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Comunidad

La comunidad se define como una unión de personas libres que comparten vida y objetivos a través de conocimiento e intimidad, requiriendo entrega y renuncia para beneficiar a nuevos miembros. La primera comunidad cristiana de Jerusalén se caracterizó por la oración unánime, la escucha de la Palabra de Dios y la creencia compartida, viviendo en comunión.

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Comunidad

La comunidad se define como una unión de personas libres que comparten vida y objetivos a través de conocimiento e intimidad, requiriendo entrega y renuncia para beneficiar a nuevos miembros. La primera comunidad cristiana de Jerusalén se caracterizó por la oración unánime, la escucha de la Palabra de Dios y la creencia compartida, viviendo en comunión.

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COMUNIDAD

La comunidad vive la fe, se preocupa por la necesidad del otro y va en busca


de Jesús entienden que el compromiso es de todos; nuestras comunidades,
están llamadas a mirar su realidad, sus necesidades, sus limitaciones, para
ponerse en camino al, “encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el
amor.

Reunión de personas con intención de poner en común los bienes, los ideales y
los sistemas de vida. Si no hay intención de comunicación y espíritu de
comunión (entrega y unidad) no hay comunicación, sino simplemente
agrupación y conjunto.

La comunidad no deber entendida sólo como una sociedad, una corporación


determinada por una circunstancia (vivienda, trabajo, diversión), en la cual el
factor conglomerante es la norma y los vínculos consensuados.

Esa dimensión social va desde la horda a la banda, pero sin llegar a la


intimidad y a la compenetración La horda (muchedumbre, multitud, tropa,
chusma, masa, gentío) se caracteriza por ser conjunción de seres humanos
unidos por azar o necesidad, sin conocimientos ni afectos mutuos y de forma
ocasional y superficial.

La banda se caracteriza por la restricción en función de objetivos


predeterminados (musical, criminal) y supone limitación de número, objetivos
rectores claros, reparto de roles, eficacia de resultados.

La comunidad es mucho más que horda, grupo, banda, tropel, más que
sociedad, compañía y corporación. Es unión de personal libres, que comparten
vida y objetivos, que implica conocimiento e intimidad, que exige entrega y
renuncia a beneficios, que se abre a la fecundidad con nuevos miembros a los
que se ayuda a nacer, crecer, madurar y ser capaces de acciones fecundas y
vitales.

Decir que la Iglesia es una comunidad de fe, implica todo lo que se dice de la
idea general de la comunidad; pero es añadir que Dios es el que convoca a ella

Javier Gómez O.
de forma gratuita y que la respuesta de cada miembro es la que hace a esa
comunidad viva y actuante en el mundo.

Pedro Chico González, Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa,


Editorial Bruño, Lima, Perú 2006

La primera realidad que aparece en la Iglesia concreta es su calificación como


“comunidad”, siguiendo la expresión del concilio Vaticano II: “Cristo, el único
Mediador, estableció en este mundo su Iglesia santa, comunidad de fe, de
esperanza y de amor” (LG 8). Se trata del “signo interior” sacramental (res et
sacramentum) que manifiesta a la Iglesia como “comunidad”, gracias a las tres
virtudes teologales que la inspiran, sólo cognoscible en el interior de la opción
creyente. Es esta, pues, la fenomenología más inmediata de la Iglesia-
sacramento que se sitúa en el intermedio tanto de la pura visibilidad del signo
externo (sacramentum tantum), como de la pura espiritualidad de la realidad
última (res tantum) y, por tanto, comparte una doble dimensión al ser signo
visible, a saber, el testimonio dela comunidad cristiana y su vida, sólo
perceptible de forma interior, es decir, gracias a la fe, la esperanza y el amor.
Por eso se puede hablar de la comunidad creyente como signo interior de la
Iglesia-sacramento.

En efecto, a partir del Vaticano II es muy común la traducción de las diversas


instituciones eclesiales más próximas como son la diócesis, la parroquia, la
casa religiosa, el movimiento apostólico…, en “comunidad”, ya sea, diocesana,
parroquial, religiosa, laical…, aunque la primacía la ocupe normalmente la
>parroquia como “comunidad cristiana” por excelencia. En definitiva, con esta
calificación se quiere expresar la nueva comprensión de la Iglesia y su forma
concreta de visibilidad, en clave de comunidad o unidad en común. De hecho,
la misma palabra “comunidad” aplicada a la Iglesia es una novedad del
Vaticano II, puesto que de sus ciento ochenta y tres usos en sus documentos,
la mitad son sinónimos de Iglesia. Esta situación es aún más llamativa cuando
se constata que esta identificación no era habitual hasta este concilio, ya que la
palabra “comunidad” no se encuentra nunca, ni en los documentos del Vaticano
I, ni en la encíclica eclesiológica Mystici Corporis (1943), ni en los manuales
sobre la Iglesia inmediatamente preconciliares (S. Tromp, T. Zapelena, J.
Salaverri, M. Schmaus…).

Como primer introductor católico moderno aparece sin duda Y. Congar, que ya
en 1953 en el interior de su teología del laicado la propuso con fuerza
precisando que era una visión que el protestantismo desarrolló unilateralmente
y que estuvo mucho tiempo desvirtuada. Seguramente se tiene aquí la razón
de su ausencia en la tradición católica moderna. De hecho, Lutero traducía la
palabra griega “ekklésia” por comunidad (Gemeinde) y la ligaba al “sacerdocio
común o de los fieles”. Esta concepción es sin duda la que impide que la encí-
clica Mediator Dei de 1947 use la expresión comunidad, aunque de hecho

Javier Gómez O.
representó un fuerte impulso de la “participación” de todo el pueblo de Dios en
la Liturgia al formularla como “culto público”.

El sustantivo “ekklésia” se deriva del verbo “kaleó” y significa literalmente “la


comunidad de los llamados”, que en su uso en el Nuevo Testamento se traduce
por “comunidad o asamblea de la comunidad o Iglesia”. La expresión
“comunidad” para designar a la Iglesia va paralela a la palabra “>comunión”, y
esta última suple frecuentemente a la anterior para designar a la Iglesia,
aunque la palabra “koinónia” no se encuentre nunca en el Nuevo Testamento
con el sentido de Iglesia. Quizá la expresión neotestamentaria equivalente a
esta última sea “adelphotés” o >fraternidad de 1Pe 2,17; 5,9, que designa a la
Iglesia como comunidad de hermanos y hermanas bautizados. Con todo, este
intercambio no siempre facilita su comprensión, puesto que, por un lado, la
expresión “comunión” está ligada en el uso común a la práctica sacramental, y
por otro, la palabra “comunidad” no acaba de dar razón de la realidad teológica
y bíblica procedente del término griego “koinónia”. Por esta razón, quizá sea
bueno mantener la doble expresión y la misma aproximada sinonimia de
“comunión” y “comunidad”, para tener presente la “constelación semántica” (G.
Alberigo) que supone todo este concepto para expresar la naturaleza de la
Iglesia.

