Literatura del Renacimiento: Lírico y Novela
Literatura del Renacimiento: Lírico y Novela
1. CONTEXTO HISTÓRICO-SOCIAL
El Renacimiento en España, cuyos comienzos pueden localizarse a finales del siglo XV, está marcado por
los dos reinados que ocupan prácticamente la totalidad del siglo XVI en España (Carlos I y Felipe II) y que
la convierten en un país hegemónico, aunque con orientaciones muy diferentes. En la primera mitad del
siglo, la política está abierta a las corrientes europeas, de modo que en el campo de la poesía se siguen las
directrices paganizantes que predominaban en toda Europa. Es el momento, por tanto, de la recepción de los
influjos extranjeros, especialmente italianos, que había comenzado en el siglo XV y que culminará con el
triunfo del renacimiento poético de la mano de Boscán y Garcilaso.
Tras esta época de apertura cultural, se pasa al cierre y censura en el reinado de Felipe II, para evitar el
contagio de las ideas protestantes. Es un periodo de gran poder de la Inquisición y en el que se sigue el
espíritu de la Contrarreforma.
Socialmente, la nobleza sigue teniendo una importancia preeminente, continúan teniendo apreciables
privilegios, por lo que hay un gran interés por conseguir al menos la categoría de hidalgo. De este modo, se
acentúan los valores nobiliarios y el desprecio hacia el trabajo manual. Esta actitud provoca una ola creciente
de vagabundos, mendigos y pordioseros. Asimismo, las expulsiones de judíos y moriscos durante el reinado
de los Reyes Católicos diezmaron la población. Los judíos y moriscos que decidieron quedarse formaron la
categoría de conversos o cristianos nuevos, discriminados por los cristianos viejos y perseguidos por la
Inquisición. Vinculado a este concepto de limpieza de sangre estaba el sentimiento de la honra.
Culturalmente, el Humanismo español conocerá su época de máximo apogeo en el primer tercio del siglo
XVI. Este pujante humanismo se ve vivificado por la influencia del erasmismo. La Contrarreforma, a través
de la Inquisición, significará la decadencia de este humanismo español, ya que se prohíbe a los españoles
estudiar en el extranjero y se publica el Índice de Libros prohibidos.
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2. PENSAMIENTO Y CULTURA EN EL SIGLO XVI
El término Renacimiento define todo el periodo cultural y social posterior a la Edad Media. Alude al renacer
de los estudios clásicos y a la veneración por los autores grecolatinos. Está estrechamente relacionado con el
concepto de Humanismo: movimiento cultural iniciado en Italia que, considerando al hombre centro del
universo, dedica sus esfuerzos al estudio de las letras humanas. Estos estudios acaban por extenderse a todas
las ramas del saber y configuran una visión del mundo inseparable de las nuevas condiciones
socioeconómicas de la época.
3. LA LÍRICA RENACENTISTA
Durante los primeros años, la lirica cortesana llega hasta los poetas italianistas gracias a las sucesivas
ediciones del Cancionero general. Los propios Garcilaso y Boscán escriben algunos poemas dentro de las
coordenadas de la poesía cancioneril. Asimismo, se intensifica el entusiasmo culto por la poesía de aire
popular y se difunde el romancero tradicional a través de los pliegos sueltos o de cordel.
Durante el primer Renacimiento, los modelos inmediatos son Petrarca y los petrarquistas italianos. De
ellos se toma el sentimiento por la naturaleza, que sirve de marco a la poesía amorosa; la expresión delicada
y el gusto por los temas mitológicos. Asimismo, de ellos proviene todo el nuevo aparato métrico
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caracterizado por el equilibrio. Tras la publicación póstuma de su obra, Garcilaso se convierte en modelo de
los poetas de su generación y de otros posteriores como Diego Hurtado de Mendoza.
a) AMOR
El tema habitual de la poesía renacentista es el amor, que se relaciona, por un lado, con el amor cortés,
donde el amante se considera un ser inferior a su amada y se somete a ella; y, por otro lado, con la filosofía
neoplatónica, que concibe el amor como una virtud que hace mejores a los seres humanos. Mediante el
amor el hombre se eleva de lo material a lo inmaterial, superando la sensualidad, que es pura “materia”. La
contemplación de la belleza femenina enriquece el espíritu, pues es el camino para acceder al conocimiento
de la Belleza Absoluta (=Dios). De este modo, la mujer se idealiza como reflejo de la belleza divina y es
descrita mediante metáforas y comparaciones basadas en los elementos de la naturaleza.
