El Moto
El Moto
COSTUMBRES COSTARRICENSES
Novelas en la Frontera
equipo editor de la colección
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una sociedad aparentemente apacible en su desarrollo llos y obedientes, incapaces de cuestionar las reglas de
cotidiano en un pequeño poblado rural cercano a la coexistencia sancionadas por la visión religiosa católica,
capital, acogido bajo el patronato de Nuestra Señora donde cada quien sabe y entiende cuál es su lugar en ese
de los Desamparados, de donde se sigue el nombre del entramado, herencia de la construcción de la nación.
pueblito que sirve de espacio físico a la novela: De Sin embargo, la exclusión naturalizada de la otredad
samparados. No se trata de un nombre de ficción, sino es la marca donde se ocultan las asimetrías del sistema
de uno real que icónicamente reflejará la trama del cultural, político-económico, las cuales se perpetúan en
campesinado pobre de fin y principio de siglo. sujetos subordinados a lo largo del tiempo.
La familia patriarcal es el eje que identifica un modo Es importante acotar que en esa otredad subordi-
de ser constituido en identidad nacional, donde una nada del campesino pobre también se ubican diversos
cierta convivencia —figuradamente— armoniosa entre sujetos como las mujeres, las viudas menesterosas, los
oligarcas y campesinado sustenta el precepto de una huérfanos, las peonadas de “gañanes”, trabajadores del
coexistencia sin sobresaltos. Llama la atención en este gamonal, los jóvenes, los niños y los indígenas, que
modelo la figura del gamonal. En la novela es elemen- constituyen marginalidades ante el poder autoritario
to constitutivo pero a la vez diferenciador del universo patriarcal.
campesino, pues es dueño de la gran finca, posee riqueza El escritor Manuel González Zeledón, “fundador del
monetaria, resultado de sus negocios y por su condición género y descubridor de la veta” del relato costumbrista,
de terrateniente; asimismo, ejerce influencia como man- como se autodenomina, en su carta a García Monge a
tenedor de las costumbres sociorreligiosas y en conse- propósito de la aparición de la novela, le felicita y le ex-
cuencia representa la legítima autoridad tradicional. Para horta a continuar: “Tiene usted talento de observación
todos aquellos sujetos “menores” en la escala sociopro- que es lo indispensable para pintar costumbres, no hay
ductiva, el gamonal se iguala con la figura del padre cuya amaneramiento en sus descripciones sino fotografía sin-
voz instaura exigencia y ley sometiendo a los demás a su cera de la escena campestre…”.1 Las imágenes campesi-
mandato: “¡Férrea mano que sujetaba muchas cervices!”.
El orden patriarcal oligárquico se presenta inalte- 1
Carta de Manuel González Zeledón a Joaquín García Monge,
rable en los cuadros costumbristas de labriegos senci- fechada el 1 de marzo de 1900, La Revista, núm. 257, 3 de
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nas eran retratadas con visión pintoresca y folclórica, casi El reconocido intelectual Isaac Felipe Azofeifa se-
siempre presentadas como chascarrillos de un campesino ñala: “Don Joaquín denuncia en 1900 la crisis del siste-
ingenuo, estilizadas desde la voz del autor culto que co- ma patriarcal de vida del costarricense. Esto no le gustó
piaba el habla popular. Por lo general contemplaban visos nunca a los demagogos aldeanos ni a los hacendados
admonitorios y disciplinadores, a modo de moraleja, de con poder político y ni a los románticos pedagogos”.3
no transgredir el espacio asignado y la tradición. En efecto, El Moto rompe la imagen del mundo campe-
La propuesta literaria de la novela de García Monge sino patriarcal para presentarnos, si bien desde el marco
enarbola una originalidad que cambia la estética y el del relato de costumbres que describe la vida rural,4 ya
fondo en la manera de presentar esa visión del obser- no un aspecto folclórico, sino una visión humanizante
vador extrínseca al campesinado y lo popular en el re- de los dramas del campesinado. Demuestra que hay
trato de las costumbres y muestra, en contraste, desde fisuras en la representación monolítica de la sociedad
adentro, el drama, la miseria, el desamparo, la injusticia que se retrata como armoniosa en la convivencia de las
social que viven no sólo el campesinado como masa,
sino sujetos individuales de ese grupo en su evolución. “Homenaje a Joaquín García Monge”, en Boletín de la Aca-
En esta gran diferencia radica la originalidad de demia Costarricense de la Lengua, año 14, núm. 2, 2019. El
esta obra que inaugura el realismo literario, o más pro- profesor Fernando Herrera, investigador y compilador de la
obra literaria menos conocida de García Monge, ofrece esta
piamente definido por el filósofo y estudioso de la obra
perspectiva en relación con los relatos y cuentos recogidos
garciamongeana, Arnoldo Mora Rodríguez,2 de la no- en el tomo Cuyeos y majafierros y otros cuentos, Costa Rica,
vela del realismo social. Universidad Estatal a Distancia, 2007. Véase de Herrera Co-
secha literaria nutritiva, Costa Rica, Universidad Estatal a
marzo de 1900, reproducida en “Documentos. Polémica entre Distancia, 2011.
nacionalismo y literatura”, en Letras, núm. 7 y 8, pp. 305- 3
En Arnoldo Mora, El ideario de don Joaquín García Monge,
306, enero-diciembre de 1984. <[Link] ed. cit., p. 48.
[Link]/[Link]/letras/article/view/4396>, [consulta: junio 4
De hecho “La luminaria”, cuadro de costumbres publicado
de 2022]. por García Monge en 1898 en el periódico La Prensa Libre, fue
2
El ideario de don Joaquín García Monge, Costa Rica, Edi- incluido en el capítulo primero de El Moto. Véase Fernando He-
torial Costa Rica, 1998. Véase también de Mora Rodríguez, rrera, Cuyeos y majafierros y otros cuentos, ed. cit., pp. 14-17.
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distintas capas sociales y más aún al interior de éstas, ficción, sino que devela un sujeto social marcado por el
para revelar la injusticia, la incomprensión, la discrimi- destino, su juventud, su clase y un sistema patriarcal
nación y la desesperanza de los más vulnerables en un de gamonales, quienes tienen el poder de decidir sobre
sistema explotador y enajenante. las vidas de los otros, siempre supuestos a obedecer.
A diferencia del cuadro costumbrista conservador, De acuerdo con el miembro de la Academia Cos-
García Monge no pinta en sus relatos la imagen que tarricense de la Lengua, don Arturo Herrera Chaves,6
perpetúa los tópicos de un pasado idílico irrecuperable la voz “moto”, “En los medios rurales del Valle Central
ni reproduce el habla vernácula como motivo de burla. del país, refiere a un ternero”; en la región del Guana-
Su obra carece de esa visión extrínseca, por pintores- caste, alude a un ternero sin madre, con lo cual regis-
ca y caricaturizada, de la vida campesina para plantear tra por extensión una tercera acepción, como adjetivo:
un relato realista que muestra la opresión en múltiples huérfano. Como locución, “estar moto” significa estar
caras y, en particular, de la clase social como frontera,5 solo, sin familia; de igual forma explica el lingüista Mi-
que económica y psicológicamente constriñe a los in- guel Ángel Quesada Pacheco que, en la ruralidad, un
dividuos definiéndoles el límite de lo posible. Esa fron- moto es un huérfano.
tera que se presume infranqueable se erige a partir de El orden patriarcal campesino presenta una rígida
la fortuna y el poder de los terratenientes en contraste estructura social donde aparecen el cura, las autoridades
con la marginalidad del campesino en su pobreza y de civiles, el maestro y los gamonales, que constituye la cús-
samparo. Construye así no simplemente un objeto de pide que rige sobre la base del campesinado pobre, las
peonadas de gañanes, los jóvenes y las mujeres.
