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Genocidio

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Temas abordados

  • masacres,
  • análisis crítico,
  • derecho internacional,
  • genocidio ideológico,
  • violencia,
  • reparación histórica,
  • justicia internacional,
  • derechos de los pueblos indíge…,
  • opresión,
  • conciencia social
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Los orígenes del fenómeno del genocidio

La gran diferencia entre el concepto de crímenes de lesa humanidad y el de


genocidio es que el primero no observa al conjunto como "grupo nacional" sino
como individuos que sufrieron la violación de sus derechos individuales. Esta
es la diferencia jurídica más relevante entre el concepto de crímenes de lesa
humanidad -que remite a acciones indiscriminadas contra miembros de la
población civil- y el concepto de genocidio -que remite a acciones
discriminadas contra grupos específicos de la población, buscando su
destrucción total o parcial-.

Los crímenes de lesa humanidad categorizan al aniquilamiento como


violaciones a los derechos de los sujetos, construyendo al concepto de víctima
en tanto ciudadano, pero excluyendo del mismo a los individuos que no
sufrieron en modo directo dichas prácticas -esto es, al conjunto del propio
grupo nacional-.

De este modo, la transformación de los procesos genocidas en crímenes de


lesa humanidad implica una desjerarquización y olvido del elemento identitario
y del objetivo de opresión en el proceso de destrucción, ya que solo se observa
una mirada liberal, en términos de derechos individuales de ciudadanos, que
vislumbra la acción específica cometida -secuestro, desaparición, tortura,
asesinato, violación-, pero no logra restablecer la finalidad de la práctica social,
las lógicas de implementación del terror ni su sentido estratégico.

Introducción

Matanzas, lesiones graves a la integridad física o mental de las personas,


sometimiento intencional a condiciones de existencia que pueden llevar a su
destrucción física, total o parcial, medidas destinadas a impedir nacimientos y
la perpetuación del ser humano, traslado forzado de personas y muchas más
son todas conductas que, con mayor o menor intensidad, han caracterizado
siempre la historia de la humanidad. Sin embargo, el siglo XX se ha distinguido
por haber sido el más violento, tanto por el número de las víctimas, así como
por las modalidades de la violencia (Flores, 2005), siendo definido también
como el “siglo de los genocidios” (Bruneteau, 2004; Levene, 2000), por haber
sido escenario de los más graves genocidios de la historia. No se trata
solamente del Holocausto, sino también de otros genocidios que se han
caracterizado por una profunda violencia y deshumanización de las personas.

Sin embargo, los genocidios no son un fenómeno exclusivo del siglo XX: “The
word is new, the concept is ancient” (Kuper, 1981, p. 9). Aunque no es posible
saber con certeza cuando estos empezaron, del examen de áreas de entierro
hay pruebas de carácter arqueológico y antropológico que muestran que ya los
pueblos prehistóricos se masacraban: en este sentido, se afirma que ya los
Homo Sapiens exterminaron los últimos miembros del grupo de Neanderthal
(Naimark, 2017, p. 7). Así mismo, hay pruebas que demuestran como hubo
asesinatos en masa desde la Edad de la Piedra hasta el fin de la Edad del
Bronce (más o menos hasta el 1200 AC). Para tener pruebas escritas de
exterminios hay que esperar el Antiguo Testamento y el libro de Virgilio
“Eneida” que describe la destrucción de la ciudad de Troya, la obra de Tucidide
“Historia de las Guerras del Peloponeso” en donde se cuenta la destrucción de
Melos (416-415 AC) y la destrucción de Cartago por los romanos (Naimark,
2017; Rubinstein, 2014).

Sin embargo, no todas las masacres o matanzas configuran un genocidio y


para poder identificar los orígenes de un fenómeno tan complejo.

