Waldo Ansaldi
Capítulo I: La trunca transición del régimen oligárquico al régimen democrático.
La importancia de la Ley Sáenz Peña
A partir de 1912 se produjo, a nivel nacional, una transición de la dominación
oligárquica a la democrática, proceso que se interrumpe y trunca, no sólo por el golpe
militar de septiembre de 1930, sino también por los límites que tienen la propia
democratización política (por la exclusión de las mujeres y de los habitantes de los
Territorios Nacionales) y el mismo proceso de transición (persistencia de formas de
dominación oligárquica).
La ley 8.871 establece un nuevo régimen electoral de sufragio universal masculino,
secreto y obligatorio para mayores de 18 años, con asignación de dos terceras partes de
cargos por elegir a la lista que obtenga mayor cantidad de votos y el tercio restante a la
que le siga. Quedan excluidos del derecho a voto las mujeres y los extranjeros de ambos
sexos, como varones argentinos comprendidos por razones de incapacidad (dementes,
sordomudos), de estado y condición (eclesiásticos, militares, policías, presos, mendigos)
y/o indignidad (diez casos, entre ellos el de los dueños de prostíbulos). La ley no se
aplica en los Territorios Nacional, cuyos habitantes varones argentino de 18 años no
tienen derecho a voto en las elecciones nacionales.
La ley impulsada por los sectores transformistas (es decir, como acción política que
procura decapitar política e ideológicamente a las clases subalternas mediante la
integración de sus intelectuales) de la burguesía argentina, persigue descomprimir la
presión de los sectores excluidos del sistema de decisión política y permitir la libre
competencia electoral entre partidos socialmente representativos.
Se aplicó por primera vez el 7 de abril de 1912. La Unión Cívica Radical (UCR) triunfó
holgadamente en la provincia de Santa Fe y ajustadamente en Capital Federal, mientras
el oficialismo (conservadores) lo hizo en los otros trece distritos electorales o
provincias. El conservadurismo tuvo 22 opositores: 13 diputados radicales, 6 cívicos
nacionales, 2 socialistas y 1 liguistas del sur. En las elecciones complementarias de
1913, en la ciudad de Buenos Aires, venció el Partido Socialista (PS). El mismo año, el
PS ganaba las elecciones comunales realizadas en Córdoba.
En las legislativas, el socialismo repitió su triunfo en la ciudad-puerto incorporando a
otros cinco diputados y el radicalismo ganaba en Entre Ríos y Santa Fe. De las 63
bancas de diputados, el oficialismo conservador obtenía 33 y la oposición, considerada
en bloque, 30 (21 radicales, 7 socialistas y 2 liguistas del sur). Los conservadores
continuaban siendo mayoría.
El 2 de abril de 1916 se realizaron los primeros comicios para escoger electores de
presidente y vice mediante el procedimiento del voto secreto y obligatorio. Del
1.189.254 inscriptos en el padrón electoral (15% de la población) votaron 745.875.
Quedaron excluidas las mujeres y los extranjeros, además de una abstención coyuntural
de varones en condiciones de ejercer la ciudadanía política. La UCR se presentó en los
15 distritos electorales y obtuvo la mayor cantidad de votos (45.59%) triunfó en 6 de
ellos.
El Partido Demócrata Progresista (PDP) se presentó en 6 distritos. En Corrientes y Salta
era mayoría, mientras alcanzaba el segundo lugar en Córdoba, Santa Fe y Tucumán. En
Salta fue holgado, llegando al 59,8% de los sufragios. En la ciudad de buenos Aires,
donde radicales y socialistas polarizaban la elección, el resultado fue poco favorable. La
fórmula partidaria Lisandro de la Torre-Alejandro Carbó engrosaba el número de
electores merced a los 14 elegidos por los Partidos Demócrata de San Luis, y
Concentración Conservadora, de Catamarca.
Las formaciones provinciales optaron por mantener la constelación del conservadurismo
oligárquico de nítido perfil caudillista y clientelista. En suma, los conservadores
tradicionales alcanzaron el 25% del total de votos para electores de presidente y vice.
El Partido Socialista fue opción electoral en catorce distritos, pero sólo tuvo el 8.8% de
votos, con una importante votación en Capital Federal con el segundo lugar.
