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El documento analiza los diferentes aspectos y significados de la paz según el Antiguo Testamento. Aborda la paz a nivel individual, la paz política y social, y explica que la paz es considerada ante todo como un don de Dios.

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El documento analiza los diferentes aspectos y significados de la paz según el Antiguo Testamento. Aborda la paz a nivel individual, la paz política y social, y explica que la paz es considerada ante todo como un don de Dios.

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PAZ

Parece comprobado que la raíz de shalom, en su significado original, indica ante todo el acto de
«completar» o de «dar remate» a una realidad inconclusa o deficiente en algún aspecto, bien se
trate de terminar el templo (1Re 9,25), de resarcir algún daño (Éx 21,27) o de cumplir un voto (Dt
23,22 y otras veces). De lo recién dicho se desprende que también tenga el sentido de «restituir»
(unas 50 veces) y de «reparar» (unas 30 veces).

Su sentido bíblico apunta a un bienestar total, a la armonía del grupo humano y de cada uno de los
individuos con Dios, con el mundo material, con los grupos e individuos y consigo mismo, en la
abundancia y en la certeza de la salud, de la riqueza, de la tranquilidad, del honor humano, de la
bendición divina y, en una palabra, de la «vida».

2. Aspectos de la paz según el AT

Son varias las imágenes y los aspectos de la paz en el AT que corresponden a la mentalidad
hebrea. No obstante, hay un el hecho elemental que unifica entre sí todos los valores diversos,
pero convergentes, comprendidos en la noción bíblica de paz es, sin duda alguna, el que se sienta
esa paz en primer lugar como un don esencial de Dios, exactamente como ocurre con la vida, con
la que está indisolublemente vinculada.

2.1 La paz en la esfera individual

A nivel de experiencia individual y cotidiana, la paz, además de la tranquilidad y de la concordia,


abarca especialmente el doble bien de la salud física y del bienestar familiar; situación que se
considera como fruto de la bendición divina. Por esto la fórmula usual y familiar de saludo:
¡shalom!, está bastante cerca de la otra fórmula: «El Señor esté contigo/con ustedes» (Jue 6,12;
Rut 2,4; cf Sal 129,7-8). El despedirse con shalom significa desearle salud y bienestar al otro. Más
aún, el morir y el ser sepultado «en paz» (Gen 15,15; 2Re 22,20) tiene un matiz religioso
totalmente análogo: se trata de vivir acompañado de la bendición y protección divina hasta el último
momento de la existencia terrena. En efecto, mientras que «no hay paz para los impíos» (Is 48,22),
el justo tiene «paz en abundancia» para sí mismo y para su descendencia (Sal 37,11.37).

2.2 La paz política y social

No solamente el individuo y su grupo familiar, sino todo el conjunto de la tribu y de todo el pueblo
pueden gozar de un estado de paz o verse privados de ella.
La paz con el mundo exterior al pueblo implica naturalmente la ausencia de guerra y del peligro
inminente de ella. Ésta es la condición que alcanzó en un determinado momento Israel gracias al
rey guerrero por excelencia, David (2Sam 7,1). Nótese, sin embargo, que los textos no equiparan la
ausencia de guerra simplemente con la paz, sino que la consideran más bien como su condición
indispensable, frecuentemente garantizada por la estipulación de un pacto (berit: 1Re 5,26).

Pero no basta con la seguridad exterior; la paz en su más auténtico valor global puede verse
sustancialmente comprometida por el desorden interno del pueblo, denunciado generalmente como
falta de justicia. A los reyes les corresponde de manera especial establecer la justicia y la paz. La
tradición de Israel tiene claro que no es la fuerza lo primero en la obtención de la paz. La paz que
David y Salomón consiguen es sentida como el fruto de la ausencia de maldad y de la presencia de
justicia, que fueron capaces de establecer. La realización histórica de la paz de Israel es puesta
explícitamente en relación con acciones reales ajustadas a la tarea encomendada por Dios de
hacer reinar la justicia (cf. 1Re 3,6). Ahora bien, el problema de la monarquía israelita, y finalmente
su crisis y desaparición, está precisamente en que no consiguió evitar que el poder que lleva

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consigo se convirtiera en violencia. Los reyes de Israel son acusados por la tradición de haber
cedido a la tentación de usar el poder en beneficio de sus pasiones y ambiciones personales (ya
David y Salomón) hasta transgredir los mandamientos de Dios haciendo “lo malo” (2Sam 12,9),
“pecando” (2Sam 12,13), “no guardando la alianza” (1Re 11,11).

La ruptura de la paz salomónica es explicada teológicamente como un castigo divino provocado por
la idolatría y el abandono del mishpat (1Re 11,38) por parte de Salomón. Más aún, el cisma que
dejará al pueblo de Yahveh «desgarrado” como el manto de Ajías (1Re 11,30s) se va a producir a
causa de la exacerbación de la falta de sedaqah por parte del heredero de Salomón respecto de
las 10 tribus del norte.

(heb., shalom, paz; gr., eirene, concordia). Plenitud, entereza, firmeza, buenas relaciones entre
vecinos (Salmos 28:3) «No me arrebates juntamente con los malos, Y con los que hacen iniquidad,
Los cuales hablan paz con sus prójimos, Pero la maldad está en su corazón», bienestar y
seguridad (Eclesiastés 3:8) «tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de
paz», o la recompensa de una mente que permanece en Dios (Isaías 26:3) «Tú guardarás en
completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado». Está
relacionada con el trato honesto y la verdadera justicia (Zacarías 8:16) «Estas son las cosas que
habéis de hacer: Hablad verdad cada cual con su prójimo; juzgad según la verdad y lo conducente
a la paz en vuestras puertas». y es una característica sobresaliente del Mesías que viene (Isaías
9:6) «Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se
llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz».
La paz es el resultado del perdón de Dios (Filipenses 4:7) «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo
entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». y es la
relación ideal con el hermano (2 Corintios 13:11) «Por lo demás, hermanos, tened gozo,
perfeccionaos, consolaos, sed de un mismo sentir, y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará
con vosotros», comparar (Mateo 5:23-24). La paz, que es señal de serenidad (Juan 14:27) «La paz
os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga
miedo», y que se debe buscar (Hebreos 12:14) «Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual
nadie verá al Señor», resume el mensaje del evangelio (Hechos 10:36) «Dios envió mensaje a los
hijos de Israel, anunciando el evangelio de la paz por medio de Jesucristo; éste es Señor de
todos». Es una faceta del fruto del Espíritu (Gálatas 5:22) «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo,
paz, paciencia, benignidad, bondad, fe», que beneficia a quienes lo practican, tanto ahora
(Santiago 3:18) «Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz». como en
la segunda venida (Romanos 2:10) «pero gloria y honra y paz a todo el que hace lo bueno, al judío
primeramente y también al griego», y es lo opuesto del desorden y la confusión (1 Corintios 14:33)
«pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos». La
paz es la presencia de Dios, no la ausencia de conflictos.
Cristo trajo la paz, predicó la paz y es nuestra paz (Efesios 2:14) «Porque él es nuestra paz, que de
ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación».

Dios es un Dios de paz; esta afirmación aparece con frecuencia en las Escrituras (Romanos 15:33)
«Y el Dios de paz sea con todos vosotros. Amén». (Romanos 16:20) «Y el Dios de paz aplastará
en breve a Satanás bajo vuestros pies. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros». (2
Corintios 13:11) «Por lo demás, hermanos, tened gozo, perfeccionaos, consolaos, sed de un
mismo sentir, y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros». (1
Tesalonicenses 5:23) «Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser,
espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo».
(Hebreos 13:20) «Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran
pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno». En cambio, en el mundo ruge la guerra: entre

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Satanás y Dios, entre las razas, naciones, individuos y en el corazón de cada individuo. El universo
está perturbado por todo lo que ello comporta en inseguridad, angustia, insatisfacción.
Ello se debe a la revuelta cósmica de ángeles y hombres caídos contra Dios; todos ellos han
venido a ser «gentes rebeldes» (Ezequiel 2:3) «Y me dijo: Hijo de hombre, yo te envío a los hijos
de Israel, a gentes rebeldes que se rebelaron contra mí; ellos y sus padres se han rebelado contra
mí hasta este mismo día». «hijos de desobediencia» (Efesios 2:2) «en los cuales anduvisteis en
otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el
espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia». (Efesios 5:6) «Nadie os engañe con
palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia». La
realidad es que también ellos sufren en su estado, y desean ardientemente gozar de la paz,
aunque dentro de su desobediencia (Deuteronomio 29:19) «y suceda que al oír las palabras de
esta maldición, él se bendiga en su corazón, diciendo: Tendré paz, aunque ande en la dureza de mi
corazón, a fin de que con la embriaguez quite la sed». Es patético contemplar los esfuerzos
desesperados de las naciones para alejar de sí los peligros de la guerra y de la destrucción
atómica, sin que se manifieste un movimiento sincero de arrepentimiento y de fe.
La Escritura declara: «No hay paz para los malos, dijo Dios» (Isaías 48:22) «No hay paz para los
malos, dijo Dios». (Isaías 57:20-21). Frente a esta severa declaración no faltan los políticos, ni los
profetas falsos que anuncian: «Paz, no habiendo paz» (Ezequiel 13:10) «Sí, por cuanto engañaron
a mi pueblo, diciendo: Paz, no habiendo paz; y uno edificaba la pared, y he aquí que los otros la
recubrían con lodo suelto». (Jeremías 6:14) «Y curan la herida de mi pueblo con liviandad,
diciendo: Paz, paz; y no hay paz». (Jeremías 8:11) «Y curaron la herida de la hija de mi pueblo con
liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz».
Es desafortunadamente cierto que habrá, aquí en la tierra, un terrible ajuste de cuentas y que un
día será quitada «de la tierra la paz (Apocalipsis 6:4) «Y salió otro caballo, bermejo; y al que lo
montaba le fue dado poder de quitar de la tierra la paz, y que se matasen unos a otros; y se le dio
una gran espada». y que el último conflicto será el más mortífero de todos (Apocalipsis 6:8) «Miré,
y he aquí un caballo amarillo, y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades le seguía; y
le fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con
mortandad, y con las fieras de la tierra». (Apocalipsis 19:15-28). Únicamente Jesús puede resolver
esta guerra continua y restablecer la paz «Él es nuestra paz» (Efesios 2:14) «Porque él es nuestra
paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación». Él se lanzó
en medio del conflicto aceptando ser golpeado por la vara de la justicia divina que nos perseguía
(Efesios 2:13-17). (Colosenses 1:20) «y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las
que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su
cruz». Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo; Él mismo estableció la paz y está
desde entonces proclamando la amnistía; Él hace mudar al rebelde arrepentido en una criatura de
paz (2 Corintios 5:17-21).
Ésta es la razón de que todo creyente justificado tiene paz para con Dios (Romanos 5:1)
«Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo».
La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, puede desde entonces guardar su corazón y
su mente en Cristo Jesús (Filipenses 4:7) «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento,
guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». Conoce el gozo y la
ventura; en paz se acuesta y duerme (Salmos 4:7-9). Esta paz no es el producto artificial y pasajero
de un esfuerzo humano, sino el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22) «Mas el fruto del Espíritu es amor,
gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe». dada por el mismo Dios (2 Tesalonicenses 3:16) «Y
el mismo Señor de paz os dé siempre paz en toda manera. El Señor sea con todos vosotros». El
hijo de Dios debe ahora vivir en paz (Romanos 12:18) «Si es posible, en cuanto dependa de
vosotros, estad en paz con todos los hombres». (1 Tesalonicenses 5:13) «y que los tengáis en
mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros». (Hebreos 12:14) «Seguid
la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor». (Santiago 3:18) «Y el fruto de
justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz». sin embargo habrá aquellos que le
odiarán y perseguirán por cuanto Cristo vino «no para traer paz, sino espada (Mateo 10:34) «No
penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada». Y será

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así en tanto que los individuos y las naciones se dejen seducir por aquel que es homicida y
mentiroso desde el principio (Juan 8:44) «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de
vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la
verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y
padre de mentira».
Pero la gloriosa certidumbre de la vuelta del Señor nos da la certeza de que pronto la paz reinará
sobre toda la tierra. La paz será la característica principal, junto con la justicia, del reinado del
Príncipe de Paz (Isaías 2:4) «Y juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y
volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra
nación, ni se adiestrarán más para la guerra». (Isaías 9:5-6). (Salmos 27:7) «Oye, oh Dios, mi voz
con que a ti clamo; Ten misericordia de mí, y respóndeme». «Bienaventurados los pacificadores»
(Mateo 5:9) «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios».

El término hebreo shalom tiene un sentido que va más allá de la simple falta de problemas o la no
existencia de luchas. Comunica las ideas de prosperidad, estar saludable, estar completo, estar a
salvo, etcétera. Pero en muchas ocasiones se interpreta con el significado de ausencia de
disturbios o guerra. En RV60 se lee que en tiempos de Salomón “Judá e Israel vivían seguros
[shalom]” (1 Samuel 25:6) «y decidle así: Sea paz a ti, y paz a tu familia, y paz a todo cuanto
tienes».
El sacrificio de paz era una ofrenda que se diferenciaba del holocausto en el hecho de que sólo se
quemaba en el altar la grasa y los riñones del animal, pero el resto de la carne se dividía entre el
sacerdote y el ofertante y su familia o invitados, que lo comían durante tres días (Levítico 7:15-17).
De esa forma se disfrutaba de un estado de prosperidad y gozo, ideas encerradas en el término
shalom, junto con la de armonía entre Dios, el ofertante y sus congéneres.
Dos partes tienen un conflicto y llegan a un acuerdo, el resultado es la paz •Abimelec, tras hacer un
acuerdo con Abraham, dijo: “... y te enviamos en paz; tú eres ahora bendito de Dios” (Isaías 9:6)
«Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su
nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz».
El NT, la palabra que se usa es eirenë. Dios es “Dios de paz” (Romanos 12:18) «Si es posible, en
cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres». •Guerra.

(I) EN EL AT. La palabra hebrea sálóm es de tan rico contenido, que apenas puede ser reproducida
en ninguna otra lengua. Los traductores de los LXX sintieron copiosamente esta dificultad, pues se
hallan en ellos más de veinticinco traducciones distintas de sálóm. Pero esta significación
fundamental no ha de entenderse sólo estática, sino también dinámicamente: «vivir perfecta,
íntegramente». De ahí que en sentido absoluto sálóm es la paz, e. d., el bienestar, la prosperidad
material y espiritual, así del individuo como de la comunidad (Éxodo 18:23) «Si esto hicieres, y Dios
te lo mandare, tú podrás sostenerte, y también todo este pueblo irá en paz a su lugar». (Jueces
8:9) «Y él habló también a los de Peniel, diciendo: Cuando yo vuelva en paz, derribaré esta torre».
(Jueces 11:31) «cualquiera que saliere de las puertas de mi casa a recibirme, cuando regrese
victorioso de los amonitas, será de Dios, y lo ofreceré en holocausto». Sobre todo del pueblo de
Israel (1 Reyes 5:4) «Ahora Dios mi Dios me ha dado paz por todas partes; pues ni hay
adversarios, ni mal que temer». Y de su punto céntrico Jerusalén y Sión (Salmos 76, 122, 125).
El saludo sálóm del AT se halla hasta en boca de los mensajeros de Yahvéh (Jueces 6:23) «Pero
Dios le dijo: Paz a ti; no tengas temor, no morirás». (2 Reyes 5:19) «Y él le dijo: Vé en paz. Se fue,
pues, y caminó como media legua de tierra». Tob 12,17, y recalca sobre todo que Dios concede
una gracia particular; Dios no está ya irritado y quiere mostrarse propicio y misericordioso con el
saludado.

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(II) EL NT continúa muy de cerca las ideas del AT. También aquí la paz es el signo de los tiempos
mesiánicos (Lucas 1:79) «Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; Para
encaminar nuestros pies por camino de paz». (Lucas 2:14) «¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la
tierra paz, buena voluntad para con los hombres!». Los setenta discípulos han de saludar con la
paz (Mateo 10:13) «Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna,
vuestra paz se volverá a vosotros». (Lucas 10:5) «En cualquier casa donde entréis, primeramente
decid: Paz sea a esta casa». Jesús mismo es quien da la paz (Juan 14:27) «La paz os dejo, mi paz
os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo».
Aunque no sin lucha (Juan 16:33) «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el
mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo». Como príncipe de la paz, trae la
espada (Mateo 10:34) «No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer
paz, sino espada». La prosperidad de la naciente Iglesia es descrita como paz (Hechos 9:31)
«Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en
el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo». Pablo, sobre todo, ha
desarrollado las ideas proféticas en torno al Mesías como príncipe de la paz. Dios es «el Dios de la
paz» (Romanos 15:33) «Y el Dios de paz sea con todos vosotros. Amén». (Romanos 16:20) «Y el
Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies. La gracia de nuestro Señor
Jesucristo sea con vosotros». (1 Corintios 14:33) «pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz.
Como en todas las iglesias de los santos». El funda la paz por medio de su Hijo Jesucristo. Así,
Jesús es «nuestra paz» (Efesios 2:14) «Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno,
derribando la pared intermedia de separación».

Paz - Diccionario Mundo Hispano

(heb., shalom, paz; gr., eirene, concordia). Plenitud, entereza, firmeza, buenas relaciones entre
vecinos (Isaías 9:6) «Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su
hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de
Paz».
La paz es el resultado del perdón de Dios (1 Corintios 14:33) «pues Dios no es Dios de confusión,
sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos». La paz es la presencia de Dios, no la
ausencia de conflictos.
Cristo trajo la paz, predicó la paz y es nuestra paz (Efesios 2:14) «Porque él es nuestra paz, que de
ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación».

La palabra Hebrea «Shalom», que traducimos por «paz», es muy rica de contenido: significa, por
supuesto, ausencia de guerra y vida tranquila (Josué 9:15) «Y Josué hizo paz con ellos, y celebró
con ellos alianza concediéndoles la vida; y también lo juraron los príncipes de la congregación».
(Josué 23:1) «Aconteció, muchos días después que Dios diera reposo a Israel de todos sus
enemigos alrededor, que Josué, siendo ya viejo y avanzado en años». (Jueces 3:11-30), (2 Samuel
10:19) «Viendo, pues, todos los reyes que ayudaban a Hadad-ezer, cómo habían sido derrotados
delante de Israel, hicieron paz con Israel y le sirvieron; y de allí en adelante los sirios temieron
ayudar más a los hijos de Amón». (2 Samuel 7:1) «Aconteció que cuando ya el rey habitaba en su
casa, después que Dios le había dado reposo de todos sus enemigos en derredor». (1 Reyes 5:4)
«Ahora Dios mi Dios me ha dado paz por todas partes; pues ni hay adversarios, ni mal que temer».
[Qo_3,8]; (Lucas 14:32) «Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos, le envía una embajada y
le pide condiciones de paz». (Apocalipsis 6:4) «Y salió otro caballo, bermejo; y al que lo montaba le
fue dado poder de quitar de la tierra la paz, y que se matasen unos a otros; y se le dio una gran
espada». pero significa también bendición, gloria, riqueza, descanso, bienestar, salud física,
esperanza de éxito, justicia, salvación; en una palabra, felicidad (Génesis 15:15) «Y tú vendrás a
tus padres en paz, y serás sepultado en buena vejez». (Génesis 26:29) «que no nos hagas mal,
como nosotros no te hemos tocado, y como solamente te hemos hecho bien, y te enviamos en paz;

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tú eres ahora bendito de Dios». (Génesis 43:27) «Entonces les preguntó José cómo estaban, y dijo:
¿Vuestro padre, el anciano que dijisteis, lo pasa bien? ¿Vive todavía?». (Josué 21:44) «Y Dios les
dio reposo alrededor, conforme a todo lo que había jurado a sus padres; y ninguno de todos sus
enemigos pudo hacerles frente, porque Dios entregó en sus manos a todos sus enemigos».
(Jueces 8:9) «Y él habló también a los de Peniel, diciendo: Cuando yo vuelva en paz, derribaré
esta torre». (1 Samuel 1:17) «Elí respondió y dijo: Vé en paz, y el Dios de Israel te otorgue la
petición que le has hecho». (2 Samuel 18:28-29), (1 Reyes 22:27-28). (Isaías 32:17-18), (Isaías
48:22) «No hay paz para los malos, dijo Dios». (Isaías 57:19) «produciré fruto de labios: Paz, paz al
que está lejos y al cercano, dijo Dios; y lo sanaré». (Jeremías 6:14) «Y curan la herida de mi pueblo
con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz». (Salmos 28:3) «No me arrebates juntamente con
los malos, Y con los que hacen iniquidad, Los cuales hablan paz con sus prójimos, Pero la maldad
está en su corazón».
Aparecen especialmente unidos los conceptos de paz y justicia (Isaías 32:17) «Y el efecto de la
justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre». (Salmos 37:37)
«Considera al íntegro, y mira al justo; Porque hay un final dichoso para el hombre de paz». (Salmos
71:3) «Sé para mí una roca de refugio, adonde recurra yo continuamente. Tú has dado
mandamiento para salvarme, Porque tú eres mi roca y mi fortaleza». (Salmos 71:7) «Como prodigio
he sido a muchos, Y tú mi refugio fuerte». (Salmos 85:11-14), (Salmos 122:5-8), (Mateo 5:9-10).
La paz es don precioso de Dios (Levítico 26:6) «Y yo daré paz en la tierra, y dormiréis, y no habrá
quien os espante; y haré quitar de vuestra tierra las malas bestias, y la espada no pasará por
vuestro país». (Números 6:26) «Dios alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz». (Jueces 6:24) «Y
edificó allí Gedeón altar a Dios, y lo llamó Dios-salom; el cual permanece hasta hoy en Ofra de los
abiezeritas». (1 Reyes 2:33) «La sangre, pues, de ellos recaerá sobre la cabeza de Joab, y sobre la
cabeza de su descendencia para siempre; mas sobre David y sobre su descendencia, y sobre su
casa y sobre su trono, habrá perpetuamente paz de parte de Dios». (Isaías 26:12) «Dios, tú nos
darás paz, porque también hiciste en nosotros todas nuestras obras». (Isaías 52:7) «¡Cuán
hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del
que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del que dice a Sion: ¡Tu Dios reina!».
(Jeremías 29:11) «Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Dios,
pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis». (Ezequiel 34:25) «Y
estableceré con ellos pacto de paz, y quitaré de la tierra las fieras; y habitarán en el desierto con
seguridad, y dormirán en los bosques». (Salmos 29:11) «Dios dará poder a su pueblo; Dios
bendecirá a su pueblo con pa». (Proverbios 16:7) «Cuando los caminos del hombre son agradables
a Dios, Aun a sus enemigos hace estar en paz con él». (Romanos 1:7) «a todos los que estáis en
Roma, amados de Dios, llamados a ser santos: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y
del Señor Jesucristo». (1 Corintios 1:3) «Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del
Señor Jesucristo». (1 Corintios 14:33) «pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz. Como en
todas las iglesias de los santos». (2 Corintios 13:11) «Por lo demás, hermanos, tened gozo,
perfeccionaos, consolaos, sed de un mismo sentir, y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará
con vosotros». (Filipenses 4:9) «Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto
haced; y el Dios de paz estará con vosotros». (1 Tesalonicenses 5:23) «Y el mismo Dios de paz os
santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para
la venida de nuestro Señor Jesucristo». De ahí que el futuro mesías, Jesucristo en definitiva, sea
ante todo un portador de paz, e incluso se identifique con la paz (Isaías 9:5-6), (Zacarías 9:9-10),
(Miqueas 5:4) «Y él estará, y apacentará con poder de Dios, con grandeza del nombre de Dios su
Dios; y morarán seguros, porque ahora será engrandecido hasta los fines de la tierra». (Romanos
5:1) «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor
Jesucristo». (Efesios 2:14-19), (Colosenses 1:20) «y por medio de él reconciliar consigo todas las
cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la
sangre de su cruz». (2 Tesalonicense 3:16) «Y el mismo Señor de paz os dé siempre paz en toda
manera. El Señor sea con todos vosotros». que ya ahora se nos comunica por medio del Espíritu
como anticipo de la paz definitiva (Romanos 8:6) «Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero
el ocuparse del Espíritu es vida y paz». (Romanos 14:17) «porque el reino de Dios no es comida ni

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bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo». (Gálatas 5:22) «Mas el fruto del Espíritu es
amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe».

Tob 12, 17; Sab 14, 22; (Isaías 9:6-7); (Mateo 3:16) «Y Jesús, después que fue bautizado, subió
luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como
paloma, y venía sobre él». (Lucas 2:14) «¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena
voluntad para con los hombres!». (Juan 14:27) «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy
como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo».

