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Este documento analiza el concepto de Estado laico y la separación entre la iglesia y el estado. También discute las libertades religiosas y la tolerancia religiosa. Finalmente, revisa algunas consideraciones analítico-conceptuales sobre estas categorías.

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Este documento analiza el concepto de Estado laico y la separación entre la iglesia y el estado. También discute las libertades religiosas y la tolerancia religiosa. Finalmente, revisa algunas consideraciones analítico-conceptuales sobre estas categorías.

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E L E S TA D O L A I C O O S E C U L A R :

L I B E RTA D ( E S ) R E L I G I O S A ( S ) Y R E S P E TO
O TO L E R A N C I A R E L I G I O S A

Imer B. Flores

No es esta la ocasión para investigar o discutir sobre el origen de la dignidad


eclesiástica; solamente es preciso señalar que, cualquiera que sea el origen de esa
autoridad, siempre debe estar confinada dentro de los límites de la iglesia y no
debe ser extendida a los asuntos mundanos, puesto que la iglesia es algo muy
diferente del Estado y los asuntos mundanos. Los límites, por ambas partes,
son fijos e inamovibles. Y quien desea confundir ambas sociedades, que
por sus orígenes y sus fines son diferentes, mezcla de cielo y tierra,
debe saber que se trata de cosas opuestas.
John Locke, A Letter Concerning Toleration (1689).

I . I N T RO D U C C I Ó N

Conmemorar los primeros 150 años de la promulgación de la segunda gene-


ración de las Leyes de Reforma, en el marco de los festejos por el bicentenario
de la Independencia y el centenario de la Revolución, ofrece la ocasión pro-
picia para la reflexión acerca del Estado laico o secular y de la(s) libertad(es)
religiosa(s) y el respeto o tolerancia religiosa. Así, reflexionamos no sólo sobre
la adopción del principio de separación Estado-Iglesia en México y con ella
de la fundación de un Estado laico o secular sino también sobre la renova-
ción de sus implicaciones ante las tensiones que encara y debe encarar dicho
Estado en el proceso de consolidar su secularización y consagrar el principio
de laicidad.
Cabe adelantar que en los últimos años hemos constatado como un fuerte
clericalismo impulsado desde las más altas esferas de la jerarquía de la igle-
sia católica atenta contra la naturaleza laica o secular del Estado mexicano y
nuestra vida democrática. Al respecto, hace poco más de cincuenta años, en
1958, Martín Luis Guzmán, en su ensayo “La reforma y la revolución”, ad-

421
422 imer b. flores

vertía una fuerte tendencia a infringir las disposiciones contenidas en las Leyes
de Reforma y abogaba por la necesidad de cumplir con las mismas:1

[E]xisten una normas constitucionales y una leyes derivadas de la Reforma,


las unas y las otras refrendadas por la Revolución, y esas normas y esas leyes
se infringen más reiteradamente cada día, y cada día más a fondo; situación
anómala y arriesgada, que no admite quedar en el silencio, toda vez que los pre-
ceptos violados no son leyes cualesquiera, sino ordenamientos esenciales para
la continuidad del espíritu democrático mexicano y para la conservación de ese
espíritu en su máxima eficacia progresista y creadora.

De tal suerte, ante los avances de los totalitarismos, tanto del comunismo
—o totalitarismo material— como del clericalismo “totalitarismo espiritual”,
publicó un libro intitulado precisamente Necesidad de cumplir las Leyes de
Reforma (1963). En dicho volumen recopilaba varias de sus intervenciones
en las décadas anteriores; en ellas, diagnostica la enfermedad y prescribe la
receta para mantener una buena salud. En pocas palabras, hacía ver como la
enfermedad consistía en la penetración de los tentáculos del clero en los orga-
nismos vitales de la democracia mexicana y en la presentación del argumento
falaz de que como las luchas que habían inspirado a las Leyes de Reforma esta-
ban superadas, ya no era necesaria la vigencia de las mismas; y como la receta
era precisamente la necesidad de cumplir “y hacer cumplir” las más puras
esencias del liberalismo histórico mexicano:2

No debemos aceptar que el desenlace de la tragedia que hoy vive el mundo sea
el comunismo; pero tampoco ha de admitirse que para librarnos del totalitaris-
mo comunista “político y económico” hayamos de caer en el totalitarismo espi-
ritual “regresivo y teocrático” gobernado por quienes dicen mandar en nombre
de Dios y administrar el seguro de la salvación eterna.
Entre las incertidumbres de la hora presente sólo un camino es claro: el de la
libertad, el de la libertad socialmente justiciera. Y para México, que en mucho
ha sido precursor de la marcha reservada a la historia del mundo durante el

1
Martín Luis Guzmán, “La Reforma y la Revolución” en Necesidad de cumplir las
Leyes de Reforma, México, Empresas Editoriales, 1963, p. 12.
2
Martín Luis Guzmán, “Proemio” en Necesidad de cumplir las Leyes de Reforma, supra
nota 1, p. 7.
el estado laico o secular: libertad(es) religiosa(s) 423

siglo xx, el camino de la libertad lo señala la Constitución de 1917, heredera


de la Constitución de 1857 y de las Leyes de Reforma. ¿Cómo, pues, consentir
que el camino de la libertad se invalide a sí mismo entre nosotros permitiendo
que simulen luchar aquí a favor de él los usufructuarios de doctrinas que por su
propia definición niegan todas las libertades?
Ningún revolucionario mexicano piense que la Revolución subsistirá cuando le
falte el apoyo de las Leyes de Reforma, ni crea la Iglesia Católica que, para su
provecho, puede convertir la actual crisis del mundo en arma que desbarate el
edificio levantado por la historia de México. En nuestro país nada ayudará más
a detener el avance comunista que las realizaciones de la Revolución Mexicana,
suma de las tres grandes etapas históricas cuyo eslabón maestro son las Leyes de
Reforma e impulso, ya consumado, hacia la justicia social.