Además, los orígenes del término genocidio son muy recientes. En 1944
cuando el jurista polaco de origen hebraico, Raphael Lemkin, recogió la
expresión genocidio en su obra Axis Rule In Occupied Europe, para cuya
formación unió el término griego yέvoç (que puede ser traducido con estirpe,
linaje, raza) y el sufijo latín -cidio (que significa matar). Si bien, en realidad,
Lemkin había utilizado ya un concepto muy parecido en 1933, haciendo
referencia al exterminio de los armenios por el Imperio Otomano de 1915-1916
en una ponencia que presentó en un encuentro organizado por la Sociedad de
las Naciones en Madrid, definiendo entre los crímenes que en su opinión tenían
que ser sancionados por el derecho internacional, el “barbarismo”. Este fue el
primer intento de Lemkin de elaborar un concepto que más tarde denominaría
“genocidio”. Según su propuesta, este crimen se identificaba en la conducta de
“Quienquiera, por odio a una colectividad racial, religiosa o social, o con vistas
a su exterminio, emprende una acción punible contra la vida, integridad
corporal, libertad, dignidad o existencia económica de una persona
perteneciente a esa colectividad, es responsable, por el delito de barbarismo”
(Naimark, 2017, p. 2; Balakian, 2013, pp. 57-89). Lemkin también creó la idea
de lo que podría considerarse “genocidio cultural”, al que llamó en su momento
“vandalismo” (Balakian, 2013, pp. 57-89): según su definición, era responsable
de este crimen “Quienquiera, por odio a una colectividad racial, religiosa o
social, o con vistas a su exterminio, destruye sus obras culturales o artísticas
serán responsables del crimen de vandalismo”.

Su propuesta no generó mucho interés en la Sociedad de Naciones ya que


será solo después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial y del
Holocausto que este término entró en el lenguaje jurídico a través de la
adopción, el 9 diciembre de 1948 por parte de la Asamblea General de
Naciones Unidas, de la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito
de Genocidio. Su artículo II define el genocidio como […] cualquiera de los
actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir,
total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal:

a) Matanza de miembros del grupo;

b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo;

c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan


de acarrear su destrucción física, total o parcial;

d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo;

e) Traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo. (Asamblea General de
las Naciones Unidas, 1948, Artículo II)1.

Esta definición retomada de manera casi literal por el artículo 6 del ECPI, ha
sido profundamente inspirada por aquella ofrecida por Lemkin en 1944 según la
cual el genocidio consistía en la puesta en práctica de acciones coordinadas
directas a destruir los elementos decisivos de la vida de grupos nacionales, con
la finalidad de su aniquilamiento (Lemkin, 1944). La extensión del concepto
contemporáneo de “genocidio” hecha por parte de la doctrina es probablemente
la causa última de la gran confusión en el contexto definitorio. La aplicación de
un significado amplio del concepto de genocidio ha llevado a la doctrina
especializada a identificar diferentes tipologías de genocidio entre los cuales se
destacan:

1. el genocidio “punitivo” que comprende aquellos cometidos por venganza,


como por ejemplo las masacres llevadas a cabo por Genghiz Khān durante sus
conquistas (Smith, 1987) o la eliminación sangrienta de un grupo opuesto
percibido como una amenaza (Fein, 1984);

2. el genocidio “institucional” estaría vinculado a las conquistas territoriales en


el mundo antiguo y medieval (Smith, 1987) y se llevaría a cabo tanto para
eliminar enemigos peligrosos como para aterrorizar a otros grupos (Chalk y
Jonassohn, 1990);

3. el genocidio “utilitario”, destinado a la explotación de ciertos recursos


económicos (Fein, 1984; Smith, 1987; Chalk y Jonassohn, 1990) que consiste,
por ejemplo en la eliminación de las poblaciones indígenas como ocurrió
durante el proceso de colonización y la desaparición de grupos étnicos y
raciales que acompañaron el proceso de modernización, especialmente en
América Latina, después de la Segunda Guerra Mundial;

4. el genocidio “monopolístico” o “despótico”, dictado por la necesidad de que


un grupo fortalezca su poder al exterminar a los grupos rivales;

5. el genocidio “ideológico”, perpetrado en nombre de ciertos mitos o valores


respaldados por un Estado, en un intento de reformar profundamente la
sociedad (Fein, 1984; Smith, 1987; Chalk y Jonassohn, 1990).

Siguiendo la definición de la Convención de 1948, se considerarán como


genocidios solo aquellas conductas que se hayan caracterizado por la intención
de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso.
Usando esta definición más restrictiva de genocidio, se analizarán algunos
genocidios que ocurrieron a lo largo del siglo XIX.

