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Luis Fernández Roces: Vida y Obra

Nacido en Siero, Asturias, 1935 y muerto en 2023, fue un novelista y narrador y -tardíamente, poeta- de formación literaria básicamente autodidacta, pero que ha sido incluído en diversas antologías del cuento contemporáneo español -destacadamente las editadas por Francisco García Pavón y por Medardo Fraile.
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Luis Fernández Roces: Vida y Obra

Nacido en Siero, Asturias, 1935 y muerto en 2023, fue un novelista y narrador y -tardíamente, poeta- de formación literaria básicamente autodidacta, pero que ha sido incluído en diversas antologías del cuento contemporáneo español -destacadamente las editadas por Francisco García Pavón y por Medardo Fraile.
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LUIS FERNÁNDEZ ROCES (Pumarabule, Siero, Asturias, 26 de Mayo de 1935 - Gijón, 25 de Agosto de

2023) fue un novelista y narrador y -tardíamente, poeta- de formación literaria básicamente autodidacta,
pero que además de haber sido incluído en diversas antologías del cuento contemporáneo español -des-
tacadamente las editadas por Francisco García Pavón y por Medardo Fraile- y haber recibido práctica -
mente la decena de premios literarios del Principado -sin que le faltara el importante Premio La Felguera
de Cuento-, obtuvo, entre los de ámbito nacional: el Ciudad de Villajoyosa (1969) por El viejo Mateo, el
premio de cuento Hucha de Oro de las Cajas de Ahorros (1969) por La sonrisa que te llegaba, el Premio
Ateneo de Valladolid de Novela corta (1969) por Ven y Arrójate al mar, el de cuentos Ignacio Aldecoa
(1974) por Una voz callada en el silencio, el Premio Novelas y Cuentos (1977) por El buscador, el de la
Caja de Ahorros de León (1979) por A gatas por debajo de la mesa, el Premio Asturias de Novela (1981)
por La Borrachera, el Premio Alfonso García Ramos de Novela del Cabildo Insular de Tenerife (1988) por
El paraje escondido, acabando con el reconocimiento a su entera trayectoria con el Premio de las Letras
de Asturias en el 2008.
Hijo de familia minera, estuvo casado y tuvo dos hijas. Su afición a escribir ya se reveló a los 9 años, en -
viando escritos al periódico al estilo de Cartas al Director, y posteriormente crónicas futbolísticas para el
periódico La Nueva España. Con el tiempo llegaría a tener una pequeña sección dedicada a las quinielas
en el periódico La Voz de Asturias: gran aficionado a las matemáticas, combinaba su afición hacia ellas y
su pasión por el fútbol realizando combinaciones para las quinielas. En su infancia y adolescencia su pa -
sión por la literatura se tradujo en las visitas a la biblioteca de Carbayín, pues eran pocos los libros de la
colección familiar –de éstos el autor recordaría siempre con cariño la novela Un capitán de quince años
de Jules Verne-. Las apreturas económicas familiares le determinaron a estudiar para Practicante: en
1955 se trasladó a Gijón para trabajar en La Cruz Roja primero y luego ejercer su oficio sanitario en la
fábrica de Ensidesa en Veriña (actual ArcelorMittal Asturias): afincado desde entonces en Gijón, esa
ciudad sería el marco de sus novelas El buscador y La borrachera.
Una vocación arraigada y constante de Fernández Roces, cultivada empero secretamente durante déca-
das, aunque se vislumbra en el lirismo de su prosa narrativa, refulgiendo sobre todo entremedias de ese
estilo entrecortado muy cercano al denominado “flujo de consciencia” que caracteriza sus cuentos, fue
el cultivo de la poesía, que tardó en sacarlo a la luz: fue con la publicación del poemario Viejos minerales
(2006), al que siguieron Letras de cambio (2009), Salas de espera (2011) y Camino de las Cárceles (2014).
En “Un lugar muy lejos del mundo y otros cuentos” (2018), la selección antológicas de 12 de sus relatos
con la que se pretende hacer llegar al gran público a un aclamado cultivador del relato breve, novelista y
poeta injustamente “olvidado” en “provincias”. En estos cuentos, el veterano escritor asturiano de larga
trayectoria eleva a la categoría de símbolo una realidad bien palpable para cualquiera que frecuente
mínimamente nuestra geografía rural: una vieja estación de tren que ha quedado obsoleta y abandona-
da; una comarca donde no llueve y la gente se ha marchado; una isla devastada por la guerra; un paisaje
desértico e inabarcable, testigo hostil de una búsqueda agónica y sin fruto… Muchos de los escenarios
evocados en los relatos que conforman esta selección podrían representar a la perfección esa España
vacía de la que ahora se habla tanto en los medios, que ha inspirado algunas de las mejores páginas de
nuestra literatura y que, por descontado, no es fenómeno reciente en un país que ya en el siglo XVIII fue
diagnosticado como el «esqueleto de un gigante. Aunque los textos reunidos en guardan una coherencia
y afinidad notables entre sí, es posible distinguir en el libro dos tipos de relato bien diferenciados: un
primer grupo, el más numeroso, lo formarían los primeros cuentos, dramáticos y muy emotivos. El vacío
al que hemos aludido actúa en ellos como metáfora de una pérdida irreparable, de un daño moral sin
solución aparente en estos relatos llenos de sentimiento e imaginación, que tocan muy de cerca al lec -
tor; los restantes cuentos, por el contrario, nos ofrecen perspectivas más cáusticas y jocosas: no faltan
en ellos ni el humor negro ni unas pinceladas de ciencia-ficción. Muchos de los relatos tienen como pro -
tagonista a uno o varios personajes derrotados, o cuando menos, inmersos en un trance adverso: ellos
son los verdaderos héroes de esos espacios vacíos tan convincentemente retratados por Luis Fernández
Roces, de esas estrambóticas situaciones a las que el autor los somete con afilada ironía.
1
POESÍA (p.2). RELATOS: Este pájaro desalado (p.12), La rebelión de los perros (p.15) y La
viuda en el cementerio (p.19).

POESÍA

De Viejos minerales (2006):

Guardan profundos los mares y la tierra sus misterios.


Así, las criaturas humanas guardan la soledad.
R. M. RILKE

BAJO EL PESO DEL MUNDO

El minero

Es como si empezara así mi vida en el espejo de charco y azabache


bajo el peso del mundo, mientras el tiempo sube las paredes
pues en esta oquedad, todos los límites como un insecto miserable y solo.
se confunden, hasta ser muerte y vida, Habla mi corazón y se pregunta
una misma nada que se desmiente si seré un montañero así extraviado
goteando desde un techo de piedra entre árboles de la tan honda tierra
negrísima que mil troncos en alto al tomar el sendero
centenarios sostienen con esfuerzo, por donde entró la noche agazapada
cuando tiembla ese rescoldo amarillo como un espeso vino en estos bosques,
de la lámpara y no me reconozco en este laberinto poderoso y sin nadie.

La mina

Ni siquiera se acuerdan los milenios creciéndome en las lomas.


ya de mi pasado, cuando los árboles Ahora siento mi cuerpo como ruina
agitaban sus brazos en las tristes cavernas expoliadas
y yo los amaba porque eran hijos donde se esconde mineral el bosque.
amamantados míos a mis pechos,

El minero

Esta trampa anochecida es el mundo que tiembla como las mínimas alas
que sólo a mí me tiene. de los jilgueros leves que morían
Toda la vida que nos queda está de grisú silenciosos.
en la luz amarilla de la lámpara

2
La mina

Porque sé que el sol permanece vivo sobre el pozo tan largo noche arriba,
como una claraboya luminaria también sé que no puedo ser el mundo.

El minero

Oigo sólo rumores de oleaje


y en los ecos esa sombra del náufrago
que soy en este mar.

La mina

Pienso gaviotas blancas, pero anidan Y son mis escolleras combustibles


en estos ojos míos los murciélagos. como nubes de sílice mi espuma.

