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Ilusiones Perversas

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Traducción de Marta Carrascosa

Argentina – Chile – Colombia – España


Estados Unidos – México – Perú – Uruguay
Título original: Cruel illusions
Editor original: Margaret K. McElderry Books,
un sello de Simon & Schuster Children’s Publishing Division
Traductor: Marta Carrascosa

1.ª edición: mayo 2024

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización


escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la
reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento,
incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de
ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

© 2022 by Margie Fuston


Published by arrangement with Margaret K. McElderry Books,
an Imprint of Simon & Schuster Children’s Publishing Division.
All Rights Reserved
© de la traducción 2024 by Marta Carrascosa
© 2024 by Urano World Spain, S.A.U.
Plaza de los Reyes Magos, 8, piso 1.º C y D – 28007 Madrid
[Link]

ISBN: 978-84-10159-17-4

Fotocomposición: Urano World Spain, S.A.U.


Para Lucas,
el mejor cuentacuentos que conozco
Capítulo 1
S iempre me detengo ante los carteles de mascotas perdidas. No
soporto la idea de que haya animales en la calle cuando tienen un
hogar y una familia esperándolos. Este es de una gata, y aunque el
papel está amarilleado por el sol y la tinta emborronada por la lluvia,
memorizo las líneas grises y el nombre: Suzy.
Puede que Suzy ya esté en casa.
Aun así, saco un bolígrafo de la mochila y me escribo el número en la
muñeca, donde hay menos posibilidades de que se borre. Solo he
encontrado a una mascota desaparecida una vez, pero recuerdo cómo el
perrito se retorcía entre mis brazos cuando llegamos a su puerta y cómo sus
dueños casi lloraron y luego me abrazaron como se abraza a un pariente
perdido hace mucho tiempo; también me dieron veinte pavos.
A veces me gustaría poder poner un anuncio y que un desconocido
amable se presentara en mi puerta y me devolviese todo lo que he perdido.
Pero la mayoría de las cosas perdidas nunca vuelven.
Me llevo la mano a las cuatro monedas de veinticinco centavos que
siempre llevo en el bolsillo. Las saco, las agito entre los dedos y parpadeo
con la misma rapidez. Hago una reverencia a una ardilla que me observa. Se
da la vuelta y corre hacia la calle, esquivando un coche para escapar de mi
actuación.
Sonrío. La magia me recuerda a mamá y papá. A los recuerdos buenos.
El malo también aparece. Nunca se va y, en esta época del año, es en lo
único en lo que puedo pensar.
Pierdo de vista mis centavos y recorro a toda velocidad los cien metros
que me separan de la acera. Subo las escaleras de mi casa de acogida de dos
en dos y tanteo la cerradura de la puerta roja mientras me viene a la cabeza
Paint It Black de los Rolling Stones.
Cuando entro, el suelo de madera cruje. Vaya donde vaya, esta casa me
habla a cada paso. Incluso cuando no me muevo, cuando estoy tumbada en
la cama mirando las hendiduras de la viga de madera que divide el techo, la
casa se queja y susurra mientras estira sus desgastadas articulaciones. Tiene
demasiadas historias que contar como para quedarse callada. Me encanta
oírlas, sobre todo por la noche, cuando todo el mundo duerme.
He estado en casas nuevas, blancas, beige y limpias. El silencio que hay
en ellas me come viva.
Al menos esta casa tiene algo a su favor.
—La cena —grito al subir las escaleras. Voy directa a la cocina, saco un
bol de espaguetis de la nevera y lo meto en el microondas. Mientras espero,
doy unos golpecitos con los dedos en la encimera de azulejos.
El microondas pita y coloco tres platos, en los que sirvo los espaguetis
con una cuchara.
Sigo sola en la cocina.
—Chicos —vuelvo a gritar.
Parker y Jacob bajan las escaleras dando pisotones, ahogando con su
parloteo los sutiles ruidos y quejidos. Ocupan los dos asientos que hay uno
al lado del otro. Me lo imaginaba. Acabo sola en el otro lado, mirándolos.
Parker y Ava Perry. Compartimos apellido. Deberíamos ser él y yo, con el
resto al margen. Jacob es el niño biológico de la casa. No necesita a Parker
como lo necesito yo. Pero últimamente mantengo mis sentimientos
escondidos. Cuando llegamos aquí, Parker y Jacob estrecharon lazos al
instante por los videojuegos, Star Wars y los zombis. Actuaban como si
hubieran sido amigos desde siempre. O hermanos. Pero noté que Parker
acortaba las risas cuando yo estaba en la habitación y me miraba como si
fuese algo frágil a quien su risa pudiera herir. Y así era. Y así es. Pero quiere
esto para él. Me alegra que le guste estar aquí.
Saco dos monedas de veinticinco centavos.
—¿Queréis ver un truco? —Mamá hacía trucos de cartas en la mesa todas
las noches. Yo aplaudía, y Parker también, pero él no lo recuerda. Ojalá
pudiera darle esos recuerdos para que se aferrara a ellos, pero esto es lo
mejor que puedo hacer. Mamá me dio estas monedas cuando tenía cinco
años para practicar juegos de manos, porque mis dedos eran demasiado
pequeños para las cartas, y nunca he usado otra cosa. Meto una moneda
entre el pulgar y la palma, oculta al público. La otra moneda la aprieto en el
dorso de la mano—. Puedo pasar esta moneda a través de la piel.
Parker pone los ojos en blanco.
—Ya sé cómo haces ese, Ava.
—Yo no —dice Jacob.
—Tiene dos monedas. —Parker lo arruina todo.
Dejo que la moneda que tengo escondida caiga con fuerza sobre la mesa.
Por un segundo, mantengo la otra apretada en la mano. A veces me entran
ganas de atravesarme la piel con ella, como si fuera a salir sin ningún truco,
por arte de magia. La clavo un poco y no pasa nada, pero me sale una raya
roja de rabia cuando me doy por vencida.
Cuando era niña solía probar cosas así muchas veces, sobre todo después
de la muerte de mamá, cuando necesitaba un poco de magia que no fuera
falsa. No sé por qué sigo haciéndolo.
Vuelvo a meterme las monedas en el bolsillo, agarro el tenedor y lo
aprieto contra la mesa, ablandada por el paso del tiempo, y le hago otra
marca. Nadie se dará cuenta. Esta mesa parece haber pasado por muchas
familias.
Pero me parece una pequeña rebelión y me distrae de Parker y Jacob, que
están al otro lado, riéndose de alguna travesura que hizo ayer su amigo en el
colegio.
Hago un corte más profundo y paso el dedo por él, de repente deseo poder
borrarlo por arte de magia. Pero las cicatrices no funcionan así.
Arrastro el plato sobre la marca y hago una mueca mientras Parker se
mete los espaguetis tibios en la boca. Mantiene la mandíbula abierta para
que los fideos le resbalen por la barbilla y lanza un gorgoteo agónico.
Jacob suelta un bufido entre risas, esparciendo gotas de leche casi hasta
mi plato.
Qué asco.
Los fulmino con la mirada, pero están demasiado absortos en su festival
de amor zombi como para darse cuenta.
—Colega, si te mordieran, te mataría.
Parker asiente.
—Lo mismo digo. —Se traga los espaguetis—. Sin dudarlo.
—Os voy a matar a los dos si no os calláis y coméis —les gruño.
Se ríen con el sonido agudo y chirriante de los niños de doce años y
empiezan a debatir sobre quién es el mejor en la lucha contra los zombies.
Le doy vueltas a una porción de espaguetis en el tenedor y me la meto en
la boca, mastico sin saborear.
Por enésima vez, miro el horrible reloj que hay sobre la nevera. La aguja
de las horas se posa sobre el dibujo descolorido del gallo junto al número
siete. Deb llega tarde. Casi nunca llega tarde. De hecho, es algo que me
gusta de ella. No es la peor de las familias de acogida. Yo solo tengo que
prepararles la cena a los chicos, y ella se encarga de que acabe en sus bocas
y no esparcida por el suelo como si fueran vísceras.
—Ava, ¿podemos irnos? —Parker y Jacob me miran con los ojos muy
abiertos, miradas inocentes, ojos inocentes, con los platos todavía medio
llenos. Estoy segura de que tienen un alijo de galletas en su habitación.
—Lo que queráis.
Salen corriendo y me dejan solo para limpiar su desastre.
Me lo imaginaba.
Echo la silla hacia atrás de un empujón, empiezo a apilar los platos y
luego los dejo en el fregadero.
Vuelvo a mirar el reloj. Siete de la tarde de un viernes por la noche.
Viernes. Me permito sonreír un poco. Parker y yo vemos juntos La historia
interminable todos los viernes por la noche, estemos donde estemos.
Aunque no tengamos reproductor DVD, nos contamos la historia el uno al
otro. Puedo recitar esa película escena por escena, pero no es algo de lo que
suela presumir.
Cuando salgo corriendo de la cocina, mis pasos se hacen más ligeros y
subo las escaleras, quitándole el polvo a la barandilla con la mano.
Me detengo ante el dormitorio con la señal amarilla de peligro clavada en
la puerta. Dentro, el pop, pop, pop de un rifle automático se mezcla con los
gritos sedientos de sangre de unos críos.
Golpeo la puerta y se hace el silencio.
Parker abre con las cejas enarcadas. No recuerda qué noche es.
Casi me echo atrás. Lo olvido. Pero no puedo. Es una tradición.
—Es noche de cine.
La comprensión cruza su rostro… pero no la alegría.
Me muevo inquieta, rascándome un padrastro con el pulgar.
Parker se vuelve hacia Jacob, que sonríe sentado en el nivel inferior de su
litera, frente al televisor al otro lado de la habitación. Ojalá pudiera ver la
mirada que Parker le dirige. O quizá no. El vacío ya está creciendo en el
interior de mi pecho, y soy una princesa indefensa de un reino ficticio, a la
espera de que un chiquillo la salve y le dé un nombre.
«Llámame, Parker».
Aunque pensándolo mejor, quizá sea mejor que no vea La historia
interminable una vez más.
Parker se vuelve hacia mí.
—Lo había olvidado.
Compartimos apellido y, aun así, no consigue hacerme sentir menos sola.
Me encojo de hombros. No es para tanto. Puedo sentarme a solas en mi
habitación e intercambiar historias con la casa.
—¿Por qué no juegas con nosotros?
La sonrisa de Jacob se ensancha, invitándome a mí también, pero es
demasiado amplia para ser sincera. Se aparta un mechón de pelo de la frente
y vuelve a mirar la pantalla en la que aparecen hombres congelados con
rifles de asalto.
La sonrisa de Parker coincide con la de Jacob. Podrían ser gemelos.
El pelo de mi hermano es de color chocolate negro. El mío también, pero
solo porque me lo tiño. De forma natural es rubio casi blanco, pero me
cansé de que la gente pensara que no éramos familia. Mi hermano tiene la
cara redonda y los rasgos suaves de mi madre. Puedes ver el parecido en la
foto que guarda de ella: los tres sentados fuera de nuestra caravana, el
bosque rodeándonos, mi hermano retorciéndose en sus delgados brazos, y
yo con mis ojos castaño oscuro demasiado grandes donde se reflejaban los
suyos. Parker, con sus profundos ojos azules, iguales a los de nuestro padre.
Nuestra madre murió dos semanas después.
A Parker le encanta esa foto, pero yo no puedo mirarla sin imaginarme
cómo me encontré su cuerpo. Y ya está tan arraigada en mi mente que no
necesito una ayuda extra.
Además, si quiero recordar a nuestros padres, me basta con mirar a
Parker.
La gente dice que es guapo.
Parker me mira con algo parecido a la lástima en los ojos, y yo bloqueo
cualquier emoción que esté leyendo en mi cara.
—No pasa nada. —Me alejo de la puerta cuando Parker me cierra el paso.
El vacío de mi pecho se vuelve cavernoso y hambriento. Las tablas del
suelo crujen.
Abro la puerta de mi habitación, la cierro tras de mí y me apoyo en la
comodidad de la madera maciza. Mi habitación es más luminosa que el
resto de la casa. Deb pintó los paneles de madera de un suave gris tórtola.
La colcha púrpura y los estampados florales sobre el cabecero le dan un aire
femenino y desenfadado. Las lámparas de color plateado descansan sobre
mesillas de noche blancas de estilo desgastado. Es el tipo de habitación
pensada para atraer a las chicas de acogida que pasen por aquí.
No me gusta nada.
Deb lo sabe. No sé cómo. Nunca le he dicho nada, pero se ofreció a
llevarme a comprar una colcha más de mi estilo. Le dije que no. No me
gustan los regalos.
Cruzo la habitación y me tumbo de lado en la cama.
Mamá vuelve a colarse en mi mente. Necesitaba a Parker esta noche.
Necesitaba una distracción, pero no quiero decirle el porqué. Dudo que sepa
que esta semana es el aniversario de su muerte. Murió cuando yo tenía ocho
años, justo antes de que Parker cumpliese los tres. Papá había muerto no
mucho antes de que yo cumpliese seis años, y solo tengo recuerdos borrosos
de él que se entremezclan. Parker no tiene ningún recuerdo de ellos.
De todos modos, me centro en papá. Es raro que el progenitor más seguro
en el que pensar sea el que murió en un atraco que salió mal, pero yo era tan
pequeña que no recuerdo bien aquel suceso. Solo recuerdo el antes y el
después. Antes, estaba de pie al lado de un pequeño escenario en un
pequeño club o teatro común, de la mano de una niñera mientras miraba
boquiabierta a mamá y papá en el escenario haciendo aparecer conejos,
pájaros y gatos de sombreros de copa o de detrás de cortinas brillantes.
Papá llevaba un chaleco rojo de lentejuelas sobre una camisa blanca
vaporosa. Mamá llevaba seda roja sobre un vientre redondeado que
albergaba a Parker. Siempre llevaba rosas rojas frescas en el pelo. No
recuerdo nada más de papá, aparte de aquellas noches junto a un escenario.
Después, teníamos una caravana, y nos mudábamos todavía más, y mamá
estaba un poco diferente, como un vestido elegante al que le faltaban las
lentejuelas que antes sí tenía. No hablaba mucho de papá.
Aprendí más de mi padre en la página de la Wikipedia que de lo que me
contaba mi madre. Joseph Perry no era un mago de renombre, pero sí muy
respetado por sus ilusiones de teletransportación. Algunas personas
especulan que estaba a punto de convertirse en uno de los grandes cuando
desapareció del centro del escenario, y se hizo conocido por hacer pequeños
espectáculos emergentes con una mujer misteriosa: mi madre. Quizá eso lo
hizo más famoso, pues se volvió escurridizo. Y entonces murió. He leído
todo tipo de teorías sobre que desapareció porque huía de alguien a quien
debía dinero o de otro mago al que le había robado un truco, y que su
muerte no fue fortuita, sino todo lo contrario. Me he metido en todos los
embrollos y teorías, pero lo único que sé a ciencia cierta es lo que me dijo
mamá: estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado, y papá no
pudo desaparecer.
La muerte de mamá fue distinta. Sé lo que le pasó. Yo la encontré. Vi las
heridas.
Estoy a punto de permitirme pensar en ello cuando la puerta de abajo se
abre. Deb está en casa. Si tengo suerte, se irá a la cama sin ver cómo estoy.
Nunca tengo suerte.
Llama a la puerta de mi habitación, pero no espera a que responda. Sabe
que no lo haré.
—¿Ava? —Mi nombre en su boca es siempre una pregunta que no sabe
cómo formular y yo no puedo responder.
Sonríe mientras entra por la puerta, todavía vestida con su bata y unas
prácticas zapatillas blancas. Lleva el pelo castaño recogido con una pinza
que pasó de moda hace diez años. Recorre la habitación con la mirada antes
de posarse en mí, que estoy fuera de lugar, en el centro.
—Te he comprado algunas cosas.
Me fijo en las bolsas de los grandes almacenes que cuelgan de su
antebrazo con horror.
—No tenías por qué hacerlo. —Lo digo por dos motivos: (1) Las familias
de acogida reciben dinero para alimentarnos y vestirnos, pero eso no
significa que tengan que comprarnos mierdas; (2) Deb lleva una cantidad
nauseabunda de rosa. Su uniforme ahora mismo tiene gatitos rosas. Gatitos
rosas. No quiero nada de esa bolsa. Seguro que lleva lentejuelas.
—Quería hacerlo. —La sonrisa de Deb se estira como un jersey
desgastado. Sonríe demasiado, y no confío en su sonrisa.
Ignora que la estoy mirando como a un monstruo de una película de terror
y camina hacia la cama. Las bolsas hacen ruido al moverse, lo que crea una
espeluznante banda sonora de muerte inminente. Me acerco cuando las deja
caer sobre la cama y todas se entrecruzan en el gran crescendo que te hace
saber que el protagonista no va a vivir mucho más. Intento no
estremecerme. Espero que deje las cosas y se vaya, para poder deslizar las
bolsas debajo de la cama sin mirarlas, pero se pone a rebuscar entre ellas.
Saca un par de vaqueros oscuros, holgados y sueltos. Yo solo los llevo así
o ajustados y lo bastante elásticos como para sentirlos como piel. Me mira a
la cara y toma mi silencio como una confirmación de que están bien.
Saca una camiseta roja, lisa y con cuello de pico y un pequeño bolsillo en
el pecho. Intento que mi cara no muestre sorpresa por no ser rosa. La deja a
un lado y saca otro par de vaqueros, una camiseta de tirantes verde, una con
botones y a cuadritos de color azul, una sudadera gris con agujeros para los
pulgares en las mangas y, por último, una camiseta de tirantes negra
estampada con pequeñas enredaderas de rosas rojas. Es la única prenda
negra del montón, y está cubierta de flores. Sin embargo, nada es rosa, y
puede que me ponga algo de ahí, incluso aunque de normal mi armario se
componga de negro en múltiples etapas de desteñido.
Deb revuelve el montón, esperando a que hable.
Casi le doy las gracias y acepto la ropa. Quizá sea un regalo lo bastante
pequeño como para aceptarlo sin ataduras.
Es la primera en aclararse la garganta.
—Quizás podamos deshacernos de algunas de tus cosas viejas.
Me pongo tensa. Las palabras de agradecimiento se me congelan en la
boca.
—¿Qué le pasa a mi ropa?
Mira mi camiseta deshilachada. Las costuras del dobladillo han
desaparecido y la tela se riza en los bordes. El dibujo de palmeras al sol en
el pecho está agrietado y desconchado. Solo se distingue eagles encima y
hotel california debajo. Unos cuantos lavados más y quedará irreconocible.
Mis vaqueros tienen un agujero en la rodilla. Yo digo que les da carácter.
—Pensé…
—Que no era lo bastante buena.
—No. —Mira hacia la puerta, seguro que desearía no haber entrado—.
No. Solo pensé que sería más fácil para ti empezar la universidad en otoño
con ropa nueva.
—Me da igual lo que los demás piensen de mí. —Incluida tú.
Y la verdad es que no quiero pensar en el otoño. Me he apuntado a clases
básicas en la universidad pública, pero incluso eso parece algo que haces
cuando tienes un objetivo final. La verdad es que no tengo un plan. He
pasado tanto tiempo mirando hacia atrás que he olvidado mirar hacia
delante. ¿En qué momento de mi vida se suponía que debía dejar atrás el
pasado y hacer eso? Siento que me lo perdí y que nadie estaba ahí para
ayudarme a encontrarlo.
La ira hierve en la nada que me llenaba hace apenas unos minutos. Sienta
bien estar llena de algo, da igual lo que sea.
Deb se levanta de la cama. Casi espero que se lleve la ropa al salir. Pero
no lo hace. Se detiene en la puerta con una mano en la cintura, cubriendo a
un gatito que persigue un ovillo.
—Puedes ponerte lo que quieras. Solo quería tener un detalle contigo.
Estoy segura de que se supone que esas palabras deberían hacerme sentir
culpable. Pero no es así. Cuando eres una chica de acogida, la gente espera
que estés agradecida por las cosas más pequeñas, como poder ir al
McDonald’s a por unos nuggets que saben como si estuvieran hechos de
pollos de cartón; el tipo de cosas en las que otros niños no piensan, y menos
aún dan las gracias cuando son sus verdaderos padres los que las pagan.
Dejé de dar las gracias por cosas de mierda hace mucho tiempo.
Deb se queda un segundo junto a la puerta, pero yo ya no la miro. Me
observo en el espejo de cuerpo entero de mi armario sin ver mi reflejo.
Espero hasta que la puerta se cierra con un chasquido, quito la ropa y las
bolsas de la cama y me dejo caer de espaldas.
Las pisadas de Deb avanzan por el pasillo. Abre la puerta de la habitación
de los chicos y sus risas se entrelazan como por arte de magia, como una
familia.
Y yo quiero formar parte de eso. De verdad. La casa de Deb es el mejor
lugar en el que hemos estado, pero no es justo para mamá. No puedo
permitirme formar parte de esto hasta que pueda conseguir que descanse de
verdad, hasta que alguien pague por lo que le pasó.
Considero la posibilidad de acurrucarme en mi cama de un color lavanda
insoportable y distraerme viendo a Criss Angel sacarse una moneda de un
brazo ensangrentado por millonésima vez: un favorito personal. Pero anhelo
la familiaridad del aire de la noche en mi piel, una de las únicas cosas
constantes en mi vida. Siempre me tranquiliza.
Tomo mi gorro y la mochila, y compruebo que la estaca de madera sigue
guardada en el fondo. Siempre lo compruebo. Cuando tu madre fue
asesinada por un vampiro, ¿cómo puedes no hacerlo?
Capítulo 2
C amino sin rumbo, dejando que el repetitivo sonido de los
neumáticos sobre el asfalto aleje las divagaciones de mi cabeza.
No voy a pensar en Parker y Jacob riéndose juntos. No voy a
pensar en los regalos cargados de condescendencia de Deb. Mi cuerpo
quiere correr, encontrar un ritmo y no concentrarse en nada más que en
respirar, pero nunca corro por la noche. Correr es una invitación a que algo
te persiga. Quiero ser la depredadora, no la presa. Además, ya he corrido
ocho kilómetros esta mañana.
Por costumbre, me dirijo a J Street, donde hay más gente por la noche:
allí un vampiro podría encontrar cuerpos calientes y borrachos, y cuellos a
los que acceder con facilidad. Después de todos estos años de búsqueda
infructuosa, no creo que vaya a encontrar uno, pero sigo asomándome de
vez en cuando a algún callejón oscuro en busca de algo raro. Y si me
encuentro con uno, estoy preparada. Soy rápida. Me siento más cómoda con
una estaca en la mano que con un lápiz. Pasé años viendo películas de
vampiros e imitando los movimientos de los cazadores de vampiros hasta
que mis músculos recordaban cada acción. He visto todas las películas de
vampiros veinte veces. No porque me gusten. Las odio —las escenas que
los hacen parecer buenos o sexys me revuelven el estómago—, pero son lo
único que tengo. Porque nadie sabe una mierda sobre vampiros excepto que
están ahí fuera.
Los vampiros aparecieron cuando yo tenía ocho años, justo dos semanas
antes de encontrar a mamá con heridas en el cuello que parecían las marcas
de un mordisco. Los adultos lo consideraron un ataque animal. Cuando
murió, aún no sabía que existían los vampiros porque no teníamos
televisión. Pero una vez me llevaron a un hogar de acogida temporal donde
tenían la televisión encendida todo el día, ahí supe lo que le había pasado de
verdad a mamá. Lo sentí en la forma en que se me heló la piel viendo a ese
bastardo pelirrojo alardear de cómo no había matado a nadie en mucho
tiempo. Se llamaba Gerald. Había algunos más, pero su cara apareció en la
televisión todos los días durante semanas. Los chicos de acogida con los
que vivía entonces estaban obsesionados con él. Ponían las noticias
constantemente, aunque yo dijera que me daba miedo. Me obligaban a
sentarme con ellos en el salón, con todas nuestras cenas en bandejas, y a ver
una noticia tras otra hasta que lo único que veía era la cara sonriente de
aquel vampiro. Solo podía pensar en sus dientes en el cuello de mi madre,
aunque probablemente no fuera él. Vivía en París, pero daba igual. Dejé de
dormir.
Ahí fue cuando empecé a cazar.
En una entrevista le preguntaron si una estaca de madera en el corazón
mataba de verdad a los vampiros, y el chupasangre no contestó, pero vi
cómo se le tensaba un poco la boca y supe que era verdad. Aquella fue la
primera noche que me escapé después de que los niños de acogida se fueran
a dormir. Me armé de lápices y solo recorrí una manzana antes de darme la
vuelta y regresar, pero me sentí bien estando ahí fuera por la noche
haciendo algo en lugar de llorar y recordar.
Un vampiro me arrebató a mamá. A mí y a Parker. Quería matar a uno,
solo a uno, para devolvérselo. Pensé que, si podía hacerlo, tal vez tendría
una oportunidad de volver a sonreír y encontrar una familia, porque a las
familias les gustaban los niños felices, no los que se despertaban llorando.
Entonces uno de los vampiros mató a un niño poco después de que
intentaran vivir «en paz» con los humanos y volvieron a desaparecer. A día
de hoy, la mayoría de la gente ha atribuido todo a un engaño.
Pero yo seguí buscando. Se convirtió casi en un ritual. Tenía que echar un
vistazo cada noche antes de poder dormir. Con el tiempo, sustituí los lápices
por estacas de verdad que yo misma tallaba, pero la única vez que utilicé
una fue para amenazar a un tipo que intentó seguirme cuando tenía quince
años. No era un vampiro, solo un cretino, pero resulta que las estacas
también los asustan.
Hace un par de semanas se cumplieron diez años de la llegada de los
vampiros, así que todas las cadenas de televisión siguen emitiendo un sinfín
de documentales y películas. El otro día llegué a casa y me encontré a
Parker y Jacob viendo Jóvenes ocultos. Riéndose. Como si unas criaturas
que mataban gente para sobrevivir pudieran ser graciosas. Me entraron
ganas de correr a la habitación, tomar el mando a distancia y lanzarlo contra
la pantalla. Pero no lo hice. Nunca le conté a Parker cómo murió mamá de
verdad. Así que dejé que siguieran viéndola mientras iba al baño y
vomitaba, imaginando que esa malvada cara con colmillos fue lo último que
vio mamá. Seguro que estaba aterrada.
Esta época del año me pone de los nervios. Me dan ganas de ser una
auténtica cazavampiros. Soy lo bastante fuerte: eso es algo sobre lo que sí
tuve control. Empecé a correr y a levantar pesas a los catorce años. Supuse
que haría falta mucha resistencia para atrapar a un vampiro y mucha fuerza
en la parte superior del cuerpo para clavarle una estaca en el corazón.
Sé que hay gente que está intentando volver a localizarlos. Si no tuviera
que cuidar de Parker, podría viajar. Aún vivimos en la misma ciudad en la
que asesinaron a mamá, pero seguro que ya habría averiguado algo si
siguiesen por aquí. Necesito ampliar mi búsqueda a ciudades más grandes
donde hay rumores de avistamiento en los foros de vampiros. Sacramento
no ha tenido ningún avistamiento en años, así que, por ahora, camino por
las calles por costumbre y a veces imagino lo que haría si me encontrase a
uno.
Alargo la mano y toco el fondo de la mochila, palpo la forma de la estaca.
Respiro hondo e intento relajarme con mi rutina. Esta noche estoy
distraída. Me obligo a centrarme en lo que me resulta familiar.
A cada lado de la calle hay varios letreros de neón con luces fundidas.
Paso por Cooper’s que está a la derecha, la C se fundió hace meses. A nadie
le importa. Desde luego, no a los pocos clientes que ya se tambalean en sus
taburetes. Agacho la cabeza y sigo avanzando.
El sonido gutural y juvenil de Def Leppard pidiendo azúcar llega desde el
local de al lado junto a risas agudas y forzadas. No tengo que levantar la
cabeza para saber lo que voy a ver: una falda corta levantada y dos personas
metiéndose mano. La noche es predecible. Quizá sea por eso por lo que
ahora me encanta.
Sigo moviéndome, dejo que la familiaridad me llene y me vacíe al mismo
tiempo.
Me detengo en un poste de luz de una esquina y lo escudriño. Puede que
no sea cazadora de vampiros, pero sé dar con mascotas perdidas, y al menos
eso ya es algo. Sin embargo, no hay rastro de Suzy, así que supongo que
tampoco sirvo para eso.
El resto de mascotas deben de estar en casa y siendo queridas esta noche,
ya que no hay más carteles, pero de pronto mi vista se fija en otra cosa. Me
detengo ante un trozo grueso de cartulina verde con el dibujo de una paloma
saliendo del sombrero de un mago. Unas letras doradas recorren la parte
superior: piérdete. La fecha, la hora y «J Street» aparecen en letra pequeña
en la parte inferior. No hay dirección.
Alguien ha tenido mucho cuidado en sujetarlo al poste sin dejar cinta a la
vista. Agarro el borde y tiro. Puede que la dirección esté en la parte de atrás,
pensado para que solo lo encuentren los más ambiciosos. Le doy la vuelta.
No hay nada. Tampoco hay cinta adhesiva. Paso una mano por el frío metal
en el que estaba pegado y no encuentro nada.
Me estremezco con la brisa de la noche, o tal vez por la emoción de tener
un trocito de magia entre las manos. Ahora mismo me vendría bien un poco
de ilusión. Esta noche necesito ayuda extra para alejar los malos recuerdos.
Además, estoy en la calle correcta, aunque no haya dirección.
Sigo caminando, enrollo y desenrollo el folleto de color verde, lo que
hace que la paloma desaparezca y vuelva a aparecer. Todavía me detengo a
echar un vistazo a uno o dos callejones oscuros, pero por primera vez en
mucho tiempo, tengo un propósito distinto.
Ahí. Un pequeño destello dorado capta mi atención, me arrodillo en
medio de la acera y paso el dedo por el sombrero de mago dorado, no es
más grande que mi puño. La punta del ala de un pájaro asoma por la parte
superior. Una flecha dorada apunta hacia delante. Sonrío y camino con
rapidez, ya consciente de lo que estoy buscando.
Encuentro el siguiente pintado en el lateral de un cubo de basura. Esta vez
el ala del pájaro está más alejada del sombrero. La flecha señala al otro lado
de la calle. Espero a que los coches se vayan antes de correr hacia el otro
lado.
Encuentro el siguiente y luego el siguiente: el pájaro sale del sombrero un
poco más con cada dibujo. A mamá le encantaría. Siempre planeaba
búsquedas del tesoro para mí después del colegio, con una nota pegada en
la puerta principal y un plato de galletas escondido al final. Hacía las
mejores galletas de pepitas de caramelo.
Al final, llego a una puerta azul marino pintada con el mismo sombrerito
y una paloma volando libre sobre ella. Hay una chica negra sentada en un
taburete junto a la puerta. Lleva un vestido verde de lentejuelas que resalta
sobre su piel morena y le cae por las rodillas en forma de punta. El
dobladillo está adornado con flores de seda en miniatura de diversos
colores. Tiene el pelo negro rizado hasta la cintura y, cuando se gira para
mirarme, la purpurina dorada que lleva en el cabello destella con la luz. Me
recuerda a Campanilla.
—Esto es lo que has estado buscando. —Sus palabras me sacuden. Tiene
una voz profunda y dulce, como si estuviera a un suspiro de cantar, y ya me
parece algo mágico. Sus cálidos ojos marrones con bordes dorados se
clavan en los míos como si me estuviera leyendo la mente.
—¿Cómo lo sabes?
Esboza una sonrisa amable y se deja caer un poco en el taburete, como si
se saliera del personaje. Señala con la cabeza el folleto que tengo en la
mano.
—Ah. Cierto. —Vuelvo a retorcer el papel antes de guardarlo y saco
dinero del bolsillo. Se lo tiendo, pero no lo acepta.
En cambio, me pregunta:
—¿Estás segura?
La miro fijamente. Fue ella quien me dijo que esto era lo que estaba
buscando.
—Ya sabes que no se puede volver atrás —dice.
Debe de ser su personaje, que intenta inquietarme antes de que empiece el
espectáculo, pero hay una franqueza en sus ojos que casi me hace alejarme
de ella.
Pero entonces vuelve a sonreír y rechaza el dinero.
—El primer espectáculo corre a nuestra cuenta.
Salta del taburete en un remolino de verde centelleante, abre la puerta y
hace un gesto hacia la oscuridad. Me adentro en una embriagadora mezcla
de perfume, colonia, sudor y alcohol. Debajo, el olor a humedad y a antiguo
del edificio espera su momento para tomar el control cuando la sala se
vacíe. Los edificios antiguos siempre tienen ese olor en sus entrañas. Es
reconfortante. Algo con lo que puedo contar.
Paso entre los hipsters que se dirigen a la zona de copas. Los relucientes
taburetes de metal contrastan con el roble desgastado de la barra.
Por desgracia, no hay música, y los gritos y las risas de los borrachos me
ponen de los nervios.
Alguien me da un golpecito en el hombro. La multitud se agolpa y yo me
dejo llevar por ella hacia los asientos colocados frente a un escenario
metálico cubierto de luces brillantes simples y sencillas, de esas que estoy
harta de ver en Navidad. No son mágicas. En todo caso, son horteras.
Me siento en una de las sillas negras plegables que hay cerca de la
entrada. Tomo asiento en el borde y me arrepiento de inmediato, ya que
cada vez que alguien tiene que pasar por delante de mí, aparto las rodillas a
un lado. Los dedos de los pies acaban magullados. Estar borracho no tiene
gracia.
Un chico rubio con el pelo en punta se sienta a mi lado. Me mira
fijamente a la cara mientras yo me concentro en el escenario, deseando que
no me hable.
Las luces se apagan y con ellas el ruido. Solo las luces que cuelgan de lo
alto siguen parpadeando, iluminando a duras penas las cabezas de todos.
Los susurros se apagan cuando se enciende un foco.
Una chica está de pie con la barbilla ligeramente inclinada hacia abajo, de
modo que los tirabuzones negros le caen sobre los pómulos. Brilla bajo una
luz intensa, y su vestido morado sin tirantes resplandece incluso estando
quieta. El vestido termina por encima de sus rodillas, deja apenas unos
centímetros de piel blanca desnuda entre el dobladillo y la parte superior de
sus botas negras con cordones.
Se queda inmóvil el tiempo suficiente para que el público se mueva en
sus asientos. Todo el mundo contiene la respiración y me doy cuenta de que
yo hago lo mismo. Suelto la mía un segundo antes de que el estruendo de
un violín irrumpa por los altavoces. Con el sonido, una de sus palmas se
mueve hacia arriba y una bola de fuego cobra vida. Hay un momento de
silencio, aparte de los murmullos de unos cuantos gilipollas delante de mí, y
entonces su otra palma se abre con una oleada de llamas, acompañada por
el violín.
Esta vez, la música continúa, alejándose hasta que el violín susurra justo
en el límite de nuestra audición antes de crecer poco a poco cuando ella por
fin levanta la cabeza. Nos mira con el rostro impasible hasta que la música
alcanza un volumen frenético y levanta las manos hacia el público,
lanzando chispas inofensivas sobre las cabezas de las dos primeras filas.
Cierra las palmas y sonríe, mientras recibe algunos silbidos y aplausos.
Yo no aplaudo. He visto trucos similares en Internet con gente que lanza
chispas de las manos y usa desinfectante para prenderle fuego a sus palmas.
Es un truco de fiesta barato que usan los chicos borrachos de las
fraternidades. Nunca he visto a nadie mantenerlo tanto tiempo como ella,
pero anhelo más. Quiero el subidón de ver un truco nuevo y creer durante
un glorioso segundo que la magia es real y que todo es posible. Quiero esos
momentos de asombro de la infancia cuando estaba al borde de la tarima
viendo a papá hacer desaparecer a mamá y luego volver a hacerla aparecer
en el escenario. O aquellas veces en la mesa con mamá cuando hacía
aparecer una carta debajo de mi plato mientras estaba al otro lado de la
mesa. Mis padres eran mágicos, aunque mamá me dijera una y otra vez que
solo era una ilusión.
La música se apaga, al igual que los pequeños aplausos. Sus botas
resuenan cuando se da la vuelta y se dirige a una mesa situada a un lado del
escenario.
Levanta tres bolas rojas y nos las tiende como si pidiera nuestra
aprobación antes de lanzarlas en un par de arcos.
Algunos imbéciles abuchean y el público se ríe.
Hace una pequeña reverencia burlona mientras levanta las cejas. Vuelve a
sonreír, pero ahora es una sonrisa diferente, más afilada.
Gira y toma dos pelotas más de la mesa, lanza las cinco al aire mientras
da unos pasos hacia el centro del escenario.
Es perfecta. Las bolas suben y bajan siguiendo un patrón que parece no
requerir esfuerzo, pero no puede ser. Sin embargo, no basta para perderme.
No es suficiente para olvidarme de Parker y Jacob riéndose en casa de Deb
sin mí.
Y entonces, como si pudiera leer el creciente aburrimiento del público,
una sola bola prende fuego al pasar de su mano a su cabeza, y luego otra y
otra hasta que todas arden.
El público aplaude, por fin satisfecho.
Suben y bajan como fuegos artificiales, de esos que explotan hacia abajo
como una margarita marchita.
Me sorprendo a mí misma inclinándome hacia delante en mi asiento antes
de echarme hacia atrás. El resto del público se asombra conmigo. El chico
que está a mi lado tiene la mandíbula entreabierta.
Completa un giro. Las bolas vuelan sin esfuerzo, como si nunca se
hubiera movido. Vuelve a girar, se deja dos bolas en llamas entre las manos
y tres vuelan por los aires. El vestido púrpura florece como una flor.
Pero esta vez, cuando vuelve a enfrentarse al público, una pelota se le
escapa de las manos y la atrapa con la punta de la bota, que la lanza por
encima del público, donde se convierte en ceniza como si no fuera más que
un pedazo de papel de una hoguera. Antes de que el público pueda
reaccionar, deja que una bola tras otra conecten con su bota y se eleven por
encima de nuestras cabezas para convertirse en nada.
Se queda con dos bolas en llamas que lanza hacia arriba y hacia abajo en
cada mano. Nos mira impasible mientras las lanza hacia un lado, en
dirección a una de las cortinas del escenario.
Las cortinas arden en un fuego verde mientras ella se da la vuelta y se
aleja del escenario. Los espectadores de la primera fila se ponen en pie. Mi
rostro empieza a acalorarse en la segunda fila. El fuego es real.
Algunos gritan y otros aplauden; las llamas verdes no tocan nada más que
las cortinas.
Pelopincho se vuelve hacia mí.
—Increíble —me jadea en la cara, junto con el abrumador olor a cerveza.
Le hago un gesto para que se aleje y me inclino hacia el calor que
desprenden las llamas antinaturales. Esto. Esto es lo que había estado
esperando.
El público empieza a retorcerse cuando un chico blanco con el pelo verde
se pasea por el escenario. En sus manos, baraja y baraja unas cartas. Chocan
entre sí con delicadeza. Mira hacia las cortinas en llamas y chasquea los
dedos.
Las llamas se apagan y las cortinas permanecen enteras, sin rastro de
quemaduras.
—Es tan dramática —dice con una sonrisa.
El público brama, y él se queda ahí, sonriendo como si el mundo fuese a
estar siempre de su parte, y con una cara como la suya, probablemente
tenga razón.
Es el tipo de cara que odio.
Excepto que su pelo es del verde intenso y brillante de los helechos del
bosque, casi rapado por los lados, más largo y alborotado por arriba. El pelo
de alguien a quien nada le importa una mierda.
Lleva pantalones entallados que se arrugan a la perfección hasta sus
pulidos zapatos negros. La mitad inferior podría dirigirse a una reunión de
negocios en cualquiera de los altísimos edificios de oficinas de la calle. La
parte de arriba dice otra cosa. Lleva un chaleco negro con rayas verdes a
juego con el pelo, pero no lleva camisa debajo.
Intento no fijarme en la ligera flexión de sus músculos al pasar las cartas
entre sus manos. Es un pensamiento ridículo.
Se pasea por el centro del escenario.
—Para esto voy a necesitar un voluntario.
Las manos se levantan. Atrapo mi propia mano en el aire y la vuelvo a
bajar antes de que se dé cuenta. La memoria me obligó a hacerlo. En
realidad no quiero estar ahí arriba, pero por una fracción de segundo vuelvo
a ser una niña pequeña, sentada en el sofá de nuestro salón, viendo a mi
madre con su mejor vestido rojo pedir voluntarios mientras hace girar un
sombrero de copa entre sus manos. Yo levantaba la mano y ella fingía
escrutar al público invisible antes de llamarme al escenario.
Quizá sí quiera estar ahí arriba. Pero la idea de estar a su lado con su ropa
negra impecable mientras yo voy vestida con una camiseta negra
descolorida me revuelve el estómago. Está claro que no tengo la gracia y el
estilo de mamá, y puede que disfrute con mis trucos de monedas, pero me
he entrenado para ser una asesina, no una artista. Junto las manos
traicioneras en mi regazo.
Entrecierra los ojos mientras recorre los rostros que tiene delante. Detiene
el movimiento de las cartas el tiempo suficiente para levantar un dedo en el
aire y hacer un movimiento rotatorio. Los focos se desvían del escenario
hacia el público.
La gente lanza un grito. Hago una mueca y levanto una mano para
protegerme del resplandor. Me giro un poco y miro hacia abajo para
alejarme de la luz. Unos zapatos negros relucientes se detienen frente a mí.
Capítulo 3
M ierda.
No levanto la vista.
Se aclara la garganta en voz bastante alta y los que están a mi
lado se ríen.
Uno de sus zapatos golpea el suelo al mismo tiempo que se aceleran los
latidos de mi corazón.
Estoy atrapada como un conejo en una chistera, pero no puedo hacerme
desaparecer, así que dejo caer la mano y le fulmino con la mirada.
Me dedica una sonrisa perversa y atrapa las cartas que bailan entre sus
ágiles dedos. Me tiende la otra mano y me dice:
—Un aplauso para mi encantadora ayudante.
Me levanto a la fuerza de la silla, ignoro su mano extendida y lo rodeo
por el pasillo.
Suelta una estruendosa carcajada y se inclina hacia pelopincho.
—Una compañía agradable, ¿verdad?
Pelopincho se ríe a mi costa con el resto del público.
La piel me hormiguea por la vergüenza y el pulso me late demasiado
rápido en la garganta, como si toda mi sangre intentara salir corriendo, y no
sé si me suplica que me dé la vuelta y me marche o me ruega que suba al
escenario. Elijo lo segundo.
Al menos un par de personas me miran con envidia al pasar.
Cuando llegamos a los escalones, vuelve a tenderme la mano.
Seguramente porque sabe que no la aceptaré. No la acepto. Suelta una risita
suave que solo yo puedo oír, una broma entre nosotros y no con el público.
Espero poder lanzarle cuchillos.
Los focos cambian y nos siguen hasta el centro del escenario. Entrecierro
los ojos y me tiro del dobladillo de la camiseta, deseando haberme puesto
algo de mi ropa nueva.
El chico me hace una reverencia exagerada mientras el público se ríe.
Se levanta, divide la baraja entre las dos manos y agita los pulgares al
mismo tiempo, de forma que crea dos abanicos de cartas perfectos. Los une
y los agita hacia el público como una mariposa pueril. Una chica de la
primera fila, sin duda borracha, suelta una risita. Él levanta una ceja y mira
al resto del público.
—¿No?
Alguien abuchea, pero el chico solo se ríe como respuesta antes de
volverse hacia mí. Una piedra roja en su brazalete de cuero marrón
parpadea a la luz mientras inclina las cartas para que solo yo las vea.
—Elige tu destino.
No mi carta. Es extremadamente dramático, pero las palabras me hacen
detener la mano. Levanto la vista hacia su rostro, relajado y divertido, pero
sus ojos no coinciden; verdes y ardientes como un fuego antinatural sobre la
hierba húmeda de la primavera. Se entrecierran ante mi vacilación.
Vuelvo a centrarme en las cartas y levanto la mano, saco la reina de picas
de debajo de su pulgar y la pongo contra mi pecho. La carta favorita de
mamá.
Una sonrisa astuta se dibuja en su rostro, como si ya supiera lo que he
elegido. Cambia de astuta a deslumbrante cuando se vuelve hacia el
público.
—Muéstrale a esta gente tan encantadora tu carta, por favor. No dejes que
yo la vea.
Me guiña un ojo y se gira un poco para darme ánimos mientras levanto la
carta hacia los rostros ensombrecidos que tengo ante mí. Los orbes de luz
sobre ellos resaltan sus frentes y mejillas, y dejan los ojos oscurecidos y
huecos: una multitud de esqueletos. Mi mano tiembla un poco cuando tiro
de la carta hacia mí.
El mago me mira de nuevo, con las cartas en abanico, boca abajo frente a
él.
Vuelvo a introducir la carta en la baraja sin que me lo diga.
Se ríe hacia el público.
—Tiene talento natural. —Desliza la baraja y me la pone en la mano—.
Mézclalas —me pide.
Hago lo que me dice, moviendo las cartas frías hasta que no sé dónde ha
ido a parar mi reina.
Nuestros dedos se rozan cuando se las devuelvo. Me sobresalto. El pulso
me palpita en las yemas de los dedos, y él me sonríe, ahora con ojos
burlones. ¿Qué demonios me pasa? Me sonrojo y espero que nadie se dé
cuenta con las luces brillantes.
Se aleja de mí solo un pasito, despliega las cartas y las vuelve a juntar en
un suspiro. Y luego desaparecen. Extiende las manos vacías hacia el público
y recibe algunos aplausos.
Suspira.
—Sois un público duro.
Se arremanga la chaqueta y da otro paso atrás. La luz que lo ilumina
adquiere un tono verdoso y levanta los brazos, con las palmas hacia el
público. Da un chasquido y el nueve de diamantes parpadea entre sus
dedos. Arquea las cejas.
—¿Es esta tu carta?
Niego con la cabeza y él frunce el ceño. El público ríe a carcajadas.
Chasquea los dedos de la otra mano, el nueve desaparece y una sota de
picas ocupa su lugar.
Mira la carta y luego me mira a mí.
—No es esta —dice sin siquiera preguntar—. Maldición. —La carta
desaparece, y él mueve las manos de un lado a otro, luego se tira de las
mangas y echa un vistazo por encima de ellas—. Creo que la he perdido.
El público murmura. Algunos se ríen, sin saber si se trata de una broma o
no.
Yo arrastro los pies.
Vuelve a levantar los brazos, con las palmas hacia delante, y las cartas
empiezan a salir por las grietas que hay entre sus dedos.
El público jadea y aplaude, y las cartas siguen saliendo. Un número
imposible, más de las que tenía en la mano al principio. Justo cuando
empiezan a amontonarse a sus pies, se lleva las manos a los costados y
contempla el desastre.
Cierra los ojos un momento y se aleja un poco del montón. Solo su pecho
se mueve arriba y abajo.
Alguien tose.
Se me tensan los músculos con algo parecido a la expectación y doy el
más mínimo paso atrás.
Abre los ojos de golpe y salta hacia delante, aterriza en su pila de cartas y
las hace rebotar contra el suelo. Pero no vuelven a caer. Flotan hacia arriba,
hacia sus dedos extendidos, mientras sus manos se alzan, tirando de ellas
con cuerdas invisibles hasta que vuelan por encima de su cabeza como la
nube de tormenta personal de un jugador. Alza la cara hacia ellas, sopla, y
cambian con su aliento; toman forma, crean alas.
Se convierten en una mariposa. Picas y tréboles, corazones y diamantes se
separan para crear alas estampadas.
Ahora avanzo, extiendo una mano por debajo, buscando las ráfagas de
aire que deben mantenerla a flote. Nada. El batir de las alas me revuelve el
pelo con suavidad.
El mago me dedica una sonrisa arrogante.
Hilos, entonces. Busco los cientos de hilos finos que necesitarías para
tirar de esto.
Niega con la cabeza, aún con una sonrisa. Junta los labios y sopla de
nuevo, y se mueve, alejándose por encima de las cabezas del público.
Algunos intentan alcanzarla, pero vuela fuera de su alcance. Se quedan
boquiabiertos, pero yo aparto la mirada de sus rostros para observarlo.
Con el público concentrado en la mariposa, su sonrisa desaparece como
una de sus cartas. Sus labios están fruncidos y sus ojos se entrecierran como
los de algo salvaje, como un gato al que le han dado demasiadas patadas.
Reconozco esa mirada como una de las mías.
—¿Ahora ya os caigo bien? —les pregunta. Hay cierta mordacidad en la
pregunta. Se vuelve hacia mí y esa mirada desaparece, reemplazada en un
instante por una diversión desenfadada.
El público aplaude. El mago se inclina ante ellos varias veces antes de
levantar una mano para pedir silencio. Obedecen todas sus órdenes. Ya los
tiene, y la sonrisa de su rostro se vuelve genuina cuando junta las manos en
una sonora palmada. La mariposa estalla. Llueven cartas sobre los rostros
respingones y la gente brama, poniéndose en pie para aplaudir. La piel me
vibra con el ruido. Me sudan las manos y me las seco contra los vaqueros.
Lo ha conseguido: me ha dado ese momento en el que todo pensamiento
descabellado parece posible. Me siento como en casa.
Olvidada por el público, retrocedo hacia las escaleras del escenario, pero
él me ve, se pone recto y alza una mano hacia mí.
—Mi querida ayudante —canturrea—. Todavía no he terminado contigo.
—El público se detiene y vuelve a su sitio. Se dirige hacia mí, y yo lucho
para evitar tropezar escaleras abajo antes de que me alcance.
Frente a mí, me tiende una mano y, cuando no la acepto, me la aparta del
costado y me hace retroceder un paso atrás hacia el centro.
Y entonces empieza a toser, a resollar tan fuerte que se dobla por la
cintura, y no estoy segura de si debería darle una palmada en la espalda o
dejarle continuar. Al final, para y se lleva una mano a la boca, escupe en
ella.
Abre el puño y saca la reina de picas. Sujetándola con delicadeza entre el
dedo corazón y el índice, la muestra al público.
—La he encontrado.
Me la tiende y yo la acepto, haciendo una mueca por la humedad.
—Es tu carta, ¿verdad?
—La mía estaba más seca.
La multitud se ríe, y esta vez me pertenece a mí, no a él. Los tengo en el
bolsillo. Lo miro fijamente para asegurarme de que lo sabe. Lo sabe. Me
hace una leve inclinación de cabeza en señal de respeto, se une a sus risas y
se vuelve hacia ellos.
—Qué carácter, ¿eh?
Me aplauden y rugen, y juro que tengo la sangre carbonatada,
burbujeando contra la piel que la contiene. Me siento mareada y poderosa a
la vez, como si pudiera explotar y tener todo lo que siempre he querido. Me
doblo un poco por la cintura. El mago me observa durante un segundo y sé
que reconoce lo que estoy sintiendo: tal vez esto es lo que siente todo el
mundo en el escenario. Quizá por eso de pequeño todo el mundo quiere ser
cantante o actor, para sentirse así.
El mago niega un poco con la cabeza, casi como si estuviera rompiendo
su propio trance. Me agarra de la mano y levanta nuestros puños unidos por
encima de nuestras cabezas mientras nos hace girar para mirar al público.
Hace una reverencia y yo le sigo con torpeza, un segundo por detrás,
mientras tira de nuestras manos hacia abajo. Cuando nos levantamos, sus
dedos se deslizan desde la palma de mi mano hasta el codo y me lleva a las
escaleras. Espero que me suelte entonces, pero me acompaña hasta mi
asiento mientras la gente aplaude y observa.
Me suelta cuando llegamos y me desplomo sobre el frío plástico, sin
hacer caso de la boca abierta del tipo que tengo al lado. El mago de pelo
verde se inclina hasta que sus labios casi me tocan la oreja.
—Has estado estupenda. Nos vemos más tarde.
Se aleja y desaparece entre bastidores. El corazón me late tan deprisa que
me cuesta respirar, y no sé si es por la avalancha de aplausos o por tanto
contacto con otro ser humano. El recuerdo de sus labios tan cerca de mi piel
ya me hace sonrojarme.
Intento controlar la respiración y no lo consigo. Una parte de mí quiere
vomitar y otra quiere volver corriendo al escenario y no bajarse nunca más.
Una chica alta con el pelo largo y negro sube al escenario, y estoy segura
de que lo que vaya a hacer será increíble.
Pero no puedo quedarme más. La euforia que siento no me pertenece. Es
como llevar ropa cara de segunda mano. Ahora mismo el mundo es mágico
y está lleno de promesas, pero ¿qué pasará mañana cuando el espectáculo
haya terminado? El recuerdo me perseguirá con toda la magia que nunca
tendré en mi vida. Si papá y mamá estuvieran vivos… si uno de ellos
hubiera estado vivo, habría sido yo quien hubiera estado en el escenario
sacando a alguien del público y haciéndole sentir vivo por un momento. Me
habrían entrenado. Podríamos haber sido un número familiar. Pero nada de
eso es posible, y esta magia es demasiado buena. Me hace desear, y eso
nunca es sensato. Mejor irme ahora antes de que empeore las cosas.
Me escabullo de mi asiento y, en un santiamén, atravieso la puerta y salgo
a la calle, ahora vacía. Hace más frío que antes y me maldigo por no llevar
chaqueta. Me bajo el gorro hasta los ojos y meto los puños en los bolsillos
como si eso fuera a ayudarme.
La fría seguridad de mis monedas me saluda. Saco una y la lanzo al aire,
y abro la palma de la mano para atraparla.
Pero no cae en mi palma.
Miro fijamente a la acera, pensando que se me ha caído. Nada.
No puedo irme sin ella. Tengo las mismas cuatro monedas desde siempre.
Saco las otras tres del bolsillo como si pudieran ayudarme a encontrar a
su hermana desaparecida.
Pero tengo las cuatro en la mano. Las miro fijamente, contándolas una y
otra vez como si una fuese a desaparecer.
Una lenta palmada casi me hace soltarlas todas.
Me muevo de golpe hacia el sonido, sedienta de él. Adicta. Me muerdo el
interior del labio y me hago sangre, distrayéndome del deseo.
El chico de pelo verde se apoya en la pared de ladrillo de un estrecho
callejón que debe de tener una entrada lateral al edificio.
—Buen truco —dice.
Abro la boca para decir que no he hecho ningún truco, pero lo he hecho.
Debo de haberlo hecho sin pensar, por instinto, por el subidón de estar en el
escenario.
—Gracias. —Mi voz tiene un tono casual. Vuelvo a deslizar las monedas
en mi bolsillo, resistiendo el impulso de contarlas una vez más para
asegurarme.
—Te vas. ¿No te ha gustado? —Tiene los brazos cruzados sobre el pecho,
que sigue cubierto solo por el chaleco de la actuación.
—¿No te gusta la ropa?
Me mira con dureza durante un segundo y luego estalla en carcajadas.
Me azota una brisa y me estremezco.
Se da cuenta.
—No soy yo el que tiene frío. Te ofrecería una chaqueta, pero… —Deja
caer los brazos y extiende las palmas hacia mí por si necesito una prueba de
que no tiene ninguna prenda de más que darme.
No. Ya soy demasiado consciente, y es una sensación incómoda y
desconocida.
—Tengo que irme. —Me doy la vuelta, esperando poder escapar de la
atracción que ejerce sobre mí.
—Ava —me llama.
Me quedo paralizada antes de volverme despacio.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Sus ojos se entornan como si lo hubiera atrapado en algo.
—Me lo dijiste tú. En el escenario.
—No te lo dije. —Nunca digo mi nombre con tanta facilidad.
Se encoge de hombros y una sonrisa encantadora se dibuja en su rostro.
—Bueno, quizá sea un mentalista. —Me guiña un ojo.
—Pero no lo eres —lo digo como una afirmación, pero es más una
pregunta. Los mentalistas me asustan un poco.
—No. —Se ríe entre dientes—. Estoy bastante seguro de que me lo dijiste
en el escenario. Aunque no me has preguntado mi nombre. ¿Eres mentalista
tú?
—No. Es que no quería saberlo.
—Auch. —Tiene una sonrisa demasiado brillante para estar dolido—.
Soy Xander.
—Genial. —Vuelvo a alejarme, llevándome su nombre conmigo y
dejando el mío atrás.
—¿No vas a responder a mi pregunta? —me dice.
—¿Qué? —Miro hacia atrás.
—¿Te ha gustado?
Dudo.
—Me encantó el espectáculo.
Sonríe cuando empiezo a volverme otra vez.
—Es más que un espectáculo. Vuelve mañana y quizá lo descubras.
Sus palabras casi me hacen retroceder, pero niego con la cabeza y
empiezo a andar. La risita del chico me sigue, pisándome los talones. Solo
está bromeando. Los magos siempre quieren que creas que son algo más.
Excepto mamá. Siempre me regañaba cuando llamaba magia a lo que ella
hacía. Es solo un truco, Ava. Nada más. Nunca es más.
Tengo su voz tan clara en la cabeza que dejo de caminar.
Se me forma un nudo en el pecho. No puedo evitar seguir pensando en
ello. Ojalá no fuera tan fácil recordarlo, pero todos los detalles, incluso los
más pequeños, están ansiosos por salir a la superficie, y no solo lo que vi,
sino lo que sentí.
El día en que asesinaron a mi madre está grabado en mi memoria.
Aquella mañana me levanté y me dirigí a la cocina, donde mamá debería
estar preparando el desayuno. Pero no estaba.
Algo iba mal, como si el aire pesara demasiado. Ojalá pudiera olvidar esa
sensación, ese pavor que se apodera de ti antes de que te des cuenta de que
algo va realmente mal.
Me acerqué a la parte de atrás de la caravana para ver si estaba en la
cama, por si acaso seguía dormida, aunque siempre se levantaba temprano.
Nada.
El día anterior, mamá había decidido que teníamos que volver a
mudarnos, así que estábamos aparcados en un camping vacío en la carretera
hacia quién sabe dónde. Se suponía que no debía dejar la caravana sin
avisar a mamá, pero abrí la puerta de un empujón y salí al aire frío de la
mañana y me estremecí al pisar el escalón de metal.
Mamá estaba sentada contra un árbol en la linde del camping. No quería
caminar por la tierra ni entrar a buscar mis zapatos, así que la llamé dos
veces. No se movió.
Mientras me abría paso por el suelo cubierto de rocas, me reía como si
fuera un truco. Sin embargo, no estaba sentada contra un árbol. Tenía una
pierna doblada hacia un lado, no rota, pero de una manera que no era nada
habitual. Sus brazos estaban extendidos a los lados, entre las hojas de los
pinos, sin sujetar nada, sin hacer nada. Tenía la cabeza inclinada hacia un
lado y una mejilla apoyada en la corteza. Tenía los ojos abiertos y me
miraba, pero no me veía.
Entonces me acerqué lo suficiente para ver la sangre del cuello: dos
heridas de las que manaban dos pequeños hilillos.
Me puse de rodillas y le agarré la muñeca. Durante un segundo pensé que
se levantaría. Que le brillarían los ojos con esa pizca de emoción que tienen
cuando sabe que ha conseguido algo maravilloso, y que entonces nos
reiríamos.
Pero nunca volvió a reír.
Yo tampoco volví a reír durante mucho tiempo.
Y sigo sin hacerlo. Mi risa es una carcajada muy profunda. Suena tan
parecida a la de mamá que, cada vez que me río, siento que vuelvo a
quedarme atrapada en ese preciso instante, esperando a que ella sonría.
Todavía estoy medio metida en el recuerdo cuando empiezo a andar de
nuevo y choco contra algo duro e inflexible. Retrocedo dando tumbos.
Una mano fría me agarra del brazo y me mantiene en pie.
Me encuentro con una camisa blanca de botones y supongo que me he
topado con uno de los muchos adictos al trabajo de oficina que se dirigen a
casa después de revivir su día agotador con varias cervezas, pero entonces
miro hacia arriba.
No es un hombre de negocios. Lleva los pantalones negros y la camisa
blanca de botones, sí, pero la lleva remangada hasta los codos y
desabrochada por arriba de una manera que parece que nunca se la abrocha,
y viste unos tirantes negros que la mayoría de los hombres de negocios
probablemente no llevarían ni muertos. Y es joven, no mucho mayor que
yo, con rasgos afilados suavizados por el pelo rizado castaño oscuro que cae
en todos los ángulos alrededor de su cara. Si sonriera, parecería un chico
caótico y con encanto, pero tiene la boca tensa y los ojos castaño oscuro,
con una mirada severa.
Siento que hay algo en él que no cuadra.
Y su mano sigue agarrándome el brazo con demasiada fuerza.
Doy un paso atrás y me suelta.
—Lo siento. —Su voz es un murmullo bajo y suave.
—Iba sin mirar —respondo mientras doy otro paso atrás.
Se lleva las manos a la espalda, pero no se aparta ni sigue caminando.
—No habrás hecho ese truco a propósito, ¿verdad? —Me mira a los ojos
con una seriedad que no se corresponde a la pregunta. Es desconcertante, y
no consigo mover los pies, aunque se me eriza la piel por la inquietud.
—¿Qué truco? —Todavía tengo la mente un poco en el pasado.
—Con tus monedillas.
Su forma de decir «monedillas» me eriza la piel. ¿Quién es este tipo? ¿Y
cómo va a saber algo sobre la magia que puedo y no puedo hacer? Y, para
empezar, ¿por qué demonios me está observando? Yo no soy la que está
montando un espectáculo.
—No sé de qué me hablas. —Por fin consigo mover las piernas y le rodeo
—. Si buscas algo de magia guay, prueba ahí. —Hago un gesto hacia la
puerta por la que he salido mientras lo rodeo, intentando que aparte la
mirada de mí. No lo hace. Se queda quieto, pero no deja de mirarme hasta
que paso junto a él.
—No vuelvas por aquí —me dice cuando ya casi no lo oigo.
Pienso en contestarle, pero cuando me vuelvo, me da la espalda. Sigo
adelante, echando la vista atrás varias veces para asegurarme de que no me
sigue, pero sigue ahí de pie, con las manos cruzadas en la espalda, mirando
la entrada del club.
Capítulo 4
S e me nubla la vista por la falta de sueño. Me he pasado toda la
noche investigando trucos de cartas que flotan, pero no he
encontrado nada que pueda competir con la mariposa de Xander.
Hay un montón de tutoriales sobre cómo hacer levitar una sola carta u
objeto o incluso a uno mismo, pero nada que se acerque a lo que Xander
parece ser capaz de hacer.
Lo que sí encontré fue un vídeo que me resultó familiar. Cuando Joseph
Perry abandonó los escenarios más llamativos del mundo de la magia por
clubs oscuros y lúgubres donde la gente rara vez sabía su nombre, se
aseguró de que nadie supiera con exactitud dónde estaba o lo que estaba
haciendo, por lo que todos sus espectáculos contaban con la cláusula «no se
puede grabar». Es fácil encontrar videos de él actuando antes de mamá,
pero solo hay uno de él en el escenario con ella. Por supuesto, aparece
cuando busco trucos de magia con mariposas.
Lo he visto ya más veces de las que probablemente me convengan.
El vídeo muestra a papá con su chaleco rojo, sonriendo mientras se pasa
una mano por el pelo rubio engominado. Está de pie junto a una pequeña
mesa dorada con un sombrero de copa, y observa a mamá mover las manos
por debajo de la mesa y luego inclinar el sombrero hacia arriba,
sacudiéndolo para demostrar que no hay nada allí. Esta es mi parte favorita,
no el truco: la forma en que papá mira a mamá como si ella fuese la magia,
como si nada de lo que viniese después pudiese compararse con ella. Me
duele en el pecho saber que mamá tenía a alguien que la miraba así, y que
se lo arrebataron. Entiendo por qué no hablaba tanto de papá.
Mamá vuelve a poner el sombrero sobre la mesa y papá se coloca detrás,
pero antes de que ocurra nada, una niña de pelo blanco entra corriendo en el
escenario. Mamá y papá se mueven para atraparme cuando alcanzo el
sombrero y le doy un codazo con la mano. Las mariposas estallan detrás del
borde en un estallido de color que se eleva y se extiende mientras el público
enloquece. Es un truco básico, salvo por la cantidad de mariposas, igual que
el truco de Xander sería básico si no fuera porque hizo flotar más cartas de
lo que debería ser posible. Pero la parte del vídeo que siempre rebobino
para ver una y otra vez es la expresión de la cara de mis padres: shock. Y
luego algo que no tiene sentido: miedo. Tendría más sentido si estuvieran
lanzando un hacha o algo así, pero solo eran mariposas. Mamá me saca
corriendo del escenario. Papá se queda un momento mirando al público
como si hubiera algún tipo de amenaza y luego les dedica una sonrisa
deslumbrante y hace una reverencia antes de bajar del escenario. No soy la
única que se ha dado cuenta de lo extraña que es la reacción del público.
Me sé de memoria los comentarios del vídeo.