LOS GENOCIDIOS DEL SIGLO XIX


El siglo XIX se ha caracterizado principalmente por genocidios “utilitarios”
prevalentemente relacionados con los procesos de colonización europeos. En
este sentido, de hecho, en los territorios afectados por la colonización, muchos
pueblos indígenas han sufrido una fuerte disminución numérica y algunos casi
han desaparecido o han desaparecido por completo. En general, varios
factores actuaron de manera sinérgica: acciones bilaterales o unilaterales de
guerra, trabajo forzoso y condiciones de explotación, hambrunas naturales o
provocadas, epidemias causadas por nuevos patógenos introducidos por los
colonos y, en general, cambios socioeconómicos radicales producidos por la
confrontación violenta entre los gobernantes occidentales y los pueblos
colonizados. Aunque muchos autores consideran estos como “genocidios
coloniales”, haciendo énfasis en actos de exterminio deliberado (Palmer, 2000),
según la definición anteriormente proporcionada los que pueden ser
considerados como genocidios son pocos, siendo las principales causas de la
desaparición de los pueblos colonizados diferentes a la explicita voluntad de
exterminar un determinado pueblo (Fein, 1993).

Podemos colocar el primer genocidio moderno de la historia a principios del


siglo XIX. Se trata del genocidio en contra de los pueblos aborígenes de
Tasmania, conocido también como Guerra Negra (Clements, 2014).
Establecida como colonia británica el 14 de junio de 1825 con el nombre de
Van Diemen (será bautizada con el actual nombre de Tasmania solo en 1856),
esta isla de Oceanía en realidad empezó a ser colonizada ya desde finales del
siglo XVIII. Los primeros británicos que llegaron vivían y trabajaban como
selladores en las diferentes islas circundantes, dando vida a modestas redes
comerciales con los aborígenes que llevaron a una situación de integración
tendencialmente pacífica con ellos, en la que las mujeres aborígenes vivían
entre y con los selladores británicos y en muchos casos se convertían en sus
esposas o concubinas. Estas dinámicas de integración permitieron la creación
de una pequeña población de criollos que creció gradualmente alrededor de los
asentamientos de sellado y se propagaron en toda la isla. Progresivamente, la
isla se volvió más atractiva para los colonizadores tanto por su ubicación
geográfica, crucial como un puesto de avanzada británico, así como por su
clima europeo, con abundantes lluvias que permitía ricos pastos (Naimark,
2017).

Los británicos fundaron el primer asentamiento exitoso en 1804 con la


fundación de la ciudad de Hobart y desde 1812 hasta mediados del siglo,
enviaron cargamentos de convictos, en su mayoría hombres, a habitar la isla y
satisfacer las necesidades de sus colonos libres. Al igual que los selladores
habían hecho anteriormente, los colonizadores de la segunda etapa
establecieron una relación estable con la población aborigen: los primeros
colonos y los trabajadores convictos vivían en relativa armonía con los
aborígenes en los primeros días de la colonización de la isla (Naimark, 2017).
Había suficiente tierra y recursos naturales para todos. Sin embargo, en este
momento, empezó un proceso de brutal explotación de los pueblos indígenas.

Al comienzo de la colonización británica en 1800, había entre 6.000 y 8.000


aborígenes viviendo en Tasmania, ya que había habido una cierta disminución
en la población como resultado de la exposición a enfermedades previamente
desconocidas por la llegada de los selladores en la primera etapa de la
colonización. Los aborígenes se dividían aproximadamente en cinco grupos y
vivían en la parte oriental de la isla y su principal fuente de sustentamiento era
la caza de mamíferos terrestres y marinos y la recolección de moluscos y
vegetales (Bartroli, 2015). Cuando la Corona británica empezó a poblar la isla
enviando a los convictos, los pueblos indígenas empezaron a ser atacados por
fugitivos y callejeros itinerantes que los cazaban periódicamente como
animales salvajes, secuestrando y llevándose a sus mujeres.

Y si en un primer momento de la colonización la disposición de los aborígenes


había sido acogedora y gentil, esta pronto comenzó a cambiar. Además, los
colonos británicos buscaban tierras fértiles y comenzaron a despojar a los
tasmanos de sus tierras de cazas. La reacción violenta de los tasmanos no se
hizo esperar, provocados también por un primer accidente que tuvo lugar el
mismo año de la invasión británica, en Risdon, durante el cual los Royal
Marines dispararon contra una partida de caza tasmana, a la que tomaron por
atacantes, masacrando 40 personas (Bartroli, 2015). Ya en 1806 las tensiones
entre británicos e indígenas se habían convertido en un conflicto generalizado.
Los aborígenes mataban el ganado y los colonos se vengaban matando a los
hombres tasmanos, secuestraban a los niños para utilizarlos como mano de
obra y torturaban y violaban a las mujeres (que también usaban como esclavas
sexuales) (Bartroli, 2015).

