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Keegan Claire - Cosas Pequeñas Como Esas

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COSAS PEQUEÑAS COMO ESAS

Claire Keegan Qué quietud había ahí arriba, pero


¿por qué nunca estaba en paz? El día aún no
despuntaba, y Furlong miró hacia el río oscuro y
brillante cuya superficie reflejaba partes equivalentes
del pueblo iluminado. Eran tantas las cosas que se
veían mejor, cuando no estaban tan cerca. No pudo
decir cuál prefería; si la vista del pueblo o su reflejo
en el agua.

Invierno de 1985 en un pequeño pueblo irlandés. Bill Furlong es


un hombre amable y un trabajador infatigable, vende carbón y
madera. Su única preocupación es que a su esposa y a sus cinco
hijas no les falte nada. Lleva una vida tranquila y rutinaria, hasta que
un día, mientras entrega un pedido en el convento del pueblo, se
involucra en una situación que le devuelve otra imagen de su
pasado, dejándolo en medio de una encrucijada definitiva: por un
lado, seguir su instinto de autopreservación y mirar hacia abajo, por
el otro, actuar con coraje y hacer lo correcto, sin importar las
consecuencias. Claire Keegan, una de las voces más potentes de la
literatura irlandesa contemporánea, se detiene con perspicacia en
esas pequeñas cosas que hacen la diferencia y construye una
novela de una delicadeza conmovedora.

En Cosas pequeñas como esas, Claire Keegan crea escenas con


asombrosa claridad y lucidez. Esta es la historia de lo que sucedió
en Irlanda, contado con simpatía y precisión emocional.
Colm Tóibín

Placa conmemorativa ubicada en St. Stephen’s Green Park,


Dublín.
Esta historia está dedicada a las mujeres y niños que padecieron
en los hogares para madres e hijos y en las Lavanderías de la
Magdalena de Irlanda.

Y a Mary McCay, maestra.


“La República de Irlanda tiene derecho a la lealtad de todos los
irlandeses e irlandesas, y por la presente, la reclama. La
República garantiza la libertad religiosa y civil, la igualdad de
derechos y la igualdad de oportunidades para todos sus
ciudadanos, y declara su determinación de buscar la felicidad y
la prosperidad de toda la nación y de todas sus partes,
valorando a todos los niños de la nación por igual”.

DEL ACTA DE PROCLAMACIÓN DE LA REPÚBLICA DE IRLANDA,


1916
1

En octubre hubo árboles amarillos. Después, se atrasó la hora de


los relojes y los prolongados vientos de noviembre llegaron,
soplaron y desnudaron los árboles. En el pueblo de New Ross, de
las chimeneas salía humo que se disipaba y desvanecía en
extensos hilos desmelenados antes de dispersarse por los muelles,
y pronto el río Barrow, oscuro como cerveza negra, creció con la
lluvia.
La mayoría de la gente soportaba tristemente el clima: tenderos y
comerciantes, hombres y mujeres en la oficina de correos y en la
cola de los desempleados, en el mercado de hacienda, la cafetería y
el supermercado, en el bingo, los pubs y en el negocio que vendía
pescado y papas fritas comentaban, a su manera, sobre el frío y la
lluvia que había caído, preguntando si ese clima inusual no era un
mal presagio porque, ¿quién iba a creer que, de nuevo, ese era
apenas otro día de frío glacial? Los niños se subían las capuchas
antes de dirigirse a la escuela, mientras que sus madres, ya muy
acostumbradas a agachar la cabeza y a correr hacia el tendedero, o
casi sin atreverse a colgar nada, tenían poca fe en que, antes de la
noche, se les secara siquiera una camisa. Y luego llegaban las
noches y las heladas volvieron a imponerse, y por debajo de las
puertas se deslizaban cuchillas de frío y les cortaban las rodillas a
los que todavía se arrodillaban para rezar el rosario.
Bill Furlong, quien manejaba el depósito de carbón y madera, se
frotó las manos, diciendo que si las cosas seguían así, iban a
necesitar un nuevo juego de neumáticos para el camión.
–Está en el camino todo el tiempo –dijo–. Pronto vamos a estar en
llanta.
Y era verdad: apenas salía un cliente del patio, llegaba otro,
pisándole los talones, o sonaba el teléfono, y casi todos decían que
querían la entrega de inmediato o pronto, que la próxima semana ya
no serviría.
Furlong vendía carbón, turba, antracita, carbonilla y troncos. Se
los encargaban de a cien kilos, de a cincuenta, o por tonelada o
camionada. También vendía fardos de briquetas, leña y garrafas. El
del carbón era un trabajo muy sucio y, en invierno, había que
recogerlo mensualmente en los muelles. Dos días enteros les
tomaba a los hombres recogerlo, transportarlo, clasificarlo y pesarlo
en el depósito. Mientras tanto, los marineros polacos y rusos eran
una novedad, yendo por el pueblo con sus gorros de piel y sus
abrigos largos y abotonados, sin decir apenas una palabra en inglés.
En épocas ocupadas como esa, Furlong hacía personalmente la
mayoría de las entregas, dejando que los trabajadores
empaquetaran los otros pedidos y cortaran y dividieran las cargas
de árboles talados que traían los granjeros. Por las mañanas, se
podía escuchar las sierras y las palas trabajando duro, pero cuando
sonaba la campana del Ángelus, al mediodía, los hombres dejaban
las herramientas, se lavaban las manos y se iban a Kehoe’s, donde
los viernes les servían almuerzos calientes, con sopa, pescado y
papas fritas.
–Coman hasta saciarse –le gustaba decir a Mrs. Kehoe, de pie
detrás del nuevo bufé de su cantina, cortando la carne y sirviendo
las verduras y el puré con grandes cucharas de metal.
Con gusto, los hombres se sentaban para deshelarse y comer
hasta saciarse, antes de fumar y volver a salir al frío otra vez.
2

Furlong había venido de la nada. De menos que la nada, diría


alguno. Su madre, a los dieciséis años, había quedado embarazada,
cuando trabajaba como empleada doméstica para Mrs. Wilson, la
viuda protestante que vivía en una casona a unos pocos kilómetros
del pueblo. Cuando se supo el problema de su madre, y la familia
dejó en claro que ya no tendrían más que ver con ella, Mrs. Wilson,
en lugar de despedirla, le dijo que debía quedarse y seguir
trabajando. La mañana en que Furlong iba a nacer, fue ella quien la
llevó al hospital, y la que los trajo de vuelta a la casa. Fue el primero
de abril de 1946, y por eso alguno dijo que el chico resultaría un
tonto.1
La mayor parte de su infancia Furlong la pasó en un moisés en la
cocina de los Wilson y luego lo engancharon con arneses en el gran
cochecito, junto al aparador, para que no alcanzara las altas jarras
azules. Sus primeros recuerdos eran de platos, de una estufa negra
–¡caliente! ¡caliente!– y de un piso brillante de baldosas cuadradas
hecho de dos colores sobre el que gateó y caminó, y luego supo que
se parecía a un tablero de damas, cuyas piezas saltaban unas sobre
otras o eran comidas.
A medida que iba creciendo, Mrs. Wilson, que no tenía hijos
propios, se fue haciendo cargo de él, le asignó pequeñas tareas y lo
ayudó a aprender a leer. Ella tenía una pequeña biblioteca y no
parecía preocuparse mucho por los juicios que otros emitieran,
porque vivía su propia vida con moderación, manteniéndose con la
pensión que recibía por la muerte de su marido en la guerra, y con
los ingresos que le daban los pequeños rebaños de sus bien
cuidadas vacas Hereford y de sus ovejas Cheviot. Ned, el peón,
también vivía ahí, y rara vez había mucha fricción en el lugar o con
los vecinos, ya que la tierra estaba bien vallada y administrada, y no
se debía dinero. Tampoco había demasiada tensión a propósito de
las creencias religiosas que, de ambos lados, eran tibias; los
domingos, Mrs. Wilson simplemente se cambiaba el vestido y los
zapatos, se sujetaba el sombrero bueno en la cabeza y Ned la
conducía hasta la iglesia en el Ford, que luego conducía un poco
más allá, con madre e hijo, hasta la capilla; y cuando regresaban a
la casa, tanto los libros de oraciones como la Biblia se dejaban junto
al perchero hasta el próximo domingo o el siguiente día festivo.
En la escuela, se habían burlado de Furlong y lo habían apodado
con nombres desagradables; una vez, había vuelto a casa con la
parte de atrás de su abrigo cubierta de saliva, pero su vínculo con la
casona le había dado cierta libertad y protección. Por un par de
años, continuó sus estudios en la escuela industrial antes de
terminar en el depósito de carbón, haciendo prácticamente el mismo
trabajo que otros hombres ahora hacían bajo sus órdenes y había
ido progresando. Tenía cabeza para los negocios, era conocido por
su buen trato y se podía confiar en él, ya que había desarrollado
buenos hábitos protestantes; era dado a levantarse temprano y no le
gustaba la bebida.
Ahora, vivía en el pueblo con Eileen, su esposa, y sus cinco hijas.
Había conocido a Eileen cuando ella trabajaba en la oficina de
Graves & Co. y la había cortejado de la manera habitual, llevándola
al cine y, por las tardes, dando largos paseos por la costanera. Se
sintió atraído por su cabello brillante y negro, por sus ojos color
pizarra, su mente práctica y ágil. Cuando se comprometieron, Mrs.
Wilson le dio a Furlong algunos miles de libras para que comenzara.
Algunos decían que le había dado el dinero porque el que lo había
engendrado era uno de los suyos (si no, no lo habrían bautizado
William).2
Pero Furlong nunca pudo descubrir quién había sido su padre. Su
madre había muerto repentinamente, desplomándose un día sobre
los adoquines, mientras llevaba a la casa una carretilla con
manzanas silvestres para hacer gelatina. Un derrame cerebral fue lo
que dijeron los doctores más tarde. Furlong tenía doce años en ese
entonces. Años después, cuando fue al registro civil a buscar una
copia de su partida de nacimiento, lo único que decía en el espacio
donde debería haber estado el nombre de su padre era
“desconocido”. La boca del empleado que se la entregó por encima
del mostrador se torció en una fea sonrisa.
Ahora, Furlong no estaba dispuesto a quedarse en el pasado; su
atención estaba centrada en atender a sus hijas que tenían el
cabello negro como Eileen y la tez blanca. En la escuela, ya se
mostraban prometedoras. Kathleen, la mayor, los sábados iba con él
a la pequeña oficina prefabricada y, por un poco de dinero, lo
ayudaba con la contabilidad, clasificaba lo que se había acumulado
durante la semana y llevaba la cuenta de la mayoría de las cosas.
Joan también tenía una buena cabeza sobre los hombros, y
felicitados y muy bien en sus cuadernos, y además recientemente
se había unido al coro. Ambas ahora cursaban la secundaria, en St.
Margaret’s.
Sheila, la hija del medio, y Grace, la penúltima, que habían nacido
con once meses de diferencia, podían recitar las tablas de
multiplicar de memoria y nombrar los condados y los ríos de Irlanda,
cuyos contornos a veces dibujaban y pintaban con marcadores en la
mesa de cocina. También ellas se inclinaban por la música y
tomaban lecciones de acordeón en el convento los martes, después
de la escuela.
Loretta, la menor de todas, era tímida con la gente, pero ya
estaba leyendo a Enid Blyton y había ganado un premio Texaco por
su dibujo de una gallina azul y gorda patinando sobre un estanque
helado.
A veces, Furlong, al ver que las niñas hacían las pequeñas cosas
que debían hacerse –una reverencia en la capilla o agradecer al
comerciante por el cambio–, sentía una alegría profunda y privada
de que fueran sus hijas.
–Qué suerte tenemos –le comentó a Eileen una noche en la
cama–. Hay tantos que son pobres.
–Sí, claro.
–No es que tengamos mucho –dijo–. Pero, aun así.
La mano de Eileen apartó lentamente un pliegue de la colcha.
–¿Pasó algo?
Le tomó un momento contestar.
–El chico de Mick Sinnott volvió a salir hoy al camino, a buscar
maderitas.
–Supongo que te habrás detenido.
–Llovía a cántaros. Me detuve, le ofrecí llevarlo y le di el poco
cambio que tenía en el bolsillo.
–Sí, claro.
–No vayas a pensar que le di un billete de cien libras.
–¿Sabes que hay quienes se buscan los problemas solos?
–Seguramente, no es el caso del chico.
–El martes, Sinnott estaba achispado en el teléfono público.
–Pobre hombre –dijo Furlong–, sea lo que sea que le pase.
–La bebida es lo que le pasa. Si tuviera algún respeto por sus
hijos, no andaría así. Tendría que enderezarse.
–En una de esas, no puede.
–Supongo –dijo y se estiró y apagó la luz–. Siempre hay alguien a
quien le toca sacar la paja corta.
Algunas noches, Furlong yacía allí con Eileen, conversando sobre
cosas pequeñas como esas. Otras veces, después de un día de
levantar objetos pesados o de retrasarse por una pinchadura y
empaparse en la carretera, volvía a casa, comía hasta quedar
satisfecho y se acostaba temprano, luego se despertaba en medio
de la noche para encontrar a Eileen profundamente dormida a su
lado, y allí se quedaba con la mente dándole vueltas en círculos,
inquieto, antes de que finalmente tuviera que bajar y poner el agua
para el té. Se paraba entonces, con la taza, junto a la ventana,
mirando las calles y lo que podía ver del río, las pequeñas escenas
de lo que sucedía: perros callejeros buscando sobras en los
contenedores; bolsas de fritanga y latas vacías que el viento y la
lluvia hacían rodar bruscamente; los rezagados de los pubs, que
volvían tambaleando a sus casas. A veces, esos hombres
tambaleantes cantaban un poco. Otras veces, Furlong escuchaba
un silbido agudo y picante, y una risa que lo ponía tenso. Se
imaginaba a sus hijas haciéndose grandes y madurando, y entrando
en ese mundo de hombres. Ya había notado que los hombres
seguían a sus hijas con la mirada, y una parte de su mente a
menudo se crispaba por eso; no sabía decir por qué.
Furlong era consciente de lo fácil que era perderlo todo. Aunque
no se había aventurado lejos, se desplazaba con frecuencia, y había
visto a muchos desafortunados en el pueblo y en los caminos
rurales. Las colas de los desempleados se estaban haciendo cada
vez más largas y había hombres que no podían pagar sus facturas
de electricidad, que vivían en casas tan frías como bunkers, que
dormían con sus abrigos puestos. Las mujeres, el primer viernes de
cada mes, hacían fila contra la pared de la oficina de correos con las
bolsas de los mandados, esperando para cobrar las asignaciones
por hijos. Y más allá, en los campos, había sabido que las vacas se
quedaban berreando para ser ordeñadas porque el hombre que las
cuidaba se había ido repentinamente y había tomado el barco a
Inglaterra. Una vez, recogió y llevó al pueblo a un hombre de St.
Mullins que tenía que pagar una factura y él le dijo que habían
tenido que vender el automóvil porque no podían dormir sabiendo lo
que debían, y que el banco les estaba cayendo encima. Y una
mañana temprano, Furlong había visto a un chico en uniforme
escolar tomándose la leche del cuenco del gato, detrás de la casa
del cura.
Mientras hacía sus recorridas, Furlong no solía escuchar la radio,
pero a veces la sintonizaba y se enteraba de las noticias. Era 1985,
y los jóvenes estaban emigrando a Londres, Boston y Nueva York.
Acababa de inaugurarse un nuevo aeropuerto en Knock; Haughey3
había ido para cortar la cinta. El Taoiseach había firmado un
acuerdo con Thatcher sobre el norte, y la gente de Belfast marchaba
en protesta batiendo tambores porque Dublín se metía en sus
asuntos.4 Las multitudes en Cork y Kerry habían mermado, pero
algunos todavía se reunían en los altares, con la esperanza de que
una de las estatuas se volviera a mover.5
En New Ross, había cerrado el astillero y Albatros, la gran fábrica
de fertilizantes del otro lado del río, había despedido mucha gente.
Bennett’s, a once empleados, y Graves & Co., donde había
trabajado Eileen, y que había estado allí desde que él tenía
memoria, había cerrado sus puertas. El subastador dijo que el
negocio estaba frío como el hielo, que bien podría estar tratando de
vender nieve a los esquimales. Y Miss Kenny, la florista, cuyo
puesto estaba cerca del depósito de carbón, había cerrado su
ventana con tablas; una noche, le había pedido a uno de los
hombres de Furlong que sujetara la madera contrachapada con
firmeza mientras ella ponía los clavos.
Los tiempos eran duros, pero eso hacía que Furlong estuviera aún
más determinado a seguir adelante, a mantener la cabeza baja y
permanecer del lado correcto, y a seguir manteniendo a sus hijas,
verlas progresar y completar su educación en St. Margaret’s, la
única buena escuela para niñas en el pueblo.
1 En muchos países del hemisferio norte, el 1° de abril –también denominado April

Fool’s Day (literalmente, “Día del tonto de abril”)– es el equivalente al 28 de


diciembre, Día de los Inocentes, del mundo hispánico. Es costumbre que en
ambos días se hagan bromas y se les tome el pelo a los desprevenidos. [N. del T.]
2 El nombre William, en Irlanda, está asociado a los reyes ingleses y, por lo tanto,

a los protestantes. [N. del T.]


