 de
kilómetros, o aproximadamente 17 veces
la distancia de Plutón.
Pensemos en esto, y tal vez
decidamos que Alpha Centauri A no es
en absoluto tan decepcionantemente
débil. Más bien es una agradable y
hogareña estrella, la confortante
hermana gemela de nuestro Sol.
Y ¿qué ocurre con las estrellas
menos luminosas? Supongamos que se
sustituyera al Sol por la estrella de Van
Biesbroeck (llamada así por el nombre
de su descubridor, el astrónomo belga-
norteamericano George Van
Biesbroeck). Es la estrella más débil u
oscura que se conoce, y su brillo es sólo
1/670.000 del brillo solar. No
produciría luz y calor suficientes para
evitar que los océanos de la Tierra se
congelasen, convirtiéndose en sólido
hielo. Luciría en nuestro cielo como una
canica de color rojo oscuro, con un
brillo de sólo tres cuartas partes del que
nos envía la Luna llena. (Y con esa
diminuta estrella en nuestro cielo, la
Luna recibiría tan poca luz que apenas
sería visible).
Para que la Tierra recibiese de la
estrella de Van Biesbroeck tanta luz
como la que ahora recibe del Sol,
tendría que orbitar alrededor de ella a
una distancia de unos 183.000
kilómetros. Ese diminuto sol tendría que
estar más cerca de la Tierra que lo que
ahora está la Luna. Los dos extremos son
insoportables, y somos afortunados al
tener un sol que es una estrella normal
de tipo medio.
Tal vez pueda pensarse que esta
forma de ver la cuestión revela cierta
estrechez de miras. Puede pensarse que
nos hallamos a gusto con el Sol porque
estamos acostumbrados a él tal como es,
y que si hubiéramos tenido un sol
considerablemente más grande, o más
pequeño, estaríamos acostumbrados a
eso, y pensaríamos que el sol grande o
el sol pequeño eran exactamente lo
conveniente.
En realidad, como veremos más
adelante en el libro, la estrella media es
la que nos conviene, y no sólo porque
estemos acostumbrados a ella.
5. Distancia y tamaño

Sistemas binarios

Una vez que los astrónomos


determinaron la distancia de las estrella,
fue posible empezar a hablar de
tamaños. Pudieron, por ejemplo,
calcular las dimensiones de los sistemas
binarios.
Si se observa un sistema binario a lo
largo de años, se puede ir representando
gráficamente el cambio de posición de
las dos estrellas y trazar un pequeño
diagrama de la forma en que se mueven.
Se puede medir la separación de las dos
estrellas en segundo de arco y, si la
distancia es conocida, convertirla en
kilómetros reales.
Por ejemplo, el magnífico sistema
binario de Alpha Crucis está formado
por dos estrellas separadas unos 80.000
millones de kilómetros. Una de ellas es
910 veces más brillante que el Sol, y la
otra 570 veces más brillante.
En la tabla 20 se da la distancia
media entre las dos estrellas de cierto
número de sistemas binarios. Para dar al
lector una idea de la magnitud de estas
separaciones en comparación con las
más familiares de nuestro propio
sistema solar, se dan los diversos
planetas con sus distancias desde
nuestro Sol, intercalándolos en los
lugares apropiados de la tabla.
Las estrellas incluidas en la tabla 20
constituyen solamente una muestra, y las
cifras que se dan para muchos de los
sistemas tienen una exactitud solamente
limitada.
La separación de las dos estrellas de
Delta Cygni es casi tres veces mayor
que la distancia de Plutón al Sol, pero
hay también separaciones mayores que
ésta. Después de todo, Alpha Centauri C
está separada de Alpha Centauri A y B
por aproximadamente 1.600 billones de
kilómetros. Esta distancia es más de 250
veces mayor que la de Plutón al Sol, y
aproximadamente 100 veces la que
separa a las dos estrellas de Delta
Cygni.
En el otro extremo de magnitud, las
dos estrellas que forman el sistema
binario de Mizar están más próximas
entre sí que Mercurio con respecto al
Sol, y sin embargo hay binarias en que
las dos estrellas componentes están
todavía mucho más cerca. Las parejas
realmente próximas no se pueden
distinguir visualmente una de otra ni
siquiera con ayuda del telescopio.
Afortunadamente, como veremos, hay
otros instrumentos disponibles.
En el caso del sistema de Alpha
Centauri, la separación media entre las
dos estrellas Alpha Centauri A y Alpha
Centauri B es mayor que la existente
entre Urano y el Sol, y menor que la que
hay entre Neptuno y el Sol. Sin embargo,
si se superpusiera el sistema de Alpha
Centauri sobre el sistema solar, con
Alpha Centauri A en el lugar de nuestro
Sol, Alpha Centauri B no ocuparía una
órbita circular comprendida entre las de
Urano y Neptuno. Las cosas serían un
poco más complicadas.
Si la órbita de un objeto en
movimiento alrededor de una estrella
fuese un círculo exacto, la estrella
permanecería en el centro preciso de la
órbita, y ello representaría una situación
muy sencilla. En realidad, la órbita es
siempre una elipse, una especie de
círculo aplanado (o aplastado). Una
elipse tiene un eje mayor (su diámetro
más largo) y un eje menor (su diámetro
más corto). El centro de la elipse está en
el punto en que se cruzan los dos ejes
(véase la figura 1).
En la elipse hay dos puntos focales,
o focos. Están situados en el eje mayor,
cada uno a un lado del centro y a
distancias iguales de éste. Cuanto más
aplanada es la elipse, más alejados del
centro están los dos focos, y más
próximos a los extremos.
Estos focos están situados en tal
forma que si se traza una línea recta
desde uno de los focos a cualquier punto
de la elipse, y luego se une este punto
mediante una nueva recta al otro foco, la
suma de las longitudes de las dos rectas
es siempre igual, y tiene también
siempre la misma longitud que el eje
mayor.
Casualmente, cuando un objeto se
mueve alrededor de una estrella
siguiendo una órbita elíptica, la estrella
se encuentra siempre en uno de los
focos, hallándose, por consiguiente, más
próxima a un extremo de la órbita que al
otro. El punto de mayor proximidad se
llama el «periastro», de unas palabras
griegas que significan «cerca de la
estrella». El punto más lejano es el
«apastro», nombre derivado de unas
palabras griegas que significan «lejos de
la estrella» (véase la figura 2).
En los sistemas binarios, las dos
estrellas, bajo la atracción gravitatoria,
se desplazan en una órbita alrededor de
un punto situado entre ambas y llamado
«centro de gravedad». Al moverse,
ambas estrellas permanecen siempre en
lados opuestos del centro de gravedad, y
la estrella más grande está siempre más
próxima a él. Esto significa que, aunque
ambas estrellas tienen órbitas elípticas
de la misma forma, la estrella más
grande se desplaza siempre en la órbita
más pequeña.
Cuando un objeto de un par binario
es mucho más grande que el otro, forma
una elipse tan pequeña alrededor del
centro de gravedad que permanece
prácticamente estacionario. Tal es el
caso del Sol y la Tierra, por ejemplo, en
el que el Sol apenas se mueve algo,
mientras que la pequeña Tierra se
desplaza trazando una gran elipse.
Siempre es posible, sin embargo,
suponer que el más grande de los dos
objetos de un sistema binario permanece
inmóvil, y calcular la órbita del más
pequeño alrededor de él. Esto
distorsiona la situación con respecto a
los observadores situados en otros
sistemas planetarios (con respecto a
nosotros, por ejemplo). Sin embargo, si
pudiéramos imaginarnos a nosotros
mismos observando el sistema binario
desde la más grande de las dos estrellas,
lo que veríamos sería la estrella más
pequeña moviéndose alrededor de la
mayor, que nos parecería inmóvil.
Cuando los astrónomos observan los
sistemas binarios, es muy poco probable
que lo vean exactamente «desde arriba»,
por decirlo así, de modo que puedan
percibir las órbitas elípticas en la forma
exacta que tienen. Generalmente ven las
órbitas desde una posición inclinada
según cierto ángulo, de modo que las
elipses que perciben no son las descritas
por las estrellas en sus órbitas. Lo que
ven son elipses que aparecen más
aplanadas, a veces aplanadísimas. Sin
embargo, en estas elipses deformadas, la
estrella más grande, que se supone
estacionaria, no se encuentra en el foco
de la órbita de la estrella más pequeña.
Si los astrónomos tuercen o inclinan
imaginariamente la órbita, hasta que la
estrella se coloque en el foco, obtienen
la elipse verdadera.
Excentricidad

El grado de achatamiento de una elipse


se mide mediante su «excentricidad»,
puesto que cuanto mayor es la
excentricidad, más alejados del centro
se encuentran los focos. La
excentricidad de un círculo, que no está
aplanado en absoluto, es 0. Para una
elipse, la excentricidad está siempre
entre 0 y 1. Si una elipse tiene una
excentricidad pequeña, por ejemplo,
inferior a 0,1, está tan poco aplanada
que, a simple vista, se parece muchísimo
a un círculo. A medida que una elipse va
siendo más y más achatada, se va
acercando cada vez más a un valor de 1.
Cuando se alcanza una excentricidad de
0,9, la órbita toma una forma bastante
parecida a la de un cigarro puro.
Un ejemplo de alto grado de
excentricidad en un sistema binario es el
de Gamma Virginis, en el que la
excentricidad es de 0,88. Esto significa
que la distancia desde el centro de la
elipse al foco es 0,88 veces la distancia
desde el centro de la elipse al extremo
de ésta. Con la estrella mayor situada en
un foco, el extremo de la órbita de la
otra estrella en la dirección de ese foco
(el periastro) está a sólo 0,12 veces la
distancia desde el centro, y a sólo 0,06
veces la longitud entera de la elipse
desde un extremo a otro. El otro extremo
de la elipse (el apastro) dista de la
estrella mayor 0,94 veces la longitud
entera de la elipse.
Así pues, en el caso de Gamma
Virginis, aunque la distancia media que
separa a las dos estrellas de la binaria
es 6.800.000.000 de kilómetros, en el
periastro la distancia de separación es
solamente de 810.000.000 de
kilómetros, mientras que en apastro es
de 12.800.000.000 de kilómetros.
En otras palabras, las dos estrellas
de Gamma Virginis, al girar cada una
alrededor de la otra, se aproximan
vertiginosamente hasta una separación
igual a la existente entre Júpiter y el Sol,
y luego se apartan de nuevo hasta una
distancia más del doble de la que hay
entre Plutón y el Sol. (El sistema estuvo
en apastro en 1920, y las dos estrellas
han venido acercándose cada vez más
desde entonces. Estarán en periastro en
el año 2006).
En general, las estrellas separadas
por una distancia media bastante grande
suelen tener excentricidades
pronunciadas. Una binaria como
Capella, con una separación media de
sólo 84.000.000 de kilómetros, tiene una
excentricidad muy pequeña, de sólo
0,0086. Esto significa que la distancia
entre las estrellas del sistema Capella
varía desde 83.300.000 kilómetros en el
periastro a 84.700.000 kilómetros en el
apastro.
Éste es un cambio tan pequeño que,
desde el punto de vista de una de las
estrellas del sistema Capella, la otra
apenas parecería cambiar de brillo
durante el período de revolución de 104
días. En el caso de Gamma Virginis, por
otra parte, un observador situado cerca
de una de las estrellas vería a la otra
250 veces más brillante en el periastro
que en el apastro.
Digamos, de paso, que las
excentricidades de las órbitas
planetarias del sistema solar son mucho
más parecidas a las de las estrellas de
Capella que a las del sistema Gamma
Virginis. Las excentricidades de las
órbitas de Venus y Neptuno son
aproximadamente iguales a las del
sistema Capella, mientras que la de la
Tierra (0,017) es sólo un poco mayor.
Esto es bueno, también, porque una
órbita muy excéntrica introduciría tales
cambios de temperatura en el transcurso
del año que un planeta cuya distancia
media del Sol fuese la adecuada podría,
a pesar de ello, resultar inhabitable.
Consideremos ahora el grupo de
binarias de la tabla 20 cuyas
separaciones medias son del orden de
3.000 a 3.500 millones de kilómetros,
grupo en el que está incluida Alpha
Centauri. En la tabla 21 se dan las
excentricidades y las distancias de
periastro y apastro correspondientes a
este grupo.

Como puede verse, los apastros no


difieren extraordinariamente, variando
desde 4.100 a 6.080 millones de
kilómetros, una diferencia de sólo un 50
por 100 aproximadamente. Los
periastros, sin embargo, difieren desde
320 a 2.700 millones de kilómetros, una
diferencia del 800 por 100.
El sistema de Alpha Centauri es más
bien intermedio en lo que respecta a la
excentricidad. Las órbitas de las dos
estrellas Alpha Centauri A y B son más
excéntricas que las de los planetas de
nuestro sistema solar, pero menos que
las de algunos de los cometas,
asteroides y satélites de dicho sistema.
Si Alpha Centauri A estuviera en el
lugar de nuestro Sol, Alpha Centauri B
en su máximo alejamiento se hallaría a
una distancia de 5.300.000.000 de
kilómetros o, aproximadamente, la
distancia media de Plutón a nuestro Sol.
Desde la posición de la Tierra, próxima
a Alpha Centauri A, Alpha Centauri B
parecería una estrella puntual, pero sería
mucho más brillante que cualquiera de
las que vemos en nuestro cielo. Brillaría
con un resplandor unas 100 veces mayor
que el de nuestra Luna llena, aunque
todavía sería sólo 1/4.500 del de Alpha
Centauri A, si ésta se hallara en el lugar
del Sol (o del de nuestro Sol ahora
mismo).
Desde su punto de máximo
alejamiento, sin embargo, Alpha
Centauri B iría disminuyendo
gradualmente su distancia a Alpha
Centauri A (y a nosotros) al desplazarse
a lo largo de su órbita (véase la figura
3) hasta que, al cabo de cuarenta años,
estuviera en el periastro y a sólo
1.700.000.000 de kilómetros de Alpha
Centauri A. En ese punto, se hallaría un
poco más alejada de Alpha Centauri A
que lo que Saturno lo está del Sol. Y
cuando la Tierra estuviera en el lado de
su órbita situada hacia Alpha Centauri
B, la estrella compañera estaría sólo a
1.550.000.000 de kilómetros de
nosotros.
A esa distancia, el brillo de Alpha
Centauri B sería algo más de 14 veces
mayor que en el apastro. Sería 1.400
veces más brillante que la Luna llena,
pero todavía sólo 1/326 del brillo de
Alpha Centauri A.
Supongamos que fuera Alpha
Centauri B la que se encontrara en el
lugar de nuestro Sol, y que calculásemos
la órbita de Alpha Centauri A,
suponiendo que aquélla estuviese
inmóvil. Entonces, Alpha Centauri A
parecería moverse en la misma órbita en
que Alpha Centauri B se había movido
en el caso anterior[1].
Alpha Centauri A pasaría por el
mismo período de aumento de su brillo
al ir desde el apastro al periastro, vista
desde una Tierra que estaría girando
alrededor de Alpha Centauri B en lugar
de hacerlo alrededor de nuestro Sol, y
por el mismo período de disminución
del brillo al regresar al apastro. Sin
embargo, y puesto que Alpha Centauri A
es 3 1/4 veces más brillante que Alpha
Centauri B, aparecería con un brillo
proporcionalmente mayor en cualquier
punto de su órbita. En su máximo brillo,
luciría 5.000 veces más que lo que
nuestra Luna llena lo hace ahora, y con
sólo 1/100 del brillo con que vemos a
nuestro Sol. Puesto que Alpha Centauri
B aparecería con 1/30 del brillo de
Alpha Centauri B.
Si estuviéramos dando vueltas
alrededor de Alpha Centauri A en lugar
de hacerlo alrededor del Sol, la
presencia de Alpha Centauri B no nos
produciría trastorno alguno. A pesar de
la excentricidad de su órbita, que
permite a Alpha Centauri B acercarse
mucho y luego retirarse alternativamente
en ciclos de cuarenta años, la estrella
permanecería siempre tan alejada que su
atracción gravitatoria nunca sería
bastante fuerte para afectar seriamente a
la órbita de la Tierra. Es más, la luz y el
calor que sumase a los proporcionados
por Alpha Centauri A nunca serían más
de un tercio de 1 por 100. Y pensemos
en el maravilloso espectáculo que nos
proporcionaría en el cielo.
Si estuviésemos orbitando alrededor
de Alpha Centauri B, el mayor brillo de
Alpha Centauri A nos perturbaría más,
pero si imaginásemos a la Tierra más
aproximada a Alpha Centauri B, para
recibir de este sol menor tanta luz y
tanto calor como recibimos del nuestro,
la interferencia de Alpha Centauri A no
resultaría excesivamente molesta.
Bueno, ¿y qué pasaría con Alpha
Centauri C, la Próxima Centauri? Aun
cuando estaría mucho más cercana a
nosotros —si la Tierra estuviese
orbitando alrededor de Alpha Centauri
A o de Alpha Centauri B- que lo está
cualquier estrella en nuestro propio
sistema solar, no llegaría a ser muy
brillante. Sería una estrella bastante
débil, de magnitud 3,7. Es más, su
movimiento propio, como resultado de
su revolución de 1.300.000. años
alrededor del centro de gravedad de las
dos estrellas mayores del sistema, sería
casi exactamente de un segundo de arco
por año.
Ni su brillo ni su movimiento propio
atraerían mucho la atención, y los
contempladores de estrellas podrían
observar por siempre el firmamento sin
sospechar que esta débil estrella
perteneciese a su propio sistema. Lo
único que podría desvelar su secreto
sería que los astrónomos decidieran
hacer una comprobación rutinaria de las
paralajes de las diversas estrellas
visibles en el cielo. Al cabo de un mes o
cosa así, empezarían a sospechar una
paralaje extraordinariamente grande y,
finalmente, la medirían y verían que
tenía 20 segundos de arco, un valor tan
superior al de cualquier otra estrella que
inmediatamente sospecharían que se
trataba de un miembro de su propio
sistema.
¿Puede haber allá fuera, en algún
lugar, una débil estrella que pertenezca a
nuestro propio sistema solar? ¿Podrá
ocurrir que no nos hayamos dado cuenta
de ello porque dé la casualidad de que
los astrónomos no la hayan estudiado
con el detenimiento suficiente para
detectar una paralaje anormalmente
grande? No es muy probable… pero es
concebible.

