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Índice
1 .................................................................................................................................................................................... 7
2 ................................................................................................................................................................................ 16
3 ............................................................................................................................................................................... 26
4................................................................................................................................................................................35
5 ...............................................................................................................................................................................40
6 ............................................................................................................................................................................... 46
7 ................................................................................................................................................................................55
8 ................................................................................................................................................................................62
9 ............................................................................................................................................................................... 69
10 ............................................................................................................................................................................ 80
11...............................................................................................................................................................................88
12 ............................................................................................................................................................................ 94
13 ...........................................................................................................................................................................105
14 ............................................................................................................................................................................ 111
15........................................................................................................................................................................... 124
16 .......................................................................................................................................................................... 135
17 ........................................................................................................................................................................... 142
18............................................................................................................................................................................ 151
19 .......................................................................................................................................................................... 159
20 ......................................................................................................................................................................... 166
21 .......................................................................................................................................................................... 174
22 ......................................................................................................................................................................... 183
23 .......................................................................................................................................................................... 188
24 ......................................................................................................................................................................... 194
25........................................................................................................................................................................ 200
26 ........................................................................................................................................................................205
4
STAFF
TRADUCCIÓN
CORRECIÓN
DISEÑO Y MAQUETACIÓN
5
sinopsis
SOMOS CHICOS PERDIDOS, SALVAJES Y OLVIDADOS.
Nacidos en un mundo de pobreza y delincuencia, mis dos mejores amigos y
yo no tenemos nada en que confiar, excepto el uno en el otro. Pero tengo un
plan: si puedo filmar porno BDSM y que se haga viral, quizá consiga
suficiente dinero para sacarnos de este parque de casas rodantes antes de
que nos convirtamos en otra estadística de violencia de bandas. El Kink es
juego de ricos—clubes de lujo, mazmorras llenas de juguetes—pero quizá
dos chicos pobres con equipo casero todavía pueden competir.
Busco a alguien perfecto y obediente, hasta que
el chico nuevo llega a la ciudad.
Es enorme, silencioso y asustadizo, destrozado por el dolor y la soledad.
Pero cuando se ve acorralado, lucha como un animal. Un animal que desea
desesperadamente ser domesticado. Cuando lo miro a los ojos, el destello
de sumisión que veo en ellos me obsesiona. Cuando se arrodilla ante mí,
nuestros mundos rotos se completan.
Nadie cree que los chicos del parque de casas
rodantes merezcamos una vida mejor, que
podamos encontrar la felicidad y construir
nuestra propia familia.
Pero somos luchadores, y juntos los cuatro encontraremos la manera de ser
libres.
Una historia intensa y emotiva sobre la resiliencia y el
trauma, la perversión, el dolor y el consuelo, un dom
más pequeño y un sumiso más grande, y una familia
encontrada.
6
advertencia
Abuso físico y verbal, incluido el
acoso a un personaje neurodivergente, algo de
violencia, tráfico de drogas, dolor/pérdida y
BDSM, incluidas ataduras, juego de impacto y
palabras de seguridad.
7
Aquí el cielo es infinito.
También lo es la hierba marrón, salpicada de nieve con vallas de
alambre de púas que apenas se mantienen en pie.
Mi teléfono me dice que busque las Montañas Rocosas en el horizonte
occidental, pero se esconden tras las nubes bajas.
También necesito esconderme. Quiero volver a casa. Aquí no hay ni
una sola colina, ni bosque, ni muro, nada que me retenga.
Si nada me retiene, mi rabia finalmente crecerá lo suficiente como para
borrarme. Desaparecer suena a alivio, pero cuando llega el momento, cuando
tengo que enfrentarme a ello, estoy demasiado asustado para dejarlo ir.
—¡Rome! —Me estremezco cuando Travis me toca el brazo. Mi
hermano me lanza su mirada de “lo acabas de arruinar” mientras yo me
alejo de las altas ventanas del vestíbulo de la comisaría.
El policía que está a su lado sonríe cálidamente y me ofrece la mano.
—Es un placer conocerte, Roman. Estamos encantados de que tu
hermano se una a nuestro departamento.
¿La parte en la que “confisca” las pertenencias de la gente para
venderlas online, o la parte en la que protege al cártel local a cambio de su
propio suministro para traficar?
Estoy demasiado cansado para sonreír, pero hago lo que puedo por
imitar su expresión alegre y dejo que sacuda mi mano. Cuando se acerca para
palmear mi grueso bíceps, me las arreglo para no encogerme.
—Joder, nos vendrían bien más tipos como tú en el cuerpo, hijo.
Enviaré a Travis a casa con algunos folletos para nuestro programa en la
academia.
Asiento con la cabeza, luchando por no romper el contacto visual. Las
reglas cambian constantemente; la mayoría de las veces, mantener la mirada
fija en el suelo es lo correcto, pero hoy no lo es. Cuando el silencio se 8
prolonga demasiado, la sonrisa del policía se desvanece un poco. Observo
impotente cómo frunce el ceño, confundido. Por favor, no me metas en
problemas.
Travis me pasa el brazo juguetonamente por encima de los hombros.
—Perdona. Roman es algo tímido —Mierda, está furioso.
Renunciando a las reglas, fijo mis ojos en el suelo mientras ambos se ríen de
mí. Mis dientes se ensañan con el punto roto en el interior de mi mejilla que
me he mordido tantas veces que ya nunca se cura del todo. El sabor cobrizo
de la sangre envuelve mi lengua, calmándome. Es un sabor reconfortante,
como si hubiera luchado y ganado. Como si hubiera matado algo antes de
que me matara a mí.
El Sr. Policía Sonriente nos entrega un llavero como si fuera el premio
de un concurso.
—Moví algunos hilos y conseguí que te asignen la patrulla antes, así
que tienes un nuevo juego de ruedas mientras te instalas en la ciudad.
—Gracias, señor. Lo apreciamos mucho, ¿verdad, Rome? —Asiento
con un gruñido cuando Trav me da un codazo, metiendo mis manos en lo
profundo de mis bolsillos para recordar no usar señas.
—¿Necesitan ayuda para descargar las cajas en su nueva casa, chicos?
Estoy a punto de fichar —Ahora me animo, un poco esperanzado, pero
Travis niega con la cabeza.
—Estamos bien. Quiero decir, mira los músculos que tengo —Me
aprieta el brazo con fuerza, aunque apenas puede rodearlo con los dedos.
El policía suelta una carcajada, como si algo de eso fuera divertido.
Sus palabras pasan por encima de mi cabeza mientras resoplo y trago la
sangre en mi boca, mareado por el cambio de altitud. El aire es realmente
más fino en Colorado que en California, como si hubiéramos viajado a un
planeta completamente nuevo. En nuestra última parada para poner gasolina,
disfruté viendo a Trav jadear sólo porque intentaba volver corriendo después
de cagar.
Mi hermano dice algo que suena a una despedida y se da la vuelta para
irse, chasqueando los dedos para que lo siga. Su nuevo jefe nos saluda con
la mano, pero yo no le devuelvo el saludo.
Las puertas de cristal de la estación chirrían cuando salimos al aire
gélido. Nunca habíamos tenido un frío invernal como éste en San Diego: se
mete a través de mi fina sudadera y hace que mi rostro arda. Me rodeo con
los brazos mientras me dirijo al camión Chevy rojo del 98 cargado de cajas
de cartón. Hace unas semanas destrocé la ventana trasera con un ladrillo, así
que no estará caliente, pero al menos puedo poner la calefacción. 9
La patrulla de Travis brilla bajo el sol de la tarde, recién lavada y
encerada. Abre la puerta, pero en lugar de subir se gira para mirarme, con los
ojos azules brillantes bajo el cabello oscuro y bien peinado que le ayudé a
cortarse. Me detengo en medio del estacionamiento, esperando. Aunque
estoy a unos cinco metros de distancia, retrocedo cuando se acerca a mí. Pero
sólo se apoya en el maletero del camión.
—No lo entiendo.
Como no digo nada, sacude la cabeza y da una palmadita en la caja
que tiene junto al hombro, como un recordatorio.
—Acepté este trabajo para que podamos tener una vida mejor, Roman.
¿No quieres eso?
Me abrazo más fuerte a mí mismo, intentando pensar, pero estoy
demasiado agotado para recordar cuál es la respuesta correcta.
Él suspira.
—Tienes que colaborar un poco conmigo, amigo. Para empezar, no
me avergüences delante de mí nuevo jefe.
La brisa más fría que he sentido en mi vida me acaricia la nuca
mientras me limpio la nariz con la manga y lo miro fijamente. Se burla, se
baja del camión y se da la vuelta.
—Bien, allá tú si quieres ser un pequeño idiota. Sígueme y no te
pierdas.
Estoy bastante seguro de que es ilegal llevar el teléfono en la oreja
mientras conduces, pero veo a Travis hablando por su teléfono cuando me
incorporo a la carretera detrás de él. Le está preguntando al tío Terry cómo
llegar a su casa. Nuestro nuevo hogar.
Quiero vigilar el horizonte en busca de cualquier señal de esas
montañas, pero Trav va por todas partes mientras busca las calles adecuadas:
conduce rápido, luego despacio, frena de golpe y vuelve a arrancar con tanta
agresividad que da volantazos. Necesito toda mi concentración para no
chocar por detrás contra su auto nuevo. Por suerte para nosotros, las
carreteras de Fort Holden parecen desiertas. Están repletas de pequeños
negocios de ladrillo que nunca había visto, como una tienda de máquinas de
coser y aspiradoras, y un lugar donde venden uniformes para escuelas
católicas. La nieve sucia gotea de los tejados en forma de carámbanos rotos
y forma parches resbaladizos en la acera.
Travis da una vuelta rápida y se adentra en un laberinto de calles más
estrechas, llenas de callejones sin salida y cuadras llenas de autos
estacionados en las aceras.
Elijo casas al azar, intentando adivinar cuál pertenece a Terry. Nunca 10
he conocido a este tipo, ni siquiera he visto una foto, y empiezo a sospechar
que Trav mintió al decir que era nuestro tío. Como si importara.
A medida que las casas se hacen más pequeñas y mierdosas, pasamos
por delante de la puerta de un enorme parque de casas rodantes que se
extiende hasta el crepúsculo. El cartel dice Paradise Peaks, con los jirones
de viejos nidos de pájaros colgando de todas las a y e. Estiro el cuello para
ver a través del alambre de púas enroscado en lo alto de la valla y a las hileras
de casas rodantes destartaladas.
El paraíso1.
Conozco el paraíso. Tenía un buzón verde y una bañera con patas en
el jardín delantero llena de caléndulas. El paraíso olía a canela y Windex2.
Después de cinco cuadras más, Trav se detiene en la entrada de una
pequeña casa de estuco con un Jetta antiguo delante, obligándome a
estacionar en la calle. Hay tanto silencio cuando apago el motor que escucho
el zumbido de la luz del porche de Terry, y el portazo de mi camión suena
como un disparo. Me hace echar de menos las sirenas de San Diego o los
gritos de los vecinos de abajo. Cualquier cosa que me ayude a sentir que no
me he escabullido por las rendijas del mundo en un lugar que ni siquiera
existe.
El murmullo de un televisor se filtra por la ventana principal, pero
nadie se acerca a la puerta para saludarnos. Tengo las piernas entumecidas
después de dos días conduciendo sin parar, así que no dejo de tropezar
mientras sigo a mi hermano por el agrietado camino de entrada. Las malas
hierbas se enredan en la barandilla del porche y suben hacia el tejado, como
las preciadas rosas trepadoras de la granja de los abuelos. Es casi
impresionante.
De repente, el silencio estalla en un estruendoso rugido, estremecedor
y salvaje. Casi me cago encima y Travis se tambalea hacia atrás, agarrándose
el pecho.
—Hijo de puta —jadea mientras el perro más grande que he visto en
mi vida se lanza contra la valla del lado de la casa, aullando—. ¿Por qué no
nos avisó?
Esos postes deben de estar enterrados en hormigón, porque hay al
menos noventa kilos de perro intentando derribarlos. Mientras mi hermano
sube los escalones del porche y aporrea la puerta, me detengo y estudio los
furiosos ojos marrones del perro. Se eriza, retumbando una advertencia en lo
más profundo de su pecho como un trueno lejano. Creo que es un mastín,
1
Traducción literal de Paradise.
2
Limpiador de vidrios sin amoníaco.
con la cara negra y el pelaje color pardo claro salpicado de cicatrices y 11
rebabas. Gruñe en señal de advertencia cuando me acerco, con hilos de baba
colgando entre sus dientes amarillos. Me agacho hasta que quedamos frente
a frente y guarda un silencio inquietante. Curvando mis labios hacia atrás,
gruño suave y ronco, nada comparado con el suyo. Sus orejas se agudizan y
me mira con unos ojos muy abiertos que no puedo leer. Tan despacio como
puedo, estiro los dedos hasta que rozan el frío alambre de la valla.
—¡Roman! —Al oír el grito de Travis, el perro retrocede y empieza a
ladrar de nuevo. Me apresuro hacia el porche, ansioso por entrar en el calor
que puedo sentir saliendo por la puerta principal, pero Travis me bloquea—
. Agarra algunas cajas cuando entres.
Echo un poco de menos al policía sonriente mientras me dirijo al
camión. No tenemos muchas posesiones, y probablemente sea mejor que no
vea lo pobres que somos, pero ya estoy sin aliento y la espalda me duele
como el infierno de tanto conducir. La ayuda habría estado bien. Ninguna de
las cajas tiene etiquetas porque están llenas de la basura de Travis y de su
enorme colección de pornografía, así que agarro una al azar y la arrastro por
el césped. La hierba helada cruje bajo mis pies como si estuviera hecha de
cristal.
Nadie me abre la puerta mosquitera, así que la engancho torpemente
con un pie y entro a tropezones. Durante todo el trayecto hacia aquí me he
dicho una y otra vez que todo iría bien, que no saldría tan mal como
imaginaba. Ahora mi corazón se hunde. Lo primero que veo son cosas.
Estanterías, sillas, mesas, mostradores, cualquier superficie plana... todo está
lleno de baratijas, papeles y envases de comida vacíos. No está tan
desordenado como en ese programa de televisión de acumuladores, pero no
veo espacio para que viva cómodamente una persona, y mucho menos tres.
—Joder, debe de comer mucho —retumba una voz grave que no había
oído nunca—. No esperarás que le dé de comer, ¿verdad? —Travis y Terry
están de pie en la cocina, mirándome. Travis señala hacia el sofá, que es uno
de los únicos lugares vacíos de la habitación, así que dejo la caja con cuidado
sobre los blandos cojines.
—Se gana la comida trabajando para mí —explica Travis. Después de
todo, no quiero estar aquí; el calor es empalagoso y huele a una mezcla de
olor corporal rancio y humo de hierba. Conteniendo la respiración, bajo la
cabeza cuando Terry se acerca y se detiene frente a mí, con sus jeans
harapientos y su camiseta blanca manchada. Mierda, es enorme. Más grande
que yo. Es sobre todo grasa en lugar de músculo, pero cuando los antebrazos
de alguien son del tamaño de tus muslos, haces bien en temerles. Siempre
me ha reconfortado el hecho de que Travis es diez centímetros más bajo que
yo y mucho más delgado; el día que por fin él pierda la cabeza, seré capaz
de derribarlo y escapar. Si Terry quiere participar, estoy jodido. 12
Le ofrezco la mano, ya que es lo que el policía esperaba de mí, pero
Terry se limita a estudiarme de arriba abajo. Tras un largo y sofocante
silencio, sus canosas cejas se fruncen.
—¿Es mudo?
—Roman —advierte Travis, concentrado en sacar dos cervezas de la
nevera. Trago saliva, trabajando mi lengua para que se despierte en mi boca.
Por favor, funciona. La abuela me enseñó qué decir cuando te presentan a
alguien, porque decía que todo el mundo se merece buenos modales. Cuando
lo hacía bien, aplaudía y me daba una galleta de chocolate. El recuerdo es
suficiente para engañar a mi cerebro.
—Encantado de conocerlo, señor —Mi voz no siempre fue un medio
susurro oxidado. Creo que antes era normal.
Ladea la cabeza, frunciendo el ceño.
—¿Qué está mal con él?
Me zumban los oídos, un dolor punzante, y fijo mis ojos en la alfombra
gastada entre mis zapatillas para que no pueda ver la expresión de mi rostro.
—No lo sé —Travis abre de golpe su cerveza y sorbe—.
Personalmente, creo que nuestra abuela lo dejó caer de cabeza un par de
veces cuando era un bebé.
Cierro los ojos y me cuento la parte trasera de los dientes con la lengua;
sé exactamente cuántos son, pero me obligo a olvidarlo para poder volver a
hacerlo una y otra vez. Travis enciende un cigarrillo con un chasquido.
—Ve por el resto de las cajas.
Arriesgándome a mirarlo, hago un gesto hacia la casa rebosante.
—Trae las mías. Las tuyas pueden ir en el cobertizo.
—Pero... —Joder. Al menos cuando se me quiebra la voz, no puedo
meterme en problemas. Antes de que Travis pueda reaccionar, esquivo a
Terry y salgo corriendo para terminar de descargar. Para cuando apilo
ordenadamente las últimas pertenencias de mi hermano en el sofá color
mostaza, los hombres se han relajado con cerveza y cigarrillos. Terry abre de
un empujón una puerta del pasillo y señala la pequeña pero ordenada
habitación que hay dentro.
—Vacié esta para ti, Travis. La mía está al final del pasillo.
Cuando se marcha como si la conversación hubiera terminado, toco el
brazo de Travis para llamar su atención. Suspira.
—¿Dónde duerme Roman?
Terry señala con la mano el sofá cubierto de cajas. Es por lo menos un 13
pie más bajo que yo de estatura, pero me limito a asentir y retrocedo. Agarra
una chaqueta de falso cuero del perchero y se la pone, haciéndole un gesto a
mi hermano.
—¿Listo?
—Vamos al bar —explica Travis mientras salen por la puerta—. No te
metas en problemas —Como si tuviera nueve años en vez de veinte. Escucho
cómo el Jetta arranca y se aleja, pero tengo demasiada hambre como para
sentirme aliviado. No hay tiendas cerca, Travis no me ha dado dinero y nada
podría hacerme tocar la comida de Terry.
Intentando distraerme, apoyo mis manos en las caderas y estudio el
sofá. Si quiero un lugar donde dormir, no me queda más remedio que
deshacer las maletas por él.
Arcade Fire3 es mi música para calmarme, así que la pongo mientras
ordeno su cepillo de dientes y su maquinilla de afeitar en el baño, deslizo su
porno debajo de la cama, cuelgo su ropa en el armario y luego apilo todo lo
demás contra la pared para que él decida qué hacer con ello. Luego busco en
los cajones de la cocina hasta que encuentro uno lleno de cuchillos con
mangos de madera astillada.
Con un cuchillo de carne oxidado, corto la cinta adhesiva de cada caja
para poder aplanarlas y deslizarlas bajo el sofá. Las canciones no funcionan;
mi corazón no deja de dar vueltas como un pez que se ahoga en la orilla de
un río. No tiene sentido luchar contra lo que viene, pero siempre lo intento.
Cuando termino, meto el cuchillo entre el respaldo del sofá y los cojines,
esperando que Terry no cuente sus utensilios de cocina.
Abrazándome a mí mismo, salgo al porche. La casa está orientada al
oeste, hacia el atardecer de principios de invierno. Los trescientos sesenta
grados del cielo brillan con un rosa brumoso, y por fin puedo ver la línea de
montañas dentadas de cimas blancas. Me pregunto cuánto tiempo tardaría en
llegar hasta ellas, lo pequeño que se vería el mundo desde la cima.
Mis dos solitarias cajas de pertenencias están solas en la caja del
camión. Acerco la más grande y doblo los brazos sobre ella, hundiendo mi
rostro en el pliegue del codo. El cartón que roza mi mejilla se siente húmedo:
llovió sobre ellas una o dos veces mientras cruzábamos Utah, y ahora huelen
un poco como los plátanos y aguacates que contenían antes de que las robara
del reciclaje del supermercado.
Todo en mi cabeza se vuelve cegador y vacío cuando tomo la caja y la
arrojo tan fuerte como puedo contra el lateral de la nueva patrulla. Se abre
3
Grupo de indie rock surgido en Montreal, Canadá.
de golpe, dejando caer mi mierda sobre la hierba muerta: mi colección de 14
piedras, un despertador, un libro que llevo casi un año intentando terminar.
Golpeo el reloj con el pie una y otra vez hasta que no quedan más que cables
y trozos de plástico. El libro cae y revolotea en la acera, las páginas
desintegrándose en el agua.
Cuando todo por lo que me preocupé lo suficiente como para meter en
la maleta está esparcido en pedazos entre la maleza, me bajo la bragueta con
manos temblorosas y meo en el emblema del sheriff de la puerta del copiloto.
Inclinando la cabeza hacia atrás, cierro los ojos e imagino que prendo fuego
a la casa, viendo cómo se extiende a toda la cuadra, escuchando a todo el
mundo entrar en pánico mientras la hierba arde en llamas hasta las montañas
y el cielo rojo, ardiendo y ardiendo y ardiendo. Conmigo como un montón
de ceniza en el centro.
El frío vuelve lentamente, acariciando mi piel sudorosa mientras
respiro entre inestables sollozos. Siento que me miran, pero cuando me doy
la vuelta, no veo a nadie. Agarro mi vieja mochila del ejército escondida bajo
el asiento delantero del camión, la meto dentro y cierro la puerta. Como no
quiero poner mi boca en nada que pertenezca a Terry, bebo directamente del
fregadero en lugar de buscar un vaso.
El sofá es pequeño, pero me acurruco lo mejor que puedo, acercando
las rodillas a mi pecho. Un suave algodón azul y blanco me acaricia las
manos mientras saco la colcha de la abuela de la mochila y apoyo mi nariz
en sus pliegues. Después de que Pop4 muriera cuando yo tenía doce años,
enviaron a la abuela a una residencia de ancianos y Travis apareció como el
hijo pródigo para llevarme con él. Nunca lo había visto antes. Es dieciséis
años mayor que yo y me odia porque nuestros padres murieron en un
accidente de auto un mes después de que yo naciera. Nuestros abuelos se
hicieron cargo de criarnos, pero él se escapó y no volvió hasta el funeral de
Pop.
Cuando empaquetaba mis cosas para marcharme de su granja, me
escabullí en el armario de la lavandería y robé el detergente de la abuela, una
botella azul pálido que huele a nubes. Cada vez que lo gasto, busco más por
todas partes, de modo que, ocho años después, la colcha sigue oliendo como
ella. Mis dedos rastrean las costuras y las puntadas, un mapa hacia partes de
mí que ya no sé cómo encontrar. La abuela escondió todos nuestros nombres
en la colcha: Abuela, Pop y Roman. Son casi imposibles de reconocer, pero
los sé todos.
Aún no es tan tarde como para irse a la cama, pero no puedo seguir
mirando este lugar. Me envuelvo la cabeza con la colcha y me hago lo más
4
Forma cariñosa a la que dirigirse al abuelo o al padre, en este caso al abuelo.
pequeño que puedo, casi tan pequeño como cuando ella me la dio, y me 15
permito volver atrás. Cuando no podía obligarme a hablar en la escuela
primaria, todo lo que pensaba y sentía se quedaba atascado dentro y se
enconaba hasta que perdía la cabeza. Daba puñetazos a la pared, me golpeaba
la cabeza contra las almohadas y gritaba, o rompía los jarrones y los platos
de la abuela. Podía llegar a ser una pesadilla, pero ella nunca perdía los
estribos. Se sentaba conmigo, me acariciaba el pelo y me enseñaba a respirar
hondo y a apretar algo blando en lugar de romper cosas. Me llevaron a terapia
todas las semanas hasta que pude hablar la mayor parte del tiempo sin
problemas.
Pero ha pasado tanto tiempo. Sólo puedo hablar cuando estoy solo y
su niño pequeño es un hombre jodido hecho de músculos, furia y silencio,
tirado en un sofá que huele a pis con su colcha enredada a su alrededor.
Desaparecer suena como un alivio. Pero una vez más, cuando enfrento ese
final a la cara, tengo demasiado miedo de aceptarlo.
Aunque no tenga ni idea de lo que estoy esperando.
16
—YOU’VE GOT the right stuff, baby. Love the way you turn me on
dun DUN dun…
Sigo el ritmo de la canción por los altavoces, golpeando en las partes
de la batería en el asa de mi carrito de compra mientras estudio el expositor
de galletas Oreo. ¿Desde cuándo hacen setecientos putos sabores? Mi mano
se detiene en los paquetes de doble relleno y luego se inclina hacia los de
triple relleno, porque si fuera rico nadaría cada mañana en una piscina de
relleno de Oreo en lugar de agua. Las meto en el carrito con el resto de mi
cena de campeones: cerveza, Pop Tarts5 y lubricante.
Cierro los ojos e intento calcularlo todo con los veinte dólares que
tengo en la cartera para ver si puedo permitirme las galletas. Es como uno
de esos problemas de palabras de la escuela primaria: ¿Cuántas cajas de
tartaletas y paquetes de cigarrillos puede comprar el pequeño Scout antes
de que lo desahucien por no pagar el alquiler? Cuando mi profesora de
cuarto grado me explicó que esa mierda sería importante en la vida real algún
día, le dije que era demasiado guapo como para tener que hacer cuentas. Aún
lo mantengo.
Así que agarro las Oreo y me meto el paquete por detrás de los jeans.
Soy muy bueno en no tambalearme al caminar. Una anciana miope suele
encargarse de la caja, pero hoy tenemos a un tipo nuevo que mira con
desprecio mis veinte arrugados y supone que quiero la marca de cigarrillos
más barata. Me vengo pidiendo la segunda más barata, aunque no puedo
permitírmela y lo miro fijamente con mi mirada de Dom mientras cuenta mis
veinticinco centavos de cambio. Cuando llega a:
—Tenga una buena noche, señor —ya se está retorciendo un poco.
Me abrocho la chaqueta de piel de oveja sobre la sudadera negra y
saco mis compras al frío. Un Civic verde azulado del 97 con las ruedas
oxidadas está estacionado justo delante de las puertas automáticas, llenando
5
Tartas planas, rectangulares y prehorneadas hechas por la compañía Kellogg's.
el aire con un olor a goma quemada. Dejo de caminar y suspiro. Cuando el 17
conductor extiende la mano y baja la ventana del copiloto, distingo un brazo
musculoso y tatuado y un mechón de cabello rubio.
—Sube, zorra.
—¿Me acosaste hasta el supermercado? Iba a volver en cinco minutos,
pedazo de mierda codependiente.
Mi mejor amigo exhala una nube de humo, la colilla de su cigarrillo
flamea anaranjada en la penumbra.
—Estamos en una misión de vigilancia —anuncia siniestramente,
enarcando una ceja. El tonto este vive por la mierda melodramática de las
películas de espías, quizá porque le hacen sentirse mejor al robar autos y
traficar con drogas para hombres a los que les importa una mierda si vive o
muere.
Hago una mueca, saco las galletas de mis pantalones y las balanceo
sobre mi bolsa.
—Estoy ocupado.
Se inclina y abre la puerta.
—Date prisa.
Con la mano libre, miro mi teléfono. Técnicamente, no tengo que estar
en casa hasta dentro de cuarenta minutos. Sacudo la cabeza, me dejo caer en
el asiento del copiloto y doy tres portazos antes de que se cierre bien.
—Beck...
Me agarra las galletas, las abre y saca seis antes de apartarme la mano
de un manotazo y arrojarlas al asiento trasero. Cuando el auto se pone en
marcha, me doy la vuelta para mirar al hombre moreno y tranquilo que tengo
detrás.
—Tomaré esas de vuelta. Gracias, Dallas.
Con una dulce sonrisa, se mete una en la boca y desliza el resto del
paquete entre su asiento y la puerta.
—Antes eras agradable —gruño—. Antes de tener a este gorila como
compañero de piso —Como para enfatizar mi argumento, escucho un
chasquido cuando Beck abre una de mis cervezas, equilibrándola
cuidadosamente con la rodilla—. ¿Ustedes, zorras, sólo me mantienen cerca
para poder robar mi mierda?
—Claro que no. Lo siento —Dallas agarra una sola Oreo y me la
ofrece.
—Que te jodan —Pierdo la batalla por mantener la cara seria y los dos
nos partimos de risa cuando le quito la galleta de la mano. Rebota bajo los 18
asientos y se une al peligro biológico que ya está creciendo allí. Me meto el
resto de la compra debajo de las piernas, donde nadie pueda tocarla, bebo un
sorbo de la cerveza que Beck me ofrece y se la paso a Dallas—. ¿Qué
estamos haciendo otra vez?
Apaga los faros cuando entramos en una tranquila calle residencial, se
sube a la acera y apaga el motor. Cuatro casas más abajo, un flamante auto
de policía centellea en la entrada. Levanto el cuello para orientarme.
—Espera. ¿No es esa la casa de Terry? —El asqueroso saco de basura
heredó algo de dinero hace un par de años y se mudó de Paradise Peaks.
Actúa como si fuera la gran mierda por vivir en un edificio con cimientos de
hormigón—. ¿Qué hace con una patrulla?
Beck apoya la barbilla en el volante, tan concentrado que no se da
cuenta de que le quito el cigarro casi terminado de la boca y lo apago.
—El último infiltrado de la banda fue detenido por pornografía
infantil, ¿no? Terry era amigo de un agente de California que necesita trabajo
y tiene un historial de tráfico sin que lo atrapen. Se van a vivir juntos.
Dejo caer la cabeza contra el asiento y cierro los ojos.
—Jodidamente perfecto —Las bandas de esta ciudad mataron a mi
padre y engancharon a mi madre a las drogas hasta el punto de provocarle
una sobredosis. No es que fuera una gran pérdida. Pero también son la razón
por la que mi hermano y mi hermana huyeron y me dejaron aquí solo. Y por
eso algún día encontraré a mi mejor amigo, el hombre con el que he pasado
cada momento desde que teníamos siete años, muerto en una zanja con un
agujero en la cabeza. Lo sé cómo sé mi propio nombre—. Entonces, ¿por
qué lo estamos espiando?
Se encoge de hombros.
—Dijeron que se mudaba hoy. Pensé que podríamos ver algo
interesante.
—En serio, necesito estar pronto en casa.
—Te escuché la primera vez, princesa —El hombre me lanza una
sonrisa torcida. Dallas se limita a encogerse de hombros, concentrado en
trenzarse el espeso cabello con el elástico agarrado entre los dientes.
Pasan diez minutos en silencio. Beck saca la pistola de sus jeans y
empieza a desarmarla, limpiando las piezas en su camiseta roja ya manchada.
Si no se entretiene en todo momento, o se duerme o encuentra algo con lo
que empezar una pelea. Nos pasamos la cerveza hasta que se acaba, pero no
ocurre nada.
—Creo que te has perdido lo bueno —observo.
Justo cuando estoy a punto de exigir que nos vayamos a casa, se abre 19
la puerta principal de la casa de Terry. Sale riendo a carcajadas, seguido del
hombre más genérico que he visto nunca: treinta y tantos, ni alto ni bajo ni
grande ni pequeño. Lleva el cabello castaño cortado a juego con su aburrida
barba bien afeitada, pero por alguna razón se me eriza la nuca.
—¿Ese es el policía?
Beck asiente, volviendo a montar su pistola.
—Ya veo por qué se sale con la suya al traficar. Es tan aburrido que
nunca te darías cuenta —Los dos hombres se marchan en el auto de Terry y
todo vuelve a quedar en silencio. Tras una larga pausa, golpeo el
salpicadero—. No es que esto no fuera fascinante y que no mereciera la pena
ser secuestrado por ello, pero creo que ya podemos irnos.
Justo cuando Beck agarra las llaves hoscamente, Dallas respira hondo.
Un chico de más o menos nuestra edad con el cabello enmarañado hasta la
barbilla, baja trotando los escalones de la casa de Terry y se detiene junto a
un viejo camión en la calle.
—Maldición —murmuro.
Dallas se inclina entre los asientos.
—Santa mierda.
El tipo es una bestia: hombros caídos y poderosos, un cuello grueso y
bíceps que estiran la manga de su camiseta cuando dobla los brazos. Sus
muslos son carnosos y su culo aprieta sus jeans sucios. Podría matar a alguien
con sus propias manos, pero se mueve vacilante, como si le pidiera perdón
al suelo a cada paso que da.
Beck silba.
—¿Crees que él...?
—Cállate —Me inclino hacia delante hasta que mi frente choca con el
parabrisas, estudiando la forma en que su camisa cuelga de sus anchos
hombros mientras examina una de las cajas en el camión.
Los tres nos sobresaltamos cuando el tipo estalla en acción. Golpea la
caja contra el auto de policía con todas sus fuerzas y empieza a destrozar
todo lo que cae. Me siento, con la boca abierta, y me limito a observar
fascinado. Si uno de nosotros se ve envuelto en una pelea, usa la cabeza y
acaba con la amenaza de la forma más eficiente posible. Este chico es un
puto desastre, agitándose a ciegas con una furia frenética e incontrolada.
Parecería ridículo si no fuera por su enorme tamaño, que convierte cada
movimiento en algo absolutamente destructivo. Hay una pureza en él, una
inocencia que no estoy seguro de que nadie pueda ver excepto yo.
—Oh, joder —Beck se ríe mientras el tipo se desabrocha los jeans y 20
rocía el lateral del auto de policía como un animal territorial. Incluso Dallas
suelta un resoplido confuso.
Ignorando el frío, bajo la ventana y apoyo la barbilla en el borde.
Cuando el chorro se seca, el chico se queda allí de pie, temblando, con los
hombros subiendo y bajando mientras jadea por aire. Mira por encima del
hombro, justo hacia mí, con las cejas fruncidas, como si sintiera mi mirada.
Pero no nos ve. Finalmente, se frota la cara con la camiseta, agarra una
mochila del camión y se apresura a entrar.
—Cierra la maldita ventana, Scout —Beck dice mi nombre más alto,
golpeándome las costillas, y yo vuelvo a la realidad. Cuando miro mi
teléfono, me doy cuenta del tiempo que hemos perdido.
—Conduce. Voy a llegar tarde.
—¿Para qué? —Beck se queja. Sospechan que les oculto algo, pero
también confían en mí. Ambos hombres tuvieron vidas antes de este infierno,
pero yo nunca he conocido otra cosa. Sé algunas cosas sobre supervivencia.
Pasamos por delante de la casa de Terry, estudiando las matrículas
californianas del camión. Al asomarme, juro que puedo oler la furia del
hombre en el aire como el ozono, chisporroteante y crudo. Entonces Beck
acelera y me obliga a subir la ventana.
Dos minutos después, atravesamos la puerta hacia Paradise. Este lugar
siempre me recuerda a una ciudad inundada: cincuenta casas rodantes
torcidas y maltrechas a la deriva en un océano decadente de maleza y hierba
muerta que fluye hacia arriba y por encima de todo, intentando hundirnos a
todos. Los esqueletos de antenas y satélites en los tejados dibujan una fea
silueta contra el cielo del atardecer. El único faro bueno de Beck no detecta
más que un gato callejero en las calles vacías.
Las cortinas rojas de las ventanas de mi descolorida casa rodante verde
hacen que parezca que a alguien le importa, pero mi madre las colgó antes
de que yo naciera. Mi contribución al atractivo de la acera es una mesa de
patio rota y cubierta de ceniceros.
Cuando entramos en el pedazo de tierra que llamo mi jardín, me doy
la vuelta y señalo a Dallas. Deja la mitad del paquete de galletas en su regazo
y me da el resto.
—Gracias, Scout.
—Prenderé fuego a tu puta casa —le digo, arrebatándoselo.
Beck me roba otra lata de cerveza y me golpea con ella en el muslo
con una sonrisa.
—Buenas noches.
—Lo digo en serio. Vigilen sus espaldas —Mientras rodeo el auto con 21
mi diezmada bolsa de compra, arrastro la llave de mi casa por el capó del
Civic, dejando un profundo rayón que se confunde con cientos de otros. El
padre de Beck empeñó una vez la mayoría de sus pertenencias, incluidas las
joyas de su madre muerta, para comprar este auto. Beck arañó bastardo en
el capó con un clavo y recibió una paliza por ello. Después de que su padre
se desplomara de un ataque al corazón hace tres años, empezamos a
vandalizar la pintura verde azulado con llaves, piedras y trozos de metal
oxidado hasta que se convirtió en una masa de cicatrices irregulares y
obscenidades. Puede que la venganza carezca de sentido, como todo lo
demás en este lugar, pero aún podemos disfrutarla.
Beck sube el volumen de su música hasta que los graves hacen temblar
el suelo y se marcha rugiendo por Paradise hacia la casa rodante a la que él
y su padre se mudaron cuando tenía siete años. Recuerdo estar al otro lado
de la calle aquella tarde soleada, viéndolos meter cajas dentro. Cuando su
padre se durmió, Beck salió y me mandó a la mierda mientras nos tirábamos
piedras. El resto es historia.
Dallas no apareció hasta hace dos años, medio muerto de hambre y
durmiendo detrás de unos contenedores. Beck le ofreció una cama libre por
una noche que se convirtió en semanas, luego en meses. Ahora es como si
siempre hubiera sido uno de nosotros. Tres chicos perdidos, salvajes,
olvidados y no deseados. Nadie nos cuida, excepto nosotros mismos.
Hago una pausa en el porche para encender uno de mis cigarrillos
nuevos, luego me meto dentro y cierro los dos cerrojos adicionales que
atornillé en la pared. Beck se lo pasó en grande tirándose contra la puerta
para ayudarme a comprobar que funcionaban, ya que yo apenas sé qué punta
de destornillador utilizar. Con todo su sudoroso entusiasmo, no se dio cuenta
de que los cerrojos no estaban ahí para protegerme de asesinos con hacha,
sino para evitar que él irrumpiera en noches como ésta.
Arrojo una lata de cerveza y una caja de Pop Tarts a la cama y tiro el
resto de la compra al suelo para ocuparme de ella más tarde. El estrecho
espacio termina en un ventanal con una plataforma elevada donde está mi
colchón. Me arrodillo junto a él y clavo las uñas en la madera enmoquetada
hasta que arranco una parte y descubro un hueco mugriento detrás. Mi
hermano Jackson lo recortó para esconder dinero de nuestros padres, pero
hace mucho tiempo que no guarda dinero en efectivo: sólo una computadora
voluminosa y barata que recuperé de un contenedor del colegio comunitario
local.
La batería no funciona, así que tengo que enchufarlo para que se
encienda. Me meto el cigarrillo a medio terminar detrás de la oreja, me quito
la camiseta y los calzoncillos de cuadros suaves y me acuesto en la cama.
Ceno dos Pop Tarts con sabor a malvavisco y una lata de cerveza Coors, en 22
ropa interior, mientras me conecto al Wi-Fi de mi vecino con una
computadora robada, lo que consolida mi posición como rey de la basura de
las casas rodantes.
Al final de la hora, dejo la cerveza en el alféizar de la ventana, vuelvo
a encender el cigarrillo y salgo de la cama. Me meto una mano en los
calzoncillos y empiezo a masturbarme despacio, mientras la otra enfoca la
webcam para mostrar mi cuerpo de cuello para abajo, arrodillado y con las
piernas abiertas.
—Jooooooder —gimo suavemente, echando la cabeza hacia atrás y
tapándome los ojos con un brazo—. Vamos, bebé. Después puedes comerte
todas las Oreo —Antes de que se me ocurra una excusa para echarme atrás,
pulso el botón de llamada de la ventana del navegador. En cuanto aparece
un registro de chat en el lateral, saludo tímidamente a la cámara—. Hola. Te
he echado de menos esta semana. ¿En qué piensas esta noche? —Mi voz
suena dulce y aniñada, porque cuando creé mi perfil en la web jugué con lo
de “apenas legal” y ahora me toca hablar como un idiota y depilarme hasta
el último centímetro hasta el día de mi muerte.
cum2daddy: Empieza con lo de siempre.
Doy una calada a mi cigarrillo fuera de cámara y lo apago en el
cenicero más cercano, mientras con la otra mano trazo el contorno de mi
polla y me bajo los calzoncillos hasta que sólo sobresale la cabeza.
—¿Quieres decir que quieres ver esto? —Agarro mis bolas a través
del fino algodón y las hago rebotar en mi palma—. ¿Te estás tocando?
cum2daddy: Sí. Enséñamelo.
No estoy tan duro como debería, así que me entretengo arrastrando la
camiseta por mi pecho y agarrándola entre los dientes para dejar al
descubierto las pequeñas barras metálicas que perforan mis pezones.
Mientras las retuerzo, rebusco en el cajón lleno de mierda que es mi cerebro
para encontrar algo por lo que valga la pena ponerse duro.
Siempre es lo mismo: un hombre desnudo, con collar, arrodillado
frente a mí y con las manos atadas. Se retuerce y gime cuando deslizo mis
dedos por su hombro y hasta su garganta, apretando suavemente e inclinando
su rostro hacia el mío. Pero nunca tiene rostro. Todavía no.
Esta noche está lleno de músculos. Esta noche lucha como si su vida
dependiera de ello: descoordinado, frenético. Cuando se da cuenta de que es
inútil, lucha con más fuerza en lugar de rendirse.
—Mierda —jadeo, obligándome a abrir los ojos. Mis bóxers están
mojados ahora, mi polla luchando por liberarse. En cuanto veo una
notificación de propina en la pantalla, me quito la camiseta y deslizo la 23
cinturilla por debajo de mis bolas—. Mira qué dura la tengo para ti —miento,
follándome el puño con movimientos de mis caderas. Mi webcam no tiene
la fidelidad suficiente para mostrar el brillo del semen que chorrea por mi
pene; una mejora de la cámara es la primera de mi lista de compras cuando
mi canal despegue. A menos que primero me haga piercings en la polla. Paso
demasiado tiempo investigando ambas cosas.
cum2daddy: Déjame ver tu culo.
Jesús, aquí vamos. Apago el cigarrillo y bebo un trago de cerveza fuera
de cámara para animarme a mí mismo antes de darme la vuelta y arrastrar
los bóxers por mis muslos.
—¿Te gustan los culos respingones? —Agarrándome las nalgas, me
abro hasta sentir el aire frío en mi agujero. Mi polla empieza a ablandarse
mientras miro las grietas de la pared de chapa de madera que hay sobre mi
almohada.
Miro por encima de mi hombro cuando suena el chat.
cum2daddy: Usa tus dedos.
—No —Haciendo rebotar mis nalgas una vez más, me doy la vuelta y
acaricio mi polla lo bastante rápido como para que no tenga más remedio que
cooperar.
cum2daddy: Te pago cada semana. ¿No puedes hacer lo que te dicen,
joder?
—¿No sabes jodidamente leer? —Soltando mi polla me siento sobre
mis talones—. Está todo en mi perfil. Sin cámara en la cara y nada en el culo.
Silencio. Voy a perder a mi mejor cliente si no tengo cuidado. Cierro
los ojos, aprieto los dientes y fuerzo las palabras.
—Vamos...Papi. Déjame ayudarte a terminar —Dios, quiero
estrangularme para no tener que ver esto. Tengo que dejar de andarme con
rodeos, encontrar un sumiso y empezar mi cuenta BDSM antes de que estos
shows jodidamente me maten.
cum2daddy: Haz que sea bueno.
—Sabes que lo haré —Piensa en las Oreos. Me inclino sobre la cama,
agarro mi gorra de los Broncos y arrastro la visera hacia abajo para ocultar
la mitad superior de mi rostro. Luego me estiro de espaldas, con mi preciosa
polla apuntando al techo, como si fuera su pequeño chico pervertido de
fantasía esperando a que venga y.…no sé. ¿Eyacular prematuramente sobre
mí? Doy un espectáculo, gimiendo y retorciéndome mientras me follo el
puño.
Puedo correrme a demanda, pero esta noche estoy perdido en mi 24
propia cabeza. Cuando vuelvo a cerrar los ojos, estoy en el auto de Beck con
la ventana bajada, el aire helado acariciándome la piel. El chico destroza y
rompe hasta que se queda sin nada que destruir, y luego se queda ahí de pie,
abrumado y confuso. Tanto poder y ni idea de qué hacer con él. Nunca había
visto nada como él. Cuando se da la vuelta, sus ojos suplicantes se cruzan
con los míos. No sé de qué color son, ni siquiera cómo es su rostro: sólo la
nuca, la forma de los hombros, el desordenado cabello castaño. Vacilante,
como si no supiera por qué lo hace, se arrodilla en el borde del césped muerto
de Terry.
Santa jodida mierda.
Semen me salpica el pecho, y los sonidos que se me escapan son sólo
medio falsos. Asegurándome de que la gorra aún me cubra la cara, me pongo
boca abajo y levanto los dedos empapados de semen hacia la cámara.
—Mira el desastre que he hecho, Papi. ¿Tengo que limpiarlo?
cum2daddy: Lame tu desastre, pequeño.
Mi gemido apenas cubre el hecho de que acabo de resoplar.
—Ojalá esta fuera tu polla —Deslizo los dedos profundamente en mi
boca, bombeándolos un par de veces, y luego paso mi lengua arriba y abajo
entre cada uno de ellos tan rápido como puedo sin ser obvio—. Sabe tan bien.
Gracias por ayudarme a correrme, Papi.
cum2daddy: Buen chico. Hasta la próxima sema…
Termino la llamada antes incluso de terminar de leer el mensaje y me
dan unas arcadas incontrolables.
—Dios mío —Tragar los últimos restos de cerveza empeora aún más
el sabor. En el baño, me lavo las manos y la polla, haciendo una pausa cada
veinte segundos para escupir de nuevo. Luego hago gárgaras con enjuague
bucal hasta que ya no puedo sentir ni una pizca de semen ni la palabra papi.
Mi cabeza dolorida y mi orgullo herido se sienten mejor cuando mi teléfono
zumba con la notificación del pago.
El siguiente paso es llenarme de azúcar, sodio y carbohidratos hasta
que entre en coma. Me gané una jodida taza de fideos instantáneos con un
huevo dentro. Todavía desnudo, deambulo por la cocina, abriendo y cerrando
armarios llenos de ollas y utensilios de cocina aleatorios que mi madre
guardaba allí. Vivo en un museo de mi infancia de mierda, encajando mis
propias cosas en los bordes de la mierda que ella dejó. Ordenar sus
posesiones exigiría reconocer que alguna vez existieron, y no merecen tanto
amor ni tanto odio. Algún día, cuando me vaya, le prenderé fuego y lo veré
arder todo.
Parece que me he comido todos los fideos, así que agarro las Oreo y 25
me aprieto el paquete contra el pecho desnudo mientras saco un manojo de
cuerda de nylon de debajo del colchón. Las hebras rosas, verdes y blancas
del látigo a medio terminar brillan con luz fluorescente en la penumbra. No
son los colores que yo habría elegido, pero pensé que se verían bien en una
cámara de mierda. Necesito todas las ventajas que pueda conseguir si quiero
competir con las cuentas de porno profesional que pueden financiar todos los
equipos pervertidos conocidos por el hombre. Ni siquiera puedo pagar tres
comidas al día.
Una vez que agarro un par de bóxers nuevos, me acuesto en la cama y
vuelvo a trenzar el mango, apretando cada mechón con la atención y el
cuidado que se merece mi futuro sumiso. Hago una pausa cada pocas vueltas
y me meto más Oreo en la boca hasta que el subidón de azúcar me equilibra.
Cuando decidí que tenía que sacarnos a Dallas, Beck y a mí de
Paradise antes de que uno de nosotros muriera, sabía que tardaría demasiado
embolsando la compra o sirviendo mesas. Desde que tengo un culo
jodidamente sexy y una boca sucia, vender mi cuerpo online parecía una
opción obvia. Pero cada vez que busco un sumiso en las aplicaciones
pervertidas locales, algo me impide apretar el gatillo. Nadie va a ver un Dom
novato, sucio y pobre, con un sumiso genéricamente bonito que se sabe de
memoria todas las palabras correctas y se arrodilla como si fuera su segunda
naturaleza. Necesito a alguien de quien no puedas apartarte, que te atrape
desde el primer momento porque es demasiado puro, salvaje y perfecto.
Y estoy bastante seguro de que acabo de encontrarlo. Más que seguro.
Lástima que él aún no lo sepa.
26
Pensaba que nunca me quedaría dormido en ese sofá, rodeado de los
sonidos desconocidos de una casa nueva, pero Trav y Terry me despiertan
cuando entran por la puerta borrachos a las dos de la mañana. Me arden los
pulmones de aguantar la respiración mientras permanezco inmóvil y observo
sus siluetas por el rabillo del ojo. Cuando desaparecen en sus habitaciones,
aspiro temblorosamente y me doy la vuelta para enterrar mi rostro en los
apestosos cojines, arrastrando la almohada sobre mi cabeza.
A la mañana siguiente, me despierta el olor de tocino cocinándose.
Durante un aterrador segundo, no tengo ni idea de dónde estoy ni de cómo
he llegado hasta aquí. Cuando lo recuerdo, me rodeo con los brazos a mí
mismo y me incorporo. Terry está friendo el desayuno en su cocina oxidada,
canturreando para sí mismo. El chisporroteo me llena la boca de saliva y se
me revuelve el estómago. Aparto la vista rápidamente cuando me mira,
estudiando una estantería llena de muñecos cabezones deportivos de plástico
que van todos a distintas velocidades, desincronizados.
No me sorprende que Terry sólo sirva dos platos. Le da el segundo a
Travis cuando mi hermano sale del baño con su uniforme nuevo. Me tocará
lavar y planchar toda su ropa de trabajo, pero no me importa demasiado.
Planchar es mi tarea favorita, porque sé que la abuela estaría orgullosa de lo
bueno que me he vuelto.
—Roman —Trav se sienta en la isla de la cocina y se sirve unos
huevos humeantes—. Todo eso estaba en mi habitación —Sigo su dedo que
señala un montón de basura que se parece a todo lo demás en la habitación—
. Llévatelo todo al cobertizo de atrás. Luego lava los platos y ve a hacer la
compra. Familiarízate con el terreno; tendré entregas para ti en un par de
días.
Intento mantener el rostro inexpresivo, pero él entrecierra los ojos.
—¿Tienes algún problema?
Sacudiendo la cabeza rápidamente, saco mi bloc de notas de la 27
mochila y garabateo en él. Lo agarra y lee en voz alta, con exagerada lentitud.
—Quiero conseguir un trabajo de verdad. Te pagaré el alquiler y la
comida, lo que quieras.
Llevo traficando con drogas para él desde los dieciséis años; cuando
nos mudamos, esperaba que las cosas fueran diferentes.
Lee mi mensaje una segunda vez, luego una tercera, disfrutando de
cómo me retuerzo sobre mi mismo.
—¿Un “trabajo de verdad”? —Cuando aparta su plato y se levanta,
retrocedo hasta que mis rodillas chocan con el sofá y me dejo caer de culo.
Se sienta a mi lado y me alborota el cabello—. Hemos hablado de esto
cientos de veces. ¿Quién le va a dar un trabajo a un chico que no sabe hablar
cuando tienen docenas de aspirantes que sí pueden? —Una sonrisa se dibuja
en su boca—. ¿Cómo se lo preguntarías siquiera, Rome? —Y cuando no digo
nada, porque claro que no lo hago, me rodea con el brazo—. Cuidaré de ti,
hermanito. No te preocupes.
Fijo los ojos en mi regazo, pero él espera hasta que asiento con la
cabeza, entonces me deja un papelito y cuarenta dólares en efectivo sobre las
rodillas.
—Consigue todo lo que hay en esa lista y podrás usar quince de ellos
para tu propia comida. ¿Entendido?
Gracias, garabateo en el bloc, sin mirarlo. Buena suerte en tu primer
día.
—Aww, que bonito —Me pasa una mano bruscamente por la nuca y
me empuja la cabeza hacia un lado, luego se levanta y se dirige a la puerta—
. Sé bueno. Nos vemos esta noche.
Cuando se va, me quedo sentado mirando fijamente la puerta hasta que
Terry se aclara la garganta, haciéndome dar un respingo.
—Levántate del sofá. Quiero ver la televisión —Levanta la voz y
remarca mucho, como si no hablar me incapacitara para comprender las
palabras.
Recojo un montón de ropa y la llevo al minúsculo cuarto de baño. La
ducha no tiene espacio suficiente para que pueda estirar los brazos y mi bolsa
con artículos para el baño tiene que vivir en el piso, debajo del lavamanos.
No tengo cepillo, así que me paso los dedos por el pelo mojado y me pongo
un gorro.
Terry está demasiado distraído en el sofá para darse cuenta de que he
escondido la colcha de la abuela en el rincón menos visible del salón. Luego
agarro un montón de basura para sacarla por la puerta corredera de cristal.
Hay una lámpara sin pantalla, una silla rota y un montón de revistas. Al 28
parecer, Terry era una de esas personas que pensaban que poseer quinientos
números de National Geographic tendría valor algún día. La hierba muerta
mide casi veinte centímetros, está pisoteada y reluce por la escarcha. El
cobertizo, que no tiene cerradura, sólo contiene una escalera de madera,
algunos cubos y un polvoriento generador de gas portátil. Supongo que a
Terry le gusta guardar la basura dentro de casa.
Cuando lo tiro todo en un montón y me doy la vuelta, el perro del que
me había olvidado por completo asoma por la puerta, con todo el pelo de la
espalda erizado. Joder. Me agacho lo más despacio que puedo, pero gruñe al
notar mi movimiento.
—No te haré daño —Doblando las piernas debajo de mí, pongo mi
culo en el suelo mugriento del cobertizo y le ofrezco mis nudillos. No me
importa mucho si me muerde la mano, pero él se inclina hacia delante y
resopla su aliento caliente y apestoso sobre mi piel. Sus dientes parecen
podridos y ojalá pudiera permitirme llevarlo a un veterinario.
—¿Tienes nombre? —Incluso si Terry le dio un nombre, tal vez no le
gusta. Quizá signifique pasar frío, hambre y recibir patadas cada vez que se
mueve. No teníamos mascota cuando yo era pequeño, pero la abuela hablaba
mucho de su perro favorito cuando era pequeña. Lo llamaban Tubbs, porque
era redondo como un barril. Este chico no es redondo, puedo ver sus costillas.
Pero murmuro—: Hola, Tubbs —Mi voz suena más fuerte con cada frase.
Seguro que hay un nombre médico para eso, pero mi terapeuta infantil
siempre me decía que mi voz era tímida. No le gusta salir cuando estoy
ansioso, aunque sepa exactamente lo que quiero decir. Aunque no hablar lo
empeore todo cien veces. Sólo funciona cuando me siento seguro, por eso ya
casi no recuerdo cómo suena mi voz.
Tubbs me resopla y luego saca una lengua rosa y negra para juguetear
con mis dedos. Sus tristes ojos se cierran mientras le rasco la parte superior
de la cabeza y juego con sus orejas, hasta que sus noventa kilos empiezan a
inclinarse hacia mi mano y casi se cae. De sus labios caen sucias hileras de
babas.
—Eres asqueroso —le digo, limpiándomelas y pasándome las manos
por los jeans.
Gimotea cuando me levanto para irme. Podría usar parte de mi pago
de comida para comprarle algo, pero entonces recuerdo que Terry tiró las
sobras del desayuno al porche para él.
—Lo siento, chico, pero creo que yo lo necesito más que tú. Te
prometo que volveré pronto —Quizá algún día mueva su cola flaca hacia mí,
pero no lo culpo si nunca lo hace. Yo no lo haría.
------------- 29
El portazo de la puerta principal me levanta de golpe, mi corazón
latiendo con fuerza. Quiero salir corriendo, pero tengo las piernas enredadas
en la base del taburete, donde debo de haberme quedado dormido a mitad de
mi cena, unos cereales. Estoy mareado y desorientado, mirando hacia todos
lados, y entonces Travis está ahí mismo, oliendo a crema para el cabello y a
menta para ocultar su mal aliento. Lo único que puedo hacer es mirar confuso
porque he terminado todas las tareas que me pidió, más algunas extras, y no
entiendo cómo he podido joder algo mientras dormía. Aprieto los dedos con
fuerza en la colcha de la abuela, que dejé sobre mi regazo.
—Cuando me dirigía a casa esta tarde —gruñe—, uno de los chicos
me señaló una abolladura y un arañazo en la puerta de mi auto totalmente
nuevo. En mi primer día de trabajo. ¿Qué mierda te pasa?
Con el corazón latiéndome en la garganta, señalo el bloc de notas que
tengo al alcance de la mano, pidiendo una oportunidad para explicarme. Se
acerca y lo tira al suelo de la cocina. Ah, está bien. Va a ser una de esas veces.
Por encima del hombro de Trav, veo a Terry en el pasillo, observándonos.
He roto más cosas de las que puedo contar en mi vida, pero las
ventanas de los autos son las que más satisfacción me dan. La primera vez
que Travis encerró la colcha de la abuela en un armario hasta que hiciera lo
que él quería, me lancé contra su camión con las manos desnudas, como un
salvaje, me rompí el puño en pedazos. Aún tengo las cicatrices en los
nudillos, blancas y estriadas. Luego me senté en la acera y vi cómo la sangre
goteaba sobre el hormigón hasta que Travis volvió. Me golpeó lo bastante
fuerte como para hacerme sangrar también por la nariz y luego me llevó a
urgencias para que me curaran todo. Cuando destruyo cosas, la gente me
escucha. Entienden lo que intento decir, aunque me castiguen por ello. Y la
abuela ya no está aquí para calmarme.
Me encuentro con la mirada nublada y peligrosa de Travis, quien se
acerca un paso.
—¿Tienes algo que decirme? Vamos, cuéntamelo todo —Esta es su
tortura favorita. Aunque sé que se está burlando de mí, cada una de las veces
logra convencerme de que, si pudiera decir las palabras, a lo mejor me
escucharía.
Cuando intenta agarrarme por la nuca, estoy tan desorientado que me
asusto y lo empujo con fuerza. Después de un segundo de horror, me bajo
del taburete y tropiezo con la colcha entre mis brazos hasta el otro extremo
de la habitación.
—Oh, estás muerto. —Tantea con su cinturón, el que tiene una hebilla
enorme que corta como una hija de puta. Travis odia que intente hacer señas,
pero no puedo evitar llevarme el puño al pecho, dándole vueltas. Como si 30
fuera a escuchar una disculpa en cualquier idioma después de haberlo tocado.
—Nadie te quiere, ¿lo sabes? Te mantengo con vida porque me das
pena y lo único que haces es joderme.
Me deslizo por la pared mientras Travis viene hacia mí, luego hago
una escapada hacia la puerta. Si consigo salir, en público, solo me gritará
hasta que se canse y entonces me dejará en paz. Por un segundo, creo que
Terry va a agarrarme, pero no se mueve mientras forcejeo con el pomo y
salgo tambaleándome al porche. El frío me golpea como un puñetazo, el
áspero hormigón duele contra las plantas de mis pies descalzos. Se me para
el corazón cuando mi hermano cierra la puerta y escucho el clic de la
cerradura.
No, no, no. Agarro el pomo, lo sacudo, lanzo mi hombro contra el duro
metal. No se mueve. Mi aliento hace nubes en el aire mientras retrocedo y
miro alrededor del silencioso vecindario. Según mi teléfono, hace doce
grados y empezará a oscurecer dentro de una hora. Sin chaqueta ni zapatos,
ya me castañetean los dientes. Me envuelvo los hombros con la colcha de la
abuela y tiro de ella, pero no sirve de mucho. Por si acaso, golpeo la puerta
una vez más. Alguien enciende la televisión y sube el volumen.