magicianX: ¿soy el único que ha visto sus caras?

Debby B: Está claro que no se esperaban las mariposas.

Ryan464: Es obvio que la niña activó el interruptor para liberarlas antes de tiempo.

georgeblack: parecían asustados.

magicfreak: Ese es Joseph Perry. Murió como una semana después.

georgeblack: ¿cómo murió?

magicfreak: Dicen que fue un atraco.

georgeblack: ¿dicen?

magicfreak: Fue todo muy raro. Este es el único vídeo de él en los cuatro años antes
de morir. La gente se preguntaba si alguien iba tras él, dinero o rivalidad o algo así.

georgeblack: raro.

Vampire Biter: Reconozco a la mujer. Murió justo antes de que los vampiros
aparecieran. Dijeron que fue un ataque animal, pero solo la hirieron en el cuello.

magicfreak: Me estás tomando el pelo.

Vampire Biter: No. ¿Has visto cómo miró al público? Tal vez tenían miedo de otra cosa.
No me sorprende que alguien reconociera a mamá. Durante el frenesí de
la revelación vampírica, la gente buscó cualquier cosa que pudiera haber
sido un ataque. Alguien encontró una noticia de su muerte y se aferró a ella
como posible evidencia de violencia vampírica. Así que mucha gente cree
lo que realmente le pasó y sabe que la policía solo quería encubrirlo para
evitar el pánico de las masas, pero mamá no se apellidaba Perry. Este es el
único comentario que la conecta con papá, y me ha atormentado durante
años. ¿Y si el ataque vampírico no fue al azar? ¿Y si mamá sabía que había
vampiros antes de que uno la matara?
No quiero creer que me lo ocultara. Pero siempre nos mudábamos, y
mamá decía que era para encontrar público nuevo. Seguía actuando, pero
solo en fiestas de cumpleaños y reuniones privadas. Cuando pienso en ello,
me pregunto si estábamos huyendo.
Pero sé que un vampiro no mató a papá. Es fácil encontrar los detalles de
su muerte: tres puñaladas en el pecho. Eso suena a una persona desalmada,
no a un monstruo malvado.
Reproduzco el vídeo una vez más y me centro en las mariposas, que son
demasiadas como para contarlas.
Mi mente quiere vagar a un lugar al que no la he dejado ir en mucho
mucho tiempo, porque es un mundo de fantasía hecho para niños. No tiene
sentido. Pero ese truco no tenía sentido, así que aquí estoy soñando con lo
imposible una vez más.
Meto la mano debajo de la cama y saco una desgastada caja de zapatos de
color rojo. No es ni de lejos tan bonita como la rosa llena de tesoros que
guardaba mamá. Siempre solía sacar la suya de debajo de la cama y
rebuscaba en ella. Estaba llena de diarios, algunos nuevecitos con páginas
blancas y otros tan viejos que las páginas tenían los bordes erosionados y la
tinta se estaba oxidando, pero todos estaban cubiertos por las grandes letras
curvas de mamá. Y luego estaban sus fotos en todo tipo de escenarios: a
veces con un sombrero de copa, a veces con un vestido de lentejuelas
agitando una baraja de cartas, a veces con la cabeza y los pies asomados por
una caja que parecía cortada en dos. Algunas eran de colores vivos y otras
en sepia o blanco y negro, probablemente fotos promocionales para
anuncios de estilo vintage. Esas eran mis favoritas, pero me encantaban
todas y cada una de ellas. Me encantaba imaginarme a mamá como la
magnífica maga de escenario con sus amplias sonrisas en lugar de las
sonrisas cansadas que tenía cuando actuaba en fiestas infantiles. Porque
antes de papá, mamá actuaba en una compañía de magos y artistas
circenses. De hecho, hablaba más de su tiempo actuando con ellos que de
papá.
Y luego estaban las joyas: anillos de oro, pendientes largos, gargantillas
de seda… pero mi favorita era una gargantilla de oro con gemas rojas que
llevaba en casi todas las fotos.
La caja de zapatos estaba vacía cuando murió, y nunca supe si había
guardado las cosas o si el vampiro que la mató se las llevó. Las joyas tenían
que valer algo.
Pero no se llevaron todo.
En cuanto tuve la edad suficiente para leer, mamá empezó a esconder la
caja. Se convirtió en un juego. Yo la encontraba y ella me atrapaba antes de
que llegara demasiado lejos. Pero lo que ella no sabía era que cada vez que
la encontraba, me llevaba algo: una página de un diario o una foto. Nunca
las joyas, porque se habría dado cuenta.
Las he guardado durante todos estos años, pero hacía mucho tiempo que
no las miraba. Las páginas siempre me parecieron un galimatías, como si
estuviera escribiendo una novela o algo así. Pero ahora me llaman tanto que
abro la caja de zapatos y las saco.
Me detengo en las fotos porque hacía tiempo que no las veía. La primera
es en color, con mamá vestida con un corsé morado intenso y un sombrero
de copa en miniatura colocado en la coronilla. Sostiene una paloma blanca
en la mano, y parece que tiene unos treinta años. Junto a ella hay un hombre
con un traje blanco liso y el pelo rubio peinado hacia atrás. Aunque no es
papá. El hombre la mira a ella y no a la cámara. La otra es la imagen en
blanco y negro de un hombre de frente ancha y nariz fina y puntiaguda.
Lleva cadenas por todo el cuerpo. A su lado, vestida con una enorme falda
vaporosa y una chaqueta abotonada, está mamá. Tiene el rostro sombrío. No
es una buena foto de promoción, pero es todo lo que puede ser. De pequeña
no reconocí al hombre, pero más tarde sí: Houdini.
Me duele el corazón al querer preguntarle por la foto. Quiero saberlo todo
sobre los espectáculos que hacía: ¿copiaba los trucos de Houdini? ¿Por eso
la había retocado? ¿Por qué no sonríe?
Pero esas no son las respuestas que busco ahora. Reviso las cuatro
páginas del diario que tengo. Busco la más antigua. La que tiene tinta que
parece óxido. La saco y leo.

No hay nada como la emoción de descubrir un


nuevo talento y ver cómo se transforma en algo
más fuerte, algo que toma los trucos y los lleva
más allá de lo que es humanamente posible, y ver
cómo los ojos del público se abren de par en par
mientras intentan descifrar los secretos y, mientras
tanto, nosotros sonreímos entre bastidores,
sabiendo que nunca lo harán.
Anoche yo era ese público, aunque estaba en el escenario. Ansiaba saber
sus secretos, e incluso después de pasarme toda la noche en páginas web
que explicaban los trucos de los magos, no he encontrado nada. Más allá de
lo que es humanamente posible resuena en mis oídos. Por eso, siempre
pensé que lo que tenía en las manos era parte de una fantasía. Una historia
que mamá estaba escribiendo y que mezclaba ficción con su vida. Ella
siempre me enseñaba cómo hacía los trucos si se lo pedía. Siempre había
una explicación. Paso a la otra que estoy buscando. La página es blanca y
nítida, de uno de los diarios más nuevos.

A veces, las ganas de usarla son muy fuertes.


Incluso en fiestas de cumpleaños ridículas me
hierve la sangre y creo que voy a explotar. Quiero
soltarla, hacer algo que sea imposible para esos
niños gritones, aunque solo sea hacer desaparecer
al gato de la familia y que reaparezca en un árbol
y luego hacerlo de nuevo. Necesito ese subidón de
verdadero asombro, pero no más de lo que
necesito a mi familia. No puedo arriesgarme. Por
muy miserable que me sienta.
Un disparate. Para mí solo eran eso, pero ahora me hormiguea la piel por
la inquietud. La sangre me hierve. ¿No sentí eso anoche en el escenario?
Los vampiros existen, ¿por qué no la magia? Solía hacerme esa pregunta
mucho después de su muerte porque necesitaba creer en algo más que en
criaturas horribles que podían matarte por la noche.
Pero cuando estaba viva, mamá siempre se aseguró de que yo no creyera
en ella.
Incluso una vez se enfadó conmigo cuando le dije que quería magia de
verdad. Me dijo que no podía tenerla, no que no existiera, sino que yo no
podía tenerla.
Me hormiguea la piel cuando saco una moneda del bolsillo y la presiono
contra la carne sensible de la palma de mi mano. Quizá puedo hacer que la
atraviese. Sacudo la cabeza y dejo caer la moneda sobre la cama. Estoy
haciendo el ridículo. Hay una razón por la que dejé de mirar estas entradas
del diario: siempre me dejo llevar.
Lo que de verdad quiero es ilusión. Quiero lo que debería haber sido mi
derecho de nacimiento: un lugar en un escenario con los mejores magos del
mundo. Quiero el zumbido que sentí anoche, ahí es donde está la magia.
Necesito volver. Xander me dijo que volviera.
Deb grita desde abajo que el desayuno está listo. Estaba tan perdida en lo
que fue y en lo que podría ser que he olvidado qué día es hoy.
Los sábados por la mañana son de tortitas.
Los mejores sitios de acogida siempre tienen algo: martes de tacos,
viernes de pizza, sábados de juegos. Pero en algunos sitios, todas las noches
son noches de «ocúpate de ti mismo».
Deb hace tortitas.
Puedo soportar las tortitas. Me gustan con sirope de arce barato, nada de
esa basura cien por cien pura. Deb compra de los dos tipos, aunque le
encantan las cosas orgánicas. Es algo que casi me gusta de ella.
Huelo la masa mientras las tablas del suelo al pie de la escalera me dan
los buenos días.
Deb también debe oírlas.
—Tortitas —grita, por si acaso estoy pensando en salir a hurtadillas por la
puerta principal sin comer.
Me escabullo hasta la cocina, paso por delante de Parker y Jacob, que ya
están zampándose las tortitas de chocolate, y me siento en la mesa.
Automáticamente, dirijo el dedo al arañazo que le hice anoche. Se quedará
aquí mucho después de que me haya ido. Es probable que pueda volver a
todos los sitios en los que he estado y encontrar algún trozo de mí que haya
dejado atrás: mi nombre garabateado en el interior de la puerta de un
armario, un discreto rasguño en la parte de atrás de la terraza, un dibujo en
la parte de abajo de una mesa. Siempre tendrán una parte de mí, aunque
algunos de mis hogares de acogida no recuerden mi nombre.
Deb tendrá este rasguño. Quizá también se quede con Parker.
Una vez soñé con cumplir dieciocho años, encontrar un buen trabajo y
quedarme con la custodia de Parker, y por fin construir nuestra propia casa
juntos. Pero ya tengo dieciocho, no tengo un buen trabajo, y Parker… es
feliz aquí.
En realidad, solo le he visto feliz de verdad una vez en un sitio. El primer
año que estuvimos en el programa, no estábamos juntos. Tuvieron que
colocarnos rápido, y es más difícil colocar a dos niños que a uno, pero nos
volvieron a juntar en un sitio que estaba bien. Nadie era malo, pero parecía
más que fuéramos muebles que niños. Luego nos colocaron con una pareja
que quería una situación de acogida-adopción. A él le encantaba. Pero no
duró. Al final no hubo una historia feliz de adopción. Entonces nos
colocaron en nuestro anterior hogar, donde éramos dos de seis niños.
Parecía más un campamento de verano que un hogar. Pero aquellos padres
de acogida decidieron mudarse, y yo aún no tenía dieciocho años, así que
nos encontraron un nuevo lugar.
Y después de apenas seis meses, esto es su hogar. Puedo verlo en la forma
en que se sienta ahí con el sirope chorreándole por la camiseta sin
preocuparse por si Deb le gritará por ello. No lo hará.
Sé que pinta tiene un hogar. Cuando mamá murió, era lo bastante mayor
para saber lo que significa el hogar, esa pertenencia natural e instintiva.
Incluso cuando ese hogar no era perfecto, era el mío de una forma que Deb
y Jacob nunca podrán ser, pero sí podrían ser un hogar para Parker.
A veces me preocupa interponerme en su camino. Sé que soy una especie
de hogar para él, como él lo es para mí, sin importar dónde estemos
físicamente; pero no puedo pasar por alto que él nunca ha tenido un lugar
físico al que llamar hogar. No es lo mismo. Lo sé. Estoy segura de que él
también sabe que lo echa de menos. Como un niño pequeño que nunca ha
comido caramelos. No saben exactamente lo que se pierden, pero cuando
ven a otro niño con una piruleta, están seguros de que es algo deseable.
Deb está tarareando, y estoy bastante segura de que es la música de The
Andy Griffith Show. A Parker solía gustarle ese programa. A mí nunca me
gustó. No podía decidir si sentirme mal por Opie porque tenía solo un padre
o celosa porque tenía solo un padre.
Deb es madre soltera. El padre de Jacob murió en un accidente de coche
cuando él era un bebé. Pero Deb es buena y tiene suficiente dinero del
seguro de su difunto marido como para tener un solo trabajo que le encanta.
Parker tendría suerte de tenerla. Pero eso no impide que siga soñando.
Deja de canturrear y apaga los fogones.
—¿Alguien quiere beicon? —Se da la vuelta y se aparta el pelo de los
ojos. Los fines de semana lo lleva largo, suelto y un poco alborotado.
—Sí —murmuran Parker y Jacob al unísono. Deja caer un poco en sus
platos y me mira.
—No, gracias. —Sonrío, y no es por Deb o por mí, es por Parker. Porque,
aunque yo no me sienta a gusto aquí, él sí, y sonreiré todo el día, todos los
días, si eso significa que él puede ser feliz.
Me devuelve la sonrisa, tomándosela al pie de la letra. La mayoría de la
gente lo hace. Pero las sonrisas son mi mayor engaño.
Se fija en la parte de arriba de mi nueva camiseta de tirantes verde que
asoma por el cuello de la sudadera. Me subo la cremallera. No debería
habérmela puesto. Ahora le he dado una especie de victoria, y eso es
demasiado. No me gusta darles un triunfo a los padres de acogida a menos
que sirva a mi objetivo principal, sea cual sea el truco que les esté haciendo.
Aunque en realidad no estoy jugando con Deb. Soy consciente de que se
preocupa por mi hermano. Lo único que tengo que hacer es no ser una
molestia. Pero no haré más que eso.
Al menos no lo menciona. Se vuelve y pasa más tortitas de la plancha a
un plato grande y las trae a la mesa.
Comemos en silencio durante un rato. En las tortitas, ha puesto arándanos
frescos, seguro que se ha levantado temprano para conseguirlos. Así es
cómo más me gustan, aunque todo el mundo las prefiera con pepitas de
chocolate. Me gusta que se acuerde de eso, es como una de esas cositas que
hacen los padres para que sus hijos se sientan queridos. Aquí sentada, así,
puedo fingir que pertenezco a este lugar, que se trata de cualquier otra
familia disfrutando de un desayuno de sábado juntos.
Me duele el pecho cuando me doy cuenta.
—Mañana es el cumpleaños de Parker —digo. Me sorprende que no lo
haya mencionado. Se acordó del mío hace un par de meses, pero insistí en
que no me regalaran nada. Aunque acepté una tarta de chocolate. Pero
nunca se sabe, así que estoy evaluando la reacción de Deb. Es una prueba
fácil para saber si es buena o mala madre de acogida. Parte de mí espera
que falle, y Parker se dé cuenta de que lo quiero más, pero me odio a mí
misma en el instante en que lo pienso. Espero que apruebe, por el bien de
él.
—Lo sé —dice Deb.
Bien. Es muy probable que Parker reciba un regalo de ella. Ya le he
comprado una película de Star Wars, pero no puedo permitirme mucho más.
Entonces Deb continúa.
—En realidad quería hablar contigo sobre su fiesta de cumpleaños.
Me quedo paralizada con un trozo de tortita a medio camino de la boca.
Una gota de sirope resbala del bocado, cae sobre la mesa y se acumula en
mi fea hendidura. Siempre organizo la fiesta de Parker: todos los años
hacemos lo mismo. Ahorro y me lo llevo a por un trozo de tarta si puedo.
Luego hago trucos con monedas para él y cualquier otro niño en la casa de
acogida en la que estemos.
—Quise decírtelo antes… he estado muy ocupada con el trabajo, pero
invité a algunos niños de su clase a una fiesta de Star Wars.
Dejo caer el tenedor sobre el plato. Suena más fuerte de lo que pensaba.
—Solemos hacer otra cosa, los dos solos.
Me vuelvo hacia Parker y me arrepiento al instante. Hace un gesto de
dolor y se mete otro bocado de tortita en la boca, que mastica con una
lentitud que rara vez tiene. Traga saliva y me mira a los ojos, pero no dice
nada.
—¿Quieres una gran fiesta? —le pregunto.
Debería dejarlo pasar, pero necesito que él lo diga. Una parte de mí no se
cree que vaya a romper otra de nuestras tradiciones. Otra parte de mí, una
mejor, quiere lo que él quiera.
—Pensé que estaría bien —murmura, sin mirar a nadie—. Podríamos
hacer lo nuestro después.
—Claro. Sí. No pasa nada. —Doy otro bocado. Apenas puedo tragármelo
—. No hay nada mejor que Star Wars.
Me río, pero suena falso.
Jacob se queda mirando su plato. Deb me mira a un lado.
—Podrías hacer los trucos de magia para todos mis amigos este año —
dice Parker. Tiene los ojos azules muy abiertos y serios, demasiado
parecidos a los de papá.
—Aún mejor. —Me obligo a sonreír y hago magia para que parezca real.
Se lo cree.
Deb no. Siento que me mira mientras me trago el resto de tortitas lo más
rápido posible para salir corriendo. Las escaleras me dan la bienvenida
cuando las subo. Necesito perderme, pero el espectáculo de magia no es
hasta esta noche. Me conformo con un libro.
Los libros, como toda buena ilusión, te atraen, y por un momento solo
existís Gatsby, Daisy, Tom y Nick, y tú, y a veces, si el escritor es un gran
maestro, ya ni siquiera estás allí: has desaparecido y fragmentos de ti echan
raíces en cada personaje. Me encuentro en Nick y su deseo de asomarse al
otro lado del telón, pero también en Gatsby y su capacidad para crear la más
grandiosa de las ilusiones, aunque al final el escenario se derrumbe. Por un
momento, tuvo al público en la palma de su mano. Consiguió el aplauso que
ansiaba.
Lo leo todo de una sentada, pero lo único en lo que puedo pensar es en
volver al espectáculo, y necesito apoyo. Necesito a alguien que me ancle al
mundo real para que mi imaginación no se vaya flotando como una de las
cartas de Xander.
Saco el móvil y llamo a mi amiga Stacie. Nos conocimos en segundo
curso cuando impidió que un imbécil me acosara por mis trucos con
monedas. No fue amistad a primera vista. Incluso diría que no me gustaba
mucho, pero no dejaba de rondarme. No la dejé entrar hasta que admitió
que ella también estaba en el sistema de acogidas.
Contesta al primer tono.
—Me preguntaba cuándo me llamarías.
Mantener el contacto no es mi fuerte.
—¿Quieres ir a un espectáculo de magia esta noche?
Se queda callada durante un momento, pero luego se ríe.
—Nunca te van a gustar las conversaciones triviales, ¿verdad?
—Es a las ocho. —Al menos eso espero, a la misma hora que anoche.
—Sabes que siempre estoy dispuesta a vivir una aventura.
Respiro, aliviada. No se equivoca: si no fuera porque me invita a sitios,
solo saldría de casa para correr y merodear por la noche. Le digo a qué hora
venir a buscarme.

