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El Collar

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Encuentro con el texto

Lee en forma silenciosa y luego en forma oral “El collar”, cuento


de Guy de Maupassant.

El collar
Guy de Maupassant5

ERA UNA DE ESAS LINDAS Y DELICIOSAS criaturas nacidas como


por un error del destino en una familia de empleados. No tenía
dote, ni esperanzas de cambiar de posición; no disponía de ningún
medio para ser conocida, comprendida, querida, para encontrar un
esposo rico y distinguido; y consintió que la casaran con un modesto
empleado del Ministerio de Instrucción Pública.
No pudiendo adornarse, fue sencilla, pero desgraciada, como una
mujer obligada por la suerte a vivir en una esfera inferior a la que
le corresponde; porque las mujeres no tienen casta ni raza, pues su
belleza, su atractivo y su encanto les sirven de ejecutoria y de familia.
Su nativa firmeza, su instinto de elegancia y su flexibilidad de espíritu
son para ellas la única jerarquía, que iguala a las hijas del pueblo con
las más grandes señoras.
Sufría constantemente, sintiéndose nacida para todas las delicade-
zas y todos sus lujos. Sufría contemplando la pobreza de su hogar,
la miseria de las paredes, sus estropeadas sillas, su fea indumentaria.
Todas estas cosas, en las cuales ni siquiera habría reparado ninguna
otra mujer de su casa, la torturaban y la llenaban de indignación. La
vista de la muchacha bretona que les servía de criada despertaba
en ella pesares desolados y delirantes ensueños. Pensaba en las
antecámaras mudas, guarnecidas de tapices orientales, alumbradas
por altas lámparas de bronce y en los dos pulcros lacayos de calzón
corto, dormidos en anchos sillones, amodorrados por el intenso
calor de la estufa. Pensaba en los grandes salones colgados de sedas
antiguas, en los finos muebles repletos de figurillas inestimables y
en los saloncillos coquetones, perfumados, dispuestos para hablar

5 De Maupassant, Guy (1970). La bola de sebo y otros cuentos. Buenos Aires:


Biblioteca Básica Universal.

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cinco horas con los amigos más íntimos, los hombres famosos y agasajados, cuyas atenciones
ambicionaban todas las mujeres.
Cuando se sentaba, a las horas de comer, delante de la redonda mesa, cubierta por un mantel
de tres días, frente a su esposo, que destapaba la sopera, diciendo con aire de satisfacción:
“¡Ah! ¡Qué buen caldo! ¡No hay nada para mí tan excelente como esto!”, pensaba en las comidas
delicadas, en los servicios de plata resplandeciente, en los tapices que pueblan las paredes de
personajes antiguos y aves extrañas dentro de un bosque fantástico; pensaba en los exquisitos
y selectos manjares, ofrecidos en fuentes maravillosas; en las galanterías murmuradas y
escuchadas con sonrisa de esfinge, al tiempo que se paladea la sonrosada carne de una trucha
o un alón de faisán.

No poseía galas femeniles, ni una joya; nada absolutamente y sólo aquello de


que carecía le g ustaba; no se sentía formada sino para aquellos goces imposibles.
¡Cuánto habría dado por ag radar, ser envidiada, ser atractiva y asediada!
Tenía una amiga rica, una compañera de colegio a la cual no quería ir a ver con frecuencia,
porque sufría más al regresar a su casa. Días y días pasaba después llorando de pena, de pesar,
de desesperación.
Una mañana volvió a su casa el marido con expresión triunfante y agitando en la mano
un ancho sobre.
—Mira, mujer —dijo—; aquí tienes una cosa para ti.