En 1828 el gobernador británico adoptó la Ley Marcial que autorizaba a los


soldados de detener o disparar a todo tasmano que fuera encontrado en las
áreas colonizadas ya bajo el control británico. Los aborígenes se defendieron
como pudieron y la reacción de los colonos fue durísima: el objetivo fue la
completa aniquilación de hombres, mujeres y niños. Dos años después se
lanzó una operación militar, la conocida como Línea Negra, una cadena
humana en la que participaron todos los hombres adultos de la colonia, y que
durante tres semanas avanzó desde las áreas colonizadas hacia el este y el
sur, en un intento de arrinconar a los aborígenes en la península de Tasmán
(Bartroli, 2015; Naimark, 2017). Después de esto, el gobernador británico
ordenó recorrer la isla buscando los supervivientes en un intento tardío de
evitar su extinción. Se encontraron 135 aborígenes que fueron reasentados en
la reserva-campo de concentración de Wybalenna (Casa del hombre negro en
tasmano) en la isla Flinders (en el estrecho entre Tasmania y Australia), para
ser civilizados y cristianizados. Los sobrevivientes al genocidio fueron
muriéndose de desespero, añoranza, desnutrición y enfermedades
respiratorias. En 1847 quedaban apenas 47 supervivientes que fueron
trasladados a Oyster Cove, en la isla grande. La última mujer cien por cien de
sangre tasmana —Trugernanner, mejor conocida como Truganini— falleció en
1876 (Bartroli, 2015).

Al genocidio de los pueblos indígenas tasmanos siguió el exterminio de los


indios Yuki de Round Valley, cerca de Mendocino, en California. Los Yuki eran
una tribu relativamente pequeña: en la víspera de la colonización se contaban
entre 7,000 y 11.000 miembros, que para finales de la década de 1850
resultaron casi completamente exterminados: de hecho, entre 1856 y 1864 los
Yuki fueron víctimas de un grave asesinato genocida y confinamiento forzado
en reservas y su número se redujo a 85 hombres y 215 mujeres. El número
continuó bajando a finales del siglo XIX como consecuencia de la inanición y
enfermedades, así como por las peleas episódicas con los colonizadores. Los
Yuki eran una tribu de cazadores-recolectores que vivían de las raíces, bayas,
bellotas, trébol, vegetales silvestres y al mismo tiempo cazaban y pescaban
salmón y trucha. Vivían en Round Valley, un área de cerca de dos mil
quinientas hectáreas de tierra, ubicada a unas doscientas millas al norte de
San Francisco, casi todas de las cuales susceptibles de un alto estado de
cultivo y capaz de sustentar por lo menos veinticinco mil indios. La llegada de
los colonizadores cambió todo eso. El 2 de febrero de 1848, con la firma del
Tratado de Guadalupe, que puso fin a la guerra entre México y Estados Unidos,
California fue cedida a los Estados Unidos. California fue admitida en 1850, y
Round Valley fue reservada para los Yuki en 1856. Unos 3.000 indios se
trasladaron a la reserva, mientras que otros se dispersaron por el valle,
fusionándose, en algunos casos, con otras tribus que vivían en la región. Casi
al mismo tiempo, el 24 de enero de 1848, se descubrió oro en Sutter’s Mill en
Coloma, en las estribaciones de la Sierra. A unos centenares de millas de las
tierras de los Yuki. La así llamada “fiebre del oro” trajo a unas 300,000
personas a California, tanto desde la costa este de los Estados Unidos como
desde el extranjero. Mientras los buscadores se desplegaron en las
estribaciones, muchos de los recién llegados se asentaron en San Francisco
(Naimark, 2017). El conflicto entre colonos y Yuki se convirtió en genocida en
1859, cuando el gobernador de California, John Weller, autorizó la formación
de los llamados River Rangers, una banda de vigilantes encabezados por
William S. Jarboe, conocido como el “asesino indio”, que ya había sido el
responsable del asesinato de unos sesenta y tres hombres, mujeres y niños
Yuki. Su manera de resolver el “problema” se tradujo en la orden que dio a sus
hombres: “Maten a todos los hombres que puedan encontrar y tomen
prisioneros a las mujeres y los niños”. Aproximadamente trescientos indios
fueron asesinados en la campaña de Jarboe; otros trescientos fueron enviados
a la reserva (Naimark, 2017).