A su vez, una comprensión profunda de la Iglesia como comunidad comportará


calificarla como “comunidad sacramental”. Esta sacramentalidad apunta a la
realidad última de la comunidad que está en el interior, especialmente en la
Eucaristía —base decisiva de la eclesiología del >Cuerpo de Cristo—, y a su
vez, sacramentalidad que se manifiesta de forma significativa en la historia
humana —aportación clave de la eclesiología del >pueblo de Dios—. De ahí
que la perspectiva de la Iglesia como “comunidad sacramental”, recupera la
historicidad con la palabra “comunidad” y asume la interioridad con la
calificación de “sacramental” convirtiéndose en la comprensión más profunda
de la eclesiología de la comunión.

1. La comunidad de Jerusalén.

Los Hechos nos presentan la formación de la primera comunidad:


“Perseveraban unánimes en la oración’ (1, 141. La fe es para la comunidad de
Jerusalén la respuesta a una triple revelación: pascual, evangélica, escritura
Pascual.- La comunidad toma conciencia de que Jesús, el resucitado, está a la
derecha de Dios, en comunión de naturaleza y de atributos con el Padre (Hch
7,56) Evangélica.- A la luz de la manifestación gloriosa de Jesús, reconsidera
toda su vida como preludio de la revelación pascual (Hch 4, l 0-12; 5,30-31 ;
3,131.)
-1 Bíblica.- La Escritura y los dichos de Jesús les sirven para atéstiguar que él
es verdaderamente el Mesías. La comunidad siente presente a Cristo cuando
invoca su nombre (Hch 9,14-21 bajo la guía de los apóstoles, que lo hacen

Javier Gómez O.
vivo, palpitante, presente. La comunidad de Jerusalén ha representado siempre
el punto de comparación para la vida asociada dentro de la Iglesia.

-2. La “koinonía” es la dimensión fundamental de la comunidad.

La comunidad primitiva sabe que ella es la “nueva comunidad, del antiguo


Israel. Toda la vida de la comunidad se desarrolla en torno a Cristo presente en
la comunidad, incluso después de la Ascensión, a través de los apóstoles: “y
seréis mis testigos en Jemsalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los
confines de la tierra’ (Hch 1, 8.

a) Comunidad que escucha . y vive la Palabra de Dios.- Es una vida en


continua tensión escatológica. Cada uno de los miembros de la comunidad
tiene su lugar y su misión específica (Mc l 0, 45. Lc’12,37. Rom 15,8. La única
cualificación que se exige de los miembros de la comunidad es una voluntad de
servicio que tiene como raíz y como término el amor (Jn 13,1 -7. l Pe l ,22;
2,17; 3,8; 4,8), El tema de fondo de la comunidad es la koinonía (Mt 7 21. l Jn
3,8: Sant 2,14. 1,221.

b)’ Comunidad que cree.- La vida cristiana de la comunidad es una vida nueva.
“Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común’ (Hch 2, 44. ” Una
multitud de hombres y mujeres se incorporó al número de los que creían en
Jesús’ (Hch 5,141.)
La koinonía de la comunidad está animada por un aspecto cada vez más
creativo. “El grupo de los creyentes y nadie pensaban y sentían lo mismo,
consideraba como propio nada de lo que poseía, sino que tenían en común
todas las cosas” (Hch 4,3.)
c) Comunidad que ora.- No es el individuo el que ora; es la comunidad de los
hermanos la que, consciente de su propia comunión con Cristo presente y con
los hermanos, se hace comunidad de oración.

1) El hombre se experimenta desde su nacimiento como incorporado a una c.


Pero esta relación con la c. no constituye solamente una disposición fáctica,
sino que el hombre mismo quiere vivir en c. (aun cuando esta voluntad de
relacionarse, tanto desde la perspectiva del individuo como desde el punto de
vista de la c., esté sometida a una dialéctica histórica, condicionada por la
culpa, es decir, por la voluntad defectuosa), pues para su propio desarrollo
necesita, no sólo – y ni siquiera primariamente- lo otro, en el sentido de lo
meramente objetivo, sino al otro como ser personal. El devenir del hombre en
cuanto un “yo”, proceso que no se identifica con el desarrollo orgánico del
cuerpo, sólo puede y quiere realizarse como un hacerse uno mismo a través de
un tú personal. En efecto, sólo en medio de la convivencia personal puede
producirse connaturalmente el devenir de la propia mismidad. Esta mediación
del tú – voluntariamente aceptada – para la constitución de la –> persona, por
su parte no sólo debe realizarse de cara al individuo, sino también de cara a la

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c., que quiere al individuo como miembro suyo. Mas tal condicionamiento
mutuo y voluntario significaría solamente una necesaria pero unilateral c.
utilitaria, si descansara solamente en la mera reciprocidad de la mediación
personal. Ni el individuo existe solamente por la c., ni la c. tan sólo por el
individuo; más bien, uno y otro polo tienen su centro y su significado en la
exigencia de la verdad que se manifiesta en ellos como fundamento que da
sentido a la vida personal. La exigencia de la vida de la verdad o, dicho
teológicamente, de la palabra de Dios, es tanto el medio como el fundamento
en el que y por el que puede y debe haber relación personal como c.

Porque esta relación dialogística que abarca al individuo y a la c. no siempre


está fácticamente ahí, sino que debe crearse intencionadamente en el curso de
la historia, a causa de la voluntad del individuo que yerra en la verdad o la
rechaza, o bien a causa de una oferta falsa o de una falsa estructura en la c.,
ella cae en una pugna interna y conduce a actitudes unilaterales en las que la
c. avasalla al individuo y lo degrada convirtiéndolo en mero momento de sí
misma, o, viceversa, el individuo ya no está integrado en la c. de forma fructí-
fera, sino frecuentemente de forma destructora; y, en consecuencia, finalmente
el todo de la c. ya no puede ser lugar y medio de la creciente verdad de la vida
misma. La relación dialogística en que cada persona y la c. reciben y realizan
en cada caso el ser y el derecho que les corresponde, se transforma así en una
relación dialéctica que, en el mejor de los casos, sólo puede establecer en la
historia del mundo un relativo equilibrio social mediante compromisos externos.
Precisamente en cuanto esta dialéctica determina la historia universal, toda c.
concreta e histórica, por mucho que se distinga de la -> sociedad en general,
por su propio sentido interno está en camino de su disolución o(y)
consumación.

