RESUMEN:
COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL
ALGUNAS CUESTIONES ACTUALES DE ESCATOLOGÍA
(1990)
Texto del documento aprobado «in forma specifica» por la Comisión
Teológica Internacional
INTRODUCCION
La fe cristiana se hace vacía sin la afirmación de la resurrección de Cristo
(1Co15,14) por lo que Cristo resucitado constituye el fundamento de la esperanza
cristiana, sin esa esperanza seria imposible llevar adelante una vida cristiana.
La conexión que existe entre la firme esperanza de la vida futura y la posibilidad de
responder a las exigencias de la vida cristiana se distingue desde los tiempos de la
iglesia primitiva. Desde los apóstoles y también aquellos que eran enviados al
martirio, encontraban fortaleza en la esperanza de encontrarse con Cristo a través
de la muerte y en la propia resurrección futura. La esperanza levanta el corazón de
todos los cristianos a las cosas celestes, sin dejar de cumplir las obligaciones en el
mundo terrenal, porque la espera de una nueva tierra no debe debilitar, sino mas
bien motivar a perfeccionar esta tierra.
En el mundo actual hay múltiples insidias a esta esperanza cristiana, ya que se
encuentra fuertemente afectado por el secularismo (el cual consiste en una visión
autonomista del hombre y del mundo, que prescinde de la dimensión del misterio,
la descuida e incluso la niega. Este inmanentismo es una reducción de la visión
integral del hombre). Normalmente miran con ansiedad la muerte futura, que
atormenta el dolor y la progresiva disolución de su cuerpo, además de temerle a
una perpetua desaparición. Estos temores demuestran la debilidad viva de la
esperanza cristiana.
Los elementos principales que proceden de la ansiedad que existe en el mundo
actual son variados que afectan a la esperanza cristiana como lo es la penumbra
teológica. La respuesta cristiana a las perplejidades del hombre actual, como
también al hombre de cualquier tiempo, tiene a Cristo resucitado como fundamento
y se contiene en la esperanza de la gloriosa resurrección futura de todos los que
sean de Cristo. La seria responsabilidad de este camino puede verse por la infinita
grandeza de aquel hacia el que nos dirigimos. Esperamos a Cristo, y no otra
existencia terrena semejante a ésta, como supremo cumplimiento de todos nuestros
deseos.
La esperanza cristiana de la resurrección
San Pablo en 1Co 15,3-4, “Pues os trasmití en primer lugar lo que a mi vez recibí:
que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado; y
que resucitó al tercer día según las Escrituras”. En 1 Tes 4, 16 “dice los que murieron
en Cristo, resucitarán”. Para los cristianos la resurrección debe considerarse como
la culminación del misterio ya comenzado desde el bautismo, por ellos se presenta
como la comunión suprema con Cristo y con los hermanos y también como el más
alto objeto de esperanza. 1 Cor 15, 21 nos dice que la resurrección de Cristo es
también la causa de nuestra resurrección futura porque “porque, habiendo venido
por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los
muertos”, y por el nacimiento bautismal de la iglesia y del espíritu santo resucitamos
sacramentalmente en Cristo resucitado.
La profesión de la resurrección desde el tiempo patrístico se hace de manera
completamente realística. En el concilio XI de Toledo del año 675 se expone una
doctrina clara respecto a la carne, la fe se refiere a la resurrección en esta carne en
que vivimos, subsistimos y nos movemos; esta confesión se hace por el ejemplo de
nuestra Cabeza, es decir, a la luz de la resurrección de Cristo, los Padres de este
Concilio presuponen aquella concepción de la resurrección de Cristo que es la única
coherente con las afirmaciones bíblicas sobre el sepulcro vacío y sobre las
apariciones de Jesús resucitado, sin embargo esta resurrección mantiene una
tensión entre la continuidad real del cuerpo y la transformación gloriosa de ese
mismo cuerpo. Este cuerpo que ahora está configurado por el alma, en la
resurrección gloriosa será configurado por el espíritu (1 Cor 15, 44).
Para algunos la representación tradicional de la resurrección la encuentran
demasiado tosca, en especial algunas descripciones físicas. Por ello se busca cierto
refugio en una explicación espiritualista. La hermenéutica teológica de las
afirmaciones teológicas debe ser correcta, por lo que no se pueden dar afirmaciones
solo del futuro porque, aunque con respecto a nosotros todavía no haya sucedido,
en Cristo ya se han realizado.
