El aleteo de las mariposas
Él le había contado que todas las cosas tienen
un color, algunos más lindos que otros, pero
que absolutamente todo, aun las cosas tristes, le
habían copiado el color a las flores. Las
flores... esas cositas aterciopeladas y olorosas
que solía tocar y oler. Él le había enseñado a
caminar sin miedo, moviendo alegremente el
bastoncito hacia la derecha o a la izquierda,
buscando obstáculos o haciéndola girar en el
aire cuando quería demostrar que podía andar
sin tener que utilizarlo y no llevarse los objetos por delante.
Le hizo sentir que ella no era diferente a las demás personas, que podía también inspirar
amor y sentirlo..., tanto, que a veces parecía que le iba a estallar el corazón. Le habló de la
forma de todas las cosas y fue aprendiendo todo aquello que durante veinte años no supo,
porque en su casa siempre estaban muy ocupados trabajando. No había tiempo para
enseñarle a diferenciar la forma del pétalo de una margarita del de una rosa, nunca se
sentaron a leerle un poema o un cuento, ni le hablaron de los diferentes colores del mar.
Con cara de payaso triste
Se le corrió la media exactamente sobre la rodilla. Una
uña sin limar fue la causa del agujerito que se extendió
hacia norte y sur. Con fastidio buscó otro par en el
cajón de la ropa interior. Encontró las de color marrón,
azul y verde oscuro, pero ninguna negra. Desparramó
todas las bombachas en la búsqueda, pero no dio con
ninguna, entonces buscó entre las cosas de su hija y
encontró una muy hermosa, la media de salir de
Margarita, con mariposas de alas brillantes a los
costados. «Voy a comprarle otra», pensó Mercedes
mientras se la colocaba con cuidado para no
estropearla. Le quedaba un poco ajustada.
Se puso el vestido gris con voladitos en el escote.
Alguna vez alguien, un hombre dulce y amable, le había dicho que ese vestido la dejaba
más delgada y joven, por eso se lo ponía a menudo, para verse mejor y con la esperanza de
que lo volvería a encontrar para que le repita esos piropos. Se había olvidado de un detalle.
Se bajó las medias hasta la media pierna y se puso talco, atrás y adelante, su bombacha azul
adquirió una tonalidad más clara y una de las mariposas de la media se llenó de puntitos
blancos. Se perfumó abundantemente, con el perfume que compraba de una proveedora a
domicilio. «Ésta es una marca famosa», le había dicho la última vez, pero una compañera le
advirtió que aquello era una falsificación. Pero de todos modos tenía muy lindo olor y
duraba casi toda la noche, aunque a veces de tanta mezcla con varios cuerpos, varios
aromas y sudores, su olor ya no era su olor sino el conjunto de aromas ajenos, resumidos
todos en un olor extraño que le costaba sacarse
por la mañana.
Un viernes de mañana
Doña María solía cantar alegres canciones en la
pequeña cocina. Vivía en un inquilinato, donde su
reino se reducía a una pieza y otra aún más pequeña que servía como cocina, comedor y
lugar para guardar los trastos, que ella tenía a montones.
Era morena, de cabellos ensortijados poblados de numerosas canas. Tenía un carácter
jovial, le gustaba conversar, reunirse con los demás inquilinos, pero la gente en general le
huía porque exhalaba un tufo insoportable.
Los que la conocían de antaño contaron que vivía allí desde hacía cuarenta años atrás, llegó
de España con su primer marido y se instalaron en esa pieza. Diez años después enviudó y
volvió a casarse enseguida. Por aquella época ella era una mujer hermosa, de aspecto
cuidado, pero años después volvió a enviudar, entonces se descuidó por completo.
Vivía sola, con un gato negro con quien se pasaba horas conversando. Le hablaba al animal
como si éste fuera a entenderle, le reprochaba constantemente que orinara sobre el piso de
madera y no en la caja de cartón con aserrín que le preparaba. La pieza de doña María era
un misterio, siempre tenía la puerta y la enorme persiana cerradas, y sólo se percibía un
poco de luz por las rendijas. Solamente otra señora española que tenía casi el mismo tiempo
que ella en el inquilinato solía contar que tenía hermosos muebles, finas joyas. Pero algunos
comentaban que seguramente sus sábanas estaban duras como una lona de tanta mugre.
