Adán y Eva
Pues, viva es la palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta la
división entre alma y espíritu, articulaciones y médulas: y discierne sentimientos y pensamientos del corazón
(Hebreos 4, 12).
Lectura y Meditación
El pasaje de Adán y Eva nos explica muy bien cuál es el problema que tiene el hombre moderno con Dios,
que es en definitiva el problema que tenemos tu y yo con Dios y con los demás. Es el problema de la muerte
ontológica y del “querer ser” que nos hace entrar en guerras personales muchas veces. Por la amplia
extensión de este pasaje vamos a leerlo y meditarlo por fragmentos, centrándonos de forma especial en cada
uno de ellos.
La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yahvé Dios había hecho. Y dijo a la
mujer: ¿Cómo es que Dios os ha dicho: ¿No comáis de ninguno de los árboles del jardín? Respondió la mujer
a la serpiente: Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Más del fruto del árbol que está en medio
del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte. Replicó la serpiente a la mujer: De
ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos
y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal. Y como viese la mujer que el árbol era bueno para
comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su
marido, que igualmente comió. Entonces se les abrieron los ojos, y se dieron cuenta de que estaban
desnudos; y, cosiendo hojas de higuera, se hicieron unos ceñidores (Génesis 3, 1-7).
Conviene fijarse en varios detalles que están muy bien puestos, y que nos enseñan muchas cosas acerca de
nosotros mismos. En primer lugar, es importante ver como la serpiente, es decir, el maligno, es un mentiroso
que mezcla partes de verdad con mentiras mientras se calla otras cosas. En otras palabras, el maligno intenta
manipular a Eva. Así pues, primero le sugiere a Eva un conjunto de ideas falsas en la cabeza diciéndole que
Dios le ha prohibido comer: Dios quiere que te mueras de hambre, Dios no te ama, Dios te reprime y te quiere
controlar, Dios te prohíbe muchas cosas sin motivo, Dios es tu rival, etc. Y eso mismo es lo que el maligno nos
dice a nosotros todos los días. Eva, por supuesto, al principio sabe que eso mentira y así se lo dice al maligno.
Sin embargo, la duda ya ha sido sembrada en su corazón: Dios me ha prohibido hacer una cosa so pena de
muerte… ¿Por qué lo ha hecho? ¿Quizás Dios no me ama?
Y el maligno aprovecha esta duda para lanzar su próximo ataque: Dios te lo ha prohibido porque si comes
serás igual que Él. Te convertirás también en un dios, y podrás conocer y cambiar lo que está bien y lo que
está mal. ¡Y Dios tiene miedo de eso! ¡Por eso te lo ha prohibido! Pero la verdad no es esa, Dios lo ha
prohibido porque realmente comer de ese árbol hará morir a Adán y Eva, y Dios no quiere que mueran. Al
final, Adán y Eva no pueden cambiar lo que está bien y lo que está mal: esa idea es solo una ilusión, y al final
las consecuencias, es decir, la muerte ontológica, nos domina igual. Por eso Eva, creyéndose esta mentira, y
viendo que el árbol era apetecible a la vista, comió. Y eso nos parece a nosotros muchas veces el pecado:
apetecible porque… ¿Realmente es tan malo? ¿Por qué no me acuesto con mi novia? Nos queremos y es
apetecible. ¿Quién me lo va a prohibir? ¿Y por qué no? ¿No quieres que disfrute de la vida? ¡Si no pasa nada!
Pero la verdad es muy diferente, pues… ¿Qué les pasó a Adán y a Eva? Se dieron cuenta de que estaban
desnudos. Es decir, por primera vez sintieron vergüenza el uno del otro, pues ya no estaban en comunión,
como veremos más claramente en la continuación del pasaje. Algo dentro de ellos se había roto. Han
rechazado a Dios, que es el amor y la vida, y se han quedado solos, sin amor, y sin vida. Y han
experimentado por primera vez la muerte ontológica. Y las consecuencias, como veremos a continuación, van
a ser muy graves. Pero ellos, al principio, lo intentaron solucionar como lo intentamos hacer nosotros muchas
veces: con parches exteriores, haciéndose un vestido para cubrirse. Pero el problema estaba y sigue estando
en su corazón. Aun así, lo que ocurre a continuación es mucho peor:
Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahvé Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el
hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahvé Dios por entre los árboles del jardín. Yahvé Dios llamó al
hombre y le dijo: ¿Dónde estás? Este contestó: Te he oído andar por el jardín y he tenido miedo, porque estoy
desnudo; por eso me he escondido. Él replicó: ¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido
acaso del árbol que te prohibí comer? Dijo el hombre: La mujer que me disté por compañera me dió del árbol
y comí. Dijo, pues, Yahvé Dios a la mujer: ¿Por qué lo has hecho? Contestó la mujer: La serpiente me sedujo,
y comí (Génesis 3, 8-13).