2) Las distintas dimensiones históricas de la corporal y concreta existencia


humana, así como las decisiones opuestas con su consecuente dualismo
histórico, engendran las distintas formas de c., a saber: en la dimensión de la
relación sexual y personal: –> matrimonio y –> familia; en la dimensión
cohumana: amistad y fraternidad; en el campo político y cultural: nación,
pueblo, –> Estado, hasta llegar a la única c. de los hombres, cada vez más
intensa en la actualidad; y finalmente, en el ámbito religioso: la c. de fe y de
culto (–>Iglesia).

3) Las contradicciones históricas o fácticas de la vida social y con ello, de la


comunitaria, en la que el individuo ha sido puesto sin su consentimiento previo,
exige que no se acepten simplemente las díferentes c., sino que se las
transforme constantemente de manera crítica y creadora, de modo que
correspondan a la naturaleza de la c. y al carácter dialogístico del individuo o,
por lo menos, se mantenga un relativo equilibrio personal. Pero la vida de la c.
no puede convertirse en hechura del hombre, pues está constantemente
condicionada por el evento liberador y creador de la llegada de la palabra viva
de la verdad como realidad que fundamenta la c. Esta situación oscilante de
posibilidad e imposibilidad de disponer sobre la c., está tanto más insegura por
el hecho de que el hombre tiene poder para cambiar el ser humano y, dándose
por otro lado la necesidad de superar la contradictoria situación histórica, se

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halla constantemente ante el peligro de conceder un carácter absoluto a ese
poder, y en parte no sabe cuándo lo hace de hecho. El –> colectivismo, el
totalitarismo, el fenómeno de las masas y, por otro lado, el aislamiento radical,
son formas ideológicamente pervertidas de la actuación destinada a
transformar la c.

Aun cuando el hombre es y en cierto modo debe ser señor de procesos


sociales e históricos, sin embargo, con frecuencia él no puede reducir a unidad
armónica sus efectos sociales ya existentes, ni prever las consecuencias de las
acciones presentes. Por eso está abocado, o bien al vacío optimismo de una –
>utopía del futuro, o bien a la –> esperanza de que, a pesar de la obligación
que se le ha impuesto de configurar la c. y la sociedad, no obstante, será la
palabra transcendente de la verdad misma la que vuelva siempre a traer la
renovación y la continuación; una esperanza que para los cristianos en último
término sólo es posible en virtud de aquella promesa que ofrece al conjunto de
la c. humana el -> reino de Dios como consumación. Pero tampoco esta
promesa, que no prevé simplemente un perfeccionamiento rectilíneo, sino
amplias crisis individuales y colectivas como una de sus fases, elimina de
antemano plena y necesariamente la dialéctica intramundana. En efecto, esa
promesa de consumación no puede traducirse sin más a cada situación
presente y, por tanto, no sabemos en forma fija qué modalidad concreta de c. o
qué acciones encaminadas a cambiar la sociedad (reforma o no reforma) se
exigen en virtud de la promesa. Por más que para el cristiano el anticipo que se
le abre en cada situación histórica, con su orientación hacia el futuro
transcendente, no sea el objeto de una mera utopía intramundana, sino el lugar
donde se cumple la promesa divina, que por otra parte ya se ha realizado
inicialmente; sin embargo, tampoco para el cristiano está tan claro el fin futuro
como consumación de la c. humana, que él sepa en qué manera críticamente
liberadora y creadora debe configurarse la vida de la c. en medio de la
contradictoria situación histórica y partiendo de ella.

A pesar de todo esfuerzo honrado, a pesar de la obligación de configurar que


tiene el hombre, es más, a pesar de las acciones destructoras del hombre que
configura, sólo queda la esperanza de que aquel de quien no se puede
disponer se haga evento como el que verdadera y profundamente fundamenta
la c., a fin de que así, la mala dialéctica histórica de la vida finita de la c. que el
hombre ya no es capaz de abarcar con su mirada ni de dominar con su poder,
pueda transformarse en la verdadera dialogística de la consumación.

La Palabra de Dios y la comunidad de fe están inseparablemente unidas. La


Palabra de Dios, que llamó al mundo a su existencia, es la misma Palabra que
llamó a Abram de «su tierra y su parentela» para ser Abraham, «padre de
muchas naciones» unidas por su [Link] es el padre de la comunidad de
fe. En ambos casos, es Palabra creadora del cosmos y de la humanidad, así
como de la comunidad de creyentes.

Javier Gómez O.
La comunidad de fe reconoce a la Biblia como la Palabra de Dios, y es la
Palabra de Dios la que le ha dado origen. La Palabra de Dios convoca, nutre,
dirige, establece y anima a la comunidad de fe para que cumpla cabalmente su
misión. Sin la Palabra y el Espíritu no habría un solo creyente en el Dios y
Padre de nuestro Señor Jesucristo. No habría comunidad de fe, no habría
Iglesia.

La comunidad de fe receptora de la Palabra de Dios la recibió en las lenguas


de sus pueblos: hebreo, arameo y griego. Entendiendo su centralidad en la vida
de la Iglesia pasó al latín y a otras lenguas usadas en el mundo mediterráneo
de los primeros siglos de la era cristiana. Luego de superar el trauma que le
significó creer que había lenguas sagradas y con siglos de retardo que
impidieron el avance de su misión, la Reforma protestante del siglo XVI liberó la
Palabra de Dios poniéndola al alcance de las naciones de Europa en sus
propios idiomas. Ese ímpetu reformador continuó en los siguientes siglos, y ha
permitido a los cristianos de cualquier parte del mundo confesar: ¡Dios habla mi
idioma! La traducción bíblica ha sido y es la actividad indeclinable de la Iglesia.

¿Qué es la iglesia?

La Biblia no define la Iglesia. Habla de ella, presentándola en diferentes formas,


algunas relacionales, como pueblo de Dios, familia de Dios, comunidad del
Espíritu. Otras, pictóricas, usando metáforas, como cuerpo de Cristo, esposa
de Cristo, templo del Espíritu Santo. También, «la sal de la tierra», «una carta
de Cristo», «pescadores de hombres», «ramas de la vid». Paul Minear
presenta una lista de unas 96 diferentes imágenes y analogías de la Iglesia
halladas en el Nuevo Testamento[1]. Tomándolas en forma unitaria y en su
vinculación propia, solo ellas pueden poner de manifiesto la naturaleza y el
carácter de la Iglesia de Cristo. Para nuestro propósito, hemos de considerar a
la Iglesia, la comunidad de fe, desde una perspectiva trinitaria, esto es, como
pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y comunidad del Espíritu.