Cojeo hasta la acera y doy vueltas sin rumbo. Travis tiene razón; ni
siquiera puedo acercarme a la puerta de alguien y darle explicaciones. Si me
quedara afuera en California, caminaría unos diez minutos por la carretera
hasta una tienda de comestibles. El chico que trabajaba allí me hablaría
durante horas, sin importarle que nunca le contestara de vuelta. Entrabamos
al baño de empleados y él me la chupaba, luego yo le metía los dedos hasta
que se corría en mi mano. Ni siquiera sabía su nombre, pero siempre me
hacía ilusión verlo. Aquí no hay ningún chico de gasolinera, sólo casas
oscuras y hierba muerta, como si me hubiera perdido el fin del mundo.
Sin saber qué más hacer, me pongo en marcha calle abajo en busca de
algún refugio antes de congelarme. Ya se me han entumecido las plantas de
los pies y las puntas de las orejas. Después de caminar un rato con la nariz
metida en la colcha para contener la respiración caliente, miro hacia arriba y
veo la señal de Paradise Peaks, iluminada por un pálido foco.
Me llama la atención una rotura en la alambrada que bordea la
carretera, una esquina descascarillada donde un hombre podría escabullirse
por ella. Al otro lado, veo un débil rastro pisado en la hierba que me recuerda
a los que seguíamos Pop y yo durante la temporada de caza. Siento su cálida
y nudosa mano presionándome entre los omóplatos, su voz en mi oído como
el crujido de una mecedora en un porche al atardecer. Sigue los caminos
hechos por los ciervos, Rome. Los animales saben cosas que nosotros no.
Siempre te llevarán a algún lugar importante.
Aprieto la frente contra la alambrada y entrecierro los ojos hacia los 31
campos vacíos. A unos cientos de metros, en el crepúsculo, hay un pequeño
edificio de ladrillo, como una caseta de servicios. Quizá tenga calefacción.
No sé por qué me aferro tanto a la vida; Trav y yo seríamos más felices si
desapareciera. Pero siempre tengo ese temor en el fondo de mi mente de que
el cielo podría ser real. Cuando despertara allí, mis abuelos vendrían
corriendo a las puertas del cielo. Verían en lo que me he convertido, lleno de
cicatrices y carcomido por la rabia, y se les rompería el corazón. No sería
capaz de soportarlo.
Sigue siempre los caminos hechos por los ciervos.
Doblo la colcha con cuidado y me la meto por dentro de la camisa para
evitar que se arrastre por la tierra o se enganche en la valla. El suelo rocoso
me pincha las manos y las rodillas mientras me arrastro por la brecha, y luego
desciendo con el culo por la pendiente hasta el estéril maizal. No es una larga
caminata, pero cada bocanada de aire frío me aprieta la garganta y me quema
los pulmones haciendo que me sienta mareado. El lugar es de ladrillo macizo,
con ventanas cubiertas de lona y una gruesa puerta de metal corroído. Al
rodearla, por precaución, mi pie choca con un candado cortado que yace en
el suelo. Me dolería si mis dedos de los pies aún sintieran algo.
Empujo la rígida puerta con el hombro, estremeciéndome cuando
chirría contra el suelo de cemento. La linterna de mi teléfono deja claro
rápidamente que los carroñeros se han llevado todo el equipo que había aquí,
dejando telarañas, unas cuantas tuberías y una fila de taquillas vacías a lo
largo de la pared.
Pero hay más, y nada de ello tiene sentido: un sofá de cuero roto con
un equipo de música de la vieja escuela apoyado en un brazo, una mesa de
patio con un tablero de ajedrez, una nevera portátil, un balón de fútbol. Un
maltrecho ejemplar de Matadero Cinco. Cuando veo un pequeño calefactor
en un rincón, me abalanzo sobre él y tanteo el dial. De algún modo, el
enchufe funciona y sale una pizca de calor mientras la bobina empieza a
ponerse naranja.
—Ow, ow —Murmuro, flexionando los nudillos y estremeciéndome
al acercar las manos al calor. Después me descongelo los pies, con cuidado
de que no se me queme la colcha. Mientras espero a que el calentador haga
su trabajo, mi estómago, casi vacío, atrae mi atención hacia la nevera portátil.
Todo lo que tiene dentro es una sola lata de cerveza Coors y una bolsa de
esos caramelos espumosos con forma de cacahuete naranja que Pop solía
comprarme cada vez que pasábamos por la caja de la ferretería. Ni siquiera
están buenos, pero tengo tanta hambre que agarro la bolsa, la abro de un tirón
y empiezo a metérmelos en la boca casi más rápido de lo que puedo tragar,
con unas cuantas arcadas por la textura. Demasiado pronto dejo caer la bolsa
vacía y me limpio los dedos pegajosos en los jeans. Se me revuelven las 32
tripas inmediatamente, por lo que puedo decir que me voy a arrepentir de
habérmelos comido. Al menos la calefacción crea una bolsa de aire lo
bastante caliente para que me haga una bola contra el sofá y me tape la cabeza
con la colcha.
—Oh, mierda —Cuando la voz me despierta, tengo tanto frío que mi
cerebro ni siquiera puede poner en orden mis pensamientos, aparte de Travis
ha venido a buscarte. Lo peor es que me siento aliviado. Me va a doler, pero
al menos podré volver a casa.
Cuando abro los ojos, un brillo apagado se filtra bajo los bordes de la
colcha. Debo haber pasado por alto un interruptor de arriba, pero no estoy
seguro de cómo sabía Travis dónde estaba. Toca el borde de la colcha y yo
estallo hacia atrás, medio tropezando y medio cayendo sobre el respaldo del
sofá. Por fin consigo quitármelo de la cabeza y agarrarlo entre mis brazos,
con la vista borrosa y el corazón martilleándome en los oídos.
No es Travis. Es el chico más guapo que he visto en mi vida, como
una celebridad o un modelo. O tal vez como uno de esos ángeles de la Biblia
que asustaban a la gente como la mierda porque con una sola mirada sabían
que ese ser intocable y extraño tenía el poder de arruinarles el alma. Tiene
ojos grandes de color gris oscuro, algo azulados, una pizca de pecas en una
nariz delicada que se levanta ligeramente en la punta y un piercing negro en
forma de aro en el labio inferior. Tengo que parpadear un par de veces para
asegurarme de que no estoy alucinando, tiene el cabello engominado hacia
delante sobre su frente. Es plateado. Un gris plateado mate con un ligero
toque de raíces oscuras.
Cuando me mira de arriba abajo con una expresión que no revela ni
una sola pista de lo que está pensando, se me hace un nudo en la garganta
con una mezcla salvaje de lucha, huida y congelación.
—Huh —Está mascando chicle y eso interrumpe sus palabras—. Son
como de color dorado. Está bien. Podríamos hacer un buen contraste.
Repaso las palabras un par de veces, pero no les encuentro sentido.
Parece darse cuenta de mi desconcierto, porque añade:
—Antes no podía distinguir el color de tus ojos, porque te miraba de
espaldas —Como si eso lo aclarara todo.
Cuando me pongo rígido al darme cuenta, una de sus cejas se arquea
un poco. Recuerdo la presión intencionada y hambrienta de sus ojos; la sentí
en mi espalda en el jardín de Terry. Si pudiera hablar ahora mismo, le
preguntaría si se da cuenta de lo espeluznante que suena.
—Lo siento —continúa cuando no digo nada. Su sonrisita torcida no
parece lamentarlo en absoluto—. Puedo tener una mente unidireccional. Soy 33
Scout. Y tú, chico policía, ¿eres...? —Hace un gesto con la palma de la mano
como si creara un espacio en blanco en el aire para que yo lo llene de
palabras. Me callo, porque ahora mismo no podría hablar, aunque mi vida
dependiera de ello. El chico sigue pasándose la lengua inconscientemente
por el interior del anillo que tiene en el labio. No sabía que tuviera ningún
fetiche, pero incluso aquí, incluso ahora, la forma en que el piercing se
mueve de un lado a otro contra su suave labio me excita un poco.
Cuando no contesto, sus ojos parpadean confusos. Da un par de pasos
hacia mí, pero vacila cuando retrocedo hasta el rincón más oscuro y sucio
del edificio. Podría derribarlo fácilmente y salir corriendo por la puerta, pero
su presencia me parece imposiblemente enorme, como la de Travis, pero en
cierto modo nada en absoluto como la de él.
—¿Dónde está tu ropa? —me pregunta, fijándose por fin en mis pies
y brazos descalzos—. Ya no estás en California. Tienes que llevar una
chaqueta.
No quiero ni saber cómo ha adivinado mi estado natal. Me estudia una
vez más y se acerca. Esta vez no se detiene, ni siquiera cuando encajo la
espalda en la esquina y dejo salir un gruñido de advertencia desde mi pecho.
A menos de un metro de mí, levanta la barbilla para examinar mi rostro. Sus
ojos están tan tranquilos y quietos, como el silencio pacífico pero solitario
de un día nublado.
—Mírate —me dice—. Eres impresionante —Jadeo, temblando un
poco y puedo olerlo: desodorante barato en spray, gel para el cabello, chicle
de fresa. La mitad de mí quiere salir corriendo y no mirar atrás y la otra mitad
quiere masturbarse con la nariz hundida en su cuello.
Cuando se acerca a mí, gruño más fuerte y muestro los dientes. Su
mano se detiene a medio camino de mi rostro, pero no retrocede.
—Shh —murmura, con los ojos fijos en los míos—. Estás bien —Es
lo menos cierto que me han dicho nunca, pero hay algo en su forma de hablar,
como si pudiera doblegar la realidad a su antojo, que hace que mi cuerpo le
crea. Me observa atentamente y todo lo que ve lo hace sonreír, su rostro
distante y perfecto se suaviza un poco. Cuando no intento pelear de vuelta,
su mano cierra la brecha y me agarra por un lado del cuello, con sus dedos
firmes y cuidadosos apretados contra mi piel fría como si le perteneciera—.
¿Cuál es tu problema? —susurra, medio para sí mismo—. ¿Vas a decirme
por qué estás aquí afuera así?
Por un momento, anclado, sujeto y bajo las órdenes de alguien que aún
no estoy convencido de que sea real, le diría cualquier cosa. Pero mi cuerpo
no coopera. Como una disculpa, volteo mi rostro hacia el calor de su palma,
y su frente se frunce de una forma que me hace preguntarme si no está 34
contento conmigo.
Doy un respingo y le aparto la mano de un golpe cuando unos pasos
fuertes resuenan en el exterior del cobertizo. Dos hombres más llenan la
puerta, tapando la luz del atardecer. Uno de ellos parece elegante y serio, con
el cabello negro por encima de los hombros. El tipo alto y musculoso que
está detrás se siente como una amenaza, aunque yo soy más grande. Pero sus
rostros de confusión sugieren que quizá no hayan venido a tenderme una
emboscada.
El tipo duro se queda mirando la bolsa de caramelos vacía en el suelo
y luego me mira a mí con cara de haber recibido una bofetada.
—¿Qué mierda? Esos me iban a durar una semana —Mis pies
descalzos resbalan contra el cemento sucio mientras intento empujarme aún
más hacia la esquina. Si no me dejan salir, tendré que pelearme con todos a
la vez.
Scout hace ademán de retroceder.
—Chicos, no... —Pero la mierda que sea que acaba de pasar entre
nosotros ya se ha roto.
35
Los salvajes iris color miel del intruso se mueven entre nosotros sin
detenerse por más de un segundo. Esperaba que se enfadara o se pusiera
nervioso, pero está aterrorizado, con los orificios nasales abiertos y el blanco
de los ojos a la vista. Se estremece cada vez que nos movemos, aunque ni los
tres juntos podríamos retenerlo si quisiera irse.
Su mirada vuelve a clavarse en mí y puedo ver que lo he perdido.
Sacudo la cabeza, pero él me ignora e intenta huir. Imprudentemente, me
interpongo en su camino. Podría arrollarme sin aminorar la marcha, pero en
lugar de eso se detiene bruscamente, con mi mano apoyada en su camiseta
negra. Su corazón late como el de un animal atrapado.
Sólo mide unos centímetros más que yo, pero pesa al menos quince
kilos más. Su nariz y sus pómulos son romos y poco refinados y su ancha
mandíbula me recuerda a la de un tiburón. Pero tiene unas pestañas largas y
delicadas, y la piel más bronceada y perfecta que he visto nunca.
—Más despacio —Intento que vuelva a ese momento de respiración
entrecortada en el que se quedó quieto y confiado bajo mi mano, pero se ha
ido. Cuando intenta rodearme, vuelvo a interponerme en su camino. Acabo
de encontrarlo y mi cerebro no quiere dejarlo ir, aunque eso signifique que
su puño retuerza mi preciosa cara—. Estos son Beck y Dallas. No vamos a
hacerte daño.
Me mira fijamente y luego levanta la cabeza como si fuera a romperme
la nariz con el cráneo. Salto hacia atrás antes de darme cuenta de que lo ha
fingido. Y antes de que ninguno de nosotros pueda reaccionar, se escabulle
entre Dallas y Beck y sale corriendo por el campo, con las piernas
centelleando en el resplandor amarillo del atardecer.
Dallas y yo nos quedamos en la puerta, Beck me rodea el pecho con
un brazo y apoya la barbilla en mi hombro mientras lo vemos irse. Él frena
bastante rápido, agotado, y mira por encima del hombro como si pensara que
voy a perseguirle. Eso me hace reír. No necesito sudar para conseguir lo que 36
quiero.
—¿Puedo atropellarlo? —Beck suplica, vibrando con energía no
gastada—. Se comió todos mis circus peanuts6.
—Jesús, te compraré más de esos dulces asquerosos — chasqueo,
empujándolo. Dallas frunce el ceño—. ¿Qué mierda acaba de pasar? ¿Te
gruñó?
Beck se retira al sofá, agarra la última cerveza de la nevera y resopla.
—Los chicos hablaban de ellos esta mañana; es el hermano pequeño
del poli. También sé su nombre. ¿Cuánto me pagas por decírtelo?
Empujo sus pies fuera del camino y me siento en el otro extremo del
sofá.
—Nada. Quiero averiguarlo yo mismo.
Como buen oportunista, cambia inmediatamente de táctica.
—¿Cuánto me pagarás por no decírtelo?
—Ya te estoy comprando otra bolsa de cacahuetes de mierda.
Absorto en la pantalla de su teléfono, levanta tres dedos.
—Esta cantidad de bolsas y una de esas botellas de Frappuccino de
café frío. Siempre he querido probarlas.
—¿Crees que tengo seis dólares para gastar en leche con sabor a café?
—Mi ejemplar a medio terminar de Matadero-Cinco desapareció en algún
lugar entre los cojines del sofá, así que rebusco hasta encontrarlo—. Sigo
teniendo que comprar comida nueva porque me la robas toda.
Se frota los dedos como si estuviera tocando el violín más triste del
mundo y vuelve a la aplicación en la que pasa la mitad del día viendo
repeticiones de deportes y vídeos de compras de zapatillas. Tratando de
mantener el calor, Dallas se tira encima de nosotros, con la cabeza apoyada
en mi cadera y las piernas cruzadas sobre Beck. El hombre está obsesionado
con el —mindfulness 7 —, así que hace yoga y se acuesta con los ojos
cerrados, sin dormir. Probablemente sea la única persona de Paradise que
altera su conciencia sin drogarse. Entonces, justo cuando se supone que va a
encontrar la iluminación o lo que sea eso, se queda dormido accidentalmente.
Todo queda en silencio durante casi una hora, excepto yo pasando
páginas y Beck soltando risitas de vez en cuando. Incluso con abrigo y
6
Son dulces de malvavisco americanos con forma de cacahuete.
7
Es una actividad o estado mental que se implica en centrar la atención en el
momento presente, prestando atención a la respiración, pensamientos y emociones sin
juzgarlos.
zapatos, me muero de frío; ese chico debe de haber sufrido mucho. Beck 37
aprieta el muslo de Dallas para llamar su atención y le enseña una foto de su
aplicación de citas gay favorita.
—¿Qué pasa con él?
Dallas mira la foto con escepticismo, mientras yo me inclino para
echarle un vistazo. Es un zorro plateado, musculoso y rico, con un brillo
sádico en los ojos.
—Deja de enseñarle hombres con los que tú quieres salir, Beck.
—Eso no es cierto —gruñe, tirando de su teléfono hacia atrás—. Sólo
creo que es sospechoso que Dallas diga que es pansexual pero que no pueda
encontrar a un solo ser humano con el que quiera follar.
—No eres tú quien se arriesga a ser asesinado por tu cita cuando te
quitas los pantalones —comenta Dallas con suavidad, volviendo a cerrar los
ojos. No parece molesto, pero el buen humor de Beck se evapora. Los
homosexuales no son precisamente bienvenidos por aquí, pero a mi chico
protector le vuelve loco que Dallas corra aún más peligro que el resto de
nosotros. Todo porque no nació con un pene. Porque tiene dos pálidas
cicatrices de cirugía bajo los pectorales y no tiene pezones.
—Deja de preocuparte —murmura Dallas mientras empuja a Beck con
el pie—. Estoy bien —Pero Beck me lanza esa mirada de frustración latente
que nunca sabe cómo desahogar.
Distraído, miro fijamente la página de mi libro y pienso en el hombre
que huyó. Cómo acabó en nuestro cobertizo sin ropa. Cómo voy a conseguir
su nombre. Cómo convencerlo de que se arrodille ante mí se convirtió en el
objetivo de mi vida en cuanto le puse los ojos encima.
El teléfono de Beck suena estridentemente y me lanza una mirada de
culpabilidad. Después de escuchar durante un minuto, dice:
—Ajá. Ya voy —y cuelga, apartando las piernas de Dallas—. Tengo
que ir a robar unos autos de mierda —Evita mis ojos mientras apura el último
trago de su cerveza y se dirige a la puerta. Dallas levanta en silencio la cabeza
de mi muslo para que pueda levantarme, luego se tapa los ojos con un brazo
y se duerme de verdad.
Cuando salgo, Beck ya está a seis metros de distancia.
—Beckham Alexander —Su boca se tuerce en una sonrisa cuando se
gira hacia mí—. ¿No te olvidas de algo?
—Bicho raro —Vuelve sobre sus pasos y rodea los lados de mi cabeza
con sus manos grandes y maltrechas de nudillos tatuados mientras me
sostiene la mirada con sus ojos verde musgo—. Prometo volver, Scout —
Tirando de mí más cerca, frota su nariz en mi cabello.
Es nuestro talismán, el ritual que le exijo cada vez que va a hacer el 38
trabajo de la banda. Aunque no signifique nada, es todo lo que puedo hacer
para mantenerlo vivo. Cada vez que me despierto, una parte de mí se
pregunta si hoy será el día en que lo perderemos en algún tiroteo o
emboscada. Y después de tantos años recitando estas palabras, me parece
peligroso olvidarlo. Por si acaso sirve de algo.
—Deja de despeinarme —Lo empujo—. El gel es caro.
—Creo que conseguí que parezcas menos idiota —Compramos o
robamos tinte de caja de la farmacia y Beck y Dallas me lo tiñen. Siempre es
un choque de trenes que termina con todos nosotros llorando de la risa y
decolorando algo que no pretendíamos, pero el cabello en realidad se ve bien.
—Nunca seguiré los consejos de estilismo del hijo bastardo de un
mullet8, un mohicano y un corte que se quedó atrapado en un cortacésped —
sonríe torcidamente, señalándome mientras se aleja—. Nos vemos mañana.
—Nos vemos —susurro cuando está demasiado lejos para oírme,
apenas una silueta que se aleja hacia el sol inclemente como un fantasma. Al
final, aquí todos somos fantasmas, excepto los que consiguen escapar.
-------------
Para cuando el sol deja paso a una luna llena entrecruzada de nubes,
me encuentro de nuevo en casa de Terry. Las ventanas parecen oscuras, pero
todos los autos siguen en la entrada. Subo cojeando al porche y pruebo el
pomo de la puerta, con la esperanza de que la haya desbloqueado al dejar
claro su punto. No se mueve por más que golpeo las bisagras. Cuando llamo,
nadie responde.
Por fin me rindo y golpeo la puerta con todas mis fuerzas.
—¡Travis! —Mi voz ronca se quiebra y tiembla mientras me
castañetean los dientes. Nada—. Travis, por favor.
Me deslizo hacia abajo hasta sentarme de rodillas con la cara contra el
frío metal y golpeo la frente contra él.
—Por favor, déjame entrar. Lo siento —Me pregunto si alguno de los
vecinos me dirá que me calle, pero nada sucede.
Por fin se enciende la luz del salón y la puerta se abre un poco. Miro
fijamente a Travis quien está en calzoncillos y en una camiseta enorme de
Jack Daniels.
8
Es un peinado que se caracteriza por ser corto en la parte superior del cráneo y
largo en la zona de la nuca.
—¿Te vas a portar bien ahora? —Asiento temblorosamente, 39
desesperado por entrar en la habitación cálida, desesperado por una ducha
caliente, lo que sea. —¿Harás tratos para mí, te callarás sobre lo de conseguir
un trabajo y jodidamente no me cabrearás más?
Me gotea toda la nariz hasta el labio, pero me limito a inhalar y asentir
de nuevo. Finalmente, retrocede y abre la puerta. Me meto dentro a gatas,
porque qué es la dignidad sino algo que logra que me golpeen, y me hago
una bola en el sofá. Travis se queda parado por un minuto, mirándome, luego
vuelve a su habitación.
En cuanto cierra la puerta, corro hacia la ducha: empiezo con agua
tibia y voy calentándome poco a poco las manos y los pies antes de calentarla
lo suficiente como para empañar el pequeño espejo. Me quedo dormido en
el suelo mugriento de la ducha y sueño con un ángel vengador de cabello
plateado que huele a chicle de fresa, el cual desaparece cuando el agua se
enfría lo suficiente como para despertarme.
40
Apretando a muerte la correa de mi mochila, giro en círculo
lentamente, buscando un solo nombre de calle o número de edificio que
coincida con el trozo de papel que tengo entre los dedos fríos. Travis me dejó
en el centro de Fort Holden de camino al trabajo, con instrucciones de no
llamarlo hasta que hubiera terminado mis entregas.
Me preguntaría por qué me obliga a hacer esto cuando soy tan inútil
para ello, pero ya sé la respuesta. Si un tipo grande y desaliñado que ni
siquiera puede hablar por sí mismo es detenido por la policía por traficar,
nadie va a darse la vuelta para interrogar a su íntegro hermano policía.
Después de unos cuantos incidentes en San Diego, Trav me dejó muy claro
que, en cuanto me descubrieran, estaba solo. Si no he tenido el valor de irme
después de ocho años, él sabe que tampoco tengo el valor de entregarlo. Me
quedo con Travis porque estoy acostumbrado a las formas en que me lastima.
El mundo no será amable con un chico que no puede hablar, y no sé si soy
lo bastante fuerte para aprender nuevos tipos de dolor. Así que, en lugar de
eso, deambulo por esta fea y helada ciudad, haciendo todo lo que puedo para
ganar un montón de dinero que él me quitará en cuanto llegue a casa.
Echo un vistazo a mis notas garabateadas, elijo una dirección al azar
y empiezo a caminar, con un viento que parece arrancarme la piel de las
mejillas. Se suponía que no debía anotar estas direcciones, pero mi memoria
es como un colador. Si algún grupo antidrogas sale de la nada y me persigue
con helicópteros y perros rastreadores, me comeré el papel o algo.
Cuando por fin encuentro el primer local, me quedo un buen rato
afuera de la peluquería de lujo, mirando el cartel de Princess' Perfect Cuts9 y
preguntándome si lo entendí mal. Suena una campana y una mujer con
delantal rosa asoma la cabeza por la puerta.
—¿Puedo ayudarlo, señor?
9
Cortes perfectos de princesa.
Maldita sea. He estado murmurando—: Tengo una entrega para Sarah 41
—en voz baja durante los últimos cuarenta minutos de caminata, sólo para
que estuviera listo en mi boca. Pero me vuelvo loco en cuanto sus ojos
prejuiciosos me miran como si estuviera haciendo algo mal, y supongo que
es así. Sin saber qué más hacer, dejo la mochila en la acera y saco una caja
de cartón. No sé lo que hay dentro. Bueno, sé que hay metanfetamina, pero
no sé cómo está disimulada.
—Oh —En cuanto ve la caja, desaparece y vuelve con un sobre y una
mirada irritada—. Eres nuevo.
Lo único que puedo hacer es encogerme de hombros mientras cuento
el dinero lo más rápido posible, casi dejándolo caer. Travis quiere de mí cinco
de estos sobres y una mochila vacía al final del día. Si lo consigo, quizá me
dé una parte de lo que él y Terry cenen, en lugar de dejarme con más
macarrones o sopa enlatada que conseguí con mi pago.
Sarah, o quienquiera que sea, me cierra la puerta en la cara y miro
inseguro calle arriba y abajo. Los edificios de hormigón de los años setenta
son todos iguales, y el entramado de calles me marea, porque todo está
conectado y siempre termino volviendo al punto de partida. A este paso, la
semana que viene seguiré buscando. Apoyado en la pared, al resguardo de la
entrada del salón, me tomo un respiro con las manos metidas en las mangas
y el cuello de la sudadera subido sobre mi rostro.
—Bueno, hola.
Esperando ver a un policía, me doy la vuelta e intento esconder la
mochila detrás de mis piernas en el movimiento menos sospechoso de todos
los tiempos. En lugar de eso, es el auto más feo que he visto nunca. El óxido
corroe el Civic verde azulado de abajo hacia arriba, y profundos arañazos
cubren los paneles de la carrocería, algunos de ellos aleatorios y otros con
malas palabras escritas y tachadas. Tiene cerca de treinta calcomanías en el
parachoques que son juegos de palabras sobre la altitud o la marihuana. O
ambas cosas.
—¿Estás perdido? —pregunta conversadoramente el chico del asiento
del copiloto—. Soy Dallas, por si no lo recuerdas —Reconozco su coleta
oscura y su piel morena clara del cobertizo. Agacho el cuello y veo a su
agresivo amigo rubio en el asiento del conductor. Mis ojos observan las
ventanas traseras y luego la calle de arriba a abajo.
El hombre sonríe ligeramente.
—Scout no está aquí hoy. ¿Qué tramas?
Me doy la vuelta y me alejo, esperando que capten la indirecta. Se me
encoge el corazón cuando me siguen por la calle vacía, con el motor tosiendo
y el tubo de escape escupiendo humo negro mientras me observan 42
atentamente.
—No intentamos ser espeluznantes —me dice el hombre. Cuando le
dirijo una mirada escéptica, se ríe entre dientes—. Lo intentamos. Vamos,
estás perdido. ¿Adónde quieres ir?
Quiero que me dejen en paz, pero quiero dormir dentro esta noche y
que no me peguen aún más. Como no sé explicarme de otra manera, me bajo
de la acera y paso mi lista de direcciones por la ventana abierta.
Hago un impotente sonido de protesta cuando el tipo rubio, que debe
de ser Beck, se inclina sobre Dallas y me la arrebata. La extiende sobre el
volante y entrecierra los ojos en concentración mientras repasa las palabras
con el dedo.
Dallas mira el trozo de papel, mi mochila y mi rostro quemado por el
viento. Se echa hacia atrás en el asiento y se masajea la frente.
—Beck, apenas lleva una semana en la ciudad. ¿Por qué deambula por
aquí como un bebé ciervo perdido con una mochila llena de metanfetamina?
Examino con inquietud la bolsa de lona que tengo en la mano e intento
averiguar qué estropeé para que sea tan evidente. Jodidamente apesto en esto.
Beck se limita a poner sus ojos verdes en blanco.
—Toda la banda estaría ya en la cárcel si distribuyéramos así. Él
trabaja para el poli.
Ambos levantan la vista cuando golpeo el borde de la ventana. Estoy
malditamente harto de que hablen de mí como si no estuviera allí, sólo
porque no puedo hablar.
—Lo siento —Dallas suena tan sincero que retrocedo un paso y me
rodeo con los brazos. Yo soy el que se disculpa por las cosas; si alguien más
dice que lo siente, entro en pánico, tratando de averiguar qué hice mal—.
Sube —Dallas saca la mano por la ventana y da un golpecito en la puerta
trasera—. Tardarías horas en encontrar todos estos lugares a pie.
Compruebo si hay trampas y vuelvo a echar un vistazo a la calle vacía.
—Beck me recogía del trabajo —explica Dallas con paciencia—.
Repongo los estantes en el King Soopers10 —La forma en que adivina lo que
estoy pensando se siente casi, casi como mantener una conversación. En
realidad, nunca he hablado con chicos de mi edad; entre mis problemas del
habla y estar ausente la mitad del tiempo por caprichos de Travis, no tenía
Cadena de supermercados estadounidense ubicada en las Montañas Rocosas de los Estados
10
Unidos. Comenzó como su propia marca y ahora es una subsidiaria de Kroger. Tiene su sede en
Denver, Colorado.
amigos en la escuela. Supongo que deberían haberme acosado, pero era 43
demasiado grande y fuerte para que nadie lo intentara.
Así que, aunque sé que es un error, abro a la fuerza la abollada puerta
trasera con un sonido rasposo y subo. Dallas tiene que hacer su asiento hacia
adelante para que quepan mis piernas, y todo el vehículo se desplaza bajo mi
peso hasta que parece que el parachoques trasero está tocando el asfalto. El
interior no huele muy bien: una mezcla de humo de cigarrillo, demasiado
desodorante en aerosol y un dudoso almizcle procedente de debajo del
asiento. Pero a pesar de la suciedad y de la basura que se mueve alrededor
de mis zapatillas, me parece emocionante, como si este auto hubiera ido a
muchos lugares interesantes y visto muchas cosas increíbles.
Las cadenas que cuelgan del retrovisor se balancean cuando nos
alejamos de la acera. Me aprieto la mochila en el regazo y miro la chaqueta
tirada en el asiento de al lado: el abrigo de piel de oveja color canela que
llevaba Scout cuando me encontró. Mis dedos se deslizan distraídamente por
la tapicería rasgada y rozan el borde raído de los puños.
—Así que... —se atreve a decir Dallas, alargando la palabra mientras
me mira atentamente por el retrovisor—. ¿Tu hermano protege al cártel de
las investigaciones y a cambio consigue su propia reserva con la que te obliga
a traficar? —Sólo me encojo de hombros y enarco las cejas.
—Porque es demasiado marica para unirse a una banda de verdad —
Beck baja la ventana, escupe y vuelve a subirla. No sé si lo ha hecho para
mostrar su opinión sobre Travis o simplemente porque necesitaba escupir,
pero la idea de que alguien le escupa a Trav y lo llame marica a la cara hace
que las comisuras de mis labios se levanten, incluso aunque me aterra.
—Ya está, eso le sacó una sonrisa —Le saco el dedo a Dallas sin
pensarlo, luego me reprimo y me siento sobre mi mano. Se ríe como si eso
lo hiciera feliz por alguna razón.
Conduciendo con la rodilla mientras enciende un cigarrillo, Beck se
detiene frente a una tienda de bicicletas. Abro la puerta del auto y le hago
una seña de gracias automáticamente: me llevo los dedos a la barbilla y los
pliego hacia fuera y hacia abajo. Me contuve de hacer demasiados signos,
porque enojan a Trav y confunden a los demás. Y no estaba seguro de sí, en
el caso de las personas que físicamente no pueden hablar ni oír, sería
descortés por mi parte usar su lenguaje. Es demasiado en lo que pensar. Pero
ni Dallas ni Beck reaccionan a mi gesto.
—¿Qué quieres? —Un anciano asoma la cabeza enfadado por la parte
trasera de la tienda, y luego vacila al ver lo grande que soy. ¿Supongo que
no parezco alguien que monta en bicicleta? Entro en pánico por un segundo,
intentando recordar si todas las entregas eran para “Sarah” o si cada una tenía
un nombre diferente. Por suerte para mí, se cansa de verme titubear, agarra 44
la caja y me da el dinero. No espera a que cuente los billetes antes de
desaparecer de nuevo, así que me siento aliviado cuando suman la cantidad
correcta.
Los chicos siguen esperando afuera, compartiendo una bolsa de
semillas de girasol y bromeando como si fuera algo normal. Me hundo en mi
asiento y mantengo la vista en la ventana, viendo cómo mi aliento empaña el
cristal.
Hacemos las siguientes entregas en un tiempo récord, escuchando las
noticias locales en la radio. Me entero de todo tipo de datos sobre rebaños de
ganado, guerras de bandas y petróleo. Cuando cambian a una historia sobre
un proyecto de ley de derechos LGBTQ en el senado estatal, me doy cuenta
de que Dallas y Beck intercambian miradas. Quizá uno de ellos sea gay. O
los dos, supongo. Ahora me pregunto si Scout es gay. O quizá acorrala a
todos sus hermanos platónicos contra la pared y los llama impresionantes,
les acaricia el cuello y habla como si fuera a salvarlos y arruinarlos al mismo
tiempo.
Cuando vuelvo a tocar su chaqueta, como una mala costumbre, rozo
con los dedos el interior del cuello forrado de franela. Luego me los llevo a
la nariz y capto esa enloquecedora mezcla de olores que va directo a mi polla
en hibernación: dulzura y humo y champú barato.
—Hablando del diablo —exclama Beck en voz alta. No sé a qué diablo
se refiere, pero mis tripas sí, y suelto la chaqueta más rápido de lo que me he
movido en mi vida. Mientras Beck baja la ventana, Scout se baja de la acera
y apoya los codos en el borde.
—Hola —Levanta dos dedos. Noto sus ojos clavados en mí mientras
recorre el auto, pero están ocultos tras unas grandes gafas de aviador con
acabado de espejo que resaltan sus rasgos afilados.
—¿Adónde fuiste sin nosotros? —Beck suena como si estuviera
celoso, pero intenta hacerlo pasar por una broma.
Scout sonríe torcidamente y le da unas palmaditas en la cabeza.
—A casa de tu madre. Ahora vámonos de aquí.
Mi mano sale disparada a la manija de mi puerta mientras él rodea el
auto, porque prefiero hacer mi última parada a pie que terminar atrapado a
pocos centímetros de él. Al oírme luchar con la cerradura, Dallas se da la
vuelta.
—¿Qué pasa?
Antes de que pueda pensar en una respuesta menos insultante que salir
corriendo calle abajo, Scout se sube con una ráfaga de aire frío y el auto
vuelve a ponerse en marcha. Apretando las manos sobre mi regazo, me 45
concentro en la parte trasera del extraño corte de cabello de Beck e ignoro
todos los sonidos íntimos y distractores de Scout moviéndose y respirando.
Siento que la chaqueta se mueve contra mi pierna y veo por el rabillo
del ojo cómo le da la vuelta a las mangas y se la pone.
—¿Cómo te trata Terry?
Preso del pánico, lo miro. Se supone que no debo dejar que nadie se
entere de que Trav me hace daño, y esas palabras me parecen peligrosamente
cercanas. Pero mientras miro fijamente el reflejo de mi rostro en sus gafas
de sol, recuerdo que es sólo una frase hecha. No es un sabelotodo. Me doy
la vuelta encogiéndome de hombros y apoyo la frente en la ventana,
buscando la gasolinera donde quedé de encontrarme con mi último cliente.
Cuando algo me roza la nuca, me estremezco y me alejo, golpeando la
puerta con el hombro. Scout empuja las gafas de sol en su cabello plateado
y me mira mientras mueve el brazo que tenía apoyado en el respaldo del
asiento. Para mi alivio, no se disculpa.
En cuanto llegamos a la tienda de conveniencia, abro la puerta de
golpe y salgo corriendo. Un silbido me sorprende cuando empiezo a
alejarme. Scout saca mi mochila por la ventana.
—Te olvidaste de algo.
Retrocedo por el asfalto roto y estiro la mano para agarrar la correa,
evitando sus ojos. No me suelta, ni siquiera cuando tiro de ella. Se siente mal
luchar contra él, así que dejo que se afloje y permanezco con la cabeza gacha.
—Te dije que empezaras a usar chaqueta —Lo miro a los ojos. Son
tan extraños como los recordaba, distantes pero decididos. Siento un tirón en
la parte delantera de la sudadera, pero no puedo apartar la mirada—. No es
suficiente.
Trago saliva y me quedo mirando. Han pasado ocho años desde que
alguien se preocupó por lo que llevaba puesto, por si tenía frío. Sus palabras
son como un camino roto de vuelta a aquel cálido círculo de luz en la entrada
de la granja, donde la abuela se arrodillaba para ayudarme a ponerme mi
pequeño cortaviento rojo. El sonido de la cremallera subiéndome hasta la
barbilla, la presión cuando me abrazaba fuerte, el golpe en el trasero cuando
me echaba por la puerta. Mi cerebro no puede superar la confusa
comprensión de que me dio instrucciones y yo no las seguí.
Cuando salgo de mi asombro, me doy cuenta de que estoy pidiendo
perdón con señas, con el puño pegado al pecho, y él me observa con una
arruga de confusión entre las cejas. Tan rápido como puedo, agarro la
mochila, me la cuelgo del hombro y me apresuro a entrar.
46
—No creo que vuelva —Observo los carteles de bebidas energéticas
en la ventana de la estación de servicio y enciendo el cigarrillo que me dio
Beck.
—Lo hará —responde Dallas con serena confianza.
—¿Por qué?
—Porque siente que nos debe una por el viaje.
Arrugo la nariz y vuelvo a bajar mis gafas.
—¿Y qué?
Sonríe un poco melancólico.
—No sé de dónde viene, pero apostaría dinero a que alguien educó a
ese chico con perfectos modales a la antigua. Te lo dice alguien que lo sabe
—Por lo que nos contó, la madre de Dallas era una fuerza a tener en cuenta,
tradicional en todos los sentidos excepto en su apoyo incondicional a la
identidad de su hijo. Eran inseparables hasta que su controlador novio
descubrió las inyecciones de testosterona de Dallas y lo echó de casa sin
tener adónde ir. La llama a veces, pero no puede ir a verla.
—¿Cómo lo atrajiste a nuestro auto sin que te mordiera? —pregunto
secamente.
—Su hermano lo tiene traficando con los clientes que son “demasiado
buenos” para comprarnos directamente a nosotros — ironiza Beck—. Parece
duro, pero estaba totalmente perdido y asustado. Le ofrecimos llevarlo antes
de que se metiera en problemas. Ah, y como nunca aceptaste mi trato, se
llama...
Cierro la puerta del auto de un portazo y, mientras termino de fumar,
camino y pateo las piedras contra la pared. Me duele la cabeza, a pesar de las
gafas de sol que bloquean el resplandor, y aunque nunca me enojo, ahora
estoy furioso. Cuando él estaba solo y luchando y me necesitaba, fueron mis
amigos los que lo encontraron en su lugar. Cuando algo lo toca, jodidamente 47
se acobarda y no sé por qué.
Es mío. Lo supe hace cinco días en el patio de Terry, de nuevo en el
cobertizo, de nuevo ahora. Creo que él también lo sabe, en algún lugar de ese
corazón salvaje. Entonces, ¿por qué no estamos en mi casa rodante haciendo
un trato ahora mismo? Por lo visto, no puedo reclamarlo y destruir a todos
los demás que quieran tocarlo porque es más volador que un animal
indomable y se supone que debo tomármelo. con. calma, como una puta
persona normal, para no perderlo.
Dallas baja la ventanilla.
—Lo he hecho prometer que se callará lo del nombre.
—Bien —Miro a Beck—. Me lo va a dar él mismo.
Mi obsesión sale a grandes zancadas de la gasolinera, con la mochila
vacía golpeándole el hombro, y se mete en el auto sin mirarme. Durante todo
el trayecto de vuelta a Paradise, mira fijamente por la ventana y utiliza su
mata de cabello hasta la barbilla como escudo entre nosotros. Un par de veces
percibo una ligera presión eléctrica, como si me estuviera mirando en el
reflejo, pero no hay forma de saberlo. Cuando llegamos al final de la calle
de Terry, se inclina hacia delante, agarra a Beck por el hombro y señala.
—¿Estás seguro? —El rubio tatuado se rasca la barba de tres días con
inseguridad—. Puedo llevarte hasta la casa... o no —se interrumpe cuando
el chico salta del auto y trota hacia atrás por la acera el tiempo suficiente para
hacerle un gesto: se lleva los dedos a la barbilla y luego los balancea hacia
delante y hacia abajo. Dallas le hace un gesto con el pulgar hacia arriba a
través de la ventana y, por un momento, juraría que el chico casi sonríe antes
de darnos la espalda y alejarse trotando.
—¿Qué fue todo eso? —Cuando Dal me mira, repito el movimiento
de la mano. Este hombre lo sabe todo sobre todo, así que estoy seguro de que
tendrá una respuesta.
Sus ojos oscuros se entrecierran mientras me mira a la cara, tratando
de leerme.
—Es gracias en lenguaje de señas.
No es la respuesta que esperaba y, por alguna razón, eso me enoja aún
más. Resoplando, me dejo caer en mi asiento.
—No es sordo, ¿por qué habla en lenguaje de señas?
Dallas me lanza una mirada poco impresionada.
—¿Por qué estás siendo intencionadamente ignorante?
—¿Disculpa?
—¿Crees que las personas con pérdida auditiva son las únicas del 48
planeta que usan el lenguaje de señas?
—¿Qué, estás diciendo que no puede hablar? —Tiene razón. Estoy
siendo una mierda a propósito porque dejar que ese chico se vaya va en
contra de cada instinto de mi cuerpo.
—Estoy diciendo que deberías preguntárselo tú mismo, joder. Qué
idea más brillante, ¿eh? —Esboza una sonrisa, sacudiendo la cabeza como si
yo fuera patético, que lo soy.
Justo cuando Beck pisa el acelerador, le agarro la nuca.
—Espera, para.
—¡Jesús! —Todos nos sacudimos cuando pisa el freno y me aparta la
mano, molesto—. ¿Qué, se te cayó la cajita feliz en la gasolinera? Si es así,
me importa una mierda.
No lo escucho. La ventana del auto se siente helada contra mi frente
mientras la presiono contra ella, observando. El chico silencioso ya no
camina; se detiene en medio de la carretera, con la espalda rígida y las manos
colgando a los lados. La entrada de Terry está demasiado lejos para
distinguirla con claridad, pero puedo ver la raya azul de un uniforme de
policía: su hermano, esperando con los brazos cruzados.
Con el cabello oscuro cayéndole alrededor del rostro, el chico mira por
encima del hombro hacia nuestro auto durante un largo instante que parece
a la vez miedo y nostalgia. Luego se pega la mochila al pecho, baja la cabeza
y sigue caminando.
Beck se harta de que me niegue a dar explicaciones y enciende el
motor, impidiéndome ver la calle. Un minuto después, atravesamos la puerta
principal de Paradise y avanzamos por el camino irregular hasta mi
remolque. Apaga el auto, pero yo no me muevo.
—¿Qué fue todo eso? —Dallas me mira por el retrovisor. Por supuesto
que no se lo perdió, es incluso más observador que yo.
—¿De qué hablan? —exige Beck, tan despistado como siempre.
—Mmmmm —gimo, frotándome las manos por la cara y
deslizándome hacia abajo en el asiento del auto. Intento ser paciente, hacer
esto sin parecer desquiciado. A la mierda con eso. Soy un Dom, y aunque
aún no sea mi sumiso, está claro que es sumiso. Los Doms cuidan a los
sumisos, los protegen de ser lastimados. A la mierda volver a azotar una
almohada y a dibujar escenas en un cuaderno cuando mi futuro sumiso
camina hacia algo que lo aterroriza y lo rompe.
—Está bien. El Plan C acaba de convertirse en el Plan A.
Los dos intercambian miradas. Cuando me pongo así saben que deben 49
dejar de hacer preguntas.
—Beck, ¿tienes algo que pueda hacerme parecer alguien de
mantenimiento?
—Nada en la tierra podría hacerte parecer alguien de mantenimiento.
Hago girar mi dedo como si dijera date prisa.
—Hazlo lo mejor que puedas.
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Probablemente debería dudar de si estoy haciendo lo correcto mientras
estoy de pie frente a la casa de Terry quince minutos más tarde, sosteniendo
una bolsa llena de herramientas que no podría identificar ni aunque mi vida
dependiera de ello. Pero prefiero dejar estas valoraciones a la retrospectiva.
Tengo suerte de que el Jetta de Terry no esté, o me reconocería y
arruinaría el plan. Al acercarme a la casa, escucho una voz furiosa
despotricando al otro lado de la pared. No puedo saber si hay un altercado
físico, porque al acercarme un perro del tamaño de un caballo pierde su
mierda detrás de la valla y los gritos en el interior se detienen. Como ya no
tiene sentido ser sutil, subo los escalones y aporreo la puerta. No tengo ni
idea de lo que voy a decir cuando se abra, pero es el tipo de cosas por las que
vivo.
El policía abre la puerta de un tirón. Está jadeando, con el rostro
enrojecido y la mandíbula tensa por la frustración. No sé qué esperaba ver,
pero no a un chico con el cabello plateado y piercings con una bolsa de
herramientas. Se calla lo que iba a decir y me mira boquiabierto.
—Hola, señor —Cuando apoyo el hombro en el marco de la puerta,
puedo ver más allá de él, en la tenue sala de estar. El chico, mi chico, tiene
la espalda apoyada en la pared y los brazos envueltos protectoramente a su
alrededor. Sus ojos están vidriosos por una desesperación vacía que no pudo
ocultar a tiempo porque no esperaba que lo interrumpieran. Cuando me
reconoce, se queda con la boca abierta, pero no se mueve. Le enarco una ceja
y me volteo hacia el policía, mirando la pistola que lleva en el cinturón.
Espero que no sea de gatillo fácil.
—¿Qué quieres? —gruñe, esforzándose por pasar de imbécil furioso
a respetable defensor de la ley.
Me meto la mano en el cerebro y empiezo a sacar puñados de mierda.
—¿Está familiarizado con el moho variado de las tuberías?
Parpadea, mira por encima del hombro como si quisiera asegurarse de
que no está soñando y vuelve a mirarme.
—¿No? 50
—Estamos teniendo una emergencia local de salud y seguridad —Me
quito las gafas de sol y me las pongo sobre la cabeza—. El aumento de las
visitas a urgencias se debe a un moho insípido e inodoro que crece en las
tuberías instaladas antes de 1967. Con el tiempo, beber agua de estas tuberías
puede provocar deterioro mental, alucinaciones y daños neurológicos
permanentes. ¿Sabe cuándo se instalaron sus tuberías, señor?
Cuando me fijo en el chico, me observa con un profundo y confundido
surco entre sus cejas. Una pequeña sonrisa tuerce la comisura de mis labios.
—¿No? —El policía se tambalea y mira a su alrededor con ansiedad—
. Yo no...
—El ayuntamiento está ofreciendo una inspección de tuberías gratuita
a todas las casas de su código postal. Lo revisaré todo por usted y tomaré
algunas muestras, para asegurarme de que todo está bien. Mi jefe habló con
el dueño de la casa esta mañana, ¿Terrence? Pidió que viniéramos. ¿No está
aquí?
—No... pero, quiero decir... —Saca el teléfono para llamar a Terry,
luego cambia de idea y se encoge de hombros—. Claro, supongo. No hace
daño. ¿Cuánto tardarás?
—Unos treinta minutos, señor. Voy a tener que cortar el agua durante
ese tiempo, y potencialmente la electricidad también.
—Oh, Dios —Poniendo los ojos en blanco, abre la puerta y me hace
pasar. El olor rancio y mohoso me golpea como una pared. Es el mismo pozo
de basura que el remolque de Terry, pero a mayor escala. No veo nada que
pertenezca al chico, salvo un par de zapatillas metidas debajo del sofá y la
colcha que sujetaba cuando nos conocimos, doblada en un rincón.
—Voy a salir. Roman... —El policía señala a su hermano—. Quédate
aquí y tráele lo que necesite.
Oh, podría matarlo por eso. De todas las maneras de aprender su
nombre.
—Gracias, señor —Sonrío débilmente—. Puede esperar un informe
toxicológico de la ciudad sobre las muestras en 5-7 días laborables.
—Claro, como sea —Se marcha dando un portazo. Ninguno de los dos
nos movemos hasta que oímos arrancar el motor y alejarse calle abajo.
Dejo con cuidado la bolsa de herramientas de Beck en el centro de la
habitación y me quedo un momento admirando el paisaje abstracto de basura
y mierda inútil que Terry ha colocado con tanto cuidado en cada superficie
plana.
Como si sus piernas hubieran dejado de funcionar, Roman se desliza 51
por la pared hasta quedar sentado en el suelo, mirándome con una mezcla de
confusión, alivio, agotamiento y cautela. Siempre supuse que se quedaba
callado porque no confiaba en mí, pero ahora no estoy seguro.
Sus ojos me siguen atentamente mientras cruzo la habitación y me
siento con las piernas cruzadas frente a él lo mejor que puedo con los jeans
demasiado ajustados que hacen que mi culo se vea bien. Los minutos pasan
mientras nos observamos en silencio, tensos y cómodos al mismo tiempo.
Ahora que estoy aquí, donde tengo que estar, tengo toda la paciencia del
mundo. Él se mueve primero, saca su teléfono del bolsillo, teclea
rápidamente y lo levanta.
¿Moho variado de tuberías?
Soy uno de esos idiotas vanidosos que sonríen burlonamente porque
se avergüenzan de su tonta sonrisa real. Pero el destello de humor en sus ojos
y la inclinación incrédula de sus cejas me arrancan una amplia sonrisa.
—¿Nunca has oído hablar de ello? Probablemente te lo estás bebiendo
ahora mismo.
El fantasma de una sonrisa abandona su rostro y mira hacia otro lado,
con los ojos dorados iluminados por la polvorienta luz del sol que entra por
las ventanas traseras. Su nuez de Adán se mueve mientras traga con
inquietud, y sus manos apoyadas en sus muslos tiemblan un poco. Es una
mezcla de poder y suavidad, y de rabia, aunque ahora no pueda verla.
—¿Puedes hablar o no? —pregunto bruscamente. Eso no es en
absoluto como Dallas quería que preguntara; si estuviera aquí, me daría un
golpe en la cabeza. Pero quiero entenderlo, joder—. No pasa nada si no
puedes —ofrezco, como si eso fuera de alguna ayuda.
Lo piensa por un minuto, como si hubiera más de una respuesta a la
pregunta, lo que me confunde aún más. Luego vuelve a teclear en el teléfono,
sólo una palabra. A veces.
—Ah, está bien —Me muevo inquieto, con ganas de interrogarlo hasta
que sepa todo sobre él. Pero él se echa hacia atrás contra la pared como si se
preparara para recibir patadas o gritos por algo que no puede evitar, aunque
es lo bastante grande como para tirarme por la ventana si quisiera.
—Mírame —Ni siquiera he entrenado a mi primer sumiso, pero mi
cuerpo encuentra mi “voz de Dom” sin esfuerzo, tranquilizadora y firme. Sus
ojos vuelan hacia los míos en obediencia instantánea, y joder si eso no es un
subidón—. Eres bueno —le digo suavemente—. Gracias por explicármelo.
Eso fue muy bueno —Sus pupilas se dilatan un poco al oír esas palabras y
creo que está conteniendo la respiración.
Cuando me acerco, echa las piernas hacia atrás y se pone rígido. 52
—Tranquilo —murmuro—. ¿Recuerdas el otro día? No te hice daño.
Entrecierra los ojos y me mira con advertencia, pero no retrocede
cuando estiro la mano y le retiro los mechones de cabello que cuelgan de su
rostro. Con la mejilla expuesta a la luz, puedo ver las respuestas a muchas de
mis preguntas: el tenue azul y amarillo de un viejo moretón en el pómulo,
mezclado con el rubor y la hinchazón de uno nuevo que podría convertirse
en un ojo morado. Un pequeño corte en la comisura de los labios. Una pálida
cicatriz en la ceja que debió de hacerse hace años. Otra en la sien. Se agita
inquieto bajo mis caricias y deja salir un gruñido de advertencia en su
garganta, pero no se aparta.
—Déjame ver —Tarareando suavemente, trazo mi pulgar a lo largo de
la reciente hinchazón, presionando lo suficiente para girar su rostro y captar
la luz. Nos aferramos a lo que conocemos, aunque nos mate. Lo he visto
cientos de veces, y soy el único que queda vivo porque me adapto o huyo, lo
que sea para sobrevivir. Odio a la gente que se rinde y vive dentro de su
sufrimiento.
Pero no puedo odiarlo. No por la forma en que me mira ahora, con los
labios ligeramente entreabiertos, los ojos entrecerrados y peligrosos, pero
sobre todo esperando. Esperando mis próximas palabras. Esperando a que
yo decida lo que ocurre, flexible bajo mi mano incluso cuando cada hueso
de su cuerpo quiere resistirse.
—Quieres ser bueno para alguien, ¿verdad? —murmuro, peinando con
mis dedos más profundamente en su cabello enmarañado—. Lo necesitas
tanto que no sabes qué hacer contigo mismo.
Más rápido de lo que puedo reaccionar, gira la cabeza y hunde sus
dientes tan profundamente en mi mano que podría sangrar. No la suelta, la
rabia finalmente aflorando a la superficie de sus ojos.
En un segundo, estoy encima de él. Separo sus dientes con la otra
mano, luego le agarro la barbilla con fuerza y le meto tres dedos en la boca
hasta el fondo de la garganta. Le dan arcadas, luego forcejea debajo de mí
con un frenético y quejumbroso sonido de ahogo. El hombre podría tirarme
en un segundo si quisiera, pero no lo hace. Apoyo la frente en su cabello,
dejando que sienta todo el peso de mi cuerpo.
—Te veo, Roman. Nadie más lo hace, pero yo sí. Quieres luchar hasta
agotarte, y luego quieres ser tan bueno.
Se queda quieto, con todo su cuerpo tan tenso como para romperse. La
presión de su mandíbula cede un poco mientras respira entrecortadamente.
Siento su corazón golpeándome las costillas y su lengua presionándome los
nudillos. Nos quedamos así no sé cuánto tiempo. Se sacude un par de veces,
como si estuviera a punto de soltarme, pero yo me inclino hacia él y le meto 53
los dedos suavemente hasta que vuelve a tener arcadas y se aferra a mi cadera
con una mano grande y poderosa.
—Shh —Aflojo un poco, rozando con el pulgar la baba que le sale por
la comisura de los labios, y lo miro a los ojos—. Está bien que te guste.
Gime con inquietud, pero cuando cambio de peso, mi rodilla presiona
contra el bulto de sus jeans. Lo froto, sintiendo como su boca se aprieta con
más fuerza alrededor de mis dedos mientras se estremece y gime desde el
fondo de su garganta.
—Imagínate esto —Acerco mi nariz a su oreja y rozo su mejilla—. Te
ato para que puedas luchar con todas tus fuerzas, y no puedas liberarte. Luego
te hago chuparme los dedos hasta que te corras sin tocarte.
Me agarra dos puñados de la camisa y me tira con tanta fuerza que
tropiezo hacia atrás y me desplomo contra la pared del fondo. Se pone en pie
y golpea con la suela de su zapato la pared junto a mi cabeza. Me estremezco
cuando la segunda patada atraviesa el yeso a medio centímetro de mi oreja.
Retrocede un paso, respira entrecortadamente y aprieta los puños. Veo
tantas palabras amontonadas detrás de sus ojos, todas las cosas que quiere
gritarme mientras derriba a golpes la pared de Terry. Me sorprende que no se
haya hecho pedazos a sí mismo antes de ahora, con ese desastre ardiente
dentro de él.
Tengo un millón de cosas que quiero decirle, pero ahora que he hecho
mi jugada estoy dispuesto a tomarme las cosas con calma. Esta tiene que ser
su elección.
—Mira —Poniéndome en pie, saco un viejo recibo de mi bolsillo y
garabateo mi número y una dirección web en el reverso mientras él me
mira—. Mira el vídeo de esta página y llámame si te interesa saber más —
Lo levanto, y luego lo dejo en el brazo del sofá.
Sus ojos se encienden como si esta vez fuera a patearme la cabeza,
pero retrocede y mantiene las distancias mientras me aliso la ropa y salgo
por la puerta.
En cuanto se cierra detrás de mí, vuelvo a abrirla de un empujón.
Roman se da la vuelta después de hacer un agujero en la pared con el dedo
del pie.
—Olvidé las herramientas, lo siento —Levanto las manos y me dirijo
a la bolsa. Hago un amplio arco alrededor de Roman, en parte porque no
quiero que me dé un puñetazo y en parte porque creo que está desesperado
por que vuelva a acercarme a él, y voy a dejarlo con las ganas—. Hasta luego
—Señalo la estantería junto al agujero—. Arrastra eso medio metro; no se 54
dará cuenta —Luego salto, arrastrando la bolsa odiosamente pesada.
De vuelta en la calle. Estudio mi mano. No puedo permitirme
vacunarme contra las mordeduras humanas, así que me alivia no ver sangre.
Pero la piel se ha vuelto de un rojo oscuro, con moretones en forma de
dientes, con hendiduras algo más profundas por sus caninos. Me obsesiona
su aspecto, el dolor. La agresión, la sumisión y la necesidad. Si tuviera
dinero, probablemente iría directamente a la ciudad y me tatuaría las marcas
de los dientes antes de que desaparecieran.
55
Un hongo nuclear de polvo llena el aire cuando empiezo a sacar libros
descoloridos y con olor a moho de la estantería de Terry. Retrocedo
tropezando y estornudando en mi codo hasta marearme. Una vez que la
estantería es lo bastante ligera como para moverla, la empujo delante del
agujero que mi pie hizo en la pared de yeso.
El mueble se tambalea y casi se deshace, así que salgo al garaje y
busco un destornillador para apretar todas las uniones. A nadie le importa
una mierda, pero me parece lo correcto. Solía seguir a Pop por la casa todos
los domingos por la tarde, viéndolo hacer trabajos y reparaciones hasta que
toda la casa estaba “en perfecto orden", como él decía.
Hasta ahora creía que la alfombra del salón era gris oscuro, pero el
espacio limpio bajo la estantería parece blanco. Con un poco de náuseas,
tomo nota mentalmente de buscar una aspiradora en los armarios. Como si
alguien más que un equipo de manejo de desechos peligrosos tuviera que
limpiar esta casa. El sudor me resbala por la espalda cuando he reorganizado
todo para ocultar el espacio blanco bajo montones de periódicos y cajas de
contenedores de plástico manchados. Scout tiene razón: nadie se dará cuenta.
Cuando me desplomo en el extremo del sofá e inclino la cabeza hacia
atrás, cerrando los ojos, puedo sentir su cuerpo delgado apoyado en el mío.
El cálido roce de su aliento en mi cuello. El sabor de su piel en mi lengua.
Las palabras que susurró en mi cabello llenan cada rincón de mi cerebro,
mezcladas con todas las cosas que no pude responderle hasta que quiero
gritar.
Recojo la nota que dejó en el brazo del sofá. Me tiembla un poco la
mano mientras estudio el recibo de Save-Mart11 en el frente: cerveza, más
cerveza, cigarrillos y Pop Tarts. Solo de leer la lista me entran náuseas. ¿No
sabe cocinar? Yo subsisto a base de sopa enlatada y hamburguesas que me
11
Tienda de comestibles.
puedo permitir con mi pago, pero la abuela me enseñó todo sobre cocina y 56
repostería, y he hecho muchas cosas para Travis.
