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El Caronte del Cauca: Relato de Vida y Muerte

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EL CARONTE DEL RÍO CAUCA

Erika Gómez Sánchez

De mi cuerpo descompuesto crecerán las flores, y


yo estaré en ellas. Eso es eternidad

Edvard Munch

El río Cauca me convocó una tarde de enero, de esas donde el tiempo se demora y levanta
toda sospecha y arrepentimiento. Una pelea de perros en la calle, música para
desenamorados por allí, luz y sofoco por allá. Me sentía obnubilada. Acosada por algo
siniestro, y resignada, me acosté a mirar el techo. No me sorprendió en absoluto aquel
lamento: «Al Pájaro se lo llevó el río Cauca».

El río Cauca se posaba entre las grandes montañas, custodiado por guaduales, ceibas,
guayacanes, siete cueros y platanillas, y muchas quebraditas saliendo a su paso, para
aventurarse en su viaje. Desde las lianas florecidas nos vigilaban muchos animales y las aves
delataban con su canto y vuelo nuestra presencia. Uno de mis lugares favoritos eran las playas
de lodo, donde podía garabatear mi nombre y perseguir libélulas de muchos colores. De
cuando en cuando, por sus aguas bajaban familias de buchones blancos, rosados y amarillos,
acompañados por la sonata permanente de lo desconocido.

Tengo guardados los aguaceros cantaores que alimentaban al Cauca del cielo y
espantaban a los humanos, amenazando con arroparlo todo. En sus remansos le veía como
un niño que confía, que sin miedo da su mano. Allí se aquietaba, reposaba y tomaba aliento
para continuar al encuentro con su curso, su destino. Aunque era un lugar hermoso, sobre él
había muchas advertencias, que quizá no eran necesarias; solo con verlo era suficiente. Sus
aguas rojizo-fuego me hacían sentir que allí era más posible quemarse que ahogarse. Era
fuerte y misterioso. Muchas veces la Mita se negaba a montar la olla con el pescado que
llegaba del Cauca, diciendo que esos animales eran alimentados con «cristianos». Luego, en
la escuela, pude comprobar que esto era cierto.

La profesora Aidé, después de solicitarnos calcar muchas veces el mapa de Colombia para
resaltar con lápiz rojo el río Cauca, nos pedía que lo modeláramos con plastilina y era como
si se estuviera insinuando algo de lo que estábamos a punto de escuchar. Mi compañera
esculpió cuerpos humanos sobre sus aguas, algunos sin cabeza, sin brazos o sin piernas,
pues vivía a la orilla del río, entonces nos relató cómo los veía pasar… Después de ver tanto
muerto ya no le daba miedo.

Para confirmar lo inconcebible, en tiempos de cosecha de café llegaban hombres y mujeres


andariegos con las revelaciones más aterradoras de la violencia que quería ser sepultada en
el Cauca, en su travesía por gran parte del país. Desde entonces, mi vínculo con el río no fue
el mismo. Pudo más el miedo que la fascinación. Debo reconocer que nuestros encuentros
han sido casuales, hasta hace un par de días que me convidó de nuevo a su territorio. Su
llamado fue contundente, era su voluntad. Y yo estaba allí. En adelante todo fue instintivo,
faltaba uno de la primera camada de la Mita: la madre de todos. Así como cuando vamos al
encuentro de lo inevitable, cada vez más arrimados al abismo, pero negándolo: «Qué va, ese
Pájaro se le vuela a esas aguas».

Empezamos a descender a la vereda La Estrella y ya sentía su ausencia. Rechazaba


cualquier posibilidad de no escuchar más sus historias fantásticas y evidentemente
exageradas a su favor. No podría resistir que se me privara de su dulzarrona sonrisa, de su
canto a punta de silbidos, de su sensibilidad, de su infancia eterna. Al llegar, había una soledad
insólita. Allí estaba ella, agrietada para siempre, elevando rezos a Santa Marta, a San Gabriel
Arcángel y a cuanto santo recordaba: «Ya va un paquete de veladoras y nada que llegan con
mi muchacho».