Masa

Las estrellas binarias hacen posible el


cálculo de las masas de al menos
algunas estrellas; pero, en primer lugar,
hemos de explicar lo que entendemos
por «masa».
Una forma de definir la masa es
considerar la intensidad o fuerza del
campo gravitatorio producido por
cualquier objeto. Si un objeto tiene el
doble de masa que otro, produce un
campo gravitatorio que, a una distancia
determinada, es dos veces más intenso
que el de éste. A la inversa, si podemos
medir los campos gravitatorios de dos
cuerpos y hallamos que el del primero
es dos veces más intenso que el del
segundo, sabemos que la masa del
primero es el doble de la del segundo.
La atracción gravitatoria entre dos
objetos depende del producto de sus dos
masas. Si uno de los objetos permanece
inalterado, y se mide su atracción
gravitatoria hacia otros objetos
diversos, la magnitud de tal atracción
depende de la masa de cada uno de esos
otros objetos.
Supongamos que consideramos
todos los diferentes objetos que reposan
sobre la superficie de la Tierra. Cada
uno de ellos está sometido a una
atracción gravitatoria entre él y la
Tierra. Puesto que la masa de ésta es la
misma en cada caso, la magnitud de la
atracción gravitatoria ejercido sobre
cada objeto depende de la masa de éste.
Para medir la atracción gravitatoria
que se ejerce sobre un objeto situado en
la superficie de la Tierra podemos pesar
dicho objeto. Cuanto más fuerte tire de
él la Tierra, más «pesado» decimos que
es el objeto. Cuanto más débil sea la
atracción ejercida por la Tierra, más
«ligero» es el objeto. Cuanta más masa
posee un objeto, más fuertemente es
atraído por la Tierra, y más pesado es.
Cuanto menos masa posee, más ligero
es.
Mientras nos limitemos a la
superficie de la Tierra, la masa y el peso
están tan estrechamente relacionados
que podemos utilizar cualquiera de las
dos palabras. Sin embargo, la atracción
gravitatoria decrece con la distancia.
Dos objetos pueden tener la misma
masa, pero si uno de ellos está a 2.630
kilómetros de altura sobre la superficie
de la Tierra, ese objeto pesa sólo la
mitad que su gemelo situado en la
superficie. Repetimos que los cuerpos
astronómicos distintos de la Tierra
tienen diferentes intensidades de
atracción gravitatoria. Un objeto situado
en la superficie de la Luna pesa sólo un
sexto de lo que un objeto de masa igual
a la suya pesa en la superficie de la
Tierra.
Por consiguiente, es mucho más
seguro olvidarse del peso y de las
palabras «pesado» y «ligero». En lugar
de ello, hablamos de objetos de «mayor
masa» y de «menor masa", o más y
menos «masivo».
¿Podemos medir la masa de alguna
otra forma que no sea la de pesar los
objetos? Sí; recordemos que podemos
comparar las intensidades gravitatorias.
En 1798, el científico inglés Henry
Cavendish midió la atracción
gravitatoria (verdaderamente diminuta)
ejercida por una gran esfera de plomo
sobre una esfera mucho más pequeña del
mismo metal. Conocía la atracción
gravitatoria de la Tierra sobre aquella
pequeña bola de plomo. De la diferencia
de estas atracciones, podía calcular la
diferencia de masas entre la esfera
grande de plomo y la Tierra, utilizando
la «Ley Universal de la Gravitación» de
Isaac Newton, que se dio a conocer por
primera vez en 1687. Conociendo la
masa de la esfera grande de plomo, pudo
calcular la de la Tierra.
Resulta que la Tierra tiene una masa
de 6.000.000.000.000.000.000.000.000
de kilogramos
(6.000.000.000.000.000.000.000
toneladas).
Una vez conocida la masa de la
Tierra, podemos calcular la de otros
objetos del sistema solar.
El campo gravitatorio de la Tierra,
por ejemplo, tira de la Luna desde una
cierta distancia y, en respuesta a ello, la
Luna se mueve en su órbita a una
determinada velocidad y realiza su
órbita a una determinada velocidad y
realiza su órbita completa en cierto
tiempo. Júpiter tiene algunos satélites a
ciertas distancias de sí, y dichos
satélites se mueven a determinadas
velocidades y completan sus órbitas en
tiempos igualmente determinados.
Comparando la distancia de la Luna y su
período de traslación alrededor de la
Tierra con la distancia y el período de
uno de los satélites que trazan sus
órbitas alrededor de Júpiter, los
astrónomos pueden calcular que el
campo gravitatorio de Júpiter es 318
veces más intenso que el de la Tierra.
Ello significa que Júpiter tiene una masa
318 veces mayor que la de nuestro
planeta.
La Tierra se halla a cierta distancia
del Sol; se desplaza alrededor de éste a
cierta velocidad en respuesta a la
gravedad solar y, por consiguiente,
completa su órbita en un tiempo
determinado. Comparando esto con la
forma en que se mueve la Luna sometida
a la gravedad de la Tierra, los
astrónomos pueden calcular que la masa
del Sol es 332.500 veces mayor que la
de la Tierra. La masa del Sol es
2.000.000.000.000.000.000.000.000.000.
kilogramos
(2.000.000.000.000.000.000.000.000.000
toneladas).
La masa se calcula en esta forma
utilizando la «Tercera Ley de Kepler»,
llamada así porque fue elaborada y
expresada por el astrónomo alemán
Johann Kepler en 1619. Para hacer uso
de la Tercera Ley de Kepler, sin
embargo, necesitamos un objeto que
orbite alrededor de otro a una distancia
determinada y en un tiempo definido, y
poder medir ambas magnitudes.
Si una estrella se halla aislada en el
espacio, sin la compañía de otros
objetos que podamos detectar, la
Tercera Ley de Kepler no nos puede
servir. En el caso de las estrellas
binarias, sin embargo, todo está
perfectamente dispuesto. Si podemos
medir la distancia media entre las
estrellas y el tiempo que éstas necesitan
para orbitar alrededor de su centro de
gravedad, podremos calcular la masa
total de las dos estrellas del sistema
binario mediante la comparación de sus
distancias y de sus tiempos con las
distancias y los tiempos de nuestro
propio sistema solar. En la tabla 22 se
da la masa total de ciertos sistemas
binarios.

Si la masa total de un sistema


binario es superior al doble de la del
Sol, es posible que cada estrella del
sistema binario tenga una masa mayor
que la del Sol. Si la masa total está
comprendida entre 1 y 2 veces la del
Sol, entonces una de las estrellas ha de
tener menos masa que él. Cuando la
masa total es inferior a 1, las dos
estrellas han de tener masas individuales
menores que la del Sol.
En el caso de Alpha Centauri, una de
las estrellas componentes ha de tener
menos masa que el Sol. Es presumible
que la menos brillante de las dos, Alpha
Centauri B, sea también la de menor
masa.
En realidad, se puede calcular la
masa de cada componente de una binaria
observando el tamaño de la órbita que
cada una describe, tomando como
referencia alguna estrella que esté
próxima en el firmamento y que no
forme parte del sistema. La estrella cuya
masa es mayor, describe una órbita más
pequeña. Se hace uso de este
procedimiento, por ejemplo, para
calcular la masa de nuestra Luna. La
Luna y la Tierra giran alrededor del
centro de gravedad del sistema Tierra-
Luna, y la elipse descrita por el centro
de la Tierra tiene una amplitud de sólo
1/81,3 de la descrita por el centro de la
Luna. Esto significa que la masa de la
Tierra es 81,3 veces mayor que la de la
Luna.
En la tabla 23 se relacionan algunas
binarias para las que se ha calculado la
masa de cada estrella correspondiente.

Como puede verse en esta tabla,


Alpha Centauri A tiene no sólo la misma
luminosidad aproximada que el Sol, sino
también casi la misma masa. Alpha
Centauri B, que es menos luminosa que
el Sol, tiene también menos masa que
éste.
Efectivamente, a medida que los
astrónomos fueron comprobando las
masas de diferentes estrellas, fue
resultando que las de mayor masa eran
casi siempre más luminosas que las de
masa menor. Esto parecía indicar la
existencia de alguna relación entre
luminosidad y masa.
Tal relación no podía ser muy
simple, porque a medida que se
determinaban las masas de más y más
estrellas, se fue haciendo evidente que
dichas masas no variaban en mucho.
Algunas estrellas podían ser millones de
veces más luminosas que otras y, sin
embargo, su masa era sólo unos cientos
de veces mayor. La variación de la masa
era mucho menor que la de la
luminosidad… pero, con la excepción
de algunos casos especiales, siempre en
la misma dirección.
El astrónomo inglés Arthur Stanley
Eddington se dedicó a trabajar en este
problema. Según él, una estrella ejerce
una atracción gravitatoria sobre la
materia que constituye sus propias capas
más externas. Tal atracción determina en
una estrella una tendencia a contraerse.
Al contraerse la estrella, sus capas
centrales se calientan. El calor tiende a
producir la expansión de la estrella. Se
precisan intensas temperaturas, del
orden de millones de grados, en el
núcleo de la estrella para que su
tendencia a la expansión iguale a su
tendencia a la contracción, y para que la
estrella permanezca estable.
Cuanto mayor es la masa de una
estrella, mayor es su campo gravitatorio
y mayor su tendencia a contraerse.
Cuanto más masiva es la estrella, más
grande es la temperatura interna precisa
para impedir que se contraiga.
Finalmente, cuanta más masa tiene la
estrella y más alta es su temperatura
interna, más luz y más calor escapan
hasta su superficie, y más luminosa es.
Eddington demostró que, desde este
punto de vista, sería de esperar que la
luminosidad creciese muy rápidamente
al aumentar la masa. Su ley de «masa-
luminosidad», anunciada en 1924,
concordaba con lo que se conocía
acerca de las estrellas binarias, y
parecía razonable suponer que
concordase también en el caso de las
estrellas sencillas. Por consiguiente,
cuando se conoce la luminosidad de una
estrella y ésta no pertenece a una clase
estelar excepcional (de estas clases
excepcionales tendremos algo que decir
más adelante en este libro), también nos
será conocida su masa.
La ley de masa-luminosidad de
Eddington establece unos límites
superior e inferior para la masa. Si una
estrella tiene una masa excesiva, la
temperatura necesaria para impedir que
la atracción gravitatoria provoque su
colapso o hundimiento hacia el centro es
tan alta que la estrella simplemente
estalla en una gigantesca explosión. En
realidad, aquellas estrellas que tienen
una masa considerablemente mayor que
la del Sol, pero no tan grande que
impida que se mantengan enteras durante
algún tiempo, corren el peligro de
explotar en alguna etapa de su historia.
Por otra parte, si la masa de una
estrella es inferior a cierto valor crucial,
su temperatura en el centro nunca
alcanza el valor necesario para que
llegue a irradiar luz. En tal caso, no se
trata realmente de una estrella, sino de
un cuerpo oscuro, cuya superficie
permanece fría.
La estrella de mayor masa
observada hasta ahora parece que es HD
47129 (la que ocupa el puesto 47.129 en
el catálogo de Henry Draper), que
parece tener una masa unas 140 veces
mayor que la del sol. En realidad, se
trata de una binaria formada por dos
estrellas, cada una de ellas con una masa
unas 70 veces mayor que la del Sol. Su
gran masa fue puesta de manifiesto por
primera vez en 1922 por el astrónomo
canadiense John Stanley Plaskett.
La estrella de menos masa que
conocemos es Ross 614B, que aparece
incluida en la tabla 23. Por lo menos,
éste es el cuerpo de menor masa que se
puede detectar gracias a su luz propia.
Dentro de nuestro sistema solar,
conocemos muchos objetos con masas
menores, que podemos observar gracias
a la luz solar que reflejan, aun cuando no
son suficientemente grandes para
desarrollar una temperatura que les haga
brillar con luz propia. Así, Júpiter, el
planeta más grande de nuestro sistema,
tiene aproximadamente 0,001 de la masa
del Sol, 0 1/80 de la de Ross 614B.
Brilla únicamente con luz reflejada, y si
no estuviera cerca de una estrella sería
imposible verlo.
Tanto nuestro Sol como las dos
estrellas principales del sistema Alpha
Centauri se hallan cómodamente
situados entre estos límites. Alpha
Centauri C se halla cerca del límite
inferior.

Velocidad transversal

Una vez que se determinó la distancia de


las estrellas más próximas, fue posible
hacer algo más con el movimiento
propio. Generalmente, estos
movimientos se miden en segundos de
arco por año; pero si se conoce la
distancia de una estrella determinada,
los astrónomos pueden calcular qué
velocidad en kilómetros por segundo
sería necesaria para producir a esa
distancia el movimiento propio
observado.
En realidad, todas las estrellas se
mueven, incluido el Sol.
Las estrellas que nos rodean,
incluido el Sol, forman todas parte de un
gigantesco sistema de forma lenticular,
que incluye a más de cien mil millones
de estrellas. Lo que vemos en el
firmamento como una banda débilmente
luminosa, la Vía Láctea, es en realidad
un conglomerado de estrellas muy
distantes y débiles, que representa lo
que vemos cuando miramos a través de
la lente de estrellas en el sentido de
mayor longitud. El sistema lenticular de
estrellas recibe el nombre de «Galaxia»,
derivado de una palabra griega que
significa «leche». Algunas veces se la
llama galaxia de la Vía Láctea, para
identificar de cuál se trata, ya que hay
otras muchas galaxias además de la
nuestra.
Tanto nuestro Sol como las demás
estrellas de las que hemos venido
hablando en este libro (con la excepción
de S Doradus) se encuentran en una
pequeña región de la Galaxia situada a
9.200 parsecs (30.000 años luz) del
centro (véase la figura 4). Nuestro Sol y
todas las demás estrellas de su vecindad
se desplazan alrededor de dicho centro
en una inmensa órbita en la que invierten
230 millones de años para dar una
vuelta completa. Las estrellas próximas
a nosotros giran alrededor del centro
galáctico a una velocidad de unos 220
kilómetros por segundo.
Sin embargo, todas las estrellas
próximas a nosotros no se mueven
exactamente a la misma velocidad.
Algunas se hallan un poco más próximas
al centro, otras tienen órbitas más
excéntricas que las de sus vecinas. Esto
significa que una estrella determinada
puede estar en el momento actual
adquiriendo cierta ventaja sobre una
segunda, y perdiendo terreno con
respecto a una tercera.
Este adelantamiento o este retraso es
lo que se pone de manifiesto como
movimiento propio de las estrellas. La
magnitud del movimiento propio
depende de dos cosas. La primera es la
velocidad real de la estrella
perpendicularmente a nuestra línea de
visión. Ésta es la «velocidad
transversal». La segunda es la distancia
de la estrella. Si dos estrellas se están
moviendo con la misma velocidad
transversal y una de ellas se encuentra
mucho más lejana que la otra, la más
alejada parece moverse mucho más
lentamente y tener un movimiento propio
mucho menor. Sin embargo, una vez que
determinamos la distancia, la velocidad
transversal es la única incógnita que
queda, y se puede calcular fácilmente.
Para asignar un valor real a la
velocidad transversal, lo lógico es
suponer que nuestro Sol está inmóvil y
entonces calcular la velocidad con
respecto a nosotros. Podemos entonces
ver con qué rapidez o lentitud nos está
adelantando (o se está quedando detrás
de nosotros) una estrella determinada,
mientras ambos nos precipitamos en
nuestra trayectoria alrededor del centro
galáctico.
En la tabla 24 se dan las
velocidades transversales de algunas
estrellas. En todos los casos, tenemos
una estrella determinada que se está
moviendo en una dirección dada a través
del firmamento. La dirección, sin
embargo, sería difícil indicarla sin
disponer de un mapa celeste, y podemos
pasarnos sin ella. La tabla 24 da sólo las
velocidades.
Como se puede ver, la estrella de
Barnard, que es la que posee el mayor
movimiento propio conocido, no es la
estrella con velocidad transversal más
grande. Hay por lo menos otras dos
estrellas con velocidades transversales
mayores.
Aquí es donde interviene el factor de
la distancia. Parte de la razón por la que
la estrella de Barnard tiene un
movimiento propio tan elevado reside
en el hecho de que se halla muy próxima
a nosotros. La estrella de Barnard está a
una distancia de menos de 6 años-luz,
mientras que la estrella de Kapteyn, con
un movimiento propio casi tan grande
como el de aquélla, está a 13 años-luz.
Alpha Centauri, en lo que respecta a
la velocidad transversal, como en tantas
otras propiedades, se encuentra en una
posición media, con un valor que no es
ni muy alto ni muy bajo.
La velocidad transversal, sin
embargo, no es todo lo que importa en
cuanto al movimiento de una estrella, y
no representa realmente la velocidad
verdadera de la misma con respecto a
nosotros. Si el cielo fuese una lejana
cúpula sólida y las estrellas se
arrastrasen por ella todas a la misma
distancia de nosotros, entonces no
habría nada más que la velocidad
transversal…, pero la cosa no es así.
Las estrellas están colocadas en un
espacio tridimensional, y pueden estar
acercándose o alejándose de nosotros,
además de desplazarse transversalmente
a nuestra línea de visión.