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El valioso estudio del historiador Iván Molina Jiménez, Costa- La novela plantea la subordinación, la marginación
rricense por dicha. Identidad nacional y cambio cultural en la y el desagarro de una vida sin raíz, la de un joven de
Costa Rica durante los siglos xix y xx (Costa Rica, Universidad veintidós años, en desamparo debido a su orfandad des-
de Costa Rica, 2008), brinda una visión amplia de las condi-
de tierna edad, quien fue encargado a su padrino, uno
ciones sociohistóricas y el papel de la literatura y las artes
en la conformación de los discursos identitarios y postula la
cuestión social como eje de los escritores radicales a partir 6
Diccionario de costarriqueñismos, Costa Rica, Academia Cos-
de 1900. tarricense de la Lengua / Asamblea Legislativa, 1996.
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de los gamonales del pueblo, hombre viudo, hosco, que lugar donde su padre encontró la muerte. En el caso de
no tiene por el ahijado el mínimo afecto y a quien trata su amada, por el contrario, la sumisión y la aceptación
como a un peón más. El Moto, por su parte, guarda de su destino como mujer obediente de la voz del padre
amor por una joven, hija de otro rico terrateniente, con es total, manteniendo intacto el orden familiar.
la cual anhela casarse, pero este amor, aunque corres- A modo de excitativa, ¿qué nos ofrece la relectura
pondido, le será arrebatado por el arreglo del matri- de esta obra en el siglo xxi? El Moto corresponde a un
monio de la joven por su padre, precisamente con el texto pequeño en extensión, pero que sorprende por
padrino del joven huérfano. La tradición, la costumbre, la técnica discursiva con que su autor va mostrando la
el autoritarismo se expresan como un punto ciego y de complejidad del mundo del campesinado en transición
no retorno, manifestado de la siguiente manera: “Bien del siglo xix al xx y del rígido sistema de reglas y cos-
conocío lo tenés, que nosotros podemos querer mucho tumbres patriarcales que, si bien no tienen la fuerza
la novia, pero si a un viejo de estos se le antoja casase monolítica del período precedente, mantiene el poder
con ella, no hay tutía; no le queda a uno más recurso de vigilar, de decidir y de sancionar sobre las vidas de
que safase, aunque sea uno rico, trabajador y tenga el los otros.
catón necesario”. La novela tiene una trama sencilla del amor malo-
No obstante, es dable identificar una contestación grado de dos jóvenes, pero compleja en la constitución
que puede parecer tímida ante el rígido sistema de la individual de los personajes y en la presentación de un
tradición y las costumbres. En el caso de el Moto, a mundo rural cerrado, del cual escapará el Moto hacia
quien todos los representantes de las estructuras de poder un afuera indefinido. Este hecho de rebeldía presupo-
traicionan abandonándolo a su suerte, incluido el sa- ne una fisura en el sistema tradicional supuestamente
cerdote en quien depositó sus esperanzas para que lo inmutable.
representara ante el gamonal por el amor de la joven, La novela describe al campesinado no como una
no hay resignación ante el arreglo autoritario y mez- realidad extraña en el contexto físico apacible y rural del
quino de sus mayores, sino rabia. Su muestra de rebel- cuadro de costumbres, complejiza y tensiona esa rea-
día es ese desaparecer al abrigo de las sombras; el salir lidad a partir de las fisuras que se van presentando en
del espacio rural opresor conocido y marcharse hacia el su interior, en la diferenciación entre gamonales ricos y
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vicio que hoy se pagaría por verlo —como dicen añejos La tarde en que esta historia comienza, vísperas de
restos de aquellas generaciones—; los ganados se cria- la Concepción por más señas, era de harto trajín para los
ban retozones en las dehesas y anualmente las trojes se habitantes del barrio, pues una costumbre inmemorial
llenaban de bote en bote. los traía en carreras.
La posición topográfica del barrio, magnífica de todo La luminaria de don Soledad era de lo más con-
punto: situado a no larga distancia de las montañas que currido. Vistoso panorama ofrecía su casa, visitada
por el sur y el este lo rodean, por aquellos días ostentando por un sinnúmero de campesinos, enamorados hasta
el lujo de los bosques y hoy desfiguradas por el tijereteo el tuétano y atraídos por las mozas que afluían por la
de los cañadulzales, los marcos que señalan la división de tranquera de entrada, guapetonas ellas, cual más, cual
potreros y bienes, y por las abras y socolas; sin riesgo menos airosa, cargando a los cuadriles hojas secas de
de que un viento se viniese revoltoso barriendo habita- plátano.
ciones y sembrados, ni de [que] un río se botara afuera y Ínterin, los labriegos, trayendo también su acopio
de un sorbo se tragase cuanto había. de hojas de caña, aprovechaban las horitas muertas ro-
Ítem más. La sociedad un tanto patriarcal de aque- badas de cuando en cuando a sus labores diarias para
llas gentes, sujetas las voluntades a la del cura don pescar, ya de un modo ya de otro, un meneo de cabeza,
Yanuario Reyes; por hombres de pro, al señor alcalde y de ésos que las novias saben dar tan bien y con esto un
el no menos respetabilísimo señor cuartelero —el juez relampagueo de pasión.
de paz de antaño con las prerrogativas del jefe político de Don Soledad se descoyuntaba en cumplidos con los
ogaño—; señorón y medio lo era el maestro de escuela señores de más copete, sentados en aquel momento en
don Frutos y no menos encogollados lo fueron, tanto los toscos escaños del corredor, observando el animado
por su posición holgada cuanto por el temple de carác- bullicio de la muchachada, según decía el maestro don
ter, tres o cuatro ricachos campesinos. Frutos, a quien, con sus asomos de regocijo, los ojos se
Uno de los cuales era don Soledad Guillén. Su casa, le iban detrás de los rústicos y mozuelas, discípulos de
de techumbre empotrada sobre retorcido horconaje y pa- otros años y a los cuales quería como hijos.
redes de un relleno macizo de adobes, hallábase situada La luminaria empezó por fin: los jóvenes de ambos
en un altozano y a pocos pasos de los ríos Damas y Tiribí. sexos puestos en cuclillas a ambos lados de una vara,
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y con el brío de los dieciocho veranos, amarraban con Terminado el murmullo de las familias y convidados al
presteza rollitos de hojas, cruzándose a medias cuarte- despedirse, la casa quedó en silencio.
tos almibarados. Afuera y muy cerca de la capilla de la Virgen, se
De entre aquel puñado de cabezas, salía de rato en desprendía a ratos un güipipia, güipa: eran las explo-
rato una carcajada general motivada por las bromas del siones amorosas del Moto anunciando a su novia que
más atrevidón y la sangre se agolpaba en oleadas a las ya iba lejos.
mejillas de las núbiles labradoras, al escuchar los re-
quiebros de los mancebos.