De esta forma, en la actualidad, ante un diagnóstico muy parecido ofrece-


mos una respuesta semejante, y para tal objeto en esta contribución pretende-
mos: 1) recordar las implicaciones de la promulgación de las Leyes de Reforma,
para la separación Estado-Iglesia y la fundación de un Estado laico o secular;
2) reconocer las cuestiones que enfrenta hoy en día dicho Estado, respecto
a las tensiones entre la(s) libertad(es) religiosa(s) de los unos y el respeto o
tolerancia religiosa de la(s) libertad(es) religiosa(s) de los otros; y, 3) revi-
sar como consideraciones analítico-conceptuales algunas de nuestras catego-
rías, tales como: Estado confesional o religioso, y laico o secular; libertad(es)
religiosa(s); y, respeto o tolerancia religiosa. Comenzamos con este último
punto y, luego, continuaremos con los dos anteriores.

II. CONSIDERACIONES ANALÍTICO - CONCEPTUALES

1. Estado confesional o religioso vis-à-vis laico o secular

Sin ánimo de establecer una definición de ‘Estado’, lo cual supera con creces
el espacio y el tiempo de que disponemos, me permito estipular “más allá de
los elementos característicos: territorio, población, gobierno y soberanía” que
se trata por su función de la estructura u organización jurídico-política por
excelencia de una sociedad y a partir de ella se definen las relaciones econó-
micas, políticas, sociológicas, ideológicas y hasta teológicas que se presentan
en su interior. Así, a partir de dichas relaciones hablamos: de un Estado aris-
tocrático o democrático; de un Estado autoritario o totalitario; de un Estado
424 imer b. flores

benefactor o del bienestar; de un Estado central o federal; de un Estado escla-


vista o paternalista; de un Estado liberal o social; de un Estado monárquico o
republicano; de un Estado autárquico o representativo; entre otros.
No obstante, también podemos hablar de un Estado teocrático, si todas las
relaciones en su interior “económicas, políticas, sociales, y sobre todo las de
gobierno” están estructuradas u organizadas y hasta jerarquizadas, alrededor
de o a partir de un dios, de una serie de divinidades, de sus profetas y hasta
de sus clérigos o sacerdotes, o bien, en una sola palabra de la ‘religión’. Tal fue
el caso de nuestros antecesores aztecas; de algunos Estados contemporáneos,
como los musulmanes, y baste citar el caso de Irán, donde la autoridad reli-
giosa prevaleció sobre la autoridad civil y la voluntad popular, en el reciente
conflicto electoral; y, por supuesto, el llamado Estado vaticano. De igual for-
ma, podríamos hablar de un Estado no-teocrático, si las relaciones de gobierno
no están estructuradas u organizadas ni jerarquizadas alrededor de o a partir
de la religión, o al menos no de una religión oficial.
Con frecuencia hablamos de un Estado confesional o religioso, si algunas o
muchas de las relaciones en su interior, pero no las de gobierno, están estructu-
radas u organizadas y hasta jerarquizadas alrededor de o a partir de una religión
oficial; y de un Estado no-confesional o no-religioso, si todas relaciones en su
interior no lo están o son independientes de la religión y, por supuesto, si no
existe una religión oficial, tanto de iure como de facto. Cabe aclarar que no se
trata de abogar por un Estado a-confesional o a-religioso, es decir sin confesio-
nes o religiones, sino de un Estado con confesiones o religiones, pero sin que
haya una oficial, ya sea de derecho o de hecho, como veremos más adelante.
Al respecto, la caracterización anterior coincide, con la de un Estado laico o
secular. Es decir, aquél en que las relaciones a su interior no están estructuradas
u organizadas ni mucho menos jerarquizadas a partir de la religión o de una
religión oficial al ser independientes el uno de la otra y viceversa, i.e. al estar
separados tanto el Estado como la(s) Iglesia(s), conforme al viejo apotegma:
“Dar al César lo que es del César y a Dios los que es de Dios”.3
De tal guisa, podríamos afirmar que a partir de la promulgación de las Leyes
de Reforma y con ello de la proscripción de una religión oficial el Estado mexica-
no dio los primeros pasos no solamente hacia la separación Estado-Iglesia sino
además hacia la fundación de un Estado laico o secular. Ahora bien, las pregun-
tas obligadas son cuál es el grado de dicha separación y de qué tipo de Estado