Le doy la vuelta al papel, lo aliso sobre mi rodilla y estudio sus trazos
ordenados y seguros. No muestran ni un poco de duda. Sabe que voy a poner
el número en mis contactos y llamarlo porque soy patético. Lo vio apenas
me miró. Dejo que la gente me haga lo que quiera mientras yo sólo me
arrodillo y lo tomo. No importa que tenga un cuerpo fuerte cuando es mi
cabeza la que es débil.
Arrugo el recibo en mi puño y lo tiro a la basura de la cocina, que antes
de que yo llegara siempre estaba a rebosar, y luego cierro el armario de una
patada. Estoy a punto de acostarme e intentar dormir hasta que pase mi dolor
de cabeza cuando las llaves tintinean en la puerta principal. Corriendo hacia
el baño, me encierro justo cuando Travis abre la puerta principal.
La pared se apoya cómodamente en mi espalda mientras me deslizo
hasta el suelo y subo las rodillas hasta mi pecho, escuchando a mi hermano
dar pisotones. Abre y cierra la nevera y luego se mueve por el pasillo. Cuando
sus pasos se acercan, me tenso y aprieto la frente contra las rodillas, aunque
haya una puerta entre nosotros. Antes se puso furioso cuando me descubrió
dando vueltas en el auto de un desconocido, y no sé si ya se ha calmado.
Salto cuando golpea la puerta con el puño, haciendo sonar las bisagras.
—¿Dónde se metió ese puto inspector?
Sacando mi teléfono, escribo Ya se fue y escucho el pitido del teléfono
de Trav en el pasillo.
—¿Encontró moho?
No.
—Jesucristo, qué montón de mierda —Justo cuando empiezo a
relajarme, hace sonar el pomo—. Ven aquí. Terry compró un congelador para
el garaje y tú lo vas a armar.
Si pudiera hablar, le preguntaría si Terry se quedó sin espacio para su
colección de bolsas de palomitas de pollo medio vacías y quemadas por el
congelador. Entonces me daría un puñetazo, así que probablemente sea mejor
así.
Abro la puerta con cautela, pero Travis se limita a poner los ojos en
blanco y se dirige a su habitación.
—Está en el camión de enfrente.
A mitad de camino por el salón, algo atrae mis ojos hacia el cubo de
basura de la cocina. Una compulsión. Una orden. Como si él estuviera ahí,
delante de mí, con su sonrisa arrogante y sus ojos pálidos y tranquilos,
esperando. Antes de darme cuenta, saco el recibo arrugado de entre los
granos de café y las latas de cerveza vacías y me lo meto en el bolsillo 57
mientras salgo.
Me encanta tener un trabajo duro que hacer. Me calma la cabeza casi
tanto como romper cosas, y hace que Travis me deje en paz. El congelador
me resulta demasiado incómodo de transportar, así que busco una vieja
patineta en el garaje y la uso como plataforma rodante, sintiéndome
orgulloso de mí mismo porque no suelo ser tan listo. Cuando lo meto en el
garaje y cierro la puerta grande, abro la puerta trasera que da al patio. Al
principio, lo único que entra es una débil luz solar y el graznido de los gansos
volando por el cielo vacío. Pero al cabo de cinco minutos, escucho unas
garras sobre el hormigón y alzo la vista para ver a Tubbs observándome
inseguro.
—¿Qué pasa? —Dejo el cúter y le tiendo la mano. Siempre he podido
hablar con los animales; en la escuela primaria, un gato callejero vivía bajo
la esquina del edificio. Los días en que nadie intentaba entenderme, me metía
entre la pared de ladrillo y la valla, donde nadie podía verme, y le susurraba
secretos.
Tubbs levanta las orejas, pero gruñe nervioso ante la enorme caja. Le
dejo espacio y vuelvo a desempaquetar el congelador. No recuerdo la última
vez que tuve algo nuevo, así que es fascinante despegar el empaque y admirar
las superficies relucientes y limpias. Para cuando coloco el congelador en su
lugar y lo enchufo, Tubbs está sentado a un par de metros con la cabeza
ladeada, goteando manchas de baba sobre el cemento.
—¿Qué te parece? Se ve bien, ¿eh?
Apartándome la camiseta de mi cuerpo sudoroso y limpiándome la
cara en el dobladillo, me dejo caer y estiro las piernas. Esa cola fina y batiente
se mueve sólo un poco y él se apresura a aplastar su enorme cabeza contra
mi pecho. Lo acaricio con mis nudillos y luego juego con sus orejas mientras
se acuesta a mi lado con el mayor suspiro que he oído nunca.
El peso cálido y jadeante del perro contra mis piernas tranquiliza mi
cerebro, y el aire huele mucho mejor aquí fuera que dentro. Ojalá no tuviera
que moverme nunca.
Te veo, Roman.
Su voz no sale de mi cabeza. Nadie me ve. Nadie me escucha. A veces
ni siquiera estoy convencido de que existo, no como otras personas. Scout
tenía que estar mintiendo. Pero no se sentía como una mentira.
Abro el navegador de mi teléfono y tecleo la URL del recibo arrugado.
Sea lo que sea que estuviera esperando, no es un vídeo de un tipo desnudo
con las manos atadas a un anillo en el techo. Mis ojos intentan asimilarlo
todo a la vez, desde la venda que le cubre los ojos hasta la jaula metálica que 58
le rodea la polla.
—Qué mierda —suspiro cuando otro hombre entra en escena, vestido
con jeans y llevando un... látigo. Un centenar de colas de cuero cuelgan de
un mango corto. Automáticamente, oculto la pantalla a Tubbs y bajo el
volumen, como si le importara una mierda.
El hombre del látigo acaricia con el mango la polla enjaulada de su
prisionero hasta que él está gimiendo, luego le acaricia el cabello y le susurra
al oído, besándole el cuello. Rodea al hombre atado y empieza a azotarle la
espalda con el látigo, de un lado a otro, hasta el culo y los muslos. Nunca he
escuchado un sonido como el chasquido y el ruido sordo del látigo al
mezclarse con el llanto y los balbuceos del prisionero. No puedo decir si está
suplicando que pare o pidiendo más, pero su polla está tan dura como puede,
hinchada dolorosamente contra los barrotes de la jaula.
Justo cuando voy a cerrar la ventana del navegador, el hombre suelta
el látigo y recorre suavemente con las manos el cuerpo de su prisionero,
tirando de él y dejándolo llorar contra su pecho. Al cabo de un minuto, se
arrodilla y empieza a lamer a través de los barrotes de la jaula mientras el
hombre lucha y gime. Veo cómo sus manos tiran de la cuerda, cómo no puede
evitar que su captor inmovilice sus caderas y lo atormente. Suena miserable,
pero hay tanta felicidad en su boca floja y su espalda arqueada.
Quieres luchar, y luego quieres ser bueno.
No me doy cuenta de que me desabroché los jeans hasta que mis dedos
envuelven mi polla medio dura. ¿Cómo de pequeña es una jaula? No tengo
ni idea, así que aprieto hasta que casi me duele.
Apenas respirando, veo cómo el hombre dominante abre la jaula y la
desliza con cuidado, y luego se traga la polla de su compañero antes de que
tenga siquiera la oportunidad de ponerse erecto. Después de sólo unos
cuantos movimientos de su cabeza, el chico grita y sacude las caderas, y
finalmente se queda sin fuerzas. Está jadeando, empapado en sudor, y parece
arruinado.
Mi propia polla sigue atrapada en la palma de mi mano, dolorida y
frustrada. Desearía que el tipo no le hubiera quitado la jaula, no lo hubiera
dejado correrse. Por un segundo, me permito fingir que no soy yo quien
decide cuándo soltarla. Quien tenga mi llave va a hacer que me la gane. E
incluso entonces, quizá cambie de opinión y me deje así.
¿Qué mierda está mal conmigo? No puedo obligarme a soltarme. No
me corro tan a menudo; incluso en la ducha me da miedo tocarme por si
Travis irrumpe. Pero esta presión, el pánico al borde de la incomodidad, se
siente mejor que cualquier orgasmo que haya tenido.
Pongo el vídeo en pausa y miro fijamente la pantalla, luego alrededor 59
del garaje. Tubbs se aburrió y se fue sin que me diera cuenta. La casa está en
silencio; probablemente los dos hombres estén durmiendo la siesta. Mi
respiración suena agitada y tengo la boca tan seca que no puedo tragar.
No lo hagas. No te atrevas. No.
Conteniendo la respiración, me deslizo de espaldas y me meto tres
dedos de la mano libre en la boca. Mis dedos son más grandes que los de
Scout, así que tengo que cambiar a dos. Al sentir una fuerte arcada, gimo y
me retuerzo sobre el frío cemento, tratando de encontrar algún alivio para mi
polla, pero negándome a soltarla. Saco un poco la mano, resbaladiza de
saliva, y luego la meto más adentro, chupando como deseaba
desesperadamente hacer con Scout. La saliva me resbala por la mejilla
mientras miro fijamente al techo polvoriento, dejando salir patéticos
gemidos ahogados y deseando que él estuviera aquí para decirme lo que
viene a continuación.
Cierro los ojos e imagino unas manos suaves pero firmes sujetando mi
cabeza, mi boca llena de polla en lugar de dedos, follándome hasta el fondo.
Mi jaula improvisada finalmente falla; pierdo el control de mi cuerpo y me
empujo frenéticamente contra la palma de mi mano mientras me ahogo y me
corro en mis bóxers al mismo tiempo. Ruedo sobre mi costado, tosiendo y
mareado, asustado por un segundo de desmayarme.
Aprieto mi frente contra el cemento sucio mientras se me llenan los
ojos de lágrimas y corren por los lados de mi nariz hasta picarme la comisura
de los labios. Por más aire que aspiro, no puedo recuperar el aliento ni dejar
de temblar. Estoy demasiado alto y no hay nadie que me ayude a bajar, y me
odio.
Sólo para oír la voz de otra persona, acerco mi teléfono y pongo el
vídeo. Espero que el hombre reduzca a su compañero y se vaya, pero no lo
hace. Toma la barbilla de su prisionero con la mano.
—¿Qué dices?
—Gracias, señor —Cuando sus brazos son desatados, se desploma y
el otro hombre lo abraza, acariciándole el cabello y dejando caer besos en su
hombro mientras le habla. Subo el volumen, pero sólo capto algunas palabras
como perfecto y hermoso. Cuando el tipo saca un pañuelo y limpia los mocos
y las lágrimas de las mejillas de su compañero, ambos se ríen, sonriéndose
como si no existiera nada más en el mundo. El vídeo termina, dejándome
mirando el reflejo de mis propios ojos sombríos.
No encuentro nada con lo que limpiarme aparte de mi camiseta, así
que froto mi asquerosa cara con el interior del cuello. Echando mi cabello
bruscamente hacia atrás, me pongo en pie y salgo en busca de piedras que
lanzar, para intentar hacer retroceder la rabia que empieza a retorcerse y a 60
arrastrarse por mis entrañas.
Una vez que marco el número de Scout, porque si él puede hacerme
esto, seguro que también puede deshacerlo, me acerco el teléfono a la oreja
y con la otra mano recojo las piedras más grandes que encuentro y las arrojo
contra el lateral del cobertizo de Terry. Rebotan con un crujido y dejan
marcas en el revestimiento beige. No es hasta que Scout murmura—: Eso fue
rápido —Con su voz tranquila y gutural que recuerdo que no puedo decir
nada en respuesta. Gruño y lanzo otra piedra que envía unos cuantos
fragmentos de plástico roto a la hierba.
No parece importarle.
—Voy a suponer que, como llamaste, y eres bueno en seguir
instrucciones, viste el vídeo —Lo escucho sonreír—. ¿Te corriste?
Cuando gruño, se ríe a carcajadas por primera vez, seco y cálido.
Aprieto los ojos, girando una piedra una y otra vez en mi mano.
—Voy a decir tres oraciones —continúa, poniéndose serio—. Cuando
cuelgue, tú decides lo que va a pasar después, así que sé bueno y escucha con
atención —De nuevo, esa palabra me revuelve el estómago. No lo entiendo;
es una de las palabras con menos sentido del mundo. Entonces me doy cuenta
de que ya está hablando y yo no estoy siendo bueno ni escuchando.
—...vamos a filmar porno BDSM para un sitio web kink12 sólo para
miembros. Nos repartiríamos los beneficios 60-40, ya que soy yo quien
gestiona la cuenta, y te enseñaría todo lo que necesitas saber —Baja un poco
la voz—. Si quieres participar, encuéntrate conmigo mañana en la dirección
que te mande por mensaje... ¿pero Roman? Si apareces, eres mío, y
jodidamente lo digo en serio.
En lugar de tirar la piedra, la dejo caer junto a mi pie y pateo otras
piedras sobre ella hasta que desaparece. Leí sobre esos tanques que te
suspenden en agua a la temperatura del cuerpo, de modo que simplemente
flotas y no sientes nada. Nada que te mantenga cuerdo, que te recuerde cuál
es el camino. Ahora sé lo que se siente. Mi lengua golpea la parte posterior
de mis dientes, y entonces mi voz está ahí, de la nada.
—Esas fueron cuatro oraciones.
12
En la sexualidad humana, el kink es el uso de prácticas, conceptos o fantasías sexuales no
convencionales. El término deriva de la idea de una «desviación» en el comportamiento sexual
de un sujeto, para contrastar dicho comportamiento con costumbres y propensiones sexuales
«convencionales» o «vainillas».
Está en silencio durante tanto tiempo que supongo que habrá colgado. 61
Me quedo mirando el cielo sin fondo, con otra V de gansos revoloteando por
él.
—Buen chico —dice por fin—. Sabes contar —Y me cuelga.
62
Travis nunca me deja usar su camión a menos que lo necesite para
entregas o comprar comestibles. A la mañana siguiente, me siento en el sofá,
fingiendo leer en mi teléfono, hasta que él cierra la puerta del baño y abre la
ducha. Escucho el ruido del agua al golpear su cuerpo, entonces me dirijo al
perchero y rebusco en los bolsillos de su chaqueta de cuero, sin perder de
vista el pasillo. La cabeza me da vueltas y casi dejo caer las llaves cuando
finalmente las encuentro. Es la primera vez que desafío deliberadamente a
mi hermano, sin contar mis crisis. Todo por un chico que no conozco y una
cosa de sexo loco que ni siquiera me gustará.
Cuando quito la llave del camión del anillo y la meto debajo de un
cojín del sofá, ya desearía poder devolverla. Pero es demasiado tarde: Travis
sale del baño con su uniforme y empieza a empacar el sándwich de jamón
que le hice para el almuerzo. Me quedo mirándome las manos hasta que me
dice
—Oye —Haciéndome dar un respingo de culpabilidad—. Lava mi
ropa hoy, ya casi no me queda nada. Asegúrate de que los uniformes no se
arruguen.
Asiento rápidamente y lo veo salir por la puerta principal con su termo
de café. No respiro hasta que abre la patrulla y se marcha sin darse cuenta de
que le falta la llave. Aun así, no puedo dejar de escuchar el rugido de su
motor al volver a la calle. Cuando lleva quince minutos en silencio, por fin
empiezo a relajarme. Terry está en alguna reunión de asistencia social, así
que tengo la casa para mí solo.
El mensaje de Scout me dice que me encuentre con él a las dos.
Mientras tanto, me recojo el cabello con una goma y meto en la lavadora un
montón de ropa mía y de Travis. Me quedo en calzoncillos para fregar el
baño y luego lavo todos los platos de la cena y el desayuno. Con los músculos
cansados y doloridos, me siento con las piernas cruzadas y la espalda
apoyada en la ruidosa secadora y busco la dirección que envió Scout. Me
imaginaba muchos lugares: un bar, un club de sexo, un callejón, pero es un 63
restaurante de mierda de pollo frito. Después de comprobar tres veces la
dirección, uso Street View para rodear el edificio en busca de algo
sospechoso. Todo lo que encuentro es un contenedor de basura y algunos
carteles descoloridos por el sol que anuncian cubos de alitas de barbacoa.
Después de planchar los uniformes y colgarlos en el armario de Trav,
tiendo mi propia ropa limpia e intento decidir qué ponerme. La ropa de Scout
está casi tan gastada como la mía, pero él siempre parece un modelo con sus
jeans ceñidos al cuerpo y sus camisetas negras, con ese cabello de otro
mundo. No hay forma de que yo esté a su altura, así que opto por algo que
me haga sentir seguro: una de las franelas rojas a cuadros de Pop con parches
de cuero en los codos.
Salgo por la puerta justo a tiempo, pero no importa: mis pies no se
mueven del porche. Me siento en el escalón y me quedo mirando ese jodido
camión rojo durante quince minutos, imaginando lo que pasaría si mi
hermano llegara a casa antes de tiempo o viera su vehículo estacionado por
la ciudad. Esto no puede valer la pena. Pero el tirón en mi pecho no se
detendrá, la necesidad de mirar a Scout a los ojos y hacerlo explicar lo que
le ha hecho a mi cabeza.
Dejando caer la cabeza en mis rodillas, pienso en el dinero que me
prometió, 60-40. No he tenido mi propio dinero desde que era un niño y
metía monedas en mi alcancía; Travis se lleva todo lo que gano. Cuando
intento imaginarme lo que hace la gente con su dinero, no es más que una
niebla nebulosa y confusa. Por lo menos, tal vez podría ser como Scout y sus
amigos: a duras penas, pero libre. Esa última palabra es la que hace que me
ponga en pie y me suba al volante del camión.
Esta cosa era el orgullo y la alegría de Travis cuando llegué a vivir con
él. Ahora es fea como la mierda, pero se niega a renunciar a ella. Me recuerda
todos los lugares a los que me ha obligado a ir, las cosas que me ha hecho
hacer, la forma en que perdió la cabeza cuando rompí la ventana. Cada vez
que miro al asiento del copiloto, puedo ver a mi yo de doce años acurrucado
allí el día que nos alejamos de la granja por última vez, abrazado a su mochila
con lágrimas húmedas en las mejillas. Y ni siquiera sabía, entonces, a qué
clase de vida me dirigía. Acciono la palanca del freno de mano, acelero
demasiado rápido y mantengo la vista fija en la carretera.
En cuanto diviso el toldo verde y blanco del restaurante, estaciono en
una tienda de segunda mano al otro lado de la calle. Si Trav encuentra el
camión en una de sus patrullas, no podrá averiguar adónde fui. Cuando
atravieso la calle corriendo entre el tráfico, siento una opresión en el pecho
y me duele el estómago. Las oleadas de olor a grasa saliendo por las
mugrientas puertas de cristal no ayudan.
Esto tiene que ser lo más estúpido que he hecho nunca. Saco mi 64
teléfono para escribirle a Scout que no voy a ir después de todo, pero una
niña que sale con su madre sostiene las puertas orgullosamente para mí y no
tengo más remedio que entrar.
Scout está sentado en una esquina, con el codo apoyado en la mesa y
la barbilla en la mano, mirándome. No reacciona, pero enarca una de sus
cejas cuando me abro paso de mala gana entre las mesas, pasando por encima
de la salsa de tomate derramada y las servilletas. Me arde la nuca, como si
todo el restaurante me estuviera mirando.
Justo cuando estoy a punto de sentarme, levanta dos dedos y me quedo
paralizado, confundido. Rebusca en su bolsillo y saca un billete arrugado de
cinco dólares.
—Ve a comprar algo para comer, y luego siéntate a mi lado.
Cuando sigue mi mirada hacia la bandeja que tiene delante, dos
hamburguesas de pollo, patatas fritas y suficientes nuggets para tres
personas, la cubre con sus brazos de forma protectora.
—Esto es mío. Consigue lo tuyo.
Mi estomago gruñe, pero no estoy dispuesto a deberle nada.
Rechazando el dinero, me dejo caer en el asiento de enfrente y me cruzo de
brazos. El vinilo rojo calentado por el sol se siente bien después de pasar
tanto frío. Scout se recuesta, y sus ojos grises y planos me estudian de arriba
a abajo. Siento un cosquilleo en la espalda.
—Dime una cosa —Parte una patata frita por la mitad sin dejar de
mirarme—. ¿Te gusta usar señas? No pasa nada si no.
No sé qué quiere decir, pero asiento con la cabeza. Gruñir, encogerme
de hombros e incluso escribir cosas cansa después de un tiempo. Hacer señas
me hace sentir más humano, lo que me acerca a encontrar de nuevo mi voz.
—En ese caso, mira. Las busqué, así que más vale que estén bien.
Mi tren de pensamientos descarrila y se estrella colina abajo contra un
río. ¿Buscó señas antes de venir? Cuando siento que sus dedos rozan mi
muñeca, vuelvo bruscamente a la realidad y aparto la mano. Su voz se
mantiene distante, pero puedo vislumbrar humor detrás de su fría mirada.
—Estoy intentando hacer un punto, así que espera un momento, por
favor.
Ocho años de Travis me han enseñado a ocultar mi frustración, así que
aprieto los labios y espero. El sencillo anillo de plata de su dedo medio brilla
a la luz mientras cierra el puño y lo mueve arriba y abajo.
—Eso es sí. Y luego no —Golpea los dos primeros dedos contra el 65
pulgar. Justo cuando creo que ha terminado, levanta la mano en vertical y
separa los dedos, luego se toca la frente con el pulgar y después el pecho—.
Eso significa hombre, porque aparentemente no hay una seña para señor —
Mi mirada salta de su mano a sus ojos. Todavía puedo escuchar al hombre
del vídeo, cómo susurraba “Gracias, señor” como si esa palabra fuera su sol
y su luna y todo lo demás. Pero ¿qué mierda se supone que tengo que hacer
con eso?
Scout levanta las cejas.
—¿Lo tengo?
Cuando levanto la barbilla en señal de acuerdo, desliza su dinero hacia
el centro de la mesa entre nosotros y le da un golpecito.
—Perfecto. Ahora me gustaría que me dijeras muy claramente, a la
cara, que quieres empezar nuestra dinámica de Dominante y Sumiso
diciéndome que no. En primer lugar. Con una hamburguesa de pollo.
Todo el aire sale disparado de mis pulmones a toda velocidad y mi
mente se queda en blanco mientras lo miro boquiabierto. Mis dedos se
flexionan inseguros y luego se cierran en puños contra la grasienta superficie
de la mesa.
Si apareces, serás mío. He cometido un gran error. Es mi última
oportunidad de marcharme, de decirle que no quiero probar lo que me ofrece.
Y mientras tengo la mayor crisis mental de mi vida, él desenvuelve
alegremente la hamburguesa de pollo menos apetitosa que he visto nunca y
la embadurna con mostaza.
Agarro el dinero y salgo corriendo para ponerme en la fila. El corazón
me late tan fuerte en los oídos que me cuesta oír al empleado mientras
garabateo mi pedido en una servilleta. Scout levanta la comisura de los labios
al verme volver con un cartón de tiras de pollo y un pequeño recipiente de
salsa ranch.
—Buen trabajo.
Mi pecho se aprieta con esa maldita palabra. Cada vez. Siento que me
estoy volviendo loco.
En lugar de dejarme sentar en mi asiento original, se desliza por el
banco y palmea el lugar donde su culo flaco dejó un surco en el cojín. No
quiero sentarme tan cerca de él, pero estoy demasiado cansado para
resistirme. Me deslizo a su lado y le tiro los veinticinco centavos del cambio.
La moneda cae y rueda desde el otro extremo de la mesa hasta la grieta entre
el asiento y la pared.
—Gracias —me dice Scout suavemente, mojando una de sus patatas 66
fritas en mi salsa ranch. Eso lo arregla todo. Debe tener una lista en su cabeza
de razones para pegarme. Siempre que Travis actúa con amabilidad, eso es
lo que hace. Muerdo la esquina de mi cartón de pollo, intentando decidir si
lo guardará para las escenas de BDSM, cuando yo tenga que tomarlo, o si
también encontrará formas de castigarme el resto del tiempo.
En lugar de dejar la comida, Scout sigue masticando patatas fritas y
hablando a ráfagas entre ellas, como si esta conversación no tuviera ninguna
importancia. Recojo trozos del empanizado de mi pollo y miro a escondidas
el ángulo afilado de su mandíbula y la larga línea de su cuello.
—El negocio es simple. Haremos contenido regular para un sitio kink
sólo para suscriptores, y a cambio de ser mi sumiso, te llevarás el cuarenta
por ciento de todo lo que ganemos menos los gastos del canal, que
acordaremos entre los dos.
Saco el bolígrafo que llevo a todas partes y escribo en una de mis
servilletas las dos palabras que me he preguntado aproximadamente siete
millones de veces en las últimas veinticuatro horas. ¿Por qué yo?
Ladea la cabeza para leer, luego sonríe. Mi cuerpo se estremece
cuando engancha un dedo bajo mi barbilla y gira suavemente mi rostro hacia
él. Está demasiado cerca y sus ojos recorren cada faceta de mi rostro,
desarmándome.
—Porque creo que las personas pagarán un ojo de la cara por verme
entrenarte. ¿Alguna otra pregunta?
En el momento en que me quedo paralizado antes de apartarme, juro
que puede leer todos mis pensamientos. Froto mi mano contra el borde de la
mesa para estabilizarme mientras lucho por calmar mi respiración e ignorar
las palpitaciones de mi polla. Entonces agarro el bolígrafo y añado una frase
al papel marrón rasgado. ¿Vamos a follar de verdad?
Esta vez no me toca. Se traga las últimas patatas fritas y se sienta con
la espalda apoyada en la ventana y los pies en el asiento, de cara a mí.
—Bueno —Apretando los labios como si intentara no reírse, se pasa
los dedos por el cabello perfectamente peinado—. ¿Sabes realmente lo que
es el porno?
Por el amor de Dios. Pongo los ojos en blanco y le ofrezco mi dedo
medio, la única seña con la que no puede equivocarse.
—¿Eso es un problema?
¿Cómo mierda se supone que alguien tiene que responder a una
pregunta así? Nunca he follado ni me han follado; aparte de experimentar
con el chico de la gasolinera, no he hecho nada sexual con otra persona.
—Desglósalo —Su voz se vuelve más tranquila. Cuando lo miro, está 67
enmarcado por un halo de sol de la tarde, como aquel ángel que vi en el
cobertizo—. ¿Acaso arrodillarte para mí es un problema? ¿Hacer que te
corras sería un problema?
No lo sé. Mi cerebro está empezando a apagarse. Desearía que se fuera
a la mierda o me dijera qué se supone que debo hacer. Todo lo que puedo
pensar es que robé las llaves de mi hermano para esto, y ahora me voy a casa
sin nada porque no tengo las respuestas correctas. Entierro el rostro entre mis
manos, gimo y me froto la frente con brusquedad.
Menos de un momento después, él está ahí, con un muslo apretado
contra el mío y la nariz rozando mi cabello justo encima de mi oreja. Un
escalofrío que probablemente puede sentir me recorre el cuerpo. Agacho la
cabeza dolorida, porque no creo que pueda soportar verlo tan cerca.
—No lo hice bien —dice en voz baja, solo para que yo lo escuche—.
No es tu trabajo saberlo. Solo tienes tres tareas: decidir tus límites, elegir una
palabra segura y confiar en mí. Eso es todo. El resto depende de mí.
Saca un papel doblado de su bolsillo y lo desliza delante de mí.
—Tomé prestada la tarjeta de la biblioteca de Dallas e imprimí un
contrato financiero básico, para que sepas que no te estoy diciendo pura
mierda. También hice una lista de actividades BDSM... para que las etiquetes
con tus límites y palabras seguras. Te vas a llevar ambos a casa y los vas a
rellenar despacio y con cuidado, diciéndome cualquier cosa que no
entiendas. ¿De acuerdo?
Intentando descifrar las palabras en mi cabeza y alejar el pánico,
asiento entre mis manos.
—Mírame.
Clavo mis dientes en ese punto familiar de la parte interior de mi
mejilla y giro la cabeza hasta que mis ojos se fijan en los suyos. Está a un
par de centímetros y ese olor a piel cálida y fresa irrumpe en el aire grasiento.
Alivia mi cerebro con el recuerdo de aquel momento en que mi boca estaba
llena de él y no había nada en el mundo que pudiera hacer salvo obedecer.
Esa fue la verdadera razón por la que me corrí, no un vídeo de un tipo con
un látigo.
—¿Entiendes cuál es tu trabajo ahora? —Sus ojos son impresionantes
de cerca, grises oscuros en los bordes como una tormenta y casi blancos
como la niebla de la mañana en el centro.
Empiezo a asentir, luego miro mi mano y la cierro en un puño para
señalar que sí, como él me mostró.
Exhala un largo suspiro y las comisuras de sus labios se levantan.
—Vas a ser perfecto, Roman. 68
Después un momento de silencio, resoplo. No puedo evitarlo. Alguien
que me llama perfecto debe de estar perdiendo los ojos, los oídos y la mayor
parte del cerebro. Antes de que me diga algo, me pongo de pie y agarro mi
pollo frío para esconderlo en el fondo de la nevera y comérmelo después de
que los hombres salgan a bares esta noche. Metiéndome los papeles bajo el
brazo, saludo a Scout con un gesto torpe y salgo a toda prisa por la puerta,
sintiendo su mirada en mi espalda durante todo el camino. Y también durante
todo el trayecto de vuelta a casa, aunque es completamente imposible. Es
sólo que hay algo imposible en él.
69
Estamos a mediados de diciembre, y anoche la temperatura bajó hasta
los dieciocho grados bajo cero. El salón de Terry no está tan bien calefactado
como los dormitorios, así que lo único que podía hacer era acurrucarme bajo
el edredón y caer en un sueño tembloroso y letárgico. Ni siquiera una ducha
pudo alejar el frio, y Travis se bebió todo el café antes de que yo pudiera
llegar. Me duele la cabeza en el sol radiante, y mis dientes siguen castañeado
las cuatro cuadras que me separan de Paradise Peaks.
Scout describió su casa como la casa rodante verde con cortinas rojas
de la primera calle. Es imposible no verla, sobre todo con ese Civic rayado
estacionado delante. Cuando cruzo el trozo de tierra helada que funciona
como patio, el latido de un pegadizo ritmo electrónico se filtra por las
ventanas.
Debería llamar a la puerta, pero un hueco en una de las cortinas me
llama la atención. Scout siempre es el que aparece de la nada, irrumpiendo
en mis momentos más vulnerables como si tuviera todo el derecho a estar
allí. Ahora me toca a mí ser espeluznante. Enganchando mis dedos en el
marco de la ventana por encima de mi cabeza, encajo una zapatilla en la
rejilla de plástico que rodea la base de la casa rodante y me elevo. Mi punto
de apoyo se deforma y se tambalea bajo mi peso, pero aprieto mi cuerpo
contra el revestimiento y me agarro con fuerza hasta que se estabiliza.
Ahora que mi frente toca el cristal rayado, reconozco la canción que
no había oído desde la secundaria.
Every time we touch, I get this feeling,13
Every time we kiss, I swear I could fly.
A través de la ventana veo el culo flaco y apretado de Scout, que no
lleva más que un par de calzoncillos ajustados, mientras rebota por la
13
[Link]
habitación como una pelota de ping pong hiperactiva, sacudiéndose el 70
cabello sin gel de un lado a otro y cantando en un micrófono imaginario lo
bastante alto como para que yo sepa que no sabe llevar una melodía.
No me doy cuenta de que estoy sonriendo hasta que la puerta principal
se abre de golpe, sobresaltándome tanto que pierdo el control y caigo de culo
en el suelo con un gruñido de dolor.
—Parece que eso dolió —comenta Scout, apoyando la puerta en el
hombro y cruzando los brazos sobre su pecho desnudo. No parece importarle
que no lleve nada más que unos calzoncillos azul pastel que dejan ver el
contorno de su polla—. ¿Entras? —La canción de Cascada sigue sonando
detrás de él—. Tengo que terminar de arreglarme antes de irnos.
Poniéndome en pie con dificultad, hago una mueca y me quito trozos
de grava de la palma de mi mano raspada. Cuando señalo el auto para decirle
que lo esperaré aquí fuera, pone los ojos en blanco y desaparece dentro. Diez
minutos más tarde, reaparece más parecido a sí mismo, con ropa negra
entallada y su chaqueta de piel de oveja, con su cabello peinado hacia arriba
por encima de la frente.
Tiene una taza de metal abollada en cada mano, de esas que las
personas llevan para acampar. Sus ojos observan cada detalle de mi rostro
mientras me tiende una.
—Te ves como si aún no hubieras tomado café.
Me veo como si llevara horas despierto, como el resto del mundo. Es
él quien parece haberse levantado de la cama hace seis minutos, con los ojos
hinchados y entrecerrados. En lugar de subir, Scout se apoya en el lateral del
auto, bebe un poco de café y cierra los ojos, dejando escapar una nube de
vapor en el aire brillante.
—¿Trajiste tus papeles?
Asintiendo, saco los documentos doblados de mi bolsillo trasero y los
aliso en el techo del Civic. Mientras él los hojea, doy un sorbo a mi bebida,
con la esperanza de que me ayude a dejar de temblar. Es el peor café que he
probado en mi vida, y necesito toda mi fuerza de voluntad para tragarlo en
lugar de escupirlo.
Con un sonido de satisfacción, Scout vuelve a doblar mi lista de límites
y mis palabras seguras y las sostiene entre nosotros.
—Esto es un marco. Son los límites de lo que podemos hacer. Y es tu
forma de decirme que hemos llegado al límite. Dentro de este... —Los golpea
contra mi pecho, y mi patético corazón se acelera un poco—. Jugaremos
como yo quiera. Para eso firmaste. ¿Alguna pregunta?
En cuanto saco mi teléfono con la mano libre, él agarra el suyo y 71
espera pacientemente mi respuesta. ¿Adónde vamos hoy?
Lanzándome una sonrisa, me abre la puerta del pasajero.
—Citando uno de mis refranes favoritos, chico, eso lo sabré yo y lo
averiguarás tú —Para cuando consigo ajustar bien mi asiento y ponerme el
deshilachado cinturón de seguridad, ya tiene el motor en marcha, sopla humo
por la ventana y me mira fijamente.
Parpadeo y me encojo de hombros, como qué.
—¿Cómo te hace sentir que te llamen chico?
Arrugo la nariz y vuelvo a encogerme de hombros. Es solo una
palabra, no está mal, pero no es tan buena como otras cosas que me ha dicho
y que me han encendido por dentro.
Hurga en un punto dañado del volante, viéndose vagamente
insatisfecho.
—Sé que no tenemos una relación, y mucho menos un acuerdo
Dom/sub a tiempo completo, pero necesito entrenarte. Los otros canales
tienen ingresos ilimitados para juguetes y cámaras y mierdas; nosotros
tenemos un trípode con una pata rota y un teléfono. Así que, si queremos
tener éxito, debemos tener la mejor puta dinámica que nadie haya visto
nunca. Tiene que ser perfecta —Ladea su cara hacia mí, soltando una
bocanada de humo, y arqueando una ceja—. No sabes absolutamente nada.
Así que hoy voy a iluminarte, empezar a enseñarte lo que significa ser un
sumiso. Y la mayoría de los Doms llaman chico a sus subs. ¿Entendido?
Cuando empiezo a asentir vacilante, se estira sobre la consola central
y me ofrece la mano.
—Dame la mano. Yo estoy a cargo, pero estamos juntos en esto.
Miro fijamente su palma lisa y sus dedos delgados durante un buen
rato, pero él no se mueve. Se limita a esperar a que rodee su mano con la
mía. En lugar de sacudirla, me aprieta la mano con firmeza, con los ojos
clavados en los míos.
—Ya está —murmura, con la comisura de los labios levantada—. Eres
mío —Entonces me agarra la mandíbula con la mano y gira mi rostro de un
lado a otro con el pulgar en mi barbilla. Se desliza hasta mi labio inferior y
tira suavemente de él hacia abajo, como si estuviera comprobando los dientes
de un animal que acaba de comprar, y es tan jodidamente objetivador que no
debería excitarme como lo hace.
Mi piel siente la pérdida cuando me suelta bruscamente y agarra el
volante, saliendo a la carretera para llevarnos quién sabe adónde. Parece
haber decidido que terminamos de hablar por ahora, lo cual me parece bien.
Mientras pone la radio en algún tipo de concurso, echo la cabeza hacia atrás 72
y desenfoco mis ojos al ver pasar los interminables campos llanos. El silencio
entre nosotros es cómodo, como si ambos entendiéramos el statu quo y él me
lo dirá si quiere algo de mí.
Cuando me doy cuenta de que estamos llegando a Sterling, la ciudad
grande más cercana, me incorporo y miro a mi alrededor con curiosidad,
intentando adivinar adónde nos lleva Scout. Todas mis teorías resultan
equivocadas cuando entra en el estacionamiento de una ferretería. No da
explicaciones, sólo dice—: Vamos —Y se baja de un salto, dejándome que
lo alcance.
En cuanto entramos, rodeados por el olor a madera cortada y plantas
que me trae recuerdos de los proyectos con Pop, se detiene y arruga la nariz.
Su mirada recorre impaciente los altos techos y los interminables pasillos de
pintura, azulejos y herramientas.
—No entiendo cómo un lugar puede ser tan abrumador y aburrido al
mismo tiempo. ¿Te gusta esta mierda?
Me encojo de hombros y hago un sí vacilante, porque estoy seguro de
que esta mierda me gusta cien veces más que a Scout. Me agarra de los
hombros y me empuja unos pasos hacia delante.
—Bien, entonces encuéntrame cuatro anillos que pueda atornillar a la
pared para atarte —¿Podría hablar más jodidamente alto? Antes de que pueda
reaccionar, me suelta y cruza la tienda—. No importa. Le preguntaré a un
empleado qué es lo mejor.
Persiguiéndolo, lo agarro por el codo y lo arrastro hasta que se detiene.
Abre los ojos inocentemente.
—¿Hay algún problema?
No sé si me está jodiendo o no, así que no le suelto el brazo mientras
busco por los pasillos de fontanería y calefacción los equipos de anclaje. Es
incómodo arrastrar a otro hombre adulto como si fuera un niño pequeño, así
que en algún momento mi agarre se desliza hacia abajo hasta que nos
tomamos de la mano.
—Dios mío —se queja mientras lo arrastro entre miles de soportes,
tornillos y ganchos diferentes—. Es como una pesadilla interminable —
Cuando me detengo frente a un expositor de anclajes con anillos, está tan
ocupado mirando a su alrededor que choca conmigo—. Oh, esos me gustan
—Veo cómo saca uno de la caja y lo gira entre sus dedos diestros, moviendo
el anillo hacia delante y hacia atrás y tirando de él—. Puedo trabajar con esto.
Los colgarás por mí.
Mordisqueándose el anillo del labio en concentración, empieza a 73
rebuscar entre los anclajes, como si unos fueran mejores que otros, hasta que
tiene sus cuatro favoritos en las manos.
—Una para cada extremidad, por si tengo ganas de ir por ahí —
explica, ignorando a la pareja de ancianos que pasa por delante.
Pero cuando ve la etiqueta con el precio, su buen humor se apaga.
—¿Tres putos dólares cada uno? Creía que serían veinticinco centavos
—Sin dudarlo, se los mete en los bolsillos del abrigo y se da la vuelta para
marcharse. Chasqueo los dedos y niego con la cabeza cuando vuelve a
mirarme. Infla las mejillas con un profundo suspiro y se pasa una mano por
el cabello plateado hasta que está por todas partes—. Oh, genial. ¿Estás en
contra de robar? Si es así nunca vamos a tener unos buenos bocadillos de
cine —No veo ni un parpadeo de remordimiento en sus ojos. Me hace
preguntarme si tal vez el pequeño Scout no tuvo una abuela que le enseñara
a ser una buena persona. La idea me entristece, porque si yo no llevara a mis
abuelos dentro, no creo que tuviera una razón para vivir.
No se resiste cuando meto la mano en su bolsillo y saco los anillos.
Los vuelvo a meter en la caja, saco mi teléfono y escribo, mostrándole la
pantalla en lugar de mandarle un mensaje. ¿Cuántos te puedes permitir
ahora mismo?
Me lanza una mirada como si Tubbs acabara de cagarse en sus zapatos.
—Uno. Tal vez.
Entonces llévate uno y compraremos los demás después con nuestras
ganancias. Así es como funcionan los negocios, ¿verdad?
—Ugh —Echa la cabeza hacia atrás petulantemente—. ¿Por qué tienes
que hacer esto tan complicado? —A pesar de que ahora es mi Dom, un Señor
como en el vídeo, también es, como, un jodido mocoso. Me esfuerzo por no
sonreír por segunda vez en el día—. Bien, llevaremos uno y encontraré la
forma de atar cada parte de ti a él al mismo tiempo. Te vendrá bien.
Pensé que habíamos terminado, pero los anillos parecen haber
encendido su imaginación. Ahora quiere que le enseñe todo lo que hay en la
tienda mientras me acribilla a preguntas y contempla cómo podría utilizarlo
todo con fines sexuales, como si todo el lugar fuera una gigantesca broma,
eso fue lo que él dijo. Cuando nos deja irnos, me duele la cabeza de tanto
teclear y sólo quiero ir a un lugar tranquilo y tomarme un café decente.
En lugar de eso, estacionamos delante de una clínica que parece muy
concurrida, con serpentinas y globos alrededor de la puerta.
—Está bien —comenta al ver mi rostro—. Hoy hacen pruebas 74
gratuitas de ETS14 para personas sin seguro. Pensé que podríamos hacerlo —
Me aprieta la rodilla con la mano, pero me aparto. Cuando algo me duele y
tengo la cabeza demasiado llena, que me toque alguien que no sean mis
abuelos me dan ganas de arrancarme la piel a arañazos.
Al darme cuenta de lo que acabo de hacer, encojo mis hombros y
espero a que algo duro, una mano o una palabra, me entrene como prometió.
Scout sólo finge no darse cuenta. Pero tiene toda la lista que llené, todo bajo
juego de impacto para elegir como castigo más tarde.
La sala de espera de la clínica está abarrotada, así que tenemos que
esperar una hora. Scout me deja ser y se concentra en su teléfono; por lo que
puedo ver por encima de su hombro, está metido en un intenso intercambio
de memes con Beck. Me resulta imposible hacer otra cosa que no sea mirar
como mi pierna rebota e intentar no pensar en la cantidad de personas que
hay el espacio hablando en voz alta.
Pensé que nos revisarían a Scout y a mí juntos, pero la enfermera de
la puerta se limita a gritar—: ¿Roman Pierce? —Mientras me levanto,
incapaz de hacer nada más que ir, la mirada de Scout me dice que acaba de
darse cuenta de que ver a un médico solo cuando no puedes hablar puede ser
un problema. Por un momento pienso que va a entrar y arreglarlo todo, pero
otro ayudante anuncia su nombre desde el otro extremo de la sala.
No está tan mal una vez que consigo que me den un bolígrafo y un
papel para responder a las preguntas de la exploración. La mujer que me saca
sangre dice que tengo las venas gruesas y que tiene que intentarlo un montón
de veces, pero yo me limito a mantener el puño cerrado con fuerza y a mirar
fijamente mi regazo, intentando ignorar el dolor. Cuando terminan, me
escabullo por la puerta principal y me siento en el borde de una jardinera de
hormigón a esperar a Scout, aunque hace frío. Me encuentra triturando trozos
de mantillo15 en astillas individuales como cabellos.
—¿Listo?
Espero con todo mi corazón que quiera decir listo para volver a casa.
La casa de Terry no es mi casa, pero al menos puedo acurrucarme en el garaje
con Tubbs. Sin embargo, cuando salimos del estacionamiento, se adentra en
la ciudad en lugar de volver a Fort Holden. Me hundo en el incómodo asiento
del auto, con la vista palpitante y la cabeza llena de frustración, anhelo y
montones de palabras sin decir, hasta que ya no hay lugar para mí.
14
Enfermedades de transmisión sexual.
15
El mantillo, acolchado o mulching es el término utilizado en jardinería y agricultura para
referirse a la capa de material aplicada sobre la superficie del suelo, principalmente para
modificar los efectos del clima local.
Voy a estallar pronto; siempre puedo sentir la rabia viniendo. Cuando 75
un metal choca con otro una y otra vez, saltan chispas. Y sólo puedes lanzar
tantas chispas a la hierba seca antes de que algo arda. Apenas duermo cinco
horas cada noche en el pequeño sofá, nunca me siento limpio en esa casa por
muchas duchas que me dé, y Trav está tan al límite con su nuevo trabajo que
no puedo ni respirar sin que pierda su mierda. Y ahora Scout me empuja y
empuja, me separa y cava en mi pecho, siempre con esa sonrisa ilegible e
implacable. Necesito gritar hasta que todo se detenga.
-------------
Estoy tan profundo en mi cabeza que tardo un minuto en darme cuenta
de que el auto se ha detenido. Mis dedos han abierto el agujero de mis jeans
hasta que toda mi rodilla asoma por los hilos rotos. No puedo permitirme
unos nuevos, así que tendré que remendarlo o vivir con ello. Cuando miro
por el parabrisas, estamos en el estacionamiento de una enorme tienda de
mascotas, con gente que lleva y trae esponjosos perros y pastores alemanes.
Lanzo una mirada confusa a Scout, pero él ya está fuera y a medio
camino de la puerta principal, dejándome que lo persiga. No mira por encima
de su hombro cuando chasqueo los dedos para llamar su atención.
—Si vas a preguntar por qué estamos aquí, ahorra tu energía.
Puede que a los sumisos no les expliquen las cosas, pero arde. Dallas
me llamó un bebé ciervo perdido el otro día; supongo que tenía razón. Voy
detrás de Scout, haciendo todo lo que me dice, suplicando su atención. No
es más que otro rasguño de metal contra metal, naranja encendido en la
oscuridad de mi cerebro.
Me detengo en medio de la carretera y me cruzo de brazos. Cuando
Scout se da la vuelta para buscarme, doy un paso atrás, en parte por
autopreservación y en parte para dejar claro mi punto de vista. Ladea la
cabeza, se mete las manos en los bolsillos y frunce ligeramente las cejas. Me
pregunto si me va a presionar de una forma que me excite o de una forma
que me enoje.
Sólo da la vuelta y entra sin mí.
Confundido, espero a que vuelva, pero las puertas correderas no
vuelven a abrirse. Una brisa helada de la última hora de la tarde se mete bajo
mi cuello y un auto me toca el claxon para que me aparte. Agachando la
cabeza, me rindo y lo sigo.
Todo lo que quería era estar solo, pero siento un pinchazo de pánico
cuando no puedo ver su cabello plateado por ninguna parte del enorme y
resonante almacén. La cajera mira con desconfianza mi ropa desaliñada y mi
cabello mientras giro en círculo, buscando entre los expositores de acuarios
y jaulas de hámster cualquier señal de él. Probablemente lo hace para
castigarme, así que aprieto los puños y me los meto en los bolsillos, 76
intentando aparentar que no me importa.
No es divertido mirar a los animales; todos parecen tristes, escondidos
en el fondo de sus casitas. Entonces recuerdo los cuatro dólares que llevo en
el bolsillo y me pregunto si tendrán huesos para Tubbs. El dolor en mi
cerebro empeora cuando encuentro el pasillo de las golosinas: entre diez mil
opciones diferentes de todos los sabores y formas, las únicas que puedo
permitirme serían como un palillo de dientes para el grandote. Escojo un
hueso del tamaño de todo mi brazo, imaginando lo mucho que movería la
cola si se lo diera. Quizá si me esfuerzo al máximo y dejo de pelearme con
Scout, podría ganar lo suficiente para comprárselo.
Una mano me agarra del hombro y levanto un brazo para protegerme
la cara, alejándome a tropezones tan rápido que resbalo en el cemento pulido.
Mi cadera golpea algo y lo hace caer con un estrépito de pequeñas cosas
rodando por el suelo. El ruido de las cosas que se rompen y caen transforma
mi miedo en algo aún más primitivo.
Por supuesto, mi parte lógica sabe que es Scout quien me tocó, no
Travis. Pero la lógica no puede protegerme de la mierda. La ira de Trav ha
empeorado tanto desde que nos mudamos que está añadiendo nuevos
moretones antes incluso de que los antiguos se hayan puesto morados. A mi
cuerpo ya no le importa, pero puedo sentir cómo se deshace lo que queda de
mi espíritu.
Apoyado en las sólidas estanterías que tengo detrás, me presiono los
ojos con los talones de las manos hasta que veo fuegos artificiales. Cuando
dejo de temblar y bajo las manos, parpadeando, me encuentro con un
despliegue de masticables para perros esparcidos por el suelo alrededor de
los pies de Scout. Me está mirando sin expresión, atentamente. Necesito que
haga algo. La chispa se ha encendido, curvando y ennegreciendo los bordes
de mi cerebro.
Después de una larga pausa, abre la boca.
—Lo siento. Fue una estupidez por mi parte —Luego se agacha y
empieza a recoger el desastre. Es lo peor que podría hacer. No sé si lo odio
más a él o a mí mismo. Durante todo el día le he dado todo, cooperación y
comunicación y ayuda para tomar decisiones, y lo único que necesitaba a
cambio era que me dejara solo o que me tomara de la mano y no permitiera
que me rompiera. Ahora todo arde, y me rindo.
Cuando le quito los masticables de una patada, se endereza, con los
ojos tranquilos fijos en los míos.
—Oye, Roman. Respira.
Deslizo mi brazo por la estantería más cercana, haciendo que los 77
huesos reboten y traqueteen por todas partes. El sonido pone todo mi cuerpo
al borde, pero ahora, en lugar de asustarme, sólo alimenta mi ira. La
destrucción es un afilado rayo de luz capaz de atravesar el pantano de
pensamientos perdidos que supuran en mi cabeza. Cada parte de mí anhela
el dolor, porque eso hace aún más brillante la luz, la única luz que veo. Nunca
lo había perdido en público, pero si voy más profundo, voy a destrozar todo
lo que pueda de este lugar antes de que me detengan. Estaré en el infierno
cuando Travis me recoja de la cárcel mañana.
Sólo necesito que Scout se vaya a la mierda primero, porque no puedo
garantizar que no intentaré matarlo. Sólo harían falta un par de golpes.
Cuando señalo la puerta, su estrecha mandíbula se tensa obstinadamente.
Frustrado, agarro un puñado de pequeñas golosinas y se las lanzo. No se
mueve, excepto para girar la cabeza y protegerse el rostro.
—No —dice, tranquilo pero firme, dando un paso hacia mí a través
del desorden del suelo—. Aquí no. Te veo, ¿está bien? Pero aquí no.
Desconcertado, lo miro fijamente mientras la rabia se desvanece y
empieza a colapsar. No lo entiendo, mi pecho está demasiado apretado y hay
un desastre por todo el piso. Me agacho y aprieto mi rostro entre las manos
con un gemido. Él también debe de haberse agachado, porque su voz llega
justo al lado de mi oído.
—Sal y espérame.
Sacudo la cabeza frenéticamente. Todo es demasiado ruidoso y
brillante, y odio el olor a limpiador de suelos y a comida de perro. ¿Cómo
puedo hacer que se detenga?
—Deja de pensar, Roman —No me toca, pero su voz me aprieta como
la forma reconfortante en que Tubbs se acuesta a veces sobre mi pecho—.
No necesitas pensar. Necesitas obedecerme.
El mundo me da vueltas cuando me levanto, me agarro a una estantería
para estabilizarme, y me duele la cabeza cien veces más que antes. No me
atrevo a mirarlo, así que sólo hundo los dientes en mi mejilla y me alejo con
la boca llena de sabor a cobre y palabras que nadie escucharía, aunque
pudiera decirlas.
Han cubierto la acera de enfrente de gruesos cristales azules de sal
para descongelar que crujen estrepitosamente cada vez que me muevo, así
que cruzo hasta el borde del estacionamiento y me dejo caer en la acera con
la cabeza apoyada en las rodillas. Pongo el teléfono en el suelo, entre mis
zapatillas, y empiezo a enviar un mensaje a Travis, pidiéndole que venga a
recogerme. Estará jodidamente furioso, pero me llevaría toda la noche
intentar volver a casa caminando.
—Vamos —Con el mensaje a medio terminar, levanto la cabeza. Scout 78
arquea una ceja, el resto de su rostro es ilegible. Cuando miro la hora, parece
que ha pasado unos diez minutos limpiando después de mí—. Tengo un
regalo para ti —comenta, estirándose y cruzando los brazos detrás de la
cabeza—. Pero no te lo voy a dar a tres metros del lugar de donde lo robé. Y
no, no quiero oír tus opiniones al respecto ahora mismo.
Mi cerebro se descarrila durante un minuto, tratando de pensar qué
tipo de regalo viene de una tienda de mascotas. Luego me repongo y señalo
el auto, haciéndole señas para que se vaya.
—Aclaremos una cosa —Durante todo el tiempo que estuvimos en la
tienda no levantó la voz, pero ahora hay un borde en ella—. Estoy dejando
que me pisotees porque no tienes ni idea de lo que haces, pero necesitas
mostrarme un poco de respeto. Cualquier otro Dom ya habría acabado
contigo para este momento.
Si lo presiono, se irá. Puedo sentarme perfectamente quieto y vacío
hasta que esté oscuro y helado, y entonces rogarle a mi hermano que venga
a buscarme. Como siempre debió ser. Así que le saco los dedos con las dos
manos, aún tembloroso por mi crisis.
Suspirando, Scout se levanta una manga para dejar al descubierto la
parte inferior de su antebrazo y me lo tiende, recorriendo con un dedo la
frágil piel.
—Dame unas palabras —Cuando me doy cuenta de lo que quiere
decir, saco el bolígrafo que siempre llevo en el bolsillo. Le aprieto la muñeca
para mantener su brazo inmóvil y garabateo Esto es culpa tuya. Jodidamente
odio esto. No quiero hacerlo más. Luego tiro el bolígrafo por encima de mi
hombro al paisaje para que no pueda obligarme a decir nada más. Se
endereza y lo mira, con la comisura de la boca crispada—. De acuerdo.
Con un suave gruñido, se sienta en la acera a mi lado, con las piernas
estiradas hacia delante y una zapatilla rota apoyada en la otra.
—Sabes la única forma de hacer que esto pare. Si no, te ignoraré —
Luego enciende un cigarrillo y se echa hacia atrás, dejando una estela de
humo y aliento caliente en la bruma azul del atardecer.
Entierro la cabeza entre mis brazos y froto mi dedo medio y el pulgar,
probando la idea de la palabra segura. Pero incluso eso me parece demasiado
trabajo, así que apago mi cabeza por completo y hago como si no existiera.
Después de quién sabe cuánto tiempo, él chasquea la lengua. Cuando
levanto la vista, me tiende una mano y la mueve de un lado a otro, dejándome
examinarla antes de acercarse y apoyar su palma en mi nuca. Suelto un
vergonzoso gemido de dolor y alivio en el pliegue de mi codo cuando me
aprieta y me frota la base del cráneo. Sus dedos suben hasta acariciar mi
cabello y masajearme el cuero cabelludo. Es la sensación más agradable que 79
puedo recordar.
Él dijo te veo. Era mentira, pero era buena.
Por fin me da el silencio que necesitaba, se limita a frotarme el cuello
y a fumar hasta que deja caer la colilla sobre el asfalto sucio y la aplasta con
la punta del zapato. Su mano recorre mi hombro hasta que las puntas de sus
dedos rozan la piel de gallina de mi brazo.
—Te dije que esto no era California —murmura, pasando el pulgar por
el borde de mi manga—. Te encontraremos una chaqueta por ahí. La vieja de
Beck podría quedarte bien.
Nosotros. Como si realmente me vieran. Como si yo pudiera formar
parte de algo. Una parte de mí quiere volver a la tienda y hacerla pedazos,
porque no puedo con esta sensación.
Cuando no contesto, se levanta y bosteza, estirándose como un gato.
—Ya sé lo que haremos. Puedes quedarte aquí sentado unas horas más
antes de rendirte y dejar que te lleve a casa, o puedes venir conmigo ahora y
volveremos a mi casa para que pueda darte tu regalo.
Se ríe al ver lo rápido que levanto la cabeza. No me había dado cuenta
hasta ahora de lo sexy que se ve ahí de pie, con todo su peso sobre una pierna
y su cadera en esos jeans ajustados. Su sudadera blanca con las palabras casi
borradas tiene los puños doblados un par de veces. Y sus ojos, las pecas, la
nariz respingona, su boca irónica. Si uso mi palabra segura, encontrará otro
sumiso, alguien mucho mejor que yo. Pero ahora mismo, con el recuerdo de
sus dedos en mi cabello, no quiero que lo haga.
Cuando tomo la mano que me ofrece y dejo que me ayude a ponerme
en pie, aprieta su agarre en mis dedos.
—Mírame.
De mala gana, bajo la barbilla y lo miro fijamente.
—Sé bueno conmigo el resto de la noche, ¿está bien? —Su voz ronca
es casi un susurro—. Quiero que sepas lo que se siente.
Quiero hacerlo, pero tengo miedo. Si pudiera hablar, eso es lo que le
diría. Pero es casi como si me oyera de todos modos, porque me roza el dorso
de la mano con el pulgar con una leve sonrisa y luego me empuja suavemente
en dirección a ese horrible auto que la gente no deja de mirar al cruzar el
estacionamiento.
80
10
El auto de Beck ni siquiera es de la misma década que el Bluetooth,
así que simplemente apoyo mi teléfono en el portavasos para mejorar la
acústica y pongo mi lista de reproducción favorita. Es todo pop punk y los
himnos de la adolescencia que no puedo dejar pasar, aunque ahora tenga
veintiuno. Los escuchaba en mis auriculares todas las noches mientras mis
hermanos y yo nos quedábamos dormidos en un colchón sucio en el suelo.
Me llevan a un lugar donde todo es sol y primeros besos y sentimientos
grandes y brillantes.
Roman mira por la ventana con los brazos cruzados durante unos
minutos, luego se hunde en el asiento y se queda dormido. Echo miradas
furtivas a su piel pálida, a los círculos oscuros bajo sus ojos y a los moretones
amarillentos a lo largo de su mandíbula que su cabello no puede ocultar del
todo.
Cuando llegamos a casa, el resplandor del único faro bueno del Civic
es la única interrupción en la oscuridad. La grava cruje bajo mis zapatillas
mientras rodeo el auto y abro la puerta de Roman, intentando averiguar cómo
despertarlo. Agachándome para no estar encima de él, me aclaro la garganta
y digo su nombre voz baja. Después de un par de intentos, se estremece y
gruñe, luchando por abrir los ojos. Inhala una respiración asustada y
parpadea mirando la casa rodante, luego a mí, intentando orientarse. Cuando
el aire frío lo golpea, se estremece, se frota los ojos y bosteza. Una parte de
mí quiere meterlo en mi cama con una capucha y una manta y obligarlo a
dormir dos días seguidos sin interrupciones.
Roman mantiene la distancia mientras me sigue hasta la puerta
principal, mirándome con inquietud, pero cuando abro la puerta y lo dejo
entrar, se distrae con mi espacio vital. Tiro el abrigo al suelo y enciendo las
luces mientras él gira lentamente en círculo, estudiando cada rincón oscuro
y polvoriento y todas las baratijas que no me pertenecen. Me llama la
atención y levanta las manos, como si estuviera filmando.