Una estrella puede hallarse más


alejada del centro galáctico que
nosotros, por ejemplo, pero puede tener
una órbita más excéntrica y estar
moviéndose en ángulo con nuestra
trayectoria para precipitarse hacia un
punto más próximo al centro, razón por
la que puede estar acercándose a
nosotros. O bien puede estar
desplazándose hacia el exterior, hacia
una distancia del centro galáctico mayor
de la que nosotros podremos alcanzar
jamás, y puede estar alejándose de
nosotros por esa causa.
El movimiento de una estrella
acercándose o alejándose de nosotros se
llama «velocidad radial», nombre
procedente de la palabra latina que
designa el radio de una rueda. (Es como
si nos imagináramos situados en el cubo
de la rueda y la estrella se aproximase o
se alejase a lo largo del radio).
Si queremos conocer la velocidad
real de una estrella, hemos de conocer
su velocidad radial.
Supongamos que dos estrellas se
están moviendo a la misma velocidad,
pero una lo está haciendo en forma
completamente perpendicular a nuestra
línea de visión, mientras que la otra se
mueve radialmente (acercándose o
alejándose directamente de nosotros).
La estrella que se está moviendo
completamente perpendicular a nuestra
línea de visión está cambiando su
posición en el cielo, y detectamos este
cambio como movimiento propio. La
otra estrella, a pesar de estar animada
de la misma velocidad, se acerca o se
aleja a lo largo de nuestra visual y no
parece cambiar de posición en el cielo,
de modo que no percibimos ningún
movimiento propio.
La mayoría de las estrellas no se
mueven completamente perpendiculares
a nuestra línea de visión, ni tampoco en
forma perfectamente radial, acercándose
o alejándose. Se desplazan en alguna
dirección intermedia, y percibimos parte
de su movimiento como movimiento
propio. Cuanto más se aproxime su
dirección a la perpendicular a nuestra
línea de visión, más grande es la
fracción de su movimiento que
percibimos como movimiento propio.
Sin embargo, si no conocemos su
velocidad radial además de la
transversal, no podemos calcular qué
grado de inclinación u oblicuidad hay en
el movimiento de una estrella, ni a qué
velocidad se desplaza realmente con
respecto a nosotros.
¿Cómo podemos detectar el
movimiento radial?
Una forma, tal vez, podría ser
estudiar el brillo aparente de una
estrella determinada. A medida que ésta
se acerca a nosotros, iría haciéndose
más brillante; a medida que se alejase,
se haría más débil. Sin embargo, estos
cambios serían extremadamente lentos, y
podrían hacer falta muchos miles de
años para que el movimiento radial
fuese apreciable.
¿Hay alguna otra forma en que
podamos detectar la velocidad radial?
Efectivamente, la hay. A mediados
del siglo XIX se ideó y se perfeccionó un
método para hacerlo, pero para explicar
cómo funciona tendremos que volver
atrás un poco.
6. La luz estelar

Líneas espectrales

En 1666, el científico inglés Isaac


Newton descubrió que era posible hacer
que un haz de luz solar a través de un
triángulo de vidrio llamado prisma y, en
esa forma, esparcir el haz de luz
formando una franja o banda, a lo largo
de la cual aparecían distintos colores en
un orden determinado: rojo, naranja,
amarillo, verde, azul y violeta. Cada
color se fundía gradualmente con el
inmediato, sin que existieran unos
límites nítidos o bruscos.
Al parecer, la luz del Sol, aunque la
viésemos blanca, era una mezcla de
luces de muchos colores distintos. Esos
colores se podían separar, y también
volverse a juntar para formar luz blanca
de nuevo. Newton llamó «espectro» a la
banda o franja de colores".
En 1803, el científico inglés Thomas
Young realizó experimentos que
demostraron que la luz estaba
constituida por diminutas ondas, cada
una de las cuales tenía una longitud
inferior a una millonésima de metro. La
luz de una «longitud de onda»
determinada es desviada de su
trayectoria («refractada») al pasar por
el prisma. Cuando más corta es la
longitud de onda, mayor es la refracción
que experimenta.
La luz blanca, como la del Sol, es
una mezcla de muchísimas longitudes de
onda, y éstas quedan separadas y
clasificadas al atravesar un prisma. En
el espectro, las longitudes de onda
quedan alineadas en orden, con las
longitudes de onda mayores (rojo) en un
extremo, las más cortas (violeta) en el
otro, y las longitudes intermedias en el
espacio comprendido entre ambos. Las
diferentes longitudes de onda afectan a
nuestros ojos en formas distintas, que
son interpretadas en el cerebro como
diferentes colores. Ésta es la razón por
la que vemos el espectro como una
banda de colores.
Sin embargo, la luz del Sol no
contiene todas las longitudes de onda
que son posibles. Faltan algunas. En el
método que utilizó Newton para
conseguir el espectro, la separación de
las longitudes de onda no era muy
eficiente. Había tanto solape que las
longitudes de onda que faltaban estaban
enmascaradas por la luz de las
longitudes de onda inmediatas en
cualquiera de las dos direcciones.
Luego, en 1814, el físico alemán
Joseph von Fraunhofer hizo pasar la luz
a través de una estrecha ranura antes de
dejarla atravesar el prisma. El resultado
fue que se formó la imagen de la ranura
en luz de cada longitud de onda, y las
diferentes longitudes de onda quedaban
separadas mucho más nítidamente de lo
que había sido posible hasta entonces.
Dondequiera que faltaba una
longitud de onda en la luz solar, había
una imagen oscura de la ranura…; una
línea oscura que aparecía en medio de
todas las líneas brillantes que se fundían
unas con otras para formar una banda
continua. Fraunhofer descubrió casi
seiscientas de estas «líneas espectrales»
y marcó las más destacadas con las
letras de la A a la K.
Esas líneas espectrales aparecían
siempre en los mismos puntos y con las
mismas separaciones en el espectro
solar, puesto que eran siempre las
mismas longitudes de onda de la luz las
que faltaban. Los astrónomos podían
obtener croquis detallados de estas
líneas, situarlos en su posición exacta y
determinar exactamente qué longitudes
de onda faltaban.
En 1842, un científico austriaco
llamado Christian Johann Doppler se
hallaba trabajando en un problema que
parecía no tener nada que ver con las
líneas espectrales. Estaba interesado en
el hecho de que un sonido determinado
cambiaba de tono si el objeto que lo
estaba produciendo se hallaba en
movimiento.
El silbato de un tren, por ejemplo,
tenía un cierto tono si el tren se
encontraba inmóvil. Si el tren se estaba
aproximando al observador, el silbato le
sonaba a éste con un tono más alto, aun
cuando para los pasajeros del tren, que
se movían con el silbato, no parecía
haber cambio alguno. Del mismo modo,
si el tren se estaba alejando del
observador, el pitido le parecía a éste
de un tono más bajo, mientras que para
los viajeros, que se desplazaban con el
silbato, tampoco ahora parecía haber
cambio alguno.
Finalmente, si el tren se acercaba al
observador, pasaba ante él, y se alejaba
a continuación, el tono del silbato caería
de alto abajo en el momento del paso
ante el observador.
Doppler comprobó todo esto muy
cuidadosamente. Finalmente, decidió
que la causa de las variaciones del tono
dimanaba del hecho de que el sonido
está formado por ondas, y que el tono
dependía de la longitud de éstas. Las
longitudes de onda de sonido cortas
producían el efecto de un tono alto, y las
longitudes de onda largas producían el
efecto de un tono bajo. (Cuando se canta
la escala musical desde las notas bajas a
las altas, se producen ondas sonoras que
son cada vez más cortas. Cuando se hace
una escala descendente, se van
produciendo cada vez más largas).
Supongamos que algo que está
produciendo un sonido viene
acercándose a nosotros. Las ondas de
sonido que se emiten hacia nosotros
serán más cortas de lo que serían si la
fuente del sonido permaneciese inmóvil.
El objeto que se aproxima le come algo
de terreno a cada longitud de onda antes
de emitir la siguiente. Ésta es la razón
de que el tono sea más alto para un
sonido que se acerca que para ese
mismo sonido si permanece inmóvil.
Si la fuente del sonido se aleja de
nosotros, cada onda de sonido se envía
desde una posición más alejada, de
modo que la onda resulta un poco más
larga de lo que sería si la fuente sonora
permaneciese inmóvil. Por esa razón, el
tono de un sonido que se aleja es más
bajo de lo que sería si la fuente de ese
mismo sonido estuviese quieta.
A causa de esta explicación, el
cambio de tono debido al movimiento
recibe el nombre de «efecto Doppler».
Unos años más tarde, el científico
francés Armand Hippolyte Louis Fizeau
indicó que el efecto Doppler se podría
aplicar también a la luz, puesto que ésta
es un fenómeno ondulatorio, o formado
por ondas. Razonaba que si una fuente
de luz se nos estuviese acercando, todas
las longitudes de onda se harían más
cortas. Por consiguiente, una línea
oscura del espectro se desplazaría hacia
el extremo de éste, y habría un
«corrimiento hacia el violeta».
Si la fuente luminosa se estuviese
alejando de nosotros, todas las
longitudes de onda se harían más largas.
Por lo tanto, una línea oscura del
espectro se desplazaría hacia el extremo
de éste, correspondiente a las longitudes
de onda largas, y habría un «corrimiento
hacia el rojo».
En lo que respecta a la luz, este
cambio de la longitud de onda debido al
movimiento de la fuente se conoce a
veces como el efecto «Doppler-Fizeau».
Aunque el Sol fue el primer objeto
del que se obtuvo el espectro, podía
usarse para ello cualquier otra fuente de
luz. La luz de la Luna, la de los planetas,
la de un fuego ordinario, todas ellas
podrían producir un espectro.
Naturalmente, lo que más interesaba
a los astrónomos eran los espectros
producidos por estrellas, los espectros
estelares. Mediante un telescopio, se
podía enfocar a luz producida por una
estrella, y hacerla pasar por un
dispositivo llamado espectroscopio, que
produciría un espectro. Claro está que
las estrellas eran débiles en
comparación con el Sol, y al esparcir la
luz procedente de ellas para formar un
espectro se debilitaba aún más.
Al principio sólo se pudo conseguir
que produjeran espectros visibles las
estrellas más brillantes. En 1868, el
astrónomo inglés William Huggins
estudió el espectro de la estrella Sirius.
También en él había líneas oscuras.
En el débil espectro de Sirius sólo
se podían ver unas cuantas líneas
oscuras, pero formaban la misma pauta
de distribución que algunas de las más
destacadas del espectro solar. La única
diferencia era que las líneas del
espectro de Sirius estaban en una
longitud de onda un poquitín más larga
que las del espectro solar. Había un
pequeño corrimiento hacia el rojo, y
Huggins se dio cuenta de que esto era
porque Sirius se estaba alejando de
nosotros. Fue la primera observación de
un efecto Doppler-Fizeau en conexión
con las estrellas y significaba que, por
primera vez, se había detectado la
velocidad radial de una estrella.

Velocidad radial

¿Sería posible estudiar también el


espectro de las estrellas más débiles?
En la década de 1840 se inventó la
fotografía. Los astrónomos aprendieron
a enfocar sobre una placa fotográfica la
luz de los cuerpos celestes y a tomar
fotografías de los mismos. Naturalmente,
el Sol y la Luna fueron los primeros
objetos que se fotografiaron, pero luego
siguieron las estrellas.
En 1850, el astrónomo
norteamericano George Phillips Bond
tomó la fotografía de la estrella Vega, y
en el año 1857 fotografió a Mizar. En
1863, Huggins fue el primero que
fotografió un espectro estelar, captando
los de Sirius y Capella. Estas dos
primeras fotografías de espectros
estelares eran sin embargo demasiado
débiles y borrosas para que se pudiesen
apreciar detalles.
No obstante, la técnica de la
fotografía fue mejorando con los años, y
demostró poseer algunas grandes
ventajas sobre la sola observación
visual.
Cuando la luz incide en la retina del
ojo, no se acumula en ella. Si un objeto
es demasiado poco luminoso para que
pueda verse, la contemplación
prolongada del lugar que ocupa no
logrará hacerlo visible. Seguirá siendo
demasiado débil para ello. En cambio,
una placa fotográfica acumula los
cambios químicos producidos por la luz.
Un objeto poco luminoso puede no
enviar suficiente luz para afectar
inmediatamente en forma visible a la
placa fotográfica; pero, si se espera un
tiempo suficiente, los efectos de la luz
se van acumulando y aumentando. Como
resultado de ello, las exposiciones
largas permiten que la placa fotográfica
tome fotografías de objetos demasiado
débiles para poder verlos sin recurrir a
esta técnica. Y, además, la fotografía
constituye un registro o testimonio
permanente.
Llegado el momento, la fotografía
permitió estudiar grandes números de
espectros estelares con el detalle
suficiente para detectar minúsculos
corrimientos en las líneas espectrales y
determinar la velocidad radial.
El estudio de la velocidad radial
resultó mucho más útil que el de la
velocidad transversal. Ésta se puede
detectar sólo en las estrellas más
próximas, mientras que la velocidad
radial se puede detectar en cualquier
objeto, por lejano que esté. Se ha
detectado la velocidad radial de los
objetos más distantes del universo, y
ello nos ha proporcionado importantes
informaciones acerca del universo como
conjunto, las cuales no se podrían haber
determinado en ninguna otra forma.
Por lo que respecta a las estrellas
más próximas, cuyas velocidades
transversales están relacionadas en la
tabla 24, se han determinado también sus
velocidades radiales, que se dan en la
tabla 25. Un signo positivo (+) indica un
movimiento radial de aproximación
hacia nosotros; un signo negativo (-), un
movimiento radial de alejamiento de
nosotros.

Si se conocen las dos velocidades,


la radial y la transversal, es posible
combinarlas para resolver la dirección
verdadera del movimiento, y calcular la
velocidad real o «espacial». Ésta es la
velocidad real de la estrella con
respecto a nosotros en alguna dirección
que no es ni transversal ni radial, sino
una combinación de ambas.
La velocidad espacial de aquellas
estrellas de la tabla 25 que se acercan a
nosotros se recogen en la tabla 26; la de
aquellas estrellas de la tabla 25 que se
alejan de nosotros, en la tabla 27.
No hemos de inferir, basándonos en
estas últimas tablas, que algunas
estrellas son rápidas mientras que otras
son lentas. Las velocidades indicadas en
ellas están calculadas con respecto al
Sol, de modo que una estrella «lenta» es
solamente una cuya velocidad es muy
parecida a la del Sol, mientras que una
«rápida» es aquella cuya velocidad
difiere mucho de la del Sol.
Además, la visión de las estrellas
precipitándose a través del espacio a
decenas y centenares de kilómetros por
segundo no debe suscitar en nosotros el
pensamiento o temor de colisiones.
Imaginemos al Sol como una
pequeña esfera de un centímetro de
diámetro. A esa escala, Alpha Centauri
A sería otra pequeña esfera del mismo
tamaño situada a 300 kilómetros de
distancia. Alpha Centauri B estaría
orbitando alrededor de Alpha Centauri
A a una distancia de 25 metros, y Alpha
Centauri C estaría a unos 7 kilómetros
de las dos estrellas más brillantes.

En otras palabras, si en esta pequeña


escala imaginásemos al Sol y sus
planetas situados en la ciudad de Nueva
York, las tres estrellas del sistema
Alpha Centauri estarían en Worcester,
Massachusetts, o en sus inmediaciones.
Es más, si redujéramos las
velocidades en la misma forma en que
hemos reducido el tamaño, resultaría
que estas pequeñas esferas se estarían
separando entre sí a razón de 2 cm
diarios. Esto nos da una idea de las
inmensas distancias que separan a las
estrellas, y de la lentitud de sus
velocidades en comparación con estas
distancias. Las probabilidades de
colisiones son tan pequeñas que se
puede hacer caso omiso de ellas.
A la velocidad a que Alpha Centauri
se aleja de nosotros, harían falta cien
mil años para que doblase la distancia
que nos separa y se redujere a la
categoría de estrella de segunda
magnitud. Supongamos, sin embargo,
que invertimos el esquema temporal. Si
se está alejando de nosotros, ello
significa que en el pasado estuvo más
próxima y, si imaginamos que vamos
hacia atrás en el tiempo, se nos estaría
acercando. Naturalmente, no se nos
estaría acercando directamente, sino que
se movería a cierto ángulo, y nunca
colisionaría con nosotros. En lugar de
ello, se desplazaría pasando a nuestra
altura, alcanzaría un lugar donde estaría
lo más cercana posible, y luego, si
retrocediéramos suficientemente en el
tiempo, se estaría alejando nuevamente
de nosotros.
En el punto de máxima
aproximación, hace mucho, muchísimo
tiempo, Alpha Centauri estuvo a sólo 3
años-luz de nosotros, en comparación
con los 4,4 años-luz actuales. Entonces
aparecía 2,14 veces más brillante que
ahora. Su magnitud entonces era -1,10,
no tan brillante como lo es Sirius en la
actualidad. Y, desde luego, Sirius, que
también se está alejando de nosotros, en
el pasado estuvo más cerca y fue más
brillante. Así que Alpha Centauri nunca
fue la estrella más brillante de nuestro
cielo, ni siquiera en el tiempo de su
máxima aproximación.
El corrimiento de las líneas
espectrales informó a los astrónomos de
más cosas, aparte de su simple
aproximación o alejamiento.
En 1889, el astrónomo
norteamericano Edward Charles
Pickering observó que las líneas
espectrales de Mizar eran dobles. De
cada par de líneas, una se estaba
desplazando hacia el rojo y otra hacia el
violeta. Tras algún tiempo, ambas
cambiaron simultáneamente de
dirección, se aproximaron entre sí, se
cruzaron, y así sucesivamente.
Parecía que parte de la estrella se
estaba alejando mientras que otra parte
se acercaba. A continuación parecían
cambiar sus papeles, ya que la parte que
se había estado alejando se acercaba, y
la que se había estado aproximando se
alejaba. Luego cambiaban de nuevo sus
movimientos, y así sucesivamente.
La explicación lógica parecía ser
que había dos estrellas, tan próximas
entre sí que ni siquiera los mejores
telescopios eran capaces de separarlas.
A medida que orbitaban cada una
alrededor de la otra, una estaría
acercándose a nosotros, mientras que la
otra se alejaba. Luego, cuando había
descrito media vuelta, la que se había
estado acercando se alejaba, y
viceversa.
Este tipo de sistema de dos estrellas,
que se puede detectar mediante el
espectroscopio, pero no con el
telescopio en la forma ordinaria, recibe
el nombre de «binaria espectroscópica».
En el caso de Mizar, que es una «binaria
visual» —un objeto que en un telescopio
se puede ver como dos estrellas, Mizar
A y Mizar B-, Mizar A es, a su vez, una
binaria espectroscópica.
Las dos estrellas del sistema binario
espectroscópico de Mizar A están a una
distancia de 164.000.000 kilómetros
entre sí, una distancia muy similar a la
que separa a la Tierra del Sol. A la
distancia de 80 años-luz a que se
encuentra Mizar, esto representa una
separación de 0,04 segundos de arco,
demasiado pequeña para poderse
distinguir mediante el telescopio. Las
dos estrellas de Mizar A orbitan cada
una alrededor de la otra en un período
de 20,5 días.
Las binarias espectroscópicas son
bastante corrientes, y son muchas las que
se han descubierto. Algunas están mucho
más próximas entre sí que las dos
estrellas de Mizar A. Dos estrellas
pueden estar separadas por menos de un
millón de kilómetros, casi tocándose,
girando una alrededor de otra en
cuestión de horas.
En el caso del sistema binario de
Alpha Crucis, las dos componentes,
Alpha Crucis A y Alpha Crucis B, son
binarias espectroscópicas, de modo que
Alpha Crucis es un sistema de cuatro
estrellas.
En el caso del sistema de Cástor, no
sólo son Cástor A y Cástor B una binaria
espectroscópica cada una, sino que hay
una compañera distante y más débil,
Cástor C, que es también una binaria
espectroscópica. Así pues, Cástor es un
sistema de seis estrellas.
El espectroscopio nos puede decir
también lo que no es una binaria
espectroscópica. Podemos decir,
mediante la inspección telescópica
ordinaria, que Alpha Centauri es un
sistema de tres estrellas. ¿Es cualquiera
de las tres una binaria espectroscópica?
Alpha Centauri A, B y C no poseen
compañeras muy próximas y, por lo
tanto, se queda en un sistema de tres
estrellas.