La palabra hebrea scha·lóhm, que se traduce “paz”, se refiere a la ausencia de guerra o disturbio
(Jueces 4:17) «Y Sísara huyó a pie a la tienda de Jael mujer de Heber ceneo; porque había paz
entre Jabín rey de Hazor y la casa de Heber ceneo». (1 Samuel 7:14) «Y fueron restituidas a los
hijos de Israel las ciudades que los filisteos habían tomado a los israelitas, desde Ecrón hasta Gat;
e Israel libró su territorio de mano de los filisteos. Y hubo paz entre Israel y el amorreo».
(1 Reyes 4:24) «Porque él señoreaba en toda la región al oeste del Eufrates, desde Tifsa hasta
Gaza, sobre todos los reyes al oeste del Eufrates; y tuvo paz por todos lados alrededor». (2
Crónicas 15:5) «En aquellos tiempos no hubo paz, ni para el que entraba ni para el que salía, sino
muchas aflicciones sobre todos los habitantes de las tierras». (Job 21:9) «Sus casas están a salvo
de temor, Ni viene azote de Dios sobre ellos». (Eclesiastés 3:8) «tiempo de amar, y tiempo de
aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz». Puede transmitir la idea de salud, estar sano y
salvo (Génesis 37:14) «E Israel le dijo: Vé ahora, mira cómo están tus hermanos y cómo están las
ovejas, y tráeme la respuesta. Y lo envió del valle de Hebrón, y llegó a Siquem», nota), bienestar
(Génesis 41:16) «Respondió José a Faraón, diciendo: No está en mí; Dios será el que dé
respuesta propicia a Faraón», amistad (Salmos 41:9) «Aun el hombre de mi paz, en quien yo
confiaba, el que de mi pan comía, Alzó contra mí el calcañar». Y la totalidad o la cualidad de estar
completo (Jeremías 13:19) «Las ciudades del Neguev fueron cerradas, y no hubo quien las
abriese; toda Judá fue transportada, llevada en cautiverio fue toda ella». La palabra griega para
“paz” (ei·re·ne) también recoge la amplia gama de acepciones de la hebrea, por lo que puede
denotar conceptos como bienestar, salvación y concordia, además de ausencia de disturbio.
Aparece en expresiones de despedida, como “ve en paz”, que en cierto modo corresponde a la
expresión actual “que te vaya bien”. (Marcos 5:34) «Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; vé en
paz, y queda sana de tu azote». (Lucas 7:50) «Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, vé en
paz». (Lucas 8:48) «Y él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vé en paz». (Santiago 2:16) «y alguno de
vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias
para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?». Compárese con (1 Samuel 1:17) «Elí respondió y dijo: Vé en
paz, y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho». (1 Samuel 20:42) «Y Jonatán dijo
a David: Vete en paz, porque ambos hemos jurado por el nombre de Dios, diciendo: Dios esté entre
tú y yo, entre tu descendencia y mi descendencia, para siempre. Y él se levantó y se fue; y Jonatán
entró en la ciudad». (1 Samuel 25:35) «Y recibió David de su mano lo que le había traído, y le dijo:
Sube en paz a tu casa, y mira que he oído tu voz, y te he tenido respeto». (1 Samuel
29:7) «Vuélvete, pues, y vete en paz, para no desagradar a los príncipes de los filisteos». (2
Samuel 15:9) «Y el rey le dijo: Vé en paz. Y él se levantó, y fue a Hebrón». (2 Reyes 5:19) «Y él le
dijo: Vé en paz. Se fue, pues, y caminó como media legua de tierra».
Puesto que la palabra “paz” no siempre es el equivalente exacto de scha·lóhm y ei·re·ne, su
significado estará en función del contexto. Por ejemplo, ser ‘enviado en paz’ podía entenderse
como una garantía por parte del que autorizaba el viaje de que no interferiría en el mismo. (Génesis
26:29) «que no nos hagas mal, como nosotros no te hemos tocado, y como solamente te hemos
hecho bien, y te enviamos en paz; tú eres ahora bendito de Dios». (Génesis 44:17) «José
respondió: Nunca yo tal haga. El varón en cuyo poder fue hallada la copa, él será mi siervo;

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vosotros id en paz a vuestro padre». (Éxodo 4:18) «Así se fue Moisés, y volviendo a su suegro
Jetro, le dijo: Iré ahora, y volveré a mis hermanos que están en Egipto, para ver si aún viven. Y
Jetro dijo a Moisés: Vé en paz». ‘Regresar en paz’ —tal vez de una batalla— significaba regresar
ileso o victorioso, o ambas cosas. (Génesis 28:21) «y si volviere en paz a casa de mi padre, Dios
será mi Dios». (Josué 10:21) «Todo el pueblo volvió sano y salvo a Josué, al campamento en
Maceda; no hubo quien moviese su lengua contra ninguno de los hijos de Israel». (Jueces 8:9) «Y
él habló también a los de Peniel, diciendo: Cuando yo vuelva en paz, derribaré esta torre». (Jueces
11:31) «cualquiera que saliere de las puertas de mi casa a recibirme, cuando regrese victorioso de
los amonitas, será de Dios, y lo ofreceré en holocausto». (2 Crónicas 18:26, 27) (2 Crónicas
19:1) «Josafat rey de Judá volvió en paz a su casa en Jerusalén». El ‘preguntar en cuanto a la paz’
de una persona equivalía a inquirir cómo le iba. (Génesis 29:6) «Y él les dijo: ¿Está bien? Y ellos
dijeron: Bien, y he aquí Raquel su hija viene con las ovejas». (Génesis 43:27) «Entonces les
preguntó José cómo estaban, y dijo: ¿Vuestro padre, el anciano que dijisteis, lo pasa bien? ¿Vive
todavía?», notas.) ‘Trabajar en el interés de la paz’ de alguien significaba trabajar por su bienestar.
(Deuteronomio 23:6) «No procurarás la paz de ellos ni su bien en todos los días para siempre». El
que una persona muriera en paz podía significar tener una muerte tranquila después de haber
disfrutado de una vida plena o haberse realizado una esperanza acariciada. (Compárese con
(Génesis 15:15) «Y tú vendrás a tus padres en paz, y serás sepultado en buena vejez». (Lucas
2:29) «Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, Conforme a tu palabra». (1 Reyes 2:6) «Tú,
pues, harás conforme a tu sabiduría; no dejarás descender sus canas al Seol en paz». La profecía
sobre que Josías ‘sería recogido a su propio cementerio en paz’ indicó que moriría antes de la
predicha calamidad sobre Jerusalén. (2 Reyes 22:20) «Por tanto, he aquí yo te recogeré con tus
padres, y serás llevado a tu sepulcro en paz, y no verán tus ojos todo el mal que yo traigo sobre
este lugar. Y ellos dieron al rey la respuesta». (2 Crónicas 34:28) «He aquí que yo te recogeré con
tus padres, y serás recogido en tu sepulcro en paz, y tus ojos no verán todo el mal que yo traigo
sobre este lugar y sobre los moradores de él. Y ellos refirieron al rey la respuesta». Compárese con
(2 Reyes 20:19) «Entonces Ezequías dijo a Isaías: La palabra de Dios que has hablado, es buena.
Después dijo: Habrá al menos paz y seguridad en mis días». En (Isaías 57:1, 2) se dice que el justo
“entra en la paz” cuando muere y así escapa de la calamidad.
Cómo se consigue la paz. Dios es el Dios de la paz (1 Corintios 14:33) «pues Dios no es Dios de
confusión, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos». (2 Corintios 13:11) «Por lo
demás, hermanos, tened gozo, perfeccionaos, consolaos, sed de un mismo sentir, y vivid en paz; y
el Dios de paz y de amor estará con vosotros». (1 Tesalonicenses 5:23) «Y el mismo Dios de paz
os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible
para la venida de nuestro Señor Jesucristo». (Hebreos 13:20) «Y el Dios de paz que resucitó de los
muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto
eterno». Y la Fuente de la paz (Números 6:26) «Dios alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz». (1
Crónicas 22:9) «He aquí te nacerá un hijo, el cual será varón de paz, porque yo le daré paz de
todos sus enemigos en derredor; por tanto, su nombre será Salomón, y yo daré paz y reposo sobre
Israel en sus días». (Salmos 4:8) «En paz me acostaré, y asimismo dormiré; Porque solo tú, Dios,
me haces vivir confiado». (Salmos 29:11) «Dios dará poder a su pueblo; Dios bendecirá a su
pueblo con paz». (Salmos 147:14) «El da en tu territorio la paz; Te hará saciar con lo mejor del
trigo». (Isaías 45:7) «que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo
Dios soy el que hago todo esto». (Romanos 15:33) «Y el Dios de paz sea con todos vosotros.
Amén». (Romanos 16:20) «Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies. La
gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros», que es un fruto de su espíritu. (Gálatas
5:22) «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe». Por esta
razón, solo los que están en paz con Dios pueden tener verdadera paz. Las transgresiones serias
estorban la relación con Dios y perturban al que las comete. El salmista dijo: “No hay paz en mis
huesos debido a mi pecado”. (Salmos 38:3) «Nada hay sano en mi carne, a causa de tu ira; Ni hay
paz en mis huesos, a causa de mi pecado». Por consiguiente, los que buscan la paz deben
‘apartarse de lo que es malo, y hacer lo que es bueno’. (Salmos 34:14) «Apártate del mal, y haz el
bien; Busca la paz, y síguela». Si no hay justicia o rectitud, no puede haber paz. (Salmos
72:3) «Los montes llevarán paz al pueblo, Y los collados justicia». (Salmos 85:10) «La misericordia

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y la verdad se encontraron; La justicia y la paz se besaron». (Isaías 32:17) «Y el efecto de la
justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre». Por esta razón los
inicuos no pueden tener paz. (Isaías 48:22) «No hay paz para los malos, dijo Dios». (Isaías
57:21) «No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos». Compárese con (Isaías 59:2-8) Por otro lado, la
paz es posesión de los que están plenamente dedicados a Dios, aman su ley (Salmos
119:165) «Mucha paz tienen los que aman tu ley, Y no hay para ellos tropiezo». Y escuchan sus
mandamientos. (Isaías 48:18) «¡Oh, si hubieras atendido a mis mandamientos! Fuera entonces tu
paz como un río, y tu justicia como las ondas del mar».
Cuando Cristo Jesús estuvo en la Tierra, ni los judíos naturales ni aquellos que no lo eran estaban
en paz con Dios Dios. Por haber transgredido la ley de Dios, los judíos estaban bajo la maldición de
la Ley. (Gálatas 3:12, 13) Los gentiles, que no estaban en pacto con Dios, “no tenían esperanza, y
estaban sin Dios en el mundo”. (Efesios 2:12) «En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la
ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo».
Sin embargo, por medio de Cristo Jesús ambos pueblos recibieron la oportunidad de entrar en una
relación pacífica con Dios, como habían anticipado los ángeles a los pastores cuando nació Jesús:
“Sobre la tierra paz entre los hombres de buena voluntad”. (Lucas 2:14) «¡Gloria a Dios en las
alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!».
El mensaje de paz que Jesús y sus seguidores proclamaron atrajo a los ‘amigos de la paz’, es
decir, a los que deseaban reconciliarse con Dios. (Mateo 10:13) «Y si la casa fuere digna, vuestra
paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros». (Lucas 10:5,
6) (Hechos 10:36) «Dios envió mensaje a los hijos de Israel, anunciando el evangelio de la paz por
medio de Jesucristo; éste es Señor de todos». Pero al mismo tiempo causó división en las familias,
pues unos lo aceptaron y otros lo rechazaron. (Mateo 10:34) «No penséis que he venido para traer
paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada». (Lucas 12:51) «¿Pensáis que he venido
para dar paz en la tierra? Os digo: No, sino disensión». La mayoría de los judíos rechazaron el
mensaje, y por eso no discernieron “las cosas que tienen que ver con la paz”, entre las que se
hallaban el arrepentimiento y el aceptar a Jesús como el Mesías. Compárese con (Lucas
1:79) «Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; Para encaminar nuestros
pies por camino de paz». (Lucas 3:3-6) (Juan 1:29-34) Su negligencia desembocó en que los
ejércitos romanos destruyeran Jerusalén en el año 70 E.C. (Lucas 19:42-44)
Sin embargo, incluso los judíos que aceptaron “las buenas nuevas de paz” eran pecadores y
necesitaban que se expiasen sus transgresiones para disfrutar de paz con Dios Dios. La muerte de
Jesús como sacrificio de rescate satisfizo esta necesidad, pues se había predicho: “El castigo que
era para nuestra paz estuvo sobre él, y a causa de sus heridas ha habido una curación para
nosotros”. (Isaías 53:5) «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el
castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados». Su muerte en
sacrificio en un madero de tormento también proveyó la base para cancelar la ley mosaica, que
separaba a los judíos de los no judíos. Por lo tanto, al hacerse cristianos, ambos pueblos estarían
en paz con Dios y entre sí. Pablo dijo a este respecto: “Él [Jesús] es nuestra paz, el que hizo de los
dos grupos uno solo y destruyó el muro de en medio que los separaba. Por medio de su carne
abolió la enemistad, la Ley de mandamientos que consistía en decretos, para crear de los dos
pueblos en unión consigo mismo un solo hombre nuevo, y hacer la paz; y para reconciliar
plenamente con Dios a ambos pueblos en un solo cuerpo mediante el madero de tormento, porque
había matado la enemistad por medio de sí mismo. Y vino y les declaró las buenas nuevas de paz
a ustedes, los que estaban lejos, y paz a los que estaban cerca, porque mediante él nosotros,
ambos pueblos, tenemos el acceso al Padre por un solo espíritu”. (Efesios 2:14-18) compárese con
(Romanos 2:10, 11) (Colosenses 1:20-23).
La “paz de Dios”, es decir, el sosiego y la tranquilidad que produce la preciosa relación de un
cristiano con Dios, protege las facultades mentales y el corazón de las ansiedades de la vida. Da
seguridad de que Dios Dios provee para sus siervos y responde a sus oraciones, lo que hace
descansar el corazón y la mente. (Filipenses 4:6, 7) De manera similar, la paz que Jesucristo dio a
sus discípulos, basada en la fe que tenían en él como Hijo de Dios, sirvió para tranquilizar su mente
y corazón. Aunque Jesús les dijo que se acercaba el tiempo en que ya no estaría personalmente

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con ellos, no tenían razón para preocuparse o ceder al temor. No les dejaría sin ayuda; les
prometió enviarles el espíritu santo. (Juan 14:26, 27) (Juan 16:33) «Estas cosas os he hablado
para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al
mundo». Compárese con (Colosenses 3:15) «Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a
la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos».
La paz de la que disfrutaban los cristianos no podía darse por sentada. Tenían que ser “pacíficos”,
es decir, pacificadores, personas dispuestas a ceder con el fin de mantener la paz. (1
Tesalonicenses 5:13) «y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz
entre vosotros». Para conservar la paz entre ellos mismos, tenían que cuidarse de no hacer
tropezar a sus compañeros de creencia. (Romanos 14:13-23) Jesús les había dicho en el Sermón
del Monte: “Felices son los pacíficos [literalmente, “pacificadores”], puesto que a ellos se les
llamará ‘hijos de Dios’”. (Mateo 5:9) «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán
llamados hijos de Dios», nota; compárese con (Santiago 3:18) «Y el fruto de justicia se siembra en
paz para aquellos que hacen la paz». A los cristianos se les aconsejó que siguieran tras la paz e
hicieran lo sumo posible para ser hallados en paz con Dios. (2 Timoteo 2:22) «Huye también de las
pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan
al Señor». (Hebreos 12:14) «Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al
Señor». (1 Pedro 3:11) «Apártese del mal, y haga el bien; Busque la paz, y sígala». (2 Pedro
3:14) «Por lo cual, oh amados, estando en espera de estas cosas, procurad con diligencia ser
hallados por él sin mancha e irreprensibles, en paz». Por lo tanto, tenían que luchar contra los
deseos de la carne, ya que estos podrían enemistarlos con Dios. (Romanos 8:6-8). Para tener su
aprobación, era necesario que permanecieran en una relación pacífica con Dios, de ahí que se
repitiera con tanta frecuencia el ruego: ‘Que tengan paz’. (Romanos 1:7) «a todos los que estáis en
Roma, amados de Dios, llamados a ser santos: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y
del Señor Jesucristo». (1 Corintios 1:3) «Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del
Señor Jesucristo». (2 Corintios 1:2) «Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor
Jesucristo». (Gálatas 1:3) «Gracia y paz sean a vosotros, de Dios el Padre y de nuestro Señor
Jesucristo». (Gálatas 6:16) «Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea
a ellos, y al Israel de Dios». (Efesios 1:2) «Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del
Señor Jesucristo». (Efesios 6:23) «Paz sea a los hermanos, y amor con fe, de Dios Padre y del
Señor Jesucristo». (Filipenses 1:2) «Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor
Jesucristo».
Los cristianos también deseaban que otros disfrutaran de paz. Por lo tanto, llevaron a cabo su
guerra espiritual “teniendo calzados los pies con el equipo de las buenas nuevas de la paz”.
(Efesios 6:15) «y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz». Incluso dentro de la
congregación libraron una guerra derribando razonamientos que no estaban de acuerdo con el
conocimiento de Dios, a fin de que estos razonamientos no dañaran su relación con Dios. (2
Corintios 10:4, 5) Sin embargo, no se trataba de una lucha verbal o disputa, ni siquiera cuando
corregían a los que se habían desviado de la verdad. El apóstol Pablo aconsejó a Timoteo cómo
tratar aquellos casos de cristianos que se habían apartado del derrotero correcto, diciéndole: “El
esclavo del Señor no tiene necesidad de pelear, sino de ser amable para con todos, capacitado
para enseñar, manteniéndose reprimido bajo lo malo, instruyendo con apacibilidad a los que no
están favorablemente dispuestos; ya que Dios quizás les dé arrepentimiento que conduzca a un
conocimiento exacto de la verdad, y recobren el juicio fuera del lazo del Diablo, ya que han sido
pescados vivos por él para la voluntad de ese”. (2 Timoteo 2:24-26).
Gobierno pacífico. Como el Hijo de Dios tendría el ‘gobierno principesco sobre su hombro’, se le
llamó el “Príncipe de Paz”. (Isaías 9:6, 7) En consecuencia, merece destacarse que Cristo Jesús
dejó claro que sus siervos no deberían armarse para la guerra física, pues le dijo a Pedro: “Vuelve
tu espada a su lugar, porque todos los que toman la espada perecerán por la espada”. (Mateo
26:52) «Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a
espada perecerán». Los que se hicieron cristianos batieron figurativamente “sus espadas en rejas
de arado y sus lanzas en podaderas”. No aprendieron más la guerra. (Isaías 2:4) «Y juzgará entre
las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus

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lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra».
Estos hechos y las obras de Dios en el pasado, relacionadas sobre todo con Israel durante el
reinado de Salomón, señalan a la paz que prevalecerá durante el gobierno de Jesús como Rey. La
Biblia declara respecto al reinado de Salomón: “La paz misma llegó a ser suya en toda región suya,
todo en derredor. Y Judá e Israel continuaron morando en seguridad, cada uno debajo de su propia
vid y debajo de su propia higuera, desde Dan hasta Beer-seba, todos los días de Salomón”. (1
Reyes 4:24, 25) (1 Crónicas 22:9) «He aquí te nacerá un hijo, el cual será varón de paz, porque yo
le daré paz de todos sus enemigos en derredor; por tanto, su nombre será Salomón, y yo daré paz
y reposo sobre Israel en sus días». Como se manifiesta en otros textos (compárese con (Salmos
72:7, 8) (Miqueas 4:4) «Y se sentará cada uno debajo de su vid y debajo de su higuera, y no habrá
quien los amedrente; porque la boca de Dios de los ejércitos lo ha hablado». (Zacarías 9:9,
10) (Mateo 21:4, 5), esto fue un modelo de lo que ocurriría bajo la gobernación de Cristo Jesús,
quien sería mayor que Salomón, cuyo nombre se deriva de una raíz que significa “paz”. (Mateo
12:42) «La reina del Sur se levantará en el juicio con esta generación, y la condenará; porque ella
vino de los fines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y he aquí más que Salomón en este
lugar».
Paz entre el hombre y los animales. Dios Dios prometió a los israelitas que si le obedecían, ‘Él
ciertamente pondría paz en el país, y ellos verdaderamente se acostarían, sin que nadie los hiciera
temblar; y ciertamente haría que dejara de estar en el país la bestia salvaje dañina’. (Levítico
26:6) «Y yo daré paz en la tierra, y dormiréis, y no habrá quien os espante; y haré quitar de vuestra
tierra las malas bestias, y la espada no pasará por vuestro país». Esta promesa significaba que el
animal salvaje permanecería en su hábitat y no causaría daño a los israelitas ni a sus animales
domésticos. En cambio, si los israelitas desobedecían, Dios permitiría que ejércitos extranjeros
invadieran y devastaran su tierra. Como estas invasiones resultarían en que la población
disminuyese, los animales salvajes se multiplicarían, entrarían en las zonas habitadas y atacarían a
los supervivientes y a sus animales domésticos. Compárese con (Éxodo 23:29) «No los echaré de
delante de ti en un año, para que no quede la tierra desierta, y se aumenten contra ti las fieras del
campo». (Levítico 26:22) «Enviaré también contra vosotros bestias fieras que os arrebaten vuestros
hijos, y destruyan vuestro ganado, y os reduzcan en número, y vuestros caminos sean desiertos».
(2 Reyes 17:5, 6, 24)
La paz que se les prometió a los israelitas con relación a los animales salvajes fue diferente de la
que disfrutaron Adán y Eva en el jardín de Edén, pues ellos ejercieron un dominio completo sobre
la creación animal. (Génesis 1:28) «Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la
tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las
bestias que se mueven sobre la tierra». Solo las profecías referentes a Cristo Jesús hablan de un
dominio como ese. (Salmos 8:4-8) (Hebreos 2:5-9) Por lo tanto, bajo la gobernación de Jesucristo,
la “ramita del tocón de Jesé” o el “siervo [de Dios] David”, prevalecerá de nuevo la paz entre los
hombres y los animales. (Isaías 11:1, 6-9) (Isaías 65:25) «El lobo y el cordero serán apacentados
juntos, y el león comerá paja como el buey; y el polvo será el alimento de la serpiente. No afligirán,
ni harán mal en todo mi santo monte, dijo Dios». (Ezequiel 34:23-25). Estos últimos textos que se
citan tienen una aplicación figurada, pues es obvio que la paz entre animales como el lobo y el
cordero, mencionada en estos textos, no tuvo un cumplimiento literal en el antiguo Israel. Con esas
palabras se predijo que personas de temperamento salvaje o dañino abandonarían su mal
comportamiento y vivirían en paz entre los de disposición apacible. Sin embargo, la mención
profética de los animales para representar la paz que existiría entre los del pueblo de Dios, indica
que también habrá paz entre los animales literales bajo el gobierno de Jesucristo, del mismo modo
que la hubo en Edén.

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No sólo es tiempo en que no hay guerra, también bienestar, que puede ser material o espiritual; o
armonía en una relación entre varias personas. Inverso a la paz era la guerra, la desgracia como,
una mala cosecha o una catástrofe natural.

La paz es un don de Dios Nm 6, 26; 25, 12; Sal 29, 11; Is 26, 12, que se recibe si el pueblo elegido
respeta sus designios, Lv 26; Is 32, 17.

Después del destierro de Israel como castigo por sus pecados, seguirá una paz definitiva creada
por el †œPríncipe de la Paz†•, Is 9, 6; Za 9, 9, el Mesías, Ez 34, 25; Is 32, 17. Esa paz será para
todas las criaturas, incluso los animales, Lv 26, 4 13; Is 11, 4-9.

La palabra hebrea shalôm se usa para saludar y su significado es paz aunque designa también la
epoca en que no hay guerra. La paz es la concordia entre el marido y la mujer, 1 Co 7, 15, y entre
los miembros de la familia, Lc 12, 51, así como en la armonía dentro del seno de la comunidad,
Hch 9, 31.

(heb., shalom, paz; gr., eirene, concordia). Plenitud, entereza, firmeza, buenas relaciones entre
vecinos (Psa 28:3), bienestar y seguridad (Ecc 3:8), o la recompensa de una mente que permanece
en Dios (Isa 26:3). Está relacionada con el trato honesto y la verdadera justicia (Zec 8:16) y es una
característica sobresaliente del Mesías que viene (Isa 9:6).

La paz es el resultado del perdón de Dios (Phi 4:7) y es la relación ideal con el hermano (2Co
13:11; comparar Mat 5:23-24). La paz, que es señal de serenidad (Joh 14:27), y que se debe
buscar (Heb 12:14), resume el mensaje del evangelio (Act 10:36). Es una faceta del fruto del Espí-
ritu (Gal 5:22), que beneficia a quienes lo practican, tanto ahora (Jam 3:18) como en la segunda
venida (Rom 2:10), y es lo opuesto del desorden y la confusión (1Co 14:33). La paz es la presencia
de Dios, no la ausencia de conflictos.

Cristo trajo la paz, predicó la paz y es nuestra paz (Eph 2:14 ss.).

Es una de las características del reino mesiánico, Isa 2:4. “Shalom” en Hebreo, “eirene” en griego.

– El N.T. menciona “paz” 90 veces: En 80 significa la paz del corazón, y en 10, la paz entre
individuos, instituciones o naciones, que siempre es un fruto de la “paz del corazón”.

– Esta paz es un fruto del Espíritu Santo: (Gal 5:22); es la paz que Jesús da a sus discípulos, en
Jua 14:27, Jua 16:33, y lo primero que les ofrece después de resucitado en Jua 20:21, Jua 20:26.

– Pablo ensena que la paz se obtiene por la fe, tiene su base en la justificación, y sobrepuja a
nuestro entendimiento: (Rom 5:1, Rom 5:10, Fi12Cr 4:7).

– La gracia cristiana de la paz es la tranquilidad de conciencia que Dios da al creyente que ha sido
perdonado por El, Rom 5:1. Jua 16:33.

El Todopoderoso es el Dios de la paz, Rom 15:33, 2Co 13:11, 1Te 5:23.

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– La ordena, Isa 26:12.

– La establece por un pacto, Isa 54:10, Eze 34:25, Ma12Cr 2:5.

– La promete a la Iglesia, Isa 66:12.

– a los gentiles, Za.9:10.

– a los santos, Isa 55:12, Sal 72:2-3, Sal 72:7.

– a los mansos, Sal 37:11.

– a los que confían en Dios, Isa 26:3.

– a los que se vuelven al buen camino, Isa 57:18-19.

Cristo es el Senor de la paz, 2Te 3:16. y da la paz.

– El príncipe de la paz, Isa 9:6.

– Es nuestra paz, Efe 2:14.

– Guía por el camino de la paz, Luc 1:79.

– La paz nos viene por la expiación de Cristo, Isa 53:5, Efe 2:14-15, Col 1:20.

Paz ante las tribulaciones: Mat 11:28-30, Luc 21:19.

– El cristiano debe sembrar paz: Mat 5:9, Mat 10:11-15.

El término hebreo shalom tiene un sentido que va más allá de la simple falta de problemas o la no
existencia de luchas. Comunica las ideas de prosperidad, estar saludable, estar completo, estar a
salvo, etcétera. Pero en muchas ocasiones se interpreta con el significado de ausencia de
disturbios o guerra. En RV60 se lee que en tiempos de Salomón †œJudá e Israel vivían seguros
[shalom]†• (1Re 4:25). En unas veinticinco ocasiones en el AT se usa este vocablo como un
saludo (†œ… y decidle así: Sea paz a ti, y paz a tu familia†• [1Sa 25:6]).

El sacrificio de paz era una ofrenda que se diferenciaba del holocausto en el hecho de que sólo se
quemaba en el altar la grasa y los riñones del animal, pero el resto de la carne se dividía entre el
sacerdote y el ofertante y su familia o invitados, que lo comían durante tres días (Lev 3:1-17; Lev
7:15-17). De esa forma se disfrutaba de un estado de prosperidad y gozo, ideas encerradas en el
término shalom, junto con la de armonía entre Dios, el ofertante y sus congéneres.
dos partes tienen un conflicto y llegan a un acuerdo, el resultado es la paz †¢Abimelec, tras hacer
un acuerdo con Abraham, dijo: †œ… y te enviamos en paz; tú eres ahora bendito de Dios†• (Gen

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26:29). El pacto de Dios con Israel es llamado †œpacto de paz† (†œPorque los montes se
moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz
se quebrantarᆕ [Isa 54:10]). Dios tiene palabras de paz para su pueblo (†œ… porque hablará
paz a su pueblo y a sus santos†• [Sal 85:8]). El nombre de Salomón se deriva, precisamente, del
término shalom, porque Dios prometió a David: †œ… te nacerá un hijo, el cual será varón de paz,
porque yo le daré p….†• (1Cr 22:9). La promesa mesiánica hablaba del nacimiento de un niño que
sería llamado †œ… Príncipe de paz†• (Isa 9:6).
el NT, la palabra que se usa es eirenë. Dios es †œDios de paz† (Rom 16:20). †œDios envió
mensaje a los hijos de Israel, anunciando el evangelio de la paz por medio de Jesucristo; éste es
Señor de todos†• (Hch 10:36). Como los hombres son enemigos de Dios en malas obras, se habla
de una paz con Dios (†œ… tenemos paz para con Dios†• [Rom 5:1]), lograda por el Señor con su
muerte (†œ… haciendo la paz mediante la sangre de su cruz†• [Col 1:20]). Por eso se nos dice
que Cristo es nuestra paz (Efe 2:14). La paz de Dios es la que debe gobernar en los corazones de
los creyentes (Col 3:15). Los cristianos deben ser †œsolícitos en guardar la unidad del Espíritu en
el vínculo de la paz† (Efe 4:3) y, †œsi es posible, en cuanto dependa† de ellos, deben estar
†œen paz con todos los hombres† (Rom 12:18). †¢Guerra.

vet, Dios es un Dios de paz; esta afirmación aparece con frecuencia en las Escrituras (Ro. 15:33;
16:20; 2 Co. 13:11; 1 Ts. 5:23; He. 13:20, etc.). En cambio, en el mundo ruge la guerra: entre
Satanás y Dios, entre las razas, naciones, individuos y en el corazón de cada individuo. El universo
está perturbado por todo lo que ello comporta en inseguridad, angustia, insatisfacción. Ello se debe
a la revuelta cósmica de ángeles y hombres caídos contra Dios; todos ellos han venido a ser
“gentes rebeldes” (Ez. 2:3), “hijos de desobediencia” (Ef. 2:2; 5:6). La realidad es que también ellos
sufren en su estado, y desean ardientemente gozar de la paz, aunque dentro de su desobediencia
(Dt. 29:19). Es patético contemplar los esfuerzos desesperados de las naciones para alejar de sí
los peligros de la guerra y de la destrucción atómica, sin que se manifieste un movimiento sincero
de arrepentimiento y de fe. La Escritura declara: “No hay paz para los malos, dijo Dios” (Is. 48: 22;
57:20-21) Frente a esta severa declaración no faltan los políticos, ni los profetas falsos que
anuncian: “Paz, no habiendo paz” (Ez. 13:10; cfr. Jer. 6:14; 8:11). Es desafortunadamente cierto
que habrá, aquí en la tierra, un terrible ajuste de cuentas y que un día será quitada “de la tierra la
paz (Apaz 6:4) y que el último conflicto será el más mortífero de todos (Apaz 6:8; 19:15-28)
Únicamente Jesús puede resolver esta guerra continua y restablecer la paz “El es nuestra paz” (Ef.
2:14). El se lanzó en medio del conflicto aceptando ser golpeado por la vara de la justicia divina
que nos perseguía (Ef. 2:13- 17; Col. 1:20). Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo;
El mismo estableció la paz y está desde entonces proclamando la amnistía; El hace mudar al
rebelde arrepentido en una criatura de paz (2 Co. 5:17-21). Esta es la razón de que todo creyente
justificado tiene paz para con Dios (Ro. 5:1). La paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento,
puede desde entonces guardar su corazón y su mente en Cristo Jesús (Fil. 4:7). Conoce el gozo y
la ventura; en paz se acuesta y duerme (Sal. 4:7-9). Esta paz no es el producto artificial y pasajero
de un esfuerzo humano, sino el fruto del Espíritu (Gá. 5:22), dada por el mismo Dios (2 Ts. 3:16). El
hijo de Dios debe ahora vivir en paz (Ro. 12:18; 1 Ts. 5:13; He. 12:14; Stg. 3:18), sin embargo
habrá aquellos que le odiarán y perseguirán por cuanto Cristo vino “no para traer paz, sino espada
(Mt. 10:34). Y será así en tanto que los individuos y las naciones se dejen seducir por aquel que es
homicida y mentiroso desde el principio (Jn. 8:44). Pero la gloriosa certidumbre de la vuelta del
Señor nos da la certeza de que pronto la paz reinará sobre toda la tierra. La paz será la caracterí-
stica principal, junto con la justicia, del reinado del Príncipe de Paz (Is. 2:4; 9:5-6; Sal. 27:7).
“Bienaventurados los pacificadores” (Mt. 5:9).