Volvieron en silencio prolongado, vacíos y sin más noticias que su vuelo interminable a
través de las aguas, de las mismas de las que nació el Pájaro y en las que creció jugando,
trabajando y ofreciendo espectáculos: clavados, resistencia bajo del agua, pesca a mano
limpia y con la boca. El mago de los ríos había bajado su telón. El fogón prendido, el tinto y
las tajadas de plátano nos dieron consuelo mientras transcurrió aquella noche, una de las más
largas de mi vida. Él, que metía la cucharada en todas las conversaciones, ni siquiera
desaparecido dejaba de hablar. Al amanecer iba llegando más y más gente, con comida,
memorias y esperanzas: «Vamos por él… salgamos adelante, antes de que llegue a dar lora,
diciendo: “tropeleé con el Cauca y le quedé grande a ese mono”».

Fueron cuatro días sin volver con el Pájaro… El fogón dibujaba de nuevo su rostro... Ella
seguía en el mismo lugar, doblada, rezando y con la sentencia: «Me resigno a tener un hijo
ahogado, pero no desaparecido, pa’ qué más desaparecidos en este país». Y vaya, que es
una verdad muy compartida. Lo supimos durante la búsqueda, pues coincidimos con familias
que también rastreaban en el Cauca a sus difuntos, con la única diferencia que al Pájaro no
lo habían matado como a los demás, como a la niña de cuatro años hallada en sus orillas. Es
que aquí parece que nadie se escapa, ni siquiera quienes apenas empiezan a vivir.

A los que buscan, la herida de muerte se les ve por todas partes, rostros curtidos por el
llanto, bocas a la espera de gritos, cuerpos fatigados y castigados por el sol, pero dispuestos
a encontrar lo que les han robado, la vida, su vida, aunque jamás vuelva a ser la misma. A las
familias encontradas por el dolor no les queda más que la juntanza para compartir fragilidades,
rezos y señales. Cada vez que aparece uno, todos celebran, todos descansan. El
desaparecido aparecido hace muchas preguntas como «¿Cuál es nuestro apellido?», «¿De
cuánto era la recompensa?», «¿Estaba o no mediatizada mi muerte?» Entonces, se agotan o
avivan las esperanzas.

Así pasaba ese tiempo al que nos han enseñado, amenazado por las probabilidades, en
un país donde todo mal puede suceder: que al muerto le hagan un paseo de la «doble muerte»
y deba presentar una visa para ser sacado de las corrientes que lo van borrando y que a
quienes lo buscan, los persigan para silenciarlos. Quizá lo único que no esperaba encontrar
era esa necesidad de la gente de ver que el río arrastrara los muertos, poder recuperarlos,
recibir cualquier paga y llevar comida a sus hogares, pues el río ya no es el mismo. La
megaminería los ha dejado sin oro, y la monstruosa hidroeléctrica, sin pescado. Entonces, los
muertos representan el sustento o la bendición porque atraen a la gente a la que se le puede
vender o la que puede pagar para que se les acompañe en la búsqueda de sus seres queridos.
Ribereños, hospitalarios, expertos en sus aguas y en consolar a los dolientes que peregrinan
por sus tierras, nos narraban cómo los muertos que corren por sus aguas ya hacen parte del
paisaje.
Sin embargo, en medio de tanta desgracia, el mismo río alienta con su belleza. El asombro
por una puesta de sol en sus corrientes y remolinos, por una serpiente o una flor, viene
ligeramente a espantar el horror. El río nos sorprendía en todo momento. Recuerdo
especialmente el segundo día de la búsqueda, cuando en una de las comunidades nos
recomendaron ubicar al Caronte del Cauca, quien antes de llegar ya anunciaba una alegría
extrañ[Link] presentó con ropaje muy impecable y elegante, como si asistiera a una cita con su
amante y con una sonrisa desparramada, se dejó venir, diciendo:

