ROUSSEAU
EL PROBLEMA DEL SER HUMANO/ ÉTICA
En una de sus primeras obras, el Discurso sobre las ciencias y las artes,Rousseau examina la utilidad que
todo el progreso científico y técnico ha proporcionado a los seres humanos. Mientras que crecía nuestro
conocimiento científico y nuestra capacidad de adaptar la naturaleza a nuestras necesidades habían crecido
también la injusticia y la infelicidad. Los humanos vivimos obsesionados con nuestras propiedades privadas
y no dejamos de competir con los demás intentando siempre tener más que ellos. Podría defenderse que esta
situación es inevitable al basarse en la naturaleza humana. Podría decirse, por ejemplo, que el deseo de ser
más que los demás, de aprovecharse de los otros en beneficio propio, es una característica necesaria de
nuestra naturaleza y, por ello, las desgracias que sufrimos no se pueden solucionar. Rousseau, en cambio,
sostiene todo lo contrario y defiende la bondad naturaldel ser humano.
No obstante, la afirmación de la bondad natural de los seres humanos tiene una utilidad crítica: que el
hombre sea bueno por naturaleza significa que cuando vemos que, de hecho, el hombre es malo, infeliz e
injusto, ello no es algo que haya que dar por natural e inevitable, sino que tenemos que buscar las raíces de
este mal en otro sitio que no sea su naturaleza. Esto nos obliga entonces a contemplar a los seres humanos
desde dos puntos de vista distintos, pensando por un lado en cómo son por naturaleza y, por otro, en qué
hace la sociedad con ellos al educarlos e integrarlos en su seno.
De este modo, Rousseau caracteriza de maneras distintas al hombre naturaly al hombre social:
a) El hombre natural es bueno y feliz, independiente y libre. Posee dos pasiones naturales: un sencillo amor
de sí (una pasión que le lleva a intentar conservar su propia vida y bienestar) y la piedad (pasión que le hace
ser capaz de sentir los sufrimientos ajenos). De este modo, el hombre natural cuando está saciado no tiene
ningún problema en compartir con los demás y en vivir en armonía con ellos.
b) El hombre social,en un entorno como el nuestro, es en cambio malo e infeliz. El lugar del amor de sí y la
piedad ha sido ocupado en él por una pasión no natural, el amor propio. Éste le inclina al egoísmo, a la
competencia y la lucha con sus semejantes, le hace insaciable y contrario al bien común.
Para Rousseau, lo que tiene de malo esta sociedad es que ha llenado al hombre de necesidades superfluas y
deseos que le obligan a hacer la guerra a la naturaleza y a sus semejantes. El hombre social no tiene ni un
momento de descanso porque los deseos infinitos de su amor propio le impulsan siempre a querer más y
más. Esto no debe suceder y no sucedería con el hombre natural,el cual, en cuanto tiene su supervivencia
resuelta, está en paz.
Rousseau consideraba que una de las razones por las que el hombre social es como es hay que buscarla en
cómo los hombres han sido educados. Las instituciones sociales, comenzando por el modo en que los
padres tratan a sus hijos y siguiendo por las escuelas, contribuyen a este estado en el que los hombres no
pueden desarrollarse en paz y en libertad. De ahí que Rousseau pensase que era necesaria una reforma
educativa. En su obra Emilio,Rousseau propone una educación en libertad, en la cual el pupilo desarrolle
sus potencias naturales y sea protegido de la contaminación de los males sociales, para así desarrollarse en
plenitud y por sí mismo, aprovechándose de la bondad natural presente en todo corazón humano. Los
principios generales del método educativo que Rousseau propone son los siguientes:
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a) Los niños deben ser educados en libertad para que de adultos lleguen a ser hombres plenamente libres.
Los niños no deben hacer nada por obediencia, sino que debe dejárseles la máxima libertad compatible con
su supervivencia. Habrá de ser la naturaleza la que fundamentalmente eduque a los niños e impedir que los
alumnos consideren que deben seguir ciertas reglas porque otras voluntades les obliguen a ello. Para
conseguirlo es necesario apartar a los niños de las influencias negativas que sobre ellos ejercen los padres, la
sociedad y la religión. Por ello ha de desarrollarse una pedagogía negativa, es decir, se habrá de intervenir lo
menos posible en el propio desarrollo natural de los niños.
b) Los conocimientos que los niños deben adquirir han de ser aquellos que contribuyan a su bienestar, que
sean útiles y estén en relación con sus capacidades intelectuales.