El minero

¿O estoy en la ciudad de cada día,


en mis calles de siempre?

La mina

Estaba jubilosa por soñarme la sombra conmovida se arrastraba


como el amor se sueña. Limitada como triste cadáver deshumano
por aire, era ciudad camino de la piedra
a lo largo del sol en mis fachadas. muda y final que ofrezco cada día
Pero espié las calles y tan solo a las armas del hombre.

El minero

Silenciosa me invades. como diosa enlutada y vengativa


Siembras en mí tu noche y me retienes en el hondo secreto de los montes.

La mina

Profanasteis la tumba tras la siembra de pólvora y de fuego.


de los ancianos árboles dormidos. Por eso ahora conozco
Metisteis vuestras manos en la herida toda la soledad sin esperanza
vacía hasta mi sangre y necesito vuestra compañía.

3
El minero

Me he dormido en tus brazos, Quiero beber de ese rumor sencillo


en el misterio de la soledad que te desnuda el vientre que me ofreces.
aterida, contra tu cuerpo negro.

La mina

El silencio nos canta. Y descubrimos,


cuando tiembla la luz desde la lámpara,
nuestro lecho insalvable.

El agua

Pasó por las paredes de la mina todas las horas son la medianoche.
mi rumor manantial Y me acerqué al minero gota a gota
hasta este sitio donde a besarle los labios y en la sed.

El sol

Todo aquí arriba espera.

El agua

Están solos, rodeados de nada, hecha elemento nuevo;


ahí donde la soledad persiste donde ni siquiera la misma noche
con la tierra y el fuego y sin el aire, puede reconocerse.

LA SOLEDAD DEL NÁUFRAGO

Presente en ti la ausencia; tantos restos de todo


perdidos en el agua,
tantos gritos y miedos, tantas manos buscando
sin saber qué buscaban, buscándose las manos
para buscar la vida,
cuando se vino abajo media tarde,
y una herida en el agua llevó al fondo la formas,
armazones quebrados. Y el corazón del mar,
uncido al maderamen, gritó al aire el castigo.
Hundida ya la ruina sólo quedan
los signos de la ruina.
Sobrevive la muerte sobre el agua,
4
la visión espectral de arboladuras,
la ceniza entre el humo, sólo rutas
imposibles, hostiles, inundadas de mares,
poderosa la voz del oleaje,
y poderoso el miedo, la orfandad de los gritos.

Es un mundo contigo ahora aquel momento,


y el instante y naufragio como abismo te duelen,
algo se ha trastocado en el destino;
nada en ti permanece, sino la soledad
que en tu mirar habita, ceniza de la nada,
y en ti mismo te escondes
como un niño con miedo entre la lluvia,
recién mojada el agua que pierde su pureza,
de par en par abierto en ella un cielo
de tormenta y distancias.

Entre azotes salados, quemaduras de soles


y ecos desconocidos que a golpes te persiguen,
aciertas a saber que el corazón se rompe
de inclemencias y miedos, de borrascas,
en esta lucha cruel, que la ida mantiene
con la muerte en el campo del agua.
Igual que si el asombro te llegara de afuera,
descubres el silencio y en él la desmemoria.
Y descubres un cuerpo que te tiembla sin nadie.
No sabes lo que miras aunque pienses
que son tuyos los pájaros del aire,
pero siempre remotos,
y les hablas, les dices lo que es la soledad,
lo que sabes del miedo, pues se muere el alma.
Algo invisible sientes que te toca,
secretamente quema, te preguntas
por qué no tiene flores
este mar que te lleva en sus aromas,
esa llama que palpas
y que sueñas y que muere tan lejos.

5
Y de pronto hay un muro
de luz y aguas marinas. Aunque extiendes las manos
no consigues tocarlo. Sueñas con sombras y agua
igual que si la sed toda del mundo
desembocara en ti.
No dejan los recuerdos de ser sombra,
y estos llanos de siglos y de espumas,
de oleaje sin fin, como si fuera el tiempo,
te parecen un río cuesta arriba
cuyo rumor te inunda la memoria.
Eres todo una herida que sangrara salitres,
se hace voz tu silencio y con ella habla el mundo
en esta noche a solas.

Está pálido el día cuando de nuevo crece.


Ya conoces el nombre del silencio,
de todo lo invisible. Y sabes de la pena,
perfecta si acabada: se llama ya la paz.
Como sabes que el tiempo fue mentira
pues que nuestro vivir está en nosotros,
es el mundo en sí mismo.
Ves y ves el silencio, la paz, ese vivir.
Ahora ya no tiemblas, porque tiembla el espacio,
ya no sientes muy suave el aliento del mundo
porque el mundo es tu aliento.
Cuando lo sabes todo, no conoces tu nombre,
todo es innominable, participas
de algún secreto rito. Es tu aliento el espacio,
lo que tiembla, la quietud de siempre.

Un perfume de tablas tu refugio,


el aire que no es y que te acoge,
un espacio desnudo, la distancia
como una aparición.
Abrazas esas cosas pues quizá esté al llegar
esa noche total entre las noches,
la noche que está a solas aunque tú estés con ella.
Y mientras tanto tú, criatura sin nadie,
con el hielo y la brasa, y desbastado el cuerpo,
sueñas barcos de humo en el fondo invisibles,
y descubres que todo
6
regresa en su final a la inocencia.
En lucha con las muertes, ella sola una vida.
No te importa saber que hay alguna de aquellas
que se acerca despacio,
pues que en esta te sabes tú fundido:
conservará tu imagen con sus dones.

Y así en ese rumor te lleva el oleaje,


igual que caminando hacia un santuario
con el póstumo signo.
Y te deja en la arena con amor,
te vista con su espuma de minerales,
se retira. Ya no puedes saberlo,
más también con amor, tú mismo mineral,
esperas, permaneces.

NOCHE A LA DERIVA

Un cielo a ras de nada, cielo raso


de carbón y costeros
que tus manos sujetan contra el mundo
trenzando la madera y tus fatigas,
levantando paredes inclinadas
con el nombre de hastiales
y excavando la sombra

Hay un peligro que palpita y crece


en las celdas de sílice y ocaso
por donde vas doblado;
en todas las esquinas que se cierran
alrededor de ti.
Con ese tronco a cuestas como cruz
ers un dios metido a peregrino,
cosechando su vida tan escasa
de noche a la deriva.

Cansados de latir, los corazones


caminan a la nada de ese aliento
que tu sientes en ti vivir al día.
¿Qué oscuridad florece, qué dolor,
qué brevísimo aire ennegrecido
7
sólo a la misma muerte comparable
encerrado y tan mísero te gana?
Pero tú, contra todo,
colocas la mamposta
y el mundo se sostiene todavía.

Has ganado el jornal, aliento arriba.


Respirar es tu lucha. Y sabes bien
que desde ayer a hoy pasaron años.
Que te has ido de ti ya un poco más.

De poemarios mayormente inidentificados:

De Salas de espera (2011)

Hoy como ayer regresas al dolor


y tomas cuerpo en él.
Deja entreabierta el alma, sus puertas, por si llega
mañana la esperanza y quiere entrar.

***

Listas para sentencia las cuestiones


quiero hacer ya constar mis voluntades
y espero que se cumplan sanamente.
Resulta mi bagaje tan escaso,
tan pequeña la herencia que no cabe
en todas las palabras, sino en las nunca dichas.

EL CASTIGO MAYOR

El mundo terrenal y un hombre solo. Las campanas del mundo habrán callado.
Es el último vivo, mañana último muerto. Doblará el mundo mismo —el mundo entero,
Sufrirá mientras tanto, ya extenuado, amortajado el mundo— a muerte entonces.
el castigo mayor:
saber que se hallará mañana mismo, ¿Y si eso
agonizante, (en silencio las palabras todas,
sin nadie que lo ayude a bien morir; sin palabras el mundo y sus mentiras,
y saberse insepulto para siempre, la vida ya en su fin sin transeúntes,
calcinada su sombra contra la vieja tierra, cargada de homicidios) está ocurriendo aho-
y todo ya sin alma, desmemoria, ra,
lejos, tan lejos todo. y misteriosamente es todo así:

8
todos y cada uno de nosotros, siempre, por siempre, en ese hombre solo?