3 Charlie Haughey (1925-2006) fue un político irlandés que ejerció el cargo de

Taoiseach (“Primer Ministro”) durante cuatro mandatos diferentes, en una carrera


prolífica en escándalos políticos. [N. del T.]
4 La autora se refiere al Tratado anglo-irlandés firmado por la primera ministra

Margaret Thatcher y el primer ministro irlandés Garret FitzGerald el 15 de


noviembre de 1985. Entre otras razones de descontento, autorizaba a que la
República de Irlanda tuviera injerencia en los asuntos de Irlanda del Norte, lo que
planteaba un antecedente para una futura reunificación de ambos países. [N. del
T.]
5 A finales de julio y agosto de 1985, más de cien mil personas habían descendido

al pueblito de Ballinspittle, en el Condado de Cork, para asistir al “milagro” de la


estatua que se movía al borde de la carretera. De hecho, en Irlanda, 1985 fue
conocido como el “año de las estatuas móviles”. [N. del T.]
3

Se acercaba la Navidad. Ya habían puesto un hermoso abeto de


Noruega en la plaza, junto al pesebre, con los personajes recién
vueltos a pintar. Y aunque algunos se quejaron de que José, con su
túnica roja y púrpura, lucía demasiado colorido, la Virgen María
recibió la aprobación general, arrodillada impasible y ataviada como
de costumbre de azul y blanco. También el burro marrón estaba casi
igual, vigilando a dos ovejas dormidas y el pesebre donde, en
Nochebuena, se colocaría la figura del niño Jesús.
Según la costumbre, la gente se reunía allí, el primer domingo de
diciembre, afuera del Ayuntamiento, después del anochecer, para
ver cómo se encendían las luces. La tarde se mantuvo seca, pero el
frío era penetrante, así que Eileen hizo que las niñas se abrocharan
los anoraks y usaran guantes. Cuando llegaron al centro del pueblo,
la banda de gaiteros y los cantantes de villancicos ya se habían
reunido, y Mrs. Kehoe estaba en su puesto, vendiendo pan de
jengibre y chocolate caliente. Joan, que se había adelantado,
repartía con otros miembros del coro las letras impresas de los
villancicos, mientras las monjas deambulaban, supervisando y
hablando con algunos de los padres.
Si se quedaban quietos, hacía frío, así que caminaron por las
calles laterales durante un rato antes de refugiarse en la entrada de
Hanrahan’s, donde Eileen se había detenido para admirar un par de
zapatos de charol azul marino y una cartera que hacía juego, y para
charlar con vecinos y otras personas que habían llegado desde lejos
y a las que no veía con frecuencia, que aprovechaban la
oportunidad para enterarse de las novedades y para compartir las
que traían.
De pronto, hubo un anuncio por el altoparlante, invitando a todos
a congregarse. El concejal municipal, que llevaba una cadena de
bronce sobre su sobretodo Crombie,6 salió de un Mercedes y dio un
breve discurso antes de que se accionara un interruptor y se
encendieran las luces. Entonces, mágicamente, las calles
parecieron cambiar y cobrar vida bajo largas series de lamparitas
multicolores que se balanceaban con el viento, amablemente, sobre
sus cabezas. Hubo aplausos dispersos y asordinados de la multitud
y enseguida comenzó a tocar la banda de gaiteros, pero al ver a
Papá Noel, grande y gordo, viniendo por la calle, Loretta retrocedió,
inquieta, y se puso a llorar.
–No tengas miedo –le dijo Furlong, para darle seguridad–. Es
nada más que un hombre, como yo, solo que con un disfraz.
Pero mientras otros niños hacían cola para visitar a Papá Noel en
la gruta y recoger sus regalos, Loretta se mantuvo firme, de la mano
de Furlong.
–No hay necesidad de ir si no quieres, a leanbh7 –le dijo
Furlong–. Quédate aquí conmigo.
Pero, aun así, le dolió ver a una de sus hijas tan alterada por la
visión de lo que otros niños ansiaban y no pudo evitar preguntarse si
ella sería lo suficientemente valiente o capaz para lo que el mundo
le tenía reservado.

***

Esa noche, cuando llegaron a casa, Eileen dijo que ya era hora de
que hicieran la torta de Navidad. Con buen humor, tomó nota de la
receta que había en el envase de la harina Odlum y consiguió que
Furlong batiera, con la batidora de mano, cuatrocientos cincuenta
gramos de manteca y azúcar en el cuenco de porcelana marrón,
mientras las niñas rallaban cáscara de limón, pesaban y picaban
cáscaras confitadas y cerezas, remojaban almendras enteras en
agua hirviendo y luego las pelaban. Durante casi una hora,
examinaron los frutos secos, seleccionando pasas de Corinto, de
Esmirna y de Málaga. Eileen tamizaba la harina y las especias, batía
los huevos y engrasaba y forraba el molde, envolviendo el exterior
con dos capas de papel madera, atándolo apretado, con cordel.
Furlong se hizo cargo de la Rayburn,8 colocando pequeñas
paladas ordenadas de antracita y regulando el tiro para mantener el
horno bajo y estable durante la noche.
Cuando la mezcla estuvo lista, Eileen la metió, con la cuchara de
madera, en el gran molde cuadrado, alisándole la parte superior
antes de darle a la base un par de golpes fuertes, riéndose un poco,
para así hacerla calzar en las esquinas, pero apenas puso el molde
en el horno, con la puerta ya cerrada, recorrió la habitación con la
vista y les dijo a las chicas que la despejaran para que ella pudiera
poner manos a la obra y comenzar a planchar.
–¿Por qué no le escriben ahora sus cartas a Papá Noel?
Con ella, siempre era lo mismo, pensó Furlong; siempre ambos
iban mecánicamente al siguiente trabajo que tenían por delante, sin
pausa. ¿Cómo serían las cosas, se preguntó, si se dieran el tiempo
de pensar y de hacer un alto? ¿Sus vidas serían diferentes o muy
parecidas, o simplemente perderían el control sobre sí mismos?
Incluso mientras batía la manteca y el azúcar, ya no estaba tanto en
el aquí y ahora ni en ese domingo próximo a la Navidad, con su
esposa e hijas, sino en el día siguiente y en quién debía qué, y
cómo y cuándo él entregaría lo que se le había encargado, y a qué
hombre dejaría para tal o cual tarea, y en cómo y dónde cobraría lo
que se le debía, y antes de que terminara el día de mañana, sabía
que su mente ya estaría funcionando de la misma manera,
pensando una vez más en el siguiente día.
Entonces miró a Eileen, desenrollando el cable y enchufando la
plancha en el tomacorriente, y a sus hijas sentadas a la mesa con
sus cuadernos y lapiceras para escribir sus cartas, y de mala gana
se encontró recordando el pasado, cuando era niño, y en cómo
había escrito aquella vez, lo mejor que pudo, pidiendo que viniera su
papá o, si no, pidiendo un rompecabezas con el dibujo de una
granja, de quinientas piezas. Esa mañana de Navidad, cuando bajó
al salón que Mrs. Wilson les dejaba compartir de vez en cuando, el
fuego ya estaba encendido y encontró tres paquetes debajo del
árbol, envueltos con el mismo papel verde: en uno había un cepillo
de uñas y una pastilla de jabón. El segundo tenía una bolsa de agua
caliente, regalo de Ned. Y Mrs. Wilson le había regalado Un cuento
de Navidad, un viejo libro de tapa dura y roja, sin dibujos, que olía a
moho.
Había salido entonces, al establo, para ocultar su decepción y
llorar. No habían venido ni su padre ni Papá Noel. Y no había
rompecabezas. Pensó en lo que los otros chicos decían de él en la
escuela, en el apodo que le ponían, y entendió que era por eso.
Cuando miró hacia arriba, la vaca, encadenada a su establo, estaba
sacando heno del comedero, satisfecha. Antes de regresar a la
casa, se había lavado la cara en el abrevadero de los caballos,
rompiendo el hielo de la superficie, y había hundido en él sus manos
para que permanecieran en el frío, y las mantuvo allí para desviar el
dolor, hasta que no pudo soportarlo más.
¿Dónde estaba su padre ahora? A veces, se sorprendía a sí
mismo mirando a los hombres maduros, tratando de descubrir un
parecido físico, o en busca de alguna pista al escuchar las cosas
que la gente decía. Seguramente, algún lugareño sabía quién era su
padre –todos tenían un padre–, y parecía improbable que, estando
él presente, nadie hubiera dicho nada al respecto, ya que las
personas, en la conversación, seguramente, se revelaban no solo a
sí mismas, sino también lo que sabían.
Algo después de casarse, había decidido preguntarle a Mrs.
Wilson si conocía a su padre, pero en ninguna de las noches en que
había ido a visitarla había podido reunir el valor; a ella podría
haberle parecido poco educado después de todo lo que había hecho
por su madre y por él. No más de un año después, Mrs. Wilson
sufrió un derrame cerebral y fue llevada al hospital. El domingo,
cuando Furlong fue a verla, ella había perdido el uso de su lado
izquierdo y no podía hablar, pero lo reconoció y levantó su mano
buena. Era como una niña, sentada en la cama –con un camisón
floreado abrochado hasta la barbilla y mirando por la ventana–. Era
una tarde tempestuosa de abril; más allá de los enormes cristales
transparentes, una ventisca de flores blancas era arrancada de los
castigados cerezos y volaba.
–¿Alguna vez Papá Noel te vino a ver, papi? –preguntó Sheila,
con preocupación.
A veces, sus hijas, con su cabello negro y ojos finos y
penetrantes, podían ser como jóvenes brujas. Era fácil entender por
qué las mujeres les temían a los hombres, con su fuerza física,
lujuria y autoridad social, pero las mujeres, con sus sagaces
intuiciones, eran mucho más profundas: podían predecir lo que
vendría mucho antes de que llegara, soñarlo de la noche a la
mañana y leer tu mente. Había tenido momentos, en su matrimonio,
en los que casi había temido a Eileen y le había envidiado el temple
y sus certeros instintos.
–Papi –dijo Sheila.
–Por supuesto que Papá Noel vino –dijo Furlong–. Un año me
trajo un rompecabezas de una granja.
–¿Un rompecabezas? ¿Nada más?
Furlong tragó saliva.
–Termina tu carta, a leanbh.
Esa noche, mientras las chicas se peleaban por elegir qué regalos
debían pedir y cuáles podrían compartir, surgieron entre ellas
algunos pequeños desacuerdos. Eileen medió sobre lo que era
suficiente y lo que era demasiado, mientras que a Furlong le
consultaban sobre la ortografía.
A Grace, que ya comenzaba a darse cuenta, le pareció extraño
que la dirección no fuera más larga.
–“Papá Noel, Polo Norte”. Eso no puede ser todo.
–Allá arriba todo el mundo sabe dónde vive Papá Noel –dijo
Kathleen.
Furlong le guiñó un ojo.
–¿Y cómo vamos a saber si llegan a tiempo? –Loretta miró el
calendario del carnicero, cuya última página de diciembre, con los
cambios de la luna, se movía levemente con la corriente de aire.
–Su papi las va a despachar en el correo mañana temprano –dijo
Eileen–. Todas las cartas para Papá Noel van certificadas.
Había terminado con las camisas y las blusas, y empezaba con
las fundas de almohada. Siempre, ella abordaba las cosas más
difíciles primero.
–Enciende la tele para que escuchemos las noticias –dijo–. Tengo
la sensación de que Haughey se volverá a zafar.
Finalmente, las cartas se pusieron en sobres cuyas partes
engomadas se lamieron y se colocaron en la repisa de la chimenea
para ser enviadas. Furlong miró allá arriba las fotografías
enmarcadas de la familia de Eileen: las de su madre y las de su
padre, y las de varios otros de los suyos, y los pequeños adornos
que le gustaba coleccionar y que de alguna manera le parecían
ordinarios, habiendo crecido en una casa con cosas más finas y
más sencillas. El hecho de que esas cosas no le hubieran
pertenecido, nunca pareció importarle.
A pesar de que al día siguiente había clases, esa noche, se les
permitió a las niñas quedarse despiertas hasta tarde. Sheila preparó
una jarra de Ribena9 mientras Furlong se apostaba al lado de la
puerta de la Rayburn, tostando, cómicamente, con un largo tenedor,
trozos de pan de soda, que las niñas untaban con manteca, con
Marmite10 o con crema de limón. Cuando se le quemó el suyo, se lo
comió igual, porque dijo que había sido su culpa, ya que no había
estado mirando y lo había mantenido demasiado cerca de la llama.
Pero algo se le había quedado atragantado; era como si nunca más
fuera a haber otra noche como esa.
¿Qué era lo que lo estaba emocionando ese domingo a la noche?
Una vez más, se encontró pensando en la época en que vivió en la
casa de los Wilson, y concluyó que había tenido demasiado tiempo
para mortificarse y que se había vuelto sentimental por todas esas
luces de colores y la música, y por ver a Joan cantando con el coro,
y porque ella parecía ser parte de eso con todos los demás, y por el
aroma del limón que lo había llevado de regreso a su madre en
Navidad, y a esa hermosa y vieja cocina; y a cómo ella solía poner
lo que quedaba del limón con azúcar en una de las jarras azules
para que se remojara y disolviera durante la noche y se convirtiera
en limonada dulce.
Enseguida recuperó el control y llegó a la conclusión de que
nunca se volvía a lo que había pasado; a cada uno se le daban días
y oportunidades que no volvían a tenerse. ¿No era acaso agradable
estar donde estabas y dejar que, por una vez, eso te recordara el
pasado, a pesar del malestar, en lugar de estar siempre pendiente
de la mecánica de los días y los problemas futuros, que tal vez
nunca llegasen?
Cuando levantó la vista, ya eran casi las once.
Eileen advirtió su mirada.
–Ya es hora de que estén en la cama, chicas –dijo, volviendo a
apoyar la plancha con un siseo de vapor–. Ahora suban y lávense
los dientes. Y no quiero escucharlas decir ni pío antes de que
amanezca.
Furlong entonces se levantó y llenó el calentador eléctrico para
prepararles sus bolsas de agua caliente. Cuando el agua hirvió,
llenó las dos primeras, haciendo que el aire de cada una saliera con
un pequeño resuello de la goma, antes de ajustar las tapas.
Mientras esperaba a que el agua volviera a hervir, pensó en la bolsa
de agua caliente que le habían regalado muchas Navidades atrás, y
en cómo, a pesar de su decepción, ese regalo lo había reconfortado,
todas las noches, durante mucho tiempo; y en cómo, antes de que
transcurriera el año siguiente, había llegado al final de Un cuento de
Navidad, porque Mrs. Wilson lo había alentado a usar el gran
diccionario y a buscar las palabras, diciendo que todos deberían
tener un vocabulario amplio, una palabra que él no pudo encontrar
hasta que descubrió que la tercera letra no era una k. Al año
siguiente, cuando ganó el primer premio de ortografía y le
entregaron una cartuchera de madera cuya tapa corrediza hacía las
veces de regla, ella le frotó la parte superior de la cabeza y lo elogió,
como si fuera uno de los suyos. “Tienes tu propio motivo de orgullo”,
le dijo. Y durante un día entero o más, Furlong se sintió más alto,
creyendo, en su fuero íntimo, que él importaba tanto como cualquier
otro niño.