Stacie me recoge veinte minutos tarde, porque su fiabilidad para una


aventura no cubre la puntualidad, así que para cuando encontramos
aparcamiento en la calle, el espectáculo ya lleva al menos treinta minutos.
Me doy la vuelta para contarle a Stacie mi curioso encuentro de ayer con
el chico en la calle, pero tiene el espejo retrovisor bajado y se está aplicando
un poco de brillo de labios color melocotón. Quiero decirle que se dé prisa,
pero no lo hago. Estoy acostumbrada. Agarro la mochila y empujo la puerta
para abrirla.
—Ava, no irás en serio a meter tu mochila roñosa en un local.
Me encojo de hombros.
—La llevé anoche.
—¿Viniste sin mí?
—Fue improvisado. Encontré un folleto en la calle.
Entrecierra los ojos.
—Qué raro.
No sé a qué se refiere: si a que encontrase el espectáculo o a que hice algo
sin que ella estuviera involucrada.
Niega con la cabeza.
—No me pueden ver contigo con esa cosa.
Me aferro con más fuerza a las correas.
—Ava —dice en voz baja—. No nos van a atacar en medio de un lugar
lleno de gente.
Me enfurezco. Sabe lo que le pasó a mi madre. Sabe que llevo una estaca
en el bolso. De hecho, se lo conté hace mucho tiempo, poco después de
conocernos. Normalmente no se lo cuento a la gente, porque cuando los
vampiros volvieron a esconderse, muchos creyeron que se había tratado de
un engaño. Diez años después, la mayoría de la gente no cree que existan.
Pero cuando nos conocimos, Stacie no dejaba de hablar de lo bien que se
vería con la piel brillante. Creo que se dio cuenta de lo nerviosa que me
ponía cada vez que sacaba el tema de los vampiros, así que empezó a
acribillarme a preguntas sobre mi pasado hasta que finalmente cedí. Me
creyó. Fue la primera persona en mi vida que me creyó de verdad, así que
cuando me quita la mochila con cuidado, le dejo hacerlo.
Confío en ella.
Stacie termina de maquillarse y por fin sale del coche, se contonea como
si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Enlazo mi brazo con el suyo, y ella
se ríe porque es el tipo de cosas que haría, pero en realidad solo quiero que
vaya al mismo ritmo que yo.
La misma chica está sentada en el taburete de fuera. Lleva el pelo negro
recogido en rizos sobre la cabeza y un vestido verde de seda que abraza sus
voluminosas curvas. Parece que debería estar en el escenario en vez de
vigilando la puerta.
—Llegas tarde —dice—. No pensé que llegarías tarde.
Se me revuelve el estómago. Puede que no nos deje entrar. Pero lo que es
más importante, ¿cómo ha podido saber que iba a venir?
Stacie alza una ceja y me mira.
—Culpa mía. He tardado demasiado en arreglarme.
La chica frunce un poco el ceño y se vuelve hacia mí.
—Se supone que tengo que dejarte entrar gratis —dice—. No ha dicho
nada de un acompañante.
Se me contrae el pecho. Solo puede estar hablando de Xander.
Stacie saca algo de dinero.
—¿Cuánto?
La chica mira el dinero y le hace un gesto para que lo deje estar.
—Invita la casa.
Stacie asiente, tira de mí y abre la puerta negra.
—Qué raro —murmura.
Por un momento, se queda mirándome como si fuera a darle una
explicación. Asiento con la cabeza y entro.
La gente del club nos aclama cuando entramos y, por un extraño segundo,
siento que es para mí. El corazón vuelve a latirme con fuerza en la garganta
y cada terminación nerviosa de la piel se me vuelve repentina y
dolorosamente viva.
Stacie me roza el brazo y doy un respingo al sentir el frío de sus dedos.
Se acerca a mi oído.
—Creo que vamos a tener que quedarnos de pie. Ah, espera. Veo un sitio
atrás. —Me agarra de la mano y tira de mí en la dirección a un solo asiento
al final de la última fila.
—Solo hay uno —susurro, intentando que se detenga. Sin embargo,
siempre ha sido sorprendentemente fuerte, y en un segundo, estamos allí, y
se inclina para hablar con el hombre del asiento de al lado.
Él la mira de arriba abajo de una manera obvia que probablemente
merezca que le tiren una copa a la cara, pero su sonrisa no vacila.
—¿Sería tan amable de cederme su asiento? —le pregunta.
El hombre se sobresalta, pero se levanta, sonriendo como si ella le
hubiera hecho un favor. Asiente en mi dirección, aunque estoy segura de
que ni siquiera me ve, y va a sentarse en la barra del fondo.
Stacie se desliza en el asiento que ha robado y luego palmea el asiento
vacío a su lado. Lo ocupo.
—La verdad es que no sé cómo lo haces. —Lo he visto un millón de
veces. Nos ha conseguido un montón de cosas gratis en los últimos años
con solo mover el pelo.
Hace una pausa, como si no supiera de qué estoy hablando, y luego se
gira en el asiento para saludar con la mano al chico, que sigue
observándola. Sonríe y vuelve a mirarme.
—Magia.
Asiento ante su broma, pero no se equivoca. Puede que no sea magia,
pero sin duda es poder. Tiro de la cadena de mi camiseta mientras las luces
se atenúan.
Los focos captan la aparición de una chica asiática en el escenario.
El pelo negro y liso le cae hasta la cintura en mechones desiguales, como
si no se lo hubiera cortado en la vida. El vestido que lleva es anticuado en la
parte superior, con mangas blancas onduladas que sobresalen de un corsé
gris tórtola. Son unas mangas buenas para una maga. La falda es algo muy
diferente. Una cascada de plumas blancas le cae desde las caderas, que
forma bordes irregulares que le rodean las rodillas mientras camina hacia el
centro del escenario.
Coloca un pedestal de madera vacío y ornamentado a su lado y se queda
sonriéndonos. Le brillan los ojos redondos. La música sale de los altavoces,
suave y delicada, contra la respiración pesada e impaciente del público
mientras saca de la nada un pañuelo plateado. Lo coloca sobre el pedestal,
pellizca el centro y levanta el vuelo, dejando tras de sí un pinzón diminuto.
Despega y vuela en círculos sobre su cabeza.
Le aplaudimos mientras dobla y desdobla el pañuelo hasta convertirlo en
un mantel individual, antes de repetir el truco y regalarnos dos periquitos
azules.
Vuelve a plegar y desplegar el pañuelo y da vida a cuatro palomas.
Luego nos da un loro. El público enloquece con sus brillantes plumas
rojas y sus llamativos detalles amarillos cuando despega y se sumerge por
encima de nuestras cabezas antes de unirse al extraño conjunto que sigue
dando vueltas justo por encima de su cabeza.
Esta vez, cuando deja caer el pañuelo sobre el pedestal, tiene el tamaño de
una capa, lo pellizca con tres dedos y lo eleva medio metro en el aire antes
de hacerlo girar y mostrar un elegante cisne.
El animal se queda posado en el pedestal, observándonos con una mirada
aguda, indiferente a nuestros aplausos.
Sin embargo, la chica sonríe.
Agita la tela mágica y se dobla de nuevo hasta alcanzar el tamaño de una
sábana. Pellizca los dos extremos más largos con las manos y nos dedica
una sonrisa recatada antes de lanzarla hacia arriba y por encima de los
pájaros que vuelan sobre su cabeza. La sábana baila en el aire, como si los
pájaros estuvieran luchando contra su peso, antes de caer al suelo y quedar
tendida en pliegues que podrían o no tener pájaros vivos debajo. Se agacha
y agarra la sábana, sacudiéndola como si estuviera haciendo la cama una
perezosa mañana de domingo. Alisa una última arruga con el dedo del pie y
se sube a la sábana mientras todos aplauden. Uno las manos. Por un
momento, creo que me mira y sonríe.
Una tontería, por supuesto: nunca sería capaz de verme desde tan lejos.
Casi me pierdo el final.
Ahora tiene la sábana en el suelo y la sacude delante de nosotros. El cisne
es el único que se queda, sentado en su pedestal, a la espera. La sábana pasa
sobre su cabeza y desaparece.
El público permanece en silencio unos segundos y luego todos
aplaudimos. Algunos se ponen de pie.
La chica espera con paciencia a que nos detengamos. Lo hacemos,
inclinándonos a la espera de lo que nos va a dar. Nos deja ahí colgados
veinte segundos antes de que una voz dulce acaricie la habitación.
—Parece que he perdido a mis pájaros. —Desliza la mirada por la sala—.
Por favor, ¿podrían mirar en sus bolsos?
No tengo bolso. Le doy un codazo a Stacie. Está tan concentrada en el
escenario que tengo que zarandearle el brazo para llamar su atención.
Le señalo el bolso dorado que tiene en el regazo.
—Ábrelo.
—Vale. Vale. —Suelta el cierre y lo abre. No pasa nada durante un
momento, suspira y vuelve a cerrarlo—. Acaba de…
Un pequeño periquito azul sale volando, y Stacie salta hacia atrás.
Por todo el público, los pájaros escapan de los bolsos. Un coro de
pajarillos llena el silencio mientras revolotean por encima de nuestras
cabezas. La chica de los pájaros silba y los pájaros siguen el sonido, pasan
junto a ella y se pierden de vista entre bastidores. Nos hace un pequeño
gesto de despedida con la mano, sin inclinarse, y los sigue, todavía silbando
en voz baja para sí misma.
Los aplausos superan a los de la noche anterior. Vibran contra mi piel
hasta que me siento como si tocaran un instrumento.
Es casi como si me hirviera la sangre.
Pero podría no ser nada. La adrenalina. La emoción. Quizá eso era lo que
mamá quería decir en sus diarios: hablaba de grandes producciones
escénicas con tecnología y atrezo que te ayudaban a hacer lo imposible.
Decía que había dejado de hacer grandes producciones por nuestra familia.
Lleva mucho tiempo montar un espectáculo de ese nivel. Dejó de lado esos
sueños por mí. Me duele saber cuánto echaba de menos esto.
Miro a Stacie. No está aplaudiendo, pero tiene la boca abierta y se queda
mirando el escenario como si tuviera hambre de más. Me identifico con
ella.
Parece reaccionar y salir del trance.
—Vaya —dice, mirando el interior de su bolso—. Espero que no se haya
cagado aquí.
La miro boquiabierta. ¿Es eso lo que se pregunta?
—¿Puedo echarle un vistazo? —Le señalo el bolso y me lo entrega.
Una cartera. Una barra de labios. Llaves. Un tampón. Nada fuera de lo
normal.
Aun así, no quiero devolverle este pequeño pedazo del espectáculo.
Las luces se encienden, pero apenas me doy cuenta. La gente pasa por
nuestro lado de camino a la barra.
Es un buen truco. Un truco increíble. Es el tipo de truco que te atrae tanto
que te olvidas de buscar los pequeños defectos y las pistas hasta después,
cuando tu cerebro reúne todos los momentos en un hermoso borrón de
asombro, y no puedes hacer otra cosa que aceptar lo que has visto y seguir
adelante.
A menos que no sea un truco. La idea sigue asaltándome, obligándome a
entrar en razón una y otra vez.
Mamá siempre me decía que a veces me dejaba llevar por la imaginación.
Ha pasado mucho tiempo desde que eso ocurrió. La emoción me hace sentir
bien.
Puede que no sean reales, pero quiero hacer algo más que mirar estas
ilusiones. Por una vez, quiero vivir en ellas con los buenos recuerdos de
papá y mamá y olvidarme de los vampiros. La magia podría ayudarme a
olvidar.
—Eh, ¿me devuelves mi bolso?
Ni siquiera me había dado cuenta de que aún lo tenía. Me lo aprieto
contra el pecho de un modo extraño, así que me obligo a devolvérselo.
Stacie se ríe.
—Había olvidado lo mucho que te gustan estas cosas.
Asiento con la cabeza.
Una pequeña pluma azul se balancea sobre mi rodilla, alargo la mano y la
agarro, la hago girar de un lado a otro entre el pulgar y el índice. Sería
bastante fácil manipular una sola pluma, incluso yo podría hacerlo, pero ¿un
pájaro al completo? Los pensamientos intentan arrastrarme de nuevo a las
conjeturas. Siempre es un truco, Ava. Encuentra los hilos. La voz de mamá
me trae de vuelta. Si escondieras un montón de pájaros por la sala y los
soltaras en el momento adecuado, la gente creería que algunos han salido de
sus bolsos. El poder de la sugestión. Ninguno de nosotros vio lo que creía
ver.
—Eh, mira.
Miro hacia donde Stacie señala. Xander y la chica pájaro caminan entre el
público, estrechando la mano de la gente.
—Vamos a conocerlos —digo, levantándome de un salto de la silla. No
menciono que ya he conocido a Xander.
Stacie me mira a mí y a Xander, y una mirada de complicidad se dibuja
en su rostro.
—Ese es todo tuyo —dice.
—Yo no…
Echa un vistazo a su móvil.
—En realidad, me ha surgido algo. ¿Crees que podrías conseguir que te
lleven a casa desde aquí?
Suspiro. Estoy bastante segura de que solo está intentando hacerme
parecer más disponible, pero la verdad es que no quiero discutir.
—Sí. Aunque tengo que ir a por la mochila. —La sigo fuera del club y
espero a que saque mi bolsa del coche y me la tienda. Agarro la correa, pero
ella no me suelta.
—Ve a por él —dice con una sonrisa.
Frunzo el ceño.
—No he venido por eso.
Se inclina y me da un beso en la mejilla.
—Lo que tú digas, nena. —Me guiña un ojo antes de meterse en el coche.
Mi determinación flaquea cuando se marcha. Era agradable tener una
amiga que me apoyase.
Pero sigo ansiando más magia. Mis pies me llevan de vuelta al club y a
Xander, como si supieran lo que quiero, aunque mi cabeza y mi corazón no
quieren tener la posibilidad de ser rechazados, pero entonces pienso en las
palabras de la chica de la puerta. Xander esperaba que volviera. Eso somete
el encuentro a demasiada presión.
Cambio de rumbo y me dirijo a la chica pájaro. De cerca, veo que dos
periquitos azules idénticos se posan en su hombro, acurrucados en su pelo.
Espero con paciencia en la cola y, cuando por fin llego hasta ella, me
quedo mirando a esos pájaros como si contuvieran toda la magia y, si los
miro lo suficiente, podrían dármela. Todo mi ser bulle de emoción.
Tiene una sonrisa agradable que le llega hasta los ojos marrones y
rasgados, a pesar de que me quedo sin palabras.
—Has estado genial —digo, y hago una mueca amargada. No me parece
adecuado.
—Tú también lo estuviste.
Me sobresalto.
—Anoche estuviste en el escenario con Xander. —Se aparta un mechón
de pelo de la cara, y los pájaros anidan más en ella.
—Eso no fue nada.
—Fue algo. No todo el mundo puede hacerle frente.
Sigo su mirada a través de la sala hacia el único chico con el pelo verde.
Una chica morena con un vestido dorado se le pega al lado.
Se me forma un nudo desagradable en la garganta.
—No sé —digo—. Parece que para él es fácil conseguir ayudantes.
La chica se ríe, con una risa suave pero aguda como un carillón.
—Cierto, pero los buenos ayudantes son difíciles de encontrar.
Hago girar la pluma que aún tengo entre las yemas de los dedos. La chica
observa el movimiento, y yo me siento vagamente avergonzada de
aferrarme a ella como una niña que guarda un recuerdo en su diario, pero no
puedo soltarla.
—Él querría que fueras a saludarlo —dice la chica.
Asiento con la cabeza y me alejo de ella un paso, aunque una parte de mí
quiere quedarse allí y hacerle un millón de preguntas sobre los hilos que
hay detrás de sus trucos. La otra mitad quiere seguir el hilo que me lleva de
nuevo hasta Xander. Tiene más de un truco que quiero descubrir.
Cuando me detengo frente a él, su sonrisa se ensancha. Puede que me lo
esté imaginando, pero la sonrisa de la chica del vestido dorado se reduce un
ápice.
—Vas a juego conmigo —dice.
—¿Qué?
Hace un gesto con la mano hacia mi camiseta verde y luego se señala el
pelo.
Me arde la cara. Tiene razón: una combinación perfecta.
Abro y cierro la boca de una forma que no puede ser atractiva mientras él
observa mi incomodidad con lo que solo puede describirse como deleite.
—Quería estar preparada por si volvías a subirme al escenario en contra
de mi voluntad —termino diciendo.
Intento sonar sarcástica para disimular la mentira. Se da cuenta.
—No hagas como si no hubieras levantado la mano. —Se inclina un poco
más hacia mí, como si fuera a contarme un secreto. La chica lo sigue con
torpeza para poder mantener una mano en su brazo—. No finjas que no te
encantó estar ahí arriba.
Me mira con atención, sin sonreír.
Mi cara debe estar tan encendida como las cortinas verdes y ardientes de
la noche anterior.
Trago saliva y sus ojos se clavan en mi garganta. Doy un paso atrás.
—¿Os conocéis? —pregunta la chica.
Xander la mira como si le sorprendiera que siguiera allí.
—Ayudé con un truco —digo—. No fue nada.
—Tiene talento natural —dice Xander—. Es prácticamente una de
nosotros.
Sus palabras me hacen sonrojar de una forma diferente, no de vergüenza
sino de algo más difícil de entender.
—Eh, ¿queréis conocer al resto de la compañía en el backstage?
El backstage, donde se puede descifrar toda la magia y desentrañar cómo
hace lo que hace. Dudo que encuentre algo mientras no haya espectáculo,
pero puedo tener esperanzas.
—Me encantaría —suelta la otra chica mientras me lanza una mirada que
no sé muy bien cómo interpretar.
Xander sonríe a la chica, pero parece tenso. Quizá estoy viendo lo que
quiero ver.
No quiero ir al backstage con ella. Ni siquiera quiero ir al backstage con
Xander. No sin que el espectáculo continúe. Lo que quiero es estar al
margen otra vez. Quiero ser parte de los trucos, no la engañada.
Hay un brillo en los ojos de Xander que dice que nada le gustaría más que
engañarme.
—La verdad es que no me encuentro bien —digo.
—¿Quieres que te lleve o algo? —Xander mira el reloj negro que lleva en
la muñeca—. Hay otra actuación ahora, pero no les hago falta.
Ignoro el pequeño cosquilleo que siento en la barriga. Ahora sí que me
encuentro mal.
—Estoy bien —digo.
Parece decepcionado.
El corazón me late muy deprisa mientras me dirijo a la puerta, pero no me
abro paso hacia la familiar noche. Estoy cansada de lo familiar. Toda la
magia y todos los buenos recuerdos de mis padres que me aporta me tienen
hambrienta. Me doy la vuelta. La chica pájaro y Xander siguen hablando
con sus fans. Pero Xander me mira como si no me hubiera quitado los ojos
de encima desde que me alejé. Tiene una expresión extraña, como si se
sintiera aliviado al verme volver, y entonces las comisuras de sus labios se
tuercen de una forma que me da un vuelco en el estómago, y miro detrás de
mí como si estuviera mirando a otra persona. Su sonrisa se ensancha cuando
le devuelvo la mirada. Asiento con la cabeza y tomo asiento como si fuera a
quedarme el resto del espectáculo. Me quedo allí hasta que vuelve a mirar a
la persona con la que está hablando. Cuando estoy segura de que ya no me
sigue con la mirada, me levanto y me paseo entre la gente hasta llegar a la
puerta que lleva al backstage. La abro y entro en un pasillo sucio iluminado
por una bombilla desnuda. El pasillo conduce a una habitación trasera, y a
mi izquierda, hay unas escaleras que conducen al lateral del escenario. Las
subo de dos en dos hasta situarme justo detrás de las cortinas de los
laterales. En el centro del escenario hay un tanque gigante de agua. Tal vez
el próximo truco es un escape como el de Houdini.
Estar aquí detrás es diferente, donde puedo ver cómo las cortinas del
escenario están deshilachadas por abajo, las hendiduras en el suelo del
escenario o las vigas desnudas y polvorientas de arriba. Es menos
glamuroso que estar sentado entre el público, pero es más real. Es como
estar en casa.
Bajo el telón se oyen risas apagadas y conversaciones. Imagino que las
sillas se llenan de gente escéptica que espera que la saquen de su
desencanto cotidiano, y de aquellos que ya vienen encantados y quieren
confirmar que tienen razón, que el mundo en el fondo es mágico. Solo hay
que saber buscar.
El verdadero poder reside en ser capaz de darles lo que quieren.
Las luces parpadean más allá de la rendija del telón, indican al público
que el espectáculo va a empezar pronto, y yo no puedo quedarme aquí, en el
lado del escenario donde los artistas pueden verme, así que me escondo
detrás de unas cajas que parecen estar a rebosar de trajes. Están tan
polvorientas que tengo que contener la respiración para no estornudar justo
cuando empieza a abrirse el telón.
Dos gemelas que parecen un par de años más jóvenes que Parker salen al
escenario con vestidos blancos atados con cintas azul marino. Llevan el
pelo rubio recogido en coletas altas. Me sorprende ver a niñas haciendo un
truco en el agua, pero tal vez las criaron padres magos. Quizá hubiera sido
yo a los diez años en otra vida. Cuando tenía diez años, intentaba averiguar
cómo hacer más afiladas las estacas con las escasas herramientas que tenía
en el garaje de mi casa de acogida.
Pero ahora no quiero centrarme en el pasado. Quiero ver lo que tengo
delante.
Las chicas no hablan antes de subir las dos escalerillas a las plataformas
instaladas junto a los tanques. La chica de verde que me recibió en la puerta
sube al escenario y pone una mano sobre una cortina de terciopelo negro
colocada a un lado del tanque.
Se hace el silencio entre el público.
Luces gemelas iluminan a las chicas cuando entran en el agua. Sus
vestidos se levantan al hundirse y dejan ver unos bombachos blancos
pasados de moda. Giran, bajan los brazos y con ellos los vestidos, de modo
que solo las largas cintas flotan por encima de ellas.
La multitud aplaude. No ha pasado nada, pero las multitudes son más
generosas con los niños.
La chica de verde, que camina deprisa y con elegancia, corre el telón
hacia el otro lado del tanque, bloqueando a las chicas de la vista del
público.
Espero para atrapar sus secretos y guardármelos, aunque probablemente
nunca haga este tipo de trucos.
En cuanto se cierra el telón, sus vestidos blancos se convierten en negros.
Se vuelven negros, sin maniobras rápidas, sin charcos húmedos de ropa
desechada escondida detrás del tanque. Mi hipótesis era esa.
Tengo que haber parpadeado.
La chica de verde descorre el telón para mostrar los nuevos vestidos que
se extienden por todo el fondo del tanque. Las gemelas giran despacio para
parecer manchas de tinta gigantes que se extienden por el agua, y entonces
la chica vuelve a correr el telón mientras yo mantengo la mirada fija en los
tanques. En cuanto se cierra el telón, los vestidos se vuelven azules, con
mangas largas y vaporosas.
No he parpadeado. Los vestidos se movieron justo ante mis ojos. El
corazón me late en la garganta y podría vomitar. Tomo aire y lo expulso por
la nariz con fuerza, intentando calmarme. Esto no es un truco.
Se corre el telón y se vuelven naranjas.
Luego lentejuelas blancas.
Luego blanco cubierto de flores multicolores.
Luego explotan en flores. El tanque se llena de margaritas, claveles y
rosas que presionan contra el cristal.
Levanto la cabeza, buscando de dónde han caído sin que yo las viera.
Nada.
Agarro una falda polvorienta que se desprende de la caja tras la que me
escondo y me la aprieto contra la boca para no gritar. Tengo el cerebro
hecho un revoltijo de pensamientos. Todos sus trucos son imposibles, no
porque sean los mejores magos que he visto, sino porque no son trucos. El
pensamiento me golpea con fuerza como solo puede hacerlo una verdad
imposible. El tipo de verdad que inclina tu mundo y lo deja sin equilibrio
para siempre. Como descubrir que los vampiros existen. Puede que no sean
vampiros, pero son algo. Algo que mi madre podría haber sido también. Las
anotaciones de su diario eran las cosas fantásticas que imaginaba de niña.
Pero si tenía magia de verdad, ¿acaso no me advertía siempre que me
alejara de ella? ¿Por qué?
El tanque está tan lleno de flores que ya no puedo ver a las gemelas.
Hasta que sus manos golpean los lados del cristal. La multitud calla.
Insegura.
No sé si esto forma parte del truco o si debería correr al escenario y
sacarlas de ahí; humanas o no, son niñas. No se han levantado a respirar en
todo este tiempo. ¿Cuánto tiempo ha pasado? No estoy segura. Es como si
hubiera estado aquí escondida en estado de shock desde siempre.
Las gemelas salen de la parte superior del tanque exactamente al mismo
tiempo, levantan sus pequeñas manos y saludan al público. Les cuelgan
flores mojadas del pelo.
El público se pone en pie, dándoles más amor del que Xander recibió por
su mariposa. No sé qué hacer. Puedo escabullirme y fingir que nunca he
visto esto, o puedo tirarme al agua y quizá ahogarme, porque de lo que
estoy segura es de que si mamá tenía magia como esta, me la ocultó. Pero
¿y si estaba esperando a que fuera mayor para contarme sus secretos?
No está aquí para preguntárselo. Esta gente es lo más parecido que tengo
a sus diarios perdidos. Si me pierdo este momento, si me alejo y ellos hacen
las maletas y se marchan mañana, pasaré el resto de mi vida haciéndome
preguntas, y ya he pasado demasiado tiempo preguntándome por qué mis
padres están muertos.
Me tiemblan las piernas cuando me levanto y bajo los escalones, me
aparto de la puerta que da al público y me dirijo hacia donde están las
respuestas. Espero entrar en una sala y que todos se vuelvan para mirarme
de forma dramática, pero hay filas y filas de cajas, como si todos los
espectáculos que se han representado aquí hubieran dejado algo que nunca
se ha tirado.
El frío se filtra desde el suelo de cemento y me estremezco.
Una voz aparece y desaparece.
Me muevo entre varias filas de cajas hasta que el volumen de la
conversación crece.
—Se ha ido —grita una chica.
—¿Qué querías que hiciera, que la arrastrara al backstage? —Xander.
Tiene un deje nervioso en la voz.
Esquivo otra fila de chatarra y me agacho. La siguiente fila es más corta.
Encima de las cajas hay jaulas de pájaros haciendo equilibrios. Avanzo con
sigilo, como una especie de espía torpe. Me pongo la capucha sobre la
cabeza. Al fin y al cabo, quiero sus secretos. Esta es una forma de
conseguirlos.
—La necesitamos. Es la única que tiene una oportunidad de luchar a estas
alturas del juego. Tienes que ir con todo.
—Sabes que odio hacer eso —dice Xander. Su voz es más suave, de
repente más parecida a una caricia que a la cuchilla que era hace un
segundo.
—Piensa en Sarah. —La voz de otra chica es suave como una pluma, tal
vez la chica pájaro.
—Siempre —responde Xander—. Es solo que no estoy convencido de
que este sea el movimiento correcto.
—Es nuestro único movimiento —dice la voz que parece suave como una
pluma.
La inquietud me recorre la espalda. Hay una desesperación en sus voces
que no tiene sentido.
Agarro una de las cajas y me levanto para mirar a través de los barrotes
de la jaula. Todos los magos están sentados alrededor de una enorme mesa
de madera. Nadie parece contento.
—Entonces está decidido —dice la voz del principio.
Me inclino hacia delante para verle la cara y la caja se tambalea bajo mi
agarre. Me alejo demasiado rápido y la jaula se desploma hacia delante.
Capítulo 5
E spero que los pájaros estén bien.
Me deslizo hasta el suelo, con la respiración agitada.
Unas botas pisan fuerte en mi dirección. El instinto me hace
ponerme de rodillas y una mano me agarra de la sudadera y tira de ella
hasta que caigo de espaldas. Me arrastra alrededor de la última pared de
cajas y a la luz.
La chica de los pájaros levanta la vista desde donde está agachada junto a
su jaula de pájaros. Abre los ojos en señal de reconocimiento, pero no dice
nada, vuelve a arrullar en voz baja a sus tórtolas enfurecidas.
La chica de fuego se cierne sobre mí, con llamas retorciéndose en una de
sus palmas, pero es su cara la que me aterra. Me alejo de su gruñido, pero
ella es más rápida. Su mano libre me agarra del brazo y me pone en pie.
Aunque no es mucho más alta que yo, me aferra con fuerza. Pero me suelta
en cuanto establece contacto visual. Alarga la mano y me quita la capucha
de la cabeza.
—Hola —digo. Me siento más vulnerable sin la cara medio oculta.
—Tú —refunfuña la chica del fuego—. ¿Por qué te escondes? Casi te aso
como a un insecto. —Se vuelve a mirar a Xander, que está apoyado en el
borde de la larga mesa de madera con los brazos cruzados sobre el pecho,
observándonos con una sonrisa burlona—. Me dijiste que la habías perdido
—dice.
¿Que me había perdido?
—Y ahora la he encontrado, querida. —La voz de Xander es
prácticamente un ronroneo, como si hablara con un gato salvaje.
No estoy aquí por él, pero se me revuelve un poco el estómago la forma
en que la llama querida.
—No. Ella nos ha encontrado a nosotros. —Su expresión podría
prenderle fuego. Tal vez solo tengan un pasado. Volviéndose hacia mí, me
mira de arriba a abajo—. Ven. Soy Aristelle. Tenemos mucho de que hablar.
—Me empuja hacia la mesa.
—Eh… —Abro la boca y la cierro. Echo un vistazo a la sala. No es gran
cosa, está tan sucia y desordenada como cabría esperar de un backstage,
con la ropa amontonada en el suelo y las cajas de atrezo desbordadas. La
larga y desgastada mesa de madera se encuentra en el centro, rodeada de
sillas plegables diferentes. Es el tipo de sala en la que me sentiría cómoda,
si no fuera por la gente.
Me fijo en las gemelas. Tienen la ropa empapada, aunque tengan el pelo
seco. Respiran como cualquier otro ser humano, excepto por el hecho de
que nunca parecen respirar fuera de la sincronía que hay entre ellas.
Inspiran y espiran, inspiran y espiran. Giran la cabeza hacia mí y me
miran fijamente.
Tomo de la mesa un vaso lleno de agua que definitivamente no es mío y
me lo llevo a los labios, mirándolas por encima del borde. Aguantar la
respiración tanto tiempo ni siquiera es lo raro. David Blaine aguantó la
respiración diecisiete minutos. Tampoco es ninguna ilusión. Explicó todo lo
que hizo para conseguirlo. La primera vez que trató de batir el récord en
televisión, acabó convulsionándose bajo el agua por la necesidad imperiosa
de respirar. Lo sacaron, pero siguió intentándolo. Los únicos hilos detrás de
su truco eran pura determinación y voluntad.
Las gemelas no estuvieron bajo el agua tanto tiempo.
Sigo luchando por encontrar otra explicación, una que sea más fácil, una
que me permita volver a querer solo ilusiones impresionantes.
Pero su ropa cambió delante de mí.
No recuerdo si parpadeé. No parpadeé. Pero me esforzaba tanto por no
hacerlo que quizá lo hice, como cuando juegas a parpadear de niño y sabes
que no puedes no parpadear, que es casi imposible luchar contra el impulso.
Parpadeé. Seguro que lo hice.
Pero no. No parpadeé.
Vuelvo a dejar el vaso sobre la mesa. Me tiembla la mano y el agua cae
por el borde.
—Ya lo sabe —dice Aristelle.
—Se habrá colado en el escenario —dice la chica pájaro.
—Supongo que eso nos libra de la parte incómoda —dice Aristelle.
—Ava. —No me gusta la forma suave y lenta en que Xander dice mi
nombre. Suena como un depredador tratando de evitar que huya—. ¿Por
qué no te sientas y hablamos de lo que acabas de ver?
—No he visto nada. —Se me quiebra la maldita voz. No sé por qué lo
niego. He vuelto aquí en busca de respuestas. Debe ser el instinto básico de
fingir que todo es como habías pensado. Quizá sea la razón por la que tanta
gente se niega a aceptar que los vampiros existen. Pero yo no soy una de
esas personas. Puedo dar saltos que otros no dan.
La cabeza de Aristelle se mueve en mi dirección.
—Va a salir corriendo.
Xander da un paso más en mi dirección.
Aristelle se levanta despacio de la mesa y se acerca a mí.
Me planteo huir como una presa. Estoy en una sala con gente que no es
del todo humana. Siento esa verdad en el temblor de mis articulaciones que
me gritan vete, vete, vete. Tal vez sean vampiros. Tal vez los vampiros
tienen magia, y por eso mamá no quería que preguntara sobre las cosas
auténticas. Tal vez sabía mucho sobre vampiros, y por eso la mataron. No
sé. Los vampiros de verdad no dieron muchos detalles durante sus diez
minutos de fama, así que lo único que sé son mitos, leyendas y películas.
Tal vez los vampiros caminan bajo la luz del sol y juegan con cartas.
Pero no lo creo. Si fueran vampiros, tuvieron tiempo de sobra para
arrancarme la garganta.
Esto es otra cosa.
Esto es sobre lo que escribió mamá. No era una hipérbole o una fantasía.
Hablaba de esto.
Tengo la necesidad de saber. La chica pájaro se desliza hasta tomar
asiento en la mesa junto a la chica vestida de verde. Ambas me dedican
sonrisitas, así que tomo el extremo libre del banco junto a ellas mientras
Xander y Aristelle se sientan frente a mí. Me siento con demasiada fuerza.
—Vale, pues —dice Aristelle.
Xander le pone una mano en el brazo.
—Dale un minuto para que se sienta cómoda.
—No tenemos un minuto. —Aristelle le aparta el brazo.
—Sí, lo tenemos. —Xander me dirige una sonrisa tensa y luego señala
con la mano a la chica del vestido verde—. Esta es Diantha.
El vestido verde resplandece cuando se gira un poco hacia mí y sonríe,
amable y acogedora, aunque no dice nada. Está tan guapa como siempre.
Tiro del dobladillo de la sudadera.
—Briar y Bridgette. —Las gemelas de pelo rubio claro me miran con sus
ojos azul cielo. No sonríen. Parecen decepcionadas por el hecho de que
Aristelle no me haya prendido fuego.
—Reina. —La chica pájaro se acerca a Diantha y me da unas palmaditas
en el brazo.
—Siento lo de tus pájaros —murmuro.
—Están bien. —Me guiña un ojo.
—Y, por supuesto, Aristelle. —Xander le hace una pequeña reverencia
dramática, como si la estuviera presentando en el escenario. Da la
impresión de que va a volver a estallar en llamas en cualquier momento.
Pero estoy con ella. Ardo en deseos de respuestas, no de presentaciones
agradables. Decido soltarlo antes de que Xander decida hablar del tiempo.
—Así que tenéis magia… magia de verdad. Sin hilos. Sin trucos. Magia.
—Bueno, la verdad es que se me dan bastante bien los juegos de manos
—dice Xander. Chasquea el dedo y la reina de picas aparece en su mano.
Me guiña un ojo—. Eso ha sido todo habilidad. Nada de magia, pero esto…
—Abre la palma de la mano y la reina de picas flota en el aire y luego
explota en los cuatro palos de reinas. Las sopla en mi dirección y flotan
alrededor de mi cabeza como una corona. Aguarda, como si esperase que
aplaudiese o algo así.
No le doy nada. Ya sé lo que puede hacer. Necesito respuestas sobre cómo
lo hace.
Diantha se aclara la garganta.
—Puede que ahora no sea el momento para eso.
—Lo siento —dice mientras las cartas que hay a mi alrededor caen—.
¿Has oído hablar de la Sociedad de Magos Americanos?
Asiento con la cabeza. Se formó a principios del siglo XX. Houdini fue el
presidente más conocido durante un tiempo, hasta que murió.
Respira hondo.
—Bueno, somos parte de una sociedad más antigua, con secretos que van
más allá de cómo creamos ilusiones. Nos llamamos la Sociedad de los
Magos Verdaderos, y sí, tenemos un poder real en la sangre que nos permite
hacer trucos que van mucho más allá de lo que un mago ordinario podría
hacer.
Abro la boca, pero él levanta una mano con una sonrisa tensa.
—Guárdate las preguntas para el final, por favor.
Frunzo el ceño, pero guardo silencio.
—La Sociedad la formaron unos magos de manos hábiles llamados los
Acetabularii en Roma allá por el año 50 d.C. Practicaban el truco de la bola
y las tres copas que aún se ve hoy en día. Cualquiera con habilidad para la
prestidigitación podría hacerlo. Apuesto a que tú puedes hacerlo. —Levanta
una ceja a modo de pregunta.
No me molesto en contestar. Claro que puedo.
Sonríe burlón.
—Eso pensaba. En fin, la historia cuenta que una de las magas apostaba a
lo grande con sus propios trucos, segura de poder mover la bola donde
quisiera con habilidad y despiste. Era la mejor. El público la adoraba. Pero
un día, un hombre muy rico quiso jugar, y la maga apostó todo lo que tenía
en esa partida, pero el hombre rico acertó, y ningún engaño iba a salvar a la
maga de la indigencia. Sabía que la bola estaba debajo del cubilete que
había elegido, pero, desesperada, quiso que se moviera a otro. Y lo hizo. No
tenía sentido. Volvió a casa con su nueva riqueza e intentó hacer que se
moviera solo con la mente, y al principio funcionó, pero solo durante un día
o dos. Así que lo intentó de nuevo con público, y volvió a funcionar.
—¿El público es el que te da la magia? —pregunto. En realidad, es fácil
de creer cuando pienso en cómo me sentí en el escenario con Xander,
cuando el público estaba embelesado y medio creía que tenía magia de
verdad. Sentí que yo también la tenía. Sentí que era capaz de cualquier
cosa.
—Sí y no. El público alimenta la magia que ya tenemos. Los magos se
mantenían unidos ya entonces, así que empezaron a experimentar.
Descubrieron que más de uno podía mover la bola solo con la mente, pero
las condiciones tenían que ser las adecuadas. Necesitaban un público que
los observara. Aunque ahora nos hemos dado cuenta de que más que mirar,
hay que creer. La magia es más fuerte cuando el público cree que los trucos
son auténticos, y es entonces cuando puedes hacer que sean reales. Pero no
todo el mundo puede hacerlo. Los que podían hacer magia de verdad
describían la sensación de estar frente al público como un burbujeo o
zumbido en la sangre. Lo hacían pasar por adrenalina, pero era mucho más.
—Xander hace una pausa y me mira fijamente, expectante.
La sangre burbujeándote. Conozco esa sensación. La hice pasar por el
subidón de estar en el escenario.
Mamá también conocía esa sensación. La ansiaba.
—Soy una de vosotros —digo.
—Yo no iría tan lejos —dice Aristelle—. No eres de los nuestros hasta
que eres una de nosotros. Tienes magia en la sangre, pero eso no te hace
especial. Todo el mundo la tiene.
Me giro hacia Xander como si esperara que la rebatiera y me dijera que
soy especial, pero entonces me siento un poco tonta por ello.
Xander ve mi mirada.
—Creemos que todo el mundo tiene un poco de poder, pero para la
mayoría es tan insignificante que nunca lo sienten, lo justifican de otra
manera. Muy pocas personas tienen el suficiente como para usarlo.
—Pero vosotros creéis que yo sí. —Entrecierro los ojos en dirección a
Aristelle antes de desviar la mirada hacia Xander—. Estabas hablando de
mí antes de que lanzara a los pájaros por los aires. —Era yo o la chica de
dorado, y técnicamente me dirigió a mí esa invitación al backstage—. Me
dijiste que volviera después de la primera función. ¿Ya sabías quién era?
—Eres una ratilla muy astuta —dice Aristelle.
—Está claro que queréis algo de mí, así que yo me replantearía el
insultarme.
Aristelle parece que se está atragantando con la lengua. Xander se ríe
entre dientes, pero su mirada sigue clavada en la mía como si intentara
leerme.
—Sabías mi nombre —insisto—. ¿Ya sabías quién era?
Se me eriza la piel. Empiezo a sentir que esto era una trampa preparada
solo para mí. Si ya saben quiénes son mis padres, entonces tal vez sí.
—Te dije que me habías dado tu nombre. No usé ninguna manipulación
contigo.
No le creo, pero no es imposible. Estaba un poco aturdida por el subidón
de estar en el escenario.
—¿Deberíamos saber quién eres? —Aristelle levanta las cejas.
Podría soltar mi apellido. Podría hablarles de mamá y de lo que escribía
en sus diarios, pero no lo hago. En sus anotaciones no solo estaba el deseo
de su antigua vida. También había miedo. Y había una página que había
obviado antes, pero que ahora se me clava en la mente.

