Estilo de letra clips percepty: Bookman old style
“Lo que no te dicen de los muertos”
25 de octubre/ 2021
“No quiero ser grosero, pero los muertos son muy despistados ya que siempre los he visto”.
Esa me parece una frase perfecta para iniciar este diario y supongo que ahora debo explicarla:
Desde que era pequeño todo el mundo pensaba que tenía una gran imaginación por hablar todo el
día con mis amigos imaginarios, conforme pasó el tiempo escuché a mi mamá discutiendo en el
teléfono sobre llevarme con un psicólogo, fue ahí cuando entendí que mis amigos imaginarios
eran en realidad espíritus atrapados en la nada.
Verán, los fantasmas no suelen darse cuenta de que están muertos, al principio yo tampoco,
debido a que no se ven como en las películas… Ellos son tan parecidos a nosotros en apariencia,
una persona normal entre la multitud, sin embargo, soy listo y noté un comportamiento para
diferenciarlos de las personas vivas.
Ellos tienden a ser más aislados que los vivos; tranquilos en una esquina del salón, sentados en la
orilla de la calle, etc. Puedo verlos claramente cuando intentan hablar con otras personas, pero ni
si quiera reciben una mirada a cambio, como si fueran invisibles ante los ojos normales.
Algunos de los espíritus se dan cuenta que yo puedo verlos y comunicarme, por ejemplo, el sujeto
que vi hoy después de la escuela.
Ahora que soy un chico grande de 12 años, no necesito que mi mamá venga a recogerme así que
me doy el tiempo de conversar con los demás a la hora de salida. Había un adulto lejos de la
multitud, no hablaba con nadie y ni siquiera los miraba, sólo mantenía sus ojos en mí. Entendí que
era un fantasma así que me acerqué a hablar con él y le pregunté “¿cómo puedo ayudarle?”.
Honestamente después de eso recuerdo muy poco, recuerdo llegar a mi casa entre un silencio
abrumador y mi madre en la sala llorando en silencio, no me habló. Sentí mucha pena, nunca he
sabido como actuar al ver a mi madre triste, soy pésimo para esas cosas y lo único que se me
ocurrió fue subir a mi habitación.
Y aquí estoy, escribiendo esto mientras por la ventana observo policías llegar a mi casa, eso es
muy raro ¿tendrá relación con mamá?
Puedo escuchar que la puerta se abrió y están conversando. No logro entender del todo lo que
dicen, pero distinguí mi nombre un par de veces antes de que mamá empezara a llorar
fuertemente…
No entiendo que pasa, creo que bajaré a investigar.
“Soy tráilero y esta es mi experiencia más aterradora”
Estaba conduciendo por la carretera después de una jornada laboral bastante importante, por lo
tanto, no había descansado en ninguna ciudad, pueblo u hotel en todo el trayecto.
Me encontraba cansado y ya podía permitirme dormir, de igual manera era tarde por la
madrugada y a los lados de la carretera hay esos típicos terrenos de tierra enormes en los que
cualquier coche puede estacionarse sin estorbar ni correr peligro.
Detuve mi tráiler ahí, cerré todo, bajé las persianas y me recosté mientras veía el celular,
esperando quedarme dormido en algún momento. Pasó un tiempo, realmente no sabría decir
cuánto, pero lo importante es que escuché como jalaban la puerta del conductor desde afuera,
casi como si alguien intentara entrar. Lo extraño es que desde que me detuve no había escuchado
ni si quiera un carro pasar.
Teniendo eso en mente, mi primer pensamiento es que algún bandido de carretera quería
asaltarme, así que tomé la pistola de su escondite, avancé hacia el asiento del conductor, levanté
la persiana y me asomé cuidadosamente.
No logré ver nada, sólo la inmensa oscuridad bajo la luz de la luna, a duras penas podía ver más
allá de unos cuantos metros. Mientras estaba viendo de ese lado, escucho como intentan abrir la
puerta del pasajero, rápidamente cambié de asiento y abrí la persiana de un jalón para asomarme.