—Pongo el trípode aquí —señalo un trozo de cinta adhesiva que pegué 81
al suelo—, y filmo en la cama. Es un montaje de mierda. Tengo que dormir
donde trabajo, esconderlo todo cuando vienen los chicos y no hacer ruido
para que no me escuchen los vecinos. Una vez que pongas el punto de anclaje
en la pared, Dios sabe cómo voy a mantenerlo en secreto. Pero no es como
si pudiéramos permitirnos un espacio de rodaje privado.
Cuando miro por encima del hombro, ha recogido mi abrigo y lo ha
dejado cuidadosamente sobre el respaldo de mi sillón reclinable, alisando las
arrugas. Jesús, todos los Dom matarían por tener una oportunidad con él, por
la forma en que lucha como un animal y luego se vuelve jodidamente dulce
y suave sin ni siquiera darse cuenta de que lo está haciendo. Pero yo lo
reclamé primero.
Me siento en el borde de la cama.
—¿Listo para tu regalo?
Antes de que pueda reaccionar, su estómago gruñe ruidosamente.
Aprieta una mano contra él, arrugando la nariz en señal de frustración.
—¿Cuándo comiste por última vez? —Lo único que obtengo como
respuesta es un movimiento malhumorado de un hombro—. ¿Qué dije sobre
ser bueno? Tienes poca memoria.
Me da una mirada sucia, luego vacila y se lleva el puño al pecho,
moviéndolo en círculos. Por suerte, me topé con esa seña en mi investigación
Lo siento.
—Pedir perdón no ayuda a nadie —Levantándome, saco una bolsa casi
vacía de nuggets del congelador y tiro los restos en un plato. Cuando el
microondas está en marcha, vuelvo a sentarme en la cama y lo señalo con el
dedo—. Ven aquí. Lo que quiero es que lo intentes de verdad.
Sus fosas nasales se agitan y puedo oír cada irregularidad de su
respiración en esta pequeña habitación silenciosa. Justo cuando creo que va
a salir corriendo, se acerca y se detiene frente a mí, con las manos sudorosas
metidas en los bolsillos de sus jeans rotos. Tengo que inclinar la cabeza hacia
atrás para encontrarme con sus ojos cautelosos.
—Muéstrame tu palabra segura para ir más lento —Veo cómo lo
piensa y analiza cada palabra que sale de mi boca antes de que finalmente
chasquee los dedos dos veces, tanteando un poco—. ¿Y para?
Chasquea los dedos tres veces, saca su teléfono del bolsillo y teclea:
¿Esto es una escena?
No importa lo que yo diga, me va a cuestionar y a pelear conmigo y se
va a quedar encerrado en esa cabeza suya. En lugar de responder, señalo al
suelo.
—Arrodíllate. 82
Se queda boquiabierto, sus ojos desorbitados miran los míos mientras
espera que me ría y me retracte. Le ofrezco una sonrisa peligrosa.
—Gracias por recordármelo. Por favor, desnúdate y arrodíllate.
Deja salir un gemido silencioso, mitad frustración y mitad deseo mal
disimulado.
—A los buenos sumisos les pasan cosas buenas —le digo,
apoyándome en mis manos y recorriéndolo con la mirada—. Los sumisos
desafiantes no consiguen una pelea. Ellos simplemente no consiguen nada.
La saliva se acumula debajo de mi lengua mientras veo cómo se quita
la camiseta por la cabeza. Oh, joder. En persona, lo suficientemente cerca
como para sentir el calor de su cuerpo, su suave piel y sus gruesos músculos
son increíblemente hermosos. Dobla su camiseta, dejándola bien ordenada
en el borde del colchón, luego me mira para tranquilizarse mientras desliza
los pulgares en la cintura de sus jeans. Sus pupilas oscuras casi se han tragado
sus iris dorados.
—Buen chico. Continúa —Mi voz sale más ronca de lo que esperaba.
Ya está. Por primera vez soy un verdadero Dom, y está sucediendo
simultáneamente demasiado rápido y a cámara lenta. Roman se desabrocha
los jeans y se los baja más allá de su culo redondo y los muslos gruesos y
musculosos, luego se los quita de una patada. Los dos nos quedamos mirando
la evidente erección que cubre la parte delantera de sus calzoncillos grises y
la pequeña mancha húmeda donde ha empezado a gotear pre-semen. Mueve
una de sus manos para tocarla, pero la aparta y se la lleva a los costados.
Manteniendo su cabeza baja, como si yo no pudiera verlo si él no
puede verme, se arrodilla sobre la gastada alfombra con un movimiento lento
y ligeramente tambaleante. El chico no se quitó los calcetines, pero parece
tan apegado a ellos que esta vez lo dejo pasar. Desplaza su peso hasta
encontrar una posición cómoda, y puedo ver cómo las puntas de sus orejas
se ruborizan mientras mira fijamente su pecho jadeante y su polla dura.
—Perfecto —Técnicamente, ni siquiera se acerca a la perfección, pero
eso no es un problema para esta noche. Lo recompenso pasándole los dedos
por el cabello y él se apoya en mi mano. Salta medio metro cuando suena el
microondas, así que murmuro—. Shh —y lo acaricio un poco más antes de
levantarme.
Siento sus ojos clavados en mí mientras recojo el plato humeante de
nuggets con una toalla de papel y lo llevo de vuelta a la cama. Cuando
empieza a levantarse, lo miro y niego con la cabeza. Después de dejar el plato
en el colchón a mi lado, me meto un trozo de pollo empanizado en la boca
para comprobar la temperatura. Mi microondas es una mierda, así que solo 83
está pasablemente caliente.
Agarro otro trozo y se lo ofrezco.
—Tómalo, sin manos —No estoy sorprendido cuando retrocede,
mirándome fijamente. Lleva todo el día rogándome de todas las formas que
conoce que por fin tome el control y le muestre cuál es su lugar. Todo lo que
tengo son mis instintos, pero me dicen que estoy haciendo lo correcto.
—Apaga tu cabeza por un minuto. ¿Confías en mí?
Sacude la cabeza tan rápido que no sé si reírme o sentirme herido.
¿Pero por qué mierda iba a confiar en nadie? Está aquí porque necesita
someterse incluso más de lo que necesita sentirse seguro. Es la cosa más
perfecta del mundo, la cosa que vi antes que nadie, la cosa que he reclamado.
Cuando salgo de mis pensamientos, me doy cuenta de que está
esperando a que lo castigue por tener miedo. Sabía que daría mucho trabajo,
pero no había usado tanto el cerebro en un solo día desde que tengo uso de
razón. Mañana me compraré cinco paquetes de Oreo, me los pueda permitir
o no. Roman no estará para echarme en cara que me las meta debajo del
abrigo.
Me doy una palmada en el muslo.
—Aquí. No tienes que mirarme. Sólo relájate —Me siento como si
hubiera ganado un premio Nobel cuando obedece sin pensar y se inclina
hacia delante para apoyar la frente en mi muslo. Tan cerca, recuerdo lo
jodidamente enorme que es comparado conmigo—. Eso es.
Cuando le acerco la comida a la boca, la toma y mastica
hambrientamente. Para recompensarlo, peino su cabello enmarañado hacia
atrás y le acaricio la nuca con los dedos, recorriendo sus hombros poderosos
e inclinados. Así se come el resto del pollo, relajando un músculo cada vez.
En algún momento, siento que sus dedos se enredan en los cordones de mi
zapatilla y se agarran con fuerza. Una vez que el plato está vacío, dejo que
se quede ahí un minuto antes de usar suavemente su cabello para levantar su
rostro hacia el mío.
—¿Listo para tu regalo?
Ladea la cabeza con curiosidad, estudiando cada detalle de mi rostro
en busca de alguna pista. Su cuerpo se estremece cuando presiono dos dedos
en la base de la garganta y luego los deslizo a lo largo de su clavícula.
—Hay algo que necesitas, como un accesorio, si vas a ser mi sumido
delante de la cámara. Siéntate y luego pon las manos en tu espalda.
Esta vez su obediencia llega más rápido, como una puerta oxidada que
empieza a girar con más facilidad una vez que la cuidas como es debido.
Cuando echa los hombros hacia atrás, sus pesados pectorales se flexionan y 84
sus pezones oscuros y erectos hacen que mi polla haga todo lo posible por
convencerme de que se me va a caer si no me la saco de los pantalones en
los próximos dos segundos. Ignorándola, me meto la mano por detrás de los
jeans y saco el objeto que escondí allí en la tienda de mascotas.
Si me quedaba alguna duda de que no era un sumiso natural,
desaparece al ver la expresión de su rostro cuando ve el gran collar negro de
perro que cuelga de mis manos. La pesada hebilla tintinea en la silenciosa
habitación mientras hago rebotar el cuero tachonado un par de veces. Me
decidí por uno para razas grandes que necesitan mucho manejo, porque eso
es exactamente lo que es él, y ya sé que va a verse de puta madre alrededor
de su voluminoso cuello.
—Esto no es una especie de reclamación, para que quede claro. No me
perteneces en la vida real. Es para que puedas aparentar para los vídeos —
Eso sonó bien en mi cabeza, como si realmente quisiera decir lo correcto,
pero suena como una puta mentira gorda saliendo de mi boca. Si algún Dom
apareciera y tratara de tomarlo como su novio, estoy bastante seguro de que
lo mataría y luego pondría su cuerpo descuartizado en la cama del hermano
de Roman por si acaso.
—Dame tu cuello —Levanta la barbilla, intentando mantenerse quieto
mientras se la abrocho alrededor de la garganta. La forma en que el agresivo
cuero y el metal resaltan sobre su piel desnuda despierta todo tipo de
sentimientos en mi interior—. ¿Qué te parece?
Rompiendo su postura, lo sujeta con ambas manos y se levanta para
poder mirar su reflejo en la ventana más cercana. No se mueve durante un
buen rato, y yo no lo presiono. Sé esperar lo inesperado, pero incluso yo me
sobresalto cuando se arrodilla, inclina la cabeza y me hace señas gracias,
señor. Tal vez en alguna parte de este interminable y extraño día, hice algo
bien. Y sí, llámame un jodido genio porque este chico y yo vamos a ganar
mucho dinero juntos.
Con cuidado, para que sepa que voy a moverme, lo agarro por un lado
del collar y lo arrastro más cerca.
—Puedo ver lo duro que estás, sólo por verte con ese collar. Sigue con
ese pensamiento, porque vamos a tomar unas fotos para el canal.
Se sienta sobre sus talones, frotando con inseguridad la palma de su
mano por delante de sus bóxers para mantener la erección mientras me
desnudo hasta quedar en calzoncillos. Sus ojos no dejan de recorrer mi
cuerpo delgado y limpiamente depilado, y la temperatura de la habitación
parece aumentar rápidamente. Agarrando mi teléfono, señalo la cama.
—Sube ahí.
Mantengo una mano sobre él todo el tiempo para que sepa lo que estoy 85
haciendo mientras subo detrás de él y envuelvo un brazo alrededor de su
pecho. Empujando mi erección contra su columna, tiro con fuerza del collar
y le hago una foto. Es malo para posar, así que sigo moviéndolo para que se
ponga en posición mientras los dos empezamos a sudar y yo soy cada vez
más consciente de la excitación doliendo entre mis muslos. Su piel caliente
sabe a sudor dulce y desprende calor como un horno. Pierdo la noción del
tiempo, foto tras foto, mi nariz en su cuello, su cabeza inclinada hacia atrás,
nuestras erecciones apretadas a través de dos capas de fino algodón. Sus
grandes manos envueltas alrededor de mi cintura, sus dedos deslizándose y
bajando la parte trasera de mis calzoncillos.
Un gruñido profundo y estruendoso es toda la advertencia que recibo
antes de que me empuje sobre el colchón lo bastante fuerte como para que
mi teléfono salte por los aires. Sus rodillas me sujetan las caderas y sus
manos descansan a ambos lados de mi cabeza mientras me mira fijamente,
con ojos distantes y salvajes. No creo que tenga ni idea de lo que quiere ni
de cómo hemos llegado hasta aquí; no es más que un animal, un desastre de
impulsos, atrapado en un lugar nuevo, extraño y abrumador. Temblando, deja
caer su frente contra la mía.
—Estoy aquí —Agarro con fuerza su collar, ignorando la necesidad
gritando en mi propio cuerpo—. Te tengo.
Roman suelta un gemido largo y quejumbroso cuando deslizo dos
dedos entre sus labios, como si fuera lo único en lo que ha estado pensando
desde que entré en su casa. Sus calzoncillos húmedos y apretados me rozan
la pierna.
—Te encanta tener la boca llena, ¿verdad?
Se atraganta, los ojos llorosos, luego me muerde los dedos cuando
intento sacárselos y chupa tan fuerte que casi me corro allí mismo.
Sujetándolo por el cuello, exploro su boca mientras él muerde y traga como
si pudiera llevar mi mano aún mas profundo.
—Todo este tiempo —murmuro, añadiendo un tercer dedo—, llamarte
chico no se sentía correcto. Creo que a ti tampoco te gusta. Pero mírate ahora:
un cachorro grande y duro suplicando con su collar nuevo. ¿Eso te gusta?
Gimoteando, asiente y golpea su bulto contra mi muslo. Dios, es
grande.
—¿Necesitas correrte? —gime cuando deslizo una mano por su
cuerpo y toco la cintura de sus calzoncillos—. ¿Te mereces correrte? ¿Has
sido bueno conmigo, cachorro?
Ante su sonido ahogado y suplicante, meto los dedos bajo la tela barata
y lleno mi mano con el pegajoso desorden de su polla y sus bolas. Liberando
su boca, se deja caer sobre sus codos y hunde su rostro en mi hombro 86
mientras lo masturbo. Su lengua cálida y áspera me roza el cuello,
lamiéndome la piel sudorosa y mordisqueándome el lóbulo de la oreja.
Aprieto su gorda cabeza y froto su raja con mi pulgar. Entonces, antes de que
me dé cuenta, me clava los dientes en la garganta con tanta fuerza que duele,
e intenta follarme el puño. Las señales de advertencia de mi cuerpo se
disparan, diciéndome que luche, pero me limito a inclinar la cabeza hacia
atrás para darle mejor acceso.
—A las mascotas salvajes hay que adiestrarlos —me ahogo mientras
él martillea sus caderas contra mi agarre—. Pero hoy te has esforzado mucho.
Quiero que te corras tan fuerte como puedas para mí.
Su mandíbula se aprieta aún más, casi hasta sangrar, y deja salir un
sonido de agonía. Siento gruesos chorros de semen golpeándome el vientre
y los dedos donde su polla se ha salido de sus calzoncillos. Finalmente, su
boca me suelta y su aliento me hace cosquillas en la piel mientras jadea.
Cuando empieza a recuperarse, gime y frota su mejilla contra mi
cabeza. Una de sus manos baja a tientas por mi cuerpo e intenta deslizarla
entre mis calzoncillos, pero le agarro la muñeca.
—Tranquilo. Déjalo —Mi polla palpitante me odia por ello, pero no
quiero que me haga correrme así por primera vez.
Sentándose con un sonido de molestia, Roman se mete la polla gastada
en sus calzoncillos y se limpia la saliva de la boca. Cuando me acerco a él,
me aparta el brazo con petulancia.
—¿Qué pasa? —Me doy cuenta de que no tenemos bolígrafos ni
teléfonos ni carteles a mano, así que intento centrarme en su lenguaje
corporal. Hace rebotar un puño contra el muslo, rebosante de energía
contenida y agitada, y veo que ya ha vuelto a pensar demasiado.
—Vamos a ver. No quiero que me hagas correrme, ¿así que sientes que
no me atraes o que no nos veo como iguales?
Él levanta las manos, como duh.
—Suficiente. Tenemos reglas por aquí —Lo empujo hacia atrás, me
siento y uso mi camiseta para limpiarme el semen del pecho—. Tienes cinco
segundos para volver a arrodillarte en el suelo.
No puedo reírme ahora, pero es difícil no partirme de risa al ver cómo
me mira desafiante durante cuatro segundos y luego se arrodilla
desordenadamente en el suelo en el último momento. Servirá por ahora. Lo
agarro firmemente del collar por los dos lados, usando mi pulgar para
levantar su barbilla hasta que nos miramos a los ojos.
—Escúchame bien. La semana que viene grabaremos nuestro primer 87
vídeo. Te hartarás de hacer que me corra como yo quiera. Así que te sugiero
que guardes algo de energía para eso. ¿Entiendes?
Se retuerce, tratando de apartarse, pero en realidad no está poniendo
ningún esfuerzo en ello. Quiere luchar, perder y ser abrazado. Ojalá no
sintiera la necesidad de hacerlo todo ahora mismo, como si no tuviéramos
tiempo de sobra. Estoy agotado y necesito dormir y planear.
La habitación vuelve a quedar en silencio cuando le quito el collar y
empieza a ponerse la ropa. Terminamos en un buen punto: se salió de su
cabeza, se corrió y no se fue enojado. Debería sentirme triunfante. Pero tengo
un sabor amargo en la boca.
—¿Quieres que te lleve de vuelta? —Me pongo unos shorts y empiezo
a buscar las llaves.
Él se limita a negar con la cabeza y a mover los dedos por el aire, en
dirección a esa casa llena de basura. Algo me golpea.
—No te meterás en problemas por salir hoy, ¿verdad? —suelto—. No
fue para tanto, ¿verdad?
Evitando mis ojos, se pone las zapatillas y retrocede hacia la puerta.
—Roman.
Pero mi voz no es suficiente para retenerlo esta vez, porque al final
tiene que irse a casa. Sólo se encoge de hombros, me hace una seña de
gracias y sale corriendo hacia la oscuridad.
88
11
Pensé que me metería en un infierno por desaparecer todo el día, pero
cuando me escabullo por la puerta de atrás en la oscuridad y contengo la
respiración, escucho ronquidos fuertes y ebrios procedentes de los dos
dormitorios. Tropezando en el salón, caigo de cara en el sofá y me desmayo
con la ropa puesta, con las zapatillas colgando del borde de los cojines.
Cuando me despierto, Trav está desayunando restos de pizza fría y
Terry me mira de reojo para que me vaya a la mierda de su sofá y pueda ver
la televisión. Ninguno de los dos parece recordar el día de ayer, así que me
apresuro a ir al baño antes de que mi hermano me mire lo suficiente como
para recuperar la memoria. A mitad de la ducha, mi cabeza está en blanco y
me quedo mirando los tenues contornos de moho en el techo, con los dedos
alrededor de la base de mi cuello, donde estaba el collar. Los restos de semen
seco aún adheridos a mi pene y a mi vientre son la única prueba de que todo
no fue un sueño. Entonces el pequeño calentador de agua se vacía y tengo
que lanzarme fuera del chorro helado, temblando y goteando por todo el
linóleo manchado mientras recupero el aliento.
Trav parece aburrido, que es uno de sus estados de ánimo más
peligrosos, así que me olvido de buscar algo de comer y arrastro la cesta de
la ropa sucia de mi hermano hacia el garaje, donde vive el combo de lavadora
y secadora. Cuando agarro mi franela del gancho que hay junto a la puerta,
me doy cuenta de que debajo cuelga una correa de cuero agrietada y
polvorienta. Mirando por encima de mi hombro, la agarro y me la meto bajo
el brazo.
Una vez que estoy seguro fuera de casa, salgo al patio trasero y busco
al mastín. Al escuchar mi suave silbido, ladra y aparece por la esquina con
los pelos erizados. Se relaja en cuanto percibe mi olor y ladea la cabeza.
—¿Tú...? —Me detengo y aclaro mi garganta, tragando saliva. Los
intervalos entre mis palabras se han alargado tanto que empiezo a olvidar
cómo hacerlo. Pero mi voz suena más fuerte cuando vuelvo a intentarlo—. 89
¿Sabes pasear? —Levanto la correa.
Al pronunciar la última palabra, su delgada cola se mueve
esperanzada.
—Pórtate bien —le advierto mientras engancho la correa a su collar—
. No quiero que te des cuenta de que ya eres lo suficientemente grande para
hacer el infierno que te dé la gana.
Pero cuando abro la verja y miro hacia la casa para asegurarme de que
nadie me ve, Tubbs se pasea por la acera pisándome los talones como un
dulce gatito y observa el mundo pasar con sus ojos tranquilos y caídos. Se
detiene a olisquear un arbusto de aspecto caro que hay en el jardín delantero
de alguien y luego se caga masivamente en él mientras yo pongo mi rostro
en mi mano y espero a que alguien salga de casa con una escopeta. No tengo
forma de limpiarlo, así que me alejo a toda velocidad, arrastrándolo detrás
de mí.
—Eres más basura que Terry —le digo—. ¿Él se cagaría en las flores
de alguien? —Tubbs me lanza una mirada que dice él podría.
Dejo que el perro elija por qué calle ir, y terminamos en una zona que
no reconozco. Va directo a un parque diminuto con césped muerto y juegos
infantiles rotos y oxidados. Me pregunto si algún simpático dueño lo traía
aquí a jugar con los niños, cuando no estaba abandonado.
Enganchando la correa a mi muñeca, me siento en los escalones de
una casita de juegos y apoyo la frente en la fría barandilla de acero mientras
Tubbs mea en todos los postes y hace agujeros en la vegetación.
—Lo siento —medio le digo a Tubbs y medio a nadie más—. Si
conociera un lugar mejor al que ir, ya estaría allí —Excepto que supongo que
es mentira. Si fuera más inteligente, no tuviera daño cerebral como dice
Travis, no seguiría viviendo con él. Solía decirme todos los días que me iría
en cuanto cumpliera dieciocho años. Sacaba atlas y libros de viajes de la
biblioteca y estudiaba los mapas con una linterna bajo las sábanas. Pero en
algún momento entre entonces y ahora, me di por vencido.
Tubbs gruñe suavemente y alzo la vista para ver un todoterreno negro
deteniéndose junto a la acera. Si los cristales tintados no lo delataban como
el vehículo de una banda, los agujeros de bala oxidados en el panel trasero
de la carrocería sí lo hacían. Travis debe de haber infringido las normas, me
ha hecho traficar con alguien fuera de su jurisdicción, y ahora me van a
disparar por ello.
Una de las puertas traseras se abre, y un chico de aspecto familiar salta 90
fuera.
—¡Oye, hombre! ¿Dónde has estado? —Beck corre hacia mí mientras
el auto gira en U y desaparece calle abajo. Lleva guantes sin dedos y una
vieja gabardina de lana que le llega por las rodillas—. Jesús —respira cuando
se da cuenta de que Tubbs se acerca más despacio—. ¿Es de Terry?
Sacudo la cabeza con firmeza, aunque técnicamente no sea cierto.
Tubbs se acerca y presiona su pesado costado contra mi muslo. No sé si
intenta protegerme o esconderse detrás de mí, pero ambas opciones hacen
que sienta calor en el pecho mientras le acaricio la espalda erizada.
—Te extrañamos —Beck se sacude el cabello de los ojos y me mira
un poco acusador. Me siento como si hubiera entrado a mitad de una
conversación entre dos amigos que se preocupan el uno por el otro, pero
somos desconocidos. No entiendo por qué me extraña cuando nunca he
hecho nada por él. Pero parece que lo dice en serio. No sé cómo responder,
así que sólo me encojo de hombros.
—Estaba a punto de salir a dar un paseo. ¿Quieres venir? Había unos
chicos intentando cocinar droga en los árboles junto al río, y se supone que
tengo que asegurarme de que se largan como les dijimos.
Cuando vacilo, malinterpreta mi confusión.
—Estaremos a salvo, hermano, te lo prometo —Se da una palmada en
el culo—. Llevo dos armas mortales aquí detrás —Tras una pausa, añade—:
Quiero decir, una pistola.
Saco mi teléfono del bolsillo y escribo un mensaje, girando la pantalla
hacia él. Y el otro es tu culo. Lo tengo.
Suelta una risa ronca.
—Me caes bien. Vamos; puedes traer al chico bueno.
No estoy seguro de que el chico bueno esté en condiciones de ir de
excursión por el bosque, sobre todo cuando me bosteza e intenta acostarse
en la hierba. Camino hacia atrás, engatusándolo con un chasquido de dedos
hasta que decide seguirnos.
Estamos justo en las afueras de la ciudad, y muy pronto una de las
calles simplemente se acaba, como si quien la hubiera hecho se hubiera
aburrido y hubiera puesto una barricada roja y blanca para que nadie se
metiera accidentalmente en el campo del otro lado. Beck salta la barrera con
un movimiento atlético, aunque hay espacio de sobra para caminar. Me
alegro de no tener que luchar con él: es casi tan alto como yo, potente y
rápido, y mi músculo extra no significa mucho cuando no sé cómo usarlo.
Un camino de tierra desgastado se abre paso entre los campos hacia 91
una larga hilera de árboles invernales desnudos. Tubbs debe de ser capaz de
oler a los coyotes, porque me arrastra por todas partes hasta que me rindo y
le suelto la correa. Estoy bastante seguro de que no se dará a la fuga ni se
dará cuenta de que está libre, porque, después de todo, se parece mucho a
mí.
—Si vas a traficar por aquí —anuncia Beck, entrecerrando los ojos
ante una bandada de gansos negros y grises husmeando alrededor del
campo—, deberías llevar un arma.
Sacudo la cabeza inmediatamente. Llevo tanto tiempo viviendo con
miedo por la pistola policial de Travis que la sola idea de manejar un arma
me da náuseas.
—Lo que sea —Deja salir un sonido contemplativo de pedo de entre
sus labios—. Pero deberías dejarme ir contigo.
Sigo sin entender por qué le importa una mierda, pero sólo asiento para
que deje la conversación.
Justo cuando empiezo a relajarme en el silencio, suelta:
—No te gusta Scout, ¿verdad?
Al escuchar ese nombre—un collar alrededor de mi cuello, su voz
como una correa, su piel en mi lengua—me atraganto con nada y empiezo a
toser.
—Mierda, lo siento —ofrece Beck—. No debería seguir lanzándote
preguntas complicadas —Espera pacientemente mientras saco mi teléfono.
Los mensajes funcionan bien cuando casi nunca tengo que hablar, pero me
estoy hartando de intentar mantener conversaciones enteras de esta manera.
No me cae mal.
Entrecierra los ojos ante mi pantalla y sigue caminando, frotándose la
barba ingobernable y pálida a lo largo de la mandíbula.
—Sé que parece frío y un poco raro. Dallas y yo nos mudamos aquí
cuando éramos mayores, pero él nació literalmente en el suelo de esa casa
rodante. Cuando era pequeño, sus padres lo dejaban todo el día frente a unos
dibujos animados con una caja de Pop Tarts o galletas mientras se drogaban.
A los catorce años, toda su familia había muerto o lo habían abandonado.
No sé si me duele la cabeza por el viento seco y frío que me da en las
orejas desnudas o por algo más profundo. Probablemente Scout no quiere
que sepa nada de esto; ojalá pudiera decirle a Beck que se calle. Pero tenía
razón: todos los años que jugué al aire libre con Pop y me acurruqué y leí
libros con la abuela, él no tenía a nadie.
—Dallas, Scout y yo somos... —Frunce el ceño y junta los dedos—. 92
Pero Scout es el núcleo. Se asegura de que todos cuidemos los unos de los
otros, y dice que vamos a salir de aquí juntos. Desearía que no lo hiciera,
pero sé que se preocupa por nosotros cada segundo de cada día —Agita las
manos con impaciencia, quedándose sin palabras—. ¿Sabes lo que intento
decir? Dale una oportunidad.
No tiene ni idea de que ya se lo he dado todo a ese hombre. Como
parece buscar una respuesta, hago una seña de sí antes de recordar que Beck
no sabe lo que estoy diciendo. Pero se anima, viéndose satisfecho.
—Eso es un sí, ¿verdad? Y esto es no —Las señas parecen agresivas
cuando las hace, como si gritara las palabras, y me dan ganas de reír.
Entonces me doy cuenta, y no puedo reír porque se me ha hecho un nudo
doloroso en la garganta. Scout no se limitó a buscar las señas; se las enseñó
a sus amigos.
Para que pudieran escucharme.
—¿Eso estuvo bien? —presiona Beck, relajándose cuando asiento con
la cabeza—. Buena mierda —Sonríe y me pasa un brazo por los hombros
mientras reanudamos la marcha. Lo veo venir justo a tiempo, así que consigo
no inmutarme.
El resto del camino hasta los árboles transcurre en silencio, con el
crujido de nuestros zapatos, los graznidos de cuervos lejanos y los gruñidos
y resoplidos de Tubbs. Apoyo la mano en el tronco cicatrizado del primer
olmo que encontramos y miro fijamente el laberinto de ramas. He extrañado
tanto los árboles en todo este espacio abierto sin aliento. Es como volver a
casa, aunque no queden hojas.
—Te enseñaré el río —ofrece Beck, bajando la voz y vigilando
atentamente el bosque. No quiero que Tubbs sea disparado por algún tipo
protegiendo su furgoneta de metanfetamina, así que le vuelvo a poner la
correa. El enorme perro hace todo lo que puede para seguirme, a través de
hojas podridas y nieve vieja, sobre troncos caídos y entre espesos arbustos.
Cuando llegamos a la orilla del río, se está quedando atrás y jadea con fuerza,
pero sus ojos conmovedores parecen más brillantes y emocionados que
nunca.
Inclino el cuello para estudiar el río profundo y fangoso que corre entre
las empinadas orillas. Es la primera agua que veo desde que llegamos.
—Nieve de las montañas —explica Beck—. Al final del verano sólo
quedan unos centímetros.
Tubbs y yo lo seguimos por la orilla hasta que diviso el destello de una
pequeña casa rodante entre los árboles y le toco el codo. Sus salvajes ojos
verdes se vuelven serios e intencionados mientras rebusca en la parte trasera
de sus jeans una de sus dos armas mortales, por si acaso. Por si acaso, ato a 93
Tubbs a un árbol y espero que, si algo nos sucediera, sea lo bastante
inteligente como para mordisquear su correa antes de morir de hambre.
A medida que nos escabullimos más cerca, está bastante claro que
nadie la ha usado en mucho tiempo. Los paneles laterales se están cayendo,
las ventanas están agrietadas y sucias, y los neumáticos han sido pinchados.
Cuando Beck pone un pie en los escalones abatibles, éstos se rompen bajo
su peso y su pistola se dispara en su mano cuando se cae. Durante un segundo
enfermizo, los dos nos miramos, luego el uno al otro y después miramos a
Tubbs. No se ve sangre por ninguna parte.
—Jesús, jodida mierda —jadea.
Como no puedo decir nada, paso junto a él, inclino la pistola hasta que
veo el seguro, y lo pongo. Cuando me mira, hace una mueca.
—Lo siento. Me emocioné demasiado.
Sólo para estar seguro, empuja la puerta y la abre. Las paredes y el
techo parecen intactos, pero los muebles rotos están cubiertos de polvo y
suciedad que no se ha tocado en años.
—Qué maldita pérdida de tiempo —se queja Beck—. Los chicos se
deben haber llevado la furgoneta con ellos. Agarremos a tu búfalo de agua y
larguémonos de aquí.
Mientras se aleja hacia Tubbs, me agarro a los bordes de la puerta y
me subo a la casa rodante. Tiene un mostrador de cocina, una cama de
matrimonio al fondo y una zona con cortinas que oculta un inodoro y una
ducha. Camino despacio por si mi peso rompe el piso, cruzo hasta la cama y
despego la esquina de las sábanas. El colchón parece limpio y seco, y cuando
lo huelo, no puedo oler nada.
—¡Roman! —grita Beck. Reviso mi teléfono: llevo fuera casi dos
horas y hay un mensaje de Travis. Vuelve aquí, tengo entregas para ti.
Lanzando un suspiro frustrado, tiro el colchón al suelo y vuelvo a salir.
Tal vez desearía que el arma de Beck no hubiera fallado después de todo.
Pero, por primera vez, se me ocurren dos personas a las que tal vez les
molestaría que desapareciera: Tubbs, porque se merece salir a pasear todos
los días, y Scout, porque aún no ha podido correrse y eso me parece injusto.
94
12
¿Preparado?
Cuando llega el mensaje, ya llevo horas despierto, con el estómago
revuelto mientras miro el techo de palomitas bañado por la luz de la mañana.
Por la hora, parece que Scout no tuvo ningún problema en dormir hasta tarde.
Estudio la única palabra durante un buen rato, intentando pensar en alguna
excusa que pueda creer para cancelar todo.
Doy un salto cuando el teléfono empieza a vibrar en mi mano, con el
nombre de Scout en la pantalla. Va a llamar una y otra vez hasta que conteste,
así que me acerco el teléfono a la oreja.
—Respiraciones profundas, cachorro.
Me susurré esa palabra un millón de veces desde el domingo por la
noche y no sentí nada más que confusión. Una sola vez, con su voz, y todo
en mi cuerpo se deshace. La abuela me dijo una vez que todos los perros de
compañía procedían de un día, hace miles de años, en que un hombre dejó
que un lobo compartiera su hoguera por primera vez. Quizá se lo inventó.
Pero cuando Scout me llama cachorro, me siento como el niño solitario que
vio al lobo perdido en la oscuridad y dijo ven y caliéntate, hice este fuego
para nosotros.
La última vez que lo tuve al teléfono sin nadie viéndome, pude hablar.
Cerrando los ojos, respiro hondo y me concentro en lo que intento decir.
—No puedo hacerlo.
Se queda callado un momento, como si lo hubiera sorprendido. Su voz
suena más cálida cuando vuelve a hablar.
—Lo único que tienes que hacer es ponerte algo de ropa y caminar
hasta mi casa. ¿Necesitas instrucciones para ponerte una camisa?
—Idiota —murmuro.
Suelta una risa seca.
—¿Sabes cómo se supone que tienes que llamar a tu Dom? 95
—No —miento, frotándome los ojos cansados e intentando no
recordar el vídeo que he visto cuarenta y siete veces desde que me dio el
enlace por primera vez.
—Yo sé que sí. Vamos —Puedo escuchar esa media sonrisa perezosa
en su voz, y mi polla empieza a ponerse dura. Me he masturbado todos los
días de esta semana y todavía está fuera de control.
Jódeme.
—S-señor. ¿Es eso lo que quieres? Señor.
—Sí —Su voz se vuelve un poco rasgada—. Sí, eso es exactamente lo
que quiero. Ahora ponte una camisa y ven aquí. Ya se nos está haciendo tarde.
Abrazando más fuerte la colcha de la abuela, miro la hora.
—Porque dormiste hasta las diez y media.
Silencio.
—Está bien, señor.
—Tienes quince minutos —Y se va.
Travis ha tenido que hacer turno de noche y Terry sigue durmiendo,
así que tengo el agua caliente para mí solo. Mi polla sigue poniéndose cada
vez más dura en vez de suave, sensible y dolorida cada vez que se balancea
o roza algo. Mientras trabajo en los mechones enredados de mi cabello con
el champú de Travis, me imagino explotando en cuanto Scout se desnude y
arruinando el vídeo. Me va a estallar la cabeza si encuentro algo más por lo
que preocuparme, así que me echo jabón líquido en la palma de la mano,
cierro los ojos y me masturbo tan rápido como puedo, apuntando al desagüe
mientras me corro. Ni siquiera se siente bien, pero al menos ahora puedo
funcionar.
Mientras camino a toda velocidad hacia la casa de Scout con el cabello
mojado aun goteando sobre mis hombros, siento cada vez más náuseas.
Paradise Peaks parece vacía y desierta, solo un perro ladrando a lo lejos y la
voz del mismo presentador de televisión diurno que Terry ve todos los días
procedente de alguna de las ventanas agrietadas. Cuando llamo, Scout grita
un apagado—: ¡Entra!
No es hasta que cierro la puerta detrás de mí y me quito los zapatos
cuando levanto la vista y veo a Scout sentado con las piernas cruzadas en la
encimera de la cocina, en calzoncillos, comiendo patatas fritas picantes de
una enorme bolsa naranja. Está tan liso por todas partes, incluso debajo de
los brazos, y las pequeñas barras plateadas que atraviesan sus pezones no
dejan de captar la luz.
Mi estómago cae cuando veo la cama despojada de todo excepto de la 96
sábana que protege el colchón, las cortinas ajustadas para proyectar una luz
difusa y un trípode maltrecho en equilibrio sobre la cinta adhesiva en el
suelo. Esto realmente está sucediendo. Le lanzo a Scout una mirada
suplicante, rogándole por algún tipo de ánimo.
—¿Patatas fritas? —murmura a medio masticar, ofreciéndome la
bolsa. Al ver mi rostro afligido, frunce el ceño. —Son buenas. Las hago en
sándwiches con un par de trozos de pan blanco.
Ignorando las patatas fritas, me siento con fuerza en el borde de la
cama y apoyo la cabeza en las manos. Esto no puede estar pasando.
Unos dedos bajo mi barbilla inclinan mi rostro hacia arriba. Me echa
el cabello hacia atrás con sus grandes ojos grises fijos en los míos. Su pulgar
juega suave y posesivamente con mi labio inferior.
—Ya te olvidaste de confiar en mí, ¿verdad? Eso fue rápido.
Quiero decir Aún no puedo confiar en ti. Quiero decir por favor, me
estoy esforzando al máximo, sólo necesito que me ayudes. Pero no puedo,
así que gimo suavemente, sosteniendo su mirada y deseando que lo entienda.
Desliza su mano hacia abajo para posarla suavemente alrededor de mi
garganta y luego frunce las cejas.
—Tienes el pulso acelerado. ¿Necesitas tu collar para calmarte?
Distraído por el olor a piel cálida y limpia y esos piercings en los
pezones justo delante de mi rostro, asiento. No tengo ni idea de qué clase de
persona desquiciada quiere llevar un collar de animal, pero sí sé que esa tira
de cuero alrededor de mi cuello es lo más parecido a estar abrazado que me
he sentido en ocho años.
Tararea en voz baja y me acaricia la mandíbula con el pulgar.
—Bien. Brazos arriba, cachorro.
Finalmente, una orden. No puedo ser fuerte, pero puedo obedecer, y
quizá eso sea suficiente. Cuando levanto los brazos, agarra el dobladillo de
mi camiseta y me ayuda a quitármela por encima de la cabeza. El susurro de
la tela deslizándose sobre la piel suena fuerte en el silencio. Intento quedarme
quieto, pero el aire frío golpeándome los brazos me hace temblar. No estoy
seguro de haber pasado calor desde que Trav y yo cruzamos la frontera de
Colorado.
Exhalando lentamente, da un paso atrás y bebe mi cuerpo con una
fascinación que no comprendo. Quiero que sus manos me toquen como lo
hacen sus ojos, pero en lugar de eso se dirige a la cómoda, rebusca en el cajón
de la ropa interior y saca el collar.
—Levanta la barbilla —murmura. El cuero nuevo y rígido me roza el 97
cuello, luego la presión fría de la hebilla cuando lo coloca en su lugar con un
tirón firme. Mantiene sus dedos alrededor de la hebilla mientras me acerca y
su nariz roza la parte superior de mi cabeza—. No tengas miedo. Voy a cuidar
de ti.
Apretando los ojos, descanso mi frente en su pecho. Antes de darme
cuenta de lo que estoy haciendo, mis manos recorren lentamente su piel, sus
caderas, su espalda y su vientre, y si no estuviera tan silencioso no lo habría
oído respirar entrecortadamente.
—Tengo una pregunta antes de empezar —me pregunta por fin,
echándome la cabeza hacia atrás. Veo un brillo peligroso en sus ojos que me
revuelve el estómago—. Tardaste en llegar después de que habláramos. Sé
honesto: ¿te masturbaste esta mañana?
El frío pánico se filtra por mi columna vertebral. No sé exactamente
cómo, pero la jodí. Si pudiera hablar, balbucearía una explicación. Incluso
abro la boca y lo intento. Pero cuando está delante de mí, esperando, nada
sale. Por un segundo, incluso considero mentir, pero por supuesto no puedo,
aunque eso signifique salir lastimado. Siempre he sido así de débil. Al final
me limito a asentir, apretando las manos en puños sobre mi regazo.
—No pasa nada —dice con calma, con un rostro imposible de leer—,
Sólo significa que no necesitas correrte otra vez.
¿Debería importarme una mierda? Quizá más tarde, pero justo ahora
necesito que entienda que no estaba intentando ser malo. Quiero que este
video funcione tanto como él. No estoy seguro de poder expresarlo con
palabras, aunque tuviera un bolígrafo, así que rodeo su muñeca con mis
dedos y aprieto, deseando que lo entienda.
Scout pasa una pierna por encima de la mía y se sienta a horcajadas
sobre mi regazo, agarrándome el cuello con una mano y la nuca con la otra.
Nuestras frentes casi se tocan mientras busca algo en mis ojos.
—Te escucho, cachorro. ¿Querías durar más para el vídeo?
Asiento agradecido. Ahora puede castigarme, pero al menos me
escuchó.
—Lo aprecio —murmura, apretándome la nuca. Mis ojos no dejan de
quedar atrapados en su boca y en el brillo del anillo en su labio. Quiero
chupar cada uno de sus piercings durante horas, siempre que me deje—. Aquí
tienes una nueva regla, porque no lo sabías. Te estoy entrenando, así que ya
no te corres sin mi permiso. Si necesitas correrte, me llamas y tal vez te
ayudaré, o tal vez te diga que no. ¿Entendido?
No conozco una seña para decir que es lo más sexy que he oído nunca, 98
así que en vez de eso sólo hago una señal de sí. A una parte de mí le preocupa
que Travis sea la única persona que intenta controlarme tanto. Pero Travis
me hace repugnante e indefenso, mientras que Scout me hace... real. Dejaría
que me destruyera, porque voy a caer de todos modos y al menos así sentiré
algo.
—Tengo una última pregunta. No tengo planeado follarte hoy, pero ya
que los resultados de nuestros análisis salieron limpios, ¿cómo nos sentimos
acerca de los condones? Yo no estoy viendo a nadie, y tú seguro como la
mierda que no lo harás mientras seas mi sumiso. Pero si quieres, podemos
usarlos. ¿Estás bien con saltárnoslos?
Parece una pregunta tan extrañamente mundana, comparada con todo
lo demás, que sólo me encojo de hombros, y luego digo que sí. Una parte de
mí no cree que lleguemos a un día en el que eso importe.
—Perfecto. Ahora que está decidido, hagámoslo —Pasando de la voz
de Dom a la de un niño emocionado, Scout se me quita de encima y tropieza
por el pasillo—. Te hice algunos regalos —anuncia, volviendo con una bolsa
de plástico—. Espera a verlos. Soy literalmente un genio.
Pero en vez de enseñármelos, tira la bolsa sobre la cama.
—Todavía no los puedes tener. Desnúdate mientras preparo la cámara
—Una pequeña sonrisa tuerce la comisura de sus labios—. En caso de que
no hayas tenido la oportunidad de buscar qué es el porno, implica estar
desnudo —Sacarle el dedo a un Dom justo antes de una escena me parece
una mala idea, así que sólo le lanzo una mirada sombría que hace que su
sonrisa se ensanche. Nunca había notado que tiene un pequeño hoyuelo en
un lado.
Mientras Scout juguetea con el trípode, me bajo los jeans y me quito
los calcetines. ¿Los actores porno empiezan con la ropa interior puesta o
quitada? Antes de que pueda llamar la atención de Scout, se baja los bóxers
de un tirón y los patea al otro lado de la habitación. Y ahí está él, pasando el
rato despreocupado mientras ajusta la configuración en su teléfono. Su polla
es más pequeña que la mía, pero grande para su cuerpo, sin circuncisión, ni
siquiera medio dura todavía. Siento que debería tranquilizarme, pero
mientras me quito los calzoncillos no puedo dejar de mirársela a escondidas,
y luego a sus muslos y el ensanchamiento de su culo. Cuando se da la vuelta,
noto que sólo tiene un tatuaje en todo el cuerpo: unas enormes letras góticas
en la parte superior de la espalda que deletrean una frase en un idioma que
creo que debe de ser latín.
Antes de que pueda decidir si le pregunto, se da la vuelta y señala un
lugar en el suelo frente a la cama.
—Arrodíllate. Bien, como te enseñé —Pensaba que estaba preparado 99
para esta parte, porque ya me arrodillé una vez para él, pero puedo sentir el
tirón y el rasguño de la resistencia y la vulnerabilidad en mi pecho mientras
bajo a la alfombra rasposa. Cuando me llevo las manos a la espalda,
perdiendo la última forma de protegerme, mi corazón empieza a latir tan
fuerte que temo que el micrófono lo capte.
—Dime la palabra segura que quieres usar hoy, palabras o señas —
ordena, pulsa grabar y se mueve para colocarse frente a mí. Me las arreglo
para chasquear los dedos temblorosos dos veces, luego tres.
—Bien. Escúchame —Su esbelto cuerpo se dobla mientras se agacha
para que nuestros ojos queden a la altura—. Si dices, haces o señalas algo
que no sean tus palabras seguras, ¿te voy a escuchar?
Lo pienso detenidamente, porque parece importante, y luego niego
con la cabeza.
—Eso es correcto. Te lo dije, puedes luchar si quieres —Empieza a
levantarse, pero se inclina de nuevo—. Una cosa más. Voy a decir que fuiste
malo por correrte, que estás siendo castigado, pero no es verdad. Es sólo por
el vídeo, ¿está bien? —Cuando me ve dudar, me agarra suavemente la
barbilla con los dedos y entrecierra los ojos—. Si crees que te mentiría,
entonces sí que me enojaré de verdad.
Esa es la parte rara. No confío en que no vaya a hacerme daño, pero
sé de todo corazón que no me mentirá. No puedo explicarlo sin poder hablar,
así que sólo agacho la cabeza y le pellizco suavemente los dedos hasta que
su expresión tensa se relaja.
—De acuerdo, entonces —Respira hondo y se levanta—. Estamos
grabando ahora.
Sé que se supone que no debo pensar, pero mi cabeza se desboca de
inmediato al volverme hiperconsciente de mi torpe cuerpo, de cómo me
muevo y respiro. ¿Olvidé decirle que no sé cómo tener sexo? Es demasiado
tarde, así que fijo la vista en la parte de él que está a mi altura. Jesús, su ingle
y bolas y todo, está todo depilado. Cuando trago saliva, me doy cuenta de
que se me hace la boca agua.
—Bienvenidos a nuestro primer vídeo —dice Scout conversando con
la cámara, alzando la voz—. Este es mi nuevo chico, pero es demasiado
salvaje y le gusta morder, así que lo trato como un cachorro —Sus dedos
rozan la parte superior de mi cabeza, luego agarran el collar de mi nuca y
tiran con firmeza—. Vamos. Muéstrales lo bien que estás colgado.
Estoy de cara a la cámara, así que engancho los dedos bajo mi polla y
la levanto para mostrarla de perfil.
—Mójala y ponla dura para mí. 100
No sé cómo se supone que voy a mojarla, así que hago lo único que se
me ocurre y me lamo la palma hasta que queda resbaladiza de saliva. Me
tiembla la mano, pero en cuanto empiezo a acariciarme la polla se me pone
dura y tan sensible que apenas soporto tocarla. Es demasiado pesada para
levantarse, así que sólo sobresale hacia delante.
—Mi cachorro ya se corrió hoy, sin mi permiso, porque no tiene
autocontrol —Narra Scout con una fluidez hipnótica—. Así que hoy lo
entrenaré. Hará todo lo posible por servirme sin recibir nada a cambio,
¿verdad cachorro? ¿Sabes lo que hiciste mal?
Manteniendo la cabeza baja, mirando fijamente mi gruesa y necesitada
polla en la palma de mi mano, asiento con la cabeza.
—Te hice unos bonitos regalos para ayudarte a controlarte —Sus pies
se mueven hacia la cama y luego hacia mí—. ¿Quieres tu primer regalo?
No. No, de verdad que no. No cuando su voz suena tan complacida
como un zorro en un gallinero, como diría Pop. Empiezo a asentir, pero
chasquea la lengua.
—Agradécemelo como es debido.
Levanto la cabeza y me encuentro con sus ojos. Inclina su barbilla en
señal de ánimo. No sé qué dirá la gente al respecto, pero hago las señas de
gracias, señor, y la forma en que su expresión se calienta me parece una
recompensa tan grande como cuando me toca.
—Primero —me explica—, tenemos unos anillos para ayudarte a
recordar que tu polla es para que la use yo, no para que la disfrutes tú —Los
anillos de goma que tiene en la mano parecen recortes de condones, porque
supongo que los anillos de verdad cuestan más de veinticinco centavos. Mi
polla suplica que la toque, aunque eso signifique ser atormentado, pero en
lugar de eso me los da con un brillo cruel en los ojos que me dice que leyó
mi mente—. Póntelos tú,
Los dejo caer un par veces, pero finalmente los hago rodar por mi pene
hasta que llegan a la base. Es frustrante y demasiado estimulante, pero no
doloroso. Cuando levanto la vista, Scout sostiene una clavija de madera con
esposas de cuero en cada extremo, hechas con viejos cinturones. Mierda. Si
me va a joder así de fuerte, más vale que haga su vida difícil.
—Parece que sabes para qué sirve esto —canturrea Scout, sonriendo
cuando niego con la cabeza y me alejo—. ¿No lo quieres? —Mi espalda
choca con el lateral de la cama, atrapándome, y gruño cuando se acerca un
paso.
Cuando se agacha frente a mí y me agarra por el collar, sus ojos 101
extraños y pálidos parecen ansiosos por primera vez, como si hubiera roto
un poco su control.
—Si vas a pelear conmigo, te ataré hasta que no puedas moverte y te
daré de comer mi polla.
Y supongo que estoy jodidamente mal, porque lo deseo tanto que me
sacudo hacia delante e intento morderle el brazo para asegurarme de que me
meto en problemas. Tengo la sensación de que mi cerebro empieza a sumirse
en una bruma tranquilizadora en la que soy consciente de los impulsos y de
nuestros cuerpos, pero no del mundo que nos rodea ni de mis pensamientos
enredados.
Scout me mete un pulgar en la boca y se levanta, arrastrándome a mis
pies.
—Ponte en la cama con los brazos detrás de la espalda y los ojos
cerrados. Separa las rodillas todo lo que puedas para que puedan ver tu puta
polla suplicándome.
Algo me dice que debería ser bueno otra vez, así que me arrastro hasta
la cama. Al cerrar los ojos, noto lo duro que está su colchón. Es más grande
que mi sofá, pero no mucho más blando que dormir en un suelo de cemento.
Escucho sonar la hebilla de un cinturón, luego el frío cuero me envuelve los
brazos y empiezo a respirar más rápido. Unas manos firmes me atan las
muñecas, pero puedo sentir cómo prueba y comprueba la circulación,
asegurándose de que aún puedo chasquear mis dedos.
Me invade una oleada de vértigo y mi estómago da un vuelco mientras
aprieto los ojos con más fuerza, diciéndome a mí mismo que probablemente
podría romper el cinturón si realmente tuviera que hacerlo. Trav nunca me
ha sujetado, así que no pensé que sentiría miedo. Pero todo lo que puedo
imaginar es que así es como me sentiría si él lo intentara, si yo estuviera
indefenso para escapar y él pudiera lastimarme, y lastimarme, y lastimarme.
Flexionando los dedos, me digo a mí mismo que no diga la palabra segura.
Jodidamente acabamos de empezar y puedo decir que Scout está feliz
conmigo. No quiero que pare.
Una mano se desliza por mi columna vertebral, haciéndome
estremecer. Los labios de Scout rozan mi oreja, en el lado más alejado, donde
la cámara no puede ver, y su brazo rodea mi pecho y me atrae hacia él.
—Estoy aquí —respira—. Te tengo —Su nariz presiona debajo de mi
mandíbula mientras sus dedos acarician la curva de mis pectorales. Luego
desaparece tan bruscamente que casi me caigo.
No puedo escuchar nada, y mis sentidos se disparan mientras intento
localizarlo. Cuando una mano firme y lubricada me agarra la polla, me
sobresalto y grito ante la abrumadora sensación. Empieza a acariciarme con 102
más fuerza y rapidez de lo que nunca me había tocado, y puedo escuchar
sollozos entrecortados en mi respiración.
—Como se corrió antes —dice a la cámara, con la voz un poco
entrecortada por el movimiento de su mano—, su polla está toda usada y no
necesita correrse, ¿verdad? Aunque juegue con ella —Entre la confusa
presión de los anillos para la polla y el ritmo implacable, me doy cuenta con
pánico de que no puedo predecir ni controlar cuándo voy a correrme y de
que estoy demasiado cerca. Gimoteando y sacudiendo la cabeza, intento
apartarme. Para mi alivio, me suelta y siento su pulgar limpiando una lágrima
a un lado de mi nariz.
Inhalo al sentir la presión de sus dedos rodeando una de las correas del
cinturón justo debajo de mi rodilla izquierda. Ya tenía las piernas separadas
al máximo, pero me agarra la otra rodilla y la abre más. Justo cuando estoy
a punto de romperme, se detiene y me coloca la segunda correa. Aún tengo
los ojos cerrados, pero sé lo que ven todos los que están viendo el vídeo: mi
pecho y mi polla hacia delante, goteando y erecta, mi cuerpo domado. Una
parte de mí está tan excitada que probablemente podría correrme
espontáneamente con un solo pensamiento, pero el resto de mí se está
apagando, incapaz de pensar o respirar.
Entonces escucho a Scout bajarse de la cama y alejarse, hasta que soy
el único ante la cámara. Hace frío, estoy solo y no tengo ni idea de lo que
está a punto de suceder. Aunque no debería, abro mis ojos vidriosos y miro
a mi alrededor hasta que lo encuentro de pie junto a la cámara, con los brazos
cruzados, mirándome. Su polla apunta hacia arriba, con la cabeza
sobresaliendo del prepucio.
—Cierra los ojos —me advierte. No sé si no se da cuenta de que estoy
asustado o simplemente no le importa. Pero sí sé una cosa: me dijo cómo
hacer que esto pare, y no me ha mentido.
Me tiemblan tanto las manos que casi no puedo chasquear los dedos.
En el último momento consigo detenerme en dos—más despacio—en lugar
de llegar a tres. Inmediatamente, el Scout desconocido y sombrío que
esperaba junto a la cámara desaparece y el Scout real se arrodilla en el borde
de la cama, estudiando mi rostro. No parece feliz con lo que ve, pero cuando
intenta desatarme las piernas, retrocedo como puedo y niego con la cabeza.
Arruga la frente.
—¿Estás aquí conmigo, Roman?
No sé qué contestar, así que miro con inquietud a la cámara.
Niega con la cabeza.
—Estoy editando esto. Mírame y respira hondo.
Cuando respiro obedientemente, me agarra el cuello con una mano 103
firme.
—¿Tienes miedo porque no puedes moverte?
Dudo, entrando de nuevo en pánico al darme cuenta de que no tengo
forma de comunicarme, pero algo en sus ojos me dice que no hará nada hasta
que lo entienda completamente.
—¿Quieres que te desate los brazos o las piernas para el resto? Puedo
hacer que la edición funcione de alguna manera.
Negando con la cabeza, me inclino hacia su mano y atrapo su pulgar
entre mis dientes. Lo lamo con cuidado y luego lo chupo, tratando de ser
bueno. Ladea la cabeza y sonríe un poco.
—¿Estarás bien mientras yo esté en tu boca? —Cuando mis cejas se
levantan con aprobación, se ríe entre dientes—. Puedo hacerlo. ¿Quieres
probar y seguir?
Preferiría hacer lo que sugirió cuando irrumpió en casa de Terry:
chupar cualquier parte de él que quiera hasta correrme sin tocarme, y luego
acurrucarme y dormirme durante días sin que nadie me dé una palmada en
la nuca y me diga que limpie algo. Pero asiento con más confianza de la que
siento.
Después de comprobar que el teléfono sigue grabando, acerca el
trípode y se sube a la cama descalzo, extendiendo los brazos para mantener
el equilibrio. Volvemos a actuar, pero ahora tiene algo más de cuidado y
mantiene al menos una mano sobre mí en todo momento.
—Dime, cachorro, ¿has puesto a chicos de rodillas para que se
ahoguen con tu polla?
Recordando al chico de la gasolinera y nuestros confusos y
apresurados experimentos en un baño sucio, probablemente no es así como
lo describiría. Pero él estaba de rodillas y yo en su boca, así que le doy a
Scout la respuesta que sé que quiere.
Ante mi asentimiento, sonríe burlonamente.
—¿Alguna vez te has arrodillado y le has chupado la polla a alguien
más?
Me fijo en su erección, a escasos centímetros de mi rostro, e imagino
su polla tan adentro que no puedo ni respirar.
—Mierda —Envuelve una mano alrededor de su polla, tirando del
prepucio hacia atrás—. El cachorro está babeando. Mira cuánto lo desea.
Tres de sus dedos se introducen profundamente, casi golpeando la
parte posterior de mi garganta, y me inclina la cabeza hasta que estoy
mirando a la cámara. Noto cómo la saliva me resbala por la mejilla y me 104
gotea en el muslo. Y justo entonces, cuando todo se junta y mi mundo se
reduce a su piel y la mía, a deseo y obediencia, dejo de sentir miedo.
105
13
He visto a Doms hablar en internet de hacer que sus subs “vuelen”.
Eso suena a la mierda ridícula que se inventa la gente cuando tiene un equipo
de bondage valorado en 50.000 dólares, una lista de protocolos más larga
que la Biblia y demasiado tiempo libre. Signifique la mierda que signifique,
Roman seguro que no va a volar hoy.
Se aferra al control como si su vida dependiera de ello. Tal vez sí. En
cualquier caso, nada de lo que pase hoy es culpa suya, no del genio en la
habitación que pensó que atar a alguien que necesita las manos para
comunicarse era la mejor forma de empezar. Aunque pasé horas leyendo su
lista y planificando, eso no cambia el hecho de que fui demasiado duro.
Olvidé que darle a Roman una lista de perversiones era como preguntarle a
un extraterrestre recién aterrizado si le gusta McDonald's: la respuesta va a
ser seguro, probablemente, pero no tiene ni idea de lo que estás hablando
hasta que lo prueban de verdad.
Entre el rodaje y asegurarme de que no rompo a mi cachorro, he
olvidado por completo que tengo que correrme antes de que termine la
escena. Si no puedo, simplemente filmaré un primer plano ordeñando a
Roman sobre mi pecho y haciendo que lo lama o algo así. Viendo su polla
rígida y sonrojada luchando contra los anillos, no tendría ningún problema
en correrse si le doy la orden.
Algo cálido y húmedo roza la punta de mi polla, arrastrándome de
nuevo a la tierra y haciendo que los dedos de mis pies se enrosquen en el
colchón. Roman retrocede ante mi silbido de sorpresa, estremeciéndose
como si esperara que lo castigara.
—Oye —Le paso los dedos por el cabello revuelto, esperando a que
sus ojos feroces y dorados encuentren los míos—. Te encanta cuando te lleno
la boca, ¿verdad? ¿Quieres que todos vean cómo te la metes toda de una vez?
Gime en voz baja. La mitad de mí espera que la cámara lo escuche, 106
pero la otra mitad espera que sea sólo para mí.
—Escucha con atención —Tomando su rostro entre mis manos, me
inclino hasta que sólo nos separan unos centímetros—. No vas a correrte,
pase lo que pase. Porque no esperaste por mí, y necesitar aprender.