3
Mateo 22: 15-21.
el estado laico o secular: libertad(es) religiosa(s) 425

laico o secular hablamos. Sobre estas preguntas y sus respuestas regresaremos


más adelante, pero antes es necesario incorporar un par de variables: libertad(es)
religiosa(s) y respeto o tolerancia religiosa. Parecería que un Estado confesional
o religioso tendría que garantizar tanto la(s) libertad(es) religiosa(s) de los cre-
yentes en la religión oficial como ser respetuoso o tolerante de la(s) libertad(es)
religiosa(s) de los creyentes en alguna otra religión y hasta de los no-creyentes
“agnósticos o ateos” a quienes podemos agrupar dentro de la categoría de laicos
o seculares, a pesar de las diferencias entre los diferentes términos empleados.
De guisa tal, estipulamos que los ‘agnósticos’ son partidarios de la doctrina que
declara a la divinidad como inaccesible para el entendimiento humano y como
tal son escépticos ante la posibilidad de conocer acerca de la existencia de la
divinidad o no-creyentes; y, los ‘ateos’ son partidarios de la doctrina que niega
la existencia de la divinidad misma y como tal son no-creyentes. Por su parte,
los ‘laicos’ no son eclesiásticos ni religiosos y los ‘seculares’ no están sujetos a los
votos religiosos y como tales ambos son independientes de la autoridad de los
organismos eclesiásticos o religiosos: los primeros porque lisa y llanamente son
no-creyentes y los segundos a pesar de ser creyentes. En este sentido, usamos
laicos o seculares para indicar que son independientes de la autoridad religiosa,
a pesar de ser creyentes o no-creyentes (incluidos agnósticos o ateos).
Sin embargo, un Estado laico o secular (no-confesional o no-religioso)
también tendría que garantizar tanto la(s) libertad(es) religiosa(s) de los cre-
yentes en alguna religión como ser respetuoso o tolerante de la(s) libertad(es)
religiosa(s) de creyentes y no-creyentes. Entonces cuál es la diferencia entre
uno y otro. Adelanto que para mí, en el primer caso, el Estado confesio-
nal o religioso se limita a garantizar de manera necesaria la(s) libertad(es)
religiosa(s) de los creyentes en la religión oficial “si es que se le puede llamar
‘libertad’ a eso, cuando parece más bien un ‘dogma’” y de modo contingente
la de los demás: creyentes en alguna otra religión y no-creyentes, laicos o secu-
lares, sin tener que enarbolar necesariamente el respeto o tolerancia religiosa.
En cambio, en el segundo, el Estado laico o secular no se puede contentar con
garantizar la(s) libertad(es) religiosa(s) de los creyentes sino que es necesario
que garantice además la de los no-creyentes, así como el respeto o tolerancia
religiosa la(s) libertad(es) religiosa(s) de todos, creyentes y no-creyentes.
En resumen, a partir de estas variables “teocrático y no-teocrático, con-
fesional o religioso y no-confesional o no-religioso, al que recaracterizamos
como laico o secular” tenemos una tipología básica de Estados, a partir del
criterio religioso, a la cual regresaremos más adelante:
426 imer b. flores

A. Teocráticos
B. No-teocráticos:

a) Confesional o religioso; y
b) Laico o secular (o bien, no-confesional o no-religioso).

2. Libertad(es) religiosa(s)

Sin intención de agotar el tema de la(s) libertad(es) religiosa(s), me gusta-


ría acentuar que ésta consiste principalmente en: la libertad tanto para creer
como para no-creer en una confesión o religión; y que comprende: la libertad
de conciencia “consonante a la de pensamiento” para tener o no una creencia
religiosa (una confesión o religión); y la libertad de cultos “correspondiente
a la de expresión y a la de asociación” para profesar o no una confesión o
religión, al grado de manifestar o no sus creencias, propagarlas y hasta defen-
derlas, así como de asociarse o no con otros para participar en las ceremonias
propias de la misma. De forma tal que no es posible hablar de una única
libertad religiosa sino de varias libertades religiosas. Al respecto, baste citar el
actual artículo 24 de la Constitución:

Todo hombre es libre para profesar la creencia religiosa que más le agrade y
para practicar las ceremonias, devociones o actos del culto público respectivo,
siempre que no constituyan un delito o falta penados por la ley.
El Congreso no puede dictar leyes que establezcan o prohíban religión alguna.
Los actos religiosos de culto público se celebrarán ordinariamente en los tem-
plos. Los que extraordinariamente se celebren fuera de éstos se sujetarán a la
ley reglamentaria.

Aun cuando el texto parece decir, como lo sugiere Diego Valadés, que la
libertad religiosa es sólo para los creyentes, quienes profesan una creencia
religiosa y/o practican el culto respectivo,4 en nuestra opinión, a partir de
su contexto, la interpretación correcta del espíritu de la disposición consti-
tucional en comento es que la libertad religiosa abarca tanto a los creyentes
que profesan una creencia religiosa y/o practican el culto respectivo como a

4
Diego Valadés, El Estado secular en México (Conferencia magistral, El Colegio Nacio-
nal, México, 30 de junio de 2009).
el estado laico o secular: libertad(es) religiosa(s) 427

los no-creyentes que no profesan ninguna creencia religiosa ni mucho menos


practican un culto.

3. Respeto o tolerancia religiosa

Sin interés de reducir el tema del respeto o la tolerancia a la libertad religio-


sa, me gustaría enfatizar que ello implica, y debe implicar necesariamente,
el respeto o la tolerancia a la(s) libertad(es) religiosa(s) de los demás. Por
supuesto, que bastaría con el respeto a la(s) libertad(es) religiosa(s) de unos
a otros y viceversa. Sin embargo, a falta de poder garantizar éste es necesario
consagrar al menos la tolerancia, en general, y la tolerancia religiosa, en par-
ticular, como es ya un lugar común desde que John Locke escribió hace más
de tres siglos sus Cartas sobre la tolerancia en 1689.5 Es conveniente abrir un
pequeño paréntesis para esbozar algunas de sus ideas centrales, contenidas en
la primera Carta, relevantes para este trabajo. Primero, en lo concerniente al
Estado, acentúa:6 “Considero que el Estado es una sociedad constituída para
conservar y organizar intereses civiles, como la vida, la libertad, la salud, la
protección personal, así como la posesión de cosas exteriores, como tierra, di-
nero, enseres, etcétera.” Segundo, en lo correspondiente a la iglesia, destaca:7
“Entiendo que es una asociación libre de hombres que de común acuerdo se
reúnen públicamente para venerar a Dios de una manera determinada que
ellos juzgan grata a la divinidad y provechosa para la salvación de sus almas.”
Tercero, en lo perteneciente a la tolerancia, de un lado, enfatiza:8 “[N]ingún
hombre puede atentar contra o disminuir los derechos civiles de otro por el
hecho de que éste se declare ajeno a la religión y rito de aquél. Los derechos
que le pertenecen como ciudadano deben rodearlo permanentemente, ya que
no son asunto de religión. Trátese de un cristiano o un pagano, hay que evitar
la violencia y la injusticia.” Y, del otro, exalta:9