Los 300 miembros del Colegio Electoral se distribuían en cinco bloques: radicales (133
electores), conservadores (70), demoprogresistas (64), radicales disidentes de Santa Fe
(19) y socialistas (14). Para consagrar presidente y vice eran necesarios los votos de la
mitad más uno (151). La fórmula triunfadora no tenía asegurada la elección por sus
propios electores (faltan 18), mientras los otros 167 no conformaban una alianza
antirradical.
La democracia política que comienza a construirse en 1912 era ampliada y restringida a
la vez. En la transición del régimen político oligárquico al democrático es ampliado no
sólo por incorporar al sistema de decisiones políticas “a las clases de formación
reciente” (media y obrera), sino, por hacer posible el ejercicio del sufragio masculino en
un país en el cuál a nivel nacional, no ha habido formal restricción a su universalidad.
El temprano acceso para construir una democracia política liberal no es lo
suficientemente firme. Tampoco logra modificar una de las claves del sistema político
argentino, el de la bifacialidad o doble lógica de funcionamiento de la mediación
política, la partidaria y la corporatista. Pese a la ley y su decisivo efecto en la
constitución de un genuino sistema de partidos, la lógica corporatista tiende
crecientemente a definir el rasgo predominante de ese sistema.
Los años de la transición de la dominación oligárquica a la democrática y la
interrupción de ésta muestran la permanencia y el despliegue de viejos y estructurales
componentes y prácticas de la cultura política argentina: caudillismo, clientelismo,
intolerancia, intransigencia, fraude electoral.
Entre 1912 y 1916 se produce un cambio en el régimen político, y esto lleva a una crisis
de una forma de Estado. La ley Sáenz Peña modificó el régimen político y amplió la
participación en el sistema de decisión política, aún manteniendo restricciones como la
exclusión de las mujeres, de los inmigrantes e incluso de los argentinos residentes en los
Territorios Nacionales.
La ley Sáenz Peña permitió la creación de un sistema de partidos competitivo o (según
Giovanni Sartori, el pasaje de un sistema de partido predominante a un sistema de
partidos de pluralismo limitado). En términos de ejercicio del poder de clase, la ley hizo
posible el pasaje de la hegemonía organicista a la hegemonía pluralista, la nota
dominante fue la continuidad del carácter burgués de la hegemonía. Ella se aprecia en
distintos campos y fue particularmente notable en los campos económico (modelo
primario-exportador) y cultural. Adicionalmente, la burguesía democrática no podía
ampliar la base social de su dominación incorporando más efectiva y eficazmente a las
clases subalternas. La solución fue la recurrencia de la burguesía conservadora al golpe
de Estado militar. En 1930 la ausencia más notable es la de las fuerzas democráticas,
tanto las burguesas, en primer lugar, cuanto las de las clases media y obrera.
Esto puede relacionarse con que la ampliación de la democracia política resalta la
debilidad del sistema de partidos políticos y Parlamento como vehículo de mediación
entre la sociedad civil y la sociedad política. Hubo un proceso de disidencias y fracturas
partidarias que dificultaba la función representativa de los partidos. Los conservadores
no lograron constituir un verdadero partido nacional. El radicalismo experimentó
desprendimientos provinciales de envergadura, que originaron sendos partidos
devenidos mayoritarios en sus respectivas jurisdicciones, y especialmente la ruptura de
1924-1925, cuando los radicales opositores a Hipólito Yrigoyen, encabezados por
Alvear, dieron origen a la Unión Cívica Radical Antipersonalista, conformándose dos
partidos que concurrieron separados y enfrentados en las elecciones nacionales de 1926
y 1928. El Partido Socialista se dividió en 1915, 1918 y 1927, dando lugar al efímero
Partido Socialista Argentino, el Partido Socialista Internacional y el Partido Socialista
Independiente. El Partido Demócrata Progresista no logró articularse como una fuerza
política de los sectores burgueses transformistas, es decir, una derecha democrática ni
como una liberal-progresista, con “un colorido casi radical-socialista”, según la
pretensión de Lisandro de la Torre.
La cuestión de la mediación entre sociedad civil y Estado.