De este modo se conseguiría que los humanos no deseemos constantemente competir contra los demás y
situarnos siempre en una posición de superioridad frente a nuestros semejantes. La voz del amor propio
quedará acallada y será sustituida por una razonable reflexión libre sobre qué es lo más conveniente para
cada uno y para el bien común.
EL PROBLEMA DE LA POLÍTICA
Tal como hemos visto, la sociedad, la cultura y el progreso no han hecho al hombre más feliz y más bueno,
sino que lo han corrompido, lo han hecho más injusto e infeliz. Para Rousseau el origen del mal en la
sociedad es la desigualdad. Esta, a su vez, es fruto de la propiedad privada que al surgir produjo que los
hombres acabaran siendo socialmente desiguales pues unos empezaron a atesorar recursos, bienes y
privilegios, frente a otros que quedaron reducidos a una situación de dependencia económica. La nueva
situación de desigualdad entre los hombres dio lugar a un estado permanente de desconfianza y
enfrentamiento social donde lo que prima es el egoísmo y no la cooperación, pues el deseo de cada hombre
es poseer más que los demás.
Una solución posible sería el estado de naturaleza, es decir, una manera de vivir basada en permanecer
aislados unos de otros solos o en pequeñas comunidades en las que no hubiese ninguna autoridad que se
impusiese sobre la libertad natural de cada uno. Pero tiene el inconveniente de que es una forma de vivir
muy poco eficiente. Por ello será necesario pasar a formar parte del Estado civil. Ahora bien, dado que la
libertad natural es uno de los dones más preciosos de los que disponemos los humanos, Rousseau señalará
que un Estado legítimo será aquel en el que mantengamos toda la libertad que sea posible conservar. En El
contrato social Rousseau va a investigar cuáles son las bases de un orden social justo y legítimo y cuáles son
las condiciones sociales, culturales y religiosas para que esto sea posible. De este modo, no va a describir
cómo funcionan de hecho las sociedades sino cómo deberían funcionar, señalando cómo se puede justificar
moral y racionalmente que haya un poder por encima de los individuos que los obligue a comportarse de
determinada manera.
Nace así un todo distinto y superior a la mera suma de las partes, a la mera suma de los individuos con sus
voluntades particulares. Esta nueva colectividad se llama república, y se puede nombrar desde dos
perspectivas, como una moneda con dos caras: si se considera como activa, se la llama soberano (el que
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manda), si se considera como pasiva (en cuanto que obedece) se la llama Estado. Los asociados se llaman
pueblo y como particulares adquieren el nombre de ciudadanos, en tanto que son miembros activos (que
deciden las leyes), o súbditos en tanto miembros pasivos (que obedecen las leyes). Así pues, los miembros
de la república son a la vez legisladores y súbditos, obedecen las leyes que ellos mismos se dan. El soberano
es pues quien da las leyes, y todos las obedecen por ser éstas leyes que ha querido la voluntad general.
Rousseau distingue dentro del Estado la fuerza o poder ejecutivo y la voluntad o poder legislativo. El poder
legislativo pertenece al pueblo soberano. El legislador sería la persona que elaboraría la ley y la redactaría,
pero sólo se haría ley cuando el pueblo la apruebe tras un sufragio libre. El legislador nunca será el que
ejerza el poder ejecutivo para evitar la corrupción. Tampoco le corresponde al pueblo el poder ejecutivo sino
que es necesario un agente que ejerza la fuerza pública de acuerdo con los mandatos de la voluntad general
El nuevo pacto social consiste en que todos los individuos acepten renunciar a sus intereses personales y
sigan los dictados de la voluntad general. Señala que cada individuo que forme parte de esta república
tendrá su voluntad particular que expresa sus deseos e intereses singulares. Si sumamos todas las voluntades
particulares de una sociedad, y calculamos cuál es la mayoritaria, obtendremos la voluntad de todos,que es
la mera suma de voluntades particulares. Pero la voluntad general no es esta suma de voluntades particulares
pues puede ocurrir que aunque un interés sea el mayoritario no coincida con el interés general. En este caso
lo que estaría ocurriendo es que la voluntad particular de un grupo se estaría imponiendo sobre la voluntad
particular de otro grupo y la mayoría se estaría comportando de modo tiránico con la minoría.