5
Vid. John Locke, A Letter Concerning Toleration, New York, Prometheus Books,
1990. (Hay versión en español: “Carta sobre la tolerancia” en Carta sobre la tolerancia y
otros escritos, trad. Alfredo Juan Álvarez, México, Grijalbo, 1970.) (Las referencias a esta
obra las haremos con respecto a esta última versión.)
6
Ibid., p. 20.
7
Ibid., p. 23.
8
Ibid., p. 26.
9
Ibid., p. 27.
428 imer b. flores

Y lo dicho en torno a la tolerancia entre particulares debe ser extendido tam-


bién a las iglesias, las cuales son entre sí como personas particulares, y ninguna
tiene derecho sobre otra, ni en los casos en que el gobernante pertenezca a algu-
na, pues el Estado no puede dar a la iglesia ningún derecho ni ésta a aquél. Sea
que el gobernante pertenezca a una comunidad o a otra, sea que se separe de
ella, la iglesia en cuestión continuará siendo lo que era, una sociedad libre; no
adquirirá el respaldo de la espada porque el gobernante venga a ella ni perderá
el derecho a adoctrinar o excomulgar porque el gobernante se separe.

Cuarto, en lo referente al deber de tolerancia a todas las religiones por igual,


resalta:10 “[E]l gobernante debe tolerarlas ya que se trata en estas asambleas
sólo cuanto la ley permite a cada hombre en particular, o sea, la salvación del
alma. Y en esta materia no existe ninguna distinción entre la iglesia oficial y
las que difieren de ella.” Quinto, en lo tangente a la tolerancia a los disidentes,
subraya:

Al punto cesarían estas acusaciones si la tolerancia, establecida a favor de quie-


nes es debido, fuese de tal índole que toda iglesia se obligara a enseñarla y a
ponerla como piedra angular de su propia libertad. O sea, que quienes son
disidentes en materias sacaras han de ser tolerados y nadie debe ser obligado en
materia de religión por la ley o la fuerza.

Cerrado el paréntesis, solamente resta sugerir que cuando no se consigue


que el respeto o tolerancia religiosa sean una normalidad ha sido necesario, a
partir de las declaraciones tanto internacionales como regionales en materia
de derechos humanos, reformar la normatividad nacional para incluir, a la par
de la(s) libertad(es) religiosa(s), principios tales como la no discriminación
o mejor dicho la prohibición de no discriminación motivada por creencias
religiosas. Al respecto, cabe reproducir el tercer párrafo del actual artículo 1°
de la Constitución federal:11

Queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional,


el género, la edad, las discapacidades, la condición social, las condiciones de
salud, la religión, las opiniones, las preferencias, el estado civil o cualquier otra

10
Ibid., p. 36.
11
Las cursivas son nuestras.
el estado laico o secular: libertad(es) religiosa(s) 429

que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar
los derechos y libertades de las personas.

4. Tipología de Estados revisada

Al final del primer punto de esta parte, habíamos presentado una tipología
básica de Estados, a partir de algunas variables “teocrático y no-teocrático,
confesional o religioso y no-confesional o no-religioso, al que recaracteri-
zamos como laico o secular”, pero al introducir las variables tanto de la(s)
libertad(es) religiosa(s) como del respeto o tolerancia religiosa, nuestra tipo-
logía requiere de algunos ajustes.12
Por una parte, el Estado confesional o religioso debe garantizar la(s)
libertad(es) religiosa(s) de los creyentes en la religión oficial, pero puede hacer
lo mismo con la(s) de los creyentes en alguna otra religión, de los no-cre-
yentes, de los laicos o seculares, así como consagrar el respeto o la tolerancia
religiosa de todos “creyentes o no-creyentes, laicos o seculares” por igual. No
obstante, puede ser el caso en que no se ocupe ni preocupe por garantizar
la(s) libertad(es) religiosa(s) de los creyentes en alguna otra religión, de los
no-creyentes y de los laicos o seculares, ni mucho menos muestre respeto o
tolerancia religiosa hacia cualquiera de éstos.
Por otra parte, el Estado laico o secular debe garantizar por igual la(s)
libertad(es) religiosa(s) de los creyentes en cualquier religión, de los no-cre-
yentes y de los laicos o seculares, así como consagrar el respeto o la tolerancia
religiosa de todos: creyentes, no-creyentes, laicos o seculares. Sin embargo,
puede ser el caso que no se ocupe ni se preocupe por garantizar la(s) libertad(es)
religiosa(s) de los creyentes en cualquier religión, de los no-creyentes o de los
laicos o seculares, ni mucho menos muestre respeto o tolerancia religiosa ha-
cia cualquiera de éstos.
Por supuesto que el Estado confesional o religioso y el laico o secular pue-
den garantizar la(s) libertad(es) religiosa(s), así como el respeto o tolerancia
religiosa, de todos por igual, creyentes y no-creyentes, pero lo que en realidad
los define es el respeto o tolerancia a los demás, a los diferentes, a los otros.