Pueblo de Dios

El pueblo de Israel fue testigo de los grandes hechos de Dios, especialmente


del éxodo (Is 43.10, Lv 26.12). Los discípulos de Cristo, el nuevo Israel de Dios,
fueron testigos del más grande hecho de Dios, la resurrección de Jesús de
entre los muertos (Hch 1.8). Ambos son pueblo de Dios, afirmando así su
unidad histórica y su continuidad misionera: Ser testigos del único Dios
viviente, libre y soberano. La Iglesia es, pues, un pueblo testigo y un pueblo de
testigos.

Javier Gómez O.
El pueblo de Dios está llamado también a ser un pueblo siervo y un pueblo de
siervos. La liberación de Egipto es para servir a YHVH (Ex 8.1; 9.1; 10.3). En el
Nuevo Testamento se mantiene la misma nota, así como Jesús es el Señor-
Siervo, así su comunidad debe ser sierva y de siervos (Mc 10.45; 2 Co 4.5). La
iglesia sierva está llamada a servir a Dios y al mundo de Dios, a la gente (Mt
20.25–26).

La Iglesia testigo y sierva de Dios encuentra expresión en su adoración,


oración y alabanza, en la relación de amor de su comunidad; en sus
ministerios: evangelizador, docente y profético; en su servicio de misericordia y
en su lucha por la justicia y la paz; en su mayordomía de la creación y en su
acción apostólica hasta lo último de la tierra.

Cuerpo de Cristo

Esta descripción de la Iglesia aparece en las cartas de Pablo. En Efesios 4.4–


16, las siete dimensiones de la unidad de la Iglesia: Un cuerpo, un Espíritu, una
esperanza, un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos. La
cabeza de este cuerpo es Cristo. Esta imagen orgánica de la Iglesia trasmite el
mensaje de la dependencia mutua de todos los miembros de la comunidad,
quienes han recibido diferentes dones, que deben ser usados para edificación
de la comunidad entera; así como la común dependencia de todos los
miembros del cuerpo, de aquel que es la cabeza, Cristo (Cf. Col 1.15–20; Ef
5.23).

La unidad de la Iglesia, que proviene del Espíritu Santo, debe ser guardada por
los miembros de la comunidad que deben vivir en amor, el cual debe
expresarse en conductas humildes, amables, pacientes y tolerantes (Ef 4.1–3).
La unidad de la Iglesia debe efectivizarse, si anhela que su misión en el mundo
sea fructífera.

Comunidad del Espíritu

La Iglesia no solo ha recibido los dones de Dios, sino que es la morada de


Dios, en Espíritu. Es cristófora, portadora de Cristo; y sus miembros también lo
son. Esta realidad apunta a su carácter y al carácter de sus miembros: Ser
parecidos a Jesús.

La Iglesia sellada, guiada y llena del poder del Espíritu, es la «nueva creación»
de Dios, la primera señal de la «nueva humanidad», que Dios está creando en
Cristo Jesús. Ella constituye los «primeros frutos» de la nueva edad. La Iglesia
testifica no solo con sus palabras y obras, sino también a veces con su propia
vida. La Iglesia sirve también a costo de su vida.

Javier Gómez O.
La Iglesia crece y es edificada, pero como comunidad del Espíritu celebra y
espera con esperanza. Aquí y ahora experimenta el sabor del gozo de su vida
nueva en el compañerismo del Espíritu. La Iglesia es así una señal del Reino
de Dios.

La Iglesia es la «comunidad alternativa» a los odios de raza, de género, de


clase, porque quiere vivir la libertad con que Cristo la hizo libre (Gl 3.28). La
Iglesia es la comunidad donde los extraños y los extranjeros son bienvenidos,
donde el poder es para servir y no para servirse; donde el poder no es
dominación ni acumulación, sino entrega por el bien común. La comunidad del
Espíritu tiene en Cristo a quien mejor la cuida y protege, llevándola a la
humildad y al arrepentimiento para el mejor cumplimiento de su misión.

La Biblia y la Iglesia

Para la Iglesia, la Biblia es la suprema y última autoridad en todo lo


concerniente a la fe y conducta de ella, tanto en forma comunitaria como
individual. Toda tradición que la Iglesia acoja y practique, o documento que
suscriba, o magisterio que ofrezcan sus doctores o predicadores, deberá pasar
por el escrutinio de la Palabra de Dios, y subordinarse a su autoridad final. Por
ello, es de singular importancia que las comunidades de fe, expresiones
concretas de la Iglesia, conozcan cuál es la misión de la Biblia.

Por otro lado, la Iglesia conoce y reconoce su misión a partir de la Biblia. La


misión en la Biblia es el paso previo que la Iglesia debe tomar para responder
adecuadamente a las demandas históricas. El peregrinaje del pueblo de Dios a
través de los siglos, le ha significado la búsqueda de la voluntad de Dios para
servir a su generación de acuerdo al propósito divino. La política general de la
misión de la Iglesia le está dada en la Biblia. La Iglesia es agencia del Reino de
Dios; por ello, su fin histórico y escatológico es glorificar a Dios. Sin embargo,
ella debe reconocer los tiempos de la misión, a través del impulso del Espíritu,
la meditación en la Palabra y la consideración de «las señales de los tiempos».

La misión de la Iglesia se realiza en un determinado contexto (espacio, tiempo,


cultura) en el cual participa, y al cual debe «dar razón de su esperanza». Este
contexto cuestiona a la Iglesia y le demanda que se dirija a él con la Palabra de
Dios (texto) y no con palabra humana, sea esta a través de la antropología, la
sociología, la economía o la mercadotecnia. De ese encuentro entre el contexto
y el texto, la Iglesia es conducida a su acción misionera. La Iglesia comienza su
misión con la revelación, con el texto; pero cronológicamente lo hace con la
situación, con el contexto. Y de esta aproximación entre la voz de Dios y las
necesidades humanas surgirá su acción misionera. De allí la importancia de
considerar el rol de la Biblia en la misión.