***

Después de que las niñas se fueron a la cama y de que se doblara y


guardara lo último que había sido planchado, Eileen apagó la
televisión y sacó dos vasos de jerez del armario que llenó con la
Bristol Cream11 que había comprado para hacer un bizcocho
borracho. Suspiró, apoyándose en la Rayburn, luego se quitó los
zapatos y se soltó el cabello.
–Tuviste un día largo –dijo Furlong.
–Qué importa –dijo–. Hice todo eso. No sé por qué dejé la torta
para tan tarde. Todas las mujeres que estaban allí esta noche ya
habían hecho la suya.
–Si no tienes cuidado, te la vas a pasar trabajando, Eileen.
–No más que tú.
–Al menos, tengo libres los domingos.
–Los tienes libres, pero la cuestión es si te los tomas.
Miró hacia la puerta al pie de las escaleras y se incorporó, como si
pudiera sentir, a través del cielorraso, si las niñas estaban
durmiendo o no.
–Ya están dormidas –dijo–. Trae las cartas, a ver qué pusieron en
ellas.
Furlong tomó los sobres y juntos abrieron y leyeron lo que habían
puesto.
–¿No es lindo verlas siendo juiciosas y no pidiendo el sol y las
estrellas? –dijo Eileen, después de un rato–. Debemos estar
haciendo algo bien.
–Es sobre todo obra tuya –admitió Furlong–. ¿Dónde estoy yo, si
paso todo el día afuera, y después en casa, en la mesa, y a la cama,
y me voy de nuevo antes de que se levanten?
–No hay nada que reprocharte, Bill –dijo Eileen–. No debemos ni
un centavo, y eso es mérito tuyo.
–Sus ortografías mejoraron, pero ¿qué pasa con Loretta y su
“Querido Papá Nuel”?
Les tomó un tiempo revisar todo y decidir, entre ellos, qué se
debía comprar y qué no. Al final, se estiraron todo lo que pudieron:
un par de jeans para Kathleen, que había estado viendo el anuncio
del 501 en la televisión; un álbum de Queen para Joan, que se
había quedado pegada a la pantalla durante el concierto de Live Aid
de ese verano y se había enamorado de Freddie Mercury. Sheila
había escrito la carta más corta, pidiendo el Scrabble claramente,
sin ofrecer otra alternativa. Se decidieron por un globo terráqueo
giratorio para Grace, que no estaba segura de lo que quería, pero
que había escrito una lista larga. Loretta no estaba indecisa: si Papá
Noel fuera tan hamavle de traerle Los cinco junto al mar de Enid
Blyton, o Los cinco se escapan, o ambos, ella le dejaría un gran
trozo de torta y escondería otro detrás del televisor.
–Listo –dijo Eileen–. Otra cosa casi terminada. Mañana a la
mañana voy a tomar el autobús a Waterford y haré las compras
mientras estén en la escuela.
–¿Quieres que te lleve?
–Sabes que no tendrás tiempo, Bill –dijo–. Mañana es lunes.
–Sí, claro.
Lentamente, ella abrió la puerta del horno, dudando por un
momento antes de echar las cartas a las llamas.
–Se están poniendo grandes, Eileen.
–Sabes que en un abrir y cerrar de ojos, se van a casar y se irán.
–Así es la vida.
–A medida que pasan, los años van más rápido.
Eileen comprobó el indicador de temperatura del horno, cuya
aguja había bajado demasiado respecto de la temperatura que
quería, y se acercó un poco más.
–Entonces, ¿has decidido qué me vas a regalar para Navidad? –
dijo con una sonrisa.
–No te preocupes –dijo Furlong–. Esta noche pesqué la indirecta
con el vistazo que le echaste a la vidriera de Hanrahan’s.
–Qué bueno verte tomando nota y adelantándote –dijo muy
complacida–. Y a ti, ¿qué te gustaría?
–No hay mucho que necesite –dijo Furlong.
–¿Te gustarían pantalones nuevos?
–No sé qué me gustaría –dijo Furlong–. Quizás, un libro. Podría
instalarme a leer un poco durante Navidad.
Eileen le dio un sorbo a su vaso y le lanzó una mirada.
–¿Qué clase de libro?
–Uno de Walter Macken, tal vez. O David Copperfield. Nunca tuve
oportunidad de leerlo.
–Tienes razón.
–O un gran diccionario, para la casa, para las chicas.
–¿Hay algo que te preocupa, Bill? –preguntó, recorriendo con el
dedo el borde del vaso–. Esta noche estuviste a kilómetros de aquí.
Furlong miró para otro lado, sintiendo el instinto de ella, el certero
poder de su mirada.
–¿Estabas en lo de los Wilson?
–Bueno, solo me quedé pensando en algunas cosas de entonces.
–Es lo que imaginé.
–¿No vuelves a repasar las cosas, Eileen? ¿No te preocupas? A
veces desearía tener tu mente.
–¿Preocuparme? –dijo–. Anoche soñé que Kathleen tenía un
diente cariado y que yo se lo sacaba con tenazas. Casi me caigo de
la cama.
–Todos tenemos noches así.
–Supongo –dijo–. Con la llegada de la Navidad, los gastos y todo
eso.
–¿Crees que las chicas van bien encaminadas?
–¿A qué te refieres?
–No sé –dijo Furlong–. Me preguntaba por qué Loretta hoy no
quiso ir a ver a Papá Noel.
–Todavía es chiquita –dijo Eileen–. Dale tiempo. Ya va a crecer.
–Pero ¿nosotros estamos bien, no?
–¿Te refieres al dinero? ¿No tuvimos acaso un buen año? Todavía
estoy guardando algo en la Cooperativa de Crédito todas las
semanas. Deberíamos obtener el préstamo y poner ventanas
nuevas en el frente antes de esta misma fecha el año próximo.
Estoy harta de la corriente de aire.
–No sé a qué me refiero, Eileen –dijo Furlong con un sollozo–.
Esta noche estoy un poco cansado. Es eso. No me hagas caso.
De dónde le venía todo eso, se preguntó Furlong. El trabajo y la
preocupación constante. Levantarse cuando todavía era de noche
para ir hasta el depósito, hacer las entregas, una tras otra, todo el
día, luego volver a casa en la oscuridad y tratar de sacarse el
carbón de encima, y sentarse a cenar a la mesa, y quedarse
dormido antes de despertar en la oscuridad para toparse con una
versión de lo mismo, una vez más. ¿Era posible que las cosas
nunca cambiasen o se convirtieran en algo diferente o nuevo?
Últimamente, había comenzado a preguntarse qué importaba,
aparte de Eileen y las chicas. Estaba cerca de los cuarenta, pero no
sentía que estuviera llegando a ninguna parte o haciendo ningún
tipo de progreso y no podía dejar de preguntarse a veces para qué
servían los días.
De repente, recordó un trabajo que había tenido un verano, en la
granja de hongos, cuando no estaba en la escuela industrial. En su
primer día allí, había hecho todo lo posible para mantener el ritmo,
pero, en comparación con los otros, había sido lento y había
demorado la línea. Cuando llegó al final estaba traspirando y se
detuvo un momento para secarse la frente y mirar hacia atrás,
adonde había comenzado, y vio que ya había hongos pequeños que
crecían brotando del abono y se sintió abrumado, sabiendo que lo
mismo volvería a pasar, día tras día, todo el verano.
Por un instante, experimentó una fuerte y tonta necesidad de
charlar sobre eso con Eileen, pero ella se sintió animada y comenzó
a compartir las noticias que había traído de la plaza: el empresario
de pompas fúnebres maduro, de quien se decía que nunca se iba a
casar, le había propuesto matrimonio a una joven camarera a quien
doblaba en edad. Ella trabajaba en el Murphy Flood’s Hotel, en
Enniscorthy, y él la había llevado a la ciudad y le había comprado el
anillo más barato del exhibidor en Forristal’s. El hijo del peluquero,
un joven electricista que todavía estaba cumpliendo su condena,
había sido diagnosticado con algún tipo de cáncer raro y no le
daban más de un año de vida. Circulaba la información que varios
más de Albatros serían despedidos después de Navidad, y la gente
dijo que el circo podría llegar a la ciudad a principios del año nuevo,
una de las peores fechas posibles. La directora de correos había
dado a luz a trillizos, todos varones, pero ya era noticia vieja.
También se había enterado de que los Wilson habían vendido todo
el ganado y no tenían más que unos pocos perros en el lugar, que
ahora toda la tierra estaba arrendada y cultivada con mínima
labranza, y que Ned tenía un poco de bronquitis.
Cuando la conversación se acabó, Eileen tomó el Sunday
Independent y lo abrió. No era la primera vez que Furlong sentía
que él era una pobre compañía para ella, rara vez ayudaba a acortar
la noche. ¿Se había ella imaginado alguna vez cómo sería su vida si
se hubiera casado con otro? Permaneció sentado, no sin tristeza,
escuchando el tictac del reloj en la repisa de la chimenea y el viento
que soplaba siniestramente. La lluvia había vuelto a caer, golpeaba
con fuerza contra el cristal de la ventana y hacía que la cortina se
moviera. Desde el interior de la cocina, escuchó un trozo de
antracita que se derrumbaba contra otro y puso un poco más.
Hubo un momento en que la necesidad de dormir se apoderó de
él, pero se obligó a quedarse sentado, dormitando y despertándose
en la silla, hasta que la manecilla del reloj marcó las tres y una aguja
de tejer, empujada profundamente dentro del centro de la torta de
Navidad, salió limpia.
–Bueno, de todos modos la fruta no se quedó abajo –dijo Eileen,
satisfecha, y bautizó la torta con un poco de whiskey.

6 J&J Crombie Ltd. es una empresa de moda británica que produce ropa y

accesorios de alta gama. Sus abrigos y sobretodos son considerados artículos de


lujo. [N. del T.]
7 Término afectivo en irlandés. Significa “hija”, “niña”. [N. del T.]
8 La Rayburn es un tipo de cocina, con horno de hierro fundido, típica de los

hogares británicos e irlandeses. [N. del T.]


9 Ribena es una marca de refrescos y bebidas de frutas concentradas, de origen

británico, a base de grosella negra. [N. del T.]


10 Marmite es un alimento para untar elaborado a partir de extracto de levadura

inventado por el científico alemán Justus von Liebig y fabricado originalmente en


el Reino Unido. [N. del T.]
11 Una marca de jerez que se fabrica en Gran Bretaña desde 1882. [N. del T.]
4

Fue un diciembre de cornejas. La gente nunca había visto tantas,


reunidas así, en grupos negros, en las afueras de la ciudad, y luego
entrando y transitando las calles, ladeando la cabeza y aterrizando,
con descaro, donde se les antojara, buscando cosas muertas o
zambulléndose, atrevidas, en todo aquello que pareciera comestible
a lo largo de los caminos, antes de ir a posarse por la noche en los
enormes árboles añosos que había alrededor del convento.
El convento, en la colina que había al otro lado del río, era un
lugar de aspecto imponente, con portones negros abiertos de par en
par y una multitud de ventanas altas y brillantes, que daban al
pueblo. Durante todo el año, el jardín del frente se mantenía
cuidado, con el césped cortado, arbustos ornamentales que crecían
prolijamente en hileras y los altos setos podados regularmente. A
veces, allí se hacían pequeñas fogatas al aire libre cuyo extraño
humo verdoso descendía sobre el río y atravesaba el pueblo o iba
hacia Waterford, según cómo soplara el viento. El tiempo se había
vuelto seco y la gente comentaba la imagen que ofrecía el convento,
lo parecido que era a una postal navideña, con los tejos y las
encinas cubiertos de escarcha, y cómo los pájaros, por alguna
razón, no habían tocado una sola baya de los acebos. Eso lo había
dicho el viejo jardinero en persona.
Las monjas del Buen Pastor, a cargo del convento, dirigían allí
una escuela de formación para niñas que les proporcionaba una
educación básica. También dirigían un exitoso negocio de
lavandería. Poco se sabía sobre la escuela de formación, pero la
lavandería tenía buena reputación: restaurantes y casas de
huéspedes, la residencia de ancianos y el hospital, y todos los
sacerdotes y familias acomodadas enviaban allí lo que tuvieran para
lavar. Según los informes, todo lo que se enviaba, ya fuera un
montón de ropa de cama o apenas media docena de pañuelos,
volvía como nuevo.
También se decían otras cosas sobre el lugar. Algunos sugerían
que las alumnas de la escuela de formación, como se las conocía,
no eran alumnas de nada, sino chicas de moral dudosa que
pasaban sus días siendo reformadas, cumpliendo una penitencia
mediante el lavado de las manchas de la ropa sucia, por lo que
pasaban todos los días, desde el amanecer hasta la noche,
trabajando. La enfermera local había contado que la habían llamado
para tratar a una joven que tenía várices de tanto estar de pie junto
a las tinas de lavado. Otros aseguraban que eran las propias monjas
las que se mataban tejiendo pulóveres del tipo de las islas Aran y
enhebrando rosarios para la exportación; que tenían corazones de
oro y problemas en la vista, y que no se les permitía hablar, sino
únicamente rezar; que a algunas, a mitad del día, no se les daba
más que pan y manteca, pero que se les permitía una cena caliente
por las noches, una vez terminado el trabajo. Otros juraban que no
era más que un hogar para madres y bebés, donde muchachas
solteras, comunes y corrientes, entraban para esconderse después
de dar a luz, diciendo que era su propia gente la que las había
mandado allí luego de que sus hijos ilegítimos fueran adoptados por
estadounidenses ricos o enviados a Australia, y que las monjas se
hacían de un buen dinero colocando a esos bebés en el extranjero,
industria que funcionaba bien.
Pero la gente decía muchas cosas, y una buena parte de lo que
se decía resultaba difícil de creer: nunca había escasez de mentes
ociosas o de chismes en el pueblo.
A Furlong no le gustaba creer nada de eso, pero una tarde en que
había llegado al convento con un pedido, mucho antes de lo
previsto, al no encontrar a nadie en el frente, pasó delante del
cobertizo del carbón, que estaba en el extremo final del edificio,
corrió el cerrojo de una pesada puerta y la abrió para toparse con un
bonito huerto cuyos árboles estaban cargados de frutas: manzanas
rojas y amarillas, peras. Entró con la intención de robarse una pera
salpicada de pecas, pero tan pronto como pisó el césped, cinco
gansos malvados le salieron al encuentro. Cuando retrocedió, se
alzaron sobre las puntas de las patas y batieron las alas, estirando
el cuello en señal de triunfo y le graznaron.
Continuó hasta una pequeña capilla iluminada, donde encontró a
más de una docena de muchachas y de niñas, apoyadas en rodillas
y manos, con trapos y latas de antigua cera de lavanda, lustrando
en círculos el piso, esforzadamente. Apenas lo vieron, reaccionaron
como si se hubiesen quemado, solo porque llegó y preguntó por la
Hermana Carmel, ¿estaba ella ahí? Ni una de ellas tenía zapatos,
sino apenas medias negras y algún tipo de horrible uniforme gris.
Una niña tenía un orzuelo feo en el ojo, y el pelo de otra había sido
cortado de manera tosca, como si un ciego se lo hubiera cortado
con tijeras de podar.
Fue ella la que se le acercó.
–Señor, ¿no nos ayudaría?
Furlong sintió que retrocedía.
–Lléveme hasta el río. Es lo único que tiene que hacer.
Hablaba con extrema seriedad y acento de Dublín.
–¿Al río?
–O al menos déjeme en el portón.
–No depende de mí, niña. No puedo llevarte a ningún lado –dijo
Furlong, mostrándole sus manos abiertas y vacías.
–Entonces lléveme a su casa. Trabajaré para usted hasta que me
caiga.
–En casa tengo cinco hijas y una esposa.
–Y yo no tengo a nadie, y lo único que quiero es ahogarme. ¿Ni
siquiera puede hacer esa puta cosa por nosotras?
De repente, se dejó caer sobre sus rodillas y comenzó a lustrar, y
Furlong se volvió y vio a una monja parada en el confesionario.
–Hermana –dijo Furlong.
–¿Qué se le ofrece?
–Solo estaba buscando a la Hermana Carmel.
–Ha cruzado a St. Margaret’s –dijo–. Quizás yo pueda ayudarlo.
–Traigo muchos troncos y carbón para ustedes, Hermana.
Apenas se dio cuenta de quién era él, la monja cambió de actitud.
–¿Fue usted el que andaba por el huerto, molestando a los
gansos?
Furlong, sintiéndose extrañamente castigado, dejó de pensar en
la niña y siguió a la monja hasta el frente, donde ella leyó el remito e
inspeccionó la carga asegurándose de que coincidiera con el
pedido. Mientras él ponía el carbón y los troncos en el cobertizo, ella
lo dejó y entró por el costado, antes de volver a salir por la puerta
principal para pagarle. Mientras ella contaba los billetes, la estudió;
le hacía pensar en un pony fuerte y consentido al que durante
demasiado tiempo se lo había dejado en libertad. El impulso por
decir algo sobre la niña creció, pero se desvaneció, y al final
simplemente hizo el recibo que ella le había pedido y se lo entregó.
Apenas entró al camión, cerró la puerta y siguió viaje. Más
adelante, ya en la ruta, se dio cuenta de que se había olvidado de
girar y de que estaba yendo a toda velocidad en la dirección
equivocada, por lo que tuvo que decirse a sí mismo que debía
aminorar la marcha. No dejaba de ver a las chicas en cuatro patas,
lustrando el suelo, y el estado en el que se encontraban, pero lo que
también lo sorprendió fue el hecho de que, cuando siguió a la monja
fuera de la capilla, notó un candado en el interior de la puerta que
conducía desde el huerto al frente, y que la parte superior del alto
muro que separaba al convento de St. Margaret’s estaba rematada
con vidrios rotos. Y también, la manera en que la monja había
cerrado la puerta de entrada con llave, cuando salió a pagarle.
Una niebla descendía, flotando en grandes bancos y parches, y,
en la carretera sinuosa, no había espacio para girar, de modo que
Furlong tomó a la derecha por un camino secundario y luego, más
adelante, volvió a girar a la derecha por otro camino, que se iba
haciendo más estrecho. Después de dar otra vuelta y pasar un
cobertizo de heno, por el que pensó que ya había pasado, del otro
lado de la carretera, se encontró con un chivo suelto que arrastraba
una cuerda corta y se topó con un anciano de chaleco y con una hoz
cortando un montón de cardos secos al borde del camino.
Furlong se detuvo y le dio las buenas noches al hombre.
–¿Podría decirme adónde me lleva este camino?
–¿Este camino? –dijo el hombre, bajando la hoz y mirándolo fijo–.
Este camino te va a llevar a donde quieras ir, hijo.