12
Vid. Ronald Dworkin, “Religion and Dignity” en Is Democracy Possible Here? Prin-
ciples for a New Political Debate, Princeton, Princeton University Press, pp. 52-89. (Hay
versión en español: “Religión y dignidad” en ¿Es posible la democracia? Principios para un
nuevo debate político, Barcelona, Paidós, 2008, pp. 73-117).
430 imer b. flores

En el caso del Estado confesional o religioso el respeto o tolerancia a los no-


creyentes en la religión oficial, es decir los laicos o seculares, y en el Estado
laico o secular el respeto o tolerancia a los creyentes, esto es los religiosos.
Tan malo es un Estado confesional o religioso que no respeta ni tolera a los
laicos o seculares como un Estado laico o secular que no respeta ni tolera a
los religiosos.13
Con base en lo anterior, nuestra tipología de Estados, a partir del criterio
religioso, ya revisada, quedaría:

A. Teocráticos; y
B. No-teocráticos:

a) Confesional o religioso:
i. Respetuoso o tolerante; y
ii. No-respetuoso o no-tolerante; y

b) Laico o secular (o bien, no-confesional o no-religioso):


i. Respetuoso o tolerante; y
ii. No-respetuoso o no-tolerante.

13
Al respecto, me permito introducir una aparente digresión para ilustrar mi pre-
ocupación. Resulta que en el seno del Consejo Universitario, en sesiones tanto previas
como de pleno, al atender el punto de “Asuntos generales”, en el orden del día, alguien
ha manifestado cierta inquietud sobre el asentamiento de “nichos” religiosos en el campus
de Ciudad Universitaria y hasta ha sugerido que como son “ilegales”, al contravenir, en su
opinión, la legislación universitaria, habrían de ser removidos. En mi opinión, cierto es
que a partir de lo dispuesto por la Constitución federal, en sus artículos 3° (la educación
pública será laica), y 130 (el principio histórico de la separación Iglesia-Estado), resulta
que la unam es una institución pública y, en consecuencia, laica, que como tal no puede
auspiciar (sobre todo con recursos públicos) dichos asentamientos. Así mismo, claro está
que la legislación universitaria consagra los principios tanto de laicidad como de sepa-
ración Iglesia-Estado, pero de ahí no se sigue que esté(n) prohibida(s) la(s) libertad(es)
religiosa(s). Por el contrario, considero que dichos asentamientos son “irregulares” y que
habría que proceder a regularizarlos mediante la reglamentación correspondiente, pues
tan malo es no respetar ni tolerar a los laicos o seculares en un Estado confesional o reli-
gioso como a los religiosos en un Estado laico o secular.
el estado laico o secular: libertad(es) religiosa(s) 431

III. IMPLICACIONES DE LAS LEYES DE REFORMA

Hasta aquí, claro está que el Estado mexicano ha optado por constituirse en
un Estado laico o secular que respeta y tolera a los religiosos pero también a
los no-religiosos. En primera instancia, sin desconocer el antecedente remoto
de la “primera” reforma de Valentín Gómez Farías,14 de 1833, cuyo artífice
fue Andrés Quintana Roo, aparece en este proceso de secularización una
primera generación de las Leyes de Reforma, mismas que fueron incorporadas
en mayor o menor medida a los artículos 3°, 5°, 7°, 13, 27, y 123 de la Cons-
titución de 1857, promulgada el 5 de febrero de 1857, a saber:

1) Ley de administración de justicia y orgánica de los tribunales de la Nación, del


Distrito y territorios o Ley Juárez (23 de noviembre de 1855);
2) Ley de desamortización de bienes raíces civiles y eclesiásticos o Ley Lerdo (25
de junio de 1856); y
3) Ley sobre obvenciones religiosas o Ley Iglesias (11 de abril de 1857).

En segundo lugar, florece una segunda generación, más radical o menos


moderada, de Leyes de Reforma a la sazón:

1) Ley de nacionalización de los bienes eclesiásticos (y de separación de la Iglesia y


el Estado) (12 de julio de 1859);
2) Ley del matrimonio civil (promulgada el 2 de julio de 1859 y publicada
hasta el 23 de julio de 1859);15
3) Ley Orgánica del Registro Civil (y Ley sobre el estado civil de las personas) (28
de julio de 1859);16
4) Decreto para la secularización de los cementerios (31 de julio de 1859);

14
Vid. Rubén Ruiz Guerra, “Las paradojas de la primera reforma (15 de abril, en re-
cuerdo del 147 aniversario de la muerte de Andrés Quintana Roo)” en Patricia Galeana
(comp.), Relaciones Estado-Iglesia. Encuentros y desencuentros, México, Secretaría de Go-
bernación, 2001, pp. 57-66.
15
Vid. Adriana Y. Flores Carrillo Castillo, “Ley del Matrimonio Civil (23 de julio de
1859)”, en Patricia Galeana (coord.), Secularización del Estado y la Sociedad, México, Siglo
XXI y Senado de la República, 2010, pp. 213-227.
16
Vid. Jorge Fernández Ruiz, “La Ley del Registro Civil”, en Loc. cit., supra nota 15,
pp. 229-253
432 imer b. flores

5) Decreto sobre días festivos y prohibición de asistencia oficial a la Iglesia (11 de


agosto de 1859);17
6) Ley de Libertad de cultos religiosos (4 de diciembre de 1860);18
7) Decreto sobre la secularización de los hospitales (y establecimientos de benefi-
cencia) (2 de febrero de 1861);19 y
8) Decreto de extinción de las comunidades de religiosas (26 de febrero de 1863).