La misión de la Biblia

Javier Gómez O.
La misión de la Biblia es salvífica y práctica. Veamos brevemente 2 Timoteo
3.14–17. San Pablo anima a su hijo espiritual Timoteo a la perseverancia en el
camino de la fe y a mantener sus convicciones, no movido en primer lugar por
las emociones, sino por un doble conocimiento: de su maestro y de las
Sagradas Escrituras —las cuales había conocido desde su niñez.

¿Qué sabiduría es la que contienen las Sagradas Escrituras? En cinco


palabras: La sabiduría de la salvación. La Biblia es un texto soteriológico. No es
un libro científico ni filosófico, sino salvífico. Y esa salvación de Dios se
encuentra en una persona, no en una religión ni en una iglesia, sino en Cristo.
Recordemos que las Escrituras que Pablo tenía eran las del Antiguo
Testamento. Todo el Antiguo Testamento está «lleno» de Cristo: nos habla del
Cristo prometido. El Nuevo Testamento, por su parte, nos habla del Cristo
histórico de los Evangelios; del Cristo de la experiencia de la comunidad de fe
en los Hechos; del Cristo de la fe de las comunidades cristianas en las
epístolas; y del Cristo victorioso del Apocalipsis. La salvación de Dios siempre
fue, es y será por Cristo.

¿Cómo recibimos esa salvación que está en Cristo? La respuesta inequívoca


de Pablo y de todos los autores del Nuevo Testamento es: Por la fe. Hablamos
de la fe en Cristo. Fe que conoce al Dios que se ha revelado en Jesús. Y a
este, lo conoce como Dios verdadero y hombre verdadero. El mismo que murió
por nuestros pecados y resucitó para que seamos aceptados por Dios, que
ahora está en el lugar de suprema autoridad, sobre todo lo creado visible e
invisible, y ha enviado su Espíritu, el cual está obrando en el mundo y en su
Iglesia.

Pero la fe no solo conoce sino confía. Confía en Jesús como Señor y Salvador.
Le entrega la vida completa. Descansa en él para esta vida y la venidera. Tiene
en Jesús toda su esperanza y seguridad para este tiempo y para la eternidad.
La fe también confiesa: «anuncia las maravillas de Aquel que nos llamó de las
tinieblas a su luz admirable». La fe invita con gozo y urgencia a otras personas
a adherirse a Jesús, el Hijo de Dios. Finalmente, la fe nos compromete con el
reino de Dios, con el mundo de Dios y con el pueblo de Dios.

Enseguida el texto nos conduce a los predios soteriológicos de la Biblia y del


discipulado. Permitiéndonos proyectarnos en la afirmación, que el Antiguo y el
Nuevo Testamento son Palabra de Dios, que tienen su origen en él y que a él
le pertenecen. Y, que su propósito es útil y práctico, hacernos buenas personas
preparadas para toda buena obra. La finalidad soteriológica es hacer santa a la
gente cristiana. Y la finalidad práctica hacerla servicial.

La misión en la Biblia

Javier Gómez O.
Propondremos dos descripciones. La primera: La misión de la Iglesia es dar
testimonio al mundo del único Dios viviente, libre y soberano, quien se ha
revelado en forma redentora en la persona y obra de su Hijo unigénito, Jesús
de Nazaret; y dar ese testimonio con la presencia y poder del Espíritu Santo. La
segunda: La misión de la Iglesia es dar testimonio del reino de Dios en el
mundo de Dios.

El testimonio (marturía) de la Iglesia se sella y rubrica, siguiendo el mismo


camino del «Testigo Fiel y Verdadero», el Señor que llegó al martirio
(testimonio) de la cruz. Cruz que es palabra y acción del Dios de gracia al
mundo en desgracia. Si la misión de la Iglesia es dar testimonio, este debe ser
integral. Entendiéndose por integral, en primer término, que no haga violencia a
la revelación bíblica. Dando por sentado, que el Nuevo Testamento norma
nuestro entendimiento del Antiguo, pero que se debe tomar la integridad de la
revelación, para entender el testimonio de la Iglesia. (Is 43 y Hch 1.1–11).

Hablamos también, de testimonio integral de la Iglesia, en el sentido que tiene


que hacer llegar la luz de la Palabra de Dios a la totalidad de la vida humana.
Presupone esta última afirmación, una concepción de la realidad, la cual, en
términos bíblicos, es espiritual y material. Y se expresa en una trilogía: Dios, mi
prójimo y la naturaleza. Testimonio integral de la Iglesia es el que
interrelaciona, dinámicamente, estas realidades y busca expresarlas.

Poco a poco vamos superando el mal entendido concepto de la Iglesia, muy en


boga en los años setenta del siglo pasado. A la pregunta, ¿cuál es la misión de
la Iglesia?, las confesiones evangélicas más conservadoras cerraban filas y
respondían: La misión es evangelizar. Otras iglesias de sectores liberales
respondían: La misión es servir. Algunos grupos de «avanzada», tanto al
interior de la Iglesia Católica como de iglesias protestantes, afirmaban la acción
política: La misión es liberar. En nuestros días, para algunas comunidades
cristianas, la misión es promover la prosperidad de sus miembros. Sin duda
que cada una de estas respuestas tiene un elemento de verdad, a la vez que
notamos un reduccionismo de la misión de la Iglesia. Reduccionismo que no
hace justicia a «todo el consejo de Dios» que tenemos en la revelación bíblica.

Actualmente se va abriendo paso la visión —más bíblica— de la misión


integral. A través de la cual, a nuestro entender, la Iglesia cumple diferentes
funciones: Litúrgica, comunitaria (koinonía), soteriológica, diaconal, profética,
administrativa (mayordomía) y ecuménica. Y cada una de estas funciones tiene
una dimensión evangelizadora. Todas ellas fluyen de la Palabra de Dios y a
ella están sujetas.

En la historia de la Iglesia, ha sucedido que diferentes ramas de ella han hecho


énfasis especial en algunas de las funciones ya señaladas, o en algunas de las
dimensiones dentro de ellas; y como normalmente sucede, al hacer énfasis en
algunos aspectos de la misión se ignoran otros. Hay confesiones cristianas con
una notable fuerza litúrgica, como la Iglesia Católica Romana, la Ortodoxa, la
Episcopal o la Luterana. Otras, como casi la totalidad de las iglesias

Javier Gómez O.
evangélicas, han hecho vibrar la evangelización como su nota dominante, y a
veces monocorde. La comunión cristiana es la impronta de los Cuáqueros,
Menonitas, o algunas comunidades carismáticas. Las iglesias Reformadas y
Presbiterianas son reconocidas por el lugar predominante que se le ha dado al
ministerio docente. Históricamente, solamente dentro de las iglesias
evangélicas se ha percibido antagonismo hacia el servicio social, o se le ha
visto con suspicacia ante el peligro de caer en el «evangelio social». Sin
embargo, en nuestros días las iglesias entienden con más claridad que el
servicio de amor es parte de su responsabilidad.