Yrigoyen gobernó con un Poder Legislativo adverso que trababa u obstaculizaba la
adopción de medidas que requerían el acuerdo parlamentario. Recién en 1918 el
radicalismo alcanzó la mayoría y la presidencia en la Cámara de Diputados,
consolidando posiciones en 1920-1921. En el Senado la mayoría conservadora permitía
el efectivo desempeño de reaseguro oligárquico. La práctica contubernista contribuía a
complicar el accionar parlamentario de las fuerzas políticas antioligárquica, dividiendo
a éstas y diluyendo la eficacia del Parlamento como ámbito en el cual dirimir, conforme
a reglas, las diferencias, las coincidencias, los acuerdos y hasta las fracturas.
El radicalismo (y en particular el yrigoyenismo durante el sexenio 1916-1922) gobernó
en un contexto caracterizado por una ambigüedad, por una institucionalización perversa
del conflicto político-social: en efecto, el Poder Ejecutivo fue controlado por una fuerza
democrática con una fuerte base popular urbana, mientras el Poder Legislativo tenía una
composición caracterizada por la mayoría democrática en la Cámara de Diputados y la
mayoría oligárquica, con poder de veto, en la Cámara de Senadores. Los sectores
oligárquicos de la burguesía argentina, tenían una sobrerrepresentación que les permitía
convertir al Parlamento en su principal trinchera institucional de oposición al
reformismo, diluyendo la capacidad y potencialidad transformadora de éste.
El Parlamento, en tanto no expresaba la real correlación de fuerzas sociales y políticas,
aparecía como una institución debilitada para desempeñar con eficacia su función
articuladora entre las demandas de la sociedad civil y la capacidad de decisión estatal.
Yrigoyen se auto concibe como ejecutor de un mandato encomendado por el pueblo y
como personificación de los valores de éste. Esto permite concebir al Poder Ejecutivo
como realización de la soberanía popular, privando al Legislativo de su condición de
expresión de un valor democrático y reduciéndolo a un mero organismo técnico. La
oposición hizo de la defensa de las atribuciones y del papel del Congreso el centro de su
accionar. La oposición oligárquica representaba un papel oportunista, defendía una
bandera en la que no creía, pero el efecto político no era desdeñable. La oposición
democrática (socialista y demoprogresista) no tenía fuerzas para constituirse en una
alternativa al radicalismo.
Otro aspecto de la gestión radical que contribuyo a debilitar la mediación partidaria y a
potenciar la corporatista fue la política obrera del primer gobierno de Hipólito
Yrigoyen. Se destacaba la novedad y la importancia de un gobierno que atendía
demandas proletarias. Esa atención no es generalizable a todos los obreros, sino que está
preferente y cuidadosamente dirigida a los reclamos presentados por sindicatos de
servicios estratégicos para la economía agroexportadora argentina, como ferroviarios y
portuarios. Parece evidente que la práctica del denominado “obrerismo” yrigoyenista
contribuyó a consolidar una forma corporatista de mediación entre la sociedad civil y el
Estado, la cual atiende y defiende intereses particulares bien sectoriales.
El CATCH ALL RADICAL
Yrigoyen enfatiza la condición de coalición social de la UCR, la cual permite pensar a
la agrupación más como movimiento y menos como partido stricto sensu. “La Unión
Cívica Radical no está con nadie ni contra nadie, sino con todos para bien de todos”.
La concepción omnicomprensiva con la que el radicalismo se piensa a sí mismo es
reforzada por una declaración de principios sostenida desde los inicios partidarios y
comprendida en la célebre afirmación de Leandro Alem acerca de una UCR que puede
romperse, pero no doblarse.
Toda la cultura política argentina se construyó, desde el momento inicial, conforme a la
lógica de la guerra, que concibe la confrontación en término de amigo/enemigo y
produce acciones para eliminar al disidente, antes que la lógica de la política, para la
cual es necesario construir una arena donde puedan dirimirse los conflictos sin apelar al
aniquilamiento físico del otro.
La derecha violenta
En el límite, la violencia de las palabras deviene violencia de los hechos. Los grupos
parapoliciales nacionalistas, antisemitas y xenófobos aparecidos en 1909 y, sobre todo,
la Liga Patriótica, constituida en 1919, son buenos y tempranos ejemplos de tal
conversión. Esta organización, autodefinida paradójicamente como “asociación de
ciudadanos pacíficos armados”, desarrolló, bajo la consigna “Orden y patria”, una
acción doble: como grupo (ilegal pero tolerado) de choque (atacando a obreros y judíos
porteños) y como agente de propaganda y organización político-ideológicas.