Ella rompió vivamente la envoltura y sacó un pliego impreso que decía:


“El ministro de Instrucción Pública y señora ruegan al señor y la señora de Loisel les hagan
el honor de pasar la velada del lunes 18 de enero en el hotel del Ministerio.”
En lugar de enloquecer de alegría, conforme pensaba su esposo, tiró la invitación sobre
la mesa, murmurando con desprecio:
—¿Qué he de hacer yo con eso?
—Creí, mujercita mía, que con ello te procuraba una gran satisfacción. ¡Sales tan poco, y es tan
oportuna la ocasión que hoy se te presenta!... te advierto que me ha costado bastante trabajo
obtener esa invitación. Todos las buscan, las persiguen; son muy solicitadas y se reparten
pocas entre los empleados. Veras allí a todo el mundo oficial.

Clavando en su esposo una mirada llena de angustia, le dijo con impaciencia:


—¿Qué quieres que me ponga para ir allá?

No se había preocupado él de semejante cosa, y balbuceó:


—Pues el traje que llevas cuando vamos al teatro. Me parece muy bonito...
Se calló, estupefacto, atontado, viendo que su mujer lloraba. Dos gruesas lágrimas se desprendían
de sus ojos, lentamente, para rodar por sus mejillas.

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El hombre murmuró:
—¿Qué te sucede? Pero ¿qué te sucede?
Más ella, valientemente, haciendo un esfuerzo, había vencido su pena y respondió con tranquila
voz, enjugando sus húmedas mejillas:
—Nada; que no tengo vestido para ir a esa fiesta. Da la invitación a cualquier colega cuya
mujer se encuentre mejor provista de ropa que yo.

Él estaba desolado, y dijo:


—Vamos a ver, Matilde. ¿Cuánto te costaría un traje decente, que pudiera servirte en otras
ocasiones; un traje sencillito? Ella meditó unos segundos, haciendo sus cuentas y pensando
así mismo en la suma que podría pedir sin provocar una negativa rotunda y una exclamación
de asombro del empleadillo.

Respondió, al f in, titubeando:


—No lo sé de fijo; pero creo que con cuatrocientos francos me arreglaría.
El marido palideció algo, pues reservaba precisamente esta cantidad para comprar una
escopeta, pensando ir de caza en verano, a la llanura de Nanterre, con algunos amigos que salían
a tirar a las alondras los domingos.

Dijo, no obstante:
—Bien. Te doy los cuatrocientos francos. Pero trata de que tu vestido luzca lo más posible,
ya que hacemos el sacrificio.
El día de la fiesta se acercaba y la señora de Loisel parecía triste, inquieta, ansiosa. Sin embargo,
el vestido estuvo hecho a tiempo. Su esposo le dijo una noche:
—¿Qué te pasa? Te veo desatinada y pensativa desde hace tres días.

Y ella respondió:
—Me disgusta no tener ni una alhaja, ni una sola joya que ponerme. Pareceré, de todos modos,
una miserable. Casi, casi me gustaría más no ir a ese baile.
—Ponte unas cuantas flores naturales—le replicó él—. Eso es muy elegante, sobre todo en este
tiempo, y por diez francos encontrarás dos o tres rosas magníficas.

Ella no quería convencerse.


—No hay nada tan humillante como parecer una pobre en medio de mujeres ricas. Pero
su marido exclamó:
—¡Qué tonta eres! Ve a ver a tu compañera de colegio, la señora de Forestier, y ruégale que te preste
unas alhajas. Eres bastante amiga suya para tomarte esa libertad.

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La mujer dejó escapar un g rito de aleg ría.
—Tienes razón. No había pensado en ello.

Al siguiente día fue a casa de su amiga y le contó su apuro.