Clases espectrales

Una vez que se empezaron a estudiar los


espectros estelares, se observó que no
todos eran semejantes. Muchos diferían
del espectro solar, y también unos de
otros. En 1867, el astrónomo italiano
Pietro Angelo Secchi sugirió dividir los
espectros en cuatro clases, tomando
como base sus diferencias de aspecto;
por ejemplo, el número y las clases de
líneas presentes en ellos.
A medida que se estudiaron más y
más espectros, y cada vez en forma más
detallada, se vio rápidamente que cuatro
clases no eran suficientes para describir
la situación. En la década de 1890, y en
gran medida gracias al trabajo de la
astrónoma norteamericana Annie Jump
Cannon, se estableció un sistema más
detallado, en el que las clases se
identificaban por letras del alfabeto.
Resultó que si las distintas clases de
espectros se colocaban en lo que
parecía una especie de orden natural —
en el que ciertas líneas se iban
debilitando progresivamente y siendo
menos prominentes al pasar de una clase
a otra, mientras que otras iban
haciéndose más fuertes y destacadas—,
entonces las letras del sistema de
Cannon quedaban dispuestas en el orden
siguiente:

O, B, A, F, G, K, M, R, N, S

De estos tipos, los O, R, N y S son


muy raros. Generalmente, las estrellas
de que nos ocupamos pertenecen a las
clases B, A, F, G, K y M, usualmente
relacionadas en este orden.
En la transición de una clase
espectral a la siguiente pueden
detectarse diversas subclases, y se ha
adoptado la costumbre de subdividir
cada clase en diez subclases, numeradas
del 0 al 9.
El espectro G típico podría
considerarse que es, por ejemplo, el G0.
cabría entonces hacer una ordenación de
espectros que mostrasen rasgos cada vez
más fuertes de la clase espectral
siguiente, pasando por la G1, G2, G9
sería casi un K, y el paso siguiente sería,
desde luego, el K0. La clasificación
espectral de las estrellas brillantes se da
en la tabla 28, y la de las estrellas
próximas en la tabla 29.
Temperatura

¿Qué significan las distintas clases


espectrales? ¿Por qué algunos espectros
son diferentes de otros? En fecha ya tan
lejana como 1859, dos científicos
alemanes, Robert Wilhelm Bunsen y
Gustav Robert Kirchhoff, habían
indicado que las líneas de los espectros
eran determinadas longitudes de onda
emitidas o absorbidas por ciertas clases
de átomos.
Según ello, cada clase de átomo
emitía o absorbía un conjunto o juego
particular de longitudes de onda. No
había dos clases de átomos que
emitiesen o absorbiesen la misma
longitud de onda.

Ello significaba que, si se calentaba


cualquier sustancia hasta que emitiese
luz que se pudiera descomponer
formando un espectro, por las líneas de
éste sería posible determinar las
diversas clases de átomos distintos (los
diversos elementos) que se hallasen
presentes en la sustancia en cuestión.
Éste fue el comienzo del análisis
espectroscópico. En 1859 y 1860,
Bunsen y Kirchhohff pudieron descubrir
dos nuevos elementos, el cesio y el
rubidio, mediante el calentamiento de
ciertos minerales y la localización de
líneas espectrales que no correspondían
a ningún elemento conocido.
¿No se podría hacer lo mismo con el
Sol y las estrellas? ¿No indicarían las
líneas de sus espectros la presencia en
su interior de determinados elementos?
En 1862, por ejemplo, el físico sueco
Anders Jonas Angström pudo demostrar
la existencia del elemento hidrógeno en
el Sol, gracias a las líneas del espectro
de éste.
En 1868, el astrónomo francés
Pierre Jules César Janssen detectó en el
espectro solar líneas que no
correspondían a ningún elemento
conocido. Envió un informe acerca de
ello al astrónomo inglés Joseph Norman
Lockyer, experto en espectros. Lockyer
pensó que se trataba de un nuevo
elemento, al que llamó helio, nombre
derivado de la palabra griega que
designa al Sol. (Todavía hubieron de
transcurrir casi tres años hasta que se
descubrió el helio en la Tierra).
¿Podría ocurrir entonces que
diferentes estrellas estuvieran
compuestas de distintos elementos, y que
las estrellas con un tipo determinado de
composición fuesen más brillantes que
las otras?
Lockyer pensaba de otra manera.
Creía que las estrellas tenían, en líneas
generales, posiciones parecidas. Lo que
hacía que los espectros presentasen
diferencias sería la temperatura. Aunque
las diversas líneas significaban diversos
elementos, las líneas podían cambiar sus
distribuciones o pautas al calentarse los
elementos a diferentes temperaturas.
La sugerencia de Lockyer resultó
acertada. En el laboratorio, a medida
que se calentaban las sustancias a
temperaturas cada vez mayores,
cambiaban efectivamente sus espectros,
y estos cambios llevaron a los
astrónomos a equiparar las diversas
clases espectrales con diversas
temperaturas superficiales de las
estrellas.
Por otro lado, el científico alemán
Wilhelm Wien demostró en 1893 la
forma en que todo el cuadro del espectro
cambiaba con la temperatura, y cómo la
radiación máxima se situaba en
diferentes partes del espectro a medida
que la temperatura subía. Esto ayudó
también a determinar las temperaturas
superficiales de las estrellas.
En la tabla 30 se dan las
temperaturas asociadas con las diversas
clases espectrales, expresadas en grados
centígrados o Celsius (escala en la que
el punto de congelación del agua
corresponde a los 0°, y el punto de
ebullición, a los 100°), y en grados
Fahrenheit (escala en la que las cifras
correspondientes son 32° para el punto
de congelación y 212° para el de
ebullición).
Alpha Centauri A es entonces una
estrella moderadamente caliente, con
una temperatura de casi 6.000° C, y en
esto es exactamente igual que nuestro
Sol, que también pertenece a la clase
espectral G2.
Alpha Centauri B es una estrella más
fría, con una temperatura superficial de
sólo 4.400° C, y Alpha Centauri C es
todavía más fría, con una temperatura
superficial de sólo 3.000° C.
7. Tamaño y cambios

Gigantes rojas y enanas


blancas

En general, cuanto más caliente es una


estrella, más brillante es también. No es
sorprendente, por tanto, que tantas de las
estrellas más brillantes del firmamento
sean más calientes que el Sol, ni que
tantas de las estrellas débiles u oscuras
que vemos sean más frías que el Sol.
Lo que sí sorprende es que algunas
estrellas son frías y, sin embargo, son
muy brillantes. Los dos ejemplos
principales de esto los constituyen
Antares y Betelgeuse. Ambas pertenecen
a la clase espectral M y, por lo tanto,
poseen una temperatura superficial de
sólo 3.000 °C, o similar, y, lo que es
más, ninguna de las dos está
particularmente cerca de nosotros, a
pesar de lo cual figuran entre las
estrellas más brillantes del firmamento.
El astrónomo danés Ejnar
Hertzsprung pensó en 1905 que una
estrella fría ha de tener una superficie
poco brillante, pero que si su superficie
fuera muy grande, el pequeño brillo de
cada parte de ella se uniría o sumaría,
contribuyendo a un gran brillo total. En
otras palabras, una estrella brillante, fría
y de color rojizo, tenía que ser una
estrella realmente muy grande para ser
brillante.
Hertzsprung publicó esta idea en una
revista de fotografía, y los astrónomos
no se apercibieron de ella.
Posteriormente, en 1914, el astrónomo
norteamericano Henry Norris Russel
llegó por su cuenta a la misma idea, que
fue aceptada y permaneció;
generalmente, se atribuye el mérito de
ella a los dos astrónomos.
El razonamiento de Hertzsprung-
Russell condujo al concepto de las
«gigantes rojas» entre las estrellas.
Cuando se intentó calcular el tamaño
que habrían de tener estas gigantes rojas
para ser tan brillantes como eran, a
pesar de su baja temperatura superficial,
los resultados parecieron casi
increíbles. En 1920, sin embargo, el
físico germano-norteamericano Albert
Abrahan Michelson pudo comprobarlo
directamente.
Para ello utilizó un instrumento que
había inventado veinte años antes, al que
dio el nombre de interferómetro. Era
capaz de medir con gran finura la forma
en que dos trenes de ondas luminosas,
que no fuesen exactamente paralelos, se
interferían mutuamente. Cuando tales
trenes de ondas luminosas no eran
completamente paralelos, las ondas, al
mezclarse, unas veces se reforzaban y
otras se atenuaban y cancelaban, dando
lugar a unas figuras o diagramas con
franjas alternantes de luz y de oscuridad.
De los detalles de estas figuras o
diagramas de interferencia es posible
deducir el ángulo exacto al que se
encuentran las ondas luminosas.
Este instrumento se puede aplicar a
las estrellas. Una estrella es tan
pequeña, vista desde la Tierra, que
aparece virtualmente como un punto
luminoso. Los rayos de luz procedentes
de los bordes opuestos de un punto tan
diminuto parecen llegarnos de la misma
dirección y, por consiguiente, son casi
paralelos; casi, pero no del todo. Los
rayos de luz proceden de direcciones
muy poco diferentes cuando llegan a
nosotros desde los lados opuestos de
una estrella; convergen sólo un poquitín,
pero es lo suficiente para producir un
diagrama de interferencia si el
interferómetro empleado es
suficientemente grande.
Michelson utilizó un interferómetro
de veinte pies (6,1 metros), el más
grande que había construido hasta
entonces. Lo adaptó al nuevo telescopio
de 100 pulgadas (2,54 m) que acababa
de entrar en uso en el observatorio de
Mount Wilson, en California, y que era a
la sazón el mayor telescopio del mundo.
Y apuntó este instrumento a la estrella
Betelgeuse.
Por la naturaleza del diagrama de
interferencia, Michelson pudo
determinar el diámetro aparente de
Betelgeuse. Resultó que tenía 0,045
segundos de arco. Ésta es una anchura
muy pequeña, ya que haría falta 41.500
puntitos de luz rojiza exactamente
iguales a Betelgeuse, puestos uno al lado
de otro, para obtener la anchura de la
Luna
Sin embargo, Betelgeuse tiene el
mayor diámetro aparente de todas las
estrellas. Cualquier estrella que tenga un
tamaño real mayor que el de Betelgeuse
está tan lejana que su tamaño aparente es
menor. Al mismo tiempo, cualquier
estrella que esté más cercana que
Betelgeuse tiene un tamaño real tan
inferior al de ésta que su tamaño
aparente nunca llega a igualar al de
Betelgeuse.
Para tener 0,045" de diámetro, por
diminuto que sea este ángulo, Betelgeuse
ha de tener un diámetro real
verdaderamente enorme, pues la
distancia a que está es inmensa. En
efecto, resulta que el diámetro de
Betelgeuse es, como mínimo, 800 veces
mayor que el del Sol.
El resultado dado por el
interferómetro demostró que el
razonamiento de Hertzsprung y Russel
era correcto y que había realmente
gigantes rojas, sin que Betelgeuse, con
ser tan grande, sea la más grande de
todas. En la tabla 31 se dan los
diámetros de algunas de las estrellas
gigantes.

Las grandes gigantes rojas resultan


ser objetos verdaderamente
impresionantes. Supongamos a
Betelgeuse colocada en el lugar de
nuestro Sol. No podríamos verla desde
la Tierra, porque no habría Tierra. El
lugar teórico de la Tierra estaría dentro
de Betelgeuse. El diámetro de ésta es tan
grande que, si se sustituyera al Sol por
ella, incluiría las órbitas de Mercurio,
Venus, la Tierra, Marte y Júpiter.
Epsilon Aurigae B llegaría aún más
lejos. Se tragaría también la órbita de
Saturno, y su superficie estaría
aproximadamente en la órbita de Urano.
Es más, esta supergigante, Epsilon
Aurigae B, forma parte de un sistema
binario cuya otra estrella, Epsilon
Aurigae A, es considerablemente menor,
pero todavía bastante grande para
tragarse la órbita de Marte. ¡Qué
espectáculo deben de ser esas dos
estrellas desde un lugar no demasiado
cercano!
Otra forma de destacar el tamaño de
las gigantes rojas sería imaginar una
esfera hueca del tamaño de Beta Pegasi,
que es una gigante de tamaño sólo
moderado. Sin embargo, sería bastante
grande para alojar a 1.300.000 objetos
del tamaño de nuestro Sol. Una esfera
hueca del tamaño de Betelgeuse podría
alojar aproximadamente a 43.000.000
de objetos del tamaño del Sol, y una del
tamaño de Epsilon Aurigae podría
contener a ocho mil millones
(8.000.000.000) de soles.
Sin embargo, y a pesar de todo esto,
tal vez las gigantes rojas no sean tan
impresionantes como lo parecen si
juzgamos sólo por su tamaño. Tienen
mayor masa que el Sol, pero no mucha
más. Betelgeuse podría ocupar
43.000.000 de veces el espacio que
ocupa el Sol, pero la masa de la gigante
roja es sólo 20 veces mayor que la de
éste; contiene sólo 20 veces más
materia.
Si la masa de Betelgeuse (no tan
inmensa, al fin y al cabo) está repartida
en el gigantesco volumen que esta
estrella ocupa, esa masa ha de estar muy,
muy rarificada.
La densidad media del Sol es 1,41
gramos por centímetro cuadrado, pero la
de Betelgeuse es una diezmillonésima de
éste. Si el Sol tuviera sólo una densidad
igual a la de Betelgeuse, su masa no
excedería de 1/30 de la de la Tierra, y
sería sólo 2,7 veces mayor que la de la
Luna.
Epsilon Aurigae B sería todavía
menos densa. Las gigantes rojas son
acumulaciones de gas muy rarificadas,
que se extienden hasta vastísimas
distancias y se calientan hasta emitir un
fulgor rojizo; pero, juzgando con
criterios terráqueos, son casi el vacío.
La densidad media de Epsilon Aurigae
B es sólo una milésima de la que tiene la
atmósfera terrestre, y en sus regiones
exteriores la densidad es incluso menor.
(Como todos los objetos, las gigantes
rojas se hacen más densas al acercarnos
a su centro, y en el núcleo pueden llegar
a ser verdaderamente muy densas. Esto
ha de ser así en todas las estrellas, ya
que sólo en un núcleo muy denso se
puede iniciar la conflagración nuclear
que produce su energía).
El caso inverso al de las gigantes
rojas surgió en conexión con Sirius B.
Se sabía que ésta era una estrella muy
poco brillante, con una magnitud de 10 y
una luminosidad de sólo 1/130 de la de
nuestro Sol. Se daba por supuesto que
tenía que ser al mismo tiempo pequeña y
fría para emitir tan sólo 1/130 de la luz
de nuestro Sol.
Sin embargo, en 1915, el astrónomo
norteamericano Walter Sydney Adams
consiguió obtener el espectro de Sirius
B, y halló que esta estrella estaba tan
caliente como Sirius A y, por
consiguiente, considerablemente más
caliente que nuestro Sol.
Sin embargo, si Sirius B estaba tan
caliente, su superficie debía
resplandecer fieramente con una luz
blanquísima, y la única forma en que se
podía explicar su débil brillo era
suponiendo que tenía muy poca
superficie.
Sirius B tenía que tener tan poca
superficie que sería una estrella enana,
mucho más pequeña de lo que nadie,
hasta entonces, concebía que podía ser
una estrella. A causa de su altísima
temperatura, a la que debía su luz
blanca, se la llamó una «enana blanca».
Para explicar su débil brillo, su
diámetro tenía que de sólo 30.000
kilómetros, de manera que tenía
aproximadamente el volumen de un
planeta medio, con un tamaño
aproximadamente 13 veces mayor que el
de la Tierra. Sirius B tiene sólo 1/100
del volumen del planeta grande, Júpiter.
Sin embargo, en el volumen
relativamente pequeño de Sirius B hay
comprimida tanta masa como en el
Sol… cosa que deducimos de la
intensidad de su atracción gravitatoria
sobre Sirius A. Si las gigantes rojas
tienen densidades muy bajas, las enanas
blancas las tienen altísimas. La densidad
media de Sirius B es unas 90.000 veces
mayor que la del Sol, o 6.000 veces
superior a la del platino.
Esto habría parecido ridículo sólo
un par de décadas antes, pero en 1915
ya se había descubierto que los átomos
estaban formados por «partículas
subatómicas» aún menores, estando
concentrada casi toda la masa en un
minúsculo «núcleo atómico» situado en
el centro del átomo. En las enanas
blancas, pues, la materia no existía en
forma de átomos ordinarios, sino como
una caótica mezcla de partículas
subatómicas comprimidas hasta estar
mucho más juntas de lo que están en los
átomos, tal como nosotros las
conocemos.
Hay enanas blancas más pequeñas y
densas que Sirius B, y en años recientes
los astrónomos han descubierto nuevos
tipos de estrellas que son mucho más
pequeñas aún que las enanas blancas, y,
correspondientemente, más densas.
Éstas son las «estrellas de neutrones»,
en las que las partículas subatómicas
están prácticamente en contacto unas con
otras, y en las que la masa de una
estrella como nuestro propio Sol estaría
comprimida en un diminuto cuerpo de
sólo una docena de kilómetros de
diámetro.