Aclamado por un tata-agüelo, tata-agüelo, apareció
en la solana un viejecito tembloroso, con su chaqueta de
cuero de diablo lustrosa como un espejo, sus pantalo-
nes ajustados a unas piernas arqueadas que movía lenta-
mente: era don Soledad.
Enternecido por el recuerdo de tiempos mejores
lanzó un grito prolongado, seguido por los de los con-
currentes; reventó cuantas bombas y cohetes pudo y
acercándose a la luminaria —clavada ya en tierra y con
sus hojas tendidas oblicuamente— le aplicó el fuego de
un candil.
El abuelito —después de separarse de sus buenos
amigos— entraba minutos más tarde a su cuarto y,
pasándose la palma sudorosa de la mano por sus ojos
lacrimosos, concluyó por canturrear:
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pie agregaba un grupito a la hilera que se extendía en bartola acomodó su rancia humanidad en la red de
una larga mesa. cáñamo.
Así pasó todo el santo día, sin asomos de probar De pronto alzando la cabeza dijo:
bocado, echa y más echa con fruición las monedas en —Miquela, el tibio y la rellena.
mochilas de cáñamo teñido y con las orejas sin replie- A la orden estuvo doña Micaelita, su esposa, de
gues atentas al menor ruido. Y cuando la tarde se vino cuerpo echado adelante y enaguas a media pierna, con
encima, el gamonal, apeándose las antiparras y restre- una batidora de chocolate y una tortilla de queso. Tem-
gándose los ojos —así que hubo asegurado las cerrajas blando se acercó a su marido: ¡bien sabía la pobre los be-
que custodiaban las riquezas en una alacena—, y después rrinches que en tales ocasiones se gastaba Soledá! Apenas
de un prolongado bostezo, salió por los amplios corre- el chicharrón desde un árbol cercano hubo anunciado las
dores a respirar el aire, que en bocanadas se dejaba venir seis de la tarde e impuesto silencio al infierno de chicharras,
fresquito y cosquilloso de los potreros. Con aire pa- que se habían llevado todo el día reventando los oídos
triarcal y rezando una oración de gracias a Dios, se con su fastidioso arruun, arruun, Don Soledad, rebullén-
dio una vuelta por la casa: echó primero una mirada a dose en su hamaca, dijo con acento perentorio:
las trojes, de allí al trapiche y se informó si los yugos y —Al rosario, muchachos.
aperos de labranza se encontraban en su lugar; andu- Bien pronto se agruparon los gañanes, mansos como
vo por el corral, pasó cerca de los chiqueros; tendió la bueyes, y en voz alta rezaron el rosario que don Soledad
vista por los campos y notó que los ganados, pasado el seguía.
ramoneo del día, íbanse llegando a buscar el calorcito Sin chistar palabra y pendientes de las miradas del
de la casa; miró a los vecinos del barrio que allá, en gamonal, uno a uno fuéronse retirando a su tabuco, entre
el bajo, cogían el agua del Tiribí y en cambio a la del los muchos que había hacia el costado derecho de la
Damas ni caso le hacían, porque según las creencias casona.
vulgares era salada. Cada peón desarrolló su cuero, puso por almohada
A poco, con el semblante algo mohíno y ya de re- un palo de balsa envuelto en trapos y abrigándose en
greso, desató la hamaca, que hecha un nudo colgaba su chamarro se tendió a dormir con la más perfecta
de un extremo a otro de la sala, y tendiéndose a la tranquilidad.
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A
el puesto de alcalde o de cuartelero cuando se ofrecía! ve María purísima! ¡Ave María purísima!… —ex-
Igual cosa era para él irse con un par de alforjas al pico clamaba don Soledad desde su camastro, a las
de la albarda y otro en la grupa de su cabalgadura, llegar cuatro de la mañana del día siguiente, arrebujado aún en
a los sitios y con sus manos agrietadas esparcir en las su cobo, con la cabeza ceñida por un pañuelo y con las
piedras la sal y gritar: tom, tom, tom, llamando a los manos llevadas a la frente.
animales, como ponerse de rodillas, quitarse el sombre- —Gracia concebida.
ro y rezar al compás de los golpes de pecho tres veces —Gracia concebida —respondió doña Micaela, lue-
el ¡avemaría! —sin atender a horas ni a lugares— en el go Cundila y Rafael; por los cuartos sólo se oía el rumor de
momento de alzar en el sacrificio de la misa. todos los peones contestando: Gracia concebida.
¡Y tal hombre era ni más ni menos que el padre de El gamonal ensartose los pantalones y los chanclos
Cundila Guillén! y publicó tres veces:
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Las últimas palabras se las cogió doña Micaela, para repartiendo cornadas! Entonces, ¡pobre del que flaqueó!:
seguir cantando el trisagio otras tantas veces, ínterin se con tres varillazos le aseguraba don Soledad su dolorcito
ajustaba al cuerpo las enaguas y ponía en su lugar las de espalda, dos días por lo menos.
gargantillas y escapularios que de su cuello pendían. Como a las ocho de la mañana de aquél, un mozo
—Santo, santo…; viva Jesús, viva su gracia… —re- de agradable catadura salió de su casa —sita, por más
pitieron Cundila y la india Chon, inseparables siempre, señas, detrás de la parroquia— a cumplir sus obligacio-
llegando a la cocina, donde iban a preparar el desayuno nes diarias.
para los trabajadores. En la zurda llevaba unas cuerdas y apurando el paso
Así empezaron, pues, las tareas cotidianas. En los decía de corrida:
patios algunos de los gañanes pasaban y repasaban la hoja —A recoger el diezmo por San Antonio —y brincan-
de los cuchillos, machetes y hachas por el mollejón; otros do de alegría como un ternero, se perdió por entre los
se hacían por las coyundas; cuales, arremangándose las charrales, para dejarse ver minutos después, tirando del
perneras, se las ligaban con un cordel a las canillas. cabestro de dos mulas barrosas.
Con ser aquel lunes el primero del mes de marzo y Cruzó el saludo de costumbre y el mozo, como en-
observando la costumbre largos años implantada, los tendido en su oficio, metiose por los cuartos traseros de
dos hijos mayores sacaron el ganado de los potreros la casa de don Soledad; sacó las enjalmas de ambas
para llevarlo a tomar las aguas tibias y salobres. bestias y puso sobre cada una un par de árguenas y, dán-
Don Soledad y las cuadrillas de peones que a su dose una vueltecita por la cocina, dijo:
servicio tenía se repartieron las tareas. Rafael y otros —Hasta luego.
cuantos ataron las terneras, para quitarles las marañas —Sí, hasta luego —contestó doña Micaela.
pelosas de la cola y hacer de ellas los durables cabestros. —Dios lo lleve con bien —añadió Cundila, cla-
Esto, cuando no había que poner la marca candente en vando unas miradas de las que ella tenía al mancebo
las ancas de los animales jóvenes; ¡operación difícil, en la simpaticón, el cual repuso a su turno:
que hubo que tenérselas tiesas con el gamonal! —Amén.
¡Cuántas ocasiones ya la becerra tirada de costados, Y atizando dos traillazos a cada acémila, salió a pedir
por el descuido de alguno, se levantaba mugiendo y el diezmo.