No sé si él viene a por ella o a por mí. Lo más


seguro es que sea a por las dos.
Siempre me pregunté quién era el él de la entrada. Y si yo era ella. Podría
haberse escrito antes de que yo naciera. Mamá podría haber escrito sobre
uno de los miembros de su compañía, pero ¿quién iba tras ella? Nos
movíamos mucho. ¿Y si se trataba de otro mago persiguiéndonos? ¿Un
rival? ¿Y si el vampiro que la mató estaba involucrado?
Pienso en el tipo alto y espeluznante que me advirtió que me alejara de
aquí.
La incertidumbre me impide contarlo.
Tampoco me gusta cómo se miran entre ellos. Pero me fijo en esas cosas,
quizá más que la mayoría. Cuando no tienes estabilidad en tu vida, leer a la
gente puede ser la única manera de ver lo que está por venir.
Aún no conozco toda su historia, así que no voy a contarles la mía.
—¿Eres alguien? —pregunta Aristelle. No me gusta cómo formula la
pregunta.
—No —respondo.
Se quedan en silencio un rato, como si fuera a cambiar la respuesta.
—No estáis respondiendo a mi pregunta. Decidme por qué me estabais
esperando.
Xander asiente como si hubiera tomado una decisión.
—Viajamos en grupo porque si actuamos juntos, todos recibimos ese
impulso de magia en la sangre. También podemos sentir a otros magos
cuando usan sus poderes o, a veces, si estamos cerca de ellos. La gente que
no sabe lo que le pasa, lo interpreta como atracción.
Me esfuerzo por mantener una expresión firme, porque sin duda sentí esa
atracción de acercarme a él, de acercarme a todos ellos, en realidad, y lo
atribuí a que quería las ilusiones o, en el caso de Xander, a que me atraía.
Casi me alivia saber que no es algo real.
—Así que cuando estabas en el escenario conmigo, pude sentir el poder
creciendo en ti. —Hace una pausa—. Mucho poder, la verdad, y luego vi el
truco de la moneda en la calle. Tienes talento innato. Por eso te dije que
volvieras, y por eso te invité al backstage. Está claro que tienes la capacidad
de ser una de nosotros con el entrenamiento adecuado.
Cree que hice el truco de la moneda a propósito. Abro la boca para
corregirle, pero cambio de opinión. Quiero que piensen que soy de los
suyos.
—Pero habéis dicho que me necesitabais, no que yo os necesitara a
vosotros. Se os olvida que lo he oído todo, así que por qué no os dejáis de
rodeos y me lo contáis todo.
Reina lleva tanto tiempo callada que casi olvido que Diantha y ella
estaban a mi lado.
—Buscábamos un nuevo aprendiz, así que estábamos atentos por si
alguien respondía a la magia. —Su amable sonrisa calma parte de mi
instinto que dice que me vaya de aquí—. Obviamente llamaste nuestra
atención.
—Pero parecíais desesperados.
—Lo estamos —dice Diantha.
Espero a que diga algo más, pero mira a la mesa.
Todos se miran como si no supieran cómo explicar lo que viene a
continuación. Parece que Xander se dispone a hablar, pero luego se queda
paralizado y ladea la cabeza como si una voz le hablara solo a él. Aristelle y
Xander intercambian otra mirada.
—Tenemos que ocuparnos de algo rápido. Esperad aquí. —Xander se
levanta.
—¿Qué? —Me levanto del asiento.
—No me parece que sea el momento para esto —dice Reina.
—Siempre hay tiempo para esto —dice Aristelle.
Aristelle y Xander salen a toda prisa por la puerta.
Reina me dirige una sonrisa dolorosamente alegre.
—Volverán enseguida.
—¿Quieres jugar a los dados? —preguntan las gemelas al unísono.
Niego con la cabeza y doy un paso atrás.
—Creo que necesito un poco de aire fresco. —Diantha y Reina se miran
—. No voy a huir —añado, pero mi voz no suena segura.
Me dejan marchar, pero apenas he salido a la calle cuando Diantha se
acerca a mí.
—Deberías seguirlos —dice—. No sé cuánto planean contarte, pero digan
lo que digan, no es lo mismo que verlo. —Señala a la izquierda—. Se han
ido por ahí.
No tengo ni idea de cómo puede saber hacia dónde se fueron. No los veo,
pero no vacilo. Necesito saber lo que no dicen. Lo que alguien no te dice
siempre es más importante que lo que te dice.
Asiento con la cabeza a Diantha y echo a correr. Odio correr de noche,
pero hay bastante tráfico, así que no me preocupa demasiado que me
asalten.
No tardo en ver el pelo verde de Xander y aminoro la marcha. Lo sigo,
manteniéndome al otro lado de la calle. Intento mantenerme detrás de otras
personas que caminan hacia sus planes nocturnos, pero Xander y Aristelle
no dejan de detenerse. Cada vez que lo hacen, mueven la cabeza en la
misma dirección antes de seguir adelante. Nos alejamos del corazón del
centro. Hay menos gente y me preocupa que se giren y me vean, pero no lo
hacen. Se limitan a detenerse y esperar, como si estuvieran decidiendo qué
camino tomar, pero no hablan entre ellos antes de seguir a grandes
zancadas. Es como si supieran adónde van, pero al mismo tiempo no lo
supieran.
Se me eriza el vello del cuello.
Tengo la sensación de estar cazándoles, pero también de que ellos están
cazando.
Se detienen junto a un bar en el que no hay nadie fuera. Xander alarga la
mano y agarra la de Aristelle, entrelazando sus dedos. Le dedica una sonrisa
y se acercan al bar.
Siento como si el estómago se me metiera en los dedos de los pies.
No es lo que esperaba, pero me obligo a avanzar.
Justo antes de llegar al callejón oscuro por el que han desaparecido, un
joven sale corriendo de allí.
Doy un paso atrás. Me mira como si no me viera. Se sujeta el cuello con
los dedos. Corre en otra dirección.
El corazón me late tan deprisa que suelto un jadeo inestable. Respira, me
digo mientras busco la estaca en la mochila.
He practicado para esto.
He visto 30 días de noche muchas veces, a pesar de que las escenas en las
que los vampiros mataban a gente me ponían enferma. Cada vez quería
llorar e hiperventilar, pero me enseñé a respirar a través del dolor, el miedo
y el recuerdo.
Concéntrate.
Está claro que me han engañado. Por supuesto que los vampiros reales
tendrían poderes que desconozco. Mamá tuvo que relacionarse con ellos de
alguna manera. Tal vez incluso sabía que eran vampiros. Tal vez incluso
conocía a Xander y a Aristelle. Por lo que sé, ellos son los que la mataron.
Respiro con calma. Perfecto.
La estaca que tengo en la mano es áspera, y mi agarre es sólido, aunque
las palmas me suden.
Doy los últimos pasos hacia la boca del callejón.
Xander empuja a una chica contra el lateral del bar. Le presiona la
garganta con el antebrazo. Aristelle está de pie frente a la chica, con la nariz
a pocos centímetros de su cuello. Están a pocos metros, así que no espero,
no pienso, ataco.
Xander está más cerca, de espaldas a mí, por lo que lo golpeo y lo hago
tropezar con Aristelle, que cae de culo. Ella gruñe, pero luego abre los ojos
de par en par al darse cuenta de que soy yo. Como Xander tropieza, se
agarra a uno de mis bíceps y me lleva con él, y termino chocando contra la
pared. Cuando me mira, sus labios se curvan con maldad, pero enseguida se
desvanece.
—¿Ava?
—Decir mi nombre no te servirá de nada —le digo.
Abre los ojos de par en par al sentirla: mantengo la estaca apretada contra
su piel, lista para arrebatarle el corazón.
Capítulo 6
L o único que me he metido en la cabeza durante todo el
entrenamiento es alinear siempre la estaca justo donde quieres que
vaya. No pierdas la estaca.
Estoy un poco sorprendida de haberlo conseguido. Una cosa es practicar
eso, y otra es hacerlo mientras estás enredada con un vampiro que se mueve
y del que estás un poco colada. Esto último me produce náuseas.
Me tiembla la mano, por lo que le dejo pequeñas líneas rojas en el pecho
a Xander, como si estuviera marcando el lugar para más tarde, pero no voy
a esperar. Solo me falta la confirmación de que es lo que creo, y entonces se
convertirá en polvo, o en lo que sea que les ocurra cuando les atraviesas el
corazón con una estaca.
Me mira la mano temblorosa.
Espero que no piense que es debilidad. No lo es.
—Crees en los vampiros —dice Xander, con voz uniforme y tranquila.
—A mi madre la mató uno, así que sí. —No me molesto en levantar la
vista para ver su reacción, pero se queda callado durante un segundo.
—¿Crees que somos chupasangres? —Pierde la calma y medio escupe,
medio ríe en la última palabra.
Levanto la vista para ver cómo tuerce los labios con un asco difícil de
fingir, pero no aparto la estaca.
—Estabais a punto de comeros a esa chica.
Xander suspira.
—No somos chupasangres. La chica sí. —Se levanta y cierra una mano
sobre mis dedos que sujetan la estaca y retira lentamente la punta de su
pecho mientras me mira a los ojos—. Somos cazadores de vampiros. —Se
da la vuelta y mira a Aristelle, que se está quitando el polvo de los
pantalones—. Íbamos a llegar a esa parte si hubieras esperado. —Mira
hacia el callejón, a mí, y luego de nuevo a Aristelle—. Yo me encargo. A ver
si la encuentras.
Aristelle se pone la mano en la cadera como si fuera a discutir, pero lo
único que hace es mirarme mientras se limpia los pantalones otra vez antes
de salir corriendo sin mirar atrás.
Xander se aparta de mí, levantando las manos.
—En serio, puedes guardarte eso.
—Primero quiero oír el resto de la historia.
—Me parece justo. —Echa un vistazo al oscuro callejón, a las bolsas de
basura del fondo y a las pocas latas y botellas esparcidas, y se encoge de
hombros como si este fuera un lugar tan bueno como cualquier otro. Se
aleja unos pasos de mí para apoyarse en la otra pared, lo que impide ver su
expresión cuando empieza a hablar—. La Sociedad de los Magos
Verdaderos no es solo un grupo de personas que aman la magia y quieren
cultivarla. Puede que fuera eso cuando empezó, pero solo te he contado la
mitad de la historia.
No digo nada, me limito a esperar. Quiero todas las respuestas a todo ya.
Quiero saber por qué murió mi madre. Quiero saber qué son Xander y su
tropa. Quiero entender el poder que hay en mis venas.
Porque quiero saber cómo puede ayudarme a matar a un vampiro.
La idea de hacerlo, de vengarme, hace que el corazón me lata con fuerza.
Me tiemblan los brazos, no por la magia o el miedo, sino por estar más
cerca de algo que he deseado durante tanto tiempo. Algo a lo que casi había
renunciado, empujándolo hacia abajo hasta que se convirtió en un agujero
oscuro que supuraba desesperanza en mi interior. ¿Quién sería yo si pudiera
llenar ese agujero?
—Cuéntamelo todo —le digo—. Te creo. Puedo soportarlo.
—Los vampiros originales eran magos que se volvieron malos.
No me lo esperaba, pero espero en silencio.
—Algunos de los Acetabularii estaban bastante contentos con sus
poderes. No podían perder, pero para algunos un poco de poder nunca es
suficiente. Querían ponerlo a prueba. Querían más, y el aumento de poder
de una actuación solo duraba un tiempo. Como bien sabes, podemos sentir
el poder en nuestras venas, así que alguien tuvo la idea de ir directamente a
la fuente, y funcionó. Si te pinchabas un dedo, podías mandar una bola al
otro lado de la habitación. Córtate la palma y podrás enviarla al otro lado de
la ciudad. Pero ni siquiera eso era suficiente. Cuanto más poder se tiene,
más se quiere conservar, y la única forma de hacerlo es no morir nunca. Así
que se acercaron más y más al borde de la muerte con sus sangrías. Y al
final funcionó. Alguien fue demasiado lejos y usó la suficiente sangre y
poder para que la magia le concediera la petición, pero el hechizo chupó
hasta la última gota de la sangre del mago para hacerlo y le dejó con un
hambre insaciable de más sangre para mantener el hechizo. Todos los
hechizos necesitan alimentarse para durar, así que, si un vampiro no se
alimenta, su inmortalidad desaparece. Hacen daño a otros para salvarse a sí
mismos.
—Así que a mi madre la mató un mago descarriado. —Se me hiela la
sangre. No siento nada de magia en mis venas. Parece la muerte.
—No tiene por qué. Se supone que la magia no debe salir del cuerpo. La
magia de sangre es más difícil de controlar: si lanzas una bola por la
habitación al pincharte un dedo puede que acabe en la garganta de alguien,
por ejemplo. El hechizo de inmortalidad era un montón de magia desatada.
Se convertía en lo que quería, no en lo que pretendía el mago. Ahora, cada
vez que un vampiro drena hasta la última gota de alguien, humano o mago,
el hechizo se activa en esa persona. También se convierten en vampiros, y
muchos de ellos no saben por qué ni cómo, solo que son una criatura del
mito y la leyenda.
—A mi madre la drenaron y está muerta —digo.
—Es probable que no la drenaran del todo y que muriera por la pérdida
de sangre —dice.
Sus palabras son gentiles, pero me oprimen la garganta y me arrastran al
recuerdo. Tiene razón. No estaba muerta. Le agarré la muñeca cuando la
encontré. Tenía la mano inerte, pero entonces sentí ese pulso bajo su piel.
Me dio una esperanza ridícula, y seguí zarandeándola y diciendo su
nombre, pero el pulso no era esperanza. Era la última pizca de vida que
abandonaba su cuerpo. Yo estaba allí cuando murió. El vampiro se había
ido.
—Eh. —La voz de Xander es suave—. No tenemos que acabar con esto
ahora mismo.
Pero lo necesito. Es urgente. Ser vampiro es una maldición. Algunos la
aceptan, pero otros se ven obligados a aceptarla. No importa en cuál de esas
categorías caiga un vampiro, no es una excusa. Siguen haciendo daño a la
gente. Son monstruos que tienen que ser eliminados.
Xander empieza a acercarse a mí, pero niego con la cabeza. No necesito
consuelo. Lo que quiero es la verdad que ansío desde que vi por primera
vez a Gerald en la televisión y supe que era un asesino mentiroso.
—Sigo sin ver cómo todos vosotros tenéis alguna posibilidad contra
vampiros de verdad. Aristelle, tal vez, ¿pero tú? —Señalo a Xander—.
¿Qué vas a hacer con una baraja de cartas? ¿Muerte por mil cortes de
papel? ¿Los pájaros de Reina van a matarlos a picotazos?
—Tengo muchos otros talentos, Ava. —Hace una pausa, sosteniendo mi
mirada interrogante—. Además, somos inmortales.
Daría un paso atrás si no estuviera ya contra la pared. Acaba de decirme
cuál es el precio de la inmortalidad. Cierro los dedos en torno a la estaca
que todavía tengo en la mano.
Xander se da cuenta.
—Espera. No te pongas en plan Buffy otra vez. Aunque, el Xander de
Buffy se merecía que lo apuñalaran. —Esboza una sonrisa, pero yo no. No
estoy de humor para bromas de vampiros ni en un buen día.
Avanza tan deprisa que se convierte en una mancha verde y luego vuelve
a estar contra la pared con mi estaca entre las manos.
Me quedo boquiabierta.
—No estás ayudando a tu caso.
Le da una vuelta a la estaca.
—Me estabas poniendo nerviosa con esto.
—Devuélvemela.
—Si un vampiro se acerca por sorpresa, estarás más seguro si yo tengo la
estaca.
Con la velocidad a la que se acaba de mover, debería creerle, pero no
confío en él.
—Devuélvemela.
—Seguimos sin ser vampiros —continúa, ignorando mi mano extendida
—. Cuando se crearon los vampiros, algunos de los Acetabularii quisieron
limpiarse las manos, pero otros sintieron la obligación de hacer algo. Sin
embargo, la maldición hace a los vampiros fuertes y rápidos, y pueden
curarse al instante de casi cualquier herida porque la maldición busca
alimentarse, así que los convirtió en cazadores de primera. Nadie sabía
cómo enfrentarse a ellos sin acabar maldito de la misma manera. —Tuerce
el gesto con tal asco que me encuentro asintiendo con la cabeza.
—Los Acetabularii empezaron a experimentar con formas naturales para
aumentar su poder, como trucos más elaborados para provocar una mayor
reacción del público y actuar más a menudo para que el poder durara más.
Pero al final, dos de los Acetabularii más poderosos se dieron cuenta de que
nunca serían lo bastante fuertes sin usar magia de sangre, y así lo hicieron.
Una de ellas sacrificó hasta la última gota de su sangre de maga, pero no
creó su propia inmortalidad, sino que dio su vida para que la otra maga
pudiera crearla. —Levanta el brazalete de cuero con la joya roja y dentada
del centro—. Estas contienen el hechizo de la inmortalidad, pero como no
sacrificamos nuestra propia sangre, no tenemos que alimentarnos para
mantenerla. Todavía tenemos que alimentar el hechizo, pero no se alimenta
de sangre, sino de actuaciones.
Miro el brazalete.
—¿Así que necesito uno de esos para matar a un vampiro?
—No, pero iguala las condiciones. No solo nos permite vivir para
siempre, lo que a su vez ayuda a desarrollar la magia en nuestra sangre:
cuanto más envejecemos, más poderosos nos volvemos. También nos ayuda
a almacenar magia extra, como un amplificador. Somos más fuertes, más
rápidos y podemos curar las heridas que no son graves. Pero incluso alguien
sin ningún poder puede tener suerte y acabar con un vampiro. Una estaca en
el corazón puede funcionar. Es lo más sencillo. No pueden curarse de
heridas hechas con madera porque es algo natural en un cuerpo antinatural.
—Sonríe ante mi estaca como si fuera un amigo que hace tiempo que no ve
—. Pero tampoco pueden curarse de la decapitación o de arder hasta las
cenizas.
Hay una ferocidad tras su sonrisa, y sé que uno no se pone así sin una
razón. Pensaba que era todo encanto y coqueteo, pero cuando pienso en
ello, vi eso en él anoche cuando me subí al escenario a su lado.
Solo se me ocurren dos razones para unirte a una sociedad mágica secreta
de cazavampiros: amas la magia u odias a los vampiros. Yo tengo ambas.
Y puedo adivinar a qué categoría pertenece Xander.
—Perdiste a alguien.
Su sonrisa se rompe en un segundo.
—Mi hermano. Yo tenía diecisiete años y él solo quince. —El fantasma
de una sonrisa cruza sus labios, y es tan diferente de la sonrisa facilona que
suele esbozar que apenas lo reconozco—. Me suplicó que lo llevara a una
fiesta. Se suponía que iba a ser la típica fiesta de instituto… un montón de
adolescentes y demasiado alcohol. Se estaba haciendo tarde, no llegábamos
al toque de queda, así que fui a buscarlo. Lo vi en el bosque detrás de la
casa. —Suelta una risa áspera que suena más bien a ahogo—. Pensé que
había tenido suerte. Una chica tenía la cara enterrada en su cuello. Estuve a
punto de dejarlo solo, pero a nuestros padres les gustaba castigarme una
hora por cada minuto que me saltaba del toque de queda, así que lo llamé
por su nombre. La chica huyó, y él… cayó al suelo. Pensé que estaba
borracho, pero corrí hacia él e intenté levantarle el rostro, y su cuello… —
Xander hace una pausa y se pasa la mano por la cara.
—No tienes que seguir. —Le digo. Sé en qué momento está. Para mí, fue
el último soplo de vida dejando el cuerpo de mi madre. Para él, es esto.
Ahora respira con dificultad, pero niega con la cabeza y continúa.
—Había mucha sangre. No eran como esos pequeños puntitos. —Traga
saliva—. Algunos vampiros son más despiadados que otros. Ella lo
desgarró. Ya estaba muerto… Por un momento, traté de arreglarlo. Era la
primera vez que usaba mi poder. Había estado haciendo algunos trucos con
vasos y bolas en la fiesta, experimentando ese pequeño zumbido de poder
que podemos sentir, aunque no sepamos cómo usarlo. Aristelle dijo que
probablemente el shock me hizo expulsar el poder de mi cuerpo e intentar
curarle. No funcionó, claro. Vino la policía. Todo el mundo lo llamó ataque
animal. Ya sabes cómo es la gente. Los chupasangres nos han mostrado
literalmente sus caras, pero la mayoría no cree en ellos. Sin embargo,
Aristelle sintió que usaba mi poder y me encontró, y me creyó, y
necesitaban un aprendiz. —Se encoge de hombros.
—¿Aristelle sintió tu poder? ¿Estaba allí?
—No. Cuanto más poder se utilice, mayor será la distancia a la que otros
magos puedan sentirlo. Piensa en ello como si explotara una bomba. Hay un
estallido inicial que atrae la atención de todos, y después te quedas ardiendo
un rato.
—Sentiste a ese vampiro. Antes, los dos actuasteis como si hubierais oído
algo.
—Sí. También es como encontramos a los vampiros. Cuando se
alimentan, usan magia para mantenerse vivos. Así es como los cazamos.
Lanza mi estaca al aire y la atrapa.
—Hay algo más que deberías saber —dice demasiado a la ligera—. Los
vampiros también pueden sentirnos cuando usamos magia. La magia se
siente igual sin importar de qué tipo sea, así que es como si nos
estuviéramos llamando constantemente, pero no sabes quién es el que
llama: si un mago o un vampiro. Los vampiros se comen cualquier cosa,
incluso entre ellos, pero prefieren comernos a nosotros.
El miedo me recorre la nuca.
—¿Por qué?
—Beberse nuestra sangre les permite volver a hacer magia, al menos
durante un tiempo. También les permite volver a caminar bajo el sol.
Quemarse al sol era otro efecto secundario de la maldición. También se
enfrían cuando no se han alimentado recientemente, ya que no circula la
sangre suficiente. Pero con sangre de mago en su sistema, pueden fingir que
son uno de nosotros.
Trago saliva.
—Así que cada vez que creas magia para cazar vampiros, los estás
atrayendo hacia ti.
—¿Eso te asusta?
—No. —Llevo toda la vida buscándolos y ahora me dice que puedo
atraerlos directamente hacia mí.
La fiereza de su sonrisa como respuesta acaba con mi inquietud.
Nos sentamos en silencio durante un minuto.
—Entonces, ¿dijiste que hacías magia antes de esto? —Me gusta que para
él no se trate solo de cazar vampiros, porque, aunque quiera eso, también
quiero la magia.
—La verdad es que no. Me gustaba seducir a las chicas con truquitos, así
que nada ha cambiado. —Vuelve una versión débil de su sonrisa.
Me doy cuenta de que no quiere volver a sumergirse en sus recuerdos, así
que hago todo lo que puedo para que mi tono sea ligero y bromista, aunque
me duela la garganta de dolor por él… por los dos.
—Exactamente, ¿cuánto hace que te volviste inmortal?
Nada de esto me ha asustado, pero lo de la inmortalidad es una pregunta a
la que estoy dándole vueltas, y si me dice que esto fue hace cuarenta años,
bueno, eso podría cambiar las cosas.
—Cuatro años. Hace cuatro años que tengo diecisiete. —Sonríe con
ganas—. Así que ya lo sabes todo. —Se aclara la garganta y se pasa una
mano por el pelo, los mechones verdes caen hacia el otro lado—. Supongo
que nos estuviste siguiendo durante un rato…
—Sí. —No sé a dónde quiere llegar.
Se le escapa una risita un poco forzada.
—No es lo que crees. Es parte de nuestra tapadera. Una pareja tropezando
con un vampiro y su comida en un callejón oscuro es mucho menos
sospechoso que nosotros dos atacando. Nos acerca más. Tenemos más
oportunidades de clavarle una estaca.
—Cierto —murmuro. Me alegro de que esté oscuro para que no vea mis
mejillas sonrojadas. Supongo que está coqueteando, no fue solo el zumbido
de la magia.
—Es verdad. —Salto al oír la voz de Aristelle detrás de mí. No he oído ni
un solo paso de ella acercándose—. Ni por todo el dinero del mundo le
daría la mano —continúa—, pero lo haré por un solo vampiro muerto.
Se le endurece el rostro y sé que es como Xander. Ella no está en esto por
la magia. Está en esto por la sangre.
—¿Qué te pasó? —pregunto. Es una manera horrible de decirlo, pero es
lo que me sale. ¿Qué te pasó para volverte tan tenaz como yo?
Me mira con ojos fríos y se queda callada tanto tiempo que no creo que
vaya a responder, pero lo hace.
—Fue en 1969. —Hace una pausa y me observa.
Intento no reaccionar.
Parece satisfecha cuando no lo hago.
—Iba a Woodstock. Por aquel entonces, yo era todo paz y amor. —Frunce
el ceño como si deseara poder alcanzar y abofetear a su yo del pasado—.
Estaba abarrotado. Estaba tan lleno que un vampiro se acercó por detrás y
me drenó hasta dejarme inconsciente, y nadie se dio cuenta hasta que me
dejó en el suelo. Desperté en el hospital, pero recordaba lo que me había
pasado. Recordaba los colmillos. Empecé a cazar vampiros antes de
aprovechar mi magia. Así me encontró una compañía.
No le digo que lo siento ni nada parecido. Tengo la sensación de que lo
odiaría.
En su lugar, digo:
—Así que tienes como, ¿cuántos? ¿Setenta años?
Me dedica una sonrisa amarga.
—Ojalá. —Parece incómoda, como si no quisiera decirlo en voz alta.
—¿Desearías no ser inmortal?
Se gira como si fuera a apartarse de mí y comparte una mirada con
Xander antes de responder.
—El hechizo no solo congela nuestros cuerpos, también congela nuestras
mentes. En la mayoría de los sentidos, me siento como el día en que me
convertí en inmortal. Sigo sintiendo las esperanzas y los sueños que tenía
antes, y todavía siento toda la rabia y el dolor de lo que pasó como si
hubiera sido ayer, pero también tengo un montón de recuerdos que no
encajan de los últimos cincuenta y tres años; es casi como si fuera dos
personas que no deberían existir en este mundo.
Me doy cuenta de que está siendo más vulnerable de lo que le gusta, pero
me sostiene la mirada mientras habla, y después, espera mi reacción.
—¿Cómo se vive así?
Se encoge de hombros.
—Es una lucha diaria. Muchos de nosotros nos apagamos… renunciamos
a sentirnos humanos. —Vacila—. Algunos nos convertimos en vampiros en
ese sentido.
Miro a través de ellos.
—Pero tú no.
—Nunca —escupe.
Trago saliva.
—¿Merece la pena?
—He matado a trescientos catorce vampiros. Espera… —Una sonrisa
afilada ilumina su rostro y parece más ella misma—. Más bien trescientos
quince.
Me quedo con la boca abierta. Más de trescientos vampiros.
Pero no parece haberle dado ningún tipo de cierre. No ha respondido a mi
pregunta.
Xander se muerde el labio mientras observa mi expresión.
—¿Estás con nosotros?
—Llévame a cazar ahora. —Necesito saber cómo es. Necesito saber si
llena el agujero que tengo dentro. Ha sido todo lo que he querido durante
tanto tiempo que no puedo imaginar que no lo fuera.
Aristelle se ríe.
—De algún modo, cada minuto que pasa me gustas más y menos.
Xander niega con la cabeza.
—Necesitas más entrenamiento.
—He estado entrenando casi toda mi vida para esto.
—Es mejor si te damos uno de estos primero. —Levanta el brazalete. La
joya roja como la sangre se ve negra en la oscuridad.
—De acuerdo. Acepto. Me quedo con uno.
—¿Estás con nosotros? —vuelve a preguntar.
—¿Hay algo más que no me estéis contando?
Xander y Aristelle comparten una mirada que no me gusta, una que me
deja al margen, sin una información clave.
—Todavía no te lo ha contado todo —dice Aristelle.
Xander se mira los dedos de los pies y yo me centro en Aristelle. Tienen
que ser malas noticias, y ella parece el tipo de persona a la que le encanta
ser la mensajera de la decepción.
—Cuéntamelo tú, pues.
Sonríe.
—La Sociedad no tiene poder ilimitado. —Muestra su brazalete—. Solo
se puede conseguir uno de estos cuando uno de nosotros muere, y no los
repartimos como si fueran caramelos de cinco céntimos. No somos la única
compañía. Todas las compañías forman a un aprendiz y luego nos reunimos
una vez al año. Si hemos perdido a alguien, celebramos una competición en
la que demuestras que tienes la habilidad para controlar la magia que corre
por tus venas. Tienes que ser el mejor de los mejores para unirte a nosotros.
Tendrás que luchar si quieres formar parte de esto.
—¿Con qué frecuencia muere alguien? ¿Hay alguna vacante este año?
—No todos los años, y no lo sabemos hasta que llegamos —dice Aristelle
—. Pero si no hay una vacante, seguiremos entrenándote durante el próximo
año.
Así que podrían pasar años antes de que consiga lo que quiero, y ya he
esperado suficiente, pero me siento un poco culpable por querer que alguien
haya muerto.
—Casi todos los años —añade Xander, leyendo la decepción en mi rostro
—. Cazar es peligroso. Los cuerpos de los vampiros usan magia de sangre
sin siquiera tener que pensar en ello. Se curan más rápido que nosotros y se
mueven más rápido que nosotros porque todo su cuerpo es un hechizo
activo. Nuestros poderes requieren más concentración y no siempre
funcionan. Pero por eso colaboramos, y por eso tenemos la competición. No
vamos a dejar que caces sin asegurarnos de que eres la mejor.
Se me hace un nudo en el estómago.
—Pero yo no puedo hacer lo que haces tú.
—No te preocupes —añade Xander un poco demasiado ansioso—.
Tenemos tiempo para entrenarte.
Su consuelo es demasiado rápido.
—¿Qué pasa si pierdo?
—Vuelves a tu antigua vida, despojada de tus recuerdos de esto.
Pero ¿a qué voy a volver? A veces siento que hay un millón de vidas
diferentes detrás de mí. No quiero volver atrás. Ni siquiera puedo volver a
la única época de mi vida a la que he querido volver. No puedes revivir a
los muertos. Una horrible parte de mí desearía que ese vampiro hubiera
drenado a mi madre por completo, para que al menos existiera una versión
de ella, pero ese pensamiento hace que se me revuelva el estómago.
Volveré a vagar por las calles de noche buscando algo que podría
matarme si lo encuentro, todo mientras intento no pensar en el hecho de que
mi hermano tiene una casa en la que yo solo soy un estorbo.
Sacudo la cabeza. No puedo consumirme con lo que tengo que perder. La
gente que solo piensa en lo que puede perder nunca gana nada, y yo quiero
esto más que nunca.
Siento que avanzo hacia una noche oscura, pero por primera vez tengo
gente a mi lado. Diablos, incluso tengo una chica que puede iluminar el
camino con fuego, aunque pueda chamuscarme una o dos veces.
Y ellos me quieren a mí. Mamá hablaba tanto de la gran compañía con la
que solía viajar que me parecían parientes lejanos. Su cara se iluminaba con
historias sobre Edgar, que tragaba fuego; Angela, que podía contorsionarse
en espacios imposibles; Samuel, que hacía actuaciones atrevidas y
peligrosas; y mi favorita, Julia, que hacía desaparecer leones enteros con un
guiño. La forma en que mamá hablaba de ellos… parecían de la familia. Ya
de niña anhelaba eso, una gran familia que fuera más allá de nuestra
pequeña caravana, pero en lugar de eso, me arrebataron lo poco que tenía.
Antes, sentados en la sala con la compañía de Xander, parecían una gran
familia. Reina y Diantha se apoyaban la una en la otra. Xander y Aristelle
compartían miradas que parecían encerrar secretos. Las gemelas… bueno,
miraban al frente como muñecas a las que han sentado ahí, pero cuando una
de ellas estornudó, Diantha se sacó un pañuelo de la manga un segundo
antes de que ocurriera. Incluso en el poco tiempo que pasé sentada con
ellos, me di cuenta de que eran una familia.
Mamá siempre decía que algún día actuaríamos juntas. Nunca me dejaba
ayudar en las fiestas de cumpleaños, pero siempre decía que un día me
tocaría a mí, y yo solía hacer dibujitos de cómo serían nuestros trajes de
madre e hija.
Nunca me subiré al escenario con mamá, pero aquí, frente a mí, tengo la
opción de unirme a mi propia compañía, de recuperar uno de los sueños que
creí que habían muerto con ella.
—Entonces, ¿estás con nosotros? —vuelve a preguntar Xander.
Sopeso sus palabras durante un momento. Pero lo único que quiero de
verdad en mi vida es a Parker y, por mucho que me duela decirlo, a veces
no es suficiente. Necesito esto, y no se trata solo de venganza. Quiero el
poder de crear mi propia vida, una que pueda compartir con él, y la tengo
justo delante. Puedo cazar vampiros hasta que vuelva a sentirme completa y
luego vivir en Las Vegas con trucos que el mundo nunca ha visto. Esto
podría ayudarme a escapar… de todo.
—Está con nosotros —dice Aristelle—. Nos vamos pasado mañana. A las
cinco de la mañana en punto. La competición es en Santa Cruz.
—¿Qué? —Me chirría la voz—. Habéis dicho que tenía tiempo para
entrenar.
—Lo tienes. Sin embargo, tenemos que inscribirnos, y luego se nos
concede tiempo para entrenar en nuestro complejo.
—Así que por eso me necesitabais. ¿Qué te pasa si no voy?
Algo malo. Algo que haga que la desesperación que escuché en sus voces
tenga sentido.
Comparten una mirada, y hay verdadero miedo en ella.
—La sociedad se toma la competición muy en serio —dice Aristelle—.
Con un número limitado de hechizos de inmortalidad, necesitamos lo mejor
de lo mejor para evitar que los vampiros invadan el mundo. Si no llevamos
a alguien a la competición, nuestra compañía se separará.
Se me revuelve el estómago. Sé lo que es temer eso. Parker y yo
estuvimos separados al principio, y nunca olvidaré lo desesperada que
estaba por volver a estar con él. Y después, lo asustada que estaba de que
nos volvieran a separar, de que alguien quisiera a un niño encantador con
sonrisas enormes y no a una niña mayor que lloraba mientras dormía.
Ambos parecen querer que deje de hacer preguntas, pero tengo una más.
No voy a dejar que la compasión anule mi sentido común.
—¿Quién es Sarah? —pregunto.
Aristelle hace una mueca.
Xander es el que responde.
—Hizo un truco para el que no estaba preparada y se hizo daño. Ahora
está bien, pero dejó la compañía. Esta vida no es para todo el mundo. Hay
peligro, pero nos tienes a nosotros para ayudarte a manejarlo.
He estado buscando el peligro. No me asusta.
—Podemos empezar a entrenarte mañana por la mañana —dice Aristelle.
—No —digo, y odio la mirada de terror que comparten antes de continuar
—. Quiero algo de vosotros antes de aceptar.
Aristelle frunce el ceño.
La comisura de los labios de Xander se curva hacia arriba.
—¿Qué quieres?
—Quiero que actuéis en la fiesta de cumpleaños de mi hermano. —Es
perfecto. Podré darle a Parker algo muy mágico antes de irme, y será mucho
mejor que cualquier cosa que Deb haya planeado.
Aristelle vuelve a reírse.
—¿Tenemos pinta de hacer trucos para fiestas?
Me quedo mirando su elaborado atuendo carnavalesco, con sus botas
hasta los muslos y el corsé de brocado rojo atado sobre una camisa negra
vaporosa, y luego el chaleco abierto de Xander sobre el pecho desnudo.
—Sí, ya lo creo.
Xander resopla entre risas mientras Aristelle me fulmina con la mirada.
—Tienes que empezar a entrenar —dice Aristelle.
—Es el cumpleaños de mi hermano y voy a pasar el día con él.
—¿A qué hora es la fiesta? —pregunta Xander.
—A las dos.
—Allí estaré. —Pulsa los botones de un móvil y me lo pasa. Supongo que
debería poner mi número, pero es mi teléfono con el suyo añadido.
—¿Cómo has…?
Me guiña un ojo. Ya no necesito hacerle esa pregunta… o al menos no
por mucho tiempo.
Volvemos al club en silencio. Veo que Xander y Aristelle me miran como
si estuvieran esperando a que huya, pero no voy a hacerlo. Me ofrecen
demasiado. Podrían decirme que tengo que abrirme paso a través de una
jaula de tigres y quizá lo haría solo para sentirme más cerca de mamá. Y
para estar más cerca de la venganza.
Cuando llegamos al club, Aristelle entra sin despedirse, pero Xander se
queda.
—Hasta mañana —dice, pero hay una pregunta en su voz.
Asiento con la cabeza, pero él se toma un momento antes de darse la
vuelta, como si temiera que me convirtiera en humo. Espero a que esté
dentro antes de respirar el aire de la noche, como si no hubiera respirado en
los últimos veinte minutos.
Me vuelvo hacia casa de Deb, sintiendo la necesidad de caminar un rato.
Me urge mi rutina. Caigo en ella, dando pasos firmes, comprobando un
callejón oscuro y luego el siguiente.
Mierda.
Hay alguien ahí al fondo. Es difícil distinguirlo en la oscuridad, pero un
hombre se encorva ligeramente mientras se apoya en la pared. Creo que está
solo un segundo antes de que un destello de pelo rubio se aleje de él.
El corazón se me para y luego se me acelera. Los miembros se me
vuelven gelatina. No todos los hombres espeluznantes en la oscuridad son
vampiros, pero echo mano de mi mochila para sacar la estaca.
Mierda, Xander nunca me la devolvió.
La adrenalina se convierte en pánico absoluto. Si es un vampiro, estoy
acabada, y si no lo es, podría acabar muerta, pero no puedo dar media
vuelta e irme. Si vuelvo al club en busca de ayuda, esta chica podría estar
muerta para cuando regrese. Avanzo hasta el borde del callejón. Están
discutiendo en susurros; el de él es tan bajo que apenas se oye, y el de ella
es suave y agudo. No es un vampiro, pero eso no significa que no sea
peligroso.
Me acerco con sigilo y me estremezco al sentir el roce del cristal bajo mis
botas.
El hombre se da la vuelta tan rápido que no tengo tiempo de
sobresaltarme. Da dos largas zancadas y se pone delante de mí en un
segundo.
Me sorprende haberme mantenido firme, pero creo que es más porque me
he quedado paralizada que por cualquier tipo de valentía a estas alturas.
—¡La estás asustando! —La chica corre a su lado. Su largo pelo rubio
atrapa la luz de la calle y brilla como una antorcha en el sombrío callejón.
Incluso en la penumbra, las mejillas se le ven sonrosadas sobre la piel
blanca. Me sonríe, y es una sonrisa tan amplia y sincera que no sé cómo
encajarla en este escenario. La mantiene plantada en su cara hasta que parte
de la tensión que hay en mí empieza a desaparecer.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Pensé que estabas en apuros. Os oí discutir. —Hablo en voz alta, como
si pudiera manejar la situación.
—Ah. —Se ríe y se alisa el jersey azul cielo que lleva sobre el vestido
rosa claro—. Solo quiero tomar un helado antes de que cierren todas las
tiendas, y este gruñón no quiere abandonar su puesto.
Por fin miro al tipo, que no ha sido más que un borrón de amenaza en mi
radar. Está mirando a la chica con el ceño fruncido.
Doy un paso atrás.
—Tú. —Es el rarito con el que me encontré anoche.
Me mira un segundo a través de los rizos que le cuelgan sobre los ojos y
suspira.
—Esperaba no volver a verte.
—Ese sentimiento era mutuo.
—Entonces, ¿por qué no me hiciste caso? —Cruza los brazos sobre el
pecho como un padre que regaña a su hijo.
Me irrito.
—No sé quién te crees que eres.
La chica que está detrás suspira de forma dramática.
—Uno pensaría que esto se te daría mejor. —Se vuelve hacia mí—. Solo
se preocupa por ti.
—¿Sois una de las otras compañías?
El chico suspira.
—Ya lo sabes. Te han elegido. ¿Ya has aceptado ser su aprendiz?
—¿Por qué no iba a hacerlo?
—Es peligroso. —Tiene el rostro tenso y helado, como una bóveda de
secretos que nunca abriré.
La chica da una palmada.
—Yo también soy aprendiz.
Los miro.
—Si es tan peligroso, ¿por qué tienes tú una?
Algo oscuro parpadea en la cara del chico.
La cara de la chica decae un poco, como si no se lo hubiera planteado.
—¿Quizá podríamos hablar tomando un helado?
—No…
Me agarra del brazo y empieza a tirar de mí hacia la calle antes de que
pueda protestar.
—No estaría mal tener una amiga, ¿verdad? Si vamos a estar en la misma
competición.
—Willow —gruñe el chico.
—Ignora a Roman —dice Willow—. Él no es de hacer amigos. —Baja la
voz como si estuviera compartiendo un secreto—. Estoy bastante segura de
que ni siquiera yo soy su amiga. —Hay sarcasmo en su voz, pero también
un poco de dolor. Me relajo cuando me agarra el brazo. No me fío de la
gente que es demasiado optimista y alegre, pero hay algo en ella que me
parece más sincero.
Y aunque en realidad no busco ninguna amiga, siempre estoy abierta a
recibir más información. Puedo seguir con esto.
—Soy Ava —le digo, sorprendida de darle mi nombre sin que me lo pida,
pero me gusta la forma en que me habla como si no lo necesitara.
El paseo hasta la heladería dura una eternidad, pero quizá sea porque
Roman me sigue de cerca y no puedo evitar sentir su mirada clavada en mi
espalda.
Tengo que luchar contra el impulso de mirarlo por encima del hombro.
Nos detenemos frente a una heladería muy concurrida con una pizarra
llena de sabores extraños, como lavanda y té verde. He pasado por delante
muchas veces, pero nunca he entrado. Parker y Jacob siempre quieren el
Blizzards de Dairy Queen.
Willow se pone en la cola detrás de un par de jóvenes, que la miran
boquiabiertos antes de volver en sí y dirigirse al mostrador. A mí no me
miran. No puedo culparlos. El pelo largo y rubio de Willow le llega casi
hasta la cintura y está enmarañado de una forma que te hace imaginarla
corriendo por el bosque descalza mientras las ramas se le enganchan en el
pelo. Dirige hacia mí sus ojos color corteza.
—¿Tienes algún sabor favorito?
—Vainilla, supongo. —Según el cartel que he visto fuera, la vainilla sola
no está disponible.
Tararea, rodeando a los chicos que tiene delante para ver las tarrinas
multicolores.
—Deberías probar el té verde.
No sé cómo la vainilla la llevó al té verde, pero asiento con la cabeza y
ella sonríe como si fuera un momento espectacular para nosotras. Si esto
fuera una película, sería el momento en que nos damos cuenta de que
estamos destinadas a ser amigas para siempre. Llegamos al mostrador y me
pide una bola de miel y vainilla y otra de té verde. Pide lavanda y
mantequilla de cacahuete para ella; solo de pensar en la combinación me
entran arcadas, e intento que no se me note. Paga nuestros cucuruchos antes
de que pueda siquiera sacar la cartera.
—No hace falta que…
—Quiero hacerlo. Es lo que hacen las amigas.
—No sois amigas —refunfuña Roman detrás de mí.
Lo fulmino con la mirada como si no estuviera pensando exactamente lo
mismo. No podemos ser amigas.
Hace caso omiso de Roman y me conduce a una mesa cromada rodeada
de sillas de metal con asientos y respaldos de madera. Las sillas chirrían en
señal de protesta cuando las recoloca.
—Supongo que tenemos que incluirlo —dice, y suspira.
—Supongo. —Miro a Roman, que se sienta junto a Willow con una sola
tarrina de vainilla con miel. Parece fingir que no nos oye.
Willow lame una gota de crema que cae por su cucurucho y lo mira.
—No sabe cómo tomar helado. —Me sonríe.
—Es triste, de verdad —respondo con una sonrisa rígida, pero puedo
sentirme derritiéndome un poco, como el helado que tengo en la mano. En
este lugar tan iluminado, la energía de Willow rebota por todas partes y me
llena de una flotabilidad que no suelo sentir en situaciones sociales. Doy un
bocado a mi helado de té verde. Está dulce y espeso, con un ligero sabor a
miel—. Está increíble.
—Sabía que te gustaría —dice Willow, y así como así, volvemos a
conocernos desde siempre. En realidad, no la conozco de nada, pero hay
algo en su comportamiento que me hace sentir como si la conociera, y
nunca tengo esa sensación, la sensación de que somos amigas.
Intento deshacerme de esa sensación. No estoy aquí por eso.
Roman nos mira y suspira.
—Esto ha sido una mala idea. Ya te lo dije. Nada de amigos.
Willow hace un mohín.
—Necesito amigos.
—¿Por qué? —le pregunto. Siento verdadera curiosidad. La amistad no es
algo que haya sentido que necesito, aunque a veces la desee. Aunque la
quiera ahora.
—Mira con quién estoy todo el día. Es el único miembro de su compañía.
—Su sonrisa cae solo un pelín; sería imperceptible si no estuviera tan
acostumbrada a leer a la gente—. Echo de menos a mi enorme familia.
—Sois competidoras, no amigas. No podéis ser ambas cosas —dice
Roman sombrío—. Solo se quedará una de vosotras.
—Pero podríamos ser amigas por ahora —dice Willow—. ¿Qué opinas,
Ava? ¿Amigas por ahora?
No recuerdo la última vez que alguien me pidió que fuera su amiga. Es el
tipo de frase inocente que solo se oye en un patio de recreo junto al
tetherball. Incluso cuando era pequeña, no recuerdo a nadie diciéndome
esas palabras. Yo era la niña con ropa de segunda mano, sentada en el muro
de piedra frente a los columpios sin valor para levantarme y ponerme en la
fila. Una parte de mí debió de desear que alguien lanzara esas palabras en
mi dirección, y ahora tengo que resistir el impulso de gritar que sí y sonreír
como una tonta.
Por ahora. Me aferro a la única parte negativa de su afirmación y la
utilizo para tirar de mí hacia abajo y volver a encerrarme en mí misma,
donde debo estar. Solo una de nosotras puede ganar y unirse. Nuestra nueva
amistad ya tiene una vida corta. Pero estoy acostumbrada a que las cosas no
duren.
Miro a Willow al otro lado de la mesa, observándola con un interés
nuevo, evaluando sus extremidades largas y ágiles. Es guapa, pero
seguramente no es rápida. No sé cuál será la prueba, pero guardo la
información como si fuera una guerrera experta.
Una lenta sonrisa se dibuja en su rostro cuando hace lo mismo conmigo.
Le devuelvo la sonrisa, disfrutando de mi helado tanto como de su
sinceridad.
—¿Amigas? —Me tiende la mano.
—Y competidoras —respondo, estrechando su mano entre las mías.
Asiente y se ríe, me suelta y se reclina en la silla. Tiene los ojos de color
ámbar líquido y cálido.
—¿Cuál es tu especialidad? —pregunta, lamiendo una gota de helado de
su dedo.
El helado de vainilla de Roman se derrite en su tarrina. No ha probado
bocado.
—Ah, bueno… Hago trucos con monedas —digo, y hago una mueca
amargada.
—Qué bien. —Willow sonríe como si le hubiera dado la respuesta
perfecta.
—Eso no es suficiente —gruñe Roman. La cucharilla chasquea en su
puño cerrado.
Me echo hacia atrás. Sé que no es tan genial como lo que puede hacer el
resto de la compañía, pero aún no han empezado a entrenarme. Sin
embargo, la ira de Roman no va dirigida a mí. Está mirando su tarrina.
—Seguro que aprenderé otras cosas —añado.
—¿Con qué tiempo? —Deja caer la cucharilla rota sobre la mesa.
Creía que teníamos tiempo para practicar; no mucho, pero sí el suficiente.
Me giro hacia Willow.
—¿Cuánto tiempo llevas practicando?
Willow se queda pensativa.
—Diez meses.
Se me seca la boca. Mi helado resbala ahora por la mano en torrentes
sollozantes y, si me quedara algo de sentido común, intentaría impedirlo.
Pero no lo hago.
De manera distraída, soy consciente de que estoy asintiendo con la cabeza
como si todo fuera bien, como si no acabara de enterarme de que no tengo
ninguna posibilidad en este sueño con el que acabo de tropezarme. Me
sorprende lo mucho que duele.
Es la furia de Roman la que me hace regresar. Me centro en su puño
encima de la mesa, sus largos dedos apretados lo suficiente como para que
se le vean las venas. No sé por qué se preocupa tanto. Debería alegrarse de
que su aprendiz tenga más posibilidades.
—Por eso te advertí —dice Roman—. Nunca entrenan lo suficiente a sus
aprendices.
—¿Por qué te importa? —pregunto, luego me giro hacia Willow—. ¿Y
eso no te da más oportunidades?
—Me gustan las peleas justas —dice ella.
Roman no contesta.
—Bueno, sigo teniendo la intención de darte una. —Xander dijo que
sentía mucho poder en mí, que tenía talento natural. Tengo que creer en eso.
Comemos en silencio durante unos minutos. Cuando estoy segura de que
no me van a dar nada más, me pongo de pie.
—Ha sido un placer conocerte.
Dirijo mis palabras solo a Willow, porque, aunque no estoy preparada
para llamarla mi amiga ni nada parecido, sé que Roman no lo es.
—Hasta pronto —se despide Willow.
Me alejo en el aire de la noche.
—Ava —dice mi nombre con voz grave y vacilante, como si no estuviera
seguro de tener derecho a usarlo.
Me doy la vuelta y miro los ojos serios de Roman.
—¿Por qué lo has hecho? —pregunta.
Me encojo de hombros.
—Es una larga historia. —Intento resumírsela—. Quiero algo diferente.
La compañía de Xander me lo ofrece.
—No —dice, con el ceño fruncido—. ¿Por qué te metiste en ese callejón
oscuro conmigo y con Willow? Pensabas que había una amenaza, pero te
metiste de todos modos. La mayoría de la gente lo habría ignorado o habría
pedido ayuda. —Lo último lo dice como si hubiera sido lo más inteligente.
—Instinto.
Su rostro es sombrío.
Empiezo a darme la vuelta.
—Ha sido valiente —dice.
—Gracias —digo. No sé qué es esto, así que empiezo a caminar.
—No estoy seguro de que sea un cumplido —dice en voz tan baja que
apenas lo oigo.
Suena como otra advertencia.
Capítulo 7
U no de los niños se ríe y expulsa refresco de naranja por la nariz
mientras Parker se mete otro perrito caliente en la boca de un solo
bocado. Jacob hace lo mismo, luchando por el título del comedor
de perritos calientes más asqueroso. Van por el quinto o sexto. Otro chico y
una chica les siguen el ritmo. Admiro a la chica. Parece a punto de vomitar,
pero está a punto de comerse otro cuando Deb dice que ha llegado el
momento. Todos aplauden, y Jacob levanta la mano de Parker en el aire
como campeón, aunque estoy seguro de que Jacob iba uno por delante de él.
En realidad, me gusta ese chico, tengo que admitirlo.
A mi lado, Stacie hace una mueca.
—¿Dime otra vez por qué estoy aquí?
—Te he invitado a venir porque mañana me voy una temporada.
—Te vas y no puedes decirme adónde vas exactamente.
—Te lo dije. A Santa Cruz.
—Esa no es una dirección real. Mándame un mensaje cuando llegues, al
menos. Sé que eres horrible comunicándote, pero no quiero que la próxima
vez que te vea sea en tu espantosa foto del anuario en Dateline.
Suspiro. Ya hemos pasado por esto diez veces. Le dije que iba a viajar
con los magos como su aprendiz. Omití la parte de que la magia es real.
Stacie cree en los vampiros, pero eso no quita que la gente mueva cosas con
la mente. Está segura de que terminaré asesinada en una zanja.
—Lo intentaré —le digo, pero ambas sabemos que probablemente lo
olvide.
Arruga la nariz mientras vuelve a mirar la estancia.
—Por mucho que me gusten las travesuras preadolescentes, es domingo
por la tarde y tengo sitios en los que estar y chicos a los que ver.
—Te prometo que te alegrarás de haber venido en un minuto. —Miro la
hora en el microondas. Las dos menos cuarto. Menos mal que se lo dije una
hora más tarde de lo que empezaba la fiesta, para que no tuviera que ver
una habitación llena de niños de doce años comiendo perritos calientes.
Alza una ceja.
—Dímelo y yo juzgaré eso. Tendrá que ser mejor que Alex, el del puesto
de fundas de móvil del centro comercial, con esa melena de cachorro
desgreñada y alborotada que te gustaría quitarle de la cara. Ya me está
esperando en la cafetería. No es que no vaya a seguir esperando. —Sonríe.
Ni siquiera estoy segura de que haya mencionado a Alex antes, pero estoy
segura de que no es Xander. Bajo la voz.
—Tengo a uno de los magos de la otra noche que viene a hacer una
actuación sorpresa.
Se tensa como sorprendida y luego pone los ojos en blanco.
—Nop. Lo siento. Alex gana. —Me da un beso en el aire y se dirige a la
puerta con un gesto sobre el hombro con la mano. Se detiene justo antes de
cerrarla—. No te olvides de mandarme un mensaje.
Tengo que cuestionar nuestra amistad si cree que un chico con el pelo
bonito supera a los trucos de magia.
La puerta se cierra tras ella.
Pero no tengo tiempo de preocuparme. El refresco de naranja derramado
me está llamando.
—¡Es la hora de los regalos! —Parker grita mientras busco más
servilletas de papel.
Deb asiente y capta mi atención mientras los niños entran corriendo en la
otra habitación. Le he contado mi sorpresa. Le encanta la idea. Chilló y
aplaudió, y me sentí un poco culpable por tratar de hacerla quedar mal. Yo
quería ganar, mientras que ella solo quería la mejor fiesta para Parker.
Suena el timbre, salgo corriendo por el pasillo y abro la puerta. Xander no
va vestido tan llamativo como para el escenario. Lleva unos vaqueros
oscuros, una camisa negra y una baraja de cartas negras en la mano, que
baraja de un lado a otro como si nunca dejara de hacerlo.
Ya siento que la sangre me bulle por la expectación, no, por su
proximidad. Puedo sentir su magia.
Le hago una seña con la mano.
—¿A qué esperas? ¿A una invitación?
Xander esboza una sonrisa y cruza el umbral deliberadamente. No me
gustan las bromas de vampiros, pero a él sí, y siento que le debía una
después de clavarle una estaca en el pecho anoche.
Cierro la puerta tras él.
—Por aquí.
Empiezo a darme la vuelta cuando alguien llama a la puerta. Frunzo el
ceño. Todos los niños están aquí. Han venido todos. Resulta que Parker es
muy popular.
A lo mejor Stacie ha cambiado de opinión.
Abro la puerta de golpe, dispuesta a hacer un comentario sobre que el
pelo alborotado de Alex no tiene pájaros mágicos, pero el comentario muere
en mis labios.
Casi parece fuera de lugar a la luz del día. Su piel es tan pálida que es
como parpadear delante del sol, y su pelo castaño oscuro brilla con hilos
cobrizos a la luz. Aún lleva pantalones negros y una camisa blanca de
botones sin arrugas y tirantes.
Ni siquiera tengo la oportunidad de decir nada antes de que Xander se
ponga delante de mí.
—No deberías estar aquí. —La voz de Xander es tensa y furiosa—. ¿Qué
haces siguiéndonos todavía? Ya tienes lo que querías.
—¿Sí? —Roman ladea ligeramente la cabeza, como si intentara mirarme.
Intento dar un paso alrededor de Xander, pero él se mueve y me bloquea.
—¿Preocupado? —La voz del chico es profunda y calmada, no la clase de
calma que se utiliza para tranquilizar a un niño que llora, sino la que me
produce escalofríos en los brazos.
—No —dice Xander demasiado rápido para ser verdad—. ¿Qué quieres?
—Lo mismo de siempre, ver cómo estás.
—Estoy bien, gracias.
—Bueno, no eres el único que me importa. —El timbre de sinceridad de
su voz me sobresalta.
Por eso no le cierro la puerta en las narices.
Me agacho bajo el brazo de Xander porque ahora está agarrando la puerta
como si fuera a cerrarla.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto—. Di la verdad.
Roman vacila.
—Lo estábamos siguiendo. Esperaba poder hablar contigo. Pero vimos
los globos en el porche y, al parecer, a Willow le encantan los cumpleaños.
Willow asoma la cabeza por detrás de Roman con una amplia sonrisa en
la cara.
—¡Hola! —Desvía la mirada sutilmente hacia Xander, evaluándolo con
cuidado. Si cree que es una amenaza, no lo demuestra.
—Siento mucho entrometerme. Es que echo mucho de menos las fiestas
de cumpleaños.
—¿Porque tienes una gran familia a la que no has visto desde que
empezaste a entrenar?
Parece sorprendida.
—Te has acordado de eso. Sí. —Vacila—. Teníamos al menos una al mes.
Xander me mira fijamente.
—¿Los conoces?
Miro fijamente a Roman, cuya expresión no cambia.
—Me dijo que me mantuviera alejada de ti.
Xander suelta una carcajada.
—Bueno, supongo que eso la alentó, así que gracias.
Tiene razón, por supuesto, pero no sé cómo iba a saber eso de mí todavía.
Roman no dice nada, pero me mira como si tratara de descifrar un
rompecabezas, y no me gusta.
Xander mueve la cabeza hacia Willow.
—Esta vez tú también tienes una.
—Sí, es muy buena. —Roman vuelve a mirarme—. La tuya parece
bastante delicada, por eso le advertí desde el principio, como deberías haber
hecho tú.
Me irrito.
—Es bastante mordaz —responde Xander con una sonrisa burlona.
Roman me mira los labios durante un instante, como si se estuviera
imaginando los colmillos que escondo debajo, y tengo que contenerme para
no decir que no soy una chupasangre.
—¿Ava? —grita Deb desde algún lugar de la casa.
Sea lo que sea lo que está pasando aquí, no tengo tiempo para ello.
—Tengo que irme. Tengo una casa llena de niños de doce años esperando
una actuación.
Willow sostiene un delgado maletín en la mano.
—¿Puedo actuar yo también?
—Eh… —Tres magos son mejor que uno, pero tampoco quiero enfadar a
la persona que se ofreció a entrenarme.
Xander frunce el ceño, pero se encoge de hombros.
Abro más la puerta.
—Adelante, pues.
Willow chilla.
—No te arrepentirás. —Se da la vuelta, deja el maletín que lleva en el
banco de la entrada, abre los pestillos y saca una brillante flauta de plata.
No sé qué esperaba, pero no era eso.
—¿Puedo ir yo primero? Tengo pánico escénico, y me pondré aún más
nerviosa si tengo que esperar.
Xander me mira y yo me encojo de hombros.
—Como quieras —dice con una pequeña reverencia dramática. Se vuelve
hacia Roman, que se ha colado por la puerta detrás de nosotros—. No
parece tu tipo.
Roman le lanza una mirada oscura.
—Yo no juego así.
Parecen a un segundo de acabar en una pelea, y Xander sin duda tiene
más músculos, pero hay una dureza en la cara de Roman que me dice que
no lo subestime.
Me aclaro la garganta.
—Seguidme.
Los llevo al salón, donde Deb ha sentado a los invitados en semicírculo.
Willow ni siquiera me da la oportunidad de presentarla. Se lleva la flauta a
los labios y deja escapar unas notas graves e inquietantes antes de guiñarnos
un ojo y la melodía se convierte en la cadenciosa danza de las doncellas
irlandesas. Algunos niños aplauden, aunque parecen un poco confusos.
Empiezo a preguntarme si no será más que una artista y no una maga
cuando sostiene una nota un poco más y se forma una gran burbuja en el
extremo de la flauta que luego se libera en el aire. El ritmo se acelera, ahora
una serie de burbujas salen a borbotones con cada nota y flotan por la sala
de una forma perezosa que contrasta con su melodía. Algunos niños se
ponen en pie y las tocan, las revientan y se ríen mientras les llueve jabón.
Es realmente brillante.
—Te dije que era buena —le dice Roman a Xander por encima de mi
cabeza. Los tengo de pie uno a cada lado.
Xander no dice nada.
Willow termina con una nota alta y un estallido de pequeñas burbujas que
deja a los chicos riendo. Hace una pequeña reverencia mientras se dirige
hacia nosotros.
Se abre paso entre Xander y yo.
—¿Qué te ha parecido?
—Brillante —digo. Lo digo en serio, pero estoy deseando ver qué hace
Xander.
Ya se dirige al centro del escenario, las cartas fluyen con una facilidad
antinatural entre sus manos mientras pregunta al público quién es el
cumpleañero.
La sonrisa de Parker es tan grande que me hace esbozar una sonrisa. Una
de verdad.
Xander realiza unos cuantos trucos de prestidigitación que dejan en
ridículo a Shin Lim antes de desplegar sus cartas para que Parker elija una.
Le dice que se la meta en el bolsillo trasero y le pide que la saque
enseguida. Parker la busca, pero no encuentra nada.
Algunos de los otros niños le gritan que vuelva a comprobarlo, y él lo
hace.
También saca la cartera de los bolsillos de delante. Supongo que a los dos
nos gusta estar sobre el escenario. Puede que su sangre cante igual que la
mía.
Al final, Xander señala un paquete sobre la mesa. Es mío. Una bolsa roja
con la palabra Rey.
—Ábrelo —pide Xander.
Parker lee la tarjeta primero porque es un chico educado. Me sonríe y
luego lo rasga, revelando Los últimos Jedi.
—¡Gracias, Ava! —Se olvida por completo del truco de magia, pero yo
no. Estoy expectante.
Xander se balancea sobre los talones, despreocupado.
—Sigue abriéndolo.
Parker frunce el ceño. Con los dientes rompe el envoltorio de celofán del
DVD. Mira a Xander para confirmarlo y abre la caja. Cae una carta negra.
—¿Es esa tu carta?
Parker asiente con la boca abierta. Sus amigos enloquecen y Xander hace
elaboradas reverencias antes de que los chicos empiecen a agolparse a su
alrededor y se peleen por examinar sus cartas. Deja que Parker las baraje.
—¿Ava? ¿No ibas a actuar? —pregunta Deb. No sé cuánto tiempo lleva a
mi lado—. Puedo calmar la sala para ti.
Así es. Pero ¿cómo voy a responder a eso? Parker está mirando a Xander
con un asombro que nunca ha tenido por mis trucos baratos con monedas.
—No. —Me vuelvo y me encuentro con la mirada de Deb—. Pero
gracias. —Y espero que sepa que le estoy dando las gracias por algo más
que por el ofrecimiento, es lo mejor que puedo hacer.
Asiente con la cabeza.
—Espera —dice Xander—. Tenemos uno más… ¿no? —Xander mueve
la cabeza hacia Roman—. Ya que has venido hasta aquí.
Roman le dirige una mirada que probablemente marchitaría las flores.
Pero todos los chicos le miran con ojos grandes y expectantes, y cuando se
da cuenta, su rostro frío se derrite un poco. Las comisuras de sus ojos se
arrugan como si sonriera, aunque sus labios no se mueven. Da unas largas
zancadas hasta el centro de la sala y se queda allí hasta que los niños
charlatanes vuelven a calmarse, y luego espera un poco más hasta que el
silencio empieza a resultar incómodo.
Justo cuando estoy a punto de rendirme y anunciar que es hora de la tarta,
se pasa una mano por el pelo. Un cuchillo aparece entre sus dedos cuando
retira la mano, y lo hace girar tan deprisa que el mango nacarado se
convierte en un borrón blanco. Se detiene con la misma brusquedad y lo
mantiene en equilibrio sobre un solo dedo.
—¿Alguien quiere comprobar si es una hoja de verdad? —pregunta en
voz baja.
Varias manos se levantan.
Deb me mira. Probablemente no deberíamos dejar que niños de doce años
manejen cuchillos.
—Yo lo haré. —Me dirijo a la parte de delante de la sala antes de que
pueda elegir a otra persona.
Roman me da el cuchillo. Es precioso y más pesado de lo que pensaba.
Paso el dedo por la hoja y suelto un pequeño grito ahogado al derramar una
gota de sangre.
—No me puedo creer que fueras a dejar que un niño probase esto —siseo.
Me mira la gota de sangre del dedo como si estuviera tan sorprendido
como yo.
Se aclara la garganta.
—Bueno, no iba a sugerirles que intentaran cortarse.
Me quita el cuchillo.
—No hagáis esto en casa —dice a su público—. A menos que yo esté en
vuestra casa, claro.
Los niños se ríen, pero él no.
Extiende la mano vacía, con la palma hacia abajo, y luego coloca
despacio el cuchillo, que aún tiene mi sangre, directamente sobre ella. Mira
directamente al público mientras empuja el cuchillo poco a poco a través de
su mano y luego lo vuelve a sacar.
Nadie aplaude. Saca un pañuelo negro del bolsillo de su pantalón y se
limpia la pequeña cantidad de sangre, o lo que parece sangre, de cada lado
de la mano.
No sé dónde ha ido a parar el cuchillo, y no estoy segura de si se lo ha
guardado sin que me diera cuenta o si lo ha hecho desaparecer.
—¿Más? —pregunta con calma.
La mayoría de los niños parlotean y se acercan para ver mejor. Pero hay
dos chicas tapándose los ojos con los dedos y un chico al fondo que parece
a punto de echarse a llorar.
Deb tira del cuello de su camisa. Me mira suplicante con los ojos muy
abiertos.
Agarro a Roman de la mano y lo alejo de allí. Los chicos se ponen en pie
como si fueran a seguirlo y pedirle ver cómo se clava el cuchillo en otro
sitio, así que lo arrastro más allá de la mirada de Xander y los aplausos de
Willow y más allá de la entrada, hasta el pasillo de abajo que siempre está
un poco demasiado oscuro.
—Hora de la tarta —grita Deb. Si algo puede robar la atención de niños
de doce años, es la tarta.
Qué bien. Miro fijamente a Roman. Está apoyado contra la pared, con los
brazos cruzados sobre el pecho, mirándome.
—Ha sido demasiado —digo.
—Parece que les ha gustado. —Hace una pausa—. A ti también.
Me muerdo el labio. Es verdad. Me recordó a David Blaine clavándose un
picahielos en la mano con gente a su lado. Aunque él no tenía sangre como
parte de su truco. El de Roman fue más dramático.
—¿Puedo echarle un vistazo a tu mano? —pregunto.
Parece sorprendido, pero despliega los brazos y se aparta de la pared para
acercarse a mí. Extiende la mano con la palma hacia arriba. Al principio la
miro sin tocarla, pero no puedo resistirme. Le agarro los dedos y me la
acerco a la cara antes de darle la vuelta para ver el otro lado. Tiene sangre.
Levanto la vista como si le hubiera atrapado en algo.
—Creo que eso te pertenece —murmura.
Tardo un segundo en darme cuenta de lo que quiere decir. Mi dedo sigue
sangrando y lo he arrastrado por toda su mano.
—Mierda. Lo siento. —Le suelto la mano y se la vuelvo a agarrar, porque
probablemente debería limpiársela. Pero no sé con qué.
Pero él ya ha vuelto a sacar el pañuelo y me está limpiando la sangre
mientras yo sigo agarrándole la mano, y no sé si debería soltarlo o no, pero
de repente el pasillo me parece demasiado estrecho y demasiado oscuro.
—No pasa nada —dice mirándome. Un poco de sangre no hace daño a
nadie.
Le suelto la mano y doy un paso atrás.
—¿Puedo ver el cuchillo? —pregunto.
—Eres muy curiosa —dice.
—Quiero aprender.
—Porque no sabes nada. —Retrocede y se apoya contra la pared—.
Recuerdo lo que se siente. Solía amar esto. Pero no conservarás ese amor si
sigues por este camino. Tener magia de verdad le quita la maravilla a las
ilusiones.
Se está convirtiendo en el señor Pesimismo y Desanimo y Advertencias
Vagas otra vez. Una parte de mí entiende qué quiere decir: que es más
impresionante crear la sensación de magia que emplear magia de verdad,
pero también se equivoca. Incluso sabiendo que es magia, existe el misterio
de cómo funciona. Me gusta averiguar qué partes son magia y cuáles son
ilusión, porque según Xander, todas son un poco de ambas.
—No me vas a enseñar el cuchillo, ¿verdad?
Antes de que me dé tiempo a parpadear, la hoja ya está en mi garganta.
Da un paso hacia mí, pero la hoja no se mueve en absoluto. El instinto me
grita que retroceda, pero no lo hago. Está tan cerca que tengo que inclinar la
barbilla para mirarlo, sintiendo el leve beso del metal contra mi piel. Me
observa con los ojos muy abiertos.
—Quería ver el cuchillo, no sentirlo.
—No es una hoja trucada.
—Sí, ya lo sé.
Por imposible que parezca, se acerca un paso más, de modo que
quedamos uno junto al otro, con su mano firme aun sosteniendo un arma
contra mí.
Suspira.
—Eres muy tonta.
—Anoche me llamaste valiente.
—Es lo mismo. —Su voz baja vibra contra mí, y la siento casi como el
zumbido de la magia.
—Solo intentas asustarme.
—Porque deberías estar asustada. En esta competición no hay cuchillos
trucados ni balas de goma. —Da un paso atrás y lanza el cuchillo al aire,
que atrapa con cuidado por la hoja antes de tenderme el mango para que lo
tome.
Lo agarro y se lo aprieto en la garganta.
Cruza los brazos sobre el pecho.
—¿No vas a echarte atrás?
—Tengo fama de ser un tonto.
—Dime por qué los odias.
—¿O me apuñalarás?
—Averígualo.
En un segundo, me pone la mano en la muñeca y me quita la hoja de la
mano. Ni siquiera veo dónde la guarda. Retrocede y se apoya en el otro lado
del pasillo.
—Dime por qué odias a mi compañía.
Juro que en sus ojos se desata una tormenta. Su mandíbula se tensa como
si fuera a cerrarla para siempre, pero parece cambiar de opinión.
—Tu compañía —repite. Hace una pausa como si me diera la oportunidad
de retractarme.
No lo hago.
—El año que yo fui aprendiz, mi hermana gemela era aprendiz en tu
compañía. Ese año solo había un brazalete. Yo estoy aquí, así que
obviamente ella perdió. Xander estaba a cargo de su entrenamiento. No hizo
un buen trabajo.
—Así que tú eres inmortal y ella no. —Entiendo que eso pueda doler,
pero Xander solo lleva cuatro años como mago, así que Roman no puede
ser tan viejo. Me encojo de hombros. No parece que su rencor merezca la
pena.
—No he hablado con ella desde entonces —se retuerce, como si las
palabras supusieran una lucha.
Así que causó una pelea entre ellos. Aún no parece suficiente para
justificar tratar de asustar a todos los aprendices de Xander.
—En esto solo hay dolor, aunque ganes.
Me encojo de hombros. El dolor está por todas partes. Solo se trata de
elegir cómo quieres sufrir.
Niega con la cabeza, como si se diera por vencido, y empieza a caminar
por el pasillo, luego se detiene y mira por encima del hombro.
—Ojalá te hubiera conocido antes.
Continúa por el pasillo sin decir una palabra más, y yo quiero perseguirlo
para preguntarle qué quería decir.
En lugar de eso, me recuesto contra la pared durante un minuto. Todavía
tengo el pulso acelerado de toda esa magia.
Estoy segura de que es la magia.
Cuando vuelvo a salir, Xander está junto a la puerta.
—¿Dónde está Willow? —pregunto.
—Acaban de irse —dice Xander—. Roman dijo algo de que se habían
quedado demasiado tiempo.
—Para empezar, no eran exactamente bienvenidos —digo, aunque siento
un pellizco de pérdida.
Xander sonríe.
—El talento de verdad sigue en pie.
—Puedes quedarte a comer tarta si quieres —le ofrezco.
—Me encantaría —dice Xander guiñándome un ojo.
Siento que me sonrojo y quiero darme una patada. Seguro que solo quiere
tarta.
Cuando llegamos a la cocina, la tarta casi se ha acabado y me hago con
uno de los últimos trozos. Xander se apoya en la encimera. Me observa
mientras le dice algo a uno de los chicos y yo me acerco a Parker.
El glaseado se le pega a las comisuras de los labios. Sus ojos brillan.
—Esta es la mejor fiesta de la historia.
Le dedico la mayor sonrisa que soy capaz de esbozar. Me escuecen los
ojos, y me obligo a controlarme. Está teniendo la fiesta que siempre soñé
con darle, no importa si no he sido capaz de hacerlo todo yo sola. Al menos,
no debería importar.
Agarro el plato y me escabullo hasta el final de la escalera. Me siento y
dejo que la madera fría me haga entrar en razón. Pruebo un bocado y el
dulzor ahoga todo lo demás. Tarta blanca rellena de crema de chocolate: su
favorita. Deb lo conoce bien.
Estoy a punto de saborear la tercera cucharada cuando Xander entra en el
pasillo con su trozo de tarta a medio comer.
—Me pareció verte venir por aquí —dice—. ¿Puedo?
Asiento con la cabeza.
Su hombro choca con el mío cuando se sienta a mi lado, y siento la
misma carga que sentí en el escenario con él la primera vez. Quizá no sean
el escenario y los aplausos. Quizá sea él. Prefiero que sea la emoción del
escenario. Eso parece más alcanzable.
—¿Escondiéndote de los niños? —pregunto.
Se ríe entre dientes.
—Puede ser, aunque no por mucho tiempo.
Resoplo, arrojando un poco de hielo sobre mis rodillas de la manera
menos atractiva. Me lo quito de encima como si no me importara.
—¿Cómo te has escapado?
—Por arte de magia. —Me guiña un ojo y me digo que no está flirteando.
Me da un golpecito en el codo con el suyo—. ¿Estás bien?
Se me forma un nudo en la garganta al responder.
—Ha sido la fiesta perfecta. —No justifico la emoción que hay detrás de
mis palabras, pero Xander asiente de todos modos, como si fuera válido
enfadarse porque la fiesta de cumpleaños de un niño haya salido perfecta.
—Tienes una familia increíble —dice.
Sé que las palabras pretenden ser amables y genéricas, como la mayoría
de las palabras, pero estas duelen.
—Parker es mi familia. Deb es nuestra madre de acogida… lo que sea.
—Ah —dice. No dice que lo siente ni ninguna tontería de las que suele
decir la gente cuando se entera.
Respiro con dificultad y él me rodea el hombro con un brazo.
El contacto hace que me vuelvan a escocer los ojos, y estoy a segundos de
rendirme y quizá llore por primera vez en años.
En lugar de eso, me aclaro la garganta con demasiada agresividad.
—Probablemente debería volver con Parker.
Se queda mirando su tarta a medio comer.
—Yo también tengo que irme. ¿Nos vemos por la mañana?
—Allí estaré.