La secuencia principal

Sin embargo, tanto las gigantes como las


enanas son estrellas poco usuales, y
bastante raras (en el sentido de escasas
o poco abundantes). Las diversas enanas
pueden ser aproximadamente el 8 por
100 de las estrellas, y las diversas
gigantes el 1 por 100, sobre poco más o
menos. Las demás estrellas (90 por 100
o más) son bastante similares al Sol.
Algunas son un poco más grandes, más
brillantes y menos densas que él, y otras
más pequeñas, oscuras y densas, pero,
sorprendentemente, no son más
brillantes o más débiles; no son ni
enormes gigantes ni diminutas enanas.
Estas estrellas semejantes al Sol se
pueden ordenar en función de sus
temperaturas, desde muy calientes a
bastante frías, en la forma determinada
por su clase espectral. Sus restantes
propiedades forman entonces también
una serie o secuencia; es decir, cambian
en forma suave y sin sorpresas al ir
avanzando desde las calientes a las
frías. Descendiendo en esta serie, las
estrellas se van haciendo regularmente
menos masivas, más oscuras, más frías y
más densas.
Dado que esta secuencia o serie
incluye a la inmensa mayoría de las
estrellas, recibe el nombre de
«secuencia principal».
En la tabla 32 se dan algunas de las
propiedades de las estrellas de la
secuencia principal. Viendo la tabla,
podría parecer que las estrellas de la
clase G, a la que pertenecen el Sol y
Alpha Centauri A, son bastante más
pequeñas que el promedio. Las estrellas
más grandes de la secuencia principal
tienen una masa 32 veces más grande y
un diámetro unas 15 veces mayor que el
Sol, mientras que éste, a su vez, tiene
una masa sólo unas 4 veces mayor que
las estrellas más pequeñas de la
secuencia principal, y un diámetro unas
2,5 más grande.
Esto sería así si las diversas clases
espectrales contuvieran el mismo
número de estrellas cada una. Sin
embargo no es esto lo que ocurre. Como
en todos los grupos de cuerpos
astronómicos, los de pequeño tamaño
son más numerosos que los grandes. En
la tabla 33 se da el porcentaje de las
estrellas de la secuencia principal que
existe en cada una de las clases
espectrales, junto con el número total de
cada clase que existe en nuestra Galaxia.
(Nuestra Galaxia contiene un total
aproximado de 135.000.000.000 de
estrellas, de las cuales 122.000.000.000
pertenecen a la secuencia principal,
12.000.000.000 son enanas y
1.000.000.000 son gigantes).
Como se ve en la tabla 33, alrededor
de un 87 por 100 de las estrellas están
en la clase K y en la M y son, por
consiguiente, claramente más pequeñas,
frías y oscuras que nuestro Sol. Sólo
aproximadamente un 4,1 por 100 de las
estrellas son claramente más calientes,
grandes y brillantes que el Sol. Desde
este punto de vista, el Sol y Alpha
Centauri A tienen un tamaño bastante
superior a la media.
Supongamos que a continuación
consideramos algunas de las estrellas
familiares del cielo, como las de la
tabla 34, y que comparamos sus
diámetros con el del Sol.
Como puede verse, Alpha Centauri
C es muy pequeña para una estrella de la
secuencia principal. Tiene sólo unas
0,22 veces la masa del Sol, y unas 0,25
veces su diámetro. Sin embargo, no es la
más pequeña de las estrellas conocidas,
y en la tabla 34 figura una estrella que
nos consta es más pequeña que Alpha
Centauri C. Se trata de la Luyten 726-8
B.
Es interesante comparar estas
pequeñas estrellas, no con el Sol, sino
con Júpiter, el planeta más grande del
sistema solar. Podemos ver esta
comparación en la tabla 35.
Como se ve, aunque Alpha Centauri
C, Luyten 726-8 B y Ross 614 B tienen
masas considerablemente mayores que
las de Júpiter, son también bastante más
densas y, por consiguiente, de tamaño no
mucho mayor.
Las enanas rojas están cerca del
límite inferior de tamaño y de brillo
para una estrella. Un cuerpo celeste no
puede ser mucho más pequeño que Ross
614 B sin que llegue a ser incapaz de
emitir luz. Del mismo modo, Júpiter se
encuentra cerca del límite superior de
tamaño para un planeta. Un cuerpo
celeste no puede ser mucho más grande
que Júpiter sin llegar a ser capaz de
emitir luz. Existe en algún punto una
región fronteriza entre planeta y estrella,
y esa región se halla en masas
comprendidas entre la de Júpiter y la de
Ross 614 B.
La energía nuclear

¿Qué es lo que hace que una estrella se


mantenga brillando permanentemente?
Esta cuestión no preocupó a los
astrónomos hasta la década de 1840.
Hasta entonces, se suponía que las
estrellas, y entre ellas el Sol, brillaban
simplemente porque tenían esa
propiedad. Las estrellas brillaban del
mismo modo que el oro es amarillo. La
amarillez del oro no disminuye con el
tiempo: no se agota. Lo mismo parecía
ocurrir con el brillo de las estrellas.
El cambio en este modo de pensar
sobrevino en la década de 1840, cuando
varios científicos, entre ellos el alemán
Ludwig Ferdinand von Helmholtz,
elaboraron la «ley de la conservación de
la energía». Según esta ley, la energía no
podía crearse ni destruirse; solamente se
podía transformar.
Para Helmholtz, esto suscitaba la
cuestión de la luz solar. La luz es una
forma de energía, y el Sol ha estado
irradiando luz en todas direcciones y en
cantidades enormes durante incontables
millones de años. Esta energía tenía que
venir de alguna parte; no podía crearse
de la nada.
En 1854, Helmholtz decidió que la
única fuente posible de esta energía era
la contracción gravitacional. El Sol se
estaba contrayendo lentamente; todas sus
partes estaban cayendo lentamente hacia
el centro. La energía cinética de esta
caída se convertía en luz y se irradiaba
al exterior en todas direcciones.
Esto significaría que en el pasado el
Sol era mucho más voluminoso que en la
actualidad. De hecho, para suministrar
la cantidad de energía que el Sol ha
irradiado en los últimos 25 millones de
años tendría que haber tenido al
principio un diámetro de 300.000.000
de kilómetros, y haberse contraído en
ese período de tiempo hasta su diámetro
actual de 1.400.000 de kilómetros.
Parecía entonces, según el
razonamiento de Helmholtz, que el Sol
tenía que haber sido hace unos 25
millones de años lo que nosotros
llamaríamos ahora una gigante roja, y
que su volumen se extendía entonces
hasta la órbita de la Tierra. Ello, a su
vez, significaba que la Tierra no podría
haber existido antes de aquel tiempo, y
que sólo podía tener 25 millones de
años.
Los geólogos, que estudiaban la
corteza terrestre y estaban seguros de
que su edad era muy superior a 25
millones de años, discreparon. Tampoco
les parecía bien a los biólogos, que
estudiaban la evolución y estaban
seguros de que habían sido necesarios
más de 25 millones de años para que se
desarrollase la vida actual.
La única forma de salir del dilema
estaba en encontrar una nueva fuente de
energía, que fuese mayor que ninguna
conocida en los tiempos de Helmholtz,
de la cual pudiera estar alimentándose el
Sol (y otras estrellas).
Esto fue lo que ocurrió. En la década
de 1890 se descubrió la radiactividad,
lo cual llevó a la constatación de que el
átomo tiene una estructura. En el mismo
centro del átomo se encuentra un
diminuto «núcleo atómico» cuyo
diámetro es sólo una cienmilésima del
de aquél, a pesar de lo cual ahí se halla
concentrada casi toda la masa del
átomo. Alrededor del núcleo, en la
región exterior del átomo, existen una o
más partículas ligeras, llamadas
electrones, que contienen como máximo
1/1.800 de la masa atómica.
Cuando los electrones se desplazan
de un átomo a otro, se producen los
cambios químicos, y el resultado de
tales cambios es que se absorbe o se
libera energía química. La energía de
los seres vivientes, incluida la que
desarrollamos en nuestros propios
cuerpos, es esta clase de energía
química. La luz y el calor de un fuego de
leña, la forma en que la gasolina al
quemarse impulsa a un automóvil, o la
fragmentación de una roca mediante una
explosión de dinamita, son otros tantos
ejemplos de conversión de energía
química en otras clases de energía.
El núcleo atómico está formado por
otras partículas aún menores, los
protones y los neutrones. Al igual que
los electrones, estas partículas nucleares
pueden desplazarse, separarse,
combinarse, etc. el resultado es que se
absorbe o se libera energía nuclear en
cantidades generalmente mucho más
grandes —para un peso dado de
sustancia— que en el caso de la energía
química.
Una bomba nuclear es un ejemplo de
la conversión de energía nuclear en
otras formas.
Una vez que se comprendió que
existía la energía nuclear, se pudo ver
rápidamente que ésta tenía que ser el
origen de la luz solar. Pero ¿qué era lo
que ocurría en el interior del sol para
desatar la energía nuclear?
Puesto que el Sol está formado
principalmente por hidrógeno, la fuente
ha de hallarse en reacciones en las que
intervenga el núcleo de este elemento.
No hay en el Sol ninguna otra cosa que
pueda justificar toda la energía que ha
emitido, no sólo en unos cuantos
millones de años, sino en miles de
millones. Existen indicios que prueban
que el Sol ha venido brillando durante
unos cinco mil millones de años
prácticamente en la misma forma en que
lo hace actualmente.
En 1938, el físico germano-
norteamericano Hans Albrecht Bethe
aplicó los conocimientos que sobre los
núcleos atómicos se habían acumulado
en los cuarenta años precedentes para
demostrar que la energía procede de la
formación o «fusión» de cuatro núcleos
de hidrógeno para formar un núcleo de
helio.
Para mantener al Sol brillando como
lo hace actualmente, es preciso que unos
590 millones de toneladas métricas de
hidrógeno se conviertan en 585,8
millones de toneladas métricas de helio
¡cada segundo! (Los 4,2 millones de
toneladas métricas que faltan se
convierten en radiación solar). A vista
de esto, puede parecer que el Sol está
perdiendo peso con una rapidez
alarmante, pero en realidad hay en él
una cantidad total de hidrógeno tan
grande, que esta pérdida puede
proseguir al ritmo actual durante miles
de millones de años, sin que por eso se
altere de modo importante la situación.

La evolución estelar
Actualmente, los astrónomos han
resuelto ya lo que creen que deben ser
los cambios progresivos que
experimenta una estrella: los detalles de
la «evolución estelar».
Las estrellas, antes de nacer, son
gigantescas y voluminosas
conglomeraciones de polvo rarificado y
de gas, principalmente hidrógeno.
Lentamente, el polvo y el gas forman una
nebulosa, que gira y se condensa bajo la
atracción de su propia gravedad. La
nebulosa se va haciendo más pequeña y
más densa, y en su centro se hace más
densa todavía.
A medida que se condensa la
nebulosa, su centro se hace no sólo cada
vez más denso, sino progresivamente
más caliente, al convertirse en calor la
energía de la caída de la materia hacia
el interior (como Helmholtz había
sugerido). Los núcleos de hidrógeno
chocan entre sí a velocidades cada vez
mayores, y con energía también
creciente.
Si la nebulosa inicial es pequeña,
podría terminar formando un cuerpo
compacto de masa no superior a la del
planeta Júpiter. En tal caso, el centro
puede ser muy denso y tener una
temperatura elevada, pero ni su
densidad ni su temperatura son
suficientes para hacer que los átomos de
hidrógeno sufran la fusión que los
convierta en helio. Para que tal fusión se
produzca, han de alcanzarse
temperaturas de millones de grados.
Para objetos celestes del tamaño de
Júpiter o menores, nunca llega a haber
probabilidad alguna de «ignición
nuclear» en el centro, y el cuerpo no
llega a brillar con luz propia. Por muy
elevada que llegue a ser la temperatura
en el centro, la superficie permanece
oscura y fría.
Si la nebulosa tiene el tamaño
suficiente para terminar siendo un
cuerpo compacto de masa por lo menos
40 veces mayor que la de Júpiter, la
densidad y la temperatura en su centro
alcanzan el punto de ignición. En tal
caso se libera energía suficiente para
calentar el resto del cuerpo, de modo
que el objeto empieza a brillar con luz
propia, y entonces es ya una estrella.
Las estrellas cuya masa es sólo
varias docenas o incluso un par de
centenas de veces mayor que la de
Júpiter, son todavía tan pequeñas que,
aun cuando sean suficientemente grandes
para llegar al punto de ignición nuclear,
sus temperaturas alcanzan sólo el valor
necesario para que su superficie suba
hasta 3.000° C, y llegan sólo a ponerse
al rojo. Alpha Centauri C, cuya masa es
230 veces mayor que la de Júpiter, es un
ejemplo de esto.
Una nebulosa más grande se
condensaría formando un cuerpo de
mayor masa y, por consiguiente, podría
alcanzar mayores densidades y
temperaturas en su centro, producir una
fusión nuclear más rápida, y alcanzar
temperaturas más elevadas.
Las nebulosas en condensación, una
vez que se han condensado lo suficiente
para la ignición, entran en la secuencia
principal. La posición exacta en que
penetren en ella depende de la masa del
cuerpo en concentración. Un cuerpo
celeste pequeño, tal como Alpha
Centauri C, se convierte en una estrella
de la clase M. Otros cuerpos
crecientemente mayores entran en la
clase K, como Alpha Centauri B, o en la
clase C, como Alpha Centauri A o
nuestro Sol. Otras masas aún mayores
entran como clase A, B o incluso O. Una
vez que una estrella está en la secuencia
principal, permanece en ella y produce
energía a un ritmo bastante constante,
hasta que su provisión de hidrógeno
empieza a escasear. Cuando esto ocurre,
las cosas empiezan a cambiar. El centro
de la estrella se ha ido calentando cada
vez más a medida que ésta se ha ido
haciendo vieja y, si la estrella es
suficientemente grande, sus temperaturas
centrales alcanzan el punto en que
pueden tener lugar otras clases de
reacciones nucleares, distintas de la
fusión del hidrógeno en helio.
Las otras clases de reacciones
nucleares no generan tanta energía como
la fusión de hidrógeno, y la estrella
empieza a cambiar radicalmente de
aspecto. Para empezar, inicia una
expansión y, al hacerlo, su superficie se
enfría y va cambiando hacia el color
rojo. En otras palabras, la estrella se
expande hasta convertirse en una gigante
roja. Cuanto más masiva haya sido la
estrella en un principio, más grande será
la gigante roja en que se convierta.
Después de la fase de gigante roja,
la estrella se contrae de nuevo para
pasar a ser una enana blanca, o una
estrella todavía más compacta. Antes de
esta contracción, o mientras dura, una
estrella especialmente grande puede
estallar en forma muy violenta, lanzando
al espacio la mayor parte de su masa.
Una vez que una estrella empieza a
agotar su provisión de hidrógeno y
comienza su expansión, ha salido de la
«secuencia principal». En comparación
con el tiempo de permanencia en dicha
secuencia, el que transcurre a enana
blanca (con explosión o sin ella) es muy
corto. Análogamente, el tiempo que
necesita una nebulosa para condensarse
hasta el punto en que, como estrella,
entra en la secuencia principal, es
bastante breve.
La mayor parte de la vida de una
estrella es la que pasa en la secuencia
principal. Ésa es la razón por la que
aproximadamente el 90 por 100 de las
estrellas existentes han alcanzado ya la
secuencia principal y no la han
abandonado todavía.
Pero ¿cuánto tiempo permanece una
estrella en la secuencia principal?
Naturalmente, esto depende del
tamaño de la estrella, pero tal vez no en
la forma que uno pudiera esperar. Una
estrella grande tiene una provisión de
hidrógeno mayor que la de una estrella
pequeña, de modo que uno diría que una
estrella grande tiene probabilidades de
arder durante más tiempo y permanecer
en la secuencia principal más que una
estrella pequeña… pero la cosa no es
así. La verdad es que ocurre lo
contrario.
Veamos. Cuanto más grande es una
estrella, más caliente habrá de estar en
su centro para mantenerla expandida
contra la atracción de su propia
gravedad. Y cuanto más caliente haya de
estar, más rápidamente habrá de
producirse la fusión del hidrógeno, y
más rápido será el ritmo al que este
elemento desaparezca. El ritmo al que
ha de desaparecer el hidrógeno aumenta
mucho más rápidamente que la masa. Si
una estrella tiene una masa doble que la
de otra, la estrella grande consume su
hidrógeno a un ritmo muy superior al
doble del de la otra, de manera que, en
realidad, la estrella grande consume su
combustible antes que la pequeña.
Por lo tanto, cuanto más grande sea
una estrella, más corta será su vida en la
secuencia principal. En la tabla 36 se da
una estimación de la vida en la
secuencia principal para estrellas de las
diferentes clases espectrales.
En la tabla 37 se da una estimación
de la vida en la secuencia principal para
ciertas estrellas concretas.
Como puede verse en las tablas 36 y
37, la vida de las estrellas muy masivas
es realmente breve. Ésa es una de las
razones por las que hay tan pocas
estrellas de gran masa en la secuencia
principal: su rápida desaparición. Las
diversas gigantes rojas y enanas blancas
son probablemente en su mayoría restos
moribundos de estrellas de masa
considerablemente superior a la del Sol.
Las estrellas bastante más oscuras que el
Sol todavía no han tenido tiempo de
morir en el transcurso de la existencia
del universo (que puede tener una edad
de unos 25.000 millones de años).
Invirtiendo el razonamiento, las
estrellas brillantes normales que llenan
nuestro cielo y que son las que primero
acuden a nuestra mente cuando
pensamos en las estrellas, no pueden ser
muy viejas. Si lo fueran, habrían salido
ya de la secuencia principal y serían
gigantes rojas o enanas blancas. En los
tiempos de los dinosaurios, Spica,
Sirius, Rigel, Regulus, Vega y otras
estrellas semejantes, no estaban en el
cielo. Todavía no se habían formado. Y
dentro de unos cuantos millones de años
habrán desaparecido.
Sirius A, cuando se formó, orbitaría
probablemente alrededor de Sirius B,
que se formó al mismo tiempo y que,
probablemente, tendría una casa mucho
mayor que la de Sirius A ya desde el
principio. Hace millones de años, Sirius
B llegó al final de su permanencia en la
secuencia principal, explotó, despidió al
espacio la mayor parte de su materia, y
lo que quedó, ahora con menos masa que
Sirius A, se contrajo hasta convertirse
en una enana blanca.
Nuestro Sol es una estrella que tiene
una esperanza de vida intermedia, ya
que es una estrella de masa y
luminosidad también intermedias. Su
tiempo de vida en la secuencia principal
es de alrededor de 12.000 millones de
años. Ahora lleva brillando unos 5.000
millones de años, de modo que todavía
se encuentra en el final de su juventud o
el comienzo de su madurez…, aunque,
como irá calentándose lentamente cada
vez más, la vejez no será tan cómoda
como lo fue la juventud.
Alpha Centauri A tiene un tiempo de
vida en la secuencia principal igual al
del Sol, pero no podemos saber con
seguridad qué parte de esa vida ha
transcurrido ya. Nuestro conocimiento
de la edad del Sol lo hemos deducido en
gran parte de datos concernientes a la
Tierra, la luna y los meteoritos. Si Alpha
Centauri A (acerca de la cual no
poseemos datos similares) nació antes
que el Sol dejará la secuencia principal
y se expandirá para convertirse en una
gigante roja no muy grande mientras
nuestro Sol continúe brillando como de
costumbre. Si Alpha Centauri A nació
después que nuestro Sol, entonces
seremos nosotros los que nos vayamos
primero.
Una cosa de la que podemos estar
seguros es de que la expansión a gigante
roja y la contracción a enana se
realizarán en el caso del Sol, en el de
Alpha Centauri, y en el de cualesquiera
otras estrellas de masa media o
pequeña, sin explosión catastrófica. Las
grandes explosiones son características
de las estrellas grandes, de mucha masa
y vida breve.
Si no podemos tener seguridad
alguna en cuanto a si el Sol y Alpha
Centauri A se formaron al mismo tiempo
o no y, en caso negativo, sobre cuál de
las dos se formó primero, por lo menos
podemos estar razonablemente seguros
de que Alpha Centauri A, Alpha
Centauri B y Alpha Centauri C se
formaron todas al mismo tiempo a partir
de una nebulosa que giraba en torbellino
y que se desgarró en tres partes
desiguales antes de completar su
condensación.
Es posible que Alpha Centauri A,
habiendo nacido del fragmento de mayor
masa, se condensara un poco más
rápidamente que las otras dos, y Alpha
Centauri C un poco más lentamente que
sus dos hermanas. La diferencia en el
ritmo de condensación, sin embargo, fue
probablemente pequeña en relación con
su vida total, y bien podríamos decir que
los tres miembros del sistema de Alpha
Centauri tienen aproximadamente la
misma edad.
Sin embargo, no disfrutarán todos
los mismos tiempos de vida en la
secuencia principal. Cuando Alpha
Centauri A deje la secuencia principal,
Alpha Centauri B habrá vivido sólo 2/5
de su vida, y Alpha Centauri C
solamente 1/12 de la suya. Cien mil
millones de años después que el Sol y
Alpha Centauri A sean enanas blancas,
enfriándose muy lentamente hasta
convertirse en enanas negras, Alpha
Centauri C seguirá todavía luciendo con
su pálido tono rojizo, muy parecido al
de ahora, y todavía con miles de
millones de años de vida por delante.
8. La vida entre las
estrellas