La Liga fue la creación de un sector prominente de la burguesía y era una manifiesta
demostración de la intolerancia de la clase frente a la democracia política y las
demandas de justicia social. Manuel Carlés, presidente de la Liga, señalaba que la
cuestión social se resuelve con “orden y mucho orden”, aplicando “el correctivo que se
merecen los que atenten contra la dignidad de la patria”. La Liga se proponía luchar por
la estirpe criolla, el idioma (español) y la soberanía.
La Liga obtuvo la adhesión de núcleo de clase media urbana, con temor a la revolución
social o a la alteración del orden. Esto provocó una fractura entre las clases media y
obrera, que afectó la posibilidad de constitución de un sólido bloque social democrático
capaz de enfrentar a la burguesía. Aún así, no extraña esa adhesión, ya que la clase
media tenía vinculaciones con el radicalismo.
Yrigoyenistas, socialistas y clase obrera
El socialismo fracaso en articular un frente social que reuniera a obreros industriales,
chacareros pampeanos y clase media urbana y que generara una acumulación de fuerzas
democráticas para producir cambios por la vía de las reformas.
En contrapartida, el radicalismo era capaz de ganar la adhesión de trabajadores, aun
cuando el “obrerismo” de Yrigoyen muestra su contracara en situaciones en las que la
movilización social se intensifica o radicaliza y/o en aquellas en las cuales la protesta
obrera aparenta superar las posibilidades de su control por las fuerzas policiales, y el
gobierno actúa de manera represiva. Esto sucedió en 1917 (huelga de trabajadores de la
carne y petroleros), 1919 (huelga metalúrgica, Semana Trágica), 1919-1921 (huelgas de
los obreros de fábricas y obrajes de La Forestal, en Chaco y Santa Fe), 1920-1921
(huelga de los trabajadores rural patagónicos), 1917-1922 y 1928 (huelgas de los
obreros rurales pampeanos).
Relaciones entre los gobiernos radicales y el movimiento obrero: un aspecto central gira
en torno a la percepción socialista de la política de Yrigoyen, que combinaba renuencia
a impulsar cambios en materia de derecho laboral con preferencia a abordar ésta por la
vía del decreto presidencial antes que mediante leyes sancionadas por el Parlamento. Al
mismo tiempo, el gobierno empleaba su poder para arbitrar en favor de los trabajadores
en ciertas situaciones conflictivas, pero recurría a la represión cuando se trataba de
“calmar” a los desconfiados e intranquilos burgueses. El radicalismo no derogó la
represiva Ley de Residencia promulgada en 1902 por el gobierno del general Roca.
Tampoco la de “Defensa Social”, de julio de 1910.
El agotamiento de la capacidad de expansión del modelo económico y su patrón de
acumulación, fijó una dependencia con control nacional del sistema productivo. Ese
control permitió una política intervencionista del Estado con independencia del carácter
oligárquico o democrático con que era ejercida la dominación política de clase. El
Estado controlaba los mecanismos de movilidad social de la clase media urbana y
empleaba el gasto público como un medio eficaz para promover o restringir el acceso de
sectores de esa clase a cargos de status elevado. El incremento del clientelismo estatal
durante la década y media de radicalismo en el gobierno nacional es explicable y
factible por esa razón.
El radicalismo se enfrentó con dos demandas de la sociedad, la democracia política y la
democracia social. La clase media reclamaba democracia política y no tenía demasiado
interés en la democracia social; la clase obrera exigía la justicia social y descreía, en sus
corrientes mayoritarias, anarquistas y sindicalistas, de la democracia política. Los
radicales prestaron menor atención a la segunda.
Las intervenciones federales y el debilitamiento de la democracia
En el campo de las relaciones entre poder federal y poderes provinciales, las acciones de
gobierno tuvieron un efecto negativo. Con la convicción de la necesidad de proceder a
la “reparación nacional”, devolviendo a los pueblos de las provincias los derechos
usurpados por la oligarquía. Yrigoyen procedió a intervenir las provincias dominadas
por los conservadores o afectadas por disidencias internas del propio radicalismo, con el
objetivo de modificar la composición del Senado nacional. El presidente aplicó la
intervención federal en diecinueve ocasiones, afectando a trece de las catorce
provincias.