***

Esa noche, en la cama, Furlong consideró si contarle o no a Eileen


lo que había visto en el convento, pero, cuando se lo contó, ella se
sentó, rígida, y dijo que esas cosas no tenían nada que ver con
ellos, y que no había nada que pudieran hacer, ¿qué, acaso esas
chicas de allá no necesitan un fuego para calentarse, como todo el
mundo? ¿Y no era que las monjas siempre pagaban lo que debían y
a tiempo, a diferencia de muchas otras personas que pedían que se
les fiara hasta que había que apretarlas y ahí venían los problemas?
Fue un largo discurso.
–¿Qué sabes de esto? –preguntó Furlong.
–Nada, solo lo que te estoy diciendo –respondió–. Y en todo caso,
¿qué tienen que ver esas cosas con nosotros? ¿No están nuestras
hijas bien y cuidadas?
–¿Nuestras hijas? –dijo Furlong–. ¿Qué tiene que ver esto con
nuestras hijas?
–Nada en absoluto –dijo Eileen–. ¿Sobre qué tenemos que
responder?
–Bueno, no pensé que tuviéramos que responder sobre nada,
pero, después de escucharte, ahora no estoy tan seguro.
–¿Adónde nos lleva pensar? –dijo ella–. Para lo único que sirve
pensar es para deprimirse –tocaba, agitada, los botones nacarados
de su camisón–. Si quieres triunfar en la vida, hay cosas que debes
ignorar para poder seguir adelante.
–No estoy en desacuerdo contigo, Eileen.
–Estar de acuerdo o en desacuerdo. Tienes buen corazón, eso es
todo. Regalando el cambio que hay en tu bolsillo y…
–¿Qué es lo que te molesta esta noche?
–Nada, solo que no te das cuenta. ¿No quedaron lejos las
adversidades con las que te criaste?
–¿Exactamente a qué adversidad te refieres?
–Bueno, hay chicas que se meten en problemas, eso sí te consta.
El golpe fue bajo, pero fue el primero que ella le dio en todos los
años que llevaban juntos. Algo pequeño y duro se le quedó trabado
en la garganta, y luego, aunque lo intentó, se sintió incapaz de decir
algo o de tragárselo. Al final, no pudo aguantarlo ni encontrar
palabras para aliviar lo que se había interpuesto entre ellos.
–No debería haberte dicho eso, Bill –se moderó Eileen–. Pero, si
nos ocupamos solo de lo que tenemos aquí y nos mantenemos del
lado correcto y no aflojamos, ninguno de nosotros tendrá que
soportar jamás lo que les pasa a esas chicas. Las pusieron allí
porque no tenían ni un alma en este mundo que las cuidara. Lo
único que hicieron sus familias fue dejar que se convirtieran en
salvajes y luego, cuando se metieron en problemas, les dieron la
espalda. Solo las personas sin hijos pueden permitirse el lujo de ser
descuidadas.
–Pero ¿y si fuera una de nuestras hijas? –dijo Furlong.
–Eso es exactamente lo que te estoy diciendo –dijo,
incorporándose nuevamente–. No lo son.
–Qué bueno que Mrs. Wilson no haya compartido tus ideas –dijo
Furlong, mirándola–. ¿Adónde habría ido mi madre? ¿Dónde estaría
yo ahora?
–¿No te parece que las preocupaciones de Mrs. Wilson eran muy
diferentes de las nuestras? –dijo Eileen–. Sentada en esa casona,
con su pensión y una granja, y tu madre y Ned trabajando para ella.
¿No era una de las pocas mujeres en esta tierra que podía hacer lo
que quisiera?
5

Se había pronosticado nieve para la semana de Navidad. Sabiendo


que el depósito iba a estar cerrado durante unos diez días, la gente
entró en pánico e hizo varios pedidos de última hora, quejándose,
cuando llamaban, de que no podían comunicarse por teléfono.
Además de eso, el último envío del año llegó tarde y debía ser
recogido en el muelle. Furlong dejó a Kathleen, que no tenía
escuela, a cargo de la oficina, mientras él hacía las entregas fuera
de la ciudad, cobrando todo lo que podía de lo que se le debía.
Cuando regresó, a la hora del almuerzo, Kathleen tenía las
siguientes cargas organizadas y los papeles listos para que solo
hubiera un pequeño retraso mientras él comía un bocado antes de
seguir con las entregas.
El sábado, cuando regresó de la ronda de la mañana, Kathleen
parecía harta, pero faltaba el último lote de pedidos. Ella le entregó
los remitos, diciendo que acababa de llegar una gran orden del
convento.
–Ahora salgo y les voy a decir que preparen este antes de la
noche –dijo Furlong–. Lo voy a entregar yo mismo por la mañana.
–Papi, mañana es domingo.
–¿Qué opción tengo? El lunes estamos tapados de trabajo y
luego estamos a medio día de la Nochebuena.
No se molestó en comer, apenas tragó una taza de té con un
puñado de bizcochos. Sentía la urgencia de salir, pero se detuvo
para calentarse un minuto junto al fuego de la estufa a gas. La
calefacción del camión estaba a punto de fallar y tenía las manos y
los pies fríos.
–Kathleen, ¿estás lo suficientemente calentita aquí?
Ella estaba clasificando las facturas, pero parecía no encontrar
espacio para dejarlas.
–Estoy bien, papi.
–¿Estás bien?
–Muy bien –respondió.
–¿Alguno de estos hombres te ha estado molestando mientras yo
estaba afuera?
–No.
–Si ocurre, debes decírmelo.
–No pasó nada de eso, papi. En serio.
–Júralo por Dios.
–Lo juro por Dios.
–¿Y entonces?
Se dio la vuelta y se puso rígida con los remitos en la mano.
–¿Qué pasa, a leanbh?
Pinchó la copia de la orden del convento en el pinchapapeles.
–Quiero salir con mis amigas a ver los negocios ahora, antes de
que cierren, y ver las luces y probarme los jeans, pero mamá llamó
antes y me dijo que tenía que ir con ella al dentista.

***
A la mañana siguiente, cuando Furlong se despertó y levantó la
cortina, el cielo se veía extraño y cerrado, con algunas estrellas
tenues. En la calle, un perro lamía algo de una lata, que empujaba
ruidosamente por el pavimento helado con el hocico. Las cornejas
ya habían salido, avanzando sigilosamente y dejando escapar
graznidos cortos y roncos, y kaaahs más largos y fluidos, como si
encontraran el mundo más o menos objetable. Una estaba ahí,
arrancando las sobras de una bolsa de papas fritas, mientras
sujetaba el papel con la pata y picoteaba, desconfiada, lo que había
adentro, antes de batir las alas y volar rápidamente con algo en el
pico. Elegantes, algunas de las otras miraban, caminando a grandes
zancadas, inspeccionando el suelo y sus alrededores con las alas
escondidas, haciéndole pensar a Furlong en el joven cura al que le
gustaba caminar por la ciudad con las manos en los bolsillos.
Eileen estaba profundamente dormida, y por un momento se
quedó observándola, sintiendo la necesidad de ella, dejando que su
mirada ociosa contemplara su hombro, la mano abierta y dormida, la
negra oscuridad de su cabello contra el borde de la almohada, pero
se estiró para alcanzar su camisa y su pantalón, y se vistió a
oscuras, sin que ella despertara.
Antes de bajar las escaleras, fue a ver cómo estaba Kathleen, que
dormía después del arreglo del diente. A su lado, Joan se movió un
poco y se dio vuelta, pero Loretta, en la cama del fondo, estaba
completamente despierta. No es que Furlong la haya visto, sino que
sintió que sus ojos brillaban a través de la penumbra.
–¿Estás bien, muñequita? –le susurró Furlong.
–Sí, papi.
–Tengo que salir ahora, pero no tardaré.
–¿Tienes que salir?
–Voy a estar de vuelta en media hora, hija. Sigue durmiendo.
En la cocina, no se molestó en calentar agua, simplemente untó
un trozo de pan con manteca, que se comió antes de ir al depósito.
Afuera, las calles estaban resbaladizas por la escarcha, y sus
botas sonaban inusualmente fuertes contra el pavimento, siendo tan
temprano un domingo. Cuando llegó a la entrada del depósito y
descubrió que el candado estaba congelado, sintió el estrés de estar
vivo y deseó haberse quedado en la cama, pero se obligó a seguir
adelante y se dirigió a la casa de un vecino, cuya luz estaba
encendida.
Al llamar suavemente a la puerta, no fue la mujer de la casa quien
abrió, sino una mujer más joven, con un camisón largo, blanco, y un
chal. El cabello, que no era ni castaño ni rojo, sino del color de la
canela, le llegaba casi hasta la cintura y estaba descalza. Detrás de
ella, una cocina a gas arrojaba aros de fuego debajo de la pava y
una cacerola, y tres niños pequeños, que reconoció, estaban
sentados alrededor de la mesa con libros para colorear y una bolsa
de pasas. La habitación olía de manera agradable a algo que no
podía ni nombrar ni ubicar.
–Disculpe que la moleste –dijo Furlong–. Soy del otro lado de la
calle y trato de entrar al depósito, pero se congeló el candado.
–No es molestia –dijo la mujer–. ¿Necesita la pava?
Tenía acento como del oeste.
–Sí –dijo Furlong–. Si fuera posible.
Se echó el pelo hacia atrás por encima del hombro y Furlong vio,
de manera no intencionada, la forma de su pecho, suelto, debajo del
algodón.
–La pava está caliente. Tenga –dijo ella, alcanzándola–.
Llévesela.
–Seguro que la va a necesitar para su té.
–Llévesela –dijo ella–. No es de buena suerte negarle agua a un
hombre.
Cuando consiguió abrir el candado y volvió, golpeó la puerta
suavemente y la escuchó decirle que entrara, así que abrió la
puerta; sobre la mesa había una vela encendida y ella vertía leche
caliente en tazones de cereales para los niños.
Se quedó un momento contemplando la paz de esa sencilla
habitación, dejando que una parte de su mente se perdiera e
imaginara cómo sería vivir allí, en esa casa, con ella como esposa.
Últimamente, se inclinaba a imaginar otra vida, en otro lugar, y se
preguntó si eso no era algo que había en su sangre; ¿no habría sido
su propio padre uno de los que, de repente, se habían tomado el
barco para Inglaterra? Parecía apropiado y al mismo tiempo
profundamente injusto que gran parte de la vida quedara librada al
azar.
–¿Pudo abrirlo? –preguntó ella, tomando la pava.
–Sí –dijo Furlong, sintiendo, al pasársela, el frío de su mano–.
Muchas gracias.
–¿Le gustaría una taza de té?
–Nada me gustaría más –respondió–, pero tengo que irme.
–Volver a hervir el agua no tomará más que unos minutos.
–Ya estoy llegando tarde, pero haré que uno de los hombres le
deje una bolsa de troncos.
–Ah, no es necesario.
–Feliz Navidad –dijo Furlong, y se alejó.
–Para usted también –le gritó ella cuando él se iba.