Dicho esto pasaremos a compartir algunos contenidos de las funciones de la


Iglesia, y dimensiones dentro de ellas, en los cuales apreciamos su raigambre
bíblica. No los expondremos ni los comentaremos, porque pensamos que nos
saldríamos del marco de esta presentación. Solamente las describiremos

La Palabra de Dios y la comunidad de fe están inseparablemente unidas. La


Palabra de Dios, que llamó al mundo a su existencia, es la misma Palabra que
llamó a Abram de «su tierra y su parentela» para ser Abraham, «padre de
muchas naciones» unidas por su [Link] es el padre de la comunidad de
fe. En ambos casos, es Palabra creadora del cosmos y de la humanidad, así
como de la comunidad de creyentes.

La comunidad de fe reconoce a la Biblia como la Palabra de Dios, y es la


Palabra de Dios la que le ha dado origen. La Palabra de Dios convoca, nutre,
dirige, establece y anima a la comunidad de fe para que cumpla cabalmente su
misión. Sin la Palabra y el Espíritu no habría un solo creyente en el Dios y
Padre de nuestro Señor Jesucristo. No habría comunidad de fe, no habría
Iglesia.

La comunidad de fe receptora de la Palabra de Dios la recibió en las lenguas


de sus pueblos: hebreo, arameo y griego. Entendiendo su centralidad en la vida
de la Iglesia pasó al latín y a otras lenguas usadas en el mundo mediterráneo
de los primeros siglos de la era cristiana. Luego de superar el trauma que le
significó creer que había lenguas sagradas y con siglos de retardo que
impidieron el avance de su misión, la Reforma protestante del siglo XVI liberó la
Palabra de Dios poniéndola al alcance de las naciones de Europa en sus
propios idiomas. Ese ímpetu reformador continuó en los siguientes siglos, y ha
permitido a los cristianos de cualquier parte del mundo confesar: ¡Dios habla mi
idioma! La traducción bíblica ha sido y es la actividad indeclinable de la Iglesia.

¿Qué es la iglesia?

Javier Gómez O.
La Biblia no define la Iglesia. Habla de ella, presentándola en diferentes formas,
algunas relacionales, como pueblo de Dios, familia de Dios, comunidad del
Espíritu. Otras, pictóricas, usando metáforas, como cuerpo de Cristo, esposa
de Cristo, templo del Espíritu Santo. También, «la sal de la tierra», «una carta
de Cristo», «pescadores de hombres», «ramas de la vid». Paul Minear
presenta una lista de unas 96 diferentes imágenes y analogías de la Iglesia
halladas en el Nuevo Testamento[1]. Tomándolas en forma unitaria y en su
vinculación propia, solo ellas pueden poner de manifiesto la naturaleza y el
carácter de la Iglesia de Cristo. Para nuestro propósito, hemos de considerar a
la Iglesia, la comunidad de fe, desde una perspectiva trinitaria, esto es, como
pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y comunidad del Espíritu.

Pueblo de Dios

El pueblo de Israel fue testigo de los grandes hechos de Dios, especialmente


del éxodo (Is 43.10, Lv 26.12). Los discípulos de Cristo, el nuevo Israel de Dios,
fueron testigos del más grande hecho de Dios, la resurrección de Jesús de
entre los muertos (Hch 1.8). Ambos son pueblo de Dios, afirmando así su
unidad histórica y su continuidad misionera: Ser testigos del único Dios
viviente, libre y soberano. La Iglesia es, pues, un pueblo testigo y un pueblo de
testigos.

El pueblo de Dios está llamado también a ser un pueblo siervo y un pueblo de


siervos. La liberación de Egipto es para servir a YHVH (Ex 8.1; 9.1; 10.3). En el
Nuevo Testamento se mantiene la misma nota, así como Jesús es el Señor-
Siervo, así su comunidad debe ser sierva y de siervos (Mc 10.45; 2 Co 4.5). La
iglesia sierva está llamada a servir a Dios y al mundo de Dios, a la gente (Mt
20.25–26).

La Iglesia testigo y sierva de Dios encuentra expresión en su adoración,


oración y alabanza, en la relación de amor de su comunidad; en sus
ministerios: evangelizador, docente y profético; en su servicio de misericordia y
en su lucha por la justicia y la paz; en su mayordomía de la creación y en su
acción apostólica hasta lo último de la tierra.

Cuerpo de Cristo

Esta descripción de la Iglesia aparece en las cartas de Pablo. En Efesios 4.4–


16, las siete dimensiones de la unidad de la Iglesia: Un cuerpo, un Espíritu, una
esperanza, un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos. La
cabeza de este cuerpo es Cristo. Esta imagen orgánica de la Iglesia trasmite el
mensaje de la dependencia mutua de todos los miembros de la comunidad,
quienes han recibido diferentes dones, que deben ser usados para edificación
de la comunidad entera; así como la común dependencia de todos los
miembros del cuerpo, de aquel que es la cabeza, Cristo (Cf. Col 1.15–20; Ef
5.23).

Javier Gómez O.
La unidad de la Iglesia, que proviene del Espíritu Santo, debe ser guardada por
los miembros de la comunidad que deben vivir en amor, el cual debe
expresarse en conductas humildes, amables, pacientes y tolerantes (Ef 4.1–3).
La unidad de la Iglesia debe efectivizarse, si anhela que su misión en el mundo
sea fructífera.

Comunidad del Espíritu

La Iglesia no solo ha recibido los dones de Dios, sino que es la morada de


Dios, en Espíritu. Es cristófora, portadora de Cristo; y sus miembros también lo
son. Esta realidad apunta a su carácter y al carácter de sus miembros: Ser
parecidos a Jesús.

La Iglesia sellada, guiada y llena del poder del Espíritu, es la «nueva creación»
de Dios, la primera señal de la «nueva humanidad», que Dios está creando en
Cristo Jesús. Ella constituye los «primeros frutos» de la nueva edad. La Iglesia
testifica no solo con sus palabras y obras, sino también a veces con su propia
vida. La Iglesia sirve también a costo de su vida.