La práctica excesiva de las intervenciones federales fue un elemento erosionante no sólo
del federalismo sino de la propia democracia política. Las prácticas desarrolladas
revelan una fuerte dificultad para procesar las diferencias, tanto de fuerzas externas al
partido como interiores. Esto produjo el debilitamiento de la democracia política,
aunque este no se buscaba.
Una vez más, la cuestión de las mediaciones
El vacío que produjo la eficacia de los partidos y el Parlamento en la mediación política
partidaria tendía a ser cubierto por las asociaciones de interés, reforzando la mediación
política corporatista. Entre las asociaciones de interés, no sólo encontramos
representativas de la gran burguesía, sino también de los sindicatos obreros y las
organizaciones de las colectividades de inmigrantes.
El papel creciente de las asociaciones de interés coexistió con un debilitado sistema de
partidos políticos/Parlamento. Así es como se constituyó una red compleja de
instituciones mediadoras, que conectaba a gobernantes y gobernados en una práctica
que tiende a definirse mucho más como económico-corporativa que nacional-estatal o
nacional-popular.
En el período de los gobiernos radicales (1916-1930), la hegemonía pluralista de la
burguesía tendió a expresarse a través de varias y diferentes instituciones mediadoras
entre la sociedad civil y el Estado, particularmente las asociaciones de interés de los
grandes grupos burgueses, de la “aristocracia” obrera e incluso de las asociaciones de
las colectividades de inmigrantes.
La creciente ineficacia de los partidos y del Parlamento para actuar y ser reconocidos
como mediadores en la relación social sociedad civil-Estado fue acompañada por el
contrario incremento de la mediación corporatista.
En este período se incorporaron nuevas formas de expresión política, como la impulsada
por la Confederación Argentina del Comercio, la Industria y la Producción (CACIP).
Hay modificaciones formales como las establecidas por la ley 1919, que persigue el
objetivo declarado de adecuar la representación parlamentaria en la Cámara de
Diputados. A las cifras reveladas por el censo general de población de 1914.
Las condiciones sociopolíticas de la democracia argentina
Allub sostiene que la democracia es resultado de ciertos procesos o precondiciones
histórico-estructurales de orden general: 1) la emergencia, en los comienzos del proceso
de acumulación capitalista, de una clase de terratenientes destructora de las formas de
producción previas mediante las capitalistas; 2) el desarrollo de líneas de conflicto
campo-ciudad, terratenientes-burgueses urbanos, cuya culminación es el triunfo de
éstos; 3) el desarrollo de instituciones pluralistas aptas para asegurar cierto equilibrio y
competencia de poder entre el Estado, las órdenes privados y niveles inferiores de
gobierno. En el caso argentino se constata un fracaso en la consecución de los tres.
Esto fue porque la agricultura capitalista argentina no alcanzó el carácter revolucionario,
no se produce la sustitución de una clase social por otra. Tampoco se produce el
debilitamiento estructural de los terratenientes por acción de una burguesía industrial
ascendente. Esto se explica por la influencia del capital extranjero y la unión umbilical
de él con éstos, capaz de bloquear la constitución de una burguesía industrial nacional y
el desarrollo del conflicto democrático burgués. Así la ideología liberal hegemónica es
mera doctrina del libre comercio, en el frente externo, y de la supremacía social,
económica y política por parte de las clases dominantes, con apoyo del Ejército, en el
frente interno”. Por esta razón, al comenzar la apertura de la democracia argentina, en
1916, los aspectos políticos del liberalismo son percibidos por las clases dominantes y
una del Ejército como una amenaza.
Tampoco se cumple la tercera precondición. No emergen fuentes de poder autónomas y
competitivas. Las provincias no tienen una base económico-financiera autónoma, por
ende, el federalismo es mera ilusión. "La creciente centralización del poder,
especialmente del poder económico y militar, en un período crucial de la incipiente
democracia argentina, [hace] a los gobiernos más ajenos al control popular y más
vulnerables a la toma mediante un simple golpe de fuerza".
La hipótesis en este capítulo es: durante la hegemonía pluralista de la burguesía,
coincidente con el ejercicio del gobierno por el radicalismo, se hacen explícitas todas las
tendencias estructurales que apuntan, más allá de la apariencia democrática, a trabar
decisivamente la construcción de un orden social y político genuina y sólidamente
democrático, en el marco de una sociedad obviamente definida por relaciones de
producción capitalistas. La clave reside en el papel de uno de los componentes del
sistema hegemónico burgués, el de la estructura agraria, más específicamente las
relaciones existentes entre las transformaciones operadas en su interior, con las
estructuras de clases y de poder. La relación entre la estructura agraria y la estructura
social global es el núcleo de la debilidad estructural de la democracia en Argentina.