¿Entiendes? —Lo escucho tragar saliva, y su mirada baja hasta mi boca y se
queda clavada allí. De todas las partes de él que he memorizado, no he
prestado mucha atención a sus labios. Parecen descuidados y mordidos, pero
son tan carnosos.
Su sonido suave y confuso casi arruina todo. Casi lo empujo contra la
pared y le lleno la boca con mi lengua en vez de con mi polla. Casi renuncio
al secreto de que mi corazón no funciona como el de los demás, que el mundo
se divide en mío y me importa una mierda, y que él era mío en cuanto le puse
los ojos encima por razones que nunca llegaré a comprender del todo. Fue lo
mismo con Beck, aquel día de verano en que se mudó a Paradise, y fue lo
mismo con Dallas cuando lo vi por primera vez comiendo en la cocina de
Beck como si nunca hubiera visto comida. Pero la dominación y la sumisión
y la lujuria, eso es nuevo. Eso sólo le pertenece a Roman.
En lugar de arruinarlo todo, me limito a decir—: Buen cachorro —y
me enderezo, saltando de la cama para acercar la cámara. Me mira mientras
vuelvo a colocarme en posición, esperando instrucciones, pero espero con
curiosidad a que tome la iniciativa. Cualquier cosa que me saque de mi
cabeza y me devuelva a dos chicos calientes y desnudos casualmente
haciendo porno en la parte trasera de una casa rodante destartalada.
En vista de que está demasiado atado para acercarse, muevo mis
caderas hacia delante para apoyar la húmeda cabeza de mi polla en sus labios.
—¿Puedes saborearla?
Sus fosas nasales se abren, y su lengua sale para lamer a lo largo de
mi raja. Suelta un sonido que nunca había oído de un ser humano, algo entre
un gemido y un gruñido, y lame deliberadamente alrededor de mi cabeza,
arrastrando su cálida lengua por la piel sensible con un hambre concentrada
que hace que mis rodillas tiemblen. Deja que la cabeza se deslice en la
estrechez de su boca, dándole una lenta chupada, y luego sacándola, una y
otra vez, cada vez un poco más profundo. Los poderosos músculos de sus
hombros se tensan y flexionan mientras se mueve, luchando contra las
ataduras de sus muñecas.
No sé lo iba decir cuando abro la boca, pero lo que sale es—:
Joooooooder.
Se estremece, intentando inclinarse hacia delante, y gime con
frustración mientras la baba se le escapa por las comisuras de los labios.
Estoy bastante seguro de que quiere que se la meta hasta el fondo de la 107
garganta, pero su cuerpo se revuelve cuando intenta hacerlo él mismo.
Mis dedos recorren su mandíbula.
—¿Quieres que te haga daño, cachorro?
Tarareando alrededor de mi pene, intenta asentir.
—Entonces quédate quieto —Nunca había follado el rostro de alguien,
y espero por Dios que controle su instinto mordedor o vamos a tener un mal
momento. Pero me ha dado tanta confianza en la última hora, que se merece
algo de la mía a cambio. Agarrando su collar por detrás, lo retuerzo con
fuerza y deslizo las caderas hacia delante hasta que encuentro resistencia a
tres cuartos de su camino. Roman respira por la nariz y se atraganta, con los
ojos llorosos.
Estirando la mano por debajo de mis bolas, empujo hasta el fondo,
sintiendo cómo su garganta se contrae a mi alrededor. Todo su cuerpo se
estremece.
—Tan cerca —respiro—. Dámelo.
Me balanceo hacia atrás hasta que mi cabeza casi se desliza fuera de
su boca, inmovilizándolo por su collar, y luego deslizándome todo el jodido
camino hasta el fondo en un movimiento suave hasta que mis bolas golpean
su barbilla. En un impulso, lo mantengo así mientras cuento hasta cinco.
Cuando se da cuenta de que no puede respirar, empieza a forcejear con las
ataduras de sus brazos y estoy listo para cualquier cosa que se parezca a una
palabra de seguridad, aunque sea un chasquido, pero no llega. Quiero decirle
que ahora mismo es lo más hermoso del mundo, que nunca dejaré que le pase
nada, pero en lugar de eso sólo digo—: Tómalo, cachorro. Esto es para lo
que eres bueno.
Cuando lo suelto, jadea mientras las lágrimas caen por los costados de
su nariz y a lo largo de su mandíbula. Me tiemblan tanto las piernas que casi
me caigo cuando me apoyo en un pie y le acaricio la polla goteando con mis
dedos.
—Está haciendo un jodido desastre. ¿Creen que se las arreglaría para
no correrse si lo lamiera?
Todo su cuerpo se tensa y mueve la cabeza suplicante.
—Entonces enséñame lo que aprendiste hoy.
Ni siquiera estoy seguro de lo que espero que haga. Sólo sonaba como
algo bueno para decir. Pero fija sus ojos en mí, desafiante incluso cuando
están llenos de lágrimas, abre la boca y saca la lengua en señal de invitación.
No vuelve a moverse, simplemente espera como si sólo estuviera ahí para
que yo lo use. Mi preocupación por no poder correrme se ha convertido en 108
una preocupación muy real por correrme antes incluso de tocarlo.
Comprobando el ángulo de la cámara, me limpio el pre-semen de mi
polla con los dedos y los deslizo dentro y fuera de su boca.
—¿Quieres más? —Es perfecto, no se mueve ni habla, pero su mirada
me desafía a seguir. Empujo mi cabeza más allá de sus labios y froto mi raja
por la superficie caliente y resbaladiza de su lengua.
—Sé perfecto para mí y no te muevas —Deslizando mi pulgar por la
comisura de sus labios a modo de recordatorio, agarro la parte de atrás de su
cabeza y empujo, con cuidado al principio, luego más fuerte y profundo,
imaginando que estoy enterrado en su culo—. La próxima vez que pienses
en tocarte cuando yo no esté, recuerda que eres mi juguete para follar.
Tan rápido como puedo, me salgo y me corro por toda su cara en
chorros irregulares. Una parte cae sobre su lengua, así que le agarro la
mandíbula y lo obligo a cerrar la boca.
—Traga.
Cierra los ojos y obedece sin pensar. Cuando miro hacia abajo, sigue
duro e insatisfecho, tal como lo quería. Cuando su jadeo se hace más lento y
mis manos dejan de temblar, empiezan a escucharse ruidos del exterior: el
estúpido perro del vecino, el chico de enfrente intentando hacer funcionar la
batería de su auto, unos niños gritando. Él parpadea, tratando de aclarar su
expresión aturdida, y yo salto de la cama con una mano en mi polla. Cuando
apago la grabación, agarro nuestra ropa interior del suelo y me pongo la mía
antes de darme cuenta de que jodidamente debería haberlo desatado antes.
—Lo siento —Después de liberarlo de la barra y desabrochar el
cinturón, lo ayudo a quitarse los anillos improvisados. En cuanto se las quito,
gime y se sienta en el borde del colchón, su erección ya suave. Tomando su
mano, giro su brazo de un lado a otro para comprobar sus muñecas. Aparte
de un leve enrojecimiento de la piel, no parece que el cuero le haya hecho
daño. Hace rodar los hombros de uno en uno, con los ojos fijos en el suelo,
luego hace una mueca y señala hacia el baño.
—Oh, sí. Adelante. Tómate el tiempo que necesites. Yo...uh, revisaré
el material.
Le doy su ropa interior, que mira como si no supiera para qué sirve.
Cuando desaparece en el cuarto de baño, escucho cómo abre la ducha y me
pregunto si tengo que advertirle de que no se masturbe. Pero ni siquiera tengo
fuerzas para levantarme de la silla. El Scout normal le ha arrebatado el
control de mi cerebro al Dom Scout, y el Scout normal sólo quiere que todo
el mundo se vaya para que yo pueda pasar el resto del día fumando en la
cama y viendo la tele mientras me termino mis patatas fritas.
Quince minutos después, él aparece en calzoncillos, con la piel 109
húmeda y rosada por el agua caliente. Se pone rápidamente la sudadera y los
jeans, y luego se queda mirando por la ventana con expresión inexpresiva,
su cabello chorreando manchas oscuras sobre su ropa.
Me aclaro la garganta y él se sobresalta, mirándome.
—Editaré el video esta noche. Y cuando lo publique por la mañana, te
enviaré un mensaje con cuántas personas se suscribieron.
Asiente una vez, mete los pies en sus zapatillas y hace una seña de
gracias.
Jódeme.
—Lo hiciste genial —le ofrezco, dándome cuenta de que olvidé
decirlo—. Gracias.
Saca su teléfono y me envía un mensaje, como si no quisiera acercarse
lo suficiente para enseñarme la pantalla. Hasta la próxima.
—Sí. Nos vemos —Todo se siente mal, pero no sé por qué. Me
incorporo y lo veo salir a la fría tarde, esquivando baches mientras se dirige
a casa con las manos metidas en sus bolsillos. Luego me vuelvo a tirar en la
silla con un brazo sobre los ojos y me duermo de inmediato.
Media hora más tarde, me despierto con mucho frío y entumecido por
la incómoda posición. Agarrando una chaqueta y un pantalón de chándal, me
acurruco con la aplicación de edición gratuita que encontré, un cigarrillo y
una caja de galletas recién abiertas. Dos horas y un gran dolor de cabeza
después, he conseguido hacer un vídeo que medio tiene sentido y tiene todas
las partes calientes. Mi control remoto está apuntando al televisor con mi
dedo en el botón de encendido cuando la realización me golpea tan duro
cómo si alguien me hubiera tirado un ladrillo en la cabeza.
—Joder —Tiro el control al otro lado de la habitación y ruedo para
enterrar mi rostro en la tapicería. Olvidé los cuidados posteriores. ¿Qué
mierda está mal conmigo? De todas las partes de ser un Dom que estudié y
esperé con impaciencia, los mimos posteriores obligatorios sonaban como
una tarea. Pero nunca quise tirar a Roman al frío como si no me importara
una mierda. Esto es lo que pasa cuando Dallas no está cerca para
supervisarme.
Sacando el teléfono de debajo de mi culo, marco el número de Roman.
Por primera vez, no contesta. Me siento con las piernas cruzadas en el sillón
y pulso llamar una y otra vez porque no tengo nada mejor que hacer. A la
séptima vez, recibo un mensaje.
Cálmate. Estoy bien.
Leo esas cuatro palabras al derecho, al revés y a los lados, intentando 110
encontrar la verdad entre ellas. ¿Estás seguro?
¿Por qué no iba a estarlo?
No es eso lo que pregunté.
Pasan diez minutos antes de que responda. Estoy demasiado cansado
para jugar juegos de palabras contigo. Dije que estoy bien.
Escribo un par de respuestas diferentes y las vuelvo a borrar, luego me
deslizo en mi silla y vuelvo a dormir, porque emborracharse no es una opción
cuando los idiotas de tus amigos te roban toda la cerveza.
111
14
En un lugar como Paradise, lo último que quieres escuchar es a alguien
aporreando tu puerta a la una de la madrugada. Al principio pienso que debe
de ser un sueño, porque las únicas personas con las que me relaciono son
Beck y Dallas, y ellos simplemente entrarían. Así que me doy la vuelta y me
pongo la almohada sobre la cabeza.
Cuando vuelvo a escucharlo, más silencioso pero insistente, balanceo
mis pies en el suelo con un gemido y hago todo lo posible por recordar dónde
escondí la pistola que dejó mi hermano. Está vacía, porque nunca me molesté
en comprar munición, pero agitarla por ahí es probablemente mejor que
nada.
Finalmente, el recuerdo vuelve a mí. De camino al baño, tiro de la
cuerda que cuelga de la bombilla del pasillo. Me da luz suficiente para ver el
destello de una pistola en el fondo del cajón, detrás de los doce tubos de
dentífrico vacíos que nunca tiré. Arrugando la nariz, alejo las motas de polvo,
y casi la dejo caer cuando empiezan de nuevo los golpes.
—Jodida mierda —Colgando el arma a mi lado, tropiezo de nuevo por
el pasillo y apoyo la frente en la parte trasera de la puerta principal—. ¿Quién
es? —grazno.
Nada. Pero puedo sentir una presencia al otro lado. Me apresuro hacia
la cama y abro la cortina de la ventana, apoyándome en el frío cristal hasta
que puedo distinguir el porche. Reconocería esa silueta en cualquier parte.
—Maldita sea —Cuando quito el cerrojo y abro la puerta de un tirón,
Roman retrocede, parpadeando a la luz. Está temblando, vestido solo con
pantalones de chándal, una camiseta de manga larga y su gorro. Sus
poderosos brazos se flexionan contra las mangas mientras aprieta con fuerza
la colcha doblada que tiene pegada al pecho. Suspiro profundamente y me
limpio el sueño de los ojos—. ¿Puedo ayudarte? —Hace casi una semana
que no lo veo. Nos hemos enviado algunos mensajes, pero no sé si me está
evitando o simplemente está tratando de asimilarlo todo. Me senté en el 112
porche a fumar durante toda una tarde jugando en mi cabeza al Qué haría
Dallas, y llegué a la conclusión de que me diría que le diera espacio a Roman.
Pero cuando mis ojos se cruzan con los suyos, dulces y salvajes, y veo su
rostro, enrojecido por el frío, me doy cuenta de que hice la elección
equivocada. Este chico nunca debería quedarse solo, y lo extrañé como el
infierno.
Me olvido de la pistola, y él retrocede un paso asustado.
—Oh, lo siento —La arrojo al sofá detrás de mí, con la esperanza de
que realmente esté vacía. No explota nada, así que supongo que estamos
bien. Traga saliva, abre la boca y vuelve a cerrarla, fijando su mirada en el
centro de mi pecho desnudo.
—¿Quieres papel y un bolígrafo? —Su frente se frunce mientras su
mirada se eleva hasta la mía. Luego niega con la cabeza y se da la vuelta.
Está a medio camino de bajar los escalones del porche, tragado por la
oscuridad, cuando alzo la voz—. Détente.
Se queda inmóvil, pero no se da la vuelta hasta que me escucha abrir
la puerta por completo. Señalo la alfombra que tengo delante.
—Ya me despertaste de una puta vez, así que ven aquí.
Todo queda en silencio mientras observo la guerra desarrollándose en
su rostro. Ahora mismo no tenemos collares ni cámaras; si obedece, será sólo
por él. Puedo sentir el empuje y el tirón en el aire, como si el mundo
contuviera la respiración para ver qué hacen ahora dos chicos jodidos.
Entonces, otro sonido se escucha débilmente al otro lado de la calle y Rome
ladea la cabeza hacia el ruido. El chirrido rítmico de la casa de mi vecino se
hace más fuerte, salpicado de gemidos y maldiciones que las delgadas
ventanas no consiguen amortiguar. Alguien chilla como una gata en celo y
los dos estallamos en risas al mismo tiempo. Nunca lo había oído reír de
verdad: es una risa áspera y suave, que corta rápidamente mordiéndose el
labio.
Entrecierra los ojos hacia la noche, a las calles heladas y los haces de
luz de la luna. Luego se da por vencido y cruza el porche podrido, agachando
la cabeza. Al pasar junto a mí, percibo un ligero olor a detergente, más fresco
y limpio que en ningún otro lugar en el que haya estado. Se queda torpemente
de pie en el salón, abrazado a su manta y mirando cómo cierro la puerta.
Recojo mi pantalón de chándal del suelo y me lo pongo, pero no me
molesto en ponerme una camisa. Se queda clavado en su lugar, solo
moviéndose para meter su nariz bajo el borde de la colcha que tiene entre los
brazos mientras me mira abrir y cerrar los cajones de la cocina.
—¿Oreo? —Tiro el paquete sobre la encimera, seguido del bloc de 113
notas manchado y el bolígrafo que mi madre solía guardar aquí para tomar
los mensajes telefónicos—. ¿Te importaría explicarme por qué no estamos
los dos dormidos ahora mismo?
Quita una mano de la manta y levanta la esquina del envoltorio de las
galletas, luego gira el paquete para que pueda ver que está vacío.
—Uy, lo siento —Agarro la bandeja de plástico y me meto las migas
en la boca—. Traeré algunas antes de que volvamos a grabar. ¿Te gustan las
de sabores? Porque si es así voy a destrozar nuestro contrato.
No parece impresionado. Recogiendo el bolígrafo a regañadientes, le
da vueltas en su mano y garabatea un par de palabras. Debería irme.
—Oh, chico —Me masajeo la frente. Mi cerebro aún no se ha
despertado: sólo hay niebla, fragmentos de sueños y el principio de un dolor
de cabeza—. ¿Así que me sacaste de la cama y viniste hasta aquí para
decirme que deberías irte?
Finalmente levanta la barbilla, la ira parpadeando detrás de sus ojos.
Tiene tanto fuego cuando no está abatido. Una parte de mí quiere luchar con
él hasta verlo todo, todo lo que tengo para trabajar, todo lo que podría darme.
Resoplando, vuelve a tomar el bolígrafo. ¿Puedo dejar este edredón
aquí?
—¿Por qué?
—Uh... —No dice exactamente una palabra, más bien un sonido de
dolor, pero es la primera vez que escucho su voz en persona. Deja la colcha
con cuidado en el borde de la mesa y dobla una esquina. El dobladillo se ha
rasgado y sobresalen algunos hilos rotos, pero la tela en sí no está desgarrada.
No es mucho más que una costura reventada. Roman lo roza con la punta de
un dedo, y su rostro se frunce un poco.
—¿Qué sucedió? —No intenta responder con palabras, ni escribir, ni
hacer señas; sólo se queda ahí de pie como si se deslizara hacia un espacio
en el que necesita que otra persona haga todo el trabajo. Así que hago lo que
puedo—. ¿Tu hermano?
Sacude la cabeza rápidamente, intentando apretar la costura con sus
dedos.
—¿Terry?
Esta vez asiente y hace el gesto de sentarse sobre algo. Hay tanta
crueldad en nuestro mundo, pero a veces son los accidentes sin sentido y
malintencionados los que hacen que todo se convierta en algo insoportable.
Sé cómo es.
Todo su cuerpo se tensa cuando recojo la colcha, pero no me detiene. 114
La llevo hasta la cama y la despliego sobre el colchón hasta que puedo ver
el diseño completo, molinos azul marino sobre un fondo blanco. Cada trozo
de tela tiene un estampado diferente en el mismo color. Formas, flores,
remolinos, incluso pequeños animales y fragmentos de canciones infantiles,
cada uno elegido y colocado a mano.
—Dallas, Beck y yo sabemos arreglar cosas. Beck es el mejor —
Roman se sienta incómodo en el borde de la cama y me lanza una mirada
incrédula, pero es verdad. Beck es el que más ropa estropea, así que es el que
más tiempo pasa arreglándola—. Puede que no quede perfecto, pero
podemos arreglarlo fácilmente.
Recorriendo con los dedos la suave tela, me doy cuenta de que el
acolchado fluye a través de curvas y bucles, en lugar de ir recto arriba y
abajo. Curioso, me inclino y sigo el camino con mis dedos.
—Oye.
—¿Sí? —No es mucho más que un susurro, pero está ahí y es mío.
—Dice tu nombre. Es genial
Sus ojos se agrandan y luego mira hacia abajo, frotándose una mano
contra el pecho.
—Es un secreto. Soy el único que lo sabe.
—¿Hay más secretos? ¿Quién lo hizo?
Duda y se acerca. Sus gruesos dedos me agarran la muñeca y me llevan
hasta otra palabra cosida en el algodón. La toco un par de veces, intentando
descifrarla.
—¿Abuelita? ¿Abuela?
Sentándose contra la pared, levanta las rodillas y apoya su barbilla en
ellas.
—Mi abuela. El abuelo también está ahí.
—¿Están muertos? —Buen trabajo, Scout. Necesito que Dallas me
siga 24/7 diciéndome cómo ser un ser humano decente. Soy la última persona
que debería hablar de familia y amor.
Arquea las cejas hacia mí y suelta un suspiro lento, como una risa
amarga.
—Pop está muerto. Supongo que la abuela también, pero Travis no me
ayudará a averiguarlo. A veces finjo que no lo está.
A veces yo también finjo cosas. Como si alguna vez fuéramos a dejar
atrás este lugar y ser normales.
—Hay algo que he estado esperando para decirte —Empiezo a doblar 115
la colcha otra vez. Por más que lo intento, no está tan doblada como él la
tenía—. Lo arruiné todo después de nuestra escena —Sueno tenso, porque
lo único que odio más que equivocarme es admitir que me equivoco—. Un
sumiso se ahoga en adrenalina y, no sé, endorfinas, sean lo que sean. Mi
trabajo es cuidarte y ayudarte a bajar antes de que te vayas.
Se inquieta, mirando la cinta adhesiva del piso.
—¿En los vídeos?
—No, no lo grabamos. Pero nos ayuda a hacer mejores escenas.
Se encoge de hombros, pasa los dedos por mi sábana de franela y se
muerde el interior de la mejilla.
—No necesito eso. Está bien.
Esto es tan jodidamente doloroso. No sé por qué estamos bailando
alrededor de los bordes de nuestra dinámica como si tuviéramos miedo de
intentarlo de nuevo. Es nuestro oxígeno, y ambos nos estamos sofocando.
—No.
Él escucha el cambio en mi tono y levanta la cabeza, sus pupilas
dilatándose en la tenue luz.
—Estoy diciéndote que te daré los cuidados posteriores, ¿y tú qué
dices?
Respira hondo y me mira a la cara. Por primera vez, veo sus labios
formarse alrededor de las palabras.
—Gracias... señor —Parece aliviado.
—Así es. Bien —Es más y menos de lo que esperaba: oír su voz me
enciende, pero por otro lado sigue siendo Roman, con palabras o sin ellas, y
siempre lo querré igual.
Cuando me acerco a él para apartarle ese mechón de cabello rebelde
que siempre le cae por la mejilla, se aparta instintivamente. Veo el momento
en que se da cuenta, entra en pánico y finge que nada pasó.
Entrecierro los ojos hacia él e intento leer su lenguaje corporal. Por
instinto, me estiro por su gorro.
—No —Se echa hacia atrás, apartando mi mano. Cuando vuelvo a
intentarlo, me agarra la muñeca con fuerza—. No lo hagas.
—Roman...
—Vete a la mierda.
—¿Así es como quieres hablarme? —El chico se olvida de que tengo 116
dos manos, así que me lanzo con la otra y le arranco el gorro de un tirón. Por
un segundo no veo nada fuera de lo normal en su cabello despeinado.
Entonces la escasa luz capta algo húmedo y oscuro—. Oh, Dios mío. Tu
cabeza —Agarrando su nuca, lo acerco para poder ver. No creo que siga
sangrando, pero la sangre está pegajosa y húmeda a lo largo de su cuero
cabelludo.
Me aparta con un gruñido, luego estira la mano para tocarse la herida
y se estremece de dolor, mordiéndose un gemido.
—¿Qué hizo...? No, ni siquiera respondas a esa pregunta —Me levanto
de un salto, doy vueltas por la habitación, luego apoyo mi frente en la
mugrienta pared de paneles y cierro los ojos, intentando disipar el rojo de mi
visión. Mis rodapiés están salpicados de cicatrices y agujeros donde mi padre
los pateaba cuando se enojaba. Quiero añadir las mías, pero ni siquiera yo
soy tan despistado como para hacerlo delante de Roman.
—¿Señor? —La palabra susurrada está llena de muchas preguntas,
sobre todo estoy en problemas y qué hago ahora. Como si lo supiera. Soy
una broma, un intercambio de poder donde no tengo poder que ofrecer. ¿Qué
clase de puto Dom se sienta y deja que su sumiso se desangre porque tiene
demasiado miedo de que desafiar a un policía pueda arruinarlo todo? Por un
momento, quiero rendirme. Se suponía que tenía que encontrar a un chico
perfecto y sin importancia, ponerle un collar perfecto y sin importancia y
follármelo una vez a la semana por dinero.
Entonces tuve que verte.
Detrás de mí, lo esucho moverse hacia la puerta.
—Espera.
Su ropa deja de crujir.
—Lo siento —dice finalmente—. No debería... Quiero decir, yo no...
Respiro hondo y me doy la vuelta.
—Entra en el baño, desnúdate y arrodíllate en la bañera.
—No debería haberte despertado.
—Cachorro.
Aprieta los labios, pero puedo ver la nostalgia en sus ojos.
—Deja de pensar. Te tengo.
Por un segundo creo que se irá, pero pasa por delante de la puerta
principal y desaparece en el baño. Escucho un tintineo mientras intenta
encontrar la luz y luego el ruido de la ropa al caer al suelo. Recojo la colcha
doblada y apoyo mi nariz en ella, como hizo él. Huele a él y a ese detergente, 117
y donde los dos olores se mezclan hay algo más. Una mujer que lo amaba.
Alguien que nunca lo abandonó, porque siempre está aquí.
Estudiando mi salón, elijo un lugar en el brazo de mi pequeño sofá y
aliso la colcha. Aquí está a salvo, pero aún visible cuando él entra por la
puerta. Fácil de agarrar si se sienta en el sofá y quiere ponérsela por encima.
Me preocupa que no pueda dormir sin ella, pero no creo que nada pueda
convencerlo de que se la lleve a casa de Terry.
Cuando llego al baño, está desnudo y de rodillas en la bañera. En lugar
de la postura que le enseñé, se abraza a sí mismo y me mira inseguro mientras
rebusco en los cajones que hay bajo el lavamanos. Lo único que encuentro
es un spray para heridas de hace cuatro años que le regalé a Beck y que
probablemente sea tóxico a estas alturas.
Me sigue con la mirada mientras me bajo el pantalón de chándal y los
bóxers, me meto en la bañera y cierro la cortina de plástico mohosa. No
quiero que nos congelemos, así que abro el grifo de la bañera hasta que el
chorro sale caliente, y luego lo cambio a la ducha. Roman echa la cabeza
hacia atrás y cierra los ojos mientras el agua caliente le cae en cascada por la
cabeza y la espalda.
—Está bien. Sé bueno y te enjabonaré después.
Entreabre los ojos, que parecen agotados, para mirarme mientras el
agua se acumula en sus largas pestañas. A pesar de aceptar portarse bien,
gime y se aparta en cuanto le rozo la herida de la cabeza con mis dedos.
—Lo sé —Le froto los hombros—. Pero tengo que limpiar esto y
quitarte la sangre del cabello. Sé fuerte para mí, cachorro —Cuando vuelvo
a intentarlo, su mano rodea la parte posterior de mi muslo y aprieta, y apoya
la frente en mi cadera—. Eso es.
Entrecerrando los ojos en concentración, intentando no hacerle daño
ni resbalar con el fondo desgastado de la bañera, me tomo mi tiempo. El agua
manchada de rojo fluye por su pecho y se arremolina alrededor del desagüe.
Tras un largo silencio, se acurruca más contra mi piel.
—¿Qué dice tu espalda?
—¿Eh? —Levanto una mata de cabello cada vez y trabajo la sangre
seca con mi pulgar mientras desaparece en el agua—. Oh, ¿el tatuaje? —Me
olvido de que está ahí la mayor parte del tiempo. Mi hermano está tatuado
por todas partes, incluso tiene mi nombre en el brazo. También Beck. Pero si
voy a usar mi cuerpo como valla publicitaria, sólo he encontrado una cosa
que me gustara lo suficiente como para anunciarla al mundo con tinta
permanente—. No sé pronunciar latín, pero es contra felicem vix deus vires
habet. Significa contra un hombre afortunado, hasta los dioses son 118
impotentes.
No contesta durante un buen rato. Cuando empiezo a limpiar la herida,
me agarra la pierna con más fuerza.
—Supongo que no soy afortunado,
Me inclino hacia atrás y miro su cabeza baja y su espalda húmeda y
musculosa. Mi voz suena cruda por todo el esfuerzo que estoy haciendo para
no destruir algo.
—Entonces jodidamente no te quedes con él.
Después de un largo momento, inclina la cabeza hacia atrás para
mirarme con sus ojos inexpresivos. Su voz es tan baja que tengo que leer sus
labios para entenderlo por encima del agua.
—Entonces jodidamente saca a Beck de una banda y múdate a otro
lugar. Es simple, ¿verdad?
—Yo... —Hay un sabor metálico y cuajado en la parte posterior de mi
lengua como si hubiera mordido un trozo de papel de aluminio—. Yo... vete
a la mierda. Sabes que no es lo mismo.
Me sacude y lucha por ponerse de pie con una mano en la pared para
no resbalar. Su enorme cuerpo bloquea toda el agua mientras nos miramos
fijamente, nuestros rostros escasos centímetros.
—¿Vas a empezar a castigarme por dejar que me pegue? — Incluso
cuando está enojado se muestra sumiso, como si yo dijera que sí, me dejaría
hacerlo y creería que se lo merece. Ese pensamiento duele más que cualquier
cosa que haya dicho.
—Jesús —No puedo apartar los ojos de la forma en que el agua se
acumula en su piel y en las comisuras de sus labios—. Si confías tan poco en
mí, no deberíamos estar haciendo escenas.
El dolor se funde en los ángulos extraños y contundentes de su rostro.
Cada vez que lo miro, se vuelve más hermoso. Busca las palabras y por un
momento creo que se quedará de nuevo en silencio. Entonces susurra:
—Me duele la cabeza —Y deja caer su rostro en la curva de mi cuello.
—Lo sé —Le rozo el hombro con la nariz y deslizo mis manos por sus
caderas—. Te vas a vestir y envolverte en la colcha de tu abuela y vas a
dormir en mi sillón reclinable el resto de la noche. Si tienes una opinión
diferente me importa una mierda.
Sólo asiente.
—No te muevas —Lo suelto, agarro mi pastilla de jabón verde 119
agrietada de la repisa mugrienta y la froto contra mi piel—. Pon tus manos
sobre mí.
Son tan anchas que casi envuelven mis estrechos hombros. No puedo
escuchar ningún sonido, excepto el chapoteo del agua mientras enjabono y
enjuago metódicamente cada centímetro de su perfecta piel, apresurándome
un poco para vencer a mi diminuto calentador de agua. Una parte de mí
quiere excitarse, y cuando le enjabono entre los muslos veo que él también.
Pero cuando lo miro, sus ojos están casi cerrados. Sólo se abren cuando paso
junto a él y cierro el grifo justo cuando empieza a ponerse helado.
—Vamos. Usa mi toalla para secarte, no te preocupes por mancharla.
Asiente somnoliento, agarrándose a mi brazo para mantener el
equilibrio mientras sale de la bañera y se dirige a tientas hacia el toallero.
Enjuago los últimos rastros de agua ensangrentada por el desagüe y me lavo
el jabón de las manos. Él tiene mi toalla, así que me sacudo como un perro y
me pongo mi pantalón de chándal sin nada debajo. Cuando salgo, ya ha
dejado mi sillón casi plano y se ha metido debajo de la colcha.
—Buen cachorro.
Gruñe, y sonrío cuando se tapa la cabeza con la colcha para evitar que
le toque el cabello. No he tenido a nadie que se quede a dormir aparte de los
chicos, así que intento pensar qué podría importar.
—Dejaré la luz del baño encendida. No te vayas por la mañana sin
despertarme antes —No reacciona, pero creo sólo está fingiendo estar
dormido—. Quiero una respuesta.
Su brazo sale de la colcha y me hace una seña de sí.
—Buenas noches —Uno de sus pies en calcetín sobresale de la manta,
así que lo toco con mis dedos desnudos. No recuerdo la última vez que
alguien en esta casa rodante le deseó buenas noches a otro.
Como ya no hay galletas Oreo, tengo que conformarme con sentarme
en la cama con las piernas cruzadas y fumar con la ventana entreabierta. Mi
cabeza suele ser un lugar ocupado, pero esta noche está apagado y con ecos.
No estaba teniendo buenos sueños cuando él apareció, y probablemente no
los tendré cuando vuelva a dormir. Todo lo que tengo son preguntas sin
respuesta y personas a las que no tengo fuerzas para salvar. Y un bulto de
mantas en mi salón, haciendo una silueta contra la luz del baño. El sillón
reclinable cruje cuando él se pone de lado y se hunde más en los cojines. No
sabe que no dejo que nadie se siente en mi sillón, ni siquiera Beck o Dallas.
Quince minutos después, empieza a roncar grave y suavemente. Se 120
siente bien escucharlo mientras termino de fumar, y miro fijamente por la
ventana durante un buen rato.
-------------
Mi cuerpo está entrenado para despertarse en cuanto el pie de Travis
golpea la tabla del suelo chirriante junto a su cama cada mañana. Me visto
mientras mea y, para cuando entra en el salón, ya estoy afuera con Tubbs.
Pero hoy, cuando abro los ojos, no veo el rubor rosado del amanecer
colándose por las persianas del salón de Terry. Sólo el resplandor de una
bombilla moribunda que hace sombras espeluznantes en la pared. Mi cama
empieza a plegarse cuando me incorporo y, cuando me doy cuenta de que es
un sillón reclinable, por fin recuerdo dónde estoy y por qué.
Recuerdo que estaba dormido cuando Travis llegó a casa muy
borracho y quiso cocinar algo. Me tiró un sartén por razones que no
entendía—arrastra las palabras cuando está borracho—y me golpeó la
cabeza. Cuando agarró el enorme sartén de hierro fundido, tomé la colcha de
la abuela y salí corriendo por la puerta. Cuando vuelva a casa, ni siquiera
recordará lo que pasó.
Intento tocarme la herida de la cabeza, pero aparto la mano con un
gruñido de dolor. Entonces se escucha de nuevo el sonido que debió
despertarme: una inhalación aguda y un suave gemido. Unos segundos
después, él gime con inquietud.
Me quito la colcha de encima y tanteo en la oscuridad hasta encontrar
la lámpara más cercana. El resplandor naranja apenas llega a la cama, pero
es suficiente para evitar que me caiga sobre algo mientras me arrastro hacia
ella. El cuerpo sudoroso de Scout se retuerce en la sábana mientras se
revuelve y da vueltas en sueños, jadeando como si no pudiera respirar lo
suficiente.
Recuerdo haber escuchado que no se debía despertar a las personas
mientras soñaban. O quizá a los sonámbulos. Pero cuando vuelve a llorar
suavemente, murmuro su nombre y extiendo mi mano, inseguro, para rozar
sus bíceps con mis dedos. No ocurre nada. Cuando le toco el hombro con
más fuerza y digo—: Scout —se sobresalta y me mira con ojos confundidos
y desconcertados durante un momento torpemente largo antes de que parezca
darse cuenta de quién soy.
—Mierda. Lo siento —Rueda y entierra su rostro en la almohada.
—¿Estás bien?
No se mueve ni responde. Esperando que no le importe, me subo con 121
cuidado al borde del colchón. No reacciona cuando se hunde bajo mi peso,
aunque sé que lo nota. Estudio sus afilados omóplatos y la curva de su
espalda, tatuada con palabras oscuras y audaces—contra un hombre
afortunado, hasta los dioses son impotentes—. Excepto que las palabras
están cubiertas de sudor frío y rotas por las líneas afiladas de un cuerpo que
no come lo suficiente. Qué jodido tatuaje más estúpido.
Tengo un montón de pesadillas, pero él es tan confiado y
despreocupado, tan mi Señor, que olvidé que él también podría sentir miedo.
Suavemente, paso mis dedos por su espalda. Me duele cuando se aleja de mí,
hacia la pared, pero luego acaricia el colchón vacío que tiene al lado. Cuando
me quedo inmóvil, esperando instrucciones más claras, se limita a gruñir
descontento y a esforzarse por encontrar suficiente sábana para ofrecerme.
La cama está caliente donde él estaba acostado mientras me estiro de
lado, observándolo. Finalmente, levanta su rostro de la almohada y apoya la
barbilla en su brazo, mirando las fotos que cuelgan de la pared sobre su
cabeza. En la mayoría de ellas aparecen él, Beck y Dallas, riendo y jugando,
abrazados, subidos a los hombros del otro. Extiende la mano y toca una; tiene
una mancha desgastada donde debe de haber hecho lo mismo cientos de
veces.
—Siempre... —Traga saliva, intentando aclararse la voz—. Siempre
sueño que uno de ellos está muerto. Siempre —Encorvando los hombros,
apoya la frente en sus brazos—. Todo lo que hago es por ellos. Tienes razón,
ya debería haberlos sacado.
Mi mano sube por su nuca, a lo largo del nacimiento de su cabello,
hasta el lugar donde me derrito cuando me toca. Luego rozo con mi dedo la
concha de su oreja. No tengo ninguna respuesta, así que me limito a asentir
ante la única imagen que no coincide: Scout y un hombre mayor con la
cabeza rapada.
—¿Quién es?
Sus labios se tuercen en una sonrisa amarga.
—Jackson es mi hermano mayor. Me cuidó, me enseñó a leer, me
bañaba y se aseguraba de que mi hermana y yo no nos metiéramos en
problemas. Es el único miembro de mi familia que no acabó ahogado en la
puta porquería. Pero fue a la cárcel, y una vez que salió desapareció,
buscando una vida mejor, supongo.
Sacando la foto de la pared, le da la vuelta entre sus manos.
—Y no me llevó con él. No he hablado con él en un año —La tira por
encima del borde de la cama, pero algo me dice que mañana la encontrará y
la volverá a colgar.
—¿Has intentado contactar con él? 122
Parpadea, sorprendido, y luego aprieta la mandíbula.
—No. ¿Por qué iba a hacerlo? No quiere hablar conmigo.
—Si yo... —Esto parece importante, pero no sé cómo explicarlo. Me
acuesto boca arriba y cierro los ojos, concentrándome—. Siempre desearía
haber bajado el día que a Pop le dio el infarto y darle los buenos días antes
de que se fuera a hacer mandados. ¿Y qué si es tu última oportunidad de
hablar con él? Puede que desees haberlo hecho siempre.
Ladea la cabeza hacia mí y levanta una ceja, parece más el de siempre.
El cabello plateado le sobresale en todas direcciones. No quiero llamar la
atención sobre ello, porque entonces se lo arreglaría.
—No creo que sea así. Ellos no querían dejarte.
—Siento que él hiciera eso —Mis ojos rastrean el techo manchado
sobre su cama, iluminado por un halo de luz de la casa rodante de al lado a
través de las cortinas—. Yo... no te habría dejado.
Siento su brazo rodeando mi cintura y se acerca hasta que su torso
desnudo queda presionado al mío.
—Gracias —murmura en mi cuello. Se estremece una vez, suelta un
lento suspiro y empieza a relajarse para volver a dormirse. Siento su cabello
haciéndome cosquillas en la barbilla y su aliento agitándose en mi pecho.
Con cuidado, me pongo de lado y rodeo su cuerpo delgado con mis brazos y
piernas. Él deja salir una especie de sonido de disgusto y se acerca aún más,
metiendo una pierna entre las mías.
Un rayo de sol en mi rostro me despierta. Estoy sudado e incómodo
en una cama que huele completamente desconocida y, al mismo tiempo,
como a casa. Cuando parpadeo, Scout está tirado boca arriba, con su delgado
pecho expandiéndose y contrayéndose a un ritmo hipnotizador. Hasta ahora
no me había tomado el tiempo de estudiar su pecho, de trazar con los ojos la
forma de sus pectorales, sus pezones ligeramente desiguales con barras
plateadas que quiero llevarme a la boca. Bajo su ombligo, veo la sombra más
tenue de un vello que aún no se ha depilado. Es castaño, como sus cejas. El
collar de cadena que vi que llevaba anoche en la ducha está enredado en el
hueco de su garganta, y me pregunto si se lo habrá regalado su hermano.
Cuando vuelvo a mirar su rostro, me está observando. No tengo ni idea
de lo que va a decir a continuación, y me doy cuenta de que no estoy seguro
de querer saberlo. Prefiero no saberlo a oír que esto no significó nada para
él.
—Voy a irme —murmuro, zafándome y acercándome al borde de la
cama. —Gracias por... sí.
Mi camiseta está colgada sobre el brazo del sillón reclinable, y me 123
lanzo torpemente hacia ella. Quiero volver con Tubbs, que me deja apoyarme
en él y buscar en mi teléfono durante horas sin hablar ni pensar.
Scout empieza a intentar levantarse de la cama, luego se da por
vencido y se echa dramáticamente hacia atrás con un brazo sobre los ojos.
—Ni siquiera tengo resaca; ¿por qué me siento tan mal? Que se joda
todo.
—Síp —La puerta mosquitera cruje cuando la agarro, metiendo los
pies en mis zapatillas. Dejar la colcha aquí me hace querer hiperventilar, pero
sé que Scout se encargará de ello. Por todo lo que dije anoche, confío en él.
Más que en nada, quizá más de lo que debería.
—Te mando un mensaje más tarde, cachorro —grazna en su brazo,
agitando una mano en mi dirección. Es algo tan pequeño, demasiado
pequeño para ser considerado una promesa, pero me llena el pecho de calidez
mientras me adentro en la fría mañana.
124
15
Me olvido completamente de que es Nochebuena hasta que me dirijo
a la ciudad para distribuir otra ronda de cajas de cartón, que esta vez no están
tan escurridizas, y me doy cuenta de que la mayoría de los comercios ya
están cerrados. De vuelta al camión, me detengo frente a una tienda de ropa
con un árbol falso rosa en el escaparate, con bolas doradas y plateadas
colgando de él. No recuerdo la última vez que vi u olí un árbol de Navidad
de verdad desde que salí de la granja.
Estoy acostumbrado a no tener Navidad, pero por alguna razón me
asalta la idea de que Tubbs puede saberlo de algún modo y se sienta triste
por no haberle comprado un regalo. Cuando termino mi última entrega,
vuelvo a la tienda de segunda mano donde estacioné cuando me encontré con
Scout. Ya he ahorrado siete de mis veinte dólares para comida de esta semana
para mi proyecto secreto, pero para Tubbs reservo cuatro dólares más. No
podré conseguir huesos gigantes, pero es suficiente para una de las bolsas
diminutas de golosinas de tocino que tienen al final de un pasillo cerca de las
cosas para mascotas. Una vez resuelto el problema, gasto el resto del dinero
en un juego de cama y una vieja silla de cocina para mi proyecto y los cargo
en la parte trasera de la camioneta de Trav.
Cuando llego a casa, el coche de Terry ya no está en la entrada y Scout
está fumando en la escalera de la casa. Estoy tan confundido que ni siquiera
sé si lo he estado evitando desde la otra noche a propósito o por accidente.
Me hace sentir todo lo que he sentido en mi vida a la vez. Hemos grabado
porno como Dom y Sub, hemos dormido en la misma cama, nos hemos
enviado mensajes de texto con chistes tontos y preguntas aleatorias a altas
horas de la noche y no sé qué significa nada de eso.
Una parte de mí quiere seguir conduciendo, pero paro y pongo el freno
de mano. Me observa en silencio mientras salgo. El aire parece pesado,
oprimido por nubes densas y oscuras. No sé mucho de nieve, pero me parece
que es tiempo de ventisca: mi primera Navidad blanca en mucho tiempo.
Quizá al menos pueda tirarle bolas de nieve a Tubbs en el parque.
En lugar de explicar lo que quiere, Scout señala con la cabeza las 125
golosinas para perros que tengo en la mano.
—¿Son para Brutus?
—¿Eh?
Mueve la cabeza hacia el patio trasero.
—El perro de Terry. Lo tiene desde antes de mudarse de Paradise —
Se me sube la bilis a la garganta y tengo que respirar para contener las ganas
de darle un puñetazo.
No es culpa suya. Me funciona la voz, pero le envío un mensaje a
Scout de todos modos, porque quiero que quede constancia por escrito. Se
llama Tubbs. No le llames esa otra mierda.
La cara de Scout se suaviza mientras estudia el mensaje y me dirige la
mirada más amable que me ha dado nunca.
—Lo siento, Rome. No lo sabía. ¿Las golosinas son para Tubbs?
Asiento con la cabeza.
—¿Quieres darle alguna?
Mi plan era esperar hasta mañana, pero ahora que la opción está aquí,
estoy demasiado emocionado como para esperar. Scout me sigue por la casa
hasta la puerta lateral. Cuando Tubbs da la vuelta a la esquina y ve a un
extraño, se eriza y gruñe, retrocediendo.
—No pasa nada —le digo—. Ven aquí —No tiene ni puta idea de lo
que significa ven aquí, pero cuando sacudo las golosinas a través de la valla
se abalanza sobre ellas. Scout retrocede instintivamente, lo que me hace
resoplar.
—¿Listo? —Dejo que Tubbs olisquee las golosinas, lo que hace que
babee como si fuera el grifo de un lavamanos. Cuando agarro algunas y las
tiro al patio, se me queda mirando como ¿para qué mierda has hecho eso?
Scout se ríe, apoyándose en la valla a mi lado.
—Es tan vago como tú —murmuro.
Sus cejas se levantan.
—¿Cómo dices?
—Sabes que es verdad.
—Dame eso —Agarra la bolsa y saca una golosina.
—Sólo una —insisto, antes de darme cuenta de lo grosero que suena.
Pero las compré con mi dinero y quiero ser yo quien las reparta.
—Te lo prometo —murmura, chocando su cadera contra la mía—.
Quiero gustarle a tu perro. 126
Cuando cuelga la golosina delante de Tubbs, el mastín se echa hacia
delante y se la quita de los dedos, dejándolos empapados de saliva.
—Ahh, vamos —Tubbs da vueltas, moviendo la cola, mientras Scout
agita su mano sucia como un gato al que le ha entrado agua en la pata. Al
notar la sonrisa en mi cara, se acerca y me limpia la baba en un reguero por
toda la parte delantera de la sudadera.
—¿Hablas en serio?' —Intento apartarlo de un empujón mientras se
ríe, pero me doy por vencido e inclino la cabeza hacia atrás para contemplar
el remolino de nubes opacas, disfrutando de la sensación de sus dedos
limpiándose contra mi camiseta, uno a uno—. ¿Por qué estás aquí?
—Quería decirte cuántos suscriptores tiene nuestro vídeo. Adivina.
Le enarco las cejas.
—Esas dos cosas son contradictorias.
—Dios, qué descarado estás hoy.
Porque me está jodidamente estresando y mareando al mismo tiempo
y no es justo.
—No lo sé. Diez.
Empieza a toser para ocultar que se está riendo de mí.
—Por eso no quería intentar adivinarlo.
—Bueno, te hará mucha ilusión saber que hemos conseguido
trescientos —Ensancho los ojos ante él.
—¿En serio? ¿No tienen nada mejor en lo que gastar su dinero?
Sacudiendo la cabeza, engancha un dedo del pie en el eslabón de la
cadena y se balancea para sentarse encima de la valla, de modo que queda
más alto que yo.
—Veo que eres un hombre de negocios nato.
Pongo los ojos en blanco. Me sorprende que aún no me haya cerrado
la boca por grosero, pero hoy parece blando y un poco inseguro.
—¿Por qué no me mandaste un mensaje? —Le insisto. Hay algo más,
y voy a sentir picor y tensión hasta que sepa lo que es.
—Um... —Frunce el ceño, mirando la casa de enfrente y suelta—: Ven
mañana por Navidad.
—¿Qué? —Ni siquiera sabía que era Nochebuena hasta hace una hora.
—Los chicos y yo pasamos el día bebiendo y comiendo mucho.
—Está bien —Si tengo suerte, Trav y Terry saldrán a un casino. Eso 127
es todo lo que necesito, estar solo. No estoy seguro de poder soportar nada
más. Scout palmea el eslabón de cadena traqueteante entre sus muslos—.
Ven aquí.
Miro a mi alrededor, pero todo el barrio está muerto, las persianas de
todas las casas bajadas. Cuando me detengo frente a él, espero que haga algo
dominante: agarrarme del cuello o del pelo. En lugar de eso, me rodea las
caderas con las piernas y el cuello con los brazos, apoyando la cara entre su
bíceps y mi mandíbula. Me quedo allí de pie, rígido y confundido intentando
unir todos los fragmentos de la escena y de la no escena, de Scout y Roman
y de Señor y cachorro. Pero no hay un gran cuadro, sólo color y luz y su
delgado cuerpo envolviéndome.
—Quiero que estés ahí —susurra—. Los chicos también. ¿Por favor?
—Yo...
—No digas lo que vayas a decir —murmura, metiendo la nariz bajo el
cuello de mi sudadera e inhalando profundamente, con las piernas apretadas
alrededor de mi cintura. Me armo de valor y lo rodeo con los brazos. Cuando
lo aprieto—supongo que es un abrazo, hace mucho que no abrazo a nadie—
suspira como Tubbs cuando apoyo la cabeza en su costado.
—Iré —He superado ocho Navidades sin mis abuelos durmiendo en
una habitación oscura todo el día, fingiendo que el mundo no existe. Me da
miedo mirarlo a la cara, después de tanto tiempo. Pero lo intentaré, por él.
Esto significa que voy a estar despierto la mayor parte de la noche intentado
terminar mi proyecto a tiempo.
—Gracias —Sentado, se rasca la nariz y evita mirarme—. Los chicos
vienen a las diez, pero podrías venir a las nueve.
—¿Para grabar una escena?
Suspira.
—No, sólo para pasar el rato. Ya que no podemos... ser los mismos
cerca de ellos —Nunca lo había oído hablar así, como si divagara en vez de
ir directo al grano.
—¿Alguna vez en tu vida te has levantado antes de las diez? —Eso
hace que me mire. Parpadea y deja caer la mandíbula con fingido horror.
—Maldito cachorro malcriado —No me doy cuenta de que estoy
sonriendo hasta que levanta una ceja—. Oh, eso sí que te gusta. Adivina qué
—La punta de su bota roza la entrepierna de mis jeans—. Después de
Navidad, al menos trescientas personas van a ver cómo le pongo una jaula a
la polla de un cachorro malo.
De verdad, de verdad, de verdad espero que quiera decir lo que creo
que quiere decir. 128
-------------
De hecho, no estoy despierto cuando Roman llama a la puerta en la
mañana de Navidad, pero salgo de la cama para abrir la puerta, lo cual cuenta
absolutamente.
Nunca me ha parecido más un cachorro que cuando abro la puerta, a
pesar de que se cierne sobre mí. Sus ojos brillantes rebosan energía nerviosa
mientras se pone de puntillas y juguetea con las manos.
—Estoy despierto y todo es culpa tuya —gruño, echándome el cabello
hacia atrás y entrecerrando los ojos. Pero es una actuación, ahora mismo
haría cualquier cosa por él.
Me levanta dos dedos y los tijerea, levantando las cejas
inquisitivamente.
—¿Quieres que te lo haga en el culo? Deja que me lave las manos.
Cuando su rostro de petulancia me hace soltar una carcajada, mira a
su alrededor para asegurarse de que nadie lo ve, me agarra de la camiseta y
se inclina hacia mí. Me clava los dientes en el cuello, siempre demasiado
dolorosos para ser dulces. Tras un rápido movimiento de su lengua en señal
de disculpa, se retira y repite la seña de su mano con más impaciencia. Creía
que solo los niños se convertían en monstruos la mañana de Navidad.
Hago una mueca y me limpio la saliva del cuello:
—¿Quieres unas tijeras?
Se lo piensa un segundo y luego hace el amago de utilizar unas tijeras
de podar.
—¿Para qué voy a tener herramientas de jardinería si mi jardín está
hecho de piedras? —Me burlo, volviendo a la cocina y buscando hasta que
encuentro unas tijeras de cocina sin filo—. Esto es todo lo que tengo.
Extiende las manos y me las quita.
—Oye —lo llamo cuando salta del porche y corre hacia la carretera
principal, pero me ignora—. Joder, Roman —Me pongo una sudadera con
capucha, un par de chanclas y mis gafas de sol y lo sigo a tropezones en
calzoncillos. Una brisa gélida me tortura las piernas desnudas mientras
intento alcanzarlo. Se suponía que iba a ser un día en el que nos acostaríamos
a tomar chocolate y alcohol y no saldríamos a la calle.
Por fin consigo alcanzarlo cuando salta a la zanja. Ha encontrado un
matorral solitario de un abeto, de un metro de altura, con seis ramas y un 129
tronco no más grande que una moneda de 25 centavos. Roman ataca la base
del tronco con sus tijeras mientras yo me enfurruño en la carretera con los
brazos cruzados, agradeciendo las gafas de sol para bloquear el sol
demasiado brillante. Los jeans se le caen por detrás, así que al menos tengo
un buen culo que examinar mientras espero.
Pone mala cara y agita los dedos cuando se mancha de savia, luego
intenta limpiárselos en los jeans. Cuando empuja las tijeras con más fuerza,
el mango se rompe.
—Roma...
Pierde la paciencia, las suelta y agarra el tronco con ambas manos,
retorciéndose hasta que, literalmente, destroza el árbol con pura fuerza.
Cuando cede, cae de espaldas sobre su trasero, luego se da la vuelta y lo
sostiene en un puño con una media sonrisa bobalicona.
—Buen trabajo. Tienes un árbol. ¿Y ahora qué? —Intenta dármelo
para salir de la zanja, pero yo retrocedo y me meto las manos en las axilas—
. Si me manchas la ropa de savia, te mato. Pero ¿qué vas a hacer con ella?
No tengo un soporte para árboles ni nada.
Estudia su premio, que ya está desprendiendo espinas por todas partes.
—¿Tal vez un cubo? —Cada vez que recupera la voz, se me clava en
el pecho un dolor suave y cálido.
Quiero decir que no para acabar con esto, pero en realidad tengo un
cubo.
—Tal vez.
Sus ojos se dirigen a los míos, esperanzados.
—¿Decoraciones? —Luego hace la seña de por favor, que buscamos
la otra noche mientras nos mandábamos mensajes.
Hoy no lo entiendo, atrapado a medio camino entre hablar y no hablar,
entre un niño y un cachorro, entre lo bueno y lo salvaje. Como si estuviera
dando tumbos, aferrándose a cualquier cosa que le permita pasar el día.
—No tengo decora…
Se aprieta contra mí, acariciándome la cabeza con la mejilla y
gimiendo suavemente mientras sus dientes me rozan el lóbulo de la oreja.
—¿Por favor, consígueme algunas? ¿Por favor, señor?
—Oye —Me inclino hacia atrás hasta que puedo mirarlo—. Recuerda
que no podemos jugar cuando lleguen Beck y Dallas. No quiero que sepan
lo del canal ni nada aún —O cualquier otra cosa. Sea lo que sea lo que eso
signifique. 130
Su sonrisa se desvanece un poco mientras mira al suelo.
—Lo siento, no debería haber dicho señor. Sé que estoy siendo un
grano en el culo.
—Tengo un cubo.
Detrás de sus ojos surge la emoción, como la de un niño pequeño.
—¿En serio? —Cuando asiento con la cabeza, se pone a correr, lo cual
es bueno porque está claro que necesita descargar energía.
Lo sigo a paso de tortuga, saco mi teléfono y llamo a Beck.
—Llegaremos en treinta minutos —se queja—. Dallas no para de
joder con la comida —Dallas grita algo obsceno en el fondo que no puedo
oír.
—¿Tú...? —Me subo las gafas de sol y me froto los ojos, encogido—
. ¿Tienen... adornos viejos para un árbol o algo así?
Eso lo despierta.
—¿Eh?
—Roman acaba de arrancar un árbol del suelo y quiere que quede
bonito.
El silencio se prolonga demasiado.
—Tú, Scout “El Grinch” Moreno, ¿me estás pidiendo adornos de
Navidad para que Roman pueda decorar tu casa rodante?
—¿Los tienes o no, joder?
—Claro que no los tengo —Su voz se vuelve más débil a medida que
se aleja gritando del teléfono—. Hombre, ¿tienes alguna mierda navideña
extra? —Después de un minuto, vuelve—. Tiene una tira de luces casi muerta
sobre su cama que puede arrancar, y algunos copos de nieve de papel que
hicimos mientras veíamos borrachos a Buffy.
—Amigo, me importa una mierda. Dile que traiga lo que sea.
—¿Qué te pasa? —Puedo escuchar cómo le dan vueltas las cosas en
la cabeza. Puede que no tenga ni idea, pero también me conoce mejor que
nadie en el mundo. Sólo puedo mentirle durante un tiempo.
—No pasa nada. No deja molestarme con eso, y creía que habíamos
decidido ser amables con él.
—¿Roman está siendo molesto? ¿Estamos hablando del mismo
Roman?
—Gracias por el comentario.
Me meto el teléfono en el bolsillo y alzo la vista para ver a Roman 131
esperando junto a la puerta. Me doy cuenta de que se está mordiendo el
interior de la mejilla mientras me ve acercarme.
—Lo siento —murmura de nuevo, haciendo un gesto hacia el camino
por el que vinimos—. Puedo ir a devolverlo.
Miro el árbol masacrado que tiene en la mano, luego vuelvo a mirarle
a la cara y suelto una risa.
—¿Qué mierda vas a hacer? —jadeo—. ¿Volverlo a pegar?
Entrecierra los ojos, pensativo, frunciendo los labios.
—Quizá funcione. ¿Quizás crecerían juntos de nuevo? —Cuando no
puedo parar de reír, su boca se estira en una tímida sonrisa mientras abraza
el árbol más fuerte. Va a matarme algún día de estos, viendo bajo sus capas
de protección al fantasma de un niño que ya no existe y nunca volverá a
existir.
—No lo pongas en su lugar. Esto es... eh... —Hago un gesto hacia el
horrible árbol—. Es precioso.
—Sé que lo odias.
—Sí, bueno, Feliz Navidad.
Cuando volvemos a la casa rodante, le doy un cubo de plástico de
cinco galones y un taladro púrpura de mierda que compré en una tienda de
un dólar.
—Date el gusto —le digo por encima del hombro mientras enciendo
la cafetera y me meto en la ducha.
Hay un silencio preocupante cuando cierro el grifo. Me cubro la
cabeza con la toalla, abro la puerta del baño y casi tropiezo con el árbol. Lo
ha colocado justo en medio del pequeño pasillo, en equilibrio, pero torcido
en el agujero que taladró en el fondo del cubo invertido. Todo huele a savia
y a espinas de pino machacadas.
Roman está sentado en el suelo del salón con las piernas cruzadas,
abrazado a sí mismo y con la mirada perdida en su obra. No se da cuenta de
mi presencia hasta que le pongo la mano encima de la cabeza. Saliendo de
su aturdimiento, parpadea, se inclina y apoya la frente en mi muslo húmedo.
—Se ve bien —Asiento hacia la ridícula cosa—. Le pedí a Dallas que
te trajera algunas cosas para decorarlo.
Abre la boca, la vuelve a cerrar y se pasa una mano por el cabello. Me
agacho a su altura.
—¿Estás bien?
—Yo... —se interrumpe y vuelve a intentarlo—. Mi... Pop. 132
Cortábamos uno muy grande... siempre era demasiado grande. Él tenía que
serrar la parte inferior en el garaje, y la abuela siempre estaba como ¿no
puedes medirlo primero el próximo año? Pero nunca lo hacía.
Doblando las piernas, me acomodo junto a él.
—Creía que en la tienda los clasificaban por tamaños —Sólo he visto
árboles de Navidad en la parte trasera de un Walmart y nunca compramos
ninguno.
Se pasa un brazo por la nariz y suelta una risita floja.
—El nuestro venía del bosque, idiota. Él lo remolcaba con el
todoterreno y yo me subía a las ramas hasta que llegábamos a un punto en el
que la abuela podía vernos por la ventana.
Sin mirarme, apoya la mano en la alfombra manchada que hay entre
nosotros. Cuando deslizo mis dedos entre los suyos, los aprieta con fuerza.
—La abuela tenía unas velas de madera que colgábamos de las ramas.