El resto de la fiesta es una mezcla de risas alegres de Parker y lágrimas que


apenas puedo contener. Necesito mantener la compostura. No quiero
arruinar mi último día con él antes del tiempo que tenga que estar fuera.
Debería habérselo preguntado. Siento que hay un millón de cosas que
debería preguntar, pero no estoy segura de que las respuestas me vayan a
quitar las ganas de irme. Sonrío cada vez que Parker me mira. No puedo
pasar todo el tiempo que quisiera con él, pero verlo sonreír es suficiente.
Estoy limpiando la cocina después de que los niños se hayan ido cuando
Deb me llama desde el salón.
—¿Ava? ¿Puedes venir un momento? Tenemos que celebrar una reunión
familiar.
Se me cae el alma a los pies. No. Todavía no. Hoy no.
Me obligo a acercarme y me detengo justo en el marco de la puerta.
Deb se sienta en el sillón reclinable. Parker y Jacob se sientan en el sofá.
Jacob me sonríe. Parker no me mira. Sabe lo que es esto. No convocas una
reunión familiar con niños de acogida a menos que sea para decirles que
tienen que irse. La razón será muy vaga: las cosas no funcionan. Ya hemos
pasado por esto antes. Sin embargo, no puedo creerme que vaya a hacerlo el
día de su cumpleaños.
He fallado. Deb se sentía más segura que la mayoría y bajé la guardia. No
fingí que me caía bien como lo hacía con otras. Podría haber sonreído más,
fregado los platos, quitado el polvo de las viejas barandillas que no se
habían limpiado en años, haber dado las gracias por la ropa.
Ahora pagaré por ello.
No, Parker lo hará.
Los ojos de Deb se arrugan mientras me mira.
—¿Ava?
¿Cuánto tiempo llevo aquí parada?
Me acerco al sofá. Quiero sentarme junto a Parker, pero él ya está a un
lado, con las manos apretadas en el regazo. Jacob está en el asiento del
centro con las piernas cruzadas. No me queda otra que sentarme en el otro
lado del sofá. Apoyada en los cojines, dibujo las rosas en el estampado del
sofá. Me recuerda a las gemelas y a la explosión de flores del final del
truco, al modo en que me llenó de asombro, miedo y curiosidad.
Esto significa que no podré unirme a la compañía de Xander. Tendré que
buscar un trabajo y conseguir la custodia. Con Deb, había planeado
quedarme en el sistema hasta que cumpliera veintiún años. Ella quería que
viviéramos juntas mientras yo iba a la universidad local. Me ayudó a
rellenar todo el papeleo. No me puedo creer que se tomara tantas molestias
cuando no estaba segura de lo nuestro. Pero no necesitamos a Deb. Solo
significa olvidar que casi lo tengo todo: venganza y un atisbo de la vida que
mamá tuvo antes que yo. Espero que eso no me amargue.
Deb apoya los codos en las rodillas, con las manos unidas formando una
tienda de campaña.
—Hay algo de lo que Jacob y yo queremos hablar con vosotros.
Sonríe. La sonrisa de Jacob se extiende por su cara.
La bola de terror que tengo en el estómago se transforma en otra cosa.
—Ambos ya os consideramos parte de nuestra familia, pero queremos
hacerlo oficial.
—¿Qué? —A Parker se le humedecen los ojos mientras Jacob rebota en el
sofá, lo que hace que el resto nos movamos con él.
—Hermanos, colega. Seremos hermanos. Siempre quise un hermano.
No dice nada de una hermana.
Parker y Jacob charlan sobre todas las cosas que harán como hermanos,
que son más o menos las mismas cosas que hacen ahora.
Intento no llorar. Me gustaría fingir que las lágrimas amenazadoras son de
alegría. Aún puedo irme. Aún puedo entrenar con Xander, pero esto
significa que Parker no vendrá conmigo una vez que sea una maga
consolidada. Para entonces, estará totalmente apegado a otra vida.
Aun así, una parte de mí siempre quiso esto para Parker: una familia de
verdad. Una vez, lo quise para mí, cuando los cuentos de hadas eran algo a
lo que podía aferrarme. Ya pasé esa etapa. De todos modos, esto no es para
mí. Deb y Jacob quieren a Parker, y están dispuestos a permitir que yo
también me quede.
—¿Ava? —pregunta Deb.
Por una vez, quiero que diga mi nombre y que no sea una pregunta. Si no
puede hacer eso, ¿cómo puede quererme de verdad?
La miro fijamente.
—También te queremos a ti. Sé que tienes dieciocho años, pero nunca es
demasiado tarde para formar parte de una familia. No es demasiado tarde.
Quiero creerla, quedarme y fingir que soy tan parte de esta familia como
Parker.
La emoción de Parker y Jacob se extiende por la habitación. Parece
conmover a Deb, que mira hacia ellos y sonríe antes de volver a mirarme. A
mí no me toca. Se construye a mi alrededor como un capullo sofocante,
pero no uno que me dé un escudo para florecer y poder salir y unirme. Es
un capullo en el que me marchitaré y moriré.
Asiento con la cabeza. Me lloran los ojos.
No me quedaré. Cualquier parte de mí que quisiera quedarse se ha ido.
Tal vez no se haya ido, pero sí se ha hundido donde no podré volver a
encontrarla sin extirparme los órganos. Ahora puedo irme con Xander sin
meter la culpa en la mochila junto con mis pocas pertenencias. Parker está
seguro. Tiene una familia. Conmigo siempre había tenido una familia, pero
ahora tiene un hogar. Si me quedara, solo sería un obstáculo en su camino,
la constante sombra en una foto familiar que en realidad no pertenece a
nadie. Deb y Jacob en realidad no me quieren, simplemente no son tan
crueles como para excluirme. Les estoy haciendo un favor a todos, y no es
como si nunca fuera a volver.
Me levanto del sofá sin que Jacob ni Parker se den cuenta. Deb sigue mis
movimientos como si fuera un ciervo salvaje al que quiere domar.
La ignoro. Cuando llego a las escaleras, las subo de dos en dos mientras
crujen en señal de protesta.
Mi elegante habitación de colores pastel nunca me ha parecido mía, pero
en este momento me siento tan mal que no me atrevo a sentarme en la
cama. Me siento en una esquina de la habitación. El suelo de madera frío
me tranquiliza y me acuna con su silencio. La emoción de Parker sigue
flotando a mi alrededor. La convierto en una manta prestada. Dejo que me
reconforte, aunque no sea mía. Mi entusiasmo por Santa Cruz es algo
distante e insustancial, pero mañana haré que sea real. Mañana intentaré
encajar en una familia y dejaré a Parker con la suya.
Las escaleras me avisan y alguien llama a la puerta.
—Sí.
Parker asoma la cabeza, primero mira hacia la cama y luego me encuentra
en el suelo. Entra, cierra la puerta y se sienta frente a mí con las piernas
cruzadas.
—Es lo que siempre hemos querido —dice.
—Sí. —Es solo una mentira a medias, como nuestros trucos de magia de
esta noche. Siempre lo quise para él. Dejé de quererlo para mí hace muchos
años. No puedo retroceder en el tiempo y hacer que lo quiera de nuevo, ni
siquiera para Parker.
—No finjas.
Maldito niño. ¿Por qué tiene que elegir este momento para darse cuenta
de cómo me siento?
—No lo hago. —Le dedico la sonrisa más convincente de mi bolsa de
trucos y le alboroto el pelo como hacía cuando era más pequeño. Ahora lo
odia, pero me deja hacerlo de todos modos.
Se da cuenta.
—No serás menos hermana si Jacob es mi hermano. Ya somos como
hermanos de todos modos. No cambiará nada.
Pero ya lo ha hecho. Por supuesto que son hermanos. Lo vi la otra noche
cuando se olvidó de la noche de cine, nuestra tradición familiar. Sigo siendo
su hermana, pero eso no significa que me necesite de la misma manera.
Tal vez él siempre ha sido el fuerte, no yo. Pensaba que era demasiado
blando, demasiado inocente para llevar la vida que llevábamos, pero quizá
siempre se le ha dado mejor que a mí. Solo estaba esperando este momento.
Protegía sus sueños mientras yo dejaba que los míos se hicieran añicos. Eso
es ser fuerte.
Y ahora no me necesita.
Me mira con atención.
—¿Estás bien?
Una pregunta imposible. No sé cómo alguien puede responderla. ¿No está
todo el mundo siempre bien y no al mismo tiempo? Están bien en el sentido
de que respiran y sobreviven un día más. Y no están bien en muchos
aspectos importantes o insignificantes.
No es una pregunta de sí o no. Cualquiera de las dos respuestas te
convierte en un mentiroso.
Sí, porque tendrá algo que yo no tuve a su edad: Deb lo quiere, Jacob la
quiere. Y sé que más de una persona puede amar a alguien a la vez, y eso
hace su vida mejor, no peor.
No, porque no quiero a Deb y a Jacob de la forma que Parker los quiere.
Podría quedarme e intentarlo, pero no creo que exista ese tipo de magia
para mí, y cuando me vaya, puede que Parker me quiera un poco menos.
Pero tendrá una familia. Un hogar.
—Sí —le digo—. Siempre estoy bien.
—Lo sé. —Vuelve a ser inocente e ingenuo ante mis ojos, como quiero
que siga siéndolo. Se levanta del suelo y se dirige a la puerta—. Deb quiere
llevarnos a Giovanni’s a por pizza para celebrarlo.
Sonríe. Me encanta la pizza. Pero solo de pensarlo se me revuelve el
estómago.
—Id sin mí. Me duele la barriga.
Se le borra la sonrisa.
—Demasiada emoción —le digo.
—Vale. —Vuelve a detenerse en la puerta—. Oye, veamos una película
cuando vuelva. Los dos solos.
Y así, sin más, vuelvo a estar en la caja de un mago, y se me ha olvidado
subir las piernas y la sierra me parte por la mitad, y una parte de mí se
quedará aquí y otra se irá.
—Sí, claro —digo, y se marcha.