Nuevamente no pude ver a nadie, en este punto ya estaba asustado. Era imposible que se
estuvieran escondiendo encima del camión o incluso debajo sin emitir ningún ruido, simplemente
no era posible con la velocidad a la que me asomé en el 2do intento.
Decidí prender el camión y alumbrar con las luces, también me asomé por las demás ventanas
tratando de buscar a alguien, mínimamente un coche estacionado, algo que me dijera que no
estaba yo solo en ese lugar (Sí, suena extraño, pero en ese momento prefería tratar con algún
bandido que pensar que todo lo que estaba pasando sucedió estando solamente yo en el lugar).
Después de no ver a nadie, traté de convencerme que el causante había sido el viento; una ráfaga
de viento en un terreno plano por la madrugada no es algo descabellado después de todo. Mi
siguiente acto fue cerrar todas las persianas nuevamente, acostarme y tratar de relajarme, casi
inmediatamente las cosas se ponen peor.
Las puertas volvieron a sonar, pero también había sonidos como si alguien estuviera trepando el
tráiler, golpeteos de dedos en las ventanas, podía sentir como la cabina era sacudida de tanto
movimiento. Yo estaba mudo, esquinado en la parte trasera y con el arma en mano apuntando al
frente. De repente todo paró, lo único que se escuchaba era mi respiración agitada, mi corazón
latiendo fuertemente y a lo lejos el sonido de otro camión acercándose.
Por mero instinto, aproveché esos escasos segundos para arrancar el tráiler e ir moderadamente
cerca del otro. Así duré un par de horas hasta el amanecer, cuando llegué a la ciudad era de día y
bajé a verificar si encontraba pisadas, daños, manchas, algo que pudiera justificar todo el
movimiento de la noche.
Solamente encontré marcas de manos en una de las ventanas, eran manos pequeñas, parecidas a
cuando un niño se chupa la mano y las pega en los vidrios… Eran muchas manos, pude contar al
menos 10 huellas, lo espeluznante es que la ventana era justo la más cercana a mi cara cuando me
recosté la primera vez para dormir.
No tengo idea de qué pasó, sólo agradezco que no haya pasado nada más allá del susto. Esa es mi
única experiencia durante mis 5 años de tráilero.
“Suerte que no encendiste la luz”
Una chica llega a altas horas de la noche a la residencia de estudiantes donde
vive, se ha quedado hasta tarde con unas amigas y cuando llega a dormir pasan
de las 3 a.m.
Entra en la habitación tratando de no hacer ruido para no despertar a su
compañera de cuarto, tampoco enciende la luz para no molestarla, por lo que tiene
que avanzar a oscuras empleando solo la luz de tu teléfono móvil para no
golpearse con los muebles.
Cuando se mete en la cama empieza a oír unos quejidos ahogados, la chica se
queda en silencio para escuchar mejor. El sonido es como pequeños grititos
ahogados o quejidos sin fuerza. Se imagina que su compañera se habrá traído a
su novio al cuarto y estarán teniendo una noche apasionada, le sorprende que no
colgara una prenda de ropa en la puerta como acostumbran a hacer como señal
de que tienen “visitas”. Pero está demasiado cansada para levantarse y buscar
otro sitio donde dormir. Sin darse cuenta cae en un profundo sueño entre lamentos
y quejidos.
A la mañana siguiente se despierta sintiendo una humedad en su cama, aún
medio dormida lleva su mano al líquido que empapa la manta y pega un salto tras
comprobar que es sangre. Sobre su colcha la cabeza cortada de su amiga con un
pañuelo en la boca que le sirvió de mordaza la noche pasada.
La habitación parece un matadero, todo está ensangrentado y en la pared escrito
con la sangre de su amiga se podía leer:
“Suerte que no encendiste la luz”
Al llegar el forense dictaminó que la chica llevaba pocas horas muerta, al parecer
el asesino la había estado torturando toda la noche a escasos metros de la cama
donde descansaba. Los quejidos eran gritos de dolor que quedaban ahogados por
la mordaza mientras el psicópata despellejaba y mutilaba viva a la víctima. Sin
saberlo la chica había salvado su vida al no encender la luz y sorprender al
asesino en mitad del crimen.