Sobre esto hay ciertas líneas fundamentales
- La plena aceptación de las verdades revelada es propia de la hermenéutica
teológica.
- La resurrección de Cristo significa algo definitivo también para la resurrección
de los muertos, esto aceptado por la fe.
- Dios es aquello en lo que lo finito muere, y por lo que a él y en él resucita. Él
es como se vuelve al mundo, a saber, en su Hijo Jesucristo que es la
manifestación de Dios y también la suma de los "novísimos". El cuidado
requerido para conservar el realismo en la doctrina sobre el cuerpo
resucitado no debe olvidar la primariedad de este aspecto de comunión y
compañía con Dios en Cristo.
- el rechazo del docetismo escatológico exige que no se entienda la comunión
con Dios como el ultimo como algo meramente espiritual, Dios de la creación
nos invita a una comunión última.
- los Símbolos existen fórmulas dogmáticas llenas de realismo con respecto al
cuerpo de la resurrección.
En el nuevo testamento se atribuye un momento temporal determinado, señala un
acontecimiento concreto como momento de la resurrección de los muertos. Con la
palabra griega parusía se significa la segunda venida, todavía futura, del Señor en
gloria, diversa de la primera venida en humildad. En los evangelios se ve en Jn6,54
“en el último día” cuando los hombres resucitarán gloriosamente, obtendrán la
comunión completa con Cristo resucitado, en 1Tel4,16-17 “El Señor mismo, a la
orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y
los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que
vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al
encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor”. Los padres
de la iglesia también lo afirman al decir “a su venida todos los hombres han de
resucitar”. la parusía es en el Nuevo Testamento un acontecimiento concreto
conclusivo de la historia. Se fuerzan sus textos, cuando se intenta explicar la parusía
como acontecimiento permanente que no sería otra cosa sino el encuentro del
individuo en su propia muerte con el Señor.
Los primeros cristianos pensaban que la parusía estaba cerca y preocupados por la
suerte de aquellos a quien la muerte les arrebata la vida antes de la parusía, Pedro
les recuerda que los que murieron en Cristo, resucitaran en primer lugar (1Tel4,16).
Había múltiples cuestiones abiertas como por ejemplo ¿en qué estado se
encontraban entre tanto tales difuntos? Para responder esto no fue necesario
plantear una respuesta completamente nueva ya que en la tradición bíblica se
encuentran elementos previos.
La concepción judía antigua usaba el término “sheol” es el lugar a donde van los
muertos, se pensaba que en contraposición al cielo estaba debajo de la tierra. De
ahí se formó la expresión “bajar al sheol” (Gén 37, 35; Sal 55, 16 etc.) y aquellos
que habitaban ahí se llamaban “refaim”. Simultáneamente con esta representación
empezó a aparecer la fe israelítica que cree que la Omnipotencia de Dios puede
sacar a alguien del sheol (1 Sam 2, 6; Am 9, 2 etc.). Por esta fe se prepara la idea
de resurrección de los muertos, que se expresa en Dan 12, 2 y en Is 26, 19, y que
en tiempos de Jesús prevalece ampliamente entre los judíos, con la conocida
excepción de los Saduceos (Mc 12, 18).
Con la fe que se fue formando en la resurrección evolucionó el modo de concebir el
“sheol”, dejo de ser el domicilio de lo muertos sino dividido en dos estratos, uno para
los justos y uno para los despiadados, los muertos se encuentran en ellos hasta el
juicio último, en el que se pronunciará la sentencia definitiva. En el Nuevo
Testamento se afirma un cierto estado intermedio de este tipo en cuanto que se
enseña pervivencia inmediatamente después de la muerte como tema diverso de la
resurrección, la cual, por cierto, en el Nuevo Testamento nunca se pone en conexión
con la muerte. Debe añadirse que, al afirmar esta pervivencia, se subraya, como
idea central, la comunión con Cristo.
A lo largo de la biblia se pueden ver diversos pasajes en los que se hace referencia
a la parusía o estado intermedio
Jn 14, 1-3 dice “Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar volveré y os tomaré
conmigo, para que donde esté yo, estéis también vosotros”
San pablo en Flp1, 21-24: “Pues para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia.