Antes de irme, me quedo un buen rato delante de la puerta de Parker y


Jacob, escuchando sus risas mezcladas con disparos y gruñidos cuando le
dan a uno o al otro. La risa de Parker es un poco más aguda que la de Jacob,
y dejo que se clave en mí como la culpa. Me pregunto si será más profunda
cuando vuelva. Una parte de mí espera que me eche de menos. Una parte de
mí espera que no. Le escribo una nota y la pego en su puerta.
Capítulo 8
E l trayecto dura varias horas con el tráfico de primera hora de la
mañana, y la mayor parte del tiempo todo el mundo duerme menos
yo y Aristelle, que conduce. Y como ninguna de las dos somos de
hablar, me quedo mirando por la ventanilla a oscuras y me pregunto si he
tomado la decisión correcta.
Al final, Xander se despierta. Estamos en la fila del medio y se ha
quedado dormido sobre el hombro de Diantha, al otro lado, pero el asiento
se inclina y él se desliza hacia mí. Me da un codazo y no vuelve a apartarse.
Apoya la mano en el asiento que nos separa, rozándome apenas la parte
posterior del muslo. Sus dedos suben y bajan, golpeándome la pierna con
suavidad mientras mira por la ventanilla, y me pregunto si sabe lo que me
está haciendo, cómo parece latirme el corazón con fuerza en cada roce.
Pero entonces se aparta un poco de la ventana y me mira hasta que yo
levanto la vista y lo miro a los ojos.
La comisura de sus labios se curva un poco.
Lo sabe.
Soy la primera en apartar la mirada. Continúa haciendo tap, tap, tap con
los dedos.
Apenas puedo respirar. Puede que tenga que saltar del coche solo para
tomar aire. No es solo la venganza, la magia y el misterio de quién era
mamá en realidad lo que me está empujando a esto. También quiero su
coqueteo fácil.
Deja de hacerlo cuando nos desviamos de la carretera principal y nos
adentramos en el bosque por una carretera de un solo carril abrazada por los
gigantescos troncos de las secuoyas. Sigue apoyado contra mí, así que noto
su cuerpo tenso. Quizá tenga claustrofobia. Parece como si el bosque tratara
de encerrarnos, como si la carretera fuera a estrecharse hasta detenerse en
cualquier momento.
La tenue luz de la mañana se cuela entre algunos árboles, pero tan pronto
como lo hace, la niebla se cuela también, a la deriva entre los helechos que
cubren el suelo. A medida que nos adentramos, la niebla aumenta y
envuelve los troncos hasta que los árboles se elevan sobre un mar gris.
—¿Siempre hay tanta niebla aquí? —susurro. Reina y Diantha se
revuelven, pero las gemelas siguen dormidas.
—No es una niebla normal —dice Xander en voz baja, cerca de mi oído.
Me estremezco como si ya estuviera en sus heladas garras.
No creía que pudiera volverse más densa, pero se cierra sobre las
ventanas con tanta fuerza que solo puedo ver la sombra más tenue del
bosque. No sé cómo Aristelle puede atravesarla. No ha aminorado la
marcha. Me apoyo en Xander para mirar por el parabrisas. Nada más que un
muro gris.
—¿Cómo puedes siquiera ver?
—He conducido por aquí suficientes veces como para hacerlo con los
ojos cerrados.
Aristelle se da la vuelta y me mira fijamente durante un buen rato
mientras su mano sigue girando el volante.
La verdad es que no necesitaba una demostración.
Justo cuando creo que la niebla nos tragará enteros, se despeja un poco.
Los árboles también se acaban, revelando un claro de helechos.
Y entonces lo siento: el cambio se parece a salir de un abrasador día de
verano y entrar en un gélido aire acondicionado. Pero no es una cuestión de
calor y luego frío. Es la magia. Es como si hubiera pasado de ser nada más
que un zumbido en mis venas que apenas podía sentir a una canción en la
radio que está un poco demasiado alta.
Jadeo.
Xander se ríe.
—Te acostumbras.
El zumbido de la magia en mí no es lo único a lo que reacciono. Un
enorme cenador de metal se cierne frente a nosotros. A los lados crecen
rosales silvestres que parece que no se hayan podado en años, pero a ambos
lados se extienden altísimos setos perfectamente cortados que se adentran
en la niebla sin que pueda ver dónde se detienen.
Salto del todoterreno y Xander me sigue, agarrándome con suavidad los
dedos mientras me empuja hacia el arco.
Para cuando un elegante coche negro se detiene a nuestro lado.
Willow es la primera en bajar. Me sonríe y me saluda con la mano.
Roman se levanta del asiento del conductor y nos observa. Dirige la
mirada a los dedos de Xander en mi mano y luego a mi cara. Siento el calor
en las mejillas y tengo que luchar contra el impulso de apartar la mano de
Xander. Ni siquiera sé por qué me planteo hacerlo. Su mano está caliente y
me resulta acogedora. Roman es todo menos eso.
Aristelle avanza.
—No hay tiempo que perder.
Xander me suelta la mano y me hace señas para que lo siga, pero me
suena el móvil, me detengo y lo saco del bolsillo. Stacie siempre manda
mensajes. Solo conozco a una persona que pueda llamarme. Se me oprime
el pecho al ver el nombre de Deb. También le dejé una nota, diciéndole que
me iba con los magos. Esperaba que me dejara marchar, que no tuviéramos
que hacer esto. Ojalá pudiera ignorarla, pero tiene a Parker. Le debo una
respuesta.
Descuelgo.
—Hola.
—Ava, ¿estás bien? —Tiene la voz tensa.
—Sí, ¿no recibiste la nota?
—Sí. Ese es el problema. ¿Te has fugado con el circo y has dejado una
nota? —Nunca la había oído gritar así.
—Son magos, y no me he fugado. Tengo dieciocho años.
Hay una pausa al otro lado de la línea y suspira.
—Lo sé, pero este no era tu plan.
—Los planes cambian.
Nos quedamos en silencio un rato y me pregunto si debería colgar cuando
empieza a hablar de nuevo.
—No… no tenías que huir. Habría entendido que no quisieras ser
adoptada. No habría herido mis sentimientos. Sé que debe haber sido una
petición complicada. Siento habértelo soltado así. —Su voz ya no está
enfadada. Es triste.
Es la tristeza lo que me mata un poco.
—No fue por eso. —En parte sí, pero intento que mi voz sea lo más seria
posible—. Este es mi sueño. Quería seguirlo y sabía que tú cuidarías de
Parker por mí. ¿Verdad?
—Siempre. —Habla con firmeza—. Pero Ava, puedes venir a casa
cuando quieras.
—Gracias —balbuceo. Pero la casa de Deb no es mi casa y no puedo
volver a la de verdad. Cuelgo antes de que pueda decir nada más. No quiero
que me diga que me quiere o algo así.
Todo el mundo me está mirando. Incluso Roman y Willow. Miro
fijamente a Roman, que tiene la decencia de alejarse y tirar de Willow tras
él. Ambos se detienen en el arco, enmarcados por la maraña de rosas.
Roman lleva un traje negro, parece una especie de príncipe gótico, y
Willow le sigue de cerca con su pelo largo y enmarañado y un vestido
blanco vaporoso que la hace parecer un espectro. Roman me echa una
mirada por encima del hombro antes de atravesar la puerta y desaparecer
entre la niebla que parece atrapada en el interior.
Los sigo. Las enredaderas me agarran y tengo que girar para evitar que se
enganchen en mi ropa mientras atravieso el arco. Los rosales me rodean por
ambos lados. La niebla es tan densa que es difícil ver en cualquier
dirección, pero seguimos por un camino hecho de piedras con guijarros
intercalados. Mientras la niebla se arremolina y cambia a nuestro alrededor,
vislumbro el rojo bajo mis pies, y por un momento pienso que son pétalos
de los rosales que bordean el camino, pero son diminutas piedras rojas tan
pequeñas como gotas de sangre.
Cuanto más avanzamos, más abrazan las rosas el camino. Las ramas
perdidas se extienden y las espinas hambrientas me muerden la piel. Estoy
segura de que me sacan sangre más de una vez. Me pregunto si Roman va a
tener que cortar las ramas con su cuchillo cuando el muro de niebla que
tenemos delante se desvanece, revelando una enorme mansión de piedra
gris que asoma entre el musgo que la cubre en su mayor parte. Unas torretas
oscuras se elevan y la niebla las abraza como si intentara impedir que suban
al cielo. Un conjunto de flores de color carmesí crece de forma desordenada
alrededor de la base de los muros y llega hasta los lados de los anchos
escalones de piedra que conducen a una enorme puerta principal. No puedo
decidir si parece un castillo para monstruos o para príncipes.
Xander abre la puerta, me hace un gesto con la mano y yo entro en una
entrada grandiosa con suelos de madera tan oscuros que rozan el negro.
Willow entra a mi lado.
—Vaya —murmura.
No se equivoca. Aquí no hay un acogedor felpudo de bienvenida. No hay
cuadros colgados de las oscuras paredes burdeos. No hay mesas llenas de
flores agradables, nada que dé un indicio de bienvenida. Delante de
nosotros, una gran escalera serpentea hacia arriba antes de dividirse en dos
direcciones distintas. La barandilla está decorada con pinchos de hierro
tachonados de gemas rojas, iguales a las de los puños de los magos. Los
balcones se extienden por encima de nosotros, enmarcando toda la entrada
como si contemplar la llegada de los invitados fuera una especie de deporte.
Pero no hay nadie. Es como entrar en una casa encantada que lleva años
vacía. El silencio de la habitación es casi asfixiante, como si pudiera morir
aquí mismo y la sala me absorbiera.
O la magia. La magia aquí es espesa y penetrante. Antes, podía sentirla en
la sangre y percibirla en los demás, pero ahora se extiende por mi piel y tira
de mi carne. Me pesa la lengua.
Trago saliva.
—No quisiera caerme del balcón.
Willow da un respingo cuando mi voz rompe el silencio. Niega con la
cabeza, reacia a romperlo conmigo. Tiene los ojos más redondos que de
costumbre. Parece a punto de desmayarse.
—En realidad es lo que esperaba. —Intento reírme. Las paredes se tragan
el sonido y me lo escupen en un eco que cacarea.
Willow da un respingo.
Xander se coloca a mi lado, seguido de los demás.
—¿Por qué has tardado tanto? —pregunto.
—Esta es la peor decoración hasta ahora. —Reina se mete entre Xander y
yo y arruga la nariz—. Uno creería que se esforzarían un poco más por
impresionar a los nuevos huéspedes.
—Con unos cuantos jarrones de flores frescas habría bastado —dice
Diantha, dando un paso a nuestro alrededor y alisándose con la mano la
falda azul brillante estilo años cincuenta bordada con margaritas. Parece un
gesto sin importancia, pero la mano le tiembla un poco.
—Me gusta —dice Roman.
Me pongo tensa al oír su voz.
Xander resopla.
—Debería gustarte. Creo que hace juego con tu alma.
Por fin miro a Roman. Xander no se equivoca. Roman no tiene expresión
ninguna, aunque me mira brevemente a los ojos antes de volver a apartar la
mirada.
Aristelle me roza.
—Nos vemos en la ceremonia de apertura. —Se detiene un par de pasos
escaleras arriba y vuelve a mirar a Xander—. Asegúrate de que vaya bien
vestida.
Me erizo ante la insinuación de que no sé vestirme sola.
—Ya lo tengo resuelto —dice Xander. Parece que él también ha pensado
en ello.
Los demás empiezan a separarse, dejándonos solos a Xander y a mí, y a
Roman y Willow.
Roman me hace un gesto cortés con la cabeza.
—Nos vemos luego. —Le hace una seña a Willow, y ella lo sigue
tentativamente escaleras arriba.
—¿Qué ceremonia de apertura?
—El comienzo de la competición.
Me quedo helada.
—Dijiste que primero tendría tiempo para entrenar.
Xander me dedica una sonrisa despreocupada.
—No te preocupes. La verdadera batalla aún no ha empezado. Esto es
solo una oportunidad para que el aprendiz de cada uno muestre su habilidad
—explica Xander—. Ganarse un puesto para seguir entrenando.
Trago saliva.
—No tengo ninguna habilidad.
—Con el truco de la moneda bastará. Solo tiene que ser algo que
demuestre que perteneces a este lugar. —Me da un codazo tranquilizador
que no hace nada para darme confianza—. No te preocupes. Esta es la parte
fácil.
—No estaba preocupada. —Pero ahora sí.
Doy un paso adelante y paso una mano por una de las gemas de la
barandilla, pero me retiro con una mueca de dolor. Aparece una línea de
sangre.
Xander chasquea los dedos y, de repente, me pone un pañuelo blanco en
la palma de la mano para limpiármela. Mi sangre es lo más brillante de la
habitación.
—No alimentes la magia más de lo necesario —bromea. Al menos creo
que es una broma. Ahora hay un zumbido en la habitación, como si el
estómago de la casa refunfuñara. Pero quizá me lo estoy imaginando.
—La magia aquí es… —«Peligrosa» me viene a la mente, pero rechazo la
palabra—. Fuerte —digo en su lugar.
—Los magos han hecho hechizos en este lugar durante tantos años que
ahora la magia abunda.
—Ya veo por qué te gusta este lugar —miento.
Frunce un poco el ceño.
—«Gustar» es una palabra muy fuerte.
No me lo explica, pero lo entiendo. No siento que mi piel sea mía, como
si mi cuerpo no me perteneciera del todo, y si no me pertenece, ¿qué me
queda? Intento tragarme el malestar. Debe de ser como vivir a mayor
altitud. Mi cuerpo se acostumbrará. Xander me agarra de la mano y sube los
escalones tirando de mí. Se detiene en el rellano.
—¿Por dónde? —pregunto. Un pasillo se abre a cada lado.
—No importa. Acabaremos donde tengamos que estar pase lo que pase.
Aquí todo cambia continuamente. Siempre estás perdido y nunca te pierdes
al mismo tiempo. Caminas y la magia te lleva a donde debes estar. ¿Hacia
dónde quieres ir? —pregunta.
Pienso en volver a salir por la puerta principal, pero en vez de hacerlo, me
dirijo a la izquierda, a un amplio pasillo con papel pintado de pétalos de
rosa amarillos secos. Cada tres metros aparecen puertas blancas con aldabas
en forma de rosa. Me detengo ante una, giro el picaporte y entro, decidida a
poner a prueba la afirmación de Xander.
Se abre otro pasillo. Este es más oscuro, con papel pintado de rombos
morados y negros y paneles de madera oscura que llegan hasta la mitad de
la pared. Unas viejas fotos en blanco y negro de magos rompen el patrón.
Las miro embobada mientras camino por el reluciente suelo de ónice. Me
detengo ante una puerta negra con un picaporte de latón en forma de rosa
floreciente. Lo giro y empujo la puerta para abrirla.
Una enorme habitación se extiende ante mí. Entro y las botas se me
hunden en una alfombra verde y frondosa. Una cama de madera de cerezo
con una sencilla colcha negra ayuda a llenar el enorme espacio. Unas
mesitas a juego la enmarcan.
La única decoración de la habitación es un enorme cuadro del océano a la
luz de la luna que cuelga sobre la cama. Casi se funde con las paredes azul
oscuro.
—¿Te gusta?
Me acerco a los ventanales, dejo atrás las dos sillas y la mesa que hay allí
y me quedo mirando la niebla, que no se queda pegada al suelo, sino que se
arremolina y baila como si estuviera actuando para mí.
—Tengo que ir a prepararme —dice por encima del hombro—. Tu ropa
está en el armario.
Lo abro y veo unos pantalones verdes. Verdes.
—Ni hablar. —Me giro, pero ya se ha ido.
Capítulo 9
H e entrado en una de las fiestas de Gatsby.
No, Gatsby se moriría de celos ante lo que tengo delante. Esta
estancia está llena de vida, magia y posibilidades. Es chocante
comparado con el vacío en el que entré esta mañana, como si estuviera en
un mundo distinto en lugar de en una habitación diferente. Como si aquí
todo el mundo chasqueara los dedos y apareciera, y yo tuviera que aplaudir
por un truco bien hecho.
Una mesa dorada increíblemente larga se extiende unos cuarenta y cinco
metros por el centro de la enorme sala. Pero no es eso lo que me deja sin
aliento. En las paredes hay escenarios en miniatura de no más de un metro
de diámetro, pintados de dorado y cubiertos de elaborados diseños:
enredaderas, nubes ondulantes y ramas retorcidas. En cada uno de ellos
actúa un solo mago.
Xander está de pie junto a mi hombro.
—¿Qué te parece? —No espera mi respuesta—. Hay alguien con quien
tengo que hablar. Aristelle y los demás deberían estar en la mesa. —
Empieza a girarse antes de dar media vuelta—. Y, Ava, ten cuidado. Los
juegos empiezan temprano.
Ni siquiera esa advertencia vagamente ominosa puede sacarme de lo que
tengo delante.
A mi derecha, una mujer pintada de oro de pies a cabeza se traga una
lanza dorada más larga que su propia pierna. No vuelve a sacarla. Se vuelve
hacia mí y me hace una reverencia. Me obligo a seguir caminando. Sigue
mis movimientos, o al menos eso creo.
Me agacho cuando una flecha vuela a pocos metros de mi cabeza. El
hombre del siguiente escenario se ríe. Le fulmino con la mirada mientras
ensarta otra flecha dorada con plumas negras. Me hace un gesto con la
barbilla y yo sigo su línea de visión al escenario opuesto, donde una mujer
con los ojos vendados y vestida de negro está esperando. La flecha vuelve a
volar sobre mi cabeza, y antes de que pueda verlo, la misma flecha se
estremece entre los labios bronceados de la mujer. Sonríe, mostrando la
afilada punta atrapada entre sus dientes.
Me vuelvo hacia él, que me hace una reverencia y me guiña un ojo, con
los párpados dorados destellando sobre su piel morena.
Me paso la mano por la camisa blanca vaporosa que llevo con los
pantalones verdes.
—Ella ha hecho la parte difícil —le digo.
Se ríe, saca una de sus flechas y se la traga antes de que pueda pestañear,
levantándome una ceja.
—No está mal, pero acabo de ver a otra persona tragarse una lanza. —
Sonrío, y él también lo hace.
El siguiente escenario es una simple escultura de hielo. Una mujer con un
vestido vaporoso y una mano alzada, con el dedo apuntando al público. No
puedo resistirme. Levanto el dedo hacia el suyo.
Se resquebraja, astillándose desde el dedo hasta el brazo y subiendo por la
mejilla tersa hasta que toda ella queda llena de vetas. Entonces se hace
añicos, dejando tras de sí a una mujer de piel clara con un vestido blanco.
Me mira con ojos plateados y sonríe. Mientras se coloca en otra posición,
los trozos de hielo que rodean sus pies se mueven, suben por el vestido y se
van moldeando hasta convertirse en hielo sólido e inmaculado.
Doy un paso atrás vacilante y me estremezco, y vuelvo a la mesa del
banquete. Parece oro puro, pero no soy alguien que sepa distinguir entre lo
falso y lo real. Las enredaderas de hiedra parecen estar atrapadas bajo el
oro, y no es una simple talla. Del diseño brotan hojas de verdad. No puedo
evitarlo. Doy un paso adelante, me inclino ante una pata de la mesa que se
enrosca y paso el dedo por el metal liso y luego por la fina textura de papel
de una hoja. Me pregunto cómo se mantiene viva ahí dentro. Es una
pregunta tonta, pero no puedo evitar buscar los hilos detrás de todo esto.
Al menos existe un hilo, la magia, pero por lo que he averiguado, no es
algo que se pueda encontrar y observar para descubrir cómo funciona.
Peligrosa. La palabra me viene a la mente de improviso. Intento alejarla,
pero persiste, burlándose de mí, recordándome por qué estoy aquí en
realidad: quiero que la magia me haga peligrosa.
La hoja, que todavía está bajo mi dedo, se vuelve marrón invernal y luego
negra, se agrieta bajo mi uña y se cae. En su lugar crece una hoja de oro
macizo.
Retiro la mano y me alejo de la mesa para asimilarlo todo. De las paredes,
aún más negras, caen cortinas negras en cascada. El reluciente suelo de
mármol negro refleja mi pálido rostro cuando miro hacia abajo. El único
color procede de la mesa y del conjunto de personas extrañas y coloridas
que están a su alrededor. Todo el negro que los rodea les confiere una luz
extragloriosa: dioses flotando en un abismo que, de otro modo, sería oscuro
y estaría vacío.
Hermosa. Tomo la palabra y la envuelvo alrededor de peligrosa. La
belleza es una excelente máscara para el peligro. La naturaleza la utiliza
todo el tiempo. La gente también la usa. No puedo permitirme pensar en el
peligro, no si quiero quedarme, no si quiero que al final me elijan. Necesito
confiar en esta magia.
—Tú debes de ser Ava.
Me giro para enfrentarme a un tipo blanco vestido de rojo brillante. Cada
pieza de su atuendo, desde los zapatos hasta los pantalones, pasando por la
corbata, es exactamente del mismo color llamativo. Es casi doloroso
mirarlo, como una herida abierta y brillante.
—¿Quién eres? —Está tan cerca que lo único que veo es el nudo perfecto
de su corbata. Doy un paso atrás rápido y ensancha la boca como si hubiera
conseguido algún tipo de victoria sobre mí. Miro a mi alrededor, pero nadie
nos observa.
En un día bueno, soy una persona corriente. Entre esta gente, soy
invisible. Todo el mundo se mezcla alrededor de las mesas con vestidos
estrafalarios y trajes de todos los colores. Los estilos van desde elegantes
vestidos modernos hasta corsés y faldas que parecen sacados de la corte de
Enrique VIII. Pasa una mujer con un vestido que parece hecho de rosas
naturales.
Me pregunto por las espinas.
Vuelvo a fijarme en el chico que tengo delante. Me mira con una
diversión calculadora.
—¿Qué? —Encierro mi expresión y dejo que una perfecta máscara en
blanco se deslice por mi cara. La máscara que llevé en muchas cenas
incómodas de familias de acogida en las que no encajaba. Es cómoda.
Puedo crear mis propias ilusiones.
—Así está mejor —dice—. Podía ver todo lo que estabas sintiendo hace
un segundo. —Sonríe—. No es que no fuera entretenido.
Resisto el impulso de rechinar los dientes. En blanco. Soy blanco.
—¿Quién eres? —vuelvo a preguntar.
—¿No sabes quién soy? —Se arregla la ya perfecta corbata—. Yo sé de ti.
—Si lo supiera, no preguntaría, ¿verdad? —Levanto una ceja tranquila,
una expresión neutra, casi indiferente.
Se lo piensa, como si le hubiera preguntado algo importante.
—Mucha gente hace preguntas de las que ya sabe la respuesta. Es mucho
más fácil que preguntar algo que no sabes y tener que adivinar si te gustará
o no la respuesta. —Su sonrisa es de suficiencia.
Me río y dejo caer la máscara por un segundo para bajarlo del pedestal.
—Apuesto a que te quedaste despierto hasta tarde pensando en eso. —
Vuelvo a adoptar un rostro impasible justo cuando el suyo se retuerce con
una furia fugaz antes de igualar el mío.
Se encoge de hombros como si yo no pudiera entender su sabiduría.
—Entonces, ¿qué sabes de mí? —le pregunto. No estoy del todo segura
de querer saberlo, pero puede que me ayude a largo plazo.
—Eres Ava. Perteneces a la compañía de Aristelle. Te recogieron como a
un perro callejero de camino a aquí. —Me tenso ante esto. Él lo ve, y
recupera la sonrisa que había perdido—. No tendrás ninguna oportunidad
contra mí cuando empiece la competición. —A duras penas consigo
mantener el rostro inexpresivo.
—¿Eres aprendiz?
—Bingo. —Niega con la cabeza—. De verdad que no sabes nada. Creía
que todo el mundo exageraba.
—¿Cómo que todo el mundo? —Una punzada de pánico me recorre. Ya
voy con retraso. Yo lo sabía, pero no sabía que los demás también.
Se da cuenta de que la máscara se me vuelve a resbalar y su sonrisilla se
transforma en una sonrisa de oreja a oreja.
Bastardo.
—Me lo vas a poner muy fácil. —Me mira de arriba abajo—. Bonitos
pantalones.
Me estremezco al mirarme. No me veo bien vestida. Todo el mundo
parece llevar elaborados vestidos de gala o impresionantes trajes, pero yo
no he metido nada de eso en la maleta y, al parecer, esto es lo que Xander
pensó que me quedaría bien.
Lo rodeo.
—Discúlpame. Tengo que encontrar a mis amigos.
Cuando me acerco a él, alarga la mano y me agarra el codo.
—Soy Ethan, por cierto. No quisiera ser descortés y no responder a tu
primera pregunta. —Retiro el brazo de su agarre y sigo avanzando.
»Y Ava —dice por encima del hombro—, aquí no tienes ningún amigo.
No le devuelvo la mirada, para que no pueda ver sus palabras
hundiéndose en mis entrañas como piedras.
El inmenso deseo de demostrarle que se equivoca me hace sonreír al
siguiente chico que veo. La sonrisa es falsa, por supuesto, pero no por ello
deja de ser amistosa. Parece un aprendiz, ya que, como yo, va mal vestido,
con unos vaqueros claros y una camisa negra de botones. Lleva unas gafas
negras cuadradas metidas entre el flequillo demasiado largo de un pelo
negro y desaliñado, y tiene la piel blanca y pálida que brilla como si nunca
le hubiera dado el sol. Tiene aspecto de pertenecer a una biblioteca mohosa.
No me devuelve la sonrisa.
—Soy Ava. —Intento no encogerme al decir mi nombre como si fuera
una persona amistosa. ¿Dónde está Willow cuando la necesito?
—Barry —dice antes de pasar rozándome.
Al menos hay gente en este mundo que es menos amable que yo.
Me doy la vuelta y me fijo en una chica de aspecto regio con una capa de
terciopelo verde que cubre un vestido del color de la tierra roja mojada.
Tiene el pelo rojo sangre y parece una diosa salida de un bosque encantado.
Su aspecto encaja demasiado con este lugar para ser una aprendiz. Me hace
un gesto con la cabeza al captar mi mirada, y lo tomo como la única victoria
que necesito ahora mismo.
Sigo adelante hasta que veo que Reina y Diantha sonríen amables cuando
me acerco. Aristelle está dándole sorbos a su copa de vino, pero incluso ella
levanta la vista y me dedica una rápida inclinación de cabeza.
Ethan no se equivocaba. Reina, Diantha y Aristelle parecen amigas que
están sentadas juntas, pero yo no soy una de ellas. Apenas las conozco.
Reina se levanta y me acerca una silla chapada en oro para que me siente
junto a Aristelle. Cuando me siento, la silla está caliente, sin duda, caldeada
con magia.
Diantha se inclina hacia Reina y Aristelle.
—Estás encantadora.
—Te diría lo mismo, pero me parece muy inadecuado. —Viste de verde
con un estampado de hiedras que teje los pliegues de su falda. Las puntas de
las hojas están enhebradas en oro. Es el reflejo de la propia mesa.
Asiente ante mi descuidado cumplido.
Xander se acerca y se posa en el asiento de al lado. Su mirada es
perspicaz cuando se gira para mirar a su alrededor.
—¿Alguna señal de Lucius? —Sus ojos se posan en mí cuando hace la
pregunta, como si yo debiera saber de quién se trata.
Aristelle niega con la cabeza y le da un largo trago a su vaso.
Diantha juguetea con una de las hojas de su falda hasta que Reina rodea
la suya con la mano.
Parece que todas quieren hablar de algo, pero nadie dice nada, y tengo la
sensación de que es porque estoy aquí. Sabía que se estaban guardando
algo.
—¿Quién es Lucius?
—Es el líder de la Sociedad —dice Reina.
—¿Por qué parece como si fuera a venir aquí y matar a todos?
—Es un poco… intenso —dice Xander.
—Claramente —dice Diantha en voz baja, mirando a su alrededor como
si esperara que el tipo estuviera escuchando.
Tal vez pueda. Tal vez sea algo que puedan hacer los magos.
—Odia mucho a los vampiros. —Aristelle asiente como si fuera el mejor
cumplido que puede hacerle a alguien—. Él es quien los creó. —Levanta la
muñeca en la que lleva el brazalete.
Deja que lo asimile. El hombre es viejo. Viejo como la Antigua Roma. La
idea me eriza la piel. Una cosa es estar sentada junto a una chica que lleva
congelada en los diecisiete años desde 1969. Otra es pensar en alguien que
ha estado vivo durante siglos. Me lo imagino con la piel fina como el papel,
los miembros frágiles y los ojos oscuros. Me lo imagino como un vampiro
espeluznante clásico. Una amenaza.
—¿Qué tengo que saber de él?
Aristelle me mira como si estuviera decidiendo si me da o no la
información necesaria.
—Cuando se descubrió la magia, hubo un par de amigos que se hicieron
cargo, Lucius y Numerius.
—Pensé que la había descubierto una mujer.
—Fue lo suficientemente lista como para no seguir presionando por más
—dice Reina.
—Los hombres no son tan listos —murmura Diantha.
—Cierto —dice Xander.
Aristelle resopla, pero también mira con dureza a Diantha.
Les preocupa que haya oído algo. La inquietud que siento se extiende y
echo un vistazo a la estancia, aunque no sé qué aspecto tiene.
—Lucius y Numerius fueron los que se aficionaron a la magia de sangre.
Numerius es el que fue demasiado lejos y se convirtió en el primer vampiro.
Pero una vez que se dio cuenta de que sus poderes habían desaparecido, se
volvió loco. Mató a su primer mago y se dio cuenta de que bebiendo sangre
de mago podría tenerlo todo: la inmortalidad y recuperar sus antiguos
poderes.
—Así que Lucius lo detuvo. —Respeto eso. Sea quien sea, tuvo que
hacer falta valor para hacerlo.
—Al principio no lo hizo —añade Aristelle—. No hasta que Numerius
mató a la hermana de Lucius.
La venganza formó este grupo. Entonces, estar aquí me parece lo
correcto.
—La propia hermana de Numerius se volvió contra él en ese momento y
se alió con Lucius. Ella es la que dio su vida para hacer estas piedras
mientras Lucius lanzaba el hechizo. Pensó que era lo correcto. La vida de
una hermana por la vida de otra hermana.
Asiento con la cabeza. Lo comprendo. Siento que ahora conozco a
Lucius, porque sé lo que es que la muerte te vuelva más duro. Sé lo que es
renunciar a cosas para vengarse.
—¿Lo mató? —pregunto.
—No —dice Xander—. Numerius sigue ahí fuera. Sigue creando
vampiros, no es el único, por supuesto. Cualquier mago que juegue con la
magia de sangre puede convertirse en vampiro y desencadenar una nueva
línea de la maldición. Pero Numerius es el más peligroso. Lucius ya casi
nunca sale de este lugar porque ambos siguen cazándose el uno al otro. Por
eso se toma esta competición tan en serio. Estamos en guerra.
No me apunto solo a cazar unos cuantos vampiros. Estoy aceptando una
búsqueda de siglos de venganza, pero me siento bien al tomar mi pérdida
personal y encajarla en la historia más grande. Ya no estoy sola. Estoy con
un grupo de personas que entienden que los vampiros son reales y que
hacen daño a las personas que matan y a las que se quedan atrás.
Me invade una calma inquietante. Estoy casi segura de que mamá formó
parte de esto y de que un vampiro la mató por su magia, pero sigo sin saber
por qué se marchó. ¿No habría sido más seguro quedarse con su compañía?
Estoy a punto de contarles lo del diario de mamá cuando dejan de hablar.
El cambio repentino es suficiente para que se me acelere el corazón, como
si hubiera ocurrido algo terrible y nadie estuviera seguro de lo que ha sido.
Miro a Willow con los ojos muy abiertos y llenos de sorpresa. Se encoge de
hombros y las dos nos volvemos con los demás hacia la cabecera de la mesa
cuando aparece un hombre.
Parece tener unos treinta años. Tiene una belleza cruel y fría, como un
paisaje invernal que intentas cruzar, aunque sabes que te congelarás antes
de lograrlo. Tiene la piel lo suficientemente blanca como para mostrar el
azul de sus venas. Tiene la boca torcida en algo parecido a una sonrisa, pero
parece fuera de lugar entre la barbilla afilada y la nariz alargada. Sobre su
larga melena rubia luce una corona de rubí brillante que parece absorber
todo el resplandor de su entorno. Ahora, todo lo que hay en la sala parece
más aburrido. No es de extrañar que todo el mundo decidiera llevar esas
galas. Todos quedarían sin vida al lado del resplandor.
Una mujer blanca, pequeña y delicada, aparentemente unos años más
joven que él, le toma la mano izquierda. Me pregunto si alguien se fija en
ella a su lado. Ella también parece apagada. A primera vista, su pelo parece
rubio, pero cuando inclina la cabeza para observar la sala, brilla plateado
sobre su vestido blanco. El único vestido blanco que hay entre los
presentes. Destaca como una lágrima en un lienzo.
Los flanquean dos magos corpulentos que parecen del Servicio Secreto,
salvo por sus llamativos trajes dorados.
—¿Quién es la mujer? —le pregunto a Xander.
—Su consorte.
Mientras se sienta, por fin me fijo en quién se sienta a su lado. Las
gemelas. Ella las mira, y un destello de felicidad ilumina sus ojos grandes.
Extiende una mano hacia ellas y cada una se la estrecha.
—¿Son las gemelas…? ¿Son…?
—Son sus hermanas —dice Xander—. Se llama Annalise. Fue aprendiz
hace casi diecinueve años, quizá la más poderosa que haya habido. Lucius
se enamoró de ella y canceló todo el torneo solo porque quería asegurarse
de que se uniera a nosotros. Ella aceptó estar con él si también hacía
inmortales a sus hermanas.
—¿Entonces por qué las gemelas están en vuestra compañía?
—Porque yo entrené a Annalise —dice Aristelle en voz baja—. Y la
entrené bien. Lucius no quería que las niñas estuvieran aquí todo el tiempo,
así que Annalise les pidió que se quedaran conmigo, y yo las he mantenido
a salvo desde entonces.
Hay algo más que me preocupa. Si se quedó con sus hermanas, eso
significa que hubo tres brazaletes al mismo tiempo.
—Creía que no solía haber tantos brazaletes.
El rostro de Xander se ensombrece.
—Ese año murieron muchos.
—¿Cuántas personas murieron este año?
—Aún no lo sabemos.
Debo parecer tan mareada como me siento, porque Xander extiende la
mano y me aprieta el brazo.
—Pronto lo sabremos. Lucius anunciará si habrá concurso o no.
Miro a Lucius justo cuando gira la cabeza y veo su perfil por primera vez.
Se me hiela la sangre. Me agarro a la mesa, me inclino hacia delante y lo
miro fijamente. Conozco bien su perfil. Lo he contemplado durante horas:
su cara inclinada así, mirando hambriento a mi madre. Lo que significa que
mamá no era solo una maga.
Conocía a su líder.
Por la foto, parecía que actuaban juntos. Tal vez estaban en la misma
compañía. Aunque ella hablaba de su antigua compañía todo el tiempo.
¿Por qué nunca mencionaba el nombre de Lucius?
—¿Ava? —dice Xander.
Me cuesta respirar.
—Lo conozco —susurro.
—¿Qué? —Xander pone una mano en mi brazo, tratando de llevarme de
vuelta a mi asiento.
Aristelle gira la cabeza hacia mí.
—Tengo una foto suya con mi madre. Tengo que hablar con él. La
conocía.
Miro fijamente a Lucius, no a ellos, pero sé que Xander y Aristelle
comparten una mirada a mi espalda.
—No mencionaste que tenías fotos —dice Xander en voz baja—. No
mencionaste que tu madre hacía magia de verdad.
—No la hacía —replico—. No estaba segura de que fuera una de vosotros
hasta ahora. —Echo la silla hacia atrás y empiezo a levantarme—. Tengo
que hablar con él.
Xander y Aristelle dicen que no al mismo tiempo que agarran cada uno un
lado de la silla y tiran de ella hacia la mesa.
—No montes un espectáculo —dice Xander.
—Solo quiero hablar con él.
—Ava —dice Reina con delicadeza—. Si tu madre era una de los
nuestros, entonces se marchó. —Hace una pausa y niega con la cabeza—.
Lucius no ve con buenos ojos a los desertores de su causa. Puede que te lo
tenga en cuenta en la competición.
No estoy segura de que me importe. Podría cambiarlo todo por una buena
historia sobre mi madre y la vida que tuvo antes, las historias que habría
compartido conmigo cuando fuese mayor. Esas historias que perdí son
agujeros en mi interior, y ahora hay alguien que puede llenar algunos de
ellos a un solo paso de distancia.
—Por favor. —Es la súplica en la voz de Xander lo que me detiene.
Parece asustado—. Gana primero. No arriesgues esto. —Lo miro mientras
mueve la mano entre él y el resto de la compañía.
Esto. Se refiere a un futuro con ellos. Si ahora mismo me pongo a buscar
historias de mi madre, corro el riesgo de perder las posibles historias que
tendría por mi cuenta. ¿Quiero renunciar a mi futuro por un pequeño atisbo
del pasado?
Me echo hacia atrás y a mi alrededor todos se relajan.
La comida es sencillamente increíble. Los platos de comida se
materializan al instante delante de mí, esperando el tiempo suficiente para
que decida si tomar o no lo que me ofrecen antes de desaparecer y que
aparezca otro plato en su lugar. Acabo con un filete con romero, espárragos
con mantequilla y remolachas asadas. Nunca antes había probado la
remolacha, así que primero le doy un bocado, saboreando el sabor dulce e
inusual antes de dejar que el cuchillo se hunda en el filete. Aparece una
cesta de panecillos delante de mí y alcanzo uno antes de que vuelvan a
desaparecer. La mantequilla se derrama por el centro. Le doy un mordisco y
me gotea por la barbilla tan rápido que tengo que agarrar la servilleta negra
de mi regazo y limpiármela.
Miro a mi alrededor para ver si alguien se ha dado cuenta. Xander está
cortando una pechuga de pollo y Reina está dando pequeños bocados al
puré de patatas. Pero Roman me observa con una pequeña sonrisa. Al
menos desde aquí parece una sonrisa. Es difícil de saber, y él no parece de
los que sonríen. De todos modos, no sé por qué se sigue molestando en
mirarme. No se salió con la suya. Estoy aquí. Es demasiado tarde para
asustarme.
Me giro hacia el principio de la mesa. Annalise está sentada frente a un
plato lleno, con la mirada perdida en la mesa, mientras Lucius ensarta un
trozo de carne y lo observa todo. Sus ojos se posan en mí, y el trozo de
espárrago que me llevo a la boca se congela en el aire. No aparto la mirada,
aunque me grito a mí misma que lo haga. El sentido común dice que, si
estás en un concurso de miradas con el inmortal más viejo de la mesa,
probablemente deberías dejarle ganar. Pero no lo hago. Sigo mirándolo.
Entrecierra los ojos y por fin deja de mirarme y pone una mano en el brazo
de Annalise. Ella se estremece como si la hubiera despertado de un trance,
levanta el tenedor, corta una zanahoria y se la lleva a la boca sin mirar el
plato.
—¿Qué haces? —Aristelle sigue mi mirada hacia Lucius, y el fuego de
sus ojos se vuelve frío—. No lo hagas.
—¿Que no haga el qué?
Vuelve a su comida sin responder.
Dejo caer el tenedor y miro mi copa de vino sin tocar.
La copa parpadea y se llena de un líquido dorado.
—¿Quién ha hecho eso?
Reina suelta una risita.
—Creo que has sido tú. La magia leyó lo que querías.
Se vuelve hacia Diantha.
—¿Has visto eso? Tiene talento natural.
Alargo la mano y bebo un sorbo de zumo de manzana. Es en lo que
estaba pensando. El sabor dulce y familiar me tranquiliza en este mar de
caos. También me hace pensar en Parker, en cómo solía preparar los
almuerzos por las mañanas para él y algunos de los otros niños de acogida,
y ponía dos zumos de manzana en el suyo. Le habría dado dos de cada cosa
si hubiera podido. Una vez le vi compartir su almuerzo con otro niño y
quedarse con hambre. Siempre fue demasiado blando. Intenté decirle que
no compartiera. Me dijo que era lo mejor que podía hacer, no lo correcto,
sino lo mejor. Él veía la diferencia.
Algo me dice que aquí él no sobreviviría. Esta gente es mordaz. Hay
codicia en la forma en que escarban en sus platos de comida, apenas miran
a los que los rodean. Aunque los platos de comida que entran y salen
delante de mí están constantemente llenos, no puedo evitar sentir la
urgencia de la comida. Me hace dejar el tenedor justo cuando desaparecen
los platos de los demás y la mesa de repente queda desnuda y dorada. Sin
nada encima, parece casi obscena.
Paso un dedo por la superficie lisa hasta que Xander entrelaza sus dedos
con los míos y deja caer nuestras manos juntas entre los dos.
Al final de la mesa, Lucius se levanta. Todas las miradas se vuelven hacia
él mientras nos observa. Esta vez me mira sin cesar.
—Mis compañías —dice—, como guardianes de la magia, tenemos la
obligación de alimentarla, protegerla y, lo que es más importante, utilizarla
contra aquellos que abusan de ella. Es hora de reponer nuestras filas una
vez más. —Levanta un puño cerrado y deja caer de los dedos apretados un
único y reluciente brazalete rojo—. Samuel fue asesinado, y ahora debemos
encontrar a alguien que ocupe su lugar y continúe con la lucha.
Un hechizo de inmortalidad. Busco a Willow y la encuentro mirándome
también. Está radiante, con flores rosa pastel entretejidas en una corona que
contrastan con su vestido rosa brillante. Dos habrían estado bien. Desvío la
mirada hacia Roman, pero por una vez no le sorprendo mirándome. Está
mirando a Willow, con los labios fruncidos y los ojos preocupados. Parece
como si la acabaran de sentenciar a muerte.
Sigo mirando a Roman cuando Lucius dice:
—Pero primero, veamos qué me habéis traído.
La mesa se parte por la mitad y el suelo retumba y tiembla cuando todos
retrocedemos, dejando un enorme agujero negro en el centro de la sala. De
la oscuridad surgen estrechos pilares dorados tallados con elaborados
diseños que parecen pertenecer a la fachada de un templo.
Tengo que luchar para mantener la calma. Una cosa es darse cuenta de
que la gente puede mover objetos con la mente y otra ver cómo se abren
estancias enteras.
—Ocupad vuestros puestos —dice Lucius—. Empezamos ahora.
La gente se levanta de sus asientos y se arrastra por la mesa para saltar a
los pedestales. Ethan salta unas sillas más abajo que yo y se lanza al
pedestal como si fuera un gimnasta haciendo un aterrizaje.
—Es hora de que nos enseñes lo que sabes hacer. —Xander se levanta y
extiende su mano, a la espera.
Ahora o nunca. Le tomo la mano y me subo a gatas a la mesa, de repente
contenta de llevar pantalones y no un vestido elaborado. Doy un paso
adelante y miro fijamente el hueco de la mesa desde donde se han levantado
los pilares, esperando el mismo suelo de baldosas negras que en el resto de
la habitación, pero la negrura debajo de mí es interminable y espesa como
el humo. Ni siquiera se ven las bases de los pilares dorados. La expectación
en mi sangre se desvanece cuando miro hacia el pequeño lugar en el que se
supone que debo aterrizar.
Pero ya tengo los músculos de las piernas tensos y preparados. Doy el
salto con la misma facilidad que Ethan y mantengo la barbilla alta para no
mirar hacia abajo.
—¿Ya tienes miedo? —pregunta Ethan.
—Solo los tontos no tienen miedo.
—Parece una frase que has estado pensando toda la noche.
Le lanzo una sonrisa feroz y en su cara se dibuja otra igual. Normalmente
me gustaría pasar desapercibida en un grupo nuevo. Nunca he querido ser la
favorita de la casa, pero esto es diferente. Esta posible rivalidad me hace
sentir bien porque hay algo que quiero ganar y alguien a quien me
encantaría pasar por encima para conseguirlo.
Lucius se levanta y se abre paso por detrás de los magos que siguen
sentados en la mesa hasta detenerse frente a una de las aprendices en los
pedestales: una chica pálida con dos trenzas rubias que le llegan a la
cintura. Se saca de la manga un ramo de claveles rosas y lo hace flotar en el
aire delante de ella. La siguiente persona lleva un maillot azul cielo cosido
con remolinos de hilo dorado, y queda tan impresionante sobre su cálida
piel morena que vuelvo a sentirme cohibida con mis sencillos pantalones
verdes. Me olvido de mi incomodidad cuando hacen una serie de volteretas
y giros sobre esa diminuta plataforma. Están a centímetros de que un paso
en falso las haga caer en picado. Los movimientos no serían tan
impresionantes en tierra firme, pero ¿en un cuadrado de medio metro?
Deben estar usando magia. El antipático Barry es el siguiente, hace que un
par de cartas aleteen sobre su cabeza como uno de los pájaros de Reina. Me
alegraría que el suyo fuera el peor hasta el momento si no se me estuviese
revolviendo el estómago con la certeza de que mi truco de la moneda va a
ser aún menos impresionante.
El siguiente mira fijamente hacia delante y no hace nada hasta que suena
una bofetada aguda y una sonrisa glacial se dibuja en el rostro del chico.
Unos cuantos jadean.
—¿Qué ha pasado? —le pregunto a Ethan. Preferiría hablar con Willow,
pero hay otra chica entre nosotras.
Ethan me lanza una mirada tan desagradable que me sorprendo cuando
responde.
—Es un mentalista. Hizo que Lucius se golpeara en la cara a sí mismo. —
Hay un rastro de asombro en su voz—. Los mentalistas son raros. Se
necesita una cantidad de poder increíble. —Me mira—. Deberíamos estar
preocupados.
Pero Lucius hace un gesto con la mano y los dos hombres que lo
flanqueaban antes se acercan con paso ligero y levantan a un hombre mayor
de la silla frente a la que acaba de actuar el mentalista. Tiran de él por los
hombros y uno de ellos le rodea la espalda con las manos.
—Edgar —dice Lucius—. Qué pena que hayas traído a un inútil después
de tantos años.
El hombre mayor no dice nada. Solo parece cansado.
Pero la mujer sentada a su lado se levanta de un salto. También es mayor,
con el pelo rubio, largo, enmarañado y canoso que le cae hasta la cintura.
—Todos los presentes han sentido esa magia —sisea.
Lucius guarda silencio durante un buen rato.
Nadie dice nada. Nadie la apoya.
La mujer mira fijamente a Lucius, con cara furiosa. Se echa un poco hacia
atrás, como si quisiera pegarle, pero también supiera que debería huir. Sin
embargo, se mantiene firme.
—No sentí nada más que una mosca en la cara… una que se aplasta con
facilidad —dice Lucius despacio—. Siéntate, Julia.
Los nombres juntos hacen que me ponga más erguida. Mamá hablaba de
un Edgar y una Julia en la compañía en la que estaba antes de unirse a mi
padre. También hablaba de un Samuel, ¿podría ser el mismo mago que
murió? ¿Estoy luchando por ocupar el lugar de un hombre del que mamá
me contaba historias? Espero que no. Intento buscar en mi memoria las
fotos de su caja que no robé. ¿Me suenan Julia y Edgar? Ha pasado
demasiado tiempo para reconocerlos, pero tienen que ser las personas que
mamá conoció. Puedo sentirlo en la forma en que mi corazón se acelera
como si estuviera cerca de algo que quiero.
Julia vuelve a abrir la boca, pero Edgar la mira y niega con la cabeza.
Cierra la boca y da un paso atrás, con el pecho jadeante. Lucius hace un
gesto con la mano y el hombre es escoltado fuera de la sala. Me vuelvo
hacia el aprendiz mentalista. Una sonrisa de suficiencia se dibuja en su
rostro, como si supieran que esto podía ocurrir y estuvieran dispuestos a
pagar el precio. Se tambalea cuando Lucius le hace un gesto con el dedo
para que se retire. Parece que toda la sala contiene la respiración hasta que
Lucius señala a Annalise por detrás del hombro.
—Has terminado. Por favor, espera con ella. Los recuerdos se borrarán al
final.
Hay que reconocer que el chico mantiene la cabeza alta mientras se aleja.
Echo un vistazo al resto de los aprendices. Algunos, como Ethan,
permanecen tranquilos, pero la mayoría nos agitamos y nos miramos los
unos a los otros.
Ethan es el siguiente. Saca un revólver antiguo y apunta en mi dirección.
Intento dar un paso atrás y me tambaleo, casi se me resbala el pie por el
borde, pero él ya lo ha levantado por encima de mi cabeza. Dispara. La
explosión me hace temblar.
Me zumban los oídos. Me los tapo con las manos en una reacción
retardada y miro a mi alrededor. ¿Qué demonios ha disparado?
Mis ojos se posan en Willow. Se lleva la mano a la cabeza, con la cara
congelada y la boca ligeramente abierta. Roman está de pie en su sitio en la
mesa, diciendo algo que no puedo oír, seguramente su nombre. Willow por
fin deja caer la mano. Un lado de su corona de flores está hecho jirones.
Ethan disparó una bala justo cerca de su cabeza y justo por encima de la
mía, un disparo imposible que no se alineó bien, pero que de alguna manera
resultó perfecto.
Vuelvo a mirar a Ethan, que tiene la misma sonrisa de antes. Quiero
arrancársela. Inclina la barbilla y gesticula Tu turno. O quizá lo dice. Aún
me pitan los oídos.
Me doy la vuelta y me encuentro con la mirada aburrida de Lucius. Me
hace un gesto con la mano.
Ya tengo las monedas en la mano, tan apretadas en el puño que cuando lo
abro se me marca la cara de George Washington en la palma. Ni siquiera
recuerdo haberlas sacado, pero lo único que tengo que hacer es mostrar un
poco de potencial y puedo hacer trucos con monedas hasta dormida.
Empiezo con una clásica floritura de cuatro monedas, las paso a la otra