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Un día, como por ensalmo, cansado Dios sin duda orejas, hasta hacer ver a Dios, a cualquiera de sus alum-
de verla tan acoquinada en este mundo, le mandó unos nos. Los cuales a la sazón ocupaban toscas bancas y es-
ataques del corazón y, al contar tres, no hubo más, y la cribían en hojas de plátano y sobre las rodillas; por única
señora Nicolasa, pues así se llamaba, arrolló los petates pluma la de chompipe unos, la de zopilote otros, y por
para el otro barrio, y la miniatura de José Blas, con seis toda tinta el jugo del ojo de buey cele.
años justos, fue entregada a su padrino don Sebastián Don Frutos, maestro y sacristán, vivía muy cam-
Solano. pante entre sus discípulos, mozos todos en el verdor
Se crio José Blas algo canijo, con los perfiles de su de los años, sanotes en su mayoría, quienes bien pronto
madre, a la cual no le perdió patada —en el sentir del dejarían aquel cuartucho largo y bajo de techo como
clérigo don Yanuario—. una caja de fósforos, de suelo hecho rajas y costurones,
Cuando entró a la escuela, alguno de sus compañe- de paredes viejas y con grietas —a modo de muecas—
ros, con atisbos de encono, le llamó el Moto y así se pro- por donde salía a tomar el sol tal cual lagartija. Pues digo
siguió apellidándole dentro y fuera de su casa. De la que aquellos muchachos contaban ya pocos días para
cual salía luego de asearse lo conveniente y en unión no respirar más el aire tibio del camaranchón escolar y
de sus amigos echaba a andar, repitiendo en coro el partir para sus labranzas a echarle el ojo a la moza a su
Dios te salve, hasta llegar a la escuela, donde se elevaba a gusto. De las cuales, don Frutos guardaba su puñado
Nuestro Señor la oración de entrada. y bajo su férula, junto con los mancebos, y a las que
Era el maestro don Frutos un hombre descalzo, trataba punto menos que con dureza, pues muchas de
metido de piernas en unas bragas azules amarradas a la cin- aquellas manecitas se habían soplado tres o cuatro pal-
tura por una banda de redecilla morada; una chaqueta metazos de los suyos.
cerraba su busto corto y apretado; tirando a mestizo, te- Don Frutos, solterón hasta la pared de enfrente,
nía los carrillos lucios e inflados como los de un trompe- componedor de altares y muy arrimado a la iglesia, pare-
tero, el mostacho de pelambre ralo y tieso como el de un cía llevar estampado en su frente ancha y de angulosas
gato, la melena lacia, sin una cana y partida en el medio entradas:
por una raya hecha en la cabeza. Setentón era él, con una
musculatura envidiable y muy potente para alzar de las La letra con sangre dentra.
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Y de veras que era un esclavo de este aforismo absurdo. cípulos, quienes marchaban para sus casas cantando el
¿Que el niño no sabía una de las cuatro reglas de arit- Santo Dios, santo, santo.
mética, ni las repetía como un loro?, allá te va tamaño En esta escuela pasó José Blas hasta los catorce
reglazo por la cabeza; ¿que no entendía en moral?, allá años. Después se le consideró en el pueblo como un
te va otro; ¿que no leía de corrido el Catón cristiano o poeta, un cancionero gracioso que desde chiquillo bailaba
no recitaba al dedillo algún principio?, aguántase media como el que más y para endilgarle un cuarteto a cual-
docena de soplamocos por la cara o tres güízaros por las quiera era nones.
orejas; ¿que alguno hacía de las suyas?, ándese por aquí Así, pues, cuando algún amartelado campesino que-
y en un extremo del aula le ponía de rodillas sobre ría halagar a la novia que habitaba por Cucubres o por
granos de maíz, con los brazos abiertos y una piedra en Las Cañas, buscaba uno que tocara la tinaja, otro la
cada mano. vihuela y quién acompañara con los caites a José Blas
Los viernes llegaba don Frutos a la clase con un sem- para que soltase cuanto encerraba en verso dentro de
blante alegrón —como que era el último día de su se- las paredes del cráneo. Él se ganaba la palma y a él se le
mana escolar— y aguardaba antitos de las nueve a sus prefería en los turnos, bailes y fandanguillos. Por esto
discípulos, quienes con el Catón y el almuerzo traían el y nada más, don Soledad habíale dedicado a pedir el
punto. ¡Ah! ¡El punto! ¡Dios los librara!, si hubiesen lle- diezmo, por la gracia con que lo hacía.
gado sin él a presencia del maestro, como quien dice, sin José Blas a la sazón no tenía más amparo en el
naranjas uno, sin dulce y bizcochos otros. mundo que su padrino. La viejecita Avendaño, tía de
Entonces recogía los vales que durante la semana don Sebastián y amiguísima de la que fue Nicolasa y
habían recibido algunos de sus alumnos, en cambio del con la que era como la uña y la carne, solía tratarle muy
cuidadito que se tuvieron de llevarle el punto, de antes y bien y decíale una vez que otra:
con antes. —¡Jesús, hijitico, ni cosa más parecida! ¡Si sos el
Al mediodía, don Frutos, saliéndose al umbral de la retrato de la dijunta Colaca!
puerta y con la diestra sobre las cejas, miraba la carrera Tocaba ya los veintidós años y un ser no más era
del sol y calculando que serían las doce, después de su encanto, por el cual no se había ido a buscar una
las palmadas y el rezo de salida, hacía desfilar a sus dis- fiebre por la costa y a cuyo recuerdo la muerte de su
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lemnidades religiosas y, según hablillas del vulgo, muy La sala era espaciosa. A un lado una mesa hermosea-
delicada para eso de velas, rosarios y otras alegrías popu- da: de sus bordes salen ramas de uruca en arcos, y de los
lares. Iba únicamente a la ermita gastándose un airecito ramos penden flores encendidas. En el fondo y como
refunfuñón, sin detenerse a chismear con los vecinos, ni acurrucada entre la verdura está la cruz, y ¡qué cruz!:
a cruzarse más que los “Buenos días le dé Dios” y éstos, una camisa blanca y bonita, con abundancia de ribetes
muy secos e indiferentes. —como hecha de encargo—, le cubre el cuerpo; ena-
Entrada en años, pero sin atisbos de canicie, recorría guas rameadas y con estrellitas se ajustan al extremo
sin orden su cara desde la frente hasta el cuello una de inferior. Agréguese a esto algo que resalte, una tela
surcos, de los cuales dos eran tan profundos que par- chillona hecha un bulto redondo y puesta en la parte
tiendo de la barbilla subían por el labio superior hasta la superior y tendremos una copia de esas muñecas de
nariz; a esto se debió que de diario hiciese una mueca trapo que usan las niñitas y por la cual tienen venera-
marcadísima. ción profunda los campesinos.