Ausencia de guerra. Resultado de la justicia. Convivencia solidaria. Armonía entre personas.

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Término eminentemente bíblico que se repite con frecuencia en el Antiguo Testamento y fluye con
abundancia en el Nuevo. Son 102 las veces que se cita la palabra “airene”, paz, en el los 27 libros
del Nuevo Testamento. De ellas 27 están en los cuatro textos evangélicos; y de ese número, unas
20 se ponen en los labios de Jesús.

El mismo Maestro divino la emplea como saludo: Lc. 24.36; Jn. 20. 21 y 26. Y la recomienda a sus
discípulos en sus misiones apostólicas: Lc. 10. 5. Incluso la hace objeto de una de sus
Bienaventuranzas: Mt. 5.9. Y lo es como consejo: Jn. 14. 27; Mc. 9.50; Jn. 20.19.

La paz fue siempre en la Historia de la Iglesia el deseo y el ideal de vida para sus seguidores: la
paz vital, en las relaciones de convivencia; y la paz espiritual, ante las dificultades de la vida.

Es importante educar en la paz y en la mayor parte de los sistemas educativos modernos se la mira
como uno de los valores básicos de una educación equilibrada. A la paz se llega por la tolerancia,
el respeto, la comprensión y sobre todo por el amor al prójimo.

Sin embargo la paz se siente amenazada por la violencia y la guerra, por el terrorismo y la
injusticia, por los afanes de dominio. Por eso el ideal cristiano se halla contra todo lo que destruye
la paz como la peor ofensa que se puede hacer a los hombres.

El educador debe ser consciente de que el valor de la paz es uno de los que más radicalmente
necesita el corazón humano, la sociedad y también la Iglesia. Debe educar no sólo en clave
humana, sino resaltando el mensaje evangélico del pacifismo.

La clave del corazón

La paz indica, como “tranquilidad en el orden” (San Agustín, De Civ. Dei 19,13), unidad y comunión
en armonía y serenidad. La fuente de esta paz se encuentra en la comunión de Dios Amor, uno y
trino. El corazón humano ha sido creado para reflejar y construir esta misma comunión en la familia
y la sociedad. El hombre, como imagen de Dios, está llamado a construir esta comunión personal y
comunitaria. La paz (“shalom”) “es obra de la justicia (cfr. Is 32,7) y efecto de la caridad (cfr. GS
78)” (CEC 2304). Es un don de la benevolencia de Dios.

En la medida en que se construya esta paz en el corazón, se construirá en la familia y en la


sociedad. “La paz es… un perpetuo quehacer. Dada la fragilidad de la voluntad humana, herida por
el pecado, el cuidado por la paz reclama de cada uno constante dominio de sí mismo… La paz
sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede de
Dios Padre… En la medida en que el hombre es pecador, amenaza y amenazará el peligro de
guerra hasta el retorno de Cristo; pero en la medida en que los hombres, unidos por la caridad,
triunfen del pecado, pueden también reportar la victoria sobre la violencia” (GS 78).

La guerra y la violencia

Dada la realidad de pecado, ya desde los orígenes de la humanidad, la paz será siempre una
construcción dolorosa, para ir superando las divisiones del corazón y de la sociedad. Ni el
pacificismo ni la violencia construyen la paz. Cuando se rompe la unidad interna y externa,
amenaza la guerra y la violencia. Por esto, se puede afirmar que el “corazón dividido”, es la causa
de los males de la sociedad y de las guerras ambiciones de poseer, dominar, disfrutar a ultranza.

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“En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese
otro desequilibrio funda¬mental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los
elementos que se combaten en el propio interior del hombre” (GS 10; cfr. 13).

La paz de Cristo y la misión de la Iglesia

El objetivo de la Encarnación del Hijo de Dios es de “establecer la paz o comunión con él y una
fraterna sociedad entre los hombres” (AG 3). Es la paz mesiánica del cántico de la Navidad “Gloria
a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace” (Lc 2,14). Cristo,
“nuestra paz” (Ef 2,14) y “príncipe de la paz” (Is 9,6)), dio la vida para formar un solo pueblo, “en el
que sus hijos que estaban dispersos, se congreguen en la unidad (cfr. Jn 11,52)” (AG 2). La paz o
es universal o no es posible. No habrá nunca paz sin el perdón y la reconciliación.

La lucha por la justicia y por la paz, es siempre contra el error y el mal, nunca directamente contra
las personas. Esa lucha es parte integrante de la promoción humana y construye la paz. La
autodefensa legítima (por parte de individuos y de pueblos) no va directamente contra las
personas, sino que intenta proteger a los inocentes. “Los cristianos que toman parte activa en el
movimiento económico-social de nuestro tiempo y luchan por la justicia y caridad, convénzanse de
que pueden contribuir mucho al bienestar de la humanidad y a la paz del mundo” (GS 72).

La misión de la Iglesia, como “pueblo mesiánico” y “germen de unidad para todo el género humano”
(LG 9), consiste en construir la comunión entre todos los hombres, hechos “partícipes de la
naturaleza divina” (AG 3), respetando la autonomía de sus culturas y dones particulares. “Dichosos
los que construyen la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9). La Jornada anual de la
paz tiene lugar (desde 1967) el día 1 de enero, octava de la Navidad y fiesta de la maternidad
divina de María, “Reina de la paz”.

Referencias Caridad, ecología, guerra, Iglesia comunión, justicia, liberación, perdón, promoción
humana (progreso), reconciliación, solidaridad, vida, vida comunitaria.

La paz es uno de los rasgos característicos de la vida y misión Jesús, el rey pacífico o príncipe de
la paz. De modo especial el evangelio de Lucas pone de relieve ya desde el mismo comienzo de la
obra (cfr. Lc 1, 79; 2, 14. 29) y como quiere subrayar la narración evangélica de la entrada en
Jerusalén en Mt 21, 2-5 y menos explícitamente en Mc 11, 1-10; Lc 19, 28-40 y Jn 12, 14-15 con el
simbolismo del pollino.

La paz en la tradición veterotestamentaria era una forma abreviada de designar la felicidad humana
y aun todos los bienes materiales y espirituales; estaba unida con la justicia (vg. Sal 85, 11; Is 60,
17); Dios es Dios de paz que la da como don suyo, sobre todo la paz mesiánica escatológica (vg. Is
9, 1-6; 11, 1-9; 57, 19; 66, 12-14; Mi 5, 1-4…). De esta forma la paz llega a ser sinónimo de
salvación.

Jesús empalma con esta tradición y la perfecciona. Toda la actividad de Jesús va en la línea de
promover la paz entre los seres humanos. La expulsión de demonios/espíritus impuros produce un
estado de paz y tranquilidad en las personas sanadas (cfr. vg. Mc 5, 15; Lc 8, 35).

Ello aparece claramente en las repetidas veces que Jesús desea la paz a quienes le rodean (Mc 5,
34; Lc 7, 50; 8, 48; 14, 32; cfr. Mt 10-13; Lc 10, 5-6). Evidentemente este deseo era normal y hasta

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convencional entre los judíos de entonces y de otros tiempos y lugares, igual que entre los
hablantes de árabe, pero en boca de Jesús la paz parece adquirir un significado especial. Así
cuando la desea en primer lugar la crea; con ella despide a la hemorroísa (Mc 5, 21; Lc 8, 48) a la
que ha dado la salud, signo de la salvación del Reino y de igual modo a la pecadora perdonada (Lc
7, 30). La fe salva y produce la paz.

Lo cual no significa que Jesús no asuma actitudes serias y aun fuertes cuando es preciso y
necesario para la realización del Reino en este mundo. La expulsión de los mercaderes del Templo
(Mc 11, 15ss. y par.), sus enfrentamientos, discusiones y reprensiones con quienes aparecen en
los evangelios como adversarios del Reino van en esta misma línea. A veces también encontramos
alguna acción simbólica como la maldición a la higuera (Mc 11, 12-14 y par.) manifiesta que la paz
predicada y realizada por Jesús es algo más que aceptación acrítica y fácil de cualquier situación y
actitud.

En su predicación la paz también ocupa un lugar destacado. Los pacíficos, mejor, los hacedores de
paz son proclamados bienaventurados (Mt 5, 9).

También los discípulos de Jesús en su anuncio del Reino y de la salvación transmiten la paz a
quienes aceptan su mensaje (Mt 10, 13; Lc 10, 5-6).

La paz de Jesús es mucho más que mera ausencia de guerra. Y va más allá de la no violencia
entre los seres humanos, aunque la incluya. Es paz interior, con Dios, con uno mismo, con el
mundo.

Sin embargo esta paz, compendio y cifra de la salvación no es irenismo, tal como ha aparecido
más arriba. Jesús no ha venido la traer la paz sino la guerra (Mt 10, 34-36; Lc 12, 51-53). Porque
tomarse en serio el Reino y sus exigencias puede comportar dificultades, inclusive con quienes
creemos cercanos. La paz de Jesús es también interpelación a la falsa paz y seguridad engañosa;
de hecho acompañará al juicio definitivo (cfr. Mt 24, 37-44; Lc 17, 26-36).

La paz para los seres humanos es fruto de la presencia y acción de Jesús (Lc 2, 14) y del Reino de
Dios en la tierra.

Como es obvio es el acontecimiento pascual lo que instaura definitivamente la paz. La paz de


después de la Resurrección adquiere así un significado simbólico muy particular (cfr. Lc 24, 36; Jn
20, 21. 26).

Con el terna de la paz tocamos la relación entre los hombres, entre los seres humanos y la
naturaleza; entramos en el lugar de la aceptación y del rechazo, en el de ¡as pasiones más
tuertes que llevamos dentro, las que unifican y las que disgregan. Tocamos la raíz de ¡a
conflictividad. Todos estamos de acuerdo en decir que la paz no es objeto de debate sino un bien
que hay que pedir, un camino que hay que recorrer, un bien que hay que perseguir poniendo las
premisas necesarias para que esto sea posible; o, al menos, para que nos acerquemos a este bien
de forma que, si no logramos ser plenamente constructores de ¡a paz, al menos no seamos
destructores de la misma. Y es aquí donde empieza el mayor sufrimiento. En efecto, decimos que
queremos poner las premisas para la paz: ¿pero estamos seguros de conocerlas realmente en la
actualidad, de estar de acuerdo con estas premisas? ¿Estamos seguros, una vez que
estuviéramos todos de acuerdo, de estar dispuestos a ponerlas en práctica? Ame estas preguntas,
algunos dicen que tal vez podamos poner solamente unos signos, sin lograr afrontar el problema

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de manera global y satisfactoria. En todo caso, nos asalta el temor de que las premisas de la paz,
aclaradas a fondo y acordadas entre todos, sean impracticables en un mundo como el de hoy. Si
somos coherentes, nos preguntaremos cómo es posible poner signos de paz en un mundo que
ofrece la posibilidad de cambiar sólo en pocas cosas. Nos encontramos, en definitiva, ante unos
caminos que parecen inviables, utópicos y, al mismo tiempo, percibimos que la paz es una
necesidad inexorable, una cuestión de vida o muerte.

Diversos factores históricos y culturales, como el Humanismo, la -Ilustración, las guerras, la


independencia y la autodeterminación de los pueblos, los movimientos pacifistas, los objetores de
conciencia y los medios de comunicación social han contribuido a crear un ethos, en el que la paz
ocupa un 1ugar decisivo. La Iglesia por su parte ha percibido este signo de los tiempos Pablo VI se
sintió ” solicitado” a proclamar la paz ” desde la madurez de la conciencia moderna, desde la
evolución progresiva de los pueblos, desde la necesidad intrínseca de la civilización moderna”
(Jornada de la Paz, 1 de enero de 1975). Desde los tiempos de León XIII la Iglesia ha acentuado la
importancia de la paz y los valores Sobre los que está fundada. La Pacem in terris, la Gaudium et
spes y las intervenciones papales durante fa crisis del golfo pérsico, son otras tantas piedras
miliares en el desarrollo de su misión.

1. A pesar de los varios matices que encierra su significado, en la base de la palabra hebrea
shalom en el Antiguo Testamento está siempre el concepto de benevolencia, de bienestar, de
prosperidad y fortuna. Esta paz es un bien religioso, un estado bueno, querido por Dios; en
concreto, se trata de la vida. A lo largo de su historia Israel fue aprendiendo cada vez mejor que la
paz sólo viene de Dios. Es él el que la crea (1s 45,7) y se la ofrece quienes le sin en (Sal 4,9-
‘35,27). El hombre pierde la paz por culpa de su pecado y Dios pide su colaboración para
restablecerla. David libera al país de sus enemigos (2 Sm 7 1) y Salomón (= el Pacífico) hace vivir
en concordia a su pueblo. Pero otros soberanos no son fieles y “curan las heridas de mi pueblo a la
ligera, diciendo: ¡paz, paz:, siendo así que no hay paz” (Jr 6,14). Isaías sueña con el principe de
la paz (9,5), que concederá una paz sin fin: la naturaleza se someterá al hombre y las naciones
vivirán en paz (1s 2,2). – Aunque los acontecimientos parecen desmentirlo (Sal 73,3), la paz está
destinada a los que aman la Ley (Sal 119,165). Sólo la fe en la vida eterna resuelve el problema:
“Parecen estar muertos…, pero gozan de paz” (Sab 3,1-3). En el Nuevo Testamento llega
finalmente a su cumplimiento esta espera. Lucas traza el retrato del rey de la paz (2,14). Siendo
“nuestra paz”, Jesús crea la paz, reconcilia a los dos pueblos unificándolos en un solo cuerpo (Ef
2,14-22), Con la frase “vete en paz”, Jesús devuelve la salud (Lc 9,48), perdona las culpas (Lc. 7
50), obtiene su victoria final sobre el poder de la enfermedad y del pecado.

Sin embargo, mientras no sea derrotado el pecado en todos los hombres y venga el Señor en el
último día, la paz definitiva seguirá siendo un bien por realizar (2 Pe 3,13-14).

2. Como comunidad de “operadores de paz” (Mt 5,9), la Iglesia, que no atiende a distinciones de
raza, de sexo ni de clase (Gál 3,28), es el lugar, el signo y la fuente de la paz entre los pueblos. La
paz se basa en la soberanía de Dios, quitando así al hombre la tentación de erigirse en dueño de
su hermano. La paz se hace tangible a través del perdón, de la acogida, de la solidaridad con todos
los hombres, porque no hay paz verdadera donde algunos carecen todavía de espacio para vivir y
expresarse. La verdadera paz no es una “cierta tranquilidad”, fruto de compromisos, de situaciones
que se procura eludir, ni nace del silencio de las cosas que habría que decir. Es el fatigoso diálogo
del pluralismo y de la confrontación, en donde se conserva intacto el respeto al hombre y la
acogida, incluso en medio de las tensiones y en la diversidad de opciones. El hombre es un
peregrino siempre en camino, va que Dios lo renueva constantemente y lo purifica con su perdón,
sin violar nunca su dignidad y su autonomía. Por consiguiente, la paz surge del perdón, porque
pone a los hombres en la ocasión de perdonarse mutuamente las propias deudas, lo mismo que
Dios sigue dispensando su vida y su perdón.

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Las tensiones y los conflictos, en vez de ser un obstáculo, son pasos hacia adelante para los que
participan de la resurrección de Cristo. El anuncio de la Palabra de Dios y la celebración de los
sacramentos crean y hacen crecer el perdón y la paz.

3. La base de la paz es la hermandad universal de los hombres, vista como “la ley, el principio, el
criterio dominante” (Pablo VI, Jornada de la paz, 1 de enero de 1971). Se trabaja por la paz cuando
se camina hacia el bienestar de la humanidad entera: el que obra por la paz es cosmopolita,
participa de toda acción de paz, ya que cualquier paz es también la suya, lo mismo que todas las
familias son su familia y todo hermano asesinado o toda hermana violentada es su hermano y su
hermana. Los ciudadanos tienen que preocuparse del bien de toda la familia humana y no por los
intereses nacionales (GS 55). El deber del ciudadano no puede separarse de su misión cristiana
(GS 76). “La paz no es pacifismo, no esconde una concepción vil y perezosa de la vida, sino que
proclama los más altos y universales valores de la vida: la verdad, la justicia, la libertad, el amor”
(Pablo VI, 8 de diciembre de 1967 al anunciar la Jornada anual de la paz para el 1 de enero). “No
hay verdadera paz ni auténtica democracia sin un respeto total a la vida” (Juan Pablo II, Jornada
por la vida, 2 de febrero de 1992).

4. La paz está en el corazón de todos, independientemente de las propias convicciones políticas y


religiosas.

Hoy más que nunca aparecen en el horizonte signos positivos en favor de la paz: el sistema global
de las comunicaciones, la preocupación colectiva por los derechos humanos, el acercamiento de
las naciones, la educación no formal a través de la televisión y la informática, la reducción de
armamentos, el interés por el medio ambiente y la difusión de los métodos de no-violencia. No
faltan tampoco, por desgracia, los nubarrones: el vacío cada vez más amplio entre los ricos y los
pobres, el paro laboral, el hambre y la pobreza, la difusión de la urbanización, los prófugos, el
fundamentalismo religioso, el racismo, los sistemas opresivos, las torturas, los abortos, la
eutanasia, la discriminación religiosa y social, la desintegración de la familia, las deudas
internacionales y la destrucción del medio ambiente. El mundo reconoce a Francisco de Asís y a
Máhatma Gandhi como los grandes promotores de la paz.
B. Vadakkekara

Bibl.: N. M. Loss, Paz, en NDTB, 14191428; G, Mattai, Paz y pacifismo, en NDTM, 1337-1347;
Conferencia episcopal española, Constructores de la paz, Edice, Madrid 1986; AA, VV , Educar
para la paz, educar para el conflicto, San Pablo, Madrid 1988; A. Pérez Esquivel, La lucha no
violencia por la paz, DDB, Bilbao 1983.

I. LA “PAZ” Y SU TERMINOLOGíA EN LA BIBLIA. El tema bíblico de la paz es muy rico y muy


complejo, mientras que la terminología que lo expresa es más bien pobre, aunque cubre un área
semántica muy vasta y diferenciada. El mismo nombre hebreo salóm asume en los textos un
alcance que trasciende en varios aspectos, sobre todo en los aspectos religiosos, el de los
nombres correspondientes en las literaturas clásicas (eiréné, pax). Las versiones bíblicas, al asumir
estos otros vocablos, cargan la noción de “paz” de nuevos matices, ampliamente presentes en
nuestras lenguas.

1. LA PAZ EN LAS LENGUAS BíBLICAS. Los dos Testamentos, realmente, han tenido y tienen un
recorrido lingüístico destinado a proseguir a lo largo de los siglos. Limitándonos a sus primeras
etapas, a las tres formas textuales que, a nuestro juicio, siguen siendo fundamentales: la hebrea, la
griega y la latina, diremos que en ellas el vocabulario de la paz, pasando por el filtro de la
traducción, acabó fundiendo entre sí unos matices semánticos que se remontaban a etimologías

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diversas. Y de este modo la entrada en contacto sucesivo de la doctrina bíblica con nuevos
ambientes, culturas e idiomas favoreció la explicitación de una plurivalencia semántica, que no hay
más remedio que tener en cuenta con vistas a una definición lo más objetiva posible de los
contenidos doctrinales de los textos, y en particular de esa multiforme realidad que en la Biblia
figura bajo el nombre único de “paz”, realidad que afecta a la sustancia misma del mensaje bíblico
de salvación, que es precisamente un anuncio de paz.

a) Tres aspectos de la paz. La primera observación que se ha de hacer en este sentido es que los
tres nombres salóm, eiréné y pax, considerados en su sentido etimológico original, ponen de
relieve tres aspectos de la realidad “paz”, que -ya presentes en el AT hebreo, explicitados
sucesivamente en la versión griega y en el NT y recogidos luego por la reflexión eclesial cristiana-
iluminan desde tres puntos de vista característicos, connaturales respectivamente a la mentalidad
hebrea, griega y latina, la densidad de la realidad a la que se refieren: la totalidad íntegra del
bienestar objetivo y subjetivo (salóm), la condición propia del estado y del tiempo en que no hay
guerra (eiréné) y la certeza basada en los acuerdos estipulados y aceptados (pax).
Se trata de una observación que, en el estudio comparativo de las versiones bíblicas antiguas, se
demuestra que puede aplicarse con fruto a la profundización de numerosos temas: pensemos en /
“ley”, / “justicia”, / “santidad”, “penitencia” [/ Reconciliación].

b) Hebreo y griego. La versión de los LXX, en particular, traduce normalmente el nombre salóm por
eirene y los términos afines: unos 250 casos, frente a menos de 25 que utilizan de forma aislada y
ocasional otros 15 términos. Es una señal de la preeminencia del sentido de “estado consolidado
de paz” identificado por dichos traductores en el nombre .lalóm, prescindiendo de lo que haya que
decir de su etimología.

En efecto, parece comprobado que la raíz slm, en su significado original, indica ante todo el acto de
“completar” o de “dar remate” a una realidad deficiente en algún aspecto, bien se trate de terminar
el templo (1Re 9:25), de resarcir algún daño (Exo 21:27) o de cumplir un voto (Deu 23:22 y otras
veces). La misma versión favorece de hecho, para la raíz verbal slm, el sentido de “restituir” (unas
50 veces) y de “reparar” (unas 30 veces), usando para los otros 40 casos hasta 30 términos
diversos. Algo parecido es lo que ocurre con el adjetivo salem, traducido preferentemente por
“completo, llevado a su plenitud”, mientras que para el sustantivo selem/selamim, de uso
exclusivamente ritual, prevalece la versión sóterion “(sacrificio) saludable” (cf Lev 3).

2. EL SENTIDO BíBLICO DE “PAZ”. Así pues, parece ser que los LXX captaron en el nombre
salóm una referencia preferencial a la condición estable de conjunto que resulta del acto expresado
por la raíz slm, es decir, una referencia preferencial tanto al estado objetivo de una realidad que es
tal como debe ser (paradójicamente, hasta la / guerra, en su marcha favorable, entrará en la
categoría salom: 2Sa 11:7) como a la condición subjetiva de satisfacción o de complacencia del
que no carece de nada; es decir, salóm dice “bien” y dice “bienestar”.

Es evidente que el contenido semántico de un término tan caracterizado es muy vasto. Por eso
mismo no se limita tan sólo a la certeza del acuerdo que garantiza la pax en sentido latino, ni a la
exclusión estable del estado de guerra propia de la eiréne griega, sino que asocia a estos aspectos
el bienestar total, la armonía del grupo humano y de cada uno delos individuos con Dios, con el
mundo material, con los grupos e individuos y consigo mismo, en la abundancia y en la certeza de
la salud, de la riqueza, de la tranquilidad, del honor humano, de la bendición divina y, en una
palabra, de la “vida”.

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Se puede intentar presentar una definición breve de la paz entendida de este modo; podría ser por
el estilo de la definición que da Boecio de la eternidad: “Omnium bonorum comulata et secura
possessio”. Pero más que una definición discutible, importa subrayar que una paz semejante,
incluso cuando se refiere directamente a los bienes materiales, no se refiere nunca exclusivamente
a ellos ni restringe jamás su alcance tan sólo al ámbito del tiempo. Si se refiere a la vida de forma
primaria, se trata de la vida en su significación bíblica total, que llena ciertamente toda la existencia
terrena, pero que -al menos tendencialmente- la trasciende en dimensión de eternidad. Por esto la
noción de paz tiene en la doctrina bíblica un puesto y una importancia ciertamente central.

II. ASPECTOS DE LA PAZ SEGÚN EL AT. Abarcando, por tanto, la totalidad de la persona y del
grupo, en sí y en sus relaciones, a nivel humano y en relación con Dios, en el tiempo y más allá del
tiempo, la noción bíblica de paz es tan vasta y omnicomprensiva que su misma densidad podrá a
veces dejarnos perplejos sobre el sentido concreto de determinados textos, cuando tendemos a
analizarlos por el camino de las “ideas claras y distintas”. En efecto, los hagiógrafos, por su origen
y por su mentalidad nativa, no proceden primariamente por “ideas claras y distintas”, sino que -en
virtud sobre todo de la intuición poética que capta instintivamente la unidad en la pluralidad y en
virtud sobre todo de la divina inspiración que hace vislumbrar relaciones superiores más allá de la
simple capacidad de la intelección natural- recurren con toda naturalidad y libertad a la polivalencia
semántica de los términos usados en su lengua, encontrando en ella un instrumento menos
inadecuado para conferir a su mensaje una expresión más inmediata, eficaz y rica, fiel en cuanto
es posible a la realidad que intentan comunicar.

Pues bien, el hecho elemental que unifica entre sí todos los valores diversos, pero convergentes,
comprendidos en la noción bíblica de paz es, sin duda alguna, el que se sienta esa paz en primer
lugar como un don esencial de Dios, exactamente como ocurre con la vida, con la que está
indisolublemente vinculada. La referencia, explícita o implícita, a Dios es la única clave de lectura
que abre al sentido bíblico genuino del tema de la paz, en las diversas direcciones y en los diversos
planes en que se desarrolla.

