PASOS52
PASOS52
2017
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1. Introducción
La arquitectura industrial ocupa un lugar de primacía en el orden urbano de las ciudades posmodernas,
siendo los edificios industriales hitos visuales en la percepción espacial –vertical y horizontal– de la
ciudad. Reconocibles por unos códigos iconográficos, que son identificados como propios de la industria,
dan lugar a que las viejas estructuras industriales se convierta en elementos de peso dentro de la
configuración del paisaje urbano (Sobrino, 1998: 19). De esta manera, se hace necesario entender el
edificio industrial en relación con la ciudad de la que forma parte, pues ninguno de los dos tiene un
significado completo sin la presencia o el recuerdo del otro.
Las ciudades se configuran hoy como realidades complejas donde conviven permanentemente la tensión
del cambio, las viejas y nuevas funciones que deben cumplir principalmente sus edificios públicos. La forma
tradicional de paliar esta continua tensión ha sido la recuperación de monumentos histórico-artísticos
para darles nuevos usos destinados a la ciudadanía. El papel último de la recuperación de cualquier bien
patrimonial es estar al servicio de la sociedad que la costea, y dotar de nuevos usos a estos edificios supone
una democratización de la cultura y un esfuerzo por hacer accesible el patrimonio a toda la comunidad.
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Doctora con mención europea en Historia del Arte por la Universidad de Murcia; E-mail: lmgilabert@[Link]
Como ha señalado Ortega Valcárcel (1998: 33), la posibilidad de que un recurso pueda ser reconocido como
un espacio cultural, es decir, “con valores relevantes desde el punto de vista histórico y social como ejemplo
de construcción singularizada del territorio y por tanto pueda ser integrado en la sociedad como patrimonio
cultural, no depende solo de su valor intrínseco, ni de su reconocimiento objetivo experto, sino de su aceptación
social. Es ésta la que le convierte en un recurso cultural”. Por tanto, su verdadero valor no está únicamente
en su mera existencia, sino en el acceso y disfrute del mismo por parte de la población, y que mejor solución
que contribuir al bienestar de los ciudadanos con la aportación de nuevas instalaciones de tipo cultural.
A esta acción se han sumado, en las últimas décadas, los repertorios industriales con interesantes
intervenciones para equipamientos colectivos, planteando un objetivo doble: salvaguardar el bien
industrial –preservando así su valor documental y su papel en la memoria histórica de cada ciudad– y
dotar al espacio urbano de nuevos espacios (Cano, 2007: 267). Y es que, en efecto, el bien industrial
presenta una serie de características fisonómicas que lo hacen especialmente adecuado para satisfacer
las necesidades colectivas de una ciudad.
Las funciones industriales, en antaño, requerían inmuebles capaces de soportar cargas muy pesadas,
pero este factor ha permitido que los edificios industriales sean hoy atrayentes a una sociedad en busca
de espacios para la agregación social. En el interior de estas estructuras se encuentran unas dotaciones
espaciales que sorprenden por sus características –constructivas, dimensionales, de iluminación, etc.–,
y que ahora se muestran aptas e idóneas para desarrollar una actividad comunitaria. Esto es, espacios
excitantes, diversos y disponibles, no proyectados para satisfacer una sola función elemental sino capaces
de cumplir con diferentes usos simultáneos a la vez (Mainani, Rosa y Sajeva, 1981: 122).
En el caso del patrimonio industrial, su musealización ha significado importantes aportaciones en el
campo de la museografía al proponer dos tipologías que van, desde aquellas iniciativas donde el edificio
industrial da sede a su propio museo a otras soluciones donde la colección no guarda ninguna relación
con el sector industrial al que pertenecía la fábrica. En este sentido, la museología juega, por un lado,
con la amplia gama de edificios que engloban la arquitectura industrial y, por otro, con la relación de
interdependencia que tiene el monumento con su entorno y con su función productiva, ofreciendo un
extenso abanico de modelos diferentes, fruto de la infinidad de interpretaciones que bajo el concepto
de museo se pueden hacer del patrimonio industrial.