EL PORDIOSERO

Decidlo así otra vez: que no era nadie,


sólo un dios inventado
y nunca más un cuerpo
clavado en una cruz mal hecha de madera.
Deshaced la corona,
clavaos las espinas
una a una en el pecho con martillos.
Que los clavos torcidos traspasen vuestros huesos
y os estallen azotes en el alma.

Pero en contra de todos los sermones,


digáis lo que digáis, desnudo de palabras
sigue vivo.
En un banco de piedra quise no verlo anoche,
una sombra de frío,
su reino al descampado: el pordiosero,
que ha sido ejecutado
igual que cada día, otra vez más.

Andamos escondidos, sin palabras y estúpidos,


cruzamos el calvario, vemos solo
las miradas torcidas de la vida.

Contigo, soledad (nosotros ciegos


y desconocidos),
la sombra pordiosera hecha de frío
en el banco de piedra,
abandonada:
su agonía en nuestras manos, mal escrita
esa ruina de hielo entre los vivos,
la figura
que se va deshaciendo poco a poco,
cuando espera tan solo la noche que la espera,
y guarda ese minuto de silencio
que va a ser al final la vida toda.

Quise no verlo, otra vez más, anoche.

9
FIGURA DE MUJER

El paisaje desierto, contra el cielo un tendal


que es de ropas desnudas
como sombras sin nadie, como una voz sin nadie,
para un atardecer de distancias solares
y cenizas ya viejas,
recuerdo de mahones y azules sin color
y el silencio que guardan como lluvia robada.

¿Qué mira esa mujer, qué claridades,


mientras tiende las ropas de mina como ofrenda?
Ve el paisaje desierto como si fuera un sueño,
un aire conventual al que ofrece las manos
igual que si tocara
las distancias, o alguna madrugada,
con la paz de quien halla
una luz extraviada, un lenguaje de formas
que susurra las penas y el dolor;
o tocara una tarde de palomas,
la ceguera del humo,
y volviera la tarde cada día
a ser de nuevo otoño muy antiguo
desde el fondo del tiempo,
cenizal y en silencio para siempre;
y a crecerle en el pecho a la mujer
como un destierro.
Eran largos los días del minero
desde una madrugada y despedida
hasta el regreso,
con un dolor de noche al fondo de los ojos
y el sabor del carbón
en la boca ceniza, contra el aire hecho polvo.
Se rompe esta memoria que guarda la mujer
como silencio y agua,
cuando escenas y cielo la golpean de sombra;
no regresó el minero aquella tarde
de la profunda tierra; regresó su derrota
del aire sepultado
vestida con los últimos perfumes
de las oscuridades.
Y a la mujer le entregan, pasados unos días,
el peso de un hatillo
como un dibujo negro de carbones,
10
un rumor de tristeza,
el grito de silencio de la mina,
aquel dolor escrito sin palabras,
grabado a fuego el luto,
aquella vida entera en un instante
atada con cordeles.

El tiempo ya no existe, nada transcurre ya.


Y por eso ella lava cada día en el río,
sobre la piedra lisa,
de rodillas en su comulgatorio,
contra el agua y la vida
los mahones de ayer sólo un recuerdo,
la herencia del dolor y de las minas,
o el olvido de un día enemigo y sin fin.
Y se van destiñendo
las prendas del hatillo y la mujer las tiende
al aire y con dulzura, mientras mira el silencio
que le tiembla en las manos,
mientras oye un silencio de distancias y estío.

Esa figura de mujer no sabe


que ha tendido el amor,
mas con amor lo mira deslumbrada,
en soledad.

Y SEREMOS ESTRELLAS

Son los hombres de ciencia, en su discurso


aciertan a olvidarlo algunas veces.
Olvidan lo que saben para hablarnos del alma,
para poder decirnos que la estrella que vemos,
invariable,
hace ya muchos años que no existe,
propaga lo inmortal y es un milagro.

Ya no importa que estemos convocados:


hoy el tiempo y la luz son nuestros dioses
y el espacio sin forma.
Y seremos estrellas, ya para siempre un día,
bien fugaces, en medio de lo eterno.

No lo dice la ciencia, poco importa:


la eternidad parece alimentarse de nosotros.
11
¿Y si nosotros somos
—lo mismo que la estrella, ya inmortales—
los que hace mucho ya que no existimos?

RELATOS

ESTE PÁJARO DESALADO

Y ahora, así que así, piense lo que piense, dígame lo que a mí mismo me diga, la desazón no me
deja. Bien al contrario: me crece en lo interior el desatiento, ese ronroneo de la conciencia, rumor
que palpita en mis adentros. Vivo con desvelos, buscando razones que un tanto a lo menos alivien
mi pesar. Porque, mire: también yo afilé mi cuchillo, sobre las piedras calientes, entre el olor que
se alzaba de los animales muertos, en aquellos que ya nunca podrán ser olvidados. Por eso el ru-
mor trepa, palpita, ¡ay!, el rumor, este pájaro desalado.
Llevo conmigo, aleteo de sombras en los ojos, aquellas figuras que una noche, tras abrirse la pri-
mera puerta, empezaron a cruzar el pueblo como apariciones, y oigo las plegarias, bajo el sol, y
veo, palpo, vuelvo a vivir todas las cosas. Siento como que Camilo se apretuja contra mí, como
que se deshace en mi cuello su aliento, lleno de miedo, ¡ah!, sin embargo: buen trecho hay entre
este hoy y aquel ayer. Y lo único que a la verdad entonces yo notaba, en tanto desandaba el ca -
mino, era, vea: aquel paso tan grande que crecía y crecía, en lo alto de mis espaldas, bajo la que -
mazón del cielo.
Sólo eso. Ya no la angustia, profunda y bien prieta, que el día anterior se había desatado entre mi
sangre, por oír lo que oía: la voz de María Maliona, palabras roncas trepando en el silencio, ca-
yendo sobre la gente: que Camilo era el culpable, que de sus trastocados adentros salía la maldi-
ción, la desgracia que nos azotaba, aquella peste, mal que de repente encima se nos vino, de la
noche a la mariana, como un viento apretado que fuere a dejar barrido el pueblo.
Todo empezó como empezó, así fue: animales muertos, tirados en sitios cualesquiera: caminos,
corralizas, fontanares, donde fuese. Olían tan mal, tanto, que uno tenía que suponer que estaban
allí desde hacía mucho tiempo, con calores y calores metidos en la carne, días largos ya corridos,
cuando a lo mejor no llevaban muertos sino horas, o menos.

Fue en esto cuando se presentó Alejo Piedra, enlutada figura que sonreía desde lo alto del caba-
llo. Mientras hablaba, hacía girar la rodajita de su única espuela con la punta del vergajo. Venía
dispuesto a comprar pieles: a tanto las pagaba, las quería así y asá. No muy generosa debía de ser
su oferta, pues fama tenía de comerciar con usura. Mas a nosotros nos ganó una especie de fiebre
repentina, y ya no pensábamos sino en las ganancias que podíamos obtener. Así que en balde se
le rompió la voz a don Amalio, de repetir y repetir, entre que agitaba en el aire cuándo su negro
maletín, cuándo su bastón de empuñadura plateada: que nadie tocara los animales, fuerza era que-
marlos en La Hoyanca Grande, que nadie los tocara. De hacerlo, a buen seguro que la peste al-
canzaría también a las personas. Ah, ¡por Dios!, que oyéramos: si tal llegaba a suceder, nosotros
quizá tuviésemos aguante, pero ¿y los niños? Teníamos que saberlo: los pequeños serían pasto de
aquella maldita enfermedad.