Finalmente, el siglo XIX se cerró con masacres que constituyeron la antesala


del genocidio armenio de 1914: en el bienio 1894-1896, durante el reino del
sultán del Imperio Otomano Abdul Hamid II (1876-1909), entre 80.000 y
300.000 armenios fueron asesinados como represión de los tumultos y de las
manifestaciones organizadas para reclamar el respeto de las garantías
prometidas en el Tratado de Berlín de 1878. Este acuerdo había reducido en
gran medida las conquistas rusas sobre el Mar Negro, estableciendo que el
Imperio Otomano debería otorgar mayores derechos a sus súbditos cristianos
armenios, solicitando además reformas en el Imperio Otomano y el fin de su
discriminación, así como el derecho al voto y el establecimiento de un gobierno
constitucional. La respuesta del gobierno turco fue en el sentido de incitar a los
musulmanes locales a la violencia contra los armenios. Además, la presión
ejercida por los kurdos y el aumento de los impuestos decididos por el gobierno
turco exacerbaron a los armenios hasta el levantamiento, al que el ejército
otomano enviado por el sultán Abdul Hamid II, flanqueado por milicias kurdas
irregulares, respondió asesinando a miles de armenios y quemando sus
pueblos en 1894. La violencia se extendió rápidamente y afectó a la mayoría de
las ciudades habitadas por armenios en el Imperio Otomano. Las peores
atrocidades tuvieron que ver con la catedral de Urfa, en la que tres mil
armenios habían encontrado refugio y fueron quemados vivos (Sorrentino,
2009).

Sin embargo, eso fue solo el inicio de una violencia genocida sin precedentes.
El siglo XX abrió sus puertas a un siglo de furia genocida, que además va
modificando su ratio. Ya no se trata de querer exterminar a un pueblo para
quedarse con sus tierras o para que ya no interfiera en lo que una vez era
suyo, sino que en este momento aparece un componente racista (como quiera
presente también en la etapa anterior ya que los pueblos indígenas eran
considerados como seres inferiores, subhumanos) que representa el aspecto
teórico que da sustento a las políticas genocidas del siglo XX.

2. SIGLO XX: EL SIGLO DE LOS GENOCIDIOS

Desde el origen de la humanidad, así como durante su desarrollo histórico, el


ser humano ha asesinado a sus semejantes “primero para sobrevivir, luego por
ambición, por la conquista de nuevos territorios o por enemistad, siempre
necesitó de guerras y masacres” (Muchnick, 2016, p. 16). Sin embargo, fue
durante la primera mitad del siglo XX que se vislumbró la posibilidad de
asesinar a poblaciones completas, a grupos nacionales, étnicos, religiosos o
raciales logrando su exterminio. Así, durante el siglo XX pueden observarse
una mezcla de las diferentes tipologías de genocidio, sobresaliendo los
genocidios “utilitarios”, “despóticos” y los “ideológicos” (Fein, 1984; Smith,
1987; Chalk y Jonassohn, 1990).

Si bien el caso que visibilizó ese “nuevo” crimen fue el Holocausto, este no fue
el único lamentable acontecimiento encaminado al exterminio de un
determinado grupo. No obstante, el Holocausto sigue siendo el marco de
referencia para el análisis de los genocidios ocurridos durante el siglo pasado
(Ministerio de Educación de la Nación Argentina, 2014), que pueden
identificarlo como los cien años más violentos: el siglo de los genocidios.
Debido a las diversas discusiones y debates que en torno a los hechos que
pueden ser considerados como genocidio, muchos son los acontecimientos
que a lo largo de 100 años han sido analizados y señalados como genocidio.