Sin embargo, el amor se presenta también como una fuente de frustración y dolor, un intenso anhelo
insatisfecho, fuente de melancolía y tristeza, pues el enamorado percibe que le resulta imposible alcanzar el
amor o comprueba que este no es eterno, lo que se manifiesta por medio de antítesis que son características
de la lírica de este período: fuego/hielo, día/noche, calma/tormenta, paz/guerra… El poeta profundiza, así, en
el estudio de sus propios sentimientos y llega a un matizado análisis de sus estados de ánimo, lo que
contribuye al descubrimiento del individuo, hecho capital del Renacimiento.
Tópicos vinculados con el amor: Descriptio puellae, Carpe diem y Collige, virgo, rosas
La belleza de la mujer se idealiza como reflejo de la belleza divina. Se trata de un modelo de descripción
tópica de la mujer que aparece como un ángel (donna angelicata). Así, la piel será mármol, hielo, nieve; el
cabello de oro, los labios de rubí, las mejillas son rosas. La descripción se realiza de arriba abajo (cabeza,
rostro, cuello, brazos, manos, torso y piernas, aunque con mucha frecuencia se detienen en el cuello). Esta
mujer–ángel hace brotar en el hombre el deseo de superarse a sí mismo y superar sus pasiones.
La belleza femenina da pie a otros dos tópicos muy conocidos, el carpe diem (disfruta cada día) y dollige,
virgo, rosas (recoge, mujer, las rosas). En ambos, el poeta anima a una mujer joven y bella a que aproveche
la juventud y la belleza mientras estas duren, ya que el tiempo de los placeres es muy breve.
b) NATURALEZA
La Naturaleza, olvidada durante la Edad Media, aparecerá en el Renacimiento como reflejo de la belleza
divina y como marco de incidencias amorosas, en armonía y reposo, que contrasta con su agitado espíritu.
Tópicos relacionados con la naturaleza: locus amoenus, beatus ille, aurea mediocritas.
En la descripción de la naturaleza se sigue el tópico del locus amoenus (lugar agradable), procedente de
Virgilio, que describe una naturaleza ideal, armónica y reposada, con unas características fijas: arboleda,
corrientes de aguas cristalinas, flores, serenidad climatológica, prados de hierba fresca…
Relacionado con la descripción de la naturaleza están los tópicos de la alabanza de la vida sencilla: beatus
ille y aurea mediocritas. El campo y la aldea se contraponen a la ciudad y la Corte como un refugio de paz
frente a los embates de la vida, dando lugar a una poesía de carácter moral. El tópico de la aurea
mediocritas (la feliz mediocridad) alaba la vida sin riquezas ni ambiciones, pero tranquila frente a las
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preocupaciones del rico. Junto a este tópico, el beatus ille (feliz aquel) muestra la añoranza de la vida
apartada del mundo y en contacto con la naturaleza, lugar apropiado para encontrar la paz y la armonía.
c) MITOLOGÍA
Es notable la presencia de la mitología en toda esta poesía; unas veces mediante alusiones, otras,
reconstruyendo todo un episodio mitológico. El acervo mitológico proporciona al poeta un considerable
conjunto de asuntos y motivos, que son tomados bien directamente de los autores clásicos, bien
indirectamente de las mitografías, verdaderos diccionarios universales muy frecuentes en la época.
d) RELIGIÓN
La paganización propia del primer Renacimiento se transforma en religiosidad en época de Felipe II. Los
temas siguen siendo el amor y la naturaleza, pero, ahora, los escritores ascéticos y místicos funden los
nuevos moldes poéticos con la herencia cristiana a través de la divinización de algunos temas y motivos
clásicos, dando lugar a la poesía a lo divino (trasladación de una composición profana, normalmente de
carácter amoroso, a ámbitos de significación religiosa).
La poesía renacentista es fuertemente innovadora: nuevos versos, nuevas estrofas, nuevos géneros:
Innovaciones métricas: el verso predilecto es el endecasílabo, con el que alterna frecuentemente el
heptasílabo. Las estrofas más habituales son el soneto, la canción, la lira, la silva y la octava real,
aunque destaca el soneto. Esta estrofa tuvo un gran desarrollo en la lírica italiana, desde Dante y
Petrarca a los poetas renacentistas, y fue adaptada al castellano con éxito por Garcilaso.
