Estereotipos y Prejuicios
En el artículo 8 de la Convención Sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, se insta a que los Estados
parte se comprometan a adoptar medidas inmediatas, efectivas y pertinentes para, entre otras situaciones, luchar
contra los estereotipos, los prejuicios y las prácticas nocivas respecto de las personas con discapacidad (…) (ONU,
2016). En esta misma línea, en el artículo 5 de la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación
contra la mujer se menciona que los estados parten deben tomar las medidas para alcanzar la eliminación de los
prejuicios y las prácticas consuetudinarias, que estén basadas en funciones estereotipadas de hombres y mujeres
(ONU, 1979). Se reconoce desde ambas Convenciones lo nocivos que pueden ser los estereotipos y prejuicios en las
vidas de las mujeres y de las personas con discapacidad y por ello la importancia de combatirlos
Existe una estrecha relación entre los conceptos estereotipo y prejuicio, su vínculo se da bajo una lógica de
consistencia cognitivo-afectiva, siendo el estereotipo la categoría cognitiva y el prejuicio la afectiva (Espinoza y Cueto,
2014). Lo cognitivo implica lo que se cree saber del asunto, mientras que lo efectivo, las emociones y actitudes
negativas (González, 1999). Si bien se reconoce que ambos tienen una naturaleza distinta, León Et Al (1998), plantea
que los primeros son un componente cognitivo constitutivo de los segundos. Además, a pesar de que todos los
prejuicios contienen elementos cognitivos estereotipados, pero no todos los estereotipos representan imaginaros
prejuiciosos (Cerquera, Alvarez, Saavedra, 2010).
Los estereotipos son los esquemas cognitivos, organizados, generalizados, simplificados y rígidos, con base real o no,
mediante los cuales categorizamos a las personas, principalmente de manera inconsciente, en grupos o tipos
particulares que nos permiten diferenciarlos de los demás (Cook y Cusack, 2009, Tajfel, Sheikh y Gardner, 1964 y
Stangor, 2009). Representan los rasgos que consideramos predominantes; sin embargo, estas imágenes no constituyen
copias fieles de la realidad, sino que están afectadas por un componente que la distorsiona dentro de un contexto social
que se mantiene estable en el tiempo (Cerquera, Alvarez, Saavedra, 2010).
Si bien los estereotipos emergen del medio social y son un reflejo de la cultura y de la historia; Miller (1982; citado por
León et al, 1998) define a los estereotipos como una construcción errónea de la realidad, la cual es el reflejo de una
actitud defensiva, rígida y sobregeneralizadora de los atributos de los demás. De igual manera, menciona que los
estereotipos se definen como los rasgos que se atribuyen a un grupo, pero en función del consenso de opiniones
(Miller, 1921 citado por León et al, 1998).
Una característica importante de los estereotipos es que además de utilizarse para tener una idea del ideal del
comportamiento de otras personas, también influyen en el comportamiento que uno mismo se atribuye o atribuye al
grupo al que pertenece, y, por lo tanto, además de describir a los otros, lo que hace también es describir nuestra
relación con ellos, subrayando aquellos aspectos que más nos distinguen de los demás (Olmo, 2005).
Los estereotipos se clasifican en positivos y negativos, esta connotación se aplica sobre los atributos, características y
conductas de un individuo o de un grupo (Marx y Ko, 2019). Generamos muchos más estereotipos negativos que
positivos cuando se nos pide que lo hagamos el ejercicio de expresarlos (Stangor, 2009). Se puede asumir que, si
tenemos estereotipos positivos, también habremos generado estereotipos negativos (Stangor, 2009). Ejemplificando las
clasificaciones, los estereotipos sobre las mujeres pueden incluir atributos negativos como: Poco asertiva,
emocionalmente dependiente. De manera opuesta, estarían los atributos positivos: empática, dada a la crianza (Marx y
Ko, 2019). Es preciso señalar que en ocasiones un estereotipo positivo sobre una categoría social va a conllevar un
reconocimiento prejuicioso y dañino; en el caso de las mujeres al naturalizar ciertas características como propias de su
existencia (González, 1999).