La señora de Forestier fue a un armario de espejo, cogió un cofrecillo, lo sacó, lo abrió y dijo
a la señora de Loisel:
—Escoge, querida.
Primero vio brazaletes; luego, un collar de perlas; luego, una cruz veneciana de oro, y pedrería
primorosamente construida. Se probaba aquellas joyas ante el espejo, vacilando, no pudiendo
decidirse a abandonarlas, a devolverlas. Preguntaba sin cesar:
—¿No tienes ninguna otra?
—Sí, mujer. Dime qué quieres. No sé lo que a ti te agradaría.
De repente descubrió, en una caja de raso negro, un soberbio collar de brillantes, y su corazón
empezó a latir de un modo inmoderado. Sus manos temblaban al ir a cogerlo. Se lo puso, rodeando
con él su cuello, y permaneció en éxtasis contemplando su imagen.

Luego preguntó, vacilante, llena de angustia:


—¿Quieres prestármelo? No quisiera llevar otra joya.

—Sí, mujer.

Abrazó y besó a su amiga con entusiasmo y luego escapó con su tesoro.


Llegó el día de la fiesta. La señora de Loisel tuvo un verdadero triunfo. Era más bonita que
las otras y estaba elegante, graciosa, sonriente y loca de alegría. Todos los hombres la miraban,
preguntaban su nombre, trataban de serle presentados. Todos los directores generales querían
valsar con ella. El ministro reparó en su hermosura.
Ella bailaba con embriaguez, con pasión, inundada
de alegría, no pensando ya en nada más que en el
triunfo de su belleza, en la gloria de aquel triunfo, en
una especie de dicha formada por todos los homenajes
que recibía, por todas las admiraciones, por todos los
deseos despertados, por una victoria tan completa y
tan dulce para un alma de mujer.
Él le echó sobre los hombros el abrigo que había
llevado para la salida, modesto abrigo de su vestir
ordinario, cuya pobreza contrastaba extrañamente con
la elegancia del traje de baile. Ella lo sintió y quiso huir,
para no ser vista por las otras mujeres que se envolvían
en ricas pieles.

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Loisel la retuvo diciendo:
—Espera, mujer; vas a resfriarte a la salida. Iré a buscar un coche.

Pero ella no le oía, y bajó rápidamente la escalera.


Cuando estuvieron en la calle no encontraron coche, y se pusieron a buscar, dando voces a los
cocheros que veían pasar a lo lejos.
Anduvieron hacia el Sena desesperados, tiritando. Por fin pudieron hallar una de esas vetustas
berlinas que sólo aparecen en las calles de París cuando la noche cierra, cual si les avergonzase su
miseria durante el día.
Los llevó hasta la puerta de su casa, situada en la calle de Los Mártires, y entraron tristemente
en el portal. Pensaba el hombre, apesadumbrado, en que a las diez había de ir a la oficina.
La mujer se quitó el abrigo que llevaba echado sobre los hombros, delante del espejo, a fin
de contemplarse aún una vez más ricamente alhajada. Pero de repente dejó escapar un grito.

Su esposo, ya medio desnudo, le preguntó:


—¿Qué tienes?

Ella se volvió hacia él, acongojada.


—Tengo..., tengo —balbuceó—, que no encuentro el collar de la señora Forestier.

Él se irguió sobrecog ido:


—¿Eh?..., ¿cómo? ¡No es posible!
Y buscaron entre los adornos del traje, en los pliegues del abrigo, en los bolsillos, en todas
partes. No lo encontraron.

Él preguntaba:
—¿Estás segura de que lo llevabas al salir del baile?
—Sí; lo toqué al cruzar el vestíbulo del Ministerio.
—Pero si lo hubieras perdido en la calle, lo habríamos oído caer. Debe de estar en el coche.
—Sí. Es probable. ¿Te fijaste qué número tenía?
—No. Y tú, ¿no lo miraste?
—No.

Se contemplaron aterrados. Loisel se vistió por f in.


—Voy —dijo a recorrer a pie todo el camino que hemos traído, a ver si por casualidad
lo encuentro.

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Y salió. Ella permaneció en traje de baile, sin fuerzas para irse a la cama, desplomada en una
silla, sin lumbre, casi helada, sin ideas, casi estúpida.

Su marido volvió hacia las siete. No había encontrado nada.