Las estrellas adecuadas

Hasta ahora, a lo largo de este libro,


hemos trazado el cuadro de un vasto
universo con numerosas estrellas
separadas entre sí por enormes
distancias. En toda esta dilatada
extensión, ¿hay vida en cualquier otra
parte que no sea el único sitio en que
sabemos que existe… aquí en la Tierra?
Cabría, claro está, preguntar primero
qué entendemos por vida.
La única clase de vida que
conocemos es la terrestre. Toda la que
hay sobre la Tierra es químicamente muy
semejante. Toda ella está basada en
moléculas muy grandes, muy complejas,
muy delicadas, las principales de las
cuales pertenecen a los grupos llamados
proteínas y ácidos nucleicos. Estas
moléculas son similares en todas las
formas de vida, desde la más compleja a
la más simple, y en todos los casos están
o disueltas en agua, o asociadas muy
íntimamente con ella.
¿Es ésta la única clase de vida que
puede existir? ¿Podría haber formas de
vida basadas en otros tipos de
moléculas complejas? Las moléculas
complejas de nuestra clase de vida están
constituidas por intrincados anillos y
cadenas de átomos de carbono, con otras
clases de átomos (principalmente
hidrógeno, nitrógeno y oxígeno)
adheridas o agregadas aquí y allá.
¿Podría haber otras formas de vida que
no emplearan para nada los átomos
simples, o implicar algún otro líquido
que no fuera el agua? ¿Podrían existir
algunas formas de vida tan extrañas que
desafiasen toda descripción?
Podemos hablar de tales formas de
vida extrañas y especular acerca de
ellas, pero no tenemos indicio alguno de
su existencia. No hemos recibido de
ninguna parte del universo la mínima
migaja de información que nos dé el
menor motivo para creer en la
posibilidad de extrañas formas de vida
no basadas en las proteínas, los ácidos
nucleicos y el agua.
Hasta que tales pruebas aparezcan,
no tenemos más opción que confinar
nuestro estudio a la vida tal como la
conocemos. Tenemos que preguntarnos
si en cualquier lugar del universo existe
vida similar a la nuestra en su química
básica. Desde luego, tampoco tenemos
indicios de ello, pero por lo menos
sabemos que existe aquí en la Tierra, de
modo que en este aspecto no podemos
decir que no contamos con nada.
Aun cuando no tengamos indicios
directos de la existencia de nuestra clase
de vida (llamémosla solamente «vida»
para abreviar) en otras partes, podemos
considerar la clase de condiciones que
necesitaríamos para ella (basándonos en
lo que sabemos de nosotros mismos y de
nuestro propio mundo) y ver si
honradamente podemos esperar que
exista vida en cualquier lugar distinto de
la Tierra.
Por ejemplo, la vida necesita
disponer de un suministro constante de
energía para mantener la existencia de
esas complicadas moléculas. Sin
energía, esas moléculas no se pueden
formar, y todas las que ya hay se
fraccionarían, de modo que la vida
cesaría de existir.
El único lugar que conocemos en
que la vida puede tener la seguridad de
una copiosa provisión de energía
durante un período de miles de millones
de años es en la inmediación de una
estrella.
Eso significa que hay una gran
cantidad de lugares en los que la vida
puede tener seguro un suministro de
energía. El sistema estelar al que
pertenece nuestro Sol, la Galaxia de la
Vía Láctea, incluye tal vez
135.000.000.000 de estrellas. En el
universo, hasta donde alcanzan nuestros
instrumentos más avanzados, puede
haber hasta 100.000.000.000 de galaxias
más, cada una con sus miles de millones
de estrellas.
Supongamos que consideramos sólo
nuestra propia Galaxia. Si llegamos a la
conclusión de que podría existir vida en
cierto número de lugares de ella, sólo
necesitaríamos multiplicar ese número
por cien mil millones o así, para
averiguar cuántos lugares hay en todo el
universo observable.
Sin embargo, no todas las estrellas
constituyen una buena vecindad para la
vida. Una vez que una estrella deja la
secuencia principal, sus expansiones,
contracciones y posibles explosiones
borrarán con toda seguridad cualquier
forma de vida que exista en sus
inmediaciones. Por consiguiente, hemos
de ceñirnos a las estrellas de la
secuencia principal. Eso nos deja
todavía el 90 por 100 de todas las
estrellas de la Galaxia,
aproximadamente 122.000.000.000.
Pero ¿qué ocurre con las estrellas de
la secuencia principal? ¿Son algunas de
ellas más adecuadas para la vida que
otras?
Sin duda, algunas de ellas son muy
luminosas y otras son más débiles, pero
eso en sí no es demasiado
inconveniente. Cabría perfectamente
imaginar el desarrollo de la vida en un
planeta de una estrella enormemente
luminosa, siempre que girara alrededor
de ella a una distancia muy grande,
capaz de atenuar el calor y la luz, de
modo que la lejana gigante no brillara
más que el manso Sol de nuestro cielo.
Análogamente, el desarrollo de la vida
en la vecindad de una estrella débil
podría producirse muy cerca de ella,
captando así el calor y la luz necesarios.
Hay, sin embargo, otros
inconvenientes que debemos tener en
cuenta. Cuanto más brillante es la
estrella, más breve es su duración y
menos tiempo hay para que la vida se
desarrolle en sus inmediaciones antes de
que la estrella salga de la secuencia
principal y lo destruya todo.
Nadie sabe exactamente cuánto
tiempo ha de transcurrir para que se
desarrollen formas complicadas de vida.
La Tierra asumió su forma actual hace
unos 4.600 millones de años. Tres mil
millones de años después (hace 1.600
millones de años), la vida era todavía
primitiva, unicelular y tal vez no
demasiado común. Es de suponer, pues,
que sólo hallaríamos útiles aquellas
estrellas que permanecieran en la
secuencia principal por lo menos tres
mil millones de años. Eso elimina a
cualquier estrella de las clases
espectrales 0, B y A. También se
eliminan las estrellas más luminosas, de
la clase espectral F.
Vamos a empezar por el otro
extremo. Supongamos que la Tierra
estuviese en órbita alrededor de una
estrella de la clase M, tal como Alpha
Centauri C. Su órbita habría de estar a
una distancia de sólo un millón de
kilómetros o así, a fin de conseguir
energía suficiente para la vida. Sin
embargo, de moverse en esa órbita,
ciertos efectos gravitatorios resultarían
perjudiciales para esa misma vida.
La atracción gravitatoria se reduce
con la distancia, según una fórmula bien
conocida. Ello significa que el lado de
la Tierra situado frente al Sol
experimenta la atracción de éste con más
fuerza que el lado alejado de él. Esta
diferencia entre las dos fuerzas de
atracción tiende a estirar muy
ligeramente la Tierra en la dirección del
Sol, y produce lo que se conoce como
«efecto de marea».
El efecto de marea no es muy grande
en el caso del sistema Sol-Tierra. La
anchura o diámetro total de la Tierra es
sólo el 0,008 por 100 de la distancia
que la separa del Sol, y la atracción
gravitatoria de éste no disminuye mucho
en una distancia tan pequeña.
El efecto de marea aumenta en forma
muy rápida a medida que decrece la
distancia entre dos cuerpos. Incluso un
cuerpo pequeño, pero próximo, puede
producir unos efectos de marea mayores
que los debidos a un cuerpo grande pero
lejano.
La Luna es mucho más pequeña que
el Sol, y tiene sólo 1/27.000.000 de la
masa de éste. Sin embargo, está
separada de la Tierra por sólo 1/400 de
la distancia a que se encuentra el Sol.
Esa diferencia de distancia de 400 veces
compensa sobradamente la diferencia de
masas de 27.000.000 veces, y el efecto
de marea que la Luna ejerce sobre la
Tierra es dos veces mayor que el
producido por el Sol sobre nuestro
planeta.
Un planeta como la Tierra tendría
que orbitar alrededor de una estrella de
la clase M a una distancia no muy
superior a la existente entre la Tierra y
la Luna para poder conseguir la energía
suficiente, y la estrella de la clase M
sería mucho más masiva que la Luna.
Por lo tanto, la Tierra, en órbita
alrededor de una estrella de la clase M,
sufriría un efecto de marea mucho mayor
que el que ahora experimenta por la
acción del Sol y de la Luna.
El efecto de marea retarda la
rotación de un planeta; si ese efecto es
grande, le obligará muy pronto a orbitar
alrededor de su sol presentándole
siempre la misma cara, y manteniendo la
opuesta siempre oculta a él. Uno de los
lados se calentaría demasiado para
permitir la vida; el otro, en cambio,
estaría demasiado frío.
Por consiguiente, podemos eliminar,
de nuestro censo de lugares cuya
vecindad es adecuada para la vida, a
todas las estrellas de la clase espectral
M.
Así pues, sólo nos quedan estrellas
adecuadas en las clases espectrales G y
K, además de algunas de la clase
espectral F, más oscura.
Este resultado no es demasiado
malo. En conjunto, significa que
aproximadamente 1 de cada 4 estrellas
de la secuencia principal pertenece a las
clases espectrales adecuadas; es decir,
unas 30.000.000.000 en nuestra Galaxia.
Los planetas habitables

De nada sirve disponer de una estrella


adecuada como fuente de energía si no
hay ningún planeta orbitando alrededor
de ella para recibir esa energía. ¿Son
muchas las estrellas que poseen
planetas, o es nuestro Sol una excepción
muy poco corriente?
El astrónomo inglés James
Hopwood Jeans pensaba que,
efectivamente, el Sol era bastante
excepcional. Este científico sugirió en
1917 que para que naciera un sistema
planetario hacía falta que dos estrellas
pasaran muy próximas una a otra. La
atracción gravitatoria entre ellas
arrancaría materia de ambas, y esta
sustancia estelar llegaría en su momento
a enfriarse para formar planetas.
Si ello fuera así, los sistemas
planetarios serían, efectivamente, muy
raros. Las estrellas están tan alejadas
entre sí y se mueven tan lentamente en
comparación con las distancias que las
separan, que casi nunca se producen
acercamientos próximos a la colisión. Si
la teoría de Jeans fuese correcta, muy
bien pudiera ser que los únicos sistemas
planetarios de la Galaxia fuesen el de
nuestro Sol y el de la estrella que estuvo
a punto de colisionar con él.
Sin embargo, la teoría de Jeans
adolecía de importantes deficiencias.
Jeans la elaboró antes de que Eddington
hubiese mostrado las elevadísimas
temperaturas que existen en el interior
de una estrella. Una vez que se
aceptaron los cálculos de Eddington
pudo verse que la materia supercaliente
sacada del interior de una estrella no
haría más que expandirse para formar un
gas muy rarificado. Nunca podría formar
un planeta al enfriarse.
En realidad parece que, cuando una
nube de polvo y gas se condensa para
constituir un sol, es muy corriente que
esa nube se subdivida en varias nubes
secundarias y termine constituyendo una
binaria o un sistema multiestelar aún
más complicado. De las estrellas
próximas a nosotros, casi la mitad son
sistemas multiestelares, y no existe
ninguna razón para suponer que nuestra
propia vecindad sea inusual en este
aspecto.
¿Es posible, entonces, que en la
formación de las estrellas la nube de
polvo y gas produjese algunas nubes
secundarias tan pequeñas que formasen
cuerpos de tamaño insuficiente para que
en su centro se produjese la ignición
nuclear… es decir, planetas?
El astrónomo alemán Carl Friedrich
von Weizsäcker elaboró en 1944 una
teoría que describía la forma en que se
contraía una nube de polvo y gas. Cerca
del centro, la materia se condensaba
para producir una estrella, pero en las
regiones periféricas el polvo y el gas
cuyo movimiento sufría algún retardo
empezaban a girar en forma de
torbellinos o remolinos y, en esta forma,
generaban planetas. Si esta teoría es
correcta, entonces toda estrella, al
formarse, debe ir acompañada de
planetas.
¿Existe alguna forma en que se
pueda comprobar esta teoría? ¿Podemos
ver realmente si las estrellas tienen
planetas o no? ¿Podemos ver los
planetas?
Desgraciadamente, los planetas no
brillan, a no ser con luz reflejada, y ésta
es demasiado débil para poder ser vista
a distancias estelares, especialmente si
tenemos en cuenta que la luz mucho más
brillante de las estrellas, alrededor de
las cuales orbitan, la enmascararía por
completo.
Sin embargo, algunos planetas
podrían ser detectados por sus efectos
gravitatorios.
Un planeta y la estrella alrededor de
la cual gira se mueven alrededor de un
centro de gravedad común. Si ese centro
de gravedad está suficientemente
alejado del centro de la estrella, ésta,
vista desde la Tierra, parece
bambolearse u oscilar atrás y adelante, y
esto sería indicio seguro de la existencia
de un planeta acompañante, aun cuando
no se pudiera ver.
En 1844, por ejemplo, Bessel notó
que tanto Sirius como Procyon tenían
estas oscilaciones, y dedujo la
existencia de un «compañero oscuro»
para cada una de ellas, una especie de
planeta de gran masa. En ambos casos
resultó, sin embargo, que el compañero
era una enana blanca, bastante débil
para que se la pudiera ver, pero
suficientemente brillante para que con el
tiempo se la llegara a detectar.
Para que el centro de gravedad esté
a una distancia considerable del centro
de la estrella, el planeta asociado con
ella ha de tener una masa que sea una
fracción respetable de la de aquélla, y
ha de orbitar a una distancia
considerable de la misma. Sirius B, por
ejemplo, tiene una masa de
aproximadamente la cuarta parte de la
de Sirius A, y se encuentra a 3.000
millones de kilómetros de ella.
Júpiter, por otra parte, tiene sólo
1/1.000 de la masa del Sol y está sólo a
780 millones de kilómetros de él. El
bamboleo u oscilación del Sol es muy
pequeño y, si se lo observase desde la
distancia de Sirius, no sería perceptible
en absoluto. Y si no fuese posible
detectar desde la distancia de Sirius la
presencia de Júpiter, es evidente que la
de la Tierra, mucho más pequeña que
este planeta y considerablemente más
próxima al Sol, no podría serlo
tampoco.
Si hemos de detectar a un planeta
por su centro gravitatorio sobre la
estrella alrededor de la cual orbita, el
planeta ha de tener una masa mucho
mayor que la de Júpiter, o estar a una
distancia de su estrella bastante mayor
que la que separa a Júpiter del Sol, u
orbitar alrededor de una estrella con
masa considerablemente inferior a la del
Sol… o las tres cosas. Además, la
estrella ha de hallarse bastante próxima
a nosotros, porque si no el movimiento
de bamboleo u oscilación no sería
bastante grande para poder percibirlo.
Estas condiciones son bastante
estrictas. Son pocas las estrellas que las
reunirían; sólo las próximas y pequeñas.
¿Y si no tienen planetas muy grandes,
sino sólo pequeños?
A pesar de todo, los astrónomos
observaron. El astrónomo holandés-
norteamericano Peter Van de Kamp
informó que 61 Cygni A (a 11,2 años-luz
de nosotros) tenía una minúscula
oscilación. Decidió que había en órbita
alrededor de 61 Cygni A un cuerpo
oscuro de masa ocho veces superior a la
de Júpiter, el cual describía una órbita
cada 4,8 años. Parecía que ésta era la
forma más sencilla de explicar la
oscilación.
Posteriormente, en 1960, se informó
que un planeta con una masa diez veces
mayor que la de Júpiter giraba alrededor
de Lalande 21185 (cuya distancia a
nosotros es 8,1 años-luz) con un período
orbital de diez años. En 1963 se
comunicó que había un cuerpo de
tamaño más reducido (sólo 1,5 veces la
masa de Júpiter) orbitando alrededor de
la estrella de Barnard (alejada de
nosotros por una distancia de 5,9 años-
luz). En realidad, los estudios
continuados sobre la oscilación de la
estrella de Barnard indicaron que podría
haber dos planetas girando alrededor de
ella, uno con la masa de Júpiter y otro
con la de Saturno.
Si existen planetas grandes
alrededor de alguna estrella
determinada, parece razonable suponer
que también podrían existir planetas
pequeños, cuyo reducido tamaño
impediría su detección por sus efectos
gravitatorios.
Si los planetas se pueden detectar
sólo en unas condiciones en rígidas y
estrictas (estrellas pequeñas y próximas,
con planetas grandes que orbiten a gran
distancia de ellas) y, sin embargo, se los
ha detectado en un buen número de
estrellas, esto parece respaldar la teoría
de Weizsäcker. Actualmente, la mayoría
de los astrónomos están dispuestos a
aceptar que los planetas son el
acompañamiento natural de las estrellas.
Y tampoco es necesario que tales
planetas orbiten exclusivamente
alrededor de estrellas sencillas, puesto
que el primer planeta detectado en un
sistema distinto del nuestro se hallaba en
órbita alrededor de 61 Cygni A, que
forma parte de un sistema binario cuyo
otro miembro es 61 Cygni B. En
consecuencia, el planeta recibió el
nombre de 61 Cygni C.
Por todo ello, si hay en nuestra
Galaxia 30.000.000.000 de estrellas
adecuadas para la vida, podríamos
suponer que también hay
30.000.000.000 de sistemas planetarios
adecuados para la vida.