Asimismo, abundante investigación sobre percepciones ha demostrado que los estereotipos pueden tender una
naturaleza mixta, pueden incluir combinaciones ambivalentes de atributos (Rohmer y Louvet, 2018). Aquellos grupos
que reciben consideraciones positivas o altas en una dimensión generalmente son vistos bajos en otras, por ejemplo,
las personas con discapacidad son generalmente estereotipadas como incompetentes y a la vez como cálidas (Rohmer
y Louvet, 2018).
Se considera a los prejuicios como fenómenos de conocimientos constituidos por estereotipos, que llevan asociados un
componente conductual y una actitud negativa o desfavorable hacia un grupo (Cerquera, Alvarez, Saavedra, 2010). Así,
las actitudes negativas hacia un grupo, implican sentimientos o creencias de desvalorización hacia el mismo, expresan
desacuerdo evidente, e incluso desprecio y desagrado, hacia condiciones o características del grupo (Cerquera,
Alvarez, Saavedra, 2010).
Los prejuicios no son innatos, son adquiridos en el transcurso de la vida, estas representaciones son internalizados por
las personas desde una edad temprana (Cerquera, Alvarez, Saavedra, 2010 y Poal, 1993). Los prejuicios, al igual que
los estereotipos son un fenómeno cultural que se transmite en diferentes procesos de socialización, se adquieran
actitudes y definiciones aprendidas de otros, se establecen modelos de conducta, expectativas y percepciones de la
realidad que se atribuye a cada grupo en particular Cerquera, Alvarez, Saavedra, 2010 y Poal, 1993).
Algunas de las funciones vinculadas a los prejuicios son: Proporcionar ventajas económicas y sociales a las mayorías,
negando derechos y oportunidades a los grupos objetos de discriminación; reúne características negativas sobre un
grupo o persona, posicionándolo en una situación de vulnerabilidad; finalmente, busca la autoafirmación de la persona o
grupo que los ejerce (León et al, 1998).
Dada su vinculación con los afectos, los prejuicios pueden ser contradictorios entre sí, imprecisos e inexactos y pueden
estar marcados por la ambivalencia (Allport, 1954 y Glick y Fiske, 1996). Pueden resultar inflexibles y resistente al
cambio, incluso cuando son confrontados con información y sustento contradictorio a ellos (Allport, 1954). El prejuicio
también puede presentarse de una manera más tradicional, reflejando antipatía e intolerancia hacia un grupo de
personas (Tavris y Wade, 1984 citado en Glick y Fiske, 1996)
En suma, prejuicios y estereotipos son internalizados por las personas desde una edad temprana, se adquieran
actitudes y definiciones aprendidas de otros, se establecen modelos de conducta, percepciones de la realidad y manejo
emocional propios de lo que se espera de hombres y de mujeres (Poal, 1993).
Construimos una preconcepción generalizada, una imagen mental y un conjunto de creencias sobre atributos asignados
a un individuo o grupo que tienen como fin organizar la información recibida, simplificar el entendimiento, predecir
acontecimientos y formar categorías sociales y económicas para hacer más sencilla la percepción de la realidad (Cook
y Cusack, 2009). Estas representaciones ignoran la individualidad, lo que significa que se hace innecesario considerar
las habilidades, necesidades, deseos y circunstancias individuales de cada miembro, pues la mirada es a partir de los
lentes del estereotipo y la calificación del prejuicio (Cook y Cusack, 2009).
Los estereotipos y prejuicios afectan tanto a hombres como a mujeres; sin embargo, con frecuencia tienen un efecto
más marcado sobre la vida de ellas, debido a que aportan a la perpetuación y legitimación de su subordinación legal y
social (Cook y Cusack, 2009). Los estereotipos degradan a las mujeres, les asignan roles de menor categoría en la
sociedad y devalúan sus atributos y características, generando condicionamiento social para para cumplir con el papel
subordinado y pasivo que se considera apropiado para su estatus (Cook y Cusack, 2009).