La Iglesia crece y es edificada, pero como comunidad del Espíritu celebra y


espera con esperanza. Aquí y ahora experimenta el sabor del gozo de su vida
nueva en el compañerismo del Espíritu. La Iglesia es así una señal del Reino
de Dios.

La Iglesia es la «comunidad alternativa» a los odios de raza, de género, de


clase, porque quiere vivir la libertad con que Cristo la hizo libre (Gl 3.28). La
Iglesia es la comunidad donde los extraños y los extranjeros son bienvenidos,
donde el poder es para servir y no para servirse; donde el poder no es
dominación ni acumulación, sino entrega por el bien común. La comunidad del
Espíritu tiene en Cristo a quien mejor la cuida y protege, llevándola a la
humildad y al arrepentimiento para el mejor cumplimiento de su misión.

La Biblia y la Iglesia

Para la Iglesia, la Biblia es la suprema y última autoridad en todo lo


concerniente a la fe y conducta de ella, tanto en forma comunitaria como
individual. Toda tradición que la Iglesia acoja y practique, o documento que
suscriba, o magisterio que ofrezcan sus doctores o predicadores, deberá pasar
por el escrutinio de la Palabra de Dios, y subordinarse a su autoridad final. Por
ello, es de singular importancia que las comunidades de fe, expresiones
concretas de la Iglesia, conozcan cuál es la misión de la Biblia.

Javier Gómez O.
Por otro lado, la Iglesia conoce y reconoce su misión a partir de la Biblia. La
misión en la Biblia es el paso previo que la Iglesia debe tomar para responder
adecuadamente a las demandas históricas. El peregrinaje del pueblo de Dios a
través de los siglos, le ha significado la búsqueda de la voluntad de Dios para
servir a su generación de acuerdo al propósito divino. La política general de la
misión de la Iglesia le está dada en la Biblia. La Iglesia es agencia del Reino de
Dios; por ello, su fin histórico y escatológico es glorificar a Dios. Sin embargo,
ella debe reconocer los tiempos de la misión, a través del impulso del Espíritu,
la meditación en la Palabra y la consideración de «las señales de los tiempos».

La misión de la Iglesia se realiza en un determinado contexto (espacio, tiempo,


cultura) en el cual participa, y al cual debe «dar razón de su esperanza». Este
contexto cuestiona a la Iglesia y le demanda que se dirija a él con la Palabra de
Dios (texto) y no con palabra humana, sea esta a través de la antropología, la
sociología, la economía o la mercadotecnia. De ese encuentro entre el contexto
y el texto, la Iglesia es conducida a su acción misionera. La Iglesia comienza su
misión con la revelación, con el texto; pero cronológicamente lo hace con la
situación, con el contexto. Y de esta aproximación entre la voz de Dios y las
necesidades humanas surgirá su acción misionera. De allí la importancia de
considerar el rol de la Biblia en la misión.

La misión de la Biblia

La misión de la Biblia es salvífica y práctica. Veamos brevemente 2 Timoteo


3.14–17. San Pablo anima a su hijo espiritual Timoteo a la perseverancia en el
camino de la fe y a mantener sus convicciones, no movido en primer lugar por
las emociones, sino por un doble conocimiento: de su maestro y de las
Sagradas Escrituras —las cuales había conocido desde su niñez.

¿Qué sabiduría es la que contienen las Sagradas Escrituras? En cinco


palabras: La sabiduría de la salvación. La Biblia es un texto soteriológico. No es
un libro científico ni filosófico, sino salvífico. Y esa salvación de Dios se
encuentra en una persona, no en una religión ni en una iglesia, sino en Cristo.
Recordemos que las Escrituras que Pablo tenía eran las del Antiguo
Testamento. Todo el Antiguo Testamento está «lleno» de Cristo: nos habla del
Cristo prometido. El Nuevo Testamento, por su parte, nos habla del Cristo
histórico de los Evangelios; del Cristo de la experiencia de la comunidad de fe
en los Hechos; del Cristo de la fe de las comunidades cristianas en las
epístolas; y del Cristo victorioso del Apocalipsis. La salvación de Dios siempre
fue, es y será por Cristo.

¿Cómo recibimos esa salvación que está en Cristo? La respuesta inequívoca


de Pablo y de todos los autores del Nuevo Testamento es: Por la fe. Hablamos
de la fe en Cristo. Fe que conoce al Dios que se ha revelado en Jesús. Y a
este, lo conoce como Dios verdadero y hombre verdadero. El mismo que murió
por nuestros pecados y resucitó para que seamos aceptados por Dios, que
ahora está en el lugar de suprema autoridad, sobre todo lo creado visible e

Javier Gómez O.
invisible, y ha enviado su Espíritu, el cual está obrando en el mundo y en su
Iglesia.

Pero la fe no solo conoce sino confía. Confía en Jesús como Señor y Salvador.
Le entrega la vida completa. Descansa en él para esta vida y la venidera. Tiene
en Jesús toda su esperanza y seguridad para este tiempo y para la eternidad.
La fe también confiesa: «anuncia las maravillas de Aquel que nos llamó de las
tinieblas a su luz admirable». La fe invita con gozo y urgencia a otras personas
a adherirse a Jesús, el Hijo de Dios. Finalmente, la fe nos compromete con el
reino de Dios, con el mundo de Dios y con el pueblo de Dios.

Enseguida el texto nos conduce a los predios soteriológicos de la Biblia y del


discipulado. Permitiéndonos proyectarnos en la afirmación, que el Antiguo y el
Nuevo Testamento son Palabra de Dios, que tienen su origen en él y que a él
le pertenecen. Y, que su propósito es útil y práctico, hacernos buenas personas
preparadas para toda buena obra. La finalidad soteriológica es hacer santa a la
gente cristiana. Y la finalidad práctica hacerla servicial.

La misión en la Biblia

Propondremos dos descripciones. La primera: La misión de la Iglesia es dar


testimonio al mundo del único Dios viviente, libre y soberano, quien se ha
revelado en forma redentora en la persona y obra de su Hijo unigénito, Jesús
de Nazaret; y dar ese testimonio con la presencia y poder del Espíritu Santo. La
segunda: La misión de la Iglesia es dar testimonio del reino de Dios en el
mundo de Dios.

El testimonio (marturía) de la Iglesia se sella y rubrica, siguiendo el mismo


camino del «Testigo Fiel y Verdadero», el Señor que llegó al martirio
(testimonio) de la cruz. Cruz que es palabra y acción del Dios de gracia al
mundo en desgracia. Si la misión de la Iglesia es dar testimonio, este debe ser
integral. Entendiéndose por integral, en primer término, que no haga violencia a
la revelación bíblica. Dando por sentado, que el Nuevo Testamento norma
nuestro entendimiento del Antiguo, pero que se debe tomar la integridad de la
revelación, para entender el testimonio de la Iglesia. (Is 43 y Hch 1.1–11).