Lo primero que ocurre ante Dios es que el hombre se esconde: no quiere afrontar su propio error, y tiene
miedo ahora de Aquel al que antes amaba. Por eso Dios, extrañado, lo llama y le pregunta que le ocurre. Sin
embargo, Adán no confiesa su pecado y pide perdón, sino que en primer lugar busca una excusa, y cuando ve
que la excusa no convence a nadie le echa las culpas a su mujer. Mejor dicho, le echa las culpas “a la mujer
que me diste”, porque para Adán su mujer Eva ya no es más su mujer en su corazón, pues la primera
consecuencia del pecado es la muerte del amor y la descomunión. ¿Y en el fondo, según Adán, quien tiene la
culpa? Su mujer, claro, que le ha dado la fruta; y por supuesto Dios, que es quien le ha dado a su mujer.
¿Pero en realidad quién la ha aceptado pecando? Solo él.
¿Y no pensamos en el fondo nosotros lo mismo? ¿Quién tiene la culpa sino el otro? ¿No es culpa de mi mujer
tantas cosas? ¿No es el gobierno responsable de esto y aquello? ¿No son mis hijos, jefes, padres, o amigos
los culpables de estos problemas y sufrimientos que tengo? ¿Y Dios, no tiene también la culpa de tantas
cosas? Y al final hacemos de todo menos reconocer que somos nosotros, y solo nosotros con nuestras
decisiones los que, apartándonos de Dios, lo rompemos todo y nos rompemos por dentro. Y lo mismo hizo
Eva pasándole la culpa a la serpiente: fue la serpiente la que me sedujo, dice Eva, en el fondo yo no quería,
pero mira, que se le va a hacer… Y así, por aceptar el engaño del maligno y nuestras apetencias, pecamos, y
lo que en a primera vista parecía bueno, produce el fruto amargo de la muerte.
Y esto, repetido una y otra vez, es lo que va fragmentando el alma de las personas y las lleva primer a las
discusiones, peleas, riñas, avaricias, murmuraciones, juicios, envidias, lujurias, etc. En un siguiente nivel eso
se transforma en violencia, divorcio, adulterio, asesinato, violación, etc. Porque si en nuestro corazón no hay
amor sino muerte, pasar de lo poco grave a lo muy grave es cuestión de tiempo y de que la situación lo
facilite. Y en un último nivel, tenemos también ejemplos claros de personas que han usurpado el lugar de Dios
en la historia de la humanidad, imponiéndose mediante la violencia como dioses de los demás: comunismo,
nazismo, extremismos islámicos, etc. Cuando eso ocurre, el otro ya no vale nada ni en nuestro corazón ni en
la realidad, y el resultado suelen ser exterminios, trata y venta de mujeres, torturas y persecuciones masivas,
campos de concentración, etc. Pero todo eso tiene la raíz en un solo sitio: en nuestro corazón. Porque del
corazón del hombre salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos
testimonios, injurias (Mateo 15, 19).
Entonces Yahvé Dios dijo a la serpiente: Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre
todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida.
Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tu su
calcañar. A la mujer le dijo: Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás a tus hijos.
Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará. Al hombre le dijo: Por haber escuchado la voz de tu mujer, y
haber comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga
sacarás de él alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del
campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado.
Porque eres polvo, y al polvo tornarás (Génesis 3, 14-19).
Finalmente, Dios impone un castigo muy severo al maligno que le afectará el resto de su existencia por haber
provocado la caída del hombre. Un castigo que trae consigo una promesa: el maligno será vencido
definitivamente por un descendiente de la mujer: Él, Jesucristo, que con su muerte comparte nuestro destino,
y con su resurrección nos abre de nuevo las puertas a la vida plena. Vida plena que puedes recibir ya hoy. Sin
embargo, también castiga a la mujer con el dolor del parto, que por misericordia y amor de Dios es algo
temporal. Y al hombre ni siquiera lo castiga directamente, sino que maldice al suelo por su causa para que al
hombre le resulte fatigoso trabajarlo. Al final, Dios ama tanto a Adán y Eva que es muy suave con su
corrección, si la comparamos con las consecuencias que van a traer sus propios actos, y que traen todos los
días nuestros actos cuando obramos mal.
Pero aun así pone una corrección, pues es en ocasiones necesario un mal físico menor, para intentar evitar
de nuevo una verdadera catástrofe interior que desemboca en la muerte. La muerte interior de ellos y toda la
espiral de violencia que ello genera. Así te darás cuenta, en tu corazón, de que Yahvé tu Dios te corrige igual
que un hombre corrige a su hijo (Deuteronomio 8, 5). Y lo hace por un motivo: ¡Porque te ama! Y si te
preguntas por qué Dios hizo la prohibición al principio, y no quitó ese árbol de ahí directamente, es que no has
comprendido lo que Dios pretendía hacer: darle al hombre y a la mujer la libertad de elegirlo a Él o no, pues
sin libertad no hay amor. ¡Y Dios ama de verdad! Lo que seguramente esperaba de ellos era que lo eligieran a
Él, pues… ¿Les había dado hasta ese momento algún motivo para dudar? ¿Acaso no se lo había dado todo?
Pero la pregunta clave ahora es… ¿Y tú? ¿Pese a conocer todo esto no quieres dejar el pecado? Mira que
con Di