Innovaciones en los géneros: se recuperan muchos de la tradición grecolatina: églogas, odas, epístolas,
elegías, sátiras…
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3.4.1.2. Obra
Su obra fue preparada para su edición y publicación junto con la de su amigo Juan Boscán en 1543. Es
relativamente breve, sin embargo, contiene lo esencial en cuanto a géneros, temas, motivos, métrica, etc., de
la poesía posterior.
Los sonetos garcilasianos, tras el fallido intento del Marqués de Santillana, significan la definitiva
aclimatación de esta estrofa en la literatura española. Son generalmente de índole amorosa, algunos próximos
aún al estilo y tópicos de la lírica de cancionero, otros portadores ya de la nueva sensibilidad renacentista. En
esta misma línea pueden considerarse sus canciones.
Las églogas, junto a algunos sonetos, representan la culminación del talento poético garcilasiano. Se trata de
una composición poética bucólica en la que varios pastores dialogan sobre temas, generalmente amorosos.
Pese a su numeración, la Égloga II fue la primera que escribió. Es la más extensa y aborda el tema del amor
no correspondido. La Égloga I es la más conocida. Consta de 421 versos en los que los pastores Salicio y
Nemoroso muestran su pesar por el desdén de la amada (Salicio) y por la muerte de la misma (Nemoroso).
La Égloga III es su obra más lograda. En ella cuenta como cuatro ninfas bordan en sus telas sendas historias
de amor y muerte (la historia de Orfeo y Eurídice, la de Apolo y Dafne, la de Venus y Adonis y la de Elisa y
Nemoroso). En esta última se ha visto representada la historia de amor entre Isabel Freyre y Garcilaso.
Existen en la segunda mitad del siglo XVI y en el XVII dos variedades de literatura religiosa:
a) La ascética, que trata del esfuerzo que el hombre ha de realizar para alcanzar la perfección moral y
acercarse a Dios.
b) La mística, que intenta describir el don que Dios concede a algunas almas a fundirse con ellas y
llenarlas de su amor. El proceso místico por el que el alma se funde con Dios atraviesa tres fases o vías:
Vía purgativa: el hombre se libera del pecado mediante la penitencia y la práctica de la virtud.
Vía iluminativa: el alma se somete a Dios, lo que supone la anulación total de los sentidos y un
sentimiento tal de felicidad y gozo que no puede expresarse con palabras.
Vía unitiva: que supone la fusión, la unión mística entre el alma y Dios.
Fray Luis de León es uno de los mayores poetas de todos los tiempos. Su poesía se caracteriza por la
asimilación de los clásicos, de la Biblia y de la corriente poética italiana, sin olvidar la tradición española.
Su poesía es sencilla solo en la apariencia, ya que su estilo es muy elaborado, como prueba el uso de
constantes figuras retóricas: asíndeton, polisíndeton, hipérboles, aliteraciones, hipérbatos, encabalgamientos,
metáforas, personificaciones, etc. Los temas de sus poemas son la naturaleza, la añoranza del campo y de
la vida tranquila, el gusto por la noche y por la música. Estos temas proceden de la tradición clásica y
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neoplatónica: el beatus ille, es decir, la búsqueda de la “descansada vida” y el alejamiento del “mundanal
ruido”; el dominio de las pasiones; la exaltación de la virtud. El deseo de armonía y la tranquilidad lo llevan
a añorar la soledad, la “vida retirada” cantada por los poetas clásicos paganos; pero, como cristiano, anhela la
vida del cielo como suprema liberación.
La necesidad de expresar la unión con la divinidad por medio de un lenguaje que resultaba insuficiente
condujo a San Juan a incorporar motivos de varias tradiciones poéticas: la lírica tradicional, la clásica, la
italianizante y el Cantar de los cantares, que le proporcionan diversos motivos amorosos. Pero, aunque los
poemas de San Juan de la Cruz pueden entenderse como poesía amorosa, es indudable que, como él mismo
explicó, estos textos van más allá del evidente contenido erótico y tienen un significado espiritual, pues
al intentar explicar sus sentimientos al producirse la unión mística con Dios, San Juan se ve obligado a
recurrir a la comparación con el amor humano. Así, en Noche oscura del alma, Cántico espiritual y Llama
de amor viva recurre a un lenguaje simbólico en el que el alma (la amada o esposa) busca a Dios (esposo) y
se realiza la unión mística.