Consistía su mayor gozo en el empleo de gran parte Por añadidura: un pañuelo con pájaros caído hacia
de su dinero en pólvora, condumios y lo demás, para adelante y encima de los brazos de la cruz y unidas las
adorar la memoria de la Santa Cruz. De tal modo que puntas por una espina, le viene de rechupete.
su casa en aquel día era punto menos que la de su hermano Doña Benita, que de curiosa peca, ha colocado a
en las vísperas de la Concepción. guisa de gargantilla y junto con un rollo de cadenas un
La casa de doña Benita, plantada en un extremo rosario tradicional de cuentas de vidrio azul, con mexi-
de la plazoleta, ofrecía a la vista ventanas voladas con canos y cortadillos de por medio.
rejas de madera, puertas que giraban sobre ejes cortos y Los gañanes se han entrado por los patios y corredo-
jardines a los costados. res, como Pedro por su casa. Al pie de un mango, crecido
Varias cruces pintadas en forma de franjas blancas, número de hombres hacía rueda a dos que, apoyados en
rojas y amarillas, pendían de las paredes y eran allí el la pierna izquierda, jugaban a la taba. Cuales más devotos
único ornato; otras hechas de piñuela en sazón y cu- están tragándose los rosarios, seguidos por un anciano
biertas de chinitas componían los regalos ofrecidos a de hablar gangoso, que tiene en la zurda tamaña sarta de
la señora. cuentas de san Pedro: va enumerando los misterios.
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Si en la naturaleza todo era quietud, en casa de bailes la más espontánea. Con la frondosidad envidia-
doña Benita sucedía lo contrario: allí habíase concen- ble con que rompían sus tiernas envolturas las matas
trado la vida alegrona de las gentes del barrio. de maíz por los campos, así la galanota Cundila había
Bajo el toldo de las cañabravas al entrelazar sus desarrollado sus formas y adquirido esa redondez
copas y sobre un patio de suelo firme y plano, se des- encantadora de una organización bien constituida.
parramaban las agrupaciones de campesinos, dispuestas a A la sazón vestía ligeramente y era de verla con sus
bailar hasta más no poder. mejillas y brazos velludos, con toda la frescura de una
Los músicos, a cual más parrandero, en su asiento calabaza en agraz y con sus dos trenzas echadas por la
de guayabo, arrancaban chillidos a la vihuela y al violín espalda y rubias como una melcocha de dulce.
acompañados. De la masa compacta de hombres despren- Al rostro se le vinieron aquellos colores, por los
diose uno y sacó sin cumplimientos [a] la que fue de su cuales la india Chon acostumbraba decirle cuando la
agrado; corrieron luego otros y tirando de las jóvenes se veía llegar a bañarse o de concluir alguna faena:
prepararon a bailar. Ponían unos la diestra en la espalda —Echá pa’ ver niñá, esa cara es una rosa completa;
y otros en los cuadriles de las parejas, levantaban por parecés cosa de Cartago con esas pinturas que Dios te
extremo el brazo izquierdo y harto separados cogían ha dao.
una de dengues y meneos ridículos. Rompió la vihuela con el fandango y José Blas, en
—¡El fandango, el fandango! —pidieron varios la misma dirección siempre, daba graciosos brincos.
pasadas las primeras piezas—; ¡que salga el pueta con Cundila alzó más arriba de la pantorrilla su ena-
Cundila! gua breve, movió las piernas y siguió a su novio. Éste,
No se hizo aguardar el poeta y pareció entre el apre- danzando al rededor de Cundila, le endilgó lo que
tado círculo el mismísimo Moto, con su pelo arrollado sigue:
en colochos por la cabeza, el ojo redondo y negro
como el carbón, la oreja pequeña, delgado el cuello, el Asómate a esa ventana
cuerpo enjuto y muy suelto de piernas. linda cara y te veré
Abriéndose campo y empujada por las amigas, es- sácame una taza diagua
tuvo después la más buena moza del barrio, y en los que vengo muerto de sé.
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No tengo taza ni coco, Panizo por apodo —sin duda por su color moreno su-
nien qué dártela a beber, bido—, el mejor amigo del Moto y el depositario de
sólo tengo mi boquita todas sus confidencias, turbado por la gallardía domi-
qués más dulce que la miel. nadora de su pareja, olvidó la contestación y exclamó
con voz entrecortada:
Éstos, al decir de los buenos viejos, “han quedado lucios
y tenía que ser asina, pos el pueta era muy listo y Secun- Ya con ésta me despid… o
dila muy vivilla”. paradi… toen l’agua clara:
¡Cuánto saboreó el Moto aquellos minutos del sólo mi negrita tiene
suelto!: expansión única en sus horas de amor. ¡Qué camanances en la cara.
rigurosidad la de los padres de Cundila y no menos la de Ya con ésta me despido
su padrino! Salvo las miraditas que so pretexto del diezmo florecita azul celeste:
podía cruzar con ella, salvo tal cual palique cambiado yo te he de querer negrita
en las tardes de molienda en el trapiche, o en una vela o a aunque la vida me cueste.
las orillas del Tiribí, lo demás del tiempo era de ruda faena
para él. Por esto…, ¡oh, el fandanguillo!… Así, cual más, cual menos, se dio el gustazo de decirle
Pasaron nuevas piezas y volvieron a pedirlo. Bien mil lindezas a su novia en aquella fiesta tradicional de la
pronto se vio entre todos una campesina redonda, en- Santa Cruz, única en el año en que se divertían de veras.
cendida como una chira, que marcaba el compás con las Algunos emparrandados no poco, con el guarapo
piernas. Era la novia de Panizo y prima de Cundila. Cantó: que se habían echado entre pecho y espalda, cantaban
entre piruetas versitos non sanctos, para diversión de
Ya con ésta me despido los concurrentes, quienes por su parte se reían y za-
paradita en la corriente pateaban.
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doctrina— semejaban peñascos y unas fortalezas en de doña Micaela— con aquella franqueza que podía resu-
el trabajo. mirse en estas palabras:
Cundila era lo que se llama el querer de la casa. La —Y habís de crer a lo que vengo, Soledá: pos a pe-
india Chon, que desde la cuna velaba por ella, la ado- dirte a tu muchacha; yo la jallo muy mujer de su casa.
raba más que las niñas de sus ojos y era su compañera —Todo sea lo que Dios quiera, Sebastián; si en tus
incansable en las faenas de la cocina y en las del campo. papeles está escrito que Secundila ha de ser tu esposa,
¡Cuántas tardes la india zarandeó a Cundila entre sus llevátela con bien.
brazos, cuando apenas tenía encima sus ocho años, y la Y era don Sebastián Solano lo que suele llamarse
entretuvo con los cuentos de “La Cococa”, “La Tulivie- un buen sujeto. Años y más años habían caído sobre
ja” y “El dueño de monte”! su cuerpo elástico y pellejudo y frisaba a la sazón en los
Cundila, por lo demás, se fue arriba, andando los 50, aunque bien pudiera decirse que aparentaba diez
meses, con los bríos de una potranca, y en la noche del menos. Como todos los de su época, a los veinte años
fandango frisaba con los veinte abriles, días más, días no más, se hizo por una mujercita hacendosa y como
menos, es decir, se encontraba en la verdura de los años. bajada del cielo. Pero, como el hombre propone y Dios
Con el alba se ponía en pie: ella amarraba las vacas dispone, aquella vez no anduvo muy tardado el Señor
en el corral y con una fuerza no común apartaba los ter- en su decisión y de la noche a la mañana se llevó para el
neros de las mamas y gustaba verla arrepollada en el suelo otro mundo a la cara mitad de don Sebastián, dejando
tirando de las ubres henchidas; a la una de la tarde cogía por herencia no poco abatimiento en el ánimo de su
los becerrillos por los potreros; tarea suya fue la de pro- marido y un diluvio de recuerdos entre los que vivió.