Fue a la Prefectura de Policía, a las redacciones de los periódicos, para publicar un anuncio
ofreciendo una gratificación por el hallazgo; fue a las oficinas de las empresas de coches, a todas
partes donde podía ofrecérsele alguna esperanza.
Ella le aguardó todo el día, con el mismo abatimiento desesperado, ante aquel horrible desastre.
Loisel regresó por la noche con el rostro demacrado, pálido; no había podido averiguar nada.
—Es menester—dijo—, que escribas a tu amiga enterándola de que has roto el broche de su
collar y que lo has mandado a componer. Así ganaremos tiempo.

Ella escribió lo que su marido le decía.


Al cabo de una semana perdieron hasta la última esperanza.

Y Loisel, envejecido por aquel desastre, como si de pronto le hubieran echado encima
cinco años, manifestó:
—Es necesario hacer lo posible por reemplazar esa alhaja por otra semejante.
Al día siguiente llevaron el estuche del collar a casa del joyero cuyo nombre se leía en su
interior. El comerciante, después de consultar sus libros, respondió:
—Señora, no salió de mi casa collar alguno con este estuche, que vendí vacío para complacer
a un cliente.
Anduvieron de joyería en joyería, buscando una alhaja semejante a la perdida, recordándola,
describiéndola, tristes y angustiosos.

Encontraron en una tienda del Palais Royal, un collar de brillantes que les pareció
idéntico al que buscaban. Valía cuarenta mil francos, y regateando consiguieron que
se lo dejaran en treinta y seis mil.
Rogaron al joyero que se lo reservaran por tres días, poniendo por condición que les dieran
por él treinta y cuatro mil francos cuando se lo devolvieran, si el otro collar se encontrara antes
de fines de febrero.

Loisel poseía dieciocho mil que le había dejado su padre. Pediría prestado el resto.
Y, efectivamente, tomó mil francos de uno, quinientos de otro, cinco luises aquí, tres allá. Hizo
pagarés, adquirió compromisos ruinosos, tuvo tratos con usureros, con toda clase de prestamistas. Se
comprometió para toda la vida, firmó sin saber lo que firmaba, sin detenerse a pensar, y, espantado
por las angustias del porvenir, por la horrible miseria que los aguardaba, por la perspectiva de
todas las privaciones físicas y de todas las torturas morales, fue en busca del collar nuevo, dejando
sobre el mostrador del comerciante treinta y seis mil francos.

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Cuando la señora de Loisel devolvió la joya a su amiga, ésta le dijo un tanto displicente:
—Debiste devolvérmelo antes, porque bien puedo yo haberlo necesitado.
No abrió siquiera el estuche, y eso lo juzgó la otra una suerte. Si notara la sustitución, ¿qué
supondría? ¿No es posible que imaginara que se lo cambiaron de intento?
La señora de Loisel conoció la vida horrible de los menesterosos. Tuvo energía para adoptar
una resolución inmediata y heroica. Era necesario devolver aquel dinero que debían.

Despidieron a la criada, buscaron una habitación más económica, una buhardilla.


Conoció los duros trabajos de la casa, las odiosas tareas de la cocina. Fregó los platos, desgas-
tando sus uñitas sonrosadas sobre los pucheros grasientos y en el fondo de las cacerolas.
Enjabonó la ropa sucia, las camisas, los paños, que ponía a secar en una cuerda. Bajó a la calle
todas las mañanas la basura y subió el agua, deteniéndose en todos los pisos para tomar aliento.
Y, vestida como una pobre mujer de humilde condición,
fue a casa del verdulero, del tendero, de comestibles y del
carnicero, con la cesta al brazo, regateando, teniendo que
sufrir desprecios y hasta insultos, porque defendía centavo
a centavo su dinero escasísimo.
Era necesario mensualmente recoger unos pagarés, renovar
otros, ganar tiempo.
El marido se ocupaba por las noches en poner en limpio
las cuentas de un comerciante, y a veces escribía a veinticinco
centavos la hoja.