Decía que la gente solía usar velas de verdad, pero no me dejaba probarlas.
Y.… joder.
Él traga, luego cierra los ojos y presiona el dorso de mi mano contra
su frente.
—Sí.
Estudio su perfil durante un buen rato y luego miro hacia el árbol.
—Tu abuela estaría orgullosa; por fin has elegido uno del tamaño
adecuado.
Me mira con un atisbo de sonrisa, sorprendido.
—Supongo que sí —Sus ojos son tan profundos, cálidos y
complicados, que observan cada parte de mi cara, deteniéndose en mi boca.
Entonces Beck abre la puerta de una patada como si fuera un equipo
SWAT y no sé si es Roman o yo el que se aparta más rápido. No me da tiempo
a ponerme la toalla alrededor de la cintura, pero mi mejor amigo pone los
ojos en blanco al ver mis partes íntimas.
—Te dije hace treinta minutos que veníamos, ¿y aún no te has puesto
los pantalones? —Dallas, de pie justo detrás de él, frunce el ceño mientras
sus ojos pasan de mí a mi polla y de ahí a Roman, pero finjo no darme cuenta.
Beck deja un montón de luces y copos de nieve de papel en el sofá y
sonríe a Roman.
—Bonito árbol. Haz lo que quieras, amigo —Dallas lleva un jersey
gris y jeans, como si se de verdad le hubiese puesto trabajo, mientras que
Beck lleva unos pantalones de dormir de franela y una camiseta rota con una 133
de esas siluetas de mujer desnuda recostada. Se la regalamos en broma,
porque es tan gay que ni siquiera sé si sabe que existen las tetas, pero por
alguna razón la lleva literalmente a todas partes.
Llevando una pila de sartenes y contenedores de plástico a la encimera
de la cocina, Dallas abre la puerta de mi horno oxidado con un chirrido.
—¿Limpiaste esto como te dije el año pasado?
Me pongo unos calzoncillos y me subo a la encimera, sacando a
escondidas bocados de brownie de debajo del papel de aluminio de uno de
los platos.
—Sí, claro.
Se inclina y entrecierra los ojos.
—Creo que hay generaciones enteras de arañas viviendo ahí, Scout.
—Si enciendes el horno no estarán.
—Me das asco —Saca una cuchara de madera de uno de los cajones,
la hurga en la oscura cavidad y la saca con telarañas colgando del extremo.
Me lanza una mirada de reproche, enciende el horno y mete el plato principal.
En su trabajo en el supermercado le regalan un jamón glaseado con miel cada
Navidad, y lo esperamos con impaciencia todo el año.
Por el rabillo del ojo, veo a Roman solo en el pasillo, perdido en su
pequeño mundo mientras desenreda las luces y las coloca alrededor del árbol.
Cuando vuelvo a mirar a Dallas, me está estudiando con una mirada extraña.
Lo miro con los ojos muy abiertos y me bajo de la encimera para servir café
y añadirle el whisky que ha traído Beck.
Ahora que todo el mundo está aquí, podemos empezar con nuestra
actividad favorita de no hacer absolutamente nada. Me acomodo con las
piernas cruzadas en mi silla, mientras Beck se estira en el pequeño sofá con
las piernas sobre el regazo de Dallas y pone el partido de fútbol. Dallas se
duerme en dos segundos, porque se levanta muy temprano para preparar la
comida. Beck se las arregla para quitarle la taza del regazo antes de que se
derrame por todas partes. Todo me resulta tan familiar que olvido que Roman
está aquí hasta que se aclara la garganta.
Beck y yo lo vemos de pie junto al árbol, tan enterrado bajo los
adornos que lo único que se ve es el feo cubo naranja. Pero la forma en que
las luces de colores del arco iris brillan en los copos de nieve de papel parece
lo más festivo que se ha visto en esta casa.
—No está mal —Me abstengo de añadir cachorro, pero sus ojos
cansados se arrugan en los bordes mientras me sonríe.
Beck levanta el pulgar y señala la bolsa de basura negra que han traído. 134
—Pon algunos regalos debajo, amigo.
La angustia aparece en la cara de Roman. Mierda, no se me ocurrió
decirle que ibamos a intercambiar regalos. Casi todo es basura y nadie espera
que participe, pero sé que se lo tomará demasiado en serio. Mientras abre la
bolsa, espero que se dé cuenta de que no es más que basura envuelta en papel
de periódico.
Cuando termina, busca en la habitación un lugar para sentarse. No
recuerdo la última vez que deseé algo tanto como lo deseo a él, sentado en el
sillón reclinable a mi lado, con la cabeza sobre mi pecho. Si no lo sospechaba
hace semanas, lo sé ahora: estoy loco por él. Me dejo caer enfurruñado en mi
sillón, fingiendo no ver cómo Roman se acomoda con las piernas cruzadas
en el suelo frente a Beck, que le despeina el pelo.
Nuestro calor corporal mezclado con el del horno calienta la
habitación, que huele a jamón y a los productos de baño baratos de cuatro
chicos. Beck y yo maldecimos por el partido, porque ser seguidor de los
Broncos es un ejercicio de sufrimiento, mientras Dallas ronca y Roman nos
observa en silencio, con la cabeza ladeada como un cachorro de verdad. Es
el único día al año en el que no tengo que preocuparme: todas las personas
que me importan en el mundo están aquí, a salvo y vivas, y nadie les ha hecho
daño. Así que me dejo emborrachar y divago un rato, fingiendo que esto
puede durar para siempre.
135
16
Scout no tiene una mesa lo bastante grande para cuatro, así que
comemos la cena de Navidad con viejos platos maltrechos apoyados en el
regazo, viendo los partidos de béisbol de ida y vuelta. El jamón es enorme,
y han traído panecillos del día anterior, judías enlatadas con trocitos de
cebolla crujiente y puré de patatas que hizo Dallas. No puedo parar de comer;
los demás tienen dos platos, pero yo no aflojo hasta cuatro y medio. Todos
son lo bastante amables como para fingir que no se dan cuenta de que estoy
devorando la comida durante otros veinte minutos después de dejar sus
platos. No recuerdo la última vez que me sentí demasiado lleno y menos con
comida caliente y fresca.
Como he comido como un cerdo, levanto la mano para lavar los platos
y las sartenes, aunque todos insisten en que no debería hacerlo. Quiero
explicarles que fregar no me molesta porque ya lo hago dos veces al día, pero
Scout está muy contento esta noche y no quiero sustituir eso por la mirada
perdida y distante que pone cada vez que algo le recuerda a Travis.
Siento que me observa mientras trabajo, y cuando guardo el último
plato chorreante, no puedo evitarlo: vuelvo al lugar donde están viendo
Jungla de Cristal, deslizo mi culo sobre el ancho brazo del sillón reclinable
de Scout y rezo para que no me eche. Él no reacciona, sólo sigue discutiendo
con Beck sobre cuál de ellos sobreviviría más tiempo en el lugar de Bruce
Willis. Aunque la mitad de las luces del árbol están apagadas, producen un
acogedor resplandor en la oscura habitación.
—Regalos, regalos —corea Beck cuando termina la película,
golpeando el brazo del sofá—. Vamos.
Han comprado regalos de verdad y los han envuelto en papel, cosas
con valor y significado. Sintiéndome increíblemente estúpido, me pongo de
pie para acabar con esto antes de que los otros regalos me hagan quedar aún
peor. Tres pares de ojos perplejos me observan mientras rebusco en mi
bolsillo y saco tres trufas de chocolate, de lujo, que mi hermano trajo a casa
en una bolsa de regalo del trabajo. Probablemente contó todo lo que había 136
allí; lo averiguaré esta noche, cuando llegue a casa y descubra que han
desaparecido. Pero tenía tantas ganas de hacerlo que no me importaba.
Me pasé al menos veinte minutos estudiando los envases y decidiendo
qué colores y sabores escoger. El rojo es avellana, que le entrego a Beck.
Asfixiado por mi propia torpeza, le doy uno azul a Dallas —de chocolate
blanco y frambuesa— y otro de chocolate negro con envoltorio dorado a
Scout. No me atrevo a mirarlo mientras se lo dejo en la mano. La voz de
Travis resuena en mi cabeza, burlona, llamándome jodidamente estúpido por
pensar que podría participar en algo que no me pertenece. Quiero cerrar el
puño contra mi pecho y disculparme por... ni siquiera lo sé. Por todo.
Beck devora su trufa y se derrite en el sofá con un gemido orgásmico.
—Joder. Esto es lo más caro que me he metido en la boca.
—Eso es porque solo se la chupas a gente que está detrás de bares de
mala muerte —comenta Dallas, estudiando su regalo y dedicándome una
cálida sonrisa—. Gracias, Roma. El chocolate blanco es mi favorito.
El chocolate blanco es mi favorito.
Creía que podía hacerlo, pero poco a poco me estoy deshaciendo y
filtrando por todas las épocas y lugares de mi vida, goteando por las grietas,
intentando encontrar mi lugar. Vuelvo a tener ocho años y veo cómo la abuela
desenvuelve una caja de bombones que compré con mi propia paga. Tengo
diez, cuando había un paquete con forma de trineo bajo el árbol todo el mes
de diciembre, exactamente lo que había pedido. Pero todos los días Pop decía
¿Qué crees que es, Sport? Yo decía las cosas más tontas —una pelota de
baloncesto, un gatito, una guitarra— para ver cuánto podía hacerlo reír.
Es una cosa tras otra tras otra. Sólo quiero irme a casa. Quiero que
alguien me abrace y me diga que he sido valiente. Quiero acurrucarme bajo
la colcha de la abuela, como un fuerte de mantas que aún huela a ella, y no
dejar entrar a nadie más.
Excepto a él.
Alguien chasquea los dedos silenciosamente detrás de mí. Cuando
miro por encima del hombro, Scout acaricia el brazo del sillón reclinable.
Sus silenciosos ojos de tormenta me atraviesan. Beck y Dallas están
ocupados hablando, así que me siento rígido y me clavo las uñas en el brazo
mientras intento no hundirme más antes de que se den cuenta de que no estoy
bien.
Una mano cálida aparta suavemente la mía y tira de ella hacia la silla,
donde los chicos no pueden verme. El pulgar de Scout frota círculos lentos
en el interior de mi muñeca mientras me aprieta los dedos siguiendo un
patrón aleatorio, como un código morse. Finjo que está deletreando cachorro, 137
aunque estoy seguro al cien por cien de que Scout no tiene paciencia para
aprender código morse. Unos minutos después, chasquea la lengua para
llamar mi atención. Me mira a la cara y levanta las cejas interrogante. Me
limpio los ojos, respiro hondo y asiento con la cabeza. Pero incluso después,
mantiene sus dedos entrelazados con los míos.
—A la mierda —exclama Beck, liberándose de la manta que le rodea
las piernas. Está tan mareado que casi se cae del sofá cuando se inclina para
agarrar una cajita—. Llevo seis putos meses guardando este secreto —Dallas
se estremece cuando Beck se la arroja agresivamente en el regazo—. Date
prisa antes de que me muera.
El moreno arquea una ceja.
—Tengo miedo de saber qué se les ha ocurrido a ustedes dos.
—Adelante —Scout se sienta adelante para mirar y mueve su mano
de mis dedos a mi espalda, frotando por debajo de mi camiseta.
Cuando Dallas abre la caja, cae una polla. Lo miro entrecerrando los
ojos, pero no consigo entender lo que estoy viendo. Es como una pequeña
polla de silicona pintada de forma muy realista, con un agujero en la punta y
una cazoleta en el otro extremo, donde irían las bolas.
Dallas maldice, mirando de Scout a Beck con ojos desconcertados.
—¿Qué mierda hicieron? ¿Cómo han...? —Cierra la caja de golpe y
se la tiende a Beck—. Devuélvanlo mañana a primera hora. Es demasiado.
Ninguno de nosotros puede permitírselo.
Observo confundido cómo Beck se tranquiliza y rodea el cuello de
Dallas con un brazo, apoyando la frente en su sien.
—Es tuyo. Sólo queremos que estés... a salvo, ¿sabes? Y que no te
mees encima —Sacude suavemente a su amigo—. A ver qué te parece.
Los largos dedos de Dallas se aprietan alrededor de la caja mientras
respira hondo. Finalmente, se mete la mano en los jeans, saca un calcetín
hecho una bola y lo tira al suelo. Levanta las caderas, desliza su regalo en
los calzoncillos y estudia el bulto, jugueteando con él hasta que no parece
una erección. Su cara se relaja en una tímida sonrisa.
—Eso está bien.
Beck le da un puñetazo en el hombro.
—Joder, sí que lo está.
Cuando Dallas se gira hacia nosotros, sus ojos se posan en mí y se
queda paralizado, con la cara en blanco.
—Mierda. Um. Joder. 138
Miro frenéticamente a Scout en busca de ayuda, porque nunca he
estado tan confuso en mi vida.
—Dallas —Me agarra la pierna y aprieta—. Está bien, él está bien. Te
lo prometo.
Necesito mi voz en este momento, pero no está ahí. Dallas cierra los
ojos e inhala lentamente.
—Sí, lo sé. Es que... mierda. Me asusté por un minuto.
Beck tiene todos sus miembros envueltos alrededor de Dallas ahora,
grande y protector.
—Está confundido, Dal —No sabía que era posible que sonara
preocupado—. ¿Quieres hablar con él? O puedo hacerlo yo.
—Yo me encargo —Dallas se frota los ojos y empieza a zafarse del
agarre de Beck—. Amigo, quítate. Vamos, Rome. Vamos a emplatar unas
galletas.
Scout me toca la mano una vez más y me da un codazo con una sonrisa
tranquilizadora.
—No te preocupes.
En cuanto llegamos al mostrador, agarro una servilleta y le escribo lo
siento. Dallas suelta una risita cansada, la arruga y la tira a la basura.
—No has hecho nada malo. Todos podríamos haber planeado mejor
esa situación. Pero para explicarte lo que intentas entender, soy transexual.
Y soy sigiloso, es decir, no quiero que nadie fuera de esta habitación lo sepa.
Con las manos ocupadas apilando galletas en un plato, me devano los
sesos intentando ordenar todo lo que tengo en la cabeza. Conozco vagamente
a las personas trans, sobre todo por haber oído a Travis decir cosas
repugnantes sobre ellos. Pero no consigo entender qué significa eso sobre
Dallas.
—Mira —Al ver la expresión de mi rostro, aparta el plato y apoya el
culo en la encimera para mirarme—. Soy un hombre que nació en un cuerpo
que no era masculino. Mi madre siempre me apoyó, así que llevo en
transición desde los dieciséis años. Paso por un chico normal, pero si la gente
de por aquí se enterara... —Se interrumpe y levanta las cejas. No tengo que
adivinar lo que quiere decir; sé exactamente lo que Travis me haría si
descubriera que soy gay, y esto sería cien veces peor.
—Oye —Cuando se ríe, me doy cuenta de que estoy mirando el bulto
de sus jeans donde está su regalo de Navidad. Se me calienta la cara, pero
me aprieta el brazo con una sonrisa—. Eres adorable. Lo que me acaban de
regalar es una polla que puedo llevar en los calzoncillos y luego mear a través 139
de ella en un urinario. Tiene una pintura realista, lo que significa que es
menos probable que me ataquen en el baño de hombres —Levanta la voz
para que lo oigan los otros dos—. Y también significa que es demasiado caro
para que un par de chicos pobres gasten su dinero en ello.
—Oh, que sufrimiento —dice Scout—. Tuve que robarme las Oreo en
vez de pagarlas durante un tiempo.
Sin pensarlo, gruño y le lanzo una mirada de advertencia. Ahora que
estamos ganando dinero, vamos a trabajar de una puta vez en eso de robar
porque, aunque nunca conocerá a mis abuelos, quiero que sea el tipo de chico
de que la abuela estaría orgullosa de que yo trajera a casa.
—Uh oh —Dallas tararea, cruzándose de brazos—. ¿Alguien por fin
te va a enderezar, Scout?
—Ninguno de nosotros va a ser hetero nunca —dice Beck, sin levantar
la vista del teléfono.
—Y nadie me dice lo que tengo que hacer —añade Scout con
demasiada indiferencia, dejándose caer más profundamente en el sillón
reclinable.
—Ajá. Ya lo veo—Los dos hombres se enzarzan en una especie de
concurso de miradas silenciosas mientras intento averiguar qué están
diciendo en realidad y si tiene algo que ver conmigo.
Finalmente, Scout pone los ojos en blanco, rompiendo la tensión.
—Date prisa. Alguien aún tiene regalos que abrir.
Mientras Dallas agarra el plato para llevárselo, le llamo la atención.
No hay ninguna seña de Te respeto y Ojalá pudiera ser tu amigo, Tu secreto
está a salvo conmigo y necesitaría unas cincuenta servilletas, así que vacilo,
sin saber qué hacer.
Inclina la cabeza, sus profundos ojos marrones son amables.
—Lo entiendo, Roman. Confío en ti. Si no lo hiciera, tendría que hacer
que Beck te matara.
Beck levanta el pulgar, todavía absorto en el vídeo que está viendo, y
Scout se ríe mientras le arrebata una galleta del plato a Dallas.
Hace mucho tiempo, quizá años, que no tengo fuerzas para odiar a
Travis. Simplemente está ahí, es un hecho de la vida. Pero esta noche lo odio
de verdad. Siempre dijo que nadie querría algo defectuoso como yo, pero tal
vez mentía. Tal vez podría haber tenido amigos como estos. Ahora lo mejor
que puedo esperar es que me dejen andar por ahí como un perro callejero.
—Roman —Me doy cuenta de que Scout ya debe haber dicho mi
nombre varias veces. Me tiende un par de paquetes y se me hace un nudo en 140
el estómago. Por favor, dime que no son para mí, que no tengo que abrirlos
delante de todos. Señalo de Beck a Scout, porque ninguno de los dos ha
abierto regalos—. El mío es este —Beck levanta la botella de whisky medio
vacía que tiene junto a la cadera—. Y el de Scout es que no voy a comer su
comida durante seis semanas.
—Me siento completamente querido —murmura Scout. Se acerca,
agarra la colcha de la abuela del brazo del sofá y me la tiende—. Siéntate
aquí en el suelo y ábrelos, cach…. Roman.
Tener la colcha de la abuela sobre las piernas me ayuda un poco, pero
al mismo tiempo empeora las cosas, porque no sé cuánto más podré soportar
pensar en ella hoy. Primero arranco el papel del regalo plano y descubro unas
impresiones descoloridas, pero cuidadosamente plastificadas. Cada uno tiene
una cuadrícula de palabras junto a diminutas imágenes de manos y flechas
de dirección.
—Siento si esto ha sido presuntuoso —se apresura a explicar Dallas,
que parece un poco tímido—. No tienes por qué usarlos. Pero Scout dijo que
te gustaban las señas y pensé que querrías aprender más. He hecho una copia
para nosotros, para que también podamos aprenderlos.
Inclino la cabeza y entrecierro los ojos para distinguir cada ilustración.
Las señas me dan otra voz, pero una voz no sirve de mucho cuando solo
puedes decir cuatro cosas. Estas palabras podrían mezclarse y combinarse
en cientos de significados. Cuando le doy las gracias a Dallas por señas, se
limita a asentir y a estirar el pie para darme un codazo en el costado. Algo ha
cambiado en su forma de mirarme, como si hubiera caído un muro que no
sabía que existía entre nosotros.
Beck se inclina y me quita los papeles.
—Joder, por fin. Abre el otro.
Cuando quito el periódico, una pesada chaqueta vaquera negra forrada
de franela cae sobre mi regazo. La levanto por los hombros para verla mejor,
y Dallas resopla whisky por la nariz y empieza a toser. Le doy la vuelta,
confundido, y estudio el enorme dibujo pintado en toda la espalda: tres
cabezas de lobo aullando a la luna llena. Cuando miro a Scout, se lleva una
mano a la boca intentando ocultar la risa.
—Busqué en tres tiendas de segunda mano —cuenta Beck borracho—
, y cuando vi esto supe que estaba destinado a ser tuyo.
Saco mi teléfono y envío un mensaje a la conversación de grupo que
ha durado todo el día. Gracias. Me gustan los lobos.
Dallas vuelve a ahogarse, mientras Scout echa la cabeza hacia atrás en
su silla y se deshace en carcajadas. Sigo sin entender qué tiene tanta gracia. 141
Mientras me pongo la chaqueta para ver si me queda bien, me gustaría poder
mirar al tipo del sofá y decirle Gracias, hombre. Ojalá pudiera conocerlos el
tiempo suficiente para convertirme en su amigo, para que oyeran mi voz.
Pero las buenas personas de tu vida desaparecen antes de que puedas
despedirte, mientras que las malas duran para siempre.
142
17
Los chicos se van alrededor de las dos de la madrugada, con el brazo
de Dallas alrededor de los hombros de Beck para mantenerlo erguido
mientras avanza a tropezones por el camino de grava. Aparte de unas cuantas
tiras de luces enrolladas desordenadamente alrededor de las barandillas del
porche, nunca sabrías que es Navidad en Paradise. Nadie tiene un árbol,
excepto yo, por lo visto. Me pregunto cuánto tiempo deberé tener la hierba
crecida en mi salón antes de poder deshacerme de ella sin herir los
sentimientos de Roman.
Esperaba que Roman se fuera temprano, así llegaba a casa antes que
su hermano. Pero se pasó las tres últimas horas encorvado en el brazo del
sillón reclinable, viendo en silencio una película navideña tras otra mientras
se mordía el pulgar y me rodeaba el muslo con la otra mano. Y pensar en
dónde estaría hoy si no lo hubiera invitado, me aseguré de que los chicos no
estuvieran mirando y me incliné para apoyar mi cabeza en su brazo durante
la mitad de la última película. Casi me duermo así.
Después de que mis amigos desaparecen en la afilada y cristalina
noche de invierno, cierro la puerta principal y me doy la vuelta para mirar a
Roman, que ahora está con las piernas cruzadas en mi sillón reclinable como
si le perteneciera. Me mira con ojos soñolientos y curiosos, ladea la cabeza
y levanta su manta hasta que solo sólo la mitad de su rostro es visible. Es
jodidamente adorable, y no tengo más remedio que reclamar el lugar que
debería haber sido mío todo el día.
Cuando me arrastro medio encima de él en el sillón reclinable, se
retuerce hasta que apenas alcanzamos los dos: él de lado frente a mí y yo de
espaldas con mis piernas sobre las suyas. Rebusco en mi bolsillo y saco el
chocolate envuelto en papel dorado. Retirando el envoltorio, paso mi dedo a
lo largo del suave y sedoso chocolate negro y me lo meto en la boca.
—Mierda, está buenísimo.
Gruñe suavemente, observando mis manos con su cabeza apoyada en 143
el cuero agrietado, como si estuviera demasiado agotado para seguir
sosteniéndola.
—¿Dónde lo conseguiste?
Sus ojos se deslizan hasta los míos y veo la respuesta en sus
profundidades. Me obligo a no tirarlo por la habitación, porque Roman lo
eligió para mí. Lo parto por la mitad y le tiendo un trozo mientras me meto
el otro en la boca.
—¿Está bien que no estés en casa? —Llamar casa a la pocilga de Terry
me pone enfermo.
Encogiendo un hombro, teclea lentamente algo en su teléfono y lo
levanta. No va a ser diferente si estoy allí cuando él vuelva a casa borracho
o si aparezco a la mañana siguiente cuando está sobrio.
—Oh, entonces no hay que preocuparse —Mi voz se quiebra—. Eso
es jodidamente genial —Me levanto de la silla y empiezo a recoger pedazos
de periódico y servilletas. Cada vez que tiro uno con todas mis fuerzas al
cubo de la basura, sólo se queda revoloteando y flota suavemente, como si
se burlara de mí. Cuando escucho unos golpes en la pared, levanto la vista y
veo a Roman junto a la puerta, metiendo los pies en sus zapatillas y
poniéndose la ridícula chaqueta de los tres lobos y la luna que ni siquiera
sabe que es un meme. Agarra mis zapatos y los agita hacia mí.
—¿Eh?
Frunciendo el ceño, se acerca y me quita el plato de galletas vacío de
la mano, luego me agarra de la parte delantera de la camiseta y me arrastra
impaciente hacia la puerta.
—Roman —Aparto sus dedos y le agarro la barbilla, ignorando sus
esfuerzos por sacudirme de encima—. No eres un cachorro de verdad.
Comunícate en algún tipo de lenguaje humano.
Pone los ojos en blanco e intenta morderme la mano. Luego agarra el
bolígrafo de su bolsillo y vuelve a garabatear en el interior de mi brazo.
Tengo un regalo para ti.
—Espera, ¿en serio? —Paso un dedo por las letras, manchándome de
tinta—. Ya me hiciste un regalo. Eso fue suficiente —Tengo uno para él, pero
es más un gasto del canal—. ¿Este regalo tiene que implicar salir a la calle a
quince grados?
Su expresión mientras cruza sus musculosos brazos y espera responde
a mi pregunta. Suspirando, extiendo la mano para agarrar mi chaqueta y
entonces la cambio por la sudadera azul marino que Roman colgó esta
mañana.
—Ni una palabra —exijo, con la voz apagada mientras me la pongo 144
por encima de la cabeza—. Puedo oírte opinando por ahí.
Tal como esperaba, es gruesa y suave y huele como a Cachorro. Junto
con una mezcla de cachorro de verdad, a juzgar por la cantidad de pelo de
Tubbs que tiene esta cosa. Las mangas demasiado largas y el torso demasiado
grande me hacen parecer aún más delgado de lo normal. Me doblo los puños
y me alboroto el cabello, y al levantar la vista me doy cuenta de que Roman
me observa con una pequeña y complicada sonrisa. Agarra el borde de la
capucha y me la sube con fuerza por la cabeza, estropeando de nuevo mi
cabello.
Mientras salimos, agarro un paquete envuelto en una bolsa de plástico
de debajo de mi almohada, así como una linterna militar medio muerta de
los cajones de la cocina. Es el momento más frío de la noche, y el hielo cruje
bajo nuestros pies mientras bajamos los resbaladizos escalones y cruzamos
la carretera. El único milagro navideño en Paradise es que todo el mundo se
ha callado de una puta vez, la noche más tranquila que he oído nunca. Sigo
esperando que Roman se detenga, pero continúa por la puerta principal, por
la carretera y a través de los campos. El haz amarillo apagado de mi linterna
se mueve y baila con la luz blanca y potente de su teléfono. Un coyote aúlla
demasiado cerca.
—¿No hay forma de que este regalo haya podido ser una cosa para el
día? ¿O es que ser despedazado por una manada de lobos forma parte del
encanto?
Se detiene bruscamente y me mira.
—No son lobos, mentiroso —No necesito que hable para saber lo duro
que estoy cayendo por él. Podría quedarse callado el resto de su vida y no
importaría. Pero cada vez que su voz vuelve a mí, todo mi cuerpo canta.
—Bueno, los coyotes también comen gente —Hago un gesto con la
cabeza hacia las sombras negras que proyectan los árboles cerca del río—.
Esperarán ahí y nos atacarán. Y te comerán a ti primero, porque eres todo
carne.
Inclina la cabeza hacia atrás y gira lentamente en círculo, estudiando
el vasto cielo y las manchas de estrellas que asoman entre las nubes.
—¿Tienes miedo?
—Tú eres el que debería tener miedo. Yo sólo tengo que correr más
rápido que tú —me quejo, mientras él extiende lentamente una mano grande
y llena de cicatrices en señal de invitación—. ¿Estás intentando hacerme ir
más lento para poder sacrificarme?
Suelta un suspiro y sonríe.
No he hecho esto desde que Beck y yo teníamos trece años y un 145
profesor nos dijo que los amigos no pueden tomarse de la mano. Aquí afuera
no hay nadie que pueda ver, aparte de los coyotes, así que apoyo mi mano
fría en la suya caliente y entrelazo nuestros dedos. Los espacios entre las
suyas tienen el tamaño justo para las mías. Noto su fuerza bruta, pero incluso
cuando me empuja hacia los árboles hay algo de sumisión y búsqueda en su
agarre.
Cuando llegamos a la verdadera oscuridad bajo los árboles, estoy
jadeando y sudando en la sudadera de Roman. Un pequeño animal sale de
debajo de mis pies y se aleja corriendo, haciéndome gritar y tropezar contra
él.
—Por esto no salgo —murmuro en su hombro.
Espero romperme el tobillo mientras serpenteamos entre raíces y nos
agachamos bajo troncos caídos sin poder ver mis pies más allá del haz de luz
de la linterna. De repente, Roman me detiene.
—Espera aquí. Ahora vuelvo.
—¿Disculpa? A la mierda con eso —Dejo salir un quejido de protesta
mientras me quita los dedos de los suyos. Antes de que pueda hacerlo
cambiar de opinión, se ha ido y yo me quedo allí de pie con nada más que
una linterna casi apagada. Todo a mi alrededor está cada vez más oscuro, con
algún rayo ocasional de la fría luz de la luna. Intento cerrar los ojos, pero
todo empeora. Escucho seres vivos moviéndose entre las hojas muertas, y
estoy bastante seguro de que no son Roman.
Al escuchar la tos de un pequeño motor, mis ojos se abren de golpe y
miro fijamente el resplandor amarillo artificial entre los troncos de los
árboles que definitivamente no estaba allí hace un segundo.
—¿Cachorro? —Intentando no caerme, avanzo a tropezones hasta
donde los árboles se abren en un claro. De todas las cosas que esperaba
encontrar aquí, desde luego no era una pequeña casa rodante abandonada con
luz brillando a través de las ventanas mugrientas y Roman de pie junto a ella,
esperanzado e inseguro—. ¿Qué demonios?
—Encontré un pequeño generador de gas en el cobertizo de Terry —
Evita mis ojos, sus dientes trabajando en su labio inferior—. Sólo dura unas
cuatro horas. No creo que este lugar le pertenezca a nadie, pero si es así lo
siento mucho.
—¿Quieres enseñarme de qué se trata todo esto? —Cambio mi tono
en la dirección de la voz de mi Dom, no lo suficiente como para llevarnos
hasta el final, pero sí para tranquilizarlo. Cuando le ofrezco la mano, la toma
con agradecimiento.
La puerta de la casa rodante chirría cuando él tira de ella para abrirla. 146
—Cuidado —Señala la caja de plástico invertida en el lugar donde
deberían estar las escaleras, pasa por encima y me ayuda a subir. La puerta
me da en el culo, porque me detengo a mitad de camino y sólo me quedo
mirando fijamente. Es un lugar sucio y oscuro, pero todo está lo más limpio
posible. Una alfombra azul descolorida se hunde bajo mis zapatos cuando
avanzo, y dos sillas de comedor disparejas flanquean la mesa plegable, que
tiene una lámpara sin pantalla que proporciona toda la luz que vi desde
afuera. En un rincón, el calefactor de nuestro escondite ya está bombeando
aire caliente. La cama parece limpia y recién hecha, con sábanas ligeramente
amarillentas, pero perfectamente lisas. Cuando paso junto a Roman para
verla más de cerca, veo mi trípode de grabación apoyado en la pared y cuatro
anillos metálicos atornillados a las paredes que rodean la cama.
Abro la boca, pero lo único que sale es:
—Tú... ¿cómo... qué?
Abrazándose para protegerse, Roman apoya su culo en la pequeña
encimera de la cocina. Su voz es cada vez más baja.
—Sólo limpié y conseguí algunas cosas de segunda mano. Y compré
los puntos de anclaje. Pensé que quizá podríamos grabar aquí, donde no
tienes que esconder cosas y podemos hacer ruido, si eso... quiero decir, si eso
es lo que quieres. Si eso está bien. Probablemente no —Se frota la frente con
los nudillos, como si se estuviera agobiando.
—Mírame —Me arrastro lejos de todas las ideas de escenas que
inundan mi cerebro y me detengo frente a él, tomando sus codos entre mis
manos y esperando hasta que me mira a los ojos—. Esto es lo más increíble
que nadie ha hecho por mí.
Se mueve inquieto, su voz es tan suave que casi no puedo oírla.
—¿Está bien? —murmura—. Traté de pensar en todo, pero no estoy
...
—Oye —Deslizo mis manos lentamente por sus brazos, sintiendo sus
bíceps tensos—. Es perfecto. Creo que es la primera vez en mi vida que no
tengo ni idea de qué decir.
Tras un largo momento de silencio, la comisura de sus labios se inclina
hacia arriba.
—Y aun así sigues hablando.
Mi mandíbula cae abierta.
—¿Acabas de...?
Con un movimiento rápido, agacha la cabeza y roza sus labios 147
calientes y agrietados con los míos. Vacila durante el espacio de un suspiro
sobresaltado, luego agarra mis caderas y viene con más fuerza, exigente y
tímido al mismo tiempo. Cuando empiezo a devolverle el beso, sus manos
se deslizan por debajo de mi camisa y tocan mi cuerpo de forma posesiva,
tocándome de una forma en la que sólo yo lo había tocado antes y arrancando
un gemido de mi boca a la suya. Los dos sabemos a whisky y chocolate
demasiado bueno para nosotros, como olvidar por un día al año que no
merecemos las cosas que los demás dan por sentadas.
Roman empezó esto, pero noto cuánto desea que tome el control. Le
acaricio la mandíbula con mis dedos, ajustando su ángulo, mientras mi otra
mano se desliza por su cabello. Su lengua se retira y gime dulce y agradecido
cuando la mía entra en su boca, porque necesita con urgencia ser llenado.
Noto los mismos bultos y cráteres de tejido cicatricial en sus mejillas que
mis dedos, toda una vida de masticar y morder. Quiero hacer que pare; los
Doms no permiten que sus sumisos dañen sus cuerpos. Pero no me atrevo a
quitarle algo cuando no tiene absolutamente nada a lo que aferrarse.
Cuando engancho mi pierna alrededor de la suya, me agarra por los
muslos y me levanta con facilidad hasta que estoy envuelto alrededor de su
torso, follando con mi lengua toda su boca. Cuando me echo hacia atrás para
respirar, él intenta perseguirme y yo lo mantengo quieto con una mano firme
alrededor de su garganta. Nos miramos fijamente, jadeantes, hasta que sus
ojos se posan en el piercing de mi labio.
Cuando veo que se fija en él y sus fosas nasales se abren, tarareo una
advertencia y aprieto mi agarre. Pero es demasiado tarde. Se lanza contra mi
mano y me muerde el labio inferior con tanta fuerza que me sorprende que
la piel no se rompa. No es un pellizco bonito, no de este chico; se aferra con
los dientes y tira, chupando el piercing, y el dolor hace que se me
humedezcan los ojos y se me endurezca la polla contra su cuerpo firme al
mismo tiempo. Me suelta bruscamente, con ojos en parte preocupados y en
parte salvajes mientras parpadean hacia los míos.
Sonrío y paso mi pulgar a lo largo de su pómulo.
—Hola, cachorro. Todo está bien, puedes jugar.
Gimiendo en voz baja, se inclina y lame mi labio lastimado,
besándome a ambos lados del anillo, calmando el dolor. Deja caer su rostro
en mi cuello y me besa debajo de la oreja, en el hueco donde el cuello se une
al hombro y debajo de la mandíbula. Encuentra el lugar donde enterró sus
dientes cuando lo masturbé y lo muerde con mucha más suavidad, luego lo
chupa hasta que noto su gruesa erección contra la mía.
Cuando mi mano roza su costado, siento su respiración entrecortada 148
contra mi piel mientras se aparta. Con la frente apoyada en mi hombro,
sacude la cabeza con un ruido de protesta mientras le subo el dobladillo de
la camiseta y descubro un enorme moretón en sus costillas, de color púrpura,
amarillo y verde, todos los colores del dolor y la curación. El peso de eso me
hace volver a la tierra. Cuando acaricio ligeramente la hinchazón con la yema
de mi dedo, él hunde más su rostro en mi cuello. Siento que estoy perdiendo
mi mente; sólo hay una palabra llenándome la cabeza, desbordándose hasta
que se derrama, imposible de detener.
—No —Agarro puñados de su camisa, apretando hasta que me duelen
las manos, y froto mi rostro contra su cabello—. No, no, no.
Agarrándolo por ambos lados de la cabeza, junto nuestras frentes, sus
ojos son un borrón dorado. Mis piernas tienen un agarre de muerte en sus
caderas.
—Eres mío. Eres mío. Dile... —Se me quiebra la voz y respiro
frenéticamente—. Mío. Soy el único que puede tocarte. Dile que si te toca
yo... yo... joder. Eres jodidamente mío. No.
Su mano agarra la parte de atrás de mi cabeza y tira de ella hacia abajo
para que estemos acurrucados mejilla con mejilla. Me sujeta hasta que nota
que empiezo a calmarme. Entonces se retuerce y vuelve a encontrar mi boca
con la suya y nos besamos profunda y lentamente. Puedo sentir el sabor
salado y húmedo de mis labios mientras él lo lame suavemente, pero no
puede ser mío porque nunca lloro.
Después de Dios sabe cuánto tiempo, nuestros besos vuelven a ser
hambrientos, cada vez más urgentes, hasta que ambos dejamos salir suaves
gruñidos y gemidos y froto mis caderas contra él.
—Yo, uh… —Se aparta y busca en el bolsillo de su chaqueta, sacando
el collar que debe de haber sacado del cajón de mi ropa interior mientras yo
estaba distraído—. Lo traje por si querías probar algo —Sus ojos me ruegan
que se lo ponga alrededor del cuello, que le deje entrar en el espacio mental
en el que puede olvidar todas las cosas bonitas y horribles de hoy y dejarse
llevar. Ha sido valiente todo el día, por sí mismo, por los chicos, por la
memoria de sus abuelos. Y justo ahora, por mí.
Aflojo mi agarre sobre él y me deslizo hasta el suelo, luego agarro el
collar y lo examino.
—Para el futuro, no deberías tocar esto sin mi permiso, cachorro. Es
mío para dártelo, no tuyo. Pero no lo sabías.
—Sí, señor —respira, con los ojos fijos en él, todo su cuerpo preparado
para la orden. Cuando señalo el suelo delante de mí, se arrodilla, pone las
manos en su espalda y baja la cabeza. Veo cómo la tensión se disipa en sus 149
hombros y escucho su respiración pausada mientras le abrocho el collar.
Agarro el cuero y hago que apoye la cabeza en mi muslo.
—Lo necesitabas tan mal, ¿verdad?
Él gime y asiente, acurrucándose más cerca.
—Lo siento. Tengo que programar nuestras escenas para que sean más
seguidas, o encontrar la forma de darte más tiempo entre un vídeo y otro. O
algo así —Hay un universo de posibilidades en esas dos últimas palabras,
cosas con las que ambos hemos soñado pero que nunca hemos tenido la
fuerza suficiente para alcanzar. No sé qué hacer con ellas esta noche, así que
las dejo a un lado y me concentro en Roman—. ¿Estás listo para tu regalo de
Navidad?
Sorprendido, rompe su posición y me mira.
—Primero, tengo una pregunta. Y no importa cuál sea la respuesta, no
me enojaré —Cuando lo siento tensarse, le acaricio el cabello hasta que
vuelve a calmarse—. Establecimos una nueva regla sobre no tocarte sin mi
permiso, pero han pasado casi dos semanas y nunca me llamaste. ¿Te
masturbaste desde nuestra última escena?
Su espalda se endereza y levanta la barbilla, con el orgullo brillando
en sus ojos. Si ya me parecía impresionante la primera vez que lo encontré
en el cobertizo, ahora es mucho más. Es cegador. No hay palabras en el
mundo para él.
—Me dijiste que no lo hiciera, señor, así que no lo hice. No llamé
porque no me sentía bien corriéndome si tú no estás.
¿Es una cosa de Dom sentir los dedos de tu sumiso en lo profundo de
tu pecho, abriéndolo hasta que—aunque él es el que está arrodillado y con el
collar—eres tú el que está humillado y abierto? No tengo ni idea. Los foros
pervertidos y los vídeos porno no te dicen lo que tienes que hacer ahora. Así
que me agacho frente a él y tomo su rostro entre mis manos, acaricio sus
mejillas, dejo que beba la aprobación de mis ojos.
—Eres absolutamente perfecto, cachorro. Lo hiciste todo bien; estoy
tan orgulloso de ti —También acepta mi beso perfectamente, sometiéndose
a las exigencias de mi boca como no lo hacía cuando nos besábamos de igual
a igual.
Cuando retrocedo, puedo ver que se está dejando llevar y se deja ir.
No sé nada de toda esa mierda de volar, pero creo en el subespacio. Empiezo
a sospechar que Roman siempre encontrará lo suyo aquí, en la obediencia y
los elogios, más que en cualquier perversión u orgasmo alucinante que yo
pueda darle. No estoy seguro de que el Scout de hace unas semanas se
hubiera conformado con eso. Puede que incluso perjudique a nuestro canal a 150
largo plazo. Pero ahora, cuando le digo que es perfecto, lo digo en serio, con
cada átomo de mi cuerpo.
151
18
—Te va a encantar tu regalo —Sonriendo, Scout rebusca en el bolsillo
de su chaqueta y saca un montón de bolsas de supermercado—. Dallas odia
que meta los regalos en bolsas de plástico. Se sienta y lee el jodido periódico
con el que está envolviendo, y luego lo arregla para que las partes más
interesantes queden por fuera.
Me siento un poco aturdido mientras la pone en mis palmas. Hoy han
pasado tantas cosas tan rápido, y lo besé, lo que no estaba planeado, pero él
no me apartó. Estoy bastante seguro de que el siguiente paso después de
besarnos es hablar de los besos, intentar averiguar qué significan, pero los
dos estamos tan cansados y asustados que el único lenguaje que nos queda
es el de Señor y Cachorro. Y todo va a estar bien porque estoy de rodillas de
nuevo.
El regalo se siente más sólido y pesado de lo que esperaba. Abrir otro
regalo que no merezco hace que me duela la cabeza, pero Scout me acaba de
decir que este sí me lo merezco. El plástico cruje mientras desenredo las
bolsas hasta que un objeto metálico cae en mi palma. Es una jaula soldada,
fea y desigual, pero con todas las uniones meticulosamente suavizadas. La
reconozco al instante, aunque no se parece a las intrincadas y brillantes jaulas
para pollas del porno. Finalmente, finalmente. La amo con una necesidad tan
salvaje que hace desaparecer cualquier duda que pudiera tener sobre el tipo
de sumiso que soy. Esto es lo que quiero: alguien que desee lo mejor para
mí, un dios bueno y amable, pero inflexible, que me quite mis propias
necesidades y placeres y se limite a poseerme.
—Hice que un viejo amigo lo soldara para mí. ¿Qué te parece? —Me
mira jugar con el anillo que se supone que rodea mis bolas, probando el
mecanismo que une las dos partes. Es lo bastante grande como para ajustarse
perfectamente a mi polla, pero ni de lejos lo bastante como para que se me
ponga medio dura.
Paso los dedos por los contornos y luego apoyo mi rostro contra ella, 152
sintiendo el frío metal calentarse contra mi piel. Parezco un bicho raro, pero
¿cómo iba a sentirme si Scout la había hecho solo para mí? La colcha de la
abuela es lo único que alguien ha hecho antes sólo para mí.
—Quiero usarla —Nunca quiero quitármelo, pero tal vez no debería
decirlo de inmediato. Quizá tu polla explote o se encoja si no dejas que se te
ponga dura de vez en cuando.
—¿Trajiste lubricante hasta aquí, cachorro? —pregunta Scout,
agarrando el trípode y extendiendo las patas. Hay algo fuera de lo común en
la idea de grabar nuestra primera follada, pero ambos sabemos que el canal
necesita contenido para que Scout y los chicos puedan irse y yo pueda... no
sé qué—. Quiero follarte y luego ponerte la jaula —me explica.
Ante su sugerencia, niego con la cabeza con fuerza. Frunce las cejas,
y se endereza. Siento que se me calienta la cara al intentar explicarme,
dándome cuenta de lo mal que soné.
—Lo siento, señor. Quiero decir... por favor, ¿podría ponérmelo ahora
y luego follarme?
Parpadea y ladea la cabeza.
—Sabes lo que hace esta cosa, ¿verdad? Has sido bueno toda la
semana, así que quiero recompensarte antes de amordazar tu polla.
—Um —Mierda, esto es duro. Me froto las manos por la cara,
concentrándome en lo que quiero decir para no perder las palabras—.
Cuando vi el primer vídeo que me enviaste, fingí que tenía una de las jaulas
puestas y deseé... realmente deseé que no se la quitara al final.
Las cejas de Scout se levantan. Me está estudiando como si estuviera
haciendo una enorme ecuación matemática en su cabeza, excepto que odia
las matemáticas.
—Quieres que te use —dice con cuidado—, como mi juguete para
follar. Hago lo que quiero contigo y luego te dejo en la jaula. Tantas veces
como quiera, durante tanto tiempo como quiera, sin que tú recibas nada a
cambio.
Tiene que parar; estoy intentando desesperadamente mantenerme lo
suficientemente blando como para poder poner la jaula.
—Excepto... —Me da pánico por un segundo lo necesitado que voy a
sonar, pero entonces sigo adelante, intentando ser lo más respetuoso que
puedo—. Nada a cambio, excepto que podrías decir, si quisieras, si yo lo
hiciera realmente bien, aún podrías decirme que fui bueno. ¿Por favor? —
Para la última pregunta, mi voz es apenas un susurro.
Tras una larga pausa, la comisura de sus labios se curva. Es tan tierno, 153
pero tan peligroso al mismo tiempo, la versión de él que más me gusta
cuando soy su sumiso.
—No lo olvidaría, cachorrito. Ver cómo no puedes ponerte duro
incluso cuando te digo que eres bueno será aún más caliente que follarte.
Quiero que te levantes, te desnudes y me digas dónde está el lubricante.
—En el cajón junto a la cama —Me pongo de pie y me bajo los jeans,
cerrando los ojos y concentrando toda mi atención en mantenerme suave.
Cuando Scout se aclara la garganta, abro los ojos y me encuentro con los
suyos. Me toma de la muñeca y me echa lubricante frío y resbaladizo en la
palma.
—Cúbrete con eso. Yo no voy a hacerlo, o estaremos aquí todo el día
esperando a que vuelvas a ablandarte.
Una vez que mi polla está lubricada, contengo la respiración mientras
él coloca el metal alrededor de mi pene. No está apretando mi polla, pero
puedo sentirla en todo momento, como una presión fantasma. Siento unos
dedos seguros y firmes pasando mis bolas por el anillo, luego encaja las dos
mitades y saca un pequeño candado y una llave de su bolsillo.
—Darte una de repuesto iría en contra del propósito, así que, si tienes
algún tipo de emergencia y necesitas que te la quite, llámame. Puedo estar
allí en un par de minutos.
Cuando encaja la cerradura en su lugar, siento que me sumerjo en
aguas profundas y tranquilas, suspendido. No puedo ver ni oír, pero no lo
necesito. Es limpio, pacífico y abrumador. Inevitable. Simplemente me
quedo a la deriva, viendo cómo mi polla lucha contra los barrotes y luego se
rinde de nuevo, mientras Scout saca fotos para los suscriptores.
Coloca la cámara junto a la cama y baja las sábanas. Son de segunda
mano, pero las olí unas cien veces y las lavé dos. Esta vez, cuando pulsa el
botón de grabación, mi cabeza no se vuelve loca, aunque sigo nervioso. En
parte es la jaula, y en parte es el recuerdo de cómo sabe su boca, de cómo se
siente cuando nos abrazamos.
Scout también debe de notar la diferencia, porque me agarra la mano
y me la aprieta mientras repasa mis palabras seguras, tanto las habladas como
las que debo usar si ya no puedo hablar. Cuando estamos listos, pasa un dedo
por la jaula, jugueteando conmigo a través de los huecos, luego se inclina y
me besa la comisura de la mandíbula.
—Es tu primera vez, ¿verdad? —murmura—. Voy a hacerte sentir muy
bien, cachorro. Y no vas a poder disfrutar de nada, ¿verdad?
Sacudo la cabeza, con el corazón en la garganta y el cuerpo lleno de 154
felicidad.
Sus dedos me agarran la mandíbula y me sujetan. Aún no estamos
delante de la cámara; esto es sólo para nosotros.
—¿Qué me dices por usarte?
—Gracias, señor.
Levanta sus oscuras cejas expectante.
—Gracias por usarme como su juguete para follar, señor —
Definitivamente no es una frase que haya practicado en terapia del habla,
pero sale con facilidad.
—Buen cachorro —Me pasa los dedos posesivamente por el
costado—. Acuéstate sobre tu espalda. Quiero ver tu rostro mientras te abro
y luego quiero ver cómo tu polla sufre.
En cuanto me acuesto en la cama, Scout va a buscar algo para atarme.
Ninguno de los dos tiene cinturón, y yo no podía permitirme ninguna cuerda
para guardar en la casa rodante. Al final, me hace un nudo flojo a través del
anillo con las mangas de mi camiseta de manga larga. No puedo luchar con
todas mis fuerzas, pero de todos modos se siente restrictivo. Cuando me
agarra por los tobillos y me separa, doblando mis rodillas hacia el pecho, las
ataduras de las muñecas y la jaula de la polla me hacen sentir exactamente
lo que soy ahora: un objeto. Con el rabillo del ojo, miro el objetivo de la
cámara en la parte trasera de su teléfono, preguntándome qué aspecto tendrá
mi agujero para los cientos de personas que pronto estarán viendo esto. No
importa si ese pensamiento me pone más duro o me ablanda, porque estoy
enjaulado y a nadie le importa una mierda lo que piense. Ese concepto hace
que mi polla luche por endurecerse.
Scout me inspecciona despreocupadamente, como quien echa un
vistazo a una compra nueva, y luego empieza a lubricarse los dedos.
—No quiero romper mi juguete, así que tendré cuidado. Pero tampoco
voy a escatimar en sus sentimientos —Sus ojos se encuentran con los míos,
y puedo ver la advertencia en ellos: cualquier cosa que no sea tu palabra
segura, y no lo escucharé. Como si pudiera olvidarlo.
Mi cuerpo ya está tan sobrecargado de sensaciones que pensé que la
penetración en sí no sería para tanto. Pero mis músculos se contraen cuando
me roza el agujero con un dedo firme y resbaladizo. Cuando frunce el ceño,
concentrado, y lo introduce, dejo salir un vergonzoso sonido de asfixia y
lucho contra las ataduras con más fuerza de la que pretendía. Sin decir
palabra, con los ojos fijos en mi rostro, bombea más profundo. Se siente
enorme y despiadado, y de mi boca empiezan a salir palabras al azar mientras 155
me retuerzo.
—Joder, espera, no... —Sólo me penetra aún más y me quedo sin
fuerzas, temblando y gimiendo.
—¿Seguro que no has jugado contigo aquí abajo? —Habla sucio para
la cámara mientras lo ven trabajar mi culo como un profesional, pero su
mirada no se aparta de la mía y nadie más que yo puede ver su sucia
sonrisa—. Porque me tomas tan fácil, como una zorra que deja que jueguen
gratis con su agujero.
Echo la cabeza hacia atrás con un sonido de súplica, porque, aunque
mi cuerpo solo quiere a Scout, la idea de tomar a un chico tras otro mientras
estoy enjaulado y atado es más caliente que cualquier fantasía que mi
aburrido cerebro haya conseguido inventar. No me duele la polla
exactamente, pero tengo esta sensación de presión y malestar palpitando
entre piernas. Es horrible y todo lo que esperaba que fuera.
Scout levanta tres dedos sucios.
—Mira eso, hermoso. Eso es lo que acabas de tener dentro de ti —La
palabra hermoso hace que mi mente dé vueltas en un millón de direcciones
diferentes, pero no puede viajar muy lejos porque mi cuerpo está atrapado y
anclado aquí mismo. Se arrodilla en el borde de la cama y se echa lubricante
por toda la polla. Su polla me roza las bolas como una tortura perfecta
mientras él se inclina y me besa la garganta, luego el pecho, luego cada
pezón, hasta que lucho y le suplico que pare, que cambie de opinión, que me
deje salir para poder correrme, con la certeza de que no me escuchará.
—Voy a correrme en él —le dice Scout a la cámara, besando su camino
hacia la jaula de mi polla mientras gimo—, y luego lo dejaré aquí así hasta
que quiera hacerlo otra vez. ¿Y pueden creerlo? Suplicó por esto.
A pesar de sus palabras, me doy cuenta de que me observa atentamente
mientras alinea la cabeza de su polla y presiona en el espacio que acaban de
dejar sus dedos. Gimo ante el cambio de tamaño y me pongo un poco rígido,
pero él sube mis piernas y acaricia mis bolas hasta que cualquier resistencia
de mi cuerpo se derrumba ante el sufrimiento de un placer que no puedo
satisfacer. El sudor me cubre la piel y estoy sollozando en mi codo, usando
más palabras de las que he usado en años sólo para suplicar algo que no
puedo tener.
—Oh, mierda —A medio camino, inclina su cabeza hacia atrás y cierra
los ojos, respirando entrecortadamente—. La jodí, cachorro. Debería haberte
follado la primera vez que te puse las manos encima. Esperé demasiado y
ahora no puedo... joder, no puedo moverme. Te sientes tan bien —El sudor
le corre por el pecho mientras me clava los dedos en mis muslos y me penetra
hasta el fondo. Estoy tan jodidamente lleno y él se queda ahí, esperando, 156
manteniéndome abierto hasta que me rompo y empiezo a mover mis caderas
sólo para sentirlo moverse.
Me mira retorciéndome como un animal necesitado, follándome sobre
él cuando ni siquiera puedo conseguir nada.
—Es por esto que te encerré. Te dejaré salir en un par de semanas, y
te esforzarás por no correrte mientras te la chupo, y entonces sabrás cómo
me siento ahora. Quédate quieto, cachorro.
Me congelo obedientemente, con un pequeño gemido de miseria. Me
sube aún más las piernas y me besa el tobillo, lo recorre con la lengua. Luego
se sale casi todo el camino y choca sus caderas hacia adelante. Lo que sea
que golpea dentro de mí va directo a mi inútil polla y, cuando me doy cuenta
de cómo van a ser los próximos minutos, grito ahogadamente:
—No, por favor.
Una sonrisa burlona se dibuja en su boca mientras me bebe, desde mi
rostro hasta mi agujero estirado alrededor de su polla. Mi polla está apretada
contra los barrotes de la jaula.
—Te ves tan bonito para mí, cachorro —Aprieta la mandíbula y
empuja duro y rápido, haciendo que todo mi cuerpo se estremezca mientras
intento mantenerme quieto y contener los sollozos de mi garganta.
Cinco segundos antes de que diga mi palabra segura para que me quite
la puta jaula, se retira con el sonido más vulnerable que he oído nunca, un
gemido ahogado, y se corre sobre mi vientre y mi pecho. Mientras lo veo
ordeñar las últimas gotas con la mano, me doy cuenta de que no me he
corrido ni una sola vez delante de la cámara. Tal vez debería sentirme
engañado, pero en lugar de eso, el conocimiento se asienta en mi interior
como una especie de victoria. Las personas de nuestro canal no están viendo
a dos chicos teniendo sexo sin sentido. Están viendo a Scout poseerme y a
mí elegir ser poseído. Delante de la cámara, soy su único y él es mi único,
que él eligió y no dejará que nadie más toque, y el mundo entero lo sabe.
Delante de la cámara, el mundo entero escucha cuando me llama mío.
-------------
Después que nos limpiamos y guardo el trípode, Roman se acurruca a
mi lado con un brazo sobre mi cintura y su pesada cabeza apoyada en mi
pecho. Recorro su columna vertebral con mis dedos, desde la nuca hasta la
raja de su culo, hasta que todo su cuerpo se vuelve más pesado y silencioso.
Estirándose por la mano que no está acariciando su espalda, la 157
encuentra y la acerca a su rostro. Me lame los dedos medio dormido,
metiendo su lengua entre ellos. Cuando le rozo los labios con los nudillos, se
abre y los deja entrar, llenando su boca. Chupa un poco, después sólo los
sostiene, y luego se queda dormido, con una mano alrededor de mi muñeca.
Si pensé que lo quería desde el momento en que lo vi, si alguna vez
sentí miedo de lo rápido y profundo que se envolvió en las fibras de mi ser,
entonces sé que ahora estoy arruinado.
-------------
Me despierto con un sabor seco y cobrizo en la boca, y el sol
recorriéndome el cuerpo a través de las mugrientas ventanas de la casa
rodante. Tardo demasiado en recordar dónde estoy y por qué.
—¿Rome? —balbuceo. Hay unos tres metros cuadrados de espacio en
esta casa rodante, y él no ocupa ninguno. Por el silencio y el frío, el generador
murió mientras dormíamos.
Cuando salgo a tropezones de la cama, veo el collar de perro colocado
cuidadosamente sobre la pequeña mesa manchada de agua, con una nota
debajo.
Gracias.
Lo siento
Nos vemos después.
No puedo evitar soltar una risa agotada al leerla, aunque me entristece.
Es tan él. Saco mi teléfono y abro su contacto.
Buenos días, cachorro.
No contesta en los minutos siguientes, así que hago la cama, aunque
hace quince años que no la hago, y emprendo el largo camino de vuelta a
casa para ducharme.
A mitad de camino, mi teléfono vibra.
Hola. Quince segundos después, Señor.
Buena salvada. Por cierto, estoy caminando mucho a primera hora de
la mañana.
Oh, mierda. Quiero decir, son las once, pero lo siento.
¿Y ahora te estás burlando de mí? Aunque me siento agotado y
estresado por lo mucho que ha cambiado en los últimos días, sonrío y envío
mensajes en medio del campo como un tonto, con los pájaros volando en
círculos sobre mí. Roman me hace eso.
No, te lo prometo, responde.
Y ahora también mientes. 158
No responde. Después de sesenta segundos, me pregunto si dije algo
malo. Me pican los dedos por seguir enviando mensajes hasta que responda,
pero me obligo a meter mi teléfono en el bolsillo y seguir caminando.
Alcanzo a ver Paradise, que de día parece aún más lejano que de noche. Ir y
venir hasta la casa rodante va a ser un dolor en el culo, pero vale la pena si
consigo hacerlo gritar.
Mi teléfono suena cinco minutos más tarde y lo saco de mi bolsillo a
tientas con vergonzosa rapidez.
Lo siento mucho, señor.
Inmediatamente después, una foto de su polla sonrojada y húmeda en
su jaula. La puse tan dura como pude como castigo. No se siente muy
agradable. Él es literalmente la cosa más perfecta de este planeta.
Muy, muy, muy buen cachorro. ¿De qué es esa foto?
La respuesta llega rápido. Su juguete para follar, señor.
Vuelvo a girar la cabeza hacia el cielo y cierro los ojos. Me da un
jodido subidón como nunca imaginé que fuera posible, ni siquiera cuando
descubrí los vídeos de BDSM y me pasaba días masturbándome con lo más
intenso que podía encontrar.
Te perdono, le envío rápidamente. Porque este es Roman y si no
asumirá que lo odio. Pero no tengo intención de quitarte esa cosa pronto.
Incluso podría olvidar que está ahí.
Gracias, señor.
Lo miro fijamente por un largo rato, luego escribo, Estoy orgulloso de
ti. Nadie podría pedir un mejor sumiso. Casi borro la última parte, pero al
final lo envío. No contesta, pero esta vez no me sorprende. No lo creerá, pero
estoy seguro de que lo leerá una y otra vez cada vez que me extrañe.