12
No le hicimos caso. Y Alejo Piedra sonreía: nosotros afilábamos los cuchillos sobre las piedras
calientes, nos movíamos de prisa entre el aire enrarecido, y allí quedaban los animales, algunos a
lo mejor no del todo muertos, aunque sí bien despellejados .
Eso al principio: porque, pero enseguida, aquel mal, pajarraco que encima se nos vino, enferme-
dad desconocida, agarró también a las personas.
Y entonces, angustia llegó a ser lo que todos sentían, sentíamos, viendo la muerte rondar, notán-
dola tan cerca, penumbra que se palpaba, olor detenido, respiración escondida que en cualquier
esquina podía lanzarse contra uno, así sin más ni más. Le digo, cierto es: a cada alentada, sentías
el aire y te quedabas quieto, como escuchando, escuchándote, por ver de averiguar si acababa de
entrarte con el respiro aquella muerte.
La gente se encerró en las casas, atrancó las puertas, como si temiera que la peste fuera a derri-
barlas, y el silencio se hizo ancho en el pueblo, muy ancho: horas y ruidos cuajados sobre aquel
lugar abandonado. Hasta que una noche se abrió la primera puerta. Un hombre apareció en el
umbral. Después, cruzó la plaza vacía, perdido entre las sombras. Llevaba en los brazos el cuerpo
de un niño. Lo tragó la oscuridad, camino del camposanto. Y otras puertas se abrieron, ay, otras,
muchas: durante días y días, aquellas figuras siguieron cruzando la plaza —en el cansancio de los
brazos los pequeños cuerpos fríos—, y perdiéndose allá al fondo, igual que si no hubieran sido
más que apariciones.

Al fin, una tarde, decisión tomada quién sabe cómo, nadie sabe por quién, dejamos nuestro encie -
rro. Salimos, ¿a dónde íbamos? Personas amontonadas, oyendo el zumbido del miedo, camino de
la ermita. Allá llegamos. Véanos: todos arrodillados, rezando el rosario, avemarías enredadas,
murmullo que subía y subía, para derramarse de pronto sobre las cabezas, rociadura de guijas
aventadas que de nuevo se alzaba por entre nosotros. Regresamos así: con la Virgencita de la
Paloma sobre nuestros hombros, todos queríamos llevarla, un rato lo hice, la llevé, le digo que su
peso hacía que el miedo se encogiera, uno se sentía protegido, un no sé qué notaba, alivio o así.
Caminábamos. Iba la procesión. Empezamos a cantar. El sol se venía abajo, quemazón esparcida,
y el polvo se levantaba, y los cánticos, pánico roto, crecían y crecían, clamor caliente, ah, pedía-
mos, súplicas llenas de fervor, que la Virgencita nos amparase. La llevábamos a la iglesia, segui-
rían allá las plegarias, y al cabo volveríamos a la ermita. Pero, vea, oiga, le diré lo que pasó.
Fue, cómo ni por qué nunca nadie sabrá, las cosas pasan porque pasan, son como vienen, fue:
cuando avistamos el camposanto, aquel remanso de cruces, y adivinamos allá los muchos mon-
toncillos de tierra recién removida, no nos atrevimos a mirar. Al improviso, cogimos un sendero
que de allí nos alejaba, algo nos perseguía, como un tumulto de voces infantiles, o un silencio sin
niños, huíamos, vimos la iglesia, a lo mejor la miramos, fue quedando a nuestras espaldas, cantá -
bamos, y ¿sabe?: fuimos a dar a tal sitio: frente a la casa de María Maliona.
María Maliona: vieja encorvada, de un mirar que se le metía a uno por adentro como llama, o
cuchillo, viento escarchado, algo así. Usted la viera, allí en el umbral, sombra contra la sombra
que en la casa había, mirándonos a todos a la vez, María Maliona, trato con el diablo debía de
tener, de seguro que lo tenía.
Pero le iba diciendo que allá llegamos. Todos quietos, delante de la casa, mudos ahora, con la
Virgencita de la Paloma al frente. .Qué hacíamos, qué esperábamos? El aire tenso, las respiracio-
nes, nuestros pulsos rodando. María Maliona palpó el peligro. El miedo le cruzó los ojos como
una sombra. Y fue entonces cuando alzó la voz, cuando aquella angustia tan grande, tan prieta, tal
que yo nunca nada semejante había sentido, se me desató por adentro. Lo que dijo, ¡óigalo!, lo

13
oímos, me parece oírlo todavía, ya se lo he dicho: que de Camilo salían los males, la desgracia,
peste, maldición, quién sabe.
Camilo, mire, era mi hijo. Nació como nació, Dios lo quiso. De dolor murió su madre. De verlo
crecer por fuera, en tanto que por adentro no era sino niño. Treinta años, un cuerpo bien fuerte.
Ah, pero, tan chiquitín en el pensar, ¡inocente mío!, algo le diré que puede que no crea: tenía que
dormirlo, como a crío de cuello, a sus tantos años, en mis brazos, cantándole nanas. Y ahora, Ma-
ría Maliona eso decía, a él lo culpaba de la peste. Miré a la Virgencita, alzada a la cabeza, tan
blanca, le pedí, le pedía, ¡oh!, cuando el rumor de la gente se rompió sobre mí, supe, conocimien-
to repentino, lo que iba a pasar. Vea: la procesión dando la vuelta, tomando el camino que a nues-
tra casa llevaba. Los pies moviéndose, los ojos encendidos, inmóvil el cielo. El miedo en mí.
Eché a correr. Cuando llegué, desde el porche me volví a mirar. Aún estaba la procesión en la
arboleda. Vi, en el aire, contra el sol, la sombra de la Virgencita subiendo y bajando, sobre los
hombros, al compás de los andares. Me bullían los pensamientos, descaminados entre el miedo,
nada claros. Hablé conmigo mismo: que la calma nos era necesaria. ¿Me aquieté? Dios lo sabe.
Hice lo que a propósito creí: coger a Camilo y salir por la puerta trasera. Tiramos hacia el monte.
Corrimos, caminamos, la tarde nos cercaba. La gente detrás de nosotros, en procesión, con la
Virgencita bien alzada, persiguiéndonos. Camilo cansó, miedo tenía, por el recelo, por lo que
fuera, se puso a llorar. Tuve que cargarlo sobre la espalda. Así huíamos. Se me doblaban las pier-
nas, la fatiga se me enredaba en el aliento, pero yo seguía, seguía, con el peso de Camilo sobre
mí, con el peso del sol, con la angustia hecha torrentera en mis adentros, así, a tropezones, yendo
atrás los cánticos de la gente, los ecos de los cánticos: ladridos desgastados que se nos echaban
encima.
El sol fue cayendo, las sombras se amontonaron. Sentía la respiración de Camilo, soplo caliente
en mi cuello, ¡ay, Camilo!, vea: se había quedado dormido sobre mis espaldas. De repente, supe
que el silencio estaba quieto, apretado contra la tierra. Ya no se oían los cánticos.
La noche en el aire, la soledad creciendo hacia nosotros. Pero la renegrida calma, en vez de ali-
viarme, aumentó mi angustia. Me arrimé a un cercado, descargué el cuerpo de Camilo. Él, en
esto, se puso a llorar otra vez. Oigo mi voz, pájaro herido, descaminada entre el silencio, a ro-ro
mi niñio, duérmete pequeño, así, tan sola mi voz, debajo de la noche, hasta que Camilo de nuevo
se durmió.