—No pido fama, ni dinero, solo descanso para la familia, el alma del difunto, el río y yo.
Mucho gusto, yo soy Mauricio Andrés Blandón Valencia, más conocido en estas aguas como
el Marucho. Mis ancestros indígenas, africanos y vikingos me parieron aquí, yo soy hijo del
cacique Pipintá… por estas aguas corre mi ombligo. Este mono me enseñó a los siete años a
no dejarme morir, me arrastró varios kilómetros por estar detrás de un balón. El río es mi
patrón, mi maestro, me enseñó a defenderme y ganarme la vida honestamente como
pescador, barequero, arenero y guía de los muertos que despachan por aquí a diario. El don
que el maestro me regaló es el de encontrarme con los muertos… ellos me buscan y me
llaman ¡no solo aquí!, sino en cualquier quebrada o cañada de estas montañas, testigos de la
vida y de la muerte.

Estábamos inexorablemente cautivados por Marucho. Tanto que hasta olvidamos por un
momento el motivo por el cual estábamos allí. Él continuaba narrando su vínculo con la muerte
y cómo los cadáveres lo seducían, mientras sacaba de su mochila una oxidada caja de galletas
donde guardaba falanges, cada una codificada poéticamente con la fase de la luna, los
sonidos, el color del cielo y del agua, los gestos de los cuerpos, detalles de su amor a primera
vista. Todos estaban perplejos y ansiosos de seguir escuchándole; él se notaba encantado de
hacerlo y continuaba con toda emoción:

—Cuando el difunto me llama, es mi día de suerte. Me invade la dicha, siento cómo la


sangre me corre, empiezo a sudar, ya quiero ir por él, ya quiero olerlo, verlo y abrazarlo, no
importa como esté, pues es de las primeras cosas que hago cuando no tengo que batallar con
los gallinazos, que reclaman el cuerpo como suyo. El muerto me genera la misma adrenalina
que cuando hago el amor, porque me comparte energía, me trae regalos: hongos, líquenes,
animales y plantas, que solo crecen en ellos y no vuelvo a ver jamás. El muerto es belleza,
porque está enraizado con la vida del río, y cualquiera que sea, es sagrado en estas aguas,
porque nutre a todos los seres que aquí vivimos y es por eso que mientras lo saco, lo cortejo,
le susurro gratitudes y danzamos con las espirales de la madre agua. —Para terminar,
Marucho metió un grito—: Yo creo que, con el Pájaro, me entró a los cien difuntos.

Aunque para muchas personas Marucho estuviera loco, no quedaba duda de que traería al
Pájaro de cualquier lugar del río. Distribuyó tareas en distintas ubicaciones, que se
obedecieron con la ilusión de poder entregarlo ese mismo día a su madre, que clamaba por
una cristiana sepultura.

Una vez ubicados, Marucho se posó sobre la antigua vía del tren a fumar y contemplar el
cielo, anunciando que a las dos de la tarde ingresaría al río. La gente se notaba inquieta y
ansiosa. Marucho no paraba de fumar como dibujando con el humo. Fue una larga espera,
cargada de muchas emociones. Se acercó sereno y firme para comunicarnos, que aún no era
el tiempo, que a las tres de la tarde lo haría, y continuó en su diálogo con el soleado
firmamento, aquel que solo él era capaz de mirar. El desespero empezó a tomar formas de
reclamos hostiles que él parecía no escuchar. Después del tiempo prometido regresó
lentamente, observó y bebió las aguas para hacernos saber nuevamente que no era el
momento. Cada hora era un fracaso de nuestra espera y Marucho estaba a punto de ser
linchado. Igual, no le importó. «Lo que nos faltaba», se rebeló y se negó a ir por el Pájaro
argumentando que no podía sacar ni atajar lo que era del río.

—Ese hombre fue reclamado por la madre agua, porque «la vida llama la vida». El Pájaro
del agua es un espíritu libre que desde siempre perteneció a este lugar y ahora retorna para
quedarse.