1. LA PAZ EN LA ESFERA INDIVIDUAL. A nivel de experiencia individual y cotidiana, la paz,


además de la tranquilidad y de la concordia, abarca especialmente el doble bien de la salud física y
del bienestar familiar. Que semejante condición sea fruto de la bendición divina es doctrina clásica
del AT, que en la paz individual y doméstica ve el reflejo de la “paz sobre Israel” (Sal 128); hasta el
punto de que la falta de esa paz se sentirá como un escándalo y suscitará el problema largamente
discutido y lacerante de la tribulación del justo (/ Job III)). De estas y de otras resonancias análogas
religiosas está cargada, sin duda, la fórmula usual y familiar de saludo: ¡salóm!, que no se halla
ciertamente distante en su inspiración de la otra fórmula: “El Señor esté contigo/con vosotros” (Jue
6:12; Rut 2:4; cf Sal 129:7-8). Con la misma implicación de fondo nos formamos del estado del otro:
“si está en paz” (Gén 43:27; 2Sa 18:32). De la misma índole es el saludo de despedida: “Vete/id en
paz”(Exo 4:18; Jue 18:6; 1Sa 1:17). Más aún, el morir y el ser sepultado “en paz” (Gén 15:15; 2Re
22:20) tiene un matiz religioso totalmente análogo: se trata de vivir acompañado de la bendición y
protección divina hasta el último momento de la existencia terrena. En efecto, mientras que “no hay
paz para los impíos” (Isa 48:22), el justo tiene “paz en abundancia” para sí mismo y para su
descendencia ( Sal 37:11.37).

2. LA PAZ POLíTICA Y SOCIAL. No solamente el individuo y su grupo familiar, sino todo el


conjunto de la tribu y de todo el pueblo pueden gozar de un estado de paz o verse privados de ella.
La paz con el mundo exterior al pueblo implica naturalmente no sólo la ausencia de guerra, sino
también del peligro inminente de ella. Esta es la condición que alcanzó en un determinado
momento Israel gracias al rey guerrero por excelencia, David (2Sa 7:1), condición que -según el
cuadro ideal transmitido por la tradición- fue la característica distintiva del reino de Salomón (l Crón
22,9: paz por dentro y por fuera; cf I Apo 5:1-8). Nótese, sin embargo, que los textos no equiparan

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la ausencia de guerra simplemente con la paz, sino que la consideran más bien como su condición
indispensable, frecuentemente garantizada por la estipulación de un pacto (berît: l Apo 5:26).

Pero no basta con la seguridad exterior; la paz en su más auténtico valor global puede verse
sustancialmente comprometida por el desorden interno del pueblo, denunciado generalmente como
falta de / justicia (II, 5-7). Aquí hay que insertar con pleno derecho la aportación tan importante del
profetismo al tema de la paz en todas sus dimensiones, según la doctrina más pura del AT.

3. Los PROFETAS Y LA PAZ. LOS profetas de Israel no separan nunca lo político y lo social de lo
religioso. Su manera de considerar la paz, bien primariamente religioso, es global, partiendo
necesariamente de la afirmación del señorío de Dios y de la necesidad de acogerlo con plena
dedicación al mismo. Por eso mismo denuncian casi unánimemente tanto las falaces alianzas
internacionales con las que querían apuntalar un estado de cosas incierto como la falta de justicia
en las relaciones internas entre los miembros del pueblo y la vaciedad sacrílega de un culto privado
de contenidos y entregado tan sólo a la solemnidad exterior. Pensemos en el episodio de Miqueas,
hijo de Yimlá (IRe 22), o en el comienzo del libro de Amós (,16), o en los primeros capítulos de Isaí-
as, o en las repetidas denuncias de Jeremías y Ezequiel [/ Justicia II, 6-7].

La batalla profética encuentra una dura resistencia por todas partes: por parte de los dirigentes
políticos, perdidos en sus cálculos humanos (Isaías con Acaz: Is 7; Jeremías con Sedecías: Jer 37-
39); de los ricos ansiosos de poseer cada vez más; de los sacerdotes sometidos al yugo de los
poderosos (Jer 20:1-6); del mismo pueblo, fácil presa de bienes ilusorios, pero particularmente de
los profetas de la falsa paz. Tal es el caso de Miqueas ben Yimlá (1 Re 22), de’su homónimo
Miqueas de Moreset (Miq 3:5-8), de Jeremías (continuamente, pero sobre todo en su choque con
Ananías ben Azur: Jer 28) y de Ezequiel. Son los profetas que predican el bien cuando todo parece
ir bien y la desventura cuando llega el castigo; van “diciendo: ¡Paz, paz!, siendo así que no hay
paz” (Jer 6:14). Los verdaderos profetas, por el contrario, saben sin duda alguna que Dios tiene
para con su pueblo “proyectos de paz y no de desgracia” (Jer 29:11); pero no ya -como todos sus
adversarios parecen suponer tácitamente- con un inconcebible divorcio entre la paz y la justicia. La
conexión entre “buscar el bien” y alcanzar la “vida” (cf Amó 5:14) se propondrá expresamente como
una conexión entre la “justicia” y la “paz”: “De la justicia brotará la paz” (Isa 32:17). Este tema se
desarrolla ampliamente sobre todo en el Segundo y en el Tercer Isaías.

Pero por este camino se ha dado ya un salto esencial de cualidad. La paz de la que se habla no es
ya solamente la seguridad, por muy cierta que sea, ni solamente el bienestar, por muy espléndido
que aparezca. Es, por el contrario, un bien tan excelso que su realización no podrá quedar
absolutamente encerrada dentro de los límites estrechos del tiempo de la humanidad.

4. LA PAZ EN LA ESPERANZA ESCATOLí“GICA. La verdadera paz, en cuanto que es don


esencial de Dios, no puede ser en su plenitud más que un don final de Dios. La fe del hombre del
AT encierra germinalmente dentro de sí, ya desde las épocas más arcaicas, como punto recóndito
de apoyo, la certeza -real, aunque sólo sea implícita- de que Dios tiene poder para prometer y
realizar mucho más de lo que nosotros podemos pedir y concebir (cf Efe 3:20). Sólo sobre esta
base es comprensible y válido, por ejemplo, el razonamiento de Pablo sobre la fe de Abrahán en
cuanto fe en la resurrección de los muertos (Rom 4:16-22).

a) La paz final y su descripción. A partir de aquí, el largo y accidentado camino de la historia


religiosa de Israel, entre vericuetos no pocas veces amargos y llenos de desilusiones, va
explicitando poco a poco, sobre todo por obra de los profetas, una dimensión de fe y de esperanza
que solamente “al final” logrará expresarse en hechos. Precisamente porque la realidad concreta

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de esta paz definitiva se escapa de las manos de la experiencia directa, no puede expresarse
exactamente; y por eso el cuadro que los textos ofrecen de ella es fundamentalmente alusivo y
puede parecer desarticulado en cada uno de sus detalles, mientras que sigue siendo misterioso en
su conjunto.

De él forma parte ciertamente la esperanza del cese total de la guerra entre los pueblos (Isa 2:1-5;
Miq 4:1-4; cf Isa 9:1-6). Pero esto no es más que el lado negativo. La sustancia del aspecto positivo
es la unificación religiosa de los pueblos en torno a Jerusalén, trono de Dios en medio de Israel.
Además de los dos primeros pasajes que acabamos de citar, este tema domina en el Tercer Isaías,
enunciado como está al comienzo y al final de este escrito (Isa 56:1-9; Isa 66:18-21), como base de
la renovación final del mundo entero (Isa 66:22-24), encontrando además un desarrollo amplio y
espléndido en el poema que constituye el corazón del libro (Is 60-62).

Cuando se trata luego de presentar de forma visual la paz definitiva, o bien se recurre a la plenitud
de la paz doméstica (Miq 4:5-6), o bien se añade a ello el anuncio de la restauración del reino
destruido con la imagen de la abundancia agrícola en una “tierra que mana leche y miel” finalmente
reecontrada (Amó 9:11.15), o bien se vuelve al símbolo arcaico de la paz en el paraíso terrenal (Isa
11:6-9). Pero el material figurativo no debe ocultar el alcance doctrinal innegable de los textos.

b) La paz final como paz mesiánica. Merece especial reflexión la doctrina que vincula esta paz final
con la persona y la obra del mesías. Ya Miq 5:4, según la forma de entender este pasaje que
atestigua san Pablo (Efe 2:14), dice del mesías: “El mismo será la paz”. Pero la relación tan
estrecha entre el mesías y la paz aparece sobre todo en la literatura isaiana. El mesías, cuyo
nombre -o sea, su realidad profunda- encierra la afirmación de fe “Dios con nosotros” (Isa 7:8),
recoge como el calificativo culminante de todos los que constituyen su solemne titulación real el de
“Príncipe de la paz”, cuyo “gran dominio” está caracterizado por una “paz sin fin” (Isa 9:5-6, del que
probablemente se hace eco Miq 5:4). Realizando el mesías en su propia persona, en virtud de la
permanencia sobre él del “espíritu del Señor”, la realidad completa prefigurada en los personajes
más ilustres del pasado establecerá definitivamente en el pueblo la justicia, de lo que se deducirá la
paz plena (Isa 11:1-9); y en su función de “siervo del Señor”, por la efusión del mismo “espíritu”,
extenderá la justicia entre las gentes (Isa 42:1-4), derramando la salvación hasta las extremidades
del orbe (Isa 49:6). Y realizará todo esto mediante una sumisión a Dios que exigirá su sacrificio
completo, definido significativamente como “el castigo, precio de nuestra paz” (Isa 53:5). También
él (y es ésta la perla preciosa encerrada en el centro del poema de Is 60-62), por la presencia del
“espíritu del Señor” sobre él, es decir, en virtud de una superior unción” (verbo masah, de donde se
deriva masiah, “ungido”), será consagrado como “evangelizador de los pobres” (Isa 61:1). Tal es el
esbozo vigoroso del tema del “evangelio de la paz”, que resuena también en otros lugares (Nah
2:1; Isa 52:7), [/ Jesucristo III].

c) La paz final y la reflexión sapiencial. En la dirección de la esperanza escatológica nos ofrece su


propia aportación la reflexión sapiencial sobre la cuestión tan debatida del sufrimiento del justo, en
la que confluyen numerosos problemas de alcance vital: el del bien y el mal, el de la justicia divina
en el tiempo y más allá del tiempo, el de la vida terrena y más allá de la muerte, el de la
retribución… Si el interrogante que plantea la “paz de los impíos” constituye un escándalo (Sal
73:2-3), la superación del mismo se logrará en la comunión del justo con el bien de Dios; más aún,
con el bien que es el mismo Dios (Sal 73:23-24). En Dios y en su voluntad encuentra el justo una
“gran paz” (Sal 119:165): la paz verdadera y definitiva.

Por su parte, el libro de la / Sabiduría señala la misma perspectiva para la suerte final del justo,
precisamente en cuanto objeto de tribulación y de persecución: “Las almas de los justos están en
las manos de Dios… Ellos están en paz” (Sab 3:1-3). En contra de la afirmación según la cual el AT

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no conocería en el tema de la paz el aspecto íntimo y personal de la “paz interior”, ya que en él
prevalecería únicamente el lado público (comunitario) y exterior (del bienestar), hay que observar
que probablemente también en este punto el criterio de un análisis exclusivamente intelectual ha
hecho perder de vista lo sustancial de las cosas. Precisamente porque el justo está “en paz”, se
podrá afirmar que en el momento del juicio final “estará en pie con gran seguridad (gr., parrhésía)
frente a los que lo oprimieron” (Sab 5:1). Esta “seguridad” (o “franqueza”) implica una absoluta
tranquilidad subjetiva, basada ciertamente en la plena comunión con Dios, y que, por consiguiente,
no puede menos de suponer una paz total del alma.

En esto la situación escatológica, a la que se refiere directamente el texto, no es más que la


conclusión madura de la primacía de la confianza que el justo puso en Dios durante el tiempo de su
vida terrena, confianza que también entonces no podíamenos de producir una auténtica paz del
alma.

III. LA PAZ EN EL NT ENTRE CONTINUIDAD Y DESARROLLO. La obra con que Dios, mediante
Jesucristo, establece el orden religioso renovado en las relaciones con los hombres, que nosotros
llamamos NT, se define en los Hechos como “anunciar (lit., evangelizar) la paz” (Heb 10:36); y del
mismo Cristo afirma Pablo que “con su venida anunció (lit., evangelizó) la paz” a los de lejos y a los
de cerca (Efe 2:17); también el mensaje cristiano, para cuya proclamación deben mantenerse
constantemente preparados los fieles, es definido por Pablo como “evangelio de la paz” (Efe 6:15).
Por consiguiente, el tema de la paz, que ya en el AT tenía una importancia ciertamente no
marginal, resulta claramente central en el NT. Esto resulta aún más evidente para quien piensa que
en el NT el tema veterotestamentario de la paz no encuentra tan sólo una continuación coherente
en la línea tradicional del bien/bienestar o de la liberación/retribución/salvación, sino que recibe
incluso una profundización substancial en virtud de un cambio concreto de nivel, con la
explicitación completa del alcance primariamente espiritual de la misma paz.

No solamente se verá que el ángel del anuncio a los pastores, con quien se asocian los demás
ángeles que en el nacimiento de Jesús cantan “gloria en los cielos” y “paz en la tierra” (Luc 2:14),
“anuncia un gran gozo”, es decir, “que ha nacido un salvador” (Luc 2:10-11), sino que se verá que
ya en el anuncio primitivo la obra de salvación, implicada en el nombre mismo de Jesús, se
especifica diciendo que él “salvará al pueblo de sus pecados” (Mat 1:21).

Se trata, por tanto, sin duda alguna, de la paz; pero de la paz ante todo como “justificación”
realizada por Dios en la “reconciliación” de los hombres consigo.

Todo el resto del tema de la paz en el NT gira en torno a este eje, aunque sigue siendo verdad que,
rigurosa-mente hablando, en algunos textos se puede encontrar, entre los significados atribuidos a
eiréné, algunos de los que tiene este nombre en el lenguaje corriente; por ejemplo, en la afirmación
de Jesús de que no ha venido a “traer la paz al mundo” (la paz como ausencia de guerra: Mat
10:34; Luc 12:51); o en la afirmación de Pablo a propósito del orden debido en las asambleas
cristianas: “Dios es Dios de paz y no de confusión” (ICor 14,33); o cuando “paz” repite simplemente
la fórmula trillada de saludo. Recuérdese, sin embargo, que siempre está presente al menos un
matiz religioso. En cuanto a la fórmula de saludo, en particular, es necesario -según los textos-
poner atención en un proceso corriente en el NT, por el que no pocas expresiones usuales o
estructuras literarias estereotipadas se llenan de significa-dos y de funciones nuevas, renaciendo
por así decirlo y saliendo por ello mismo del cuadro estereotipado; pensemos también en el mero
“praescriptum” (o saludo inicial), propio del formulario epistolar, y en la importancia que asume en
Pablo, sobre todo en ciertas epístolas (y ahí entra eiréné como fórmula de saludo, pero asociada
con jaris, “gracia”, que le da una nueva fuerza); y pensemos, finalmente, en las fórmulas de oración

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por los destinatarios, que ordinariamente dan comienzo al cuerpo de las cartas de aquel tiempo, y
en la dilatación y los contenidos que estas fórmulas asumen en el NT.

IV. ASPECTOS DE LA PAZ EN EL NT. Se puede sintetizar la materia -y con ello tocamos
indudablemente su punto central- afirmando que el sentido más común y fundamental de eiréné en
el NT es el que relaciona este término con el don global, definitivo y supremo que Dios hace a los
hombres por medio de Jesucristo. A consecuencia de ello tanto Dios como Cristo quedan definidos
de alguna manera con las expresiones “el Dios de la paz” (Rom 15:33, y otras seis veces en Pablo;
Heb 13:20) y “el Señor de la paz” (2Ts 3:14). Más gráficamente todavía se dirá de Cristo, con
alusión a Miq 5:4 : “El es nuestra paz”(Efe 2:14); y en el mismo contexto se le designará como
aquel que “hace la paz”, afirmando que “anunció la paz” (Efe 2:15.17).

1. LA PAZ TOTAL Y FINAL. Los textos citados son una pequeña muestra, pero prueban
suficientemente el carácter plenario de la paz según el perfil fundamental que se traza de ella en
todo el NT. La paz no se sitúa allí en el nivel político o simplemente exterior. Más aún, en este nivel
prosigue la guerra en el tiempo (Mat 10:34). El mismo Cristo asegura con claridad que “su paz” no
elimina la tribulación que habrán de encontrar los suyos en el mundo; se trata de la paz que éstos
encontrarán únicamente “en él”(Jua 16:33). Es precisamente la paz que encierra dentro de sí la
certidumbre perfecta de aquella salvación que es imposible alcanzar “en el mundo”, pero que
obtiene su propia seguridad de la certeza misma de Dios, y que es tan grande que une la tierra
(canto de los ángeles: Luc 2:14) con el cielo (aclamación de los discípulos en la entrada de Jesús
en Jerusalén, en donde Luc 19:38 sustituye la exclamación hebrea “Hosanna en los cielos”,
recogida en los otros evangelios, por la versión y paráfrasis griega “¡Paz en el cielo! ¡Viva Dios
altísimo! “).

De un significado muy denso, como lo demuestran los textos, y de una extraordinaria eficacia está
cargado el saludo “¡paz!” en labios de Jesús, que se recuerda varias veces en los evangelios:
desde el “¡Vete en paz!” a la hemorroisa (Mar 5:24 par) y a la mujer pecadora (Luc 7:50) hasta la
“¡paz a vosotros!” del Resucitado a los discípulos (Luc 24:36; Jua 20:19.21.26). Esta misma
fuerza de anuncio y de comunicación de la salvación se encuentra en el mismo saludo puesto por
Jesús en labios de los discípulos en su ministerio de evangelizadores: no es un deseo vacío, sino
la proclamación y el ofrecimiento de ese bien que es la paz mesiánica. Esta es de hecho tan
concreta que “va a posarse” sobre los que están dispuestos a acogerla, mientras que se aparta,
“volviendo” a los discípulos, de aquel que la rechaza (Mat 10:13; Luc 10:5-6).

Esta es “la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia” y que “guardará vuestros corazones y
vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Flp 4:7), es decir, “la paz de Cristo”, que “ha de reinar en
vuestros corazones” (Col 3:15).

En Rom 8:6 esta paz está significativamente asociada con la “vida” (zóé), en cuanto que es
salvación llevada a su cumplimiento, en oposición, por tanto, a la “muerte” (thánatos). En efecto,
gracias a ella surge en el hombre cristiano la verdadera vida que brota del “Espíritu”. En esta línea
habrá que leer la mención, que se repite en la conclusión de varias cartas, del “Dios de la paz”. Es
especialmente interesante Rom 16:20, donde Pablo afirma que “el Dios de la paz” concederá
“pronto” la victoria total y última (“aplastará a Satanás bajo vuestros pies”). Es la paz que
comprende “todo bien” (Heb 13:20-21) y “todos los bienes” (ITes 5,23). En la misma dirección y con
el mismo peso habrá que entender entonces la mención de la “paz” asociada a la “gracia” en los
praescripta de las epístolas, como confirma por otra parte el añadido en algunos de ellos de la
“misericordia” (lTim 1,2; 2Ti 1:2; IPe 1,3; 2Jn 1:2; Jud 1:2).

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2. PAZ CON DIOS Y CON LOS HOMBRES. Con la estructura y la dinámica de la paz, tal como las
propone el NT, va estrechamente unido otro elemento esencial, que desde un punto de vista formal
y literario está ligado a otros temas: el hecho de que el bien de la paz es concedido por Dios,
gracias a Cristo, destruyendo ante todo el obstáculo del pecado y todo lo que va unido a él.

a) La justificación. Por el pecado los hombres se hacen “desobedientes” a Dios y “rebeldes” contra
él (Rom 11:30; Efe 2:2; Col 3:6), objeto de su “ira” (Rom 1:18ss) y, consiguientemente, “enemigos”
de Dios (Rom 5:10; Col 1:21). Esta es su condición general, tanto de los paganos (Rom 1:18-32)
como de los judíos (Rom 2:1-3, 20). De forma que no hay otra solución para la humanidad que la
comunicación de la nueva “justicia” realizada por Dios en Cristo, a la que sólo es posible acceder a
través de la fe (Rom 3:21-26). Esta justificación pone al hombre “en paz con Dios por nuestro
Señor Jesucristo” (Rom 5:1). No es una condición estática, sino un progreso de entrega y de vida,
desde la fe y la esperanza hasta la caridad, que tiene como fuente al “Espíritu Santo que se nos ha
dado” (Rom 5:5).
b) La reconciliación. La obra destructora del pecado no altera solamente las relaciones de los
hombres con Dios, sino que afecta también a las relaciones mutuas entre los hombres (Rom 1:26-
32), hasta el punto de que incluso lo que Dios realizó para comenzar el proceso de salvación en
Israel, es decir, su ley, por la fuerza corruptora del pecado no sólo se convierte en causa de muerte
para el que está bajo la ley (Rom 7:13), sino que se hace también para el que está fuera de la ley
una barrera divisoria respecto a Israel y un motivo de “enemistad” (Efe 2:14-15). La eliminación del
pecado por obra de Cristo elimina también la barrera de la ley y tiene como objeto la
“reconciliación” de los hombres con Dios y entre ellos mismos, es decir, la “paz”: paz con Dios, a
través de la “jutificación” (Rom 5:1), y paz global con Dios y entre los hombres en la “reconciliación”
universal (Rom 5:10; 2Co 5:18; Efe 2:16; Col 1:20-22). El texto que más sintéticamente expone
esta doctrina es probablemente Ef 2, donde, tras la mención de la obra universal de salvación del
pecado, hasta la vida, la resurrección y la gloria (Efe 2:1-10), se recuerda la reconciliación de los
hombres con Dios y entre ellos mismos (de los paganos con los judíos:Efe 2:11-18) en la paz (vv.
14-17), por lo que todos nos convertimos en un único “hombre nuevo” (v. 15) para formar el único
edificio “en el Espíritu”, en el que Dios asienta establemente su morada (vv. 19-22).

Esta reconciliación, cuyo ministerio ha sido confiado por Dios a los discípulos de Cristo (2Co 5:18-
19), supone sin embargo, la colaboración, es decir, la correspondencia, de los que tienen que ser
reconciliados (2Co 5:20), tanto en lo que se refiere a Dios como dentro de comunidad. Y se
concreta en el esfuerzo “por mantener la unidad del espíritu con el vínculo de la paz” (Efe 4:3). Por
este camino, humilde y familiar (el contexto habla de “humildad, longanimidad, mansedumbre,
paciencia unos con otros”) se introduce el himno a la unidad eclesial (Efe 4:4-6), espejo humano de
la unidad íntima de Dios, que se completa luego con el tema de la diversificación orgánica del único
cuerpo que es la Iglesia (Efe 4:7-16), en donde aparecen las dimensiones sorprendentes del
alcance de la paz en la estructura misma de la comunidad cristiana. Esta misma doctrina sobre la
“unidad del Espíritu” encuentra su confirmación en el célebre texto sobre el “fruto del Espíritu” (Gál
5:22), que pone de manifiesto el hecho de que la misma paz interior del cristiano no es un bien
intimista, sino un paso para la comunión fraternal íntegra y verdadera; lo cual aparece también en
otros lugares, especialmente en Col 2:12-15. Esto es, el cristiano no sólo es alguien que disfruta
del don divino de la paz, sino que ha de ser además el promotor u “operador” de la misma, según la
línea trazada por Stg 3:17-18 : “La sabiduría de arriba, por el contrario, es ante todo pura, pacífica
(eiréniké), condescendiente, conciliadora, llena de misericordia y de buenos frutos…; el fruto de la
justicia se siembra en la paz para los que obran la paz”.

c) La obra de la paz. La realización de la paz en la conducta cristiana tiene en primer lugar un


aspecto interno en la vida del cristiano, que consiste en el comportamiento personal que se deduce
de la voluntad de vivir en paz con los demás. Esta actitud se expresa en algunos textos con
eiréneúó; este verbo aparece en un lóghion propio de Mar 9:50, en el contexto sobre la “sal”, que

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recuerda el dicho más conocido de Mat 5:13 (“Vosotros sois la sal de la tierra”): “Tened sal en
vosotros y vivid en paz los unos con los otros”. Esta misma exhortación con el mismo verbo
aparece en la doctrina apostólica, tanto en lo que se refiere a la vida de la comunidad cristiana (cf
1Ts 5:13 : “Corresponded a sus desvelos con amor siempre creciente. Vivid en paz entre vosotros”;
2Co 13:11 : “… Vivid alegres; buscad la perfección, animaos unos a otros, vivid en armonía y en
paz, y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros”) como en las relaciones con los hombres
en general (cf Rom 12:18 : “En cuanto de vosotros depende haced todo lo posible para vivir en paz
con todos”).

El otro aspecto, más constructivo y que se señala ya en Stg 3:18 (con la expresión eirénén poiéó),
consiste en el “promover la paz” (eirénopoiéó). Esto fue ya realizado sustancialmente por Cristo en
su obra de reconciliación universal (Col 1:19-20); cf Efe 2:14-18, que tiene eirénén poiéó). No cabe
duda de que sobre este modelo hay que entender la bienaventuranza de Mat 5:9 : “Dichosos los
que trabajan por la paz (eirénopoioí), porque ellos serán llamados hijos de Dios”, en donde se
anticipa de alguna manera el contenido de la exhortación al amor total y a la perfección total en él
(amor incluso a los enemigos), “para que seáis hijos de vuestro Padre celestial… Vosotros sed
perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mat 5:45.48).

La perspectiva escatológica está ciertamente presente en el cuadro completo sobre la paz que
dibuja el NT, pero no de aquella manera ansiosa que a veces se supone; en efecto, el ésjaton está
ya en acto, aun cuando su perfecta realización sigue siendo todavía objeto de espera para los que
viven en el tiempo.

La palabra hebrea scha·lóhm, que se traduce †œpaz†•, se refiere a la ausencia de guerra o


disturbio (Jue 4:17; 1Sa 7:14; 1Re 4:24; 2Cr 15:5; Job 21:9; Ec 3:8); puede transmitir la idea de
salud, estar sano y salvo (Gé 37:14, nota), bienestar (Gé 41:16), amistad (Sl 41:9) y la totalidad o la
cualidad de estar completo (Jer 13:19). La palabra griega para †œpaz†• (ei·re·ne) también
recoge la amplia gama de acepciones de la hebrea, por lo que puede denotar conceptos como
bienestar, salvación y concordia, además de ausencia de disturbio. Aparece en expresiones de
despedida, como †œve en paz†, que en cierto modo corresponde a la expresión actual †œque te
vaya bien†•. (Mr 5:34; Lu 7:50; 8:48; Snt 2:16; compárese con 1Sa 1:17; 20:42; 25:35; 29:7; 2Sa
15:9; 2Re 5:19.)
Puesto que la palabra †œpaz†• no siempre es el equivalente exacto de scha·lóhm y ei·re·ne,
su significado estará en función del contexto. Por ejemplo, ser †˜enviado en paz†™ podía
entenderse como una garantía por parte del que autorizaba el viaje de que no interferiría en el
mismo. (Gé 26:29; 44:17; Ex 4:18.) †˜Regresar en paz†™ —tal vez de una batalla— significaba
regresar ileso o victorioso, o ambas cosas. (Gé 28:21; Jos 10:21; Jue 8:9; 11:31; 2Cr 18:26, 27;
19:1.) El †˜preguntar en cuanto a la paz†™ de una persona equivalía a inquirir cómo le iba. (Gé
29:6; 43:27, notas.) †˜Trabajar en el interés de la paz†™ de alguien significaba trabajar por su
bienestar. (Dt 23:6.) El que una persona muriera en paz podía significar tener una muerte tranquila
después de haber disfrutado de una vida plena o haberse realizado una esperanza acariciada.
(Compárese con Gé 15:15; Lu 2:29; 1Re 2:6.) La profecía sobre que Josías †˜sería recogido a su
propio cementerio en paz†™ indicó que moriría antes de la predicha calamidad sobre Jerusalén.
(2Re 22:20; 2Cr 34:28; compárese con 2Re 20:19.) En Isaías 57:1, 2 se dice que el justo †œentra
en la paz†• cuando muere y así escapa de la calamidad.