La mañana despierta, en nuestros ojos la luz, desnuda todavía, los rumores creciendo. Reanuda-
mos la marcha. En seguida, nos llegaron los cánticos.
Caminos, vericuetos por los que yo me arrastraba con el cuerpo de Camilo sobre mí, cada vez
más pesado. Anduve, sin descanso, anduve, hasta que el sol subió muy arriba, en el cielo tan ba -
rrido. En todo ese tiempo, ni un instante pararon los cánticos, siempre los ecos cayendo sobre
nuestras cabezas, o agarrados a nosotros, los ecos, ¡ay, lluvia de pedradas que nos alcanzaba!. Me
senté a descansar. Nos sentamos. Recuerdo que guardo: Camilo, mirándome, con el miedo amon-
tonado en los ojos, sin preguntarme nada, agarrándose a mí con fuerza. Los dos allí, quietos, al
amparo de una sombra, como perdidos.
Volvimos al sendero. Allá, siempre en el mismo sitio, aquella desnuda lejanía. Encontramos un
animal despatarrado, con muerte de muchos días, ya medio devorado, carroña nada más lo que
restaba. Nos apartamos de la tufarada, tan agria, tan agarrada al aire. Seguimos. Sólo un pequeño
trecho. Porque, vea, le diré lo que de repente oí: los cánticos creciendo, llenándolo todo, más cer-
ca a cada paso, turbión que se desfondaba sobre nosotros. Miré hacia la loma que atrás había que-
dado: la Virgencita de la Paloma creciendo, y luego las cabezas, y los cuerpos, amontonamiento
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de gente. Me llenó un miedo desatado, oscuridad que me anegaba, temblor que corría sobre los
saltos del corazón. El horizonte huyendo, y la gente, ¡oh, la gente, y aquel bullicio acercándose y
acercándose!. Ya los cánticos no eran tales, sino gritos. La procesión se había deshecho en un
hervor de cuerpos que encima se nos venía. Todo empezó a voltearse: gritos, gente, caminos, el
cielo lleno de sol, todo estallándome en los ojos, en el interior de la cabeza, entre la sangre. Y
Camilo arriba, golpeándose contra los ruidos, en lo alto de mi espalda.
Hasta que, vacío que se abrió ante mí, yo mismo un vacío, tuve la certeza, dolor tan grande, de
que ya nada podía yo evitar: sentía, siento como .que lo siento, que me arrancaban a Camilo de la
espalda. Oí el ruido de su cuerpo contra la tierra.
¿Qué hice? Aquel momento se ha desvanecido en la memoria. Sólo alcanzo a ver imágenes bo-
rrosas, como sombras que se pierden tras un aguacero turbio. Hay, sin embargo, un recuerdo más
claro: sabor amargo, como de tierra infecunda, volcado entre mi sangre: Camilo, tan sólo, de-
rrumbado, entre la muchedumbre de pies, llamándome, voz que se perdía, llanto de animal heri -
do, en tanto se le iba la vida, se la arrebataban, pedazo a pedazo, debajo del calor de la tarde.
Después, el silencio y •la soledad. Y el cuerpo de Camilo, allí, ya sin gota de aliento, arrebujado.
Parecía una abolladura de la misma tierra. Lejos, huyendo, la última sombra de la procesión. Cer -
ca de Camilo, aquella desconchada figurilla de yeso. La imagen de la Virgen había soportado
tantas sacudidas que no me extrañó que se le hubiera desprendido el Niño. Aún hoy se la puede
ver en la ermita, con los brazos vacíos. Ahora la llaman la Virgencita del Niño Perdido. El Niño
está con Camilo. Yo se lo puse entre las manos cuando le di sepultura.
La tarde inmóvil, el aire sin horizontes. Bajo el silencio, los ojos abiertos de Camilo. Lo cargué
sobre mí y empecé a caminar.
Y en el camino fue donde tuve que enterrarlo. No pude aguantar por más tiempo aquel peso tan
grande sobre mis espaldas.

LA REBELIÓN DE LOS PERROS (en la selección antológicas de 12 de sus relatos


“Un lugar muy lejos del mundo y otros cuentos”, 2018)

Este cuento es la crónica de una pequeña revolución en clave animalista, un relato entre la fábu -
la ecológica y la ciencia-ficción. La España negra de las supersticiones, que vimos actuar en el
relato anterior, cede ahora su puesto a la del maltrato animal. La muerte del amo cruel y explo-
tador es consecuencia de la ruptura del pacto ancestral que convirtió al lobo en amigo y colabo -
rador del hombre. La imagen de los perros acarreando algas por los acantilados tiene fuerza y
originalidad: ese duro y humillante trabajo, más propio de esclavos humanos, y que tan mal se
corresponde con la esencia canina, es el que desata la rebelión; y el ataque a las ovejas no es
sino la constatación de que el mencionado “pacto” se ha roto.