Pero si el vivir en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger. Me
siento apremiado por las dos partes: por una parte, deseo partir y estar con Cristo,
lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; más, por otra parte, quedarme en la
carne es más necesario para vosotros”
En Filipenses 3, 21 en la que expone el motivo por el que se puede desear el estado
intermedio, habla, con gran alegría, de la espera de la parusía del Señor, “el cual
transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo”.
Por lo que se entiende que el estado intermedio es transitorio, en la espera de la
deseable comunión con Cristo.
Se cree que, entre la muerte del hombre y el fin del mundo, subsiste un elemento
consciente del hombre al que llama con el nombre “alma”, empleado también por la
Sagrada Escritura (Sab3, 1; Mt10, 28). En la parusía del Señor que sucederá al final
de la historia, se espera la resurrección bienaventurada de “los de Cristo” (1 Cor 15,
23). La pervivencia del alma consciente, previa a la resurrección, salva la
continuidad y la identidad de subsistencia entre el hombre que vivió y el hombre que
resucitará, en cuanto que gracias a ella el hombre concreto nunca deja totalmente
de existir.
Martin Lutero admite la doble fase escatológica. Para él la muerte es la separación
del cuerpo y alma, dice que las almas perviven entre la muerte y la resurrección,
aunque también presento dudas sobre el modo de concebir el estado en el que se
encuentran las almas entre la muerte y la resurrección, ósea, la ortodoxia luterana
conservó la doble fase, dejando la idea de sueño de las almas.
En el siglo XX por primera vez se negó la idea de la doble fase, decían que el
hombre no podría presentar nada propio ante Dios, no sólo las obras, sino tampoco
la misma inmortalidad natural del alma; la seriedad de la muerte sólo se mantendría
si ésta afecta a todo el hombre y no sólo al cuerpo; siendo la muerte pena del pecado
y todo el hombre pecador, todo el hombre debe ser afectado por la muerte, sin que
se entienda que el alma, en la que se encuentra la raíz del pecado, se libre de la
muerte. Poco a poco, casi de modo programático, comenzó a proponerse un nuevo
esquema escatológico: sólo la resurrección en lugar de la inmortalidad y la
resurrección. Por las cuestiones abiertas que quedan se elaboraron nuevas teorías
que afirman la resurrección en la muerte, para que no surja un espacio vacío entre
la muerte y la parusía. Hay que confesar que de este modo se introduce un tema
desconocido para el Nuevo Testamento, ya que el Nuevo Testamento habla siempre
de la resurrección en la parusía, y nunca en la muerte del hombre.
Finalmente, la Santa Sede con una carta enviada a los obispos, la considero que la
nueva tendencia era disonante con el legítimo pluralismo teológico. Por lo que todas
estas teorías deberían discernirse con una consideración serena del testimonio
bíblico y de la historia de la tradición tanto con respecto a la escatología misma.
«El hombre, uno en cuerpo y alma, por su misma condición corporal reúne en sí
los elementos del mundo material, de modo que por él llegan a su culmen y
elevan al Creador su voz en una alabanza libre. [...] No se equivoca el hombre,
cuando se reconoce superior a las cosas corporales y no sólo como una
partícula de la naturaleza o un elemento anónimo de la ciudad humana. Por su
interioridad supera al universo: retorna a esta profunda interioridad cuando se
vuelve al corazón, donde le espera Dios que escruta los corazones, y donde él
mismo decide sobre su propia suerte ante los ojos de Dios. Por tanto,
reconociendo en sí mismo un alma espiritual e inmortal, no se engaña con una
ilusión falaz, que fluya sólo de las condiciones físicas y sociales, sino que, por el
contrario, alcanza la misma verdad profunda de la realidad»
Eso es parte de lo que nos enseña el concilio vaticano II reconociendo el valor de la
experiencia espontanea y elemental en el cual el hombre se percibe a si mismo
como superior a las demás creaturas terrenas, por lo que también es el único ser
capaz de poseer a Dios por el conocimiento y el amor.
en Mt 10, 28, “la Iglesia afirma la continuidad y la subsistencia, después de la
muerte, de un elemento espiritual que está dotado de conciencia y de voluntad, de
manera que subsiste el mismo "yo" humano, carente mientras tanto del
complemento de su cuerpo”. Esta afirmación se funda en la dualidad característica
de la antropología cristiana.