Hablamos también, de testimonio integral de la Iglesia, en el sentido que tiene


que hacer llegar la luz de la Palabra de Dios a la totalidad de la vida humana.
Presupone esta última afirmación, una concepción de la realidad, la cual, en
términos bíblicos, es espiritual y material. Y se expresa en una trilogía: Dios, mi
prójimo y la naturaleza. Testimonio integral de la Iglesia es el que
interrelaciona, dinámicamente, estas realidades y busca expresarlas.

Poco a poco vamos superando el mal entendido concepto de la Iglesia, muy en


boga en los años setenta del siglo pasado. A la pregunta, ¿cuál es la misión de
la Iglesia?, las confesiones evangélicas más conservadoras cerraban filas y

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respondían: La misión es evangelizar. Otras iglesias de sectores liberales
respondían: La misión es servir. Algunos grupos de «avanzada», tanto al
interior de la Iglesia Católica como de iglesias protestantes, afirmaban la acción
política: La misión es liberar. En nuestros días, para algunas comunidades
cristianas, la misión es promover la prosperidad de sus miembros. Sin duda
que cada una de estas respuestas tiene un elemento de verdad, a la vez que
notamos un reduccionismo de la misión de la Iglesia. Reduccionismo que no
hace justicia a «todo el consejo de Dios» que tenemos en la revelación bíblica.

Actualmente se va abriendo paso la visión —más bíblica— de la misión


integral. A través de la cual, a nuestro entender, la Iglesia cumple diferentes
funciones: Litúrgica, comunitaria (koinonía), soteriológica, diaconal, profética,
administrativa (mayordomía) y ecuménica. Y cada una de estas funciones tiene
una dimensión evangelizadora. Todas ellas fluyen de la Palabra de Dios y a
ella están sujetas.

En la historia de la Iglesia, ha sucedido que diferentes ramas de ella han hecho


énfasis especial en algunas de las funciones ya señaladas, o en algunas de las
dimensiones dentro de ellas; y como normalmente sucede, al hacer énfasis en
algunos aspectos de la misión se ignoran otros. Hay confesiones cristianas con
una notable fuerza litúrgica, como la Iglesia Católica Romana, la Ortodoxa, la
Episcopal o la Luterana. Otras, como casi la totalidad de las iglesias
evangélicas, han hecho vibrar la evangelización como su nota dominante, y a
veces monocorde. La comunión cristiana es la impronta de los Cuáqueros,
Menonitas, o algunas comunidades carismáticas. Las iglesias Reformadas y
Presbiterianas son reconocidas por el lugar predominante que se le ha dado al
ministerio docente. Históricamente, solamente dentro de las iglesias
evangélicas se ha percibido antagonismo hacia el servicio social, o se le ha
visto con suspicacia ante el peligro de caer en el «evangelio social». Sin
embargo, en nuestros días las iglesias entienden con más claridad que el
servicio de amor es parte de su responsabilidad.

Dicho esto pasaremos a compartir algunos contenidos de las funciones de la


Iglesia, y dimensiones dentro de ellas, en los cuales apreciamos su raigambre
bíblica. No los expondremos ni los comentaremos, porque pensamos que nos
saldríamos del marco de esta presentación. Solamente las describiremos

Javier Gómez O.
1.- Una comunidad identificada con Jesús.

La identificación con Jesús significa que los miembros de la comunidad "están


con él", están
de su parte en lo que dice y hace en relación a Dios y en el trato y defensa de
la persona. De
una comunidad cristiana se ha de poder decir que "se parece mucho a Jesús
de Nazaret." (Mt
10,37-39. Mt.16924-25.)

2.- Una comunidad del Espíritu.

La comunidad cristiana ha de tener el espíritu de Jesús que es esa fuerza que


le alentaba a El
para hacer la voluntad del Padre. El espíritu de Jesús es el Espíritu Santo que
le guía para
comunicar la verdad y para hacer el bien aunque le sea costoso. Y el que da
valor para salir a
la sociedad a contar lo que Dios hace y es para el hombre.(Jn 16,7-15.)

3.- Una comunidad de personas libres.

Libres del temor: en el amor no existe el temor. (1 Jn, 4918)


Libres del pecado, de la impiedad, del orgullo, del afán de
poder y mandar, (Mt.20,20-28), del afán de poseer (Mt.6,24),
libres de complejos de superioridad e inferioridad.

4- Una comunidad de iguales.

Todos los miembros de la comunidad cristiana son iguales


porque son "hermanos" (Mc 3,35. y Mt. 28,10). La igualdad
no excluye la repartición de tareas o la organización. Las
tareas se reparten según carismas o cualidades de los
lb
miembros de la comunidad.

5.- Una comunidad abierta a todos.

Javier Gómez O.
No una comunidad de solo los listos, de solo los negros, de solo los jóvenes, de
solo españoles,
Es una comunidad que acoge a todos y antes que a nadie a los más
despreciados, a los descreídos, (si quieren entrar). (Mt. 28,18-20.)

6.- Una comunidad solidaria.

La comunidad cristiana que se parece o sigue a Cristo ha optado por la


pobreza (no por la
necesidad o miseria) para poder así ayudar a los necesitados, caídos,
abrumados, de dentro y
de fuera de la comunidad. Es una comunidad generosa. (Hechos 2,42-47.)

7.- Una comunidad de servicio. (no de servicios.)

En la comunidad cristiana se participa en todas las tareas, también en tareas


menos llamativas
o menos cómodas: cocinar, limpiar, hacer recados, visitar enfermos,
acompañar al que está solo
o al triste, enterrar. . . Una comunidad cristiana si tiene dinero lo pone a servir a
los quieren trabajar
porque tienen fuerza, salud, inteligencia, maña pero no tienen trabajo.(Hechos
4,32-35)

8.- Una comunidad eucarística: agradecida a Dios.

La comunidad cristiana está compuesta por personas que creen que Dios ama
a cada persona
sea de la raza que sea, y por ello les perdona su pecado. Y además la
comunidad vive la esperanza
de una vida gloriosa y feliz Y por eso se reúnen para mostrar su
agradecimiento, recordar su
amor y renovar el compromiso de servirle amando a los hijos de Dios. (Hechos
2,42 ss)

Javier Gómez O.
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