Y vivieron así diez años.


Al cabo de dicho tiempo lo habían ya pagado todo, todo,
capital e intereses, multiplicados por las renovaciones usurarias.
La señora Loisel parecía entonces una vieja. Se había transformado en la mujer fuerte, dura
y ruda de las familias pobres. Mal peinada, con las faldas torcidas y rojas las manos, hablaba en voz
alta, fregaba los suelos con agua fría. Pero a veces, cuando su marido estaba en el Ministerio, se
sentaba junto a la ventana, pensando en aquélla fiesta de otro tiempo, en aquel baile donde lució
tanto y fue tan festejada.
¿Cuál sería su fortuna, su estado al presente, si no hubiera perdido el collar? ¡Quién sabe!
¡Quién sabe! ¡Qué mudanzas tan singulares ofrece la vida! ¡Qué poco hace falta para perderse o
para salvarse!
Un domingo, habiendo ido a dar un paseo por los Campos Elíseos para descansar de las fatigas
de la semana, reparó de pronto en una señora que pasaba llevando a un niño cogido de la mano.
Era su antigua compañera de colegio, siempre joven, hermosa siempre y siempre seductora. La
de Loisel sintió un escalofrió. ¿Se decidiría a detenerla y saludarla? ¿Por qué no? Habiendo pagado
ya todo, podía confesar, casi con orgullo, su desdicha.

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Se puso frente a ella y dijo:
—Buenos días, Juana.

La otra no la reconoció, admirándose de verse tan familiarmente tratada por aquella


infeliz. Balbuceó:
—Pero..., ¡señora!..., no sé... usted debe de confundirse...

—No. Soy Matilde Loisel.

Su amiga lanzó un g rito de sorpresa:


—¡Oh! ¡Mi pobre Matilde, qué cambiada estás!...
—Sí; muy malos días he pasado desde que no te veo, y además bastantes miserias...,
todo por ti...
—¿Por mí? ¿Cómo es eso?
—¿Recuerdas aquel collar de brillantes que me prestaste para ir al baile del Ministerio?
—Sí; pero...
—Pues bien: lo perdí...
—¡Cómo! ¡Si me lo devolviste!
—Te devolví otro semejante. Y hemos tenido que sacrificarnos diez años para pagarlo Com-
prenderás que representaba una fortuna para nosotros, que sólo teníamos el sueldo. En fin,
a lo hecho pecho, y estoy muy satisfecha.

La señora de Forestier se había detenido.


—¿Dices que compraste un collar de brillantes para sustituir al mío?
—Sí. No lo habrás notado, ¿eh? Casi eran idénticos.

Y al decir esto, sonreía orgullosa de su noble sencillez.

La señora de Forestier, sumamente impresionada, le cog ió ambas manos:


—¡Oh! ¡Mi pobre Matilde! ¡Pero si el collar que yo te presté era de piedras falsas!... ¡Valía
quinientos francos a lo sumo!...

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Atesorando palabras
Trata de identificar por el contexto, el significado de las palabras que desconozcas. Si es
necesario consulta el diccionario. Puedes buscar, libremente, las palabras que desees, sin
embargo, te sugerimos poner atención a las siguientes:

dote, casta, galas, bretona, guarnecidas, lacayos, amodorrados, alondras, tiritando


(tiritar), estupefacto, provista, valsar, lumbre, vetustas, berlina, pagarés, usureros,
displicente, buhardilla.