***

Tan pronto como puso las cuñas en los portones, Furlong volvió a sí
mismo y a lo que vendría después. Estaba preocupado por el
camión, pero, cuando giró la llave, el motor se puso en marcha y él
dejó escapar un suspiro que no se había dado cuenta de que había
estado conteniendo. La noche anterior, había comprobado la carga
para asegurarse de que coincidía con el pedido, pero ahora se
descubrió verificándola de nuevo. También miró el depósito, para
cerciorarse de que estaba bien barrido, y las básculas, para ver que
allí no había quedado nada durante la noche, aunque –estaba
seguro– él había hecho esas cosas, antes de cerrar ayer. No había
nada que necesitara en la oficina, pero abrió la puerta, encendió la
luz y miró todo: los montones de papeles, las guías telefónicas y
carpetas, los remitos de entrega y las copias de las facturas
perforadas en el pinchapapeles. Mientras escribía una nota para que
dejaran una bolsa de troncos en la casa de enfrente, sonó el
teléfono. Se quedó mirándolo hasta que dejó de sonar y luego
esperó unos minutos para ver si sonaba de nuevo antes de terminar
de escribir la nota, después se volvió y cerró la puerta.
Cuando llegó al convento, el reflejo de sus faros cruzó los
cristales de las ventanas y se sintió como si se encontrara allí
consigo mismo. Lo más silenciosamente que pudo, pasó por delante
de la puerta principal, dio marcha atrás por el costado, hasta el
cobertizo del carbón y apagó el motor. Cansado, bajó y miró por
encima de los tejos y los setos, la gruta con su estatua de Nuestra
Señora, cuyos ojos estaban abatidos, como si estuviera
decepcionada por las flores artificiales a sus pies, y la escarcha que
brillaba en lugares donde caían los parches de luz de las altas
ventanas.
Qué quietud había ahí arriba, pero ¿por qué nunca estaba en
paz? El día aún no despuntaba, y Furlong miró hacia el río oscuro y
brillante cuya superficie reflejaba partes equivalentes del pueblo
iluminado. Eran tantas las cosas que se veían mejor, cuando no
estaban tan cerca. No pudo decir cuál prefería; si la vista del pueblo
o su reflejo en el agua. Había voces, en algún lugar, que cantaban
Adeste Fideles.12 Lo más probable es que fueran las internas de St.
Margaret’s, pero seguramente esas chicas se habían ido a sus
casas. Pasado mañana era Nochebuena. Debían venir de la escuela
de formación de niñas. ¿O eran las propias monjas, que practicaban
antes de la primera misa? Durante un momento se quedó
escuchando y mirando hacia el pueblo, viendo el humo que salía de
las chimeneas y las pequeñas estrellas que se iban apagando en el
cielo. Una de las más brillantes cayó mientras él estaba allí parado,
dejando, durante un segundo, una raya como una marca de tiza en
un pizarrón antes de desaparecer. Otra pareció quemarse y
desvanecerse lentamente.
Cuando abrió la parte de atrás del camión y fue a destrabar la
puerta del cobertizo del carbón, el cerrojo estaba rígido por la
escarcha, y tuvo que preguntarse si no se había convertido en un
hombre condenado a las puertas, porque ¿acaso no había pasado
la mayor parte del tiempo de su vida, de uno u otro lado, esperando
que se abrieran? Tan pronto como forzó ese cerrojo, sintió que
había algo adentro, pero eran muchos los perros que había
encontrado en un cobertizo del carbón a falta de un lugar decente
donde echarse. No podía ver bien y se vio obligado a volver al
camión a buscar la linterna. Cuando la encendió sobre lo que había
allí, juzgó, por lo que había en el suelo, que la chica que estaba
adentro había estado allí durante toda la noche.
–Dios –dijo.
Lo único en lo que pensó fue en sacarse el abrigo, pero cuando lo
hizo y fue a ponérselo, ella se encogió.
–No tengas miedo –explicó Furlong–. Acabo de venir a traer el
carbón, leanbh.
Sin rodeos, volvió a iluminar el suelo con la lámpara, distinguiendo
los excrementos que ella se había visto obligada a hacer allí durante
la noche.
–Dios te ampara, hija –le dijo–. Ven, salgamos de aquí.
Cuando se las arregló para sacarla y vio lo que tenía delante de sí
–una chica que casi no podía estar en pie, con el pelo mal cortado–,
la parte de persona común y corriente que había en él deseó no
haberse acercado nunca al lugar y no haberse topado con eso.
–Tranquila –dijo–. Apóyate en mí, ¿sí?
La chica no parecía quererlo cerca, pero logró llevarla hasta el
camión donde se apoyó contra el calor del capó y miró las luces del
pueblo y el río, luego más lejos, como él lo había hecho antes, el
cielo.
–Estoy afuera ahora –logró decir, después de un rato.
–Sí –dijo Furlong y la cubrió un poco más con el abrigo. A ella no
pareció importarle.
–¿Es de noche o de día?
–Es la madrugada –le explicó Furlong–. Pronto habrá luz.
–¿Y ese es el Barrow?
–Sí –dijo Furlong–. Ahí hay salmón y mucha corriente.
Por un momento, dudó si ella no sería la misma chica a la que
había visto en la capilla el día en que los gansos le habían siseado,
pero esta era una chica diferente. Con la linterna, le alumbró los pies
y las uñas largas y negras por el carbón, y la apagó.
–¿Cómo fue que te dejaron allí?
Cuando no respondió, sintió lo que ella debía estar sintiendo y
buscó algo reconfortante que decirle. Al cabo de un momento,
durante el cual algunas hojas secas volaron a través de la grava, se
recompuso y la ayudó a llegar hasta la puerta principal. Aunque una
parte de él se preguntaba qué estaba haciendo, continuó, como era
su costumbre y se sintió fortalecido al tocar el timbre y se
estremeció cuando lo escuchó sonar.
No pasó mucho antes de que la puerta se abriese y se asomara
una joven monja.
–¡Oh! –exclamó con un grito, y cerró rápidamente.
La chica no dijo nada, pero se quedó mirando la puerta, como si
fuera a hacerle un agujero con los ojos.
–Pero ¿qué es lo que está pasando aquí? –dijo Furlong.
Como la muchacha siguió sin decir nada, él volvió a buscar,
vacilante, algo que decir.
Durante un buen rato esperaron allí, en el frío, en el escalón de
entrada. Él podría habérsela llevado en ese momento, sabía, y
considerar llevarla a la casa del cura, o a su propia casa, pero ella
era una cosa tan pequeña y cerrada, y una vez más la parte común
de él simplemente quería terminar con eso y volver a casa.
Nuevamente, extendió la mano y tocó el timbre.
–¿Les preguntará por mi bebé?
–¿Qué?
–Debe estar hambriento –dijo–. ¿Y quién se ocupa de alimentarlo
ahora?
–¿Tienes un hijo?
–Tiene catorce semanas. Me lo sacaron, pero si está podrían
dejarme alimentarlo de nuevo. No sé dónde está.
Furlong justo empezaba a considerar qué hacer, cuando la Madre
Superiora, una mujer alta a la que reconocía de la capilla, pero con
la que rara vez había tratado, abrió la puerta de par en par.
–Mr. Furlong –le dijo sonriendo–. Qué bueno que haya venido y
que nos diera algo de su tiempo un domingo por la mañana, tan
temprano.
–Madre –dijo Furlong–. Es temprano, ya sé.
–Lamento que haya tenido que encontrarse con esto.
Y luego, dirigiéndose a la muchacha:
–¿Dónde andabas? No tardamos mucho en descubrir que no
estabas en tu cama. Estábamos a punto de llamar a la Gardaí.13
–Esta chica estuvo toda la noche encerrada en el cobertizo que
tienen ustedes ahí –le dijo Furlong–. Por la razón que haya sido.
–Dios te ampara, hija. Entra, sube las escaleras y date un baño
caliente. Vas a agarrarte algo –le dijo–. Esta pobre chica a veces no
puede distinguir la noche del día. No sé cómo vamos a hacer para
cuidarla.
La joven estaba en una especie de trance y había comenzado a
temblar.
–Entre –le dijo la Madre Superiora a Furlong–. Vamos a hacer té.
Qué asunto espantoso.
–Ah, no voy a entrar –dijo Furlong y retrocedió, como si el paso
pudiera llevarlo de regreso a un tiempo anterior a eso.
–Va a entrar –dijo ella–. No voy a aceptar una negativa.
–Estoy apurado, Madre. Todavía tengo que ir a casa y cambiarme
para la misa.
–Entonces va a entrar hasta que se le vaya el apuro. Todavía es
temprano, y hoy se celebra más de una misa.
Furlong se descubrió quitándose la gorra y entrando, como se le
pidió, ayudando a la muchacha en el pasillo hasta llegar a la cocina
trasera, donde un par de niñas estaban pelando nabos y cortando
coles en una pileta. La joven monja que había abierto la puerta
estaba parada delante de una enorme cocina negra, revolviendo
algo y había puesto a hervir una pava. Todo el lugar y lo que allí
había brillaba, inmaculado: en algunas de las cacerolas colgadas,
Furlong, pasando, vislumbró una versión de sí mismo.
La Madre no se detuvo, sino que siguió avanzando por un pasillo
de azulejos.
–Por aquí.
–Estamos dejando marcas en su piso, Madre –se oyó decir
Furlong.
–No importa –respondió–. No es inoportuna la fortuna.
Los condujo a una habitación grande y hermosa, donde ardía un
fuego recién encendido, en un hogar de hierro fundido. Había una
mesa larga, cubierta con un mantel blanco como la nieve, rodeada
de sillas, y un aparador de caoba, y bibliotecas protegidas con
cristales. Sobre la repisa de la chimenea colgaba una imagen de
Juan Pablo II.
–Siéntese junto al fuego allí y caliéntese, ¿quiere? –dijo,
entregándole su abrigo–. Voy a ocuparme de esta chica y ver qué
pasa con nuestro té.
Pasó con la niña cerrando la puerta a sus espaldas, pero apenas
se había ido cuando entró la joven monja con una bandeja. Sus
manos no estaban firmes y se le cayó una cuchara.
–Debe esperar una visita –dijo Furlong.
–¿Otra visita? –pareció alarmarse.
–Es solo un dicho –explicó Furlong– que se dice cuando se cae
una cuchara.
–Ya veo –dijo la monja y lo miró.
Prosiguió entonces, lo mejor que pudo, sacando las tazas y los
platitos, pero tuvo que luchar por quitar la tapa de una lata antes de
lograr levantar un trozo de tarta de frutas que cortó rápidamente con
un cuchillo.
Cuando volvió la Madre Superiora, fue lentamente al hogar donde
levantó las tenazas y avivó el reciente fuego, juntando hábilmente
las partes iluminadas y rodeándolas con trozos frescos del mejor
carbón de Furlong, que sacó del cubo, antes de sentarse en el sillón
de enfrente.
–Entonces, ¿todo bien en casa, Billy? –dijo para empezar.
Sus ojos no eran ni celestes ni grises, sino de un color intermedio.
–Todo bien en casa, gracias, Madre.
–¿Y sus hijas? ¿Cómo están? Oí que dos de ellas están haciendo
algunos progresos con sus clases de música aquí. ¿Tiene otras dos
al lado, no?
–Gracias a Dios, les va bien.
–Y hay otra de las suyas en el coro. Parece sentirse cómoda.
–Se comportan bien.
–Todas, llegado el momento, pronto van a ir al lado, Dios
mediante.
–Dios mediante, Madre.
–Solo que hay tantas hoy en día. No es fácil encontrarles lugar a
todas. ¿Son cinco las que tiene? ¿O seis?
–Tenemos cinco, Madre.
Entonces se levantó, le quitó la tapa a la tetera y removió las
hojas.
–Pero, de todos modos, debe ser decepcionante.
Le estaba dando la espalda.
–¿Decepcionante? –repitió Furlong–. ¿En qué sentido?
–No tener un varón que perpetúe el nombre.
Ella hablaba en serio, pero Furlong, que tenía una larga
experiencia en ese tipo de conversaciones, estaba en terreno
conocido. Se estiró un poco y dejó que su bota tocara el
parachispas de latón pulido del hogar.
–Claro, pero ¿acaso no llevo el apellido materno, Madre? Y eso
nunca me causó ningún daño.
–¿De veras?
–¿Qué tendría yo contra las niñas? –continuó–. Mi propia madre
alguna vez fue una niña. Y me atrevo a decir que lo mismo debe ser
cierto para usted y para la mitad de todos nuestros parientes.
Entonces hubo una pausa, y Furlong sintió que ella no estaba tan
disuadida de cambiar el curso de la conversación, pero se abrió la
puerta y la chica del cobertizo fue traída con una blusa, un cárdigan
y una falda plisada y zapatos, con el cabello mojado mal peinado.
–Fue rápido –dijo Furlong levantándose a medias–. ¿Te sientes
mejor ahora, hija?
–Siéntate aquí ahora, ¿sí? –la Madre le acercó una silla–. Toma
un poco de té y torta y caliéntate.
De buena gana, pareció levantar la tetera y servirle el té, acercar
la jarra y la azucarera, al alcance de la niña.
La niña se sentó a la mesa y, torpemente, comenzó a sacar trozos
de fruta de la torta y luego se tragó el resto con el té caliente, pero
luchó con la taza, tratando de volver a colocarla en el platillo.
Por un rato, la Madre Superiora charló ociosamente sobre las
noticias y otras cosas más, sin importancia, antes de volverse: –¿No
nos dirás ahora por qué estabas en el cobertizo del carbón? –dijo–.
Lo único que tienes que hacer es decírnoslo. No hay ningún
problema contigo.
La muchacha quedó congelada en la silla.
–¿Quién te puso allá?
Los ojos de la niña dieron vueltas, mirando a Furlong antes de
volver a la mesa y a las migas en su plato.
–Me ocultaron, Madre.
–¿Ocultarte cómo?
–Es que estábamos jugando.
–¿Jugando? ¿Jugando a qué? ¿Nos dirías?
–Solo jugando, Madre.
–A las escondidas, me animo a decir. Y a tu edad. ¿No pensaron
en dejarte salir cuando terminó el juego?
La chica apartó la mirada y dejó escapar un sollozo sobrenatural.
–¿Qué te aflige ahora, niña? ¿No fue todo un error? ¿No fue todo
una gran nada?
–Sí, Madre.
–¿Qué es lo que fue?
–Una gran nada, Madre.
–Te pegaste un susto, es todo. Lo que ahora necesitas es el
desayuno y un sueño largo y bueno.
Miró a la joven monja que había estado todo el tiempo parada
como una estatua en la habitación y asintió.
–¿Freiría algo para esta chica? Llévela a la cocina y déjela comer
hasta saciarse. Y asegúrese de que hoy no haga nada.
Furlong vio cómo se llevaban a la niña y pronto entendió que esa
mujer quería que él se fuera; pero el impulso de irse ahora estaba
siendo reemplazado por una cierta terquedad de quedarse. Afuera
ya había luz. Pronto sonarían las campanas de la primera misa. Se
quedó sentado, un poco confundido y animado por este extraño y
nuevo poder. Después de todo, allí era un hombre entre mujeres.
Miró a la mujer que tenía ante sí y la manera en que estaba
vestida: la ropa bien planchada, los zapatos lustrados.
–¿Al final, no llegó rápido la Navidad? –preguntó ocioso.
–Lo hizo, seguramente.
Tenía que concedérselo: tenía una mente fría.
–Habrá escuchado que están pronosticando nieve.
–Puede que aún tengamos una Navidad blanca. Pero ¿no es más
negocio para usted?
–Estamos ocupados –dijo Furlong–. No voy a quejarme.
–¿Terminó con el té o le sirvo otro?
–Será mejor que nos lo terminemos, Madre –insistió,
extendiéndole la taza.
La mano que servía estaba firme.
–¿Están esta semana en el pueblo sus marineros?
–No son mis marineros, pero sí, tuvimos una carga en el muelle.
–No le molesta traer extranjeros.
–Todo el mundo ha nacido en algún lugar –dijo Furlong–. Dicen
que Jesús nació en Belén.
–Difícilmente compararía a Nuestro Señor con esos tipos.
Ella ya había tenido más que suficiente, así que metió la mano
muy adentro del bolsillo y sacó un sobre.
–Voy a esperar una factura para pagarle lo que se le debe, pero
aquí hay algo por Navidad.
A pesar de lo reacio que estaba a recibirlo, Furlong extendió la
mano.
Lo acompañó hasta la cocina, donde la joven monja estaba al
lado de una sartén, rompiendo un huevo de pato junto a dos tajadas
de morcilla. La chica del cobertizo del carbón estaba sentada a la
mesa, como aturdida, sin nada frente a ella.
Furlong sabía que esperaban que continuara, pero se detuvo y se
quedó junto a la chica.
–¿Hay algo que pueda hacer por ti, a leanbh? –preguntó–. Solo
tienes que decirme.
Miró la ventana, respiró hondo y empezó a llorar, del modo en que
lo hacen aquellos que no están acostumbrados a ningún tipo de
bondad cuando la reciben por primera vez o la vuelven a encontrar.
–¿Me dirías tu nombre?
Volvió a mirar a la monja.
–Acá me dicen Enda.
–¿Enda? –dijo Furlong–. ¿No es ese un nombre de varón?
Ella no estaba en condiciones de responder.
–Pero ¿cuál es tu propio nombre? –preguntó Furlong
amablemente.
–Sarah –respondió–. Sarah Redmond.
–Sarah –dijo él–. Así se llamaba mi propia madre. ¿Y de dónde
vienes?
–Mi gente es de más allá de Clonegal.
–¿No está muy lejos de Kildavin? –dijo–. ¿Y cómo llegaste aquí?
La monja que estaba al lado de la cocina tosió y le dio una dura
sacudida a la sartén, y Furlong comprendió que la muchacha ya no
podía decir más.
–Bueno, ahora estás molesta, y no es de extrañar. Pero mi
nombre es Bill Furlong y trabajo en el depósito de carbón, cerca de
los muelles. Si alguna vez pasa algo, lo único que necesitas hacer
es bajar o mandar a buscarme. Estoy allí todos los días menos los
domingos.
La monja estaba sirviendo el huevo y la morcilla, raspando la
margarina de una gran tinaja, ruidosamente, sobre una tostada.
Decidido a no decir más, Furlong continuó, salió y se paró en el
escalón del frente hasta que escuchó que alguien adentro cerraba
con llave.