Cómo se consigue la paz. Dios es el Dios de la paz (1Co 14:33; 2Co 13:11; 1Te 5:23; Heb 13:20) y
la Fuente de la paz (Nú 6:26; 1Cr 22:9; Sl 4:8; 29:11; 147:14; Isa 45:7; Ro 15:33; 16:20), que es un
fruto de su espíritu. (Gál 5:22.) Por esta razón, solo los que están en paz con Dios pueden tener
verdadera paz. Las transgresiones serias estorban la relación con Dios y perturban al que las
comete. El salmista dijo: †œNo hay paz en mis huesos debido a mi pecado†•. (Sl 38:3.) Por
consiguiente, los que buscan la paz deben †˜apartarse de lo que es malo, y hacer lo que es

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bueno†™. (Sl 34:14.) Si no hay justicia o rectitud, no puede haber paz. (Sl 72:3; 85:10; Isa 32:17.)
Por esta razón los inicuos no pueden tener paz. (Isa 48:22; 57:21; compárese con Isa 59:2-8.) Por
otro lado, la paz es posesión de los que están plenamente dedicados a Dios, aman su ley (Sl
119:165) y escuchan sus mandamientos. (Isa 48:18.)
Cuando Cristo Jesús estuvo en la Tierra, ni los judíos naturales ni aquellos que no lo eran estaban
en paz con Dios Dios. Por haber transgredido la ley de Dios, los judíos estaban bajo la maldición de
la Ley. (Gál 3:12, 13.) Los gentiles, que no estaban en pacto con Dios, †œno tenían esperanza, y
estaban sin Dios en el mundo†•. (Ef 2:12.) Sin embargo, por medio de Cristo Jesús ambos
pueblos recibieron la oportunidad de entrar en una relación pacífica con Dios, como habían
anticipado los ángeles a los pastores cuando nació Jesús: †œSobre la tierra paz entre los hombres
de buena voluntad†•. (Lu 2:14.)
El mensaje de paz que Jesús y sus seguidores proclamaron atrajo a los †˜amigos de la paz†™, es
decir, a los que deseaban reconciliarse con Dios. (Mt 10:13; Lu 10:5, 6; Hch 10:36.) Pero al mismo
tiempo causó división en las familias, pues unos lo aceptaron y otros lo rechazaron. (Mt 10:34; Lu
12:51.) La mayoría de los judíos rechazaron el mensaje, y por eso no discernieron †œlas cosas
que tienen que ver con la paz†•, entre las que se hallaban el arrepentimiento y el aceptar a Jesús
como el Mesías. (Compárese con Lu 1:79; 3:3-6; Jn 1:29-34.) Su negligencia desembocó en que
los ejércitos romanos destruyeran Jerusalén en el año 70 E.C. (Lu 19:42-44.)
Sin embargo, incluso los judíos que aceptaron †œlas buenas nuevas de paz†• eran pecadores y
necesitaban que se expiasen sus transgresiones para disfrutar de paz con Dios. La muerte de
Jesús como sacrificio de rescate satisfizo esta necesidad, pues se había predicho: †œEl castigo
que era para nuestra paz estuvo sobre él, y a causa de sus heridas ha habido una curación para
nosotros†•. (Isa 53:5.) Su muerte en sacrificio en un madero de tormento también proveyó la base
para cancelar la ley mosaica, que separaba a los judíos de los no judíos. Por lo tanto, al hacerse
cristianos, ambos pueblos estarían en paz con Dios y entre sí. Pablo dijo a este respecto: †œEl
[Jesús] es nuestra paz, el que hizo de los dos grupos uno solo y destruyó el muro de en medio que
los separaba. Por medio de su carne abolió la enemistad, la Ley de mandamientos que consistía en
decretos, para crear de los dos pueblos en unión consigo mismo un solo hombre nuevo, y hacer la
paz; y para reconciliar plenamente con Dios a ambos pueblos en un solo cuerpo mediante el
madero de tormento, porque había matado la enemistad por medio de sí mismo. Y vino y les
declaró las buenas nuevas de paz a ustedes, los que estaban lejos, y paz a los que estaban cerca,
porque mediante él nosotros, ambos pueblos, tenemos el acceso al Padre por un solo espíritu†•.
(Ef 2:14-18; compárese con Ro 2:10, 11; Col 1:20-23.)
La †œpaz de Dios†•, es decir, el sosiego y la tranquilidad que produce la preciosa relación de un
cristiano con Dios, protege las facultades mentales y el corazón de las ansiedades de la vida. Da
seguridad de que Dios provee para sus siervos y responde a sus oraciones, lo que hace descansar
el corazón y la mente. (Flp 4:6, 7.) De manera similar, la paz que Jesucristo dio a sus discípulos,
basada en la fe que tenían en él como Hijo de Dios, sirvió para tranquilizar su mente y corazón.
Aunque Jesús les dijo que se acercaba el tiempo en que ya no estaría personalmente con ellos, no
tenían razón para preocuparse o ceder al temor. No les dejaría sin ayuda; les prometió enviarles el
espíritu santo. (Jn 14:26, 27; 16:33; compárese con Col 3:15.)
La paz de la que disfrutaban los cristianos no podía darse por sentada. Tenían que ser †œpací-
ficos†•, es decir, pacificadores, personas dispuestas a ceder con el fin de mantener la paz. (1Te
5:13.) Para conservar la paz entre ellos mismos, tenían que cuidarse de no hacer tropezar a sus
compañeros de creencia. (Ro 14:13-23.) Jesús les había dicho en el Sermón del Monte: †œFelices
son los pacíficos [literalmente, †œpacificadores†], puesto que a ellos se les llamará †˜hijos de
Dios†™†•. (Mt 5:9, nota; compárese con Snt 3:18.) A los cristianos se les aconsejó que siguieran
tras la paz e hicieran lo sumo posible para ser hallados en paz con Dios. (2Ti 2:22; Heb 12:14; 1Pe
3:11; 2Pe 3:14.) Por lo tanto, tenían que luchar contra los deseos de la carne, ya que estos podrían
enemistarlos con Dios. (Ro 8:6-8.) Para tener su aprobación, era necesario que permanecieran en
una relación pacífica con Dios, de ahí que se repitiera con tanta frecuencia el ruego: †˜Que tengan
paz†™. (Ro 1:7; 1Co 1:3; 2Co 1:2; Gál 1:3; 6:16; Ef 1:2; 6:23; Flp 1:2.)
Los cristianos también deseaban que otros disfrutaran de paz. Por lo tanto, llevaron a cabo su
guerra espiritual †œteniendo calzados los pies con el equipo de las buenas nuevas de la paz†•.

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(Ef 6:15.) Incluso dentro de la congregación libraron una guerra derribando razonamientos que no
estaban de acuerdo con el conocimiento de Dios, a fin de que estos razonamientos no dañaran su
relación con Dios. (2Co 10:4, 5.) Sin embargo, no se trataba de una lucha verbal o disputa, ni
siquiera cuando corregían a los que se habían desviado de la verdad. El apóstol Pablo aconsejó a
Timoteo cómo tratar aquellos casos de cristianos que se habían apartado del derrotero correcto,
diciéndole: †œEl esclavo del Señor no tiene necesidad de pelear, sino de ser amable para con
todos, capacitado para enseñar, manteniéndose reprimido bajo lo malo, instruyendo con
apacibilidad a los que no están favorablemente dispuestos; ya que Dios quizás les dé
arrepentimiento que conduzca a un conocimiento exacto de la verdad, y recobren el juicio fuera del
lazo del Diablo, ya que han sido pescados vivos por él para la voluntad de ese†•. (2Ti 2:24-26.)

Gobierno pacífico. Como el Hijo de Dios tendría el †˜gobierno principesco sobre su hombro†™, se
le llamó el †œPríncipe de Paz†•. (Isa 9:6, 7.) En consecuencia, merece destacarse que Cristo
Jesús dejó claro que sus siervos no deberían armarse para la guerra física, pues le dijo a Pedro:
†œVuelve tu espada a su lugar, porque todos los que toman la espada perecerán por la espada†•.
(Mt 26:52.) Los que se hicieron cristianos batieron figurativamente †œsus espadas en rejas de
arado y sus lanzas en podaderas†•. No aprendieron más la guerra. (Isa 2:4.) Estos hechos y las
obras de Dios en el pasado, relacionadas sobre todo con Israel durante el reinado de Salomón,
señalan a la paz que prevalecerá durante el gobierno de Jesús como Rey. La Biblia declara
respecto al reinado de Salomón: †œLa paz misma llegó a ser suya en toda región suya, todo en
derredor. Y Judá e Israel continuaron morando en seguridad, cada uno debajo de su propia vid y
debajo de su propia higuera, desde Dan hasta Beer-seba, todos los días de Salomón†•. (1Re 4:24,
25; 1Cr 22:9.) Como se manifiesta en otros textos (compárese con Sl 72:7, 8; Miq 4:4; Zac 9:9, 10;
Mt 21:4, 5), esto fue un modelo de lo que ocurriría bajo la gobernación de Cristo Jesús, quien sería
mayor que Salomón, cuyo nombre se deriva de una raíz que significa †œpaz†•. (Mt 12:42.)

Paz entre el hombre y los animales. Dios prometió a los israelitas que si le obedecían, †˜El
ciertamente pondría paz en el país, y ellos verdaderamente se acostarían, sin que nadie los hiciera
temblar; y ciertamente haría que dejara de estar en el país la bestia salvaje dañina†™. (Le 26:6.)
Esta promesa significaba que el animal salvaje permanecería en su hábitat y no causaría daño a
los israelitas ni a sus animales domésticos. En cambio, si los israelitas desobedecían, Dios
permitiría que ejércitos extranjeros invadieran y devastaran su tierra. Como estas invasiones
resultarían en que la población disminuyese, los animales salvajes se multiplicarían, entrarían en
las zonas habitadas y atacarían a los supervivientes y a sus animales domésticos. (Compárese con
Ex 23:29; Le 26:22; 2Re 17:5, 6, 24-26.)
La paz que se les prometió a los israelitas con relación a los animales salvajes fue diferente de la
que disfrutaron Adán y Eva en el jardín de Edén, pues ellos ejercieron un dominio completo sobre
la creación animal. (Gé 1:28.) Solo las profecías referentes a Cristo Jesús hablan de un dominio
como ese. (Sl 8:4-8; Heb 2:5-9.) Por lo tanto, bajo la gobernación de Jesucristo, la †œramita del
tocón de Jes醝 o el †œsiervo [de Dios] David†, prevalecerá de nuevo la paz entre los hombres
y los animales. (Isa 11:1, 6-9; 65:25; Eze 34:23-25.) Estos últimos textos que se citan tienen una
aplicación figurada, pues es obvio que la paz entre animales como el lobo y el cordero, mencionada
en estos textos, no tuvo un cumplimiento literal en el antiguo Israel. Con esas palabras se predijo
que personas de temperamento salvaje o dañino abandonarían su mal comportamiento y vivirían
en paz entre los de disposición apacible. Sin embargo, la mención profética de los animales para
representar la paz que existiría entre los del pueblo de Dios, indica que también habrá paz entre los
animales literales bajo el gobierno de Jesucristo, del mismo modo que la hubo en Edén.

Sumario: 1. La †œpaz†•ysu terminología en la Biblia: 1. La paz en las lenguas bíblicas: a) Tres


aspectos de la paz, b) Hebreo y griego; 2. El sentido bíblico de †œpaz†•. II. Aspectos dela paz
según eIAT: 1. La paz en la esfera individual; 2. La paz política y social; 3. Los profetas y la paz; 4.
La paz en la esperanza escatológica: a) La paz final y su descripción, b) La paz final como paz

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mesiánica, c) La paz final y la reflexión sapiencial. 111. La paz en el NT entre continuidad y
desarrollo. IV. Aspectos de la paz en el NT:
1. La paz total y final; 2. Paz con Dios y con los hombres; a) La justificación, b) La reconciliación, c)
La obra de la paz.

1. LA †œPAZ†• Y SU TERMINOLOGIA EN LA BIBLIA.

El tema bíblico de la paz es muy rico y muy complejo, mientras que la terminología que lo expresa
es más bien pobre, aunque cubre un área semántica muy vasta y diferenciada. El mismo nombre
hebreo salóm asume en los textos un alcance que trasciende en varios aspectos, sobre todo en los
aspectos religiosos, el de los nombres correspondientes en las literaturas clásicas (eiréne, pax).
Las versiones bíblicas, al asumir estos otros vocablos, cargan la noción de †œpaz†• de nuevos
matices, ampliamente presentes en nuestras lenguas.

1. La paz en las lenguas bíblicas.


Los dos Testamentos, realmente, han tenido y tienen un recorrido lingüístico destinado a proseguir
a lo largo de los siglos. Limitándonos a sus primeras etapas, a las tres formas textuales que, a
nuestro juicio, siguen siendo fundamentales: la hebrea, la griega y la latina, diremos que en ellas el
vocabulario de la paz, pasando por el filtro de la traducción, acabó fundiendo entre sí unos matices
semánticos que se remontaban a etimologías diversas. Y de este modo la entrada en contacto
sucesivo de la doctrina bíblica con nuevos ambientes, culturas e idiomas favoreció la explicitación
de una plurivalencia semántica, que no hay más remedio que tener en cuenta con vistas a una
definición lo más objetiva posible de los contenidos doctrinales de los textos, y en particular de esa
multiforme realidad que en la Biblia figura bajo el nombre único de †˜paz†•, realidad que afecta a
la sustancia misma del mensaje bíblico de salvación, que es precisamente un anuncio de paz.

a) Tres aspectos de la paz.


La primera observación que se ha de hacer en este sentido es que los tres nombres Salóm, eiréné
y pax, considerados en su sentido etimológico original, ponen de relieve tres aspectos de la
realidad †˜paz†•, que
-ya presentes en el AT hebreo, explicitados sucesivamente en la versión griega y en el NT y
recogidos luego por la reflexión eclesial cristiana- iluminan desde tres puntos de vista caracterí-
sticos, connaturales respectivamente a la mentalidad hebrea, griega y latina, la densidad de la
realidad a la que se refieren: la totalidad íntegra del bienestar objetivo y subjetivo (Salóm), la
condición propia del estado y del tiempo en que no hay guerra (eiréne) y la certeza basada en los
acuerdos estipulados y aceptados (pax).
Se trata de una observación que, en el estudio comparativo de las versiones bíblicas antiguas, se
demuestra que puede aplicarse con fruto a la profundización de numerosos temas: pensemos en
¡†œley†, ¡ †˜justicia†, ¡ †œsantidad†, †œpenitencia†• [1 Reconciliación].

b) Hebreoygriego.
La versión de los LXX, en particular, traduce normalmente el nombre salóm por eiréne y los
términos afines: unos 250 casos, frente a menos de 25 que utilizan de forma aislada y ocasional
otros 15 términos. Es una señal de la preeminencia del sentido de †œestado consolidado de paz†•
identificado por dichos traductores en el nombre Salóm, prescindiendo de lo que haya que decir de
su etimología.
En efecto, parece comprobado que la raíz Sim, en su significado original, indica ante todo el acto
de †œcompletar† o de †œdar remate† a una realidad deficiente en algún aspecto, bien se trate
de terminar el templo (IR 9,25), de resarcir algún daño (Ex 21,27) o de cumplir un voto (Dt 23,22 y
otras veces). La misma versión favorece de hecho, para la raíz verbal sim, el sentido de
†œrestituir† (unas 50 veces) y de †œreparar† (unas 30 veces), usando para los otros 40 casos

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hasta 30 términos diversos. Algo parecido es lo que ocurre con el adjetivo Sa/em, traducido
preferentemente por †œcompleto, llevado a su plenitud†•, mientras que para el sustantivo Se-
iem/Selamim, de uso exclusivamente ritual, prevalece la versión sotérion †œ(sacrificio)
saludable†• (Lv 3).

2. El sentido bíblico de †œpaz†•.


Así pues, parece ser que los LXX captaron en el nombre Salóm una referencia preferencial a la
condición estable de conjunto que resulta del acto expresado por la raíz SIm, es decir, una
referencia preferencial tanto al estado objetivo de una realidad que es tal como debe ser
(paradójicamente, hasta la / guerra, en su marcha favorable, entrará en la categoría Salóm: 2S
11,7) como a la condición subjetiva de satisfacción o de complacencia del que no carece de nada;
es decir, Salóm dice †œbien y dice †œbienestar†™.
Es evidente que el contenido semántico de un término tan caracterizado es muy vasto. Por eso
mismo no se limita tan sólo a la certeza del acuerdo que garantiza I&pax en sentido latino, ni a la
exclusión estable del estado de guerra propia de la eiré-ns griega, sino que asocia a estos
aspectos el bienestar total, la armonía del grupo humano y de cada uno de los individuos con Dios,
con el mundo material, con los grupos e individuos y consigo mismo, en la abundancia y en la
certeza de la salud, de la riqueza, de la tranquilidad, del honor humano, de la bendición divina y, en
una palabra, de la †œvida†•.
Se puede intentar presentar una definición breve de la paz entendida de este modo; podría ser por
el estilo de la definición que da Boecio de la eternidad: †œOmnium bonorum co-mulata et secura
possessio†™. Pero más que una definición discutible, importa subrayar que una paz semejante,
incluso cuando se refiere directamente a los bienes materiales, no se refiere nunca exclusivamente
a ellos ni restringe jamás su alcance tan sólo al ámbito del tiempo. Si se refiere a la vida de forma
primaria, se trata de la vida en su significación bíblica total, que llena ciertamente toda la existencia
terrena, pero que -al menos tendencialmente- la trasciende en dimensión de eternidad. Por esto la
noción de paz tiene en la doctrina bíblica un puesto y una importancia ciertamente central.

II. ASPECTOS DE LA PAZ SEGUN EL AT.


Abarcando, por tanto, la totalidad de la persona y del grupo, en sí y en sus relaciones, a nivel
humano y en relación con Dios, en el tiempo y más allá del tiempo, la noción bíblica de paz es tan
vasta y omnicomprensiva que su misma densidad podrá a veces dejarnos perplejos sobre el
sentido concreto de determinados textos, cuando tendemos a analizarlos por el camino de las
†œideas claras y distintas†™. En efecto, los hagiógrafos, por su origen y por su mentalidad nativa,
no proceden primariamente por †œideas claras y distintas†™, sino que -en virtud sobre todo de la
intuición poética que capta instintivamente la unidad en la pluralidad y en virtud sobre todo de la
divina inspiración que hace vislumbrar relaciones superiores más allá de la simple capacidad de la
intelección natural- recurren con toda naturalidad y libertad a la polivalencia semántica de los
términos usados en su lengua, encontrando en ella un instrumento menos inadecuado para conferir
a su mensaje una expresión más inmediata, eficaz y rica, fiel en cuanto es posible a la realidad que
intentan comunicar.
Pues bien, el hecho elemental que unifica entre sí todos los valores diversos, pero convergentes,
comprendidos en la noción bíblica de paz es, sin duda alguna, el que se sienta esa paz en primer,
lugar como un don esencial de Dios, exactamente como ocurre con la vida, con la que está
indisolublemente vinculada. La referencia, explícita o implícita, a Dios es la única clave de lectura
que abre al sentido bíblico genuino del tema de la paz, en las diversas direcciones y en los diversos
planes en que se desarrolla.

1. La paz en la esfera individual.


A nivel de experiencia individual y cotidiana, la paz, además de la tranquilidad y de la concordia,
abarca especialmente el doble bien de la salud física y del bienestar familiar. Que semejante
condición sea fruto de la bendición divina es doctrina clásica del AT, que en la paz individual y
doméstica ve el reflejo de la †œpaz sobre Israel†• (SaI 128); hasta el punto de que la falta de esa
paz se sentirá como un escándalo y suscitará el problema largamente discutido y lacerante de la

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tribulación del justo (1 Jb III)). De estas y de otras resonancias análogas religiosas está cargada,
sin duda, la fórmula usual y familiar de saludo: ¡salóm! que no se halla ciertamente distante en su
inspiración de la otra fórmula: †œEl Señor esté contigo/con vosotros†• (Jc 6,12; Rt2,4; Sal 129,7-
8). Con la misma implicación de fondo nos informamos del estado del otro: †œsi está en paz†•
(Gn 43,27; 2S 18,32). De la misma índole es el saludo de despedida: †œVetel id en paz†•(Ex
4,18; Jc 18,6; IS 1,17). Más aún, el morir y el ser sepultado †œen paz†• (Gn 15,15; 2R 22,20)
tiene un matiz religioso totalmente análogo: se trata de vivir acompañado de la bendición y
protección divina hasta el último momento de la existencia terrena. En efecto, mientras que †œno
hay paz para los impíos† Is 48,22), el justo tiene †œpaz en abundancia† para sí mismo y para
su descendencia (SaI 37,11; SaI 37,37).

2. La paz política y social.


No solamente el individuo y su grupo familiar, sino todo el conjunto de la tribu y de todo el pueblo
pueden gozar de un estado de paz o verse privados de ella. La paz con el mundo exterior al pueblo
implica naturalmente no sólo la ausencia de guerra, sino también del peligro inminente de ella. Esta
es la condición que alcanzó en un determinado momento Israel gracias al rey guerrero por
excelencia, David 2S 7, 1), condición que -según el cuadro ideal transmitido por la tradición- fue la
característica distintiva del reino de Salomón (ICrón 22,9: paz por dentro y por fuera; IR 5,1-8).
Nótese, sin embargo, que los textos no equiparan la ausencia de guerra simplemente con la paz,
sino que la consideran más bien como su condición indispensable, frecuentemente garantizada por
la estipulación de un pacto (berít: IR 5,26).
Pero no basta con la seguridad exterior; la paz en su más auténtico valor global puede verse
sustancialmente comprometida por el desorden interno del pueblo, denunciado generalmente como
falta de ¡justicia (II, 5-7). Aquí hay que insertar con pleno derecho la aportación tan importante del
profetismo al tema de la paz en todas sus dimensiones, según la doctrina más pura del AT.

3. LOS PROFETAS Y LA PAZ. Los profetas de Israel no separan nunca lo político y lo social de lo
religioso. Su manera de considerar la paz, bien primariamente religioso, es global, partiendo
necesariamente de la afirmación del señorío de Dios y de la necesidad de acogerlo con plena
dedicación al mismo. Por eso mismo denuncian casi unánimemente tanto las falaces alianzas
internacionales con las que querían apuntalar un estado de cosas incierto como la falta de justicia
en las relaciones internas entrelos miembros del pueblo y la vaciedad sacrilega de un culto privado
de contenidos y entregado tan sólo a la solemnidad exterior. Pensemos en el episodio de Miqueas,
hijo de Yimlá (IR 22), o en el comienzo del libro de Amos (Am 1,3-2,16), o en los primeros capítulos
de Isaías, o en las repetidas denuncias de Jeremías y Ezequiel [1 Justicia II, 6-7].
La batalla profética encuentra una dura resistencia por todas partes: por parte de los dirigentes
políticos, perdidos en sus cálculos humanos (Isaías con Acaz: Is 7 Jeremías con Sede-cías: Jr37-
39); de los ricos ansiosos de poseer cada vez más; de los sacerdotes sometidos al yugo de los
poderosos (Jr 20, 1-6); del mismo pueblo, fácil presa de bienes ilusorios, pero particularmente de
los profetas de la falsa paz. Tal es el caso de Miqueas ben Yimlá (IR 22), de su homónimo Miqueas
de Moreset (Miq 3,5-8), de Jeremías (continuamente, pero sobretodo en su choque con Ananías
ben Azur: Jr28) y de Ezequiel. Son los profetas que predican el bien cuando todo parece ir bien y la
desventura cuando llega el castigo; van †œdiciendo: ¡ Paz, paz!, siendo así que no hay paz†• (Jr
6,14). Los verdaderos profetas, por el contrario, saben sin duda alguna que Dios tiene para con su
pueblo †œproyectos de paz y no de desgracia†• (Jr 29,11); pero no ya -como todos sus
adversarios parecen suponer tácitamente- con un inconcebible divorcio entre la paz y la justicia. La
conexión entre †œbuscar el bien†™ y alcanzar la †œvida†• (Am 5,14) se propondrá
expresamente como una conexión entre la †œjusticia† y la †œpaz†: †œDe la justicia brotará la
paz†• (Is 32,17). Este tema se desarrolla ampliamente sobre todo en el Segundo y en el Tercer
Isaías.
Pero por este camino se ha dado ya un salto esencial de cualidad. La paz de la que se habla no es
ya solamente la seguridad, por muy cierta que sea, ni solamente el bienestar, por muy espléndido
que aparezca. Es, por el contrario, un bien tan excelso que su realización no podrá quedar
absolutamente encerrada dentro de los límites estrechos del tiempo de la humanidad.

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4. La paz en la esperanza es-catológica.
La verdadera paz, en cuanto que es don esencial de Dios, no puede ser en su plenitud más que un
don final de Dios. La fe del hombre del AT encierra germinalmente dentro de sí, ya desde las
épocas más arcaicas, como punto recóndito de apoyo, la certeza -real, aunque sólo sea implícita-
de que Dios tiene poder para prometer y realizar mucho más de lo que nosotros podemos pedir y
concebir (Ef 3,20). Sólo sobre esta base es comprensible y válido, por ejemplo, el razonamiento de
Pablo sobre la fe de Abrahán en cuanto fe en la resurrección de los muertos (Rm 4,16-22).

a) La paz final y su descripción.


A partir de aquí, el largo y accidentado camino de la historia religiosa de Israel, entre vericuetos no
pocas veces amargos y llenos de desilusiones, va explicitando poco a poco, sobre todo por obra de
los profetas, una dimensión de fe y de esperanza que solamente †œal final†• logrará expresarse
en hechos. Precisamente porque la realidad concreta de esta paz definitiva se escapa de las
manos de la experiencia directa, no puede expresarse exactamente; y por eso el cuadro que los
textos ofrecen de ella es fundamentalmente alusivo y puede parecer desarticulado en cada uno de
sus detalles, mientras que sigue siendo misterioso en su conjunto.
De él forma parte ciertamente la esperanza del cese total de la guerra entre los pueblos (Is 2,1-5
Miq Is 4,1-4; Is 9,1-6). Pero esto no es más que el lado negativo. La sustancia del aspecto positivo
es la unificación religiosa de los pueblos en torno a Je-rusalén, trono de Dios en medio de Israel.
Además de los dos primeros pasajes que acabamos de citar, este tema domina en el Tercer Isaías,
enunciado como está al comienzo y al final de este escrito (Is 56,1-9; Is 66,18-21), como base de la
renovación final del mundo entero (Is 66,22-24), encontrando además un desarrollo amplio y
espléndido en el poema que constituye el corazón del libro (Is 60-62).
Cuando se trata luego de presentar de forma visual la paz definitiva, o bien se recurre a la plenitud
de la paz doméstica (Miq 4,5-6), o bien se añade a ello el anuncio de la restauración del reino
destruido con la imagen de la abundancia agrícola en una †œtierra que mana leche y miel†•
finalmente reecontrada (Am 9,11; Am 9,15), o bien se vuelve al símbolo arcaico de la paz en el
paraíso terrenal (Is 11,6-9). Pero el material figurativo no debe ocultar el alcance doctrinal
innegable de los textos.

b) La paz final como paz mesiánica.