En cambio la voluntad general, según Rousseau tiene que ser la expresión del bien común del pueblo. Para
determinar cuál es este bien común no basta con que los ciudadanos se junten y discutan qué es lo que más
le conviene a cada uno. Si hacen esto, los ciudadanos estarán negociando. Lo que tendrán que hacer será
llevar a cabo una deliberación pública,intentando entre todos determinar qué es lo que más conviene a la
comunidad en su conjunto.
Sin embargo, la voluntad general tiene un límite: hay leyes que romperían el contrato social y, por tanto, no
se pueden decidir. Por ejemplo, si las decisiones políticas son delegadas en alguien distinto del pueblo o sus
representantes en la asamblea o parlamento, el soberano desaparece, y con él la república y la libertad.
Pero un ciudadano, como individuo particular, puede en un momento dado no estar de acuerdo con una ley.
Ahora bien, hay dos maneras de no querer una ley: Se puede no querer una ley por considerar que, a juicio
de uno mismo, esa ley no encaja con la voluntad general. En ese caso,acudiendo a la asamblea para que se
delibere públicamente y se modifique o no esa ley. Pero también se puede no querer una ley de otra manera:
sencillamente porque la voluntad particular del individuo supera a la general. Por eso Rousseau señala que
una vez que un ciudadano forma parte de una república no conserva toda la libertad natural que tenía antes
del contrato social. Sólo conserva una parte, lo que él denomina libertad civil,incluyendo ésta la capacidad
de pensar por uno mismo qué es lo más conveniente para la voluntad general. Pero la que tenía en estado de
naturaleza, la capacidad de hacer todo aquello que le permitan sus fuerzas, mientras las fuerzas de otro no
puedan con él, esa la ha perdido.
EL PROBLEMA DE DIOS
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No obstante, a pesar de que la República haya de contar con el caso de que los ciudadanos no respeten las
leyes, Rousseau considera que el contrato social es imposible sin un estado generalizado de respeto a la ley,
sin algún tipo de creencia en la colectividad, una fe puramente civil que una a los ciudadanos a través de
vínculos libres y fuertes. Propone por eso que es necesario que haya una religión civil, una especie de
creencia colectiva que contenga sólo unos pocos artículos, tales como creer en “la felicidad de los justos, el
castigo de los malos, la santidad del contrato social y de las leyes”. Este conjunto de creencias vendrá en
ayuda del pacto social para que incluso aquellos que prefieren vivir al margen de la voluntad general se vean
forzados a obedecerla. En este sentido afirma Rousseau que “hay una fe puramente civil cuyos artículos
corresponde al soberano fijar, no precisamente como dogmas de religión, sino como sentimientos de
sociabilidad, sin los cuales es imposible ser buen ciudadano ni súbdito fiel. Sin poder obligar a nadie a
creerlo, puede desterrar del Estado a todo el que no los crea; y puede desterrarle, no como impío, sino como
insociable, como incapaz de amar sinceramente las leyes, la justicia”.
Esta religión tendrá, aparte de esos dogmas positivos (creer que los malvados serán castigados, creer que los
justos serán felices...) un único dogma negativo: la prohibición de la intolerancia. Rousseau considera que,
precisamente, el lugar principal de la intolerancia es la religión, donde los creyentes creen que sólo en su
iglesia está la salvación, mientras que el resto de sus conciudadanos están condenados. Rousseau afirma que
la república puede tolerar cualquier forma de religión mientras sea compatible con el contrato social, con la
fe puramente civil, y mientras no “se atreva a decir: fuera de la Iglesia no hay salvación” . Considera
Rousseau que ése es uno de los mayores peligros, y que, de no neutralizarse eficazmente la fuerza de la
religión no civil e intolerante, la república está perdida.
Aparte de esta fe puramente civil, Rousseau expresa en el Emilio su creencia en en una religión natural.
Consideraba que cuando uno examinaba el interior de su conciencia se daba cuenta de la necesidad de la
existencia de Dios como única explicación posible del origen y el orden natural del Universo. Para
Rousseau, nos damos cuenta de la existencia de Dios porque lo sentimos en el interior de nuestro corazón y,
por ello, no debemos dejar que se interpongan las Iglesias entre Dios y cada uno, pues estas lo único que
hacen es llenar de doctrinas y ortodoxias la relación natural que cada uno debería tener con la divinidad.