No hizo falta nada más, la retirada fue en silencio, no había otro camino que aceptar la
voluntad de dos seres libres como el Pájaro, que se ofrendaba, y el Cauca que lo recibía. Ya
era de noche y regresamos caminando, yo seguía maravillada con Marucho y su sabiduría,
sintiendo que nuestro encuentro era la oportunidad para desvanecer mis miedos no solo con
la muerte, sino con el Cauca. Atrevidamente le pregunté por su conversación con el cielo.
—Mona, «todo se comunica con todo…todo vive y todo enseña»1, caminamos con los
espíritus, hay que pedirles permiso, hay que honrarlos, hay que esperarlos, ellos tienen otros
tiempos y saben más que nosotros, porque están desde siempre, somos apenas unos recién
llegados. Por eso yo no me muevo sin que ellos me lo permitan. Primero, hablo con el muerto
para saber qué quiere; luego con San Antonio, el santo de lo perdido, pero la última palabra
la tienen la madre agua, el padre cielo, el abuelo fuego y el maestro, el patrón, el Cauca, que
habla y que sabe, que está llenito de nacimientos, de historias y de vida —respondió
apasionadamente Marucho.

Llevábamos gran parte del camino cuando a Marucho lo asaltó un llanto tímido. Finalmente
me entregó unas piedras diciendo:
—Aquí le entrego al Pájaro —y al pasarme otra, no se le escuchó la misma voz—. Mona,
al único muerto que no soporto, que no quiero ver morir, es al Cauca. El universo no se puede
matar. ¿Se imagina, mona, si mataran al Cauca? ¿Dónde lo tirarían?
Lo vi irse custodiado por el viento y la noche. Él se marchaba con mis miedos, yo me
marchaba con los suyos, y el Cauca se quedaba encausado en su infinita sabiduría,
declarando que la vida jamás será vencida. 2

1
"La Chakana del Corazonar: Desde las espiritualidades y las sabidurías insurgentes de Abya Yala" de Patricio
Guerrero Arias.
2
Primera publicación: Proyecto Micelio: Narrativas de tierras invisibles. Editorial KLEPSIDRA.
Erika Gómez Sánchez. Río Cauca: donde la vida jamás se declara vencida. 2021. Técnica
mixta sobre papel. Inspirada en el relato El Caronte del Río Cauca. E
“DE MUJERES, PUTAS, BRUJAS Y OTRAS BENDICIONES.”

Erika Gómez Sánchez

Soy de “Patio de brujas”, de allá del cañón del río Cauca que divide a los conservadores de
los liberales. Mi bisabuela Evangelina enviudó cuando tenía doce hijos, a causa de la
macheteada que los conservadores le metieron a Don Ángel. Poco después se casó con un
Gómez, godo hasta el tuétano.

Soy del club machete, donde los pájaros “más conservadores que los mismos conservadores”,
picaban a machete a los liberales, a lo que se les pareciera u antojara. Soy de ese lugar donde
los hombres se pasaban las noches bebiendo aguardiente amarillo, escuchando tríos tristes y
destemplados de vivir para madrugar a coger el corte. Soy de la tierra de los guaduales que
“lloran porque también tienen alma”, como decía el poeta. Soy de la tierra de los guayacanes
amarillos, los yarumos blancos, los siete cueros morados, las quebradas pequeñas y las lunas
rojas.

Patio de brujas: la tierra de las guacas, los amarres, el barequeo y el café, lo que llamaba a
muchos hombres a buscar un mejor porvenir, pero también, hombres que huían o eran
desterrados por la violencia bipartidista, lo que se agravó después con la conformación de las
guerrillas y pa' acabar de ajustar, con el narcotráfico. Con ellos llegaban las historias… las
canciones, los amores, los “mar-idos” y las brujas. Ellas que, desde el filo, contemplaban la
llegada de cientos de hombres a los cuarteles de las haciendas, entre agosto y noviembre,
descendían con ganas de amar.