12 Literalmente, “Venid fieles”, es un texto latino convertido en himno que, desde

el siglo XVIII, se usa como bendición en vísperas de la Navidad. [N. del T.]
13 “Policía”, en irlandés. [N. del T.]
6

–Te perdiste la primera misa –le dijo Eileen, cuando llegó a la casa.
–¿No estaba yo en el convento? No me dejaban irme sin que
entrara a tomar el té.
–Bueno, es Navidad –dijo Eileen–. ¿No era acaso lo que
correspondía hacer?
Furlong no respondió.
–¿Qué te sirvieron?
–Té –dijo él–. Y torta, nada más.
–Pero ¿no te dieron nada más?
–¿A qué te refieres?
–Por Navidad, digo. Nunca dejan que termine el año sin mandar
algo.
Furlong no había pensado más en el sobre.
Cuando Eileen lo abrió y sacó la tarjeta, cayó sobre su falda un
billete de cincuenta libras.
–Qué buenas que son –dijo–. Con esto alcanza y sobra para
pagar lo que le debemos al carnicero. Voy a buscar el pavo y el
jamón en la mañana.
–Muéstrame.
La tarjeta mostraba un cielo azul con un ángel y la Virgen, y a un
niño sobre un burro, al que iba guiando José. La huida a Egipto, leyó
en el reverso. Adentro, escrito con una mano que parecía apurada,
habían escrito: “Para Eileen, Bill e hijas. Muchas felicidades para
ustedes y los suyos”.
–Espero les hayas agradecido –dijo Eileen.
–¿Por qué iba a hacerlo?
Furlong estrujó el sobre y lo tiró al cubo.
–¿Qué te tiene de mal humor?
Eileen tomó la tarjeta y la colocó en la repisa junto con sus otras
cosas.
–Nada –dijo Furlong–. ¿Por?
–Bueno, quítate esa ropa entonces y cámbiate o, si no, nos harás
llegar tarde a la segunda misa.
Furlong fue entonces al bañito del fondo, tomó el jabón y se
enjabonó las manos lentamente en la pileta, después se lavó la cara
y comenzó a afeitarse, apretando mucho la navaja en algunos
lugares, y se cortó en el cuello. En el espejo, se miró los ojos, la
raya del pelo y las cejas, que parecían habérsele juntado desde la
última vez que se había mirado. Se frotó las uñas lo mejor que pudo,
tratando de quitarse lo negro debajo de ellas. Con un nuevo tipo de
desgano, se puso luego la ropa de domingo y se fue caminando con
Eileen y las niñas hasta la capilla, sintiendo que el pavimento era
empinado y muy resbaladizo en algunas partes.
–¿Tienen monedas para dar? –les preguntó Eileen a las chicas,
sonriendo, mientras entraban al recinto de la capilla–. ¿O su papá
ya las ha regalado todas?
–No hay necesidad de ese tipo de comentario desagradable –
aclaró Furlong–. Para variar un poco, ¿no tienes suficiente en la
cartera?
La sonrisa de Eileen se desvaneció y en su rostro apareció una
especie de asombro. Lentamente, sacó de la cartera diez monedas
de un centavo que les entregó a las niñas.
En el atrio, se bendijeron en la pila de mármol, metiendo los
dedos en la superficie del agua y haciendo ondas, antes de entrar
por las puertas dobles. Furlong se detuvo cerca de la puerta
mientras caminaban por el pasillo y observó con qué facilidad se
arrodillaban y se deslizaban en el banco, como les habían
enseñado, mientras Joan avanzaba hasta el frente, donde estaba
sentado el coro, y se arrodillaba.
Algunas mujeres, con pañuelos en la cabeza, ya estaban en
posición, rezando mecánicamente el rosario en voz baja, con los
pulgares ocupados en las cuentas. Los miembros de las grandes
familias campesinas y los comerciantes pasaban vestidos de lana y
de tweed, dejando ráfagas de jabón y de perfume, ubicándose
adelante y bajando las bisagras de los reclinatorios. Los hombres
mayores entraban mecánicamente, quitándose las gorras y
haciéndose rápido la señal de la cruz con un dedo. Un hombre
recién casado caminó torpemente hasta sentarse con su nueva
esposa en el medio de la capilla. Las chismosas se quedaron en el
borde del pasillo central para no perderse nada, esperando una
chaqueta o blusa nueva, un corte de pelo, una cojera, cualquier
cosa fuera de lo común. Cuando Doherty, el veterinario, pasó con el
brazo en cabestrillo, hubo algunos codazos y susurros, y luego más
cuando la directora de correos que había tenido a los trillizos pasó
con un sombrero verde de terciopelo. A los pequeños les daban
llaves para jugar, distraerse, y chupetes. Sacaron a un bebé,
sollozando espasmódicamente, mientras luchaba por soltarse del
abrazo de su madre, con el rostro confundido y empapado de
lágrimas. Desde afuera, por el vestíbulo, donde algunos de los
hombres se quedaban siempre hasta que escuchaban la
campanada de inicio, entraban el humo del cigarrillo y algunas risas.
Al poco tiempo, la Hermana Carmel, que daba las clases de
música, se sentó frente al órgano y comenzó a tocar. Todos, excepto
los muy ancianos y los discapacitados, se pusieron de pie, mientras
los monaguillos salían, conduciendo al párroco, cuya túnica morada
le colgaba por detrás, pisándole los talones. Lentamente, se arrodilló
dándole la espalda a la congregación antes de ocupar su lugar
detrás del altar. Abriendo los brazos, comenzó:
–En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La gracia
de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del
Espíritu Santo esté con todos ustedes.
–Y también con usted –respondieron los fieles.
Ese día, la misa le pareció larga. Más que participar, Furlong la
escuchó distraídamente, mientras veía la luz de la mañana que caía
a través de los altos vitrales y lo que alcanzaba a ver de las
Estaciones de la Cruz a lo largo de las paredes, y cuando la
consagración terminó y llegó la hora de subir a recibir la comunión,
se quedó obstinadamente donde estaba, de espaldas a la pared.

***

Más tarde, ese domingo, después de llegar a casa y haber comido


costillas de cordero con salsa de coliflor y cebolla, Furlong dispuso
el árbol de Navidad y luego se sentó al lado de la Rayburn a
observar cómo las chicas colgaban las luces, los adornos y
colocaban bayas de acebo detrás de los marcos de las fotos y sobre
la cómoda. Sintiéndose casi como un anciano, volvió a enhebrar los
pequeños adornos, que las chicas le entregaban, cuyas cuerdas se
habían roto. Cuando el árbol de Navidad estuvo completamente
decorado y las luces se enchufaron y encendieron, Grace tomó el
acordeón e intentó tocar Jingle Bells. Sheila encendió la televisión y
se tumbó en el sofá para ver un episodio de Todas las criaturas
grandes y pequeñas.14 Furlong deseó que Eileen se sentara y se
relajara, pero ella sacó la harina y el bol enlozado, y dijo que tenían
que hacer budines con frutos secos y glasear la torta. Kathleen
preparó la masa y la estiró, y Loretta cortó redondeles con el borde
de un vaso dado vuelta, mientras que Eileen y Joan partían los
huevos y batían las claras y el azúcar glaseado. La torta de
Navidad, ya cubierta de mazapán, fue desmoldada y colocada sobre
una tabla plateada, y Sheila discutió con Grace por el acordeón,
afirmando que era su turno de tocar.
Furlong se levantó y volvió a llenar el cubo con la antracita del
cobertizo y trajo troncos. Luego tomó el cepillo y comenzó a barrer
el piso.
–¿Tienes que hacer eso ahora? –preguntó Eileen–. Estamos
tratando de glasear la torta.
Cuando arrojó el polvo, la suciedad, las hojas de acebo y los
trozos de pino que había recogido del suelo en la Rayburn, esta
chisporroteó y dejó escapar un tremendo crujido. Daba la impresión
de que la habitación se estuviera cerrando; y, ante sus ojos,
apareció el empapelado con su patrón repetitivo y sin sentido. El
anhelo de escapar se apoderó de él y se imaginó a sí mismo, con su
ropa vieja y por su cuenta, caminando a lo largo de un campo largo
y oscuro.
A las seis en punto, cuando se anunciaron el Ángelus y las
noticias, varias docenas de budincitos de frutos secos se enfriaban
en las rejillas de alambre y la torta de Navidad estaba glaseada, y
con un pequeño Papá Noel de plástico rodeado de renos y hundido
hasta las rodillas en hielo. Cuando escuchó el pronóstico del tiempo
y miró hacia afuera y vio las luces de la calle, Furlong ya no pudo
quedarse sentado por más tiempo.
–Podría ir a ver a Ned –dijo–. Si no voy ahora, no habrá tiempo.
–¿Es eso lo que te aflige?
–No hay nada que me aflija, Eileen –suspiró Furlong–. ¿No dijiste
acaso que el hombre no estaba bien?
–Entonces llévale esto –dijo, envolviendo seis budines de frutos
secos en papel madera–. Y dile que llame en Navidad.
–Sí, claro.
–Si le conviene, es bienvenido para venir a comer ese día.
–¿No te molesta?
–¿No tenemos ya la casa llena? ¿Qué diferencia hace uno más?
Con una especie de alivio, Furlong se puso el abrigo y se dirigió
hacia el depósito. Qué agradable haber salido, ver el río y el humo
de su aliento en el aire. En el muelle, una bandada de enormes y
brillantes gaviotas llegó volando y pasó junto a él, probablemente en
busca de comida en el astillero cerrado. Una parte de él deseaba
que fuera lunes por la mañana, poder simplemente concentrarse y
conducir por los caminos, y perderse en la mecánica de la semana
laboral ordinaria. Los domingos podían ser muy cansadores y
crudos. ¿Por qué no podía relajarse y disfrutar de ellos como otros
hombres que se tomaban una pinta o dos después de la misa, antes
de quedarse dormidos junto al fuego, con el periódico, después de
haber almorzado algo?
Un domingo, años atrás, cuando Mrs. Wilson aún vivía, Furlong
había ido a la casa. En ese entonces, no hacía mucho que se había
casado –Kathleen todavía iba en el cochecito de bebé–, pero
cuando hacía buen tiempo, los domingos, Furlong tenía la
costumbre de subirse a la bicicleta, después de comer, e ir de visita.
Resultó que, esa tarde, Mrs. Wilson no estaba en la casa, pero Ned
se encontraba en la cocina con una botella de cerveza negra,
fumando junto al fuego. Como siempre, le dio la bienvenida a
Furlong y se puso a rememorar, recordándole que lo habían traído a
la casa de bebé, y acordándose de cómo Mrs. Wilson solía bajar
todos los días para mirarlo, en el moisés. “Ni una vez lo lamentó –
dijo–, ni pronunció ninguna mezquindad sobre ti, ni se aprovechó de
tu madre. El salario era bajo, pero, ¿acaso no teníamos aquí un
techo decente sobre nuestras cabezas? Y ni una sola vez nos
acostamos con hambre. No tengo nada, apenas una habitación
pequeña, pero nunca encontré ni un fósforo fuera de lugar. La
habitación en la que vivo es como si fuera mía, y puedo levantarme
en medio de la noche y, si me place, comer hasta saciarme.
¿Cuántos hay que puedan decir esto?
”Pero una vez hice algo horrible. En realidad, más de una vez. En
esos días, tú andabas dando vueltas por ahí, pero aquí había otro
hombre que todas las mañanas ordeñaba a mi lado, y tenía un burro
y el burro estaba hambriento por falta de pasto, así que me pidió
que me reuniera con él, al oscurecer, allí donde empezaba el
camino de atrás, y le llevara una bolsa de heno. Fue un invierno
duro, uno de los peores que hubiéramos conocido, y le dije que lo
haría, y todas las noches llenaba un saco de heno y lo encontraba
allí, cerca del pie del camino, donde están los rododendros, al
anochecer. Esto continuó por un buen tiempo, pero una noche,
mientras bajaba por el camino, algo que no era humano, una cosa
fea sin manos salió de la zanja y me bloqueó, y eso me hizo dejar
de robarle heno a Mrs. Wilson. Ahora que lo he superado, lo siento
mucho, y nunca se lo conté a nadie, salvo en el confesionario”.
Esa noche, Furlong se quedó hasta tarde y bebió dos botellas
pequeñas de cerveza negra, y terminó preguntándole a Ned si sabía
quién era su padre. Ned le dijo que su madre nunca lo dijo, pero que
muchos visitantes habían venido a la casa ese verano antes de que
naciera Furlong; parientes ricos de los Wilson y amigos de ellos, de
Inglaterra, gente elegante. Solían alquilar un bote e ir a pescar
salmón al Barrow. Entonces, ¿cómo saber en brazos de quién había
caído su madre?
“Solo Dios sabe –dijo–. Pero ¿acaso, al final, no salieron bien las
cosas? ¿No tuviste un comienzo decente aquí? ¿No te está yendo
bien?”.
Antes de que Furlong se fuera, Ned hizo té, luego tomó el
acordeón y tocó algunas melodías y, dejando el instrumento, cerró
los ojos y cantó The Croppy Boy.15 La canción y la forma en que la
cantó hicieron que a Furlong se le erizaran los pelos de la nuca y no
pudo irse sin pedirle a Ned que la volviera a cantar.
Ahora, mientras conducía por la avenida, los viejos robles y los
tilos se veían desnudos y altos. Cuando los faros enfocaron a los
grajos y los nidos que habían construido, y vio la vieja casona recién
pintada, con las luces eléctricas encendidas en todas las
habitaciones del frente y el árbol de Navidad en la ventana del salón
principal, a donde él nunca solía ir, el corazón se le estrujó y le dio
un vuelco.
Lentamente, dio la vuelta a la parte de atrás, estacionó en el patio
y apagó el motor. Una parte de él no quería acercarse a la casa ni
entablar conversación alguna, pero se obligó a salir, a cruzar los
adoquines y a llamar a la puerta trasera. Se quedó escuchando
durante un minuto o dos antes de volver a llamar, y luego ladró un
perro y se encendió la luz del jardín. Abrió la puerta una mujer y lo
saludó con un fuerte acento de Enniscorthy, y Furlong le explicó que
había venido a visitar a Ned, pero ella le dijo que Ned ya no estaba
allí, que había ido al hospital hacía más de quince días y que ahora
estaba convaleciente, en un hogar.
–¿Dónde?
–No sé exactamente –dijo–. ¿Le gustaría hablar con los Wilson?
Todavía no se han sentado a cenar.
–Ah, no. No quisiera molestarlos –dijo Furlong–. Dejémoslo así.
–Es fácil darse cuenta de que son parientes.
–¿Qué?
–Veo claramente el parecido –dijo ella–. ¿Ned es tío suyo?
Furlong, incapaz de encontrar una respuesta, negó con la cabeza
y miró detrás de ella, en dirección a la cocina, cuyo piso ahora
estaba cubierto de linóleo. También miró el aparador, que se veía
igual, con sus jarras azules y platos para servir.
–¿Está seguro de que no le gustaría que les hiciera saber que
usted está aquí? –dijo la mujer–. Seguramente no les molestaría.
Pudo sentir que la irritaba que la puerta quedara abierta, dejando
entrar el frío.
–Ah, no –dijo–. Voy a continuar, pero gracias de todos modos.
¿No les diría que llamé y que les deseo una feliz Navidad?
–Sí, claro –dijo la mujer–. Muchas felicidades.
–Muchas felicidades.
Cuando cerró la puerta, Furlong miró el escalón de granito
gastado y pasó la suela de su zapato antes de volverse para ver lo
que podía del patio: los viejos cobertizos y el granero del heno, el
establo, el abrevadero de los caballos, la verja de hierro forjado que
conducía al huerto a la que él solía subirse, los escalones del pajar,
los adoquines donde su madre se había caído y encontrado su fin.
Antes de volver al camión y de cerrar la puerta, la luz del patio se
apagó y se apoderó de él una especie de vacío. Por un rato se
quedó mirando el viento que soplaba a través de las copas de los
árboles desnudos, más arriba de las chimeneas, las ramas que se
estremecían; luego sacó uno de los budines del papel madera y se
lo comió. Durante una buena media hora o más debió haberse
quedado allí sentado, recapitulando lo que le había dicho la mujer,
dejando que eso activara su mente. Se necesitaba un extraño para
saber las cosas.
Después, en algún momento, se movió una cortina del piso de
arriba, y una mujer miró hacia afuera, y él se obligó a girar la llave y
arrancar el motor. Conduciendo de regreso por la carretera, dejó de
lado sus nuevas preocupaciones y pensó en la chica del convento.
Lo que más lo atormentaba no era tanto que la hubieran dejado en
el cobertizo del carbón o la dura actitud de la Madre Superiora: lo
peor era la manera en que la habían tratado mientras él estaba
presente y haberlo permitido, sin preguntar por su bebé –lo único
que ella le había pedido que hiciera–, y el modo en que él había
tomado el dinero, dejándola allí, en la mesa, sin nada delante y con
la leche materna goteándole debajo del cárdigan y manchando su
blusa, y el hecho de que él, como un hipócrita, fue a misa.