La casa vacía
Eloísa se despertó a las tres. Cuando sacó el
brazo de entre las mantas sintió un frío
intenso que la obligó a taparse nuevamente
hasta la cabeza, remoloneó un ratito sobre la
almohada, pero haciendo un esfuerzo se
levantó de golpe sin pensarlo, porque de lo
contrario se le iba a hacer muy tarde. Se
colocó un sacón viejo sobre el camisón y fue
directo a la cocina, puso agua para el cocido
y acomodó tres tazas sobre el mantel raído de
la pequeña mesa.
Mientras hervía el agua fue al baño a asearse y a ponerse la ropa para salir. Una vez que
estuvo preparada fue a controlar el agua que aún no hervía, entonces entró despacio a la
piecita donde dormían sus dos hijos, les tapó mejor y arregló sobre una silla los
guardapolvos blancos y los abrigos de ambos, colocó las bufandas y los saquitos al lado de
las carteras para que los niños no se olvidaran de ponérselos antes de ir a la escuela.
Fue a la cocina a preparar el cocido. Mientras lo cargaba en el termo tomó una taza, parada,
porque se le hacía tarde. Puso la bolsa de galleta en medio de la mesa junto al termo y las
tazas, revisó la heladera para asegurarse de que quedara carne para la comida. Tapó a su
compañero y tomando sus bolsones y su monedero se enfrentó al viento helado del
amanecer.
Llegó al mercado cuando sus compañeras se estaban instalando en sus puestos, ocupó su
lugar y comenzó a sacar una a una sus mercaderías; las medias finas de mujer y las de
hombre, las blancas para la escuela, los bikinis, los guantes de lana, las bufandas suaves.
Mientras hacía todo eso, las manos se le helaban por efecto del viento y pensaba en
Lorenzo que dormía tranquilo mientras ella se deslomaba trabajando en el mercado y luego
en la casa al volver por la noche. Pensó en Lorenzo que siempre tenía una excusa para salir
de cada trabajo que conseguía y chuparse en caña el dinero que ella solía dejar para que se
prepare la comida. Muchas veces volvía a la casa y la nena le decía que no merendaron —
22→ porque se acabó el azúcar o la galleta y no había plata en la cajita donde ella solía
dejar para los gastos del día.
FABULAS
La liebre y la tortuga
Había una vez una liebre muy vanidosa que
se pasaba todo el día presumiendo de lo
rápido que podía correr.
Cansada de siempre escuchar sus alardes, la
tortuga la retó a competir en una carrera.
—Qué chistosa que eres tortuga, debes estar
bromeando—dijo la liebre mientras se reía a
carcajadas.
—Ya veremos liebre, guarda tus palabras
hasta después de la carrera— respondió la
tortuga.
Al día siguiente, los animales del bosque se reunieron para presenciar la carrera.
Todos querían ver si la tortuga en realidad podía vencer a la liebre.
El oso comenzó la carrera gritando:
—¡En sus marcas, listos, ya!
La liebre se adelantó inmediatamente, corrió y corrió más rápido que nunca.
Luego, miró hacia atrás y vio que la tortuga se encontraba a unos pocos pasos de
la línea de inicio.
—Tortuga lenta e ingenua—pensó la liebre—. ¿Por qué habrá querido competir, si
no tiene ninguna oportunidad de ganar?
Confiada en que iba a ganar la carrera, la liebre decidió parar en medio del camino
para descansar debajo de un árbol. La fresca y agradable sombra del árbol era
muy relajante, tanto así que la liebre se quedó dormida.
Mientras tanto, la tortuga siguió caminando lento, pero sin pausa. Estaba decidida
a no darse por vencida. Pronto, se encontró con la liebre durmiendo plácidamente.
¡La tortuga estaba ganando la carrera!
Cuando la tortuga se acercó a la meta, todos los animales del bosque comenzaron
a gritar de emoción. Los gritos despertaron a la liebre, que no podía dar crédito a
sus ojos: la tortuga estaba cruzando la meta y ella había perdido la carrera.