mano y luego de nuevo al bolsillo, saco solo las dos que necesito para mi
truco favorito: pasar la moneda por la mano. Cuando me meto una moneda
en el dorso de la mano, la dejo caer oculta por el otro lado. Incluso doy un
paso más y la atrapo, para no perderla en el abismo.
Nadie aplaude ni vitorea.
La decepción se refleja en el rostro de Lucius. Hace un gesto con la mano
a sus secuaces y estos vienen hacia nosotros.
Xander se pone en pie en un santiamén, levantando las palmas de las
manos.
—Espera. Espera. —Se vuelve hacia Lucius mientras se coloca detrás de
la silla de Aristelle—. Sabes que puede hacer más que eso.
Estoy confundida. ¿Cómo va a saber eso? La gente ha estado hablando de
mí, pero ¿por qué iban a saber de lo que soy capaz?
—No por lo que acabamos de ver —dice Lucius. Parece muy aburrido
hasta que sonríe a Xander y su cara se vuelve cruel al instante—. Parece
que apostaste mal.
El corazón me late demasiado fuerte y me mareo. Todo esto parece
demasiado intenso. Incorrecto.
Xander se sube a la mesa y me agarra del brazo.
—Inténtalo otra vez. Tienes que usar tu magia. Todavía debes tener algo
de la actuación que hiciste conmigo. La llevas dentro.
Niego con la cabeza.
—No sé cómo. ¿Por qué no me dijiste que tendría que hacerlo?
—Te vi. —Xander casi grita—. Te vi usar magia para mover la moneda a
tu bolsillo.
Afuera del club esa primera noche. Lo hice como si supiera lo que había
hecho. Se me hunde el estómago.
—Lo hice por accidente.
Un miedo intenso se dibuja en su rostro, y solo su mano en mi brazo evita
que me resbale.
—Tienes que intentarlo. No podemos separarnos.
El miedo me parece demasiado para la situación, pero cuando dice esas
palabras, lo entiendo. Son una familia, y van a arrancar a uno de ellos del
resto. Puede que siga con vida, pero va a doler casi tanto como una muerte.
—Hacer magia por accidente es aún más impresionante. Puedes hacerlo.
Busca en lo más profundo. Cree que puedes mover esas monedas con nada
más que tu mente, y hazlo. Que sea sencillo. Haz flotar una. —Me suelta y
vuelve a bajar de la mesa de un salto. Sus ojos pasan de mí a los hombres
que se acercan.
Extiendo la mano con mis monedas. Las mismas que me dio mamá.
Puede que no sean mágicas, pero tienen poder. Me concentro en ellas y solo
en ellas.
—Ya basta —dice Lucius, y mi mirada se desvía el tiempo suficiente para
ver a los mismos hombres que arrastraron a Edgar ir hasta la silla de
Aristelle. Esta abre mucho los ojos. Vuelvo a concentrarme en las monedas,
intentando sentir ese zumbido en la sangre del que hablaba mamá. Esto es
por mi nueva compañía, pero también por ella. Soy su hija.
Creer en mí misma es como creer en ella.
Las monedas explotan en mi mano y se multiplican en un remolino de
plata que sale de mi palma y se hace cada vez más grande hasta que un
tornado de metro y medio de monedas centelleantes gira alrededor de mi
cabeza.
—Aficionada —murmura Ethan a mi lado, pero la preocupación se filtra
en su voz.
Me giro hacia él y mis monedas también. Se alejan de mí y se
arremolinan alrededor de sus piernas, subiendo más y más hasta que lo
rodean por completo.
Jadeo. Yo no les he dicho que hagan eso. No les he dicho que hagan nada,
pero algo dentro de mí las impulsa. Mi sangre entona una furiosa canción
de venganza con los latidos de mi corazón como base.
—Basta —dice Lucius.
Me giro para mirarlo. Su expresión es confusa, como si estuviera
enfadado e impresionado.
—He dicho basta —suelta.
Basta. No lo digo en voz alta. Solo para mí. Yo creé esto y creo que
puedo controlarlo.
Las monedas caen en un instante, repiqueteando contra la columna de
Ethan hasta que se levanta con un montón a sus pies. Tiene las mejillas
sonrojadas y pequeñas líneas rojas en toda la cara donde mis monedas se
han acercado demasiado. Parece que quiere matarme.
Abro la boca para decirle que en realidad no quería hacer eso, y luego la
vuelvo a cerrar. No puedo admitirlo.
Acabo de convertir a un rival en enemigo.
Miro a mi compañía. Tienen la cara blanca. Lucius ya ha pasado a la
siguiente chica.
Reviso el bolsillo de mis pantalones y veo que mis cuatro monedas están
sanas y salvas.
Julia me mira con dureza, con el ceño fruncido. Me dan ganas de tirarme
al suelo y hablar con ella. El resto de los aprendices siguen actuando, pero
apenas puedo concentrarme en ellos, salvo para ver cómo Willow libera
burbujas de unos dedos temblorosos. Solo puedo pensar en el poder que
siento bajo la piel. Es como si se hubiera roto un dique donde antes solo
había un hilillo, pero también es como si hubiera más por venir. Es casi
como si hubiera demasiada magia dentro de mí, como si pudiera
arrastrarme si se escapara toda a la vez. Trago saliva.
Nada me saca de mí hasta que Ethan dice:
—Tienes que ver esto.
Sea lo que sea lo que quiere que vea, va a dolerme, no a ayudarme.
Lo miro, y él asiente con la cabeza en la línea de la hermosa chica de la
capa de terciopelo. De verdad que esperaba que no fuera una aprendiz
porque, sin duda, parece que pertenece a este lugar.
—Se llama Nadine. Con el mentalista fuera, ella es la segunda mejor de
aquí.
—Déjame adivinar, ¿tú eres el primero?
—Naturalmente.
Nadine agarra el borde de su capa con la mano y tira de él mientras gira
hasta perderse en un capullo verde. Al cabo de unos segundos, la capa cae
al suelo en un montón. Un pequeño conejo del color de su vestido salta y se
posa un segundo antes de volver a meterse bajo la capa. El terciopelo verde
bosque da vueltas y se levanta hasta que los bordes se despegan y Nadine se
queda de pie, apartándose un mechón de pelo suelto.
—Ella es la número uno —le digo a Ethan.
No contesta. Lo sabe tan bien como yo. Ninguno de los dos somos los
mejores.
Vuelvo a dejar mi rostro en blanco. Me preocupa que la poca confianza
que tengo se desvanezca si miro a alguien más.
Me tiemblan las piernas cuando por fin nos dejan bajar. Xander
prácticamente tiene que levantarme de la mesa.
—Necesito más formación —digo.
—Mañana —dice.
Asiento con la cabeza y busco a Julia, vislumbro su nuca mientras se
escabulle de la habitación. Mañana también la buscaré. Lucius conocía a mi
madre, pero si Julia es quien creo que es, entonces ella también. Sé con cuál
de los dos prefiero hablar. Busco a los dos aprendices que fracasaron: el
mentalista y otro chico que se quedó allí parado un buen rato hasta que
Lucius siguió adelante. Annalise se los lleva a ambos.
—¿Qué va a hacer con ellos?
—Annalise también es una mentalista. Les borrará la memoria y se los
llevarán a casa —dice Xander.
—¿Annalise también es mentalista? ¿Así que ese chico tenía el poder?
Nadie dice nada.
—¿Qué le pasó a Edgar?
Xander frunce el ceño como si no debiera saber su nombre o algo así.
—Lo separaron de su compañía.
—Todo parecía tan… dramático.
—Todos somos artistas —dice Reina con demasiada ligereza—. Vamos a
llevarte a tu habitación. Mañana tenemos que empezar a aprovechar todo
ese poder.
Asiento con la cabeza. No puedo dejar salir ese poder si va a hacer daño a
alguien, incluso si esa persona es Ethan.
Capítulo 10
A l salir por la puerta principal de la mansión, espero que me reciba
la niebla densa de ayer, pero hoy se ve el cielo azul, a pesar de
que las nubes permanecen bajas y se acumulan alrededor de los
setos altos que rodean el recinto. Una brisa roza las puntas de las secuoyas
del exterior, pero dentro, las nubes no se mueven. Es inquietante. También
lo es el enorme patio que tengo delante: parece sacado de Alicia en el País
de las Maravillas, y estaría tentada de creer en la magia si no creyera ya en
ella.
Setos bajos de un metro que hacen juego con los más grandes del
perímetro dividen el patio en cuadrados. El suelo de cada cuadrado está
formado por adoquines grises o rojos, y senderos como el que yo recorrí los
dividen todavía más. Parece un tablero de ajedrez gigante con musgo verde
intenso brotando entre las grietas. En el centro de cada sección se eleva un
árbol.
—Bienvenida a tu campo de entrenamiento —dice Xander—. Hay una
sección para cada aprendiz. Todos entrenáis al aire libre, así sabréis a qué os
enfrentáis.
Xander nos guía por el camino. Apenas ha salido el sol, pero ya hay un
montón de aprendices practicando. Pasamos junto a Barry haciendo girar
naipes en el aire a su alrededor, pero sigue sin ser nada comparado con la
mariposa de Xander. En otra parte del patio, la chica que anoche se sacó
flores de las mangas libera un lazo de color azul pavo real del puño de su
americana, que se retuerce en el aire sobre ella como un remolino. Cuando
llega al final, agarra el material mientras sigue subiendo, despegando los
pies del suelo hasta que da una elegante voltereta en el aire.
Mierda.
No es alguien a quien reclutaron en la calle hace unos días.
La mano de Xander se posa en mi espalda y me empuja hacia delante.
—No te centres en lo que hacen los demás. Tenemos unas tres semanas
para ponerte en forma.
No digo que me parece poco, que sé cuánto tiempo lleva Willow
entrenando.
Me estremezco. Un escalofrío se filtra de las piedras bajo mis pies. Uno
pensaría que podrían calentarlo con un poco de magia. Casi me hace desear
que Aristelle, la hoguera humana, estuviera aquí.
Entramos en la primera plaza de entrenamiento libre. En el centro crece
un cerezo, con las ramas cargadas de color rojo. Aristelle se apoya en el
árbol, sus labios combinan a la perfección con las cerezas.
Bueno, supongo que hay que tener cuidado con lo que uno desea.
Las botas de cordones de estilo victoriano de Aristelle chasquean contra
los adoquines mientras me rodea, mirándome despacio de arriba abajo.
—Supongo que podremos arreglar tu vestimenta después de arreglar tu
falta de habilidad.
Suspiro.
—Creía que Xander se encargaba de mi entrenamiento.
—Esta es mi compañía y mi… —Se detiene—. Es mi reputación la que
está en juego.
Xander se mueve como si le molestara su intrusión. Que se ponga a la
cola. Pero me encojo de hombros. Aprenderé de quien pueda.
—Veamos qué tienes —dice Aristelle.
Busco mi magia. La noto débil, incluso apagada.
—Creo que he gastado toda la magia.
—Imposible —dice Xander—. Habrías sacado más de tu actuación de
anoche.
Saco las monedas del bolsillo y las mezclo entre los dedos. Puedo hacer
algunos trucos para que fluya.
Aristelle me da una palmada y hace que las monedas rueden por el suelo.
—¡Eh! —le digo.
—Los trucos con monedas no son lo bastante buenos.
—A la gente le encantan.
—A los niños les encantan.
Xander se inclina para recoger las monedas. Ignoro el roce de sus dedos
cuando me las vuelve a poner en la mano.
—Tiene razón —dice—. Necesitas otra habilidad. Una que impresione a
una multitud llena de magos cazavampiros. Lo de anoche fue… interesante,
pero necesitas algo más versátil.
—Sin presión —dice Aristelle—. Pero estoy aquí para ayudarte.
—Aristelle… —Xander le lanza una mirada que dice que no le gusta lo
que se avecina, pero está dispuesto a ello.
—Quiero tener la primera oportunidad —dice.
No me gusta cómo suena eso.
—Bien. —Xander cruza los brazos sobre el pecho y retrocede cinco
pasos.
No estoy segura de por qué necesita tanta distancia entre nosotras o por
qué la sonrisa de Aristelle brilla más que nunca, pero no puede ser bueno
para mí.
Aristelle da una palmada para llamar mi atención.
—Voy a pedirte que hagas cosas, y quiero que lo intentes. No dudes. Cree
que puedes hacerlo e inténtalo.
Asiento con la cabeza.
No responde. En cambio, extiende una mano y despliega un pedazo de
encaje carmesí lo suficientemente largo como para tocar el suelo. Me tiende
el trozo de encaje, y yo lo agarro sin pensarlo.
—Póntelo en la manga —me ordena.
Dudo. Xander espera a tres metros de nosotras, con la mirada perdida.
Intento deshacerme de la estupidez que siento mientras saco el puño de la
chaqueta y empiezo a meter el encaje dentro. Me lo creo. La pieza es larga.
Demasiado larga para caber bien. Me abro la chaqueta, meto la mano y
meto el otro brazo por la manga hasta que toco el extremo del trozo de
encaje y tiro de él hacia la axila, que hace que desaparezca por fin dentro
del puño.
Me vuelvo a subir la cremallera de la chaqueta, intentando relajar la
manga cargada como si no hubiera nada, como si fuera una maga de verdad
y hubiera desaparecido entre mi piel.
Pero me pica muchísimo. Quiero arrugar la nariz, pero no lo hago.
A Aristelle no le daría ninguna pena.
—Ahora vuelve a sacarlo y haz más.
Me quedo con la boca abierta. No es que no haya visto este truco antes:
magos sacando interminables hileras de pañuelos de seda con nudos de las
mangas, bocas y otros orificios, con aspecto de haber acabado de robar
todos los camisones de seda de una tienda de lencería. No es un truco difícil
de entender. Pero esto no es un truco. No tengo un segundo alijo de encaje.
Incluso la maldita ropa interior que llevo es de algodón. Tengo que crear
más encaje de la nada. Esperan que haga lo mismo que la otra chica. ¿Cómo
demonios voy a creer que puedo hacerlo?
Los dos esperan expectantes.
—Hazlo —dice Aristelle.
—¿Cómo?
Aristelle resopla y agita una mano impaciente hacia mi manga. Miro a
Xander, que asiente con la cabeza.
Pellizco la punta de la tela y tiro de ella, intentando creer que tengo todo
el catálogo de Victoria’s Secret escondido en la sudadera. El extremo se
desprende y cae sobre los adoquines de cemento rojo apagado.
Se hace el silencio.
Me río, con un ruido fuerte y furioso.
—Ha sido divertido.
—Cállate —me interrumpe Aristelle—. Próxima prueba. Cree que puedes
atrapar el fuego.
—Espera… ¿qué?
Veo la malvada curva de los labios de Aristelle demasiado tarde.
Un resplandor naranja cobra vida en las palmas de sus manos y luego me
alcanza, se desliza por el brazo de mi chaqueta y se convierte en llamas.
Grito y retrocedo dando tumbos.
—Contrólalo —grita.
Forma otra bola brillante entre las manos. Siento calor en el brazo,
aunque parece que solo baila sobre la superficie de mi ropa. Se me enciende
el otro brazo, pero las llamas no llegan a tocarme la piel. El sudor se me
acumula en el rostro. Me salen ampollas. Es como cuando de niña te
acercabas demasiado a la hoguera y te quedabas allí incluso cuando parecía
que estabas a punto de quemarte y unirte a las llamas, todo por conseguir el
malvavisco perfecto.
Pero no me quemo. La magia zumba en mí como una alarma de
incendios. Me ahogo con el calor, pero no me quemo.
Levanto los brazos a los lados.
—¡Apágalo! —grito.
—Contrólalo —vuelve a decir Aristelle. Otra bola rueda en su palma.
—No puedo. —Balbuceo sobre el humo.
Me lanza la otra bola de fuego a la cabeza. Me agacho y estalla sobre mí,
flota en trozos de ceniza que se convierten en agua al caer. Las gotas lamen
el fuego de mis mangas.
Espero que la chaqueta esté destrozada, pero está igual que cuando salí
esta mañana, un poco desgastada, pero entera.
Xander aplaude. Aplaude.
Lo fulmino con la mirada.
—¿Qué? Eso ha estado mejor.
—No ha podido controlarlo —sisea Aristelle, pasándose las palmas de las
manos por los vaqueros.
—Pero no se ha quemado. —Xander parece esperanzado.
Me paso las palmas por los brazos. Ni siquiera están calientes.
—¿Pensaste que me quemaría?
Aristelle sonríe con dulzura.
—Creía en ti.
—Yo no —dice una voz molesta detrás de mí—. Sabía que lo de anoche
fue un golpe de suerte.
Me doy la vuelta. Ethan está de pie junto a los setos del campo de
entrenamiento. Por supuesto que se colocaría justo a mi lado.
—Eso es lo que le he estado diciendo a todo el mundo —continúa—. No
estoy seguro de que me creyeran, pero ahora sí. —Suelta una carcajada y
me hace un gesto con la mano para que mire.
Cometo el error de hacerlo. No es el único que ha interrumpido su
entrenamiento para ver el mío. Anoche di todo un espectáculo, pero cada
vez que me encuentro con los ojos de alguien, apartan la mirada. Se
avergüenzan de mí.
Ethan sonríe burlón mientras saca la pistola de la funda. Me cuesta todo
lo que tengo no apartarme de él, pero apunta por encima del hombro y
dispara tres tiros rápidos. Tres limones explotan en el árbol del centro de su
patio y un estallido de cítricos inunda el aire.
—Y así es como se hace. —Me dedica un guiño odioso propio de una
película del oeste mala.
—¿Alguien te ha dicho que eres un poco irritante? —dice Xander. Se
acerca lo suficiente como para que nuestros brazos se toquen, y sienta bien
tener a alguien a mi lado cuando me enfrento a un matón.
Ethan se encoge de hombros.
—Supongo que tus padres —añade Xander.
La cara de Ethan se ensombrece. No quiero sentir compasión por un tipo
que casi dispara a Willow en la cabeza, pero odio la forma en que baja la
mirada un segundo antes de encontrarse con la de Xander.
Se sostienen la mirada como si estuvieran a punto de batirse en duelo
hasta que Xander grita:
—¡Natasha!
Ni siquiera me había fijado en los dos magos sentados en los bancos del
otro extremo del campo de entrenamiento de Ethan, pero ahora comparten
una mirada antes de levantarse y caminar hacia nosotros. La chica es
menuda, con un corte pixie de color rosa. Tiene la cara afilada, pero los
labios sonrosados. Sonríe cuando llega hasta nosotros. El chico que la
acompaña lleva el mismo corte de pelo rosa, pero es cuatro veces más
grande que ella. Tienen los mismos labios y me pregunto si son hermanos.
—¿Algún problema? —pregunta Natasha.
—Por favor, recoge a tu perro —dice Xander—. Todos sus ladridos me
están poniendo de los nervios.
—Hablar un poco es parte del juego, ¿no? —La sonrisa de Natasha se
mantiene tan firme que es obvio que es falsa. Estoy bastante segura de que
ni siquiera intenta hacerla pasar por real.
—Es para los débiles —dice Xander, cruzándose de brazos.
—Entonces quizá tu aprendiz debería probar.
Me sonrojo. Ojalá pudiera hacer otra exhibición para ponerlos en su sitio,
pero acaban de verme fracasar de forma estrepitosa, y ahora mismo no
estoy muy segura de creer en mí misma.
Aristelle suspira detrás de nosotros.
—Márchate, Xander.
La sonrisa de Natasha por fin parece real.
—Parece que han convocado a alguien.
Xander no se mueve. Sin embargo, yo decido alejarme. Aristelle es la que
está al mando de la compañía. Es a ella a quien tengo que impresionar más
que a Xander.
—No me digas que no les haga caso —digo. No necesito que me animen.
Necesito poder.
—Deberías hacerles caso —dice—. Si no puedes usar tu poder de manera
consistente, eres débil.
Odio que tenga razón. Odio lo vulnerable que me siento. He pasado años
entrenando para cazar vampiros para no sentirme así, y ahora que estoy con
cazadores de verdad, soy esa niña pequeña vagando por las calles oscuras
con nada más que un lápiz afilado. No estoy a la altura.
Al menos entonces estaba sola. No puedo evitar mirar a mi alrededor de
nuevo a la gente que me observa. Una en particular me llama la atención,
pero no está en uno de los patios de entrenamiento. Lleva el pelo largo y
alborotado y viste una falda vaporosa y un chaleco de retazos que la hacen
parecer una bruja que ha salido de otra historia.
Julia.
—¿Quién es? —pregunto señalándola con la cabeza.
Aristelle me sigue con la mirada.
—¿Julia? Anoche perdió a su aprendiz. No hay que preocuparse por ella.
—¿Por qué es mayor? ¿Y por qué todos los aprendices son tan jóvenes?
—No sé cómo no me di cuenta antes, pero la mayoría de los magos parecen
de mi edad. Unos veinte años como mucho.
—Lucius se dio cuenta de que cuanto más joven eres, más probable es
que seas capaz de creer en ti mismo lo suficiente como para aprender
magia, así que ahora nos centramos en los jóvenes, pero no demasiado
jóvenes. Si le das la inmortalidad a alguien que aún no ha descubierto quién
es, ¿cómo esperas que se aferre a su humanidad? —Desvía la mirada hacia
donde las gemelas han salido para sentarse en los escalones de la mansión.
Están sentadas con perfecta quietud, una a cada lado como leones de piedra
—. Los magos mayores son los que llevan más tiempo aquí.
Me vuelvo hacia Julia.
—Necesito dar un paseo. —Doy media vuelta antes de que Aristelle
pueda protestar. Percibo que la gente me observa mientras avanzo por los
senderos, así que agacho la cabeza y me concentro en el crujido de mis pies
sobre las piedras grises mezcladas con las joyas en forma de gotas de
sangre. Levanto la vista solo cuando sé que tengo que estar acercándome a
Julia.
Ya no está.
Dejo de caminar. La gente de los patios de al lado me mira fijamente. Sin
destino, parece que estoy huyendo, pero una melodía alegre capta mi
atención y sigo avanzando a zancadas. Solo conozco a una persona que
tocaría algo tan brillante y alegre después de lo de anoche. Acabo delante de
un patio con un elegante piano negro bajo un naranjo tan lleno de fruta
madura que me recuerda a los desayunos de tortitas en casa de Deb.
Siempre que podía compraba zumo de naranja recién exprimido en el
mercado. El olor le sienta bien a la bonita canción de Willow. Tiene una
ligera sonrisa en la cara mientras toca. Me la imagino encajando
perfectamente con la alegría constante de Deb, mucho mejor que yo. Si yo
hubiera sido tan alegre, quizá nunca habría tenido que irme. Por un
segundo, no sé qué magia está haciendo, pero entonces noto que las
cáscaras de naranja se abren como flores y se vuelven a cerrar. No me
extraña que huela tan fuerte.
Willow se fija en mí y deja de tocar.
Roman sigue su mirada y frunce el ceño, pero no dice nada mientras se
levanta y corre hacia el seto.
—¡Hola! —Me saluda, radiante.
—Hola. —Señalo su piano con la cabeza—. Tu música es impresionante.
Siempre me ha gustado la música.
—¿Tocas algo?
—No. Crecí en el sistema de acogida, así que no tuve oportunidad. —No
sé por qué le digo eso. No es algo que suela compartir con alguien a quien
apenas conozco. Tardé semanas en decírselo a Stacie, y ella es el tipo de
persona que hace un millón de preguntas. Solo se lo conté porque ella me
habló primero de su experiencia.
Asiente con la cabeza.
—Crecí en una casa llena de hermanos, y los programas extraescolares de
música eran lo único a lo que mis padres decían que sí. Pensaban que los
deportes eran una pérdida de tiempo cuando necesitaban mi ayuda en casa,
pero la música era cultura. —Se ríe—. Aprendí a tocar muchos
instrumentos.
—Willow —dice Roman. No lo grita ni hace ningún movimiento hacia
nosotras, pero su voz es tan autoritaria que casi me alejo.
—Espera —dice Willow—. Gracias por devolvérsela. Ayer —añade
cuando no respondo de inmediato.
Tardo un minuto en darme cuenta de que se refiere a Ethan. Cree que lo
atormenté para devolvérsela por haberle arrancado las flores de la cabeza.
Abro la boca para admitir que no lo hice a propósito, pero ¿por qué no
dejar que piense que lo hice? Ya me he ganado un enemigo, una aliada
podría ser útil. Al menos por ahora.
—De nada. En realidad, no quería arañarlo. —Voy a admitir solo eso. No
tenía intención de llegar tan lejos.
—Se lo merecía —susurra Willow.
Roman aparece junto a su hombro.
—Tienes que entrenar. —Sus ojos se posan en mí—. Las dos tenéis que
entrenar.
No puedo discutir. Willow me hace otro pequeño gesto con la mano y se
dirige a su piano mientras yo vuelvo al camino. Me planteo echar un vistazo
a lo que están haciendo los demás, pero no quiero que me miren.
Xander y Aristelle discuten en susurros que cesan en cuanto me acerco.
Ninguno de los dos parece contento conmigo.
—Adelante —le digo a Aristelle—. Dame con tu mejor golpe.
Ninguno de los dos esboza una sonrisa.
Xander se frota las manos.
—Me toca.
Gruño.
—¿Qué tenías pensado?
Frunce el ceño como si no le gustara lo que está a punto de decir.
—La magia consiste en creer. El público cree, y eso la alimenta, pero tú
tienes que creer y alimentarla también. Técnicamente, con un poder
ilimitado, lo que podrías hacer con él sería ilimitado, pero, aunque tuvieras
eso, todavía tienes que creer que puedes hacer lo que sea que estés
intentando. Es más difícil de lo que parece, por eso la mayoría de nosotros
tenemos una especialidad. Cosas en las que éramos buenos sin poder y que
el poder puede amplificar.
Miro a Aristelle.
—¿Fuiste pirómana en otra vida? ¿Cómo es que tienes afinidad con el
fuego?
—Te lo contaré un día, cuando seas una de nosotros.
Cuando seas una de nosotros. Tal vez, después de todo, cree en mí.
Me vuelvo hacia Xander. Todavía no me ha dicho exactamente qué tiene
en mente. Tuerce el gesto como si no quisiera escupirlo.
—Dada tu habilidad con la estaca, hay que dar un paso obvio.
—¿Cuchillos? —Intento detener la sonrisa que se me dibuja en la cara,
porque cuanto más se ensancha, más frunce el ceño Xander. Claro que no
quiere que use cuchillos. Roman trabaja con cuchillos.
—No hace falta que te emociones tanto —refunfuña Xander.
Aristelle se da golpecitos en la barbilla.
—En realidad creo que Roman odiará esto.
Las comisuras de la boca de Xander se inclinan hacia arriba.
—Puede que tengas razón. —Con un movimiento de muñeca, levanta dos
cuchillos negros mate tan largos como su mano. Da una zancada hacia mí,
voltea uno y atrapa la hoja en la palma de la mano para ofrecerme el mango
—. Tócalo.
Envuelvo el frío metal con la mano y lo agarro. Me gusta su peso, la
seguridad de sostener algo lo bastante afilado como para herir.
Es la misma sensación que la de llevar una estaca.
Señala el tronco del cerezo que está a tres metros.
—Intenta darle.
Xander se desliza detrás de mí de una forma que me hace respirar con
dificultad, aunque intento ocultarlo. Me rodea con el brazo derecho
mientras me ajusta la empuñadura del cuchillo. Sus dedos están calientes.
—Puedes hacerlo —susurra. Mi sangre susurra en respuesta.
—Vale, lánzalo ya —dice Aristelle.
No puedo ver la mirada que Xander debe lanzarle, pero ella pone los ojos
en blanco.
Xander se pone a mi lado y esperan.
Lanzo uno y luego el otro.
Las dos salen sin fuerza de mis manos, se quedan cortos y patinan por el
cemento hasta que golpean la base del árbol con golpes sordos y débiles.
Me encojo de hombros como si nada de esto importara, pero lanzo una
rápida mirada a Xander, que agacha la cabeza y examina una grieta a sus
pies.
Aristelle suspira y niega con la cabeza de forma que sus rizos oscuros se
balancean alrededor de su rostro.
—Primero tienes que creer en ti misma o la magia nunca te obedecerá.
Es más fácil decirlo que hacerlo. La única persona que ha creído en mí es
Parker, y yo creía en mi capacidad para protegerlo porque no había otra
opción. Pero nunca creí que mi vida tuviera sentido más allá de la
supervivencia.
Mira a Xander.
—Ayúdala.
Vuelve a acercarse por detrás, a un pelo de tocarme mientras se inclina
cerca de mi oído.
—Yo creo en ti, Ava.
Me estremezco. El susurro bajo mi piel se intensifica hasta convertirse en
una canción de poder.
Son de metal. He manipulado metal toda mi vida. Son trozos más grandes
y afilados, pero tengo unos dedos fuertes y hábiles.
Xander me apoya una mano en el hombro, tan ligera que apenas la siento,
pero está ahí.
Doy un respingo cuando dos cuchillos vuelven a aparecer en mis palmas,
y no sé si Xander o Aristelle los han invocado, pero no he sido yo. En
cualquier caso, cierro los dedos contra el frío metal por instinto. Pero esta
vez no los siento fríos y extraños. Mis palmas parecen fundirse en ellos, doy
sangre y vida al metal hasta que los siento más calientes que mi propia piel.
Lanzo un gritito de sorpresa y Xander me aprieta el hombro.
Aristelle permanece estoica.
—Inténtalo otra vez —me ordena.
Me sobresalto cuando los cuchillos se me clavan en la palma de la mano,
se inclinan hacia ella, leen mis pensamientos más oscuros y anhelan
obedecer.
Los agarro con más fuerza, domando el calor que desprenden.
Aristelle frunce el ceño. Se fija en todo. Entonces sus labios se curvan
como papel quemado.
—No creo que puedas hacerlo —dice.
La magia se dispara.
—Aristelle, eso no ayuda —suelta Xander.
Ella lo ignora y me sonríe, pero no es una expresión cruel, sino de
satisfacción. Me mira con los dedos apretados alrededor de los cuchillos y
asiente para sí misma. Su duda hace que mi propia creencia se duplique, y
ella se da cuenta. No sé si estar agradecida o enfadada. Me quedo con la
rabia porque es lo que me hace falta ahora mismo. Además, es más fácil.
Me obligo a apartar la mirada de ella y a concentrarme en el árbol.
Me arden las palmas de las manos. Necesito soltar los cuchillos. Cada
segundo que pasa los siento más calientes. No tengo elección.
Sé adónde van a volar.
A medida que se deslizan por mi mano, los cuchillos se aflojan hasta que
solo sujeto con firmeza los extremos de los mangos con los dedos. En un
instante, cambio de postura y dejo volar el cuchillo de la mano derecha.
Dando un paso hacia delante, lanzo el cuchillo izquierdo tras él.
El primer cuchillo se estrella contra el árbol y cae sobre la piedra.
Pero el segundo se clava en la corteza.
Xander se ríe, me suelta y aplaude en señal de lento agradecimiento.
Aristelle incluso parece complacida.
Se me hincha el pecho y me pican las palmas de las manos por recuperar
los cuchillos.
Aristelle se quita el polvo invisible de sus vaqueros negros ajustados.
—Mi trabajo aquí ha terminado. Entrénala. —Se aleja y me deja con la
boca abierta.
Me vuelvo hacia Xander. Su sonrisa es amplia y sincera; cualquier duda
que tuviera sobre mí ha desaparecido.
—Bienvenida a la compañía —me dice.
Me levanta la mano y se inclina para darme un ligero beso en los
nudillos. Estoy segura de que el hormigueo que siento en el estómago
cuando lo hace no tiene nada que ver con la magia.
Espero que me suelte la mano y ponga fin a nuestro pequeño momento de
coqueteo, pero no lo hace. Entrelaza sus dedos con los míos y me empuja
hacia delante, más allá del cerezo y fuera del patio, hacia los altos setos que
rodean el recinto. Nos quedamos allí, frente al muro verde.
—¿Qué haces? —pregunto.
—Enseñarte los alrededores, darte una idea de por qué estás luchando.
Miro fijamente las densas hojas verdes que tengo delante.
—Sí, bonita planta. Hace juego con tu pelo.
Pero entonces las hojas empiezan a moverse, a retirarse a medida que las
ramas se enrollan unas contra otras, revelando poco a poco una puerta negra
brillante con un picaporte de cobre.
—Piensa en algún lugar donde hayas sido feliz —me dice.
La orden hace que me duela el pecho, y durante un segundo mi mente se
queda en blanco de una forma dolorosa, pero entonces abre la puerta y la
atraviesa, y oigo el rugido constante justo antes de que mis botas se hundan
en la arena. Las olas del mar rompen contra una playa llena de conchas y
dólares de arena.
—Maldición —dice Xander—. Lo ha hecho con el mío. No con el tuyo.
—¿Cómo…? ¿Cómo es posible? Estamos en lo más profundo del bosque.
—Es una ilusión —dice Xander—. Llevamos tanto tiempo construyendo
la magia de este lugar que puede hacer que casi cualquier cosa parezca real:
piensa en lo que quieras, y puede estar detrás de cualquier puerta. Pero
quería que fuera tu lugar feliz, no el mío.
Me trago el nudo que tengo en la garganta.
—No. Este también era el mío. A mi madre le encantaba la playa.
Una ola rompe en una roca a mi derecha y gotas de agua salada me
cubren la cara.
—¿Por qué es el tuyo? —pregunto, pero ya adivino la respuesta. Parece
como si con cada ola arrancaran un trozo de él de la orilla.
—A mi hermano le encantaba. A los dos. Pero él quería hacer surf, y mis
padres solo nos dejaban usar tablas de boogie. Dijeron que si quería podía
nadar con los tiburones cuando cumpliera dieciocho años. —Se ríe—. A
nuestra madre no le gustaba el mar.
—Tus padres… ¿saben lo que eres?
Traga saliva.
—Me culparon por llevarlo a esa fiesta. Nunca lo dijeron abiertamente,
pero lo veía en sus caras cada vez que los visitaba. Ya no voy a visitarlos.
Parece que a lo lejos un surfista cabalga una ola.
—¿Eso es…? —El corazón me late un poco más fuerte mientras echo un
vistazo a la playa, como si pudiera ver a mamá arrodillada entre las olas,
lavando la arena de una concha que luego ensartaría en un collar.
—No. Ninguna ilusión es tan fuerte como para hacer que los muertos
parezcan reales —susurra Xander.
—Pero esto es algo —digo.
Me siento en la arena y me llevo las rodillas hasta el pecho. Xander se
sienta a mi lado, lo bastante cerca como para que el hombro me quede
pegado a su brazo. Puede que no tengamos a quien perdimos, pero hay algo
de armonía en juntar dos cosas rotas, aunque no encajen del todo.
Nos sentamos allí durante un buen rato y vemos cómo el sol se traga el
horizonte llameante.
En algún momento, Xander se quita los zapatos y chapotea en las olas,
pero yo no.
Mamá nunca me enseñó a nadar. Siempre íbamos a la playa, pero ella
decía que no era el lugar adecuado para nadar. Las olas eran demasiado
agresivas para aprender algo tan delicado.
Me lo imagino con facilidad: yo intentando zambullirme en el agua solo
para ver adónde me llevaba, y su mano agarrando la mía, manteniéndome
en la orilla, su voz diciendo: Un poder como ese te tragará, Ava.
Capítulo 11
P oco más de una semana después, Xander me sonríe desde un banco
de piedra, con las piernas estiradas ante él. Acabo de hundir mi
cuchillo en el cerezo por enésima vez.
Pero hoy tengo público, y no solo a Ethan clavándome puñales en la
espalda o las miradas de reojo de los demás aprendices. Me he vuelto lo
suficientemente buena en solo una semana como para que las miradas que
recibo sean de preocupación, no de sarcasmo. Diantha y Reina se sientan a
ambos lados de Xander mientras Aristelle camina a mi derecha. Si
entrecierro los ojos, puedo fingir que no está ahí, pero sus ojos siguen
clavados en mí incluso cuando no puedo verla. No sé si es parte de su poder
o solo mi reacción al ser juzgada.
Se podría pensar que estoy acostumbrada. Cuando eres una niña de
acogida, todo el mundo está siempre juzgando si encajas bien con ellos o
no. Pero me he permitido olvidar que esto es una competición.
Ya me he acostumbrado a la rutina. Entreno con Xander durante el día y
luego visito con él nuestra playa de mentira antes de que se vaya con
Aristelle a cazar vampiros. Todavía no me aceptan, ni siquiera después de
una semana entera entrenando. Al parecer, Santa Cruz es un foco de
vampiros. Se sienten atraídos por este lugar, incluso los que no saben lo que
los magos cazadores pueden darles. Sienten el poder de este lugar
irradiando por toda la ciudad, aunque los hechizos les impidan encontrarlo.
Me quedo en la habitación de Reina y Diantha con ellas y las gemelas. A
ninguna le gusta cazar vampiros, así que Xander y Aristelle están
encantados de hacer el trabajo mientras nos sentamos en un sofá de
terciopelo verde y vemos las películas de Tomb Raider. O Indiana Jones, si
me toca elegir. A veces juego al Yahtzee con las gemelas. Todo parece
extrañamente normal, aunque cuando salgo de su habitación para volver a
la mía, entro en un pasillo mágico que puede o no tener el mismo aspecto
que cuando llegué.
He empezado a formar parte de la compañía, aunque me siento como la
niña que no tiene edad para salir con los mayores.
Avanzo y arranco mis cuchillos del tronco. Se cura de inmediato.
Al menos no están las gemelas, cuyos ojos siempre se mueven al unísono.
Todavía me dan escalofríos. Y sé que hacen trampas en el Yahtzee.
Las empuñaduras metálicas se calientan en mis manos hasta que lucho
por mantenerlas sujetas. La rabia de que todos me miren, de permitirme
olvidar que estoy a prueba, parece hacerme creer más en mí misma y llama
a la magia con rapidez en contra de mi voluntad, o quizá porque no puedo
controlar mi propia voluntad. La magia me presiona la piel, más como un
grito que quiere ser libre que como un zumbido. No sé si podría controlarlo.
Esa duda me impide dejarme llevar del todo.
Me muerdo el interior del labio y saboreo la sangre.
Una mano delgada me rodea la muñeca y me aprieta el pulso agitado. La
cortina de pelo negro de Reina roza mi brazo desnudo cuando se pone a mi
lado.
—Respira —susurra. Toda ella en ella es agradable, una nube que sofoca
mi ira.
Siento que mi pulso se ralentiza y deja atrás parte del dolor que lo
empuja.
Me giro y me encuentro con sus ojos redondos. Se arrugan en las
comisuras y en su rostro se dibuja una sonrisa orgullosa. Pasa de ser una
nube al sol en cuestión de segundos. Aunque está claro que Aristelle toma
las decisiones, Reina es el verdadero centro del grupo y nos da a todos justo
lo que necesitamos. Para mí, son sonrisas sinceras que no esconden nada.
Todo el mundo se acerca a ella de vez en cuando para empaparse de su
cariño.
—Diantha —dice. Me suelta la muñeca y se aparta de mí.
Mi tiempo al sol se acaba cuando Diantha se levanta de su banco. Duda,
se pasa las manos por los pantalones capri de color verde y mira solo a
Reina. No puedo ver la mirada que Reina le dirige, pero es suficiente.
Relaja los brazos a los lados y se coloca junto a la columna.
Diantha cierra los ojos. Una sombra blanca y brillante y un delineador
verde centellean contra la niebla. Hoy es más espesa. Prácticamente puedo
saborear su magia.
Diantha empieza a tararear una bonita canción de cuna, balanceándose
hacia delante y hacia atrás tan despacio que casi no noto el movimiento.
Siempre parece preparada para el escenario, pero es la única a la que nunca
he visto actuar.
Al principio no parece ocurrir nada, pero entonces una delgada
enredadera verde brota de la base del árbol, enroscándose sin prisa
alrededor del tronco, engrosándose a medida que crece, estirándose hacia
arriba como si anhelara enrollarse junto con su canción. Cuando llega a la
altura de los ojos, el zumbido se intensifica y luego se interrumpe cuando
de la punta brota un lirio rojo.
Aplaudo. Reina sonríe y entrelaza sus dedos con los de Diantha,
apretándolos con suavidad. Diantha se pasa el pelo negro por detrás de los
hombros y mueve los pies.
—¿Por qué no haces eso para el espectáculo? —Seguro que al público le
encantaría.
Reina se queda quieta a mi lado mientras la sonrisa de Diantha se
desvanece. Sus ojos se apagan a pesar de los estallidos de color que los
rodean.
—Es demasiado buena —dice Aristelle—. Sin la posibilidad de una
explicación racional, la creencia se convierte en miedo. Eso arruina la
magia.
Reina asiente. Diantha inclina la cabeza y vuelve a su asiento.
Intento no mirarla mientras lo hace.
Reina vuelve a dirigir mi atención a la flor.
—Córtala del tallo —me pide, y vuelve a su asiento, dejándome como
única intérprete.
Aspiro el aire viciado y frío. Lo único que he estado haciendo es lanzar
cuchillos contra un trozo de madera de 15 centímetros de ancho. Lo que me
pide es el siguiente nivel.
Tengo los dedos calientes. Dejo volar el primer cuchillo. Atraviesa la flor
y destruye los delicados pétalos. Un tiro genial si no hubiera estado
apuntando a la enredadera que la sostenía. Frustrada, me concentro en el
segundo cuchillo y lo miro en la mano durante un segundo. Xander dice que
concentrarme en su forma puede ayudarme a visualizar exactamente lo que
quiero que haga.
Ethan lanza un molesto y ruidoso disparo, y yo hago una mueca. Ojalá el
patio de entrenamiento que me han asignado estuviera junto al de Willow.
Hoy apenas distingo las notas de su evocadora flauta. Con su música sería
mucho más fácil concentrarse.
Miro hacia mi objetivo. Pero la enredadera se ha desmoronado en el suelo
y ha dejado solo la flor clavada como un triste juego de feria.
—De nada —dice Ethan. Sigue apuntando en dirección al árbol.
Me vuelvo hacia él, con la fuerza en la punta de los dedos.
—Bueno, ahora necesito otro sitio donde lanzar el cuchillo. —Dejo que
mi mirada se pasee por su pecho. Agarro el cuchillo con más fuerza, no
porque vaya a lanzarlo, sino porque me preocupa que mi magia escuche mi
deseo sin esperar a que yo le dé luz verde.
Ethan da un paso atrás, y me sorprende que lo haya intimidado hasta que
abre los brazos de par en par, invitándome a intentarlo.
—Vosotros dos tenéis buena química —dice Natasha. Ni siquiera la he
visto acercarse al seto. Estaba demasiado ocupada fantaseando sobre dónde
darle a Ethan sin causar daños graves, solo una pequeña herida superficial.
—¿Qué? —decimos Ethan y yo al mismo tiempo, y luego compartimos
una mirada de asco en la que coincidimos.
Natasha nos ignora. Se vuelve hacia Aristelle.
—Quizá deberían actuar juntos… digamos, ¿mañana por la noche?
Ethan empieza a abrir la boca, pero Natasha le da un empujón en otra
dirección. Me mira por encima del hombro, como si hubiera sido yo quien
lo ha sugerido.
Estoy desesperada por subir al escenario, pero no con él.
Aristelle me mira y tira de mí hacia un lado.
—Es hora de que empieces a actuar más para el público. Tenemos que
mejorar tu magia todo lo posible antes de que continúe la competición, y
actuar con otras compañías puede aumentar la repercusión de un
espectáculo.
—¿Dónde? —No quiero volver a actuar para los otros magos hasta que
esté totalmente preparada.
—En la ciudad. En clubs distintos. De vez en cuando en la calle.
—¿Después puedo clavarle una estaca?
Su sonrisa ladeada dice que no se opone del todo a la idea.
—Estoy empezando a pensar que eres más cruel que yo. —Se vuelve
hacia Natasha—. Vamos a pasar.
Natasha frunce el ceño. Ethan parece aún más molesto por haberlos
rechazado.
—Gracias —le susurro a Aristelle. Considero una victoria que haya
tenido en cuenta mis sentimientos.
—A trabajar —exclama.
Doy una zancada y saco el cuchillo. La flor hecha jirones cae sobre mi
bota.
—Sube la apuesta —grita Aristelle mientras retrocedo.
Xander sonríe, levantándose de su asiento.
—Estaba esperando esto.
Prácticamente salta hacia el árbol y se detiene para arrancar una cereza de
una rama. Por un segundo, me preocupa que me pida que apunte a algo tan
pequeño, pero se limita a guiñarme un ojo y a metérsela en la boca mientras
sostiene un as de picas contra la madera, sujetando la parte de arriba con
dos dedos que mis cuchillos podrían arrancar con facilidad.
Niego con la cabeza.
—Podría cortarte.
—No lo harás.
Su confianza en mí no hace nada para detener el temblor de mis dedos.
Porque no confío en mí misma. Mi magia flaquea.
—Quiero matar vampiros, no a ti. —Aprieto con fuerza los cuchillos.
Su carta se desvanece, y él avanza hasta que se detiene delante de mí.
Cierra la mano alrededor de uno de mis puños, y me resisto a luchar contra
él mientras me separa los dedos y libera el cuchillo.
Coloca la otra mano, con la palma hacia arriba, entre nosotros. Estamos
tan cerca que las yemas de sus dedos rozan la parte delantera de mi
camiseta de los Rolling Stones.
Desliza el cuchillo por la palma de su mano antes de que pueda
reaccionar, lo que deja un fino rastro de sangre. Me encojo como si le
hubiera causado la herida yo misma, pero él ni siquiera se inmuta, me
devuelve el cuchillo. Mis dedos se cierran con naturalidad alrededor de la
empuñadura, aunque una parte de mí no quiere recuperarlo.
Levanta la mano mientras la piel vuelve a unirse. La sangre que recubre
su herida burbujea como si se evaporara.
Me atrapa el brillo de la joya en su muñeca y la sangre que aún tiene en la
mano. La respiración se me acelera mientras el rojo de las cerezas del árbol
se difumina. Xander me pregunta si estoy bien, pero apenas lo oigo.
Recuerdo algo. Paso tanto tiempo pensando en mamá que es raro que
recuerde algo nuevo, pero ver la sangre y la joya juntas acaba de
desencadenar recuerdos que quedaron eclipsados por lo que ocurrió al día
siguiente.
Estaba jugando con Parker junto a la pequeña mesa de cristal para
exterior que mamá había comprado en una venta de garaje. Tenía rosas
pintadas en la parte superior y, dondequiera que lleváramos la caravana,
mamá la colocaba fuera, entre dos sillas plegables. Yo saltaba por encima y
corría alrededor de la otra silla. Creo que gritaba «ahora me ves, ahora no»
mientras Parker se reía. Hasta que tropecé y caí sobre la mesa. El cristal se
hizo añicos. Algo me atravesó el estómago, gemí y había sangre. Mucha. Y
luego la cara blanca de mamá mientras me miraba y corría. Lloré por ella.
No entendía por qué se había ido. Pero cuando volvió, la gargantilla de
piedras rojas brillaba en su cuello. Por un segundo me dolió más el
estómago, pero luego me dijo que me sentara y que solo era un rasguño,
aunque había mucha sangre en la tierra.
Nos mudamos justo después de eso, al camping donde asesinaron a mamá
al día siguiente.
Debí de estar tan perdida en lo que pasó después que olvidé lo que había
pasado antes. ¿Y por qué iba a recordarlo? Siempre me hacía arañazos y
rompía cosas que no debía.
Pero ahora veo ese recuerdo bajo una luz diferente.
Mamá usó magia, al menos una vez, el día antes de morir. Y se puso la
gargantilla que nunca usaba. La gargantilla con las piedras que coinciden
con las suyas. Si quedaba alguna duda de que alguna vez fue inmortal, ya
no la hay.
Me siento como si me hubieran apuñalado en el estómago otra vez. Mamá
usó una gran cantidad de magia, suficiente para convertirla en un faro para
cualquier vampiro de los alrededores.
Y lo hizo para salvarme. Sabía que no debía usar su magia. Escribió sobre
lo mucho que lo echaba de menos, pero nada de eso la obligaba a usarla. Yo
lo hice. Me presiono el estómago con la mano. Ni siquiera tengo cicatriz, al
menos no ahí. Lo que me dejó destrozada fue lo que pasó al día siguiente.
Probablemente su muerte fue culpa mía.
Intento decirme a mí misma que no lo sé con certeza, pero una parte de
mí siempre quería culparme de todos modos. ¿Y si me hubiera despertado
antes? Tal vez podría haberlos asustado o haber pedido ayuda antes de que
fuera demasiado tarde, pero siempre fueron solo los pensamientos de una
niña que necesitaba a alguien tangible a quien culpar, aunque esa persona
fuera ella misma. Me olvidé de esos pensamientos cuando me hice mayor,
pero esta información me los devuelve con toda la fuerza. Hace de mi culpa
algo vivo que crece como enredaderas llenas de espinas en mi interior.
Una parte de mí quiere contárselo, pero no quiero decirlo en voz alta. En
lugar de eso, me centro en lo que necesito saber. Los hechos.
Retrocedo un paso cuando Xander levanta su mano perfectamente lisa.
—No pasa nada, Ava. Estoy bien.
—¿Cómo lo has hecho? ¿Acabas de usar magia de sangre?
Eso parece. La forma en que la sangre desapareció de su palma fue la
misma en que aquel día desapareció de mi piel, pero no del suelo.
—Curar es increíblemente difícil —dice—. Los vampiros pueden hacerlo
al instante porque su maldición utiliza la magia de sangre de forma
automática. Nosotros tenemos que pensar en usar la magia de sangre, y para
heridas más graves, de normal, también necesitamos más poder. —Levanta
el brazalete—. Pero la única vez que la usamos es cuando ya se ha
derramado, y solo para curar.
No me gusta. No me gusta la forma en que difumina las líneas entre ellos
y los vampiros.
Pero mamá lo hizo…
Y luego murió. Hubo consecuencias.
—Sigamos con esto —dice Aristelle.
Xander asiente, dirigiéndose de nuevo al árbol.
Pero siento un temblor en los dedos que no puedo detener.
Antes de que pueda siquiera plantearme lanzar, Diantha y Reina se ponen
delante de mí. Diantha me mira a los ojos un momento mientras Reina dice:
—Creo que deberíamos parar por ahora y disfrutar de una noche de
chicas.
Gruño.
—No puedo soportar ver Tomb Raider ni una vez más.
—No —dice Reina—. Vamos a salir.