En tercer término, procede y prospera la constitucionalización de la segun-


da generación de Leyes de Reforma, en 1873, cuando durante la presidencia
constitucional de Sebastián Lerdo de Tejada, éste decide que no es posible
ceder a una visión pragmática y hacerse de la vista gorda, antes los avances
y embates de la iglesia católica, en una especie de laissez faire, laissez passer
(i.e. dejar hacer, dejar pasar), tal y como lo sugiere Antonia Pi-Suñer. Así,
en palabras de la historiadora: “Vemos pues cómo el presidente Juárez, que
buscaba la conciliación de la sociedad, toleraba la desobediencia de las Leyes
de Reforma”.20 En cambio, atribuye a Lerdo de Tejada el estar “convencido de
que el primer requisito para que funcionara un gobierno era que se acataran
las leyes “no en balde tenía una sólida formación y convicción de jurista”.
Vemos pues que, para él, la cuestión de la obediencia a las leyes era una cues-
tión de ética”.21 Por ende, no es para extrañar que Lerdo de Tejada al asumir
la presidencia, tras la súbita muerte de Benito Juárez, en su discurso de toma
de poder el 27 de julio de 1872, afirmara:22

Considero como un especial deber velar por la fiel observancia de las Leyes de
Reforma, que han afirmado y perfeccionado nuestras instituciones. Expedidas

17
Vid. Imer B. Flores, “El Estado laico o secular, la(s) libertad(es) religiosa(s) y el res-
peto o tolerancia religiosa: A propósito del Decreto sobre días festivos y prohibición de asis-
tencia oficial a la Iglesia (11 de agosto de 1859)”, en Loc. cit., supra nota 15, pp. 279-300.
18
Vid. Juan Vega Gómez, “Ley sobre Libertad de Cultos”, en Loc. cit., supra nota 15,
pp. 269-278.
19
Vid. Elsa Malvido, “Los hospitales de México en el siglo xix en el marco de la se-
cularización. De la caridad a la salud pública”, en Loc. cit., supra nota 15, pp. 255-267.
20
Antonia Pi-Suñer, “Sebastián Lerdo de Tejada y su política hacia la iglesia católica”
en Loc. cit., supra nota 14, p. 129.
21
Ibid., pp. 130-131. Vid. Imer B. Flores, “Sebastián Lerdo de Tejada (1823-1889):
Un liberal «socrático»” (manuscrito sin publicar).
22
Citado por Antonia Pi-Suñer, supra nota 20, pp. 131-132.
el estado laico o secular: libertad(es) religiosa(s) 433

aquellas leyes para extirpar vicios capitales de la antigua organización de nues-


tra sociedad, abriéndole las puertas de un porvenir venturoso, han sido en su
aplicación y desarrollo, el remedio de los males más complicados, y la entrada
victoriosa al seno de la verdadera civilización. Sobre la obligación que me in-
cumbe de guardar y hacer guardar las Leyes de Reforma, aumentaré mi celo
para que por nadie sean infringidas, la convicción de que aquellas constituyen
las bases más sólidas de nuestra organización política y social.

Si bien en su discurso inaugural como presidente constitucional, pronun-


ciado el 1° de diciembre de ese mismo año, ya no se refirió expresamente a
las Leyes de Reforma, no dejó de insistir en la importancia de cumplir las leyes
y de manifestar su interés en unir a todos los mexicanos “bajo la égida de la
ley”.23
Por lo mismo, no es para sorprender que con el Decreto de reforma a la
Constitución de 1857, del 25 de septiembre de 1873, se procediera a la cons-
titucionalización de las Leyes de Reforma, al incorporar cinco puntos relativos
a la separación Estado-Iglesia:24

1. El Estado y la Iglesia son independientes entre sí. El congreso no puede dictar


leyes, estableciendo ó prohibiendo religión alguna.
2. El matrimonio es un contrato civil. Este y los demás actos del estado civil de
las personas, son de la exclusiva competencia de los funcionarios y autoridades
del orden civil, en los términos prevenidos por las leyes, y tendrán la fuerza y
validez que las mismas les atribuyan.
3. Ninguna institución religiosa puede adquirir bienes raíces ni capitales im-
puestos sobre éstos, con la sola excepción establecida en el artículo 27 de la
Constitución.
4. La simple promesa de decir verdad y de cumplir las obligaciones que se con-
traen, sustituirá al juramento religioso con sus efectos y penas.
5. Nadie puede ser obligado á prestar trabajos personales sin la justa retribución
y sin su pleno consentimiento. El Estado no puede permitir que se lleve á efecto

23
Ibid., p. 132.
24
Vid. Imer B. Flores, “La Constitución de 1857 y sus reformas: A 150 años de su pro-
mulgación” en Diego Valadés y Miguel Carbonell (eds.), El proceso constituyente mexicano.
A 150 años de la Constitución de 1857 y a 90 años de la Constitución de 1917, México,
Instituto de Investigaciones Jurídicas, 2007, pp. 296-297.
434 imer b. flores

ningún contrato, pacto ó convenio que tenga por objeto el menoscabo, la pér-
dida ó el irrevocable sacrificio de la libertad del hombre, ya sea por causa de
trabajo, de educación ó de voto religioso. La ley en consecuencia no reconoce
Ordenes monásticas, ni puede permitir su establecimiento, cualquiera que sea
la denominación ú objeto con que pretendan erigirse. Tampoco puede admitir
convenio en que el hombre pacte su proscripción ó destierro.