14 All Creatures Great and Small [Todas las criaturas grandes y pequeñas] fue

una serie de televisión británica realizada por la BBC y basada en los libros del
veterinario británico Alf Wight, quien escribió bajo el seudónimo de James Herriot.
Entre 1978 y 1990 se emitieron noventa capítulos. [N. del T.]
15 Se trata de una balada irlandesa, ambientada en el levantamiento de 1798

contra los ingleses, que cuenta las desventuras de un joven rebelde. [N. del T.]
7

La víspera de Navidad, Furlong no tenía la menor gana de salir.


Durante días, algo duro se le había estado acumulando en el pecho,
pero, como de costumbre, se vistió y bebió un Beechams Powder16
caliente antes de dirigirse al depósito. Los hombres ya estaban allí,
parados delante de los portones, soplándose las manos y
zapateando con los pies en el frío, charlando. Todos los que habían
trabajado con él resultaron ser decentes y no estaban dispuestos a
quedarse apoyados en las palas ni a quejarse. Para sacar lo mejor
de la gente –solía decir Mrs. Wilson–, uno siempre tenía que tratarla
bien. Ahora se alegraba de haber llevado siempre a sus hijas en
Navidad a ambos cementerios, para colocar una corona de flores en
la lápida de ella y otra en la de su madre, de haberles enseñado
eso.
Después de darles los buenos días a los hombres, Furlong abrió
los portones, revisó mecánicamente el depósito, las cargas y los
remitos, y se puso al volante. Al poner en marcha el camión, del
caño de escape salió un humo negro. Cuando iba por la carretera, le
costó subir las colinas y Furlong supo que las nuevas ventanas para
el frente de la casa, en las que Eileen había puesto sus esperanzas,
no se instalarían el año próximo ni el siguiente.
En algunas de las casas, en el campo, resultaba claro que la
gente estaba complicada; seis o siete veces lo llevaron
discretamente a un costado, para preguntarle si podía poner en la
cuenta lo que se le debía. En otras casas, hizo todo lo posible por
participar de las breves conversaciones navideñas y le agradeció a
la gente por sus tarjetas y regalos: latas de dulces Emerald y Quality
Street, una bolsa de nabos, manzanas para cocinar, botellas de
Bristol Cream, Black Tower, una campera de corderoy para niña que
no había sido usada. Un protestante le puso un billete de diez libras
en la mano y le deseó una feliz Navidad, diciendo que su esposa
acababa de dar a luz a otro niño. En más de una casa, los chicos,
sin clases, corrían a saludarlo, como si fuera Papá Noel, trayendo la
bolsa de carbón. En varias ocasiones, Furlong se detuvo para dejar
una bolsa de troncos en las puertas de quienes le habían dado
trabajo, cuando habían podido permitírselo. De una de ellas salió un
niño y recogió un trozo de carbón, pero su hermana mayor le dio
una palmada en la mano, diciéndole que lo dejara, que estaba sucio.
–Mierda –dijo el niño–. ¿Por qué no te vas al carajo?
La muchachita, sin vergüenza, le entregó a Furlong una tarjeta de
Navidad.
–Sabíamos que vendría –dijo–, y que nos evitaría tener que
mandársela por correo. Mami siempre afirmó que usted es un
caballero.
La gente podía ser buena, se dijo Furlong, mientras conducía de
regreso al pueblo; era cuestión de aprender a gestionar y equilibrar
lo que se toma y lo que se da de una manera que le permitiera a
uno llevarse bien con los demás y con los suyos. Pero apenas se le
ocurrió eso, supo que ese pensamiento era el de un privilegiado y se
preguntó por qué no les había dado los dulces y las otras cosas que
le habían regalado en algunas de las casas a los menos pudientes
que había visto en otras. Siempre, la Navidad sacaba lo mejor y lo
peor de la gente.
Cuando regresó al depósito, la campana del Ángelus ya había
sonado, pero los hombres estaban de buen humor y seguían
despejando, barriendo y limpiando el concreto con mangueras, y
bromeando un poco. Furlong consideró lo que había allí, poniéndolo
todo en el libro, después cerró la casa prefabricada y cubrió el capó
del camión con bolsas por si se cumplía el pronóstico del tiempo que
se esperaba. Luego se turnaron para lavarse en la canilla, frotarse
las manos y enjuagarse las botas. Finalmente, Furlong tomó su
abrigo del camión y cerró los portones con candado.
Los almuerzos que ese día comieron en Kehoe’s los pagó el
depósito. Mrs. Kehoe, con un delantal festivo nuevo, recorrió las
mesas y ofreció más salsa y puré extra, un poco de jerez, budín
navideño y crema. Los hombres comieron a voluntad y se quedaron
sentados con unas pintas de cerveza rubia y roja, repartiéndose
cigarrillos, y usaron las servilletas de papel que ella les había dejado
para sonarse la nariz. Furlong no deseaba seguir ahí. Ahora, lo
único que quería era llegar a su casa, pero se quedó, ya que le
pareció apropiado holgazanear allí por un rato, tomándose el tiempo
para agradecer y desearles lo mejor a los hombres, dedicarle tiempo
a lo que rara vez hacía. Ya les había dado sus bonificaciones de
Navidad. Antes de ir a pagar la cuenta, les dio la mano.
–Debe estar agotado –dijo Mrs. Kehoe, cuando él fue a pagarle–.
Al pie del cañón todo el día, todos los días.
–No más que usted, Mrs. Kehoe.
–La cabeza que lleva la corona pesa –respondió ella, riéndose.
El servicio del almuerzo había terminado y ella se puso a levantar
las sobras, a vaciar la salsa de los potes de acero en una cacerola y
a raspar el puré.
–Fue una época de mucho trabajo –dijo Furlong–. Los días
feriados no van a hacernos ningún mal.
–Qué bueno ser hombre –dijo– para tener días libres…
Ella soltó otra risa más estridente y se secó las manos en el
delantal antes de poner lo que había ganado en la caja registradora.
Cuando Furlong le entregó los billetes, Mrs. Kehoe los puso en el
cajón y luego, saliendo de detrás del mostrador con el cambio, se le
acercó, dándoles la espalda a las mesas.
–Corríjame si me equivoco, Bill… pero ¿no oí yo que tuvo un
entredicho con ella en el convento?
Furlong apretó el cambio con la mano y posó la vista en el zócalo.
Lentamente dejó que sus ojos lo siguieran a lo largo de la base de la
pared, hasta la esquina.
–No lo llamaría entredicho, pero, sí, estuve allí una mañana –dijo.
–No es asunto mío, como comprenderá, pero vale la pena que
tenga cuidado con lo que vaya a decir sobre lo que pasa en ese
lugar. Mantenga al enemigo cerca, al perro malo junto a usted y el
perro bueno no lo va a morder. Usted entiende.
Furlong miró el dibujo de anillos negros entrelazados de la
alfombra marrón.
–No se ofenda, Bill –dijo la mujer, tocándole la manga–. Como le
dije, no es asunto mío, pero seguramente usted debe saber que
esas monjas están metidas en todo.
Entonces se alejó un poco y se la quedó mirando.
–Es probable que tengan tanto poder como nosotros les demos,
¿no, Mrs. Kehoe?
–Yo no estaría tan segura –dijo e hizo una pausa y lo miró de la
forma en que las mujeres sumamente prácticas a veces miran a los
hombres, como si no fueran hombres sino niños tontos. Más de una
vez, tal vez muchas, Eileen lo había mirado así.
–No me haga caso –dijo–, pero usted, como yo, trabajó
demasiado para estar donde ahora está. Ha criado una excelente
familia de niñas, y sabe que no hay nada más que un muro que
separa ese lugar de St. Margaret’s.
Furlong no se ofendió.
–Lo sé, Mrs. Kehoe.
–No puedo contar con los dedos de una mano la cantidad de
chicas de por aquí a las que les fue bien sin haber pasado por esos
pasillos –dijo extendiendo la palma.
–Estoy seguro de que es así.
–Pertenecen a diferentes órdenes –continuó–, pero créame, están
en connivencia. No puede ponerse del lado de unas sin dañar sus
chances con las otras.
–Gracias, Mrs. Kehoe. Le agradezco que me lo haya dicho.
–Feliz Navidad, Bill.
–Feliz Navidad –dijo Furlong, apretando con la mano el cambio
que ella le había dado.