Algunos de los ejemplos más famosos en Europa son el Centro Cultural Caixaforum de Barcelona, el
Museo de Orsay de París y la Tate Modern de Londres. En el primer caso, era una antigua fábrica textil
construida a principios del siglo XX por el arquitecto modernista Josep Puig i Cadafalch (Figura 1). Su
proyecto estaba inspirado en los castillos medievales con grandes espacios distribuido orgánicamente
alrededor de pasillos y, desde el año 2002, pasó a ser un espacio público dedicado a albergar una de las
colecciones privadas más importantes de arte contemporáneo en España.
El edificio elegido para crear el Museo de Orsay fue una estación de tren parisina creada para la
Exposición Universal de 1900, a la que en 1987 se procedió a su remodelación con el fin de convertirlo
en un espacio museístico donde se representaran conjuntamente todas las manifestaciones artísticas
desde 1848 hasta 1914 (Figura 2). El interior sufrió una gran transformación, ya que la nave central
se convirtió en una enorme avenida llena de esculturas y, a los lados, dos niveles donde se organizaron
las pinturas, las artes decorativas y el mobiliario art decó.
En cambio, la Tate Modern se ubicó en la central eléctrica Bankside, construida a mediados del siglo
XX a la orilla derecha del río Támesis. Su exterior lo forman paredes de ladrillo con haces de ventanas
altas y estrechas y, para romper la horizontalidad, una chimenea de planta cuadrada de casi 100 metros
de altura (Figura 3). La reutilización fue llevada a cabo por los arquitectos suizos Herzog & De Meuron
e incorporaron un piso casi transparente sobre la estructura originaria y de esa forma aumentar el
espacio y crear una especie de “zigurat” en vidrio donde colocar nuevas piezas.
Sin embargo, en la mayoría de las intervenciones en el patrimonio industrial son actuaciones privadas
o estatales, donde la actuación municipal ha sido, en general, escasa. Existen muy pocos casos donde los
ayuntamientos hayan participado en la rehabilitación de este tipo de edificios para crear museos o para
otros usos dotacionales. Por ello, sorprenden las iniciativas llevadas a cabo por los ayuntamientos de
Roma y Murcia que, a pesar de ser ciudades históricamente poco industrializadas, han sabido aprovechar
sus escasos testimonios industriales con óptimos resultados. Hablamos de las intervenciones en los
Molinos Nuevos de Murcia para Centro Cultural y Museo Hidráulico y la creación de la nueva sede de
los Museos Capitolinos de Roma en la Central Montemartini.
retorno a la construcción arquitectónica del siglo XVIII, se pretendió volver a vincular el edificio con las
otras obras de ingeniería realizas en el mismo proyecto urbanístico y que formaron un núcleo unitario.
La conservación en el interior del edificio de toda la maquinaria y útiles empleados en los antiguos
molinos harineros permitió crear en él un museo cuyo objetivo principal era explicar, mediante la exhi‑
bición de estos complejos artefactos, el proceso productivo de estos ingenios hidráulicos. La instalación
museística respondió a la tipología de museo de sitio, dentro de la concepción de la museología entendida
como ciencia del patrimonio, ya que su razón de ser era la conservación y presentación in situ (en su
lugar de origen) del patrimonio industrial con la finalidad de hacerlos comprensibles y accesibles a los
visitantes (Figura 4). Además, en el año 1966, fue inaugurada la exposición permanente Así funciona
un molino con distintas herramientas y accesorios empleados por el molinero y una serie de recursos
museográficos que servían de complemento para explicar la instalación molinar al público.
La musealización de la instalación molinar en su lugar de origen fue la mejor manera para conservar
y exponer unas colecciones de materiales que algunas, dada su pesadez y grandes dimensiones, serían
difícilmente ubicados y accesibles en otros espacios o museos. La presentación de estos objetos en su sitio
originario y, a la vez, su integración, dentro de su territorio natural, permitieron ofrecer al visitante –con
un sentido histórico y antropológico–, una reconstrucción más atractiva y veraz del ambiente productivo,
económico, técnico y social de los distintos períodos históricos de Murcia.