Entre la luz de la amanecida, de costado, en medio de la plaza: así murió mi compadre Juan Me -
llizo. Lo vi caer, desmoronarse en tanto abría los brazos, después de haber soltado la escopeta.
Los abrió como si quisiera agarrarse a la mañana. Pero se vino abajo y allí quedó arrugado, sobre
las denegridas lajas, igual que un pequeño amontonamiento de terrones.
Bajé la escalera y corrí hacia la plaza. Mi compadre estaba muy quieto, un poco torcido, con la
cabeza en un charco de sangre. Tenía los ojos bien abiertos. Era como si el asombro y el miedo le
hubiesen quedado atravesados en medio de la mirada. Me agaché para escucharle el corazón. No
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pude oír sino ese gorgoteo que se les oye a los muertos por adentro. Le levanté la cabeza. La des -
garradura del cuello era tan grande que casi se lo partía en dos.
Más allá de la solería, Canelo, a rastras, buscaba el amparo de los portales. El hondo gañido del
perro sonó contra el silencio como una larga pedrada; luego, se fue haciendo débil, hasta hundirse
en la lejanía del amanecer. Se abrieron entonces las ventanas.
A la que atravesábamos el pueblo, íbamos dejando sobre las piedras un reguerito de sangre. Yo
pensaba que el cuerpo de mi compadre se había vuelto de pronto muy pesado, pues aunque éra-
mos tres los que cargábamos con él, a cada paso se nos escurría. Así que tuvimos que llevarlo sin
demasiados miramientos.
Lo metimos en el cuarto y lo dejamos sobre la cama. No quise que entrara Natalia hasta tanto que
no lo hubiéramos adecentado. Le limpiamos la sangre con agua caliente, le pusimos ropa limpia y
alguien le tapó las aberturas del cuello con una tira de lienzo. Tuvimos que atarle una barbillera
para que la boca se mantuviera cerrada. Entonces llamé a Natalia.
En la casa se amontonaron los llantos. Natalia se abrazaba a unos y a otros. Juan Mellizo se había
quedado solo en el cuarto. La lucecilla de la mariposa le temblaba en la cara. Y al escuchar los
rezos que se habían alzado en la cocina, sentí como que el silencio entraba en el cuarto, empujado
por aquellos rumores, y se iba amontonando poco a poco alrededor de mi compadre. Entre el si-
lencio lo miré, tan estirado, y me pareció verlo de nuevo en el poyal, acariciando el suave pelaje
de Canelo. El perro, entonces, le lamía las manos, y se le echaba encima como para abrazarlo.
Pero ahora, en aquella amanecida que seguía a una noche larga y llena de ladridos, Juan Mellizo,
su cuerpo, yacía roto en la cama, en espera de que trajesen el ataúd y los velones. Canelo, entre
tanto, debía de seguir en la penumbra de los portales, ya frío, enseñando la reventazón de la barri-
ga; o a lo mejor lo habían tirado ya al fondo de las rehoyas.
La tarde que ante el portalón de las aldabas se detuvo la camioneta amarilla, cargada con un ru -
mor de ladridos, todos nos preguntamos para qué necesitaba Juan Mellizo tantos perros.
—Pero dime, ¿me lo vas a decir?
—Está bien, te lo voy a decir. De seguro que nunca podrías barruntarlo.
Durante un rato, sin embargo, no dijo nada. No hizo sino sonreír, con aquella sonrisa suya, tan
ancha.
—Van a trabajar para mí. Como lo oyes…
—No sé de qué me hablas.
—Claro que no lo sabes —y seguía con la sonrisa—. Hablo de las algas.
—Mira, no entiendo nada —dije yo.
Ahora reía con ganas.
—Las algas del Pedrero Grande.
Así que era eso. Mi compadre pensaba sacar de aquellos precipicios los grandes montones de
algas que se perdían allá abajo. Otros lo habían intentado ya. Pero las lanchas no podían acercarse
entre tantas rocas, y por los despeñaderos nadie hubiera conseguido subir un peso sobre los hom-
bros. Me explicó de qué forma pensaba hacerlo con los perros.
—Pero no digas nada —me pidió.
Nada le dije a nadie, desde luego. De modo que los vecinos, la mañana que descubrieron a Tris-
tán en la corraliza, entre aquellos asustados animales, con un vergajo en cada mano, se sintieron
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inquietos. Y el día que empezaron los paseos de Tristán con los perros desde el portalón a los
cantiles, la curiosidad y el desconcierto del pueblo fueron muy grandes. Al fin, cuando aquel do-
mingo encendido de sol, los perros, amaestrados, vencidos ya y sumisos, en una larga fila y ocul -
tos bajo las cargas empezaron a cruzar la plaza, todos corrieron hacia los pedreros y pudieron
conocer la verdad.
Los perros trepaban por las rocas, subían desde lo profundo de los precipicios, entre el ruido de
los maretazos, azotados por la virazón que se alzaba del agua, cargados con las algas del Pedrero
Grande, camino de las cespederas de mi compadre.
Durante más de dos años, los perros de Juan Mellizo aguantaron la carga sin salirse de los cami -
nos. Trabajaban de sol a sol, andaban pegados a la tierra, con la lengua colgando y el cansancio
en los ojos, hundidos bajo el peso mojado de las algas. Al oscurecer se amontonaban junto al por-
talón para entrar después en la corraliza. Crecía más tarde la noche, apretada en un silencio que
ellos no rompían. Porque ni fuerzas para ladrar tenían aquellas sombras cansadas, bajo cuyo pe -
llejo apuntaban los bultos de la osamenta.
—¿Y dices que degolladas?
—Eso dije, Remigio. Había un rastro de sangre.
Caminamos por ese rastro hasta que dimos con un cordero. Estaba casi comido.
—Te digo que son los lobos, ¿qué si no?
—¿Llegar tan acá, tan abajo, y en este tiempo? No, no son los lobos. Además, si fueran los lobos
no se estarían los perros pastores así de mudos y sin hacer nada
—¿Qué entonces?
—No lo sé, Remigio. Parece cosa del diablo. Pero te digo que caerá, aunque sea él, aunque sea el
mismísimo diablo. A partir de esta noche siempre habrá alguien por ahí con la escopeta bien car -
gada.
Estaban apostados en la oscuridad, con las escopetas a punto. fue mi compadre quien avistó la
sombra que se acercaba. No falló el tiro: la sombra quedó arrebujada entre los matojos, con el
corazón partido. De seguro que fue grande la sorpresa de Juan Mellizo: a sus pies tenía uno de
aquellos perros flacos. A uno de sus propios perros.
Lo ató con una cuerda por el pescuezo y lo trajo a rastras. Después de tirarlo en la corraliza, fue a
decirle a Tristán que se levantara y que bajase los vergajos. Así que al poco empezaron a restallar
los vergajos sobre aquellas terrosas osamentas, y la noche se llenó de lastimosos aullidos.
A la mañana siguiente, cuando Tristán se asomó a la corraliza, la encontró vacía. Sólo el perro
que Juan Mellizo había matado. Los otros habían huido. Al oscurecer supimos que estaban reuni-
dos en el monte. Estuvieron ladrando mucho tiempo. Eran voces largas y desesperadas que llena-
ban la noche. Hasta que de pronto se callaron. A mí me despertó aquel silencio, y empecé a sen -
tirme inquieto.
Al otro día, en el redil de mi compadre no había sino ovejas degolladas y grandes manchones de
sangre. Fue cuando decidimos lanzarnos monte arriba para cercarlos en la algaida.
Subíamos el monte, después de haber atravesado el marojal. Por allá repechábamos, con las bocas
de los cañones rebuscando entre las matas. Ya muy atrás, surgía para desaparecer de nuevo la
mar tendida.
Juan Mellizo nos guiaba. A su lado Canelo. Fuimos rodeando la algaida. Sabíamos que los perros
se escondían allí. Pero estaban en silencio, ocultos en la maleza. El cerco se estrechaba a cada
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paso. De repente, los que batían la quebrada, tras las alcudias, empezaron a disparar. Todo quedó
callado luego. Hasta que a nuestra derecha surgieron otra vez los disparos. Cosa de no decir:
aquellos aullidos que estallaron, como alzados de una rabiosa agonía, casi voces humanas, ayes
violentos que rompían el aire. Y por encima de todo, de los aullidos y de nuestros gritos, el es-
truendo de los escopetazos. Los perros se debatían, saltaban, mordían el vacío, buscando una sali-
da en aquel cerco de plomo.
No pudieron escapar. Dejamos la algaida cubierta de perros muertos. No quisiera recordarlo. Pero
no me abandona aquella imagen: pelajes sucios, tierra y sangre mezcladas, manchas grises con-
fundidas con la maleza, con la misma tierra, dejando escapar los últimos quejidos entre un fuerte
olor a cosa chamuscada; o aquellos ojos, con los que de repente uno se topaba, y en los que tan
pronto se creía ver rabia como resignación.
Habíamos empezado a reunirnos para el regreso.
Juan Mellizo, muy serio, soplaba en los cañones. De pronto, nos pidió que callásemos. Fue hasta
las árgomas, y disparó. Hizo el disparo contra un ruido. Saltó una sombra, dio un respingo en el
aire. Después de caer, aún quiso huir aquel perro. Pero se quedó allí en el camino, ya medio
muerto, con un poco de lumbre en los ojos. Nos miraba sin gota de rencor. Vi a mi compadre
echarse de nuevo la escopeta a la cara. Sonaron, uno encima de otro, los disparos. Me pareció oír
también el estallido de aquella cabeza, rota sobre la tierra. Sentí a Canelo pegado a mis piernas.
Le salía un temblor de entre el pelaje, y un latido de muy adentro. Más tarde, al regreso, traía la
mirada a ras del camino.
Mi compadre y Tristán silbaban por los rincones del pueblo pero Canelo no respondía a la llama-
da. Y lo había visto, al poco de regresar de la algaida, olfateando en la corraliza, como buscando
alguna cosa. Después, desapareció. Ahora, la oscuridad era ya cerrada y Canelo no había vuelto.
Cuando empezaron a sentirse de nuevo los aullidos, con la noche muy entrada, me puse a darle
vueltas a un pensamiento raro. Estábamos en la cocina, pues mi compadre no había querido acos -
tarse. Los ladridos arreciaban. No habíamos acabado con los perros. Yo miraba a Juan Mellizo, lo
veía ir y venir en tanto la noche avanzaba y crecía en mí aquella sospecha. Después habría de
resultar bien cierto lo que yo tanto había pensado. Porque, a pesar de todo, yo conocía a Canelo
mejor que mi compadre. Por eso pude barruntar dónde se hallaba.
Cuando empezaba a clarear, oímos el ladrido. Era de Canelo: mi compadre distinguía bien su
voz, y yo lo mismo. Había sido un aullido desgarrado, como si alguien lo estuviera estrangulan -
do. Así que mi compadre cogió la escopeta antes de salir corriendo.
Yo lo vi todo desde el terrado: Canelo acercándose despacio, y detrás como si le guardaran la
espalda, cuatro o cinco de aquellos perros flacos. ¿Los vio mi compadre? Pienso que en aquel
momento no veía sino a Canelo. Se fue hacia el perro. Parecía que iban a abrazarse, como hacían
cada vez que se encontraban. Algo presentí de pronto, pero no tuve tiempo de pensar. Cuando
quise hacerlo, ya había ocurrido todo: el casi grito de Canelo al abalanzarse furioso sobre mi
compadre, los dos disparos de éste, a bocajarro, todo. Canelo arrastraba su vientre reventado, y
Juan Mellizo abría sus brazos, como para agarrarse a la mañana y se venía abajo, en medio de la
plaza, entre la luz de la amanecida.
Y allí quedó arrugado. Igual que un amontonamiento de terrones.