Merece especial reflexión la doctrina que vincula esta paz final con la persona y la obra del mesías.
Ya Miq 5,4, según la forma de entender este pasaje que atestigua san Pablo (Ef 2,14), dice del
mesías: †œEl mismo será la paz†•. Pero la relación tan estrecha entre el mesías y la paz aparece
sobre todo en la literatura isaiana. El mesías, cuyo nombre -o sea, su realidad profunda- encierra la
afirmación de fe †œDios con nosotros†• (Is 7,8), recoge como el calificativo culminante de todos
los que constituyen su solemne titulación real el de †œPríncipe de la paz†, cuyo †œgran
dominio† está caracterizado por una †œpaz sin fin† (Is 9,5-6, del que probablemente se hace
eco Miq 5,4). Realizando el mesías en su propia persona, en virtud de la permanencia sobre él del
†œespíritu del Señor†•, la realidad completa prefigurada en los personajes más ilustres del
pasado establecerá definitivamente en el pueblo la justicia, de lo que se deducirá la paz plena (Is
11,1-9); y en su función de †œsiervo del Señor†, por la efusión del mismo †œespíritu†•,
extenderá la justicia entre las gentes (Is 42,1-4), derramando la salvación hasta las extremidades
del orbe (Is 49,6). Y realizará todo esto mediante una sumisión a Dios que exigirá su sacrificio
completo, definido significativamente como †œel castigo, precio de nuestra paz†• (Is 53,5).
También él (y es ésta la perla preciosa encerrada en el centro del poema de Is 60-62), por la
presencia del †œespíritu del Señor† sobre él, es decir, en virtud de una superior unción† (verbo
maíah, de donde se deriva masiah, †œungido†), será consagrado como †œevangelizador de los
pobres† (Is 61,1). Tal es el esbozo vigoroso del tema del †œevangelio de la paz†•, que resuena
también en otros lugares (Nah 2,1; Is 52,7), [/Jesucristo III].

c) La paz final y la reflexión sapiencial.


En la dirección de la esperanza escatológica nos ofrece su propia aportación la reflexión sapiencial

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sobre la cuestión tan debatida del sufrimiento del justo, en la que confluyen numerosos problemas
de alcance vital: el del bien y el mal, el de la justicia divina en el tiempo y más allá del tiempo, el de
la vida terrena y más allá de la muerte, el de la retribución… Si el interrogante que plantea la
†œpaz de los impíos†• constituye un escándalo (Sal 73,2-3), la superación del mismo se logrará
en la comunión del justo con el bien de Dios; más aún, con el bien que es el mismo Dios (Sal
73,23-24), En Dios y en su voluntad encuentra el justo una †œgran paz†• (Sal 119,165): la paz
verdadera y definitiva.
Por su parte, el libro de la / Sabiduría señala la misma perspectiva para la suerte final del justo,
precisamente en cuanto objeto de tribulación y de persecución: †œLas almas de los justos están
en las manos de Dios… Ellos están en paz†• (Sb 3,1-3). En contra de la afirmación según la cual
el AT no conocería en el tema de la paz el aspecto íntimo y personal de la †œpaz interior†•, ya
que en él prevalecería únicamente el lado público (comunitario) y exterior (del bienestar), hay que
observar que probablemente también en este punto el criterio de un análisis exclusivamente
intelectual ha hecho perder de vista lo sustancial de las cosas. Precisamente porque el justo está
†œen paz†, se podrá afirmar que en el momento del juicio final †œestará en pie con gran
seguridad (gr., parrhesíá) frente a los que lo oprimieron† (Sb 5,1). Esta †œseguridad† (o
†œfranqueza†•) implica una absoluta tranquilidad subjetiva, basada ciertamente en la plena
comunión con Dios, y que, por consiguiente, no puede menos de suponer una paz total del alma.

En esto la situación escatológica, a la que se refiere directamente el texto, no es más que la


conclusión madura de la primacía de la confianza que el justo puso en Dios durante el tiempo de su
vida terrena, confianza que también entonces no podía menos de producir una auténtica paz del
alma.

III. LA PAZ EN EL NT ENTRE CONTINUIDAD Y DESARROLLO.


La obra con que Dios, mediante Jesucristo, establece el orden religioso renovado en las relaciones
con los hombres, que nosotros llamamos NT, se define en los Hechos como †œanunciar (lit.,
evangelizar) la paz† (Hch 10,36); y del mismo Cristo afirma Pablo que †œcon su venida anunció
(lit., evangelizó) la paz†• a los de lejos y a los de cerca (Ef 2,17); también el mensaje cristiano,
para cuya proclamación deben mantenerse constantemente preparados los fieles, es definido por
Pablo como †œevangelio de la paz†• (Ef 6, 15). Por consiguiente, el tema de la paz, que ya en el
AT tenía una importancia ciertamente no marginal, resulta claramente central en el NT. Esto resulta
aún más evidente para quien piensa que en el NT el tema veterotestamentario de la paz no
encuentra tan sólo una continuación coherente en la línea tradicional del bien/bienestar o de la
liberación/retribución/salvación, sino que recibe incluso una profundización substancial en virtud de
un cambio concreto de nivel, con la explicitación completa del alcance primariamente espiritual de
la misma paz.
No solamente se verá que el ángel del anuncio a los pastores, con quien se asocian los demás
ángeles que en el nacimiento de Jesús cantan †œgloria en los cíelos† y †œpaz en la tierra† (Lc
2,14), †œanuncia un gran gozo†, es decir, †œque ha nacido un salvador†• (Lc 2,10-11), sino
que se verá que ya en el anuncio primitivo la obra de salvación, implicada en el nombre mismo de
Jesús, se especifica diciendo que él †œsalvará al pueblo de sus pecados†• (Mt 1,21).
Se trata, por tanto, sin duda alguna, de la paz; pero de la paz ante todo como, †œjustificación†•
realizada por Dios en la †œreconciliación†• de los hombres consigo.
Todo el resto del tema de la paz en el NT gira en torno a este eje, aunque sigue siendo verdad que,
rigurosamente hablando, en algunos textos se puede encontrar, entre los significados atribuidos a
eiréne, algunos de los que tiene este nombre en el lenguaje corriente; por ejemplo, en la afirmación
de Jesús de que no ha venido a †œtraer la paz al, mundo†• (la paz como ausencia de guerra: Mt
10,34; Lc 12,51); o en la afirmación de Pablo a propósito del orden debido en las asambleas
cristianas: †œDios es Dios de paz y no de confusión† (1Co 14,33); o cuando †œpaz† repite
simplemente la fórmula trillada de saludo. Recuérdese, sin embargo, que siempre está presente al
menos un matiz religioso. En cuanto a la fórmula de saludo, en particular, es necesario -según los
textos- poner atención en un proceso corriente en el NT, por el que no pocas expresiones usuales
o estructuras literarias estereotipadas se llenan de significados y de funciones nuevas, renaciendo

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por así decirlo y saliendo por ello mismo del cuadro estereotipado; pensemos también en el mero
†œpraes-criptum†• (o saludo inicial), propio del formulario epistolar, y en la importancia que
asume en Pablo, sobre todo en ciertas epístDIAS (y ahí entra eiréne como fórmula de saludo, pero
asociada conjaris, †œgracia†•, que le da una nueva fuerza); y pensemos, finalmente, en las
fórmulas de oración por los destinatarios, que ordinariamente dan comienzo al cuerpo de las cartas
de aquel tiempo, y en la dilatación y los contenidos que estas fórmulas asumen en el NT.
IV. ASPECTOS DE LA PAZ EN EL NT.
Se puede sintetizar la materia -y con ello tocamos indudablemente su punto central-afirmando que
el sentido más común y fundamental de eiréne en el NT es el que relaciona este término con el don
global, definitivo y supremo que Dios hace a los hombres por medio de Jesucristo. A consecuencia
de ello tanto Dios como Cristo quedan definidos de alguna manera con las expresiones †œel Dios
de la paz† (Rom 15,33, y otras seis veces en Pablo; Hb 13,20) y †œel Señor de la paz† (2Ts
3,14). Más gráficamente todavía se dirá de Cristo, con alusión a Miq 5,4: †œEl es nuestra paz†•
(Ef 2,14); y en el mismo contexto se le designará como aquel que †œhace la paz†•, afirmando que
†œanunció la paz†• (Ef 2, 15; Ef 2,17).

1. La paz total y final.


Los textos citados son una pequeña muestra, pero prueban suficientemente el carácter plenario de
la paz según el perfil fundamental que se traza de ella en todo el NT. La paz no se sitúa allí en el
nivel político o simplemente exterior. Más aún, en este nivel prosigue la guerra en el tiempo (Mt
10,34). El mismo Cristo asegura con claridad que †œsu paz†• no elimina la tribulación que habrán
de encontrar los suyos en el mundo; se trata de la paz que éstos encontrarán únicamente †œen
él†• (Jn 16,33). Es precisamente la paz que encierra dentro de sí la certidumbre perfecta de
aquella salvación que es imposible alcanzar †œen el mundo†™, pero que obtiene su propia
seguridad de la certeza misma de Dios, y que es tan grande que une la tierra* (canto de los
ángeles: Lc 2,14) con el cielo (aclamación de los discípulos en la entrada de Jesús en Jeru-salén,
en donde Lc 19,38 sustituye la exclamación hebrea †œHosanna en los cielos†•, recogida en los
otros evangelios, por la versión y paráfrasis griega †œPaz en el cielo! ¡Viva Dios altísimo!†•).
De un significado muy denso,, como lo demuestran los textos, y de una extraordinaria eficacia está
cargado el saludo †œjpaz!†• en labios de Jesús, que se recuerda varias veces en los evangelios:
desde el †œVete en paz!†• a la hemorroisa (Mc 5,24 par) y a la mujer pecadora (Lc 7,50) hasta la
†œjpaz a vosotros!†• del Resucitado a los discípulos (Lc 24,36; Jn 20,19; Jn 20,21; Jn 20,26).
Esta misma fuerza de anuncio y de comunicación de la salvación se encuentra en el mismo saludo
puesto por Jesús en labios de los discípulos en su ministerio de evangeli-zadores: no es un deseo
vacío, sino la proclamación y el ofrecimientoA de ese bien que es la paz mesiánica. Esta es de
hecho tan concreta que †œva a posarse†• sobre los que están dispuestos a acogerla, mientras
que se aparta, †œvolviendo†• a los discípulos, de aquel que la rechaza (Mt 10,13; Lc 10,5-6).
Esta es †œla paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia† y que †œguardará vuestros
corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús† (Flp 4,7), es decir, †œla paz de Cristo†,
que †œha de reinar en vuestros corazones†• (Col 3,15).
En Rom 8,6 esta paz está significativamente asociada con la †œvida†• (zoé), en cuanto que es
salvación llevada a su cumplimiento, en oposición, por tanto, a la †œmuerte†• (thána-tos). En
efecto, gracias a ella surge en el hombre cristiano la verdadera vida que brota del †œEspíritu†™.
En esta línea habrá que leer la mención, que se repite en la conclusión de varias cartas, del
†œDios de la paz†. Es especialmente interesante Rom 16,20, donde Pablo afirma que †œel Dios
de la paz† concederá †œpronto† la victoria total y última (†˜aplastará a Satanás bajo vuestros
pies†). Es la paz que comprende †œtodo bien†(Hb 13,20-21) y †œtodos los bienes†• (1 Tes
5,23). En la misma dirección y con el mismo peso habrá que entender entonces la mención de la
†œpaz† asociada a la †œgracia† en los praescripta de las epístDIAS, como confirma por otra
parte el añadido en algunos de ellos de la †œmisericordia†• (lTm 1,2; 2Tm 1,2 1PI,3;2Jn2; Jud2).

2. Paz con Dios y con los hombres.


Con la estructura y la dinámica de la paz, tal como las propone el NT, va estrechamente unido otro
elemento esencial, que desde un punto de vista formal y literario está ligado a otros temas: el

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hecho de que el bien de la paz es concedido por Dios, gracias a Cristo, destruyendo ante todo el
obstáculo del pecado y todo lo que va unido a él.

a) La justificación.
Por el pecado los hombres se hacen †œdesobedientes† a Dios y †œrebeldes† contra él (Rm
11,30; Ef 2,2; Col 3,6), objeto de su †œira† (Rom 1,l8ss) y, consiguientemente, †œenemigos†
de Dios (Rm 5,10; Col 1,21). Esta es su condición general, tanto de los paganos(Rm 1,18-32) como
de los judíos (Rom 2,1-3,20). De forma que no hay otra solución para la humanidad que la
comunicación de la nueva †œjusticia†• realizada por Dios en Cristo, a la que sólo es posible
acceder a través de lafe (Rm 3,2 1-26). Estajustifica-ción pone al nombre †œen paz con Dios por
nuestro Señor Jesucristo†• (Rm 5,1). No es una condición estática, sino un progreso de entrega y
de vida, desde la fe y la esperanza hasta Ja caridad, que tiene como fuente al †œEspíritu Santo
que se nos ha dado†• (Rm 5,5).

b) La reconciliación.
La obra destructora del pecado no altera solamente las relaciones de los hombres con Dios, sino
que afecta también a las relaciones mutuas entre los hombres (Rm 1,26-32), hasta el punto de que
incluso lo que Dios realizó para comenzar el proceso de salvación en Israel, es decir, su ley, por la
fuerza corruptora del pecado no sólo se convierte en causa de muerte para el que está bajo la ley
(Rm 7,13), sino que se hace también para el que está fuera de la ley una barrera divisoria respecto
a Israel y un motivo de †œenemistad†• (Ef 2, 14-15). La eliminación del pecado por obra de Cristo
elimina también la barrera de la ley y tiene como objeto la †œreconciliación†™ de los hombres con
Dios y entre ellos mismos, es decir, la †œpaz†•:
paz con Dios, a través de la †œjutificación†• (Rm 5,1), y paz global con Dios y entre los nombres
en la †œreconciliación†™ universal (Rm 5,10; 2Co 5,18; Ef 2,16; Col 1,20-22). El texto que más
sintéticamente expone esta doctrina es probablemente Ep 2, donde, tras la mención de la obra
universal de salvación del pecado, hasta la vida, la resurrección y la gloria (2,1-10), se recuerda la
reconciliación de los hombres con Dios y entre ellos mismos (de los paganos con los judíos: 2,11-1
8) en la paz (vv. 14-17), por lo que todos nos convertimos en un único †œhombre nuevo†• (y. 15)
para formar el único edificio †œen el Espíritu†™, en el que Dios asienta establemente su morada
(Vv. 19-22).
Esta reconciliación, cuyo ministerio ha sido confiado por Dios a los discípulos de Cristo (2Co 5, 18-
19), supone sin embargo, la colaboración, es decir, la correspondencia, de los que tienen que ser
reconciliados (2Co 5,20), tanto en lo que se refiere a Dios como dentro de b comunidad. Y se
concreta en el esfuerzo †œpor mantener la unidad del espíritu con el vínculo de la paz†• (Ef 4,3).
Por este camino, humilde y familiar (el contexto habla de †œhumildad, longanimidad,
mansedumbre, paciencia unos con otros†•) se introduce el himno a la unidad eclesial (Ef 4, 4-6),
espejo humano de la unidad íntima de Dios, que se completa luego con el tema de la
diversificación orgánica del único cuerpo que es la Iglesia (Ef 4,7-16), en donde aparecen las
dimensiones sorprendentes del alcance de la paz en la estructura misma de la comunidad cristiana.
Esta misma doctrina sobre la †œunidad del Espíritu†• encuentra su confirmación en el célebre
texto sobre el †œfruto del Espíritu†• (Ga 5,22), que pone de manifiesto el hecho de que la misma
paz interior del cristiano no es un bien intimista, sino un paso para la comunión fraternal íntegra y
verdadera; lo cual aparece también en otros lugares, especialmente en Col 2,12-15. Esto es, el
cristiano no sólo es alguien que disfruta del don divino de la paz, sino que ha de ser además el
promotor u †œoperador†• de la misma, según la línea trazada por Jc 3,17-18: †œLa sabiduría de
arriba, por el contrario, es ante todo pura, pacífica (eireniké), condescendiente, conciliadora, llena
de misericordia y de buenos frutos…; el fruto de la justicia se siembra en la paz para los que obran
la paz†•.

c) La obra de la paz.
La realización de la paz en la conducta cristiana tiene en primer lugar un aspecto interno en la vida
del cristiano, que consiste en el comportamiento personal que se deduce de la voluntad de vivir en
paz con los demás. Esta actitud se expresa en algunos textos con eirSneúo; este verbo aparece en

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un Ióghion propio de Mc 9,50, en el contexto sobre la †œsal†•, que recuerda el dicho más
conocido de Mt 5,13 (†œVosotros sois la sal de la tierra†): †œTened sal en vosotros y vivid en
paz los unos con los otros†•. Esta misma exhortación con el mismo verbo aparece en la doctrina
apostólica, tanto en lo que se refiere a la vida de la comunidad cristiana (lTs 5,13,
†œCorresponded a sus desvelos con amor siempre creciente. Vivid en paz entre vosotros†•; 2Co
13,11 :†œ.. Vivid alegres; buscad la perfección, animaos unos a otros, vivid en armonía y en paz, y
el Dios del amor y de la paz estará con vosotros†•) como en las relaciones con los hombres en
general (Rm 12,18, †œEn cuanto de vosotros depende haced todo lo posible para vivir en paz con
todos†•).
El otro aspecto, más constructivo y que se señala ya en Jc 3,18 (con la expresión eirenén poiéó),
consiste en el †œpromover la paz†• (eireno-poiéo). Esto fue ya realizado sustan-cialmente por
Cristo en su obra de reconciliación universal (Col 1,19-20); cf Ep 2,14-18, que tiene eirenenpoiéó).
No cabe duda de que sobre este modelo hay que entender la bienaventuranza de Mt 5,9:
†œDichosos los que trabajan por la paz (eirenopoioí), porque ellos serán llamados hijos de Dios†•,
en donde se anticipa de alguna manera el contenido de la exhortación al amor total y a la
perfección total en él (amor incluso a los enemigos), †œpara que seáis hijos de vuestro Padre
celestial… Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto†• Mt 5,45; Mt 5,48).
La perspectiva escatológica está ciertamente presente en el cuadro completo sobre la paz que
dibuja el NT, pero no de aquella manera ansiosa que a veces se supone; en efecto, el ésjaton está
ya en acto, aun cuando su perfecta realización sigue siendo todavía objeto de espera para los que
viven en el tiempo.

Si queremos asignar al concepto de paz su lugar adecuado en la teología actual, hemos de advertir
ante todo, con el Vaticano u, que en nuestro tiempo el mensaje de paz del evangelio resplandece
con nueva claridad, y por cierto en armonía con los mejores esfuerzos y deseos de la humanidad
(Constitución pastoral Sobre la Iglesia en el mundo de hoy, n.° 77). Por eso vamos a mostrar el
lugar central de la idea de paz en la Escritura (1) y en la situación actual de la humanidad (11), para
construir sobre esa base una teología (sistemática y práctica) de la paz (111).

I. Escritura

En la palabra bíblica (shalóm en hebreo, eíréne en griego) que corresponde a nuestro


término paz, podría mostrarse toda la historia de la revelación en sus rasgos y etapas
fundamentales. Un vocablo cotidiano, pero muy importante en los variados matices de
su significado, es usado aquí como palabra de Dios por los portadores de dicha
revelación, y a la vez es ampliado, interpretado de nuevo y a la postre transformado en
su contenido. En este término Dios se expresa de tal manera que su salvadora palabra
encarnada aparece como “nuestra paz” (Ef 2, 14), su proclamación se presenta como un
“evangelio de la paz” (Ef 6, 15), y él mismo se manifiesta como el “Dios de la paz” (cf.
luego).

1. Antiguo Testamento

Dentro del AT, en los diversos cambios de significación del concepto late la experiencia del
bienestar en todos los ámbitos de las cosas y en todas las situaciones del hombre.
Precisamente con relación a éste, el uso del concepto de testimonio de una determinada
visión antropológica: es expresión de plenitud y de dicha en la vida humana, con una
notable acentuación de lo material y de la dimensión comunitaria (pero, a este respecto, difí-
cilmente puede probarse una actitud interna de quietud de alma). Ese bien de la paz tiene
desde el principio un carácter religioso, y como tal es deseado e implorado en las fórmulas
de saludo y bendición. Confirma esto la temprana expresión cultual “Yahveh es paz” (Jue 6,

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24). Una creciente reflexión sobre la necesidad de salvación en el pueblo y en el individuo,
hace que la paz aparezca cada vez más como merced dependiente de la voluntad salvífica
de Yahveh (Sal 84 [85], 9ss). De esta manera dos corrientes de la revelación
veterotestamentaria transforman la idea de paz en un concepto salvífico central. Tales
corrientes son los profetas y los sabios de Israel.

A los falsos profetas, que prometen paz al pueblo y a sus reyes en el nombre del Señor, se
enfrentan los profetas de Yahveh (desde Miqueas [1 Re 22, 7-28] hasta Ez 13, 10 16; el que más
claramente Jeremías): “Y curan las llagas de mi pueblo, con ligereza, diciendo: PAZ, paz; y tal paz
no existe” (Jer 6, 14). Preocupados por la paz política, y con ello por una salvación producida por
las propias fuerzas, desconociendo los planes salvíficos de Dios, estos conductores del pueblo
tenían que fracasar. Por eso se despejó la mirada para el entrelazamiento de culpa, juicio y
redención. Así el pueblo estaba preparado para, después de la derrota nacional de Israel, oír un
nuevo contenido en la predicación de paz de los profetas. La salvación sólo puede venir de la
disposición soberana de Dios: “Yo soy d Señor; yo hago la paz y envío los castigos” (Is 45, 7). Su
voluntad salvífica queda confirmada solemnemente, pues él tiene sobre su pueblo “designios de
paz y no de aflicción” ( Jer 29, 11). Esta voluntad busca una obediencia aperante: “¡Ojalá hubieras
atendido a mis mandamientos! Hubiera sido tu paz como un río, y tu justicia, como los abismos del
mar” (Is 48, 18). Punto cumbre de la predicción de la salvación en el profeta Ezequiel es el anuncio
de una alianza eterna de paz, dependiente de la relación de fidelidad mutua (34, 25-30; 37, 26ss).
Este designio de Yahveh se revela como definitivo, y esta paz perfecta se descubre como
contenido de la gran esperanza escatológica, en la que culmina el mensaje profético del AT como
evangelio de la paz (Nah 2, 1; Is 52, 7). El estado final de seguridad y de reconciliación universal en
la naturaleza, entre los pueblos, entre Israel y Yahveh (Is 11, 1-9; 32, 15-20 hasta 25; Am 9, 13ss;
en el fondo se trata de un retorno al principio paradisíaco de la historia de la salvación), revela
aquella “paz sin fin” que ha creado un humilde príncipe de la paz (Is 9,5ss; Zac 8, 16; 9,9ss), uno
que en sí mismo es paz (salvación; Miq 5, 4). Y eso se dice en relación con su misterioso sacrificio
propiciatorio, pues “sobre él pesaba el castigo, que nos dio paz” (Is 53, 3). Ahora bien, de acuerdo
con el carácter de esta escatología, la paz como salvación es a la vez acción de Dios y acción del
hombre, dada por aquél. Pues Yahveh pondrá su ley en el interior de los hombres y creará en ellos
un corazón nuevo, donde derramará su espíritu como principio de un conocimiento creyente y de
una conducta fiel (Jer 31, 31-34; Ez 36, 26ss; Jl 3, Iss).

Con este desarrollo de la idea de la paz en Israel está estrechamente unida la teología sapiencial
del AT. La pregunta del destino humano fue siempre un tema central de esta literatura; pero el
pensamiento bíblico de que el justo alcanzará su parte en la paz, mientras que el impío no obtendrá
paz (Sal 118[119], 165; Is 48, 22), cae en la situación sin salida que se describe con la máxima
agudeza en Job y en el Eclesiastés (cf. también Sal 72 [73]). Al final de la larga reflexión del AT, el
libro de la Sabiduría (3, Iss; que se halla muy cerca de Dan 12, 2ss; 2 Mac, 7) expresa la
persuasión de que, después de las tribulaciones de esta vida, las almas de los justos viven en paz
Esa idea, por encima de la influencia griega, significa la salvación eterna para el individuo en el
sentido de la concepción israelítica de la paz.

2. Nuevo Testamento

En el NT se cumple la esperanza escatológica de paz del AT. Si la paz fue entendida siempre
como el buen estado de todas las cosas querido por Dios, ahora se manifiesta en qué consiste
propiamente. En Lucas ocupa un puesto importante el anuncio de la salvación llegada como paz.
La misión de Juan, el precursor, es enderezar los pasos por la senda de la paz (1, 79). El mensaje
del nacimiento del Mesías suena: “En la tierra paz entre los hombres” (2, 14). La paz preparada en
el cielo y presente en la persona de Jesús ciertamente es saludada por el pueblo (19, 38), pero

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permanece oculta ante los ojos de Jerusalén (19, 42). Es una paz que supera todas las
representaciones terrestres de quietud y bienestar (12, 51), cosa que resalta también la tradición de
Juan sobre el testamento de paz hecho por Jesús (Jn 14, 27; 16, 33). La da la palabra de Jesús (7,
50; 8, 48; 24, 36), que sana y perdona; y en virtud de su palabra los discípulos la transmiten
eficazmente (10, 5ss). Ellos cumplen este encargo relativo a todo el mundo con el mensaje: “Tal es
el mensaje que (Dios) ha enviado a los hijos de Israel anunciando el evangelio de paz por medio de
Jesucristo, que es Señor de todos” (Act 10, 36; cf. 7, 26; 9, 31; 15, 23). Se llega a una
profundización del contenido de este mensaje de paz en las cartas del NT, sobre todo en Pablo,
que asume la concepción profética de la paz y la articula teológicamente como la autorrevelación
del Dios trino en la obra de mediación de la salvación:
a) Por Cristo. Para Pablo la salvación sólo es posible como reconciliación. Por la cruz, Cristo ha
matado en su carne la enemistad (entre Dios y el hombre y, con ello, también entre los hombres).
Jesús ha instaurado la paz y es él mismo nuestra paz, pues ha unido en un nuevo hombre, en un
único cuerpo a los que estaban cerca (el pueblo escogido) y a los que estaban lejos (los paganos;
cf. Ef 2, 14-17; Col 1, 20; cf. Is 57, 19).

b) En el Espíritu Santo. La paz es en los cristianos un fruto del Espíritu Santo (Gál 5, 22; cf. Jn 20,
19-23), el donador de vida (Rom 8, 6), es un vínculo que debe conservar la unidad de este Espíritu
(Ef 4, 3); y como “paz en el Espíritu Santo” pertenece a la plenitud del reino de Dios (Rom 14, 17).

c) Desde el Padre. Así se ha revelado el origen de toda la historia de la salvación, como “el Dios de
la paz”; a él se atribuye frecuentemente en la conclusión de las cartas el todo de la acción salvífica:
resurrección y alianza eterna en la sangre de Cristo (Heb 13, 20); victoria sobre Satán (Rom 16,
20); santificación y conservación para el retorno del Señor (1 Tes 5, 23). Como manifestación
salvadora del Dios trino, el don de la paz es meta de la vocación y a la vez, ya ahora, un poder
sobrecogedor en el corazón de los cristianos (F1p 4, 7; Col 3, 15; cf. 1 Cor 7, 15), y así ese vocablo
puede ponerse junto a los términos fundamentales del NT: justicia (Rom 14, 17; Sant 3, 18; cf. Heb
12, 11), fe (Rom 15, 13; 2 Tim 2, 22), vida (Rom 8, 6), amor (2 Cor 3, 11; Ef 6, 23), gracia
(introducción de las cartas, etc.). Como reconciliación con Dios desde Dios (Ef 2, 14-17; Rom 5, 1),
la paz inunda con alegría a los creyentes (Rom 15, 13) y se traduce en las relaciones entre los
hombres como esfuerzo positivo por la concordia (Rom 14, 19; 1 Cor 14, 33; 2 Tim 2, 22; Sant 3,
18; 1 Pe 3, 11), de modo que en las bienaventuranzas del Señor se convierte en un componente
esencial del amor al prójimo (Mt 5, 9).