4. LA NARRATIVA RENACENTISTA
4.1. Los libros de caballerías
La novela de caballerías continúa en boga en el XVI con un esquema muy semejante al que podemos hallar
en sus manifestaciones del XV. La sucesión de hazañas de un caballero cristiano y enamorado constituye el
eje principal en el que ir intercalando historias secundarias. El exotismo, la inverosimilitud y la fantasía serán
marcas de un género que será muy apreciado hasta que Cervantes le aseste un golpe mortal a través de El
Quijote. El Amadís de Gaula de Garci Rodríguez de Montalvo, se convertirá en el modelo narrativo.
Las fuentes de estas narraciones se encuentran en la novela griega de aventuras. Recogen historias de amor
y viajes fantásticos, acontecidos a jóvenes enamorados que sufren una separación involuntaria, pero que
logran un final feliz. El patrón narrativo suele ser siempre el mismo: en el viaje deben enfrentarse a múltiples
obstáculos, cuya función es la de servir de prueba para demostrar que se merecen el desenlace feliz. Las
pruebas más comunes suelen ser la aparición de piratas, naufragios, cautiverios, donde los amantes deben
enfrentarse a los castigos más duros y penosos de los que terminan huyendo gracias a buenas personas.
Insisten en presentar la vida primitiva rústica en una naturaleza idealizada donde se desarrollan historias
de amor entre pastores. Expresa un sincero deseo de renovación social, representan otra huida de la
realidad donde se cuentan las desdichas amorosas de unos pastores idealizados en una naturaleza que se
acomoda a los sentimientos y deseos de estos, que se expresan como poetas y razonan como filósofos.
Además es necesario un escenario apropiado, un locus amoenus de eterna primavera, una naturaleza idílica y
armónica, artificiosa. Las obras más destacadas son Los siete libros de la Diana de Jorge de Montemayor.
Como continuadoras de la tradición del romancero, brotan en este siglo narraciones cortas de tema morisco.
Sus argumentos se abastecen de los últimos episodios derivados de la reconquista. En ellas, en un
ambiente idealizado, se presenta la figura del moro. Una de las más conocidas es Historia el Abencerraje y
de la hermosa Jarifa.
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Aparecerán una serie de libros que tendrán como modelo la Tragicomedia de Calisto y Melibea. En ellos se
cuentan historias de amor con marcado carácter erótico en las que intervienen criados del enamorado y
alcahuetas, ofreciendo un cuadro verosímil de la sociedad de la época. Destaca La lozana andaluza.
Además hay cierta demanda de narraciones breves, al modo de las novelle italianas. Destacan las
colecciones de relatos cortos de Juan de Timoneda, aunque la colección más conocida son las Novelas
ejemplares de Cervantes, doce novelas cortas de carácter didáctico y moral.
Por primera vez en la historia de la narrativa europea, hallamos en el Lazarillo el mundo de la realidad
contemporánea convertido en materia de un relato. Y, por tanto, también por primera vez, se hace
protagonista de un relato a un personaje de condición humildísima, que va construyendo su vida a golpes con
la adversidad; nada más lejos de los héroes de los relatos anteriores: caballeros andantes, gentiles guerreros,
refinados pastores…
La crítica literaria reconoce el Lazarillo como la primera novela moderna. Inaugura además un nuevo tipo
de novela, la picaresca, que alcanzará sus rasgos definitorios con Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán:
4.6.3. Argumento
Lázaro, un personaje de baja clase social, hijo de padres sin honra, cuenta su vida, en primera
persona, por medio de una carta, a un noble y desconocido señor, a quien se dirige con el tratamiento de
“vuestra merced”, para explicarle los detalles de un “caso”, que no es otro que la explicación de los
rumores sobre las posibles relaciones de su mujer con el Arcipreste de San Salvador. Para ello, Lázaro
habla de su vida desde su nacimiento y cuenta cómo, desde niño, sirve sucesivamente a un ciego astuto y
miserable, a un clérigo avaro, a un escudero pobre y preocupado por su honra, a un fraile de la Merced, a
un farsante vendedor de bulas y a un alguacil. La novela termina cuando Lázaro, a los veintitantos año y en
Toledo, se casa con la criada del Arcipreste de San Salvador. La gente murmura que la boda ha sido un
“apaño” y que la mujer de Lázaro es la amante del Arcipreste. Aunque Lázaro lo niega, justifica su vida
actual y establece que se encuentra “en la cumbre de toda buena fortuna”.