Lo primero que hacían estos hombres después de acomodarse en los cuarteles, era ir al billar donde
Alonso, quien era el Hermes: el mensajero de los Dioses; él era quien llevaba y traía razones de morro
a morro, comunicando de esta manera las veredas entre sí y a estas, con el pueblo de “Tacurrumbí”.
Los hombres que conocían a las brujas de otras cosechas, sabían su ruta. Llegaban por arriba, por el
zarzo. Entonces, les ponían frutillo para que se chuzaran al descender de sus escobas, metían la tijera
debajo de la estera formando una cruz o les ofrecían sal, porque de lo contrario ellas les escondían la
estopa del café, los embolataban en el corte y por las noches, les dibujaban con su boca y sus uñas,
todo su deseo. Patio de brujas tenía un billar y cinco casas de bahareque revocado con estiércol, donde
crecían las lágrimas de San Pedro, que cagaban las vacas. Quizás por eso, siempre me olía a tierra
mojada, a hierba mascada. Esta bendita tierra de montañas bañadas por agua y por sangre que me vio
crecer y también sufrir.
—Brujas buenas y malas hay —decía LA GRAN MA. Yo le preguntaba.

—¿Y nosotras qué somos?

—Nosotras somos buenas, porque aquí hay pieza para los santos y todos los días se
alumbran. Además, le ponemos agua a las benditas almas del purgatorio y a ninguna le falta
escapulario.

—¿Y cómo son las brujas malas GRAN MA?

—Son esas patiabiertas que andan por las noches… pa arriba y pa abajo, revoleteando, buscando en
los hombres lo que no se les ha perdido y trenzando caballos, las muy desocupadas.

Mientras tanto yo deseaba en el fondo de mi corazón ser una bruja mala, debía ser una cosa maravillosa
volar.

La GRAN MA nos ayudó a llegar al mundo. Con un tabaco encendido, calentaba piedras en
las brasas del fogón y se las ponía a las parturientas en los pies, para que la creatura sintiera
el calor de la tierra y no tuviera miedo de nacer. Hacía un sahumerio de salvia, romero y ruda
para espantar los demonios, aquellos que siempre rondan la vida; les daba de comer corteza
de naranja y hierbabuena para aflojar la placenta, preparaba un hervido con prendas de oro
para apurar los dolores. Las marcaba poniendo en su cabeza una corona de flores blancas
para que, en caso de que murieran, los espíritus del viento pudieran reconocerlas y llevarlas
al cielo. Mientras tanto, nosotras permanecíamos atentas al aviso: “está con dolores, ya viene
la vida”.

Con nuestro primer aullido ella también nacía, daba las gracias al cielo y a la tierra, nos hacía
un rezo y nos ungía con su saliva. Luego, cortaba el cordón y lo quemaba con el tabaco;
llevaba la placenta al río, para que las aguas se la llevaran y las almas pudieran fluir.
Hacíamos, además, una ofrenda con flores para que el recién nacido tuviera un buen camino.
Poco después, el ombligo era sembrado en el patio, a la sombra de un guayabo para que
nunca olvidáramos de dónde veníamos y hacia dónde volvíamos.
A partir del parto la casa cambiaba de olor… era dulce. Todo el día permanecía en el fogón
un hervido de aguapanela, manzana, canela y anís que la abuela preparaba para que las tetas
estuvieran siempre llenas. Nuestro mayor orgullo: tener unas tetas grandes, llenas de leche.
Nosotras, mujeres de leche, mujeres de sangre… mujeres de tierra, de agua y fuego.

Así pasaban de la teta a la chocolatera y los parásitos acechaban, entonces la abuela


preparaba paico con aguardiente… Ese fue mi primer yagé. La GRAN MA aparte de partera,
hierbatera y bruja, era joyera, diseñaba los collares más bellos con dientes de ajo y novias del
sol, las caléndulas. Para espantar las lombrices y el mal de ojo… Los purgados olían a hierbas;
los asmáticos, a manteca de gallina, eso que llaman enjundia; y las brujas, a fogón, a humo,
a flores, a libertad.