Common questions

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The Yuki genocide resulted from a confluence of cultural and territorial disruption following the Gold Rush, which pressured lands and resources. Policies enacted by authorities like the authorization of vigilantes to kill Yuki members further escalated the conflict. Systematic attacks, displacement to reservations, and the intention to erase cultural presence classify these actions as genocidal. These efforts, aligned with broader colonial genocides, aimed at the decimation of the indigenous way of life underpinned by an opportunistic drive for resource exploitation .

Historical occurrences resembling genocide have been documented through archaeological and anthropological evidence such as mass graves from as early as the Stone Age until the end of the Bronze Age. Written records from works like the Old Testament, Virgil's "Aeneid," and Thucydides' "History of the Peloponnesian War," along with the punishment of Carthage, provide narratives of systematic destruction. Raphael Lemkin noted a precedence of genocidal behaviors, referring to prehistoric massacres and instances leading up to the conceptualization of genocide .

The 1948 UN Convention defines genocide as acts with the intent to destroy, in whole or in part, a national, ethnical, racial, or religious group, emphasizing the systematic nature akin to Lemkin's concept. It includes acts such as killing group members, causing serious harm, inflicting conditions for destruction, preventing births, and forcibly transferring children. The convention expands Lemkin's ideas by explicitly broadening the scope to encompass actions aimed at biological and cultural destruction as well .

Initially, British interactions with Tasmanians were somewhat peaceful, marked by integration through trade and cohabitation. However, as British colonization intensified, seeking resource-rich lands, this relationship soured. Economic interests and territorial expansion led to violent encounters, systematic massacres, and the imposition of harsh policies like Martial Law. The eventual outcome was a genocidal effort characterized by extermination attempts and cultural annihilation, culminating in the drastic demographic decline with survivors subject to forced relocations and conversions until their near extinction .

The 19th century, characterized by European colonization, set the stage for utilitarian genocides driven by economic exploitation and resource acquisition, such as the extermination of indigenous populations in territories including Tasmania and California. Unlike ideological genocides aimed at societal transformation or despotic genocides aimed at consolidating power, utilitarian genocides primarily sought economic gain and territorial expansion by exploiting and displacing indigenous groups. This resulted in cultural erasure and demographic reductions with less explicit intent of total group extermination .

The primary legal distinction lies in the scope and intent against the affected groups. Crimes against humanity target individuals indiscriminately, without regard to them being part of a specific group, focusing on the violation of their individual rights. In contrast, genocide involves targeted actions against specific groups with the intent to destroy them in whole or in part. This legal distinction emphasizes the identity and the strategic intent behind the acts in genocides, which encompasses a broader societal goal of group destruction beyond mere individual rights violations .

British colonial practices like land appropriation, imposition of martial laws, and relentless military campaigns deeply disrupted the Tasmanian Aboriginal population. The enactment of policies aimed at ethnic cleansing, such as the "Black Line" operation, systematically reduced the Aboriginal populace through massacres and forced assimilation. These actions resulted in vast demographic declines, cultural disintegration, and long-term socio-political ramifications, symbolized by the death of the last full-blooded Tasmanian, Truganini, reflecting the community's virtual eradication .

Raphael Lemkin was instrumental in developing the genocide concept, introducing the term in 1944 in his work "Axis Rule in Occupied Europe." He coined the term by combining the Greek word for race or tribe and the Latin for killing, based on his earlier work in 1933 addressing the Armenian extermination. Lemkin's efforts occurred within the larger context of combating impunity for mass atrocities, post World War I realities, and evolving international legal frameworks. His work paved the way for the 1948 UN Convention on the Prevention and Punishment of the Crime of Genocide .

Raphael Lemkin's concept of cultural genocide, termed "vandalism," highlights the systematic destruction of cultural and artistic heritage as genocide's non-physical aspect. This idea complements physical genocide by emphasizing that the obliteration of cultural identity can be as detrimental as the physical elimination of people. It recognizes genocidal intent in actions that seek to erase historical continuity and social coherence within a group, thereby destabilizing its survival prospects and impeding group identity perpetuation .

The 20th century earns the label "century of genocides" due to widespread instances, including the Holocaust and numerous other mass exterminations globally. Contributing factors included technological advancements in warfare, the rise of nationalistic and totalitarian ideologies, colonial legacies, and conflicts that fostered ethnic and racial hostilities. These elements combined to facilitate state-sanctioned genocides characterized by systematic and ideological goals of eradication, distinguishing this era by both the scale and intricacy of genocidal acts .

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