A partir de estas ideas, el arquitecto concibió el proyecto museográfico de estos ingenios hidráulicos
con un amplio sentido cultural, agrupando en torno a la exposición permanente de la instalación molinar
una serie de servicios periféricos que convirtieron este museo en un verdadero centro con carácter cívico
y multifuncional. No obstante, al ser un monumento con valor histórico-artístico, los espacios expositivos
y el resto de dependencias se tuvieron que adaptar al edificio original y así respetar en lo posible sus
estructuras y sus condiciones esenciales. Para responder a todas estas necesidades, el arquitecto realizó
una simplificación del conjunto arquitectónico, suprimiendo los añadidos verticales del siglo XIX con la
finalidad de construir una biblioteca y una cafetería-restaurante, y además añadió un salón de actos y
una sala de exposiciones temporales en la planta baja del inmueble (Figura 5).
La importancia de renovar el aspecto y la finalidad de que los servicios del nuevo centro fueran accesibles
y cercanos llevó a plantear interesantes soluciones de accesibilidad y de acondicionamiento de la imagen
externa del conjunto edilicio. En el lado sur, creó un cruce de caminos, cuya bajada terminaba en una
plaza que sirvió de antesala a la entrada del museo. En su fachada, de nueva construcción e inspirada en
la fachada posterior, se jugó con los huecos de las ventanas que hacían legibles la organización interna
del espacio. Al oeste, la plaza quedó rematada por las antiguas cuadras que fueron destinadas como
sala de exposiciones temporales anexa, creándose un diálogo entre el bloque prismático de los molinos
frente a las antiguas caballerizas (Figura 6).
2.2 La gestión del Centro Cultural Los Molinos como museo municipal
Desde su apertura en 1989, el Centro Cultural Museo Hidráulico Los Molinos está gestionado
por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Murcia. A finales de la década de los noventa, la
nueva corporación creó la Red Municipal de Museos de Murcia con el fin de “ayudar a la conservación
y mantenimiento de su patrimonio, al desarrollo cultural de la ciudad y al conocimiento de Murcia
fuera de sus fronteras” (Fernández-Delgado, 2005: 138). La red museística quedó integrada por todos
los museos de gestión municipal de la ciudad formada entonces por el Museo Hidráulico junto con el
Museo Ramón Gaya (1990) y el Museo Taurino (1995), a los que se incorporaron en años sucesivos el
Museo de la Ciencia y el Agua (1996) y el Museo de la Ciudad (1999).
La característica de gestión de esta red es que cada institución depende, para su mantenimiento y
mejora, de los presupuestos públicos que el ayuntamiento asigne a cada uno de ellos en función de sus
actividades y necesidades. Este planteamiento no deja de ser representativo de la situación que tienen
la mayoría de museos municipales y de tamaño medio del Estado español, pues el escaso presupuesto
asignado a estos museos provoca una evidente falta de recursos materiales y humanos para su óptimo
funcionamiento. Desde entonces, la Red Municipal de Museos de Murcia propone, como estrategia de
imagen de cara a la oferta museística de la ciudad, la diversidad frente a la homogeneización, basada
en que cada institución defina su propia identidad dentro del mismo sistema.
las obras de esta institución romana. Para esta nueva función de la central, la Acea acordó el proyecto con el
Ayuntamiento de Roma y la Dirección de los Museos Capitolinos. El arquitecto Mauricio Di Puolo reorganizó
los espacios interiores convirtiendo la Sala Máquinas, Sala Calderas y Sala Columnas en espacios expositivos
permanentes y Francesco Stefanori realizó el proyecto museográfico de la exposición (Talamo, 1998: 151).
La nueva sede fue abierta al público, en 1997, con motivo de la muestra Las máquinas y los dioses.