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4.6.4. Estructura
La novela es un relato escrito en forma autobiográfica, que se desenvuelve de manera lineal: una sucesión de
episodios generalmente inconexos y solo unidos por la existencia de un protagonista común: el pícaro.
Consta de un prólogo donde se indica que toda la novela es una carta dirigida a “vuestra merced” y siete
capítulos a los que el autor denomina “tratados”. Estos siete tratados pueden dividirse en dos partes:
a) Los tres primeros tratados muestran el aprendizaje de Lázaro en la adversidad y están dominados
por la crueldad de los amos y por el hambre.
b) Los tratados IV, V, VI y VII exponen cómo Lázaro empieza a mejorar su nivel de vida; ha aprendido
lo suficiente para sobrevivir, lo que explica que consienta las relaciones adúlteras de su mujer.
4.6.5. Estilo
El Lazarillo está escrito en un lenguaje llano, sin artificios, directo. Los personajes se expresan de acuerdo
con su condición individual y se ajustan a lo que pide el momento: júbilo, tristeza, cólera, etc. El uso de
refranes, modismos, el vocabulario mismo, guardan relación con el estrato social al que pertenece el
protagonista narrador.
Si hay algún rasgo característico de la lectura del Lazarillo es que desde las primeras páginas percibimos su
sentido del humor, principal recurso retórico; muchos juegos de palabras, o el empleo de diminutivos y
antítesis dan lugar a enunciados irónicos.
Obviamente detrás de la carga irónica hay toda una visión escéptica del mundo: una dura y aguda critica de
la sociedad de su tiempo, tanto de los comportamientos individuales de los personajes, siempre hipócritas e
interesados, como del sistema social que los obliga a ellos. Dos mitos centrales de la España del XVI son el
objeto central de la crítica: la obsesión por la honra y la religiosidad. La mayor parte de los amos de
Lázaro son clérigos y todos explotan, más o menos cruelmente, al muchacho, cuya opinión sobre los
hombres de Iglesia no es nada positiva. El anticlericalismo de la obra es, pues, evidente, aunque no parece
haber intención de proponer alguna reforma, sino que solo se percibe el sarcasmo o el desprecio.
En cuanto a la honra, dependía de la consideración pública que los demás tuvieran de alguien. El Lazarillo,
empieza y termina con un caso de honra y, además, en el Tratado III, es el asunto principal, encarnado en la
figura del escudero. Obviamente, la intención del autor es poner en evidencia y satirizar este valor.
En la novela no aparecen valores como el amor o la amistad, predominan la ambición, la avaricia, el dinero,
el provecho propio, las apariencias, la astucia, el cinismo… El autor del Lazarillo pone así al descubierto la
cruel vida española de mediados del siglo XVI.
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ANTOLOGÍA DE TEXTOS
Soneto XXIII Soneto V
En tanto que de rosa y de azucena Escrito está en mi alma vuestro gesto,
se muestra la color en vuestro gesto, y cuanto yo escribir de vos deseo;
y que vuestro mirar ardiente, honesto, vos sola lo escribisteis, yo lo leo
con clara luz la tempestad serena; tan solo, que aun de vos me guardo en esto.
y en tanto que el cabello, que en la vena En esto estoy y estaré siempre puesto;
del oro se escogió, con vuelo presto que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto, de tanto bien lo que no entiendo creo,
el viento mueve, esparce y desordena: tomando ya la fe por presupuesto.
FRAGMENTOS DE EL LAZARILLO
Tratado primero
Cuenta Lázaro su vida y cuyo hijo fue
Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona
Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el
sobrenombre; y fue de esta manera: mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña que
está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y, estando mi madre una noche en la aceña,
preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí. De manera que con verdad me puedo decir nacido en el río.
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Pues siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas sangrías mal hechas en los costales de los que allí a
moler venían, por lo cual fue preso, y confesó y no negó, y padeció persecución por justicia. Espero en Dios que está en
la gloria, pues el Evangelio los llama bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta armada contra moros, entre los
cuales fue mi padre (que a la sazón estaba desterrado por el desastre ya dicho), con cargo de acemilero de un caballero
que allá fue. Y con su señor, como leal criado, feneció su vida.
Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse a los buenos por ser uno de ellos, y vínose
a vivir a la ciudad y alquiló una casilla y metióse a guisar de comer a ciertos estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos
mozos de caballos del comendador de la Magdalena, de manera que fue frecuentando las caballerizas.
Ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias curaban vinieron en conocimiento. Éste algunas veces se venía a
nuestra casa y se iba a la mañana. Otras veces, de día llegaba a la puerta en achaque de comprar huevos, y entrábase en
casa. Yo, al principio de su entrada, pesábame con él y habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas, de
que vi que con su venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne y en el
invierno leños a que nos calentábamos.
De manera que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo
brincaba y ayudaba a calentar. Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el
niño vía a mi madre y a mí blancos y a él no, huía de él, con miedo, para mi madre, y, señalando con el dedo, decía:
—¡Madre, coco!
Respondió él riendo:
—¡Hideputa!
Yo, aunque bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mí: «¡Cuántos debe de haber en el
mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!». Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que así
se llamaba, llegó a oídos del mayordomo, y, hecha pesquisa, hallóse que la mitad por medio de la cebada, que para las
bestias le daban, hurtaba, y salvados, leña, almohazas, mandiles, y las mantas y sábanas de los caballos hacía perdidas;
y, cuando otra cosa no tenía, las bestias desherraba, y con todo esto acudía a mi madre para criar a mi hermanico. No
nos maravillemos de un clérigo ni fraile, porque el uno hurta de los pobres y el otro de casa para sus devotas y para
ayuda de otro tanto, cuando a un pobre esclavo el amor le animaba a esto.
Y probósele cuanto digo, y aún más; porque a mí con amenazas me preguntaban, y, como niño, respondía y descubría
cuanto sabía con miedo: hasta ciertas herraduras que por mandado de mi madre a un herrero vendí. Al triste de mi
padrastro azotaron y pringaron, y a mi madre pusieron pena por justicia, sobre el acostumbrado centenario, que en casa
del sobredicho comendador no entrase ni al lastimado Zaide en la suya acogiese.
Por no echar la soga tras el caldero, la triste se esforzó y cumplió la sentencia. Y, por evitar peligro y quitarse de malas
lenguas, se fue a servir a los que al presente vivían en el mesón de la Solana; y allí, padeciendo mil importunidades, se
acabó de criar mi hermanico hasta que supo andar, y a mí hasta ser buen mozuelo, que iba a los huéspedes por vino y
candelas y por lo demás que me mandaban.
En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestrarle, me pidió a mi madre,
y ella me encomendó a él, diciéndole cómo era hijo de un buen hombre, el cual, por ensalzar la fe, había muerto en la de
los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase
por mí, pues era huérfano. Él respondió que así lo haría y que me recibía, no por mozo, sino por hijo. Y así le comencé
a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo.
Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la ganancia a su contento, determinó
irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y, ambos llorando, me dio su bendición y dijo:
—Hijo, ya sé que no te veré más. Procura de ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto; válete
por ti.
Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba.
Tratado séptimo
Cómo Lázaro se asentó con un alguacil, y de lo que le acaeció con él
Despedido del capellán, asenté por hombre de justicia con un alguacil; mas muy poco viví con él, por parecerme oficio
peligroso. Mayormente que una noche nos corrieron a mí y a mi amo a pedradas y a palos unos retraídos. Y a mi amo,
que esperó, trataron mal; mas a mí no me alcanzaron. Con esto renegué del trato.
Y pensando en qué modo de vivir haría mi asiento, por tener descanso y ganar algo para la vejez, quiso Dios
alumbrarme y ponerme en camino y manera provechosa. Y con favor que tuve de amigos y señores, todos mis trabajos
y fatigas hasta entonces pasados fueron pagados con alcanzar lo que procuré, que fue un oficio real, viendo que no hay
nadie que medre, sino los que le tienen.
En el cual el día de hoy vivo y resido a servicio de Dios y de Vuestra Merced. Y es que tengo cargo de pregonar los
vinos que en esta ciudad se venden, y en almonedas y cosas perdidas, acompañar los que padecen persecuciones por
justicia y declarar a voces sus delitos: pregonero, hablando en buen romance. En el cual oficio, un día que ahorcábamos
un apañador en Toledo, y llevaba una buena soga de esparto, conocí y caí en la cuenta de la sentencia que aquel mi
ciego amo había dicho en Escalona, y me arrepentí del mal pago que le di, por lo mucho que me enseñó, que, después
de Dios, él me dio industria para llegar al estado que ahora estoy.