En este punto se abre la visión de la historia universal que se nos ofrece en el Ap y que sólo puede
entenderse sobre el trasfondo entero del concepto bíblico de paz, sobre todo del que aparece en la
escatología de los profetas y en el mensaje salvífico de Jesucristo: A los poderes de perdición les
es concedido “quitar la paz de la tierra” (6, 4). Aquí el pecado del hombre y el juicio de Dios son
vistos en una unidad. La historia transcurre entre la creciente amenaza por parte de esos poderes y
la salvación misericordiosa de aquel “resto” fiel para el que siempre es válida la promesa de la paz,
hasta la aparición definitiva de la misma (la beata pacis visio de la liturgia) bajo los rasgos clásicos
del final de los tiempos: la congregación de Israel y de todos los pueblos en la ciudad eterna, donde
la presencia de Dios y del cordero constituyen la salvación consumada.

II. En la situación presente de la humanidad


La paz (entendida bíblicamente) fue siempre, aunque en forma más o menos explícita, un interés
fundamental de la humanidad, el cual apunta hacia la cuestión del sentido último de la existencia
humana. Pero este dinamismo fundamental de la humanidad hacia la paz tiene hoy su meta
específica en una inteligencia “secularizada”, “poscristiana”, de dicho concepto sobre la base de la
versión ética de la paz y de la aspiración a ella que se ha realizado desde la épocamoderna (desde
el humanismo, a través de la ilustración, hasta los movimientos de paz en los siglos xix y xx).

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Ahora bien, ese concepto autónomo de paz comparte la situación pluralista de nuestro tiempo:
recibe matices diferentes al encarnarse en las filosofías e ideologías, en los humanismos, en las
visiones del mundo, en las concepciones políticas y en los demás factores culturales y sociales.
Entre estas tendencias los representantes de las diversas Iglesias aparecen simplemente como
otras tantas opiniones, que actualizan en la mentalidad pública el mensaje público de la paz y a la
vez lo reducen necesariamente o le dan un carácter unilateral y lo desfiguran. Pero como este
mensaje de paz (y en general la realización de la paz por parte de la Iglesia) ha de corresponder en
cada caso a las nuevas exigencias de la historia, la Iglesia en la inteligencia de sí misma debe
tener en cuenta los momentos característicos de la respectiva situación (así Agustín en su tiempo
con vistas a la antigua idea del orden, y Tomás de cara a la concepción jerárquica de la edad
media).

Hoy parecen característicos los siguientes momentos: ante la conciencia de una amenaza
existencial del hombre, conciencia que se agudiza por la permanente experiencia de guerras y por
la posibilidad concreta de una autodestrucción de la humanidad, hay un anhelo radical de paz (ya
sea por desesperación o sentido realista, ya por un optimismo que “por primera vez no es utópico”);
pero eso bajo la simultánea repulsa de una idea de paz meramente interna o meramente
trascendente. Si ahora la paz es concebida en gran parte sobre la base de un orden que mantiene
unidas todas las cosas (así contra la antigua concepción de la paz social como estadio intermedio
en la lucha), este orden ya no es el estado previamente dado de las cosas, como pensaban los
medievales, sino una ordenación que debe crearse en cada caso. Y la consolidación de la paz que
esto lleva inherente no es concebida ya como tarea de sujetos privilegiados (autoridades
eclesiásticas y civiles, carismáticos, entusiastas, etc.), sino como empresa común para la que se
requiere la unión de todas las fuerzas que pueden prestar una aportación.

De todos modos, por necesidad interna es universal la amplitud del horizonte de la paz en el campo
de la humanidad entera. Pero se muestra dispar y oscilante la reflexión relativa a la
fundamentación última de este pensamiento de la paz; por esto la ética de la paz sufre detrimento y
se halla expuesta a la influencia masiva de la sociedad actual. Y precisamente ahí se muestra una
apertura para la necesidad de salvación.

II. Teología de la paz

1. Teología especulativa

En una teología que quiera tener en cuenta las exigencias de la revelación en el


respectivo momento presente, el concepto de paz ha de articularse como
autocomunicación del Dios trino al hombre para salvarlo en todas las dimensiones de su
existencia. Partiendo de la indigencia y del anhelo de paz en el hombre, puede
mostrarse cómo éste en principio está abierto y orientado a una manifestación en
acciones y palabras de aquel misterio divino que lo soporta. Esa manifestación de Dios
se presenta como una alianza gratuita de paz, fundada en la sangre de su Hijo, el
mediador, y sellada en la fuerza soberana de su Espíritu. Tal alianza ha producido su
propio presupuesto en la creación de un mundo de cara al hombre y al Logos encarnado
de Dios. Esto implica que el hombre como destinatario de la automanifestación divina es
persona libre, que en la respuesta de la obediencia de fe debe recibir su paz como don y
como tarea; con lo cual se plantea el problema de la relación de esa libertad con la
acción libre del Dios que ofrece la paz El hecho de que la voluntad humana de paz
muestra una lesión originaria y se presenta como un abismo impenetrable, hace
comprensible la relación entre pecado, paz como redención y “pasión” como obra de la
paz.

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En definitiva, el camino de una humanidad que entiende su ideal de paz y aspira a ella
históricamente en medio del tiempo y de la comunidad, está en correspondencia con un designio
escatológico de Dios, que se ha revelado y realizado definitivamente en Jesucristo y, sin embargo,
todavía espera bajo la ley de la cruz su última manifestación y consumación. Así la pregunta
teológica de la paz desemboca en la exigencia de que los hombres se entreguen amorosamente a
la acción pacificadora de Dios con miras a la configuración de la historia del mundo, cuyo destino
en un futuro absoluto de paz para él está ya firme y, aunque no puede anticiparse, puede sin
embargo ser una pauta orientadora de la acción humana. El lugar del encuentro de paz con Dios
en Cristo como centro de irradiación hacia el mundo es para los cristianos la Iglesia de los llamados
a la filiación divina, entre los cuales se encuentran también todos los promotores de la paz en el
sentido del evangelio, si bien con diversas modalidades de pertenencia a dicha Iglesia.

2. Teología práctica

En la actual realización de la Iglesia corresponde un puesto especial a la proclamación del


mensaje de paz Esto se pone ya de manifiesto por las llamadas a la paz desde León xiii
hasta nuestro tiempo, entre las cuales merecen mención especial la encíclica Pacem in
terris de Juan XXIII y una parte importante de la Constitución pastoral Gaudium et spes del
Vaticano ii. También la celebración del misterio de la Iglesia en la liturgia y toda la práctica
sacramental pueden resaltarse hoy en su forma acuñada por el pensamiento de la paz, para
hacer presente la paz de Cristo en la eficacia de su representación (así el bautismo y la
penitencia como instauración de la paz y reconciliación; y el matrimonio y el orden como
alianza de paz, etc.). En la disciplina eclesiástica, la antigua tradición de disposiciones jurí-
dicas para asegurar la paz ha de acomodarse a las actuales estructuras sociales. Sobre
todo la vida concreta de los cristianos ha de estar determinada por la llamada a la paz.

La Iglesia en su totalidad se ha comprometido en dos direcciones:


a) El encuentro con otros cristianos y con los no cristianos en el terreno de las comunidades
eclesiales y de las organizaciones públicas como obra de la paz (cf. Vaticano ii, en sus decretos
Sobre el ecumenismo y Sobre la actividad misionera de la Iglesia). Pero ahí no sólo se eliminan los
impedimentos religiosos y confesionales de la paz (cf. la declaración Sobre la libertad religiosa),
sino que se aspira también a crear las condiciones para una colaboración en favor de la paz en la
humanidad entera.

b) La participación en los esfuerzos de una política mundial de paz, que la autoridad eclesiástica
pone en obra cada vez más decididamente en su magisterio y en las relaciones internacionales, si
bien con éxito dispar, y que es continuada por movimientos nacionales e internacionales (1911:
Ligue Internationale des Sociétés Catholiques pour la paix: 1945: fundación del movimiento Pax
Christi, etc.). Sobre la base de esta colaboración, la Iglesia llega a una mayor coincidencia con
otras opiniones cristianas y no cristianas en el enjuiciamiento de la -> guerra y de las exigencias de
una paz mundial, paz ej., en lo relativo a la repulsa de una guerra global y a la posibilidad de
evitarla, a la necesidad del desarme general y de una futura eliminación de toda guerra bajo la
responsabilidad de una autoridad mundial, a la formación de una opinión pública de paz, a la
posibilidad de objetores de conciencia frente al servicio militar; pero también en lo relativo al
derecho de defensa de los pueblos cuando fracasan todos los medios pacíficos (cf. Vaticano II).

Ahora bien, la realización de esta acción de la Iglesia en favor de la libertad depende de la


responsabilidad de los cristianos como individuos y como comunidad. En el fondo tenemos aquí
una forma concreta del mandato principal en la ley de Cristo, el del amor al prójimo, que extiende

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sus exigencias hasta el perdón incondicional y hasta el amor a los enemigos, pero que en la
edificación del reino divino de paz se halla ei la tensión fundamental de la existencia cristiana entre

A. Nombres shaloí†m (µ/lv; , 7965), “paz, integridad, bienestar, salud”. Esta es una raíz semítica
muy común cuyo significado es “paz” en acádico, ugarítico, fenicio, arameo, siríaco, arábigo y
etiópico. Shaloí†m es un término muy importante en el Antiguo Testamento que se ha conservado
en hebreo mishnáico, rabínico y moderno. Hoy en Israel la gente saluda a un visitante con las
palabras mah shlomka (¿cuál es su paz, cómo está?) y le preguntan acerca de la “paz”
(“bienestar”) de su familia. El uso de shaloí†m es frecuente (237 veces) y su gama semántica
variada. Desde las dos primeras ocasiones en que se usa el término en Génesis, se puede
constatar este hecho: “Pero tú irás a tus padres en paz [shaloí†m en el sentido de “tranquilo”, “a
gusto”, “despreocupado”] y serás sepultado en buena vejez” (Gen 15:15 rva). O bien, “de que no
nos harás daño, como nosotros no te hemos tocado y como solo te hemos hecho bien y te
despedimos en paz [shaloí†m con el significado de “incólume”, “ileso”]” (Gen 26:29 rva). No
obstante, ambos usos son en esencia los mismos, puesto que expresan el significado raíz de
“integridad”, “bienestar”. Iïsh sheloméí† (“hombre de mi paz”) indica un estado de ánimo que le
permite a uno sentirse a sus anchas, cómodo, con otra persona: “Aun mi amigo íntimo [“hombre de
mi paz” rvr, nrv], en quien yo confiaba y quien comía de mi pan, ha levantado contra mí el talón”
(Psa 41:9 rva, lba; cf. Jer 20:10). Es una relación de armonía y bienestar, todo lo contrario a un
estado de conflicto o guerra: “Yo amo la paz, pero si hablo de paz, ellos hablan de guerra” (Psa
120:7 nvi). Shaloí†m es una condición del alma y de la mente que incentiva el desarrollo de
facultades y capacidades. Este estado de bienestar se experimenta tanto en el interior como en el
exterior del ser. En hebreo, esta condición se expresa con la frase beshaloí†m (“en paz”): “En paz
[beshaloí†m] me acostaré, y asimismo dormiré; porque solo tú, Dios, me haces vivir confiado” (Psa
4:8). En estrecha relación con lo anterior se encuentra el significado de “bienestar”, sobre todo el
“bienestar” o la “salud” personal. Esta acepción se puede encontrar en la pregunta de Joab a
Amasa: “¿Te va bien, hermano mío? Y tomó con la mano derecha la barba de Amasa para besarlo”
(2Sa 20:9 rva). O en la frase preposicional leshaloí†m junto con el verbo preguntar: “Entonces les
preguntó José cómo estaban, y dijo: ¿Vuestro padre, el anciano que me dijisteis, lo pasa bien?
¿vive todavía?” (Gen 43:27). Shaloí†m también quiere decir “paz” en el sentido de una relación
próspera entre dos o más personas. En esta acepción, shaloí†m no pasa de ser palabrería: “Saeta
mortífera es su lengua, engaño habla; con su boca habla cada uno de paz a su prójimo, pero
dentro de sí le tiende emboscada” (Jer 9:8 lba); diplomacia: “Sísara huyó a pie a la tienda de Jael,
mujer de Heber el queneo, porque había paz entre Jabín, rey de Hazor, y la casa de Heber el
queneo” (Jdg 4:17 rva); o estrategia bélica: “Si te responde con paz y te abre sus puertas, toda la
gente que se halla en ella te rendirá tributo laboral, y ellos te servirán” (Deu 20:11 rva). Isaías
profetizó acerca del “Príncipe de paz” (Isa 9:6), cuyo reino introduciría un gobierno de “paz” (Isa
9:7). Ezequiel habló en cuanto al nuevo pacto de “paz”: “Haré con ellos un pacto de paz; será un
pacto eterno con ellos. Los multiplicaré y pondré mi santuario entre ellos para siempre” (Eze 37:26
rva). El salmo 122 es uno de los grandes salmos de celebración y oración por la “paz de
Jerusalem”:”Pedid por la paz de Jerusalem” (Psa 122:6). En las bendiciones israelitas se
comunicaba la paz de Dios a su pueblo: “¡Sea la paz sobre Israel!” (Psa 125:5 rva). En la
Septuaginta se encuentran las siguientes traducciones: eirene (“paz; bienestar; salud”), eirenikos
(“apacible; pacífico”); soteria (“liberación; preservación; salvación”) y hugiainein (“estar en buena
salud; sano”). Otro nombre hebreo relacionado es shelem, que se encuentra 87 veces y que
significa “ofrenda de paz”: “Y envió jóvenes de los hijos de Israel, que ofrecieron holocaustos y
sacrificaron novillos como ofrendas [“sacrificios” rvr] de paz al Señor” (Exo 24:5 lba). B. Verbos
shalem (µlev; , 7999), “estar completo, sano”. El verbo, que aparece 103 veces, significa “estar
completo” en 1Ki 9:25 (lba): “Después que terminó la casa”. Otro verbo, shalam, quiere decir “hacer
las paces”: “Cuando los caminos del hombre son agradables a Dios, aun a sus enemigos hace
estar en paz con él” (Pro 16:7). C. Adjetivo shalem (µlev; , 8003), “completo; perfecto”. Este
vocablo se encuentra en Gen 15:16 con el significado de “no del todo completo”: “En la cuarta
generación volverán acá, pues hasta ahora no ha llegado al colmo [“aun no está cumplida” rv] la
maldad de los amorreos” (rva). En Deu 25:15 el vocablo significa “perfecto”.

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En los Setenta y en el Nuevo Testamento se encuentra el saludo “paz a vosotros”, versión literal al
griego de la expresión hebrea shalóm lechem. Pablo le añade “gracia” (charis), sacada
probablemente del saludo clásico chairein. La fórmula estereotipada típicamente cristiana, gracia y
paz a vosotros de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo, abre la mayor parte de las
grandes epístolas paulinas (Rom 1,7; 2 Cor 1,2; Gal 1,3; Flp 1,2; 1 Tes 1,1; Flm 3; y también Ef 1,2;
Col 1,2; Tit 1,4). En las cartas a Timoteo se añadirá: gracia, misericordia y paz.

Pues bien, el libro de la Sabiduría describe así el destino final de los justos: Están en las manos de
Dios;… están en la paz (Sab 3,13).

Para el Nuevo Testamento esta paz, como presencia y cercanía de Dios, se nos da en Jesucristo.
La expresión “la paz de Dios” (Flp 4,7) se convierte la mayor parte de las veces en “el Dios de la
paz” (Rom 15,33; 16,20; 2 Cor 13,11; Flp 4,9). Expresa lo esencial del don de Dios a los hombres
que se manifiesta en la comunidad como fruto del Espíritu (Rom 8,6; Gal 5,22). Por eso va ligada a
otras expresiones de la vida de la comunidad en el Espíritu, concretamente el amor (Gal 5,22) y el
gozo (Rom 14,17; 2 Cor 13,11; Gal 5,22), que le son prácticamente equivalentes. La expresión más
fuerte aparece en Flp 4,6-7: en la confianza y en la entrega más total de sí mismo a Dios, por la
oración y la acción de gracias, el cristiano recibe de Dios una paz que supera toda comprensión; su
corazón y sus pensamientos son guardados en Cristo Jesús, en la paz de Cristo, dirá la Carta a los
Colosenses (3,15).

La Carta a los Efesios insistirá en la paz como reconciliación; es la obra de Cristo que reconcilia a
los enemigos -el judío y el griego- y establece la paz en su carne sobre la cruz (Ef 2,14-17): él
mismo es nuestra paz. ¿Puede decirse con mayor fuerza que la paz es la vida misma de Cristo
dada a los hombres?

El hombre ansía la paz desde lo más profundo de su ser. Pero a veces ignora la naturaleza del
bien que tan ansiosamente anhela, y los caminos que sigue para alcanzarlo no son siempre los
caminos de Dios. Por eso debe aprender de la historia sagrada en qué consiste la búsqueda de la
verdadera paz y oír proclamar por Dios en Jesucristo el don de esta verdadera paz.

I. LA PAZ, FELICIDAD PERFECTA. Para apreciar en su pleno valor la realidad designada por la
palabra hay que percibir el sabor de la tierra latente en la expresión semítica aun en su concepción
más espiritual, y en la Biblia hasta el último libro del NT.

1. Paz y bienestar. La palabra hebrea shalóm deriva de una raíz que, según sus empleos, designa
el hecho de hallarse intacto, completo (Job 9,4), por ejemplo, acabar una casa (1Re 9,25), o el acto
de restablecer las cosas en su prístino estado, en su integridad, por ejemplo, “apaciguar” a un
acreedor (Ex 21,34), cumplir un voto (Sal 50,14). Por tanto la paz bíblica no es sólo el “pacto” que
permite una vida tranquila, ni el “tiempo de paz” por oposición al “tiempo de *guerra” (Ecl 3,8; Ap
6,4); designa el bienestar de la existencia cotidiana, el estado del hombre que vive en armonía con
la naturaleza, consigo mismo, con Dios; concretamente, es *bendición, *reposo, *gloria, *riqueza,
*salvación, *vida.

2. Paz y felicidad. “Tener buena salud” y “estar en paz” son dos expresiones paralelas (Sal 38,4);
para preguntar cómo está uno, si se halla bien, se dice: “¿Está en paz?” (2Sa 18,32; Gén 43,27);
Abraham, que murió en una vejez dichosa y saciado de días (Gén 25,8), partió en paz (Gén 15,15;
cf. Lc 2,29). En sentido más lato la paz es la seguridad. Gedeón no debe ya *temer la muerte ante
la aparición celestial (Jue 6,23; cf. Dan 10,19); Israel no tiene ya que temer a enemigos gracias a

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Josué, el vencedor (Jos 21,44; 23,1), a David (2Sa 7,1), a Salomón (lRe 5, 4; IPar 22,9; Eclo
47,13). Finalmente, la paz es concordia en una vida fraterna: mi familiar, mi amigo, es “el hombre
de mi paz” (Sal 41,10; Jer 20,10); es confianza mutua, con frecuencia sancionada por una *alianza
(Núm 25,12; Eclo 45,24) o por un tratado de buena vecindad (Jos 9,15; Jue 4,17; lRe 5,26; Lc
14,32; Act 12,20).

3. Paz y “salud”. Todos estos bienes, materiales y espirituales, están comprendidos en el saludo,
en el deseo de paz (el salamalec de los árabes). con el que en el AT y en el NT se saluda, se dice
“buenos días” o “adiós)) ya en la conversación (Gén 26,29; 2Sa 18,29), ya por carta (pazc. Dan 3,
98; Flm 3). Ahora bien, si se debe desear la paz o informarse sobre las disposiciones pacíficas del
visitante (2Re 9,18), es que la paz es un estado que se ha de conquistar o defender; es *victoria
sobre algún enemigo. Gedeón o Ajab esperan regresar en paz, es decir, vencedores de la guerra
(Jue 8,9; lRe 22,27s); asimismo se desea el éxito de una exploración (Jue 18,5s), el triunfo sobre la
esterilidad de Ana (1Sa 1,17), la *curación de las heridas (Jer 6.14; Is 57,18s); finalmente, se
ofrecen “*sacrificios pacíficos” (salutaris hostia), que significan la comunión entre Dios y el hombre
(Lev 3,1).

4. Paz y justicia. La paz, en fin, es lo que está bien por oposición a lo que está mal (Prov 12,20; Sal
28,3; cf. Sal 34,15). “No hay paz para los malvados” (Is 48,22); por el contrario, “ved al hombre
justo: hay una posteridad para el hombre de paz” (Sal 37,37); “los *humildes poseerán la tierra y
*gustarán las delicias de una paz insondable” (Sal 37,11; cf. Prov 3,2). La paz es la suma de los
bienes otorgados a la *justicia: tener una tierra fecunda, comer hasta saciarse, vivir en seguridad,
dormir sin temores, triunfar de los enemigos, multiplicarse, y todo esto en definitiva porque Dios
está con nosotros (Lev 26,1-13). La paz, pues, lejos de ser solamente una ausencia de guerra, es
plenitud de dicha.

II. LA PAZ, DON DE Dios. Si la paz es fruto y signo de la *justicia, ¿cómo, pues, están en paz los
*impíos (Sal 73,3)? La respuesta a esta pregunta acuciante se dará a lo largo de la historia sagrada
: la paz, concebida en primer lugar como felicidad terrenal, aparece como un bien cada vez más
espiritual por razón de su fuente celestial.

1. El Dios de paz. Ya en los comienzos de la historia bíblica se ve a Gedeón construir un altar a


“Yahveh í‘alom” (Jue 6,24). Dios, que domina en el cielo puede, en efecto, crear la paz (Is 45,7). De
él se espera, pues, este bien. “Yahveh, es grande, que quiere la paz de su servidor” (Sal 35,27):
bendice a Israel (Núm 6,26), su pueblo (Sal 29,11), la casa de David (IRe 2,33), el sacerdocio (Mal
2,5). En consecuencia, quien *confía en él puede dormirse en paz (Sal 4,9; cf. Is 26,3). “¡Haced
votos por la paz de Jerusalén! Vivan en seguridad los que te aman” (Sal 122, 6; cf. Sal 125,5;
128,6).

2. Da pacem, Domine! Este don divino lo obtiene el hombre por la oración confiada, pero también
por una “actividad de justicia”, pues Dios quiere que coopere a su establecimiento en la tierra,
cooperación que se muestra ambigua a causa del *pecado sie4 hpre presente. La historia del
tiempo de los jueces es la de Dios que suscita *libertadores encargados de restablecer esa paz que
Israel ha perdido por sus faltas. David piensa haber realizado su cometido una vez que ha liberado
al país de sus enemigos (2Sa 7,1). El rey ideal,se llama Salomón, rey pacífico (1Par 22,9), bajo
cuyo reinado se unen fraternamente los dos *pueblos del norte y del sur (lRe 5).

3. La lucha por la paz.

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a) El combate profético. Ahora bien, este ideal se corrompe pronto, y los reyes tratan de procurarse
la paz, no como fruto de la justicia divina, sino con *alianzas políticas, con frecuencia impías.
Conducta ilusoria, que parece autorizada por la palabra de apariencia profética de ciertos hombres,
menos solícitos de escuchar a Dios que “de tener algo que meterse en la boca” (Miq 3,5): en pleno
estado de pecado osan proclamar una paz durable (Jer 14,13). Hacia el año 850 Miqueas, hijo de
Yimla, se alza para disputar a estos falsos profetas la palabra y la realidad de la paz (lRe 22,13-28).
La lucha se hace muyviva con ocasión del sitio de Jerusalén (cf. Jer 23,9-40). El don de la paz
requiere la supresión del pecado y por tanto un *castigo previo. Jeremías acusa: “Curan
superficialmente la llaga de mi pueblo diciendo: ¡Paz! ¡Paz! Y sin embargo, no hay paz” Jer
6,14). Ezequiel clama: ¡Basta de revoques! La pared tiene que caer (Ez 13,15s). Pero una vez
que ésta se ha derrumbado, los que profetizaban desgracias, seguros ya de que no hay ilusión
posible, proclaman de nuevo la paz. A los exilados anuncia Dios: “Yo, sí, sé el designio que tengo
sobre vosotros, designio de paz y no de desgracia : daros porvenir y esperanza” (Jer 29,11; cf.
33,9). Se concluirá una alianza de paz, que suprima las bestias feroces, garantice seguridad,
bendición (Ez 34,25-30), pues, dice Dios, “yo estaré con ellos” (Ez 37,26).

b) La paz escatológica. Esta controversia sobre la paz está latente en el conjunto del mensaje
profético. La verdadera paz se despeja de sus limitaciones terrenales y de sus falsificaciones
pecadoras, convirtiéndose en un elemento esencial de la predicación escatológica. Los oráculos
amenazadores de los profetas terminan ordinariamente con un anuncio de restauración copiosa
(Os 2,20…; Am 9,13…; etc.). Isaías sueña con el “príncipe de la paz” (Is 9,5; cf. Zac 9,9s), que dará
una “paz sin fin” (Is 9,6), abrirá un nuevo *paraíso, pues “él será la paz” (Miq 5,4). La naturaleza
está sometida al hombre, los dos reinos separados se *reconciliarán, las *naciones vivirán en paz
(Is 2,2…; 11,1…; 32,15-20; cf. 65,25), “el justo florecerá” (Sal 72,7). Este *evangelio de la paz (Nah
2,1), la liberación de Babilonia (Is 52,7; 55. 12), es realizado por el *siervo doliente (53,5), que con
su sacrificio anuncia cuál será el precio de la paz. Así pues, ” ¡ paz al que está lejos y al que está
cerca! Las heridas seráncuradas” (57,19). Los gobernantes del pueblo serán paz y justicia (60,17):
“Voy a derramar sobre ella la paz como río, y la gloria de las *naciones como torrente desbordado”
(66, 12; cf. 48,18; Zac 8,12).

c) Finalmente, la reflexión sapiencial aborda la cuestión de la verdadera paz. La fe afirma,: “Gran


paz para los que aman tu ley; nada es para ellos escándalo” (Sal 119,165); pero los
acontecimientos parecen contradecirla (Sal 73,3) suscitando el problema de la *retribución. Este
sólo quedará plenamente resuelto (Eclo 44,14) con la creencia en la vida futura perfecta y personal:
“Las almas de los justos están en la mano de Dios… A los ojos de los insensatos parecen
muertos… pero están en paz” (Sab 3,1ss), es decir, en la plenitud de los bienes, en la
*bienaventuranza.

III. LA PAZ DE CRISTO. La esperanza de los profetas y de los sabios se hace realidad concedida
en Jesucristo, pues el pecado es vencido en él y por él; pero en tanto que no muera el pecado en
todo hombre, en tanto que no venga el Señor el úl timo *día, la paz sigue siendo un bien venidero;
el mensaje profético conserva, pues, su valor: “el fruto de la justicia se *siembra en la paz por los
que practican la paz” (Sant 3,18; cf. Is 32,17). Tal es el mensaje que proclama el NT, de Lucas a
Juan, pasando por Pablo.