KANT
EL PROBLEMA DE LA MORAL: ÉTICA
Kant trata el tema de la moral respondiendo a las preguntas qué debo hacer en su obra Crítica de la Razón
Práctica. Comenzará haciendo una distinción entre dos tipos de ética: las éticas materiales y la ética formal.
Kant criticará a las éticas materiales ya que son empíricas, surgen de la experiencia, por tanto, a posterioi;
sus preceptos (imperativos) son hipotéticos, dependen del fin establecido; y mantienen una moral
heterónoma, donde la norma no surge de la propia razón sino que es determinada por algo exterior al sujeto.
Frente a ellas, Kant defenderá la ética formal: está vacía de contenido empírico (no procede de la
experiencia); su imperativo será categórico (obliga a su cumplimiento sin esperar nada a cambio); y debe ser
universal y autónoma, determinada por la propia razón a priori del sujeto.
Las éticas que piensan que el valor moral de una acción está en los resultados de la misma se conocen como
éticas teleológicas. Por el contrario, las éticas que como la kantiana afirman que la acciones han de
valorarse moralmente exclusivamente a partir de sus intenciones, se conocen como éticas deontológicas y la
de Kant es de este último tipo. Según Kant, la ética debe fundamentarse en la idea de deber que está en la
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conciencia o razón de los hombres de forma a priori y universal. La realización del deber por el puro deber,
por respeto a la propia razón, supone la buena voluntad. No son acciones morales por tanto las conformes al
deber, pero que no se realizan por deber, ni por supuesto las contrarias al deber. Así, el bien moral, la virtud,
es cumplir el deber por respeto al mismo.
Los imperativos pueden ser hipotéticos cuando las acciones ordenadas se conciben como buenas para
conseguir un cierto fin. Pero, según Kant, el imperativo moral no puede ser hipotético, sino categórico. Es
decir, debe ser un imperativo que ordena las acciones no como medios de ningún fin, sino por ser buenas en
sí mismas. No hay más que un imperativo así y su fórmula es: Obra sólo según la máxima que te permita al
mismo tiempo querer que esa máxima se convierta en ley universal.
La exigencia de obrar moralmente, por deber, se expresa en el imperativo categórico, que establece la forma
de la máxima que guía la acción moral (la forma o modo en que debemos comportarnos pero no qué
debemos hacer en concreto), siendo universal y determinado por la razón a priori. De esta forma, para
cumplir el deber debemos aplicar el imperativo categórico. Este imperativo tiene varias formulaciones pero
destacan dos: obrar siempre de tal manera que nuestra acción pueda ser considerada como ley universal
obligatoria y obrar siempre tratando a todo ser racional como un fin en sí mismo y no sólo como un medio.
Cumpliendo el imperativo categórico, según Kant, se conseguiría construir el Reino de los Fines, una
sociedad ideal donde cada persona sería siempre tratada como un fin y no como un medio.
Los tres objetos de la metafísica: la libertad, la inmortalidad del alma y Dios son considerados los postulados
de la razón práctica. Kant los denomina postulados porque no siendo demostrables, deben ser supuestos
como condiciones necesarias de la moralidad. El primero, y único demostrado en la práctica, es el de la
libertad pues la existencia en nuestra razón de la exigencia de obrar por deber supone la libertad como algo
previo para poder ser capaces de vencer nuestras inclinaciones e intereses. Además, la razón nos ordena
aspirar a la concordancia perfecta entre nuestra voluntad y la ley moral, y esta perfección es inalcanzable en
una existencia limitada, y exige, por tanto, la inmortalidad como una condición necesaria. Por último, la
disconformidad existente entre el ser y el deber ser exige la existencia de Dios como una realidad en la que
el ser y el deber ser se identifican.
PROBLEMA DE LA SOCIEDAD (POLÍTICA)
La filosofía política kantiana entronca con las nociones propias de la filosofía política moderna: el estado de
naturaleza y las teorías del contrato social. Hay una naturaleza, anterior a la organización política de los
seres humanos, que es la fuente de derechos universales contra los que no se puede legislar, y que actúan por
sí mismos como principios de organización de la vida política. Además de los derechos naturales, el
legislador, en función de las necesidades históricas, podrá desarrollar leyes (el derecho positivo) que
correspondan al desarrollo de la sociedad civil.