Vida y civilización

Aun si concedemos que haya planetas en


órbita alrededor de todas las estrellas
adecuadas, ¿son todos esos planetas
adecuados para la vida?
Seguramente no. En nuestro propio
sistema solar hay numerosos cuerpos
planetarios, pero la mayoría de ellos
están desprovistos de todo lo que
llamamos vida. Algunos están
demasiado alejados del Sol y demasiado
fríos. Otros, por el contrario, están
excesivamente próximos y demasiado
calientes. Algunos son demasiado
pequeños para retener una atmósfera y
un océano, sin los cuales no se puede
desarrollar la vida. Otros son tan
grandes que tienen una atmósfera de
hidrógeno, enormes gravedades, intenso
calor interno, y son hostiles a la vida
por otros conceptos.
Un planeta, para poder sustentar
vida, ha de hallarse justamente a la
distancia adecuada de su estrella. Ha de
tener una órbita razonablemente circular
y un eje con una inclinación sólo
moderada, para así evitar unas
estaciones climáticas extremadas. No ha
de girar demasiado lentamente, o tendrá
temperaturas diurnas y nocturnas
extremadas… Y así sucesivamente.
Puesto que el único sistema
planetario que conocemos en forma
detallada es el nuestro, es difícil
calcular cuáles son las probabilidades
de que haya en órbita alrededor de una
estrella un planeta de condiciones
exactamente adecuadas. Nuestro propio
sistema planetario tiene sólo uno, la
Tierra; pero ¿hemos sido anormalmente
afortunados y en general no hay ninguno
más, o anormalmente desafortunados y
generalmente hay varios?
En 1963, el astrónomo
norteamericano Stephen H. Dole,
haciendo las mejores estimaciones que
le eran posibles tomando como base de
partida los datos relativos a nuestro
propio sistema solar, pensaba que tal
vez una de cada 450 estrellas adecuadas
tendría un planeta capaz de sustentar
vida. Sugería que podría haber
645.000.000 de planetas habitables sólo
en nuestra Galaxia.
Sin embargo, un planeta puede ser
habitable sin estar habitado; puede ser
adecuado para la vida, pero puede que
ésta no se haya desarrollado en él. ¿Qué
probabilidades hay de que se forme vida
en un planeta habitable? ¿Se trata de un
raro accidente, tan raro acaso que sólo
se haya formado en la Tierra, y no en
ningún otro lugar?
Los científicos creen que cuando la
Tierra, o cualquier planeta similar a
ella, se formó, era rica en sustancias
constituidas por átomos comunes y
ligeros. Habría hidrógeno, como tal y en
combinaciones con carbono, nitrógeno u
oxígeno. La combinación de hidrógeno y
carbono es el metano, la de hidrógeno y
nitrógeno es el amoníaco, y la de
hidrógeno y oxígeno es el agua.
Casualmente, las moléculas
importantes de los tejidos vivientes
están constituidas en su mayor parte por
hidrógeno, carbono, nitrógeno y oxígeno.
¿Es posible, entonces, que las moléculas
sencillas compuestas por estos
elementos en la Tierra recién formada
fuesen haciéndose gradualmente más
complejas hasta que, finalmente,
adquirieran las propiedades de la vida?
Para que esto ocurriese, las
moléculas sencillas habrían tenido que
ganar o adquirir energía, pero eso no es
nada improbable. En las edades
iniciales, había en la Tierra energía de
sobra por doquier: energía procedente
de la radiación solar, de los rayos, del
calor interno del mismo planeta, de la
radiactividad de su corteza, etc.
En 1952, el químico norteamericano
Stanley Lloyd Miller realizó
experimentos con un recipiente cerrado
que contenía agua, amoníaco, metano e
hidrógeno, y que él esterilizó
cuidadosamente para asegurarse de que
no se incluía en él ninguna forma de vida
que pudiera originar cambios químicos.
Sometió luego esta mezcla a
descargas eléctricas, como forma de
aportación de energía. Tras una semana
de este tratamiento, descubrió que la
mezcla había adquirido un color rozado.
Analizándola, halló moléculas más
complicadas que aquellas con las que
había empezado. Dos de ellas eran
glicina y alanina, que son moléculas
sencillas del tipo de las que constituyen
las proteínas.
Durante veinte años se llevaron a
cabo otros experimentos de esta clase,
introduciendo variaciones en los
materiales de partida y en las fuentes y
formas de la energía aplicada.
Invariablemente, se formaban moléculas
más complicadas, a veces idénticas a las
que existen en el tejido viviente, otras
veces relacionadas con ellas (aunque,
desde luego, todavía no se ha formado
ninguna que sea tan compleja como las
sustancias químicas más complicadas de
la vida: ni proteínas ni ácidos nucleicos
reales). Pero todos los cambios parecen
producirse en la dirección de la vida, tal
como la conocemos.
Esto se hizo con pequeños
volúmenes de mezcla y durante períodos
de tiempo muy cortos. ¿Qué no se podría
hacer con todo un océano y durante un
período de un millón de años?
Pero ¿es justo suponer que lo que
ocurre en el laboratorio es indicativo de
lo que ocurriría necesariamente en la
naturaleza? Tal vez los científicos, sin
pretenderlo, guíen u originen los
acontecimientos y elijan la naturaleza de
los experimentos de modo que se
obtengan los resultados que esperan.
No podemos retroceder en el tiempo
para ver qué ocurrió realmente en la
Tierra cuando ésta era joven, pero de
vez en cuando tropiezan con la Tierra
pequeños objetos procedentes del
espacio exterior. Mientras cruzan la
atmósfera a gran velocidad, la fricción
los caldea hasta el punto de fusión; pero,
si son suficientemente grandes, algunos
de ellos sobreviven hasta llegar a la
superficie terrestre en forma de
meteoritos. Estos meteoritos son tan
viejos como la Tierra, y para nosotros
representan una especie de máquina del
tiempo. Su química podría representar
cómo era la Tierra antes de originarse la
vida.
La mayor parte de los meteoritos
están formados por rocas o por metales,
y no contienen las clases de elementos a
partir de los cuales podría haberse
desarrollado la vida. Hay, sin embargo,
un cierto tipo de meteoritos bastante
raro, los condritos carbonosos, que sí
contienen tales elementos ligeros.
En años recientes han caído dos de
estos meteoritos. En 1950 lo hizo uno
cerca de Murray, Kentucky; en 1969
cayó otro cerca de Murchison, Australia.
Ambos fueron recogidos y estudiados
por los científicos antes de que pudieran
contaminarse con materiales del suelo
terrestre. Resultó que los dos contenían
átomos de carbono en combinaciones
con el hidrógeno y otros átomos
ocasionales que se parecían a la clase
de ordenaciones halladas en las
moléculas que se encuentran en los
tejidos vivos. La misma clase de
cambios que habían tenido lugar en el
laboratorio, se habían producido
también en esos meteoritos.
Tenemos, además, las nubes de
polvo y gas que se pueden encontrar en
el espacio exterior, entre las estrellas.
Estas nubes emiten ondas de radio
(semejantes a las de la luz, pero con
longitudes de onda mucho más largas) y,
juzgando por las longitudes de onda que
recibimos, es posible averiguar la
naturaleza de las moléculas existentes en
tales nubes. En la década de 1970 se han
detectado más de una docena de
moléculas diferentes, la mayor parte de
las cuales contienen átomos de carbono
en combinación con hidrógeno,
nitrógeno u oxígeno.
Podría parecer, pues, que hay en las
moléculas simples una fuerte tendencia a
hacerse más complicadas, incluso en
condiciones desfavorables. Esto puede
ocurrir en las nubes de polvo y gas del
espacio y en los meteoritos, de modo
que seguramente puede ocurrir también
en la superficie de un planeta tal como
la Tierra. Un detalle bastante
interesante: todos los cambios que se
han observado son en la dirección de
nuestra clase de vida, y no de alguna
otra forma cuya química sea
básicamente diferente.
Parece razonable, por tanto, llegar a
la conclusión de que en todos los
planetas habitables llegará a formarse
vida, y de que ésta será siempre del tipo
de la nuestra. Según los cálculos de
Dole, sólo en nuestra Galaxia debería
haber 645.000.000 de planetas
portadores de vida.
Pero ¿cuántos de estos planetas
sustentadores de vida están ocupados
por una especie de criatura viviente
dotada de inteligencia bastante para
construir una civilización?
No tenemos forma de saberlo. Todo
lo que podemos decir es que nuestro
propio planeta tiene 4.600.000.000 de
años, según las mejores estimaciones, y
que en él ha habido una civilización
desde hace diez mil años como máximo,
si contamos desde los tiempos en que
algunos pueblos empezaron a construir
ciudades primitivas. Ello significa que,
en estos momentos, ha habido una
civilización sobre la Tierra sólo durante
1/500.000 de la historia de ésta.
No sabemos si esto es típico. Las
civilizaciones pueden aparecer más
pronto en algunos planetas, más tarde en
otros. Pueden durar millones de años, o
pueden destruirse en sólo unos milenios.
Pero supongamos que a este respecto
adoptamos el término medio y que
decidimos que existe una civilización en
un planeta de cada medio millón de los
que sustentan vida.
En ese caso, habría unas 1.300
civilizaciones sólo en nuestra Galaxia
(y, desde luego, más de mil billones si
se tienen en cuenta las demás galaxias).
Estas civilizaciones pueden hallarse
en diversas etapas de adelanto. Si
suponemos que nosotros representamos
el término medio también es este
aspecto, puede haber en nuestra Galaxia
650 civilizaciones que estén más
adelantadas que la nuestra.

La localización de la vida
de otros mundos

Naturalmente, estamos más interesados


en los planetas portadores de vida que
en los muertos, y más interesados aún en
aquellos planetas portadores de vida en
que existan civilizaciones avanzadas. Si
tales civilizaciones existen, ¿podemos
decir dónde?
Hasta ahora no podemos.
Las civilizaciones podrían venir en
viaje de exploración y llegar hasta
nosotros, pero hasta ahora no lo han
hecho. Desde luego, son frecuentes las
noticias acerca de «objetos volantes no
identificados», y los entusiastas creen
que esto representa esa exploración. Si
ello es así, sin embargo, no ha
producido ningún resultado, y si se
exceptúan los informes de «testigos
presenciales», plagados de errores,
engaños y confusión, no existe indicio o
prueba de ninguna clase. Erich von
Däniken, en su libro El carro de los
dioses (Chariot of the Gods), sostiene
que tales equipos de exploración
visitaron la Tierra en tiempos
prehistóricos; estos escritos han logrado
una gran popularidad entre la gente
sencilla e ingenua, pero las cosas que
sugieren no se pueden tomar en serio.
Si las civilizaciones superiores se
quedan en sus planetas, o se limitan a
explorar su propio e inmediato sistema
planetario, todavía hay la posibilidad de
que emitan señales de alguna especie
que pudiéramos captar. Precisamente
por eso, los astrónomos han explorado
el cielo de vez en cuando para ver si
había alguna clase de radiación
acompañada de algún conjunto de signos
regulares sospechoso, como si estuviera
siendo emitida con la intención
deliberada de despertar interés. Hasta
ahora no se ha detectado ninguna
radiación de este tipo, si bien los
esfuerzos humanos han sido hasta hoy de
poca entidad.
Supongamos que decidimos realizar
un reconocimiento del espacio, intenso y
mantenido durante largo tiempo, para
intentar captar cualquier clase de
señales que pudiera existir en él.
¿Existen algunos lugares en los que
debiéramos concentrar nuestra atención?
Podemos adelantar bastante por el
método de la eliminación. Por ejemplo,
cuanto más lejana está la fuente de la
radiación, más débil será ésta cuando
llegue a nosotros. Desde una fuente muy
distante, una civilización tendría que
estar emitiendo radiación con unas
intensidades impracticablemente
elevadas para que pudiera llegar a
nosotros en forma identificable.
Por otra parte, cuanto más lejana
estuviese una fuente viviente de señales,
más largo sería el tiempo que éstas
tardarían de llegar nosotros. Una señal
procedente de la gran galaxia más
próxima a la nuestra, la galaxia de
Andrómeda, tardaría 2,3 millones de
años en llegar a nosotros. Y, desde
luego, cualquier respuesta que
enviásemos necesitaría otros 2,3
millones de años para volver allá.
Incluso un mensaje desde el centro de
nuestra propia galaxia, necesitaría
30.000 años para alcanzarnos.
Parece, pues, que las
consideraciones prácticas de energía y
tiempo indican que tendríamos que
concentrarnos en las estrellas de nuestra
inmediata vecindad.
En un radio de unos 16 parsecs (52
años-luz) de nuestro sistema hay tal vez
unas 2.400 estrellas. De éstas, una
cuarta parte, o sea 600, deberían ser de
la clase espectral adecuada para poseer,
posiblemente, un planeta habitable.
Según los cálculos de Dole, una de cada
450 de estas estrellas debería poseer
efectivamente un planeta habitable, de
modo que tenemos motivo para esperar
que exista un planeta habitable y
portador de vida a menos de 16 parsecs
de nosotros. (Tal vez haya incluso dos o
tres, si tenemos suerte…; pero tal vez no
haya ninguno, si no la tenemos).
Naturalmente, las probabilidades de
que exista una civilización tan próxima
podrían ser extremadamente pequeñas si
nos atenemos a la suposición de que
sólo uno de cada medio millón de
planetas portadores de vida habría
llegado a dar origen a algún tipo de
sociedad civilizada. Esa suposición, sin
embargo, podría ser equivocada. Tal vez
las civilizaciones sean tan inevitables
como la misma vida, y dondequiera que
haya posibilidad de que exista un
planeta portador de vida, deberían
buscarse las señales de una civilización.
Bien, entonces, ¿en cuáles de las
estrellas comprendidas en el límite de
los 16 parsecs deberíamos
concentrarnos? Usualmente, la decisión
consiste en elegir estrellas que, como el
Sol, sean sencillas y no formen parte de
sistemas multiestelares, que estén tan
próximas como sea posible a la clase
espectral del Sol, y que se hallen lo más
cercanas a nosotros que sea posible.
La estrella sencilla y de la misma
clase espectral del Sol que se encuentra
más cercana es Zeta Tucanae. Está a una
distancia de 7,1 parsecs (23,3 años luz)
de nosotros. Hay tres estrellas sencillas
más próximas al Sol que Zeta Tucanae,
pero son mucho más pequeñas y frías
que el Sol (aunque no demasiado
pequeñas o frías para tener un planeta
habitable). Figuran incluidas en la tabla
38, en la que también se han incluido,
con fines de comparación, Alpha
Centauri A y Alpha Centauri B.
Por lo común, cuando se habla de la
detección de señales procedentes de
otros planetas no se menciona el sistema
de Alpha Centauri. Sin embargo,
obsérvese que Alpha Centauri A se
parece a nuestro Sol tanto como Zeta
Tucanae, si no más, y que está a sólo un
quinto de la distancia de ésta. Es más,
Alpha Centauri B se parece mucho a
Epsilon Eridani, y está separada de
nosotros por sólo dos quintos de la
distancia de esta estrella.
¿Por qué no investigar el sistema de
Alpha Centauri como un posible hogar
de vida y civilización? (Naturalmente,
eliminamos de toda consideración a
Alpha Centauri C.)
La única objeción a ello es que
Alpha Centauri A y Alpha Centauri B
forman un sistema binario y, en este
aspecto, difieren drásticamente del Sol.
Es posible, sin embargo, que la
objeción no sea justa. Los sistemas
binarios pueden tener también sistemas
planetarios. La binaria 61 Cygni tiene
por lo menos un planeta en órbita
alrededor de 61 Cygni A, y pudiera
ocurrir que cada una de las dos estrellas
tenga un sistema planetario. También
podría ser así en el sistema Alpha
Centauri.
Cabría argumentar, desde luego, que
la presencia de una segunda estrella
podría hacer excesivamente extremadas
las condiciones en un planeta, producir
una órbita demasiado excéntrica,
introducir extremos perjudiciales de
temperatura.
No tiene por qué ser forzosamente
así. Si se introdujese a Alpha Centauri B
en nuestro sistema solar y se la obligase
a orbitar alrededor del Sol, en lugar de
hacerlo alrededor de Alpha Centauri A,
es claro que los planetas que giran en la
órbita de Júpiter y en las más alejadas
experimentarían grandes perturbaciones
debidas a la nueva estrella y al campo
gravitatorio de la misma. Sin embargo,
los planetas de la región más interior del
sistema solar, incluida la Tierra, se
hallarían demasiado próximos al Sol
para que Alpha Centauri B pudiese
perturbarlos mucho.
Dole argumenta que Alpha Centauri
A y Alpha Centauri B podrían ambas
tener un sistema planetario interior
equivalente al nuestro hasta
aproximadamente la órbita de Júpiter y
que, en cada caso, estos sistemas no
experimentarían perturbaciones
demasiado graves como consecuencia
de la estrella compañera. Cada una de
las estrellas podría entonces tener un
planeta habitable y portador de vida
orbitando a su alrededor. (También
podría haber planetas a una distancia
relativamente grande, que orbitasen
alrededor del centro de gravedad de las
dos estrellas, en forma bastante parecida
a como lo hace Alpha Centauri C. Sin
embargo, lo probable es que éstos
estuviesen demasiado lejanos para ser
habitables).
Dole calcula cuáles son las
probabilidades de que cada una de
varias de las estrellas más próximas
pueda tener un planeta habitable.
Encuentra en la vecindad próxima al Sol
seis estrellas que, según su análisis,
tienen aproximadamente una posibilidad
entre 20 (una probabilidad de 0,05) de
poseer un planeta habitable. Estas
estrellas se presentan en la tabla 39.
De estas seis estrellas con mayores
probabilidades, Alpha Centauri A y
Alpha Centauri B son con mucho las más
próximas, pero no es ésta su única
ventaja. Las otras cuatro se encuentran
en diferentes direcciones, y el
desplazamiento desde cualquiera de
ellas a cualquiera de las otras implicaría
un viaje con una duración de años-luz.
Sin embargo, Alpha Centauri A y Alpha
Centauri B forman parte del mismo
sistema. El viaje a una de ellas significa
estar a una distancia planetaria de la
otra. Es el único caso, de todas las
estrellas incluidas en la tabla 39, en que
es posible investigar dos estrellas en un
solo viaje, por decirlo así.
Por consiguiente, hemos de
preguntarnos cuáles son las
probabilidades de que Alpha Centauri A
o Alpha Centauri B tengan un planeta
habitable. Dole estima que estas
probabilidades son del orden de 0,107,
es decir, superiores al 10 por 100.
Así pues, de las estrellas más
cercanas con probabilidades de poseer
planetas habitables, el sistema de Alpha
Centauri no es sólo el más próximo, con
mucha diferencia, sino también el que
tiene mayores probabilidades. Lo cual
quiere decir que si vamos a investigar
las estrellas en busca de habitabilidad,
vida y civilización, deberíamos poner al
sistema Alpha Centauri a la cabeza de la
lista.
En ninguna de las observaciones del
sistema Alpha Centauri existe desde
luego prueba alguna de que en él se
estén originando señales sospechosas de
ningún tipo; pero esto es algo que no nos
debe sorprender.
Aun cuando exista una civilización,
puede no estar enviando señales, o
puede estar transmitiéndolas de una
naturaleza tal que nosotros no las
reconozcamos. También puede ocurrir
que, aun cuando no exista en él una
civilización, el sistema Alpha Centauri
posea sin embargo un planeta habitable,
portador de un tipo de vida incapaz de
construir una civilización. Incluso eso
sería enormemente interesante.
En ausencia de señales, es posible
que nunca seamos capaces de observar
si hay o no un planeta habitable en el
sistema Alpha Centauri, a menos que
vayamos directamente allí. ¿Podemos
realizar tal visita?
El sistema Alpha Centauri se halla a
una distancia de 4,40 años-luz. Ello
significa que un rayo de luz necesitaría
4,40 años para cruzar el vacío entre
nosotros y Alpha Centauri, y luego otros
4,40 años para volver a nosotros. Los
científicos están actualmente
completamente convencidos de que
ningún objeto material puede viajar a
velocidad superior a la de la luz, de
modo que los astronautas que realizasen
el viaje de ida y vuelta habrían de
permanecer ausentes como mínimo 8,80
años, hiciesen lo que hiciesen.
(Algunos científicos han especulado
con la posibilidad de que existan
partículas cuya velocidad sea siempre
superior a la de la luz. Si ello es así, tal
vez fuese posible utilizarlas para
realizar entre las estrellas viajes mucho
más rápidos y cortos de lo que
resultarían en cualquier otra forma. La
realidad, sin embargo, es que estas
partículas super rápidas no han sido
detectadas todavía, y hay algunos
científicos que afirman que no pueden
existir).
Naturalmente, las naves no despegan
instantáneamente a la velocidad de la
luz. Ni, yendo a la velocidad de la luz,
podrían parar instantáneamente en el
sistema Alpha Centauri. Tampoco
querrían dar la vuelta instantánea e
inmediatamente tan pronto como
llegasen a Alpha Centauri, y emprender
el viaje de regreso. En lugar de ello,
habría un período de aceleración a
velocidades cada vez más grandes, hasta
alcanzar algún valor máximo, y luego un
período de deceleración a velocidades
cada vez menores, hasta llegar a Alpha
Centauri. Vendría después un período de
exploración, tras el cual se realizaría el
viaje de retorno siguiendo un proceso
similar de aceleración y desaceleración.
Un viaje de este tipo no es probable
que exija menos de veinte años en total,
desde el punto de vista de los que
queden esperando en la Tierra.
Aun cuando un viaje de veinte años
se considere aceptable, los períodos de
aceleración y desaceleración
consumirían mucha energía, y es dudoso
(si se prescinde de algún gran y
revolucionario adelanto en la
tecnología) que una nave espacial pueda
llevar una fuente de energía
suficientemente grande para
proporcionar la que sería necesaria.
Supongamos, en lugar de ello, que se
utiliza la aceleración para desarrollar
cierta velocidad razonable, y que luego
se deja que la nave prosiga todo el resto
del viaje aprovechando ese empuje
inicial. Para ello no es necesaria energía
alguna, aunque, desde luego, será
preciso consumir cierta cantidad para el
funcionamiento de los equipos que hagan
posible la vida a bordo de la nave.
Algunos de los cohetes que los seres
humanos han lanzado al espacio en los
últimos veinte años han viajado a
velocidades de hasta 18 kilómetros por
segundo. Supongamos que podemos
construir una nave que alcance una
velocidad diez veces superior a ésta —
es decir, 180 kilómetros por segundo—
y que luego pueda continuar avanzando
sin más energía motriz en la dirección
del sistema Alpha Centauri. ¿Cuánto
tiempo tardaría la nave en llegar a las
inmediaciones de ese sistema?
¡Necesitaría 7.400 años! Y, desde
luego, tras un período de exploración, su
vuelta a la Tierra exigiría otros 7.400
años.
Si la nave hubiera partido en la
época del patriarca bíblico Abraham,
ahora estaría sólo a poco más de la
mitad de camino hacia Alpha Centauri.
Por consiguiente, no sería fácil
llegar a este sistema; y, evidentemente,
llegar a cualquiera de las otras estrellas
sería aún más difícil. En realidad, si no
se producen grandes e inesperados
avances en la tecnología, es muy posible
que los hombres de la Tierra nunca
consigan ir a Alpha Centauri ni a
ninguna de las demás estrellas.
Por otra parte, si alguna vez se
establecen colonias espaciales, cada una
de las cuales lleve decenas de miles de
seres humanos, esas colonias espaciales
podrán ser equipadas con algún
avanzado sistema de propulsión
espacial, en cuyo caso podrían
emprender el viaje a las estrellas. A los
colonos de a bordo no les importará el
tiempo que tal viaje pueda exigir, puesto
que llevarán consigo su propio hogar…
pero en ese caso es muy probable que
nunca puedan volver a la Tierra.
Sin embargo… es difícil penetrar en
el futuro. Tal vez llegue un tiempo en
que se pueda llegar fácilmente a las
estrellas por algún método no previsto
ahora mismo. Y, si ello es así, es muy
natural predecir que las primeras
estrellas que se exploren serán las del
sistema Alpha Centauri.
Incluso puede ocurrir que si Alpha
Centauri A o Alpha Centauri B poseen
un planeta habitable en el que no existan
formas inteligentes de vida nativa, los
seres humanos colonicen tal planeta.
Entonces, el sistema de Alpha Centauri
será el primer lugar en que los seres
humanos se construyan una nueva vida
bajo un sol extraño.
9. Glosario