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Hame sucedido tan bien, y yo le he usado tan fácilmente, que casi todas las cosas al oficio tocantes pasan por mi mano,
tanto que, en toda la ciudad, el que ha de echar vino a vender, o algo, si Lázaro de Tormes no entiende en ello, hacen
cuenta de no sacar provecho.
En este tiempo, viendo mi habilidad y buen vivir, teniendo noticia de mi persona el señor arcipreste de San Salvador, mi
señor, y servidor y amigo de Vuestra Merced, porque le pregonaba sus vinos, procuró casarme con una criada suya. Y
visto por mí que de tal persona no podía venir sino bien y favor, acordé de hacerlo. Y así, me casé con ella, y hasta
agora no estoy arrepentido, porque, allende de ser buena hija y diligente servicial, tengo en mi señor arcipreste todo
favor y ayuda. Y siempre en el año le da, en veces, al pie de una carga de trigo; por las Pascuas, su carne; y cuando el
par de los bodigos, las calzas viejas que deja. E hízonos alquilar una casilla par de la suya; los domingos y fiestas casi
todas las comíamos en su casa.
Mas malas lenguas, que nunca faltaron ni faltarán, no nos dejan vivir, diciendo no sé qué y sí sé qué, de que ven a mi
mujer irle a hacer la cama y guisalle de comer. Y mejor les ayude Dios, que ellos dicen la verdad, aunque en este
tiempo siempre he tenido alguna sospechuela y habido algunas malas cenas por esperalla algunas noches hasta las
laudes, y aún más, y se me ha venido a la memoria lo que a mi amo el ciego me dijo en Escalona, estando asido del
cuerno; aunque, de verdad, siempre pienso que el diablo me lo trae a la memoria por hacerme malcasado, y no le
aprovecha.
Porque allende de no ser ella mujer que se pague de estas burlas, mi señor me ha prometido lo que pienso cumplirá; que
él me habló un día muy largo delante de ella y me dijo:
—Lázaro de Tormes, quien ha de mirar a dichos de malas lenguas nunca medrará. Digo esto, porque no me maravillaría
alguno, viendo entrar en mi casa a tu mujer y salir de ella. Ella entra muy a tu honra y suya. Y esto te lo prometo. Por
tanto, no mires a lo que pueden decir, sino a lo que te toca, digo, a tu provecho.
—Señor -le dije-, yo determiné de arrimarme a los buenos. Verdad es que algunos de mis amigos me han dicho algo de
eso, y aun por más de tres veces me han certificado que, antes que conmigo casase, había parido tres veces, hablando
con reverencia de Vuestra Merced, porque está ella delante.
Entonces mi mujer echó juramentos sobre sí, que yo pensé la casa se hundiera con nosotros. Y después tomóse a llorar y
a echar maldiciones sobre quien conmigo la había casado, en tal manera que quisiera ser muerto antes que se me
hubiera soltado aquella palabra de la boca. Mas yo de un cabo y mi señor de otro, tanto le dijimos y otorgamos que cesó
su llanto, con juramento que le hice de nunca más en mi vida mentalle nada de aquello, y que yo holgaba y había por
bien de que ella entrase y saliese de noche y de día, pues estaba bien seguro de su bondad. Y así quedamos todos tres
bien conformes.
Hasta el día de hoy nunca nadie nos oyó sobre el caso; antes, cuando alguno siento que quiere decir algo de ella, le atajo
y le digo:
—Mirad, si sois mi amigo, no me digáis cosa con que me pese, que no tengo por mi amigo al que me hace pesar,
mayormente si me quieren meter mal con mi mujer, que es la cosa del mundo que yo más quiero, y la amo más que a
mí, y me hace Dios con ella mil mercedes y más bien que yo merezco. Que yo juraré sobre la hostia consagrada que es
tan buena mujer como vive dentro de las puertas de Toledo. Quien otra cosa me dijere, yo me mataré con él.
De esta manera no me dicen nada, y yo tengo paz en mi casa.
Esto fue el mismo año que nuestro victorioso Emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y tuvo en ella Cortes, y
se hicieron grandes regocijos, como Vuestra Merced habrá oído. Pues en este tiempo estaba en mi prosperidad y en la
cumbre de toda buena fortuna. De lo que de aquí adelante me sucediere, avisaré a Vuestra Merced.
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