En el estado de naturaleza, los seres humanos se encuentran en una situación de constante inseguridad,
debido a las amenazas de otros que, por derecho natural, siguen su propia voluntad sin tener en cuenta la
voluntad de los demás. Viviendo en familia o en pequeñas comunidades, los seres humanos se encuentran a
merced de las violencias de otros seres humanos ajenos a su comunidad. En el interior del grupo hay normas
de convivencia (derecho privado) y una autoridad que sanciona su incumplimiento. Pero no hay una
autoridad que se imponga a todos los grupos dispersos, por lo que no hay seguridad. El Estado civil,
instaurado mediante el contrato, supone la sumisión a una autoridad común, por lo que pasa a ser el terreno
de la seguridad y del derecho. En el paso del Estado natural al Estado civil no hay ruptura, para Kant, sino
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continuidad: mediante la imposición de una autoridad común, los derechos naturales, que ya se poseían en
Estado natural, se pueden ejercer realmente con seguridad.
En realidad, Kant admite un sólo derecho natural: el de libertad, del que derivan todos los demás, los
derechos civiles de igualdad y de autonomía. El derecho de libertad, al tiempo que garantizado, queda
limitado por el derecho de los demás, según el acuerdo tomado por la voluntad pública. La idea de voluntad
pública es claramente de corte rousseauniano, pero en Rousseau la voluntad general representa el interés
común, mientras que en Kant representa la garantía de la libertad individual
El concepto de estado de naturaleza no es un dato, un “hecho” histórico, sino un concepto teórico. Se trata
de una hipótesis metodológica, un supuesto necesario para explicar el origen de la sociedad política
mediante la teoría de un pacto o contrato.
Kant parte de la afirmación de Hobbes de que la paz no es un estado natural del hombre, sino la conquista
laboriosa de la voluntad consciente. El tránsito del estado natural del hombre al de la sociedad civil, o de la
guerra a la paz, se hace mediante un pacto o contrato. El paso siguiente es la asociación entre Estados y la
constitución de un Estado mundial, que regule las relaciones internacionales. Solo en este marco puede
cumplirse el deber de eliminar la guerra y conseguir la paz perpetua. Las condiciones previas para lograr la
paz son la buena fe, el desarme progresivo y la no-intervención violenta de los Estados unos contra otros.
Las condiciones definitivas para la paz son también tres: 1. Una constitución civil republicana representativa
y con división de poderes; 2. Un federalismo de Estados libres, hasta llegar al Estado mundial; 3. Una
hospitalidad universal entendida como libre circulación de las personas y de los bienes.
PROBLEMA DE DIOS
Kant pensaba que la metafísica nace de un impulso o disposición natural del espíritu humano. Esta
disposición arranca de la facultad de razonar (razón) que Kant distingue de la facultad de juzgar
(entendimiento) La razón produce las ideas trascendentales, que Kant define como objetos necesarios de la
razón de los que no puede darse en los sentidos un objeto correspondiente. Las tres ideas trascendentales son
para Kant: alma, mundo, y Dios. Estas tres ideas son los tres objetos o sustancias de la metafísica
racionalista. Según Kant, no podemos tener un concepto válido de estas ideas, sino sólo un concepto
problemático.
Las ideas trascendentales no sirven para aumentar el conocimiento científico de los objetos, pero cumplen
una función “reguladora”. Según Kant, el conocimiento consiste en reunir lo diverso en una síntesis o
unidad: El entendimiento se ocupa de fenómenos y los unifica en juicios. La razón intenta unificar los
juicios a la luz de un principio superior, tratando siempre de buscar una síntesis mayor del conocimiento,
siguiendo una tendencia natural hacia lo incondicionado (principio explicativo absoluto)
Según Kant, la delimitación de las fronteras del conocimiento científico no muestra que, por ejemplo, el
término “Dios” sea un sinsentido. Lo único que hace es situar la libertad, la inmortalidad y Dios fuera del
ámbito de las pruebas y refutaciones del conocimiento científico, quedando despejado el camino hacia una
fe práctica o moral basada en la conciencia moral.