En la casa permanentemente había llanto de recién llegado, rochela de infancias, rezos de la


abuela y cuchicheo de brujas… éramos una comunidad… las camas, la ropa, la comida, las
penas, eran de todas. Lo que había, mágicamente la GRAN MA lo multiplicaba para todas, no
había límites espaciales, ni propiedad privada. creo que por eso tengo dificultades con los
límites geográficos, la restas y divisiones, pues la GRAN MA solo nos enseñó a compartir.

La GRAN MA era bajita, de cabellos largos y blancos, que se peinaba con aceite de ricino, se
levantaba y acostaba en la oscuridad, nunca se quejaba. Nos despertaba a punta de pilón y
desde el patio nos gritaba:

—Lo primero que hay que hacer es santiguarse, lavarse la cara y de una vez el alma…mujeres,
cada día trae su afán.

Llegábamos a la cocina persignadas, carilavadas, descalzas y desalmadas por el madrugón.


Después, nos sentábamos en una banca y allí recibíamos los tragos… café amargo. Mientras
tanto, la GRAN MA cortaba trozos de carne que estaban colgados en un palo que atravesaba
el fogón y nos repartía los oficios, según lo que tuviéramos que aprender:

—En la cocina Belén, y esa olla tiene que saber que en el camino viene gente con hambre; en
la casa Carmenza, no tiene gracia recoger la mugre de una, para ponérselo a otro; Emma, la
ropa, y no olvides que lo que está sucio se lava en cualquier piedra; Lucy a atizar el fogón,
que no se apague un solo carbón y Libia ¡Libia!, como siempre, ¡no está! ¡maldiga zurrona
esa!
Así rápidamente nos repartía los oficios y telepáticamente yo le comunicaba que deseaba ir al
monte, no solo porque podía escapar de la vigilancia de ella y las demás, sino porque la
montaña era mi lugar preferido. Decía entonces:

—Quien me falta… ¡ahhh! esta zamba, ándate vos a buscar revuelto y leña, no olvides que en
el monte y en la vida, hay que respetar todo lo desconocido —e insistía después —. Cojan
oficio y fundamento.

Yo que había escuchado toda mi vida esas palabras, no sabía lo que significaba y entonces
le pregunté

— GRAN MA ¿qué es el fundamento?

—Es lo que nos mantiene en pie, lo que nos sostiene, es la dignidad “aquella que no permite
mirar a los ojos a nadie desde abajo”3

Después de hacer los oficios, una a una llegábamos al leñadero, como las aves nocturnas que
toman el sol, allí nos sacábamos los piojos, nos trenzábamos, nos contábamos secretos, que
jurábamos por la GRAN MA no contarle a ella misma: que la luna me bajó… Que la luna no
volvió… Que este me miró… Que yo le escribí… Que él me besó…Que en el camino nos
perdimos, Que en la oscuridad nos encontramos…

El momento más esperado de aquel encuentro, era el compartir de mis hallazgos, pues lavaba
la ropa a los jornaleros y encontraba sus cartas entre los bolsillos mugrientos, generalmente
eran cartas anónimas, algunas ellos las recibían y otras no habían entregado. Así fue como
aprendimos el lenguaje clandestino.

En las noches nos volvíamos a encontrar, para despulpar el café. Estaba toda la familia y
llegaban hombres a colaborar, aunque su propósito era buscar mujer o huir de las brujas y sus
visitas nocturnas. Noche tras noche relataban las historias de espantos, de ánimas, de
hazañas y de las formas más aterradoras de la violencia, describían minuciosamente las
distintas maneras de tortura, que se fueron desarrollando en el tiempo de la violencia entre
banderas y partidos. Siempre fui a dormir con miedo.