Es oportuno destacar que este último punto fue el único que se incluyó en
el artículo 5° de la Constitución. Por lo que podemos afirmar que no es que
se hayan incorporado como tal las Leyes de Reforma a la Constitución sino que
los principios fueron elevados a rango constitucional, como una especie de
Leyes Constitucionales, a partir de un Decreto de reforma a la Constitución
de 1857.25 Sin embargo, lo relevante del caso es que Lerdo de Tejada emitió
el 27 de septiembre de 1873 un nuevo Decreto para acabar con la simulación
imperante por el cual “todos los funcionarios y empleados de la República,
de cualquier orden y categoría que sean, protestarán sin reserva alguna, los
primeros guardar y hacer guardar y los segundos solamente guardar dichas
reformas y adiciones; sin cuyo requisito no podrán continuar en el ejercicio
de sus respectivos cargos o empleos”.26

I V. T E N S I O N E S D E L E S TA D O L A I C O O S E C U L A R
EN LOS UMBRALES DEL SIGLO XXI

Desde aquel entonces hasta las fechas recientes las relaciones Estado-Iglesia
han sido caracterizadas por sus tensiones, de forma por demás afortunada,
como lo sugiere el subtítulo de un libro, como “encuentros y desencuentros”,27
entre éstos destaca la guerra de los cristeros y entre aquéllos sobresale la refor-
ma constitucional, publicada en el Diario Oficial de la Federación del 28 de
enero de 1992. Dicha reforma no sólo vino a regularizar las relaciones entre el
Estado mexicano y las diferentes iglesias sino también a reglamentar diferen-

25
Estoy agradecido con Rubén Ruiz Guerra por una pregunta que me formuló y que
me hizo repensar cuál era la mejor forma de frasear la respuesta respecto a la constitucio-
nalización de las Leyes de Reforma.
26
Citado por Antonia Pi-Suñer, supra nota 20, p. 133.
27
Vid. Patricia Galeana (comp.), Relaciones Estado-Iglesia. Encuentros y desencuentros,
supra nota 14, pp. 7-11.
el estado laico o secular: libertad(es) religiosa(s) 435

tes situaciones, a partir de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público,


en vigor a partir del 16 de julio de 1992, un día después de ser publicada.
Para efecto de reiterar la vigencia del principio histórico de la separación
Estado-Iglesia, me permito recordar el artículo 1° de la misma:

La presente Ley, fundada en el principio histórico de la separación del Estado y


las iglesias, así como en la Libertad de creencias religiosas, es reglamentaria de
las disposiciones de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos
en materia de asociaciones, agrupaciones religiosas, iglesias y culto público. Sus
normas son de orden público y de observancia general en el territorio nacional.
Las convicciones religiosas no eximen en ningún caso del cumplimiento de las
leyes del país. Nadie podrá alegar motivos religiosos para evadir las responsabi-
lidades y obligaciones prescritas en las leyes.

No obstante, a pesar de una serie de encuentros a partir de la reforma,


también es cierto que los desencuentros entre el Estado mexicano y la(s)
iglesia(s) están presentes por doquier y en especial en los últimos años, sobre
todo desde la asunción a la titularidad del gobierno federal de un partido de
derecha, con una ideología muy afín a la de la iglesia católica. Con lo cual
algunos sucesos que parecerían ser meramente anecdóticos se presentan como
verdaderamente problemáticos al poner en riesgo el proceso tanto de laicidad
como de secularización del Estado y de la sociedad mexicana.
Para ilustrar el punto baste recordar algunos ejemplos: desde el hecho en
apariencia insignificante de que al presidente “un “ferviente” católico” en uno
de los actos “no oficiales” pero si públicos en el día de su toma de posesión
le regalaran un crucifijo hasta el de gran trascendencia de que ese mismo
presidente como jefe del Estado mexicano en una visita oficial del papa como
jefe del Estado vaticano le besara a éste el anillo papal. Cierto es que ese pre-
sidente, al igual que todos y cada uno de los mexicanos, tiene derecho a la(s)
libertad(es) religiosa(s) y que como tal a que le regalen una cruz o bien a besar
el anillo del papa, pero no en actos públicos ni mucho menos oficiales en los
cuales tiene y representa la investidura presidencial.
De igual forma, durante esa misma presidencia, al aprobarse la reforma
legislativa en el Distrito Federal que permitió la interrupción anticipada del
embarazo en las primeras doce semanas, y como tal la despenalizó como tipo
de aborto, además de las amenazas de excomulgación y de excomunión por
parte de la iglesia católica, el entonces secretario de gobernación “otro “fer-
436 imer b. flores