Una exposición que quiso ilustrar el desarrollo urbanístico e histórico de la antigua Roma desde la
época republicana hasta el periodo tardoimperial, a través de un conjunto de esculturas monumentales
y de complejos arquitectónicos hasta ese momento contemplados de manera parcial o vistos solo con
ocasión de algún evento. En la exposición se apostó por unir dos mundos diametralmente opuestos,
pero que quedaron dispuestos en un mismo espacio: la instalación industrial y la colección de escultura
antigua. Para Stefanori, la muestra fue una ocasión excepcional donde poner a prueba nuevas soluciones
museográficas al tratarse de una instalación provisional con toda la potencialidad de experimentación
que su carácter efímero ofrecía y pudiendo revolucionar la propia idea de museo (Muratore, 2005: 146).
En el año 2005, lo que en principio había sido una instalación de emergencia, se transformó, a todos los
efectos, en la nueva sede permanente de las colecciones de los Museos Capitolinos. La nueva metamorfosis
de la planta eléctrica se debió a la finalización de los trabajos de reestructuración del complejo Capito‑
lino, teniendo que procederse al regreso de algunos conjuntos arqueológicos que habían sido expuestos
temporalmente en la central. Sin embargo, a cambio, el edificio industrial dio acogida a piezas de nueva
adjudicación y a otras obras que nunca habían sido expuestas por la falta de espacios adecuados.
La operación que realizó la Acea –sin precedentes en Roma– ponía por primera vez en evidencia el
problema de la salvaguardia de una tipología de patrimonio cultural –el industrial– hasta ese momento
ignorado. Giorgo Muratore (2005: 67-69) señaló, como causas principales de la escasa protección de estos
bienes y del retraso de las iniciativas para su recuperación en la ciudad, la poca tradición industrial de
Roma y la incapacidad de la ciudad por valorar su pasado más reciente.
Además, la zona Ostiense era el área industrial más antigua de Roma, pero de cuya función originaria
únicamente quedaba una alta concentración de naves industriales abandonadas y en desuso, lo que
inducía a una profunda degradación del barrio. La reutilización de la Montemartini representó un
momento fundamental en la historia del distrito porque asumió “el rol de verdadero y propio arrasador”,
respecto a la recalificación del área Ostiense para convertirla en el nuevo polo cultural de la ciudad
(Alessandrini, 2005: 152). Poco a poco, la zona se fue regenerando gracias a la reutilización de edificios
industriales para centros de cultura, ocio y entretenimiento que fomentaran la agregación social.
Por último, un discreto acceso dio entrada a la tercera y última sala. Un amplio salón de alto techo
con una gran caldera a vapor de 1950 –la única conservada de las tres existentes–. La presencia de la
caldera –con sus quince metros de altura– se impuso en el espacio de una manera vigorosa, presen‑
tando un escenario futurista formado por pequeños ladrillos, tubos, pasarelas y escalerillas de metal
que permitieron contemplar la sala desde diversas alturas y puntos de vista. Con un espacio menos
invadido por volúmenes extranjeros, fue posible la organización de un montaje expositivo más articulado
jugando en torno al enorme mosaico policromo de los Horti Liciniani. Alrededor de este, el montaje
resaltó los elementos típicos de la villa romana, a través de la reconstrucción del aparato decorativo
de las construcciones arquitectónicas conocidas como los horti –grandes villas aristocráticas– y las
domus –casas de ricos nobles y burgueses– (Figura 9).
la administración municipal, con la intención de que esta fuera la gestora de su nuevo sistema de
museos municipales constituido por un conjunto extremamente diversificado de museos y yacimientos
arqueológicos de indudable valor artístico e histórico. De esta manera, se pretendió superar la precedente
fragmentación de sus museos para garantizar una mejor calidad de estos espacios.
4. Conclusión
En los Molinos Nuevos y en la Central Montemartini se proyectaron dos intervenciones sobre patri‑
monio industrial donde se conservaron tanto el inmueble como la maquinaria que acogían en su interior,
preservando así la integridad de dos testimonios industriales y creando en cada uno de ellos un diálogo
entre continente y contenido. De esa forma, se permitió que en sus transformaciones se hicieran presentes
y explícitas la arquitectura industrial y la actividad productiva. Esto se debió a que la autenticidad y la
comprensión de un sitio industrial está muy ligada a la existencia o no de los bienes muebles del edificio,
porque la construcción industrial está definida por su funcionalidad y sin su maquinaria pierde una parte
importante de su dimensión real, impidiendo transmitir al futuro visitante el sentido industrial del sitio
(Casanelles, 2007: 65).