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Odio cuando mi hermano Charlie tiene que irse.
Mis padres constantemente tratan de explicarme lo enfermo que está, que tengo la suerte de
tener un cerebro en el que todos los productos químicos fluyen correctamente a sus destinos.
Cuando me quejo de lo aburrido que estoy sin un hermano pequeño con quien jugar, intentan
hacerme sentir mal al señalar que su aburrimiento probablemente sobrepasa el mío, considerando
su confinamiento en una habitación oscura en una institución.
Siempre les ruego que le den una última oportunidad. Por supuesto que lo hicieron al principio.
Charlie ha vuelto a casa varias veces, cada una de menor duración que la anterior. Cada vez, sin
falta, todo comienza de nuevo. Los gatos del vecindario con los ojos arrancados apareciendo en su
baúl de juguetes, las navajas de afeitar de mi papá que se encontraron en el tobogán para bebés
en el parque al otro lado de la calle, las vitaminas de mamá reemplazadas por trozos de pastillas
para lavavajillas. Mis padres dudan ahora, y utilizan con moderación las "últimas oportunidades".
Dicen que su trastorno lo vuelve encantador, le facilita fingir normalidad y engaña a los médicos
que lo atienden para que piensen que está listo para la rehabilitación. Que tendré que aguantar mi
aburrimiento si eso significa estar a salvo de él.
Odio cuando Charlie tiene que irse. Me hace tener que fingir que soy bueno hasta que él regrese.
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en-la-no
¿Alguna vez te has dado cuenta que los humanos tenemos un piloto automático
Sí, es decir... Seguramente olvidaste tu celular en alguna ocasión y confundido lo buscaste en tu
bolsillo, pero al no encontrarlo empezaste a repasar en tu mente todos los eventos ocurridos
antes, tratando de recordar exactamente el momento en que te separaste de él.
El cerebro tiene la capacidad de llevar a cabo procesos de forma “rutinaria”, por lo tanto, no lo
haces conscientemente del todo, es como caminar; no piensas en mover una pierna a la vez en
todo momento, solamente avanzas de forma automática. Mierda, esto puede ser peligroso a
límites perturbadores.
Bueno, en mi caso la alarma del celular me despertó con normalidad, pero me di cuenta de que la
batería estaba más baja de lo que esperaba, tal vez olvidé bloquear la pantalla para evitar ese
desgaste innecesario. Decidí ponerlo a cargar en la cocina en lugar de echarlo a mi mochila como
suelo hacer antes de bañarme, ese pequeño instante de desliz vino acompañado de mi esposa
diciendo “¿puedes llevar a Emily a la guardería hoy? Me siento un poco mal”, fue lo único
diferente en mi mañana. Acto seguido me metí a la ducha y mi cerebro volvió a la rutina
*Piloto automático activado*
Mi cerebro estaba de vuelta en la rutina. Me duché, me afeité, la radio pronosticó un clima
increíble, le di a Emily su desayuno y la subí al auto para emprender el camino diario (esa mañana
estaba tan adorable que se quejó de que el 'mal sol' de la mañana la cegaba, diciendo que le
impedía tener un poco de sueño en el camino a la guardería). No importaba que mi teléfono
estuviera sobre la mesa, cargándose en silencio. Mi cerebro estaba en la rutina y en la rutina mi
teléfono estaba en mi mochila, por eso olvidé mi teléfono, no fue torpeza, no fue negligencia.
*Piloto automático activado*
Ya es un día de calor sofocante, casi 40 grados de inmensas olas de calor y el “mal sol” había
estado quemando desde antes de que mi teléfono traidoramente ausente me despertara. Llegué a
la oficina y me puse a trabajar, envié el informe, tuve esa cansada reunión de la mañana y no fue
hasta que tomé un breve descanso para tomar café que sentí la necesidad de mirar mi teléfono…
entonces lo recordé; la batería moribunda y ponerlo a cargar en la mesa.