viente” católico” promovió que quienes estuvieran en desacuerdo no tendrían


porque cumplir con la ley y que bastaba con formular su “objeción de con-
ciencia”. Claro está que lo anterior es muy grave no sólo por los “chanta-
jes” sino también porque dentro de las dependencias de la administración
pública federal, le corresponde, precisamente al titular de la Secretaría de
Gobernación, con fundamento en el artículo 27 de la Ley Orgánica de la
Administración Pública Federal: “vigilar el cumplimiento de los preceptos
constitucionales por parte de las autoridades del país” (fracción XIII); y “vigi-
lar el cumplimiento de las disposiciones constitucionales y legales en materia
de culto público, iglesias, agrupaciones y asociaciones religiosas” (fracción
XVIII). Ello es especialmente grave si tomamos en consideración que el ya
citado artículo 1° de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, es-
tablece en su primer párrafo que dicha Ley está “fundada en el principio
histórico de la separación del Estado y las iglesias” consagrado en el artículo
130 de la Constitución federal; y, en el segundo estipula: “Las conviccio-
nes religiosas no eximen en ningún caso del cumplimiento de las leyes del
país. Nadie podrá alegar motivos religiosos para evadir las responsabilidades
y obligaciones prescritas en las leyes.” De lo anterior se desprende que no es
procedente formular una objeción de conciencia y que el secretario de gober-
nación en funciones es el menos indicado para abogar por ella. Insisto: ello
no quiere decir que esta persona como cualquier otra no tenga derecho a su(s)
libertad(es) religiosa(s) ni mucho menos a manifestarlas libremente, pero no
puede promover en público algo contrario a los deberes y obligaciones que le
corresponden como funcionario u oficial.
De igual forma, en los últimos años, después de la decisión de la Suprema
Corte de Justicia de la Nación, de 2008, en la cual al resolver las acciones de
inconstitucionalidad promovidas por los titulares de la Procuraduría General
de la República como por la Comisión Nacional de Derechos Humanos, con
una mayoría de ocho de los once ministros, declaró constitucional la decisión
de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal en el sentido de despenalizar
la interrupción anticipada de un embarazo siempre y cuando se realice en las
primeras doce semanas. No obstante, en lugar de seguir el ejemplo del Dis-
trito Federal, más de una decena de Estados, por conducto de sus legislaturas
estatales, han aprobado reformas, en mayor o menor medida auspiciadas por
la iglesia católica, para penalizar todos los supuestos de aborto, incluidos la
interrupción anticipada y todos los que antes habían sido considerados como
excepciones. Sin olvidar que aun en casos en los cuales procedía el aborto por
el estado laico o secular: libertad(es) religiosa(s) 437

tratarse de una violación algunas autoridades se negaron a ordenar el mismo


y otras se hicieron de la vista gorda. Aunado a lo anterior, en fechas recientes
hemos tenido conocimiento de algunas declaraciones poco afortunadas, como
la del actual titular de la presidencia de la República, quien en su discurso con
motivo del Día Internacional de la Lucha contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito
de Drogas,28 y varias decisiones poco agraciadas, en todos los niveles de gobierno
y de los diferentes poderes públicos, como la de un gobernador de dar un dona-
tivo con recursos públicos a la Fundación Pro Construcción del Santuario de los
Mártires, so pretexto de fomentar el turismo religioso, entre muchísimas más.
Todas las tensiones anteriores evidencían que el Estado laico o secular,
respetuoso y tolerante de la(s) libertad(es) religiosa(s) de todos, tanto de los
creyentes como de los no-creyentes, está en peligro y que en lugar de renun-
ciar a él es necesario dar pasos hacia adelante en el proceso de consolidación
de la laicidad y consumación de la secularización tanto del Estado como de
la sociedad mexicana. Sin embargo, cabe insistir que no se trata de caer en el
otro extremo: tan grave es promover alguna religión como perseguir a cual-
quiera por creer o no creer.

V. C O N C LU S I Ó N

Antes de concluir me gustaría insistir en la doble necesidad no sólo de cum-


plir las Leyes de Reforma sino también de ratificar —y hasta refrendar— el
contenido de las mismas y de los principios que dan sustento a un verdadero
Estado laico o secular, respetuoso y tolerante de la(s) libertad(es) religiosa(s)
de todos, tanto de los creyentes como de los no-creyentes.29 En este orden de

28
Vid. Felipe Calderón Hinojosa, Día internacional de la lucha contra el uso indebido y
el tráfico ilícito de drogas (Discurso, México, 26 de junio de 2009): “Y, al mismo tiempo,
actuar y actuar intensa e incansablemente para [...] que nuestros jóvenes, que les ha toca-
do vivir una época en que hay cada vez menos razones sólidas de creer […] Una juventud
que por sus condiciones sociales, familiares, educativas, por falta de oportunidades, tienen
pocos asideros trascendentes, que tienen poco que creer, que no creen en la familia, que
no tuvieron; que no creen en la economía o en la escuela, que no creen en Dios, porque
no lo conocen. Que no creen en la sociedad, ni quien la representa. Esta falta de asideros
trascendentales hace, precisamente, un caldo de cultivo para quienes usan y abusan de este
vacío espiritual y existencial de nuestro tiempo.
29
Vid. Pedro Salazar, “Notas sobre el Estado laico”, en Loc. cit., supra nota 15, pp.
333-344.
438 imer b. flores

ideas, aun cuando la laicidad del Estado mexicano está consagrada por todas
partes dentro de nuestra Constitución. Verbi gratia, en los artículos 1° (la pro-
hibición de la discriminación motivada por la religión); 3° (la educación que
imparta el Estado será laica); 24 (la libertad para profesar la creencia religiosa
y para practicar las ceremonias, devociones o actos del culto respectivo); y
130 (el principio histórico de la separación del Estado y la(s) iglesia(s)). Con
la idea de refrendar la laicidad y la secularización del Estado mexicano, me
sumo a la iniciativa de Diego Valadés en el sentido de adicionar el numeral
40 de nuestra Constitución federal para integrar un elemento constitutivo
de nuestra República que si bien está implícito habría que hacer explícito:
su naturaleza laica.30 De tal suerte, el texto constitucional podría quedar de
la siguiente forma: Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una Re-
pública representativa, democrática, federal y laica, compuesta por Estados
libres y soberanos en todo lo concerniente a su régimen interior; pero unidos
en una Federación establecida según los principios de esta ley fundamental.

30
Vid. Diego Valadés, “Reflexiones sobre el Estado Secular en México y en derecho
comparado”, en Loc. cit., supra nota 15, p. 360.

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