En la casa, entre hijas y nietas, había veinticinco mujeres todas tan distintas, en lo único que
se parecían era en lo misteriosas: que cuando los perros aúllan, va a temblar; que, si se
encuentra con una culebra, móchele la cabeza para que se evite problemas; que las mariposas

3
Aforismo Gitano.
dentro de la casa, anuncian muerto; que los sueños con carne y agua sucia, son enfermedad;
que, si se escuchaba el canto del pájaro tres pies, era porque la muerte estaba cerca. Para
todo lo que existía había un miedo, ser valiente no era un asunto sencillo.

La luna se alineaba y había temporadas donde la gran mayoría sangraban, por lo que andaban
más cubiertas, aquietadas y silenciosas. Decía la GRAN MA que era el tiempo de cuidadoras
de nuestro fuego. Era tiempo para consentirse y ser consentidas, entonces la abuela les hacía
bebida de flor de cruz y canela, les amarraba un chumbe rojo de la cintura, para mantener
caliente el útero. Todas las mañanas cataban la luna, porque bebían agua serenada, para
despertar la intuición, “que es el lenguaje del alma”4

Recibíamos la sangre con los retazos de sábanas y ropas viejas, que en las noches se
depositaban en canecas para destilarlas y en las mañanas la GRAN MA abonaba el jardín…
decía que era el más bello, porque era alimentado con el fuego de las profundidades
femeninas, y era cierto, su jardín era el más bello, las flores cercaban lo nuestro, lo propio,
eran nuestra trinchera y desde allí indagábamos el mundo. Muchas de las prohibiciones de la
vereda, estaban asentadas en nuestra casa.

—Cuidado con la casa de las flores… ese aparte de putas, son brujas. Por eso no apagan el
fogón, porque cocinan día y noche las pócimas para atrapar a los hombres.

Era cierto, el fogón nunca se apagaba porque la GRAN MA insistía:

—Si se apaga el fogón… se apaga el corazón.

A la media mañana se extendían los retazos… lienzos donde se pintaba la vida, yo pasaba
mucho tiempo contemplando las obras. El patio de atrás de la casa era una galería, yo su
única visitante, pues allí estaban las señales con las que he caminado, las que me han
permitido el fundamento.

Mi madre a los diecisiete años ya tenía tres hijas conmigo, lo que nos permitió tener también
una madre niña, que jugaba, se asombraba y exploraba el mundo junto a nosotras. Con ella
pasé los mejores momentos de mi vida.

Cazábamos las gallinas rebeldes que dejaban de poner en la casa y escondían su nidada, les
amarrábamos una cabuya a las patas. Allí aprendí a fisgonear. Amábamos el río, donde

4
Mujeres que corren con lobos. Clarissa Pinkola Estés
permanecíamos mucho tiempo, no sentíamos hambre, sed y tampoco miedo. Hablábamos
poco, mirábamos todo.

Atrapábamos peces de colores que colocábamos en un frasco de vidrio y luego los


liberábamos; levantábamos piedras gigantes, refugio de los insectos más fantásticos;
recogíamos piedras, troncos, flores, aves muertas a las que les hacíamos la necropsia y nos
llevábamos sus plumas. Recolectas que hacían parte de nuestro altar donde llegábamos a
reposar… a inventariar tesoros: “Este es mío, no mío, yo lo vi primero, pero yo lo traje”. La
Gran Ma siempre decía:

—Aquí nada es de nadie, todo es de todas. Y recuerden con su corazón que “lo que no se
comparte, no existe.

Al regresar, pasábamos por los potreros donde destrenzábamos los caballos que las brujas
trenzaban en las noches. A mí me seguía inquietando si éramos brujas buenas o malas.
Entonces mi mamá me dijo:

—No existen brujas buenas o malas, brujas somos todas aquellas mujeres que
permanecemos unidas, luchando por nuestros sueños y corriendo libres por el horizonte.
PINTURAS INTUITIVAS “PATIO DE BRUJAS”
Erika Gómez Sánchez. Técnica mixta sobre papel.

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