Desde la antropología cristiana se ofrece una concreta forma de entender el sentido
de la muerte, como no los cristianos no tienen la idea del cuerpo como cárcel del
alma, la muerte no es considerada naturalmente algo deseable, la muerte escinde
al hombre intrínsecamente. Más aún, porque la persona humana no es solamente
el alma, sino el alma y el cuerpo esencialmente unidos, la muerte afecta a la
persona. También es natural que el cristiano sufra con la muerte de las personas
que ama. “Jesús se echó a llorar” (Jn 11, 35) por su amigo Lázaro muerto. También
nosotros podemos y debemos llorar a nuestros amigos muertos.
El cristiano puede superar su miedo a la muerte apoyándose de otros motivos, la fe
y la esperanza cristiana nos enseña el rostro de Jesús que asumió el temor de la
muerte a la luz de la voluntad del Padre, que murió para “libertar a cuantos, por
temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Heb2, 15)
Por la vida santa, a la que la gracia de Dios nos llama y para la que nos ayuda con
su auxilio, la conexión original entre la muerte y el pecado como que se rompe, no
porque la muerte se suprima físicamente, sino en cuanto que comienza a conducir
a la vida eterna. Este modo de morir es una participación en el misterio pascual de
Cristo.
Un punto característico del concilio vaticano II fue la eclesiología de la comunión
que cree que la comunión de los santos, o sea, la unión en Cristo, de los hermanos,
la cual consiste en vínculos de caridad, no se interrumpe por la muerte, antes bien,
según la perenne fe de la Iglesia, se fortalece con la comunicación de bienes
espirituales. Los cristianos pueden comunicarse con sus seres queridos que fueron
arrebatados por la muerte a través de diferentes formas de oración
Existe lo que es la liturgia celeste, así como también la liturgia terrenal, en donde el
centro es Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra
de Dios, y que intercede por nosotros. En la unión de la liturgia celeste y terrena nos
hacemos conscientes de que los bienaventurados oran por nosotros.
En el concilio vaticano II se explica la palabra “evocación” que seria cualquier
método por el que se intenta provocar con técnicas humanas una comunicación
sensible con los espíritus o almas separadas para conseguir diversas noticias y
diversos auxilios.
Las almas de los difuntos después de la muerte necesitan purificación, se Cree, en
efecto, que para esa purificación les aprovechan los sufragios de los fieles vivos,
tales como el sacrificio de la Misa, oraciones y limosnas, y otros oficios de piedad,
que los fieles acostumbran a practicar por los otros fieles, según las instituciones de
la Iglesia.
El magisterio de la iglesia afirmó que las almas de los santos inmediatamente
después de la muerte gozan la visión beatifica de Dios y de la comunión perfecta
con Cristo, estas almas son puras, aunque se entiende que hay una necesitas de
purificación después de la muerte, para los que no lo hayan hecho suficientemente
por la penitencia en la tierra, la Iglesia cree que existe un estado posmortal de
purificación, o sea, una purificación previa a la visión de Dios. Como esta
purificación tiene lugar después de la muerte y antes de la resurrección final, este
estado pertenece al estadio escatológico intermedio; más aún, la existencia de este
estado muestra la existencia de una escatología intermedia.
Los términos griegos metempsykhosis o metensomatosis, la rencarnación sostiene
que el alma humana después de la muerte asume otro cuerpo y de este modo se
encarna de nuevo, es un termino proveniente del paganismo que contradice
completamente la sagrada escritura y la tradición de la iglesia.
La doctrina católica es clara, Hebreros 9, 27 “está establecido que los hombres
mueran una sola vez, y luego el juicio”, el concilio vaticano II cita ese texto para
enseñar que el curso de nuestra vida terrestre es único.
En la unicidad de la vida humana se ve claramente su seriedad, que es única. Como
la vida terrena es camino para las realidades escatológicas, el modo como
procedemos en ella tiene consecuencias irrevocables. Por ello, esta nuestra vida
corporal conduce a un destino eterno.
El hombre tomará consciencia de su destino último sólo si considera la propia
naturaleza recibida por Dios, un Dios creador, trascendente, omnipotente que hizo
al hombre capaz de poder conocerlo y amarlo libremente que incluso luego de la
ruptura del vinculo con Dios a través del pecado original movido por la misericordia
“tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él
no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Cuando la Iglesia ora por la
salvación de todos, en realidad está pidiendo por la conversión de todos los
hombres que viven. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento de la verdad (1 Tim 2, 4)