Descubriendo el texto
¿Quién narra la historia? ¿Está fuera o dentro de la narración?
¿En qué época y lugar puedes situar este relato? ¿Qué elementos del texto
te permiten determinarlos?
Señala los personajes que aparecen.
¿Quién es el protagonista? Descríbelo psicológicamente.
¿Cómo era físicamente Matilde antes de la pérdida del collar? ¿Y después?
¿Cuáles son las características psicológicas que presenta el señor Loisel?
¿Cómo caracterizas a la señora Forestier?
¿Cuáles defectos y virtudes de los personajes principales encuentras en esta historia?
Razona tu respuesta y apóyate con ejemplos.
¿Qué características presenta el lenguaje utilizado por los personajes?
¿A qué clase social pertenecían los Loisel antes de la pérdida del collar? ¿Cómo vivían?
Después de la pérdida del collar, ¿la situación económica y social de los Loisel cambió?
¿Cómo puedes caracterizar a la sociedad de esa época?
Interpreta el siguiente texto:
“¿Cuál sería su fortuna, su estado al presente, si no hubiera perdido el collar? ¡Quién
sabe! ¡Quién sabe! ¡Qué mudanzas tan singulares ofrece la vida! ¡Qué poco hace
falta para perderse o para salvarse!”
¿Hechos similares a los planteados en el cuento pueden ocurrir en la vida cotidiana
actual? Explica.
¿Este cuento tiene la estructura tradicional o rompe con ella? Explica y señala ejemplos.
¿Qué opinión te merecen los planteamientos del cuento?

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La palabra y su tiempo
Este autor se inscribe dentro de la narrativa denominada naturalista, que se deriva de la
corriente literaria llamada Realismo*. Guy de Maupassant se reveló como un vigoroso narrador.
Para él, el cuento tiene tanta importancia como la novela y presenta gran maestría en el desarrollo
y evolución de las tramas, manteniendo en el lector el interés creciente por la historia narrada.

Gustave Flaubert, g ran escritor francés, maestro de Maupassant, contribuyó a formar


su estilo como narrador, inf luyendo en él para que abordara una serie de valores
sociológ ico-morales de la sociedad de su tiempo y también a eliminar los adornos
estéticos que no aportasen, al lenguaje, lo necesario para describir las realidades
de su momento histórico. El autor Maupassant se dedica entonces a dar testimonio
de casos y personas que no son tomados en cuenta por la sociedad de la época:
mendigos, prostitutas, borrachos, jugadores, y también las pequeñas miserias de
la clase media no conforme con su realidad económico-social. Estos seres parecen
actuar, a veces, de manera inconsciente, lo cual genera situaciones indeseables. En
muchos de sus relatos, se muestra el tema sexual como centro de g ravedad; en otros,
se pone de manif iesto el deterioro físico, bien sea por el paso del tiempo o por las
penurias sufridas.
Maupassant se caracteriza por ser narrador de cuentos y novelas cortas. Es el más moderno
de los narradores breves del siglo XX de la literatura francesa, capaz de describir las miserias
humanas, las mezquindades, la ruindad, las insatisfacciones personales con gran realismo. Sus
obras se ubican en lo costumbrista, lo incisivo y lo picaresco. Se trata de creaciones naturalistas,
con acento pesimista en las que profundiza en la descripción del ambiente social y de los seres
humanos anónimos y cotidianos; en ellos, los conflictos psicológicos, el amor y la angustia
ocupan lugar preponderante. Maupassant adquiere categoría universal por la belleza de su
estilo, por la fina ironía con que trata a sus personajes y por el retrato, muchas veces descarnado,
que hace de su época.
En “El collar” se pone de manifiesto la inconformidad de una clase media que quiere aparentar
lo que no tiene y empeña su vida en eso. En este relato podemos evidenciar el estilo sencillo
y claro, pero vigoroso que es propio de la prosa de este maestro del cuento.

El correr de mi existencia se agotará en


pocos días. Pasará
como el viento del desierto.
Así, mientras me quede un soplo de vida, habrá
dos días
que no me inquietarán jamás: aquel que no ha
llegado; aquel que
ya pasó.
* Consultar glosario Omar Al Khayyam (Persia,1050-1123)

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