porcionarse aclarandito el agua del río; no había en todo Canículas y más canículas pasaron sobre don Se-
el barrio una que le pusiese la mano en aquello de lavar bastián, desde entonces ocupado siempre en sus nego-
un motete de ropa o de moler una cajuela de maíz. cios de hombre rico. Un día viéndose tan solo, con sus
Éstos y otros muchos recuerdos mascullaba don muchas hermanas casadas, creyéndose muy redueño
Soledad. de sus potreros y montañas y advirtiendo que a pelo
Media hora antes don Sebastián Solano —el padrino le caía una tajada como la hija de don Soledad, se fue
del Moto— se la había pedido —previo consentimiento a pedirla y sería suya, según los perentorios designios
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de maíz y frijoles, a las pocilgas llenas de cerdos —fruto de “Barriga llena, corazón contento, y de allí vayan a
las primicias— y a los corrales, oscuros por el sinnúme- la trampa ilustraciones y literaturas. Deme el Señor
ro de aves que había; llegó por la cocina, tuvo algunas suerte, que el saber nada me importa; sepamos vivir
palabras con mana Silvinia —beata al servicio de don como Dios manda y sanseacabó”.
Yanuario— y supo por ella que el cura estaba en la sala Por lo demás, su vida regalona podía resumirse así:
y su hermana en la iglesia. José Blas discurrió enton- levantarse tempranito, tomar leche al pie de la vaca,
ces de puntillas por las habitaciones interiores y tocó la comer mucho, pero mucho; cristianar, casar o expedir
puerta que daba al cuarto del padre. el pasaporte para la otra vida a quien lo necesitase; darse
—Upe, upe, tata-padre —habló el Moto, impre- una vuelta por sus hacienditas, leer una vez perdida y
sionado no poco y con un friecito que le subía de las estar en tertulia con don Frutos, el cuartelero y demás
piernas a las caderas. yerbas. Por toda sabiduría, sus refranes y unos adoce-
—Adelante —respondió don Yanuario dirigiendo nados latinajos.
la vista por encima de los quevedos y fijándola en la —¿Y qué viento te ha echado por aquí? —preguntó
puerta, entornada ya por el Moto, quien se entró di- al Moto, quien ocupaba una silla, con los brazos cruza-
ciendo: dos y el sombrero a los pies.
—Bendito, alabao sea el Santísimo Sacramento del —Pos cosillas que nunca faltan.
altar; buenos días le dé Dios, tata-padre —y poniéndose —Vamos a ver; algo te traés, porque un color se te
de rodillas besó la mano del cura. va y otro se te viene a la cara.
El cual contestó: —Pos es el caso que yo vengo a decile una cosa que
—Así los tengas, hijo; que Dios te haga un santo ya días me tiene molesto.
—colocando una cinta de señal en la página de su lec- —Afuera lo que traigás en el buche: para eso vivo
tura interrumpida de la Biblia. en el mundo, para servir a quien me necesite. Ya se me
Hizo crujir el sillón al dar la media vuelta sobre el pone que no hay ni enredo…, alguna noviecilla te ha
asiento y como pudo acomodó el rollo de sus carnes. hecho perder el tornillo.
El padre Yanuario era un misacantano de ésos que —La verdá dice, tatica. Yo como no tengo en el
se hacen estos cargos: mundo más amparo que el Señor, se me ha metido agora
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en la cabeza casame, primero Dios y María Santísima, —Bueno, padre. Dios se lo pague. Hasta más lue-
con la hija de ñor Soledá. guito —concluyó el Moto, besándole otra vez la mano.
—¡Ajajá!, conque a ésa le has puesto la pista. —Sí, hasta que Dios quiera, niñó —dijo don
—A la mesma. Yanuario, cerrando la puerta y yéndose a ocupar el
—Pero hay que amarrarse los pantalones con esa sillón, donde, un cuarto de hora después, resoplando
pieza de Judas. como un fuelle y teniéndose la papada con una mano,
—Sí, padre. Pero a usted le costa que yo pa’ picar un dormía a pierna suelta.
trozo de leña, es feo decilo, me sobran juerzas; pa’ esma-
tozar o paliar, aunque es mala la comparación, me ando
en un pie; tengo mi yuntica de bueyes sardos y pailetas
aperadita y, más que todo, Cundila me quiere muncho,
pero munchísimo. Ella en sus rezos pide a Dios que me
vaya con bien en tuitico y otro tanto hago yo.
Cuando hubo concluido, creyó hallarse en el aire;
no se atrevió a mirar de frente a don Yanuario: ¡cuánto
dijo en un momento! Paseó entonces la vista por arma-
rios que guardaban las ropas y dinero del clérigo, los
libros de consuno con el oficio, las piñas y cohombros
esparcidos por las mesas, hasta que el padre Reyes se
puso en pie, de cuerpo entero, un tanto echado ade-
lante por la doble carga de la joroba que a las espaldas
tenía y del abdomen extraordinario que le colgaba. Y
continuó:
—Así me gustás: siempre hombrecito. Yo andaré
todo este mundo; dormí tranquilo, que san Cayetano
mediante, de aquí a tres días se ha resuelto la cosa.
IX
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El asendereado mancebo, con el pensamiento fijo trecruza el Damas; subió enseguida por una ladera y
en Cundila, seguía a mal traer. Descendió la cuesta y, pronto estuvo en los Horcones.
al pensar en los pasos dados por el padre Yanuario, una Con unos cuantos gritos puso al azulejo a dar vueltas.
idea se le escapaba y otra se le venía. El bruto con los ojos saltones y lucio de puro gordo,
“¿Qué irán a decir los tatas? —habló recio y como azacatado, con las crines hechas una maraña piafó sobre
desahogando su pasión: lo que le habría cantado mil el suelo, dejando escapar unos relinchos que parecían
veces a su novia, ¡si las costumbres se lo hubiesen per- decir: “paticas para qué te quiero”, y arrancó veloz.
mitido!—, agora cuando el padre Reyes les diga lo que —Corre, corre —bramó José Blas a lo lejos—, que ya
he pensao; ¿qué cara irá a poner ñor Soledá?; ña Mi- te habís de cansar: parece que nunca hubieras visto gente.
quela bien la conozco y estoy seguro de que me quiere. Hizo varias tentativas para enlazarlo: pero todo en
Yo no tengo reparos: si a picar un trozo de la montaña balde. Por fin, en una lazada que vino y en otra que
me ponen, lo hago como beber agua; Cundila ya va a fue, quedó amarrado el azulejo por el cuello y mitad
cumplir los veintiuno de esigencia, y cuando voy por del pecho. ¡Má, oh barbaridad!, el caballo, hecho un de-
el riu y onde quiera, me ha dicho que a ella le dita ser monio, al sentirse prisionero, dio corcovos y sacudidas.
mi esposa. Contimás agora que padrino me va a dar en El Moto —modelo del campesino que prefiere
arriendo un cercadito de los dél, como quien dice, un morir antes que cejar en su empeño— viéndose casi per-
solar primero y una casita endespués. Yo por ella lo dido, con las manos sobadas y en sangre, arrolló la cuerda
hago todo; bien sabe Dios que ella a naide quiere más en un brazo, pero el bruto siguió recula que te recula.
quiamí, como lo puede probar Grabiel. Conque si el No hubo remedio, en un tirón que dio, José Blas se
padre Yanuario me anda hoy el asuntico y sale bien, fue al suelo y, arrastrado por el caballo, las espinas del
¡ánimas benditas que sí!, a la tarde voy onde Cundila y potrero arañáronle la cara. Hizo un segundo esfuerzo.
diuna vez me hablo con los tatas pa’cordarnos cuándo —No faltaba más, darle yo gusto a un alunado ruco
se ha de hacer el casamiento. Tirando algunos cárculos, —dijo el Moto y cruzose la soga por mitad del cuerpo
diaqui a marzo estoy casao, si no me he muerto”. para así tener más apoyo con las piernas.