*Piloto automático desactivado*
De nuevo, ahí está el peligro. No es como si alguien pudiera decir '¿por qué no recordaste tu
teléfono? ¿No se te ocurrió? ¿Cómo pudiste olvidar? Debes ser negligente'; esto es perder el
punto. Mi cerebro me decía que la rutina se completó con normalidad, a pesar de que no fue así.
No fue que olvidé mi teléfono conscientemente, según mi cerebro, según la rutina, mi teléfono
estaba en mi mochila. ¿Por qué pensaría en cuestionarlo? ¿Por qué recordaría de repente, de la
nada, que mi teléfono estaba en la mesa? Mi cerebro estaba conectado a la rutina y la rutina era
que mi teléfono estaba en mi mochila. Sólo hice un gesto de molestia y seguí con mi ocupado día
laboral.
*Piloto automático activado*
El día siguió cociéndose. La neblina de la mañana dio paso al implacable calor febril de la tarde. El
asfalto burbujeó. Los rayos directos de calor amenazaban con agrietar el pavimento. La gente
cambió los cafés por batidos helados. Chaquetas descartadas, mangas arremangadas, corbatas
aflojadas, cejas secas. Los parques se llenaron lentamente de bañistas y barbacoas. Los marcos de
las ventanas amenazaban con deformarse. El termómetro siguió subiendo. Menos mal que las
oficinas tenían aire acondicionado.
Finalmente terminé con mis pendientes; otro día, otro dólar. Aún maldiciéndome por haber
olvidado mi teléfono, conduje a casa. El calor del día había horneado el interior del auto, liberando
un olor horrible de alguna parte. Cuando llegué a la entrada de mí casa, las piedras crujían
reconfortantemente bajo mis neumáticos, mi esposa me saludó en la puerta y preguntó: “¿Dónde
está Emily?”
Como si el teléfono no fuera lo suficientemente malo. Después de todo, dejé a Emily en la maldita
guardería y olvidé recogerla, así que inmediatamente volví a la guardería. Comencé a caminar a la
puerta pensando en mis excusas por llegar tarde y que no me multaran con dinero por todo el
tiempo de retraso en recoger a mi hija. Cuando llegué a la puerta vi un papel pegado: “Debido al
vandalismo durante la noche, el día de hoy solamente estará en servicio la puerta lateral”.
Dentro de mi mente pasaban miles de preguntas y respuestas casi al instante:
“¿Durante la noche? ¿Qué? La puerta estaba bien esta mañana.”
Me quedé helado y mis rodillas temblaron.
“Vándalos. Un cambio en la rutina.”
“Mi teléfono estaba sobre la mesa.”
“¿No vine aquí esta mañana?”
“Mi teléfono estaba en la mesa.”
“Pasé de largo por enfocarme en tomar mi café. ¿No había dejado a Emily?”
“Mi teléfono estaba en la mesa.”
“No la había visto en el espejo. De hecho, es como si no viniera conmigo, no hacía ruidos.”
“Mi teléfono estaba en la mesa.”
“¿Se habrá quedado dormida cubriéndose la cara para no sentir el sol pegando? No habló cuando
pasé por delante de su guardería.”
“Mi teléfono estaba en la mesa.”
“Ella había cambiado la rutina.”
“Mi teléfono estaba en la mesa.”
“Había cambiado la rutina y me había olvidado de dejarla.”
“Mi teléfono estaba sobre la mesa.”
“9 horas desde entonces… El coche, el sol insoportable, sin aire, sin agua, sin energía, sin ayuda…
ese calor tan inmenso que sentí al tocar el volante…”
“Ese olor…”
Con los ojos cristalinos y las piernas entumecidas caminé de vuelva al auto, miré por la ventana
hacia el asiento trasero, lo único que pude ver fue un montón de ropa y bajo ella sobresalía un
pequeño pie…
Abrí la puerta…
Mi celular estuvo olvidado en la mesa de mi casa y mi hija estaba muerta en el asiento de atrás
*Piloto automático desactivado*