159
19
Travis no viene por mí por haber estado fuera toda la noche, ni por los
chocolates desaparecidos. Me ignora al día siguiente, y al siguiente, excepto
para enumerar las tareas que quiere que haga. Pensé que quería que se
calmara y me diera un respiro, pero esto es peor porque sé que está tramando
algo.
Cuando derrama leche sobre la encimera que acabo de limpiar,
supongo que es un accidente hasta que también tira mis sobras cuando no
estoy mirando y ensucia la ropa recién lavada. Por la noche, cuando me
duermo, entra en la cocina una y otra vez, golpeando puertas y dejando caer
mierda hasta que sabe que estoy despierto, y luego vuelve a su habitación.
No es propio de él ser tan paciente con su crueldad. Todo lo que puedo hacer
es pasar desapercibido y trabajar duro mientras el miedo se acumula en mi
pecho hasta que quiero rogarle que termine de una vez. La jaula alrededor de
mi polla es el único consuelo sólido, pero me da pánico que mi hermano me
descubra meando o vistiéndome.
Dos noches después de Navidad, sueño con la abuela. Sueño con ella,
con Pop y con la granja todo el tiempo, de una forma borrosa que se vuelve
cada vez más nebulosa y distante. Pero esta noche, su rostro se ve tan claro
que es como si la hubiera visto ayer. Estoy metido en la cama de mi infancia,
con ella sentada a mi lado tarareando “Here Comes The Sun” para
tranquilizarme hasta que me duermo. Cuando miro hacia abajo, me doy
cuenta de que no soy el pequeño Roman; ahora soy Roman, el feo y
desastroso que tanto temía que ella viera. Se limita a sonreír de forma cálida
y complacida y me aprieta mi mano entre las suyas. Justo cuando abre la
boca para decir algo, un ruido estrepitoso me separa de ella y me arroja,
confuso y con náuseas, de nuevo al sofá de Terry.
—Lo siento —se ríe Travis desde el otro lado de la habitación—.
Quería agua, pero cambié de opinión.
Cuando sus pasos se desvanecen y la puerta se cierra, agarro mi 160
teléfono, me doy la vuelta y me hago un ovillo en la esquina del sofá. Mis
dedos navegan hasta mi conversación de texto con Scout como si estuvieran
en piloto automático. ¿Estás ahí?
A pesar de que son las tres de la mañana, responde inmediatamente.
No me extraña que duerma hasta mediodía todos los días. Hola, cachorro.
Esa palabra siempre me hace sonreír un poquito, incluso cuando lo
único que deseo es que me atropelle un autobús y me deje en un montón de
porquería en el asfalto. No me siento muy bien.
Empieza a teclear y hace una larga pausa. Me sobresalto cuando mi
teléfono empieza a vibrar. Acepto la llamada y lo meto entre el cojín y mi
oreja para poder abrazarme con las rodillas contra mi pecho.
—¿Estás bien? —murmura con su voz rasposa y medio dormida.
Susurro para que Trav no me oiga.
—No lo sé.
—¿Puedo ir?
Se levantaría de la cama y caminaría hasta aquí en la oscuridad por mí,
a pesar de que esas son dos de las cosas que menos le gusta hacer. Suspiro.
—No.
—¿Puedes venir aquí?
Si abro la puerta principal, Travis lo sabrá. Cuando se pone así, errático
y retorcido en lugar de simplemente enojado, no puedo permitirme
presionarlo.
—No —Scout no dice nada durante mucho tiempo. Aprieto los ojos—
. Por favor, no te enojes.
—No estoy enojado —murmura. Lo escucho darse la vuelta e imagino
su hermoso y suave cuerpo desnudo en la cama—. Lo decía en serio cuando
dije que estaba muy orgulloso de ti.
—¿Vamos a estar bien? —He pensado en esas palabras tantas veces
en los últimos dos días que se han hecho un hueco en mi cerebro. No puedo
aferrarme a ellas solo por más tiempo, aunque no soporte escuchar la
respuesta—. Si ser... Si besarnos fue un error, ¿podemos seguir siendo
amigos? Te extrañaría.
Para mi sorpresa, se ríe en voz baja.
—Quizá no he sido claro, cachorro. Si quieres librarte de mí, vas a
tener que rogarme. Tendrás que ponerle una palabra segura a toda mi
existencia. Porque has sido mío desde antes de que me vieras por primera
vez. Tal vez antes de que yo te viera por primera vez. ¿De acuerdo? 161
Decidamos lo que decidamos sobre los besos, no me voy a ninguna parte.
Su torrente de palabras borra todas las mías. Me acuesto boca arriba y
miro fijamente la luz amarilla de una luz en el techo, deslizando mi mano
por mis bóxers hasta tocar la jaula. El metal me parece tan inflexible y seguro
como el hombre que me lo puso. Tal vez la abuela estaba intentando decirme
que volvería a estar a salvo, que tendría a alguien más que me anclara en mi
lugar y ayudara al animal furioso que hay en mí a acostarse y descansar. Pero
Travis me quitó un sueño y estoy seguro de que puede quitarme el otro con
la misma facilidad.
Cuando no contesto, Scout tararea suavemente.
—Sé fuerte por mí, hermoso. Sólo un poco más y resolveremos esto.
Te lo prometo.
Me duele el estómago. Lo deseo tanto que no puedo ni respirar. Todo
lo que tengo que hacer es levantarme y salir por la puerta principal, calle
abajo. Trav apenas pesa la mitad que yo; no tendría ninguna posibilidad de
retenerme. Pero no puedo. Me ha despojado de cada parte de mí hasta que
todo lo que queda es desesperanza y el conocimiento inquebrantable de que
no hay nada ahí fuera para alguien tan jodido como yo.
Espero un buen rato a que Scout vuelva a hablar, pero se limita a
respirar y luego empieza a roncar un poco. Pensar en él con las sábanas
completamente levantadas y la cabeza debajo de la almohada en lugar de
encima me hace sentir menos solo, aunque no esté aquí. Clavo mi teléfono
en el mi hombro con la mejilla, me levanto y husmeo por la habitación hasta
que encuentro un bloc de notas adhesivas y un bolígrafo, debajo de un
montón de pilas gastadas en el cajón de los cubiertos, por supuesto, porque
nada en este lugar tiene sentido.
Durante la siguiente hora, relleno tres notas adhesivas con mi fea letra,
parándome a pensar y reescribiendo, alineándolas en el cojín que tengo al
lado mientras escucho su respiración constante. Cuando termino y empiezo
a dormitar, murmuro:
—Buenas noches —Y cuelgo.
-------------
Travis me encarga tantas tareas y recados que no tengo ocasión de ver
a Scout en los dos días siguientes. Está bien, porque me estoy armando de
valor para hacer algo con esas notas adhesivas dobladas en el bolsillo de mi
chaqueta nueva.
El sábado, Trav tiene que irse temprano. Aprovecho para acompañar a
Tubbs a su parque infantil favorito. Nevó un poco por la noche, así que tengo
que quitar la nieve del banco del parque con las manos desnudas antes de 162
poder secarla con la manga y sentarme.
Mientras Tubbs se desploma al pie del tobogán, despliego mis notas y
las dispongo en orden sobre mi pierna. Las he leído en voz baja cientos de
veces en los últimos dos días para asegurarme de que puedo decirlas en voz
alta cuando llegue el momento. Empieza con una frase clara en la parte
superior y luego se desglosa en un diagrama de flujo de todas las formas en
que pensé que podría desarrollarse la conversación y cómo podría responder.
El corazón me late lo bastante fuerte como para marearme, pero me llevo la
mano a la base de la garganta como si fuera el peso de mi collar y marco el
número que garabateé al pie de mis notas.
—Redwood Assisted Living, ¿en qué puedo ayudarlo?
Mi cuerpo entra en pánico, pero las palabras ya están en mi lengua.
Sólo tengo que soltarlas.
—¿Llamo para preguntar por una residente llamada Heidi Pierce?
—Uhh —La mujer, que suena joven, hace una pausa—. No creo que
tengamos una Heidi.
Me preparé para esto. Mi dedo recorre el camino correcto de mi
diagrama de flujo, encontrando el siguiente pensamiento.
—Se mudó hace ocho años.
—Permítame comprobar nuestros registros.
Cuando se aleja, casi cuelgo. No saber se siente más seguro. Justo
cuando estoy a punto de hacerlo, recibo un mensaje de Scout. Estaré al final
de tu camino en diez minutos. Pensar en lo orgulloso que estará cuando se lo
cuente me mantiene en línea.
—¿Señor? —Está tan mal oír a otra persona llamarme señor que me
habría reído si no estuviera a punto de vomitar—. Parece que tuvimos una
Heidi Pierce aquí en ese momento. Falleció hace cuatro años.
Una húmeda noche de verano, cuando tenía dieciséis años, soñé que
la abuela se fijaba en mí y abandonaba el recuerdo que estaba representando
para darme un abrazo. El apretón de sus brazos me pareció tan fuerte que
juré que la vida real era la pesadilla y que ella acababa de despertarme.
Después de aquello, el mundo nunca volvió a ser el mismo, y en el fondo
supe que se había ido. Pasé el resto de aquel año salvaje, ahogado en una
rabia sin fondo que Trav hizo todo lo posible por sacar de mí. Así que, aunque
una parte de mi corazón quiere sentir un dolor nuevo y limpio, como al quitar
el envoltorio del congelador de Terry, todo lo que tengo es el dolor de una
herida fea y cicatrizada.
Algo me da un golpe en la rodilla y alzo la vista para ver a Tubbs 163
mirándome. Resopla y apoya su barbilla babeante en mi muslo.
—Uh, gracias. Lo siento. Quiero decir, no importa.
—Siento no haber podido ser de más ayuda. Que tenga un buen día.
Después de colgar, beso a Tubbs entre las orejas y le mando un
mensaje a Scout. Se supone que tengo que entregar paquetes hoy.
Ya estoy quemando los diez minutos que me dio, así que doblo el
cuello de mi chaqueta de lobo—que por alguna razón todo el mundo
considera graciosa—para taparme las orejas frías y emprendo el camino de
vuelta a casa. Cuando suena mi teléfono, jalo la correa de Tubbs para
detenerlo y lo compruebo. ¿Confías en mí o no?
La última vez que me preguntó eso, le dije que no y no me castigó por
ello. Desde aquella noche, he dejado mi manta en su casa y sólo he sentido
pánico dos veces. Dejé que enjaulara mi polla. Lo besé.
Sí. La palabra me da ansiedad, sola así, así que la escribo de nuevo. Sí,
señor.
Entonces prepárate para dar un paseo, cachorro.
¿Está hablando de sexo? ¿O de otra cosa? Nunca lo entiendo. Pero
cuando rozo las palabras con mi pulgar, me sorprendo sonriendo.
Tengo que engatusar a Tubbs para que corra para llegar a tiempo. Mi
camiseta huele a sudor y tiene saliva de perro, así que lleno mi mochila de
envíos lo más rápido que puedo y me pongo una camiseta verde camuflada
mientras salgo por la puerta. Trav se pondrá furioso si llega a casa y me
encuentra fuera, pero después de esta mañana, me siento temerario y
dispuesto a ser lastimado.
Me enorgullece estar preparado en la acera cuando Scout avanza en
ese auto tan feo como la mierda, con Britney Spears a todo volumen. Desde
este ángulo, puedo ver que alguien rayó COÑO en el capó con unas letras de
un metro de altura que no se han podido tapar por muchas palabras y dibujos
nuevos que se hayan puesto encima. Solo he hecho unos pocos viajes en este
auto, pero ya me acostumbré a que todo el mundo se gire y se quede
boquiabierto al ver pasar esta monstruosidad. Al abrir la puerta del copiloto,
compruebo si los demás asientos están ocupados. He extrañado a Beck y
Dallas, pero egoístamente me alegro de ver sólo a Scout. Necesito una dosis
de él más de lo que nadie ha necesitado nunca la mierda de mi mochila.
Me mira entrar con una pequeña sonrisa. El asiento se atasca y casi se
rompe cuando intento empujarlo hacia atrás lo suficiente para que quepan
mis piernas. Mientras nos alejamos, rebusco en mi bolsillo el papel con las
direcciones de hoy. Scout me dijo que confiara en él, pero no hay nada malo 164
en estar preparado.
Nadie dice nada durante un minuto mientras salimos del barrio de
Terry en dirección a la ciudad. Justo cuando empiezo a ponerme nervioso,
Scout suspira y empieza a hablar solo.
—Le dije que me esperara en la acera dentro de diez minutos, pero no
estaba allí. No lo entiendo.
Me quedo con la mirada perdida, luego miro hacia abajo para
asegurarme de que mi cuerpo está realmente atado a su auto y no estoy
teniendo algún tipo de sueño.
—Apesta, en serio estaba emocionado por ver a mi cachorro —Hace
un pequeño mohín, se ajusta las gafas de aviador y gira.
—Um...
Ladea la cabeza.
—¿Qué fue ese ruido?
Estoy tan confundido que me asusto, y lo odio.
—Por favor, para. Estoy aquí.
Enarca las cejas y baja sus gafas hasta que puedo verle los ojos, lo que
me tranquiliza un poco.
—¿No entiendes el chiste? Es la... —Se acerca y me toca el pecho—.
Llevas camuflaje, tonto. No podía verte.
Ladeo la cabeza.
—¿Eh?
Al llegar a una señal de alto, pisa el freno y se gira hacia mí, estudiando
mi rostro.
—¿Cachorro? Estaba bromeando. ¿Te sientes sensible hoy?
—Yo no... —Pruebo las palabras en mi cabeza, intentando encontrar
unas que tengan sentido—. Estaba donde me dijiste. Me preparé a tiempo.
Ignorando el hecho de que estamos parados en medio de la calle, pone
el freno de mano, baja el volumen de la canción y se quita las gafas de sol.
—Lo hiciste. Eres perfecto. Y yo... —Infla las mejillas—. Sorpresa,
soy molesto como la mierda. Pregúntales a los chicos.
Me quedo mirando sus preciosas manos con sus dedos largos y
delgados y sus anillos de plata, enganchados en la parte inferior del volante.
—¿Estar emocionado por verme era parte de la broma? —Sueno
patético.
Suelta una risa que es más bien un suspiro. 165
—¿De verdad tienes que preguntarme eso? —Sus ojos se cruzan con
los míos, se inclina sobre la consola central y me da un beso rápido y firme
en los labios. Y así, ya no es un tanteo confuso en la oscuridad, sino algo real
y ordinario delante de todo el mundo. Cuando vuelve a sentarse,
probablemente estoy viéndolo con el mismo asombro que el primer día,
cuando pensé que era un ángel literalmente rodeado de luz. Pero ahora sé
que no es así: es vanidoso, infantil e imparable. Duerme hasta muy tarde,
baila al ritmo de Cascada y vive a base de galletas. Me domesticó con
nuggets de pollo para microondas y un collar de perro robado.
A la mierda los ángeles.
Estoy segura de que lo amo.
Mierda.
Ambos nos inclinamos al mismo tiempo. Nuestros labios se presionan
con ternura, casi con inseguridad, y luego se funden en un beso feroz, con
nuestras lenguas empujándose desordenadamente y su piercing clavándose
en mi piel. Siento que murmura joder contra mi boca cuando enredo mis
dedos en la parte delantera de su camisa. Su mano se introduce entre mis
piernas y rodea la jaula con sus dedos, haciéndome jadear. Nos pasamos el
control de un lado a otro mientras nos besamos, pero en el fondo siempre es
él quien manda.
Cuando se retira, sus dedos enmarcan mi rostro por un momento,
inmovilizándome mientras me bebe.
—¿Sabías que todo lo que piensas se muestra en tus ojos? —dice casi
distraídamente, con algo de nostalgia en la voz.
Quiero preguntarle si ¿eso significa que acabo de decirte que te amo?
En lugar de eso, le digo—: Nada de lo que piensas se muestra en tus ojos —
Tal vez esté celoso, porque le doy tanto de mí con tanta facilidad, mientras
que yo tengo que empujar y escarbar para conseguir cada pedacito de él.
Como las escenas en las que el sumiso se desnuda y el dominante se queda
completamente vestido.
Alguien toca la bocina detrás de nosotros. Tararea suavemente, con el
rostro inexpresivo, luego se sienta y suelta el freno de mano. No creo que
esté enojado, pero hay dolor en la sonrisa que me dedica.
—Lo sé. Por eso mi trabajo es cuidar de todos —Comprueba por el
retrovisor el auto que viene detrás y acelera—. Sé que tienes todo un plan de
ruta escondido en tu bolsillo, pequeño maniático del control, así que
entrégamelo y terminemos con la parte mala.
166
20
He mejorado en ubicarme y hacer entregas solo, pero es reconfortante
tener a Scout en el asiento del conductor cantando terriblemente las partes
chirriantes de cuerda de “Toxic” y fumando por la ventana rota. Cada vez
que vuelvo de dejar una caja, sonríe al verme de una forma que parece
completamente inconsciente. Cuando terminamos, siento que mi pecho es
un revoltijo de calor y frío, agudo y blando, y no puedo apartar los ojos de él
porque no quiero perderme ni una sola expresión.
Descargo el último paquete a un hombre con traje en un
estacionamiento de mala muerte, meto todo el dinero en un sobre y lo deslizo
en mi mochila debajo del asiento. Scout se acerca y me aprieta la rodilla,
luego deja su mano ahí, su pulgar rozando mi piel desnuda donde mis jeans
aún tienen ese agujero gigante.
—Buen trabajo, cachorro.
Se siente bien estar aquí, simplemente relajándonos en el auto
calentito, con la música sonando tranquilamente. Me armo de valor y pongo
mi mano sobre la suya, trazando la forma de sus nudillos. Nos quedamos
sentados sin hablar durante un minuto, mirando los grafitis de la pared de
ladrillo que tenemos delante.
—La abuela murió —digo abruptamente—. Hace cuatro años.
—Ah —Le da la vuelta a su mano para que podamos enlazar los
dedos—. Ya lo sabías, ¿verdad?
—Sí, creo que sí. Pero llamé al centro.
—Eso es valiente, cachorro. Lo hiciste bien —Como si pudiera leerme
la mente, me dice las palabras que me prometí a mí mismo si lograba superar
la conversación telefónica—. ¿Cómo te sientes?
Frunzo el ceño en mi regazo y juego con una lágrima en la tapicería.
—¿Por qué duele tanto perder algo que sabías que no podías tener? 167
Resopla en voz baja.
—Eso se llama esperanza. Estoy trabajando en una forma de
eliminarla de la condición humana, porque es realmente inconveniente, pero
aún no lo he conseguido. Te lo haré saber cuándo lo haga.
Es algo tan Scout, como si prefiriera tirar todo el corazón humano
antes que sentir algo, que no puedo evitar reírme.
—¿Te he dicho alguna vez que le hubieras gustado a la abuela? Creo
que te habría llamado incorregible —Estudio mi reflejo en la ventana—. Y
ella también era incorregible, aunque era muy estricta con los modales.
Habría hecho una tarta para su grupo de tejido y luego se habría ido de paseo
contigo —No digo el resto en voz alta, que ella le habría enseñado el bien y
el mal. Que ella habría derribado sus muros con tanta delicadeza, hasta que
él no hubiera cargado solo con el peso del mundo y la esperanza no fuera una
palabra de nueve letras.
Empieza a sacar otro cigarrillo, como si necesitara algo que hacer con
las manos, pero cambia de idea y en su lugar agarra un chicle de fresa del
portavasos.
—No puedo afirmar que ella te esté cuidando, porque no creo en esas
cosas —musita, desenvolviendo el papel de aluminio—. Pero he conocido
las partes de ella que viven en ti, y ella es bastante genial, honestamente —
Tras una pausa, añade—: ¿Te ha dicho alguien recientemente que eres
perfecto?
Las palabras me dejan la cabeza en blanco. Entonces resoplo.
—Sólo tú, porque alucinas.
Se baja las gafas de sol del cabello y las coloca en su lugar.
—Vigila tu tono, cachorro. Ahora tengo algo para ti, porque seguro
como el infierno que no vine aquí sólo para vender metanfetaminas. ¿Estás
listo?
La conversación sólo duró unos minutos, y ni siquiera estoy seguro de
lo que hablamos, pero me siento mucho más ligero. Asiento con la cabeza.
—Entonces extiende la mano y cierra los ojos.
Obedezco, y siento un cosquilleo en la piel con el chorro de aire
caliente que sale de las rejillas de ventilación del auto. Sus dedos rozan mi
palma, pero lo que pone ahí no pesa nada.
—Abre —Puedo escuchar cómo está zumbando de excitación apenas
contenida.
Ladeando la cabeza, frunzo el ceño ante la flamante tarjeta de débito 168
azul marino que tengo en la mano e intento comprender. Mi pulgar recorre
las crestas de los números metálicos en relieve que brillan a la luz.
—La recogí ayer —Scout se remueve en su asiento—. Siento que
tenga mi nombre; es la cuenta que abrí cuando empecé a actuar frente a la
cámara. Pero ahora es nuestra. Puedes hacer lo que quieras con la tarjeta, y
me aseguraré de que siempre sepas cuánto dinero de la cuenta te pertenece.
Debo ser el único veinteañero que nunca ha tenido una tarjeta de
débito, y mucho menos usado una. Travis se volvería loco si se enterara de
que la tengo. Cuando cierro los dedos, el plástico se clava
reconfortantemente en mi piel.
—¿Tenemos dinero?
—Por eso te recogí hoy. Nuestro primer pago se hizo efectivo.
—Espera, ¿en serio?
Su sonrisa perezosa se ensancha aún más.
—Puedes apostarlo. Quiero que pienses en algo que siempre hayas
querido comprar, y vamos a ir a por ello, ahora mismo.
En los últimos ocho años, me he vuelto muy bueno en no querer nada,
ni siquiera un dulce en la caja del supermercado. No tiene sentido. Ahora
tengo miedo de decepcionarlo por no ser capaz de pensar en nada, y que
desaparezca esa increíble sonrisa. Ojalá tuviera mi collar, para que él tomara
las decisiones por mí. Pero, de repente, me doy cuenta.
Él observa pacientemente mientras busco en mi teléfono, luego
conduce mientras yo le doy la dirección. Cuando estacionamos delante de la
tienda de animales donde conseguimos mi collar, frunce su nariz pecosa,
confundido.
—¿Qué, quieres una correa para el collar?
Toda la sangre de mi cuerpo se drena en dirección a mi ingle, y la jaula
empieza a sentirse ajustada. Al ver la expresión de mi rostro, su media risa
se desvanece y sus ojos se entrecierran mientras se quita las gafas de sol y
las cuelga del cuello de su camiseta.
—Oh, a alguien le gusta mucho eso, ¿eh? Voy a recordarlo.
Con el rostro ardiendo, recojo la tarjeta que tengo en el regazo.
—Si intento pagar algo con esto, ¿me van a arrestar por fraude?
Su cara de Dom se rompe en una risa.
—Claro que no, idiota —Me da una palmada en el culo cuando salgo
del auto, luego se escabulle por su puerta y me sigue hasta la tienda. Me
siento cohibido, como si el personal fuera a perseguirnos por haber robado 169
el collar hace un mes, pero nadie mira siquiera en nuestra dirección.
Cuando encuentro el pasillo de las golosinas para perros, hay al menos
el doble de lo que recordaba. Sin un presupuesto minúsculo que limite mis
opciones, no tengo ni idea de por dónde empezar. Scout merodea un rato
frente a los tanques de serpientes, luego vuelve y se aclara la garganta antes
de tocarme para que yo sepa que está ahí. Su barbilla afilada se apoya en mi
hombro, un brazo enganchado alrededor de mi pecho. Debe de estar de
puntillas para ver por encima de mí.
—Estás pensando tan duro que te sale humo por las orejas.
El personal sigue pasando y hace que sea difícil hablar, así que me
limito a señalar los enormes huesos de perro y luego una enorme bolsa de
orejas de cerdo.
—Piensas que el hueso sería más emocionante —adivina—, pero la
bolsa duraría más.
Asiento. Tiene una manera de leerme sin hacerme sentir pisoteado.
—Agarra el hueso ahora y vuelve por la bolsa cuando él haya
terminado con el hueso. ¿Qué? —me pregunta impaciente cuando frunzo el
ceño.
Podría enviarle un mensaje, pero me gusta tocarlo, así que agarro el
bolígrafo y le subo la manga de la chaqueta, dejando al descubierto la parte
inferior de su brazo. Se supone que estamos ahorrando dinero, no
gastándolo.
Frunce los labios con malhumor.
—Si no quieres llevarte los dos, cómprale uno y yo le compraré el otro.
No eres muy bueno en consentirte.
No necesita las dos cosas. No eres muy bueno en ahorrar.
Saca la lengua y retuerce el anillo de su labio mientras sonríe.
—Robar cosas te ahorra mucho dinero. Sólo digo —Salta hacia atrás,
riendo, cuando le doy un manotazo.
Aún tengo mi corazón puesto en ese hueso gigante, pero en honor a la
practicidad y el ahorro de la abuela, tomo la decisión más responsable y llevo
la bolsa de premios al frente. Sólo he pagado en efectivo, así que hago un
desastre y la chica de la caja tiene que ayudarme. Empieza a coquetear
conmigo, a mirarme mientras guía mi mano para que pase la tarjeta, y puedo
sentir oleadas de fastidio irradiando desde la posición de Scout detrás de mí.
Hace un gran gesto de agarrarme de la mano mientras salimos al frío sol del
mediodía. Enormes charcos de nieve derretida empapan mis zapatillas a cada 170
paso.
—¿Para qué estás ahorrando? —me pregunta Scout bruscamente junto
a mi codo. Vuelve a tener los ojos ocultos detrás de sus gafas y la barbilla
metida en el cuello de su chaqueta—. Nunca me lo has dicho.
Siento como si un cubito de hielo se deslizara por mi espina dorsal, el
recordatorio entumecido y goteante: no estamos ahorrando para el mismo
futuro. Él tiene a Beck y a Dallas, y yo no tengo... nada. Incluso si ahorro lo
suficiente para vivir por mi cuenta, no tengo ni idea de adónde iría o qué
haría. Tengo un nudo duro y calcificado en medio del pecho: la certeza, en
el fondo, de que nunca seguiré adelante y quizá Trav me mate algún día, por
accidente o a propósito, y esa será mi historia.
Me encojo de hombros en respuesta a la pregunta de Scout y
compruebo si mi voz está de vuelta. Cuando se niega a volver, aprieto la
bolsa contra mi pecho, frustrado, porque sólo tengo unas pocas horas para
hablar con Scout y las estoy perdiendo minuto a minuto.
—¿Tienes hambre? —Levanto la vista, confundido, y veo a Scout
apoyando sus codos en el techo del auto, con las nubes hinchadas reflejadas
en sus gafas. Una brisa fría le revuelve el cabello y se estremece—. En
realidad, no contestes a eso, porque no me importa. Me muero de hambre.
Me siento aliviado cuando no intenta forzar la conversación. Se limita
a subir el volumen de la música mientras atravesamos la ciudad sonando
como una película de adolescentes de 2005. Echo la cabeza hacia atrás y
cierro los ojos, concentrándome en el traqueteo de mi asiento y en ese leve
olor de los tres chicos mezclados que me hace sentir feliz y tan solo al mismo
tiempo. Cuando Scout me toca la pierna, me doy cuenta de que estamos en
el autoservicio de un lugar de hamburguesas. Me ofrece el brazo en el que
no escribí antes.
—¿Qué quieres?
Tengo que garabatear un poco entre los tendones flexionados de su
muñeca para que fluya la tinta. ¿Es tu recompensa?
Se burla y niega con la cabeza.
—No, la jaula para pollas lo era —explica sin tener en cuenta si los
demás autos o el empleado del autoservicio pueden escucharlo a través de la
ventana abierta—. Esto es sólo un extra. Lo sé —añade cuando lo miro con
advertencia—. Irresponsable, bla, bla. Quiero hamburguesas y no hay razón
para que no las coma. Eres el sumiso más molesto del mundo —Pero se
acerca y juega con mi oreja para que sepa que está bromeando.
Todavía no he ordenado nada cuando preguntan qué queremos, así que 171
Scout engancha sus codos en la ventanilla y se asoma con impaciencia, con
el culo en sus jeans ajustados apuntando a mi rostro.
—Yo quiero dos hamburguesas dobles, unas patatas fritas grandes y
una orden grande de nuggets —Me mira como si se hubiera olvidado de que
estaba allí—. En realidad, el doble de eso.
Cuando suelto un resoplido de protesta, simplemente arquea una ceja.
Recogemos tres bolsas de papel llenas de comida, que sostengo en mi regazo
mientras Scout se adentra en una de las carreteras rurales que se hacen
interminables.
—Vamos a conducir un rato, así que dame de comer.
Intentando no mancharme las manos de grasa, saco un cartón de
patatas fritas. Sin apartar los ojos de la carretera, saca la lengua expectante.
Me resigno a meterle un puñado de patatas fritas en la boca, y él se inclina
hacia delante e intenta lamerme los dedos cuando me alejo.
—Vete a la mierda —Estoy tan distraído que recupero la voz mientras
me meto una patata frita en la boca—. Eres asqueroso —Se ríe, intentando
masticar, conducir y controlar sus risitas al mismo tiempo. Su mano derecha
suelta el volante y se desliza más allá de la palanca de cambios para apoyarse
en mi muslo.
—Muéstrame algo de respeto, mocoso. Sólo la mitad es para ti. Menos
de la mitad, en realidad.
Consigo satisfacerlo desenvolviendo una hamburguesa y dejándosela
en el regazo. Ya estamos fuera de la ciudad, pasando a toda velocidad por un
campo en barbecho tras otro sembrado de tallos de maíz rotos y cuervos
picoteando quién sabe qué. Hoy las montañas son cristalinas, como si
pudiera contar cada árbol si me esforzara lo suficiente. Por costumbre, abro
mi hamburguesa, bajo la ventana y tiro los pepinillos.
—Ahora sí que estás intentando arruinarme el día. Jesús —se queja
Scout—. ¿Qué te pasa?
—Los odio —Solía pensar que la abuela era una especie de
superheroína porque les decía a los empleados de la ventanilla que no
pusieran los pepinillos y el sándwich salía así por arte de magia. Pop y yo
sólo pedíamos como siempre y luego los tirábamos.
—Dámelos la próxima vez. Para eso estoy aquí. Me como los tarros
enteros y luego me bebo el juego.
—Voy a vomitar —Pero en mi segunda hamburguesa, recojo los
pepinillos y los dejo caer de uno en uno en su boca. Los muerde felizmente,
rebotando como un niño al que le acaban de dar su caramelo favorito.
Después de otros quince minutos, puedo ver la baja expansión de otra 172
ciudad a unos kilómetros de distancia. Antes de llegar, Scout se detiene
bruscamente en un largo camino de tierra que conduce a una casa de ladrillo.
A medida que nos acercamos, me doy cuenta de que es un basurero: ventanas
sucias con mosquiteras arrancadas, canalones que se caen de los bordes del
tejado y contraventanas rotas. El jardín parece el de Terry: hierba muerta
cubierta de maleza. La música de Scout se silencia cuando llega al garaje y
apaga el motor. Me arrebata el cartón de patatas fritas, se desliza en el asiento
e inhala el resto, con sus ojos grises recorriendo la fachada de la casa como
si estuviera catalogando cada detalle.
Quiero saber por qué estamos aquí, pero decido darle tiempo. Siempre
lo hace por mí. Cuando se acaban las patatas, tira el cartón en el asiento
trasero, apoya sus brazos en el volante y descansa la barbilla en ellos.
—Ya está —anuncia—. Nuestro futuro hogar. Yo… —Me mira, casi
nervioso—. Quería enseñártelo.
La abuela me enseñó a ser educado, pero no puedo mentirle.
—Es duro.
—Lo sé —Sacude la cabeza—. Hace casi un año que está en alquiler
y no hay nadie que lo alquile. Hablé con el casero y me dijo que nos rebajaría
la mitad del alquiler si lo arreglábamos mientras estábamos aquí. Pero aun
así no podríamos permitírnoslo, ya que tiene cuatro dormitorios. Ahora que
el canal está despegando, lo llamé y deberíamos firmar un contrato de
alquiler pronto.
La nostalgia se desprende de él cuando se sienta a mi lado, delgado,
ansioso y vulnerable. Este montón de basura de casa y lo que representa lo
es todo para él, algo con lo que ha soñado toda su vida. Le envidio por ello.
Me hace desear más que nunca. A veces siento que no puedo parar, porque
ya he volado demasiado alto y si me estrello, no sobreviviré.
—Esa es mi habitación —Señala una gran ventana al fondo—. La
mejor, porque soy el mejor —Cuando pongo los ojos en blanco, sonríe—.
Entonces Dallas puede tener la que da al oeste. Él es raro; le gusta la “energía
de las montañas” para su meditación y su arte. Beck se queda con la
habitación del sótano, para que pueda poner allí el equipo de entrenamiento
y volverse loco. Quiero hacer la cuarta habitación como una mazmorra
sexual, pero Dallas dijo que tendríamos que someterlo a votación.
Cuanto más describe sus sueños, más claramente me lo imagino y más
me duele. Scout no parece darse cuenta de que ni siquiera podré visitarlos
aquí, ya que Trav nunca me dejará tener el camión el tiempo suficiente para
hacer el viaje.
—¿Cómo sabes siquiera el diseño? ¿Tuviste un recorrido?
—Oh, aquí —Empuja la puerta para abrirla—. Vamos. 173
Sin edificios para bloquearla, la fría brisa me atraviesa la chaqueta y
me revuelve el cabello mientras sigo a Scout hacia el prado salvaje que se
supone que es césped.
—Tenemos que ir por detrás —me explica, tendiéndome la mano
como hice yo en Navidad. La forma en que mis dedos se deslizan entre los
suyos, separándolos, la forma en que su mano es más pequeña en la mía, pero
más firme, guiándome... todo es tan perfecto como lo recordaba. Caminamos
por la hierba, ayudándonos mutuamente a no caer en los agujeros de las
ardillas, hasta que llegamos a la puerta trasera.
—No está bloqueada. Sólo pesa —Scout golpea la puerta de metal
abollada varias veces, pero no se mueve—. Está bien, cachorro —Da un paso
atrás—. Rómpela por mí.
Paso junto a él y abro la puerta de un tirón. Cuando retrocedo, me da
una palmada el culo en su camino hacia un pasillo oscuro y mugriento.
—Te ves tan caliente cuando haces eso.
Si me tropezara con este lugar, probablemente saldría corriendo.
Espero que haya un asesino en serie o un círculo para ritual oculto o, al
menos, unas cucarachas enormes en cada habitación por la que pasamos. Las
alfombras, las paredes y los techos están cubiertos de manchas, hay basura y
escombros esparcidos por las esquinas y los electrodomésticos de la cocina
parecen no haber funcionado en diez años. No puedo creer que alguien
intente cobrar un alquiler por esto.
Scout parece ajeno a todo, me arrastra de habitación en habitación y
me explica todo lo que quiere cambiar. También ha olvidado que no sabe
utilizar herramientas y que odia trabajar con las manos, aparentemente. El
frío desinterés de sus ojos se ha fundido en una luz que nunca había visto
antes, algo casi inocente. La prueba de que sueña y espera lo mismo que el
resto de nosotros, aunque le guste fingir que no.
174
21
Mientras estábamos sentados en el camino de entrada, decidí que no
iba a hacerlo hoy. Sólo lo llevaría a dar una vuelta rápida, luego volvería a
Fort Holden y dejaría el resto para otra ocasión, cuando pudiera convencerme
a mí mismo. No soy valiente, diga lo que diga en mi mente de Dom. En
lugares como Paradise, los cobardes son los que viven más tiempo.
Pero como si la propia casa jugara en mi contra, nuestra exploración
termina de algún modo en el dormitorio del fondo del pasillo, el que tiene la
ventana más grande. Roman me suelta y se mete los puños en los bolsillos,
girando en círculo para contemplar el espacio en el que cabrían el salón y la
cocina de la casa rodante.
—Esto es bonito —murmura—. Debajo de la suciedad —Se estaba
riendo cuando bromeamos en el auto, pero ahora su voz tranquila y ronca
suena agotada y totalmente abatida. Ojalá Dallas estuviera aquí para
explicármelo todo, pero lo único que puedo entender por mí mismo es que si
alguna vez me ha importado el chico que tengo delante, necesita que yo sea
valiente por una vez en mi triste vida. Si se aleja, al menos lo hará sabiendo
lo que vale y lo mucho que lo quieren. Empiezo a pensar que eso es lo que
significa ser un buen Dom, que todos los juguetes y escenas sólo conducen
a esto.
—¿Roman?
Al oír la extrañeza en mi tono, frunce el ceño y me mira por encima
del hombro.
—¿Sí?
—Um —Ojalá me leyera la mente y esto terminara de una vez. Es
como las señales que le mostré en nuestro primer encuentro: si hago una
pregunta de sí o no, voy a obtener una respuesta de sí o no. No creo estar
preparado para una de esas opciones. Suelto un gruñido de frustración y miro
el montón de bichos muertos esparcidos por el alféizar de la ventana—. Si 175
tuvieras puesto el collar ahora mismo, te diría: “Vamos a volver a Paradise,
cachorro, y les diremos a los chicos que tenemos una relación. Dejarás que
te adoren, y una vez que tengamos otros cuantos cheques de pago, vamos a
empacar tus cosas y te vas a mudar aquí con nosotros. Para que quede claro,
la cuarta habitación seguirá siendo una mazmorra sexual porque estarás en
mi habitación” —Respiro—. Eso es lo que yo diría. Pero esto no es una cosa
sobre el collar; es una cosa de Scout y Roman, y yo no tengo ni puta sobre
ser un novio. Así que te lo pido en vez de decírtelo, porque eso es lo que Dal
me diría que hiciera, pero odio pedírtelo porque eso implica que sería capaz
de lidiar con la posibilidad de que dijeras que no.
No se mueve durante demasiado tiempo. Finalmente, se voltea hacia
mí, parpadeando inseguro con sus largas y oscuras pestañas.
—¿Estarían felices?
De todas las respuestas que esperaba, esa no estaba en la lista.
—¿Estás preguntando si los chicos estarían felices de que te mudaras
conmigo? Claro que sí. Te aman.
Probablemente debería decir “Yo te amo”, pero nunca en toda mi vida
le he dicho a alguien que lo amo y se siente como un muro de mil kilómetros
de altura.
La cara de Roman es cada vez más inexpresiva, lo que creo que
significa que el resto de mi balbuceo está empezando a hundirse. Siento que
estoy a punto de vomitar. Le prometí que me tendría como su amigo y su
Dom pasara lo que pasara, pero no me había dado cuenta hasta ahora de lo
mucho que necesito también el resto de él. El modo paciente en que sonríe
cuando estoy siendo molesto, cómo me juzga siempre por no cuidarme
mejor, lo ridículamente pesado que es cuando descansa todo su peso sobre
mí.
Cierra los ojos, inspira profundamente y luego los abre.
—No te acerques a menos de un metro de una herramienta eléctrica.
Haz una lista de reparaciones y deja que yo las haga.
Le lanzo una mirada desconcertada.
—¿Eh?
—Eres mi señor, pero si también eres mi novio, entonces tengo un par
de reglas. Elijo no robar, y no usar herramientas eléctricas.
—¿Eso significa que estás diciendo que sí?
Él duda.
—¿Puedo decir que sí a lo de decírselo a los chicos y pensar en la otra 176
parte?
—Por supuesto —El hecho de que esté tan destrozado mentalmente
que elija quedarse con su hermano antes que vivir con nosotros me hace
sentir homicida. Pero intento centrarme en la parte buena. La parte muy, muy
buena. Todo el cuerpo de Roman se relaja cuando me ve sonreír y sus labios
se curvan suavemente. Es un momento ridículo en el que los dos nos
convertimos en idiotas que no saben dónde mirar ni qué hacer con las manos.
—¿Podemos decírselo esta noche? —pregunta esperanzado,
mordiéndose el interior del labio—. ¿Antes de que lo piense demasiado?
Saco mi teléfono.
—Déjame llamarlos. Mientras llevemos pizza, creo que aceptarán lo
que sea —Mientras está sonando, cruzo la corta distancia que me separa de
él, engancho mi brazo libre alrededor de su cuello y me subo a sus zapatos,
como un niño pequeño bailando con su padre. La camiseta se me sube por el
torso y él pasa una de sus grandes manos por debajo y a lo largo de mi espalda
hasta que sus dedos se extienden por todo mi tatuaje. La otra mano baja por
la parte trasera de mis bóxers hasta que está agarrando mi culo. Su boca
encuentra mi cuello, el roce de lengua y dientes, y siento cierta envidia de su
jaula para polla, porque la mía está fuera de control.
Me tortura con tanta dulzura mientras hablo con Beck sobre ir a comer
pizza y observar las estrellas. Roman no tiene ni idea de que en nuestra forma
de mirar las estrellas casi no hay estrellas de verdad, pero pronto lo sabrá. Es
la primera de un millón de cosas que aprenderá cuando se convierta en uno
de nosotros. Empieza a soltarme cuando cuelgo, pero le rodeo el cuello con
los brazos y arqueo la espalda contra sus manos.
—Espera. Me encanta atarte, pero nunca llego a sentir cómo me tocas.
Cinco minutos, no pares.
Exhala temblorosamente en mi cabello, acariciándome la espalda
mientras la mano que tiene en mi culo se desliza hacia arriba y alrededor y
directamente por la parte delantera de mis jeans.
—Jesús, joder —gimo, dejando caer la cabeza hacia atrás mientras
acaricia mi pene una y otra vez con movimientos largos y deliberados, desde
la punta hasta apretar mis bolas, y luego vuelve a subir. Sus dientes se aferran
a mi garganta expuesta y empieza a chupar al ritmo de su mano. Tardo dos
minutos y medio en correrme tan fuerte que me mareo. Cuando me suelta,
casi me caigo de espaldas con las piernas temblorosas. Sus ojos color miel
se clavan en los míos con una luz orgullosa mientras lame mi semen entre
sus dedos y se lo traga todo.
Casi le pregunto si quiere que le quite la jaula y le devuelva el favor, 177
pero empiezo a entender qué lo mueve.
—Lo hiciste muy bien, cachorro, sirviéndome educadamente sin pedir
nada a cambio —Agarro la jaula a través de sus jeans—. ¿Esto es tuyo?
Mueve la cabeza con firmeza, la voz baja y un poco áspera.
—No. Es tuyo, señor.
—¿Puedo tenerla encerrada el resto de tu vida si quiero?
Pretendía ser una amenaza, pero todo su cuerpo se derrite de
excitación ante las palabras.
—Por favor, señor —Mierda, cuando nuestro canal pague voy a
comprar uno de cada dispositivo de castidad que se haya fabricado y lo
torturaré sin parar.
Me estiro, aprieto mis labios contra los suyos y saboreo el anhelo y los
restos de mi semen en su boca.
—Creo que tu entrenamiento va muy bien.
—Gracias, señor.
La casa resuena a nuestro alrededor mientras volvemos sobre nuestros
pasos hacia la puerta trasera tomados de la mano.
—No creo que pueda hablar cuando estemos con ellos —anuncia
Roman en voz baja mientras llegamos al auto—. Siento que tengas que
hacerlo solo.
—Oye, eso no es cierto. Aunque no puedas hablar, aún puedes
comunicarte con nosotros. Sigues formando parte de nuestra conversación.
¿Entiendes?
Asintiendo, me aprieta los dedos.
—Estoy muy feliz —susurra. Puede que sea lo último que escuche de
él esta noche, pero es suficiente.
-------------
Para cuando recogemos la pizza y volvemos a Paradise, a Roman le
falta poco para derretirse, rebotando la pierna, golpeándose los nudillos,
masacrando el interior de su boca. Le puse el collar en la pizzería y subí su
chaqueta para tapárselo, pero sigue entrando en pánico. No hay mucho más
que pueda hacer: Beck y Dallas van a tener que ser quienes le enseñen cómo
funciona la amistad incondicional, porque mis palabras no bastan.
Se queda mirando por la ventana en silencio mientras los chicos
cierran la puerta de la casa rodante y se dirigen al auto.
—Eh, son mis tres cosas favoritas —Beck agarra la pizza del asiento 178
trasero y se la pone en el regazo, sin molestarse en abrocharse el cinturón.
Observo a Roman por el rabillo del ojo cuando se da cuenta de que él es una
de las tres cosas. Se sonroja un poco y parece tan desconcertado que se me
parte el corazón.
—Hola —gruñe Dallas, abrazado a un montón de mantas. Debe haber
estado dormido, porque apenas tiene los ojos abiertos y lleva puesto el
pantalón de pijama y una enorme sudadera, con el cabello revuelto por
debajo de la capucha. Ahora que están en el auto, tenemos los cuatro asientos
vacíos ocupados en lugar de los tres habituales. Se siente bien y completo,
como si hubiéramos encontrado algo que no sabíamos que nos faltaba.
No tenemos que conducir muy lejos. No hay colinas por aquí, pero el
terreno se eleva hacia el sur lo suficiente como para que, si sigues por un
camino de tierra y retrocedes hasta el borde, veas las luces de Fort Holden.
No es como en las películas, con vistas de Los Ángeles o Nueva York; las
luces están dispersas y apagadas, desparramadas por el paisaje y vigiladas
por el parpadeo rojo de lejanas torres de radio. Pero es lo mejor que tenemos.
Estaciono y, con cuidado, pongo el freno de mano mientras Dallas y
Beck bajan y acomodan los asientos. Roman parece paralizado, mirando
inquieto por el parabrisas.
—Cachorro —murmuro. Sus ojos se desvían hacia los míos, aunque
apenas puedo verlos en la oscuridad—. Eres mío. Eso no tiene nada de malo.
Se hunde en sí mismo por un momento, en algún lugar que no puedo
seguir, luego levanta la barbilla y asiente. El frío me envuelve mientras rodeo
el auto y abro su puerta, como si estuviéramos en una cita, y él se endereza
hasta que me mira desde arriba. Me encanta. Los twinks están
sobrevalorados; todo Dom debería conseguir un sumiso gigante.
Mirando a los chicos, me acerco y le pongo un dedo en la mandíbula
hasta que tiene que mirarme.
—Voy a arrancar la tirita, ¿está bien?
Pone mala cara y yo enarco las cejas.
—Espera un segundo, ¿eres de los que se la quitan centímetro a
centímetro porque son demasiado miedosos para hacerlo rápido? —Una
sonrisa tímida se abre paso a través de su miedo mientras asiente, y luego se
ensancha cuando pongo los ojos en blanco—. Por el amor de Dios. Voy a
arrancar todas tus tiritas a partir de ahora.
Lo dije sin pensar, pero en este momento de tensión me parece lo más
grande que he dicho nunca. A partir de ahora, una promesa sin final. Espero,
conteniendo la respiración, a ver si lo asusté.
Cierra los ojos y se inclina para apoyar la frente en la mía. Siento la 179
presión de sus nudillos contra mis costillas, luego su puño sube y baja como
señal de sí. Su nariz roza mi oreja, seguida de sus labios, y antes de que pueda
recuperarme, da un paso atrás y asiente hacia Beck y Dallas con su expresión
más valiente.
—Chicos —La grava cruje bajo mis pies mientras agarro la mano
cálida y ligeramente temblorosa de Roman y camino hacia ellos. Han abierto
el compartimento trasero y bajado los asientos, luego cubrieron el suelo con
viejos edredones llenos de agujeros. Esto funciona mejor en verano, pero
entre nuestro calor corporal, las mantas y la botella de vodka barato que
asoma por el bolsillo de la chaqueta de Beck, nos calentaremos
rápidamente—. Hay algo que tenemos que decirles.
Ambos notan la extrañeza en mi voz inmediatamente. Dallas es el
primero que ve nuestras manos unidas y enarca las cejas, pero mantiene la
boca cerrada. Beck permanece ajeno hasta que acerco a Roman un paso y
digo:
—Roman y yo estamos... —Saliendo suena patético—. Somos pareja
ahora.
Beck se queda con la boca abierta, sus ojos confundidos pasan de
nuestras manos a mi rostro. Sabe que he follado con personas, pero nunca
me acerqué siquiera a ningún tipo de relación.
—Quiero invitarlo a vivir con nosotros cuando nos mudemos.
Compartiría mi habitación —Siento los dedos de Roman apretarse alrededor
de los míos—. Sé que es mucho para asimilar...
Roman me da un codazo y saca su teléfono del bolsillo. Espero que
escriba un mensaje para todos, pero se limita a teclear unas palabras y me las
enseña. Díselos. Si no, no se sentirá correcto.
—Um… ¿en serio? —Supongo que alguien se ha tomado a pecho la
analogía de la tirita—. ¿Estás seguro? —Yo no lo estoy. El kink y el canal
son la única cosa que nunca he compartido con mis amigos. Supongo que
incluso yo puedo ser inseguro a veces.
Como respuesta, Roman se agarra el cuello de la sudadera y tira de
ella hacia abajo para mostrar su cuello. Pues bien. Lo hace con tanta
insistencia que por un segundo juro que va a bajarse también los jeans y
mostrar su jaula. Pensaba que las cejas de Dallas no podían levantarse más,
pero de algún modo lo hacen.
Sólo arráncala. Respiro hondo.
—Como pueden ver, también somos dominante y sumiso en una
relación BSDM... ¿Sabes siquiera lo que es el BDSM, Beck?
—Yo… —El hombre hace una pequeña mueca—. Puede que haya 180
oído hablar de ello.
—Dios mío —Dallas le empuja desde el extremo del parachoques del
auto—. Él no sabe cómo ponerse los auriculares cuando ve porno, así que
tengo que escuchar toma tus nalgadas, chico y átame, señor viniendo de su
cama cada jodida noche.
—¿En serio? —Veo luchar a Beck para salir de la maleza mientras nos
saca el dedo a todos. Estoy bastante seguro de que abrió ese vodka antes de
que viniéramos—. ¿Eres un pervertido y no me lo dijiste?
Se burla.
—¿Tenías a nuestro nuevo vecino con un collar de perro y no me lo
dijiste?
—Niños —Dallas extiende una mano hacia cada uno de nosotros—.
Bienvenido a la familia, Roman. Esperamos poder hacer que nos ames antes
de que hagamos que quieras huir. Y creo que acabas de hacer que Beck entre
en una espiral pervertida, así que va a ser divertido.
Cuando miro a Roman, me devuelve la mirada con una mezcla de
confusión y frágil esperanza. Cuando asiento con la cabeza y sonrío, me
agarra la mano de nuevo y me la aprieta.
—Gracias, papi —resopla Beck, apartando la mano de Dallas—. La
pizza se enfría. Dime, Roman, ¿cómo te sientes acerca de la piña en la pizza?
Porque si eres el novio de Scout y él tiene que pedirla para hacerte feliz, esto
podría funcionar muy bien para mí.
-------------
Justo cuando estoy casi dormido, con el estómago lleno de queso
fundido y las fuerzas completamente agotadas tras el día más agotador de mi
vida, Beck suelta un grito.
—Veinte preguntas. El que esté en medio tiene la respuesta —
Recuerdo a los niños del colegio jugando a esto, a que tenían veinte
preguntas de sí o no para averiguar en qué está pensando la otra persona.
Scout gime, pero está claramente en el medio.
—Muy bien, estoy listo.
Mientras los otros dos arman una estrategia, Scout rueda hacia mí en
la oscuridad y desliza una mano por mi camiseta, besando suavemente a lo
largo de mi mandíbula.
—¿Es un animal? —pregunta Dallas. 181
Scout sonríe contra mi piel.
—No.
Beck se aclara la garganta de forma importante.
—¿Es una tienda de colchones?
Scout se incorpora tan rápido que se golpea la cabeza contra el techo.
—¿Lo dices jodidamente en serio? —Se tira encima de Dallas,
golpeándole en las costillas—. ¿Cómo pudiste hacerme esto? Pasé años
ideando la respuesta perfecta para dejarlo sin palabras, y luego te la confío a
ti y tú se lo dices —Dallas intenta apartarse, riendo tan fuerte que está
resoplando y llorando.
—Me dice un montón de cosas cuando está borracho —dice Beck con
suficiencia.
—Los odio tanto a los dos. Han arruinado mi vida.
Dallas lucha por levantarse, jadeando y secándose los ojos.
—Joder, déjame salir. Me voy a mear en los pantalones
Cuando consigue liberarse y ponerse de pie, agarrado al auto para
mantener el equilibrio, se baja la bragueta y la parte delantera de los
calzoncillos para dejar al descubierto lo que debe de ser su regalo de
Navidad. Hace un pequeño contoneo para alinear su polla, y entonces se
suelta con un gemido de alivio.
Al escuchar el ruido de la orina en la hierba, Beck se mete los dedos
en la boca y silba como un lobo.
—Mírate, bebé. Meando en zanjas, viviendo el sueño.
Dallas levanta un puño como si estuviera montando un toro y apunta
con su chorro a través de los faros traseros mientras Scout aplaude y grita.
Todo parece surrealista: la noche helada e inhóspita, la niebla de nuestra
respiración, el olor a alcohol y a tubo de escape del auto, y un chico que
sonríe de oreja a oreja porque está meando en una zanja por primera vez.
Dallas se saca la polla de los calzoncillos, la sacude con cuidado y se
la vuelve a meter.
—Está jodidamente helado aquí fuera. Déjenme entrar —Sin esperar
a que nadie se mueva, se lanza a la maraña de cuerpos.
—Mi turno en el medio —exige Beck, rodando sobre Scout y
aterrizando a mi lado—. Hola —Echa la cabeza hacia atrás y me sonríe—.
Me alegro de que estés aquí. Tócame si quieres decir algo.
Escucho las adivinanzas con los ojos medio cerrados mientras 182
adivinan que puede ser de cualquier color, suele ser un poco blando y puede
ser más grande o más pequeño que una barra de pan. Como está apretado
contra mí, noto que Beck se ríe en silencio cuando responde a la última
pregunta, y empiezo a sospechar. Estoy deseando en silencio que Scout lo
diga, pero él sigue desviándose cada vez más del tema hasta que no puedo
soportarlo más.
—Vamos, es un consolador —suelto. Todo el auto se queda en
silencio. Bueno, joder. Esas son las primeras palabras que mis nuevos amigos
oirán de mi boca. Me deslizo más en la manta y me tapo la cara, deseando
que Scout estuviera a mi lado.
—Ahora, este de aquí —declara Beck—, es otro hombre de buen
gusto. Por fin. Sería un honor compartir casa con usted, señor.
—No creo que él sea el señor —se ríe Dallas, y escucho a Scout
abofetearlo. No recuerdo la última vez que me reí de verdad, pero las risitas
de Dallas son tan contagiosas que yo también me contagio. Por un momento,
me siento más ligero que el aire. Cuando me toca estar en medio, no me
quedan palabras. Pero me empujan al lugar más cálido, donde puedo olerlos
y sentirlos a todos a la vez, y alguien me apoya la mano en la cabeza para
sentir cómo asiento con la cabeza o niego ante las preguntas. Pensé que había
elegido una buena, tacos, pero estos chicos son terroríficamente buenos en
el juego y están obsesionados con la comida, así que apenas tardan cinco
intentos.
Cuando cambio de lugar con Dallas, por fin vuelvo a estar acurrucado
contra el cuerpo de Scout. Me abraza posesivamente y me deja enterrar el
rostro en su pecho, acariciándome el cabello y la piel del borde de mi collar.
183
22
Soy el encargado de llevarnos de vuelta a Paradise a las dos de la
madrugada, porque soy el único que no está en estado de intoxicación. Dallas
y Beck entran a tropezones a la casa rodante de Scout, riéndose y
empujándose. Se siente como si mi pecho se estuviera partiendo en dos
cuando me doy la vuelta y empiezo a caminar en dirección contraria, hacia
la oscuridad y el silencio.
—Cachorro —Scout corre inestablemente detrás de mí y me agarra
del brazo—. Tengo una idea —No está del todo borracho, pero su voz sale
demasiado rápida y algo agitada. Sus ojos parecen desprevenidos, como si
yo pudiera deslizarme a través de su muro de calma hacia la tormenta que se
esconde más allá: la preocupación, la soledad, todas las pesadas cargas que
él insiste en llevar solo.
—Sólo hazlo, agarra tus cosas ahora mismo —balbucea—. Vuelve y
duerme con nosotros. Puedes dormir conmigo hasta que consigamos la casa.
Tu hermano ni siquiera sabrá dónde estás.
Dado que Travis tiene acceso a recursos policiales, el conocimiento de
Terry de los lugareños, y todo el tiempo del mundo para joderme, dudo
seriamente que pudiera esconderme de él mucho tiempo en Paradise. No
tengo palabras, así que me quedo mirando a Scout, deseando que se eche
atrás. Sabe que no es tan sencillo como parece. Para mi sorpresa, me agarra
la mano con fiereza y me fulmina con la mirada, con la mandíbula apretada,
y luego da literalmente un pisotón, como un niño que no puede hacer frente
a la fuerza de sus propios sentimientos.
—¿Por qué mierda no puedes, Roman? No estás encadenado en su
sótano —Está cayendo en espiral; ahora que se ha ido el filtro, supongo que
podré escuchar todo lo que se guarda el resto del tiempo—. No lo entiendo.
¿Cómo puede ser mejor que yo? Por el amor de Dios.
Saco mi teléfono. Estás borracho.
Entrecierra los ojos en la pantalla. 184
—No me jodas. Eso no cambia nada.
Nunca bebo, porque necesito estar alerta cerca de Travis. Ahora
desearía haberme bebido mi parte del vodka. Si estuviera borracho, quizá
todo me parecería tan sencillo como a él. Con sus cálidos dedos agarrando
los míos y su frente apoyada en mi hombro, su cabello perfecto despeinado
de dar vueltas en el auto, no me atrevo a decirle que no y ver cómo se
derrumba. Lo pensaré y te enviaré un mensaje.
Sus ojos se agrandan mientras me mira.
—¿En serio?
Lo único que puedo hacer es encogerme de hombros. Si Travis y Terry
están muy borrachos, si la luz de la luna a través de las cortinas me mantiene
con los pies en la tierra, si puedo aferrarme a la imagen de mi novio aquí de
pie, esperándome, tal vez pueda agarrar mi bolso y salir.
—Gracias —Me atrae y me besa desordenadamente, con sabor a
alcohol y pizza—. Yo… vamos a ser tan buenos juntos.
Creo que es su forma de decir que me ama. Antes de que pueda
detenerme, pienso en los papeles plastificados que he estado estudiando
todos los días desde Navidad y hago una seña de Te amo. Pensé que sería
más fácil que las palabras, pero el acto físico de señalarlo en el aire lo hace
mucho más real. Scout mira de mi mano a mi rostro y luego vuelve a
mirarme, con la frente arrugada.
—¿Qué significa eso, Rome? No lo sé, lo siento.
Le doy un rápido abrazo, le digo adiós con la mano y me apresuro a
marcharme. Mientras troto calle abajo hacia la casa de Terry, vuelvo a
enviarle un mensaje a Scout. Te lo diré la próxima vez que te vea. Ve a
descansar.
Para mi alivio, la casa está a oscuras. La puerta corredera de atrás es
la más silenciosa, así que trepo por la valla y me escabullo por el patio. Tubbs
duerme en el garaje, así que no se mueve nada cuando abro la puerta. Cuando
me doy la vuelta para cerrarla, Trav está sentado en la isla de la cocina con
una lámpara encendida jugando a un juego en su teléfono.