Esto y más se revolvía en la cabeza del Moto. El Singo se guindó de las narices del potro y éste
Había pasado aquella región de Patarrá que cruza y en- no hizo más que revolverse y desbocarse a la buena de
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a su amigo oculto entre el zacate y con la posición de ¡Bonito estaría él, cuidando enfermos, en vísperas de
quien duerme incómodamente. su casamiento!
—Qué airada se va a dar, ¡allá tirao tan a la pampa! La noticia de lo acaecido al Moto corrió al día si-
—prosiguió Panizo y quitándose su chaqueta le abrigó guiente de boca en boca, arrancando expresiones de
la nuca. dolor a cuantos la recibían.
—¡Santo Dios!, si José está hecho una lástima —e —¡Pobre José Blas, yo creí que su sino era más fa-
hincando las rodillas, por un sudor frío bañado, examinó vorable! —exclamó don Frutos—. ¡Tan inteligente el
el cuerpo de su amigo: la cara ensangrentada, desfigura- muchachillo! Entre los de su edad fue el primero que
da, con una herida en la cabeza y las manos y pies llenos aprendió la cartilla.
de arañazos y, lo peor, una calentura en que ardía todo él. —¿Si no se persignaría Blas antes de irse? ¿Quién
Y llevándose ambas manos por delante de su boca, sabe a qué santo se encomendó? —apuntaba apesarado
rezó un credo a la finada Colasa, para que ella desde el don Yanuario.
cielo mejorase a su hijo. —Pero vé, Soledad, cómo nadie está zafo de una
A pesar de los ayes lastimeros de José Blas, su ami- desgracia: dizque el ahijado de Sebastián lo maltrató un
go lo alzó en peso y echó a andar, con permiso por indino caballo ayer.
supuesto del Singo, que un poco refunfuñón lo siguió —Chi, chi, chi… Posible… Hágase tu voluntá, Señor,
paso a paso, con el rabo entre las piernas, hasta llegar así en la tierra como en el cielo.
a la casa. —Pero ya ve… —interrumpió doña Micaelita ane-
—¡Vean lo que conviene! No hay caso: en su libro gada en lágrimas—, lo que conviene, viene: pa’ la suerte
estaba escrito —decía una hora después don Sebastián, y pa’ la muerte no hay escape.
cuando Panizo vino a contarle lo ocurrido y a avisarle que El corazón se lo avisaba cuando llegó Gabriel y le dijo:
se dejaba al Moto en su casa porque era imposible traerlo —Cundila, José Blas está impedió…, muy grave…,
hasta la de su padrino. pida a Dios por él.
Y el viejo sin echar una lágrima fue a ver al he- —Y eso de qué…, no digás eso…, mira…, ingratí-
rido, alegrándose de encontrarse, gracias al caritativo simo —vociferó la moza corriendo detrás de Panizo, el
Panizo, libre de las molestias y cuidados consiguientes. cual dio la noticia y se largó.
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—Cundila, si partía el corazón velo como me lo Cundila y Chon salieron, pues, de la casa. Era la una
trujo ayer Grabiel; le lavé con agua tibia toda la sangre de la tarde y los peones estarían aguardando la comida.
y le puse el vestido más limpio de mi hijo; ñor Inocencio La joven casadera, con el corazón transido, andaba,
le sobó una pierna y, ¡oh gritos daba esta criatura, por no con el movimiento de ancas, la gallardía y el retozo
Dios Santo! El tata padre mandó muchos remedios. de otros días, sino con aire distraído, indiferente a lo
A cada explicación de aquella buena mujer, Cundila que veía.
contraía el semblante, como si algo muy doloroso le Era su pensamiento único la suerte infausta de José
sacasen de adentro, y los lagrimones —amargos como Blas. ¡Del pobre Moto, a quien no volvería a visitar!
su desventura— bajaban hasta sus labios. Pasaron los días y la moza sintió en su ánimo la
—Sí, pero se mejora, ¿no le parece? —observó inquietud desesperante de un amor que se escapa, para
Cundila. dar cabida a un sentimiento que nace: el de la compasión.
—Puede ser, hijita; renco talvez queda y lo peor es
que el padre Reyes asegura que seguirá ido de la cabeza.
—¿Trastornao?
—Así es, hija.
Y Cundila, sin chistar palabra, se mantuvo con el
índice de una mano sirviendo de broche a sus labios
que no se movían, la cabeza inclinada, turbia la mirada
y con toda la actitud de quien siente el atropello de los
recuerdos y el vacío de una esperanza que fenece.
Al despedirse, Cundila acercose al Moto y, trazando
sobre la frente calenturienta del mancebo la señal de la
cruz, lo encomendó a Dios. Las navidades habíanse con-
tenido en lo alto de la colina, y de las praderas rociadas
por aquella delicada silampa se levantaba un vapor
caliente cuando el sol caía a plomo.
XII
H
d’eso?
ombré, como que oyí, no sé onde, que mano
Sebastián se casa con Cundila. ¿Vos qué sabés
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—Sí, mamá me contó que aquello parece un avis- se quedaría, seguro, con don Sebastián! ¡Lo cuidaría
pero, por el trajín que hay. como a un niño y mucho, ya que el estado de su espíritu
Este diálogo de ambos individuos era punto me- así lo exigía! Esto guardaba, pues, de su amor: extremada
nos que general en todo el barrio. Ya de paso o en vi- compasión por José Blas.
sita ex profeso, los comentarios eran palpables. Aquí A pocos pasos de la hija siguió doña Micaela y en
que: “¡Achará, tan guapa muchacha p’un viejo!”; allá que: conversación con su marido se dijeron:
“Cundila se compuso llevándose un señorote como —Como el día del matrimonio está cerca, es bueno
don Sebastián”. que te busqués unas mujeres que te ayuden.
¿Y el Moto? Desde la primera semana de su enfer- —Sí, viejó, ya mandé a Rafaelito a buscar quellas
medad apuntaron algunos vislumbres de razón; luego cartagas, que iz que son de lo mejor pa’ eso de novios.
mejoró rápidamente, gracias a los exquisitos cuidados —Agora que me acuerdo, mañana voy onde la
de la familia y, un mes después de su desgracia, pre- familia de Sebastián a dar el parte.
guntó a su amigo por Cundila. No fueron pocos los —También hay que encargar a Cartago cinco do-
apuros del pobre Panizo para ocultarle la verdad e im- cenas de platos y cucharas y, diuna vez, algunas doce-
pedir que llegasen al enfermo los rumores que corrían nas de tortillas bien aliñadas pa’ la gente de copete que
por el pueblo. venga.