Por eso puede decir Kant que ha tenido que derribar el conocimiento para dar lugar a la fe, y que su
destructiva crítica de las pretensiones de la metafísica como ciencia son un ataque a las raíces del
materialismo, el fatalismo y el ateísmo. Pues las verdades de que hay un alma espiritual, que el hombre es
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libre y que Dios existe no descansan ya en argumentos falaces que daban armas a los que niegan dichas
verdades; ahora han pasado a la esfera de la razón práctica o moral y son objetos de fe (fe racional), no de
conocimiento teórico.
Los tres objetos de la metafísica: la libertad, la inmortalidad del alma y Dios son considerados los postulados
de la razón práctica. Kant los denomina postulados porque no siendo demostrables, deben ser supuestos
como condiciones necesarias de la moralidad. Así, la exigencia moral de obrar por respeto al deber supone
la existencia de la libertad. Además, la razón nos ordena aspirar a la concordancia perfecta entre nuestra
voluntad y la ley moral, y esta perfección es inalcanzable en una existencia limitada, y exige, por tanto, la
inmortalidad como una condición necesaria. Por último, la ley moral tiene como objeto necesario la
realización del sumo bien que es la unión de virtud y felicidad. Sin embargo, la vida virtuosa no tiene como
resultado garantizado en este mundo la felicidad. Debe existir un Ser Supremo (Dios) que garantice la
vinculación de virtud y felicidad.
PROBLEMA DEL HOMBRE
Kant concluye que la metafísica no es una ciencia porque no es posible conocer objetos situados más allá de
la experiencia. Kant se pregunta si es posible un conocimiento práctico de dichos objetos. Por conocimiento
práctico entiende Kant el conocimiento moral. La razón tiene, según Kant, un uso teórico, que se ocupa de
conocer cómo son las cosas (ciencia), y un uso práctico, que se ocupa de cómo debemos obrar (ética). La
razón teórica o especulativa formula juicios y razonamientos; la razón práctica formula imperativos o
mandatos.
La ciencia incluye una concepción de leyes causales que no admite el libre albedrío. Y el ser humano
considerado como ser natural no es una excepción a esas leyes. Pero el conocimiento científico está limitado
al ámbito de los fenómenos. No hay ninguna razón válida para decir que los límites de nuestro conocimiento
científico coincidan con los límites de la realidad. La conciencia moral nos lleva más allá de la esfera de lo
sensible.
Como ser físico (como fenómeno) hay que considerar al hombre sujeto a las leyes causales y determinado;
pero la conciencia moral, que es ella misma una realidad, implica la idea de libertad (noúmeno). Así, aunque
no podemos probar científicamente que el hombre es libre, la conciencia moral exige fe en la libertad, por lo
que hay que hablar del ser humano como un ser fenoménicamente determinado y nouménicamente libre.
Por eso puede decir Kant que ha tenido que derribar el conocimiento para dar lugar a la fe, y que su
destructiva crítica de las pretensiones de la metafísica como ciencia son un ataque a las raíces del
materialismo, el fatalismo y el ateísmo. Pues las verdades de que hay un alma espiritual, que el hombre es
libre y que Dios existe no descansan ya en argumentos falaces que daban armas a los que niegan dichas
verdades; ahora han pasado a la esfera de la razón práctica o moral y son objetos de fe (fe racional), no de
conocimiento teórico. La libertad, la inmortalidad y Dios permanecerán fuera del ámbito de las pruebas y
refutaciones del conocimiento científico, quedando despejado el camino hacia una fe práctica o moral
basada en la conciencia moral.
Los tres objetos de la metafísica: la libertad, la inmortalidad del alma y Dios son considerados los postulados
de la razón práctica. Kant los denomina postulados porque no siendo demostrables, deben ser supuestos
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como condiciones necesarias de la moralidad. Así, la exigencia moral de obrar por respeto al deber supone
la existencia de la libertad. Además, la razón nos ordena aspirar a la concordancia perfecta entre nuestra
voluntad y la ley moral, y esta perfección es inalcanzable en una existencia limitada, y exige, por tanto, la
inmortalidad como una condición necesaria. Por último, la disconformidad existente entre el ser y el deber
ser exige la existencia de Dios como una realidad en la que el ser y el deber ser se identifican.