—Hola —me dice suavemente, guardando su progreso antes de cerrar
la aplicación. Sus ojos se posan en mí, congelado junto a la puerta como un
bebé ciervo en la autopista cuando las luces de un camión lo ciegan—. Esas
entregas te han llevado mucho tiempo. ¿Tienes el dinero para mí?
Oh, Dios. Tal vez podría haber sacado esta conversación del borde si
al menos tuviera el dinero. Pero mi mochila sigue bajo el asiento del copiloto
del auto de Scout. Me meto las manos temblorosas en los bolsillos. Scout y
los chicos se indignarían si pudieran ver lo rápido que mi hermano puede 185
volver a convertirme en esta cosa patética con una sola mirada.
—Lo siento, no te entendí. ¿Dónde dices que está?
Me encojo contra la fría puerta de cristal cuando se levanta, pero se
limita a cruzar hasta la nevera y sacar una cerveza. Todo tipo de excusas se
agolpan en mi cerebro, pero no puedo verbalizar ni una sola. Cuando lo
intento, lo único que sale es un pequeño gemido.
Scout cree que cuanto más me ame, cuanto más me haga sonreír y me
dé amigos increíbles, más fuerza tendré para enfrentarme a mi hermano. Es
todo lo contrario; cuanto más tengo que perder, más miedo siento, y el miedo
es la forma más fácil que tiene Travis de doblegarme. Cuando consigo sacar
mi teléfono del bolsillo, tecleo un mensaje tembloroso. Sé exactamente
dónde está. Lo traeré mañana, lo prometo.
Como siempre, lee mi mensaje muy despacio para hacerme sentir
estúpido.
—Bueno, gracias. Es muy considerado. Realmente espero por tu bien
que siga ahí —Pero cuando me muevo en dirección al baño, chasquea los
dedos—. Espera un momento. Tenemos que hablar —Aquí va; estoy bastante
seguro de que esto es lo que ha estado preparando durante días.
Como un perro golpeado, sigo su dedo y me escabullo hacia el sofá.
Aunque quiera pelear, todo es inevitable y la obediencia es la forma más fácil
de que esto no acabe en dolor. Se acerca y se sienta en el brazo del sofá,
mirándome.
—Has salido mucho últimamente, ¿eh? Vi que te hiciste amigo de
algunos de los mocosos de mierda de las casas rodantes.
Una parte de mí quiere gritarle a Scout te lo dije. Travis habría
encontrado mi escondite en un santiamén; ya ha recorrido casi todo el
camino. Cuando me doy cuenta de que Trav está esperando, me encojo de
hombros, manteniendo los ojos fijos en sus pies.
—Estoy preocupado por ti. ¿De verdad crees que te quieren cerca,
hermanito?
—Sí —Sale tan rápido y claro que nos sobresalta a los dos. Como si
hubiera estado creciendo en mí durante semanas, como si realmente hubiera
aprendido lo que los chicos intentaron enseñarme hoy. Scout estaría
orgulloso.
Trav se echa un poco hacia atrás, cruzándose de brazos.
—¿Por qué? —Deja caer la palabra como una piedra en agua quieta.
Se hunde y se hunde, y lo único que puedo hacer es mirar. Abro la boca y la
vuelvo a cerrar. Estoy seguro de que hay una respuesta en alguna parte, pero 186
está demasiado lejos para que la encuentre yo solo.
—No haces nada más que ocupar espacio y aire. ¿Cuánto crees que
tardarán en darse cuenta? —Inclina la cabeza—. A menos que encuentren
alguna forma de ganar dinero con tu estúpido culo. Es para lo único que
sirves.
Si está tratando de ponerme en contra de los chicos, no está
funcionando. Sé con todo mi corazón que no estarían de acuerdo con él, que
quieren decir cada palabra que dijeron sobre mí hoy con todos sus leales y
tontos corazones.
El problema es que no estoy seguro de que tengan razón. Esa pesada
piedra—¿por qué?—sigue adentrándose en lo más profundo, en las partes
más oscuras de mí, donde ya no puedo verla, pero siento su peso cada vez
que me muevo.
—Quiero que dejes de perder el tiempo con ellos —exige Travis,
poniéndose en pie—, y que pongas tu cabeza en orden. Haz lo que se te dice,
no me jodas. Si no me tomas en serio, tal vez buscaré los antecedentes
penales de todos tus amigos a ver cuánto los puedo joder.
Se va a enojar sea cual sea la forma en que me comunique, así que
hago círculos en mi pecho. Lo siento. Debe de estar satisfecho con lo
destrozado que parezco, porque se limita a pasarme una mano áspera por el
cabello y vuelve a su habitación.
Me hago un ovillo en el sofá y trato de recuperar el aliento. Me dejo
llevar por una neblina en la que el tiempo pasa sin sentido y no siento nada.
Ya había pasado días así, semanas enteras en las que apenas comía y ni
siquiera me molestaba en recordar mi nombre, pero al menos no estaba
atrapado.
Mi teléfono zumba fastidiosamente en mi bolsillo, una y otra vez. Lo
meto debajo del cojín hasta que deja de hacerlo. El alcohol debe de haber
hecho mella en Scout, porque solo llama tres veces y luego deja de hacerlo.
Intento dormir durante horas, pero estoy tan agotado que mi cerebro
está zumbando. Finalmente, agarro mi teléfono y busco nuestro canal. Tardo
un rato en recordar la contraseña que me dio Scout, porque nunca la he usado,
pero al final consigo entrar en la parte de administrador, donde puedo ver
todas nuestras estadísticas. Ignorándolas, empiezo a abrir mensajes de
suscriptores, buscando lo que las personas dicen de mí. Algunos mensajes
hablan de lo caliente que somos, de lo que las personas quieren hacer con
nosotros. Algunos se quejan de que Scout es más pequeño que yo, o de que
no hablo. No estoy exactamente sorprendido.
Hay una pregunta que se repite una y otra vez en tantos mensajes que 187
empieza a parecer sin sentido.
¿Cuándo es la escena de azotes?
Nos prometieron azotes.
Me suscribí para verlo azotado, ¿qué pasa?
Como maestro en decir mierda, Scout se las ha arreglado para
responder a cada uno de los mensajes sin dar una respuesta concreta a esa
pregunta. La piedra que se hunde en mi pecho palpita en impotente
frustración. Scout no me dijo nada, ignorando la pregunta sin
mencionármela, aunque es lo que el canal necesita. Sé exactamente por qué;
cree que no puedo soportarlo. Vi su rostro cuando hablamos del juego de
impacto en mi lista de perversiones.
Si Travis va a volver a quitármelo todo, lo único que no voy a dejar
que tenga es mi capacidad para ser un buen sumiso. Esa es la razón por la
que Scout me quería en primer lugar. Sé que Scout no lo verá hasta mañana,
pero le envío un mensaje de todos modos. Quiero que la siguiente escena
sea la de azotes.
188
23
La primera cosa que hice cuando descubrí el BDSM fue comprar
paracord y empezar a fabricar mi propio látigo. Estuve trabajando en él
durante un año; cada vez que no me parecía lo bastante bueno, lo desmontaba
y volvía a empezar. Después de ver cientos de vídeos, practiqué sobre
almohadas y paredes, soñando con un sumiso atado delante de mí, con la piel
enrojecida y el cuerpo tan excitado que se correría con sólo ser golpeado.
Pensaba que nunca me sentiría como un verdadero Dom hasta que hubiera
probado el subidón de azotar a alguien.
Por fin es el día de los azotes y el único dolor en el que pienso es en
mi jaqueca. Después de ducharme, limpio la condensación del espejo y me
quedo mirando mi cuerpo desnudo hasta que todo el calor se evapora y se
me pone la piel de gallina. Intento encontrar al sádico en algún lugar de mi
figura y, por primera vez, no consigo verlo.
Sin molestarme en vestirme, saco mi látigo de debajo de los pies del
colchón y lo dispongo ordenadamente sobre la cama. La cafetera se apaga,
así que lleno mi taza de Soy un chico sucio que me regaló Dallas, luego me
siento en la encimera y bebo a sorbos el líquido ardiente mientras contemplo
las trenzas rosas, blancas y verdes. Con cada trenza y cada nudo, fantaseaba
con lo mucho que lo amaría mi futuro sumiso.
Pero ese sumiso no era Roman. Me siento como una brújula junto a un
imán, girando y contradiciéndose sin saber hacia dónde está el norte.
Nuestros suscriptores están extasiados por el vídeo. Estamos todos
verdes en la lista de Roman, todos verdes en la mía. Roman pidió
específicamente la escena. Todo lo que puedo esperar es que una vez que
empecemos, me sentiré menos como si estuviera a punto de vomitar.
Me ofrecí a acompañar a Roman a la casa rodante, pero me dijo que
nos encontraríamos allí. Me meto el látigo, una loción barata y un paquete
de galletas Oreo en la mochila y salgo para empezar a caminar hacia el
campo, intentando evitar las zonas profundas de la nieve fresca y pensando 189
en lo aburrido que es caminar por lugares al aire libre.
Roman no está allí cuando llego, pero empuja la puerta mientras
preparo la cámara y acomodo todo.
—Hola, cachorro. ¿Cómo estás?
Su sonrisa no coincide con la mía. Cuando no contesta, se me encoge
el corazón. Nunca lo culparé por no hablar, pero quería tener todas las vías
de comunicación abiertas para esta escena. Una parte de mí quiere pedir un
aplazamiento hasta que encuentre su voz, pero eso se siente como un castigo
y la mejor forma de hacer que luche aún más.
—Gracias por preparar los puntos de anclaje —ofrezco, sentándome
en una de las sillas desvencijadas para ajustar la configuración en mi
teléfono—. Se ven bien. ¿Te acostaste para comprobar las posiciones
mientras lo hacías? Porque apuesto a que fue lindo.
Gruñe, luego se sienta a horcajadas sobre mis piernas y coloca su
pesado cuerpo sobre el mío, más pequeño, con su rostro apoyado en mi
cuello. Cuando toso y lucho por respirar, él sólo me rodea aún más fuerte.
—¿Estás bien, Roman?
Asiente. La tensión de su cuerpo sugiere que no está diciendo la
verdad, pero eso no es posible. Es nuestra promesa silenciosa, la base de
nuestra confianza: nunca nos mentimos.
Gira la cabeza, la apoya en mi hombro y se queda mirando el látigo.
Después de un largo rato, teclea algo en su teléfono y el mío vibra.
Bonito.
—¿Verdad? Lo hice yo mismo. Para ti.
—Mmm —Tararea en voz baja y presiona su nariz bajo mi mandíbula,
aspirando mi aroma. Luego lo reemplaza con su lengua, más calmante que
sexual.
—Desnúdate y siéntate en el borde de la cama —Le doy un apretón en
el culo y lo empujo suavemente. Por primera vez, quiero acabar con esto de
una vez y pasar a los cuidados posteriores, cuando puedo centrarme en
hacerlo sentir bien.
Ojalá su yo del pasado pudiera ver lo rápido y seguro que obedece. Su
adiestramiento es perfecto. Si funciona demasiado bien, dejaré de hacerlo,
porque mi alma lo necesita siempre salvaje, nunca domesticado excepto
cuando le pongo la correa o lo ato.
Agachándome entre sus piernas, agarro la llave de la jaula y abro la 190
cerradura. Da un suave grito de protesta y me aparta la mano, sacudiendo la
cabeza.
—Cachorro —advierto. Pero se agarra a la jaula con una mano y me
hace una seña de por favor con la otra.
Apoyo mi mano sobre la parte superior de su cabeza y me inclino hasta
que nuestros ojos quedan a la misma altura.
—Lo entiendo. Estás nervioso, y la jaula es segura. Pero esto no es
una democracia, ¿está bien? Quiero que tu polla se frote contra la cama
mientras lo hacemos, y quiero que te corras al final, porque sé que será lo
mejor para ti. Deja de cuestionarme.
Con los ojos aun brillando con desafío, suelta la jaula y abre las piernas
para que pueda quitársela. Su polla empieza a endurecerse al instante por la
simple fricción de ser liberado, y se retuerce, haciendo una mueca. Puedo
verlo perdiéndose en su cabeza, así que desecho mis dudas y me centro en
iniciar la grabación y colocarme en posición.
—Date la vuelta e inclínate sobre la cama —La vista es espectacular
cuando se inclina, con sus firmes nalgas abiertas para mostrar su agujero y
la polla erecta y las bolas colgando entre sus piernas abiertas—. Perfecto —
tarareo, frotándole la espalda.
Después de hacerlo repetir sus palabras seguras, me subo a la cama y
encuentro el punto de anclaje más cercano.
—Los brazos por aquí.
Él junta obedientemente las muñecas y las ofrece para el cinturón, que
yo enrollo alrededor y a través del anillo, comprobando la tensión y la
circulación.
—Puedes luchar un poco, pero recuerda que las cosas y la pared son
baratas como la mierda, ¿está bien? —Apoya las rodillas en el borde de la
cama para aliviar la tensión de su espalda y asiente.
—Eres tan bueno —murmuro, bajando de la cama y besando su
columna—. Estarás hermoso cuando termine.
Agachando la cabeza, se inclina hacia mí con la respiración agitada.
Jadea ruidosamente cuando rodeo su polla con mis dedos y la acaricio un par
de veces, esparciendo su pre-semen por la longitud descuidada. Si siguiera,
creo que se correría en unos cinco segundos. Le aprieto suavemente las
caderas hasta que se arrodilla de tal manera que su erección roza la cama
cuando se mueve.
—No te corras sin permiso, pero siéntete libre de disfrutar de cada
minuto de libertad antes de que te vuelva a encerrar.
El látigo se siente a la vez demasiado ligero y pesado cuando lo recojo, 191
como si no fuera la misma persona que era cuando lo equilibré en mi agarre.
Mientras decido qué hacer, entro en calor pasando los hilos de paracord por
su espalda, su culo y sus muslos. Se arquea para evitar las cosquillas y gime
al sentir la fricción en su polla.
—Muy bien, cachorro. No te pongas tenso, sólo deja que pase. No te
haré daño —Cuando se relaja, le doy el primer golpe en la espalda, no muy
fuerte, pero firme y definitivo. Se pone rígido, tirando ligeramente de la
correa, y espero a que se relaje antes de repetirlo en el otro lado.
El vídeo necesita azotes de verdad, no tonterías, así que alzo la voz.
—Empezaremos con diez, cinco a cada lado, y luego te recompensaré.
Y como eres tan puta por tu jaula, te la devolveré al final. Puede que incluso
antes de correrte —Al oír eso, se estremece y se revuelve un poco la cama.
Las cosas van mejor: mis manos se han estabilizado y él está relajado
y desesperadamente excitado. Le acaricio el costado izquierdo, para que sepa
lo que le espera, y luego le doy el primer golpe seco y contundente.
Un chillido ahogado sale de su garganta y él se retuerce y se sube de
lado a la cama. Tiene los nudillos blancos alrededor del cinturón. Pero no
pronuncia ninguna palabra segura y, al cabo de un momento, vuelve a subir
torpemente a su posición. Lo veo temblar, pero me fijo en el hecho de que
aún no ha chasqueado los dedos, en la creencia de que me lo diría si no
estuviera bien. Tengo que confiar en él, porque nunca he azotado a nadie
antes y no sé cómo se ve cuando el dolor se convierte en placer y todo
empieza a cantar.
El siguiente golpe cae más fuerte de lo que pretendo, un golpe perfecto
y limpio en el otro lado de su espalda. Esta vez no se mueve, jadea con el
rostro hundido en el colchón. Después de darle dos más, me muevo más
lentamente.
Al primer golpe en su culo, tira del cinturón. Es un testimonio de su
mano de obra, porque esa cosa debería salir directamente de la pared. Se
mantiene firme, y él se agita contra él como un pez enganchado al que
arrastran a la orilla. Con un sonido estrangulado, se queda inerte contra la
cama, encerrándose en sí mismo tanto como puede y agarrando débilmente
mi cinturón.
Nunca chasqueó los dedos, nunca habló. Estoy viendo un choque de
trenes en tiempo real, pero mi cerebro no llega a tiempo para detenerlo.
Cuando intento apoyarle una mano en la espalda, solloza y se retuerce en la
cama, lejos de mi contacto. Su polla está completamente flácida.
Me han herido y abandonado muchas veces en mi vida, pero nunca me
había sentido tan traicionado. Estoy golpeando a mi cachorro mientras él se
acobarda de mí porque su cuerpo no distingue entre el dolor bueno y el malo. 192
Y en vez de decirme que pare, me deja convertirme en su hermano.
—Roman, palabra segura por el amor de Dios.
Temblando, sacude la cabeza e intenta arrastrarse de nuevo a su
posición, para prepararse para el resto de los golpes. Es como una pesadilla
que no deja de repetirse y no me deja abrir los ojos.
—Rojo —Dejo caer el látigo al suelo y el sonido hace que se quede
muy quieto. Cuando me siente luchar para desabrochar el tenso cinturón que
rodea sus muñecas, intenta empujarme y apartarme sin hacer ruido.
—Basta ya —grito con desesperación, y él se sobresalta, enterrando
su rostro en la cama. Por fin consigo soltar la maldita atadura, pero él no se
incorpora. Se rodea la cabeza con los brazos y se pone en posición fetal.
Necesito abrazarlo, tanto por mí como por él, pero cada vez que mi cuerpo
entra en contacto con el suyo, intenta apartarse aterrorizado. No sé qué hacer.
Ahora mismo no soy un puto Dom, soy un chico asustado de veintiún años
que acaba de romper a su novio a pesar de haberlo hecho todo como debía.
Finalmente, se sienta sobre sus débiles brazos. Su rostro pálido
contiene una mezcla de ira y desesperación. Se abalanza sobre la mesa y
agarra el bloc de notas que dejamos allí, garabateándolo con letras grandes y
agresivas. No dije mis palabras seguras.
—¡Sé que no lo hiciste! —No consigo dejar de gritar—. ¿Por qué?
¿Por qué dejaste que te hiciera daño así? —Se me quiebra la voz—. Nunca
podré volver atrás, Rome.
Deja salir un casi grito frustrado y entierra la cabeza entre las manos,
luego vuelve a agarrar el bloc de notas. Déjame intentarlo de nuevo. Puedo
hacerlo. Prácticamente clava el bolígrafo en el papel. Luego agarra el látigo
y me lo tiende. Retrocede bruscamente cuando se lo arrebato de la mano.
—¡No puedo, Roman! —Abro la puerta y tiro el látigo a la nieve.
Luego me inclino y vomito un reguero de nada en el escalón delantero. Cada
vez que creo que ha terminado, mi cuerpo vuelve a vomitar hasta que me
mareo y me agarro al marco de la puerta para mantenerme en pie.
Cuando por fin me pongo en pie, mi Roman ha vuelto, la rabia y el
terror sustituidos por una mirada sorprendida y preocupada. Vacilante, me
hace una seña, ¿Estás bien? Es la primera frase nueva de la hoja que le dieron
los chicos.
—No —Sueno roto, con la garganta destrozada de tanto vomitar—.
Querías liberarte de tu hermano, ¿verdad? Pero jodidamente ganó. Nos hizo
esto. Y no sé... —Me restriego la mano bruscamente sobre los ojos mientras
empiezan a arderme—. No sé cómo lidiar con él haciéndote daño cada noche
y dejándome para que te vuelva a unir. Lo he intentado con todas mis fuerzas, 193
porque te necesito, pero no creo que pueda vivir así —Me dejo caer en el
borde de la cama y entierro mi rostro entre las manos.
El colchón se hunde a mi lado y Roman me rodea con sus brazos como
nunca lo había hecho, como si él fuera el consuelo y yo el que necesita
protección. Me atrae hacia él y me aprieta fuerte, dejándome sentir lo fuerte
que es en realidad, y yo me dejo caer contra su pecho ancho y cálido. Todo
parece hecho añicos, bordes afilados y nuevas grietas, pero al final no
podemos rompernos porque estamos hechos de los pedazos de cosas no
deseadas. Si nos desmoronamos, volvemos a unirnos, incluso más fuertes
que la última vez.
—¿Scout? —susurra después de un largo rato. Cuando lo miro, pone
sus manos alrededor de mi rostro. Sus palmas son tan anchas que puede
sostener la base de mi cuello y aún rozar sus pulgares bajo mis ojos—. Voy
a buscar mis cosas —susurra. Veo el miedo en sus ojos, pero también su
profunda sinceridad—. No me importa si Trav me hace daño, pero no dejaré
que te haga daño a ti también. ¿Puedo quedarme en tu casa? La jodí, así que
entiendo que todos ustedes necesitan un descanso de mí. Lo siento.
—Espera, ¿lo dices en serio? —Mis oídos están pitando, y no puedo
respirar—. ¿Vas a venir con nosotros?
Cierra los ojos y respira hondo.
—Sí. Te lo prometo, Scout. Y no es mentira, porque nunca volveré a
mentirte.
Me zafo de su agarre, le rodeo el cuello con los brazos y le beso el
borde de la oreja.
—Te estaré esperando. En cuanto vuelvas, te haré unos sándwiches de
patatas fritas y podremos ver la tele en mi sillón toda la noche.
—Eso suena asqueroso —Su sonrisa esperanzada es tan dulce y
delicada y dura como las primeras flores que surgen a través de la nieve en
primavera.
194
24
Después de que Roman se va, colapso de espaldas en el colchón, con
el cuerpo sudoroso pegado a las sábanas, y miro fijamente el techo
mugriento. El plan era quedarme ahí cinco minutos, pero cuando abro los
ojos, la luz es tenue y diferente, como si el cielo se estuviera haciendo de
noche.
—Joder —Lucho por incorporarme, me duele todo el cuerpo. Roman
debe de estar esperándome en el porche como un cachorro obediente,
preguntándose por qué ha sido abandonado.
Cuando reviso mi teléfono, veo un mensaje de voz de Roman. Ya sea
por la oscuridad de la noche o porque siempre me manda mensajes en lugar
de llamarme, no tengo un buen presentimiento. Lo reproduzco y escucho
confundido el sonido de una respiración. Al cabo de unos segundos, se oyen
de fondo gritos ahogados, cada vez más fuertes e histéricos. Algo se estrella
y la llamada se corta.
Llamo frenéticamente a Beck, pongo el teléfono en altavoz y empiezo
a ponerme la ropa lo más rápido que puedo.
—¿Qué pasa, hermano?
—Necesito que ambos vayan a casa de Terry, ahora mismo. Roman
fue a mudarse, y no he sabido nada de él, y alguien estaba gritando, y...
—Más despacio, ¿qué? —Lo escucho tratar de ponerse una chaqueta.
—Ve allí tan rápido como puedas y asegúrate de que Roman está bien.
Me pongo la sudadera de Roman, que aún no he devuelto, y la abrazo
con fuerza mientras meto los pies en los zapatos. Todo lo demás puede
quedarse.
Mi teléfono suena cuando estoy a medio camino de cruzar el campo.
—¿Qué está sucediendo? —Jadeo, exhalando nubes de vapor.
—Dal y yo llegamos a casa de Terry —Beck suena como si también 195
hubiera estado corriendo—. Es... —se interrumpe. Casi nada asusta a ese
chico.
—¿Es qué? — Empiezo a correr, aunque estoy en pésima forma.
—Cuando llegamos, estaba a punto de matar a su hermano —dice
Beck en voz baja—. Creo que el policía intentó impedir que se fuera. El
hombre está vivo, pero a duras penas, y Roman se ha vuelto salvaje; cuando
entramos, le rompió la nariz a Dallas y salió corriendo.
—Me estás jodiendo.
—Pregúntale a Dal; está sangrando por todas partes. Hicimos lo que
pudimos para seguir a Roman. Creo que se metió en una obra de drenaje bajo
la carretera.
—Joder —me ahogo, corriendo en dolorosas y jadeantes ráfagas hasta
que vuelvo a Paradise y agarro el auto. Sigo las indicaciones de Beck a un
kilómetro y medio más o menos, acelerando y mirando por el retrovisor para
ver si llegan luces de emergencia a casa de Terry. Está tan oscuro, salvo por
nuestro único faro medio muerto, que tengo miedo de atropellar a un coyote
o un ciervo.
Intentando calmarme y recuperar el aliento, agarro la parte delantera
de la sudadera de Roman y me la subo hasta la nariz, atrapando una pizca de
su olor. Cada parte de la sudadera me recuerda a él, desde los hilos
masticados hasta los desgarros alrededor de los puños. Tengo que llegar hasta
él. Dio el último paso, el más difícil, confiando en que yo estaría allí para
ayudarlo a atraparlo, y tengo miedo de llegar demasiado tarde.
Los chicos están de pie en la carretera, un lugar peligroso con
camiones descuidados que se acercan a setenta kilómetros por hora en la
oscuridad. Estaciono, dejando el faro encendido y salgo a toda prisa. Dallas
está sujetando una camiseta empapada en sangre contra su rostro.
—Se metió en la cuneta y desapareció —murmura Beck—. No ha
vuelto a salir.
—Mierda —suspiro. Dallas resopla, luego se estremece y gime. Se
baja la camiseta y escupe sangre al suelo—. ¿Vas a estar bien?
—Más vale que se cure bien —murmura, entrecerrando los ojos
mientras vuelve a colocar la camiseta en su lugar.
Beck guarda una pequeña linterna en la guantera, así que la saco y la
apunto hacia el borde de la cuneta. Efectivamente, hay una estrecha tubería
metálica bajo la carretera con medio centímetro de agua helada y viscosa en
el fondo. Pensar en mi cachorro atrapado ahí abajo me da ganas de llorar.
La cuneta es empinada, así que nos agarramos de la mano para 196
estabilizarnos mientras bajamos.
—¿Y si el policía mete a Roman a la cárcel? —pregunta Beck en voz
baja mientras avanzamos por la maleza hasta la alcantarilla.
—Primero tendrían que encontrar a Roman, y eso no va a pasar.
La boca es aún más pequeña de cerca de lo que parecía de lejos, y
tengo que agacharme para iluminarla. Está completamente negra y huele a
mierda rancia. Escucho su jadeo entrecortado antes de verlo. Cuando mi luz
le da en las piernas, retrocede entre crujidos y salpicaduras cuando su peso
rompe la fina capa de hielo de la zanja.
—Roman, espera.
No me queda más remedio que ponerme a cuatro patas, hacerme lo
más pequeño posible y arrastrarme hacia el interior. El metal frío me roza la
espalda mientras el lodo helado empapa las rodillas de mis jeans y el barro
resbala entre mis dedos. Cuando me detengo y levanto la luz, ésta atrapa las
largas piernas y los anchos hombros de Roman, reflejándose en sus grandes
ojos mientras retrocede contra la curva de la tubería. La sangre le salpica el
rostro y la ropa, pero no parece herido. Apago la linterna y parpadeo,
intentando acostumbrar mis ojos a la oscuridad.
—Oye. Soy yo.
Escucho un ruido de arañazos y luego un gruñido bajo y tenso de
advertencia.
—Roman.
Vuelve a gruñir, casi como un rugido, y me lanza agua. No quiero tener
la nariz torcida, igual que Dallas, así que intento ir despacio.
En lugar de avanzar, tanteo delante de mí con una mano, buscando a
ciegas. Los chicos probablemente pueden oír todo lo que digo, pero me
importa una mierda.
—Vine a buscarte, cachorro. Sé que estás asustado —Mi mano
encuentra su zapatilla empapada y rota. No se aparta, así que la aprieto
suavemente y me acerco hasta que puedo tocar su pierna y luego sus hombros
temblorosos—. Se acabó, hermoso. Fuiste muy valiente al enfrentarte a él tú
solo. Siento no haber estado allí.
Lloriqueando roncamente, se inclina hacia mí y me pasa las manos por
el cuerpo, intentando orientarse.
—Ahora estamos todos a salvo y vamos a permanecer juntos. Eres
nuestro, Roma. Y tú eres mío —Agarro una de sus muñecas en la oscuridad
y envuelvo sus dedos alrededor de los míos para que pueda sentir la forma
de mi mano: pulgar, primer dedo y meñique extendidos, la misma seña que 197
me hizo la otra noche. La busqué después de entrar, pero no respondió a mi
llamada y el alcohol me dejó inconsciente. He tenido tiempo desde entonces
para pensar cómo responder. Aun haciendo la seña, aprieto mi mano contra
su pecho—. ¿Me escuchas?
Apoya su puño contra mi pecho y hace una seña de sí. Mi primer y
más verdadero te amo, silencioso e invisible.
Puedo sentir el cuerpo tenso de Roman ablandándose
—Bien —tarareo, pasando mis dedos por su cabello a pesar de que
están cubiertos de tierra—. Te tengo, cachorro. ¿Quieres salir allá afuera
conmigo?
No puedo relajarme hasta que me arrastro hacia atrás y salgo al aire
fresco, persuadiéndolo para que me siga, y sólo puedo saber que sigue ahí
por su respiración. Dallas y Beck quieren abrazarlo desesperadamente, pero
mantienen una distancia respetuosa mientras ayudo a Roman, sucio y
empapado, a ponerse en pie.
—Vamos a casa a descansar.
Sacudiendo la cabeza, Roman aparta su mano de la mía y lucha por
encontrar su teléfono, casi dejándolo caer de sus dedos entumecidos.
Trav sabe quiénes son y dónde viven, teclea. Se lo dirá a la policía y
nos encontrarán.
Por una vez, Dallas está aquí cuando necesito su sensatez.
—La casa —se esfuerza por decir a través de su nariz hinchada—.
Vamos a buscar algo de ropa de cama y vámonos.
De repente, Roman hace un sonido de pánico, golpeando mi brazo y
moviéndose para escribir tan rápido como puede, Tenemos que ir por Tubbs
mierda por favor date prisa.
—Mierda ¿Beck? Tienes que ir a buscar al perro. Ahora, antes de que
el lugar se llene de gente.
Da un paso atrás, luego duda.
—Uh, si él no quiere venir, ¿qué se supone que debo hacer
exactamente?
Me quito la sudadera de la cabeza y se la tiro.
—Déjalo que huela a Roman —Si eso no funciona, estamos atrapados.
Cuando Beck desaparece, Dallas y yo ayudamos a Roman a subir y lo
metemos en el asiento del copiloto del Civic, inclinándolo hacia atrás para
que esté más cómodo. Conduzco yo para poder estar cerca de él y, cuando
llegamos a Paradise, se niega a soltarme el brazo. Le digo a Dallas dónde 198
encontrar todos los sacos de dormir y mantas de repuesto que hay en mi casa,
y luego me siento a ver cómo Roman pierde y recupera el conocimiento.
Justo cuando empiezo a entrar en pánico, Beck sale de la noche con
un mastín muy confundido detrás de él. Cuando bajo la ventana, señala el
pequeño auto.
—¿Dónde mierda van cuatro hombres y un perro de doscientos kilos
en esto?
—Tendrás que sentarte en el techo —Dallas baja los escalones con un
montón de sacos de dormir. Lleva la colcha de la abuela apretada bajo un
brazo, porque el universo robó toda mi empatía y le dio una dosis doble.
Beck, de hecho, no tiene que sentarse en el techo. Tubbs ocupa dos
tercios del asiento trasero, mientras que Dallas va en el regazo de Beck en el
espacio restante. Para cuando nuestro peligro rodante para la seguridad del
tráfico llega hasta la casa de alquiler, Roman está muerto para el mundo con
sus dedos envueltos en mi camiseta. Dallas está dormido sobre Beck, con su
nariz hinchada y sangre seca incrustada en el labio.
Tal vez siempre fue una locura para los chicos del parque de casas
rodantes pensar que podían abandonar ese mundo, atreverse y esperar cosas
que no merecen: paz, aire puro y familia. Todos nacimos con mala suerte,
pero sigo pensando que los dioses son impotentes si encuentras algo por lo
que valga la pena luchar.
Aunque estemos hechos un desastre, extrañamente se siente como una
victoria cuando metemos a escondidas nuestra ropa de cama en la vieja casa
y la colocamos en el rincón más cálido y limpio que encontramos. En lugar
de usar sacos de dormir separados, los abrimos y los colocamos encima y
debajo de nosotros como una cama gigante.
Un Roman adormilado se lava la cara y las manos en el lavamanos,
que sólo tiene agua helada, se pone algo de ropa limpia de Beck y se
desploma en medio de la cama, apretando la colcha contra su pecho. En
cuanto se acuesta, Tubbs se acerca y se deja caer a su lado, estirándose con
un gemido.
—Ese era mi lugar —me quejo.
Dallas deja de atarse el cabello.
—Diviértete pidiéndole que se mueva.
Roman sólo retumba en su pecho y rodea con los brazos el cuerpo de
la enorme criatura, enterrando la cara en su pelaje.
Dejo solo a Tubbs y me acomodo al otro lado de Roman,
acurrucándome contra él mientras él se acurruca contra el perro. Beck
completa la fila acurrucándose detrás de mí, con los brazos alrededor de mi 199
cintura y la cara apoyada entre mis omóplatos. En lugar de quedarse atrapado
al otro lado de un perro, Dallas se echa encima de todos y arrastra las mantas
sobre nosotros.
Soy el último de nosotros en quedarme dormido, cada parte de mí
tocando parte de alguien más, indistinguible. Creo que Roman duerme
profundamente por primera vez en años, y no tengo intención de despertarlo
antes de que esté listo. Escucho respirar a los tres, juntos y seguros como
habíamos estado en Navidad, como si por fin lo hubiera conseguido. Esta
vez, no creo que termine cuando llegue la mañana.
200
25
DOS SEMANAS DESPUÉS
—Eso es todo, ¿eh?
Cuando Roman, Dallas, Beck y yo juntamos todas las pertenencias que
realmente queremos llevarnos a una nueva vida y las amontonamos en el
jardín de mi casa, son sólo cuatro pequeños sacos de ropa y tres cajas de
cartón de mierda al azar. La esterilla de yoga de Dallas y mi cafetera son las
que más espacio ocupan. Sólo necesitamos dos minutos para meter la vida
entera de cuatro hombres en el maletero del Civic con espacio de sobra.
Como si necesitáramos pruebas de que nunca valimos gran cosa.
No sé por qué no se me ocurrió ocupar el lugar abandonado hasta que
pudiéramos pagar el alquiler antes. Básicamente es robar una casa entera, lo
cual es bastante genial. Roman odia cuando digo eso. Ya ha hecho un trato
para trabajar con el casero en la renovación de otras propiedades a cambio
de una drástica reducción del alquiler, así que volveré a ser un hombre
honrado en menos de una semana.
Ya le di la llave de mi casa rodante a Tony, el tipo que gestiona
Paradise Peaks. La casa de mi familia no ha tenido un contrato de alquiler en
condiciones desde hace al menos diez años, así que nada me impide irme sin
más. Se va a llevar una desagradable sorpresa cuando la encuentre llena de
la basura de mi familia, pero por mí puede demolerla entera.
Llevo toda la vida esperando este día, pero algo me llama a volver al
mugriento porche, donde he pasado cientos de horas fumando y contando
cada tabla podrida. El chirrido de la puerta de entrada está más grabado en
mi cerebro que el sonido de mi propio nombre, y cuando entro en el salón,
siento que estoy respirando el mismo aire polvoriento que aspiré durante la
primera bocanada de aire de mi vida.
Por capricho, saco mi teléfono y fotografío las cortinas rojas a cuadros, 201
el agujero en la plataforma bajo la cama, el rincón del salón donde los tres
de niños grabamos nuestras iniciales en la pared. Documento el espacio vacío
en el extremo de la casa rodante que nunca visito, donde compartimos
nuestro colchón en el suelo hasta que murieron nuestros padres. Cuando miro
por la ventana, veo a Roman sentado en la barandilla del porche, sonriendo
mientras habla con Dallas. Me mira de reojo y me hace una seña de Te amo.
Ahora que se han abierto las compuertas, no puedo evitar que lo haga cada
vez que me mira. Aún me cuesta decirlo en voz alta, pero me está entrenando
hasta que puedo responder sin estresarme.
Estudiando su fuerte perfil, recuerdo la foto que me metí en mi bolsillo
mientras hacía las maletas, la de Jackson y yo. Fue tomada poco después de
la muerte de papá, cuando Jax reclamó su moto Indian Scout—por la que fui
nombrado, porque mi padre estaba obsesionado—al menos yo no soy una
Harley.
Antes de que pueda cambiar de opinión, abro el antiguo contacto de
Jackson en mi teléfono y le envío un mensaje con todas las fotos. Oye. Me
estoy mudando de la casa rodante. Pensé que te gustaría esta explosión del
pasado. Antes de que termine de hacer la ronda para comprobar si me dejé
algún paquete de Oreos, suena mi teléfono.
¿Estás tratando de darme pesadillas? Hola, te extraño. ¿Quieres
hablar algún día?
Quiero enojarme porque Roman tenía razón. Era más gratificante
seguir quejándome de mi gigantesco problema totalmente irresoluble. Pero
bueno, supongo que puede tener esto. Seguro, le devuelvo el mensaje a mi
hermano.
En cuanto llego al porche, Roman tira sus brazos alrededor de mi
cuello con una sonrisa, su collar rozando mi oreja. Cuanto más descansa y
más luz del sol recibe, más se convierte en un cachorro revoltoso y mordedor.
Lejos de encontrarlo incómodo, los chicos piensan que es infinitamente
divertido llegar a casa y encontrarlo arrodillado en el suelo a mi lado mientras
vemos la televisión. Beck siempre intenta interrumpir nuestras escenas
rascándolo detrás de las orejas y dándole de comer, y Dallas llegó a un
acuerdo conmigo en el que utiliza a Roman como reposapiés cuando el
cachorro necesita un castigo extra.
Se siente como si nosotros cuatro y Tubbs lleváramos juntos años en
lugar de semanas. Como si el universo hubiera dividido nuestra pequeña
familia antes de que naciéramos y nos hubiera hecho pasar por un infierno
para encontrarnos. Del mismo modo que no podemos dejar de dormir en la
misma cama, aunque hayamos encontrado más colchones, no creo que
podamos volver a vivir el uno sin el otro. Y eso está perfectamente bien 202
conmigo.
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Según uno de los contactos de Beck, Travis se dio de alta después de
tres días en el hospital. Aparte de algunos viajes para recoger nuestras cosas,
me he quedado en la casa nueva todo el tiempo para que no haya posibilidad
de que nos encuentren. Se está haciendo viejo, pero Scout dice que tenemos
que esperar a que Travis pierda el interés y siga adelante.
Una semana después, suena mi teléfono con un número desconocido
mientras estoy viendo la tele con Beck y Tubbs en el sofá. Tengo algunas
palabras, pero lo pongo en altavoz para que Beck pueda ayudarme si me
atasco. Se sienta y se desplaza de modo que queda apoyado contra mí,
escuchando.
Me aclaro la garganta para calentar la voz.
—¿Hola?
—¿Dónde estás? —Reconozco la voz gruesa y grasienta y se me
revuelve el estómago. Beck se tensa, saca su teléfono y empieza a escribirle
a Scout.
—¿Cómo has conseguido mi número, Terry?
—Miré entre las cosas de tu hermano.
Supuse que Travis le había dado el número, pero sus palabras me
desconciertan.
—¿Qué?
—¿Sabes dónde está?
—¿Qué quieres decir con dónde está? ¿No vive contigo? —Beck
suelta un chasquido, luego recuerda que se suponía que debía estar callado—
. Lo siento.
—Llevo cuatro días sin verlo, y el departamento de policía ha estado
llamando sin parar porque tampoco ha ido a trabajar —Sólo de pensar en
Travis se me ponen las manos húmedas y desearía que Scout estuviera aquí.
—¿Cuándo lo viste por última vez? —Beck interviene, apretando mi
hombro.
—Estaba haciendo sus propias entregas de drogas, desde que Roman
se fue. Llevó algo de mierda a Sterling el lunes por la noche para este gran
negocio que ha estado preparando, y no lo he visto desde entonces.
—Oh mierda. Oh mierda oh mierda oh mierda —Beck salta y empieza 203
a caminar—. ¿Qué mierda estaba haciendo allí? Hay una guerra contra las
drogas. Es un jodido idiota. Hombre, está frito. Estoy bastante seguro de que
acaban de dispararle a un montón de personas en una emboscada.
Miro a Beck con la boca abierta, incapaz de comprender lo que intenta
decirme. Travis no puede morir. En mi cabeza no es sólo una persona, es
inmortal, como una idea o una pesadilla. Estaba preparado para pasar el resto
de mi vida preocupándome por encontrármelo en cada esquina.
Saltando el respaldo del sofá, Beck camina hacia la cocina haciendo
llamadas telefónicas. Aún no está totalmente fuera de la banda, lo que sé que
molesta a Scout, pero vivir más lejos reduce mucho sus obligaciones.
Cuando su voz se apaga, me doy cuenta de que estoy sentado en
silencio con Terry.
Tras una larga pausa, el hombre se aclara la garganta.
—¿Así que está muerto?
—Um... eso parece.
—Huh —dice en el mismo tono que usas cuando alguien te cuenta un
hecho extraño, pero no particularmente interesante—. Bueno, pues ven por
tus mierdas antes de que las tire todas.
—¿Está bien? —balbuceo. Realmente necesito hablar con Scout.
—Me debía cincuenta dólares —se aventura Terry.
—No tengo cincuenta dólares.
—Valía la pena intentarlo —Luego cuelga.
Le mando un mensaje a Scout, que salió a comprar comida. ¿Puedes
volver?
B ya me dijo, contesta. Ya voy.
Levanto la vista cuando Beck irrumpe de nuevo en la habitación y se
tira sobre el respaldo del sofá. Se me queda mirando, enroscado e inseguro,
como si quisiera empezar a animarme, pero no supiera en qué estado de
ánimo me encuentro. Lo cual es inusualmente considerado por su parte.
—Aún no he podido confirmarlo del todo, pero hablé con algunos
chicos y sí, nadie ha vuelto a ver a tu hermano.
Aprieto las rodillas contra mi pecho y las rodeo con los brazos al
darme cuenta.
—Él me habría enviado. Si no lo hubiera hecho... si todo lo de Scout
no hubiera ocurrido en ese momento, estaría muerto —Mi voz empieza a
temblar. Es demasiado para procesar.
Dallas no es la única persona a la que Beck abraza con todas sus 204
extremidades. Lo hace con cualquiera que crea que necesita protección en
un momento dado. Ahora mismo, ese soy yo. Scout es todo ángulos
apretados para abrazar, Beck es duro y musculoso, y Dallas es cálido y con
buen olor. Beck se aferra a mí hasta que Scout aparece en la puerta, luego
deja la compra mientras mi señor me pone de rodillas en el suelo frente a él
y me abraza con fuerza, acariciando mi cabello y murmurándome cosas al
oído hasta que dejo de temblar.
205
26
Terry nunca cierra con llave, pero por alguna razón llamo y espero en
el porche hasta que abre la puerta. Nos miramos en silencio durante un largo
rato, como si nunca nos hubiéramos visto antes. Espero que diga algo sobre
Travis. Al fin y al cabo, eran amigos. Se limita a eructar y vuelve arrastrando
los pies al sofá, rascándose la barriga.
Dallas me da una caja de plátanos de su tienda, muy parecida en las
que empaqueté toda mi vida cuando nos mudamos aquí. La llevo a la
habitación de Travis y la dejo sobre la cama deshecha que huele a su crema
para el cabello y a caramelos de menta, una combinación que me dará miedo
hasta el día de mi muerte.
Todos los registros y el papeleo salen primero de debajo de la cama.
Dallas se ofrece a ayudarme a leerlo todo, en busca de cualquier información
sobre la abuela o la granja. Agarro su vieja computadora y una pila de correo
sin abrir, para intentar entrar en sus cuentas bancarias. Estoy bastante seguro
de que ha usado muéstrametustetas123 para todas sus contraseñas desde que
me mudé con él, así que no debería ser difícil. Sólo porque sí, empacó
también su afeitadora eléctrica, porque no paraba de hablar de lo perfecta
que era.
La caja no está ni medio llena, pero tengo todo lo que quiero de él. La
arrastro hasta el garaje y recojo todo lo que encuentro que pertenezca a
Tubbs: cuencos para la comida y el agua, una correa de repuesto, un triste
juguete de goma y su sucia manta. El collar estrangulador de púas merece ir
alrededor del cuello de Terry, pero lo tiro a la basura. Después de tirar el resto
de mi ropa en la parte de arriba mientras Terry me ignora en favor de El
precio justo, vuelvo a la habitación de mi hermano y cierro la puerta.
No me enojo. Esta vez, soy silencioso y metódico. Destrozo su ropa,
una pieza cada vez, arranco las portadas de sus revistas porno y hago añicos
las cajas de los DVD. Cuando termino, me subo al extremo del colchón y
meo en su almohada. Eso también es una pequeña sorpresa para Terry.
Al salir, acomodo la caja en mi cadera y agarro las llaves del camión 206
del bolsillo de la chaqueta de Travis. Me detengo en la entrada y echo un
último vistazo al miserable lugar. Ya está absorbiendo los recuerdos de Trav,
hasta que nadie pueda decir que alguna vez estuvo aquí. Cuando me doy la
vuelta, Terry me observa inexpresivo. Trago saliva y me aclaro la garganta.
—Vete a la mierda —Y me voy.
Scout se endereza desde donde está apoyado en el camión y me mira
a la cara. De repente, la caja pesa mucho más que las pocas cosas que hay
dentro, así que la dejo caer en sus brazos. Las gafas de sol le resbalan por la
nariz, así que se las vuelvo a subir.
Deja la caja en el camión y se limpia el polvo de las manos.
—Felicidades, cachorro. Tienes un auto nuevo.
Mis ojos recorren la pintura roja descolorida, la ventana trasera rota.
Todos los fantasmas que hay dentro. Sacudo la cabeza y doy un involuntario
paso atrás. Tal vez sería útil para los cuatro. Quizá a Tubbs le encantaría ir
atrás. Pero no puedo. Una parte de mí preferiría caminar todo el camino de
vuelta a la casa antes que subirme, por mucho que tardara.
—Lo odio —susurro.
Él no dice nada durante un minuto. Luego apoya su mano entre mis
omóplatos y se inclina para hundir la nariz bajo mi mandíbula.
—Acabas de alegrarle el día a Beck. Probablemente todo el mes.
Lo miro con el ceño fruncido.
—¿Eh?
Me da un beso en el cuello, donde estaría mi collar, y luego rodea el
camión.
—Ya verás. Yo voy a conducir, y tu trabajo es tomarme de la mano y
decirme cómo quieres decorar nuestra habitación.
—¿Decorar? —Intentando no pensar en los asientos de cuero rasgados
y en el olor a Travis, miro por la ventana mientras salimos a la calle—.
¿Desde cuándo alguno de nosotros ha decorado algo en su vida? ¿No es el
moho un adorno?
Se ríe, conduciendo con una mano y una rodilla mientras su otra mano
descansa en mi regazo, dejándome agarrar sus dedos tan fuerte como
quiero—. Estamos ascendiendo en el mundo, Rome. Beck encargó una
bandera del orgullo para la pared del salón y todo.
—Nosotros no... —Echo la cabeza hacia atrás y suspiro exasperado—
. No tenemos ni un solo mueble. Ni agua caliente. Prioridades. Les juro que
necesitan una niñera —Dallas es el otro responsable, pero entre Scout y Beck 207
conocen todos nuestros puntos débiles y cómo convencernos para que les
demos lo que quieran.
—Supongo que al final tendremos una cama —divaga Scout,
imperturbable—, y Tubbs puede tener su cama en el rincón. Pondremos los
puntos de anclaje en la pared, y podré colgar nuestras esposas y cuerdas. Tú
tendrás tu colcha. ¿Qué más quieres, como una planta de interior? Entonces
te sentirías como si estuvieras fuera. Aunque tienes que regarla, porque a mí
me importa una mierda.
Aunque es peligroso, me desabrocho el cinturón de seguridad y me
acerco hasta que puedo apoyarme con mi rostro enterrado en su hombro, de
modo que todo mi mundo es su cuerpo, su voz y la sudadera que robó y que
empieza a oler a él en vez de a mí. Sigue hablando, sin tomar aire los treinta
minutos de vuelta, porque si hay algo que le encanta hacer es jodidamente
escucharse hablar a sí mismo. Caigo en una penumbra entre despierto y
dormido, donde escucho las palabras sin entenderlas realmente, donde se
convierten en un camino suavemente sinuoso que me lleva a casa.
El ruido de la grava me despierta, me incorporo y me limpio la baba
de la boca mientras contemplo el monstruo de nuestra casa en ruinas. Beck
está fumando en una silla de plástico en medio del patio, mientras Dallas
mueve la tierra helada con una pala porque encontró toda una página web
sobre cómo plantar verduras de invierno. Cuando nos saluda con la mano, en
plan bienvenidos a casa, creo que habría comenzado a llorar si aún tuviera
lágrimas.
Scout se levanta de un salto y corre hacia Beck, hablándole al oído,
mientras yo saco mi caja del camión y la dejo caer junto al escalón trasero.
—¡Joder, sí! —Beck grita, se levanta de la silla y entra corriendo.
—¿Qué pasa? —Dallas se levanta y se limpia la suciedad del culo—.
Cualquier cosa que lo haga tan feliz no puede ser buena —Tubbs trota hacia
nosotros, agitándose vigorosamente cuando me huele. Ahora le gustamos
todos, pero cuando yo estoy cerca es como si los demás no existieran.
Un silbido llama mi atención. Scout me hace un gesto para que me
acerque a él, con ese sutil cambio de novio a Señor que inunda mi cuerpo de
calma. Me encojo de hombros ante Dallas y me acerco trotando, resistiendo
el impulso de caer de rodillas sobre la hierba. A los chicos no les importaría,
pero aún me estoy haciendo a la idea. Echando la cabeza hacia atrás, Scout
agarra mi rostro entre sus manos y deja que las yemas de sus dedos me
acaricien el cabello corto de la nuca. Por tercera vez desde que lo conozco,
me pregunta:
—¿Confías en mí? —Y por tercera vez, lo pienso en el fondo de mi 208
pecho antes de responder con la mayor sinceridad posible.
—Siempre.
La emoción parpade en sus fríos ojos, fácil de pasar por alto pero
evidente para mí.
—Gracias, cachorro —La comisura de sus labios se tuerce—. Vamos
a celebrar un funeral.
No tengo ni idea de qué está hablando.
—Espera, ¿cómo... qué? ¿Para quién?
Antes de que pueda negarse a responder, Beck abre la puerta de golpe
y se lanza por los escalones de atrás. Scout le lanza las llaves de Travis, que
agarra sin aminorar la marcha. Mientras arranca el camión, Scout me toma
de la mano y me lleva hacia la ladera de grava que hay a unos cien metros
detrás de nuestra casa. Desciende abruptamente hacia una enorme extensión
vacía de tierra y nieve que se extiende kilómetros hasta la siguiente carretera.
El viento se levanta, jugando con mi cabello, y no hay nada a la vista
salvo la silueta de las montañas al oeste. La próxima primavera iré a ver qué
hay ahí arriba; quizá convenza a los chicos para que suban a una conmigo y
me expliquen las vistas desde la cima.
Se me revuelve el estómago cuando veo a Beck estacionar al borde de
la ladera. Cuando sale y me ofrece las llaves, una parte de mí sabe para qué
son incluso antes de que mi mente se dé cuenta. La mano de Scout acaricia
mi espalda, frotándome por debajo de la chaqueta.
—Quiero que lo veas enterrado —me dice cerca del oído—. Aunque
nunca encuentren su cuerpo —Cuando me siente temblar y escucha mi
respiración entrecortada, desliza sus dedos entre los míos y aprieta—. Sé que
puedes hacerlo, hermoso. No tengas miedo.
Hago lo que puedo, pero es imposible. Mi mano tiembla lo suficiente
como para que Beck pueda verla mientras tomo las llaves, pero él no dice
nada. Se limita a apretarme la nuca mientras se aparta. Consigo dar un paso
entero antes de tener que volver a mirar a Scout para que me tranquilice. Sus
ojos se clavan en los míos y me transmiten calma.
—Estamos aquí —Abro la boca para rogarle que venga conmigo, pero
ya sé la respuesta. Tengo que hacerlo solo. Agarro las llaves con fuerza
suficiente para cortarme la palma de la mano, cruzo la grava hasta el camión
y apoyo una rodilla en el parachoques delantero para asegurarme de no
caerme cuesta abajo.
La llave más grande y afilada que encuentro hace un horrible ruido al
clavar sus dientes en la descolorida pintura roja del capó. Nadie se inmuta
ante el chirrido del metal contra el metal mientras tallo cuidadosamente cada 209
letra, tan alta como puedo hacerla sin quedarme sin espacio.
Me esfuerzo por respirar sin sentir pánico en el pecho, retrocedo y leo
la palabra torcida y fea que quedó marcada en la pintura para siempre. C-O-
Ñ-O. Me van a hacer mucho daño por esto. Excepto que ya no es así.
Al oír unos pasos, levanto la vista y veo a Beck sosteniendo una botella
de líquido para encendedores, sus ojos ansiosos y un poco desquiciados.
—Scout dice que tengo que preguntarte si quieres hacer esta parte
antes de empezar.
Sacudiendo la cabeza, doy un paso atrás.
—Adelante —Mi voz no es mucho más que un graznido, pero sigue
ahí. Abre la puerta y esparce líquido para encendedores por los asientos y el
salpicadero con la elegancia de alguien que lleva toda la vida planeando
cómo hacerlo.
—Ten cuidado —interrumpe Dallas en cuanto el rubio saca una caja
de fósforos—. Este no es tu funeral.
Scout me rodea la cintura con un brazo, e instintivamente paso el mío
por sus hombros y apoyo la mejilla sobre su cabeza.
—¿Quieres decir algo, cachorro?
Sacudo la cabeza y susurro:
—¿Puedes hacerlo?
—Con mucho gusto —Levanta un dedo para detener a Beck, que ya
tiene un fósforo en la mano—. Aquí yace una patética zorrita. No voy a decir
su nombre. Nadie volverá a decir su nombre, porque a nadie le importa una
mierda. Fin.
Beck aúlla como un animal, enciende un fósforo y lo arroja al asiento
del conductor. Al instante, un torrente de llamas sube por la tapicería. Me
chasquea los dedos:
—Por aquí, deprisa.
Scout me suelta para que pueda correr y apoyar el hombro en la parte
trasera del camión. Debe de haberlo dejado en punto muerto, porque el
vehículo se desliza fácilmente por el borde, toma velocidad y se estrella en
la tierra de nadie que hay más allá.
Incluso desde esta distancia, puedo ver el fuego extendiéndose,
saliendo por las ventanas, derritiendo la nieve y haciendo brillar el aire.
Parece una pira funeraria. Pero no sé si es por Travis, no realmente. Porque
puedo ver a los fantasmas ardiendo. El niño que vio desaparecer su mundo
por el retrovisor. El adolescente que dejó su sangre en los bordes de la 210
ventana rota. El hombre que hizo todo lo que le dijeron porque había perdido
la voluntad de luchar.
Durante un aterrorizado segundo, quiero recuperarlo todo, salvarlos
porque no sé cómo vivir sin ellos. Entonces la parte delantera del camión
explota con un boom que nos hace agacharnos a todos instintivamente,
seguido de una torre de humo. Beck grita y se va derrapando ladera abajo
para ver más de cerca su obra.
—Alguien va a ver eso —comenta Dallas desde donde sujeta a Tubbs.
—Si por algún milagro ocurre, ¿qué van a hacer al respecto? —Scout
le hace un gesto con la mano y se voltea hacia mí. Sus ojos se agrandan—.
Aww, oye, cachorro.
No sé a qué se refiere hasta que se estira y me limpia algo salado y
húmedo de debajo de los ojos. Me rodea el cuello con los brazos y salta para
rodearme las caderas con las piernas, mientras yo me agarro a sus muslos.
Soy demasiado alto para estar de pie con mi rostro apoyado en el pliegue de
su cuello, así que esta es la única forma que hemos encontrado para que
funcione. Cuando lo abrazo, mi cabeza se apoya perfectamente en su
hombro, mientras su rostro se acomoda bajo mi mandíbula. Quiero mi collar,
que sé que me dará más tarde, pero esto le sigue de cerca.
—Están muy orgullosos de ti —murmura—. ¿Adivina qué? Lo
logramos; estamos aquí. Es una pocilga sin muebles, con los dos compañeros
de piso más molestos de la tierra, un novio Dom posesivo y de alto
mantenimiento, y un perro que huele como un lote de vacas en julio.
Totalmente lo mismo que una granja perfecta de la abuela y el abuelo con
una valla blanca.
Él cree que está bromeando, pero realmente son lo mismo, en todos
los sentidos que importan. Siempre deseé poder llevarme a Scout a casa
conmigo, a Dallas y a Beck también, a un lugar donde estuviéramos seguros
y nos amaran, donde nos vieran, nos escucharan y nos comprendieran. Nadie
puede volver atrás, no cuando el pasado es goma quemada y cristal derretido.
Pero no tenemos por qué hacerlo. Siempre hemos estado aquí.
211
PRETTY DOGS
Es difícil imaginar tener
citas cuando comparto la
cama en secreto con mi
mejor amigo todas las
noches.
Cuando apenas podemos pasar una hora
separados.
Finalmente escapamos del parque de
casas rodantes, pero quizá no estábamos
preparados para la libertad. Mi mejor
amigo Beck no sabe cómo dejar la banda
que siempre ha conocido, aunque le
cueste la vida. Y yo no sé cómo
encontrar mi propósito y mi confianza como hombre trans.
Estamos demasiado perdidos en nuestros miedos para ver lo que tenemos
delante. Pero cuando casi lo pierdo, sólo hacen falta seis palabras para que
caigamos: He oído hablar de un juego.
La luz del día es otra cosa, llena de los fantasmas de todo lo que hemos
perdido. Hasta que tropezamos con alguien que nos necesita, que nos obliga
a recoger los pedazos rotos de nuestro pasado y unirlos en algo fuerte.
Un romance de mejores amigos a amantes, con un personaje
principal trans, opuestos se atraen, posesividad y juegos
primarios.
212
SOBRE EL AUTOR
Me llamo Riley y vivo en el lluvioso PNW. Soy un autor de bestsellers
internacionales que escribe romance contemporáneo M/M emocional sobre
chicos rotos que encuentran su hogar el uno en el otro y se enfrentan juntos
a la oscuridad. Aunque me encanta explorar diferentes temas, todos mis
libros tienen algunas cosas en común: dolor/comodidad, representación de
la salud mental y personajes memorables.
213
GRACIAS POR LEER LA HISTORIA DE ROMAN Y SCOUT
Llegaste al final de tu historia, agradecemos la ardua labor que realizan los
traductores, maquetadores, correctores y diseñadores que hicieron posible
la realización de este libro, todos nuestros proyectos son realizados por
lectores apasionados y difundidos de forma gratuita.
Por favor, si tienes la oportunidad te invitamos a que apoyes a los autores
comprando sus libros, publicando reseñas o puntuando sus libros en
Amazon y Goodreads (No digas que leíste el libro en español, ya que no es
una traducción oficial). NO COMENTES EN LAS REDES DE LOS
AUTORES SOBRE NUESTRAS TRADUCCIONES. Así mismo te
recordamos no subir el libro a redes sociales, cuidemos el trabajo de los
blogs y foros.
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BURNING LOVE: Aquí COMIENZA LA MAGIA