Además, se supo potenciar el valor didáctico de su patrimonio industrial, constituyendo un elemento de
reflexión sobre el significado de la industrialización. Como definió Juan Terrasa (1994: 471), las intervenciones
en patrimonio deben suponer “un proceso comunicacional que pretenda ofrecer una explicación y un significado
a los fenómenos y hechos acontecidos en un determinado lugar con la ayuda de la experimentación, de
objetos o medidas apropiadas”. En Murcia se produjo a través de la musealización in situ de la instalación
molinar para enseñar todo el proceso de producción de los molinos hidráulicos, mientras que en la central
eléctrica de Roma se consiguió crear, además de un museo de arqueología clásica, un centro de interpretación
donde poder entender la historia del edificio industrial antes de su reutilización con fotografías y paneles
expositivos y así recrear el verdadero sentido del sitio industrial (Casanelles, 2007: 68).
En ambos edificios, se impuso una reutilización atenta a los elementos existentes, pero contemporá‑
neamente capaz de ofrecer unos servicios socio-culturales dirigidos al disfrute de la ciudadanía, sirviendo
como espacios de democratización de la cultura. Su implantación en zonas urbanas llevó a concebir sus
intervenciones con un sentido polivalente y multifacético, es decir, proyectando en sus transformaciones
diversos usos y servicios, aprovechando las excelentes condiciones arquitectónicas y espaciales de estos
edificios industriales. Y es que las distintas funciones planteadas en un centro cultural y en un espacio
polifuncional hacen mucho más difícil la coherencia de una reutilización, porque las intervenciones son
mucho más diversas y los programas de estos nuevos edificios son mucho más complejos. Sin embargo,
estas diferencias en los Molinos Nuevos como en la Central Montemartini se solventaron con gran
maestría conservando incluso la imagen real y la esencia de sus lugares.
El aprovechamiento del patrimonio industrial en estas ciudades tiene un interés especial, ya que han
permitido tender puentes de comunicación entre el papel de los museos y la función de los equipamientos
culturales como instrumentos de vertebración urbana. Además, su recuperación supuso un nuevo
destino hacia el desarrollo sociocultural de sus barrios históricos, al conseguir regenerar sus zonas y
convertirlas en emblemas de esos lugares y en el punto de partida para la creación de nuevos espacios
con servicios lúdicos y recreativos. Esta transformación de sus entornos provocó, a su vez, un impacto
urbanístico al reequilibrar territorialmente las ciudades; y, por supuesto, un impacto de imagen, al
mejorar la proyección interna y externa de cada ciudad.
El Centro Cultural Los Molinos y la Central Montemartini son ejemplos de reutilización y conservación
del patrimonio industrial que sirven de atractivo turístico y de recurso para un desarrollo local respetuoso
con el pasado y con las innovaciones de los nuevos tiempos. En sus rehabilitaciones se ha sabido aunar el
valor cultural y el valor social del patrimonio industrial de estas ciudades porque, además de convertirlos
en sedes de museos de diferente tipología, han añadido equipamientos colectivos al servicio de la comunidad
a la que pertenecen, permitiendo paliar la falta de instalaciones culturales y, al mismo tiempo, aumentar
la oferta turística con la creación de nuevos museos. También, la musealización sobre estos viejos edificios
industriales ha demostrado que, en contra de lo que normalmente se cree, conservación y difusión no
son realidades antinómicas, sino todo lo contrario; puesto que la dinamización del patrimonio industrial
puede proporcionar una vía de desarrollo cultural, social y económico a las ciudades.
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Recibido: 30/05/2016
Reenviado: 19/07/2016
Aceptado: 19/07/2016
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