No hay muchos turistas en el centro de Sacramento. Es más para la gente


que vive y trabaja allí. Puedes contar con ver las mismas caras todas las
noches, gente cansada que busca la misma vía de escape. Algunas noches,
parece menos una vía de escape y más un lado distinto de la misma jaula.
El centro de Santa Cruz es diferente. La energía y el entusiasmo bullen en
las calles llenas de árboles. Los turistas miran embobados en los escaparates
las novedades con temática playera, mientras los lugareños se pasean de
camino a un mercado que los demás ignoran. La gente actúa en la calle.
Saco un dólar del bolsillo y lo meto en la funda de la guitarra de un hombre
que rasguea su propia melodía con los ojos cerrados. No es nada bueno,
pero parece que no toca para nadie más que para sí mismo, balanceándose
un poco al ritmo de su propia falta de melodía.
Paseamos bajo un dosel de árboles frondosos que bordean la calle cada
seis metros más o menos. Aunque ya es de noche, hay mucha luz. Las
farolas marcan la acera y las bombillas redondas conectan todas las farolas.
Reina y Diantha llevan vestidos de lentejuelas que les sientan como un
guante. El de Diantha es del verde oscuro de la hiedra y el de Reina, del
azul pálido del cielo de la mañana. Estoy segura de que hacen girar todas
las cabezas a su paso. No, nosotras lo hacemos. Aristelle entró y me lanzó
un pequeño vestido negro de seda mientras nos estábamos arreglando.
Además, me prestó unas botas negras altas que eran lo bastante holgadas
como para meterme los cuchillos. Creo que empiezo a gustarle.
Aun así, es difícil no sentirse como la tercera en discordia cuando sales
con la pareja más sexy del mundo.
Diantha y Reina van despacio, como si se hubieran dado cuenta de que
voy detrás de ellas. Desenlazan sus brazos y se dejan caer a cada uno de mis
lados, luego deslizan sus brazos entre los míos. Mi primer instinto es
apartarme, seguir caminando por separado, pero ellas parecen percibirlo y
me dan un pequeño apretón extra.
Y me quedo. Porque me siento bien. Parece que este podría ser nuestro
viernes por la noche durante años. No soy una tercera en discordia. Yo soy
la que modera sus debates sobre quién es la Lara Croft más sexy: Angelina
Jolie o Alicia Vikander. Siempre me pongo de parte de Reina y elijo a
Angelina porque solo puedo jugar a ser neutral durante un tiempo. Siento
que formo parte de algo con ellas. Algo especial.
Eso me asusta. Me estoy dejando construir toda una vida, y los futuros
pueden arrancarse con mucha facilidad. Pero de alguna manera, eso hace
que se sienta más seguro. Me quieren. Que me quede o no está en mis
manos. Nadie puede quitarme algo que me he ganado.
Salvo Lucius. Pienso en la cara de cansancio de Edgar mientras lo
arrastraban, pero eso se puede evitar mientras sigamos las reglas.
Nos detenemos frente a un lugar llamado Blueroom, con una gran y
ominosa puerta negra y ventanas decoradas en turquesa. Es una
combinación extraña, pero encaja con mi estado de ánimo. Reina me suelta
el brazo y abre la puerta con una pequeña reverencia.
—Señoritas —dice, haciéndonos señas para que pasemos.
Entramos y la camarera nos saluda.
—¿En la barra o en una mesa?
Pero me mira con los ojos un poco entrecerrados, como si supiera que la
barra no es una opción.
—Mesa, por favor —dice Diantha.
La camarera nos lleva a un reservado de piel sintética roja en un rincón
alejado del resplandor de las ventanas. Pronto nos llenamos la cara con la
mejor salsa de cangrejo, espinacas y alcachofas que he probado nunca. Vale,
es la única salsa de cangrejo que he probado, pero apostaría dinero a que es
insuperable. Solo tardamos diez minutos en comérnoslo todo.
Cuando la camarera viene a tomarnos nota, miro el plato de salsa vacío.
—En realidad —dice Reina—, creo que pediremos otro plato y unos
palitos de mozzarella. —Me guiña un ojo mientras la camarera se aleja.
Quizá sea fácil leerme.
O puede que Reina esté empezando a conocerme.
Es raro tener a otras personas anticipándose a lo que quieres. La única
otra persona que ha hecho eso por mí desde que murió mamá fue Deb, pero
siempre estaba tan claro que quería a Parker que tenía que preguntarme si el
cuidar de mí era por él. Pero con mi compañía, sé que es por mí y por nadie
más.
Bebo un poco de agua. No sé por qué, pero me siento avergonzada, como
si hubiera metido la pata al dejar que se acercaran a mí, al haberme
permitido a mí misma acercarme a ellos. Pero, al mismo tiempo, me siento
bien. Es tan fácil como sentarse en el sofá con ellas, ver películas.
Como solía hacer con Parker. Hago a un lado el dolor que siento en el
pecho. Acabo de hablar con él esta mañana. Pensé que estaría dolido y que
tendría que explicarle que no es para siempre, que pronto volvería a
visitarlo, pero parecía emocionado por mí. Dijo que esperaba que mejorara
los trucos con monedas, y yo refunfuñé que él no aprecia la ilusión, y me
pareció normal. No tenía sentido que la conversación hiciera que el agujero
en mi pecho por estar lejos de él se abriera un poco más. La semana que
viene empieza un curso de verano de fútbol. Siempre ha querido ir. Está
contento. Tengo que repetírmelo varias veces antes de que desaparezca el
dolor. Es feliz. Puedo perseguir… lo que sea que esté persiguiendo. Se ha
vuelto más complicado. Al principio era la magia, luego la oportunidad de
vengarme, pero ahora… también son momentos como este.
Quiero demasiado.
Me da miedo.
Llega la salsa humeante y me la como tan rápido que me quemo la
lengua, tengo que engullir la bebida y pedirle a la camarera que me la
rellene.
Pero eso no me disuade de pedir otra ración.
—¿Y cuáles son vuestras historias? —suelto entre bocados. Llevo una
semana preguntándomelo, pero nunca parece haber un buen momento para
preguntarle a alguien cuántos años tiene… o no tiene… en la escala de la
inmortalidad. Echo un vistazo al local antes de continuar. La mayoría de la
gente está en la barra, y nadie nos presta atención—. ¿Fue por la magia o
por matar vampiros?
—Ni una cosa ni la otra —dicen a la vez, tan sincronizadas como las
gemelas, pero tiernas en lugar de espeluznantes.
Se sonríen la una a la otra.
—Trabajaba en una tienda de animales —dice Reina—. Me encantaban
los pájaros, así que los entrenaba.
Me atraganto con el agua.
—Se pueden entrenar sin magia —dice Reina, volviéndose hacia Diantha
—. ¿Por qué todo el mundo piensa siempre que es raro?
Diantha la mira con paciencia, como si ya le hubiera explicado antes por
qué es raro. Reina resopla.
—¿Puedo preguntar qué tipo de trucos?
—Les enseñé a saludar a los niños y a volar cuando se les ordenara.
Cosas así. Puedo enseñarte un truco que no sea mágico. —Une las manos,
luego se detiene—. Vale, este primer truco es mágico. No llevo pájaros en la
manga, pero luego haré uno normal.
Antes de que pueda conjurar un pájaro de la nada, Diantha le da un
golpecito en el hombro.
—Te dije que nada de pájaros en los restaurantes.
—Vale. —Reina hace un mohín dramático antes de que toda expresión
desaparezca de su rostro—. Una noche estaba volviendo a casa cuando un
hombre me agarró y me empujó contra un edificio. Intentó arrancarme el
bolso de las manos, pero yo estaba tan asustada que no pude soltarlo.
Levantó el puño y yo seguía sin poder moverme, a pesar de que todo en mi
interior me pedía a gritos que hiciera algo, lo que fuera, para defenderme.
Pero supongo que una parte de mí lo hizo. Las palomas aparecieron de la
nada y fue como una escena de Los pájaros. El tipo acabó gritando mientras
huía calle abajo con la bandada siguiéndolo. Aristelle me encontró, y al
principio le dije que no, pero tenía tanto miedo de seguir caminando sola, y
ella no solo me estaba ofreciendo magia, me estaba ofreciendo poder. Lo
quise. —Hace una pausa—. No quería volver a sentirme así nunca más.
Diantha hace girar la pajita en torno a su bebida y se queda mirando el
remolino de agua en su vaso. Por un momento, creo que no va a responder y
estoy a punto de decirle que no importa. Nadie tiene que compartir su
historia si no quiere. Yo ni siquiera he compartido la mía al completo. Pero
entonces…
—Cultivaba flores en mi patio trasero y las vendía en un mercado de
agricultores los fines de semana. Me ponía mangas anchas y sacaba una
margarita para los niños que pasaban. —Sigue mirando su bebida, pero una
sonrisa fugaz se dibuja en su rostro—. Atrajo gente a mi puesto. Empecé a
recibir encargos durante la semana… hasta el punto de que ganaba más
dinero que mi marido. A él no le gustó. Al principio eran sobre todo gritos,
pero un día llegó a casa, yo estaba en el jardín podando rosas y empezó a
gritarme porque no tenía la cena lista. Me pegó. —Levanta la vista y me
mira fijamente a los ojos—. No tuvo ocasión de volver a hacerlo. Caí sobre
mis rosas, y lo único que quería era que lo arañaran a él en vez de a mí, así
que lo hicieron. Salieron de sus lechos y macetas hasta que se lo tragaron
entero. Me quedé allí sentada mirando y escuchándolo gritar, pero no quería
que parara. Vivíamos en el campo, así que nadie lo oía. Me quedé sentada
en el banco del jardín durante horas, hasta que oí un coche que subía por el
camino de grava. —Ahora sonríe, como si disfrutara de esta parte del
recuerdo—. Aristelle entró por la puerta de atrás, contempló toda la escena,
agarró las tijeras y lo liberó. Luego lo sujetó por el cuello, le apareció fuego
en la mano y le dijo que nunca tratara de encontrarme. Parecía aterrorizado.
Tenía el mismo aspecto que yo había tenido durante semanas. Me fui con
Aristelle y no volví a mirar atrás.
Asiento con la cabeza. Puedo entender la necesidad de poder. Si soy
honesta conmigo misma, para mí también es una fuerza que me impulsa. Lo
quiero todo: venganza, magia, poder.
Pero, por primera vez, hay algo más que me atormenta. Diantha nunca
miró atrás, y puedo entender por qué no lo hizo, pero yo no quiero eso.
—¿Aún visitáis a alguien de vuestra vida anterior? ¿Saben de vosotras?
—Si no puedo ver a Parker una vez que deje de envejecer… eso sería
suficiente para alejarme.
—Yo no —dice Diantha.
—Bueno, mis padres la adoran. —Reina aprieta la mano de Diantha—. Y
la parte japonesa de mi familia está muy unida. La mayoría vive en Los
Ángeles, así que vamos de visita un par de veces al año.
—¿Cómo? —No sé cuánto hace que se volvieron inmortales, pero en
cierto momento empezaría a ser obvio.
Reina mira a su alrededor antes de sonreírme. Al principio no me doy
cuenta, pero luego lo veo: unas cuantas arrugas alrededor de los ojos y unas
líneas de expresión más marcadas alrededor de los labios. No hay una gran
diferencia, pero parece unos diez años mayor.
—Tú también puedes aprender a hacerlo —dice—. No es la ilusión más
fácil, por eso algunos no se molestan, pero si quieres a tu familia, podrás
hacerlo.
Diantha se aclara la garganta e inclina la cabeza hacia la barra.
Los ojos de Reina se desvían en esa dirección y de nuevo hacia mí.
—Lo siento, Ava. Parece que el deber nos llama.
Me siento más erguida.
—¿Un vampiro? —susurro.
—Los vampiros no son los únicos que se aprovechan de los vulnerables
—dice Reina—. Xander y Aristelle tienden a centrar sus energías allí, pero
a nosotras nos interesa otra cosa. Mira detrás de ti y a la izquierda. La mujer
y el hombre que están a punto de salir.
Me giro justo a tiempo para ver cómo una mujer con un vestido plateado
se tropieza al resbalar del taburete. Un hombre la agarra del brazo, y ella lo
mira como sorprendida de verlo, como si tal vez no lo conociera tan bien.
Lleva vaqueros y una camisa azul abotonada que le queda como si fuera
cara, y se aparta de la cara el pelo castaño claro que le llega hasta la
barbilla. Esboza una sonrisa de disculpa a la gente que lo rodea. Su cara
redonda de niño hace que parezca sincera.
Pero conozco las sonrisas falsas. Esta me pone la piel de gallina.
La mujer se aleja de él y se aparta el pelo castaño oscuro de sus aturdidos
ojos verdes. Podría estar borracha, pero también drogada. En cualquier
caso, hay algo que no me cuadra. El hombre se echa su abrigo y el de ella al
brazo y se apresura a seguirla mientras ella se dirige a la puerta principal.
No mira atrás ni una sola vez para ver si él la sigue.
Yo diría que se trata de una primera cita.
Me doy la vuelta cuando Diantha pone sobre la mesa suficientes billetes
de veinte para pagar tres veces la cuenta y nos ponemos en marcha. Las
sigo mientras nos adentramos en la noche. Puede que no esté cazando
vampiros, pero también observaré y aprenderé esto. Nunca diré que no a
ayudar a alguien que podría ser una presa, sin importar quién sea el
depredador.
Reina y Diantha miran a cada lado de la calle.
—Maldita sea. —Reina aprieta los puños mientras camina de un lado a
otro—. ¿Ya se han subido a un coche?
—Espera —dice Diantha—. Los veo. —Sale a la calle y hace que los
coches se paren a su paso. Reina camina tras ella a grandes zancadas, y yo
me apresuro a seguirlas, sintiéndome como esa compañera torpe de una
película que va a acabar escondiéndose mientras la heroína se carga a todos
los malos que se han atrevido a respirar cerca de ella; al menos, esas son
definitivamente las sensaciones que transmiten Diantha y Reina. Alicia
Vikander y Angelina Jolie no tienen nada que envidiarles. Echan los
hombros hacia atrás, dan pasos seguros. Por eso están aquí.
Seguimos a la pareja hasta un aparcamiento situado al otro lado de la
calle, entre dos edificios. Solo hay una fila de plazas de aparcamiento y, por
lo que veo, están todas llenas de autobuses urbanos. El otro lado del
aparcamiento es un muro de piedra con hiedra cayendo por el borde. En ese
lado hay luces solares, pero su tenue resplandor no llega a los autobuses
ensombrecidos.
Reina y Diantha no hacen nada por ocultar el chasquido de sus tacones de
aguja, y el hombre gira la cabeza para mirarnos mientras agarra a la mujer
por el codo y la conduce por el lateral del último autobús.
Doblamos la esquina, y él abre la puerta del acompañante de un coche
muy llamativo.
—Hola. —Una dulzura exagerada gotea de la voz de Reina, como si
estuviera a punto de hacerle ahogarse con una bolsa de azúcar.
El hombre no responde.
—Entra —le dice a la mujer.
Ella da un paso tambaleante para alejarse de él.
—He dicho que entres —gruñe él.
—No creo que quiera entrar. —Reina se acerca a la chica.
—Tengo la obligación de llevarla a casa.
—Cierto. —Diantha se acerca a él. Su voz, que de normal es cálida cae
por debajo del punto de congelación—. ¿Y vas a llevarla a casa?
Hay un momento de duda antes de que él diga:
—Por supuesto.
—A partir de aquí, nos encargamos nosotras de llevarla —dice Reina,
como si fuéramos amigas ofreciéndole un favor.
—Y una mierda. —Suelta a la mujer y da un paso amenazador hacia
nosotras.
Echo un vistazo entre Reina y Diantha. Quizás debería sacar mis
cuchillos. La cara de Diantha no delata nada, pero hay una ligera curvatura
en los labios de Reina que me detiene. No me van a hacer falta los
cuchillos.
Las alas revolotean. Estaba tan concentrada en el hombre que no las vi
antes. Tres gaviotas se posan en el muro de piedra. Despegan y vuelan hacia
la cabeza del hombre como si tuviera un bocadillo encima. Él maldice y las
golpea, tropezando con una raíz que acaba de salir de una grieta del suelo.
Cae hacia adelante y aterriza sobre las manos y las rodillas antes de volver a
levantarse.
—¿Qué sois? ¿Puñeteras brujas? —gruñe antes de que los pájaros
vuelvan a lanzarse sobre él y le picoteen la cabeza mientras él las golpea.
Diantha lo rodea con calma y se desliza bajo el brazo de la chica,
ayudándola a alejarse del coche mientras el hombre da tumbos por la parte
delantera, murmurando todo el tiempo sobre brujas, hasta que llega al lado
del conductor. Entra y cierra la puerta tras de sí. Los neumáticos chirrían al
salir. Las gaviotas chillan también mientras se elevan y se alejan volando.
Reina se despide de ellas con la mano, y solo parece un poco rara.
La adrenalina que ni siquiera había registrado se desvanece mientras mis
músculos se relajan.
—Iré corriendo a por el coche —dice Reina—. No está en condiciones de
caminar tanto. —Se da la vuelta y se detiene, con los ojos entrecerrados, y
por un momento creo que me está mirando a mí, pero entonces me doy
cuenta de que está mirando por encima de mi hombro.
—Hola, señoritas.
Se me eriza el vello de la nuca. Su voz es tan neutra y plana que casi
suena inhumana. Lucho contra el impulso de girarme. Mis instintos me
gritan que los movimientos bruscos serían peligrosos, como si fuera una
serpiente de cascabel lista para morder. Pero no es una serpiente, es algo
mucho peor. Puedo sentirlo, no en la magia, sino en mis huesos.
—Todas huelen muy bien esta noche.
El resto de lo que dice es monótono, pero desliza «muy bien» por la
lengua como si lo estuviera saboreando. El corazón me martillea en la
garganta.
Reina me mira con los ojos muy abiertos. Diantha suelta a la chica que
sostiene, dejando que se desplome poco a poco en el suelo mientras se
coloca delante de ella.
—Cuando dije que iba a visitar California, todo el mundo me dijo que
Santa Cruz tenía las mejores copas, y tengo que decir que parece que tienen
toda la razón… puede que incluso mejores que las de Nueva Orleans.
Me he estado girando despacio todo este tiempo, y ahora lo veo: el
cabello rubio y ondulado le llega a los hombros. Lleva unos pantalones de
cuero ajustados y una camiseta de tirantes color lavanda que parecen fuera
de lugar en esta ciudad costera.
Lo miro a los ojos y él ladea la cabeza.
Ni siquiera lo veo moverse. Un segundo está de pie, despreocupado,
aparentemente relajado, y al siguiente me encuentro con una boca abierta
que despliega sus colmillos. Lo único que impide que se hundan en mi
cuello es el brazo de Reina que se lanza delante de mí.
Sisea de dolor cuando los colmillos se hunden en su muñeca.
Retrocedo a trompicones y saco una estaca de una de mis botas y un
cuchillo de la otra.
La raíz que hizo tropezar al tipo espeluznante sale disparada del suelo y
se enrosca alrededor del tobillo del vampiro, pero este da una patada y la
madera se rompe en un instante. Las gaviotas también han vuelto, pero ni
siquiera las nota mientras le bombardean la cabeza. Se ríe, incluso con los
dientes enterrados en el brazo de Reina. Un poco de la sangre de Reina le
resbala por los labios.
Sin embargo, tiene la otra mano libre y arremete con una estaca que no
sabía que llevaba encima. Él la aparta. Necesito darle. Está de espaldas a un
autobús, y ella está atrapada delante de él, así que no tengo un tiro limpio.
Más raíces se arrastran por sus pies.
No puedo darle al corazón, pero sí a algo. Hago volar mi cuchillo hacia el
lado de su brazo. Zumba un poco por el impacto, pero no suelta a Reina. En
lugar de eso, se lo arranca. Lo retuerce entre sus dedos, moviéndose un
poco. Apunta.
Empiezo a agacharme, pero la hoja no tiene oportunidad de salir de sus
dedos. Sale despedido hacia un lado con fuerza suficiente para arrancar su
boca de la muñeca de Reina.
Roman aparece mientras el vampiro se tambalea, soltando mi cuchillo,
pero él no cae.
Veo mi oportunidad y la tomo.
Me concentro en la estaca y deseo que vuele mientras tiro hacia atrás y la
suelto. Pasa volando por encima del hombro de Roman y se clava en el
lateral del autobús. Junto a la cabeza del vampiro. El vampiro se gira para
mirarla y enarca las cejas mientras se aparta para que Roman se interponga
entre nosotros. Roman me fulmina con la mirada.
Supongo que me he pasado un poco.
Me acerco para ponerme a su lado, ya que aún tiene la estaca en la mano.
Se vuelve hacia el vampiro mientras la criatura retrocede otro paso. El
vampiro olfatea el aire y hace una pausa mientras entrecierra los ojos al
mirar a Roman.
—Mm, interesante.
Roman se tensa, con los dedos flexionándose y luego aflojándose contra
la estaca que lleva en la mano.
El vampiro nos observa con frialdad.
—Tres contra uno era una delicia, pero cinco contra uno es demasiado. —
Gira sobre sus talones y se adentra en la noche.
Doy un paso tras él.
—¿Deberíamos dejarle marchar?
La mano de Roman me agarra el hombro.
—Es demasiado fuerte. Necesitaríamos un equipo entero para acabar con
alguien así.
Miro a mi alrededor. Parece que tenemos un equipo completo. Willow
también está aquí. No la he visto llegar, pero está ayudando a la chica a
ponerse en pie.
—Todo un equipo capacitado —dice, leyéndome la mente.
Aprieto los dientes, pero no discuto. No hay nada que me apetezca más
que clavarle una estaca a un chupasangre, pero también quiero estar de una
pieza al final.
Me vuelvo hacia Reina.
—¿Estás bien?
Levanta una muñeca lisa y perfecta.
—Gajes del oficio. Estoy curada. —Pero hay un pequeño temblor en su
voz. Puede que su muñeca esté bien, pero dado su pasado, no puedo
imaginarme que ser atacada por un hombre, vampiro o no, no le traiga
recuerdos. Un vistazo a la cara de preocupación de Diantha me da la razón.
Roman se queda mirándonos con las manos entrelazadas a la espalda.
Reina frunce el ceño en su dirección.
—Supongo que debería darte las gracias.
—No lo hice por ti. —Sus ojos se desvían hacia mí.
—Lo teníamos controlado —dice Diantha, rodeando con una mano la
muñeca de Reina como si al sujetarla por donde tenía la herida pudiera
vendar algo más.
—Por supuesto —dice Roman. Retrocede, pero sus ojos se detienen en
los míos.
—¿Puedo ayudarte en algo? —le pregunto.
Se estremece.
—Tal vez. —Recoge mi cuchillo del suelo. Alargo la mano para
agarrarlo, pero ni siquiera me mira. Toca con el pulgar la punta afilada.
Sus ojos vuelven a posarse en los míos mientras pasa un dedo por el filo
de la hoja. Me obligo a mirarlo fijamente. Este juego es cosa de dos. Una de
las comisuras de su boca se tuerce un poco. Al final, habla.
—Me gustaría que actuaras conmigo.
Siento una pizca de emoción ante la idea de actuar con un tipo que se ha
apuñalado la mano delante de un grupo de niños, pero no respondo.
—No, gracias —dice Reina.
—Necesito un segundo lanzador de cuchillos para un nuevo número. ¿No
os parece que me debéis un favor?
—¿Por qué yo? —Seguro que hay más magos que lanzan cuchillos.
—Te necesito —dice sin más.
Esas dos palabras son bonitas. Me distraen de lo que estaba pensando.
Cuando alguien dice que te necesita, te dan ganas de lanzarte a esa
necesidad, expandirte para llenarla, o cortarte por la mitad como el
ayudante de un mago si eso es lo que necesitan, porque ayudarles te hará
sentir pleno por un instante. Hasta que ya no te necesitan y te quedas
contorsionado y desgarbado, sin recordar tu forma original.
Las palabras tiran de mí como siempre, pero esta vez las alejo.
—No quiero que me lances cuchillos.
—Soy bastante bueno —dice Roman.
—Me da igual.
Roman lanza mi cuchillo al aire, lo agarra por la hoja y me lo tiende.
—No te voy a dar, es más, te daré la oportunidad de que tú me los lances
a mí también. —Tiene una voz sólida, firme, incuestionable, casi lo
bastante tangible como para aferrarse a ella. Me hace confiar en él.
Dudo un momento y luego digo:
—Bien, me apunto.
Reina gruñe.
Capítulo 12
S e llamaban James y June. Eran adorables. Demasiado bonitos, como
la poesía de Hallmark. Aunque tenía sentido, ya que eran una pareja
Hallmark. Incluso tenían un golden retriever. Nuestra última casa de
acogida había sido fría. Éramos dos de los tres niños de acogida. La mayor
era una adolescente que iba y venía y no nos dirigía la palabra. Parecía que
nadie nos hablaba de verdad, aparte de decirnos que viniéramos a cenar o
que nos preparáramos para ir al colegio. Era como si fuéramos fantasmas
que aparecíamos solo cuando alguien necesitaba que hiciéramos algo.
Así que cuando llegamos a June y James, fue como volver a la vida.
Éramos los únicos niños de acogida. Teníamos nuestras propias
habitaciones. Habitaciones en blanco, no decoradas de forma genérica para
atraer a un grupo de niños. Pudimos ir a Target y elegir nuestros propios
juegos de dormitorio. Pintamos las paredes, lo que nos pareció precioso y
permanente. Aún no sabía que las paredes se pueden volver a pintar con
facilidad. En aquel momento, solo sabía que nos querían. También sabía
que estábamos a prueba, como cuando tienes muchos días para devolver un
jersey a la tienda si no te gusta cómo te queda.
Estábamos atrás jugando con la golden retriever, Molly, no sé porque sigo
recordando su nombre. Tenía la mano envuelta en una pelota de tenis
mojada mientras Parker reía y corría en círculos alrededor de la perra. Yo
sonreía. Luego nos llamaron y allí estaba nuestra asistente social. Dijeron
que nos querían, pero que no estaban preparados para las responsabilidades
que conllevaban dos niños.
Creo que fue la última vez que sonreí sin un motivo oculto detrás de la
expresión. Mis sonrisas se convirtieron en trucos destinados a desarmar al
público y permitirme realizar juegos de manos. Convencerlos de que Parker
y yo no éramos un problema. Que valíamos lo que nos pagaran. Eso nos
mantuvo juntos.
Pero cuando sonrío a Xander mientras espero para salir al escenario por
primera vez como una maga de verdad, es algo doloroso y real. El resto de
sonrisas que me he permitido en estos últimos años han sido para Parker.
Quiero estar aquí, haciendo ilusiones más reales que falsas. Así debió de
sentirse mamá antes de renunciar a todo esto.
El club en el que estamos es más grande y brillante que el de Sacramento,
lleno de cromo y cantos duros, sin ninguno de los reconfortantes paneles de
madera que recuerdan a la casa de los abuelos. Echo de menos el viejo olor
a humedad que se respiraba debajo de todo. Aquí, el metal solo amplifica el
olor pesado y dulce del alcohol.
Estoy con Xander en el límite del escenario, esperando a que empiece el
espectáculo. No estaba emocionado por que actuase con Roman, pero le
debíamos una. No mencioné mi emoción por actuar con otro lanzador de
cuchillos.
Antes, Roman expuso nuestro plan para la actuación de esta noche, un
truco bastante fácil. Xander y Aristelle actuarán antes que nosotros porque
Xander insistió en actuar también y murmuró algo sobre no dejarme sola
con un lobo.
Las luces se apagan y la multitud enmudece. En la penumbra, la
expectación se palpa.
El fuego se enciende en la palma de la mano de Aristelle e ilumina su pie
al ritmo de una batería que reconozco de inmediato. Hot Blooded de
Foreigner me parece demasiado oportuna, pero los espectadores que la
reconocen la aclaman y se ríen, aplaudiéndola desde el principio por su
ingenio. No puedo verle la cara, pero dudo que los note.
Cuando la guitarra sube de volumen, avanza con sus ajustados vaqueros
negros y su top rojo corto, moviendo su tonificado cuerpo y provocando
algunos silbidos del público.
Comienza el estribillo de apertura, lleva una mano encendida detrás de
ella mientras hace girar su cuerpo y luego cae en cuclillas, y deja que sus
propias llamas la persigan. Mientras Lou Gramm grita que tiene 39 de
fiebre, Aristelle se levanta, vuelve a girar y sus brazos estallan en llamas
desde la muñeca hasta el hombro. Los agita a los lados, dejando que el
público jadee ante lo que les parece un truco impresionante, antes de llamar
a las llamas para que vuelvan a sus palmas.
—Deséame suerte —me susurra Xander al oído antes de subir al
escenario detrás de ella. Lleva un chaleco azul con toques rojos, contrasta a
la perfección con ella. La mira de arriba abajo mientras se detiene a su lado,
saca la baraja y la despliega delante de ella. Saca una carta y le prende
fuego, deja que arda hasta la punta de sus dedos mientras Xander se queda
con la boca abierta. Vuelve a abrir la baraja y extiende de nuevo las cartas.
Ella las mira con odio y estallan en llamas sin que siquiera las toque.
Xander las deja caer y se frota las manos mientras Aristelle se aleja
bailando, toda fuego y calor. Con su característica sonrisa, Xander la
persigue. Cuando se acerca a él, levanta los dedos vacíos y lanza una carta.
Se convierte en humo en su mano y otra ocupa su lugar.
A medida que el estribillo vuelve a llegar, Xander vierte sus cartas, y
Aristelle las convierte en una cascada de fuego. El público aplaude cuando
se acaban las cartas. Aristelle da vueltas hasta que su espalda se presiona
contra el pecho de Xander. Hacen rodar sus cuerpos al compás de la
canción. Los dedos de Xander bajan por los brazos de ella hasta que vuelve
a encenderlos, y él se retira, sacudiendo los dedos como si se hubiera
quemado.
Está bien, por supuesto.
Soy yo la que se está quemando.
Intento calmarme. Es solo una actuación. La facilidad con la que sus
cuerpos se mueven juntos en el escenario me da igual. Pero no puedo evitar
desear estar allí con él. Hemos estado coqueteando, y me gusta. Me gusta lo
fácil que es bromear con Xander, y una parte de mí piensa que podría ser
justo lo que necesito: un chico capaz de sonreír a pesar de todo el dolor de
su pasado, un chico capaz de matar vampiros y volver a casa y reírse con su
familia.
Pero tal vez he estado confundiendo las cosas. Xander es bastante
coqueto con todo el mundo. Pero es la primera vez que no salgo corriendo
cuando un chico me mira dos veces.
Dejo que mis ojos se desenfoquen hasta que Aristelle y Xander no son
más que borrones de calor y verde moviéndose por el escenario en una
danza fluida.
—Ava. —La voz profunda de Roman me saca del lugar oscuro y sin
visión en el que me he metido—. Nos toca.
Ni siquiera me he dado cuenta de que ha ocupado el lugar de Xander a mi
lado, pero parece estar evaluando cada uno de mis movimientos. Me limpio
las manos en los muslos de los pantalones de cuero. Eso solo hace que
suden más.
Me sacudo justo cuando Aristelle y Xander bajan del escenario. Les brilla
el sudor en la cara, probablemente tanto por el calor como por el
movimiento de sus cuerpos.
Xander me sonríe como si acabara de vivir la mejor actuación de su vida.
Su mano pegajosa me agarra el brazo cuando paso junto a él.
—Buena suerte.
Me limito a asentir y lo esquivo para seguir a Roman frente a un público
que aún vibra por el calor que acaban de presenciar.
Roman me toma de la mano mientras nos dirigimos al centro y hacemos
una breve y solemne reverencia al público. Sus risitas se van apagando a
medida que anticipan lo que les vamos a dar. Nuestro silencio les deja
pensativos, crea tensión para que la revelación les haga aplaudir. Willow y
Reina sacan un objeto grande cubierto con tela. Roman me lleva hacia él,
sosteniéndome la mano con la suya levantada como si fuera un caballero
cortesano que acompaña a una dama a un baile. Una pequeña parte de mí
desearía que estuviéramos haciendo algo más sexy con nuestros cuchillos.
Me arde la cara al pensarlo y aparto la mano de la suya.
Roman me lanza una mirada extraña, como si percibiera mis
pensamientos caprichosos, antes de retirar la tela y dejar al descubierto un
tablero circular con seis estrellas doradas pintadas en el borde. El público
aplaude por un truco clásico que conocen y adoran. A todo el mundo le
gusta un truco clásico, siempre y cuando haya algo de peligro en el borde:
algo puede salir mal, aunque el truco se haya hecho mil veces.
Roman vuelve a agarrarme de la mano y me ayuda a subir a una pequeña
plataforma. Mis hombros encajan justo debajo de las barras curvadas y
acolchadas que antes ajustaron a mi altura. Agarro los mangos con las
manos y fijo los músculos en su sitio antes de que Roman me haga dar
vueltas.
El movimiento me impide concentrarme o anticipar el lanzamiento de los
cuchillos. Solo la vibración y el desgarro del metal en la madera me hacen
saber que se ha dado en el blanco. Cada vez me sorprende un poco seguir
físicamente entera.
Roman deja de darme vueltas y me levanta, sujetándome un momento
mientras recupero el equilibrio. Sus manos, frías hace un momento, están
calientes contra mi caja torácica.
Saca los seis cuchillos del tablero y se gira, dirigiéndose al público por
primera vez.
—¿Otra vez?
Como practicamos, niego con la cabeza.
—Tu turno.
El público ríe. Quiero dejar que el sonido se hunda en mí, que llene
alguna parte que siempre anhela aprecio. Apenas lo percibo.
Roman me saca las barras de los hombros y se coloca en mi lugar,
utilizando las barras más altas ya instaladas. Agarro una discreta asa y lo
hago girar, dando un paso atrás con lo que espero que parezca el sigilo y la
gracia de un lanzador de cuchillos.
Me saco el primero del tobillo y lo hago girar entre los dedos. El público
aplaude y luego se calla, dejándome concentrarme. La magia se acumula en
mis dedos y lanzo el cuchillo por los aires. Golpea en el lado izquierdo de
su pie. Justo donde había apuntado.
Cambio de postura y me inclino hacia el siguiente cuchillo. Una reina de
picas carbonizada asoma por debajo de la puntera de mi bota. Hago una
pausa de una fracción de segundo antes de agarrar el segundo cuchillo y
hacerlo girar mientras la magia brota.
La mitad de la cara de la reina desaparece.
Aristelle y Xander giran y arden en mi memoria.
Mi magia se enfría un segundo antes de que el cuchillo abandone mi
mano.
No se oye el reconfortante sonido del metal golpeando la madera. El
metal contra carne no suena igual.
Algunas personas del público gritan. Roman no.
Willow ya ha detenido el giro de Roman. El cuchillo sobresale de su
muslo.
Pronuncio una palabra que probablemente no debería decir en el
escenario y me lanzo hacia delante, pero Roman ya ha saltado de la tabla
con movimientos demasiado elegantes para alguien que acaba de ser
apuñalado. Se quita el cuchillo de la pierna, ignorando mi cara de sorpresa
mientras pasa junto a mí y me agarra la mano, apretándola como si fuera yo
quien necesita apoyo mientras se limpia la hoja ensangrentada en sus
propios pantalones y me lleva de nuevo al centro del escenario.
—Ponte una máscara —me dice con delicadeza.
No tengo que preguntarle a qué se refiere. Convierto mi cara de pánico en
piedra mientras estamos de pie ante la silenciosa multitud. Sostiene el
cuchillo para que lo vean, lo golpea contra la palma de la mano para
mostrar que es sólido. Luego lo utiliza para rasgar la tela de sus pantalones,
dejando al descubierto su pierna impecable. Sin heridas. Sin sangre.
El público aplaude, mitad por la emoción y mitad por el alivio, pero el
miedo que sintieron momentos antes ahoga su entusiasmo. Siento solo la
mitad de la magia que sentí en la otra actuación. Nos ha costado bastante.
Roman baja del escenario y deja que algunas personas de la primera fila
inspeccionen el cuchillo, intentando, lo sé, extraer los aplausos que he
perdido.
Salgo corriendo del escenario.
Willow intenta alcanzarme, pero me la quito de encima.
Aristelle tiene los puños apretados a los lados.
—Lo sé. No lo digas.
—Nos has costado muchos aplausos —dice.
—¿Estás bien? —pregunta Xander. Desliza una mano arriba y abajo por
mi brazo hasta que me lo sacudo de encima.
—Estoy bien. —No es mi intención, pero mis ojos revolotean entre él y
Aristelle mientras ella se aleja. Él lo ve.
—Ava…
Me sonrojo ante mi reacción a todo esto, intentando anular mis propios
sentimientos, pero persisten, insistentes.
Aristelle niega con la cabeza y se dirige a interceptar a Roman cuando
baja del escenario, seguramente con la intención de asegurarse de que mi
error no nos cueste algún disgusto. Miro a Roman a los ojos y desvío la
mirada cuando Aristelle se lo lleva.
Giro sobre mis talones y me lanzo por un pasillo metálico hasta que
encuentro una puerta roja y pesada con un letrero de salida encima. Salgo a
una calle lateral que está desierta.
Xander sale detrás de mí como sabía que haría.
—Es solo una actuación, Ava.
—Lo sé. —Aunque no lo parecía. Pero en realidad no me debe una
explicación. Lo único que hemos hecho es flirtear y tomarnos de la mano, y
eso no debería significar tanto para mí como significa.
Se pasa una mano por el pelo, da dos pasos hacia mí y se detiene.
—No, no lo sabes. —Suspira—. Lo siento. Debería habértelo dicho.
Debería haberlo sabido. Llevo tanto tiempo actuando que ya ni siquiera
pienso en ello. Eres nueva en esto. Al principio, es más difícil separarse del
actor. Cuando llevas cuatro años haciéndolo… —Hace una pausa—. No soy
yo mismo ahí arriba. Soy solo una máquina dándoles lo que quieren y
acumulando el poder que necesito. —Acorta la distancia que nos separa y
me toma de la mano.
Nos quedamos así un momento, y yo intento estar contenta, pero los
restos de la adrenalina del espectáculo no me dejan.
Al final, Xander me suelta la mano y se aleja de mí.
—¿Quieres volver a entrar?
Niego con la cabeza y me apoyo en la pared.
—Necesito un minuto a solas.
Vacila y odio el escrutinio de sus ojos, así que sonrío. Espero a que la
puerta se cierre tras él antes de irme.
No llevo ni la mochila ni la estaca, pero por una vez no me importa,
porque los vampiros no son lo que me atormenta.
Capítulo 13
M e siento más imprudente que de costumbre. Necesito una
distracción, y un poco de peligro que me saque de mi cabeza.
No tengo una estaca, pero me aseguraré de mantenerme entre la
multitud y lejos de los rincones oscuros. Me dirijo al paseo marítimo: el
resplandor de las atracciones rozando el cielo nocturno hace que sea un
lugar fácil de localizar. Pero no entro. Las luces brillantes, los colores y las
caras sonrientes solo conseguirán revolver mi ya sensible estómago.
He fallado. En un truco fácil que creía poder hacer sin pensármelo dos
veces. Tal vez no soy la natural que Xander sigue diciéndome que soy, pero
hubo otros factores. Me dejé distraer. Roman pagó el precio. Y luego salí
corriendo como una cobarde, lo único que siempre me he dicho que no era.
No se sobrevive años en el sistema de acogida siendo un cobarde sin que
eso te destroce, y yo no estoy destrozada. Un poco deteriorada, tal vez, pero
no rota.
Mis pasos me llevan al muelle y a los bancos que bordean la carretera de
vuelta a los restaurantes abiertos donde los clientes entran y salen.
Suficiente gente para mantenerme a salvo, pero poca para estar en paz. Me
siento allí y observo las luces de neón del paseo marítimo. Aquí es donde
me siento más cómoda, en la periferia de la felicidad de los demás. La playa
está llena de risas. Las luces azules y rojas de las atracciones resplandecen
en el océano siempre en movimiento. El océano también debe de sentirse
solo: apenas toca la playa. Siempre en movimiento. Nunca se siente en casa
en ningún lugar de la arena.
Observo el agua agitándose durante un buen rato, hasta que mi mente
vuelve a la actuación, pero no pienso en Aristelle ni en Xander. Recuerdo el
rostro perfectamente tranquilo de Roman a pesar de mi cuchillo clavado en
su pierna. Eso tuvo que requerir una fuerza increíble, y aun así encontró un
momento para estar a mi lado, la chica que lo apuñaló porque estaba
pensando en Xander. Y entonces hui.
Necesito olvidar.
Muevo la mano hacia las monedas que aún llevo en el bolsillo, aunque no
he hecho ningún truco con ellas desde que empecé a entrenar, pero me
detengo. Son algo que me da seguridad.
En su lugar, saco uno de mis cuchillos de la bota y lo hago girar entre mis
dedos con cuidado. A pesar de mi desastre de antes, el movimiento es
natural. Me recuerda a la forma en que Xander maneja las cartas, lo cual
tiene sentido, ya que fue él quien me enseñó. Dejo de darle vueltas.
Necesito mis propios trucos.
Extiendo la mano izquierda sobre el banco y empiezo a dar ligeros
golpecitos con la punta del cuchillo entre los dedos. El cálido cosquilleo de
mi mano indica al cuchillo dónde debe golpear, y así lo hace siempre. Voy
más rápido hasta que mi mano mueve el cuchillo con rapidez y seguridad,
girando entre mis dedos como si no fueran más que parejas de baile reacias.
Cierro los ojos. Cuando los abro, mis dedos siguen intactos.
—Buen truco.
Dos hombres se paran junto a mi banco, mirándome. Uno es bajo y
corpulento. Mueve las manos dentro y fuera de los bolsillos como si hubiera
perdido algo y no sabe qué. El otro es alto y flaco, e incluso en la oscuridad,
un brillo malvado ilumina su mirada. Le brillan los dientes, a medio camino
entre una sonrisa y una mueca.
Peligro. Una advertencia me recorre la sangre. De la misma manera que
cada vez que un chico mayor de acogida se acercaba a mí con una mirada
de deseo y crueldad. Por lo general, querían que robara algo de la casa de
acogida para ellos, de modo que, si salía mal, yo cargaría con la culpa.
Siempre lo hacía. Como norma tácita, venían a mí y nunca a Parker.
Espero que esté bien en su nuevo hogar con Jacob y Deb. Espero que toda
la protección que le di le haya hecho bien, que le haya hecho lo bastante
inocente como para vivir una vida normal.
Me hizo fuerte, así que incluso cuando siento el roce del peligro, mis
músculos se tensan y luego se aflojan por la familiaridad.
Sonrío con una de mis muchas sonrisas. Esta pretende desarmar.
Y funciona. Los hombres se miran.
—Mala hora de la noche para estar aquí sola —dice el flaco.
Ignoro la amenaza que se esconde tras sus palabras.
—¿Alguno de los dos quiere hacer una apuesta? —pregunto.
La pregunta los desconcierta. El más bajo frunce el ceño y mira a su
amigo.
El alto me devuelve la mirada, intrigado.
—¿Qué tienes en mente?
Agito la mano con el cuchillo.
—Veinte dólares a que puedo clavar esto entre mis dedos sin que salga
sangre.
—Ni hablar. Acabamos de verte hacerlo.
—Con los ojos vendados.
Alza las cejas, y le dedico mi mejor sonrisa depredadora, como si yo
fuera la que está demasiado segura en esta situación. Le tiende la mano a su
amigo, que gruñe y se saca un billete de veinte arrugado del bolsillo. Saco
mi propio billete de veinte y lo dejo en el banco antes de sacar el pañuelo
del bolsillo, que estaba allí para la parte final de mi truco con Roman. Lo
doblo en una línea estrecha y me lo pongo alrededor de los ojos, tanteando
con la corbata.
—Puedo ayudarte con eso. —La voz del alto es suave, casi encantadora,
si ignoras el ácido que hay debajo.
—Yo me encargo.
Sin poder mirar, el cuchillo se calienta en mi mano, como si supiera que
necesito algo más de él. Silencio la montaña rusa en la distancia, el arrastre
de pies de los hombres, su respiración acelerada, y me concentro solo en la
madera áspera bajo un par de dedos y el calor en el otro. Cuchillo a la
madera. Cuchillo a la madera. Creo en el movimiento.
Lo dejo caer.
Entonces sonrío de verdad porque no estoy sangrando. Dejo el cuchillo
apoyado en la madera mientras me subo la venda.
La cara del bajito muestra indiferencia. En la del otro hay ira.
—Tenía la esperanza de que sangraras —dice—. Doble o nada. —Esta
vez saca dinero de su bolsillo y lo añade al montón mientras yo saco otros
veinte y me vuelvo a bajar la venda mientras arranco el cuchillo de la
madera.
Vuelvo a levantar el cuchillo y canto lo que quiero de él antes de
blandirlo.
El hombro se sobresalta cuando alguien choca contra mí. El cuchillo se
desvía y me atraviesa la piel entre dos dedos con una aguda punzada de
dolor.
—Ups.
Me levanto la venda y veo que el alto está a mi lado. Tan cerca que me
sorprende no haberlo oído moverse.
—Pierdes —susurra.
—Mierda. —La sangre mancha el banco, lo suficiente como para que sea
una visión desagradable a la luz del día para alguien que esté haciendo
footing por la mañana.
El bajito frunce el ceño al ver mi sangre. Se tira de la barba con una mano
mientras sus ojos brillantes pasan de mi herida a mi cara y al largo cuchillo
que aún tengo aferrado en la mano buena.
El alto suelta una risita lenta y calculada. Me mira directamente a los ojos
mientras el otro se mueve sobre sus pies.
—Por eso las niñitas no deberían jugar con cuchillos.
Arde. La mano que tengo aferrada a mi cuchillo casi se incendia, la magia
arde y me enfurece lo suficiente como para preocuparme de que mi cuchillo
se derrita y se escurra entre las grietas de mis dedos. Me levanto para
enfrentarme a ellos mientras la magia me llama para que la use, para que se
funda con mi deseo de ver sangrar a este hombre: una magia que conceda
todos mis deseos.
—Agarrad el dinero y marchaos —exclamo.
—No queremos el dinero —dice el alto. Ambos miran fijamente mi mano
ensangrentada y me doy cuenta de que antes he malinterpretado el deseo en
sus ojos.
Siento como si la sangre de mis venas se detuviera, como si no se
moviera para que no se abalanzaran sobre mí, pero no está congelada. Me
chorrea de la mano cuando doy un paso atrás y miro a mi alrededor en
busca de ayuda, sin embargo, no me he dado cuenta de que los restaurantes
cerraban a mis espaldas. Estoy sola, pero, aunque no lo estuviera, soy yo la
que se supone que es cazadora de vampiros. No voy a poner a nadie más en
peligro.
Aprieto con fuerza el cuchillo. Puede que no sea una estaca, pero aun así
les va a herir.
Sus ojos siguen el sutil movimiento y el alto sonríe. Está lo bastante cerca
como para que vea el destello de sus colmillos, y lucho contra un escalofrío.
Solo puedo pensar en esos colmillos clavados en el cuello de mi madre.
Me muerdo el labio y saboreo la sangre. La magia quiere su sangre. Yo
quiero su sangre. Queremos lo mismo.
Nunca había sentido tanto poder. La ira y el estar acorralada convierten
mi fe en mí misma en algo rabioso y mordaz, y a la magia le encanta, por lo
que me da todo el poder que quiero.
Me tambaleo hacia ellos. Me gotean todos los dedos de la mano herida.
El labio del alto se curva hacia atrás, entre un gruñido y una sonrisa.
—Vas a saber muy bien —dice el bajito, olfateando el aire.
—Buenas noches. —La voz es más gélida que la parte más profunda del
océano.
La camisa de Roman brilla y destaca en la oscuridad cuando se detiene a
mi lado.
No aparto la vista de los chupasangres. Necesito soltar el cuchillo antes
de que me queme todos los nervios de la mano.
—Vete —espeto, aunque su presencia sólida a mi lado alivia un poco la
opresión que siento en el pecho. Solo puedo pensar en la muerte que tanto
deseo.
—Yo escucharía a la señorita —escupe el vampiro alto. Aterriza cerca del
reluciente zapato negro de Roman.
—No —se limita a decir. Mira el cuchillo que tengo en la mano con el
ceño fruncido antes de dar un paso para ponerse medio delante de mí—.
Preferiría que no.
Un destello me llama la atención. El bajito sostiene su propio cuchillo.
Ataca ahora, canta la magia.
El alto también saca un cuchillo.
—¿Vampiros con cuchillos? —Roman hace la pregunta, pero su voz
suena desinteresada—. Tenéis que ser nuevos, y esto no es una lucha justa.
—Los cuchillos hacen que fluya más sangre. Si no, es como beber de una
maldita pajita —dice el alto—. Y hueles casi tan bien como ella.
El bajito se ríe.
—Me la pido.
—Ni hablar —dice el alto.
Roman se gira un poco sin perderlos de vista y me dice por encima del
hombro:
—¿Quieres que los mate por ti?
—No. Quiero hacerlo yo. Tan solo préstame una estaca.
Saca una estaca de algún lugar dentro de su chaqueta.
—Lo siento, pero solo tengo una.
El vampiro alto ataca tan rápido que no lo veo. En un segundo está a unos
metros de nosotros, y al siguiente está pegado a Roman con los colmillos a
escasos centímetros de su cuello.
Salto hacia atrás antes de poder controlarme. Los ojos del vampiro sobre
el hombro de Roman parpadean despacio, como si no me vieran.
Y entonces Roman lo empuja. Tropieza con la esquina del banco y cae al
suelo, jadeando y tirándose de la camisa.
Doy un paso adelante. Quiero ver cómo ocurre.
Roman me agarra del hombro y me hace girar para que lo mire. Intento
apartar la cabeza, volver hacia lo que sea que acaba de hacerle a esa
criatura, pero Roman me agarra de la barbilla y me obliga a mirarlo.
—Ava —dice mi nombre unas cuantas veces más, pero solo puedo pensar
en la necesidad que tengo de ver morir a esa criatura—. Ava.
Por fin me centro en su cara.
—¿Alguna vez has visto morir a un vampiro?
Intento negar con la cabeza, pero su mano me sujeta con demasiada
fuerza.
—Entonces no mires —dice.
—Quiero verlo sufrir —digo. Creo que lo sorprendo. Me sorprendo un
poco a mí misma.
Frunce el ceño durante una fracción de segundo, afloja la mano y yo me
zafo de su agarre, pero el vampiro al que creía que había matado ya no está.
Entonces veo al vampiro bajito corriendo en la otra dirección.
Me lanzo tras él, pero Roman me agarra del brazo y es como intentar
correr encadenada a una pared. Me patinan los pies contra los tablones de
madera y no avanzo ni un centímetro más.
—Se escapa. —Doy un tirón más fuerte y no consigo absolutamente
nada.
Roman mira tras él. Luego baja la mirada hacia mi mano ensangrentada.
—Tienes que curarte eso.
—Puedo curármelo cuando esté muerto. Dame la estaca. Has dejado
escapar a los dos.
Ambos miramos la estaca que todavía tiene en la mano y vemos la sangre
en ella hasta que queda perfectamente limpia, como si nada hubiera pasado.
Roman se la vuelve a meter en la chaqueta sin soltarme el brazo.
—A los dos no —dice señalando el lugar donde cayó el otro vampiro.
Me acerco y miro el montón de ceniza gris que se mezcla con la madera
desgastada.
—Así que eso es lo que les pasa. —He imaginado mil veces la forma en
que podrían morir, y convertirse en polvo era sin duda una de las formas
que imaginaba.
—Es un poco más violento que eso.
—Quería verlo —digo, retrocediendo hacia él para poder mirarlo a los
ojos, para que sepa lo mucho que lo anhelo. Quiero volver a sorprenderlo,
pero me estudia con la misma expresión impasible de siempre.
—Has perdido a alguien —dice.
Cierro la boca.
Roman se pone en cuclillas frente a mí y recoge el cuchillo que se me
cayó antes, y limpia mi sangre con un pañuelo. Todavía arrodillado, me toca
la pantorrilla con suavidad. Doy un respingo al sentir la suavidad de su
tacto. Se me acelera el corazón como si hubiera otra amenaza, pero no, no
es ese tipo de miedo el que me hace latir la sangre. Soy demasiado
consciente del roce de cada uno de sus dedos mientras desliza el cuchillo en
la funda de mi bota. Eso da miedo de otra manera, y no sé de dónde viene
esta sensación, pero necesito concentrarme en otra cosa. Como Xander.
De pie, Roman me agarra por el codo y yo también me sobresalto. Me
mira preocupado, como si fuera más frágil de lo que creía, pero al menos no
sabe lo que estoy pensando mientras me lleva a sentarme en el banco.
Primero toma mi mano limpia entre las suyas. Todavía tengo los dedos
enroscados como si sostuvieran un cuchillo. Me los abre y examina las
marcas rojas de la rabia. Me pone la mano en el regazo y levanta la otra,
limpiando la sangre con el pañuelo.
—Sigues sangrando. —Parece sorprendido.
—No me digas.
—¿Por qué no te la curas?
—Es que… —Sale un chorro constante de la mano.
—¿Xander no te ha enseñado?
—No. —Claro que no le pregunté. No quiero usar magia de sangre.
Suelta un silbido bajo.
—No te ha enseñado muchas cosas.
Seguro que se refiere a antes, cuando le fastidié todo el espectáculo.
—Lo siento.
—No es culpa tuya. —No tiene que especificar de quién cree que es la
culpa. Me agarra la mano con una de las suyas y me sujeta la muñeca con la
otra—. Tienes que llevar la magia al punto que necesitas curar. Concéntrate
en la sangre que has derramado allí y utiliza todo el poder que emana de ti.
—No usaré magia de sangre. Eso es para los vampiros.
—¿Pero quieres uno de estos? —Levanta la joya roja como la sangre que
lleva en el puño—. ¿Sabes cómo se hicieron?
—Con magia de sangre. Lo sé, pero eso fue hace mucho tiempo.
Frunce el ceño, estira la mano y me toca el labio. Hago una mueca de
dolor cuando retira el pulgar manchado de sangre.
—Parece que tú también has usado magia de sangre. Estabas utilizando
mucha magia para ser una aprendiz. ¿Me estás diciendo que lo hiciste por
accidente?
Se me revuelve el estómago. Por supuesto que me mordí el labio sin
querer. Nunca lo haría… pero sentí más fuerza de la que había sentido
nunca.
—Eres más fuerte de lo que pensaba. —Me mira, luego pasa de mí y
escudriña las olas.
—Eh. Gracias. —Ahora mi mano sangra sobre la suya. Necesito puntos.
Se vuelve hacia mí.
—No es un cumplido. El talento en bruto no significa nada si no has
recibido entrenamiento.
Me irrito.
—Xander me ha entrenado.
—No lo suficientemente bien. Es como si tuvieras el potencial para ser la
mejor acróbata del mundo, pero lo único que sabes hacer es caminar sobre
una barra de equilibrio. Nunca pasarás esta competición.
Casi me zafo de su agarre de un tirón.
—Eso no es verdad. No has visto ni la mitad de lo que puedo hacer.
—Entonces cúrate.
Miro fijamente mi piel desgarrada. Puedo sentir la magia ardiendo a su
alrededor, hambrienta de una orden que nunca voy a dar. Intento apartar la
mano, pero su agarre se hace más fuerte.
—No lo conseguirás. —No es una pregunta. Niega con la cabeza—.
Podrías haber curado esto en un instante con toda la magia que sentí salir de
ti.
—No merece la pena.
Me estudia antes de volver a mi mano y presionar los dedos sobre el
corte.
—No. —Intento apartarme de él—. Tampoco quiero que la uses conmigo.
Pero no me suelta.
—No vamos a volver andando contigo chorreando sangre como si fueras
un bufé de magos.
—No tienes que quedarte conmigo. —Vuelvo a intentar escapar de su
agarre de acero.
Suelta un gruñido irritado mientras me agarra con fuerza.
—Creía que querías ganar esta competición. No puedes hacerlo si estás
muerta. Déjame hacer esto por ti, solo esta vez.
Debe de ver la vacilación en mi cara, porque vuelve a bajar la mirada
hacia mi mano y me pasa un dedo por el corte antes de que pueda volver a
negarme.
Su tacto me produce un hormigueo, me pica la mano y luego el dolor
desaparece. Me pasa el pañuelo para que me limpie el resto de la sangre.
Lo acepto a regañadientes, sin darle las gracias. Es solo una vez, y solo
porque no me ha dado muchas opciones.
Se levanta del banco.
—Aun así, te llevaré de vuelta.
—Puedo hacerlo yo misma.
—De eso no me cabe duda. —Sonríe un poco—. No obstante. —Me
tiende la mano para que me levante.
No acepto la mano que me ofrece, pero me levanto con un suspiro y
camino a su lado.
Avanzamos en silencio hasta que Roman se detiene justo antes de llegar
al club.
—¿Qué haces? —le pregunto.
Saca algo del bolsillo, se acerca a mí y me lo pone en la mano. Miro un
fajo de billetes. Hay más de uno de cien.
—Súbete a un autobús y vete a casa —me dice.
—No. —Le devuelvo los billetes. No puedo creer que todo esto fuera una
estratagema para que me vaya, para eliminar parte de la competencia de
Willow. Además, cuando pienso en casa, pienso en la cara risueña de
Parker, pero también en Diantha y Reina abrazadas a mí, en los comentarios
coquetos de Xander, en las gemelas jugando a los dados. Diablos, incluso
pienso en Aristelle que parece estar constantemente frustrada conmigo.
Casa parece más complicado que nunca.
No mueve un dedo mientras sigo extendiendo el dinero.
—No sabes dónde te has metido. No entiendes el riesgo, y no estás
preparada para ello. —Sus profundos ojos marrones son fríos pero sinceros
—. Vete a casa.
Hago una mueca de disgusto.
—Entonces dime en qué me he metido.
Niega con la cabeza, con los rizos oscuros moviéndose en las sombras.
Le preocupa que no pueda curarme, pero ¿qué probabilidades hay de que
me haga una herida que sea irreparable?
Me pesan los miembros. Ha sido una noche muy larga. Los billetes me
parecen ligeros y despreocupados. Abro la mano y dejo que el viento se los
lleve. Roman no hace ademán de perseguirlos, a pesar de que debo de tener
en la mano al menos trescientos dólares.
Suspira.
—Entonces déjame entrenarte.
—¿Qué? —Levanto la cabeza.
—Tienes que aprender de otro lanzador de cuchillos.
—Con Xander me va bien. —Me doy la vuelta y me dirijo a la puerta del
club.
—Espera. —Me agarra el codo derecho con la mano y casi me aparto,
pero hay un atisbo de desesperación en sus ojos que me infunde un poco de
miedo. Pero no le tengo miedo. Parece una estatua que ha sido testigo de
años de dolor, y al mismo tiempo se ha mantenido fuerte para que la
siguiente persona se apoye en él.
Así que cuando se acerca a mí hasta que mi codo roza sus costillas
mientras se inclina ligeramente hacia mi oreja, ni siquiera me inmuto. Me
siento segura con él, y es una sensación tan inusual, sobre todo para alguien
a quien acabo de conocer. Apenas le encuentro sentido. Ni siquiera sentí
algo así con Xander, no al principio. Pero puede que lo esté
malinterpretando y que mi tranquilidad se deba a que acaba de salvarme del
ataque de un vampiro; no es que no pudiera haberme ocupado de ellos yo
sola.
Me giro para poder mirarlo a la cara, que parece tensa y nerviosa y tan
pegada a mi cuello que, si nos viera un cazavampiros, nuestra posición le
haría dar un respingo.
—Puedo darte lo que quieres de verdad —dice. Habla tan bajo que apenas
lo oigo. Echo un vistazo a la calle, pero no hay nadie más que nosotros.
Mis pensamientos traicioneros vagan por la mano firme que me sostuvo
después de la actuación, y luego por la forma tan cuidadosa en que me
guardó el cuchillo en la bota. Me arden las mejillas de lo tonta que estoy
siendo y respiro hondo antes de contestar.
—¿Y qué es eso?
—No creo que te importe en absoluto ser maga. Lo que quieres es matar
vampiros.
Matar vampiros es lo más importante para mí, y durante un tiempo era lo
único que quería, pero ahora veo otro futuro utilizando estas nuevas
habilidades para labrarme una vida.
—Me dijeron que era demasiado peligroso, que primero debía tener uno
de esos brazaletes.
—No si sabes lo que haces.
—¿Y también me enseñarás eso?
—Te lo enseñaré todo.
—¿Por qué? —No intento ocultar la sospecha en mi voz.
Suspira.
—Porque espanté a su último aprendiz. Yo soy el motivo por el que no
estás bien entrenada, y no quiero vivir con ese tipo de culpa.
—Eso no es culpa tuya.
—Sí que lo es —suelta.
Me encojo de hombros. No quiero esforzarme demasiado por absolver su
sentimiento de culpa. Su oferta es demasiado tentadora. Me está dando algo
que quiero ahora: nada de competición, solo entrenamiento. Pero eso
significa acercarme más a él, y eso parece tener su propio peligro.
—A Xander no le gustará.
—Xander no tiene por qué saberlo.
—¿Y Willow?
—¿No sois mejores amigas o algo así? —refunfuña.
La herida de mi mano ha desaparecido. Solo queda carne lisa y sin
marcas. No quiero aprender esa habilidad en particular, pero sé que él puede
enseñarme otras. Puedo practicar con Roman y ver cómo me va.
—Sí —digo antes de poder detenerme—. Sí.
—Bien. —No sonríe. Lo que sea que obtenga de este trato, sin duda no
será diversión.
Capítulo 14
R oman conduce por la carretera oscura y llena de curvas que abraza
la costa. Willow va en el asiento de delante, cantando cardigan por
tercera vez consecutiva.
Xander quería que actuara con él esta noche, pero yo le rogué que
primero me entrenara más, alegando que estaba nerviosa por volver a
subirme al escenario después de la última vez. En realidad, no es mentira.
Siento una pizca de culpa, pero no soy tan tonta como para poner toda mi
confianza en una cosa cuando Roman me ofrece otra forma de conseguir lo
que quiero. Un refuerzo. No puedo rechazarlo.
La playa a la que llegamos es oscura y está apartada, y somos el único
coche aparcado junto al acantilado. De pie en el borde de lo que debe ser un
camino empinado hacia abajo, trago saliva lo suficientemente fuerte como
para que se oiga. Está tan oscuro que ni siquiera veo el agua.
—Willow —dice Roman.
Willow cierra los ojos, levanta las manos y tararea una canción en voz
baja, como una plegaria a la luna. Dos orbes de luz blanca crecen en sus
manos. Deja escapar un leve soplo de aire al terminar la canción.
—¿Por qué cantas? —pregunto.
Su rostro se sonroja con sus propias luces brillantes.
—Así es como extraigo mi magia. Necesito música para llamarla.
—Espero que no esperes que cante. No será nada cercano a la magia.
—El canto es una debilidad. Puedes sacar la magia de ti solo con tu
voluntad. Willow tiene que apoyarse en algo para lo que está dotada por
naturaleza para creer en sí misma. —La voz de Roman es seca. En la
penumbra, su rostro no muestra nada. Ni siquiera mira a Willow cuando lo
dice, solo se concentra en el camino de abajo mientras da el primer paso.
La luz de Willow parpadea y él mira hacia atrás.
—Venid.
Las dos obedecemos. Willow va la primera, y yo los sigo, con los pies
patinando de vez en cuando sobre un tramo de tierra y piedra suelta.
Cuando llegamos a la arena, Roman se quita los mocasines y se arremanga
los pantalones negros. Las mangas de su camisa de cuello blanco ya están
subidas hasta los codos, lo que deja ver un juego de cuchillos atados a cada
antebrazo. No sé por qué no se ha cambiado para ir a la playa.
Probablemente duerme con pantalones y camisa blanca.
Casi se lo pregunto, pero no parece estar de humor para bromas. Nunca
parece estar de humor para bromas. Willow ya tiene puestas las sandalias.
Me agacho y bajo la cremallera de mis botas de combate, lo que deja al
descubierto mis propios cuchillos.
Caminamos tras Roman, con las luces de Willow creando sombras en los
surcos de la arena.
Puede que no vea gran cosa de la playa, aparte del tenue blanco de las
olas espumosas golpeando la arena a la luz de la luna, pero mis otros
sentidos no me decepcionan. El aire frío me muerde. El olor es difícil de
describir, salado y ácido, vivo en comparación con la ciudad. La arena me
roza los dedos de los pies a cada paso, como si quisiera que me quedara
quieta un momento. Caminamos hasta llegar a un saliente de roca que nos
separa de la playa al otro lado. Aquí las olas son más fuertes y golpean más
la piedra que la arena.
Roman mira a su alrededor y agarra un tronco de madera, lo arrastra hacia
atrás hasta el borde del acantilado y lo apoya contra la roca escarpada. Le
hace un gesto con la cabeza a Willow, que se acerca a él y extiende una
mano brillante en el aire, dejando que su luz flote allí como si fuera una
diosa que cuelga estrellas. Pone la otra a diez pasos más atrás, junto a mí.
Resisto el impulso de tocarla y ver si está caliente como una bombilla que
lleva demasiado tiempo encendida o si quema como la magia de mis palmas
la noche anterior.
Roman sostiene un cuchillo en la mano hasta que brilla al rojo vivo antes
de pasarlo en forma de X por la madera a la deriva, lo que deja madera
carbonizada a su paso.
Me hormiguean las manos, preparadas. Cuando Roman se aleja, me
inclino, saco un cuchillo de mi bota y lo lanzo casi antes de volver a
ponerme en pie. Golpea en el centro de su X con un ruido sordo.
Willow aplaude, lo que hace que me vibre la sangre.
Intento que no se me note la suficiencia, pero no lo consigo.
—Otra vez. —No hay ningún atisbo de elogio en la voz de Roman.
Saco otro cuchillo de la bota. Esta vez lo hago girar alrededor de mis
dedos, de la misma forma que Xander hace girar sus cartas, hasta que de
repente el metal choca contra el metal, y el cuchillo cae a mis pies mientras
un delgado cuchillo de mango blanco se entierra con la empuñadura en la
arena a un metro de distancia.
—¿Qué diablos?
Roman no se ha movido ni un milímetro, pero uno de los cuchillos de su
muñeca ha desaparecido.
—Podrías haberme dado.
—Sí. Y también habría sido una buena prueba para ti.
Willow se queda boquiabierta entre nosotros, moviéndose en la arena de
un pie a otro. Me lanza una mirada de disculpa mientras Roman camina
hacia mí y recoge su cuchillo de la arena. Y de paso, no recoge el mío.
—Deja de jugar con los cuchillos como si fueran cartas. Eres demasiado
buena para eso.
Ignoro la sutil indirecta a Xander.
—Al público le encanta.
—A un vampiro también le va a encantar cuando le des tiempo a
arrancarte la garganta. Estás metiendo los dedos de los pies en el lago de tu
poder como si fueras una niña jugando en un charco. El lago te tragará si no
sabes nadar.
Me ruborizo. Dudo que se dé cuenta de lo personal que es la metáfora
para mí, dado que en realidad no sé nadar. Por supuesto, no se lo digo.
Parece esperar que discuta con él. No lo hago.
—Retrocede diez pasos.
Retrocedo hasta que la arena húmeda y fresca saluda a mis dedos. Un
poco más y estaré en el agua.
Dudo. El lanzamiento está más lejos de lo que nunca he intentado.
—Hazlo.
Saco el segundo cuchillo y dejo que la magia corra por mis dedos como
Xander me enseñó, y luego lo dejo volar. Viaja hasta que pierde impulso y
cae en algún punto de la arena.
Se me calienta la sangre, no por la magia, sino por mi propia vergüenza
humana.
—¿Cuándo voy a tener que hacer un lanzamiento así?
—¿Y si un vampiro huye de ti? Podrías haber herido al de la otra noche
antes de que se escapara.
—No finjamos que fui yo quien lo dejó escapar —digo.
Willow suelta un grito ahogado.
—¿Qué vampiro?
Ninguno de los dos le contesta.
—Deja de quejarte y vuelve a hacerlo.
Saco el tercer cuchillo que tengo y vuelvo a lanzar. Se come la arena a
pesar de que quiero que se coma la madera.
—No estás tirando del poder hacia ti. Estás dejando que el poder llegue a
ti si le da la gana. Ordénaselo.
—¿Quizás debería cantar?
Willow sonríe.
—Puedes intentarlo.
—¿Quizás un poco de Bon Jovi?
Willow canta las primeras letras de Shot through the Heart y luego estalla
en carcajadas, y casi me permito unirme a ella, pero la mirada de Roman
me detiene.
—Esto no es una broma.
Willow tuerce los labios en una mueca hacia mí y mira hacia otro lado.
—Willow necesita cantar. Tú no. Dudo que te funcione. Concéntrate en la
fuente de tu poder, llámalo desde allí, pídelo si es necesario y luego envíalo
a donde quieras.
—Vale. —Camino hacia el objetivo y libero mi cuchillo antes de
escudriñar la arena en busca de los demás. Maldita sea. Estoy a punto de
ponerme de rodillas y empezar a cavar en busca de ellos.
Una mano se posa en mi hombro. Casi me estremezco bajo su contacto, a
pesar de que definitivamente no está tonteando. Muevo la cabeza como si
eso fuera a ayudarme a concentrarme.
—Haz que vengan a ti —me dice.
—No puedo… —Pero me detengo. ¿Por qué no puedo? Ya he tenido
suficiente gente en mi vida que me ha dicho las cosas que no puedo hacer.
Roman me está diciendo que puedo. Yo también tengo que decírmelo.
Me concentro. El poder late, caliente y blanco. Creo en él. Le pido que
venga a mí. Al principio con tiento, pero luego más exigente, suave, pero
con la certeza de que solo aceptaré una respuesta.
—Sí —dice Roman—. Llévalo hacia tus dedos y llama a los cuchillos.
Escucho y arrastro la magia hasta la punta de las uñas, deseando los
cuchillos.
Salen disparados de la arena hacia mí más rápido de lo que puedo
lanzarlos. Encuentro los mangos por puro instinto. Es un milagro que no me
hayan rebanado la carne.
Me quedo con la boca abierta.
Roman retira la mano e intento no perderla.
Willow se acerca corriendo y me rodea el cuello con los brazos por
detrás.
—Eres brillante, Ava. No tengo ninguna oportunidad contra ti.
—Cierto. —Me río. Pero luego me arrepiento. La sonrisa de Willow es
tan amplia y sincera que tengo que preguntarme si es real o si simplemente
es la mejor ilusionista que conozco. No le puede gustar que Roman me esté
entrenando. ¿Cómo me sentiría si Xander estuviera entrenando a alguien
más? Pero Willow y yo somos rivales, no solo amigas, lo que significa que
tengo que cuidar de mí misma.
Miro a Roman.
—Ha estado bien —dice con brusquedad.
Willow suelta una risita como si estuviera acostumbrada a sus tristes
intentos de elogio y me abraza mientras Roman empieza a volver por donde
hemos venido.
Nos rezagamos detrás de él, con su camisa blanca como un faro a la luz
de la luna. Nunca mira atrás para ver si lo seguimos o no. Dudo que le
importara que nos diéramos la vuelta, nadáramos en el océano y
desapareciéramos.
—¿Siempre es así? —pregunto.
—No. Esta noche está de buen humor.
Resoplo, y ella suelta una risita, pasándose el pelo claro por detrás de la
oreja.
—¿Por qué lo aguantas?
—Quiero escapar.
—¿De qué? ¿No decías que tenías una gran familia?
Suspira.
—Quería escapar de eso. Soy la mayor de diez hermanos. Me sentía
como un par de manos extra y nada más. Lo único que quería era conseguir
una beca para estudiar música, pero no tenía tiempo para practicar, así que
antes de aprender a aprovechar la magia, mi talento era mediocre. Roman
me encontró en una de esas noches raras en las que me escaqueaba de
acostar a los niños. Estaba tocando la guitarra en la calle y cantando, me
dejó cien dólares en la funda y se marchó, pero corrí tras él para darle las
gracias. Me pareció un encanto. —Se ríe.
—¿Estas…? —No sé lo que estoy preguntando, pero si ella está
enamorada de él o algo así, dejaré de sentir lo que sea que estoy sintiendo.
De todas formas, no debería sentir nada.
—Oh, Dios, no. —Se ríe más fuerte—. Ahora es como un hermano mayor
cascarrabias, pero ¿sabías que toca el piano? Así es como acabé entrenando
con él. Era capaz de mantener una conversación sobre música.
—No lo sabía. —Miro fijamente sus hombros tensos que nos marcan el
camino. Seguro que nos oye hablar de él.
Resbalo con una roca y el agarre de Willow evita que me caiga. Sin ella,
tendría las rodillas magulladas y ensangrentadas. Seguimos caminando
como si nada.
—Gracias —digo, unos diez segundos tarde.
—Siempre. —Lo dice con indiferencia, como una respuesta automática,
pero en el fondo sé que lo dice en serio. Aunque probablemente le esté
haciendo daño.
Capítulo 15
P or la mañana, Xander está en mi puerta, radiante y sonriendo
demasiado para lo temprano que es.
—¿Dónde estuviste anoche? —me pregunta.
Me froto los ojos para darme tiempo a llevarme una explicación a los
labios. ¿Roman se lo ha contado? ¿Ayudarme era parte de su plan para
fastidiar a Xander?
—Solo puedo ver Tomb Raider un número limitado de veces —digo. No
es una mentira.
—No estabas aquí.
Le miro fijamente. Nunca me busca por las tardes, y no es la primera vez
que falto a la noche de cine con Reina y Diantha.
—¿No estabas cazando?
—Noche libre. Cuidarse a uno mismo y todo eso. —Algo se agudiza en
su expresión—. No estás respondiendo a la pregunta.
Me encojo de hombros.
—Estaba con Willow.
—Reina lo comprobó. Ella tampoco estaba.
—¿A qué viene el interrogatorio?
Levanta las manos como si yo fuese la exagerada.
—Nos fuimos a una de las puertas mágicas. La suya va a una actuación
de orquesta. Me gusta la música.
—Suena divertido. —Casi espero que me pida que cante una melodía que
he oído como prueba, pero da un paso atrás—. ¿Nos vemos en el patio de
entrenamiento dentro de quince minutos?
—Que sea dentro de veinte —refunfuño.
Levanta las cejas y mira fijamente mis pantalones de franela del pijama.
—De acuerdo.
Tardo unos minutos en ponerme unos vaqueros y llegar a la puerta de
Willow.
Cuando me abre, está injustamente alegre y sonriente, igual que Xander, y
me doy cuenta de que son la misma persona. Y Roman y yo también lo
somos.
—Ava. —Está sorprendida, pero su voz es tan acogedora como abrir la
puerta de una habitación con el fuego encendido—. Entra.
Entro en su habitación y piso una alfombra de color bígaro. Las paredes
son de un beige suave, los muebles son blancos y están pulidos, y la cama
está cubierta por un edredón de terciopelo rosa. La magia es buena. Se
parece a ella.
—¿Ha venido Xander a verte?
Se ríe.
—¿Por qué haría eso? ¿Roman está intentando hacer un intercambio?
Sonríe mucho, como si fuera una broma, pero esta vez estoy segura de
que no es real. Su ilusión se está resquebrajando. Hay un poco de dolor en
el pliegue de sus ojos cuando lo dice.
—No tienes que hacer eso.
—¿Qué? —La sonrisa se mantiene firme, como un escudo mágico de
positividad, pero no es magia. Es el tipo de persona que sonríe para ocultar
el dolor porque siempre tuvo un público: sus hermanos. Probablemente se
unió a Roman porque ya no podía sonreír, y ahora lo hace por mí.
—No tienes que seguir sonriendo cuando estás molesta.
La sonrisa se le quiebra. Me mira fijamente durante un segundo, como si
le molestara que la hubiera descubierto. Quizá no debería haberla
presionado así, pero quiero que seamos amigas de verdad, no ilusiones.
—¿No quieres que entrene con Roman?
Se queda mirando por la ventana el sol que roza las ramas de las
secuoyas, y me preocupa que vaya a decirme que lo deje estar, y entonces
tendré que decidir si es verdad o no. ¿Qué es más importante para mí?
—No. —Me devuelve la sonrisa—. Él es la razón por la que tuviste tan
poco tiempo para entrenar. Te lo debe. Últimamente está raro conmigo,
como cuando anunciaron que solo había un hechizo de inmortalidad
disponible… —Se muerde el labio, lo que estropea su sonrisa—. Actúa
como si no pudiera ganar.
—Eso es mentira. Eres increíble.
—¡Gracias! —Su voz vuelve a ser alegre—. Aunque no creo que vaya a ir
esta noche. Me alegro de que recibas ayuda extra, pero no puedo estar allí.
Asiento con la cabeza, aunque me escuece.
Aunque odio preguntar lo que voy a preguntar a continuación.
—Si ves a alguien de mi compañía, ¿le dirás que estoy contigo? Diles que
me dejaste en tu habitación o algo así… ¿cualquier cosa? No quiero
hacerles daño.
—Sí. Claro —dice—. Pero me gustaría que estuviéramos juntas por ahí
de verdad.
—A mí también —digo, retrocediendo hacia la puerta antes de que pueda
abrazarme, porque me preocupa que lo haga y eso me haga sentir aún m