Ácido nucleico.-Una gran molécula,


formada por muchos átomos, que es
característica de todas las formas de
vida.
Agua.-Sustancia cuyas moléculas
están formadas por dos átomos de
hidrógeno y uno de oxígeno.
Alanina.-Una sustancia con
moléculas que contribuyen a la
formación de proteínas.
Amoníaco.-Una sustancia con
moléculas constituidas por un átomo de
nitrógeno y tres de hidrógeno.
Análisis espectroscópico.-La
determinación de la naturaleza química
de un objeto mediante el estudio de la
posición exacta de sus líneas
espectrales.
Ángulo.-Figura que se forma cuando
dos líneas rectas se reúnen en un punto,
o cuando dos planos se cortan a lo largo
de una línea.
Año-luz.-La distancia recorrida por
la luz en un año: alrededor de
9.500.000.000.000 kilómetros.
Apastro.-El punto en que es máxima
la distancia que separa a dos astros que
giran cada uno alrededor del otro.
Átomo.-Partícula de materia
constituida por un núcleo central
rodeado de electrones.
Binaria espectroscópica.-Dos
estrellas que giran cada una alrededor
de la otra a distancias tan reducidas que
aparecen como una sola estrella, incluso
usando el telescopio, pero que el
espectroscopio permite diferenciar
como dos estrellas distintas gracias al
corrimiento de sus líneas espectrales.
Centro de gravedad.-El punto
alrededor del cual se desplazan dos
cuerpos al girar cada uno alrededor del
otro.
Clases espectrales.-Grupos de
estrellas que se parecen entre sí en el
aspecto general de sus espectros.
Condrito carbonoso.-Un meteorito
que contiene átomos de carbono y otros
átomos ligeros.
Conservación de la energía.-La
propiedad que tiene la energía del
universo de cambiar de forma, pero
nunca de aumentar o disminuir en
cantidad.
Constelación.-Agrupación de
estrellas en el firmamento, generalmente
representada bajo alguna forma familiar.
Corrimiento hacia el rojo.-El
cambio de posición de las líneas
espectrales hacia el extremo rojo del
espectro cuando, por ejemplo, la fuente
de luz se esta alejando de nosotros.
Corrimiento hacia el violeta.-El
cambio de posición de las líneas
espectrales hacia el extremo violeta del
espectro cuando, por ejemplo, la fuente
de luz se desplaza hacia nosotros.
Declinación.-La medida (en grados)
de distancias por encima o por debajo
del ecuador celeste.
Densidad.-La masa de un objeto
dividida por su volumen.
Diámetro.-La longitud de una línea
recta que pasa por el centro de una
figura geométrica o de un cuerpo
astronómico.
Eclíptica.-El plano que pasa por el
centro del Sol y por todos los puntos de
la órbita de la Tierra.
Ecuador.-La circunferencia cuyos
puntos se hallan a la misma distancia de
los polos de un objeto que gira.
Ecuador celeste.-Un círculo
imaginario alrededor del cielo, que
queda exactamente encima de todos los
puntos del ecuador terrestre.
Efecto Doppler.-El cambio de tono
de un sonido cuando su fuente u origen
se acerca a nosotros o se aleja.
Efecto Doppler-Fizeau.-El cambio
que se produce en la longitud de onda de
la luz cuando su fuente u origen se
acerca o se aleja de nosotros.
Efectos de marea.-Aquellos efectos
producidos por la diferencia entre la
atracción gravitatoria ejercida sobre un
lado de un cuerpo celeste y la producida
sobre el lado opuesto del mismo objeto.
Eje mayor.-Un diámetro que pasa
por los focos de una elipse: el diámetro
más largo de una elipse.
Eje menor.-Un diámetro
perpendicular al eje mayor de una
elipse; el diámetro más corto de una
elipse.
Eje de rotación.-La línea recta
imaginaria que atraviesa un objeto, y
alrededor de la cual gira éste.
Electrón.-Una partícula subatómica
que se halla en las regiones exteriores
del átomo.
Elipse.-Una curva cuyo aspecto es el
de un círculo aplanado.
Enana blanca.-Estrella muy
pequeña, de dimensiones no superiores
a las de un planeta, pero con masa igual
a la de una estrella de tamaño normal.
Energía.-Propiedad de un objeto que
le permite la realización de un trabajo.
Escala centígrada o Celsius.-Forma
de medir temperaturas, en la cual el agua
se congela a 0 grados y hierve a 100
grados.
Esfera celeste.-La esfera que, según
nuestros sentidos cuando la observamos,
parece formar el cielo o firmamento.
Espectro.-La luz que se ha extendido
o descompuesto de modo que cada
longitud de onda diferente ocupe un
lugar distinto, como ocurre en el arco
iris.
Espectroscopio.-Aparato o
dispositivo utilizado para formar el
espectro de una estrella o de algún otro
objeto brillante.
Espectros estelares.-Los espectros
de las estrellas.
Estrella.-Una masa de materia
mucho mayor que un planeta, en cuyo
interior tiene lugar la fusión nuclear,
haciendo que aquélla se caliente y brille
emitiendo luz.
Estrellas binarias.-Dos estrellas
que se encuentran próximas en el
espacio y que giran cada una alrededor
de la otra.
Estrellas dobles.-Dos estrellas que
parecen hallarse muy próximas en el
cielo.
Estrella doble telescópica.-Dos
estrellas lo bastante próximas para
parecer una sola a simple vista, pero
que a través de un telescopio se revelan
como dos distintas.
Estrellas de neutrones.-Diminutas
estrellas, más pequeñas que las enanas
blancas y cuyo diámetro puede llegar a
tener sólo diez kilómetros, a pesar de lo
cual tienen tanta masa como las estrellas
de tamaño normal.
Estrellas ternarias.-Tres estrellas,
próximas entre sí, que forman parte de
un solo sistema.
Evolución estelar.-Los cambios que
se producen en las propiedades de las
estrellas en el transcurso del tiempo.
Excentricidad.-El grado de
aplanamiento de una elipse, y los
cambios de distancia de un objeto en
órbita con respecto al objeto a cuyo
alrededor gira.
Fases.-Las diferentes formas que
toma la parte iluminada de un planeta o
un satélite que brilla con luz reflejada de
una estrella.
Foco.-Uno de los dos puntos
situados en el eje mayor de una elipse, a
distancias iguales del centro de ésta y en
lados opuestos del mismo.
Fusión del hidrógeno.-La unión
forzada de cuatro átomos de hidrógeno
para constituir un átomo de helio; este
proceso, liberador de energía, constituye
la fuente energética de nuestro Sol y de
otras estrellas de la secuencia principal.
Fusión nuclear.-La unión forzada de
pequeños núcleos atómicos para formar
núcleos atómicos algo mayores.
Galaxia.-Una gigantesca
acumulación de estrellas, que puede
contener desde millones de éstas hasta
miles de billones. En particular, la
conglomeración de la que forma parte
nuestro Sol.
Gigante roja.-Una estrella de
volumen enormemente grande y de
temperatura superficial relativamente
baja.
Glicina.-Una sustancia cuyas
moléculas contribuyen a la formación de
las proteínas.
Grado.-Una medida angular igual a
1/360 de la circunferencia de un círculo.
Gravitación.-La atracción que un
objeto ejerce sobre los demás objetos
del universo.
Helio.-Gas compuesto por átomos
que ocupan el segundo lugar en orden de
simplicidad; es el constituyente más
abundante en las estrellas de la
secuencia principal.
Interferómetro.-Un aparato capaz de
medir la falta de perfecto paralelismo
entre dos haces o rayos de luz o de otra
radiación.
Latitud celeste.-Declinación.
Latitud, paralelos de.-Líneas
imaginarias que corren de este a oeste y
son paralelas al ecuador en la Tierra, o
al ecuador celeste en el firmamento.
Línea de base.-El cambio de
posición desde el que se observa un
mismo objeto para determinar su
paralaje.
Longitud de onda.-La longitud de
una onda cualquiera; particularmente, de
una onda luminosa o de naturaleza
análoga.
Longitud, meridianos de.-Líneas
imaginarias de norte a sur, que se
extienden de un polo a otro de un cuerpo
giratorio.
Luminosidad.-El brillo comparativo
de objetos situados a igual distancia del
observador.
Magnitud.-El brillo aparente de un
objeto que luce en el firmamento. Cuanto
más brillante es el objeto, más bajas son
las cifras que expresan su magnitud.
Magnitud absoluta.-La magnitud
que tendría una estrella si se encontrara
situada a diez parsecs de distancia.
Masa.-De un modo general, la
cantidad de materia que hay en un
objeto.
Metano.-Sustancia cuyas moléculas
están formadas por un átomo de carbono
y cuatro de hidrógeno.
Meteorito.-Pequeño cuerpo,
procedente del espacio, que ha caído
sobre la superficie sólida de la Tierra.
Minuto de arco.-Medida angular
igual a 1/60 de grado.
Molécula.-Un grupo de átomos que
se mantienen juntos en forma más o
menos permanente.
Movimiento propio.-El movimiento
de una estrella en el firmamento,
resultante de su propio movimiento en
relación con las demás estrellas.
Nebulosa.-Una nube de polvo y gas
en el espacio.
Neutrón.-Una partícula subatómica,
que no lleva carga eléctrica y que se
encuentra en el núcleo atómico.
Nitrógeno.-Un tipo de átomo que es
esencial para la vida. Forma hasta 4/5
de la atmósfera terrestre.
Núcleo atómico.-Diminuta estructura
que hay en el centro del átomo y que
contiene casi toda la masa de éste.
Órbita.-La trayectoria seguida por
un objeto que gira alrededor de otro.
Oxígeno.-Un tipo de átomo que es
esencial para la vida. Forma hasta 1/5
de la atmósfera terrestre.
Paralaje.-El cambio aparente de
posición de un objeto próximo,
comparado con otro más distante,
cuando el observador cambia la
posición desde la cual mira al primero.
Paralaje estelar.-La paralaje de una
estrella.
Parsec.-La distancia a la cual un
objeto exhibiría una paralaje de un
segundo de arco; aproximadamente 3,26
años luz.
Partículas subatómicas.-Las
diminutas partículas que, en conjunción
con otras de tamaño similar, forman un
átomo.
Periastro.-El punto de máxima
proximidad entre dos estrellas que giran
una alrededor de la otra.
Período orbital.-El tiempo que un
objeto necesita para describir una vuelta
completa alrededor de otro.
Período de revolución.-El tiempo
que necesita un astro completar una
vuelta alrededor de otro.
Planeta.-Un cuerpo que gira
alrededor de una estrella y que brilla
sólo con luz reflejada.
Polos celestes.-Puntos imaginarios
del firmamento que se encuentran
exactamente encima de los polos norte y
sur de la Tierra.
Prisma.-Una barra de cristal cuya
sección transversal es triangular.
Proteína.-Una gran molécula,
formada por muchos átomos, y que es
característica de todas las formas de
vida.
Protón.-Una partícula subatómica,
portadora de carga eléctrica, que se
encuentra en el núcleo atómico.
Radiactividad.-La descomposición
lenta, pero constante, de ciertos átomos
que, en el proceso, liberan energía y
radiación.
Revolución.-El movimiento giratorio
de un cuerpo alrededor de otro.
Rotación.-El movimiento giratorio
de un cuerpo alrededor de su eje.
Secuencia principal.-Aquellas
estrellas que constituyen la mayoría de
las que vemos, ni gigantes ni enanas,
sino con tamaño y luminosidad
normales.
Segundo de arco.-Media angular
igual a 1/60 de un minuto de arco.
Telescopio.-Instrumento formado por
un tubo que contiene lentes, espejos, o
ambas cosas, y que hace que los objetos
distantes aparezcan más grandes,
próximos y brillantes.
Temperatura.-La intensidad del
calor.
Unidad astronómica.-La distancia
media de la Tierra al sol; alrededor de
150.000.000 de kilómetros.
Velocidad espacial.-La velocidad
del movimiento de un objeto, a través
del espacio tridimensional, con respecto
a nosotros.
Velocidad radial.-La velocidad del
movimiento de una estrella a lo largo de
nuestra línea de visión, es decir,
directamente hacia el observador o
alejándose de él.
Velocidad transversal.-La velocidad
del movimiento de una estrella en
dirección perpendicular a nuestra línea
de visión.
Volumen.-El espacio ocupado por
cualquier objeto.
Zodíaco.-Una banda de doce
constelaciones que forma una
circunferencia alrededor del
firmamento, y dentro de la cual parecen
moverse el Sol, la Luna y los planetas.
* Como Alpha Centauri B es la menor
de las dos estrellas, parece que se
mueve en la órbita más grande de las
dos cuando la vemos desde fuera del
sistema. Vista desde dentro de él, sin
embargo, un observador situado en cada
estrella vería a la otra desplazándose en
la misma órbita. Así, situados en la
Tierra y suponiéndola inmóvil, vemos al
Sol moverse alrededor de ella en una
órbita que es exactamente igual a la que
la Tierra sigue realmente alrededor del
Sol.
ISAAC ASIMOV. (2 de enero de 1920 -
6 de abril de 1992). Fue un escritor y
bioquímico estadounidense nacido en
Rusia, aunque su familia se trasladó a
Estados Unidos cuando él tenía tres
años. Es uno de los autores más famosos
de obras de ciencia ficción y
divulgación científica.
Fue un escritor muy prolífico (llegó a
firmar más de 500 volúmenes y unas
9.000 cartas o postales) y multitemático:
obras de ciencia ficción, de divulgación
científica, de historia, de misterio…
Baste decir que sus trabajos han sido
publicados en nueve de las diez
categorías del Sistema Dewey de
clasificación de bibliotecas.

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