En uno de los primeros días de enero, don Soledad Dicho esto, el par de cónyuges se retiró.
llamó a Cundila para decirle: Muy avanzada iba la mañana del siguiente día,
—Te hemos buscao pa’ esposo a Sebastián: el veinte cuando el novio se encaminó a San José, a buscar la
se casan. ropa adecuada a la condición de su prometida.
—Sea lo que usted diga, tatica —aprobó Cundila, Muchos —entre ellos el alcalde y el cuartelero— ha-
con aquella sumisión que constituye el carácter saliente bían deseado que se alquilase a la señora Berta un ves-
de la familia de antaño. tido de persiana o de gasa que adrede tenía para esos
¡Así eran aquellos benditos tiempos y costumbres! casos, mas don Sebastián, que en punto de orgullo era
Con esta resolución Cundila, por de pronto, quedose extremado, prefirió comprar en la tienda de don Mau-
perpleja. Más tarde un pensamiento la consoló: ¡Blas rilio, esquina opuesta al antiguo mercado —hoy Parque
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ra; Cundila bien trajeada, coloradita como una acerola, —Aquí q’me lo echen, tomá.
con unos senos de conformarse apenas con el olor, un Concluido el almuerzo cada cual cogió su potro y
cuerpo de ver y desear y toda ella como Dios quiso montó sobre un aparejo; la novia se acomodó en un
que fuera. sillón follado en pana roja, rodeado de barandilla ade-
Cuando el momento de entregar las arras llegó, lante y atrás y por estribo tenía una tableta. En grupo
don Sebastián sacó del bolsillo, con sus manos callosas, cabalgaron hacia la casa de doña Benita, donde se les
trece monedas ensartadas en una cinta y repartidas en recibió con música de cuerda, papín cortado y conserva
reales y medios escudos. de chiverre.
El mueble aquel, de anchísima tabla puesta sobre patas Al caer la tarde, don Soledad Guillén sólo pensaba en
cuadradas, se las tenía en medio de los bancos como los trabajos del siguiente día.
el mejor de la sala y se llamaba —según don Soledad— el Los novios se instalaron en uno de los cortijos de
estrao. Encima de éste se alzó el tálamo. Ahí subieron al don Sebastián y los asistían los padrinos, quienes, ya
padrino, la madrina, los desposados, don Frutos y lo entrada la noche, se retiraron no sin haberlos antes
más lujoso del acompañamiento; el resto ocupó los conducido al lecho nupcial e indicándoles las múltiples
lugares bajos. Después de rezar en alta voz y en coro obligaciones que ambos llevaban al nuevo hogar.
el padrenuestro, don Yanuario se sentó en un extremo de
la mesa y sin cumplidos puso las manos en el cuerpo
doradito de una gallina y abriéndolo buscó la higadilla
y las partes menudas.
Mientras los comensales saboreaban aún el huevo,
ya el fraile tocinudo, el bendito clérigo de misa y olla,
habíase dado unos atracones de picadillo y tortas.
—Traeme un poco de tibio —ordenó a la sirvien-
ta— y sacando del bisunto bolsillo de la sotana un negro
y labrado coquito, con borde de oro, siguió:
XIV
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consideraron novedosos, de modo que la propuesta tuvo En el ámbito literario, su obra, a pesar de ser breve,
vigencia únicamente por un año. Como catedrático, di- se cataloga dentro de varias corrientes: El Moto (1900)
rigió la Escuela Normal de Costa Rica, en la ciudad de es considerado texto fundacional de la novela costarri-
Heredia (1915); más tarde, fue destituido por el régimen cense, pues marca una transición entre el cuadro de
dictatorial de Federico Tinoco (1917). Desempeñó el costumbres y la narrativa realista; Las hijas del campo
cargo de secretario de Educación Pública (1919), du- (1900) se inscribe dentro del naturalismo; Abnegación
rante los ocho meses del periodo de transición presi- (1902) parece tener visos del espiritualismo tolstoiano;
dencial de Francisco Aguilar Barquero. En 1920 asumió y La mala sombra y otros relatos (1917) presenta elementos
la dirección de la Biblioteca Nacional, puesto que con- de la prosa modernista.
servó por dieciséis años. Joaquín García Monge recibió numerosos recono-
Llevó a cabo una ardua labor editorial, iniciada con cimientos de diversos países, como la Medalla de
la revista Ariel (1906-1916), que contaba con textos de Honor de la Instrucción Pública, en Venezuela; la Gran
autores españoles, principalmente de la generación del 98, Cruz de la Orden del Sol, en Perú; la Orden del Águila Az-
y escritores americanos del movimiento modernista. Le teca, en México. La Universidad de Columbia le otorgó
siguió la colección El Convivio (1916-1925), con publi en 1944 el premio María Moors Cabot, por su destacada
caciones de obras costarricenses y extranjeras, como las actividad periodística. En su país natal fue nombrado,
de Jalil Gibran y Giacomo Leopardi, traducidas por el seis días antes de su muerte, Benemérito de la Patria.
mismo García Monge. El 19 de septiembre de 1919 se
publicó, en San José, el semanario literario, político y cul-
tural Repertorio Americano, dirigido por nuestro autor du-
rante casi 40 años hasta el día de su muerte: el 31 de octubre
de 1958. En él, además de incluir artículos de publicacio-
nes americanas, europeas y textos de escritores hispano-
americanos, incorporaba artículos y discursos de su obra
pedagógica, como el Decálogo de la política educativa. En
1925 agregó el suplemento para niños “La Edad de Oro”.
Gustavo Jiménez Aguirre, director
CONSEJ O ASES OR
Sarah Aponte, The City College of New York
Maricruz Castro Ricalde, Tecnológico de Monterrey, Toluca
José Ricardo Chaves, Universidad Nacional Autónoma de México
Adrián Curiel Rivera, Universidad Nacional Autónoma de México
Verónica Hernández Landa V., Universidad Nacional Autónoma de México
Dante Liano, Università Cattolica del Sacro Cuore
Consuelo Meza Márquez, Universidad Autónoma de Aguascalientes
Begoña Pulido Herráez, Universidad Nacional Autónoma de México
El Moto se terminó de editar en el Ins-
Cira Romero, Academia Cubana de la Lengua tituto de Investigaciones Filológicas
Rubén Ruiz Guerra, Universidad Nacional Autónoma de México de la unam, el 8 de agosto de 2022. La
Margaret Elisabeth Shrimpton Masson, Universidad Autónoma de Yucatán composición tipográfica, en tipos Jan-
Arturo Taracena, Universidad Nacional Autónoma de México son Text LT Std de 9:14, 10:14 y 8:11
puntos; Simplon Norm de 9:12, 10:14 y
12:14 puntos, estuvo a cargo de Joshua
COMITÉ DE I N VESTIG ACIÓ N Y E D ITO RIAL Córdova. La edición estuvo al cuidado
Laura Aguila • Braulio Aguilar • Joshua Córdova • Gabriel M. Enríquez de Laura Aguila y Braulio Aguilar.
Hernández • Luis Gómez M. • Verónica Hernández Landa Valencia • Gustavo
Jiménez Aguirre • Eliff Lara Astorga • Rodolfo Munguía • Luz América Viveros
P ORTADA
Andrea Jiménez
SE RV ICI O S OCI AL
Alan Cabrera