1. El evangelista Lucas quiere en forma especial trazar el retrato del rey pacífico. A su nacimiento
anunciaron los ángeles la paz a los hombres, a los que Dios ama (Lc 2,14); este mensaje, repetido
por los discípulos gozosos que escoltan al *rey a su entrada en su ciudad (19,38), no quiere
acogerlo *Jerusalén (19,42). En la boca del rey pacífico los votos de paz terrena se convierten en
un anuncio de salvación: como buen judío, dice Jesús: “¡Vete en paz!”, pero con esta palabra
devuelve la salud a la hemorroísa (8,48 p), perdona los pecados a la pecadora arrepentida (7,50),
marcando así su *victoria sobre el poder de la *enfermedad y del *pecado. Como él, los discípulos

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ofrecen a las ciudades, junto con su saludo de paz, la salvación en Jesús (10,5-9). Pero esta
salvación viene a trastornar la paz de este *mundo: “¿Pensáis que he venido a traer la paz a la
tierra? No, sino la división” (12.51). De este modo Jesús no se contenta con proferir las mismas
amenazas que los profetas contra toda seguridad engañosa (17,26-36; cf. ITes 5,3), sin,’ que
separa los miembros de una misma familia. Según el decir del poeta cristiano, no vino a destruir la
guerra, sino a sobreañadir la paz, la paz de pascua que sigue a la victoria definitiva (Lc 24,36). Así
pues, los discípulos irradiarán hasta los confines del mundo la pax israelitica (cf. Act 7,26; 9,31:
15,23), que en el plano religioso es como una transfiguración de la pax romana (cf. 24,2), pues
Dios anunció la paz por Jesucristo mostrándose “el Señor de todos” (10,36).

2. Pablo, uniendo ordinariamente en los saludos de sus cartas la *gracia a la paz, afirma así su
origen y su estabilidad. Manifiesta sobre todo el nexo que tiene con la *redención. Cristo, que es
“nuestra paz”, hizo la paz, *reconcilió a los dos pueblos uniéndolos en un solo *cuerpo (Ef 2,14-22),
“reconcilió a todos los seres consigo, tanto a los de la tierra como a los del cielo, haciendo la paz
por la *sangre de su *cruz” (Col 1, 20). Así pues, como “estamos reunidos en un mismo cuerpo”, :la
paz de Cristo reina en nuestros corazones” (Col 3,15), gracias al *Espíritu que crea en nosotros un
vínculo sólido (Ef 4,3). Todo creyente, *justificado, está en paz por Jesucristo con Dios (Rom 5,1),
el Dios de amor y de paz (2Cor 13,11), que lo santifica “a fondo” (1Tes 5,23). La paz, como la
*caridad y el *gozo, es *fruto del Espíritu (Gál 5,22; Rom 14,17), es la *vida eterna anticipada acá
abajo (Rom 8,6), rebasa toda inteligencia (Flp 4,7), subsiste en la tribulación (Rom 5,1-5), irradia en
nuestras relaciones con los hombres (ICor 7,15; Rom 12,18; 2Tim 2,22), hasta el *día en que el
Dios de paz que resucitó a Jesús (Heb 13,20), habiendo destruido a Satán (Rom 16,20),
restablezca todas las cosas en su integridad original.

3. Juan explicita todavía más la revelación. Para él, como para Pablo, es la paz fruto del *sacrificio
de Jesús (Jn 16,33); como en la tradición sinóptica, no tiene nada que ver con la paz de este
mundo.

Como el AT, que veía en la *presencia de Dios entre su pueblo el bien supremo de la paz (paze.
Lev 26, 12; Ez 37,26), muestra Juan en la presencia de Jesús la fuente y la realidad de la paz, lo
cual es uno de los aspectos característicos de su perspectiva. Cuando la tristeza invade a los discí-
pulos que van a ser separados de su Maestro, Jesús los tranquiliza: “La paz os dejo, mi paz os
doy” (Jn 14,27); esta paz no está ya ligada a su presencia corporal, sino a su *victoria sobre el
*mundo; por eso Jesús, victorioso de la muerte, da con su paz el Espíritu Santo y el poder sobre el
pecado (20, 19-23).

4. Beata pacis visio. El cristiano, firme en la esperanza que le lleva a contemplar la *Jerusalén
celestial (Ap 21,2), tiende a realizar la *bienaventuranza: “Bienaventurados los pacíficos” (Mt 5,9),
pues esto es vivir como Dios, ser *hijos de Dios en el Hijo único, Jesús. Tiende por tanto con todas
sus fuerzas a establecer acá en la tierra la concordia y la tranquilidad. Ahora bien, esta política
cristiana de la paz terrenal se muestra tanto más eficaz cuanto que es sin ilusión; tres principios
guían su infatigable prosecución.

Sólo el reconocimiento universal del *señorío de Cristo por todo el universo en el último
advenimiento establecerá la paz definitiva y universal. Sólo la Iglesia, que rebasa las distinciones
de raza, de clase y de sexo (Gál 3,28; Col 3,11), es en la tierra el lugar, el signo y la fuente de la
paz entre los pueblos, puesto que ella es el cuerpo de Cristo y la dispensadora del Espíritu.
Finalmente, sólo la justicia delante de Dios y entre los hombres es el fundamento de la paz; puesto
que ella es la que suprime el pecado, origen de toda división. El cristiano sostendrá su esfuerzo
pacífico oyendo a Dios, único que da la paz, hablar a través del salmo, en que están reunidos los
atributos del Dios de la historia: “Lo que dice Dios es la paz para su pueblo… Fidelidad brota de la

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tierra y justicia mira desde lo alto de los cielos. Yahveh mismo dará la dicha, y la tierra su fruto.
Justicia marchará ante su faz, y paz en la huella de sus pasos” (Sal 85,9-14).

La idea básica y primaria de la palabra bíblica «paz» (AT šālôm; NT eirēnē) es la de un estado
completo, íntegro, total. Es un saludo bíblico favorito (Gn. 29:6; Lc. 24:36), y se encuentra al
comienzo o final de las epístolas del NT, excepto Santiago y 1 Juan. Hasta hoy es una palabra de
uso común entre los semitas. También se usa para despedirse (1 S. 1:17). Significa fin de la guerra
(Jos. 9:15). También se encuentra la idea de amistad entre compañeros (Gn. 26:29; Sal. 28:3), así
como la amistad con Dios a través de un pacto (Nm. 25:12; Is. 54:10). En el concepto se incluye
también la idea de contentamiento o cualquier cosa que produzca seguridad, bienestar y felicidad
(Is. 32:17, 18).

La paz tiene que ver con la salud, prosperidad, bienestar, seguridad, así como la ausencia de
guerra (Ec. 3:8; Is. 45:7). El profeta Isaías señaló una y otra vez que no había paz para el impío (Is.
48:22; 57:21), aunque los malignos trataran de animarse unos a otros con una falsa paz (Jer. 6:14).

La paz es una condición de la libertad ante la opresión interna o externa. Está incluida la idea de
una seguridad ante los enemigos (Is. 26:12), como de tranquilidad de corazón para aquellos que
confían en Dios (Job 22:21; Is. 26:3). Tanto agrada la paz al Señor que los justos son exhortados a
buscarla diligentemente (Sal. 34:14; Zac. 8:16, 19). Ésta debe ser también una característica del
creyente del NT (Mr. 9:50 y 2 Co. 13:11). La paz es un valioso don de Dios, y la bendición
prometida y máxima de los tiempos mesiánicos (Is. 2:4; 9:6, 7; 11:6; Mi. 4:1–4; 5:5).

«Conservar la paz» significa simplemente estar silencioso (Lc. 14:4, la mayoría de las versiones de
la Biblia traducen la expresión por «estar silencioso». (La versión King James en inglés es una de
las pocas que mantienen la arcaica expresión). Las palabras en el AT (ḥāraš como uno), y en el NT
(siōpaō entre otros) no tienen nada en común con las palabras que acabamos de considerar.

En el NT, la palabra tiene referencia a la paz que es el don de Cristo (Jn. 14:27; 16:33; Ro. 5:1; Fil.
4:7). La palabra se usa muchas veces para expresar las verdades de la misión, carácter y
evangelio de Cristo. El propósito de la venida de Cristo al mundo fue traer la paz espiritual con Dios
(Lc. 1:79; 2:14; Mr. 5:34; 9:50; Lc. 24:36). Existe un sentido en el cual él no vino para traer paz sino
espada (Mt. 10:34). Esto tiene relación con la lucha contra toda forma de pecado. La vida de Cristo
descrita en los evangelios es de calma majestuosa y de serenidad (Mt. 11:28; Jn. 14:27). La
esencia del evangelio puede expresarse en el término «paz» (Hch. 10:36; Ef. 6:15), incluyendo la
paz de la reconciliación con Dios (Ro. 5:1; Crem, paz 245), y la paz de la comunión con Dios (Gá.
5:22 y Fil. 4:7).

Las innumerables bendiciones del cristiano se fundan en el concepto de la paz. El evangelio es el


evangelio de la paz (Ef. 6:15). Cristo es nuestra paz (Ef. 2:14, 15); Dios el Padre es el Dios de paz
(1 Ts. 5:23). El privilegio inalienable de todo cristiano es la paz de Dios (Fil. 4:9) a raíz de su legado
de paz obtenido por Cristo en su muerte (Jn. 14:27; 16:33). Estas bendiciones no son beneficios
que miran hacia la gloria eterna únicamente, sino una posesión presente (Ro. 8:6; Col. 3:15). Así,
la paz es «una concepción distintivamente peculiar del cristianismo, el estado tranquilo del alma,
asegurada de su salvación a través de Cristo, y de este modo no temiendo nada de Dios y
contentándose con su suerte terrena cualquiera que ésta sea» (Thayer, sub voce).

Básicamente el término veterotestamentario para paz, šālôm, significa “completo”, “solidez”,


“bienestar”. (Véase BDB.) Se lo utiliza cuando se pide o se ora por el bienestar de otro (Gn. 43.27;
Ex. 4.18; Jue. 19.20), cuando uno se encuentra en armonía o concordia con otro (Jos. 9.15; 1 R.

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5.12), cuando se busca el bien de una ciudad o país (Sal. 122.6; Jer. 29.7). Puede significar
prosperidad material (Sal. 73.3), o seguridad física (Sal. 4.8). Pero también puede significar
bienestar espiritual. Es la paz que se relaciona con la justicia y la verdad, pero no con la maldad
(Sal. 85.10; Is. 48.18, 22; 57.19–21).

A causa del caos en que se encuentra el mundo por el pecado del hombre, y debido a que la paz
viene solamente como don de Dios, la esperanza mesiánica se refería a una era de paz (Is. 2.2–4;
11.1–9; Hag. 2.7–9), o a la llegada del Príncipe de paz (Is. 9.6s; cf. Jer. 33.15s; Ez. 34.23ss; Mi.
5.5; Zac. 9.9s). El NT muestra el cumplimiento de esta esperanza. En Cristo ha llegado la paz (Lc.
1.79; 2.14, 29s). Por él nos es dada (Mr. 5.34; Lc. 7.50; Jn. 20.19, 21, 26), y sus discípulos son los
mensajeros de ella (Lc. 10.5s; Hch. 10.36).

En el gr. clásico eirēnē tenía una fuerza principalmente negativa; pero a través de la LXX, en el NT
tiene el contenido pleno del šālôm veterotestamentario, y casi siempre tiene connotación espiritual.
La amplitud de su significado resulta especialmente aparente por su relación con palabras claves
tales como gracia (Ro. 1.7, etc.), vida (Ro. 8.6), justicia (Ro. 14.17), y por su uso en bendiciones
como 1 Ts. 5.23 y He. 13.20s (cf. 2 PAZ 3.14).

Para el pecador primero debe haber paz con Dios, y la eliminación de la enemistad producida por
el pecado, por medio del sacrificio de Cristo (Ro. 5.1; Col. 1.20). Entonces puede nacer la paz
interior (Fil. 4.7), sin que puedan sofocarla las luchas del mundo (Jn. 14.27; 16.33). La paz entre los
hombres es parte del propósito por el cual murió Cristo (Ef. 2), y parte, también, de la obra del
Espíritu (Gá. 5.22); pero también debe promoverla activamente el hombre (Ef. 4.3; He. 12.14), no
simplemente como eliminación de la discordia, sino como motor de la armonía y el verdadero
funcionamiento del cuerpo de Cristo (Ro. 14.19; 1 Co. 14.33).

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“Paz”
El hombre ansía la paz desde lo más profundo de su ser. Pero a veces ignora la naturaleza del
bien que tan ansiosamente anhela, y los caminos que sigue para alcanzarlo no son siempre los
caminos de Dios. Por eso debe aprender de la historia sagrada en qué consiste la búsqueda de la
verdadera paz y oír proclamar por Dios en Jesucristo el don de esta verdadera paz.

I. LA PAZ, FELICIDAD PERFECTA

Para apreciar en su pleno valor la realidad designada por la palabra hay que percibir el sabor de
la tierra latente en la expresión semítica aun en su concepción más espiritual, y en la Biblia hasta el
último libro del

NT
1. Paz y bienestar.

La palabra hebrea shalóm deriva de una raíz que, según sus empleos, designa el hecho de
hallarse intacto, completo Job 9,4, por ejemplo, acabar una casa 1Re 9,25, o el acto de restablecer las
cosas en su prístino estado, en su integridad, por ejemplo, «apaciguar» a un acreedor Ex 21,34,
cumplir un voto Sal 50,14. Por tanto la paz bíblica no es sólo el «pacto» que permite una vida
tranquila, ni el «tiempo de paz» por oposición al «tiempo de guerra» Ecl 3,8 Ap 6,4; designa el
bienestar de la existencia cotidiana, el estado del hombre que vive en armonía con la naturaleza,
consigo mismo, con Dios; concretamente, es bendición, reposo, gloria, riqueza, salvación, vida.

2. Paz y felicidad.

«Tener buena salud» y «estar en paz» son dos expresiones paralelas Sal 38,4; para preguntar
cómo está uno, si se halla bien, se dice: «¿Está en paz?» 2Sa 18,32 Gen 43,27; Abraham, que murió en
una vejez dichosa y saciado de días Gen 25,8, partió en paz Gen 15,15 Lc 2,29. En sentido más lato la
paz es la seguridad. Gedeón no debe ya temer la muerte ante la aparición celestial Jue 6,23 Dan 10,19;
Israel no tiene ya que temer a enemigos gracias a Josué, el vencedor Jos 21,44 23,1, a David 2Sa 7,1, a
Salomón 1Re 5,4 1Par 22,9 Eclo 47,13. Finalmente, la paz es concordia en una vida fraterna: mi familiar,
mi amigo, es «el hombre de mi paz» Sal 41,10 Jer 20,10; es confianza mutua, con frecuencia
sancionada por una alianza Num 25,12 Eclo 45,24 o por un tratado de buena
vecindad Jos 9,15 Jue 4,17 1Re 5,26 Lc 14,32 Act 12,20.

3. Paz y «salud».

Todos estos bienes, materiales y espirituales, están comprendidos en el saludo, en el deseo de


paz (el salamalec de los árabes), con el que en el AT y en el NT se saluda, se dice «buenos días»
o «adiós» ya en la conversación Gen 26,29 2Sa 18,29, ya por carta (p.c. Dan 3,98 Flm 3). Ahora bien, si se
debe desear la paz o informarse sobre las disposicionespacíficas del visitante 2Re 9,18, es que la
paz es un estado que se ha de conquistar o defender; es victoria sobre algún enemigo. Gedeón o
Ajab esperan regresar en paz, es decir, vencedores de la guerra Jue 8,9 1Re 22,27s; asimismo se
desea el éxito de una exploración Jue 18,5s, el triunfo sobre la esterilidad de Ana 1Sa 1,17,
la curación de las heridas Jer 6.14 Is 57,18s; finalmente, se ofrecen «sacrificios pacíficos» (salutaris
hostia), que significan la comunión entre Dios y el hombre Lev 3,1.

4. Paz y justicia.

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La paz, en fin, es lo que está bien por oposición a lo que está mal Prov 12,20 Sal 28,3 Sal 34,15. «No
hay paz para los malvados» Is 48,22; por el contrario, «ved al hombre justo: hay una posteridad para
el hombre de paz» Sal 37,37; «los humildes poseerán la tierra y gustarán las delicias de una paz
insondable» Sal 37,11 Prov 3,2. La paz es la suma de los bienes otorgados a la justicia: tener una tierra
fecunda, comer hasta saciarse, vivir en seguridad, dormir sin temores, triunfar de los enemigos,
multiplicarse, y todo esto en definitiva porque Dios está con nosotros Lev 26,1-13. La paz, pues, lejos
de ser solamente una ausencia de guerra, es plenitud de dicha.

II. LA PAZ, DON DE DIOS

Si la paz es fruto y signo de la justicia, ¿cómo, pues, están en paz los impíos Sal 73,3? La
respuesta a esta pregunta acuciante se dará a lo largo de la historia sagrada: la paz, concebida en
primer lugar como felicidad terrenal, aparece como un bien cada vez más espiritualpor razón de su
fuente celestial.

1. El Dios de paz.

Ya en los comienzos de la historia bíblica se ve a Gedeón construir un altar a «Yahveh


Ñalom» Jue 6,24. Dios, que domina en el cielo puede, en efecto, crear la paz Is 45,7. De él se espera,
pues, este bien. «Yahveh, es grande, que quiere la paz de su servidor» Sal 35,27: bendice a
Israel Num 6,26, su pueblo Sal 29,11, la casa de David 1Re 2,33, el sacerdocio Mal 2,5. En consecuencia,
quien confía en él puede dormirse en paz Sal 4,9 Is 26,3. «¡Haced votos por la paz de Jerusalén!
Vivan en seguridad los que te aman» Sal 122,6 Sal 125,5 128,6.

2. Da pacem, Domine!

Este don divino lo obtiene el hombre por la oración confiada, pero también por una «actividad de
justicia», pues Dios quiere que coopere a su establecimiento en la tierra, cooperación que se
muestra ambigua a causa del pecado que se hace presente. La historia del tiempo de los jueces es
la de Dios que suscita libertadores encargados de restablecer esa paz que Israel ha perdido por
sus faltas. David piensa haber realizado su cometido una vez que ha liberado al país de sus
enemigos 2Sa 7,1. El rey ideal,se llama Salomón, rey pacífico 1Par 22,9, bajo cuyo reinado se unen
fraternamente los dos pueblos del norte y del sur 1Re 5.

3. La lucha por la paz.

a. El combate profético. Ahora bien, este ideal se corrompe pronto, y los reyes tratan de
procurarse la paz, no como fruto de la justicia divina, sino con alianzas políticas, con frecuencia
impías. Conducta ilusoria, que parece autorizada por la palabra de apariencia profética de ciertos
hombres, menos solícitos de escuchar a Dios que «de tener algo que meterse en la boca» Miq 3,5:
en pleno estado de pecado osan proclamar una paz durable Jer 14,13. Hacia el año 850 Miqueas,
hijo de Yimla, se alza para disputar a estos falsos profetas la palabra y la realidad de la
paz 1Re 22,13-28. La lucha se hace muyviva con ocasión del sitio de Jerusalén Jer 23,9-40. El don de la
paz requiere la supresión del pecado y por tanto un castigo previo. Jeremías acusa: «Curan
superficialmente la llaga de mi pueblo diciendo: ¡Paz! ¡Paz! Y sin embargo, no hay paz» Jer 6,14.
Ezequiel clama: ¡Basta de revoques! La pared tiene que caer Ez 13,15s. Pero una vez que ésta se ha
derrumbado, los que profetizaban desgracias, seguros ya de que no hay ilusión posible, proclaman
de nuevo la paz. A los exilados anuncia Dios: «Yo, sí, sé el designio que tengo sobre vosotros,
designio de paz y no de desgracia: daros porvenir y esperanza» Jer 29,11 33,9. Se concluirá una
alianza de paz, que suprima las bestias feroces, garantice seguridad, bendición Ez 34,25-30, pues,
dice Dios, «yo estaré con ellos» Ez 37,26.

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b. La paz escatológica. Esta controversia sobre la paz está latente en el conjunto del mensaje
profético. La verdadera paz se despeja de sus limitaciones terrenales y de sus falsificaciones
pecadoras, convirtiéndose en un elemento esencial de la predicación escatológica. Los oráculos
amenazadores de los profetas terminan ordinariamente con un anuncio de restauración
copiosa Os 2,20... Am 9,13. Isaías sueña con el «príncipe de la paz» Is 9,5 Zac 9,9s, que dará una «paz
sin fin» Is 9,6, abrirá un nuevo paraíso, pues «él será la paz» Miq 5,4. La naturaleza está sometida al
hombre, los dos reinos separados se reconciliarán, las naciones vivirán en paz Is 2,2.. 11,1.. 32,15-
20 65,25, «el justo florecerá» Sal 72,7. Este evangelio de la paz Nah 2,1, la liberación de
Babilonia Is 52,7 55.12, es realizado por el siervo doliente 53,5, que con su sacrificio anuncia cuál será
el precio de la paz. Así pues, «¡paz al que está lejos y al que está cerca! Las heridas serán
curadas» 57,19. Los gobernantes del pueblo serán paz y justicia 60,17: «Voy a derramar sobre ella la
paz como río, y la gloria de las naciones como torrente desbordado» 66,12 48,18 Zac 8,12.

c. Finalmente, la reflexión sapiencial aborda la cuestión de la verdadera paz. La fe afirma,: «Gran


paz para los que aman tu ley; nada es para ellos escándalo» Sal 119,165; pero los acontecimientos
parecen contradecirla Sal 73,3 suscitando el problema de la retribución. Éste sólo quedará
plenamente resuelto Eclo 44,14 con la creencia en la vida futura perfecta y personal: «Las almas de
los justos están en la mano de Dios... A los ojos de los insensatos parecen muertos... pero están en
paz» Sab 3,1ss, es decir, en la plenitud de los bienes, en la bienaventuranza.

III. LA PAZ DE CRISTO

La esperanza de los profetas y de los sabios se hace realidad concedida en Jesucristo, pues el
pecado es vencido en él y por él; pero en tanto que no muera el pecado en todo hombre, en tanto
que no venga el Señor el úl timo día, la paz sigue siendo un bien venidero; el mensaje profético
conserva, pues, su valor: «el fruto de la justicia se siembra en la paz por los que practican la
paz» Sant 3,18 Is 32,17. Tal es el mensaje que proclama el NT, de Lucas a Juan, pasando por Pablo.

1. El evangelista Lucas quiere en forma especial trazar el retrato del rey pacífico. A su
nacimiento anunciaron los ángeles la paz a los hombres, a los que Dios ama Lc 2,14; este mensaje,
repetido por los discípulos gozosos que escoltan al rey a su entrada en su ciudad 19,38, no quiere
acogerlo Jerusalén 19,42. En la boca del rey pacífico los votos de paz terrena se convierten en un
anuncio de salvación: como buen judío, dice Jesús: «¡Vete en paz!», pero con esta palabra
devuelve la salud a la hemorroísa 8,48 p, perdona los pecados a la pecadora arrepentida 7,50,
marcando así su victoria sobre el poder de la enfermedad y del pecado. Como él, los discípulos
ofrecen a las ciudades, junto con su saludo de paz, la salvación en Jesús 10,5-9. Pero esta salvación
viene a trastornar la paz de este mundo: «¿Pensáis que he venido a traer la paz a la tierra? No,
sino la división» 12.51. De este modo Jesús no se contenta con proferir las mismas amenazas que
los profetas contra toda seguridad engañosa 17,26-36 1Tes 5,3, sino que separa los miembros de una
misma familia. Según el decir del poeta cristiano, no vino a destruir la guerra, sino a sobreañadir la
paz, la paz de pascua que sigue a la victoria definitiva Lc 24,36. Así pues, los discípulos irradiarán
hasta los confines del mundo la pax israelitica Act 7,26 9,31 15,23, que en el plano religioso es como
una transfiguración de la pax romana 24,2, pues Dios anunció la paz por Jesucristo mostrándose «el
Señor de todos» 10,36.
2. Pablo, uniendo ordinariamente en los saludos de sus cartas la gracia a la paz, afirma así su
origen y su estabilidad. Manifiesta sobre todo el nexo que tiene con la redención. Cristo, que es
«nuestra paz», hizo la paz, reconcilió a los dos pueblos uniéndolos en un solo cuerpo Ef 2,14-22,
«reconcilió a todos los seres consigo, tanto a los de la tierra como a los del cielo, haciendo la paz
por la sangre de su cruz» Col 1,20. Así pues, como «estamos reunidos en un mismo cuerpo», «la paz
de Cristo reina en nuestros corazones» Col 3,15, gracias al Espíritu que crea en nosotros un vínculo
sólido Ef 4,3. Todo creyente, justificado, está en paz por Jesucristo con Dios Rom 5,1, el Dios de amor
y de paz 2Cor 13,11, que lo santifica «a fondo» 1Tes 5,23. La paz, como la caridad y el gozo,
es fruto del Espíritu Gal 5,22 Rom 14,17, es la vida eterna anticipada acá abajo Rom 8,6, rebasa toda

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inteligencia Flp 4,7, subsiste en la tribulación Rom 5,1-5, irradia en nuestras relaciones con los
hombres 1Cor 7,15 Rom 12,18 2Tim 2,22, hasta el día en que el Dios de paz que resucitó a
Jesús Heb 13,20, habiendo destruido a Satán Rom 16,20, restablezca todas las cosas en su integridad
original.
3. Juan explicita todavía más la revelación. Para él, como para Pablo, es la paz fruto
del sacrificio de Jesús Jn 16,33; como en la tradición sinóptica, no tiene nada que ver con la paz de
este mundo.

Como el AT, que veía en la presencia de Dios entre su pueblo el bien supremo de la paz
(p.e. Lev 26,12 Ez 37,26), muestra Juan en la presencia de Jesús la fuente y la realidad de la paz, lo
cual es uno de los aspectos característicos de su perspectiva. Cuando la tristeza invade a los
discípulos que van a ser separados de su Maestro, Jesús los tranquiliza: «La paz os dejo, mi paz
os doy» Jn 14,27; esta paz no está ya ligada a su presencia corporal, sino a su victoria sobre
el mundo; por eso Jesús, victorioso de la muerte, da con su paz el Espíritu Santo y el poder sobre
el pecado 20,19-23.

4. Beata pacis visio. El cristiano, firme en la esperanza que le lleva a contemplar


la Jerusalén celestial Ap 21,2, tiende a realizar la bienaventuranza: «Bienaventurados los
pacíficos» Mt 5,9, pues esto es vivir como Dios, ser hijos de Dios en el Hijo único, Jesús. Tiende por
tanto con todas sus fuerzas a establecer acá en la tierra la concordia y la tranquilidad. Ahora bien,
esta política cristiana de la paz terrenal se muestra tanto más eficaz cuanto que es sin ilusión; tres
principios guían su infatigable prosecución.

Sólo el reconocimiento universal del señorío de Cristo por todo el universo en el último
advenimiento establecerá la paz definitiva y universal. Sólo la Iglesia, que rebasa las distinciones
de raza, de clase y de sexo Gal 3,28 Col 3,11, es en la tierra el lugar, el signo y la fuente de la paz
entre los pueblos, puesto que ella es el cuerpo de Cristo y la dispensadora del Espíritu. Finalmente,
sólo la justicia delante de Dios y entre los hombres es el fundamento de la paz; puesto que ella es
la que suprime el pecado, origen de toda división. El cristiano sostendrá su esfuerzopacífico
oyendo a Dios, único que da la paz, hablar a través del salmo, en que están reunidos los atributos
del Dios de la historia: «Lo que dice Dios es la paz para su pueblo... Fidelidad brota de la tierra y
justicia mira desde lo alto de los cielos. Yahveh mismo dará la dicha, y la tierra su fruto. Justicia
marchará ante su faz, y paz en la huella de sus pasos» Sal 85,9-14.

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