***

Cuando salió, estaba nevando. Blancos copos caían del cielo y


aterrizaban en el pueblo y sus alrededores. Se quedó mirando sus
pantalones, las puntas de sus botas, luego se ajustó la gorra y se
abotonó el abrigo. Por un rato, simplemente caminó por el muelle
con las manos en los bolsillos, pensando en lo que le habían dicho y
mirando cómo fluía el río oscuramente, bebiéndose la nieve.
Estando afuera, se sintió un poco más libre, sin nada más
apremiante por el momento y con el trabajo de otro año ya hecho, a
sus espaldas. La urgencia por hacer la única compra que le
quedaba y regresar a la casa se estaba desvaneciendo. Casi
alegremente, dio vueltas debajo de las luces del pueblo, las largas
guirnaldas zigzagueantes de lamparitas multicolores. Había música
que venía de un altavoz y la voz aguda e ininterrumpida de un niño
cantaba: Oh noche santa, las estrellas brillan intensamente. Al pasar
junto al árbol iluminado afuera del Ayuntamiento, se golpeó el dedo
del pie con un adoquín y casi tropezó. Se encontró culpando a Mrs.
Kehoe, que le había hecho tomar un whiskey caliente y le había
dado un bol enorme de bizcocho borracho con jerez. Aquí y allá, se
detuvo para mirar las vidrieras de los negocios, la mercadería, los
trozos serpenteantes de escarcha navideña, las muchas cosas
brillantes: Waterford Crystal, juegos de cubiertos de acero
inoxidable, juegos de té de porcelana, frascos de perfume, tazas
para bautismos. En Forristal’s, su mirada se posó en unas bandejas
de terciopelo negro, con perforaciones para colocar anillos de
compromiso y alianzas de boda, relojes de oro y plata. Había
pulseras colgadas de un brazo falso… relicarios y todo tipo de
cadenas y collares.
En la antigua tienda de Stafford miró, como si fuera un niño, un
palo de hurley y una sliotar,17 bolitas de vidrio en bolsas de red,
soldaditos de juguete, plastilina, Legos, tableros de damas y de
ajedrez, cosas que habían quedado. Había dos muñecas con
vestidos con volados que estaban sentadas rígidamente, con los
brazos extendidos, sus dedos casi tocando el vidrio, como si
pidieran ser alzadas. Cuando entró y le preguntó a Mrs. Stafford si
tenía un rompecabezas de una granja, de quinientas piezas, ella le
dijo que los únicos rompecabezas que tenía eran para niños, que ya
había poca demanda para los más difíciles, pero le preguntó si
podía ayudarlo a encontrar algo más. Furlong negó con la cabeza,
pero compró una bolsa de gomitas azucaradas de limón que
colgaba de uno de los ganchos detrás de su cabeza, ya que no le
gustaba salir con las manos vacías.
En la mueblería Joyce’s, vio su reflejo en un espejo de cuerpo
entero que estaba a la venta y decidió que debía ir a la peluquería
para cortarse el pelo. Cuando miró, había una larga cola, pero
empujó la puerta y de inmediato sonó una campanilla y tomó su
lugar al final del banco para esperar su turno junto a un hombre
pelirrojo al que no conocía y dos chicos pelirrojos que se le parecían
mucho. Sinnot, bastante entonado, estaba en el sillón del peluquero
con este encima de él, terminándole de cortar el cabello de la nuca y
de los costados. El peluquero saludó solemnemente a Furlong a
través del espejo y continuó por un rato con las tijeras, antes de
dejarlas, de cepillarle el cuello a Sinnot y de vaciar el cenicero.
Cuando arrojó las colillas al cubo, algunos cabellos se chamuscaron
un poco, dejando un olor acre, y Furlong pensó en lo que le habían
contado a Eileen sobre el hijo del peluquero, el joven electricista, y
en el poco tiempo que le habían dado los médicos. Entonces hubo
una conversación entre los hombres, y se hicieron algunas bromas
rudas, veladas por el hecho de que allí había niños.
Furlong se dio cuenta de que él no participaba de la conversación,
sino que la mantenía a raya mientras pensaba e imaginaba otras
cosas. En cierto momento, después de que hubieran entrado más
clientes y de que Furlong se hubiese movido a lo largo del banco,
frente al espejo, miró directamente su reflejo, buscando un parecido
con Ned que pudiera y no pudiera ver. Tal vez la mujer en lo de los
Wilson se había equivocado y simplemente se había imaginado el
parecido, suponiendo que eran parientes, pero eso no parecía
probable y no pudo evitar pensar en lo desanimado que había
estado Ned después de la muerte de la madre de Furlong y en cómo
siempre habían ido a misa y comido juntos, en cómo se quedaban
despiertos hablando al lado del fuego por la noche, en qué sentido
tenía. Y si eso era verdad, ¿no había sido un acto de diaria
delicadeza por parte de Ned hacerle creer que provenía de un linaje
más fino, mientras lo observaba con atención a lo largo de los años?
Ese era el hombre que le había lustrado los zapatos y que le había
atado los cordones, el que le había comprado su primera maquinita
de afeitar y el que le había enseñado a afeitarse. ¿Por qué las cosas
más cercanas a menudo eran las más difíciles de ver?
Su mente ahora se iba liberando, le había dado una pausa para
errar y vagabundear, y no podía decir que le molestara en absoluto
estar sentado allí, esperando su turno, con el trabajo de ese año ya
concluido para él; y para cuando se cortó el pelo y pagó y salió, la
nieve se había estado acumulando, de modo que las huellas de las
personas que habían ido antes y después que él en ambas
direcciones se destacaban, en algunos casos claramente, y en otros
no tanto, sobre la vereda.
En Charles Street, se detuvo en Hanrahan’s para recoger los
zapatos de charol que había encargado para Eileen y que le habían
sido reservados. La mujer bien vestida, que estaba detrás del
mostrador, esposa de uno de sus buenos clientes, no parecía
demasiado ansiosa por atenderlo, pero trajo la caja de zapatos.
–¿Quería los 39?
–Sí, 39 –dijo Furlong.
–¿Quiere que se los envuelva para regalo?
Los estaba poniendo uno al lado del otro, doblando el papel de
seda y cerrando la tapa de la caja.
–Sí –dijo Furlong–, si no le molesta.
La vio envolverlos, sacar la cinta adhesiva del carrete y doblar los
bordes del papel estampado con un motivo de acebos, antes de
deslizar la caja en una bolsa de plástico y hacerle saber lo que le
debía.
Cuando Furlong pagó y salió, ya había oscurecido y estaba más
que listo para subir la colina hacia su casa, pero percibió el olor a
aceite caliente que venía del negocio de pescado frito, cuya puerta
había sido abierta, y se detuvo a comprar una lata de 7Up que bebió
sediento en el mostrador antes de encontrarse caminando hacia el
río y hacia el puente, donde lo atravesó una oleada de frío y de
cansancio. Desde el cielo, la nieve seguía cayendo, aunque
tímidamente, sobre todo lo que allí había, y se preguntó por qué
razón no regresaba a las comodidades y la seguridad de su propio
hogar. Eileen ya se estaría preparando para la misa de medianoche
y se debía estar preguntando dónde andaba él, pero ahora su día se
estaba llenando con algo más.
Al cruzar el puente, miró abajo, hacia el río, toda el agua que
pasaba. La gente decía que había una maldición sobre el Barrow.
Furlong apenas podía recordar a medias la leyenda, pero tenía algo
que ver con una orden de monjes que en los viejos tiempos habían
construido allí una abadía, y estaban autorizados a cobrar peaje
para cruzar el río. Con el tiempo, se volvieron codiciosos, y la gente
se rebeló y los echó. Cuando se fueron, el abad lanzó una maldición
sobre el pueblo, para que cada año el río se llevara tres vidas, ni
más ni menos. Su propia madre había creído que había algo de
verdad en ello, y le había contado sobre un comerciante de ganado
al que había conocido, cuyo camión se había salido de la carretera
una víspera de Año Nuevo, y cómo ese hombre había perdido la
vida, el tercero en ahogarse ese año. Ella a veces solía sujetarlo con
su brazo fuerte y pecoso mientras batía la crema con el otro; solía
recostar la cabeza contra el costado de la vaca y cantar una canción
o dos, por las noches, mientras ordeñaba con Ned, para facilitar que
bajara la leche. Y ella también a veces le había dado un chirlo, por
ser atrevido, o por hablar cuando no correspondía, o por dejar la
tapa fuera de la mantequera, pero se trataba solo de pequeñas
cosas.
Furlong continuó caminando algo avergonzado, pensando en la
chica de Dublín que le había pedido que la llevara hasta ahí para
poder ahogarse, y en cómo él se había negado; y en cómo,
después, se había perdido por los caminos secundarios, y en el
extraño anciano que ese atardecer cortaba los cardos en la niebla, y
en lo que le había dicho sobre cómo el camino lo iba a llevar adonde
él quisiera ir.
Cuando alcanzó la orilla opuesta del río, siguió caminando, colina
arriba, pasando otros tipos de casas con velas encendidas y
hermosas flores rojas en sus habitaciones delanteras, casas a las
que solo había visto desde el exterior de la puerta trasera, que
nunca había mirado. En una, un niño, vestido con un blazer, estaba
sentado frente a un piano, mientras una mujer hermosamente
vestida, sostenía una copa, a su lado, escuchando. En otra casa, un
hombre de aspecto preocupado estaba inclinado sobre un escritorio,
escribiendo cosas como si estuviera haciendo cálculos difíciles,
tratando de equilibrar las cuentas. En otra más, un niño montado en
un caballito de madera cabalgaba sobre una alfombra de lana
peluda. Una muchachita con uniforme de St. Margaret’s estaba
sentada en un sofá de terciopelo, y Furlong se preguntó si ella lo
usaría fuera de la escuela, pero tal vez había llegado de la práctica
del coro.
Continuó caminando, colina arriba, más allá de las casas
iluminadas y de las farolas. En la oscuridad y en silencio, bordeó el
exterior del convento, evaluando el lugar, a pie. Los muros enormes
y altos que rodeaban la parte de atrás estaban coronados con
vidrios rotos, todavía visibles en algunos puntos, debajo de la nieve.
No era posible ver el interior, y las ventanas del tercer piso estaban
oscurecidas o equipadas con rejas de metal. Siguió adelante,
sintiéndose como un animal nocturno de cacería y al acecho,
recorrido por una corriente de algo cercano a la excitación que le
fluía en la sangre. Al doblar una esquina, se topó con un gato negro
que comía del cadáver de una corneja, lamiéndose los labios. Al
verlo, el gato quedó paralizado y luego corrió hacia el seto.
Cuando dio la vuelta entera, atravesó los portones abiertos y
subió por el camino de entrada; los tejos y las encinas, tal como
decía la gente, eran tan bonitos como si fueran de tarjeta postal, con
bayas en los acebos. No había más que un par de huellas en la
nieve, que iban débilmente en la dirección opuesta, y alcanzó y pasó
fácilmente la puerta principal sin cruzarse con nadie. Cuando llegó al
extremo del edificio y se dirigió a la puerta del cobertizo del carbón,
la necesidad de abrirla extrañamente lo abandonó antes de volver a
aparecer, y luego hizo correr el cerrojo y la llamó por su nombre,
dándole el suyo propio. Cuando había estado en la peluquería, se
había imaginado que la puerta ahora tal vez iba a estar cerrada con
llave, o que ella, con suerte, quizás ya no estuviera adentro, o que
en una de esas él iba a tener que cargarla durante parte del camino
y se preguntó, de haberlo hecho, cómo se las habría arreglado, si lo
hubiera hecho, o qué haría, o si habría hecho algo, o incluso si
hubiera ido hasta allí; pero todo fue tal como había temido, aunque
la chica, esta vez, aceptó su abrigo y se apoyó en él mientras la
sacaba.
–Ahora te vienes conmigo a casa, Sarah.
Con bastante facilidad, la ayudó a llegar al camino de entrada y a
bajar la colina, más allá de las casas de lujo y en dirección al
puente. Al cruzar el río, sus ojos cayeron sobre las aguas negras
como cerveza negra que fluían oscuramente, y una parte de él
envidió el conocimiento que el Barrow tenía de su curso, la facilidad
con que seguía el camino que tenía asignado, tan libremente hacia
el mar abierto. El aire era más intenso sin su abrigo, y sintió que su
instinto de conservación y su coraje luchaban entre sí, y pensó, una
vez más, en llevar a la muchacha a la casa del cura; pero varias
veces ya, su mente se le había adelantado y había llegado a la
conclusión de que los curas ya lo sabían. ¿Acaso no se lo había
dicho Mrs. Kehoe?
Están en connivencia.
A medida que caminaban, Furlong se iba encontrando con
personas que había conocido y con las que había tratado durante la
mayor parte de su vida, la mayoría de las cuales se detenían con
gusto para hablar hasta que, mirando hacia abajo, veían los pies
negros y descalzos, y se daban cuenta de que la chica que estaba
con él no era una de las suyas. Algunas, entonces, lo evitaban, o le
hablaban incómodas, o le deseaban amablemente una feliz Navidad
y seguían viaje. Una anciana que paseaba un terrier con una correa
larga se les plantó y le preguntó a Furlong quién era la muchacha, y
si no era una de esas chicas despreciables de la lavandería. Más
adelante, un niño miró los pies de Sarah y se rio y la llamó sucia
antes de que su padre le diera un fuerte tirón de la mano y le dijera
que se callara. Miss Kenny, vestida con ropa vieja con la que nunca
la había visto antes y con aliento a alcohol, se detuvo y le preguntó
qué estaba haciendo con la jovencita en la nieve y sin zapatos,
suponiendo que la niña era una de las suyas, y se fue. Ninguna de
las personas con quienes se encontraron se dirigió a Sarah ni le
preguntó a él a dónde la llevaba. Viéndose con poca o ninguna
obligación de decir nada o de dar explicaciones, Furlong se sentía
tan tranquilo como le era posible y continuaba con una alegría en el
corazón que se igualaba con el miedo ante lo que aún no podía ver,
pero sabía que se iba a encontrar.
Mientras se acercaban al centro de la ciudad y a las luces de
Navidad, una parte de él consideró dar marcha atrás y tomar el
camino más largo, pero enfrentó la situación y continuó, siguiendo
por el camino que normalmente habría tomado.
Al parecer, se estaba produciendo un cambio en la muchacha que
pronto tuvo que detenerse a vomitar en la calle.
–Bien hecho, niña –la alentó Furlong–. Sácalo todo. Sácate todo
eso de encima.
En la plaza, ella se detuvo para descansar en el pesebre y se
quedó contemplándolo, en una especie de trance. Furlong también
lo miró: la túnica brillante de José, la Virgen arrodillada, la oveja.
Alguien, desde la última vez que Furlong lo había visto, había
colocado a los reyes y a la figura del Niño Jesús, pero fue el burro el
que le llamó la atención a la muchacha, quien extendió la mano para
acariciarlo y quitarle la nieve de la oreja.
–¿No es lindo? –dijo.
–No falta mucho –aseguró Furlong–. Ya casi estamos en casa.
A medida que avanzaban y se topaban con más personas que
Furlong conocía y que no conocía ni reconocía, se preguntó qué
sentido tenía estar vivo sin ayudarse los unos a los otros. ¿Era
posible seguir adelante a lo largo de todos los años, de décadas, de
toda una vida, sin ser lo suficientemente valiente como para ir en
contra de lo establecido y, sin embargo, llamarse cristiano, y
enfrentarse al espejo?
Casi se sentía liviano y alto caminando con esa chica a su lado y
una alegría fresca, nueva e irreconocible en su corazón. ¿Era
posible que lo mejor de él estuviera brillando y saliendo a la
superficie? Sabía que una parte de él, como quiera que se llamase –
¿acaso tenía nombre?–, se estaba dejando llevar. El hecho era que
pagaría por eso, pero ni una sola vez a lo largo de su vida para nada
especial, había conocido una felicidad semejante a esa, ni siquiera
cuando había recibido por primera vez en sus brazos a sus hijas
bebés ni cuando escuchó sus llantos sanos y obstinados.
Pensó en Mrs. Wilson, en su bondad cotidiana, en cómo lo había
corregido y alentado, en las pequeñas cosas que había dicho y
hecho, y en las que se había negado a hacer y a decir, y en lo que
debía haber sabido, las cosas que, sumadas, equivalían a una vida.
De no haber sido por ella, su madre muy bien podría haber
terminado en ese lugar. En una época anterior, podría haber estado
salvando a su propia madre, si la palabra adecuada fuera salvar. Y
solo Dios sabe lo que le habría pasado a él, dónde podría haber
terminado.
Sabía que lo peor estaba por llegar. Ya podía sentir un mundo de
problemas esperándolo detrás de la siguiente puerta, pero lo peor
que podría haber pasado también ya estaba detrás de él; aquello no
hecho, lo que podría haber sido, eso con lo que habría tenido que
vivir por el resto de su vida. Cualquier sufrimiento que fuera a tener
que afrontar estaba muy lejos de lo que la chica ya había soportado
y de lo que aún tendría que superar. Subiendo la calle hacia su
propia puerta, con la niña descalza y la caja de zapatos, su miedo
precedió con creces cualquier otro sentimiento, pero en su corazón,
insensato, no solo esperaba, sino que legítimamente creía, que se
las arreglarían.

16 Se trata de un analgésico bebible, a base de aspirina y cafeína, que viene en

sobrecitos y se utiliza para mitigar el resfrío y la gripe. [N. del T.]


17 El hurling es un deporte tradicional irlandés, de origen gaélico, que comparte

una serie de características con el fútbol gaélico, como el campo, los arcos y el
número de jugadores. Se lo juega con un hurley, que es un palo de madera de
entre unos 70 y 100 cm, según la altura del jugador, y tiene una punta aplanada y
curva, el bas, que se emplea para golpear una pelota de cuero llamada sliotar. [N.
del T.]
NOTA SOBRE EL TEXTO

Esta es una obra de ficción, que no se basa en parte alguna en


ningún individuo o individuos en particular. La última lavandería de la
Magdalena fue cerrada no antes de 1996. No se sabe cuántas niñas
y mujeres fueron escondidas, encarceladas y obligadas a trabajar en
estas instituciones: 10.000 es una cifra modesta (30.000 puede ser
una cifra más precisa). La mayoría de los registros de las
Lavanderías de la Magdalena fueron destruidos, perdidos o vueltos
inaccesibles. Rara vez se reconoció de modo alguno el trabajo de
esas niñas o mujeres. Muchas perdieron a sus bebés. Algunos
perdieron sus vidas o las vidas que pudieron haber tenido. No se
sabe cuántos miles de niños murieron en esas instituciones o fueron
adoptados en esos hogares de madres e hijos. A principios de este
año, el informe de la Comisión de Investigación de Hogares para
Madres y Niños informó que 9.000 niños murieron en solo dieciocho
de las instituciones investigadas. En 2014, la historiadora Catherine
Corless hizo público su impactante descubrimiento de que, entre
1925 y 1961, en la casa de Tuam, Condado de Galway, habían
muerto 796 bebés. Esas instituciones fueron dirigidas y financiadas
por la Iglesia católica conjuntamente con el Estado irlandés. El
gobierno irlandés no pronunció disculpa alguna sobre lo ocurrido en
las Lavanderías de la Magdalena hasta que el Taoiseach Enda
Kenny lo hizo, en 2013.
AGRADECIMIENTOS

La autora desea expresar su agradecimiento a Aosdána18 y The


Arts Council, y al Wexford County Council, The Authors’ Foundation,
The Heinrich Böll Association y Trinity College, Dublín, por su apoyo.
Gracias también a Kathryn Baird, a Felicity Blunt, a Alex Bowler, a
Tina Callaghan, a Mary Clayton, a Ian Critchley, a Ita Daly, a la
doctora Noreen Doody, a Grainne Doran, a Morgan Entrekin, a Liam
Halpin, a Margaret Huntington, a Claire y Jim Keegan, a Sally
Keogh, a Loretta Kinsella, a Ita Lennon, a Niall MacMonagle, a
Michael McCarthy, a Patricia McCarthy, a Mary McCay, a Helen
McGoldrick, a Eoin McNamee, a James Meaney, a Sophia Ní
Sheoin, a Claire Nozieres, a Jacqueline Odin, a Stephen Page, a
Rosie Pierce, a Sheila Purdy, a Katie Raissian, a Josephine
Salverda, a Claire Simpson, a Jennifer Smith, a Anna Stein, a Dervla
Tierney y a Sabine Wespieser.
Y a mis alumnos, que me han enseñado tanto a lo largo de los
años.
18 Aosdána (del irlandés aosdána, literalmente, “gente del arte”) es una institución

irlandesa que se ocupa de distinguir a los artistas destacados de dicha


nacionalidad. Creada en 1981 a iniciativa de un grupo de escritores, entre los que
destaca Anthony Cronin, contó con el apoyo del Arts Council of Ireland y, desde
sus inicios, entrega un estipendio anual para que los artistas no tengan que
distraerse de su trabajo. El número de miembros está limitado actualmente a 250.
[N. del T.]
CLAIRE KEEGAN

Nació en 1968 en County Wicklow, Irlanda. Estudió literatura y


ciencias políticas en la Universidad Loyola, en Nueva Orleáns,
Estados Unidos, y realizó una maestría en escritura creativa en la
Universidad de Gales, Cardiff. Antártida (1999, Eterna Cadencia
2009), su primera colección de relatos, fue nombrado Libro del Año
por Los Angeles Times y premiado con el William Trevor Prize y el
Rooney Prize for Irish Literature. Recorre los campos azules (Eterna
Cadencia, 2008) ganó el Edge Hill Prize al mejor libro de cuentos
publicado en las Islas Británicas en 2007 y con la nouvelle Tres
luces (Eterna Cadencia, 2010) obtuvo el Davy Byrnes Award. Los
tres libros fueron publicados con traducción de Jorge Fondebrider.
En la actualidad vive en County Wexford, Irlanda.

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