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LA VIUDA EN EL CEMENTERIO (en “Un lugar muy lejos del mundo y otros cuentos”,2018)

Este cuento nos presenta una ingeniosa y humorística variación del «entierro contemplado por el
mismo finado», un motivo que ya aparece en nuestra literatura con El estudiante de Salamanca.
En este caso, las claves se nos ocultan cuidadosamente hasta el final, y aun así el relato se resuel-
ve con una bien calculada ambigüedad.

He presumido siempre de ser persona segura de sí misma, capaz de escoger en cada momento, sin
titubeos, la forma de comportamiento más acorde con las circunstancias.
Era, por tanto, poco menos que inexplicable mi situación en aquella hora, cinco de la tarde, tan
adecuada —por múltiples razones, tanto eclesiásticas como laborales— para los entierros: me
hallaba en una esquina, mirando con disimulo (artificio, sin embargo, fácil de advertir por otra
parte para cualquier observador medianamente perspicaz) los sucesos que se desarrollaban ante el
portal cercano, donde la gente esperaba la salida, ya inminente, de la caja mortuoria. Mas, a decir
verdad, espectáculo tan vulgar y frecuente nunca hubiera despertado en mí interés y desasosiego
tales, de no mediar otros motivos.
Supongo, pues, la conveniencia —antes de seguir adelante con el entierro del muerto— de expli-
car, al menos en parte, los precedentes de mi situación en la esquina, desde la que temía, como
furtivo oteador, estar transgrediendo alguna norma, no sé en qué código registrada, acaso en el de
urbanidad.
La explicación ha de iniciarse dejando constancia de dos hechos consecutivos en el tiempo, mas
no sé si casuales, a saber: la lectura de un cuento (escrito de manera pretenciosa y poco hábil,
pero cuyo tema —el hombre que se reconoce en otros— llegó, a pesar de la impericia del autor, a
interesarme grandemente), y el descubrimiento de una esquela funeraria, a dos raquíticas colum-
nas, en el periódico local de edición matutina pero de lectura, por mi parte —hablo de cuestiones
funerales— casi siempre nocturna, ya que este retraso voluntario me permite la disculpa de la
ignorancia cuando decido no acudir a un entierro, determinación desde luego muy frecuente dada
mi aversión a semejante menester, provocada no tanto por cuestiones sentimentales como por
razones estéticas, pues si la muerte es irreparable, no deberían serlo —aunque a decir verdad, tal
parece— la desgana de algunos clérigos que ofician al desgaire, ni el espectáculo de albañilería
apresurada y tabique de media asta con que, tristemente, suele despedirse al finado de turno.
Había dejado yo, pues, sobre la mesilla de noche, el libro que estaba leyendo, y estaba dedicado a
la ingrata labor de espigar entre las esquelas del día los nombres conocidos, cuando, ya antes de
tener conciencia del que acababa de leer, di un bote en la cama. Asocié inmediatamente la sen-
sación de ver mi nombre y mis dos apellidos presidiendo el menguado rectángulo necrológico
con la que debía de sentir el protagonista del cuento cada vez que se reconocía en algún prójimo.
A la curiosidad explicable por todo lo antedicho se añadía la dimanada de saber que el entierro no
iba a celebrarse hasta la tarde del siguiente día, cumplido con exceso el lapso aconsejable entre
óbito e inhumación; lo cual, si bien contravenía el mandato de las costumbres, no sé si municipa-
les o parroquiales, me daba a mí ocasión para acudir a la despedida póstuma de quien había sido,
al parecer, mi tocayo.
(Me pregunto ahora por qué, excitado como yo estaba, no le dije nada a mi esposa, a la que tantas
veces, las más de ellas de forma inoportuna, solía yo despertar. Lo cierto es que, aun cuando la
curiosidad y la impaciencia me mantuvieron despierto, permanecí callado.)

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Al otro día, de mañana, tras un afeitado que me costó, por causa del nerviosismo y de las prisas,
un corte en el mentón, decidí visitar el domicilio del finado.
En el portal cogí de la mesilla funeraria algunas esquelas como recuerdo. Después, a pesar de las
claras indicaciones de que la familia no recibía a nadie, subí en el ascensor hasta el piso donde el
deudo yacía. Hice sonar el timbre y me abrieron la puerta.
Mi visita era sin duda intempestiva y nadie me hizo caso, hasta el punto de hallarme solo de pron-
to en la habitación donde el difunto esperaba la hora de las exequias. Iba yo a levantar la sobre-ta-
pa con el fin de verlo a través del cristal, cuando alguien se acercó a mí, y, sin que mediara pala-
bra, me estrechó la mano con fuerza. El visitante hizo después un gesto que, en su ambigüedad,
yo interpreté no sólo como muestra de condolencia, sino también como invitación a resignarse
ante lo inevitable. Más tarde, cuando el silencio empezaba a ser embarazoso, un nuevo gesto me
vino a dar noticia de que el recién llegado quería echarle un vistazo al cuerpo yacente de mi toca -
yo. De modo que, para satisfacer su deseo, cumpliendo yo por mi parte la función de improvisado
y doliente familiar, levanté con ceremonia la sobretapa del féretro. Debo confesar que, contraria -
mente a lo que le había sucedido al protagonista del cuento a cuya lectura hice ya referencia, yo
no reconocí nada mío en aquel rostro.
Cuando el visitante, luego de estrecharme de nuevo la mano, salió de puntillas, me sentí obligado
a permanecer allí para hacerle compañía al muerto y subsanar de esta manera la desatención de
tan necesario menester por aquellos a quienes incumbía su cumplimiento, que eran sin duda los
familiares y los allegados. Estaba dispuesto, sin embargo, eso sí, a sentirme relevado por la pri-
mera persona que llegase, fuera ésta quien fuese, incluido el proveedor funerario.
Entretanto, me senté en el sillón de la esquina, no sin antes haber comprobado que era el más
cómodo de los que había en la estancia.
Pasado cierto tiempo, como si la casa despertase (sospecho que yo, por mi parte, me había queda-
do traspuesto), empecé a oír gemidos en algún sitio. Me pregunté si allí se habían olvidado todos
del muerto, pues los sucesos importantes parecían desarrollarse aquella mañana en otro sitio. A
juzgar por los movimientos que advertí, así como por los rumores y por la intermitencia de los
llantos, debían de haber llegado en aquel instante algunos familiares forasteros. Hubo de pronto
un silencio repentino en medio del que se alzó solitaria una voz lastimosa, rota finalmente en ge-
midos; los cuales, bien que velados por reciente y explicable ronquera, eran lamentaciones por mí
muy conocidas. Intentaba recordar por qué me resultaban tan familiares, cuando una sombra cru-
zó ante la puerta del aposento donde el muerto y yo nos hallábamos. Fue una visión fugaz, mas
no tanto que me impidiera establecer una relación entre la sombra y los gemidos: además de sa -
ber que la imagen enlutada era el origen de los sollozos, vi con claridad en la memoria el mismo
gesto de la misma mujer, aunque sin lutos y en lugar distinto. (Debo advertir que no pude verle la
cara a la mujer ni por un instante, lo que no se opone, aunque así pudiera parecer, a mis afirma-
ciones anteriores, pues lo dicho sobre el gesto de la viuda no debe entenderse como expresión del
rostro, sino del cuerpo.)
Cuando poco después la que había sido consorte del que aún era mi tocayo (que si bien ella era ya
viuda él conservaba mi nombre) se decidió a entrar en la sala mortuoria entre varias mujeres que,
aunque mostrando tanta aflicción como ella, la sostenían solícitas, pude ver de nuevo, ahora más
de cerca, aquellos movimientos: apenas perceptibles, constituían un modo de expresión tan pecu-
liar que, por decirlo de alguna manera, yo identificaba pero no conseguía reconocer.
Empecé a sentirme a disgusto y temeroso de ser yo el reconocido, tal vez porque algunas mira-
das, en medio del primer padrenuestro matinal, parecían converger sobre mí, si bien es verdad
que, sucediendo esto por un lado, por otro nadie parecía reparar en mi presencia.