Moraleja: Ten una buena actitud y no te burles de los demás. Puedes ser más
exitoso haciendo las cosas con constancia y disciplina que actuando rápida
y descuidadamente.
El lobo y la grulla
Un día como cualquier otro, un joven y fornido lobo sintió cómo su garganta se
atoraba con el pequeño hueso de una de sus presas. Viéndose en la más precaria
situación, comenzó a aullar con lo poco que le quedaba de aliento:
—¡Socorro, auxilio! Ayúdame y serás recompensado.
Los animales del bosque ignoraron las palabras del lobo ya que todos sabían que
él no era de fiar. Sin embargo, una grulla incauta que caminaba por ahí escuchó
sus lamentos y decidió ayudarlo. Con su largo y delgado pico, entró en la garganta
del lobo y luego de haber extraído el hueso, exigió el pago prometido. Sin
embargo, el lobo sonriendo y rechinando sus dientes, exclamó:
—¿Qué es lo que me pides? Te aseguro que ya tienes la recompensa que te
mereces al haber metido tu cabeza en la boca de un lobo y haber seguido con
vida.
Moraleja: Cuando sirves a los malos de
corazón, no esperes recompensa.
Agradece si escapas las consecuencias
de tus acciones.
El caballo viejo
Un caballo que ya estaba muy mayor fue vendido por su amo a un molinero que lo
empleó para que diera vueltas a la piedra de un viejo molino. El caballo no hacía
otra cosa desde la mañana hasta la noche
que girar y girar alrededor de aquella rueda,
lo cual no solo le cansaba mucho sino que lo
ponía muy triste. Y es que el viejo
caballo recordaba lo veloz y famoso que
había sido en sus años de juventud, en los
que había vivido infinidad de aventuras y
también cómo se burlaba de los otros caballos
que eran más viejos y lentos que él.
Ahora viéndose en esta situación en la que
pasaba sus días atado y dando vueltas a dicho molino, se arrepentía de aquella actitud
que había tenido cuando era poderoso:
– “Después de las grandiosas vueltas que di en las carreras durante mi juventud, mira las
vueltas que tengo que dar ahora. Este es un justo castigo por burlarme de aquellos a los
que veía más débiles e inferiores”.
Moraleja: Mejor ser humilde cuando tienes poder, porque un día u otro lo has de perder.
El perro y su reflejo
Un perro muy hambriento caminaba de aquí para allá buscando algo para comer, hasta que un
carnicero le tiró un hueso. Llevando el hueso en el
hocico, tuvo que cruzar un río. Al mirar su reflejo
en el agua creyó ver a otro perro con un hueso
más grande que el suyo, así que intentó
arrebatárselo de un solo mordisco. Pero cuando
abrió el hocico, el hueso que llevaba cayó al río y
se lo llevó la corriente. Muy triste quedó aquel perro al darse cuenta de que había soltado algo que
era real por perseguir lo que solo era un reflejo.
Moraleja: Valora lo que tienes y no lo pierdas por envidiar a los demás.
La mosca y la polilla
Una noche cualquiera, una mosca se posó
sobre un frasco rebosante de miel y comenzó a
comerla alrededor del borde. Poco a poco, se
alejó del borde y entró desprevenida en el
frasco, hasta quedar atrapada en el fondo. Sus
patas y alas se habían pegado con la miel y no
podía moverse.
Justo en ese momento, una polilla pasó
volando y, al ver la mosca forcejear para
liberarse, dijo:
—¡Oh, mosca insensata! ¿Era tanto tu apetito que terminaste así? Si no fueras tan
glotona estarías en mejores condiciones.
La pobre mosca no tenía cómo defenderse de las certeras palabras de la polilla y siguió
luchando. Al cabo de unas horas, vio a la Polilla volando alrededor de una fogata, atraída
por las llamas; la polilla volaba cada vez más cerca de estas, hasta que se quemó las alas
y no pudo volver a volar.
—¿Qué? —dijo la mosca—. ¿Eres insensata también? Me criticaste por comer miel; sin
embargo, toda tu sabiduría no te impidió jugar con fuego.
Moraleja: Piensa en tus propios errores antes de criticar a los demás.