La breve e inconclusa experiencia argentina de democratización política concluye con
un sonado fracaso. El golpe del 6 de septiembre de 1930 no es sólo el comienzo de una
larga secuencia de inestabilidad política en un contexto frecuentemente no democrático.
Es la expresión de la debilidad estructural de ese primer intento de establecer un sistema
de dominación política de clase democrático. La debilidad se explica por la estructura
social del país y por la acción de las principales fuerzas político-sociales.
En términos de clase, la burguesía argentina es mayoritariamente antidemocrática, o
bien indiferente al régimen político. Esta clase no sabe o no puede (tal vez, incluso, no
quiere) encontrar el camino que el proceso institucional promovido por la ley Sáenz
Peña le impele a transitar, el de reagruparse y organizarse en un partido orgánico de
clase.
El dilema del modo de ejercicio del poder es resuelto mediante dos soluciones, no
excluyentes y después de 1930 a menudo combinadas: la mediación corporativa y, en el
límite, la apelación al golpe de Estado ejecutado por los militares. En términos de
relación partido-clase, el fracaso del "partido orgánico" de la derecha democrática—el
primer Partido Demócrata Progresista, el de 1914-1916— es explicable en medida harto
considerable por la heterogeneidad estructural de la clase y su fragmentación política,
pero también por la ideología y la cultura política que ella ha elaborado.
La clase obrera es indiferente a la democracia, lo cual es resultado tanto de la inicial
preeminencia anarquista cuanto, de la posterior sindicalista, con su tendencia al
pragmatismo. La indiferencia por la democracia política es igualmente perceptible entre
los chacareros pampeanos, en buena medida por la combinación de su renuencia a
naturalizarse y el desencanto con la política de Yrigoyen, de una magnitud tal que le
llevará a apoyar la dictadura uriburista y la ficción democrática del gobierno del general
justo.
En términos de fuerzas políticas, la Unión Cívica Radical, según la explicación de Gino
Germani, "debía expresar entonces todos los nuevos estratos surgidos en virtud de los
cambios de estructura social, del paso del patrón tradicional al 'moderno', pero no puede
decirse que cumplió con su función". A su juicio, los gobiernos de las UCR no utilizan
el poder para, sobre la base de esas transformaciones en la estructura social, asegurar
una base sólida para el funcionamiento de las instituciones democráticas y la integración
de todos los estratos sociales emergentes. En ese sentido, un déficit central de los
gobiernos radicales se observa en su nula, o escasa, acción en la resolución de uno de
los problemas básicos de la Argentina, el agrario.
A Germani se debe también otra hipótesis por tener en cuenta, la del significado
negativo que tiene, para la consolidación de la democracia argentina, la ausencia de un
fuerte partido de izquierda. A su juicio, la presencia de éste habría sido esencial para el
equilibrio político del país, al menos en la perspectiva de asegurar el funcionamiento de
una democracia representativa.
La Argentina del primer y frustrado experimento democrático no tiene un partido
orgánico de derecha, ni uno fuerte de izquierda. La vocación “atrapa todo” de la UCR es
expresión de su éxito electoral y condición de fracaso y de debilitamiento del sistema de
partidos y del juego de poder democrático.
En el campo de poderosas instituciones de la sociedad civil, la Iglesia Católica es
opuesta a la democracia. Los grandes diarios son antiyrigoyenistas. La Sociedad Rural y
la Unión Industrial tampoco defienden la democracia.
En suma, frente a quienes tienen claro que la democracia no es un buen mecanismo para
ejercer la dominación, los sujetos sociales y políticos identificados con ella no alcanzan
a constituir un bloque sólido, homogéneo, fuerte, capaz de asegurarla. Entre 1912 y
1930, es cierto, la democracia política se amplía. Pero la ampliación no va acompañada
por fortalecimiento. Durante las casi dos décadas de experimento, los demócratas —de
izquierda, centro o derecha— atentan sistemáticamente, en los hechos y a despecho de
las palabras, contra las prácticas democráticas y ocluyen la posibilidad de su
fortalecimiento. Al final, la derecha antidemocrática, como casi siempre, es quien gana.