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Lo cierto es que cuando la viuda de mi extinto compañero de nombre, que ciertamente se mostra-
ba desconsolada, cruzó otra vez cerca de mí, de regreso a la oculta estancia de los pésames, me
llenó un raro desasosiego. Salí pues de la habitación con pasos leves y cierto disimulo, mientras a
mis espaldas, detrás de alguna puerta, la viuda reanudaba su tarea de llantos y lamentaciones.
Como no quería encontrarme con nadie, bajé por la escalera, ya que así el encuentro resultaba
más difícil dado el centenar de peldaños a que el piso de la viuda y su difunto cónyuge se hallaba
situado por encima del nivel medio del portal.
Al llegar a éste, oteé el panorama y salí a paso rápido antes de que el camino, expedito ahora, se
convirtiera en lugar de algún encuentro inoportuno.
Si digo que estaba alarmado, tal vez no se comprenda el porqué. Tampoco yo lo comprendo, pero
así era. A este sentimiento debo añadir además algunos otros, confusos y hasta contrapuestos.
Después de un paseo, mi estado de ánimo había mejorado. Seguía, no obstante, mi preocupación
y se me olvidó llamar a mi mujer para darle noticias mías y explicarle, con alguna disculpa, mi
ausencia.

Tras un breve descanso en la plaza que primero encontré y una excursión a los urinarios —qué
pena de palabra perdida, medio borrada en los azulejos: mingitorios— emprendí un nuevo paseo.
Durante toda la caminata, en la que no hice sino callejear sin rumbo, tuve la gran suerte —cir-
cunstancia desde luego extraña— de no tropezar con personas conocidas.
Poco antes de las cinco de la tarde, hora taurina anunciada para el recibimiento del cadáver en la
iglesia parroquial, me dirigí hacia la casa mortuoria. Ante la puerta, en las aceras, la gente, dividi-
da en grupos y unida por el mismo murmullo, esperaba la salida del cadáver.
Rechacé no sólo la idea de participar en aquella reunión, sino incluso, la de acercarme. Decidí,
pues, observar los sucesos a una distancia prudencial. Con este fin, y habiendo meditado sobre las
ventajas y los inconvenientes, me aposté en la esquina más cercana a la casa del fallecido. Un
expositor de la vecina librería, situado en la misma acera, servía muy bien a mis propósitos de
observar sin que pudieran observarme.
Admito haberme preguntado en aquel momento qué razones me movían a permanecer en el im -
provisado observatorio y cuáles eran las causantes de mi excitación, que parecía ser presagio de
algún suceso inmediato e importante.
Mas el único previsible era el de la caja del muerto saliendo del portal a hombros y trompicones,
espectáculo que no despertaba en mí, como ya quedó dicho, ningún desmedido interés, ni siquiera
curiosidad excesiva, aunque quiero dejar constancia de los sentimientos de simpatía y solidaridad
que, sin duda por la coincidencia de nombre y apellidos, el muerto me inspiraba. Leía y releía yo
la esquela, contemplando mi nombre en tipo funerario, bajo la cruz y sobre la fórmula de la paz y
el descanso deseados, y a cada paso —a cada relectura, claro— el muerto me era más querido.
Había en este afecto, sin embargo, algo sorprendente: excluía todo sentimiento de dolor ante el
cuerpo sin vida de mi tocayo; diré más: pienso que sólo así, siendo éste sujeto pasivo y protago-
nista del entierro, tal inclinación afectuosa y solidaria era posible.
¿Qué esperaba yo ver en el portal? Me estaba haciendo esta pregunta a mí mismo en el momento
en que surgió un inequívoco rumor: el muerto salía ya de casa.
Sonaron las campanas en la parroquia, bastante desangeladas por cierto —tanto, sin duda, por la
calidad inferior de los metales como por el menguado amor a su empleo de quienes desempeña-
ban la sacristanía—, y la gente empezó a moverse, cruzando y descruzando ante la puerta de la
casa, de modo que tuve que acercarme para observar lo que sucedía en tal sitio.
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La viuda surgió del portal, inclinada la cabeza y cubierto el rostro por una mantilla, y tuve enton -
ces, a pesar de la fugacidad con que la vi, la certeza de que ella era el centro de toda mi atención
y la causa principal de mis funciones observadoras.
Se acercó un coche a la acera, y cuando la viuda se introdujo en él pensé que si lograba verla más
de cerca y cruzar con ella la mirada tal vez pudiera yo descubrir el enigma en que se había con-
vertido para entonces la muerte de mi ya entrañable tocayo.
Conseguí, después de cierta espera, de algunos silbidos y bastantes voces, que un taxi se detuvie -
ra. Le dije al conductor que me llevara al cementerio a toda prisa. Así lo hizo. Arrancó sin mirar-
me, e incluso adelantó, usando un camino vecinal, a toda una caravana de vehículos.
Acaso alguien se sorprenda (y declaro que no sabría responder a las preguntas que la sorpresa
pudiera suscitar) de mi apresuramiento, pues la misa de cuerpo presente, aunque fuera oficiada
con la habitual diligencia, me dejaba tiempo de sobra para llegar al cementerio antes que la comi -
tiva, buscar el nicho al féretro reservado y situarme en sitio estratégico; cosa que, tras tomar la
decisión de actuar sin miedo y a cara descubierta, hice efectivamente.
Hube, por la tardanza del séquito y del coche funerario, debida más sin duda a dilaciones circula -
torias que ceremoniales, de esperar un buen rato ante la futura morada de mi tocayo, tiempo em -
pleado en meditar sobre la falta de espacio en los cementerios, la frialdad de los nichos, las venta-
jas sentimentales y las desventajas prácticas de las sepulturas en tierra y otros problemas de índo -
le semejante, mas sin olvidar en mis cavilaciones a la viuda, a quien esperaba con interés e impa -
ciencia crecientes.
Llegó al fin el entierro con acompañamiento bien escaso. Sentí por vez primera en todo el día
conmiseración y pena (nada, contra lo que puedan decir los entendidos, tiene que ver una palabra
con la otra) verdaderas, pues a mí no me duele la muerte, sino la soledad de los muertos.
En el curso del responsorio, falto a mi juicio, dicha sea la verdad, de la extensión debida, y cuyas
cansadas preces sonaban como fuera de lugar, supe que se había terminado mi temor —nunca,
desde luego, bien justificado— a ser reconocido, e incluso me atreví a cooperar en el trabajo de
introducir la caja en el nicho. Hecho lo cual, y en tanto el albañil disponía materiales y herra -
mienta antes de iniciar su tarea, llegué, con disimulados movimientos, a situarme talmente al lado
de la doliente viuda.
Fue algo repentino: gestos, perfume, llanto, formas, aire, y tantas otras cosas innombrables e in-
ciertas entre la bruma de los lutos me habían ofrecido ya toda la verdad, más enigmática aun que
los enigmas anteriores, antes de que la viuda, en el solitario cementerio, sobre la yerba húmeda,
junto a ese olor casi corporal del cemento y la arena, levantara —con afectación que, acaso injus -
tamente, interpreté como coquetería— su velo y yo pudiera verla al fin cara a cara.
Todavía ahora me sigo preguntando qué demonios hacía allí mi esposa, ejerciendo de viuda y
llorando por aquel muerto.

FIN

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